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El judío internacional .pdf



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Título: El Judío Internacional
Autor: Henry Ford

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Henry Ford

El Judío Internacional
Traducción de Enrique Montaldo
7 de Junio de 1944
INDICE
PRIMERA PARTE
I. Los judíos: carácter individual y actividad productiva de los mismos
II. Como se defiende Alemania contra los hebreos
III. Historia de los hebreos en los Estados Unidos de Norte América
IV. ¿Es real o imaginaria la cuestión del judaísmo?
V. ¿Arraigará en los Estados Unidos el antisemitismo?
VI. Abrase vía libre en las revistas la cuestión judía.
VII. Arthur Brisbane, defensor del judaísmo
VIII. ¿Existe un programa judaico universal determinado?
IX. Fundamentos históricos de la aspiración judía por la hegemonía universal
X. Introducción a los "Protocolos judíos" o "de los sabios de Sión".
XI. Apreciación judía sobre la naturaleza humana del no-judío
XII. Requieren los "Protocolos Judíos" su cumplimiento en parte
XIII. Plan judío para socavar, mediante "ideas", la sociedad humana
XIV. ¿Previeron los judíos la conflagración mundial?
XV. ¿Es idéntico el "Kahal" judío al actual soviet ruso?
XVI. Influencia de la cuestión judía sobre la agricultura
XVII. ¿Predomina el judaísmo en el periodismo mundial?
XVIII. ¿Cómo se explica el poder político hebreo?
XIX. La U.R.S.S. (Rusia Comunista) hechura del Panjudaísmo
XX. Un testimonio hebreo en favor del bolcheviquismo
SEGUNDA PARTE
Del prefacio personal del señor Henry Ford
I. Mixtifican los judíos en Estados Unidos su numero y poderío
II. ¿Forman los judíos una Nación?
III. Judíos contra no-judíos en la alta finanza de Nueva York
IV. La curva ascendente del poderío financiero hebreo
V. Baruch, el "Disraelí Norteamericano" y "Procónsul de Judá en Norte América"
VI. El predominio israelita en el teatro Norteamericano
VII. El primer trust teatral israelita
VIII. El aspecto semita del problema cinematográfico
IX. La preponderancia semita en el mundo cinematográfico
X. Nueva York bajo el "Kahal" hebreo
XI. Critica de los "derechos hebreos"
XII. La orden universal de los "B'nai B'rith"
XIII. Como caracteriza Disraelí a los hebreos
XIV. El jefe de Estado que debió inclinarse ante el judío internacional
XV. Historia de Bennett, editor periodístico independiente
XVI. El informe de Morgenthau sobre Polonia
XVII. Polonia encadenada con la conferencia de la paz

XVIII. Panorama presente de la "Cuestión Hebrea"
XIX. Intermedio literario: ¿que es el Jazz?
XX. Los viveros del bolcheviquismo en los Estados Unidos
XXI. Confesiones de un superior de la orden de B'nai B'rith
XXII. Kuhn, Loeb y Cia., de Nueva York, y M. M. Warburg y Cia., de Hamburgo
XXIII. La sed de oro norteamericana bajo el control financiero de los hebreos
XXIV. La influencia hebrea en la vida intelectual norteamericana
XXV. Planes financieros de los hebreos internacionales
Primera parte

"Entre las más destacadas características de la raza hebrea, es preciso citar: acentuada aversión
por toda labor física que implique fatiga; muy pronunciado espíritu de familia; instinto religioso
innato y concepto en extremo elevado de la hermandad de tribu; ánimo esforzado, propio de
profetas y de mártires, más bien que de adalides culturales y belicosos; extraordinaria aptitud para
afrontar adversidades; excelente predisposición para el comercio; astucia y perspicacia para la
especulación, particularmente en asuntos de dinero; una pasión de oriental por el lujo, el íntimo
goce del poderío y de los placeres que ofrece una posición social elevada; bien equilibradas
facultades intelectuales".
(De "nueva enciclopedia internacional").
I
LOS JUDÍOS: CARÁCTER INDIVIDUAL Y ACTIVIDAD PRODUCTIVA DE LOS MISMOS
Vivimos nuevamente en una época en que el judaísmo atrae la atención crítica del mundo entero.
Su ingreso durante la Gran Guerra en lo más escogido de las esferas financieras, políticas y sociales
fue tan general y evidente, que su posición, su poderío y sus fines fueron recibidos con acerba
crítica, y en la mayoría de los casos causaron repulsión. No constituyen las persecuciones una
novedad para el judío. En cambio, para su ética racial, es nueva esta exaltación. Cierto es que este
pueblo sufre hace 2000 años los efectos de un instintivo antisemitismo de las demás razas, pero
semejante aversión nunca llegó a ser consciente, ni pudo expresarse concreta ni claramente. Hoy,
por el contrario, digámoslo así, esta sometido al microscopio de la observación científica, que nos
hace conocer y comprender los verdaderos orígenes de su poderío, de su aislamiento y hasta de
sus amarguras.
En Rusia se le responsabiliza del bolcheviquismo, acusación que, según de donde provenga, podrá
considerarse fundada o infundada. Los norteamericanos, que fuimos testigos de la fanática
elocuencia de los jóvenes judíos, apóstoles de una revolución social y económica, estamos en
excelente posición para poder formar un claro juicio de lo que existiera real y verdadero en tales
acusaciones. En Alemania se achaca al judío la derrota experimentada, y una amplísima literatura
con innumerables pruebas detalladas impele, en verdad, a muy serias cavilaciones. En Gran
Bretaña, se dice que el judío es el amo verdadero del mundo, que la raza hebrea constituye una
supranacionalidad que vive entre y sobre los pueblos, los domina por el poder del oro, y acicatea
fríamente un pueblo contra otro, en tanto se oculta cautelosamente entre bastidores. Por último, en
Estados Unidos llama la atención la insistencia con que los judíos - los viejos por apego al dinero,
por ambición los jóvenes - se infiltran en todas las organizaciones militares, y particularmente en
los rubros dedicados a los negocios industriales y mercantiles derivados de la guerra, criticándose
en especial el cinismo con que dichos judíos explotan en provecho propio los innúmeros
conocimientos que lograron en su calidad de funcionarios del Estado.
La cuestión judaica, en una palabra, ha hecho su aparición en escena. Más, como ocurre en casos

parecidos, en los que cuestiones de ventaja personal desempeñan cierto papel, aparecen también
determinados esfuerzos para acallarla, insinuando la inconveniencia de exponerla en público. En
cambio, la infalible experiencia prueba que todo problema escamoteado así, tarde o temprano
torna a abrirse paso, y entonces en formas inconvenientes y hasta muchas veces peligrosas.
El judío constituye un enigma mundial. No obstante ser su masa pobre en absoluto, domina,
empero, el mercado económico y financiero del mundo entero. Viviendo sin patria, ni gobierno, es
decir, en la dispersión, demuestra, empero, una unidad nacional y una tenacidad no alcanzada por
pueblo alguno. En la mayoría de los países, salvo restricciones, supo convertirse en el soberano
efectivo, al amparo a veces de los patronos. Dicen antiguas profecías, que los judíos retornarán a
su vieja patria, desde cuyo centro geográfico dominarán a la totalidad de los pueblos, no sin antes
haber resistido el combinado al mundo de las naciones del mundo entero.
La del intercambio comercial es la profesión a la que contribuye el judío en mucha mayor
proporción que ningún otro pueblo. No importa rebajarse a la compra de trapos viejos; la cuestión
es comerciar. Desde la compraventa de ropa usada hasta el absoluto dominio del comercio mundial
y de la Hacienda de los Estados, el judío siempre demostró las mejores aptitudes. Experimentando
como ninguna otra raza aversión hacia toda labor física y productiva, sabe nivelar este defecto por
una escala característica predisposición para el intercambio. El no-judío desarrolla su actividad en el
terreno industrial o técnico, en tanto que el joven hebreo prefiere empezar su carrera como mozo,
vendedor callejero o dependiente de comercio, por la relación que dichas profesiones guardan con
el aspecto mercantil. De acuerdo a los datos de un censo prusiano, de 16.000 judíos, 12.000 eran
mercaderes y 4000 manufactureros, mientras que de la población indígena renana sólo se dedicaba
al intercambio comercial un 6%.
Un censo moderno arrojaría seguramente, como resultado, un muy considerable aumento en las
carreras académicas y literarias, sin que se advirtiera, en cambio, un descenso en la participación
de los judíos en las tareas mercantiles, y un aumento insignificante, o tal vez ninguno, en los oficios
manufactureros. En Estados Unidos, casi todo el comercio mayorista, los "trusts" y los institutos
bancarios, las riquezas del subsuelo y los principales productos de la agricultura, especialmente el
tabaco, algodón y azúcar, están bajo el dominio absoluto de los financieros hebreos, o de sus
agentes. También representan una vasta y todopoderosa fuerza, los periodistas judíos. "Gran
número de fuertes almacenes se hallan en manos de empresas judías" – dice la Enciclopedia Judía,
- aunque muchos de ellos, sino la mayoría, figuran bajo razones sociales no hebreas. Semitas son
la mayoría y los más importantes propietarios urbanos, predominando asimismo en la vida teatral.
Son los que dirigen también, y con total hegemonía toda la vida informativa del país. Aunque
inferiores en número a cualquiera otra raza de las que viven entre nosotros, disponen, sin
embargo, y diariamente, de una publicidad vastísima y siempre favorable a sus intereses. Esto no
sería posible, sino fueran ellos mismos los que la regulan a su antojo. Werner Sombart en su libro
Judaísmo y vida económica, dice que "si las cosas siguen desarrollándose en América en la misma
forma que en esta última época, contrabalanceando las cifras de inmigración y aumento de las
diversas nacionalidades, vemos en nuestra fantasía a los Estados Unidos dentro de cincuenta por
cien años como un país poblado por negros, eslavos y judíos, entre cuya población los judíos, claro
está, se habrán convertido en los dueños absolutos de toda la vida económica". Y tengamos en
cuenta que Sombart es un sabio filosemita.
Se plantea, naturalmente, un interrogante: puesto que judío está realmente en posesión de tal
dominio, ¿cómo lo alcanzó? Norteamérica es un país libre. Los judíos representan únicamente un
3% de la población total; contra 3 millones de judíos existen 97 millones de no-judíos. Ya que el
judío tiene poderío, ¿es ello consecuencia de su propia superioridad intelectual, o de la inferioridad
e indolencia de los no-judíos? Resultaría fácil decir que los judíos llegaron a América, probaron
fortuna como los demás y evidenciaron facultades superiores en la lucha por el éxito. Más esta
consecuencia no tomaría en consideración todo los hechos existentes. Antes de formular otra

respuesta mejor, es preciso fijar: concretos. El primero de hechos es, que no todos los judíos se
hicieron ricos. Existe también gran número de hebreos pobres, aunque la mayor parte de ellos
continúa en posición independiente. Si bien es cierto que son judíos los principales amos
financieros del país, no es verdad que cada judío sea uno de los amos. El que estas dos categorías
de judíos deban distinguirse claramente, se impone desde el momento en que se analiza
críticamente los métodos, que, por una parte, los judíos ricos y por otra los pobres, utilizan para
alcanzar el poderío. En segundo término, la solidaridad judía torna muy difícil la tarea de medir los
éxitos judíos y los no judíos por el mismo rasero. Cuando se hicieron posibles fuertes
concentraciones financieras en Norteamérica con activa ayuda de grandes capitales transoceánicos;
cuando arribaron a Norteamérica inmigrantes sólidamente apoyados por el capitalismo hebreo
europeo, no sería justo apreciar la prosperidad de dichos elementos desde los mismos puntos de
vista de los que se podría juzgar la lucha económica de inmigrantes alemanes o polacos, que
arribaron a estas playas sin más medios de vida que su afán de trabajo e inteligencia. Cierto es que
muchos judíos llegaron a América sin otro apoyo que su propio valer, pero, ello no obstante, no es
posible decir que el predominio ejercido por el capitalismo hebreo sobre los asuntos del país sea
exclusiva consecuencia de la inteligencia de los judíos, sino que tal predominio no representa más
que la ampliación territorial del predominio financiero judío existentes ya en ultramar. Este es el
punto básico en que debe apoyarse todo intento de explicación. Se trata de una raza que durante
su época esencialmente nacional, componíase de campesinos, cuya disposición típica fue más
espiritual que materialista; pueblo más bien de pastores que de negociantes, pero cuya raza, desde
que se viera huérfana de suelo patrio y de gobierno propiamente dicho, y luego de haberse visto
siempre y por doquier expuesta a persecuciones, debe pues indudablemente considerarse como la
oculta pero verdadera dominadora del mundo entero. ¿Cómo es posible que surja tal acusación? ¿Y
por qué la misma se apoya, al parecer, sobre innúmeros y circunstanciados hechos?
Comencemos por el origen. Vivían los judíos durante el desarrollo de su carácter nacional bajo el
imperio de una ley que tornaba imposibles tanto una riqueza como una pobreza excesivas. Los
modernos reformadores organizan sobre el papel sistemas sociales inmejorables, harían bien
echando una ojeada sobre el sistema social bajo el cual vivían los primitivos judíos. La ley mosaica
al prohibir la usura, tornó imposible una aristocracia capitalista, que grandes financistas judíos la
representan hoy justamente con la fácil y duradera fuente de ingresos que representan los
intereses que imponen a sus deudores. Ni la usura, ni la especulación viéronse favorecidas por la
antigua ley. No se practicaba usura con el suelo, pues la tierra se repartía entre el pueblo, y si bien
un propietario podría perderla por su culpa, o por contratiempos, volvía la parcela, sin embargo, a
la propiedad de la familia al cabo de 50 años. Empezaba cada vez una nueva época social, con el
llamado año de gracia. Resultaba imposible bajo tal legislación, la formación de grandes feudos o
de una casta de magnates financieros. El período de 50 años facilitaba la suficiente libertad para
que la actividad personal pudiera manifestarse en la lucha por la vida.
De haber sido los judíos en la Palestina y bajo la ley mosaica, una nación conservadora, jamás
hubieran podido adoptar las formas financieras que hoy la caracterizan. Jamás se enriqueció un
judío a costa de otro judío, como tampoco hoy los judíos llegan a ser ricos en mutua competencia,
sino a costa de los pueblos no judíos, entre los que moran. La ley mosaica permitía al judío traficar
con los extraños, de acuerdo con determinados principios morales, mas no con su "prójimo" de
raza judía. Su ley, llamada de extranjeros, especificaba: "prestarás al extranjero con usura; con tu
prójimo no debes hacerlo".
Dispersos entre los demás pueblos, más sin mezclarse jamás íntimamente con ellos, y sin perder
tampoco su marcadísima particularidad, tuvieron los judíos durante largos siglos las mejores
oportunidades para poner en práctica dicha ley fundamental. Extraños en casa de extranjeros, que
a veces se les mostraban cruelmente hostiles, con esta ley practicaban lo judíos un acto de justicia
compensadora o penal. A pesar de ello, este solo hecho no hubiera bastado para explicar la
superioridad judía en materia de fuerzas. La explicación deberá buscarse, más bien, en el judío

mismo, en una fuerza suya propia, es su destreza y en su moralidad específica.
Desde sus comienzos, hallamos en la historia hebrea la tendencia de esta raza a erigirse como
dueña de otros pueblos esclavizados. Aunque, al parecer, todas las profecías se dirigían a un
despertar moral de toda la humanidad por Israel, a tal enunciado se opone manifiestamente, su
tendencia dominadora. Esto es, al menos, lo que puede deducirse del tono en que se redactó el
Antiguo Testamento. Según aquellas viejas historias, los judíos desobedecieron la orden divina de
expulsar a los canaanitas, para que Israel no se contaminara con la perversión de aquel pueblo.
Observando, sin embargo, la cantidad de fuerzas útiles que perderían con la expulsión de los
canaanitas, optaron por hacerlos sus esclavos. "Y ocurrió que cuando Israel fortalecióse, convirtió a
los canaanitas en sus tributarios, no expulsándolos". Esta desobediencia, que denota predilección
por el dominio material, en vez de una hegemonía espiritual, marca el origen del que fue después
perpetuo castigo y eterna angustia de los judíos.
La dispersión de los judíos desde hace 2500 años, entre el resto de la humanidad, modificó
fundamentalmente el plan salvador asignado a Israel. Los directores espirituales del moderno
judaísmo seguirán declarando hoy, que la misión judía entre los pueblos del mundo es de esencia
espiritual, pero tal afirmación muy poco tiene de convincente ante la absoluta carencia de pruebas
prácticas. En el transcurso de toda la era moderna considera Judá a los otros pueblos, sólo desde el
punto de vista de la explotación de sus fuerzas vitales en su provecho material. Mas la profecía
queda planteada, según la cual, aun en tierras extrañas, hostigado adonde encamine sus pasos,
llegara para Israel el día en que su destierro termine en una Nueva Palestina y que Jerusalén,
según cantaban los antiguos profetas, tornara a ser el centro moral del mundo.
Si el judío hubiese sido trabajador, cooperando en común con el resto de la humanidad, su
dispersión seguramente no hubiese alcanzado tales proporciones. Pero como optó por hacerse
mercader improductivo, su errante instinto le convirtió en aventurero a través de todas las tierras
habitadas. Ya en épocas muy remotas, estuvieron los judíos en China. En Inglaterra hacen su
aparición bajo los reyes sajones. Existían ya en América del Sur mercaderes judíos, cien años antes
de la llegada de los Reverendos Padres peregrinos a Plymouth-Rock. Fueron judíos los que
fundaron en 1492 la primera fábrica de Azúcar en Santo Tomás. En el Brasil ya estaban firmemente
establecidos, cuando apenas existían en las costas del continente septentrional algunas míseras
aldeas. Prueba su constante penetración el hecho de que el primer blanco nacido en Georgia fue un
judío: Isaac Minis. La presencia de los judíos en todos los puntos del mundo habitado, y su innata
coherencia nacional les conservaron como conjunto nacional entre los demás pueblos, cuyos
agentes activos se agruparon por doquier.
Su ascenso a la posición de señores de las finanzas mundiales, tuvo como causa primordial otra
predisposición: su habilidad para inventar constantemente nuevos métodos usurarios. En tanto, el
judío no apareció en la lucha de competidores, solía desarrollarse el comercio en formas
relativamente simples. Si buscáramos hoy en los orígenes de muchos de los métodos comerciales
que facilitan y simplifican nuestro intercambio, indudablemente tropezaríamos con algún nombre
judío. Muchos de los indispensables instrumentos de giro y crédito, fueron inventados por
negociantes judíos, no solo para el trafico entre si, sino, mas bien, para alucinar a los no judíos,
con que comerciaban. La letra de cambio más antigua, fue librada por un judío, Simón Rubens. La
letra a la vista es un invento hebreo, así como el cheque "al portador".
Un interesantísimo capítulo de historia va ligado a este documento "al portador". Los enemigos de
los hebreos les arrancaban muchas veces hasta el último centavo de sus riquezas, mas con
sorprendente rapidez, estos volvían a rehacerse y eran ricos otra vez al poco tiempo. ¿Cómo es
posible explicar este rápido alivio de una tan absoluta miseria? Es que su activo ocultábase
sencillamente bajo la máscara de "al portador", y en esa forma, una parte de su propiedad podía
siempre ser salvada. En las épocas en que admitíase el derecho del pirata de apresar todas las

mercaderías consignadas a hebreos, estos se defendían mediante el ardid de hacer viajar las
mismas sobre conocimientos que no especificaban el nombre del destinatario, sino que iban "a la
orden".
La tendencia judía fue la de traficar de preferencia con mercaderías y no con personas.
Antiguamente, todas las demandas ante la justicia eran de índole personal, pero el judío intuyó que
las cosas le proporcionaban mas seguridad que las personas con las cuales traficaba, y supo
conseguir que en adelante las demandas se hicieran contra las cosas. Además, este método
ofrecíale la ventaja de permanecer mejor al margen. Resulta natural que dicho procedimiento
introdujera en el comercio una nota de dureza, ya que se prefería traficar con cosas a negociar con
personas, y esta dureza es la que perpetuóse hasta nuestros días.
Otra institución, que se generalizo, y que se oculta con eficacia el enorme poderío logrado por los
judíos, es del mismo origen que los documentos al portador: la sutileza que permite aparecer a una
empresa dominada por el capital hebreo bajo un nombre que no hace la mínima insinuación de tal
influencia hebrea. (Sociedad anónima. Sociedad por acciones).
Es el judío el único y verdadero capitalista internacional. Pero en general no es su costumbre
gritarlo a los cuatro vientos; prefiere utilizar a los Bancos y trusts no-judíos en calidad de agentes e
instrumentos. La llamativa indicación de una "fachada" no-judía aparece con frecuencia unida con
esa sugestiva manipulación.
Igualmente el invento de la Bolsa de valores es un producto del talento financiero judío. En Berlín,
París, Londres, Francfort y Hamburgo los judíos ejercían una influencia total sobre las primeras
bolsas, y Venecia y Génova en las viejas crónicas aparecen con el hombre de "ciudades judías",
donde lograron efectuar las mayores transacciones comerciales y bancarias. El banco de Inglaterra
se fundó por consejo y ayuda de judíos holandeses inmigrados. Los bancos de Amsterdam y
Hamburgo deben su origen a la influencia hebrea en dichos centros.
Otro singular aspecto, relacionado con las persecuciones y correrías de los hebreos a través de
Europa, es que adonde ellos iban marchaba el centro del tráfico mundial. Cuando vivían los judíos
en España, estaba allí el centro mundial del oro. Con su expulsión perdió España su hegemonía
financiera, que nunca volvería a recobrar. Los historiadores de la vida económica europea se
esforzaron siempre por saber la razón del traslado de la preponderancia comercial de España,
Portugal e Italia a los países del norte, Holanda, Inglaterra y Alemania, sin que ninguna de las
razones aducidas haya logrado convencer. Pero si tenemos en cuenta que coincide tal transposición
con la época de expulsión de los judíos de las naciones meridionales y su refugio en las del norte, y
que con su arribo a esas regiones, comenzó allí el florecimiento comercial, sin interrupción hasta
nuestros días, no parece difícil una explicación verosímil. Reprodújose siempre el hecho de que al
irse los judíos, marche con ellos el mercado principal de los metales preciosos.
La difusión de los hebreos a través de Europa y de todo el mundo, durante la cual cada comunidad
judía unióse con todas las demás por vínculos de sangre, de fe y de padecimientos, les concedió la
posibilidad de manifestarse como internacionales, en una forma que ninguna otra raza, ni
comunidad de comerciantes en aquella época hubiera podido hacerlo. No sólo se establecían en
todas partes (lo mismo ocurre también con italianos o rusos), sino que, allí donde estuvieren,
guardaban íntimo contacto. Se hallaban ya organizados antes que las demás comunidades
internacionales, justamente por éste sistema nervioso de la mancomunidad de la sangre. A
numerosos escritores de la edad media llamóles la atención el hecho de que los judíos solían estar
enterados de los sucesos europeos, antes de que lo fueran los mismos gobiernos. Conocían
también el ulterior desarrollo de los acontecimientos, comprendiendo de inmediato infinitamente
mejor las condiciones y mutuas relaciones políticas, que los propios diplomáticos de carrera.
Propalaban las informaciones interesantes de grupo a grupo, de nación a nación, preparando así,

