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Derrota mundial .pdf



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Título: Microsoft Word - Borrego, Salvador - Derrota Mundial.doc
Autor: Luis Daniel Germer

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

DERROTA MUNDIAL

Salvador Borrego E.

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

DERROTA MUNDIAL
· ORÍGENES OCULTOS DELA II GUERRA MUNDIAL
· DESARROLLO DE LA GUERRA
· CONSECUENCIAS ACTUALES DE LA GUERRA

DÉCIMA EDICIÓN
MÉXICO
1961

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

Derechos Reservados ©
por el autor. Registro Número 18438
de 15 de mayo de 1954.
1a Edición: Diciembre de 1953 —2,000 Ejemplares
2a ” Marzo de 1955 —5,000 Ejemplares
3a ” Diciembre de 1956 —4,000 Ejemplares
4a ” Octubre de 1957 —5,000 Ejemplares
5a ” Enero de 1959 —4,000 Ejemplares
6a ” Julio de 1959 —4,000 Ejemplares
7a ” Abril de 1960 —5,000 Ejemplares
8a ” Noviembre de 1960 —5,000 Ejemplares
9a ” Marzo de 1961 —5,000 Ejemplares
10a ” Septiembre de 1961 —5,000 Ejemplares

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

EL CONTENIDO DEL LIBRO ES EL SIGUIENTE:
Prólogo a la Segunda Edición
Capítulo I.- Aurora Roja
69 Años de Lucha Incansable
Los Dos Elementos que formaron el Bolchevismo
Alemania, Meta Inmediata del Marxismo
Paréntesis de Guerra
Factor Secreto en la Derrota Alemana
Capítulo II.- Hitler Hacia el Oriente
Cambio de Rumbo para Alemania
El Primer Partido Anticomunista
Bautizo de Fuego del Nacionalsocialismo
Djugashvile, El Hombre de Acero
Hitler y Stalin Cara a Cara
El Comunismo es Derrotado en España
Capítulo III.- Occidente se Interpone
Lo que podía esperarse de Berlín y de Moscú
Pueblos lanzados a los brazos de sus enemigos
Inglaterra Valladar contra la Marcha hacia Moscú
El Trono del Oro empuja a Occidente
Profundas raíces en el alma colectiva
Zanjando las viejas rencillas con Francia
El Talón de Aquiles del Nacionalsocialismo
Despeje del Flanco Derecho
A cuatro horas del derrumbe interior
Cerrojo en el camino a Moscú
Engañar es más eficaz que dinamitar
Capítulo IV.- La Guerra que Hitler no quería
Si la guerra no empezaba en Occidente, Rusia
lucharía sola
Hablando el mismo lenguaje de las armas
Ni con su silencio pudo ayudar Italia
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

En las orillas del abismo
Otra vez Hitler tiende la mano
La Mampara del Idealismo
La debilidad de la franqueza
La terrible grandeza de la guerra
La desigual guerra en el mar
Noruega, primera línea de la lucha terrestre
Francia, empujada a sangriento abismo
Las panzer dejan escapar a los ingleses
El derrumbe de Francia
Capítulo V.- De nuevo hacia el Oriente
Otros dos ofrecimientos de paz a Inglaterra
Terrorismo en vez de solo lucha entre soldados
Francia también rehusa la reconciliación
Complicidad de Occidente con la expansión del
Marxismo
Carne de cañón para frenar el golpe contra la URSS
Alarma de la reina de los mares
4.000 sepulturas en Meleme
Un esfuerzo más para hacer la paz con Inglaterra
Capítulo VI.- La guerra que Hitler sí quería
El plan estratégico de Hitler contra Rusia
La más grande lucha en la historia de las armas
El primer "Cannas" de Rusia en 1941
Segunda embestida de Von Bock
Hitler ordena virar hacia el Sur
Orgía de sangre en Leningrado (Frente Norte)
La dureza del soldado ruso
La que parecía ser la última batalla
Moscú trepida bajo el cañoneo
De los albores de la victoria a las orillas del desastre
Capítulo VII.- Salvando al Bolchevismo
Brazos israelitas en auxilio de la URSS
La coalisión más grande de la historia
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

