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Título: Modiano, Patrick - Calle de las Tiendas Oscuras [R1]Modiano, Patrick - Calle de las Tiendas Oscuras [R1]Modiano, Patrick - Calle de las Tiendas Oscuras [R1]Modiano, Patrick - Calle de las Tiendas Oscuras [R1]Modiano, Patrick - Calle de las Tiendas Oscuras
Autor: Alicia Alcaide Cabezas

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Calle de las
Tiendas Oscuras
Patrick Modiano
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Título de la edición original:
Rue des Boutiques Obscures
© Éditions Gallimard
Paris, 1978
Ouvrage publié avec le concours du Ministère français
chargé de la culture-Centre National du Livre
Publicado con la ayuda del Ministerio francés
de Cultura-Centro Nacional del Libro
Diseño de la colección: Julio Vivas y Estudio A
Ilustración: foto © Bettmann / CORBIS
Primera edición: marzo 2009
Segunda edición: abril 2009
© De la traducción, M.a Teresa Gallego Urrutia, 2009
© EDITORIAL ANAGRAMA, S. A., 2009
Pedró de la Creu, 58
08034 Barcelona
ISBN: 978-84-339-7506-5
Depósito Legal: B. 14721-2009
Printed in Spain
Reinbook Imprès, sl, Múrcia, 36
08830 Sant Boi de Llobregat

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Para Rudy
Para mi padre

Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

I
No soy nada. Sólo una silueta clara, aquella noche, en la terraza de un café.
Estaba esperando que dejara de llover, un chaparrón que empezó en el preciso
momento en que Hutte se iba.
Pocas horas antes, nos habíamos encontrado por última vez en la sede de la
Agencia. Hutte estaba detrás del escritorio recio, como de costumbre, pero no se
había quitado el abrigo, así que se notaba de verdad una impresión de
despedida. Yo estaba sentado enfrente de él, en el sillón de cuero para los
clientes. De la lámpara de opalina brotaba una luz fuerte que me deslumbraba.
—Bueno, Guy, pues ya está... Se acabó —dijo Hutte suspirando.
Un expediente andaba rodando por encima de una mesa. A lo mejor era el
del hombrecillo moreno de mirada espantada y rostro abotagado que nos había
encargado que siguiéramos a su mujer, quien, por las tardes, iba a reunirse con
otro hombrecillo moreno de rostro abotagado en una pensión de la calle de
Vital, cerca de la avenida de Paul Doumer.
Hutte se acariciaba pensativamente la barba, una barba canosa, corta, pero
que se le comía las mejillas. Los ojos saltones y claros miraban al vacío. A la
izquierda del escritorio, la silla de mimbre en que me sentaba yo durante las
horas de trabajo. Detrás de Hutte unas baldas de madera oscura cubrían la
mitad de la pared; había en ellas guías telefónicas y anuarios de todo tipo y de
los últimos cincuenta años. Hutte me había dicho con frecuencia que eran
herramientas de trabajo insustituibles de las que no pensaba desprenderse
nunca. Y que esas guías y esos anuarios formaban la más preciada y la más
emotiva biblioteca con que pudiera contar nadie, pues sus páginas recogían
multitud de seres y multitud de cosas y de mundos desaparecidos, de los que
ya sólo esos tomos daban testimonio.
—¿Qué va a hacer con todas esas guías? —le pregunté a Hutte, señalando
las baldas con un amplio ademán del brazo.
—Se quedan aquí, Guy. No dejo el alquiler del piso.
Lanzó en torno una rápida mirada. Las dos hojas de la puerta que daba
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

paso a la habitacioncita contigua estaban abiertas y se veían el sofá de terciopelo
tazado, la chimenea y el espejo en que se reflejaban las hileras de anuarios y de
guías y el rostro de Hutte. Nuestros clientes esperaban con frecuencia en esa
habitación. Una alfombra persa protegía la tarima. En la pared, cerca de la
ventana, había un icono colgado.
—¿En qué piensa, Guy?
—En nada. ¿Así que conserva el piso arrendado?
—Sí. Volveré a París de vez en cuando y la Agencia será mi vivienda de
paso.
Me alargó la pitillera.
—Me da menos pena si dejo la Agencia tal y como estaba.
Hacía más de ocho años que trabajábamos juntos. Había creado
personalmente aquella agencia de policía privada en 1947 y, antes de trabajar
conmigo, había trabajado con otras muchas personas. Nuestro cometido
consistía en proporcionar a los clientes eso que Hutte llamaba «informaciones
mundanas». Todo transcurría, como le gustaba decir, entre «gente de mundo».
—¿Cree que podrá vivir en Niza?
—Pues claro.
—¿No se aburrirá?
Soltó el humo del cigarrillo.
—No queda más remedio que jubilarse un día, Guy.
Se levantó trabajosamente. Hutte debe de pesar más de cien kilos y medir
un metro noventa y cinco.
—El tren sale a las nueve menos cinco. Nos da tiempo a tomar algo.
Fue delante de mí por el pasillo que lleva al recibidor, que tiene una curiosa
forma ovalada y paredes de un tono beige apagado. Una cartera negra, tan llena
que había sido imposible cerrarla, estaba en el suelo. Hutte la cogió. La llevaba
sosteniéndola con la mano.
—¿No tiene equipaje?
—Ya lo he enviado todo por delante.
Hutte abrió la puerta de la calle y yo apagué la luz del recibidor. En el
descansillo, Hutte titubeó un momento antes de cerrar la puerta y aquel
chasquido metálico me hizo sentir una punzada en el corazón. Marcaba el final
de una larga temporada de mi vida.
—Se queda uno chafado ¿eh, Guy? —me dijo Hutte; y se había sacado del
bolsillo del abrigo un pañuelo grande con el que se enjugaba la frente.
En la puerta seguía la placa rectangular de mármol negro en donde ponía,
en letras doradas con purpurina:
C. M. HUTTE
Investigaciones privadas
—Se queda donde está —me dijo Hutte.
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Y, luego, echó la llave.
Fuimos por la avenida de Niel hasta la plaza de Pereire. Era de noche y,
aunque estaba empezando el invierno, el aire era tibio. En la plaza de Pereire
nos sentamos en la terraza de Les Hortensias. A Hutte le gustaba este café
porque las sillas eran de rejilla, «como las de antes».
—¿Y usted qué va a hacer, Guy? —me preguntó tras tomar un sorbo de
coñac con agua.
—¿Yo? Estoy siguiendo una pista.
—¿Una pista?
—Sí. Una pista de mi pasado.
Dije esa frase con un tono pomposo que lo hizo sonreír.
—Siempre he creído que algún día recuperaría su pasado.
Esto lo dijo con acento muy serio; y me conmovió.
—Aunque, mire, Guy, me pregunto si realmente merece la pena.
Se quedó callado. ¿En qué pensaba? ¿En su propio pasado?
—Tome una llave de la Agencia. Puede ir por allí de vez en cuando. Me
gustaría que fuera.
Me alargó una llave que me metí en el bolsillo del pantalón.
—Y llámeme por teléfono a Niza. Téngame al corriente... en lo que tenga
que ver con su pasado...
Se puso de pie y me dio la mano.
—¿Quiere que lo acompañe a la estación?
—No, no... Resulta tan triste...
Salió del café de una única zancada, evitando mirar hacia atrás, y noté una
sensación de vacío. Aquel hombre había sido importantísimo para mí. Sin él, sin
su ayuda, me pregunto qué habría sido de mí hace diez años, cuando me quedé
amnésico de repente e iba a tientas por la niebla. Lo conmovió mi caso y, gracias
a toda la gente que conocía, me proporcionó incluso un estado civil.
—Mire —me dijo, abriendo un sobre grande en el que había un carnet de
identidad y un pasaporte—. Ahora se llama usted «Guy Roland».
Y aquel detective al que había ido a hacer una consulta para que usara su
pericia en buscar testigos o trazas de mi pasado, añadió:
—Mi querido «Guy Roland», a partir de ahora no vuelva a mirar atrás y
piense en el presente y en el futuro. Le propongo que trabaje conmigo...
Le caía bien porque —me enteré más adelante— él también había perdido
sus propias huellas y toda una parte de su vida naufragó de golpe, sin que
quedase ni el mínimo hilo conductor, ni el mínimo vínculo que hubiera podido
relacionarlo con el pasado. Pues ¿qué había en común entre ese anciano
exhausto a quien veía alejarse en la oscuridad de la noche, con aquel abrigo
raído y aquella cartera negra abultada y el jugador de tenis de antaño, el
apuesto y rubio barón báltico Constantin von Hutte?

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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

