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Culpa mia Mercedes Ron .pdf



Nombre del archivo original: Culpa mia - Mercedes Ron.pdf
Título: Culpa mía
Autor: Mercedes Ron

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Culpa mía © by MercedesRonn

¿Cómo iba a saber que cuando mi madre se fue en aquel crucero de
vacaciones iba a terminar volviendo con un anillo de diamantes en el
dedo y con un marido millonario colgando del brazo? No paro de
repetirme que todo esto no puede ser real, que no es posible que se
haya casado de sopetón en medio de la nada, que mi madre es una
persona responsable, que no haría algo así, que no me haría algo así.
Pues lo ha hecho. Y no solo eso, sino que ahora tenemos
que mudarnos, tenemos que cruzar todo el país para vivir con ese
hombre y con su hijo; tengo que dejar mi instituto, mis amigos, y mi
novio, y todo ¿para qué? Para que mi madre pueda vivir
su sueño adolescente y hacer como si todo lo que hemos tenido que
superar durante años no hubiese existido.
Lo que sí que no esperaba, y esto lo digo completamente enserio, era
tener que convivir con alguien como Nicholas. Alto, ojazos azules, pelo
negro como la noche... ¿suena genial verdad? Pues no, un rotundo no.
Le odio... y bueno, él también me odia a mí. La cosa es ver quien
termina por matarse antes... Porque os lo digo de todo corazón,
Nicholas Leister ha sido creado para amargarme la vida.
¿Quién diría que iba a terminar enamorándome de él?
Espero que os guste la historia de amor de Nick y Noah; he trabajado
muy duro en ella y le tengo mucho cariño, la comparto aquí para que
otros puedan conocerlos y enamorarse con ellos :) Me encanta escribir
y puesto que esta no es mi primera novela, dependiendo de como la
acoja la gente decidiré subir las demás! ¡¡Muchas gracias y espero
vuestros comentarios, hacerme saber si os gusta!! ;)

Prólogo

-Déjame en paz-dijo ella rodeándome para salir por la puerta. La cogí
inmediatamente por los brazos y la obligue a mirarme.
-¿Me puedes explicar qué demonios te está pasando?-le dije furioso.
Ella me miró y vi en sus ojos algo oscuro y profundo que me ocultaba,
sin embargo me sonrió sin alegría.
-Este es tu mundo, Nicholas-me dijo con calma-Simplemente estoy
viviendo tu vida, disfrutando de tus amigos y sintiéndome libre de
problemas. Esto es lo que hacéis y esto es lo que se supone que
tengo que hacer yo- dijo y dio un paso hacia atrás para apartarse de
mí.
Yo no daba a crédito a lo que oía.
-Has perdido completamente el control-le dije bajando el tono de voz.
No me gustaba lo que veían mis ojos, no me gustaba en quien se
estaba convirtiendo la chica de la que yo creía estar enamorado. Pero
pensándolo bien... lo que hacía y como lo hacía... era lo mismo que yo
había hecho, lo mismo que había estado haciendo antes de conocerla;
yo la había metido en todas estas cosas; había sido mi culpa. Era
culpa mía que se estuviese autodestruyendo.
De cierta forma habíamos cambiado los papeles. Ella había aparecido
y me había sacado del oscuro agujero en el que yo me había metido,
pero al hacerlo había terminado por ocupar mi lugar.

**He querido compartir este vídeo, porque fué éste videoclip el que me
inspiró para escribir el libro; me encanta esta canción y las imágenes,
la letra, todo, creo que la hacen magnifica, y complementan
perfectamente lo que cuento en estas páginas. Espero que os guste el
libro, y lo disfrutéis tanto como yo escribiéndolo! Muchos besos :)**

Capítulo 1
NOAH

Mientras subía y bajaba la ventanilla del nuevo coche de mi madre, no
podía dejar de pensar en lo que me depararía el siguiente e infernal
año que tenía por delante. Aún no dejaba de preguntarme cómo es
que habíamos acabado así, yéndonos de nuestra casa, de nuestro
hogar para cruzar todo el país hasta California. Habían pasado tres
meses desde que había recibido la fatal noticia, la misma que
cambiaría mi vida por completo, la misma que me hacía querer
llorar por las noches, la misma que conseguía que suplicara y
despotricara como una niña de once años en vez de diecisiete.
¿Pero qué podía hacer? No era mayor de edad, aún faltaban once
meses, tres semanas y dos días para cumplir los dieciocho y poder
largarme a la universidad; lejos de unos padres que solo pensaban en
sí mismos, lejos de aquellos desconocidos con los que me iba tocar
vivir porque sí, de ahora en adelante iba a tener que compartir mi vida
con dos personas completamente desconocidas y para colmo, dos
tíos.
-¿Puedes dejar de hacer eso? Me estás poniendo nerviosa-dijo mi

madre, al mismo tiempo que colocaba las llaves en el contacto y ponía
en marcha el coche.
-A mi me ponen nerviosa muchas cosas que haces, y me tengo que
aguantar-le dije de malas maneras. El sonoro suspiro que vino en
respuesta se había convertido en algo tan rutinario que ni siquiera me
sorprendió.
Pero ¿Cómo podía obligarme? ¿Acaso es que no le importaban mis
sentimientos? Claro que sí, me había respondido mi madre mientras
nos alejábamos de mi
querido pueblo de Toronto en Canadá. Todavía no me podía creer que
no fuésemos a vivir solas nunca más; era extraño. Ya habían pasado
siete años desde que mis padres se habían separado; y no de forma
convencional ni agradable: había sido un divorcio de lo más traumatico,
pero al fin y al cabo lo había superado... o por lo menos seguía
intentándolo; y vivir sola con mi madre me insuflaba una tranquilidad
que sería destrozada nada más llegar a la que sería mi nueva casa.
Yo era una persona que le costaba muchísimo adaptarse a los
cambios, me aterrorizaba estar con extraños; no era tímida pero sí
muy reservada con mi vida privada y eso de tener que compartir mis
veinticuatro horas del día con dos personas que apenas conocía me
creaba una ansiedad que me hacía tener ganas de salir del coche y
vomitar.
-Aún no puedo comprender por qué no me dejas vivir en casa-le dije
intentado poder convencerla en lo que sería por lo menos la décima
vez desde que habíamos salido de casa ayer por la mañana.-No soy
una niña, sé cuidarme, además el año que viene estaré en la
universidad y al fin y al cabo estaré viviendo sola... es lo mismo-dije
intentado hacerla entrar en razón y sabiendo que yo estaba
completamente en lo cierto.
-No voy a perderme tú último año de instituto, y voy a disfrutar de mi
hija antes de que te vayas a estudiar; Noah ya te lo he dicho mil veces,

quiero que formes parte de esta nueva familia, eres mi hija, por Dios
santo, ¿enserio crees que te voy a dejar vivir en otro país sin ningún
adulto y a tanta distancia de donde yo estoy?-me contestó sin apartar
la mirada de la carretera y haciendo aspavientos con su mano
derecha.
Mi madre no comprendía lo duro que era todo eso para mí. Ella
comenzaba su nueva vida con un marido nuevo que supuestamente la
quería pero ¿y yo?
-Tú no lo entiendes, mamá, ¿no te has parado a pensar que este
también es mi último año de instituto? ¿Qué tengo allí a todas mis
amigas, mi trabajo, mi equipo...? ¡Toda mi vida, mamá!-le grité
intentando contener las lágrimas que estaban a punto de derramarse
por mis mejillas.
Aquella situación estaba pudiendo conmigo, eso estaba clarísimo. Yo
nunca y repito, nunca, lloraba delante de nadie. Llorar es para débiles,
para aquellos que no saben controlar lo que sienten, o en mi caso para
aquellos que han llorado tanto a lo largo de su vida que han
decidido no derramar ni una sola lágrima más.
Aquellos pensamientos me hicieron recordar el inicio de toda aquella
locura y al igual que siempre lo hacía, mi cabeza no dejaba de
arrepentirse de no haber acompañado a mi madre a aquel maldito
crucero por las islas del Caribe. Porque había sido allí, en un barco en
medio de la nada donde había conocido al increíble y enigmático
William Leister.
Si pudiera volver atrás en el tiempo no dudaría ni un instante en decirle
que sí a mi madre cuando se presento a mediados de abril con dos
billetes para irnos de vacaciones. Había sido un regalo de su mejor
amiga Alicia, la pobre había sufrido un accidente con el coche y se
había roto la pierna derecha, un brazo y dos costillas. Como es obvio
no podía irse con su marido a la islas Fidji, y por ese motivo se lo
regaló a mi madre.

Pero vamos a ver... ¿mediados de Abril? Por aquellas fechas yo
estaba con los exámenes finales y metida de lleno en los partidos de
vóley. Mi equipo había quedado primero después de estar en segundo
lugar desde que yo tenía uso de razón, había sido una de las alegrías
más grandes de mi vida; pero ahora viendo las consecuencias de no
haber asistido a aquel viaje, devolvería el trofeo, dejaría el equipo y no
me hubiese importado suspender literatura y español, con tal de evitar
que aquel matrimonio se realizara.
¡Casarse en un barco! ¡Mi madre estaba completamente loca! Además
se casaron sin decirme absolutamente nada, me enteré en cuanto
llegó, y encima me lo dijo tan tranquila como si casarse con un
millonario en medio del océano fuera lo más normal del mundo... Toda
esta situación era de lo más surrealista, me iba de mi pequeño
apartamento en uno de los lugares más fríos de Canadá para
mudarme a una mansión en California, EEUU. Ni siquiera era mi país,
aunque mi madre había nacido en Texas y mi padre en Colorado. Pero
aún así me gustaba Canadá, yo había nacido allí, era cuanto
conocía...
-Noah sabes que quiero lo mejor para ti-me dijo mi madre haciéndome
regresar a la realidad.-Sabes por lo que he pasado, por lo que hemos
pasado; y por fin he encontrado un buen hombre que me quiere y me
respeta y no me sentía tan feliz desde hace muchísimo tiempo... le
necesito y sé que vas a llegar a quererle, además puede ofrecerte un
futuro que yo nunca podría ni haber imaginado darte.
-Mi instituto en Toronto era muy bueno-dije suspirando al mismo tiempo
que pensaba en lo feliz que estaba mi madre. Hacía muchísimos años
que no la veía tan contenta, tan ilusionada. Era otra persona, y me
alegraba por ella pero yo no sabía si iba a poder adaptarme a un
cambio tan radical en mi vida.
-Uno de los mejores institutos...públicos, Noah.-me aclaró mi madreAhora vas a poder asistir a uno de los mejores del país, y vas a poder
optar a las mejores universidades...

