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Benedetti Mario La tregua .pdf



Nombre del archivo original: Benedetti_Mario-La_tregua.pdf
Título: La tregua
Autor: Mario Orlando Hardy Hamlet Brenno Benedetti

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MARIO BENEDETTI

LA TREGUA

EDITORIAL SUDAMERICANA
BUENOS AIRES

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Mi mano derecha es una golondrina
Mi mano izquierda es un ciprés
Mi cabeza por delante es un señor vivo
Y por detrás es un señor muerto.
VICENTE HUIDOBRO

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Lunes 11 de febrero
Sólo me faltan seis meses y veintiocho días para estar
en condiciones de jubilarme. Debe hacer por lo menos
cinco años que llevo este cómputo diario de mi saldo de
trabajo. Verdaderamente, ¿preciso tanto el ocio? Yo me
digo que no, que no es el ocio lo que preciso sino el
derecho a trabajar en aquello que quiero. ¿Por ejemplo?
El jardín, quizá. Es bueno como descanso activo para los
domingos, para contrarrestar la vida sedentaria y también como secreta defensa contra mi futura y garantizada
artritis. Pero me temo que no podría aguantarlo diariamente. La guitarra, tal vez. Creo que me gustaría. Pero
debe ser algo desolador empezar a estudiar solfeo a los
cuarenta y nueve años. ¿Escribir? Quizá no lo hiciera
mal, por lo menos la gente suele disfrutar con mis cartas.
¿Y eso qué? Imagino una notita bibliográfica sobre “los
atendibles valores de ese novel autor que roza la
cincuentena” y la mera posibilidad me causa repugnancia. Que yo me sienta, todavía hoy, ingenuo e inmaduro
(es decir, con sólo los defectos de la juventud y casi ninguna de sus virtudes) no significa que tenga el derecho de
exhibir esa ingenuidad y esa inmadurez. Tuve una prima
solterona que cuando hacía un postre lo mostraba a todos, con una sonrisa melancólica y pueril que le había
quedado prendida en los labios desde la época en que
hacía méritos frente al novio motociclista que después se
mató en una de nuestras tantas Curvas de la Muerte. Ella
vestía correctamente, en un todo de acuerdo con sus cincuenta y tres; en eso y lo demás era discreta, equilibrada,
pero aquella sonrisa reclamaba, en cambio, un acompañamiento de labios frescos, de piel rozagante, de piernas
torneadas, de veinte años. Era un gesto patético, sólo
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eso, un gesto que no llegaba nunca a parecer ridículo,
porque en aquel rostro había, además, bondad. Cuántas
palabras, sólo para decir que no quiero parecer patético.
Viernes 15 de febrero
Para rendir pasablemente en la oficina, tengo que obligarme a no pensar que el ocio está relativamente cerca.
De lo contrario, los dedos se me crispan y la letra redonda con que debo escribir los rubros primarios me sale
quebrada y sin elegancia. La redonda es uno de mis
mejores prestigios como funcionario. Además, debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras
como la M mayúscula o la b minúscula, en las que me he
permitido algunas innovaciones. Lo que menos odio es la
parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar
un asiento que ya redacté miles de veces, el efectuar un
balance de saldos y encontrar que todo está en orden,
que no hay diferencias a buscar. Ese tipo de labor no me
cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta
(¿por qué no decírmelo a mí mismo?) también soñar. Es
como si me dividiera en dos entes dispares, contradictorios, independientes, uno que sabe de memoria su trabajo, que domina al máximo sus variantes y recovecos, que
está seguro siempre de dónde pisa, y otro soñador y febril, frustradamente apasionado, un tipo triste que, sin
embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría, un
distraído a quien no le importa por dónde corre la pluma
ni qué cosas escribe la tinta azul que a los ocho meses
quedará negra.
En mi trabajo, lo insoportable no es la rutina; es el
problema nuevo, el pedido sorpresivo de ese Directorio
fantasmal que se esconde detrás de actas, disposiciones y
aguinaldos, la urgencia con que se reclama un informe o
un estado analítico o una previsión de recursos. Entonces
sí, como se trata de algo más que rutina, mis dos mitades
deben trabajar para lo mismo, ya no puedo pensar en lo
que quiero, y la fatiga se me instala en la espalda y en la
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nuca, como un parche poroso. ¿Qué me importa la
ganancia probable del rubro Pernos de Pistón en el
segundo semestre del penúltimo ejercicio? ¿Qué me importa el modo más práctico de conseguir el abatimiento
de los Gastos Generales?
Hoy fue un día feliz, sólo rutina.
Lunes 18 de febrero
Ninguno de mis hijos se parece a mí. En primer lugar,
todos tienen más energías que yo, parecen siempre más
decididos, no están acostumbrados a durar. Esteban es el
más huraño. Todavía no sé a quién se dirige su resentimiento, pero lo cierto es que parece un resentido. Creo
que me tiene respeto, pero nunca se sabe. Jaime es quizá
mi preferido, aunque casi nunca pueda entenderme con
él. Me parece sensible, me parece inteligente, pero no me
parece fundamentalmente honesto. Es evidente que hay
una barrera entre él y yo. A veces creo que me odia, a
veces que me admira. Blanca tiene por lo menos algo de
común conmigo: también es una triste con vocación de
alegre. Por lo demás, es demasiado celosa de su vida
propia, incanjeable, como para compartir conmigo sus
más arduos problemas. Es la que está más tiempo en
casa y tal vez se sienta un poco esclava de nuestro desorden, de nuestras dietas, de nuestra ropa sucia. Sus relaciones con los hermanos están a veces al borde de la
histeria, pero se sabe dominar y, además, sabe dominarlos a ellos. Quizá en el fondo se quieran bastante, aunque
eso del amor entre hermanos lleve consigo la cuota de
mutua exasperación que otorga la costumbre. No, no se
parecen a mí. Ni siquiera físicamente. Esteban y Blanca
tienen los ojos de Isabel. Jaime heredó de ella su frente y
su boca. ¿Qué pensaría Isabel si pudiera verlos hoy, preocupados, activos, maduros? Tengo una pregunta mejor:
¿qué pensaría yo, si pudiera ver hoy a Isabel? La muerte
es una tediosa experiencia; para los demás, sobre todo
para los demás. Yo tendría que sentirme orgulloso de
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haber quedado viudo con tres hijos y haber salido adelante. Pero no me siento orgulloso, sino cansado. El orgullo es para cuando se tienen veinte o treinta años. Salir
adelante con mis hijos era una obligación, el único escape para que la sociedad no se encarara conmigo y me
dedicara la mirada inexorable que se reserva a los padres
desalmados. No cabía otra solución y salí adelante. Pero
todo fue siempre demasiado obligatorio como para que
pudiera sentirme feliz.
Martes 19 de febrero
A las cuatro de la tarde me sentí de pronto insoportablemente vacío. Tuve que colgar el saco de lustrina y
avisar en Personal que debía pasar por el Banco República
para arreglar aquel asunto del giro. Mentira. Lo que no
soportaba más era la pared frente a mi escritorio, la horrible pared absorbida por ese tremendo almanaque con un
febrero consagrado a Goya. ¿Qué hace Goya en esta vieja
casa importadora de repuestos de automóviles? No sé qué
habría pasado si me hubiera quedado mirando el almanaque como un imbécil. Quizá hubiera gritado o hubiera
iniciado una de mis habituales series de estornudos
alérgicos o simplemente me hubiera sumergido en las páginas pulcras del Mayor. Porque he aprendido que mis
estados de preestallido no siempre conducen al estallido. A
veces terminan en una lúcida humillación, en una aceptación irremediable de las circunstancias y sus diversas y
agraviantes presiones. Me gusta, sin embargo, convencerme de que no debo permitirme estallidos, de que debo
frenarlos radicalmente so pena de perder mi equilibrio.
Salgo entonces como salí hoy, en una encarnizada búsqueda del aire libre, del horizonte, de quién sabe cuántas
cosas más. Bueno, a veces no llego al horizonte y me
conformo con acomodarme en la ventana de un café y
registrar el pasaje de algunas buenas piernas.
Estoy convencido de que en horas de oficina la ciudad
es otra. Yo conozco el Montevideo de los hombres a horario, los que entran a las ocho y media y salen a las
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doce, los que regresan a las dos y media y se van definitivamente a las siete. Con estos rostros crispados y
sudorosos, con esos pasos urgentes y tropezados; con
ésos somos viejos conocidos. Pero está la otra ciudad, la
de las frescas pitucas que salen a media tarde recién
bañaditas, perfumadas, despreciativas, optimistas, chistosas; la de los hijos de mamá que se despiertan al mediodía y a las seis de la tarde llevan aún impecable el
blanco cuello de tricolina importada, la de los viejos que
toman el ómnibus hasta la Aduana y regresan luego sin
bajarse, reduciendo su módica farra a la sola mirada reconfortante con que recorren la Ciudad Vieja de sus nostalgias; la de las madres jóvenes que nunca salen de noche y entran al cine, con cara de culpables, en la vuelta
de las 15.30; la de las niñeras que denigran a sus patronas mientras las moscas se comen a los niños; la de los
jubilados y pelmas varios, en fin, que creen ganarse el
cielo dándoles migas a las palomas de la plaza. Ésos son
mis desconocidos, por ahora al menos. Están instalados
demasiado cómodamente en la vida, en tanto yo me
pongo neurasténico frente a un almanaque con su febrero consagrado a Goya.
Jueves 21 de febrero
Esta tarde, cuando venía de la oficina, un borracho me
detuvo en la calle. No protestó contra el gobierno, ni dijo
que él y yo éramos hermanos, ni tocó ninguno de los
innumerables temas de la beodez universal. Era un borracho extraño, con una luz especial en los ojos. Me tomó
de un brazo y me dijo, casi apoyándose en mí: “¿Sabés lo
que te pasa? Que no vas a ninguna parte”. Otro tipo que
pasó en ese instante me miró con una alegre dosis de
comprensión y hasta me consagró un guiño de solidaridad. Pero ya hace cuatro horas que estoy intranquilo,
como si realmente no fuera a ninguna parte y sólo ahora
me hubiese enterado.
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Viernes 22 de febrero
Cuando me jubile, creo que no escribiré más este
diario, porque entonces me pasarán sin duda muchas
menos cosas que ahora, y me va a resultar insoportable
sentirme tan vacío y además dejar de ello una constancia escrita. Cuando me jubile, tal vez lo mejor sea abandonarme al ocio, a una especie de modorra compensatoria, a fin de que los nervios, los músculos, la energía,
se relajen de a poco y se acostumbren a bien morir. Pero
no. Hay momentos en que tengo y mantengo la lujosa
esperanza de que el ocio sea algo pleno, rico, la última
oportunidad de encontrarme a mí mismo. Y eso sí valdría la pena anotarlo.
Sábado 23 de febrero
Hoy almorcé solo, en el Centro. Cuando venía por
Mercedes, me crucé con un tipo de marrón. Primero
esbozó un saludo. Debo haberlo mirado con curiosidad,
porque el hombre se detuvo y con alguna vacilación me
tendió la mano. No era una cara desconocida. Era algo
así como la caricatura de alguien que yo, en otro tiempo, hubiera visto a menudo. Le di la mano, murmurando disculpas, y confesando de algún modo mi perplejidad. “¿Martín Santomé?”, me preguntó, mostrando en
la sonrisa una dentadura devastada. Claro que Martín
Santomé, pero mi desconcierto era cada vez mayor.
“¿No te acordás de la calle Brandzen?” Bueno, no mucho. Hace como treinta años de esto y yo no soy famoso
por mi memoria. Naturalmente, de soltero viví en la
calle Brandzen, pero aunque me molieran a palos no
podría decir cómo era el frente de la casa, cuántos balcones tenía, quiénes vivían al lado. “¿Y del café de la
calle Defensa?” Ahora sí, la niebla se disipó un poco y vi
por un instante el vientre, con ancho cinturón, del gallego Álvarez. “Claro, claro”, exclamé iluminado. “Bueno,
yo soy Mario Vignale.” ¿Mario Vignale? No me acuerdo,
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juro que no me acuerdo. Pero no tuve valor para confesárselo. El tipo parecía tan entusiasmado con el encuentro... Le dije que sí, que me disculpara, que yo era un
pésimo fisonomista, que la semana pasada me había
encontrado con un primo y no lo había reconocido
(mentira). Naturalmente, había que tomar un café, de
modo que me arruinó la siesta sabatina. Dos horas y
cuarto. Se empecinó en reconstruirme pormenores, en
convencerme de que había participado en mi vida. “Me
acuerdo hasta de la tortilla de alcauciles que hacía tu
vieja. Sensacional. Yo iba siempre a las once y media a
ver si me invitaba a comer.” Y lanzó una tremenda risotada. “¿Siempre?”, le pregunté, todavía desconfiado.
Entonces sufrió un acceso de vergüenza: “Bueno, fui
unas tres o cuatro veces”. Entonces, ¿cuál era la porción
de verdad? “Y tu vieja ¿está bien?” “Murió hace quince
años.” “Carajo. ¿Y tu viejo?” “Murió hace dos años, en
Tacuarembó. Estaba parando en casa de mi tía Leonor.”
“Debía estar viejo.” Claro que debía estar viejo. Dios
mío, qué aburrimiento. Sólo entonces formuló la pregunta más lógica: “Che, ¿total te casaste con Isabel?”.
“Sí, y tengo tres hijos”, contesté, acortando camino. Él
tiene cinco. Qué suerte. “¿Y cómo está Isabel? ¿Siempre
guapa?” “Murió”, dije, poniendo la cara más inescrutable de mi repertorio. La palabra sonó como un disparo
y él —menos mal— quedó desconcertado. Se apuró a
terminar el tercer café y en seguida miró el reloj. Hay
una especie de reflejo automático en eso de hablar de la
muerte y mirar en seguida el reloj.
Domingo 24 de febrero
No hay caso. La entrevista con Vignale me dejó una
obsesión: recordar a Isabel. Ya no se trata de conseguir su
imagen a través de las anécdotas familiares, de las fotografías, de algún rasgo de Esteban o de Blanca. Conozco
todos sus datos pero no quiero saberlos de segunda
mano, sino recordarlos directamente, verlos con todo
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detalle frente a mí tal como veo ahora mi cara en el
espejo. Y no lo consigo. Sé que tenía ojos verdes, pero no
puedo sentirme frente a su mirada.
Lunes 25 de febrero
Me veo poco con mis hijos. Nuestros horarios no siempre coinciden y menos aún nuestros planes o nuestros
intereses. Son correctos conmigo, pero como son, además, tremendamente reservados, su corrección parece
siempre el mero cumplimiento de un deber. Esteban, por
ejemplo, siempre se está conteniendo para no discutir mis
opiniones. ¿Será la simple distancia generacional lo que
nos separa, o podría hacer yo algo más para comunicarme con ellos? En general, los veo más incrédulos que
desatinados, más reconcentrados de lo que yo era a sus
años.