No existió el eje Roma-Berlin-Tokio
Guerra a muerte entre nazis y judíos
Diluvio de fuego sobre Alemania
Los 6 frentes contra Alemania en 1942
La batalla del Atlántico; 7 millones de toneladas de
barcos
A pique en 1942
Un lastre y no un aliado
Occidente al servicio de la URSS
De Kertsch a Sebastopol y de Sebastopol a
Leningrado
De Crimea a las montañas del Cáucaso
700 kilómetros de avance hasta Kalatsch
El 6to. Ejército alemán se abre paso hacia su tumba
Capítulo VIII.- Oscilación de la victoria
La herencia del 6to. Ejército
Pequeño margen de la derrota al triunfo
Sangre a raudales en el frente Oriental
16 millones de bajas en la URSS hasta 19=13
Matanza de prisioneros
El frente aéreo contra Alemania (1942/1943)
Desastre alemán en la batalla del Atlántico
Armas secretas contra superioridad numérica
Sabotaje, guerrillas y golpe de Estado
Los amigos de Roosevelt
Italia cae al primer soplo de la guerra
Caída y rescate de Mussolini
Cinco meses ante Cassino
Capítulo IX.- Las más altas cumbres del esfuerzo
humano
La cualidad más preciosa del hombre
Forjando las armas de venganza
Abren las puertas del mundo al Bolchevismo
La invasión aliada de Europa Occidental
Los recursos de Hitler contra la invasión
Transformación de la Flota Submarina
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

Supremo esfuerzo de soviéticos y alemanes
Más fuerte que nunca, la Luftwaffe agoniza
Los dos últimos golpes en el Oeste
El Bolchevismo irrumpe en Alemania
Un ejército no vencido por ningún otro
Capítulo X.- El fin de Hitler
Dos peligros que conocía de nombre
Hasta la última gota de sangre
Hitler en su última batalla
Incondicionalmente hasta la muerte
Occidente dinarnita el Valladar Antibolchevique
Desmantelamiento de Alemania
Trato "Humanitario" a los prisioneros
¿Resurrección en masa de Judíos?
Capítulo XI.- Derrota mundial
Se Consumó la Victoria, pero ¿Victoria de quién?
Se Recontruyó a la URRS corno Potencia
Mane jan el juego de los Partidos Politicos
La Extraña Muerte de José David Stalin
Desde Georgia hasta Cuba y Nicaragua
Eisenhower hizo Comunista a Cuba
Síntesis Panorámica
La Transmutación del Marxismo
Bibliografía

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

Prólogo a la Segunda Edición
La obra de Salvador Borrego E., que hoy alcanza su segunda
edición, es una de las más importantes que se hayan
publicado en América. Causa satisfacción que un mexicano de
la nueva generación, haya sido capaz de juzgar con tanto
acierto los sucesos que conocemos bajo el nombre de la
Segunda Guerra Mundial.
Colocados nosotros del lado de los enemigos del poderío alemán, es natural que todas nuestras ideas se encuentren
teñidas con el color de la propaganda aliada. Las guerras
modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como
en las páginas de la imprenta. La propaganda es una arma
poderosa, a veces decisiva para engañar la opinión mundial.
Ya desde la primera guerra europea, se vio la audacia para
mentir, que pusieron en práctica agencias y diarios que
disfrutaban de reputación aparentemente intachable. La
mentira, sin embargo, logró su objeto. Poblaciones enteras de
naciones que debieron ser neutrales, se vieron arrastradas a
participar en el conflicto, movidas por sentimientos fundados
en informaciones que después se supo, habían sido
deliberadamente fabricadas por el bando que controlaba las
comunicaciones mundiales.
Y menos mal que necesidades geográficas o políticas nos hayan llevado a participar en conflictos que son ajenos a
nuestro destino histórico; lo peor es que nos dejemos
convencer por el engaño. Enhorabuena que hayamos tenido
que afiliarnos con el bando que estaba más cerca de
nosotros; lo malo es que haya sido tan numerosa, entre
nosotros, la casta de los entusiastas de la mentira.
Desventurado es el espectáculo que todavía siguen dando algunos «intelectuales» nuestros, cuando hablan de la defensa
de la democracia, al mismo tiempo que no pueden borrar de
sus frentes la marca infamante de haber servido dictaduras
vernáculas que hacen gala de burlar sistemáticamente el
sufragio. Olvidemos a estos seudo-revolucionarios, que no
son otra cosa que logreros de una Revolución que han
contribuido a deshonrar, y procuremos despejar el ánimo de
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

