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La Mochi Hilton (completo) .pdf



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"La Mochi Hilton"
Rogelio E. Ruiz Ríos

A Ramona Nazareno Tirado Tirado le gustaba mencionar que era de Costa Rica. Pero
su acento la delataba y sus interlocutores reaccionaban incrédulos. Con una sonrisa
vaciladora aclaraba que así se llama el ejido sinaloense donde nació, cerquita de
Culiacán. Por ser la hija mayor la bautizaron Ramona, así extendieron la tradición
familiar por tres generaciones. Para variarle un poco, su madre le agregó el Nazareno.
Se le ocurrió encinta, cuando un día pasó frente al templo de los aleluyas localizado en
las afueras del poblado y vio el nombre inscrito por encima del marco de la puerta.
También en su familia, y en el pueblo entero, mantenían la práctica inveterada
de decirle Monchis a las Ramonas, sin embargo, a Ramona Nazareno desde pequeña
el apócope derivó en Mochi a causa de una de sus hermanas menores que
pronunciaba mal la palabra por estar chupándose siempre el dedo índice. Al ser
necesario dar mayores señas y distinguirla de las otras Ramonas del pueblo, la gente
se refería a ella como La Mochi Tirado, aunque a veces obligados a no confundirla con
su madre y abuela de idéntico nombre, derivaron su apelativo en La Mochita Tirado.
A La Mochi le inquietaba saber por qué tenía dos veces el apellido materno si
desde chica sus tías, primas y vecinas le aseguraban que era hija de El Chigüili
Zazueta. Incluso estaba convencida de que antes de que él desapareciera, las
repetidas ocasiones que se lo había topado en los callejones del pueblo, éste la había
saludado con un ligero meneo de cabeza de arriba a abajo al tiempo que abría y
cerraba los ojos de manera tierna. No le quedaba duda de que esa era la forma
apropiada en que un padre saluda a una hija al cruzarse por casualidad en la calle. Al
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ingresar a la secundaria técnica aumentó su curiosidad por conocer más de su origen
familiar. Sus constantes preguntas no mellaron el hermetismo materno, sólo obtuvo el
dato de que la habían registrado con el apellido materno por partida doble para evitar
las suspicacias vividas por su madre y abuela Ramona Tirado, criadas sin referente
paterno y registradas solo con un apellido.
La Mochi no completó la educación secundaria porque explicaba: "Apenas iba
en segundo y ya debía un chingo de materias". Una vez fuera de las aulas no le quedó
más remedio que trabajar. Empezó sus aventuras laborales despachando cervezas en
el depósito de Don Chuy, pero luego de un rato se aburrió y una tarde ya no se
presentó. El patrón la buscó en su casa pero no le abrió la puerta. Doña Monchis
Tirado, madre y jefa del hogar, mostró su descontento ante la actitud poltrona de la
primogénita. Le irritaba verla dormir hasta tarde y que al despertar se echara a vagar
con los plebes del barrio. Además, se quejaba de que no le ayudaba en los
quehaceres, aunado a que extrañaba el dinero que su hija ganaba en su primera
experiencia salarial. La creciente presión en casa y la necesidad de contar con algo
para gastar vencieron su reticencia para conseguir otro empleo. Pidió trabajo a La
Lochi Zataráin y empezó a atender mesas en el "Centro turístico y botanero El Negro
pero con suerte". La propietaria la conocía desde pequeña y le dio gusto pensar que la
risa franca, el carácter dicharachero y la enjuta pero marcada silueta de su nueva
empleada contribuyera al regreso de la clientela mermada por la proliferación de los
burlesques a un costado de la carretera federal. La Mochi de nuevo renunció a los
pocos días después de un incidente a tiros que "gracias a dios no dejó heridos". Luego
pasó fugazmente por “El Periplo", un congal disfrazado de lonchería que por su

