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Antes que anochezca Reinaldo Arenas .pdf



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Título: Antes que anochezca
Autor: Reinaldo Arenas

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Reinaldo Arenas

Antes que anochezca

Introducción
El fin

Yo pensaba morirme en el invierno de 1987. Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles. Consulté
a un médico y el diagnóstico fue SIDA. Como cada día me sentía peor, compré un pasaje para Miami y
decidí morir cerca del mar. No en Miami específicamente, sino en la playa. Pero todo lo que uno desea,
parece que por un burocratismo diabólico, se demora, aun la muerte.
En realidad no voy a decir que quisiera morirme, pero considero que, cuando no hay otra opción que
el sufrimiento y el dolor sin esperanzas, la muerte es mil veces mejor. Por otra parte, hacía unos meses
había entrado en un urinario público, y no se había producido esa sensación de expectación y
complicidad que siempre se había producido. Nadie me había hecho caso, y los que allí estaban habían
seguido con sus juegos eróticos. Yo ya no existía. No era joven. Allí mismo pensé que lo mejor era la
muerte. Siempre he considerado un acto miserable mendigar la vida como un favor. O se vive como uno
desea, o es mejor no seguir viviendo. En Cuba había soportado miles de calamidades porque siempre me
alentó la esperanza de la fuga y la posibilidad de salvar mis manuscritos. Ahora la única fuga que me
quedaba era la muerte. Casi todos los manuscritos sacados de Cuba habían sido corregidos por mí, y
estaban en manos de mis amigos o se habían publicado. Durante cinco años de exilio también había
escrito un libro de ensayos sobre la realidad cubana, Necesidad de libertad, seis piezas de teatro
publicadas bajo el título de Persecución y le había puesto punto final a la novela El portero y a Viaje a
La Habana, aunque cuando escribí esta novela ya me sentía enfermo. Lamentaba sin embargo tener que
morirme sin haber podido terminar la Pentagonía, un ciclo de cinco novelas de las cuales había
publicado ya Celestino antes del alba, El palacio de las blanquísimas mofetas y Otra vez el mar.
Lamentaba también dejar a algunos amigos como Lázaro, Jorge y Margarita. Lamentaba el dolor que a
ellos y a mi madre les iba a causar mi muerte. Pero ahí estaba la muerte y no había otra actitud que
asumirla.
Lázaro, sabiendo que yo me sentía muy mal, voló a Miami y me trajo inconsciente al New York
Hospital. Fue un gran problema, según él mismo me contó, ingresarme, pues yo no tenía seguro médico.
Lo único que tenía en el bolsillo era la copia del testamento que le había enviado a Jorge y Margarita.
Mientras yo casi agonizaba, los médicos me negaban la admisión puesto que no tenía con qué pagar.
Afortunadamente había allí un médico francés, a quien Jorge y Margarita conocían, que me ayudó a
ingresar en el hospital. De todos modos, según me dijo otro médico, el doctor Gilman, tenía sólo un diez

por ciento de sobrevida.
Fui ingresado en la sala de emergencias donde todos estábamos en estado de agonía. De todas partes
me salían tubos: de la nariz, de la boca, de los brazos; en realidad parecía más un ser de otro mundo que
un enfermo. No voy a contar todas las peripecias que padecí en el hospital. El caso es que no me morí en
esos instantes como todos esperábamos. El mismo médico francés, el doctor Olivier Ameisen (un
excelente compositor musical por lo demás), me propuso que yo le escribiese letras de algunas canciones
para que él les pusiera música. Yo, con todos aquellos tubos y con un aparato de respiración artificial,
garrapateé como pude el texto de dos canciones. Olivier iba a cada rato a la sala del hospital, donde
todos nos estábamos muriendo, a cantar las canciones que yo había escrito y a las que él había puesto
música. Iba acompañado de un sintetizador electrónico, un instrumento musical que producía todo tipo de
notas e imitaba cualquier otro instrumento. La sala de emergencias se pobló de las notas del sintetizador
y de la voz de Olivier. Considero que sus dotes como músico eran muy superiores a las de médico. Yo,
desde luego, no podía hablar; tenía además en la boca un tubo conectado a los pulmones. En realidad
estaba vivo porque aquella máquina respiraba por mí, pero pude, con un poco de esfuerzo, escribir mi
opinión en una libreta acerca de las composiciones de Olivier. Me gustaban en verdad aquellas
canciones. Una se titulaba Una flor en la memoria y la otra, Himno.
Lázaro me visitaba a cada rato. Iba con una antología de poesía, abría el libro al azar y me leía algún
poema. Si el poema no me gustaba, yo movía los tubos instalados en mi cuerpo y él me leía otro. Jorge
Camacho me llamaba desde París todas las semanas. Se estaba traduciendo El portero al francés y Jorge
me pedía consejo sobre algunas palabras difíciles. Al principio yo sólo podía responder con balbuceos.
Después mejoré un poco y me trasladaron a una habitación privada. Aunque no podía moverme, era una
suerte estar en una habitación; por lo menos tenía un poco de paz. Además, ahora ya me habían quitado el
tubo de la boca y podía hablar. Así se terminó la traducción de El portero.
Al cabo de tres meses y medio me dieron de alta. Casi no podía caminar, y Lázaro me ayudó a subir a
mi apartamento, que por desgracia está en un sexto piso sin ascensor. Llegué con trabajo hasta allá arriba.
Lázaro se marchó con una inmensa tristeza. Ya en la casa, comencé como pude a sacudir el polvo. De
pronto, sobre la mesa de noche me tropecé con un sobre que contenía un veneno para ratas llamado
Troquemichel. Aquello me llenó de coraje, pues obviamente alguien había puesto aquel veneno para que
yo me lo tomara. Allí mismo decidí que el suicidio que yo en silencio había planificado tenía que ser
aplazado por el momento. No podía darle ese gusto al que me había dejado en el cuarto aquel sobre.
Los dolores eran terribles y el cansancio inmenso. A los pocos minutos, llegó René Cifuentes y me
ayudó a limpiar la casa y a comprar algo de comer. Después me quedé solo. Como no tenía fuerzas para
sentarme a la máquina, comencé a dictar en una grabadora la historia de mi propia vida. Hablaba un rato,
descansaba y seguía. Había empezado ya, como se verá más adelante, mi autobiografía en Cuba. La había
titulado Antes que anochezca, pues la tenía que escribir antes de que llegara la noche ya que vivía
prófugo en un bosque. Ahora la noche avanzaba de nuevo en forma más inminente. Era la noche de la
muerte. Ahora sí que tenía que terminar mi autobiografía antes de que anocheciera. Lo tomé como un reto.
Y seguí así trabajando en mis memorias. Yo grababa un casete y se lo daba a un amigo, Antonio Valle,
para que lo mecanografiara.
Había grabado ya más de veinte casetes y aún no anochecía.
En la primavera de 1988 salió El portero en Francia. Fue un éxito de crítica y de publicidad. La
novela había quedado finalista, junto con otras dos, en el premio Médicis a la mejor novela extranjera.
La editorial me mandó un pasaje de avión, pues yo había sido invitado a participar en el programa

Apostrophes en la televisión francesa. Era el programa cultural de más audiencia en Francia y se
transmitía en vivo por toda Europa. Acepté la invitación sin siquiera saber si podría o no bajar las
escaleras de mi casa y llegar al avión. Pero el estímulo de mis amigos Jorge y Margarita creo que me
ayudó. Llegué a París y me presenté al programa. Casi nadie sabía que mientras yo hablaba en aquel
programa que duraba una hora o más, en realidad yo estaba al borde de la muerte. Me pasé unos días en
París y regresé a mi autobiografía. Mientras trabajaba en ella, revisaba la excelente traducción que
Liliane Hasson me hacía de La Loma del Angel, una parodia sarcástica y amorosa de la Cecilia Valdés
de Cirilo Villaverde.
Pero las calamidades físicas no se detenían; por el contrario, avanzaban rápidamente. Volví a
contraer una clase de neumonía denominada PCP, que era la misma que había contraído antes. Ahora las
posibilidades de escapar con vida eran menores, pues el cuerpo estaba más debilitado. Sobreviví a la
pulmonía, pero allí mismo, en el hospital, contraje otras enfermedades terribles, como cáncer, sarcoma
de Kaposi, flebitis y algo horrible llamado toxoplasmosis, que consiste en un envenenamiento de la
sangre en el cerebro. El mismo médico que me atendía, el doctor Harman, creo que me miraba con tanta
pena que yo a veces trataba de consolarlo. De todos modos sobreviví entonces a aquellas enfermedades o
por lo menos al estado de mayor gravedad. Tenía que terminar la Pentagonía. En el hospital comencé a
escribir la novela El color del verano. Tenía en las manos distintas agujas con sueros, por lo que me era
un poco difícil escribir, pero me prometí llegar hasta donde pudiera. No comencé esta novela (para mí
fundamental del ciclo) por el principio, sino por un capítulo titulado «Las tortiguaguas». Cuando salí del
hospital terminé mi autobiografía (con excepción, desde luego, de esta introducción) y continué
trabajando en El color del verano. También trabajaba conjuntamente con Roberto Valero y María Badías
en la revisión de la quinta novela de la Pentagonía, El asalto. En realidad se trataba de un manuscrito
escrito en Cuba atropelladamente para poder sacarlo del país. Lo que Roberto y María hicieron fue una
labor de traducción de un idioma casi ininteligible al español. El caso es que la novela se terminó de
pasar en limpio y engrosó mis originales en la biblioteca Firestone de la Universidad de Princeton, donde
pueden ser consultados.
En esos días llegó mi madre de Cuba, con esos permisos taimados que da Castro a las personas
mayores para recaudar dólares. No me quedó más remedio que viajar a Miami. Mi madre no notó que me
estaba en verdad muriendo y yo la acompañé a que hiciera todas sus compras. No le dije nada de mi
enfermedad, y ni siquiera a estas alturas (mediados de 1990), le he dicho nada. Contraje de nuevo en
Miami otra pulmonía. Llegué a Nueva York directo para el hospital. Salí y me fui a España, a la casa de
campo de Jorge y Margarita. Allí podía respirar aire puro.
Recuerdo que, estando en casa de Jorge en la finca Los Pajares (era entonces el otoño de 1988), se
nos ocurrió la idea de hacer una carta abierta a Fidel Castro solicitándole un plebiscito, más o menos
como el que se le había hecho a Pinochet. Jorge me dijo que redactara la carta y los dos nos dimos a la
tarea. Luego la firmamos él y yo: aunque no consiguiéramos más firmas, se la enviaríamos con nuestras
dos modestas firmas. No fue así; conseguimos miles de firmas, incluyendo las de ocho personas que
habían recibido el Premio Nobel.1 Desatamos una labor tremenda en aquella finca donde no había ni agua
corriente ni luz eléctrica. La carta se publicó en los periódicos y fue un golpe terrible para Castro, pues
puso en evidencia que su dictadura era aún peor que la de Pinochet, pues él jamás iba a hacer elecciones
libres. Los que todavía ingenuamente pretenden sostener un diálogo con Castro deberían recordar su
reacción a esta carta, pues llamó a sus firmantes «agentes de la CIA» primero, y luego «hijos de puta».
Obviamente Castro sólo tiene ahora una salida, el diálogo con el exilio para seguir en el poder. Lo

increíble es que muchas personas del exilio, consideradas intelectuales, están a favor del diálogo. Eso es
desconocer completamente la personalidad de Castro y sus ambiciones. Claro está que Castro desde
Cuba ha creado comités pro-diálogo, y esas personas se hacen pasar hasta por presidentes de comités de
derechos humanos. De una parte están los agentes de Castro, fuera y dentro de Cuba, trabajando en su
favor; de otra, los ambiciosos con ansias de figurar; y de otra aún, los canallas que piensan «sacarle
alguna lasca» al negocio del diálogo.
Algún día, desde luego, el pueblo derrocará a Castro y lo menos que hará será ajusticiar a los que
impunemente colaboraron con el tirano. Las personas que promueven un diálogo con Castro, a sabiendas
(como lo saben todos) de que Castro no abandonará el poder por las buenas y lo que necesita es una
tregua y una ayuda económica para fortalecerse, son tan culpables como los esbirros que torturan y
asesinan al pueblo, o tal vez más, pues en Cuba se vive bajo el terror absoluto. Fuera, por lo menos se
puede optar por cierta dignidad política. Todos estos figurones que sueñan con aparecer en las pantallas
de televisión dándole la mano a Fidel Castro y en convertirse en figuras políticas relevantes, deben tener
sueños más objetivos: deben soñar con una cuerda de la cual se balancearán en el Parque Central de La
Habana, pues el pueblo de Cuba, en su generosidad, cuando llegue el momento de la verdad, los
ahorcará. Así morirán a gusto, pues no habrá habido al menos con ellos ningún derramamiento de sangre.
Tal vez ese acto de justicia sirva de ejemplo para el futuro, pues Cuba es un país que produce canallas,
delincuentes, demagogos y cobardes en relación desproporcionada a su población.
Volviendo al plebiscito: lo firmaron varios presidentes constitucionales y numerosos intelectuales de
todas las tendencias políticas. Eso físicamente me trajo más problemas, pues mi apartamento se llenó de
fotógrafos y periodistas. Casi no podía hablar, pues el cáncer ya se había posesionado de mi garganta,
aunque tuve que aparecer hasta en la televisión. Por otra parte, aún no había terminado El color del
verano, novela que resume gran parte de mi vida, especialmente mi juventud, todo desde luego en forma
imaginativa y desenfadada. También es una obra que cuenta la historia de un dictador envejecido y
enloquecido, y que toca descarnadamente el tema homosexual, tema tabú para casi todos los cubanos y
para casi todo el género humano. La obra se desarrolla en un gran carnaval en el que el pueblo logra
desprender la Isla de su plataforma insular y marcharse con ella como si fuera un bote. Ya en alta mar,
nadie se pone de acuerdo sobre el paradero y el tipo de gobierno a elegir. Se desata un enorme guirigay
al estilo cubano y la Isla, en medio de aquel pataleo, como no tiene plataforma, se hunde en el mar.
En medio todavía de esta novela de más de seiscientas páginas, también revisé la trilogía poética
Leprosario, que ya está en impresión, y la excelente traducción al inglés que hizo Dolores M. Koch de El
portero, que saldrá próximamente.
Veo que llego casi al fin de esta presentación, que es en realidad mi fin, y no he hablado mucho del
SIDA. No puedo hacerlo, no sé qué es. Nadie lo sabe realmente. He visitado decenas de médicos y para
todos es un enigma. Se atienden las enfermedades relativas al SIDA, pero el SIDA parece más bien un
secreto de Estado. Sí puedo asegurar que, de ser una enfermedad, no es una enfermedad al estilo de todas
las conocidas. Las enfermedades son producto de la naturaleza y, por lo tanto, como todo lo natural no es
perfecto, se pueden combatir y hasta eliminar. El SIDA es un mal perfecto porque está fuera de la
naturaleza humana y su función es acabar con el ser humano de la manera más cruel y sistemática posible.
Realmente jamás se ha conocido una calamidad tan invulnerable. Esta perfección diabólica es la que
hace pensar a veces en la posibilidad de la mano del hombre. Los gobernantes del mundo entero, la clase
reaccionaria siempre en el poder y los poderosos bajo cualquier sistema, tienen que sentirse muy
contentos con el SIDA, pues gran parte de la población marginal que no aspira más que a vivir y, por lo

tanto, es enemiga de todo dogma e hipocresía política, desaparecerá con esta calamidad.
Pero la humanidad, la pobre humanidad, no parece que pueda ser destruida fácilmente. Ha valido la
pena haber padecido todo esto, pues por lo menos he podido asistir a la caída de uno de los imperios más
siniestros de la historia, el imperio estalinista.
Además, me voy sin tener que pasar primero por el insulto de la vejez.
Cuando yo llegué del hospital a mi apartamento, me arrastré hasta una foto que tengo en la pared de
Virgilio Piñera, muerto en 1979, y le hablé de este modo: «Óyeme lo que te voy a decir, necesito tres
años más de vida para terminar mi obra, que es mi venganza contra casi todo el género humano». Creo
que el rostro de Virgilio se ensombreció como si lo que le pedí hubiera sido algo desmesurado. Han
pasado ya casi tres años de aquella petición desesperada. Mi fin es inminente. Espero mantener la
ecuanimidad hasta el último instante.
Gracias, Virgilio.
Nueva York, agosto de 1990

