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EL HOBBIT
J.R.R. TOLKIEN

Esta es una historia de hace mucho tiempo. En esa época los lenguajes eran
bastante distintos de los de hoy... Las runas eran letras que en un principio se
escribían mediante cortes o incisiones en madera, piedra, o metal. En los días de
este relato los Enanos las utilizaban con regularidad, especialmente en registros
privados o secretos. Si las runas del Mapa de Thror son comparadas con las
transcripciones en letras modernas, no será difícil reconstruir el alfabeto (adaptado
al inglés actual), y será posible leer el título rúnico de esta página. Desde un
margen del mapa una mano apunta a la puerta secreta, y debajo está escrito:

Las dos ultimas runas son las iniciales de Thror y Thrain. Las runas lunares leídas
por Elrond eran:

En el Mapa los puntos cardinales están señalados con runas, con el Este arriba,
como es común en los mapas de enanos y han de leerse en el sentido de las
manecillas de reloj: Este, Sur, Oeste, Norte.

1

UNA TERTULIA INESPERADA
En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio,
repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco,
desnudo y arenoso, sin nada en que sentarse o que comer: era un agujero-hobbit,
y eso significa comodidad.
Tenía una puerta redonda, perfecta como un ojo de buey, pintada de verde, con
una manilla de bronce dorada y brillante, justo en el medio. La puerta se abría a un
vestíbulo cilíndrico, como un túnel: un túnel muy cómodo, sin humos, con paredes
revestidas de madera y suelos enlosados y alfombrados, provisto de sillas
barnizadas, y montones y montones de perchas para sombreros y abrigos; el
hobbit era aficionado a las visitas. El túnel se extendía serpeando, y penetraba
bastante, pero no directamente, en la ladera de la colina —La Colina, como la
llamaba toda la gente de muchas millas alrededor—, y muchas puertecitas
redondas se abrían en él, primero a un lado y luego al otro. Nada de subir
escaleras para el hobbit: dormitorios, cuartos de baño, bodegas, despensas
(muchas), armarios (habitaciones enteras dedicadas a ropa), cocinas. Comedores,
se encontraban en la misma planta, y en verdad en el mismo pasillo. Las mejores
habitaciones estaban todas a la izquierda de la puerta principal, pues eran las
únicas que tenían ventanas, ventanas redondas, profundamente excavadas, que
miraban al jardín y los prados de más allá, camino del río.
Este hobbit era un hobbit acomodado, y se apellidaba Bolsón. Los Bolsón habían
vivido en las cercanías de La Colina desde hacía muchísimo tiempo, y la gente los
consideraba muy respetables, no sólo porque casi todos eran ricos, sino también
porque nunca tenían ninguna aventura ni hacían algo inesperado: uno podía saber
lo que diría un Bolsón acerca de cualquier asunto sin necesidad de preguntárselo.
Esta es la historia de cómo un Bolsón tuvo una aventura, y se encontró a sí mismo
haciendo y diciendo cosas por completo inesperadas. Podría haber perdido el
respeto de los vecinos, pero ganó... Bueno, ya veréis si al final ganó algo.
La madre de nuestro hobbit particular... pero, ¿qué es un hobbit? Supongo que los
hobbits necesitan hoy que se los describa de algún modo, ya que se volvieron
bastante raros y tímidos con la Gente Grande, como nos llaman. Son (o fueron)
gente menuda de la mitad de nuestra talla, y más pequeños que los enanos
barbados. Los hobbits no tienen barba. Hay poca o ninguna magia en ellos,
excepto esa común y cotidiana que los ayuda a desaparecer en silencio y
rápidamente, cuando gente grande y estúpida como vosotros o yo se acerca sin
mirar por dónde va, con un ruido de elefantes que puede oírse a una milla de
distancia. Tienden a ser gruesos de vientre; visten de colores brillantes (sobre todo
verde y amarillo); no usan zapatos, porque en los pies tienen suelas naturales de
piel y un pelo espeso y tibio de color castaño, como el que les crece en las
cabezas (que es rizado); los dedos son largos, mañosos y morenos, los rostros
afables, y se ríen con profundas y jugosas risas (especialmente después de cenar,
lo que hacen dos veces al día, cuando pueden). Ahora sabéis lo suficiente como
para continuar el relato. Como iba diciendo, la madre de este hobbit —o sea, Bilbo
Bolsón — era la famosa Belladonna Tuk, una de las tres extraordinarias hijas del
Viejo Tuk, patriarca de los hobbits que vivían al otro lado de Delagua, el riachuelo
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que corría al pie de La Colina. Se decía a menudo (en otras familias) que tiempo
atrás un antepasado de los Tuk se había casado sin duda con un hada. Eso era,
desde luego, absurdo, pero por cierto había todavía algo no del todo hobbit en
ellos, y de cuando en cuando miembros del clan Tuk salían a correr aventuras.
Desaparecían con discreción, y la familia echaba tierra sobre el asunto; pero los
Tuk no eran tan respetables como los Bolsón, aunque indudablemente más ricos.
Al menos Belladonna Tuk no había tenido ninguna aventura después de
convertirse en la señora de Bungo Bolsón. Bungo, el padre de Bilbo, le construyó
el agujeró—hobbit más lujoso (en parte con el dinero de ella), que pudiera
encontrarse bajo La Colina o sobre La Colina o al otro lado de Delagua, y allí se
quedaron hasta el fin. No obstante, es probable que Bilbo, hijo único, aunque se
parecía y se comportaba exactamente como una segunda edición de su padre,
firme y comodón, tuviese alguna rareza de carácter del lado de los Tuk, algo que
sólo esperaba una ocasión para salir a la luz. La ocasión no llegó a presentarse
nunca, hasta que Bilbo Bolsón fue un adulto que rondaba los cincuenta años y
vivía en el hermoso agujero-hobbit que acabo de describiros, y cuando en verdad
ya parecía que se había asentado allí para siempre.
Por alguna curiosa coincidencia, una mañana de hace tiempo en la quietud del
mundo, cuando había menos ruido y más verdor, y los hobbits eran todavía
numerosos y prósperos, y Bilbo Bolsón estaba de pie en la puerta del agujero,
después del desayuno, fumando una enorme y larga pipa de madera que casi le
llegaba a los dedos lanudos de los pies (bien cepillados), Gandalf apareció de
pronto. ¡Gandalf! Si sólo hubieseis oído un cuarto de lo que yo he oído de él, y he
oído sólo muy poco de todo lo que hay que oír, estaríais preparados para
cualquier especie de cuento notable— Cuentos y aventuras brotaban por donde
quiera que pasara, de la forma más extraordinaria. No había bajado a aquel
camina al pie de La Colina desde hacía años y años, desde la muerte de su amigo
el Viejo Tuk, y los hobbits casi habían olvidado cómo era. Había estado lejos, más
allá de La Colina y del otro lado de Delagua por asuntos particulares, desde el
tiempo en que todos ellos eran pequeños niños hobbits y niñas hobbits.
Todo lo que el confiado Bilbo vio aquella mañana fue un anciano con un bastón.
Tenía un sombrero azul, alto y puntiagudo, una larga capa gris, una bufanda de
plata sobre la que colgaba una barba larga y blanca hasta más abajo de la cintura,
y botas negras.
—¡Buenos días! — dijo Bilbo, y esto era exactamente lo que quería decir. El sol
brillaba y la hierba estaba muy verde. Pero Gandalf lo miró desde debajo de las
cejas largas y espesas, más sobresalientes que el ala del sombrero, que le
ensombrecía la cara.
—¿Qué quieres decir? — pregunto — ¿Me deseas un buen día, o quieres decir
que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día
en que conviene ser bueno? —Todo eso a la vez —dijo Bilbo—. Y un día
estupendo para una pipa de tabaco a la puerta de casa, además. ¡Si lleváis una
pipa encima, sentaos y tomad un poco de mi tabaco! ¡No hay prisa, tenemos todo
el día por delante! —entonces Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzo

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las piernas, y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó en el aire sin
romperse, y se alejó flotando sobre La Colina.
—¡Muy bonito! —dijo Gandalf— Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de
humo. Busco a alguien con quien compartir una aventura que estoy planeando, y
es difícil dar con él.
—Pienso lo mismo... En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no
estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e
incómodas que retrasan la cena! No me explico por qué atraen a la gente —dijo
nuestro señor Bolsón, y metiendo un pulgar detrás del tirante lanzó otro anillo de
humo más grande aun. Luego sacó el correo matutino v se puso a leer, fingiendo
ignorar al viejo, Pero el viejo no se movió. Permaneció apoyado en el bastón
observando al hobbit sin decir nada, hasta que Bilbo se sintió bastante incómodo y
aun un poco enfadado.
—¡Buenos días! —dijo al fin—. ¡No queremos aventuras aquí, gracias! ¿Por qué
no probáis más allá de La Colina o al otro lado de Delagua? —Con esto daba a
entender que la conversación había terminado.
—¡Para cuántas cosas empleas el Buenas días!, —dijo Gandalf—. Ahora quieres
decir que intentas deshacerte de mí y que no serán buenos hasta que me vaya.
—¡De ningún modo, de ningún modo, mi querido señor!—. Veamos, no creo
conocer vuestro nombre...
—¡Sí, sí, mi querido señor, y yo sí que conozco tu nombre, señor Bilbo Bolsón! Y
tú también sabes el mío, aunque no me unas a él. ¡Yo soy Gandalf, y Gandalf soy
yo! ¡Quién iba a pensar que un hijo de Belladonna Tuk me daría los buenos días
como si yo fuese vendiendo botones de puerta en puerta!
—¡Gandalf Gandalf! ¡Válgame el cielo! ¿No sois vos el mago errante que dio al
Viejo Tuk un par de botones mágicos de diamante que se abrochaban solos y no
se desabrochaban hasta que les dabas una orden? ¿No sois vos quien contaba en
las reuniones aquellas historias maravillosas de dragones y trasgos y gigantes y
rescates de princesas v la inesperada fortuna de los hijos de madre viuda? ¿No el
hombre que acostumbraba a fabricar aquellos fuegos de artificio tan excelentes?
¡Los recuerdo! El Viejo Tuk los preparaba en los solsticios de verano.
¡Espléndidos! Subían como grandes lirios, cabezas de dragón y árboles de fuego
que quedaban suspendidos en el aire durante todo el crepúsculo. —Ya os habréis
dado cuenta de que el señor Bolsón no era tan prosaico como él mismo creía, y
también de que era muy aficionado a las flores. —¡Diantre! —continuó—. ¿No sois
vos el Gandalf responsable de que tantos y tantos jóvenes apacibles partiesen
hacia el Azul en busca de locas aventuras? Cualquier cosa desde trepar árboles a
visitar elfos... o zarpar en barcos, ¡y navegar hacia otras costas! ¡Caramba!, la vida
era bastante apacible entonces Quiero decir, en un tiempo tuvisteis la costumbre
de perturbarlo todo en estos sitios. Os pido perdón, pero no tenía ni idea de que
todavía estuvieseis en actividad.
—¿Dónde si no iba a estar? —dijo el mago—. De cualquier modo me complace
descubrir que aún recuerdas algo de mí. Al menos, parece que recuerdas con

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cariño mis fuegos artificiales, y eso es reconfortante. Y en verdad, por la memoria
de tu viejo abuelo Tuk y por la memoria de la pobre Belladonna, te concederé lo
que has pedido.
—Perdón, ¡yo no he pedido nada!
—¡Sí, sí, lo has hecho! Dos veces ya. Mi perdón. Te lo doy. De hecho iré tan lejos
como para embarcarte en esa aventura. Muy divertida para mi, muy buena para
ti... y quizá también muy provechosa, si sales de ella sano y salvo.
—¡Disculpad! No quiero ninguna aventura, gracias, Hoy no. ¡Buenos días! Pero
venid a tomar el té... ¡cuando gustéis! ¿Por qué no mañana? ¡Sí, venid mañana!
¡Adiós! —Con esto el hobbit retrocedió escabulléndose por la redonda puerta
verde, y la cerró lo más rápido que pudo sin llega; a parecer grosero. Al fin y al
cabo, un mago es un mago.
"¡Para qué diablos lo habré invitado al té!" se dijo Bilbo cuando iba hacia la
despensa. Acababa de desayunar hacía muy poco, pero pensó que un pastelillo o
dos y un trago de algo le sentarían bien después del sobresalto.
Gandalf, mientras tanto, seguía a la puerta, riéndose larga y apaciblemente. Al
cabo de un rato subió, y con la punta del bastón dibujó un signo extraño en la
hermosa puerta verde del hobbit. Luego se alejó a grandes zancadas, justo en el
momento en que Bilbo ya estaba terminando el segundo pastel y empezando a
pensar que había conseguido librarse al fin de cualquier posible aventura.
Al día siguiente casi se había olvidado de Gandalf. No recordaba muy bien las
cosas, a menos que las escribiese en la Libreta de Compromisos; de este modo:
Gandalf Té Miércoles. El día anterior había estado demasiado aturdido como para
ponerse a anotar.
Un momento antes de la hora del té se oyó un tremendo campanillazo en la puerta
principal, ¡y entonces se acordó! Se apresuró y puso la marmita, sacó otra taza y
un platillo y un pastel o dos más, y corrió a la puerta.
—¡Siento de veras haberle hecho esperar! —iba a decir, cuando vio que en
realidad no era Gandalf. Era un enano de barba azul, recogida en un cinturón
dorado, y ojos muy brillantes bajo el capuchón verde oscuro. Tan pronto como la
puerta se abrió, entró deprisa como si le estuviesen esperando.
Colgó la capa encapuchada en la percha más cercana, y —¡Dwalin a vuestro
servicio! —dijo saludando con una reverencia.
—¡Bilbo Bolsón al vuestro! —dijo el hobbit, demasiado sorprendido como para
hacer cualquier pregunta por el momento. Cuando el silencio que siguió empezó a
hacerse incómodo, añadió—: Estoy a punto de tomar el té; por favor acercaos y
tomad algo conmigo. —Un tanto tieso, tal vez, pero habló con amabilidad. ¿Y qué
haríais Vosotros, si un enano llegara de súbito y colgara sus cosas en vuestro
vestíbulo sin dar explicaciones?
Llevaban apenas un rato a la mesa, en verdad estaban empezando el tercer
pastelillo, cuando resonó otro campanillazo todavía más estridente.

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—¡Disculpad! —dijo el hobbit, y fue hacia la puerta.
—¡Así que al fin habéis venido! —Esto era lo que iba a decirle ahora a Gandalf.
Pero no era Gandalf. En cambio vio en el umbral un enano que parecía muy viejo,
de barba blanca y capuchón escarlata, y éste también entró de un salto tan pronto
como la puerta se abrió, como si fuera un invitado.
—Veo que ya han empezado a llegar —dijo cuando vio en la percha el capuchón
verde de Dwalin. Colocó el suyo rojo junto al otro y —¡Balin a vuestro servicio! —
dijo con la mano en el pecho.
—¡Gracias! —dijo Bilbo casi sin voz. No era la respuesta más apropiada, pero el
han empezado a llegar lo había dejado perplejo. Le gustaban las visitas, aunque
prefería conocerlas antes de que llegasen, e invitarlas él mismo. Tenía el terrible
presentimiento de que los pasteles no serían suficientes, y como conocía las
obligaciones de un anfitrión y las cumplía con puntualidad aunque le parecieran
penosas, quizá él se quedara sin ninguno.
—¡Entre, y sírvase una taza de té! —consiguió decir luego de tomar aliento.
—Un poco de cerveza me iría mejor, si a vos no os importa, mi buen señor —dijo
Balin, el de la barba blanca— Pero no me incomodaría un pastelillo, un pastelillo
de semillas, si tenéis alguno.
—¡Muchos! —se encontró Bilbo respondiendo, sorprendido, y se encontró,
también, corriendo a la bodega para echar en una jarra una pinta de cerveza, y
después a la despensa a recoger dos sabrosos pastelillos de semillas que había
hecho esa tarde para el refrigerio de después de la cena.
Cuando regresó, Balin y Dwalin estaban charlando a la mesa como viejos amigos
(en realidad eran hermanos). Bilbo depositó la cerveza y el pastel delante de ellos,
cuando de nuevo se oyó un fuerte campanillazo, y después otro.
"¡Gandalf de seguro esta vez!" pensó mientras resoplaba por el pasillo. Pero no;
eran dos enanos más, ambos con capuchones azules, cinturones de plata y
barbas amarillas; y cada uno de ellos llevaba una bolsa de herramientas y una
pala. Saltaron adentro, tan pronto la puerta empezó a abrirse. Bilbo ya apenas se
sorprendió.
—¿En qué puedo yo serviros, mis queridos enanos? —dijo.
—¡Kili a vuestro servicio! —dijo uno—. ¡Y Fíli! —añadió el otro; y ambos se
sacaron a toda prisa los capuchones azules e hicieron una reverencia.
—¡Al vuestro y al de vuestra familia! —replicó Bilbo, recordando esta vez sus
buenos modales.
—Veo que Dwalin y Balin están ya aquí —dijo Kili— ¡Unámonos al tropel!
"¡Tropel!" pensó el señor Bolsón. "No me gusta el sonido de esa palabra. Necesito
sentarme un minuto y recapacitar, y echar un trago. "Sólo había alcanzado a
mojarse los labios, en un rincón, mientras los cuatro enanos se sentaban en torno
a la mesa, y charlaban sobre minas y oro y problemas con los trasgos, y las
depredaciones de los dragones, y un montón de otras cosas que él no entendía, y

