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Capitulo libro UJAT .pdf



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Historia,
Dos

territorio e identidad:

visiones, dos ciudades

en los extremos fronterizos de

Miguel Angel Díaz Perera
Jorge Luis Capdepont Ballina
Coordinadores

México

EE/972.63
H5
Historia, territorio e identidad: dos visiones, dos ciudades en los extremos fronterizos de México / Miguel
Ángel Díaz Perera, Jorge Luis Capdepont Ballina, coordinadores. - San Cristóbal de Las Casas,
Chiapas, México : El Colegio de la Frontera Sur, 2016
115 p. : fot., il., mapas, retrs. ; 00x00 cm.
Incluye bibliografía
ISBN: 978-607-8429-34-9
1. Historia, 2. Arqueología, 3. Identidad, 4. Fronteras, 5. Historia social, 6. Tabasco (México), 7.
Río Grijalva (México), 8. Tijuana (Baja California, México); I. Díaz Perera, Miguel Ángel (coord.);
II. Capdepont Ballina, Jorge Luis (coord.)

Al Dr. Ramón Castellanos Coll,
con la admiración de siempre.

Fotografía de portada:
Francisco Cubas Jiménez
Huehuetenango, carretera a La Mesilla, km. 268. Guatemala
Primera edición: 2016
DR © El Colegio de la Frontera Sur,
www.ecosur.mx
El Colegio de la Frontera Sur
Carretera Panamericana y Periférico Sur s/n
Barrio María Auxiliadora, C. P. 29290
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas, México
Grupo Académico de Procesos Culturales
y Construcción Social de Alternativas
Unidad Villahermosa
Carretera a Reforma km 15.5 s / n,
Ranchería Guineo 2ª Sección, C. P. 86280
Centro, Tabasco, México
Se autoriza la reproducción del contenido de esta obra, siempre y cuando se cite la fuente.
Los contenidos de esta obra fueron sometidos a un proceso de evaluación externa de
acuerdo con la normatividad del Comité Editorial de El Colegio de la Frontera Sur.
Impreso en México / Printed in Mexico

Agradecimiento

Este libro no hubiera sido posible sin el invaluable apoyo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT), el Consejo Estatal de Ciencia
y Tecnología (CCyTET) y el Gobierno del Estado de Tabasco a través del
Fondo Mixto que financió el proyecto “Construcción y perspectivas de la
identidad tabasqueña y su vinculación con la identidad nacional” del cual
fue responsable el Dr. Miguel Angel Díaz Perera.

Índice

Introducción..................................................................................................

11

¿Dónde está Santa María de la Victoria? Una propuesta
interdisciplinaria para su localización arqueológica.......................
Ulises Chávez Jiménez

27

Consideraciones en torno a las representaciones sobre Tijuana
Rogelio E. Ruiz Ríos...................................................................................

71

Los autores.....................................................................................................

111

{9}

Introducción
Miguel Angel Díaz Perera
Jorge Luis Capdepont Ballina
Coordinadores

E

l contexto

La presente obra es el resultado de discusiones en el marco de un congreso nacional realizado en la ciudad de Villahermosa, Tabasco, para
reflexionar sobre identidad en el marco del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. El evento fue
posible gracias al proyecto “Construcción y perspectivas de la identidad
tabasqueña y su vinculación con la identidad nacional” que tuvo financiamiento del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACyT),
el Consejo Estatal de Ciencia y Tecnología (CCyTET) y el Gobierno del
Estado de Tabasco a través del Fondo Mixto y un complemento del Programa Integral de Fortalecimiento Institucional (PIFI), que se logró por
mediación de la entonces rectora de la Universidad Juárez Autónoma
de Tabasco (UJAT), M.A.P. Candita V. Gil Jiménez y la directora Dra.
{ 11 }

sobre el origen del primer asentamiento español en tierra firme (actual
Tabasco) que dio lugar a Santa María de la Victoria, antecedente de la
capital Villahermosa, medular en la narrativa tabasqueña sobre arraigo
al territorio. El objetivo de su trabajo fue descifrar la ubicación de este
asiento primigenio referido por Hernán Cortés y Bernal Díaz del Castillo
encima del pueblo prehispánico de Potonchán. El autor exhibe fuerte
evidencia arqueológica, cartografía histórica y moderna, además de
análisis hidrológico en la desembocadura del río Grijalva, argumenta la
posible localización del primer asentamiento fundado por los conquistadores en tierra firme y antecedente directo de Villahermosa, actual
capital de Tabasco, posterior a una mudanza y traslado entre 1604 y 1641
que generó la posterior desaparición de la última gran capital Yokot’an,
sabida cercana a las costas del Golfo de México.
El profesor Chávez Jiménez asumió un grande y ambicioso reto,
ante la profunda dinámica geomorfológica de las llanuras costeras y
márgenes de los ríos en Tabasco ante la erosión y sedimentación, producto del delta terminante de la cuenca Grijalva y Usumacinta, que ha
modificado la línea de costa y el tránsito de los ríos, arroyos y humedales. Posterior a una detallada revisión historiográfica de las Relaciones
geográficas escritas por Melchor Alfaro de Santacruz con el aval del
alcalde mayor Vasco Rodríguez en 1579 –incluido el croquis cartográfico
contenido en el informe–, las excavaciones de Richard Berendt en 1876,
la opinión de Eduard Seler en 1911, Franz Blom en 1925, Heinrich Berlin en 1956 y los testimonios de los conquistadores, el profesor Chávez
Jiménez identificó poblados y actividades a partir de estudios como los
de Ana Luis Izquierdo y recala con atención en el “Plano topográfico
de la descripción de la barra principal de la provincia de Tabasco, con
su pueblo nuevo de San Fernando de la Victoria”, presumiblemente
de 1805, realizado por orden de don Francisco de Heredia y Vergara y
trabajado por don Tomás Avedaño, primer piloto del comercio.
{ 20 }

El autor complementa su estudio con el análisis de cerámica y
evidencias arqueológicas, y en el sobrentendido de la superposición
arqueológica de materiales del periodo Colonial Temprano sobre una
ocupación prehispánica del Postclásico Tardío a partir de que Santa
María de la Victoria tuvo sede en el mismo sitio que Potonchán, concluye que San Román, localizado sobre el cauce del arroyo El Trapiche
o El Coco, antes de entrar a la laguna El Coco, donde de acuerdo con
los habitantes se encuentra la “Isla de los Tepalcates”, debió estar este
enigmático sitio que sufrió las alteraciones de sedimentación y cambio
de paisaje producto de los últimos siglos. Trabajo de enorme valía para
inspirar el debate sobre el origen de la identidad tabasqueña y provocar
investigaciones futuras.
Si el profesor Chávez Jiménez se enfoca en el origen, el segundo
trabajo, lo hace en la memoria sobre una ciudad en el extremo norte
del país. El Dr. Rogelio Everth Ruiz Ríos, investigador de Instituto de
Investigaciones Históricas de la Universidad Autónoma de Baja California, presentó un texto que buscó contribuir a la comprensión de las
premisas ideológicas y políticas que animan y respaldan las representaciones sociales con los que suele explicarse el pasado y presente de
Tijuana a partir de dos posturas antagónicas: las de tipo peyorativo; y
las positivas que apelan al carácter cosmopolita, industrioso y nacionalista de sus habitantes. Ambas, proyectan representaciones sobre el
futuro a partir de las tensiones entre la historia y la memoria, pretenden
definir e imponer ciertos perfiles identitarios construidos en torno a la
frontera norte de México.
Con extraordinaria pluma, rico en anécdota y erudición, el Dr. Ruiz
Ríos pasa revisión a las narrativas sobre Tijuana; recuerda al maestro
Mario Vázquez en el año 2000 o 2001 cuando bajo el encargo de la
museografía del proyecto para construir el Museo de las Californias en
{ 21 }

el interior de la nave principal del Centro Cultural Tijuana (CECUT),
se sorprendía ante la manera en que la gente se había apropiado de la
explanada para darle un sentido de plaza pública. La anécdota sirve de
pretexto para hacer recuento, en especial desde 1930 sobre las representaciones respecto a la ciudad. Retoma al historiador Paul Vanderwood,
al periodista Fernando Jordán, al antropólogo Stavenhagen, al profesor
Rubén Vizcaíno y el debate alrededor de la exhibición titulada Obra negra. Una aproximación a la construcción de la cultura visual de Tijuana
presentada en el CECUT en el 2011 como esfuerzo de retrospectiva sobre
150 años de historia local al conjuntar más de 300 artistas; como bien
se indica en el texto:

coordinadores de esta obra estamos en espera que ambos trabajos sean
del agrado del lector, incentiven pesquisas en las nuevas generaciones,
quedaremos entonces satisfechos de haber propiciado condiciones para
la reflexión en torno a los procesos históricos en los que individuos van
conformando narrativas sobre la memoria y arraigo al territorio.

Villahermosa, Tabasco, octubre de 2016.

Las disputas por las representaciones que pueblan el imaginario sociohistórico que gravita sobre Tijuana se trasmina a los campos de la
creación artística, intelectual, académica y política. Esta es la base para
que autores de ámbitos políticos, sociales y culturales, así como los
cultivadores de las disciplinas artísticas y académicas se hayan dado a
la tarea de explorar el carácter identitario de los habitantes de Tijuana
(Ruiz, 2016).

