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Título: Señor Inframundo.pdf
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Señor del inframundo
Volumen I: Forastero
Por Luis Aníbal Núñez

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Villa Felicidad
Üll abre los ojos una fría madrugada, no ve estrella alguna,
imposible, Señor del inframundo las ha robado todas.
Su estupor es absoluto. Podría jurar que la noche anterior vio un
hermoso cielo estrellado. No ve tampoco nubes; Kava brilla con
fuerza. No se detiene a pensar en esto de todos modos. Se
encuentra demasiado herido, cansado y hambriento para
preocuparse por eso. Lo cierto es que al ver cercanas las luces de
Villa Felicidad, luminosidad emitida por antiguas antorchas de
Fusta Ferro clavadas en los límites de dicha zona habitada, un
alivio fortalecedor le renueva las energías para seguir adelante a
pesar del dolor. Ha dejado atrás Bosque Mandrumin, una
espesura que jamás olvidará desde ahora. No obstante, no ha
podido dejar del todo atrás a sendos demonios, quienes con saña,
prisa y fiereza, aún lo están buscando no muy lejos de su
posición.
Tan sólo unos pasos hay entre el joven y las puertas de la villa,
una entrada que podría ponerlo a salvo de los peligros
circundantes, que podría darle acceso a las comodidades
disponibles dentro del bonito emplazamiento. Gira boca abajo, se
arrastra, intenta alcanzar estas puertas hechas con el mismo
material de las antorchas. Justo antes de alcanzarlas, siente de
nuevo que pierde el control de su propio cuerpo, como si toda
masa muscular se le hubiera desvanecido. Se desploma de golpe,
su mejilla derecha queda sobre el suelo, pestañea con lentitud.
Parece incapaz de seguir avanzando. Los efectos de una
hambruna a la que no está acostumbrado, hacen que no tenga
fuerzas para moverse más. Es el final, lo sabe, no queda nada por
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hacer. Los demonios se siguen acercando a él desde alguna parte.
El joven Üll Kristianson pierde el conocimiento, no puede
evitarlo. Antes de perderlo por completo, es capaz de ver
demonios que emergen entre los árboles de Bosque Mandrumin
con la intención de darle alcance por fin. Para entonces, a pesar
de la mucha resistencia que le gustaría imponer, se queda
inmóvil. No podrá resistirse por mucho que quiera. Entonces, por
fin se desvanece.
*****
Cuando vuelve a recuperar el conocimiento, sin saber si ya está
muerto o no, lo primero que siente es una especie de calor
sofocante. Abandona de golpe la posición horizontal, queda
sentado. Examina su alrededor, se encuentra dentro de una
cabaña monoambiental, cubierto por pieles de lobo gris frente a
una estufa a leña encendida. Las pieles son gruesas y el fuego
está cerca, lo cual explica el calor que siente en su debilitado
cuerpo. Siente en el estómago un hambre atroz y voraz. Se
detiene a observar las llamas un instante, le dan algo de paz,
aunque le inquieta el hecho de no reconocer el sitio donde se
encuentra. Piensa que ha de ser de mañana. No puede
confirmarlo, las ventanas tienen cerradas sus portezuelas de
madera. Destapa un poco su torso desnudo, siente algo de mareos
y debilidad.
La espada con destellos plateados que ha traído consigo, para su
propio alivio la ve a mano izquierda; suspira profundamente. Se
pregunta a quién pertenece esa cabaña. Todavía mareado y aún
con algo de dificultades se pone de pie, siente cual saco de plomo
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el cansancio sobre sus hombros. Con lentitud se dirige hacia la
puerta de madera, toma el picaporte de hierro pero antes de jalar
para abrir, alcanza a ver que una figura se pone de pie a su
izquierda. Gira en esa dirección entonces. Se encuentra con una
niñita muy rubia que viste un camisón viejo. Ella se queda
mirándolo sin atisbo de temor alguno. Una mujer se apresura por
alcanzarla, la abraza por detrás y la aleja un poco. Por último, un
hombre es el tercero en incorporarse del lecho donde los tres
descansaban. El hombre lo observa con algo de temor.
––No deberías estar de pie aún… no has descansado lo
suficiente. ––exclama el hombre de la casa, antes de intercambiar
miradas con la mujer que sostiene los hombros de la simpática
niña.
––¿Dónde me encuentro? ––pregunta Üll con confusión
extrema. A pesar de los peligros que ha debido pasar desde su
partida, no se siente en peligro ahora mismo. Quizás la empatía
con la niña lo cautiva más de la cuenta.
––Le pedimos disculpas, forastero. Mi nombre es
Lenyon, esta es la humilde morada de nuestra familia. Ella es mi
esposa Ónvana y ella es nuestra pequeña Ánvana. ––responde el
hombre sin problemas. La niña se muestra ahora un poco más
tímida que antes.
––Mi nombre es Üll.
––Muy bien, Üll, ¿por qué no nos acompaña a desayunar
antes de salir? ––Le pregunta Ónvana esforzándose a esbozar una
sonrisa.
––Claro, será un placer. ––responde Üll. No hay sitio
para una respuesta diferente a esa, teniendo en cuenta el hambre
que padece.