-Es que yo no quiero ir a una universidad de esas, mamá, ni tampoco
quiero que un desconocido me la pague-dije sintiendo un escalofrío al
pensar en que dentro de un mes empezaría en un instituto pijo lleno de
niños ricos.
-No es un desconocido, es mi marido, así que ve haciéndote a la ideaagregó en un tono más cortante.
-Nunca voy hacerme a la idea-le conteste apartando la mirada de su
rostro y centrándola en la carretera.
-Pues vas a tener que hacerlo porque ya hemos llegado-añadió,
haciendo que me incorporara con los nervios a flor de piel y una
sensación extraña en el estómago.-Este es tu nuevo barrio. Centré mi
mirada en las altas palmeras y las calles que separaban las
mansiones extraordinariamente grandes e impresionantes. Cada casa
ocupaba por lo menos media manzana y cada una era diferente de la
otra. Las había de estilo inglés, victoriano y también había muchas de
aspecto moderno con las paredes de cristal e inmensos jardines con
fuentes y flores. Mi madre conducía por allí como si se tratara de su
barrio de toda la vida, y comencé a asustarme cada vez más al ver
que a medida que avanzábamos por la calle las casas se iban
haciendo cada vez más grandes.
Finalmente llegamos a un portón de tres metros de altura y como si
nada mi madre sacó un aparatito de la guantera, le dio a un botón y
las inmensas puertas comenzaron a abrirse. Volvió a poner el coche en
marcha y bajamos una cuesta rodeada de jardines y altos pinos
que desprendían un agradable olor a verano y mar.
-La casa no está tan alta como las demás de la urbanización, y por
ese motivo tenemos las mejores vistas a la playa.-me dijo con una
gran sonrisa. Me giré hacia ella y la observé como si no la
reconociera. ¿Acaso no se daba cuenta de lo que nos rodeaba? ¿No
era consciente de que esto nos quedaba demasiado grande?
No me dio tiempo a formular las preguntas en alto porque finalmente

llegamos a la casa. Solo se me ocurrieron dos palabras:
MADRE MÍA.
La casa era toda blanca con los altos tejados de color arena; tenía por
lo menos tres pisos, pero era difícil de decir ya que tenía tantas
terrazas, ventanas, tanto todo... Había un porche impresionante de
cara a nosotras y al ser ya pasadas las siete de la tarde las luces
estaban encendidas, dándole al edificio un aspecto de ensueño. Fuera
el sol se pondría dentro de poco y el cielo ya estaba pintado de
muchos colores, que contrastaban con el blanco inmaculado de
la casa. Los grandes postigos del porche medirían por lo menos siete
metros y ni hablar de la impresionante entrada, cuya fuente
central desprendía chorros por mil lugares diferentes.
Mi madre apagó el coche después de haber rodeado la fuente y haber
aparcado delante de los escalones que nos llevarían a la puerta
principal. La primera impresión que tuve al bajarme fue de haber
llegado al hotel más lujosos de toda California; solo que no era un hotel
era una casa... supuesta mente un hogar... O por lo menos eso me
quería hacer creer mi madre.
En cuanto me bajé del coche William Leister apareció por la puerta.
Detrás de él iban tres hombres vestidos como pingüinos que se
apresuraron en acercarse hacia nosotras.
El nuevo marido de mi madre no estaba vestido como yo le había visto
en las contadas veces que me había dignado a estar con él en la
misma habitación. En vez de llevar traje o caros chalecos de marca iba
vestido con unas bermudas blancas y un polo de color azul claro. Sus
pies estaban rodeados por unas chanclas de playa y su pelo oscuro:
despeinado en vez de arreglado hacia atrás. Había que admitir que
podía entender lo que mi madre había visto en él. El hombre era muy
atractivo. Era alto, bastante más que mi madre y eso que ella ya
medía un poco más de uno setenta; estaba bien cuidado y con eso me
refiero a que estaba claro que iba al gimnasio y su rostro era un rostro

bastante elegante, aunque claro está que se notaba los rastros de la
edad. Tenía bastantes arrugas en la frente y a los lados de su boca y
su pelo negro expresaba ya bastantes canas pero que le daban un aire
interesante y maduro.
Nos recibió con una gran sonrisa y bajó los escalones para recibir a mi
madre que se le acercó corriendo como una colegiala para poder
abrazarle. Yo me tomé mi tiempo, bajé del coche y me encaminé hacia
el maletero para coger mis cosas.
Unas manos enguantadas aparecieron de la nada y tuve que echarme
hacia atrás sobresaltada. -Yo recojo sus cosas, señorita-me dijo uno
de los hombres vestidos de pingüino.
-Puedo hacerlo yo, gracias-le contesté sintiéndome realmente
incómoda.
El hombre me miro como si hubiera perdido la cabeza.
-Deja que Pret te ayude, Noah-dijo William Leister a mi espalda.
Solté mi maleta a regañadientes y me giré hacia la parejita que se
había acercado hacia a mí.
-Me alegro mucho de verte Noah-dijo el marido de mi madre a su lado,
sonriéndome con afecto.
A su lado mi madre no dejaba de hacer gestos con su cara para que
me comportara, sonriera o dijera algo.
-No puedo decir lo mismo-contesté yo estirando la mano para que me
la estrechara. Sabía que lo que acababa de hacer era de lo más
maleducado pero en aquel instante me pareció lo correcto decir la
verdad.
Quería dejar bien claro cuál era mi posición respecto a este cambio en
nuestras vidas.

William no pareció ofenderse y dio un paso hacia adelante para
estrecharme la mano entre las suyas. Me sujetó la mano más tiempo
de lo debido y me sentí incómoda al instante.
-Sé que esto es un cambio muy brusco en tu vida, Noah pero quiero
que te sientas como en tu casa, que disfrutes de lo que puedo
ofrecerte, pero que sobretodo puedas aceptarme como parte de tu
familia... en algún momento.-agregó seguramente al ver mi cara de
incredulidad. Mi madre a su lado me fulminaba con sus ojos azules.
Lo único de lo que fui capaz fue de asentir con la cabeza y echarme
hacia atrás para que me soltara la mano. No me gustaba aquellas
muestras de afecto, y menos con personas que eran desconocidos
para mí. Mi madre se había casado, muy bien por ella, pero aquel
hombre nunca sería nadie, ni un padre, ni un padrastro, ni nada que se
le pareciera. Yo ya tenía un padre, y con él había tenido más que
suficiente.
-¿Qué tal si te enseñamos la casa?-dijo él con una gran sonrisa, ajeno
a mi frialdad y mal humor. -Vamos Noah-dijo mi madre entrelazando su
brazo con el mío. No era nada amigable sino todo lo contrario; de esa
forma no podía hacer otra cosa que caminar a su lado.
Las luces de la casa estaban encendidas por lo que no me perdí ni un
solo detalle de aquella mansión demasiado grande hasta para una
familia de veinte personas... y ya ni hablar para una de cuatro. Los
techos eran altos, con vigas de madera y grandes ventanales al
exterior. Había una gran escalera en el centro de un salón inmenso que
se doblaba hacia ambos lados del piso superior. Mi madre y su marido
me llevaron por toda la mansión, me enseñaron el inmenso salón con
una tele de por lo menos mil pulgadas si es que eso existía, la gran
cocina con isla incluida, cosa que supuse a mi madre le encantaría, ya
que al contrario que a mí a ella le encantaba cocinar. En aquella casa
había de todo, desde gimnasio, piscina climatizada, salones para
hacer fiestas y una gran biblioteca que fue lo que más me impresionó.
Me encantaba leer por lo que me quedé de piedra al ver aquellas

estanterías inmensas con miles y miles de libros.
-Tu madre me ha dicho que te gusta mucho leer y escribir.-me dijo
William haciéndome despertar de mi ensoñación.
-Como a miles de personas en este país-le contesté cortante. Me
molestaba que se dirigiera a mí con esa amabilidad, no quería que me
hablara, así de fácil. Hubiera preferido que me ignorara. -Noah-me dijo
mi madre clavando sus ojos en los míos. Sabía que la estaba haciendo
pasar un mal rato, pero que se aguantara, a mí me iba a tocar pasar
un mal año y no podía hacer nada al respecto.
William parecía ajeno a nuestro intercambio de miradas y no perdió su
sonrisa en ningún momento.
Suspiré frustrada e incómoda. Aquello era demasiado; diferente,
extravagante... no sabía si iba a ser capaz de acostumbrarme a vivir
en un lugar así.
De repente necesitaba estar sola, necesitaba tiempo para poder
asimilar las cosas...
-Estoy cansada, ¿puedo ir a la que va a ser mi habitación?-dije en un
tono de voz menos duro. -Claro, el viaje ha sido muy largo, querrás
asearte y ponerte cómoda-me dijo William al mismo tiempo que
salíamos de la biblioteca y nos encaminábamos hacia las escaleras.
-El lado derecho de la segunda planta es donde está tu habitación y la
de Nicholas. Hay un gran salón con cine y todo tipo de aparatos
electrónicos... Puedes invitar a quien tú quieras a que venga a pasar el
rato, a Nick no le importará, además de ahora en adelante
compartiréis la sala de juegos.
¿La sala de juegos? ¿Enserio? Sonreí como pude intentando no
pensar en que de ahora en adelante iba a tener que convivir también
con el hijo de William. No le conocía solo sabía lo que mi madre me
había contado de él y era que tenía 21 años, estudiaba en la

universidad de California, jugaba al fútbol americano y era un pijo
insoportable. Bueno eso último lo había añadido yo, pero seguramente
era la verdad.
Mientras subíamos las escaleras no podía dejar de pensar en que de
ahora en adelante iba tener que convivir con dos hombres extraños.
Habían pasado diez años desde la última vez que un hombre, mi
padre, había estado en mi casa. Me había acostumbrado a ser solo
chicas, solo dos. Vivir con mi madre nunca había sido un camino de
rosas y menos durante mis primeros siete años de vida; los problemas
con mi padre habían marcado mi vida al igual que la de ella y
supuse que al igual que la de miles de personas que sufrían un
divorcio; tanto para los adultos como para los niños.
Después de que mi padre se fuera mi madre y yo seguimos adelante,
poco a poco pudimos convivir como dos personas normales y
corrientes y a medida que yo iba creciendo mi madre se fue
convirtiendo en una de mis mejores amigas. No era para nada alguien
estricto ni controlador, me daba la libertad que quería y eso era
justamente porque confiaba en mí, y yo en ella... o por lo menos hasta
que decidió tirar nuestras vidas por la borda.
-Esta es tu habitación-dijo mi madre colocándose delante de
una puerta de madera oscura. Mi puerta estaba situada a principios de
un gran pasillo que tenía en la pared de enfrente dos puertas más,
aunque estas estaban bastante alejadas de la mía.
Observé el rostro de mi madre y después el de William. Estaban
sonrientes, expectantes... -¿Puedo entrar?-le pregunté con ironía al
ver que no se apartaba de la puerta.
-Esta habitación es mi regalo particular para ti, Noah-dijo mi madre con
los ojos brillantes de expectación.
La observé con cautela y en cuanto se apartó abrí la puerta con
cuidado, con miedo de lo que podía llegar a encontrarme.

