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191975755 Sopa de Pollo Para El Alma de La Mujer .pdf



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"¡Qué manjar! Tómense un respiro a fin de leer
algunos de los relatos incluidos en Sopa de Pollo para el
Alma de la Mujer, y tendrán una jornada más llena de
amor y alegría."
Gladys Knight
Cantante y animadora
"¡Por fin una Sopa de Pollo para mujeres! Tocó todos
mis resortes emocionales: reí, lloré, me sentí inspirada.
¡Gracias por haber llegado a mi alma femenina!"
Olivia NewtonJohn Animadora
"Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer es una
fabulosa

recopilación

de

relatos

inspiradores.

¡Qué

magnífica manera de conectarse con las demás mujeres!
¡Sin

duda

alguna,

este

libro

abrirá

tu

corazón

y

reanimará tu espíritu!"
Atine W. Richards Ex gobernadora
del estado de Texas
"Como mujeres, estamos habituadas a entregar a otros
nuestro corazón y nuestra alma. Sopa de Pollo para el
Alma de la Mujer nos restituirá el amor, la alegría y la
inspiración que hemos volcado en los demás, y nos
ayudará a celebrar nuestro mágico espíritu femenino."
Barbara DeAngelis Autora
de Momentos reales
"Una no se encuentra muy a menudo con un libro que
la entretenga, la eleve y la conmueva hasta las lágrimas.
Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer es uno de esos
libros. Lo recomiendo calurosamente."
Susan Jeffers
Autora de Siente temor pero hazlo igual
y de Deja de luchar y danza con la vida
"Esta edición especial de la serie de Sopa de Pollo,
dedicada a la mujer, me conmovió particularmente. ¡Por
favor, sigan con la serie, ya que en mis numerosas horas
de vuelo he llegado a depender muchísimo de estos
libros!"
Daisy Fuentes Actriz, modelo,
representante
"Estos

relatos

nos

recuerdan

qué

implica

verdaderamente ser una mujer, joven o no, en el
complejo

mundo

personal,

la

actual...

autoestima

y
y

cuánto
el

hecho

valen
de

el

coraje

contar

con

mentores que nos inspiren para que podamos concretar
nuestros sueños. Cualquier mujer que trabaje debería
hacerse unos minutos al día para leer estas historias. La
renovarán,

la

vigorizarán

y

aportarán

el

necesario

equilibrio a su jornada."
Leslie Smith
Directora ejecutiva de la Asociación Nacional
para la Fundación de Mujeres Ejecutivas
"Este plato de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer
tiene la virtud de modificar la tan común frialdad del
corazón humano."
Margareta Arvidsson
Cederroth Ex Miss
Universo
"Esta hermosa colección de relatos proclama la riqueza
de la trama de experiencias que teje la vida de una
mujer. Son historias refrescantes y esclarecedoras. Nos
ayudan a tener mayor conciencia de nosotras mismas y a
ver con más lucidez las cosas simples que dan sentido a
nuestra vida."
Ellen Green
Profesora de estudios clásicos, Universidad de Oklahoma
"La lectura de Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer
nos invita a reconectarnos con lo mejor de nuestra vida:
la fe, la esperanza, la caridad y el amor. Sírvanme dos
platos, por favor: juno para mí y el otro para una amiga!"
Susan B. Wilson
Autora de Tu corazón inteligente: notas para mujeres
que trabajan
y de Fijarse metas

SOPA DE POLLO
PARA EL ALMA
DE LA MUJER

Relatos que conmueven el
corazón y ponen fuego en
el espíritu de las mujeres
Jack Canfield Mark Víctor
Hansen Jennifer Read
Hawthorne Marci Shimoff

Health Communications,
Inc. Deerfield Beach,
Florida www.hci-online.com
Título original en inglés: Chicken Soup forthe
Woman's Soul Revisión: Leandro Wolfson
Composición: Elisabeth Marchal

www.hci-online.com Library of Congress
Cataloging-in-Publication Data
Chicken soup for the woman's soul. Spanish
Sopa de pollo para el alma de la mujer : relatos que
conmueven el corazón y ponen fuego en el espíritus de
las mujeres / [compiled by] Jack Canfield . . . [et al.], p.
cm. ISBN-13: 978-1-55874-519-3 ISBN-10: 1-55874519-X (trade pbk.)
1. Women—Conduct of life. I. Canfield, Jack. II.
Title. BJ1610.C52218 1997
158M2-dc21 97-35921
CIP

© 1997 John T. Canfield and Hansen and Hansen LLC
Todos los derechos reservados. Impreso en los Estados
Unidos de América. Ninguna parte de este libro se puede
reproducir,

almacenar

en

sistema

alguno

de

recuperación, o transmitir en ninguna forma, o por

ningún

medio

electrónico,

mecánico,

fotocopia,

grabación o cualquier otro, sin la autorización escrita del
editor.
HQ, its logos and marks are trademarks of Health
Communications, Inc
Editor: Health Communications, Inc.
3201 S.W. 15th Street
Deerfield Beach, FL 334428190
Diseño de tapa: Lawna Patterson Oldfield

Dedicamos este libro con todo nuestro amor a los
2.900 millones de mujeres estupendas que hay
actualmente en el mundo, en la esperanza de que
los relatos que él contiene lleguen a su corazón y
sean una fuente de inspiración para su alma.
También lo dedicamos a nuestros respectivos
padres, Ellen Taylor y Fred Angelis, Una y Paul
Hansen, Maureen y Brooks Read, y Louise y Marcus
Shimoff, quienes nos han concedido el extraordinario
don de la vida y el amor.

Indic
e
Agradecimientos
....................................................................................
xi
Introducción
.................................................................................
xvii

1.
La

SOBRE EL AMOR
gardenia

blanca

Marsha

Arons

....................................................................................
2
Palabras
del
corazón
Bobbie
Lippman
....................................................................................
5
Regalos
del
corazón
Sheryl
Nicholson
....................................................................................
8
La otra mujer David Tamil............................:
....................................................................12

El

toque

de

Ramona

Betty

Aboussk

Ellis

...................................................................................
16
Las
velas
eléctricas
Marsha
Arons
...................................................................................
19
Más
que
una
beca
Stephanie
Bullock
...................................................................................
24
No
puede
hacer
daño
Sandy
Ezrine
...................................................................................
27
Un
beso
de
buenas
noches
Phyllis
Volkens
...................................................................................
29
Regalos
Page
Lamben
...................................................................................
34
1.716
cartas
Louise
Shimoff
...................................................................................
38
El
ingrediente
secreto
de Marta
Reminisce
...................................................................................
41

2.