aquellos que de buena fe se mantienen engañados.
«Durante seis años, dice Borrego, el mundo creyó luchar por
la bandera de libertad y democracia que los países aliados
enarbolaron a nombre de Polonia. Pero al consumarse la
victoria, países enteros, incluyendo Polonia misma, perdieron
su soberanía bajo el conjuro inexplicable de una victoria cuyo
desastre muy pocos alcanzaron a prever».
La primera edición del libro de Borrego se publicó hace dos
años escasos y en tan corto tiempo, el curso de los sucesos
ha confirmado sus predicciones, ha multiplicado los males que
tan valientemente descubriera.
Ya no es sólo Polonia; media docena de naciones europeas
que fueron otros tantos florones de la cultura cristiana
occidental, se encuentran aplastadas por la bota soviética, se
hallan en estado de «desintegración definitiva». Y el monstruo
anticristiano sigue avanzando. Detrás de la sonrisa de
Mendes-France, siempre victorioso, dicen sus secuaces; detrás de esa enigmática sonrisa, seis millones de católicos del
Vietnam, fruto precioso de un siglo de labor misionera
francesa, han caído dentro de la órbita de esclavitud y de
tortura que los marxistas dedican a las poblaciones cristianas.
E1 caso contemporáneo tiene antecedentes en las invasiones
asiáticas de un Gengis-Kan, que esclavizaba naciones; tiene
antecedentes en las conquistas de Solimán, que degollaba
cristianos dentro de los templos mismos que habían levantado
para su fe. El conflicto de la hora es otro de los momentos
angustiosos y cruciales de la lucha perenne que tiene que
librar el cristianismo para subsistir.
En el libro de Borrego, penetrante y analítico, al mismo
tiempo que iluminado y profético, se revelan los pormenores
de la conjura tremenda.
La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patriótico en todos los pueblos de habla española. Herederos,
nosotros, de la epopeya de la Reconquista que salvó el
cristianismo de la invasión de los moros, y de la ContraReforma encabezada por Felipe II, que salvó el catolicismo de
la peligrosa conjuración de luteranos y calvinistas, nadie está
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

más obligado que nosotros a desenmascarar a los hipócritas y
a contener el avance de los perversos. La lucha ha de
costamos penalidades sin cuento. Ningún pueblo puede escapar en el día, a las exigencias de la historia, que son de
acción y de sacrificio.
La comodidad es anhelo de siempre, jamás realizado. La
lucha entre los hombres ha de seguir indefinida y
periódicamente implacable, hasta en tanto se acerque el fin
de los tiempos, según advierte la profecía.
JOSÉ VASCONCELOS
(Febrero de 1955)

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

Introducción
Es una neutra remembranza volver la mirada a los días extraordinarios de la segunda guerra mundial únicamente con el
prolijo escrúpulo de citar fechas y relatar sucesos. Es un lujo
de ociosidad volver la mirada al pasado sin el empeño de
obtener luces para el presente. Pero conociendo mejor el
origen de lo que ocurrió y de lo que ahora ocurre, más podrá
preverse lo que está por ocurrir. Sin esta función específica
toda aportación a la historia -—y aun la Historia misma— se
reducirían a simple curiosidad o pasatiempo.
Es un hecho que aún no silenciado del todo el fuego que durante seis años mantuvo vivo ese siniestro organismo de
muerte que fue la segunda guerra mundial, el mundo se halló
súbitamente en el umbral de otra guerra más destructora e
incierta. Durante seis años la humanidad se creyó luchando
por la paz definitiva, mas los acordes de su victoria fueron
ensombrecidos por la amenaza de un cataclismo todavía
mayor.
Durante seis años el mundo creyó luchar por la bandera de
libertad y democracia que los países aliados enarbolaron a
nombre de Polonia. Pero al consumarse la «victoria», países
enteros —incluyendo Polonia misma— perdieron su soberanía
bajo el conjuro inexplicable de una VICTORIA cuyo desastre
muy pocos alcanzaron a prever.
Un asombroso y súbito resultado, después de seis años de
aparente lucha por la libertad y la democracia y la paz
definitiva, sorprendió al mundo: ya no era la libertad de los
polacos
—libertad
perdida
totalmente,
pese
a
la
«VICTORIA»— la que se hallaba en riesgo, sino la libertad del
mundo entero; ya no era simplemente la conquista de
mercados entre las grandes potencias la que se balanceaba
en juego, sino el destino del pueblo norteamericano, y en
cierta forma el de América; el- destino de Alemania y la Gran
Bretaña, y así el de Europa entera también.
En los orígenes del conflicto armado que empezó la
madrugada del primero de septiembre de 1 939 palpitaron ya
los gérmenes de lo que ahora ocurre y de lo que está por
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

