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ATLANTIS

Proyecto Tarsis
Por Jesé



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ÍNDICE
1. Platón y Aristóteles pasean pág.1
2. Francis Urchin y su amigo pág.11
3. Pocáyam Urchin García pág.27
4. Atlantis pág.49
5. El sueño de Joseph Erick pág.53
6. La llamada de la carne y un sueño de Pocáyam pág.69
7. Los Refaím y la primera charla de Pocáyam pág.79
8. El séptimo pergamino pág.91
9. A solas con Pocáyam pág.99
10. Mi niño interior pág.115
11. El escarabajo de oro y una multinacional farmacéutica pág.141
12. Sueño sobre la caída del Reino de Tarsis pág.157
Epílogo pág.175
Glosario pág.181

1 Platón y Aristóteles pasean
"El más importante y principal negocio público es la buena
educación de la juventud."
(Platón).

Corría el año 360 antes de Cristo (a.C.)
Por angosta calle abajo, un muchacho caminaba junto a un
anciano. Ambos vestían elegantes túnicas blancas con ribetes
negros.
—Llevas siete años aprendiendo conmigo en nuestra
Academia.
—En la tuya, la que fundaste, maestro. —Platón le sonrió.
—Ha llegado el momento de compartir contigo una tradición
muy vieja, puede que una leyenda, un invento de nuestros
antepasados… aunque no veo probable que lo sea. Quizá llegó a
tus oídos alguna de las versiones que corren por las ágoras o se
propagan por los hogares de quienes cuentan cuentos.
—¿Cuál, maestro Platón?
—La historia de los "Atlantes". —El chico asintió, muy
interesado:
—Quisiera conocerla de tu boca. La versión que me contó un
amigo la tengo por confiable, pero no será tan fiable ni extensa
como la tuya.
—La conocerás, pero antes quiero decirte que no es apropiado
para un discípulo emplear el apodo de su maestro…
—Perdón, maestro Aristocles.
-1-

—Espero que tu notable memoria no se deje atrás nada de lo
que te voy a contar, porque te encargarás de escribirlo. Se trata de
una tradición oral, por tanto es probable que termine perdiéndose
a no ser que alguien la escriba; lo haría yo mismo, pero a mis
años empieza a costarme escribir.
—Lo haré, pero me temo que si es muy larga olvidaré detalles.
—Te la contaré poco a poco. Cuando termines una parte me
avisarás, la corregiré y daremos otro paseo para contarte la
siguiente. Escribirás en papiros, como de costumbre, pues creo
que emplear un pergamino en este caso supondría un gasto no
justificado. Cuando acabes, tu manuscrito tendrá mi firma.
—Será un honor y un placer, maestro Aristocles.
Al día siguiente, poco después del amanecer, maestro y
discípulo paseaban bien abrigados sobre el acantilado próximo al
puerto de Atenas.
—La leyenda empieza con la aparición de un misterioso
personaje en el puerto de la ciudad egipcia Rhakotis. Llegó en
una nave que emergió del mar poco antes de atracar... —El
discípulo oteó el horizonte e interrumpió a Aristocles, alias
Platón:
—Maestro, se acerca una nave. Está muy lejos todavía pero
me llama la atención: parece que es toda blanca.
—Es probable que se trate de una de las que van a Egipto y
vuelven aquí. Atracan en el puerto del que hablamos y regresan
para hacerlo en el nuestro; las contemplo desde que era un niño.
—Perdona la interrupción, maestro.
—No importa, Aristóteles, viene bien para ilustrar la historia,
porque en el puerto de donde procede esa nave fue donde atracó,
según la leyenda, aquella otra nave comandada por un tal
"Pocáyam". Él y su tripulación habrían habitado en Egipto, todos
-2-

en hermosas mansiones que decoraron y prepararon con ingenio,
pues no sólo llevaron tesoros en metales y piedras preciosas sino
que también resultaron ser muy cultos, sobre todo su jefe, quien
acabó siendo venerado como el hombre más sabio de Egipto.
»Cuando Pocáyam llegó a anciano, el Faraón lo invitó a vivir
en su Corte. Le consultaba muchos asuntos para el mejor
gobierno y prosperidad de Egipto; lo escuchaba con atención.
»El Faraón ordenó al jefe de los médicos de su Corte, un
excelente escritor de jeroglíficos, que anotara en pergaminos la
sabiduría de Pocáyam, no en papiros, pues debía perdurar en el
tiempo. Rogó al extranjero de piel oscura que refiriera todo su
acervo cultural. El excepcional y ocasional secretario escribió en
siete pergaminos las siete lecciones que le dio Pocáyam, a base de
pequeños jeroglíficos.
Quien en un muy remoto futuro, once milenios más tarde,
encontrase el séptimo pergamino, cosa que sucedió el año 2013
después de Cristo (d.C.), tendría que modificar la historia del
origen de los pergaminos. Oficialmente existen desde el año 1500
a.C., pero ni egipcios ni helenos los llamaban como nosotros,
pues esa palabra procede de la helena Pérgamo, donde se
emplearon mucho después, produciéndolos con un material de
gran calidad. No sé qué nombre les daban, sin embargo pongo en
este libro "pergaminos" en boca de egipcios y griegos.
Platón continuó:
—El Faraón concedió a un sabio ateniense (se ignora quién
era) autorización para leer los pergaminos. Apenas comenzó, éste
pidió permiso para añadir en caracteres griegos los nombres de
personas y lugares consignados en ellos, cada uno bajo su
respectivo jeroglífico. El soberano se lo concedió. Cuando notaba
que un jeroglífico se refería a un personaje o lugar que