Hoy cenamos juntos. Probablemente haría unos dos
meses que no estábamos todos presentes en una cena
familiar. Pregunté, en tono de broma, qué acontecimiento festejábamos, pero no hubo eco. Blanca me miró y
sonrió, como para enterarme de que comprendía mis
buenas intenciones, y nada más. Me puse a registrar cuáles eran las escasas interrupciones del consagrado silencio. Jaime dijo que la sopa estaba desabrida. “Ahí tenés
la sal, a diez centímetros de tu mano derecha”, contestó
Blanca, y agregó, hiriente: “¿Querés que te la alcance?”.
La sopa estaba desabrida. Es cierto, pero ¿qué necesidad? Esteban informó que, a partir del próximo semestre,
nuestro alquiler subirá ochenta pesos. Como todos contribuimos, la cosa no es tan grave. Jaime se puso a leer el
diario. Me parece ofensivo que la gente lea cuando come
con una familia. Se lo dije. Jaime dejó el diario, pero fue
lo mismo que si lo hubiera seguido leyendo, ya que siguió
hosco, alunado. Relaté mi encuentro con Vignale, tratando de sumirlo en el ridículo para traer a la cena un poco
de animación. Pero Jaime preguntó: “¿Qué Vignale es?”.
“Mario Vignale.” “¿Un tipo medio pelado, de bigote?” El
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mismo. “Lo conozco. Buena pieza”, dijo Jaime, “es compañero de Ferreira. Bruto coimero”. En el fondo me gusta
que Vignale sea una porquería, así no tengo escrúpulos
en sacármelo de encima. Pero Blanca preguntó: “¿Así
que se acordaba de mamá?”. Me pareció que Jaime iba
a decir algo, creo que movió los labios, pero decidió quedarse callado. “Feliz de él”, agregó Blanca, “yo no me
acuerdo”. “Yo sí”, dijo Esteban. ¿Cómo se acordará?
¿Como yo, con recuerdos de recuerdos, o directamente,
como quien ve la propia cara en el espejo? ¿Será posible
que él, que sólo tenía cuatro años, posea la imagen, y
que a mí, en cambio, que tengo registradas tantas noches, tantas noches, tantas noches, no me quede nada?
Hacíamos el amor a oscuras. Será por eso. Seguro que es
por eso. Tengo una memoria táctil de esas noches, y ésa
sí es directa. Pero ¿y el día? Durante el día no estábamos
a oscuras. Llegaba a casa cansado, lleno de problemas,
tal vez rabioso con la injusticia de esa semana, de ese
mes.
A veces hacíamos cuentas. Nunca alcanzaba. Acaso
mirábamos demasiado los números, las sumas, las restas,
y no teníamos tiempo de mirarnos nosotros. Donde ella
esté, si es que está, ¿qué recuerdo tendrá de mí?
En definitiva, ¿importa algo la memoria? “A veces me
siento desdichada, nada más que de no saber qué es lo
que estoy echando de menos”, murmuró Blanca, mientras repartía los duraznos en almíbar. Nos tocaron tres y
medio a cada uno.
Miércoles 27 de febrero
Hoy ingresaron en la oficina siete empleados nuevos:
cuatro hombres y tres mujeres. Tenían unas espléndidas
caras de susto y de vez en cuando dirigían a los veteranos
una mirada de respetuosa envidia. A mí me adjudicaron
dos botijas (uno de dieciocho y otro de veintidós) y una
muchacha de veinticuatro años. Así que ahora soy todo
un jefe: tengo nada menos que seis empleados a mis
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órdenes. Por primera vez, una mujer. Siempre les tuve
desconfianza para los números. Además, otro inconveniente: durante los días del período menstrual y hasta en
sus vísperas, si normalmente son despiertas, se vuelven
un poco tontas; si normalmente son un poco tontas, se
vuelven imbéciles del todo. Estos “nuevos” que entraron
no parecen malos. El de dieciocho años es el que me
gusta menos. Tiene un rostro sin fuerza, delicado, y una
mirada huidiza y, a la vez, adulona. El otro es un eterno
despeinado, pero tiene un aspecto simpático y (por ahora
al menos) evidentes ganas de trabajar. La chica no parece tener tantas ganas, pero al menos comprende lo que
uno le explica; además, tiene la frente ancha y la boca
grande, dos rasgos que por lo general me impresionan
bien. Se llaman Alfredo Santini, Rodolfo Sierra y Laura
Avellaneda. A ellos los pondré con los libros de mercaderías, a ella con el Auxiliar de Resultados.
Jueves 28 de febrero
Esta noche conversé con una Blanca casi desconocida
para mí. Estábamos solos después de la cena. Yo leía el
diario y ella hacía un solitario. De pronto se quedó inmóvil, con una carta en alto, y su mirada era a la vez perdida
y melancólica. La vigilé durante unos instantes; luego, le
pregunté en qué pensaba. Entonces pareció despertarse,
me dirigió una mirada desolada y, sin poderse contener,
hundió la cabeza entre las manos, como si no quisiera
que nadie profanara su llanto. Cuando una mujer llora
frente a mí, me vuelvo indefenso y, además, torpe. Me
desespero, no sé cómo remediarlo. Esta vez seguí un impulso natural, me levanté, me acerqué a ella y empecé a
acariciarle la cabeza, sin pronunciar palabra. De a poco
se fue calmando y las llorosas convulsiones se espaciaron. Cuando al fin bajó las manos, con la mitad no usada
de mi pañuelo le sequé los ojos y le soné la nariz. En ese
momento no parecía una mujer de veintitrés años, sino
una chiquilina, momentáneamente infeliz porque se le
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hubiera roto una muñeca o porque no la llevaban al zoológico. Le pregunté si se sentía desgraciada y contestó
que sí. Le pregunté el motivo y dijo que no sabía. No me
extrañó demasiado. Yo mismo me siento a veces infeliz
sin un motivo concreto. Contrariando mi propia experiencia, dije: “Oh, algo habrá. No se llora por nada”.
Entonces empezó a hablar atropelladamente, impulsada
por un deseo repentino de franqueza: “Tengo la horrible
sensación de que pasa el tiempo y no hago nada y nada
acontece, y nada me conmueve hasta la raíz. Miro a Esteban y miro a Jaime y estoy segura de que ellos también
se sienten desgraciados. A veces (no te enojes, papá)
también te miro a vos y pienso que no quisiera llegar a
los cincuenta años y tener tu temple, tu equilibrio, sencillamente porque los encuentro chatos, gastados. Me siento con una gran disponibilidad de energía, y no sé en qué
emplearla, no sé qué hacer con ella. Creo que vos te
resignaste a ser opaco, y eso me parece horrible, porque
yo sé que no sos opaco. Por lo menos, que no lo eras”. Le
contesté (¿qué otra cosa podía decirle?) que tenía razón,
que hiciera lo posible por salir de nosotros, de nuestra
órbita, que me gustaba mucho oírla gritar esa inconformidad, que me parecía estar escuchando un grito mío, de
hace muchos años. Entonces sonrió, dijo que yo era muy
bueno y me echó los brazos al cuello, como antes. Es una
chiquilina todavía.
Viernes 1° de marzo
El gerente llamó a los cinco jefes de sección. Durante
tres cuartos de hora nos habló del bajo rendimiento del
personal. Dijo que el Directorio le había hecho llegar una
observación en ese sentido, y que en el futuro no estaban
dispuestos a tolerar que, a causa de nuestra desidia
(cómo le gusta recalcar “desidia”), su posición se viera
gratuitamente afectada. Así que de ahora en adelante,
etcétera, etcétera.
¿A qué le llamarán “bajo rendimiento del personal”?
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Yo puedo decir, al menos, que mi gente trabaja. Y no
solamente los nuevos, también los veteranos. Es cierto
que Méndez lee novelas policiales que acondiciona hábilmente en el cajón central de su escritorio, en tanto que su
mano derecha empuña una pluma siempre atenta a la
posible entrada de algún jerarca. Es cierto que Muñoz
aprovecha sus salidas a Ganancias Elevadas para estafarle a la empresa veinte minutos de ocio frente a una cerveza. Es cierto que Robledo cuando va al cuarto de baño
(exactamente, a las diez y cuarto) lleva escondido bajo el
guardapolvo el suplemento en colores o la página de
deportes. Pero también es cierto que el trabajo está siempre al día, y que en las horas en que el trámite aprieta y
la bandeja aérea de Caja viaja sin cesar, repleta de boletas, todos se afanan y trabajan con verdadero sentido de
equipo. En su reducida especialidad, cada uno es un experto, y yo puedo confiar plenamente en que las cosas se
están haciendo bien.
En realidad, bien sé hacia dónde iba dirigido el garrote
del gerente. “Expedición” trabaja a desgano y además
hace mal su tarea. Todos sabíamos hoy que la arenga era
para Suárez, pero entonces ¿a qué llamarnos a todos?,
¿qué derecho tiene Suárez de que compartamos su culpa
exclusiva? ¿Será que el gerente sabe, como todos nosotros, que Suárez se acuesta con la hija del presidente? No
está mal Lidia Valverde.
Sábado 2 de marzo
Anoche, después de treinta años, volví a soñar con mis
encapuchados. Cuando yo tenía cuatro años o quizá menos, comer era una pesadilla. Entonces mi abuela inventó un método realmente original para que yo tragase sin
mayores problemas la papa deshecha. Se ponía un enorme impermeable de mi tío, se colocaba la capucha y
unos anteojos negros. Con ese aspecto, para mí terrorífico, venía a golpear en mi ventana. La sirvienta, mi madre, alguna tía, coreaban entonces: “¡Ahí está don
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Policarpo!”. Don Policarpo era una especie de monstruo
que castigaba a los niños que no comían. Clavado en mi
propio terror, el resto de mis fuerzas alcanzaba para mover mis mandíbulas a una velocidad increíble y acabar de
ese modo con el desabrido, abundante puré. Era cómodo
para todos. Amenazarme con don Policarpo equivalía a
apretar un botón casi mágico. Al final se había convertido
en una famosa diversión. Cuando llegaba una visita, la
traían a mi cuarto para que asistiera a los graciosos pormenores de mi pánico. Es curioso cómo a veces se puede
llegar a ser tan inocentemente cruel. Porque, además del
susto, estaban mis noches, mis noches llenas de
encapuchados silenciosos, rara especie de Policarpos que
siempre estaban de espaldas, rodeados de una espesa
bruma. Siempre aparecían en fila, como esperando turno
para ingresar a mi miedo. Nunca pronunciaban palabra,
pero se movían pesadamente en una especie de intermitente balanceo, arrastrando sus oscuras túnicas, todas iguales, ya que en eso había venido a parar el impermeable de mi tío. Era curioso: en mi sueño sentía menos
horror que en la realidad. Y, a medida que pasaban los
años, el miedo se iba convirtiendo en fascinación. Con
esa mirada absorta que uno suele tener por debajo de los
párpados del sueño, yo asistía como hipnotizado a la
cíclica escena. A veces, soñando otro sueño cualquiera,
yo tenía una oscura conciencia de que hubiera preferido
soñar mis Policarpos. Y una noche vinieron por última
vez. Formaron en su fila, se balancearon, guardaron
silencio, y como de costumbre, se esfumaron. Durante
muchos años dormí con una inevitable desazón, con una
casi enfermiza sensación de espera. A veces me dormía
decidido a encontrarlos, pero sólo conseguía crear la bruma y, en raras ocasiones, sentir las palpitaciones de mi
antiguo miedo. Sólo eso. Después fui perdiendo aun esa
esperanza y llegué insensiblemente a la época en que
empecé a contar a los extraños el fácil argumento de mi
sueño. También llegué a olvidarlo. Hasta anoche. Anoche, cuando estaba en el centro mismo de un sueño más
vulgar que pecaminoso, todas las imágenes se borraron y
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apareció la bruma, y en medio de la bruma, todos mis
Policarpos. Sé que me sentí indeciblemente feliz y horrorizado. Todavía ahora, si me esfuerzo un poco, puedo
reconstruir algo de aquella emoción. Los Policarpos, los
indeformables, eternos, inocuos Policarpos de mi infancia, se balancearon y, de pronto, hicieron algo totalmente
imprevisto. Por primera vez se dieron vuelta, sólo por un
momento, y todos ellos tenían el rostro de mi abuela.
Martes 12 de marzo
Es bueno tener una empleada que sea inteligente.
Hoy, para probar a Avellaneda, le expliqué de un tirón
todo lo referente a Contralor. Mientras yo hablaba, ella
fue haciendo anotaciones. Cuando concluí, dijo: “Mire,
señor, creo que entendí bastante, pero tengo dudas sobre
algunos puntos”. Dudas sobre algunos puntos... Méndez,
que se ocupaba de eso antes que ella, necesitó nada
menos que cuatro años para disiparlas... Después la puse
a trabajar en la mesa que está a mi derecha. De vez en
cuando le echaba un vistazo. Tiene lindas piernas. Todavía no trabaja automáticamente, así que se fatiga. Además es inquieta, nerviosa. Creo que mi jerarquía (pobre
inexperta) la cohíbe un poco. Cuando dice: “Señor
Santomé”, siempre pestañea. No es una preciosura. Bueno, sonríe pasablemente. Algo es algo.
Miércoles 13 de marzo
Esta tarde, cuando llegué del Centro, Jaime y Esteban
estaban gritando en la cocina. Alcancé a oír que Esteban
decía algo sobre “los podridos de tus amigos”. En cuanto
sintieron mis pasos, se callaron y trataron de hablarse
con naturalidad. Pero Jaime tenía los labios apretados y
a Esteban le brillaban los ojos. “¿Qué pasa?”, pregunté.
Jaime se encogió de hombros, y el otro dijo: “Nada que
te importe”. Qué ganas de encajarle una trompada en la
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boca. Eso es mi hijo, ese rostro duro, que nada ni nadie
ablandará jamás. Nada que me importe. Fui hasta la
heladera y saqué la botella de leche, la manteca. Me sentí
indigno, abochornado. No era posible que él me dijera:
“Nada que te importe” y yo me quedara tan tranquilo, sin
hacerle nada, sin decirle nada. Me serví un vaso grande.
No era posible que él me gritara con el mismo tono que
yo debía emplear con él y que, sin embargo, no empleaba. Nada que me importe. Cada trago de leche me dolía
en las sienes. De pronto me di vuelta y lo tomé de un
brazo. “Más respeto con tu padre, ¿entendés?, más respeto.” Era una idiotez decirlo ahora, cuando ya había pasado el momento. El brazo estaba tenso, duro, como si
repentinamente se hubiera convertido en acero. O en
plomo. Me dolió la nuca cuando levanté la cabeza para
mirarlo en los ojos. Era lo menos que podía hacer. No, él
no estaba asustado. Simplemente, sacudió el brazo hasta
soltarse, se le movieron las aletas de la nariz, y dijo:
“¿Cuándo crecerás?” y se fue dando un portazo. Yo no
debía tener una cara muy tranquila cuando me di vuelta
para enfrentar a Jaime. Seguía recostado en la pared.
Sonrió con espontaneidad y sólo comentó: “¡Qué mala
sangre, viejo, qué mala sangre!”. Es increíble, pero en ese
preciso instante sentí que se me helaba la rabia. “Es que
también tu hermano...”, dije, sin convicción. “Dejálo”,
contestó él, “a esta altura ninguno de nosotros tiene remedio”.
Viernes 15 de marzo
Mario Vignale estuvo a verme en la oficina. Quiere
que vaya a su casa la semana que viene. Dice que encontró antiguas fotos de todos nosotros. No las trajo el
muy cretino. Desde luego, constituyen el precio de mi
aceptación. Acepté, claro. ¿A quién no le atrae el propio
pasado?