Lo primero que captaron mis sentidos fue el delicioso olor a margaritas
y a mar. Mis ojos se fijaron primero en la pared que quedaba frente a
la puerta y que era totalmente de cristal. Las vistas eran tan
impresionantes que me quedé sin palabras por vez primera. El océano
al completo se veía desde donde yo estaba; la casa debía de estar en
lo alto de un acantilado porque desde mi posición solo veía el mar y la
impresionante puesta de sol que estaba teniendo lugar en
aquel instante. Era impresionante.
-Madre mía-repetí otra vez en lo que se había convertido en mi frase
preferida. Mis ojos siguieron recorriendo la habitación: Era enorme, en
la pared izquierda había una cama con dosel con miles de
almohadones blancos a juego con los colores de las paredes que
estaban pintadas de un agradable color azul claro. Los muebles, en
donde se incluía un escritorio con un ordenador Mac gigante, un sofá
precioso, un tocador con espejo y una inmensa estantería con todos
mis libros, eran blancos y de color azul. Esos colores junto a la
impresionante vista que se estaba desarrollando frente a mí era lo
más hermoso que había visto en toda mi vida.
Y siendo sincera... estaba encantada, aunque también abrumada.
¿Todo esto era para mí?
-¿Te gusta?-me preguntó mi madre tras mi espalda.
-Es increíble...gracias-dije sintiéndome agradecida pero al mismo
tiempo incomoda e incluso comprada.
-He estado trabajando con una decoradora profesional casi dos
semanas... quería que tuviese todo lo que siempre habías querido y yo
nunca he podido darte-me dijo ella emocionada. La observé unos
instantes y supe que no podía quejarme de esto... Una habitación así
es el sueño de cualquier adolescente y también el de cualquier madre.
Me acerqué hacia ella y la abracé. Hacía ya por lo menos tres meses
que no tenía ningún tipo de contacto físico con ella y supe que aquello
era importante para mi madre.

-Gracias, Noah-me dijo al oído para que solo yo pudiese oírla-Te juro
que voy hacer todo lo posible para que seamos felices las dos.
-Estaré bien, mamá-le contesté sabiendo que lo que decía no estaba
en sus manos si no en las mías.
Mi madre me soltó, se enjuagó una de las lágrimas que se habían
deslizado por su mejilla y se colocó junto a su nuevo marido.
-Te dejamos para que te instales-me dijo William de forma amable.
Asentí sin agradecerle absolutamente nada. Todo lo que había en esta
habitación no suponía ningún esfuerzo para él. Solo era dinero.
Después de eso se marcharon dejándome sola. Cerré la puerta y
observé que no había pestillo. Sentí un alivio repentino y me aparté
para seguir investigando lo que sería de ahora en adelante mi refugio.
El suelo era de madera clara pero tenía en algunos sitios como por
ejemplo debajo de mi cama y junto a la vidriera de cristal una alfombra
blanca tan gruesa que incluso se podría dormir sobre ella. Me quite las
chanclas y deslicé mis pies sobre la suavidad de esta.
Suspiré con placer al mismo tiempo que acariciaba la suavidad de mi
cama y me dirigía hacia una de las puertas que había allí. Al entrar me
encantó ver el baño particular que había para mí. No me sorprendía en
absoluto y menos en una casa de aquellas envergaduras y me
encantó saber que no tenía que compartir baño con un tío de veinte
años que ni siquiera conocía. El baño era tan grande como mi antigua
habitación, y tenía ducha de hidromasaje, bañera y dos
lavabos individuales. Lo que me intrigó y preocupó, fue que la pared
frontal al igual que la de mi habitación era de cristal. No pensaba
desnudarme allí sabiendo que cualquiera que estuviese en la
planta baja y elevara la mirada pudiese verme desnuda. Me acerqué
hacia la pared y me asomé. En efecto allí abajo estaba el jardín
trasero de la casa, y después de impresionarme otra vez al ver
la inmensa piscina y los jardines con flores y palmeras, regresé a mi

preocupación principal, que era que me iban a ver desnuda.
Entonces vi el botoncito que había junto a la bañera. Lo presioné y
poco a poco el cristal del baño comenzó a cambiar de color...se volvió
más oscuro pero aún se podía disfrutar plenamente de las increíbles
vistas de fuera. Sonreí al comprender que dándole a aquel botón nadie
que estuviese fuera podía verme... al contrario que yo, claro.
Salí del baño y entonces caí en la cuenta del pequeño marco sin
puerta que había en la pared frente al baño. Hay Dios mío...un
vestidor.
Crucé la habitación casi corriendo y entre en el sueño de cualquier
mujer, adolescente, o niña pequeña. Tenía un vestidor, y no un vestidor
vacío sino uno lleno de ropa a estrenar. Solté el aire que había estado
conteniendo y comencé a pasar los dedos sobre las increíbles prendas
que estaban allí colgadas y dobladas en las estanterías. Todas
estaban con las etiquetas y solo me basto ver el precio de una para
darme cuenta de lo caras que eran. Mi madre estaba loca, o
quien fuera que la había convencido para gastarse todo ese dinero en
trapos para vestir. A ver, dejemos una cosa clara... estaba flipando en
colores y no me podía creer que tuviese todas aquellas cosas para mí,
pero en el fondo no podía deshacerme de aquella incómoda sensación
de que nada era real, de que pronto me despertaría y estaría en mi
vieja habitación con mi ropa corriente y mi cama individual; y lo peor de
todo es que deseaba con todas mis fuerzas despertar porque aquella
no era mi vida, no era lo que quería... deseaba volver a mi casa con
todas mis fuerzas. Sentí un nudo en el estómago tan incómodo y una
angustia en mi interior que me deje deslizar entre los zapatos y los
vestidos; apoyé mi cabeza en mis rodillas y respiré hondo todas las
veces que fueron necesarias hasta que las ganas de llorar se me
esfumaron.
Después de mi pequeña crisis me dirigí a mis maletas que habían
traído hasta mi cuarto antes incluso de que yo llegara; y me apresuré
en coger unos pantalones cortos y una camiseta sencilla. No quería

cambiar mi forma de ser, y no pensaba empezar a vestir con polos de
marca y pantalones de Ralf Lauren. Con mi ropa preparada, me metí
en la ducha, quitándome toda la suciedad e incomodidad del largo viaje
que habíamos hecho. Me sequé el pelo con el secador que había allí y
agradecí el no ser una de esas chicas que tienen que hacerse de todo
para que el pelo se les quede bien. Por suerte yo había heredado el
pelo ondulado de mi madre y así fue como se me quedo en cuanto
termine de secarlo. Me vestí con lo que había escogido y me propuse
dar una vuelta por la casa, y también buscar algún tentempié.
Era raro caminar por allí yo sola... me sentía como una completa
extraña y me daba miedo encontrarme con alguien y que me miraran
con mala cara. Iba a tardar mucho en acostumbrarme a vivir allí pero
sobre todo al lujo y a las inmensidades de aquel sitio. En mi antiguo
piso bastaba con hablar un poco más fuerte de lo normal para que nos
escuchásemos la una a la otra, daba igual que yo estuviese en la
cocina y mi madre en su habitación, nuestro hogar era tan
pequeño que bastaba tan solo eso para poder comunicarnos. Aquí eso
era del todo imposible. Ni aunque gritara se me escucharía entre tanta
habitación y pasillo, y salón, escaleras... puff. Era muy abrumador.
Después de deambular por la planta baja me dirigí hacia la cocina,
rezando por no perderme. Mi madre y su marido habían desaparecido.
Tan solo me había cruzado con una mujer que iba vestida con delantal
blanco y uniforme negro, muy parecido a los dos hombres que nos
habían recibido en la entrada hacia unas horas. Se me hacía raro eso
de tener a gente trabajando para mí, limpiando mis cosas y
haciéndome la comida. Esperaba que mi madre siguiera haciéndose
cargo de la cocina, a ella siempre le había gustado y a mí me
encantaba como cocinaba.
Unos minutos después llegué a mi destino. Me moría de hambre,
necesitaba algo de comida basura en mi organismo urgentemente.
Lamentablemente cuando entré no estaba sola.
Había alguien rebuscando en la nevera, tan solo podía ver lo alto de

una cabeza de pelo oscuro y justo cuando iba a decir algo, un ladrido
ensordecedor me hizo chillar de forma ridícula e igual que hacen las
niñas pequeñas.
Me giré sobresaltada hacia el causante de mi sobresalto justo al
mismo tiempo que la cabeza de la nevera se asomaba para ver quien
formaba tanto escándalo.
Justo al lado de la isla de la cocina había un perro negro, precioso y
que me miraba con ojos de querer comerme poco a poco. Si no me
equivocaba era un labrador, pero no podía asegurarlo.
Mis ojos se desviaron del perro al chico que había justo a su lado.
Observé con curiosidad y al mismo tiempo con asombro al que
seguramente era el hijo de William, Nicholas Leister. Lo primero que se
me vino a la cabeza en cuanto le vi fue, ¡que ojos! Eran de un azul
cielo, tan claro como las paredes de mi habitación, y contrastaban de
una manera abrumadora con el color negro azabache de su pelo, que
estaba despeinado y húmedo de sudor. Al parecer venía de hacer
deporte porque llevaba puestas unas calzonas y una camiseta de
tirantes ancha. Dios, era muy guapo, eso había que admitirlo, pero no
dejé que esos pensamientos me hiciesen olvidar a la persona que
tenía delante. Él era mi nuevo hermanastro, la persona con la que
conviviría este año de tortura...
Y no me gustó nada.
-¿Eres Nicholas, verdad?-le pregunté intentado controlar el miedo que
le tenía al endemoniado perro que no dejaba de gruñirme de forma
escalofriante. Me sorprendió y cabreó como desviaba la mirada al
perro y sonreía.
-El mismo-dijo fijando sus ojos en mí otra vez-Tú debes de ser la hija
de la nueva mujer de mi padre-dijo y no pude creer que dijera eso de
una forma tan impersonal como aquella.

Le observé entornando los ojos.
-¿Tú nombre era...?-me preguntó y yo no pude evitar abrir los ojos con
asombro e incredulidad. ¿No sabía mi nombre? Nuestros padres se
habían casado, yo y mi madre nos habíamos mudado ¿y ni siquiera
sabía cómo me llamaba?
-Noah-le dije cortante-Me llamo Noah.