Con un profundo conocimiento teórico sobre la memoria, se hace
revisión y análisis de autores como Fancois Hartog, Miguel Olmos,
Lourdes Mondragón, Pierre Nora, Stuart Hall, Néstor García Canclini y
Dominick LaCapra, así el Dr. Ruiz Ríos abre una ventana para comprender cómo se estructura la memoria y cómo se expresa en las acciones
de los individuos a partir de caracteres identitarios.
Ambos trabajos son expresiones de ambición teórica, pretenciosas búsquedas de respuestas sobre la identidad y la memoria; claros
ejemplos de la curiosidad que mueve al historiador para adentrarse
en los entresijos del tiempo a partir de preguntas del presente. Los
{ 22 }

{ 23 }

Consideraciones

en torno a las

representaciones sobre

Tijuana
Rogelio E. Ruiz Ríos

R

esumen

Con el presente texto se busca contribuir a la reflexión y comprensión
de las premisas ideológicas y políticas que animan y respaldan las representaciones sociales con los que suele explicarse el pasado y presente
de Tijuana, a partir de ejemplos y casos concretos incorporados a las
miradas académicas y del ámbito del arte y el periodismo. En los discursos con los que se es representada Tijuana sobresalen dos posturas
antagónicas: por un lado, las de tipo peyorativo; por otro, aquellas que
responden a estas imágenes negativas haciendo reivindicaciones que
acentúan el carácter cosmopolita, industrioso y nacionalista de sus
habitantes. Estas manifestaciones discursivas contribuyen a proyectar
las representaciones sobre el futuro de Tijuana y abre una disputa por
definir e imponer ciertos perfiles identitarios en el más amplio contexto
de los imaginarios sociales históricamente construidos en torno a la
frontera norte de México. Las representaciones sociales analizadas se
plantean en el ámbito de las tensiones entre la historia y la memoria.
{ 71 }

Introducción: un museo, una historia
En alguna tarde de verano del año 2000 o 2001, el maestro Mario Vázquez observaba con detenimiento el trajín de paseantes en la explanada
del Centro Cultural Tijuana (CECUT). Llamaba su atención la manera en
que la gente se había apropiado de la explanada para darle un sentido
de plaza pública. El maestro estaba convencido de que lo acontecido
ahí afuera, extramuros, era tan importante como lo sucedido adentro
del recinto. Tras unos minutos, escuché decir al maestro Vázquez: ─¡Ah
cómo son tontos!, no se dan cuenta que el auge de Tijuana es ahora─.
La frase me sonó a una afirmación de que el futuro imaginado para
Tijuana transcurría en ese preciso momento, lejos de las formas idealizadas, distante de las eternas expectativas con las que los discursos
modernizadores de políticos, empresarios y líderes sociales gustaban
presagiarlo desde los orígenes de la localidad.
Vázquez era uno de los museólogos favoritos de Rafael Tovar y de
Teresa durante su primera gestión a cargo del Consejo Nacional de la
Cultura y las Artes (CONACULTA). Procedente de la ciudad de México,
Vázquez vino a Tijuana a encargarse de la museografía del proyecto para
construir el Museo de las Californias en el interior de la nave principal
del CECUT. A lo largo de tres años tuvo que lidiar con el desconocimiento propio y ajeno en torno a la historia e idiosincrasia local, y quedó al
frente de un equipo de trabajo integrado por personal sin experiencia
museográfica previa (entre quienes por supuesto se hallaba el de la
voz). El improvisado colectivo venció su inicial desconcierto ante el
reto administrativo, académico y arquitectónico que supuso edificar el
primer museo de historia regional en Baja California, destinado a una
sociedad que es resultado de más de un siglo de inmigración procedente
de todo México.
Edificar un museo de historia regional en Tijuana a cargo de la
{ 72 }

máxima institución cultural en el país indica el interés primordial que
para autoridades, asociaciones civiles y académicos en el centro de
México y a escala local y regional tiene la difusión y representación del
pasado, presente y futuro de Tijuana, de Baja California y en general de
la frontera norte de México. El despliegue museográfico convocó en su
recinto a una triada bastante conflictiva: historia, memoria e identidad y
fue bautizado como Museo de las Californias. En los días en que apenas
cobraba forma, el funcionario que por entonces dirigía el CECUT eligió
como lema distintivo: “Para ser y hacer historia”. En el plan institucional
del museo se plasmó la postura y propósitos socioculturales que animaron el proyecto: servir de “puente entre la sociedad bajacaliforniana que
se encuentra en un momento clave de la definición de su identidad, y el
pasado de esta región” (CECUT, 2011). La inquietud de establecer un
museo de historia regional generó propuestas diversas sobre su contenido, es decir, sobre la índole discursiva que debía promover y reflejar.
El eslogan del museo encarnaba la visión e intenciones de la obra
derivada de una noción arraigada en la localidad: suponer que la identidad en Tijuana se halla siempre en vertiginosa transición o que está en
vías de configurarse. Con ello se asume que llegara el momento en que
la identidad se constituirá en algo fijo, sólido, con un núcleo y densidad
apenas variable en el tiempo.
La anécdota inicial alusiva al maestro Vázquez tiene como propósito ejemplificar la problemática académica, cultural y social presente
con mayor intensidad desde el decenio de 1950 en torno a la disputa por
definir y sustentar el carácter identitario en Tijuana. Cuando Vázquez
aludía al “auge” que vivía la ciudad en el presente, lo que hacía era contravenir una narrativa constante que da cuenta de un mítico y glamuroso “ayer”, reproducida con extático romanticismo. El epítome de ese
pasado idealizado lo constituye el “Casino Agua Caliente”, el complejo
{ 73 }

turístico de entretenimiento que operó entre 1928 y 1937, pero cuyo
periodo de mayor holgura comprendió sólo un lustro, ya que a partir
de 1933 la derogación de la “Ley seca” en Estados Unidos menguó su
importancia económica. Esta retórica tiende a exaltar lo que ha sido
llamado por algunos como la edad dorada de Tijuana (Padilla, 2006).

1934, p. 169)12 El noroeste mexicano, al igual que el resto del país, le
merecía una pobre valoración: “el hecho de ser México un país casi
despoblado, y el hecho de que la escasa población pertenezca en su
mayoría a un tipo de cultura atrasada” (Loyo, 1934, p. 373).

La romantización de ciertos aspectos del pasado (que desde luego
no es una tendencia única ni exclusiva de Tijuana) se integra dentro
del discurso defensivo, reactivo, labrado desde sectores oficiales, académicos, intelectuales, mediáticos y empresariales locales y regionales
que así han tratado de responder a un discurso centralista que durante
décadas ha puesto en entredicho la lealtad o incluso pertenencia a la
nación de los habitantes de la frontera norte mexicana, y en especial
de Tijuana, que llevado a sus extremos incluso pone en duda que sus
habitantes posean una “identidad”. Esto último se liga a los constantes
señalamientos que conciben a la frontera como un páramo cultural expuesto a las ambiciones imperialistas del vecino del norte, una visión
cristalizada en el célebre dicho de que Sonora es donde termina la cultura y empieza la carne asada. Además, está la constante inclinación de
ligar a los pobladores de Tijuana y de la frontera norte con actividades
ilícitas o proscritas moralmente. El hecho mismo de la baja densidad
demográfica de Baja California comparado con otras entidades del país,
alimenta este imaginario de tierra desolada, yerma culturalmente, sustraída a la observación puntual de las leyes. Gilberto Loyo, pionero de
la demografía en México sostenía en 1936 que el: “Pacífico Norte es una
zona de gran debilidad demográfica, que reclama que se la puebla (sic).
Todas las Entidades (sic) de la zona Pacífico-Norte tienen densidades
menores que la de la República: 6.7 Sinaloa, 6.1 Nayarit, y Sonora 1.7
Baja California Norte y Sur tienen la ínfima densidad de 0.6.” (Loyo,

La apuesta por definir Tijuana

{ 74 }

La prohibición de la elaboración, venta y consumo de bebidas alcohólicas fue el clímax de una serie de proscripciones a escala condal y
estatal, adoptadas en Estados Unidos en diversos periodos entre fines
del siglo XIX e inicios del XX. Las prohibiciones se extendieron a actividades consideradas nocivas para la higiene pública, el progreso y
la moral como las carreras de caballos, las apuestas y la prostitución
(Vanderwood, 2008). En las localidades de la frontera norte mexicana
se concentraron establecimientos dedicados a satisfacer las pulsiones
y necesidades recreativas de muchos estadounidenses. A este tipo de
atracción ejercida entre los visitantes llegados a Tijuana en diferentes
épocas la he designado el imán concupiscente (Ruiz, 2009, pp. 131-151).
La tradición narrativa que contribuyó a edificar la memoria en la
12 El capítulo 2 de esta obra titulado “Evolución demográfica de México desde la independen-

cia hasta la revolución” se apoya en la compilación de tres tomos Informes y manifiestos de
los poderes Ejecutivo y Legislativo de 1821 a 1904, México, 1905, 65-126, cuyo volumen II
abunda en ejemplos de la segunda mitad del siglo XIX con sugerencias y propuestas que dan
cuenta de la preocupación de los legisladores y miembros del Ejecutivo para poblar el norte de
México, en especial las zonas fronterizas con Estados Unidos ante lo que consideraban era un
amplio territorio despoblado: “Se procura la defensa de las poblaciones de la frontera contra
las incursiones del salvaje, y se procura también la fundación de nuevas poblaciones, para que
con el tiempo, lo que ahora es desierto, se convierta en país de prosperidad y de civilización”
(Francisco Zarco, presidente de la Cámara de diputados, 1868); “la iniciativa pendiente sobre
colonización en toda la República, y la que con carácter muy especial debe dictarse para facilitar el deslinde, división y adjudicación de los terrenos baldíos en nuestro rico y despoblado
territorio de Baja California” (Ramón Guzmán, Presidente del Congreso, 1874); en 1877 el
presidente Porfirio Díaz planteó al congreso mexicano que colonizar la Baja California era una
necesidad vital. Loyo explicó que la revolución mexicana surgió en el norte “sobre todo por la
vecindad con los Estados Unidos, y por el vigor psicológico no sin primitivismo instintivo de
los hombres del norte, predominantemente blancos o mestizos equilibrados.” (123-124) [Las
cursivas son mías].

