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Galeano Eduardo Memoria del fuego I Los nacimientos .pdf



Nombre del archivo original: Galeano_Eduardo-Memoria_del_fuego_I_Los_nacimientos.pdf
Título: Memoria del fuego
Autor: Eduardo Galeano

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1

Memoria del fuego I
Los nacimientos

Eduardo Galeano

2

siglo veintiuno editores, sa
CERRO DEL AGUA, 248. 04310 MÉXICO, D.F.

siglo veintiuno de españa editores, sa
C/ PLAZA, 5. 28043 MADRID. ESPAÑA

siglo veintiuno argentina editores, sa
siglo veintiuno de Colombia, Ltda.
CARRERA 14, 80-44, BOGOTÁ. COLOMBIA

Primera edición en español, mayo de 1982
Decimonovena edición (sexta de España), octubre de 1991

© SIGLO XXI DE ESPAÑA EDITORES, S. A.
Calle Plaza, 5 . 28043 Madrid
en coedición con
© SIGLO XXI EDITORES, S. A.
Cerro del Agua, 248, 04310 México, D. F.
© Eduardo Galeano
DERECHOS RESERVADOS CONFORME A LA LEY
Impreso y hecho en España
Printed and made in Spain
Diseño de la cubierta: Eduardo Galeano
ISBN 84 323 0439 5 (Obra completa)
ISBN 84 323 0440 9 (Tomo I)
Depósito legal: M. 34.067 1991
Impreso en Closas Orcoyen S.I. Polígono Igarsa
Patacuellos de Jarama (Madrid)

3

Índice

Umbral
Este libro
El autor
Gratitudes
Dedicatoria
PRIMERAS VOCES
La creación
El tiempo
El sol y la luna
Las nubes
El viento
La lluvia
El arcoiris
El día
La noche
Las estrellas
La vía láctea
El lucero
El lenguaje
El fuego
La selva
El cedro
El guayacán
Los colores
El amor
Los ríos y la mar
Las mareas
La nieve
El diluvio
La tortuga
El papagayo
El colibrí
El urutaú
El hornero
El cuervo
El cóndor
El jaguar
El oso
El caimán
El tatú
El conejo
La serpiente
La rana
El murciélago
Los mosquitos

4

La miel
Las semillas
El maíz
El tabaco
La yerba mate
La yuca
La papa
La cocina
La música
La muerte
La resurrección
La magia
La risa
El miedo
La autoridad
El poder
La guerra
La fiesta
La conciencia
La ciudad sagrada
Los peregrinos
La tierra prometida
Los peligros
La telaraña
El profeta
VIEJO NUEVO MUNDO
1492/La mar océana La ruta del sol hacia las Indias
1492/Guanahaní Colón
1493/Barcelona Día de gloria
1493/Roma El testamento de Adán
1493/Huexotzingo ¿Dónde está lo verdadero, lo que tiene raíz?
1493/Pasto Todos son contribuyentes
1493/Isla de Santa Cruz Una experiencia de Miquele de Cuneo, natural de Savona
1495/Salamanca La primera palabra venida de América
1495/La Isabela Caonabó
1496/La Concepción El sacrilegio
1498/Santo Domingo El Paraíso Terrenal
La lengua del Paraíso
1499/Granada ¿Quiénes son españoles?
1500/Florencia Leonardo
1506/Valladolid El quinto viaje
1506/Tenochtitlán El Dios universal
1511/Río Guauravo Agüeynaba
1511/ Aymaco Becerrillo
1511/Yara Hatuey
1511/Santo Domingo La primera protesta
1513/Cuareca Leoncico
1513/Golfo de San Miguel Balboa
1514/ Rí o Sinú El requerimiento
1514/Santa María del Darién Por amor de las frutas
1515/Amberes Utopía
1519/Francfort Carlos V

5

1519/Acla Pedrarias
1519/Tenochtitlán Presagios del fuego, el agua, la tierra y el aire
1519 /Cempoala Cortés
1519/Tenochtitlán Moctezuma
1519/Tenochtitlán La capital de los aztecas
Canto azteca del escudo
1520/Teocalhueyacan «La Noche Triste»
1520/Segura de la Frontera La distribución de la riqueza
1520/Bruselas Durero
1520/Tlaxcala Hacia la reconquista de Tenochtitlán
1521/Tlatelolco La espada de fuego
1521/Tenochtitlán El mundo está callado y llueve
1521/La Florida Ponce de León
1522/Caminos de Santo Domingo Pies
1522/Sevilla El más largo viaje jamás realizado
1523/Cuzco Huaina Cápac
1523/Cuauhcapolca Las preguntas del cacique
1523/Painala La Malinche
1524/Quetzaltenango El poeta contará a los niños la historia de esta batalla
1524/Utatlán La venganza del vencido
1524/Islas de los Alacranes Ceremonia de comunión
1525/Tuxkahá Cuauhtémoc
1526/Toledo El tigre americano
1528/Madrid Para que abran la bolsa
1528/Tumbes Día de asombros
1528/Isla del Mal Hado «Gente muy partida de lo que tiene...»
1531/Río Orinoco Diego de Ordaz
Canción sobre el hombre blanco, del pueblo piaroa
1531/Ciudad de México La Virgen de Guadalupe
1531/Santo Domingo Una carta
1531/Isla Serrana El náufrago y el otro
1532/Cajamarca Pizarro
1533/Cajamarca El rescate
1533/Cajamarca Atahualpa
1533/Xaquixaguana El secreto
1533/Cuzco Entran los conquistadores en la ciudad sagrada
1533/Riobamba Alvarado
1533/Quito Esta ciudad se suicida
1533/Barcelona Las guerras santas
1533/Sevilla El tesoro de los incas
1534/Riobamba La inflación
1535/Cuzco El trono de latón
1536/Ciudad de México Motolinía
1536/Machu Picchu Manco Inca
1536/Valle de Ulúa Gonzalo Guerrero
1536/Culiacán Cabeza de Vaca
1537/Roma El papa dice que son como nosotros
1538/Santo Domingo El espejo
1538/Valle de Bogotá Barbanegra, Barbarroja, Barbablanca
1538/Volcán Masaya Vulcano, dios del dinero
1541/Santiago de Chile Inés Suárez
1541/Peñón de Nochistlán Nunca
1541/Ciudad Vieja de Guatemala Beatriz
1541/Cabo Frío Al amanecer, el grillo cantó
1542/Quito El Dorado

6

1542/Conlapayara Las amazonas
1542/Río Iguazú A plena luz
1543/Cubagua Los pescadores de perlas
1544/Machu Picchu El trono de piedra
Canción de guerra de los incas
1544/Campeche Las Casas
1544/Lima Carvajal
1545/Ciudad Real de Chiapas Desde Valladolid llega la mala noticia
1546/Potosí La plata de Potosí
1547/Valparaíso La despedida
Canción de la nostalgia, del cancionero español
1548/Xaquixaguana La batalla de Xaquixaguana ha concluido...
1548/Xaquixaguana El verdugo
1548/Xaquixaguana Sobre el canibalismo en América
1548/ Guanajuato Nacen las minas de Guanajuato
1549/La Serena El regreso
Ultima vez
1552/Valladolid Ya está mandando el que siempre sirvió
1553/Orillas del río San Pedro Miguel
Un sueño de Pedro de Valdivia
1553/Tucapel Lautaro
1553/Tucapel Valdivia
1553/Potosí El alcalde y la bella
Al son del organito, canta un ciego a la que duerme sola
1553/Potosí El alcalde y el galán
1554/Cuzco El alcalde y las orejas
1554/Lima El alcalde y el cobrador
1554/Ciudad de México Sepúlveda
1556/Asunción del Paraguay Las conquistadoras
1556/Asunción del Paraguay «El Paraíso de Mahoma»
Coplas del mujeriego, del cancionero español
1556/La Imperial Marino de Lobera
1558/Cañete La guerra continúa
Canción araucana del jinete fantasma
1558/Michmaloyan Los tzitzime
1558/Yuste ¿Quién soy, quién habré sido?
1559/Ciudad de México Los dolientes
Consejos de los viejos sabios aztecas
1560/Huexotzingo La recompensa
1560/Michoacán Vasco de Quiroga
1561/Villa de los Bergantines La primera independencia de América
1561/Nueva Valencia del Rey Aguirre
1561/Nueva Valencia del Rey De la carta de Lope de Aguirre al rey Felipe II
1561/Barquisimeto Restablecen el orden
1562/Maní Se equivoca el fuego
1563/Fortín de Arauco La historia que será
1564/Plymouth Hawkins
1564/Bogotá Desventuras de la vida conyugal
1565/Camino de Lima La espía
1565/Yauyos Esa piedra soy yo
Oración de los incas, en busca de Dios
1565/Ciudad de México Ceremonia
1566/Madrid El fanático de la dignidad humana
1566/Madrid Aunque pierdas, vale la pena
1568/Los Teques Guaicaipuro

7

1568/Ciudad de México Los hijos de Cortés
1569/La Habana San Simón contra las hormigas
1571/Ciudad de México Delatarás al prójimo
1571/Madrid ¿La culpa es del criminal o del testigo?
1572/Cuzco Túpac Amaru I
Creen los vencidos
1574/Ciudad de México El primer auto de fe en México
1576/Guanajuato Dicen los frailes:
1576/Xochimilco El apóstol Santiago contra la peste
1577/Xochimilco San Sebastián contra la peste
1579/Quito El hijo de Atahualpa
1580/Buenos Aires Los fundadores
1580/Londres Drake
1582/Ciudad de México ¿De qué color es la piel de los leprosos?
1583/Copacabana La madre aymara de Dios
1583/Santiago de Chile Fue libre por un rato
1583/Tlatelolco Sahagún
1583/Ácoma El pedregoso reino de Cíbola
Canto nocturno, del pueblo navajo
1586/Cauri La peste
1588/ Quito El nieto de Atahualpa
1588/La Habana San Marcial contra las hormigas
1589/Cuzco Dice que tuvo el sol
1592/Lima Un auto de fe en Lima
1593/Guarapari Anchieta
1596/Londres Raleigh
1597/Sevilla En un lugar de la cárcel
1598/Potosí
Historia de Floriana Rosales, virtuosa mujer de Potosí (en versión
abreviada de la crónica de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela)
Coplas españolas de cantar y bailar
1598/Ciudad de Panamá Horas de sueño y suerte
1599/Quito Los zambos de Esmeraldas
1599/Río Chagres No hablan los sabios
1599/La Imperial Las flechas llameantes
1599/Santa Marta Hacen la guerra para hacer el amor
1600/Santa Marta Ellos tenían una patria
Técnica de la caza y de la pesca
1600/Potosí La octava maravilla del mundo
Profecías
Cantar del Cuzco
1600/Ciudad de México Las carrozas
1601/Valladolid Quevedo
1602/Recife La primera expedición contra Palmares
1603/Roma Las cuatro partes del mundo
1603/Santiago de Chile La jauría
1605/Lima La noche del Juicio Final
1607/Sevilla La fresa
1608/Puerto Príncipe Silvestre de Balboa
1608/Sevilla Mateo Alemán
1608/Córdoba El Inca Garcilaso
1609/Santiago de Chile Las reglas de la mesa
1611/Yarutini El extirpador de idolatrías
1612/San Pedro de Omapacha El golpeado golpea
1613/Londres Shakespeare
1614/Lima Actas del cabildo de Lima: nace la censura teatral