Capítulo 2 NICK

-Noah-me dijo cortante-Me llamo Noah.
Me hizo gracia la forma con la que me fulminó con la mirada. Mi nueva
hermanastra parecía ofendida porque me importase una mierda cual
fuera su nombre o el de su madre, aunque he de admitir que de su
madre si me acordaba. Como para no hacerlo, los últimos tres meses
había pasado más tiempo en esta casa que yo mismo, porque sí,
Rafaella Morgan se había metido en mi vida como si de un mendigo se
tratase y encima venía con acompañante.
-¿No es ese un nombre de chico?-le pregunté sabiendo que eso la
molestaría -Sin ofender, claro-agregué al ver que sus ojos color miel
se abrían aún más.
-Pues sí, pero también es de chica-me contestó un segundo después.
Observé cómo sus ojos pasaban de mí, a Thor, mi perro, y no pude
evitar volver a sonreír.-Seguramente en tu corto vocabulario no existe
la palabra unisex.-agregó esta vez sin mirarme. Thor no dejaba de
gruñirle y enseñarle los dientes. No era culpa suya, le habíamos
entrenado para que desconfiara de los desconocidos. Solo haría falta

una palabra mía para que pasara a ser el perro cariñoso de siempre...
pero era demasiado divertido ver la cara de miedo que tenía mi nueva
hermanita como para poner fin a mi diversión.
-No te preocupes, tengo un vocabulario muy extenso-dije yo cerrando
la nevera y encarando de verdad a aquella chica-Es más, hay una
palabra clave que a mi perro le encanta. Empieza por A luego por TA y
termina en CA-El miedo cruzó su rostro y tuve que reprimir una
carcajada. Entonces pasé a fijarme un poco más en su aspecto.
Era alta, seguramente uno sesenta y ocho o uno setenta no estaba
seguro. También era delgada, y no le faltaba de nada, había que
admitirlo, pero su rostro era tan aniñado que cualquier pensamiento
lujurioso hacia ella quedaba descalificado. Si no había oído mal ni
siquiera había acabado el instituto, y eso se reflejaba claramente en
sus pantalones cortos, su camiseta blanca y sus converse negras. Le
hubiese faltado tener el pelo recogido en una coleta y ya podría
haberse hecho pasar por la típica adolescente que se ve esperando
impaciente por comprar el siguiente disco de algún cantante de quince
años que estuviese de moda. Pero, lo que más atrajo mi atención fue
su cabello. Era de un color muy extraño, entre rubio oscuro y pelirrojo.
Tenía tantas tonalidades que podría haber sido teñido pero no lo
estaba, saltaba a la vista que era natural. Lo llevaba largo y le caía
sobre sus pechos hasta la mitad de su cintura. Nunca había visto un
pelo igual.
-Que gracioso-dijo ella con ironía pero completamente asustadaSácalo fuera, parece que va a matarme en cualquier momento-me dijo
dando un paso hacia atrás. En el mismo instante en que lo hizo, Thor
dio un paso hacia adelante.
Buen chico, pensé en mi fuero interno. Tal vez a mi nueva hermanastra
no le vendría mal un escarmiento, un recibimiento especial, que le
dejara bien claro de quien era esta casa y lo poco bien recibida que
era por mi parte.

-Thor, avanza-le dije a mi perro con autoridad. Noah miro al perro
primero y luego a mí, dando otro paso hacia atrás. Pena que chocó
contra la pared de la cocina.
Thor avanzó hacia ella poco a poco, enseñándole los colmillos y
gruñendo. Daba bastante miedo pero yo sabía que no iba a hacerle
nada, no si yo no se lo ordenaba.
-¡Paral-grito ella mirándome a los ojos. Estaba tan asustada...
Y entonces hizo algo que yo no esperaba.
Se giró, cogió una sartén que había colgada allí y la levantó con toda
la intensión de pegarle a mi perro.
-¡Thor, ven aquí!-le ordene de inmediato, justo cuando ella levantaba la
sartén.
Mi perro hizo inmediatamente lo que le pedí y ella falló el golpe.
¿Pero qué...?
-¿Qué coño estabas a punto de hacer?-le espeté aún sin poderme
creer que hubiese estado a punto de pegarle a mi perro. Di un paso
hacia delante. No esperaba para nada que ella se defendiese...
-¡Eres un gilipollas!-me gritó entonces, acercándose hacia mí con la
sartén aún en la mano. La cogí de la muñeca justo a tiempo de que
me diera un buen golpe en el hombro. Thor ladró a mis espaldas pero
no atacó.
Esta chica era de lo más imprevisible, y aún habiéndole cogido de la
muñeca no sé cómo pero se las ingenió para darme un golpe en el
brazo con la sartén.
Muy bien, hasta aquí hemos llegado.
Con fuerza le arranqué la sartén de las manos y la empujé contra la

nevera. Le sacaba por lo menos una cabeza pero no me importó
agacharme y ponerme a su altura.
-Primero: que esta sea la última vez que atacas a mi perro, y segundole dije clavando mis ojos en los suyos; una parte de mi cerebro se fijo
en las pequeñas pecas que tenía en la nariz y en las mejillas-No
vuelvas a golpearme porque entonces sí que vamos a tener un
problema.
Ella me observó de forma extraña. Sus ojos se fijaron en mí y luego
bajaron hacia mis manos que sin saber cómo habían terminado en su
cintura.
-Suéltame ahora mismo-me dijo con una frialdad increíble.
Quité las manos de su cuerpo y di un paso hacia atrás. Mi respiración
se habia acelerado y no tenía ni idea de porqué. Ya había tenido
demasiado de ella por un día, y eso que la había conocido hacia
apenas cinco minutos.
-Bienvenida a la familia, hermanita-le dije dándole la espalda, cogiendo
mi bocadillo de la encimera y dirigiéndome hacia la puerta.
-No me llames así, yo no soy tu hermana ni nada que se le parezcaexclamo tras mi espalda. Lo dijo con tanto odio y sinceridad que me
giré para observarla otra vez. Sus ojos brillaban con la determinación
de lo que había dicho y entonces supe que a ella le hacía la misma
gracia que a mí que nuestros padres hubiesen acabado juntos.
Aunque pensándolo mejor... ¿Qué estaba diciendo? Había pasado de
vivir en un piso de mala muerte a una de las casas más grandes de
una de las mejores urbanizaciones de las afueras de Los Ángeles, ella,
al igual que su madre, eran unas cazafortunas que solo querían
sacarle el dinero a mi padre ¿y encima tenía que aguantar estos
desplantes?
-En eso estamos de acuerdo...hermanita-repetí entornando los ojos y

disfrutando como sus pequeñas manos se convertían en puños.
Justo entonces escuché ruido a mis espaldas. Me giré y me encontré
de cara con mi padre...y su mujer.
-Veo que os habéis conocido-dijo mi padre entrando en la cocina con
una sonrisa de oreja a oreja. Hacía muchísimo tiempo que no le veía
sonreír de aquella manera y en el fondo me alegraba verle así, y
también que hubiera rehecho su vida. Aunque en el camino se
hubiese dejado algo: yo.
Rafaella me sonrió con cariño desde la puerta y me obligué a mi
mismo a realizar una especie de mueca, lo más parecido a una sonrisa
y lo máximo que iba a conseguir de mí aquella mujer. No tenía nada
contra ella, es más, parecía simpática y estaba buena, podía entender
lo que mi padre había visto en ella: piernas largas, rubia, ojos claros,
buenas curvas... El tipo de mujer que yo buscaba y usaba como me
daba la gana; pero no estaba nada contento con tener que abrirle
mi vida privada a dos desconocidas y menos que fueran tías.
A pesar de que mi padre y yo no teníamos ninguna relación brillante ni
afectuosa, había estado perfectamente de acuerdo con que creara
aquella muralla que nos separaba del mundo exterior. Lo que había
ocurrido con mi madre nos había marcado a los dos, pero sobre todo
a mí, que era su hijo y tuve que ver como se marchaba sin mirar atrás.
Desde entonces desconfiaba de las mujeres, no quería saber nada de
ellas a no ser que fuera para tirármelas o pasar un rato entretenido en
las fiestas. ¿Para qué quería más?
-¿Noah has visto a Thor?-le preguntó Rafaella a su hija, que aún
seguía junto a la encimera sin poder disimular su mal humor.
-¿Te refieres al perro loco que ha estado a punto de matarme?-le
contestó ella dirigiendo sus ojos a los míos.
Me sorprendió que no fuera corriendo a chivarse a su madre.

-¿Pero qué dices? si es buenísimo-le contesto Rafaella y entonces
observe como mi perro se acercaba a ella moviendo la cola con
alegría.
Le observé impasible, sabiendo que no podía hacer nada para que mi
perro odiase a esa mujer. Entonces Noah hizo algo que me descolocó.
Dio un paso al frente se agachó y comenzó a llamar a Thor.
-Thor, ven, ven bonito...-dijo hablándole de forma cariñosa y amigable.
Había que admitir que por lo menos era valiente. Hacía menos de un
segundo estaba temblando de miedo por ese mismo perro.
Mi perro se giró hacia ella moviendo la cola enérgicamente. Giró su
cabeza hacia a mí, luego a ella otra vez y seguramente intuyó que algo
iba a mal porque me puse tan serio que hasta el animal se dio cuenta.
Con la cola metida entre las piernas se acercó hacia a mí sentándose
a mi lado y dejando a mi hermanastra completamente cortada.
-Buen chico-le dije yo con una gran sonrisa.
Noah se puso de pié de golpe, fulminándome con sus ojos enmarcados
por espesas pestañas y se giró hacia su madre.
-Me voy a la cama-dijo de forma contundente.
Yo me dispuse a hacer lo mismo, o bueno, mejor dicho todo lo
contrario ya que esa noche había una fiesta en la playa y yo debía
estar allí.
-Yo salgo esta noche, no me esperéis-dije sintiéndome extraño al
dirigirme en plural.
Justo cuando estaba a punto de emprender mi marcha hacia fuera de
la cocina, mi padre nos detuvo, a mí y a mi hermanita.
-Hoy salimos a cenar los cuatro juntos-dijo mirándome sobre todo a

mí.
¡No jodas!
-Papá, lo siendo. Pero he quedado y...
-Yo estoy muy cansada por el viaje me...
-Es nuestra primera cena en familia y quiero que estéis presentes los
dos-dijo mi padre interrumpiéndonos a ambos. A mi lado Noah soltó
todo el aire que estaba conteniendo de golpe. -¿No podemos ir
mañana?-rebatió ella.
-Lo siento cielo, pero tengo un juicio muy importante y no sé a qué
hora llegaré-le contestó mi padre.
Fue tan extraño su manera de dirigirse a ella... por favor si apenas la
conocía. Yo ya estaba en la universidad, hacia lo que me daba la
gana, en otras palabras ya era un adulto, ¿pero Noah? Por favor,
sería la pesadilla de cualquier pareja recién casada.
-Noah, vamos a cenar juntos y punto, no se habla más-dijo Rafaella
clavando sus ojos claros en su hija.
Decidí que sería mejor ceder aquella vez. Cenaría con ellos y luego
me iría a casa de Anna, mi amiga... especial, por no llamarla algo
peor; después iríamos a la fiesta.
Noah farfullo algo ininteligible, pasó entre los dos y se encamino hacia
el salón que la llevaría al hall principal donde estaba la escalera.
-Dadme media hora para ducharme-les dije señalando mi ropa sudada.
Mi padre asintió satisfecho, su mujer me sonrió y supe que aquella
noche el hijo adulto y
responsable había sido yo... o por lo menos eso creían.

