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La Guerra Entre los Atlantes Blancos y Morenos .pdf



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LA GUERRA ENTRE LOS ATLANTES BLANCOS, LOS
ATLANTES MORENOS Y SUS PACTOS CON LOS ANTIGUOS
ÍBEROS.
Hubo un pueblo, que habitaba la península ibérica desde
tiempos inmemoriales, el “ibero” la verdad es que poco se
sabe actualmente de los iberos pues todo cuanto a ellos se
refería, especialmente a sus costumbres y creencias, fue
sistemáticamente destruído u ocultado por los enemigos.
Ahora bien, en la época en que conviene comenzar a narrar
esta historia, los íberos se hallaban divididos en dos bandos
irreconciliables, que se combatían a muerte mediante un
estado de guerra permanente.
Los motivos de esa enemistad no eran menores: se basaban
en la práctica de cultos esencialmente contrapuestos, en la
adoración de Dioses enemigos. Por lo menos esto era lo que
veían los miembros corrientes de los pueblos combatientes.
Sin embargo, las causas eran más profundas y los miembros
de la nobleza gobernante, reyes y jefes, las conocían con
bastante claridad.
Según se mencionaba en las cámaras más reservadas de las
cortes, puesto que se trataba de un secreto celosamente
guardado, había sido en los días posteriores al hundimiento
de la Atlántida cuando, procedentes del mar occidental,
arribaron a los continentes europeo y africano grupos de
sobrevivientes pertenecientes a dos razas diferentes: unos
eran blancos, y los otros eran de tez más morena, aunque
sin ser completamente negros como los africanos.
Estos grupos, no muy numerosos, poseían conocimientos
asombrosos,
incomprensibles
para
los
pueblos
continentales, y poderes terribles, poderes que hasta
entonces sólo se concebían como atributos de los Dioses. Así
pues, poco les costó ir dominando a los pueblos que hallaban
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a su paso. Los Atlantes no se detenían jamás
definitivamente en ningún lugar sino que constantemente
avanzaban hacia el Este. Más tal marcha era muy lenta pues
ambos grupos se hallaban abocados a muy difíciles tareas,
las que insumían mucho tiempo y esfuerzo, y para concretar
las cuales necesitaban el apoyo de los pueblos nativos.
En realidad, sólo uno efectuaba la tarea más pesada puesto
que, luego de estudiar prolijamente el terreno, se dedicaba
a modificarlo en ciertos lugares especiales mediante
enormes construcciones megalíticas: menhires, dólmenes,
crómlechs, pozos, montes artificiales, cuevas, etc.
Aquel grupo de “constructores” era el de raza blanca y
había precedido en su avance al grupo moreno. Este
último, en cambio, parecía estar persiguiendo al grupo
blanco pues su desplazamiento era aún más lento y su
tarea consistía en destruir o alterar mediante el tallado de
ciertos signos las construcciones de aquellos. Como decía,
estos grupos jamás se detenían definitivamente en un sitio
sino que, luego de concluir su tarea, continuaban
moviéndose hacia el Este. Empero, los pueblos nativos que
permanecían en los primitivos solares ya no podían
retornar jamás a sus antiguas costumbres: el contacto con
los Atlantes los había transmutado culturalmente; el
recuerdo de los hombres semidivinos procedentes del Mar
Occidental no podría ser olvidado por milenios.
Realmente esto no podía ocurrir porque la partida de los
Atlantes no fue nunca brusca sino cuidadosamente
planificada, sólo concretada cuando se tenía la seguridad de
que, justamente, los pueblos nativos se encargarían de
cumplir con una misión que sería del agrado de los Dioses.

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Para ello habían trabajado pacientemente sobre las mentes
dúctiles de ciertos miembros de las castas gobernantes,
convenciéndolos sobre la conveniencia de convertirse en sus
representantes frente al pueblo.
