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Garcia Bacca. Invitacion a Filosofar Segun Espiritu y Letra de Antonio Machado .pdf



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PENSAMIENTO CRITICO/PENSAMIENTO UTÓPICO

Juan David García Bacca

Colección dirigida por José M. Ortega

11

INVITACIÓN A FILOSOFAR
SEGÚN .ESPÍRITU

Y

LETRA DE

ANTONIO MACHADO

---

íAl A�lr[f{]�@�@§
l_QJ EDITORIAL DEL HOMBRE

PALABRAS INICIALES

«Escribir para el pueblo... ¡qué más quisiera yo! Deseo­
' >

de escribir para el pueblo aprendí de él cuanto pude,

mucho menos, claro está, de lo que él sabe. Escribir para el
pueblo es escribir para el hombre de nuestra raza, de
nuestra tierra, de nuestra habla, tres cosas inagotables que
no acabamos nunca de conocer. Escribir para el pueblo es
llamarse Cervantes en España; Shakespeare, en Inglaterra;
Tolstoy, en Rusia. Es el milagro de los genios de la palabra.
Por eso yo no he pasado de folklorista, aprendiz, a mi
modo, del saber popular. Siempre que advirtáis un tono
eguro en mis palabras, pensad que os estoy enseñando
algo que creo haber aprendido del pueblo.»
Diseño gráfico: AUDIOVISA
Muntaner, 445, 4.º, l.ª 08021 Barcelona

Así hablaba Antonio Machado, poniéndolo modesta­

Primera edición en Anthropos Edito
rial del Hombre·
noviembre 1984
·

© Juan David García Bacca,
© GRUPO A, 1984

84-85887-50-6
Depósito legal: B. 35.049-1984
ISBN:

modestamente también, decía repetir una sentencia de

su maestro: Abel Martín.

¡Ojalá todos pudiéramos inventarnos unos maestros,

1967, 1984

Edita: Anthropos, Editorial del Homb
re
Enrique Granados, 114 08008 Barcelona

mente en boca de Juan de Mairena, quien, a su vez,

o maestros de maestros nuestros, a quienes atribuir lo
mejor que nos acudiera! Pero en definitiva, todos: maes­

Tel.:

(93) 217 25 45

tros de maestros, y maestros nuestros, somos discípulos
del pueblo: Maestro tan discreto que no se ha dado
nombre propio, y tan eficiente que nos hallamos enseña­
dos sin caer en cuenta de que lo hemos sido por un

Compo ición: Linotype Marqués, Rep.
Portuguesa,

Impresión: Diagráfic S.A., Constitució
n, 19

maestro.

Impre

eso no nos sentimos humillados al reconocerlo por

29 Badalona
08014 Barcelona

o

en España

- Printed in Spain

El Pueblo, en cuanto maestro, no nos humilla; y por

7

maestro, como somos proclives a sentirnos respecto de
maestros nuestros con nombre propio, apenas creemos

-casi siempre ilusos o sietemesinos mentales- que
somos ya algo nosotros: yo, con nombre propio.
Aquí, en esta obrita, el autor ha intentado imitar a

Antonio Machado. No es, claro está, posible atribuirle
todo lo que el autor escribe sobre los temas; al menos

que sentencias suyas, de Mairena o de Martín, que es lo
mismo, los inspire en su desarrollo, ya que no en cuanto

a la letra, sí en cuanto al espíritu. También el autor

querría escribir para el Pueblo -para nuestros pueblos
hispanoamericanos: sobre sus problemas seculares no
resueltos por las secularmente llamadas soluciones, y
escribir sobre sus nuevos problemas a cuya solución no

sólo no van a servir de nada las viejas, sino, de servir, lo
serán de obstáculos.
Aunque los temas y su desarrollo parezcan dirigidos
a una clase distinguida, apelan a lo que, filósofos o no,
tengan todos de pueblo, que aquí, en Hispanoamérica, es
casi todo -por suerte.

El autor mismo ha tenido que hacer un esfuerzo para

descender a su estrato popular -de abuelos labradores;
de padres, sencillos maestros de escuela. Esta obra es,
pues, un acto de democracia.

JUAN D. GARCÍA BACCA
Caracas, 26 de junio de 1965.

Nota: Las sentencias de A. Machado van indicadas en esta

obra por« . . . »; las que son leve retoque de ellas, por" ... "; las de
otros autores, por « . ». Dada la índole sencilla, de tú a tú, en
..

puridad o privado, de esta obra he creído conveniente no citar

·n l texto páginas ni obras. Las palabras de Antonio Machado
· tán tomadas de la edición Obras completas, Editorial Séneca,
M xi o, 1940.

PARTE PRIMERA

ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA

CAPÍTULO PRIMERO

HOMBRE

Y

HABLA

«El que no habla a un hombre, no habla al hombre; el
¡ue no habla al hombre, no habla a nadie.»

1
Un hombre, los hombres; El Hombre

1) Todos, uno por uno, nos creemos ser individuos.

Ser cada uno, uno por uno, ejemplar único de una única
edición posible. Lo de duplicados, triplicados ... , y lo de

doble perfecto, son, lo primero, cosas de imprenta; lo
segundo, trucos de novela.
A veces nos perturba un poco eso de gemelos; pero la
palabrita de «yo» posee, creemos, la virtud mágica, de
magia nominal, de hacer imposibles gemelos. Yo, lo soy
únicamente yo. Eso sí que me lo sé yo; eso me lo soy.

Así será, mientras no lo diga y piense. Si digo «yo»,

eso mismo dicen todos y cada uno. La palabrita se me
ascendió a universal, y ya no me sirve. Y si pienso en
«yo», en qué es eso de ser yo -único, inmultiplicable... -,

tal concepto de yo es un universal, tan dilatado como
hombre, al menos.

11

Descartes no pudo decir en voz
alta aquello de que
«yo pienso», «yo existo», pues
tales proposiciones son
tan universales como las de
«todo par es divisible por
dos», o «toda circunferencia
es curva plana, cerrada y
centrada». Descartes intentab
a pensar y decir «yo: Rena­
to Descartes, Señor Du Perron
soy quien está pensando y
quien está realmente pensand
o, sea o no real aquello en
que piense, y sea o no verdader
o lo que diga, y haya o
no haya nadie más en este mun
do que se piense y diga
YO».

Pero: «Palabra y piedra suel
ta no tienen vuelta»
-nos advierte el refrán. Si yo
quiero pensar y hablar en
serio de mí, sería preciso que
las palabras yo, mí no las
pudi se usar nadie, cual si hub

iera una ley que prohibie­
ra eficaz y automáticamente
el que un hombre pudiese
llevar mi nombre y apellidos.
Tal ley no existe; cualquier
palabra, soltada de la mano sing
ular, no tiene vuelta a la
mano; vuélvese universal, atm
ósfera común; no es bumerang.
.

=-

Sólo enovillándose, encapull
ándose, encrisalidándo­
nos desesperadamente, y no solta
ndo prendas de palabra
o de pensamiento, consigamos
tal vez uno por uno -sin
poder ni querer saber nada
unos de otros- dar un
sentido inmediato, secreto
-silencioso de palabra y
.
pensam1en to- a eso de ser yo.

El individuo, decían los clás
icos griegos y medieva­
les, es inefable -ni se puede
hablar de él ni él puede
hablar de sí. Cuando Jehová dijo
a Moisés: «yo soy el que
soy», le pasó lo del poeta: «¿Ha
bló el alma?; ¡ah! ya no
fue el alma la que habló». ¿Ha
bló Dios, y dijo yo? -ya no
es Dios quien habló. Dijo lo
que todos --que no somos
dioses- decimos: «yo soy el que
soy». Y si nos empeña­
mos benévolamente en saca
r verdadera la palabra de
Jehová: «que él, y sólo él, es
el que es» -los demás no
somos lo que somos: somos lo
que nos han hecho ser y lo

12

11

no



están prorrogando d e ser-, Descartes nos dirá

o de Jehová lo es cualquiera --él por lo pronto­



11 •

¡u ·

aiga en cuenta de que «yo pienso» implica -de

11an

ra inmediata, sin terceros o tercerías- «que yo

·

I

i ·to» --que «yo soy'el que soy». Mejor le hubiera ido a

·h vá callándose; el misterio, el silencio, el secreto son

pr sunciones de yo; condiciones necesarias -aunque no

ificientes y positivas- para que uno sea yo, único
originalmente.

Plotino entendió mejor el problema, o la imposibili­

<lad de que un Yo piense y hable. Dios es el Solitario, el
ilencioso. Como buen semita que fue quería tratarse de
tú a tú, de yo a yo, con Dios; y como buen griego -lo

mismo por heleno que por helenístico- pretendió que
Dios le hablara con logos o palabras, racionales expresio­

nes de una razón; como místico que fue debió intentar

hablar con Dios y que le hablara «en griego».

La

entrevista, unilateralmente forzada, terminó monos mo­

noi: un silencioso y solitario (Plotino) ante «El Silencioso
y El Solitario» (Dios). ¿Qué otra cosa le puede pasar al
más parlanchín, curioso, importuno, puesto ante El
Silencioso y El Solitario, que quedarse, al cabo de un
instante, silencioso también y solitario?

«Quien no habla al hombre, no habla a nadie.»
A nadie, que tal es El Silencioso, El Solitario, El Miste­
rioso.

No le demos vueltas: lo que dicen que Dios nos habla

es el eco humano de lo que los hombres nos decimos. Y
como todo eco, es repetición remota, confusa, posterior,
externa,

inicialmente

irrecognoscible

como

nuestra,

prestamente reconocida por nuestra --eco de nuestro

tipo de vida, de pensamientos, de deseos, de virtudes y
de sutiles vicios- tan independiente, a la vez que tan

dependiente de nosotros, como nuestra voz y el eco (de
ella).

13

Es que el hombre no suele comenzar por el principio:
hablar un hombre a otro hombre: hablarnos. Quien no
habla al hombre -cual secuela de haber hablado a un
hombre- no sólo no habla a nadie; no habla de nada, ni

siquiera de sí. De lo suyo le habla otro; no tan otro que,
al cabo de poco tiempo, no caiga el hombre en cuenta de

que

¡Qué ·le iba a mirar El Solitario, El Silencioso, El

Misterioso!

«Me pareció que salla a un inmenso desierto que por
ninguna parte tiene fin»; así San Juan de la Cruz, al
describir en palabras humanas su experiencia mística:

de éxtasis o salida de sí -de su humanidad: de tratar a

un hombre, a los hombres y al Hombre. Desierto que se

«soñaba el ciego que vela, y soñaba lo que quería»;
soñamos, mudos, que Dios, El Otro, nos habla; soñamos
lo que queremos: que nos hablen los hombres, que nos

hablemos -en vez de pegarnos, agarrarnos, increparnos
y gritarnos, matarnos o engendrarnos.
De Abel Martín dice J. de Mairena:

le hizo sabrosísimo, de seguro, por virtud de aquel
«sentirse sobre toda creatura temporal levantado». Se

sintió ser no hombre; no habló a un hombre, ni al
hombre; no habló a nadie; y nada le dijo «el Inmenso
Desierto» -Nada, nada, nada. Allí no había Nadie,

Nadie, Nadie.

Lo que habló después el fraile Juan de la Cruz fueron

escolastiquerías, mediocres y aburridas; triste y cansino
comentario de estrofas sublimes por la música verbal

«Pensando que no vela
porque Dios no le miraba,
dijo Abel cuando morfa:

deliciosa, puesta a una letra deliciosamente vaga en

Se acabó lo que se daba.»

de la ferocidad ibérica contra el hombre próximo o

Eso le pasó a Abel Martín por no saber -o no
querer- que "quien no ve a un hombre no ve al hombre;

y que quien no ve al hombre no ve a nadie". Ver es
vernos; vivir es vivirnos; hablar es hablarnos; pensar es
entendernos. Fuera del nos, ni vemos, ni vivimos, ni
hablamos, ni pensamos. De eso se murió Abel Martín: de
ausencia del Nos, por empeñarse y emperrarse en ser yo
-yo veo, yo digo, yo soy...

«Aquella noche fria
supo Martín de soledad; pensaba
que Dios no le veía,
y en su mudo desierto caminaba.»

conceptos.

Abel Martín, nuestro Antonio Machado, fue tentado

prójimo. Quien se empeña y emperra en ser yo, único, no

puede sufrir ser uno de tantos hombres, uno de Nos, ni

que se le trate como a uno de tantos hombres, uno de

Nos, ni que se le trate como a uno de tantos ciudadanos;

y menos aún, que se implante ese régimen humano que

es la democracia: cada hombre debe serse como uno de

tantos hombres y como uno de tantos miembros de El

Hombre. Transformar ese «debe ser» en «serlo», tal es la
norma sustantiva y único artículo esencial de la demo­
cracia.

«Ayer soñé que vela
a Dios y que a Dios hablaba;
y soñé que Dios me ola...
Después soñé que soñaba.»

14

15

Eso le pasará a quien habla a El Hombre, sin haber
antes hablado -visto, oído...- a un hombre; y peor aún,
al que pretenda hablar a ese no hombre que es Dios.

Tales coloquios resultan coloquios soñados -soliloquios
reales.

inmoble del mundo», «la luz no es cuerpo»... para que
por centenas de centenas de años, tales palabras encu­

brieran por modo de noche artificial o velo tupido que
«la tierra se mueve al derredor del sol», e hicieran

imposible -científica y religiosamente- esa astronomía
que repiten ya los niños de primaria, la entienden los de
secundaria, y la demuestran físicos y astrónomos de
maneras tan sencillas experimental y teóricamente que

2)

nuestros

"Quien habla a un hombre, habla a El Hombre."
«El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.»
El hombre a quien hablas, no es hombre porque tú le
hables; es hombre porque responde justamente a lo que

le hablas; y, por tal correlación o conversación, sois los
dos hombres.
Toda palabra -logos, decía Aristóteles- es semánti-

niños

entenderlas. Esotras palabras «la luz no es cuerpo»
encubrieron, falseáron lo que es la luz y lo que es el
cuerpo por unos dos mil doscientos años: y todavía su

verdad está en fase de aurora para niños, bachilleres, y
casi toda la humanidad.
Mas siempre, y en el mejor de los casos, tales
palabras no las dice un hombre a otro hombre; ni se
dicen a El Hombre.
Retoquemos, y no para poéticamente mejor, el cantar

1 de Machado:

ca -indica, señala, apunta hacia algo: la palabra hom­

"La cosa que ves no es

bre, a hombre; la de agua, a agua; la de pan, a pan; la de

cosa porque tú la veas;

vino a vino... Y apuntan a algo bien definido palabras

cosa es porque no te ve."

como ¡ojo! , ¡cuidado! , ¡atención! , ¡manos arriba! , ¡ay de
ti! , ¡fuego!. .. Mas sólo llegan a apofánticas aquellas en

que tenga lugar desencubrirse algo o encubrirse algo
-salir a plena luz u ocultarse de la plena luz. Palabras
como «dos es par», «el hombre es racional», «el fuego
asciende de por sí a los cielos»... son apofánticas. Al
decirlas, y por virtud del simple decirlas, a dos le sale a

y bachilleres pudieran enseñársela a

Aristóteles y Tomás de Aquino -y veríamos si llegaban a

Esas verdades no son verdades porque el hombre las
entienda y las diga; son verdades, precisamente porque
ellas no nos ven, ni nos dicen lo que son.

Tales verdades no nos hablan, ni a mí, ni a ti... Menos

aún se dan por enteradas de que las vemos o entende­

luz, a la cara, eso de ser par; al hombre -de tan

mos, y de que de ellas larga e insistentemente hablamos.

sale a la cara, a plena luz, lo de racional... Ha bastado

habla al Hombre; y verdad que no hable al Hombre, no

múltiples, complejas y enmarañadas apariencias- le

decirlo para que se haga luz. A veces pasa al revés: bastó
con decir, expresa y definidamente, «la tierra es centro

16

De ellas vale: verdad que no habla a un hombre, no
habla a Nadie.

Con ellas no nos entendemos; maravilla será que las

17

entendamos; y nada de extrañar es, por lo pronto, que,

que se ven; y de cuatro ojos se hace una vista humana.

mediante ellas, no nos entendamos.

Un nos vemos, un Nos vidente.

tico o de diálogo entre nosotros.

co, a reconocimiento. Los ojos del hombre se levantan a

La verdad no es intermediario humano, medio dialéc-

«Para dialogar,
preguntad primero;
después... escuchad.»
Toda la ciencia se reduce a un monólogo sobre un
lo
tema que no es de nadie, que no es del Hombre; y no
La
solo.
uno
como
vez
la
a
s
mucho
es, tanto que hablen
ciencia no habla con Nadie; mas no habla de Nada:
habla de cosas.

"La cosa de que hablas no es
cosa porque de ella hables:
cosa es porque no te habla."
De las cosas tenemos, en el mejor de los casos,
mos
conocimiento; mas nunca reconocimiento; no conoce
ni
ellas,
en
cemos
recono
nos
No
amos.
conozc
nos
que
una
más,
lo
a
ellas,
de
acerca
Cabe
s.
ellas en nosotro
del
teoría del conocimiento; pero no teoría, praxis,
o.
Machad
según
ello
de
emos
Hablar
reconocimiento.
Así que un hombre no habla con otro hombre -los

de
dos en cuanto hombres- sobre cosas o sobre ciencia
burdas
o
s,
número
cual
cosas -así sean cosas sutiles
como tierra; ,p_lusultraídas como ideas, o pluscuamper­
,
fectamente intramundanas cual comida, bebida, vestido
casa y cama.
Un hombre habla con otro, los dos en cuanto homse
bres, cuando se hablan por medio de ojos que ven que
los
que
los ve; cuando uno se ve por los ojos de otro; ve
ven
ojos de otro lo ven, lo cual es verse por ellos. Los dos

18

El conocimiento asciende entonces, por salto dialécti­

ojos humanos, a vista, al verse por los ojos de otro; al
vernos. Ojeamos las cosas; nos vemos los hombres.