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Se acomodan alrededor de una pequeña mesa redonda de madera.
Hay cuatro sillas justas. Ónvana deposita en medio de la mesa un
cesto repleto de legumbres y tubérculos que estuvo cocinando al
vapor la noche anterior. La niña mira los alimentos con rostro de
desagrado. Se refriega los ojos soñolientos, enseguida mira a Üll
buscando complicidad en él. Üll no comprende esto, sólo le
sonríe, le resulta notorio e inconfundible el parecido entre madre
e hija. Sobre platos de madera se disponen a comer, el invitado
no tarda en devorar todo lo que le ponen delante, no puede
disimular demasiado su hambruna.
––¿Viven sólo ustedes tres aquí? ––Los ojos del
muchacho muestran ojeras marcadas, grises y su rostro está
demasiado pálido.
––Así es, sólo nuestra familia. Mi madre vivía con
nosotros también hasta hace poco, pero la llegada de la fiebre…
––cuenta Ónvana con evidente tristeza, pero en un rápido
arrebato de entusiasmo decide retomar la garla––. Hemos estado
cuidando de usted, Üll, durante dos días. Ha llegado en muy mal
estado.
––¿Dos días? ––Üll queda perplejo al conocer tal tiempo
transcurrido, hasta deja de comer; se rasca la cabeza de cabellos
muy cortos.
––No quisimos despertarle antes, pudimos haberlo
hecho, pero nos dimos cuenta que necesitaba descanso,
verdadero descanso. ––explica Lenyon antes de engullir un trozo
de boniato.
––No sé de qué forma podré pagarles esta ayuda
desinteresada que me están dando. ––menciona Üll, mientras
nota que Ánvana se aburre con tanta garla de adultos. De hecho,
la pequeña jala del brazo de su madre sin pausa para llamar su
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atención. Ónvana desea saber más del extraño que tienen en casa.
Intercambia de tanto en tanto miradas con su esposo, miradas que
aunque no dicen nada, alcanzan a transmitirlo todo.
––Discúlpame Üll ––pide Ónvana sonriendo––. Voy a
bañar a esta niña antes de que me arranque el brazo. Vamos
Ánvana.
––…pero mamáaa…
––Vamos he dicho. ––replica Ónvana con firmeza,
tomando la mano de la pequeña hasta alejarla de la mesa. La
lleva donde la espera un recipiente repleto de agua tibia, ubicado
en un rincón. Le quita el camisón, la alza en brazos y la introduce
en dicho recipiente entre quejas y pataleos constantes. Lenyon
sonríe mientras termina de desayunar. Muy bien sabe que de no
haber un invitado en casa, él debería no sólo acompañar a su
esposa en esta tarea, sino también ayudarla.
––¿Desea beber agua fresca Üll, una sopa caliente, un té
con leche quizás? ––Le pregunta Lenyon al joven.
––Me gustaría beber un poco de sopa, aunque también
tengo mucha sed.
––Claro, lo imagino. No hay problema. La sopa le
quitará el frío, el hambre y la sed. Tiene avellanas. También le
serviré agua fresca. ––Lenyon se incorpora, trae un recipiente
con agua y lo deposita delante de Üll. Luego, desde una olla sirve
sopa en un cuenco algo ancho, haciendo uso de un cucharón de
madera. Lo pone delante del invitado, quien lo encuentra
incómodo para beber al inicio. Aún así, es tal el hambre que ya
nada le importa. El joven toma entre manos el recipiente, lo
inclina y bebe hasta la última gota casi sin pausa. Paulatinamente
siente como su cuerpo se recalienta.
––Hace mucho tiempo que no recibimos visitas en casa.
Antes recibíamos más, cuando mi esposa y yo visitábamos tierras
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hermosas, algo lejanas pero tan pacíficas, tan bien cuidadas… ––
Üll no puede dejar de beber agua fresca ahora, escucha, pero no
tiene pensado detenerse para acotar nada. Lenyon continúa––.
Amamos nuestro sitio en el mundo de todos modos, esta villa es
nuestro hogar. Es más, hace mucho no vemos llegar ningún
forastero, personas de otras civilizaciones si me entiendes. Hace
mucho no hablamos con alguien cuya lengua no sea la
bredryvek. ––Üll finalmente debe dejar de beber para agregar
algo.
––Pues…yo soy un bredryvek como vosotros, aunque la
villa donde crecí pertenece al reino de Cécs. No se están
perdiendo de nada fuera de esta villa. Lenyon, créeme, lo mejor
que pueden hacer es quedarse dentro de estos límites.
––Me entristece escuchar eso, Üll. ¿Qué horrores has
debido pasar para considerar eso? Cuéntanos. ¿Acaso has estado
en mazmorras? ¿Qué ha sucedido antes de llegar a Villa
Felicidad?
––¿Villa Felicidad? ¿Has dicho felicidad? ––Üll suelta
un puñado de carcajadas que le hacen doler las costillas
golpeadas. El matrimonio se mira entre sí, la mujer sin dejar de
asear a su hijita.
––Pues…sí, felicidad, así es. ¿Qué encuentra gracioso en
el nombre de nuestra querida villa?
––Nada, nada, lo siento. De verdad, no es que me cause
gracia el sitio donde viven. El nombre me ha parecido irónico,
eso es todo. Lo siento.
––Está bien. Aquí vivimos lejos de costas donde
desembarcan piratas del Río Údna, también estamos lejos de
mercaderes salvajes del Río Itsza Oeste. Más lejos aún, estamos
de los siempre peligrosos puertos costeros que dan hacia Mar
Plateado, Maalvek por ejemplo. Los peligros provenientes del
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este jamás nos alcanzan. Tenemos la ventaja de estar ubicados
lejos de la capital de nuestro reino, Puerto del Soberano y
también de capitales de otros reinos vecinos como Fortaleza Roja
o Ciudadela Dorada. ¿Cuál es la capital de Cécs? Lo he olvidado.
––Sólo Cécs.
––¡Cierto! Je, je, ¿cómo pude olvidarlo? En fin…lo que
quiero decir es que en general, este lugar es apacible.
––Provengo de una pequeña aldea llamada: Ahkor. Está
ubicada al noroeste de Cécs.
––No la conocemos. ¿Por qué partiste de tu villa natal,
Üll?
––Sería largo y difuso desarrollar los motivos que me
llevaron a partir de Ahkor, pero…hubiera deseado no haber
partido jamás.
––Lamento que así sea.
––Nada volverá a ser como antes. ––Un enorme silencio
se establece en la finca. La expresión amable de Lenyon se apaga
frente a la tristeza, seriedad y reflexión que demuestra ese joven
con palabras y semblante.
––¿Cómo te han hecho esas heridas?
––Si debo narrarles qué circunstancias me han hecho
llegar aquí, siendo sincero, creo que la niña no debería estar
presente. ––argumenta el muchacho que aunque es joven, parece
cargar con un peso de toneladas sobre su cuerpo debilitado.
––Sabemos de personas, bosques y reinos malditos. No
estamos ajenos a todo eso en esta villa, aunque ese tipo de
maldad no ha llegado aún a Villa Felicidad, afortunadamente.
Pero sabemos que existen demonios que han provocado pérdidas
en muchas familias; mucho dolor. Aún así, ¿no te hará sentir
mejor contarnos tu experiencia?
––Es probable que sí.
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––Lo que cuentes en nuestra casa, no saldrá fuera de
estos muros, Üll. ––añade la mujer desde el rincón, al tiempo que
ya viste a su pequeña con un vestido celeste.
––De acuerdo, os contaré desde el inicio lo que me
ocurrió. Si no les molesta, me gustaría poner un par de
condiciones para contarlo todo.
––Tú dirás.
––Quizás acepte más sopa después de todo.
––Dalo por hecho. ¿Qué más?
––Quiero volver a agradecerles a ti y a tu familia, no sólo
por la amabilidad que han tenido y tienen conmigo sin
conocerme, por cobijarme, pero…
––¿Pero qué?
––Necesito saber: ¿Quién me ha salvado de los demonios
allá fuera? ––La pareja se mira durante largos segundos––. No es
mucha la gente que se arriesga de ese modo. Sé que no han sido
vosotros, lo intuyo. ¿Quién ha sido la persona que me ha
salvado?
––Es un placer cobijarte en nuestro hogar, Üll. Te diré
algo. ––declara Lenyon.
––Dime.
––Prefiero que nos cuentes primero tu experiencia,
cuéntanos, entonces luego te diremos sin problema quién te ha
salvado. ¿Trato?
––¿Cumplirán?
––¿Parecemos personas incapaces de cumplir promesas?
––De acuerdo, les creo. Les contaré todo desde el inicio.
Üll bebe un poco más de sopa, apaga el incendio de su estómago
con agua fresca, inhala aire y comienza a relatar.