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Sábado 16 de marzo
Esta mañana, el nuevo —Santini— intentó confesarse
conmigo. No sé qué tendrá mi cara que siempre invita a
la confidencia. Me miran, me sonríen, algunos llegan
hasta a hacer la mueca que precede al sollozo; después
se dedican a abrir su corazón. Y, francamente, hay corazones que no me atraen. Es increíble la cómoda impudicia, el tono de misterio con que algunos tipos secretean
acerca de sí mismos. “Porque yo, ¿sabe, señor?, yo soy
huérfano”, dijo de entrada para atornillarme en la piedad. “Tanto gusto, y yo viudo”, le contesté con un gesto
ritual, destinado a destruir aquel empaque. Pero mi
viudez le conmueve mucho menos que su propia orfandad.
“Tengo una hermanita, ¿sabe?” Mientras hablaba, de
pie junto a mi escritorio, hacía repiquetear los dedos,
frágiles y delgados, sobre la tapa de mi libro Diario. “¿No
podés dejar quieta esa mano?”, le grité, pero él sonrió
dulcemente antes de obedecer. En la muñeca lleva una
cadena de oro, con una medallita. “Mi hermanita tiene
diecisiete años, ¿sabe?” El “¿sabe?” es una especie de tic.
“¿No me digas? ¿Y está buena?” Era mi desesperada
defensa antes de que se rompieran los diques de su último remedo de escrúpulos y yo me viera definitivamente
inundado por su vida íntima. “Usted no me toma en serio”, dijo apretando los labios, y se fue muy ofendido a su
mesa. No trabaja demasiado rápido. Tardó dos horas en
hacerme el resumen de febrero.
Domingo 17 de marzo
Si alguna vez me suicido, será en domingo. Es el día
más desalentador, el más insulso. Quisiera quedarme en la
cama hasta tarde, por lo menos hasta las nueve o las diez,
pero a las seis y media me despierto solo y ya no puedo
pegar los ojos. A veces pienso qué haré cuando toda mi
vida sea domingo. Quién sabe, a lo mejor me acostumbro
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a despertarme a las diez. Fui a almorzar al Centro, porque
los muchachos se fueron por el fin de semana, cada uno
por su lado. Comí solo. Ni siquiera me sentí con fuerzas
para entablar con el mozo el facilongo y ritual intercambio
de opiniones sobre el calor y los turistas. Dos mesas más
allá, había otro solitario. Tenía el ceño fruncido, partía los
pancitos a puñetazos. Dos o tres veces lo miré, y en una
oportunidad me crucé con sus ojos. Me pareció que allí
había odio. ¿Qué habría para él en mis ojos? Debe ser una
regla general que los solitarios no simpaticemos. ¿O será
que, sencillamente, somos antipáticos?
Volví a casa, dormí la siesta y me levanté pesado, de
mal humor. Tomé unos mates y me fastidió que estuviera
amargo. Entonces me vestí y me fui otra vez al Centro.
Esta vez me metí en un café; conseguí una mesa junto a
la ventana. En un lapso de una hora y cuarto, pasaron
exactamente treinta y cinco mujeres de interés. Para entretenerme hice una estadística sobre qué me gustaba
más en cada una de ellas. Lo apunté en la servilleta de
papel. Éste es el resultado. De dos, me gustó la cara; de
cuatro, el pelo; de seis, el busto; de ocho, las piernas; de
quince, el trasero. Amplia victoria de los traseros.
Lunes 18 de marzo
Anoche Esteban volvió a las doce, Jaime a las doce y
media, Blanca a la una. Los sentí a todos, recogí minuciosamente cada ruido, cada paso, cada palabrota murmurada. Creo que Jaime vino un poco borracho. Por lo
menos, se tropezaba con los muebles y tuvo abierta
como media hora la canilla del lavabo. Sin embargo, las
puteadas eran de Esteban, que nunca toma. Cuando llegó Blanca, Esteban le dijo algo desde su cuarto, y ella
contestó que se metiera en sus cosas. Después, el silencio. Tres horas de silencio. El insomnio es la peste de mis
fines de semana. Cuando me jubile, ¿no dormiré nunca?
Esta mañana sólo hablé con Blanca. Le dije que no me
gustaba que llegara a esas horas. Ella no es insolente, de
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modo que no merecía que yo la rezongara. Pero además
está el deber, el deber de padre y madre. Tendría que ser
ambos a la vez; y creo que no soy nada. Sentí que me
extralimitaba cuando me oí preguntarle con tono
admonitorio: “¿Qué anduviste haciendo? ¿A dónde fuiste?”. Entonces ella, mientras embadurnaba la tostada
con manteca, me contestó: “¿Por qué te sentís obligado a
hacerte el malo? Hay dos cosas de las cuales estamos
seguros: que nos tenemos cariño y que yo no estoy haciendo nada incorrecto”. Estaba derrotado. Sin embargo
agregué, nada más que para salvar las apariencias: “Todo
depende de qué entendés por incorrecto”.
Martes 19 de marzo
Trabajé toda la tarde con Avellaneda. Búsqueda de
diferencias. Lo más aburrido que existe. Siete centésimos. Pero en realidad se componía de dos diferencias
contrarias: una de dieciocho centésimos y otra de veinticinco. La pobre todavía no agarró bien la onda. En un
trabajo de estricto automatismo, como éste, ella se cansa
igual que en cualquier otro que la fuerce a pensar y a
buscar soluciones propias. Yo estoy tan hecho a este tipo
de búsquedas, que a veces las prefiero a otra clase de
trabajo. Hoy, por ejemplo, mientras ella me cantaba los
números y yo tildaba la cinta de sumar, me ejercité en irle
contando los lunares que tiene en su antebrazo izquierdo.
Se dividen en dos categorías: cinco lunares chicos y tres
lunares grandes, de los cuales uno abultadito. Cuando
terminó de cantarme noviembre, le dije, sólo para ver
cómo reaccionaba: “Hágase quemar ese lunar. Generalmente no pasa nada, pero en un caso cada cien, puede
ser peligroso”. Se puso colorada y no sabía dónde poner
el brazo. Me dijo: “Gracias, señor”, pero siguió dictándome terriblemente incómoda. Cuando llegamos a enero,
empecé a dictar yo, y ella ponía los tildes. En un determinado instante, tuve conciencia de que algo raro estaba
pasando y levanté la vista en mitad de una cifra. Ella
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estaba mirándome la mano. ¿En busca de lunares? Quizá. Sonreí y otra vez se murió de vergüenza. Pobre Avellaneda. No sabe que soy la corrección en persona y que
jamás de los jamases me tiraría un lance con una de mis
empleadas.
Jueves 21 de marzo
Cena en lo de Vignale. Tiene una casa asfixiante, oscura, recargada. En el living hay dos sillones, de un indefinido estilo internacional, que, en realidad, parecen dos
enanos peludos. Me dejé caer en uno de ellos. Desde el
asiento subía un calor que me llegaba hasta el pecho.
Vino a recibirme una perrita desteñida, con cara de solterona. Me miró sin olfatearme, luego se despatarró y cometió el clásico delito de lesa alfombra. La mancha quedó allí, sobre una cabeza de pavo real, que era la vedette
en aquel diseño más bien espantoso. Pero había tantas
manchas en la alfombra que al final uno podía llegar a
creer que formaban parte de la decoración.
La familia de Vignale es numerosa, estentórea, cargante. Incluye a su mujer, su suegra, su suegro, su cuñado, su
concuñado y —horror de los horrores— sus cinco niños.
Éstos podrían ser definidos aproximadamente como
monstruitos. En lo físico son normales, demasiado normales, rubicundos y sanos. Su monstruosidad está en lo molestos que son. El mayor tiene trece años (Vignale se casó
ya maduro) y el menor seis. Se mueven constantemente,
constantemente hacen ruido, constantemente discuten a
los gritos. Uno tiene la sensación de que se le están trepando por la espalda, por los hombros, que siempre están
a punto de meterle a uno los dedos en las orejas o tirarle
del pelo. Nunca llegan a tanto, pero el efecto es el mismo,
y se tiene conciencia de que en casa de Vignale uno está
a merced de esa jauría. Los adultos de la familia se han
refugiado en una envidiable actitud de prescindencia, que
no excluye trompadas perdidas que de pronto cruzan el
aire y se instalan en la nariz, o en la sien, o en el ojo de
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uno de aquellos angelitos. El método de la madre, por
ejemplo, podría definirse así: tolerar toda postura e insolencia del niño que moleste a los otros, incluidas las visitas,
pero castigar todo gesto o palabra del niño que la moleste
a ella personalmente. El punto culminante de la cena tuvo
lugar a los postres. Uno de los chicos quiso dejar testimonio de que el arroz con leche no le agradaba. Dicho testimonio consistió en volcar íntegramente su porción sobre
los pantalones del menor de sus hermanitos. El gesto fue
festejado con generoso ruido, el llanto del damnificado
superó todas mis previsiones y no cabe en ninguna descripción.
Después de la cena, los niños desaparecieron, no sé si
dispuestos a irse a la cama o a preparar un cóctel de
veneno para mañana temprano. “¡Qué chicos!”, comentó
la suegra de Vignale, “lo que pasa es que tienen vida”.
“La infancia es eso: vida pura”, fue el adecuado colofón
del yerno. Respondiendo a una inexistente averiguación
de mi parte, la concuñada me señaló: “Nosotros no tenemos hijos”. “Y ya llevamos siete años de casados”, dijo el
marido con una risotada aparentemente maliciosa. “Yo
por mí quisiera”, aclaró la mujer, “pero éste se complace
en evitarlos”. Fue Vignale quien nos rescató a todos de
semejante divagación ginecológica y anticonceptiva,
para referirse a lo que constituía el máximo atractivo de
la noche: la exhibición de las célebres fotos de museo.
Las guardaba en un sobre verde, fabricado caseramente
con papel de embalar, sobre el cual había escrito con
letras de imprenta. “Fotografías de Martín Santomé”. Evidentemente, el sobre era viejo, pero la leyenda bastante
reciente. En la primera foto aparecían cuatro personas
frente a la casa de la calle Brandzen. No fue necesario
que Vignale me dijera nada: a la vista de la fotografía mi
memoria pareció sacudirse y acusó recibo de aquella
imagen amarillenta que había sido sepia. Quienes estaban en la puerta eran mi madre, una vecina que después
se fue a España, mi padre y yo mismo. Mi aspecto era
increíblemente desgarbado y ridículo. “Esta foto, ¿la tomaste vos?”, le pregunté a Vignale. “Estás loco. Yo nunca
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he juntado valor para empuñar una máquina fotográfica
o un revólver. Esta foto la sacó Falero. ¿Te acordás de
Falero?” Vagamente. Por ejemplo, que el padre tenía una
librería y que él le robaba revistas pornográficas, preocupándose luego de divulgar entre nosotros ese aspecto
fundamental de la cultura francesa. “Mirá esta otra”, dijo
Vignale, ansioso. Allí también estaba yo, junto al Adoquín. El Adoquín (de eso sí me acuerdo) era un imbécil
que siempre se pegaba a nosotros, festejaba todos nuestros chistes, aun los más aburridos, y no nos dejaba ni a
sol ni a sombra.
No me acordaba de su nombre, pero estaba seguro de
que era el Adoquín. La misma expresión pajarona, la
misma carne fofa, el mismo pelo engominado. Solté la
risa, una de mis mejores risas de este año. “¿De qué te
reís?”, preguntó Vignale. “Del Adoquín. Fijáte qué pinta.”
Entonces Vignale bajó los ojos, hizo una recorrida vergonzante por los rostros de su mujer, de sus suegros, de
su cuñado, de su concuñada, y luego dijo con voz ronca:
“Creí que ya no te acordabas de ese mote. Nunca me
gustó que me llamaran así”. Me tomó totalmente de sorpresa. No supe qué hacer ni qué decir. ¿Así que Mario
Vignale y el Adoquín eran una misma persona? Lo miré,
lo volví a mirar, y confirmé que era estúpido, empalagoso
y pajarón. Pero evidentemente se trataba de otra estupidez, de otro empalago, de otra pajaronería. No eran las
del Adoquín de aquel entonces, qué iban a ser. Ahora
tienen no sé qué de irremediable. Creo que balbuceé:
“Pero, che, si nadie te lo decía con mala intención.
Acordáte de que a Prado le decían el Conejo”. “Ojalá me
hubieran llamado a mí el Conejo”, dijo, en tono compungido, el Adoquín Vignale. Y no miramos más fotografías.
Viernes 22 de marzo
Corrí veinte metros para alcanzar el ómnibus y quedé
reventado. Cuando me senté, creí que me desmayaba.
En la tarea de quitarme el saco, de desabrocharme el
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cuello de la camisa y moverme un poco para respirar
mejor, rocé dos o tres veces el brazo de mi compañera de
asiento. Era un brazo tibio, no demasiado flaco. En el
roce sentí el tacto afelpado del vello, pero no lograba
identificar si se trataba del mío o el de ella o el de ambos.
Desdoblé el diario y me puse a leer. Ella, por su parte,
leía un folleto turístico sobre Austria. De a poco fui respirando mejor, pero me quedaron palpitaciones por todo
un cuarto de hora. Su brazo se movió tres o cuatro veces,
pero no parecía querer separarse totalmente del mío. Se
iba y regresaba. A veces el tacto se limitaba a una tenue
sensación de proximidad en el extremo de mis vellos.
Miré varias veces hacia la calle y de paso la fiché. Cara
angulosa, labios finos, pelo largo, poca pintura, manos
anchas, no demasiado expresivas. De pronto el folleto se
le cayó y yo me agaché a recogerlo. Naturalmente, eché
una ojeada a las piernas. Pasables, con una curita en el
tobillo. No dijo gracias. A la altura de Sierra, comenzó sus
preparativos para bajarse. Guardó el folleto, se acomodó
el pelo, cerró la cartera y pidió permiso. “Yo también
bajo”, dije, obedeciendo a una inspiración. Ella empezó a
caminar rápido por Pablo de María, pero en cuatro zancadas la alcancé. Caminamos uno junto al otro, durante
cuadra y media. Yo estaba aún formando mentalmente
mi frase inicial de abordaje, cuando ella dio vuelta la
cabeza hacia mí, y dijo: “Si me va a hablar, decídase”.
Domingo 24 de marzo
Pensándolo bien, qué caso extraño el del viernes. No
nos dijimos los nombres ni los teléfonos ni nada personal.
Sin embargo, juraría que en esta mujer el sexo no es un
rubro primario. Más bien parecía exasperada por algo,
como si su entrega a mí fuera su curiosa venganza contra
no sé qué. Debo confesar que es la primera vez que
conquisto una mujer tan sólo con el codo y, también, la
primera vez que, una vez en la amueblada, una mujer se
desviste tan rápido y a plena luz. El agresivo desparpajo
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con que se tendió en la cama, ¿qué probaba? Hacía tanto
por poner en evidencia su completa desnudez que estuve
por creer que era la primera vez que se encontraba en
cueros frente a un hombre. Pero no era nueva. Y con su
cara seria, su boca sin pintura, sus manos inexpresivas, se
las arregló, sin embargo, para disfrutar. En el momento
que consideró oportuno, me suplicó que le dijera palabrotas. No es mi especialidad, pero creo que la dejé satisfecha.
Lunes 25 de marzo
Empleo público para Esteban. Es el resultado de su
trabajo en el club. No sé si alegrarme con ese nombramiento de jefe. Él, que viene de afuera, pasa por encima
de todos los que ahora serán sus subordinados. Me imagino que le harán la vida imposible. Y con razón.
Miércoles 27 de marzo
Hoy me quedé hasta las once de la noche en la oficina.
Una gauchada del gerente. Me llamó a las seis y cuarto
para decirme que precisaba esa porquería para mañana
a primera hora. Era un trabajo para tres personas. Avellaneda, pobrecita, se ofreció para quedarse. Pero tuve lástima.
También se quedaron tres en Expedición. En realidad,
era lo único verdaderamente necesario. Pero, claro, el
gerente no iba a hacer trabajar extra al macho de la
Valverde sin adornarle el castigo con el trabajo extra de
algún inocente. Esta vez el inocente fui yo. Paciencia.
Estoy deseando que la Valverde se aburra de ese cafisho.
Me deprime horriblemente trabajar fuera de hora.
Toda la oficina silenciosa, sin público, con los escritorios
mugrientos, llenos de carpetas y biblioratos. El conjunto
da una impresión de basura, de desperdicio. Y en medio
de ese silencio y de esa oscuridad, tres tipos aquí y tres
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allá, trabajando sin ganas, arrastrando el cansancio de
las ocho horas previas.
Robledo y Santini me dictaban las cifras, yo escribía a
máquina. A las ocho de la noche me empezó a doler la
espalda, cerca del hombro izquierdo. A las nueve el dolor
me importaba poco; seguía escribiendo como un autómata las roncas cifras que ellos me dictaban. Cuando terminamos, nadie habló. Los de Expedición ya se habían ido.
Fuimos los tres hasta la Plaza, les pagué un café en el
mostrador del Sorocabana y nos dijimos chau. Creo que
me guardaron un poco de rencor porque los elegí a ellos.
Jueves 28 de marzo
Hablé largamente con Esteban. Le expuse mis dudas
sobre la justicia de su nombramiento. No pretendía que
renunciara; por Dios, sé que eso ya no se estila. Simplemente, me hubiera gustado oírle decir que se sentía incómodo. De ningún modo. “No hay caso, viejo, vos seguís
viviendo en otra época.” Así me dijo. “Ahora nadie se
ofende si viene un tipo cualquiera y lo pasa en el escalafón. ¿Y sabés por qué nadie se ofende? Porque todos
harían lo mismo si la ocasión se les pusiera a tiro. Estoy
seguro de que a mí no me van a mirar con bronca sino
con envidia.”
Le dije... Bueno, ¿qué importa lo que le dije?
Viernes 29 de marzo
Qué viento asqueroso, me costó un triunfo llegar por
Ciudadela desde Colonia hasta la Plaza. A una muchacha el viento le levantó la pollera. A un cura le levantó la
sotana. Jesús, qué panoramas tan distintos. A veces pienso qué habría ocurrido si me hubiese metido a cura. Probablemente, nada. Tengo una frase que pronuncio cuatro
o cinco veces por año: “Hay dos profesiones para las que
estoy seguro de no tener la mínima vocación: militar y
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sacerdote”. Pero creo que lo digo por vicio, sin el menor
convencimiento.
Llegué a casa despeinado, con la garganta ardiendo y
los ojos llenos de tierra. Me lavé, me cambié y me instalé
a tomar mate detrás de la ventana. Me sentí protegido. Y
también profundamente egoísta. Veía pasar a hombres,
mujeres, viejos, niños, todos luchando contra el viento, y
ahora también con la lluvia. Sin embargo no me vinieron
ganas de abrir la puerta y llamarlos para que se refugiaran en mi casa y me acompañaran con un mate caliente.
Y no es que no se me haya ocurrido hacerlo. La idea me
pasó por la cabeza, pero me sentí profundamente ridículo
y me puse a imaginar las caras de desconcierto que pondría la gente, aun en medio del viento y de la lluvia.
¿Qué sería de mí, en este día, si hace veinte o treinta
años me hubiera decidido a meterme a cura? Sí, ya sé, el
viento me levantaría la sotana y quedarían al descubierto
mis pantalones de hombre vulgar y silvestre. Pero ¿y en lo
demás? ¿Habría ganado o habría perdido? No tendría
hijos (creo que habría sido un cura sincero, ciento por
ciento casto), no tendría oficina, no tendría horario, no
tendría jubilación. Tendría Dios, eso sí, y tendría religión.
Pero ¿es que acaso no los tengo? Francamente, no sé si
creo en Dios. A veces imagino que, en el caso de que
Dios exista, no habría de disgustarle esta duda. En realidad, los elementos que él (¿o Él?) mismo nos ha dado
(raciocinio, sensibilidad, intuición) no son en absoluto
suficientes como para garantizarnos ni su existencia ni su
no existencia. Gracias a una corazonada, puedo creer en
Dios y acertar, o no creer en Dios y también acertar.
¿Entonces? Acaso Dios tenga un rostro de croupier y yo
sólo sea un pobre diablo que juega a rojo cuando sale
negro, y viceversa.
Sábado 30 de marzo
Robledo todavía está de trompa conmigo, a causa del
trabajo extraordinario del último miércoles. Pobre tipo.
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Según me contó Muñoz esta mañana, la novia de Robledo lo cela espantosamente. El miércoles tenía que encontrarse con ella a las ocho y, debido a que yo lo elegí para
quedarse, no pudo ir. Le avisó por teléfono, pero no
hubo caso. La otra desconfiada ya le comunicó que no
quiere saber más nada de él. Dice Muñoz que él lo consuela diciéndole que siempre es mejor enterarse de esos
inconvenientes antes del casamiento, pero Robledo está
con una luna tremenda. Hoy lo llamé y le expliqué que
no sabía lo de la novia. Le pregunté por qué no me lo
había dicho, y entonces me miró con unos ojos que echaban chispas y murmuró: “Usted bien que lo sabía. Ya me
tienen podrido con esas bromitas”. Estornudó, de puro
nervioso, y agregó en seguida, con un amplio gesto de
decepción: “Que ellos, que son flor de guarangos, me
hagan esos chistes, lo comprendo. Pero que usted, todo
un tipo serio, se preste a secundarlos, francamente me
desilusiona un poco. Nunca se lo dije, pero tenía de usted
un buen concepto”. Quedaba un poco violento que yo
saliera a defender su buen concepto sobre mi persona, de
modo que le dije, sin ironía: “Mirá, si te parece me creés
y si no paciencia. Yo no sabía nada. Así que punto final
y andá a trabajar, si no querés que yo también me desilusione”.
Domingo 31 de marzo
Esta tarde, cuando salía del California, vi desde lejos a
la del ómnibus, la “mujer del codo”. Venía con un tipo
corpulento, de aspecto deportista y con dos dedos de
frente. Cuando el tipo reía, era como para ponerse a
reflexionar sobre las imprevistas variantes de la imbecilidad humana. Ella también reía echando la cabeza hacia
atrás y apretándose mimosamente contra él. Pasaron
frente a mí y ella me vio en mitad de una carcajada, pero
no la interrumpió. No podría asegurar que me reconoció.
Por lo pronto, le dijo al centroforward: “Ay, querido” y
con un movimiento musculoso y coqueto arrimó su cabe34