8

1614/Lima Se prohíben las danzas de los indios del Perú
1615/Lima Guamán Poma
1616/Madrid Cervantes
1616/Potosí Retratos de una procesión
1616/Santiago Papasquiaro El Dios de los amos, ¿es el Dios de los siervos?
1617/Londres Humos de Virginia en la niebla de Londres
1618/Lima Mundo poco
1618/Luanda El embarque
1618/Lima Un portero de color oscuro
1620/Madrid Las danzas del Diablo vienen de América
1622/Sevilla Las ratas
1624/Lima Se vende gente
1624/Lima El negro azota al negro
1624/Lima «La endiablada»
1624/Sevilla El último capítulo de la «Vida del buscón»
1624/Ciudad de México El río de la cólera
1625/Ciudad de México ¿Qué le parece esta ciudad?
1625/Samayac Se prohíben las danzas de los indios de Guatemala
1626/Potosí Un Dios castigador
1628/Chiapas El obispo y el chocolate
1628/Madrid Hidalguías se ofrecen
Coplas del que fue a las Indias, cantadas en España
1629/Las Cangrejeras Bascuñán
1629/Orillas del río Bío-Bío Putapichun
1629/Orillas del río Imperial Maulicán
1629/Comarca de Repocura Para decir adiós
1630/Motocintle No traicionan a sus muertos
1630/Lima María, matrona de la farándula
1631 /Guatemala Antigua Una tarde de música en el convento de la Concepción
Coplas populares del que ama callando
1633/Pinola Gloria in excelsis Deo
1634/Madrid ¿Quién se escondía bajo la cuna de tu esposa?
1636/Quito La tercera mitad
1637/Boca del río de Sucre Dieguillo
1637/Bahía de Massachusetts «Dios es inglés»
1637/Mystic Fort Del testimonio de John Underhill, puritano de Connecticut, sobre
una matanza de indios pequot
1639/Lima Martín de Porres
1639/San Miguel de Tucumán De una denuncia contra el obispo de Tucumán,
enviada al Tribunal de la Inquisición en Lima
1639/Potosí El testamento del mercader
Dicen los indios:
1640/Sao Salvador de Bahía Vieira
1641/Lima Ávila
1641 /Mbororé Las misiones
1641/Madrid La eternidad contra la historia
1644/ J amestown Opechancanough
1645/Quito Mariana de Jesús
1645/Potosí Historia de Estefanía, pecadora mujer de Potosí (en versión abreviada
de la crónica de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela)
1647/Santiago de Chile Se prohíbe el juego de los indios de Chile
1648/Olinda Excelencias de la carne de cañón
1649/Sainte Marie des Hurons El lenguaje de los sueños
Una historia iroquesa
Canto del canto de los iroqueses

9

1650/Ciudad de México Los vencedores y los vencidos
Del canto náhuatl sobre la vida efímera
1654/Oaxaca Medicina y brujería
1655/San Miguel de Nepantla Juana a los cuatro
1656/Santiago de la Vega Gage
1658/San Miguel de Nepantla Juana a los siete
Un sueño de Juana
1663/Guatemala Antigua Llega la imprenta
1663/Orillas del río Paraíba La libertad
Canción de Palmares
1663/Serra da Barriga Palmares
1665/Madrid Carlos II
1666/Nueva Ámsterdam Nueva York
1666/Londres Los sirvientes blancos
1666/Isla Tortuga Retablo de los piratas
1667/Ciudad de México Juana a los dieciséis
1668/Isla Tortuga Los perros
1669/Villa de Gibraltar Toda la riqueza del mundo
1669/Maracaibo Reventazón
1670/Lima «Duélete de nosotros»
1670/San Juan Atitlán Un intruso en el altar
1670/Masaya «El Güegüence»
1670/Cuzco El Lunarejo
1671/Ciudad de Panamá Sobre la puntualidad en las citas
1672/Londres La carga del hombre blanco
Canción del pájaro del amor, del pueblo mandinga
1674/Port Royal Morgan
1674/Potosí Claudia, la hechicera
1674/Yorktown Los corceles del Olimpo
1676/Valle de Connecticut El hacha de la guerra
1676/Plymouth Metacom
1677/Old Road Town Mueren acá, renacen allá
1677/Porto Calvo El capitán promete tierras, esclavos y honores
1678/Recife Ganga Zumba
Sortilegio yoruba contra el enemigo
1680/Santa Fe de Nuevo México La cruz roja y la cruz blanca
1681/Ciudad de México Juana a los treinta
1681/Ciudad de México Sigüenza y Góngora
1682/Accra Toda Europa vende carne humana
1682/Remedios Por orden del Diablo
1682/Remedios Pero se quedan
1682/Remedios Por orden de Dios
1688/La Habana Por orden del rey
1691/Remedios Pero de aquí no se mueven
1691/Ciudad de México Juana a los cuarenta
1691/Placentia
Adario, jefe de los indios hurones, habla al barón de Lahontan,
colonizador francés de Terranova
1692/Salem Village Las brujas de Salem
1692/Guápulo La nacionalización del arte colonial
1693/Ciudad de México Juana a los cuarenta y dos
1693/Santa Fe de Nuevo México Trece años duró la independencia
Canto a la imagen que se va de la arena, de los indios de Nuevo México

10

1694/Macacos La última expedición contra Palmares
Lamento del pueblo azande
1695/Serra Dois Irmaos Zumbí
1695/San Salvador de Bahía La capital del Brasil
1696/Regla Virgen negra, diosa negra
1697/Cap Français Ducasse
1699/Madrid El Hechizado
1699/Macouba Una demostración práctica
1700/Ouro Preto Todo el Brasil hacia el sur
1700/Isla de Santo Tomás El que hace hablar a las cosas
Canto del fuego, del pueblo bantú
1700/Madrid Penumbra de otoño
Las fuentes
Índice de nombres

Umbral

Yo fui un pésimo estudiante de historia. Las clases de historia eran como
visitas al Museo de Cera o a la Región de los Muertos. El pasado estaba quieto,
hueco, mudo. Nos enseñaban el tiempo pasado para que nos resignáramos,
conciencias vaciadas, al tiempo presente: no para hacer la historia, que ya estaba
hecha, sino para aceptarla. La pobre historia había dejado de respirar: traicionada
en los textos académicos, mentida en las aulas, dormida en los discursos de efemérides, la habían encarcelado en los museos y la habían sepultado, con ofrendas
florales, bajo el bronce de las estatuas y el mármol de los monumentos.
Ojalá Memoria del fuego pueda ayudar a devolver a la historia el aliento, la
libertad y la palabra. A lo largo de los siglos, América Latina no sólo ha sufrido el
despojo del oro y de la plata, del salitre y del caucho, del cobre y del petróleo:
también ha sufrido la usurpación de la memoria. Desde temprano ha sido
condenada a la amnesia por quienes le han impedido ser. La historia oficial
latinoamericana se reduce a un desfile militar de próceres con uniformes recién
salidos de la tintorería. Yo no soy historiador. Soy un escritor que quisiera
contribuir al rescate de la memoria secuestrada de toda América, pero sobre todo
de América Latina, tierra despreciada y entrañable: quisiera conversar con ella,
compartirle los secretos, preguntarle de qué diversos barros fue nacida, de qué
actos de amor y violaciones viene.
Ignoro a qué género literario pertenece esta voz de voces. Memoria del fuego
no es una antología, claro que no; pero no sé si es novela o ensayo o poesía épica o
testimonio o crónica o . . . Averiguarlo no me quita el sueño. No creo en las fronteras
que, según los aduaneros de la literatura, separan a los géneros.
Yo no quise escribir una obra objetiva. Ni quise ni podría. Nada tiene de
neutral este relato de la historia. Incapaz de distancia, tomo partido: lo confieso y
no me arrepiento. Sin embargo, cada fragmento de este vasto mosaico se apoya
sobre una sólida base documental. Cuanto aquí cuento, ha ocurrido; aunque yo lo
cuento a mi modo y manera.
EG

Este libro
inicia una trilogía. Está dividido en dos partes: en una, la América precolombina se
despliega a través de los mitos indígenas de fundación; en la otra, ocurre la historia
de América desde fines del siglo XV hasta el año 1700. El volumen siguiente de
Memoria del fuego abarcará los siglos XVIII y XIX. El tercer volumen llegará hasta
nuestros días.
Al pie de cada texto, entre paréntesis, los números señalan las principales
obras que el autor ha consultado en busca de información y marcos de referencia.
La lista de las fuentes documentales se ofrece al final.
A la cabeza de cada episodio histórico se indica el año y el lugar en que ha
ocurrido.
Las transcripciones literales se distinguen en letra bastardilla. El autor ha
modernizado la ortografía de las fuentes antiguas que cita.

El autor
nació en Montevideo, Uruguay, en 1940. Eduardo Hughes Galeano es su nombre
completo. Se inició en periodismo en el semanario socialista El Sol, publicando
dibujos y caricaturas políticas que firmaba Gius, por la dificultosa pronunciación
castellana de su primer apellido. Luego fue jefe de redacción del semanario Marcha

12

y director del diario Época y de algunos semanarios en Montevideo. En 1973 se
exilió en la Argentina, donde fundó y dirigió la revista Crisis. Desde 1977, vivió en
España. En 1985, regresó a su país.
Publicó varios libros. Entre ellos, Las venas abiertas de América Latina,
editado por Siglo XXI en 1971, y los premios de Casa de las Américas La canción de
nosotros (1975) y Días y noches de amor y de guerra (1978).

Gratitudes

A Jorge Enrique Adoum, Ángel Berenguer, Hortensia Campanella, Juan
Gelman, Ernesto González Bermejo, Carlos María Gutiérrez, Mercedes López-Baralt,
Guy Prim, Fernando Rodríguez, Nicole Rouan, César Salsamendi, Héctor Tizón, José
María Valverde y Federico Vogelius, que leyeron los borradores de este libro y
formularon valiosos comentarios y sugerencias;
a Federico Álvarez, Ricardo Bada, José Fernando Balbi, Álvaro Barros-Lémez,
Borja y José María Calzado, Ernesto Cardenal, Rosa del Olmo, Jorge Ferrer, Eduardo
Heras León, Juana Martínez, Augusto Monterroso, Dámaso Murúa, Manuel Pereira,
Pedro Saad, Nicole Vaisse, Rosita y Alberto Villagra, Ricardo Willson y Sheila
Wilson-Serfaty, que facilitaron el acceso del autor a la bibliografía necesaria;
a José Juan Arrom, Ramón Carande, Álvaro Jara, Magnus Mörner, Augusto
Roa Bastos, Laurette Sejourné y Eric R. Wolf, que respondieron consultas;
a la Fundación AGKED, de Alemania Federal, que contribuyó a la realización de
este proyecto;
y especialmente a Helena Villagra, que fue la crítica implacable y entrañable
de estos textos, página tras página, a medida que nacían.

Este libro

está dedicado a la Abuela Ester. Ella lo supo antes de morir.

13

La hierba seca incendiará la hierba húmeda.
(Proverbio africano que los esclavos
trajeron a las Américas)

14

Primeras voces

15

La creación
La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.
Dios los soñaba mientras cantaba y agitaba sus maracas, envuelto en humo
de tabaco, y se sentía feliz y también estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de
comer. Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran
huevo brillante. Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho
alboroto, porque estaban locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de
Dios la alegría era más fuerte que la duda y el misterio; y Dios, soñando, los
creaba, y cantando decía:
—Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y
morirán. Pero nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán.
Y nunca dejarán de nacer, porque la muerte es mentira.
(48) 1

El tiempo
El tiempo de los mayas nació y tuvo nombre cuando no existía el cielo ni
había despertado todavía la tierra.
Los días partieron del oriente y se echaron a caminar.
El primer día sacó de sus entrañas al cielo y a la tierra.
El segundo día hizo la escalera por donde baja la lluvia.
Obras del tercero fueron los ciclos de la mar y de la tierra y la muchedumbre
de las cosas.
Por voluntad del cuarto día, la tierra y el cielo se inclinaron y pudieron
encontrarse.
El quinto día decidió que todos trabajaran.
Del sexto salió la primera luz.
En los lugares donde no había nada, el séptimo día puso tierra. El octavo
clavó en la tierra sus manos y sus pies.
El noveno día creó los mundos inferiores. El décimo día destinó los mundos
inferiores a quienes tienen veneno en el alma.
Dentro del sol, el undécimo día modeló la piedra y el árbol.
Fue el duodécimo quien hizo el viento. Sopló viento y lo llamó espíritu, porque
no había muerte dentro de él.
El décimotercer día mojó la tierra y con barro amasó un cuerpo como el
nuestro.
Así se recuerda en Yucatán.
1 Este número indica la fuente que el autor ha consultado y remite a la lista que se publica en las
páginas finales.