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Crepúsculo, mar y bosque
Todo comienza en la fronteriza costa sureste de Cécs, a dos días
de distancia de Ahkor y a cinco del río Údna.
Es una bonita tarde soleada, bajo un firmamento índigo como
nunca. Los cielos están limpios de nubes, inmaculados, se
avecina un crepúsculo estival más. El espléndido Küny, estrella
madre del mundo de Zyllyön, llamada a menudo con otros
nombres en diferentes reinos, se encuentra a tan sólo un pulgar
de distancia del horizonte. Absorto de todo esto, el joven Üll
Kristianson muestra un rostro reflexivo, meditabundo, sentado
sobre secos cantos rodados de la costa marina. No parece ser
capaz de disfrutar del bello paisaje que tiene a su izquierda.
Frente a él, fogata mediante, se encuentra en igual posición el
veterano guerrero: Walv Weise.
––Jornadas como esta, Üll, son por las que vale la pena
estar vivo. ––exclama Walv, aún mascando un trozo de carne de
pescado cocido. Dicho esto se deja caer hacia atrás, hace que los
cantos rodados crujan bajo sus codos y que sus largos cabellos
lisos y canosos queden perpendiculares al suelo. Instantes antes,
ambos estuvieron pescando a orillas de Mar Plateado, luego
cocinaron y se nutrieron con carne de pez; ya casi han acabado el
alimento obtenido.
––Estar vivo… ––repite y reflexiona Üll en voz alta, sin
pestañear. Asiente una vez.
Las rocas de la costa sobre las cuales se encuentran acomodados,
están repletas de toda clase de vida, tanto existencia visible como
invisible. Algunas de las vetas cercanas a ellos están cubiertas de
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musgo muy verde, intenso. Hay agua de mar atrapada entre
algunas de estas, líquido agridulce retroalimentado por oleaje
cada vez más ascendente. Es reinante el sonido del citado oleaje,
el cual avanza tierra dentro conforme se aleja el día para dar paso
a la noche. El vital elemento brinda posibilidad de vida a miles
de seres vivos, muy pequeños, los cuales conforman un
ecosistema abundante que escapa al ojo humano. Ahora Üll pasa
a observar el atenuado oleaje del mar sobre la orilla, para lo cual
gira la cabeza hacia su izquierda; suspira con esa misma
expresión reflexiva de antes.
Walv en cambio se limita a observarlo, aunque no durante
demasiado tiempo. Enseguida se distrae al quitarse molestas
pulpas de carne de pescado incrustadas entre dientes y muelas.
––¿Sabes cuál es tu problema muchacho? ––Le pregunta
Walv finalmente, una vez que logra escupir las incomodas pulpas
hacia la izquierda.
––No tengo por qué darte explicaciones. ––devuelve Üll
de mala gana. Walv lo observa antes de proseguir.
––Rebelde, ¿eh? Espero que guardes algo de rebeldía
para cuando empiece lo difícil. Nos adentraremos en ese maldito
bosque de ahí. El peligro que correremos allí es mayor al que
puedas imaginarte.
––¿Qué tan peligroso puede ser?––Walv muestra rostro
de impaciencia al escuchar esto.
Los ojos de este hombre se alejan unos instantes de la costa, se
achinan cuando los apunta hacia donde Küny se pretende
sumergir, producto del potente brillo. Aún se encuentra tumbado
sobre los codos, casi en posición horizontal, cuando admira entre
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suspiros el entorno que Üll parece ignorar.
––Sueles permanecer despierto noches enteras, casi sin
poder conciliar el sueño en ningún momento… ¿y me preguntas
qué tan peligroso puede ser? Creo que eso ya lo deduces tú sólo
muchacho.
––Hemos avanzado durante… ¿dos semanas? Ese avance
ha sido en absoluto silencio, como cazadores, persiguiendo un
objetivo del que nunca me has hablado. No es de extrañar que
mis hábitos se hayan alterado.
––Si supieras lo que perseguimos, lo que “cazamos”
como prefieres decir, desearías no tener que pensar en eso,
desearías no pensar en nada más. Sólo limítate a admirar este
bello paisaje, ríndele tributo a tu abuelo, ¿de acuerdo? Disfruta
de la naturaleza, déjate llevar. El crepúsculo que presenciaremos
en unos instantes más, es un espectáculo natural digno de ser
apreciado sin interrupciones ni palabras.
––No puedo pensar en nada más que en mi abuelo, no
puedo imaginar mi vida sin él.
––Lo sé, por eso te ofrecí ir a Ciudadela Dorada, para
que pudieras tomar distancia de esa villa que sólo te traerá
recuerdos tristes.
––Pero mi abuela ha quedado sola allí. No sé si debí
dejarla con mi tío. Es un maldito zángano.
––Tu abuela estará bien, Üll, no te preocupes.
––Quiero saber qué persigues, qué buscas. Tu búsqueda
me arrastra, ya no puedo estar sin saberlo.
––Hoy es un día especial, Üll. El…
––¿Qué tiene de especial?––Le interrumpe el chico.
––Eres muy ansioso, estaba a punto de decírtelo. Es
especial, porque cuando Küny acabe de zambullirse en estas
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metálicas aguas del Mar Plateado, habrá finalizado el ciclo
estival. Dará comienzo entonces el invierno, estación
aprovechada por…algunos, para hacer que otros la odien, la
sientan indeseada, le teman. ––La reflexión de ambos da paso a
un profundo e incómodo silencio.
Küny sigue adelante en el lejano horizonte, se acerca al agua
mientras ellos siguen de garla. El crepúsculo es tan inminente
como el mismo invierno que Walv menciona. Es este astro rey de
luz dominante, quien tiñe la vasta porción de masa de agua y
firmamento, viéndose con espectacular tonalidad dorada sobre
Mar Plateado. A Üll siempre le ha interesado lo concerniente a la
naturaleza, pero no esta vez. Siente que muchas cosas ocurren
muy rápido, sin que pueda asimilarlas del todo, no es capaz de
convivir sumergido en incertidumbres. Ni quiere sentir esto, ni
tampoco parece capaz de evitarlo. Ya no quiere eludir más esto,
le provoca sensación de impotencia.
––Como he dicho, Walv, no pienso seguir adelante si no
me explicas lo que ocurre. ––determina Üll con gran firmeza, a
pesar de tener cuarenta ciclos anuales menos que el veterano que
tiene enfrente. Este último casi sonríe, casi, pues reprime
enseguida la sonrisa.
––De acuerdo, te diré. En estos bosques en los que
estamos por internarnos, se refugia, se esconde y avanza un
horrible demonio de oscuros poderes. En mi tierra natal,
Walkivalkivu, isla ubicada entre los fiordos al norte de Zyllyön, a
este demonio se lo conoce bajo el nombre: Vamikatú. Es posible
que en otros reinos conocidos le llamen de otro modo. ––Walv
nota que el intrigado joven traga saliva.

