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El Crimen Del Padre Amaro .pdf



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Título: 
Autor: fvelez

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1

EL CRIMEN DEL PADRE AMARO
Escenas de la vida devota

José María Eça de Queiroz

ÍNDICE

EL CRIMEN DEL PADRE AMARO 2
I2
II 6
III 10
IV 21
V 28
VI 36

2

VII 43
VIII 51
IX 60
X 65
XI 83
XII 92
XIII 98
XIV 106
XV 122
XVI 130
XVII 140
XVIII 143
XIX 154
XX 162
XXI 168
XXII 176
XXIII 189
XXIV 202
XXV 208

3

EL CRIMEN DEL PADRE AMARO

I

Era domingo de Pascua cuando se supo en Leiría que el párroco de la catedral, José
Miguéis, había muerto de madrugada de una apoplejía. El párroco era un hombre
sanguíneo y cebado, que pasaba entre el clero diocesano por «el comilón de los
comilones». Se contaban historias singulares sobre su voracidad. Carlos el de la botica —
que lo detestaba— solía decir siempre que lo veía salir después de la siesta, con la cara
enrojecida, harto:
—Ahí va la boa a rumiar. ¡Un día revienta!
Reventó, en efecto, después de una cena de pescado, a la misma hora en que, enfrente, en
casa del doctor Godinho, que cumplía años, se polqueaba con estruendo. Nadie lo lamentó
y fue poca gente a su entierro. En general no era estimado. Era un aldeano; tenía los
modales y las muñecas de un cavador; la voz ronca, pelos en las orejas, el hablar muy
rudo.
Las devotas nunca lo habían querido: eructaba en el confesionario y, como había vivido
siempre en parroquias aldeanas o de la sierra, no entendía ciertas sensibilidades
exacerbadas por la devoción: por eso había perdido, desde el principio, a casi todas las
confesadas, que se pasaron al pulido padre Gusmáo, ¡can rico en labia!
Y; cuando las beatas que le eran fieles iban a hablarle de escrúpulos, de visiones, José
Miguéis las escandalizaba, gruñendo:
—¡Pero qué historias, santita! Pídale a Dios sentido común. ¡Más juicio en la mollera!
Lo irritaban sobre todo las exageraciones en los ayunos:

4

—¡Coma y beba! —solía gritar—, ¡coma y beba, criatura!
Era miguelista y los partidos liberales, sus opiniones, sus periódicos, le producían una ira
irracional.
—¡Mano dura, mano dura! —exclamaba, agitando su enorme quitasol rojo.
En los últimos años había adquirido hábitos sedentarios y vivía aislado con una criada
vieja y un perro, Joli. Su único amigo era el chantre Valadares, que gobernaba entonces el
obispado, pues el señor obispo, don Joaquín, penaba desde hacía dos años su reumatismo
en una quinta del Alto Miño. El párroco sentía un gran respeto por el chantre, hombre
enjuto, de gran nariz, muy corto de vista, admirador de Ovidio, que hablaba siempre
poniendo la boca pequeñita y con alusiones mitológicas.
El chantre lo estimaba. Le llamaba «fray Hércules».
—«Hércules» por la fuerza —explicaba sonriente—, «fray» por la gula.
En su entierro, él mismo le hisopeó la tumba; y como tenía por costumbre ofrecerle todos
los días rapé de su caja de oro, les dijo a los otros canónigos, en voz baja, al dejar caer
sobre el féretro, según el ritual, el primer puñado de tierra:
—¡Es la última pulgarada que le doy!
Todo el cabildo rió mucho la gracia del señor gobernador del obispado; el canónigo
Campos la contó por la noche, tomando el té en casa del diputado Novais; fue celebrada
con risas gozosas, todos exaltaron las virtudes del chantre y se afirmó con respeto «que Su
Excelencia tenía mucha picardía».
Días después del entierro apareció, errando por la plaza, el perro del párroco, Joli. La
criada había sido internada con fiebres tercianas en el hospital; la casa había sido cerrada;
el perro, abandonado, gemía su hambre por los portales. Era un chucho pequeño,
extremadamente gordo, que guardaba vagas semejanzas con el párroco. Habituado a las
sotanas, ávido de un dueño, tan pronto veía a un cura empezaba a seguirlo con gemidos

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serviles. Pero nadie quería al infeliz Jolí; lo ahuyentaban con las puntas de los quitasoles;
el perro, rechazado como un pretendiente, aullaba toda la noche por las calles. Una mañana
apareció muerto junto a la Misericordia; el carro del estiércol se lo llevó y, como nadie
volvió a ver al perro en la plaza, el párroco José Miguéis fue definitivamente olvidado.
Dos meses más tarde se supo en Leiría que había sido nombrado otro párroco. Se decía que
era un hombre muy joven recién salido del seminario. Se llamaba Amaro Vieira. Se
atribuía su elección a influencias políticas y el periódico de Leiría, A Voz do Distrito, que
estaba en la oposición, habló con amargura, citando el Gólgota, del «favoritismo de la
corte» y de la «reacción clerical». Algunos curas se habían escandalizado por el artículo; se
conversó sobre ello, agriamente, en presencia del señor chantre.
—No, no, favor claro que hay; y el hombre tiene padrinos claro que los tiene 4ecía el
chantre—. A mí me ha escrito Brito Correia para confirmármelo. —Brito Correia era
entonces ministro de Justicia—. Hasta me dice en la carta que el párroco es un hermoso
mocetón. De manera que —añadió sonriendo con satisfacción— después de «fray
Hércules» vamos a tener tal vez a «fray Apolo».
En Leiría sólo había una persona que conocía al nuevo párroco; era el canónigo Dias, que
había sido, en los primeros años del seminario, su profesor de moral. En aquel tiempo,
decía el canónigo, el párroco era un muchacho menudo, apocado, lleno de granos...
—¡Me parece que lo estoy viendo, con la sotana muy gastada y cara de tener lombrices!...
¡Por lo demás, buen chico!
Y despabiladote...
El canónigo Dias era muy conocido en Leiría. Últimamente había engordado, el vientre
sobrante le llenaba la sotana; y su cabecita agrisada, las ojeras carnosas, el labio espeso
hacían recordar viejas anécdotas de frailes lascivos y glotones. El tío Patricio, «el Viejo»,
un comerciante de la plaza, muy liberal, que cuando pasaba junto a los curas gruñía como
un viejo perro guardián, decía algunas veces al verlo atravesar la plaza, pesado, rumiando
la digestión, apoyado en el paraguas:
—¡Menudo tunante! ¡Si parece Dom Joáo VI!

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El canónigo vivía solo con una hermana mayor, la señora doña Josefa Dias, y una criada a
la que todos conocían en Leiría, siempre en la calle, envuelta en un chal teñido de negro y
arrastrando pesadamente sus zapatillas de orillo. El canónigo Dias pasaba por ser rico:
tenía propiedades arrendadas junto a Leiría, comía pavo y era famoso su vino Duque de
1815. Pero el hecho destacado en su vida el hecho comentado y murmurado» era su
antigua amistad con la señora Augusta Caminha, a quien todos llamaban Sanjoaneira por
ser natural de Sáojoáo da Foz. La Sanjoaneira vivía en la Rua da Misericórdia y admitía
huéspedes. Tenía una hija, Amelinha, una muchachita de veintitrés años, hermosa, sana,
muy deseada.
El canónigo Dias se había mostrado muy contento con el nombramiento de Amaro Vieira.
En la botica de Carlos, en la plaza, en la sacristía de la catedral, elogió sus buenos estudios
en el seminario, su moderación en las costumbres, su obediencia. Elogiaba incluso su voz:
«¡Un timbre que es un regalo!».
—¡Es el indicado para poner un poco de sentimiento en los sermones de Semana Santa!
Le auguraba con énfasis un destino feliz, una canonjía seguramente, ¡tal vez la gloria de un
obispado!
Y un día, por fin, enseñó con satisfacción al coadjutor de la catedral, criatura servil y
callada, una carta que había recibido de Amaro Vieira desde Lisboa.
Era una tarde de agosto y paseaban los dos por las orillas del Puente Nuevo. Estaba
entonces en construcción la carretera de Figueira: el viejo pasadizo de madera sobre la
ribera del Lis había sido destruido, se pasaba ya por el Puente Nuevo, muy alabado, con
sus dos amplias arcadas de piedra, fuertes y rechonchas. Más adelante las obras estaban
paradas por pleitos de expropiación; se veía aún el embarrado camino de la parroquia de
Os Marrazes, que la carretera nueva debía desbastar e incorporar; montones de cascajo
cubrían el suelo; y los gruesos cilindros de piedra que comprimen y embellecen el
pavimento yacían enterrados en la tierra negra y húmeda de lluvias.

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Alrededor del puente el paisaje es amplio y tranquilo. Por la parte de donde viene el río
hay colinas bajas de formas redondeadas, cubiertas por el ramaje verdinegro de los pinos
jóvenes; abajo, en la espesura de las arboledas, están las casas que proporcionan a aquellos
lugares melancólicos un aspecto más vivo y humano, con sus alegres paredes encaladas
luciendo al sol, con los humos de las chimeneas que por la tarde se azulan en los aires
siempre claros y limpios. Hacia el lado del mar, por donde el río se arrastra en las tierras
bajas entre dos hileras de sauces pálidos, se extiende hasta los primeros arenales la tierra
de Leiría, amplia, fecunda, con aspecto de aguas abundantes, llena de luz. Desde el puente
poco se ve de la ciudad; apenas una esquina de los sillares pesados y jesuíticos de la
catedral, un trozo del muro del cementerio cubierto de parietarias y las puntas agudas y
negras de los cipreses; el resto está oculto por el duro monte erizado de vegetaciones
rebeldes en el que destacan las ruinas del castillo, completamente envueltas al caer la tarde
en los amplios vuelos circulares de las lechuzas, desmanteladas y con un gran aire
histórico.
Junto al puente, una rampa desciende hacia la alameda, que se extiende un poco por la
orilla del río. Es un lugar recoleto, cubierto por árboles antiguos. Le llaman la Alameda
Vieja. Allí, caminando despacio, hablando en voz baja, el canónigo consultaba al coadjutor
sobre la carta de Amaro Vieira y sobre «una idea que se le había ocurrido, que le parecía
magistral, ¡magistral!». Amaro le pedía que le consiguiese con urgencia una casa de
alquiler barata, bien situada y, a ser posible, amueblada; pedía sobre todo habitaciones en
una casa de huéspedes respetable. «Ya ve, mi querido profesor», decía Amaro, «que es
esto lo que verdaderamente me convendría; yo no quiero lujos, claro está: una habitación y
una salita serían suficiente. Lo que es necesario es que la casa sea respetable, tranquila,
céntrica, que la patrona tenga buen carácter y que no pida el oro y el moro; dejo todo esto a
su prudencia y capacidad y crea que todos estos favores no caerán en terreno yermo. Sobre
todo, que la patrona sea persona de buen trato y de buena lengua.»
—Mi idea, amigo Mendes, es ésta: ¡meterlo en casa de la Sanjoaneira! concluyó el
canónigo con gran contento. Es buena idea, ¡eh!
—¡Una idea soberbia! —le apoyó el coadjutor con su voz servil.

