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La Historia De Los Vencidos .pdf



Nombre del archivo original: La Historia De Los Vencidos.pdf
Título: Joaquin Bochaca - La Historia De Los Vencidos .doc
Autor: Alejandro

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

(Si nuestro país fuera derrotado, desearía que encontráramos un
campeón tan indomable como el señor Hitler para restaurar
nuestro coraje y conducirnos otra vez al lugar que nos
corresponde entre las naciones.

(Los que se han encontrado con el Señor Hitler cara a cara en
asuntos públicos o en términos sociales han podido apreciar que
se trata de un político altamente competente, ponderado, bien
informado, de modales agradables y una desarmante sonrisa).

"El genio romano, encarnado por Mussolini, el más grande de los
legisladores modernos, ha enseñado a muchas naciones cómo
puede resistirse el asalto del Comunismo y ha indicado la ruta que
un país puede seguir cuando es valerosamente conducido.»
«Con el régimen fascista, Mussolini ha establecido un centro de
orientación a partir del cual los países enzarzados en la lucha con
el Comunismo deben encontrar la salvación
Mussolini ha señalado a los pueblos que sufren bajo la influencia
marxista el camino para escapar a la catástrofe que les amenaza".

PROLOGO
Este no es un libro en defensa de Alemania. Es un libro en defensa de la Verdad. Tampoco es
un libro "antisemita" sea lo que fuere lo que se intente evocar con esa palabra equívoca. Es
una denuncia, ya formulada antes por otras personas fuera de España, y muy pocas y muy
parcialmente en España, contra ciertos individuos y ciertas Fuerzas. Si la abrumadora mayoría
de los individuos sirviendo a tales Fuerzas resultan pertenecer a un grupo racial determinado,
ello no es culpa del Autor, sino de la naturaleza de las actividades de tales individuos.
El Autor tiene plena conciencia de que muchas de las aseveraciones contenidas en este libro
sorprenderán al lector. Pero, como puede comprobarse en la referenciación y bibliografía de
esta obra, se ha procurado siempre, buscar la prueba de parte contraria, o, al menos, el
testimonio de personas absolutamente neutrales en relación a cada caso o situación
planteados.
Algunas personas piensan que esta Edad de la Democracia Liberal o Popular es la más
adecuada a la naturaleza del Hombre (o del Ciudadano, o del «Camarada»), que vive en el
mejor de los mundos posibles. Una opinión bien panglossiana. Esas mismas personas gustan
de pensar "¡el confort intelectual antes que nada!" que las guerras, revoluciones y catástrofes
que continuamente se producen en este Planeta feliz no son más que accidentes, sin autores
que los produzcan, ni Fuerzas que los canalicen...
En este libro se sostiene una opinión contraria; una opinión basada en el principio de
causalidad. Y además, basada en hechos y en citas procedentes del campo «liberal», no en
teorías ni en frases entresacadas de discursos de Hitler, de Mussolini... o del noventa y cinco
por ciento "como mínimo" de los celtibéricos profesionales de la pluma hasta mediados de
1943. Las conclusiones del Autor serán consideradas como contrarias al Viento de la Historia
y, desde luego, como opuestas a la Coexistencia y a la Paz...¡ Como si fuera posible la Paz sin
la Justicia! Por qué, ¡oh, ironía!, los feroces belicistas de 1939, los decididos a luchar ó por
Dantzig "hasta la última gota de la sangre de los demás" son, ahora, los exégetas patentados e

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
involuntariamente humorísticos del Marxismo Evolutivo, que interpretan un bototazo de
Krutschev o una "boutade" de Kossygin como un síntoma de deshielo.
No; tal vez no sea este libro una contribución a la sedicente Causa de la Paz. Pero el Autor
sustenta la anticuada opinión de que hay, por lo menos, dos cosas que justificarán, siempre,
una guerra y mil guerras... por lo menos mientras el Homo sapiens tenga cerebro, corazón y
sexo. Una de ellas es la Injusticia... Y la otra, la "Pax Soviética".
Joaquín Bochaca

La Historia de los Vencidos
LIBRO PRIMERO


CAPITULO I VERSALLES

El chantaje del bloqueo por hambre - El "Diktat" - La preparación de la futura
guerra - "Pacta sunt servanda... sic rebus stantibus" - El "Comité des
Délégations Juives" - Quién movía los hilos - Dos objetivos cumplidos.


CAPITULO II EL COMUNISMO RUSO

Un testimonio inaudito - Libro Blanco del Gobierno Británico - El Rapport
Sisson - El testimonio del embajador Francis - El Rapport Simmons - El
testimonio de Víctor Marsden - Los amos de Rusia en 1919 - El testimonio de
Douglas Reed - El informe Ovennan - Las revelaciones de Robert Wilton - La
Alta Finanza Judía y "Poale" - Una opinión de Sir Winston Churchill - El
testimonio Homer - Un informe de Scotland Yard - Un dato de la Enciclopedia
Británica - El testimonio del Cónsul Caldwell - El célebre vagón precintado - El
testimonio Coty - El Gobierno británico, Vickers & Maxim y el asesinato de la
familia imperial - Las revelaciones de Mrs. Williams y H. Gwynne - Testimonios
de parte contraria - El terrorismo prerrevolucionario - El Embajador Morris - La
consolidación del régimen soviético - El mito del antisemitismo soviético y el
verdadero origen racial de Stalin - Libro Blanco del Gobierno Polaco - Las
purgas de 1937 / 1938 - Las declaraciones de Theodor Butenko - La Komitern Los verdaderos objetivos de Karl Marx


CAPITULO III DE LOCARNO A MUNICH

Francia invade Renania - El tratado de Locarno- Alemania, admitida en la
Sociedad de Naciones - El Pacto Briand-Kellogg - Renania es devuelta a
Alemania - La democracia alemana, asesinada en Occidente - Adolf Hitler
sube al poder - Disolución de los partidos marxistas - Alemania se retira de la
Sociedad de Naciones - Hitler pacta con Pilssudski - Consolidación del
régimen hitleriano - Muerte de Hindenburg - la URSS ingresa en la Sociedad
de Naciones - Alemania recupera el Saar - El Pacto Franco-soviético - Hitler
denuncia el pacto de Locarno y remilitariza Renania . El plan de paz hitleriano La guerra de Abisinia - Tournée diplomática inglesa - Una oferta de Hitler,
rechazada - La guerra de España - Cambio de decoración en Rumania y
Yugoslavia - Bélgica vuelve a la neutralidad - El Pacto Antikomintern - La
cuestión colonial - El fin del artículo 231 - El "Anchsluss" - El problema
checoslovaco


CAPITULO IV LA BARRERA POLACA

El partido de la guerra - El caso de Ucrania y la "Drang nach Osten" - Las
maniobras de Beck - El polvorín polaco - Cruz Gamada y estrella judía


CAPITULO V EL SUICIDIO EUROPEO

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
La misión de Doumenc - Intervención diplomática de Roosevelt - Tentativa de
paz de S.S. Pío XII - ¡Bromberg! - Una última proposición de Berlín - Estalla la
guerra mundial - La alternativa: ¿Berlín o Moscú? - Polonia se hunde en 17
días - La URSS apuñala a Polonia por la espalda - Fin de la campaña polaca Dos ofertas de paz - La URSS ataca a Finlandia - Democracia y Becerro de
Oro - Inglaterra y Francia contra los neutrales - Los métodos de la guerra total Frente Occidental: Decisión en cinco semanas - El Armisticio - El "Gaullismo" Mers-el-Kébir y Dakar - La "gesta" de Dunkerque


CAPITULO VI LA GUERRA DE ROOSEVELT

Esfuerzos para obtener la paz en Occidente - Italia entra en guerra - El "León"
no se echa al agua - La "Operación Katherine" - "Una logia masónica que me
olvidé de disolver..." - "Blitzkrieg" en los Balcanes - Los ingleses ocupan
Islandia - La guerra en el mar - Montoire y la "colaboración" - Fracasos
italianos en Africa del Norte - La misión de Rudolf Hess - Ocupación inglesa de
Siria y el Líbano - Empieza la campaña antibolchevique - Las maniobras de un
dictador democrático - Rockefeller y Roosevelt - El crimen de Pearl Harbour Ocupación anglosoviética del Irán - Incremento de la guerra con los neutrales.
LIBRO SEGUNDO


CAPITULO VII "LA VICTORIA". EL GENERAL INVIERNO

El General Invierno - Exitos de Rommel en Africa del Norte - La Guerra en el
Oriente Medio - La Batalla del Atlántico - ocupación Británica de Madagascar Ayuda masiva de Occidente a la URSS - Hasta las montañas del Cáucaso - El
Alamein - Desembarco aliado en Africa del Norte - Stalingrado - La guerra
subversiva - El rodillo ruso - Italia se tambalea - Desembarco aliado en Sicilia El guiñol africano - De Moscú a Teherán, vía El Cairo - El Plan Morgenthau Intensificación de la guerra aérea contra Europa - De Monte Cassino a Leros Empieza el repliegue general en el frente del Este - Desembarco en
Normandía - Las armas de represalia - Traicionado por todos - El último ataque
de la Wehrmacht - De Gaulle en Moscú. Alianza con Stalin - Los soviéticos
irrumpen en Alemania - El crimen de Dresde - Muerte de Roosevelt. Truman,
nuevo Presidente - Los últimos estertores de Alemania - La personalidad de
Hitler - La Democracia en acción en Italia - Hiroshima, Nagasaki y capitulación
japonesa


CAPITULO VIII 1945 EL PURIM

Las trece razones de la sinrazón - La leyenda de los seis millones de judíos
exterminados - La parodia jurídica de Nuremberg - La "liberación" de Europa.
Vae Victis - Traición en Asia y nuevo Mapamundi


CAPITULO IX LA DESCOLONIZACION

Ayuda técnica y militar a la URSS. La O.N.U. - El Estado de Israel Anticolonialismo, neocolonialismo y "tercer mundo" - Oriente Medio - Egipto Etiopía - Sudán Anglo-Egipcio - Somalia - Libia - Mascate - India - Indochina Birmania - Indonesia - Filipinas - Malasia y Sarawak - Afganistán - Nueva
Guinea Occidental - Guayana Británica - Antillas Británicas - Chipre - TúnezMarruecos - El discurso de Brazzaville y el Africa Negra Francesa Madagascar - Congo Belga - El "caso" de Argelia - El abandono del Africa
Británica - · El reducto sudafricano - Angola, primera etapa de la conspiración
contra Portugal - El buen colonialismo - El "antirracismo". De Budapest al
"Deep South" - El asesinato de Kennedy, la cuestión racial y la mala fe de la
Desinformación


CAPITULO X LA GUERRA IDEOLOGICA

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
La guerra ideológica - Guerra subversiva y espionaje soviético - Las posiciones
clave del poderío mundial de Israel - ¿Qué es el comunismo?


BIBLIOGRAFIA

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

CAPITULO 1
VERSALLES
El Tratado de Versalles es un dictado de odio y de latrocinio (S TALIN)

Cuando el 11 de noviembre de 1918 se firmó el Armisticio en Compiégne fue con
la condición explícitamente aceptada por los países Aliados de que, en el
subsiguiente tratado de paz se aplicarían los catorce puntos de Wilson,
solemnemente proclamados como finalidad de guerra de los Estados de la
Entente.
Las circunstancias bajo las cuales el Armisticio fue firmado deben ser tenidas muy
en cuenta. El Alto Mando alemán no solicitó el Armisticio por que sus ejércitos
hubieran sido derrotados. En el transcurso de los cuatro años que duró la guerra,
las tropas alemanas y austrohúngaras lucharon siempre en territorio extranjero; en
Bélgica, Francia, Italia, Serbia, Rumania, Grecia. Rusia... Los Ejércitos Centrales
nunca fueron vencidos en el campo de batalla, ni siquiera en Verdún, donde la
heroica resistencia de los franceses hizo fracasar la ofensiva de Von Falkenhayn,
pero sin que en el contraataque que siguió pudieran los galos obtener ventaja
alguna. El Gobierno alemán solicitó el Armisticio por que los grupos
"espartakistas" y comunistas de Rosa Luxembourg y Liebknecht estaban
convirtiendo la retaguardia alemana en un campo de batalla y amenazaban con
desatar una revolución generalizada del mismo tipo que la sobrevenida en Rusia
un año atrás. Por otra parte, la entrada en guerra de los Estados Unidos convertía
en problemática una rápida victoria germánica, y una victoria rápida era
imprescindible si se quería evitar que la amenaza bolchevique interior degenerara
en un cáncer imposible de controlar. Berlín pidió el Armisticio sobre la base del
programa de Wilson, esto es, de una «paz sin vencedores ni vencidos», para
poder dedicar todo el peso de su esfuerzo contra el bolchevismo interior y el que
se insinuaba, amenazador, en las fronteras orientales del Reich.
El Armisticio fue firmado como preludio de una paz negociada. Es
extremadamente importante tener bien presente este hecho, porque un Armisticio
acordado en tales condiciones es muy diferente de una rendición incondicional.
«La guerra no debe terminarse con un acto de venganza. Ninguna nación, ningún
pueblo deben ser robados o castigados. Ninguna anexión, ninguna contribución,
ninguna indemnización.» Éstas sabias y generosas fórmulas, que hicieron que el
ingenuo Estado Mayor alemán depusiera las armas, creyendo en la palabra de
honor y en las promesas de los estadistas aliados, promesas ratificadas bajo firma
en el Armisticio de Compiégne, constituyeron, sin duda alguna, el mayor crimen
político de la Historia de Europa y prepararon con matemática certeza, la siguiente
conflagración mundial.
Bien sabido es que el vencedor se arroga todos los derechos y que dicta la paz. A
pesar de todas las fórmulas altisonantes, eslóganes más o menos manidos para
narcotizar incautos y reclutar carne de cañón, los "tratados" de paz no son más
que la continuación de la guerra por medios diplomáticos, y su finalidad no es
determinada por una especie de «justicia inmanente», sino por el objetivo
perseguido por las potencias vencedoras.
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
No obstante, conviene recordar que, en 1871, al final de la guerra francoprusiana,
que terminó con la más completa derrota francesa, el canciller Bismarck no exigió
más que la devolución de AlsaciaLorena y una módica reparación de guerra.
Alemania no le robó ningún territorio a Francia (1) ni creó, a su alrededor, un
«cordón sanitario» de estados artificiales y hostiles, ni la forzó a «reconocer», bajo
el chantaje del bloqueo por hambre, su «exclusiva culpabilidad» en el
desencadenamiento de la guerra. Alemania no atentó contra el rico e indefenso
imperio colonial francés; antes bien, aún facilitó a Francia la posibilidad de una
expansión colonial a fin de que se resarciera de sus pérdidas en Europa y
recompusiera su prestigio de gran potencia... Sesenta años atrás, cuando el
primer Napoleón fue derrotado por una coalición de la que las germánicas Prusia y
Austria formaban parte preponderante, Metternich fue el mejor abogado de
Talleyrand frente a las exigencias inglesas, y Francia, inerme y a merced de una
poderosa coalición de vencedores, fue respetada en la integridad de su territorio
metropolitano. Pero la xenófoba actitud de los políticos de París, rencorosos hasta
el ridículo, contribuyó poderosamente, en 1918 - con el apoyo de una Inglaterra
antieuropea y una Norteamérica desconocedora de los problemas de nuestro
continente - a la eclosión del llamado «Tratado de Versalles», uno de los
documentos más inicuos que fueron jamás rubricados por representantes de
naciones civilizadas.
EL CHANTAJE DEL BLOQUEO POR HAMBRE
En el Armisticio de Compiégne los vencedores estipularon que el Tratado de Paz
debería firmarse dentro de un plazo de treinta y seis días, notoriamente
insuficiente para resolver todos los problemas planteados. Cada prolongación del
estado de Armisticio debía ser comprada por Alemania con nuevas concesiones:
entregas de carbón, de material ferroviario, de productos alimenticios, de patentes
de invención, de maquinaria... Entre tanto, los revolucionarios de Alemania
alentados y subve ncionados desde fuera desencadenan una serie de revueltas
que obligan a la Wehrmacht a dedicarles toda su atención. Puede afirmarse que,
sin la acción de los bolcheviques a finales de 1918, y en vista del engaño que se
insinuaba, el Estado Mayor alemán habría continuado las hostilidades. En
Compiégne, Alemania había firmado un Armisticio sobre la base de los puntos de
Wilson, es decir, prácticamente, una pazempate. Pero entre Compiégne y
Versalles, la Entente falta a sus compromisos, se aprovecha - alentánd ola óde la
Revolución bolchevique en Alemania, y del tiempo ganado, que permite la llegada
de nuevos contingentes norteamericanos a Francia, y modifica fundamentalmente
la situación a su favor. En noviembre de 1918, cuando se firma el Armisticio de
Compiégne, el Ejército alemán invicto, puede oponerse a una abusiva explotación
de la victoria aliada. Pero en febrero de 1919, la Wehrmacht debe luchar en el
frente interior contra los rojos y, por otra parte, la Entente ha ganado un tiempo
precioso. Londres y París - y ciertas fuerzas internacionales que se mueven entre
bastidores - explotarán el nuevo estado de cosas.
El chantaje aparece crudo y descarnado cuando Inglaterra y Francia deciden
iniciar el bloqueo por hambre para apoyar sus exigencias, cada vez más
desorbitadas. Winston Churchill, primer Lord del Almirantazgo, declara:
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
«Continuemos practicando el bloqueo por hambre con todo su rigor. Alemania está
a punto de perecer de hambre. Dentro de muy pocos días estará en pleno
colapso... entonces será el momento de tratar con ella» (2).
Unos días después, Alemania debe entregar toda su flota mercante a Inglaterra.
La flota de guerra seguiría unos días después. Francia, por su parte exige el
desmantelamiento de centenares de fábricas, y destruye todo lo que no puede
llevarse.
En vano el mariscal Haig, comandante supremo de las fuerzas británicas aconseja
poner fin a los abusos y no herir sin necesidad la dignidad del pueblo alemán.
Lloyd George, Churchill y su «clique» le recuerdan que sus deberes de militar
terminaron con el «alto el fuego». Ahora la palabra es de los políticos, que incluso
empiezan a pelearse entre ellos por el derecho a la mayor cantidad posible de
despojos del vencido. Es imposible imaginar una más cínica violación de unos
acuerdos rubricados solemnemente. La Cruzada del Derecho y la Democracia se
ha transformado en un Patio de Monipodio. Los acuerdos de Compiégne ya no
cuentan para nada. Clemenceau proclamará, sin ambages: «Los acuerdos pasan,
pero las naciones quedan».
Pero hay que adoptar una apariencia de legalidad. Hay que convencer al hombre
de la calle de que, siendo Alemania culpable de la guerra, justo es que sobre sus
hombros caigan todas las cargas de la misma. Por eso en el «tratado» se incluye
una cláusula que dice: «Las potencias aliadas declaran, y el Gobierno alemán
solemnemente admite, que la culpabilidad total en el desencadenamiento de la
guerra incumbe a Alemania».
El conde BrockdorffRantzau, jefe de la Delegación alemana en Versalles,
abandona su puesto, alegando que su concepto del honor le impide apoyar, con
su firma, una tal enormidad.
Pero nuevamente Inglaterra y Francia amenazan con una reanudación del bloqueo
y la ocupación «sine die» de territorios que, incumpliendo los acuerdos del
Armisticio de Compiégne, han invadido, sobre todo en Renania y Baviera.
Von Haniel, sustituto de Brockdorff Rantzau, anuncia que «Alemania se doblegará
a todas las exigencias de sus enemigos: algunas de las cláusulas del Tratado sólo
han sido incluidas para humillar a Alemania y a su pueblo. Nos inclinamos ante la
violencia de que somos objeto por que después de todo lo que hemos sufrido, no
disponemos ya de ningún medio para contestar. Pero este abuso de la fuerza no
puede empañar el honor de Alemania».
Ciertos juristas de ocasión se rasgarán, años más tarde, sus democráticas
vestiduras cuando Hitler, solemnemente, declare nula la cláusula de la
culpabilidad exclusiva de Alemania en la primera hecatombe mundial.
EL «DIKTAT»
El 28 de junio de 1919, forzada por el chantaje del ha mbre y la ocupación militar
extranjera, Alemania ponía su firma al pie del Tratado de Versalles. Otros cuatro
«diktats» eran impuestos a Turquía, Hungría, Austria y Bulgaria: los de Sévres,
Trianon, Saint Germain y Neuilly.
Los vencedores no sólo incumplieron su palabra, empeñada en Compiegne, sino
también el preámbulo y articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones,
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
redactado el 28 de abril de 1919. A pesar de que los países de la Entente se
habían comprometido a «no llevar a cabo una política de anexiones» y habían
solemnemente declarado que «ningún territorio será separado de otro si no es con
la expresa voluntad y aquiescencia de sus habitantes».
a) Francia se anexionó el Reichland (Alsacia Lorena) con 14.500 km.2 y 1.950.000
habitantes.
b) Bélgica se incorporó las comarcas de Eupen, Moresnet, Malmedy y St. Vith, con 1300
km.2 y 130.000 habitantes.
c) El territorio de Memel (2.150 km.2 y 141.000 habitantes) fue separado del Reich y
administrado por Francia como territorio autónomo, hasta que en 1924 la Sociedad de las
Naciones se lo atribuyó a Lituania.
d) Dinamarca se anexionó el Schleswig del Norte, con 4.200 km.2 y 75.000 habitantes.
e) Polonia, estado inexistente desde 1795, fue resucitada por Clemenceau, con la única
finalidad de completar el cerco de Alemania con países hostiles a ella. Con el único objeto
de fortalecer al «gendarme» polaco, se le regalaron territorios tan indiscutiblemente
germánicos como Sudaneu (550 km.2 y 30.000 habitantes); Posen (26.000 km.2 y
1.900.000 habitantes); Alta Silesia, riquísima región minera (3.300 km.2 y un millón de
habitantes); Soldau (500 km.2 y 35.000 habitantes); más una porción de la Prusia
Occidental, con el control efectivo de la teóricamente «Ciudad Libre» de Dantzig (17.700
km.2 y 1.300.000 habitantes).
f) Checoslovaquia, otra invención de los versallescos aprendices de brujos, recibió el
territorio de los Sudetes (unos 15.000 km.2) que contenía unos 3.200.000 alemanes.
g) El territorio del Saar fue colocado bajo administración francesa, con la condición de que,
al cabo de «un cierto tiempo», se consultaría democráticamente a los habitantes sobre si
deseaban formar parte de la República francesa o bien preferían reincorporarse al Reich.
Francia explotaría esa rica región minera durante catorce años. En 1933, la inmensa
mayoría de los votantes se decidieron por el retorno a la soberanía alemana, pese a las
medidas policiacas arbitradas por París para tratar de quedarse con el Saar por el cómodo
sistema de la prescripción histórica.
h) La Renania fue ocupada, unilateralmente, por tropas francesas, desde diciembre de
1918 hasta mediados de 1920 y, posteriormente, otra vez, en 1923, en dos incursiones de
rapiña y saqueo que fueron calificadas por Sir John Simon, ministro británico de Asuntos
Exteriores, de piratería. El «diktat» autorizaba a Francia a estacionar tropas en Renania
durante tres años, para controlar la producción de acero y, a la vez, como garantía del
pago de las reparaciones de guerra.
i) Basándose en el tan cacareado «der echo de los pueblos a disponer de sí mismos», la
antigua monarquía de Austria Hungría, piedra básica de centroeuropea, fue desmembrada,
si bien en ningún caso se consultó a las poblaciones interesadas sobre la orientación que
deseaban dar a su destino. Violando, por enésima vez, sus propios principios y promesas,
incumpliendo el articulado del Pacto de la Sociedad de Naciones, creado por ellos mismos,