Las piedras

Yo tenía dos años. Estaba desnudo, de pie; me inclinaba sobre el suelo y pasaba la lengua por la
tierra. El primer sabor que recuerdo es el sabor de la tierra. Comía tierra con mi prima Dulce Ofelia,
quien también tenía dos años. Era un niño flaco, pero con una barriga muy grande debido a las lombrices
que me habían crecido en el estómago de comer tanta tierra. La tierra la comíamos en el rancho de la
casa; el rancho era el lugar donde dormían las bestias; es decir, los caballos, las vacas, los cerdos, las
gallinas, las ovejas. El rancho estaba a un costado de la casa.
Alguien nos regañaba porque comíamos tierra. ¿Quién era esa persona que nos regañaba? ¿Mi madre,
mi abuela, una de mis tías, mi abuelo? Un día sentí un dolor de barriga terrible; no me dio tiempo a ir al
excusado, que quedaba fuera de la casa, y utilicé el orinal que estaba debajo de la cama donde yo dormía
con mi madre. Lo primero que solté fue una lombriz enorme; era un animal rojo con muchas patas, como
un ciempiés, que daba saltos dentro del orinal; sin duda, estaba enfurecido por haber sido expulsado de
su elemento de una manera tan violenta. Yo le cogí mucho miedo a aquella lombriz, que se me aparecía
ahora todas las noches y trataba de entrar en mi barriga, mientras yo me abrazaba a mi madre.
Mi madre era una mujer muy bella, muy sola. Conoció sólo a un hombre: a mi padre. Disfrutó de su
amor sólo unos meses. Mi padre era un aventurero: se enamoró de mi madre, se la «pidió» a mi abuelo y
a los tres meses la dejó. Mi madre vivió entonces en la casa de sus suegros; allí esperó durante un año,
pero mi padre nunca regresó. Cuando yo tenía tres meses, mi madre volvió para la casa de mis abuelos;
iba conmigo; el fruto de su fracaso. No recuerdo el lugar donde nací; nunca conocí a la familia de mi
padre, pero creo que ese lugar estaba por la parte norte de la provincia de Oriente, en el campo. Mi
abuela y todos en la casa trataron de educarme siempre dentro de un gran odio hacia mi padre, porque
había engañado —ésa era la palabra— a mi madre. Recuerdo que me enseñaron una canción que contaba
la historia de un hijo que, en venganza, mataba a su padre para desagraviar a su madre abandonada. Yo
cantaba esa canción en presencia de toda mi familia, que escuchaba arrobada. La canción por aquella
época era muy popular y contaba las peripecias de una mujer que había sido ultrajada por su amante
quien, luego de hacerle un hijo, había desaparecido. La canción terminaba de este modo:
El muchacho creció y se hizo un hombre
y a la guerra se fue a pelear
y en venganza mató a su padre.
Así hacen los hijos que saben amar.

Un día mi madre y yo íbamos caminando hacia la casa de una de mis tías. Al bajar al río vimos a un
hombre que venía hacia nosotros; era un hombre apuesto, alto, trigueño. Mi madre se enfureció
súbitamente; empezó a coger piedras del río y a tirárselas por la cabeza a aquel hombre que, a pesar del
torrente de piedras, siguió acercándose a nosotros. Llegó hasta donde yo estaba, metió la mano en el
bolsillo, me dio dos pesos, me pasó la mano por la cabeza y salió corriendo, antes de que alguna pedrada
lo descalabrase. Durante el resto del camino mi madre fue llorando y, cuando llegamos a la casa de mi
tía, yo me enteré de que aquel hombre era mi padre. No lo volví a ver más, ni tampoco los dos pesos; mi
tía se los pidió prestados a mi madre y no sé si se los habrá pagado.
Mi madre era una mujer «abandonada», como se decía en aquellos tiempos. Difícil era que pudiera
volver a encontrar un marido; el matrimonio era para las señoritas y ella había sido engañada. Si algún
hombre se le acercaba era, como se decía en aquella época, para «abusar» de ella. Por lo tanto, mi madre
tenía que ser muy desconfiada. Ibamos juntos a los bailes; ella siempre me llevaba, aunque yo entonces
tendría unos cuatro años. Cuando un hombre la sacaba a bailar, yo me sentaba en un banco; al terminar de
bailar la pieza, mi madre venía y se sentaba a mi lado. Cuando alguien invitaba a mi madre a tomar
cerveza, ella me llevaba también a mí; yo no tomaba cerveza, pero el pretendiente de mi madre tenía que
pagarme muchos «rayados», como les decíamos en el campo a unos helados que se hacían raspando un
pedazo de hielo con unos cepillos. Mi madre tal vez pensaba encontrar en aquellos bailes a un hombre
serio que se casara con ella; no lo encontró o no quiso encontrarlo. Creo que mi madre fue siempre fiel a
la infidelidad de mi padre y eligió la castidad; una castidad amarga y, desde luego, antinatural y cruel,
pues en aquellos momentos tenía solamente veinte años. La castidad de mi madre era peor que la de una
virgen, porque ella había conocido el placer durante unos meses y luego renunció a él para toda la vida.
Todo eso le provocó una gran frustración.
Una noche, cuando estaba ya en la cama, mi madre me hizo una pregunta que, en aquel momento, me
desconcertó. Me preguntó si yo no me sentiría muy triste en el caso de que ella se muriera. Yo me abracé
a ella y empecé a llorar; creo que ella lloró también y me dijo que olvidase la pregunta. Más tarde, o
quizás en aquel mismo momento, me di cuenta que mi madre pensaba suicidarse y yo le frustré ese plan.
Yo seguía siendo un niño feo, barrigón y con una cabeza muy grande. Por entonces, no creo que mi
madre tuviese un sentido práctico para cuidar a un hijo; joven, sin experiencia y viviendo en la casa de
mi abuela, era ésta quien ejercía las funciones de ama de casa; para decirlo con sus propias palabras, era
mi abuela la que «llevaba el timón de la casa». Mi madre era una mujer soltera, con un hijo y que vivía,
además, agregada. Ella no podía tomar ninguna decisión, ni siquiera sobre mí mismo. No sé si por
entonces mi madre me quería; recuerdo que, cuando yo empezaba a llorar, ella me cargaba, pero siempre
lo hacía con tanta violencia que yo resbalaba por detrás de sus hombros e iba a dar de cabeza en el suelo.
Otras veces, me mecía en una hamaca de saco, pero eran tan rápidos los movimientos con los que
impulsaba aquella hamaca que yo también iba a dar al suelo. Creo que por eso mi cabeza se llenó de
ñáñaras y chichones, pero sobreviví a aquellas caídas; por suerte, el piso de la casa, que era un enorme
bohío, era de tierra.
En aquella casa vivían también otras mujeres; tías solteras que eran tan jóvenes como mi madre;
otras, consideradas solteronas porque tenían ya más de treinta años. También vivía allí una nuera,
abandonada por un hijo de mis abuelos; ésa era la madre de Dulce Ofelia. Las tías casadas también
venían a la casa y se pasaban largas temporadas; ésas venían con sus hijos, que eran más grandes que yo
y a los cuales miraba con envidia porque tenían un padre conocido y eso les daba un aire de desenvoltura
y seguridad que yo nunca llegué a poseer. Casi todos estos familiares vivían cerca de la casa de mi

abuelo. A veces visitaban la casa y mi abuela hacía un dulce, y aquello se convertía en una fiesta. En
aquella casa también vivía mi bisabuela, que era una anciana que ya casi no se movía y se pasaba gran
parte del tiempo recostada en un taburete, cerca de un radio de oído que ella nunca oía.
El centro de la casa era mi abuela, que orinaba de pie y hablaba con Dios; siempre le pedía cuentas a
Dios y a la Virgen por todas las desgracias que nos acechaban o que padecíamos: las sequías, los rayos
que fulminaban una palma o mataban un caballo, las vacas que se morían de algún mal contra el cual no
se podía hacer nada; las borracheras de mi abuelo, que llegaba y le caía a golpes. Mi abuela tenía por
entonces once hijas solteras y tres hijos casados; con el tiempo aquellas hijas fueron encontrando maridos
provisionales, que se las llevaban y, al igual que a mi madre, a los pocos meses las abandonaban. Eran
mujeres atractivas pero, por alguna razón fatal, no podían retener a ningún hombre. La casa de mis
abuelos se llenaba de sus hijas barrigonas o de niños llorones como yo. El mundo de mi infancia fue un
mundo poblado de mujeres abandonadas; el único hombre que había en aquella casa era mi abuelo. Mi
abuelo había sido un don Juan, pero ahora era un viejo calvo. A diferencia de mi abuela, mi abuelo no
hablaba con Dios, sino solo; pero a veces miraba al cielo y lanzaba alguna maldición. Había tenido
varios hijos con otras mujeres del barrio, que con el tiempo vinieron también a vivir a la casa de mi
abuela. Desde entonces, mi abuela decidió no acostarse más con mi abuelo; de modo que mi abuela
también practicaba la abstinencia y estaba tan desesperada como sus hijas.
Mi abuelo tenía sus rachas de furia; entonces, dejaba de hablar y se volvía mudo, desaparecía de la
casa y se iba para el monte, pasando semanas enteras durmiendo debajo de los árboles. Decía ser ateo y,
a la vez, se pasaba la vida cagándose en la madre de Dios; quizás hacía todo eso para mortificar a mi
abuela, quien siempre estaba cayendo de rodillas en medio del campo y pidiéndole alguna gracia al
cielo; gracia que, generalmente, no se le concedía.

La arboleda

Creo que el esplendor de mi infancia fue único, porque se desarrolló en la absoluta miseria, pero
también en la absoluta libertad; en el monte, rodeado de árboles, de animales, de apariciones y de
personas a las cuales yo les era indiferente. Mi existencia ni siquiera estaba justificada y a nadie le
interesaba; eso me ofrecía un enorme margen para escaparme sin que nadie se preocupase por saber
dónde estaba, ni la hora a que regresaba. Andaba por los árboles; las cosas parecían desde allí mucho
más bellas y la realidad se abarcaba de una manera total; se percibía una armonía que era imposible
disfrutar cuando se estaba allá abajo, entre la algazara de mis tías, las maldiciones de mi abuelo o el
cacareo de las gallinas... Los árboles tienen una vida secreta que sólo les es dado descifrar a los que se
trepan a ellos; subirse a un árbol es ir descubriendo todo un mundo único, rítmico, mágico y armonioso;
gusanos, insectos, pájaros, alimañas, todos seres aparentemente insignificantes, nos van comunicando sus
secretos.
Una vez, caminando entre aquellos árboles, descubrí el feto de un niño; sin duda, había sido
abandonado en la hierba por una de mis tías que había malparido o que, sencillamente, no quería tener
otro hijo. Ahora tengo mis dudas y no sé si aquel cuerpo pequeño y lleno de moscas era un feto o el
cadáver de un niño recién nacido. De todos modos, pienso que se trataba de un primo con el cual yo ya no
iba a poder jugar.
La casa de mi abuela se llenaba a veces de mis primos que iban con sus madres a pasar el fin de año
todos juntos. En otras ocasiones alguna de mis tías venía huyendo de su marido, porque éste le había
propinado alguna paliza descomunal; luego, cuando regresaba a la casa del marido, dejaba algún hijo al
cuidado de mi abuela. Casi siempre en aquella casa había algún primo más o menos de mi edad. En la
casa había una incesante actividad; mis tías lavaban la ropa, barrían el piso, sacudían el polvo,
planchaban, en medio de un escándalo incesante. Mi abuela reinaba en la cocina; ninguna de mis tías
aprendió nunca a cocinar; mi abuela no se lo permitió. La cocina era el sitio sagrado donde ella oficiaba
ante un fogón que alimentaba con leñas secas, que yo le ayudaba a recoger. Aunque en la casa había
siempre mucha gente, yo me las arreglaba para escaparme solo al monte, a la arboleda o al arroyo. Creo
que la época más fecunda de mi creación fue la infancia; mi infancia fue el mundo de la creatividad. Para
llenar aquella soledad tan profunda que sentía en medio del ruido, poblé todo aquel campo, bastante
raquítico por cierto, de personajes y apariciones casi míticos y sobrenaturales. Uno de los personajes que
veía con enorme claridad todas las noches era el de un viejo dándole vuelta a un aro, debajo de la
inmensa mata de higuillos que crecía prodigiosamente frente a la casa. ¿Quién era aquel viejo? ¿Por qué

le daba vueltas a aquel aro que parecía ser la rueda de una bicicleta? ¿Era el horror que me aguardaba?
¿El horror que aguarda a toda vida humana? ¿Era la muerte? La muerte siempre ha estado muy cerca de
mí; ha sido siempre para mí una compañera tan fiel, que a veces lamento morirme solamente porque
entonces tal vez la muerte me abandone.
Cuando tenía cinco años contraje una enfermedad mortal por aquella época: la meningitis. Casi nadie
podía sobrevivir a esa enfermedad; se me hincharon los ganglios de la cabeza, no podía mover el cuello
y me daban unas fiebres terribles. ¿Cómo curar o al menos combatir aquella enfermedad en el campo, sin
atención médica, sin ningún tipo de medidas sanitarias? Mi abuela me llevó a un templo donde oficiaba
un famoso espiritista del barrio de Guayacán; el hombre se llamaba Arcadio Reyes. Me dio unos
despojos y una botella de agua que se llamaba Agua Medicinal, porque él la santiguaba, y me recetó unas
medicinas que hubo que ir a comprar al pueblo. También me dio, mientras me santiguaba, unos ramalazos
en la espalda y en todo el cuerpo con unas hierbas y, luego, con esas mismas hierbas me hizo un
cocimiento que yo debía tomar en ayunas. Me salvé. También me salvé cuando se partió el gajo más alto
de la mata de ciruelas en el que yo estaba encaramado y me vine al suelo entre los gritos de mi madre que
me daba por muerto. Salí ileso también cuando me caí del potrico cerrero que intentaba domar y fui a dar
con mi cabeza entre las piedras; incluso me salvé también cuando rodé por el brocal del pozo, que no era
más que unos pedazos de madera cruzados, y fui a dar al fondo que, por suerte, estaba lleno de agua.
Mi mundo seguía siendo el de la arboleda, el de los techos de la casa, donde yo también me
encaramaba a riesgo de descalabrarme; más allá estaba el río, pero llegar a él no era cosa fácil; había
que atravesar todo el monte y aventurarse por lugares para mí entonces desconocidos. Yo siempre tenía
miedo, no a los animales salvajes ni a los peligros reales que pudiesen agredirme, sino a aquellos
fantasmas que a cada rato se me aparecían: aquel viejo con el aro bajo la mata de higuillos y otras
apariciones; como una vieja con un sombrero enorme y unos dientes gigantescos que avanzaba no sé de
qué manera por los dos extremos, mientras yo me encontraba en el centro. También se contaba que por un
lado del río salía un perro blanco y que quien lo viera, moría.