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—Ella dispone de la habitación de abajo, la salita de al lado y del otro cuarto, que puede
servir como escritorio. Tiene buen mobiliario, buenas ropas de cama...
—Magníficas ropas dijo el coadjutor con respeto.
El canónigo continuó:
—Es un bonito negocio para la Sanjoaneira: por las habitaciones, la ropa de cama, la
comida, la criada, puede muy bien pedir sus seis tostones diarios. Y, además, con el
párroco siempre en casa.
—Tengo mis dudas por Améliazinha consideró tímidamente el coadjutor—. Sí, puede
repararse en ello. Una chica joven... Dice que el señor párroco es todavía joven... Su
Señoría sabe lo que son las lenguas del mundo.
El canónigo se detuvo:
—¡Historias! ¿Entonces no vive el padre Joaquín bajo el mismo techo con la ahijada de su
madre? ¿Y el canónigo Pedroso no vive con una cuñada y con una hermana de la cuñada
que es una chica de diecinueve años? ¡Estaría bueno!
—Yo decía... —atenuó el coadjutor.
—No, no veo nada malo. La Sanjoaneira alquila sus habitaciones, es como si fuese una
hospedería. ¿Acaso No estuvo allí el secretario general durante unos meses?
—Pero un eclesiástico... —insinuó el coadjutor.
—¡Más garantías, señor Mendes, más garantías! —excíamó el canónigo. Y parándose, en
actitud confidencial—: Y además a mí me conviene, Mendes. ¡A mí me conviene, amigo
mío!
Hubo un pequeño silencio. El coadjutor dijo, bajando la voz:
—Sí, Su Señoría se porta muy bien con la Sanjoaneira.

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—Hago lo que puedo, mi caro amigo, hago lo que puedo 4ijo el canónigo. Y con tono
tierno, risueñamente paternal—:porque ella se lo merece, se lo merece. ¡Buena a más no
poder, amigo mío! —Se detuvo, abriendo mucho los ojos—: Fíjese que el día en que no le
aparezco a las nueve en punto de la mañana, se pone enferma. «¡Oh, criatura!», le digo yo,
«se atormenta usted sin razón.» Pero entonces me sale con lo del cólico que tuve el año
pasado. ¡Adelgazó, señor Mendes! Y además no hay detalle que se le pase. Ahora, por la
matanza del cerdo, lo mejor del animal es para el «padre santo», ¿sabe?, es como me llama
ella.
Hablaba con los ojos brillantes, con apasionada satisfacción.
—¡Ah, Mendes! —añadió— ¡Es una mujer maravillosa!
—Y una hermosa mujer dijo el coadjutor respetuosamente.
—¡Y además eso! —exclamó el canónigo parándose otra vez—. ¡Y además eso! ¡Qué bien
conservada! ¡Tenga en cuenta que ya no es una niña! Pero ni un pelo blanco, ¡ni uno, ni
uno solo! ¡Y qué color de piel! —Y en voz más baja 1 con sonrisa golosa—: ¡Y esto de
aquí, Mendes, y esto de aquí! —Indicaba la parte del cuello bajo el mentón, acariciándola
despacio con su mano gordezuela—: ¡Es una perfección! Y además mujer limpia, ¡de
muchísima limpieza! ¡Y qué detallitos! ¡No hay día que no me mande su presente! ¡Que si
el tarrito de mermelada, que si el platito de arroz con teche, que si la estupenda morcilla de
Arouca! Ayer me mandó una tarta de manzana. ¡Tendría usted que haber visto aquello! ¡La
manzana parecía crema! Hasta mi hermana Josefa lo dijo: «¡Está tan rica que parece
cocinada en agua bendita!». —Y poniendo la palma de la mano sobre el pecho—: ¡Son
cosas que le tocan a uno aquí dentro, Mendes! No, no es hablar por hablar, como ella no
hay otra.

El coadjutor escuchaba con la taciturnidad de la envidia.
—Yo ya sé —dijo el canónigo parando otra vez y desgranando lentamente las palabras—,
yo ya sé que por ahí murmuran, murmuran... ¡Pues es una grandísima calumnia! Lo único

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cierto es que le tengo muchísimo cariño a esa gente. Ya se lo tenía cuando vivía el marido.
Usted lo sabe bien, Mendes.
El coadjutor hizo un gesto afirmativo.
—¡La Sanjoaneira es una mujer decente! ¡Es una mujer decente, Mendes —excIamaba el
canónigo golpeando fuertemente el suelo con la puntera de su quitasol.
—Las lenguas del mundo son venenosas, señor canónigo —dijo el coadjutor con voz
llorosa. Y, tras un silencio, añadió en voz baja: ¡Pero todo eso debe de salirle caro a Su
Señoría!
—¡Pues ahí está, amigo mío! Imagínese que desde que se fue el secretario general la pobre
mujer ha tenido la casa vacía: ¡yo he tenido que poner para la olla, Mendes!
—Pero ella tiene un capitalito consideró el coadjutor
—¡Un pedacito de tierra, señor mío, un pedacito de tierra! ¡Y hay que pagar impuestos,
salarios! Por eso digo que el párroco es una mina. Con los seis tostones que él le dé, con lo
que yo ayude, con alguna cosa que ella saque de Ja venta de las hortalizas de la finca, ya se
arregla. ¡Y para mí es un alivio, Mendes!
—¡Es un alivio, señor canónigo! —repitió el coadjutor
Quedaron en silencio. La tarde descendía muy limpia; en lo alto el cielo tenía un color azul
pálido; el aire estaba inmóvil. Por aquel tiempo el río iba muy vacío; fragmentos de arenal
brillaban en las partes secas; y el agua baja se arrastraba con una agitación blanda, toda
arrugada por el roce con las piedras.
Dos vacas guardadas por una chiquilla aparecieron entonces por el camino embarrado que
desde el otro lado del río, frente a la alameda, discurre junto a un zarzal; entraron despacio
en el río y, extendiendo el pescuezo pelado por el yugo, bebían levemente, sin ruido; a
veces levantaban la cabeza bondadosa, miraban en torno con la pasiva tranquilidad de los
seres hartos, e hilos de agua, babados, brillantes, les colgaban de las comisuras del morro.

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Con el declinar del sol, el agua perdía su claridad espejada, se extendían las sombras de los
arcos del puente. Sobre las colinas crecía un crepúsculo difuminado y las nubes color
sangre y naranja que anuncian el calor componían, hacia el mar, un decorado magnífico.
—¡Bonita tarde! —dijo el coadjutor
El canónigo bostezó y haciendo una cruz sobre el bostezo:
—Vamos acercándonos a las Avemarías, ¿eh?
Cuando, al poco tiempo, subían las escaleras de la catedral, el canónigo se detuvo y se
volvió hacia el coadjutor:
—Pues ya está decidido, amigo Mendes, meto a Amaro en casa de la Sanjoaneira. Es una
suerte para todos.
—¡Una gran suerte! —dijo respetuosamente el coadjutor—. ¡Una gran suerte!
Y entraron en la iglesia, persignándose.

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II

Una semana después se supo que el nuevo párroco llegaría en la diligencia de Chäo de
Maças, que trae el correo de la tarde; y desde las seis el canónigo Dias y el coadjutor
paseaban por el Largo do Chafariz, a la espera de Amaro.
Era hacia finales de agosto. En la larga alameda adoquinada que transcurre junto al río,
entre las dos hileras de viejos chopos, se entreveían vestidos claros de señoras que
paseaban. Por la parte del Arco, en la zona de casuchas pobres, las viejas cosían en las
puertas; niños sucios retozaban en el suelo, mostrando sus enormes vientres desnudos; y
las gallinas que los rodeaban picaban vorazmente las inmundicias olvidadas. Alrededor de
la sonora fuente en la que los cántaros se arrastraban sobre la piedra, reñían las criadas y
galanteaban los soldados de uniforme sucio y enormes botas combadas, agitando varitas de
junco; con su panzudo cántaro de barro equilibrado en la cabeza sobre un rodete, las
muchachitas se alejaban en parejas, meneando las caderas; y dos oficiales ociosos, con el
uniforme desabrochado en el estómago, conversaban, aguardando «a ver quién venía». La
diligencia tardaba. Cuando llegó el crepúsculo, una lucecita brilló en la hornacina del
santo, encima del Arco; y enfrente se iban iluminando una a una, con una luz lúgubre, las
ventanas del hospital.
Ya había anochecido cuando la diligencia, con sus luces encendidas, entró en el puente al
trote desmadejado de sus flacos caballos blancos y fue a detenerse junto a la fuente, debajo
de la fonda del Cruz; el dependiente del tío Patricio salió enseguida corriendo hacia la
plaza con el paquete de los Diarios Populares; el tío Baptista, el patrón, con la cachimba
negra a un lado de la boca, aflojaba las correas, maldiciendo tranquilamente; y un hombre
que venía en el asiento acolchado, junto al cochero, con sombrero alto y holgado manteo
eclesiástico, descendió con cautela, agarrándose a los respaldos de hierro de los asientos,
golpeó el suelo con los pies para desentumecerlos y miró alrededor
—¡Eh, Amaro! —gritó el canónigo, que se había aproximado—. ¡Oh, bribón!

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—¡Profesor! —dijo el otro con alegría. Y se abrazaron, mientras el coadjutor, encogido,
permanecía con el bonete entre las manos.
Poco después las gentes que estaban en las tiendas vieron cruzar la plaza, entre la lenta
corpulencia del canónigo Dias y la figura delgada del coadjutor, a un hombre un poco
curvado, con un manteo de cura. Se supo que era el nuevo párroco y pronto se dijo en la
botica que era «un hombre de buena figura». El Joáo Bicha, delante, llevaba un baúl y una
talega de lona; y, como a aquella hora ya estaba borracho, iba rezongando el «Bendito».
Eran casi las nueve y ya era completamente de noche. Las casas en torno a la plaza estaban
ya adormecidas: de las tiendas situadas bajo la arcada salía la luz triste de los candiles de
petróleo, y en su interior se percibían figuras somnolientas empeñadas en seguir charlando
en el mostrador. Las calles que daban a la plaza, tortuosas, tenebrosas, con una iluminación
moribunda, parecían deshabitadas. Y en el silencio la campana de la catedral tocaba
lentamente a ánimas.
El canónigo Días explicaba cachazudamente al párroco «lo que le había conseguido». No
le había buscado casa: habría que comprar muchos muebles, encontrar una criada, ¡gastos
innumerables! Le había parecido mejor conseguirle habitación en una casa de huéspedes
respetable, muy confortable. Y en esas condiciones —y allí estaba el amigo coadjutor, que
podía decirlo— no había otra como la de la Sanjoaneira. Era una casa muy aireada, limpia,
la cocina no daba olores; allí habían estado el secretario general y el inspector de
enseñanza. Y la Sanjoaneira —l amigo Mendes la conocía bien— era una mujer temerosa
de Dios, de cuentas claras, muy económica y muy servicial...
—¡Estará usted allí como en su propia casa! Con su cocido, su plato fuerte, su café...
—Vamos a ver, profesor: ¿precio? —dijo el párroco.
—Seis tostones. ¡Una ganga! Con su habitación, su salita...
—Una buena salita —comentó el coadjutor respetuosamente.
—¿Y queda lejos de la catedral? —preguntó Amaro.