Cuando nos resistimos a vernos, a vernos por los ojos

de otro, a dejar y aceptar que otro vea que lo vemos, y a
su vez que él vea por mis ojos, que los haga suyos, lo
rebajamos y nos rebajamos a cosa. Cosificamos el Nos; y
resulta éste, éste, éste... sobre esto, esto, esto; cosa entre
cosas. Individualismo-Pluralismo.

Un hombre habla con otro, los dos en trance de

hombres, cuando se hablan por la palabra: cuando uno
es oráculo, boca, del otro.

La respuesta que un hombre da a la pregunta de otro

·es respuesta que el primero se da a sí mismo por medio
de la nueva boca; y la pregunta que uno hace al otro, es
pregunta que el segundo se hace por boca del primero,
por una nueva boca; de dos bocas, de dos orejas se hace,
realmente -por procedimiento transfisiológico- una
sola lengua y un solo oído: el nuestro. Por eso nos
entendemos.

En virtud de tal gesta el hombre ha ascendido de
animal racional a viviente político. Animal racional lo es
cada uno: uno por uno de los hombres. Eso de nos los
animales racionales no tiene sentido; es, en rigor, una
falsedad. Cada animal tiene sus ojos, orejas, manos,

posaderas, apetencias y pensaderas; nace, crece, muere

uno por uno; yo pienso, yo quiero. Mas yo, yo, yo... nunca
dará un Nos. Cuanto más insista en eso de mis --ojos,
orejas, manos- tanto más animal racional soy, tanto
menos viviente político --o Nos. La cosa-hombre es
animal racional; el hombre humano es viviente social; es
Nos el Hombre.

19

Lo cual suena cual redoble de tambor barato, aunque

11

la máquina pudiera montarse para evitar esos tres

Nos los hombres. Conocimiento y reconocimiento

asonantes seguidos. «La máquina de trovar» está concebi­

da, «en suma», para «entretener a las masas e iniciarlas en

la expresión de su propio sentir, mientras llegan los nuevos
El proceso dialéctjco se desencadenaba, según Pla­
tón, partiendo de un cuerpo bello a dos, de dos... a
todos ... hasta englobar en tal avalancha ciencias, virtu­

poetas, los cantores de una nueva sentimentalidad»: la del
Nos el Hombre.
Mientras tanto, todos: dos a dos, tres a tres... hable­

des, poemas...

mos a los hombres por su nombre; oigamos que nos

basta con dos para desatar el alud que llegará a Nos el

cual tabú, como nombre secreto. El Dios del Antiguo

De hablar un hombre con otro surge nosotros dos;

Hombre, cual unos pocos neutrones iniciales son sufi­

llaman por él; no guardemos cada uno el nombre propio

Testamento -aparte de sus nombres de guardarropía

cientes para la avalancha energética y corpuscular de

teatral, como Señor Dios de los Ejércitos, Señor de

Vale de varón y mujer, mas no en cuanto hombres, lo

ciar en voz alta; y tan poco se pronunció que, llegados

una bomba atómica.

que Machado decía, por la boquilla de la «máquina de

Señores ... - tenía uno secreto que nadie podía pronun­
los tiempos de escribirlo, nadie supo ni sabe cómo se

trovar», refiriéndose a esas diferencias de animal-racio­

pronunciaba -de puro y temeroso desuso. Tal Dios

«Dicen que el hombre no es hombre

vio que Dios lo viera. Si Moisés vio a Dios, cara a cara

nal que son varón y mujer:

cosas suyas; nadie se vio por los ojos de tal Dios; nadie

mientras que no oye su nombre

verlo, y menos aún se vio por los ojos de Dios, hechos así

Puede ser.»

ojos suyos: del Pueblo. Se cumplió lo de Machado:

La «máquina de trovar» «produce esa copla». No podía
del viviente

social; habla de los animales racionales; y ésos sí que
pueden ser, y son y se comportan, cual varón y hembra.

La «máquina de trovar» no podía producir una copla
como:

«El que todo lo ve no le miraba.»
Y por no sentirse mirado por su Dios, no verse por los

ojos de su Dios -por no verse el hombre por ojos divinos
y Dios verse visto por ojos humanos-, de todos esos ojos
-diversos en fisiología y ontología- no surgió una vista:

"Dicen que el hombre no es hombre
mientras que no oye su nombre
de labios de otro hombre.

Y así es."

20

-«como un amigo ve a otro amigo»-, el pueblo hebreo
no vio jamás a su dios, y menos vio que Él se dignara

de labios de una mujer.

hablar del hombre en cuanto humano,

nunca trató a los hombres como humanos, sino como

un Nos, una Sociedad. Lo que resultó fue un pueblo
arreado a golpes de milagros o de calamidades durante
cuaren.ta años, vuelta que vuelta por ·un desierto, un

poco más grande que la palma de la mano, en que

21

dejaron sus huesos todos los que, cuarenta años antes,
habían salido de Egipto, a golpes de otros milagros, tan
despóticos, espectaculares y desconsiderados como los
de la posterior peregrinación.
Es que

hombre, a él; que no oye cada uno su nombre de labios
de ellos; que conocen por estadística cuántos súbdito·,
fieles, partidarios, siervos tienen; mas no son reconoci­

dos por ellos. Todo ello no pasa de teoría del conocimien­
to político, religioso, social, nacional, del mismo estilo
y por iguales métodos que teoría del conocimiento
científico.

"El hebreo no fue hombre
porque no oyó su nombre

de labios de su Dios.

«Mis ojos en el espejo

Asf pasó."

son ojos ciegos que miran
los ojos con que los veo.»

No oímos nuestro nombre los hombres cuando entre
o entre todos menos uno y Uno, se
interponen esos nombres de superlativa altisonancia
unos y otros,

cual Su Majestad, César Augusto, Emperador, Excelentí­
simo, Eminentísimo, Alteza ... Los tales no nos suelen
mirar a los ojos, ni verse por nuestros ojos, ni nos hablan

por nuestra lengua; y toman casi siempre a falta de
respeto el que los miremos a los ojos, fijamente y les
hablemos --comenzando ellos por dignarse escucharnos.

Lo que deseamos, como hombres, es oír nuestro nombre
de boca de ellos, vernos por los ojos del hombre Rey, del
hombre Papa, del hombre Presidente; lo que será vernos
oírnos, hablarnos, entendernos. Vivirnos y sernos Socie­
,

dad.

«Quien no habla a un hombre, no habla al Hombre;
quien no habla al Hombre, no habla a nadie.» Reyes,
Papas, Príncipes, Presidentes... terminan, si es que co­
menzaron, por no hablar a Nadie, sino a ese abstracto

Urbi et orbi -a la urbe y al orbe. El recelo, miedo, pánico
a la democracia política, religiosa, social... es recelo,
miedo, pánico al Hombre. De lo que dicen Papas,
Emperadores, Príncipes ... termina el Pueblo, El Hombre,
por no darse por enterado, al notar que no hablan a un

22

«En una nota, hace constar Abel Martín que fueron
estos tres versos los primeros que compuso, y que los
publica, no obstante son aparente trivialidad o su marcada
perogrullez, porque de ellos sacó, más tarde, por reflexión y
análisis, toda su metafísica.»
Mis ojos -los ojos de cada hombre, de uno por uno,
en el espejo de los ojos de otro, en esa imagencita que

nos es dado ver, si nos dejan- suelen ser ojos ciegos.

Mis ojos ciegos que miran los ojos con que los veo. Son

mis ojos cosificados, según procedimientos de óptica

geométrica. Por esos mis ojos cosificados, mediante esa

imagencita virtual, geométrica, suelen verme los demás
hombres -suelo verlos yo, al menor descuido de unos y
otros-; y así (nos) miramos sin ver(nos); (nos) conoce­

mos sin reconocer(nos). Por mirar(nos) sin ver(nos) con

esos ojos ciegos, (nos) damos palos de ciego -damos y
(nos) dan, y (nos) merecemos los que (nos) dan Tiranos,
Dictadores, Déspotas, absolutos. Entre los griegos, sólo
trágicos geniales supieron sacarle partido a la anagnóri­
sis: al reconocimiento.

Y fue ella su gran recurso. Y, al emplearlo, descubri '

2

-

se que por no haber visto un hijo a su padre y un hijo a
su madre -que sólo se miraron, sin verse unos por los

mil millones. La llamada extensión de tal universal no es
su extensión. El paso de «todo hombre es racional» a «yo

madre. Se conocieron; no se reconocieron. Se trataron

estado de universal. Es un sinsentido.

ojos de otro- el hijo mató al padre y se casó con su

según simple conocimiento. Si los hombres nos decidié­
ramos --con valentía superior a la corporal- a recono­
cernos, se descubriría, frecuentemente, que hemos mata­
do padre, madre, hermanos -y esto lo hacemos todos-;
matados por indiferencia, altanería, cortesía, distancia­
miento, distinciones, diplomatiquerías, titulejos, encope­

soy racional» no sólo es imposible; lo imposibilita el

El Hombre no surge por abstracción. Surge paso a
paso por vernos, oírnos, entendernos, hablarnos... Por

desindividualizar -sin aniquilar, mas sí anulando- eso
de mis ojos, mis orejas, mi lengua, mi entendimiento...

mis cosas...; por hacer -contra fisiología y ontología, y
trascendiéndolas- que cobre realidad nueva eso de

tamiento de dignatarios, displicencia, aristocratismo,

nuestros

qesinterés .

nuestras cosas...

..

El complejo de Edipo no es lo que se dice; eso es su
superficial expresión; no, su sub-stancia. El verdadero
complejo de Edipo consiste en no querer reconocernos,
por bien fundado miedo de que aparezca que hemos

matado o estamos asesinando a nuestros padres y her­
manos, a todos los hombres �n su calidad de hombres.
Los filósofos venimos haciendo, desde los griegos,

teorías del conocimiento; los dramaturgos griegos, praxis
trágica del reconocimiento. Y por hacer teoría del conoci­

miento de los hombres, todavía es problema eso de que,
por qué, y si se da, el otro yo -los otros. Y por no vernos,
oírnos, hablarnos, entendernos, querernos..., el reconoci­

miento tiene que irrumpir violentamente, incontenible­
mente en casos sueltos y personas-sismógrafo. El recono­
cimiento es casi siempre -dentro de las pocas veces en
que surge- una tragedia; toda una tragedia, cuando
habría de ser el estado natural del hombre, humano por
fin: Nos.

ojos, nuestros oídos, nuestro

entendimiento ...

La más eficaz manera de aislar dos cosas no es
poniendo entre ellas esos vulgares, o inventados aislan­
tes, de aire o vidrio; el medio más potente consiste, dice
Hegel, en interponer un abstracto. La lógica y la ontoló­
gica son los grandes aislantes -inventos del conocimien­

to, levantados a empresa de producción de aislantes en
serie por la teoría del conocimiento.
Hegel fue el primero que lo supo de buen saber. Su

Ciencia de la Lógica -Wissenschaft der Logik- comienza
con teoría del conocimiento sensible, hecha por ojos y
mente que ven y piensan cosas -burdas cual cuerpos y
fuerzas, sutiles cual espacio y tiempo. Mas la dialéctica
que es, a la una, método para atravesar y pasar de lo más
diverso a lo más diverso y procedimiento para transfor­

mar lo más diverso en lo más diverso --cual espacio en
tiempo... cuerpo en espíritu- se atasca en los abstractos,

en universales. Hegel intenta transformar universales

Ese abstracto -tan preferido y manoseado por la

cual moral, derecho, religión, filosofía en universales
nuestros: moral nuestra, de nuestro Pueblo: religión nues­

lógica- que es El Hombre, La Humanidad, no.nos ve;

tra, de nuestra Comunidad; espíritu nuestro, de nuestro

nos mira fija, indiferente, fríamente y un poco tontamen­
te --cual los retratos. No somos sus individuos, sus

hombres, su plural. Le es igual que seamos uno, cien...

24

Espíritu: Dios nuestro y nuestro Dios.
Trata Hegel de mostrarnos que tal plan lo realiza la·

Historia; no la de barrabasadas y brutalidades -la de

25

animales divinos y dioses animales: pueblos o perso­

nas- ni la de espectáculos ridículos y rimbombantes
-de ritos a ceremonial de cortes- ni la de abstractos,

en cada paso más ultraídos a un allá donde no tanto
«nos las den todas», cuanto al revés, a ellos no les dé

nada de lo que a nosotros nos pase. Dentro de tal historia
-llena de historietas trágico-cómicas- no nos reconoce­
mos; conocemos cosas y, en rigor, se conocen cosas, o que
lo son sin más, o que las rebajamos a cosas -súbditos,

siervos, esclavos, fieles, bárbaros-; y como a tales los
tratamos -a patadas- según el mismo principio de la
física de cosas: masa por velocidad, masa por acelera­

ción. Hegel señala el cráter preciso por el que ha
emergido el reconocimiento: la relación siervo-señor. El
primer acto histórico de reconocimiento no es el dramáti­

co; el reconocimiento en drama es la prefiguración del
reconocimiento real de verdad, dialéctico, entre señor y

ojos, ojos que vieran -y no que simple y bobamente
miraran, cual los de los retratos o estatuas-; y ojos que
vieran que los vemos, que los calamos en sus intencio­
nes, deseos, mente ... Se atrevió a verse por los ojos de

Dios, a hacerse dios. Los dioses griegos y los romanos -y
todos los demás- no resisten a tal prueba -para
valientes, a pesar del miedo. No se exponen los dioses y

el Dios a ser mirados y escudriñados, a esa comproba­
ción de ver que ven, y no sólo miran extáticos, hieráticos,
idos, embobados y embobantes. Aquello de la Biblia:
«Nadie puede ver a Dios y vivir» es una grande y triste

verdad; mas no en el sentido de quien la dijo. Nadie
puede ver a Dios, porque Dios no tiene ojos que vean,
ojos que se abran confiados a que veamos por ellos, a
hacerlos nuestros -de los dos: Dios y Hombres. Dios
tiene ojos que miran; y los de Dios:

siervo. Por erupción de tal lava ontológica, el señor

"son ojos ciegos que miran

-hasta entonces león racional- se ve por los ojos de su

los ojos con que los ves."

siervo; ve que el siervo tiene ojos --ojos que lo son
porque le ven: ven sus actos, sus barbaridades, desplan­
tes, animalidad, avorazamiento... -;

y,

al verse

por

cuatro ojos en vez de los dos suyos, el señor se ve siervo
de sus siervos, impotente de destruirlos sin destruirse; a

la vez que, de repente, por salto cualitativo dialéctico, el

siervo deja de ser y sentirse ser cosa, y ve que el señor lo

ve, que el señor tiene ojos -además de garras y fauces­
y ve que lo ve; se ve por los ojos de su señor; es señor de
su señor. Tal reconocimiento trasciende, sin aniquilar, el
conocimiento anterior -entre cosa cognoscente de cosas
conocidas: Señor de siervos, y entre conocidos como
cosas por cognoscente cosa: siervos de Señor.
Lucrecio alaba a los griegos porque fue el hombre
griego el primero que se atrevió, a pesar de morirse de

miedo, a mirar cara a cara a los dioses: ver si tenían

26

Puede uno, y ha sucedido, sentirse mirado por los
ojos de Dios -al igual que sentirse mirado y perseguido
por los ojos de un retrato o fascinado por los de una
serpiente o sugestionador. ¿Por qué los que tal se sienten

no se aguantan el miedo y se atreven, cual el hombre
griego con sus dioses, a ver si los ojos que le miran «son
ojos porque le ven», y uno ve entonces que tales ojos lo
ven, que se ve él por los ojos de ellos, que es él «los ojos

de Dios»? Porque se son y se viven cual cosas -cual
animales racionales. Se conocen y conocen a Dios: no se
reconocen los dos, no nos reconocemos. Toda la teología

padece de semejante confusión garrafal entre conoci­
miento y reconocimiento. Entra, ella entera por muchos
volúmenes que tuviere, en los primeros capítulos de la

Ciencia de la Lógica de Hegel.

27

Se equivocó de medio a medio J. de Mairena al decir:

«Pensando que no vela
porque Dios no le miraba.»
La verdad es el reverso: no veía Mairena, porque Dios
,
le miraba, porque Dios no le veía. Ver es verse -vernos,

a la prueba de dejarse ver, ver que ve, ver que nos vemos
-e ntendemos , queremos, oímos, hablamos. Renuncia a

reconocernos; aceptación del se conocen.

Los hombres som�s también tentados de ese rehusar­

nos a vernos, oírnos, hablarnos, entendernos; rehusamos

reconocernos. Es la tremebunda posibilidad que acecha

a nuestra convivencia, reduciéndola a ayuntamientos de

ver que nos vemos, ver cada uno por los ojos del otro,

cosa con cosa -de animal racional cosa con animal

co- mata, de muerte propísima, al ver; mirar, en cuanto

pocas- dar pruebas de personalidad rehusándonos,

cual por propios. El mirar -puro, simple, fijo y extáti­

racional cosa. Y creemos, a veces -que ojalá fueran

tal, es la negación intrínseca de ver; es su cosificación.

siempre descortésmente en el fondo, a reconocernos, a

miran y se ciegan por el intento de sólo mirar.

hablarnos, escucharnos , entendernos . ..