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no quería entender, pues parecían demasiado aventureras, cuando, din—don—
dan, la campana sonó de nuevo, como si algún travieso niño hobbit intentase
arrancar el llamador.
—¡Alguien más a la puerta! —dijo, parpadeando.
—Por el sonido yo diría que unos cuatro —dijo Fíli—. Además, los vimos venir
detrás de nosotros a lo lejos.
El pobrecito hobbit se sentó en el vestíbulo y apoyando la cabeza en las manos,
se preguntó qué había pasado, y qué pasaría ahora, y si todos se quedarían a
cenar. En ese momento la campana sonó de nuevo más fuerte que nunca, y tuvo
que correr hacia la puerta. Y no eran cuatro, sino cinco. Otro enano se les había
acercado mientras él seguía en el vestíbulo preguntándose qué ocurría. Apenas
habíagirado la manija y ya todos estaban dentro, haciendo reverencias y diciendo
uno tras otro "a vuestro servicio". Dori, Nori, Ori, Óin, y Glóin eran sus nombres, y
al momento dos capuchones de color púrpura, uno gris, uno castaño y uno blanco,
colgaban de las perchas, y allá fueron los enanos con las manos anchas metidas
en los cinturones de oro y plata a reunirse con los otros. Ya casi eran un tropel.
Unos pedían cerveza del país, otros cerveza negra, uno café, y todos ellos
pastelillos; así que tuvieron al hobbit muy ocupado durante un rato.
Una gran cafetera había sido puesta a la lumbre, los pastelillos de semillas ya se
habían acabado, y los enanos empezaban una ronda de bollos con mantequilla,
cuando de pronto... un fuerte golpe. No un campanillazo, sino un fuerte toc—toc
en la preciosa puerta verde del hobbit. ¡Alguien estaba llamando a bastonazos!
Bilbo corrió por el pasillo, muy enfadado, y por completo atribulado y compungido;
éste era el miércoles más desagradable que pudiera recordar. Abrió la puerta de
un bandazo, y todos rodaron dentro, uno sobre otro. Más enanos, ¡cuatro más! Y
detrás Gandalf, apoyado en su vara y riendo. Había hecho una muesca bastante
grande en la hermosa puerta; por cierto, también había borrado la marca secreta
que pusiera allí la mañana anterior.
—¡Tranquilidad, tranquilidad! —dijo—. ¡No es propio de ti, Bilbo, tener a los
amigos esperando en el felpudo y luego abrir la puerta de sopetón! ¡Déjame
presentarte a Bifur, Bofur, Bombur, y sobre todo a Thorin!
—¡A vuestro servicio! —dijeron Bifur, Bofur y Bombur los tres en hilera. En seguida
colgaron dos capuchones amarillos y uno verde pálido; y también uno celeste con
una gran borla de plata. Este último pertenecía a Thorin, un enorme e importante
enano, de hecho nada más y nada menos que el propio Thorin Escudo de Roble,
a quien no le gustó nada caer de bruces sobre el felpudo de Bilbo con Bifur, Bofur
y Bombur sobre él. Ante todo, Bombur era enormemente gordo y pesado. Thorin
era muy arrogante, y no dijo nada sobre servicio; pero el pobre señor Bolsón le
repitió tantas veces que lo sentía, que el enano gruñó al fin: —Le ruego no lo
mencione más — y dejó de fruncir el ceño.
—¡Vaya, ya estamos todos aquí! —dijo Gandalf, mirando la hilera de trece
capuchones, una muy vistosa colección de capuchones, y su propio sombrero
colgados en las perchas—. ¡Qué alegre reunión! ¡Espero que quede algo de

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comer y beber para los rezagados! ¿Qué es eso? ¡Té! ¡No, gracias! Para mí un
poco de vino tinto.
—Y también yo —dijo Thorin.
—Y mermelada de frambuesa y tarta de manzana—dijo Bifur.
—Y pastelillos de carne y queso —dijo Bofur.
—Y pastel de carne de cerdo y también ensalada—dijo Bombur.
—Y más pasteles, y cerveza, y café, si no os importa—gritaron los otros enanos al
otro lado de la puerta.
—Prepara unos pocos huevos. ¡Qué gran amigo!—gritó Gandalf mientras el hobbit
corría a las despensas. ¡Y saca el pollo frío y unos encurtidos!
"¡Parece conocer el interior de mi despensa tanto como yo!" pensó el señor
Bolsón, que se sentía del todo desconcertado y empezaba a preguntarse si la más
lamentable aventura no había ido a caer justo a su propia casa. Cuando terminó
de apilar las botellas y los platos y los cuchillos y los tenedores y los vasos y las
fuentes y las cucharas y demás cosas en grandes bandejas, estaba acalorado,
rojo como la grana y muy fastidiado.
—¡Malditos y condenados enanos! —dijo en voz alta— ¿Por qué no vienen y me
echan una mano?——Y he aquí que allí estaban Balin y Dwalin en la puerta de la
cocina, y Fíli y Kili tras ellos, y antes de que pudiese decir cuchillo, ya se habían
llevado a toda prisa las bandejas y un par de mesas pequeñas al salón, y allí
colocaron todo otra vez.
Gandalf se puso a la cabecera, con los trece enanos alrededor, y Bilbo se sentó
en un taburete junto al fuego, mordisqueando una galleta (había perdido el apetito)
e intentando aparentar que todo era normal y de ningún modo una aventura. Los
enanos comieron y comieron, charlaron y charlaron, y el tiempo pasó. Por último
echaron atrás las sillas, y Bilbo se puso en movimiento, recogiendo platos y vasos.
—Supongo que os quedaréis todos a cenar —dijo en uno de sus más educados y
reposados tonos.
—¡Claro que sí! —dijo Thorin— y después también. No nos meteremos en el
asunto hasta más tarde, y antes podemos hacer un poco de música. ¡Ahora a
levantar las mesas!
En seguida los doce enanos —no Thorin, él era demasiado importante, y se quedó
charlando con Gandalf— se incorporaron de un salto, e hicieron enormes pilas con
todas las cosas. Allá se fueron, sin esperar por las bandejas, llevando en equilibrio
en una mano las columnas de platos, cada una de ellas con una botella encima,
mientras el hobbit corría detrás casi dando chillidos de miedo: —¡Por favor,
cuidado! —y— ¡Por favor, no se molesten! Yo me las arreglo —. Pero los enanos
no le hicieron caso y se pusieron a cantar:
¡Desportillad los vasos y destrozad los platos!
¡Embotad los cuchillos, doblad los tenedores!

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¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡Estrellad las botellas y quemad los tapones!
¡Desgarrad el mantel, pisotead la manteca,
y derramad la leche en la despensa!
¡Echad los huesos en la alfombra del cuarto!
¡Salpicad de vino todas las puertas!
¡Vaciad los cacharros en un caldero hirviente;
hacedlos trizas, a barrotazos;
y cuando terminéis, si aún algo queda entero,
echadlo a rodar pasillo abajo!
¡Esto es lo que Bilbo Bolsón detesta tanto!
¡De modo que cuidado! ¡Cuidado con los platos!
Y desde luego no hicieron ninguna de estas cosas terribles, y todo se limpió y se
guardó a la velocidad del rayo, mientras el hobbit daba vueltas y más vueltas en
medio de la cocina intentando ver qué hacían. Al fin regresaron, y encontraron a
Thorin con los pies en el guardafuego fumándose una pipa. Estaba haciendo unos
enormes anillos de humo, y dondequiera que le dijera a uno que fuese, allí iba —
chimenea arriba, o detrás del reloj sobre la repisa, o bajo la mesa, o girando y
girando en el techo—, pero dondequiera que fuesen no eran bastante rápidos para
escapar a Gandalf. ¡Pop! De la pipa de barro de Gandalf subía en seguida un
anillo más pequeño que atravesaba el último anillo de Thorin. Luego el anillo de
Gandalf tomaba un color verde, y bajaba a flotar sobre la cabeza del mago. Tenía
ya toda una nube alrededor, y a la luz indistinta parecía una figura extraña y
fantasmagórica. Bilbo permanecía inmóvil y observaba —le encantaban los anillos
de humo— y se sonrojó al recordar qué orgulloso había estado de los anillos que
en la mañana anterior lanzara al viento sobre La Colina.
—¡Ahora un poco de música! —dijo Thorin—. ¡Sacad los instrumentos!
Kili y Fíli se apresuraron a buscar las bolsas y trajeron unos pequeños violines;
Dori, Nori y Ori sacaron unas flautas de algún bolsillo de los capotes; Bombur
tamborileó desde el vestíbulo; Bifur y Bofur salieron también, y volvieron con unos
clarinetes que habían dejado entre los bastones. Dwalin y Balin dijeron:
—¡Disculpadme, dejé el mío en el porche! —Y Thorin dijo: —¡Trae el mío también!
—Regresaron con unas violas tan grandes como ellos mismos, y con el arpa de
Thorin envuelta en una tela verde. Era una hermosa arpa dorada, y cuando Thorin

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la rasgueó, los otros enanos empezaron juntos a tocar una música, tan súbita y
dulcemente que Bilbo olvidó todo lo demás, y fue transportado a unas tierras
distantes y oscuras, bajo lunas extrañas, lejos de Delagua y muy lejos del
agujero—hobbit bajo La Colina.
La oscuridad penetró en la habitación por el ventanuco que se abría en la ladera
de La Colina; el fuego parpadeaba —era abril— y aún seguían tocando, mientras
la sombra de la barba de Gandalf danzaba contra la pared.
La oscuridad invadió toda la habitación, y el fuego se extinguió y las sombras se
borraron; y todavía seguían tocando. Y de pronto, uno primero y luego otro,
mientras tocaban, entonaron el canto grave que antaño cantaran los enanos, en lo
más hondo de las viejas moradas, y estas líneas son como un fragmento de esa
canción, aunque no hay comparación posible sin la música.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas,
en busca del metal amarillo encantado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Los enanos echaban hechizos poderosos
mientras las mazas tañían como campanas,
en simas donde duermen criaturas sombrías,
en salas huecas bajo las montañas.
Para el antiguo rey y el señor de los Elfos
los enanos labraban martilleando
un tesoro dorado, y la luz atrapaban
y en gemas la escondían en la espada.
En collares de plata ponían y engarzaban
estrellas florecientes, el fuego del dragón
colgaban en coronas, en metal retorcido
entretejían la luz de la luna y del sol.
Más allá de las frías y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas

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a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Allí para ellos mismos labraban las vasijas
y las arpas de oro; pasaban mucho tiempo
donde otros no cavaban; y allí muchas canciones
cantaron que los hombres o los Elfos no oyeron.
Los vientos ululaban en medio de la noche,
y los pinos rugían en la cima.
El fuego era rojo, y llameaba extendiéndose,
los árboles como antorchas de luz resplandecían.
Las campanas tocaban en el valle,
y hombres de cara pálida observaban el cielo,
la ira del dragón, más violenta que el fuego,
derribaba las torres y las casas.
La montaña humeaba a la luz de la luna;
los enanos oyeron los pasos del destino,
huyeron y cayeron y fueron a morir
a los pies del palacio, a la luz de la luna.
Más allá de las hoscas y brumosas montañas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a quitarle nuestro oro y las arpas,
¡hemos de ir, antes que el día nazca!
Mientras cantaban, el hobbit sintió dentro de él el amor de las cosas hermosas
hechas a mano con ingenio y magia; un amor fiero y celoso, el deseo de los
corazones de los enanos. Entonces algo de los Tuk renació en él: deseó salir y ver
las montañas enormes, y oír los pinos y las cascadas, y explorar las cavernas, y
llevar una espada en vez de un bastón. Miró por la ventana. Las estrellas
asomaban fuera en el cielo oscuro, sobre los árboles. Pensó en las joyas de los

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enanos que brillaban en las cavernas tenebrosas. De repente, en el bosque de
más allá de Delagua se alzó un fuego, —quizá alguien encendía una hoguera— y
pensó en dragones devastadores que invadían la pacífica Colina envolviendo todo
en llamas. Se estremeció; y en seguida volvió a ser el sencillo señor Bolsón, de
Bolsón Cerrado, Sotomonte otra vez.
Se incorporó temblando. Tenía muy pocas ganas de traer la lámpara, y apenas un
poco más de pretender que iba a buscarla y marcharse y esconderse luego en la
bodega detrás de los barriles de cerveza y no salir más hasta que los enanos se
fueran. De pronto advirtió que la música y el canto habían cesado y que todos lo
miraban con ojos brillantes en la oscuridad.
—¿Adónde vas? —le preguntó Thorin, en un tono que parecía querer mostrar que
adivinaba los pensamientos contradictorios del hobbit.
—¿Qué os parece un poco de luz? —dijo Bilbo disculpándose.
—Nos gusta la oscuridad —dijeron todos los enanos—. ¡Oscuridad para asuntos
oscuros! Faltan aún muchas horas hasta el alba.
—¡Por supuesto! —dijo Bilbo, y volvió a sentarse a toda prisa. No le acertó al
taburete y se sentó en cambio en el guardafuegos, derribando con estrépito el
atizador y la pala.
—¡Silencio! —dijo Gandalf—. ¡Que hable Thorin! —Y así fue como Thorin empezó.
—¡Gandalf, enanos y señor Bolsón! Nos hemos reunido en casa de nuestro amigo
y compañero conspirador, este hobbit de lo más excelente y audaz. ¡Que nunca se
le caiga el pelo de los pies! ¡Toda nuestra alabanza al vino y la cerveza de la
región! —Se detuvo a tomar un respiro y a esperar una cortés observación del
hobbit, pero al pobre Bilbo se le habían agotado las cortesías, y movía la boca
tratando de protestar porque lo habían llamado audaz, y peor que eso, compañero
conspirador aunque no emitió ningún sonido; se sentía de veras estupefacto. De
modo que Thorin continuó:
—Nos hemos reunido aquí para discutir nuestros planes, medios, política y
recursos. Emprenderemos ese largo viaje poco antes que rompa el día, un viaje
que para algunos de nosotros, o quizá para todos (excepto para nuestro amigo y
consejero, el ingenioso mago Gandalf) quizá sea un viaje sin retorno. Este es un
momento solemne. Nuestro objetivo, supongo, todos lo conocemos bien. Para el
estimable señor Bolsón, y quizá para uno o dos de los enanos más jóvenes (creo
que acertaría si nombrara a Kili y a Fíli, por. Ejemplo), la situación exacta y actual
podría necesitar de una breve explicación...
Esté era el estilo de Thorin. Era un enano importante. Si se lo hubieran permitido,
quizá habría seguido así hasta quedarse sin aliento, sin dejar de decir a cada uno
algo ya sabido. Pero lo interrumpieron de mal modo. El pobre Bilbo no pudo
soportarlo más. Cuando oyó quizá sea un viaje sin retomo empezó a sentir que un
chillido le subía desde dentro, y muy pronto estalló como el silbido de una
locomotora a la salida de un túnel. Todos los enanos se pusieron en pie de un
salto derribando la mesa. Gandalf golpeó el extremo de la vara mágica que emitió
una luz azul, y en el resplandor se pudo ver al pobre hobbit de rodillas sobre la
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alfombra junto al hogar, temblando como una gelatina que se derrite. En seguida
cayó de bruces al suelo, y se puso a gritar: —¡Alcanzado por un rayo, alcanzado
por un rayo! —una y otra vez, y eso fue todo lo que pudieron sacarle durante largo
tiempo. Así que lo levantaron y lo tumbaron en un sofá de la sala, con un trago a
mano, y volvieron a sus oscuros asuntos.
—Excitable el compañerito —dijo Gandalf, mientras se sentaban de nuevo—.
Tiene extraños y graciosos ataques, pero es uno de los mejores: tan fiero como un
dragón en apuros.
Si habéis visto alguna vez un dragón en apuros, comprenderéis que esto sólo
podía ser una exageración poética aplicada a cualquier, hobbit, aun a Toro
Bramador, el tío bisabuelo del Viejo Tuk, tan enorme (como hobbit) que hasta
podía montar a caballo. En la batalla de los Campos Verdes había cargado contra
las filas de trasgos del Monte Gram, y blandiendo una porra de madera le arrancó
de cuajo la cabeza al rey Golfimbul. La cabeza salió disparada unas cien yardas
por el aire y fue a dar a la madriguera de un conejo, y de esta forma, y a la vez, se
ganó la batalla y se inventó el juego de golf.
Mientras tanto, sin embargo, el más gentil descendiente de Toro Bramador volvía
a la vida en la sala de estar. Al cabo de un rato y luego de un trago se arrastró
nervioso hacia la puerta. Esto fue lo que oyó; hablaba Glóin: —¡Hum! —o un
bufido semejante—. ¿Creéis que servirá? Está muy bien que Gandalf diga que
este hobbit es fiero, pero un chillido como ése en un momento de excitación
bastaría para despertar al dragón y al resto de la parentela, y matamos a todos.
¡Creo que sonaba más a miedo que a excitación! En verdad, si no fuese por la
señal en la puerta, juraría que habíamos venido a una casa equivocada. Tan
pronto como eché una ojeada a ese pequeñajo que se sacudía y resoplaba sobre
el felpudo, tuve mis dudas. ¡Más parece un tendero que un saqueador!
En ese momento el señor Bolsón abrió la puerta y entró. La vena Tuk había
ganado. De pronto sintió que si se quedaba sin cama ni desayuno podría parecer
realmente fiero. En cuanto al pequeñajo que se sacudía sobre el felpudo casi le
hizo perder la cabeza. Más tarde, y a menudo, la parte Bolsón se lamentaría de lo
que hizo entonces, y se diría: —Bilbo, fuiste un tonto; te decidiste a entrar y
metiste la pata.
—Perdonadme —dijo—, si por casualidad he oído lo que estabais diciendo. No
pretendo entender lo que habláis, ni esa referencia a saqueadores, pero no creo
equivocarme si digo que sospecháis que no sirvo —esto es lo que él llamaba no
perder la dignidad—. Lo demostraré. No hay señal alguna en mi puerta, se pintó la
semana anterior, y estoy seguro de que habéis venido a la casa equivocada.
Desde el momento en que vi vuestras extrañas caras en el umbral tuve mis dudas.
Pero considerad que es la casa correcta. Decidme lo que queréis que haga y lo
intentaré, aunque tuviera que ir desde aquí hasta el Este del Este y luchar con los
hombres gusanos del Ultimo Desierto. Tuve, una vez, un tío architatarabuelo, Toro
Bramador Tuk, y...
—Sí, sí, pero eso fue hace mucho —dijo Glóin— Estaba hablando de vos. Y os
aseguro que hay una marca en esta puerta: la normal en el negocio, o la que