II
—¿Oiga? ¿Paul Sonachitzé?
—Al aparato.
—Soy Guy Roland... Ya sabe, el...
—Sí, claro que lo sé. ¿Podemos vernos?
—Como quiera...
—Por ejemplo... ¿esta noche alrededor de las nueve en la calle de Anatolede-la-Forge? ¿Le parece bien?
—De acuerdo.
—Lo espero. Hasta luego.
Colgó bruscamente y el sudor me corría por las sienes. Me había tomado
una copa de coñac para darme valor. ¿Por qué algo tan anodino como marcar
un número de teléfono me cuesta tanto trabajo y tanta aprensión?
En el bar de la calle de Anatole-de-la-Forge no había ningún cliente. Y él
estaba detrás de la barra, vestido de calle.
—Ha sido muy oportuno —me dijo—. Libro todos los miércoles por la
noche.
Se me acercó y me cogió por el hombro.
—He pensado mucho en usted.
—Gracias.
—Es algo que me preocupa en serio, ¿sabe?
Me habría gustado decirle que no se apurara por mí, pero no me salían las
palabras.
—Bien pensado, creo que debía usted de moverse en el entorno de alguien
a quien veía yo con frecuencia en determinado momento... Pero ¿quién?
Movía la cabeza.
—¿No puede darme una pista?
—No.
—¿Por qué?
—Porque ando muy mal de memoria.
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Lo tomó por una broma y, como si se tratase de un juego o de una
adivinanza, dijo:
—Bueno, pues ya me las apañaré solo. ¿Me da carta blanca?
—Por mí...
—Entonces esta noche me lo llevo a cenar a casa de un amigo.
Antes de salir, bajó con un gesto seco la palanca de un contador eléctrico y
cerró la puerta de madera maciza con varias vueltas de llave.
Tenía el automóvil aparcado en la acera de enfrente. Era negro y nuevo. Me
abrió la portezuela, muy educado.
—Este amigo que le digo regenta un restaurante muy agradable entre Villed’Avray y Saint-Cloud.
—¿Y vamos hasta allí?
—Sí.
Desde la calle de Anatole-de-la-Forge estábamos saliendo a la avenida de la
Grande-Armée y me entró la tentación de bajarme bruscamente del automóvil.
Ir hasta Ville-d’Avray me parecía insoportable. Pero tenía que ser valiente.
Hasta llegar a la Porte de Saint-Cloud tuve que luchar contra el pánico que
me tenía atenazado. Casi no conocía a Sonachitzé. ¿No me estaría llevando a
una encerrona? Pero, poco a poco, según lo oía hablar, me fui calmando. Me
citaba las diversas etapas de su vida profesional. Primero había trabajado en
salas de fiestas nocturnas rusas; luego, en el Langer, un restaurante en los
jardines de los Campos Elíseos; luego, en el Hotel Castille de la calle de
Cambon; y había pasado por otros establecimientos antes de regentar aquel bar
de la calle de Anatole-de-la-Forge. Siempre acababa por coincidir con Jean
Heurteur, el amigo a quien íbamos a ver, así que llevaban unos veinte años
formando un tándem. Heurteur también tenía buena memoria. Entre los dos,
seguro que resolvían «el enigma» que yo planteaba.
Sonachitzé conducía con mucha prudencia y tardamos casi tres cuartos de
hora en llegar.
Algo así como un bungalow cuyo lado izquierdo tapaba un sauce llorón. A
la derecha, divisaba una maraña de matorrales. El local del restaurante era
amplio. Desde el fondo, en donde brillaba una luz fuerte, se nos acercaba un
hombre. Me tendió la mano.
—Encantado. Soy Jean Heurteur.
Y, luego, le dijo a Sonachitzé:
—Hola, Paul.
Nos llevaba hacia el fondo de la sala. Estaba puesta una mesa para tres, en
cuyo centro había un ramo de flores.
Señaló una de las puertas acristaladas:
—Tengo clientes en el otro bungalow. Una boda.
—¿Nunca había venido aquí? —me preguntó Sonachitzé.
—No.
—Pues entonces enséñale la vista, Jean.
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Heurteur salió delante de mí a una veranda que daba a un estanque. A la
izquierda, un puentecillo abombado, de estilo chino, llevaba a otro bungalow,
en la otra orilla del estanque. Una luz violenta iluminaba las puertas vidrieras y,
tras ellas, vi pasar parejas. Estaban bailando. Nos llegaban desde lejos retazos
de música.
—No son muchos —me dijo— y me da la impresión de que esta boda va a
terminar en francachela.
Se encogió de hombros.
—Debería usted venir en verano. Las cenas son en la veranda. Resulta
agradable.
Volvimos a entrar en la sala del restaurante y Heurteur cerró la puerta
vidriera.
—Les he preparado una cena sin pretensiones.
Nos indicó con un ademán que nos sentásemos. Estaban juntos, enfrente de
mí.
—¿Qué vino le gusta? —me preguntó Heurteur.
—El que usted diga.
—¿Château-petrus?
—Es una idea estupenda, Jean —dijo Sonachitzé.
Un joven con chaqueta blanca nos servía. La luz del aplique de la pared me
caía encima y me deslumbraba. Los otros estaban en la sombra, pero
seguramente me habían sentado así para reconocerme mejor.
—¿Qué te parece, Jean?
Heurteur había empezado a tomar la galantina y me lanzaba, de vez en
cuando, una mirada aguda. Era moreno, como Sonachitzé, y, lo mismo que éste,
se teñía el pelo. El cutis granuloso, las mejillas fláccidas y unos labios finos de
gastrónomo.
—Sí, sí... —susurró.
A mí me hacía guiñar los ojos la luz. Nos puso vino.
—Sí..., sí..., yo creo que ya he visto al señor.
—Es un auténtico rompecabezas —dijo Sonachitzé—. Este caballero se
niega a encarrilarnos...
Parecía haberse adueñado de él una inspiración.
—Pero a lo mejor quiere usted que lo dejemos. ¿Prefiere seguir «de
incógnito»?
—En absoluto —dije sonriendo.
El joven estaba sirviendo una molleja de ternera.
—¿Cuál es su profesión? —me preguntó Heurteur.
—He estado trabajando ocho años en una agencia de policía privada, la
agencia de C. M. Hutte.
Me miraban fijamente, estupefactos.
—Pero es algo que seguramente no tiene relación alguna con mi vida
anterior. Así que no lo tengan en cuenta.
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—Es curioso —dijo Heurteur, clavándome los ojos—, no se le puede
calcular a usted la edad.
—Por el bigote, seguramente.
—Sin el bigote —dijo Sonachitzé— a lo mejor lo reconocíamos en el acto.
Y alargaba el brazo, me ponía la mano abierta debajo de la nariz para tapar
el bigote y guiñaba los ojos como el retratista ante su modelo.
—Cuanto más lo miro, más tengo la impresión de que pertenecía a un
grupo de noctámbulos... —dijo Heurteur.
—Pero ¿cuándo? —preguntó Sonachitzé.
—Huy..., hace mucho... Hace una eternidad que no trabajamos ya en las
salas de fiestas, Paul...
—¿Te parece que la cosa se remonta a la época del Tanagra?
Heurteur me clavaba una mirada cada vez más intensa.
—Disculpe —me dijo—. ¿Podría ponerse de pie un momento?
Obedecí. Me miraba de arriba abajo y de abajo arriba.
—Pues sí, me recuerda a un cliente. Tiene usted una estatura... Espere...
Había alzado la mano y se quedaba petrificado como si quisiera aferrar
algo que corría el riesgo de disiparse de un momento a otro.
—Espere... Espere... Ya está, Paul.
Tenía una sonrisa triunfal.
—Ya puede volver a sentarse.
Estaba exultante. Con la seguridad de que lo que iba a decir causaría efecto.
Nos servía vino a Sonachitzé y a mí de forma ceremoniosa.
—Pues sí... Siempre lo acompañaba un hombre tan alto como usted... Quizá
más alto aún... ¿No te recuerda nada, Paul?
—Pero ¿a qué época te refieres?
—A la del Tanagra, claro...
—¿Un hombre tan alto como él? —repitió Sonachitzé para sus adentros—.
¿En el Tanagra?...
—¿No caes?
Heurteur se encogió de hombros.
Ahora le tocaba a Sonachitzé sonreír con expresión triunfante. Asentía con
la cabeza.
—Ya veo...
—¿Y qué?
—Stioppa.
—Pues claro, Stioppa.
Sonachitzé se volvió hacia mí.
—¿Conocía a Stioppa?
—A lo mejor —dije prudentemente.
—Claro que sí... —dijo Heurteur—. Iba con Stioppa muchas veces... Estoy
seguro...
—Stioppa...
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Por la forma en que lo pronunciaba Sonachitzé era seguramente un nombre
ruso.
—Era él quien pedía siempre a la orquesta que tocase... Alaverdi... —dijo
Heurteur—. Una canción del Cáucaso.
—¿Lo recuerda? —me dijo Sonachitzé, apretándome con fuerza la
muñeca—. Alaverdi...
Le relucían los ojos al silbar la melodía. Yo también me sentía emocionado
de repente. Me daba la impresión de que reconocía esa melodía.
En aquel momento, el camarero que nos había servido la cena se acercó a
Heurteur y le indicó algo al fondo de la sala.
En una de las mesas, en la penumbra, había una mujer sentada, sola.
Llevaba un vestido azul pálido y tenía apoyada la barbilla en las palmas de las
manos. ¿En qué ensoñaciones estaba perdida?
—La novia.
—¿Qué hace ahí? —preguntó Heurteur.
—No lo sé —dijo el camarero.
—¿Le ha preguntado si quería algo?
—No. No. No quiere nada.
—¿Y los demás?
—Han pedido otras diez botellas de Krug.
Heurteur se encogió de hombros.
—No es cosa mía.
Y Sonachitzé, que no se había fijado en absoluto ni en la «novia» ni en lo
que decía el camarero, me repetía:
—¿Y qué?... Stioppa... ¿Se acuerda de Stioppa?
Estaba tan fuera de sí que acabé por responderle, con una sonrisa que
pretendía ser misteriosa:
—Sí, sí. Algo...
Se volvió hacia Heurteur y le dijo con tono solemne:
—Se acuerda de Stioppa.
—Sí, eso es lo que pensaba yo.
El camarero de chaqueta blanca seguía quieto delante de Heurteur, con
expresión apurada.
—Señor, me parece que van a utilizar las habitaciones... ¿Qué hay que
hacer?
—Ya me figuraba yo —dijo Heurteur— que esta boda iba a acabar mal...
Bueno, chico, pues que hagan lo que quieran. No es cosa nuestra.
La novia seguía allí, quieta en su mesa. Había cruzado los brazos.
—Me pregunto por qué se queda ahí sola —dijo Heurteur—. Pero, bueno,
el caso es que no es en absoluto cosa nuestra.
Y hacía un ademán con el dorso de la mano como si quisiera espantar una
mosca.
—Nosotros a lo que estábamos —dijo—. ¿Así que admite que conoció a
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Stioppa?
—Sí —suspiré.
—Por lo tanto era de la misma pandilla... Una pandilla la mar de animada,
¿verdad, Paul?...
—Huy..., todos desaparecieron —dijo Sonachitzé con voz lúgubre—. Menos
usted, caballero... Estoy encantado de haber podido... «localizarlo»... Era usted
de la pandilla de Stioppa... Enhorabuena... Era una época mucho más bonita
que la nuestra y, sobre todo, la gente era de mejor calidad que ahora...
—Y, sobre todo, éramos más jóvenes —dijo Heurteur riéndose.
—¿Y eso cuándo fue? —les pregunté con el corazón palpitante.
—Las fechas no son lo nuestro —dijo Sonachitzé—. De todas formas, fue en
tiempos del diluvio...
De repente, estaba abatido.
—A veces se dan coincidencias —dijo Heurteur.
Y se puso de pie, fue hacia una barra pequeña, en una esquina de la sala, y
nos trajo un periódico que hojeó. Por fin, me alargó el periódico indicándome el
siguiente anuncio:
«Nos ruegan que comuniquemos el fallecimiento de Marie de Resen el 25
de octubre, a los noventa y dos años de edad.
»De parte de su hijo, de su hija, de sus nietos, sobrinos y sobrinos nietos.
»Y de parte de sus amigos Georges Sacher y Stioppa de Djagoriew.
»La ceremonia religiosa previa a la inhumación en el cementerio de SainteGeneviève-des-Bois se celebrará el 4 de noviembre a las 16 horas en la capilla
del cementerio.
»El oficio del noveno día se celebrará el 5 de noviembre en la iglesia
ortodoxa rusa, en el número 19 de la calle de Claude-Lorrain, París, XVI.
»Este aviso hace las veces de esquela.»
—¿Entonces Stioppa vive? —dijo Sonachitzé—. ¿Todavía lo ve?
—No —dije.
—Hace bien. Hay que vivir en el presente. Jean, ¿nos das una copa de algo?
—Ahora mismo.
A partir de ese momento parecieron desinteresarse por completo de
Stioppa y de mi pasado. Pero no tenía importancia, porque al fin había dado
con una pista.
—¿Me puede dejar ese periódico? —pregunté con fingida indiferencia.
—Pues claro —dijo Heurteur.
Brindamos. Así que de lo que había sido yo antaño sólo quedaba una
silueta en la memoria de dos barmans. Y ni siquiera eso, porque la ocultaba a
medias la de un tal Stioppa de Djagoriew. Y de ese Stioppa no habían vuelto a
saber nada «desde tiempos del diluvio», como decía Sonachitzé.
—¿Así que es usted detective privado? —me preguntó Heurteur.
—Ya no. Mi jefe acaba de jubilarse.
—¿Y usted? ¿Usted sigue?
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Me encogí de hombros sin contestar.
—En cualquier caso, estaré encantado de volver a verlo. Vuelva por aquí
cuando quiera.
Se había levantado y nos tendía la mano.
—Disculpen... Los estoy echando, pero es que todavía tengo que hacer las
cuentas... Y esos de ahí, con su francachela...
Indicó el estanque con un ademán.
—Adiós, Jean.
—Adiós, Paul.
Heurteur me miraba, pensativo. Con voz muy lenta dijo:
—Ahora que está de pie, me recuerda otra cosa...
—¿Qué te recuerda? —preguntó Sonachitzé.
—A un cliente que volvía todas las noches a las tantas cuando trabajábamos
en el Hotel Castille...
Sonachitzé me miraba ahora también, de pies a cabeza.
—Bien pensado, es posible —me dijo— que sea usted un antiguo cliente del
Hotel Castille...
Sonreí, apurado.
Sonachitzé me cogió el brazo y cruzamos la sala del restaurante, aún más
oscura que cuando llegamos. La novia vestida de azul pálido ya no estaba en la
mesa de antes. Fuera, oímos ráfagas de música y risas que llegaban desde el
otro lado del estanque.
—Por favor —le pregunté a Sonachitzé—, ¿puede recordarme qué canción
era esa que siempre pedía aquel... aquel...?
—¿Aquel Stioppa?
—Sí.
Empezó a silbar los primeros compases. Luego se detuvo.
—¿Va a volver a ver a Stioppa?
—A lo mejor.
Me apretó el brazo con mucha fuerza.
—Dígale que Sonachitzé todavía se acuerda de él muchas veces.
No dejaba de mirarme:
—En el fondo, es posible que tenga razón Jean. Era usted un cliente del
Hotel Castille... Intente recordar... El Hotel Castille, de la calle de Cambon...
Desvié el rostro y abrí la puerta del automóvil. Había alguien acurrucado
en el asiento delantero, con la frente apoyada en el cristal. Me incliné y reconocí
a la novia. Dormía, con el vestido azul cielo subido hasta medio muslo.
—Hay que sacarla de ahí —me dijo Sonachitzé.
La zarandeé con suavidad, pero seguía durmiendo. Entonces la cogí por la
cintura y conseguí sacarla del automóvil.
—No la vamos a dejar en el suelo —dije.
La llevé en brazos hasta el hostal. Había dejado caer la cabeza en mi
hombro y el pelo rubio me acariciaba el cuello. Llevaba un perfume con un
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

