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Días de Zoe .pdf



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Úsame para entender a las mujeres
— Días de Zoe —

1

Erick Navas

Úsame para entender a las mujeres

— Días de Zoe —

2

© 2016, Erick Navas

3

Las palabras no pueden decir
lo que el amor puede hacer.
Jon Bon Jovi

4

5

Capítulo 1
UNA NOCHE NORMAL
Era una noche normal, de esas en las que no pasa nada distinto.
Un bar oscuro. Mucha gente, casi todos conocidos. Chicas
sonriendo, con sus mejores atuendos, buscando miradas o
pretendiendo atraerlas. Muchos chicos dispuestos; otros, más
tranquilos, disfrutando de la conversación y sus cervezas.
Yo iba de mesa en mesa, de grupo en grupo. Había acudido
al bar junto a Karen. Algunos me vinculaban sentimentalmente
con ella, sin saber que se trataba de una de mis mejores amigas.
Estaba con un grupo de chicos y chicas, bebiendo un poco y
moviéndonos al ritmo de la música. De pronto, apareció una
joven de negro y empezó a bailar para mí, invitándome a
seguirla. Pensé que esa noche normal podría ser diferente.
Después de bailar con ella, producto de mi inacción, sonrió y se
perdió en la oscuridad. Me moví un poco y conversé con otro
grupo de amigos. Al rato, Karen me dijo que la acompañara
fuera del lugar para fumar un cigarrillo.
En la calle, con conversación en curso y cigarrillo a medias,
escuché una voz que me llamaba de manera enérgica. Era
Chiara, otra de mis mejores amigas, de aquellas que pensaban
que entre Karen y yo sucedía algo
«¡Ven ahora mismo!», escuché decir a Chiara, quien me
miraba con una mezcla de celos de amiga y efectos de alcohol.
Ella pretendía que dejara a Karen en medio de la calle y nos
fuéramos juntos. Por un momento, ambas cruzaron miradas
cargadas de odio, de esas en las que uno prefiere no estar al
medio. Solo atiné a decir: «Chiara, estoy conversando con
Karen. Luego hablamos». Me di media vuelta para seguir con lo
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que estaba haciendo. Eso enfureció más a Chiara, quien, en un
tono mucho más firme, volvió a arremeter con un: «¡Ven aquí!
¡Ahora mismo!».
Si bien era una situación atípica para mí, guardé una
serenidad envidiable y repliqué con el mismo argumento: «No
voy a dejar a Karen parada aquí sola. Después hablamos».
Luego de esto, Chiara entendió que no me movería ni un
centímetro, por lo que solo dijo: «¡Ya te fregaste conmigo!».
Volteó y entró al bar nuevamente.
—Está perfecto lo que hiciste, eso habla bien de ti. Tú me
dejabas aquí y yo me molestaba contigo —afirmó Karen.
No sé si de manera pertinente, pero le aclaré que hubiera
hecho lo mismo si la situación era a la inversa. Sonreí mientras
comentábamos la escena que acababa de suceder. Me iba dando
cuenta de que la noche ya tenía algunas anécdotas triviales que
contar y que la hacían diferente.
Ingresé nuevamente con Karen al bar, ella se perdió entre
nuestros amigos. Atravesaba el salón en busca del baño, cuando
me encontré con Chiara. Con un gesto que demostraba su
molestia, y con un tono poco risueño y alcoholizado repitió:
«¡Ya te fregaste conmigo!». Solo pude sonreír y traté de
abrazarla.
—Ya olvídate. ¿Pretendías que la dejara sola? No haría eso
contigo; además, Karen solo es mi amiga. Tiene novio —me
defendí.
Chiara sonrió involuntariamente, como queriendo mantener
su molestia, pero una sonrisa mía hizo que nos pusiéramos a
bailar. Nunca había bailado con ella y menos con algunos tragos
encima. Mi gesto se empezó a trastocar al ver a mi amiga

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ejecutando pasos de baile muy sensuales. Probablemente
pensaba que Karen nos estaba viendo.
—¿Cómo quieres que te baile? ¿Sensual o tranquila? —
susurró en mi oído.
Debía escoger una sola opción, así que le dije: «De la manera
más desenfrenada que puedas». Chiara empezó a bailar muy
sensual, avanzando cada vez más hacia mí y jugando con su
hermoso cabello negro. En ese instante empezó a acercarse
hacia mis labios con una mirada profunda. La distancia se
redujo a poco más de un par de centímetros, pero no podía
ceder. Un movimiento suyo nos dejó a casi un centímetro de
distancia. Asumiendo que muchos amigos estaban viendo la
escena, moví el pie con lentitud hacia atrás. Sin embargo, justo
una décima de segundo antes, volteó la cara y dijo: «¡No
puedo!». El alivio volvió a mi rostro. Sonreí. «¡Lo sabía! ¡Te
conozco!», dije.
Cuando mi corazón regresaba al pecho, di media vuelta y
encontré a otra amiga bailando para mí. Se trataba de Ivy, quien
duplicaba el grado de alcohol en la sangre en comparación a
Chiara.
Ivy volvió a ponerme en la misma situación de hacía unos
minutos: una amiga, con la que nunca habíamos coqueteado,
bailaba muy cerca y súper sensual. En ese momento, cuando la
temperatura empezaba a subir producto de las miradas,
apareció Karen como un haz de luz. Me tomó de la mano y
agregó: «Acompáñame al baño». La acción fue tan rápida que
Ivy, después de dos pasos de baile, recién se percató de que yo
ya no estaba.
—¿Dónde te habías metido? Gracias por rescatarme. ¿Viste
lo que estaba pasando? —le pregunté.
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—Yo no vi nada.
Sonreí y regresamos junto al grupo de amigos con los que
habíamos estado.
Esa noche no era una más. Busqué hacer algo tranquilo. Me
dispuse a conversar y beber una cerveza. A la pista de baile ya
no me acercaría nuevamente.
Cuando pretendía terminar la noche de manera tranquila,
sucedió algo que cambiaría mi vida. Unos amigos, ubicados en
una de las mesas del fondo y a los que casi no distinguía, me
llamaban. Había una chica con ellos, alguien a quien nunca
había visto. Me acerqué para ver de quién se trataba. Notaba un
cabello castaño y una vestimenta sencilla; es decir, no buscaba
provocar, pero se veía bien.
Al llegar a la mesa reconocí a todos mis amigos, quienes me
saludaron entre bromas. Cuando fue el turno de conocer a la
chica de la mesa, me quedé petrificado por dentro y sonriente
por fuera. No es posible reproducir con palabras lo que sentí
esos momentos, pero mientras me decían «te presento a Zoe»
esas cuatro palabras parecían durar cuatro minutos.
Inmediatamente vi sus ojos tan tiernos, su sonrisa tan angelical
y la perfección de un rostro radiante que brillaba en la
oscuridad. Todo se me quedó grabado. Definitivamente era
otra clase de chica, una especie en extinción, un ser irreal que
había bajado del cielo a visitarnos. Con solo una sonrisa había
borrado de mi mente las miradas coquetas, escotes, faldas y
todo lo que hasta ese momento mi memoria había registrado de
lugar. Esta chica no era para conocerla con una sonrisa
solamente, era para hablarle con el corazón.
No perdí el tiempo y me senté a su lado. Estaba cerca y no
podía soportar esa mirada tan angelical y ese brillo en sus ojos,
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pero, al mismo tiempo, quería controlarla, adueñarme de ella.
Traté de recuperar la situación, no sé si puse cara de idiota,
pero, por dentro, no dudo de haberme sentido así.
Fue luego de unos segundos, en los que no recuerdo lo que
habíamos conversado, que ella me comentó que mis amigos
habían hablado muy bien de mí. Recién en ese momento sentí
que me miraba con una inocente y a la vez evidente muestra de
interés. Si alguna vez en la vida ha existido una mirada que diga
«me gustas», esa era la que me estaba dando en ese mismo
instante. Puede que me haya equivocado y que todo haya sido
fruto de mi imaginación, pero en ese momento estaba
convencido de que así era, lo que me ayudó a sentirme más
seguro para lo que tenía que hacer.
Podía intentar pensar qué movimientos, miradas o acciones
efectuar; sin embargo, no podía enlazar mis ideas, aunque luego
noté que, mostrándome tal como era, lo estaba haciendo muy
bien.
No pensaba. Todo fluía, a tal punto que el resto de mis
amigos no existían. Estábamos ella y yo conversando,
contemplándonos y sonriéndonos. Zoe no era coqueta, pero la
química y la mirada decían mucho más que mil palabras o dos
mil posturas. Sin darnos cuenta, nuestros hombros, al igual que
nuestras piernas, ya estaban rozándose de manera involuntaria,
siguiendo la ley de la atracción.
No recuerdo lo que hablábamos, creo que ella tampoco. Era
como mover los labios casi sin escucharnos, como si fuera un
pretexto para estar cerca, mirándonos.