«Los ojos ciegos que miran» son ciegos porque sólo

Eso de «revelación» divina no ha pasado de ser «hija
de largo deseo», una simple idea. «Filie du long désir:
Idée» (Mallarmé).
Revelación, que Dios se nos revele, es el secreto
anhelo humano de que Dios demuestre que existe porque



se de e ver, se ponga al alcance de nuestros ojos, y se

someta, valiente y decididamente, a esa prueba: que

veamos que ve, que nos ve, que veamos que nos ve, que
nos veamos por sus ojos y él por los nuestros; que nos
hable, comenzando por escucharnos; lo que no sabremos

que otros vean por mis ojos, y yo por los suyos; a vernos,

La personalidad no se mide por «la dosis de soledad

que un hombre es capaz de aguantan>, sino al revés, por

la dosis de comunidad, de sociedad que un hombre es
capaz de aguantar, aceptar y dar por bienvenida.
Dejarse ver, dejar franca y magnánimamente que

otro vea por mis ojos, note que escucho lo que me dice
--oiga que lo oigo-, note que entiendo lo que me
declara --entienda que le entiendo-, es un acto libérri­

mo por las dos partes: del vidente y del visto. Puedo

estar yo dispuesto a que vean por mis ojos, a que hablen

si no.sabemos que nos entendemos, que entendemos por

por mi boca... --es decir: a revelarme. Aquel a quien se

su boca y él por la nuestra; que es nuestro oráculo y

voluntad ...- puede rehusarse a revelarse él; y mirar a los

su entendimiento, y él por el nuestro; que hablamos por
nosotros lo somos de él. Lo demás es teoría pura; y las

dirige tal oferta -a sus ojos, oídos, entendimiento,

ojos que lo ven, mas sin dejarse ver por ojos que lo ven, y

pruebas están dispuestas de manera que nunca se pue­

así verse en uno, en un nos, los dos revelantes; puede

razones con Dios?» sólo puede decirlo -airado, secreta­

abstraída a un ojo intelectual que quiere ser entendido y

dan «poner a prueba». «¿Quién eres tú para ponerte a
mente muerto de miedo, tocado en la llaga- el que tiene

responder con mirada intelectual, teórica, abstracta y

se abre a ser entendido, a que otro entienda por su

alma de cosa; se es esclavo, y acepta que como a tal se le

medio, y se entiendan -reconozcan que se conocen.

cuestión de fe, de creer en lo que no se ve, de creer que

ser entendido... no tiene derecho alguno -así sea Dios­

trate; y aquel para quien «eso de hijos del Padre» es

Dios no tiene ojos, ni oídos, ni entendimiento sometibles

28

El que se franquea y quiere ver y ser visto, entender y
a ser visto y a ser entendido. Ver a quien quiere vernos

29

-y acepta que lo veamos-, entender a quien quiere que

lo entendamos -y se abre a que lo entendamos- no
causa obligación alguna. Es don, regalo, gracia. Aceptar­

lo es gracia; no aceptarlo no es desgracia; corresponder
es mérito; no corresponder no es demérito. No se impone
jamás la libertad a golpes de cosa. En el fondo de quien
pretende transformar o pervertir gracia en obligaci<'m
late el miedo a no sentirse seguro de sus poderes th:

seducción, impotencia de ser magnánimo de veras y en

lo que «duele».
«El que creyere, se salvará; el que no creyere se

condenará» sólo tiene sentido si eso de creer es una

"El siervo es ya hombre
porque oyó su nombre
de labios de su señor.
Asf fue."
"El Señor es ya hombre
porque oyó su nombre
de labios de su servidor.
Así fue.''
La Humanidad -Nos los hombres- se inaugura real

y verdaderamente en el cuerpo social -no en el dramáti­

imposición, obligación, ley dictadas por Señor de sier­

co o teológico, religión o arte.

hasta las gracias. Si la fe es gracia, aceptarla puede ser

pasos -y a cargo ya del hombre.

vos-cosas, tan cosas que han de recibir obligatoriamente
mérito;

Se inaugura. Veamos cómo se realiza, por sus propios

no aceptarla no puede ser demérito. Y no

aceptarla precisamente porque se quiere imponer el que

se acepte una gracia, es mérito: es no dejarse tratar de
cosa, y dar así una bien merecida lección al Señor: la de
que no somos cosas -y dársela, por secuela, a sus
administradores.

Hegel -que sabía esto y más y mejor que el autor de

esta obra- planteó esta cuestión como «cuestión de
confianza», «cuestión de reconocimiento» (Anerkenntnis).

Sólo cuando el Señor -de déspota o cosa despótica
que era de siervos cosa- surgió a serse, sentirse y

aceptar -a regañadientes, primero; magnánimamente
después- ser en uno Señor de sus siervos y siervo de sus
siervos, y, en uno también, los siervos surgieron a serse,

sentirse y aceptar -desconcertados, primero, con digni­
dad después- ser siervos de su señor y señores de su
señor surgió Nos, en forma de sociedad -depuesta y
degradada la forma anterior de Pastor-ganado, Creador­
creatura, Sátrapa-súbditos. Desde entonces cobró senti­
do real, nuevo, la frase: Nosotros los hombres.

30

31

CAPÍTULO SEGUNDO
SURGIMIENTO Y ESTABLECIMIENTO
DE SOCIEDAD. NOS LOS HOMBRES

-por la vista para ver, por el oído para oír- de modo
que su contextura fuera condición positiva y necesaria,
colaboración positiva y necesaria de la materia para la
vida, sino, ¿quién sabe?, cauces que violentamente, con
paciente, artera y constante presión, tras meandros de
meandros, se habría abierto el ímpetu del torrente vital;
serie de obstáculos,

contorneados hábilmente por· la

vida. En definitiva, nada de materia adaptada a la
forma, de forma informante, reformante y transformante
la materia en

suya. La fisiología es el sistema de cauces y
contra la materia, se hizo la forma, se

de surcos que,

labró y aró la vida. De ellos parece surgir la vida,

«¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.»
«¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu cqpa y no te importe
si no puedes hacer barro.»

añadiríamos ahora nosotros, cual de los microsurcos de
un disco la maravilla acústica de una sinfonía. El
microsurco, si tuviera conciencia, sería el primer sor­
prendido de lo que oye. La materia no es causa material
de la forma; no es

su materia; ni la forma es causa
su forma.

formal de la materia; no es

No nos extrañe, pues, que, de cuando en cuando, la
vida se abra paso por otra parte del cuerpo, y haya
habido quien

vea por la punta de los dedos o por la

espalda. Y no por milagro; lo fuera en caso de admitir
que la forma informe, reforme y transforme a la materia,
y la haga

I

suya; la remodele en órganos suyos. Mas no es

milagro, si la vida -la vista, oído, pensamiento...- es el
paciente y sutil ingeniero de puentes y caminos, hábil

De cosas a enseres. De universo a mundo

«La sola sospecha ofende» a las personas -dice el
refrán corriente. «La sola sospecha fende o hiende»
teorías. Así sean filosóficas.
Bergson sospechó de la fisiología. Los órganos de los
sentidos, maravillas de sutileza, flexibilidad y orden, no
serían instrumentos montados por la vida para la vida

32

aprovechador de cauces naturales y perforador decidido
de obstáculos. Hecho el camino, la vida -ver, oír, tocar,
pensar...- circula tan natural, sencilla, suavemente cual
el acto de ver nos lo dice: con un abrir y cerrar de ojos; y
funciona con esas explicabilísimas ya preterición, anula­
ción y desconsideración respecto de la

estructura del ojo.

Si así pretiere, anula y desconsidera la vida el cuerpo,
nada de sorprendente habrá en que, de cuando en
cuando, se abra paso la vida en cuanto vidente por otra

33

parte; y vea por la punta de los dedos �orno se cuenta
de cierta santa- o por otras partes, como consta por la
psicología paranormal.
Menos aún necesita del prodigio estructural de los
ojos el

mirar. Ciertas vulgares fotos nos miran, insistente

y tontamente; un retrato al óleo de gran pintor nos mira,
con mirada extática: mira sin mirar a nadie; mira con
mirada trascendente, saltándose o saltada a toda meta y
punto de fijeza. En los dos casos, foto y retrato, miran
sin ver. La simple y pura mirada no necesita de ojos
reales. Cuando la vista se evade totalmente de la fisiolo­
gía queda reducida a mirada.
El hombre ha inventado maneras de hacer que las
cosas le

miren; no ha sido menester para ello que les

haya producido ojos, dejando a su espontaneidad o
albedrío el que le miren.
Es verdad que

sin ojos. Mas tales inventos o productos suyos no son, en
rigor, «ojos ciegos», cual si, de ordinario, tuvieran ojos y
los hubiesen perdido, muerto el ver por el mirar; las
obras del hombre han sido, por plan, hechas para que nos
miren. Miran a las manos el arado, al cuerpo entero el
vestido, a los ojos los· anteojos, a los oídos el audífono o
el teléfono; a ojos, oídos y mente el libro y el lenguaje; a
las i'rJsaderas la silla; a los pies, calzado y calles; plato,
cuchara, tenedor y cuchillo, al apetente, al

pedir de boca;

los cuadros, estatuas, ritos ... a todo: cuerpo, alma, ojos,
voluntad, sentimientos...
El hombre, pues, ha creado un mundo para que le
mire, para sentirse mirado y admirado, y admirarse él de
sí, frente a la indiferencia y neutralidad del universo que
o no le ve, y menos le mira, o si le ve no suele mirarle, y
si le mira lo hace con la mirada extática de esfinge, o
cual nos miran, sin vernos, los animales.

«El ojo que ves no es
ojo porque tú lo veas;
es ojo porque te ve.»
Mas la mirada no es mirada porque nos vea, haciendo el
ver de condición necesaria positiva para mirar y ser
mirados. La mirada es, justamente, mirada -ni más ni
menos- porque no nos ve.

«Mis ojos en el espejo
son ojos ciegos que miran
los ojos con que los veo.»
Toda obra de las manos del hombre -arado, sílice

Llamemos

enseres a todo ese conjunto de cosas

--obras de las manos del hombre, inventos, productos,
creaciones suyas- hechas para ser

mirado el hombre por

ellas; y diremos, remedando sin gracia, mas con verdad,
lo del Poeta:

"Los enseres que el hombre ve
son enseres porque le miran;
son enseres porque no lo ven."
Eso es sacar verdad lo del mismo Poeta:

«... con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.»

tallada, aguja de hueso ... timón, áncora, caballo domesti­
cado, vestidos, casa, muralla... avión, máquina de escri­
bir, calle, lenguaje, libro. ..

34

¿Que el hombre no ha creado el universo?:

mira al hombre, sin verlo,

35

«¿Dices que nada se crea?
No te importe...»
universo
mira. No por calculado desdén. Peor aún: por

No nos importe, pues no le importamos. El
no nos

neutralidad. Y si algo de él nos ve, nos ve como a uno de

mos; deponemos su forma a material; sus fines, a medios
nuestros; sus poderes, a esclavos nuestros.
No nos importa el universo, ni si ha sido o no creado,
ni quién lo creó. No importamos nada al universo, y de
mil maneras nos lo da a entender; y de esa, peor y

tantos animales, y nos trata como a animales -benéficos

definitiva, que es la neutralidad. El rayo ni nos parte ni
nos perdona. Cae. Y la piedra ni nos aplasta ni nos evita.

o dañinos, de rapiña o de presa activas o pasivas. Si algo

Cae. Al Dios que creó el universo -si es que existe tal

del universo nos sirve, no es porque haya sido hecho,

Creador- no le importó crear precisamente

precisamente, para que nos sirva; sino porque da la

creó

casualidad o buena ventura -enteramente accidental­

nada ni lo que he creado ni el Creador. Tal cuestión no
tiene importancia alguna; y que no la tiene te lo

de que nos sirve; y aun eso de

se111irnos -de para qué
hallazgo del hombre

universo:

lo neutral. Como si dijera al hombre: No te importen

nos sirven- tiene que ser un

mostrará, fríamente, el universo mismo. Si yo, Dios, me

�orno el de que el agua sirve para beber, y los leños

metiera en universo me pasaría igual que a ti: me
aplastarían las piedras, me ahogaría el agua y me

para vigas...

partiría el rayo -el mismo y las mismas que yo creé,

«¿Dices que nada se crea?
No te importe...»

que tú crees que yo creé, de nada; y me resultó que las
creé para nada y para nadie.

¡Para lo que le importamos al universo los hombres!
Aparte de que es falso el que «nada se crea». El
hombre crea

mundo; y por tal creación rebaja el univer­

11

so a material en bruto para sus planes. Algo bien
formado son árbol y barro. El hombre los deforma y

Mundo y hermanos

hace de ellos viga, remo, bastón, arco, copa, ánfora,
ladrillos, adobes, empalizadas... Creó mundo. Y el mun­
do, sí que nos importa, porque mundo, a diferencia de
universo, es precisamente ese conjunto de cosas que nos
importan porque las hemos producido para que nos
importen;

y

mundo visible es, ejemplificando, ese

Lo que nos importa es el mundo; la creación de
mundo; de ella nos consta porque lo hemos hecho
nosotros; y lo hecho nos sirve porque lo hemos hecho
justa, precisa, exitosamente para eso.

conjunto de cosas que nos importa ver, y para que le
resulten importantes a la vista las hemos hecho de modo
que nos miren. Lo que no nos importa es el universo en

« con el barro de la tierra»
"con el universo",
•••

cuanto universo. Tan poco nos importa que lo anonada-

36

37

hemos hecho una copa, casa, murallas, y en ellas vivimos

Y" como hermanos.
En el universo no vivimos como

hermanos; que no

son hermanos los cachorros de un león y leona, ni los
conejitos de un conejo y coneja, ni los manitos de un
mono y una mona... Ni son

hermanos la prole de un

animal racional macho y de un animal racional hembra.
Que macho se levante a padre, y hembra a madre, Y su
camada a hermanos ... es una creación, un invento. Es una

creación humana, tan original -en el sentido de nueva Y
de manantial primero- como las de copa, muralla,
ciudad, ánfora, timón... Del universo, de lo natural, no
nacen ánforas ni murallas... ni hermanos ni padre ni
madre; nacen macho, hembra, prole... barro. Esto o todo
ello pasa y desciende a material en bruto para

mundo.

La copa se hará una vez de barro, otra de metal, otra
de vidrio, otra de cristal de Bohemia...
« no te importe» ni metal, ni cristal, ni vidrio, ni
•••

barro. Lo importante es beber todos en copa como

hermanos. Vivir y sernos en mundo. A lo natural, hombre
inclusive, lo parte un rayo; el hombre creador parte el
rayo con un simple pararrayos. No tuvo que robar
Prometeo a los dioses el fuego, para hacer don de él a los
hombres -animales racionales naturales. El hombre lo

causa de la base, no reformada aún, de la individualidad
biológica natural; aún tiende cada uno, por la voracidad
natural de animal, a que le sirva sólo para él. Pero la
copa no es su boca; no es miembro biológico suyo. Su

copa y su boca no son del mismo orden que su nariz y su
boca. Aun dado el que haya hecho él la copa, no
conseguirá, por suerte, que se le convierta en un órgano
más de su cuerpo, y tenga que cargar con ella como con
sus dientes, hasta cuando no le sirven para nada.
«Pájaro seas, y en manos de chiquillos te veas», dice
la conocida maldición gitana. «Copa tuya sea, y en tu

boca se te convierta», fuera la maldición a echar a los
que pretenden, ¡insensatos!, apropiarse los inventos del
hombre, y no compartirlos entre todos. Porque eso es
justamente ser hermano: compartir los inventos, serlos

como nuestros.
Somos hermanos no por ser prole del mismo macho y
de la misma hembra: cosas de universo; ni por ser hijos
de un Padre celestial a quien le pasó el chasco de
echarnos a universo, cuando, tal vez, pretendió traernos
a mundo.
Somos hermanos por ser concreadores y usuarios de

mundo, cuyos integrantes -los enseres- nos miran
como a sus creadores.

inventó; sobran Prometeo, Júpiter y el olimpo entero de

"Los enseres que el hombre ve
son enseres porque le miran."

dioses; y conforme el hombre progrese a golpes de genio,
de inventivas, van sobrando tantos y tantos dioses,
creadores o redentores, porque en rigor, nunca hicieron
falta. Era la

"El mundo en que el hombres es
es mundo porque nos mira."

alfombra mágica, el Sésamo, ábrete... : ensue­

ños premonitores de las creaciones humanas.
La copa

mira, sin ojos, a nuestra boca -no a la de

cada hombre en cuanto animal sediento y que se nota
sediento. La copa nos mira a

todos por igual; Y al

mirarnos así, nos hace iguales con esa igualdad nueva
que es la de ser

38

hermanos. La usamos uno por uno -a

No somos hermanos por sangre; somos hermanos por
mundo.
La frase del Nuevo Testamento:

nec

ex

voluntate carnis nec

ex

<<nec ex sanguinibus
voluntate viri; sed ex Deo
39

nati sunt. Et Verbum caro factum est et habitavit in nobis
et vidimus gloriam ejus, gloriam quasi unigeniti a Patre,
plenum gratiae et veritatis », ha de hacer lugar a la del