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hasta hace poco era normal. Saqueador nocturno busca un buen trabajo, con
mucha Excitación y Remuneración razonable, así es como todo el mundo la
entiende. Podéis decir Buscador Experto de Tesoros en vez de saqueador si lo
preferís. Algunos lo hacen. Para nosotros es lo mismo. Gandalf nos dijo que había
un hombre de esas características por estos lugares, que buscaba un trabajo
inmediato, y que habían concertado una cita este miércoles, aquí y a la hora del
té.
—Claro que hay una marca —dijo Gandalf—. La puse yo mismo. Por muy buenas
razones. Me pedisteis que encontrara al hombre catorceavo para vuestra
expedición, y elegí al señor Bilbo. Basta que alguien diga que elegí al hombre o la
casa equivocada y podéis quedaros en trece y tener toda la mala suerte que
queráis, o volver a picar carbón.
Clavó la mirada con tal ira en Glóin que el enano se acurrucó en la silla; y cuando
Bilbo intentó abrir la boca para hacer una pregunta, se volvió hacia él con el ceño
fruncido, adelantando las cejas espesas, hasta que el hobbit cerró la boca de
golpe. —Está bien —dijo Gandalf—. No discutamos más. He elegido al señor
Bolsón y eso tendría que bastar a todos. Si digo que es un saqueador nocturno, lo
es de veras, o lo será llegado el momento. Hay mucho más en él de lo que
imagináis y mucho más de lo que él mismo se imagina. Tal vez (posiblemente)
aun viváis todos para agradecérmelo. Ahora Bilbo, muchacho, ¡vete a buscar la
lámpara y pongamos un poco de luz a todo esto!
Sobre la mesa, a la luz de una gran lámpara de pantalla roja, Gandalf extendió un
trozo de pergamino bastante parecido a un mapa *.
—Esto lo hizo Thror, tu abuelo, Thorin —dijo respondiendo a las excitadas
preguntas de los enanos— Es un plano de la Montaña.
—No creo que nos sea de gran ayuda —dijo Thorin desilusionado, tras echar un
vistazo—. Recuerdo la Montaña muy bien, así como las tierras que hay por allí. Y
sé dónde está el Bosque Negro, y el Brezal Marchito, donde se crían los grandes
dragones.
—Hay un dragón señalado en rojo sobre la Montana
—dijo Balin—, pero será bastante fácil encontrarlo sin eso, si alguna vez llegamos
allí.
—Hay también un punto que no habéis advertido
—dijo el mago—, y es la entrada secreta ¿Veis esa runa en el lado oeste, y la
mano que apunta hacia ella desde las otras runas? Eso indica un pasadizo oculto
a los Salones
Inferiores. —Mirad el mapa al principio de este libro, y allí veréis las runas.
—Puede que en otra época fuese secreto —dijo Thorin—, pero ¿cómo sabremos
si todavía lo es? El Viejo Smaug ha vivido allí mucho tiempo y ha de conocer bien
esas cuevas.
—Tal ver... pero no pudo haberlo utilizado desde hace años y años.

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—¿Por qué?
—Porque es demasiado pequeño. Cinco pies de altura y tres pasan con holgura,
dicen las runas, pero Smaug no podría arrastrarse por un agujero de ese tamaño,
ni siquiera cuando era un dragón joven, y menos después de haber devorado
tantos enanos y hombres de Valle.
—Pues a mí me parece un agujero bastante grande— chilló Bilbo que nada sabía
de dragones, y en cuanto a agujeros sólo conocía los de los hobbits. Se sentía
otra vez excitado e interesado, y olvidó mantener la boca cerrada. Le encantaban
los mapas, y en el vestíbulo colgaba uno enorme del País Redondo con todos sus
caminos favoritos marcados en tinta roja—, ¿Cómo una puerta tan grande pudo
haber sido un secreto para todo el mundo, aun sin contar al dragón? —preguntó.
Recordad que era sólo un pequeño hobbit.
—De muchos modos —dijo Gandalf—. Pero cómo ha quedado oculta, no lo
sabremos sin antes ir a mirar. Por lo que dice el mapa me imagino que hay una
puerta cerrada que no se distingue del resto de la ladera. El método común entre
los enanos, ¿no es cieno?
—Muy cierto —dijo Thorin.
—Además —prosiguió Gandalf—, olvidé mencionar que con el mapa venía una
llave, una llave pequeña y rara. ¡Hela aquí! —dijo, y dio a Thorin una llave de
plata, larga, de dientes intrincados—. ¡Guárdala bien!
—Así lo haré —dijo Thorin, y la enganchó en una cadenilla que le colgaba del
cuello bajo la chaqueta—. Ahora las cosas parecen más prometedoras. Estas
noticias les dan mejor aspecto. Hasta hoy no teníamos una idea demasiado clara
de lo que podíamos hacer. Pensábamos marchar hacia el Este en silencio y con
toda la cautela posible, hasta llegar a Lago Largo. Las dificultades empezarían
después...
—Mucho antes, si algo sé de los caminos del Este—interrumpió Gandalf.
—Podríamos subir desde allí bordeando el Río Rápido —dijo Thorin sin prestar
atención—, y luego hasta las ruinas de Valle, la vieja ciudad a la sombra de la
Montaña. Pero a ninguno nos gustaba mucho la idea de la Puerta Principal. El río
sale justo ahí atravesando el gran risco al sur de la Montaña, y de ahí sale también
el dragón, muy a menudo desde hace tiempo, a menos que haya cambiado de
costumbres.
—Eso no sería bueno —dijo el mago—, no sin un guerrero poderoso, o aun un
héroe. Intenté conseguir uno; pero los guerreros están todos ocupados luchando
entre ellos en tierras lejanas, y en esta vecindad los héroes son escasos, o al
menos no se los encuentra. Las espadas están aquí casi todas embotadas, las
hachas se utilizan para cortar árboles y los escudos como cunas o cubrefuentes; y
para comodidad de todos, los dragones están muy lejos (y de ahí que sean
legendarios). Por este motivo me dediqué a merodear de noche, sobre todo desde
que recordé la existencia de una puerta lateral. Y aquí tenemos a nuestro pequeño
Bilbo Bolsón, el saqueador, electo y selecto. Así que continuemos y hagamos
planes.
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—Muy bien —dijo Thorin—, supongamos entonces que el experto mismo nos da
alguna idea o sugerencia. —Se volvió con una cortesía burlona hacia Bilbo.
—En primer lugar me gustaría saber un poco más del asunto —dijo Bilbo
sintiéndose confuso y un poco agitado por dentro, pero bastante Tuk todavía y
decidido a seguir adelante— Me refiero al oro y al dragón, y todo eso, y cómo
llegar allí y a quién pertenece, etcétera, etcétera.
—¡Bendita sea! —dijo Thorin—, ¿no tienes un mapa? ¿Y no has oído nuestro
canto? ¿Y acaso no hemos estado hablando de esto durante horas?
—Aun así, me gustaría saberlo todo clara y llanamente —dijo Bilbo con
obstinación, adoptando un aire de negocios (por lo común reservado para gente
que trataba de pedirle dinero), y tratando por todos los me dios de parecer sabio,
prudente, profesional, y estar a la altura de la recomendación de Gandalf—
También me gustaría conocer los riesgos, los gastos, el tiempo requerido y la
remuneración, etcétera. —Lo que quería decir: "¿Qué sacaré de esto? ¿Y
regresaré con vida?".
—Oh, muy bien —dijo Thorin— Hace mucho, en tiempos de mi abuelo Thror,
nuestra familia fue expulsada del lejano Norte y vino con todos sus bienes y
herramientas a esta Montaña del mapa. La había descubierto mi lejano
antepasado, Thrain el Viejo, pero entonces abrieron minas, excavaron túneles y
construyeron galerías y talleres más grandes... y creo además que encontraron
gran cantidad de oro y también piedras preciosas. De cualquier modo se hicieron
inmensamente ricos, y mi abuelo fue de nuevo Rey bajo la Montaña y tratado con
gran respeto por los mortales, que vivían al Sur y poco a poco se extendieron río
arriba hasta el valle al pie de la Montaña. Allá, en aquellos días, levantaron la
alegre ciudad de Valle. Los reyes mandaban buscar a nuestros herreros y
recompensar con largueza aun a los menos hábiles. Los padres nos rogaban que
tomásemos a sus hijos como aprendices y nos pagaban bien, sobre todo con
provisiones, pues nosotros nunca sembrábamos, ni buscábamos comida. Aquellos
días sí que eran buenos, y aun el más pobre tenía dinero para gastar y prestar, y
ocio para fabricar objetos hermosos sólo por diversión, para no mencionar los más
maravillosos juguetes mágicos, que hoy ya no se encuentran en el mundo. Así los
salones de mi abuelo se llenaron de armaduras, joyas, grabados y copas, y el
mercado de juguetes de Valle fue el asombro de todo el Norte.
"Sin duda eso fue lo que atrajo al dragón. Los dragones, sabéis, roban oro y joyas
a hombres, elfos y enanos dondequiera que puedan encontrarlos, y guardan el
botín mientras viven (lo que en la práctica es para siempre, a menos que los
maten), y ni siquiera disfrutan de un anillo de hojalata. En realidad apenas
distinguen una pieza buena de una mala, aunque en general conocen bien el valor
que tienen en el mercado; y no son capaces de hacer nada por sí mismos, ni
siquiera arreglarse una escamita suelta en la armadura que llevan. Por aquellos
días había muchos dragones en el Norte, y es posible que el oro empezara a
escasear allá arriba, con enanos que huían al Sur o eran asesinados, y la
devastación general y la destrucción que los dragones provocaban y que iba en
aumento. Había un gusano que era muy ambicioso, fuerte y malvado, llamado

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Smaug. Un día echó a volar y llegó al Sur. Lo primero que oímos fue un ruido
como de un huracán que venía del norte, y los pinos en la Montaña crujían y
rechinaban con el viento. Algunos de los enanos que en ese momento estábamos
fuera (yo era por fortuna uno de ellos, un muchacho apuesto y aventurero en
aquellos días, siempre vagando por los alrededores, y eso me salvó entonces),
bien, vimos desde bastante lejos al dragón que se posaba en nuestra montaña en
un remolino de fuego. Luego bajó por las laderas, y los bosques empezaron a
arder. Ya para entonces todas las campanas repicaban en Valle y los guerreros se
armaban. Los enanos salieron corriendo por la puerta grande; pero allí estaba el
dragón esperándolos. Nadie escapó por ese lado. El río se transformó en vapor y
una niebla cayó sobre ellos y acabó con la mayoría de los guerreros: la triste
historia de siempre, sólo que en aquellos días era demasiado común. Luego
retrocedió, arrastrándose a través de la Puerta Principal, y destrozó todos los
salones, aceras, túneles, callejuelas, bodegas, mansiones y pasadizos. Después
de eso no quedó enano vivo dentro, y el dragón se apoderó de todas las riquezas.
Quizá, pues es costumbre entre los dragones, haya apilado todo en un gran
montón muy adentro y duerma sobre el tesoro utilizándolo como cama. Más tarde
empezó a salir de vez en cuando arrastrándose por la puerta grande y llegaba a
Valle de noche, y se llevaba gente, especialmente doncellas, para comerlas en la
cueva, hasta que Valle quedó arruinada y toda la gente murió o huyó. Lo que pasa
allí ahora no lo sé con certeza, pero no creo que nadie viva hoy entre la Montaña y
la orilla opuesta del Lago Largo.
Los pocos de nosotros que estábamos fuera, y así nos salvamos, llorábamos a
escondidas y maldecíamos a Smaug, y allí nos encontramos inesperadamente con
mi padre y mi abuelo, que tenían las barbas chamuscadas. Parecían muy
preocupados, pero hablaban muy poco. Cuando les pregunté cómo habían huido
me dijeron que callase, que algún día a su debido tiempo ya me enteraría. Luego
escapamos, y tuvimos que ganarnos la vida lo mejor que pudimos en todas
aquellas tierras, y muy a menudo llegamos a trabajar en herrerías o aun en minas
de carbón. Pero nunca olvidamos el tesoro robado. E incluso ahora, en que he de
admitir que hemos acumulado alguna riqueza y no estamos tan mal —en este
momento Thorin acarició la cadena de oro que le colgaba del cuello— todavía
pretendemos recuperarlo y hacer que nuestras maldiciones caigan sobre Smaug...
si podemos.
Con frecuencia me pregunté sobre la fuga de mi padre y mi abuelo. Pienso ahora
que tenia que haber una puerta lateral secreta que sólo ellos conocían. Pero por lo
visto hicieron un mapa, y me gustaría saber cómo Gandalf se apoderó de él, y por
qué no llegó a mí, el legítimo heredero.
—Yo no me apoderé de él, me lo dieron —dijo el mago—. Quizá recuerdes que tu
abuelo Thror fue asesinado en las minas de Moria por Azog el Trasgo,
—Maldito sea su nombre, sí —dijo Thorin.
—Y Thrain, tu padre, se marchó un veintiuno dé abril, se cumplieron cien años el
jueves pasado; y desde entonces nunca se lo ha vuelto a ver...
—Cierto, cierto —dijo Thorin.
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—Bien, tu padre me dio esto para que te lo diera; y si elegí el momento y el modo
de entregarlo, no puedes culparme, teniendo en cuenta las dificultades que tuve
para dar contigo. Tu padre no recordaba ni su propio nombre cuando me pasó el
papel, y nunca me dijo el tuyo; de modo que en última instancia tendrías que
alabarme y agradecérmelo. Toma, aquí está —dijo entregando el mapa a Thorin.
—No lo entiendo —dijo Thorin, y Bilbo sintió que le gustaría decir lo mismo. La
explicación no parecía explicar nada.
—Tu abuelo —dijo el mago pausada y seriamente— le dio el mapa a su hijo para
mayor seguridad antes de marcharse a las minas de Moria. Cuando mataron a tu
abuelo, tu padre salió a probar fortuna con el mapa; y tuvo muchas desagradables
aventuras, pero nunca se acercó a la Montana. Cómo llegó allí, no lo sé, pero lo
encontré prisionero en las mazmorras del Nigromante.
—¿Qué demonios estabas haciendo allí? —preguntó Thorin con un escalofrío, y
todos los enanos se estremecieron.
—No te importa. Estaba averiguando cosas, como siempre; y resultó ser un
asunto sórdido y peligroso. Hasta yo, Gandalf, apenas conseguí escapar. Intenté
salvar a tu padre, pero o era demasiado tarde. Había perdido el juicio e iba de un
lado para otro, y había olvidado casi todo excepto el mapa y la llave.
—Hace tiempo que dimos su merecido a los trasgos de Moria —dijo Thorin—.
Ahora tendremos que ocuparnos del Nigromante.
—¡No seas absurdo! El Nigromante es un enemigo a quien no alcanzan los
poderes de todos los enanos juntos, si desde las cuatro esquinas del mundo se
reuniesen otra vez. Lo único que deseaba tu padre era que tú leyeras el mapa y
usaras la llave. ¡El dragón y la Montaña son empresas más que grandes para ti!
—¡Oíd, oíd! —dijo Bilbo, y sin querer habló en voz alta.
—¡Oíd, oíd! —dijeron todos mirándolo, y Bilbo se puso tan nervioso que respondió:
—¡Oíd lo que he de decir!
—¿Qué es? —preguntaron.
—Bien, os diré que tendríais que ir hacía el Este y echar allí un vistazo. Al fin y al
cabo allí está la Puerta lateral, y los dragones han de dormir alguna vez, supongo.
Si os sentáis a la entrada durante un tiempo, creo que algo se os ocurrirá. Y bien,
¿no os parece que hemos charlado bastante para una noche, eh? ¿Qué opináis
de irse a la cama, para empezar mañana temprano y todo eso? Os daré un buen
desayuno antes de que os vayáis.
—Antes de que nos vayamos, supongo que querrás decir —dijo Thorin—. ¿No
eres tú el saqueador? ¿Y tu oficio no es esperar a la entrada, y aun cruzar la
puerta? Pero estoy de acuerdo en lo de la cama y el desayuno— Me gusta tomar
seis huevos con jamón cuando empiezo un viaje: fritos, no escalfados, y cuida de
no romperlos,
Luego de que los otros hubieran pedido sus desayunos sin ningún por favor (lo
que molestó sobremanera a Bilbo), todos se levantaron. El hobbit tuvo que

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buscarles sitio, y preparó los cuartos vacíos, e hizo camas en sillas y sofás antes
de instalarlos e irse a su propia camita muy cansado y nada feliz. Lo que sí decidió
fue no molestarse en madrugar y preparar el maldito desayuno para lodo el
mundo. La vena Tuk empezaba a desaparecer, y ahora ya no estaba tan seguro
de que fuese a hacer algún viaje por la mañana.
Mientras yacía en cama pudo oír a Thorin en la habitación de al lado, la mejor de
todas, todavía tarareando entre dientes:
Más alta de las frías y brumosas montanas,
a mazmorras profundas y cavernas antiguas
a reclamar el oro hace tiempo olvidado,
hemos de ir, antes que el día nazca.
Bilbo se durmió con ese canto en los oídos, y tuvo unos sueños intranquilos.
Despertó mucho después de que naciera el día.
CARNERO ASADO
Bilbo se levantó de un salto, y poniéndose la bata entró en el comedor. Allí no vio
a nadie, pero sí las huellas de un enorme y apresurado desayuno. Había un
horrendo revoltijo en la habitación, y pilas de cacharros sucios en la cocina.
Parecía que no hubiera quedado ninguna olla ni tartera sin usar. La tarea de
fregarlo todo fue tan tristemente real que Bilbo se vio obligado a creer que la
reunión de la noche anterior no había sido parte de una pesadilla, como casi había
esperado. La idea de que habían partido sin él y sin molestarse en despertarlo,
aunque nadie le hubiera dado las gracias, pensó, lo había aliviado de veras. Sin
embargo, no pudo dejar de sentir una cierta decepción. Este sentimiento lo
sorprendió.
—No seas tonto, Bilbo Bolsón —se dijo—, ¡pensando a tu edad en dragones y en
tonterías estrafalarias! —De modo que se puso el delantal, encendió unos fuegos,
calentó agua y fregó. Luego se tomó un pequeño y apetitoso desayuno en la
cocina, antes de arreglar el comedor. El sol ya brillaba entonces, y por la puerta
delantera entraba una cálida brisa de primavera. Bilbo se puso a silbar y a olvidar
lo de la noche. Ya estaba sentándose para zamparse un segundo apetitoso
desayuno en el comedor, junto a la ventana abierta, cuando de pronto entró
Gandalf.
—Mi querido amigo —dijo—, ¿Cuándo vas a partir? ¿Qué hay de aquello de
empezar temprano? Y aquí estás tomando el desayuno, o como quiera que llames
a eso, a las diez y media. Te dejaron un mensaje, pues no podían esperar.
—¿Qué mensaje? —dijo el pobre Bilbo sonrojado.