toque especiado que me recordaba algo. Pero ¿qué?

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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

III
Eran las seis menos cuarto. Le propuse al taxista que me esperase en una
callecita, la calle de Charles-Marie-Widor, y fui por ella a pie hasta la calle de
Claude-Lorrain, en donde estaba la iglesia rusa.
Un pabellón de un piso en cuyas ventanas había visillos de gasa. A la
derecha, un paseo muy largo. Me aposté en la acera de enfrente.
Lo primero que vi fueron dos mujeres que se detuvieron delante de la
puerta del pabellón. Una era morena con el pelo corto y un chal de lana negra;
la otra, una rubia muy maquillada, lucía un sombrero gris con la misma forma
que los de los mosqueteros. Las oí hablar en francés.
De un taxi se estaba bajando trabajosamente un anciano corpulento,
completamente calvo y con unas bolsas abultadas bajo los ojos rasgados de
mogol. Se metió por el paseo.
A la izquierda, procedente de la calle de Boileau, se me acercaba un grupo
de cinco personas. Delante, iban dos mujeres maduras que sostenían por los
brazos a un anciano, un anciano tan blanco y tan frágil que parecía de escayola
reseca. Detrás venían dos hombres que se parecían, padre e hijo seguramente,
los dos con trajes grises de rayas, de corte elegante; el padre tenía pinta de
guaperas; el hijo era de pelo rubio y ondulado. En ese mismo instante, frenó un
automóvil a la altura del grupo y bajó otro anciano, tieso y ágil, envuelto en una
capa loden y con el pelo gris a cepillo. Tenía porte de militar. ¿Sería Stioppa?
Iban entrando todos en la iglesia por una puerta lateral, al fondo del paseo.
Me habría gustado seguirlos, pero mi presencia entre ellos les habría llamado la
atención. Notaba una angustia cada vez mayor al pensar que corría el riesgo de
no identificar a Stioppa.
Acababa de aparcar un automóvil algo más allá, a la derecha. Salieron dos
hombres y, luego, una mujer. Uno de los hombres era muy alto y llevaba un
gabán azul marino. Crucé la calle y los esperé.
Se acercan, se acercan. Me da la impresión de que el hombre alto se me
queda mirando antes de meterse por el paseo con las otras dos personas. Tras
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

las ventanas con vidrieras que dan a la avenida, arden unos cirios. El hombre se
agacha para entrar por la puerta, que le resulta muy, muy baja; y tengo la
certidumbre de que es Stioppa.

El motor del taxi estaba en marcha, pero ya no había nadie al volante. Una
de las puertas estaba entornada, como si el conductor fuera a volver de un
momento a otro. ¿Dónde podía estar? Miré en torno y decidí dar la vuelta a la
manzana para buscarlo.
Lo encontré en un café muy próximo, en la calle de Chardon-Lagache.
Estaba sentado a una mesa, ante una jarra de cerveza.
—¿Tiene usted aún para mucho rato? —me dijo.
—Pues... unos veinte minutos.
Un rubio de piel blanca, de mejillas gruesas y ojos azules y saltones. Creo
que nunca había visto a un hombre que tuviera tan carnosos los lóbulos de las
orejas.
—¿No le importa que deje el taxímetro en marcha?
—No me importa.
Sonrió con amabilidad.
—¿No tiene miedo de que le roben el taxi?
Se encogió de hombros.
—La verdad es que...
Pidió un bocadillo de chicharrones y se puso a comérselo
concienzudamente clavando en mí una mirada apagada.
—¿Qué está usted esperando exactamente?
—Que salga alguien de la iglesia rusa que hay un poco más abajo.
—¿Es usted ruso?
—No.
—Vaya bobada..., debería haberle preguntado a qué hora acababa... Le
habría salido más barato...
—Qué le vamos a hacer.
Pidió otra jarra de cerveza.
—¿Puede ir a comprarme un periódico? —me dijo.
Hizo ademán de sacar unas monedas del bolsillo, pero no le dejé.
—No se moleste...
—Gracias... Tráigame Le Hérisson. Muy agradecido, ¿eh?
Anduve dando vueltas un buen rato antes de encontrar un quiosco de
periódicos en la avenida de Versailles. Le Hérisson era una publicación cuyo
papel tenía un tono verde cremoso.
Lo leía con el ceño fruncido y volviendo las páginas tras humedecerse el
índice con la lengua. Y yo miraba cómo aquel grandullón rubio de ojos azules y
piel blanca leía ese periódico verde.
No me atrevía a interrumpirle la lectura. Por fin, miró su diminuto reloj de
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pulsera.
—Más vale que nos vayamos.
En la calle de Charles-Marie-Widor se puso al volante del taxi y le rogué
que esperase. Fui otra vez a apostarme delante de la iglesia rusa, pero en la
acera opuesta.
Nadie. A lo mejor ya se habían ido todos. En tal caso no tenía oportunidad
alguna de volver a dar con el rastro de Stioppa de Djagoriew, porque aquel
nombre no aparecía en la guía telefónica de París. Los cirios seguían ardiendo
detrás de las vidrieras que daban al paseo. ¿Habría conocido yo acaso a aquella
señora tan anciana por quien se estaba celebrando el oficio? Si tenía trato
frecuente con Stioppa, era probable que me hubiera presentado a sus amigos y,
seguramente, a esa Marie de Resen. Debía de ser mucho mayor que nosotros
por aquel entonces.
La puerta por la que habían entrado y que daba paso a la capilla, esa puerta
que yo no dejaba de vigilar, se abrió de pronto y apareció en su marco la mujer
rubia con sombrero de mosquetero. Detrás iba la morena del chal negro. Luego,
el padre y el hijo, con sus trajes grises de rayas, sosteniendo al anciano de
escayola que hablaba con el hombre grueso y calvo con cara de mogol. Y éste se
inclinaba y pegaba casi la oreja a la boca de su interlocutor: la voz del anciano
de escayola no debía de ser seguramente sino un soplo. Detrás venían más
personas. Yo acechaba a Stioppa, con el corazón palpitante.
Por fin salió, entre los últimos. La elevada estatura y el abrigo azul marino
me permitían no perderlo de vista, porque había mucha gente, al menos
cuarenta personas. La mayoría eran ya de cierta edad, pero me fijé en unas
cuantas mujeres jóvenes e incluso en dos niños. Todos seguían en el paseo y
charlaban entre sí.
Parecía el patio de recreo de un colegio de provincias. Habían sentado al
anciano de tez de escayola en un banco e iban todos a saludarlo por turnos.
¿Quién sería? ¿Ese «Georges Sacher» que mencionaba la necrológica del
periódico? ¿O algún antiguo alumno de la Escuela de Pajes? ¿Quizá él y la
señora aquella, Marie de Resen, vivieron un breve idilio en San Petersburgo o a
orillas del Mar Negro antes de que todo se derrumbara? También el calvo gordo
de los ojos mogoles estaba muy solicitado. El padre y el hijo, con sus trajes
grises de rayas, iban de grupo en grupo como dos bailarines mundanos van de
mesa en mesa.
Parecían muy pagados de sí mismos y el padre, de vez en cuando, se reía
echando hacia atrás la cabeza, cosa que me parecía fuera de lugar.
En cuanto a Stioppa, estaba hablando muy serio con la mujer del sombrero
gris de mosquetero. La cogía por el brazo y por el hombro con un ademán de
respetuoso afecto. Debía de haber sido muy apuesto. Le calculaba unos setenta
años. Tenía el rostro un poco abotagado y estaba un tanto calvo, pero la nariz de
buen tamaño y el porte de la cabeza me parecían patricios. Al menos tal era la
impresión que me daba desde lejos.
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