.
Novísimo Orden: el hombre no procede de sangres, m de
rijosidades de carne, ni de querencias de macho, sino de
sí en cuanto creador de mundo. Al universo lo hizo
mundo el hombre y habita en él; el mundo lo mira cual a

su gloria, y él ve al mundo cual su gloria, gloria propia
del que se va creando a sí mismo por lo inagotable de su
inventiva y éxitos.
Caín y Abel fueron hermanos carnales, prole de
natural carne, rijosa y querencialmente nuevecita. Abel
fue pastor de ovejas; Caín, labrador; Abel, animal racio­
nal de universo; Caín, animal creador de mundo, a quien
no importó el no haber creado la tierra; la tomó cual
material en barbecho, e hizo de ella, con elementales
aperos, campo para los hombres, levantados a hermanos.
Caín es el inicial creador de mundo. Caín no fue hermano
de Abel.
Dios sabía, por instinto defensivo, lo que hacía al
regodearse olfativamente en el humo grasoso de los
animales naturales quemados por un fuego no inventado
por Abel; y sabía lo que hacía al no querer aspirar y

deleitarse morosamente en el de los sacrificios de un
labrador.
Los griegos fueron más brutalmente sinceros; sabían
expresarse mejor que los hebreos, al hablar de la
«envidia de los dioses». El Dios del Antiquísimo Testa­
mento no pudo aguantar al honbre en sus primeros
pasos de creador. Caín, labrador, le sorbía los sesos a
Dios creador. De Caín procederán todos los artífices,
cuenta la Biblia -con mal disimulados envidia y resen­
timiento, eco, fiel y revelador, de los sentimientos de su
Dios. Caín no mató a Dios; mató a Abel; realmente, a

ninguno de los dos; mas sí en realidad de verdad, en lo

40

que real y verdaderamente eran Dios y Abel: seres
naturales de universo. Y se murieron ellos solos, de por
sí, a manos -inocentes de sangre animal- del hombre
en cuanto inventor, creador de mundo. Desde Caín y por

virtud de sus manos de labrador, y por las de sus
descendientes artífices y artesanos, cobra sentido lo de
hermanos; antes, éramos camada y manada de antropoi­
des, en promiscuidad de universo.
El agua del río que con ánfora damos al hermano es
don ambiguo; el ánfora es creación nuestra para dar de
beber al hermano; mas el agua del ánfora no lo es. No
fue hecha para beber; da la casualidad de que sirve para
ello. La fruta que en plato ofrecemos al hermano es otro
híbrido de universo y mundo, por muchos cuidados que
el labrador haya puesto en ella. Empero ánfora y plato
que a disposición de todos ponemos nos unen, sin

hibridismo ni ambigüedades, en un mundo, común y
propio del hombre: el mismo de todos y para todos.
Nuestra hermandad, real de verdad, crece con las
fases de la transustanciación de universo en mundo, de
la de hombre natural en hombre trabajador. La auténti­
ca hermandad surge en forma de sociedad de trabajado­
res. Y nos la ganamos paso a paso, invento a invento, a
pulso de ocurrencias, ingeniosidades y golpes de genio.
Hay una falsa aristocracia ontológica -no ridícula,
por no ridiculizada aún, cual lo está la aristocracia de
sangre: la procedente de rijosidades y querencias, lineal­
mente cultivadas, de ciertos machos y hembras. Es la
aristocracia del que lo tiene todo por su tipo de existen­
cia, por razones de ontología; y no ha de trabajar para,
con su trabajo, merecer el ser.
Dios es el peor ejemplo del tipo de ser aristocrático.
Lo es Todo desde siempre y para siempre, necesariamen­
te, sin más causa que su ser, con que se halló siendo; no
se lo ganó. Pese al tufillo aristocrático de tantas fases y

41

conceptos de Hegel, el Espíritu absoluto tiene que
ganarse su ser con «el trabajo y seriedad» del concepto,
con la Historia, pues, para llegar a serse en firme y en
realidad de. verdad, hácese cuerpo, viviente, hombre,
sociedad;
encarna;

lo racional se hace-ser real, y no sólo se

es carne. Y no tan sólo se une en unidad de

persona con un hombre, imponiendo con pulcritud y
remilgos una insalvable distinción de naturalezas -co­
mo si la naturaleza del hombre no fuera lo más impor­
tante de él... El Espíritu absoluto, sin remilgos, hácese
por identidad cuerpo, carne, hombre, sociedad ...; hácese
historia, para así,

siendo todo, saber de todo, por expe­

riencia de ser, y no por contárselo una naturaleza a otra,
cual cuentos de hadas que se contaran naturaleza divina
a humana, y ésta a aquélla.
El Espíritu absoluto no padece de remilgos ontológi­

camino. Dios se hiza hombre: híbrido, cual centauro, de
dos naturalezas y una persona; no se hizo ser hombre. Lo
importante se reconcentraba, precisamente, en dos pun­

ser hombre; y segundo, Dios se
hizo ser catpintero. Por treinta años Dios se hizo ser
hombre trabajador. Creer en eso, contra toda ontología;
tos: primero, Dios se hizo

montar sobre eso una Iglesia, contra todo imperialismo y
aristocratismo romanos; elaborar una teología de Dios
que es hombre trabajador... tales son las faenas de
ontología, teología, antropología y sociología, expuestas,
ofrecidas, planteadas por Dios mismo a sus creyentes;
incomprendidas, huidas y rechazadas abiertamente por
su Iglesia, al cabo ya de 1 966 años de que fue

ser entre

nosotros, y cual uno de nosotros, Dios carpintero, Dios
trabajador.
Jesús de Nazareth, hijo de carpintero, de lavandera y

cos, cual el Dios de los teólogos cristianos. Es Dios

cocinera, hizo durante treinta años mesas, vigas, bancos,

nuestro Dios. Y lo de es y lo de nuestro van
en serio: en ser. Y no es que el Espíritu se haga cuerpo,

hermanos en trabajo.

trabajador; es

viviente, hombre, sociedad... cual si todo eso preexistiera
y, por un acto de valiente decisión ontológica, se sumer­
giera en todo, se expusiera a todo. Cuerpo, espacio,

lechos, azadas -para sus hermanos: los carnales y los
De todas esas aristocráticas teorías teológicas: dos
naturalezas, una persona; dos voluntades, o una; proce­
siones divinas; comunicación de idiomas... no le importó

tiempo, vida, alma, imaginación, pensamiento... moral,

nada a Jesús. Leyendo los Evangelios y desembarazándo­

creaciones suyas, inventos de serse,
aventuras de su ser mismo; y salir con suerte de la

valoraciones y falso aristocratismo genealógico y filosófi­

Estado, religión son

aventura ontológica de hacerse-ser cuerpo para así en­
trar en la aventura de hacerse-ser hombre... es haber
corrido con suerte una aventura, que, para no ser trampa
o palabrería, pudo resultar en una entificación o corpo­
ralización definitivas e irremediables. Lo demás:

lo

asegurado, ya de antemano, por necesidad, por esencia,
por inmutabilidad, eternidad... es ser lo que se es sin

mérito alguno; no haberse ganado el ser; hallarse siéndo­
se todo, cual aristócrata, por nacimiento, por genealogía:

los de la hojarasca helenística de conceptos, teorías,
co, se percibe aún al Dios que

es hombre carpintero, hijo

del pueblo trabajador, despreciador de aristocracias y
genealogías, que, si no reconoce, cual importante, la
vinculación genética con su madre natural y hermanos
naturales, no iba a reconocer esotra ficticia de venir de
reyezuelos cual Salomón y David.
De todo ese aristocratismo de teologías y Credos
hubiera dicho Jesús, dirigiéndose al pueblo trabajador,
lo de A. Machado:

por ontología. La teología cristiana se quedó a mitad de
42

43

CAPÍTULO TERCERO

«No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.»
Y de haber preguntado a Jesús acerca de si el

HOMBRE Y CONCIENCIA

Credo

debiera comenzar por las palabras: «Creo en Dios Padre
Todopoderoso, creador de los cielos y de la tierra... »
hubiera respondido: ¿Cómo? ¿Que Dios todopoderoso ha
creado ya todo: los cielos y la tierra? Así que

«¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharrós.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro. »
«¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.»
'
No nos importe el Credo, y demos por un maravedí
las teologías. Lo importante es el trabajo; él nos hace

hermanos.

«Hay dos modos de conciencia:
una es luz, y otra, paciencia.
Una estriba en alumbrar
un poquito el hondo mar;
otra, en hacer penitencia
con caña o red, y esperar
el pez, como pescador.
Dime tú: ¿Cuál es mejor?
¿Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos,
que no se pueden pescar,
o esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar?»

I

Conciencia contemplativa
«El hambre hace echar a los ingenios por caminos
que no están en el mapa», decía Cervantes -por expe­
riencia propia. El hambre y el ingenio produjeron

44

El
45

Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha quien, en

dado que se hayan inventado, ignóralos, si es que no los

verdad, echó por caminos que no están señalados en el

desprecia.
El visionario no es consciente de serlo; es, literalmen­

mapa del hombre normal, y apenas estaban vagamente
amojonados en el literario. La conciencia no surge como

te, subconsciente de serlo; por eso mira, mas no ve. La

contemplativa cuando aprieta el hambre. Si hay hambre

mirada es ver fijo, fijado y alienado o extático --emboba­

e ingenio, el ingenio inventará caña o red; y, pescará, si
los hubiere, «peces vivos, fugitivos». Mas, si no los

do y encandilado. Y lo que ve -al poner al ver en trance
de mirar- son

hubiera, con hambre, ingenio, caña, red y paciencia se
morirá el hombre de hambre. Antes de morirse, su

«peces vivos,
fugitivos»
"que no se pueden pescar"; y que no se

conciencia de visionario le hará ver visiones -alucina­
ciones las llaman- de

pueden mirar, si es que, a ellos no les da la gana, la

«peces vivos,
fugitivos»
"que se han pescado ya".
«Érase que se era.» Hubo un tiempo y unos hombres

querencia, de entrar en el campo de la mirada. Que haya
qué mirar --que «haya» peces- es, para la conciencia
contemplativa, pura casualidad; que, habiendo qué mi­
rar, lo mirable sea tal o cual, es otra casualidad o golpe
de suerte -la de que haya

«peces»-; y que, dada tal o

a quienes les entró hambre de ver -apetito visual.

cual cosa, se ofrezca a las miradas como así o asá --cual

Platón creyó que eso de «hambriento de ver» lo padecían

vivo, fugitivo- es otra casualidad -sospechosa insisten­

unos pocos elegidos y selectos: los filósofos -los amigos

cia en la suerte.

de ellos es ya el reino de las ideas: visibilidades.

a juegos de puro azar.

de contemplar o

philotheamones; pocos y dichosos, pues

Aristóteles -no sabemos si más comprensivo u opti­

La conciencia de visionario es conciencia de jugador
A los

mista- añadirá que «todos los hombres tienen apetito
natural de ver». Ver no es ver que se ve; es notar que se

«peces vivos,
fugitivos» "no se los puede pescar", porque

ve; verse de paso, de reojo y de refilón, al ver otra cosa:

«Conciencia de visionario
que mira en el hondo acuario
peces vivos,
fugitivos»
"que no se quieren pescar"; y por no quererlo,

pescarlos sería trampa en el juego del mirar. Mirar es
estar la vista a ver «lo que sea», a la buena de Dios -de
los peces. Mirar es instalarse la vista en los dominios del

porque sí o porque no.
Cuando da la casualidad de terminarse el mirar,
hállase el hombre con que no ha visto; y, claro está, se

sino dejarlos ser a sus anchas, a su realidad, la vista,

halla sin

consciente de su instalación y querencia de simple ver, o

dos y que, al revertir, por gracia de su humanidad, a los
dominios del ver, no sepan decir más que ¡ah!, ¡maravi-

no inventa enseres de pescar -red, anzuelo, caña...-, o

46

«los peces». Que los extasiados están emboba­

47

lla!, ¡nadie lo dijera!, ¡el ojo no vio!, ¡desierto!, ¡soledad!,
¡algo!, ¡algo!, ¡Aquel!; y, al intentar decir un poco más,
hablen en lenguaje de los que ven, es cosa que advierten,
sin más -entre compasivos y urbanos- los que se
instalan en ver, pensar, oír, querer.

"El ojo que ve
es ojo porque no mira,
y es entonces cuando ve."
Extasiarnos, enajenarnos en otro es la manera sutil y
potente de no ver, ni pensar ni querer. Es una manera
decorosa, y aun distinguida, de embobarse. ¡Míreme!
¡Míreme fijo!; así es como nos hipnotizan -y nos
emboban. La vista, de ojos o de mente, es propensa a
mirar, y a embobarse.

de que estas clases de conciencia provienen de aquellas
clases de trabajo;

son la conciencia de tales trabajos.

Caña y red son i nventos que no inventan o producen su
objeto. Inventan la manera de sacarlo de su propio
ambiente o elemento -los peces del mar.
Invento es la abstracción; y por ella -red sutil- dejo
pasar los individuos y me queda la especie -concepto de
hombre, de circunferencia...- colados, cual insignificantes, Platón, Aristóteles... Homero, .Hesíodo... Jesús, Lutero... Kant, Hegel, Marx... Galileo, Newton, Einstein ... yo
que escribo, tú que me lees... Y la red se vuelve más
ancha de mallas, más abstracta o abstrayente; y el
concepto de viviente dejará pasar igual plantas que
animales, que este rosal, que este caballo; y por fin el
concepto de ser resultará la coladera máxima; por sus
intersticios se cuela por igual todo ente: Dios, hombre,
figura, número...; y retiene ese mínimo de «algo que es»,
«algo que existe»,

«esencia existente» o «existencia

esencializada», y si empre con la adición o coletilla: sea

11

Conciencia activa

de la manera que fuere.
En la playa i n�ensa, desolada, uniformada de

ser

están muertos, por indiferencia -extensión uniforme­
Dios, hombre, número, figura, en cuanto tales, como
dentro de la playa conceptual «mediterránea» que es el

Con caña y red no cabe más que

concepto de hombre están muertos -por indiferencia y
universalidad del concepto- lo mismo Platón que yo,

«esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar».

Sócrates que Unamuno, Heráclito que Antonio Macha­
do...

Conciencia de actividad asesina, de conocimiento
asesino de su objeto. Caña y red entran en la categoría de
aparatos captores, mas no en la de productores. Entre
pescador y carpintero se abre un abismo; el mismo que

tan poquito a poquito afinado, cual las redes materiales

entre conciencia activa y productora, por la simple razón

48

Red es el concepto; artefacto mental; i nvento, sin
duda, tan primitivamente aparecido cual red material;
también; y, cual ellas, tiene que aguardar, pacientemen­
te, a que se presenten nuevos seres concretos, para
entonces ver que se le cuelan sus peculiaridades, que el
nuevo pez pasó la red, salta por unos momentos y resulta

49

presto y sin remedio muerto en la arena fría, limpia,
uniforme, indiferente del concepto. Los abstractos matan
a sus concretos, de muerte entre violenta y natural.
Tal es la

«maldita faena
de ir arrojando a la arena,
. muertos, los peces del mar».

No nace uno sabiendo escribir a máquina, manejar aut ,
mirar por telescopio... Yo, uno por uno, con conciencia
atenta, redoblada, tengo que aprenderlo -si es qu
·

puedo. Abstracción es un invento: aparato mental d
tipo red, con playa propia, inventada también: la univc -

·

salidad. Si está mal dicho -pues no es real de verdad
eso de «yo digiero», «yo veo por ojos» ..-, está ya bien
.

Tal es la faena del concepto abstracto y abstractor.
El Sofista, entre mil cosas -«y ninguna era buena»­
fue esa de «pescador de caña» -así nos lo describe
Platón, puesto ante tal especie, en su aparición inicial. El
pescador de caña saca ya al pez medio muerto, uno a
uno, pez por pez. La red los saca vivos, de muchos en
muchos. A la hora de la verdad -y presto les llega­
muérense todos los peces uno por uno. Las cosas mueren
todas por igual sin pena ni gloria, en la arena del
concepto, a manos de la red de la abstracción -que es el
aparato más breve para pescar muchos a la vez, y hacer
que se mueran, ellos, también a la vez.
No

..•



-y esto otro llega a hacerse semiautomáticamente '

semiinconscientemente, mas siempre activamente.

Mas siempre también tal conciencia activa, servida
de redes de conceptos, de reglas de abstracción, es un
hacer «penitencia»,

se conoce --como decimos se dice o llueve. Conocer

es conocer yo, tú, o él; o nosotros. Conocer se hace con
conciencia; no así el caer o el digerir.
Mas el conocer resulta potencialmente consciente
cuando se sirve de aparatos, de inventos. Se crece, se
digiere, se ve por ojos, se oye por orejas -todo ello por
órganos naturales en que uno se halla siendo y obran­
do-; operan automáticamente --otra manera de decir
que no obran conscientemente, que conciencia no es
conciencia de digerir, de ver por ojos, de oír por oídos.
Yo no digiero; se digiere para mí; yo no veo, los ojos ven
para mí. A mí me dan el resultado, la cuenta total hecha;
y por tan bien hecha la doy que, de ordinario, ni paso yo
la vista por la cuenta total. El visto bueno, firma y sello
del yo, está dado de antemano.
No así cuando conocer tiene que servirse de aparatos.

so

dicho eso de «yo pienso»; mas es verdad perfecta «yo
conceptúo», «yo pienso con conceptos». Lo que va d
.
an.,.. ar a pie a marchar en auto eso va de «yo pienso» a
«yo conceptúo» -diferencia de pie a auto.
La conciencia es doblemente activa, en este caso; es
inventora del aparato -y eso no se hace dormido
sonámbulo o naturalmente-; es utilizadora del invent

«. esperar
el pez, como pescador».
..

Y desde este punto de enfoque es conciencia pasiva,
paciente; tiene que aguardar a que se le dé el objeto, con
la esperanza secreta -silenciosa e invisible cual la red­
de que haya

«peces vivos»,
"que dejen de ser fugitivos,
y por ello se dejen pescar".
Tal mezcla explosiva de actividad y pasividad, de
naturaleza e inventos es causa de esa intranquilidad
constitutiva del pensamiento -la Unruhe, de Hegel; la

51

uneasiness de Locke-; o, corno dice nuestro Machado,

concepto propio, su universalidad, su carácter de predi­
cado; y, en castigo, esa proposición se me queda sin

tener conciencia de estar siéndose y haciendo

sentido: sin predicado. Mas si digo -pienso y sé que
pienso-- «Dios es ser», y tomo en serio eso de

« esa maldita faena
de ir arrojando a la arena,
muertos, los peces del mar».
.• •

ser, Dios

deja de poder ser Dios. Robo a la proposición su sujeto.
He mentido dos veces, por decir en cada una una mitad y
querer enmendarlo.