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—¡Por los Grandes Elefantes! —respondió Gandalf— Estás desconocido esta
mañana; ¡aún no le has quitado el polvo a la repisa de la chimenea!
—¿Y eso qué tiene que ver? ¡Ya tengo bastante con fregar los platos y ollas de
catorce desayunos!
—Si hubieses limpiado la repisa, habrías encontrado esto debajo del reloj —dijo
Gandalf alargándose una nota (por supuesto, escrita en unas cuartillas del propio
Bilbo).
Esto fue lo que el hobbit leyó:
"Thorin y Compañía al Saqueador Bilbo, ¡salud! Nuestras más sinceras gracias por
vuestra hospitalidad y nuestra agradecida aceptación por habernos ofrecido
asistencia profesional. Condiciones: pago al contado y al finalizar el trabajo, hasta
un máximo de catorceavas partes de los beneficios totales (si los hay); todos los
gastos de viaje garantizados en cualquier circunstancia; los gastos de posibles
funerales los pagaremos nosotros o nuestros representantes, si hay ocasión y el
asunto no se arregla de otra manera.
Creyendo innecesario perturbar vuestro muy estimable reposo, nos hemos
adelantado a hacer los preparativos adecuados; esperaremos a vuestra respetable
persona en la posada del Dragón Verde, junto a Delagua, exactamente a las 11
a.m. Confiando en que sea puntual.
tenemos el honor de permanecer
sinceramente vuestros
Thorin y Cía."
—Esto te da diez minutos. Tendrás que correr —dijo Gandalf.
—Pero... —dijo Bilbo.
—No hay tiempo para eso —dijo el mago.
—Pero... —dijo otra vez Bilbo.
—Y tampoco para eso otro ¡Vamos, adelante!
Hasta el final de sus días Bilbo no alcanzó a recordar cómo se encontró fuera, sin
sombrero, bastón, o dinero, o cualquiera de las cosas que acostumbraba llevar
cuando salía, dejando el segundo desayuno a medio terminar, casi sin lavarse la
cara, y poniendo las llaves en manos de Gandalf, corriendo callejón abajo tanto
como se lo permitían los pies peludos, dejando atrás el Gran Molino, cruzando el
río, y continuando así durante una milla o más.
Resoplando llegó a Delagua cuando empezaban a sonar las once, ¡y descubrió
que se había venido sin pañuelo!
—¡Bravo! —dijo Balin, que estaba de pie a la puerta de la posada, esperándolo,

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Y entonces aparecieron todos los demás doblando la curva del camino que venía
de la villa. Montaban en poneys, y de cada uno de los caballos colgaba toda clase
de equipajes, bultos, paquetes y chismes. Había un poney pequeño,
aparentemente para Bilbo.
—Arriba vosotros dos, y adelante —dijo Thorin.
—Lo siento terriblemente —dijo Bilbo—, pero me he venido sin mi sombrero, me
he olvidado el pañuelo de bolsillo, y no tengo dinero. No vi vuestra nota hasta
después de las 10.45, para ser precisos.
—No seas preciso —dijo Dwalin—, y no te preocupes. Tendrás que arreglártelas
sin pañuelos y sin buena parte de otras cosas antes de que lleguemos al final del
viaje. En lo que respecta al sombrero, yo tengo un capuchón y una capa de sobra
en mi equipaje.
Y así fue como se pusieron en marcha, alejándose de la posada en una hermosa
mañana poco antes del mes de mayo, montados en poneys cargados de bultos; y
Bilbo llevaba un capuchón de color verde oscuro (un poco ajado por el tiempo) y
una capa del mismo color que Dwalin le había prestado. Le quedaban muy
grandes, y tenía un aspecto bastante cómico. No me atrevo a aventurar lo que su
padre Bungo hubiese dicho de él.
Sólo le consolaba pensar que no lo confundirían con un enano, pues no tenía
barba.
Aún no habían cabalgado mucho tiempo cuando apareció Gandalf, espléndido,
montando un caballo blanco. Traía un montón de pañuelos y la pipa y el tabaco de
Bilbo. Así que desde entonces cabalgaron felices, contando historias o cantando
canciones durante toda la jornada, excepto, naturalmente, cuando paraban a
comer. Esto no ocurrió con la frecuencia que Bilbo hubiese deseado, pero ya
empezaba a sentir que las aventuras no eran en verdad tan malas.
Cruzaron primero las tierras de los hobbits, un extenso país habitado por gente
simpática, con buenos caminos, una posada o dos, y aquí y allá un enano o un
granjero que trabajaba en paz.
Llegaron luego a tierras donde la gente hablaba de un modo extraño y cantaba
canciones que Bilbo no había oído nunca. Se internaron en las Tierras Solitarias,
donde no había gente ni posadas y los caminos eran cada vez peores. No mucho
más adelante se alzaron unas colinas melancólicas, oscurecidas por árboles. En
algunas había viejos castillos, torvos de aspecto, como si hubiesen sido
construidos por gente maldita. Todo parecía lúgubre, pues el tiempo se había
estropeado. Hasta entonces el día había sido tan bueno como pudiera esperarse
en mayo, aun en las historias felices, pero ahora era frío y húmedo. En las Tierras
Solitarias se habían visto obligados a acampar en un lugar desapacible, pero seco
al menos.
—Pensar que pronto llegará junio —mascullaba Bilbo, mientras avanzaba
chapoteando detrás de los otros por un sendero enlodado. La hora del té ya había
quedado atrás; la lluvia caía a cántaros, y así había sido todo el día; el capuchón

21

le goteaba en los ojos; tenía la capa empapada; el poney cansado tropezaba con
las piedras; los otros estaban demasiado enfurruñados para charlar.
—Estoy seguro que la lluvia se ha colado hasta las ropas secas y las bolsas de
comida —gruñó Bilbo—. ¡Malditos sean los saqueadores y todo lo que se
relacione con ellos! Cómo quisiera estar en mi confortable agujero, al amor de la
lumbre, y con la marmita que ha empezado a silbar. —¡No fue la última vez que
tuvo este deseo!
Sin embargo, los enanos seguían al paso, sin volverse ni prestar atención al
hobbit. Pareció que el sol se había puesto ya en algún lugar detrás de las nubes
grises, pues cuando descendían hacia un valle profundo con un río en el fondo,
empezó a oscurecer. Se levantó viento, y los sauces se mecían y susurraban a lo
largo de las orillas. Por fortuna el camino atravesaba un antiguo puente de piedra,
pues el río crecido por las lluvias bajaba precipitado de las colinas y montanas del
norte.
Era casi de noche cuando lo cruzaron. El viento desgajó las nubes grises y una
luna errante apareció entre los jirones flotantes. Entonces se detuvieron, y Thorin
murmuró algo acerca de la cena y —¿Dónde encontraremos un lugar seco para
dormir?
En ese momento cayeron en la cuenta de que faltaba Gandalf. Hasta entonces
había hecho todo el camino con ellos, sin decir si participaba de la aventura o
simplemente los acompañaba un rato. Había hablado, comido y reído como el que
más... Pero ahora simplemente ¡no estaba allí!
—¡Vaya, justo en el momento en que un mago nos sería más útil! —suspiraron
Dori y Nori (que compartían los puntos de vista del hobbit sobre la regularidad,
cantidad y frecuencia de las comidas).
Por fin decidieron que acamparían allí mismo. Se acercaron a una arboleda, y
aunque el terreno estaba más seco, el viento hacía caer las gotas de las hojas y el
plip—plip molestaba bastante. El mal parecía haberse metido en el fuego mismo.
Los enanos saben hacer fuego en cualquier parte, casi con cualquier cosa, con o
sin viento, pero no pudieron encenderlo esa noche, ni siquiera Óin y Glóin, que en
esto eran especialmente mañosos.
Entonces uno de los poneys se asustó de nada y escapó corriendo. Se metió en el
río antes de que pudieran detenerlo; y antes de que pudiesen llevarlo de vuelta,
Fíli y Kili casi murieron ahogados; y el agua había arrastrado el equipaje del
poney. Naturalmente, era casi todo comida, y quedaba muy poco para la cena, y
menos para el desayuno.
Todos se sentaron, taciturnos, empapados y rezongando, mientras Óin y Glóin
seguían intentando encender el fuego y discutiendo el asunto. Bilbo reflexionaba
tristemente que las aventuras no eran sólo cabalgatas en poney al sol de mayo,
cuando Balin, el oteador del grupo, exclamó de pronto: —¡Allá hay una luz! —Un
poco apartada asomaba una colina con árboles, bastante espesos en algunos
sitios. Fuera de la masa oscura de la arboleda, todos pudieron ver entonces el

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brillo de una luz, una luz rojiza, confortadora, como una fogata o antorchas
parpadeantes.
Luego de observarla un rato, se enredaron en una discusión. Unos decían que "sí"
y otros decían que "no". Algunos opinaron que lo único que se podía hacer era ir y
mirar, y que cualquier cosa sería mejor que poca cena, menos desayuno, y ropas
mojadas toda la noche.
Otros dijeron: —Ninguno de estos parajes es bien conocido, y las montañas están
demasiado cerca. Rara vez algún viajero se aventura ahora por estos lados. Los
mapas antiguos ya no sirven, las cosas han empeorado mucho. Los caminos no
están custodiados, y aquí además han oído hablar del rey en contadas ocasiones,
y cuanto menos preguntas hagas menos dificultades encontrarás. —Alguno dijo:
—Al fin y al cabo somos catorce. —Otros: —¿Dónde está Gandalf? —pregunta
que fue repetida por todos.
En ese momento la lluvia empezó a caer más fuerte que nunca, y Óin y Glóin
iniciaron una pelea.
Esto puso las cosas en su sitio: —Al fin y al cabo, tenemos un saqueador entre
nosotros —dijeron; y así echaron a andar, guiando a los poneys (con toda la
precaución debida y apropiada) hacia la luz. Llegaron a la colina y pronto
estuvieron en el bosque. Subieron la pendiente, pero no se veía ningún sendero
adecuado que pudiera llevar a una casa o una granja. Continuaron como pudieron,
entre chasquidos, crujidos y susurros (y una buena cantidad de maldiciones y
refunfuños) mientras avanzaban por la oscuridad cerrada ¿el bosque.
De súbito la luz roja brilló muy clara entre los árboles no mucho más allá, —Ahora
le toca al saqueador —dijeron refiriéndose a Bilbo—. Tienes que ir y averiguarlo
todo de esa luz, para qué es, y si las cosas parecen normales y en orden —dijo
Thorin al hobbit—. Ahora corre, y vuelve rápido si todo está bien. Si no, ¡vuelve
como puedas! Si no puedes, grita dos veces como lechuza de granero y una como
lechuza de campo, y haremos lo que podamos.
Y allá tuvo que partir Bilbo, antes de poder explicarles que era tan incapaz de
gritar como una lechuza como de volar como un murciélago.
Pero, de todos modos, los hobbits saben moverse en silencio por el bosque, en
completo silencio. Era una habilidad de la que se sentían orgullosos, y Bilbo más
de una vez había torcido la cara mientras cabalgaban, criticando ese "estrépito
propio de enanos"; pero me imagino que ni vosotros ni yo hubiéramos advertido
nada en una noche de ventisca, aunque la cabalgata hubiese pasado casi
rozándonos. En cuanto a la sigilosa marcha de Bilbo hacia la luz roja, creo que no
hubiera perturbado ni el bigote de una comadreja, de modo que llegó directamente
al fuego —pues era un fuego— sin alarmar a nadie. Y esto fue lo que vio.
Había tres criaturas muy grandes sentadas alrededor de una hoguera de troncos
de haya, y estaban asando un carnero espetado en largos asadores de madera y
chupándose la salsa de los dedos. Había un olor delicioso en el aire. También
había un barril de buena bebida a mano, y bebían de unas jarras. Pero eran trolls.
Trolls sin ninguna duda. Aun Bilbo, a pesar de su vida retirada, podía darse

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cuenta: las grandes caras toscas, la estatura, el perfil de las piernas, por no hablar
del lenguaje, que no era precisamente el que se escucha en un salón de invitados.
—Carnerro ayer, carnerro hoy y maldición si no carnerro mañana —dijo uno de los
trolls.
—Ni una mala pizca de carne humana probamos desde hace mucho, mucho
tiempo —dijo otro troll—. Por qué demonios Guille nos habrá traído aquí; y
además la bebida está escaseando —añadió, tocando el codo de Guille, que en
ese momento bebía un sorbo.
Guille se atragantó: —¡Cierra la boca! —dijo tan pronto como pudo—. No puedes
esperar que la gente se quede por aquí sólo para que tú y Berto se la zampen.
Habéis comido un pueblo y medio entre los dos desde que bajamos de las
montañas. ¿Qué más queréis? Y esos tiempos han pasado. Y tendrías que haber
dicho 'Grracias, Guille', por este buen bocado de carnerro gordo del valle. —
Arrancó un pedazo de la pierna del cordero que estaba asando y se limpió la boca
con la manga.
En efecto, me temo que los trolls se comportan siempre así, aun aquellos que sólo
tienen una cabeza. Luego de haber oído todo esto, Bilbo tendría que haber hecho
algo sin demora. O bien haber regresado en silencio. Y avisar a los demás que
había tres trolls de buena talla y malhumorados, bastante grandes como para
comerse un enano asado o aun un pony, como novedad; o bien tendría que haber
hecho una buena y rápida demostración de merodeo nocturno. Un saqueador
legendario y realmente de primera clase, en esta situación habría metido mano a
los bolsillos de los trolls (algo que casi siempre vale la pena, si consigues hacerlo),
habría sacado el carnero de los espetones, habría arrebatado la cerveza y se
hubiera ido sin que nadie se enterase. Otros más prácticos, pero con menos
orgullo profesional, quizá habrían clavado una daga a cada uno de ellos antes de
que se dieran cuenta. Luego él y los enanos hubieran podido tener una noche
feliz.
Bilbo lo sabía. Había leído de muchas buenas cosas que nunca había visto o
nunca había hecho. Estaba muy asustado, y disgustado también; hubiera querido
encontrarse a cien millas de distancia, y sin embargo... sin embargo no podía
volver directamente a donde estaban Thorin y Compañía con las manos vacías.
Así que se quedó, titubeando en las sombras. De los muchos procedimientos de
saqueo de que había oído, hurgonear en los bolsillos de los trolls le pareció el
menos difícil, así que se arrastró hasta un árbol, justo detrás de Guille.
Berto y Tom iban ahora hacia el barril. Guille estaba echando otro trago. Bilbo se
armó de coraje e introdujo la manita en el enorme bolsillo de Guille. Había un
saquito dentro, para Bilbo tan grande como un zurrón. "¡Ja!" pensó,
entusiasmándose con el nuevo trabajo, mientras extraía la mano poco a poco, "¡y
esto es sólo un principio!"
¡Fue un principio! Los sacos de los trolls son engañosos, y este no era una
excepción. —¡Eh!, ¿quién eres tú? —chilló el saco en el momento en que dejaba
el bolsillo, y Guille dio una rápida vuelta y tomó a Bilbo por el cuello antes de que
el hobbit pudiera refugiarse detrás del árbol.
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—¡Maldición, Berto, mira lo que he cazado!
—¿Qué es? —dijeron los otros acercándose.
—¡Que un rayo me parta si lo sé! ¿Tú, qué eres?
—Bilbo Bolsón, un saque... un hobbit —dijo el pobre Bilbo temblando de pies a
cabeza, y preguntándose cómo podría gritar como una lechuza antes que lo
degollasen.
—¿Un saquehobbit? —dijeron los otros un poco alarmados. Los trolls son cortos
de entendimiento, y bastante suspicaces con cualquier cosa que les parezca una
novedad.
—De todos modos, ¿qué tiene que hacer un saquehobbit en mis bolsillos? —dijo
Guille.
—Y ¿podremos cocinarlo? —dijo Tom.
—Se puede intentar —propuso Berto blandiendo un asador.
—No alcanzaría más que para un bocado —dijo Guille, que había cenado bien—,
una vez que le saquemos la piel y los huesos.
—Quizá haya otros como él alrededor y podamos hacer un pastel —dijo Berto—.
Eh, tú, ¿hay otros ladronzuelos por estos bosques, pequeño conejo asqueroso? —
dijo mirando las extremidades peludas del hobbit; y tomándolo por los dedos de
los pies lo levantó y sacudió.
—Sí, muchos —dijo Bilbo antes de darse cuenta de que traicionaba a sus
compañeros—. No, nadie, ni uno —dijo inmediatamente después.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Berto, levantándolo en vilo, esta vez por el
pelo.
—Lo que digo —respondió Bilbo jadeando—. Y por favor, ¡no me cocinen,
amables señores! Yo mismo cocino bien, y soy mejor cocinero que cocinado, si
entienden lo que quiero decir. Les prepararé un hermoso desayuno, un desayuno
perfecto si no me comen en la cena.
—Pobrecito bribón —dijo Guille. Había comido ya hasta hartarse, y también había
bebido mucha cerveza—. Pobrecito bribón. ¡Dejadlo ir!
—No hasta que diga qué quiso decir con muchos y ninguno —replicó Berto—, no
quiero que me rebanen el cuello mientras duermo.
—¡Ponedle los pies al fuego hasta que hable!
—No lo haré —dijo Guille—, al fin y al cabo yo lo he atrapado.
—Eres un gordo estúpido, Guille —dijo Berto—, ya te lo dije antes, por la tarde.
—Y tú, un patán.
—Y yo no lo permitiré, Guille Estrujónez —dijo Berto, y descargó el puño contra el
ojo de Guille,