SOBRE LA ACTITUD Y LA AUTOESTIMA

Historia en dos ciudades

The Best of Bits & Pieces

...................................................................................
46
El
pirata
Marjorie
Wallé
...................................................................................
47
Entonces...
¿qué
cultivas?
Philip
Chard
...................................................................................
49

La

abuela

Ruby

Lynn

Robertson

...................................................................................
52
¿Problema
o
solución?
Edgar
Bledsoe
...................................................................................
54
Sólo
di
que

Tran
Capo
...................................................................................
56
Yo era el espantapájaros de sexto grado
Linda Jessup
...................................................................................
59

vil

3.SUPERANDO OBSTÁCULOS
Hemos recorrido un largo camino

Pat Bonney Shepherd

...................................................................................
66
Y se hizo justicia
The Best of Bits & Pieces
...................................................................................
72
Día sin cabello Alison Lamben con fennifer Rosenfeld
...................................................................................
74
Igual
a
ti
Carol
Price
...................................................................................
78
Pequeños
vagones
rojos
Patricia
Lorenz
...................................................................................
81
Cobrar
vuelo
Laurie
Waldron
...................................................................................
86
Lágrimas de felicidad
Joan Fountain con Carol Kline
...................................................................................
90

4.SOBRE EL MATRIMONIO
En

casa

para

siempre

Jean

Bole

...................................................................................
94
Un
puñado
de
esmeraldas
Rebecca
Christian
...................................................................................
99
Perdido
y
hallado
Elinor
Daily
Hall
..................................................................................
101
La
novia
del
abuelo
Elaine
Reese
..................................................................................
104
Todos los días de mi vida
Jeanne Marie Laskas
..................................................................................
107

5.SOBRE LA MATERNIDAD
Cambiará

tu

vida

Dale

Hanson

Bourke

..................................................................................
112
Mientras
te
miro
dormir
Diane
Loomans
..................................................................................
115

Escapar

Lois

Krueger

..................................................................................
118
Tomando un descanso
The Best of Bits & Pieces
..................................................................................
121
Día
de
graduación
Mary
Ann
Detzler
..................................................................................
122
Dar
el
don
de
la
vida
Patty
Hansen
..................................................................................
125
El Día de la Madre
Sharon Nicola Cramer
..................................................................................
127

ó. MOMENTOS ESPECIALES
Apurada

Gina

Barrett

Schlesinger

..................................................................................
132
Un
gran
acto
de
bondad
Donna
Wicfc
..................................................................................
134
El último frasco de mermelada
Andy Skidmore
..................................................................................
137
Un cuento de Navidad
Beverly M. Bartlett
..................................................................................
140
¿Quién
ganó?
Dan
Clark
..................................................................................
142
Las zapatillas de los Bush
Christine Harris-Amos
..................................................................................
143
Leve
como
una
pluma
Melody
Amett
..................................................................................
146
365
días
Rosemarie
Giessinger
..................................................................................
150
Manchas
de
diferente
color
Grazina
Smith
..................................................................................
154

INDICE ¡x

7.

VIVE TU SUEÑO

El viento bajo sus alas

Carol Kline con Jean Harper

..................................................................................
158
¿Qué
quieres
ser?
Reo.
Teri
Johnson
..................................................................................
162
Extender
las
alas
Sue
Augustine
..................................................................................
164
La
abuela
Moses
y
yo
Liah
Kraft-Kristaine
..................................................................................
168
'Todos estamos aquí para aprender"
Charles Slack
..................................................................................
170
Un
cuarto
propio
Liah
Kraft-Kristaine
..................................................................................
173
Encuentro con Betty Furness
Barbara Haines Howett
..................................................................................
177

8.

ENVEJECER

Las abuelas bailarinas
Beoerly Gemigniani con Carol
Kline
..................................................................................
184
Un romance de los de noventa para los de setenta Lilian
Dan
..................................................................................
187

9.

SABIDURÍA SUPERIOR

La piedra de la mujer sabia

The Best of Bits & Pieces

..................................................................................
192
Que así sea
K. Lynn Towse con Mary L. Towse
..................................................................................
193
No
estamos
solos
MaryL.Miller
..................................................................................
197
Milagro
en
Toronto
Sue
West
..................................................................................
200
Un
relato
de
guerra
Maureen
Read
..................................................................................
204
Conexión
Susan
B.
Wilson
..................................................................................
207
Amor
superior
Suzanne
Thomas
Lawlor
..................................................................................
210

Me pregunto por qué las cosas son como son
Cárter

Christy
Koski

..................................................................................
214

10.
Sobre

A TRAVÉS DE LAS GENERACIONES
dar

a

luz

Kay

Cordell

Whitaker

..................................................................................
218
Una muñeca para la bisabuela
Jacqueline Hickey
..................................................................................
220
Acompañándonos
a
casa
Rita
Bresnahan
..................................................................................
224
Cómo
se
hace
una
mujer
Doni
Tamblyn
..................................................................................
230
Tributo
a
papá
Debra
Halperin
Poneman
..................................................................................
233
Recuerdos
de
infancia
Sasha
Williams
..................................................................................
238
Hilos
que
atan
Ann
Seely
..................................................................................
241
Alabanza a las mujeres que hubo en mi camino
Rev. Melissa M. Bowers...........................................246
¿Más

sopa

de

pollo?

..................................................................................
249
En
apoyo
de
las
mujeres
del
mundo
..................................................................................
251
¿Quién
es
Jack
Canfield?
..................................................................................
252
¿Quién
es
Mark
Víctor
Hansen?
..................................................................................
253
¿Quién
es
Jennifer
Read
Háwthorne?
..................................................................................
254
¿Quién
es
Marci
Shimoff?
..................................................................................
256
Colaboradores
..................................................................................
258
Autorizaciones
..................................................................................
269

Agradecimient
os
Ha llevado más de un año escribir, compilar y
editar Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer. Ha
sido una verdadera tarea de amor para todos
nosotros. Una de las mayores alegrías que nos
deparó la preparación de este libro fue el hecho de
trabajar con personas que entregaron a este
proyecto no sólo su tiempo y atención, sino también
su corazón y su alma. Quisiéramos agradecer a las
siguientes
personas
su
dedicación
y
sus
colaboraciones, sin las cuales el libro nunca habría
salido a la luz:
A nuestras familias, que nos brindaron su amor y
apoyo a lo largo del proyecto, y que han sido ¡sopa
de pollo para nuestras almas!
A Dan Háwthorne, por haber creído siempre en
nosotros y en la importancia de este proyecto. Dan,
gracias por ayudarnos a mantener nuestra
perspectiva y a tomarnos a nosotros mismos sin
demasiada seriedad. ¡Apreciamos profundamente tu
amor y tu maravilloso sentido del humor!
A Rusty Hoffman, por su amor incondicional, su
extraordinario apoyo, su enorme corazón y su pericia
en el manejo de Internet. Rusty, gracias por
recordarnos continuamente que debemos disfrutar
de cada momento. ¡Eres un verdadero santo!
A Maureen H. Read, por leer y darnos su opinión
sobre centenares de relatos, por estar siempre
presente y por