venir. En lo acontecido entonces se filtran ya las sombras de
lo que el futuro nos reserva.
En el reverbero de la segunda guerra mundial hay
relámpagos que alumbran los decenios y quizás los siglos por
llegar.
Mucho se ha hablado de la guerra. Un mar de datos casi inagotables abruman y abrumarán por mucho tiempo a los
historiadores. La mayor parte de estos datos son jeroglíficos;
incluso los hechos y las cifras, pese a lo concluyente de su
calidad concreta, son frecuentemente apenas símbolos o
frontispicio de realidades más profundas. Querer entender
esta guerra y el monstruoso engaño que el mundo sufrió con
ella, viendo simplemente ese mar de datos, es lo mismo que
contemplar, clasificar o relatar apariencias de inscripciones
cuneiformes y suponer que ya con esto se CONOCIÓ la
civilización sumeria. Entre los símbolos y su significación
media un abismo. Y en el caso concreto de la guerra pasada
este abismo se ha hecho más oscuro porque los adelantos
que la técnica ha puesto al servicio de la difusión del
pensamiento —radiogramas, cablegramas, libros, películas,
folletos, etc.— tienen su anverso positivo de orientación y su
reverso negativo de confusión, según el sentido en que se les
utilice. En la guerra y después de ella se les ha utilizado para
confundir.
Un diluvio de crónicas con dosificada intención; de libros aparentemente históricos, de radiodifusiones y de películas bajo
la influencia intangible de los mismos ocultos inspiradores,
oscurecen situaciones, infiltran deformaciones. Nada tiene así
de extraño que aun los espíritus más serenos, objetivos e
imparciales —para no hablar de masas carentes de opinión
propia— lleguen a conclusiones erróneas. Por eso muchas
conciencias firmes han hecho insensiblemente suya la forma
ajena y capciosa de plantear el problema internacional de la
segunda guerra. Una vez dado ese primer paso en falso, los
siguientes son erróneos también, y por eso es tan frecuente
que hombres de profunda comprensión y sólido criterio

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Salvador Borrego

confiesen ahora
internacionales.

Derrota Mundial

su

desconcierto

ante

los

sucesos

Un nuevo examen de lo que ocurrió, y por qué ocurrió, puede
aclarar los sucesos presentes y ayudar a prever los futuros.
El monstruoso engaño que el mundo padeció al inmolar
millones de vidas y al consumir en fuego esfuerzos inconmensurables, para luego quedar en situación incomparablemente peor que la anterior, no es obra del azar. Si el
resultado sólo fuera desorden quizá nada habría de sospechoso. Pero en la bancarrota que el mundo occidental
afronta ahora se oculta un admirable tejido de acontecimientos.
Dentro
del
aparente
desorden
hay
un
eslabonamiento ad-mirable de hechos que obedecen a un
mismo impulso y que marchan hacia una misma meta.
Detrás de todo esto hay una inteligencia y una fuerza. La
situación actual no es el resultado fortuito del desorden, sino
la notable culminación de una serie de actos que se enlazan
siguiendo una secuencia y un camino. Occidente se halla de
pronto en el momento más comprometido de su historia, pero
su desgracia no ha descendido de accidentales sucesos. Ha
sido labrada minuciosamente y escrupulosamente.
Examinando los orígenes y el desarrollo de la segunda guerra
surgen luces que explican el presente. Tal es el objeto de este
libro.
Muchos de los que vieron desaparecer las falanges
macedónicas; de los que presenciaron la caída de Alejandro,
el asesinato del César, la capitulación de Napoleón, crían
asistir a acontecimientos comunes y corrientes, pero estaban
presenciando los fulgores que encienden cada zig-zag de la
historia.
Lo que ahora tenemos a la vista es algo más que fulgor de un
simple cambio; es el incendio inconmensurable de una cultura
que casi sin saber por qué presiente las pisadas del peligro
mortal.

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

CAPITULO I
Aurora Roja (1848-1919)
69 Años de Lucha Incansable.
Los dos Elementos que Formaron el Bolchevismo.
Alemania, Meta Inmediata del Marxismo.
Paréntesis de Guerra.
Factor Secreto en la Derrota Alemana.

69 AÑOS DE LUCHA INCANSABLE
En la segunda mitad del siglo pasado los umbríos bosques y
las extremosas estepas de Rusia guardaban ya tan celosamente como ahora la enigmática mística del alma rusa. Fuera
de sus fronteras sólo unas cuantas mentes, moduladas para
escuchar el paso de los siglos por llegar, lograban entrever
algo.
Entre esas pocas mentes que sobre el hombro de una época
vislumbraban destellos del futuro político, Nietzsche preveía
en 1886:
«Es en Francia donde la voluntad está más enferma. La fuerza de voluntad está más acentuada en Alemania y en Inglaterra y en España y Córcega por las duras cabezas de sus
habitantes, pero está más desarrollada en Rusia, donde la
fuerza del querer por largo tiempo acumulada espera la
ocasión de descargarse, no se sabe si en afirmaciones o en'
negaciones. Yo desearía que la amenaza rusa creciera para
que Europa se pusiera en defensa y se uniera en una
voluntad duradera y terrible para fijarse una meta de
milenios. Pasó el tiempo de la política menuda: el próximo
siglo nos promete la lucha por el dominio del mundo»[1].
En ese entonces Rusia se debatía en sangrienta turbulencia,
que una extraña mezcla de nihilistas y revolucionarios
marxistas trataban de encauzar mediante un secreto Comité
Ejecutivo. La espina dorsal de ese audaz movimiento la
formaban esforzados e inteligentes israelitas, miembros de
comunidades que a través de muchas generaciones habían