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––¿Se esconde en esos bosques?
––¿Ves ese cerco de allí? ––Üll divisa con claridad una
alambrada algo oxidada. La misma está coronada con círculos de
alambres de púas escondidas entre el alto follaje, generado por
ramas y hojas de los árboles del abundante bosque visible al otro
lado. Algunos sectores bajos de la alambrada están repletos de
musgo, hongos y hasta arbustos que han crecido de un lado y
otro.
––Lo veo.
––En alguna parte al otro lado de ese cerco hay un
camino escondido; nada será lo que parece. En alguna parte de
ese bosque se esconde ese maldito. ––Walv se toma unos breves
instantes para girar la cabeza. Observa el cerco del que habla, al
tiempo que Üll hace lo propio. Este último, vuelve a mirar a los
ojos de Walv para preguntarle algo.
––¿Por qué debemos buscar a ese demonio? ¿No es esa
tarea para soldados de alguna corona?
––Debemos no, debo. Sé a qué te refieres. Un guerrero
viejo que ya debería estar pensando en el más allá, acompañado
de un niño que apenas ha roto cascarón, detrás del demonio más
perseguido y buscado de los reinos conocidos. Suena ilógico, lo
sé.
––No soy un niño… ¿Entonces?
––Tres reyes, aunque con seguridad ahora son incluso
más, tienen interés en conseguir la cabeza de ese desgraciado.
Entre esos reyes está incluido el soberano de Reszászország,
Nataél, rey de esos dominios que ves al otro lado del cerco.
––Vaya… te harás rico.
––Sí. Él mismo en persona, me ha ofrecido sendas
riquezas si soy capaz de cazarlo. Esa será mi jubilación. Pero el
salvaje Vamikatú no es nada fácil de atrapar por cierto, de lo
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contrario, cualquier idiota hubiera sido capaz de capturarlo y ya
hubiera cobrado la jugosa recompensa que ofrecen.
––¿Por qué es tan peligroso? ¿Qué hace o qué ha hecho?
––Verás, Üll, Vamikatú es un demonio en extremo
peligroso, no sólo por lo que hablan las bocas chismosas de
pueblos y villas entre los muchos reinos.
––¿Por qué es tan peligroso? ––repite Üll. Walv tarda
unos instantes en responder, se toma unos segundos para apuntar
sus ojos hacia Mar Plateado, ahora teñido de dorado. Se rasca un
poco la espesa barba y en el acto sacude el tupido bigote canoso.
Entonces responde.
––Jamás se establece por tiempo prolongado en un
mismo sitio, ni siquiera una noche, ni siquiera media. Por ese
motivo, muchos lo hemos estado persiguiendo desde que
tenemos memoria, durante incontable cantidad de tiempo, ya ni
recuerdo cuanto. Nunca he querido que esto se tornara en mi
propósito de vida, pero supongo que soy demasiado ambicioso
para evitarlo. Tal vez por eso mi vida ha sido triste y solitaria, es
patético reconocerlo. Incluso he permanecido sin una dama que
me espere en casa por las noches, sin casa siquiera…sin
descendientes. Tanto tiempo hace que persigo al escurridizo
Vamikatú, cazándolo a través de diversos reinos, que ya ni
siquiera recuerdo el tipo de vida que tuve antes de embarcarme
en esta empresa. ––Walv hace una pausa en su discurso.
Intenta limpiar la mente de preocupaciones aprovechando que se
encuentra aquí en la costa, junto a la naturaleza, junto a ese
muchacho que ahora lo observa entre asustado, preocupado y
curioso. El crepúsculo ofrece un bello momento de culminante
ciclo estival, el cual, Walv intenta disfrutar a pesar de saber lo
que ocurrirá más adelante. Se dispone a tener un arrebato de paz,
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así que apaga sus sentidos y por un momento cierra los ojos para
dejarse llevar. Üll interpreta que ese viejo cansado está por
quedarse dormido en medio del relato. No puede permitir eso
justo ahora.
––¡Walv! ¿Te duermes? Necesito que me expliques a qué
nos enfrentamos.
El sonido del rítmico oleaje que acaricia los cantos rodados está
cada vez más cerca de ellos, es música que a Walv le llena de
satisfacción y fascinación. La brisa juguetea haciendo cabriolas
entre las cavidades de sus oídos. Desea que este momento dure
una eternidad. La curiosidad del muchacho es implacable
empero.
––¡Walv!
––Ya te escuché, Üll.
––Ah.
––Hace mucho tiempo que no obtengo recompensas ––
dice ahora abandonando su posición casi horizontal, sentándose
de piernas cruzadas en el suelo al igual que el chico y tomando
su espada––. Mi último trabajo fue hace mucho tiempo. La paga
fue suculenta pero en comparación a esto, la tarea casi no tuvo
importancia. Gané suficiente dinero para sustentarme hasta
ahora. Espero no acabarme los florines que me quedan antes de
atrapar a este demonio. Nada me decepcionaría más, debo
reconocerlo.
––Aún no me dices por qué es tan peligroso ese
demonio.
––Eres incisivo, ¿eh?
––Lo soy.
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––Eres como Danüll en ese aspecto.
––Me lo han dicho, aunque él no fue mi abuelo de
sangre. ¿Sabías eso?
––Claro que lo sé, y no importa. Danüll fue tu abuelo,
con sangre compartida o sin ella.
––Le quise mucho, pero nunca se lo dije. ––reconoce el
chico entre balbuceos.
––Imagino que sí. Ni falta hizo que se lo dijeras, los
abuelos saben esas cosas. Tu abuela Marina hizo una muy buena
elección cuando aceptó casarse con él.
––¿Qué hay entonces con ese demonio? ––La expresión
en rostro de Walv refleja un: “Válgame la paciencia”.
––Atravesando este cerco, más allá de esos bosques que
cubren colinas, caminos antiguos, ciudades perdidas y tesoros ni
siquiera existentes en sueños, dan comienzo unos parajes fríos,
áridos, rocosos…más gélidos de lo que puedas imaginarte. Se
deben penetrar lugares sombríos, desconocidos, repletos de
peligros para atravesar todo este bosque y llegar allí. Sitios que
están repletos de alimañas, monstruos y bestias de toda clase que
abundan por doquier, cuyos nidos, están establecidos donde los
hombres jamás nos aventuramos; los defienden con fiereza y a
todo coste.
––Vaya…
––Más adelante, rebasando todo esto, el terreno se eleva
tan alto que la altitud queda por encima de cualquier montaña
conocida. Es allí donde comienza el aire gélido, viento y hielo
flotante. La nieve es imperecedera en ese lugar, nada la derrite.
Lo que pueda haber al otro lado de esta cordillera que toca el
cielo, es completamente desconocido, nadie lo sabe.
––Me cuesta imaginar a una persona en solitario,
agotando cada gota de vida para atravesar esos parajes, aún si
18