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
los estadistas democráticos se sacaron de su manga de prestidigitadores un nuevo naipe:
Yugoslavia, que englobó los territorios de Montenegro, Croacia, Eslovenia, Bosnia, el
Bánato - arrebatado a Hungría ó, Macedonia Occidental, Herzegovina, Serbia (3), la Estiria
del Sur y porciones de Carintia y Carniola, con una población germánica de casi doscientos
mil habitantes y una extensión de 2500 km.2
j) Para contentar al aliado italiano, se le concedieron los dos puertos austrohúngaros del
Adriático, Fiume y Trieste, atropellando, una vez más, el derecho de la libre disposición de
los pueblos.
k) El Tirol del Sur, con mayoría de población austroalemana, fue atribuido a Italia.
l) Tracia fue arrebatada a Bulgaria en beneficio de Grecia.
m) A pesar de su mayoría de población magiar, y en contra del deseo expreso de ésta
(manifestado en la Dieta de Carlsberg, de 1º de diciembre de 1918), Transilvania fue
adjudicada a Rumania. Sin consultar al «pueblo soberano» le fueron, también, atribuidas a
Rumania la Besarabia y la Bukovina, así como los dos tercios del Bánato (el tercio restante
fue para Yugoslavia).
n) El imperio otomano fue reducido a su núcleo de Anatolia, más Estambul y una pequeña
área anexa, en el continente europeo.
o) Para contentar al aliado griego, se le adjudicó el territorio de Argyro Castro, en Albania,
más como Italia consideraba que sus hazañas en la Cruzada del Derecho y la Democracia
no habían sido suficientemente bien pagadas en el Adriático, los albaneses debieron
cederles - huelga decir, que sin consulta popular - el territorio de Vallona.
p) A pesar de que Lituania, Letonia y Estonia eran países que habían sido paulatinamente
ganados para Europa merced al concurso del genio germánico que en diversas ocasiones
neutralizó la influencia eslava que amenazaba desbordarse en el Báltico, y sin tener en
cuenta que el Tratado de Brest Litovsk la Dieta de Wilna reconocían a Lituania y Letonia
como parte integrante del Reich, el Tratado de Versalles decidió, unilateralmente, la
independencia de esas tres inviables repúblicas del Báltico.
q) Eslovaquia, a pesar del deseo notorio de sus habitantes de obtener la independencia
nacional, había sido incluida, por fuerza, en el "Estado checoslovaco", cuya población
checa, que representaba algo más del tercio del total, dominaba a los dos tercios restantes
- apoyándose en las cláusulas de Versallesó, compuestos de alemanes, eslovacos,
ucranianos y húngaros.

Estas son, a grandes rasgos, las alteraciones territoriales promovidas por el
Tratado de Versalles y sus anexos. La fisonomía de Europa fue desfigurada por
una buena treintena de golpes de bisturí, que crearon otros puntos de fricción
entre la mayor parte de los países del Viejo Continente. Por otra parte, la
balcanización general - siete nuevos estados independientesó añadía una
pincelada más al cuadro del desorden el desconcierto generales. Se crearon "ex
nihilo" nuevas naciones, como Checoslovaquia y Yugoslavia. Se resucitaron otras,

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
como Polonia, Lituania, Letonia y Estonia... pero se olvidaron viejas naciones
auténticas, como Ucrania, Macedonia, Eslovaquia y Croacia. . . En algunos casos,
y en un intento de cubrir las apariencias, los vencedores pretendieron justificar sus
anexiones mediante la celebración de plebiscitos falaces. En la Alta Silesia, por
ejemplo, se procedió a la expulsión de los alemanes de aquella región, y luego se
consultó a los componentes de la minoría polaca y a las tropas de ocupación de
Pilssudski si deseaban integrarse en el nuevo Estado polaco. En el Schleswig, los
partidarios de continuar formando parte del Reich obtuvieron la victoria en las
elecciones - controladas por tropas coloniales francesas - por 97.000 votos contra
69.000. Entonces, a propuesta de Clemenceau, la Comisión de Embajadores
encargada de la interpretación de los resultados del escrutinio trazó,
arbitrariamente, dos zonas: Norte y Sur, adjudicando la segunda a Alemania y la
primera a Dinamarca.
La vieja política francesa, consistente en crear estados imaginarios e inviables
alrededor de Alemania, tuvo su culminación en Versalles: aparte de desenterrar al
viejo fantasma polaco y de inventarse dos mons
truos de la geopolítica Checoslovaquia Y Yugoslavia, a los que se cebaba con
extensos territorios de población con mayoría germánica, Francia se instalaba en
la orilla izquierda del Rin, con las miras puestas en el Saar y la Renania, y se
entregaban más tierras alemanas a Dinamarca y Bélgica, transformándolas
"volens nolens", en enemigas naturales de Alemania. Holanda debía, igualmente,
formar parte del anillo antialemán, según los planes de Clemenceau. En efecto, el
viejo "Tigre", tan generoso con las posesiones de los demás, quería entregar la
comarca de Ems a los holandeses, pero éstos renunciaron a ese «regalo
envenenado».
A pesar de que Inglaterra y Francia «no hacían una guerra de anexiones» - según
frase del Premier Asquith - se repartieron el imperio colonial alemán y las
posesiones otomanas en Africa y el Oriente Medio, sin preocuparse poco ni mucho
de consultar democráticamente a los colonos blancos ni a las poblaciones
indígenas interesadas. Diversos estadistas británicos, Asquith, Chamberlain,
Bonar Law y Lloyd George entre otros habían públicamente prometido que
Inglaterra no dirigía una guerra de conquistas. Lord Asquith había declarado, en la
Cámara de los Comunes: «No deseamos aumentar la carga de nuestro imperio, ni
en superficie territorial, ni en responsabilidades» (4).
El despojo de las colonias alemanas representaba una nueva violación de los
acuerdos del Armisticio y, concretamente, del 2º punto de Wilson, en que se
estatuía que «pueblos y provincias no deben pasar de una soberanía a otra como
apuestas que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego, en la cual se
ventila el equilibrio de los poderes interiores».
He aquí cómo Inglaterra «aumentó las cargas de su imperio en superficie territorial
y en responsabilidades», faltando para ello a su palabra empeñada:
a) Africa del Sudoeste alemana, atribuida en calidad de mandato a la Unión Sudafricana,
entonces miembro de la Commonwealth. Territorio de 822.876 km.2, Con riqueza
ganadera y yacimientos de oro, diamantes, cobre y uranio.
b) Africa Oriental alemana (la actual Tanganyika), con 935.000 km.2 y una población
indígena de 5.500.000 habitantes. Pasó bajo soberanía británica en calidad de mandato.

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

c) Togo Meridional y Camerún del Sur, con un total de 280.000 km.2 Territorios colocados
bajo tutela británica por decisión de la Sociedad de Naciones.
d) Nueva Guinea alemana, más los archipiélagos vecinos, Bismarck, Salomón, Nueva
Hannover, Bougainville, Lincoln e Islas del Káiser, atribuidos, en calidad de mandato, a
Australia, miembro del Reino Unido. Extensión total de éstos territorios: 240.000 km2
e) Archipiélago de la Samoa, anexionado por la Gran Bretaña, en calidad de mandato de
Nueva Zelanda, 2.700 km.2
f) Egipto, arrebatado a la soberanía otomana y colocado bajo tutela británica: 995.000 km.2
g) Chipre, igualmente sustraído al imperio otomano; 9.300 km.2
h) Palestina, anexionada en calidad de mandato: 23.500 km.2
i) Mesopotamia (Irak), arrebatada, como Palestina, al imperio otomano, y declarada
mandato del Reino Unido, 375.000 km.2

En conjunto, pues, el imperio británico, abanderado de la democracia y defensor
patentado del Derecho Internacional, «aumentó las cargas y responsabilidades de
su imperio «con 3.700.000 km2 de territorios, de los cuales 2.280.500 fueron
arrebatados a Alemania y 1.419.500 a Turquía.
El imperio francés, por su parte, se avino a aumentar, también, las «cargas» de su
imperio en 681.500 km.2, de los cuales 485.000 procedían del despojo del
Camerún y el Togo, arrebatados a Alemania, y los otros 196.500 del Líbano y
Siria, anteriormente partes integrantes del imperio Otomano
La liquidación del imperio colonial alemán se consumó con la entrega del
archipiélago de las Carolinas así como la región de Shantung, en China
continental al Japón, y del territorio de Ruanda Urundi, en el Africa Central, a
Bélgica.
Mencionemos que ni una sola de esas anexiones se realizó previa consulta
democrática de las poblaciones interesadas, a las que se trató «como apuestas
que se pierden o se ganan sobre una mesa de juego». Al igual que en el caso de
las modificaciones territoriales europeas, la liquidación de los imperios coloniales
alemán y otomano se llevó a cabo pisoteando los principios por los cuales los
Aliados decían haber hecho la guerra y se había n comprometido a respetar.
El punto IV de Wilson, referente al desarme general, fue incorporado al Tratado de
Versalles, pero en la práctica, sólo se aplicó a los vencidos. Al Reich se le
autorizaba un Ejército de cien mil hombres, sin aviación, prácticamente sin flota de
guerra, y sin armas pesadas. El Ejército alemán representaba, así, una décima
parte del Ejército polaco. Por su parte, Francia se negó al desarme y los demás
países democráticos, sin negarse oficialmente a ello, no sólo no desarmaron, sino
que aún incrementaron su potencial bélico, y continuaron guerreando alegremente