Una oferta sería difícilmente rechazada por quien detente
una mínima vocación de poder pues significa que, para el
pueblo, el poder de los Dioses ha sido transferido a algunos
hombres privilegiados, a algunos de sus miembros
especiales: cuando el pueblo ha visto una vez el poder, y
guarda memoria de él, su ausencia posterior pasa
inadvertida si allí se encuentran los representantes del
poder. Y sabido es que los regentes del poder acaban siendo
los sucesores del poder.
A la partida de los Atlantes, pues, siempre quedaban sus
representantes, encargados de cumplir y hacer cumplir la
misión que agradaba a los Dioses. ¿Y en qué consistía
aquella misión? Naturalmente, tratándose del compromiso
contraído con dos grupos tan diferentes como el de los
blancos o los morenos Atlantes no podía referirse sino a dos
misiones esencialmente opuestas.
No es difícil distinguir esas formas e, inclusive, intuir sus
significados, si se observan los hechos con la ayuda del
siguiente par de principios.
En primer lugar, hay que advertir que los grupos de Atlantes
desembarcados en los continentes luego del hundimiento de
la Atlántida no eran meros sobrevivientes de una catástrofe
natural, algo así como simples náufragos, sino hombres
procedentes de una guerra espantosa y total: el
hundimiento de la Atlántida es, en rigor de la verdad, sólo
una consecuencia, el final de una etapa en el desarrollo de
un conflicto, de una Guerra Esencial que comenzó mucho
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antes, en el origen extraterrestre del espíritu humano, y que
aún no ha concluido.
Aquellos hombres, entonces, actuaban regidos por las leyes
de la guerra: no efectuaban ningún movimiento que
contradijese los principios de la táctica, que pusiese en
peligro la estrategia de la Guerra Esencial.
La Guerra Esencial es un enfrentamiento de Dioses, un
conflicto que comenzó en el Cielo y luego se extendió a la
Tierra, involucrando a los hombres en su curso: en el teatro
de operaciones de la Atlántida sólo se libró una batalla de la
Guerra Esencial; y en el marco de las fuerzas enfrentadas,
los grupos de Atlantes, el blanco y el moreno, habían
intervenido como planificadores o estrategas de su bando
respectivo.
Es decir, que ellos no habían sido ni los jefes ni los
combatientes directos en la batalla de la Atlántida: en la
guerra moderna sus funciones serían las propias de los
analistas de Estado Mayor...; salvo que aquellos analistas
no disponían de las elementales computadoras electrónicas
programadas con juegos de guerra, como los modernos,
sino de un instrumento incomparablemente más perfecto y
temible: el cerebro humano especializado hasta el extremo
de sus posibilidades.
En resumen, cuando se produce el desembarco continental,
una fase de la Guerra Esencial ha terminado: los jefes se
han retirado a sus puestos de comando y los combatientes
directos, que han sobrevivido al aniquilamiento mutuo,
padecen diversa suerte: algunos intentan reagruparse y
avanzar hacia una vanguardia que ya no existe, otros creen
haber sido abandonados en el frente de batalla, otros huyen
en desorden, otros acaban por extraviarse o terminan
olvidando la Guerra Esencial.
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Los Dioses habían dejado de manifestarse a los hombres
porque los hombres habían fallado una vez más: no
resolvieron aquí el conflicto, planteado a escala humana,
dejando que el problema regresase al cielo y enfrentase
nuevamente a los Dioses. Pero los Dioses se habían
enfrentado por razón del hombre, porque unos Dioses
querían que el Espíritu del hombre regresase a su origen,
más allá de las estrellas, mientras que otros pretendían
mantenerlo prisionero en el mundo de la materia”.
Los Atlantes blancos estaban con los Dioses que querían
liberar al hombre del gran engaño de la materia y afirmaban
que se había luchado reciamente por alcanzar ese objetivo.
Pero el hombre fue débil y defraudó a sus Dioses
Liberadores: permitió que la estrategia enemiga ablandase
su voluntad y le mantuviese sujeto a la materia, impidiendo
así que la estrategia de los Dioses Liberadores consiguiese
arrancarlo de la Tierra.