El pensamiento conceptual, consciente de suyo, es

La chirimoya es real -la sabrosa, originalísirna fruta

mezcla explosiva cuando se cae en cuenta de que se le
mueren los peces, que dejan de ser fugitivos; lo cual es

que es- por su última diferencia -no, por ser fruta.
Dios es Dios, Platón es Platón... por sus diferencias

dejar de ser pez el pez -hombre el hombre, Dios el Dios,

ultimfsimas -superlativo desesperado de Escoto, dicho

fuego el fuego... Ya nada hace lo que es.

el cual se echó valiente y consecuentemente en el

Nada saco de rectificar eso de que «Platón es hom­
bre», o de que «Dios es ser», con frases corno «Platón es

este dios» es cuestión
esta fruta» es cuestión de

nominalismo y la fe. Que «Dios es
de fe; que «la chirimoya es

hombre, mas de una manera original, distinguida, pecu­

«comida»; Dios, fruta, hombre... no son ni siquiera

liar suya, bien diferente de corno es hombre el esclavo

abstractos; son puros nombres revertidos a la función

que hacía de portero», pues, en la primera proposición,

semántica, indicativa, gesto del dedo mental; no valen

Platón en cuanto Platón no es sujeto propio del universal

para declarar nada.

«hombre»; y en la segunda, «hombre» no es predicado

«¡Maldita faena!»

Toda nuestra ontología, teología, lógica... son no las

propio del singular «Platón»; y en esotro de «Dios es

niñas de la «media almendra», sino las niñas de la

ser», o el sujeto no está a la altura de la abstracción y

verdad a medias. No tienen remedio o escape:

universalidad del predicado, o el predicado no está a
nivel de la uniddad y originalidad de Dios.
Tales proposiciones son, cada una, la verdad a me­
dias.

«¿Dijiste media verdad?
Dirán que mientes dos veces
si dices la otra mitad.»

III

Al decir, y pensar -y pensar conscientemente- que
«Dios es ser» digo, y pienso, siempre

«¿Dijiste media verdad?
Dirán que mientes dos veces
si dices la otra mitad.»

Conciencia práctica

«media verdad». No

es preciso que me digan que miento, cuando añado «Dios

No me ve la gravitación. Por eso, al menor descuido

es de originalísirna y única manera ser»; sé, con mala

de mi parte, me arreará ese palo de ciego que llamarnos
caída. Mas me mira ella, sin evasión, en el plano

conciencia ontológica, que miento, pues robo a

52

ser su

53

inclinado o en el péndulo de Galileo, o en la máquina de
Atwood o en la balanza con esferas de Cavendish o de
Boys. No me ven la madera en el árbol o la piel en el
animal; mas me miran -fijas y extáticas- en la mesa o
en el calzado.
Le inquietaba a la conciencia activa eso de que se le
morían los peces al sacarlos a la playa del concepto, pues
lo que le interesa a la conciencia es el pez vivo y no el
muerto -que es un ex pez: «el Pez».
Casa, calzado, mesa, silla, timón, barca, lápiz, papel,
teléfono, televisor, avión, auto, calles, plazas... son pro­

ductos: enmaterialización de ocurrencias, inventivas o
ingeniosidades del hombre. Tales objetos, lejos de morír­
senos al sacarlos a la arena del mundo, son entonces lo
que son y hacen lo que son. No preexistían hechos, allá
en el mar, y los sacábamos a una no menos preexistente
playa. Los sacamos de nada que eran a mundo y, cual
pez en agua, hállense siendo y obrando calzado en pie,
vestido en cuerpo, televisor en ojos. La materia natural
-la materia naturalmente informada por sus formas­
es la que se muere, al sacarla de universo a mundo.

«Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.»
No ha de importarle tal cosa a la conciencia práctica,
por dos razones, que son motivos o motores: primero, qué
haga en cada momento de materia es un simple y bruto
hecho. El acero viene al ser, cual material inventado, a
costa del natural hierro -precisamente porque al hom­
bre le importó muy poco el no poder hacer hierro. Y el
papel sobre que escribo ha venido al ser, a costa del ser
de ciertas fibras vegetales -justamente porque al hom­
bre le importó un bledo el no poder hacer árboles. Jamás

54

en la historia de la humanidad se ha despojado a tantas
materias de sus formas; y a éstas, de sus materias. El ser
es de plástico; es lo plástico, por excelencia. Y cada ente
tiene tanto de ser cuanto guardare, bajo cada forma, de
plastificable. Ser es, decía Hegel, lo inmediato indeter­
minado, lo dado sin más --de buenas a primeras, de por
sí y sin intermediarios- como no determinado, mas, por
eso mismo, determinable a todo -a todos los tipos de
entes. La técnica moderna es, justa y precisamente, un
experimento en ontología: la mostración de lo que de ser
tienen los entes más determinados, cristalizados o endia­
mantizados. Y en plan de técnica ontológica entra lo que
Hegel intuía cual posible y progresivamente realizado
por técnica simplemente conceptual: espacio (ente), cuya
verdad (ser) es el tiempo; tiempo (ente), cuya verdad
(ser) es la vida ... ; derecho (ente) cuya verdad (ser) es
moral...; historia (ente) cuya definitiva verdad (ser) es
Espíritu; y, llegados a tal cumbre, otra vez a repetir el
proceso:

de ente a ser, de cosa en estado de ente
--determinada, intermediada- a cosa en estado de ser
--de inmediatez indeterminada, de lo determinable.

«De la mar al percepto,
del percepto al concepto,
del concepto a la idea
-¡oh, la linda tarea!-,
de la idea a la mar.
¡Y otra vez a empezar!»
No se ha dado jamás caracterización mejor de Hegel,
y del proceso dialéctico idealista.
Tal proceso entra en el tipo de conciencia activa, mas
no en el de práctica.
Por eso, segundo: sea lo que fuere -y «lo que fuese
sonará» en el capítulo siguiente- de este círculo infernal

55

o

esfera celestial, la conciencia práctica es el

plan mismo

de romperlo.
Mi entras al mar se lo deje en mar, poco ganaremos
de que calor y presión saquen de él perceptos, conceptos,
e ideas -nubes y nieve-; al final, las nieves -ex agua
de la mar-, volverán al mar, después de cumplir lindas
tareas -desde agrícolas a estéticas.

«¡Y otra vez a empezar!»
Conciencia activa es conserme en mundo de apara­
tos, que me miran, mas impotente de hacer que lo real
,
me mi re. La red me mira; y de su mirada y mi ver surge
el sentirme ser pescador; pero el pescado -percepto o
concepto- captado o sacado del mar, no me mira -por
supuesto no me ve; y, así no nos vemos-, y por no
mirarme se me muere:

«¡Maldita faena!». Red es el

telescopio; me mira a los ojos y por él veo las estrellas;
mas ellas no me miran. "Su silencio me aterra"; no
porque callen y no hablen a mis ojos, pudiéndolo hacer,
sino porque no les importa el ser o no vistas, mirar o no
mirar, ser admiradas o temidas por el hombre. Y eso de:
«no les importa», son «indiferentes a», «neutrales a», no
acaba de declarar su pluscuamolímpico no darse por
enteradas de nosotros, ni aun de los aparatos inventados
para verlas, mirarlas y admirarlas.

mi mar, sus peces
mios; se me morirán, ellos, y terminará mi

Mientras del mar no pueda hacer
nunca serán

conciencia -tras tanto trabajo y larga paciencia- por
extinguirse también en esa conciencia aburrida y somno­
lienta de pescador, despertada a golpes, discontinuos, de
sucesos gratuitos y fortuitos, bandazos i ncomprensibles
de ser a no ser -de caer a no caer pez en red; de caer tal
a caer cual, sardina o salmón;
ejemplar o una birria.

56

de entrar un buen

De alguien que ve -de algo que me mira y de cosas
que ni me ven ni me miran, a pesar de estar vi éndolas y
mirándolas- surge un compuesto inestable, chispeante:
la conciencia activo-pasiva. No cuaja o fragua en firme,
por causa de la cosa que llamamos, presuntuosamente,
conocida, íntimamente persuadidos, no obstante, de que,
para ella, eso de «conocida» es «pura denominación
extrínseca» -dicho con una de las pocas frases medieva­
les, sinceras y justas en teoría del conocimiento: de

su

tipo de conocimiento.
Percepto o cosa percibida, en cuanto percibida;

con­
cepto, o cosa concebida en cuanto concebida; idea, o cosa
idealizada, en cuanto i dealizada... son otras tantas deno­
minaciones extrínsecas, crecientes en extrinsecismo. La
cosa se queda tal cual;

ahí no ha pasado nada. Y

elevando necesidad, o fracaso, a virtud decimos que eso
precisamente demuestra la «objetividad» del conoci­
miento.

Demuestra,

a la una,

la objetividad de lo

conocido y la impotencia del conocimiento. Lo de

mío
-yo conozco esta cosa y esta cosa es conocida por mí­
es puras ganas.
Percepto, concepto, idea revierten a la cosa, al mar,
del que en verdad nunca salieron; la conciencia activa
revierte, con sus aparejos a cuestas, a la conciencia
contemplativa. Para tal viaje no hacían falta alforjas. Y
lo que Machado -ante la estatua que Barral le cincela­
ba- decía de sus ojos naturales:

«que los quisiera tener
como están en tu escultura:
cavados en piedra dura,
en piedra, para no ver», pudiera decirlo de los
ojos dados a pensar: percibir, conceptuar, idear. De nada
sirve el ver, el ver por medio de algo que me mira para
que, mediante él, vea -sea telescopio o concepto o

57

idea- si lo visto, percibido, pensado es «piedra dura»
-indiferente tarugo de ser, zoquete de cosa.
De cuero, clavos...; de lezna, martillo... surge esa
humilde, pedestre ya, novedad real que son los zapatos;
y por su ser mismo cuero y hierro... me miran; y, por
cuero y hierro trabajados, me miran lezna y martillo...; y
eso de que zapato

es calzado no es pura denominación
ser mismo, impreso,

extrínseca, sino intrínseca: es su

cual forma y fin en la cosa misma. El zapato es
realmente tal, al y por llevarlo; y es real y verdadera­
mente

mio -de mí en cuanto hombre, bípedo que se

sabe serlo y hace valer el serlo, contra pieles y hierro
naturales.
Cuando llegue el hombre a la luna, provisto de
aparatos para

percibir -arrancar, captar, empaque­

tar y traer algo de ella-, la visión de la luna por
ojos y anteojos cambiará de especie; y resultará real­
mente -y no sólo palabrera o desiderativamente­

percepción; y ella: la luna, un percepto; mía, del hom­
creador -no ya besugo encandilado. Y de tales per­
ceptos surgirán con-ceptos, reales de verdad, posesión

bre

real de la conciencia: perceptos y conceptos de luna, y
hablaré de ellos por algo más que ladridos de perro o
palabras que no van más allá de esa delgada capa de
aire que decimos tiene nuestra tierra y que, decimos
por ahora, no tiene la luna.
De cuatro átomos de hidrógeno surge uno de helio;
de la unidad positiva de cada átomo suelto de hidrógeno
sobra, para unirse, un pellizquito de masa de individua­
lidad; es lo que traduce, en términos reales, la diferencia
entre la

suma de cuatro átomos de H, y el todo que es un

átomo de He.
El principio vagamente verdadero que «de cosas en
acto no surge una en acto» y el «de una suma no surge,
sin más modificación, un Todo» resultan ahora definida-

58

Todo He, a costa
de la suma de 4 H, da testimonio físico la emisión de

mente verdaderos: de la formación del

energía de millones de calorías por mole.
De cuero,

clavos... , lezna y martillo... zapatos y

hombre hácese un

Todo -no una suma-; por parte del

hombre, conciencia productora; por parte de la cosa,

Su Todo es sociedad.
suma de pieles, hierro... animal
bípedo y ese Todo: zapatos-hombre, no consiste en

cosa producida.

La diferencia entre

emisión o absorción de energía --comunicación que de
su nuevo estado hace un Todo al Universo--; consiste en
que los zapatos que miran a los pies del hombre que los
inventó -a costa del estado natural de su forma y
materia- y hombre que

los ve como suyos, pues los ha

hecho, y, por tanto, como suyos se los calza, son reales
ellos y real él; y no, real él, y zapatos mágicos ellos.

Electrón en un cuerpo viviente es, realmente, electrón
viviente; y, si el cuerpo lo es de un inteligente, el electrón
es inteligente. Así Eddington y Whitehead valientemente
realistas y consecuentes. La diferencia entre electrón (en
estado de) viviente o inteligente y electrón (en estado de)
partícula inanimada tiene que ser real, y realmente
comprobable por medios o instrumentos, inventados
para ello -aunque, por ahora, no lo sepamos autor y
lector. Sólo así adquiere para el alma sentido real eso de

mi cuerpo; y, para el cuerpo, lo de mi alma. Lo demás es
hacer tanto de cuerpo, como de alma o espíritu, realida­
des mutuamente ultraídas, pluscuamperfectamente indi­
ferentes.
Pues bien: a la conciencia práctica, la de manos
inteligentemente creadoras, no se le mueren los peces
-las cosas del universo. No las aniquila; las anonada
-que es la muerte ontológica más grave. Le demuestra,
prácticamente, al hierro que su forma natural no es
suya, y que, al dejar de tenerla, nada le pasa a su ser.

La
59

técnica anonada las formas naturales. Y semejante anona­

PARTE SEGUNDA

damiento de las formas no se queda en nihilismo; la
realidad asciende a humanizada, y no para el hombre
natural, sino para un estado sobrenatural, inventado, del
hombre, cual lo es, por humilde que parezca ya, ir
calzado o vestido, vivir en casa o comer en plato con
cuchara, tenedor y cuchillo.
El cantar XXXV, sobre los dos modos de conciencia,
nos colocaba ante la disyuntiva, desagradable en sus dos
partes: o conciencia de visionario o conciencia de asesi­
no. Los cantares XXXVII y XXXVIII nos dan la verdade­
ra solución:

«¿Dices que nada se crea?
No te importe, con el barro
de la tierra, haz una copa
para que beba tu hermano.»
«¿Dices que nada se crea?
Alfarero, a tus cacharros.
Haz tu copa y no te importe
si no puedes hacer barro.»

60

TEORÍA DEL PENSAR

CAPÍTULO P-RIMERO

PENSAR Y CONOCER

«Decía mi maestro: Pensar es deambular de calle en
calleja, de calleja en callejón, hasta dar en un callejón sin
salida. Llegados a este callejón pensamos que la gracia
estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca la
puerta al campo.»

1
Pensar y ser

Conocer no es lo mismo que pensar. Calle no es lo
mismo que camino. Ni ciudad es lo mismo que campo.
Conocer está en el mismo tono que camino y campo;
pensar, en el de calle, callejón sin salida y ciudad.
La gracia de la teoría del conocimiento estarla en
poder

cumplir aquel,

nunca cumplido, mandato de

Jesús: hacer el bien de manera que, si lo hace uno con la
derecha, no se entere su izquierda; y, si lo hace con la
izquierda, no se entere su derecha. Es la única manera
de evitar la soberbia proveniente de ser bueno sabiéndo-

63

hace -que se enteren o las derechas o las izquierdas.
Teoría del conocimiento sólo puede hacerse si se
conoce de tal manera que lo conocido no se dé por

teoría. De la luz Todo diríamos lo que dijo Aristóteles,
después de ver, mirar, remirada y admirarla: luz es el
estado de transparencia de lo transparente; o acto de lo
transparente en cuanto transparente. Que a través del

enterado de que lo conocemos, y, a la vez, el conocedor
no se dé por enterado de que es conocedor.
Claro está que teoría del conocimiento tiene que
hacérsela conociendo -y no, pateando las cosas o
echándose a dormir. Se sabe qué es ver, al ver y por ver;

aparecer algo a través de él-; y tal acto es la misma luz;
luz es ni más ni menos que eso -jamás algo sustantivo,
independiente de un cuerpo transparente. Cuando la luz

selo ser, y la de eludir el exhibicionismo del bien que se

y qué es oír, al oír y por oír... Se puede saber qué signifi­
ca «400 billones de vibraciones por segundo de un cam­
po electromagnético» ; mas saber que eso es el color rojo,
tal como lo vemos -el rojo visto-- es otro cantar. Eso de
los 400 billones ... no lo ve la vista; ni lo puede ver, no
por imposible de ver, sino por impotencia de ella -que
es la verdaderamente real imposibilidad.
«Una hora bien contada no se acabarla nunca de
contar» --decía Mairena a sus discípulos, con su tantico
de sofistiquería. "Un color bien contado no se acabarla
nunca de ver."
No habrá lector tan ignorante o ingenuo que piense,
al oír esos números tan grandes y precisos de los físicos
modernos, que alguno de ellos haya contado jamás tal
número unidad a unidad, período a período; y, al final,
hecha ya la suma total por la vista en cuanto contadora,
se le aparezca a ella en cuanto vidente -¡quién se lo
dijera!- eso que todos, sin contar, vemos de un golpe y
llamamos rojo o violeta. El contaje es cálculo indirecto,
y los datos para tal cálculo los dan instrumentos -no los
sentidos naturales.
Por tal separación entre suma y todo, por ver el Todo,
todo de un golpe, y no poder ver los sumandos -a pesar
de serlos de tal suma y de tal Todo- adquiere sentido la
teoría física del color. Si viésemos sumando por sumando
y viésemos la suma total y el Todo de ellos sobraría la

64

aire veamos el bosque es la mostración propia de que el
aire ejerce en acto su función de transparente --de hacer

tropieza con un cuerpo intransparente lo que aparece es
color -el rojo de la rosa ... A través del rojo de una rosa
nada podemos ver, a pesar de los esfuerzos del aire

transparente, es decir: a pesar de la luz. Color es, pues,
ese límite (superficial) puesto a lo transparente por lo
intransparente. Todo lo cual puede ser verdad, y lo es,

porque dice en palabras -no tan transparentes como la
luz- lo que vemos. Mas nunca llegará a teoría de la luz y
del color, justamente· por esa coincidencia entre ver y

ser: color es lo visible y lo visible es color.
Parménides hizo imposible una teoría de luz y color,
al sostener que «son una misma cosa pensar y ser»; o, en
su forma aristotélica, «son una misma cosa ver y luz».
Sócrates no cometió parricidio. Parménides no fue
asesinado por sus hijos: por Sócrates, ni por Platón, ni
por Aristóteles. El parricidio lo cometió, realmente
-supiéralo o no- Demócrito; y si queremos distribuir
culpabilidad de tan horrendo crimen, Descartes,
Hooke, Newton...
En ningún orden vale: «lo que pensamos, vemos,
la

oímos, queremos, de manera natural, inmediata, de
buenas a primeras» y «el pensar, ver, oír... de todo ello es
lo mismo».
Que «color es lo visible y que lo visible es color» ... ,
que «Sonido es lo audible y lo audible es sonido» ... , que
«ser es lo pensable y que lo pensable es ser» , es falso.

