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Autor: Carlos Javier Blanco Martín
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LA ÉTICA DE PLATÓN
Adaptado de Filosofem (https://www.filosofem.cat/spip.php?article410)
Para Platón, las Ideas morales son patrones morales universales con los que
podemos juzgar los comportamientos humanos. Los valores universales (las
Ideas) son válidos para el individuo y para la colectividad. Definen el ideal de
sociedad humana. Según Platón, existe algo que es “la verdad sobre cómo
tenemos que vivir”, y el intelecto humano la conoce al lograr el conocimiento de
las Ideas perfectas, inmutables e inmateriales.
1. La Ética de Platón en sus diálogos
Para Platón, las Ideas éticas son patrones morales universales con los que
podemos juzgar los comportamientos humanos. Los valores universales definen
el ideal de sociedad humana. Según Platón, existe algo que es “la verdad sobre
cómo tenemos que vivir”, y el intelecto humano la conoce cuando consigue el
conocimiento de las Ideas perfectas, inmutables e inmateriales. Sólo quien
logre este conocimiento tendrá la cualificación adecuada para dirigir la
organización política y moral de la sociedad. Según Platón, el filósofo es
el hombre que conoce las ideas y, por tanto, es el hombre que podrá solucionar
los problemas de la convivencia humana. El Estado ideal será el que esté
gobernado por hombres amantes de la sabiduría y, a la vez, excelentes y felices.
1.1 Etapa de juventud (diálogos socráticos)
En los diálogos socráticos, Platón investiga sobre la definición de alguna virtud
y, aunque no llegó a una conclusión, sí fue fiel al principio central socrático: la
virtud puede reducirse a sabiduría o conocimiento, con su corolario todas las
virtudes son una.
En el “Càrmides” encontramos en germen la doctrina central de la República: los males de la
comunidad sólo desaparecerán cuando el poder político se combine con el conocimiento de un
criterio moral universal. El gobernante tiene que poseer “una clase única de saber que tiene por
objeto el bien y el mal”. Este conocimiento le proporcionará criterios universales válidos para
"juzgar" las acciones humanas.
En el “Protágoras”, todo malhechor es un ignorante, dice Sócrates. He aquí,
el intelectualismo moral.
1.2 Etapa de transición (diálogos de transición)
Platón no define el Bien, pero diseña un Estado con el tipo de vida común
necesario para que lo Bueno sea disfrutado por toda la población. Esta tarea la
desarrolla en el diálogo República.
1.3 Etapa de madurez (diálogos de madurez)
En cuanto al alma, en la “República” encontramos la teoría de la naturaleza
tripartita del alma (que vuelve a aparecer en Fedro y en Timeo):
la parte racional, o capacidad de deliberar y pensar, caracterizada como
inmortal;
la parte irascible o fogosa del carácter humano; y
la parte apetitiva, el deseo natural de bienestar material y de satisfacciones
físicas.
Estas dos últimas son perecederas.
Platón consideraba las partes del alma como las motivaciones del
comportamiento humano y no como partes en el sentido material, aunque
en Timeo, Platón sitúa la parte racional en la cabeza, la parte irascible en el
pecho y la apetitiva bajo el diafragma.
Que hay partes en el alma se infiere, según Platón, por la presencia de conflictos de
motivaciones. Platón parte del hecho empírico de que a menudo rivalizan dentro
del hombre distintos móviles de la acción. El elemento de deseo se distribuye en las tres partes,
cada una de las cuales tiene sus propias apetencias y placeres. La parte racional desea conocer;
la fogosa anhela honor y la apetitiva, riqueza como medio de gratificación sensual. A ellas les
corresponden tres tipos de carácter, cada uno de los cuales persigue el tipo de placer que le es
propio. Los hombres, pues, se agrupan en tres clases según la parte del alma que los domina
(filósofos, guardianes y productores), y esta división es la exigida por el Estado tripartito.
Al hacer esta clasificación, Platón tiene un interés fundamentalmente ético:
insistir en que el elemento racional del alma es el superior y el que por naturaleza
tiene que gobernar a los otros. El grupo social al que pertenece un hombre puede
ser establecido por su educación, pero esta no es determinante. Platón cree que
hay zapateros natos y gobernantes natos.