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Capítulo 2
DILEMA

Luego de unos minutos —la verdad no sé cuánto tiempo ni
cuántas sonrisas de por medio—, Karen me pasó la voz y me
hizo gestos para que regresara al grupo. No sé por qué, pero lo
hice. Sí, suena como algo estúpido. Me disculpé con los chicos
y con Zoe, aunque con la intención de volver pronto, y me fui.
Creo que los hombres no estamos preparados para el
momento en el que conocemos a una chica diferente. Nos
volvemos idiotas. Al punto, en mi caso, de dejar a Zoe sola por
unos minutos.
Estaba conversando con Karen y el resto de mis amigos
cuando sentí la inmediata necesidad de regresar donde Zoe. Era
algo inexplicable, era magnetismo o como quieran llamarlo. A
veces pienso que me separé de ella unos momentos por un
instinto de supervivencia; era demasiado peligroso sentir algo
tan fuerte por una chica a la que apenas había visto una vez,
pero la historia recién estaba empezando, y yo no me imaginaba
lo que me depararía el destino.
Cuando regresaba por Zoe noté que la oscuridad del bar
había apagado el brillo de esa mesa pegada a la esquina. Se
había marchado y solo quedaban algunos amigos, los que antes
me la habían presentado, quienes al ver mi cara de desconsuelo,
que traté de disimular, atinaron a decir que se había marchado y

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que era muy bonita, a lo que respondí asintiendo con la cabeza
y con un suspiro que no se notó.
La noche había terminado para mí, aun así la fuerza de las
masas hizo que terminara en otro bar y a pesar de que eran los
mismos amigos, un bar similar, la misma música y las mismas
cervezas, yo ya no era el mismo. ¿Dónde estaba Zoe? ¿Por qué
no me había quedado con ella?, repetía mi cabeza, para luego,
en un intento de sensatez, preguntarme quién era esa chica.
Está de más decir que me acosté y me levanté pensando en
ella. Era como si no hubiera conciliado el sueño o, peor aun,
como si me hubiera dormido en la banca de un parque con
niños jugando alrededor y viendo un bus en movimiento. Así
me sentí. En la noche había visualizado su mirada y sonrisa en
medio de mis ojos, y al abrirlos en la mañana, tenía la misma
imagen. ¿Quién era esa chica? ¡Tenía que averiguarlo!
Esa tarde llamé a un amigo, el que me la presentó, y, entre
conversación y conversación, llegamos al tema de Zoe.
Esperaba escuchar que era guapa, linda, un «¿te gustó?», «bien
ahí, parece que le gustaste», «habló de ti», pero solo escuché una
frase.
—Se va a casar.
Sentí que corría agua helada por mis venas, pero mantuve el
tono de voz mientras seguía de pie.
—Ah, ¡qué bien! ¿Cuándo? —pregunté.
—En unos meses.
En ese momento pensé que iba a desfallecer, que mi pecho
iba a quebrarse como un vidrio o que sentiría el típico vacío del

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alma, pero no fue así. Inmediatamente mi conciencia primó y,
antes de percibir cualquier dolor, mis paradigmas mezclados
con valores tomaron el control y descartaron cualquier
sentimiento por una chica que se iba a casar y que seguramente
era muy feliz.
Pretendí creer que estaba excluida de mi vida. Pretendí.
Pasaron los segundos, las horas, los días, las personas, los
lugares, los amigos, las amigas, la familia y ya no pensaba en
Zoe, solo la recordaba de vez en cuando. Si bien noté que le
había gustado, y que la química fue muy fuerte, siempre critiqué
el hecho de aprovecharse de una chica buena, tranquila. Y
mucho más condenatorio era siquiera pensar en destruir un
futuro matrimonio o una relación.
Fue así que, un día cualquiera en mi vida, llegué a un bar por
la despedida de un amigo que viajaría por varios meses a otro
país. No conocía a todos, pero no me costó mucho esfuerzo
integrarme al grupo.
En cada mesa había solo una persona conocida, así que
empecé a saludar, conversar, sonreír y beber algo; de pronto,
¡entró Zoe! Estaba con un vestido azul muy sobrio y elegante.
Sin duda era de otro planeta, de otra galaxia, de otra estrella. No
digo que no hubiera chicas muy bonitas por ahí, pero ella era
más que una chica bonita, era un ángel. Simplemente brillaba.
Cuando nos cruzamos —me había quedado petrificado con
una cerveza en la mano—, me puse tan nervioso que cometí la
estupidez de decirle: «Hola, ¿por qué tan formal?».
Quería que la tierra me tragara al notar que mi supuesto
halago la incomodó, pero traté de manejar la situación
agregando que estaba preciosa. Una sonrisa incómoda suya me
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hizo dar cuenta de que no había estropeado del todo la
situación y luego su mirada me confirmó que le agradaba
verme.
Cómo describir lo que sucedió después. Me acerqué, me
senté a su lado, estábamos casi pegados. Su hombro estaba
apoyado en el mío y, sin querer, su brazo descansaba en mi
rodilla por momentos. Fue una situación sublime: nos
mirábamos, sonreíamos, conversábamos de todo, como si el
resto del universo fuera un huracán girando y nosotros
estuviéramos en medio sin sentir ni una brisa.
No sé cuántas personas estaban al inicio cuando me senté al
lado de Zoe, pero al cabo de unas horas no quedaba nadie, no
existía nadie, no me preocupaba el lugar, no sentía la música, no
tenía sabor mi bebida. Nada. Todos mis sentidos estaban en mi
vista, en verla sonriéndome con ese brillo en sus ojos que
decían «lo mismo que te está pasando a ti me pasa a mí». Ni
siquiera cuando me dijo que estaba de novia se interrumpió ese
momento, porque sus labios pronunciaron esas palabras pero
sus ojos llevaban otra connotación. Su sonrisa era inmensa. Ella
era feliz conmigo en ese instante, al igual que yo.
No tengo idea de cuánto tiempo pasó, pero ya tenía que irse.
Si bien me ofrecí a acompañarla, una sonrisa entre ambos dejó
en claro que no era pertinente hacerlo, pero esta vez, de alguna
forma, nos comunicaríamos de nuevo. Volvió a acabar mi
noche, a pesar de que me quedé en el bar varias horas más.
No importaron las largas charlas con los amigos o que una
chica desconocida se pusiera a bailar delante de mí. Mi mirada y
mi cara de idiota dejaban en claro que estaba en Zoelandia y no
en el bar aquel.

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Llegué a casa y traté de dormir. La cabeza me daba vueltas
por el licor, me había excedido. Veía triple, pero estaba bien, así
veía a Zoe tres veces frente a mí. No sé cómo, pero pude
conciliar el sueño. Todo para que al día siguiente despertara
pensando en ella y sin saber si la llamaba o la dejaba seguir su
vida.

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Capítulo 3
GUERRA

Como si llevara por dentro combustible y hubiera caído sobre
este una cerilla encendida, mis dedos rápidamente escribieron
«hola» y así fue como inicié el mensaje para Zoe. Luego de unos
segundos interminables, llegó su respuesta.
—Hola, ¿qué
tal? —Bien, ¿tú?
—Bien, bien, con mucho
trabajo. —Me encantó verte de
nuevo. —A mí también.
Y así nos pasamos toda la mañana, comunicándonos sobre
lo bien que lo habíamos pasado en el bar, sobre lo que
hablamos y lo sorprendidos que estábamos por la química entre
los dos. Si bien no la veía, me imaginaba su mirada y su sonrisa,
como si, a pesar de la frialdad de un mensaje, tuviéramos el
mismo tipo de interacción que en persona. ¡No!, en vivo era
otra cosa, ¡era otro universo!
Las personas que trabajaban conmigo volteaban a mirarme,
sonreía sin razón como un loco. Ni siquiera imaginaban los mil
latidos de mi corazón cada vez que llegaba un nuevo mensaje
de Zoe. De esa manera transcurrió todo el día, un día en el que
solo esperaba sus respuestas, como si fueran la gasolina que
mantenía la caldera de mi corazón encendida.