{ 75 }

que se finca el imaginario social que romantiza el pasado de Tijuana
se apoya sobre todo en acontecimientos o hechos como la operación
del casino Agua Caliente. La presentación de un libro editado por el
Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC) es una muestra de ello:
Agua Caliente operó entre 1928 y 1937 y motivó que Tijuana pasara de
ser una pequeña población fronteriza, poco visitada, a convertirse en
el destino turístico-recreativo favorito de una multitud de adinerados
estadounidenses y europeos. Esto se tradujo en prosperidad y pronto
una atmósfera de glamour [sic] envolvió a nuestra ciudad, haciéndose
común la visita de grandes luminarias de Hollywood (Rodríguez RuizVelazco en Padilla, 2006, p. 7).

Esta forma discursiva busca contrarrestar las representaciones
peyorativas con las que se identifica a Tijuana. Esto explica la hipérbole en que se ha constituido el Casino Agua Caliente. El historiador
Paul Vanderwood consignó que entre los moralistas estadounidenses
se designaba a Tijuana como Satan’s Playground o el “patio de recreo
de Satán” (Vanderwood, 2010). A propósito de ciertos acontecimientos
violentos ocurridos a fines del decenio de 1930 (que darían pie al surgimiento de la devoción religiosa popular a “Juan Soldado”), Vanderwood
comentó: “la ciudad nunca había sido una comunidad tranquila y bien
organizada de personas que llevaran una vida sencilla. Todo lo contrario: por lo menos desde los años veinte y el inicio de la prohibición en
Estados Unidos, había tenido la reputación de ser una meca turística
libre y disoluta en la que todo se valía y era posible pasársela muy bien”.
Vanderwood recupera uno de tantos pasajes que han contribuido a estigmatizar13 Tijuana, al indicar que entre 1937 y 1938 el diario The San
13 Una definición bastante general del término estigma refiere al individuo colocado en una

situación que lo inhabilita para una plena aceptación social. Se trata de un atributo “profundamente desacreditador”. Véase Goffman, 2006, pp. 7 y 13.

{ 76 }

Diego Herald, “cuestionador y sensacionalista”, tenía varios meses “criticando sin piedad a Tijuana como ‘ciudad del pecado’” (Vanderwood,
2008, pp. 33 y 72).
Los anatemas de este tipo son abundantes desde fines del siglo
XIX. Por eso durante buena parte del siglo XX se elaboró en respuesta a
ello un discurso que trata de conferir calidad moral y legitimidad social
a los habitantes de Tijuana; con ello se aspira a defender “la imagen de
la ciudad”. Ante el avasallante espectro negativo con que se identifica
a Tijuana, los defensores cavan trincheras en defensa de su “honor”.
A la idea de Tijuana como un espacio abierto a la transgresión,
a la disipación y a toda actividad que amerite una condena moral, se
agregan las sospechas mantenidas por las autoridades políticas en el
centro de México que ponen en duda la lealtad al Estado nacional de
sus ciudadanos fronterizos. Durante una breve estadía realizada en
1957, el por entonces bisoño sociólogo Rodolfo Stavenhagen registró la
existencia de dos posturas encontradas en torno a la imagen de Tijuana.
Por un lado, se afirmaba que Tijuana vivía de la prostitución, en cuya
oferta descansaba la mayor parte del turismo que atraía el poblado, lo
que generaba una derrama económica que beneficiaba a casi todos sus
habitantes. En el polo opuesto, nos dice Stavenhagen, se situaban aquellos que “en su afán de ‘dignificar’ a Tijuana ante los ojos de la nación,
niegan por completo la existencia del problema de la prostitución o se
refieren a él en forma casual, sin atribuirle ninguna importancia”; lo
que para Stavenhagen era una “posición de ceguera que ningún bien le
hace a Tijuana” (2014, pp. 34-35).
Ambas representaciones se vinculan con la noción decimonónica
del término frontera, que impactó sobre todo en Norteamérica, que
tendía a concebir ese tipo de región como una zona remota, bárbara y
despoblada, y por lo tanto, también frágil en cuanto a la presencia de
{ 77 }

las instituciones y la aplicación de sus leyes.14 El aforismo: “poblar es
gobernar” entraña la idea de civilizar dentro de una matriz eurocéntrica
modernizadora, logocéntrica y racionalista que busca afianzar el control
administrativo del Estado. Esta es la óptica desde la que históricamente
ha sido evaluado el septentrión mexicano, en específico, su franja fronteriza. En buena medida las percepciones sobre Tijuana deben enmarcarse

donde los habitantes pasan la mayor parte del año una vida miserable,
porque no obtienen de ningún modo, ni trabajo, ni manera de vender o
hacer algo. Naturalmente que abundan todavía las maestras que enseñan con el silabario de San Miguel. Todos estos pequeños pueblos son
grupos de casas distantes unas de otras, diseminadas en terrenos donde
parece que el hombre no puede hacer sentir su presencia.

en visiones más generales sobre el norte mexicano como la expresada
por Gilberto Loyo en 1936, cuando retomó las observaciones acerca
de esta zona por parte de algunos misioneros culturales, partícipes del
programa ideado por José Vasconcelos:

La mujer campesina de México carece de libertad, en casi todo el
país; depende en absoluto del hombre; tiene facilidad para los trabajadores manuales. Se tiene el prejuicio de que la mujer de Baja California
no posee aptitudes para los trabajos manuales delicados y complejos;
pero esto es inexacto. (Loyo, 1934, p. 383).

las mujeres tienen aspiraciones de lucha, la idea fija de hallar un marido con dinero, y que la embriaguez es frecuente en ellas. Se preocupan
poco por su hogar, por su aseo personal y tienen muy escasos deseos de
trabajar en aquello que no sean las ocupaciones de la casa. Los hijos de
estas mujeres casi siempre son desaseados y ociosos. En la misma zona
Pacífico-Norte, existe otro tipo de poblado, donde la mujer presenta las
características de un espíritu enérgico, y allí no existe el alcoholismo en
el sexo femenino, y la obra de la escuela se realiza con facilidad. Poco
a poco se va sintiendo en los poblados de este tipo, la necesidad de que
los campesinos se organicen, y cuando se fundan cooperativas sus resultados son buenos. Pero desgraciadamente el hombre por lo general
es apático y después de sus labores del campo, no tiene más distracción
que la embriaguez. Las familias son numerosas. La vida es dura y triste,
pero la escuela fácilmente la transforma, cuando los pobladores no son
excesivamente alcohólicos o fanáticos. Hay comunidades pequeñas
14 Conviene recordar el legado modernista de larga duración que concibió los márgenes de
los Estados como territorios de barbarie o modernización incipiente o inconclusa. Dentro de
tal perspectiva, un ejemplo magistral es el de Fernand Braudel, quien sostuvo en El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, que en los lugares donde hubiese
“escasez del material humano, su débil espesor y su dispersión”, están impedidos de “la instauración de las instituciones del Estado, de una lengua dominante y de grandes civilizaciones” (1997, p. 46). Para una visión contemporánea que inscribe a las zonas de frontera dentro
de los procesos configurativos de los estados nacionales y las cubre de significación véase Das
y Poole (eds.), 2004.

{ 78 }

Vanderwood apuntó que en el decenio de 1930 desde la ciudad de
México “se veía a Tijuana como una manchita miserable en la frontera, que podía tolerarse, aunque a regañadientes, sólo como un puerto
aduanero rentable que conectaba con Estados Unidos.” Y no perdió
oportunidad para matizar que: “Incluso hoy se la sigue considerando
como un necesario generador de ingresos en el país pero ‘no realmente
México’” (Vanderwood, 2008, pp. 96-97).
Insisto en que esta apreciación de soledad, anomia social, subsistencia, precariedad con la que se distinguía la situación en Tijuana
estaba generalizada sobre el noroeste mexicano. De nuevo las palabras
de Loyo nos brindan una muestra de ello, sin dejar de resaltar su asociación de lo indígena con el analfabetismo:
En la Baja California hay un poblado llamado ‘Las Gallinas’, donde no
hay más de ocho casas. Sus miserables habitantes son gambusinos,
pues la región es rica en arenas auríferas. Se conforman con lavar unos
cuantos granos de oro a la semana, que les son pagados a muy bajo
precio, con lo que obtienen lo indispensable para su subsistencia, y a
pesar de vivir en una zona de arenas auríferas, su situación es pésima.
{ 79 }

Hay lugares donde no hay en realidad indios; sobre todo en el Norte es
donde abundan los centros de mestizos, muchos predominantemente
blancos. A pesar de esto, el analfabetismo impera. El 85% de la población de estas comunidades del Pacífico-Norte; está formada por gente
miserable, agricultores, vaqueros, gambusinos y mineros, con salario en
torno a 75 centavos. Sus habitaciones son chozas de carrizo. Los calores
intensos y las sequías acaban con sus animales. Carecen de espíritu
progresista, y el viajero se asombra de que la mortalidad infantil no sea
excesiva. (Loyo, 1934, p. 383).