sobrevive a los peligros que hay en el camino según lo que
explicas.
––Allí no termina el camino, joven Üll. Estos picos
montañosos hay que rodearlos, apenas se puede respirar en las
cimas. Una vez del otro lado, al menos esto cuentan las leyendas,
se puede ascender por una escondida escalinata de piedra que
conduce a un templo, pero no cualquiera de los muchos que se
conocen. Lo que puede encontrarse en lo más alto de esta
escalinata, es nada menos que las puertas de piedra de: Templo
del Equilibrio.
––Nunca escuché hablar de ese templo.
––Se supone que está abandonado, pero no lo creo ––
Walv se toma un instante para aspirar una bocanada de aire antes
de continuar––. Recién cuando se pueden encontrar estos
portones dobles cerca de la cima, portones hechos de la misma
roca desnuda de montaña, recién entonces puedes aspirar al
acceso al templo. Los eruditos que lo habitan, deciden si
permiten el acceso o no del visitante. En general no lo permiten.
––¿Allí es donde vive Vamikatú?
––No, allí es a donde Vamikatú se dirige.
––¿Con qué objetivo se dirige allí?
––No… no es importante…
––¿Cómo?
––¿Sabes qué es Nrag’Drix?
––Un laberinto enorme, creo.
––Muy bien, correcto, Laberinto de Nrag’Drix, ubicado
en los confines de las tierras faraónicas de los D’Agam’Anat.
Fue construido hace más de novecientos años, cuando el mundo
de Zyllyön tenía otro nombre y los Esenciales eran quienes lo
habitaban. ¿Sabes qué hay ahora en Nrag’Drix?
––Demonios.
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––Así es, demonios, innumerable cantidad de ellos,
tantos como para superpoblar todos los reinos conocidos del
mundo de Zyllyön.
––¿Qué tiene que ver ese laberinto con el templo?
––Mantener a esos demonios encerrados en el laberinto
es lo más importante de todo, nada importa más. El mundo se
destruiría por completo, se desmoronaría si esos demonios
quedaran libres.
––Claro.
––Pues ese delicado equilibrio que los mantiene
encerrados, depende de la Esfera del Equilibrio, la cual está
celosamente protegida dentro del templo que te mencioné antes.
––¿Vamikatú quiere destruir la esfera?
––Eso quiere.
––¡Noo! Pero… todos los reinos más poderosos deberían
unirse para impedírselo.
––Ningún rey ve que sea probable llevar a cabo
semejante empresa, sólo unos pocos estamos convencidos de que
ese peligro es real.
––No sabía nada de todo eso.
––Vakroy en persona construyó ese laberinto y la esfera,
de modo tal que siempre nos mantuviéramos unidos para
protegerla. Su plan no ha salido exactamente como deseó ni
siquiera a él, tan todopoderoso como parece ser.
––Tampoco sabía eso.
––Danüll fue muy devoto de Vakroy, conocía cada
detalle del génesis de Zyllyön.
––A decir verdad, nunca dediqué tiempo a garlar con él
de esos temas.
––Que desperdicio.