Corría el tiempo. Había transcurrido media hora casi y seguían charlando.
Temía que alguno de ellos acabara por fijarse en mí, allí plantado en la acera. ¿Y
el taxista? Volví a zancadas a la calle de Charles-Marie-Widor. El motor seguía
en marcha y el taxista estaba sentado al volante, sumido en la lectura del
periódico de color verde cremoso.
—¿Qué hay? —me preguntó.
—No lo sé —le dije—. A lo mejor tenemos que esperar otra hora.
—¿Su amigo no ha salido todavía de la iglesia?
—Sí, pero está de charla con otras personas.
—¿Y no puede decirle que venga?
—No.
Clavó en mí los ojos azules y saltones con expresión intranquila.
—No se preocupe —le dije.
—Es por usted..., no me queda más remedio que dejar el taxímetro en
marcha.
Me volví a mi puesto, delante de la iglesia rusa.
Stioppa había avanzado unos cuantos metros. No estaba ya, efectivamente,
al fondo del paseo, sino en la acera, en el centro de un grupo que formaban la
mujer rubia con sombrero de mosquetero, la mujer morena del chal negro, el
hombre calvo de ojos rasgados de mogol y otros dos hombres.
Esta vez crucé la calle y me coloqué a su lado, dándoles la espalda. Los
sonidos acariciadores de las voces rusas me rodeaban y aquel timbre más grave,
más metálico que los otros, ¿era el de la voz de Stioppa? Me volví. Le estaba
dando un largo abrazo a la mujer rubia del sombrero de mosquetero, la
zarandeaba casi, y se le crispaban los rasgos en un rictus doloroso. Luego
abrazó de forma semejante al gordo calvo de ojos rasgados; y a los demás, por
turno. Ha llegado el momento de irse, pensé. Fui corriendo hasta el taxi y me
arrojé en el asiento de atrás.
—Rápido..., vaya recto..., delante de la iglesia rusa.
Stioppa seguía hablándoles.
—¿Qué hago? —me preguntó el taxista.
—¿Ve al individuo alto y de azul marino?
—Sí.
—Habrá que seguirlo si se marcha en automóvil.
El taxista se volvió y me miró fijamente con los ojos saltones.
—Oiga, señor, espero que no se trate de nada peligroso.
—No se preocupe —le dije.
Stioppa se estaba apartando del grupo; anduvo unos pocos pasos y, sin
darse la vuelta, agitó el brazo. Los demás, inmóviles, lo miraban alejarse. La
mujer del sombrero gris de mosquetero estaba algo destacada del grupo,
sacando pecho como un mascarón de proa, y el viento le acariciaba suavemente
la gran pluma del sombrero.
Stioppa tardó un rato en abrir la puerta de su automóvil. Me parece que se
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Calle de las Tiendas Oscuras

confundió de llave. Cuando estuvo sentado al volante, me incliné hacia el
taxista.
—Siga al coche en el que se ha metido el individuo de azul marino.
Y deseaba no estarme lanzando tras una pista falsa, pues nada me indicaba
en realidad que aquel hombre fuera efectivamente Stioppa de Djagoriew.

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IV
No resultaba muy difícil seguirlo: conducía despacio. En Porte de Maillot se
saltó un semáforo y el taxista no se atrevió a hacer otro tanto. Pero lo
alcanzamos en el bulevar Maurice-Barrès. Los dos automóviles se detuvieron
juntos ante un paso de peatones. Me lanzó una mirada distraída, como hacen
los automovilistas que se encuentran pegados uno a otro en los
embotellamientos.
Aparcó el automóvil en el bulevar Richard-Wallace, delante de los últimos
edificios próximos al puente de Puteaux y al Sena. Se metió por el bulevar
Julien-Potin y yo pagué al taxista.
—Buena suerte, caballero —me dijo—. Y sea prudente...
Intuí que me seguía con la mirada cuando me metí yo también por el
bulevar Julien-Potin. A lo mejor temía por mí.
Caía la noche. Una vía estrecha flanqueada de edificios anodinos del
período de entreguerras, con lo que el trazo era como de una única fachada
larga, a ambos lados y de punta a punta de aquel bulevar Julien-Potin. Stioppa
iba unos diez metros por delante de mí. Giró a la derecha, en la calle de ErnestDeloison, y entró en una tienda de ultramarinos.
Se acercaba el momento de abordarlo. Se me hacía muy cuesta arriba por lo
tímido que soy y temía que me tomase por un loco: tartamudearía, le diría cosas
deshilvanadas. A menos que me reconociese en el acto y entonces lo dejaría
hablar.
Salía de la tienda de ultramarinos con una bolsa de papel en la mano.
—¿El señor Stioppa de Djagoriew?
Pareció muy sorprendido. Teníamos las caras a la misma altura, lo que me
intimidaba aún más.
—El mismo. Pero ¿usted quién es?
No, no me reconocía. Hablaba francés sin acento. Había que tener valor.
—Lle... llevaba mucho tiempo... queriendo verlo.
—¿Y eso por qué, caballero?
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—Estoy escribiendo... escribiendo un libro sobre la Emigración. Y...
—¿Es usted ruso?
Era la segunda vez que me hacían esa pregunta. También me lo había
preguntado el taxista. En el fondo, a lo mejor sí que había sido ruso.
—No.
—¿Y se interesa por la Emigración?
—Estoy... estoy... escribiendo un libro sobre la Emigración. Y alguien...
alguien me aconsejó que viniera a verlo... Paul Sonachitzé...
—¿Sonachitzé?...
Lo pronunciaba a lo ruso. Y resultaba muy dulce: el rumor del viento en las
hojas.
—Un apellido georgiano... No lo conozco...
Fruncía el ceño.
—Sonachitzé..., no...
—No querría molestarlo, caballero. Sólo quiero hacerle unas cuantas
preguntas.
—Pero si lo atenderé con mucho gusto.
Sonreía, con sonrisa triste.
—Un asunto trágico este de la Emigración... Pero ¿cómo es que me llama
Stioppa?
—Yo... no..., yo...
—La mayoría de las personas que me llamaban Stioppa han muerto. Y las
que quedan deben de contarse con los dedos de una mano.
—Fue... ese Sonachitzé...
—No lo conozco.
—¿Podría... podría hacerle... unas cuantas preguntas?
—Sí... ¿Quiere venir a mi casa? Charlaremos.
En el bulevar Julien-Potin, tras haber entrado por una puerta cochera,
cruzamos una glorieta que bordeaban bloques de edificios. Nos metimos en un
ascensor de madera con puerta de doble hoja y con verja. Y, por culpa de
nuestra estatura y de lo exiguo que era el ascensor, teníamos que llevar las
cabezas agachadas y mirando cada una hacia un lado para que no se nos
juntasen las frentes.
Vivía en la quinta planta, en un piso de dos habitaciones. Me recibió en su
cuarto y se tendió en la cama.
—Disculpe —me dijo—, pero el techo es demasiado bajo. Uno se ahoga de
pie.
Efectivamente, no mediaban sino pocos centímetros entre aquel techo y mi
coronilla y me veía obligado a agacharme. Además, a él y a mí nos sobraba una
cabeza al pasar por el marco de la puerta de comunicación y supuse que se
habría magullado la frente con frecuencia.
—Échese usted también..., si quiere...
Me indicaba un sofá pequeño de terciopelo verde claro, cerca de la ventana.
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—Que no le dé apuro..., estará usted mucho más cómodo echado... Incluso
sentado se nota uno como en una jaula demasiado pequeña... Que sí, que sí...,
que se eche...
Me eché.
Había encendido una lámpara con la pantalla rosa salmón, que estaba en la
mesilla de noche, y el resultado era un foco de luz suave y sombras en el techo.
—¿Así que le interesa la Emigración?
—Mucho.
—Y, sin embargo, todavía es joven...
¿Joven? Nunca había pensado que pudiera ser joven. Un espejo grande con
marco dorado estaba colgado en la pared, muy cerca de mí. Me miré el rostro.
¿Joven?
—Pues... no soy tan joven...
Hubo un momento de silencio. Tendidos los dos a ambos lados del cuarto,
parecíamos fumadores de opio.
—Vengo de un funeral —me dijo—. Lástima que no haya conocido usted a
esa mujer tan anciana que ha muerto... Habría podido contarle montones de
cosas... Era una de las personas más notables de la Emigración...
—¿Ah, sí?
—Una mujer muy valiente. Al principio, puso un saloncito de té en la calle
de Le Mont-Thabor y le echaba una mano a todo el mundo... Estaba la cosa muy
difícil...
Se sentó al borde de la cama, con la espalda doblada y los brazos cruzados.
—Yo tenía quince años por entonces... Si echo la cuenta, ya no queda casi
nadie...
—Queda... Georges Sacher... —dije al azar.
—No por mucho tiempo. ¿Lo conoce?
¿Era el anciano de escayola? ¿O el gordo calvo de cara de mogol?
—Mire —me dijo—. No puedo hablar ya de estas cosas... Me ponen
demasiado triste... Puedo sencillamente enseñarle fotos... Tienen los nombres y
las fechas detrás..., ya se las apañará usted.
—Es usted muy amable, la verdad, tomándose tantas molestias.
Me sonrió.
—Tengo montones de fotos... Puse los nombres y las fechas en la parte de
atrás porque a uno se le olvida todo...
Se levantó y, agachándose, fue a la habitación de al lado.
Lo oí abrir un cajón. Volvió con una caja roja grande en la mano, se sentó en
el suelo y apoyó la espalda en el filo de la cama.
—Venga a sentarse a mi lado. Será más práctico para ver las fotos.
Obedecí. En la tapa de la caja estaba grabado en letras góticas el nombre de
una confitería. La abrió. Estaba llena de fotos.
—Aquí dentro tiene usted —me dijo— a las principales figuras de la
Emigración.
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Patrick Modiano

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Me iba pasando las fotos, una a una, diciéndome el nombre y la fecha que
había leído por detrás; y aquello era una letanía a la que los nombres rusos
prestaban una sonoridad peculiar, ora retumbante como un ruido de platillos,
ora quejumbrosa y casi ahogada. Trubetzkoi, Orbeliani, Sheremetev, Galitzin,
Eristoff, Obolenski, Bagration, Chavchavadzé... A veces, me quitaba una foto y
volvía a consultar el nombre y la fecha. Fotos de fiestas. La mesa del gran duque
Boris en una gala en Le Château-Basque, mucho después de la Revolución. Y
aquella floración de rostros en la foto de una cena «en blanco y negro» de 1914...
Fotos de una clase del liceo Alexandre de San Petersburgo.
—Mi hermano mayor...
Me iba pasando las fotos cada vez más deprisa y ya ni siquiera las miraba.
Aparentemente, tenía ganas de acabar de una vez. De repente, me paré en una
de ellas, de papel más grueso que las demás y en cuyo dorso no había
indicaciones.
—¿Qué sucede? —me preguntó—. ¿Hay algo que lo intrigue, caballero?
En primer plano, un anciano, tieso y sonriente, sentado en un sillón. Detrás
de él, una joven rubia con los ojos muy claros. En torno, grupitos de personas, la
mayoría de espaldas. Y, a la izquierda, con el brazo derecho cortado por el
borde de la foto y la mano en el hombro de la joven rubia, un hombre muy alto
con temo príncipe de Gales, de unos treinta años, moreno y con un bigote fino.
Creo en serio que era yo.
Me arrimé a Stioppa. Teníamos ambos la espalda apoyada en el filo de la
cama, las piernas estiradas en el suelo y los hombros en contacto.
—Dígame quiénes son estas personas —le pregunté.
Cogió la foto y la miró con expresión cansada.
—Éste era Giorgiadzé...
Y me indicaba al viejo sentado en el sillón.
—Estuvo en el consulado de Georgia en París hasta que...
Dejaba la frase sin acabar, como si yo tuviera que entender en el acto lo que
venía después.
—Ella era su nieta... La llamaban Gay... Gay Orlow... Emigró a América con
sus padres...
—¿La conoció?
—No mucho. No. Estuvo mucho tiempo en América.
—¿Y éste? —pregunté con voz inexpresiva, señalándome en la foto.
—¿Éste?
Fruncía el ceño.
—A éste... no lo conozco.
—¿De verdad?
—No.
Tomé aire.
—¿No cree que tiene un parecido conmigo?
Me miró.
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—¿Un parecido con usted? No. ¿Por qué?
—Por nada.
Me alargaba otra foto.
—Mire..., la casualidad hace bien las cosas...
Era la foto de una niña vestida de blanco, con una larga melena rubia, y
estaba tomada en una ciudad balnearia, porque se veían cabinas, un trozo de
playa y de mar. Por detrás, ponía en tinta violeta: «Galina Orlow — Yalta.»
—¿Ve? Es la misma... Gay Orlow... Se llamaba Galina... Aún no tenía el
nombre americano...
Y me señalaba a la joven rubia de la otra foto, que seguía yo teniendo en la
mano.
—Mi madre guardaba todas estas cosas...
Se levantó de repente:
—¿No le importa que lo dejemos aquí? Me da vueltas la cabeza...
Se pasaba una mano por la frente.
—Voy a cambiarme... Si quiere, podemos cenar juntos...
Me quedé solo, sentado en el suelo, con las fotos desperdigadas a mi
alrededor. Las puse en la caja grande y roja y sólo dejé fuera dos, que coloqué
encima de la cama: la foto en que aparecía yo junto a Gay Orlow y el anciano
Giorgiadzé y la de Gay Orlow de niña, en Yalta. Me puse de pie y me acerqué a
la ventana.
Era de noche. Otra glorieta rodeada de edificios. Al fondo, el Sena y, a la
izquierda, el puente de Puteaux. Y la isla, que se prolongaba. Cruzaban el
puente filas de automóviles. Miraba todas esas fachadas y todas esas ventanas,
iguales que la ventana tras la que estaba yo. Y había encontrado, en aquel
dédalo de escaleras y ascensores, entre aquellos cientos de alveolos, un hombre
que quizá...
Pegué la frente al cristal. Abajo, alumbraba los portales de todos los
edificios una luz amarilla que se quedaría encendida toda la noche.