animarnos a continuar. ¡Te amamos!
A Louise y Marcus Shimoff, por su eterno apoyo y
amor. Les agradecemos su disposición constante
para investigar todo lo que necesitábamos, así como
el hecho de ser una de nuestras mejores fuentes de
relatos. ¡Los amamos!
A Elinor Hall, quien colaboró en todos los aspectos
de este proyecto, desde manejar la oficina en la cual
se trabajó en la prepación de Sopa de Pollo para el
Alma de la Mujer hasta hacer investigaciones y
brindarnos su apoyo emocional. Ninguna tarea era
demasiado grande o pequeña para ella; te
agradecemos, Elinor, tu amor, tu amistad y tu dicha.
¡No habríamos podido hacerlo sin ti!
A Ron Hall, por su conciencia, visión y amor
ilimitados.
A Carol Kline, por su gran habilidad para leer y
buscar centenares de relatos, y por entrevistar a
varias mujeres y escribir sus importantes historias
con el fin de incluirlas en el libro. Carol, estamos
muy agradecidos por tu amor y amistad
permanentes.
A Joanna Cox, por las innumerables horas que pasó
transcribiendo el manuscrito original, y por estar
siempre dispuesta para nosotros con su infinita
paciencia. Apreciamos tu influencia estabilizadora;
¡fue un placer trabajar contigo!
A Nancy Berg y Eileen Lawrence, por la excelente
tarea que realizaron al revisar varios de nuestros
cuentos. Apreciamos profundamente la manera en
que captaron la esencia de Sopa de Pollo para el
Alma de la Mujer en los cuentos que editaron.
A Dan Clark, por compartir con nosotros muchos
de sus relatos y por trabajar sin descanso en la
edición del libro para poder entregarlo a tiempo a la
imprenta.
A Suzanne Lawlor, por sus investigaciones y su
generosidad.
A Kristen Bernard, Bobby Roth, Susan Shatkin,
Emily Sledge y Mary Zeilbeck por su colaboración en
el trabajo editorial.
A Peter Vegso y Gary Seidler, de Health
Communications, Inc., por creer en este libro desde
el momento en que les fue propuesto, y por ponerlo

en manos de millones de lectores. ¡Gracias, Peter y
Gary!
A Christine Belleris, Matthew Diener y Mark
Colucci,
nuestros
editores
en
Health
Communications, Inc., por sus generosos esfuerzos
en favor de la excelente calidad de esta publicación.
A Kim Weiss y Arielle Ford por su brillante labor
cumplida en materia de relaciones públicas.
A Patty Aubery y Nancy Mitchell, coautoras de
Sopa de Pollo para el Alma sobreviviente, quienes
nos guiaron a través del proceso de creación de este
libro y nunca vacilaron en darnos su aliento e
inspiración. Patty, gracias por estar siempre presente
con tus respuestas y comprensión. Nancy, gracias
por la excelente labor realizada para obtener los
permisos de edición de las narraciones incluidas en
este libro.
A Heather McNamara, por editar y preparar el
manuscrito final con tanta soltura, talento y claridad.
Apreciamos muchísimo tu paciencia y tus valiosas
sugerencias. ¡Es un placer trabajar contigo!
A Verónica Valenzuela y Julie Knapp, por
asegurarse de que en la oficina de Jack todo
marchara bien.
A Rosalie Miller (tía Ro), quien nos alimentó con su
comida y su amor en las últimas semanas de
preparación del manuscrito.
A Barry Spilchuk, por compartir con nosotros
relatos, historietas, citas... y galletas, cuando lo
necesitábamos. Barry, ¡valoramos enormemente tu
estímulo y tu sentido del humor!
A Mark Tucker, por anunciar este libro a su público
de todo Estados Unidos. Su esfuerzo tuvo como
resultado el envío de cientos de relatos.
A Recie Mobley, Diane Montgomery y Jenny
Bryson, por solicitar material a los conferencistas
profesionales de sus respectivas compañías.
A la empresa Mavis Cordero and Women, Inc., por
apoyar nuestro proyecto e invitarnos a participar en
la conferencia "Mujeres poco comunes en un terreno
común", realizada en Nueva York.
A Dan Fields, Elaine Glusac, Joann Landreth y
Sheryl Vestal, por anunciar Sopa de Pollo para el
Alma de la Mujer en sus publicaciones.

A Bonnie Bartlett y Elizabeth Caulder, por su apoyo
entusiasta y por difundir nuestra solicitud de que nos
enviaran relatos.
A Aliza Sherman, de Cybergirl Internet Media, por
diseñar nuestra página en la Web e introducirnos así
a Internet.
A las siguientes personas, quienes consumaron la
monumental tarea de leer el manuscrito preliminar
del libro, nos ayudaron en la selección final e
hicieron invalorables comentarios acerca de cómo
mejorarlo: Patty Aubery, Kim Banks, Christine
Belleris, Pamela Bice, Laura Chitty, Lañe Colé,
Debbie Davis, Linda Lowe DeGraaff, Pam Finger,
Elinor Hall, Jean Hammond, Stephany Harward, Amy
Háwthorne, Rachel Jorgensen, Kimberly Kirberger,
Robin Kotok, Nancy Leahy, Jeanette Lisefski, Priscilla
Lynch, Teresa Lynch, Barbara McLoughlin, Karen
McLoughlin, Heather McNamara, Barbara McQuaide,
Jackie Miller, Nancy MitcheE, Cindy Palajac, Debra
Halperin Poneman, Maureen H. Read, Wendy Read,
Carol Richter, Loren Rose, Marjorie E. Rose, Heather
Sanders, Wendy Sheets, Louise y Marcus Shimoff,
Carolyn Strickland, Paula Thomas, Debra Way y Kim
Wiele. ¡Les agradecemos sinceramente su heroica
colaboración!
A Craig Herndon, por ayudarnos a dactilografiar el
manuscrito y por manejar el ingreso de datos. El
trabajo de Craig nos permitió recibir las opiniones de
los lectores de los manuscritos, para ayudarnos a
hacer la selección final.
A la compañía Fairfield Printing, en especial a
Stephany Harward y Deborah Roberts, por su
entusiasta apoyo al libro y su disposición a darle
prioridad con respecto a casi todos los otros
proyectos editoriales.
A Jim Rubis y la Biblioteca Pública Fairfield, así
como a Tony Kainauskas y a la librería 21 st Century,
por su excelente asistencia en la investigación.
A Rick e Irene Archer por su habilidad artística y
por
el
diseño
de
maravillosos
materiales
promocionales.
A Felicity y George Foster, por su talentoso diseño
y trabajo del color.

A Jerry Teplitz, por ayudarnos en el diseño de la
tapa.
A Terry Johnson, Bill Levacy y Blain Watson, por su
inteligente guía en ciertos aspectos de este
proyecto.
A Georgia Noble, por acogernos en su casa durante
los últimos días del proyecto, y por compartir con
nosotros su luz y su amor a la belleza.
A M., por los dones que nos hizo de sabiduría y
conocimientos.
A las siguientes personas, quienes colaboraron
durante todo el proyecto con su apoyo emocional y
su entusiasmo: Amsheva Miller, Robert Kenyon, Lynn
Robertson, Loren y Cliff Rose, Janet Jenkins, David y
Sofía Deida, así como a nuestros grupos de apoyo.
A muchos de los colaboradores de libros anteriores
de la serie Sopa de Pollo para el Alma, por el amor
manifestado hacia este proyecto y su continua
disposición para compartir sus relatos.