20

––Tiene que haber un motivo por el cual Vamikatú tenga
tal odio, al punto de querer hacer algo así. ––Üll se muestra
confundido.
––No es necesario motivos, Üll. A veces la maldad es tan
pura, tan natural como la falta de luz, es decir, como la oscuridad
misma que en su corazón mora.
––Entonces… ¿es a Nrag’Drix hacia donde te diriges tras
el rastro del Vamikatú?
––Espero atraparlo mucho antes, pero si es necesario lo
perseguiré hasta los confines mismos del laberinto.
––No lo persigues sólo por las riquezas que te han
ofrecido, ¿verdad?
––Para cualquier caso, tú te quedas en Ciudadela Dorada,
hasta allí llegará tu viaje.
––¿Por qué me ofreciste llevarme hasta Ciudadela
Dorada? Apenas me conoces.
––Es una ciudadela fantástica, majestuosa, capital del
reino llamado: Tryendryk. No hay sitio que acumule mayor
cantidad de riquezas en todo Zyllyön. Me pareció ideal ese lugar
para que empieces de nuevo, para que dejes atrás la tristeza por
el fallecimiento de tu abuelo.
––Pero quiero decir…
––También he perdido familiares que fueron muy
queridos para mí. En ese entonces, hubiera querido que alguien
hubiera hecho por mí, lo que ahora hago por ti. No hay futuro en
Ahkor, Üll, sólo podredumbre, pobreza y marginación, no tienes
futuro alguno ahí.
––Entiendo…
––Toda persona, animal, arbusto o lo que sea que tenga
vida, encierra en su interior un recinto de luz cuya potencia es
variable. Veo esa luz en ti muchacho, la veo con claridad, es
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potente. Tus abuelos no quieren ver corrompida tu luz, tampoco
yo.
––Entiendo, pero…. ––Estas últimas palabras de Walv
conmueven un poco al joven Üll.
Por un momento, al chico se le disparan infinidad de ideas,
planes que comienza a tejer en su mente para ayudar a Walv.
Ahora quiere también atrapar al voraz Vamikatú, impedirle llegar
a su objetivo, tanto como ese veterano de mil batallas que tiene
delante. Es la primera vez que no piensa tanto en sus propios
problemas, ha encontrado un mejor propósito, eso lo entusiasma.
Durante todo este tiempo, Üll ha sentido que su valentía es
enorme, pero que de algún modo la ha estado desperdiciando.
Siente que derrochó dones habitando una villa donde la mayor
diversión que hay es perseguir gallinas o marranos. Lanzarse a la
caza de un demonio que aparenta ser tan poderoso, le genera un
desafío que hasta ahora ni podía conjeturar.
Ya piensa en los estragos que ese monstruo ha de generar aquí y
allá entre villas, pueblos y ciudadelas de los reinos de los
hombres. Sin embargo, ante la ineludible majestuosidad de la
empresa de Walv, siente que su aporte va a ser de principiante,
insignificante de hecho.
––¿Me enseñarías a luchar? ––pregunta Üll sincero,
intrigado por la respuesta. Está convencido ahora, de que esta
tarea es demasiado para un solo individuo, por muy habilidoso
que con su espada este sea.
––No lo sé, no creo que eso sea lo que Marina y Danüll
hayan querido para ti.
––Seré disciplinado.
22