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—A dos pasos. Se puede ir a decir misa en zapatillas. En la casa vive una jovencita
continuó con su voz pausada el canónigo Dias—. Es hija de la Sanjoaneira. Una chiquilla
de veintidós años. Bonita. Con su puntita de genio, pero con buen fondo... Aquí tiene usted
su calle.
Era estrecha, de casas bajas y pobres, aplastada por las altas paredes de la vieja iglesia de
la Misericórdia, con un farolillo lúgubre al fondo.
—¡Y aquí tiene usted su palacio! —dijo el canónigo, golpeando la aldaba de una puerta
estrecha.
En el primer piso sobresalían dos balcones de hierro, de aspecto antiguo, con unas plantas
de romero que se redondeaban contra las esquinas, metidas en macetas de madera; las
ventanas de arriba, pequeñitas, tenían antepecho; y la pared, por sus irregularidades,
recordaba una ¡ata abollada.
La Sanjoaneira esperaba en lo alto de la escalera; una criada, esquelética y pecosa,
alumbraba con un candil de petróleo; y la figura de la Sanjoaneira se destacaba claramente
en la luz, sobre la pared encalada. Era gorda, alta, muy blanca, de aspecto pachorrudo. La
piel se le arrugaba ya en torno a sus ojos negros; los pelos disparados, con mechones
rojizos, empezaban a escasear en las sienes y en el inicio de la frente, pero se percibían
unos brazos rechonchos, un cuello abundante y ropas limpias.
—¡Aquí tiene usted a su huésped! —dijo el canónigo subiendo.
—¡Es un gran honor recibirlo, señor párroco! ¡Un gran honor! ¡Debe de venir muy
cansado! ¡Por fuerza! Por aquí, tenga la bondad. Cuidado con el escaloncito.
Lo condujo a una sala pequeña, pintada de amarillo, con un amplio canapé de mimbre
arrimado a la pared y enfrente, abierta, una mesa forrada de bayeta verde.
—Ésta es su sala, señor párroco —dijo la Sanjoaneira—. Para recibir, para descansar...
Aquí —añadió, abriendo una puerta— está su dormitorio. Tiene su cómoda, su armario...
—Abrió los cajones, elogió la cama comprobando la elasticidad de los colchones—. Una

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campanilla para llamar siempre que quiera... Las llavecitas de la cómoda están aquí... Si
prefiere la almohadita más alta... Tiene sólo una manta, pero si quiere...
—Está bien, está todo muy bien, señora —dijo el párroco con su voz baja y suave.
—¡Usted pida lo que necesite! Lo que haya, con la mejor voluntad...
—¡Oh, criatura de Dios! —interrumpió el canónigo jovialmente—. ¡Lo que quiere él ahora
es cenar!
—También tiene la cenita preparada. Desde las seis está el caldo haciéndose. —Y salió
para apresurar a la criada, diciendo desde el fondo de la escalera—: ¡Venga, Ruça,
muévete, muévete!...
El canónigo se sentó pesadamente en el canapé, y sorbiendo su pulgarada de rapé:
—Hay que conformarse, querido. Es lo que he podido conseguir.
—Yo estoy bien en cualquier parte, profesor —dijo el párroco, calzándose sus chinelas de
orillo~. ¡Acuérdese del seminario!... ¡Y en Feiráo! Me llovía en la cama.
En aquel momento, hacia la plaza, se oyó sonar un toque de corneta.
—¿Qué es eso? —preguntó Amaro, yendo a la ventana.
—Las nueve y media, el toque de retreta.
Amaro abrió el ventanal. Al final de la calle agonizaba un farol. La noche estaba muy
negra. Y se extendía sobre la ciudad un silencio cóncavo, abovedado.
Después de la corneta, un redoble lento de tambores se alejó por la zona del cuartel; bajo la
ventana pasó corriendo un soldado demorado en alguna callejuela del castillo; y de los
muros de la Misericórdia salía incesantemente el agudo ulular de las lechuzas.
—Es triste esto —dijo Amaro.

16

Pero la Sanjoaneira gritó desde arriba.
—¡Puede subir, señor canónigo! ¡Está el caldo en la mesa!
—Ya va. Venga Amaro, ¡que debe de estar usted cayéndose de hambre! —dijo el canónigo
levantándose con gran esfuerzo. —Y cogiendo un momento al párroco por la manga de la
chaqueta—: ¡Va a ver usted lo que es un caldo de gallina hecho aquí por la señora! ¡De
chuparse los dedos!...

En medio del comedor; forrado de papel oscuro, resplandecía la mesa con su mantel
blanco, su loza, los vasos brillando a la luz intensa de un candil de abat—jour verde. De la
sopera ascendía el aromático vapor del caldo y en la gran fuente una gallina gorda,
ahogada en un arroz jugoso y blanco, acompañada por trozos de buen chorizo, presentaba
una suculenta apariencia de plato señorial. En el aparador acristalado, un poco en la
penumbra, se apreciaban porcelanas de colores claros; en un rincón, junto a la ventana,
estaba el piano, cubierto por una colcha de satén descolorido. En la cocina freían; y
percibiendo el olor a fresco que llegaba de una cesta de ropa limpia, el párroco se frotó las
manos, encantado.
—Póngase aquí, señor párroco, póngase aquí —dijo la Sanjoaneira—. De ahí le puede
venir frío. —Fue a cerrar las contraventanas; le acercó una cajita con arena para las colillas
de los cigarros—. Y el señor canónigo toma una tacita de compota, ¿verdad?
—Bueno, venga, por acompañar —díjo alegremente el canónigo, sentándose y
desdoblando la servilleta.
Entretanto, la Sanjoaneira se movía por la habitación admirando al párroco, quien con la
cabeza inclinada sobre el plato tomaba su caldo en silencio, soplándole a la cuchara. Era
bien parecido, tenía un pelo muy negro, levemente ondulado. El rostro era ovalado, la piel
trigueña y fina, los ojos negros y grandes, con largas pestañas.

17

El canónigo, que no lo veía desde los días del seminario, lo encontraba más fuerte, más
viril.
—Usted era un poco raquítico...
—Fue el aire de la sierra. —decía el párroco—, ¡me ha sentado bien!
Habló entonces de su triste experiencia en Feirdo, en la Beira Alta, durante el áspero
invierno, solo, entre pastores. El canónigo le servía vino, escanciándolo, haciéndolo
espuman
—¡Pues beba, hombre, beba! De esto no probaba usted en el seminario.
Hablaron del seminario.
—¿Qué habrá sido del Rabicho, el despensero? —dijo el canónigo.
—¿Y del Carocho, que robaba las patatas?
Rieron; y bebiendo, con la alegría de los recuerdos, rememoraban las historias de aquel
tiempo, el catarro del rector y el profesor de gregoriano, a quien un día le habían caído del
bolsillo las poesías obscenas de Bocacio.
—¡Cómo pasa el tiempo, cómo pasa el tiempo! —decían.
La Sanjoaneira puso sobre la mesa un plato hondo con manzanas asadas.
—¡Bravo! ¡No, yo a esto también me apunto! —exclamó el canónigo—. ¡La rica manzana
asada! ¡Nunca se me escapa! Gran ama de casa, amigo mío, magnífica ama de casa nuestra
Sanjoaneira. ¡Gran ama de casa!
Ella reía y enseñaba sus dos dientes delanteros, grandes y empastados.

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Fue a buscar una botella de vino de oporto; puso en el plato del canónigo, con devota
afectación, una manzana deshecha, espolvoreada con azúcar; y dándole palmaditas en la
espalda con su mano papuda y blanda:
—¡Este hombre es un santo, señor párroco, un santo! ¡Ay, cuántos favores le debo!
—No le haga caso, no le haga caso —decía el canónigo. Se le extendía por el rostro una
satisfacción arrobada—. ¡Buen licor! —añadió, saboreando su copa de oporto—. ¡Buen
licor!
—Fíjese que tiene ya los años de Amélia, señor canónigo.
—¿Y dónde está ella, la pequeña?
—Fue a O Morenal con doña Maria. Después iban a casa de las Gansoso a pasar la noche.
—Esta señora, aquí donde la ve, es una terrateniente explicó el canónigo hablando de O
Morenal—. ¡Tiene un condado!
—Reía con bonhomía y sus ojos brillantes recorrían tiernamente la corpulencia de la
Sanjoaneira.
—Oh, señor párroco, no le haga caso, es un trocito de tierra... —dijo ella. Pero al ver a la
criada apoyada en la pared, sacudida por un acceso de tos—: ¡Pero mujer; vete a toser allá
dentro! ¡Faltaría más!
La muchacha salió, tapándose la boca con el delantal.
—La pobre parece enferma —observó el párroco
¡Muy achacosa, mucho!... La pobre de Cristo era su ahijada, huérfana, y estaba casi tísica.
La había recogido por compasión...
—Y también porque la criada que tenía antes tuvo que irse al hospital, la muy
desvergonzada... ¡Se amigó con un soldado!...

19

El padre Amaro bajó los ojos despacio y mientras mordisqueaba unas miguitas de pan
preguntó si el verano estaba siendo de muchas enfermedades.
—Diarreas, por culpa de la fruta verde —murmuró el canonigo—. Se hartan de sandías y,
después, cántaros de agua... Y vienen las fiebres...
Hablaron entonces de las enfermedades, del aire de Leiría.
—Yo ahora ando más fuerte —decía el padre Amaro—. Bendito sea Dios, ¡tengo salud,
tengo salud!
—¡Ay, Nuestro Señor se la conserve, no sabe usted el bien que es! —exclamó la
Sanjoaneira. Y empezó a contar la gran desgracia que tenía en casa, una hermana medio
idiota que llevaba diez años paralizada. Iba a cumplir los sesenta. Durante el invierno había
cogido un catarro y desde entonces, pobrecita, decaía, decaía...—. Hace un momento, al
anochecer, tuvo un ataque de tos. Pensé que se nos iba. Ahora reposa.
Siguió hablando de «aquella desgracia», después habló de su Amélia, de las Gansoso, del
anterior chantre, de lo caro que estaba todo, sentada, con el gato sobre las piernas,
haciendo bolitas de pan con dos dedos, monótonamente. Al canónigo, lleno, se le cerraban
los párpados; todo en la sala parecía ir adormeciéndose poco a poco; la luz del candil
agonizaba.
—Bueno, señores —dijo por fin el canónigo moviéndose—, ¡ya son horas!
El padre Amaro se levantó y dio las gracias con los ojos bajos.
—¿Quiere una lamparita, señor párroco? —preguntó amablemente la Sanjoaneira.
—No, señora. No uso. Buenas noches.
Y bajó despacio, limpiándose los dientes con un palillo.
La Sanjoaneira alumbraba con el candil en el rellano. Pero en los primeros peldaños el
párroco se detuvo, y volviéndose afectuosamente:

20

—Es verdad, señora, mañana es sábado, día de ayuno...
—No, no —intervino el canónigo, que se envolvía en su capa de alpaca, bostezandc»,
usted mañana come conmigo. Vengo yo por aquí y vamos a ver al chantre, a la catedral y
por ahí... Y sepa que tengo lulas. Un milagro, porque aquí nunca hay pescado.
La Sanjoaneira se apresuró a tranquilizar al párroco:
—Ay, señor párroco, no hace falta recordar los ayunos. ¡Tengo el mayor de los cuidados!
—Yo lo decía —explicó el párroco— porque, desgraciadamente, hoy en día nadie
cumple...
—Tiene usted mucha razón —atajó ella—. Pero yo... ¡ya lo creo! ¡La salvación de mi alma
por encima de todo!
Abajo la campanilla sonó con fuerza.
—Debe de ser la pequeña —dijo la Sanjoaneira—. ¡Ruça, abre!
La puerta se abrió, se oyeron voces, risitas.
—¿Eres tú, Amélia?
Una voz dijo «¡adiós, adiós!». Y subiendo casi a la carrera, recogiéndose un poco el
vestido por delante, apareció una bella jovencita, fuerte, alta, bien hecha, con un pañuelo
blanco en la cabeza y un ramo de romero en la mano.
—Sube, hija. Está aquí el señor párroco. Llegó ahora por la noche, ¡sube!
Amélia se había parado, un poco azorada, mirando hacia los escalones de arriba, donde
permanecía el párroco apoyado en el pasamanos. Jadeaba tras la carrera; venía colorada;
sus ojos negros y vivos resplandecían; y emanaba de ella una sensación de frescura y de
prados hollados.