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za a la corbata con jirafas. Después dieron vuelta por
Ejido. Gran interrogante. ¿Qué tiene que ver esta tipa
con la que la otra tarde se desnudó en tiempo récord?
Lunes 1° de abril
Hoy me mandaron, para que yo lo atendiera, al “judío
que viene a pedir trabajo”. Cada dos o tres meses aparece por aquí. El gerente no sabe cómo sacárselo de encima. Es un tipo alto, pecoso, de unos cincuenta años;
habla horriblemente el español y quizá lo escriba peor.
Su cantinela informa siempre que su especialización es
correspondencia en tres o cuatro idiomas, taquigrafía en
alemán, contabilidad de costos. Extrae del bolsillo una
carta en estado de absoluto deterioro, en la cual el jefe de
personal de no sé qué instituto de La Paz, Bolivia, certifica que el señor Franz Heinrich Wolff prestó servicios a
entera satisfacción y se retiró por su propia voluntad. Sin
embargo, la expresión del tipo está lo más alejada posible
de toda voluntad, propia o ajena. Ya conocemos de memoria todos sus tics, todos sus argumentos, toda su resignación. Porque él siempre insiste en que le hagan una
prueba, pero cuando lo ponemos a escribir a máquina, la
carta siempre le sale mal; a las pocas preguntas que se le
formulan responde siempre con tranquilos silencios. No
puedo imaginar de qué vive. Su aspecto es a la vez limpio
y miserable. Parece estar inexorablemente convencido de
su fracaso; no se otorga la mínima posibilidad de tener
éxito, pero sí la obligación de ser empecinado, sin importarle mayormente frente a cuántas negativas deba estrellarse. Yo no sabría decir exactamente si el espectáculo es
patético, repugnante o sublime, pero creo que nunca podré olvidar la cara (¿serena?, ¿resentida?) con que el
hombre recibe siempre el resultado negativo de la prueba
y la semirreverencia con que se despide. Alguna vez lo he
visto por la calle, caminando despacio o mirando simplemente el río de la gente que pasa y que quizá le inspire
alguna reflexión. Creo que jamás logrará sonreír. Su mi35