—El restaurante está aquí al lado —me dijo.
Cogí las dos fotos que había dejado encima de la cama.
—Señor De Djagoriew —le pregunté—, ¿tendría la amabilidad de
prestarme estas dos fotos?
—Se las regalo.
Me indicó la caja roja:
—Le regalo todas las fotos.
—Pero... yo...
—Tómelas.
Lo dijo con tono tan imperativo que no pude por menos de obedecer.
Cuando salimos del piso, llevaba la caja grande debajo del brazo.
Al salir a la calle, tiramos por el muelle del Général-Kœnig.
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Bajamos por una escalera de piedra y, a la orilla misma del Sena, había un
edificio de ladrillos. Encima de la puerta, un rótulo: «Bar Restaurant de l’Île».
Entramos. Una sala de techo bajo, con mesas con manteles de papel blanco
y sillones de mimbre. Por las ventanas, se veían el Sena y las luces de Puteaux.
Nos sentamos al fondo. Éramos los únicos clientes.
Stioppa buscó en el bolsillo y puso en el centro de la mesa el paquete que le
había visto comprar en la tienda de ultramarinos.
—¿Lo de siempre? —le preguntó el camarero.
—Lo de siempre.
—¿Y el señor? —preguntó el camarero, señalándome.
—El señor tomará lo mismo que yo.
El camarero nos sirvió enseguida dos platos de arenques del Báltico y nos
llenó de agua mineral unos vasos del tamaño de dedales. Stioppa sacó del
paquete que estaba en el centro de la mesa unos pepinos que compartimos.
—¿Le parece bien? —me preguntó.
—Sí.
Había dejado la caja roja encima de una silla, a mi lado.
—¿De verdad no quiere conservar todos esos recuerdos? —le pregunté.
—No. Ahora son suyos. Le paso la antorcha.
Comimos en silencio. Se deslizaba por el río una gabarra, tan cerca que me
dio tiempo a ver, en el marco de la ventana, a sus ocupantes, sentados alrededor
de una mesa y cenando también ellos.
—¿Y esa... Gay Orlow? —le dije—. ¿Sabe qué ha sido de ella?
—¿Gay Orlow? Me parece que se murió.
—¿Se murió?
—Eso creo. Debí de coincidir con ella dos o tres veces... Casi no la conocía...
Quien era amiga de ese anciano, de Giorgiadzé, era mi madre. ¿Quiere pepino?
—Gracias.
—Por lo visto llevó una vida muy agitada en América...
—¿Y no sabe quién podría darme alguna información acerca de esa... Gay
Orlow?
Me lanzó una mirada enternecida.
—Mi buen amigo..., nadie... Quizá alguien en América...
Pasó otra gabarra, negra, lenta, como abandonada.
—De postre tomo siempre un plátano —me dijo—. ¿Y usted?
—Yo también.
Nos comimos los plátanos.
—¿Y los padres de esa... Gay Orlow? —pregunté.
—Debieron de morirse en América. La gente se muere en todas partes,
¿sabe?
—¿Giorgiadzé no tenía más familia en Francia?
Se encogió de hombros.
—Pero ¿por qué le interesa tanto Gay Orlow? ¿Era su hermana?
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Me sonreía amablemente.
—¿Un café? —me preguntó.
—No, gracias.
—Yo tampoco.
Quiso pagar la cuenta, pero me adelanté. Salimos del restaurante de l’Île y
me cogió el brazo para subir las escaleras del muelle. Se había levantado niebla,
una niebla a la vez suave y gélida, que le llenaba a uno los pulmones con una
frescura tal que daba la sensación de ir flotando por el aire. En la acera del
muelle, apenas si pude divisar los bloques de edificios a una distancia de pocos
metros.
Lo fui guiando como si fuera ciego hasta la glorieta alrededor de la cual las
entradas de las casas eran manchas amarillas y los únicos puntos de referencia.
Me dio la mano.
—Intente dar con Gay Orlow pese a todo —me dijo—. Ya que tiene tanto
empeño...
Lo vi entrar en el portal iluminado del edificio. Se detuvo y me hizo una
seña con la mano. Me quedé quieto, con la caja grande y roja debajo del brazo,
como un niño que vuelve de una merienda de cumpleaños; y tenía la seguridad
de que, en ese preciso instante, aún me estaba diciendo algo, pero que la niebla
le ahogaba el ruido de la voz.

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V
En la postal, el Paseo de los Ingleses; y es verano.
Mi querido Guy, he recibido su carta. Aquí todos los días son iguales,
pero Niza es una ciudad muy bonita. Debería venir a verme.
Curiosamente, a veces me encuentro al volver una esquina a tal o cual
persona a la que llevaba treinta años sin ver, o a tal otra que creía que
estaba muerta. Y nos damos un susto mutuo. Niza es una ciudad de
fantasmas y de espectros, pero espero tardar un poco en unirme a ellos.
En lo referido a esa mujer a la que busca, lo mejor sería que llamase a
Bernardy, Mac Mahon 00-08. Sigue teniendo unas relaciones muy
estrechas con la gente de los diferentes servicios. Tendrá mucho gusto en
informarlo a usted.
A la espera de verlo por Niza, mi querido Guy, reciba afectuosos
recuerdos...
HUTTE
P. S. Ya sabe que puede disponer de la sede de la Agencia.

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VI
23 de octubre de 1965
Asunto: ORLOW, Galina, conocida por «Gay» ORLOW. Nacida en: Moscú (Rusia)
en 1914, hija de Kyril ORLOW y de Irene GIORGIADZÉ.
Nacionalidad: apátrida. (Ni a los padres de la señorita ORLOW ni a ella, por su
condición de refugiados rusos, los reconocía como súbditos el Gobierno de
la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.) La señorita ORLOW tenía una
tarjeta ordinaria de residente. Es posible que llegase a Francia en 1936,
procedente de los Estados Unidos.
En los Estados Unidos contrajo matrimonio con un tal Waldo Blunt, del que
se divorció posteriormente. La señorita ORLOW vivió sucesivamente en:
Hôtel Chateaubriand, calle del Cirque, 18, París (8.°). Avenida Montaigne, 56,
París (8.°).
Avenida del Maréchal-Lyautey, 25, París (16.°). Parece ser que, antes de
venir a Francia, la señorita ORLOW fue bailarina en los Estados Unidos.
En París, no se le conocía ninguna fuente de ingresos, aunque llevaba una
vida suntuosa.
La señorita ORLOW falleció en 1950 en su domicilio del 25 de la avenida del
Maréchal-Lyautey, París (16.°) tras ingerir una sobredosis de barbitúricos.
El señor Waldo Blunt, su ex marido, reside en París desde 1952 y ha ejercido
en varios establecimientos nocturnos la profesión de pianista. Es ciudadano
norteamericano.
Nació el 30 de septiembre de 1910 en Chicago.
Tarjeta de residente n.° 534HC828.
Junto con esta ficha escrita a máquina, una tarjeta de visita a nombre de
Jean-Pierre Bernardy, con estas palabras:
«Éstas son todas las informaciones disponibles. Con un cordial saludo.
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Recuerdos a Hutte.»

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VII
En la puerta acristalada, un cartel anunciaba que el «Pianista Waldo Blunt
tocaba todos los días entre las seis de la tarde y las nueve de la noche en el bar
del Hotel Hilton».
El bar estaba hasta los topes y no había ningún sitio libre, salvo un sillón
vacío en la mesa de un japonés que llevaba gafas con montura de oro. No me
entendió cuando me incliné hacia él para pedirle permiso para sentarme; y,
cuando me senté, no me hizo caso alguno.
Clientes, americanos o japoneses, entraban, se llamaban entre sí y hablaban
cada vez más alto. Se quedaban de pie entre las mesas. Algunos tenían un vaso
en la mano y se apoyaban en los respaldos o en los brazos de los sillones. Había
incluso una joven sentada en las rodillas de un hombre de pelo gris.
Waldo Blunt llegó con un cuarto de hora de retraso y se sentó al piano. Un
hombrecillo relleno, con algo de calva y un bigote fino. Vestía un traje gris. De
entrada, volvió la cabeza y lanzó una mirada circular a las mesas en torno a las
que se apiñaba la gente. Acarició con la mano derecha el teclado del piano y
empezó por tocar unos cuantos acordes al azar. Yo tenía la suerte de estar en
una de las mesas más próximas a él.
Inició una melodía que me parece que era Sur les quais du vieux Paris, pero,
debido al ruido de las voces y de las carcajadas, casi no se oía la música, y ni
siquiera yo, que estaba muy cerca del piano, conseguía cazar todas las notas. Él
seguía tocando, imperturbable, con el torso erguido y la cabeza inclinada. Me
daba pena: me decía que en alguna etapa de su vida lo habían escuchado
cuando tocaba el piano. Desde entonces, había debido de acostumbrarse a ese
zumbido perpetuo que ahogaba la música que interpretaba. ¿Qué diría cuando
pronunciase yo el nombre de Gay Orlow? ¿Lo sacaría aquel nombre por un
momento de la indiferencia con la que seguía adelante con aquella pieza? ¿O ya
no le recordaría nada, de la misma forma que aquellas notas de piano ahogadas
por el barullo de las conversaciones?
El bar se fue vaciando poco a poco. Sólo quedábamos ya el japonés con las
32