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

soportado severos sufrimientos en el duro ambiente de Rusia.
Desde los primeros años de nuestra Era ya se habían
instalado emigrantes judíos en los territorios que siglos más
tarde formarían parte de la Rusia meridional. Dolorosas
vicisitudes vivieron desde entonces, pero jamás perdieron su
cohesión racial. En 1648 los cosacos se lanzaron furiosamente
contra ellos y después de sangrientos choques prohibieron
que en Ucrania radicaran comunidades israelitas. En general
la población era hostil a huéspedes tan reacios a la fusión de
sangre y de costumbres.
Pero las tierras rusas, prometedoras de esplendoroso futuro
gracias a sus inexplotadas riquezas y enorme extensión,
seguían atrayendo incesantemente a comunidades judías
emigradas de la Europa occidental. La emperatriz Elisabetha
Petrovna se alarmó ante ese fenómeno y en 1743 se negó a
admitir más inmigrantes. Sin embargo, cincuenta años más
tarde la anexión de territorios polacos convirtió a millares de
judíos en súbditos de Rusia.
En esa forma las comunidades israelitas aumentaron
considerable-mente, no sin sufrir hostilidades y persecuciones, tal como les había ocurrido a sus ancestros en todos
los tiempos y en todos los pueblos. El zar Alejandro I (que
gobernó de 1801 a 1825) trató con benevolencia a la
población judía y sufrió un completo fracaso al pretender que
se asimilara a la población rusa.
El siguiente zar, Nicolás I (1825-1855) se impacientó ante la
renuencia de las comunidades israelitas a fusionarse con la
población rusa y redujo sus derechos cívicos, además de que
les hizo extensivo el servicio militar obligatorio que ya regía
en el Imperio. Esto causó trastornos y descontento entre los
judíos, pero una vez más lograron conservar sus vínculos
raciales y sus milenarias costumbres.
Al subir al trono Alejandro II (1855) la situación de los israelitas volvió a mejorar y no tardaron en prosperar en el
comercio, la literatura y el periodismo; varios diarios judíos se
publicaron en San Petersburgo y Odesa. Precisamente en ese
entonces —girando alrededor de la doctrina comunista
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

delineada en 1848 por los israelitas Marx y Engels—, se
vigorizó en Rusia la agitación revolucionaria. En 1880 los
israelitas Leo Deutsch, P. Axelrod y Vera Zasulich, y el ruso
Plejanov, formaron la primera organización comunista rusa. Y
un año después varios conspiradores, encabezados por el
judío Vera Fignez, asesinaron al zar Alejandro II. El hijo de
éste, Alejandro III, tuvo la creencia de que las concesiones
hechas por su padre habían sido pagadas con ingratitud y
sangre; en consecuencia, expulsó a los judíos de San
Petersburgo, de Moscú y de otras ciudades, y les redujo más
aún sus derechos cívicos. Los crecientes desórdenes y
atentados los atribuyó a la influencia de ideas extrañas al
pueblo ruso y ordenó enfatizar el nacio-nalismo y reprimir las
actividades políticas de los intelectuales hebreos.
La inteligente población israelita se mantuvo estrechamente
unida en esos años de peligro. Sufrida, inflexible en sus
creencias, celosa de la pureza de su sangre, ya estaba
ancestralmente acostumbrados a sobre-ponerse a las
hostilidades que su peculiar idiosincrasia provocaba al entrar
en conflicto con las ajenas. Ya antes había demostrado con
arte magistral que a la larga sabía aprovechar en beneficio de
su causa las reacciones desfavorables con que tropezaba en
su camino. Es esta habilidad una de sus creaciones más
originales y con ella ha demostrado que ningún pueblo está
verdaderamente vencido mientras su espíritu se mantenga
indómito.
Lo mismo que le había ocurrido en otros países, esa raza vio
cómo miles de sus hijos —emigrados a las tierras rusas,
prometedoras de esplen-doroso futuro debido a sus
inexplotadas riquezas y enorme estén-sión— chocaban con el
brusco carácter del pueblo ruso y eran luego objeto de
hostilidades y persecuciones. El régimen de Alejandro III fue
duro con sus huéspedes. Y éstos se protegieron mimetizándose con las nacio-nalidades de los más variados países
de donde procedían, aunque en el fondo seguían siendo una
misma raza, una sola religión y un mismo espíritu.
El mismo año en que fue asesinado el zar Alejandro II (1881),
el ministro zarista Pobodonosteff calculó en seis millones el
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

