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En Ruta
S ur y O este
Julio 2013
23
La magia del castañar de El Tiemblo
Víctor Martín Brioso
]] Texto y fotos
es inmensa: hacia la Garganta
de la Hiedra, tantos verdes
como árboles. Más alto todavía
que nosotros, para darnos envidia, es frecuente encontrarnos
con pequeños grupos de buitres, leonados o negros, vecinos
ambos de aquí al lado.
Mirando al este, se pueden
ver, si el día está claro, unas
horribles torres que han crecido
en la ciudad. Cuando uno piensa que cada uno de los árboles
E
NTRAR en el castañar
del Tiemblo es olvidar.
Olvidar de donde venimos, a donde vamos; qué cosas
son reales, cuales no lo son; y
descubrir que a menudo, la realidad tiene mucho mas que ver
con la imaginación que con las
cosas que podemos tocar, ver,
oler, y aquello que sentimos a
nuestro lado no tiene porqué ser
forzosamente palpable, visible,
ni tener ningún olor que a nosotros no nos apetezca que
tenga.
Este
delicioso
paseo
comienza en la zona de recreo
del castañar. Nada más pasar la
pista el puente sobre el arroyo
de la Hiedra, unos carteles,
unos cubos de basura ocultos
con muy buena voluntad tras
unos paneles de madera, unas
mesas y alguna que otra barbacoa nos aconseja dejar el coche
aquí.
Si hemos tenido la suerte de
subir en bicicleta o andando,
lógicamente nos ahorraremos el
duro trámite de abandonar,
siquiera por un par de horas, en
éste inhóspito lugar, a nuestro
querido amigo automóvil. Entre
una sencilla fuente, y un poco
mas arriba otra, esta no sencilla,
Los susurros de los
duendes nos han convencido de que todo
está en su sitio.
Subiendo la Era de la Llanada
Seguimos este caminillo,
antiguamente cerrado por una
cancela, que pedía algo tan sencillo como que se volviera a
cerrar después de pasar. Cosa
esta, pasar, a la que por supuesto, no obliga nadie. Y así, de
manera tan sencilla, a pie, sin
coger el avión ni el AVE, oiga,
ruido, electricidad, ni pérdidas
de agua.
Escuchamos a la derecha el
rumor de un arroyo que va creciendo según vamos subiendo.
Poco antes de cruzarlo, nada
uno apetezca y pueda: un trago,
un bocado, incluso una siesta.
que nos cobija con su sombra
comenzó siendo una bellota,
una castaña, un piñón, se da
cuenta que a veces, los humanos, los seres humanos vivos
como dice mi buen amigo
Rafael, nos empeñamos en no
aprender.
Pero ya llegamos a la Era
del Corcho. Algunos avezados
domingueros, casi dominado el
Entrar en el Castañar de
El Tiemblo es olvidar lo
que es real y lo que no
La cuerda de Pedro Duermes, desde la ladera sur del Alto del Mirlo
la verdad, sino con un buen
pilón que invita a probar su profundidad arrojando en él a los
imbéciles que dejan esto hecho
un asco, sale un caminillo,
apéndice de la otra pista que,
tras bifurcarse de la principal,
parte hacia la Era del Corcho.
entramos de lleno en el castañar.
Si es verano, ya habremos
notado que debajo del increíble
y antiqísimo dosel bajo el que
nos hallamos, estaremos al
menos ocho o diez grados más
frescos que afuera. Y eso, sin
mas pasar una pequeña fuente,
el camino se bifurca sombreado
por un par de cerezos silvestres
de buena talla. No hay pérdida,
es el que sube, animoso además
al principio, y donde suele causar baja todo aquel al que la
madre naturaleza no ha dotado
de curiosidad; o al menos, no de
la suficiente como para salvar
las primeras rampas de éste
camino, casi caminillo por el
que subimos. Y a fuerza de
curiosidad, casi enseguida salimos a otro sendero, inexistente
si estamos en otoño. Lo seguimos, para no equivocarnos,
hacia arriba.
A la derecha, el apelativo de
Garganta de la Hiedra se hace
patente en media docena de
pinos negrales cubiertos de arriba a debajo de hojas verdes, brillantes, que hunden sus zarcillos en la corteza resquebrajada.
Poco a poco, despacio, como en
general son las transiciones
donde el ser humano no se
empeña en arreglarlas, van surgiendo los primeros robles.
Llegando al precioso collado, algunos retan al mismísimo
cielo en altura. Estamos en la
Era de la Llanada, excelente
lugar para echar lo que cada
La niebla se pasea por Pedro Duermes
Después, con el alma reconfortada por lo que a cada cual la
fortuna le haya dado, seguiremos subiendo, ya en la llamada
Cuerda de Pedro Duermes,
hacia la izquierda, hasta llegar a
lo alto del cerro de la Pedriza.
La subida es bonita a aburrir: robles, castaños, algún
gigantesco negral tan o más
centenario que sus compañeros,
surgiendo de entre descomunales peñas. Desde arriba la vista
miedo ante el hecho de perder
de vista su rancho, han logrado
subir hasta aquí. Nos preguntan
si falta mucho.
No, no falta mucho. Ni
sobra. Los susurros de los duendes nos han convencido de que
todo está en su sitio.