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gafas de montura de oro, yo y, al fondo del todo, la joven a quien había visto en
las rodillas del hombre de pelo gris, que ahora estaba sentada al lado de un
gordo rubicundo con traje azul claro. Hablaban en alemán. Y altísimo. Waldo
Blunt tocaba una melodía lenta que me era muy conocida.
Se volvió hacia nosotros.
—¿Desean que toque algo en particular, señoras y caballeros? —preguntó
con voz fría en la que apuntaba un leve acento americano.
El japonés que tenía a mi lado no reaccionó. Estaba inmóvil, con la cara
inexpresiva, y temí que se tambalease en el sillón al mínimo soplo de aire,
porque seguramente se trataba de un cadáver embalsamado.
—Sag warum, por favor —pidió la mujer del fondo, con voz ronca.
Blunt asintió brevemente con la cabeza y empezó a tocar Sag warum. Las
luces del bar se atenuaron, como en algunas salas de baile con los primeros
compases de una pieza lenta. La pareja aprovechó para besarse y la mano de la
mujer se le metía por la abertura de la camisa al gordo rubicundo y seguía
bajando. La montura de oro de las gafas del japonés lanzaba leves destellos.
Ante el piano, Blunt parecía un autómata que diese respingos: para tocar Sag
warum hay que pulsar continuamente acordes fuertes en el teclado.
¿En qué pensaba mientras, a su espalda, un gordo rubicundo le acariciaba
el muslo a una mujer rubia y un japonés embalsamado llevaba varios días
sentado en un sillón de aquel bar del Hilton? Estaba seguro de que no pensaba
en nada. Flotaba en un entumecimiento más o menos opaco. ¿Tenía yo derecho
a sacarlo de golpe de aquel entumecimiento y de despertar en él algo doloroso?
El gordo rubicundo y la rubia se fueron del bar, seguramente para pedir
una habitación. El hombre le tiraba del brazo y ella estuvo a punto de tropezar.
Sólo quedábamos el japonés y yo. Blunt se volvió otra vez hacia nosotros y dijo
con aquella voz fría suya:
—¿Quieren que toque algo más?
El japonés no se inmutó.
—Que reste-t-il de nos amours, por favor —le dije.
Tocaba aquella melodía con una lentitud curiosa y ésta parecía laxa,
encenagada en un pantano del que a las notas les costaba trabajo desprenderse.
De vez en cuando, dejaba de tocar, como un caminante agotado que se
tambalease. Miró el reloj, se levantó de repente, nos saludó con una inclinación
de la cabeza y dijo:
—Caballeros, son las nueve. Buenas noches.
Salió. Y yo tras él, pisándole los talones y dejando al japonés embalsamado
en la cripta del bar.
Fue pasillo adelante y cruzó el vestíbulo desierto.
Lo alcancé.
—¿El señor Waldo Blunt?... Querría hablar con usted.
—¿Acerca de qué?
Me lanzó una mirada acosada.
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

—Acerca de alguien a quien conoció usted... Una mujer que se llamaba Gay.
Gay Orlow...
Se quedó clavado en medio del vestíbulo.
—Gay...
Se le desorbitaban los ojos como si la luz de un foco le apuntase a la cara.
—¿Conoció... conoció usted... a Gay?
—No.
Habíamos salido del hotel. Una hilera de hombres y mujeres vestidos de
gala con colores chillones —vestidos largos de raso verde o azul cielo y
esmóquines granate— estaban esperando taxis.
—No querría molestarlo...
—No me molesta —me dijo con expresión preocupada—. Hacía tanto que
no oía hablar de Gay... Pero ¿quién es usted?
—Un primo suyo. Me... me gustaría saber unos detalles acerca de ella.
—¿Unos detalles?
Se frotaba la sien con el índice.
—¿Qué quiere que le diga?
Habíamos tirado por una calle estrecha que corría a lo largo del hotel y
desembocaba en el Sena.
—Tengo que volver a casa —me dijo.
—Lo acompaño.
—¿Así que es usted de verdad un primo de Gay?
—Sí. La familia querría algunas informaciones sobre ella.
—Murió hace mucho.
—Lo sé.
Caminaba con paso rápido y me costaba seguirlo. Intentaba no quedarme
rezagado. Estábamos ya en el muelle de Branly.
—Vivo enfrente —me dijo señalando la otra orilla del Sena.
Tomamos el puente de Bir-Hakeim.
—No podré darle muchas informaciones —me dijo—. Conocí a Gay hace
mucho.
Había acortado el paso, como si se sintiera en lugar seguro. A lo mejor
había caminado deprisa hasta aquel momento porque creía que lo seguían. O
para dejarme atrás.
—No sabía que Gay tenía familia —me dijo.
—Sí... sí... por la parte de los Giorgiadzé.
—¿Cómo dice?
—La familia Giorgiadzé... Su abuelo se llamaba Giorgiadzé.
—Ah, bien.
Se detuvo y fue a apoyarse en el parapeto de piedra del puente. Yo no
podía hacer lo mismo porque me daba vértigo. Así que me quedé de pie, frente
a él. No se decidía a hablar.
—¿Sabe que... estuve casado con ella?
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Patrick Modiano

Calle de las Tiendas Oscuras

—Lo sé.
—¿Y cómo lo sabe?
—Lo ponía en unos papeles viejos.
—Actuábamos juntos en una sala de fiestas de Nueva York... Yo tocaba el
piano... Me pidió que me casara con ella sólo porque quería quedarse en
América y no tener problemas con los servicios de emigración...
Asentía con la cabeza según iba recordando.
—Era una chica peculiar. Luego, tuvo trato con Lucky Luciano... Lo conoció
cuando actuaba en el casino de Palm-Island...
—¿Luciano?
—Sí, sí, Luciano... Estaba con él cuando lo detuvieron en Arkansas...
Después conoció a un francés y supe que se había ido con él a Francia...
Se le había despejado la cara. Me sonreía.
—Me gusta poder hablar de Gay, caballero...
Pasó un metro por encima de nuestras cabezas, en dirección a la orilla
derecha del Sena. Luego otro, en sentido opuesto. Su estrépito ahogó la voz de
Blunt. Me hablaba, lo notaba porque movía los labios.
—... La chica más guapa que he conocido nunca...
Aquel retazo de frase, que conseguí captar, me desanimó muchísimo.
Estaba en medio de un puente, de noche, con un hombre a quien no conocía,
intentando sacarle detalles que me aportasen información sobre mí y el ruido
de los metros me impedía oírlo.
—¿No quiere que sigamos andando un poco?
Pero estaba tan absorto que no me contestó. Hacía tanto, seguramente, que
no había vuelto a acordarse de aquella Gay Orlow que todos los recuerdos
referidos a ella volvían a la superficie y lo aturdían como una brisa marina. Y
allí seguía, apoyado en el parapeto del puente.
—¿De verdad no quiere que sigamos andando?
—¿Conoció a Gay? ¿La vio?
—No. Por eso precisamente querría saber algunos detalles.
—Era una rubia... con los ojos verdes... Una rubia... muy particular... ¿Cómo
decirle? Una rubia... de pelo ceniciento...
Una rubia de pelo ceniciento. Y que a lo mejor desempeñó un papel
importante en mi vida. Tendré que mirar atentamente su foto. Y, poco a poco,
todo irá volviendo. A menos que acabe por ponerme sobre una pista más
concreta. Lo de haber encontrado al tal Waldo Blunt era ya una suerte.
Lo agarré del brazo porque no podíamos quedarnos en el puente. Fuimos
por el muelle de Passy.
—¿Volvió a verla en Francia? —le pregunté.
—No. Cuando llegué a Francia ya se había muerto. Se suicidó...
—¿Por qué?
—Me decía muchas veces que le daba miedo envejecer...
—¿Cuándo la vio por última vez?
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Patrick Modiano