Deseamos agradecer también a los centenares de
personas que nos enviaron cuentos, poemas y citas
con la esperanza de que fueran ser incluidos en
Sopa de Pollo para el Alma de la Mujer. Aun cuando
fue imposible utilizar todo el material que recibimos,
nos conmovió profundamente su sincera intención
de compartir sus experiencias personales y escritos
con nosotros y con nuestros lectores. ¡Gracias!
Dada la enorme magnitud de este proyecto, es
posible que hayamos omitido los nombres de
algunas personas que colaboraron en su realización.
Si es así, lo lamentamos sinceramente. Deben saber
que los apreciamos a todos.
Estamos muy agradecidos por las muchas manos
y corazones que se nos tendieron para hacer posible
este libro. ¡Los amamos a todos!

Introducció
n
Este libro ha sido un regalo para nosotros. Desde
el momento en que fue concebido, hemos sentido el
amor, la alegría y el indomable espíritu de las
mujeres a cada paso del camino. Esperamos que
también sea un regalo para los lectores.
Durante muchos años, los cuatro compiladores de
este volumen hemos dictado conferencias —a
menudo para un público femenino— acerca de cómo
vivir más plena y felizmente. Nos hemos sentido
inspirados, e incluso a veces abrumados, por la
avidez con que las mujeres desean compartir su
corazón, sus relatos y enseñanzas. De esta
inspiración nació Sopa de Polb para el Alma de la
Mujer.

Durante el período de preparación de este libro
presenciamos milagros día tras día. Sentimos como
si una mano invisible guiara nuestros pasos.
Durante más de un año buscamos, por ejemplo, a
Phyllis Volkens, autora de "Un beso de buenas
noches" (pág. 29), a fin de solicitarle autorización
para reproducir su relato. Ubicamos finalmente a un
primo lejano, quien nos informó que Phyllis y su
esposo se habían mudado a Iowa, ¡donde vivían a
poca
distancia
de
Jennifer
y
Marci!
Más
extraordinaria aún fue la respuesta de Stanley, el

esposo de Phyllis, cuando nos pusimos en contacto
con él. Nos dijo cuánto se alegraba de que los
hubiéramos encontrado. Habían sido entusiastas
lectores de los libros
xvü

xviii

INTRODUCCIÓ
N

anteriores de Sopa de Pollo para el Alma durante
años, pero a Phyllis sólo le quedaba una semana de
vida. No podía esperar para contarle que formaría
parte de nuestro libro; luego nos comentó cuánto
había significado esta noticia para ella. Falleció dos
días después.
Las mujeres que enviaron sus relatos nos
manifestaron
en
repetidas
ocasiones
cuan
agradecidas estaban por haberles dado la
oportunidad de escribirlas. Dijeron que incluso si sus
contribuciones no se incluían en nuestro libro, se
sentían dichosas felices sólo por haberlas escrito. Al
hacerlo se sintieron más purificadas y renovadas.
Debido a este libro, también nosotros hemos
experimentado un cambio. Ahora comprendemos
con mayor claridad qué es importante de verdad en
la vida, apreciamos más profundamente la
experiencia humana, y vivimos cada momento con
más plenitud.
Las mujeres traen bellas ofrendas al mundo a
través de su sinceridad, compasión y sabiduría.
Nuestro más profundo deseo es que, cada vez que
alguien lea estos relatos, extraiga de ellos una
mayor estima por sí mismo y por los demás, como
nos sucedió a todos nosotros.
Lo dijo muy bellamente Mary Michalia, una de las
mujeres que nos escribió:
Todas las mujeres pasan en su vida por
épocas en las que son objeto de muchas
exigencias: familia, trabajo, esposo, ex-esposo,
hijos, hijastros, padres.
Es importante, incluso necesario, tomar
distancia y evaluar de nuevo las propias
prioridades. Pues sólo si alimentamos a
nuestra alma podemos alimentar a otro y
cuidar de él. En ocasiones, debemos decir:
"¡Detente! ¡Escúchame! Tengo algo que
contarte".

Así pues, ofrecemos Sopa de Pollo para el Alma
de la Mujer directamente de nuestros corazones al
de los lectores. Deseamos que quien lea este libro
experimente los milagros del amor y de la
inspiración. Deseamos que llegue a su corazón y
conmueva a su espíritu.
Jack Canfield, Mark Víctor Hansen,
Jennifer Read Háwthorne y Marci
Shimoff

1
SOBRE EL
AMOR
Las mejores cosas y las más bellas del mundo no
pueden ser vistas, ni siquiera tocadas. Deben
sentirse con el corazón.
Helen
Keller

La gardenia blanca
Todos los años, desde que tuve doce, alguien me
enviaba anónimamente una gardenia blanca a casa
en el día de mi cumpleaños. Nunca venía
acompañada de una tarjeta o nota, y las llamadas a
la florería resultaban inútiles porque la adquisición
siempre era en efectivo. Después de un tiempo,
renuncié a tratar de descubrir la identidad del
desconocido. Sólo me deleitaba con la belleza y el
fuerte perfume de aquella flor mágica, blanca y
perfecta, anidada en los pliegues de un suave papel
de seda rosado.
Pero nunca dejé de imaginar quién podría ser el
remitente. Pasaba algunos de mis momentos más
felices soñando despierta con alguien maravilloso y
emocionante, pero demasiado tímido o excéntrico
como para revelar su identidad. Durante mi
adolescencia, me divertía especulando con que
podría ser un muchacho del que estaba enamorada,
o incluso alguien a quien no conocía y que se había
fijado en mí.
Mi madre a menudo participaba en esas especulaciones. Me preguntaba si había alguien con quien
hubiera tenido una bondad especial, que me quisiera
manifestar anónimamente su gratitud. Me recordaba

las ocasiones en que yo paseaba en mi bicicleta y la
vecina llegaba con el

auto lleno de comestibles y de niños: siempre la
ayudaba a descargar las cosas y me aseguraba de
que los niños no corrieran hacia la calle. O, quizás, el
misterioso remitente era el anciano que vivía al otro
lado de la calle, ya que a menudo solía llevarle su
correo para que no tuviera que aventurarse a bajar
los escalones cubiertos de hielo.
Mi madre se esforzaba por estimular mi
imaginación a propósito de la gardenia. Deseaba que
sus hijos fuesen creativos. Y también que nos
sintiéramos apreciados y amados, no sólo por ella,
sino por todo el mundo.
Cuando tuve diecisiete años, un muchacho rompió
mi corazón. La noche en que me llamó por última
vez, me dormí llorando. A la mañana siguiente, había
un mensaje sobre el espejo, borroneado con lápiz de
labios rojo: "Debes saber que cuando los semidioses
parten, llegan los dioses". Pensé en esta cita de
Emerson durante largo tiempo, y la dejé en el sitio
donde la había escrito mi madre hasta que mi
corazón sanó. Cuando finalmente limpié el espejo, mi
madre supo que todo estaba bien otra vez.
Pero había heridas que ella no podía sanar. Un mes
antes de terminar la escuela secundaria, mi padre
murió súbitamente de un infarto. Mis sentimientos
oscilaban entre el dolor y la carencia, el temor, la
desconfianza y una inmensa ira porque mi padre
estaría ausente en algunos de los acontecimientos
más importantes de mi vida. Perdí todo interés en la
graduación que se aproximaba, en la obra de teatro
de los estudiantes de último año y en la fiesta de
despedida, acontecimientos todos ellos en los que
había trabajado y que esperaba con ilusión. Incluso
consideré la posibilidad de quedarme en casa en
lugar de ir a la universidad en otra ciudad, porque
allí me sentía más segura.
Mi madre, en medio de su propia pena, no quería
oír hablar de que me dejaría todas estas cosas. El
día antes de