21

El párroco bajó pegado al pasamanos para dejarla pasar y, con la cabeza baja, murmuró un
«buenas noches». El canónigo, que descendía pesadamente detrás de él, se plantó en medio
de la escalera, delante de Amélia:
—Pero ¿qué horas son éstas, tunanta?
Ella soltó una risita y se encogió de hombros,
—¡Ande, vaya a encomendarse a Dios, vaya! —dijo, dándole un suave cachetito en la
mejilla con su mano gorda y peluda.
ElIa subió corriendo, mientras el canónigo, tras recoger el quitasol en la salita, salía
diciéndole a la criada que alumbraba la escalera con el candil:
—Está bien, ya veo, no cojas frío, nenita. ¡Entonces a las ocho, Amaro! ¡Esté levantando!
¡Vete, nenita, adiós! Pídele a la Virgen de la Piedad que te sane esa catarrera.
El párroco cerró la puerta del dormitorio. La ropa de la cama, entreabierta, blanca,
despedía un buen olor a lino lavado. Sobre la cabecera colgaba un grabado antiguo de un
Cristo crucificado. Amaro abrió su breviario, se arrodilló a los pies de la cama, se
persignó; pero estaba fatigado, le sobrevenían grandes bostezos; y entonces, arriba, a través
del techo, entre las oraciones rituales que leía maquinalmente, comenzó a oír el tic—tic de
los botines de Amélia y el sonido de las faldas almidonadas que sacudía al desnudarse.

22

III

Amaro Vieira había nacido en Lisboa en casa de la señora marquesa de Alegros. Su padre
era criado del marqués; la madre era doncella personal, casi una amiga de la señora
marquesa. Amaro todavía conservaba un libro, O Menino das Selvas, con toscas estampas
coloreadas, en cuya primera página en blanco se leía: «A mi muy querida criada Joana
Vieira y verdadera amiga que siempre ha sido. Marquesa de Alegros». Poseía también un
daguerrotipo de su madre: era una mujer fuerte, cejijunta, la boca grande y sensualmente
entreabierta, y un color ardiente. El padre de Amaro había muerto de apoplejía; y la madre,
que siempre había estado tan sana, sucumbió un año después por una tisis de laringe.
Amaro acababa de cumplir seis años. Tenía una hermana mayor que vivía desde pequeña
con la abuela, en Coimbra, y un tío, próspero tendero del barrio de A Estrela. Pero la
señora marquesa le había cogido cariño a Amaro; lo mantuvo en su casa, tácitamente
adoptado; y con grandes cuidados empezó a vigilar su educación.
La marquesa de Alegros había enviudado a los cuarenta y tres años y pasaba la mayor
parte del año retirada en su quinta de Carcavelos. Era una persona pasiva, de bondad
indolente, con capilla en casa y un respeto devoto por los curas de San Luis, siempre
preocupada por los intereses de la Iglesia. Sus dos hijas, educadas en el temor de Dios y en
las preocupaciones de la moda, eran beatas y chic, hablaban con igual fervor de la
humildad cristiana que del último figurín de Bruselas. Un periodista de la época había
dicho de ellas: «Todos los días piensan en la toilette con la que entrarán en el paraíso».
En el aislamiento de Carcavelos, en aquella quinta de alamedas aristocráticas en las que
chillaban los pavos reales, las dos señoritas se aburrían. La religión, la caridad eran
entonces Ocupaciones ávidamente aprovechadas: cosían vestidos para los pobres de la
parroquia, bordaban paramentos para los altares de la iglesia. Desde mayo hasta octubre
estaban enteramente absorbidas por la tarea de «salvar su alma»; leían libros beatos y
dulces; como no tenían Sáo Carlos, las visitas, la Aline, recibían curas y cotilleaban sobre
las virtudes de los santos. Dios era su lujo de verano.

23

La señora marquesa había decidido muy pronto hacer ingresar a Amaro en la vida
eclesiástica. Su figura pálida y flacucha pedía aquel destino recogido: era ya aficionado a
las cosas de capilla y su mayor placer era anidar junto a las mujeres, entre el calor de sus
faldas, oyéndolas hablar de santas. La señora marquesa no quiso mandarlo al colegio
porque desconfiaba de la impiedad de los tiempos y de las amistades inmorales. El
capellán de la casa le enseñaba el latín y la hija mayor; doña Luisa, que tenía nariz de
caballete y leía a Chateaubriand, le daba lecciones de francés y de geografía.
Amaro era, como decían los criados, «un mosquita muerta». Nunca jugaba, nunca corría al
aire libre. Si algunas tardes acompañaba a la marquesa por las alamedas de la finca, cuando
paseaba ella del brazo del padre Liset o del respetuoso procurador Freitas, él caminaba a su
lado, como un monito, muy encogido, retorciendo con las manos húmedas el forro de los
bolsillos, vagamente temeroso de la espesura del arbolado y del movimiento de las hierbas
altas.
Se hizo muy miedoso. Dormía con la lamparita encendida, al lado de una vieja ama. Las
criadas, además, lo afeminaban; lo encontraban guapito, lo colocaban entre ellas, lo
besuqueaban, le hacían cosquillas; y él rodaba entre sus faldas, en contacto con sus
cuerpos, con grititos de satisfacción. A veces, cuando la señora marquesa salía, lo vestían
de mujer; entre grandes risas; él se dejaba hacer; semidesnudo, con sus gestos lánguidos,
los ojos entrecerrados y coloretes rojos en las mejillas. Aparte de eso, las criadas lo
utilizaban unas contra otras en sus intrigas: Amaro era el correveidile de sus quejas. Se
volvió muy liante, muy mentiroso.
A los once años ayudaba en misa y los sábados limpiaba la capilla. Era su día preferido; se
cerraba por dentro, colocaba los santos sobre una mesa, bajo la luz, besándolos con
ternuras devotas y placer goloso; y durante toda la mañana, muy atareado, canturreando el
«Santísimo», limpiaba de bichos los vestidos de las Virgenes y lavaba con yeso y gres las
aureolas de los mártires.
Entretanto, crecía; y su aspecto seguía siendo el mismo, menudo y pálido; nunca reía a
carcajadas, andaba siempre con las manos en los bolsillos. Estaba continuamente metido
en las habitaciones de las criadas, curioseando en sus cajones; revolvía entre las faldas

24

sucias, olía los algodones postizos. Era extremadamente perezoso y por las mañanas
costaba arrancarlo de una somnolencia enfermiza que lo dejaba como derretido, todo
envuelto entre las mantas y abrazado a la almohada. Ya andaba un poco encorvado y los
criados le llamaban «el curita».
Un domingo de carnaval por la mañana, después de misa, cuando se dirigía a la terraza, la
señora marquesa cayó muerta de repente por una apoplejía. Dejaba en su testamento un
legado para que Amaro, el hijo de su criada Joana, entrase a los quince años en el
seminario y se ordenase. El padre Liset quedaba encargado de llevar a cabo esta
disposición piadosa. Amaro tenía entonces trece años.
Las hijas de la señora marquesa dejaron inmediatamente Carcavelos y se fueron a Lisboa, a
casa de doña Bárbara de Noronha, su tía paterna. Amaro fue enviado a casa de su tío, en A
Estrela. El tendero era un hombre obeso, casado con la hija de un funcionario pobre que lo
había aceptado para poder salir del hogar paterno, donde la mesa era escasa; ella tenía que
hacer las camas y nunca iba al teatro. Pero odiaba a su marido, sus manos velludas, la
tienda, el barrio y su apellido de señora Gon9alves. El marido, en cambio, la adoraba como
si fuese la alegría de su vida, su lujo; la cargaba de joyas y le llamaba «mi duquesa».
Amaro no encontró allí el elemento femenino y cariñoso que tan cálidamente lo arropaba
en Carcavelos. Su tía casi no se fijaba en él; se pasaba los días leyendo novelas, las reseñas
teatrales de los periódicos, vestida de seda, cubierta de polvos de arroz, peinada con
tirabuzones, esperando la hora en que el Cardoso, galán de A Trindade, estirando los puños
de la camisa, pasaba bajo su ventana. Entonces el tendero se apropió de Amaro como de
una herramienta imprevista y lo puso en el mostrador. Lo obligaba a levantarse a las cinco
de la mañana; y el muchacho temblaba en su chaqueta de paño azul, mojando deprisa el
pan en la taza de café, sentado en una esquina de la mesa de la cocina. Lo detestaban; su tía
le llamaba «el cebolla» y su tío «el burro». Les dolía hasta el raqutico pedazo de carne de
vaca que le daban en la comida. Amaro adelgazaba, y lloraba cada noche.
Ya sabía que a los quince años debería entrar en el seminario. Su tío se lo recordaba todos
los días:

25

—¡No creas que te vas a quedar aquí holgazaneando toda la vida, burro! En cuanto
cumplas los quince años, al seminario. ¡No tengo obligación de cargar contigo! Yo no
alimento animales que no rindan.
Y el muchacho ansiaba el seminario como una liberación. Nadie le había preguntado nunca
por sus tendencias o por su vocación. Le imponían una sobrepelliz; su naturaleza pasiva,
fácilmente dominable, la aceptaba igual que aceptaría un uniforme. Por lo demás, no le
desagradaba «ser cura». Desde su abandono de los rezos perpetuos de Carcavelos
conservaba su miedo al infierno, pero había perdido el fervor por los santos; recordaba, no
obstante, a los curas que había visto en casa de la señora marquesa, gentes blancas y bien
tratadas que comían al lado de las señoras y tomaban rapé en cajas de oro; y le atraía esa
profesión en la que se cantan bonitas misas, se comen dulces delicados, se habla en voz
baja con las mujeres, viviendo entre ellas, cuchicheando, sintiendo su calor penetrante, y se
reciben regalos en bandejas de plata. Recordaba al padre Liset con un anillo de rubí en el
dedo meñique; a monseñor Savedra con sus bellos anteojos de oro, bebiendo a pequeños
tragos su copa de madeira. Las hijas de la señora marquesa les bordaban pantuflas. Un día
había visto a un obispo que había sido cura en Bahía, había viajado, había estado en Roma,
era muy jovial; y en la sala, con sus manos ungidas y olorosas a agua de colonia apoyadas
en la empuñadura de oro del bastón, completamente rodeado de señoras arrobadas y
rebosantes de risa beata, cantaba para entretenerlas con su hermosa voz:

Mulacinha da Baía,
nascida no Capuia...