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rada podría ser la de un loco o la de un sabio o la de un
simulador o la de alguien que ha sufrido mucho. Pero lo
cierto es que, cada vez que lo veo, a mí me deja una
sensación de incomodidad como si yo fuera en parte
culpable de su estado, de su miseria, y —lo peor de
todo— como si él supiera que yo soy culpable. Ya sé que
es una idiotez. Yo no puedo conseguirle empleo en mi
oficina; además, él no sirve.
¿Y entonces? Quizá yo sepa que hay otras formas de
ayudar a un semejante. ¿Pero cuáles? ¿Consejos, por
ejemplo? No quiero ni pensar la cara con que los recibiría. Hoy, después que le dije por décima vez que no, sentí
que me venía una bocanada de lástima y me decidí a
tenderle la mano con un billete de diez pesos. Él me dejó
con la mano tendida, me miró fijamente (una mirada
bastante complicada aunque creo que en ella el ingrediente principal era, a su vez, la lástima) y me dijo con
ese desagradable acento de eres que suenan como ges:
“Usted no compgende.” Lo cual es rigurosamente cierto.
No comprendo y basta. No quiero pensar más en todo
esto.
Martes 2 de abril
Me veo poco con mis hijos. Especialmente con Jaime.
Es curioso, porque es precisamente a Jaime a quien quisiera ver más a menudo. De los tres es el único que tiene
humor. No sé qué validez tiene la simpatía en las relaciones entre padres e hijos, pero lo cierto es que Jaime es,
de los tres, el que me resulta más simpático. Pero, en
compensación, es también el menos transparente.
Hoy lo vi, pero él no me vio. Una curiosa experiencia.
Yo estaba en Convención y Colonia, despidiéndome de
Muñoz que me había acompañado hasta allí. Jaime pasó
por la vereda de enfrente. Iba con otros dos, que tenían
algo desagradable en el porte o en el vestir; no me acuerdo bien, porque me fijé especialmente en Jaime. No sé
qué les iría diciendo a los otros, pero éstos se reían con
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grandes aspavientos. Él iba serio, pero su expresión era
de satisfacción, o quizás no, más bien provenía del
convencimiento de su superioridad, del claro dominio
que en ese momento ejercía sobre sus acompañantes.
A la noche le dije: “Hoy te vi por Colonia. Ibas con otros
dos”. Me pareció que se ponía colorado. Acaso me equivoqué. “Un compañero de oficina y su primo”, dijo. “Parece
que los divertías mucho”, agregué. “Uh, ésos se ríen de
cualquier pavada.”
Entonces, creo que por primera vez en su vida, me
hizo una pregunta personal, una pregunta que se refería
a mis propias preocupaciones: “Y... ¿para cuándo calculás que estará pronta tu jubilación?”. ¡Jaime preguntando
por mi jubilación! Le dije que Esteban le había hablado a
un amigo para que la apurara. Pero tampoco puede apurarla demasiado. Es inevitable que, antes que nada, yo
cumpla mis cincuenta. “¿Y cómo te sentís?”, preguntó.
Yo me reí y me limité a encogerme de hombros. No dije
nada, por dos razones. La primera, que todavía no sé
qué haré con mi ocio. La segunda, que estaba conmovido con ese repentino interés. Un buen día, hoy.
Jueves 4 de abril
Otra vez tuvimos que quedarnos hasta tarde. Ahora la
culpa fue nuestra: hubo que buscar una diferencia. Todo un
problema para elegir la gente. El pobre Robledo me miraba
desafiante, pero no lo elegí; prefiero que piense que me
tiene dominado. Santini tenía un cumpleaños, Muñoz anda
con una uña encarnada que lo tiene de muy mal humor,
Sierra hace dos días que no viene. Al final se quedaron
Méndez y Avellaneda. A las ocho menos cuarto, se me acercó Méndez muy misterioso y me preguntó para cuánto teníamos. Le dije que por lo menos hasta las nueve. Entonces, más misterioso aún y tomando las máximas precauciones para que no lo escuchara Avellaneda, me confesó que
a las nueve tenía un programa y que primero quería ir a su
casa para bañarse, afeitarse, cambiarse, etc. Todavía lo hice
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sufrir un poco. Le pregunté: “¿Está buena?”. “Es un poema,
jefe.” Ellos saben bien que la única arma para conquistarme
es la franqueza. Y se pasan de francos. Le di permiso, claro.
Pobre Avellaneda. En cuanto quedamos solos en el
enorme local, se puso más nerviosa que de costumbre.
Cuando me alcanzó una planilla y vi que le temblaba la
mano, le pregunté a quemarropa: “¿Tengo un aspecto muy
amenazante? No se ponga así, Avellaneda”. Se rió y desde
ese momento trabajó más tranquila. Es todo un problema
hablarle. Siempre tengo que estar a medio camino entre la
severidad y la confianza. Tres o cuatro veces la miré de
reojo. Se ve que es una buena chica. Tiene rasgos definidos, de tipa leal. Cuando se aturulla un poco con el trabajo, inevitablemente se despeina y eso le queda bien. Sólo
a las nueve y diez encontramos la diferencia. Le pregunté
si quería que la acompañase. “No, señor Santomé, de ningún modo.” Pero mientras caminábamos hasta la Plaza,
hablamos del trabajo. Tampoco aceptó un café. Le pregunté dónde vivía y con quién. Padre y madre. ¿Novio? Fuera
de la oficina debo inspirarle menos respeto, porque contestó afirmativamente y en un tono normal. “¿Y cuándo tendremos colecta?”, pregunté, como es de ritual en estos
casos. “Oh, hace sólo un año que hablamos.” Yo creo que
después de haberme confesado que tenía novio, se sintió
más defendida e interpretó mis preguntas como un interés
casi paternal. Reunió todo su coraje para averiguar si yo
era casado, si tenía hijos, etcétera. Se puso muy seria ante
la notificación de mi viudez y creo que estuvo luchando
entre cambiar rápidamente de tema o acompañarme el
sentimiento con veinte años de atraso. Triunfó la cordura y
pasó a hablarme de su novio. Apenas me había enterado
de que trabajaba en el Municipio, cuando apareció su
trole. Me dio la mano y todo, qué barbaridad.
Viernes 5 de abril
Carta de Aníbal. Se aburrió en San Pablo y regresa a
fin de mes. Para mí es una buena noticia. Tengo pocos
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amigos y Aníbal es el mejor. Por lo menos es el único
con quien puedo hablar de ciertos temas sin sentirme
ridículo. Alguna vez tendremos que investigar en qué se
basa nuestra afinidad. Él es católico, yo no soy nada. Él
es mujeriego, yo me limito a lo indispensable. Él es activo, creador, categórico; yo soy rutinario e indeciso. Lo
cierto es que, muchas veces, él me empuja a tomar una
decisión; otras, soy yo el que lo freno con alguna de mis
dudas. Cuando murió mi madre —hará en agosto quince años— yo estaba hecho una ruina. Sólo me sostenía
una fervorosa rabia contra Dios, los parientes, el prójimo. Cada vez que recuerdo el velorio interminable,
siento asco. Los asistentes se dividían en dos clases: los
que empezaban a llorar desde la puerta y después me
sacudían entre sus brazos, y los que llegaban tan sólo a
cumplir, me daban la mano con empalagosa compunción y a los diez minutos estaban contando chistes verdes. Entonces llegó Aníbal, se acercó, ni siquiera me dio
la mano, y se puso a hablar con naturalidad: de mí, de
sí mismo, de su familia, incluso de mi madre. Esa naturalidad fue una especie de bálsamo, de verdadero consuelo; yo la interpreté como el mejor homenaje que alguien podía hacer a mi madre, y a mí mismo en mi
afecto por mi madre. Es tan sólo un detalle, un episodio
casi insignificante, eso lo comprendo bien, pero tuvo
lugar en uno de esos momentos en que el dolor lo pone
a uno exageradamente receptivo.
Sábado 6 de abril
Sueño descabellado. Yo venía de atravesar en pijama
el Parque de los Aliados. De pronto, en la vereda de una
casa lujosa, de dos plantas, vi que estaba Avellaneda. Me
acerqué sin vacilar. Ella tenía puesto un vestidito liso, sin
adornos ni cinturón, directamente sobre la carne. Estaba
sentada en un banquito de cocina, junto a un eucalipto,
y pelaba papas. De pronto tuve conciencia de que ya era
de noche y me acerqué y le dije: “Qué rico olor a cam39