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en los Balcanes, en Rusia, en Ucrania, en el Lejano Oriente, en Palestina y, en
general, allí donde les convino.
Alemania, sola y desarmada en medio de un anillo de estados hostiles. Con el
peligro bolchevique en el Este, y otro, de la misma naturaleza, y más peligroso, si
cabe, dentro de casa. Con una Polonia xenófoba y envalentonada a un lado, y un
Ejército de ocupación francés en el otro. No era esto lo convenido cuando el «alto
el fuego»; no era esto la expresión de los «nobles ideales» por los cuales docenas
de pueblos habían sido arrastrados a la guerra...
Esto no era una «paz sin vencedores ni vencidos» (5), como tampoco era una
«paz sin contribuciones ni indemnizaciones» según se había convenido en
Compiégne. Se obligó a Alemania a cargar con los gastos de reconstrucción de
las regiones que había ocupado militarmente en Francia, Bélgica y Rumania. Esto,
más o menos, podía defenderse. Lo que ya no podía defenderse tanto es que se
incluyeran, en las reparaciones, los daños causados por los propios franceses en
Alsacia Lorena. Y lo que ya no tenía ninguna justificación, moral o jurídica, era que
se hicieran pagar al Reich los daños de guerra sufridos por las poblaciones civiles
de las regiones no ocupadas. Esto era un abuso. Pero, no contentos con el abuso
repetido, los democráticos campeones de la libertad y de la propiedad privada
forzaron a Alemania a pagar los gastos de las tropas de ocupación en su propio
territorio. El alemán tenía que trabajar para poder pagar el sueldo del senegalés
que se hospedaba en su casa (6).
En Versalles no se fijó la suma total de las reparaciones que Alemania debía
pagar, sino que se encomendó esa misión a una conferencia ulterior. Mientras
economistas y expertos calculaban sabiamente lo que Alemania podría pagar en
los siguientes cuarenta o cincuenta años, la sórdida cuestión de las reparaciones
se convirtió en un arma electoral, en una subasta política. En Inglaterra Bonar Law
prometió a sus electores que, si tenían el supremo acierto de votar por él, se
harían pagar a Alemania no menos de cuatrocientos mil millones de marcos oro.
Inmediatamente Lloyd George anunció que si el electorado tenía el buen gusto de
votar por él, Alemania debería pagar cuatrocientos ochenta mil millones de
marcos. Esto obligó a Bonar Law a subir hasta el medio billón. En Francia,
Loucheur pujó hasta los ochocientos mil millones. Naturalmente, esa subasta sólo
podía terminar con la victoria del bien conocido genio financiero judío: "Le boche
payera tout», dijo Simon Klotz, ministro de Finanzas con Poincaré".
Las promesas de Wilson, las convenciones de Compiégne, y el articulado de la
Sociedad de Naciones fueron arrojados a la basura. El hecho de no avenirse a fijar
la cantidad que se exigiría a Alemania es la mayor prueba de las verdaderas
intenciones de los vencedores. Así se reservaban el «derecho» de aplicar más
sanciones a los vencidos en el caso de que éstos no cumplieran, o no pudieran
cumplir, lo «pactado». Y «lo pactado» era cualquier cifra demencial que pudiera
ocurrírsele a un «defensor del derecho» en plena campaña electoral. Francia fue
quien, más que nadie, impidió se fijara una cifra concreta. Sus intenciones las
revelaría con arrolladora franqueza Poinc aré:
«Lamentaría sinceramente que Alemania pagara. Prefiero la ocupación y la
conquista a embolsar el dinero de las reparaciones» (7).
Por fin, el 27 de abril de 1921, la comisión de reparaciones fijó, mayestáticamente,
la cifra que Alemania debía pagar: 137.600.000.000 de marcos oro. La negativa
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alemana a aceptar tal astronómica cifra fue contestada con un ultimátum de
Londres, el 5 de mayo de 1921, según el cual, si el Reich no reconocía esa deuda,
la flota anglofrancesa reanudaría el bloqueo de Alemania, y la permanencia de los
ejércitos de ocupación en suelo alemán se prolongaría sine die.
Peter Kleist escribe, a propósito de las sedicentes reparaciones de guerra:
«La suma de 132.000000.000 de marcos oro, más los 5.600 millones para pagar
las deudas de guerra belgas, representaba, en total, el cuádruplo de las reservas
de oro mundiales. Se correspondía, aproximadamente, con la totalidad de los
bienes alemanes del año 1914. Era treinta y cuatro veces mayor que las
contribuciones francesas del año 1871» (8) y eso que el Canciller de Hierro nunca
pretendió que hacía la guerra "por el derecho" o "por la democracia", sino que se
limitó a responder a la declaración de ruptura de hostilidades por Napoleón III.
Bismarck, el difamado canciller, se limitó a recuperar la Alsacia y la Lorena y a
imponer a su inerme enemigo la razonable contribución de guerra de 4.000
millones de marcos oro, que Francia pudo, con relativa facilidad, pagar en tres
años,
Las incautaciones de las flotas mercante y de guerra de Alemania no se dedujeron
- como hubiera sido lo lógico - de la cifra de 132.000 millones. Tampoco se
tuvieron en cuenta, en el cómputo total, el valor de las patentes robadas a
Alemania, ni los 11.000 millones de marcos correspondientes al valor de los
bienes alemanes en el extranjero, confiscados por los vencedores ni los
centenares de industrias desmanteladas por los franceses, ni el pillaje,
sistemáticamente organizado, de obras de arte. Todo esto fue englobado bajo el
aleatorio subtítulo de «reparaciones especiales» y pasado a beneficio de
inventario.
Se obligó a Alemania a aceptar el control de la navegación fluvial en sus grandes
ríos, Oder, Elba, Wesser y Rin, lo que estaba en contradicción con los principios
de la recién fundada Sociedad de Naciones, que preveían la plena soberanía de
cada nación dentro de su propio territorio.
Mírese por el ángulo que se quiera, el llamado "Tratado de Versalles" es
indefendible, moral y jurídicamente hablando. El hecho de haberse impuesto
mediante el chantaje del bloqueo por hambre, de haberse redactado quebrantando
todas y cada una de las solemnes promesas anteriores y violando los principios de
la Sociedad de Naciones, creada por los propios vencedores lo tacha de invalidez.
LA PREPARACIÓN DE LA FUTURA GUERRA
El presidente del Consejo de Ministros de Italia, Francesco Nitti escribió, en 1922,
un libro titulado: El Tratado de Versalles como instrumento para continuar la
guerra, con un apéndice, «El grave error de las reparaciones», en el cual, el autor,
que no puede, en modo alguno, ser sospechoso de germanofilia, demuestra que,
en un plazo más o menos largo, Versalles será la causa de una nueva guerra de la
cual no saldrán, en Europa al menos, más que vencidos.
Con la «jurisprudencia» de Versalles, además, la guerra dejaba de ser el recurso
de la extrema necesidad a que se acogían los gobernantes de cada país para
defender sus derechos - o lo que creían tales - y sus necesidades vitales.
Versalles representa el nacimiento del maniqueísmo político, con la consagración
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del bien absoluto (la democracia) y del mal abyecto la autocracia. Los vencedores
se irrogan todos los derechos y los vencidos son los réprobos destinados al
castigo de sus jueces. En el futuro ya no habrán más guerras, sino cruzadas del
Bien contra el Mal. Toda la gigantesca maquinaria de la propaganda había estado
trabajando desde 1914 y aún antes hasta noviembre de 1918, por los Aliados, los
«buenos». Desde entonces arranca la leyenda de las fábricas de aprovechamiento
de cadáveres, de las violaciones de monjas, de los bombardeos deliberados de
catedrales, de los niños con los ojos pinchados a bayonetazos. Desde entonces,
también, se crea la contraverdad histórica del militarismo alemán y se presentan
todas las guerras en que tomaron parte Prusia y los otros estados alemanes como
«expediciones de rapiña».
«La Verité est ce que líon fait croire», decía Voltaire. Con arreglo a esta técnica se
fabrica la tesis irreversible de la «Alemania guerrera» y, paralelamente, de la
«Francia democrática», continuamente invadida, sin razón alguna, por un vecino
bárbaro y belicoso que cree en la superioridad de la fuerza sobre el derecho, al
revés que la «Patria del Mundo», la dulce Francia...
Peter Kleist reproduce, a este respecto, lo que dice el historiador y economista
francés Charles Gide: «Conozco ciertas incursiones más allá del Rin, que
provocaron cierto ruido en el mundo: me refiero a las de Luis XIV y Napoleón I.
Por lo que se refiere a las invasiones alemanas ocurridas en el transcurso del siglo
pasado, o sea, las de 1814, 1815 y 1870, hay que reconocer que las tres estaban
plenamente justificadas, ya que las dos primeras constituían la respuesta a las
cinco invasiones napoleónicas, y la tercera a una de las declaraciones de guerra
más estúpidas que ha habido (9).
En verdad, un escritor que se sintiera inclinado a representar a Francia en un
plano desfavorable con respecto a Alemania, encontraría, en la historia de las
invasiones francesas de Alemania un casi inagotable arsenal propagandístico.
Entre 1300 y 1600 anotamos «solamente» siete invasiones francesas de territorio
germánico. Entre 1635 y 1659, la Guerra de los Treinta Años, sostenida por la
obstinación del cardenal Richelieu, devastó a Alemania; pueden señalarse, como
mínimo, quince invasiones. En la guerra sostenida por Francia contra Holanda en
1672, los franceses violaron el suelo germánico en cuatro ocasiones más, como
mínimo. Después, entre 1676 y 1686, Francia cometió, al menos, diez actos de
agresión mayor contra Alemania. La guerra de la Liga de Augsburgo en 1688 no
fue, en realidad, más que una «guerra preventiva» contra los estados alemanes,
Con la consiguiente devastación del Palatinado y las destrucciones de las villas
universitarias de Worms, Speyer y Heidelberg En 1702, 1703 Y 1740 se producen
nuevas invasiones francesas de Alemania. Una vez más, durante la Guerra de
Siete Años (1756 1763) la agresión francesa contra Alemania se repitió.
Finalmente, Napoleón, «ese italiano ilustre» - como le llamaba Spengleró convirtió
el territorio alemán en un campo de batalla durante veinte años consecutivos. En
resumen, desde la Edad Media hasta nuestros días, Francia ha agredido a los
estados alemanes como mínimo, en treinta o treinta y cinco ocasiones.
Con respecto al supuesto dogma de la peculiar belicosidad germánica, el
americano profesor Sorokin (10) nos facilita la siguiente estadística que lo
destruye por completo, en la que expone el promedio de tiempo que pasaron en
guerra estos países:
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

Polonia........................................................58%
Inglaterra.....................................................56%
Francia.........................................................50%
Rusia............................................................46%
Países Bajos...............................................44%
Italia...............................................................36%
España.........................................................30%
Alemania (incluyendo Austria) ...............28%
De estos datos se deduce que los diversos estados alemanes (Prusia, Baviera,
Sajonia, Wurtemberg, Hannover, Austria, Hesse, etc.) pasaron en estado de
guerra, desde el siglo VIII hasta 1925, mucho menos tiempo que Francia, la mitad
de tiempo que Inglaterra, y muchísimo menos que Polonia, la «mártir» más
belicosa de Europa y del mundo entero.
Se ha considerado, por el excelente investigador norteamericano Quincy Wright
(II) que hubo "unas 2.600 batallas importantes", participando estados europeos, en
los 460 años comprendidos entre 1480 y 1940. . . Francia participó en el cuarenta
y siete por ciento de esas batallas. Los diversos estados alemanes, en el
veinticinco por ciento, y Rusia e Inglaterra en el veintidós por ciento. El mismo
escritor muestra que, de las 287 guerras afectando a los estados europeos en el
periodo antedicho, el porcentaje de participación de los principales estados fue:
Inglaterra.................................................................28%
Francia.....................................................................26%
España.....................................................................23%
Rusia........................................................................22%
Austria Hungría.....................................................19%
Turquía....................................................................15%
Polonia.....................................................................11%
Suecia........................................................................9%
Italia(Saboya Cerdeña..........................................9%
Holanda....................................................................8%
Alemania (Prusia y Estados germánicos).......8%
Dinamarca.................................................................7%
Estas cifras tienen más valor que la propaganda estruendosa y los lloriqueos de
las vestales democráticas que, no contentas con dominar directamente medio
mundo, y dictar su voluntad desde Wall Street y la City al otro medio, no dudaron
en lanzar al mundo a una guerra de extensión y crueldad sin precedentes por la
primordial razón ópretextos a parte - de que Alemania amenazaba el cómodo
«status quo ante».
El historiador británico Russell Grenfell computó el número de conflictos bélicos en
que se vieron envueltos los principales estados europeos en el periodo crucial
comprendido entre la batalla de Waterloo y el magnicidio de Sarajevo: Inglaterra
participó en diez guerras; Rusia, en siete; Francia, en cinco; Austria y Prusia, en
tres (12).
Pero bien sabido es que, en las guerras modernas, la primera víctima es la
verdad. La estruendosa campaña propagandística aliadófila llegó a hacer creer a
las masas mundiales que el Reich era el principal y único culpable del
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
desencadenamiento de la guerra. Recordemos que, en junio de 1914, el
archiduque Francisco Fernando, príncipe heredero de la corona austrohúngara fue
asesinado en Sarajevo, Bosnia. Los asesinos eran de nacionalidad serbia. Austria
Hungría, sospechando la complicidad del Gobierno de Belgrado en el magnicidio,
exigió una investigación oficial. Serbia se negó. Viena envió un ultimátum.
Belgrado pidió ayuda a Rusia, campeona del paneslavismo. Alemania anunció que
si un tercer país intervenía en la disputa entre Viena y Belgrado, se pondría al lado
de aquélla. Serbia envió una nota diplomática harto despectiva en réplica al
ultimátum austríaco. Austria declaró la guerra a Serbia el 28 de julio de 1914.
Rusia movilizó anunciando que atacaría a Austria Hungría si ésta osaba violar la
frontera serbia. El embajador alemán en San Petersburgo hizo saber
personalmente al zar que la movilización significaba la guerra con Alemania.
Francia, aliada de Rusia, declaró la guerra a Alemania. La pesadilla de las
alianzas y coaliciones, como dijera Bismarck había desatado la guerra. Aunq ue la
causa auténtica no fue ésta, sino el conflicto de intereses rusogermánicos por un
lado, el ansia de revancha del «chauvinismo» francés, humillado en 1870 por
Bismarck, por el otro y, dominando todo el conflicto, moviendo los hilos, o
creyendo moverlos, Inglaterra, que abandonó su tradicional política proalemana y
antifrancesa a partir del momento en que el káiser Guillermo II obtuvo el acuerdo
del Gobierno turco para la construcción del ferrocarril Berlin Bagdad, vía terrestre
que cruzaba una zona «sagrada» para los intereses británicos.
Todo esto es política, y no tiene nada que ver con la moral, ni la ética ni, mucho
menos, con la democracia. El gran mérito de la propaganda inglesa fue hacer
creer al mundo que luchaba por el derecho, haciendo honor a su alianza - ¡otra
alianza! - con Francia, e indignada por la agresión alemana contra Bélgica. En
efecto, Alemania, con objeto de coger del revés a las defensas francesas, violó la
neutralidad belga. La postura del indómito cruzado británico lanzándose al
combate para defender a un pequeño país recibió universal aclamación a pesar de
su intrínseca falsedad. Ya en 1887, durante una de las innumerables crisis
francogermanas, y cuando las relaciones entre Londres y Berlín eran
inmejorables, Lord Vivian, ministro inglés de Asuntos Exteriores, dio abiertamente
su aprobación al Gobierno alemán para invadir Bélgica, y a Bruselas se le dijo
claramente que el Gobierno británico no intervendría en su favor (13). Además, los
planes militares de los Estados Mayores conjuntos inglés y francés consideraron
siempre la posibilidad de una invasión anglofrancesa de Bélgica en caso de guerra
común con Alemania. Es más, el secretario del Foreign Office, Sir Edward Grey,
rehusó prometer la neutralidad británica en una eventual guerra entre Francia y
Alemania, si ésta se comprometía a respetar las fronteras belgas. La pura verdad
es que Inglaterra no fue a la guerra por Bélgica, ni mucho menos por Francia, sino
para eliminar a un contrincante comercial y políticamente peligroso.
La Primera Guerra Mundial estalló a causa de un conflicto de intereses. No a
causa de Serbia, ni de Bélgica, ni del famoso principio de las nacionalidades, del
que ningún caso se haría en Versalles. Pero bueno será tener en cuenta que
Rusia fue la primera potencia en movilizar (14); que la respuesta de Serbia a la
demanda de investigaciones sobre el magnicidio de Sarajevo fue vaga y
deliberadamente hiriente; que si Austria movilizó, también Serbia lo hizo, y

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
posiblemente antes; que Francia movilizó antes que nadie. Raymond Poincaré
reconoció:
"Ni Austria Hungría ni Alemania fueron las primeras en tener la intención de
provocar una guerra general. No existe ningún documento que autorice a suponer
que ellas habían planeado la guerra. Ésta estalló a causa de los intereses
divergentes de unos y otros y también por culpa del tinglado de las alianzas".
Hubo un volumen propagandístico, escrito por el judío Henry Morgenthau,
embajador de los Estados Unidos en Turquía, en el que se relataba una supuesta
reunión secreta, ocurrida en Potsdam, el 5 de julio de 1914. En tal ocasión según
Morgenthau - que recogía confidencias de segunda o tercera manoó, tres docenas
de banqueros, industriales, militares y políticos alemanes se reunieron con el
Káiser para ultimar los preparativos de la guerra inminente. No obstante, la famosa
Conferencia de 1914 nunca tuvo lugar, por la sencilla razón de que las personas
que se pretende tomaron parte en ella se encontraban en otros lugares en esa
fecha.
A pesar de haberse probado hasta la saciedad que el libro de Morgenthau era, de
principio a fin, una farsa, la Comisión Lansing lo presentó triunfalmente en
Versalles como la prueba incontrovertible de la culpabilidad unilateral de Alemania
en el desencadenamiento de la guerra, expresada en el denigrante artículo 231
del «Diktat». A pesar de haberse demostrado que el sedicente complot de
Potsdam no había existido más que en la imaginación de Morgenthau y de que
numerosos historiadores y publicistas de países Aliados y neutrales probaron que
la culpabilidad única de Alemania era un mito (15), el artículo 231 fue mantenido
como necesaria coartada del ignominioso «Tratado».
Si en Versalles se hubiera impuesto el célebre principio de las nacionalidades, el
"derecho de los pueblos a disponer de sí mismos", Alemania no hubiera sido
desposeída de 90.000 km2 de su territorio nacional, y once millones de alemanes
no hubieran pasado a depender de soberanías extranjeras y hostiles. A la
República de Austria no se le hubiera prohibido, expresamente, por el «Tratado de
Saint Germain», de unirse a Alemania, a pesar de las afinidades étnicas,
lingüísticas e históricas existentes entre ambas y del deseo de la mayoría de la
población en ese sentido. El «derecho de los pueblos a disponer de sí mismos»,
ese eslogan que ocupa tan escogido lugar en el arsenal ideológico de las
democracias, se transformó, así, en el derecho de los vencedores a disponer de
los vencidos a su antojo. Los inmortales principios de Libertad, Igualdad y
Fraternidad fueron escarnecidos por los vencedores en todas partes, desde la
Asamblea de la Sociedad de Naciones (16) hasta las selvas del Camerún y del
Africa Austral, en donde ochenta mil colonos alemanes fueron apaleados por
tropas coloniales anglofranccsas y expulsados de sus hogares dejándolo todo.
Los famosos «puntos de Wilson», preámbulo del «Diktat» sólo se cumplieron
cuando beneficiaban a los vencedores; así, por ejemplo, era lógico, era justo, era
moral que Polonia y Serbia consiguieran su famosa "salida al mar", aún cuando en
el primer caso hubiera que partir en dos a Alemania y aislar la Prusia Oriental del
resto del país, y en el segundo se debiera disolver la personalidad serbia en el
conglomerado yugoslavo, liquidando. de paso, la independencia de Croacia, grupo
nacional que, dentro del tan difamado Estado austrohúngaro, gozó de amplísima

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autonomía interna. En cambio, nadie se preocupó de que Hungría y Austria
tuvieran su "salida al mar" que les garantizaba el punto XI.
La "paz" de Versalles llevaba en sí el germen de nuevas guerras; políticamente,
había creado nuevos irredentismos. Los croatas y los eslovacos habían sido
liberados de la paternal tutela austríaca para ser sometidos, los unos al yugo
serbioyugoslavo, los otros al yugo checo. Poblaciones específicamente húngaras
pasaban a depender de la soberanía rumana, yugoslava y checa. Los alemanes
de los montes Sudetes se convertían en sujetos checoslovacos; los de la alta
Silesia y el «Corredor» en polacos; los del Schleslewig en daneses; los de Eupen
en belgas; los del Tiro l Meridional en italianos. A los desgraciados
alsacianoloreneses se les decía que ellos, en realidad, eran puros franceses (17).
Económicamente, la paz de Versalles había asesinado a la vieja monarquía
austrohúngara (18) para inventar, sobre sus ruinas, una serie de pequeños
estados destinados a la miseria y al chantaje político. A Hungría se le había
arrebatado el granero de Transilvania; Austria quedaba reducida a un amorfo
territorio de seis millones de habitantes, de los que más de un tercio se
aglomeraba en Viena. A Alemania se le habían arrebatado, además de sus
colonias y de su flota, sus más ricas minas de hierro, y debía alimentar una
población pletórica con una producción agrícola que - a causa de las pérdidas
territoriales - había disminuido en un treinta y cinco por ciento. La nueva República
de Weimar no podía ni pensar en comprar en el exterior lo que le faltaba para
subsistir. . . la factura de las reparaciones impedía toda compra. Al socaire del
hambre y de la explotación de Alemania la Revolución comunista latía en el
interior, mientras los polacos y los lituanos violaban constantemente las fronteras
del Este en expediciones de rapiña y saqueo distraídamente ignoradas por la
Sociedad de Naciones.
Si políticamente Versalles era insostenible; si económicamente lo era aún más a
no ser mediante el uso permanente de la fuerza por parte de los vencedores,
moralmente abría un abismo de incomprensión y de odio entre éstos y los
vencidos. Que la consecuencia de todo ello fuera el progresivo empeoramiento de
la situación hasta la explosión de 1939 no lo dijeron entonces y después todos los
alemanes conscientes solamente, sino que lo corroboran desde el propio campo
de los vencedores.
Clemenceau, dirigiéndose a los cadetes de la Escuela Militar de Saint Cyr les dijo,
tres meses después de firmarse el Tratado de Versalles: «No se preocupen
ustedes por su futuro militar. La paz que acabamos de firmar, les garantiza diez
años de conflictos en el centro de Europa» (19).
Por su parte, Lloyd George, dijo:
«La injusticia y la arrogancia ejercidas en el momento de la victoria, jamás serán
olvidadas ni perdonadas. No puedo imaginarme otro motivo más poderoso para
una guerra futura, que rodear al pueblo alemán. . . de una serie de pequeños
estados, muchos de los cuales están constituidos por pueblos que jamás han
tenido un gobierno estable, pero que incluyen una abundante población alemana
que exigirá muy pronto su retorno a la Madre Patria. La proposición de la comisión
polaca, apoyada por Francia, conducirá más pronto o más tarde, a una nueva
guerra en el Este de Europa» (20).