número de judíos residentes en Rusia y proyectó una acción
enérgica para convertirlos forzosamente al cristianismo y
expulsar por lo menos a dos millones de ellos. Aunque su plan
no llegó a practicarse, hubo muchos detenidos y numerosos
exiliados. A estos últimos los auxiliaban sus hermanos de raza
radicados en Nueva York, tales como Jacobo Schiff, Félix
Adler, Emma Lazarus, Joseph Seligman, Henry Rice y otros
muchos, según refiere el rabino Stephen Wise en su libro
«Años de Lucha» (Algunos de ellos eran prominentes banqueros).
La población judía de Rusia era ya tan importante que el israelita James Parkes afirma:
«En lo cultural y en lo religioso, puede decirse que el país de
Israel se había transportado a Europa oriental. Los judíos
representaban la décima parte de la población. La gran
mayoría de los gentiles eran campesinos que habitaban
aldeas donde no había judíos, salvo tal vez un hotelero y un
comerciante. Los judíos habitaban en pueblos y ciuda des. En
los primeros constituían a veces el 95% de la población y en
las segundas más del 50%[2].
La situación se hizo todavía más tirante para los israelitas y
sus compañeros rusos revolucionarios cuando Alejandro Ilitch
Ulianov, hijo de la judía Blank, falló en su intento de asesinar
al zar Alejandro III. Ulianov fue detenido y luego ahorcado
junto con cuatro de sus cómplices. Pero su hermano Vladimir
guardó para sí el odio que alentaba contra el régimen y
sorteó esa época de peligro portándose como estudiante
disciplinado y pacífico. (Más tarde se convertía en jefe
revolucionario, bajo el nombre de Lenin, en el reivindicador
de las minorías israelitas y en el creador de un nuevo
régimen).
Por el momento, él y toda la población hebrea pasaron en
Rusia años sombríos y difíciles, mas acrecentaron sus fuerzas
en el infortunio y vigorizaron sus creencias ante la hostilidad.
Por supuesto, no olvidaron su meta revolucionaria, que el

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

rabino Caleb había esbozado así en la tumba de Simeón Ben
Jhudá, en Praga:
«Conviene que, en la medida de lo posible, nos ocupemos del
proletariado y lo sometamos a aquellos que manejan el
dinero. Con este medio levantaremos a las masas... Las
empujaremos a las agitaciones, a las revoluciones, y cada
una de estas catástrofes significará un gran paso para
nuestras finalidades»
A la muerte de Alejandro III, en 1894, subió al trono Nicolás
II. De tendencias moderadas y escuchando las quejas de los
israelitas, ordenó suavizar el trato que se les daba. Ya para
entonces el antisemitismo había cundido tanto en la masa del
pueblo que no era fácil extirparlo del todo. De origen ruso es
la palabra «progrom», nombre que se dio a los cruentos
movimientos populares contra los judíos. De todas maneras,
los israelitas disfrutaron de más garantías y libertades.
Por ese entonces corrosivas fórmulas ideológicas —no nacidas
en Rusia— volvieron a propagarse con renovado impulso para
agitar a las masas rusas. Una vez más iba a manifestarse en
la historia el gigantesco poder de una idea cuando se la utiliza
en el terreno propicio y del modo adecuado. Esa idea era una
mezcla de nihilismo y de marxismo que inquietaba aún más a
las ya descontentas masas proletarias.
Hablando de esa época, el historiador judío Simón Dubnow dice que «el mismo año en que se fundó en Basilea la
Organización Sionista, formóse en Wilno una asociación
socialista secreta denominada Bund (1897). Desarrolló el
Bund una propaganda revolucionaria entre las masas judías
en su lengua, el yidisch, lo cual constituyó, en un principio, el
único síntoma nacional de ese partido... Además del Bund
nacieron partidos mixtos de sionistas y socialistas, los Polae
Sión y los Sionistas Socialistas. Estos partidos libraron una
lucha abierta contra el gobierno ruso, particularmente en la
revolución de 1905. Los revolucionarios israelitas participaron
asimismo en los partidos socialistas rusos, en las