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La pelea que siguió fue espléndida. Bilbo no perdió del todo el juicio, y cuando
Berto lo dejó caer, gateó apartándose antes que los trolls estuviesen peleando
como perros y llamándose a grandes voces con distintos apelativos, verdaderos y
perfectamente adecuados, Pronto estuvieron enredados en un abrazo feroz, casi
rodando hasta el fuego, dándose puntapiés y aporreándose, mientras Tom los
golpeaba con una rama para que recobraran el juicio, y por supuesto
enfureciéndolos todavía más.
Bilbo hubiera podido escapar en ese mismo instante. Pero las grandes garras de
Berto le habían estrujado los desdichados pies, había perdido el aliento, y la
cabeza le daba vueltas; así que allí se quedó resollando, justo fuera del círculo de
luz.
De pronto, en plena pelea, apareció Balin. Los enanos habían oído ruidos a lo
lejos, y luego de esperar un rato a que Bilbo volviera o que gritara como una
lechuza, empezaron a arrastrarse hacia la luz tratando de no hacer ruido. Tan
pronto como Tom vio aparecer a Balin a la luz, dio un horrible aullido. Ocurre que
los trolls no soportan la vista de un enano (crudo). Berto y Guille dejaron en
seguida de pelear, y —Un saco, rápido, Tom —dijeron.
Antes de que Balin, quien se preguntaba dónde estaba Bilbo en aquella
conmoción, se diera cuenta de lo que ocurría, le habían echado un saco sobre la
cabeza, y lo habían derribado.
—Aún vendrán más, o me equivoco bastante. Muchos y ninguno, eso es —dijo—.
No más saquehobbits, pero muchos enanos. ¡Eso es lo que quería decir!
—Pienso que tienes razón —dijo Berto—, y convendría que saliésemos de la luz.
Y así hicieron. Teniendo en la mano unos sacos que usaban para llevar carneros y
otras presas, esperaron en las sombras. Cuando aparecía algún enano, y miraba
sorprendido el fuego, las jarras desbordadas y el carnero roído, ¡pop!, un saco
maloliente le caía sobre la cabeza, y el enano rodaba por el suelo. Pronto Dwalin
yacía al lado de Balin, y Fíli y Kili juntos, y Dori y Nori y Ori en un montón, y Óin,
Glóin, Bifur, Bofur y Bombur incómodamente apilados cerca del fuego.
—Eso les enseñará —dijo Tom, ya que Bifur y Bombur habían causado muchos
problemas y habían peleado como locos, tal como hacen los enanos cuando se
ven acorralados.
Thorin llegó último, y no lo tomaron desprevenido. Llegó esperando encontrar algo
malo, y no necesitó ver las piernas de sus amigos sobresaliendo de los sacos para
darse cuenta de que las cosas no iban del todo bien. Se quedó fuera, algo aparte,
en las sombras, y dijo: —¿Qué es todo este jaleo? ¿Quién está aporreando a mi
gente?
—Son trolls —respondió Bilbo desde atrás del árbol. Lo habían olvidado por
completo—. Están escondidos entre los arbustos, con sacos.
—Oh, ¿son trolls? —dijo Thorin, y saltó hacia el fuego cuando los trolls se
precipitaban sobre él. Alzó una rama gruesa que ardía en un extremo y Berto la
tuvo en un ojo antes de que pudiera esquivarla. Eso lo puso fuera de combate

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durante un rato. Bilbo hizo todo lo que pudo. Se aferró de algún modo a una pierna
de Tom —era gruesa como el tronco de un árbol joven—, pero lo enviaron dando
vueltas hasta la copa de unos arbustos, mientras Tom pateaba las chispas hacia
la cara de Thorin. La rama golpeó los dientes de Tom, que perdió un incisivo. Esto
lo hizo aullar, os lo aseguro. Pero justo en ese momento. Guille apareció detrás y
le echó a Thorin un saco a la cabeza y se lo bajó hasta los pies. Y así acabó la
lucha. Un bonito escabeche eran todos ellos ahora, primorosamente atados en
sacos, con tres trolls enfadados (dos con quemaduras y golpes que recordar)
sentados cerca, discutiendo si los asarían a fuego lento, si los picarían fino y luego
los cocerían, o bien si se sentarían sobre ellos, haciéndolos papilla; y Bilbo en lo
alto de un arbusto, con la piel y las vestiduras rasgadas, no atreviéndose a intentar
un movimiento, por miedo de que lo oyeran.
Fue entonces cuando volvió Gandalf, pero nadie lo vio. Los trolls acababan de
decidir que meterían a los enanos en el asador y se los comerían más tarde; había
sido idea de Berto, y tras una larga discusión todos estuvieron de acuerdo.
—No es buena idea asarlos ahora, nos llevaría toda la noche —dijo una voz. Berto
creyó que era la voz de Guille.
—No empecemos de nuevo la discusión, Guille —dijo el otro—, o sí que nos
llevaría toda la noche.
—¿Quién está discutiendo? —dijo Guille, creyendo que había sido Berto el que
había hablado.
—¡Tú! —dijo Berto.
—Eres un mentiroso —dijo Guille, y así empezó otra vez la discusión. Por fin
decidieron picarlos y cocerlos, así que trajeron una gran cacerola negra y sacaron
los cuchillos.
—¡No está bien cocerlos! No tenemos agua y hay todo un buen trecho hasta el
pozo —dijo una voz. Berto y Guille creyeron que era la de Tom.
—¡Calla o nunca acabaremos! Y tú mismo traerás él agua si dices una palabra
más.
—¡Cállate tú! —dijo Tom, quién creyó que era la voz de Guille—. ¿Quién discute,
sino tú?
—Eres bobito —dijo Guille.
—¡Bobito tú! —respondió Tom.
Y así comenzó otra vez toda la discusión, y continuó más enconada que nunca,
hasta que por fin decidieron sentarse sobre los sacos uno a uno, aplastarlos y
cocerlos más tarde.
—¿Sobre cuál nos sentaremos primero? —dijo la voz.
—Mejor sentarnos primero sobre el último tipo —dijo Berto cuyo ojo había sido
lastimado por Thorin, creyendo que era Tom el que hablaba.

27

—No hables solo —dijo Tom—, pero si quieres sentarte sobre el último, hazlo.
¿Cuál es?
—El de las medias amarillas —dijo Berto.
—Tonterías, el de las medias grises —dijo una voz que parecía la de Guille.
—Me aseguré de que eran amarillas —dijo Berto.
—Amarillas eran —corroboró Guille.
—Entonces ¿por qué dijiste que eran medias grises?—preguntó Berto.
—Nunca dije eso. Fue Tom.
—Yo no lo dije. Fuiste tú —dijo Tom.
—Apuesto dos contra uno, ¡así que cierra la bocal—dijo Berto,
—¿A quién le estás hablando? —preguntó Guille.
—¡Basta ya! —dijeron Tom y Berto al mismo tiempo—¡ La noche avanza y
amanece temprano. ¡Sigamos!
—¡Qué el amanecer caiga sobre todos y que sea piedra para vosotros! —dijo una
voz que sonó como la de Guille. Pero no lo era. En ese preciso instante, la aurora
apareció sobre la colina y hubo un bullicioso gorjeo en la enramada. Guille ya no
dijo nada más, pues se convirtió en piedra mientras se encorvaba, y Berto y Tom
se quedaron inmóviles como rocas cuando lo miraron. Y allí están hasta nuestros
días, solos, a menos que los pájaros se posen sobre ellos; pues los trolls, como
seguramente sabéis, tienen que estar bajo tierra antes del alba, o vuelven a la
materia montañosa de la que están hechos, y nunca más se mueven. Esto fue lo
que les ocurrió a Berto, Tom y Guille.
—¡Excelente! —dijo Gandalf, mientras aparecía desde atrás de un árbol y
ayudaba a Bilbo a descender de un arbusto espinoso. Entonces Bilbo entendió.
Había sido la voz del brujo la que había tenido a los ogros discutiendo y peleando
por naderías hasta que la luz asomó y acabó con ellos.
Lo siguiente fue desatar los sacos y liberar a los enanos. Estaban casi asfixiados y
muy fastidiados: no les había divertido nada estar allí tendidos, oyendo a los ogros
que hacían planes para asarlos, picarlos y cocerlos. Tuvieron que escuchar más
de dos veces el relato de lo que le había ocurrido a Bilbo antes de quedar
satisfechos.
—¡Tiempo tonto para andar practicando el arte de birlar y desvalijar bolsillos! —
dijo Bombur—, Todo lo que queríamos era comida y lumbre.
—Y eso es justamente lo que no hubierais conseguido de esa gente sin lucha, en
cualquier caso —dijo Gandalf—. De todos modos, ahora estáis perdiendo el
tiempo. ¿No os dais cuenta de que los trolls han de tener alguna cueva o agujero
excavado aquí cerca para esconderse del sol? Tenemos que investigarlo,
Buscaron alrededor y pronto encontraron las marcas de las botas de piedra entre
los árboles. Siguieron las huellas colina arriba hasta que descubrieron una puerta
de piedra, escondida detrás de unos arbustos, y que llevaba a una caverna. Pero
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no pudieron abrirla, ni aun cuando todos empujaron mientras Gandalf probaba
varios encantamientos.
—¿Será esto de alguna utilidad? —preguntó Bilbo cuando ya se estaban
cansando y enfadando—. Lo encontré en el suelo donde los trolls tuvieron la
discusión. —Y extrajo una llave bastante grande, aunque Guille la hubiese
considerado pequeña y secreta. Por fortuna se le había caído del bolsillo antes de
quedar convertido e piedra.
—Pero, ¿por qué no lo dijiste antes? —le gritaron Gandalf arrebató la llave y la
introdujo en la cerradura.
Entonces la puerta se abrió hacia atrás con un solo en pellón, y todos entraron.
Había huesos esparcidos por el suelo, y un olor nauseabundo en el aire, pero
había también una buena cantidad de comida mezclada al descuido en estantes y
sobre el suelo, entre un cúmulo de cosas tiradas en desorden, producto de
muchos botines, desde botones de estaño a ollas colmadas de monedas de oro
apiladas en un rincón. Había también montones de vestidos que colgaban de las
paredes —demasiado pequeños para los trolls; me temo que pertenecían a las
víctimas—, y entre ellos muchas espadas de diversa factura, forma y tamaño. Dos
les llamaron particularmente la atención, por las hermosas vainas y las
empuñaduras enjoyadas. Gandalf y Thorin tomaron una cada uno, y Bilbo un
cuchillo con vaina de cuero Para un troll no hubiera sido más que un pequeño
cortaplumas, pero al hobbit le servía como espada corta.
—Las hojas parecen buenas —dijo el mago desenvainando una a medias y
observándola con curiosidad —No han sido forjadas por ningún troll ni herrero
humano de estos lugares y días, pero cuando podamos lee las runas que hay en
ellas, sabremos más.
—Salgamos de este hedor horrible —dijo Fíli. Y así sacaron las ollas de monedas
y todos los alimentos que parecían limpios y adecuados para comer, así como un
barril de cerveza del país todavía lleno. Sintieron ganas de desayunar, y
hambrientos como estaban no hicieron ascos a lo que habían sacado de las
despensas de los trolls. De las provisiones que habían traído quedaba ya poco,
pero ahora tenían pan, queso, gran cantidad de cerveza y panceta para asar a las
brasas.
Luego se durmieron, pues la noche no había sido tranquila, y no hicieron nada
hasta la tarde. Entonces trajeron los poneys y se llevaron las ollas del oro y las
enterraron con mucho secreto no lejos del sendero que bordea el río, echándoles
numerosos encantamientos, por sí alguna vez tenían oportunidad de regresar y
recobrarlas. En seguida, volvieron a montar, y trotaron otra vez por el camino
hacia el Este.
—¿Dónde has ido, si puedo preguntártelo? —dijo Thorin a Gandalf mientras
cabalgaban.
—A mirar adelante —respondió Gandalf.
—¿Y qué te hizo volver en el momento preciso?

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—Mirar hacia atrás.
—De acuerdo, pero ¿no podrías ser más explícito?
—Me adelanté a explorar el camino. Pronto se hará peligroso y difícil. Deseaba
también acrecentar nuestras pequeñas reservas de alimentos. Sin embargo no
había ido muy lejos cuando me encontré con un par de amigos de Rivendel.
—¿Dónde queda eso? —preguntó Bilbo.
—No interrumpas —dijo Gandalf—. Llegarás allí en pocos días, si tenemos suerte,
y lo sabrás todo. Como estaba diciendo, encontré dos de los hombres de Elrond.
Huían asustados de los trolls. Por ellos supe que tres trolls habían bajado de las
montañas y se habían asentado en el bosque, no lejos del camino. Habían
espantado a coda la gente del distrito y tendían celadas a los extraños. En seguida
tuve el presentimiento de que yo hacía falta. Mirando atrás, vi fuego a lo lejos y me
vine. Así que ya lo sabes ahora. Por favor, ten más cuidado la próxima vez; ¡o no
llegaremos a ninguna parte!
—¡Gracias! —dijo Thorin.
UN BREVE DESCANSO
No cantaron ni contaron historias aquel día, aunque el tiempo mejoró; ni al día
siguiente, ni al otro. Habían empezado a sentir que el peligro estaba bastante
cerca y a ambos lados. Acamparon bajo las estrellas, y los caballos comieron
mejor que ellos mismos, pues la hierba abundaba, pero no quedaba mucho en los
zurrones, aun contando con lo que habían sacado a los trolls. Una mañana
vadearon un río por un lugar ancho y poco profundo, resonante de piedras y
espuma. La orilla opuesta era escarpada y resbaladiza. Cuando llegaron a la
cresta, guiando los poneys, vieron que las grandes montañas descendían ya muy
cerca hacia ellos. Parecían alzarse a sólo un día de cómodo viaje desde la falda
más cercana. Tenían un aspecto tenebroso y lóbrego, aunque había manchas de
sol en las laderas oscuras, y más allá centelleaban las cumbres nevadas.
—¿Es aquella la Montaña? —preguntó Bilbo con voz solemne, mirándola con
asombro. Nunca había visto antes algo que pareciese tan enorme.
—¡Desde luego que no! —dijo Balin—. Esto es sólo el principio de las Montañas
Nubladas, tenemos que cruzarlas de algún modo, por encima o por debajo, antes
de que podamos internarnos en las Tierras Ásperas de más allá. Y aún queda un
largo camino desde el otro lado hasta la Montaña Solitaria de Oriente en la que
Smaug yace tendido sobre el tesoro.
—¡Oh! —dijo Bilbo, y en aquel mismo instante se sintió cansado como nunca
hasta entonces. Añoraba una vez más la silla confortable delante del fuego y la
salita preferida en el agujero—hobbit, y el canto de la marmita. ¡No por última vez!
Gandalf encabezaba ahora la marcha. —No nos salgamos del camino, o ya nada
podrá salvarnos —dijo—, Necesitamos comida, en primer lugar, y descanso con
una seguridad razonable; además es muy importante internarse en las Montanas

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Nubladas por el sendero apropiado, o de lo contrario os perderéis y tendréis que
volver y empezar de— nuevo por el principio (si llegáis a volver).
Le preguntaron hacia dónde estaba conduciéndolos, y él respondió: —Habéis
llegado a los límites mismos de las tierras salvajes, como algunos sabéis sin duda.
Oculto en algún lugar delante de nosotros está el hermoso valle de Rivendel,
donde vive Elrond en la Ultima Morada. Le envié un mensaje por mis amigos y nos
está esperando.
Aquello sonaba agradable y reconfortante pero no habían llegado aún, y no era
tan fácil como parecía encontrar la Ultima Morada al oeste de las Montañas. No
había árboles, valles o colinas que quebrasen el terreno delante de ellos: la vasta
pendiente ascendía poco a poco hasta el pie de la montaña más próxima, una
ancha tierra descolorida de brezo y piedra rota, con manchas de latigazos de
verde de hierbas y verde de musgos que señalaban dónde podía haber agua.
Pasó la mañana, llegó la tarde; pero no había señales de que alguien habitara en
ese yermo silencioso. La inquietud de todos iba en aumento, pues veían ahora
que la casa podía estar oculta casi en cualquier lugar entre ellos y las montañas.
Se encontraban de pronto con valles inesperados, estrechos, de paredes
escarpadas, que se abrían de súbito, y ellos miraban hacia abajo y se
sorprendían, pues había árboles y una corriente de agua en el fondo. Algunos
desfiladeros casi hubieran podido cruzarlos de un salto, pero eran en cambio muy
profundos, y el agua corría por ellos en cascadas. Había gargantas oscuras que
no podían cruzarse sin trepar.
Había ciénagas; algunas eran lugares verdes de aspecto agradable, donde
crecían flores altas y luminosas; pero un poney que caminase por allí llevando una
carga nunca volvería a salir.
Por cierto, era una tierra que se extendía desde el vado a las montañas, de una
vastedad que nunca hubieseis llegado a imaginar. Bilbo estaba asombrado. Unas
piedras blancas, algunas pequeñas y otras medio cubiertas de musgo o brezo,
señalaban el único sendero. En verdad era una tarea muy lenta la de seguir el
rastro, aun guiados por Gandalf, que parecía conocer bastante bien el camino.
La cabeza y la barba de Gandalf se movían de aquí para allá cuando buscaba las
piedras y ellos lo seguían; pero cuando el día empezó a declinar no parecían
haberse acercado mucho al término de la busca. La hora del té había pasado
hacia tiempo y parecía que la de la cena pronto iría por el mismo camino. Había
mariposas nocturnas que revoloteaban alrededor y la luz era ahora muy débil,
pues aún no había salido la luna. El poney de Bilbo comenzó a tropezar en raíces
y piedras. Llegaron tan de repente al borde mismo de un declive abrupto, que el
caballo de Gandalf casi resbaló pendiente abajo.
—¡Aquí está, por fin! —anunció el mago, y los otros se agruparon en torno y
miraron por encima del borde. Vieron un valle allá abajo.
Podían oír el murmullo del agua que se apresuraba en el fondo, sobre un lecho de
piedras; en el aire había un aroma de árboles, y en la vertiente del otro lado
brillaba una luz. Bilbo nunca olvidó cómo rodaron y resbalaron en el crepúsculo,