-3-

desconocía, el ateniense preguntaba su nombre al jefe médico,
para ponerlo en el pergamino.
»Años después, un hermano del Faraón quiso arrebatarle el
trono, para lo cual logró reunir un gran ejército formado por
mercenarios y egipcios mandados por nobles convencidos de su
legitimidad al trono, o que simplemente apostaron por quien
pensaban tenía más probabilidades de vencer o bien les prometía
una mayor recompensa. Avanzada la refriega, la Corte fue
asaltada por los partidarios del hermano del Faraón.
—¡Oh!, ¿y el sabio ateniense?
—Consiguió escapar y llegar al puerto, donde algunas naves
se preparaban para zarpar a toda prisa antes de ser requisadas, o
arrestados ciertos pasajeros, por el ejército del usurpador, quien
estaba a punto de controlar el puerto y toda la ciudad de Rhakotis.
Nuestro ateniense consiguió escapar en una de ellas, aunque a los
marineros no les dio tiempo a hacer acopio de todas las
provisiones necesarias, abarrotada de extranjeros y de antaño
fieles al Faraón, pues se rumoreaba que había sido pasado a
cuchillo por su hermano.
—¿Y los pergaminos…?
—Te iba a contar que, según la leyenda, el ateniense consiguió
reunir seis de los siete. Se los llevó dentro de sus ropas, de forma
que nadie lo notase y ninguno de los pergaminos rozara su cuerpo
para que no se ensuciasen. El séptimo lo tenía en otra habitación
del palacio, pero no le dio tiempo a recogerlo, pues tuvo que huir
a toda prisa con el personal de servicio. Dicen que ese pergamino
que no logró traer a Atenas era el más importante, pues en él se
explicaba un eficaz método de curación de todo tipo de
enfermedades.
»Se cuenta que el barco arribó al puerto de Atenas, y que, años
más tarde, los seis pergaminos desaparecieron… —Siguió
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relatando a su discípulo todo lo que sabía de esa larga historia,
que comprendía un resumen del contenido de los seis.
Cuando la nave alba que no habían dejado de divisar se
disponía por fin a atracar en uno de los muelles, Platón calló para
que ambos contemplaran la maniobra. Enseguida el maestro
continuó.
Transcurrido algo más de un cuarto de hora, por fin concluyó
el relato. Los dos quedaron en silencio, pensativos.
De improviso vieron a un joven subir corriendo por el
acantilado. Platón-Aristocles dijo a Aristóteles:
—Es el hijo de mi hermana menor, Potone, tiene el mismo
nombre que su padre, Adimanto. —Aristóteles asintió.
El sobrino de Aristocles llegó por fin y se detuvo ante él y
Aristóteles, sin saludar. Recuperó un poco el aliento y dijo:
—Maestro Platón, hermano de mi madre, el Rey de Atenas me
envía para referirte una noticia…
—Gracias, Adimanto, hijo de mi hermana, pero antes debo
presentarte a uno de mis discípulos, con el cual no has coincidido
en ninguna de las pocas ocasiones que asististe a la Academia.
Aquí tienes a Aristóteles. —Adimanto "junior" le hizo una leve
inclinación de cabeza, jadeando. Volvió a mirar a su tío, quien le
invitó a continuar:
—Habla. —El chico volvió a jadear durante unos segundos y,
ya más descansado, le explicó:
—Un mercader consiguió, a alto precio, los seis pergaminos;
los compró en la Arcadia, en la ciudad de Alea. Se proponía
llevarlos al Faraón por si a él o a algún cortesano o rico egipcio
les interesara. Pero esperaba hacer un buen y rápido negocio
cuando un noble de nuestra ciudad se interesó por los pergaminos.
Al ver que contenían jeroglíficos y que la nave donde el mercader
compró el pasaje iba a partir hacia Egipto, lo acusó de robar un
-5-

tesoro cultural. Pero no habrá juicio, pues el noble elevó la
acusación a nuestro Rey y éste decidió confiscar al mercader los
pergaminos sin compensación alguna. —Platón-Aristocles
interrumpió a su sobrino, ansioso:
—¿Dónde están?
—Mi mensaje termina informándote de que los guarda el
bibliotecario de la Corte de Atenas. El Rey te invita a examinarlos
durante el tiempo que estimes conveniente, para que después le
refieras su contenido.
—Gracias, Adimanto; y ven más a menudo a la Academia.
—Lo haré. —El chico se marchó caminando cuesta abajo.
—Ya ves, Aristóteles, tenemos mucho que descifrar y que
escribir. Esto último lo harás tú, no en papiros sino en
pergaminos, pues se trata de una información valiosa.
Por fin maestro y discípulo se hallaban en la biblioteca de la
Corte, solos ante seis pergaminos, para descifrar sus jeroglíficos
del más antiguo Egipto. Platón era un experto en eso, por lo tanto
él iba dictando a Aristóteles lo que debía escribir, despacio y con
buena letra aunque muy pequeña, en los siempre caros y escasos
pergaminos, aunque éstos los pagaba el Rey. Como es lógico,
comenzaron a transcribir el primer pergamino. Les llamó la
atención que el desconocido ateniense hubiese escrito "Tarsianos"
debajo de su correspondiente jeroglífico. Platón comentó a
Aristóteles:
—Solón me explicó lo que le contaron unos sacerdotes
egipcios, los cuales pasaban unos días en Atenas, acerca de los
Atlantes. Parece que los Tarsianos son los mismos o una facción
de ese pueblo sabio y guerrero. Al frente de unos pocos hombres
procedentes del Reino de Tarsis arribó al puerto de Rhakotis el
"tarsiano Pocáyam": esas son las dos palabras juntas que hemos
-6-