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po”. Al parecer, mi argumento fue decisivo, porque inmediatamente me dediqué a poseerla, sin que mediase resistencia alguna de su parte.
Esta mañana, cuando apareció Avellaneda con un vestidito liso, sin adornos ni cinturón, no pude aguantarme y
le dije: “Qué rico olor a campo”. Me miró con auténtico
pánico, exactamente como se mira a un loco o a un borracho. Para peor de males traté de explicarle que estaba
hablando solo. No la convencí, y al mediodía, cuando se
fue, todavía me vigilaba con cierta prevención. Una prueba más de que es posible ser más convincente en los
sueños que en la realidad.
Domingo 7 de abril
Casi todos los domingos, almuerzo y ceno solo, e inevitablemente me pongo melancólico. “¿Qué he hecho de
mi vida?” es una pregunta que suena a Gardel o a Suplemento Femenino o artículo del Reader’s Digest. No importa. Hoy domingo, me siento más allá de lo irrisorio y
puedo hacerme preguntas de ese tipo. En mi historia particular, no se han operado cambios irracionales, virajes
insólitos y repentinos. Lo más insólito fue la muerte de
Isabel. ¿Residirá en esa muerte la clave verdadera de lo
que yo considero mi frustración? No lo creo. Más aún,
cuanto más me investigo, más me convenzo de que esa
muerte joven fue una desgracia, digamos, con suerte.
(Por Dios, qué vulgar y mezquino suena esto. Yo mismo
me horrorizo.) Quiero decir que en el momento en que
Isabel desaparece, yo tenía veintiocho años y ella veinticinco. Estábamos pues, en pleno auge del deseo. Creo
que mi deseo físico más vehemente me fue inspirado por
ella. Será por eso tal vez que si bien soy incapaz de
reconstruir (con mis propias imágenes, no con fotografías
o recuerdos de recuerdos) el rostro de Isabel, puedo en
cambio volver a sentir en mis manos, todas las veces que
lo necesite, el tacto particular de su cintura, de su vientre,
de sus pantorrillas, de sus senos. ¿Por qué las palmas de
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mis manos tienen una memoria más fiel que mi memoria? Una consecuencia puedo extraer de todo esto: que si
Isabel hubiera vivido los suficientes años más como para
que su cuerpo se aflojara (eso tenía de bueno: su piel lisa
y tirante en todas sus zonas) y aflojara, por ende, mi
capacidad de desearla, no puedo garantizar qué hubiera
sido de nuestro vínculo ejemplar. Porque toda nuestra
armonía, que era cierta, dependía inexorablemente de la
cama, de nuestra cama. No quiero decir con esto que
durante el día nos lleváramos como perro y gato; por el
contrario, en nuestra vida cotidiana se usaba una buena
dosis de concordia. Pero ¿cuál era el freno para los estallidos, para los desbordes? Sencillamente, el goce de las
noches, su presencia protectora en medio de los sinsabores del día. Si alguna vez el odio nos tentaba y empezábamos a apretar los labios, nos cruzaba por los ojos el
aliciente de la noche, pasada o futura, y entonces, inevitablemente, nos envolvía una oleada de ternura que
aplacaba todo brote de rencor. En eso no estoy disconforme. Mi matrimonio fue una buena cosa, una alegre temporada.
Pero ¿y lo demás? Porque está la opinión que uno
puede tener de sí mismo, algo que increíblemente tiene
poco que ver con la vanidad. Me refiero a la opinión
ciento por ciento sincera, la que uno no se atrevería a
confesarle ni al espejo frente al que se afeita. Recuerdo
que hubo una época (allá entre mis dieciséis y mis veinte
años) en que tuve una buena, casi diría una excelente
opinión de mí mismo. Me sentía con impulso para empezar y llevar a cabo “algo grande”, para ser útil a muchos,
para enderezar las cosas. No puede decirse que fuera la
mía una actitud cretinamente egocéntrica. Aunque me
hubiera gustado recibir la aceptación y hasta el aplauso
ajeno, creo que mi primer objetivo no era usar de los
otros, sino serles de utilidad. Ya sé que esto no es caridad
pura y cristiana; además, no me importa mucho el sentido cristiano de la caridad. Recuerdo que yo no pretendía
ayudar a los menesterosos, o a los tarados, o a los miserables (creo cada vez menos en la ayuda caóticamente
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distribuida). Mi intención era más modesta; sencillamente, ser de utilidad para mis iguales, para quienes tenían
un más comprensible derecho a necesitar de mí.
La verdad es que esa excelente opinión acerca de mí
mismo ha decaído bastante. Hoy me siento vulgar y, en
algunos aspectos, indefenso. Soportaría mejor mi estilo
de vida si no tuviera conciencia de que (sólo mentalmente, claro) estoy por encima de esa vulgaridad. Saber que
tengo, o tuve, en mí mismo elementos suficientes como
para encaramarme a otra posibilidad, saber que soy superior, no demasiado, a mi agotada profesión, a mis pocas diversiones, a mi ritmo de diálogo: saber todo eso no
ayuda por cierto a mi tranquilidad, más bien me hace
sentirme más frustrado, más inepto para sobreponerme a
las circunstancias. Lo peor de todo es que no han acaecido terribles cosas que me cercaran (bueno, la muerte de
Isabel es algo fuerte, pero no puedo llamarla terrible;
después de todo, ¿existe algo más natural que irse de este
mundo?), que frenaran mis mejores impulsos, que impidieran mi desarrollo, que me ataran a una rutina aletargante. Yo mismo he fabricado mi rutina, pero por la vía
más simple: la acumulación. La seguridad de saberme
capaz para algo mejor, me puso en las manos la postergación, que al fin de cuentas es un arma terrible y suicida. De ahí que mi rutina no haya tenido nunca carácter
ni definición; siempre ha sido provisoria, siempre ha
constituido un rumbo precario, a seguir nada más que
mientras duraba la postergación, nada más que para
aguantar el deber de la jornada durante ese período de
preparación que al parecer yo consideraba imprescindible, antes de lanzarme definitivamente hacia el cobro de
mi destino. Qué pavada, ¿no? Ahora resulta que no tengo
vicios importantes (fumo poco, sólo de aburrido tomo
una cañita de cuando en cuando), pero creo que ya no
podría dejar de postergarme: éste es mi vacío, por otra
parte incurable. Porque si ahora mismo me decidiera a
asegurarme, en una especie de tardío juramento: “Voy a
ser exactamente lo que quise ser”, resultaría que todo
sería inútil. Primero, porque me siento con escasas fuer42