Entonces la batalla de la Atlántida concluyó y los Dioses se
retiraron a sus moradas, dejando al hombre prisionero de la
Tierra pues no fue capaz de comprender su miserable
situación ni dispuso de fuerzas para vencer en la lucha por
la libertad espiritual.
Pero ellos no abandonaron al hombre; simplemente, la
guerra ya no se libraba en la Tierra: un día, si el hombre
voluntariamente reclamaba su lugar en el cielo, los Dioses
Liberadores retornarían con todo su poder y una nueva
oportunidad de plantear la batalla sería aprovechada; sería
esta vez la batalla final, la última oportunidad antes de que
los Dioses regresasen definitivamente al origen, más allá de
las estrellas; entretanto, los combatientes directos por la
libertad del espíritu que se reorientasen en el teatro de la
guerra, los que recordasen la batalla de la Atlántida, los que
despertasen del gran engaño, o los buscadores del Origen,
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deberían librar en la Tierra un durísimo combate personal
contra las fuerzas demoníacas de la materia, es decir, contra
fuerzas enemigas abrumadoramente superiores... y
vencerlas con voluntad heroica: sólo así serían admitidos en
el Cuartel General de los Dioses.
En síntesis, según los Atlantes blancos, una fase de la
Guerra Esencial había finalizado, los Dioses se retiraron a
sus moradas y los combatientes estaban dispersos; pero los
Dioses volverían: lo probaban las presencias atlantes allí,
construyendo y preparando la Tierra para la batalla final.
En la Atlántida, los Atlantes morenos fueron sacerdotes que
propiciaban un culto a los Dioses traidores al espíritu del
hombre; los Atlantes blancos, por el contrario, pertenecían
a una casta de constructores guerreros, o guerreros sabios,
que combatían en el bando de los Dioses liberadores del
espíritu del hombre, junto a las castas noble y guerrera de
los hombres rojos y amarillos, quienes nutrieron las filas de
los combatientes directos. Por eso los Atlantes morenos
intentaban destruir sus obras: porque adoraban a las
potencias de la materia y obedecían el designio con que los
Dioses Traidores encadenaron el espíritu a la naturaleza
animal del hombre.
Los Atlantes blancos provenían de la raza que la moderna
antropología denomina de cromagnon. Unos treinta mil años
antes, los Dioses Liberadores, que por entonces gobernaban
la Atlántida, habían encomendado a esta raza una misión de
principio, un encargo cuyo cumplimiento demostraría su
valor y les abriría las puertas de la sabiduría: debían
expandirse por todo el mundo y exterminar al animal
hombre, al homínido primitivo de la Tierra que sólo poseía
cuerpo y alma, pero carecía de espíritu eterno, es decir, a la
raza que la antropología ha bautizado como de neanderthal,
hoy extinguida.
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Los hombres de cromagnon cumplieron con tal eficiencia esa
tarea, que fueron recompensados por los Dioses Liberadores
con la autorización para reagruparse y habitar en la
Atlántida. Allí adquirieron posteriormente el Magisterio de la
Piedra y fueron conocidos como, Guardianes de la Sabiduría
Lítica y Hombres de Piedra.
Pertenecían a una casta de constructores guerreros, ha de
entenderse Constructores en Piedra, Guerreros Sabios en la
Sabiduría Lítica. Y esta aclaración es importante porque en
su ciencia sólo se trabajaba con piedra, vale decir, tanto las
herramientas, como los materiales de su ciencia, consistían
en piedra pura, con exclusión explícita de los metales.
Los metales, explicarían luego a los iberos, representaban a
las potencias de la materia y debían ser cuidadosamente
evitados o manipulados con mucha cautela. Al transmitir la
idea de que la esencia del metal era demoníaca, los Atlantes
blancos buscaban evidentemente infundir un tabú en los
pueblos aliados; tabú que, por lo menos en caso del hierro,
se mantuvo durante varios miles de años. Inversamente los
Atlantes morenos, sin dudas por su particular relación con
las Potencias de la Materia, estimulaban a los pueblos que
les eran adictos a practicar la metalurgia y la orfebrería, sin
restricciones hacia ningún metal.