16

(208)

El sol y la luna
Al primer sol, el sol de agua, se lo llevó la inundación. Todos los que en el
mundo moraban se convirtieron en peces. Al segundo sol lo devoraron los tigres.
Al tercero lo arrasó una lluvia de fuego, que incendió a las gentes.
Al cuarto sol, el sol de viento, lo borró la tempestad. Las personas se
volvieron monos y por los montes se esparcieron.
Pensativos, los dioses se reunieron en Teotihuacán.
—¿Quién se ocupará de traer el alba?
El Señor de los Caracoles, famoso por su fuerza y su hermosura, dio un paso
adelante.
— Yo seré el sol —dijo.
—¿Quién más?
Silencio.
Todos miraron al Pequeño Dios Purulento, el más feo y desgraciado de los
dioses, y decidieron:
—Tú.
El Señor de los Caracoles y el Pequeño Dios Purulento se retiraron a los cerros
que ahora son las pirámides del sol y de la luna. Allí, en ayunas, meditaron.
Después los dioses juntaron leña, armaron una hoguera enorme
y los llamaron.
El Pequeño Dios Purulento tomó impulso y se arrojó a las llamas. En seguida
emergió, incandescente, en el cielo.
El Señor de los Caracoles miró la fogata con el ceño fruncido. Avanzó,
retrocedió, se detuvo. Dio un par de vueltas. Como no se decidía, tuvieron que
empujarlo. Con mucha demora se alzó en el cielo. Los dioses, furiosos, lo
abofetearon. Le golpearon la cara con un conejo, una y otra vez, hasta que le
mataron el brillo. Así, el arrogante Señor de los Caracoles se convirtió en la luna.
Las manchas de la luna son las cicatrices de aquel castigo.
Pero el sol resplandeciente no se movía. El gavilán de obsidiana voló hacia el
Pequeño Dios Purulento:
—¿Por qué no andas?
Y respondió el despreciado, el maloliente, el jorobado, el cojo:
—Porque quiero la sangre y el reino.
Este quinto sol, el sol del movimiento, alumbró a los toltecas y alumbra a los
aztecas. Tiene garras y se alimenta de corazones humanos.
(108)

Las nubes
Nube dejó caer una gota de lluvia sobre el cuerpo de una mujer. A los nueve
meses, ella tuvo mellizos.

17

Cuando crecieron, quisieron saber quién era su padre.
—Mañana por la mañana —dijo ella—, miren hacia el oriente. Allá lo verán,
erguido en el cielo como una torre.
A través de la tierra y del cielo, los mellizos caminaron en busca de su padre.
Nube desconfió y exigió:
—Demuestren que son mis hijos.
Uno de los mellizos envió a la tierra un relámpago. El otro, un trueno. Como
Nube todavía dudaba, atravesaron una inundación y salieron intactos.
Entonces Nube les hizo un lugar a su lado, entre sus muchos hermanos y
sobrinos.
(174)

El viento
Cuando Dios hizo al primero de los indios wawenock, quedaron algunos restos
de barro sobre el suelo del mundo. Con esas sobras, Gluskabe se hizo a sí mismo.
—Y tú, ¿de dónde has salido? —preguntó Dios, atónito, desde las alturas.
—Yo soy maravilloso —dijo Gluskabe—. Nadie me hizo.
Dios se paró a su lado y tendió su mano hacia el universo.
—Mira mi obra —desafió—. Ya que eres maravilloso, muéstrame qué cosas
has inventado.
—Puedo hacer el viento, si quiero.
Y Gluskabe sopló a todo pulmón.
El viento nació y murió en seguida.
—Yo puedo hacer el viento —reconoció Gluskabe, avergonzado—, pero no
puedo hacer que el viento dure.
Y entonces sopló Dios, tan poderosamente que Gluskabe se cayó y perdió
todos los cabellos.
(174)

La lluvia
En la región de los grandes lagos del norte, una niña descubrió de pronto que
estaba viva. El asombro del mundo le abrió los ojos y partió a la ventura.
Persiguiendo las huellas de los cazadores y los leñadores de la nación
menomini, llegó a una gran cabaña de troncos. Allí vivían diez hermanos, los
pájaros del trueno, que le ofrecieron abrigo y comida.
Una mala mañana, mientras la niña recogía agua del manantial, una serpiente
peluda la atrapó y se la llevó a las profundidades de una montaña de roca. Las
serpientes estaban a punto de devorarla cuando la niña cantó.
Desde muy lejos, los pájaros del trueno escucharon el llamado. Atacaron con
el rayo la montaña rocosa, rescataron a la prisionera y mataron a las serpientes.
Los pájaros del trueno dejaron a la niña en la horqueta de un árbol.
—Aquí vivirás —le dijeron—. Vendremos cada vez que cantes.

18

Cuando llama la ranita verde desde el árbol, acuden los truenos y llueve sobre
el mundo.
(113)

El arcoiris
Los enanos de la selva habían sorprendido a Yobuënahuaboshka en una
emboscada y le habían cortado la cabeza.
A los tumbos, la cabeza regresó a la región de los cashinahua.
Aunque había aprendido a brincar y balancearse con gracia, nadie quería una
cabeza sin cuerpo.
—Madre, hermanos míos, paisanos —se lamentaba—. ¿Por qué me rechazan?
¿Por qué se avergüenzan de mí?
Para acabar con aquella letanía y sacarse la cabeza de encima, la madre le
propuso que se transformara en algo, pero la cabeza se negaba a convertirse en lo
que ya existía. La cabeza pensó, soñó, inventó. La luna no existía. El arcoiris no
existía.
Pidió siete ovillos de hilo, de todos los colores.
Tomó puntería y lanzó los ovillos al cielo, uno tras otro. Los ovillos quedaron
enganchados más allá de las nubes; se desenrollaron los hilos, suavemente, hacia
la tierra.
Antes de subir, la cabeza advirtió:
—Quien no me reconozca, será castigado. Cuando me vean allá arriba, digan:
«¡Allá está el alto y hermoso Yobuënahuaboshka!»
Entonces trenzó los siete hilos que colgaban y trepó por la cuerda hacia el
cielo.
Esa noche, un blanco tajo apareció por primera vez entre las estrellas. Una
muchacha alzó los ojos y preguntó, maravillada: «¿Qué es eso?»
De inmediato un guacamayo rojo se abalanzó sobre ella, dio una súbita vuelta
y la picó entre las piernas con su cola puntiaguda. La muchacha sangró. Desde ese
momento, las mujeres sangran cuando la luna quiere.
A la mañana siguiente, resplandeció en el cielo la cuerda de los siete colores.
Un hombre la señaló con el dedo:
—¡Miren, miren! ¡Qué raro!
Dijo eso y cayó.
Y esa fue la primera vez que murió alguien.
(59)

El día
El cuervo, que reina ahora desde lo alto del tótem de la nación haida, era
nieto del gran jefe divino que hizo al mundo.
Cuando el cuervo lloró pidiendo la luna, que colgaba de la pared de troncos, el
abuelo se la entregó. El cuervo la lanzó al cielo, por el agujero de la chimenea; y

19

nuevamente se echó a llorar, reclamando las estrellas. Cuando las consiguió, las
diseminó alrededor de la luna.
Entonces lloró y pataleó y chilló hasta que el abuelo le entregó la caja de
madera labrada donde guardaba la luz del día. El gran jefe divino le prohibió que
sacara esa caja de la casa. Él había decidido que el mundo viviera a oscuras.
El cuervo jugueteaba con la caja, haciéndose el distraído, y con el rabillo del
ojo espiaba a los guardianes que lo estaban vigilando.
Aprovechando un descuido, huyó con la caja en el pico. La punta del pico se le
partió al pasar por la chimenea y se le quemaron las plumas, que quedaron negras
para siempre.
Llegó el cuervo a las islas de la costa del Canadá. Escuchó voces humanas y
pidió comida. Se la negaron. Amenazó con romper la caja de madera:
—Si se escapa el día, que tengo aquí guardado, jamás se apagará el cielo —
advirtió—. Nadie podrá dormir, ni guardar secretos, y se sabrá quién es gente,
quién es pájaro y quién bestia del bosque.
Se rieron. El cuervo rompió la caja y estalló la luz en el universo.
(87)

La noche
El sol nunca cesaba de alumbrar y los indios cashinahua no conocían la
dulzura del descanso.
Muy necesitados de paz, exhaustos de tanta luz, pidieron prestada la noche al
ratón.
Se hizo oscuro, pero la noche del ratón alcanzó apenas para comer y fumar
un rato frente al fuego. El amanecer llegó no bien los indios se acomodaron en las
hamacas.
Probaron entonces la noche del tapir. Con la noche del tapir, pudieron dormir
a pierna suelta y disfrutaron el largo sueño tan esperado. Pero cuando despertaron,
había pasado tanto tiempo que las malezas del monte habían invadido sus cultivos
y aplastado sus casas.
Después de mucho buscar, se quedaron con la noche del tatú. Se la pidieron
prestada y no se la devolvieron jamás.
El tatú, despojado de la noche, duerme durante el día.
(59)

Las estrellas
Tocando la flauta se declara el amor o se anuncia el regreso de los cazadores.
Al son de la flauta, los indios waiwai convocan a sus invitados. Para los tukano, la
flauta llora; y para los kalina habla, porque es la trompeta la que grita.
A orillas del río Negro, la flauta asegura el poder de los varones. Están
escondidas las flautas sagradas y la mujer que se asoma merece la muerte.

20

En muy remotos tiempos, cuando las mujeres poseían las flautas sagradas,
los hombres acarreaban la leña y el agua y preparaban el pan de mandioca.
Cuentan los hombres que el sol se indignó al ver que las mujeres reinaban en
el mundo. El sol bajó a la selva y fecundó a una virgen, deslizándole jugos de hojas
entre las piernas. Así nació Jurupari.
Jurupari robó las flautas sagradas y las entregó a los hombres. Les enseñó a
ocultarlas y a defenderlas y a celebrar fiestas rituales sin mujeres. Les contó,
además, los secretos que debían trasmitir al oído de sus hijos varones.
Cuando la madre de Jurupari descubrió el escondite de las flautas sagradas, él
la condenó a muerte; y de sus pedacitos hizo las estrellas del cielo.
(91 y 112)

La vía láctea
El gusano, no más grande que un dedo meñique, comía corazones de pájaros.
Su padre era el mejor cazador del pueblo de los mosetenes.
El gusano crecía. Pronto tuvo el tamaño de un brazo. Cada vez exigía más
corazones. El cazador pasaba el día entero en la selva, matando para su hijo.
Cuando la serpiente ya no cabía en la choza, la selva se había vaciado de
pájaros. El padre, flecha certera, le ofreció corazones de jaguar.
La serpiente devoraba y crecía. Ya no había jaguares en la selva.
—Quiero corazones humanos —dijo la serpiente.
El cazador dejó sin gente a su aldea y a las comarcas vecinas hasta que un
día, en una aldea lejana, lo sorprendieron en la rama de un árbol y lo mataron.
Acosada por el hambre y la nostalgia, la serpiente fue a buscarlo.
Enroscó su cuerpo en torno a la aldea culpable, para que nadie pudiera
escapar. Los hombres lanzaron todas sus flechas contra aquel anillo gigante que les
había puesto sitio. Mientras tanto, la serpiente no cesaba de crecer.
Nadie se salvó. La serpiente rescató el cuerpo de su padre y creció hacia
arriba.
Allá se la ve, ondulante, erizada de flechas luminosas, atravesando la noche.
(174)

El lucero
La luna, madre encorvada, pidió a su hijo:
—No sé dónde anda tu padre. Llévale noticias de mí.
Partió el hijo en busca del más intenso de los fuegos.
No lo encontró en el mediodía, donde el sol bebe su vino y baila con sus
mujeres al son de los atabales. Lo buscó en los horizontes y en la región de los
muertos. En ninguna de sus cuatro casas estaba el sol de los pueblos tarascos.
El lucero continúa persiguiendo a su padre por el cielo. Siempre llega
demasiado temprano o demasiado tarde.