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ubicación a un costado de la carretera atraía muchos traileros. En el pueblo se
rumoraron algunas cosas no gratas acerca de la naturaleza de las actividades que La
Mochi cumplía en ese tugurio. La misma Mochi contribuyó a las habladurías al no
aclarar si realizaba alguna tarea complementaria a las que de rigor tenía asignadas:
lavar los baños, llamar a los guardias de seguridad para apaciguar las constantes
reyertas y vender las fichas con las que la clientela adquiría el derecho de bailar tres
melodías con las falenas. Fue ahí donde La Mochi se enamoró por primera vez. Hasta
entonces, desde que cursaba el sexto grado de primaria su actividad sentimental sólo
registraba breves escarceos en oscuros rincones callejeros con impacientes
mozalbetes que le aventajaban un lustro de edad.
A La Mochi le gustaba platicar de "aquél compa", en alusión al conductor
nayarita que conquistó su amor debutante. Ese hombre de fácil sonrisa dibujada en su
dentadura asimétrica matizada por el coqueto detalle del proscenio formado entre sus
grandes y amarillentos dientes frontales. Le encantaban su voz sibilina y su negra
cabellera ondulada, crecida por atrás y muy corta al frente. El trailero que supo llegarle
y adentrársele "hasta a mero dentro, ahí donde se arremolinan los sentimientos más
bellos". Entre los trayectos de ida y vuelta a Tijuana, La Mochi podía verlo cada dos o
tres semanas. Cada que narraba sus encuentros, la voz se le suavizaba y hasta
parecía levitar a fuerza de puros suspiros. El idilio se prolongó casi un año, lo suficiente
para alertar a la esposa del troquero. Contaba que "su defecto no era ser casado, sino
ser un pinche mandilón. Su vieja le prohibió verme y el cabrón comenzó a sacarme la
vuelta. Ahí se acabó el corrido". El vapuleado corazón de "La Mochi" no tuvo tiempo

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para duelos porque lo mantuvo ocupado con una miríada de colegas del Adonis
nayarita.
En el trajín de esos agitados días La Mochi conoció a El Uoo Uoo, un cincuentón
de tupido bigote, versado en las dotes amatorias que hacía gala de un recurso infalible
para consagrar el proceso de seducción de sus doncellas: recitarles las estrofas de las
canciones más románticas del espectro pop y grupero. De esta táctica procedía el
apodo que le dieron sus colegas del volante, aludía al estribillo de una popular canción
de fines del decenio de 1980 que remataba el estribillo de "tú y yo somos uno mismo"
con un prolongado aullido compuestos por esas vocales. En las ratos de ocio, al gremio
le gustaba regodearse con las aventuras sentimentales del galán carretero y de paso
obtener algunos consejos o secretos de lo que él mismo designaba como "su mística" o
"nivel de verbo". Su libidinoso auditorio se entusiasmaba al escuchar su infalible táctica
hacia el final del cortejo tras días de ruegos, era el momento en que ellas por fin
aceptaban subirse a la cabina y dar un paseo. Tras unos minutos en marcha a discreta
velocidad, El Uoo Uoo se orillaba junto al camino sin apagar el motor, tocaba el claxon
y con ese aroma de loción penetrante que aseguraba a ellas les enchina la piel,
confiado en el efecto de sus estudiados y delicados movimientos de manos
deslizándose entre los muslos trémulos de la mujer con la gracia de quien dirige una
orquesta musical, con sus cortos y gruesos dedos blandiendo la carne del objeto del
deseo, les susurraba al oído las palabras de amor aprendidas en la radio durante esas
largas horas de soledad en cada trayecto.
Fue El Uoo Uoo quien sembró en La Mochi un creciente interés por conocer la
frontera. La tradición marcaba que terminada la secundaria, los plebes se treparan a un

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autobús y enfilaran a la Baja California. A sus 17 años La Mochi ya se sentía un poco
sola, todos los de su camada andaban "allá". Si bien, antes de conocer a El Uoo Uoo
La Mochi no consideraba con seriedad la idea de irse a Tijuana. Lo había pensado en
ocasiones, sobre todo emocionada por las pláticas de los que regresaban en época
navideña y que durante esas noches interminables en que pisteaban en la esquina
destinaban gran parte de la conversación a describir las noches de party en "El
Pulgón", "La catedral de las grandes bandas".
Un domingo tempranito con sus pertenencias acomodadas en una pequeña
mochila, se despidió de la familia, recibió las consabidas bendiciones de su madre y
abuela y un vecino le dio raite a la carretera donde la esperaba paciente en su troque
El Uoo Uoo. Las horas siguientes se incrementó su entusiasmó de llegar a Tijuana, iba
preparada con las direcciones de varios compas. Del pueblo que dejaba atrás no
guardaba nostalgia. La carretera, pese a la molestia de los continuos retenes, terminó
por acentuar su convicción de que quería conocer mundo. Imbuida del placer
omnisciente que le provocaba viajar en la cabina del tractor, con los pies estirados y
cruzados hasta sobresalir al exterior de la ventanilla, se divertía mirando cómo la
rugiente máquina devoraba las rayas blancas trazadas sobre el pavimento.
El viaje a Tijuana no tuvo nada destacable, quizá sólo el hecho de ver a su primo
Javi, a quien había perdido la pista tiempo atrás, en el retén militar instalado en los
límites entre Sonora y Baja California. Lo encontró ñengo, desaliñado, enjuto,
aprisionado en su uniforme camuflado, con un enorme fusil en las manos que lo hacía
lucir "más flaco y enclenque". Con esas palabras describiría posteriormente el fortuito
encuentro a su madre en una de las escasas llamadas telefónicas que le hizo después