31

bajando por el sendero empinado y zigzagueante hasta entrar en el valle secreto
de Rivendel. El aire era más cálido a medida que descendían, y el olor de los
pinos amodorraba a Bilbo, quien de vez en cuando cabeceaba y casi se caía, o
daba con la nariz en el pescuezo del poney. Todos parecían cada vez más
animados mientras bajaban.
Las hayas y robles sustituyeron a los pinos, y el crepúsculo era como una
atmósfera de serenidad y bienestar. El último verde casi había desaparecido de la
hierba, cuando llegaron al fin a un claro despejado, no muy por encima de las
riberas del arroyo.
"¡Hummm! ¡Huele como a elfos!" pensó Bilbo, y levantó los ojos hacia las estrellas.
Ardían brillantes y azules. Justo entonces una canción brotó de pronto, como una
risa entre los árboles:
¡Oh! ¿Qué hacéis,
y a dan de vais?
¡Hay que herrar esos poneys!
¡El rio corre!
¡Oh! ¡Tra—la—la—lalle,
aquí abajo en el valle!
¡Oh! ¿Qué buscáis,
y a dónde vais?
¡Los leños humean,
las tartas se doran!
¡Oh! ¡Tral—lel—lel—lelle,
el valle es alegre? ¡Ja! ¡Ja!
¡Oh! ¿Hacía dónde vais
meneando las barbas?
No, no, no sabemos
que trae a Bolsón
y a Balín, y. Dwalin
abajo hacia el valle
en junio, ¡Ja! Ja!

32

¡Oh! ¿Aquí os quedareis,
o en seguida os iréis?
¡Se extravían los poneys!
¡La luz del día muere!
Sería malo irse;
mucho mejor quedarse,
y escuchar y atender
hasta el fin de la noche
nuestro canto. Ja! ¡Ja!
De esta manera reían y cantaban entre los árboles, y vaya desatino, pensaréis
vosotros, supongo. Pero no les importaría nada si se lo dijeseis; se reirían todavía
más. Eran elfos desde luego. Pronto Bilbo empezó a distinguirlos, a medida que
aumentaba la oscuridad. Le gustaban los elfos, aunque rara vez tropezaba con
ellos, pero al mismo tiempo lo asustaban un poco. Los enanos no se llevaban bien
con aquellas criaturas. Aun enanos bastante simpáticos, como Thorin y sus
amigos, pensaban que los elfos eran tontos (un pensamiento muy tonto, por
cierto), o se enfadaban con ellos. Pues algunos elfos les tomaban el pelo y se
reían de los enanos, y sobre todo de sus barbas.
—¡Bueno, bueno! —dijo una voz— ¡Miren qué cosa! ¡Bilbo el hobbit en un poney,
cíelos! ¿No es delicioso?
—¡Maravilla de maravillas!
En seguida se pusieron a corear otra canción, tan ridícula como la que he copiado
entera. Al fin uno, un joven alto, salió de los árboles y se inclinó ante Gandalf y
Thorin.
—¡Bienvenidos al valle! —dijo.
—¡Gracias! —dijo Thorin con alguna brusquedad, pero Gandalf había bajado ya
del caballo y charlaba alegre entre los elfos.
—Te has desviado un poco del camino —dijo el elfo—. Es decir, si quieres ir por el
único sendero que cruza el río hacia la casa de más allá. Nosotros te guiaremos,
pero sería mejor que fueseis a pie hasta pasar al puente. ¿Te quedarás un rato y
cantarás con nosotros, o te marcharás en seguida? Allá se está preparando la
cena —dijo—. Puedo oler el fuego de leña de la cocina.
Cansado como estaba, a Bilbo le hubiese gustado quedarse un rato. El canto de
los elfos no es para perdérselo, en junio bajo las estrellas, si te interesan esas
cosas. También le hubiese gustado tener unas pocas palabras aparte con estas
gentes, que parecían saber cómo se llamaba y todo acerca de él, aunque nunca
los hubiese visto. Pensaba que la opinión de los elfos sobre la aventura podría ser
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interesante. Los elfos saben mucho y es asombroso cómo están enterados de lo
que ocurre entre las gentes de la tierra, pues las noticias corren entre ellos tan
rápidas como el agua de un río, o tal vez más.
Pero los enanos estaban todos de acuerdo en cenar cuanto antes y no quedarse
mucho tiempo. Siguieron adelante, guiando a los poneys, hasta que llegaron a una
buena senda, y así por fin al borde del mismo río. Corría rápido y ruidoso, como un
arroyo de la montaña en un atardecer de verano, cuando el sol ha estado
iluminando todo el día la nieve de las cumbres. Sólo había un puente estrecho de
piedra, sin parapeto, tan estrecho que apenas si cabía un poney, y tuvieron que
cruzarlo despacio y con cuidado, en fila, llevando cada uno un poney por las
riendas. Los elfos habían traído faroles brillantes a la orilla y cantaron una
animada canción mientras el grupo iba pasando.
—¡No mojes tu barba con la espuma, padre! —le gritaron a Thorin, que de tan
encorvado iba casi a gatas—, Ya es bastante larga sin necesidad de que la mojes.
—¡Cuidado con Bilbo, no se vaya a comer todos los bizcochos! —dijeron—.
¡Todavía está demasiado gordo para colarse por el agujero de la cerradura!
—¡Silencio, silencio, Buena Gente! ¡Y buenas noches! —dijo Gandalf, que había
llegado último—. Los valles tienen oídos, y algunos elfos tienen lenguas
demasiado sueltas. ¡Buenas noches!
Y así llegaron por fin a la Ultima Morada y encontraron las puertas abiertas de par
en par.
Ahora bien, parece extraño, pero las cosas que es bueno tener y los días que se
pasan de un modo agradable se cuentan muy pronto y no se les presta demasiada
atención; en cambio, las cosas que son incómodas, estremecedoras, y aun
horribles, pueden hacer un buen relato, y además lleva tiempo contarlas. Se
quedaron muchos días en aquella casa agradable, catorce al menos, y les costó
irse. Bilbo se hubiese quedado allí con gusto para siempre, incluso suponiendo
que un deseo hubiera podido transportarlo sin problemas directa mente de vuelta
al agujero—hobbit. No obstante, algo hay que contar sobre esta estancia,
El dueño de casa era amigo de los elfos, una de esas gentes cuyos padres
aparecen en cuentos extraños, anteriores al principio de la historia misma, las
guerras de los trasgos malvados y los elfos, y los primeros hombres del Norte. En
los días de nuestro relato, había aún algunas gentes que descendían de los elfos y
los héroes del Norte; y Elrond, el dueño de casa, era el jefe de todos ellos.
Era tan noble y de facciones tan hermosas como un señor de los elfos, fuerte
como un guerrero, sabio como un mago, venerable como un rey de los enanos, y
benévolo como el estío. Aparece en muchos relatos, pero la parte que desempeña
en la historia de la aventura de Bilbo es pequeña, aunque importante, como veréis,
si alguna vez llegamos a acabarla. La casa era perfecta tanto para comer o dormir
como para trabajar, o contar historias, o cantar, o simplemente sentarse y pensar
mejor, o una agradable mezcla de todo esto. La perversidad no tenía cabida en
aquel valle.

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Desearía tener tiempo para contaros sólo unas pocas de las historias o una o dos
de las canciones que se oyeron entonces en aquella casa. Todos los viajeros,
incluyendo los poneys, se sintieron refrescados y fortalecidos luego de pasar allí
unos pocos días. Les compusieron los vestidos, tanto como las magulladuras, el
humor, y las esperanzas. Les llenaron las alforjas con comida y provisiones de
poco peso, pero fortificantes, buenas para cruzar los desfiladeros. Les
aconsejaron bien y corrigieron los planes de la expedición. Así llegó el solsticio de
verano y se dispusieron a partir otra vez con los primeros rayos del sol estival.
Elrond lo sabía todo sobre runas de cualquier tipo. Aquel día observó las espadas
que habían tomado en la guarida de los trolls y comentó: —Esto no es obra de los
trolls. Son espadas antiguas, muy antiguas, de los Altos Elfos del Oeste, mis
parientes. Están hechas en Gondolin para las guerras de los trasgos. Tienen que
haber sido parte del tesoro escondido de un dragón, o de un botín de los trasgos,
pues los dragones y los trasgos destruyeron esa ciudad hace muchos siglos. En
esta, Thorin, las runas dicen Orcrist, la Hiende Trasgos en la ancestral lengua de
Gondolin; fue una hoja famosa. Esta, Gandalf, fue Glamdrin, la Martilla Enemigos,
que una vez llevó el rey de Gondolin. ¡Guardadlas bien!
—¿De dónde las habrán sacado los trolls, me pregunto? —murmuró Thorin
mirando su espada con renovado interés.
—No sabría decirlo —dijo Elrond—, pero puede suponerse que vuestros trolls
habrán saqueado otros botines, o habrán descubierto los restos de viejos robos en
alguna cueva de las montañas. He oído que hay quizá todavía tesoros ignotos en
las cavernas desiertas de las minas de Moria, desde la guerra de los enanos y los
trasgos.
Thorin meditó estas palabras. —Llevaré esta espada con honor —dijo—. ¡Ojalá
pronto hienda trasgos otra vez!
—¡Un deseo que quizá se cumpla muy pronto en los montes! —dijo Elrond—.
¡Pero mostradme ahora vuestro mapa!
Lo tomó y lo miró largo rato, y meneó la cabeza; pues si no aprobaba del todo a
los enanos y el amor que le tenían al oro, odiaba a los dragones y la cruel
perversidad de estas bestias, y se afligió al recordar la ruina de la ciudad de Valle
y aquellas campanas alegres, y las riberas incendiadas del centelleante Río
Rápido. La luna resplandecía en un amplio cuarto creciente de plata. Elrond alzó
el mapa y la luz blanca lo atravesó. —¿Qué es esto? —dijo—. Hay letras lunares
aquí junto a las runas y que dicen "cinco pies de altura y tres pasan con holgura".
—¿Qué son las letras lunares? —preguntó el hobbit muy excitado. Le encantaban
los mapas, como ya os he dicho antes; y también le gustaban las runas, y las
letras, y las escrituras ingeniosas, aunque él escribía con letras delgadas y como
patas de araña.
—Las letras lunares son letras rúnicas, pero que no se pueden ver —dijo Elrond—,
no al menos directamente. Sólo se las ve cuando la luna brilla por detrás, y en los
ejemplos más ingeniosos la fase de la luna y la estación tienen que ser las mismas
que en el día en que fueron escritas. Los enanos las inventaron y las escribían con

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plumas de plata, como tus amigos te pueden contar. Estas tienen que haber sido
escritas en una noche del solsticio de verano con luna creciente, hace ya largo
tiempo.
—¿Qué es lo que dicen? —preguntaron Gandalf y Thorin a la vez, un poco
fastidiados quizá de que Elrond las hubiese descubierto primero, aunque es cierto
que hasta entonces no habían tenido la oportunidad, y no volverían a tenerla quién
sabe por cuánto tiempo.
—Estad cerca de la piedra gris cuando llame el zorzal —leyó Elrond— y el sol
poniente brillará sobre el ojo de la cerradura con las últimas luces del Día de
Durin.
—¡Durin, Durin! —exclamó Thorin.—. Era el padre de los padres de la más antigua
raza de Enanos, los Barbiluengos, y mi primer antepasado: yo soy el heredero de
Durin.
—Pero ¿cuándo es el Día de Durin? —preguntó Elrond.
—El primer día del Año Nuevo de los enanos —dijo Thorin—. Como todos sabéis
sin duda, el primer día de la última luna otoñal, en los umbrales del invierno.
Todavía llamamos Día de Durin a aquel en que el sol y la última luna de otoño
están juntos en el cielo. Pero me temo que esto no ayudará, pues nadie sabe hoy
cuándo este tiempo se presentará otra vez.
—Eso está por verse —dijo Gandalf— ¿Hay algo más escrito?
—Nada que se revele con esta luna —dijo Elrond, y le devolvió el mapa a Thorin; y
luego bajaron al agua para ver a los elfos que bailaban y cantaban en la noche del
solsticio.
La mañana siguiente, la mañana del solsticio, fue tan hermosa y fresca como
hubiera podido soñarse: un cielo azul sin nubes, y el sol que brillaba en el agua.
Partieron entonces entre cantos de despedida y buen viaje, con los corazones
dispuestos a nuevas aventuras, y sabiendo por dónde tenían que ir para cruzar las
Montañas Nubladas hacia la tierra de más allá.

SOBRE LA COLINA Y BAJO LA COLINA
Había muchas sendas que subían internándose en aquellas montañas, y sobre
ellas muchos desfiladeros. Pero la mayoría de estas sendas eran engañosas y
decepcionantes, o no llevaban a ningún lado, o acababan mal; y la mayoría de
estos desfiladeros estaba infestada de criaturas malvadas y de peligros
horrorosos. Los enanos y el hobbit, ayudados por el sabio consejo de Elrond y los
conocimientos y la memoria de Gandalf, tomaron el camino que llegaba al
desfiladero apropiado.
Muchos días después de haber remontado el valle y de dejar millas atrás la Ultima
Morada, todavía seguían subiendo y subiendo. Era una senda escabrosa y
peligrosa, un camino tortuoso, desierto y largo. Al fin pudieron volverse a mirar las

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tierras que habían dejado, allá abajo en la distancia. Lejos, muy lejos en el
poniente, donde las cosas eran azules y tenues, Bilbo sabía que estaba su propio
país, con casas seguras y cómodas, y el pequeño agujero—hobbit. Se estremeció.
Empezaba a sentirse un frío cortante allí arriba, y el viento silbaba entre las rocas.
También, a veces, unos cantos rodados bajaban a saltos por las laderas de la
montaña —los había soltado el sol de mediodía sobre la nieve— y pasaban entre
ellos (lo que era afortunado) o sobre sus cabezas (lo que era alarmante). Las
noches se sucedían incómodas y muy frías, y no se atrevían a cantar ni a hablar
demasiado alto, pues los ecos eran extraños y parecía que al silencio le molestaba
que lo quebrasen, excepto con el ruido del agua, el quejido del viento y el crujido
de la piedra.
"El verano está llegando allá abajo" pensó Bilbo. "Y ya empiezan la siega del heno
y las meriendas. A este paso estarán recolectando y recogiendo moras aun antes
de que empecemos a bajar del otro lado." Y los de más tenían también
pensamientos lúgubres de este tipo, aunque cuando se habían despedido de
Elrond alentados por la mañana de verano, habían hablado alegremente del cruce
de las montanas y de cabalgar al galope por las tierras que se extendían más allá.
Habían pensado llegar a la puerta secreta de la Montana Solitaria tal vez en esa
misma primera luna de otoño. —Y quizá sea el Día de Durin —habían dicho. Sólo
Gandalf había meneado en silencio la cabeza. Ningún enano había atravesado
ese paso desde hacía muchos años, pero Gandalf sí, y conocía el mal y el peligro
que habían crecido y aumentado en las tierras salvajes desde que los dragones
habían expulsado de allí a los hombres, y desde que los trasgos habían ocupado
la región en secreto después de la batalla de las Minas de Moria. Aun los buenos
planes de magos sabios como Gandalf, y dé buenos amigos como Elrond, se
olvidan a veces, cuando uno está lejos en peligrosas aventuras al borde del
Yermo; y Gandalf era un mago bastante sabio como para tenerlo en cuenta.
Sabía que algo inesperado podía ocurrir, y apenas se atrevía a desear que no
tuvieran alguna aventura horrible en aquellas grandes y altas montañas de picos y
valles solitarios, donde no gobernaba ningún rey. Nada ocurrió. Todo marchó bien,
hasta que un día se encontraron con una tormenta dé truenos; más que una
tormenta era una batalla de truenos. Sabéis que terrible puede llegar a ser una
verdadera tormenta de truenos allá abajo en el valle del río; sobre todo cuando
dos grandes tormentas se encuentran y se baten. Más terribles todavía son los
truenos y los relámpagos en las montañas por la noche, cuando las tormentas
vienen del este y del oeste y luchan entre ellas. El relámpago se hace trizas sobre
los picos, y las rocas tiemblan, y unos enormes estruendos parten el aire, y entran
rodando a los tumbos en todas las cuevas y agujeros y un ruido abrumador y una
claridad súbita invaden la oscuridad.
Bilbo nunca había visto o imaginado nada semejante. Estaban muy arriba en un
lugar estrecho, y a un lado un precipicio espantoso caía sobre un valle sombrío.
Allí pasaron la noche, al abrigo de una roca; Bilbo tendido bajo una manta y
temblando de pies a cabeza. Cuando miró fuera, vio a la luz de los relámpagos los
gigantes de piedra abajo en el valle; habían salido y ahora jugaban tirándose
piedras unos a otros; las re—cogían y las arrojaban en la oscuridad, y allá abajo