21

(52)

El lenguaje
El Padre Primero de los guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los
reflejos de su propio corazón, y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor, y
no tenía a quién dárselo. Creó el lenguaje, pero no había quién lo escuchara.
Entonces encomendó a las divinidades que construyeran el mundo y que se
hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las
palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres.
Así el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero
redimió su soledad. Él acompaña a los hombres y las mujeres que caminan y
cantan:
Ya estamos pisando esta tierra,
ya estamos pisando esta tierra reluciente.
(40 y 192)

El fuego
Las noches eran de hielo y los dioses se habían llevado el fuego. El frío
cortaba la carne y las palabras de los hombres. Ellos suplicaban, tiritando, con voz
rota; y los dioses se hacían los sordos.
Una vez les devolvieron el fuego. Los hombres danzaron de alegría y alzaron
cánticos de gratitud. Pero pronto los dioses enviaron lluvia y granizo y apagaron las
hogueras.
Los dioses hablaron y exigieron: para merecer el fuego, los hombres debían
abrirse el pecho con el puñal de obsidiana y entregar su corazón.
Los indios quichés ofrecieron la sangre de sus prisioneros y se salvaron del
frío.
Los cakchiqueles no aceptaron el precio. Los cakchiqueles, primos de los
quichés y también herederos de los mayas, se deslizaron con pies de pluma a
través del humo y robaron el fuego y lo escondieron en las cuevas de sus
montañas.
(188)

La selva

22

En medio de un sueño, el Padre de los indios uitotos vislumbró una neblina
fulgurante. En aquellos vapores palpitaban musgos y líquenes y resonaban silbidos
de vientos, pájaros y serpientes.
El Padre pudo atrapar la neblina y la retuvo con el hilo de su aliento. La sacó
del sueño y la mezcló con tierra.
Escupió varias veces sobre la tierra neblinosa. En el torbellino de espuma se
alzó la selva, desplegaron los árboles sus copas enormes y brotaron las frutas y las
flores. Cobraron cuerpo y voz, en la tierra empapada, el grillo, el mono, el tapir, el
jabalí, el tatú, el ciervo, el jaguar y el oso hormiguero. Surgieron en el aire el águila
real, el guacamayo, el buitre, el colibrí, la garza blanca, el pato, el murciélago...
La avispa llegó con mucho ímpetu. Dejó sin rabo a los sapos y a los hombres
y después se cansó.
(174)

El cedro
El Padre Primero hizo nacer a la tierra de la punta de su vara y la cubrió de
pelusa.
En la pelusa se alzó el cedro, el árbol sagrado del que fluye la palabra.
Entonces el Padre Primero dijo a los mby'a-guaraníes que excavaran el tronco de
ese árbol para escuchar lo que contiene. Dijo que quienes supieran escuchar al
cedro, cofre de las palabras, conocerían el futuro asiento de sus fogones. Quienes
no supieran escucharlo, volverían a ser no más que tierra despreciada.
(192)

El guayacán
Andaba en busca de agua una muchacha del pueblo de los nivakle, cuando se
encontró con un árbol fornido, Nasuk, el guayacán, y se sintió llamada. Se abrazó a
su firme tronco, apretándose con todo el cuerpo, y clavó sus uñas en la corteza. El
árbol sangró. Al despedirse, ella dijo:
—¡Cómo quisiera, Nasuk, que fueras hombre!
Y el guayacán se hizo hombre y fue a buscarla. Cuando la encontró, le mostró
la espalda arañada y se tendió a su lado.
(192)

Los colores
Eran blancas las plumas de los pájaros y blanca la piel de los animales.

23

Azules son, ahora, los que se bañaron en un lago donde no desembocaba
ningún río, ni ningún río nacía. Rojos, los que se sumergieron en el lago de la
sangre derramada por un niño de la tribu kadiueu. Tienen el color de la tierra los
que se revolcaron en el barro, y el de la ceniza los que buscaron calor en los
fogones apagados. Verdes son los que frotaron sus cuerpos en el follaje y blancos
los que se quedaron quietos.
(174)

El amor
En la selva amazónica, la primera mujer y el primer hombre se miraron con
curiosidad. Era raro lo que tenían entre las piernas.
—¿Te han cortado? —preguntó el hombre.
—No —dijo ella—. Siempre he sido así.
Él la examinó de cerca. Se rascó la cabeza. Allí había una llaga abierta. Dijo:
—No comas yuca, ni guanábanas, ni ninguna fruta que se raje al madurar. Yo
te curaré. Échate en la hamaca y descansa.
Ella obedeció. Con paciencia tragó los menjunjes de hierbas y se dejó aplicar
las pomadas y los ungüentos. Tenía que apretar los dientes para no reírse, cuando
él le decía:
—No te preocupes.
El juego le gustaba, aunque ya empezaba a cansarse de vivir en ayunas y
tendida en una hamaca. La memoria de las frutas le hacía agua la boca.
Una tarde, el hombre llegó corriendo a través de la floresta. Daba saltos de
euforia y gritaba:
—¡Lo encontré! ¡Lo encontré!
Acababa de ver al mono curando a la mona en la copa de un árbol.
—Es así —dijo el hombre, aproximándose a la mujer.
Cuando terminó el largo abrazo, un aroma espeso, de flores y frutas, invadió
el aire. De los cuerpos, que yacían juntos, se desprendían vapores y fulgores jamás
vistos, y era tanta su hermosura que se morían de vergüenza los soles y los dioses.
(59)

Los ríos y la mar
No había agua en la selva de los chocoes. Dios supo que la hormiga tenía, y
se la pidió. Ella no quiso escucharlo. Dios le apretó la cintura, que quedó finita para
siempre, y la hormiga echó el agua que guardaba en el buche.
—Ahora me dirás de dónde la sacaste.
La hormiga condujo a Dios hacia un árbol que no tenía nada de raro.
Cuatro días y cuatro noches estuvieron trabajando las ranas y los hombres, a
golpes de hacha, pero el árbol no caía del todo. Una liana impedía que tocara la
tierra.
Dios mandó al tucán:

24

—Córtala.
El tucán no pudo, y por eso fue condenado a comer los frutos enteros.
El guacamayo cortó la liana, con su pico duro y afilado.
Cuando el árbol del agua se desplomó, del tronco nació la mar y de las ramas,
los ríos.
Toda el agua era dulce. Fue el Diablo quien anduvo echando puñados de sal.
(174)

Las mareas
Antes, los vientos soplaban sin cesar sobre la isla de Vancouver. No existía el
buen tiempo ni había marea baja.
Los hombres decidieron matar a los vientos.
Enviaron espías. El mirlo de invierno fracasó; y también la sardina. A pesar de
su mala vista y sus brazos rotos, fue la gaviota quien pudo eludir a los huracanes
que montaban guardia ante la casa de los vientos.
Los hombres mandaron entonces un ejército de peces, que la gaviota
condujo. Los peces se echaron junto a la puerta. Al salir, los vientos los pisaron,
resbalaron y cayeron, uno tras otro, sobre la raya, que los ensartó con la cola y los
devoró.
El viento del oeste fue atrapado con vida. Prisionero de los hombres, prometió
que no soplaría continuamente, que habría aire suave y brisas ligeras y que las
aguas dejarían la orilla un par de veces por día, para que se pudiese pescar
moluscos en la bajamar. Le perdonaron la vida.
El viento del oeste ha cumplido su palabra.
(114)

La nieve
—¡Quiero que vueles! —dijo el amo de la casa, y la casa se echó a volar.
Anduvo a oscuras por los aires, silbando a su paso, hasta que el amo ordenó:
—¡Quiero que te detengas aquí!
Y la casa se paró, suspendida en medio de la noche y la nieve que caía.
No había esperma de ballena para encender las lámparas, de modo que el
amo de la casa recogió un puñado de nieve fresca y la nieve le dio luz.
La casa aterrizó en una aldea iglulik. Alguien vino a saludar, y al ver las
lámparas encendidas con nieve, exclamó:
—¡La nieve arde!, y las lámparas se apagaron.
(174)

25

El diluvio
Al pie de la cordillera de los Andes, se reunieron los jefes de las comunidades.
Fumaron y discutieron.
El árbol de la abundancia alzaba su plenitud hasta más allá del techo del
mundo. Desde abajo se veían las altas ramas curvadas por el peso de los racimos,
frondosas de pinas, cocos, mamones y guanábanas, maíz, yuca, frijoles...
Los ratones y los pájaros disfrutaban los manjares. La gente, no.
El zorro, que subía y bajaba dándose banquetes, no convidaba. Los hombres
que habían intentado trepar se habían estrellado contra el suelo.
—¿Qué haremos?
Uno de los jefes convocó un hacha en sueños. Despertó con un sapo en la
mano. Golpeó con el sapo el inmenso tronco del árbol de la abundancia, pero el
animalito echó el hígado por la boca.
—Ese sueño ha mentido.
Otro jefe soñó. Pidió un hacha al Padre de todos. El Padre advirtió que el árbol
se vengaría, pero envió un papagayo rojo.
Empuñando el papagayo, ese jefe abatió el árbol de la abundancia. Una lluvia
de alimentos cayó sobre la tierra y quedó la tierra sorda por el estrépito. Entonces,
la más descomunal de las tormentas estalló en el fondo de los ríos. Se alzaron las
aguas, cubrieron el mundo.
De los hombres, solamente uno sobrevivió. Nadó y nadó, días y noches, hasta
que pudo aferrarse a la copa de una palmera que sobresalía de las aguas.
(174)

La tortuga
Cuando bajaron las aguas del Diluvio, era un lodazal el valle de Oaxaca.
Un puñado de barro cobró vida y caminó. Muy despacito caminó la tortuga.
Iba con el cuello estirado y los ojos muy abiertos, descubriendo el mundo que el sol
hacía renacer.
En un lugar que apestaba, la tortuga vio al zopilote devorando cadáveres.
—Llévame al cielo —le rogó—. Quiero conocer a Dios.
Mucho se hizo pedir el zopilote. Estaban sabrosos los muertos. La cabeza de
la tortuga asomaba para suplicar y volvía a meterse bajo el caparazón, porque no
soportaba el hedor.
—Tú, que tienes alas, llévame —mendigaba.
Harto de la pedigüeña, el zopilote abrió sus enormes alas negras y emprendió
vuelo con la tortuga a la espalda.
Iban atravesando nubes y la tortuga, escondida la cabeza, se quejaba:
—¡Qué feo hueles!
El zopilote se hacía el sordo.
—¡Qué olor a podrido! —repetía la tortuga.
Y así hasta que el pajarraco perdió su última paciencia, se inclinó
bruscamente y la arrojó a tierra.
Dios bajó del cielo y juntó sus pedacitos.
En el caparazón se le ven los remiendos.

26

(92)

El papagayo
Después del Diluvio, la selva estaba verde pero vacía. El sobreviviente
arrojaba sus flechas a través de los árboles y las flechas atravesaban nada más que
sombras y follajes.
Un anochecer, al cabo de mucho caminar buscando, el sobreviviente regresó a
su refugio y encontró carne asada y tortas de mandioca. Lo mismo ocurrió al día
siguiente, y al otro. El que había desesperado de hambre y soledad se preguntó a
quién debía agradecer la buena suerte. Al amanecer, se escondió y esperó.
Dos papagayos llegaron desde el cielo. No bien se posaron en tierra, se
convirtieron en mujeres. Encendieron fuego y se pusieron a cocinar.
El único hombre eligió a la que tenía los cabellos más largos y lucía las plumas
más altas y coloridas. La otra mujer, desdeñada, se alejó volando.
Los indios maynas, descendientes de aquella pareja, maldicen a su
antepasado cuando sus mujeres andan haraganas y gruñonas. Dicen que él tiene la
culpa, porque eligió a la inútil. La otra fue la madre y el padre de todos los
papagayos que viven en la selva.
(191)

El colibrí
Al alba, saluda al sol. Cae la noche y trabaja todavía. Anda zumbando de
rama en rama, de flor en flor, veloz y necesario como la luz. A veces duda, y queda
inmóvil en el aire, suspendido; a veces vuela hacia atrás, como nadie puede. A
veces anda borrachito, de tanto beber las mieles de las corolas. Al volar, lanza
relámpagos de colores.
Él trae los mensajes de los dioses, se hace rayo para ejecutar sus venganzas
y sopla las profecías al oído de los augures. Cuando muere un niño guaraní, le
rescata el alma, que yace en el cáliz de una flor, y la lleva, en su largo pico de
aguja, hacia la Tierra sin Mal. Conoce ese camino desde el principio de los tiempos.
Antes de que naciera el mundo, él ya existía: refrescaba la boca del Padre Primero
con gotas de rocío y le calmaba el hambre con el néctar de las flores.
Él condujo la larga peregrinación de los toltecas hacia la ciudad sagrada de
Tula, antes de llevar el calor del sol a los aztecas.
Como capitán de los chontales, planea sobre los campamentos enemigos, les
mide la fuerza, cae en picada y da muerte al jefe mientras duerme. Como sol de los
kekchíes, vuela hacia la luna, la sorprende en su aposento y le hace el amor.
Su cuerpo tiene el tamaño de una almendra. Nace de un huevo no más
grande que un frijol, dentro de un nido que cabe en una nuez. Duerme al abrigo de
una hojita.
(40, 206 y 210)

27

El urutaú
«Soy hija de la desgracia», dijo Ñeambiú, la hija del jefe, cuando su padre le
prohibió los amores con un hombre de una comunidad enemiga.
Dijo eso y huyó.
Al tiempo la encontraron, en los montes del Iguazú. Encontraron una estatua.
Ñeambiú miraba sin ver; estaba muda su boca y dormido su corazón.
El jefe mandó llamar al que descifra los misterios y cura las enfermedades.
Toda la comunidad acudió a presenciar la resurrección.
El chamán pidió consejo a la yerba mate y al vino de mandioca. Se acercó a
Ñeambiú y le mintió al oído:
—El hombre que amas acaba de morir.
El grito de Ñeambiú convirtió a todos los indios en sauces llorones. Ella voló,
hecha pájaro.
Los alaridos del urutaú, que en plena noche estremecen los montes, se
escuchan a más de media legua. Es difícil ver al urutaú. Darle caza, imposible. No
hay quien alcance al pájaro fantasma.
(86)

El hornero
Cuando cumplió la edad de las tres pruebas, aquel muchacho corrió y nadó
mejor que nadie y estuvo nueve días sin comer, estirado por cueros, sin moverse ni
quejarse. Durante las pruebas escuchaba una voz de mujer que cantaba para él,
desde muy lejos, y lo ayudaba a aguantar.
El jefe de la comunidad decidió que debía casarse con su hija, pero él alzó
vuelo y se perdió en los bosques del río Paraguay, buscando a la cantora.
Por allá anda todavía el hornero. Aletea fuerte y proclama alegrías cuando
cree que viene, volando, la voz buscada. Esperando a la que no llega, ha construido
una casa de barro, con puerta abierta a la brisa del norte, en un lugar que está a
salvo de los rayos.
Todos lo respetan. Quien mata al hornero o rompe su casa, atrae la tormenta.
(144)

El cuervo
Estaban secos los lagos y vacíos los cauces de los ríos. Los indios takelma,
muertos de sed, enviaron al cuervo y a la corneja en busca de agua.
El cuervo se cansó en seguida. Meó en un cuenco y dijo que ésa era el agua
que traía de una lejana comarca.