por instinto, el fundamento de la información financiera moderna, información que les resultó de
incalculable valor para sus transacciones especulativas. Los conocimientos anticipados
constituyeron, indudablemente una ventaja extraordinaria, en una época en que las informaciones
todavía eran escuetas, lentas e inseguras, y les puso en condiciones de tornarse indispensables
como intermediarios de los empréstitos de los Estados, negocio que los judíos siempre fomentaron.
El judío trato siempre de tener a los Estados por clientes. Los empréstitos se emitían con
frecuencia, en presencia de miembros de unas mismas familias financieras en los distintos países.
Fueron estas familias las que, integrando una especie de directorio internacional, barajaban a reyes
contra reyes, gobiernos contra gobiernos, explotando con una absoluta falta de conciencia las
rebeldías nacionales existentes o provocadas en su propio y exclusivo provecho.
Un reproche muchas veces repetido contra los financistas judíos modernos se basa precisamente
en que prefieran ante todo este terreno para sus maquinaciones. Efectivamente, la mayoría de las
críticas antisemitas no se dirigen contra el negociante particular judío con clientela privada. Millares
de pequeños comercios judíos cuentan con nuestra general estima, y del mismo modo respetamos
también a decenas de miles de hebreos particulares como vecinos nuestros. La crítica que con
razón se dirige contra los financistas judíos no es pues originada únicamente por motivos raciales.
Desgraciadamente esta aversión de raza, que como prejuicio conduce tan fácilmente a errores,
deriva del hecho cierto de que en la cadena financiera internacional, que rodea al mundo entero,
cada eslabón siempre corresponde a una cierta familia financiera judía, a un capitalista judío, o a
un sistema bancario judío. Muchos pretenden ver en tal circunstancia una premeditada
organización del poderío judaico para dominar a todos los otros pueblos del mundo, en tanto que
hay quien lo explica tan sólo como el resultado de naturaleza y mutuas simpatías judías, o por el
desarrollo natural del sistema familiar del comercio hebreo, que propende cada vez a abarcar más
ramas en su actividad. Según las antiguas escrituras, crece Israel como la vid, que hace brotar
siempre sarmientos nuevos, hundiendo cada vez más sus raíces; pero todo sigue formando parte
de una misma planta.
La facilidad de los hebreos para negociar con los gobiernos halla también su explicación en las
antiguas persecuciones, en cuyos dolorosos momentos el judío comprendió el inmenso poder del
oro sobre los caracteres venales. Allí donde se dirigía, le perseguía como una maldición la creciente
antipatía popular. Los judíos, como raza, no se hicieron jamás simpáticos, hecho que el más
ferviente hebreo no negará, aunque se esfuerce por ofrecer una explicación satisfactoria. Tal vez
alguno que otro judío, como particular, goce de nuestra estima, y hasta es posible que
determinados rasgos del carácter judío, detenidamente estudiados, nos resulten simpáticos. Sin
embargo, una de las cargas que soportan los judíos como raza, radica en la antipatía colectiva de
los otros pueblos. Existe esta antipatía en nuestra eran moderna, en países civilizados y en
condiciones que, al parecer, tornan imposible toda persecución.
El judío, en cambio, parece preocuparse muy poco de la amistad o enemistad de los demás
pueblos, acaso por los fracasos de épocas pretéritas, o también, y con mayor verosimilitud, por
suponerse hijos de una raza superior a todas las otras. Pero sea cual fuere el verdadero motivo,
existe el hecho de que su tendencia principal se dirigió siempre a conquistar para sí reyes y
nobleza. ¿Qué les importaba a los hebreos que los pueblos murmuraran contra ellos, en tanto los
reyes y su corte fueran sus amigos? Así vimos existir siempre, hasta en las épocas más duras para
ellos, un "judío de corte", que mediante sus préstamos y los grillos de la deuda, pudo penetrar a
cada instante en la antecámara real. Fue siempre táctica judaica aquella del "camino recto al
cuartel general". Jamás trato el judío de conciliarse con el pueblo ruso; buscó, en cambio, las
simpatías de la corte imperial. Tampoco quiso nunca envolver en sus redes al Zar y a su Gobierno.
En Inglaterra se reía el hebreo del pronunciado antisemitismo del pueblo inglés. ¿No tenía acaso,
detrás suyo a toda la nobleza? ¿No apretaba en sus manos todos los hilos de la bolsa londinense?
Dicha táctica de ir "derecho al cuartel general" explica perfectamente la omnipotente influencia que
tiene el judaísmo sobre tantos gobiernos y la política de los pueblos. Semejante táctica pudo

desarrollarse con facilidad por la habilidad del judío de poder ofrecer en cualquier momento aquello
que los Gobiernos precisaban. Cuando se trataba de un empréstito, intervenía al punto el judío de
corte, facilitándolo con ayuda de hebreos de otras capitales o centros financieros. Si un gobierno
quería saldar una deuda vencida, pero sin confiar el precioso metal a un convoy a través de
terrenos peligrosos, también aparecía el judío, que se hacía cargo del asunto; extendía
sencillamente un papel, y cualquier institución bancaria establecida en la otra capital pagaba el
importe. Cuando por primera vez se proveía un ejército con pertrechos modernos, igualmente se
encargaba de ello un judío que poseía el dinero suficiente y disponía también del sistema
adecuado. Lograba, además, la satisfacción de convertirse en acreedor de toda una nación.
Esta táctica, que prestó a aquella raza servicios admirables hasta en las mayores adversidades, no
ofrece hoy el menor indicio de modificación. Bien puede comprenderse que el judío, al notar la
enorme influencia que su raza numéricamente tan insignificante ejerce actualmente sobre la
mayoría de los gobiernos, considerando la desproporción entre el número y el poder de su pueblo,
quisiera ver en tales hechos una fehaciente prueba de una superioridad racial.
Es preciso hacer presente también que se sigue acreditando la astucia judía en inventar de
continuo nuevas formas comerciales, como asimismo la facilidad de amoldarse a situaciones
distintas. Suelen ser judíos los primeros que en tierras extranjeras fundan sucursales bancarias a fin
de asegurar a los representantes de la casa central todas las ventajas posibles, desde un comienzo.
Durante la Guerra hablóse mucho de las "victorias pacíficas" que el gobierno alemán habría
logrado, fundando en los estados unidos filiales o sucursales de negocios alemanes. Es innegable
que existieron muchas sucursales alemanas en nuestro país; pero no hay que olvidar, por otra
parte, que en la mayoría de los casos no se trataba de empresas alemanas, sino de relaciones
hebreas. Los viejos comercios alemanes fueron demasiado conservadores para, ni siquiera en los
Estados Unidos, adular a la clientela. Las casas judías, en cambio, no eran tan conservadoras, sino
que vinieron a América y apresuraron los negocios. La competencia obligó a las buenas casas
alemanas a hacer otro tanto. Pero en su origen, la idea fue judía, no alemana.
Otro método comercial moderno de origen directamente judío consiste en la fusión o consorcio de
industrias afines. Cuando se adquiere, por ejemplo, una central eléctrica, se tiende a adquirir
después la empresa tranviaria que consume la corriente de dicha central. La finalidad de esta
política es, adueñarse de los beneficios en toda la línea, desde la producción de la corriente hasta el
boleto del tranvía. Pero la causa fundamental estriba en aumentar el precio de la corriente para el
tranvía mediante influencia en ambas empresas, y también poder establecer las tarifas para el
público. Aquella empresa que se halla en contacto más directo con el consumidor, declara entonces
que tiene que aumentar las tarifas porque sus propios gastos, aumentaron, ocultando, sin
embargo, que dicho aumento fue ordenado por los sus mismos copropietarios, y no por
circunstancias exteriores independientes.
Existe, actualmente, en el mundo, una potencia financiera central, que efectúa sus jugadas por
doquier, de una manera admirablemente organizada, constituyendo el mundo su tablero y su
postura el dominio mundial. Los pueblos modernos perdieron ya la confianza en la tesis de que las
"condiciones económicas" tienen siempre la culpa de los sucesos desagradables. Bajo la careta de
"crisis económicas" se ocultan fenómenos que no obedecen a ninguna ley natural, sino que
provienen exclusivamente del crudo egoísmo de determinados elementos, que poseen la voluntad y
el poder de esclavizar a la humanidad bajo su absoluto dominio.
Numerosos fenómenos pueden ser de carácter nacional; que también lo sea la vida económica de
los pueblos, no lo cree nadie. Esa economía es internacional, y se advierte en el hecho de que en
todo su vasto campo no existe competencia nacional alguna. Existen, en efecto, algunas casas
bancarias independientes, mas no hay ningún banco importante que lo sea. Los grandes dirigentes,
los contados individuos que abarcan todo el complicado plan de la jugada, tienen a su disposición

numerosos institutos bancarios y trusts, poseyendo cada uno de ellos una determinada misión que
cumplir y sin que entre ellos existen divergencias de opiniones. Ninguno trabará jamás el juego del
otro ni habrá competencias serias entre los distintos factores del gran negocio mundial. Entre los
principales bancos de cada país existe idéntica cooperación que entre los diversos negociados, por
ejemplo, el servicio postal de cualquier Estado, pues todos son uniformemente dirigidos desde un
núcleo central y hacia un mismo fin.
Antes de la gran guerra, adquirió Alemania enormes cantidades de algodón en los Estados Unidos,
cargamentos fabulosos estaban listos para ser embarcados. Al estallar la guerra, y en una sola

noche, transfirió el derecho de propiedad de nombres judíos hamburgueses a nombres judíos
londinenses. Mientras se escriben estas líneas, se vende ese algodón en Inglaterra a un precio más

bajo que rige actualmente en Norteamérica, por lo cual se rebajan también los precios
norteamericanos. Cuando se hayan rebajado estos precios lo suficiente, será adquirido el algodón
por personas previamente enteradas de la jugada, logrado lo cual volverán a subir. Entretanto, las
mismas potencias que provocaron las oscilaciones, inexplicables al parecer, del mercado
algodonero, han manumitido a la Alemania derrotada convirtiéndola en el jamelgo mundial.
Determinados grupos aferran este algodón firmemente en sus garras, en parte lo prestan a
Alemania para su elaboración, dejan un pequeño margen para pagar la mano de obra, y dañan a
toda la humanidad con la burda mentira de que apenas existe algodón en el mundo entero. Al
analizar hasta su origen, estos métodos inhumanos e inmorales, se hallará que todos los
responsables tienen un carácter marcadamente común. ¿Es posible asombrarse de la importancia
que adquiere el aserto que dice: "Esperad hasta que Norteamérica comience ocuparse seriamente
de la cuestión judía"?

Es una incontrovertible verdad que la situación en que el mundo entero se encuentra actualmente,
no puede razonarse únicamente desde el punto de vista económico, como tampoco debe atribuirse
a la "falta de caridad del capital". Cierto es que el capital jamás se esforzó en hacer justicia a las
exigencias del trabajo hasta ahora, habiendo llegado este último hasta los extremos límites de lo
posible. Pero, ¿qué ventajas lograron uno y otro? El trabajo creyó hasta hoy que el capital era la
negra nube que se cernía encima de él, y consiguió alejarla. Pero ocurrió que por encima de esta
nube aparecía otra todavía más densa, que ni el capital ni el trabajo en sus enconadas luchas
habían advertido. Esta nube no ha desaparecido hasta este momento.
Lo que suele llamarse en el mundo "capital" es por lo general dinero invertido en objetivos de
producción. Obreros y empleados llaman "capitalista" erróneamente al "manager" o director de una
empresa que les proporciona los medios de vida; estas personas no son capitalistas, sino que a su
vez deben recurrir también al verdadero capitalista, para que les facilite los medios financieros para
su obra. Es este capitalismo una potencia que actúa por encima del industrial y que le trata con
mucha mayor dureza de lo que él mismo jamás se atrevería a tratar a sus obreros. Esta es una de
las grandes tragedias de nuestra época: el "capital" y el "trabajo" luchan entre sí, cuando ni uno ni
otro poseen los medios para reformar las condiciones bajo las que ambos sufren de modo
intolerable, a menos que en mancomunada colaboración hallasen un medio para arrebatarles el
poder a aquellos financistas, que no sólo crean tales condiciones, sino que las explotan a su
paladar.
Existe un súper-capitalismo, basado exclusivamente en la ilusión de que el oro es la suprema
felicidad. Existe también un súper-gobierno que, sin alianzas con ningún otro gobierno, actúa
independientemente de todos ellos, haciendo pesar, no obstante, su dura mano sobre unos y otros.
Existe, finalmente, una raza, parte ínfima de la humanidad, que jamás ni en parte alguna ha sido
bien recibida y que, sin embargo, consiguió elevarse a un poderío tal, que ni las más soberbias
razas hubiesen pretendido, ni siquiera Roma en los tiempos de su más espléndido poderío. Cada
vez más, la humanidad toda, adquiere la convicción de que el problema obrero, el de los jornales,
el de la reforma agraria y tantos otros, no podrán resolverse mientras la cuestión primordial de este

poderío financiero internacional no haya sido resuelta.
Reza un antiquísimo proverbio: "Al vencedor, el botín". Y debemos creer hasta cierto punto en la
verdad de este proverbio, cuando escasos miembros de una raza poco populosa y siempre
despreciada lograron alcanzar tal preponderancia; o tienen que ser superhombres, contra los que
no vale resistencia alguna, o son entes vulgares, a los que el resto de la humanidad, harto
tolerante, permitió que llegasen a un grado injusto y malsano de predominio. Si los judíos no son
superhombres, los no-judíos deberán reprocharse a sí mismos por lo ocurrido. Por lo tanto, debe
encararse el asunto desde nuevos puntos de vista y analizar detenidamente las experiencias vividas
en otros países.
II
COMO SE DEFIENDE ALEMANIA CONTRA LOS HEBREOS (1)
En constante progreso, la humanidad ocupase abiertamente de combatir enfermedades sobre las
que antes creíase necesario extender el manto de la vergüenza y del silencio. No progresó todavía
hasta este punto, la higiene política. La causa fundamental de la dolencia del cuerpo nacional
alemán radica en la excesiva influencia judía. Si era ya esa la convicción de algunas claras
inteligencias desde hace muchos años, ya es hora de que empiecen a darse cuenta de ellos las
masas menos inteligentes. Lo cierto es que la vida política alemana toda gira en torno de tal idea, y
ese hecho no es posible ocultarlo ya por mas tiempo. En opinión de todas las clases sociales, tanto
la derrota luego del armisticio, como la revolución y sus consecuencias, bajo las que el pueblo
sucumbe, son obra de la astucia y de un premeditado plan judío. Esto asevérase con toda
precisión; se aducen un sinnúmero de pruebas efectivas, y se supone que oportunamente la
Historia se encargará de completar la documentación.
El judío, en Alemania, es considerado solo como un huésped que, abusando de la tolerancia, pecó
con su inclinación hasta el dominio. En efecto; no hay en el mundo mayor contraste que el
existente entre la raza germana pura y la hebrea. Por esta razón no existe, ni puede existir
mancomunidad entre ambas. El alemán no ve en el judío más que al huésped. En cambio, el judío,
indignado por que no se le conceden todas las prerrogativas del indígena, alimenta un odio injusto
contra el pueblo que le aloja. En otros países logro el judío mezclarse mas fácilmente con el pueblo
indígena y acrecentar su poderío con menos trabas, mas en Alemania no le fue posible. El judío
odia por esto al pueblo alemán y, precisamente, por esta misma razón, aquellos pueblos en que la
influencia judía predominaba en mayor grado, demostraron durante la lamentable guerra mundial
el más exacerbado odio contra Alemania. Fueron judíos los que predominaron casi exclusivamente
en el enorme engranaje informativo mundial, que fabricó la "opinión pública" con respecto a
Alemania. Los únicos que resultaron beneficiados con la Gran Guerra fueron en realidad los judíos.
Claro esta que no basta decirlo, es menester comprobarlo. Efectuemos un examen de los hechos.
¿Qué ocurrió luego de pasar Alemania del viejo a nuevo régimen? En el gabinete de los Seis,
usurpador del puesto del Gobierno Imperial, predominaba en absoluto la influencia de los judíos
Haase y Landsberg. Haase dirigía las relaciones exteriores, en lo cual fue secundado por el judío
Kautsky, un checo que en 1918 ni siquiera poseía la ciudadanía alemana. El hebreo Schiffer ocupo
el Ministerio de Hacienda, con su correligionario Benstein como subsecretario. En el Ministerio de la
Gobernación mandaba el semita Preuss, con la ayuda de su amigo el judío Freund. El hebreo Fritz
Max Cohen, ex corresponsal en Copenhague del diario pan-judío: "Frankfurter Zeitung", fue
designado jefe omnipotente del servicio oficial de informaciones.
El gobierno prusiano era la segunda parte de esa constelación. Los hebreos Hirsch y Rosenfeld
presidieron el gabinete, encargándose Rosenfeld del Ministerio de Gracia y Justicia, en tanto Hirsch
desempeñaba la cartera de Gobernación. El judío Simon fue designado secretario de Estado en El
Ministerio de Hacienda, cuyos funcionarios eran todos hebreos. El judío ruso Futran fue nombrado

director de enseñanza, en colaboración con el hebreo Arndt. El cargo de director de Colonias, fue
desempeñado por el judío Meyer-Gerhard, en tanto que el semita Kastenberg desarrollo sus
actividades en calidad de director del negociado de Letras y Artes. La secretaria de Alimentación se
puso en manos del judío Wurm, cooperando en el Ministerio de Fomento con los hebreos Dr. Hirsch
y Dr. Stadthagen. El semita Cohen ocupo la presidencia del Consejo de Obreros y Soldados, nueva
institución en que desempeñaban altos cargos los judíos Stern, Herz, Lowenberg, Frankel,
Israelowitz, Laubenheim, Seligsohn, Katzenstein, Lauffenbeg, Heimann, Schlesinger, Merz y Weyl.
El judío Ernst fue designado jefe de la policía de Berlín, puesto que en Francfort ocupo el hebreo
Sinzheimer, y en Essen el judío Lewy. El semita Eisner se nombro a si mismo en Munich Presidente
del Estado de Baviera, designando su ministro de Hacienda al judío Jaffe. Industria, Comercio y
Tráfico en Baviera estuvieron bajo las órdenes del hebreo Brentano. Sus correligionarios Talheimer
y Herman ocuparon altos cargos en los Ministerios de Würtemberg, en tanto que el judío Fulda
gobernaba en Hessen.
Dos delegado alemanes a la conferencia de la paz eran judíos, mientras que un tercero fue
conocido incondicional instrumento del judaísmo. Abundaban, además, en la delegación alemana,
judíos adjuntos y peritos, tales como Max Warburg, Dr. von Strauss, Merton, Oscar Oppenheimer,
doctor Jaffe, Deutsch, Brentano, Bernstein, struck, Rathenau, Wassermann y MendelsohnBartholdy.
La proporción de hebreos en las delegaciones de otros gobiernos en la conferencia de la paz, pudo
comprobarse fácilmente, leyendo las crónicas de los periodistas no-judíos. Parece que solo a estos
haya llamado la atención, en tanto que los corresponsales judíos prefirieron callar, seguramente por
prudencia.
Nunca se había manifestado en Alemania la influencia judía tan acentuadamente como durante la
guerra. Apareció con la resuelta certeza de un cañonazo, como si todo hubiese estado preparado
de antemano. Los judíos alemanes no fueron durante la guerra patriotas alemanes. Aunque este
hecho, en opinión de los países enemigos de Alemania, no puede considerarse precisamente como
una falta, permite, empero, apreciar en su justo valor las vehementes protestas de absoluta lealtad
de los israelitas hacia aquellos países en que casualmente viven. Por razones que trataremos mas
adelante, afirman serios pensadores alemanes que es de todo punto imposible que un judío sea
jamás patriota.
Es opinión general, que todos los hebreos arriba citados nunca hubiesen alcanzado aquellos cargos
sin la revolución. Y la revolución, en cambio, no habría estallado sin que ellos mismos la hubieran
preparado. Es verdad, también, que en Alemania no faltaron insuficiencias, mas estas el mismo
pueblo alemán las hubiese podido rectificar, y seguramente lo habría hecho. Precisamente en este
caso, las causas de estas insuficiencias que arruinaban la moral pública e imposibilitaban toda
reforma, estaban bajo la influencia judía.
Dicha influencia, que por sobre toda otra causa es la culpable del desmoronamiento del Imperio
alemán, puede resumirse en los tres siguientes grupos: 1º el bolcheviquismo, que se oculto bajo el
manto de socialismo; 2º el capitalismo hebreo con su preponderancia en la prensa, y 3º el control
judío de la alimentación del pueblo alemán, y el de toda su vida industrial. Existe todavía un cuarto
grupo, "que apunta mas alto", pero los tres citados fueron los que obraron mas directamente sobre
los sentidos populares y las masas.
Como es probable que tales conclusiones alemanas puedan ser puestas en tela de juicio por
aquellos cuya opinión se fue formando bajo la influencia de la prensa judía, vamos a citar aquí un
concepto del corresponsal del diario londinense "Globe", Mr. George Pitter-Wilson. Este observador
expreso en abril de 1919 que "el bolcheviquismo significa la expropiación de todas las naciones

cristianas, de modo que ningún capital quedara en manos cristianas, y que los judíos en conjunto
ejercerán a su antojo el dominio del mundo". Ya en el transcurso del segundo año de la guerra,
alemanes y judíos expresaban que era indispensable una derrota de Alemania para la emancipación
del proletariado. El socialista Stroebel dijo: "Declaro con toda franqueza que la total victoria de
Alemania no favorecería los intereses de la socialdemocracia". Por doquier se afirmaba que la
elevación del proletariado seria casi imposible en Alemania vencedora. Estos breves ejemplos de
entre los innumerables que podríamos traer a colación, no tienen por objeto volver a examinar toda
la cuestión de la guerra; tienden solamente a demostrar que numerosos judíos de los llamados
alemanes olvidaron sus deberes hacia el país cuya ciudadanía ostentaba, uniéndose con todos los
otros hebreos enemigos, con objeto de preparar la caída de Alemania, Tal objeto, según veremos
mas adelante, no fue, ni con mucho, el de liberar a Alemania del militarismo, sino el de precipitar a
todo el pueblo germano en un estado caótico, que les permitiera adueñarse del poder. La prensa
alemana, tímidamente al principio, abiertamente después, hacia suyas estas tendencias de los
portavoces hebreos. El "Berliner Tageblatt" y la "Münchener Neuste Nachritten" fueron en el
transcurso de la guerra órganos oficiosos o semioficiosos del gobierno alemán. El primero de estos
diarios defiende estatualmente los intereses semitas en Alemania, en tanto que el segundo se
muestra completamente bajo la influencia del judaísmo organizado. "Frankfurter Zeitung" es
también genuinamente judío. De este periódico dependen innumerables hojas de mayor o menor
importancia. Todas estas publicaciones no son sino ediciones alemanas de la prensa mundial judía
antialemana, siendo su tendencia completamente la misma. Esta intima cooperación de la prensa
de todas las naciones, que se denomina prensa universal, debería examinarse muy
escrupulosamente desde este punto de vista para demostrar a toda la humanidad los secretos de
cómo y con que oculto fin se prepara diariamente la formación de la opinión publica.
Al estallar la guerra pasaron todos los víveres y material bélico a manos hebreas, des de cuyo
instante empezó a evidenciarse tal falta de probidad que socavóse la confianza de los
combatientes. Tal como los demás pueblos patrióticos también supo el alemán que toda guerra
implica sacrificio y sufrimientos, y desde el primer día se mostró dispuesto a sobrellevarlos. Ahora,
en cambio, comprendieron los alemanes que han sido explotados por una pandilla de judíos, que
todo lo habían preparado para extraer enormes beneficios de la miseria general del pueblo
germano. Allí donde era posible especular con las necesidades del pueblo, o que se presentase la
oportunidad de obtener ganancias intermedias ya fuera en bancos, sociedades de guerra,
empréstitos públicos, o en ministerios que hacían gigantescos pedidos de material bélico, aparecían
los judíos. De pronto desaparecieron, para volver a ofrecerse más tarde con un fabuloso aumento
de precios, artículos de consumo, de abundante existencia. Las sociedades de guerra fueron
dominios judíos. Aquel que poseía dinero pudo adquirirlo todo, hasta tarjetas de racionamiento, con
el las que el gobierno se esforzó en una labor sobrehumanas para repartir equitativamente los
víveres entre toda la población. Los hebreos triplicaban los precios de aquellos artículos que
compraban a espaldas de la distribución oficial, afluyendo así una abundante creada de oro a sus
bolsillos. Debido a estas existencias ocultas, de que disponían los judíos, fallaron todos los cálculos
y censos del gobierno. La moral pública inquietóse ante semejante fenómeno. Se formularon
demandas y se iniciaron procesos, pero cuando los asuntos se fallaban, siendo judíos tanto los
jueces como los inculpados, todo terminaba con un sobreseimiento casi general. Por el contrario, si
el acusado el alemán, se le condenaba a multas, que también hubiesen debido imponerse a los
demás. Estúdiese el país desde este punto de vista, escudríñese Alemania por doquier, escúchese
la voz y la opinión públicas, y se oirán siempre en todas partes que éste abuso de su poder durante
la guerra se grabó en el alemán alemana como impreso con un hierro candente.
Y en tanto que dichas influencias socavaban las masas populares, otras más elevadas, en sentido
panjudío, pesaban sobre el gobierno de Bethmann Hollweg fueron, entre otros: el poderoso naviero
Ballin; después Teodoro Wolf, redactor en jefe del "Berliner Tageblatt", y miembro de la prensa
panjudia; von Gwinner, director del "Deutsche Bank", aliado por vínculos de parentesco con la
importante empresa bancaria internacional de los semitas Séller; y Rathenau, representante de las