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Woodrow Wilson había, a su vez, manifestado ante el Senado de los Estados
Unidos:
« La guerra no debiera haber terminado con un acto de venganza. . . ninguna
nación, ningún pueblo, debían haber sido robados ni castigados. La injusticia sólo
puede engendrar injusticias futuras.»
Francesco Nitti, presidente del Consejo de Ministros de Italia había escrito, en su
obra precitada sobre el Tratado de Versalles:
«El Tratado que hemos firmado no es la paz; es la guerra con otros medios más
hipócritas y una traición a solemnes promesas anteriores. (21).
Si Clemenceau, Lloyd George, Wilson y Nitti, las cuatro figuras políticas más
representativas de los países Aliados reconocen que el «Diktat» de Versalles,
sobre injusto, era ineficaz y, además, el semillero de una nueva conflagración,
huelga solicitar más testimonios en favor de esta tesis.
«PACTA SUNT SERVANDA... SIC REBUS STANTIBUS»
El articulo 19 del Tratado de Versalles era uno de los pocos que estaba
impregnado de sentido común y previsor juicio. Decía así: «La Asamblea de la
Sociedad de Naciones puede, de vez en cuando, invitar a los miembros de la
sociedad a proceder a un nuevo examen de los tratados que, con el tiempo, se
hayan convertido en inaplicables, así como de aquellas situaciones internacionales
cuyo mantenimiento podría poner en peligro la paz del mundo».
He aquí una cláusula comprensiva, que tiene en cuenta el viejo aforismo jurídico;
"Pacta sunt servanda, sic rebus stantibus". Los pactos deben cumplirse, siempre y
cuando las circunstancias que los motivaron permanezcan invariables. La
costumbre, madre de la Ley, ha sancionado infinidad de veces, en el terreno
internacional, la caducidad de los tratados. Pretender que puedan existir leyes y,
aún menos, tratados, intangibles y eternos, es sencillamente infantil. Sobre todo si
se trata de un pacto de la naturaleza del de Versalles (22).
No obstante, el desgraciado Tratado de Versalles, que había hecho caso omiso de
la geografía , de la historia, de la economía, del derecho y de la etnología
terminaría, cual monstruo mitológico, devorándose a sí mismo, ya que en su
propio preámbulo recordaba a todos sus signatarios «la necesidad de respetar
escrupulosamente todas las obligaciones de los tratados», lo que estaba en
contradicción con el articulo 19. Pero tal artículo sólo había sido redactado, según
luego se vería en la práctica, para uso de los vencedores, muchos de los cuales
se consideraban desfavorecidos en el reparto. Las disensiones entre los «Aliados»
de la víspera comenzarían ya en plena conferencia. Las hostilidades empezaron,
de hecho, con la ofensiva de Lloyd George y Wilson para hacer adoptar el inglés
como lengua diplomática con igual rango que el francés; ofensiva que desposeyó
a la lengua francesa de un privilegio que, por ejemplo, el Tratado de Francfort no
le había retirado. El humor negro no estuvo ausente de esas sórdidas peripecias;
desde el engaño de Lloyd George que obtuvo de Clemenceau, rigurosamente
ignorante en la materia, la cesión de la región petrolífera de Mossul, con el
pretexto de «dar un hueso a roer a los arqueólogos y a los misioneros», hasta la
increíble campaña, conducida por brillantes inteligencias, para demostrar que la
Renania era más latina que germánica (23).
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Con respecto a Alemania, Austria, Turquía, Hungría y Bulgaria, en cambio, el
«Tratado» era irreversible. Para ellos - y sólo para ellos - Versalles habla
alumbrado la Justicia Inmanente; como si no hubiere lesionado ningún grupo
nacional o étnico; como si no hubiera lastimado ninguna ley geográfica; como si no
hubiera perturbado, en ningún caso, el juego de la producción y de los cambios. Y
esa maravillosa perfección no era solamente válida para unos cuantos años, sino
para la eternidad de los tiempos. Europa había encontrado su forma definitiva. La
rueda de la historia había cesado de girar el 28 de junio de 1919. Pero, insistimos,
esto sólo rezaba para los vencidos; los vencedores, a parte de pelearse entre ellos
por la posesión de la mayor cantidad posible de pastel, comprendían que, entre
todos, estaban organizando una nueva guerra, más mortífera e irreparable que la
recién terminada. En un libro, recientemente publicado, de M. Georges Bonnet ex
ministro de Asuntos Exteriores de Francia (2 4), se narra la respuesta de Philippe
Berthelot - que detentaba tal cartera en 1919ó a su colega austríaco Otto Bauer,
que afirmaba que la balcanización de Europa y, particularmente, la inclusión de los
Sudetes en el nuevo Estado checoslovaco provocaría una nueva guerra. «¡Bah! respondió Berthelot, espíritu superior, según pareceó. «Todo esto durará veinte
años. Después, ¡ya veremos!»... Ya se vio, efectivamente: Fue la Segunda Guerra
Mundial.
Redactado oficialmente por tres hombres de Estado, de los cuales el más
poderoso, Wilson, desconocía soberanamente la geografía (25) el Tratado de
Versalles fue designado por una comisión de periodistas británicos como «el peor
libro del año 1919». Aunque hubiera tenido en cuenta los principios de la equidad,
la concepción estática del futuro en que lo encorsetaban sus paladines, su
formalismo pseudojurídico y, sobre todo, su estrechez de espíritu lo condenaban a
la alternativa de desaparecer o ser la causa del suicidio de Europa. La estúpida
obcecación de liberales, demócratas, xenófobos franceses de estilo girondino,
internacionalistas nebulosos..., todas esas fuerzas a las que Spengler llamaba el
Mundo Abisal consiguieron que pereciera Europa como centro del Mundo para
que perviviera el fantasma de Versalles.
EL «COMITÉ DES DÉLÉGATIONS JUIVES»
Además de las naciones participantes en la contienda, tomó parte en las
conferencias de Versalles la delegación de otra nación: la Nación Judía. Con tal
pretensión se presentó y fue admitido un «Comité des Délégations Juives», que
decía representar a israelitas de Palestina, Rusia, Canadá, Estados Unidos,
Alemania, Ucrania, Rumania. Polonia, Italia, Bohemia, Eslovaquia, Inglaterra,
Transilvania, Serbia y Francia. Esta «nación judía» decía tener diez millones de
súbditos».
Su influencia fue desproporcionadamente importante, y una de sus propuestas fue
aceptada e incorporada a los Tratados de Paz: el Tratado sobre las Minorías
Nacionales, firmado el 28 de junio de 1919, por el cual se obligaba a Polonia,
Estonia, Lituania, Letonia, Checoslovaquia, Rumania, Hungría, Albania y
Yugoslavia a «conceder la autonomía cultural y política a sus comunidades
alógenas».

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
En realidad, según luego se verá en la práctica, este Tratado sólo se aplicó en los
casos que interesaban a la comunidad judía. A Polonia, en este sentido, se le
hicieron una serie de imposiciones absurdas e irritantes. Por ejemplo, se prohibía
a los polacos celebrar elecciones en sábado, día que era declarado festivo para
los judíos del país; los hebreos polacos, ese día, no podían ser citados a juicio, ni
llamados a filas, ni se les podía exigir el pago de deudas ni salarios.
¿QUIÉN MOVÍA LOS HILOS. . .?
«En Versalles había una fuerza secreta que nos fue imposible identificar», dijo el
presidente Wilson a su regreso a América, después de la fracasada Conferencia
de la Paz. Infinidad de autores y tratadistas han estado de acuerdo con Wilson al
afirmar que, detrás de los Clemenceau, los Lloyd George, los Nitti, los Meakino Y
sobre todo, detrás del propio Wilson, había una fuerza, internacional y apátrida,
que movía a los sedicentes «grandes estadistas» como marionetas. Esa fuerza
misteriosa operaba, así mismo, detrás de la delegación alemana, minando sus ya
de por sí escasos medios de resistencia ante el abuso concertado de que era
objeto por parte de sus oponentes.
Hay un hecho trascendental, a propósito de la llamada Conferencia de la Paz que
fue mantenido secreto por los que poseen el poder de esconder la verdad y
proclamar la mentira con el nuevo Evangelio. Y es e l siguiente:
Todas las decisiones de alguna importancia fueron tomadas por los Cuatro
Grandes - Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia y Francia - representados por
Lloyd George, Woodrow Wilson, el barón Sonnino y Clemenceau. El consejero
privado de Lloyd George era el judío Sir Philip Sassoon (26); el «alter ego» de
Wilson era el coronel Edward Mandell House y su consejero privado, Louis
Dembitz Brandeis, ambos judíos (27); el barón Sonnino era, él mismo, medio
judío; en cuanto a Clemenceau mantenía, como omnisciente secretario al israelita
Georges Mandel (28). El consejero militar de los «grandes» era el judío Kish, y el
intérprete óy única persona que asistió a todas las conversaciones celebradas por
los primeros ministrosó, era el hebreo Mantoux. El primer presidente de la
Sociedad de Naciones, fue el judío Huymans quien, a su vez, nombró a su
correligionario Lord Levy Lawson of Burnham (29) director del Departamento de
Prensa, desde el cual ejerció una feroz censura sobre las actividades de la «fuerza
secreta e inidentificable» de que hablara Wilson en un fugaz momento de
sinceridad.
Es bien sabido que los sedicentes «grandes» de Versalles no sabían geografía; en
cambio, sus consejeros - y tal vez algo más que simples consejeros - estaban muy
documentados en tal ciencia. Archibald Maule Ramsay dice (30): «Los secretarios
y asesores judíos se reunían cada día a las seis de la tarde, después de las
sesiones oficiales, y decidían el plan de trabajo a adoptar y las decisiones a
preconizar el día siguiente». Los resultados de la tortuosa política de tales
individuos fueron desastrosos para Europa.
La Delegación germánica en Versalles que, sucesivamente estuvo presidida por
dos alemanes, el conde Brockdorff Rantzau y Von Haniel, se componía de otros
dos alemanes y los siguientes israelitas: Jaffe, Brentano, Deutsch, Rathenau, Von
Baffin, Von Strauss, Warburg, Oscar Oppenheimer, Struck, Mendelssohn
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Bartholdy y Wassermann (31). Por otra parte, en la Delegación americana se
podía contar a los hebreos: Julian Mack, Leopold Benedict, Louis Marshall, Jacob
Syrkin, Jacob de Haas, Joseph Barondess, Nachman, Harry Cutler, Bernard
Mannes Baruch, Louis Dembitz Brandeis, Edward Mandell House, B. L. Levinthal y
el rabino Stephen Weisz (a) Wise.
Se objetará, no sin aparente razón que, al fin y al cabo, y por grande que pudiera
ser la influencia de la judería, tanto en la Conferencia de la Paz como en la
Sociedad de Naciones, las mayores autoridades jerárquicas, los primeros
ministros, eran, con la única excepción del barón Sonnino, gentiles. La realidad es,
no obstante, muy otra. Desde que el mundo es mundo, dinero significa poder.
Evidentemente, un Gobierno - sobre todo si se trata de un gobierno autocrático, de
una monarquía tradicional no parlamentaria, o de un régimen nacionalista muy
joven - puede, hasta cierto punto, mantenerse independiente del poder del oro.
Pero no puede negarse honestamente que la influencia de éste será, siempre,
muy importante, pudiendo llegar a ser determinante en regímenes llamados
democráticos. En general puede, sin ultraje a la verdad, afirmarse que tanto mayor
será la influencia del dinero cuanto más «liberal» y «democrático» sea el régimen
de un pueblo. En efecto, los políticos profesionales, para conseguir un mandato
parlamentario, necesitan de los votos de la masa. Una campaña electoral para
conseguir, para comprar tales votos es costosisima. Las elecciones se
transforman en un torneo publicitario en el que, con monótona regularidad, termina
por triunfar el candidato que más dinero ha podido gastar en propaganda electoral.
Pero como en la mayoría de los casos, dicho candidato no posee el fabuloso
capital necesario para costearse su propia campaña, debe tomarlo prestado. Y
nadie da ni presta nada, a cambio de nada; y menos que nadie, un financiero.
Para poder comprar sus votos y, con ellos, su promoción al envidiado cargo de
«padre de la Patria», el político profesional ha debido vender o hipotecar su
independencia personal al financiero o al grupo de intereses que la utilizarán en su
propio benefi cio. La consecuencia es que, en régimen democrático o pretendido
tal, los gobiernos terminan por no ser otra cosa que Consejos de Administración
de gigantescos trusts y monopolios. Y la democracia se transforma en una
plutocracia.
Nos excusamos por esta digresión que estimamos necesaria para explicar la
verdadera razón del poderío inmenso del judaísmo (32) y su absoluto o casi
absoluto predominio en los países de regímenes parlamentarios Y, en el caso
concreto que ahora nos ocupa, para aclarar la razón por la cual, en Versalles, y
más tarde, en Ginebra, sede de la Sociedad de Naciones, el super capitalismo, la
alta finanza apátrida, con absoluto predominio judío, y sirviendo los fines del
judaísmo político, pudo imponer sus objetivos a través de puestos cla ve ocupados
por sus hombres. Wilson, nominalmente presidente de los Estados Unidos (33) no
era, en realidad, más que el hombre del Federal Reserve Board. Clemenceau era
el hombre de los Rothschild (34) con Mandel siempre a su lado. Sonnino era el
agente de l trust israelita «Olivetti». El japonés Meakino representaba a la Banca
Gunzbourg, de Tokio. Lloyd George, por su parte, era el mandatario fiel de la city.
Los pueblos soberanos y sus cacareados derechos no contaron para nada en
Versalles. Las «fuerzas secretas e inidentificables» que habían dictado su «paz»,

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
prepararán, fatalmente, la siguiente conflagración mundial. La guerra de 1914 18
no fue más que el primer acto del suicidio europeo, que se consumaría en 1945.
DOS OBJETIVOS CUMPLIDOS
Del caos en que quedó sumido el mundo civilizado después de Versalles, dos hechos esenciales los dos objetivos verdaderos de la guerra terminada - emergieron sobre el resto de las injusticias
allí cometidas.
El primero fue la consolidación definitiva de la Unión Soviética como estado "soberano" y punto de
apoyo del comunismo internacional. De allí tratamos en el siguiente capitulo.
El otro objetivo fue la llamada "Declaración Balfour" concediendo a los judíos un «Hogar Nacional
en Palestina, en detrimento de los árabes que vivían en aquel país desde diecinueve siglos.
Sorprendente coincidencia fue que ambos acontecimientos capitales - Revolución soviética y
promesa del "Hogar Nacional judío" - se produjeran casi simultáneamente.
Para la exposición de los hechos, convendrá dar un salto atrás y situarnos a principios del año
1916. Las tropas francesas, derrotadas, se amotinan; Petain reprimirá duramente la indisciplina e
impedirá la desbandada general; Italia ha visto sus ejércitos seriamente diezmados por las tropas
austrohúngaras; el coloso ruso se tambalea ante los serios golpes que le propinan los alemanes,
turcos y austríacos y, más aún, a consecuencia del derrotismo interior que terminará por alumbrar
la sangrienta Revolución de octubre de 1917. Los satélites balcánicos de Londres y París, Serbia,
Montenegro y Rumania, se baten en retirada. Inglaterra tropezaba con terribles dificultades; la
campaña submarina alemana ponía en peligro el avituallamiento de las islas; en Egipto, el Ejército
británico se batía en retirada ante las embestidas turcas, y la pérdida del Canal de Suez parecía
inminente.
Fue entonces cuando Alemania ofreció a Inglaterra la paz sobre la base del «status quo ante». Las
fronteras europeas de 1914 serían restauradas. Inglaterra no podía hacer otra cosa que aceptar la
oferta alemana. A principios de otoño de 1916, las reservas alimenticias de Inglaterra alcanzaban a
tres semanas, y la campaña submarina germánica estaba en todo su apogeo. Las reservas de
municiones eran todavía menores. El Ejérc ito francés se amotinaba de nuevo e Italia (35), cuyas
fuerzas armadas habían sido nuevamente batidas a las puertas de Venecia, negociaba una paz
separada. Las tropas zaristas se retiraban tan apresuradamente en Ucrania que la mayor dificultad
de la Wehrmacht era mantener el contacto.
Inglaterra estaba en una situación desesperada. Aceptar una «paz tablas» dejaba a salvo el
imperio, pero evidentemente representaba un serio golpe moral para Inglaterra, a la par que dejaba
a Alemania con las manos libres en el Este de Europa. No obstante, la alternativa era o aceptar la
excelente oferta de Berlín y Viena, o perecer de inanición.
Londres había enviado tres misiones diplomáticas a los Estados Unidos desde el comienzo de la
guerra, para tratar de persuadir a Washington de entrar en la misma como aliado de Inglaterra.
Francia e Italia habían enviado igualmente sendas misiones con igual finalidad e idéntico resultado
negativo. Los Estados Unidos estaban haciendo un magnifico negocio con la guerra, vendiendo a
ambos bandos beligerantes y haciéndose pagar al contado. Las simpatías de la «Opinión Pública»
- es decir, de unos cuantos fabricantes de noticias y comentarios, propietarios de periódicos,
emisoras de radio y compañías cinematográficasó, estaban decididamente del lado de Alemania y
de sus aliados. La alta finanza de Wall Street, que desde los tiempos del presidente William
Howard Taft gobernaba por persona interpuesta en la Casa Blanca, era contraria a la Entente, por
ser la Rusia zarista miembro esencial de la misma. Por otra parte, las tropas y autoridades
alemanas de ocupación en Polonia y Rusia Occidental trataban a las comunidades judías de tales
territorios con «gran comprensión, humanidad y cortesía», como se reconoció oficialmente en el
Congreso Sionista de 1916 (36).
En general, el sionismo era partidario de los imperios centrales. La razón es obvia: Palestina
formaba parte del imperio otomano, y los sionistas confiaban en que el káiser, que, a parte de ser
su aliado, mantenía excelentes relaciones personales con el sultán de Constantinopla, persuadiría
a éste de la conveniencia de ceder a los israelitas Tierra Santa para instalar en ella el soñado
Hogar Nacional judío. Los prohombres del sionismo, al enterarse de la oferta de paz de Alemania a
Inglaterra, y en vista de que el sultán no parecía muy dispuesto a abandonar una parte de su