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zas como para jugarlas a un cambio de vida, y luego,
porque ¿qué validez tiene ahora para mí aquello que
quise ser? Sería algo así como arrojarme conscientemente a una prematura senilidad. Lo que deseo ahora es
mucho más modesto que lo que deseaba hace treinta
años y, sobre todo, me importa mucho menos obtenerlo.
Jubilarme, por ejemplo. Es una aspiración, naturalmente,
pero es una aspiración en cuesta abajo. Sé que va a
llegar, sé que vendrá sola, sé que no será preciso que yo
proponga nada. Así es fácil, así vale la pena entregarse y
tomar decisiones.
Martes 9 de abril
Esta mañana me llamó el Adoquín Vignale. Le hice
decir que no estaba, pero cuando me volvió a llamar a la
tarde, me sentí obligado a atenderlo. En esto soy categórico: si tengo esta relación (no me atrevo a llamarla amistad) es tal vez porque la merezco.
Quiere venir a casa. “Algo confidencial, viejo. No puedo decirlo por teléfono, ni tampoco puedo traerte a casa
para esto.” Quedamos combinados para el jueves de noche. Vendrá después de la cena.
Miércoles 10 de abril
Avellaneda tiene algo que me atrae. Eso es evidente,
pero ¿qué es?
Jueves 11 de abril
Falta media hora para que cenemos. Esta noche viene
Vignale. Sólo estaremos Blanca y yo. Los muchachos
desaparecieron no bien se enteraron de la visita. No los
acuso. Yo también hubiera escapado.
En Blanca se ha operado un cambio. Tiene color en las
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mejillas, y no es artificial; tiene color aún después de
lavarse la cara. A veces se olvida de que estoy en la casa
y se pone a cantar. Tiene poca voz pero la maneja con
gusto. Me agrada oírla. ¿Qué pasará por la cabeza de mis
hijos? ¿Estarán en el momento de las aspiraciones en
cuesta arriba?
Viernes 12 de abril
Ayer Vignale llegó a las once y se fue a las dos de la
mañana. Su problema cabe en pocas palabras: su
concuñada se ha enamorado de él. Vale la pena transcribir, aunque sólo sea aproximadamente, la versión de
Vignale: “Fijáte que ellos hace seis años que viven con
nosotros. Seis años no son cuatro días. No te voy a decir
que hasta ahora nunca me hubiera fijado en la Elvira. Vos
ya te diste cuenta de que está bastante buena. Y si la vieras
en traje de baño, se te caen las medias. Pero, che, una cosa
es mirar y otra aprovechar. ¿Qué querés? Mi patrona ya
está un poco jamona y además está agotada por el trabajo
de la casa y el cuidado de los chiquilines. Podrás imaginarte que después de quince años de casado no es cosa de
verla e ipso facto inflamarse de pasión. Además, tiene
unos períodos que le duran como una quincena, así que es
bastante difícil que mis ganas lleguen a coincidir con su
disponibilidad. La verdad es que muchas veces ando hambriento y me como con los ojos las pantorrillas de la Elvira,
que, para peor de males, de entrecasa anda siempre de
shorts. La cosa es que la mujer ha interpretado mal mis
miradas; bueno, en realidad las ha interpretado bien, pero
no era para tanto. La pura verdad es que si hubiera sabido
que la Elvira gustaba de mí, ni la habría observado, porque lo que menos quiero es armar relajo dentro de mi
propio hogar, que para mí siempre fue sagrado. Primero
fueron miradas y yo haciéndome el oso. Pero el otro día se
me cruzó de piernas, así nomás, en shorts, y no tuve más
remedio que decirle: ‘Tené cuidado’. Me contestó: ‘No
quiero tener cuidado’, y fue el acabóse. A continuación me
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preguntó si era ciego, que yo bien sabía que no le era
indiferente, etcétera, etcétera. Aunque estaba seguro que
de nada iba a servir, le recordé la existencia del marido, o
sea mi cuñado, y ¿sabés qué me contestó?: ‘¿Quién? ¿Ese
tarado?’. Y ahí está lo peor: que tiene razón, Francisco es
un tarado. Eso es lo que me enfría un poco los escrúpulos.
¿Vos qué harías en mi lugar?”.
Yo en su lugar no tendría problemas: primero, no me
hubiera casado con la idiota de su mujer, y segundo, no
me sentiría atraído en absoluto por la carne blanda de la
otra veterana. Pero no pude decirle otra cosa que lugares
comunes: “Tené cuidado. Mirá que no te la vas a poder
sacar de encima. Si querés rifarte toda tu situación familiar, entonces dale; pero si esa situación te importa más
que todo, entonces no te arriesgues”.
Se fue compungido, preocupado, indeciso. Creo, sin
embargo, que la frente de Francisco está en peligro.
Domingo 14 de abril
Esta mañana tomé un ómnibus, me bajé en Agraciada
y Diecinueve de Abril. Hace años que no iba por ahí. Me
hice la ilusión de que visitaba una ciudad desconocida.
Sólo ahora me di cuenta de que me he acostumbrado a
vivir en calles sin árboles. Y qué irremediablemente frías
pueden llegar a ser.
Una de las cosas más agradables de la vida: ver cómo
se filtra el sol entre las hojas.
Buena mañana la de hoy. Pero a la tarde dormí una
siesta de cuatro horas y me levanté de mal humor.
Martes 16 de abril
Sigo sin averiguar qué es lo que me atrae en Avellaneda. Hoy la estuve estudiando. Se mueve bien, se recoge
armoniosamente el pelo, sobre las mejillas tiene una leve
pelusa, como de durazno. ¿Qué hará con el novio? O
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mejor, ¿qué hará el novio con ella? ¿Jugarán a la parejita
decente o se calentarán como cualquier hijo de vecino?
Pregunta clave para un servidor: ¿Envidia?
Miércoles 17 de abril
Dice Esteban que si quiero tener la jubilación para fin
de año, la cosa hay que empezarla ahora. Dice que me va
a ayudar a moverla, pero que aun así llevará tiempo.
Ayudar a moverla quizá signifique untarle la mano a alguien. No me gustaría. Sé que el más indigno es el otro,
pero yo tampoco sería inocente. La teoría de Esteban es
que es necesario desempeñarse en el estilo que exige el
ambiente. Lo que en un ambiente es simplemente honrado, en otro puede ser simplemente imbécil. Tiene algo de
razón, pero me desalienta que tenga razón.
Jueves 18 de abril
Vino el inspector: amable, bigotudo. Nadie hubiera
pensado que fuese tan cargoso. Empezó pidiendo datos
del último balance y terminó solicitando una discriminación de rubros que figura en el inventario inicial. Me pasé
acarreando viejos y destartalados libros desde la mañana
hasta última hora de la tarde. El inspector era un primor:
sonreía, pedía perdón, decía “Mil gracias”. Un encanto el
tipo. ¿Por qué no se morirá? Al principio estuve amasando mi rabia, contestando entre dientes, puteando mentalmente. Después la bronca cedió paso a otra sensación.
Empecé a sentirme viejo. Esos datos iniciales de 1929,
los había escrito yo; esos asientos y contraasientos que
figuraban en el borrador del Diario, los había escrito yo;
esos transportes a lápiz en libro de Caja, los había escrito
yo. En ese entonces era sólo un pinche, pero ya me daban a hacer cosas importantes, aunque la módica gloria
fuera sólo del jefe, exactamente como ahora gano yo mi
módica gloria por las cosas importantes que hacen
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Muñoz y Robledo. Me siento un poco como el Herodoto
de la empresa, el resgistrador y el escriba de su historia,
el testigo sobreviviente. Veinticinco años. Cinco lustros.
O un cuarto de siglo. No. Parece mucho más sobrecogedor decir, lisa y llanamente, veinticinco años, ¡y cómo ha
ido cambiando mi letra! En 1929 tenía una caligrafía
despatarrada: las “t” minúsculas no se inclinaban hacia
el mismo lado que las “d”, que las “b” o que las “h”,
como si no hubiera soplado para todas el mismo viento.
En 1939, las mitades inferiores de las “f”, las “g” y las “j”
parecían una especie de flecos indecisos, sin carácter ni
voluntad. En 1945 empezó la era de las mayúsculas, mi
regusto en adornarlas con amplias curvas, espectaculares
e inútiles. La “M” y la “H” eran grandes arañas, con tela
y todo. Ahora mi letra se ha vuelto sintética, pareja, disciplinada, neta. Lo que sólo prueba que soy un simulador, ya que yo mismo me he vuelto complicado, desparejo, caótico, impuro. De pronto, al pedirme el inspector
un dato correspondiente a 1930, reconocí mi caligrafía,
mi caligrafía de una etapa especial. Con la misma letra
que escribí: “Detalle de sueldos pagados al personal en el
mes de agosto de 1930”, con esa misma letra y en ese
mismo año, había escrito dos veces por semana: “Querida Isabel”, porque Isabel vivía entonces en Melo y yo le
escribía puntualmente los martes y viernes. Ésa había
sido, pues, mi letra de novio. Sonreí, arrastrado por los
recuerdos, y el inspector sonrió conmigo. Después me
pidió otra discriminación de rubros.
Sábado 20 de abril
¿Estaré reseco? Sentimentalmente, digo.
Lunes 22 de abril
Nuevas confesiones de Santini. Otra vez referentes a la
hermanita de diecisiete años. Dice que cuando los padres
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no están en la casa, ella viene a su cuarto y baila casi
desnuda frente a él. “Tiene un traje de baño de esos de
dos partes, ¿sabe? Bueno, cuando viene a bailar a mi
cuarto, se quita la parte de arriba.” “¿Y vos qué hacés?”
“Yo... me pongo nervioso.” Le dije que si solamente se
ponía nervioso, no había peligro. “Pero, señor, eso es
inmoral”, dijo, agitando la muñeca con la cadenita y la
medalla. “Y ella, ¿qué razones te da para venir a bailar
delante tuyo con tan poca ropa?” “Fíjese, señor, dice que
a mí no me gustan las mujeres y que ella me va a curar.”
“¿Y es cierto eso?” “Bueno, aunque fuera cierto... no
tiene por qué hacerlo... por ella misma... me parece.”
Entonces me resigné a hacerle la pregunta que él estaba
buscando desde hacía tiempo: “Y los hombres, ¿te gustan?”. Sacudió otra vez la cadenita y la medalla. Dijo:
“Pero eso es inmoral, señor”, me hizo un guiño que estaba a medio camino entre lo travieso y lo asqueroso y,
antes de que yo pudiera agregar nada, me preguntó: “¿O
usted no lo cree así?”. Lo saqué vendiendo boletines y le
mandé un trabajo de esos bien pudridores. Tiene por lo
menos para diez días de no levantar la cabeza. Eso es lo
que me faltaba: un marica en la sección. Parece que es
del tipo “con escrúpulos”. Qué alhaja. Una cosa es cierta,
sin embargo: que la hermanita se las trae.
Miércoles 24 de abril
Hoy, como todos los 24 de abril, cenamos juntos.
Buen motivo: el cumpleaños de Esteban. Creo que todos
nos sentimos un poco obligados a mostrarnos alegres. Ni
siquiera Esteban parece alunado; hizo algunos chistes,
aguantó a pie firme nuestros abrazos.
El menú preparado por Blanca fue el punto más alto de
la noche. Naturalmente, eso también predispone al buen
humor. No es del todo absurdo que un pollo a la portuguesa me deje más optimista que una tortilla de papas. ¿No se
le habrá ocurrido a ningún sociólogo efectuar un detenido
análisis sobre la influencia de las digestiones en la cultura,
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la economía y la política uruguayas? ¡Cómo comemos,
Dios mío! En la alegría, en el dolor, en el asombro, en el
desaliento. Nuestra sensibilidad es primordialmente digestiva. Nuestra innata vocación de demócratas se apoya en
un viejo postulado: “Todos tenemos que comer”. A nuestros creyentes les importa sólo en parte que Dios les perdone sus deudas, pero en cambio piden de rodillas, con
lágrimas en los ojos, que no les falte el pan nuestro de
cada día. Y ese Pan Nuestro no es —estoy seguro— un
mero símbolo: es un pan alemán de a kilo.
Bueno, comimos bien, tomamos un buen clarete, festejamos a Esteban. Al final de la cena, cuando revolvíamos lentamente el café, Blanca dejó caer una noticia:
tiene novio. Jaime la envolvió con una mirada rara, indefinida (¿qué es Jaime?, ¿quién es Jaime?, ¿qué quiere
Jaime?). Esteban preguntó alegremente el nombre del
“infeliz”. Yo creo que me sentí contento y lo dejé traslucir.
“¿Y cuándo conocemos a esa monada?”, pregunté.
“Mirá, papá, Diego no va a hacer esas visitas protocolares de lunes, miércoles y viernes. Nos encontramos en
cualquier parte, en el Centro, en su casa, aquí.” Cuando
dijo “en su casa” debimos haber fruncido nuestros ceños,
porque ella se apresuró a agregar: “Vive con su madre,
en un apartamento. No tengan miedo”. “Y la madre,
¿nunca sale?”, preguntó Esteban, ya un poco agrio. “No
te pongas pesado”, dijo Blanca y en seguida me lanzó la
pregunta: “Papá, quiero saber si vos me tenés confianza.
Es la única opinión que me importa. ¿Me tenés confianza?”. Cuando me preguntan así, a quemarropa, hay una
sola cosa que puedo contestar. Mi hija lo sabe. “Claro
que te tengo confianza”, dije. Esteban se limitó a dejar
constancia de su incredulidad en una sonora carraspera.
Jaime siguió callado.
Viernes 26 de abril
El gerente convocó a otra reunión de jefes. No estaba
Suárez, por suerte tiene gripe. Martínez aprovechó la oca49