grandes concentraciones industriales y financieras hebreas en Alemania. Formaban estos
personajes el Cuartel General judío y ejercían su influencia sobre el gobierno, tal como los demás lo
hacían con las masas populares.
El hebreo adinerado podía perfectamente comprarse la posición anhelada en la sociedad por
encima de las capas sociales directamente interesadas por Alemania, mas, ¿cómo logro el judío
pobre el reconocimiento que deseaba? Porque impulsaba a todos los judíos esta misma tendencia,
que llevan en la sangre: el afán de dominación. Si se explica el sojuzgamiento de las clases
elevadas por la riqueza judía, será un tanto difícil comprender la conquista de las masas populares
por los hebreos, que no poseían más medios financieros que aquellos que en el momentáneo caos
pudieran tener o haberse apoderado.
Se admite que el judío en esencia, no sea anarquista o destructor. Es, empero, el bolchevique
mundial, y en especial el causante de la revolución en Alemania. Su anarquismo no es innato, sino
que constituye para el un medio para alcanzar mayor objetivo. El hebreo rico no es anarquista,
porque puede lograr su objeto por caminos más suaves, en tanto que el judío pobre no dispone de
otros medios que los violentos para enriquecerse. Sin embargo judíos ricos y judíos pobres caminan
del brazo largo trecho. No se quiebra entre ellos el vínculo de simpatía de raza, porque de triunfar
la anarquía, ocupara el hebreo pobre su puesto junto al hermano rico, y si el movimiento fracasara,
habrá abierto nuevos surcos, donde el hebreo rico pueda seguir desarrollando sus planes.
No podía el judío pobre franquear en Alemania la barrera del germanismo opuesta a sus propósitos,
sino destruyéndola. En Rusia acaeció otro tanto. La estructura social alemana pudo mantener al
judío en un plano de orden, dentro del cual pudiera causar el menor daño posible. Tal como la
Naturaleza suele enquistar cuerpos extraños en el organismo, instintivamente operan las naciones
con el judío. Empero, en la vida moderna, invento el judío un medio para usurpar el sitio ansiado:
forzar las barreras en la tiniebla revolucionaria. Cuando se hundió Rusia, ¿Quién fue el primero en
aparecer a la luz de los acontecimientos? ¡El hebreo Kerensky! Mas sus planes no fueron lo
suficientemente radicales, razón por la cual le sucedió Trotzky, otro hebreo. Trotzky comprendía
que en América el orden social estaba demasiado bien fundamentado, y por eso ataco en el punto
más débil: Rusia, desde donde supone poder ir destruyéndolo todo en el mundo entero.
Actualmente, en Rusia, hay un judío en cada comisario. Los cronistas de los sucesos rusos
coinciden en la apreciación de que dicho país se halla en completa disolución. Tal vez sea así, pero
no se refieren tales juicios a la situación de los hebreos en Rusia. De sus madrigueras irrumpen los
rusos judíos como un ejército organizado, moviéndose en el desorden artificialmente producido, tal
como si a cada uno de ellos le hubiese sido otorgado un puesto de antemano.
Otro tanto ocurrió en Alemania. Era preciso que la muralla del orden alemán fuese destruida, para
que los hebreos pobres pudieran satisfacer sus ambiciones. Una vez abierta la brecha, irrumpirían
por ella los judíos, ubicándose en todos los puestos del gobierno, para afirmarse así sobre el pueblo
germano.
Se explica así por que los judíos fomentan en todas las naciones del mundo los movimientos
rebeldes latentes. Sabemos que en Norteamérica los jóvenes judíos proclaman ideales que de
realizarse hundirían al país. De primer intento aparece como blanco de sus ataques el "capitalismo",
idéntico para ellos a la actual gobernación por los no-judíos. Los verdaderos capitalistas del mundo,
los que lo son por y para el capital propiamente dicho, son en realidad propios judíos; y no
podemos suponer que estos deseen combatir al capital. Por el contrario, lo que ellos ansían es el
dominio único, sobre todos los capitales del mundo, y es innegable que hace largo tiempo van por
buen camino para lograrlo.
Será entonces necesario, tanto para Alemania como en Rusia, distinguir claramente entre los
métodos de los hebreos ricos y de los pobres; los unos se ocupan de sojuzgar los Gobiernos, y los

otros de conquistarse las masas populares, pero ambos tienden a un mismo e idéntico fin.
No propenden los métodos de acción de las clases bajas judías solo a librarse de la repulsión racial,
sino que ansían francamente el poder. Es esta voluntad de dominar la que caracteriza su espíritu.
La convicción actual de Alemania a este respecto se expresa así: "La pasada revolución fue una
evidente manifestación de la innata voluntad dominadora de los judíos; los partidos políticos,
socialista, demócrata y progresista no son sino instrumentos de aquella idea. La llamada "dictadura
del proletariado" es real y efectivamente la dictadura de los hebreos sobre el pueblo alemán, con
ayuda y por intermedio del proletariado".
Tan súbitamente abrieron los alemanes los ojos, tan violentamente manifestóse esta reacción, que
el judaísmo alemana no tuvo mas remedio que replegarse, cediendo como por encanto todo lo
directamente en contacto con el pueblo germano y su administración, a individuos de sangre
alemana, o por lo menos mestiza. Más no cedieron por esto también al mismo tiempo el poder. Lo
que pueda ocurrir en lo futuro en Alemania, no es posible preverlo, pero no cabe duda que los
alemanes sabrán dominar la situación, estudiando y utilizando los medios adecuados y eficaces que
fueran necesarios. En cambio, el ulterior desarrollo en Rusia apenas si deja lugar a dudas. Cuando
se cumpla el destino de ese país, lo contemplara horrorizado el mundo entero.
Puede resumirse como sigue la interpretación general de los alemanes y rusos:
Es el judaísmo la potencia mejor organizada del mundo, con métodos mucho más rígidos todavía
que los del Imperio Británico. Integra un Estado, cuyos súbditos le obedecen incondicionalmente,
allí donde vivan, sean pobres o ricos, y este Estado, injertado dentro de los demás Estados, se
llama en Alemania "Pan-Judea" (All = Juda).
Predomina este Estado pan-judaico mediante el capitalismo y la prensa, o sea mediante dinero y
difusión o propaganda.
Es Pan-Judea el único entre todos los Estados del mundo que ejerce realmente un dominio
universal; todos los otros solo pueden y quieren ejercer un dominio nacional.
El principal propulsor del pan-judaísmo es su dominio de la prensa. Las producciones técnicas,
científicas y literarias del moderno judaísmo son exclusivamente de índole periodística y se basan
en la admirable facultad del hebreo para asimilarse a las ideas ajenas. Capital y periodismo se
reúnen en el rubro "Prensa", que constituye el verdadero instrumento del predominio judío.
La administración del Estado Pan-Judío se halla admirablemente organizada. Su primitiva sede fue
París, pero ahora ocupa el tercer lugar. En la pre-guerra Londres fue la primera y Nueva York la
segunda capital del Pan-Judea. Es preciso esperar para cerciorarnos si Nueva York será la que
derrote a Londres, pero la tendencia general marca el rumbo hacia Norteamérica.
Si Pan-Judea no se halla en situación de sostener en forma continua una fuerza armada de mar y
tierra, otros Estados se encargan de tal servicio. Es hoy su escuadra la británica; consiste su tarea
en rechazar todo ataque que pudiera dirigirse contra los intereses marítimos y económicos panjudíos desde cualquier origen. Pan-Judea garantiza en cambio a Gran Bretaña el tranquilo
desarrollo de su poderío político y territorial; Pan-Judea sojuzgo la Palestina al cetro británico. Allí
donde existe un núcleo militar pan-judío, sin distinción de uniforme o bandera de combate,
colabora siempre estrechamente con el poderío naval británico.
Encarga Pan-Judea la administración de las diversas "zonas de influencia" a gobiernos "indígenas",
reservándose la inspección general sobre los mismos. No se opone el judaísmo a una distribución
nacional permanente del resto del mundo no-israelita. Los hebreos no se unificaran jamás con otra
nación, pues representan por si "la nación" que siempre fue y seguirá siendo inencontrable.

Puede Pan-Judea hacer la guerra y la paz, recurriendo en casos de resistencia a "soltar la jauría" de
la anarquía, luego de la cual también puede, si lo desea, volver a restablecer el orden. En todo
caso, hacer vibrar Pan-Judea la musculatura y el sistema nervioso de otros pueblos en la forma
más conveniente a los intereses financieros de su propia raza.
Como Pan-Judea dispone a su guisa de las fuentes de información del mundo entero, esta siempre
en condiciones de preparar la opinión publica mundial para sus más inmediatos fines. El mayor
peligro esta en la forma como se "fabrican" las noticias y como se moldea el pensamiento de
pueblos enteros en sentido pan-judaico. Mas cuando alguien descubre estas manipulaciones y llama
la atención publica revelando la mano judía en estas jugadas, se provoca al punto un gran
clamoreo en la prensa mundial sobre el infame "antisemitismo". La causa verdadera de toda
persecución, originada siempre por una esclavitud previa de los pueblos por el dominio financiero
hebreo, no llega a conocerse jamás en público.
Pan-Judea asienta sus legaciones "fantasmas" en Londres y Nueva York. Apagada su sed de
venganza contra Alemania, trata de sojuzgar a otras naciones. Gran Bretaña ya esta entre sus
garras. En Rusia lucha todavía por el poder, y los auspicios no son desalentadores. Los Estados
Unidos, merced a su excesiva tolerancia con todas las razas, les brindan un campo favorable de
experiencias. Cambia el escenario de la acción, pero el hebreo siempre sigue siendo el mismo a
través de tierras y de siglos.
(1) Los datos del presente capítulo son aporte del doctor W. Liek, autor de la obra: “Participación del judaísmo en la derrota
de Alemania”.

Parece a primera vista que sea precisamente la vida económica estadounidense la desarrollada con
independencia de los judíos... A pesar de ello sigo opinando que los Estados Unidos (acaso mas
que ningún otro país), están saturados del espíritu judío. Esto se advierte en muchos aspectos,
especialmente por quienes se hallan en condiciones de formarse un juicio independiente.
En presencia de este hecho, ¿no esta tal vez justificada la opinión de que los Estados Unidos deben
su existencia a los judíos? Y siendo así, queda mas justificada la afirmación de que fue justamente
la influencia judía la que otorgo al país el sello que la caracteriza: el americano estadounidense.
Porque lo que comúnmente se llama "american", no es sino el espíritu semita destilado.
(Werner Sombart. "Los judíos y la vida económica").
III
HISTORIA DE LOS HEBREOS EN LOS ESTADOS UNIDOS DE NORTE AMERICA
La historia de los hebreos en América empieza por Cristóbal Colón. El 2 de agosto de 1492, fueron
expulsados de España más de trescientos mil judíos, acontecimiento que provocó en forma
paulatina la decadencia del poderío ibero. Al día siguiente, Cristóbal Colon zarpaba en dirección a
Poniente, marchando con el cierto número de judíos. Estos no eran, ni con mucho, fugitivos, ya que
los planes del intrépido navegante hacia tiempo que interesaban a los judíos influyentes. El propio
Colón declara que mantenía relaciones con judíos. El destinatario de la primera carta en que detalla
su descubrimiento era un hebreo. Efectivamente, este gran acontecimiento, que dió otro mundo al
mundo, se realizó merced a la influencia de judíos. La hermosa leyenda de que la reina Isabel con
el valor de sus joyas proporcionara los medios para efectuar la expedición, no halla asidero ante
una crítica seria. Ejercieron gran influencia en la Corte Real tres "guarros", o sea tres judíos
secretos: Luis de Santángel, opulento comerciante valenciano, arrendatario de las contribuciones
reales; su pariente Gabriel Sánchez, Tesorero Real, y un amigo común, el camerlán Juan Cabrero.
Los tres describieron a la reina Isabel el tesoro real como totalmente agotado, instigando
constantemente su fantasía con la brillante perspectiva que se le abriría descubriendo Colón las
fabulosas riquezas Indias en beneficio de la corona de Castilla. Lograron así que la reina accediera
a entregar sus joyas personales para equipar la expedición. Pero Santángel solicitó y obtuvo

autorización para adelantar de su propio peculio el dinero necesario, unos 17.000 ducados, que
equivalen, según el valor actual de la moneda, a unos 160.000 dólares, y es mas que probable que
el préstamo excediera de los gastos realizados de la empresa.
Se tiene entendido que con Colón se embarcaron cinco judíos: Luis de Torres, en calidad de
interprete; Marco, como cirujano; Bernal, de profesión medico; Alonso de la Calle, y Gabriel
Sánchez. Los instrumentos astronómicos y los mapas marítimos provenían de judíos. Luis de Torres
fue el primero en pisar tierra y el primero en intuir el empleo del tabaco. Establecióse en Cuba, y se
le puede considerar como patriarca del presente absoluto dominio sobre la industria tabacalera
mundial.
Los protectores del Colón, Luis de Santángel y Gabriel Sánchez, lograron grandes prerrogativas por
su participación en la empresa. Colon, en cambio, cayo en desgracia debido a las intrigas de Bernal,
su medico judío, recibiendo en recompensa injusticias y prisiones.
Desde un principio consideraron los judíos a América como un país de promisión. Su inmigración a
la América del sur, especialmente al Brasil, empezó al punto y en masa. A raíz de su participación
armada en un conflicto suscitado entre brasileños y holandeses, optaron muchos hebreos
brasileños por emigrar hacia la colonia holandesa más septentrional, donde actualmente se
encuentra Nueva York. Pedro Stuyvesant, gobernador holandés, se opuso a esa inmigración judía,
exigiendo su expulsión. Pero los hebreos, al parecer, habían adoptado precauciones para que,
aunque no fueran muy bien recibidos al menos se les admitiera, porque al revocarse la orden de
expulsión extendida por Stuyvesant, citaron los directores de la Sociedad Colonial Holandesa como
causa de la admisión de los hebreos los grandes capitales que estos habían invertido en
“participaciones” de dicha sociedad. Sin embargo, vedóseles el desempeño de cargos públicos y el
comercio minorista, lo que tuvo por consecuencia que se dedicaran a la exportación, en cuyo ramo
y merced a sus múltiples relaciones europeas, consiguieron el monopolio al cabo de breve tiempo.
Tenemos con ello una de las tantas pruebas de la habilidad judía. Cualquier prohibición en un
sentido les facilita magnificas ventajas en otro. Prohibiendo al hebreo comerciar con ropas nuevas,
dedicóse al comercio de ropas usadas, con lo cual, efectivamente, creo las bases para el comercio
tan magníficamente organizado de prendas de segunda mano. Al cerrársele el comercio minorista,
se dedico afanosamente a las transacciones en gran escala, siendo el hebreo el fundador del
gigantesco intercambio comercial entre los continentes. También fue judío el fundador del sistema
de derecho de salvamento de los naufragios. En las ruinas mismas de la civilización busca y halla el
judío su bienestar. Él fue quien enseñó a los otros pueblos como se vuelven a utilizar los harapos,
como se limpian las plumas sucias, como se aprovechan las pieles de conejo. El hebreo siempre
tuvo predilección por el comercio en pieles, que hoy domina todavía, y a el se deben las
innumerables pieles ordinarias que con nombres rimbombantes pasan por preciosidades de gran
valor. Por los judíos generalizóse en el comercio la idea de “volver como nuevo”. En los ropavejeros
actuales, que recorren nuestras ciudades con su flauta en busca de hierro viejo, botellas vacías,
papeles usados y trapos sucios, reconocemos los descendientes de aquellos hebreos que supieron
convertir trastos viejos en objetos de valor.
Sin desearlo, el bien intencionado Pedro Stuyvesant obligo a los judíos a que convirtieran a Nueva
York en puerto principal del continente norteamericano. Si durante la revolución norteamericana la
mayoría de los hebreos huyeron de Nueva York a Filadelfia, regresaron casi todos a la primera
oportunidad a Nueva York; su instinto les decía que esta población seria nuevamente su paraíso
terrenal. Así ocurrió, en efecto; actualmente Nueva York es el principal centro del judaísmo
mundial. Allí se halla la gran taquilla en que toda la importación y exportación norteamericana
aforan al Tesoro nacional, donde todo el trabajo producido en la Unión rinden su tributo a los
magnates financieros del país. Casi todos los edificios de Nueva York son de propiedad judía. Una
lista de los propietarios urbanos ostenta escasos nombres no-judíos. ¡Cómo admirarnos, entonces,

de que, en vista de este fabulosos ascenso de la riqueza y del poderío hebreo, los escritores de esa
raza declaren que Norteamérica es la tierra de promisión prevista por los Profetas, y Nueva York
una moderna Jerusalén! Algunos llegan mas lejos, glorificando las Montañas Rocallosas cual nuevo
Monte Sión, y no sin fundamento, si tomamos en cuenta las propiedades hebreas en minerales y
carbón allí radicadas.
Debátase actualmente el grandioso plan canalizador que de cada ciudad importante en las orillas de
los grandes lagos, haría un puerto de mar, arrebatando a Nueva York la importancia que goza
precisamente como punto final y de salida donde desembocan todas las grandes vías férreas. La
razón más poderosa que se opone a este proyecto, tan beneficioso para la economía del país,
consiste en que gran parte de la actual riqueza neoyorquina no es en realidad riqueza real, sino que
enormes valores ficticios dependen únicamente del hecho de que Nueva York siga siendo Nueva
York. De ocurrir algo que redujera Nueva York a una simple ciudad costera, cesando en su función
de centro donde se ceban los grandes recaudadores de contribución extraoficial, desaparecería
momentáneamente, gran parte de las riquezas hebreas que ya antes de la guerra fueron fabulosas.
Lo que actualmente serán, no se atreverían quizá a decirlo los estadistas.
En el periodo de 50 años aumento la población judía en los Estados Unidos de 50.000 a mas de
3.300.000 almas. Viven en todo el imperio británico solo 300.000 judíos, y en Palestina no alcanzan
a 100.000. El que el numero de hebreos en la Gran Bretaña no sea mayor que el citado, constituye
una ventaja, porque ante el omnímodo poder que aquí ejercen en todos los ramos importantes de
la vida publica, podrían los hebrea pobres, si aparecieran en mayor cantidad, considerar a
Inglaterra, como otra Rusia. Una personalidad británica muy bien informada, dice que con cualquier
motivo plausible, el antisemitismo podría estallar cualquier día, mas aun no tiene punto de salida
para manifestarse contra los potentados, invulnerables por su enorme riqueza, que dominan en
política y finanzas. Si bien es cierto que la causa verdadera del antisemitismo siempre se apoya en
la intolerable usura de los hebreos internacionales ricos, cuya coherencia no se comprende a veces
claramente, pero que instintivamente se siente, la verdad es que la víctima resulta ser siempre el
hebreo pobre. Ya trataremos aparte el antisemitismo en el capitulo siguiente.
La comparación numérica de los hebreos en Gran Bretaña y en los Estados Unido se demuestra que
el formidable poderío ejercido por los mismos como financieros internacionales no es consecuencia
del número de su población, ni siquiera depende de ello. El hecho de congregarse en los judíos un
gigantesco poderío mundial con un número insignificante de almas, queda en pie. En todo el
mundo existen alrededor de catorce millones de judíos, o sea casi la población de Corea. Este
cotejo entre el número de almas y la influencia mundial ejercida demuestra palpablemente la
singularidad del problema.
En la época de George Washington vivían en los Estados Unidos unos 4.000 judíos, en su gran
mayoría simples mercaderes. Casi todos simpatizaron con el Norte en la guerra civil, y Saym
Salomón ayudo a las Colonias en un periodo crítico con toda su fortuna. Pero no por ello
abandonaron ni un átomo de sus originalidades. No se dedican a oficios corrientes, ni a la
agricultura. Jamás se esforzaron por fabricar objetos de uso diario, sino que trataron de comprar
productos hechos, para comerciar con ellos como de costumbre.
En la actualidad parece que el judío se dispone a producir el mismo cooperativamente; pero, allí
donde esto se manifiesta, es efecto de su instinto de comerciante, para extraer ganancias hasta de
las distintas fases de la fabricación. La consecuencia lógica para el consumidor es, naturalmente, no
una disminución en los precios, sino su encarecimiento. Es característico de toda empresa hebrea
que las reformas y simplificaciones en el proceso de fabricación no resulten jamás en beneficio del
consumidor, sino siempre con provecho exclusivo para la empresa. Las mercaderías que
experimentaron las más bruscas e inexplicables oscilaciones de precios, fueron siempre aquellas en
cuyos ramos de fabricación o intercambio poseen mayor influencia los hebreos.

Negocio, según la mentalidad judía, significa dinero. Lo que el judío hace después con este dinero,
es algo muy distinto. En este modo de “hacer dinero” no deberá jamás manifestarse ningún motivo
idealista. Sus ganancias no admiten nunca sentimentalismos de reforma social a efectos de mejorar
la situación de sus colaboradores no-judíos.
No se basa este hecho exclusivamente en la crueldad del hebreo, sino más bien en la dureza del
concepto que el mismo tiene del negocio. En el negocio se trata de objetos, no de personas.
Cuando cae en la lucha un ser humano, podrá el hebreo condolerse de él; pero desde el momento
en que también se trate de la casa de aquel ser, no existe para el hebreo sino el objeto negociable.
De acuerdo con su mentalidad el judío no sabrá como relacionarse humanitariamente con dicho
objeto y procederá por instinto en una forma, que llamaríamos “dura”. Pero el judío no admitiría en
este caso el reproche de “dureza”, pues según su modo de ser y de pensar se trata únicamente del
“negocio”.
Se explica así la existencia de las “estafas” o “potros” neoyorquinos. Cuando misericordiosas
personas compadecen a los desdichados judíos tan vilmente explotados en estos talleres, no saben
seguramente que los inventores y usufructuarios de dichas “estufas” son también judíos. Se
enorgullece nuestro país de que nadie es perseguido por su raza, color, ni fe, sino que todo el
mundo tiene el derecho a la libertad. Quien se haya ocupado en cambio detenidamente de estos
asuntos, ha debido comprobar el hecho de que el único trato inhumano que los hebreos sufren en
este país proviene exclusivamente de miembros de su misma raza, de sus agentes y patronos y, no
obstante, ni el explotado ni el explotador ven en ello un sentimiento inhumano, sino que lo
consideran simplemente como “negocio”. Explotados o explotadas viven en la esperanza de poseer
también en su hora tal instrumento de explotación, lleno de pobres seres que trabajen para ellos.
Su ansia ilimitada de vivir, y su inextinguible ambición por ascender en la escala social, hacen que
cumplan con sus trabajos sin el mínimo sentimiento de ser objeto de explotación o iniquidad, que
es siempre, al fin y al cabo lo más acerbo de la pobreza material. Prefiere el judío “reunir todas sus
fuerzas para poder safarze de la miseria actual, en vez de reflexionar sobre la tristeza de su
situación momentánea”. Se esfuerza siempre por mejorar.
Desde el punto de vista personal, todo esto es de estimar, mas observado desde el ángulo social,
es peligroso. Resulto de ahí que hasta hace poco las clases bajas quedaron sin ayuda alguna, en
tanto que las superiores no hallaron motivo alguno para crear mas ventajosas condiciones sociales.
Débese reconocer la participación de grandes hombres de finanzas judíos en determinadas obras
benéficas, mas su colaboración en reformas sociales es casi inexistente. Con un estimable sentido
de conmiseración para con su personal, entregan a veces parte de sus propios beneficios para
paliar aquella miseria que ellos crearon con sus métodos de hacer dinero. Pero jamás se les ocurrió
pensar todavía en un cambio radical de los métodos con que amasaron sus riquezas, para disminuir
y aun evitar completamente las causas de la miseria. Por lo menos, entre los numerosos judíos
ricos “filántropos” no aparece ni uno que se haya esforzado en humanizar prácticamente nuestra
vida industrial, reformando los métodos actuales y sus efectos sobre el proletariado.
Esto es desastroso, aunque comprensible, y sirve para explicar muchas cosas, que al hebreo le
enrostran personas que no le conocen a fondo. El judío puede perfectamente despojarse hasta de
gran parte de sus ganancias; pero salvo presión exterior, jamás se decidió a entregar nada de sus
ingresos diarios, ni de sus riquezas acrecentadas. Y aunque el efecto social en ambos casos seria
idéntico, hay que decir, empero, que su proceder antisocial no suele nacer generalmente de la
dureza de corazón, sino más bien de su innata interpretación del “negocio” como juego de azar.
Numerosos proyectos de reforma social parécenle al judío tan ilógicos como si un futbolista, por
pura humanidad, quisiera apuntar un tanto al adversario.
El judío norteamericano no se “asimila” y ello debe hacerse constar, no como un reproche, sino