visto escritas bajo el jeroglífico que describe a ese hombre, alto y
grueso de tez oscura, atracando con su extraña nave en el puerto
de Egipto. —Eso figuraba al principio del primer pergamino, lo
vieron en un vistazo rápido preliminar.
Comenzaron el arduo trabajo, ya en firme y desde el principio.
Situaba el reino de los Tarsianos en una zona que, coligieron
por la descripción, se encontraba en un lugar poco conocido para
ellos. Platón recordó a su discípulo que habían leído en clase un
libro de geografía de Avieno, "Ora maritima", donde entre otras
cosas aparecía la descripción más antigua de la costa ibera
mediterránea. Hoy en día nosotros identificaríamos ese lugar
como una parte de la bahía de Cádiz, el mar que baña las costas
gaditanas desde esa ciudad hasta Rota. En el muy remoto pasado
al cual Platón y Aristóteles estaban asistiendo gracias a esos
pergaminos, el pequeño reino estaba en la costa, pues el mar
todavía no lo había invadido; pero eso ellos lo desconocían.
Pasaban de una sorpresa a otra. Por ejemplo, leyeron en
caracteres helenos "oricalco (cobre de montaña)", que, a juzgar
por los jeroglíficos, para los Tarsianos era más valioso que el oro,
pues su perenne belleza era como la del cobre bruñido, incluso
recién cortado, libre de óxido. También extraían todo tipo de
minerales y piedras preciosas.
Se describía la arquitectura y costumbres del Reino de Tarsis,
se describía la ciudad del mismo nombre y otras cuatro ciudades
satélite, más un puerto. La gran ciudad ocupaba una llanura
oblonga. Edificaron sobre una montaña rodeada de círculos de
agua una espléndida acrópolis con notables edificios, entre los
que destacaban el Palacio Real y el templo de Poseidón. En dicha
acrópolis, construida sobre una colina, había muchas casas de
grandes proporciones, antiguos hogares de los primeros
pobladores: gigantes "Atlantes". De momento no se mencionaba
-7-

ningún otro, por lo que, al parecer, el colérico e impulsivo dios
del mar era el único o principal al que adoraban.
Construyeron un gran canal en línea recta, de longitud
cincuenta estadios, para comunicar la costa con el anillo de agua
exterior que rodeaba la metrópolis; y otro de igual ancho pero
menor longitud, prolongación hacia el norte del canal del lado
sur. La ciudad estaba surcada por tres anchos canales circulares
concéntricos, unidos por el mencionado canal recto, más estrecho
y orientado de norte a sur. Cada uno de los dos anillos de terreno,
cortados perpendicularmente por el canal recto, estaba rodeado
por un muro. Los muros estaban hechos de roca roja, blanca y
negra, recubierta de oricalco, latón y estaño. En el centro del
canal interior se alzaba una isla-colina con muchas edificaciones,
algunas muy grandes. La isla estaba fortificada por murallas, del
mismo tipo y grosor pero más altas que las que rodeaban los dos
anillos de tierra.
Las otras ciudades tenían una estructura semejante pero todo
era más pequeño: anillos concéntricos de tierra irrigados por
anchos canales anulares, conectados entre sí mediante un estrecho
canal recto, siempre de norte a sur. Pero la isla central de esas
cuatro ciudades no estaba ocupada por una colina sino por un
llano, y sus edificios más grandes eran un templete de Poseidón y
el pequeño palacio de la máxima autoridad, el representante del
Rey de Tarsis.
Esa disposición sin duda favorecía el transporte y comercio
marítimos, además de constituir un buen sistema defensivo en
caso de ataque.
Fueron transcribiendo un pergamino tras otro. El antiguo
ateniense los había numerado del uno al seis. Los jeroglíficos eran
muy pequeños y fueron dibujados apretados pero en líneas
horizontales claramente separadas. No había márgenes, para
-8-

aprovechar toda la superficie. Igualmente tuvo que hacer
Aristóteles, escribiendo letras lo más pequeñas que pudo.
Consiguió escribir un pergamino en griego por cada pergamino
egipcio. Terminado el sexto, Platón estampó como pudo su firma,
"Aristocles Podros", en cada uno de ellos. Después envió los
pergaminos al Rey de su ciudad-estado. Los originales egipcios
permanecieron en la biblioteca de la Corte ateniense.
Pocos años después, el 356 a.C., nació Alejandro Magno.
Fundó Alejandría sobre la vieja Rhakotis, en el año 332 a.C.
Llegó a ser una gran ciudad portuaria y principal centro cultural
del mundo antiguo.

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- 10 -

2 Francis Urchin y su amigo
"Si bien buscas, encontrarás."
(Platón).
"Lo que niegas te somete. Lo que aceptas te transforma."
(Carl Gustav Jung).

A principios del año 2013 d.C., el explorador egiptólogo
inglés Francis Urchin dijo a su amigo, un adinerado con
reputación de mujeriego:
—¿Sabes algo acerca de Platón?
—Casi nada; ¿por qué me lo preguntas?
—Platón narra una historia que en nuestros días tendría 11.000
años, en pleno período Mesolítico (el de transición entre el
Paleolítico y el Neolítico): un misterioso personaje enseñó a un
egipcio la sabiduría de su civilización.
—¿Qué clase de sabiduría? ¿Seguro que eso lo escribió
Platón?
—Quizá escribiese los pergaminos por mano de uno de sus
alumnos, para el caso es lo mismo. Es muy interesante.
—Está bien, Francis; a lo mejor me arrepiento de esto, pero…
¡dispara!
—He averiguado algo al respecto, sé dónde está la tumba de
ese egipcio: es un sarcófago que hallaron hace muchos años
dentro de una de las pirámides más antiguas de Egipto.
Actualmente se encuentra en el Museo Nacional de Alejandría.