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
patrimonio en favor de unas gentes que no tenían sobre el mismo ningún derecho, propusieron al
Gabinete de guerra británico la incondicional ayuda judía. El acuerdo entre el Gobierno de Lloyd
George (37) y la «Zionist World Organization» preveía que, a cambio de la promesa del Hogar
Nacional en Palestina que Inglaterra se comprometía a entregarles, los prohombres del judaísmo
americano harían entrar a los Estados Unidos en la contienda, al lado de los países de la Entente.
Inglaterra prefirió continuar la lucha en tales condiciones, pues estaba segura de que, con la ayuda
norteamericana y la traición del judaísmo contra Alemania en el continente (38) lograría mantener
su posición de primera potencia mundial, como resultado de la victoria.
En efecto, Londres temía por encima de todo que Alemania, que contaba a tal efecto con la
autorización del sultán, construyera el ferrocarril Berlín Bagdad (en realidad la vía férrea abarcaba
desde Hamburgo hasta Basorah, en el golfo Pérsico), lo que pondría en peligro la vieja línea
imperial británica: Gibraltar, Malta, Port Said, Suez, Socotra, Adén, Ceylán, Hong Kong. Si
Alemania o cualquier otro país europeo deseaba comerciar con países orientales o simplemente
entrar con sus buques en el Mediterráneo o salir de él, debía contar con la voluntad inglesa, que
con el control del Canal de Suez y la entonces inexpugnable fortaleza de Gibraltar podía cerrar el
Mare Nostrum a su arbitrio. El comercio del continente europeo con el Lejano Oriente estaba, pues,
a la merced de la Gran Bretaña, cuya flota de guerra, además, era la dueña indiscutible de los
mares. La ruta más corta entre Hamburgo y Bombay, si Inglaterra lo quería así, era por el cabo de
Buena Esperanza, que, igualmente, estaba bajo la dependencia política de Londres. El camino
más corto entre Alemania y la India requería, pues, tres semanas, y el más largo, contorneando
Africa ocho semanas. En cambio, el proyectado ferrocarril permitiría hacer el mismo viaje en ocho
días. Alemania podría, en caso de conflicto bélico con Inglaterra, llevar un ejército de invasión a las
fronteras de la India en menos de una quincena. Inglaterra ofreció sumas astronómicas al sultán
para que retirara la concesión del tan traído y llevado ferrocarril a Alemania pero el sultán rehusó.
Que la construcción proyectada de ese ferrocarril fue el verdadero motivo de que Inglaterra se
reconciliara con Francia y provocara constantes fricciones con el joven Estado alemán está fuera
de toda duda razonable. Igualmente cierto es que fue Inglaterra quien inició la maravillosamente
bien construida red de alianzas «defensivas», clarisimamente dirigidas contra Alemania que, en
una década, quedó en medio de un «anillo de la muerte» (39) constituido por la Rusia zarista, sus
satélites balcánicos, Serbia, Bosnia, Montenegro y Rumania, más Francia, Bélgica, Dinamarca y,
naturalmente detrás de la «Home Fleet», Inglaterra. Hasta el lejano Japón, naciente potencia de
rango mundial, sería persuadido a entrar en la coalición de las «democracias», así como Portugal y
buen número de repúblicas latinoamericanas, económicamente infeudadas a Londres. A última
hora se produciría el «coup de théatre» italiano, que completaba el cerco germánico.
La entrada en guerra de los Estados Unidos junto a la Gran Bretaña, la ayuda financiera del
sionismo a Francia e Italia, las revueltas «sociales» financiadas en gran parte con dinero judío - de
ello hablamos en el siguiente capitulo - desencadenadas con extraordinaria oportunidad en
Alemania y Austria, transformaron una victoria alemana que aparecía segura en 1916, en una
situación de transitoria igualdad, pese al derrumbamiento de Rusia - la odiada Rusia zarista de los
«progroms» ó, para desembocar en la sórdida estafa versallesca.

Los sionistas jugaron la carta alemana desde el comienzo de la guerra. Contaban
con una derrota inglesa y con que la influencia personal del káiser sobre el sultán
lograría de éste la cesión de Palestina para la implantación del «Hogar Nacional
judío» (40). Pero la mala disposición del sultán hacia tal proyecto, el hecho de que
Alemania ofrecía a Inglaterra una «paz tablas» sin cambios territoriales, y con
retorno a las fronteras de 1914 y, paralelamente, la situación en que se
encontraba Inglaterra, que la obligaría a aceptar cualquier condición a cambio de
la ansiada participación norteamericana en la contienda, movieron a los
prohombres del sionismo a proponer su ayuda a la Gran Bretaña.
Numerosos escritores norteamericanos (entre otros Elizabeth Dillings, Olivia
OíGrady, William Guy Carr, Robert Edmondsson, etc.) han narrado
detalladamente las medidas tomadas por el judaísmo para hacer entrar en la
contienda a los Estados Unidos. Es curioso el cambio que, en unos meses, se hizo

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
dar al presidente Wilson, un auténtico «détraqué» sujeto a deficiencias
psicosexuales. Cuando, a principios de 1916, el sionismo todavía espera que el
káiser obtendrá para los judíos el territorio de Palestina y Wilson hace tentativas
para obtener la paz (una «pax germánica»), y Londres y París ni siquiera se
dignan contestar a sus propuestas, Wilson exclamará que "ingleses y franceses
hacen gala de una mala fe exasperante". (Véase Georges Bonnet: «Miracle de la
France», París 1965, Ed. Fayard).
Es un hecho histórico que la gran Prensa norteamericana cambió bruscamente de
orientación a partir del «London Agreement» entre el Gabinete de guerra británico
y los sionistas. La propaganda aliadófila alcanzó grados de apología delirante, y
las provocaciones antialemanas se multiplicaron.
En cuanto al incidente del Lusitania no fue más que un burdo pretexto. Los
mismos americanos admitieron que el barco iba cargado con municiones con
destino a Inglaterra, y armado con cañones de largo alcance. (Michael F. Connors:
«The Development of Germanophobia».) Según el historiador americano O.
Garrisson Willards, en The True Story of the Lusitania, el comandante del buque
tomó una ruta opuesta a la que se le ordenó en Nueva York internándose en una
zona que se sabía dominada por los submarinos alemanes. Además el Lusitania
fue hundido en febrero de 1915, y los Estados Unidos declararon la guerra a
Alemania en abril de 1917, veintiséis meses más tarde. Es, pues, estúpida la
versión oficial americana, según la cual Washington declaró la guerra en un rapto
de indignación por el hundimiento del pacifico transatlántico. Inmediatamente
después de la pérdida del Lusitania, el Gobierno americano reconoció oficialmente
que Alemania estaba justificada en su acción contra el buque, de acuerdo con el
Derecho Internacional, con las Convenciones de La Haya sobre la conducción de
la guerra submarina, y más aún con la práctica corriente, incluso en la paz, según
el derecho a la legítima defensa que asiste a todas las naciones. En 1915,
Alemania, para hundir al Lusitaniaó cargado de municiones - usó el mismo
derecho vital que los norteamericanos en 1962 para amenazar con hundir a los
mercantes rusos, portadores de armamento atómico con destino a Cuba y eso que
entre yankees y cubanos no existía estado de guerra declarada.
El pueblo alemán no tuvo conocimiento de esa auténtica «puñalada en la
espalda», propinada por quien se suponía un viejo y fiel aliado, hasta el año 1919,
en plena Conferencia de Versalles, cuando 117 dirigentes sionistas, a cuyo frente
se hallaba Bernard Mannes Baruch, el «procónsul de Judá en América» le
reclamaron a los ingleses el pago de su «libra de carne».
No obstante, Inglaterra no podía entregar Palestina a los judíos sin engañar a los
árabes. Sin escrúpulo alguno, Londres vendió a los musulmanes y cristianos de
Tierra Santa al sionismo internacional. Esto constituye una de las más sórdidas
estafas de la Historia Contemporánea.
En efecto, a finales de 1915, cuando los turcos habían ocupado Sollum, la
expedición fra ncobritánica a Gallipoli había terminado en un completo «fiasco», y
el general Townshend se encontraba sitiado y en trance de rendirse en Kut el
Amara, la defensa del Canal de Suez parecía imposible. Inglaterra necesitaba la
ayuda de los árabes para continuar la guerra. Su única solución consistía en
organizar la sublevación de los árabes, entonces sujetos del sultán de
Constantinopla. Los árabes prometieron a Inglaterra luchar a su lado contra los
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
turcos, a cambio de la promesa británica de ser libres de todo control extranjero
una vez victoriosamente terminada la guerra. Es un hecho histórico que solamente
gracias a la ayuda árabe pudo Inglaterra conservar el control del Canal de Suez.
Sir Henry MacMahon, alto Comisario británico en Egipto, había prometido
solemnemente. en el nombre del imperio británico al Emir de la Meca que, a
cambio de la ayuda árabe a los Aliados la Gran Bretaña reconocería la
independencia de un Estado árabe en territorios que incluían Palestina. Los limites
de esos territorios, prometía oficialmente MacMahon, serían los siguientes:
• Mersina, en el Norte.
• Las fronteras de Persia, hasta el golfo de Bassorah, en el Este.
• El océano Indico, excepto Adén, en el Sur.
• El mar Rojo, y el mar Mediterráneo, en el Oeste.
Un simple vistazo al mapa muestra que Palestina formaba parte de ese territorio.
Sir Henry MacMahon hizo su promesa formal, en el nombre del Gobierno británico,
en un memorándum fechado el 25 de octubre de 1915. El Gobierno británico
confirmó oficialmente las promesas de Mac Mahon y el acuerdo fue firmado. Pero
mientras millones de árabes luchaban y doscientos mil perdían la vida en la guerra
de Inglaterra creyendo se batían también por la libertad árabe, el ministro de
Asuntos Exteriores inglés, Lord Arthur Balfour, vendía alegremente Palestina al
sionismo a cambio de la promesa de los líderes de éste de provocar la entrada de
los Estados Unidos en la guerra y de retirar todo su apoyo a Alemania. Como
complemento de esa traición, Inglaterra y Francia, según los términos del acuerdo
Sykes - Picot, se entendían para repartirse los territorios árabes - entonces bajo
soberanía turca - al final de la guerra. Ramsey MacDonald, Primer Ministro de Su
Majestad en 1923, resumió así esta triple maniobra:
«Nosotros provocamos una sublevación árabe en todo el imperio otomano, a
cambio de la promesa de crear un Estado árabe independiente con las provincias
árabes que formaban parte de aquél, incluyendo Palestina. Al mismo tiempo,
animamos a los judíos del mundo entero a que nos ayudaran y contribuyeran a
hacer entrar a los Estados Unidos en la contienda, a nuestro lado, prometiendo
poner a disposición de los sionistas, y bajo su soberanía, las tierras de Palestina; y
también al mismo tiempo, firmamos con Francia el Pacto Sykes Picot,
repartiéndonos el territorio que habíamos ordenado a nuestro alto comisario
MacMahon que prometiera a los árabes a cambio de su ayuda. Muy difícil será
encontrar en toda la Historia Universal un caso de más cruda duplicidad, y no
podremos escapar a la reprobación mundial que será su justa secuela» (41).
Y así, mediante este triple engaño, respaldado por el falso sentimentalismo de la
creación de un «Estado refugio para los judíos «víctimas de prejuicios religiosos»,
el sionismo obtenía los siguientes beneficios:
a) Una posición clave en el Oriente Medio, encrucijada de tres continentes.
b) El control directo del oleoducto del Irak, cuya terminal se hallaba en Haifa.
c) Una «doble nacionalidad» para los judíos.
d) Las riquezas del mar Muerto (cloruro cálcico, magnesio y, sobre todo, potasas).
e) La proximidad con el Canal de Suez y las zonas petrolíferas de Siria e Irak.

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
A pesar de los esfuerzos hechos por Inglaterra - que se reservó, como sabemos,
Palestina como mandato de la Sociedad de Naciones - entre 1919 y 1948,
solamente 600.000 judíos pudieron aposentarse en su «Hogar Nacional», debido a
la feroz resistencia de los árabes. Fue necesaria la masiva ayuda norteamericana
y soviética, al final de la Segunda Guerra Mundial para aplastar a los árabes de
Tierra Santa, mientras Inglaterra se salía como buenamente podía del avispero
que ella más que nadie había contribuido a crear.
***
Lord Melchett (a) Alfred Mond (a) Moritz, entonces presidente del mastodóntico
trust «Imperial Chemical Industries» dijo, el 14 de junio de 1928, ante el Congreso
sionista reunido en Nueva York:
«Si os hubiese dicho en 1913, que el archiduque austríaco sería asesinado y que, junto a
todo lo que se derivaría de tal crimen; surgiría la posibilidad, la oportunidad y la ocasión de
crear un hogar nacional para nosotros en Palestina... me hubieseis tomado por un ocioso
soñador. Mas. . . ¿Se os ha ocurrido pensar cuán extraordinario es que de toda aquella
confusión y de toda aquella sangre haya nacido nuestra oportunidad. . .?
¿De veras creéis que sólo es una casualidad todo eso que nos ha llevado otra vez a
Israel?»

Según parece deducirse de las palabras del «noble Lord», él -persona enterada e
iniciada si las ha habido- no cree que «todo eso» (asesinato provocación del
archiduque Francisco Fernando y consiguiente guerra generalizada entre los
principales Estados europeos) fuera una casualidad.
Como tampoco fue -posiblemente- una casualidad que fuera Gavrilo Princip quien
lo perpetrara, y que el tal Princip, y cuatro de sus seis cómplices, fueran
correligionarios del multimillonario Lord de los múltiples alias.
De esa casualidad, de esa coincidencia elevada al rango de constante histérica,
hablamos en el siguiente capitulo, consagrado al comunismo «ruso».
NOTAS

1) Los territorios de Alsacia y Lorena habían sido anexados por Francia. haciendo caso
omiso de todos los tratados anteriores, después de 800 años de formar parte de estados
germánicos.
He aquí los nombres, tan franceses, de las poblaciones alsacianas de más de cinco mil
habitantes: Strasbourg, Mulhausen, Reichshoffen, Pechelbronn, Wissenbou Thann, Savern
Haguenau Huningen. Pablsboutg. Colmar, Altkirch, Sohirmeck, Schiltigheim Gtxebwiller,
Brischen, Rrumath, Munster. Bitche, Merlebach, Niederbronn, Saarabbe. (N. del A).
(2) Declaración ante la Cámara de los Comunes, 3-III-1919.
(3) La defensa de Serbia fue el pretexto oficial de la Entente para «su» guerra. Y,
vencedoras las democracias, Serbia pierde su libertad, al ser integrada, por fuerza, en el

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amorfo conglomerado yugoslavo. También en 1939 se haría la guerra por Polonia y, al
llegar la Victoria, los polacos se convertirían en satélites soviéticos. (N. del A.)
(4) Declaración ante la Cámara de los Comunes, 2-X-1915.
(5) Mensaje de Woodrow Wilson al Senado, el 21-1-1917.
(6) Los bien conocidos abusos de las tropas coloniales francesas, benévolamente
tolerados, cuando no fomentados, por las autoridades Aliadas de ocupación, fueron
reconocidos por la prensa francesa de la época, con las publicaciones izquierdistas en
cabeza. (N. del A).
(7) Conferencia de Prensa del 27-Vll-1922.
(8) Peter v. Kleist Auch Du warst dabei!
(9) Peter Kleist: Op. ch.
(10) P. Sorokin: Social and Cultural Dynamics.
(11)Ouincy Wright: A Study of War, Universidad de Chicago, 1942.
(12) Russell Grenfell: Unconditional Hatred, pág. 55.
(13)William L. Langer: European Alliances and Alignements, 1871-1890, Nueva York.1950
(14) Ya sea por accidente, ya por decisión unilateral de un general ruso desquiciado, el
caso - hoy generalmente admitido - es que fueron tropas rusas las primeras en pe-netrar
en territorio alemán, antes de la declaración de guerra.
(15) Los principales historiadores revisionistas fueron, precisamente, ingleses y
norteamericanos: Grenfell, Harry Elmer Barnes, Charles Callan Tansill, Oswald Gartison
Willards, Hartley Grattan y muchos más. Dicho sea en su honor y en el de sus respectivas
patrias.
Pero más peso aún que los estudios de esos historiadores, tienen las manifestaciones post
facto de los jefes de Estado de las cuatro principales potencias de la Entente, Poincaré,
Wilson, Lloyd George y Nitti, el ministro de la Guerra ruso, Suchomlinow. y el Jefe del
Estado Mayor francés, mariscal Joffre: «Cuando leemos los documentos oficiales
anteriores a 1914, más nos convencemos de que nadie deseaba, realmente, la guerra»
Lloyd George). «Ni Alemania ni Austria-Hungría tuvieron, jamás, la intención de provocar
esta guerra» (Poincaré). «La Gran Guerra no ha tenido otro motivo que los intereses
económicos de unos y otros " (Wilson). «La afirmación de la culpabilidad alemana fue un
arma propagandística. Nada más» (Nitti). «Ni siquiera Clemenceau cree que Alemania es
la única culpable" (Suchomlinoff). «La intervención de Inglaterra estaba prevista desde
mucho tiempo antes (de su entrada en la guerra)» (Autor). «Nosotros contábamos con el

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apoyo no sólo de las seis divisiones inglesas, sino también de los belgas» (Joffre). (Citado
por Peter Kleist, óp. cit., y De Poncins. El testimonio de Joffre fue depuesto ante una
Comisión parlamentaria, el 6-VII-1919.
(16) En la S. de N. el Imperio Británico estaba representado por Inglaterra, Ulster, Canadá,
Australia, Nueva Zelanda y la India. Los seis delegados votaban, naturalmente, en bloque.
Además, existían diversas «ficciones nacionales», como el pseudo estado de Hedjaz,
villorrio medieval a orillas del mar Rojo, cuya independencia había sido reconocida por
Inglaterra. Huelga decir que el emir del Hedjaz vivía de los subsidios de la City y del
lucrativo negocio de la trata de esclavos y votaba siempre, en Ginebra, en favor del Reino
Unido (N. del A.)
(17) Es un hecho histórico que el interés de París por la Alsacia y la Lorena arranca,
cronologicamente, del momento en que se descubren las minas de potasa de Mulhausen,
los yacimientos petrolíferos de Pechelbronn y el carbón y el hierro en la cuenca del Mosela
(N. del A.)
(18) No puede olvidarse que Viena pudo hacer más para impedir la guerra. Recuérdese la
frase del Káiser al monarca de Austria -Hungría: «¡Está usted haciendo dema-siado ruido
con mi sable!» (N del A).
(19) Savitri Devi: The Lightning and the Sun.
(20) Peter Kleist: Op. cit.
(21) (21) Michael F. Connors: The Developntent of Germanophobia.
(22) Paul Rassinier nos recuerda, en su documentada obra "Le véritable procés
Eichmann... ou les vainqueurs incorregibles" que, si los tratados internacionales fueran de
vigencia eterna, como pretendían los apólogos de Versalles, habría que validar ciertos
tratados anteriores, nunca explícitamente derogados, que producirían muy curiosas
situaciones. Así por ejemplo, según el Tratado de Troyes, firmado en 1420. los reyes de
Inglaterra tienen derecho pleno a la Corona de Francia; según el Tratado de Madrid,
firmado por Francisco I y Carlos V, Francia hubiera debido ceder Borgoña a España; según
el propio Tratado de Versalles, los Aliados hubieran debido iniciar el desarme, como hizo
Alemania, etc. (N del A.)
(23) Georges Champeaux: La Grande Croisade des Démocraties.
(24) Georges Bonnet: Mirarle de la France, Ed. Fayard. París, 1965.
(25) El ministro francés Philippe Berthelot contaba la siguiente anécdota: Una mañana,
Wilson, Clemenceau y Lloyd George discutían acerca del trazado de la frontera polaca. De
pronto, la conversación se interrumpió y los tres estadistas se fueron a consultar un mapa
desplegado sobre una mesa, permaneciendo silenciosos durante largo rato: «Venez done
à notre aide, Berthelot; á nous trois, nous ne sommes pas foutus de trouver la Vistule!»
(Venga en nuestra ayuda, Berthelot; entre los tres somos incapaces de encontrar el