como un hecho indiscutible. El judío, si quisiera, podría perfectamente convertirse en “yanqui”, pero
no desea hacerlo. Si en Norteamérica, aparte de la inquietud provocada por sus enormes riquezas,
existe en realidad un prejuicio contra el judío, es por su marcada separación del resto de los
norteamericanos, nutriendo el recelo de que no desea pertenecer a la comunidad nacional. Esta es
su ventaja, y hasta cierto punto podría verse en ello una agudeza de su criterio. Mas siendo así, no
debería tomar precisamente el judío esta singularidad como pretexto para una de las mas graves
actuaciones con que ataca en su totalidad a los pueblos no-judíos. Pero francamente seria
preferible que hiciese suya la sentencia de otros judíos sinceros, que no aquella que dice: “La
diferencia que existe es la que hay entre un judío norteamericano y un norteamericano judío. El
judío norteamericano representa el papel de indígena, y se ve condenado a ser un parásito
eternamente”.
El “ghetto” no es un producto norteamericano, sino un articulo de importación de los judíos, que
siempre se separaron creando una comunidad acentuadamente distinta. A este respecto, la
“Enciclopedia Judía” dice lo siguiente: “La organización societaria de los judíos en Norteamérica se
distingue fundamentalmente muy poco de la de otros países. Sin coacción de ninguna especie,
prefieren siempre los judíos vivir entre si en la intima vecindad. Esta originalidad subsiste hoy”.
Enumerar las ramas comerciales en manos de los judíos implicaría recopilar el comercio total del
país, tanto de aquellas que sirven puramente las necesidades de la vida, como de las de lujo y
bienestar. El teatro, como es de público dominio, se halla exclusivamente en manos judías. Desde
el arte de los actores hasta la venta de las entradas, todo depende del judío. Se explica así el hecho
de que en casi todas las obras teatrales actuales se encuentre alguno que otro objetivo publicitario
y a veces hasta anuncios comerciales velados, que no provienen de los actores, sino de los autores
teatrales al tanto del misterio.
La industria cinematográfica, la azucarera y tabacalera, un 50 por ciento o más de las carnicerías,
mas del 60 por ciento de la industria del calzado, toda la confección para damas y caballeros, los
instrumentos musicales, la joyería, el comercio de granos y el del algodón, la industria metalúrgica
de Colorado, las agencias de transportes y de informaciones, el comercio de bebidas alcohólicas y
las oficinas de prestamos, todos estos ramos, para citar únicamente algunos de importancia
nacional e internacional, los dominan completamente los judíos en los Estados Unidos, solos o en
combinación con judíos de otros países.
El pueblo norteamericano se extrañaría si viera alguna vez una galería de retratos de los
comerciantes norteamericanos, que representan en el mundo la dignidad del comercio
estadounidense. Casi todos ellos son hebreos. Estos comprenden perfectamente el valor moral que
involucra la palabra “american”. Al arribar a un puerto de ultramar, al entrar a cualquier oficina que
se llamen “Sociedad importadora norteamericana”, o “Compañía mercantil norteamericana”, o cosa
parecida, se hallara casi siempre judíos cuya permanencia en Estados Unidos suele haber sido
relativamente muy breve. Explica este hecho también la mala fama que gozan en el extranjero a
veces los “métodos norteamericanos” en el comercio. Cuando 30 o 40 razas distintas desarrollan
como “norteamericanos” sus métodos característicos en el comercio, no puede extrañar, que a
veces el verdadero norteamericano de sangre le sea imposible reconocer tales métodos como
propios. Por idéntica razón se quejan también los almacenes hace largos años, que la humanidad
les juzgue por el comportamiento de los innumerables viajantes “alemanes” de raza judía que
recorren el mundo.
No seria difícil reunir en crecido número ejemplos de prosperidad judía en Estados Unidos. Pero
prosperidad, como justa recompensa de trabajo y actividad, no debe confundirse con dominio
financiero. Una prosperidad tal como la que ostentan los judíos, puede adquirirla todo aquel que
pague por ella el mismo precio que pagan los judíos, que por lo general y en cualquier
circunstancia es un precio moral sumamente elevado, pero ninguna comunidad no-judía alcanzaría,

en circunstancias similares la habilidad de obrar en mancomún en una especie de conspiración
premeditada, ni tampoco la uniformidad del sentimiento máximo de raza que todo lo caracteriza
entre judíos. A un no-judío no le interesa que otro de su raza triunfe o fracase; en cambio, para el
judío, lo primordial siempre es que su vecino sea judío. Si se desea conocer un ejemplo de
prosperidad colectiva hebrea, véase el de la sinagoga neoyorquina de Emanuel. En 1846 pudo
reunir apenas 1.520 dólares para sus necesidades, en tanto que en 1868, luego de la revolución,
pudo cobrar 708.775 dólares sólo por el alquiler de 231 bancos. El monopolio hebreo del ramo de
bazar y prendas de vestir, uno de los resultados positivos de aquella misma revolución, puede
considerarse como ejemplo de prosperidad hebrea y de dominio nacional e internacional.
Puede decirse que en todo cuanto el judío comprendió en los Estados Unidos fue afortunado, salvo
en la agricultura. La explicación corriente hebrea de este fenómeno, es que la agricultura vulgar es
harto simple para poder ocupar totalmente la complicada inteligencia del judío, por cuya razón, la
agricultura le interesa poco para trabajar con éxito en ella. En las industrias lechera y ganadera,
que han menester de un mayor espíritu comercial, los judíos lograron también éxito. Diversas
regiones de los Estados Unidos efectuaron experimentos en varias oportunidades con colonias
agrícolas judías, pero su historia es una ininterrumpida cadena de fracasos. Unos culpan de estos
fracasos a la ignorancia hebrea en asuntos agrícolas, otros al hecho de que a la agricultura le falta
elemento especulativo. Lo evidente es que los judíos cumplen menor en toda índole de trabajos no
productivos que en la agricultura, fundamentalmente productiva. Los historiadores especializados
de esta raza sostienen que el judío nunca fue labrador, sino que siempre relevó como mercader.
Para probar tal aserto se indica precisamente Palestina, escogida como patria de los judíos, país
que necesariamente hubo de ser el puente para el intercambio comercial entre la mitad oriental y la
occidental del viejo mundo.

“Existe prácticamente la cuestión judía, allí donde residen judíos en numero apreciable. Donde no
existiera aun, es impuesta por los hebreos en el transcurso de sus correrías. Es natural que
vayamos a sitios en que no se nos persigue, mas una vez allí nuestra presencia provoca también
persecuciones. El infausto judaísmo es el introductor actual en Inglaterra del antisemitismo, como
ya lo introdujera en Norteamérica”.
(Theodor Herzl: “Un Estado Judío”)
IV
¿ES REAL O IMAGINARIA LA CUESTION DEL JUDAISMO?
La extremada susceptibilidad, tanto de los judíos como de los no-judíos al respecto, es la principal
dificultad que se opone a la publicación de escritos sobre la cuestión judía. Existe algo así como la
impresión general de que podría ser casi un delito pronunciar la sola palabra "judío" en público. Se
trata de atenuar empleando eufemismos, tales como "hebreo" o "semita" – expuestos ambos a la
doblez de la inexactitud, - y se aborda esta cuestión con remilgo tan grande como si estuviera
realmente prohibida; hasta que se presenta algún judío que sin rodeos ni eufemismos llama las
cosas por su nombre verdadero de "judío". Solo entonces existe vía libre y se puede hablar. Nada
tiene la palabra de "judío" de epíteto tendencioso, sino que constituye un antiguo nombre propio
con su concepto perfectamente definido en cada edad de la historia humana, tanto en la
antigüedad como en el presente y en el porvenir.
Existe entre lo no-judíos una increíble escrupulosidad para tratar la cuestión judía en la esfera
publica y preferirían conservarla en el impenetrable mundo de su ideología dejándola envuelta en
misterioso silencio. Tal vez se dejen llevar por una vaga tolerancia heredada; pero nada parece más
verosímil que la causa de semejante proceder emane de un sentimiento indefinido, de que este
asunto debatido con franqueza pudiera acarrear inconvenientes para la propia persona.

Cuando se habla en público sobre la cuestión judía, suele hacerse en la flexible forma de
diplomático, o de charla superficial; se citan ilustres nombres judíos en filosofía, medicina,
literatura, música y del mundo de las finanzas, se alaba la gran energía, habilidad y espíritu de
ahorro de la raza judía y cada cual se va a su casa en la creencia de haber oído algo muy
interesante sobre asunto tan complicado. Pero nadie modifica nada con este proceder, ni el judío ni
el no-judío, y el judío sigue siendo lo que es: un enigma en el mundo.
El sentir íntimo del no-judío al respecto se caracteriza por la voluntad de callar. "¿Por qué hablar
del asunto?", se dice a menudo. Pero este modo de proceder demuestra de por si que existe en
realidad un problema que todo el mundo evitaría con agrado si fuera posible. El pensador lógico
comprende al punto por este hecho que hay algo problemático, cuya discusión o supresión no
depende solamente de la buena voluntad de los caracteres pusilánimes.
¿Existe en Rusia una cuestión judía? Indiscutiblemente, y en forma evidentísima. ¿Requiere dicha
cuestión ser resuelta en Rusia? Indudablemente; venga la solución de donde viniere, si aporta luz y
saneamiento en estas horas de oscuridad.
La proporción entre la población judía y la rusa supera solo en un 1 por ciento la de ambas razas
en los Estados Unidos. No es menos peligrosa en Rusia, que en nuestro país la mayoría de los
judíos, solo que allí viven bajo ciertas restricciones que no existen aquí. Y, sin embargo, el espíritu
judío les había procurado en Rusia una serie de poderes que aniquilo totalmente el espíritu ruso.
También en Rumania, Rusia, Austria, Alemania, en todas partes donde la cuestión judía se presente
como primordial, se observa siempre como causa principal del antisemitismo el impulso de
dominación del espíritu judío.
Lo mismo en la Unión, la causa que agudiza la cuestión judía, radica en el hecho de que esta
minoría de ciudadanos judíos – una ínfima inmigración de sólo un tres por ciento en un país de 110
millones de habitantes – logró en 50 años tal preponderancia que a ningún otro grupo de
población, aún en decuplicada superioridad numérica, le hubiese sido posible lograr. Un 3 por
ciento de otra nacionalidad cualquiera no se advertiría, por la sencilla razón de no hallarse en parte
alguna un solo representante de dicha minoría, y mucho menos en las conferencias secretas del
Consejo de los Cuatro en Versalles, o en el Tribunal Supremo de Justicia, o en la Casa Blanca, o en
el mundo financiero; en una palabra, en ninguna parte donde radican verdaderamente poderes. En
cambio, al judío le hallamos, no por casualidad, en una u otra parte de los referidos centros, sino
inevitablemente en todos ellos. El judío posee la inteligencia, la energía, la sagacidad instintiva;
mas también una procacidad sin limites, que en conjunto y como automáticamente le ubican
siempre en primera fila. Lógica consecuencia, es que también la raza judía, más que ninguna otra,
llame la atención del pueblo norteamericano.
Y es aquí donde empieza realmente la cuestión judía, con muy simples y claras determinaciones de
hechos: ¿Por qué aspira el judío siempre e irresistiblemente a la ocupación de los más elevados
cargos? ¿Qué es lo que le impulsa?, ¿Por qué se eleva hasta ellos?, ¿Qué es lo que hace allí? ¿Qué
significa para la humanidad que los ocupe el judío? Tal es la cuestión judía en su origen verdadero.
Desde aquí se amplia hacia otros horizontes. El que haya adquirido un cariz anti o filosemita,
depende de la proporción de prejuicios que se empleen, y el que vaya cobrando una importancia
que actúe en bien de la humanidad toda, depende del grado de prudencia e inteligencia que se
invierta en su solución.
Aunque no intencionado, el uso del concepto "humanidad" en combinación con la palabra "judío"
adquiere, por lo general, un doble sentido. Se cree a menudo que el judío debe ser tratado
humanitariamente. Demasiado tiempo hace ya que el judío se habituó a reclamar humanidad
exclusivamente para él. La humana sociedad tiene ahora perfectísimo derecho a exigir la tal
pretensión unilateral para que cese en su inicua expoliación de la humanidad y deje de fundar todo

su razonamiento exclusivamente en el punto de vista de su propio beneficio. El judío tiene el deber
de cumplir la antigua profecía, según la cual todos los pueblos del mundo serian por él
bienaventurados, debe obrar en este sentido, que hasta hoy no pudo cumplir debido a su absoluto
exclusivismo.
No es posible admitir ya que el judío siga representando el papel de "receptor exclusivo" dentro de
la humanidad; debe evidenciar aprecio hacia una sociedad humana, que va comprendiendo con
angustia que es cruelmente explotada por los círculos poderosos de la raza judía hasta el extremo
de poderse hablar de un colosal "progrom cristiano" producido por la miseria económica organizada
sistemáticamente contra una humanidad casi inerme. Esta humanidad esta más desamparada
contra las perfectamente organizadas iniquidades de los poderosos financieros judíos, que lo
estuvieron los pequeños grupos de judíos rusos perseguidos por las vengadoras masas populares.
Desde un comienzo, estos artículos de fondo nuestros tropezaron con una casi infranqueable
barrera de Correos, en Telégrafos hasta verbalmente. Toda publicación de esta índole es calificada
de "difamación". Con tales artículos se perpetra un crimen brutal e imperdonable contra un pueblo
inocente y digno de toda conmiseración. (Esto se cree al menos). Los membretes de los poderosos
magnates que piden socorro, los medios financieros enormes de los que protestan, y el numero de
miembros de aquellas sociedades cuyos presidentes exigen, desaforados, que todo lo dicho sea
desmentido, se observan después. Y lo más infame es que siempre, luego de esta grita, se observa
con el boicot (listas negras), cuya conminación basto en Norteamérica para que la cuestión judía no
se discuta públicamente.
Pese a tales amenazas por su discusión pública y a la falsa maniobra de proclamar solo glorias
legitimas o ensalzar todo lo referente a los judíos, la cuestión judía en Norteamérica no puede
ocultarse ya por más tiempo. La cuestión es clara, y no se la puede tocar ni escamotear aun con la
más hábil propaganda; tampoco se la puede reprimir, ni siquiera con las mas groseras amenazas.
Los judíos en Estados Unidos servirán mejor a su causa y a todos sus correligionarios del mundo
entero si acallaran de una vez el clamoreo del "antisemitismo", dando distinto tono a este
lamentable gemido, muy propio de una desdichada víctima, cooperando a la solución de este grave
problema, indicando con claridad lo que cada judío amante de su raza podría y debería hacer para
solucionarla de una vez.
En los precedentes capítulos se ha ido empleando el concepto de "judío internacional". Esta
expresión-concepto admite dos interpretaciones distintas; una de ellas es la de que el judío, habite
donde habite, sigue siendo siempre judío, y otra la de que el judío ejerce un dominio internacional.
El verdadero pulso propulsor del antisemitismo radica en esta última interpretación.
Este tipo judaico internacional que ansia el dominio de los pueblos, o que ya lo tiene y ejerce,
significa para su raza un apéndice realmente pernicioso. Lo más desagradable en este judío
internacional, visto desde el punto de vista del judío común, es justamente que sea también judío.
Y lo extraño es que ese tipo no nace en parte alguna, sino sobre tronco judío. Pero no es el caso
que entre los innumerables déspotas financieros del mundo entero se cuenten algunos judíos, sino
que dichos déspotas sean exclusivamente judíos. Este tan elocuente hecho produce, naturalmente,
un sentimiento fatal contra los demás judíos, que no pertenecen ni pertenecerán jamás a esa
especie de dominadores internacionales, sino que siguen siendo, sencillamente, parte de la masa
del pueblo judío. En el caso de que el dominio universal fuera ejercido por personalidades de
distintas razas, como por ejemplo ocurre con el dominio de las artes blancas en Norteamérica,
entonces los pocos judíos que se hallasen entre ellas, no podrían plantear un problema, que en
caso de ser un problema tal dominio, este se limitaría a los hechos en si, sin interesar a las
personas o a las razas. Pero puesto que el domino universal constituye un deliberado propósito solo
realizable por judíos, con métodos bien diferentes a los de otros conquistadores en el mundo, es
preciso e inevitable que el conflicto suscitado recaiga irremisiblemente sobre aquella raza.

Se complica con ello el asunto. Cuando a este núcleo de dominadores del mundo se les llama
"judíos" – y siempre lo son – no es posible segregar dicho núcleo estrictamente y separarlo de los
demás de su raza. El orientado lector podrá hacerlo, mas el judío, siempre inclinado a sentirse
ofendido, no puede soportar un ataque dirigido "a las alturas", por relacionarlo inevitablemente
consigo mismo. ¿Por qué, entonces, cuando se habla de esa clase de "más arriba", no se habla
simplemente de financieros en general, en vez de decir "judíos"? Lógica nos parece la pregunta,
pero no menos lógica es la respuesta: porque todos son judíos. No radica el problema en que en
una extensa lista de personas eminentemente ricas se encuentren mas nombres no judíos que
judíos. No se trata únicamente de personas ricas, muchas de ellas habiendo obtenido sus riquezas
por igual sistema, sino que se trata solo de aquellas personas dominantes por sus riquezas, pues es
indudable que ser rico y dominar por las riquezas son dos cosas diferentes. El judío dominador
tiene, innegablemente, grandes riquezas; pero aparte de las mismas, tiene, además algo que es
infinitamente más poderoso que todas sus riquezas.
El judío internacional, como lo demostramos, no domina en el mundo por su riqueza, sino porque
posee en sumo grado ese espíritu mercantil e imperioso propio de su raza, y porque además puede
apoyarse sobre la lealtad y solidaridad de la misma, cosa que no acaece en ninguna otra familia
humana del globo terráqueo. Si se pretendiera conceder de pronto el dominio mundial actualmente
ejercido por los judíos al conjunto de miembros de la familia humana más predilecta en cuestiones
mercantiles, este mecanismo se desharía por el simple hecho de que los no judíos carecen de una
cualidad netamente determinada, que – divina, o humana, innata o adquirida – el judío posee en
sumo grado.
Inútil será decir que todo esto es negado por el judío moderno. No admite que el judío se
diferencie del resto de los mortales salvo en su culto religioso. "Judío", dice, no es epíteto de una
raza, sino que simplemente caracteriza a los creyentes de determinada confesión, tal como se
habla de "prebisterianos", "católicos" o "luteranos". Esta interpretación se halla a menudo en
artículos periodísticos, en los que los judíos protestan de que al delincuente de su raza condenado
por cualquier delito se le designe como judío, aduciendo que de los otros criminales tampoco se
hace constar la confesión religiosa; "¿Por qué hacerlo, entonces, con los judíos?" Exigir tolerancia
religiosa siempre surte efecto, y conviene muchas veces además, distraer la atención publica de
asuntos más importantes.
Ahora bien, si el judío se distinguiera del resto de la humanidad únicamente por su confesión
religiosa, desde el punto de vista del contenido moral, y si en realidad radicara en esto la
diferencia, la misma se eliminaría por el hecho de que la religión judía forma la base moral de las
ulteriores confesiones cristianas.
Por otra parte, consta que de los judíos que habitan en países de habla inglesa, dos millones se
dicen judíos por su raza y solo un millón declara su religión. ¿Serán por ellos los unos menos judíos
que los otros? No admite el mundo tal diferencia, como tampoco los sabios etnógrafos. Un irlandés
que abandona su credo, sigue siendo irlandés, como el judío sigue siempre siéndolo, aunque
renuncie a su sinagoga. A esto responde el sentir general de judíos y no-judíos.
Otra consecuencia más grave aun se presentaría su fuera justo tal nuevo aserto de los judíos. Seria
entonces inevitable explicar su afán de predominio, precisamente como resultado de sus creencias
religiosas. Tendría que decirse, necesariamente, que los judíos deben su poder a su religión, y por
lo tanto la crítica debería dirigirse hacia esa religión que proporciona riquezas terrenales y mundial
dominio a sus creyentes. Pero apoya otro hecho la falsedad de tal aserto: el de que los judíos, que
realmente ejercen el dominio mundial, no son precisamente religiosos. Nos demuestra la práctica
que los más sinceros creyentes de la Ley Mosaica son, en su mayoría, los judíos más pobres.
Cuando se quiera conocer la severidad mosaica, o sea la base de la moralidad del Antiguo

Testamento, no se hallara entre los judíos poderosos, que unitarizaron su religión, tal como los
cristianos unitarios judaizaron su cristianismo, sino entre los judíos miserables que viven en
callejuelas, y que para santificar su fiesta semanal, sacrifican los beneficios de sus negocios del
sábado. Su religión no les facilita a estos el dominio mundial; al contrario, hacen sacrificios
personales para mantener incólumne su religión contra las modernas influencias.
Si fuera verdad que el judío no se distingue del resto de la humanidad más que por su religión
propiamente dicha, toda la critica del judaísmo, solo significaría un farisaísmo intolerable. Más, al
profundizar en este problema, se comprende al punto que el judío en nada se diferencia menos de
la humanidad no-judía que por la religión. En efecto, entre las dos grandes ramas del cristianismo,
existe una diferencia mayor que entre uno u otro de ellos por un lado, y el mosaísmo por otro.
En suma, y aunque lo siga negando el factor judío, el mundo seguirá considerando al judío como
miembro de una raza distinta. Siempre defraudo la tenacidad de esta raza los numerosos intentos
de exterminio realizados. Supo mantenerse plena de vitalidad y poderío, aplicando únicamente
aquellas leyes naturales cuyo descuido bastardeo a tantos pueblos. Fue esta raza la que paso de la
antigüedad a la era moderna, gracias a sus dos grandes valores psíquicos, monogamia y
monoteísmo, presentándosenos en la actualidad como vestigio visible de una antigüedad de la que
emana toda nuestra hacienda espiritual.
Y el judío seguirá destacándose siempre como parte de una raza, de una nacionalidad, de un
pueblo propio. Cualquier contacto con ideologías extrañas, con costumbres de otros pueblos, no
cambiara en absoluto este aspecto. Un judío sigue siendo siempre judío y mientras permanezca fiel
a sus inatacables viejas tradiciones, seguirá siéndolo en el futuro. Tendrá siempre el derecho de
suponer que pertenecer al judaísmo equivale a ser miembro de una raza superior.
Estos judíos dominadores internacionales están en la cima de su poderío – aparte de otras razones
– merced a ciertas particularidades del propio ser judío. Cada judío posee estas particularidades,
aunque no en cantidad idéntica, así como todo inglés habla la lengua de Shakespeare aunque no
sea un Shakespeare. De ahí la imposibilidad de comprender al judío internacional, sin juzgar
críticamente las bases del carácter judío y su psicología.
Es posible prescindir del reproche más generalizado, de que el éxito judío proviene de la falta de
honorabilidad judía. Es ilógico acusar al pueblo judío, como cualquier otro pueblo con generalidades
tales. Nadie mejor que el judío esta enterado del reproche general, de que los usos mercantiles de
los judíos son todos infernales. Indudablemente, en muchos casos puede existir cierta carencia de
escrupulosidad, sin que llegue a ser informalidad punible. También es posible que la fama de que
gozan siempre los judíos sobre este particular, provenga más que de su informalidad real de causas
diferentes.
Una de estas posibles causas puede citarse desde ya. Como comerciante transaccionista o
intermediario, es efectivamente, más hábil el judío que los nativos de otros pueblos. Se dice que
existen otras razas tan hábiles en este sentido como el propio judío, pero entre ellas este no
prospera. Esto permite que las razas mas lerdas para los negocios se crean con derecho a suponer
que son harto vivaces, estableciéndose un recelo contra aquellas. El mundo entero desconfía del
mas vivo, aunque tal viveza sea completamente inofensiva. El cerebro que piensa con menos
rapidez, supone fácilmente que aquel que en una operación comercial pasa por tantos callejones
lícitos, puede también ir fácilmente por senderos vedados y alimenta con facilidad la sospecha de
que quien hizo por fin "negocio" lo logro con ardides no muy lícitos. Las personas pausadas,
honorables, y que hablan y accionan con la mayor escrupulosidad, tendrán siempre sus recelos
contra aquellas personas que saben extraer rápida ventaja de todas las circunstancias.
Tal como lo prueban las tradiciones históricas antiquísimas, fue siempre el judío un pueblo

dedicado exclusivamente al intercambio. El judío se torno antipático por razones de negocio; mas
no todas pueden explicarse por la opinión personal, ni por la inventiva de sus enemigos. Es
conveniente recordar al respecto las persecuciones de que fueron víctimas los judíos en la antigua
Inglaterra. En aquella época, el gremio de comerciantes tenia en Inglaterra costumbres muy
honorables. Un comerciante honrado, por ejemplo, no podía nunca iniciar un negocio de por si, sino
que debía esperar a que se le ofreciera. También el arreglo de las vidrieras con luces o colores, o la
llamativa exposición de las mercaderías ante los ojos del público adquiriente, se consideraron
métodos despreciables, tendientes únicamente a quitar la clientela al comerciante vecino. Se
considero asimismo informal y desacostumbrado traficar al mismo tiempo con más de una clase de
artículos. Si alguien se ocupaba de la venta de té, ¿no hubiera sido perfectamente natural que
vendiera también cucharitas? Mas el solo anuncio de ello hubiera sublevado tan profundamente la
opinión publica en aquellos tiempos, que el comerciante, tal vez hubiera puesto en peligro su
negocio. Lo correcto para un comerciante de aquel entonces era dar a entender que solo muy
difícilmente se apartaría del comercio de sus mercaderías habituales.
Es fácil imaginarse lo que ocurriría al introducirse el judío en esta maraña de viejas costumbres.
Simplemente las destrozo. En aquellos tiempos las costumbres tenían un valor casi idéntico a las
leyes divinas, y, por lo tanto, el judío debía ser considerado con su proceder como un perfecto
ácrata. Se convirtió en un axioma que aquel que violara estos arcaicos hábitos comerciales, no se
asustaba ante nada. El judío tenía prisa de vender cualquier cosa. Si un artículo no satisfacía al
cliente, le ofrecía otro cualquiera que tuviera a mano. Las casas de comercio judías se
transformaron en bazares, que a su vez, son predecesores de nuestros gigantescos y modernos
almacenes. Con ello desapareció la antigua y sana costumbre inglesa de tener una tienda para cada
índole de mercancías. El judío, siempre en pos del negocio, lo persiguió, lo derroto charlando, fue el
inventor de la máxima de "grandes negocios con pocos beneficios"; fue también el que introdujo el
sistema de negocios a plazos. Lo único que el judío jamás pudo tolerar, fueron la tranquilidad y la
estabilidad. Únicamente la movilidad fue su anhelo. El judío es el padre del anuncio y las ventas en
que la simple publicación de las señas de cualquier casa comercial hubiese despertado la sospecha
en el publico de que el dueño de la misma necesitaba dinero con urgencia, que se hallaba al borde
de la quiebra y que en su desesperación acudía hasta los mas dudosos medios de salvación a que
jamás hubiese recurrido comerciante alguno con dignidad.
Es indudable que tal energía y vivacidad pudieran ser confundidas con mala fe. El comerciante
británico honrado tuvo que suponer que el judío no procedía de buena fe. Este, en cambio, hizo su
juego para apoderarse de los negocios, y lo consiguió maravillosamente.
A partir de entonces el judío siempre demostró idéntica habilidad. La facultad de atraer correntadas
de oro hacia sus propias arcas, en particularidad instintiva. El establecimiento de un solo judío en
un país cualquiera creo de inmediato la base para que pudieran establecerse también otros de su
raza. No le hace que esto sea el natural desarrollo de unas aptitudes innatas o un plan consciente,
fundado en la unidad y lealtad de raza; lo evidente es que en todo momento las factorías judías
guardaban contacto entre si. A medida que crecían estas en riquezas, influencia y poderío, logrando
relaciones con los gobiernos de los países en que se manifestaron, tuvo por fuerza que pasar el
poderío principal al centro de la comunidad, sin que fuera óbice el que este estuviera
temporalmente en España, en Holanda, o en Inglaterra. Inútil es inquirir si ocurría
intencionadamente o no: lo cierto es que uniéronse con mayor firmeza con la que otras ramas
comerciales pueden lograrlo, porque el engrudo de la unidad de raza, el lazo de fraternidad racial
no puede ser tan firme, en ninguna nacionalidad, como lo es en la judía. Nunca coinciden los nojudíos en considerarse solidarios en su calidad de tales, ni se consideran obligados al prójimo
porque este sea también no-judío. Aconteció así que se prestaron voluntariamente como agentes
de los hebreos en tiempos y ocasiones en que a los judíos no les convenía mostrarse públicamente
como dueños del negocio. Pero jamás estos substitutos fueron verdaderos competidores de los
judíos en el terreno de la dominación económica del mundo.