la muerte de mi padre, ella y yo fuimos a comprar un
vestido para la fiesta, y encontramos el más
espectacular: metros y metros de velo suizo en rojo,
azul y blanco. Usarlo me hacía sentir como Scarlett
O'Hará. Pero no era de mi talle y, al morir mi padre
al día siguiente, me olvidé de él.
Mi madre no lo olvidó. La víspera de la fiesta de
graduación, encontré el vestido —del talle correcto—
esperándome
sobre
el
sofá
de
la
sala,
majestuosamente envuelto y presentado de una
manera artística y amorosa. Quizás a mí no me
interesara tener un vestido nuevo, pero a mi madre
sí.
Le importaba cómo nos sentíamos acerca de
nosotros mismos. Nos infundió un sentido mágico
del mundo y nos dio la capacidad de apreciar la
belleza incluso ante la adversidad.
Deseaba que sus hijos fueran como la gardenia:
bellos, fuertes, perfectos, con un aura de magia y
quizás algo de misterio.
Mi madre murió cuando yo tenía veintidós años,
sólo diez días después de mi boda. Aquel año
dejaron de llegar las gardenias.
Marsha Arons

Palabras del corazón
Las lágrimas más amargas derramadas sobre las
tumbas son por las palabras que no se dijeron y las
obras que no se realizaron.
Harriet Beecher Stowe

La mayoría de la gente necesita escuchar aquellas
"tres palabritas" de la canción. En ocasiones, las
escuchan justo a tiempo.
Conocí a Connie cuando la internaron en el
hospital donde yo trabajaba como voluntaria. Su
esposo, Bill, andaba nervioso de un lado a otro
mientras ella era trasladada de la camilla a la cama.
Aun cuando Connie se encontraba en las últimas
etapas de su lucha contra el cáncer, se la veía vivaz
y alegre. Procedimos a instalarla. Escribí su nombre
en todo el material suministrado por el hospital, y
luego le pregunté si necesitaba algo.
—Oh, sí —dijo—. ¿Podría mostrarme cómo se usa
el televisor? Me agradan mucho las telenovelas y no
deseo perderme nada de lo que pasa.
Connie era una romántica. Le fascinaban las
novelas románticas y las películas de amor. Cuando
nos conocimos

mejor, me confió cuan frustrante era haber estado
casada durante treinta y dos años con un hombre
que a menudo se refería a ella como "una tonta".
—Sé que Bill me ama —me manifestó una vez—,
pero nunca me lo dice ni me envía tarjetas—. Suspiró
y miró por la ventana los árboles del patio. —Daría
cualquier cosa porque me dijera "Te amo", pero eso
sencillamente no está en su manera de ser.
Bill visitaba a Connie todos los días. Al comienzo se
sentaba al lado de la cama mientras ella veía las
telenovelas. Luego, cuando empezó a dormir más, se
paseaba de arriba abajo por el pasillo, afuera de la
habitación. Poco después, cuando Connie ya no
miraba televisión y permanecía poco tiempo
despierta, comencé a pasar más tiempo con Bill.
Me contó que había trabajado como carpintero y
que le agradaba ir de pesca. Él y Connie no tenían
hijos, pero habían disfrutado de su retiro viajando,
hasta que Connie se enfermó. Bill no podía expresar
lo que sentía acerca de la muerte inminente de su
esposa.
Un día, mientras tomábamos un café, lo llevé al
tema de las mujeres y de cómo necesitamos tener
romance en nuestra vida; cómo nos agrada recibir
tarjetas sentimentales y cartas de amor.
—¿Usted le dice a Connie que la ama? —le
pregunté, conociendo la respuesta. Me miró como si
estuviera loca.
—No es necesario —respondió—. ¡Ella sabe que la
amo!
—Estoy segura de que lo sabe —le confirmé
inclinándome y tocando sus manos toscas de
carpintero, que se aferraban a la- taza como si fuese
lo único a lo que podía asirse—, pero ella necesita
escucharlo,
Bill. Necesita escuchar qué ha
significado para usted durante todos estos años. Por
favor, piénselo.
Regresamos a la habitación. Bill entró y yo me
marché a

visitar a otro paciente. Más tarde, vi a Bill sentado al
lado de la cama, sosteniendo la mano de Connie
mientras ella dormía. Era el 12 de febrero.
Dos días después, al recorrer el pasillo del hospital
al mediodía, vi a Bill reclinado contra la pared,
mirando fijamente el suelo. Ya me había enterado
por la enfermera de que Connie había muerto a las
once de la mañana. Cuando Bill me vio, permitió que
le diera un largo abrazo. Su rostro estaba húmedo
por las lágrimas y temblaba. Por último, se apoyó
contra la pared y suspiró profundamente.
—Tengo algo que comentarle —musitó—. Tengo
que comentarle lo bien que me sentí de habérselo
dicho. —Se interrumpió para sonarse. —Pensé
mucho acerca de lo que hablamos y esta mañana le
dije cuánto la amaba... y cuan feliz me sentía de ser
su esposo. ¡Si hubiera visto su sonrisa!
Entré a la habitación para despedirme de Connie.
Sobre la mesita de luz había una enorme tarjeta de
amor enviada por Bill. De aquellas tarjetas
sentimentales donde se lee: "A mi maravillosa
esposa... Te amo".
Bobbie Lippman

Regalos del corazón
Ei amor que damos es el único que conservamos.
Elbert Hubbard

En este agitado mundo en que vivimos, es mucho
más sencillo cargar algo a una tarjeta de crédito que
dar regalos del corazón. Y los regalos del corazón
son
especialmente
necesarios
durante
las
festividades.
Pocos años atrás comencé a preparar a mis hijos
para que supieran que la celebración de la Navidad
sería aquel año bastante modesta. "Seguro, mamá,
¡ya hemos escuchado eso antes!", me dijeron. Había
perdido mi credibilidad: les había anunciado lo
mismo el año anterior, porque estaba en proceso de
divorciarme, pero luego había salido y gastado todo
el dinero disponible en mis tarjetas de crédito.
Incluso descubrí algunas técnicas financieras
creativas para pagar sus regalos. Este año sería
decididamente diferente, pero ellos no me creían.
Una semana antes de Navidad, me pregunté:
¿Qué tengo para hacer de esta Navidad algo
especial? En todas las casas en las que habíamos

vivido antes del divorcio, siempre había encontrado
tiempo para decorarlas. Había aprendido a

pegar papel de colgadura, a instalar pisos de madera
o cerámica, a reformar sábanas para hacer cortinas,
y mucho más. Pero en esta casa alquilada tenía poco
tiempo para decorar, y mucho menos dinero. Por lo
demás, me enfadaba este lugar desagradable, con
sus alfombras rojas y naranjas y las paredes verdes
y turquesas. Me rehusaba a invertir dinero en ella.
Dentro de mí, una voz interior de orgullo herido
exclamaba: ¡No permaneceremos aquí mucho
tiempo!