28

La corneja, en cambio, continuó volando. Regresó mucho después, cargada de
agua fresca, y salvó de la sequía al pueblo de los takelma.
En castigo, el cuervo fue condenado a sufrir sed durante los veranos. Como
no puede mojarse el gaznate, habla con voz muy ronca mientras duran los calores.
(114)

El cóndor
Cauillaca estaba tejiendo una manta, bajo la copa de un árbol, y por encima
volaba Coniraya, convertido en pájaro. La muchacha no prestaba la menor atención
a sus trinos y revoloteos.
Coniraya sabía que otros dioses más antiguos y principales ardían de deseo
por Cauillaca. Sin embargo, le envió su semilla, desde allá arriba, en forma de fruta
madura. Cuando ella vio la pulposa fruta a sus pies, la alzó y la mordió. Sintió un
placer desconocido y quedó embarazada.
Después, él se convirtió en persona, hombre rotoso, pura lástima, y la
persiguió por todo el Perú. Cauillaca huía rumbo a la mar con su hijito a la espalda
y atrás andaba Coniraya, desesperado, buscándola.
Preguntó por ella a un zorrino. El zorrino, viendo sus pies sangrantes y tanto
desamparo, le respondió: «Tonto. ¿No ves que no vale la pena seguir?» Entonces
Coniraya lo maldijo:
—Vagarás por las noches. Dejarás mal olor por donde pases. Cuando mueras,
nadie te levantará del suelo.
En cambio, el cóndor dio ánimo al perseguidor. «¡Corre!», le gritó. «¡Corre y
la alcanzarás!» Y Coniraya lo bendijo:
—Volarás por donde quieras. No habrá sitio del cielo o la tierra en que no
puedas penetrar. Nadie llegará adonde tengas tu nido. Nunca te faltará comida; y el
que te mate, morirá.
Al cabo de mucha montaña, Coniraya llegó a la costa. Tarde llegó. La
muchacha y su hijo ya eran una isla, tallados en roca, en medio de la mar.
(100)

El jaguar
Andaba el jaguar cazando, armado de arco y flechas, cuando encontró una
sombra. Quiso atraparla y no pudo. Alzó la cabeza. El dueño de la sombra era el
joven Botoque, de la tribu kayapó, casi muerto de hambre en lo alto de una roca.
Botoque no tenía fuerzas para moverse y apenas si pudo balbucear unas
palabras. El jaguar bajó el arco y lo invitó a comer carne asada en su casa. Aunque
el muchacho no sabía lo que significaba la palabra «asada», aceptó el convite y se
dejó caer sobre el lomo del cazador.
—Traes el hijo de otro —reprochó la mujer.
—Ahora es mi hijo —dijo el jaguar.

29

Botoque vio el fuego por primera vez. Conoció el horno de piedra y el sabor
de la carne asada de tapir y venado. Supo que el fuego ilumina y calienta. El jaguar
le regaló un arco y flechas y le enseñó a defenderse.
Un día, Botoque huyó. Había matado a la mujer del jaguar.
Largo tiempo corrió, desesperado, y no se detuvo hasta llegar a su pueblo. Allí
contó su historia y mostró los secretos: el arma nueva y la carne asada. Los kayapó
decidieron apoderarse del fuego y de las armas y él los condujo a la casa remota.
Desde entonces, el jaguar odia a los hombres. Del fuego, no le quedó más
que el reflejo que brilla en sus pupilas. Para cazar, sólo cuenta con los colmillos y
las garras, y come cruda la carne de sus víctimas.
(111)

El oso
Los animales del día y los animales de la noche se reunieron para decidir qué
harían con el sol, que por entonces llegaba y se iba cuando quería. Los animales
resolvieron dejar el asunto en manos del azar. El bando que venciera en el juego de
las adivinanzas decidiría cuánto tiempo habría de durar, en lo sucesivo, la luz del
sol sobre el mundo.
Estaban en eso cuando el sol, intrigado, se aproximó. Tanto se acercó el sol
que los animales de la noche tuvieron que huir a la disparada. El oso fue víctima de
la urgencia. Metió su pie derecho en el mocasín izquierdo y el pie izquierdo en el
mocasín derecho. Así salió corriendo, y corrió como pudo.
Según los indios comanches, desde entonces el oso camina hamacándose.
(132)

El caimán
El sol de los macusi estaba preocupado. Cada vez había menos peces en sus
estanques.
Encargó la vigilancia al caimán. Los estanques se vaciaron. El caimán,
guardián y ladrón, inventó una buena historia de asaltantes invisibles, pero el sol
no la creyó. Empuñó el machete y le dejó el cuerpo todo cruzado de tajos.
Para calmarle las furias, el caimán le ofreció a su hermosa hija en matrimonio.
—La espero —dijo el sol.
Como el caimán no tenía ninguna hija, esculpió una mujer en el tronco de un
ciruelo silvestre.
—Aquí está —anunció, y se metió en el agua, mirando de reojo como mira
todavía.
Fue el pájaro carpintero quien le salvó la vida. Antes de que el sol llegara, el
pájaro carpintero picoteó a la muchacha de madera por debajo del vientre. Así ella,
que estaba incompleta, fue abierta para que el sol entrara.
(112)

30

El tatú
Se anunció una gran fiesta en el lago Titicaca y el tatú, que era bicho muy
principal, quiso deslumbrar a todos.
Con mucha anticipación, se puso a tejer la fina trama de un manto tan
elegante que iba a ser un escándalo.
El zorro lo vio trabajando y metió la nariz:
—¿Estás de mal humor?
—No me distraigas. Estoy ocupado.
—¿Para qué es eso?
El tatú explicó.
—¡Ah! —dijo el zorro, paladeando palabras—. ¿Para la fiesta de esta noche?
—¿Cómo que esta noche?
Al tatú se le vino el alma a los pies. Nunca había sido muy certero en el
cálculo del tiempo.
—¡Y yo con mi manto a medio hacer!
Mientras el zorro se alejaba riéndose entre dientes, el tatú terminó su abrigo
a los apurones. Como el tiempo volaba, no pudo continuar con la misma delicadeza.
Tuvo que utilizar hilos más gruesos y la trama, a todo tejer, quedó más extendida.
Por eso el caparazón del tatú es de urdimbre apretada en el cuello y muy
abierta en la espalda.
(174)

El conejo
El conejo quería crecer.
Dios le prometió que lo aumentaría de tamaño si le traía una piel de tigre, una
de mono, una de lagarto y una de serpiente.
El conejo fue a visitar al tigre.
—Dios me ha contado un secreto —comentó, confidencial.
El tigre quiso saber y el conejo anunció un huracán que se venía.
—Yo me salvaré, porque soy pequeño. Me esconderé en algún agujero. Pero
tú, ¿qué harás? El huracán no te va a perdonar.
Una lágrima rodó por entre los bigotes del tigre.
—Sólo se me ocurre una manera de salvarte —ofreció el conejo—.
Buscaremos un árbol de tronco muy fuerte. Yo te ataré al tronco por el cuello y por
las manos y el huracán no te llevará.
Agradecido, el tigre se dejó atar. Entonces el conejo lo mató de un garrotazo
y lo desnudó.
Y siguió camino, bosque adentro, por la comarca de los zapotecas.
Se detuvo bajo un árbol donde un mono estaba comiendo. Tomando un
cuchillo del lado que no tiene filo, el conejo se puso a golpearse el cuello. A cada
golpe, una carcajada. Después de mucho golpearse y reírse, dejó el cuchillo en el
suelo y se retiró brincando.

31

Se escondió entre las ramas, al acecho. El mono no demoró en bajar. Miró esa
cosa que hacía reír y se rascó la cabeza. Agarró el cuchillo y al primer golpe cayó
degollado.
Faltaban dos pieles. El conejo invitó al lagarto a jugar a la pelota. La pelota
era de piedra: lo golpeó en el nacimiento de la cola y lo dejó tumbado.
Cerca de la serpiente, el conejo se hizo el dormido. Antes de que ella saltara,
cuando estaba tomando impulso, de un santiamén le clavó las uñas en los ojos.
Llegó al cielo con las cuatro pieles.
—Ahora, créceme —exigió.
Y Dios pensó: «Siendo tan pequeñito, el conejo hizo lo que hizo. Si lo aumento
de tamaño, ¿qué no hará? Si el conejo fuera grande, quizás yo no sería Dios.»
El conejo esperaba. Dios se acercó dulcemente, le acarició el lomo y de golpe
le atrapó las orejas, lo revoleó y lo arrojó a la tierra.
De aquella vez quedaron largas las orejas del conejo, cortas las patas
delanteras, que extendió para parar la caída, y colorados los ojos, por el pánico.
(92)

La serpiente
Dios le dijo:
—Pasarán tres piraguas por el río. En dos de ellas, viajará la muerte. Si no te
equivocas, te liberaré de la vida breve.
La serpiente dejó pasar a la primera piragua, que venía cargada con cestos de
carne podrida. Tampoco hizo caso de la segunda, que estaba llena de gente.
Cuando llegó la tercera, que parecía vacía, le dio la bienvenida.
Por eso es inmortal la serpiente en la región de los shipaiá.
Cada vez que envejece, Dios le regala una piel nueva.
(111)

La rana
De una cueva de Haití brotaron los primeros indios taínos.
El sol no les daba tregua. Dos por tres los secuestraba y los transformaba. Al
que montaba guardia de noche, lo convirtió en piedra; de los pescadores hizo
árboles, y al que salió a buscar hierbas lo atrapó por el camino y lo volvió pájaro
que canta por la mañana.
Uno de los hombres huyó del sol. Al irse, se llevó a todas las mujeres.
No está hecho de risa el canto de las ranitas en las islas del Caribe. Ellas son
los niños taínos de aquel entonces. Dicen: «toa, toa», que es su modo de llamar a
las madres.
(126 y 168)

32

El murciélago
Cuando era el tiempo muy niño todavía, no había en el mundo bicho más feo
que el murciélago.
El murciélago subió al cielo en busca de Dios. No le dijo:
—Estoy harto de ser horroroso. Dame plumas de colores.
No. Le dijo:
—Dame plumas, por favor, que me muero de frío.
A Dios no le había sobrado ninguna pluma.
—Cada ave te dará una pluma —decidió.
Así obtuvo el murciélago la pluma blanca de la paloma y la verde del
papagayo, la tornasolada pluma del colibrí y la rosada del flamenco, la roja del
penacho del cardenal y la pluma azul de la espalda del martín pescador, la pluma
de arcilla del ala de águila y la pluma del sol que arde en el pecho del tucán.
El murciélago, frondoso de colores y suavidades, paseaba entre la tierra y las
nubes. Por donde iba, quedaba alegre el aire y las aves mudas de admiración.
Dicen los pueblos zapotecas que el arcoiris nació del eco de su vuelo.
La vanidad le hinchó el pecho. Miraba con desdén y comentaba ofendiendo.
Se reunieron las aves. Juntas volaron hacia Dios.
—El murciélago se burla de nosotras —se quejaron—. Y además, sentimos frío
por las plumas que nos faltan.
Al día siguiente, cuando el murciélago agitó las alas en pleno vuelo, quedó
súbitamente desnudo. Una lluvia de plumas cayó sobre la tierra.
Él anda buscándolas todavía. Ciego y feo, enemigo de la luz, vive escondido
en las cuevas. Sale a perseguir las plumas perdidas cuando ha caído la noche; y
vuela muy veloz, sin detenerse nunca, porque le da vergüenza que lo vean.
(92)