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

manifestaciones estudiantiles, en las huelgas obreras y en los
actos terroristas contra los gobernantes»[3]
La renovada agitación degeneró en graves disturbios obreros
en 1899. El Partido Social Revolucionario tenía una sección
terrorista a cargo del sagaz judío Gershuni, cuyos agentes
mataron al ministro ruso Sipyagin, al gobernador
Bogdanovich, al premier Plehve, al gran duque Sergey y al
general Dubrassov. El zar Nicolás II pensó que había dado un
paso en falso al suavizar el trato para los israelitas y
restableció algunas de las limitaciones que años antes les
levantara. Numerosos propaladores del marxismo, entre ellos
el judío León Davidovich Bronstein (posteriormente conocido
como León Trotsky) fueron deportados a Siberia. (Trotsky
estaba casado con una hija del financiero judío Giovotovsky).
Las turbulencias parecieron amainar. Incluso surgió una
escisión entre los mismos agitadores; no en cuanto a su
meta, sino en cuanto a la mayor o menor impetuosidad para
alcanzarla. No era que unos hebreos se lanzaran contra otros,
sino que diferían de opinión respecto a la táctica de lucha. Así
surgieron los bolcheviques (los del programa máximo) y los
mencheviques (los del programa mínimo). Vladimir Ilitch
(Lenin) se hizo líder de los primeros.
Aunque la severa represión oficial alcanzó a muchos
agitadores ju-díos que se movían entre los trabajadores, dejó
intacta la estructura secreta que gestaba la revolución.
Creyendo haber sido ya suficientemente severo, o buscando
una transacción con ellos, en 1904 el régimen suavizó su política hacia los israelitas. Pero éstos inmediatamente reforzaron
su actividad revolucionaria y en 1905 organizaron motines
más grandes que los anteriores. Entonces el zar Nicolás II se
alarmó e hizo nuevas concesiones al conglomerado judío,
cuya fuerza política era ya un hecho innegable.
Con esto el marxismo cobró mayor brío. Inútilmente los zares
habían querido evitar la agitación reprimiendo a los que
directamente alentaban el descontento popular nacido de la
miseria, pero sin anular a los ocultos conspiradores, que eran

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

los que dirigían todo el movimiento para subvertir el orden.
Además, poco hacía el régimen por aliviar la miseria misma y
por destruir la forma capciosa y oropelesca en que explotaban
esta circunstancia los agitadores marxistas. Ante la sutil
técnica de la conspiración marxista los zares fueron incapaces
de una acción coordinada y firme para liquidarla.
Frecuentemente titubearon y en ocasiones llegaron a
concebir el absurdo de que los brotes de desorden podrían
conjurarse mediante concesiones. Pero resulta que hacer
concesiones a un adversario que busca la victoria total es sólo
facilitarle su camino.
Lenin y algunos de sus colaboradores emigraron para ponerse
a salvo de las redadas de revolucionarios que de tiempo en
tiempo hacía el régimen zarista. Por eso en 1908 los israelitas
Appelbaum Zinovief, Rosenfeld Kamenef (cuñado de Trotsky)
y Lenin se reunieron en París a planear una nueva etapa de
agitación «No es un azar que hayan ingresado a las huestes
revolucionarias rusas tantos israelitas —dice Pierre Charles en
«La Vida de Lenin»—. Por lo pronto, si se hace abstracción de
las masas rusas, poco propicias para el reclutamiento de
políticos, hay que reconocer que el porcentaje de judíos en
Rusia no era tan exiguo como se decía. Y además, ¿no era
fatal que su febril actividad, contrastando con la población
rusa, debía exagerar enormemente su papel en la revolución?
Y su espíritu hereditariamente aguzado por el Talmud ¿no
debía sentirse cómodo en las controversias de las escuelas
socialistas? En fin, los sufrimientos que les endurecieron bajo
el régimen zarista los acercaban a su sueño de palingenesia
social». (Resurgimiento y hegemonía del pueblo judío).
Uno de los métodos con que los revolucionarios hebreos
trataron de ponerse a cubierto de la represión oficial, fue tan
sencillo como eficaz. En grupos más o menos numerosos se
trasladaban
a
Estados
Unidos,
se
nacionalizaban
norteamericanos, regresaban a Rusia y hacían valer su nueva
ciudadanía como hijos de una nación poderosa. En esto eran
ayudados por la numerosa colonia israelita radicada en
Norteamérica, que en aquel entonces casi llegaba a tres
millones y que influía ya en los círculos financieros y políticos.
21