Por otra parte, con tufo turneriano,15 el geógrafo John Price escribió
en el mismo sentido en 1966, al señalar que los antecedentes históricos
del norte mexicano estaban marcados por la larga sobrevivencia de las
culturas indias adaptadas al desierto, el relativo aislamiento respecto
a los centros de civilización en el centro de México y el este de Estados
Unidos, y por un clásico tipo de frontera con mucha tierra libre en un
área donde hay baja densidad demográfica. Apuntó que las culturas
fronterizas destacaban por su individualismo y autosuficiencia, un logro
sobre su adscripción, sus oportunidades tanto como las dificultades, la
libertad sobre los constreñimientos legales, y la crudeza de las bellas
artes, la literatura y las sutilezas sociales. Añadió que los mexicanos
hablaban de Baja California en la misma forma que los estadounidenses
y canadienses lo hacen sobre Alaska y los territorios del norte (Price,
1973, p. 2).
Hay una persistencia y arraigo en el imaginario social para representar a Tijuana como el patio de recreo de Satán o el santuario de
Baco, esto ha persistido a lo largo de varias décadas. Así se aprecia en
el caso del periodista Fernando Jordán quien en 1949 viajó de la ciudad
15 Refiero a Frederik Jackson Turner y su famoso texto de 1893 sobre la conquista del medio
oeste estadounidense.

{ 80 }

de México a Baja California para elaborar un amplio reportaje titulado
“Tierra incógnita”, originalmente publicado en la revista de circulación
nacional Impacto, y que más tarde incluyó en uno de sus libros, en el
que desde el mismo título resalta la alteridad del objeto de su mirada: El
otro México. Biografía de Baja California (2005), en la que da cuenta
de Baja California como un territorio lejano, agreste, enigmático, no
sólo en la naturaleza de su suelo y medio ambiente, también por su
“aislamiento” cultural. Este tipo de ideologías alimentaron el aforismo
ya referido que ubica en Sonora los límites de la carne asada.16
La lejanía geográfica respecto al centro del país ha provocado
cuestionamientos sobre la lealtad nacional de los fronterizos. La recurrencia de esta idea ha hecho que algunos autores tengan que esmerarse
en dar constancia de lo contrario. Price señala desde el comienzo de su
estudio sobre Tijuana que: “El norte de México es una región distinta
de México que ha sido influenciada por los Estados Unidos, pero que
culturalmente continúa siendo básicamente mexicana” (Price, 1973,
p. XII). Más adelante, expresa una idea muy arraigada en la frontera:
que la separación de la gente del norte de México con relación al “corazón” histórico de la cultura mexicana y la constante convivencia con
la cultura estadounidense hacen a los norteños más conscientes de su
herencia mexicana y más patriotas que la generalidad de sus connacio16 Hermann Von Keyserling fue un filósofo bien conocido por los intelectuales y académicos

mexicanos en la primera mitad del siglo XX. Este autor de lengua alemana expresó que “el
habitante de los desiertos tiene conciencia en primer término de lo trágico de la vida”. La idea
fue retomada por Gilberto Loyo para plantear que el pueblo mexicano, al igual que el español,
eran: “Pueblos trágicos del desierto geográfico y del desierto demográfico”; pero estos pueblos
del desierto “pueden transformar fundamentalmente su sentido de lo trágico en un sentido
heroico. Cuando los pueblos del desierto tienen este sentido heroico, lo mismo en la Arabia de
Mahoma que en la Tenochtitlán de Motecuhzoma Ilhuicamina, que en la Rusia de Stalin, se
pueden superar las propias fuerzas y llegar a supremas realizaciones.” Para Loyo estaba claro
que sólo los pueblos que vencieran estos retos podrían ingresar “al número de los constructores de la historia.” (Loyo, 1934, pp. XIV y XVI). El hecho de atribuir el aforismo de la “carne
asada” a José Vasconcelos tiene sustento tal vez en alusiones de este tipo expresadas por el
pensador oaxaqueño conocidas por sus discípulos como Jaime Torres Bodet y el grupo de “Los
contemporáneos” familiarizados con la obra de Keyserling. Véase Kurz, 2008.

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nales (Price, 1973, p. 2). Una idea que dos décadas después El Colegio
de la Frontera Norte (EL COLEF) hizo suya amparado en un estudio de
industrias culturales sustentado en métodos sociológicos cuantitativos
(Bustamante, 2004, pp. 151-190 y s.f.).
Price apuntó lo impreciso que resultaban los estereotipos con los
que los turistas estadounidenses solían concebir a las ciudades fronterizas mexicanas, que veían como centros de vicio y pobreza en contraste
con la auto percepción que los tijuanenses guardaban de su ciudad
(Price, 1973, p. XIII). En años recientes, el sociólogo Jorge Bustamante
fundador de El COLEF rememoraba que entre las objeciones presentadas por algunos académicos en la ciudad de México a la apertura de ese
centro de investigación, arguyeron su falta de confianza en los “fronterizos” porque “estaban tan agringados” y eran “menos mexicanos” que
el resto de los nacionales (Bustamante, s. f.), lo cual fue refutado con
los estudios emprendidos por dicho centro de estudios.
Las preocupaciones por la imagen de Tijuana son constantes en
la historia e involucran polémicas entre diversos grupos y sectores de
la población. En una época tan temprana como mayo de 1886, el administrador de la aduana local se quejaba ante el subprefecto del Partido
Norte, máxima autoridad administrativa y militar de la región:
muchos se abstienen de hacer el tráfico por esta frontera por temor de
encontrarse con la chusma de ebrios escandalosos que constantemente
pululan en esta población, insultando a todo el que se les presenta por
delante. Anoche a las doce un puñado de hombres ebrios vitoreaba a los
Estados Unidos y proferían mueras a México [...] en vista de las indiferencia de las autoridades; qué se puede esperar, cuando con su silencio
se les tolera para que cometan unas tropelías de las que se han estado
cometiendo hasta hoy (IIH-UABC, 1886).

Varias décadas después, en 1950 el reportero Jordán reseñó un
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panorama aún más disoluto, aunque encomió el “patriotismo” sui generis de los fronterizos:
Todavía hace muy pocos años las llamaban Sodoma y Gomorra. Eran
sitios de pecado donde el vicio se nutría de opio, las inquietudes se ahogaban en alcohol y las ambiciones se decidían sobre el tapete verde de las
mesas de juego. Se traficaba con la salud y con las leyes. El contrabando
era oficio de todos. La prostitución creció como planta en invernadero.
El “estado seco” implantado en Estados Unidos se ahogó con el aguardiente que vertieron Sodoma y Gomorra al otro lado de la frontera. Los
norteamericanos fueron los clientes, chinos los empresarios y mexicanos
los organizadores. Así se hicieron Tijuana y Mexicali.
[...] me parece que la mexicanidad de esas ciudades fronterizas empezó a cimentarse precisamente cuando se entregaron al vicio. Cada
dólar arrebatado a los opiómanos, a los jugadores o a los dipsómanos
sirvió para colocar una piedra más en la muralla de la patria (Jordán,
2005, p. 143).

La peor parte del juicio de Jordán se sustenta no sólo en sus propias
impresiones sino en la memoria trazada al respecto por autores que lo
precedieron, sobre todo estadounidenses. De esta manera, en un fugaz
capítulo titulado: “En el que algunos tijuanenses se van a molestar”,
incluido en su libro El otro México, Jordán inicia con una larga cita a
un texto publicado en 1932 por un estadounidense en el que refiere a la
experiencia sesgada de sus connacionales en Tijuana, un aspecto que a
juicio de Jordán continuaba vigente en 1950:
Un millón de estadounidenses han hablado de México, han asegurado
que estuvieron en México sin que, en la práctica o la teoría, hayan ido
más allá del cuadro de carnaval que ha sido construido y dedicado, no
a la expresión de un país extranjero, sino a la satisfacción de los deseos
anglosajones. Los visitantes han comprado souvenirs, enviado desde
{ 83 }

allí tarjetas postales y, después de todo, han escapado al paternalismo
nacional. Quedan satisfechos porque son buscadores de diversiones en
un día de fiesta y no observadores estudiando un nuevo país. Llenos
de trivialidades, no han dedicado siquiera un pensamiento a lo que
está más allá del horizonte inmediato; pero cuando regresan al hogar y
relatan al estrecho círculo de amigos la historia de su viaje... es México
lo que han visto, no una caja de juguetería (Bancroft citado por Jordán,
2005, p. 161).

Para Jordán, Tijuana parecía un “play-box”, o al menos lo era “por
su escaparate”, por lo único conocido por el visitante, aunque concedió
que en lo “íntimo, bien puede que sea otra cosa”, ya que “pocos tienen
la paciencia de ponerse a hurgar en el fondo de su espíritu en busca de
otros sentimientos” (Jordán, 2005, p. 161). Pese a lo observado, Jordán
precisó que no se escandalizaba y aventuró que en un día muy lejano
Tijuana buscaría poner fin a “toda esa farsa” para dejar de “vivir principalmente de la explotación del vicio” (Jordán, 2005, p. 166).
El juicio de Stavenhagen fue menos severo pero igual de suspicaz
a la hora de evaluar el carácter turístico local, en el que también se pone
en relieve su condición de ser la “ventana” de México para multitud de
estadounidenses que no se adentran al país más allá de unos kilómetros
al sur de la frontera:
En la actualidad, el turismo estadounidense alcanza cifras muy altas.
Particularmente en la época de verano, que es cuando más se moviliza el
turismo en Estados Unidos, acuden a Tijuana miles de visitantes de todos
los estados de la unión, que no tienen otra forma de “conocer” México.
Pero en todas las épocas del año afluyen los visitantes, principalmente
del estado de California y particularmente los viernes, sábados y domingos, atraídos por las apuestas y los espectáculos del hipódromo, el
galgódromo, el jai alai, las corridas de toros y las variedades desnudistas y
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obscenas de los cabarets, además de ciertos servicios y productos –como
la gasolina- que es más barata en Tijuana que en Estados Unidos. Los
marinos de la base naval de San Diego que escogen a Tijuana como lugar
preferido para sus parrandas representan un porcentaje muy elevado
del turismo estadounidense (Stavenhagen, 2014, p. 32).