De las diversas comunidades, afluyo al poderío a la comunidad central, donde se encontraban los
principales banqueros y los grandes dirigentes de negocios. E inversamente, refluyeron a las
comunidades órdenes y datos de inapreciable valor desde la central. Intuyese así fácilmente que en
situación semejante un pueblo que demostrara aversión a los judíos, tuviera que sufrir su acción,
en tanto que, por otro lado, un pueblo favoreciera a los judíos, extraía de ello ventajas. Consta, sin
lugar a dudas, que los judíos hicieron sentir duramente su poder a pueblos contrarios a su
insinuación.
Existió siempre y sigue aun hoy existiendo este sistema en proporciones más amplias. Hace
cincuenta años que el negocio bancario internacional, exclusivamente dominado por los judíos
como intercambistas universales, estuvo en su apogeo. Por doquier poseyó un supercontrol sobre
todos los gobiernos y las finanzas de los Estados. Nació mas tarde algo nuevo: la industria. Esta
adquirió proporciones y una importancia que ni los sabios profetas hubiesen podido pronosticar. A
medida que la industria crecía en fuerza y poderío, convirtióse en un poderoso imán de dinero, que
absorbió en su remolino las riquezas del mundo. Más no únicamente por el mero hecho de la
posesión de riquezas, sino para hacer trabajar otra vez este dinero. Durante cierto tiempo actuaron
estos nuevos métodos para producir y extraer utilidad de la producción, en vez de poseer y lograr
luego de los intereses del capital prestado. Desencadenóse la guerra mundial, en cuya preparación
tienen indudablemente gran parte de culpa aquellos intercambistas financieros y estas dos
potencias, la industria y las finanzas, se enfrentan hoy en un duelo a vida o muerte y cuyo éxito
decidirá quien deberá prevalecer en lo futuro: si el trabajo productivo o el capitalismo negativo.
Esta importantísima decisión a adoptar es una de las causas por las cuales la cuestión judía aparece
nuevamente en el terreno publico.
Que se lo haga constar y comprobarlo, no quiere decir que se reconozca la superioridad judía.
Expresar que el judío es extremadamente feliz en sus éxitos y se le debe por ello aherrojar, seria
algo sencillamente ridículo. Tampoco correspondería a la verdad de las cosas decir que toda la
colaboración judía en el mundo fue nociva. Por el contrario, tal vez seria posible demostrar que
hasta hoy ha sido favorable. Al éxito no es posible acusarlo ni condenarlo. Si se desea mezclar la
moral en estos asuntos, solo podría ser con respecto al uso que se haga de un éxito logrado. La
cuestión toda culmina, una vez hechos constar los antecedentes efectivos, en preguntarse si puede
o debe seguir el judío procediendo en la misma forma que hasta ahora, o si es que existe para el
una obligación para con la humanidad de hacer en lo sucesivo un uso muy distinto del poderío
mundial una vez adquirido.

A tal objeto debemos organizar; en primer lugar organizar en forma tal, que el mundo tenga una
prueba de la amplitud y fuerza de nuestro afán de libertad. Organizar, en segundo lugar, para que
se conozcan y se aprovechen como es debido las fuentes de nuestro poderío...
Organizar, organizar, hasta que cada hebreo no pueda levantarse sino para ser tomado al punto en
cuenta en nuestro bando o para que, consciente o inconscientemente, pueda contarse entre los
extraños.
(D. Brandeis, juez en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, seg. "Sionismo").
V
¿ARRAIGARA EN LOS ESTADOS UNIDOS EL ANTISEMITISMO?
Cualquiera que tanto en los Estados Unidos como en cualquier otra parte intente tratar
posiblemente la cuestión judía, tiene que contar con que se le tilde de antisemita, o,
desdeñosamente, se le sindique como perseguidor de los judíos. Ni la masa popular, ni la prensa le
ayudaran en lo mínimo. Las escasas personas que prestaron cierta atención al asunto, prefieren
esperar para ver como se desenreda la madeja. Es posible que ni uno solo de los grandes

periódicos norteamericanos, y con seguridad ninguna de esas grandes revistas basadas en anuncios
("magazines"), tendrá el coraje cívico de admitir que tal cuestión exista. La prensa en general se
halla actualmente abierta de par en par para toda índole de enormes adulaciones de todo cuanto
sea judío (pueden encontrarse ejemplos en todas partes), en tanto que la prensa hebrea que se
publica en los Estados Unidos, se encarga de criticar y refutar todo lo no-judío.
El simple intento de que uno trate la cuestión judía en público, parece entrañar actualmente la
suposición de un odio a muerte contra todo lo judío, sin que se establezca ninguna diferencia entre
el redactor, el editor o el simple avisador de un diario. Parece ser este odio una idea fija,
hereditaria entre los judíos. Ese proceder tiene por objeto llevar al ánimo de los no-judíos el
convencimiento de que el mas pequeño comentario que no rebose bondad en presencia de todo lo
judío, es siempre prejuicio y odio, que se caracterizan por mentiras, injurias y ofensas, e
instigaciones al atentado personal. Se hallan estas palabras en cualquier artículo tomado al azar de
la prensa judía.
Es posible distinguir perfectamente entre los judíos cuatro categorías diferentes. En primer termino,
los guiados por la firme voluntad de conservar inmutable todo lo genuinamente judío en culto y
costumbres, aun a costa de cualquier sacrificio en cuanto a sus simpatías y a su éxito personal. En
segundo lugar aparecen aquellos capaces de sacrificar cualquier cosa en holocausto de una innata
conservación del culto religioso mosaico, pero que no se incrustan a las tradicionales costumbres de
la existencia particular judía. Luego están los que carecen en general de convicciones fijas, siendo
oportunistas en todo y que se hallan siempre al lado del éxito momentáneo. Y existe finalmente un
cuarto grupo de judíos, que creen y propagan la idea de que la sola solución del conflicto existente
entre judíos y el resto de la humanidad, consiste en que la raza hebrea vaya perdiendo su
personalidad, mezclándose con las otras razas humanas. Es esta última categoría la más débil
numéricamente, como también la más antipática entre sus correligionarios y la más desdeñada.
Existen entre los no-judíos con respecto a esta cuestión solo dos grupos: uno que detesta al judío
sin poder decir por que, y otro que ansia que se haga la luz en este asunto, reconociendo en la
cuestión semita por los menos un problema. Los dos apenas se manifiestan, son conceptuados
antisemitas.
Antisemitismo es un concepto que se utiliza con harta ligereza. Convendría reservarlo únicamente a
aquellos que se dejan guiar por un prejuicio infundado. Si se aplica en cambio a todas aquellas
personas que prudentemente desean discutir las peculiaridades judías y su predominio mundial, es
denominación injusta, pues del mismo modo que se aplica en sentido de reproche, podría muy
fácilmente trocarse en titulo honorífico y de estima.
El antisemitismo, sea cual fuere la forma en que se presente tiene por fuerza que cuajar en
Norteamérica y hasta puede decirse que existe, no por cierto desde poco tiempo. Aunque se
presente bajo otro nombre cualquiera, los norteamericanos no podrán variarlo en su esencia, como
ocurrió ya con otras tantas ideologías, que en su viaje de circunvalación mundial llegaron hasta
nosotros.
A
1.

Es necesario poner de relieve lo que no es antisemitismo.

No estaba justamente en el reconocimiento de la existencia de una cuestión judía. Si fuera esto
antisemitismo, podría decirse que la gran masa del pueblo norteamericano será con el tiempo
antisemita, pues empieza a darse cuenta de la existencia de dicha cuestión, que cada día se
impone mas por los hechos de la vida practica diaria. La cuestión existe. Se puede ocultarla
temerosamente. Y hasta es posible negarla por cualquier razón inconfesable. Pero existe; y con el

correr del tiempo nadie habrá que la pueda negar. Al fin, ni el medroso "¡callad!" de las gentes
emotivas será suficiente para ocultarla. Pero reconocerla simplemente no significa iniciar una
campaña de enemistad y de odio contra los judíos; quiere solo decir que se va manifestando cierta
corriente de nuestra civilización, y que por fin logro importancia y fuerza tal, que la atención
provocada se ve ante la perentoria necesidad de buscar conclusiones y de recabar noble solución,
que sin repetir los errores del pasado, elimine desde ya todos los peligros que amenazar pudieren a
la futura sociedad humana.
2.
Tampoco constituye antisemitismo la discusión pública de la cuestión judía. Conviene su
publicidad. La manera hasta hoy usada de debatir la cuestión judía, o aspectos de la misma, fue
con frecuencia errónea en este país. Mas que en parte alguna se la trato en la prensa judía, pero
sin lealtad y sin amplias miras. Las dos notas preponderantes, que con cansadora monotonía
vuelven siempre a sonar en la prensa judía son: la cortedad de miras de los no-judíos y los
prejuicios cristianos. Parece, en efecto, que estas dos condiciones son las predominantes y las que
suelen observar los escritores judíos al investigar sus propias huestes. Con la mayor seriedad puede
decirse que para los judíos constituye una gran ventaja el que la prensa genuinamente hebrea no
este muy divulgada entre el publico no-judío, pues la sola propagación sistemática de dicha prensa
entre los norteamericanos cristianos, seria capaz de provocar un movimiento general hostil hacia
los judíos. Los autores judíos que escriben para los lectores judíos, ofrecen un material en extremo
amplio para deducir la existencia de una conciencia arraigada del valer hebreo y de un sumo
desprecio para las otras razas. Si bien es cierto que en tales escritos siempre se enaltece a
Norteamérica, no se lo hace señalando al país que es patria de los norteamericanos, sino que se le
ensalza como tierra de promisión y de bienestar para los judíos que en ella residen.
En la prensa diaria no se discutió hasta la fecha esta cuestión. Esto no puede sorprender ni es de
vituperar. La prensa diaria únicamente se ocupa de "actualidades". Cuando en sus columnas son
mencionados los judíos, existe para ellos un abundante surtido de tópicos fijos, que empiezan por
regla general con una lista de hebreos históricamente celebres, y finaliza con una recomendación
de convecinos judíos, cuyos avisos comerciales en la mayoría de los casos figuran en la parte
correspondiente de aquella edición. En suma, que la discusión de la cuestión judía en nuestro país
consiste en una tendenciosa critica de los no-judíos en la prensa no-judía. Un ensayo imparcial que
debata el asunto fundándose siempre en hechos, no debe considerarse como antisemitismo, aun
cuando determinadas y lógicas deducciones puedan disgustar a los judíos.
3.
Tampoco es posible que signifique antisemitismo el hecho de que en un centro cultural
exista la sospecha, expresada por personas dignas de crédito de que en el mundo se va notando
mediante la existencia de un plan general destinado a dominar al globo entero, no ya mediante
conquistas políticas, o hechos guerreros, o tratados diplomáticos, ni siquiera por medios
económicos en sentido científico, sino por una secreta dominación del mecanismo bursátil y del
intercambio mundial. No significa antisemitismo ni el decirlo, ni el aportar pruebas, y menos el
apoyarlo con irrebatibles afirmaciones. Los propios judíos internacionales podrían mejor que nadie
rebatir tal antisemitismo, mas no lo hacen. Lo mismo podrían hacer aquellos judíos, cuyos ideales
abrazan imparcialmente la vida cultural de toda la humanidad, y no con exclusividad la de su propia
raza, pero tampoco lo hacen. Tal vez algún día aparezca un profeta que siente la tesis de que las
antiguas promesas formuladas al pueblo de Israel no pueden cumplirse precisamente por los
métodos de Rothschild, ni que la profecía según la cual los pueblos todos serán bienaventurados en
Israel se cumpla en forma que todos los demás pueblos del mundo se conviertan en tributarios de
los hebreos. Pero en tanto no aparezca o se manifieste dicho estado de comprensión, en tanto la
política judía siga siendo lo que es hasta hoy, no puede ser conceptuada antisemitismo aquello que
propenda a precipitar el referido estado de opinión y hasta podríamos decir que se presta un
inmenso servicio al pueblo israelita descubriendo los secretos planes de determinados medios o
individuos influyentes de su raza.

B
Es indudable que en más de una oportunidad el antisemitismo inconsciente intranquilizó vastos
sectores de la humanidad, enturbio puntos de vista y perdió su carácter racional, llegando a
desvirtuar las intenciones de sus dirigentes. Pero lo más singular de este hecho, es que con
semejantes procedimientos jamás se consiguió nada útil para aquellos que los utilizaban, ni
aleccionaron nunca con provecho a los judíos contra quienes se dirigían.
Son múltiples los grados del antisemitismo y entre ellos destácanse los siguientes:
1.
Existe un antisemitismo subconsciente e irrazonable que se evidencia por una franca
aversión contra el judío como individuo, sin importar quien o como sea. Este antisemitismo se
advierte con frecuencia en personas de todas las clases sociales, pero lo extraño es que abunde
mas en aquellas que menos frecuentan o menor contacto mantienen con ellos. Nace muchas veces
este sentimiento de aversión en la adolescencia de los no-judíos y se evidencia por una neta e
instintiva antipatía por la palabra "judío"; acentuase mas su agresividad al aplicarse el vocablo a
modo de insulto o para definir un acto deshonroso. No existe mas diferencia entre este insulto y
otros referidos contra determinados no-judíos, a los que se desea ofender por sus actos inmorales
en cualquier sentido, que el hecho de que al decir "judío" se abarca a toda una raza sin excepción y
ofende a personas judías desconocidas sin referirse en concreto a un individuo contra el cual la
antipatía tal vez este justificada. Esta generalización en la ofensa, es injusta.
La simpatía es un sentimiento independiente de nuestra voluntad; el sentimiento de aversión, en
cambio, puede rectificarse. Llegara un momento en la vida de las personas ecuánimes en que
advertirán que otra persona que les es instintivamente antipática, puede ser en el fondo tan buena
o tal vez mejor que ellas mismas. El estado de aversión alterna en el flujo y reflujo de la atracción y
la repulsión que pueda regir entre nosotros mismo y otras personas; pero sin llegar a concretarse la
prueba de que la persona "no-grata" merezca tal aversión. En cambio, cuando a ese estado de
aversión impreciso acumulanse pruebas del desvío al contacto social con la raza judía, la repulsión
no puede atribuirse a prejuicios. Deben quedar al margen de nuestra afirmación, naturalmente,
aquellas personas que aseveran que nada bueno en absoluto puede aguardarse de un judío. Esta
exteriorizada propensión contra los judíos, suele ser la resultancia de causas diversas. Se puede no
simpatizar con los judíos, sin ser esencialmente antisemita. No es un caso extraordinario, sino
frecuente, el hecho de no experimentar satisfacción judíos intelectuales en el trato con sus
correligionarios a no ser entre los de educación superior. Este hecho nos brinda la oportunidad de
ocuparnos detenidamente de las peculiaridades y costumbres del israelita vulgar y de los rasgos de
su comportamiento, con cuya crítica no hacemos sino repetir lo que los judíos de más elevada
cultura predican al desgaire contra sus correligionarios. Dicha critica será aplazada para otro
capitulo.
2.
Puede caracterizarse por la enemistad y el odio el segundo grado del sentimiento
antisemita.
Es preciso repetir que la aversión procedentemente analizada no es idéntica al odio, como tampoco
es menester que se traduzca en enemistad. Muchos hay que no gustan del té con azúcar, sin que
por ello detesten el azúcar. Sin embargo, se sabe que hay muchas personas que empiezan a ser
antisemitas, porque el sentimiento de aversión ahondo en ellos hasta la prevención mas
desconfiada y acaso también a raíz de dolorosas experiencias adquiridas en el trato con seres de la
raza judía, no siendo menos de un millón los norteamericanos que en estos últimos años se
convirtieron en antisemitas rabiosos justamente por haber tratado con comerciantes judíos. Tales
sentimientos constituyen una desgracia para las personas que los experimentan, precisamente
porque les impiden conocer y apreciar nítidamente los elementos que integran la cuestión judía
utilizándolos con justicia y equidad. La enemistad nace por causa de la raza judía mas que por

ninguna otra, siendo la razón de este fenómeno uno de los grandes misterios que jamás serán
aclarados. En el carácter judío, tal como es presentado por la historia antigua y moderna, radica sin
duda gran parte de la culpa de tal enemistad. Allí donde el judío llegue a establecer contacto con
los pueblos de raza aria, que sin restricciones se entregan al desarrollo de sus facultades culturales
y morales, despertara esa animosidad, por el mismo provocada. Este sino de los judíos preocupo
siempre a los pensadores de todas las épocas. Algunos pretenden explicar el fenómeno
bíblicamente, como resultado de la maldición de Jehová contra su pueblo predilecto por haber
desobedecido la ley, con cuya maldición deseo utilizarlo como pueblo en el que se cumplan las
profecías todas para ejemplo del resto de la humanidad. Si constituye este castigo parte de la
herencia judaica, bueno será recordar asimismo aquí aquella frase de las Sagradas Escrituras, que
dice: "¡Deberán sobrevenir rebeldías, más ¡ay de aquel por cuya culpa sobrevengan!".
3.
En ciertas partes del mundo en distintas épocas, este sentimiento de odio provoco
estallidos de sangriento fanatismo que, como todos los grandes dolores humanos causaron horror y
consternación. Esa es la forma extrema en que se manifestó el antisemitismo, y cualquier intento
de discutir en público la cuestión judía provoca la maliciosa sospecha de que se intenta la repetición
de tales persecuciones. Estas, aunque imperdonables, puede, por otro lado, explicarse
perfectamente. Los judíos las explicar como consecuencia de un fanatismo religioso, en tanto que
los no-judíos ven en ellas la violenta repulsión de un yugo que los judíos les habían impuesto
económicamente. Lo extraño es que en Rusia – para citar un país determinado, donde con mas
frecuencia se repitieron las persecuciones – ocurrieran justamente en las regiones mas ricas del
país, hasta el extremo que los judíos declararon públicamente que, si emigraban, volverían esas
regiones a su estado de primitiva pobreza. Poco inteligente seria negar este hecho, en todo
momento confirmado por viajeros plenos de indignación contra los rusos, por su comportamiento
con los judíos, que visitaron aquel país (cuyos relatos se leen preferentemente en la prensa
anglosajona), y que al retornar a su patria desvirtuaron estas crueldades y a veces hasta las
disculparon. Observadores imparciales descubrieron también que algunas de dichas persecuciones
fueron instigadas por los propios judíos, por lo que tampoco debe olvidarse que cualquier pequeñez
dicha o cometida contra un solo judío encuentra en el periodismo mundial judaizado un eco
exagerado, o, como vulgarmente se dice, "hinchan el globo". Un reportero conocidísimo como leal
partidario de los judíos perseguidos en Rusia, vióse expuesto a los más recios ataques por parte de
los judíos, cada vez que se vio precisado a hacer constar esta causa. Hasta la fecha es dificilísimo
conseguir, sea donde sea, que los judíos admitan ni lo mínimo vituperable que se les objete. Puede
acusarse a quien se quiera: ellos son siempre los inocentes. Esto tiene que desaparecer, si en
realidad los judíos desean cooperar, o si pueden, en la obra que elimine de su carácter aquellos
síntomas que pronostican siempre la animosidad de los demás pueblos. En otras oportunidades
reducírase el odio ilimitado existente contra los judíos a una razón económica. Esto plantea el
interrogante de si el judío habrá de destruir en si lo esencialmente judío, deshaciéndose de su
peculiar predisposición para sus éxitos, antes de que pueda conquistarse las simpatías de los otros
pueblos. La respuesta se reservara para ulteriores estudios.
En lo referente al prejuicio religioso, que siempre proclaman los judíos, es evidente que este, por lo
menos en los Estados Unidos, no existe. Sin embargo los autores judíos lo enrostran tanto a los
norteamericanos como a los rusos. El lector no-judío podrá darse fácilmente a si mismo la
respuesta mas adecuada sobre este punto, examinando imparcialmente, si alguna vez en su vida
experimento aversión contra los judíos a causa de su religión. En una logia masónica judía díjose
poco ha (discurso propalado después por el periodismo judío) que si el azar se preguntara a cien
no-judíos en la calle: ¿Qué es un judío?, responderían en su mayoría diciendo: "Un asesino de
Cristo". Uno de los mas conocidos y repudiados rabinos de los Estados Unidos dijo recientemente
en uno de sus sermones, que a los niños cristianos se les enseñaba a ver en todo judío un asesino
del Señor. Dicho aserto es repetido en la plática privada. En presencia de esto, supongo que la
mayoría de los no-judíos confesaran que tal concepto lo oyeron en nuestro país por vez primera en
toda su vida. Esta afirmación judía carece sencillamente de sentido común. En prueba de ello,