Un año antes de entrar en el seminario, su tío lo envió a un maestro para que perfeccionase
el latín y lo dispensó de estar en el mostrador Por primera vez en su existencia Amaro tuvo
libertad. Iba solo a la escuela, paseaba por las calles. Vio la ciudad, los juegos de los niños,
se asomó a las puertas de los cafés, leyó las carteleras de los teatros. Sobre todo, empezó a

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fijarse mucho en las mujeres y, viendo todo aquello, le sobrevenían grandes melancolías.
Su hora triste era el anochecer; cuando volvía de la escuela, o los domingos después de
haber ido a pasear con el tendero al Jardim da Estrela. Su habitación estaba arriba, en el
desván, con una ventanita abierta sobre los tejados. Se asomaba allí a mirar y veía parte de
la ciudad baja que poco a poco se iba llenando de puntos de luz de gas; le parecía percibir
que llegaba de allí un rumor indefinido: era la vida que no conocía y que juzgaba
maravillosa, los cafés abrasados de luz y las mujeres arrastrando sus frufrús de seda por los
peristilos de los teatros; se perdía en imaginaciones difusas y, de pronto, en el fondo negro
de la noche se le aparecían fragmentos de formas femeninas, una pierna con botines de
sarga y una media muy blanca, o un brazo rollizo remangado hasta el hombro... Pero abajo,
en la cocina, la criada empezaba a lavar la loza, cantando; era una mocita gorda, llena de
pecas; y le entraban entonces ganas de bajar; de rozarse contra ella o de quedarse en un
rincón viéndola escaldar los platos; se acordaba de otras mujeres que había visto en las
calles de mala nota, con las faldas engomadas y ruidosas, paseando con el cabello suelto,
con los botines sucios; y desde lo más hondo de su ser le subía un deseo inconcreto, como
las ganas de abrazar a alguien, de no sentirse solo. Se juzgaba desdichado, pensaba en
matarse. Pero su tío le gritaba desde abajo:
—¿Estás estudiando, badulaque?
Y poco después, inclinado sobre Tito Livio, cabeceando de sueño, sintiéndose un
desgraciado, refregando una rodilla contra otra, torturaba el diccionario.
Por aquella época empezaba a sentir cierto desapego hacia la vida de cura «porque no
podría casarse». Ya las compañías escolares habían introducido en su naturaleza femenil
curiosidades, morbos. Fumaba cigarrillos a escondidas; adelgazaba y estaba más pálido.

Entró en el seminario. Los largos pasillos de piedra un poco húmedos, las luces tristes, las
habitaciones estrechas y enrejadas, las sotanas negras, el silencio reglamentado, el sonido
de las campanillas le causaron durante los primeros días una tristeza lúgubre, amedrentada.
Pero pronto hizo amistades; gustó su cara bonita. Comenzaron a tutearlo, a admitirlo

27

durante las horas de recreo o en los paseos del domingo, en las conversaciones en las que
se contaban anécdotas de los profesores, se calumniaba al rector y se lamentaban perpetua
mente las melancolías de la clausura. Porque casi todos hablaban con nostalgia de las
existencias libres que habían dejado atrás: los de la aldea no podían olvidar las eras
bañadas por el sol, las esfoyazas llenas de canciones y de abrazos, las yuntas de bueyes de
regreso a casa mientras una niebla ligera ascendía desde los prados; los que venían de
villas pequeñas echaban de menos las calles sinuosas y tranquilas en las que cortejaban a
las vecinas, los alegres días de mercado, la gran aventura de hacer novillos. No les bastaba
el enlosado patio de recreo, con sus árboles raquíticos, los altos muros somnolientos, el
monótono juego de pelota: se ahogaban en la estrechez de los pasillos, en la sala de san
Ignacio, donde se hacían las meditaciones de la mañana y se estudiaban de noche las
lecciones; y todos envidiaban los destinos libres, aun los más humildes; el mulero que
veían pasar por la carretera acariciando a sus machos, el boyero que cantaba al compás del
áspero chirriar de las ruedas, y hasta los mendigos errantes, apoyados en su cayado, con
sus alforjas oscuras.
Desde la ventana de un pasillo se veía un recodo de la carretera: hacia el crepúsculo solía
pasar una diligencia levantando polvo, entre los estallidos del látigo, al trote de tres yeguas,
cargada de maletas; pasajeros alegres, con las rodillas bien abrigadas, espiraban el humo de
los cigarrillos; ¡cuántas miradas los seguían! ¡Cuántos deseos viajaban con ellos hacia los
alegres pueblos y hacia las ciudades, a través de la frescura de las mañanas o bajo la
claridad de las estrellas!
Y en el refectorio, ante el escaso caldo de hortalizas, cuando el director; con voz grave,
comenzaba a leer monótonamente las cartas de algún misionero de la China o las
pastorales del señor obispo, ¡qué añoranza de las comidas familiares, de los buenos trozos
de pescado! ¡El tiempo de la matanza! ¡Los chicharrones calientes crepitando en el plato!
¡Las olorosas mollejas!
Amaro no dejaba atrás cosas queridas: venía de la brutalidad de su tío, del rostro hastiado
de su tía cubierto de polvos de arroz; pero sin darse cuenta también empezó a tener
nostalgia de sus paseos dominicales, de la luz de gas y de los regresos de la escuela con los

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libros atados por una correa, cuando se paraba ante los escaparates de las tiendas ¡para
contemplar con la cara pegada al cristal la desnudez de los maniquíes!
No obstante, poco a poco, con su naturaleza amorfa, fue entrando como una oveja
indolente en la disciplina del seminario. Forraba regularmente sus manuales; cumplía con
prudente exactitud en los servicios eclesiásticos; y callado, encogido, inclinándose mucho
ante los profesores, llegó a obtener buenas notas.
Nunca había podido comprender a los que parecían gozar dichosos del seminario y
torturaban sus rodillas meditando cabizbajos los textos de la Imitación o de san Ignacio; en
la capilla, con los ojos en blanco, palidecían de éxtasis; incluso el recreo o los paseos se los
pasaban leyendo algún librito de Louvores a Maria; y cumplían encantados las más
pequeñas normas, incluso la de subir sólo un escalón de cada vez, como recomienda san
Buenaventura. A ésos el seminario les proporcionaba un gozo anticipado del cielo: a él
sólo le ofrecía las humillaciones de una prisión y el tedio de una escuela.
Tampoco entendía a los ambiciosos: los que querían ser caudatarios de un obispo y, en las
soberbias salas de los palacios episcopales, levantar los reposteros de damasco viejo; los
que, una vez ordenados, deseaban vivir en las ciudades, servir en una iglesia aristocrática y
cantar con voz sonora ante las damas ricas, apiñadas en un rumor de sedas sobre la
alfombra del altar mayor. Otros incluso soñaban destinos fuera de la Iglesia: ambicionaban
ser militares y arrastrar por las calles empedradas el tintineo de un sable; o la harta vida
campesina y, desde el alba, con un sombrero de alas anchas y en una buena montura, trotar
por los caminos, dar órdenes por las extensas eras abarrotadas de haces, apearse en las
puertas de las tabernas. Y, a no ser algunos devotos, todos; aspirantes al sacerdocio o a
destinos seculares, querían dejar la estrechez del seminario para comer bien, ganar dinero y
conocer mujeres.
Amaro no deseaba nada.
—Yo no sé —decía melancólicamente.

29

Entretanto, escuchando por simpatía a aquellos para quienes el seminario era «una condena
a galeras», salía muy perturbado de aquellas conversaciones llenas de impaciente ambición
de vida libre. A veces hablaban de escaparse. Hacían planes, calculando la altura de las
ventanas, las peripecias de la noche negra por los caminos: se imaginaban bebiendo en las
barras de las tabernas, salas de billar; calientes alcobas femeninas. Amaro se ponía muy
nervioso: durante la noche se revolvía insomne en su catre y, en el fondo de sus
imaginaciones y sueños, ardía, como una brasa silenciosa, el deseo de mujer.
En su celda había una imagen de la Virgen coronada de estrellas, de pie sobre la esfera
terrestre, la mirada errante en la luz inmortal, pisoteando a la serpiente. Amaro se volvía
hacia ella como hacia un refugio, le rezaba la Salve; pero, al contemplar la litografía,
olvidaba la santidad de la Virgen, sólo veía ante sí a una hermosa muchacha rubia; la
amaba, suspiraba, al desnudarse la miraba de reojo lúbricamente; y su curiosidad hasta se
atrevía a levantar los castos pliegues de la túnica azul de la imagen y suponer formas,
redondeces, la carne blanca... Creía entonces ver los ojos del tentador brillando en la
oscuridad del cuarto; rociaba la cama con agua bendita; pero los domingos en el
confesionario no se atrevía a revelar estos delirios.
¡Cuántas veces en los sermones había oído al profesor de moral, con su voz robusta, hablar
del pecado, compararlo con la serpiente y, con palabras untuosas y gestos retorcidos,
dejando caer lentamente la pompa meliflua de sus frases, aconsejar a los seminaristas que,
imitando a la Virgen, pisoteasen a la serpiente ominosa! Y después era el profesor de
teología mística el que, aspirando su rapé, hablaba del deber de «¡vencer a la naturaleza!».
Y citando a san Juan de Damasco y a san Crisólogo, a san Cipriano y a san Jerónimo,
explicaba los anatemas de los santos contra la mujer; a quien llamaba, conforme a las
expresiones de la Iglesia, serpiente, dardo, hija de Ja mentira, puerta del infierno, cabeza de
pecado, escorpión...
—Y como dice nuestro padre san Jerónimo —y se sonaba estruendosamente—, ¡camino de
iniquidades, iniquitas via!
¡Hasta en los manuales encontraba la obsesión por la mujer! ¿Qué criatura era aquella que,
a lo largo y a lo ancho de la teología, era unas veces elevada al altar como reina de la

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gracia, y otras veces maldecida con apóstrofes bárbaros? ¿Qué poder era el suyo que la
legión de los santos ora se arracima junto a ella, en extática pasión, otorgándole por
aclamación el gran reino de los cielos, ora huye ante su presencia como del enemigo
universal, entre sollozos de terror y gritos de odio y, escondiéndose en las tebaidas y en los
claustros para no verla, muere allí del mal de haberla amado? Sentía, sin definirlas, estas
perturbaciones que renacían y lo desmoralizaban continuamente; y ya antes de haber hecho
sus votos, desfallecía con el deseo de quebrantarlos.
Y a su alrededor notaba las mismas rebeliones de la naturaleza: los estudios, los ayunos,
las penitencias podían domar el cuerpo, producir en él hábitos maquinales, pero por dentro
se movían silenciosamente los deseos, como serpientes tranquilas en su nido. Los que más
sufrían eran los sanguíneos, tan dolorosamente constreñidos por la regla como sus gruesas
muñecas plebeyas por los puños de la camisa. Asi cuando estaban solos, el temperamento
irrumpía: se peleaban, medían sus fuerzas, provocaban tumultos. En los linfáticos la
naturaleza reprimida producía grandes melancolías, silencios indolentes: se vengaban
entonces en el amor por los pequeños vicios: jugar con una vieja baraja, leer una novela,
conseguir un paquete de cigarrillos tras demoradas intrigas—.. ¡Son tantos los encantos del
pecado!
Amaro casi envidiaba a los estudiosos: al menos ellos estaban contentos, estudiaban sin
descanso, garabateaban notas en el silencio de la espaciosa biblioteca, eran respetados,
usaban gafas, tomaban rapé. Él mismo tenía a veces ambiciones súbitas de ciencia; pero
ante los vastos infolios le sobrevenía un tedio insuperable. Era, no obstante, devoto:
rezaba, tenía una fe ilimitada en ciertos santos, un angustioso temor de Dios. ¡Pero odiaba
la clausura del seminario! La capilla, los sauces llorones del patio, las comidas monótonas
en el enorme refectorio enlosado, los olores de los pasillos, todo aquello le causaba una
tristeza irritada: le parecía que sería bueno, puro, creyente, si estuviese en la libertad de
una calle o en la paz de una casa de campo, fuera de aquellas negras paredes. Adelgazaba,
sufría continuos sudores; y el último año, después de los pesados servicios de Semana
Santa, cuando empezaban los calores, ingresó en la enfermería con una fiebre nerviosa.

