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a alguno ».14 En efecto, el cuadro representa con
crudeza los efectos devastadores de la muerte en
el cuerpo de Cristo. Y, sin embargo, precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús, la
fe se refuerza y recibe una luz resplandeciente,
cuando se revela como fe en su amor indefectible por nosotros, que es capaz de llegar hasta la
muerte para salvarnos. En este amor, que no se
ha sustraído a la muerte para manifestar cuánto
me ama, es posible creer; su totalidad vence cualquier suspicacia y nos permite confiarnos plenamente en Cristo.
17. Ahora bien, la muerte de Cristo manifiesta
la total fiabilidad del amor de Dios a la luz de
la resurrección. En cuanto resucitado, Cristo es
testigo fiable, digno de fe (cf. Ap 1,5; Hb 2,17),
apoyo sólido para nuestra fe. « Si Cristo no ha
resucitado, vuestra fe no tiene sentido », dice san
Pablo (1 Co 15,17). Si el amor del Padre no hubiese resucitado a Jesús de entre los muertos, si
no hubiese podido devolver la vida a su cuerpo,
no sería un amor plenamente fiable, capaz de iluminar también las tinieblas de la muerte. Cuando
san Pablo habla de su nueva vida en Cristo, se
refiere a la « fe del Hijo de Dios, que me amó y
se entregó por mí » (Ga 2,20). Esta « fe del Hijo
de Dios » es ciertamente la fe del Apóstol de los
gentiles en Jesús, pero supone la fiabilidad de Jesús, que se funda, sí, en su amor hasta la muerte,
Parte II, IV.
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