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—Después de la historia con Luciano conoció al francés ese. Nos vimos
unas cuantas veces por aquel entonces...
—¿Conoció usted al francés?
—No. Me dijo que iba a casarse con él para conseguir la nacionalidad
francesa... Estaba obsesionada con tener una nacionalidad.
—Pero ustedes dos se divorciaron.
—Sí, claro..., nuestro matrimonio duró seis meses. Fue sólo para aplacar a la
Oficina de Inmigración, que quería expulsarla de los Estados Unidos...
Me concentraba para no perder el hilo de la historia. Tenía una voz muy
sorda.
—Se marchó a Francia... Y no volví a verla... Hasta que me enteré... del
suicidio...
—¿Cómo lo supo?
—Por un amigo americano que había conocido a Gay y estaba en París en
aquella época. Me mandó un recorte de periódico...
—¿Y lo ha conservado?
—Sí. Seguro que está en mi casa, en algún cajón.
Estábamos llegando a la altura de los jardines del Trocadéro. Las fuentes
estaban encendidas y no había mucha circulación. Unos cuantos turistas
formaban grupos ante las fuentes y en el puente de Iéna. Un sábado de octubre
por la noche, pero, como el aire era tibio y había paseantes y árboles que aún no
habían perdido las hojas, habría podido parecer un sábado por la noche de
primavera.
—Vivo un poco más allá...
Dejamos atrás los jardines y nos metimos por la avenida de New-York. Allí,
bajo los árboles del muelle, me dio la desagradable impresión de que estaba
soñando. Ya había vivido mi vida y no era sino un fantasma que flotaba en el
aire tibio de un sábado por la noche. ¿Para qué pretender anudar de nuevo unos
lazos cortados y buscar pasadizos que llevaban mucho tiempo tapiados? Y
aquel hombrecillo gordito y bigotudo que caminaba a mi lado me costaba creer
que fuera real.
—Qué curioso, de repente me he acordado de cómo se llamaba el francés a
quien Gay conoció en América...
—¿Y cómo se llamaba? —pregunté con voz trémula.
—Howard... Ése era el apellido..., no el nombre... Espere... Howard de
algo...
Me detuve y me incliné hacia él.
—¿Howard de qué?
—De... de... de Luz. L... U... Z... Howard de Luz... Howard de Luz..., me
llamó la atención ese apellido..., medio inglés..., medio francés... o español...
—¿Y el nombre?
—Eso ya...
Hizo un gesto de impotencia.
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—¿No sabe cómo era físicamente?
—No.
Le enseñaría la foto en la que Gay estaba con el anciano Giorgiadzé y con
aquel hombre que me parecía que era yo.
—¿Y qué profesión tenía ese Howard de Luz?
—Gay me dijo que pertenecía a una familia noble... No hacía nada.
Soltó una risita.
—Sí hacía..., sí..., espere... Ya me acuerdo. Estuvo una temporada muy larga
en Hollywood... Y Gay me dijo que allí era el confidente del actor John Gilbert...
—¿El confidente de John Gilbert?
—Sí... En los últimos tiempos de la vida de Gilbert...
Los automóviles pasaban deprisa por la avenida de New-York sin que se
oyeran los motores y crecía mi sensación de estar soñando. Corrían con un
ruido ahogado, fluido, como si se deslizasen por el agua. Estábamos llegando a
la altura de la pasarela que hay antes del puente de l’Alma. Howard de Luz.
Había una probabilidad de que ése fuera mi apellido. Howard de Luz. Sí, esas
sílabas me despertaban algo por dentro, algo tan fugitivo como un reflejo de
luna encima de algún objeto. Si yo era ese Howard de Luz debía de haber hecho
gala en la vida de cierta originalidad, ya que, entre tantos oficios a cual más
honroso y cautivador, había escogido el de ser «confidente de John Gilbert».
Inmediatamente antes de llegar al Museo de Arte Moderno, nos metimos
por una calle pequeña.
—Aquí vivo —me dijo.
La luz del ascensor no funcionaba y el automático de la escalera se apagó
en el preciso instante en que empezábamos a subir. En la oscuridad, oíamos
risas y música.
El ascensor se detuvo y noté que Blunt, a mi lado, intentaba dar con el
picaporte de la puerta del descansillo. La abrió y lo empujé al salir porque la
oscuridad era total. Las risas y la música venían del piso en el que estábamos.
Blunt hizo girar una llave en una cerradura.
Dejó la puerta entornada, a nuestra espalda; estábamos en el centro de un
recibidor que iluminaba débilmente una bombilla que colgaba del techo, sin
lámpara. Blunt estaba allí quieto, cortado. Me pregunté si no debería
despedirme. La música era ensordecedora. Apareció, desde el interior de la
vivienda, una joven pelirroja que llevaba un albornoz blanco. Nos miró a ambos
con ojos asombrados. Por el albornoz, muy suelto, se le veían los pechos.
—Mi mujer —me dijo Blunt.
Ella me saludó con una breve inclinación de cabeza y se cerró con ambas
manos el cuello del albornoz, pegándoselo a la garganta.
—No sabía que ibas a volver tan temprano —dijo.
Los tres estábamos inmóviles bajo aquella luz que daba a los rostros un
tono lívido; y me volví hacia Blunt.
—Habrías podido avisarme —le dijo.
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—No lo sabía...
Una niña pillada en flagrante delito de embuste. Bajó la cabeza. La música
ensordecedora había callado y vino ahora una melodía tocada con saxofón, tan
pura que se diluía en el aire.
—¿Sois muchos? —preguntó Blunt.
—No, no..., unos pocos amigos...
Asomó una cabeza por la puerta entornada, una rubia con el pelo muy
corto y los labios pintados con una barra clara, casi rosa. Luego, otra cabeza, la
de un moreno de piel mate. La luz de la bombilla daba a aquellos rostros
aspecto de caretas; y el moreno sonreía.
—Tengo que volver con mis amigos... Ven dentro de dos o tres horas...
—Muy bien —dijo Blunt.
La mujer se fue del recibidor, en pos de los otros dos, y cerró la puerta. Se
oyeron carcajadas y el ruido de una persecución. Luego, otra vez la música
ensordecedora.
—¡Venga usted! —me dijo Blunt.
Otra vez estábamos en las escaleras. Blunt encendió el automático y se
sentó en un peldaño. Me indicó con un ademán que me sentase a su lado.
—Mi mujer es mucho más joven que yo... Nos llevamos treinta años... No
hay que casarse nunca con una mujer mucho más joven que uno... Nunca...
Me había puesto una mano en el hombro.
—Nunca funciona... No hay ni un ejemplo de que funcione... Que no se le
olvide, amigo...
Se apagó el automático. Por lo visto, Blunt no tenía intención alguna de
volverlo a encender. Yo tampoco, por cierto.
—Si Gay me viera...
Se echó a reír con la ocurrencia. Curiosa risa aquella, en la oscuridad.
—No me reconocería... He engordado lo menos treinta kilos desde
entonces...
Una carcajada, pero diferente de la de antes, más nerviosa, forzada.
—Se llevaría un buen chasco... ¿Se da cuenta? Pianista en el bar de un
hotel...
—Pero ¿por qué se iba a llevar un chasco?
—Y dentro de un mes estaré en paro...
Me apretaba el brazo, a la altura del bíceps.
—Gay creía que yo iba a llegar a ser el nuevo Cole Porter...
De repente, gritos de mujeres. Salían del piso de Blunt.
—¿Qué sucede? —le pregunté.
—Nada; se lo están pasando bien.
Una voz de hombre berreaba: «¿Me abres? ¿Me abres, Dany?» Risas. Un
portazo.
—Dany es mi mujer —me cuchicheó Blunt.
Se levantó y encendió el automático.
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—Vamos a tomar el aire.
Volvimos a cruzar la explanada del Museo de Arte Moderno y nos
sentamos en los peldaños. Veía pasar los automóviles, más abajo, por la avenida
de New-York, único indicio de que aún existiera la vida. Todo estaba desierto y
paralizado en torno. Incluso la Torre Eiffel, que divisaba allá, del otro lado del
Sena, tan tranquilizadora de costumbre, parecía una mole de chatarra calcinada.
—Aquí se respira —dijo Blunt.
Soplaba, efectivamente, un viento tibio por la explanada, entre las estatuas,
que eran manchas de sombra, y las elevadas columnas del fondo.
—Querría enseñarle unas fotos —le dije a Blunt.
Me saqué del bolsillo un sobre que abrí y saqué de él dos fotos: la de Gay
Orlow con el anciano Giorgiadzé y el hombre en quien yo creía reconocerme, y
la otra, en que Gay era una niña. Le alargué la primera foto.
—No se ve nada aquí —susurró Blunt.
Encendió un mechero, pero tuvo que hacerlo varias veces porque el viento
apagaba la llama. La cubrió con la palma de la mano y acercó el mechero a la
foto.
—¿Ve a un hombre en la foto? —le dije—. A la izquierda... A la izquierda
del todo...
—Sí.
—¿Lo conoce?
—No.
Estaba inclinado sobre la foto, haciendo visera con la mano pegada a la
frente para proteger la llama del mechero.
—¿No cree que se parece a mí?
—No lo sé.
Siguió mirando atentamente la foto durante unos segundos y me la
devolvió.
—Gay era exactamente así cuando la conocí —me dijo con voz triste.
—Mire, una foto de ella de niña.
Le alargué la otra foto y la examinó a la luz del mechero, sin quitarse la
mano de la frente, haciendo visera, con la postura de un relojero que hace un
trabajo de gran precisión.
—Era una niña muy guapa —me dijo—. ¿No tiene más fotos de ella?
—Por desgracia, no... ¿Y usted?
—Tenía una foto de nuestra boda, pero la perdí en América... Me pregunto
incluso si guardé el recorte de periódico del suicidio...
Cada vez se le notaba más el acento americano, imperceptible al principio.
¿El cansancio?
—¿Tiene que esperar así muchas veces para volver a casa?
—Cada vez con más frecuencia. Y eso que todo empezó bien... Mi mujer era
muy agradable...
Encendió un cigarrillo; le costó hacerlo por el viento.
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—Gay se quedaría asombrada si me viera en este estado...
Se me arrimó y me puso una mano en el hombro.
—¿No le parece, amigo, que hizo bien en irse antes de que fuera demasiado
tarde?
Lo miré. En él todo era redondo. La cara, los ojos azules e incluso el
bigotito, recortado en arco de círculo. Y también la boca, y las manos
gordezuelas. Me recordaba a esos globos que los niños sujetan por un cordel y
sueltan a veces para ver hasta dónde llegarán por el cielo. Y el nombre de
Waldo Blunt estaba hinchado como uno de esos globos.
—Lo siento muchísimo, amigo... No he podido darle demasiados detalles
sobre Gay.
Notaba que el cansancio y el abatimiento lo lastraban, pero lo vigilaba muy
de cerca porque temía que, con la menor ráfaga de viento que cruzase la
explanada, saliera volando y me dejase solo con mis preguntas.

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VIII
La avenida bordea el hipódromo de Auteuil. A un lado, el camino para
jinetes; al otro, edificios, construidos todos según el mismo modelo y que
separan unas glorietas. Pasé por delante de esos cuarteles de lujo y me planté
delante del número 25 de la avenida del Maréchal-Lyautey, que fue en el que se
suicidó Gay Orlow. ¿En qué piso? La portera habrá cambiado desde entonces,
claro. ¿Quedará aún algún vecino del edificio que coincidiera con Gay Orlow en
las escaleras o que cogiera el ascensor con ella? ¿O que me reconociera por
haberme visto por aquí con frecuencia?
Algunas noches debí de subir las escaleras del número 25 de la avenida del
Maréchal-Lyautey con el corazón palpitante. Me estaba esperando ella. Sus
ventanas daban al hipódromo. Haría raro, seguramente, ver las carreras desde
allá arriba, ver los caballos y los jockeys, diminutos, avanzar como esas figuritas
que desfilan de punta a punta de las barracas de tiro; y quien tumbe todos esos
blancos ha ganado el premio gordo.
¿En qué lengua nos hablábamos? ¿En inglés? ¿Estaba tomada en ese piso la
foto en que salía el anciano Giorgiadzé? ¿Cómo estaba amueblado? ¿Qué
podían decirse un tal Howard de Luz —¿yo?— de «familia noble» y «confidente
de John Gilbert» y una ex bailarina nacida en Moscú que había conocido en
Palm-Island a Lucky Luciano?
Qué gente tan peculiar. De esa que no deja a su paso sino un vaho que
enseguida se disipa. Hablábamos muchas veces Hutte y yo de esos seres cuyo
rastro se pierde. Surgen un buen día de la nada y a la nada regresan tras haber
brillado con unas cuantas lentejuelas. Reinas de belleza. Gigolós. Mariposas. La
mayoría no tenían, ni siquiera en vida, mayor consistencia que un vapor que
nunca habrá de condensarse. Hutte me citaba, por ejemplo, a un individuo a
quien llamaba «el hombre de las playas». Aquel hombre se había pasado
cuarenta años de su vida en playas o al borde de piscinas, charlando
amablemente con veraneantes u ociosos acaudalados. En las esquinas y en los
segundos planos de miles de fotos de vacaciones aparece en traje de baño en
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medio de alegres grupos, pero nadie podría decir ni cómo se llamaba ni por qué
estaba ahí. Y nadie se fijó en que un día desapareció de las fotos. No me atrevía
a decírselo a Hutte, pero creí que «el hombre de las playas» era yo. Por lo
demás, no se habría extrañado si se lo hubiera confesado. Hutte repetía siempre
que, en el fondo, todos somos «hombres de las playas» y que «en la arena —cito
sus propias palabras— no dura más que unos segundos la huella de nuestros
pasos».
Una de las fachadas de edificio estaba al borde de una glorieta que parecía
abandonada. Un grupo grande de árboles, unos matorrales, un trozo de césped
que no habían segado hacía mucho. Un niño jugaba solo, tranquilamente,
delante del montón de arena, en aquella tarde soleada que estaba acabando. Me
senté cerca del césped y alcé la cabeza hacia el edificio, preguntándome si las
ventanas de Gay Orlow no darían de este lado.