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se rompían o desmenuzaban entre los árboles. Luego llegaron el viento y la lluvia,
y el viento azotaba la lluvia y el granizo en todas direcciones, por lo que el refugio
de la roca no los protegía mucho. Al rato estaban empapados hasta los huesos y
los poneys se encogían, bajaban la cabeza, y metían la cola entre las patas, y
algunos re linchaban de miedo. Las risotadas y los gritos de los gigantes podían
oírse por encima de todas las laderas.
—¡Esto no irá bien! —dijo Thorin—, Si no salimos despedidos, o nos ahogamos, o
nos alcanza un rayo, nos atrapará alguno de esos gigantes y de una patada nos
mandará al cielo como una pelota de fútbol.
—Bien, si sabes de un sitio mejor, ¡llévanos allí! —dijo Gandalf, quien se sentía
muy malhumorado, y no estaba nada contento con los gigantes.
El final de la discusión fue enviar a Fíli y Kili en busca de un refugio mejor. Tenían
ojos muy penetrantes, y siendo los enanos más jóvenes (unos cincuenta años
menos que los otros), se ocupaban por lo común de este tipo de tareas (cuando
todos comprendían que sería inútil enviar a Bilbo). No hay nada como mirar, si
queréis encontrar algo (al menos eso decía Thorin a los enanos jóvenes).
Cierto que casi siempre, se encuentra algo, si se mira, pero no siempre es lo que
uno busca. Así ocurrió en esta ocasión.
Fíli y Kili pronto estuvieron de vuelta, arrastrándose, doblados por el viento,
aferrándose a las rocas. —Hemos encontrado una cueva seca —dijeron—,
doblando el próximo recodo no muy lejos de aquí; y caben poneys y todo.
—¿La habéis explorado afondo? —dijo el mago, que sabía que las cuevas de las
montanas raras veces están sin ocupar.
—¡Sí, sí! —dijeron Fíli y Kili, aunque todos sabían qué no podían haber estado allí
mucho tiempo; habían regresado casi en seguida—. No es demasiado grande y
tampoco muy profunda.
Naturalmente, esto es lo peligroso de las cuevas; a veces uno no sabe lo
profundas que son, o a dónde puede llevar un pasadizo, o lo que te espera dentro.
Pero en aquel momento las noticias de Fíli y Kili parecieron bastante buenas. Así
que todos se levantaron y se prepararon para trasladarse. El viento aullaba y el
trueno retumbaba aún, y era difícil moverse con los poneys. De todos modos, la
cueva no estaba muy lejos. Al poco tiempo llegaron a una gran roca que
sobresalía en la senda. Detrás, en la ladera de la montaña, se abría un arco bajo.
Había espacio suficiente para que pasaran los poneys apretujados, una vez que
les quitaran las sillas. Debajo del arco era agradable oír el viento y la lluvia fuera y
no cayendo sobre ellos, y sentirse a salvo de los gigantes y sus rocas. Pero el
mago no quería correr riesgos. Encendió su vara —como aquel día en el comedor
de Bilbo que ahora parecía tan lejano, si lo recordáis— y con la luz exploraron la
cueva de extremo a extremo.
Parecía de buen tamaño, pero no era demasiado grande ni misteriosa. Tenía el
suelo seco y algunos rincones cómodos. En uno de ellos había lugar para los
poneys, y allí permanecieron las bestias muy contentas del cambio, humeando y

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mascando en los morrales. Óin y Glóin querían encender una hoguera en la
entrada para secarse la ropa, pero Gandalf no quiso ni oírlo. Así que tendieron las
cosas húmedas en el suelo y sacaron otras secas; luego ahuecaron las mantas,
sacaron las pipas e hicieron anillos de humo que Gandalf volvía de diferentes
colores y hacía bailar en el techo para entretenerlos. Charlaron y charlaron, y
olvidaron la tormenta, y discutieron lo que cada uno haría con su parte del tesoro
(cuando lo tuviesen, lo que de momento no parecía tan imposible); y así fueron
quedándose dormidos uno tras otro. Y ésa fue la última vez que usaron los
poneys, los paquetes, equipajes, herramientas y todo lo que habían traído con
ellos.
No obstante, fue una suerte esa noche que hubiesen traído al pequeño Bilbo.
Porque, por alguna razón, Bilbo no pudo dormirse hasta muy tarde; y luego tuvo
unos sueños horribles. Soñó que una grieta en la pared del fondo de la cueva se
agrandaba y se agrandaba, abriéndose más y más; y él estaba muy asustado pero
no podía gritar, ni hacer otra cosa que seguir acostado, mirando. Después soñó
que el suelo de la cueva cedía, y que se deslizaba, y que él empezaba a caer, a
caer, quién sabe a dónde.
En ese momento despertó con un horrible sobresalto y se encontró con que parte
del sueño era verdad. Una grieta se había abierto al fondo de la cueva y era ya un
pasadizo ancho. Apenas si tuvo tiempo de ver la última de las colas de los poneys,
que desaparecía en la sombra. Por supuesto, lanzó un chillido estridente, tanto
como puede llegar a serlo un chillido de hobbit, bastante asombroso si tenemos en
cuenta el tamaño de estas criaturas.
Afuera saltaron los trasgos, trasgos grandes, trasgos enormes de cara fea,
montones de trasgos, antes que nadie pudiera decir "peñas y breñas". Había por
lo menos seis para cada enano, y dos más para Bilbo; y los apresaron a todos y
los llevaron por la hendedura, antes que nadie pudiera decir "madera y hoguera".
Pero no a Gandalf. Eso fue lo bueno del grito de Bilbo. Lo había despertado por
completo en una décima de segundo y cuando los trasgos iban a ponerle las
manos encima, hubo un destello terrorífico como un relámpago en la cueva, un
olor como de pólvora, y varios cayeron muertos.
La grieta se cerró de golpe ¡y Bilbo y los enanos estaban en el lado equivocado!
¿Dónde se encontraba Gandalf? De eso ni ellos ni los trasgos tenían la menor
idea, y los trasgos no esperaron a averiguarlo. Tomaron a Bilbo y a los enanos, y
los hicieron andar a toda prisa. El sitio era profundo, profundo y oscuro, tanto que
sólo los trasgos que habían tenido la ocurrencia de vivir en el corazón de las
montañas podían distinguir algo. Los pasadizos se cruzaban y confundían en
todas direcciones, pero los trasgos conocían el camino tan bien como vosotros el
de la oficina de correos más próxima; y el camino descendía y descendía y la
atmósfera era cada vez más enrarecida y horrorosa. Los trasgos eran muy brutos,
pellizcaban sin compasión, y reían entre dientes o a carcajadas, con voces
horribles y pétreas; y Bilbo se sentía más desgraciado aún que cuando el troll lo
había levantado tirándole de los dedos de los pies. Una y otra vez se encontraba
añorando el agradable y reluciente agujero hobbit. No sería ésta la ultima ocasión.

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De pronto apareció ante ellos el resplandor de una luz roja. Los trasgos
empezaron a cantar, a croar, golpeteando los pies planos sobre la piedra, y
sacudiendo también a los prisioneros.
¡Azota! ¡Voltea! ¡La negra abertura!
¡Atrapa, arrebata! ¡Pellizca, apañusca!
¡Bajando, bajando, al pueblo de trasgos,
vas tú, muchacho!
¡Embute, golpea! ¡Estruja, revienta!
Martillo y tenaza! ¡Batintín y maza!
¡Machaca, machaca, a los subterráneos!
¡jo, jo, muchacho!
¡Lacera, apachurra! ¡Chasquea los látigos!
¡Aúlla y solloza! ¡Sacude, aporrea!
¡Trabaja, trabaja! ¡A huir no te atrevas,
mientras los trasgos beben y carcajean!
¡Rondando, rodando, por el subterráneo!
¡Abajo, muchacho!
El canto era realmente terrorífico, las paredes resonaban con el ¡azota, volea! y
con el ¡estruja, revienta! y con la inquietante carcajada de los ¡jo, jo, muchacho! El
significado de la canción era demasiado evidente; pues ahora los trasgos sacaron
los látigos y los azotaron con gritos de ¡lacera, apachurra!, haciéndolos correr
delante tan rápido como les era posible; y más de uno de los enanos estaba ya
desgañitándose con aullidos incomparables, cuando entraron todos a los
trompicones en una enorme caverna.
Estaba iluminada por una gran hoguera roja en el centro y por antorchas a lo largo
de las paredes, y había allí muchos trasgos. Todos se reían, pateaban y batían
palmas, cuando los enanos (con el pobrecito Bilbo detrás y más al alcance de los
látigos) llegaron corriendo, mientras los trasgos que los arreaban daban gritos y
chasqueaban los látigos detrás. Los poneys estaban ya agrupados en un rincón; y
allí tirados estaban todos los sacos y paquetes, rotos y abiertos, revueltos por
trasgos, y olidos por trasgos, y manoseados por trasgos, y disputados por trasgos.
Me temo que fue lo ultimo que vieron de aquellos excelentes poneys, incluyendo
un magnífico ejemplar blanco, pequeño y vigoroso, que Elrond había prestado a

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Gandalf, ya que el caballo no era apropiado para los senderos de la montaña.
Porque los trasgos comen caballos y poneys y burros (y otras cosas mucho más
espantosas), y siempre tienen hambre. Sin embargo, los prisioneros sólo
pensaban ahora en sí mismos. Los trasgos les encadenaron las manos a la
espalda y los unieron a todos en línea, y los arrastraron hasta él rincón más lejano
de la caverna con el pequeño Bilbo remolcado al extremo de la hilera.
Allá, entre las sombras, sobre una gran piedra lisa, estaba sentado un trasgo
terrible de cabeza enorme, y unos trasgos armados permanecían de pie alrededor
blandiendo las hachas y las espadas curvas que ellos usan. Ahora bien, los
trasgos son crueles, malvados y de mal corazón. No hacen nada bonito, pero sí
muchas cosas ingeniosas. Pueden excavar túneles y minas tan bien como
cualquier enano no demasiado diestro, cuando se toman la molestia, aunque
comúnmente son desaseados y sucios. Martillos, hachas, espadas, puñales, picos
y pinzas, y también instrumentos de tortura, los hacen muy bien, o consiguen que
otra gente los haga, prisioneros o esclavos obligados a trabajar hasta que mueren
por falta de aire y luz. Es probable que ellos hayan inventado algunas de las
máquinas que desde entonces preocupan al mundo, en especial ingeniosos
aparatos que matan enormes cantidades de gente de una vez, pues las ruedas y
los motores y las explosiones siempre les encantaron, como también no trabajar
con sus propias manos más de lo indispensable; pero en aquellos días, y en
aquellos parajes agrestes, no habían ido (como se dice) todavía tan lejos. No
odiaban especialmente a los enanos, no más de lo que odiaban a todos y todo, y
particularmente lo metódico y próspero; en ciertos lugares unos enanos malvados
han llegado a pactar con ellos. Pero tenían particular aversión por la gente de
Thorin a causa de la guerra que habéis oído mencionar, pero que no viene a
cuento en esta historia; y de todos modos a los trasgos no les preocupa a quién
capturan, en tanto puedan dar el golpe en secreto y de un modo ingenioso, y los
prisioneros no sean capaces de defenderse.
—¿Quiénes son esas miserables personas? —dijo el Gran Trasgo.
—¡Enanos, y esto! —dijo uno de los captores, tirando de la cadena de Bilbo de tal
modo que el hobbit cayó delante de rodillas—. Los encontramos refugiados en
nuestro Porche Principal,
—¿Qué pretendíais? —dijo el Gran Trasgo volviéndose hacia Thorin—. ¡Nada
bueno, podría asegurarlo! ¡Espiar los asuntos privados de mis gentes, supongo!
¡Ladrones, no me sorprendería saber que lo sois! ¡Asesinos y amigos de los elfos,
sin duda alguna! ¡Ven! ¿Qué tienes que decir?
—¡Thorin el enano a vuestro servicio! —replicó Thorin: una mera nadería cortés—
De las cosas que sospechas e imaginas no tenemos la menor idea. Nos
resguardamos de una tormenta en lo que parecía una cueva cómoda y no usada;
nada más lejos de nuestro pensamiento que molestar de algún modo a los
trasgos. —¡Esto era bastante cierto!
—¡Hum! —gruñó el Gran Trasgo—. ¡Eso es lo que dices! ¿Podría preguntarte qué
hacíais allá arriba en las montañas, y de dónde venís y adonde vais? En realidad
me gustaría saber todo sobre vosotros. No digo que pueda serviros de algo,

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Thorin Escudo de Roble, ya sé demasiado de tu gente; pero conozcamos de una
vez la verdad. ¡De lo contrario prepararé para vosotros algo particularmente
incómodo!
—Íbamos de viaje a visitar a nuestros parientes, nuestros sobrinos y sobrinas, y
primeros, segundos y terceros primos, y otros descendientes de nuestros abuelos,
que viven del lado oriental de estas realmente hospitalarias montañas —respondió
Thorin, no sabiendo muy bien qué decir así de repente, pues era obvio que la
verdad exacta no vendría a cuento.
—¡Es un mentiroso, oh tú en verdad el Terrible!
—dijo uno de los captores—. Varios de los nuestros fueron fulminados por un rayo
en la cueva cuando invitamos a estas criaturas a que bajaran, y están tan muertos
como piedras. ¡Tampoco nos ha explicado esto!
—Sostuvo en alto la espada que Thorin había llevado, la espada que procedía del
cubil de los trolls.
El Gran Trasgo dio un aullido de rabia realmente horrible cuando vio la espada, y
todos los soldados crujieron los dientes, batieron los escudos, y patearon.
Reconocieron la espada al momento. En otro tiempo había dado muerte a cientos
de trasgos, cuando tos elfos rubios de Gondolin los cazaron en las colinas o
combatieron al pie de las murallas. La habían denominado Orcrist, Hiende
Trasgos, pero los trasgos la llamaban simplemente Mordedora. La odiaban, y
odiaban todavía más a cualquiera que la llevase.
—¡Asesinos y amigos de los elfos! —gritó el Gran Trasgo—. ¡Acuchilladlos!
¡Golpeadlos! ¡Mordedlos! ¡Que les rechinen los dientes! ¡Llevadlos a agujeros
oscuros repletos de víboras y que nunca vuelvan a ver la luz!
—Tenía tanta rabia que saltó del asiento y se lanzó con la boca abierta hacia
Thorin.
Justo en ese momento todas las luces de la caverna se apagaron, y la gran
hoguera se convirtió, ¡puf!, en una torre de resplandeciente humo azul que subía
hasta el techo, esparciendo penetrantes chispas blancas entre todos los trasgos.
Los gritos y lamentos, gruñidos, farfulleos y chapurreos, aullidos, alaridos y
maldiciones, chillidos y graznidos que siguieron entonces, eran indescriptibles.
Varios cientos de gatos salvajes y lobos asados vivos, todos juntos y despacio, no
hubieran hecho tanto alboroto. Las chispas ardían abriendo agujeros en los
trasgos, y el humo que ahora caía del techo oscurecía tanto el aire, que ni siquiera
ellos mismos podían ver. Pronto empezaron a caer unos sobre otros y a rodar en
montones por el suelo, mordiendo, pateando y peleando, como si todos se
hubieran vuelto locos.
De repente una espada destelló con luz propia. Bilbo vio que atravesaba de lado a
lado al Gran Trasgo, mudo de asombro y furioso a la vez. Cayó muerto, y los
soldados trasgos, huyendo y gritando delante de la espada, desaparecieron en la
oscuridad.
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La espada volvió a la vaina. —¡Seguidme a prisa! —dijo una voz fiera y queda. Y
antes que Bilbo comprendiese lo que había ocurrido, estaba ya trotando de nuevo,
tan rápido como podía, al final de la columna, bajando por más pasadizos oscuros
mientras los alaridos del salón de los trasgos quedaban atrás, cada vez más
débiles. Una luz pálida los guiaba.
—¡Más rápido, más rápido! —decía la voz—. Pronto volverán a encender las
antorchas.
—¡Espera un momento! —dijo Dori, que estaba detrás, al lado de Bilbo, y era un
excelente compañero. Como mejor pudo, con las manos atadas, consiguió que el
hobbit se le subiera a los hombros, y luego echaron todos a correr, con un tintineo
de cadenas y más de un tropezón, ya que no tenían manos para sostenerse. No
se detuvieron por un largo rato, cuando ya estaban sin duda en el corazón mismo
de la montaña.
Entonces Gandalf encendió la vara. Por supuesto, era Gandalf; pero en ese
momento todos estaban demasiado ocupados para preguntar cómo había llegado
allí. Volvió a sacar la espada, y una vez más la hoja destelló en la oscuridad; ardía
con una furia centelleante si había trasgos alrededor, y ahora brillaba como una
llama azul por el deleite de haber matado al gran señor de la cueva. No le costó
nada cortar las cadenas de los trasgos y liberar lo más rápido posible a todos los
prisioneros. El nombre de esta espada, recordaréis, era Glamdrin, Martilla
Enemigos. Los trasgos la llamaban simplemente Demoledora, y la odiaban, si eso
es posible, todavía más que a Mordedora. También Orcrist había sido salvada,
pues Gandalf se la había arrebatado a uno de los guardias aterrorizados. Gandalf
pensaba en todo; y aunque no podía hacer cualquier cosa, ayudaba siempre a los
amigos en aprietos,
—¿Estamos todos aquí? —dijo, entregando la espada a Thorin con una
reverencia—. Veamos: uno, Thorin; dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho,
nueve, diez, once. ¿Dónde están Fíli y Kili? ¡Aquí! Doce, trece... y he ahí al señor
Bolsón: ¡catorce! ¡Bien, bien! Podría ser peor, y sin embargo podría ser mucho
mejor. Sin poneys, y sin comida, y sin saber muy bien dónde estamos, ¡y unas
hordas de trasgos furiosos justo detrás! ¡Sigamos adelante!
Siguieron adelante. Gandalf estaba en lo cierto: se oyeron ruidos de trasgos y
unos gritos horribles allá detrás a lo lejos, en los pasadizos que habían
atravesado, Se apresuraron entonces todavía más, y como el pobre Bilbo no podía
seguirles el paso —pues los enanos son capaces de correr más deprisa, os lo
aseguro, cuando tienen que hacerlo— se turnaron llevándolo a hombros.
Sin embargo los trasgos corren más que los enanos, y estos trasgos conocían
mejor el camino (ellos mismos habían abierto los túneles), y estaban locos de
furia; así que hiciesen lo que hiciesen, los enanos oían los gritos y aullidos que se
acercaban cada vez más. Muy pronta alcanzaron a oír el ruido de los pies de los
trasgos, muchos, muchos pies que parecían estar a la vuelta del ultimo recodo. El
destello de las antorchas rojas podía verse detrás de ellos en el túnel; y ya
empezaban a sentirse muertos de cansancio.
43