Pagina 29

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Vístula!» «Helo aquí, señor presidente -dijo Berthelot -. Este es un mapa alemán, y en
alemán el Vístula se llama Wechsel.» «;Aaaahhh!», exclamaron a coro los amos del
mundo. (Georges Champeaux: La Croisade des Democraties.)
(26) Lloyd George fue, durante varios años, abogado del Movimiento Sionista en Inglaterra.
La colosal fortuna de los Sassoon - íntimos y asociados del Premier británico - fue
amasada con el tráfico ilegal del opio, hecho público y notorio y jamás desmentido por
nadie. El padre de Sir Philip, el «rey del opio», se casó con Aline de Roth-schild, de París.
(N. del A).
(27) Antes de su accesión a la Presidencia de los Estados Unidos, Woodrow Wilson había
sido un alto empleado de la poderosa firma bancaria judía «Kuhn, Loeb & Co.», del Federal
Reserve Board. Su campaña electoral había sido pagada por un consorcio de financieros
de Wall Street, judíos en sus cuatro quintas partes, como mínimo. Antes de tomar una
decisión importante, el Presidente consultaba con su "Brain Trust", integrado por los
hebreos Brandeis (presidente del Tribunal Supremo, Mandell House, Bernard M. Baruch y
el medio judío William C. Bullit. (N. del A.)
(28) El verdadero nombre de Mandel era Rothschild, pero no estaba emparentado con los
banqueros del mismo nombre. (N. del A).
(29) Multimillonario, emparentado con la judaizada alta nobleza de Inglaterra y propietario
del conocido rotativo The Daily Telegraph. (Leonard Young: Deadlier than, the H Bomb,
pág. 50 ).
(30) A. H. M. Rampsay: The Nameless War, pág. 57
(31) Rabino Stephen Wise: Años de Lucha.
(32) Nos referimos, claro es, al Judaísmo como movimiento político; no a la religión
mosaica y menos aún, al pueblo judío en su totalidad. (N. del A.)
(33) Según Henry Ford (en The International Jew), Wilson había delegado la mayor parte
de sus poderes efectivos en el todopoderoso Bernard M. Baruch, el llamado «procónsul de
Judá en América». Mandel House y Brandeis eran dos hombres de Baruch.
(34) El jefe de Gabinete de Clemenceau era Georges Wormser, presidente del consistorio
Israelita de París y director de la «Banque d´Escompte». (Henry Coston: La Haute Banque
ét les Trusts, pág. 59.)
(35) En 1914, dos meses antes del atentado de Sarajevo, Italia tenía una alianza con
Alemania, Austria-Hungría y Turquía. Londres compró la alianza italiana ofreciendo a
Roma, como botín de guerra, una expansión colonial en Africa del Norte y Albania. La volte
face italiana fue uno de los más sórdidos episodios de la I Gu erra Mundial. (Nota del
Autor.)

Pagina 30

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
(36) Podríamos citar un par de docenas de libros escritos por autores ingleses, en que se
cubre de oprobio al judaísmo por su desafección a la Gran Bretaña, entre 1914 y 1916.
Concretamente, en la bien conocida obra Democracy or Shylocracy, de Harold Sherwood
Spencer se pretende que el judaísmo es «un instrumento del imperialismo germánico». (N.
del A.)
(37) El propio Lloyd George habla de tal acuerdo. calificándolo de «decisivo» y de
«salvador» en sus Memorias de Guerra.
(38) Los mismos judíos se han vanagloriado de tal traición. La alta finanza se volcó
materialmente en ayuda de Francia e Italia.
(39) La expresión es de Guillaume Hanoteaux, ministro de Asuntos Exteriores francés en
1914. (N. del A).
(40) Entre 1895 y 1915, Guillermo II apeló en varias ocasiones al Sultán para la ce-sión de
Palestina a los sionistas. Las relaciones entre el judaísmo y los Hohenzollern eran
excelentes. Fue en Alemania donde los judíos obtuvieron, en primer lugar, el
reconocimiento de la igualdad de derechos con respecto a los otros ciudadanos. El
Congreso Sionista Mundial, asimismo, tuvo su sede en Berlín hasta finales de 1915. (N. del
A.)
(41) Citado por Olivia María OíGrady: Beasts of the Apocalypse, pag. 314-315.

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
CAPITULO II
EL COMUNISMO «RUSO»
«Elementos judíos conducen, a la vez, el comunismo y el capitalismo.»
The World Significance of the Russian Revolution.
Dr. Oscar Levy

El comunismo, basado en el ateísmo, el materialismo histórico, la lucha de clases
y la planificación a ultranza, se impuso en un país como la vieja Rusia, el carácter
de cuya población eslava parecía totalmente opuesto al éxito de la utópica
experiencia marxista en su territorio. Según el sociólogo y economista alemán
Werner Sombart, el ruso es profundamente religioso, patriótico, soñador, perezoso
y poco dado a innovaciones.
Por otra parte, no deja de sorprender al observador imparcial el hecho -en verdad
mágico- de que el Ejército rojo, integrado, según el gastado cuché de la moderna
propaganda, por «parias de la Tierra» y «esclavos sin pan» derrotase con tan
singular facilidad al Ejército imperial. Al parecer, a nadie ha sorprendido -por lo
menos a ningún historiador consagrado- que los hambrientos, desarrapados
proletarios dispusieron, tanto o más que las tropas zaristas, de ametralladoras,
cañones, tanques y aviones. Nadie parece haberse preguntado -y seguimos
refiriéndonos a los insignes catedráticos de la enseñanza oficial en todo el
Occidente- de dónde salió el dinero para financiar una tan colosalmente costosa
empresa como fue la Revolución soviética en Rusia. Por qué no cabe duda alguna
de que las cotizaciones de los escasos miembros del Partido -unos dos mil
quinientos afiliados, teóricamente miserables parias-, no alcanzaban ni siquiera
para pagar los desplazamientos de los conspiradores comunistas dentro y fuera
de Rusia.
La respuesta a las dos interrogantes implícitamente planteadas en los dos
párrafos precedentes es que, el por todos llamado «comunismo ruso» no es,
propiamente hablando, «comunismo», ni tampoco es -excepto, quizá, en un
sentido puramente geográfico- «ruso». No puede ser ruso un sistema politico
económico que preconiza como fin último propio, la dictadura del proletariado y el
internacionalismo; que ha sido creado y modelado por individuos no rusos y, sobre
todo, que postula unos principios opuestos al alma rusa. El hecho de que, en
determinadas circunstancias, los objetivos políticos del comunismo internacional
hayan podido coincidir con los de la antigua «constante nacional» rusa -presión
sobre los Dardanelos; intento de salida al Mediterráneo; e incluso expansión en
Asia- no implica necesariamente que siempre haya sido ni siempre haya de ser
así. ¿Eran patriotas rusos Lenin y Trotsky cuando organizaban huelgas en 1905
mientras las tropas nacionales se batían contra los japoneses...? ¿Lo eran desde
1914 basta 1917 cuando predicaban el derrotismo y saboteaban el esfuerzo bélico
de Rusia, entonces enfrentada a los imperios centrales? ¿O cuando en Brest
Litovsk aceptaban unas cláusulas de Armisticio que cualquier gobierno zarista
hubiera rechazado?
Pagina 32

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

Y, por otra parte, ¿es qué puede llamarse «comunista» a un sistema cuyo
fundador, Marx, era hijo de un prestamista, cuyos propagadores, Lassalle,
abogado de prestigio, Heine, poeta hijo de un mercader e íntimo de los Rothschild,
Boerne, primogénito del emisario de los Rothschild en Viena, Engels, hijo de un
fabricante de textiles, Moses Hess, rabino, hijo de un agente de Bolsa, provenían
de la alta burguesía...?, ¿comunista un movimiento implantado en Rusia por Lenin,
de origen pequeño burgués, y Trotsky, casado con la hija del banquero
Givotovsky, y cuyos jefes auténticos eran y son personas detentoras de un capital
y, paralelamente, de un poderío como nunca soñó el más tiránico autócrata? El
comunismo real -tan diferente del teórico o propagandístico, destinado a cazar
incautos- es la forma más brutal y más explotadora del capitalismo. Si en
Occidente los estadistas de hoy no son, en la mayoría de casos, más que meros
agentes de trusts y monopolios que transforman su poderío financiero en poder
político, más o menos disimulado, en Oriente el gigantesco «gang» del Kremlin,
sin trabas y sin necesidad de disimulo por haber liquidado físicamente a la élite
nacional que podía oponérsele, ha podido montar el más feroz y desalmado de los
capitalismos: el capitalismo de Estado soviético.
El exilado rumano Traian Romanescu, ex profesor de la Universidad de Bucarest
escribe a este respecto:
«Después de la muerte de Stalin, y probablemente para fijar sus posiciones en el cuadro
de la nueva sociedad burguesa capitalista que maneja el comunismo, los "socialistas"
moscovitas completaron en 1954 una estadística de la situación material de los primeros
1.670 "hombres del trabajo" en la Unión Soviética. Como es natural, esa estadística no ha
sido publicada, pero se ha conocido por la indiscreción de algunos miembros del Partido...
En la Unión Soviética... 730 jerarcas son multimillonarios, otros 940 son millonarios, es
decir, capitalistas» (1).

En otro lugar de esta obra se habla de las flagrantes concomitancias de los lideres
soviéticos con la alta finanza y el capitalismo Occidental. Para seguir un orden
cronológico, empezaremos con la exposición de documentos y testimonios,
procedentes de los campos más dispares, que establecen, con irrefutable
autoridad histórica, que el comunismo soviético no es, contrariamente a lo que
creen los más, un sistema o una doctrina rusos sino que, al contrario, se trata de
la manifestación visible de un fanático imperialismo que, ni por sus orígenes, su
financiación, sus fines y sus caudillos reales puede, sin ultraje a la verdad, ser
calificado de ruso.
UN TESTIMONIO INAUDITO
Rapport del Servicio Secreto americano, transmitido al Estado Mayor del Ejército
francés. (Archivado con la referencia 7-618-6 np 912 S.R. 2, II. Transmis par
L´Etat Major de líArmée. Deuxieme Bureau) (2).
• «Sección 1: En febrero de 1916, supone por vez primera, que una
revolución estaba siendo fomentada en Rusia. Se descubrió que las
personas y establecimientos bancarios que a continuación se mencionan
estaban complicadas en esta obra de destrucción; Jacob Schiff, Max

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Breitung, Felix Warburg. Otto H. Kahn, Mortimer Schiff, Jerome H. Hanauer,
Banco Kuhn, Loeb & Co. Todas estas personas son judías. La firma
bancaria mencionada está dirigida por los señores Schiff, Kahn, Warburg
Hanauer y Loeb.
• No puede haber, pues, duda ninguna de que la revolución que estalló un
año más tarde, fue fomentada e iniciada por influencias claramente
judaicas. En efecto, en abril de 1917, Jacob Schiff, en unas manifestaciones
públicas, declaró que gracias a su ayuda financiera, la revolución rusa
había podido triunfar.
• Sección II; En la primavera de 1917, Jacob Schiff empezó a comanditar a
Trotsky con objeto de hacer estallar la revolución social en Rusia. El diario
neoyorquino Forward, que es un órgano judeobolchevique, organizó una
suscripción con el mismo objeto.
• Desde Estocolmo, el judío Max Warburg financiaba igualmente a Trotsky y
los
suyos.
Éstos
recibían
también
fondos
del
sindicato
Rhenano/Westfaliano, importante empresa judeoalemana. así como de otro
judío, Olaf Aschberg, del Nya Banken de Estocolmo. Así se establecieron
las relaciones entre multimillonarios judíos y proletarios de la misma raza.
• Sección III: En octubre de 1917, estalló la revolución social en Rusia y
gracias a ella, ciertas organizaciones soviéticas asumieron la dirección del
pueblo ruso. En estos soviets se destacaron especialmente los individuos
que mencionamos a continuación:
Nombres adoptados
Nombres verdaderos
Raza
Lenin
Trotsky
Steklov
Martov
Zinoviev
Kamenev
Dan
Ganetzsky
Parvus
Lunacharsky
Uritzky
Larin
Bobrov (Bohrine)
Martinov
Sujanov
Sagersky
Riazanov
Soltantzev
Tschicherine
Pianitzky
Axelrod
Glazunov

Ulianov
Bronstein
Nakhames
Zederbaum
Apfelbaum
Rosenfeld
Gourevitch
Fuerstenberg
Helphand
Lunacharsky
Radomilsky
Laurie
Nathansson
Zibar
Gimel
Krochmal
Goldenbach
Bleichmann J
Tschicherine
Ziwin
Ortbodox
Schultze

Ruso(3)
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Ruso
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Ruso (4)
Judío
Judío
Judío

Pagina 34

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Lapinsky
Loewensohn
Judío
Zuriesan
Weinstein
Judío
Zhordania
Zhordania
Judío
Bogdanov
Siiberstein
Judío
Kamkov
Katz
Judío
Tchemomorsky
Tchernomordik
Judío
Abramovich
Bein
Judío
Maklakovsky
Rosenbloom
Judío
Garin
Garfeld
Judío
Kamneff
Goldberg
Judío
Joffé
Joffé
Judío
Meshkovsy
Goldberg
Judío
Las secciones IV y V del documento tratan de las actividades procomunistas del
banquero Paul Warburg y del rabino Judah L. Magnes.
La sección VI descubre que Magnes, criatura política de Warburg y Schiff, fue
dirigente de la organización sionista «Poale», de tendencia marxista.
La sección VII afirma que la revolución marxista fomentada en Alemania en 1918
se desarrolló siguiendo las mismas directrices judías que la revolución social en
Rusia, y revela que sus dos principales dirigentes, Rosa Luxembourg y Hans
Haase, eran judíos.
La sección VIII y última, resume; «... Si tenemos en cuenta que la firma judía
Kuhn, Loeb & Co. está íntimamente relacionada con el sindicato RenanoWestfaliano, entidad bancaria judeoalemana, con Lazard Fréres, banca judía de
París y con la firma bancaria judía Gunzbourg, de San Petersburgo, París y Tokio,
y si tenemos así mismo en cuenta que las mencionadas casas judías mantienen
relaciones estrechas con la banca judía Speyer & Co., de Frankfurt, Londres y
Nueva York y con la Nya Banken, Banco judío, declaradamente bolchevique,
establecido en Estocolmo, comprobaremos que el movimiento bolchevique es la
expresión de un movimiento general de los judíos y que ciertas casas de banca
judías están interesadas en la organización de tal movimiento.»
LIBRO BLANCO DEL GOBIERNO BRITÁNICO
Mr. Oudendyke, embajador de los Países Bajos en San Petersburgo, y encargado
de los intereses británicos en Rusia después de la liquidación de la Embajada de
Su Majestad por los bolcheviques en 1917, envió un informe al Primer Ministro
inglés, Lord Balfour, informándole sobre la gestación y desarrollo de la Revolución.
Este informe fue incluido en el Libro Blanco del Gobierno británico publicado en
abril de 1919 con el subtítulo «Rusia nº 1». He aquí un extracto del testimonio del
embajador Oudendyke:
"Considero que la inmediata supresión del bolchevismo es la tarea más urgente que tiene
ahora el mundo civilizado, incluso si es preciso, para conseguirlo, desencadenar una nueva
guerra. Y, a menos que el comunismo sea ahogado en su nido, ahora mismo, es inevitable
que acabe abalanzándose, de una forma u otra, sobre Europa y el mundo entero... ya que
(el comunismo) lo han organizado y lo dirigen judíos, gente sin patria cuyo único objetivo
es destruir, en su beneficio, el actual orden existente.."

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

EL RAPPORT SISSON
Mr. Edgar Sisson, enviado especial del presidente de los Estados Unidos,
Woodrow Wilson, envió un documentado informe a la Casa Blanca, en relación
con los sucesos acaecidos en Rusia durante los cien primeros días de la
Revolución. Mr. Sisson publicó su informe con la autorización del Gobierno de su
país, en 1931, en un libro titulado "One Hundred Days". Por otra parte, el Comité
de Información Pública de los Estados Unidos editó los rapports Sisson, que
incluían numerosas fotocopias de documentos oficiales, como «información de
guerra» (serie Nº 20, octubre de 1918), tras haber sido sometidos a estudio y
aprobación de los investigadores de la Oficina Nacional del Servicio Histórico.
En los rapports se establece que «un sin fin de documentos e informaciones
oficiales y de observadores privados, demuestran el carácter casi exclusivamente
judaico de la Revolución de octubre-noviembre de 1917. Se mencionan los
nombres de los banqueros Jacob Schiff y Max Warburg como principales
financiadores de los revolucionarios; se cita la cifra con que contribuyó,
personalmente, Schiff: doce millones de dólares. De hecho, se afirma que el citado
Schiff comenzó su obra probolchevique con la financiación de la propaganda
comunista en los campos de prisioneros rusos en Manchuria, durante la guerra
rusojaponesa de 1905. Este extremo fue confirmado por el testimonio de George
Kennan, autoridad en asuntos rusos y ex embajador norteamericano en Moscú.
Kennan manifestó a un reportero del New York Times (5) que una "Sociedad de
Amigos de la Libertad Rusa", financiada, dirigida y animada por Jacob H. Schiff
envió a los campos de prisioneros rusos en Siberia Meridional y Manchuria, una
tonelada y media de panfletos de propaganda roja».
EL TESTIMONIO DEL EMBAJADOR FRANCIS
David R. Francis, embajador de los Estados Unidos en Moscú, mantuvo a su
Gobierno puntualmente informado sobre los acontecimientos. El Departamento de
Estado publicó, más tarde, los documentos Francis, que han sido recogidos, entre
otros autores, por Mrs. Elizabeth Dillings en su notable obra "The Plot Against
Christianity".
Alude, Mr. Francis, a un curioso telegrama enviado por el comunista de
Petrogrado Fuerstenberg (Ganetzky), a un correligionario suyo. (Obsérvense la
fecha -unos días antes de la Revolución-, el banquero y los demás apellidos
mencionados, igualmente judíos.)
Estocolmo, 21 septiembre 1917.
Sr. Raphael Schaumann (o Scholan):

Pagina 36

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Querido camarada: La casa bancaria del señor Max Warburg, a raíz de un telegrama del
presidente del sindicato Renano-Westfaliano, abrió una cuenta corriente para la empresa
del camarada Trotsky. Un abogado, tal vez el señor Kestroff, se hizo cargo de las
municiones, cuyo transporte a Lulea y a Vardi organizó, juntamente con el dinero para el
camarada Trotsky, según sus deseos.
Fraternales saludos, Fuerstenberg (6).