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Finalmente se ordenó por las témporas de san Mateo; y poco tiempo después recibió,
todavía en el seminario, esta carta del señor padre Liset:

Mi querido hijo y nuevo colega:
Ahora que se ha ordenado creo en conciencia que debo darle cuenta del estado de sus
asuntos, pues quiero cumplir hasta el final el mandato con que cargó mis débiles hombros
nuestra llorada marquesa, concediéndome el honor de administrar el legado que le dejó.
Porque, aunque los bienes mundanos poco deban importar a un alma consagrada al
sacerdocio, son siempre las buenas cuentas las que hacen los buenos amigos. Sabrá pues,
querido hijo, que el legado de la querida marquesa —hacia quien debe guardar en su alma
gratitud eterna— está completamente exhausto. Aprovecho esta ocasión para decirle que
después de la muerte de su tío, su tía, una vez liquidado el negocio, se adentró en un
camino que el respeto me impide calificar: cayó bajo el imperio de las pasiones, se unió
ilegítimamente, vio sus bienes perdidos a la par que su pureza y hoy regenta una casa de
huéspedes en la Rua dos Calafates número 53. Si toco estas impurezas, cuyo conocimiento
resulta tan impropio para un joven sacerdote, es porque quiero darle cabal noticia de su
respetable familia. Su hermana, como sin duda ya sabe, hizo una boda rica en Coimbra, y
aunque en el matrimonio no es el oro lo que debemos apreciar, es sin embargo importante
para futuras circunstancias que usted, querido hijo, esté al corriente de este hecho. Sobre lo
que me escribió nuestro querido rector respecto a enviarlo a usted a la parroquia de Feiráo,
en A Gralheira, voy a hablar con algunas personas importantes que tienen la enorme
bondad de atender a un pobre sacerdote que sólo pide a Dios misericordia. Con todo,
espero conseguirlo. Persevere, querido hijo mío, en los caminos de la verdad, de la que me
consta que su buena alma está repleta, y piense que en este santo ministerio nuestro se
encuentra la felicidad cuando llegamos a comprender cuántos son los bálsamos que
extiende sobre el pecho y cuántos los consuelos que produce el servicio a Dios. Adiós,
querido hijo y nuevo colega. Sepa que mis pensamientos estarán siempre con el pupilo de
nuestra llorada marquesa, quien, con toda seguridad, desde el cielo al que la elevaron sus
virtudes, suplica a la Virgen a la que tanto sirvió y amó la felicidad de su amado pupilo.

32

Liset

PS. El apellido del marido de su hermana es Trigoso. Liset

Dos meses después Amaro fue nombrado párroco de Feiráo, en A Graiheira, sierra de la
Beira Alta. Estuvo allí desde octubre hasta el final de las nieves.
Feiráo es una parroquia pobre de pastores y casi deshabitada en esa estación. Amaro pasó
el tiempo muy ocioso, rumiando su aburrimiento junto al fuego, oyendo al invierno bramar
fuera, en la sierra. Por primavera quedaron vacantes en los distritos de Santarem y de
Leiría parroquias populosas, con buenas congruas. Entonces Amaro le escribió a su
hermana hablándole de su pobreza en Feiráo; ella le envió, aconsejándole economía, doce
monedas para que fuese a Lisboa a Solicitar destino. Amaro partió inmediatamente. Los
aires limpios y vivos de la sierra habían fortalecido su sangre; volvía robusto, recio,
simpático, con buen color en la piel trigueña.
Cuando llegó a Lisboa se dirigió a la Rua dos Calafates numero 53, a casa de su tía: la
encontró vieja, con una peluca enorme llena de lazos rojos, completamente cubierta de
polvo de arroz. Se había hecho devota y abrió a Amaro sus delgados brazos con alegría
piadosa.
—¡Cómo estás, bonito! ¡Quién te ha visto y quién te ve! ¡Ay, Jesús! ¡Qué cambio!
Admiraba su sotana, su tonsura; y contándole sus desgracias, entre exclamaciones sobre la
salvación de su alma y la carestía de la vida, fue conduciéndolo hasta el tercer piso, a una
habitación que daba al patio de luces.

33

—Aquí estarás como un abad —le dijo—. ¡Y baratito!... ¡Ay! Ya me gustaría tenerte
gratis, pero... ¡He sido muy desgraciada, Joáozinho!.. ¡Ay, perdona! ¡Amaro! Estoy
siempre con ese Joáozinho en la cabeza...
Al día siguiente Amaro buscó al padre Liset en San Luis. Se había ido a Francia. Se acordó
entonces de la hija pequeña de la señora marquesa de Alegros, doña Joana, que estaba
casada con el conde de Ribamar; consejero de Estado, influyente, regenerador fiel desde el
51 y dos veces ministro del reino.
Y aconsejado por su tía, después de haber tramitado su solicitud, se fue una mañana a casa
de la señora condesa de Ribamar, en Buenos Aires. Un cupé esperaba a la puerta.
—La señora condesa va a salir —le dijo un criado de corbata blanca y chaqueta de alpaca,
amparado en la sombra del vestíbulo, con un cigarro en la boca.
En ese momento una señora vestida de blanco asomaba por una puerta de batientes forrada
de bayeta verde, sobre un escalón de piedra, al fondo del patio empedrado. Era alta,
delgada, rubia, con pequeños rizos sobre la frente, gafas de oro sobre una nariz
comprimida y aguda y en el mentón un pequeño atisbo de pelos blancos.
—¿Ya no me conoce, señora condesa? 4ijo Amaro con el sombrero en la mano, avanzando
inclinado—. Soy Amaro.
—¿Amaro? —dijo ella, como si le extrañase el nombre—. ¡Ah, Jesús, pero mira quién es!
¡Si está hecho un hombre! ¡Quien lo diría!
Amaro sonreía.
—¡Cómo iba yo a esperar que!... —continuó ella, admirada—. ¿Y ahora está en Lisboa?
Amaro le habló de su destino en Feiráo, de la pobreza de la parroquia...
—Así que he venido a pedir otro destino, señora condesa.

34

Ella lo escuchaba con las manos apoyadas en un largo quitasol de seda clara y Amaro
sentía que venía de ella un perfume de polvo de arroz y una frescura de algodones.
—Pues no se preocupe —dijo ella—, quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso.
Yo me encargo de eso. Ande, venga por aquí. —Y con un dedo sobre los labios—: Espere,
mañana me voy a Sintra. El domingo no. Lo mejor es dentro de quince días. De aquí a
quince días por la mañana, seguro. —Y riendo con sus grandes dientes frescos—. Me
parece que lo estoy viendo, traduciendo a Chateaubriand con mi hermana Luisa. ¡Cómo
pasa el tiempo!
—¿Está bien su señora hermana? —preguntó Amaro.
—Sí, bien. Está en una quinta en Santarém.
Le ofreció su mano enguantada en peau de suéde con un apretón decidido que hizo
tintinear sus pulseras de oro y entró en el cupé, delgada y ligera, con un movimiento que
resaltó la blancura de sus faldas.
Amaro inició entonces su espera. Era en julio, en plena canícula. Por la mañana decía misa
en Sáo Domingos y el resto del día, en zapatillas y chaqueta de punto, arrastraba su
ociosidad por la casa adelante. A veces iba al comedor a charlar con su tía; las ventanas
estaban cerradas, en la penumbra susurraban las moscas su monótono zumbido; su tía, en
un rincón del viejo canapé de mimbre, hacía croché con los anteojos encabalgados en la
punta de la nariz; Amaro, bostezando, hojeaba un viejo número de Panorama.
Al anochecer salía a dar un par de vueltas por O Rossio. Se ahogaba en el aire pesado e
inmóvil. Por todas partes se pregonaba monótonamente: «¡Agua fresca!». En los bancos,
bajo los árboles, dormitaban vagabundos con las ropas remendadas; alrededor de la plaza
rodaban sin cesar; lentamente, coches de alquiler vacíos; resplandecían las luces de los
cafés; y las multitudes en calma, sin rumbo, bostezandQ paseaban su pereza por las aceras.
Después Amaro volvía a casa y, en su habitación, con la ventana abierta al calor de la
noche, tumbado sobre la cama, en mangas de camisa, descalzo, fumaba cigarros, rumiaba
sus esperanzas. Le asaltaba la alegría al recordar, a cada instante, las palabras de la

35

condesa: «Quede tranquilo. Mi marido se ocupará de su caso». Y ya se veía párroco en un
bonito pueblo, en una casa con una huerta llena de coles y de lechugas frescas, tranquilo e
importante, recibiendo fuentes de dulces de las devotas ricas.
En aquella época vivía en un estado de ánimo muy sosegado. Los furores que en el
seminario le causaba la continencia se habían calmado con los favores obtenidos en Feiráo
de una gorda pastora, cuya imagen tocando a misa los domingos, colgada de la cuerda de
la campana, girando en sus faldas de lana marrón y con la cara enrojecida, a punto de
reventar; gustaba mucho a Amaro. Ahora, sereno, tributaba puntualmente al cielo las
oraciones que ordena el ritual, tenía la carne contenta y callada y buscaba establecerse
satisfactoriamente.
Transcurridos quince días fue a casa de la señora condesa.
—No está —le dijo un palafrenero.
Volvió al día siguiente, ya inquieto. Los batientes verdes estaban abiertos; y Amaro subió
despacio, pisando con timidez la gran alfombra roja sujeta con varillas metálicas. Desde la
alta claraboya descendía una luz suave; al final de la escalera, en el rellano, sentado en una
banqueta de tafilete escarlata, un criado apoyado en la pared blanca y pulida, con la cabeza
colgando y el labio caído, dormía. Hacía mucho calor; aquel solemne silencio aristocrático
amedrentaba a Amaro; estuvo un momento dudando, con su quitasol pendiente del dedo
meñique; tosió levemente para despertar al criado, que le parecía terrible con sus hermosas
patillas negras, su magnifico collar de oro; ya iba a bajar cuando oyó tras un repostero una
estentórea risa masculina. Sacudió con el pañuelo el polvo blanquecino de los zapatos, se
estiró los puños y entró muy colorado en una amplia sala forrada de damasco amarillo; a
través de los ventanales abiertos entraba una gran luz y se veían arboledas de jardín. En el
centro de la sala tres hombres conversaban de pie. Amaro avanzó, balbució:
—No sé si molesto...
Un hombre alto, de bigote cano y anteojos de oro se volvió sorprendido, con el cigarro a un
lado de la boca y las manos en los bolsillos. Era el señor conde.