El ánimo por emancipar a Tijuana del lastre vicioso con el que
históricamente se le ha definido también ha generado prácticas defensivas y profilácticas promovidas por personajes y asociaciones de diversa
índole. Un caso sintomático lo encontramos en 1967 cuando el profesor
Rubén Vizcaíno, un intelectual local con amplia influencia y reconocimiento en la comunidad y ex funcionario del Partido Revolucionario
Institucional (PRI), que forjó una larga trayectoria sustentada en la
paradoja de demonizar Tijuana a la vez que la sometía a un exorcismo
constante, se involucró en la organización del “Primer congreso contra
el vicio”, en el puerto de Ensenada, Baja California. El encuentro no se
realizó finalmente pero recibió las propuestas de un grupo de escritores
afines a Vizcaíno quienes propusieron discutir los siguientes temas: “El
escritor bajacaliforniano contra el vicio”, “La Universidad y el vicio”,
“La conducta antisocial y las fiestas patrias”, “El vicio y los trabajadores tijuanenses”, “El juego como producto de conductas antisociales”
(IIH-UABC, s. f. b). Más tarde, en 1970, el profesor Vizcaíno promovió
el “Primer congreso por la superación social, económico y cultural de la
ciudad de Tijuana” (IIH-UABC, s. f. a), y hasta bien entrada la década
de 1980 continuó involucrado en su propósito de organizar encuentros
para hallar soluciones a los problemas sociales y morales de la ciudad,
y de Baja California en general.17
17 Por ejemplo, la celebración en las instalaciones del CECUT del “Foro de análisis de ideología política y estructura social del baja californiano [sic]”, convocado a través de la “Plataforma de profesionales mexicanos A.C. afiliados a la Confederación Nacional Obrera y Popular
(CNOP) y al PRI, efectuado los días 23 y 24 de septiembre de 1988. El evento se organizó bajo

{ 85 }


Un caso reciente de pugna por la “buena imagen” de Tijuana se
dio cuando el presidente del Club Social y Deportivo Campestre, A.C.,
que es el centro social más importante de la localidad donde se reúnen
las personas de mayor peso económico y político, reaccionó irritado
contra las declaraciones públicas del empresario José Galicot, también
activo promotor de la “buena imagen” de Tijuana, entre cuyas actividades se haya la organización de un festival que atrae bastante publicidad
y patrocinios de instituciones de gobierno y privadas llamado “Tijuana
innovadora”. La causa del disgusto entre conspicuos personajes de la
burguesía local se debió a que durante una de las presentaciones de la
edición 2012 de “Tijuana innovadora” efectuado en las instalaciones
del Club Campestre con la asistencia del entonces presidente de la
república y de otros invitados de renombre, Galicot argumentó que
“Tijuana innovadora” era un instrumento para dejar atrás “el papel
que la prostitución, el aborto, el negocio de los divorcios exprés y las
cantinas” han tenido en el desarrollo de Tijuana, “además de calificar
a la industria maquiladora como ‘fábricas de esclavitud’”. El líder del
club social se declaró ofendido y a través de un desplegado en la prensa
local que firmó como “Orgulloso Tijuanense”, manifestó:
Ante ese discurso, como Tijuanense e hijo de fundadores y forjadores de
esta Ciudad, me es imposible guardar silencio, por ello me dirijo a usted
para solicitarle que cuando dirija un mensaje promoviendo a nuestra
Ciudad, no olvide que desde su formación hasta la fecha, Tijuana se desarrollo gracias al trabajo, esfuerzo y honestidad de la gran mayoría de
sus hombres y mujeres que lucharon y continúan luchando para formar
a sus familias con valores y buena moral (González Cruz, 2012, p. 21-A).

Las disputas por las representaciones que pueblan el imaginario
el siguiente temario: “Por una definición de identidad del bajacaliforniano”, “La educación en
Baja California”, “Problemas comunitarios, alternativas de solución”, “Democracia e ideología
política”, en IIH-UABC (s. f. c).

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sociohistórico18 que gravita sobre Tijuana se trasmina a los campos de
la creación artística, intelectual, académica y política. Esta es la base
para que autores de ámbitos y disciplinas diversas se hayan dado a la
tarea de explorar el carácter identitario de los habitantes de Tijuana.

La preocupación identitaria
Para referir a la cuestión identitaria partiré de lo señalado por Dominick LaCapra:
No se debe idealizar la identidad como algo benéfico per se, pero
tampoco demonizarla o considerarla [...] fuente de todos los males
políticos del mundo moderno. Tampoco se la debe fundir ni confundir con la identificación, en el sentido de fusión total con los
otros, en la que toda diferencia es obliterada y cualquier crítica es
sinónimo de traición. Pero la identidad implica modos de ser con
otros que van de lo real a lo imaginario, virtual, buscado, normativamente afirmado o utópico (LaCapra, 2006, p. 60).

LaCapra liga de modo sugerente el tema de la experiencia con la
memoria y la relación intrínseca de éstas con la identidad. Es importante
tomar en cuenta tales nexos, porque considero que las observaciones
forjadas sobre Tijuana han generado una memoria que atraviesa las disciplinas académicas y artísticas, que son los campos de acción donde se
realizan prácticas productoras de significados (como la gestión cultural,
las políticas culturales institucionales y los actos reivindicados como
autogestivos o autónomos). En estos ámbitos predomina la búsqueda
de una “esencia” o “espíritu” definitorios del carácter de los habitantes
18 Por sociohistórico aludo a la interacción entre presente y pasado enfocado desde la historiografía y la teoría social. Es un término operativo que permite desplazarse diacrónicamente
entre fuentes diversas en origen, tiempo e intenciones, útil para atender cuestiones como las
identidades y las representaciones sociales.

{ 87 }

de Tijuana, se aspira a develar qué elementos o materiales la constituyen y sedimentan. De estos esfuerzos resultan conclusiones la mayoría
de las veces sin mucho fundamento histórico, pero que a fuerza de ser
repetidas se endurecen como datos que se convierten en la base para
asumir verdades históricas.
En Tijuana se puede observar cómo prevalece la idea de que los
artefactos culturales e ideológicos reflejan de modo directo el carácter
de la ciudad. La asunción de este criterio por parte de quienes realizan
o se hayan involucrados en los procesos creativos señala el peso ideológico19 de los supuestos históricos que animan la producción artística
por ejemplo. La exhibición Obra negra. Una aproximación a la construcción de la cultura visual de Tijuana (CECUT, s. f. b) presentada en
el CECUT en el 2011, se planteó ser una retrospectiva de 150 años de
historia al conjuntar a más de 300 artistas en una exposición. Por sus
propósitos y la cantidad de artistas y obras que aglutinó, la importancia
del recinto que albergó la muestra y el impacto causado en una parte de
la comunidad artística y periodística local, considero oportuno tomarla
como referencia para reflexionar sobre algunas de las cuestiones aquí
planteadas.
Pese a su declarado intento de cubrir 150 años de producción en
artes visuales, el despliegue museográfico se concentró en las décadas
más recientes. El periodo de larga duración que aspiraban a representar
en la muestra adoleció de contexto histórico, no dio cuenta de los procesos de producción, de los circuitos de mercado, de la conformación de
públicos, del desarrollo de las instituciones a las que la vida artística ha
sido vinculada, además de tener poca idea de lo que supone un discurso
19 Considero que estos discursos adquieren un matiz ideológico del tipo enunciado por Terry
Eagleton cuando plantea que la ideología en su forma literaria no sólo “oscurece o proyecta
la historia” sino que se vuelve productora de lo ideológico y hace parecer “natural” lo que es
tomado como historia (Zorin, 2005, p. 327).

{ 88 }

historiográfico. Según las palabras de presentación del catálogo oficial
a cargo del entonces director del CECUT, con la exposición se pretendía lograr una mímesis de la historia en el arte: “realizar ese recuento
en el que la expresión artística dialoga con la historia y ésta aparece
traducida en aquella” (Ashida y Dávila, 2011, p. 6). Más adelante en
el catálogo, se señala que la retrospectiva fue resultado de “un arduo
trabajo de investigación sobre el arte y la historia de Tijuana”, en el que
los encargados de la curaduría “aceptaron el desafío de establecer el
diálogo necesario entre la producción artística y el acontecer histórico”
(Ashida y Dávila, 2011, p. 6).
Los grandes vacíos cronológicos se trataron de subsanar mediante
la incorporación de atisbos del discurso historiográfico local aceptado
oficialmente. Con la elaboración de una especie de diorama, se buscó
dar trasfondo histórico al acento presentista que animó la exhibición.
La curaduría de Obra negra dispuso la colocación en la parte de acceso
a la exposición de una especie de periódico mural escolar compuesto
por una colorida serie de reproducciones de tarjetas postales, casi todas
bastante conocidas entre los devotos de la historia local, en su mayoría
alusivas al complejo Agua Caliente y a la céntrica “Avenida Revolución”,
la más importante de Tijuana en materia turística. Cabe mencionar
que ambos espacios representados de manera sumaria en las tarjetas
postales son un tropo recurrente en el imaginario social sobre Tijuana.
Al igual que sucede cuando se aborda la cuestión de las identidades en la localidad, los curadores de Obra negra trasplantaron a su
campo la noción de una identidad en tránsito, inacabada, pues a juicio
de ellos: “la identidad visual de Tijuana no está acabada, sino aún en
vías de construcción” (Soto, s. f., p. 21). Hay también una pretensión
de totalidad que hace recordar las aspiraciones de los historiadores a
fines del siglo XIX. La expresión de una de las curadoras lo evidencia
{ 89 }