- 11 -

—¿Y eso para qué sirve o qué tiene que ver conmigo? ¿Me
vas a proponer otra de tus aventuras?
—Sí, sobre todo porque no tengo suficiente dinero para
acometer la necesaria expedición.
—¡Otra expedición! No hace mucho me embarcaste en una.
—No te obligué, además a ti te gustan.
—Por eso cada vez soy menos rico. ¿Por qué habría de
ayudarte en otra expedición, algo siempre muy caro? Encima
ahora eres inoportuno, pues tengo prevista una expedición al
apartamento de una turista francesa llamada Sophie, bello
nombre, para "enseñarle" nuestras costumbres…
—¡Tengo una corazonada!: en ese sarcófago hay algo, talvez
en la momia, no lo sé, algo que quizá nos dé valiosa información
acerca de esos pergaminos…
—… Donde sin duda se expone al detalle la arcana sabiduría
que el misterioso personaje enseñó al egipcio y que pudo ser lo
que originó el éxito de la civilización egipcia… Tienes mucha
imaginación, ¿no puede ser una mera conjetura que te llevará a
ninguna parte? —Francis negó con la cabeza y añadió algo que
sabía iba a decidir a su amigo:
—Pueden adelantársenos, ¿sabes?, no soy el único que conoce
el paradero del sarcófago.
—Ya… y quieres que lo deje todo y me vaya contigo, pagando
todos los gastos.
—Te devolveré el dinero, lo prometo.
—¡Está bien, está bien! No tienes que hacer promesas que no
vayas a cumplir. Lo haré porque tú me lo propones y porque
huelo la aventura; sabes que no me suelo equivocar.

- 12 -

—No te equivocas ahora tampoco.
—Visitaré a mi madre y después haremos el viaje.
—¿Cómo está?
—La última vez que la vi no estaba mal del todo, a pesar de su
cáncer de piel. De momento no se extiende mucho.
—No la dejes sola demasiados días seguidos, eres la única
familia que le queda.
—La visito una vez o dos por semana.
—Bien, pero quizá podrías… estar con ella más a menudo,
¿no crees?
—Eso creo, tienes razón. Su soledad debe ser terrible.
En el avión, se interesó por la familia de su amigo.
—¡Vaya!, por fin me preguntas por los míos. En la práctica ya
no tengo familia —Dijo Francis, cabizbajo—. Mis padres
murieron hace mucho; mi esposa falleció hace años; no tengo
contacto con tíos, ni primos, ni… todos viven demasiado lejos y
ninguno de nosotros está muy interesado en visitar a los demás.
Tampoco veo a mi único hijo; hace tres meses que se fue de casa
y sé que no quiere verme.
—Lo siento. ¿Dónde está?
—Eso me gustaría saber. Tengo indicios de que se ha
enviciado con la droga y vive en algún suburbio.
—Seguro que lo encontrarás.
—Si lo busco como hasta ahora será difícil. Mi trabajo me
absorbe. —Francis cogió un cigarro con su mano derecha, lo puso

- 13 -

en su boca y con la misma mano sacó un mechero del bolsillo de
su chaqueta.
Pero cuando se disponía a encender el pitillo, se agarró el
pulmón izquierdo con una mueca de dolor. El mechero cayó al
asiento entre sus piernas. Su amigo se apresuró a cogerlo y
asegurarse de que no había quemado nada. Pero Francis se
retorcía de dolor, ajeno a lo que hacía su amigo.
—¿Qué tienes?
—Ya se me está pasando… ya está. Volverá a dolerme: el
oncólogo me ha dicho que es un cáncer en mi pulmón izquierdo.
—Vaya… lo siento. ¿Desde cuándo tienes cáncer? ¿Por qué
no me lo habías dicho?
—Desde hace unos dos meses. No te lo dije por no
preocuparte, y porque nunca me preguntas por mi salud.
—Horrible: no sólo pierdes a tu hijo sino que además te sale
un cáncer.
—Lo que de verdad me preocupa es la salud de mi hijo. A
estas alturas puede que esté muerto.
—Eso no lo sabemos, pero debes averiguarlo, y para ello has
de encontrarlo.
—Me temo lo peor —Volvió a hacer una mueca de dolor—.
Ya se me pasa, no te preocupes. Cada vez que pienso en que mi
hijo puede haber muerto, me duele el pulmón izquierdo. A veces
pienso que…
—¿Tu cáncer y tu hijo están relacionados?
—¿Por qué no?

- 14 -

—Pues porque… bueno, es cierto que hay conflictos
emocionales que provocan enfermedades.
—¿Qué te ha dicho el oncólogo?
—De momento he de someterme a quimioterapia, según él.
—¿Según él?
—Creo que he de centrarme en encontrar a mi hijo, ¿no?
—¿Y me lo preguntas? ¡Busca a tu hijo! Si lo encuentras,
espero que sano, quizá hasta mejores del cáncer o incluso te
cures, si es verdad lo que dices.
—Pero…
—¡No hay más que hablar! Yo te ayudaré a encontrar a tu hijo,
en cuanto terminemos con el asunto del sarcófago.
—Gracias, amigo.
—Además ahora tengo más tiempo que antes, porque mi
madre ha muerto.
—Lo siento, amigo. ¿Por qué no me lo dijiste nada más vernos
en el aeropuerto?
—No sé; quizá quería centrarme en los problemas de los
demás en vez de en los míos, aunque sólo fuera por una vez.
Además no me gusta hablar de la muerte.
—¿Cómo murió?
—No me avisó de que había empeorado. Cuando fui a verla
me estrechó como pudo entre sus brazos, casi sin fuerza,
procurando no tocar mi piel con la suya… pasaron largos minutos
y murió abrazada a mí.
—Su piel enfermó… ¿quién sabe si fue por no estar en
contacto con la tuya?