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de marcharse. El viaje también sirvió para que se foqueara por vez primera incitada por
su transportador. Arribaron a su destino fronterizo de madrugada. Permaneció dos días
con El Uoo Uoo mientras éste cargaba la mercancía de retache. Después llamó por
teléfono a algunos números locales y direcciones en mano partió con rumbo a "El
Murúa". Esperaba acomodarse en una de las diversas casas que sus paisanos
rentaban en la colonia.
La Mochi siempre recordará su primer viaje en calafia. Al bajarse de la unidad
iba bastante aturdida, sentía náuseas. El zangoloteo provocado por las múltiples zanjas
que horadaban las calles socavó su entusiasmo junto al persistente olor a cloro residual
del aseo matutino que impregnaba el interior del vehículo, la estridente música que
escapaba de las destartaladas bocinas ocultas en los enormes cajones negros, las
centelleantes luces rojas estilo burdel adosadas en el retablo de madera colocado
sobre la cabeza del conductor, el rancio sudor concentrado de decenas de pasajeros,
los intempestivos altos con el rechinido de frenos para permitir el ascenso y descenso
de los usuarios, el molesto murmullo de las conversaciones improvisada para mitigar el
tedio la desesperaron en un trayecto que se le hizo interminable.
En aquellos farragosos días de adaptación a la vida fronteriza, La Mochi adquirió
la costumbre de mirar el cerro pelón al que llamaban Colorado. La montaña de
apariencia inocua le transmitía apacibilidad y más tarde, cuando vinieron días aciagos,
le proporcionaría consuelo. En Costa Rica le habían advertido que "Tijuana era puro
cerro seco y polvoso", pero a la vista el paisaje le pareció más hostil de lo que le habían
platicado. La Mochi aprendió a conjurar toda amenaza de nostalgia amparándose en la
confortante presencia del árido montículo en cuya cúspide se exhibía orgullosa una

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cruz blanca custodiada por una legión de gigantescas antenas. En su experiencia
Tijuana la simbolizaba ese cerro desprovisto de fulgor, sin majestad, anodino pero que
ella admiraba por altivo, estoico, perseverante, cómplice del viento, mimetizado con el
polvo, seco, desdeñado por quienes cotidianamente transitan a sus pies.
En las tardes veraniegas La Mochi volteaba hacia el cerro para observarlo
atenta, ansiosa por descifrar algún vestigio resguardado en sus surcos, a la caza de un
misterio oculto en sus laderas, expectante porque la superficie rocosa le revelara un
presagio estimulante, un atisbo de suerte. Se entretenía con la idea de que un día el
cerro se partiera por la mitad y de sus entrañas brotaran victoriosos contingentes
vermiformes compuestos por bizarros jinetes medievales montados en corceles
blancos, investidos con rutilantes armaduras plateadas, con puntiagudas lanzas en
ristre enarbolando banderines polícromos bajo la dirección de un hombre de aspecto
desafiante, cercano a lo temible, de cabello y corto bigote rubio con una larga espada
de acero empuñada hacia lo alto por su brazo derecho extendido, portador de un
uniforme militar gris de impecable planchado, con sus botas negras de caballería
lustradas a la perfección y su gorra de plato calada en las sienes con marcial exactitud.
Podría aducir mil motivos por los que Hitler emergería del Cerro Colorado al mando de
un ejército de caballeros templarios pero no tenía interés en ello, las cosas sucedían y
ya, no requerían explicación aparente, aunque tal vez sus deseos ocultaban la
intención de redimir al mundo mediante una despiadada venganza ejecutada desde el
lado oscuro de la historia, o quizá su ilusión escondía la pretensión de ser objeto de un
rescate heroico que la arrancara de las fauces de una sociedad que envilecida. Por