Capítulo 3 NOAH

¡Pero qué pedazo de IDIOTA!
Mientras subía las escaleras pisando tan fuerte como mis músculos y
huesos podían, no podía quitarme de la cabeza los últimos diez
minutos que había pasado con el imbécil de mi nuevo hermanastro.
¿Cómo se podía ser tan capullo, engreído y psicópata al mismo
tiempo y a niveles tan altos? Oh Dios no lo aguantaría, no iba a poder
soportarlo; si ya de por sí le tenía manía por el simple hecho de ser el
hijo del nuevo marido de mi madre, ¡como para soportarlo ahora!
Había odiado su forma de hablarme, su forma de mirarme. Como si
fuese superior a mí por el simple hecho de tener un padre rico. Sus
ojos me habían escrutado de arriba abajo y luego había sonreído... Se
había reído de mí en toda mi cara, con lo del perro, con su manera de
acorralarme contra la nevera... por Dios ¡si hasta me había
amenazado!
Entre en mi habitación dando un portazo, aunque con las dimensiones
de aquella casa nadie me oiría. Fuera ya se había hecho de noche y
una tenue luz entraba por las inmensidades de mi ventana. Con la
oscuridad, el mar se había teñido de color negro y no se diferenciaba
donde terminaba este y comenzaba el cielo.
Nerviosa me apresuré en encender la luz.
Fui directa hacia mi cama y me tiré encima clavando mi mirada en las
altas vigas del techo. Encima de todo me obligaban a cenar con ellos.
¿Es que mi madre no se daba cuenta de que ahora mismo lo último
que me apetecía era estar rodeada de gente? Necesitaba estar

sola, descansar, hacerme a la idea de todos los cambios que estaban
ocurriendo en mi vida, aceptarlos y aprender a vivir con ellos, aunque
en el fondo supiera que nunca iba a terminar encajando.
Eran las ocho de la noche cuando llegué a mi habitación, y solo
pasaron diez minutos hasta que mi madre entró por la puerta. Se
molestó en llamar, al menos, pero al ver que no le contestaba entró sin
más.
-Noah, dentro de quince minutos tenemos que estar todos abajo-me
dijo mirándome con paciencia.
-Lo dices como si fuera a tardar una hora y media en bajar unas
escaleras-le respondí incorporándome en la cama. Mi madre se había
soltado su pelo rubio a media melena y se lo había peinado de una
forma muy elegante. No llevamos en esta casa ni dos horas y su
aspecto ya era diferente.
-Lo digo porque tienes que cambiarte y vestirte para la cena-me
contestó ignorando mi tono.
La observé sin comprender y bajé mi mirada hacia la ropa que llevaba.
-¿Qué tiene de malo mi aspecto?-le contesté a la defensiva.
-Vas en zapatillas, Noah, a donde vamos hay que ir de etiqueta, no
pretenderás ir así vestida ¿no? ¿En pantalones cortos y camiseta?-me
contestó ella exasperada.
Me puse de pie y le hice frente. Había colmado mi paciencia por aquel
día.
-A ver si te enteras mamá, no quiero ir a cenar contigo y tu marido, no
me interesa conocer al demonio malcriado que tiene como hijo, y
menos me apetece tener que arreglarme para ello-le solté intentando
controlar las enormes ganas que tenía de coger el coche y largarme
de vuelta a mi cuidad.

-Deja de comportarte como si tuvieras cinco años, vístete y ven a
cenar conmigo y tu nueva familia-me dijo en un tono duro pero al ver mi
expresión suavizó el rostro y añadió-Solo es esta noche, por favor,
hazlo por mí.
Respiré hondo varias veces, me tragué todas las cosas que me
hubiese gustado gritarle y asentí con la cabeza.
-Solo esta noche.
En cuanto mi madre se fue me metí en el vestidor de mi cuarto. Allí
había miles de cosas que nunca me pondría, como por ejemplo los
vestidos rosas de seda y los zapatos con pedrería. Disgustada con
todo y con todos, comencé a buscar un atuendo que me gustara y que
me hiciese sentir cómoda. También quería demostrar lo adulta que
podía llegar a ser; aún tenía la mirada de incredulidad y diversión de
Nicholas gravada en mi cabeza cuando me recorrió el cuerpo con
sus ojos claros y altivos. Me había observado como si no fuera más
que una cría a la que le divertiría asustar, cosa que había hecho al
amenazarme con aquel endemoniado perro.
Con la mente roja de rabia escogí un vestido negro que había colgado
en las miles de perchas forradas de seda blanca y azul. En las
estanterías había miles de tacones que podrían haber quedado muy
elegantes con el vestido que había escogido pero con una sonrisa de
suficiencia me decanté por unos de tacón rosa fucsia. Mi madre los
había comprado seguramente para ir a una discoteca o conociéndola,
por lo llamativos que eran al ser tan altos.
Sonreí solo al imaginarme su expresión y seguramente la de su
marido.
El vestido era de seda oscura y me quedaba corto, por encima de las
rodillas. Me acerqué al espejo gigante que había en una de las
paredes y me observé detenidamente. Mis curvas se marcaban con
aquel vestido tan caro y tan sexy. Para ser sincera estaba encantada y
me elevó un poco el animó al darme cuenta que iba estar guapa con

él. Con rapidez me solté el pelo que tenía atado en una cola alta y lo
dejé caer sobre uno de mis hombros. Observé mi color de pelo con el
ceño fruncido. Nunca llegaría a comprender de qué color era, si rubio
o castaño, pero me fastidiaba no haber heredado el rubio platino de mi
madre. Observe mi rostro sin ninguna intensión de maquillarme y luego
pasé a colocarme los tacones. Eran increíbles, de lo más chic, y
destacaban con el color negro de mi vestido.
Ya satisfecha cogí un bolso pequeño y me dirigí hacia la puerta.
Justo cuando la abría me tope con Nicholas que se detuvo un
momento para poder observarme. Thor, el demonio, iba a su lado y no
pude evitar echarme hacia atrás.
Mi nuevo hermano sonrió por algún motivo inexplicable, y volvió a
recorrerme el cuerpo y el rostro con la mirada. Al hacerlo sus ojos
brillaron con alguna especie de emoción oscura e indescifrable.
Entonces sus ojos se fijaron en mis pies.
-Bonitos zapatos-dijo sarcásticamente.
Yo le observé un momento y volví a asombrarme ante lo alto y viril que
era. Iba con pantalones de traje y camisa, sin corbata y con los dos
botones del cuello desabrochados. Sus ojos celestes parecían querer
traspasarme pero no me dejé intimidar.
-Gracias-contesté cortante para después desviar mi mirada hacia su
perro que ahora en vez de mirarme con cara de asesino, movía la cola
de felicidad y esperaba sentado observándonos con interés.-Tú perro
parece otro... ¿Vas a decirle que me ataque ahora o esperarás a que
regresemos de cenar?-le dije clavando sus ojos en él al mismo tiempo
que le sonreía con falsa amabilidad.
-No sé, pecas... eso dependerá de cómo te comportes-me contestó al
mismo tiempo que me daba la espalda y caminaba hacia las
escaleras.

Me quedé callada un momento, intentando controlar mis emociones.
¡Pecas! ¡Me había llamado pecas! Este tío se estaba buscando
problemas... problemas de verdad.
Caminé detrás de él convenciéndome a mí misma que no merecía la
pena enfadarme por sus comentarios o por sus miradas o por su
simple presencia. Él no era más que otra de las muchas personas que
me caerían mal en aquella ciudad, así que mejor ir acostumbrándome.
En cuanto llegué al piso de abajo no pude evitar volver a sorprenderme
ante lo magnifica que era aquella casa. De alguna manera conseguía
transmitir un aire antiguo pero sofisticado y moderno al mismo tiempo.
Mientras esperaba a que mi madre bajara, ignorando a la persona que
me hacía compañía, recorrí con la mirada la impresionante lámpara de
cristal que colgaba de los altos techos con vigas. Estaría hecha de
miles de cristales que caían como si fueran gotitas de
lluvia congeladas, hacía abajo, queriendo llegar al suelo pero obligadas
a estar suspendidas en el aire por un tiempo indefinido.
Por un instante mi mirada se cruzó con la suya y en vez de obligarme
a mi misma a apartarla decidí observarle hasta que el tuviera que
desviarla. No quería que pensara que me intimidaba, no quería que
creyese que iba a poder hacer conmigo lo que le diera la gana. Para
mí no era más que otra persona viviendo bajo mi mismo techo.
Pero sus ojos no se apartaron, sino que me observaron fijamente y
con una determinación increíble. Justo cuando creí que no podría
aguantar más, mi madre apareció junto con William. -Bueno, ya
estamos todos-dijo este último observándonos con una gran sonrisa.
Le observé sin un atisbo de alegría.-Ya he reservado mesa en el Club,
espero que haya hambre...-agregó dirigiéndose a la puerta con mi
madre colgada de su brazo.
Esta me había observado con una sonrisa satisfecha, hasta que vio
mis zapatos, claro.
-¿Qué te has puesto en los pies?-me dijo susurrándome al oído.