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sión para decir algunas verdades. Estuvo bien. Le admiro
la energía. A mí en el fondo me importan un cuerno: la
oficina, los títulos, las jerarquías y otras pavadas. Nunca
me sentí atraído por las jerarquías. Mi lema secreto:
“Cuanto menos jerarquías, menos responsabilidad”. La
verdad es que uno vive más cómodo sin grandes cargos.
En cuanto a Martínez, está bien lo que hace. De todos los
jefes, los únicos que podían aspirar a una subgerencia
(cargo a llenar a fin de año) seríamos, por orden de antigüedad: yo, Martínez y Suárez. A mí Martínez no me teme,
porque sabe que me jubilo. En cambio le tiene miedo (y
con razón) a Suárez, porque desde que éste anda con la
Valverde, sus progresos han sido notables: de ayudante
del cajero pasó a oficial 1º a mediados del año pasado, de
oficial 1º a jefe de Expedición hace apenas cuatro meses.
Martínez sabe perfectamente que la única forma de defenderse de Suárez es desacreditarlo totalmente. Por cierto
que para eso no tiene que exprimir demasiado su imaginación, ya que Suárez es, en cuanto a cumplimiento, una
calamidad. Se sabe inmune, se sabe odiado, pero el escrúpulo no ha sido nunca su especialidad.
Había que ver la cara del gerente cuando el otro soltó
su entripado. Martínez le preguntó directamente si “el
señor gerente no sabía si algún otro miembro del Directorio tenía alguna hija disponible que quisiera acostarse
con jefes de sección”, agregando que él “estaba a las
órdenes”. El gerente le preguntó qué buscaba con eso, si
quería que lo suspendieran. “De ningún modo”, aclaró
Martínez, “lo que busco es un ascenso. Tengo entendido
que el procedimiento es éste”. El gerente daba lástima. El
hombre sabe que Martínez tiene razón, pero, además,
sabe que él no puede hacer nada. Por ahora, al menos,
Suárez es intocable.
Domingo 28 de abril
Llegó Aníbal. Fui a recibirlo al Aeropuerto. Está más
flaco, más viejo, más gastado. De todos modos, fue una
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alegría volver a verlo. Hablamos muy poco, porque estaban las tres hermanas y yo nunca me he llevado bien con
esos loros. Quedamos en vernos uno de estos días; me
llamará a la oficina.
Lunes 29 de abril
Hoy la sección era un desierto. Faltaron tres. Además,
Muñoz anduvo en la calle y Robledo tuvo que revisar las
fichas con la sección Ventas. Menos mal que a esta altura
del mes no hay mucho trabajo. El jaleo viene siempre
después del primero. Aproveché la soledad y la escasez
de trabajo para charlar un rato con Avellaneda. Hace
unos cuantos días que la noto apagada, casi triste. Eso sí,
le sienta la tristeza. Le afila los rasgos, le pone los ojos
melancólicos, la hace más joven aún. Me gusta Avellaneda, creo que ya escribí esto alguna vez. Le pregunté qué
le pasaba. Se acercó a mi mesa, me sonrió (qué bien
sonríe), no dijo nada. “Hace unos cuantos días que la
noto apagada, casi triste”, le dije, y a fin de que mi comentario tuviera el mismo equipo de palabras que mi
pensamiento, agregué: “Eso sí, le sienta la tristeza”. No lo
tomó como un piropo. Sólo se le alegraron los ojos melancólicos, y dijo: “Usted es muy bueno, señor Santomé”.
¿Por qué el “señor Santomé”, Dios mío? Había sonado
tan bien la primera parte... El “señor Santomé” me recordó mi casi cincuentena, apagó inexorablemente mis humos, y sólo me restaron fuerzas para preguntarle en tono
fallutamente paternal: “¿el novio?”. A la pobre Avellaneda se le llenaron los ojos de lágrimas, sacudió la cabeza
en un gesto que parecía una afirmación, balbuceó un
“perdón” y salió corriendo hacia el cuarto de baño. Yo
quedé por un rato sin saber qué hacer delante de mis
papeles; creo que estaba conmovido. Me sentí agitado,
como hace mucho no me sentía. Y no era la nerviosidad
corriente de alguien que ve a una mujer llorando o a
punto de. Mi agitación era mía, sólo mía; la agitación de
asistir a mi propia conmoción. De pronto se hizo la luz en
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mi propio cerebro: ¡Entonces no estoy reseco! Cuando
regresó Avellaneda, ya sin lágrimas y un poco avergonzada, yo todavía estaba disfrutando egoístamente de mi
novel descubrimiento. No estoy reseco, no estoy reseco.
Entonces la miré con gratitud, y como en ese momento
regresaban Muñoz y Robledo, ambos nos pusimos a
trabajar como obedeciendo a un secreto acuerdo.
Martes 30 de abril
Vamos a ver, ¿qué me pasa? Todo el día estuvo transitando por mi cabeza, como si se tratara de un slogan
recurrente, la única frase: “Así que se peleó con el novio”.
Y a continuación mi ritmo respiratorio se alegraba. El mismo día en que descubro que no estoy reseco, me siento en
cambio intranquilizadoramente egoísta. Bueno, creo que,
a pesar de todo, esto significa un paso adelante.
Miércoles 1° de mayo
El Día de los Trabajadores más aburrido de la historia
universal. Para peor: gris, lluvioso, prematuramente invernal. Las calles sin gente, sin ómnibus, sin nada. Y yo
en mi cuarto, en mi cama camera de uno solo, en este
oscuro, pesado silencio de las siete y media. Ojalá fueran
ya las nueve de la mañana y yo estuviera en mi escritorio
y de vez en cuando mirara hacia la izquierda y encontrara aquella figurita triste, concentrada, indefensa.
Jueves 2 de mayo
No quise hablar con Avellaneda. Primero, porque no
quiero asustarla; segundo, porque no sé realmente qué
decirle. Antes tengo que saber con precisión qué me
está sucediendo. No puede ser que, a mis años, aparezca de pronto esta muchacha, que ni siquiera es
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definidamente linda, y se convierta en el centro de mi
atención. Me siento nervioso como un adolescente, eso
es cierto, pero cuando miro mi piel que empieza a aflojarse, cuando veo estas arrugas de mis ojos, estas
várices de mis tobillos, cuando siento por las mañanas
mi tos vejancona, absolutamente necesaria para que
mis bronquios empiecen su jornada, entonces ya no me
siento adolescente sino ridículo.
Todo el mecanismo de mis sentimientos quedó detenido hace veinte años, cuando murió Isabel. Primero fue
dolor, después indiferencia, más tarde libertad, últimamente tedio. Largo, desierto, invariable tedio. Oh, durante todas estas etapas el sexo siguió activo. Pero la técnica
fue de picoteo. Hoy un programa en el ómnibus, mañana
la contadora que estuvo de inspección, pasado la cajera
de Edgardo Lamas, S. A. Nunca dos veces con la misma.
Una especie de inconsciente resistencia a comprometerme, a encasillar el futuro en una relación normal, de base
permanente. ¿Por qué todo eso? ¿Qué estaba defendiendo? ¿La imagen de Isabel? No lo creo. No me he sentido
víctima de ese trágico compromiso, que, por otra parte,
nunca suscribí. ¿Mi libertad? Puede ser. Mi libertad es
otro nombre de mi inercia. Acostarse hoy con una, mañana con otra; bueno, es un decir, alcanza con una vez por
semana. Lo que pide la naturaleza y nada más; igual que
comer, igual que bañarse, igual que ir de cuerpo. Con
Isabel era diferente, porque había una especie de comunión y, cuando hacíamos el amor, parecía que cada
duro hueso mío se correspondía con un blando hueco de
ella, que cada impulso mío se hallaba matemáticamente
con su eco receptor. Tal para cual. Igual que cuando uno
se acostumbra a bailar con la misma pareja. Al principio,
a cada movimiento corresponde una réplica; después, la
réplica corresponde a cada pensamiento. Uno solo es el
que piensa, pero son los dos cuerpos los que hacen la
figura.

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2/6/00, 15:03

Sábado 4 de mayo
Aníbal me telefoneó. Mañana nos veremos.
Avellaneda faltó a la oficina. Jaime me pidió plata.
Nunca lo había hecho antes. Le pregunté para qué la
precisaba. “No puedo ni quiero decírtelo. Si querés me la
prestás y si no guardátela. Me da exactamente lo mismo.”
“¿Lo mismo?” “Sí, lo mismo, porque si tengo que pagar
ese precio chusma de abrirte mi vida íntima, mi corazón,
mis intestinos, etcétera, prefiero conseguirla en cualquier
otro lado, donde sólo me cobren interés.” Le di el dinero,
claro. Pero ¿a qué tanta violencia? Una mera pregunta no
es un precio chusma. Lo peor de todo, lo que más rabia
me da, es que generalmente hago esas preguntas de puro
distraído, ya que lo que menos quiero es meterme en las
zonas privadas de los otros y, menos que menos, en las
de mis hijos. Pero tanto Jaime como Esteban están siempre en estado de preconflicto en lo que a mí respecta. Ya
son tremendos pelotudos; pues entonces, que se las arreglen como puedan.
Domingo 5 de mayo
Aníbal no es el mismo. Siempre tuve la secreta impresión de que él iba a ser joven hasta la eternidad. Pero
parece que la eternidad llegó, porque ya no lo encuentro joven. Ha decaído físicamente (está delgado, los
huesos se le notan más, la ropa le queda grande, su
bigote está como deshilachado), pero no es sólo eso.
Desde el tono de su voz, que me parece mucho más
opaco que el que yo recordaba, hasta el movimiento de
las manos, que han perdido vivacidad; desde su mirada,
que en el primer momento me pareció lánguida pero
después me di cuenta de que era sólo desencantada,
hasta sus temas de conversación, que antes eran chispeantes y ahora son increíblemente grises, todo se sintetiza en una sola comprobación: Aníbal ha perdido su
goce de vivir.
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2/6/00, 15:03

No habló casi nada de sí mismo, es decir, habló sólo
superficialmente de sí mismo. Juntó algún dinero, parece. Quiere establecerse aquí con un negocio, pero aún
no ha decidido en qué ramo. Eso sí, se sigue interesando en la política.
No es mi fuerte. Me di cuenta de eso cuando él empezó a hacer preguntas cada vez más incisivas, como
buscando explicaciones a cosas que no alcanza a comprender. Me di cuenta de que esos temitas que uno a
veces baraja en charlas de oficina o de café, o sobre los
cuales vagamente piensa de refilón cuando lee el diario
durante el desayuno, me di cuenta de que sobre esos
temas yo no tenía una verdadera opinión formada.
Aníbal me obligó y creo que me fui afirmando a medida
que le respondía. Me preguntó si yo creía que todo estaba mejor o peor que hace cinco años, cuando él se fue.
“Peor”, contestaron mis células por unanimidad. Pero
luego tuve que explicar. Ufa, qué tarea.
Porque, en realidad, la coima siempre existió, el acomodo también, los negociados, ídem. ¿Qué está peor,
entonces? Después de mucho exprimirme el cerebro llegué al convencimiento de que lo que está peor es la
resignación. Los rebeldes han pasado a ser semirrebeldes, los semirrebeldes a resignados. Yo creo que en este
luminoso Montevideo, los dos gremios que han progresado más en estos últimos tiempos son los maricas y los
resignados. “No se puede hacer nada”, dice la gente.
Antes sólo daba su coima el que quería conseguir algo
ilícito. Vaya y pase. Ahora también da coima el que
quiere conseguir algo lícito. Y esto quiere decir relajo
total.
Pero la resignación no es toda la verdad. En el principio fue la resignación; después, el abandono del escrúpulo; más tarde, la coparticipación. Fue un ex resignado quien pronunció la célebre frase: “Si tragan los
de arriba, yo también”. Naturalmente, el ex resignado
tiene una disculpa para su deshonestidad: es la única
forma de que los demás no le saquen ventaja. Dice que
se vio obligado a entrar en el juego, porque de lo con55

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