—¡Por qué, oh por qué habré dejado mi agujero—hobbit! —decía el pobre señor
Bolsón, mientras se sacudía hacia arriba y abajo sobre el pobre señor Bolsón,
mientras se sacudía hacia arriba y abajo sobre la espalda de Bombur.
—¡Por qué, oh por qué habré traído a este pobrecito hobbit, a buscar el tesoro! —
decía el desdichado Bombur que era gordo, y se bamboleaba mientras el sudor le
caía en gotas de la nariz a causa del calor y el terror,
En aquel momento Gandalf se retrasó, y Thorin con él. Doblaron un recodo
cerrado. —¡Están a la vuelta! —gritó el mago—. ¡Desenvaina tu espada, Thorin!
No había mas que hacer, y a los trasgos no les gustó. Venían corriendo a toda
prisa y dando gritos, y al llegar al recodo tropezaron atónitos con la Hiende
Trasgos y la Martilla Enemigos que brillaban frías y luminosas. Los que iban
delante arrojaron las antorchas y dieron un alarido antes de morir. Los de atrás
aullaban siguiéndolos. —¡Mordedora y Demoledora! —chillaron; y pronto todos
estuvieron envueltos en una completa confusión, y la mayoría se apresuró a
regresar por donde había venido.
Pasó bastante tiempo antes que cualquiera de ellos se atreviese a doblar aquel
recodo. Mientras, los enanos se habían puesto otra vez en marcha, siguiendo un
largo camino que los llevaba a los túneles oscuros del país de los trasgos. Cuando
los trasgos se dieron cuenta, apagaron las antorchas y se deslizaron pisando con
cuidado, y eligieron a los corredores más veloces, aquellos que tenían oídos como
comadrejas en la oscuridad, y eran casi tan silenciosos como murciélagos.
Así ocurrió que ni Bilbo, ni los enanos, ni siquiera Gandalf, los oyeron llegar, ni
tampoco los vieron. Pero los trasgos los vieron a ellos, pues la vara de Gandalf
emitía una luz débil que ayudaba a los enanos a encontrar el camino.
De repente Dori, que ahora otra vez corría a la cola llevando a Bilbo, fue aferrado
por detrás en la oscuridad. Gritó y cayó; y el hobbit rodó de los hombros de Dori a
la negrura, se golpeó la cabeza contra una piedra, y no recordó nada más.
ACERTIJOS EN LAS TINIEBLAS
Cuando Bilbo abrió los ojos, se preguntó si en verdad los habría abierto; pues todo
estaba tan oscuro como si los tuviese cerrados. No había nadie cerca, de él.
¡Imaginaos qué terror! No podía ver nada, ni oír nada, ni sentir nada, excepto la
piedra del suelo.
Se incorporó muy lentamente y anduvo a tientas hasta tropezar con la pared del
túnel; pero ni hacia arriba ni hacia abajo pudo encontrar nada, nada en absoluto, ni
rastro de trasgos o enanos. La cabeza le daba vueltas y ni siquiera podía decir en
qué dirección habrían ido los otros cuando cayó de bruces. Trató de orientarse de
algún modo, y se arrastró largo trecho hasta que de pronto tocó con la mano algo
que parecía un anillo pequeño, trío y metálico, en el suelo del túnel. Este iba a ser
un momento decisivo en la carrera de Bilbo, pero él no lo sabía. Casi sin darse
cuenta se metió la sortija en el bolsillo. Por cierto, no parecía tener ninguna utilidad
por ahora. No avanzó mucho más; se sentó en el suelo helado, abandonándose a

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un completo abatimiento. Se imaginaba friendo huevos y panceta en la cocina de
su propia casa —pues alcanzaba a sentir, dentro de él, que era la hora de alguna
comida—, pero esto solo lo hacía más miserable.
No sabía a dónde ir, ni qué había ocurrido, ni por qué lo habían dejado atrás, o por
qué, si lo habían dejado atrás, los trasgos no lo habían capturado; no sabía ni
siquiera por qué tenia la cabeza tan dolorida. La verdad es que había estado
mucho tiempo tendido y quieto, invisible y olvidado en un rincón muy oscuro.
Al cabo de un rato se palpó las ropas buscando la pipa. No estaba rota, y eso era
algo. Buscó luego la petaca, y había algún tabaco, lo que ya era algo más, y luego
buscó las cerillas y no encontró ninguna, y esto lo desanimó por completo. Sólo el
cielo sabe qué cosa hubiera podido caer sobre él atraída por el roce de las cerillas
y el olor del tabaco. Pero por ahora se sentía muy abatido. No obstante,
rebuscando en los bolsillos y palpándose de arriba a abajo en busca de cerillas,
topó con la empuñadura de la pequeña espada, la daga que había obtenido de los
trolls y que casi había olvidado; por fortuna, tampoco los trasgos la habían
descubierto, pues la llevaba dentro de los calzones.
Entonces la desenvainó. La espada brilló pálida y débil ante los ojos de Bilbo. "Así
que es una hoja de los elfos, también" pensó, "y los trasgos no están muy cerca,
aunque tampoco bastante lejos."
Pero de alguna manera se sintió reconfortado. Era bastante bueno llevar una hoja
forjada en Gondolin para las guerras de los trasgos de las que había cantado
tantas canciones; y también había notado que esas armas causaban gran
impresión entre los trasgos que tropezaban con ellas de improviso.
"¿Volver?" pensó. "No sirve de nada. ¿ir por algún camino lateral? ¡Imposible! ¿Ir
hacia adelante? ¡No hay alternativa! ¡Adelante pues!" Y se incorporó y trotó
llevando la espada alzada frente a él, una mano en la pared y el corazón
palpitando.
Era evidente que Bilbo se encontraba en lo que puede llamarse un sitio estrecho.
Pero recordad que no era tan estrecho para él como lo habría sido para vosotros o
para mí. Los hobbits no se parecen mucho a la gente ordinaria, y aunque sus
agujeros son unas viviendas muy agradables y acogedoras, adecuadamente
ventiladas, muy distintas de los túneles de los trasgos, están más acostumbrados
que nosotros a andar por galerías, y no pierden fácilmente el sentido de la
orientación bajo tierra, no cuando ya se han recobrado de un golpe en el cráneo.
También pueden moverse muy en silencio y esconderse con rapidez; se
recuperan de un modo maravilloso de caídas y magulladuras, y tienen un fondo de
prudencia y unos dichos juiciosos que la mayoría de los hombres no ha oído
nunca o ha olvidado hace tiempo,
De cualquier modo no me hubiera sentido a gusto en el sitio donde estaba el señor
Bilbo. La galería parecía no tener fin. Todo lo que él sabía era que seguía bajando,
siempre en la misma dirección, a pesar de un recodo y una o dos vueltas. Había
pasadizos que partían de los lados aquí y allá, como podía saber por el brillo de la
espada, o podía sentir con la mano en la pared. No les prestó atención, pero
apresuraba el paso por temor a los trasgos o a cosas oscuras imaginadas a
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medias que asomaban en las bocas de los pasadizos. Adelante y adelante siguió,
bajando y bajando; y toda vía no se oía nada, excepto el zumbido ocasional de un
murciélago que se le acercaba, asustándolo en un principio, pero que luego se
repitió tanto que él dejó de preocuparse. No sé cuánto tiempo continuó así,
odiando seguir adelante, no atreviéndose a parar, adelante y adelante, hasta que
estuvo mas cansado que cansado. Parecía que el camino continuaría así al día
siguiente y más allá, perdiéndose en los días que vendrían después.
De pronto, sin ningún aviso, se encontró trotando en un agua fría como hielo. ¡Uf!
Esto lo reanimó, rápida y bruscamente. No sabía si el agua era sólo un estanque
en medio del camino, la orilla de un arroyo que cruzaba el túnel bajo tierra, o el
borde del lago subterráneo, oscuro y profundo. La espada apenas brillaba. Se
detuvo, y escuchando con atención alcanzó a oír unas gotas que caían desde un
techo invisible en el agua de abajo; pero no parecía haber ningún otro tipo de
ruido.
"De modo que es un lago o un pozo, y no un río subterráneo" pensó. Aun así no
se atrevió a meterse en el agua a oscuras. No sabía nadar, y además pensaba en
las criaturas barrosas y repugnantes, de ojos saltones y ciegos, que culebreaban
sin duda en el agua. Hay extraños seres que viven en pozos y lagos en el corazón
de los montes; pero cuyos antepasados llegaron nadando, sólo el cielo sabe hace
cuánto tiempo, y nunca volvieron a salir, y los ojos les crecían, crecían y crecían
mientras trataban de ver en la oscuridad; y allí hay también criaturas mas viscosas
que peces. Aun en los túneles y cuevas que los trasgos habían excavado para sí
mismos, hay otras cosas vivas que ellos desconocen, cosas que han venido
arrastrándose desde fuera para descansar en la oscuridad. Además, los orígenes
de algunos de estos túneles se remontan a épocas anteriores a los trasgos,
quienes sólo los ampliaron y unieron con pasadizos, y los primeros propietarios
están todavía allí, en raros rincones, deslizándose y olfateando todo alrededor.
Aquí abajo junto al agua lóbrega vivía el viejo Gollum, una pequeña y viscosa
criatura. No sé de dónde había venido, ni quién o qué era. Era Gollum: tan oscuro
como la oscuridad, excepto dos grandes ojos redondos y pálidos en la cara flaca.
Tenía un pequeño bote y remaba muy en silencio por el lago, pues lago era,
ancho, profundo y mortalmente frío. Remaba con los grandes pies colgando sobre
la borda, pero nunca agitaba el agua. No él. Los ojos pálidos e inexpresivos
buscaban peces ciegos alrededor, y los atrapaba con los dedos largos, rápidos
como el pensamiento. Le gustaba también la carne. Los trasgos le parecían
buenos, cuando podía echarles mano; pero trataba de que nunca lo encontraran
desprevenido. Los estrangulaba por la espalda si alguna vez bajaba uno de ellos
hasta la orilla del agua, mientras él rondaba en busca de una presa. Rara vez lo
hacían, pues tenían el presentimiento de que algo desagradable acechaba en las
profundidades, debajo de la raíz misma de la montaña. Cuando excavaban los
túneles, tiempo atrás, habían llegado hasta el lago y descubrieron que no podían ir
más lejos. De modo que para ellos el camino terminaba en esa dirección, y de
nada les valía merodear por allí, a menos que el Gran Trasgo los enviase. A veces
tenían la ocurrencia de buscar peces en el lago, y a veces ni el trasgo ni el
pescado volvían.

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Gollum vivía en verdad en una isla de roca barrosa en medio del lago. Observaba
a Bilbo desde lejos con los ojos pálidos como telescopios. Bilbo no podía verlo,
mientras Gollum lo miraba, perplejo; parecía evidente que no era un trasgo.
Gollum se metió en el bote y se alejó de la isla. Bilbo, sentado a orillas del agua,
se sentía desconcertado, como si hubiese perdido el camino y el juicio. De pronto
asomó Gollum, que cuchicheó y siseó:
—¡Bendícenos y salpícanos, preciosso mío! Me huelo un banquete selecto; por lo
menos nos daría para un sabroso bocado ¡Gollum! —Y cuando dijo Gollum hizo
con la garganta un ruido horrible como si engullera. Y así fue como le dieron ese
nombre, aunque él siempre se llamaba a sí mismo "preciosso mío".
El hobbit dio un brinco cuando oyó el siseó, y de repente vio los ojos pálidos
clavados en él.
—¿Quién eres? —preguntó, adelantando la espada.
—¿Qué ess él, preciosso mío? —susurró Gollum (que siempre se hablaba a sí
mismo, porque no tenía a ningún otro con quien hablar). Eso era lo que quería
descubrir, pues en verdad no tenía mucha hambre, sólo curiosidad; de otro modo
hubiese estrangulado primero y susurrado después.
—Soy el señor Bilbo Bolsón. He perdido a los enanos y al mago y no sé donde
estoy, y tampoco quiero saberlo, si pudiera salir.
—¿Qué tiene él en las manoss? —dijo Gollum mirando la espada, que no le
gustaba mucho.
—¡Una espada, una hoja nacida en Gondolin!
—Sss —dijo Gollum, y en un tono más cortés: —Quizá se siente aquí y charle
conmigo un rato, preciosso mío. ¿Le gustan los acertijos? Quizá sí, ¿no? —Estaba
ansioso por parecer amable, al menos por un rato, y hasta que supiese algo más
sobre la espada y el hobbit: si realmente estaba solo, si era bueno para comer, y si
Gollum mismo tenia mucha hambre.
Acertijos era todo en lo que podía pensar. Proponerlos y alguna vez encontrar la
solución había sido el único entretenimiento que había compartido con otras
alegres criaturas, sentadas en sus agujeros, hacía muchos, muchos años, antes
de quedarse sin amigos y de que lo echasen, solo, y se arrastrara descendiendo y
descendiendo, a la oscuridad bajo las montañas.
—Muy bien —dijo Bilbo, muy dispuesto a mostrarse de acuerdo hasta descubrir
algo más acerca de la criatura: si había venido sola, si estaba furiosa o
hambrienta, y si era amiga de los trasgos.
—Tú preguntas primero —dijo, pues no había tenido tiempo de pensar en un
acertijo. Así que Gollum siseó:
Las raíces no se ven,
y es más alta que un árbol,

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Arriba y arriba sube,
y sin embargo no crece.
—¡Fácil! —dijo Bilbo—. Una montaña, supongo.
—¿Lo adivinó fácilmente? ¡Tendría que competir con nosotros, preciosso mío! Si
preciosso pregunta y él no responde, nos lo comemos, preciosso mío. Si él
pregunta y no contestamos, haremos lo que él quiera, ¿eh? ¡Le enseñamos el
camino de la salida, sí!
—De acuerdo —dijo Bilbo, no atreviéndose a discrepar y con el cerebro casi
estallándole mientras pensaba en un acertijo que pudiese cerebro casi
estallándole mientras pensaba en un acertijo que pudiese salvarlo de la olla.
Treinta caballos blancos
en una sierra colorada.
Primero mordisquean,
y luego machacan,
y luego descansan.
Eso era todo lo que se le ocurría preguntar; la idea de comer le daba vueltas en la
cabeza. Era además un acertijo bastante viejo, y Gollum conocía la respuesta tan
bien como vosotros.
—Chiste viejo, chiste viejo —susurró—. ¡Los dientes, los dientes, preciosso mío!
¡Pero sólo tenemos seis! —En seguida propuso una segunda adivinanza.
Canta sin voz,
vuela sin alas,
sin dientes muerde,
sin boca habla.
—¡Un momento! —gritó Bilbo, incómodo, pensando aún en cosas que se comían.
Por fortuna una vez había oído algo semejante, y recobrando el ingenio, pensó en
la respuesta—. El viento, el viento, naturalmente —dijo, y quedó tan complacido
que inventó en el acto otro acertijo. "Esto confundirá a esta asquerosa criaturita
subterránea", pensó,
Un ojo en la cara azul

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vio un ojo en la cara verde.
"Ese ojo es como este. ojo",
dijo el ojo primero,
"pero en lugares bajos,
y no en lugares altos".
—Ss, ss, ss —dijo Gollum. Había estado bajo tierra mucho tiempo, y estaba
olvidando esa clase de cosas. Pero cuando Bilbo ya esperaba que el desdichado
no podría responder, Gollum sacó a relucir recuerdos de tiempos y tiempos y
tiempos atrás, cuando vivía con su abuela en un agujero a orillas de un río—. Ss,
ss, ss, preciosso mío —dijo—. Quiere decir el sol sobre las margaritas, eso quiere
decir.
Pero estos acertijos sobre las cosas cotidianas al aire libre lo fatigaban. Le
recordaban también los días en que aún no era una criatura tan solitaria y furtiva y
repugnante, y lo sacaban de quicio. Más aún, le daban hambre, así que esta vez
pensó en algo un poco más desagradable y difícil.
No puedes verla ni sentirla,
y ocupa todos los huecos:
no puedes olerla ni oírla,
está detrás de los astros,
y está al píe de las colinas,
llega primero, y se queda;
mala risas y acaba vidas.
Para desgracia de Gollum, Bilbo había oído algo parecido antes, y de cualquier
modo la respuesta fue rotunda. —¡La oscuridad¡ —dijo, sin ni siquiera rascarse la
cabeza o ponerse la gorra de pensar.
Caja sin llave,
tapa o bisagras,
pero dentro un tesoro
dorado guarda.
Bilbo preguntó para ganar tiempo, hasta que pudiese pensar algo más difícil.
Creyó que era un acertijo asombrosamente viejo y fácil, aunque no con estas

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