Yo hice como que no la escuchaba y me adelanté hacia la salida.
Ya fuera el aire era cálido y refrescante. Se podían oír las olas
rompiendo contra la orilla a lo lejos y las lámparas que alumbraban el
jardín y el camino de entrada creaban un ambiente hogareño y muy
elegante.
Caminé por el camino empedrado hasta bajar las escaleras del porche
de entrada.
-¿Quieres venir en nuestro coche, Nick?-le preguntó William a su hijo.
Este ya nos había dado la espalda y se encaminaba hacia donde
había una 4X4 impresionante. Era negra y bastante alta. Estaba
reluciente y parecía recién salida del concesionario. No pude evitar
poner los ojos en blanco... que típico.
-Iré en el mío-le contestó él girándose hacia nosotros al llegar a la
puerta- Después de cenar he quedado con Miles; vamos a terminar el
informe del caso Refford.
-Muy bien-le contestó su padre ante lo que yo no entendí ni una sola
palabra-¿Quieres ir con él hasta el club, Noah?-agregó un instante
después girándose hacia mí- Así os iréis conociendo mejor-me dijo
William observándome contento como si lo que se le acabara de
ocurrir fuera la idea más genial del planeta Tierra.
Mis ojos no pudieron evitar desviarse hacia su hijo que me observó
elevando las cejas a la espera de mi respuesta. Parecía divertirse con
toda aquella situación.
-No me gusta subirme al coche de una persona que no sé como
conduce-le dije a mi nuevo padrastro deseando que mis palabras
tocaran aquel punto sensible que los chicos tenían cuando se ponía en
duda su capacidad de conducción.-Así que no, iré con vosotros.agregué al mismo tiempo que le daba la espalda a la 4x4 y me

montaba en el Mercedes negro de Will.
Ni siquiera miré en su dirección cuando mi madre y su marido se
subían al coche y disfruté de la soledad del asiento trasero mientras
recorríamos las calles en dirección del club de ricachones. Deseaba
con todas mis fuerzas acabar con aquella noche lo antes posible;
terminar con aquella farsa de familia feliz que mi madre y su marido
pretendían crear, y regresar a mi habitación para poder intentar
descansar.
Unos quince minutos después llegamos a una parte apartada rodeada
de grandes campos muy bien cuidados. A pesar de que ya era
de noche un gran camino iluminado te daba la bienvenida al Club
Náutico Mary Read. Antes de que nos dejaran pasar un hombre que
hacía guardia en una elegante cabina junto a la barrera se asomó para
poder ver quienes íbamos en el coche. Un evidente signo de
reconocimiento apareció en su rostro al ver quien conducía.
-Señor Leister, buenas noches señor, señora-agregó al ver a mi
madre.
Mi nuevo padrastro le saludó y prosiguió a entrar en aquel lugar
situado junto a la costa.
-Noah, aquí podrás hacer miles de cosas. Soy miembro de este club
desde que nací al igual que mi padre y es uno de los mejores del
estado. Hay canchas de tenis, tiendas, cuadras con muchos caballos
para poder montar, canchas de baloncesto, fútbol; también hay de
Vóley, que sé que te gusta-me dijo William sonriéndome por el espejo
retrovisor mientras nos íbamos acercando a la costa, dejando a tras
los jardines bien cuidados.
-Es genial-dije sin entusiasmo.
-El campo de golf está un poco más allá, pero aquí están los
restaurantes y justo detrás de aquellas cuadras-me dijo señalando un
edificio que había bastante lejos hacia mi derecha-hay muchas tiendas

de ropa, peluquerías y creo que hasta un cine, no ¿Ella?-le preguntó
girándose hacia mi madre.
Sentí un pinchazo en el corazón al oírle llamarla de aquella forma... Así
es como la llamaba mi padre, y estaba completamente segura de que
a mi madre no le hacía ninguna gracia aquel diminutivo... demasiados
malos recuerdos; pero claro, no iba a decírselo a su nuevo e
increíble marido.
-Sí, la última vez que vinimos fui con Margaret-le contestó ella sin
ningún signo de incomodidad. Mi madre era muy buena en olvidar las
cosas dolorosas y difíciles. Yo en cambio me las guardaba dentro,
muy dentro hasta que en un momento explotaba y las sacaba todas
fuera.
-Tu tarjeta de socia llegará la semana que viene, pero puedes usar mi
apellido para que te dejen entrar-me dijo él como si yo fuera a querer
venir en algún tiempo cercano.
Asentí y miré por la ventana mientras William se acercaba al
restaurante.
En cuanto llegamos detuvimos el coche justo a la entrada. Un botones
se acercó hacia nosotros para abrirnos la puerta a mi madre y a mí,
aceptó la propina que William le daba y se llevó el coche a quien sabe
dónde.
El restaurante era increíble, y era entero de cristal. Desde donde
estaba fui capaz de ver algunas mesas y las increíbles piscinas llenas
de cangrejos, peces y todos tipos de calamares frescos listos para ser
asesinados y servidos para comer. Subí los escalones con cuidado de
no tropezarme y antes de que nos atendieran sentí como alguien se
colocaba detrás de mí. Su aliento me rozó la oreja y me dio un
escalofrío. Al girar la cabeza vi a Nicholas junto a mi espalda. Incluso
llevando aquellos tacones infernales me sacaba media cabeza. Apenas
bajó su mirada hacia a la mía.

-Tengo una reserva a nombre de William Leister-dijo William a la
camarera que se encargaba de dar la bienvenida a los nuevos clientes.
Su rostro se descompuso por alguna razón inexplicable, y se apresuró
en dejarnos pasar al abarrotado y al mismo tiempo tranquilo y
acogedor establecimiento.
-Por aquí señor Leister-dijo dirigiéndonos hacia el final del restaurante
en donde toda la pared era de cristal. Me quedé impresionada al ver
como el restaurante estaba suspendido por encima del mar. La pared
de cristal te ofrecía una panorámica impresionante del océano, y no
pude evitar preguntarme si es que en California era muy común eso de
que todas las paredes fuesen transparentes. Nuestra mesa estaba en
uno de los mejores lugares, iluminada cálidamente con velas al igual
que todo el restaurante.
Para ser sincera estaba completamente alucinada. Nunca había
acudido a un lugar como aquel en el que te corrían las sillas para que
te sentaras y en donde junto a los platos había por lo menos cinco
tenedores.
Mientras nos sentábamos y William y mi madre se ponían contentos a
hablar y sonreírse tontamente, no pude evitar fijarme en la mirada de
asombro y al mismo tiempo incredulidad que la camarera le dirigió a
Nick.
Este parecía no haberse dado cuenta ya que se puso a girar el mini
salero entre sus dedos. Por un instante mis ojos se fijaron en aquellas
manos tan bien cuidadas, tan morenas y tan grandes. Mis ojos fueron
subiendo por su brazo hasta llegar a su rostro y después a sus ojos,
que me observaban con interés.
-¿Qué vais a pedir?-preguntó mi madre haciendo que desviara la
mirada rápidamente hacia ella. Dejé que ellos pidieran por mí, más que
nada porque no conocía más de la mitad de los platos que había en el
menú. Mientras esperábamos a que
nos trajeran la comida y mientras revolvía distraídamente mi Ice Tea

con la pajita, William intentó involucrarnos a mí y a su hijo en la
conversación que estaban teniendo.
-Antes le estaba diciendo a Noah la de deportes que se pueden
practicar aquí en el Club, Nick-le dijo haciendo que su hijo desviara su
mirada puesta al final de la estancia a los ojos de su padre-Nicholas
juega al baloncesto, y es un surfista estupendo, Noah-dijo Will
ignorando el rostro aburrido de Nick y centrándose ahora en mí.
Surfista... no pude evitar poner los ojos en blanco. Para mi mala suerte
Nicholas estaba observándome. Centrando su mirada en mí se inclinó
sobre la mesa, apoyando ambos antebrazos sobre ella, mirándome
con un intenso escrutinio.
-¿Hay algo que te divierta, Noah?-me dijo imitando un tono amigable,
pero yo sabía que en el fondo le había molestado mi gesto¿Consideras que el surf es un deporte estúpido?
Antes de que mi madre contestara, que ya la veía venir, me apresuré
en inclinarme al igual que él.
-Tú lo has dicho, no yo-le dije sonriendo con inocencia.
Nunca había comprendido esa afición que tenían los americanos con el
surf. Me parecía un deporte estúpido, sí. Subirse a una tabla y dejar
que las olas te arrastren hasta la orilla, no le veía ningún beneficio,
más que parecer un idiota subido a un trozo de madera. A mí me
gustaban los deportes de equipo, con estrategia, que requirieran de un
buen capitán y de mucha constancia y trabajo. Yo había encontrado
todo eso en el vóley, y estaba segura que el surf no podía ni
comparársele.
Antes de que pudiera contestarme, cosa que estaba segura estaba
deseando, la camarera llegó y él no pudo evitar desviar sus ojos hacia
ella otra vez, como si la conociera.
Mi madre y William comenzaron a hablar animadamente al mismo

tiempo que una pareja de amigos suyos se paraban para saludarlos.
La camarera, una mujer joven de pelo castaño oscuro, y delantal negro
se apresuró en dejar los platos encima de la mesa y al hacerlo golpeó
sin querer a Nicholas en el hombro.
-Lo siento, Nick-dijo ella y entonces sobresaltada se giro hacia mí,
como si hubiera cometido un error garrafal.
Nicholas también me miró y entonces entendí que algo raro estaba
ocurriendo entre esos dos.
En cuanto se fue y aprovechando que nuestros padres estaban
distraídos me incliné para salir de dudas.
-¿La conoces?-le pregunté mientras él se servía más agua con gas en
su copa de cristal.
-¿A quién?-me contestó él, haciéndose el tonto.
-A la camarera-le dije observando su rostro con interés. No transmitía
nada, estaba serio, relajado. Supe entonces que Nicholas Leister era
una persona que sabía muy bien como esconder sus pensamientos.
-Sí, me ha atendido más de una vez-dijo dirigiendo sus ojos hacia mí.
Me observó como retándome a que le contradijera. Vaya, vaya... Nick
un mentiroso... ¿Por qué no me extrañaba? -Sí, seguro que te ha
atendido, varias o yo diría muchas veces-dije yo pensando en el tipo
de actividad que aquella muchacha podía realizar, y más si había
dinero de por medio.
-¿Qué estás insinuando, hermanita?-me dijo y no pude evitar dejar de
sonreír en cuanto utilizó aquel calificativo.
-En que todos los chicos ricos como tú sois iguales; os creéis que por
tener dinero sois los dioses del mundo. Aquella chica no ha dejado de
mirarte desde que has cruzado esa puerta; es obvio que te conoce-dije

mirándole enfadada por algún motivo inexplicable-Y tú ni siquiera te
has dignado a devolverle la mirada... Es asqueroso.
Me observó fijamente antes de contestarme.
-Tienes una teoría muy interesante y veo que la gente con dinero,
como lo llamas tú, te disgusta muchísimo... claro que tú y tu madre
estáis viviendo ahora bajo nuestro techo y disfrutando de todas las
comodidades que el dinero puede ofrecer; si tan despreciable te
parecemos, ¿Qué haces sentada en esta mesa? ¿Qué haces vestida
con esa ropa?-dijo mirándome de arriba abajo, con desprecio.
Le observé intentando controlar mi temperamento. Aquel chico sabía lo
que decir para sacarme de mis casillas.
-Para mi parecer tú y tu madre sois incluso peor que la camarera...dijo inclinándose sobre la mesa para poder dirigirse solo y únicamente
a mí-Porque fingís ser algo que no sois cuando las dos os habéis
vendido por dinero... Se me ocurre una palabra muy calificativa para
definir a tu madre... y empieza por la letra...
Aquello fue demasiado lejos. La rabia me segó.
Cogí el vaso que tenía delante y con un gesto le tiré todo lo que había
dentro.
Pena que el vaso estuviese vacío.