65

«Confiamos

la vuelta en la proposición sujeto y predicado; no queda

en que no será verdad

a la mente más que dar también la vuelta y repetir esa
deambulación por iguales callejas que llevan a las

nada de lo que pensamos»,

mismas calles, dentro de la misma ciudad.

O bien: «Llegados a este callejón pensamos que la

es desahogo sentimental contra la sentencia clásica: «el
ser y el pensar. . . no coinciden ni por casualidad».
Lo que es o qué es el color es lo invisible para la vista;
es justamente lo que ella no puede ver -no obstante de
ser lo concerniente a ella. Pero qué es el color es lo
cognoscible de él, por entendimiento. Y como al entendi­

gracia estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca

r

la puerta al campo» .
Pero no la busquemos aún. Convenzámonos de que
hemos llegado a El Callejón sin salida. Y daremos toda la
razón a la ciencia moderna de haber saltado las bardas

miento no le ayudan en este punto los ojos naturales,

del corral medieval y griego, sin esperar a que la filosofía

inventó

autorizara el salto con su ejemplo.

otros:

especulativos,

unos -cual geometría,

álgebra ... -; o prácticos, otros -cual interferómetros.
"Confió" el entendimiento de Descartes, Huygens,

Como resultado de una evolución de millones de
siglos -sea dicho sin pedantería filogenética- mis ojos

Fresnel... en que no es luz verdadera la que vemos, y que

ven de un golpe el blanco cremoso de la pared frontera

no es realmente verdadero nada de lo que, acerca de ella,

del papel sobre que escribo; o, para ser más impersonal,

pensamos. Tal confianza en el conocimiento -y descon­
fianza en el pensamiento- ha hecho posible, y real, la

«ese cielo azul, que todos vemos» .

teoría de la luz, sacando a la mente de esa insignificante,
patente e inocentona verdad:

Color liso, uniforme, homogéneo, indiferenciado en
matices, todas sus partes unánimes en un color: azul o

«Color es lo visible y lo visible es colón>,

blanco o rojo ... ; o si no queremos poner a servir de
ejemplo a tan dilatada y venerable superficie cual la del

callejón sin salida al que, tras unas vueltas y paseítos

cielo, basta una pieza de mosaico, o un troc.ito de papel.

por calles y callejas de definiciones, divisiones, argumen­

El color visible termina por hallarse dentro de un trozo

taciones -todas en el fondo tautológicas, circulares, o

finito en estado de uniforme, homogéneo, indiferenciado

convertibles- llegan, a la una, sentidos y pensamiento.

ya. La vista lo está viendo en tal estado desde hace

Cuando nos dicen solemne y definitoriamente:

millones de años. Y la mente, al dar a palabras lo visto,
hablará de rojo, violeta, azul, blanco, negro ... , cual de

«todo ser es bueno y todo lo bueno es ser»;

especies, cada una uniforme, homogénea, indiferenciada

«todo ser es uno y todo lo uno es ser» ;

conceptual y visualmente. La vista llegó, hace tantos

«todo ser es verdadero y todo lo verdadero es ser» ...

millones de años, a su callejón sin salida, con la forma de
plaza lisa, uniforme, homogénea e indiferenciada de rojo

nos dicen -sin quererlo-: hemos llegado a un callejón

o de violeta, o de azul. Y ahí dan vueltas, de ahí no salen

sin salida. Señal: la convertibilidad, es decir: el que dan

ni la vista ni el pensar lo visto.

66

67

No hace falta olfato policíaco para sospechar que eso

11

de ser algo, uno, verdadero, bueno ... son el gran callejón
sin salida del pensamiento, tal cual emerge de una
evolución filogenética, allá por el siglo quinto antes de

Conocer y método

nuestra era. A tal callejón intelectual llegó la mente por
primera vez hace tan sólo unos 2 .400 años y todavía

Llegados ya, y pertinazmente regresados, a ese ca­

repetimos el encajonamiento. De conceptos ricos, cual

llej(m sin salida que es el ser, «pensamos que la gracia

los de hombre, viviente --calle mental- pasamos a

estaría en salir de él. Y entonces es cuando se busca la

conceptos calleja --cual cuerpos y sustancia- y de ahí

puerta al campo».

nos encaminamos sin remedio, en virtud de progresiva
abstracción, al callejón sin salida de ser, algo, bueno ...

La puerta al campo es la negación que la ciudad hace
de sí, en cuanto cerrada o amurallada --cosa que lo era

donde ya todo nos da vueltas:

por definición y por plan de construcción. De la puerta
en casa o ciudad, corral o castillo, vale lo que de las

«todo ser es bueno, todo lo bueno es ser» ...

llaves decía Perménides: «es de uso ambiguo». Cierra,

«todo ser es algo, todo lo algo es ser» .

unas veces, la ciudad contra el campo; abre, otras,
ciudad a campo. Y por tal uso ambiguo el hombre se

Algo, ser, bueno, verdadero ... son conceptos interna­

encierra, a veces; y, a veces, se desencierra de encierro.

mente homogeneísimos, uniformísimos, descalificados o

Campo es muchas cosas -lo cual es decir bien poco.

desmatizados... ; así lo son, en su orden, rojo visto, azul

Una de ellas consiste en ser lugar propio para caminar

visto...

-algo bien diverso del deambular ciudadano. Campo no

Algo es un positivo negador de esto, estotro, de todo
lo concreto: ser es un positivo negador, por igual, de todo

tiene ni calles, ni callejas ni callejones sin salida -todo
ello planificado o resultante en ciudad. Campo y cami­

ente, para así ser ser, ni más ni menos; algo ni más ni

nantes son metáfora sensible de conocido y conocedor,

menos... A tal callejón sin salida llegamos al cabo de

frente a pensamiento y pensar.

bien pocos pasos: de este hombre a ser hay cinco o seis
pasos -los contados en el famoso y poco frondoso árbol

«Caminante, son tus huellas

de Porfirio.

el camino, y nada más;

De noche, todos los gatos son pardos -dice e l ya

caminante, no hay camino,

clásico refrán. El pensamiento es capaz de hacer noche

se hace camino al andar.

de entes -no querer ver hombre en cuanto hombre, rosa

Al andar se hace camino,

en lo que tiene de rosa, dos en cuanto es justamente

y al volver la vista atrás

dos... -; lo que en tal noche de entes ve es «algo» , «ser» ,

se ve la senda que nunca

«cosa» ... Entes en gris. Ser es todos los entes en pardo.

se ha de volver a pisar.

«Maravilloso poder de inhibición del ser. »

Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar. »

68

69

En vez de camino y caminante digamos método y
conocedor.
Dos clases hay de camino, y dos de método.
Caminos hay que se hacen para dejarlos hechos, tan
hechos que el caminante no se salga de ellos, y vaya
desde su punto de partida, por su medio, hasta su punto
terminal. Tales caminos le dan a uno escogidos, determi­
nados y prefijados principio, medio y fin. Son carretera
real. El caminante es accidental. De suyo están hechos
para autopistas, para autos: para mecanismos motores,
no primariamente para tales o cuales hombres. Pueden
ser tales caminos prodigios de ingeniería. Mas siempre
-tengan la forma que tuvieren- su función es encarri­
lar; caminar por ellos llega a ser, y tiene que ser rutina.
El método axiomático entra en esta clase de camino.
Carretera y axiomática son isomorfos -tolérese la pala­
braza.
Toda demostración científica, todo experimento pla­
neado con éxito, dejan un camino real, tendido desde
principios a teoremas, desde aparatos a dato. Cualquiera
puede repetir la demostración y el experimento; están
ahí, cual la carretera que va de Caracas a Maracay.
Quien inventó la demostración -sus pasos y trucos­
conoció;

los que la usan, piensan.

El conocimiento

científico se sedimenta en pensamiento.
Retocando aquella frase ferozmente cruel de Macha­
do:
«De diez cabezas, nueve
embisten y una piensa» , pudiéramos decir:
"De diez cabezas, una
conoce y nueve piensan."



En definitiva el pensamiento científico y el filosófico

te minan en callejón sin salida: en los principios o
axiomas. . Mas el conocimiento filosófico o científico
siempre ha logrado hallar la puerta al campo, saltarse
las bardas, es decir: saltarse los principios, abriendo en
ellos no tanto una puerta cuanto una brecha.
Quien se sintió metido en ese callejón sin salida que
es el llamado postulado de Euclides: «por un punto fuera
de una recta, punto y recta en el mismo plano, sólo
puede haber una paralela a la recta» -tanto más
callejón cuanto más evidente parezca- pudo optar por
deambular desde él a calles y calles de teoremas, dentro
de la ciudad geométrica griega; sólo al cabo de unos
veintidós siglos se atreverán Lobachevski, Gauss, Rie­
mann a abrir una brecha en el muro -que brecha es
poner, cual aserción inicial: punto y recta, en plano, no
determinan, de por sí, esa única relación de paralelismo.
Punto y recta en plano son campo abierto a relaciones



impuestas por un acto libre, parecido a esa imposició

inventada y eficaz de molde sobre material moldeado.

La negación: «punto y recta en plano no determinan una
sola paralela por dicho punto a dicha recta» es la brecha
o el salto de las bardas. La gracia de las geometrías no
euclídeas ha estado, justamente, en haber hallado la
puerta al campo. Los que la hallaron conocieron; los
demás pensamos,

es decir: demostramos, a base de

principios dados, y aceptados cual insaltables.
Caminos hay que no se encarrilan -o reifican.
Caminos de huellas; caminos que se hacen al caminar;
estelas en mar. Caminos de un uso, cual los bienes
fungibles o combustibles.
Métodos inasibles son, en general, los propiamente
históricos. La historia deja huellas, estelas -no surcos
cual el arado, ni microsurcos cual la música.
La historia es historia propiamente por los hallazgos

70

71

e inventos del hombre, en todos los órdenes: religioso,

volver su mirada al pasado, sino hombres-esclavos de

militar, técnico, moral, político, científico. Lo demás,
cual lo natural, constituye el dominio de lo previsible y

pico y pala; y en pico y pala, aparatos sueltos que
vagamente esperaban ser miembros de un Todo: de la

postvisible, cual se calculan, sin preferencias, eclipses

excavadora.

pasados y futuros, mareas futuras y pasadas. Lo natural

Mas si por una contingencia extrahistórica -cual

no tiene, en rigor, porvenir ni pretérito; ni hace acto de

diluvio universal, no ya de agua sino de radiaciones

presencia. Sencillamente es presente, pasado o futuro.

atómicas- desaparecieran los inventos, y se revirtiera al

Sin novedad alguna.

estado natural, desaparecería la historia: la estela del

Al futuro lo hiende el porvenir, lo nuevo, lo incalcula­

hombre creador, caminante, en la mar del ser. Que

ble e imprevisible, lo sorprendente -cual la proa del
navío la superficie del mar. Al pasado lo transforma la

«caminante, son tus huellas

historia en pretérito -anticuado, antigualla, pieza de

el camino, y nada más».

museo, obsoleto, anacrónic�; pretérito es la estela que
la historia -lo nuevo, al surgir- deja en la superficie
lisa del pasado.
Con solemne terminología podríase decir que la
historia no posee racionalidad prospectiva; sino sólo

Los grandes métodos humanos son de este estilo:
«caminante, no hay camino,
se hace el camino al andar»,

retrospectiva. Los inventos -por ser novedad y en la
medida en que lo sean- no son previsibles; mas, venidos
al mundo, dan nuevo sentido a todo lo anterior y
reorganizan el mundo de nueva manera, cual venido al
mundo el invento de la máquina de vapor revolucionó
con su presencia la industria, comercio y sociedades, e
hizo pasar a museo -por obsoletos- los aparatos y
métodos anteriores.
«Al andar se hace camino,

El que se invente algo -en religión, política, ciencia,
técnica... - es un azar -una dichosa ventura, o desven­
tura: venturas, las dos, por igual. Quien inventa algo es
el primer sorprendido; le cayó la buena suerte -claro
está que habiendo de ordinario jugado muchas veces:
haciendo méritos, que nunca llegan a ser «causa necesa­

y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca

ria y suficiente» .

se ha de volver a pisar.»

pulso de inventos. Conocer -frente a pensar y contra

Con el andar de los inventos se hace el camino de la
historia; y al volver la vista al pretérito se ve la senda
que nunca se ha de volver a pisar. Quien una vez en su
vida vio funcionar la excavadora mecánica, no verá, al

72

«Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar» .

A la historia el hombre la mantiene real en vilo, a
simple pensar- es el azar de la inteligencia. Conocer es
tener la buena suerte de inventar algo. El uranio, por lo
que tiene de esencia o constituoión química, se compone
de 92 electrones y 238 nucleones; por lo que posee de
«azar» , emite partículas y radiaciones.

73

Inteligencia, en su estado normal y definible, es

CAPÍTULO SEGUNDO

Inteligencia, por su componente de inventiva o
azar, es conocer.
En verdad, en verdad,

OBJETIVIDAD

pensar.

«¿Para qué llamar caminos
a los surcos del azar?...
Todo el que camina anda,
como Jesús, sobre el mar.»
Conocer es el milagro de andar, sin hundirse, sobre el
mar del ser -lo inmediato, indeterminado y siempre
idéntico.
«Se olvida -decía mi maestro- que la objetividad, en
cualquier sentido que se tome, es el milagro que obra el
espíritu humano, y que, aunque de ella gocemos todos, el
tomarla en vilo para dejarla en un lienza o en una piedra es
siempre hazaña de gigantes.»

I
Mar, percepto, concepto, idea, Mar

La tarea del pensar:
«De la mar al percepto,
del percepto al concepto,
del concepto a la idea
-¡oh, la linda tarea!-,
de la idea a la mar.
¡Y otra vez a empezar!»

74

75

La puerta es un invento, y su uso ambiguo --cual las

mar no hay perceptos,

ni percepciones; hay,

eso

sí,

llaves; nos lo dijo Parménides. La puerta es una negación

distinciones evanescentes, perfiles difuminables, contor­

inventada de esotro invento que es la muralla o la pared.
Las cuatro paredes de la casa, o la muralla de la

nos definidos por un momento, desdibujables siempre
-así hayan durado horas o minutos. La nube es «came­

ciudad, son el invento primero; puerta, ventana, llaves...

llo»; la nube es «comadreja» ; «el fantasma está aquí,

son original y positiva negación del primer invento; así

allá ... se fue» .

que invento también, sólo que secundario. Inventadas

Los animales deben vivir así en el mundo de las

murallas y pared se descubre que «la gracia estaría en»
librarse de ellas sin derruirlas, y entonces se inventan

cosas, cual en mar y baraúnda de ellas,· flotando a ratos,
ahogándose a veces, agarrándose a algo, adormilados en

puertas, ventanas, cerrojos, y llaves, troneras y puentes

el bochorno y calma chicha del ambiente, sobresaltados

levadizos ... Los dos tipos de inventos --cada uno, nega­

de cuando en cuando ... y vuelta a serse en mar. Tal nos

ción positiva y nueva del otro- forman un par dialéc­

imaginamos su vida y su manera de conocer y sentir

tico.
Cada uno también da su percepto. Murallas producen

-un poco con esa donosa mezcla de fisiología mental y

para la vista natural ese espectáculo o aspecto nuevo no

De conocer cosas en mar y conocedor enmareado y

fábulas de Esopo, de que nos habla Santayana.

natural que es campo abierto: lugar de peligros, sorpre­

mareado a ratos, sólo se sale por invento. Lo sabemos,

sas, asechanzas: todo ello reducido, realmente, a inope­

mas sólo después de haber sobrevenido al universo en

rante, por la seguridad de ese verdadero invento que es

mar eso de navíos y barcas, casas y ciudades.