El río

Con el tiempo el río se transformó para mí en el lugar de los misterios mayores. Aquellas aguas fluían
atravesando los más intrincados recovecos, despeñándose, formando oscuros charcos que llegaban hasta
el mar; aquellas aguas no iban a volver. Cuando llovía y llegaba el temporal, el río retumbaba y su
estruendo llegaba hasta la casa; era un río enfurecido y a la vez acompasado que lo arrastraba todo. Más
adelante pude acercarme y nadar en sus aguas; su nombre era el Río Lirio, aunque nunca vi crecer ni un
solo lirio en sus orillas. Fue ese río el que me regaló una imagen que nunca podré olvidar; era el día de
San Juan, fecha en que todo el mundo en el campo debe ir a bañarse al río. La antigua ceremonia del
bautismo se convertía en una fiesta para los nadadores. Yo iba caminando por la orilla acompañado por
mi abuela y otros primos de mi edad cuando descubrí a más de treinta hombres bañándose desnudos.
Todos los jóvenes del barrio estaban allí, lanzándose al agua desde una piedra.
Ver aquellos cuerpos, aquellos sexos, fue para mí una revelación: indiscutiblemente, me gustaban los
hombres; me gustaba verlos salir del agua, correr por entre los troncos, subir a las piedras y lanzarse; me
gustaba ver aquellos cuerpos chorreando, empapados, con los sexos relucientes. Aquellos jóvenes
retozaban en el agua y volvían a emerger y se lanzaban despreocupados al río. Con mis seis años, yo los
contemplaba embelesado y permanecía extático ante el misterio glorioso de la belleza. Al día siguiente,
descubrí el «misterio» de la masturbación; desde luego, con seis años yo no podía eyacular; pero,
pensando en aquellos muchachos desnudos, comencé a frotarme el sexo hasta el espasmo. El goce y la
sorpresa fueron tan intensos que pensé que me iba a morir; yo desconocía la masturbación y pensaba que
aquello no era normal. Pero, aunque creía que de un momento a otro podía morirme, seguí practicándola
hasta llegar casi al desmayo.
En aquella época uno de mis juegos solitarios era el de los pomos: un grupo de botellas vacías de
todos los tamaños representaba a una familia, es decir, a mi madre, mis tías, mis abuelos. Aquellos
pomos se convirtieron súbitamente en jóvenes nadadores que se tiraban al río mientras yo me masturbaba;
por último, uno de aquellos jóvenes me descubría, se enamoraba de mí y me llevaba a los matorrales; el
paraíso era entonces total y mis espasmos se hicieron tan frecuentes que me salieron enormes ojeras, me
puse muy pálido y mi tía Mercedita temía que yo hubiese contraído de nuevo la meningitis.

La escuela

A los seis años comencé a ir a la escuela; era la escuela rural número noventa y uno del barrio de
Perronales, donde nosotros vivíamos. Aquel barrio lo formaban unas sabanas y unas lomas bastante
despobladas; todo él era atravesado por un camino real que no era más que una explanada de tierra que
iba a desembocar al pueblo de Holguín, situado a unas cuatro o cinco leguas de distancia. Perronales
estaba entre Holguín y Gibara, un pueblo que era puerto de mar y que yo todavía no había visitado. La
escuela estaba lejos de la casa y yo tenía que ir a caballo. La primera vez que fui me llevó mi madre. La
escuela era una casa grande de yaguas con techo de guano, igual que el bohío en que nosotros vivíamos.
La maestra era de Holguín. Tenía que tomar un ómnibus o una guagua, como se dice en Cuba, y luego
caminar varios kilómetros a pie; en el primer paso del Río Lirio uno de los alumnos mayores iba a
recogerla a caballo y la llevaba hasta la escuela. Era una mujer dotada de una sabiduría y de un candor
innatos; tenía ese don, que no sé si todavía existe en las maestras actuales, de comunicarse con cada
alumno y enseñarles a todos las asignaturas desde el primero hasta el sexto grado. Las clases duraban
más de seis horas y los fines de semana había una especie de velada literaria que entonces se llamaba
«El Beso a la Patria». Luego de saludar a la bandera, cada alumno tenía que recitar un poema que había
aprendido de memoria. Yo tomaba mucho interés en recitar mi poema, aunque siempre me equivocaba.
Una vez el aula se vino abajo por el estruendo de la risa, cuando recitando el poema «Los dos
príncipes», de José Martí, en vez de decir el verso «entra y sale un perro triste», dije: «entra y sale un
perro flaco». La solemnidad de aquel poema, que hablaba de los funerales de dos príncipes, no admitía
un perro flaco; seguramente mi subconsciente me traicionó y yo trastoqué el perro de Martí por Vigilante,
el perro flaco y huevero de nuestra casa.
Desde luego, yo me enamoré de algunos de mis condiscípulos. Recuerdo a uno, Guillermo, violento,
guapo, altanero, un poco enloquecido, que se sentaba detrás de mí y me pinchaba con su lápiz. Nunca
llegamos a tener relaciones eróticas, sólo miradas y juegos de mano; los típicos retozos de la infancia
detrás de los cuales se oculta el deseo, el capricho y a veces hasta el amor; pero, en la práctica, a lo más
que se llegaba era a que uno le enseñara el sexo al otro, así como por casualidad, mientras se orinaba. El
más atrevido era Darío, un muchacho de doce años; cuando regresábamos del colegio, él, desde su
caballo, se sacaba su miembro, por cierto bastante considerable, y lo exhibía a todo el que quisiese
contemplar aquella maravilla.
Aunque yo no tuve relaciones con aquellos muchachos, por lo menos su amistad me sirvió para
comprender que las masturbaciones solitarias que yo practicaba no eran algo insólito ni iban a causarme

la muerte. Todos aquellos muchachos se pasaban la vida hablando de la última «paja» que se habían
hecho y gozaban de una magnífica salud.
Mis relaciones sexuales de por entonces fueron con los animales. Primero, las gallinas, las chivas,
las puercas. Cuando crecí un poco más, las yeguas; templarse una yegua era un acto generalmente
colectivo. Todos los muchachos nos subíamos a una piedra para poder estar a la altura del animal y
disfrutábamos de aquel placer; era un hueco caliente y, para nosotros, infinito.
No sé si el verdadero placer consistía en hacer el acto sexual con la yegua o si la verdadera
excitación provenía de ver a los demás haciéndolo. El caso es que, uno por uno, todos los muchachos de
la escuela, algunos de mis primos y algunos incluso de aquellos jóvenes que se bañaban desnudos en el
río, hacíamos el amor con la yegua.
Sin embargo, mi primera relación sexual con otra persona no fue con uno de aquellos muchachos, sino
con Dulce Ofelia, mi prima, que también comía tierra igual que yo. Debo adelantarme a aclarar que eso
de comer tierra no es nada literario ni sensacional; en el campo todos los muchachos lo hacían; no
pertenece a la categoría del realismo mágico, ni nada por el estilo; había que comer algo y como lo que
había era tierra, tal vez por eso se comía... Mi prima y yo jugábamos a los médicos detrás de la cama y
no recuerdo por qué extraña prescripción facultativa, terminábamos siempre desnudos y abrazados;
aunque aquellos juegos se prolongaron durante meses, nunca llegamos a practicar la penetración, ni el
acto consumado. Quizá todo se debía a una torpeza de nuestra precocidad.
El acto consumado, en este caso, la penetración recíproca, se realizó con mi primo Orlando. Yo tenía
unos ocho años y él tenía doce. Me fascinaba el sexo de Orlando y él se complacía en mostrármelo cada
vez que le era posible; era algo grande, oscuro, cuya piel, una vez erecto, se descorría y mostraba un
glande rosado que pedía, con pequeños saltos, ser acariciado. Una vez, mientras estábamos encaramados
en una mata de ciruela, Orlando me mostraba su hermoso glande cuando se le cayó el sombrero; todos
éramos guajiros con sombrero. Yo me apoderé del suyo, eché a correr y me escondí detrás de una planta,
en un lugar apartado; él comprendió exactamente lo que yo quería; nos bajamos los pantalones y
empezamos a masturbamos. La cosa consistió en que él me la metió y después, a petición suya, yo se la
metí a él; todo esto entre un vuelo de moscas y otros insectos que, al parecer, también querían participar
en el festín.
Cuando terminamos, yo me sentía absolutamente culpable, pero no completamente satisfecho; sentía
un enorme miedo y me parecía que habíamos hecho algo terrible, que de alguna forma me había
condenado para el resto de mi vida. Orlando se tiró en la hierba y a los pocos minutos los dos estábamos
de nuevo retozando. «Ahora sí que no tengo escapatoria», pensé o creo que pensé, mientras, agachado,
Orlando me cogía por detrás. Mientras Orlando me la metía, yo pensaba en mi madre, en todo aquello
que ella durante tantos años jamás había hecho con un hombre y yo hacía allí mismo, en la arboleda, al
alcance de su voz que ya me llamaba para comer. Corriendo me desenganché de Orlando y corrí para la
casa. Desde luego, ninguno de los dos habíamos eyaculado. En realidad, creo que lo único que había
satisfecho era mi curiosidad.

El templo

Al otro día fuimos al templo de Arcadio Reyes, y, mientras las mediumnidades dirigidas por Arcadio
nos «despojaban» a mi madre y a mí, girando a nuestro alrededor, yo sentí un miedo terrible. Pensé que
una de aquellas médiums, entre las cuales se encontraba una de mis once tías, caería poseída por un
espíritu y éste revelaría allí, ante todo el barrio, lo que Orlando y yo habíamos hecho en los matorrales.
Cayó mi tía Mercedita con el espíritu y yo me di por muerto. Al caer se dio varios cabezazos contra
la pared, por suerte de madera, del templo. Pero mi tía no dijo nada de lo que me preocupaba; estaba
envuelta en llamas y pedía muchas oraciones para que aquel fuego que la abrasaba, o que nos abrasaba a
nosotros, desapareciera. Quizás era un espíritu discreto y no quería hacer alusiones muy directas a mis
relaciones con Orlando.
Yo, aunque seguía sintiéndome culpable, me sentí más tranquilo; los espíritus no habían revelado
claramente mi pecado; pecado que, por otra parte, yo tenía muchos deseos de seguir cometiendo. Con el
tiempo, Orlando se convirtió en un joven hermoso y llegó a tener hasta una bicicleta, cosa insólita en el
lugar donde nosotros vivíamos. Se casó y ahora tiene muchos hijos y nietos.

El pozo

Una tarde fui al pozo, que no quedaba muy cerca de la casa, a buscar agua. Nunca me he podido
explicar por qué las casas en el campo no se construyen cerca de los pozos. El caso es que una de mis
labores era ir regularmente al pozo a buscar agua: para regar las matas del jardín, para bañarse, para los
animales, para los barriles, para las tinajas.
Detrás del pozo estaba mi abuelo; se bañaba desnudo tirándose cubos de agua en la cabeza. Mi
abuelo se volvió de pronto y entonces comprendí que tenía unos cojones inmensos; nunca había visto
nada semejante. Era un hombre con un sexo prominente y, sobre todo, con testículos gigantescos y
peludos. Regresé a la casa sin el agua; aquella imagen de mi abuelo desnudo me perturbó. Durante mucho
tiempo sentí celos de mi madre con mi abuelo; en mi imaginación la veía poseída por él; lo veía
violándola con su enorme sexo y sus inmensos testículos; yo quería hacer algo, pero me era imposible. En
realidad, no sabía si sentía celos de mi madre o de mi abuelo; tal vez eran celos múltiples. Después supe
que mi abuelo era quebrado. Sentía también celos de mis tías, y qué decir de los celos que sentía de mi
abuela que, aunque dormía en una cama separada, tenía más derecho que nadie a disfrutar de aquellos
huevos. Aunque todo aquello era producto de mi imaginación, durante mucho tiempo la imagen de mi
abuelo desnudo fue para mí una gran obsesión.