- 15 -

—¿Sugieres que la separación de mí le produjo cáncer de piel?
—No me atrevo a afirmarlo, pero siento que la prolongada
separación de toda su familia, y en parte de ti también, afectó
gravemente a su piel.
—Yo…
—No te sientas culpable, quizá no fue por eso.
—Quizá sí.
—Pero tú la visitabas periódicamente.
—Podría haberla acompañado un rato todos los días. Además
le dolía mucho su mama izquierda. La pobre… cuando me veía se
le quitaba ese dolor… —Francis no quiso añadir nada más;
guardó silencio mientras su amigo mantenía los ojos cerrados;
respetó su dolor.
El avión aterrizó en el Aeropuerto de El Cairo. Viajaron en
tren hacia Alejandría.
Ya en el Museo Nacional de Alejandría, no tardaron en
localizar su objetivo…
—Lo encontraron en una de las más antiguas y pequeñas
pirámides de Egipto. Es un sarcófago de poca monta. La momia
es de un médico, debió de ser muy rico para que su familia pagase
la carísima sepultura.
—¿Qué vas a hacer?
—No te preocupes; a estas horas, la sala es poco frecuentada
por los visitantes y he conseguido permiso para hurgar en el
sarcófago.
—Me temo que ese permiso habrá resultado caro…

- 16 -

—No demasiado. Ten por seguro que esta vez tu dinero
producirá mucho fruto. —Su amigo suspiró, resignado pero lleno
de curiosidad.
Francis Urchin abrió el sarcófago.
—Parece que era deforme, a juzgar por su pecho y vientre.
Menos mal que la momia al menos está limpia por fuera, me da
asco.
—Puede que tenga algo bajo las vendas de su pecho y
vientre... —Francis retiró con cuidado el antiquísimo vendaje que
la momia tenía sobre la extraña protuberancia, sin hacer caso a los
ascos de su amigo—… ¡Es un pergamino! —Se quedó como
petrificado, observándolo.
Su también sorprendido amigo lo cogió con cuidado, deshizo
las adherencias de las vendas y observó el documento, que estaba
plegado formando una "s"…
—Supongo que esta inusual forma de plegar un pergamino se
debió a su recipiente: el cuerpo del difunto médico. —Francis
callaba, pensativo—. Nunca he oído hablar de un pergamino
doblado de esta manera. Tú eres el experto, ¿qué dices de esto?
—Tampoco yo. Pero no lo entiendo: los pergaminos más
antiguos son del año 1500 a.C. Sin embargo éste se escribió en
Egipto, bastantes milenios antes. Esto constituye un
descubrimiento. ¿Fueron los egipcios quienes inventaron los
pergaminos? —Su amigo asintió y se dispuso a abrirlo…
—¡No lo abras ahora! Lo haremos en un lugar discreto.
—Vamos a mi suite.

- 17 -

En el crepúsculo, llegaron al céntrico hotel de Alejandría.
Ambos amigos entraron en la suite. Francis Urchin abrió el
pergamino. Eran jeroglíficos, como cabía esperar, pero muy
pequeños y no había márgenes. Su corazón latía deprisa.
—¡Jeroglíficos del Egipto antiguo! Mira, tiene palabras en
letras griegas… los nombres propios y comunes.
—¡Vamos, descifra ya! Sé que eres un experto en jeroglíficos
egipcios.
—Son bastante primitivos, eso cuadra con la antigüedad de la
pirámide y la momia. Por entonces Alejandría no existía, al
menos no con ese nombre. Fue fundada por Alejandro Magno en
el año…
—¡Y dice!… —Francis sonrió a su amigo y (con parsimonia
para seguir impacientándole, cosa que le divertía) por fin se puso
a descifrar:
—"Mi maestro dice que su nave emergió del mar y atracó en
nuestro puerto. Es el tarsiano Pocáyam. A petición suya, he
añadido esta información en todos los pergaminos que recogen su
sabiduría, esto es como su firma, por tanto lo consigno también en
este último." —Francis miró a su amigo, sorprendido. Ambos
exclamaron, al unísono:
—¡Su nave emergió del mar!
—¿Un submarino?
—Puede, pero es
adelantado a su tiempo.

tan

improbable…

sería

demasiado

—Claro, debe ser simbólico: se dice que el mar alude el
subconsciente.

- 18 -

—Se llamaba Pocáyam. ¿Sabes leer griego?; escribió su
nombre, mira...
—A ver… "tarsiano
descifrando el jeroglífico:

Pocáyam".

—Francis

continuó

—"Llegaron con grandes riquezas él y sus compañeros. Fue
uno de los hombres más ricos de Egipto y ahora lo es más, pues
con su ingenio logra hacer fructificar sus bienes y tiene el favor
del Faraón, que me ha ordenado consignar en pergaminos su
sabiduría. Lo hemos conocido ya anciano. Las cosas que me ha
enseñado y poco a poco he añadido en los anteriores pergaminos,
estoy seguro de que serán el embrión de una cultura superior para
nuestro pueblo, que nos permitirá extraer más fruto y riquezas de
la tierra, mejorar nuestras ciudades, conocer mejor el cielo y
dominar militarmente a nuestros enemigos. Aunque me temo que
no seremos capaces de fabricar sus máquinas. No ha cejado hasta
asegurarse de que el método curativo de la civilización de la cual
proviene, los Tarsianos, no se perderá antes de su muerte. Me
dice que el motivo principal por el cual ha accedido a
transmitirme sus ciencias y técnicas es el de enseñarme, en este
último pergamino, su sistema curativo. Me dice que se alegra de
que yo sea médico, pues lo entenderé mejor, y me pide que
aprenda bien su ciencia sanadora, porque así quizá podría curarlo
yo y vivir unos años más hasta morir de viejo. Le digo que nadie
puede librarlo del cáncer que le invade. Él me responde que
aprenda su técnica y entonces podré curarlo."
—¡Impresionante! Sigue...
—"Pero yo no puedo aceptar que los médicos de Egipto
estemos tan equivocados y por tanto seamos tan poco eficaces en
curar enfermedades y aliviar dolores, aunque es verdad que
nuestra eficacia no es grande. Sobre todo no puedo aceptarlo
- 19 -