Los mosquitos
Muchos eran los muertos en el pueblo de los nookta. En cada muerto había un
agujero por donde le habían robado la sangre.
El asesino, un niño que mataba desde antes de aprender a caminar, recibió su
sentencia riendo a las carcajadas. Lo atravesaron las lanzas y él, riendo, se las
desprendió del cuerpo como espinas.
—Yo les enseñaré a matarme —dijo el niño.
Indicó a sus verdugos que armaran una gran fogata y que lo arrojaran
adentro.
Sus cenizas se esparcieron por los aires, ansiosas de daño, y así se echaron a
volar los primeros mosquitos.
(174)

33

La miel
Miel huía de sus dos cuñadas. Varias veces las había echado de la hamaca.
Ellas andaban tras él, noche y día; lo veían y se les hacía agua la boca. Sólo
en sueños conseguían tocarlo, lamerlo, comerlo.
El despecho fue creciendo. Una mañana, cuando las cuñadas se estaban
bañando, descubrieron a Miel en la orilla del río. Corrieron y lo salpicaron. Miel,
mojado, se disolvió.
En el golfo de Paria, no es fácil encontrar la miel perdida. Hay que subir a los
árboles, hacha en mano, abrir los troncos y hurgar mucho. La escasa miel se come
con placer y con miedo, porque a veces mata.
(112)

Las semillas
Pachacamac, que era hijo del sol, hizo a un hombre y a una mujer en los
arenales de Lurín.
No había nada que comer y el hombre se murió de hambre.
Estaba la mujer agachada, escarbando en busca de raíces, cuando
el sol entró en ella y le hizo un hijo.
Pachacamac, celoso, atrapó al recién nacido y lo descuartizó. Pero en seguida
se arrepintió, o tuvo miedo de la cólera de su padre el sol, y regó por el mundo los
pedacitos de su hermano asesinado.
De los dientes del muerto, brotó entonces el maíz; y la yuca de las costillas y
los huesos. La sangre hizo fértiles las tierras y de la carne sembrada surgieron
árboles de fruta y sombra.
Así encuentran comida las mujeres y los hombres que nacen en estas costas,
donde no llueve nunca.
(53)

El maíz
Los dioses hicieron de barro a los primeros mayas-quichés. Poco duraron.
Eran blandos, sin fuerza; se desmoronaron antes de caminar.
Luego probaron con la madera. Los muñecos de palo hablaron y anduvieron,
pero eran secos: no tenían sangre ni sustancia, memoria ni rumbo. No sabían
hablar con los dioses, o no encontraban nada que decirles.
Entonces los dioses hicieron de maíz a las madres y a los padres. Con maíz
amarillo y maíz blanco amasaron su carne.
Las mujeres y los hombres de maíz veían tanto como los dioses. Su mirada se
extendía sobre el mundo entero.
Los dioses echaron un vaho y les dejaron los ojos nublados para siempre,
porque no querían que las personas vieran más allá del horizonte.

34

(188)

El tabaco
Los indios carirí habían suplicado al Abuelo que les dejara probar la carne de
los cerdos salvajes, que todavía no existían. El Abuelo, arquitecto del Universo,
secuestró a los niños pequeños del pueblo carirí y los convirtió en cerdos salvajes.
Hizo nacer un gran árbol para que huyeran hacia el cielo.
Los indios persiguieron a los jabalíes, tronco arriba, de rama en rama, y
consiguieron matar a unos cuantos. El Abuelo ordenó a las hormigas que derribaran
el árbol. Al caer, los indios se rompieron los huesos. Desde aquella caída, todos
tenemos los huesos partidos, y por eso podemos doblar los dedos y las piernas o
inclinar el cuerpo.
Con los cerdos salvajes muertos, se hizo en la aldea un gran banquete.
Los indios rogaron al Abuelo que bajara del cielo, donde cuidaba a los niños
salvados de la cacería, pero él prefirió quedarse allá.
El Abuelo envió el tabaco, para que ocupara su lugar entre los hombres.
Fumando, los indios conversan con Dios.
(111)

La yerba mate
La luna se moría de ganas de pisar la tierra. Quería probar las frutas y
bañarse en algún río.
Gracias a las nubes, pudo bajar. Desde la puesta del sol hasta el alba, las
nubes cubrieron el cielo para que nadie advirtiera que la luna faltaba.
Fue una maravilla la noche en la tierra. La luna paseó por la selva del alto
Paraná, conoció misteriosos aromas y sabores y nadó largamente en el río. Un viejo
labrador la salvó dos veces. Cuando el jaguar iba a clavar sus dientes en el cuello
de la luna, el viejo degolló a la fiera con su cuchillo; y cuando la luna tuvo hambre,
la llevó a su casa. «Te ofrecemos nuestra pobreza», dijo la mujer del labrador, y le
dio unas tortillas de maíz.
A la noche siguiente, desde el cielo, la luna se asomó a la casa de sus amigos.
El viejo labrador había construido su choza en un claro de la selva, muy lejos de las
aldeas. Allí vivía, como en un exilio, con su mujer y su hija.
La luna descubrió que en aquella casa no quedaba nada que comer. Para ella
habían sido las últimas tortillas de maíz. Entonces iluminó el lugar con la mejor de
sus luces y pidió a las nubes que dejasen caer, alrededor de la choza, una llovizna
muy especial.
Al amanecer, en esa tierra habían brotado unos árboles desconocidos. Entre el
verde oscuro de las hojas, asomaban las flores blancas.
Jamás murió la hija del viejo labrador. Ella es la dueña de la yerba mate y
anda por el mundo ofreciéndola a los demás. La yerba mate despierta a los

35

dormidos, corrige a los haraganes y hace hermanas a las gentes que no se
conocen.
(86 y 144)

La yuca
Ningún hombre la había tocado, pero un niño creció en el vientre de la hija del
jefe.

Lo llamaron Mani. Pocos días después de nacer, ya corría y conversaba. Desde
los más remotos rincones de la selva, venían a conocer al prodigioso Mani.
No sufrió ninguna enfermedad, pero al cumplir un año dijo: «Me voy a morir»;
y murió.
Pasó un tiempito y una planta jamás vista brotó en la sepultura de Mani, que
la madre regaba cada mañana. La planta creció, floreció, dio frutos. Los pájaros
que la picoteaban andaban luego a los tumbos por el aire, aleteando en espirales
locas y cantando como nunca.
Un día la tierra se abrió donde Mani yacía.
El jefe hundió la mano y arrancó una raíz grande y carnosa. La ralló con una
piedra, hizo una pasta, la exprimió y al amor del fuego coció pan para todos.
Nombraron mani oca a esa raíz, «casa de Mani», y mandioca es el nombre
que tiene la yuca en la cuenca amazónica y otros lugares.
(174)

La papa
Un cacique de la isla de Chiloé, lugar poblado de gaviotas, quería hacer el
amor como los dioses.
Cuando las parejas de dioses se abrazaban, temblaba la tierra y se desataban
los maremotos. Eso se sabía, pero nadie los había visto.
Dispuesto a sorprenderlos, el cacique nadó hasta la isla prohibida.
Solamente alcanzó a ver a un lagarto gigante, con la boca bien abierta y llena
de espuma y una lengua desmesurada que desprendía fuego por la punta.
Los dioses hundieron al indiscreto bajo tierra y lo condenaron a ser comido
por los demás. En castigo de su curiosidad, le cubrieron el cuerpo de ojos ciegos.
(178)

La cocina

36

Una mujer del pueblo de los tillamook encontró, en medio del bosque, una
cabaña que echaba humo. Se acercó, curiosa, y entró. Al centro, entre piedras,
ardía el fuego.
Del techo colgaban muchos salmones. Uno le cayó sobre la cabeza. La mujer
lo recogió y lo colgó en su sitio. Nuevamente el pez se desprendió y le golpeó la
cabeza y ella volvió a colgarlo y el salmón a caerse.
La mujer arrojó al fuego las raíces que había recogido para comer. El fuego
las quemó en un santiamén. Furiosa, ella golpeó la hoguera con el atizador, una y
otra vez, con tanta violencia que el fuego se estaba apagando cuando llegó el
dueño de casa y le detuvo el brazo.
El hombre misterioso reavivó las llamas, se sentó junto a la mujer y le
explicó:
—No has entendido.
Al golpear las llamas y dispersar las brasas, ella había estado a punto de dejar
ciego al fuego, y ése era un castigo que no merecía. El fuego se había comido las
raíces porque creyó que la mujer se las estaba ofreciendo. Y antes, había sido el
fuego quien había desprendido al salmón una y otra vez sobre la cabeza de la
mujer, pero no para lastimarla: ésa había sido su manera de decirle que podía
cocinar el salmón.
—¿Cocinarlo? ¿Qué es eso?
Entonces el dueño de casa enseñó a la mujer a conversar con el fuego, a
dorar el pez sobre las brasas y a comer disfrutando.
(114)

La música
Mientras el espíritu Bopé-joku silbaba una melodía, el maíz se alzaba desde la
tierra, imparable, luminoso, y ofrecía mazorcas gigantes, hinchadas de granos.
Una mujer estaba recogiéndolas de mala manera. Al arrancar brutalmente
una mazorca, la lastimó. La mazorca se vengó hiriéndole la mano. La mujer insultó
a Bopé-joku y maldijo su silbido.
Cuando Bopé-joku cerró sus labios, el maíz se marchitó y se secó.
Nunca más se escucharon los alegres silbidos que hacían brotar los maizales y
les daban vigor y hermosura. Desde entonces, los indios bororos cultivan el maíz
con pena y trabajo y cosechan frutos mezquinos.
Silbando se expresan los espíritus. Cuando los astros aparecen en la noche,
los espíritus los saludan así. Cada estrella responde a un sonido, que es su nombre.
(112)

La muerte
El primero de los indios modoc, Kumokums, construyó una aldea a orillas del
río. Aunque los osos tenían buen sitio para acurrucarse y dormir, los ciervos se
quejaban de que hacía mucho frío y no había hierba abundante.

37

Kumokums alzó otra aldea lejos de allí y decidió pasar la mitad del año en
cada una. Por eso partió el año en dos, seis lunas de verano y seis de invierno, y la
luna que sobraba quedó destinada a las mudanzas.
De lo más feliz resultó la vida, alternada entre las dos aldeas, y se
multiplicaron asombrosamente los nacimientos; pero los que morían se negaban a
irse, y tan numerosa se hizo la población que ya no había manera de alimentarla.
Kumokums decidió, entonces, echar a los muertos. Él sabía que el jefe del
país de los muertos era un gran hombre y que no maltrataba a nadie.
Poco después, murió la hijita de Kumokums. Murió y se fue del país de los
modoc, tal como su padre había ordenado.
Desesperado, Kumokums consultó al puercoespín.
—Tú lo decidiste —opinó el puercoespín— y ahora debes sufrirlo como
cualquiera.
Pero Kumokums viajó hacia el lejano país de los muertos y reclamó a su hija.
—Ahora tu hija es mi hija —dijo el gran esqueleto que mandaba allí—. Ella no
tiene carne ni sangre. ¿Qué puede hacer ella en tu país?
—Yo la quiero como sea —dijo Kumokums.
Largo rato meditó el jefe del país de los muertos.
—Llévatela —admitió. Y advirtió:
—Ella caminará detrás de ti. Al acercarse al país de los vivos, la carne volverá
a cubrir sus huesos. Pero tú no podrás darte vuelta hasta que hayas llegado. ¿Me
entiendes? Te doy esta oportunidad.
Kumokums emprendió la marcha. La hija caminaba a sus espaldas.
Cuatro veces le tocó la mano, cada vez más carnosa y cálida, y no miró hacia
atrás. Pero cuando ya asomaban, en el horizonte, los verdes bosques, no aguantó
las ganas y volvió la cabeza. Un puñado de huesos se derrumbó ante sus ojos.
(132)

La resurrección
A los cinco días, era costumbre, los muertos regresaban al Perú. Bebían un
vaso de chicha y decían:
—Ahora, soy eterno.
Había demasiada gente en el mundo. Se sembraba hasta en el fondo de los
precipicios y al borde de los abismos, pero no alcanzaba para todos la comida.
Entonces murió un hombre en Huarochirí.
Toda la comunidad se reunió, al quinto día, para recibirlo. Lo esperaron desde
la mañana hasta muy entrada la noche. Se enfriaron los platos humeantes y el
sueño fue cerrando los párpados. El muerto no llegó.
Apareció al día siguiente. Estaban todos hechos una furia. La que más hervía
de indignación era la mujer, que le gritó:
—¡Haragán! ¡Siempre el mismo haragán! ¡Todos los muertos son puntuales
menos tú!
El resucitado balbuceó alguna disculpa, pero la mujer le arrojó una mazorca a
la cabeza y lo dejó tendido en el piso.
El ánima se fue del cuerpo y huyó volando, mosca veloz y zumbadora, para
nunca más volver.
Desde esa vez, ningún muerto ha regresado a mezclarse con los vivos y
disputarles la comida.