Nochebuena

En el campo había otras ceremonias que me llenaban de alegría y me hacían olvidar mis obsesiones
eróticas. Una de ellas, con la llegada de la Navidad, era la Nochebuena. Toda la familia se reunía en la
casa de mi abuelo. Se asaban lechones, se fabricaban turrones de Navidad, se abrían botellas de vino, se
preparaban bateas llenas de dulce de naranja, se abrían papeles de brillantes colores con manzanas rojas
dentro que para mí venían del fin del mundo, se cascaban nueces y avellanas, y todo el mundo se
emborrachaba. Se reía y se bailaba. A veces, hasta se improvisaba una orquesta con un órgano de
manigueta, un guayo y unos tambores; aquel campo se transformaba en un lugar mágico. Ese era uno de
los momentos que yo más disfrutaba, trepado a un árbol mirando a la gente divertirse en los patios y
caminar por la arboleda. En la casa, Vidal, uno de mis tíos, que era un verdadero inventor, fabricaba
helados amarillos en un barril provisto de una manigueta. Para lograr aquel producto insólito, mi tío
había traído un enorme pedazo de hielo desde la fábrica de Holguín; aquel pedazo de hielo, que después
se convertía en una nieve amarilla y deliciosa, era el símbolo más glorioso de que allí se estaba
celebrando la Navidad.
Yo me bajaba de los árboles cuando en varias mesas, unidas unas a otras, ya se iba a servir la
comida. El lechón se presentaba sobre enormes yaguas que se depositaban en las mesas, junto con
plátanos hervidos y grandes cantidades de lechuga. Mi abuela oficiaba en aquella ceremonia cortando la
carne, ofreciendo las botellas de vino, cuidando de que a nadie le faltase nada. Como la comida se
prolongaba por horas, se traían «quinqueses» y candiles; bajo aquellas luces la fiesta adquiría un fulgor
de leyenda. Todos estaban contentos y aun cuando discutiesen, cosa que ocurría con frecuencia, todo
terminaba de una manera amistosa.
En medio de aquello yo tomaba la bicicleta de Orlando, subía una loma que estaba al frente de la
casa y bajaba a toda velocidad, frenando o destarrándome, junto al mismo estruendo.

La cosecha

Otra ceremonia, otra plenitud que marcó mi infancia, fue la recogida de la cosecha. Mi abuelo
cosechaba, sobre todo, maíz. Para la recolección había que convocar a casi todo el vecindario. Desde
luego, mi abuela, mis tías, mi madre y yo, también trabajábamos en la recogida del maíz. Después había
que trasladar las mazorcas en carretas hasta la despensa (o prensa, como le decíamos), que era un rancho
detrás de la casa. Una noche se invitaba al vecindario para el deshoje y desgrane del maíz; era otra fiesta.
Enormes telones cubrían el piso; yo me revolcaba en ellos como si estuviera en la playa, que por
entonces aún no había visitado. Mi abuela, esas noches, hacía un turrón de coco, hecho con azúcar prieta
y coco rayado, que olía como jamás he vuelto a oler un dulce. Se repartía el dulce a media noche,
mientras las lonas seguían siendo llenadas de granos y yo me revolcaba en ellas.

El aguacero

Tal vez el acontecimiento más extraordinario que yo haya disfrutado durante mi infancia fue el que
venía del cielo. No era un aguacero común; era un aguacero de primavera tropical que se anunciaba con
gran estruendo, con golpes orquestales cósmicos, truenos que repercuten por todo el campo, relámpagos
que trazan rayas enloquecidas, palmas que de pronto eran fulminadas por el rayo y se encendían y
achicharraban como fósforos. Y, al momento, llegaba la lluvia como un inmenso ejército que caminara
sobre los árboles. En el corredor cubierto de zinc, el agua retumbaba como una balacera; sobre el techo
de guano de la sala eran como pisadas de mucha gente que marchasen sobre mi cabeza; en las canales el
agua corría con rumor de arroyos desbordados y caía sobre los barriles con un estruendo de cascada; en
los árboles del patio, desde las hojas más altas hasta el suelo, el agua se convertía en un concierto de
tambores de diferentes tonos e insólitos repiqueteos; era una sonoridad fragante. Yo corría de uno a otro
extremo del corredor, entraba en la sala, me asomaba hasta la ventana, iba hasta la cocina y veía los
pinos del patio que silbaban enloquecidos y empapados y, finalmente, desprovisto de toda ropa, me
lanzaba hacia afuera y dejaba que la lluvia me fuese calando. Me abrazaba a los árboles, me revolcaba
en la hierba, construía pequeñas presas de fango, donde se estancaba el agua y, en aquellos pequeños
estanques, nadaba, me zambullía, chapaleaba; llegaba hasta el pozo y veía el agua cayendo sobre el agua;
miraba hacia el cielo y veía bandadas de querequeteses verdes que también celebraban la llegada del
aguacero. Yo quería no sólo revolearme por la hierba, sino alzarme, elevarme como aquellos pájaros,
solo con el aguacero. Llegaba hasta el río que bramaba poseído del hechizo incontrolable de la violencia.
La fuerza de aquella corriente desbordándose lo arrastraba casi todo, llevándose árboles, piedras,
animales, casas, era el misterio de la ley de la destrucción y también de la vida. Yo no sabía bien
entonces hasta dónde iba aquel río, hasta dónde llegaría aquella carrera frenética, pero algo me decía que
yo tenía que irme también con aquel estruendo, que yo tenia que lanzarme también a aquellas aguas y
perderme; que solamente en medio de aquel torrente, partiendo siempre, iba a encontrar un poco de paz.
Pero no me atrevía a lanzarme; siempre he sido cobarde. Llegaba hasta la orilla donde las aguas
bramaban llamándome; un paso más y el torbellino me engullía. ¡Cuántas cosas pudieron haberse evitado
si lo hubiera hecho! Eran unas aguas amarillentas y revueltas; unas aguas poderosas y solitarias. Yo no
tenía nada más que aquellas aguas, aquel río, aquella naturaleza que me había acogido y que ahora me
llamaba en el preciso momento de su mayor apoteosis. ¿Por qué no lanzarme a esas aguas? ¿Por qué no
perderme, difuminarme en ellas y hallar la paz en medio de aquel estruendo que amaba? ¡Qué felicidad
hubiera sido haberlo hecho entonces! Pero regresaba a la casa empapado; ya era de noche. Mi abuela

preparaba la comida. Había escampado. Yo tiritaba mientras mis tías y mi madre ponían los platos sin
preocuparse demasiado por mí. Siempre he creído que mi familia, incluyendo a mi madre, me
consideraba un ser extraño, inútil, atolondrado, chiflado o enloquecido; fuera del contexto de sus vidas.
Seguramente, tenían razón.

El espectáculo

Tal vez por ser solitario y atolondrado, y querer a la vez jugar un papel estelar para satisfacerme a mí
mismo, comencé yo solo a ofrecerme espectáculos completamente distintos a los que todos los días
presenciaba. Consistieron, entre otros, en una serie de infinitas canciones que yo mismo inventaba y
escenificaba por todo el campo. Tenían una letra cursi y siempre delirante; además, yo mismo las
interpretaba como piezas teatrales en medio de escenografías solitarias. Esas actuaciones consistían en
saltos, clamores, golpes de pecho, patadas a las piedras, chillidos, carreras entre los árboles,
maldiciones, palos y hojas secas al aire. Y todo eso mientras cantaba aquellas canciones que,
prácticamente, no terminaban nunca y que ahuyentaban a todos los que las escuchaban. Una vez, el
escándalo que armé fue tal, que mi propia madre y mi abuela, que deshierbaban un maizal, salieron
huyendo sin poder explicarse el origen de aquellos alaridos.
Desde luego, yo no escribía los textos de aquellos cantos; entonces apenas sabía escribir. Más bien,
concebía espontáneamente aquellas canciones operáticas (o quién sabe qué) que yo para entonces
interpretaba en pleno monte. Seguramente, letra, música y voz eran horrorosas; pero, después de haber
realizado aquella descomunal «cantata», sentía una sensación de paz y podía regresar a la casa; estaba
más tranquilo con mi mundo y me acostaba temprano junto a mi madre, en el cuarto más pequeño de
aquella casa destartalada. La casa tenía cinco cuartos.
Mis abuelos ocupaban un cuarto donde había dos enormes camas de hierro y un inmenso escaparate
que llegaba al techo. En otro cuarto dormían las tías abandonadas por sus maridos y varios primos; en
otra habitación, un tío que había tenido varias mujeres y, finalmente, se había quedado solo y compartía
el espacio con mi bisabuela; en otro cuarto dormía mi tío abuelo, un solterón que terminó ahorcándose
con un bejuco. Mi madre y yo dormíamos en aquel pequeño cuarto que daba a un corredor. Al otro lado
del corredor, junto a la pared de yagua, dormían los cerdos que gruñían toda la noche. Cuando me llene
de niguas, como no podía dormir, me pasé la noche rascándome los pies contra el bastidor de la cama.

El erotismo

Creo que siempre tuve una gran voracidad sexual. No solamente las yeguas, las puercas, las gallinas
o las guanajas, sino casi todos los animales fueron objeto de mi pasión sexual, incluyendo los perros.
Había un perro que me proporcionaba un gran placer; yo me escondía con él detrás del jardín que
cuidaban mis tías y allí lo obligaba a que me mamara la pinga; el perro se acostumbró y con el tiempo lo
hacía voluntariamente.
Aquella etapa entre los siete y los diez años fue para mí de gran erotismo, de una voracidad sexual
que, como ya dije, casi lo abarcaba todo. Abarcaba la naturaleza en general, pues también abarcaba a los
árboles. Por ejemplo, a los árboles de tallo blando, como la fruta bomba, yo les abría un hueco y en él
introducía el pene. Era un gran placer templarse a un árbol; mis primos también lo hacían; se lo hacían a
los melones, a las calabazas, a las guanábanas. Uno de mis primos, Javier, me confesaba que el mayor
placer lo experimentaba cuando se templaba un gallo. Un día el gallo amaneció muerto; no creo que haya
sido por el tamaño del sexo de mi primo que era, por cierto, bastante pequeño; creo que el pobre gallo se
murió de vergüenza por haber sido él el templado cuando era él el que se templaba todas las gallinas del
patio.
De todos modos, hay que tener en cuenta que, cuando se vive en el campo, se está en contacto directo
con el mundo de la naturaleza y, por lo tanto, con el mundo erótico. El mundo de los animales es un
mundo incesantemente dominado por el erotismo y por los deseos sexuales. Las gallinas se pasan el día
entero cubiertas por el gallo, las yeguas por el caballo, la puerca por el verraco; los pájaros tiemplan en
el aire; las palomas, después de un gran estruendo y grandes murumacas, terminan ensartándose con cierta
violencia; las lagartijas se traban durante horas unas con otras; las moscas fornican sobre la mesa en que
comemos; los curieles paren todos los meses; las perras, al ser ensartadas, arman tal algarabía que son
capaces de excitar a las monjas más pías; las gatas en celo aúllan por las noches con tal vehemencia que
despiertan los deseos eróticos más recónditos... Es falsa esa teoría sostenida por algunos acerca de la
inocencia sexual de los campesinos; en los medios campesinos hay una fuerza erótica que, generalmente,
supera todos los prejuicios, represiones y castigos. Esa fuerza, la fuerza de la naturaleza, se impone.
Creo que en el campo son pocos los hombres que no han tenido relaciones con otros hombres; en ellos
los deseos del cuerpo están por encima de todos los sentimientos machistas que nuestros padres se
encargaron de inculcarnos.
Un ejemplo de esto es el caso de mi tío Rigoberto, el mayor de mis tíos; hombre casado y muy serio.
Yo iba a veces al pueblo con mi tío Rigoberto. Yo tendría entonces unos ocho años e iba sentado con él

en la misma montura; inmediatamente que montábamos a caballo, el sexo de mi tío empezaba a crecer. A
lo mejor una parte de mi tío no quería que fuese así, pero no podía evitarlo; me acomodaba de la mejor
manera, me levantaba y ponía mis nalgas encima de su sexo y, al trote del caballo, durante un viaje que
duraba una hora o más, yo iba saltando sobre aquel enorme sexo que yo cabalgaba, viajando así como si
fuese transportado por dos animales a la vez. Creo que, finalmente, Rigoberto eyaculaba. Cuando
regresábamos por la tarde, volvía a repetirse la misma ceremonia. Desde luego todo esto sucedía como si
ninguno de los dos nos enteráramos; él silbaba o resoplaba mientras el caballo seguía trotando. Al llegar
a la casa, Coralina, su esposa, lo recibía con los brazos abiertos y le daba un beso. En aquel momento,
todos éramos muy felices.

La violencia

El medio campesino en el cual pasé mi infancia no era solamente el mundo de las relaciones
sexuales, era también un mundo conminado por una incesante violencia. Las ovejas se colgaban vivas por
las patas y se degollaban; luego, se les desangraba y, medio vivas todavía, se descuartizaban. Los cerdos
eran apuñalados con un largo cuchillo que les atravesaba el corazón; antes aún de que expiraran se les
echaba alcohol y se les prendía fuego para eliminarles todos los pelos antes de ser asados. A las vacas
jóvenes, a las novillas, se les clavaba una enorme puntilla en la cabeza para que la muerte fuera
instantánea, y luego se las descuartizaba. Su carne era colgada en bandas debajo de algún árbol o en el
rancho de la casa, donde las moscas también participaban del festín. Los toros destinados al trabajo eran
castrados, igual que los caballos. Castrar a un toro fue uno de los actos más violentos y crueles que yo
presencié; al toro se le amarraban los testículos con un grueso alambre; esos testículos se depositaban
sobre una especie de yunque de hierro encima de una piedra y, con un martillo o una mandarria
comenzaban a golpearle los testículos hasta desprenderlos de los tendones y de las conexiones con el
resto del cuerpo; así le quedaban las bolsas separadas, colgando, y se consumían. El dolor que padecían
aquellos animales era tan intenso que se sabía cuándo los testículos habían sido extirpados porque se les
aflojaban las muelas a los toros. Muchos se morían, pero otros sobrevivían y ya no eran toros sino
bueyes, es decir, bestias mansas y castradas que se dedicaban a tirar de un arado, mientras mi abuelo,
detrás, les propinaba maldiciones y garrochazos.
Pero la violencia se extendía por todo aquel mundo en que yo me crié; los toros que no habían sido
castrados se rompían la crisma a cornadas para imponer su primacía sexual dentro de la manada; los
caballos se reventaban a patadas ante la vista o el olor de una yegua.
Una vez que mi madre y yo íbamos para el templo de Arca— dio Reyes sobre una yegua que
pertenecía a mi tía Olga (las mujeres en el campo viajaban en yegua y los hombres a caballo), apareció
de pronto un caballo en medio del campo; nos cayó detrás dando muestras de un erotismo inaplazable.
Todavía estábamos nosotros montados en la yegua cuando el caballo ya intentaba poseerla. Mi madre
espoleaba a la yegua, pero ésta no dio un paso más; evidentemente, prefería que la desgarraran las
espuelas antes de perder la posibilidad de ser poseída por aquella bestia formidable; ya abría las patas y
levantaba la cola. Nosotros tuvimos que tirarnos al suelo y dejar que allí, en nuestra presencia, se
realizara el acto sexual; acto sexual poderoso, violento y realmente tan bello que erotizaba a cualquiera.
Después de aquel combate, mi madre y yo cabalgamos en silencio hacia el templo. Seguramente, tanto
ella como yo, hubiéramos querido ser aquella yegua que marchaba ahora a trote ligero por los predios de

Arcadio Reyes.
La violencia también se manifestaba en la lucha por la vida. De noche se oían los gritos de las ranas
que eran tragadas lentamente por el jubo; se oía el chillido de un ratón que era despedazado por un sijú;
el desesperado cacarear de una gallina que era asfixiada y tragada por un majá; el patalear y los quejidos
ahogados de un conejo que era descuartizado en el aire por una lechuza; y los berridos de una oveja que
era destrozada por los perros jíbaros. Esos ruidos, esos estruendos desesperados, esos sordos pataleos,
eran normales en el campo donde yo vivía.