porque no creo más que en lo que veo, palpo, huelo o degusto. No
obstante, lo que mi maestro afirma merece ser recogido en
pergaminos. Además el Faraón me mandó hacerlo; por tanto esta
extraña medicina también perdurará por escrito, para ser
estudiada en edades futuras. Si de verdad cura, cosa que dudo, lo
conseguirá por sugestión."
—Menos mal que respetó a su maestro y obedeció a su faraón.
Me gustaría echar un vistazo a los anteriores pergaminos.
—También a mí, pero de momento este es el único que
tenemos… —Y continuó descifrando el pergamino hasta el final.
Tres días más tarde terminó de transcribirlo con esmero, en su
PC portátil, al inglés británico, por ser más inteligible para la
mayoría de la gente, más universal, que cualquier otro inglés
norteamericano.
Al siguiente día, Francis fue a comprar en un bullicioso
mercado. Alguien le robó y se llevó corriendo lo que había
adquirido: un recuerdo para su hijo. Pensaba regalárselo en
cuanto lo encontrara. Se enfureció sobre manera y lo persiguió.
Le dio alcance, pero en cuanto el ladrón se giró le clavó una
navaja entre las costillas flotantes de su izquierda.
Un policía lo llevó al hospital más próximo.
Ya en cama, Francis llamó al teléfono móvil de su amigo y
éste llegó en cuanto pudo.
—¿Cómo te encuentras?
—Si me busco me encuentro; ya es algo —Le sonrió.
—Sí, ¡je, je! Lo peor es cuando te buscas y no te encuentras…
—Se rió, pero después afirmó con seriedad:

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—En tu pulmón izquierdo… parece un presagio o algo así:
¿Estás decidido a encontrar a tu hijo?
—¡Por supuesto! Los médicos y enfermeras me cuidan bien.
Estoy deseando regresar a nuestra tierra y empezar a buscarlo. —
Dos semanas después, Francis se sintió prácticamente curado del
navajazo. Urgió al médico que llevaba su caso y a duras penas
consiguió que lo diera de alta al día siguiente.
Regresaron a la suite del hotel, hicieron las maletas y viajaron
de Alejandría al aeropuerto de El Cairo, todo ello en un taxi por
las prisas de Francis. Para su amigo el millonario no era un gasto
excesivo.
A la espera del embarque en el avión, su amigo le preguntó:
—¿Cómo te encuentras?
—Siento molestias donde tengo el cáncer, pero ahora me duele
de una forma diferente…
—Humm… se estará curando. —Sonrió.
Tenían el pergamino, el original y en inglés británico. Para
ellos era una de las cosas más valiosas del planeta, después de la
salud y la presencia del hijo de Francis. Habían releído juntos la
transcripción al inglés en la pantalla del PC portátil, mientras
llegaba el momento de subir al avión. Cada vez estaban más
convencidos de la eficacia de ese método de curación sin
medicinas. La primera de las aplicaciones que encontraron fue la
certeza de la relación existente entre el tumor en el pulmón
izquierdo de Francis Urchin y el temor por la muerte de su hijo.
Subieron por fin al avión que los llevaría de regreso a Florida,
sobrevolando de nuevo el Océano Atlántico...

- 21 -

No compartieron con nadie el fichero informático, pero
decidieron llevar a la práctica el método de modo habitual y
enseñárselo a todo aquél que le interesara. Cualquiera podía
aprenderlo. Que mucha gente lo conociera y empleara mejoraría
la salud de la población mundial, pesara a quien pesase, por
ejemplo a las multinacionales farmacéuticas o a quienes sólo
conciben métodos "científicos" para el arte de curar a los
enfermos, despreciando los métodos holísticos, como el que
habían descubierto.
Los métodos holísticos son aquellos que consideran al todo
estudiado como superior a la suma de sus partes. La técnica
curativa que ambos amigos aprendieron se puede encuadrar
dentro de la medicina holística, pues no sólo tiene en cuenta la
sangre, carne y huesos de la persona humana —su cuerpo— sino
también su psique racional y su psique emocional, todo ello en
armonía. Al ser humano se le considera como una unidad psicofísica: cuerpo, mente y espíritu.
Pocáyam le dijo a Francis que había encontrado muchas cosas
en Internet acerca de la medicina holística, pero que sólo se había
fijado en dos recientes que además no aparecen en el artículo de
Wikipedia que habla de la medicina holística: la "Nueva Medicina
Germánica" de Hamer y la "BioNeuroEmoción" de Enric
Corbera. En cambio las que se relacionan en ese famoso sitio web
en el mencionado artículo son: Homeopatía, Acupuntura,
Fitoterapia, Nutracéutica y Medicina Natural, Terapia Floral de
Edward Bach —conocida generalmente como "Flores de Bach" y
considerada como pseudociencia por la comunidad científica—,
Aromaterapia y Arboterapia.

- 22 -

Pero Francis pronto desistió de convertirse en terapeuta: ya
sólo pensaba en encontrar a su hijo. Se dieron un abrazo y se
separaron.
En cambio su amigo estaba decidido a lanzarse a esa nueva
aventura con dedicación plena. Cobraría por su trabajo de
terapeuta, no por el dinero sino para darle más seriedad. Y no le
preocupaba la posible competencia, pues andaba sobrado de
bienes y porque cuantos más terapeutas de esa técnica surgieran,
mejor: de ese modo se extendería con rapidez esa revolucionaria
medicina, para bien de la Humanidad.
Debía desprenderse de su pasado frívolo y actuar sin ser
reconocido. Se había ganado fama de mujeriego y alocado joven
rico aventurero caza-tesoros, pero eso no convenía a alguien que
se iba a dedicar a curar gente. Por tanto debía marcharse a otro
país lejos de Florida, por ejemplo a Nuevo México, porque desde
hacía tiempo deseaba visitar su capital, Santa Fe. Para él no
suponía un problema mudarse, pues no tenía esposa ni hijos,
tampoco demasiados amigos; a la mayoría de sus conocidos lo
que más le interesaba de él era su dinero.
Se cambió de nombre, adoptando el del autor intelectual del
pergamino: Pocáyam. Como Francis Urchin —urchin significa
niño travieso, pilluelo, vagabundo… también erizo,
preferentemente de mar: "sea urchin"— fue su gran amigo y
quien hizo posible el hallazgo del pergamino, quiso imitar además
ese apellido. Sonrió al recordar un curioso caso de sincronismo
digno de ser estudiado por el gran Carl Gustav Jung, cuyos libros
comenzaba a devorar.
Muchos años atrás, tres días antes de que el ahora llamado
Pocáyam Urchin conociera a su amigo Francis, vio su cara en un
sueño donde un erizo salía de sus entrañas y aumentaba de
- 23 -