Capítulo 4 NICK

La expresión que surgió en su rostro al ver que su vaso había estado
vacío supero cualquier vestigio de enfado o irritación que hubiera

estado conteniendo desde que nos habíamos sentado en aquella
mesa.
Aquella chica era de lo más imprevisible. Me sorprendía la facilidad
con la que perdía los papeles y también me gustaba saber el efecto
que podía causar en ella con unas simples palabras.
Sus mejillas coloreadas por pequeñas pecas se tiñeron de un color
rosado cuando se dio cuenta de que había hecho el ridículo. Sus ojos
fueron del vaso vacío a mí y luego miraron hacia ambos lados, como
queriendo comprobar que nadie había observado lo estúpida que
había sido.
Dejando a un lado la parte cómica, y lo era y mucho, no podía permitir
que se comportara de aquella forma conmigo. ¿Y si el vaso hubiera
estado lleno? No pensaba permitir que una mocosa de diecisiete años
pudiera siquiera pensar en tirarme un vaso de agua a la cabeza...
Aquella estúpida niña se iba enterar de con qué hermano mayor había
tenido la suerte de acabar conviviendo, pero no se lo iba a demostrar
en aquel momento, no, todavía era pronto... Ella solita iba a ir
comprendiendo en qué clase de problema se iba a meter si intentaba
jugármela otra vez. Me incliné sobre la mesa con mi mejor de las
sonrisas. Sus ojos se abrieron y me observaron con cautela y disfruté
al ver cierto temor escondido entre aquellas largas pestañas.
-No vuelvas a hacerlo-dije con calma.
Ella me miró unos instantes y luego como si nada se giró hacia su
madre.
La velada continuó sin ningún otro incidente; Noah no volvió a dirigirse
hacia mí, ni siquiera me miró, cosa que me molestó y complació al
mismo tiempo. Mientras ella contestaba a las preguntas de mi padre y
hablaba sin mucho entusiasmo con su madre yo aproveché
para observarla.
Era una chica de lo más simple, aunque intuía que me iba a causar

más de un inconveniente. Me hicieron mucha gracia las caras que
había ido poniendo a medida que probaba el marisco servido en la
mesa. Apenas probó más de un bocado de lo que nos habían traído y
eso me hizo pensar en lo delgada que parecía embutida en aquel
vestido negro. Me había quedado pasmado cuando la había visto salir
de su habitación, y mi mente había hecho un repaso exhaustivo de sus
largas piernas, su cintura y sus pechos, que estaban bastante bien
teniendo en cuenta que no estaba operada como la mayoría de las
chicas de California.
Tuve que admitir que era más guapa de lo que me pareció en un
principio y fue ese hecho y los pensamientos subidos de tono lo que
hizo que mi humor se ensombreciera. No podía distraerme con algo
así, y menos si íbamos a vivir bajo el mismo techo.
Mi mirada se dirigió a su rostro otra vez. No llevaba ni una gota de
maquillaje. Era tan extraño... todas las chicas que conocía se pasaban
por lo menos una hora en sus habitaciones dedicándose únicamente al
maquillaje, incluso chicas que eran diez mil veces más guapas que
Noah, y ahí estaba ella, sin ningún reparo en ir a un restaurante de lujo
sin una pizca de pintalabios en sus rosados labios. Tampoco es que le
hiciese falta, tenía la suerte de tener una piel bonita y tersa sin apenas
imperfecciones a parte de sus pecas, que le daban aquel aire aniñado
que me hacían recordar que ni siquiera había terminado el instituto.
Entonces y sin darme cuenta Noah se giró para mirarme enfadada,
pillándome mientras la observaba detenidamente.
-¿Quieres una foto?-me preguntó con aquel humor ácido que
desprendía por todos los poros de su piel.
-Si es sin ropa, por supuesto- dije disfrutando del leve rubor que surgió
en sus mejillas. Sus ojos brillaron enfadados y volvió a girarse hacía
nuestros padres, que ni se enteraban de las pequeñas disputas que
estaban teniendo lugar a solo medio metro de ellos.
Cuando me lleve mi copa de refresco a los labios mis ojos se fijaron en

la camarera que me observaba desde su posición detrás del
mostrador del bar. Este estaba en la esquina del restaurante y solo yo
podía verlo desde mi posición. Miré a mi padre de reojo un momento y
luego me levante excusándome para ir al servicio. Noah volvió a
observarme con interés, pero apenas le presté atención. Tenía una
cosa importante entre manos.
Camine con decisión hacia la barra del bar y me senté en la silla frente
a Claudia, una camarera con la que me acostaba de vez en cuando y
con cuyo primo tenía una relación algo más complicada pero a la vez
beneficiosa.
Claudia me observó con una sonrisa tensa al mismo tiempo que se
apoyaba en la barra y me ofrecía una visión bastante limitada de sus
pechos, ya que el uniforme que le hacían llevar no era nada del otro
mundo.
-¿Le pongo algo, señor Leister?-me dijo con ironía arrastrando las
letras de mi nombre.
Me puse serio y la observé fijamente.
-No deberías hablarme así, y menos teniendo en cuenta que estás
aquí gracias a mí-le dije con frialdad contento de ver que se
incomodaba.
Se puso recta en su lugar y miró detrás de mi espalda.
-Veo que ya te has buscado a otra chica para pasar el rato-me dijo
refiriéndose a Noah. Me hizo gracia.
-Es mi nueva hermanastra-le expliqué al mismo tiempo que miraba la
hora en mi reloj de pulsera. Había quedado con Anna dentro de
cuarenta minutos. Volví a fijar mis ojos en la chica morena que tenía
delante y que me observaba con asombro.-No sé porqué te importaagregué poniéndome de pié-Dile a tú primo que lo espero esta noche
en los muelles, en la fiesta de Kyle. Claudia tensó la mandíbula

seguramente molesta por la escasa antención que estaba
recibiendo. No comprendía por qué las tías esperaban una relación
seria de un chico como yo. ¿Acaso no les advertía que no quería
ningún tipo de compromiso? ¿No les quedaba lo suficientemente claro
al ver que me acostaba con quien me daba la gana? ¿Por qué
pensaban que podían tener algo que me hiciese cambiar?
Había dejado de acostarme con Claudia justamente por todos estos
motivos y ella aún no me lo había perdonado.
-¿Vas a la fiesta?-me preguntó con un atisbo de esperanza en su
mirada.
-Claro-le dije-iré con Anna; ah y una cosa-agregué ignorando el enfado
que cruzó su semblante-Intenta disimular mejor que me conoces, mi
hermanastra ya se ha dado cuenta de que nos hemos acostado y no
me gustaría que mi padre también lo supiera-dije preparado para
regresar a la mesa.
Claudia juntó los labios con fuerza y me dio la espalda sin decirme
nada más.
Llegué a la mesa justo en el momento en el que traían el postre.
Después de unos diez minutos en los que la conversación recaía casi
totalmente en mi padre y su nueva mujer, creí que ya había cumplido
suficiente con el papel de hijo por un día.
-Lo siento, pero voy a tener que irme -dije mirando a mi padre, que me
observó con el ceño fruncido por un momento.
-¿A la casa de Miles?-me preguntó y asentí evitando mirar el reloj.¿Cómo vais con el caso? Intenté evitar soltar un bufido de resignación,
y mentí lo mejor que pude.
-Su padre nos ha dejado a cargo de todo el papeleo, supongo que de
aquí a que tengamos un caso de verdad y para nosotros solos, van a
tener que pasar años...-le contesté consciente de repente de que

Noah me observaba fijamente y con interés.
-¿Qué estas estudiando?-me preguntó y al girarme hacia ella vi que
cierto desconcierto surcaba su rostro.
-Derecho-le dije y disfruté al ver el asombro en su semblante. -¿Te
sorprende?-le pregunté arrinconándola y disfrutando de ello.
Ella cambió su actitud y me miró con altanería.
-Pues sí la verdad-me contestó sin problema-Creía que para estudiar
esa carrera había que tener algo de cerebro.
-¡Noah!-gritó su madre desde su lugar.
Aquella mocosa estaba comenzando a tocarme las narices.
Antes de que pudiera decir nada mi padre saltó.
-Vosotros dos no habéis empezado con buen pié-dijo fulminándome
con su mirada.
Tuve que contener las ganas de levantarme y salir sin dar
explicaciones. Ya había tenido bastante de la familia feliz por un día;
necesitaba largarme ya y dejar de fingir algún tipo de interés en toda
aquella mierda.
-Lo siento pero tengo que irme-dije levantándome y dejando la
servilleta sobre la mesa. No pensaba perder los nervios delante de mi
padre y menos por culpa de una niña gilipollas.
Entonces Noah se levantó también solo que de una manera nada
elegante y tiró de malas formas su servilleta sobre la mesa.
-Sí él se va yo también-dijo mirando desafiante a su madre, que
comenzó a mirar hacia ambos lados con bochorno y enfado.
-Siéntate ahora mismo-le dijo entre dientes.

Joder, no podía perder el tiempo con estas chorradas. Tenía que irme
ya.
-Yo la llevo-termine diciendo para asombro de todos incluida Noah.
Sus ojos me observaron con incredulidad y recelo, como si ocultara
mis verdaderas intensiones.
La verdadera razón era que no veía la hora de perderla de vista, y si
llevándola a casa me la sacaba a ella y a mi padre de encima, pues
mejor que mejor.
-Yo contigo no voy ni a la esquina-me dijo muy orgullosa, cada palabra
pronunciada con lentitud. Antes que nadie pudiera decir nada, cogí mi
chaqueta y mientras me la ponía les dije a todos en general:
-No estoy para tonterías de colegio, os veo mañana.
-Nicholas espera-dijo mi padre obligándome a girarme otra vez.-Noah
ve con él y descansa, nosotros iremos en un rato.
Miré fijamente a mi nueva hermana que parecía debatirse entre
compartir el espacio conmigo o permanecer más tiempo sentada a la
mesa.
-¿Qué vas a hacer?-le pregunté ya sin ninguna paciencia.
Ella miró a su alrededor un momento, suspiró y luego me fulminó con la
mirada. -Está bien, iré contigo.