36

—Soy Amaro...
—¡Ah! —dijo el conde—. ¡El señor padre Amaro! ¡Lo conozco muy bien! Tenga la
bondad... Mi mujer me ha puesto al tanto. Tenga la bondad... —Y dirigiéndose a un
hombre bajo y rechoncho, casi calvo, con pantalones blancos muy cortos—: Es la persona
de la que le he hablado. —Se volvió hacia Amaro—:
—Es el señor ministro.
Amaro se inclinó servilmente.
—El señor padre Amaro —dijo el conde de Ribamar— se crió de pequeño en casa de mi
suegra. Nació allí, creo...
—Sí, señor conde —dijo Amaro, que se mantenía alejado, con el quitasol en la mano.
—Mi suegra, que era muy religiosa y una auténtica dama, ¡de eso ya no hay ahora!, lo hizo
cura. Hubo hasta una herencia, creo... En fin, aquí lo tenemos, párroco... ¿Dónde, señor
padre Amaro?
—Feiráo, Excelencia.
—¿Feiráo? —dijo el ministro, extrañando aquel nombre.
—En la sierra de A Gralheira —informó con prontitud el individuo que tenía a su lado.
Era un hombre delgado, embutido en un abrigo azul, de piel muy blanca, con soberbias
patillas negras y un admirable y lustroso cabello engomado que le descendía hasta la nuca
separado por una perfecta raya.
—En fin —resumió el conde—, ¡un horror! En la montaña, en una parroquia pobre, sin
distracciones, con un clima terrible...
—Yo ya he hecho la solicitud, Excelencia —apuntó Amaro tímidamente.

37

—Bien, bien —afirmó el ministro—. Se arreglará.
Y mordisqueaba su cigarro.
—Es de justicia —dijo el conde—. Más aún, ¡es una necesidad! Los hombres jóvenes y
activos tienen que estar en las parroquias difíciles, en las ciudades... ¡Está claro! Pero no,
fíjese, allá en Alcobaça, al lado de mi quinta, está un viejo, un gotoso, un cura antiguo, ¡un
imbécil! Así se pierde la fe.
—Es verdad —dijo el ministro—, pero esas colocaciones en las buenas parroquias deben
ser, naturalmente, recompensas a los buenos servicios. Es necesario el estímulo...
—Perfectamente —replicó el conde—; pero servicios religiosos, servicios a la Iglesia, no
servicios a los gobiernos.
S hombre de las soberbias patillas negras hizo un gesto de objeción.
—¿No cree? —le preguntó el conde.
—Respeto mucho la opinión de Su Excelencia, pero si me lo permite... Sí, a mi modo de
ver los párrocos en la ciudad nos son de gran utilidad en los trances electorales. ¡De gran
utilidad!
—Pues sí. Pero...
—Fíjese, Excelencia —continuó, ávido de palabra—. Fíjese usted en Tomar ¿Por qué
perdimos? Por la actitud del párroco. Nada más.
El conde intervino:
—Disculpe, pero no debe ser así; la religión, el clero no son agentes electorales.
—Perdón... —quería interrumpir el otro.

38

El conde lo detuvo con un gesto firme; y grave, pausadamente, con palabras rebosantes de
la autoridad de un vasto entendimiento:
—La religión —dijo— puede, debe incluso ayudar a la estabilidad de los gobiernos,
actuando, por decirlo así, como freno...
—Eso, eso —murmuró arrastradamente el ministro, escupiendo briznas de tabaco
masticado.
—Pero descender a las intrigas continuó el conde despacio—, a los embrollos...
Perdóneme, mi querido amigo, pero eso no es cristiano.
—Pues yo lo soy, señor conde —exclamó el hombre de las patillas soberbias—. ¡Cristiano
a machamartillo! Pero también soy liberal. Y entiendo que el gobierno representativo... Sí,
digo yo... con las garantías más sólidas...
—Mire —interrumpió el conde—, ¿sabe adónde conduce eso? Al desprestigio del clero y
al desprestigio de la política.
—Pero ¿son o no son las mayorías un principio sagrado? —gritaba, enrojecido, el de las
patillas, recalcando el adjetivo.
—Son un principio respetable.
—¡Vaya, vaya, Excelencia! ¡Vaya!
El padre Amaro escuchaba, inmóvil.
—Mi mujer debe de querer verlo —le dijo entonces el conde. Y yendo hacia un repostero
que levantó:
—Entre. ¡Es el señor padre Amaro, Joana!
Era una sala forrada de papel blanco satinado, con muebles tapizados en cachemira clara.
En los huecos de las ventanas, entre los amplios pliegues de las cortinas de claro paño

39

adamascado, recogidas casi a ras del suelo por cintas de seda, el follaje fino de unas
plantas delgadas, sin flor, surgía de unos jarrones blancos. Una penumbra fresca daba a
todas aquellas blancuras un tono delicado de nube. Sobre el respaldo de una silla, un
encumbrado papagayo, apoyado en una sola pata negra, rascaba parsimoniosamente, con
movimientos ganchudos, su cabeza verde. Amaro, aturullado, se inclinó hacia una esquina
del sofá donde vio los cabellos rubios y ondulados de la señora condesa, que le cubrían
vaporosamente la frente, y los relucientes aros de oro de sus anteojos. Un muchacho gordo,
de rostro rechoncho, sentado frente a ella en una silla baja, con los codos sobre las rodillas
abiertas, se ocupaba en balancear, como si fuese un péndulo, un pincenez de tortuga. La
condesa tenía en el regazo una perrita y con su mano seca y fina, llena de venas, le
colocaba y le recolocaba el pelo, blanco como algodón.
—¿Cómo está, señor Amaro? —La perra gruñía —. Quieta, Jóia. ¿Sabe que ya he hablado
de su asunto? Quieta, Jóia... El ministro está ahí.
—Sí, señora —dijo Amaro, de pie.
—Siéntese aquí, señor padre Amaro.
Amaro se sentó en el borde de un fauteuíl, con su quitasol en la mano, y reparó entonces en
una señora alta que estaba de pie junto al piano hablando con un joven rubio.
—¿Qué ha hecho estos días, señor Amaro? —dijo la condesa—. Dígame una cosa, ¿y su
hermana?
—Está en Coimbra. Se caso.
—¡Ah! ¡Se casó! —dijo la condesa, haciendo girar sus anillos. Hubo un silencio. Amaro,
con los ojos bajos, pasaba con gesto confuso y vacilante los dedos por los labios.
—¿El señor padre Liset está fuera? —preguntó.
—Está en Nantes. Tiene una hermana que está muriéndose —dijo la condesa—. Está igual
que siempre: muy amable, muy dulce. ¡Es un alma tan virtuosa!...

40

—Yo prefiero al padre Félix —dijo el muchacho gordo, estirando las piernas.
—¡No diga eso, primo! ¡Jesús, dama al cielo! ¡El padre Liset, tan venerable!... Y además
tiene otra manera de decir las cosas, con esa bondad... Se ve que es un corazón delicado.
—Pues sí, pero el padre Félix...
—¡Ay, no diga eso! Es cierto que el padre Félix es una persona muy virtuosa, pero el padre
Liset tiene una religión más...—y con un gesto delicado buscaba la palabra—, más fina,
más distinguida... En fin, se trata con otra gente y sonriendo hacia Amaro—: ¿No cree?
Amaro no conocía al padre Félix, no se acordaba del padre Liset.
—Ya es mayor el señor padre Liset —observó al azar.
—¿Usted cree? —dijo la condesa—. ¡Pero qué bien conservado! ¡Y qué vivacidad, qué
entusiasmo!... ¡Ay, es otra cosa!—Y volviéndose hacia la señora que estaba junto al piano
—:
¿No crees ,Teresa?
—Ya voy —respondió Teresa, completamente metida en sus pensamientos.
Amaro se fijó entonces en ella. Le pareció una reina, o una diosa, con su alta y fuerte
complexión. Un magnífico perfil de hombros y senos; los cabellos negros un poco
ondulados destacaban sobre la palidez del rostro aquilino, semejante al perfil dominador de
María Antonieta; su vestido oscuro, de mangas cortas y escote cuadrado, rompía, junto a
los pliegues de la cola, muy larga, totalmente adornada por encajes negros, el tono
monótono y albo de la sala; el cuello, los brazos estaban cubiertos por una gasa negra que
transparentaba la blancura de la carne; y se percibía en sus formas la firmeza de los
mármoles antiguos y el calor de una sangre sana.

41

Hablaba en voz baja, sonriendo, en una lengua áspera que Amaro no comprendía, cerrando
y abriendo su abanico negro... y el muchacho rubio, guapo, la escuchaba retorciéndose la
punta de un bigote fino, con un cuadrado de cristal embuchado en el ojo.
—¿Había mucha devoción en su parroquia, señor Amaro? —preguntaba entretanto la
condesa.
—Mucha, gente muy buena.
—Es en las aldeas donde se encuentra aún alguna fe, consideró ella en tono piadoso. Se
quejó de la obligación de vivir en la ciudad, en el cautiverio del lujo: ¡le gustaría estar
siempre en su quinta de Carcavelos, rezar en la pequeña y vieja capilla, conversar con las
buenas almas de la aldea! Y su voz se ponía tierna.
El muchacho rechoncho se reía:
—¡Pero, prima! —decía—, ¡pero prima!
No, lo que era a él, si lo obligasen a oír misa en una capillita de aldea... ¡hasta creía que
perdería la fe! No entendía, por ejemplo, la religión sin música... ¿¡Era posible una
celebración religiosa sin una buena voz de contralto!?
—Siempre es más bonito —dijo Amaro.
—Está claro que sí. ¡Es otra cosa! ¡Tiene cachet! ¿Te acuerdas, prima, de aquel tenor?...
¿Cómo se llamaba? ¡Vidalti! ¿Te acuerdas de Vidalti, el Jueves Santo en Os Inglesinhos?
¿El Tantum Ergo?
—Me gustaba más en el Baile de Máscaras — dijo la condesa.
—¡Ni idea, prima, no tengo ni idea!
Mientras tanto, el muchacho rubio se había acercado a estrechar la mano a la señora
condesa, hablándole en voz baja, muy risueño; Amaro admiraba la nobleza de su
complexión, la dulzura de su mirada azul; reparó en que le había caído un guante y se lo

42

recogió servilmente. Cuando salió, Teresa, después de haberse aproximado despacio a la
ventana y tras mirar la calle, fue a sentarse en una causeuse con un abandono que ponía de
relieve la magnífica escultura de su cuerpo. Y volviéndose perezosamente hacia el
muchacho rechoncho:
—¿Nos vamos, Joäo?
Entonces la condesa le dijo:
—¿Sabes que el señor padre Amaro se crió conmigo en Benfica?
Amaro enrojeció: sentía que Teresa ponía sobre él sus bellos ojos, de un negro húmedo
como el satén oscuro cubierto de agua.
—¿Está en la provincia ahora? —preguntó ella, bostezando un poco.
—Sí, señora, he llegado hace unos días.
—¿En la aldea? —continuó ella, abriendo y cerrando indolentemente su abanico.
Amaro veía las piedras preciosas que resplandecían en sus dedos delgados; acariciando la
punta del quitasol, dijo:
—En la sierra, señora.
—Imaginare —intervino la condesa—, ¡es horrible! Nieva siempre, dice que la iglesia no
tiene tejado, son todos pastores. ¡Una desgracia! He hablado con el ministro a ver silo
trasladamos. Pídele tú también...
—¿Qué? —dijo Teresa.
La condesa le contó que Amaro había solicitado una parroquia mejor. Mencionó a su
madre, el cariño que le tenía a Amaro.
—Se moría por él... Le llamaba de una manera... ¿No recuerda?