La neblina

Pero también había una serenidad, una quietud, que no he encontrado en ningún otro sitio. De entre
esos estados de plenitud uno de las más inefables e intensos se daba cuando llegaba la neblina; esas
mañanas en que todo parecía envuelto en una gran nube blanca que difuminaba todos los contornos. No
había figuras, no había cuerpos que pudieran distinguirse; los árboles eran inmensas siluetas blancas; la
misma figura de mi abuelo, que caminaba delante de mí rumbo al corral donde tenía que ir a ordeñar las
vacas, era un fantasma blanco. La neblina cubría de prestigio toda aquella zona, más bien raquítica y
desolada, porque la envolvía y camuflaba. Los cerros y las lomas se volvían enormes montañas de nieve
y toda la tierra era una extensión humeante y fresca donde uno parecía flotar.

La noche, mi abuela

Pero tal vez más impresionante y misteriosa que la neblina era la noche. Quien no haya vivido las
noches en el campo es muy difícil que pueda tener una idea completa del esplendor del mundo y, sobre
todo, de su misterio. La noche no solamente era un espacio infinito que se desarrollaba en lo alto; la
noche en el campo donde yo me crié (ese campo ya desaparecido y que sólo queda en estas memorias)
era también un espacio sonoro; una descomunal y mágica orquesta que retumbaba por todos los sitios con
una gama de infinitos tintineos. Y el cielo no era un resplandor fijo, sino un incesante fulgor de matices
cambiantes, rayas luminosas, estrellas que estallaban y desaparecían (después de haber existido por
millones de años) sólo para que nosotros quedáramos extasiados unos segundos.
Mi abuela podía encontrar a cualquier hora de la noche las estrellas más notables y hasta las menos
conocidas. Ella, por puro instinto o por los años que llevaba escrutando el cielo, podía señalar
rápidamente la posición de aquellas estrellas y sabía nombrarlas familiarmente con nombres que,
seguramente, no eran los que manejan los astrónomos: eran, por ejemplo, la Cruz de Mayo, el Arado, las
Siete Cabrillas... Allí estaban en aquella inmensa noche, brillando para mi abuela, que me las señalaba y
no solamente las enumeraba, sino que, de acuerdo con su posición y brillo, podía predecir el estado del
tiempo presente y futuro: si llovería o no al día siguiente; si sería buena o mala la cosecha dentro de dos
o tres meses; si caería alguna granizada; si vendrían o no los terribles ciclones. Mi abuela intentaba
conjurar los ciclones con cruces de ceniza; cuando el mal tiempo era ya inminente, ella salía con un cubo
lleno de ceniza que había cogido del fogón y empezaba a dispersarla por las cuatro esquinas de la casa;
lanzaba puñados de ceniza al aire, hacía cruces en el corredor y cerca de los horcones principales de la
casa. Así trataba de conjurar las potencias de la naturaleza.
¿Cuál fue la influencia literaria que tuve yo en mi infancia? Ningún libro, ninguna enseñanza, si se
exceptúan las tertulias llamadas «El Beso a la Patria». Desde el punto de vista de la escritura, apenas
hubo influencia literaria en mi infancia; pero desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del
misterio, que es imprescindible para toda formación, mi infancia fue el momento más literario de toda mi
vida. Y eso, se lo debo en gran medida a ese personaje mítico que fue mi abuela, quien interrumpía sus
labores domésticas y tiraba el mazo de leña en el monte para ponerse a conversar con Dios.
Mi abuela conocía las propiedades de casi todas las hierbas y preparaba cocimientos y brebajes para
todo tipo de enfermedades; con un diente de ajo sobaba el empacho de la barriga, dando masajes no en la
barriga sino en una pierna. Gracias a un sistema que ella llamaba Las Cabañuelas, que consistía en doce
misteriosos montones de sal que destapaba el primero en enero, ella predecía las épocas de lluvia y de

seca del año por venir.
La noche entraba en los dominios de mi abuela; ella reinaba en la noche. Comprendía que por la
noche una reunión familiar tenía una trascendencia que no podía explicarse de inmediato, por lo que
convidaba a toda la familia con cualquier pretexto: un dulce, un café, una oración. Así, bajo el círculo de
luz del candil, oficiaba mi abuela; más allá se extendía la infinita noche del campo, pero ella había
instalado un cuartel contra las tinieblas y no parecía estar dispuesta a rendirse fácilmente.
Mi abuela me hacía historias de aparecidos, de hombres que caminaban con la cabeza bajo el brazo,
de tesoros custodiados por muertos que incesantemente rondaban el sitio donde estaban escondidos. Ella,
desde luego, creía en las brujas, si bien nunca se consideró parte de su familia; las brujas llegaban
llorando o maldiciendo por las noches, y se posaban en el techo de la casa; algo pedían y había que
darles. Algún conjuro conocía mi abuela para evitar que las brujas le hiciesen demasiado daño. Mi
abuela sabía que el monte era un sitio sagrado, lleno de criaturas y animales misteriosos que no sólo eran
aquellos que se utilizaban para el trabajo o para comer; había algo más allá de lo que a simple vista
veían nuestros ojos; cada planta, cada árbol, podía exhalar un misterio que ella conocía. Cuando salía a
caminar también interrogaba a los árboles; a veces, en momentos de ira, los abofeteaba. Yo recuerdo a mi
abuela, bajo una tormenta, dándole bofetadas a una palmera. ¿Qué le había hecho aquel árbol? Alguna
traición, algún olvido. Y ella se vengaba dándole bofetadas. Mi abuela también conocía canciones tal vez
ancestrales; ella me sentaba en sus piernas y me las cantaba; no recuerdo tanta ternura por parte de mi
madre. Mi abuela podía darse el lujo de ser tierna, tal vez porque yo no era para ella la imagen de alguna
frustración, ni el recuerdo de un fracaso; ella podía entregarme un cariño sin resentimientos ni vergüenza.
Para mi madre yo era el producto de un amor frustrado; para mi abuela yo era un niño más al cual había
que entretener con una aventura, con un cuento o con una canción, como ella había entretenido a sus hijos.
Mi abuela indiscutiblemente era sabia; tenía la sabiduría de una campesina que ha parido catorce hijos,
de los cuales ninguno se había muerto; había soportado los golpes y las groserías de un marido borracho
e infiel; se había levantado durante más de cincuenta años para preparar el desayuno y luego trabajar todo
el día, mudando los animales de sitio para que el sol no los asfixiase y para que no se murieran de
hambre, cargando leña para preparar la comida, sacando viandas de debajo de la tierra. Era sabia mi
abuela; por eso conocía la noche y no me hacía muchas preguntas; sabía que nadie es perfecto.
Seguramente, alguna vez me vio trasteándole el trasero a alguna puerca y hasta a la misma perra Diana,
perra hurañísima, a la que nunca pude hacerle nada. Pero nunca mi abuela me recriminó; sabía que eso en
el campo era normal; quizá sus hijos y hasta su propio marido lo habían hecho. Mi abuela era analfabeta;
sin embargo, obligó a todos sus hijos a que fueran a la escuela y, cuando no querían ir, ella arrancaba una
rama de cualquier árbol espinoso y, a fuetazos, los llevaba a la escuela; todos sus hijos sabían leer y
escribir. Fue mi madre quien realmente me enseñó a escribir: debajo del quinqué ella escribía largas
oraciones con letra muy suave; yo las repasaba con letra más fuerte.
El mundo de mi abuela era mucho más complejo que el de mi abuelo. Mi abuelo decía ser ateo y al
parecer no creía en nada; por lo tanto no tenía grandes obsesiones metafísicas. Mi abuela creía en Dios y
a la vez se veía estafada por ese Dios; lo asediaba con preguntas y súplicas. Su mundo eran el
desasosiego y la impotencia. Y todo eso coincidía en una mujer analfabeta, que interpretaba las estrellas
mientras tenía, a la vez, que escarbar la tierra todos los días para encontrar algo de comer. La cocina y el
fogón eran también el centro de su vida; y todos al levantarnos desayunábamos junto al calor de aquella
leña encendida por ella.

La tierra

Con el tiempo, mis tías se fueron convenciendo de que no iban a poder atraer a ningún otro hombre;
mi madre también se había convencido del imposible regreso de su amante, quizás antes que mis tías.
Entonces, todas se volvieron más beatas, se hicieron médiums e iban todas las semanas al templo de
Arcadio Reyes, acabando poseídas por violentos espíritus que las conmocionaban. La misma casa de mi
abuelo se convirtió en una especie de sucursal del templo espiritista de Arcadio Reyes; allí acudían
vecinos de todos los barrios cercanos y algunos remotos para ser despojados espiritualmente por mis
tías. Todas mis tías se ponían alrededor de la persona que iba a ser despojada; a veces esas personas
eran libradas de su mal con una visita, pero otras veces el mal era tan terrible que tenían que ir varias
veces a la casa y hacerse varios despojos.
Una noche mi prima Dulce Ofelia y yo, en medio de una de aquellas sesiones espirituales, cogimos un
puñado de tierra y lo tiramos contra la pared; inmediatamente, una de mis tías cayó en trance.
Recientemente se habían muerto los padres de mi abuela y los herederos tenían una guerra familiar por la
repartición de la tierra; aquel puñado de tierra era, sin duda, según decía la posesa, el reclamo de un
espíritu que pedía la repartición justa entre los herederos porque, de lo contrario, iban a acaecer terribles
desastres a toda la familia. En aquel momento mi prima y yo nos reímos de los vaticinios de aquel
espíritu; sin embargo, más adelante sucedieron ciertamente muchas calamidades y se perdieron aquellas
tierras. Tal vez nuestras manos fueron instrumento de algún espíritu profético y burlón. De todos modos,
vuelvo a la tierra: mi infancia comenzó comiendo tierra, mi primera cuna fue un hueco de tierra hecho por
mi abuela; metido en aquel hoyo, que me daba más arriba de la cintura, aprendí a ponerme de pie. Esa
misma técnica la había utilizado mi abuela con todos sus hijos; yo, metido en el hueco, palmoteaba en el
piso de tierra. Después, tiraba tierra contra la pared y una de mis diversiones solitarias era construir
castillos de fango; amasaba la tierra con agua que traía desde el pozo lejano; uno de mis juegos favoritos,
con mis primos, era lanzamos tierra; escarbar la tierra era descubrir insólitos tesoros en forma de vidrios
de colores, caracoles, trozos de cerámica. Regar la tierra y ver cómo absorbe el agua que le ofrendamos
es también un acto único; caminar por la tierra, después de un aguacero, es ponemos en contacto con la
plenitud absoluta; la tierra, satisfecha, nos impregna con su alegría, mientras todos sus olores llenan el
aire y nos colman de una ansiedad germinativa.
Cuando nacíamos, la comadrona rural que nos cortaba el cordón umbilical tenía por costumbre frotar
el ombligo con tierra; muchos niños morían a causa de la infección, pero sin duda los que se salvaban
habían sabido aceptar la tierra y estaban listos para soportar casi todas las calamidades por venir. En el

campo estábamos unidos a la tierra de una manera ancestral; no podíamos prescindir de ella. Ella estaba
presente en el momento de nuestro nacimiento, en el de nuestros juegos, en el trabajo y, desde luego, en el
momento de la muerte. El cadáver, dentro de una caja de madera, se entregaba directamente a la tierra;
pronto el ataúd se pudría y el cuerpo tenía el privilegio de diluirse en aquella tierra y hacerse parte vital
de ella, enriqueciéndola. El cadáver renacía como árbol, como flor o como algún tipo de planta que tal
vez alguien como mi abuela algún día olería, pudiendo vaticinar sus propiedades medicinales.

El mar

Mi abuela fue también la que me llevó a conocer el mar. Una de sus hijas había logrado encontrar un
marido fijo y éste trabajaba en Gibara, el puerto de mar más cercano a donde nosotros vivíamos. Por
primera vez tomé un ómnibus; creo que para mi abuela, con sus sesenta años, era también la primera vez
que cogía una guagua. Nos fuimos a Gibara. Mi abuela y el resto de mi familia desconocían el mar, a
pesar de que no vivían a más de treinta o cuarenta kilómetros de él. Recuerdo a mi tía Coralina llegar
llorando un día a la casa de mi abuela y decir: «¿Ustedes saben lo que es que ya tengo cuarenta años y
nunca he visto el mar? Ahorita me voy a morir de vieja y nunca lo voy a ver». Desde entonces, yo no
hacía más que pensar en el mar.
«El mar se traga a un hombre todos los días», decía mi abuela. Y yo sentí entonces una necesidad
irresistible de llegar al mar.
¡Qué decir de cuando por primera vez me vi junto al mar! Sería imposible describir ese instante; hay
sólo una palabra: el mar.