El documento nº 3, de la serie Francis dice, textualmente, así: "Circular del 2 de
noviembre de 1914. Del Banco imperial a los representantes de la Nya Banken y a
los agentes del Diskonto Gesellschaft y de la Deutsche Bank.
"Actualmente, tienen lugar conversaciones entre los agentes autorizados del Banco
Imperial y los revolucionarios rusos, M. M. Zenzinov y Lunacharsky... - Estamos dispuestos
a ayudar sus proyectos de agitación y de propaganda en Rusia a condición de que esa
agitación y propaganda afecten, sobre todo, a los elementos combatientes en el frente. En
ese caso, los agentes del Banco imperial tienen instrucciones de abrir a los revolucionarios
los créditos necesarios al desempeño de su labor. Firmado, Risser".

Suplemento a ese documento;
"Z. y L. entraron en relación con el Banco imperial alemán actuando de mediadores los
señores Rubenstein, Max Warburg y Parvus.»

Todas las personas mencionadas en ese documento a excepción del
revolucionario ruso Lunacharsky, eran judías. Por otra parte, hay que contar con la
influencia que en el Banco imperial alemán poseían los hebreos Rathenau y Von
Ballin. Así mismo, como era público y notorio, los cinco Bancos «D» de Alemania entre los que se mencionan al Diskonto y el Deutsche Bank - eran entidades
judías.
El documento Nº 5 se refiere a una orden de pago cursada por el sindicato
Renano-Westfaliano (calificado de entidad judeobolchevique por el Departamento
de Estado americano) a un tal Svenson Baltzer y a Moses Kirch, representantes,
respectivamente, de la Diskonto Gesellschaft en Estocolmo y de la Deutsche
Bank, en Ginebra. A Baltzer y a Kirch se les encarga suministrar fondos a los
señores Ulianov (Lenin) y Bronstein (Trotsky).
En el documento Nº 6, el banquero Svenssen, de la "Banque díaffaires Waldemar
Hansen & Co.," comunica a la Diskonto Gesellschaft que la cantidad de 315.000
marcos ha sido transferida a la cuenta del señor Lenin, en Kronstadt, en fecha 18
de junio de 1917.
El 7º documento se refiere a una carta del banquero Svensen al revolucionario
judío Herzen (o Farzen) en Kronstadt. El capitalista Svensen escribe al proletario
Herzen:
"Entregue los pasaportes y la suma de 207.000 marcos que usted ha recibido del señor
Lenin, a las personas mencionadas en esta Carta (adjunta).»

Pagina 37

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
El 8º documento da cuenta de que, según la orden de un tal Mr. Jullias, el
Deutsche Bank ha pagado 32.000 francos que se han utilizado en la edición de
panfletos comunistas.
Los documentos Nº 9, 10 y 11 hacen referencia a entregas de dinero (marcos,
francos y coronas suecas) hechas por el sindicato Renano-Westfaliano y la Nya
Banken de Estocolmo a los revolucionados Fuerstenberg, Trotsky y Antonov (7).
Hay, todavía, un duodécimo documento, relativo a una comunicación del millonario
comunista Parvus Helphand. a un tal señor M. de Estocolmo, anunciándole el
envío de 180.000 marcos para la financiación de las actividades soviéticas en
Finlandia. Parvus era íntimo de Trotsky y de Lenin.
Finalmente, en el tercer tomo de los documentos hechos públicos por el
Departamento de Estado, y bajo la referencia n.0 861.00/228 - 1110, puede leerse
un telegrama enviado por el embajador Francis a la Casa Blanca en el que, entre
otras cosas, se dice:
«... Considerando que el Gobierno provisional (8) tenía urgente necesidad de fondos,
Inglaterra ha ayudado a Rusia, y probablemente continuará haciéndolo hasta el
reconocimiento del Gobierno por todos los países Aliados, una ayuda urgente sería
oportuna y muy altamente apreciada. Es extremadamente importante para los judíos que
esta revolución tenga éxito. Si bien los judíos prestan tan importante ayuda, una gran
discreción deberá ser observada, ya que ella (la Revolución) está entrando en una fase en
que podría despertar la oposición de los antisemitas que tan numerosos son aquí.»

Los mencionados rapports del embajador Francis fueron publicados por el
Departamento de Estado bajo el titulo Papers relating to the Fo-reign Relations of
the United States, en tres volúmenes.
EL RAPPORT SIMMONS
El reverendo George A. Simmons, superintendente de la Misión Metodista de
Petrogrado hasta primeros de octubre de 1918 declaró, bajo juramento, ante el
Senado de los Estados Unidos:
«... De entre los 388 miembros del soviets de Petrogrado sólo 16 eran rusos y todos los
restantes judíos, exceptuando a un negro procedente de Nueva York, que se hacía llamar
doctor Johnson...
De los 371 judíos pertenecientes al Soviet comunista septentrional, 265 -o sea más de las
dos terceras partes- habían llegado a Rusia procedentes del Lower East Side de Nueva
York.
"... Todas las iglesias de Petrogrado fueron profanadas. Sólo fueron respetadas las
sinagogas. Cuando la revolución estalló, las calles de Petrogrado fueron inundadas de
pasquines y folletos de propaganda, escritos casi todos en lengua yiddish" (9).

EL TESTIMONIO DE VICTOR MARSDEN
Víctor Marsden, uno de los periodistas de mayor renombre en Gran Bretaña y
corresponsal del London Post en Moscú durante diez años, escribió una
documentadisima obra (10) sobre la Revolución bolchevique. Mr. Marsden hizo
Pagina 38

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
notar el elevado porcentaje de judíos que integraron el «apparat» gubernamental
soviético; así, por ejemplo, la participación judía en la alta burocracia bolchevique,
en 1918:
PUESTO

MIEMBROS JUDIOS

Politbureau
Comisariado de Guerra
Comisariado del Interior
Comisariado de Asuntos Exteriores
Comisariado de Finanzas
Comisariado de Justicia
Comisariado de Higiene
Comisariado de Instrucción Pública
Comisión de Socorros Sociales
Comisión de Trabajos Públicos
Comisión de Reconstrucción
Delegación Soviética en la Cruz Roja
Comisarios Regionales
Comisión de periodistas (oficiales)
Comisión de Depuración
Supremo Consejo de Economía General
Bureau Consejo de Economía General
Comité Central del Congreso de los Soviets
Comité Ejecutivo del V Congreso del P.C.

22
43
64
17
30
19
5
53
6
8
2
8
23
42
17
56
23
34
62

17
34
45
13
26
18
4
44
6
7
2
8
21
41
12
45
19
33
34

Total

534

429

La proporción de judíos en el aparato gubernativo soviético es ligeramente
superior al ochenta por ciento. Pero hay que tener en cuenta que en la obra
precipitada de Marsden se consideran rusos, georgianos, letones y de otras
nacionalidades a una serie de personajes que, más tarde, serían identificados
como judíos, como Sverdlov, Karakhan, Bukharin, Manuilsky, Rakovsky, etc.
LOS AMOS DE RUSIA, EN 1919
Henry Ford Sr., uno de los primeros en comprender qué se escondía realmente
detrás del bolchevismo «ruso» nos facilita una prueba estadística del aplastante
predominio judío en Rusia roja (año 1919).
Organismo
Miembros Judíos %
22
17
77%
• Consejo de Comisarios Populares
43
33
77%
• Comisariado de Guerra
16
13
81%
• Comisariado de Asuntos Exteriores
21
20
95%
• Comisariado de Justicia
30
24
80%
• Comisariado de Hacienda
53
42
79%
• Instrucción Pública
6
6
100%
Pagina 39

Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos




8
7
88 %
Socorros Sociales
8
8
100%
Comisariado de Trabajo
21
91%
Delegados de la Cruz Roja rusa en Berlín,23
Copenhague, Viena, Varsovia y Bucarest
• Comisarios Provinciales
O sea que, entre los 271 principales jefes soviéticos, según las investigaciones de
Henry Ford, encontramos 232 judíos, lo que da el elevado porcentaje del 85,6%.
«Cuando Rusia se hundió» -dice Ford (11) - «inmediatamente surgió el hebreo Kerensky
(Adler). Pero como los planes de Kerensky no eran lo suficientemente radicales, le sucedió
el judío Trotsky. Hoy (1919) cada comisario es un judío. De sus escondrijos salen los
judíos rusos como un bien organizado ejército... »
«Ni uno sólo de los banqueros judíos de Rusia fue molestado, mientras que los banqueros
no judíos fueron fusilados sin excepción. EL COMUNISMO SÓLO ES ANTICAPITALISTA
CONTRA LA PROPIEDAD NO JUDIA..»

Este párrafo de Ford es realmente revelador y cobra toda su vigencia cuando
observamos como, desde 1917 hasta hoy, la familia Aschberg del Nya Banken de
Estocolmo, controlando por la dinastía Rothschild, ha tenido a uno de sus
miembros dirigiendo el Banco del Estado soviético. Víctor Aschberg, hijo de Olaf
Aschberg que contribuyó a financiar la Revolución de 1917, ocupa una posición
paralela en importancia a la que tuvo hasta hace poco Bernard Mannes Baruch, y
tiene hoy Sidney Weinberg en los Estados Unidos.
EL TESTIMONIO DE DOUGLAS REED
Mr. Douglas Reed, antiguo subdirector del Times londinense publicó en dicho
periódico una serie de artículos transmitiendo los resultados de sus observaciones
e investigaciones sobre los primeros tiempos de la Revolución de octubre.
Extractamos:
"Es bastante conocido el importante papel jugado por los judíos dentro del aparato
directivo comunista. Lo que apenas se ha dicho, pero es igualmente cierto, es que los otros
partidos revolucionarios de Rusia estaban también dominados por los hebreos, de manera
que, fuera cual fuera la resolución final de la Revolución, lo único cierto e indudable era
que los judíos colocarían a sus hombres en los lugares de honor. Los Comités centrales de
los partidos revolucionarios -comunistas aparte -estaban integrados como sigue:
Mencheviques 11 judíos
Comunistas del Pueblo 5 judíos y un ruso
Socialistas del Ala Derecha 14 judíos y un ruso
Socialistas de Izquierda 10 judíos y dos rusos
Anarquistas 4 judíos y un mongol
Comunistas polacos 12judíos.»

Mr. Reed nos facilita igualmente la composición del primer Gobierno (Consejo de
Comisarios) de la U.R.S.S. Hela aquí:
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos

COMISARIADO

NOMBRE

RAZA

Presidencia
Asuntos Exteriores
Nacionalidades
Agricultura
Consejo Económico
Abastecimientos
Trabajo
Ejército y Marina
Control del Estado
Tierras del Estado
Seguros Sociales E.
Instrucción Pública
Religiones
Interior
Higiene
Finanzas
Prensa
Justicia
Elecciones
Refugiados
Refugiados (Ayudante)
Refugiados (Ayudante)

Ulianov (Lenin)
Tchitcherine
Djugachvili (Stalin)
Protian
Laurie (Larin)
Schlichter
V. Schmidt
Bronstein (Trotsky)
Lander
Kauffmann
E. Lilina (Knigissen)
Lunacharsky
Spitzberg
Apfelbaum (Zinoviev)
Anvelt
Goukovsky
Volodarsky
I. Steinberg
Uritzky (Radomilsky)
Fenigstein
Savitch
Zaslovsky J

Judío
Ruso
Georgiano
Armenio
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Ruso
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío
Judío (12)

Observamos que Douglas Reed considera a Lenin judío, cuando en realidad sólo
era medio judío, lo mismo que Tchitcherine, considerado «ruso» por el publicista
británico. En cuanto a Stalin, un «georgiano» para todos los especialistas, era
también de origen judío, como más adelante veremos. Es curioso constatar que el
único ruso auténtico es Lunacharsky, el famoso comisario que presidió la infame
parodia del llamado «Proceso del Estado soviético contra Dios» (que fue
declarado culpable y ejecutado por una salva dirigida hacia el cielo).
EL INFORME OVERMAN
El informe de la Comisión Overman, leído ante el Senado de los Estados Unidos el
12 de febrero de 1919, revela que entre los 556 más importantes funcionarios del
Estado bolchevique entre 1918 y 1919 había 17 rusos, 2 ucranianos, 10 armenios,
35 letones, 14 alemanes, 1 húngaro, 9 georgianos, 2 polacos, 3 finlandeses, 1
checo y 462 judíos.
LAS REVELACIONES DE ROBERT WILTON
Un testigo ocular de excepcional calidad para calibrar el significado y la finalidad
real de la Revolución soviética es, sin duda, Roben Wilson, corresponsal del
Times londinense en Rusia durante diecisiete años. Mister Wilson publicó un libro:
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
The Last Days of the Romanovs en el que reproduce documentos oficiales que
confirman sus aserciones. En las pá-ginas 136 y 137 de su libro, Mr. Wilson
publica la lista de los miembros del Comité Central del Partido comunista, de la
Comisión Extraordinaria (Cheka) y del Consejo de Comisarios del Pueblo, en
1918. He aquí la composición de estos tres organismos capitales, atendiendo a la
composición racial de sus miembros.
Comité Central del Partido Comunista de la URSS.
Judíos 42
Letones 6
Rusos 5
Georgianos 3
Ucranianos 1
Alemanes 2
Armenios 2
Checos 1
Comisión Extraordinaria de Moscú (Cheka)
Judíos 23
Letones 8
Rusos 2
Alemanes 1
Polacos 1
Armenios 1
Consejo de Comisarios del Pueblo
Judíos 17
Rusos 3
Armenios 2
Es preciso hacer constar que en la presente estadística se considera «rusos»,
«polacos», «letones», «alemanes», a determinados criptojudios cuyo origen racial
sería aclarado más tarde. Con todo, de los datos precitados se desprende que, en
el mejor de los casos, en estos tres poderosos organismos, la representación
auténticamente rusa no llegaba al nueve por ciento.
LA ALTA FINANZA JUDÍA Y «POALE»
El exilado ruso Boris Brassol, que vivió en su patria durante los primeros años de
la Revolución, revela (13):
«La alta finanza judía y el movimiento sionista Poale jugaron un papel preponderante en la
conquista de Ucrania por los bolcheviques.

El judío Rappoport, un abogado de Kiev, escribió a propósito del Movimiento
Poale:
"... Después del hundimiento de las cooperativas nacionales, Ucrania perdió su base
económica. Las instituciones bancarias, dirigidas por nuestros camaradas Nazert, Gloss,
Fischer, Krauss y Spindler, prestaron una gran ayuda a Poale. A partir del nombramiento
del camarada Margulies como director del Banco de Ucrania nuestro éxito ya no ofreció
dudas... Como representante de Poale-Zion, considero es mi deber hacer constar el
agradecimiento de nuestro Partido y del Bundí (14), verdaderos pastores del rebaño de
borregos rusos".»

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
El periódico parisien LíIntransigeant (nº 14540, 27 de mayo de 1920) reprodujo in
extenso las declaraciones de Rappoport.
UNA OPINIÓN DE SIR WINSTON CHURCHILL
Winston Churchill escribió a propósito de los judíos y de su intervención capital en
la Revolución soviética lo siguiente;
«Es posible que esta raza sorprendente esté en el proceso de creación de un nuevo
sistema filosófico y político, tan malévolo como benévola fue la Cristiandad, el cual, si no
es contrarrestado, destruirá irremediablemente todo lo que el Cristianismo ha hecho
posible... Esos movimientos (revolucionarios) entre los judíos no constituyen una
novedad... Ellos han sido los inspiradores de todos los movimientos subversivos acaecidos
en el siglo XIX; y ahora, esta banda de extraordinarias personalidades de los bajos fondos
de las grandes urbes de Europa y América ha agarrado al pueblo ruso por el pelo y se ha
convertido en la dueña indiscutible de ese enorme imperio.»
«Importantísimo es el papel jugado en la creación del bolchevismo y en el actual desarrollo
de la Revolución rusa por esos internacionalistas y en su mayoría ateos judíos... El
predominio de los judíos en las instituciones soviéticas es sorprendente... el sistema
terrorista aplicado por la comisión extraordinaria (Cheka) para combatir a los
contrarrevolucionarios ha sido ideado y llevado a cabo por hebreos y, en ciertos casos
notables, por hebreas. El mismo fenómeno pudo observarse durante el periodo de
terrorismo rojo instaurado por Bela Kuhn (Cohen) en Hungría. Igualmente ha ocurrido en
Alemania (especialmente en Baviera); si bien en todos esos países muchos no judíos
participaron en esa sangrienta locura, el papel jugado por los revolucionarios judíos es
asombroso» (15).

Cuando Sir Winston Churchill escribió esto, era, aún, un hombre político libre. Más
adelante, sus opiniones, sus conveniencias -o lo que él tenía por tales- variarían
radicalmente; en otro lugar de esta obra analizamos el asombroso caso Churchill
EL TESTIMONIO HOMER
A. Homer, hombre de ciencia y publicista británico, escribió un articulo publicado
por el The Catholic Herald, en tres series, los días 21 y 28 de octubre y 4 de
noviembre de 1933. Ese articulo fue reimpreso más tarde en forma de panfleto. En
el mismo se lee:
"El movi miento soviético es una concepción judía, no rusa. Fue impuesto a Rusia desde el
exterior, cuando, en 1917, para satisfacer determinados intereses judeoamericanos y
judeoalemanes, Lenin, Trotsky y sus asociados fueron enviados a Rusia con objeto de
derrocar el zarismo e implantar el comunismo...
El bolchevismo nunca ha sido controlado por rusos.
a) De los 224 revolucionarios que, en 1917, fueron enviados a Rusia con Lenin, Trotsky,
Kamenev y Zinoviev con objeto de fomentar la Revolución bolchevique, 170, como mínimo,
eran judíos.
b) Según The Times, de 29 de marzo de 1919, al menos las tres cuartas partes de los
funcionarios que controlan el aparato central bolchevique, son judíos..., entre los cargos de
menor relieve, los judíos son legión.

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
La población de la Unión Soviética es de ciento sesenta millones de habitantes, de los que
unos seis millones son judíos, de manera que el porcentaje de hebreos en Rusia es del
3,75 %. No obstante, según reconoce el Jewish Chronicle, órgano oficial de la judería
británica, en su edición de 6 de enero de 1933, más de la tercera parte de los judíos rusos
son funcionarios del Estado soviético.»