La casa no parecía molestarle a nadie más, con
excepción de mi hija Lisa, quien siempre había
tratado de hacer de su habitación un lugar especial.
Era el momento de expresar mi talento. Llamé a
mi ex marido y le pedí que comprara un cobertor
específico para Lisa. Yo le compré las sábanas que
hacían juego.
La víspera de Navidad, gasté quince dólares en
pintura. También compré la papelería más linda que
había visto en mi vida. Mi objetivo era sencillo:
pintaría y cosería hasta la mañana de Navidad, a fin
de no tener tiempo para sentir compasión por mí
misma en una fiesta familiar tan especial.
Aquella noche les entregué a cada uno de mis
hijos tres de las tarjetas que había comprado, con
sus respectivos sobres. En la parte de arriba de cada
una escribí: "Lo que me encanta de mi hermana
Mia", "Lo que me encanta de mi hermano Kris", "Lo
que me encanta de mi hermana Lisa" y "Lo que me
encanta de mi hermano Erik". Los niños tenían
dieciséis, catorce, diez y ocho años, y me dio cierto
trabajo persuadirlos de que al menos podrían
encontrar en sus hermanos una cosa que les
agradara. Mientras escribían en privado, fui a mi
habitación y envolví los pocos regalos que les había
comprado.
Cuando regresé a la cocina, habían terminado de
escribir sus cartas. Cada nombre estaba escrito en el
sobre. Intercambiamos abrazos y besos de buenas
noches, y se apresuraron a irse a la cama. Lisa
obtuvo un permiso especial para dormir en la mía, si
prometía no mirar los regalos hasta la mañana
siguiente.

Entonces comencé. A la madrugada de la mañana
de Navidad terminé de coser las cortinas y de pintar
las paredes, y me detuve a admirar mi obra de arte.
¿Por qué no decorar las paredes —pensé— con arco
iris y nubes que concordaran con las sábanas?
Saqué entonces los pinceles y esponjas de mi
maquillaje, y cerca de las cinco estaba todo listo.
Demasiado exhausta para pensar que éramos un
"hogar quebrado" por falta de dinero, como dicen las
estadísticas, me dirigí a mi habitación y encontré a
Lisa totalmente extendida en la cama. Decidí que no
podía dormir con sus brazos y piernas sobre mí, así
que la levanté con cuidado y la llevé a su habitación.
Cuando colocaba su cabeza en la almohada, me
preguntó:
—Mamita, ¿ya es de día?.
—No, cariño, cierra los ojos hasta que venga Papá
Noel.
Aquella mañana me desperté con un alegre
susurro en mi oído: "Mami, ¡es precioso!".
Más tarde, cuando todos se levantaron, nos
sentamos alrededor del árbol para abrir esos pocos
regalos. Después, cada niño recibió sus sobres.
Leímos las tarjetas con ojos llorosos y narices
enrojecidas. Llegamos a las notas dedicadas al
"bebé de la familia", Erik, quien no esperaba
escuchar nada agradable. Su hermano mayor le
había escrito: "Lo que me encanta de Erik es que no
le teme a nada". Mia puso: "Lo que me encanta de
mi hermano Erik es que sabe mantener una
conversación con cualquiera". Lisa había escrito: "Lo
que me encanta de Erik es que puede trepar a los
árboles más alto que nadie".
Sentí que me tiraban de la manga, y luego la
pequeña mano de Erik alrededor de mi oreja, para
susurrarme en secreto: "Oye, mamá, ¡ni siquiera
sabía que les gustaba!".

En los peores momentos, la creatividad y el
ingenio nos han hecho pasar los instantes más
felices. Ya me he recuperado financieramente y
hemos tenido "grandes" Navidades, con muchísimos
regalos debajo del árbol... pero cuando nos
preguntan cuál fue nuestra Navidad preferida,
siempre recordamos aquélla.
Sheryl
Nicholson

La otra mujer
Después de veintiún años de matrimonio, descubrí
una nueva manera de mantener viva la chispa del
amor y de la intimidad en mi relación con mi esposa.
Desde hace poco, había comenzado a salir con
otra mujer. En realidad, había sido idea de mi
esposa.
—Tú sabes que la amas —me dijo un día,
tomándome por sorpresa—. La vida es demasiado
corta. Debes dedicar tiempo a la gente que amas.
—Pero yo te amo a ti —protesté.
—Lo sé. Pero también la amas a ella. Es probable
que no me creas, pero pienso que si ustedes dos
pasan más tiempo juntos, esto nos unirá más a
nosotros.
Como de costumbre, Peggy estaba en lo cierto.
La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo
visitara, era mi madre.
Mi madre es una viuda de 71 años, que ha vivido
sola desde que mi padre murió hace diecinueve
años. Poco después de su muerte, me mudé a
California, a 3.700 kilómetros de distancia, donde
comencé mi propia familia y mi carrera. Cuando de
nuevo me mudé cerca del pueblo donde nací, hace
cinco años, me prometí que pasaría más

tiempo con ella. Pero las exigencias de mi trabajo y
mis tres hijos hacían que sólo la viera en las
reuniones familiares y durante las fiestas.
Se mostró sorprendida y suspicaz cuando la llamé
para sugerirle que saliéramos a cenar y al cine.
—¿Qué te ocurre? ¿Vas a volver a mudarte con mis
nietos? —me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer
que, cuando cualquier cosa se sale de lo común —
una llamada tarde en la noche, o una invitación
sorpresiva de su hijo mayor— piensa que es indicio
de malas noticias.
—Creí que sería agradable pasar algún tiempo
contigo —le respondí—. Los dos solos.
Reflexionó sobre ello un momento.
—Me agradaría —dijo—. Me agradaría muchísimo.
Mientras conducía hacia su casa el viernes
después del trabajo, me encontraba algo nervioso.
Era el nerviosismo que antecede a una cita... y ¡por
Dios! lo único que estaba haciendo era salir con mi
madre.
¿De qué hablaríamos? ¿Y si no le gustaba el
restaurante que yo había elegido? ¿O la película? ¿Y
si no le gustaba ninguno de los dos?
Cuando llegué a su casa, advertí que ella también
estaba muy emocionada con nuestra cita. Me
esperaba en la puerta, con su abrigo puesto. Se
había rizado el cabello. Sonreía.
—Les dije a mis amigas que iba a salir con mi hijo,
y se mostraron muy impresionadas —me comentó
mientras subía a mi auto—. No pueden esperar a
mañana para escuchar acerca de nuestra velada.
No fuimos a un sitio elegante, sino a un
restaurante del vecindario donde pudiéramos
hablar. Cuando llegamos, se aferró a mi brazo —en
parte por afecto, en parte para ayudarse con los
escalones para entrar—.
Cuando nos sentamos, tuve que leerle el menú. Sus
ojos sólo ven grandes figuras y grandes sombras.
Cuando iba por la mitad de las entradas, levanté la
vista. Mamá estaba sentada al otro lado de la mesa,
y me miraba. Una sonrisa nostálgica se le delineaba
en los labios.
—Era yo quien leía el menú cuando eras pequeño
—me dijo.