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A veces era un simple «ja, ja», pero hasta los más triviales
eran hermosos. Solo importaba saber que estaba ahí, al otro
lado, mostrando interés, sonriendo.
Poco antes de que llegue la noche le pregunté —
inocentemente— si uno de esos días podía invitarla a almorzar
y me dijo: «¡Sí, está bien!». Aunque ella aún no lo supiera, me
refería al día siguiente. Haría hasta lo imposible por verla.
En la mañana, me puse mi mejor camisa, un buen perfume, fui
bien peinado y afeitado, cual chiquillo emocionado por su
primera cita. Salí de la oficina al mediodía aprovechando para
hacer unos trámites cerca del lugar donde ella trabajaba. Sentía
unos nervios inmensos, como si nunca hubiera hablado siquiera
con un ser humano del género opuesto.
Llegué al lugar y percibí que las oficinas estaban divididas
por vidrios. Se veía todo. Alcancé a ver a un grupo de gente
sentada en sus escritorios y la encontré. Podría haber pasado el
resto de mi vida contemplándola. Estaba de perfil, con una
blusa de flores que no podía quedarle tan bien a nadie más en el
mundo; llevaba el cabello recogido y estaba muy concentrada
en su trabajo. No me había visto.
Aprovechando que parte de sus tareas era atender citas de
negocios, me acerqué a su oficina aparentando ser uno de esos
señores importantes con los que seguramente se reunía. Ingresé
con un «buenas tardes» e inmediatamente todos los que estaban
presentes voltearon a ver quién era «ese sujeto de simpática
apariencia». Me crucé con miradas sugerentes de algunas chicas,
pero yo solo buscaba una, justo aquella que no se había
percatado de mi presencia.
Cuando llegué a su puerta, me
detuve. —Hola —dije en tono
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coqueto. Levantó la mirada y se
sorprendió. —Hola, ¿cómo estás?
Nunca contesté, ya que me paré a su lado e inmediatamente
me acerqué a su oído y le susurré: «¿Almorzamos?».
—¡Sí!
—Te espero en el lobby.
Salí de su oficina con mucha seguridad. Sabía que se ponía
nerviosa conmigo, sabía que le gustaba. Me sentía tan bien que
yo mismo me cegaba con lo que estaba haciendo. Ya fuera por
dejar nacer algo por alguien que se iba a casar o por lo que
estaba empezando a sentir, Zoe estaba despertando en mí algo
incontrolable. Sea como fuere —ahora puedo decirlo— en ese
momento no existía nada más, solo lo que pasaba entre Zoe y
yo.
Llegó al lobby y casi no paró; tuve que levantarme y seguir su
marcha. Me di cuenta de que claramente sus amigos del trabajo
le habían bromeado sobre mi presencia y ella estaba con ganas
de salir de ahí de inmediato. Subimos a mi auto; ya tenía hasta
la música perfecta: unas baladas de Bon Jovi nos acompañaron
hasta un buen restaurante con vista al mar y que quedaba cerca.
Nos sentamos, pedimos algo de comer y ella solo
preguntaba: «¿Y cómo estás?». Yo aprovechaba para mostrarle
con mi mirada que tenía fuego en mi interior y ella no lo
soportaba,

pues

esquivaba

mirando

hacia

otro

lado,

sonrojándose y poniéndose nerviosa. Entre tantas sonrisas,
pláticas y miradas, no pudo contenerse
más.
—No me fastidies, ¡ah! —dijo bromeando, con una dulce
voz celestial y haciendo casi un puchero de bebé.
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—¿Qué? Yo no estoy haciendo nada — le repliqué,
sonriendo con más seguridad.
Seguí atacando con mi arsenal de gestos y miradas
profundas. Ella continuó nerviosa.
—Mira, qué bonito el mar —comentó como para esquivar
lo que estaba sucediendo en nuestra mesa.
No dejé que eso pasara y agregué:
—Sí, también es bonito.
Y así transcurrió ese encarnizado combate en nuestra mesa;
yo lanzando un «¡Dios mío! ¡Te quiero llenar de besos!» con la
mirada, y Zoe contraatacando simplemente siendo ella, con
gestos en su rostro de niña buena, cada uno más perfecto que el
otro. Su voz acompañaba cada reacción de manera ideal, como
los pétalos de una rosa con gotas de lluvia fresca.
Definitivamente, no sabía cómo, ni de qué manera, pero nos
estábamos enamorando o algo así, y digo «algo así» porque era
indescriptible.
No sé si por la confianza del momento o porque estábamos
formando un nexo, salió el tema de su novio y pensé que todo
podría terminar ahí. Cuando empezó a hablar de él, sentí que
me estaban lanzando a un abismo cuya profundidad no se veía
por la niebla. Sin embargo, Zoe abrió mi paracaídas y me
rescató contándome que su relación no iba bien.
Mi sonrisa regresó por arte de su magia y escuché y escuché.
Por primera vez la vi triste, la sentí muy sola, resignada, como si
revelara que, aun cuando el noviazgo la iba a llevar al altar, ella
no sería feliz.
Pude haberle comentado muchas cosas; no obstante, dada
esa primera muestra de confianza, no podía ser muy osado.
Solo me adelanté a decirle que uno siempre debe buscar su
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felicidad y la de los demás, pero que si uno la sacrifica por otras
personas, al punto de transgredir sus propios límites, llega un
momento en el que uno explota y se cae todo.
Creímos pertinente cambiar de tema. Como por telepatía,
volvimos a las sonrisas, a las miradas, a la guerra, pero fue una
batalla memorable en la historia, ya que los dos perdimos y
ganamos. Ella perdió sus defensas, porque yo gané sus sonrisas;
pero el costo de hacerlo fue que yo perdí mi corazón y ella se lo
había ganado.

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Capítulo 4
TE EXTRAÑO POQUITO

Los días transcurrían y el sonido de un nuevo mensaje de texto
en el celular dejó de ser desesperante para convertirse en una
melodía celestial. Todo el día nos comunicábamos; ya no me
sentía solo, ella tampoco; éramos felices.
Cada vez que podíamos almorzábamos juntos. Decir que
solo seguíamos con las miradas, sonrisas y nerviosismo suena a
que no avanzábamos nada, pero era todo lo contrario:
sentíamos que nuestras almas se trasladaban al cuerpo del otro.
Recuerdo que en un almuerzo le pregunté si me extrañaba y me
respondió sonriendo: «Un poquito». Al mismo tiempo, sus ojos
me decían: «Más de lo que te imaginas».
Sin embargo, no llegaba la supuesta «cita» entre los dos; ella
vivía con su novio y no podía salir de noche con facilidad. Un
día, entre tanta conversación, volvimos a tocar ese tema; de
pronto, sus gestos, el brillo de sus ojos y toda esa hermosa e
interminable sonrisa desaparecieron. Aunque no queríamos, era
algo de lo que debíamos hablar.
Me comentó que se sentía muy sola, que su novio salía a
trabajar muy temprano y regresaba tan tarde que ella ya estaba
dormida. Los sábados se llevaba el trabajo a su casa y los
domingos se iba donde su familia, que por cierto no se llevaba
bien con ella.
Obviamente no podía ser imparcial con mis comentarios,
por lo que siempre le repetía que uno debía ser feliz y que a

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nadie le ponían una pistola en la cabeza para estar con alguien,
más aun si este alguien no le daba el valor debido.
—¿Y por qué no lo dejas? —le pregunté.
Por un segundo pensé que podría cuestionar mi
atrevimiento; un sentimiento de angustia y miedo recorrió su
cuerpo.
—No es fácil, a veces lo he pensado —contestó—. Alguna
vez se lo he dicho, pero él se pone mal, me da pena hacerlo.
Después de todo no me ha hecho algo malo para que lo deje,
me da miedo hacerlo.
Si bien mi intención no era ser yo quien terminara su
relación, consideraba que, si realmente lo hubiera amado, habría
respondido a mi pregunta con un «¡porque lo amo!», pero no
fue así. Su respuesta fue de sacrificio, de resignación. Por otro
lado, yo pensaba que en la vida el amor era más importante que
todo, así que eso me alentó a seguir viéndola en vez de
detenerme.
Regresando a su oficina, luego de uno de nuestros memorables
almuerzos, le pregunté si me extrañaría, ya que venía un fin de
semana en el que no nos íbamos a ver. Ella puso su mano a la
altura de sus ojos y, casi juntando el índice con el pulgar, me
dijo:
«Un poquito», mientras sonreía, así que afirmé: «Esta vez me
vas a extrañar mucho», y sonreí.
Empezó ese fin de semana y no lo estaba disfrutando
mucho.