Capítulo 5
NOAH

Lo último que quería en aquel momento era tener que deberle algo a
aquel malcriado, pero menos me apetecía tener que quedarme sola
con mi madre y su marido, viendo como ella le miraba embobada y
como él presumía de billetes e influencia.
-Está bien iré contigo-le dije finalmente a Nicholas que simplemente se
giró, dándome la espalda y comenzó a caminar hacia la salida.
Me despedí de mi madre sin mucho entusiasmo y me apresure en
seguirle. En cuanto llegué a su lado en la entrada del restaurante,
esperé cruzada de brazos a que nos trajeran su coche.
Me sorprendió ver como sacaba un paquete de tabaco de la chaqueta
y se encendía un cigarrillo. Lo miré mientras se lo llevaba a la boca y
segundos después expulsaba el humo con lentitud y fluidez.
Yo nunca había fumado, ni siquiera lo había probado cuando a todas
mis amigas les dio por fumar en los lavabos del instituto. No entendía
que satisfacción podía traer a las personas el hecho de inhalar humo
cancerígeno que no solo dejaba un olor asqueroso en la ropa y el
pelo sino que también perjudicaba a miles de órganos del cuerpo.
Como si estuviera leyéndome la mente, Nicholas se giró hacia mí y con
una sonrisa sarcástica me ofreció el paquete.
-¿Quieres uno, hermanita?-me preguntó mientras volvía a llevarse el
cigarro a los labios e inspiraba profundamente.
-No fumo... y yo que tú haría lo mismo, no querrás matar la única
neurona que tienes -le dije dando un paso hacia delante y
colocándome donde no tuviera que verle.
Entonces sentí su cercanía detrás de mí pero no me moví, aunque si
me asusté cuando me soltó el humo de su boca cerca de mi cuello.

-Ten cuidado... o te dejo aquí tirada para que vayas a pie-dijo y justo
entonces llegó el coche.
Le ignoré todo lo que pude mientras caminaba hacia su coche todo lo
estable que podía con aquellos tacones de 10 centímetros de alto.
Su 4x4 era lo suficientemente alta como para que se me viera
absolutamente todo si no subía con cuidado y mientras lo hacía me
arrepentí de haberme puesto aquel estúpido vestido, y aquellos
estúpidos tacones... Toda la frustración, enfado, y tristeza se habían
ido agudizando a medida que la velada iba avanzando y las por lo
menos cinco discusiones que ya había tenido con aquél imbécil habían
conseguido que aquella noche estuviera en lo peor de lo peor de
mi misma.
Me apresuré en ponerme el cinturón mientras Nicholas encendía el
coche, colocaba su mano sobre mi asiento y giraba la cabeza para dar
marcha atrás e incorporarse al camino de salida. No me sorprendió
que pasase de seguir hacia adelante donde la pequeña rotonda que
había al final del camino estaba justamente diseñada para que nadie
hiciera exactamente lo que Nicholas hacia en aquel instante.
No pude evitar emitir un sonido de insatisfacción cuando nos
reincorporamos a la carretera principal, ya fuera del Club Náutico y mi
hermanastro aceleró el coche a más de 120
ignorando deliberadamente las señales de tráfico que indicaban que
por allí solo se podía ir a 80.
Nicholas ladeó el rostro hacía a mí.
-¿Y ahora qué problema tienes?-me preguntó de malas maneras, en
un tono cansino como si no pudiera aguantarme ni un minuto más; Ja,
pues ya éramos dos.
-Lo que me pasa es que no quiero morir en la carretera con un
energúmeno que no sabe ni leer una señal de tráfico, eso es lo que me
pasa-le conteste elevando el tono de voz. Estaba en mi límite, poco

más y me pondría a gritarle como una posesa; era consciente de mi
mal genio; una de las cosas que más odiaba de mi misma era mi falta
de auto control cuando me enfadaba, ya que tendía a gritar, insultar y
he de admitir que en una ocasión a pegar, pero eso había sido
una ocasión sin precedentes y me prometí a mí misma que nunca
volvería a perder los papeles de aquella manera.
-¿Qué coño te pasa?-me preguntó enfadado mirando hacia la
carretera. Por lo menos no conducía con los ojos cerrados; de aquel
idiota me habria esperado cualquier cosa-No has dejado de quejarte
desde que he tenido la desgracia de conocerte y la verdad es que me
importa una mierda cuales sean tus problemas; pero estás en mí casa,
en mi cuidad y en mi coche, así que cierra la puta boca hasta que
lleguemos-dijo elevando el tono de voz igual que había hecho yo.
Un calor intenso me recorrió de arriba abajo cuando escuche esa
orden salir de entre sus labios. Nadie me decía lo que tenía que
hacer... y menos él.
-¿Quién eres tú para mandarme a callar, pedazo de imbécil?-le grité
fuera de mí.
Entonces Nicholas pegó tal frenazo que si no hubiera tenido puesto el
cinturón de seguridad habría salido volando por el parabrisas.
En cuanto pude recuperarme del susto miré hacia atrás asustada al
ver que dos coches giraban con rapidez hacia la derecha para evitar
chocar contra nosotros. Los bocinazos y los insultos procedentes de
fuera me dejaron momentáneamente aturdida y descolocada por unos
instantes; después, reaccioné.
-¿¡Pero qué haces?!-grité sorprendida y aterrorizada de que nos
fuesen a atropellar.
Nicholas me miró fijamente; serio como una tumba y para mi
desconcierto completamente imperturbable.

-Baja del coche-dijo simplemente.
Abrí tanto la boca ante la sorpresa que seguramente resultó hasta
cómico.
-No hablaras en serio...-le dije mirándole con incredulidad.
Me devolvió la mirada sin inmutarse.
-No te lo pienso repetir-me dijo en el mismo tono tranquilo y
completamente perturbador que antes.
Aquello ya pasaba de castaño a oscuro.
-Pues vas a tener que hacerlo porque no pienso moverme de aquí-le
dije observándole tan fríamente como él me miraba a mí.
Entonces se giró hacia adelante, sacó las llaves del interruptor y se
bajó del coche dejando su puerta abierta. Mis ojos se abrieron como
platos al ver que rodeaba la parte delantera del coche y se acercaba
hacia mi puerta.
He de admitir que el tío acojonaba de verdad cuando se cabreaba y en
aquel instante parecía más enfadado que nunca. Mi corazón comenzó
a latir enloquecido cuando sentí aquella sensación tan conocida y
enterradora en mi interior... miedo.
Abrió mi puerta de un tirón y volvió a repetir lo mismo que antes.
-Baja del coche.
Mi mente no dejaba de funcionar a mil por hora. Estaba mal de la
cabeza, no podía dejarme allí tirada en medio de la carretera rodeada
de árboles y completamente a oscuras.
-No pienso hacerlo-dije y me maldije a mi misma cuando noté que me
temblaba la voz. Un miedo irracional se estaba formando en la boca de
mi estómago. Mis ojos recorrieron con rapidez la oscuridad que

rodeaba el coche y supe que si aquel idiota me dejaba allí tirada me
derrumbaría. Entonces volvió a sorprenderme y otra vez para mal.
Se introdujo por el hueco de mi asiento, desabrochó mi cinturón y de
un tirón me sacó del coche, y todo lo hizo tan rápido que ni llegué a
protestar. Aquello no podía estar pasando.
-¡¿Estas mal de la cabeza?!-le grite en cuanto comenzó a alejarse de
mí en dirección al asiento del conductor.
-A ver si te enteras de una vez...-me dijo por encima del hombro y al
girarse vi que su semblante estaba tan frío como un estatua de hieloNo pienso dejar que me hables como lo has hecho; me importas una
mierda, y me trar sin cuidado dejarte aquí tirada; pide un taxi o llama a
tu madre, yo me largo.
Dicho eso se metió en el coche y lo puso en marcha.
Sentí como me comenzaban a temblar las manos.
-¡Nicholas no puedes dejarme aquí!-le grité al mismo tiempo que el
coche se ponía en movimiento y con un rechinar de las ruedas salía
pitando de donde hacía medio segundo estaba aparcado.-¡Nicholas!
A aquel grito le siguió un profundo silencio que causó que mi corazón
comenzara a latir enloquecido.
Aún no era noche cerrada pero no había luna y sabía con total
seguridad que en menos de media hora la oscuridad sería tal que
cualquier persona podría arrinconarme sobre la misma carretera,
violarme y matarme y nadie que estuviera a menos de dos kilómetros
a la redonda se daría cuenta.
Intenté controlar mi miedo y las ganas irracionales de matar a aquel
hijo de su madre que me había dejado tirada en medio de la nada en
mi primer día en aquella ciudad.

Me aferré a la esperanza de que Nicholas regresara a por mí pero a
medida que iban pasando los minutos me fui preocupando más y más.
Lo único que podía hacer y que era tan horrible y peligroso como
seguir allí de pié hasta quién sabía qué hora, era ponerme a hacer
dedo y rezar para que una persona civilizada y adulta se apiadara de
mí y me llevase a casa; entonces me desquitaría con el mal nacido de
mi nuevo hermanastro a gusto, porque aquello no iba a quedar así;
Aquel gilipollas no sabía con que estaba jugando ni con quién.
Vi como un coche se acercaba por la carretera viniendo en dirección
del Club Náutico, y no pude más que rezar para que aquel coche fuera
el Mercedes de Will.
Como una fulana cualquiera me acerque lo máximo posible pero sin
peligro de ser atropellada y levante la mano con el dedo en alto igual
que había visto hacer en las películas, de las cuales la mitad de las
veces la chica terminaba asesinada y tirada en la cuneta, pero mejor
dejar a un lado aquellos pequeños detalles.
El primer coche paso de largo, el segundo me grito una bandada de
insultos, el tercero me llamo de toda las formas groseras que una
pudiese imaginarse y el cuarto... el cuarto paro en el arcén a un metro
de donde yo había estado haciendo dedo.
Con un repentino sentimiento de alarma me acerqué vacilante para ver
de quien se trataba el loco pero muy oportuno individuo que había
decidido ayudar a una chica que podría haber sido una prostituta sin
ningún problema.
Sentí cierto alivio cuando el que se apeó del coche era un chico de
más o menos mi edad. Gracias a las luces traseras pude ver su pelo
castaño, su altura y el inconfundible pero en aquel instante
tremendamente agradecido porte de niño rico y de buena familia.
-¿Estás bien?-me dijo acercándose al mismo tiempo que yo hacía lo
propio.


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