38

(14)

La magia
Una vieja muy vieja, del pueblo de los tukuna, castigó a las muchachas que le
habían negado comida. Durante la noche, les arrebató los huesos de las piernas y
les devoró la médula. Nunca más las muchachas pudieron caminar.
Allá en la infancia, a poco de nacer, la vieja había recibido de una rana los
poderes del alivio y la venganza. La rana le había enseñado a curar y a matar, a
escuchar las voces que no se oyen y a ver los colores que no se miran. Aprendió a
defenderse antes de aprender a hablar. No caminaba todavía y ya sabía estar
donde no estaba, porque los rayos del amor y del odio atraviesan de un salto las
más espesas selvas y los ríos más hondos.
Cuando los tukuna le cortaron la cabeza, la vieja recogió en las manos su
propia sangre y la sopló hacia el sol.
—¡El alma también entra en ti! —gritó.
Desde entonces, el que mata recibe en el cuerpo, aunque no quiera ni sepa, el
alma de su víctima.
(112)

La risa
El murciélago, colgado de la rama por los pies, vio que un guerrero kayapó se
inclinaba sobre el manantial. Quiso ser su amigo.
Se dejó caer sobre el guerrero y lo abrazó. Como no conocía el idioma de los
kayapó, le habló con las manos. Las caricias del murciélago arrancaron al hombre la
primera carcajada. Cuanto más se reía, más débil se sentía. Tanto se rió, que al fin
perdió todas sus fuerzas y cayó desmayado.
Cuando se supo en la aldea, hubo furia. Los guerreros quemaron un montón
de hojas secas en la gruta de los murciélagos y cerraron la entrada.
Después, discutieron. Los guerreros resolvieron que la risa fuera usada
solamente por las mujeres y los niños.
(111)

El miedo
Esos cuerpos nunca vistos los llamaban, pero los hombres nivakle no se
atrevían a entrar. Habían visto comer a las mujeres: ellas tragaban la carne de los
peces con la boca de arriba, pero antes la mascaban con la boca de abajo. Entre las
piernas, tenían dientes.

39

Entonces los hombres encendieron hogueras, llamaron a la música y cantaron
y danzaron para las mujeres.
Ellas se sentaron alrededor, con las piernas cruzadas.
Los hombres bailaron durante toda la noche. Ondularon, giraron y volaron
como el humo y los pájaros.
Cuando llegó el amanecer, cayeron desvanecidos. Las mujeres los alzaron
suavemente y les dieron agua de beber.
Donde ellas habían estado sentadas, quedó la tierra toda regada de dientes.
(192)

La autoridad
En épocas remotas, las mujeres se sentaban en la proa de la canoa y los
hombres en la popa. Eran las mujeres quienes cazaban y pescaban. Ellas salían de
las aldeas y volvían cuando podían o querían. Los hombres montaban las chozas,
preparaban la comida, mantenían encendidas las fogatas contra el frío, cuidaban a
los hijos y curtían las pieles de abrigo.
Así era la vida entre los indios onas y los yaganes, en la Tierra del Fuego,
hasta que un día los hombres mataron a todas las mujeres y se pusieron las
máscaras que las mujeres habían inventado para darles terror.
Solamente las niñas recién nacidas se salvaron del exterminio. Mientras ellas
crecían, los asesinos les decían y les repetían que servir a los hombres era su
destino. Ellas lo creyeron. También lo creyeron sus hijas y las hijas de sus hijas.
(91 y 178)

El poder
En las tierras donde nace el río Juruá, el Mezquino era el dueño del maíz.
Entregaba asados los granos, para que nadie pudiera sembrarlos.
Fue la lagartija quien pudo robarle un grano crudo. El Mezquino la atrapó y le
desgarró la boca y los dedos de las manos y de los pies; pero ella había sabido
esconder el granito detrás de la última muela. Después, la lagartija escupió el
grano crudo en la tierra de todos. Las desgarraduras le dejaron esa boca enorme y
esos dedos larguísimos.
El Mezquino era también dueño del fuego. El loro se le acercó y se puso a
llorar a grito pelado. El Mezquino le arrojaba cuanta cosa tenía a mano y el lorito
esquivaba los proyectiles, hasta que vio venir un tizón encendido. Entonces aferró
el tizón con su pico, que era enorme como pico de tucán, y huyó por los aires. Voló
perseguido por una estela de chispas. La brasa, avivada por el viento, le iba
quemando el pico; pero ya había llegado al bosque cuando el Mezquino batió su
tambor y desencadenó un diluvio.
El loro alcanzó a poner el tizón candente en el hueco de un árbol, lo dejó al
cuidado de los demás pájaros y salió a mojarse bajo la lluvia violenta. El agua le

40

alivió los ardores. En su pico, que quedó corto y curvo, se ve la huella blanca de la
quemadura. Los pájaros protegieron con sus cuerpos el fuego robado.
(59)

La guerra
Al amanecer, el llamado del cuerno anunció, desde la montaña, que era la
hora de los arcos y las cerbatanas.
A la caída de la noche, de la aldea no quedaba más que humo.
Un hombre pudo tumbarse, inmóvil, entre los muertos. Untó su cuerpo con
sangre y esperó. Fue el único sobreviviente del pueblo palawiyang.
Cuando los enemigos se retiraron, ese hombre se levantó. Contempló su
mundo arrasado. Caminó por entre la gente que había compartido con él el hambre
y la comida. Buscó en vano alguna persona o cosa que no hubiera sido aniquilada.
Ese espantoso silenció lo aturdía. Lo mareaba el olor del incendio y la sangre.
Sintió asco de estar vivo y volvió a echarse entre los suyos.
Con las primeras luces, llegaron los buitres. En ese hombre sólo había niebla y
ganas de dormir y dejarse devorar.
Pero la hija del cóndor se abrió paso entre los pajarracos que volaban en
círculos. Batió recia las alas y se lanzó en picada.
Él se agarró a sus patas y la hija del cóndor lo llevó lejos.
(51)

La fiesta
Andaba un esquimal, arco en mano, persiguiendo renos, cuando un águila lo
sorprendió por la espalda.
—Yo maté a tus dos hermanos —dijo el águila—. Si quieres salvarte, debes
ofrecer una fiesta, allá en tu aldea, para que todos canten y bailen.
—¿Una fiesta? ¿Qué significa cantar? Y bailar, ¿qué es?
—Ven conmigo.
El águila le mostró una fiesta. Había mucho y bueno de comer y de beber. El
tambor retumbaba tan fuerte como el corazón de la vieja madre del águila, que
latiendo guiaba a sus hijos, desde su casa, a través de los vastos hielos y las
montañas. Los lobos, los zorros y los demás invitados danzaron y cantaron hasta la
salida del sol.
El cazador regresó a su pueblo.
Mucho tiempo después, supo que la vieja madre del águila y todos los viejos
del mundo de las águilas estaban fuertes y bellos y veloces. Los seres humanos,
que por fin habían aprendido a cantar y a bailar, les habían enviado, desde lejos,
desde sus fiestas, alegrías que daban calor a la sangre.
(174)

41

La conciencia
Cuando bajaban las aguas del Orinoco, las piraguas traían a los caribes con
sus hachas de guerra.
Nadie podía con los hijos del jaguar. Arrasaban las aldeas y hacían flautas con
los huesos de sus víctimas.
A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de
sus propios corazones.
Él los esperaba, escondido tras los troncos. Él les rompía los puentes y les
colocaba al paso las lianas enredadas que los hacían tropezar. Viajaba de noche;
para despistarlos, pisaba al revés. Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el
fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de
la araña. Él los derribaba soplando, les metía la fiebre por la oreja y les robaba la
sombra.
No era el dolor, pero dolía. No era la muerte, pero mataba. Se llamaba
Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos.
(51)

La ciudad sagrada
Wiracocha, que había ahuyentado las tinieblas, ordenó al sol que enviara una
hija y un hijo a la tierra, para iluminar a los ciegos el camino.
Los hijos del sol llegaron a las orillas del lago Titicaca y emprendieron viaje
por las quebradas de la cordillera. Traían un bastón. En el lugar donde se hundiera
al primer golpe, fundarían el nuevo reino. Desde el trono, actuarían como su padre,
que da la luz, la claridad y el calor, derrama lluvia y rocío, empuja las cosechas,
multiplica las manadas y no deja pasar día sin visitar el mundo.
Por todas partes intentaron clavar el bastón de oro. La tierra lo rebotaba y
ellos seguían buscando.
Escalaron cumbres y atravesaron correntadas y mesetas. Todo lo que sus pies
tocaban, se iba transformando: hacían fecundas las tierras áridas, secaban los
pantanos y devolvían los ríos a sus cauces. Al alba, los escoltaban las ocas, y los
cóndores al atardecer.
Por fin, junto al monte Wanakauri, los hijos del sol hundieron el bastón.
Cuando la tierra lo tragó, un arcoiris se alzó en el cielo.
Entonces el primero de los incas dijo a su hermana y mujer:
—Convoquemos a la gente.
Entre la cordillera y la puna, estaba el valle cubierto de matorrales. Nadie
tenía casa. Las gentes vivían en agujeros y al abrigo de las rocas, comiendo raíces,
y no sabían tejer el algodón ni la lana para defenderse del frío.
Todos los siguieron. Todos les creyeron. Por los fulgores de las palabras y los
ojos, todos supieron que los hijos del sol no estaban mintiendo, y los acompañaron
hacia el lugar donde los esperaba, todavía no nacida, la gran ciudad del Cuzco.

42

(76)

Los peregrinos
Los mayas-quichés vinieron desde el oriente.
Cuando recién llegaron a las nuevas tierras, con sus dioses cargados a la
espalda, tuvieron miedo de que no hubiera amanecer. Ellos habían dejado la alegría
allá en Tulán y habían quedado sin aliento al cabo de la larga y penosa travesía.
Esperaron al borde del bosque de Izmachí, quietos, todos reunidos, sin que nadie
se sentara ni se echara a descansar. Pero pasaba el tiempo y no acababa la
negrura.
El lucero anunciador apareció, por fin, en el cielo.
Los quichés se abrazaron y bailaron; y después, dice el libro sagrado, el sol se
alzó como un hombre.
Desde esa vez, los quichés acuden, al fin de cada noche, a recibir al lucero del
alba y a ver el nacimiento del sol. Cuando el sol está a punto de asomar, dicen:
—De allá venimos.
(188)

La tierra prometida
Maldormidos, desnudos, lastimados, caminaron noche y día durante más de
dos siglos. Iban buscando el lugar donde la tierra se tiende entre cañas y juncias.
Varias veces se perdieron, se dispersaron y volvieron a juntarse. Fueron
volteados por los vientos y se arrastraron atándose los unos a los otros,
golpeándose, empujándose; cayeron de hambre y se levantaron y nuevamente
cayeron y se levantaron. En la región de los volcanes, donde no crece la hierba,
comieron carne de reptiles.
Traían la bandera y la capa del dios que había hablado a los sacerdotes,
durante el sueño, y había prometido un reino de oro y plumas de quetzal:
Sujetaréis de mar a mar a todos los pueblos y ciudades, había anunciado el dios, y
no será por hechizo, sino por ánimo del corazón y valentía de los brazos.
Cuando se asomaron a la laguna luminosa, bajo el sol del mediodía, los
aztecas lloraron por primera vez. Allí estaba la pequeña isla de barro: sobre el
nopal, más alto que los juncos y las pajas bravas, extendía el águila sus alas.
Al verlos llegar, el águila humilló la cabeza. Estos parias, apiñados en la orilla
de la laguna, mugrientos, temblorosos, eran los elegidos, los que en tiempos
remotos habían nacido de las bocas de los dioses.
Huitzilopochtli les dio la bienvenida:
—Éste es el lugar de nuestro descanso y nuestra grandeza —resonó la voz—.
Mando que se llame Tenochtitlán la ciudad que será reina y señora de todas las
demás. ¡México es aquí!
(60 y 210)