cuando señala que por ser Tijuana una ciudad “joven”, se “podía asir
su historia, en materia de arte, «de cabo a rabo»”, puesto que tal vez
“en ninguna otra ciudad de México sea posible incluir en una sola exposición toda la historia de sus artes visuales” (Olga Margarita Dávila
en CONACULTA-CECUT, 2012, p. 16). El diletantismo en materia historiográfica se aprecia en declaraciones poco claras como la siguiente:
“porque es hasta finales de la década de 1970 y durante la década de
1980 que se recrudece la línea fronteriza como herida social” (Olga
Margarita Dávila en CONACULTA-CECUT, 2012, p. 19).
La exposición suscitó una polémica que involucró a un puñado
de artistas locales, críticos de arte y reporteros de la fuente cultural.
Ya fuera a favor o en contra de la exhibición, todos los involucrados
compartían ciertas premisas: concebir a Tijuana como un lugar nodal
y paradigmático para la producción artística en México, sino es que en
toda Latinoamérica. En la discusión se dieron descalificaciones técnicas,
se desacreditó a los contrarios, se puso en duda la representatividad de
la muestra y se señalaron las filias institucionales de los adversarios,
así como su calidad moral, a la vez que asomaron preocupaciones por
la imagen de Tijuana que se proyectaba ante el mundo. En una crítica
museográfica a la curaduría de Obra negra se apuntó:
Que [sic] triste que, mientras el curador pudo distinguir con claridad
las líneas de conexión de la historia, no se le halla [sic] dado la gana
compartirlas con nosotros. Bien hubiera hecho en olvidarse de nodos y
nudos para darnos una exposición objetiva, balanceada y útil sobre la
historia del arte de Tijuana, en vez de simplemente perpetuar la leyenda
negra de Tijuana, presentándonos a todos como esos provincianos incultos, folclóricos, violentos viviendo entre basura, narcos y mojados, que
tanto insisten en convencernos que somos a pesar de lo que muchos de
nuestros artistas dicen en sus obras […] En fin, es triste que esta exposición en obra negra, mal acabada y que tan mal nos pinta, vaya ahora
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a ser la imagen oficial que nuestro gobierno federal va a promover de
nosotros” (Soto, s.f., p. 24).

En el citado texto se acentúa el rol profiláctico que los detractores
le encomiendan o asignan a las exposiciones artísticas, así como del
papel fiscalizador y labor de rescatistas que se le confiere a las dependencias de la administración pública para vigilar el discurso empleado
en la muestra: “Las secretarías de Economía y Turismo harían bien en
analizar la situación que esta exposición plantea, ya que va en contra
de todo el trabajo que han hecho para salvar la dignidad de la imagen
de nuestra ciudad y convencer al turista de que, en Tijuana, tenemos
una riqueza cultural digna de visitar” (Soto, s.f., p. 24). Una exigencia
similar para cuidar “la imagen” de la ciudad se repite en otra crítica: “si
pensamos que esta exposición muy probablemente llevará por el país
y quizás por el mundo, la representación de lo que en Tijuana somos;
cuando ya Tijuana tiene suficiente mala publicidad por otros motivos,
era de esperarse una primera gran exposición de nuestra cultura visual
que ennobleciera y esclareciera nuestra historia, con una muestra de
lo mejor o por lo menos una muestra equilibrada de lo más diverso”
(Cuanalo, s.f., p. 8).
Tirios y troyanos aprobaron tácitamente el discurso historiográfico
y la noción de Tijuana como meca de las artes en el que se enmarcó la
muestra. Así se aprecia en una crítica contra la curaduría de la exposición: “Es el caso de una exposición como esta, que presenta por primera
vez un panorama histórico de las artes visuales de una de las ciudades
con una de las producciones más abundantes, diversas y originales en
este género” (Soto, s.f., p. 19).
El único cuestionamiento que aludió a criterios historiográficos
pareciera centrarse más en descalificar la pertinencia epistémica de los
{ 91 }

curadores de la muestra que por animar un debate sobre la idea, usos
e interpretaciones de la historia local:

alimentan las afirmaciones respecto a la ausencia, presencia o esencia
de la identidad local o de las identidades que ayudan a definirla.

Si esta exposición hubiera sido una exposición histórica, no queremos
ni decir el fiasco que sería, pues no cubre ningún criterio formal de
investigación, documentación y difusión históricas y, por supuesto, no
aprobaría el curso básico en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. La falta de información cronológica, de información histórica que
permitiera ubicar a los personajes y obras presentados, el aglutinamiento
arbitrario de elementos de diversos tipos en el que, o eran artesanía
e historia de más, o era arte de más, pues para ser una exposición de
historia estaba muy mal equilibrada y buena parte del material estaba
presentado en forma decorativa, como grandes collages de postales y
otras cosas, a veces de piso a techo, o en mamparas mal organizadas e
incómodas de examinar ” (Cuanalo, s.f., p. 11).20

Existe un celo por las interpretaciones de la historia local y regional que tiene repercusiones a nivel institucional y social. Un caso
paradigmático se sitúa en el proyecto del Museo de las Californias al que
refería al inicio de este trabajo. Este recinto no escapa a la visión heroica, maniquea de la historia en la que se resaltan los eventos políticos y
se construye un panteón de personajes “emprendedores” ligados a la
administración pública y a la iniciativa privada, de quienes se destaca
su participación en procesos y acontecimientos a los que se les clasifica
como relevantes en el desarrollo local y regional.21

En resumen, la polémica generada por Obra negra dejó de lado
los criterios historiográficos y se enfocó en reclamos y señalamientos
acerca de la representatividad de las obras y de los autores incluidos,
puso en duda la pertinencia ética y moral de los curadores y de los artistas participantes, y desacreditó a los funcionarios de la institución
anfitriona (Navarro, 2011; González, 2011; Brown, 2011 y Waller, 2011).
Tocante a las premisas discursivas y las representaciones sociales
proyectadas en la muestra tampoco se escribió gran cosa. Es notorio que
en el momento de interpretar el pasado y el presente de Tijuana todo
parece ser tan natural y obvio. Hace falta revisar los supuestos sobre
los que descansa la narrativa histórica que explica las dinámicas dentro
de las que se ha construido socialmente Tijuana, en específico los que
20 Llama la atención que el autor apele a la pertinencia epistémica de una escuela de historia

que forma parte de la institución epítome de la aplicación de criterios y políticas culturales
centralistas en México como es el INAH.

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Memorias disciplinarias: representando Tijuana
Hay una marcada tendencia entre académicos, artistas, creadores y
periodistas a percibir que en Tijuana sus habitantes están inmersos en
una corriente cultural fluida y vertiginosa. En conjunto, estas representaciones han configurado una memoria que alimenta y a la vez también
se nutre del imaginario social transmitido a través de los diferentes
formatos discursivos con los que comunican su contenido disciplinario
quienes investigan e interpretan procesos y fenómenos sociales. Detrás
de las imágenes que componen este imaginario asoman las nociones de
patria, nación, frontera, norte mexicano, globalización, región binacional y multiculturalismo, terminología muy usual a la hora de aludir al
pasado, presente y futuro de Tijuana.
Cuando desde el interior de disciplinas académicas y artísticas se
21 Un análisis crítico aunque bastante general del contenido y discursos prevalecientes en los

discursos desplegados en el Museo, e insuficiente en el conocimiento del contexto histórico de
los periodos representados museográficamente y del proceso de construcción del Museo, se
encuentra en Torres Ruiz (2016).

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realizan operaciones para describir y definir cualquier categoría ontológica sobre Tijuana se hace evidente la cristalización de ciertas memorias.
Esto implica que los discursos académicos, intelectuales y artísticos se
basen en cierta espesura e inmanencia ideológica que afecta, e incluso
obnubila, las reflexiones y críticas que de ahí se desprenden. Conviene
plantearse si cuando se estudia, investiga, analiza, exhibe y representa
Tijuana desde formaciones disciplinarias como la historia, la sociología,
la antropología, los estudios urbanos, los estudios culturales, la crítica
literaria y la crítica de arte y el periodismo, se hace desde una especie
de “lugares de memoria”.22 Cabe al respecto destacar el vínculo entre
memoria y experiencia entre las que LaCapra ha observado que a veces
se da una metonimia (LaCapra, 2006, pp. 97-98).
Los barruntos formulados por LaCapra en torno a las problemáticas y confusas relaciones entre historia, memoria, experiencia e identidad atañen directamente a las disciplinas académicas y artísticas que
hemos venido mencionando. LaCapra indica que la experiencia adquiere
la faceta de memoria colectiva, lo cual permite “hablar con ciertas voces”
y puede dar al historiador acceso de primera mano “al conocimiento y
la comprensión, incluyendo su rol en la academia ─algo que abarca y
supera la cognición acotada en los términos de los hechos, las fechas y
su análisis─” (LaCapra, 2006, p. 98). Este acceso de primera mano del
historiador debe descifrarse y argumentarse en un contexto discursivo
22 En primer término, por memoria aludo a lo que Jacques Le Goff definiera como “una propiedad de conservación de ciertas informaciones: un conjunto de funciones psíquicas gracias
a las cuales el ser humano puede actualizar impresiones o informaciones pasadas que se representa como pasadas”, citado en Allier, 2009, p. 16. En cuanto a los “lugares de memoria”,
acorde a Pierre Nora, se trata de “los lugares donde «se cristaliza y se refugia la memoria»; los
lugares donde se ancla, se condensa y se expresa el capital agotado de la memoria colectiva”.
Para ser considerados como tales debe poder caracterizárseles desde los tres sentidos de la
palabra: material, simbólico y funcional; todos ellos con grados diferentes, aunque siempre
presentes. Por otra parte, aquello que los convierte en lugares de memoria es un juego de la
memoria y la historia, una interacción de ambos factores que permite su sobredeterminación
recíproca. En un principio, se necesita que exista la voluntad de memoria. Si ella falta, los
lugares de memoria serán lugares de historia”. Véase Allier, 2008, p. 88.