la muralla, que, a su vez, es objeto nuevo para la vista

Entre conocimiento y cosas en mar y conocimiento

natural. Muralla no es objeto natural para la vista;

con perceptos --cosas en cuanto percibidas, conocedor en

campo abierto, no lo es tampoco, por muy «natural» que
se nos haya hecho ya ver el campo desde la ventana o
balcón de la casa y otear el horizonte desde muralla o

estado de percipiente- hay un abismo, sólo franqueable
por un salto cualitativo.
El hombre lo ha dado; no, el animal, ni el hombre en

fortaleza -modo bien distinto de verlos desde la cumbre

cuanto animal natural. Percibir y percepto, percipiente y

de una montaña o desde el fondo de un valle.
La vista natural no percibe: ojea, un poco a la manera

percibido implican distinción inventada, diferencias im­
puestas, aislamiento forzado. «El hambre -decía Cervan­

como nos sentimos al flotar en el mar y cual se notan los

tes- hace echar a los ingenios por caminos que no están

pulmones al respirar la atmósfera: sumergidos en una

en el mapa.» La percepción hace echar al conocimiento

infinidad real -seres dentro de Ser, cuerpos dentro de

por caminos, surcos, linderos que no están en el mapa de

Cuerpo. Sentirse cual «pez en el agua» , tal fuera la mejor

las cosas naturales, sencillamente porque, de natural, las

expresión. Colores y formas de cosas en estado «mar»;

cosas no están en mapa; se son cual peces en mar

ruidos y ruidos en «mar» -así sin delimitaciones,
·
refugios, cotos cerrados, compartimientos estancos, re­

--enmareadas, y, a ratos, mareadas.

cintos aislados. Tal es el modo global de ser las cosas en
mar -de agua, de aire, de color, de sonido, de calor... En

ocurrencia genial del hombre, más originaria, decisiva

76

«De la Mar al percepto» se salta por invento, por
--común y corriente ya- que rueda y gallinas. Que la

77

ra enseñanza de la inteligencia. Pero la inteligencia no

vista percibe es una afirmació.n del mismo estilo y nivel
que la mano escribe; lo percibido es lo escrito.

ha necesitado nunca de maestros de enseñanza secunda­

El río se desliza por su cauce y por la vista; el perfil
del río -frente a riberas y bosques- es recorte genial o
definición visual. Es el percepto: el río percibido. Y la

superior a la primaria.
Ella inventó pasar o saltar

vista lo recorta y define, por cuchillo más sutil -¿quién
lo duda?- pero no menos eficaz que el humilde invento
culinario. Ese perfil, o definición visual, es el eidos o la
idea de río. No algo supracelestial; sino sencillamente
eso que, por ocurrencia genial, improvisó un buen día la
vista: deslindar dentro de lo visible, cual mar, algo
aisladamente visible, recortándolo con el rayo visual.
Pintores hay que consiguen -por invento negador, por
negación de negación- revertir al estado de cosas
visibles en mar de colores; y nos difuminan perfiles -de
río y bosque, de río y cielo... - y decimos que nos hacen
�er mar, río, bosque de otra manera. Son dialécticos que
ignoran serlo y, a lo mejor, blasfeman del nombre. No se

ria o superior; ella es la que inventa toda enseñanza

«del percepto al concepto» ;
y , sea dicho expresamente: después d e inventar eso d e
concepto. L a mano natural del hombre s e sorprendió un
f nición o perfil
día a sí misma fabricando cacharros: dei
nuevo dado al barro. La mano inventó un percepto: olla,
ánfora, plato... La inteligencia aprendió la lección; y le
acudió esotro de definir, referido o no a barro, a madera,
a piedra ... Por bisturí y cuchillo más sutiles y potentes
que los de la vista o manos separó -sin aniquilar nada­
forma inventada de material usado; y conceptuó ese

los llama dialécticos; se llaman impresionistas.
La humanidad pasa ya, sin notarlo, de mar a percep­

percepto que se llama plato en «circunferencia»; olla, en
«volumen» ; y, corriendo las aguas por el mismo canal

to -a lo mejor ya desde hace dos mil años. Y entre
perceptos vivimos y nos movernos. Y entre perceptos
viven, se mueven y pintan los clásicos: los grandes

esotro percepto que es «ánfora» ; y con asas, sobre todo,
entrará en el dominio invisible e impalpable de la

definidores visuales. Primera, triunfal y riquísima, nega­
ción de lo natural.

«De la mar al percepto»
«¡oh, la linda tarea!»
«Del percepto a la mar.»

-sólo que más alejadas ya del manantial- conceptuará

topología.
El cuchillo definidor trabaja según la frase: «ni más
ni menos». Ante el percepto «plato» la operación-exigen­
cia «redondo, "ni más ni menos" que redondo» define la
circunferencia -pura, nítida, límpida-, desprendidos,
cual escoria, lo de barro, lo de enser de cocina... ; y si,
ante el mismo percepto, insisto tajantemente en «plato
ni más ni menos que plato» defino un peculiar enser de

Negación de negación: triunfo y riqueza del impre­
sionismo -en pintura... , en filosofía sensualista, asocia­
cionista.
Los sentidos han sido siempre los maestros de prime-

78

cocina -y, por indiferentes, quedan desprendidos o
abstraídos los componentes físicos de color, material...;
los geométricos, cual redondez o elipticidad...-; y si,
dentro siempre del Todo de todas las cosas vistas o

79

visibles, oídas o audibles... , insisto en aplicar la guilloti­

esfuerzos de la abstracción, persistía ese «de» -forma de

na de «algo, ni más ni menos que algo», el concepto

energía potencial que sólo se anula al caer sobre su

obtenido es el de ser, a mantener en vilo contra la
gravitación continua y constante hacia entes. Su energía

concreto, al modo que la energía potencial de la luna
respecto de la tierra se anularía al caer la luna sobre la

potencial es máxima -digámoslo así con lenguaje físico

tierra. La mente ha inventado un instrumento nuevo por

corriente ya-; por eso, al menor descuido, por simple

cuya virtud trata de cortar de un concepto ese «de» ; algo

soltarlo de la mano de la abstracción, del poder separa­

así como lanzar, a suficiente velocidad, un cohete para

dor del «ni más ni menos que», se cae en Dios, hombre,

evadirse del campo gravitatorio terrestre, y con adecua­

rosal y gato, dos...: en entes. La diferencia ontológica
entre ser y entes no es natural o esencial, cual entre gato

dos dispositivos para no ser atraído ya por ningún otro
cuerpo. La primera parte es técnicamente soluble y

y rosal; es, más bien, del orden de entre agua en nube y

solventada ya; la segunda requeriría algo novísimo -de

en lluvia, entre piedra sostenida en alto por la mano, y

lo que, pobre de mí, no tengo la menor idea. Los técnicos

piedra soltada de ella y caída hacia o en tierra.

no pasan de simples ocurrencias o atisbos -¿un aislante

En definitiva los abstractos son «escritos en agua»;

peculiarísimo contra la gravitación?; y Wells nos �abla­

son abstractos de un concreto; con «de» , posesión imper­

rá de eso de «cavorita» . Tal cuerpo dejaría, en sentido

dible; con «de» tirante y atrayente por parte del con­

riguroso de la palabra, de pertenecer realmente a nues­

creto.

tro universo y a cualquier universo con «peso» .

«Del percepto al concepto.» Mas sin posibilidad de

El aislante metafísico equivalente es la negación -el

perder esotro: «De la mar al percepto». Del Todo nadie y

no aplicado a un ente, de modo que haga el vacío

nada se evade definitivamente; se aleja violentamente,

absoluto a su derredor. Lo que en tal caso de total

dentro de un campo gravitatorio -manera sutil y real

aislamiento le quede es su idea

como el Todo muestra ser Todo de Todos, y todos notan
ser todos ellos de el Todo.

Empleemos, violentándola, la frase-programa: «en cuan­
to».

Un intento ulterior, y más aventurado, de evadirse
definitivamente del Todo es el pasar

-o

es él en estado de idea.

El hombre en cuanto hombre no es Dios, ni rosal, ni
cuerpo, ni sustancia, ni ser; el hombre en cuanto tal no es
sustancia, como lo son los demás cuerpos; caso de ser

«del concepto a la idea» .

sustancia, tiene que serlo humanizadamente, no qe mane­
ra común a todos; Platón en cuanto Platón no es hombre,
ni ser,

Idea no es cosa alguna peculiar y distinguida, cual

ni sustancia;

si por hombre,

ser, sustancia

en tiendo eso común a él y a los demás, pues en tal caso

Dios o rosal, dos o gato...; idea es concepto circundado de

ni hablo ni entiendo Platón en cuanto Platón, sino uno de

o enmarcado en negaciones expresas. Al percepto se daba

tantos -lo que es justamente la negación más radical e

estado de concepto por cortar sus lazos con lo demás,

insalvable de Platón en cuanto Platón.

dentro del Todo -del mar y seres en Mar- mediante el
bisturí del «ni más ni menos» . No obstante todos los

Este plan de aislar perfectamente por negaciones o
por el esfuerzo del «en cuanto tal» una cosa, de modo

80

81

que vaya a serse en otro mundo -el de las Ideas- le
acudió y lo ensayó Platón en su diálogo Parménides. Y,
tajante, despiadada y resueltamente aplicado dio por
resultado que lo uno ni es ni no es ser; ni es ni no es
idéntico consigo mismo; ni es ni no es diverso... Tal
estado de absoluto, desaforado y descomunal ensimisma­
miento realizaría la frase-programa de Platón: «el mis­
mo en cuanto mismo, consigo mismo; y así, siempre
solitario en su idea» .
Idea

de

un ente

-Dios,

hombre,

circunferencia,

dos...- es lo que le queda al ponerlo o ponerse a ser «el
mismo» -idéntico-- «en cuanto mismo» -idéntico en
cuanto idéntico-- «consigo mismo» -apartado de todo,
en identidad repelente y aislante, y estado, extremo ya,
de soledad y firmeza en soledad.
Tal ente en el su estado de idea no puede ser
sustancia, cuerpo, espíritu... género, especie: todo ello
ambientes comunitarios, mares en que nada es lo que es;
lo está siendo con otros o con todos. Es con-ser, con­

pleno rendimiento-- sería la negación el aislante supre­
mo que dejaría reducido un ente a su idea -a su
superdiamante. Poco sacaríamos de ello, pues no podría­
mos ni tan sólo conocerla. La idea de dos o Dos en idea no
es cognoscible; ni tan sólo es necesariamente posible­
mente cognoscible.
Conocer una cosa realmente es, de alguna manera
real, serla realmente -lo demás es broma o jarabe de
pico. Conocer acaba, pues, con el estado de idea de la
cosa conocida; al ser conocida, ya no es ella misma, en
cuanto misma, consigo misma, solitaria. Basta con que
piense o diga que es «algo» para que, por eso poquito, o
mínimo de comprensión o contenido, se halle siendo con
todos y como todos, como uno de tantos seres.
La negación es un invento montado para mostrar su
propio fracaso. Bomba montada para que explote ínte­
gra; y de ella, de su estado o realidad inicial,

no

quede

nada. Bomba atómica o nuclear perfecta.

sustancia; con-cuerpo, con-génere, co-especie. Tal ente
«del concepto a la idea

en el su estado de idea no puede ser sustancia...; no es
hombre. Se halla enmarcado en el «Cero divino», «el Gran

-¡oh, la linda tarea!-,

Cero», «la nada».

de la idea a la mar.
¡Y otra vez a empezar!»

«Dios regala al hombre el gran cero, la nada o cero
integral, es decir, el cero integrado por todas las negaciones
de cuanto es.» Sobre tal fondo o «pizarra negra» , resaltan
las ideas -lo que cada ente tuviere de idea, que, a lo
mejor o a lo peor, es nada. Dejemos para más adelante
hablar de ese tan ambiguo regalo divino, recordando, y
extremando ya desde ahora las precauciones del poeta:

El plan de montaje de la primera bomba atómica o
nuclear mental consta cuidadosamente descrito en el
Parménides; y el resultado de la explosión no son ni
siquiera cuanta de luz o de radiación. Es No en nube: ni,
ni, ni, ni...

«timeo danaos dona ferentes» .
En todo caso la negación, así empleada, es un invento.
De funcionar, real y verdaderamente -es decir: con

82

83

II

hélice, a turbina, retropropulsión ... - se ha saltado en

Objetividad. Kant y Velázquez

una veintena de años. Han surgido por virtud de un
proyecto --causa formal inventada-; de un designio
-finalidad inventada-; de un éxito --causa eficiente
inventada-,

« si Kant hubiera sido pintor, habría pintado algo muy
•. •

semejante a Las Meninas ... ; una reflexión juiciosa sobre el

todas ellas coajustadas en un material

inventado -transformación inventada de materiales na­
turales.

famoso cuadro del gran sevillano nos lleva a la Crítica de
la razón pura, la obra clásica y luminosa del maestro de
Konigsberg. »

« la objetividad --de av10n, papel, lápiz. - es el
•••

..

milagro que obra el espíritu humano y.. . aunque de ella

Dos tipos, al menos, hay de objetividad: la natural y
la inventada o artificial. La vista recorta el perfil típico

gocemos todos, el tomarla en vilo para dejarla --en un
avión, papel... - es siempre hazaña de gigantes.»

de montaña frente al de la cúpula celeste, y el del río
respecto de sus riberas ... Montañas -ni más ni menos-;

El hombre posee, por naturaleza, alma racional. Sólo

río -ni más ni menos-, son perceptos: contornos típicos,

por virtud de su inventiva de formas, fines, materiales y

efecto de recortes hechos por los sentidos, en su función
inventada de «definidores» . Todo ello, objetividades -y

causas eficientes nuevos asciende a espíritu. Espíritu es,
pues, el creador de objetividades; y, una vez creadas por

objetos- naturales en balance

él, es su contemplador.

final, pues lo es la

materia y lo es su forma. El sentido, en cuanto «defini­

Si damos a la palabra «inspector» el sentido resonan­

dor» , cumple, antes de la letra, el lema de la Real

te en la frase «inspector de obras públicas» , el Espíritu
sería, real y eminentemente, «el Inspector» de las crea­

Academia de la Lengua: pule, fija, da esplendor; ésta, a
rias. La objetividad natural es, pues, academicismo es­

ciones del hombre --de sus creaciones, de sus objetivida­
des. Avión, llave, lápiz, cepillo, casa ... son las «obras

pontáneo.

públicas» del Espíritu humano -del animal racional,

las palabras; aquél, a las formas y a sus naturales mate­

Empero el perfil típico de avión surge de un material
inventado y de una forma inventada, dando un resultado

e levado, por seipsicreación, a esp.íritu.
La razón,

el simple

pensamiento,

contempla;

el

en que se enmaterializa un proyecto, un designio y un

espíritu inspecciona. L a razón contempla perceptos,

éxito -una causa formal, final y eficiente inventadas.

conceptos, ideas; y ¡vuelta a la mar! -a todo eso e n

Habrá requerido tal vez la evolución natural centenares

«mar» d e ser, d e cuerpo, d e vida. . . Todo lo cual llega a

de millones de años para que nazcan aves -a lo mejor,

tener, cuando más, perfiles, eidos, evanescentes y difumi­

de peces- y, surgida una especie de aves, serán precisos

nables; siempre en vilo, por la virtud inestable del .�<ni

siglos de siglos para el advenimiento de una variedad.

más ni menos», del «en cuanto tal» o del «no». De una

En menos de cincuenta años, han surgido ante nuestra

materia natural nacerán aves o peces, animales raciona­
les o monos; sólo del Inventor -al que «aconteció» eso

vista, oído y tacto aviones; y de un tipo a otro --de

84

85

de ser o hallarse nacido a animal racional- s�.:rgirán

y =ax +b

aviones, submarinos, ingeniero, robot...
Y si convenimos en que Inventor es la definición y el

lo hizo Descartes, en cuanto esplritu -y no en cuanto

garante real de Espíritu, diremos que la objetividad
artificial: avión que vuela, lápiz que escribe ... es la única

alma racional-; y el espíritu, en este riguroso sentido,
no es forma del cuerpo natural; no es alma; y la llamada,

y propia mostración de que ese bípedo implume, o
vertebrado mamífero ... primate que es el hombre, «es»

y sida anteriormente, materia del alma racional descien­
de a simple materia -a cosa extensa. La objetividad de la

espíritu. Tal es «la hazaña de gigantes» -significado

geometría analítica -la de esa función y=ax+b, cual

profundo y propio de la técnica.

caso elemental y ejemplar- fue «el milagro que obra el
espíritu humano», milagro que lo constituye y define

«Convengamos en que, efectivamente, nuestro Veláz­
quez, tan poco enamorado de las formas sensibles, a juzgar
por su indiferencia ante la belleza de los modelos, apenas si
tiene otra estética que la estética trascendental kantiana...
Su realismo, nada naturalista, quiero decir nada propenso
a revolcarse alegremente en el estercolero de lo real, es el de
un hombre que se tragó la metafísica y que, con ella en el
vientre, nos dice: la pintura existe, como decía Kant: ahí
está la ciencia físico-matemática, un hecho ingente que no
admite duda.»
El animal bípedo implume y vertebrado mamífero

como espíritu; «Y tomarla en vilo para dejarla» asentada
en un sistema de coordenadas fue «hazaña de»
gigante por nombre «Descartes»

un

al que, en cuanto

espíritu, se le hiza ya, desde tal gesta, accidente eso de
ser animal bípedo,

implume,

vertebrado,

mamífero,

primate de alma racional.
El espacio sensible, natural -folklore pintoresco de
figuras, colores, sabores, pastos, ríos y remansos, bos­
ques y fieras, enjambres y hordas ... - fue tratado, sin
consideraciones, cual material en basto y en bruto;
homogeneizado, «descualificado» de lo esencialmente
cualitativo. «Por eso, espacio y tiempo, limites del trabajo
descualificador de lo sensible, son condiciones sine qua

primate que fue Euclides pensó, con su razón natural

non de todas las apariencias naturales de lo sensible,

-mediante perceptos, conceptos e ideas- sobre lo
geométrico natural; y definió, vgr., la recta por igual

lógicamente previas o, como dice Kant, a priori. Sólo a este

procedimiento como la vista pensante «define» monte,

objeto, del ser que no es» ya nada de lo que de natural es.

valle, río, hombre, gato... La recta surge por esas exigen­
cias de «ni más ni menos que» , «en cuanto tal», «no»; y,

figuras puras, dibujadas por aparatos inventados. E

precio se consigue en la ciencia la objetividad, la ilusión del
Invento es la «pizarra negra»; y sobre ella resaltan

a lo que quede de una vara de fresno, llamará línea de

inventos son espacio y tiempo, vacíos de folklore, pinto­

«bella y buena carrera» -eutheia: «la que reposa de
manera igual sobre sus puntos» ; sin altibajos de valle y

resquismo y decoraciones sensibles naturales. Y el no ver

cumbre, de hondonada y cresta.

material para formas nuevas, ajustable a ocurrencias y

Definir la recta por una función lineal como

86

ya espacio y tiempo, mar o río naturales de cosas es ver
designios del hombre inventor: del espíritu humano,
nacido según generación equívoca en cuerpo y alma

87

radonal del hombre -un poco a la manera casual y
peregrina como, allá en Belén y en una cueva, nació
Dios.
Euclides tuvo alma racional geométrica. El primero
en tener «espíritu» geométrico fue Descartes. Pascal lo
tuvo, y renegó de él; en castigo, pluscuamdantesco,
sufrió de aquel terror por el silencio de los espacios
infinitos,

sin caer en cuenta de que ese silencio y

oscuridad los trocaba el espíritu geométrico, de poblados
de voces divinas, angélicas, diabólicas o humanas, en
escenario geométrico: lugar apropiado para exhibición
del recién nacido Espíritu humano. Ya no le hablarían
�n folklore teológico- de gloria de Dios, de aire
tenebroso, retrete de pérfidos, insinuantes y tentadores
demonios ... Espacio y tiempo le hablarían ya del inven­
tor: del espíritu humano; y de él, de Pascal, en cuanto
espíritu, le hubieran hablado si no se hubiese espantado
por tan poquita cosa como el silencio del cielo, que ya no
arredra -aunque sí moleste por lo desacostumbrado- a
nuestros cosmonautas.
La estética trascendental de Kant es un procedimien­
to inventado -no natural- que aplana, alisa, desmocha,
descolora, destiñe, descualifica y homogeneíza espacio y
tiempo reales de manera tan real, aunque original, como
la técnica prepara el papel sobre que escribo. Lo que

muestra tan sólo las ganas de serlo, la ocurrencia de
querer serlo -no de otra manera la alfombra mágica
muestra las ganas de volar; sólo el avión muestra el
hecho de volar y demuestra la impotencia de las puras
ganas.
El primero que poseyó espíritu filosófico fue Kant; y,
por tenerlo, fue el primero que describió lo que es
hacerse espíritu y, por tanto, serlo.
El filósofo que se sirve de avión, papel, teléfono,
altavoz, lápiz.. es kantiano; y, por tal cosa, es espíritu
.

