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CUADERNOS DEL CENDES

Desarrollo como libertad

AÑO 23. N° 63

Entrevista con Amartya Sen

TERCERA ÉPOCA
SEPTIEMBRE-DICIEMBRE 2006

Libertad y racionalidad

NS: En Development as Freedom, afirma que «es el poder de la razón lo que nos permite
considerar nuestras obligaciones e ideales tanto como nuestros intereses y beneficios. Negar
esta libertad de pensamiento supondría imponer una severa restricción al alcance de nuestra racionalidad». Apenas concluido un siglo marcado por los grandes baños de sangre a la
vez que por una extendida confianza en la razón humana y en la idea de progreso y de
evolución, ¿a qué se debe su optimismo con respecto a las posibilidades abiertas por la
racionalidad?
AS: Fíjese que los baños de sangre que usted nombra de hecho no fueron el resultado del ejercicio de la razón, sino todo lo contrario. Sea cual sea la explicación del fenómeno nazi en Alemania, no puede decirse ni que fuera un modelo impecable del razonamiento
humano, ni que los propios nazis resultaran grandes practicantes del debate público abierto. La idea de que hay grupos humanos enteros, como los judíos o los gitanos, que es
preciso exterminar no puede sino ofender en gran medida el más elemental ejercicio de la
razón humana. Lo mismo puede afirmarse con respecto al resto de baños de sangre que
tuvieron lugar durante el siglo pasado. A veces aparece un peculiar y erróneo diagnóstico
que sugiere que, de algún modo, es el enaltecimiento de la razón durante la Ilustración,
desde mediados del siglo XVIII, lo que explica los campos de concentración nazis, los
campos de prisioneros de guerra japoneses y la violencia de los hutu contra los tutsis en
Ruanda. Me cuesta entender por qué hay analistas que dan esta explicación de tales hechos, vista la cantidad de datos a nuestro alcance que muestran de forma concluyente que
detrás de todo ello no había gente conducida por la razón, sino gente arrastrada por las
pasiones. De hecho, la razón hubiese podido jugar un papel fundamental para moderar
tamañas calamidades. Cuando, por ejemplo, se le dice a un hutu que no es más que un
hutu y que, por tanto, debe dedicarse a asesinar a tutsis porque éstos no son más que una
caterva de enemigos, el hutu en cuestión podría recurrir a la razón y darse cuenta de que
no es sólo un hutu, sino también un ruandés, un africano, un ser humano, y de que todas
esas identidades le exigen un examen más detallado de la situación. Es, pues, la razón el
elemento que podría promover una confrontación respecto a la imposición no razonada de
identidades a la gente –sin ir más lejos: «eres un hutu y nada más»–.
De niño presencié los disturbios entre hindúes y musulmanes que tuvieron lugar durante la década de los cuarenta, de modo que sé lo fácil que es hacer olvidar a la gente su
capacidad de razonar y de entender la esencial pluralidad de sus identidades y asumir de
forma acérrima una particular identidad –en aquel caso, la hindú o la musulmana–. Una
vez más, casos como este requieren que lo que se exija sean mayores dosis de racionalidad. De hecho, es precisamente porque salimos de un siglo bañado de sangre por lo que
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