{ 94 }

más amplio (LaCapra, 2006, p. 98). Debe tenerse en cuenta esta observación porque ayuda a prevenir la ingenuidad subyacente en aquellas
corrientes reificadoras del testimonio de “viva voz”, que en ocasiones,
arrogándose etiquetas de subalternidad, poscolonialidad o en nombre
del empirismo, sacralizan toda forma de memoria y experiencia sin
ocuparse de contextualizarlas y de someterlas a una reflexión crítica.
Parejo a la indiscriminada valoración que en ocasiones se le da al
testimonio y a la posición omnisciente del informante, tiene lugar un
proceso de “patrimonialización”. Tal como señala Fancois Hartog, la
memoria ha sustituido a la historia como forma privilegiada de auscultar
el pasado. Esto ha provocado un “presentismo” (que Hartog designa
como el “régimen de historicidad” imperante) que ha desplazado a la
temporalidad que privilegiaba la mirada hacia el futuro (Hartog, 2007).
La penetración en la academia de estos giros epistémicos marcha paralelo a la demanda social cada vez más enérgica para que los profesionales
de las humanidades y las ciencias sociales se vinculen con perspectivas
más vernáculas y menos rigurosas que las producidas al interior de los
campos disciplinarios.
El empuje que ha tenido la memoria está ligado al auge de las
identidades que se vive a escala mundial sobre todo a partir del decenio de 1960, cuando se suscitó la emergencia política de identidades
marginales o no hegemónicas. Aunque historia y memoria se ocupan
de la elaboración o reelaboración del pasado, cada una tiene su propia
temporalidad (Traverso, 2007, p. 80) y formas de conectar sus distintos
regímenes. La memoria es eminentemente subjetiva porque se apoya
en la “experiencia vivida” (como tradujera Ortega y Gasset el vocablo
alemán Erlebniz, diferente al Erfahrung que sería la experiencia transmitida, ambos conceptos abordados en la obra de Walter Benjamin).
Por lo tanto, la memoria es cualitativa, singular, poco cuidadosa de las
{ 95 }

comparaciones, de la contextualización, de las generalizaciones, sin
necesidad de pruebas (Traverso, 2007, p. 73).
Un ejemplo local sobre la prioridad que la memoria y la concepción
patrimonial han alcanzado en la interpretación del pasado y presente,
y de cómo esto ha influido en las interpretaciones asumidas al indagar
en materia de tópicos identitarios y de las representaciones sociales
sobre Tijuana y la frontera norte se halla en un texto de reciente publicación: Memoria vulnerable. El patrimonio cultural en contextos de
frontera (Olmos y Mondragón, 2011). En la introducción de esta obra
el antropólogo Miguel Olmos sostiene que en las sociedades fronterizas
de México y Estados Unidos, “la memoria de larga duración es efímera
y volátil”, lo que ha hecho “vulnerables” sus “referencias culturales” en
“apariencia y contenido”. Por tratarse de “ciudades jóvenes que junto
con sus zonas aledañas poseen valores patrimoniales que todavía están
por definirse, y cuya memoria histórica y colectiva reivindica un patrimonio cuyas características inmediatas ─lo mismo que sus sociedades─
pueden ser pasajeras o transitorias”. Lo anterior lo lleva a concluir que
en sociedades como la de Tijuana no hay “lugares de memoria” (Olmos
y Mondragón, 2011, pp. 10-11).
Habría que matizar que Nora planteó la existencia de una “voluntad de memoria” como requisito previo para que se crearan los “lugares
de memoria”, sin esa “voluntad” lo que se tendría serían “lugares de
historia” y no “lugares de memoria” (Nora, 2008, pp. 33-34). Si lo ajustamos a nuestra analogía que propuso la existencia de una “memoria”
inscrita y animada dentro de las disciplinas desde las que se ha representado e interpretado Tijuana, entonces podemos plantear que entre
los intelectuales, académicos, artistas y líderes de opinión interesados
en indagar y encontrar la esencia y rasgos de la historia e identidad
tijuanense sí hay “voluntad de memoria”. Esta “voluntad” orienta sus
{ 96 }

indagaciones y los resultados de las mismas, de ahí que en su producción
que retoma o alude al pasado de la localidad, los enfoques privilegien
más a la memoria que a la historia.
En buena medida por la naturaleza de sus objetivos y propósitos
epistemológicos, conviene preguntarse si los estudios culturales son un
campo de investigación más apegado a la memoria que a la historia, por
encontrarse más cercanos afectivamente a su temporalidad y formas
de registrar el pasado. Stuart Hall, ideólogo y creador de los estudios
culturales precisa que éstos surgieron a partir de “una crisis en las
humanidades” en medio de un debate sobre el cambio social y cultural
en Gran Bretaña una vez concluida la Segunda Guerra Mundial (Hall,
1990, p. 12). La propuesta se sustentaba en una crítica ideológica a la
forma en que las artes y la humanidades se presentaban a sí mismas
como parte de un conocimiento desinteresado, por ello emprendieron
un trabajo de desmitificación que mostrara la naturaleza reguladora y
el rol jugado por las humanidades respecto a la cultura nacional (Hall,
1990, p. 15). Desde un inicio, los estudios culturales asumieron un compromiso político y trataron de desarrollar lo que Hall llamó “proyecto
gramsciano”, al retomar del teórico italiano la cuestión de lo “popular
nacional”: ¿cómo fue constituido?, ¿cómo se había transformado?,
y ¿por qué era importante en el juego y negociación de las prácticas
hegemónicas? (Hall, 1990, p. 17) A partir de la década de 1990, los estudios culturales han sido la plataforma institucional de investigación
de los procesos y fenómenos sociales y culturales en Tijuana (y en la
Baja California en su conjunto) con mayor aceptación.23 Los adeptos a
los estudios culturales al momento de trabajar cuestiones identitarias,
23 Es de destacarse que actualmente dos instituciones públicas de educación superior e investigación ofrecen maestrías y doctorados en la materia. Es un dato sobresaliente si tomamos en
cuenta lo señalado por Hall acerca de que en Gran Bretaña, cuna de los estudios culturales, a
comienzos del decenio de 1990 apenas existían tres o cuatro instituciones que incluían cursos
de ese tipo en sus programas académicos (véase Hall, 1990, p. 11).

{ 97 }

representaciones sociales e imaginarios sobre Tijuana han estado trabajando desde las memorias.
El asunto de la identidad en Tijuana ha sido un tópico recurrente
aun antes de que existieran iniciativas académicas formales interesadas
en la temática. Casi toda obra o proyecto que involucra la modificación de
espacios públicos o privados financiados con fondos gubernamentales es
justificado con el argumento de que contribuirá a dotar de “identidad”,
o en el mejor de los casos a reforzarla, entre los pobladores fronterizos.
Algunos casos recientes que involucran este contenido retórico son la
edificación del “Reloj monumental” y su enorme arco construido durante
el decenio de 1990 en el extremo norte de la calle turística más popular
de la ciudad (Avenida Revolución); la promoción que ha acompañado
desde sus orígenes al equipo profesional de fútbol “Xoloitzcuintles”, propiedad del influyente político y empresario Jorge Hank Rhon; además
del proyecto de edificación de un Zócalo frente a la que será la nueva
catedral del arzobispado católico de la ciudad, situado entre el edificio
de la representación del gobierno estatal y la sede del ayuntamiento.
Durante su primera visita a Tijuana Néstor García Canclini consideró que junto a Nueva York, ambas ciudades eran los mayores “laboratorios de la posmodernidad” en el mundo (García, 2004, p. 199).
Aunque en los últimos años el notable académico mostró más mesura
respecto a Tijuana, siguió considerándola “un laboratorio” pero esta vez
“de la desintegración social y política de México como consecuencia de
una ingobernabilidad cultivada” (Montezemolo, 2009, p. 143). Pese al
giro en su apreciación, García mantiene su percepción de Tijuana como
una zona de ensayo a la vez que un prisma que anuncia o permite vislumbrar, o ser un preludio de lo que sucede o se avecina al interior del
país. Al igual que en la referida Obra negra, García sostiene la noción
de que en Tijuana se presentan fenómenos sociales similares a los del
{ 98 }

resto de México pero en forma más exagerada y burda.
Esta sensación no es exclusiva de García. El texto de presentación
de la retrospectiva artística Obra negra es abundante en adjetivos que
describen un sentido de transformación apresurada, de un dejo de incertidumbre sobre el presente y el futuro inmediato de los habitantes
de Tijuana. Los curadores de dicha muestra sostuvieron que los artistas respondían y daban cuenta de las estrategias de la población para
responder a esta dinámica cotidiana, apoyados en la improvisación
imaginativa, pues sólo así era posible enfrentar la vida en la frontera,
sujeta a una identidad en vilo, difusa, borrosa, en constante redefinición debido a la asimetría con el país vecino y a la violencia padecida
en México (Ashida y Dávila, 2011, pp. 11-12).
A partir de los ejemplos recabados vemos cómo las memorias
donde moran las representaciones sobre Tijuana continúan inspirando
innumerables actos performativos y opiniones hiperbólicas entre los
académicos, artistas y periodistas interesados en deshilvanar su madeja.
Esto la ha constituido en la sede favorita de los estudios culturales, en
un polo de atracción para el arte de vanguardia24 y en fuente para los
periodistas y escritores en busca de historias exotizadas.