La política

Mi abuelo tenía aspiraciones políticas (o por lo menos intentaba participar en la política) sin que los
políticos le hicieran mucho caso. Pertenecía al Partido Ortodoxo, que por aquella época dirigía Eduardo
Chibás. Una vez, para la Navidad, alguien quiso hacerle una foto a toda la familia; mi abuelo sacó un
enorme cartel con la imagen de Chibás; aquel cartel era tan grande que fue lo único que salió en la
fotografía.
Mi abuelo era antirreligioso, liberal y anticomunista. Era un hombre que sabía leer de corrido, lo cual
dentro de aquel mundo campesino era un privilegio. Iba todas las semanas a Holguín y compraba la
revista Bohemia que, dirigida por Miguel Angel Quevedo, era algo así como la ilustración política de
todos nosotros. Mi abuelo se recostaba a un horcón de la casa y comenzaba a leer la revista en voz alta;
si alguien chistaba, mi abuelo armaba tal escándalo que hasta los animales cuando él la abría se recogían
en silencio. En aquellos tiempos, aquella revista era una de las mejores de América Latina; tenía de todo:
literatura, política, deportes, noticias; estaba en contra de todas las dictaduras, incluyendo, desde luego,
las comunistas.
¿Por qué tenía mi abuelo aquella intuición de que el comunismo no iba a resolver los problemas de
Cuba, si en realidad él nunca había padecido aquel sistema y padecía, sin embargo, casi todas las
calamidades del capitalismo? Yo diría que era su intuición campesina. Me imagino también que aquellos
reportajes en que se veían los fusilamientos de los campesinos en los países comunistas influyeron en mi
abuelo, haciéndole rechazar el comunismo, a la vez que odiaba también de manera apasionada las
dictaduras de derecha que nosotros en aquel momento padecíamos, habíamos padecido y seguiríamos
padeciendo por varios años. Para mi abuelo, todos los gobernantes anteriores a Batista también habían
sido unos delincuentes; por eso sentía un gran respeto por Chibás, quien denunciaba la corrupción y tenía
como lema: «Vergüenza contra Dinero». El héroe de mi abuelo no llegó a ser presidente de la República:
unos meses antes de las elecciones se pegó un tiro. Los motivos de aquel suicidio, según varios
comentaristas, estaban relacionados con el hecho de que Chibás había denunciado la corrupción de un
alto funcionario del gobierno, llamado Aureliano Sánchez Arango, pero no pudo presentar pruebas
concluyentes en el momento en que se las pidieron.
El mismo día en que murió Chibás murió mi bisabuela; murió súbitamente, de un rayo. En aquella
zona donde yo vivía, eran muy frecuentes los rayos. Se decía que era porque la tierra contenía una
enorme cantidad de níquel. En el velorio de mi bisabuela todo el mundo lloraba a mares. Yo me acerqué
a mi madre, que lloraba agachada en la cocina junto al fogón, y ella me dijo: «No lloro por la muerte de

mi abuela, sino por la de Chibás». Creo que el resto de mi familia lloraba por lo mismo.
Por cierto que las causas de la muerte de mi bisabuela estaban de algún modo vinculadas a la de
Chibás. Desde hacía años, mi abuelo había instalado en la casa una radio de oído para poder oír el
discurso de Chibás; aquel aparato tenía una enorme antena de alambre que salía fuera de la casa,
alzándose sobre unos palos de bambú. Esa antena, actuando como pararrayos fulminó a mi bisabuela, que
en ese momento estaba cerca de la radio, donde nos reuníamos todos, pues el aparato sólo tenía un
auricular por el que, generalmente, era mi abuelo quien escuchaba y nos transmitía las noticias al mismo
tiempo que las escuchaba. A veces, cuando mi abuelo estaba disgustado con mi abuela, él intercalaba
frases que no decía la radio; eran diatribas contra las mujeres e insultos que mi abuela escuchaba en
silencio porque ella pensaba que venían de la radio.
Una de mis tías tenía el privilegio de poder escuchar alguna novela radial; a la vez que la iba
escuchando se la iba contando a sus hermanas. Resumía las aventuras amorosas de la mujer de una novela
que se transmitía a las doce del día y que se llamaba Divorciada. El título y la historia en general tenía
mucho que ver con la vida de mis tías y de mi madre, pues eran todas mujeres abandonadas que, según
decía el narrador al comienzo de la novela, «soñaban con un matrimonio ideal o habían gozado de la
felicidad». Yo recuerdo que, sentado en las rodillas de mi madre, mi tía contaba las escenas eróticas que
escuchaba; las piernas de mi madre se estremecían y yo, sobre ella, recibía aquellos reflejos eróticos,
que mi madre, joven y seguramente ansiosa de tener una relación sexual, me transmitía.
Parte de la casa se quemó con el rayo que mató a mi bisabuela, y nosotros seguimos llorando, no por
aquellas yaguas que podían reponerse sino por la muerte del hombre que había prometido «Vergüenza
contra Dinero».
Después de la muerte de Chibás, todo fue más fácil para los delincuentes políticos, que siempre de
una manera u otra han controlado la isla de Cuba. En 1952 se produjo el golpe militar de Fulgencio
Batista y con ello la imposibilidad de que el Partido Ortodoxo, ni ningún otro, pudiese ganar las
elecciones. La dictadura de Batista se inició desde el principio con una gran represión que no sólo tenía
un carácter político, sino también un carácter moral.
Un día estábamos picando ñames que iban a servir de semillas para sembrar en la finca, cuando
vimos llegar una pareja de guardias rurales. Aquello nos llenó de temor; ningún guardia nos iba a visitar
por una razón amistosa. Venían a arrestar a mi tío Argelio, que había tenido relaciones con una campesina
menor de edad y el padre de la muchacha le había denunciado. Mi tío fue arrestado y conducido a la
cárcel; por último, se descubrió que la muchacha había tenido varios amantes antes que mi tío y éste salió
en libertad; pero de todos modos decidió emigrar a Estados Unidos, como ya tenía pensado. En aquella
época de enorme miseria, el sueño de todos los que se morían de hambre en Cuba era irse a trabajar al
Norte. Mi tío Argelio se fue para Estados Unidos y, desde allá, nos enviaba fotos en las que aparecía
manejando una lujosa lancha, con los cabellos impecablemente peinados a pesar de que la lancha parecía
ir a una gran velocidad. Muchos años después descubrí que todo aquello no era más que un truco; la
persona iba a un estudio preparado para el caso, se sentaba en una lancha de cartón, con un mar también
de cartón, y se hacía una foto. En Cuba todos pensaban que mi tío estaba manejando su propia lancha de
motor.
Con el tiempo, algunos de mis familiares decidieron ser reclamados por mi tío e irse a Estados
Unidos. Aquello no era fácil; eran miles los que querían emigrar, y conseguir una visa era muy difícil. Mi
tía Mercedita dio más de veinte viajes al consulado de Santiago de Cuba, solicitando una visa que por
años le negaron. Pero, finalmente, pudo irse con Dulce; nuestros juegos de «enfermeros», detrás de la

cama, terminaron. Más adelante, emigró mi madre. Se iba, aparentemente, como turista y no tenía
autorización para trabajar, pero lo hacía clandestinamente cuidando a los hijos de las personas que tenían
el privilegio de poder trabajar en alguna fábrica. Me imagino a mi madre en algún apartamento pobre de
Miami, en los años cincuenta, cuidando a niños llorones tal vez más insoportables que yo. Me la imagino
también tratando de consolarlos y acunarlos; de darles un cariño y amor que a mí casi nunca tuvo tiempo
de mostrarme o que tal vez le avergonzaba mostrar.

Holguín

A medida que la dictadura de Batista continuaba en el poder, la situación económica se hacía peor, al
menos para los campesinos pobres como mi abuelo o para mis tíos, que ya casi nunca encontraban
trabajo en los centrales azucareros a los que iban a cortar caña. Mi tío Rigoberto se pasó más de cuatro
meses fuera de casa y todos pensábamos que había encontrado trabajo en algún central azucarero; al cabo
de ese tiempo volvió sin un centavo y con unas fiebres terribles; había deambulado por casi toda la
provincia de Oriente sin encontrar ningún lugar donde lo admitieran como cortador de caña. Mi abuela lo
curó con unos cocimientos.
La situación económica se hizo tan difícil que mi abuelo decidió vender la finca —unas tres
caballerías de tierra— y mudarse para Holguín, donde pensaba abrir una pequeña tienda para vender
viandas y frutas. Desde hacía años mi abuelo y mi abuela querían vender la finca, pero nunca se ponían
de acuerdo. El caso es que, finalmente, vendieron la finca; se la vendieron a uno de los yernos de mi
abuelo, que en aquel momento era batistiano y tenía cierta posición económica.
Vino un camión del pueblo y allí se echaron todas las cosas: los bastidores, los taburetes, los
balances de la sala. ¡Cómo lloraban mi abuela, mi abuelo, mis tías, mi madre, yo mismo! Sin duda, en
aquella casa de yagua y guano, donde tanta hambre habíamos pasado, también habíamos vivido los
mejores momentos de nuestra vida; terminaba tal vez una época de absoluta miseria y aislamiento, pero
también de un encanto, una expansión, un misterio y una libertad, que ya no íbamos a encontrar en ninguna
parte y mucho menos en un pueblo como Holguín.
Holguín era para mí —ya por entonces un adolescente— el tedio absoluto. Pueblo chato, comercial,
cuadrado, absolutamente carente de misterio y de personalidad; pueblo calenturiento y sin un recodo
donde se pudiera tomar un poco de sombra o un sitio donde uno pudiera dejar libre la imaginación. El
pueblo se levanta en medio de una explanada desoladora, coronado al final por una loma pelada, la Loma
de la Cruz, llamada así porque al final se erguía una enorme cruz de concreto; la loma tiene numerosas
escaleras de concreto que conducen a la cruz. Holguín, dominado por aquella cruz, a mí me parecía un
cementerio; en aquella cruz apareció una vez un hombre ahorcado. Yo veía Holguín como una inmensa
tumba; sus casas bajas similaban panteones castigados por el sol.
Una vez, por puro aburrimiento, fui al cementerio de Holguín; descubrí que era una réplica de la
ciudad entera; los panteones eran iguales que las casas, aunque más pequeños, chatos y desnudos; eran
cajones de cemento. Yo pensé en todos los habitantes de aquel pueblo y en mi propia familia, viviendo
tantos años en aquellas casas-cajones para luego ir a parar a aquellos cajones menores. Creo que allí

mismo me prometí irme de aquel pueblo cuando pudiera, y, si fuera posible, no regresar nunca; morir
bien lejos era mi sueño, pero no era fácil de realizar. ¿Dónde ir sin dinero? Y, por otra parte, el pueblo,
como todo sitio siniestro, ejercía cierta atracción fatal; inculcaba ciertos desánimos y una resignación
que le impedía a la gente marcharse.
Yo trabajaba en una fábrica de dulces de guayaba; me levantaba por la mañana y empezaba a hacer
cajas de madera donde luego se depositaba la mermelada hirviente, que luego se endurecía y formaba
aquellas barras que tenían una etiqueta que decía «Dulce de Guayaba La Caridad», donde figuraba una
Virgen de la Caridad. No creo que hubiese mucha caridad por parte del dueño de la fábrica, que nos
hacía trabajar hasta doce horas por un peso al día. El día del cobro yo me iba para el cine, que era el
único lugar mágico de Holguín; el único lugar al que uno podía entrar y escapar de la ciudad, al menos
por unas horas. Por entonces iba solo al cine, pues me gustaba disfrutar de aquel espectáculo sin
compartirlo con nadie. Me sentaba en el gallinero, que era el lugar más barato, y veía a veces hasta tres
películas por cinco centavos. Era un enorme placer ver a aquellas gentes cabalgando praderas,
lanzándose por unos ríos enormes o matándose a tiros, mientras yo me moría de aburrimiento en aquel
pueblo sin mar, sin ríos, ni praderas, ni bosques, ni nada que pudiera ofrecerme algún interés.
Quizás influido por aquellas películas, casi siempre norteamericanas o mexicanas, o quién sabe por
qué, comencé a escribir novelas. Cuando no iba al cine, yo me iba para mi casa y al son de los ronquidos
de mis abuelos comenzaba a escribir; así llegaba a veces la madrugada y de la máquina de escribir —que
me había vendido en diecisiete pesos mi primo Renán— iba para la fábrica de dulces de guayaba donde,
mientras hacía las cajas de madera, seguía pensando en mis novelas; a veces me daba un martillazo en un
dedo y no me quedaba más remedio que volver a la realidad. Las cajas que yo hacía eran cada vez peores
y escribía enormes y horribles novelas con títulos como ¡Qué dura es la vida! y Adiós, mundo cruel Por
cierto, creo que mi madre aún conserva esas novelas en Holguín y dice que son lo mejor que yo he
escrito.
Mis tías y mi madre, ya en Holguín, pudieron tener una radio eléctrica y ahora podían escuchar todas
a la vez la misma novela que oían en el campo. Creo que esas novelas radiales, que yo también
escuchaba, influyeron en mis novelas escritas hacia los trece años.

El Repello

En Holguín se respiraba un ambiente machista que mi familia compartía y en el cual yo había sido
educado. Mis amores a los trece años eran, sin embargo, un poco ambiguos. Me enamoré de Carlos, un
muchacho de la fábrica con el que tenía muchas cosas en común, incluso nos parecíamos físicamente;
ambos habíamos sido abandonados por nuestros padres y éramos hijos únicos apegados a nuestras
madres. Ahora yo iba al cine con Carlos; nuestras relaciones se limitaban a sentamos juntos en el cine y
juntar nuestras rodillas, como por casualidad; así, con las rodillas muy pegadas, veíamos desfilar indios
feroces o cantar a Pedro Infante, durante horas. Tenía también novias, tal vez influido por el ambiente del
pueblo: Irene, Irma, Lourdes, Marlene. También sostenía batallas con los enamorados de aquellas novias
o con los novios a los cuales yo les quitaba la muchacha; me recuerdo trincándome a trompadas con un
joven guapísimo llamado Pombo, quien por cierto me propinó un tremendo piñazo en la cara; con el
tiempo yo creo que me sentí más enamorado de Pombo que de Lourdes, que era la novia que yo le había
«levantado»; pero quizá, precisamente para mortificarlo, seguía con ella.
Mientras todo esto sucedía, yo seguía deseando a Carlos; él fue el que me llevó al Repello de
Eufrasia, que era un enorme burdel con un gran salón de baile. Estaba situado en la cumbre de la loma de
tierra colorada que se llamaba La Frontera; el nombre era muy apropiado, pues, una vez que se
atravesaba aquel barrio, se había traspuesto la barrera de la civilización o de la hipocresía y cualquier
cosa podía suceder; casi todos los que allí vivían eran delincuentes y prostitutas. Para mí fue una gran
revelación y una indiscutible atracción visitar aquel lugar. Lo llamaban Repello porque las mujeres que
allí bailaban movían de tal manera la cintura, que más que bailar era como una frotación contra el sexo
del hombre. El repello es un movimiento circular que va pegando algo que después resulta muy difícil de
despegar; en este caso el sexo de la mujer repellaba el sexo del hombre y, una vez terminada la pieza, el
hombre invitaba a la mujer a hacer el amor, cosa que por dos o tres pesos se realizaba en la casa que
quedaba en frente. Por cierto, cada pieza costaba cinco centavos; el bailador tenía que pagar cinco
centavos por bailar con la mujer que lo repellaba; el órgano comenzaba a tocar, y Eufrasia, la dueña del
Repello, vestida de rojo y provista de una enorme cartera blanca, le daba un golpecito a cada bailador en
la espalda en señal de que le diera los cinco centavos. De aquellos cinco centavos, dos pertenecían a la
bailadora; Eufrasia llevaba en la mente la cuenta de las piezas que había bailado cada una de las putas y
les daba su parte. Yo bailé con Lolín, una mulata joven de unos muslos poderosísimos; al fin, por embullo
de algunos amigos, entre ellos Carlos, fui a la casa de enfrente a templar con Lolín. Recuerdo que lo
hicimos a la luz de un quinqué y recordé a mi madre en el campo; yo estaba nervioso y no se me paraba,