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supuesto, no faltará el entusiasta de la psicología Gestalt que busque explicar el origen
de tal fantasía en un trauma derivado de la ausencia de una figura paterna.
La imaginación de La Mochi se basaba en sus lecturas tempranas. En su
infancia tardía mataba el aburrimiento con una colección de ejemplares de una vieja
revista ilustrada que entreveraba temas de ciencia ficción, ocultismo, fenómenos
paranormales, espiritismo, ucronías, física cuántica, ciencias cognitivas, superación
personal, psicología y nociones básicas de marxismo leninismo. El manojo de impresos
era cortesía de un profesor rural que por líos de faldas abandonó intempestivamente el
pueblo y no tuvo más remedio que dejar sus escasas pertenencias bajo custodia de
doña Ramona Tirado. Los relatos ilustrados sobre viriles personajes involucrados en
conspiraciones y fabulaciones crípticas que atravesaban los campos de la ciencia, la
historia, el sincretismo religioso, la magia y la ciencia ficción también sirvieron a La
Mochi para aplacar las crecientes palpitaciones de la carne.
La Mochi se guiaba por tres máximas existenciales: “las cosas pasan por algo”;
“todo a su tiempo”; y la principal de todas, "pa tras ni pa garrar vuelo". Pero sus
convicciones filosóficas pasaron a segundo término de cara a ciertos asuntos
pragmáticos a resolver recién tocara suelo tijuanense, bajo el siguiente orden
prioritario: 1) hallar alojamiento; 2) renovar el tinte rubio de su larga e hirsuta cabellera;
3) conocer "Las Pulgas", "La catedral de las grandes bandas"; 4) conseguir empleo.
Los tres primeros propósitos los resolvió inmediatamente, quedó pendiente el cuarto.
El recorrido inaugural en calafia culminó en el corazón de El Murúa donde ya la
esperaba El Waiper. Pronto se instaló en la casa de madera compartida por cuatro
amigos del pueblo. Además tenía ofrecimientos de hospedaje de otros paisanos dentro

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de la misma colonia. De toda la diáspora de Costa Rica y alrededores radicada en
Tijuana a quien más confianza le tenía era a El Waiper. Pasados unos días El Waiper
le consiguió trabajo en un mercado sobre ruedas, impulsado más que por sus vínculos
de paisanaje por sus afanes concupiscentes. “Es que me trae ganas desde la
secundaria”, aclaraba suspicaz La Mochi durante las noches de convivencia con los
amigos mutuos donde invariablemente charlaban sobre las mismas cosas: “Está
curiosito pero es muy loco, todo el tiempo pegado al cristal, por eso el apodo”.
En el sobre ruedas La Mochi acomodaba, vendía y empacaba verdura. Martes
aquí, miércoles allá y la misma dinámica el resto de la semana a excepción del lunes
que descansaba. La convivencia itinerante amplió su círculo de conocidos que hasta
entonces se restringía a sus relaciones en el pueblo. Tantas veces escuchó que la
llamaran "chinola”, igual que a todos los de su tierra, que acabó por acostumbrarse,
comenzaba a tomarle el pulso a la ciudad. El trasiego del sobre ruedas le resultaba
pesado por las constantes desveladas. Se levantaba temprano a trabajar y salía al caer
la tarde. En casa permanecía despierta hasta tarde enfrascada en amenas
conversaciones con la plebada. Las noches de risas y carrilla solían aderezarlas con
caguamas y cigarros. En las tertulias le aconsejaron acudir al crico para soportar el
cansancio y las breves horas de sueño. Más por necesidad que por gusto La Mochi
aceptó las sugerencias confiada en poder combatir el sopor y agotamiento físico. Aún
recordaba las sensaciones placenteras vividas con El Uoo Uoo en el camino a Tijuana.
El desgaste físico y las escasas oportunidades de reposo se incrementaron en lo
sucesivo y con ello la frecuencia de su consumo, el cual se excusaba, nomás era “pa

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combatir el estrés”. Como era previsible, La Mochi no permaneció mucho tiempo en el
sobre ruedas pretextando: “Mucha chinga y poca feria”.
Las faenas en el sobre ruedas legaron dos aficiones a La Mochi: su devoción por
las tortas especiales de lomo, que incluían doble ración de queso amarillo y generosas
porciones de aguacate y jalapeños, además del gusto por “la piedra”. Su siguiente
empleo también lo obtuvo recomendada por El Waiper quien la mandó con un amigo
suyo, jefe de línea en una maquiladora. Su estancia en ese empleo también fue
efímera aunque de ello atesoró dos cuestiones: la semana laboral inglesa y el orgullo
de haber contribuido con su mano de obra a forjar "la capital mundial del televisor". En
esa etapa se incrementó su necesidad del placebo cristalino. Le sorprendía lograr
mantenerse despierta más horas de las que su cuerpo soportaba con anterioridad.
Cuando salió de la fábrica La Mochi presentaba un aspecto enjuto, la piel reseca
y marchita, casi siempre tenía la boca abierta y un manto blancuzco formado en
derredor de sus labios partidos, enmarañada y rala la larga cabellera teñida de rubio,
perdida su habitual elocuencia ahora hablaba pausado con una ligera tartamudez,
como si las palabras se agolparan en su mente pero la lengua no obedeciera a la hora
de querer pronunciarlas aunque mantenía su acento gritón. Más tarde consiguió
contratarse en un Car Wash y si bien le repugnaba asistir los domingos, ahí gozaba de
más libertad, podía realizar sus actividades aun “bien arreglada”, pues “mientras haga
bien mi jale nadie me molesta”, expresaba arrogante. Al margen de cualquier vulgar
presunción sociológica, puede afirmarse que La Mochi fue precursora de género en ese
campo al ser la única entre puros hombres. El servicio de lavado de autos cumplía una
función liminal para quienes se situaban al borde del acantilado, un lugar en el que se