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Antes salía con mis amigos a diversos lados; después de Zoe,
cuando estaba con ellos, extrañaba sus mensajes. Lo peor es
que sabía que estaba con él, aunque tenía la relativa tranquilidad
de que casi ni la miraba. La situación se estaba saliendo de mis
manos. Ya no solo la extrañaba, me moría por verla.
Llegó el domingo, de modo que agarré el carro, compré
unos postres y partí hacia la casa de mis padres a tomar un café
con ellos. Cuando estaba a pocos minutos de llegar, un mensaje
hizo que me cuadre a un lado del camino para verlo, pues podía
ser de Zoe.
Desesperadamente vi el mensaje. ¡Era ella! Decía: «Tenías
razón». Por un momento pensé que se refería a su relación y
que estaba aflorando en ella la valentía de enfrentar eso, pero
luego llegó otro mensaje: «Te extraño mucho».
Inmediatamente la
llamé. —¿Dónde estás?
—Por la plaza, en la casa de mis padres. —
Yo estoy cerca, visitando a unos familiares.
—Te busco.
No era una pregunta, sino una afirmación y, gracias a Dios,
me respondió:
—Nos encontramos en la
plaza. Fui a estacionarme ahí.
Salí del auto, me apoyé en este y encendí un cigarrillo. No
pasó mucho tiempo hasta que apareció en una esquina un ser
de luz. Era ella. Caminaba hacia mí sonriendo, aunque
agachando un poco la cabeza. Era otro de esos momentos en
los que hubiera querido detener el tiempo y verla solo avanzar y
avanzar hacia mí, como si pudiera flotar sin avanzar o como si
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la vereda se moviera hacia atrás, haciendo interminable ese
momento. Un «hola» me hizo despertar y un «¿me extrañaste
mucho?» produjo que ella se pusiera nerviosa y sonrojara.
Abrí la puerta del auto y partimos sin destino.
Me dijo que no tenía mucho tiempo, por lo que descarté
varias ideas que se me pasaban por la mente sobre a dónde
podíamos ir. Casi sin querer, estaba a pocas cuadras de la casa
de mis padres, así que llamé a mi madre y le pregunté: «¿Puedo
invitar a una amiga a tomar café con nosotros?». Ella, como
siempre, respondió: «¡Claro que sí!».
Llegamos a los pocos minutos y, cuando estacioné el auto,
Zoe recién entendió lo que estaba pasando.
—¿Vamos a tomar café con tus padres? —preguntó
sonriendo con nervios.
—Sí.
Creo que eso la hizo sentir más tranquila.

24

Capítulo 5
BRILLO EN LOS OJOS

Abrí la puerta del auto. No necesité empujones para hacerla
avanzar, pero su paso era lento y con una sonrisa indescifrable.
Toqué el timbre de la casa, mi padre apareció y sus nervios
se tranquilizaron un poco cuando la saludó con un «hola» y una
sonrisa. Los presenté y se notó que el ambiente estaba más
relajado para ella. Luego salió mi madre y con un «hola, hijita»
calmó aun más las aguas.
Nos sentamos en la sala para conversar antes de tomar café.
Estábamos juntos, casi en la misma posición, parecía la típica
visita a casa de los padres con la novia. Creo que ambos
lucíamos un poco nerviosos. Estaba con ella en el lugar donde
había vivido casi toda mi vida.
Una mirada arrulladora de mi madre y las bromas de mi
padre encaminaban a que todo fuera de maravilla, así Zoe se
soltó un poco y empezamos a conversar todos. Risas iban, risas
venían, no acaparaba la conversación ni pretendía ser el centro
de atención, pero noté que se había ganado a mis padres y creo
que a ella le encantaron.
Llegó el café. Si bien Zoe no se había soltado del todo, era la
dosis perfecta en ese momento. Mi madre no dejaba de mirarla
y sonreír. Ella siempre fue muy perceptiva conmigo, al punto
de preguntarme algunas veces de manera sutil si estaba
enamorado o de soltarme simplemente un «¿todo bien?» cada
vez que le presentaba a alguien.
Hace muchos años, cuando le presenté a una chica con la
que estaba saliendo, ella a solas me reveló: «Es muy bonita,
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pero no veo ese brillo en tus ojos». Así era mi madre; me
apoyaba en mis decisiones, al igual que mi padre, pero el
vínculo maternal hacía que viera más de lo evidente y, en este
caso, había visto que Zoe y yo nos estábamos enamorando y le
había encantado.
Ya se estaba haciendo un poco tarde, y por eso nos
despedimos de mis padres, no sin que ellos le dijeran: «Chau,
hijita, vuelve pronto». Cuando voltearon hacia mí, me miraron
como si me estuvieran felicitando tácitamente. Creo que los dos
salimos de ahí con ese gustito de haber conseguido un logro.
La intensidad de los momentos que pasábamos juntos hacía
olvidar el entorno que nos rodeaba, y a medida que nos íbamos
involucrando más, comenzaba a apretarnos.
Ya en el auto expresó: «¡Qué lindos tus papis!». No quise
agregar, para no arruinar el momento, que muchas personas en
general me habían dicho eso, pero sí me pareció más acertado
decirle la verdad: «¡Les encantaste!», y su sonrisa fue
interminable.
Puede sonar fuera de contexto, pero parecía que éramos
unos jóvenes enamorándose, de esos que no tienen cuentas que
pagar, ni que trabajar para mantenerse, o que no viven
preocupados. Todo sonaba a cuento de hadas, todo estaba en
las nubes. No existía nada más... hasta que me dijo: «¡Dejé mi
teléfono móvil en casa de mis padres! ¿Y si él me llama?».
Entonces le di el mío y llamó al teléfono fijo de la casa, no
contestaban. Empezó a ponerse nerviosa y me lo devolvió.
¿Qué podría pasar si llamaba su novio? ¿Su madre contestaría?
¿Qué le diría?
Pensé que tal vez su celular podía estar en su cartera. La
llamé desde el mío y me contestó una señora. Era su madre.
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Le pasé inmediatamente el teléfono a Zoe.
—Aló, mamá, ¡soy yo, Zoe! ¿Dónde está mi
móvil? Ella pensaba que yo había llamado a su
casa. —¿¡De donde crees que te estoy
contestando!?
Fue ahí cuando Zoe recién se dio cuenta y nos empezamos a
reír hasta que colgó y me miró.
—¿Ahora? ¡En mi móvil debe de haber aparecido tu nombre
cuando llamaste! Ahora dirá: «¿Quién ese tal Sebas que está con
mi hija?».
Más que preocuparnos, nos reímos. No éramos
consecuentes, no estábamos afligidos, nuestras miradas otra vez
nos estaban llevando fuera de este mundo y mi auto estaba
cerca a la casa de sus padres.
Si hay un cliché que siempre oímos es que a veces se puede
decir mucho con una mirada y cuando se bajó del auto la
mirada que me dio no encajaba en ese cliché. No me había
dicho mucho, me lo había dicho todo. Ni más ni menos, en la
proporción justa.
Seguí manejando a mi casa, como aquel adolescente al que le
acaban de decir «sí» cuando se declara a una chica. Si pensaba
en que Zoe se iba a casar, me dolería en el alma, pero ni
siquiera intenté evitar pensar en eso. Simplemente su mirada y
su sonrisa eran tan amplias para mis sentidos que veía el cielo
lleno de estrellas; no había espacio para pensar en nada más.