––Pues, ya veremos. ––El muchacho aprieta los puños y
no puede evitar un pequeño festejo.
––Apaga la fogata, nos vamos. ––anuncia Walv de
pronto, poniéndose de pie. Üll hace lo propio.
––¿Nos internaremos a ese bosque sabiendo lo que nos
espera, empuñando tan sólo tu espada?
––Sé defenderme muy bien, no necesito más que esta
espada para protegerme.
––¿No sería mejor tener un escudo?
––Los escudos son para pusilánimes y maricas, Üll. ––el
muchacho pisotea al fuego hasta apagarlo.
––Pues, cuando me enseñes a luchar con una espada,
aprenderé a utilizar un escudo.
––Espero ya no estar vivo para ver semejante
espectáculo. Toma tus cosas, nos vamos. ––Üll obedece mientras
el guerrero recoge sus propias pertenencias.
––Sígueme. ––Le ordena Walv dándole la espalda,
encaminándose hacia el cerco.
Üll está muy atento a todo lo que ocurre ahora, mucho más que
antes. Su actitud ha cambiado de un modo repentino, desde el
conocimiento que Walv le ha otorgado. Sus palabras no reflejan
por completo lo que su mente piensa. Calcula el tiempo de cada
paso, el tiempo que les llevará llegar a Ciudadela Dorada y por
supuesto, el que les llevará cazar al contaminante Vamikatú. Ya
no quiere permanecer tan quieto como una roca más, algo que ha
sabido hacer muy bien desde que tiene memoria. Al tiempo que
su mente inquieta piensa en decenas de cosas sin pausa, Küny en
el horizonte destella sus últimos y cálidos rayos estivales.
Cuando en pocos instantes más ese espectáculo natural acabe, el
frío invernal comenzará a ganar terreno en este bello lugar.
23

Mar Plateado se muestra muy calmo, casi carente de ese oleaje
que de tan suave, incluso adormece. La brisa aún es tibia,
templada, acariciaría los castaños cabellos del chico si no los
tuviera tan cortos. A esta brisa se la siente a gusto en la piel. Üll
se da la vuelta, da un último vistazo a este entorno antes de
internarse en los bosques. Avista algunos peces juguetones cerca
de la orilla haciendo de las suyas, saltando divertidos fuera del
agua para luego volver a zambullirse. Le llama la atención un
caparazón de molusco cerca de su pie izquierdo. Se agacha, lo
recoge, lo observa, es blanco y tiene una curiosa forma natural de
corazón. Lo guarda en uno de los bolsillos del bolso de cuero, el
cual carga sobre los hombros. Pretende conservar este recuerdo
para sellar su paso por esa espléndida costa.
Su ancho pecho está transpirado, siente mucho calor y al mismo
tiempo algo de sueño, aunque nunca se lo dirá a Walv, así se esté
cayendo. No quiere ni puede dejarse llevar, ni seducir por el
sueño, no aún. Observa atontado por última vez el reflejo de
Küny sobre el agua. Ahora entiende lo que Walv decía antes,
pues una profunda paz de repente lo invade al contemplar esto.
Tuvo razón ese viejo cuando le apuntó que había que disfrutarlo,
es algo sin dudas sublime. Küny se retira de forma inevitable, le
da paso a la noche, todo oscurece. El firmamento está por
completo teñido de dorado y de diversas tonalidades de la cual se
destaca el naranja. Una vasta porción de agua a la vista está
reflejando estos colores cual espejo.
De un modo paulatino, el inalcanzable techo abovedado se torna
violeta, luego fucsia, rojo y finalmente negro. Hacia el otro lado,
a espaldas del muchacho, el cielo ya es completamente oscuro y
estrellado. Recién en este momento es cuando Üll nota que por
24

primera vez en toda su vida, ha presenciado un atardecer entero.
Se emociona por ello, sonríe. Ahora es tiempo de volver a la
realidad. Rompe con esta armonía alcanzada, esa fugaz concordia
que muy bien sabe, extrañará bastante en un futuro muy cercano.
Aspira entonces una profunda bocanada de veraniego oxígeno
costero, muy puro y con gusto salado. Luego, exhala con toda la
lentitud que es capaz. Se da la vuelta, sigue los pasos de Walv,
quien ya se encuentra con la nariz casi pegada a la alambrada.
Antes de alcanzarlo, Üll ve como Walv desenvaina su mandoble
con ambas manos y de un solo movimiento casi vertical tajea el
cerco. Luego enfunda su espada en la labrada vaina de cuero,
mira hacia atrás, Üll lo alcanza. Se acomoda la capa violeta, se
reacomoda la pechera de cuero, las muñequeras, se ajusta el
cinturón y reajusta sus provisiones a la espalda bajo la capa.
Atraviesa el cerco recién cortado. Walv abre una de las dos hojas
de la alambrada que su mandoble dejó curvados hacia fuera, para
que el muchacho pase sin engancharse las prendas. El joven
aguarda a que el veterano también pase, una vez del otro lado,
dedica una última y nostálgica mirada al horizonte aún
encendido. Su expresión en el rostro es de despedida.
Marchan ambos entonces con paso firme hacia el interior del
bosque, desapareciendo entre abarrotados árboles y arbustos que
hay más allá del cerco. Ahora Üll Kristianson es un forastero en
tierras desconocidas.
Avanzan hacia el noreste, donde según dicen, ha sido visto por
última vez el abominable Vamikatú.