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IX
Es de noche y la lámpara de opalina de la Agencia proyecta una mancha de
luz fuerte en el cuero del escritorio de Hutte. Estoy sentado detrás de ese
escritorio. Miro guías de teléfonos antiguas y otras más recientes y tomo nota de
lo que voy descubriendo a medida que doy con ello.
HOWARD DE LUZ (Jean Simety),
y señora, de soltera MABEL DONAHUE,
Valbreuse, Orne. T. 21, y calle de Raynouard, 23 T. AUT 15-28.
-CGP-MA
El Bottin mondain en que aparece esa mención es de hace unos treinta años. ¿Se
tratará de mi padre?
La mención es la misma en los Bottin de los años siguientes. Consulto la
lista de símbolos y abreviaturas.
1

quiere decir: cruz de guerra.
CGP: Club du Grand Pavois, MA: Motor Yacht
Club de la Costa Azul, y
: propietario de velero.
Pero, transcurridos diez años, desaparecen las indicaciones siguientes: calle
de Raynouard, 23 T. AUT 15-28. También desaparecen: MA y
.
Al año siguiente sólo queda: señora de HOWARD DE LUZ, de soltera Mabel
Donahue, Valbreuse, Orne. T. 21.
Y, luego, nada.
Consulto a continuación las guías de París de los diez últimos años.
Siempre aparece igual el apellido Howard de Luz, de la siguiente forma:
Howard de Luz C. glorieta Henri-Paté, 3, 16.° — MOL 50-52. ¿Un hermano?
¿Un primo?
No hay ninguna mención equivalente en los Bottins mondains de esos
1 Anuario que recoge los datos de las personalidades de la alta sociedad francesa. (N. de la T.)

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mismos años.

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X
—El señor Howard lo está esperando.
Era seguramente la dueña de aquel restaurante de la calle de Bassano: una
morena de ojos claros. Me indicó con un ademán que la siguiera, bajamos unas
escaleras y me guió hacia el fondo del local. Se detuvo delante de una mesa en
que había un hombre solo. Se puso de pie.
—Claude Howard —me dijo.
Me indicó una silla, frente a él. Nos sentamos.
—Llego tarde. Discúlpeme.
—No tiene importancia.
Me miraba con curiosidad. ¿Me reconocía?
—Su llamada telefónica me dejó muy intrigado —dijo.
Hice un esfuerzo para sonreírle.
—Y, sobre todo, su interés por la familia Howard de Luz..., cuyo último
representante soy yo, mi querido señor.
Pronunció esa frase con tono irónico, como para reírse de sí mismo.
—Por lo demás, me hago llamar Howard a secas. Es menos complicado.
Me alargó la carta.
—No tiene por qué tomar lo mismo que yo. Soy cronista gastronómico...
Tengo que probar las especialidades de la casa... Molleja de ternera y waterzoi
de pescados...
Suspiró. Parecía realmente desanimado.
—No puedo más... Me pase lo que me pase en la vida, siempre me veo
obligado a comer...
Ya le estaban sirviendo un pâté en croûte. Pedí una ensalada y fruta.
—Qué suerte tiene... Yo tengo que comer... Tengo que escribir esta noche el
artículo de turno... Vengo del concurso de La Tripière d’Or... Estaba en el
jurado. Ha habido que zamparse ciento setenta raciones de callos en día y
medio...
No conseguía ponerle edad. Llevaba el pelo, muy negro, peinado hacia
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atrás; tenía los ojos marrones y un algo negroide en los rasgos del rostro, pese a
la extremada palidez del cutis. Estábamos solos al fondo de aquella zona del
restaurante, acondicionada como un sótano, con paneles de madera azul pálido
y rasos y cristales que rememoraban un siglo XVIII de pacotilla.
—He estado pensando en lo que me dijo por teléfono... Ese Howard de Luz
por el que se interesa no puede ser más que mi primo Freddie...
—¿De verdad lo cree?
—Estoy seguro. Pero apenas si lo conocí...
—¿Freddie Howard de Luz?
—Sí. A veces jugábamos juntos de pequeños.
—¿No tiene una foto suya?
—Ninguna.
Tragó un bocado de paté y reprimió una arcada.
—Ni siquiera era un primo hermano... Sino un primo segundo o tercero...
Había muy pocos Howard de Luz... Creo que papá y yo éramos los únicos junto
con Freddie y su abuelo... Es una familia francesa de Isla Mauricio, sabe...
Apartó el plato con ademán cansado.
—El abuelo de Freddie se casó con una americana muy rica...
—¿Mabel Donahue?
—Eso es... Tenían una finca espléndida en Orne...
—¿En Valbreuse?
—Pero si es usted un auténtico anuario Bottin, mi querido señor.
Me miró extrañado.
—Y, además, creo que luego lo perdieron todo... Freddie se fue a América...
No podría darle detalles más concretos... Todo esto lo sé de oídas... Me
pregunto incluso si Freddie vive aún...
—¿Cómo saberlo?
—Si estuviera mi padre... Era él quien me daba noticias de la familia... Por
desgracia...
Me saqué del bolsillo la foto de Gay Orlow y del anciano Giorgiadzé, y
señalando al hombre moreno que se me parecía:
—¿No conoce a este individuo?
—No.
—¿No cree que se me parece?
Inclinó la cabeza sobre la foto.
—Quizá —dijo sin convencimiento alguno.
—¿Y a la mujer rubia no la conoce?
—No.
—Pues era amiga de su primo Freddie.
Puso cara de acordarse de algo de repente.
—Espere..., ahora me acuerdo... Freddie se fue a América... Y allí, por lo
visto, se convirtió en el confidente de John Gilbert...
¡El confidente de John Gilbert! Era la segunda vez que me daban ese
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detalle, pero no me hacía adelantar mucho que digamos.
—Le sé porque me mandó una postal desde América por entonces.
—¿La ha conservado?
—No, pero me acuerdo de memoria de qué ponía: «Todo va bien. América
es un país precioso. He encontrado trabajo: soy el confidente de John Gilbert.
Cariñosos recuerdos para ti y para tu padre.» Me llamó la atención...
—¿No volvió a verlo cuando regresó a Francia?
—No. Ni siquiera sabía que había regresado a Francia.
—Y si lo tuviera delante ahora mismo, ¿lo reconocería?
—Es posible que no.
No me atreví a sugerirle que Freddie Howard de Luz era yo. Aún no tenía
una prueba formal de ello, pero estaba muy esperanzado.
—El Freddie que conocía es el de los diez años...
Mi padre me llevó a Valbreuse para que jugásemos juntos...
El sumiller estaba parado junto a nuestra mesa y esperaba a que Claude
Howard eligiera el vino, pero éste no se daba cuenta de su presencia y el
hombre se mantenía muy erguido, con apariencia de centinela.
—Para serle franco, caballero, me da la impresión de que Freddie está
muerto...
—No diga eso...
—Es usted muy amable al interesarse por nuestra desventurada familia...
No tuvimos suerte... Creo que soy el único superviviente y mire lo que tengo
que hacer para ganarme la vida...
Dio un puñetazo en la mesa mientras unos camareros traían el waterzoi de
pescados y la dueña del restaurante se nos acercaba con sonrisa amabilísima.
—Señor Howard... ¿Ha estado bien este año La Tripière d’Or?
Pero no la oyó y se inclinó hacia mí.
—En el fondo —me dijo—, nunca deberíamos habernos ido de Isla
Mauricio...

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XI
Una estación pequeña y antigua, amarilla y gris, con parapetos de cemento
calado a ambos lados, y detrás de esos parapetos, el andén en el que me bajé del
ómnibus. La plaza de la estación habría estado desierta a no ser por un niño que
patinaba bajo los árboles del terraplén.
Yo también jugué aquí, hace mucho, pensé. De verdad que aquella plaza
tranquila me recordaba algo. ¿Venía mi abuelo Howard de Luz a buscarme al
tren de París o era al revés? Las noches de verano iba a esperarlo al andén de la
estación con mi abuela, de soltera Mabel Donahue.
Algo más allá, una carretera tan ancha como una nacional, pero por la que
pasan muy pocos automóviles. Anduve a lo largo de un parque público que
cercaban esos mismos parapetos de cemento que había visto en la plaza de la
Gare.
Del otro lado de la carretera, unos cuantos comercios bajo una especie de
soportales. Un cine. Luego, un hostal que ocultaban las frondas de los árboles,
en la esquina de una avenida que subía en cuesta poco empinada. La tomé sin
titubear, porque me había estudiado el plano de Valbreuse. Al final de aquella
avenida flanqueada de árboles, una tapia y una verja con un letrero de madera
podrida en el que pude leer, adivinando la mitad de las letras: ADMINISTRACIÓN
DE FINCAS PÚBLICAS. Detrás de la verja, había una extensión de césped
descuidado. Al fondo del todo, una edificación alargada, de ladrillo y piedra, de
estilo Luis XIII. En el centro, resaltaba un pabellón con una planta más y, en
cada extremo, completaban la fachada unos pabellones laterales que remataban
unas cúpulas. Todas las contraventanas estaban cerradas.
Me embargó una sensación de desconsuelo: a lo mejor me hallaba ante la
mansión en la que había pasado la infancia. Empujé la verja y se abrió sin
dificultad. ¿Cuánto tiempo llevaba sin cruzar aquel umbral? A la derecha, me
llamó la atención un edificio de ladrillo que debía de ser las caballerizas.
La hierba me llegaba a mitad de la pantorrilla e intenté cruzar la pradera de
césped lo más deprisa que pude para acercarme a la mansión. Aquella
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edificación silenciosa me intrigaba. Temía descubrir que, tras la fachada, no
quedaban ya más que hierbas altas y lienzos de pared caídos.
Alguien me llamaba y me volví. Allá lejos, ante el edificio de las
caballerizas, un hombre movía el brazo. Se me estaba acercando y me quedé
quieto y mirándolo, en medio de la pradera de césped que parecía una jungla.
Un hombre bastante alto, robusto, vestido de pana verde.
—¿Qué desea?
Se había detenido a pocos pasos de mí. Moreno y con bigote.
—Querría informarme acerca del señor Howard de Luz.
Anduve hacia él. ¿Y si, a lo mejor, me reconocía? Siempre tengo esa
esperanza y siempre me llevo un chasco.
—¿Qué señor Howard de Luz?
—Freddie...
Dije «Freddie» con voz alterada, como si fuera mi nombre el que estuviera
pronunciando tras años de olvido.
El hombre abría ojos como platos.
—Freddie...
En ese preciso instante creí de verdad que me estaba llamando por mi
nombre.
—¿Freddie? Pero si ya no está aquí...
No, no me había reconocido. Nadie me reconocía.
—¿Qué quiere exactamente?
—Querría saber qué ha sido de Freddie Howard de Luz.
Me miraba fijamente con ojos desconfiados, y se metió una mano en el
bolsillo del pantalón, como si fuera a sacar un arma y amenazarme. Pero no. Se
sacó del bolsillo un pañuelo con el que se secó la frente.
—¿Quién es usted?
—Conocí a Freddie en América hace mucho y me gustaría saber de él.
Al oír esa mentira, se le aclaró el rostro de repente.
—¿En América? ¿Conoció a Freddie en América?
La palabra «América» parecía sumirlo en un ensueño. Creo que podría
haberme besado, de tan agradecido como me estaba por hacer conocido a
Freddie «en América».
—¿En América? Entonces lo conoció cuando era el confidente de... de...
—De John Gilbert.
Había desaparecido cualquier desconfianza por su parte.
Incluso me cogió por la muñeca.
—Venga por aquí.
Me llevó hacia la izquierda, siguiendo la tapia, en donde la hierba estaba
menos crecida y se intuía el trazado antiguo de un sendero.
—No sé nada de Freddie desde hace mucho —me dijo con voz seria.
El traje de pana verde estaba tazado hasta la trama en algunos sitios y
llevaba parches de cuero cosidos en los hombros, los codos y las rodillas.
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