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En Ruta

S ur y O este

Septiembre 2013

23

De paseo por el puerto de Arrebatacapas
de metros, pensando probablemente, con la sabiduría que le
dan las horas muertas discurriendo, que su labor es meter miedo,
no comerse a los paseantes.
Recojo del suelo los jirones
de mi dignidad, y en lo que la
coso a algún pedazo de valentía
que hay por el fondo, empiezo a
hacerme un taco. Un precioso
cartel indica lo mismo en direcciones contrarias. De manera que
buscamos el vallecico del arroyo
Pajares, seco pero con unos her-

Víctor Martín Brioso

]] Texto y fotos

B

ONITO y no muy duro,
aunque un poco áspero al
final el paseo que proponemos hoy. Se puede hacer en
bici, aunque si no vamos muy
sobrados de técnica, será preferible volvernos por donde hemos
venido para evitar el último
tramo, donde es fácil despistarse
debido al exceso de señalización.
Y es que ahora que nos ha dado
por acercar la montaña a todo el
mundo, en vez de ponernos al
nivel de ella, lo estamos haciendo al revés. Y una señal un poco
más acá o allá de donde debiera,
puede, en un rato, alejarnos tanto
de nuestro objetivo que ni siquiera sepamos cual es. Cuidado,
pues, y fiémonos más del mapa,
la brújula y nuestro sentido de la
orientación que de las señales
puestas por ciertas empresas
adjudicatarias de ello que no han
puesto nunca un pie en el monte.

Nada más pasar sale a
dar la bienvenida un
mastín de poderoso cuello y siniestra dentadura

Los robles, el sol, llegando a la fuente de la Zarza

permiso que me fue denegado
por él mismo, contemplo la suce-

mejor desandando lo andado que
por una trocha liosa y zarcera de
la que una maraña de arañazos
da fe de lo puñetero de su tránsito.
Poco más adelante, a la
izquierda en este caso, otro
pilón, que encuentro de la manera más tonta: contemplando a un
alcaudón preparar la mesa para
el almuerzo en una espina de
majuelo; bajo este, claro está, el
agua.

los dos pilones a la diestra, e
ignorar camino y medio que apa-

mosísimos fresnos que denotan
que aunque el río no suena, agua
lleva, siquiera por debajo; lo
pasamos ladera arriba, derivando
un poco a la izquierda. Este
tramo, de la última portera al
arroyo, y de este a la primera

Fiémonos más de la brújula, el mapa y nuestro
sentido de la orientación

La casa de la Dehesa

Podemos dejar el coche en el
mismo Puerto de Arrebatacapas,
como siempre, donde no moleste. A la izquierda del puerto,
viniendo desde Cebreros, parte
un camino que sube hacia el
Merina. A ambos lados, un pinar
de repoblación en el que el ingeniero debió de pensar que en la
variedad está el gusto, al haber,
por lo menos a simple vista, tres
especies de pino alternando:
pinaster, nigra, y uncinata. Entre
ellos, ganando espacio a cada
claro, enebros. A la izquierda se
ve una cerca metálica, una primera portera junto a un chozo de
bloques de hormigón, por donde
la ruta vuelve al camino en algo
más de tres horas. Un poco más
adelante, en un llano, otra portera, grande, roja, que se abre para
entrar en el robledal, y que por
supuesto, esto no hay ni que
decirlo, hay que cerrar.
Enseguida, al camino le nace una
vereda a la derecha, que llega en
unos metros a la fuente de Juan
Frías, señalizada por un pradete,
zarzas y majuelos. Tras pedir un

sión de pilones de que consta
esta curiosa y bonita fuente sin el

El camino es fresco, a pesar
de que a tramos el robledal se ve
interrumpido por parcelas donde
esta quercínea apenas levanta un
palmo del suelo; antiguos pastos,
que nos acaban acompañando a
la fuente de la Zarza, donde

Amanece en Arrebatacapas

macho de oropéndola que abrevaba a mi llegada. Volvemos al
camino, de nuevo entre robles,

rumian su aburrimiento varias
docenas de charolesas. Qué carnes, da gusto verlas. Tras dejar

La fuente de Juan Frías

rece por la siniestra, el camino da
una curva cerrada y orienta hacia
noroeste.
Avanzando un trecho, aparece la casa de la Dehesa; más bien
sus ruinas. Si vamos en bici con
los chavales, buen sitio para darnos la vuelta. Un poco mas adelante, a la derecha, dos pistas que
van a una majada, y que ignoramos. Enseguida, en un roble en
mitad del camino, giramos a la
derecha, hacia una portera que
limita el acceso a la Cañada Real
Leonesa Oriental. La puerta está
cerrada con ganas, con nudos
empeñados en no dejarse abrir.
Se ve que hay a quien no le gusta
que pasemos por aquí. Y nada
más pasar, y vuelta a cerrar, sale
a dar la bienvenida un mastín de
poderoso cuello, alegre trote y
siniestra dentadura. Navaja a la
cuerda y a abrir la puerta, esta
vez, rápido. Busco una estaca en
el robledal para intimidar a la
fiera, y vuelvo a probar suerte.
Pero el animal, que ya sabe que
ha cumplido con su trabajo, ni se
menea, tumbado a dos docenas

portera que vimos, y por donde
salimos de nuevo al camino del
Merina, es farragoso; farragoso y
confuso, pedregoso además, por
lo que si vamos en bici tendremos que atender, por un lado a la
orientación, y por otro al, llamémosle firme por nombrarlo de
alguna forma.
Tras cruzar la portera antes
dicha, salimos de nuevo al primer tramo caminado esta mañana. Una bajadita de quince o
veinte minutillos nos deja en el
puerto. Un arrendajo, más o
menos en la misma piedra en la
que lo vi hace ya cuatro horas, ni
se inmuta al verme pasar.
Desalentado pensando que me ha
podido confundir con una vaca,
camino los últimos metros pensando en las chicas de la dieta de
la alcachofa.