pero Lolín se las arregló de tal modo que, finalmente, me eroticé. ¿O fui yo el que me las arreglé
pensando en el rostro de Carlos, que me esperaba afuera? De todos modos, fue la primera vez que
eyaculé en el sexo de una mujer.
La casa de mis abuelos no era ni siquiera de ellos; se la había semicomprado Osaida, una de sus
hijas, que tenía pensado irse para Estados Unidos con su marido. A Osaida se le había muerto una de sus
hijas y nunca volvió a recuperarse completamente; quizá Florentino, su esposo, esperaba que
marchándose para el Norte pudiera sentirse mejor. No creo que fuera así; dentro de la soledad y el horror
de los pantanos de Miami, Osaida creo que, con el tiempo, se volvió un poco más desdichada.
La casa siguió siendo pequeña para nosotros; había solamente dos cuartos para diez personas, por lo
que yo a veces iba a dormir a la casa de mi tía Ofelia. Desde luego, nadie podía tener el privilegio de
dormir separado, sino de dos en dos o de tres en tres. Mis abuelos en el campo podían dormir separados
y odiarse a cierta distancia y con cierto respeto; ahora tenían que dormir juntos; tal vez por eso
reiniciaron sus relaciones sexuales. A veces yo, mientras escribía, los sentía en la cama en combates
sexuales que eran bastante escandalosos; yo aprovechaba aquellas circunstancias para deslizarme debajo
de la cama en que fornicaban y sustraer algún dinero de la caja de madera de la tienda, que mi abuelo
todas las noches depositaba debajo de la cama; ésa era, por decirlo así, la caja contadora.
Pero, generalmente, iba a dormir a la casa de mi tía y compartía la cama con mi primo Renán, un
adolescente de unos dieciséis años, un don Juan, según decían. Renán, después de tener unas
semiaventuras eróticas, llegaba a la casa y se masturbaba en la misma cama donde yo dormía; yo
disfrutaba de aquellas masturbaciones y, a veces, como si estuviera dormido, creo que lo ayudaba.
Cuando tenía tiempo, iba a una escuela que llamaban Primaria Superior, donde tenía una maestra de
anatomía que nos obligaba a recitar con puntos y comas todo el texto de un terrible libro de anatomía,
fisiología e higiene; quien no lo recitara de memoria, no pasaba el curso. Allí también me enamoré de mi
profesor de gramática, un hombre de unos setenta años. Así, mis amores platónicos de entonces se
dividían entre Carlos, que tenía unos catorce años, y el viejo profesor de setenta. De ese modo, cuando
mi primo se masturbaba pensando en alguna de las muchachas a las que quizás había besado en uno de
los pocos y raquíticos parques del pueblo, yo también lo hacía pensando en el profesor de gramática, que
nunca se había fijado en mí para nada, aunque los alumnos decían que era homosexual y muchos hasta
hacían alardes de habérselo templado.
En 1957 mi prima Dulce Ofelia y su madre vinieron de Miami a pasarse una temporada en Holguín.
Dulce se había convertido en una muchacha bellísima. Era el momento en que mi amistad con Carlos
estaba en pleno apogeo; íbamos todas las noches juntos al cine. Mi prima captó algo extraño en aquellas
relaciones y, tal vez por eso, se enamoró de Carlos. Las cosas cambiaron para mí; ya no éramos Carlos y
yo los que íbamos al cine, sino ellos dos, y yo de chaperón; se sentaban junto a mí en el cine y yo los veía
besarse. Lo que tantas veces yo hubiera deseado hacer con Carlos lo hacía ahora mi prima delante de mí
y yo tenía que cuidarlos para que no pasara nada «malo», según me orientaba mi abuela. El romance duró
un mes, hasta que mi prima regresó a Miami. Carlos intentó otra vez salir conmigo, pero yo no quise
saber nada más de él; secretamente, me había traicionado y no tenía que explicarle más nada; él
comprendía. Carlos se sentaba en el portal y empezaba a hablar con mis abuelos esperando que yo
saliese; pero yo me enclaustraba en el comedor; había comenzado a escribir otra novela terrible, El
caníbal, que, afortunadamente, se perdió. Nunca más volví a ir al cine con Carlos.
Por aquella época yo engolé la voz, puse cara de guapo y aumenté el número de mis novias; creo que
hasta yo mismo llegué a pensar que alguna de aquellas muchachas me gustaba. En la escuela cortejaba a

todas las alumnas y me cuidaba mucho de que alguien pudiera imaginar que a mí no me atraían las
mujeres. Pero un día, mientras la maestra de anatomía repetía su mamotreto, un compañero de mi clase se
sentó junto a mi pupitre y con un diabolismo absolutamente sincero me dijo: «Mira, Reinaldo, tú eres
pájaro. ¿Tú sabes lo que es un pájaro? Es un hombre al que le gustan los otros hombres. Pájaro; eso es lo
que tú eres».

Pascuas

Una de mis mayores alegrías cuando era un muchacho era oír a mi abuelo decir la palabra «Pascuas».
Al decir esta palabra lo pronunciaba con tal sonoridad, que ya parecía como si uno estuviera en la fiesta
de Navidad. Cuando pronunciaba aquella palabra lo hacía con una risa nada frecuente en él y en aquella
palabra estaba contenida toda la alegría del mundo.
En las Navidades de 1957 mi abuelo no dijo Pascuas; no hubo Pascuas. Las únicas que hubo fueron
las Pascuas Sangrientas como dijo la revista Bohemia, debido a la cantidad de asesinatos políticos que
en aquel mes cometió el gobierno. Se oían tiroteos; el terror ya era una cosa cotidiana. Casi toda la
provincia de Oriente estaba contra Batista y había rebeldes en los montes. A veces atacaban de lejos al
ejército de Batista, que salía huyendo porque los soldados eran, casi siempre, pobre gente que se moría
también de hambre y no quería perder la vida por tan poca cosa. Pero tampoco se puede hablar de una
guerra frontal entre los guerrilleros de Fidel Castro y las tropas de Batista; casi todos los muertos fueron
los que mataron los esbirros de Batista: estudiantes, miembros del Movimiento 26 de Julio o simples
simpatizantes de Castro que eran capturados en las ciudades, torturados y asesinados y luego tirados en
una cuneta para amedrentar a la población y, sobre todo, a los conspiradores. Pero entre los soldados de
Castro no hubo muchas bajas, como tampoco las hubo en el ejército de Batista. Cuando triunfó la
Revolución, Castro habló de veinte mil muertos y esa cifra se convirtió en algo mítico, simbólico; sin
embargo, nunca se han publicado los nombres de esos veinte mil muertos, ni nunca se van a publicar,
porque no los hubo en esa guerra. En realidad, tampoco hubo una guerra, sino la reacción casi unánime de
un pueblo contra un dictador; el pueblo se encargaba de hacer sabotajes y, sobre todo, de difundir la
noticia de que los rebeldes eran miles y estaban por todas partes; lo que estaba por todas partes era el
desprecio al régimen de Batista y, por eso, dondequiera aparecía una bandera del 26 de Julio; yo mismo
una vez puse una de esas banderas. Batista era además un dictador torpe que tampoco ejercía el control
absoluto y fue perdiendo el poder debido a la incesante corrupción entre sus propios aliados y las
deserciones de los más honestos. También hay que reconocer que había una campaña popular contra
Batista que a veces llegaba a los medios publicitarios. La revista Bohemia publicaba fotos y entrevistas
de los rebeldes en la Sierra Maestra y también publicaba las fotos de los jóvenes asesinados por Batista.
El New York Times apoyó desde el principio a Fidel Castro y, en general, era en Estados Unidos donde
Castro y casi todos sus agentes podían conspirar libremente. Además, la burguesía cubana detestaba
también a Batista, que era de raza negra, y apoyaba a Castro, el blanco, hijo de un hacendado español que
había estudiado en una escuela de jesuítas. Fue precisamente el obispo más importante de toda Cuba

quien le salvó la vida una vez a Fidel Castro. Antes de renunciar y largarse definitivamente del país,
Batista ya estaba desmoralizado. Era un vividor y lo que más le interesaba salvar eran sus millones; la
misma noche antes de partir dio una fiesta en el cabaret Tropicana. Unos años después, en París, Batista
hizo unas declaraciones contundentes y muy irónicas refiriéndose a sus últimos años en el poder en Cuba;
se dice que dijo: «Yo entré por la posta, salí por la pista y dejé la peste».

Rebelde

Hacia 1958 la vida en Holguín se fue haciendo cada vez más insoportable; casi sin comida, sin
electricidad; si antes vivir allí era aburrido, ahora era sencillamente imposible. Yo, desde hacía algún
tiempo, tenía deseos de irme de la casa, alzarme, unirme a los rebeldes; tenía catorce años y no tenía otra
solución. Tenía que alzarme; tal vez podía hasta irme con Carlos, participar juntos en alguna batalla y
perder la vida o ganarla; pero hacer algo. Le hice la proposición del alzamiento a Carlos y me dijo que
sí; que lo despertara de madrugada; que nos iríamos juntos hasta un pueblo llamado Velasco que, según se
comentaba, ya estaba tomado por los rebeldes.
Yo me levanté de madrugada, fui para la casa de Carlos y llamé varias veces frente a la ventana de su
cuarto, pero Carlos no respondió; evidentemente, no quería responder. Pero como yo ya estaba decidido
a dejarlo todo, eché a caminar rumbo a Velasco; me pasé un día caminando hasta que llegué al pueblo.
Pensé que allí me iba a encontrar con muchos rebeldes que me iban a aceptar con júbilo, pero en Velasco
no había rebeldes, ni tampoco soldados batistianos; había un pueblo que se moría de hambre, compuesto
en su mayoría por mujeres. Yo sólo tenía cuarenta y siete centavos. Compré unos panqués de la región,
me senté en un banco y me los comí. Estuve horas sentado en aquel banco; no tenía deseos de regresar a
Holguín ni fuerzas para hacer la misma jornada caminando. Al oscurecer, un hombre que hacía rato me
observaba se me acercó y me preguntó si yo venía a alzarme. Yo le dije que sí y él me dijo llamarse Cuco
Sánchez; tendría unos cuarenta años. Todos sus hermanos —siete— estaban alzados; él era el único que
se había quedado en el pueblo para atender a su madre y a su esposa. Me llevó a su casa; su esposa era
una mujer desolada, tal vez porque sólo tenía un plato de frijoles que ofrecerme y de aquel plato ellos
tenían también que comer; comí avergonzado, pero con apetito. La madre de Cuco Sánchez me alentaba
para que me quedara con ellos; le decía a Cuco que tenía que llevarme hasta la Sierra de Gibara, donde
estaban los rebeldes. Ella tenía una tienda mixta que había sido saqueada, primero por los rebeldes y
luego por los soldados de Batista. Hacía una semana que había pasado por allí uno de los más notables
esbirros de Batista, Sosa Blanco; había asolado al pueblo, había quemado vivo a un hombre y se había
llevado lo poco que le quedaba en la tienda a la madre de Cuco Sánchez. Luego le rompió la vidriera a
tiros; allí no quedaba ya más que una báscula que también había sido hecha pedazos. «Mira cómo me la
descuarejingaron», me decía la madre de Cuco, entre furiosa y aterrada. Sí, yo tenía que alzarme, según
ella; como si yo fuera el encargado de vengar su báscula rota. Los hermanos de Cuco Sánchez estaban por
aquella zona y a Cuco no le seria difícil llevarme hasta ellos; él mismo se encargaba de fabricar balas
para los alzados; mientras estuve en su casa lo ayudé a fabricar aquellas municiones. Finalmente, fuimos

hasta el cuartel de los rebeldes en la Sierra de Gibara.
Yo me entrevisté con el capitán de los rebeldes; se llamaba Eddy Suñol y estaba herido; había
recibido un tiro cuando llegó Sosa Blanco, según me explicó. Todavía llevaba una enorme y rústica
venda a un costado de la cintura; creo que tenía rota una costilla. Aquel hombre era un campesino de
Velasco; me miró con cierto aprecio, pero no me aceptó; yo era muy joven y no tenía arma. «Lo que nos
sobran son guerrilleros, lo que nos faltan son armas», me dijo. Hice todo lo posible por quedarme, y
Cuco también me ayudó; así convencimos a Suñol, quien me dijo que podía quedarme allí una semana
hasta que partiera un contingente para la Sierra Maestra y yo pudiera irme con ellos; si allá me aceptaban
o no, ya no era su responsabilidad; pero podría quedarme allí durante una semana, ayudando en lo que
fuera: cocinando, cargando agua, buscando leña.
Al cabo de unos diez días de estar esperando la orden de partir para la Sierra Maestra, llegaron de
allá cuarenta y cinco hombres y siete mujeres que Suñol había enviado como guerrilleros, pero fueron
rechazados porque no llevaban armas largas y Castro no los necesitaba. Yo no podía seguir allí; tenía que
regresar a Holguín, matar a un guardia, quitarle el rifle y regresar. «Si traes un arma larga te aceptamos al
instante», me dijo Suñol. Uno de los rebeldes, un joven de unos dieciocho años, me regaló el único
cuchillo que tenía; me dijo que no podía irme sin armas, que le clavara el cuchillo por la espalda a un
guardia de Batista y regresara. «Yo te voy a estar esperando aquí», me dijo el joven. Lo dijo tal vez para
estimularme, para que me fuera con alguna ilusión; así regresé a Holguín.
Ahora iba en un camión con varias personas que tenían autorización para viajar hasta Aguas Claras,
un barrio cercano a Holguín. Aquellas personas eran conocidas por los soldados de Batista, pero yo no;
el chofer me había advertido que era un gran riesgo llevarme, porque, si descubrían que era un alzado o
que no era de por allí, los matarían a todos. Finalmente llegamos a Aguas Claras sin ningún problema;
allí, a unos diez kilómetros de Holguín, nos despedimos, me escondí hasta el anochecer, en que eché a
caminar rumbo al pueblo.
A medianoche llegué a la casa; toqué a la puerta y mi abuela abrió, soltando un alarido que mi abuelo,
inmediatamente, silenció de una trompada. «Si te cogen aquí te matan al momento y nos llevan presos a
todos en la casa», dijo mi abuelo.
Cometí la imprudencia de dejar un papel sobre la cama donde decía que me iba con los rebeldes,
pero que no le dijeran nada a nadie. Dando gritos, las diez mujeres que había en la casa divulgaron la
noticia por todo el barrio. Ahora la policía de Batista me buscaba. Tenía que regresar a Velasco y, por
supuesto, ni soñando iría a matar a ningún policía por la espalda con aquel cuchillo que traía. De todos
modos, la noche en que me iba me acerqué a un policía; lo miré, él me miró también y la única señal que
hizo fue cogerse los huevos, que se le marcaban por encima del uniforme y eran casi tan grandes como
los de mi abuelo. Me alejé lo más rápido que pude de aquel lugar, mientras él seguía sobándose sus
magníficos testículos.
Regresé por entre los matorrales a Velasco, llegué al campamento, y tuvieron que aceptarme; no
podían dejarme volver a Holguín. Así me quedé ayudando en lo que me pedían. A unas cuantas leguas de
allí vivía la tía que había comprado la finca de mi abuelo; atravesando montes, de vez en cuando la
visitaba; ella me daba algo de comer y, como su marido no simpatizaba con los rebeldes, les convenía
que yo, un rebelde, los visitase.
Nunca participé en un combate; ni siquiera vi un combate de lejos durante todo el tiempo que estuve
con los rebeldes; esos combates fueron más míticos que reales. La guerra fue más bien de palabras. La
prensa y casi todo el pueblo decían que el campo estaba tomado por miles y miles de rebeldes armados