43

Los peligros
El que hizo al sol y a la luna avisó a los taínos que se cuidaran de los muertos.
Durante el día los muertos se escondían y comían guayaba, pero por las
noches salían a pasear y desafiaban a los vivos. Los muertos ofrecían combates y
las muertas, amores. En la pelea, se esfumaban cuando querían; y en lo mejor del
amor quedaba el amante sin nada entre los brazos. Antes de aceptar la lucha
contra un hombre o de echarse junto a una mujer, era preciso rozarle el vientre con
la mano, porque los muertos no tienen ombligo.
El dueño del cielo también avisó a los taínos que mucho más se cuidaran de la
gente vestida.
El jefe Cáicihu ayunó una semana y fue digno de su voz: Breve será el goce
de la vida, anunció el invisible, el que tiene madre pero no tiene principio: Los
hombres vestidos llegarán, dominarán y matarán.
(168)

La telaraña
Bebeagua, sacerdote de los sioux, soñó que seres jamás vistos tejían una
inmensa telaraña alrededor de su pueblo. Despertó sabiendo que así sería, y dijo a
los suyos: Cuando esa extraña raza termine su telaraña, nos encerrarán en casas
grises y cuadradas, sobre tierra estéril, y en esas casas moriremos de hambre.
(152)

El profeta
Echado en la estera, boca arriba, el sacerdote-jaguar de Yucatán escuchó el
mensaje de los dioses. Ellos le hablaron a través del tejado, montados a horcajadas
sobre su casa, en un idioma que nadie más entendía.
Chilam Balam, el que era boca de los dioses, recordó lo que todavía no había
ocurrido:
—Dispersados serán por el mundo las mujeres que cantan y los hombres que
cantan y todos los que cantan... Nadie se librará, nadie se salvará... Mucha miseria
habrá en los años del imperio de la codicia. Los hombres, esclavos han de hacerse.
Triste estará el rostro del sol... Se despoblará el mundo, se hará pequeño y
humillado...
(25)

44

Viejo Nuevo Mundo

45

1492
La mar océana

La ruta del sol hacia las Indias
Están los aires dulces y suaves, como en la primavera de Sevilla, y parece la
mar un río Guadalquivir, pero no bien sube la marea se marean y vomitan,
apiñados en los castillos de proa, los hombres que surcan, en tres barquitos
remendados, la mar incógnita. Mar sin marco. Hombres, gotitas al viento. ¿Y si no
los amara la mar? Baja la noche sobre las carabelas. ¿Adonde los arrojará el
viento? Salta a bordo un dorado, que venía persiguiendo a un pez volador, y se
multiplica el pánico. No siente la marinería el sabroso aroma de la mar un poco
picada, ni escucha la algarabía de las gaviotas y los alcatraces que vienen desde el
poniente. En el horizonte, ¿empieza el abismo? En el horizonte, ¿se acaba la mar?
Ojos afiebrados de marineros curtidos en mil viajes, ardientes ojos de presos
arrancados de las cárceles andaluzas y embarcados a la fuerza: no ven los ojos
esos reflejos anunciadores de oro y plata en la espuma de las olas, ni los pájaros de
campo y río que vuelan sin cesar sobre las naves, ni los juncos verdes y las ramas
forradas de caracoles que derivan atravesando los sargazos. Al fondo del abismo,
¿arde el infierno? ¿A qué fauces arrojarán los vientos alisios a estos hombrecitos?
Ellos miran las estrellas, buscando a Dios, pero el cielo es tan inescrutable como
esta mar jamás navegada. Escuchan que ruge la mar, la mare, madre mar, ronca
voz que contesta al viento frases de condenación eterna, tambores del misterio
resonando desde las profundidades: se persignan y quieren rezar y balbucean:
«Esta noche nos caemos del mundo, esta noche nos caemos del mundo.»
(49)

1492
Guanahaní

Colón
Cae de rodillas, llora, besa el suelo. Avanza, tambaleándose porque lleva más
de un mes durmiendo poco o nada, y a golpes de espada derriba unos ramajes.
Después, alza el estandarte. Hincado, ojos al cielo, pronuncia tres veces los
nombres de Isabel y Fernando. A su lado, el escribano Rodrigo de Escobedo,
hombre de letra lenta, levanta el acta.
Todo pertenece, desde hoy, a esos reyes lejanos: el mar de corales, las
arenas, las rocas verdísimas de musgo, los bosques, los papagayos y estos
hombres de piel de laurel que no conocen todavía la ropa, la culpa ni el dinero y
que contemplan, aturdidos, la escena.
Luis de Torres traduce al hebreo las preguntas de Cristóbal Colón:
—¿Conocéis vosotros el Reino del Gran Kahn? ¿De dónde viene el oro que
lleváis colgado de las narices y las orejas?
Los hombres desnudos lo miran, boquiabiertos, y el intérprete prueba suerte
con el idioma caldeo, que algo conoce:
—¿Oro? ¿Templos? ¿Palacios? ¿Rey de reyes? ¿Oro?
Y luego intenta la lengua arábiga, lo poco que sabe:

46

—¿Japón? ¿China? ¿Oro?
El intérprete se disculpa ante Colón en la lengua de Castilla. Colón maldice en
genovés, y arroja al suelo sus cartas credenciales, escritas en latín y dirigidas al
Gran Kahn. Los hombres desnudos asisten a la cólera del forastero de pelo rojo y
piel cruda, que viste capa de terciopelo y ropas de mucho lucimiento.
Pronto se correrá la voz por las islas:
—¡Vengan a ver a los hombres que llegaron del cielo! ¡Tráiganles de comer y
de beber!
(49)

1493
Barcelona

Día de gloria
Lo anuncian las trompetas de los heraldos. Se echan al vuelo las campanas y
los tambores redoblan alegrías.
El Almirante, recién vuelto de las Indias, sube la escalera de piedra y avanza
sobre el tapiz carmesí, entre los relumbres de seda de la corte que lo aplaude. El
hombre que ha realizado las profecías de los santos y los sabios llega al estrado, se
hinca y besa las manos de la reina y el rey.
Desde atrás, irrumpen los trofeos. Centellean sobre las bandejas las piezas de
oro que Colón cambió por espejitos y bonetes colorados en los remotos jardines
recién brotados de la mar.
Sobre ramajes y hojarascas, desfilan las pieles de lagartos y serpientes; y
detrás entran, temblando, llorando, los seres jamás vistos. Son los pocos que
todavía sobreviven al resfrío, al sarampión y al asco por la comida y por el mal olor
de los cristianos. No vienen desnudos, como estaban cuando se acercaron a las tres
carabelas y fueron atrapados. Han sido recién cubiertos por calzones, camisolas y
unos cuantos papagayos que les han puesto en las manos y sobre las cabezas y los
hombros. Los papagayos, desplumados por los malos vientos del viaje, parecen tan
moribundos como los hombres. De las mujeres y los niños capturados, no ha
quedado ni uno.
Se escuchan malos murmullos en el salón. El oro es poco y por ningún lado se
ve pimienta negra, ni nuez moscada, ni clavo, ni jengibre; y Colón no ha traído
sirenas barbudas ni hombres con rabo, de esos que tienen un solo ojo y un único
pie, tan grande el pie que alzándolo se protegen de los soles violentos.
(44)

1493
Roma

El testamento de Adán

47

En la penumbra del Vaticano, fragante de perfumes de Oriente, el papa dicta
una nueva bula.
Hace poco tiempo que Rodrigo Borgia, valenciano del pueblo de Xátiva, se
llama Alejandro VI. No ha pasado todavía un año desde el día en que compró al
contado los siete votos que le faltaban en el Sacro Colegio y pudo cambiar la
púrpura del cardenal por el capuchón de armiño del Sumo Pontífice.
Más horas dedica Alejandro VI a calcular el precio de las indulgencias que a
meditar el misterio de la Santísima Trinidad. Nadie ignora que prefiere las misas
muy breves, salvo las que en su cámara privada celebra, enmascarado, el bufón
Gabriellino, y todo el mundo sabe que el nuevo papa es capaz de desviar la
procesión del Corpus para que pase bajo el balcón de una mujer hermosa.
También es capaz de cortar el mundo como si fuera un pollo: alza la mano y
traza una frontera, de cabo a rabo del planeta, a través de la mar incógnita. El
apoderado de Dios concede a perpetuidad todo lo que se haya descubierto o se
descubra, al oeste de esa línea, a Isabel de Castilla y Fernando de Aragón y a sus
herederos en el trono español. Les encomienda que a las islas y tierras firmes
halladas o por hallar envíen hombres buenos, temerosos de Dios, doctos, sabios y
expertos, para que instruyan a los naturales en la fe católica y les enseñen buenas
costumbres. A la corona portuguesa pertenecerá lo que se descubra al este.
Angustia y euforia de las velas desplegadas: ya Colón está preparando, en
Andalucía, su segundo viaje hacia los parajes donde el oro crece en racimos en las
viñas y las piedras preciosas aguardan en los cráneos de los dragones.
(180)

1493
Huexotzingo

¿Dónde está lo verdadero, lo que tiene raíz?
Ésta es la ciudad de la música, no de la guerra: Huexotzingo, en el valle de
Tlaxcala. Dos por tres, los aztecas la asaltan, la lastiman, le arrancan prisioneros
para sacrificar ante sus dioses.
Tecayehuatzin, rey de Huexotzingo, ha reunido esta tarde a los poetas de
otras comarcas.
En los jardines del palacio, conversan los poetas sobre las flores y los cantos
que desde el interior del cielo vienen a la tierra, región del momento fugaz, y que
sólo perduran allá en la casa del Dador de la vida. Conversan y dudan los poetas:
¿Son acaso verdaderos los hombres?
¿Será mañana todavía verdadero
nuestro canto?
Se suceden las voces. Cuando cae la noche, el rey de Huexotzingo agradece y
dice adiós:
Sabemos que son verdaderos
los corazones de nuestros amigos.
(108)

48

1493
Pasto

Todos son contribuyentes
Hasta estas remotas alturas, muy al norte, llega el recaudador del imperio de
los incas.
Los indios quillacingas no tienen nada para dar, pero en este vasto reino
todas las comunidades pagan tributos, en especies o en tiempo de trabajo. Nadie
puede, por lejos que esté y pobre que sea, olvidar quién manda.
Al pie del volcán, el jefe de los quillacingas se adelanta y pone un cartucho de
bambú en manos del enviado del Cuzco. El cartucho está lleno de piojos vivos.
(53 y 150)

1493
Isla de Santa Cruz

Una experiencia de Miquele de Cuneo, natural de Savona
La sombra de los velámenes se alarga sobre la mar. La atraviesan sargazos y
medusas que derivan, empujados por las olas, hacia la costa.
Desde el castillo de popa de una de las carabelas, Colón contempla las
blancas playas donde ha plantado, una vez más, la cruz y la horca. Éste es su
segundo viaje. Cuánto durará, no sabe; pero su corazón le dice que todo saldrá
bien, ¿y cómo no va a creerle el Almirante? ¿Acaso él no tiene por costumbre medir
la velocidad de los navíos con la mano contra el pecho, contando los latidos?
Bajo la cubierta de otra carabela, en el camarote del capitán, una muchacha
muestra los clientes. Miquele de Cuneo le busca los pechos, y ella lo araña y lo
patea y aúlla. Miquele la recibió hace un rato. Es un regalo de Colón.
La azota con una soga. La golpea duro en la cabeza y en el vientre y en las
piernas. Los alaridos se hacen quejidos; los quejidos, gemidos. Por fin, sólo se
escucha el ir y venir de las gaviotas y el crujir de la madera que se mece. De vez
en cuando una llovizna de olas entra por el ojo de buey.
Miquele se echa sobre el cuerpo ensangrentado y se remueve, jadea,
forcejea. El aire huele a brea, a salitre, a sudor. Y entonces la muchacha, que
parecía desmayada o muerta, clava súbitamente las uñas en la espalda de Miquele,
se anuda a sus piernas y lo hace rodar en un abrazo feroz.
Mucho después, cuando Miquele despierta, no sabe dónde está ni qué ha
ocurrido. Se desprende de ella, lívido, y la aparta de un empujón.
Tambaleándose, sube a cubierta. Aspira hondo la brisa del mar, con la boca
abierta. Y dice en voz alta, como comprobando:
—Estas indias son todas putas.
(181)

49


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