tamaño mientras se ponía de pie. Alcanzó la estatura de un
hombre y se terminó de enderezar: tenía la cara de su futuro
amigo. Cuando se lo presentó su amiga Myriam Hedgehog —
hedgehog significa erizo—, se le quedó mirando a la cara,
sorprendido.
Los sincronismos comenzaron a hacerse frecuentes en su
vida… o quizá ya antes lo eran, pero no reparaba en ellos.
Así pues, sólo quedó de su nombre completo original el
segundo apellido: García.
Supuso que llamarse Pocáyam Urchin García resultaría
sugestivo en Nuevo México y en otros países, y eso resultaba útil,
porque volvería a tener fama, pero esta vez de la buena. Al menos
llegaría a algunos Estados vecinos de USA y Centro América.
Pero él lo que buscaba no era fama, la fama sería un medio para
curar a la gente… es algo que siempre quiso hacer pero que por
pereza nunca intentó, porque eso le hubiese obligado a estudiar
medicina —él nunca quiso estudiar nada en serio—, además de
dedicar su tiempo a los demás en vez de a caprichos.
Entró en una biblioteca para buscar libros de Psicología. Un
ejemplar con dibujos de animales llamó su atención antes de
dirigirse a la estantería con libros sobre la mencionada ciencia.
Alguien lo había dejado apoyado sobre otros libros del estante, de
manera que la portada era visible. Lo cogió para hojearlo; trababa
acerca de Etología. Antes de abrirlo consultó en su móvil la
definición de esa ciencia desconocida para él. En Wikipedia leyó:
"es la rama de la biología y de la psicología experimental que
estudia el comportamiento de los animales en sus medios
naturales." Líneas más abajo fijó su mirada en esta frase: "Los
seres humanos, también animales, forman parte del campo de
estudio de la etología. Esta especialización se conoce con el

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nombre de etología humana." Mientras tomaba asiento, comenzó
a leer el libro.
En pocas visitas a la biblioteca, se lo había leído con fruición.
Terminó la última página una mañana temprano. Encontró
enseguida un ejemplar sobre Etología humana y le pareció
todavía más interesante. En dos días terminó su lectura atenta.
Regresó a casa de noche; caminaba reflexionando, contento;
estaba seguro de que le sería útil lo aprendido en esos libros, a fin
de cuentas podía afirmar que él había estudiado, y continuaría
haciéndolo, determinados comportamientos de las personas
humanas en relación con su salud.

- 25 -

- 26 -

3 Pocáyam Urchin García
"El hombre inteligente habla con
autoridad cuando dirige su propia
vida."
(Platón).

Pocáyam Urchin García se estableció en Santa Fe, Nuevo
México, en una casa de estilo colonial no demasiado llamativa
por fuera pero completa y cómoda por dentro. La verdad es que
era lujosa.
Ese mismo día recibió una llamada en su móvil. Era Francis
Urchin:
—Amigo, he encontrado a mi hijo.
—¡Magnífico! ¿Cómo va tu cáncer?
—El cáncer va muy mal: se ha convertido en un quiste, por
tanto yo estoy bien.
—¡Ja, ja, ja! Me alegro. ¿Cuándo te diste cuenta de que
estabas curado?
—Pregunta correcta: en cuanto encontré y abracé a mi hijo. La
teoría se cumple en la práctica. Estaba en un estado lamentable,
tirado en la calle y con el mono de la droga. Lo está superando, en
mi casa. Vivimos juntos, como en los felices tiempos.
—Me alegro muchísimo. También ahora eres feliz, de otra
manera.
—Así es.
—Cuando quieras verme, aquí estoy.

- 27 -

—Como sabes, Florida está muy lejos de Nuevo México, pero
tomo nota.
—No hay prisa, amigo, lo primero es tu hijo.
—Un fuerte abrazo. —Y colgó.
A pesar de la publicidad que puso en las redes sociales, no
conseguía ningún paciente.
Pasaba el tiempo leyendo a Jung y a otras grandes figuras del
psicoanálisis. Freud, el oponente de Jung, no le convencía.
También estudió por entonces la simbología del cuerpo, gracias a
los escritos de Georg Groddeck, especialista que inspiró a Freud
para que éste hablara del "Ello" —el inconsciente que descubrió
gracias a Groddeck—, en relación con el "Ego" —el consciente—
, y nos legó un "esquema de somatización corporal" de las
emociones, quizá por primera vez en el siglo XX, porque en la
vasta historia de los Humanos seguro que hubo bastantes que
escribieron o al menos hablaron sobre esto.
Comprobó que tanto Jung como Freud afirmaron que nos
marcamos hasta los dos años y tratamos de compensar el resto de
nuestra vida.
Recabó más información en Internet acerca de los promotores
de terapias curativas encuadrables en lo holístico (es decir, que
consideran al enfermo como un todo armónico compuesto de
psique y cuerpo) que ya había seleccionado hacía tiempo: Joaquín
Grau Martínez, nacido en Tarragona pero con residencia habitual
en Madrid, el alemán Ryke Geer Hamer y Enric Corbera, natural
de Olesa de Montserrat, Barcelona.
De nuevo sobrevoló el Atlántico. Mirando fijamente el
inmenso piélago marino, imaginó dónde pudo haber estado el
continente que habitaron los Atlantes…
- 28 -

