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3. De esta manera, la fe ha acabado por ser
asociada a la oscuridad. Se ha pensado poderla
conservar, encontrando para ella un ámbito que
le permita convivir con la luz de la razón. El espacio de la fe se crearía allí donde la luz de la
razón no pudiera llegar, allí donde el hombre ya
no pudiera tener certezas. La fe se ha visto así
como un salto que damos en el vacío, por falta de
luz, movidos por un sentimiento ciego; o como
una luz subjetiva, capaz quizá de enardecer el corazón, de dar consuelo privado, pero que no se
puede proponer a los demás como luz objetiva
y común para alumbrar el camino. Poco a poco,
sin embargo, se ha visto que la luz de la razón autónoma no logra iluminar suficientemente el futuro; al final, éste queda en la oscuridad, y deja al
hombre con el miedo a lo desconocido. De este
modo, el hombre ha renunciado a la búsqueda
de una luz grande, de una verdad grande, y se ha
contentado con pequeñas luces que alumbran el
instante fugaz, pero que son incapaces de abrir el
camino. Cuando falta la luz, todo se vuelve confuso, es imposible distinguir el bien del mal, la
senda que lleva a la meta de aquella otra que nos
hace dar vueltas y vueltas, sin una dirección fija.
Una luz por descubrir
4. Por tanto, es urgente recuperar el carácter
luminoso propio de la fe, pues cuando su llama
se apaga, todas las otras luces acaban languideciendo. Y es que la característica propia de la luz
de la fe es la capacidad de iluminar toda la exis5