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Capítulo 6
SOLA

Transcurrían los días y ya era inevitable. El pecho me iba a
explotar. Era un sentimiento tan grande que mi cuerpo ya no lo
podía contener, pero mi corazón hacía lo imposible para que no
se me escapara ni un poquito.
Teníamos que vernos, vernos de verdad, salir una noche sin
tanta presión del tiempo, como si fuéramos dos enamorados,
aunque tal vez nunca pudiéramos serlo.
Insistir no se contaba dentro de mis capacidades. No me
gustaba, pero, a sabiendas de que para ella el poder salir de
noche era toda una odisea, insistí e insistí, y cuando pensé que
iba a cansarla, me dijo: «Ok, el viernes en la noche nos vemos».
No recuerdo cuándo fue que me respondió, no sé si fue
lunes y faltaban cuatro días, o si fue un jueves y faltaba lo uno.
Lo único que sé es que llegar al viernes se me hizo eterno.
¡Quería que pase el tiempo ya! Vivía como un robot, esperando
que transcurran las horas y, al mismo tiempo, me desesperaba
porque de repente estaba idealizando tanto el hecho de que nos
íbamos a ver que no consideraba el que unas horas antes me
podía cancelar la cita.
Era en esos momentos que, sin imaginarlo, pensaba que
dependíamos de él, que ella no era libre, que no era una
chiquillada lo que nos podía pasar, que yo era «el otro». Por
primera vez todo empezó a dolerme, pero no por lo que
estábamos haciendo —aún no era tan consciente—, sino
porque era probable que no pudiera salir… por él.
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Llegó el viernes. Tanto lo había esperado, ¡y ahora entraba en
pánico! Después de haber vivido días interminables, las horas se
volvieron infinitas, como si estuvieran en un reloj de arena y
tuviera que pasar por este todo el Sahara. Fue ahí que recibí un
nuevo mensaje. Era Zoe, decía: «Nos vemos a las ocho en la
pileta».
¡Por fin! ¡Podría salir! ¡Tenía una cita con ella! No puedo
describir lo feliz que estaba, pero, al mismo tiempo, la
preocupación me inundaba. ¿Y si a última hora no se aparecía?
Cada vez se hacía más constante ese sentimiento paralelo, esa
ambigüedad: feliz como nunca pero angustiado.
Me dirigí hacia la pileta, estacioné el auto cerca y la llamé por
teléfono.
—¿En qué parte de la pileta estás? —pregunté.
—Por el lado de los bares.
Caminé con un poco de apuro y las manos en los bolsillos
de mi saco largo, mientras me cruzaba con algunas miradas.
Simplemente quería separar a toda la gente, cual Moisés con las
aguas, para llegar a mi destino.
Estaba parada ahí, casi de perfil, preciosa como siempre,
vestida con una sobriedad elegante, pero esta vez no encontré
ni la sonrisa ni la mirada que me elevaban al cielo. Estaba
nerviosa por que nos vieran y eso me hacía retroceder. Para qué
seguir enamorándome de Zoe si ella se iba a casar, no era libre.
Tenía que regresar todas las noches a dormir en la misma cama
con él. Iba pensando todo eso a medida que caminábamos
hacia mi auto. Le abrí la puerta y, ya en el interior, me miró y

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sonrió nuevamente, ¡como antes! Había lanzado el salvavidas en
el momento preciso.
—¿Y a dónde vamos? —preguntó con su voz de
niña. —Es una sorpresa.
Llegamos a un restaurante muy bonito, con un ambiente
acogedor y una comida exquisita. Recordaba que, apenas unas
semanas atrás, me había llevado hasta allí mi primo Antonio y
que en mi memoria quedó grabado lo que me dijo: «Si quieres
impresionar a una chica, no a cualquier chica, tráela a aquí». Y
ahí estaba yo, con la chica a quien quería impresionar, o por lo
menos agradar.
Nos sentamos frente a frente. Estaba ella delante de mí con
absoluta inocencia, como si no supiera que su belleza me
empezaba a doler. Con mucha seguridad tomé la carta de vinos,
un tempranillo sería el maridaje perfecto para la cena y dos
platos de la especialidad de la casa nos acompañarían en esa
noche.
El mozo trajo el vino, le permití catarlo a ella. Un salud,
choque de copas, una sonrisa, una mirada y ninguna foto para
el recuerdo, otro de los costos de lo prohibido.
Conversamos y conversamos. Estábamos ahí, pero era como
si nuestros cuerpos estuvieran conversando, moviendo los
labios, mas nuestras almas estuvieran flotando encima de
nosotros, abrazándose y mirándose.
Zoe tocó el tema de su novio y me hizo despertar del
paraíso. Nuevamente cambió de rostro, se borró el brillo que
tenía. Esta vez quería hablar más.
—Me siento muy sola en mi casa. A veces trato de hacer
algo para distraerme o que mi madre me visite y me acompañe.
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Él tiene un problema, todo lo ve trabajo, de lunes a viernes se
va temprano, antes de que yo despierte, y regresa a la
medianoche cuando yo ya estoy durmiendo. Los sábados en la
noche se pone a trabajar solo en la sala, por insistencia mía me
acompaña a algún lugar y ese día terminamos peleando. A veces
se excede en tragos, eso le gusta. Y el domingo, que sería el día
libre de la semana, se va a casa de sus padres a pasarla con ellos,
con quienes, por cierto, no tengo una buena relación.
Mientras hablaba y hablaba, conocí a la otra Zoe: una chica
angustiada, preocupada, nerviosa, abrumada por la situación,
resignada, sin fuerzas para reaccionar. Su rostro no brillaba, era
más bien pálido, frío y, por momentos, parecía que iba a llorar.
—Eso de quedarse hasta la medianoche en el trabajo... ¿tú le
crees? —le comenté de manera burlona, queriendo hacerla
sonreír un poco.
Ella sonrió, pero era de esas sonrisas quebradizas, como si le
doliera pensar en eso, como si quisiera descartar esa posibilidad
que yo veía consistente y que ella quería negar.
—No, él no es así —replicó—. En realidad él no es muy
guapo y es tranquilo.
—Pero al margen de que te sientas sola —respondí—, ¿no
te da calidad de tiempo cuando se ven?
Zoe otra vez se derrumbó. No sé si lo que le decía le hacía
bien para desfogarse o estaba haciendo leña del árbol caído. —
Él no me toca, no me dice que me ama, no me dice que me
quiere... Por eso me siento sola en mi casa.
La pregunta que iba a hacer caía por su propio peso. Esta
vez no había guerra de miradas entre nosotros. Ella estaba
desconsolada, encogida, llorando por dentro, y yo, preocupado,
con ganas de abrazarla con mis brazos y con mi alma.
—¿Y por qué no lo dejas? —le pregunté.
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—Es que no es fácil, él me adora, me da la estabilidad de
una relación formal. Hemos vivido varias cosas, me ha apoyado
en momentos difíciles, me daría pena... Yo no podría hacerle
eso.
Está de más decir que con esas palabras el árbol caído en
llamas era yo. Sentí un profundo vacío en el pecho, como si
Zoe hubiera terminado con mis esperanzas e ilusiones. Después
de todo, ¿qué compromiso tenía conmigo si ni siquiera nos
habíamos besado alguna vez, si no estaba escrito y firmado en
un papel lo que tantas miradas habían dicho?
Sentí en Zoe una resignación y falta de valentía que no
juzgué, pero que parecían ahogarla, como si todo esto estuviera
matándola poco a poco, tan lentamente, como si no pudiera
reaccionar o darse cuenta. Su luz se iría apagando y de cierta
forma, ella lo sabía, pero no hacía nada al respecto, esperando
que, por arte de magia, las cosas pudieran mejorar.
¿Podría yo embarcarme a rescatarla o terminaría ahogado
antes que ella?
Yo venía de una relación anterior en la que sentía que me
hundía en el mar y que cada vez que quería salir a la superficie,
alguien desde un bote empujaba con su mano mi cabeza hacia
abajo, dejándome apenas medio segundo para tomar un poco
de aire y, así, hacerme morir lentamente, como si la única
opción fuera rendirse y no luchar, pero tuve la valentía de salir
de ahí. No fue fácil tomar esa decisión, pero era mi felicidad y
mi vida las que estaban en juego.
Cuando uno está ahogándose, piensa que todo es difícil,
imposible; sin embargo, una vez que sales con tal fuerza y
decisión a la superficie y tomas el aire fresco en tus pulmones,
te haces fuerte. Primero sobrevives y luego ves la inmensidad
del mar... un mar que asusta, pero por el que puedes nadar, solo
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dependiendo de ti, escogiendo la dirección que deseas tomar sin
rendirle cuentas a nadie.
Intenté plasmar esas ideas en mi conversación con Zoe, pero
no funcionó: o yo no estaba inspirado, o sus palabras me
habían quitado fuerza, o simplemente ella no reaccionaba.
Solo me atreví a decirle que el objetivo de uno en la vida es
ser feliz y luego hacer feliz a los demás; es decir, uno tiene una
reserva de felicidad en su alma y puede echar mano de ella para
hacer feliz al resto; visto de otro modo, puedes «sacrificarte»
por las personas que amas y ceder en algo para que esa persona
sea feliz, después de todo, la parte que sacrificaste te sería
compensada de otra manera.
El problema de esa teoría radica en la incertidumbre de que
lo que das no lo compense la persona que amas. ¿Si se
acostumbra a que tú des más y más? ¿Si para esa persona es
cómodo que tú cedas y no mueve ni un dedo por ti? Entonces
tus reservas de felicidad se van agotando, y cada vez se te nota
más en el rostro, como el de Zoe. Lo peor es que todos
tenemos un límite mínimo de felicidad con el cual
funcionamos. Si todo lo que has entregado a esa persona hizo
que estés en el límite de emergencia, bastará descender a menos
del mínimo para que explotes de alguna manera; ya en ese
punto no existe resignación, existe supervivencia.
Sea como fuere, en su frente solo veía proyectadas las
palabras «miedo», «resignación» y «soledad», y sentía que se
estaban tatuando en su piel sin que me permitiera hacer nada.
Cuando yo quería atacar su «soledad» para proponerle ser el
que la acompañe, salía el «miedo» a arriesgar; y cuando yo
atacaba su «miedo», inspirándole confianza en mí, salía su
«resignación» a decirle que ya tenía algo no tan bueno pero
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seguro, y cuando quería enfrentar su «resignación» para decirle
que luche por sus sueños, su «soledad» reaccionaba y le quitaba
las fuerzas. Y si yo quería volver a enfrentar su «soledad»,
esperando que su «miedo» también me enfrente, era su
«resignación» la que salía al frente diciéndole que siga sola, que
ya su vida era así.
Vi a Zoe sin fuerzas. Para ella más fácil que ver la realidad
era pretender que todo no estaba «tan mal» en su relación. Para
ella era más fácil tener algo «no tal malo» que arriesgar todo por
su felicidad. Para ella era más fácil quedarse con lo que «ya
tenía» y descartarme en el intento.
Esa primera cita no debía arruinarse. Pasé un sorbo de vino
por mi garganta con mucha dificultad, ya que el nudo que tenía
por la angustia hizo que me doliera; ensayé mi mejor sonrisa y
proseguí con algún tema trivial. Al poco tiempo, Zoe sonreía
nuevamente y empecé a recuperar el brillo de sus ojos.
¿Sería que mi misión era que ella fuera feliz? Yo encantado
de hacerlo y ella lo disfrutaba, ¡no se imaginan cuánto! Parecía
que solo era feliz conmigo, pero todo esto que estaba cediendo
o sacrificando ¿sería sostenible? ¿Ella me lo compensaría? Y
digo «sacrificando» porque el solo hecho de saber que, lo más
probable, no lo dejaría y que cada noche dormiría en su cama
pasó de ser un hecho aislado a ser un golpe directo al corazón.
Como fuere, la cena estuvo divina; terminamos riendo y la
llevé cerca a su casa, ahí nos despedimos. Dentro de mí sentía
que Zoe no significaba mi felicidad.
No sabía si ella quería que la hiciera feliz por el resto de su
vida.