Y aterrizó en Madrid, donde por entonces vivía Joaquín Grau,
descubridor de la Anatheóresis —palabra griega que significa
"revivir el pasado"—. Habló con él y comprobó que estaban muy
de acuerdo en cuanto a la génesis y curación de las enfermedades
y dolores: la psique emocional. Congeniaron y Pocáyam se
apuntó a uno de los cursos que él impartía. En las prácticas
lograba relajar a sus compañeros al mismísimo nivel de la
relajación consciente, la vibración Theta, a 4 hertzios… si bien
con él no lo conseguían.
Acabó dicho curso y continuó hurgando en las redes sociales,
esta vez con éxito, pues consiguió pacientes españoles: dos
personas desesperadas. Mucho tenían que estarlo, pensó, para
confiar en alguien como él. Las atendió en su habitación, un hotel
céntrico de Madrid:
Primero vino a su habitación, previa cita por teléfono, una
señora de Barcelona, acompañada de su marido. Cuando ella le
contó cuál era su enfermedad, Pocáyam temió no ser capaz de
curarla. Conforme la escuchaba se animó a sí mismo
reconsiderando que en realidad él no curaba a nadie, sino que es
la propia persona la causante de su propia enfermedad o curación.
Ella padecía de liposarcomas, bolsas de tejido adiposo tumoral de
hasta dos kilos —muy grandes, en comparación con lo habitual—
que le crecían periódicamente, arrinconando las vísceras del
abdomen, a veces incluidos los intestinos. El cirujano que se las
sacaba le decía que, por desgracia, su aparición sería cada vez
más frecuente. Pocáyam utilizó la que él denominaba ya
"Medicina Atlante", reforzada con la técnica anatheorética que
aprendió de Joaquín Grau. Tras varias sesiones de alrededor de
tres horas, quedó claro el problema emocional causante de esa
enfermedad en esa paciente concreta. Reconoció que en su lugar
eso apenas le hubiera afectado a él, pero desde entonces le quedó
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más claro que cada persona es diferente de las demás, otro
mundo. Entre sollozos, ella vio con claridad que el conflicto
emocional señalado por Pocáyam era el causante de sus molestas
bolsas de grasa y que mientras no lo resolviera no se curaría. Le
dio los consejos que se le ocurrieron y delante de él su marido le
aseguró que la ayudaría a cumplirlos. Consideró que ella sabía ya
contra qué dragón luchar: debía matarlo o al menos esquivar su
fuego…
Días después vino a su habitación, también previa cita
telefónica, un hombre de Bilbao. Le habían extirpado un linfoma
en el colon ascendente. Poco después le diagnosticaron metástasis
en los pulmones. Probaría con Pocáyam para ver si se curaba sin
necesidad de medicación ni de una nueva intervención quirúrgica.
En pocas sesiones quedó claro a Pocáyam y a ese hombre cuál era
el origen emocional de su cáncer en los pulmones: algo que le
provocó una emoción dañina que descubrió entonces y reconoció
como la causante de su cáncer pulmonar. Vieron claro además
que la causa de su cáncer de colon había sido otro conflicto
emocional no resuelto. Le dio los consejos que le parecieron
oportunos, y el enfermo se esforzó en seguir la tarea que le
imponía su sanador.
Tres semanas después, recibió la visita del matrimonio de
Barcelona. Muy contentos, le comunicaron que ella se había
curado. Repasaron la "tarea" que debía continuar llevando a la
práctica, con ayuda de su esposo, para evitar recaídas en su
problema emocional, y se despidieron con abrazos.
Pocáyam visitó a Joaquín Grau para contarle el caso. Él le
dijo, medio en serio medio en broma, que no era más que "la
suerte del principiante", que él nunca había curado un cáncer.
Dos días más tarde le llamó el bilbaíno. Su médico le había
comunicado que el cáncer de pulmón se había convertido en un
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quiste. Le dio las gracias por ayudarle a matar su dragón y le dijo
que le llamase si alguna vez daba una charla acerca de la
Medicina Atlante enriquecida con la Anatheóresis. Fuera donde
fuese, él asistiría.
Pocáyam llamó al móvil de Joaquín Grau para contarle el caso
del antes enfermo de Bilbao. Comenzó a considerarlo como su
alumno más aventajado… cada vez más, porque cada vez iban a
su "consulta" más enfermos, con toda clase de enfermedades tanto
psíquicas como físicas y curaba a la mayoría, salvo a quienes no
querían o no eran capaces de matar a su dragón. Pero siempre
encontraba al dragón, a menudo una cadena de ellos, ocultos unos
debajo de otros...
Meses después, Joaquín Grau lo invitó a explicar a sus
alumnos la Medicina Atlante completada con la Anatheóresis.
Pocáyam aceptó encantado, pero dos días antes de la charla que
fue a darles, su maestro murió. No obstante, asistieron casi todos
los alumnos, sus compañeros. Pero poco después de comenzar le
decían que eso no era lo que decía el difunto maestro. Pocáyam se
enfadó y se marchó.
Viajó al sur de España, en concreto a Málaga, para encontrarse
por fin con Hamer, quien por cierto habla bien el castellano,
idioma que Pocáyam habla con fluidez, no así el alemán.
Comentaron cosas muy interesantes durante varios días: aprendió
las pautas para localizar en los TAC sin contraste los "focos de
Hamer", estudió sus cinco Leyes de la Medicina, que siempre se
cumplen para todos los pacientes, su visión de la somatización de
las emociones y cómo diagnosticar, mediante la observación de la
forma y ubicación de los focos en el cerebro, la fase de una
enfermedad (si está en fase simpática o parasimpática), incluso
cuánto hace que el paciente se curó, y su ubicación en los
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