La justicia en el alma consiste en que cada parte desarrolle la función
propia que le ha sido asignada con la debida armonía y con la subordinación
propia de lo inferior a lo superior. Un individuo es sabio porque la razón gobierna
en él y valiente porque el alma pasional ejerce su papel. Y un individuo tiene
templanza si su razón gobierna sus deseos corporales. Pero la justicia no
pertenece a esta o aquella parte o relación del alma, sino a su ordenamiento
total. Con esta concepción de la salud del alma basada en la perfecta
organización de sus partes, la sofística recibió la respuesta definitiva en cuanto
a la ética. Platón puso fin a la controversia “fisis frente a nomos”, naturaleza o
ley, porque el alma sana y natural se expresa en actos legales y justos. La ética
está dirigida al logro del supremo bien del hombre, cuya posesión le proporciona
verdadera felicidad. El bien supremo del hombre es desarrollarse como ser
racional y moral, el constante cultivo de su alma, el bienestar general y
armonioso de su vida.
2. Intelectualismo moral
Según el Intelectualismo moral, la conducta moral sólo es posible si
descansa en el conocimiento del bien y la justicia. La filosofía griega defiende
en mayor o menor medida el intelectualismo moral, pero sin duda el
representante más destacado de este punto de vista es Sócrates.
La tesis principal del intelectualismo moral es la siguiente: la experiencia moral
se basa en el conocimiento del bien. Sólo si se conoce qué es el bien y qué
es la justicia, se puede realizar el bien y la justicia.
Esto lo argumenta Sócrates de la siguiente manera: cuando uno de vosotros está enfermo no
propone una votación entre los miembros de la familia para establecer qué remedio es adecuado
para curar la enfermedad: ocurre más bien que llama al médico y se somete a su juicio y
recomendaciones; cuando un ejército quiere derrotar al enemigo no se realiza una consulta
popular para establecer el modo de atacar, es el estratega quien decide el modo de dirigir a los
soldados y plantear las batallas; cuando queremos levantar un edificio no hacemos una votación
para decidir el modo de construirlo, dejamos que sea el arquitecto quien imponga su criterio. Y
pregunta a continuación Sócrates: ¿Por qué cuando se trata de lo más importante de todo, que
es el bien de la ciudad y las leyes que son adecuadas para la convivencia entre los ciudadanos,
dejamos que todo el mundo opine y nos sometemos a la mayoría y no llamamos a aquél que
sabe?
Para el intelectualismo moral los asuntos morales y políticos tienen que
ser cosa de expertos. Esta propuesta socrática puede dar lugar a
interpretaciones políticas antidemocráticas y elitistas (como, por cierto, se ve
claramente en la filosofía política de su discípulo Platón).
El punto de vista de Sócrates está viciado por cierta ambigüedad: cuando
Sócrates pide que el conocimiento sea la base de la moral y la política ¿a qué
conocimiento se refiere? Podemos distinguir entre el saber hacer algo y el saber
en qué consiste ese algo. Por ejemplo, el artista sabe hacer belleza, pero es muy
posible que no sepa en qué consiste la belleza, ni qué pasos concretos hay que
seguir para alcanzarla. El primer tipo de saber es un saber entendido como
destreza (bien sea corporal o mental) para la realización de algo, y el segundo
tipo es un saber entendido como conocimiento explícito y consciente de algo
(como ocurre, por ejemplo, en la ciencia). Es fácil observar que estas dos formas
de saber no tienen que ir necesariamente unidas, así el historiador y el crítico del
arte pueden saber explícitamente muchas cosas relativas a la belleza, pero es
muy posible que no sepan crear arte ni belleza. Parece ser que Sócrates pedía
un conocimiento del segundo tipo como garantía de las acciones buenas y justas.
De ahí la confusión que creaba en sus interlocutores cuando les preguntaba por
una definición de aquello para lo cual se les suponía expertos.
La crítica de Aristóteles al intelectualismo moral:
Nuestras convicciones vulgares parecen contrarias al intelectualismo moral pues
creemos que alguien puede saber que algo está mal y sin embargo realizarlo.
Para el intelectualismo moral la perfección moral es una consecuencia de la
perfección del intelecto o razón; sin embargo, otros autores como Aristóteles
se acercarán más al punto de vista corriente al considerar que el
conocimiento no es condición suficiente para la conducta justa y buena.
Este autor pondrá como fundamento de la práctica moral la perfección de la
voluntad más que la perfección del intelecto: la conducta buena no depende tanto
del conocimiento como de la disciplina de la voluntad en la realización de las
acciones justas. Así, desde el punto de vista de Aristóteles y en contra del
intelectualismo moral, cabe concluir que seguramente para ser justo es
necesario saber realizar la justicia, pero aquí esta palabra no designa un
conocimiento explícito y teórico de la justicia sino la posesión de una habilidad o
disposición para la realización de acciones justas.



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