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Capítulo 7
INOFENSIVO

Desperté al día siguiente pensado en ella —para variar—, pero
ahora sí hacía caso al entorno; es decir, ya me empezaba a
afectar la relación. Era el momento de decidir si paraba todo o
si exploraba qué podía pasar.
Volví a escuchar el sonido de un nuevo mensaje de texto.
Corrí a verlo y me aventé a la cama cual niño desesperado. ¡Era
Zoe!, y decía: «Gracias, ayer lo pasé muy bien. Eres un chico
muy lindo, respetuoso e inofensivo».
Al principio me alegré mucho, pero… ¿inofensivo? ¿Cómo
debía traducir esa palabra? O sea, respetuoso estaba bien,
porque no me atreví a hacer algo indebido, ya que ella estaba
comprometida, pero «inofensivo» quiere decir que… ¿no hice
nada?, ¿ni lo intenté?
No podía quedarme con el rótulo de inofensivo, debía pasar
a la ofensiva ¡pero ya!, así que me armé de valor y respondí su
mensaje: «¿Inofensivo? ¡Tenía ganas de besarte!».
Una vez enviado el mensaje, ya no había vuelta atrás. No sé
si demoró en leerlo o simplemente estaba buscando las

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palabras correctas.
Por fin llegó su respuesta: «¿Ah, sí? ¿En qué momento?».
Bajo un impulso de confianza y seguridad, sumado a que me
imaginaba una mirada pícara en su rostro —típica de las
mujeres cuando se sienten halagadas—, respondí
inmediatamente: «En todo momento».
Y con esa declaración debía esperar un nuevo mensaje de
Zoe, pero una vez enviado me di cuenta de que no había
mucho rango de respuestas precisas que ella me pudiera enviar.
Podía ser un: «Ah, ya, qué bueno», un «qué coqueto eres» o algo
que diera por cerrado el tema. Mientras pensaba, llegó el
mensaje que nunca pensé que Zoe sería capaz de enviar: «Y…
¿por qué no lo hiciste?».
¡Mi Dios! Una sonrisa de oreja a oreja invadió mi rostro y,
luego, dudé por un segundo si era Zoe quien me escribía, ¡lo
juro! Ella era mucho más tímida; por mensajes se estaba
notando más osada que en persona. Y con esa gran frase, me
pasó todo el peso de la siguiente respuesta a mí.
De más está decir que en ese momento mi corazón latía a
mil. Nuevamente ya no existía entorno, ya no habían
complicaciones,
éramos ella y yo dejando que todo fluya, ¡todo volvía a ser
emocionante! Mi respuesta no demoró tanto y fue también
precisa: «¿ Y qué hubieras hecho?».
Me sentía como un adolescente que acaba de declararle su
amor a una chica y que aún no tiene la confianza de coger su
mano. Zoe, muy inteligente, respondió: «Tal vez sí, tal vez no».
Y ese «tal vez no» no podía convertirse en «no». Tenía que
ser claro y directo, tenía que inclinar la balanza a mi favor, tenía
que decidir por ella, tenía que mostrar mucha seguridad y
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decisión. Ya no podía ser «inofensivo» y debía ¡pasar a la
ofensiva total! Así que mi respuesta fue: «La próxima vez que te
vea… ¡te voy a besar!».
Y otra vez el martirio de esperar segundos interminables.
¿Qué me respondería? Estaba muy positivo y aunque no
esperaba que diera marcha atrás, existía la posibilidad de que
me diga algo así como: «Entonces es mejor dejar de vernos».
Vamos, Zoe, ¡contesta!, pensaba yo. Esta vez estaba
demorando más en hacerlo, claro que ella debió haber pensado
muy bien su respuesta porque nuevamente me dejó con la boca
abierta: «Pero que no sea en un lugar público».
No hace falta mencionar que salté hasta el techo de alegría y
fue gracias a este que mi salto no me puso en órbita como si
fuera un satélite. ¡Por fin sabía que Zoe quería que la bese!
Que lo que sentía era desbordante, como lo que yo sentía, que
este sentimiento estaba sobrepasando cualquier situación y que
todo lo podría superar, hasta su noviazgo, el cual parecía ya
menos importante.
Iba a probar sus labios y, si su sonrisa y mirada ya me hacían
latir el corazón a mil, un beso de Zoe podía provocarme un
infarto, pero... ¡sería una preciosa forma de morir!

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Capítulo 8
LA HORA DE LA VERDAD

Al día siguiente, busqué mi mejor indumentaria. No las prendas
más bonitas, sino las que mejor me quedaban. Me apliqué el
perfume que le encantaba y salí de mi casa.
Mi completa seguridad de que Zoe quería que la besara era
nublada por las dudas propias del momento previo. ¿Y si no
podía almorzar conmigo? ¿Y si se tiraba para atrás y no quería
que la bese? ¿Y si me largaba de una vez por todas? ¿Y si
alguien nos veía? ¡Si alguien nos veía!
En cualquier otra etapa de mi vida, tal vez no hubiera sido
tan osado con ella. Lo más probable es que mi timidez hubiera
hecho que nunca la mire así y que termine siendo una de mis
tantas buenas amigas, pero esta vez era diferente. Desde que la
vi, y aunque suene a cliché, fue amor a primera vista. No fue
solo un «me gustas», fue un «me gustas tanto que quisiera estar
contigo sin importar nada y sin medir el tiempo».
Era como sentir que te has cruzado con una persona que te
da tanta paz con su mirada y emoción con su sonrisa que no es
justo que le cargues todas las cicatrices del corazón que puedas