-agradézcaselo o no a Kant.
Lienzo es un invento de estilo «espacio trascendental­
mente purificado» de folklore y pintoresquismo natura­
les; rellenar otra vez el lienzo de folklore y pintoresquis­
mo sería impresionismo o naturalismo, mas nunca pin­
tura trascendental: la que hubiese hecho Kant «si hubie­
ra sido pintor» . Complementariamente: hacer filosofía
-y, en especial, física- con mar, perceptos, conceptos e
ideas es filosofía folklórica y pintoresca -la que jamás
hiciera Velázquez, caso de haber sido filósofo.
«Cuando los franceses tuvieron a Descartes, tuvimos
nosotros a Velázquez, y aún se dirá que no entramos con
pie firme en la edad moderna, nada menos que un pintor
kantiano, sin la menor desmesura romántica.»

queda del espacio y tiempo, movimiento y fuerzas �n
su estado natural de mar, perceptos, conceptos, idea- es
real -cual lo es el papel o el acero o una fibra
plástica...-; mas son «realismo, nada naturalista» .
Que el hombre es espíritu no puede mostrarlo el alma
racional de un cuerpo natural; sencillamente porque no
es espíritu� por muy cargada que ande de razones. Algo
no es espíritu, si de por sí, por seipsiespontaneidad, no se
hace serlo. El que el alma racional, forma natural de un
cuerpo natural, se meta a demostrar que es espíritu

88

89

PARTE TERCERA

ONTOLOGÍA

CAPÍTULO PRIMERO

SER, CAOS, NADA, CREACIÓN, TRABAJO

«Dios no se tomó el trabajo de hacer nada, porque nada
tenía que hacer antes de su creación definitiva. Lo que
pasó, sencillamente, fue que Dios vio el Caos, lo encontró
bien y dijo: "Te llamaremos Mundo". Esto fue todo. La
verdad es que el caos -decía mi maestro- no existe más
que en nuestra cabeza. Allí lo hemos hecho nosotros -bien
trabajosamente- por nuestro afán inmoderado, propio de
viejos dómines -¿qué otra cosa somos?-, de ordenar
antes de traducir.»

1
Caos, orden, creación

Allá..., casi a princ1p10s del siglo, en los días de
nuestra casi niñez estudiantil, nos ponían los «viejos
dómines» a «ordenar, antes de traducir» aquello de Hora­
cio:
«Humano capiti cervicem pictor equinam
Jungere si velit... »

93

El caos verbal, y conceptual, de tales versos de
Horacio cedía al orden de

El orden no es «Diosa, canta la ira terrible de Aquiles
pélida» y lo otro es caos. Debe decirse: «si el orden es:
Diosa, canta...». Tanto es así que Dios, que sabe por

«Si pictor velit jungere cervicem equinam cap1t1
humano... »; y resultaba traducible e inteligible en condi­
cional tan soso como
«Si un pintor quisera juntar cerviz equina con
cabeza humana... »

Y los viejos dómines se quedaban tan orondos, satisfe­

esencia latín y griego, no se toma el trabajo de hacer
nada, porque nada tiene que hacerse, sino leerlo en latín
o en griego, que es como está escrito. Y lo que entonces
le pasa a Dios es, sencillamente, que «VÍO el Caos, lo
encontró bien y dijo: Te llamaremos» versos -mundo
poético. Y eso fue todo.
Tomemos las tres letras a, m, o, y formemos todas las
permutaciones posibles sin repetición:

cha, con los debidos honores, la lógica; y los estudiantes

amo

creíamos haber sacado sentido de la nada, del caos

aom

lógico -que caos lógico era literal y conceptualmente el

mao

verso horaciano:

moa
oam

«a humana cabeza cerviz pintor equina

orna

juntar si quisiera...»

E igual tarea de rectificación lógica nos tocaba hacer
con aquello del venerable Homero:

El viejo dómine -«¿qué otra cosa somos?»- pasearía
por esas letras la vista cansada de lógica y gramática y
diría:. dentro de ese caos sólo la combinación «amo»
tiene sentido; lo demás es puro caos. El matemático

«La ira canta diosa del pélida Aquiles
terrible que diez mil a los aqueos dolores infligió.»

«Hágase luz» en tal caos y «la luz será»: «Diosa,
canta la ira terrible de Aquiles pélida, que inflingió diez
mil dolores a los aqueos...». Y así con Cicerón, Tito Livio,
Virgilio... Si no nos volvieron estúpidos tales «viejos
dómines» de maestros fue porque Dios, o Alá, es grande.
El caos estaba en sus cabezas, de asiento y por
vocación; en las nuestras, inducido y por obligación.

94

descubrirá un mundo matemático sencillo, sin duda: un
caso de la fórmula general n(n-1), grupo de permutacio­
nes n; y, precisamente, mundo de estructuras básicas, de
orde"!, previas y fundamentales del mundo matemático
entero.
El matemático, el Señor nuevo,

«Vio el caos, lo

encontró bien y dijo: Te llamaremos mundo» matemático.
Y «esto fue todo».
Si jugando con un dado me salen seguiditas las tres
sucesiones de caras 1, 2, 3, 4, 5, 6;

1, 2, 3, 4, 5, 6; 1, 2,
3, 4, 5, 6, tal «orden» se hace sospechoso; para el que

95

saca, ¿será «falso» el dado?; para los que lo ven, «¿estará

el esquema de orden 1, 2, 3, 4...; veía esa corresponden­

haciendo trampa el jugador?». Pero si salen las secuen­

cia, la encontraba mal y la calumniaba de caos.

cias 25 1126, 122654, 426 1 13, tal «desorden» aritmético

El caos es el estado de combinatoria pura, de funcio­

está «en orden». Jugadores y espectadores son, por igual,

nalidad ejemplar del universo --del físico, social, mate­

al juzgar así, «viejos dómines».

mático... Sólo un Dios puede ver tal «caos», encontrarlo

El matemático, Señor nuevo, les dirá, por igual, tales

bien y decir: eres y te llamarás mundo; y mundo básico

secuencias o insecuencias son probables, que caos y

del que todos los demás órdenes son subórdenes. Caos es

orden

no tienen sentido. Tanto 1, 2, 3, 4, 5, 6 como
2, 5, 1, 3, 2, 6 son «porque sí»; y porque sí, sin razón

el estado de potencia potente y omnipotente.

alguna, corto de seis en seis los saques; que, si los

hubiera razón o causa determinada, el dado sería falso o

cortara, vgr. de cinco en cinco, tendría: 1, 2, 3, 4, 5;
6, 1, 2, 3, 4; 5, 6, 1, 2, 3; 4, 5, 6, 2, s ...; y ya no me parece­

suficiente». El «porque sí» garantiza aquí el que la razón

ría todo tan amañado.

no sea trampa; y el razonador, falsario. El estado de caos

Sólo el párvulo en aritmética lleva en su cabecita por

Tras la cara 6 sale, vgr. la 3, «porque sÍ»; que, si
haríamos trampa; trampa en favor de causa o «razón

es, justamente, el estado de lo real en que no caben

1, 2, 3,A, 5, 6,

trampas ni falsarios -en que no hay ni puede haber

7, 8, 9, 10...; y lo demás es caos. Para él una función sería

causas o razones suficientes. Lo que hay es «novedad»

-y suele ser al comenzar su estudio-- una máquina

-sorpresa, espontaneidad, surgimiento de formas.

modelo de

orden

la sucesión natural

infernal de producir caos -cual el aparente en la tabla.

Contra el axioma de «viejos dómines» filosóficos: «la
potencia no pasa al acto sino por un ser en acto», hay
que decir: de ese estado de potencia por antonomasia,

1, 2, 3, 4, 5,...

1

2'

2'

9

2,

8'

25

2 ,.

que es el de Caos, se pasa al acto, a la novedad, porque sí.
No hay que hacer nada; nadie tiene que hacer nada;
..

sería meter la mano, intervenir « bajo mano», en el juego
del surgimiento de novedad; hacer imposible eso de
«novedad» -que pide a gritos «manos o razones sufi­

Caos de correspondencia, regido por una ley de orden
tan sencilla como

Lo primerísimo, lo primero de todo, «hizo» Caos
-cantaba ya Hesíodo--; algo así como decimos «hizo

1
2
y=- x
2
El matemático ve tal caos, lo encuentra bien, y dice:

1 2
2

te llamaremos y =-x . El párvulo llevaba en su cabecita

96

cientes afuera».

mal tiempo»; aunque, en verdad, «hacer» caos sea el
mejor tempero para que surja, en verdad, ser, novedad.
Hacer «caos» es hacerse novedades. Caos es el estado
propio y propicio para creación, para novedad: «Dios no
se tomó el trabajo de hacer nada, porque nada tenía que
hacer antes de su creación definitiva. Lo que pasó, sencilla­
mente, fue que Dios vio el Caos, lo encontró bien y dijo: "Te

97

llamaremos Mundo"». Dios no creó el Mundo, el Caos.
Cr 6 otra cosa -y de ella se hablará inmediatamente.
Que Dios o una causa cree novedad, es una contradicción
en los términos mismos. Novedad es novedad porque st.
Una causa no es más que una vulgar repetidora y
reeditara. La causa primera sería la gran repetidora, el
infinito reeditar: El Monótono.
Por suerte -y no para los viejos dómines en teología
y filosofía- hay todavía en el mundo caos. Los elemen­
tos básicos del mundo -protones, electrones... molécu­
las, fotones- se rigen por leyes estadísticas, por sutiles
juegos, por tipos de «porque sí». La ausencia de causali­
dad suficiente hace posible novedades. Todavía «hace»,
en lo básico de nuestro universo, «tiempo de novedad, de
creación».
Tal es el descubrimiento de las teorías -y realida­
des- estadísticas -Boltzmann, Gibbs, Maxwell, Fermi,
Einstein, Bose, Dirac...

alguno ni ninguno de los hombres; puesto que fue, es y
será Caos»: «elementos echados a voleo».

Frente a la secuencia «racional» 1, 2, 3, 4, 5, 6. . ., la
lo producen un dado -un invento o novedad emmateria­
lizada- y un jugador -tipo de actividad inventada-, y
echando al azar, sin razón o ley para casos seguidos; y, al
Revoltijo de

que suficiente, de todo. Caso de serlo, no podría jamás
saber que ha hecho algo nuevo. El creador tiene que ser
el primer sorprendido ante lo que le resultó; lo cual
equivale a decir que no sabía de antemano lo que iba a
hacer o a resultarle; o sea, que no es Creador, sino causa
ocasional -necesaria, a lo más, pero nunca suficiente­
del llamado efecto o creatura.
«Dios nada tenia que hacer antes de su creaci, ón
definitiva.» No dijo «hágase el Caos», y «vio que era
bueno»; sino «vio que era bueno»; que era el estado de la
realidad más propenso, propicio y propio para novedades
-nuevas, para Él; tan casi exclusivamente para él que
sus «Viejos dómines», tomándose gran trabajo, tratarán

misma solemne ñoñería y sosería lógica que
« Si un pintor quisiera juntar cerviz equina con
cabeza humana... »

rapsodia 4, 6, 1, 2, 5, 3 es un «revoltijo»; mas tal revoltijo

y más saques, el

«viejos

dómines» habría de ser causa y razón, necesaria a la vez

será un tratado de Dios creador y de la creación, de la

«Este mundo, el mismo para todos, no lo hizo ni Dios

de saques

·aques de dados abolirán la Novedad.
El creador según el conceptuario de los

de ordenar, primero, y traducir después. El resultado

Retocando dos frases célebres de Heráclito:

final

«Un coup de dés jamais n'abolira le Hasard» -Mallar­

mé. Ni un saque de dados, el más fabuloso, ni infinitos

los

La novedad -discreta sin duda-, de los versos
«Humano capiti cervicem pictor equinam
Jungere si velit.. �»
se fue, con el «0rden», al diablo.

revoltijos ostentará una Ley: la de distribución uniforme
de probabilidad, con 116 para cada caso, mas no tan
justo que no quede un margen ineliminable de sorpresa,
de saques imprevisibles, de novedad.

98

99

II

decir a la nuestra; y en filosofía sólo pudieron poner ante
ser una negación: no ser.

Nada, creación, trabajo

Dícese que los hindúes inventaron el cero: mas los
hindúes nunca tomaron en serio al ser, a eso de existir.
Lo existente es ilusión, pluscuamevanescente apariencia.

«Dijo Dios: Brote la nada.

Y alzó su mano derecha,
hasta ocultar su mirada.

Y quedó la nada hecha.»

El pensar termina siempre en callejón sin salida. La
simple palabra monosilábica de no es bien positiva y
sonante palabra; lo menos adaptado a su pretendido
concepto o significado. El aragonés refuerza el no con un
renó y un recontranó; y, por virtud precisamente de tal
tozudez y empecinamiento, no, renó y recontranó son

"Dios no es el creador del mundo..., sino el creador de
la Nada." Tal es su creación o creatura definitiva.
Para el griego -«el verde que te quiero verde»- el
ser nunca fue real problema. Lo fue el no ser. Si al ser no
le basta con su ser para ser real, no creo que nadie sepa
qué es lo que le haga aún falta. En última instancia,
creado o no, el ser es ser; y ser se es de por sí, y cual
razón suficiente no puede darse o dar sino esa: ser. Si a
la existencia no le basta con ser existencia para existir,
¿qué rediablos le van a añadir para que la existencia, el
existir, exista? Si a el dos ,n.o le basta con eso de ser el dos
para tener dos unidades, no hay proveeduría abastada
para añadirle ni una fracción; lo que se le añada, se le
podrá igualmente quitar; y el dos no será, por esencia,
dos -sino por casualidad.
Lo difícil del problema es explicar por qué o cómo la
existencia -sea la de hombre o rosal- deja de existir,
por qué el ser deja de ser; no, por qué el ser es. Es, justa,
precisa y suficientemente, por su ser.
Los griegos lo vieron tan perfectamente y tan insis­

tres refutaciones ad absurdum de la imposibilidad de
pensar no ser. Es el gesto, vano y desesperado, del que no
llega a librarse del ser.
La gracia está en librarse de la necesidad del ser, de
la necesidad de la existencia; salirse de la esfera del ser '
a pesar de su bellamente circular figura.
La gracia suprema estaría en que «el Ser que se es»
-vulgar y brevemente llamado Dios- se librara de la
necesidad absoluta o infinita de ser ser Él: ¡el más
encadenado que nadie a su ser! Dios es el ser metido en
el más estrecho callejón ontológico, sin salida a campo
alguno. Dios es el callejón sin salida.
«Cuando el Ser que se es hiza la nada

y reposó, que bien lo merecía ...»
No hay cosa que merezca más el descanso de no ser
--el descansar de su ser- que «El Ser que se es». No hay
estado más monótono, aburrido, soso y ñoño que el de
«necesidad». El Ser que se es hizo la rl¡ada de puro

tentemente lo miraron que quedaron deslumbrados por

aburrimiento. Con perdón del poeta -y, sobre todo, del

tal verdad -deslumbrados, encandilados, absortos en
ella. Tanto que ni siquiera inventaron, e� matemáticas,

gracia literaria-:

poema- debiera decirse --con verdad ontológica y sin

el cero; y buena falta le hacía ya a su aritmética, por no

100

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