interróguese a los veinte millones de escolares de los Estados Unidos y el Canadá, si se les enseña
tal cosa. Sin duda alguna puede afirmarse que en ninguna confesión cristiana existe ninguna
predisposición contra los judíos a causa de su religión. Por el contrario, se advierte infinidad de
veces el vago sentir equivocado, como si tuviéramos que agradecer al pueblo de Judá, y hasta
perdura el concepto falso de tener cierta parte en el credo mosaico. Las escuelas dominicales
cristianas de todo el mundo enseñan durante seis meses del año las lecciones internacionales
tomadas de los libros de Ruth, del primero y segundo libro de Samuel, y del de los Reyes, no
transcurriendo año sin que se enseñe el Antiguo Testamento.
En presencia de estos hechos, deberían los rabinos judíos darse cuenta de que realmente existe
mucha mas agudeza e intolerancia religiosa por parte de los judíos contra el cristianismo, que
nunca será posible en la Iglesia cristiana contra el mosaísmo. Desaparecerá toda duda al respecto
echando una mirada comparativa a la prensa eclesiástica cristiana y judía, respectivamente. Ningún
autor cristiano se atrevería a agredir la religión judía, en tanto que una lectura de medio año de
cualquier revista religiosa judía nos ofrecería multitud de agresiones y prejuicios contra la Iglesia de
Cristo. Por otra parte, no puede concebirse mayor acritud que la que se profiere y ejerce contra un
judío convertido al cristianismo. Adopta casi las formas de una especie de Santa Vema. Resulta, por
ende que no es por sus creencias que se distingue el judío de los demás humanos, sino por otros
motivos diferentes. Empero, cuando los judíos advierten alguna antipatía contra ellos, repiten
siempre monótonamente los tres mismo razonamientos, de los cuales el primer y más importante
es el religioso. Tal vez para ellos constituya un consuelo suponerse mártires de su fe, pero esto no
corresponde a la verdad, y cualquier judío prudente debería saberlo. Debería darse cuenta además
de que en los templos cristianos, donde se estudian y reconocen las antiguas profecías, existe por
fuerza cierto interés fundado en el posible y posterior desarrollo del pueblo de Israel. No se
olvidaron las promesas que se le hicieron, y hasta hay quienes creen que estas se cumplirán. El
porvenir de los judíos esta íntimamente relacionado con el de nuestra tierra, y por lo menos la
rama evangélica de la cristiandad, a la que característicamente persiguen los judíos con mayor
odio, sigue creyendo todavía en un futuro resurgimiento de Israel. Si supiesen los judíos en su gran
mayoría con cuanta comprensión y cariño nuestra Iglesia sigue estudiando sus antiguas profecías,
creyéndose y esperándose que de parte de los judíos pueda aun venir la salvación de la
humanidad, mirarían con distintos ojos a nuestra confesión. Comprenderían que la Iglesia cristiana
no se cree medio adecuado para la conversión de los judíos, error del que emana tanta acritud,
sino que estima que dicha conversión se efectuara por otros medios y en otras circunstancias muy
diferentes, es decir, por los propio Mesías de los hebreos y no por el "olivo salvaje" de los paganos.
Se conoce una rara variedad de antisemitismo, que se ocupa de la cuestión religiosa, mas no en el
sentido antes citado. Dicha variedad se compone de contadas personas con tendencias ateístas,
que afirman que toda religión es una patraña judía, inventada solo con el objeto de sojuzgar el
espíritu y el corazón humanos con sus enervantes supersticiones. Pero este punto de vista resulta
harto extremista y por lo tanto sin importancia para una seria solución al asunto.
C
¿Cuál de estas formas adoptará, entonces, el antisemitismo en Norteamérica? En el supuesto
probable de que ciertos signos sigan manifestándose, ¿qué formas adquirirá el sentimiento
antagónico a los judíos? Por lo pronto no serán las persecuciones en masa. De estos la única que
actualmente se puede apreciar es la de los mismos judíos contra cualquier persona o entidad que
ose despertar la publica atención sobre el problema judío.
1.
Llegara el antisemitismo a Norteamérica de acuerdo con la norma que exige que los
movimientos espirituales y las grandes ideas recorran el mundo de Este a Oeste. Al Norte de la
Palestina, donde habitaron los judíos el mayor espacio de tiempo y donde aun hoy viven muchos de
ellos, se comprendió ya el antisemitismo y se agudiza cada vez más. Pero para arribar a la

revolución careció de fuerza e intensidad. Un poco mas al Oeste, en Inglaterra, ya es más latente,
pero debido al numero relativamente pequeño de masa judía pobre residente en las islas
británicas, y dada la intima conexión de los potentados israelitas con las clases dominantes
británicas, existe mas bien sentimentalmente, por instinto, que como un movimiento movilizado. No
es tan caracterizado en los Estados Unidos, pero se advierte en forma de cierta intranquilidad, de
duda mal definida, y en el antagonismo entre la tradicional liberalidad norteamericana y el respeto
a los hechos escuetos una vez criticados.
Puesto que la cuestión va adquiriendo un carácter por momentos más urgente, las personas de
clara visión deberían rechazar las temáticas protestas de los judíos, y tratar de que estas no
arraiguen en otros países. Es un deber publico atacar este problema directamente en su base y
preparar una formula ejemplar y admisible para todas las naciones civilizadas, proporcionando a los
demás pueblos el material fundamental necesario, para que por si puedan un día demostrando
claramente todas las circunstancias, en las que los pueblos lucharon hasta la fecha desamparados,
por carecer tanto de voluntad, como de los medios adecuados para llegar hasta las raíces del
problema.
2.
Otro de los motivos por los cuales la cuestión judía empieza a conquistar terreno en
Norteamérica, es el de la proyectada inmigración de grandes masas judías. Ya hoy en 1920 es
preciso contar con una probable inmigración de un millón de judíos, con lo cual la población
israelita llegaría a cuatro millones y medio de almas. Esto, empero, no significa solo una
inmigración de personas, sino también de ideas. Ningún autor judío dijo aun concreta y claramente
que idea tienen en realidad los judíos de los no-judíos, ni como piensan en verdad de los goyim.
Existen en verdad, indicios de cuales serán esos sentimientos, pero acaso convendría no perder el
tiempo en ensayos y combinaciones, siendo preferible que lo hiciese un judío. Lo probable es,
empero, que el judío que así obrara se viese expulsado de su comunidad, si efectivamente cumplía
tal tarea con veracidad, y basándose estrictamente en los hechos.
Los referidos inmigrantes, acaso con razón, ven en el no-judío su enemigo mortal, creyendo
naturalmente que deben guiarse por este punto de vista. Pero no están ellos en realidad tan
desamparados como parece. En Polonia, tan exhausta, donde según crónicas tendenciosas se les
despojo de todo a los pobres judíos durante la guerra, aparecen todos los días centenares de judíos
que abonan fácilmente importantes gastos de viaje. Pese a su proclamada miseria y total pobreza
pueden emprender un largo y costoso viaje en comunidad. Los viajes en masa no son posibles en
ningún otro pueblo más que al judío. De inmediato vemos que estos emigrantes no dependen en
absoluto de la caridad. La nave de su vida se mantuvo perfectamente a flote en medio del huracán
que desmantelo la de muchos otros pueblos; ellos lo saben y gozan con este feliz hecho. Sin
embargo, llevan consigo idénticos sentimientos contra la mayoría de nuestro pueblo, que los que
tenían contra los abandonados. Es posible que saluden alegremente la tierra norteamericana, pero
contra el pueblo norteamericano conservaran sus ideas peculiares. No le hace que en las listas de
inmigración figuren como polacos o rusos, en realidad son judíos, y muy consciente de ello, ya que
pronto tal cosa se nota en la práctica.
Esto deberá producir sus efectos. No es, entonces, prejuicio racial el que nos preparemos para ello,
recomendando a los mismos judíos norteamericanos que tengan en consideración estos hechos
para colaborar en la solución del problema.
Toda idea dominante, triunfante en Europa, ha experimentado modificaciones al ser trasladada a
Norteamérica. Tal aconteció con la idea de libertad, con la de las guerras y con la del sistema de
gobierno. Y tal acontecerá irremisiblemente también con la idea del antisemitismo. El conjunto de
la cuestión hallara aquí si centro, y aquí se resolverá en el caso de que procedamos con prudencia
y sin temores. Un autor judío dijo poco ha: "Judaísmo significa hoy día judaísmo norteamericano...
Todos los antiguos centros judíos se desmoronaron durante la guerra y se transplantaron a

Norteamérica". El problema judío trocase, pues, en una cuestión norteamericana, quiérase o no.
¿Qué desarrollo adquirirá? Depende en gran parte de lo que aquí se pueda hacer, antes de que el
problema adquiera formas ásperas. El primer síntoma será probablemente una expresión de
desagrado contra los éxitos económicos judíos, especialmente contra la correlación de métodos con
que se alcanzaron. Observa nuestro pueblo la existencia de un pueblo dentro de otro en forma
jamás advertida ni con los mormones, y no querrá admitirlo. Los mormones se retiraron, en tanto
que Israel retorna a un nuevo Egipto para sojuzgarlo.
La segunda forma de antisemitismo que se acuse será indudablemente el sentimiento de aversión y
su generalización. Tal vez en el fondo la mayoría profese la norma recta: mas no por ello actuara
con la aconsejable prudencia. Una predisposición así, francamente admitida por judíos y no-judíos,
puede, en perjuicio en ambas partes, adquirir formas agudísimas, porque ni el sustentador ni el
objetivo de un prejuicio son susceptibles de asegurar la indispensable libertad espiritual que solo se
basa en un perfecto equilibrio del alma.
Partiendo de estos fundamentos es posible contar con una sana influencia de la justicia. Cuando
llegue la cuestión a este punto someterse globalmente el problema al fallo del justo criterio
norteamericano. Su innata justicia le ayudo aun en casos que al principio provocaron la indignación
del norteamericano. En nosotros la sentimentalidad es siempre de breve duración y deriva
rápidamente hacia el criterio racional y el juicio moral. El espíritu norteamericano no descenderá
jamás a guardar rencor contra individuos, sino que ahondara su criterio. Puede este hecho
comprobarse en las relaciones entre la Gran Bretaña y los Estados Unidos de América. Es
originalidad nuestra no reparar jamás en las personas, cuando se trata de cuestiones
fundamentales.
Se procederá luego a un concienzudo examen de los hechos que pueden permanecer durante
cierto tiempo fuera de la opinión publica, pero finalmente se dará con la clave del problema. Las
raíces de todos estos enigmas saldrán a la luz, y morirán, como todas las raíces que se arrancan de
las entrañas de la tierra. Será entonces tarea de los mismos judíos amoldarse a las nuevas
condiciones de vida. No se trata de que deban perder su peculiaridad, de que dejen morir sus
energías, no de que abandonen su pasado, sino que será preciso que encaucen todas estas
facultades por más limpios canales. Solo así podrán justificar su afán de cierto predominio. Una
raza que en la esfera de la vida material pudo conseguir lo que la judía consiguió – en cuya labor
hasta se creyeron sus hijos espiritualmente mas adelantados que los de otros pueblos, - deberá
cumplir su misión de una forma menos sospechosa y menos antisocial de lo que hasta el presente
lo hizo.
No se llegara a la extirpación de los judíos, pero tampoco se les seguirá permitiendo que continúen
sojuzgando a la humanidad bajo el yugo que tan hábilmente le han impuesto. Ellos son los
usufructuarios de un sistema que tiene que modificarse radicalmente en si mismo. Para justificar en
lo futuro su propia posición en el mundo, deberán modificarse a si mismos, encaminándose hacia
fines mas elevados.

"Obligaremos a los gobiernos cristianos a que adopten medidas favorables a nuestro vasto plan ya
cercano a su victorioso fin, en el sentido de que hagan pacientar la exaltación de la opinión publica,
que nosotros, merced al periodismo omnipotente, ya tenemos efectivamente organizada. Con
escasas excepciones, aquella se encuentra ya en nuestras manos".
(Tesis VII de "Protocolos de los Sabios de Sión")
VI
ÁBRESE VIA LIBRE EN LAS REVISTAS LA CUESTION JUDIA

Un egresado de una Facultad norteamericana efectúo hace años un viaje de negocios a Rusia. Era
perito en un muy importante ramo de ciencias aplicadas, y además un observador en extremo
escrupuloso. Arribo a Rusia con el deseo de estudiar el trato que daba el gobierno ruso a los judíos.
Tres años vivió en Rusia; regreso después por un año a Norteamérica, y quedóse nuevamente casi
otro tanto en Rusia. De regreso por segunda vez a la Unión, creyó oportuno ilustrar al pueblo
norteamericano con respecto a la cuestión judía. Redacto un articulo muy detallado y lo envío al
editor de una revista muy acreditada en los Estados Unidos. El editor llamóle a la redacción
conferenciando con el durante dos días y quedando sumamente impresionado por todo cuanto oía;
mas declaro que no podría publicar aquel articulo. Lo mismo se repitió después con otros diversos
editores de grandes revistas, y no precisamente porque el viajero no hubiese acertado en sus
estudios del asunto. Al contrario, todo cuanto aquel escribiera sobre otro tema lo publicarían con
gusto. Lo que no era posible en absoluto es que se aceptase o imprimiese en Nueva York su
sensato artículo sobre los judíos.
A pesar de todo logro penetrar finalmente la cuestión judía en una revista neoyorquina, pero más
bien como casco de una granada arrojada desde el campo judío contra la cuestión judía, para, de
ser posible, eliminar el problema y afirmar así la tesis de que dicha cuestión ni siquiera existe.
Raro fue que las grandes revistas (cuyos directores financieros seria interesante revelar) no
admitieran sino justamente este único articulo sobre la cuestión judía. Pero aun así, el gran publico
aprendió muchísimo con solo leer este único articulo, cuyo objeto básico era poner de relieve que la
cuestión judía en realidad no existe.
El señor William Hard, en la edición de junio del Metropolitan, utilizo aquel artículo como mejor
pudo y es indudable que las agencias telegráficas y los corresponsales internacionales, que tan
atentamente velan por todo cuanto favorezca a los judíos, habrán felicitado efusivamente al editor
del Metropolitan por su ayuda en aletargar al público.
En primer término, el artículo hace constar la existencia real de una cuestión judía. El señor Hard
dice que de ella platicase en los salones de Londres y París. No consta, empero, si el autor desea
patentizar con ello la nulidad o escasa importancia del asunto, o tan solo sus vastas relaciones con
aquellos círculos. Refiere además, que cierto documento relacionado con la cuestión judía círculo
profusamente en determinados círculos oficiales de Washington. Reproduce una correspondencia
cablegráfica sobre el asunto, publicada oportunamente por el diario neoyorquino World. No cabe
duda que su articulo se publico demasiado pronto para poderse ocupar de la nota dedicada a aquel
documento por el Times de Londres. De todos modos, para el lector interesado solo en hechos
reales, le hizo constar que existe una cuestión judía, y no justamente entre la plebe, sino en
aquellas esferas donde pesan con mayor intensidad las pruebas del poderío y del dominio judío. Y
llegóse hasta a debatir en ellos la cuestión, cosa que el señor Hard hace constar expresamente. Si
no ahonda más aun, diciéndonos que hasta se discute muy seriamente en los más elevados
puestos y por personalidades de importancia nacional e internacional, explicaráse tal omisión
probablemente por dos razones: o porque no lo sabe, o porque considera tal afirmación como
contraproducente a la tendencia de su artículo.
Mas, sea por lo que fuere, lo cierto es que el señor Hard hizo constar que existe una cuestión judía,
y que se la debate entre personas que por su posición se hallan en las mejores condiciones para
juzgar el asunto.
Recibe el lector del artículo la impresión de que el judaísmo es una conjura, al afirmar el autor que,
personalmente no cree en la misma. Puede esta aseveración aceptarse con desenfado, pues para el
sentir no-judío no existe nada mas ridículo que la admisión de una conjura en masa, por la mera
razón de que para el carácter no-judío tal conjura universal implica una imposibilidad. El señor Hard
es no-judío, sabiendo por ende cuan imposible seria, aun por breve tiempo, cualquier conjura de

cierto numero importante de individuos no-judíos, aunque aquella respondiera a los móviles mas
nobles. Los seres de sangre no-judía no están hechos para semejantes conjuras, que se disolverían
como el azúcar en el agua. Los no-judíos, ni en la masa de la sangre, ni en sus intereses, llevan los
fundamentales imprescindible para una tan estrecha cooperación, como los judíos. El no-judío, solo
por sus innatas cualidades, no puede concebir grandes conjuras, y tan es así, que sin tener pruebas
irrefutables a la vista, ni siquiera creerá en la posibilidad de su existencia.
Intuiranse, entonces, las dificultades que el señor Hard halla en esto de las conjuras. Para poder
redactar su artículo, se ve en la obligación de formular el asunto, como si en todas las ocasiones en
que se discute la cuestión judía se la tratara desde el punto de vista de una conjura. Esta es su
idea predominante, que se expresa en el epígrafe que reza: "Gran conjura contra los judíos".
Buscando hechos recopilados en el referido articulo del señor Hard, llegase a saber que existen
ciertos documentos que encierran, según dice, los detalles de una conjura, y hasta el plan para una
dominación mundial de los judíos. Esto es casi todo lo que el lector consigue saber de aquellos
documentos, aparte de que el señor Hard los califica de "originalmente horribles". Es una
lamentable falta en aquel artículo, porque el autor, si bien lo escribe para condenar ciertos
documentos, no nos dice nada absolutamente acerca de su contenido. Las perversidades se
desacreditan siempre por su misma maldad; mas estos documentos parecen no ofrecer personal
del señor Hard. En cambio, las personas de criterio independiente, hubiesen preferido seguramente
obtener una base crítica con la publicación total de aquellos documentos. Pero dejemos esto. Existe
la constancia de que el señor Hard establece en público que dichos documentos de conjura existen.
El autor pasa luego a otra cosa y pretende demostrar, nombrando a determinados judíos que
predominan en algunos remos especiales, que los hebreos en general no pueden tener nada que
ver con el dominio mundial. La responsabilidad de lo concerniente a aquellos nombres hebreos la
dejaremos a cargo del señor Hard. A nosotros solo nos interesa ver lo que es posible deducir de
ello.
Trata el autor con especial cuidado de los asuntos rusos. Hasta parece, a veces, como si se quisiera
equiparar la cuestión judía a la soviética en Rusia; y, sin embargo, esto no es cierto, y el señor
Hard lo sabe perfectamente. Si bien es cierto que las dos cuestiones se relacionan muy
íntimamente entre si, constituye, empero, una premeditada sutileza intentar construir primero
artificiosamente tal identidad. De cualquier manera, los hechos citados por el señor Hard, aparte de
las consecuencias que él extrae de los mismos, resultan bastante interesantes.
Fijémonos, entonces, primero en el caso de Rusia. El señor Hard dice que en el gobierno soviético
hay un judío: Trotzky. Claro esta que existen otros en ese gobierno, pero el señor Hard habla
exclusivamente del Gabinete. Tampoco cita a los comisarios, que parecen ser los verdaderos
dueños de Rusia, ni a las tropas rojas, apoyo único del gobierno Lenin-Trotzky. Para el señor Hard
solo existe el Gabinete. Con este mismo criterio no hubo en Hungría sino un solo judío en posición
preponderante, mas este fue nada menos que Bela-Kuhn. Queda pendiente, sin embargo, la
pregunta de por que, a pesar de existir solo estos dos judíos, todo el mundo estuvo y sigue
convencidísimo de la preponderancia hebrea en el bolcheviquismo. Tan tonta opinión de todos los
no-judíos seria infinitamente más quimérica de lo que es la idea de una conjura judía para el señor
Hard. Si fueran imbéciles todos los no-judíos, ¿por qué no considerar sabios eminentes a todos los
judíos?
De cualquier modo no peca de exagerado quien afirme que Trotzky ocupa el supremo poder,
compartiéndolo únicamente con Lenin, y que Trotzky es judío. Esto no lo negó hasta hoy nadie, ni
el propio Braunstein, apellido que fue de Trotzky cuando residía en St. Louis, Estados Unidos.
Más también los mencheviques, dice el señor Hard, son guiados por judíos. Trotzky al frente de los

bolcheviques, en tanto que a la cabeza de los mencheviques, cuando estos todavía formaban la
oposición contra aquellos, marchaban los Lieber, Martow y Dan: "todos judíos", dice Hard.
Hay, además, otro partido moderado entre esos dos extremos: los "cadetes", que según el señor
Hard son o eran el mas fuerte partido burgués en Rusia. "Estos tienen actualmente su cuartel
general en Paris. Su jefe es Vinaver, un judío".
Tales los hechos señalados por el señor Hard. Los judíos cuyos nombres cita, detentan la jefatura
de las tres grandes agrupaciones políticas de Rusia. Ved ahora –exclama, - cuando desunidos se
hallan los judíos. ¿Cómo es posible la existencia de una conjura entre personas, que mutuamente
se combaten con tanto encarnizamiento? A cualquiera pudiera tal vez llamarle la atención el hecho
de que sean siempre judíos los que perennemente predominan en todas las fases de la vida política
rusa. Y ¿no justifica acaso este hecho la generalizada creencia de que los hebreos anhelan para si,
en todas partes, el dominio absoluto?
Mas no terminan con esto las deducciones que el lector, ávido de hechos, pueda extraer del artículo
del señor Hard. Este ocupase después de los asuntos en los Estados Unidos, señalando ciertos
hechos en extremo interesantes. "Ahí esta Otto Kahn", dice. En efecto, a veces esta aquí Otto
Kahn, mas otras se halla también en París, metido en asuntos internacionales sumamente
importantes; en cambio, otras veces teje combinaciones en Londres entre el capital inglés y el
yanqui, combinaciones todas que tienen numerosas relaciones con la vida política europea. El señor
Kahn pasa por conservador, lo cual en diversos aspectos puede ser cierto. Toda persona es
conservadora o no lo es, "según el cristal con que se le mira". Las personas más conservadoras de
los Estados Unidos son en realidad las más radicales. Llegan sus lemas y sus métodos hasta las
raíces de las cosas, y en su propio campo de acción son radicalísimas. Los hombres predominantes
de la última convención republicana son denominados conservadores por aquellas personas cuyas
miras se hallan limitadas por intereses económicos muy determinados, pero realmente son los más
radicales de los radicales, y aparecen rojos en épocas rojas y blancos en épocas blancas. De
conocerse los últimos planes del señor Kahn, y se descubriese la relación de todos estos planes e
intenciones, habríamos de modificar, sin duda, el titulo con que se le debería conocer. Sea como
fuere, por Hard sabemos, de cualquier modo, que "ahí esta Otto Kahn".
"Por otra parte – dice el señor Hard, - esta Rosa Pastor Stokes, y el señor Morris Hillquit". Estos,
expresa Hard, son radicales. En contraposición a los mismos menciona los nombres de otros dos
no-judíos, Eugenio. V Debs y Bill Haywood, como si fueran jefes mucho mas importantes que
aquellos. Todo aquel que sigue los últimos acontecimientos políticos (y entre tales personas
figuraba también hasta hace poco el señor Hard), tiene de esto una opinión muy distinta. Ni Debs
ni Haywood crearon en toda su vida un partido tan poderoso como lo hicieron Rosa Stokes y
Hillquit. A estos últimos deben Debs y Haywood su significación.
Cuando se examina las tendencias socialistas en los Estados Unidos, se tropieza al punto (le ocurre
también al señor Hard) con nombres judíos. Y es por sus afirmaciones, precisamente, como llega el
lector al convencimiento de que los dos grupos políticos de los Estados Unidos son dirigidos por
judíos.
No terminó aún Hard, "Quien más que ninguna otra personalidad, mas que ningún otro jefe hace
todo lo posible para mantener a los obreros norteamericanos apartados de radicalismos, es un
hebreo: Samuel Gompers"" Apuntara el lector este hecho en su memoria, y sabrá que la masa
obrera norteamericana sigue a un judío. En cambio la poderosa "confederación de obreros
confeccionistas unidos, efectivamente grande y muy fuerte, es dirigida por un judío, Sidney
Hillmann".
Es decir, que marchan aquí las cosas tal como en Rusia. Las dos tendencias de la vida política, y

dentro de ellas las fuerzas pujantes todas, están bajo el dominio judío. Este hecho tendrá que
reconocerlo también el señor Hard, pese a la intención contraria de su artículo.
Y el partido moderado también, el "centro liberal", como lo denomina Hard, que reúne a todos los
no extremistas, se presenta con los apellidos preponderantes de Brandeis, Mack y Felix Frankfuter,
caballeros cuya actitud desde el armisticio proporcionaría material abundante para un
interesantísimo capitulo.
Sinceramente cita Hard todavía otros dos nombres: el "barón de Günzburg, judío", un "empleado
leal" de la Embajada rusa con el embajador Bajmeteff, representante del viejo régimen, algo
modificado, en tanto que la agencia telegráfica rusa, cuyas informaciones se publican en infinidad
de diarios norteamericanos, es dirigida por otro judío (así le califica Hard), cuyo nombre es
conocidísimo por los hebreos de la prensa cotidiana: A. I. Sack.
Esta lista no es completa ni con mucho, pero no por ello deja de ser interesante. Según dicha lista,
parece que los documentos, cuya ridiculez trato de demostrar Hard, van adquiriendo algo más de
importancia. Y asimismo, se va imponiendo la sospecha de que si aquellos documentos no fueron
examinados tan atentamente como era de desear, quizá haya sido porque los lectores, aparte de
los detalles advertidos por Hard, habían descubierto y observado hechos mucho mas significativos y
escandalosos totalmente confirmados por los documentos mismos. Los lectores que no han tenido
la suerte de poder enterarse del total contenido de aquellos documentos, deben exigir que se
satisfaga su natural interés.
No son los documentos los que crearon la cuestión judía. Si no existieran otros antecedentes, que
nada tiene que ver con dichos documentos, ni el señor Hard hubiera escrito jamás su artículo ni el
Metropolitan lo hubiese publicado.
El mérito del señor Hard es haber confirmado en un lugar insospechado que esta patente la
cuestión judía, y que esta debe ser debatida. Quien mando redactar el artículo titulado "La gran
conjuración de los judíos" por fuerza debió haber experimentado una imperiosa necesidad de
hacerlo.

