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rostro que no es un rostro ».10 En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo
rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido,
porque lo hemos hecho nosotros. Ante el ídolo,
no hay riesgo de una llamada que haga salir de
las propias seguridades, porque los ídolos « tienen boca y no hablan » (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse
a sí mismo en el centro de la realidad, adorando
la obra de las propias manos. Perdida la orientación fundamental que da unidad a su existencia,
el hombre se disgrega en la multiplicidad de sus
deseos; negándose a esperar el tiempo de la promesa, se desintegra en los múltiples instantes de
su historia. Por eso, la idolatría es siempre politeísta, ir sin meta alguna de un señor a otro. La
idolatría no presenta un camino, sino una multitud de senderos, que no llevan a ninguna parte, y
forman más bien un laberinto. Quien no quiere
fiarse de Dios se ve obligado a escuchar las voces de tantos ídolos que le gritan: « Fíate de mí ».
La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo
opuesto a la idolatría; es separación de los ídolos
para volver al Dios vivo, mediante un encuentro
personal. Creer significa confiarse a un amor misericordioso, que siempre acoge y perdona, que
sostiene y orienta la existencia, que se manifiesta
poderoso en su capacidad de enderezar lo torcido de nuestra historia. La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez
 M. Buber, Die Erzählungen der Chassidim, Zürich 1949, 793.

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