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San Agustín lo expresa así con su lenguaje conciso y
eficaz: « Ab eo qui fecit te noli deficere nec ad te », de aquel
que te ha hecho, no te alejes ni siquiera para ir a ti.15
Cuando el hombre piensa que, alejándose de Dios,
se encontrará a sí mismo, su existencia fracasa (cf. Lc
15,11-24). La salvación comienza con la apertura a
algo que nos precede, a un don originario que afirma la vida y protege la existencia. Sólo abriéndonos a
este origen y reconociéndolo, es posible ser transformados, dejando que la salvación obre en nosotros y
haga fecunda la vida, llena de buenos frutos. La salvación mediante la fe consiste en reconocer el primado
del don de Dios, como bien resume san Pablo: « En
efecto, por gracia estáis salvados, mediante la fe. Y
esto no viene de vosotros: es don de Dios » (Ef 2,8s).
20.  La nueva lógica de la fe está centrada en
Cristo. La fe en Cristo nos salva porque en él la
vida se abre radicalmente a un Amor que nos
precede y nos transforma desde dentro, que obra
en nosotros y con nosotros. Así aparece con claridad en la exégesis que el Apóstol de los gentiles
hace de un texto del Deuteronomio, interpretación que se inserta en la dinámica más profunda
del Antiguo Testamento. Moisés dice al pueblo
que el mandamiento de Dios no es demasiado
alto ni está demasiado alejado del hombre. No se
debe decir: « ¿Quién de nosotros subirá al cielo y
nos lo traerá? » o « ¿Quién de nosotros cruzará el
mar y nos lo traerá? » (cf. Dt 30,11-14). Pablo in  De continentia, 4,11: PL 40, 356.

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