"¡Estáis perdiendo el tiempo en frases vanas! En tanto el periodismo del mundo entero no este en
nuestras manos, será inútil todo cuanto hicierais. Es necesario que dominemos o por lo menos
influyamos en la prensa universal, si ha de ser nuestra tarea la de alucinar y cautivar a los
pueblos".
"Barón de Montefiore (1840)".
VII
ARTHUR BRISBANE, DEFENSOR DEL JUDAISMO
Debemos interrumpir nuevamente el examen de la cuestión judía contemporánea, para referirnos a
la aparición de un editorial de más de dos columnas en el diario To Day (Hoy) del 20 de junio de
1920, perteneciente al consorcio Hearst, en que se ocupa de nuestro mismo asunto el periodista
señor Arthur Brisbane. Sin que sea este periodista el más influyente de los Estados Unidos, es
indudable que figura entre la docena de redactores mas leídos por el público. Y cuando trata el
vidrioso asunto del judaísmo un escritor de su fuerza intelectual crítica, es indiscutible que este
problema consigue un evidente relieve, y adquiere importancia y actualidad.
El señor Brisbane, sin embargo, no estudió este problema judío. En una conversación íntima
confesaría, probablemente, que nada en absoluto sabe del mismo, aunque esa confesión no
concordara con el tono de seguridad con que ha venido tratando la cuestión en público. Pero sabe,

perfectamente, como periodista versado que es, la forma de abordar el asunto cuando la actualidad
obliga a resolver problemas a ojos cerrados. En la actualidad, pueden los periodistas escribir en
estilo amplidifuso, diciendo que en cada raza existen seres buenos y malos, que ha dado hombres
eminentes o que desempeñaron importante papel en la historia. Estos puntos de vista proporcionan
material suficiente para redactar un artículo de fondo sobre cualquier pueblo de la comunidad
humana. No es preciso estudiar la esencia del asunto para redactar un artículo cuyo fin sea el
lucimiento. Se ocupa la prensa en una serie de artículos de este o aquel asunto etnográfico, ya no
se habla más de ello. Tal es el oficio de la prensa.
Puesto que el señor Brisbane vivió largo tiempo en Nueva York y mantuvo relaciones financieras
con consorcios de nuestro país, dado que habrá visto y observado con gran lujo de detalles el
régimen interno de los grandes trusts y bancos, y habíase rodeado de consejeros técnicos de raza
judía, es indudable que ha de tener un criterio personal respecto a estos asunto. No corresponde,
empero, al periodista, confesar públicamente sus ideas "personales" sobre las diversas razas que
conviven en su patria. Un periódico tiene un muy restringido derecho para emprender ataques,
como son contadas las ocasiones para suponerle justificado en una transgresión de aquel derecho.
Si el señor Brisbane tuvo oportunidad de escribir sobre la cuestión judía, era de suponer lo que
habría de escribir. Lo que podría extrañar es que se viera precisado a escribir sobre esta cuestión.
¿Es que realmente le parecía una persecución contra los judíos el que se pretendiese aclarar el
origen de las causas de su preponderancia en los Estados Unidos y en otras naciones? ¿O es que,
con la perspicacia propia de un editor, presintió que se presentaba una oportunidad propicia que se
presentaba una oportunidad propicia para llamar sobre su persona la atención y benevolencia del
grupo más importante de Nueva York y de todo el país? O acaso – y ello entra perfectamente en el
terreno de las posibilidades, - deseo soslayar el asunto hasta que ciertas directivas le invitaran a
componer un articulo de fondo o que ciertos accionistas le indicasen sus especiales deseos? No se
pretende con lo dicho presentar como sospechosos los motivos del señor Brisbane, sino que se
trata de demostrar los finísimos hilos de que pende, a veces un artículo de fondo. Pero, vayamos a
lo que interesa: ¿cree el señor Brisbane que, una vez publicado aquel artículo en la tan leída prensa
del domingo, el asunto puede considerarse terminado o que tiene ya el problema una solución?
Precisamente en esto radica lo más grave del periodismo cotidiano; cuando se lograr salir indemne
de un artículo de fondo, el asunto queda terminado, por lo menos así lo consideran en general la
mayor parte de los periodistas y editores de prensa.
Confiamos en que el señor Brisbane no considerara el asunto terminado, sino que insistirá sobre
tema de tanta importancia y cooperará en la medida de lo posible a su definitiva solución, lo que
con su extraordinario artículo no se ha conseguido. Hasta se le deslizaron errores, que luego de un
estudio mas a fondo debería rectificar. "¿Qué hay de los fenicios?", inquiere. El mismo debería
haber profundizado sobre este asunto antes de formular la pregunta. Si así lo hubiera hecho, no
habría caído en el deplorable error de relacionar a fenicios y judíos. Un judío no haría nunca eso. En
cambio, en un comentario periodístico de propaganda judía escrito para lectores no-judíos, esto es
tolerado. Los fenicios seguramente jamás pensaron, ni poco ni mucho, que pudieran relacionarse
tan íntimamente con los judíos, como nunca tampoco lo creyeron los judíos. Siempre se
diferenciaron, entre otras cosas, en la muy fundamental de sus relaciones con el mar. Los fenicios
no solamente construyeron barcos, sino que también los manejaron, en tanto que el judío prefirió
siempre confiar más sus intereses que su persona a las embarcaciones. En otros aspectos, también
fueron esenciales las diferencias entre ambos pueblos, acusándose muy hondas y marcadas. Al
respecto debería Brisbane atenerse a la "Enciclopedia Judía". Ojalá vuelva a dedicarse de nuevo a
estos estudios, ilustrando a sus lectores de lo que halle en libros judíos no impresos, divulgados
únicamente en manuscritos. No se trata de una cuestión quimérica y propicia a numerosas
interpretaciones como, por ejemplo, la de la redondez de nuestro planeta. La cuestión judía queda
concretada y claramente planteada, y se solucionará.

El señor Brisbane se halla en condiciones de poder estudiar este problema por cuenta propia.
Cuenta con gran estado mayor de colaboradores, y es de suponer que entre ellos se encuentren
no-judíos de acrisolado carácter. Posee también una organización universal. Cambiados su léxico y
sus ideas, lo que acaeció luego de haber ingresado en el mundo del "ganar dinero", llego a poseer
también un conocimiento mas profundo de determinados grupos humanos de sus tendencias
dominadoras. ¿Por qué no ataca con bríos todas estas cuestiones con carácter de problema
mundial, buscando hechos en que apoyarse y tratando de hallar una solución?, tarea digna de un
editor periodístico noble. Facilitaría a Norteamérica el poder aportar su parte de cooperación para
que esta cuestión deje por fin de ser el fantasma que siempre fue. Todo cuanto se dice en este
mundo de "amor al prójimo" y otros tópicos elegantes, pero superficiales, no puede resistir un
examen crítico, pues se nos exige con ello que amemos a aquellos que con toda viveza y carencia
de escrúpulos dedícanse a usurpar el dominio sobre nosotros. "¿Qué hay de reprochable en el
judío?", pregunta Brisbane. Para formular esta primera pregunta es preciso hermanarla con otra:
"¿Qué hay de reprochable en el no-judío?".
Tal como otros escritores no-judíos que se prestan a ser benévolos defensores de los judíos, el
señor Brisbane tiene que admitir ciertos hechos que forman parte del mismo problema, cuya
existencia se pretende negar.
"De cada dos nombres influyentes con que se tropieza en cualquier capital, uno es judío", dice el
señor Brisbane, pero en su propia residencia este porcentaje es aun mucho mayor. "Los judíos, a
pesar de que constituyen menos del uno por ciento de la población mundial, merced a su espíritu
emprendedor, a su viveza y a sus conocimientos, obtiene un 50 por ciento de las utilidades
comerciales del mundo entero", dice el señor Brisbane.
¿Significa algo esto para el señor Brisbane? ¿Pensó acaso alguna vez en el fin a que ello nos
conducirá? ¿Puede este éxito librarse del reproche de alguna que otra de las cualidades que la
humanidad, con derecho, desprecia por deshonestas? ¿Satisfáceles además del modo como este
éxito, una vez adquirido, se explica? ¿Se halla en condiciones de demostrar que tal éxito se deba
única y exclusivamente a las cualidades laudatorias por él citadas, con exclusión de toda cualidad
detestable? ¿Puede aprovechar la lucha competidora del trust ferroviario de Harriman
financieramente apoyado por los israelitas? ¿Ha oído decir jamás que el dinero judío se invierte en
empresas ferroviarias sin tacha?
Seríanos posible facilitar al señor Brisbane los temas para innumerables artículos de fondo, que
tanto para el como para sus lectores serian en extremo instructivos, solo en el caso de que la
recopilación del material de hechos se confiara a personas imparciales. Uno de dichos artículos
podría titularse: "Los judíos en la Conferencia de la Paz". Sus informadores debería hacer constar
cuales fueron las personalidades preponderantes en los diversos puestos, quienes iban y venían con
la mayor oficiosidad, a quienes les estaban abiertas siempre todas las puertas de los delegados de
los gobiernos y de las Comisiones; que raza ofreció el mayor numero de secretorios privados de los
grandes políticos; que raza monto la guardia en mayor numero, guardia con la cual era preciso
tropezar para llegar hasta los personajes influyentes; cual fue la raza cuyos miembros trataron con
ahínco en convertir la Conferencia de Paz en una serie ininterrumpida de bailes y fiestas copiosos
banquetes, o cuales fueron los amigos particulares invitados con mayor frecuencia a comidas
intimas alrededor de los miembros de la conferencia.
Si el señor Brisbane, con sus claras facultades de cronista, instruyera a su personal en tal sentido y
publicara después todo cuanto sus reporteros le refirieran, escribiría una página de historia
contemporánea, que en su notabilísima carrera de editor periodístico significaría un mérito
indisentible.
Y hasta podría después publicar un segundo capítulo sobre la Conferencia de Paz con el titulo de

"¿Cuál fue el programa triunfante en la Conferencia de Paz?" Tendrían sus agentes que dedicarse a
descubrir el objeto y las intenciones con que los hebreos en tan gran número y con tan
importantísimas personas arribaron a París, y la forma en que impusieron su programa. Deberían
examinar especialmente si una letra sola de su programa se modifico o desecho. Necesitaría inquirir
si los judíos, una vez logrado lo que ansiaban, no exigieron aun más, y si lo lograron también,
aunque estos significara una escandalosa preferencia ante la comunidad de pueblos. El señor
Brisbane se enteraría, probablemente que de todos los programas presentados a la Conferencia, sin
exceptuar siquiera aquel en que la humanidad tan ingenuamente creyó, el único que se acepto sin
la mínima dificultad fue el judío. De todo esto podría enterarse el señor Brisbane si se dedicara a
averiguarlo. La cuestión radicaría solamente en saber que haría el con todo ese material, de
tenerlo.
Sea cual fuere la dirección en que el señor Brisbane enfocara sus estudios, siempre y en todas
partes ampliaría en forma considerable sus conocimientos acerca de nuestro país y de su coligación
con la cuestión judía. ¿Sabe, por ejemplo, a quien pertenece efectivamente Alaska? Tal vez
Brisbane, como la mayoría del publico (excepción hecha de algunos iniciados) supone que este
territorio pertenece a los Estados Unidos. Nada de eso; Alaska pertenece con sus yacimientos
auríferos, al judío, que será muy pronto dueño absoluto de todos los Estados Unidos de
Norteamérica.
¿No se da cuenta Brisbane, desde el favorable punto de vista en que le coloca su elevada posición
en el periodismo nacional, que en nuestra existencia económica se manifiestan elementos que ni el
concepto de "trabajo", ni en el de "capital" están claramente especificados? ¿Sabe algo de una
potencia que, sin ser ni capital ni trabajo propiamente dichos, tiene empero, sumo interés, y lo
manifiesta eficazmente separando entre si el capital y el trabajo, excitando a este contra aquel, o
viceversa? En sus estudios sobre nuestra vida económica y sobre el insoluble enigma que la
envuelve, es imposible que el señor Brisbane no haya advertido algo que se manifiesta en secreto y
en la tiniebla siempre. Descifrar este enigma es lo que haría honor a una gran empresa periodística.
¿Publicó el señor Brisbane alguna vez los nombres de las personas que dirigen el aprovisionamiento
del azúcar en los Estados Unidos? ¿Las conoce? ¿Quiere conocerlas?
¿Esta enterado del negocio del algodón en nuestro país, del traspaso intencionado de propiedad de
los terrenos algodoneros, y de las dificultades que adrede se promovieron en la producción de
algodón, empezando por las abiertas amenazas de los Bancos, hasta llegar a la deformación de
precios de los géneros y confecciones? Y al hurgar en estos asuntos, ¿se fijo alguna vez en los
nombres de aquellos que los dirigen? ¿Le agradaría saber como se hacen estas jugadas y quienes
las hacen? Podría descubrir y dar a conocer muy fácilmente todo esto al público, si instruyera al
respecto a su culto estado mayor de colaboradores, peritos y publicistas. Si se siente lo bastante
libre e independiente como para emprender tal tarea, lo sabrá mejor que nadie. Mas, acaso existan
motivos de índole privada o de oportunidad para no hacerlo.
Pero existan o no, ignoramos los móviles que le podrían impedir estudiar a fondo este asunto, para
formarse un juicio cabal. Esto no implicaría intolerancia. En cambio, tal como están las cosas
actualmente, el señor Brisbane no se halla en condiciones de fallar ni a favor ni en contra. Por esta
razón su ultima defensa de los judíos no constituye siquiera una defensa, puesto que asemeja mas
bien una captación de voluntades.
Su principal alegato se dirige al parecer contra lo que el denomina prejuicio o propensión odiosa de
razas. En efecto, si alguien, al entregarse al estudio de un problema económico cualquiera, temiera
verse complicado en tan lamentable embrullo intelectual, lo abandonaría. Depende únicamente del
método de averiguación, o del investigador el que resulten del estudio prejuicios u odios.
Sumamente mezquino seria, en cambio, para un intelectual pretender utilizar tal evasiva, ya que en

beneficio propio ya en el de aquellos que se dejan confiadamente guiar desde hace mucho tiempo
por su mérito intelectual.
Precisamente, odio y prejuicios se eliminara cuando se trata científicamente la cuestión judía. Es
posible tener un prejuicio contra cosas que no se entienden, o es posible odiar lo que no se
comprende. En cambio, el estudio de la cuestión judía, no solo procuraría conocimientos y juicios a
los no-judíos, sino también a los judíos que los precisan con tanta urgencia como aquellos. Al
conseguirse que el judío vea, comprenda y discuta ciertas cosas, desaparecerán la mayor parte de
las asperezas de la cuestión. Despertar a los no judíos en lo concerniente a los detalles de este
problema, constituye solo una mínima parte de la labor. Otra parte imprescindible estriba en hacer
interesar a los propios judíos en los hechos reales de que se trata. El primer éxito deberá ser el de
convertir a los no-judíos de simples defensores – y esto parcialmente en ambos sentidos – en
jueces imparciales. La investigación descubriría errores por parte de judíos y de no-judíos; pero
trazara el camino, para que la sabiduría y la prudencia puedan alzar la voz, porque, entonces, como
en todo problema, necesaria será mucha sabiduría.
Más en este propósito de tolerancia ocultase un peligroso lazo. Existe la tolerancia, en primer
término que se tolere la verdad. Actualmente se la falsea para evadir la realidad. La tolerancia no
puede prevalecer en tanto no se obtenga una conformidad general con respecto a lo que se desee
tolerar. Ignorancia, sujeción mental, acallamiento, no es tolerancia. Al judío jamás se le ha
tolerado, propiamente hablando, por la sencilla razón de que nunca se le comprendió. Y el señor
Brisbane no nos proporciona mejor conocimiento del pueblo judío, leyendo su ingenuo artículo,
arrojando un puñado de nombres judíos en un mar de letras de molde. De él depende el dedicarse
a fondo al estudio de este problema, sin que después lo utilice o no en sus publicaciones.
Desde el punto de vista periodístico es imposible informar diariamente a la opinión pública sin
tropezar a cada instante con los judíos. La prensa elude el asunto hablando falsamente de rusos,
lituanos, alemanes o ingleses. Constituye uno de los aspectos más falsos del problema este sistema
de bastardear personas y nombres, que en realidad caractericen, y hechos concretos.
Debería el señor Brisbane estudiar este asunto, dando a la publicidad, de una vez en cuando sus
observaciones, pues esta lo pondría en contacto con determinados sectores del judaísmo, que otro
publicista, por muy voluntarioso que fuese, no llegaría nunca a conocer. Es indudable que le habrán
colmado de elogios por su articulo; pero no cabe duda que habrá prestado mejor servicio
informativo sin, por el contrario, hubiera recibido algunos millares de dicterios. Nada de lo que
hasta ahora acaeció podría parangonarse con lo que seria el publicar uno solo de los hechos que un
imparcial examen le hubiese dado a conocer.
Puesto que el señor Brisbane escribe a favor de los judíos suponemos que siga con interés lo que
otros tengan que decir referente al mismo tema. Hallara entre sus lectores, ahora, más
correspondencia de judíos, que la que antes recibiera. Mucho de esto se reflejara, probablemente
en ulteriores artículos. Tarde o temprano todo investigador serio, todo periodista honesto, tropieza
con una u otra huella, que le lleva a recapacitar sobre el poderío mundial judío. Nuestro diario, el
Dearborn Independent, no hace sino sistemática y extensamente lo que el resto de la prensa hace
en periodos incoherentes.

Sobre la publicidad norteamericana pesa un verdadero miedo a los judíos, un temor que se siente y
cuyos motivos deberían atacarse. O mucho nos equivocamos, o también el señor Brisbane
experimento ese temor, aunque es posible que no se haya dado cuenta de él. No es, en realidad, el
temor de no hacer justicia a la raza judía – tal escrúpulo deberíamos sentirlo todos los que nos
consideramos honestos – sino más bien algo que nos impulsa a no escribir sobre los hebreos puras
alabanzas. Un leal sentido de independencia debería persuadir a todos los publicistas que el
periodismo norteamericano se halla en la necesidad de restringir estas habituales alabanzas y

pronunciarse en definitiva a favor de una critica fría e imparcial.
VIII
¿EXISTE UN PROGRAMA JUDAICO UNIVERSAL DETERMINADO?
En las disertaciones todas que exponen los publicistas judíos para explicar el creciente
antisemitismo, se encuentran tres razones: prejuicios religiosos, envidia económica y aversión
social. No interesa que los judíos lo sepan o no, más todo no-judío sabe muy bien que no existe tal
prejuicio religioso. Envidia económica acaso exista en tanto los universales éxitos de los judíos
llamen demasiado la atención publica. Determinados publicistas judíos tratan de desviar esta
atención exponiendo la tesis de que en la alta finanza no existe una preponderancia judía, mas en
este sacrificio por su pueblo, indudablemente se exceden. La finanza del mundo entero obedece
completamente a los judíos, cuyas decisiones y planes son para nosotros leyes irrecusables. Mas la
preponderancia financiera de un pueblo no seria por si sola, razón suficiente para citarla ante el
juicio popular. Si este pueblo es en realidad mas apto e inteligente, mas diligente y tenaz que
nosotros, si tiene cualidades de que como miembros de una raza inferior y poro diligente
carecemos, esto no constituye un derecho para exigir de aquel que nos rinda estímulos del
antisemitismo, pero no es suficiente para explicar la existencia misma de esta cuestión, salvo en el
sentido de que las causas secretas de la superioridad financiera de los judíos constituyan parte del
todo del problema. Y en lo referente a la aversión social, puede asegurarse que existen en el
mundo, sin duda, muchos mas no-judíos antipáticos que judíos simpáticos pueda haber.
No existe un solo publicista judío que mencione los motivos políticos de la cuestión, y si alguno los
roza, es solo para limitarlos y localizarlos. No es cuestión aquí del patriotismo local de los judíos,
aunque también del mismo se duda con fundamento en muchos países. De este "patriotismo" se
habla en Inglaterra, Francia, Alemania, Polonia, Rusia, Rumania, y hasta oímos hablar horrores de
él en los mismos Estados Unidos. Se han publicado libros, escrito crónicas profusamente repartidas,
se combinaron estadísticas con habilidad suma, para probar que los judíos cumplieron lealmente
con sus deberes de ciudadanos en aquellos países en que casualmente vivían. Empero, queda en
pie el hecho de que, pese a estos intentos sumamente activos y bien documentados, la opinión se
mantiene contraria y sigue siendo más fuerte cada día. Aquellos hebreos que cumplieron en los
ejércitos lealmente con sus deberes y evidenciaron su cariño y entusiasmo, no pueden borrar la
pésima impresión que como oficiales, soldados y civiles dejaron otros que no los cumplieron.
Pero en realidad no se trata de este aspecto cuando se menciona el elemento político de la cuestión
judía. Es fácil comprender que los judíos amen menos a las naciones en que viven que a aquellas
que ellos forman. La historia hebrea es la de una peregrinación a través de todas las naciones del
globo. Si consideramos únicamente a los hebreos contemporáneos, veremos que no existe raza
alguna que habite tantos lugares de nuestro planeta como la suya. Poseen, pues, un sentido
mundial mas nítido que ningún otro pueblo, porque el mundo fue su eterno sendero. Es preciso
eximir al judío de culpa, al no sentir tanto cariño por la tierra en que vive como los naturales. El
hebreo es siempre ciudadano del mundo, bajo cualquier bandera puede portarse correctamente en
lo referente a ciudadanía política, pero es inevitable que tenga un concepto distinto del valor
nacional de una bandera que el súbdito que no reconoce mas que una bandera única como suya.
Consiste el elemento político de la cuestión judía en el hecho de que los hebreos constituyen una
nación dentro de las demás naciones. Especialmente en Norteamérica lo niegan algunos de sus
publicistas, pero el espíritu judío desmintió siempre el celo extremado de estos paladines de su
causa. No se intuye claramente el por que de la originalidad en negar este hecho con tanta
insistencia. Cuando llegue el pueblo de Israel al convencimiento de que su misión universal no
puede cumplirse valiéndose del Becerro de Oro, se admitirá probablemente su ciudadanía mundial
con respecto a la Humanidad, y también su insuperable solidaridad con respecto a su propia raza,

como factor poderoso y meritorio para crear una unidad humana que precisamente ahora, debido a
las circunstancias, es del todo imposible. No se reprocha tanto a los judíos el hecho en si, de que
formen una nación dentro de otras naciones, sino más bien el abuso que hacen de este inevitable
estado de cosas. Pueblos y judíos intentaron repetidas veces llegar a una fusión, pero el Destino
parece haberles condenado a perpetua heterogeneidad. Tanto los judíos como los pueblos nojudíos deberían amoldarse a este hecho fatal.
Teodoro Herzl, uno de los más eminentes intelectuales judíos, fue acaso uno de los más modernos
en amplitud de miras para una explicación filosófica del carácter judío. Jamás cupo para él la más
pequeña duda de que existe una nación judía, y proclamó su existencia por doquier. "Somos un
pueblo, una nación", dijo, reconociendo francamente también que lo que él denominó cuestión
judía es en efecto un problema político. Dice entre otras cosas en el prefacio de su obra El Estado
Judío: "Comprendo muy bien que el antisemitismo representa un movimiento en extremo
complicado, que existen en él elementos de agitación populachera, de vulgar envidia mercantil, de
prejuicios heredados, de intolerancia religiosa, mas también de defensa propia muy justificada.
Opino que la cuestión judía no es ni social ni religiosa, aunque adopte a veces estas formas. Es una
cuestión política mundial, que se trate e investigue solidariamente por todas las naciones civilizadas
del mundo".
Afirmo Herzl no sólo que forman los judíos una nación, sino que en contestación a una pregunta del
comandante Evans Gordon ante la Comisión Imperial Británica de Inmigración extranjera, declaró
en agosto de 1902: "Le explicaré mi concepto de la esencia de una nación, y usted podrá agregarle
el adjetivo de "judía". A mi juicio una nación representa un núcleo histórico de personas en visible
cohesión y unidas por un enemigo común. Eso es, a mi entender una nación. Si agrega usted la
palabra "judía", comprenderá lo que yo entiendo por "nación judía". Explicando la forma de
manifestarse de esta nación judía con respecto a los otros pueblos Herzl escribió lo siguiente:
"Cuando nos hundamos los judíos seremos proletarios revolucionarios, los suboficiales de los
partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros, también subirá el inmarcesible poder del dinero".
Este concepto, con seguridad el mas verídico, pues es el que mas profundamente arraiga en el
modo de sentir judío, es admitido también por el Señor Eustace Percy, y fue reproducido por la
revista canadiense Jewish Chronicle (La Crónica Judía), cuyos párrafos merecen leerse con la
debida atención:
"El liberalismo y el nacionalismo abrieron con el sonido de sus trompetas las puertas del ghetto,
ofreciendo a los hebreos la igualdad de derechos de ciudadanía. El judío, al ingresar en el mundo
occidental, advirtió su poderío y su esplendor, que aprovechó y gozó, puso sus manos en los
centros nerviosos de su civilización, le guió, dio dirección y sojuzgó... para declinar después el
honor. Por lo demás, y esto es significativo, la Europa nacional y liberal, la del régimen científico de
gobierno y de igualdad democrática, es mas tolerante con nosotros que los represores y
perseguidores del antiguo despotismo. Empero, ante la consolidación progresiva de las naciones
occidentales no será posible contar por más tiempo con una tolerancia sin límites... No quedan al
judío en un mundo de Estados territoriales perfectamente organizados, más que dos fórmulas: o
derribar los pilares de todos los sistemas nacionales de los Estados o crease su propio Estado
nacional. Radica en esta posibilidad de elección la explicación del bolcheviquismo judío y la del
sionismo, entre cuyos dos extremos los judíos orientales parecen aun hesitar".
Existe en Europa oriental la sensación de que crecen el bolcheviquismo y el sionismo juntos, del
mismo modo que la influencia judía, durante todo el siglo XIX, confundió y entrevero las ideas
republicanas y las socialistas, hasta la revolución de los Jóvenes Turcos, y esto no porque le

importe al judío la paz positiva de la ideología radical, ni porque le interese participar de un
nacionalismo o democracia no judías, sino por su odio innato contra cualquier sistema de gobierno
no-judío".