Mr. Homer cita abundantes referencias de la financiación de los soviets por la alta
finanza apátrida. Por ejemplo, menciona que muchos créditos hechos
aparentemente por el Gobierno de los Estados Unidos a Alemania,
inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, llegaron en realidad a
Rusia. Leonid Krassin un judeobolchevique, millonario como la mayoría de sus
colegas, sirvió de hombre enlace entre Wall Street y el Kremlin. Este hecho fue
repetidamente denunciado ante el Congreso de los Estados Unidos. El Primer
Plan Quinquenal fue financiado con dinero americano, o, más exactamente,
procedente de Norteamérica (16)
UN INFOR ME DE SCOTLAND YARD
«El comunismo es un movimiento mundial controlado por judíos.» (Fragmento de
un informe de Scotland Yard al Gobierno británico, en 1918. Mencionado en el
documento 86100, 5067, archivos del Senado de los Estados Unidos.
Comunicación del embajador Francis al secretario de Estado Lansing.)
UN DATO DE LA ENCICLOPEDIA BRITÁNICA
En el epígrafe «Ucrania», la Enciclopedia británica (edición 1966) menciona que
en el primer soviets de Ucrania había 18 ucranianos, 38 rusos y 136 judíos.
EL TESTIMONIO DEL CÓNSUL CALDWELL
El cónsul norteamericano John Caldwell, representante de su país en Kiev, mandó
un telegrama a su secretario de Estado mencionando el pri-mordial papel jugado
por los judíos en la preparación y desarrollo de la Revolución rusa. Caldwell
insistió en la importancia de la acción de la judería rusa y ucraniana. no sólo en las
grandes ciudades, sino también en los pueblos. (Grupo documental nº 59.
Documento n. 86100, 2205. Departamento de Estado.)
EL CÉLEBRE VAGÓN PRECINTADO
El historiador británico W. Russell Batsell describe, en su libro Soviet Rule in
Russia (Londres, 1925) cómo fueron enviados a Rusia los agitadores comunistas
que debían hacer estallar la revolución de octubre.
«En abril, el Gobierno alemán había permitido el paso, hacia Rusia, en un vagón de
ferrocarril precintado, de un grupo de bolcheviques que se encontraban en Suiza.
Formaban parte de este grupo, entre otros destacados revolucionarios, Lenin, Martov y
Sokolnikov. La Entente replicó autorizando a Trotsky y Kamenev, con sus respectivos
séquitos, a trasladarse a Rusia (17).

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Recordemos que Alemania se hallaba en guerra contra los países de la Entente,
uno de cuyos miembros principales era, precisamente la Rusia zarista. Es un
hecho históricamente admitido hoy en día, que fueron tres prohombres judíos. el
banquero hamburgués Warburg, el naviero Von Baum y el omnipotente Walter
Rathenau, del trust A. E. O. quienes, apoyándose en el canciller Von BethmannHollweg -medio judío- forzaron la mano al Káiser, que se resistía a provocar el
incendio en la casa del vecino. El talmúdico cuarteto, haciendo gala de un
patriotismo alemán del que ya no se acordaría en Versalles, convenció al no
excesivamente inteligente Guillermo II de que "los enemigos del zar era n -si no
sus amigosó al menos sus aliados." Y la troika judía de Ginebra atravesaría
Alemania con su séquito de terroristas y guardaespaldas encerrados, como
apestados, en un vagón precintado, hasta llegar a las primeras líneas del frente,
en donde un destacamento especial se encargaría de situarlos detrás de las líneas
rusas.
Sin excusar ni atenuar este hecho, puede, al menos, comprenderse la actitud
alemana; al fin y al cabo. Alemania y Rusia estaban en guerra, y en una guerra, lo
que cada contendiente busca es dañar a su enemigo, sin preocuparse gran cosa
de la ética de los procedimientos... Ahora bien, lo que ya no puede comprenderse,
lo que resulta extraordinariamente paradójico es que «la Entente replicara
autorizando a Trotsky y Kamenev y sus respectivos séquitos a trasladarse a
Rusia. El aventurero Leiba Davidovich Bronstein, alias Trotsky, que Francia e
Inglaterra habían expulsado de sus respectivos territorios por terrorista, fue
«autorizado» por los Estados Unidos para ser enviado, precisamente en calidad
de derrotista a la «aliada» Rusia. En este caso, el participio autorizado no deja de
ser un hipócrita subterfugio. Trotsky no fue «autorizado» a dirigirse a Rusia: fue
enviado allí a instancias del Gobierno de los Estados Unidos.
Bernard Marines Baruch, el bien conocido «Buda» de la democracia americana,
ordenó la liberación de Trotsky, que se hallaba cumpliendo condena en el penal de
Saint Louis. Acompañado de numerosos correligionarios, partió en un buque
americano hacia Rusia, pero, interceptado por una unidad de la flota británica, fue
nuevamente encarcelado en el penal de Nova Scotia (Canadá). Pero de allí volvió
a liberarle la mano todopoderosa de Baruch, a pesar de formar parte el Canadá de
la corona británica. Y, en un buque americano fue llevado hasta Rusia. Curiosa
manera de comportarse con un aliado que, como Nicolás II, estaba llevando sobre
sus hombros la más pesada carga de la guerra... (18).
Éste es un hecho histórico e irrefutable. El mismo Baruch admitió, respondiendo a
las preguntas de una Comisión del Senado que, bajo su responsabilidad. había
sido liberado Trotsky en dos ocasiones, una de ellas en territorio extranjero, aún a
sabiendas de que se proponía dirigirse a un país amigo y aliado, con el propósito
deliberado de sabotear el esfuerzo de guerra de ese país y hacerle salir, si era
posible, de la misma.
EL TESTIMONIO COTY

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Mr. François Coty, conocido reportero del entonces, más importante periódico
francés, Le Figaro, escribió el 20 de febrero de 1932 que «la ayuda financiera
prestada a los nihilistas durante ese periodo (1905-1917) por Jacob Schiff, del
poderoso Banco neoyorquino Kuhn, Loeb & Co. no fue un acto de aislada
generosidad. Una verdadera organización terrorista fue creada con dinero venido
de América. Esa red terrorista bien pronto cubrió toda Rusia con sus emisarios y
agentes».
Fue el propio Jacob Schiff, ayudado por correligionarios suyos, quien financió al
Japón en la guerra contra Rusia, en 1904-05, según reconoce la propia
Enciclopedia Judía.»
EL GOBIERNO BRITÁNICO, VICKERS & MAXIM, Y EL ASESINATO DE LA
FAMILIA IMPERIAL
La actitud del Gobierno británico hacia su aliado ruso fue, por lo menos, equívoca,
durante el periodo revolucionario. Y dejó de ser equívoca una vez el bolchevismo
firmemente establecido en el poder cuando Lloyd George, todo un Primer Ministro
de Su Majestad, declaró, ante una atónita Cámara de los Comunes:
«Con el derrumbamiento del imperio de los Romanoff, uno de los principales
objetivos de esta guerra se ha cumplido.»
Lo cierto es que el Gobierno británico se había comprometido a ayudar a Rusia en
la guerra contra los imperios centrales. La firma inglesa Vickers & Maxim fue
comisionada para el suministro de armamento. Una referencia al papel jugado por
Vickers & Maxim en el desarrollo de los acontecimientos que produjeron el colapso
de Rusia es hecha por el propio Lloyd George: El profesor Sir Bernard Pares, un
distinguido académico que conoció bien Rusia y los rusos... visitó Rusia en 1915,
en su calidad de corresponsal oficial con el Ejército ruso, y a su regreso presentó
un rapport muy notable». En dicho rapport, citado por Lloyd George, el profesor
Pares dijo: «... Es mi deber informar que el desafortunado y extraño fracaso de
Messrs, Vickers & Maxim & Co. en el suministro de armamento a Rusia está
poniendo en grave peligro las relaciones entre nuestros dos países (19).
Un inciso. Parece, en efecto, desafortunado y extraño que unos tan acreditados
«mercaderes de cañones» como Vickers & Maxim fracasaran en su suministro de
armamento al Ejército imperial ruso. Esos mercaderes de la muerte habían
demostrado su sin par eficiencia en docenas de conflictos bélicos, pero he aquí
que, súbitamente, fracasaban... Y fracasaban de una manera rarísima, extraña...
Sí, por que, durante seis largos meses, los rusos, no reciben ni un solo fusil.
Cuando, a finales de 1915, llegan los primeros fusiles, ametralladoras y cañones,
las autoridades rusas se aperciben de que tales armas son de calibres diferentes a
los usados por el Ejército imperial. A Rusia se le exige que pague por adelantado
por unas armas que, de momento, no le sirven para nada... Entre tanto, otros
rusos, o individuos con apellidos oportunamente rusificados, reciben
clandestinamente armas en los países vecinos y en la misma Rusia. Las armas
que los monopolios mundiales del armamento niegan al zar, son para Lenin y
Trotsky.
Vickers & Maxim, firma mastodóntica cuyo «presupuesto» era superior al de
muchos países del Viejo Continente, estaba controlada por Sir Ernest Cassel y Sir
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
Basil Zaharoff, dos ciudadanos británicos. Según el editor hebreo Sir Sidney Lee
(20), Sir Ernest Cassel era un judío nacido en Colonia (Alemania), íntimo de Jacob
Schiff y director de la banca Bischofs-cheim & Goldsmidt, de Londres. En 1897 fue
artífice de la compra de la «Barrow Naval and Shipbuilding Construction
Company» y de Vickers & Sons Company y, más tarde, de la unión con las
compañías de municiones y armamentos Maxim Gun y Nordenfeldt. Por su parte,
la «combine» Maxim-Nordenfeldt había sido efectuada por otro judío, Sir Basil
Zaharoff, procedente de una acomodada familia de Odessa (Ucrania) (21). Como
vemos, una vez más, aparece en acción el triángulo comunismo -alta finanza judaísmo, trabajando en común.
Otro sí, el trust francés de armamentos, Schneider-Creusot, contribuyó, aunque en
menor escala que la Vickers & Maxim, a organizar la derrota del régimen zarista.
Según el autor inglés Sidney Dark (22) «La familia Schneider es de origen judeoalsaciano».
Si nula fue la ayuda de los gobiernos de los países de la Entente -y especialmente
Inglaterra - a su desgraciado aliado Nicolás II en la guerra contra los imperios
centrales, más lo fue aún en la que debió sostener el Ejército imperial contra el tan
bien pertrechado Ejército rojo. Londres mandó un Cuerpo expedicionario de 1.200
hombres, que operó, con rara pasividad, en la zona portuaria de Arkangelsk, y
Washington, en 1919, una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, un par de
divisiones que hicieron acto de presencia en Siberia Meridional (23). La
intervención de los Aliados se produjo en una escala completamente inadecuada a
la magnitud del conflicto, y no pudo ayudar en nada a las tropas «blancas» del
almirante Kolchak y de los generales Wrangel y Denikin. Para una sola cosa sirvió
la intervención de la Entente: para hacer inclinar hacia el bando bolchevique las
simpatías de una parte del populacho ruso, cuyos sentimientos «chauvinistas» se
sintieron heridos por la intervención extranjera en favor del viejo régimen.
Tras su abdicación, el zar y su familia recibieron una oferta de asilo hecha por el
Gobierno británico. Una polémica se desató sobre el hecho de haber o no haber
sido posteriormente retirada tal oferta. Según Lloyd George, en sus aludidas
«Memorias», tal oferta fue mantenida. Según Kerensky, en cambio, no lo fue. Pero
Sir George Buchanan, embajador inglés en Rusia, afirmó en un libro de Memorias
publicado por su hermana Miss Meriel Buchanan después de su muerte, que el
Gobierno británico telegrafió al ruso, retirando la oferta de asilo (24). Esto
equivalía a condenar a muerte al zar, máxime si se tiene en cuenta que los
esfuerzos hechos por el conde Mirbach, embajador de Alemania -interesado en
salvar a la zarina, princesa de sangre germana - resultaron vanos por la traición de
un «agent provocateur», llamado Yakolev, un judío de origen transilvano.
El 16 de julio de 1917, en la mansión Ipatiev de Ekaterinburg, el zar, la zarina, el
zarevitch enfermo, las princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia y cinco
sirvientes fueron fusilados, sus cadáveres asaeteados con las bayonetas y
horriblemente mutilados. Los cadáveres fueron conducidos a un bosque cercano e
incinerados o quemados con ácido sulfúrico. Esa horrible masacre fue
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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
personalmente ordenada por el comisario Sverdlovd, descrito por el agente
británico Bruce Lockhart como «un judío tan moreno que diríase casi negro» (25).
El pelotón de ejecución, mandado por Jakob Jurowsky, se componía de doce
hombres, de los que sólo dos eran rusos, uno letón, y los otros judíos.
En la pared de la habitación donde el zar y su familia fueron ejecutados fueron
hallados tres signos cabalísticos, inscritos de arriba abajo y de derecha a
izquierda. Los símbolos consisten en la letra "L" repetida tres veces en escritura
hebrea, samaritana y griega. Según la escritora norteamericana O'Grady, esa
inscripción simbolizaba pasividad, significando que los asesinatos no provenían de
la voluntad del ejecutor o ejecutores, sino que él o ellos actuaron en obediencia de
una orden superior (26).
Cuatro días antes, el gran duque Miguel y su secretaria inglesa fueron fusilados en
Perm, a trescientos kilómetros al Noroeste de Ekaterinburg. Los duques Sergio
Mihailovitch, Igor, Constantino e Iván Constantinovitch. parientes cercanos del zar,
fueron también fusilados en Ekaterinburg. El príncipe Pablo y la gran duquesa
Isabel, con su séquito de diecisiete personas, fueron rociados con ácido sulfúrico y
arrojados a un pozo seco, donde murieron al cabo de tres días de indecibles
sufrimientos (27). La supervisión de esa serie de asesinatos estuvo a cargo de los
bolcheviques Golschekin, Voikov y Sarafov. Golschekin, alias Philip, era un judío
que estuvo relacionado con Lenin desde 1911. Voikov era igualmente judío; la
procedencia racial de Sarafov es desconocida (28).
Que el Gobierno británico, por acción y por omisión favoreció objetivamente el
triunfo bolchevique está fuera de toda duda razonable. Más insidioso fue aún el
caso de la «contrarrevolución» organizada en Moscú por el capitán O'Reilly,
agente del Intelligence Service. O'Reilly, un aventurero que se llamaba en realidad
Rosenblum y procedía de un ghetto lituano, estuvo asociado con el banquero
Alexander Weinstein, un judío de Kiev, y se sabe que trabajó como agente
especial para los japoneses durante la guerra de 1904-05 entre el Mikado y Rusia.
En 1917, aparece como agente secreto británico (29) y es enviado a Rusia. Su
misión oficial: organizar la contrarrevolución, devolviendo a Rusia al lado de la
Entente, pues los comunistas se disponen a concluir una paz separada con
Alemania y Austria-Hungría. Su misión real: se ignora. La misión que cumplió:
provocar prematuramente el alzamiento de los rusos anticomunistas, que fueron
aplastados. Luego, O'Reilly huyó (igual que su correligionario Adler Kerensky, el
introductor y solapador de la Revolución) sin que haya podido demostrarse que la
omnipotente G. P. U. hiciera nada por impedirle la huida.
Ese aventurero escribió sus Memorias, que fueron publicadas por su esposa, la ex
actriz sudamericana Pepita Bobadilla, que las prologó y epilogó (30). Según Mrs.
O'Reilly, todos los complots organizados por su marido fracasaron; siempre los
rusos blancos que se fiaron de él fueron, finalmente, traicionados por alguien.
Según el cónsul general de los Estados Unidos, Mr. Poole, O'Reilly, Rosenblum
era un «agent provocateur». Esto lo confirman Bruce Luckhart y el mismo
«capitán» Hill, durante muchos años colaborador de O'Reilly. Este provocador que
tan eficientemente trabajó por los bolcheviques no era, tampoco, unaparia de la
Tierra, ni un esclavo sin pan. Antes de la Revolución, trabajó en San Petersburgo
como agente de cambio y Bolsa (31).

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Bochaca, Joaquin – La Historia de los Vencidos
LAS REVELACIONES DE MRS. WILLIAMS Y H. GWYNNE
Mrs. Ariadna Williams, viuda del Dr. Harold Williams, durante muchos años
corresponsal del Manchester Guardian en Rusia, publicó las Memorias de su
marido, bajo el titulo From Liberty to Brest-Litovsk, en 1919. Un año más tarde, el
editor del Morning Post londinense. H. A. Gwynne recopiló los artículos del
periódico, relacionados con la cuestión rusa (32). Según Mrs. Williams:
«La nueva clase que rápidamente cristalizó en derredor de los bolcheviques, se componía
especialmente de individuos perfectamente ajenos al pueblo ruso... Abundaban los lituanos
y letones, y también los caucasianos y asiáticos, pero la vasta mayoría se componía de
judíos procedentes de los más diversos países. Esa gente hablaba muy mal el ruso. La
nación cuyo sorprendente control acababan de obtener era extraña para ellos, y se
comportaban, en consecuencia, como extranjeros en país conquistado».

Mr. Gwynne facilita diversas estadísticas e innumerables detalles reveladores. Por
ejemplo, cita los nombres, reales y adoptados, de los 48 primeros personajes en el
escalafón jerárquico soviético, 42 de ellos son judíos. Otros 2 son rusos casados
con judías, Vorochilov y Kollontai. Dos más son medio judíos, Lenin y Tchitcherine.
Completan la lista Goukovsky y el letón Peters.
La lista en cuestión coincide con la inscrita en la sección HL del rapport del
Servicio Secreto americano, ya mencionada al comienzo del presente capítulo.
Aparte de los nombres citados en dicho rapport, Mr. Gwynne añade los de
Goussiev (Drapkin), Gorev (Goldman), Volodarsky (Cohen). Zervditch (Fonstein),
Radek (Sobelssohn), Litvinoff (Meyer, Wallach, etc.) Kamensky (Hoffmann), Naout
(Ginzburg), Igoev (Goldman), Vladimirov (Feldnian), Bounskov (Foundamentsky),
Manuilsky y la Lebedteva (Simson), todos judíos, más Vorochilov, Kollontai y
Goukovsky, rusos, y el chekista letón Peters. A propósito de Lenin, Mr. Gwynne
reproduce una noticia publicada por el Jewish Chronicle, órgano del judaísmo
británico, en la que, a parte de mencionarse la ascendencia del «Papa» soviético judía por parte materna - y su matrimonio con la Kruppskaya, de bien acomodada
familia judeoalemana, se dice que Lenin formó parte de círculos de estudios judíos
cuando residió en Suiza, en 1897, y que su profesor era un rabino (33).
TESTIMONIOS DE PARTE CONTRARIA
Ninguno de los testimonios más arriba aludidos puede, ni aún con la mayor
fantasía ni la más flagrante mala fe, ser tachado de «nazi», «fascista» o
«antisemita» (palabra deliberadamente equívoca, escogida para denigrar
sistemáticamente a los que exponen las actividades subversivas y revolucionarias
del judaísmo político).
Ni el Estado Mayor del Ejército americano, ni la C.I.A., ni el «Deuxiéme Bureau»
francés, ni Mr. Winston Churchill, ni el Departamento de Estado norteamericano
pueden, seriamente, ser tildados de antisemitas. Por otra parte, las personalidades
e instituciones aludidas presentan las mayores garantías en cuanto a la seriedad
de sus informaciones; tales personas y tales organismos no podían no estar bien
informadas, y lo mismo cabe decir de Mr. Oudendyke, representante oficial del
Gobierno británico en Petrogrado, del embajador americano Francis, de los
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