De inmediato comprendí qué quería decir. Nuestra
relación cerraba el círculo: antes era ella la que me
cuidaba a mí y ahora era yo quien cuidaba de ella.
—Entonces es hora de que te relajes y me
permitas devolver el favor —le respondí.
Durante
la cena tuvimos una agradable
conversación. Nada extraordinario, sólo ponernos al
día con la vida del otro. Hablamos tanto que nos
perdimos el cine.
—Saldré contigo otra vez, pero sólo si me dejas
invitar —dijo mi madre cuando la llevé a casa.
Asentí.
—¿Cómo estuvo tu cita? —quiso saber mi esposa
cuando llegué aquella noche.
—Muy agradable... mucho más de lo que imaginé
—contesté.
Sonrió con su sonrisa de ya-te-lo-dije.
Desde entonces, veo a mamá con regularidad. No
salimos todas las semanas, pero tratamos de vernos
al menos un par de veces al mes. Siempre cenamos
y en algunas ocasiones también vamos al cine. La
mayoría de las veces, sin embargo, sólo hablamos.
Le cuento acerca de mis problemas cotidianos en el
trabajo. Me ufano de mis hijos y de mi esposa. Ella
me cuenta los chismes de la familia, con los que al
parecer nunca estoy al día.
También me habla de su pasado. Ahora sé lo que
significó para ella trabajar en una fábrica durante la
Segunda Guerra Mundial. Sé cómo conoció allí a mi
padre y cómo alimentaron un noviazgo de tranvía en
aquellos tiempos difíciles. A medida que escucho
estas historias, me doy

cuenta de la importancia que tienen para mí. Son mi
propia historia. Nunca me canso de oírlas.
Pero no sólo hablamos del pasado. También
hablamos del futuro. Debido a sus problemas de
salud, mi madre se preocupa por el porvenir.
—Tengo tanto por vivir —me dijo una noche—.
Necesito estar presente mientras crecen mis nietos.
No quiero perderme nada.
Como muchos de los amigos de mi generación,
tiendo siempre a correr y lleno mi agenda hasta el
tope mientras lucho por hacerles lugar en mi agitada
vida a mi carrera, mi familia y mis relaciones. A
menudo me quejo de la rapidez con que pasa el
tiempo. Dedicar algunas horas a mi madre me ha
enseñado la importancia de tomar las cosas con
calma. Por fin comprendí el sentido de una
expresión que he escuchado un millón de veces:
"tiempo de calidad".
Peggy estaba en lo cierto. Sin duda, salir con otra
mujer ha ayudado a mi matrimonio. Ha hecho de mí
un mejor esposo, un mejor padre y, espero, un
mejor hijo.
Gracias, mamá. Te amo.
David Farrell

El toque de Ramona
Sucedió pocas semanas después de la cirugía. Al
terminar mi primer tratamiento de quimioterapia, fui
al consultorio del doctor Belt para hacerme un
control.
Mi cicatriz era aún muy nueva. Mi brazo todavía no
había recuperado la sensibilidad. Ese conjunto de
sensaciones extrañas era como tener una nueva
compañera para compartir el apartamento de dos
habitaciones que antes había conocido como mis
senos, y a los que me refería ahora amorosamente
como "el seno y el pecho".
Como de costumbre, me condujeron al laboratorio
de análisis clínicos para tomar una muestra de
sangre, proceso aterrorizador para mí, pues las
agujas me producen pánico.
Me acosté sobre la camilla. Llevaba una camisa
grande de franela y una camiseta debajo. Era una
vestimenta que había pensado con detenimiento,
esperando que los demás la consideraran una
elección casual. Los pliegues camuflaban mi nuevo
pecho, la camiseta lo protegía y los botones
permitían un fácil acceso al médico.
En ese momento Ramona entró en la habitación.
Su cálida y brillante sonrisa me resultaba familiar, y

contrastaba con mis temores. La había visto por
primera vez en el consultorio,

algunas semanas atrás. No había sido mi enfermera
aquel día, pero la recordaba porque se estaba
riendo. Reía de un modo profundo, pleno y rico.
Recuerdo haberme preguntado qué podría causar
tanta hilaridad detrás de aquella puerta. ¿De qué
podría reírse en un momento como ése? Pensé que
no se tomaba las cosas con la suficiente seriedad, y
decidí que intentaría hallar una enfermera que sí lo
hiciera. Pero estaba equivocada.
Esta vez fue diferente. Ramona me había tomado
antes muestras de sangre. Conocía mi temor por las
agujas, y amablemente escondió todos sus
instrumentos debajo de una revista que tenía una
fotografía azul brillante de una cocina en
remodelación. Cuando abrimos la blusa y dejamos
caer la camiseta, el catéter de mi seno quedó
expuesto y podía verse la cicatriz del pecho. Me
preguntó:
—¿Cómo está sanando la cicatriz?.
—Creo que bastante bien —respondí—. Todos los
días la lavo alrededor, muy suavemente.
Se me cruzó por delante el recuerdo del agua
golpeando mi pecho insensible.
Se inclinó con gentileza y pasó su mano por la
cicatriz, examinando la tersura de la piel que sanaba
mientras buscaba alguna irregularidad. Comencé a
llorar dulce y silenciosamente. Me miró con sus ojos
cálidos y me dijo:
—Todavía no la ha tocado, ¿verdad?
—No —respondí.
Entonces esa maravillosa mujer puso la palma de
su mano color marrón dorado sobre mi pálido pecho,
y la mantuvo allí con suavidad. Continué llorando en
silencio largo tiempo. Con un tono dulce me dijo:
—Esto forma parte de su cuerpo. Es usted. Puede
tocarla.
Pero yo no podía. Ella lo hizo por mí. Palpó la
cicatriz, la herida que sanaba. Y debajo de ella, tocó
mi corazón.
Luego Ramona me dijo:

—Le sostendré la mano mientras usted la toca.
Puso su mano junto a la mía y ambas
permanecimos en silencio. Ése fue el regalo que
Ramona me hizo.
Aquella noche, cuando me fui a la cama, puse la
mano sobre el pecho con suavidad y la dejé allí
hasta que me dormí. Sabía que no estaba sola.
Estábamos
todos
juntos
en
la
cama,
metafóricamente hablando: mi seno, mi pecho, el
regalo de Ramona y yo.
Betty Aboussie
Ellis