Esto es verdad y así lo reconocerán llanamente pensadores judíos decididos. El judío es contrario a
todo orden social no-judío. Siempre que pueda desenvolverse libremente, será republicano frente a
la monarquía, y en la República será socialista, y ante el socialismo será comunista.

Causas de este proceder disolvente: En primer término su absoluta falta de sentido socializante,
pues es el judío un autócrata encarnizado. Será buena la Democracia para los gregarios de la
humanidad, mas el judío seguirá siempre formando cierta aristocracia en uno u otro sentido.
Democracia es un tópico que esgrimen agitadores judíos para elevarse ellos mismos a un nivel
superior a aquel en que se suponen subyugados. No bien han conseguido este nivel, despliegan de
inmediato sus métodos para lograr determinadas preferencias, como si fueran estas de derecho
natural, y como demostración de ello quedara la Conferencia de Paz, que constituye uno de los
ejemplos más terriblemente característicos. Los judíos forman actualmente la única nación cuyas
preferencias extraordinarias y especiales están basadas por el Tratado de Paz Universal. Mas de
esto trataremos detenidamente en su oportunidad.
Salvo algunos escasísimos publicistas judíos, que no ejercen ningún dominio en la ideología judía y
que son tolerados con el solo objeto de influenciar falsamente sobre la opinión publica no-judía,
nadie osará negar que los elementos disolventes social y económicamente, en todo el mundo, no
solo son dirigidos, sino también pagados por intereses judíos. Pudo mantenerse este hecho durante
largo tiempo oculto, merced a la persistente negativa de los judíos y a la falta absoluta de
información veraz por parte de aquellos órganos de publicidad de los que podían y debían esperar
los pueblos su ilustración. Hoy, van aclarándose los hechos. Las palabras de Herzl demuestran una
profunda verdad: "cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios revolucionarios, los
suboficiales de los partidos revolucionarios". Se publicaron estas palabras por vez primera en 1896,
es decir, muchos años ha.
Manifestanse ahora estas tendencias en dos sentidos: uno tendiente a destruir todos los Estados no
judíos del mundo, y otro que propende a erigir un Estado nacional judío en la Palestina. Este ultimo
plan cuenta con la más amplia simpatía del mundo no-judío, pero no con la de la totalidad del
pueblo judío, ni siquiera con la de su mayoría. El partido sionista hace mucho ruido en torno suyo,
pero en realidad no es sino una insignificante minoría. Apenas si se le puede considerar un
movimiento colonizador demasiado ambicioso.
En cambio, sirve de bastidor visible sumamente útil para urgir detrás de él otros planes ocultos. Los
judíos internacionales, los verdaderos señores de los poderes políticos y financieros del mundo,
pueden reunirse en cualquier parte y en cualquier momento, sea en épocas de guerra o de paz,
proclamando simplemente que no pretenden otra cosa que pensar y debatir los medios más
convenientes para repatriar a los judíos dispersos a su antigua Palestina, con lo cual desvían con
toda facilidad la sospecha de que puedan reunirse con otros y muy distintos fines. Así, los hebreos
de las naciones aliadas, tal como de los imperios centrales, celebraron conferencias sin la menor
molestia. En una de las conferencias sionistas – la sexta, celebrada en 1903 – predijóse con
absoluta certeza la ultima guerra mundial, su desarrollo y su fin, especificándose asimismo
claramente el punto de vista judío con respecto a la paz que se pactara.
Significa esto que aun cuando existe un nacionalismo judío, no es su plan definitivo el localizarlo en
el Estado territorial de la Palestina. Los propios judíos se niegan en absoluto a emigrar de los
territorios de los países no-judíos, se hará por razones fundamentalmente distintas, y no por
idealismo sionistas.
El señor Donald A. Cameron, último cónsul general británico en Alejandría, hombre que simpatiza
con el sionismo, y muchas veces citado en la prensa judía, dice a este respecto: "Los inmigrantes
hebreos en la Palestina se cansarán muy pronto de cobrarse mutuamente solo un 3 % de interés,

por lo que sus hijos partirán pronto hacia Egipto, por mar o por tierra, para percibir el 10 %... El
judío en la Palestina sólo, por sí mismo se aniquilaría él y destrozaría su propio Estado". Es
indudable que el momento para una inmigración, y menos las causas fundamentales para ella, aun
no ha llegado.

El aspecto político de la cuestión judía, que hoy preocupa sin duda a tres grandes naciones
(Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos), tiene que habérselas con cuestiones de organización
nacional judía. ¿Debe esta esperar hasta conseguir su propio Estado en Palestina? O ¿es que
representa ya un Estado organizado? ¿Conoce el pueblo judío de la existencia de tal Estado?
¿Opone frente a los países no-judíos su propia política exterior? ¿Posee una Administración que
oriente y guíe esta política exterior? Ese Estado judío, si es que existe, ¿tiene un jefe de Estado
visible o invisible? ¿Un Gobierno? Y si algo existen de todo ello, ¿quién lo sabe?
La primera respuesta instintiva de todo no-judío a todas estas preguntas seria un categórico "no".
Es de no-judío contestar instintivamente. Puesto que el no-judío jamás fue educado en un clima de
misterios, ni en una comunidad invisible, arriba voluntariamente a la conclusión de que ni siquiera
puede existir la cuestión judía, aunque para ello no pueda aducir mas razonamiento que el de que
tales ocurrencias nunca cruzaron su camino, ni las vio jamás en la realidad.
Las anteriores preguntas, empero, requieren un análisis con razonamientos accesibles a todo
entendimiento. De no admitirse una consciente colaboración de los judíos, el poderío que
conquistaron y la política seguida por ellos no podrían resultar simplemente de una resolución
adoptada, sino producidos por una común predisposición de un carácter que se manifiesta en todos
ellos paralelamente. Puede decirse por ejemplo: puesto que su espíritu aventurero indujo al inglés
a hacerse a la mar, llego a ser el gran colonizador del mundo, es que se diera cabal cuenta de ello,
ni que resolviera hacerse gran colonizador, sino que la innata particularidad de su carácter le indujo
a tomar este camino. ¿Es, empero, suficiente explicación para razonar sobre el desarrollo del
imperio británico?
Es indudable que su innata predisposición les obliga a hacer allí adonde llegan lo que a nuestros
ojos tan particularmente les distingue. Mas, ¿explica esto las estrechas relaciones que unen estos
entre si a los judíos de todos los países, su conferencias internacionales, su extraña visión profética,
con respecto a sucesos extraordinarios – que con aniquiladora violencia se abaten sobre los demás
pueblos – ni el modo tan escrupulosamente preparado, por el que en un momento dado se
congregan en París para discutir sobre un programa mundial, a lo cual acceden todas las demás
naciones?
Primero, unos pocos, después las cancillerías secretas de los gobiernos, luego los mas ilustrados
elementos de los pueblos, y actualmente y poco a poco, también, las masas populares han ido
sospechando que los judíos no solo forman una nación muy netamente distinta de todas las demás,
cuya nacionalidad raramente les es vedado abandonar, pese a los muchos medios utilizados para
ello por propios y extraños, sino que forman también un Estado, con un sentido nacionalista en
extremo pronunciado, y que colaboran en intima unión, conscientemente, para su mutua protección
y para fines comunes. No debemos olvidar la definición de Teodoro Herzl, según la cual el pueblo
hebreo se considera unificado en la idea de un enemigo común, y preguntémonos si no es acaso
todo el mundo no-judío, ese enemigo común. ¿Y puede este pueblo, sintiéndose netamente tal,
permanecer desorganizado frente a este hecho? Esto concordaría muy mal con la reconocida
astucia de la raza. Cuando observamos como los judíos, no solo en los Estados Unidos, sino en
todos los demás países, están unidos entre si por las mas diversas organizaciones, que las
constituyeron tan habilidosamente que entre judíos y no judíos cunde la confianza mas completa en
ellas, no es obvio suponer que lo que haya realizado efectivamente también entre los países todos
del mundo entero.

De cualquier modo, en la revista American Hebrew (El Judío Norteamericano), del 25 de junio de
1920, escribe Hermann Bernstein lo siguiente: "Hace aproximadamente un año me presento un alto
funcionario del Ministerio de Justicia una copia del manuscrito titulado El peligro Judío, original del
profesor ruso Nilus, requiriendo mi opinión acerca de dicho documento. M manifestó que el
manuscrito era la traducción inglesa de un libro ruso publicado en 1905, y que más tarde fue
prohibido, que probablemente contenía unos "Protocolos" de los "sabios de Sión", y que se suponía
fue leído por el doctor Herzl en una reunión secreta del Congreso Sionista de Basilea. Opinaba mi
amigo que el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl... Varios senadores
norteamericanos, que habían leído el manuscrito, denotaron consternación al ver que hacia tantos
años ya se hubiera trazado un plan por los judíos, que ahor4a iba a realizarse y que el
bolcheviquismo se venia preparando desde hace años por los judíos, en su intento de destrucción
mundial".
Citamos esto a fin de demostrar que un alto funcionario del Ministerio de Justicia de los Estados
Unidos presentó ese manuscrito al hebreo Bernstein, exponiéndole su propia opinión personal
diciendo que "el autor de la obra era probablemente el doctor Herzl", y que varios senadores
norteamericanos denotaban consternación al hallar una coincidencia perfecta entre unas
proposiciones formuladas en círculos sionistas en 1905, con los sucesos reales del año de 1920.
Debe llamar tanto más la atención el hecho por cuanto participo en el un funcionario de un
gobierno, que hoy esta en manos o bajo la influencia de intereses judíos. Es probable que aquel
funcionario, al conocerse este detalle, haya sido declarado cesante en sus funciones. Pero idéntica
probabilidad tiene el hecho de que las investigaciones conducentes, fuesen cuales fuesen las
órdenes impartidas y obedecidas, no hayan arribado a nada práctico.
Cierto es que el gobierno de los Estados Unidos llegó con bastante retraso en este asunto. Le
tomaron la delantera cuatro potencias mundiales, y una de ellas hace largos años. Se entrego una
copia de los Protocolos al Museo Británico, con sello de recepción de ese Instituto, fechado el 10 de
agosto de 1906. Datan probablemente los apuntes del año 1896, en que pronuncio Teodoro Herzl
las palabras arriba citadas. El primer congreso sionista reunióse en 1897 en Basilea.
El documento publicóse recientemente en Inglaterra en circunstancias que atrajeron la atención
pública, pese al título poco feliz que se le dio. Fué la firma Eyre y Spottiswoode, imprenta oficial del
gobierno británico, la editora de la obra, lo cual equivale a que en otro país lo publicara la Casa de
la Moneda. Ante el escándalo de la prensa judaica, el Times de Londres declaro, haciendo la critica
de la obra, que todos los contraataques de los judíos fueron "insuficientes".
Hizo constar el Times, y otro tanto probablemente ocurrido aquí, que los defensores judíos omitían
el textual contenido de los Protocolos, atacando en cambio su clandestinidad, y al enjuiciar el texto
lo hacían bajo la siempre repetida formula de que "es obra de un criminal, etcétera".
Estos Protocolos, no firmados por el autor, en su mayor parte en forma de manuscritos,
dificultosamente copiados a mano, sin apoyo de autoridad alguna, escrupulosamente estudiados en
las cancillerías secretas de los gobiernos, entre cuyos altos funcionarios circulaba de mano en
mano, siguen dando señales de vida, aumentando constantemente en importancia y pujante
convicción, gracias a la claridad y poderes de persuasión de su contenido. ¡Qué obra más
admirable, si es de un criminal o de un loco! La única prueba fehaciente de su legitimidad la lleva
en sí misma la obra, y en esta fuerza comprobativa interior, como también dice el Times, debería
concentrarse toda la atención publica. Mas aquí es donde justamente se inicia la maniobra
desviatoria de los judíos.
Nos obligan irresistiblemente estos Protocolos a repetir las preguntas: ¿Poseen los judíos un
sistema organizado de dominio mundial? ¿Cuál es su política? ¿Cómo se la pone en práctica? Estas

preguntas hallan respuesta en los Protocolos. Sea quien fuese el autor, hay que dejar constancia de
que poseía profundos conocimientos de psicología humana, de Historia y de alta política, que
extrañan, pero que también infunden pavor contra quienes van dirigidos. Ni un demente, ni un
criminal internacional podría ser nunca el autor de esta obra, sino que con mayor probabilidad debe
serlo un individuo de clara inteligencia y dominado por un fanático amor hacia su pueblo y hacia su
fue, si es que realmente fue solo uno el autor de estas múltiples sentencias. Refleja esta obra una
realidad por demás terrible para poder ser una ficción fantástica; sus ideas están basadas
demasiado en realidades para poder ser elucubraciones, y su conocimiento es harto profundo para
que pueda emanar de un engaño.
Se fundan los ataques hebreos contra la obra, especialmente en el hecho de que provenga el libro
de Rusia. Esto no es verdad. Llegó hasta nosotros pasando por Rusia. Los Protocolos estaban
incluidos de un libro editado en 1905 por el profesor ruso Nilus, el cual trató de ampliar los
Protocolos a raíz de los acontecimientos que en aquel entonces tuvieron por teatro a Rusia. Esta
forma de publicación y sus comentarios otorgaron al libro el carácter de ruso, que hábilmente
aprovecharon los portavoces hebreos en Inglaterra y Estados Unidos, desde la vieja propaganda
judía en países anglosajones había, desde largo tiempo, logrado inculcar a nuestros pueblos una
idea muy particular con respecto a todo lo referente a Rusia y su pueblo. Uno de los burdos
engaños con que se falseo la opinión pública mundial es lo que dijeron y escribieron los agentes
judíos sobre el carácter del legítimo pueblo ruso. La suposición de que los Protocolos sean de
origen ruso no tiene otro objetivo que el de tornarlos inverosímiles.
La estructura interna de los Protocolos demuestra nítidamente que estos no fueron escritos por un
autor ruso ni siquiera que se redactaron en idioma ruso, ni bajo la influencia de acontecimientos
rusos, y si únicamente hallaron primero su camino en Rusia, donde por primera vez se publicaron.
Fueron estos conocidos en forma de manuscritos por los diplomáticos de todo el mundo. Allí donde
el poder judío fue lo suficientemente fuerte, los suprimió hasta por los más violentos medios.
Empero, su dilatada experiencia invita a reflexionar. La explican los portavoces judíos diciendo que
los Protocolos excitan al antisemitismo, y que con tal fin se les conserva. Pero resulta ahora que en
Estados Unidos no existía un antisemitismo tan vasto, ni tan profundo, que se hubiese podido
ampliar y ahondar con los Protocolos. La divulgación de esta en Norteamérica, solo puede
explicarse por el hecho de que vienen a arrojar viva luz sobre los acontecimientos ya observados,
concediéndoles mayor importancia, acontecimientos que son a su vez tan importantes y
característicos que vuelven a proporcionar una importancia mayor a estos documentos
indocumentados de por si. Las mentiras burdas no suelen tener larga vida. Los Protocolos
penetraron ahora en lugares muchos mas elevados que nunca, y por fin obligaron a precisar puntos
de vista frente a ellos.
Estos Protocolos no serian más valiosos ni más interesantes, porque llevasen el nombre de Herzl
como autor. Su anónima clandestinidad no menoscaba su valor en la misma proporción que la
omisión de una rubrica podría desvalorar una obra artística de reconocido mérito. Es preferible que
la fuente de que los Protocolos brotaron quede ignorada. Aun cuando se supiese exactamente que
alrededor del año 1896, en Francia o en Suiza, un núcleo de judíos internacionales reunido en
conferencia hubiese trazado un programa de dominio mundial, fácil seria demostrar que dicho
programa no fue sino un simple capricho, salvo que hubiera sido cimentado y apoyado por
considerables esfuerzos para su realización. De que los Protocolos constituyen un programa, lo
dicen los propios Protocolos. Pero ¿qué seria al fin de cuantas más valioso para su manifestación
exterior: una, seis, veinte firmas rubricadas, o durante 27 años una ininterrumpida cadena de
insólitos esfuerzos para realizar aquel programa?
De interés primordial para nosotros, no se trata de si un "criminal o loco" redactó aquel programa,
sino de que este, una vez redactado, hallara los medios conducentes para realizarse, por lo menos

en sus puntos esenciales. El documento, en si, es relativamente de pequeña importancia; en
cambio, la situación total, y las circunstancias sobre las cuales llama el documento la atención
mundial, son en conjunto y en sus consecuencias, de la mas grande importancia para el mundo
civilizado.

"Constituímos una nación, un pueblo... Cuando nos hundamos los judíos, seremos proletarios
revolucionarios, seremos suboficiales de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros,
también subirá el inmarcesible poder del dinero judío..."
Teodoro Herzl: "Un Estado judío"
IX
FUNDAMENTOS HISTORICOS DE LA ASPIRACION JUDIA POR LA HEGEMONIA
UNIVERSAL
Al comenzarse la publicación de estos artículos, quedo roto el encanto que hasta ese momento
rodeara en este país la cuestión judía y la del plan de lucha por la hegemonía mundial. Ahora es
posible pronunciar la palabra "judío" en discusiones serias, sin temor o recelo de ninguna índole.
Esto parecía ser un privilegio exclusivo de los publicistas judíos, que, claro esta, utilizaban la
palabra únicamente en el sentido de propaganda filosemita perfectamente estudiada. Se podrá, sin
cuidado, eliminar determinados párrafos de las obras de Shakespeare en las escuelas públicas, por
desagradar a los judíos. Pueden asimismo exigir que se retire de la Biblioteca de Boston un
magnifico cuadro de Sargent, porque representa una sinagoga en ruinas. Mas cuando del lado nojudío se advierte la más mínima insinuación de que el no-judío ha notado la existencia del israelita,
levantase inmediata y estrepitosamente el reproche del prejuicio.
Fue un efecto para ello prohibir una libre discusión, que halla raro paralelo en la historia de nuestro
país. Se prohibió en un banquete, la palabra "judío" cuando se relacionaba con las costumbres
comerciales de ciertos banqueros judíos. Otro comensal hebreo preguntó luego si al orador le
parecía muy "norteamericano" estigmatizar de tal modo a otra raza. El aludido repuso secamente:
"Si, señor", conquistándose el aplauso unánime de la concurrencia. En aquel Estado de la Unión, la
libertad de los comerciantes había sido vanamente coartada por aquella ley no escrita, según la
cual los judíos jamás deben señalarse como tales.
Hace un año, nadie hubiese podido predecir que un gran diario, como lo es el Chicago Tribune,
consideraría buena política publicar en primera pagina y en primera columna, un articulo de fondo,
refrendado por la firma editorial, que tratara del plan judío por la hegemonía mundial, y en cuyo
titulo apareciera en grandes caracteres la palabra "judío", que sin eufemismos se repetía en el resto
del texto. Por lo general se procede como cierto diario del Este norteamericano al tratar de este
mismo asunto, que siempre, cuando aparecía el concepto "judío internacional", lo modificaba
consecuentemente en "financista".

Chicago Tribune publicó, pues, en fecha 19 de junio de 1920, en primera página y en primera

columna, una crónica cablegráfica de su corresponsal especial John Clayton, bajo el titulo de
"Trotzky lleva a los radicales judíos al poder mundial. El bolcheviquismo es solo un medio para sus
fines", cuyo primer párrafo decía: "En el transcurso de los dos últimos años los oficiales del servicio
de informaciones y los miembros de los diversos servicios secretos de los Aliados, recopilaron datos
sobre un movimiento revolucionario mundial, ajeno al bolcheviquismo. Al principio las
informaciones confundieron estas dos ideas, pero últimamente se fueron desenredando los
múltiples hilos del misterio".
Como dijimos en otro lugar, también pertenece a estas organizaciones nuestro servicio de

informaciones, aun cuando es de suponer que merced a las influencias judías sobre nuestro
gobierno no se estudiaban estos asuntos con igual celo y persistencia como se haría en otros casos.
Sabemos de cualquier modo, y de origen judío, por no citar otros, que nuestro Ministerio de Justicia
interesóse profundamente durante cierto tiempo por estos asuntos y que hasta llego a iniciar
investigaciones.
Lo notable del informe anterior es que varios altos funcionarios de la Entente mostraron sumo
interés en el asunto durante dos años, y este sistema no deben olvidarlo los que siempre dicen que
toda la cuestión se debe a intrigas alemanas. Al primer síntoma de cuestión judía en Norteamérica,
se contestó al punto por los judíos, que afirmaron se trataba de un articulo de importación
alemana, y que la ola antisemita que inundara entonces Alemania para evitar a la nación las
excesivas influencias revolucionarias judías no era artimaña germana para culpar a los hebreos de
su derrota en la guerra. Justamente los rabinos norteamericanos predican ahora que toda guerra
fue siempre seguida de violentos "ataques" contra los judíos. Lo cierto e innegable es que cada
nueva contienda va abriendo los ojos de los pueblos sobre la paz y la guerra, y debemos suponer
que este hecho merece una explicación un poco mas seria que la del simple prejuicio. Por otra
parte, según lo demuestra aquel artículo del Tribune, apoyado por todas las observaciones
imparciales, ahora no presenta siquiera con caracteres graves, sino que, precisamente "los servicios
secretos de los Aliados" fueron los más activos que se mostraron en la emergencia.
Distingue el segundo párrafo del artículo entre el bolcheviquismo y la aspiración hebrea por la
hegemonía mundial, expresando que "el bolcheviquismo aspira a la subversión de la sociedad
actual y a la confraternidad internacional de los obreros como dueña del mundo. Anhela el segundo
movimiento de una hegemonía mundial de una sola raza. De acuerdo con lo que pudieron
averiguar los agentes de los gobiernos británico, francés y norteamericano; los cabecillas de este
movimientos son judíos radicales".
Constan también en la crónica los hechos siguientes: "Existe en las filas del comunismo un grupo
des este segundo partido, mas sin conformarse. El comunismo es para sus portavoces solamente
una cuestión secundaria”. (Trae esto a la memoria las palabras de lord Eustace Perey, reproducidas
en la revista canadiense Jewish Chronicle: "No porque le interese al judío la faz positiva de la
ideología radical, ni porque le importe participar de un nacionalismo o democracia no-judías; sino
por su odio innato contra cualquier sistema de gobierno no-judío"). "Se hallan dispuestos a
aprovechar para sus fines la relación islamita, el odio de los imperios centrales contra Gran Bretaña,
las intenciones del Japón en la India y las competencias comerciales entre Norteamérica y Gran
Bretaña".
"Como debe serlo todo movimiento revolucionario, también este es genuinamente antianglosajón".
"Esta en cada país casi terminada la organización de la revolución mundial radical-judía". "Las
tendencias de este partido judío-radical no ponen de relieve ningún fondo altruista, sino que ansían
exclusivamente el libertinaje de su propia raza".
Es innegable que estos hechos son un tanto intranquilizadores. De haberse publicado en cualquier
folleto anónimo, el lector medianamente serio los despreciaría por absurdos: ¡tan ingenuo es el
ciudadano común frente a las ocultas influencias que actúan sobre su existencia y que van
formando su destino! Más publicados en un gran diario acreditado, habrán de ser apreciados desde
distintos puntos de vista. Tampoco conformóse el Tribune con aquel único artículo, sino que con
fecha 21 de junio de 1920 apareció otro editorial titulado "Cataclismo mundial". De inmediato
saltaba a la vista que este segundo artículo tenia por objeto evitar posibles equívocos surgidos del
primero; se decía en el que "la participación judía en este momento ansiaba una hegemonía
mundial de razas". Añadía a continuación que en tanto los judíos de otros países por razones
naturales tal vez coadyuvaban a este cataclismo mundial, "los de Inglaterra y Norteamérica eran
sanos legitimistas y representantes conservadores de las tradiciones nacionales". Perfectamente, si


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