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tener adentro. Era como un curador, como agua en unos labios
secos, como una estrella brillando más fuerte que otras en el
firmamento. Era como sentir «¿dónde estabas todos estos años?
¡Por fin te encontré!». Era como ver a alguien por primera vez y
tener ganas de besarla, no apasionadamente, sino con suavidad
en los labios pero con latidos tan fuertes que los sintiera. Toda
esa química fluía entre ambos y me daba confianza. Después de
manejar por un rato, estacioné y fui a buscarla.
Llegué a su oficina. El «buenos días» que yo usaba de saludo
había variado por un «¡hola, chicos!», ya que sus compañeros de
trabajo me iban viendo varias veces y hasta había conocido a
algunos. Además, la sonrisa de Zoe hacía notar que era feliz y
eso irradiaba más energía que las críticas o los malos
pensamientos.
—¡Hola! —le dije a Zoe—. ¿Vamos?
Cual princesa en su carruaje, me miró y se levantó de su silla,
mientras exclamaba:
—¡Vamos!
Caminamos un par de cuadras hacia un restaurante. En esas
dos interminables cuadras, ella me conversaba de cualquier
cosa, estaba nerviosa, sabía que en algún momento intentaría
besarla. Por ahora tenía la seguridad de la calle, de tanta gente
pasando por ahí... muchos testigos.
Yo aprovechaba para bombardearla de miradas y sonrisas
con las que le decía «¡hoy no te me escapas!» y ella solo atinaba
a seguir hablando sin parar, trabándose en sus palabras. A pesar
de que lo lógico era pensar que de repente ya no quería que la
besara, por dentro yo repetía lo mismo: «¡No te escapas!».
Íbamos a entrar al restaurante, pero pensé que al ser un

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lugar público podía representar una barrera entre sus labios y
los míos. Si bien era temprano y podíamos ser los primeros
comensales, no quería arriesgarme. Cogí su mano y, en vez de
dirigirnos hacia la puerta, la jalé hacia el estacionamiento del
restaurante, que también tenía acceso al mismo, y le dije: «Esta
vez vamos por aquí».
Zoe estaba muy nerviosa, pero no a la defensiva, sabía lo
que podía pasar...
Entramos al estacionamiento y rápidamente se adelantó
hacia la puerta. En un atinado reflejo cogí su mano y, mientras
volteaba sonriendo, la alcancé. Me miró con miedo pero
felicidad a la vez. El momento había llegado, ese en el que
habíamos pensado desde que nos vimos aquel día.
Me paré delante de ella y la miré a los ojos.
—¿Qué? —me dijo, como si no supiera lo que pasaba. —
Zoe, te voy a besar —repliqué, como para estar seguro de
que no voltearía la cara a último
momento. —Pero ¿si alguien nos ve?
—No hay nadie... ¡Te voy a besar! —le dije, acercándome
aun más y mirándola fijamente.
Ella sonrió y me besó.
Fueron los labios más suaves que besé en mi vida. Fueron
uno, dos y tres besos... Solo eso, pero cada uno me transportó a
un paraíso diferente. Cerré los ojos al igual que ella. Ya
estábamos unidos y ese momento, ese contacto, ese nexo era
más fuerte que cualquier cosa en este mundo. Me sentí bien, me
sentí relajado. Fue tan romántico. El sentimiento estaba adentro
y era interminable.
Abrimos los ojos, sonreímos y, de la mano, me dijo:
«¿Vamos?», y me jaló hacia el restaurante. Entramos y no
había nadie, excepto el personal.
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Me senté a su lado por primera vez, no al frente como lo
hacía antes. Estábamos de la mano, pero no era solo un
contacto físico: era querer tenernos de la mano por siempre.
La miré y su sonrisa era de completa felicidad. Se engreía
como niña y bajaba la mirada de manera juguetona, a tal punto
que alcancé a besar su cabello y luego su frente, sintiendo el
perfume más exquisito que se pudiera haber inventado, el de
ella.
—Afuera me besaste tú a mí. Era yo el que tenía que besarte
a ti. —Verdad, ¿no? ¡Yo te besé!
—Bueno —le dije—, ahora te voy a besar yo.
Y me acerqué a ella lentamente. Mis dedos llegaban a tocar
su cuello, casi por detrás de la oreja, mientras me acercaba y
esta vez me miró totalmente entrega, sabiendo que ahora sí
sería más intenso porque mi mirada, acercándose a la suya,
notaban una fuerza y pasión que la iba a envolver. Así fue que
juntamos nuestros labios y sentimos energía, pasión, unión,
indivisibilidad. Mi mano recorría su cuello suavemente al ritmo
de nuestra respiración, que seguía el ritmo de nuestros besos y
que, al mismo tiempo, nos estaban dejando sin aliento. Cuando
dejamos de besarnos —porque habíamos alcanzado la dosis
perfecta—, el rostro de Zoe, que aún no había abierto los ojos,
decía «soy tuya». Yo ya era suyo.
Abrió los ojos. ¡Su sonrisa y su mirada eran un millón de veces
más bonitas! ¿Sería posible que yo pudiera hacerla tan feliz?
¡Brillaba! Nunca la había visto así en mi vida. ¡Pero qué grande
es Dios!, pensé, ya soy inmensamente feliz de poder estar a su
lado y, encima, me regala la dicha de hacerla tan feliz. No había
duda: éramos el uno para el otro.

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Siguieron las caricias, el sentir nuestros dedos, nuestras
manos, nuestros labios; ella sonreía y yo le besaba la frente, la
mejilla... no paraba de besarla.
—¿Te molesta que te bese tanto? —le
pregunté. —¡Me encanta!
Cuando entraba alguien al restaurante, nos separábamos.
Ella volteaba a ver si era un conocido y, tomando nuevamente
mi mano, me decía: «¡Sigamos!».
Así estuvimos durante todo el almuerzo. Sentíamos que
todos nos sonreían, desde el dueño hasta los meseros.
Irradiábamos felicidad y parecía que teníamos tanta que
hacíamos felices a los que nos rodeaban.
Un «¡vamos, ya es tarde. Tengo que regresar a trabajar!» me
hizo pedir la cuenta, pero seguíamos sonriendo a pesar de que
nos íbamos a separar y no sabía durante cuántos días. Salimos
del restaurante de la mano, otra vez hacia la cochera. Esta vez
ya había carros. Miramos de izquierda a derecha, no había
nadie. Nos besamos y abrazamos. No nos acercamos tanto,
pero sí lo suficiente como para que ese abrazo no pasara los
límites de lo romántico. Nos tomamos de la mano y, como
niños, nos escapamos hacia la calle.
Ya afuera, de nuevo nos soltamos, pero esta vez nuestras
miradas y sonrisas eran otras, nos delataban, como si las
personas que se nos cruzaban pensaran: «¡Estos chicos están
enamorados!».
Llegué a las afueras de su oficina y me alejé sonriendo. No
nos dimos ni un beso en la mejilla; solo un «chau» y una mirada,
pero no eran nada comparado a lo que habíamos vivido
minutos antes. Suspiré, metí las manos en mi saco, cogí un

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cigarrillo y fui a buscar mi auto. Podría haberme cruzado con
un ciclista que
me golpeara, tropezado con una piedra y seguiría caminando y
sonriendo; incluso podría haber pasado un camión por mi
encima y yo me hubiera levantado y le hubiera sonreído al
conductor.
Llegué al auto y me fui, pero ahora el asiento del costado no
estaba vacío, ni la calle, ni el cielo, ni el universo. Ahora todo
mi mundo estaba lleno de ella.