43

—No sé, señora.
—¡Fray Maleitas!... ¡Tiene gracia! Como el señor Amaro andaba tan paliducho, siempre
metido en la capilla...
Pero Teresa, dirigiéndose a la condesa:
—¿Sabes a quién se parece este señor?
La condesa se fijó en él, el muchacho rechoncho se colocó el monóculo.
—¿No se parece a aquel pianista del año pasado? —continuó Teresa—. No recuerdo ahora
el nombre...
—Ya sé, Jalette —dijo la condesa—. Bastante. En el pelo no.
—¡Claro, el otro no tenía tonsura!
Amaro se puso colorado. Teresa se levantó arrastrando su soberbia cola, se sentó al piano.
—¿Sabe música? —preguntó, volviéndose hacia Amaro.
—La enseñan en el seminario, señora.
Ella en un momento recorrió con la mano el teclado de sonoridades profundas y tocó la
frase del Rigoletto parecida al Minueto de Mozart, lo que dice Francisco I al despedirse de
la señora de Crezy en la fiesta del primer acto, cuyo ritmo desolado tiene la lánguida
tristeza de amores que se acaban y de brazos que se desenlazan en despedidas supremas.
Amaro estaba embelesado. Aquella sala magnífica, con sus blancuras de nube, el piano
apasionado, el cuello de Teresa, que veía bajo la negra transparencia de la gasa, sus trenzas
de diosa, las serenas arboledas del jardín señorial, le sugerían vagamente la idea de una
existencia superior; de novela, transcurrida sobre alfombras preciosas, en cupés
acolchados, con arias de ópera, melancolías de buen gusto y amores de placer extraño.
Hundido en la blandura de la causeuse, escuchando el llanto aristocrático de la música,

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recordaba el comedor de su tía y su olor a sofrito: y era como el mendigo que prueba una
crema fina y, sorprendido, demora su placer pensando que va a volver a la dureza de los
mendrugos resecos y al polvo de los caminos.
Mientras, Teresa, cambiando bruscamente de melodía, cantó la antigua aria inglesa de
Haydn que tan sutilmente habla de las melancolías de la separación:

The village seems dead and asleep
when Lubin is away!...

—¡Bravo, bravo! —exclamó el ministro de Justicia apareciendo por la puerta, aplaudiendo
con suavidad—. ¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡Delicioso!
—Tengo que pedirle una cosa, señor Correia —elijo Teresa, levantándose.
El ministro acudió con prontitud galante.
—¿Qué es, señora? ¿Qué es?
El conde y el individuo de las patillas magníficas entraban, todavía discutiendo.
—Joana y yo tenemos que pedirle una cosa —dijo Teresa.
—¡Yo ya se lo he pedido! ¡Dos veces! —intervino la condesa.
—Pero, señoras —dijo el ministro, sentándose confortablemente, con las piernas muy
estiradas, el rostro satisfecho— :¿De qué se trata? ¿Es algo importante? ¡Dios mío!
Prometo, prometo solemnemente...
—Bien —dijo Teresa dándole un golpecito en el brazo con el abanio—. Entonces, ¿cuál es
la mejor parroquia vacante?

45

—¡Ah! —dijo el ministro, comprendiendo y mirando a Amaro, que hundió la cabeza entre
los hombros, ruborizado.
El hombre de las patillas, que estaba de pie haciendo saltar con circunspección la tapa de
su reloj, se adelantó, muy informado.
—De las vacantes, señora, Leiría, capital de distrito y sede episcopal.
—¿Leiría? —dijo Teresa—. Ya sé, ¿es donde hay unas ruinas?
—Un castillo, señora, edificado por Dom Díonis.
—¡Leiría es excelente!
—¡Pero perdón, perdón! —dijo el ministro—. Leiría, sede del obispado, una ciudad... El
señor padre Amaro es un eclesiástico joven...
—¡Vaya, señor Correia! —exclamó Teresa—. ¿ Y usted no es joven?
El ministro sonrió, inclinándose.
—Di tú algo —le dijo la condesa a su marido, que rascaba con ternura la cabeza del
papagayo.
—Me parece inútil, ¡el pobre Correja está vencido! ¡La prima Teresa le ha dicho que es
joven!
—Pero perdonen —protestó el ministro—. No creo que sea un halago fuera de lugar;
tampoco soy tan viejo..
—¡Oh, infeliz! —gritó el conde—. ¡Acuérdate de que ya conspirabas en mil ochocientos
veinte!
—¡Era mi padre, calumniador; era mi padre!
Todos rieron.

46

—Señor Correja —dijo Teresa—, está decidido. ¡El señor padre Amaro se va a Leiría!
—Bueno, bueno, me rindo —dijo el ministro con un gesto resignado—. ¡Pero es una
imposición!
—Thank you —dijo Teresa, ofreciéndole su mano.
—Pero, señora, estoy sorprendido —dijo el ministro, mirándola fijamente.
—Hoy estoy contenta —dijo ella.
Miró un momento hacia el suelo, distraída, dando pataditas a su vestido de seda, se
levantó, se sentó al piano bruscamente y recomenzó la dulce aria inglesa:

The village seems dead and asleep
when Lubin is away!...

Mientras tanto, el conde se había aproximado a Amaro, que se puso en pie.
—Está hecho —le dijo—. Correia se entiende bien con el obispo. En una semana está
nombrado. Puede irse tranquilo.
Amaro hizo una cortesía y, servil, fue a decirle al ministro, que estaba junto al piano:
—Señor ministro, le agradezco...
—A la señora condesa, a la señora condesa —dijo el ministro, sonriente.
—Señora, le agradezco... —fue a decirle a la condesa, todo inclinado.
—¡Ay, agradézcaselo a Teresa! Parece que quiere ganar indulgencias.

47

—Señora... —fue a decirle a Teresa.
—Recuérdeme en sus oraciones, señor padre Amaro —elijo ella. Y continuó con su voz
quejumbrosa, cantando al piano ¡las tristezas de la aldea cuando Lubin está ausente!

A la semana siguiente Amaro recibió su nombramiento. Pero no había olvidado aquella
mañana en casa de la señora condesa de Ribamar: el ministro con sus pantalones muy
cortos, hundido en el sillón, prometiéndole su nombramiento; la luz clara y serena del
jardín entrevisto; el muchacho alto y rubio que decía yes... Le volvía continuamente al
cerebro aquella aria triste del Rigoletto; ¡y lo perseguía la blancura de los brazos de Teresa
bajo la gasa negra! Los veía inconscientemente enlazarse despacio en torno al cuello airoso
del muchacho rubio. Entonces lo detestaba a él y a la lengua bárbara que hablaba y a la
tierra herética de donde venía: y le latía la sangre en las sienes ante la idea de que un día
podría confesar a aquella mujer divina y sentir el roce de su vestido de seda negra contra su
sotana de alpaca vieja, en la oscura intimidad del confesionario.
Un día, al amanecer, tras unos grandes abrazos de su tía, partió hacia Santa Apolónia con
un gallego que le llevaba el baúl. Amanecía. La ciudad estaba silenciosa, se iban apagando
las farolas. De vez en cuando pasaba algún carro que hacía vibrar la calzada; las calles le
parecían interminables; empezaban a llegar campesinos montados en sus burros, con las
piernas oscilantes cubiertas por altas botas embarradas; en una y otra calle voces agudas
anunciaban ya los periódicos; y los mozos de los teatros corrían con el caldero de engrudo,
pegando los carteles por las esquinas.
Cuando llegó a Santa Apolónia la claridad del sol anaranjaba el aire tras los montes de
Outra Banda; el río se extendía, inmóvil, surcado por franjas sin brillo del color del acero;
y ya navegaba alguna vela de falúa, lenta y blanca.

48

IV

Al día siguiente, en la ciudad se hablaba de la llegada del nuevo párroco y ya todos sabían
que había traído un baúl de hojalata, que era delgado y alto y que llamaba «profesor» al
canónigo Dias.
Las amigas de la Sanjoaneira —las íntimas, doña Maria da Assunçao, las Gansoso—
fueron enseguida a su casa, por la mañana, «para ponerse al tanto»... Amaro había salido a
las nueve con el canónigo. La Sanjoaneira, radiante, importante, las recibió en lo alto de la
escalera, remangada, en plena faena matinal; e inmediatamente, muy animada, les contó la
llegada del párroco, sus buenos modales, lo que había dicho...
—Pero bajad, quiero que veáis.
Les enseñó la habitación del cura, el baúl de hojalata, una estantería que le había puesto
para los libros.
—Está muy bien, está todo muy bien —elecían las viejas, recorriendo la habitación
despacio, con el mismo respeto que si estuviesen en una iglesia.
—¡Qué buen abrigo! —observó doña Joaquina Gansoso, palpando el paño de los amplios
faldones que caían desde lo alto del perchero—. ¡Es una prenda magnífica!
—¡Y qué buena ropa interior! —dijo la Sanjoaneira levantando la tapa del baúl.
El grupo de ancianas se inclinó con admiración.
—A mi lo que me gusta es que sea un chico joven —dijo doña Maria da Assunçáo
piadosamente.
—También a mí— dijo con autoridad doña Joaquina Gansoso—. Eso de que esté la gente
confesándose y viendo el rapé pingando de la nariz, como pasaba con el Raposo..., ¡por

49

favor! ¡Hasta se pierde la devoción! ¡Y el bruto del José Miguéis! No, antes de eso que
Dios me mate con gente joven.
La Sanjoaneira les mostraba las demás maravillas del párroco: un crucifijo todavía
envuelto en un periódico viejo, el álbum de retratos, en el que la primera estampa era una
fotografía del Papa bendiciendo a la cristiandad. Quedaron extasiadas.
—Más no se puede pedir —decían—, ¡más no se puede pedir! Al despedirse, entre muchos
besos a la Sanjoaneira, la felicitaron porque, hospedando al párroco, había adquirido una
autoridad casi eclesiástica.
—Venid esta noche —elijo ella desde lo alto de la escalera.
—¡Seguro!... —gritó doña Maria da Assunçáo, ya en la puerta de la calle, cruzando su
manteleta—. ¡Seguro!... ¡Así lo vemos bien!
A mediodía llegó el Libaninho, el beato más activo de Leiría; y subiendo los escalones a la
carrera, ya gritaba con su voz fina:
—¡Sanjoaneira!
—Sube, Libaninho, sube —dijo ella, que cosía junto a la ventana.
—Así que ya ha llegado el señor párroco, ¿eh? —preguntó el Libaninho asomando a la
puerta del comedor su cara gordita de color limón, la calva reluciente; y acercándose a ella,
con pasito corto y meneo de caderas—: Entonces ¿qué tal, qué tal? ¿Tiene buena pinta?
La Sanjoaneira reinició la glorificación de Amaro: su juventud, su aspecto piadoso, la
blancura de sus dientes...
—¡Pobrecillo, pobrecillo! —decía el Libaninho rebosante de ternura devota. Pero no podía
pararse, ¡se iba a la oficina!—. ¡Adiós, queridita, adiós! —Y toqueteaba con su mano
gordezuela el hombro de la Sanjoaneira—. ¡Cada vez estás más gordita! ¡Mira que ayer
recé la salve que me pediste, ingrata!


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