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na, verá y amará.30 Y esto, no porque sea capaz
de tener toda la luz, que será siempre inabarcable, sino porque entrará por completo en la luz.
34. La luz del amor, propia de la fe, puede iluminar los interrogantes de nuestro tiempo en
cuanto a la verdad. A menudo la verdad queda
hoy reducida a la autenticidad subjetiva del individuo, válida sólo para la vida de cada uno. Una
verdad común nos da miedo, porque la identificamos con la imposición intransigente de los
totalitarismos. Sin embargo, si es la verdad del
amor, si es la verdad que se desvela en el encuentro personal con el Otro y con los otros, entonces
se libera de su clausura en el ámbito privado para
formar parte del bien común. La verdad de un
amor no se impone con la violencia, no aplasta
a la persona. Naciendo del amor puede llegar al
corazón, al centro personal de cada hombre. Se
ve claro así que la fe no es intransigente, sino que
crece en la convivencia que respeta al otro. El
creyente no es arrogante; al contrario, la verdad
le hace humilde, sabiendo que, más que poseerla
él, es ella la que le abraza y le posee. En lugar de
hacernos intolerantes, la seguridad de la fe nos
pone en camino y hace posible el testimonio y el
diálogo con todos.
Por otra parte, la luz de la fe, unida a la verdad del amor, no es ajena al mundo material, porque el amor se vive siempre en cuerpo y alma; la
Cf. De civitate Dei, XXII, 30, 5: PL 41, 804.
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