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26

Silenciosa inocencia
Hay un niño muy sólo, un par de semanas antes de la atrevida
intromisión de Walv y Üll a este perímetro prohibido.
Cubre sus zonas íntimas con un pantalón apenas sano bajo su
vientre, atado a la cintura con una piola cuyo nudo está tan bien
entrelazado, que se hace evidente que no ha sido él quien lo ha
anudado. Lo lleva sujeto a su vez con un cinto viejo, carcomido
por señor Tiempo. Está despeinado, sin ropa en el torso y
descalzo. Hace calor esta luminosa mañana, así que no sufre
desabrigo. Este niño no cuenta con más de nueve ciclos de vida.
Se encuentra de pie en medio de Camino Este, única ruta oficial
que conecta Villa Felicidad con Ciudadela Dorada, lujosa capital
de Tryendryk. La intersección entre Camino Este y el río Údna,
es la más visible frontera entre Tryendryk y Reszászország,
reinos bredryvek ambos. Este último, el más grande y poderoso
de esta mencionada civilización.
El chiquillo se encuentra ubicado más cerca de Villa Felicidad
que de Ciudadela Dorada, mucho más cerca, pero no parece
demostrar conocimiento alguno de su actual ubicación.
Involuntariamente se hamaca hacia izquierda y derecha con la
mirada perdida, como inmóvil paso de momia que no lo despega
del mismo sitio. Al mismo tiempo tararea una canción
incomprensible. De su cuello cuelga lo único de valor con lo cual
cuenta. Se trata de una fina cadena de plata, de eslabones
pequeños, de la cual a su vez cuelga una bonita cruz cuneiforme,
la cruz de Vakroy. Esta ha sido forjada con idéntico metal noble
de los mencionados eslabones. Hubiera podido comprar mucho
empeñando este objeto, pero sería incapaz de hacer tal cosa.
27

Su rostro apunta hacia la no demasiado lejana Villa Felicidad,
absorto no obstante. Canta esa extraña canción sin dejar de
hamacarse. Le está dando la espalda al lado del camino que
conduce hacia Ciudadela Dorada. Es desde esa dirección a la que
da la espalda justamente, de donde aparecen de pronto tres
personas, tres viajeros. Avanzan lentos y empujan un pesado
carromato. Se trata de una mujer, un hombre y un viejo. A unos
cincuenta pasos del niño detienen el avance. No están seguros de
lo que significa esa presencia allí, se miran entre ellos en
silencio, observan alrededor, no parece haber nadie agazapado
entre los matorrales para emboscarlos.
––¿Tú qué crees, Konigshofer? ––Le pregunta el hombre
al anciano, empapado en transpiración de tanto empujar el
carromato. Su espalda le duele como nunca. Sus manos aún están
sobre la superficie de madera que sostiene.
––Sólo viendo sus ojos, Wlasit, podremos saber si es uno
de ellos o no. ––Le explica maestre Konigshofer.
––Estupideces. ––Se limita a decir la joven que está con
ellos, unos diez pasos por delante.
––Siempre tan atenta, Willa. ––comenta Wlasit.
Wlasit intercambia una mirada con Willa entonces, una mirada
intensa y nada divertida. Del cinto de ella cuelgan dos espadas
cortas que apuntan al suelo. Una de esas espadas es del mismo
Wlasit. El rostro de ambos, aunque con las diferencias evidentes
de género, guardan similitudes que son ineludibles. Willa asiente
rápido una única vez. Con eso basta para que Wlasit deje a un
lado el carromato, lo rodee y se acerque a ella. Konigshofer tan
sólo se limita a observarlos.
28

––Si lo que debemos hacer es verlo a los ojos, vayamos a
verlo a los ojos. ––propone Wlasit.
––De acuerdo, vamos. ––confirma Willa.
––Si se trata sólo de un niño solitario en Camino Este,
por favor, no le hagan daño. ––ruega Konigshofer en tono de
súplica.
––No se preocupe. ––Se apresura a decirle Wlasit.
––Váyase al demonio. ¿Somos asesinos de niños acaso?
––Le replica en cambio Willa.
Se alejan del carromato que ahora queda a espaldas de ambos.
Willa desenfunda una de las espadas, la empuña con ganas.
Luego desenfunda la otra, se la entrega a Wlasit. Con su mano
libre se acomoda los cabellos rubios. Apresuran el paso, quieren
llegar a ese niño antes que pase algo inesperado, no quieren saber
nada con ningún posible imprevisto. Konigshofer los observa
desde la lejanía con gran atención. Willa alcanza primero al
infante, le jala hacia atrás la cabeza sujetándole con fuerza los
cabellos. El pequeño abre los ojos de golpe, muy grandes,
moviendo las manos de un modo errático e impredecible con
dedos sucios. Willa acerca un poco su rostro para verlo mejor,
mientras Wlasit mira a su alrededor sin descuidar ni un detalle.
––¡Blancos maestre! ––grita Willa desde su posición a
Konigshofer. Hace referencia a la parte blanca de los ojos del
niño.
––Déjale Willa, creo que es inofensivo. ––Le pide
Wlasit, pues deduce que no se trata de ninguna emboscada.
––Lo sé, me doy cuenta. El problema es cuando esos
ojos son negros, sin pupilas, o rojos, muy rojos.

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