REVISTA NUMERO 24 CANDÃS EN LA MEMORIA.pdf

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CANDÁS, EL CLAREAR DE UNA MAÑANA DE OTOÑO
Lo miro desde la peña de Los Ángeles. Ofrece
una imagen placentera, cálida en el reflejo de
las farolas en una mar apacible. Irradia quietud
la silueta de La Furada en La Pregona. Es la
hora azul, el instante mágico que trae consigo el
alba. Y él es mi pueblo, nuestro pueblo. Parece
adquirir vida propia por momentos, mostrando
el anhelo refrenado de quien aguarda la dádiva
que consigo porta el amanecer: la luz de la vida.
Sabe desde siempre que sin ella, sin la luz solar,
las gentes que en él habitamos y en el resto de
los pueblos del mundo dejaríamos de existir.
Sería el fin de la humanidad.
Un halo de nostalgia se hace tangible en su
contorno, tal vez gestado por los recuerdos
de épocas pasadas que considera mejores. No
quiere convertirse en asiduo perdedor en su
lucha contra el olvido, aunque reconoce que
ya no es el que era: aquel Candás marinero,
impregnado de salitre, que vivía a expensas de
la generosidad de la mar. Ha sabido adaptarse a
los tiempos y mirar para otro lado cuando en el
transcurrir de los años le fueron cambiando su
fisonomía. En la añoranza quedaron los antiguos
barrios de pescadores, las vaporas en el muelle y
el sonido de las sirenas en las bodegas. Asumió
que la modernidad tenía un precio y lo acató,
y hasta terminó acostumbrándose a esa mole
grotesca de cuatro estrellas que la simbolizaba,
y que por la codicia que genera el poder fue
`incrustada´ en el solar de la fábrica de Herrero
a finales de los sesenta. Hubo de reconocer, muy
a su pesar, que semejante mamotreto terminó
convirtiéndose en un referente identificativo
para los muchos foráneos que en temporada de
verano se allegan hasta aquí a pasar unos
días.
Tiene la certeza de haber perdido identidad,
pues escasos son los vestigios que le quedan
de su época dorada. Y ello le hace sentirse
menos marinero, algo que considera vital. Pero
le consuela que sus cimientos actuales estén
arraigados en la misma tierra que en tiempos
remotos sirvió de sostén a las casas humildes
que lo erigieron en pueblo. Es por ello que no
ha dejado de exhibir un porte regio colmado
de autoestima, sustentado por la esencia del
carácter franco, socarrón y noble que aún
permanece en los descendientes de aquellos
pescadores por él tan admirados.
Reina el silencio en el paseo marítimo. Es
un silencio sosegado, acogedor, acompasado
por el rumor de olas cohibidas que rehúyen
notoriedad. Clarea la mañana. Un amanecer
pleno de luz ilumina al pueblo poniendo fin a
la fantasía. La vida, pertinaz en su singladura,
marca el rumbo al corazón de un otoño
desconocido, diferente de los hasta ahora
disfrutados. Tras un verano de barra libre para
todos, y dejarse ir, suenan campanadas de
recogida. El virus, resurgido en una segunda ola
incontrolada de contagios, marca de nuevo las
pautas a seguir.
Toca mantener la esperanza. Después el azar y el
devenir de las investigaciones científicas tendrán
la última palabra.
Escrito y Fotografia
de José Carlos
Álvarez
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