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Capítulo 10
LA CUENTA

Solo podía verla de vez en cuando para almorzar, pero eran
grandes momentos.
Ella empezó a superar la emoción que yo sentía al verla
cuando aumentó los «te extraño» por los «te quiero», las
miradas por los besos y las sonrisas por coger mi mano. Hacía
tanto que no tenía eso... y ella tampoco.
Sin embargo, cada vez que tocábamos el tema de su
noviazgo, el panorama no lucía nada alentador para mí. Pensé
que, si sentíamos tanto, sería lo suficientemente fuerte como
para que ella se quede conmigo y lo deje, pero siempre salía con
lo mismo: «Tengo miedo», «es tan difícil», «no puedo hacerle
eso». Todo había empezado a caer en un punto muerto. Era
hora de empezar a pagar la cuenta.
Cuanto más sentía algo por mí, más se frenaba; cuanto más
se enamoraba de mí, más trataba de no hacerlo; cuanto más
quería estar conmigo, más evitaba que sucediera.
Todo eso empezó a matarme y la verdad es que me mató
muchas veces, pero luego me hacía renacer con un beso.
Se empezó a volver algo confuso, algo inestable para mí: ¡era
el hombre más feliz del mundo estando a su lado!, pero cuando
no, ¡ella estaba con él!
Era injusto para mí el saber que, cuando él llegaba a su casa,
apenas la saludaba y se echaba a dormir, mientras que yo, en su
lugar, tendría el corazón abierto de par en par y, si fuera a mi
casa a la que llegara, la esperaría con una rosa y me la comería a
besos, prepararíamos algo en la cocina, luego iríamos al cuarto a
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conversar por horas, abrazados, cogiéndonos la mano y
sonriendo como tontos, pero... ¿qué podía hacer con todos esos
«podrían ser»?
Empecé a sentirme solo, a sentirme nostálgico, a sufrir.
¿Que no se suponía que si ella no lo amaba y a mí me quería era
suficiente para que se quede conmigo? ¿Por qué no me dejaba
hacerla feliz por el resto de su vida? ¿Por qué? ¡Por qué!
Las botellas de vino y los cigarros empezaron a hacerse más
frecuentes en mi habitación. Empecé a sentir su rechazo, su
distancia, su enfriamiento para luego recibir sus mensajes con
un «te extraño», con un «te quiero» que me daban fuerzas, pero
cuando le decía para vernos me contestaba: «No te puedo ver».
El mundo que creamos para ella era solo de los dos; pero para
mí era de tres.
Ahora era yo el que le insistía para almorzar. Nunca me
gustó insistir, aun así luchaba por ella. Y cuando nos veíamos,
nos besábamos con más pasión que antes, pero esta vez mis
besos decían «para siempre» y sentía que los suyos me decían
«adiós».
El que alguna vez amó sabe que el momento más bonito es
indescriptible, es estar en el cielo, es pretender que los ángeles
te envidien porque estás más cerca de Dios que ellos, pero
también saben que cuando rompen con uno es sentir un gran
dolor, un gran vacío, es morir y seguir consciente. Y todo eso
yo lo empecé a vivir día a día: totalmente feliz y totalmente
golpeado en el piso.
¿Qué se supone que debía hacer? Pasé muchas noches
preguntándoselo a Dios, pero al mismo tiempo, bajaba la
cabeza sabiendo que vivía en pecado.
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Lo único que me mantenía con fuerzas eran los pocos
momentos que pasábamos juntos, aquellos almuerzos que
seguían siendo tan bonitos hasta que yo la presionaba para que
se decida. No me decía que no, pero tampoco que sí y los días y
sus malditos 86,400 segundos me golpeaban en el corazón.
Pero ella me quería y, si para ella no era suficiente, para mí sí
tenía sentido seguir luchando por ella, aunque mi sonrisa ya no
fuera la misma, solo una coraza. No quería que ella me viera
mal, pero lo hizo.
—Ya no te veo tan feliz como antes... —me dijo un
día. —¿Por qué no lo dejas? Déjame hacerte feliz.
Su respuesta fue la misma, como si mis palabras se hubieran
desgastado, como si todo lo que sentía por ella no valiera la
pena.
Todo esto me estaba haciendo sentir mal, se me estaba
notando y, lo que es peor, estaba haciendo que mi piso
tambaleara. ¿Cómo estar tan seguro así? ¿Cómo canalizar lo que
quería entregarle si no tenía estabilidad? Ya no era asertivo con
mis palabras, con mis actos. Tenía que hacer un esfuerzo
sobrehumano para poder intentar seguir enamorándola.
Por esos días se acercaba mi cumpleaños. Todos mis amigos
me llamaban para decirme: «¿Harás una fiesta, no?, ¿dónde
iremos a festejar?». Yo solo pensaba en Zoe... ¿Podría pasar un
minuto de ese día tan especial para mí con ella?

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Capítulo 10
¿RESURRECCIÓN?

El día de mi cumpleaños se acerca y nunca marzo me pareció
tan diciembre.
Mis amigos me decían que querían pasarlo conmigo, pero
Zoe solo atinaba a decir que trataría de ir, después de todo era
un viernes en la noche, un viernes que le dedicaba a él.
Jules, una de mis mejores amigas, me animó a celebrarlo con
todos los chicos en una discoteca al sur de la ciudad, una de las
más in que había. Así que entre pasarlo solo sin Zoe o con los
chicos, opté, bajo presión, por pasarlo con ellos.
Llegó mi cumpleaños. Varias llamadas me despertaron y ya
no me dejaron dormir; después de todo, tenía muchos amigos y
amigas que me querían, pero Zoe no me llamaba. Pensaba en
ella todo el día. Si ella ya se hubiera decidido por mí,
¡estaríamos juntos justo en ese momento!
Almorcé con mi familia, una grata compañía y una buena
comida, aunque no entraban a esa parte de mi corazón que solo
Zoe llenaba. Me fui a casa. Estaba solo. Ya el teléfono había
dejado de timbrar y de Zoe no había ni rastro.
Asumí la inacción de mi inercia, me di un duchazo y empecé a
alistarme. Era ya de noche, casi las diez y Zoe no llamaba. Salí
de casa, no le había dicho a nadie que me acompañe, porque en
alguna parte de mi ilusión me veía junto a ella.

47

Llegué a la discoteca, bajé las interminables escaleras que
daban al bar y estaban ahí todos mis amigos: los de la infancia,
del trabajo y de la vida. Pero Zoe no estaba.
Sus sonrisas, besos y abrazos me hicieron sentir muy bien.
Estaba feliz de que estuvieran allí, sentía que sí valoraban la
sinceridad del cariño que les tenía. Tomamos unos tragos. Las
chicas estaban más bellas que de costumbre, empecé a sonreír,
pero por fuera.
En ese momento volteé por instinto a ver las escaleras: un
ángel bajaba flotando por estas. La oscuridad del local se
iluminó con su aura. Era Zoe, más bella que nunca, tan elegante
como siempre. Todos mis amigos se dieron cuenta de que yo
estaba viendo a esa chica y los más allegados sospecharon de
quién se trataba. Me acerqué a darle el alcance, dejando a todos
atrás; en el último peldaño, le acerqué mi mano.
—¡Hola, feliz cumpleaños!
Era todo lo que necesitaba escuchar.
Se la presenté a los chicos, muchos ya la conocían, porque
no paraba de hablar de ella cuando los veía. Jules, mi gran
amiga, debía de ser una de las que más la conocía en historias.
Inmediatamente, de manera discreta, mis amigos se me
acercaban al oído y me decían: «Qué linda que es». Yo sonreía,
como si fuera mía, solo para mí, y aunque sea en ese lugar, sentí
que lo era.
Permanecía a su lado y para guardar la cortesía con mis
invitados, les hablaba desde mi sitio en voz alta. Mi lugar estaba
al lado de Zoe. Incluso Jules me tomó de la mano y me dijo:
«Vamos a bailar». Esa vez no cometería el mismo error de
dejarla sola ni un segundo, así que en forma irónica y bromista
respondí: «No». Jules sonrió medio desconcertada, pero
entendió la situación.
48

—¿Por qué no bailas con ella? —me preguntó
Zoe. —Solo hay una persona con la que quiero
bailar.
A los pocos minutos le dije para ir a la pista de baile, pero
ella, sabiendo lo que iba a pasar si lo hacíamos, optó por
decirme que no. Esa negativa no me dolió. Mi seguridad estaba
a flor de piel, asi que tomé su mano y la llevé a la pista de baile.
Para nuestra suerte, estaba tan oscuro y había tanta gente
bailando que nadie nos vería desde la zona del bar. Y lo que era
más propicio aún, tendríamos que bailar muy pegados.
Empezamos a movernos con la música. No recuerdo la
canción, solo bastó que me acercara un poco para que Zoe
empiece a besarme y con ello empezaría el mejor cumpleaños
de mi vida.
Nos besamos —esta vez no tan inocentemente— y
juntamos nuestros cuerpos. La abracé con toda mi intensidad.
Éramos uno y nadie podría separarnos. Hacía días que no nos
veíamos y toda esa energía contenida nos estaba uniendo como
un solo cuerpo, una sola alma. Llegué a pensar que éramos un
solo pecho y que ambos sentíamos nuestros corazones latir uno
dentro del otro.
Fue mágico, demasiado inalcanzable, deliciosamente infinito,
arrolladoramente intenso.
Nuevamente estaba haciendo feliz a la mujer que quería; y lo
que era más increíble, ¡yo mismo era feliz!
Pasamos una hora besándonos y abrazándonos, no es
exagerado decirlo. Sus manos recorrían mis brazos; mis manos,
su espalda hasta donde era pertinente, hasta lo permitido. Nos
agitábamos. Todas las canciones las bailábamos como baladas,
así fueran súper movidas. Era nuestro mundo otra vez, nuestra
burbuja. Era mía otra vez y yo suyo, siempre.
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