Consideraciones finales
Las figuras retóricas sobre las que se sostienen las representaciones sobre Tijuana que dan cuenta de un cúmulo de experiencias sedimentadas
como memoria afectan el ejercicio de las disciplinas académicas, artísticas y de la práctica periodística. Un paso inicial que ayude a explicar
la persistencia de estas representaciones en el imaginario social sobre
Tijuana precisa identificar, describir y analizar cómo se han configura24 Muestra de ello son las distintas emisiones del festival de arte InSite que tuvieron lugar
entre Tijuana y San Diego, California de 1992 al 2005.

{ 99 }

do y arraigado tales imágenes. Al mismo tiempo, es oportuno tener en
cuenta la concepción existente sobre la frontera norte de México, que
históricamente ha sido concebido como un lugar en el que las instituciones estatales, sociales, culturales exhiben o prueban su fragilidad, lo
que en buena medida persistió como una concepción tradicional dentro
de la Modernidad respecto a cualquier zona situada en los márgenes de
los Estados nacionales. Estas nociones comenzaron a transformarse a
partir de decenio de 1950 dando lugar a proposiciones teóricas dentro
de las mismas teorías modernizadoras a la diferencia, el disenso y la
descentralización en materia ideológica, administrativa, económica y
cultural.25
En el escudo oficial de Tijuana se lee: “Aquí empieza la patria”. En
el imaginario de muchos fronterizos y de los mexicanos de otras latitudes, a los habitantes de Tijuana y de la franja fronteriza con Estados
Unidos les corresponde una tarea defensiva de la soberanía nacional y
de los “valores” culturales de los mexicanos, se les adjudica también la
encomienda de preservar la buena imagen del país por ser la primera
impresión que se llevan un buen número de visitantes extranjeros cuando se introducen a México. Algunas respuestas locales se han articulado
sobre la idea de que los tijuanenses forman la trinchera inicial o el primer dique defensivo del nacionalismo mexicano ante los permanentes
25 S.N. Eisenstadt sintetizó la apertura generada dentro de las teorías modernizadoras después de la Segunda Guerra Mundial, en las que gradualmente se empezó a valorar y otorgar
espacios a la diversidad y multiplicidad de enfoques y concepciones que tenían lugar dentro
del pensamiento racional, es decir, se abrió paso a pensar la racionalidad moderna desde distintas experiencias, lo que después dio lugar a perspectivas planteadas desde racionalidades
distintas. Del mismo modo, fueron incorporándose en el centro del poder y en la toma de
decisiones un cúmulo de consideraciones procedentes de los temas de protesta gestados desde
la periferia. A largo plazo, esto reestructuró las relaciones centro-periferia como foco principal de las dinámicas políticas en las sociedades modernas (2000, pp. 6-7). La importancia
de este desplazamiento descentralizador, que ha sido uno de los factores que condujeron a la
adopción de las políticas culturales de la diferencia, queda de manifiesto en el señalamiento
hecho por Edna Suárez-Díaz respecto a los aportes de la historia cultural de la ciencia, al haber
demostrado con sus estudios que incluso “la razón” está histórica y geográficamente situada
(2016, 334-335).

{ 100 }

embates del expansionismo estadounidense.
Las actitudes y visiones locales recabadas por Stavenhagen durante
el trabajo de campo que hizo en Tijuana en 1957, continúan presentes y
alimentan las referencias identitarias de los habitantes fronterizos, no
obstante que a casi seis décadas de su visita, la integración institucional
y cultural con los poderes fácticos y oficiales radicados en el centro del
país se han intensificado:
Tijuana presenta un interesantísimo problema de transculturación.
A nadie que venga del centro de la república puede escapar la fuerte
presión e influencia cultural que la vecindad con Estados Unidos y la
cultura anglosajona ejerce sobre nuestras ciudades fronterizas. Ello se
advierte en la incorporación al lenguaje de los fronterizos de anglicismos
incomprensibles, generalmente para el visitante del interior, en el uso
casi exclusivo de signos monetarios estadounidenses, en el consumo, casi
exclusivo, de productos de estadounidenses, en la adopción de modos
de vestir y de formas de actuar y pensar comunes en el vecino país.
El mexicano común y corriente habla, un poco despectivamente, de
“pochismo”, y no pocos advierten en la sola cercanía a Estados Unidos,
un peligro para la nacionalidad. Pero esto es solamente la superficie,
los tijuanenses son los primeros en señalar que los “pochos” no son
realmente ellos, sino los estadounidenses de origen mexicano que viven
allende la frontera. Debajo de la capa de aparente desnacionalización
existe una fuerte reacción nacionalista que se traduce en una actitud de
que los tijuanenses son realmente más mexicanos que los demás, porque
precisamente su nacionalidad se ve más amenazada y sus esfuerzos por
conservarla son mayores que la de aquellos cuya mexicanidad jamás se
ha encontrado en entredicho. De ahí que Tijuana se considere el “Centinela de México”, caracterización que constantemente se imprime en
la conciencia de los tijuanenses, aun, no sin cierta ironía, debajo de un
flamante anuncio, en las calles de Tijuana, de la Pepsi-Cola, una de tantas
exportaciones de la cultura estadounidense. Pero, en nuestra opinión,
{ 101 }

Tijuana constituye una de las ciudades más mexicanas de la república.
A ella han afluido gentes de todo México; por cada habitante de Tijuana
que ha nacido en el estado de Baja California, 2.3 han nacido en otras
entidades de la república. Y todas ellas han traído a Tijuana sus propias
tradiciones de cultura local y regional que tanto difiere de un lugar a otro
de la república. Y más que nada, todas ellas han venido con ideales de
superación y de mejoramiento, y de forjarse una nueva vida y un nuevo
futuro. Si bien los problemas de tipo intercultural que implica la vida
en la frontera no pueden negarse, ni deben ignorarse, tampoco puede
negarse el carácter esencialmente nacional de la comunidad tijuanense
(Stavenhagen, 2014, pp. 37-38).

na categorizada como un lugar. Para ello se precisa hacer inteligible el
contexto de producción y circulación de tales representaciones, así como
identificar los posicionamientos ideológicos, políticos y sociológicos de
quienes los estudian o retoman para construir propuestas artísticas,
académicas, intelectuales e incluso empresariales. Ayuda mucho a las
ciencias sociales y humanidades dilucidar los criterios de investigación,
posiciones y compromisos de quienes estamos interesados en la constitución del conjunto de tópicos que atraviesan el núcleo de experiencias
a estudiar.

De lo anterior se aprecia que la noción de Tijuana como caseta de
peaje franqueando la entrada a la autopista nacional ha persistido a lo
largo de décadas, junto a la proyección de que en su espacio se sintetiza
la variedad cultural del país, ya que históricamente ha sido el punto de
destino de vastos flujos migratorios provenientes de todo México. En
respuesta a las perennes dudas emitidas ante la “insuficiente mexicanidad” del fronterizo, se aduce como respuesta que éste es más mexicano
que la gente de otras entidades del país porque a diario confronta, en
situación desventajosa la mayoría de las veces, al Otro, al “gringo”, al
“americano”. Se argumenta que aun y cuando el fronterizo tiene posibilidades de emigrar a suelo estadounidense, decide permanecer de lado
mexicano. Esta serie de axiomas, registrados desde 1958 por Stavenhagen, han sido el sustento ideológico de El COLEF desde su apertura
(para ampliar sobre el tema véase Ruiz, 2014, pp. 142-146).
Considero pertinente iniciar una reflexión acerca de las maneras
en que el imaginario social y el de las representaciones que la integran,
son acentuadas desde distintas disciplinas académicas y artísticas al
momento de plantearse interrogantes sociales y culturales sobre Tijua{ 102 }

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Los

autores

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Rogelio E. Ruiz Ríos
(Tijuana, B.C., 1972). Doctorado y Maestría en Historia por El Colegio
de Michoacán, A.C., Licenciado en Historia por la Escuela de Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). En
la actualidad dirige el Instituto de Investigaciones Históricas de la
UABC. En la perspectiva de la historia intelectual, la historia cultural
y los vínculos interdisciplinarios de la historia actualmente investiga
procesos de colonización extranjera en Baja California; las representaciones sociohistóricas sobre Tijuana y la frontera norte de México; y las
relaciones entre historia, memoria y tiempo. Sus tres publicaciones más
recientes son: (2015) “Dilemas ideológicos de la izquierda después de la
Guerra Fría: el vínculo de los jóvenes con el cambio social y los desafíos
del multiculturalismo”, Legajos, enero-marzo 2015, pp. 71-111; (2014)
“Colonización y agricultura. Rusos molokanes en Baja California”, en
El otro rostro de la inversión extranjera. Redes migratorias, empresas
y crecimiento económico de México y América Latina, siglos XVI-XX,
UNAM; (2014) “Experiencia, memoria y discursos disciplinarios en las
representaciones sobre Tijuana”, en Magistrales: Historia, memoria
y sus lugares, UABC.
{ 115 }

Historia, territorio e identidad: dos visiones, dos
ciudades en los extremos fronterizos de México,
se terminó de imprimir en los talleres de Imagen
Gráfica, calle Morelos no. 211, sector Morelos, Col.
Miguel Hidalgo, Villahermosa, Tabasco, en febrero de 2017. Se tiraron 1,000 ejemplares. Diseño:
Miguel Angel Díaz Perera.


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