Las velas eléctricas
Una vez al mes, los sábados por la mañana, hago
un turno en el hospital local para entregar las velas
de la sabatina a las mujeres judías que están
registradas allí como pacientes. Prender velas es la
manera tradicional que tienen las mujeres judías de
recibir la sabatina, pero los reglamentos del hospital
no permiten que los pacientes enciendan velas
verdaderas, de modo que les ofrecemos lo que más
se aproxima: velas eléctricas que pueden conectarse
al comienzo del sabbath, el viernes a la caída del sol.
La sabatina termina el sábado a la noche. El
domingo a la mañana recupero las velas y las
guardo hasta el viernes siguiente, cuando llega otra
voluntaria a distribuirlas entre los pacientes de esa
semana. A veces encuentro pacientes de la semana
anterior.
Un viernes a la mañana, cuando hacía mi ronda,
me encontré con una mujer muy anciana, quizá de
noventa años. Su cabello corto, blanco como la
nieve, lucía suave y esponjoso como algodón. Su piel
era amarilla y arrugada, como si sus huesos se
hubieran encogido súbitamente dejando a la piel que
los rodeaba sin apoyo y sin un lugar adonde ir; ahora
colgaba de sus brazos y rostro, en suaves

pliegues. Parecía muy pequeña en la cama, con el
cobertor subido hasta el cuello debajo de los brazos.
Sus manos, que descansaban sobre él, estaban
retorcidas y ajadas; eran las manos de la
experiencia. Pero sus ojos eran claros y azules, y me
saludó con un tono de voz sorprendentemente
fuerte. Por la lista que el hospital me había dado,
sabía que su nombre era Sarah Cohén.
Me dijo que había estado esperándome, que nunca
dejaba de prender las velas en su casa y que las
conectaría al lado de la cama, donde pudiera
tenerlas a mano. Era evidente que estaba
familiarizada con la rutina.
Lo hice como ella quería y le deseé un buen
sabbath. Cuando me volví para salir, me dijo:
—Espero que mis nietos lleguen a tiempo para
despedirse de mí.
Creo que mi rostro debió registrar la conmoción
que sentí ante la sencilla afirmación de que sabía
que se estaba muriendo, pero le toqué la mano y le
dije que esperaba que así fuera.
Cuando salí de la habitación, casi tropiezo con una
joven que parecía tener alrededor de veinte años.
Llevaba una falda larga, de estilo campesino, y el
cabello cubierto. Escuché decir a la señora Cohén:
—¡Malka! Me alegro de que hayas podido venir.
¿Dónde está David?
Me vi obligada a continuar con mis rondas, pero
una parte de mí no cesaba de preguntarse si David
también habría llegado a tiempo. Es difícil para mí
entregar las velas y marcharme, sabiendo que
algunos de estos pacientes están muy enfermos,
que algunos probablemente morirán, y que son el
ser querido de alguien. Supongo que, de cierta
manera, cada una de estas señoras me recuerda a
mi madre cuando estaba muñéndose en el hospital.
Quizá por eso soy voluntaria.
Durante toda la sabatina, el recuerdo de la señora
Cohén y de sus nietos irrumpía en mi mente. El
domingo a la mañana regresé al hospital para
recuperar las velas. Cuando me aproximaba a la
habitación de la señora Cohén, vi a su nieta sentada
en el suelo, fuera de la habitación. Cuando me vio
venir levantó la cabeza.

—Por favor —me pidió—, ¿podría dejar las velas
unas cuantas horas más?
Su pregunta me sorprendió, así que comenzó a
explicarme. Me dijo que la señora Cohén les había
enseñado a ella y a su hermano David todo lo que
sabían acerca de la religión. Sus padres se habían
divorciado cuando eran muy jóvenes y ambos
trabajaban hasta tarde en la noche. Malka y su
hermano pasaban casi todos los fines de semana con
su abuela.
—Ella hacía el sabbath para nosotros —continuó
Malka—. Cocinaba, limpiaba, horneaba, y la casa
entera lucía y olía de una manera especial, que ni
siquiera puedo describir. Entrar a su casa era como
entrar a otro mundo. Mi hermano y yo
encontrábamos allí algo que, para nosotros, no
existía en ningún otro lugar. No sé cómo hacerle
entender lo que este día significaba para nosotros...
para todos nosotros, la abuela, David y yo... Era
como una tregua maravillosa en el resto de nuestra
vida, e hizo que David y yo regresáramos a nuestra
religión. David vive ahora en Israel. No pudo
conseguir un vuelo de regreso antes de hoy. Llegará
cerca de las seis de la tarde. Si, por favor, pudiera
dejarme las velas hasta entonces, tendré el mayor
gusto en guardarlas después.
Yo no entendía qué relación había entre las velas y
la llegada de David. Malka me lo explicó.
— ¿No lo ve? Para mi abuela, el sábado era
nuestro día de felicidad. No hubiera deseado morir
este día. Si logramos hacerle creer que todavía es
sábado, quizá pueda resistir hasta que llegue David.
Sólo para que pueda despedirse de ella.
Por nada del mundo hubiera tocado esas velas en
aquel momento, y le dije a Malka que regresaría más
tarde. No podía agregar nada, así que sólo oprimí su
mano con cariño.
Hay momentos, acontecimientos, que pueden unir
a personas totalmente extrañas entre sí. Aquél fue
uno de ellos.
Durante el resto del día me ocupé de mis asuntos,
pero no podía dejar de pensar en el drama que se
desarrollaba en el hospital. Aquella anciana estaba
usando toda la fuerza que le quedaba en esa cama
de hospital.

Y no hacía ese esfuerzo supremo por ella misma.
Ya me había manifestado claramente, con su actitud,
que no le temía a la muerte. Parecía saber y aceptar
que había llegado su hora y, de hecho, estaba
preparada para partir.
Para mí, Sarah Cohén personificó un tipo de
fortaleza cuya existencia desconocía y un tipo de
amor cuyo poder ignoraba. Estaba dispuesta a
concentrar todo su ser en mantenerse con vida
mientras durara el sabbath. No deseaba que sus
seres queridos asociaran la belleza y alegría de este
día con la tristeza de su muerte. Quizá también
deseaba que sus nietos tuvieran el sentido del final
de la vida, al poder despedirse de la persona que
había afectado tan profundamente las de ellos.
Cuando regresé al hospital el domingo a la noche,
me puse a llorar incluso antes de llegar a la
habitación. Me asomé. La cama estaba vacía y las
velas apagadas. Luego escuché una voz detrás de mí
que decía suavemente:
—Lo logró.
Miré el rostro sin lágrimas de Malka.
—David llegó esta tarde. Ahora está diciendo sus
oraciones. Pudo despedirse de ella y también trajo
buenas noticias: él y su esposa esperan un bebé. Si
es una niña, se

llamará Sarah.
No sé por qué, la noticia no me sorprendió.
Envolví el cable alrededor de la base de las velas.
Aún estaban calientes.
Marsha Arons

Más que una beca
Los grandes pensamientos sólo le hablan a la mente
meditativa, pero las grandes acciones le hablan a toda
la humanidad.
Emily P. Bissell

Es posible que ustedes hayan oído hablar de
Osceola McCarty. Es una mujer de 88 años, nativa de
Mississippi, que trabajó durante más de setenta y
cinco años como lavandera. Un día, después de que
se retiró, fue al banco y descubrió, para su gran
sorpresa, que sus pequeños ahorros mensuales se
habían multiplicado y ascendían a más de ciento
cincuenta mil dólares. Luego, para gran sorpresa de
todos, donó ciento cincuenta mil dólares —casi la
totalidad de sus ahorros— a la Universidad del Sur
de Mississippi, para crear un fondo de becas
destinadas a estudiantes afronor-teamericanos con
necesidades financieras. Salió en la primera página
de los diarios a nivel nacional.
Lo que ustedes no saben es cómo ha afectado mi
vida la donación de Osceola. Tengo diecinueve años
y fui la primera beneficiaría de la Beca Osceola
McCarty.

Soy una estudiante aplicada y tenía todas mis
esperanzas


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