Y éste es el segundo principio que hay que tener presente:
los Atlantes blancos encomendaron a los iberos que los
habían apoyado en las construcciones megalíticas una
misión que puede resumirse en la siguiente forma: proteger
las construcciones megalíticas y luchar a muerte contra los
aliados de los Atlantes morenos.
Estos últimos, por su parte, propusieron a los iberos que los
secundaban una misión que podría formularse así: destruir
las construcciones megalíticas; si ello no fuese posible,
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modificar las formas de las piedras hasta neutralizar las
funciones de los conjuntos; si ello no fuese posible, grabar
en las piedras los signos arquetípicos de la materia
correspondientes con la función a neutralizar; si ello no
fuese posible, distorsionar al menos el significado bélico de
la construcción convirtiéndola en monumento funerario;
etc.; y: combatir a muerte a los aliados de los Atlantes
blancos.
Luego de imponer estas “misiones” los Atlantes continuaban
su lento avance hacia el Este; los blancos siempre seguidos
a prudente distancia por los morenos. Es por eso que los
morenos tardaron miles de años en alcanzar Egipto, donde
se asentaron e impulsaron una civilización que duró otros
tantos miles de años y en la cual oficiaron nuevamente como
sacerdotes de las Potencias de la Materia. Los Atlantes
blancos, en tanto, siguieron siempre hacia el Este,
atravesando Europa y Asia por una ancha franja que
limitaba en el norte con las regiones árticas, y
desapareciendo misteriosamente al fin de la pre-historia: sin
embargo, tras de su paso, belicosos pueblos blancos se
levantaron sin cesar, aportando lo mejor de sus tradiciones
guerreras y espirituales a la historia de occidente.
Mas ¿a dónde se dirigían los Atlantes blancos? A la ciudad
de K'Taagar o Agartha, un sitio que, conforme a las
revelaciones hechas, era el refugio de algunos de los
Dioses Liberadores, los que aún permanecían en la Tierra
aguardando la llegada de los últimos combatientes. Aquella
ignota ciudad había sido construida en la Tierra hacía
millones de años, en los días en que los Dioses Liberadores
vinieron
y se asentaron sobre un continente al que
nombraron Hiperbórea en recuerdo de la Patria del Espíritu.

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En verdad, los Dioses Liberadores afirmaban provenir de
Hiperbórea, un Mundo Increado, es decir, no creado por el
Dios Creador, existente más allá del Origen: al Origen lo
denominaban Thule y, según Ellos, Hiperbórea significaba
Patria del Espíritu.
Había, así, una Hiperbórea original y una Hiperbórea
terrestre; y un centro isotrópico Thule, asiento del Gral, que
reflejaba al Origen y que era tan inubicable como éste. Toda
la Sabiduría espiritual de la Atlántida era una herencia de
Hiperbórea y por eso los Atlantes blancos se llamaban a sí
mismos Iniciados Hiperbóreos.
La mítica ciudad de Catigara o Katigara, que figura en todos
los mapas anteriores al descubrimiento de América situada
cerca de China, no es otra que K'Taagar, la morada de los
Dioses Liberadores, en la que sólo se permite entrar a los
Iniciados Hiperbóreos o Guerreros Sabios, vale decir, a los
Iniciados en el Misterio de la Sangre Pura.
Finalmente, los Atlantes partieron de la península ibérica.
¿Cómo se aseguraron que las misiones impuestas a los
pueblos nativos serían cumplidas en su ausencia? Mediante
la celebración de un pacto con aquellos miembros del pueblo
que iban a representar el Poder de los Dioses, un pacto que
de no ser cumplido arriesgaba algo más que la muerte de la
vida: los colaboradores de los Atlantes morenos ponían en
juego la inmortalidad del Alma, en tanto que los seguidores
de los Atlantes blancos respondían con la eternidad del
Espíritu.
Pero ambas misiones eran esencialmente diferentes y los
acuerdos en que se fundaban, naturalmente, también lo
eran: el de los Atlantes blancos fue un Pacto de Sangre,
mientras que el de los Atlantes morenos consistió en un
Pacto Cultural.
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