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cruzaban los que ya venían de regreso tratando de dejar atrás sus experiencias
abismales y aquellos que como La Mochi apenas iban hacia el filo del vacío.
Dos o tres ocasiones por semana, presa de la ansiedad y de los devaneos
oníricos acentuados por el calor vespertino, abocada a pulir carrocerías, en detallar los
interiores o en cepillar neumáticos al ritmo de los viejos éxitos de Lalo “El Gallo”
reproducidos a alto volumen en las bocinas del establecimiento, La Mochi degustaba su
torta favorita: la especial de lomo, un hábito que mantuvo mientras estuvo en el Car
Wash pese a las constantes advertencias del administrador para que no fuera a
ensuciar la tapicería de los autos. Una tarde particularmente cálida, de cielo nublado y
humedad delirante, La Mochi ataviada en un minúsculo short de mezclilla que bien
valdría una excomunión, un top rojo de algodón y unas sandalias blancas con tacón
bajo y correas entrelazadas hasta la altura del muslo, aseaba un Mustang negro de
modelo reciente. Sus risotadas y murmullos atrajeron la atención del personal y los
clientes presentes quienes la vieron desopilante, recostada encima del cofre del
automóvil, con las piernas en alto doblándolas de manera alterna de arriba a abajo a la
altura de las rodillas como si pedaleara al aire, mientras lanzaba sugerentes
dentelladas a la torta de lomo sujetada con su mano izquierda con tal fruición que el
aguacate se derramaba por los costados cubriendo de verde sus pezones erectos
traslucidos por la delgada tela de algodón que los apresaba, su mano derecha asía la
manguera de agua cuyo fresco chorro bañaba su cuerpo blandengue. La piel
refulgente, irisada por la abundante espuma de jabón rosado que la embadurnaba y
que restregaba en sugerentes movimientos contra la carrocería del vehículo. Daba la
impresión de hallarse en una comunión extática con su torta, el agua y el auto en tanto

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dirigía la mirada extraviada hacia el Cerro Colorado. Los testigos absortos, curiosos
sólo reaccionaron segundos después en que soltaron estruendosas carcajadas
impulsados por el grito burlón de un lava carros: “Se parece a la París, se parece a la
París”; “¿a cuál París?”, alcanzó a preguntar insistente un ingenuo; “a la Hilton a la
Hilton”. Todos se percataron entonces de la grotesca semejanza que tenía la escena
representada por La Mochi y el popular anuncio de televisión protagonizado por la
excéntrica socialité que en esos días publicitaba una famosa cadena de
hamburguesas. A ritmo vertiginoso, la hilarante anécdota trascendió el entorno social
de La Mochi y traspuso límites estatales hasta su natal Costa Rica.
Andado el tiempo, una mañana de invierno con la mente clara y un poco del
garbo recuperado, La Mochi volteó hacia el Cerro Colorado y lo encontró más brioso
que nunca, lo consideró un buen señuelo y se fijó una meta: llegar a ser una
“Econochica”. Con la mirada trazó un espacio entre la punta del cerro y las nubes
grises y a la manera de un diorama, se imaginó dentro enfundada en un uniforme verde
inglés opaco, ceñido al cuello el pañuelo rosa mexicano que daba ese envidiable toque
de elegancia femenina a las despachadoras de gasolina que con gráciles movimientos
limpiaban los parabrisas de apuestos taxistas, los cuales retribuían su esmero con
picardía y generosas propinas. “Con esa feria podría ahorrar para un carro”, se solazó,
“y chance un día mande traer a mi amá”.
La Mochi, ahora mejor conocida como La Hilton, pensaba al respecto y
suspiraba con ahínco como si exorcizara la memoria propia y ajena que registraba sus
excesos en Tijuana. Sabía que por mucho que se esforzara en enterrar su reciente
pasado, el nuevo mote significaba la cicatriz perenne de su veleidad.

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