hasta los dientes. Era falso; las pocas armas que tenían eran las que le habían quitado a los casquitos —
los soldados de Batista— o escopetas viejas, amarradas con alambres, que habían sido fabricadas en el
siglo pasado y utilizadas por los mambises.
Estando con los rebeldes vi cometer algunos actos de injusticia que, hasta cierto punto, me hicieron
dudar de la buena voluntad de aquella gente. Una vez un grupo de rebeldes fue a arrestar a un campesino
que vivía con su madre; la madre daba unos gritos enormes. Su hijo había sido denunciado por «chivato»,
es decir, por delator. Se lo llevaron y lo fusilaron; esto es, antes de que Fidel Castro tomara el poder, ya
habían comenzado los fusilamientos de las personas contrarias al régimen o que conspiraban contra él; se
les llamaba «traidores»; ésa era y es aún la palabra.
Eddy Suñol, quien ordenaba los fusilamientos en aquella zona, acabó, quince años después,
pegándose él mismo un tiro en la cabeza. La muerte de Suñol no fue sino un suicidio más en nuestra
historia política, que es la historia del suicidio incesante.
La mayoría de los que estábamos alzados no pensábamos que la dictadura de Batista se fuera a caer
tan rápidamente. Cuando se divulgó la noticia de que Batista se había marchado, muchos no la creimos.
Hasta el mismo Castro fue uno de los más sorprendidos; había ganado una guerra sin que la misma se
hubiese llevado a cabo. Castro tenía que estarle más bien agradecido a Batista; el dictador se había
marchado, dejándole la isla intacta, y sin que Castro recibiera ni un solo rasguño. Por otra parte, Fidel
Castro tampoco intentó nunca hacerle ningún atentado a Batista; se lo hizo un grupo de estudiantes casi
desarmados, que murieron allí mismo, y los que se salvaron nunca llegaron al poder bajo Castro.
También es oportuno recordar que el cuñado de Fidel Castro era un famosísimo batistiano; nada menos
que un ministro. Aunque Batista había huido desde el 31 de diciembre de 1958, Castro se tomó bastantes
días en bajar de la Sierra Maestra y llegar a La Habana; después vino la leyenda. Se encaramó a unos
enormes tanques de guerra, que no le pertenecían, y llegó a La Habana rodeado de toda una enorme tropa
que lo vitoreaba y del pueblo que ya estaba cansado de Batista.
Los rebeldes eran, por lo demás, guapos, jóvenes y viriles; al menos aparentemente. Toda la prensa
mundial quedó fascinada con aquellos hermosos barbudos, muchos de los cuales tenían además una
espléndida melena.
Bajamos de las lomas y nos recibieron como héroes; en mi barrio de Holguín, me dieron una bandera
del 26 de Julio y yo recorrí la cuadra con aquella enorme bandera en la mano. Me sentí un poco ridículo,
pero había alegría, resonaban los himnos y todo el pueblo se había lanzado a la calle. Seguían llegando
los rebeldes con crucifijos y cadenas hechos de semillas; eran los héroes. En realidad, algunos sólo
llevaban cuatro o cinco meses alzados, pero en general las mujeres y también muchos hombres de la
ciudad se volvían locos por aquellos peludos; todos querían llevarse algún barbudo a su casa. A mí aún
no me había salido barba, porque sólo tenía quince años.

La Revolución

La Revolución castrista comenzó después de 1959.
Y, con ella, comenzaba el gran entusiasmo, el gran estruendo y un nuevo terror. Comenzaba una
verdadera cacería contra los soldados de Batista, contra los supuestos delatores, contra los militares del
régimen en desgracia y contra los «tigres» de Masferrer. Masferrer era un político cubano y a la vez un
gánster; términos que no se excluyen. En los últimos años se había hecho de un ejército particular; casi
todos sus soldados fueron ultimados en plena calle o en las casas o en la Loma de la Cruz, a donde subían
desesperados tratando de abandonar el pueblo. Todo eso sucedía mientras Masferrer huía en una lancha
hacia Estados Unidos. En los primeros días, muchas personas fueron asesinadas sin que se les celebrase
juicio alguno. Después se crearon los llamados «tribunales revolucionarios» y se fusilaba a la gente
rápidamente: bastaba con la delación de alguien ante algún juez improvisado por el nuevo régimen. Los
juicios eran representaciones teatrales donde la gente se divertía viendo cómo condenaban al paredón a
un pobre diablo, que tal vez sólo le había dado una bofetada a alguien que ahora aprovechaba para
vengarse; morían inocentes y culpables. Ahora morían muchas más gentes que las que murieron en
aquella guerra que nunca se celebró.
A pesar de la euforia, muchos no estaban de acuerdo con aquellos fusilamientos. Recuerdo
particularmente esta imagen: un hombre era conducido al paredón por haber matado a un joven
revolucionario; el hombre marchaba por la carretera escoltado por soldados rebeldes que impedían que
la muchedumbre lo despedazase para que, al menos, llegase vivo al paredón. De pronto apareció en la
calle una mujer vestida de negro que detuvo la manifestación. Comenzó a gritar que lo castigaran, pero
que no lo mataran; era la madre del joven asesinado. No le hicieron caso a aquella mujer; su petición de
clemencia no contaba, sólo el nuevo orden y la necesidad de venganza tanto tiempo reprimida; el hombre
fue conducido fuera de la ciudad y allí se le fusiló. Esos fusilamientos eran cotidianos.
En Holguín los juicios se celebraban en el teatro de La Pantoja, que era una enorme escuela militar
creada por Batista y que ahora estaba en manos de los rebeldes. Eran juicios orales, espectaculares y
fulminantes. Muchas veces se transmitían por televisión.
Han pasado más de treinta años y todavía Fidel Castro sigue celebrando esos juicios teatrales y,
desde luego, de vez en cuando, también los televisa. Pero ahora Castro ya no fusila a los esbirros de
Batista, fusila a sus propios soldados y a veces hasta a sus propios generales.
¿Por qué la inmensa mayoría del pueblo y los intelectuales no nos dimos cuenta de que comenzaba
otra vez una nueva tiranía, aún más sangrienta que la anterior? Quizá nos dimos cuenta, pero el

entusiasmo de saber que se vivía ahora en una revolución, que se había derrocado una dictadura y que
había llegado el momento de la venganza eran superiores a las injusticias y a los crímenes que se estaban
cometiendo. Además, no solamente se cometían injusticias. Los fusilamientos se realizaban en nombre de
la justicia y de la libertad y, sobre todo, en nombre del pueblo.
El año 1960 fue todavía un año de júbilo colectivo; se seguían fusilando a los llamados «esbirros»,
pero la inmensa mayoría de la población, en medio de aquella euforia —hay que confesarlo— apoyaba
los fusilamientos. No es posible olvidar a aquellas multitudes enardecidas, de más de un millón de
personas, desfilando ante la Plaza de la Revolución —que, por cierto, no había sido construida por la
Revolución sino por la tiranía derrocada— gritando la palabra «paredón». En aquel momento yo estaba
integrado a la Revolución; no tenía nada que perder, y entonces parecía que había mucho que ganar; podía
estudiar, salir de mi casa en Holguín, comenzar otra vida.

Un estudiante

Obtuve una beca en lo que antes era el campamento militar de Batista llamado La Pantoja, que ahora
se había convertido en una escuela politécnica. Yo tenía dieciséis años cuando comenzaron las clases; era
un curso en el cual nos graduaríamos para ser contadores agrícolas. Era una nueva disciplina que el
Gobierno —que ya tenía planes secretos de confiscar todas las tierras— necesitaba impartir. Creo que
fue una de las primeras becas que el gobierno de Castro creó porque era un centro para formar a jóvenes
comunistas. La mayoría de los que allí entramos no nos dimos cuenta, en aquel primer momento, del
objetivo fundamental de aquel curso. Fuimos «captados» por toda la isla.
Yo era un adolescente encerrado en un campamento con más de dos mil jóvenes a los cuales no se nos
permitía salir a la calle. Podría pensarse —yo mismo lo pienso ahora— que aquel momento era el más
apropiado para que yo desarrollase mis tendencias homosexuales y tuviese múltiples relaciones eróticas;
no tuve ninguna. Entonces, yo padecía todos los prejuicios típicos de una sociedad machista, exaltados
por la Revolución; en aquella escuela desbordada de una virilidad militante no parecía haber espacio
para el homosexualismo que, ya desde entonces, era severamente castigado con la expulsión y hasta con
el encarcelamiento. Sin embargo, entre aquellos jóvenes se practicó de todos modos el homosexualismo,
aunque de una manera muy velada. Los muchachos que eran sorprendidos en esos actos tenían que
desfilar con sus camas y todas sus pertenencias rumbo al almacén, donde, por orden de la dirección,
tenían que devolverlo todo; los demás compañeros debían salir de sus albergues, tirarles piedras y
caerles a golpes. Era una expulsión siniestra, por cuanto conllevaba también un expediente que
perseguiría a esa persona durante toda su vida y le impediría estudiar en otra escuela del Estado —y el
Estado ya empezaba a controlarlo todo. Muchos de aquellos jóvenes con sus camas a cuestas parecían
muy varoniles» Al ver aquel espectáculo me sentía avergonzado y aterrorizado. «Pájaro, eso es lo que tú
eres», volvía a escuchar la voz de mi compañero de estudios cuando estaba en la escuela secundaria y
comprendía que ser «pájaro» en Cuba era una de las calamidades más grandes que le podía ocurrir a un
ser humano.
Además de las depuraciones morales también se realizaban ya depuraciones políticas; todos los
profesores eran comunistas y, desde luego, una de las clases más importantes era la del marxismoleninismo. Teníamos que aprendernos al dedillo el Manual de la Academia de Ciencias de la URSS; el
Manual de economía política, de Nikitin; y Los fundamentos del socialismo en Cuba, de Blas Roca.
Desde luego, también recibíamos clases de contabilidad y, como parte del curso, teníamos que subir
periódicamente al Pico Turquino en la Sierra Maestra; la Sierra Maestra era como el santuario que en

peregrinación debíamos visitar cada cierto tiempo; era, y creo que lo sigue siendo, como una especie de
desfile a la Meca o al Santo Sepulcro. La Sierra Maestra había sido el lugar donde se había escondido
Fidel Castro hasta la fuga de Batista. Para graduarse de contador agrícola había que subir al Pico
Turquino seis veces y quien no pudiera subirlo, por impedimento físico o por lo que fuese, era
considerado un flojo y no podía graduarse. En realidad, era un privilegio subir solamente seis veces al
Pico Turquino para graduarse de contador agrícola; recuerdo que mientras subía yo una vez, tropecé con
un joven que iba casi a rastras; estaba estudiando la carrera diplomática, y para graduarse, tenía que
subir el Pico Turquino veinticinco veces. No sé si llegó a ser un buen diplomático, pues no tenía muchas
dotes como alpinista.
Para mí, un guajiro criado entre los matorrales y las lomas, subir aquellos montes con todos aquellos
muchachos, dormir al aire libre en hamacas y bañarnos en los ríos, era una aventura. Cuando subíamos
aquellas montañas cantando, nadie sospechaba que detrás de aquellas excursiones se ocultaban planes
sórdidos, pero así era. A los pocos meses se nos dijo que no éramos simples estudiantes, sino la
vanguardia de la Revolución y, por lo tanto, jóvenes comunistas y soldados del ejército. En las últimas
excursiones ya no cantábamos lo que queríamos, sino que teníamos que cantar La Internacional y otros
himnos comunistas. El director de la escuela era Alfredo Sarabia, un viejo militante del Partido
Comunista; así, en el año 1960, mientras Castro le aseguraba al mundo que no era comunista y que la
Revolución cubana era «tan verde como las palmas», ya se estaba preparando en Cuba a la juventud
dentro de la doctrina comunista y además instruyéndonos militarmente, porque también recibíamos clases
militares y hasta nos enseñaban a manipular armas de largo alcance.
Uno de los profesores compuso un himno a los contadores agrícolas que comenzaba diciendo que
éramos «la vanguardia de la Revolución». En realidad nosotros, y los maestros voluntarios que estaban
en la misma Sierra Maestra, éramos los primeros «cuadros de la Revolución», como se decía entonces.
Nosotros seríamos los encargados de llevar la contabilidad y la administración en las granjas del pueblo;
es decir, las granjas estatales, porque jamás pertenecieron al pueblo. Muchos de aquellos compañeros
llegaron después a ser dirigentes del régimen de Castro, otros se suicidaron. Recuerdo a uno de mis
amigos de Holguín que se descargó su ametralladora en la cabeza. Los que persistíamos éramos los
hombres nuevos, los jóvenes comunistas que controlaríamos la economía del país.
No era fácil sobrevivir a todas aquellas depuraciones que tenían un carácter moral, político, religioso
y hasta físico, además de tener que pasar todos los exámenes técnicos. De los dos mil alumnos quedamos
menos de mil; desde luego, no fui yo solo quien supo ocultar su homosexualidad y su rechazo al
comunismo; muchos alumnos que eran homosexuales se las arreglaron para sobrevivir; otros,
sencillamente, se negaron a sí mismos. Los anticomunistas, como yo mismo, recitábamos de carretilla los
manuales de marxismo; tuvimos desde temprano que aprender a ocultar nuestros deseos y tragamos
cualquier tipo de protesta. En una asamblea en el gran teatro de la escuela —el mismo donde se
celebraban los juicios para fusilar a los contrarrevolucionarios— alguien le dijo al director que entre los
granos del arroz se descubrían gorgojos y gusanos; el director se paró rojo de furia y llamó flojo y
contrarrevolucionario a aquel joven que carecía, para él, de espíritu de sacrificio. Sarabia terminó su
discurso diciendo que pronto tendríamos que aprender a comernos los gusanos y olvidamos del arroz. El
que protestó era un joven de raza china y fue expulsado de la escuela. Pero las expulsiones también tenían
carácter selectivo y algunas personas eran intocables.
Sin embargo, hay que reconocer que el entusiasmo estaba todavía por encima del desencanto.
Algunos profesores, por no decir la mayoría, tenían sus relaciones sexuales con los alumnos; había


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