Salvador Borrego

Derrota Mundial

«En San Petersburgo —dice Henry Ford en El Judío Internacional—llegó a haber 30,000 judíos de los cuales sólo 1,500
se ostentaban como tales». Las autoridades rusas no tardaron
en tratar de frustrar ese inusitado procedimiento de
protección y esto dio origen a que numerosos órganos de la
prensa americana protestaran contra la falta de respeto a las
ciudadanías recién concedidas por los Estados Unidos. Con
esa ejemplar hermandad que los israelitas practican desde
uno al otro confín del mundo, «el 15 de febrero de 1911,
estando Taft en el poder —agrega Henry Ford— los judíos
Jacobo Schiff, Jacobo Furt, Luis Marshall, Adolfo Kraus y
Enrique Goldfogle le pidieron que como represalia contra
Rusia fuera denunciado el Tratado de Comercio».
Aunque en un principio Taft se rehusó, israelitas de todo el
país enviaron cartas a senadores y diputados, gestionaron
apoyo de gran parte de la prensa, pusieron en movimiento el
Comité Judío Americano, a la Orden B'irit y a otras muchas,
filiales o afines. El influyente político Wilson, que después
llegó a ser Presidente de EE.UU., presionó resueltamente en
favor de los judíos y durante un discurso en el Carnegie Hall
afirmó:
«El gobierno ruso, naturalmente, no espera que la cosa llegue
al terreno de la acción, y en consecuencia, sigue actuando a
su placer en esta materia, en la confianza de que nuestro
gobierno no incluye seriamente a nuestros compañeros de
ciudadanía judíos entre aquellos por cuyos derechos aboga:
no se trata de que expresemos nuestra simpatía por nuestros
compañeros de ciudadanía judíos, sino de que hagamos
evidente nuestra identificación con ellos. Esta no es la causa
de ellos; es la causa de Norteamérica».
Finalmente, el Tratado de Comercio suscrito ochenta años
atrás fue denunciado el 13 de diciembre de 1911. Por primera
vez un zar —en ese entonces Nicolás II— sintió que los
descendientes de aquellos israelitas que 50 años antes
rehuían temerosos la violencia rusa, ya no estaban tan solos.
Aunque la inmensa mayoría eran nacidos en las estepas, y
aunque eran hijos y nietos de otros también nacidos allí, ni el
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

medio ambiente ni la convivencia de siglos los hacían claudicar de sus metas políticas ni de sus costumbres. Tal parecía
que conservando sin mezcla su sangre conservaban igualmente sin mezcla su espíritu.
Cierto que el Imperio Ruso era aún poderoso y que la lejana
represalia de la denuncia del Tratado de Comercio americano
no bastaba para revocar las limitaciones impuestas a los
israelitas, mas sin embargo, constituía un incómodo incidente
que en grado imponderable influyó para que se suavizara el
trato oficial a los judíos. Y aunque ese mismo año de 1911 se
estableció que los judíos no podían ser electos consejales, en
la práctica se les trató con mayor consideración.
Entre tanto, el llamado Comité Ejecutivo seguía ocultamente
atizando el descontento y propiciando la rebelión. Las series
de huelgas sangrientas que se iniciaron en 1905 adquirieron
incontenible impulso en 1910 al estallar doscientos paros
obreros. Tres años más tarde las huelgas se contaban por
millares.
El descontento de las masas iba siendo crecientemente
aprovechado como instrumento revolucionario marxista.
En ese entonces el Imperio Ruso se hallaba ya tan minado
que malamente podía afrontar una guerra internacional. Por
eso fue tan insensato y hasta inexplicable que se lanzara a
una aventura de esa índole en 1914, para apoyar a Servia en
contra de Austria-Hungría. El zar dio contraorden a fin de que
no se realizara la movilización general y evitar el choque con
Alemania, pero el Ministro de la Guerra, Sujofinov, y todo el
Estado Mayor presionaron al zar y se consumó la
movilización. Alemania apoyó entonces a su aliada AustriaHungría y entró en guerra con Rusia. No obstante que la
patria rusa libraba entonces una lucha internacional, el
movimiento revolucionario no cesó su propaganda para
debilitar las instituciones. Además, aprovechó la anormalidad
de la situación y proclamó que los obreros no tenían patria
que defender, según la tesis marxista (comunista) de que la
idea de patria debe extirparse de las nuevas generaciones.
El gobierno ruso consideró que los judíos influían poderosa23

Salvador Borrego

Derrota Mundial

mente en esta oposición al régimen y ordenó nuevas medidas
de coerción. Muchos que por nacimiento o naturalización
ostentaban las más diversas nacionalidades, e incluso la rusa,
se habían mezclado en el campo y en las fábricas y hacían
cundir la agitación.
Poco después de iniciada la contienda, el diario ruso «RuscoicSnamia» abogaba por las más severas represalias contra los
israelitas, a quienes se les achacaban los desórdenes
internos, y hasta llegó a alentar los «progroms». No obstante
que el ambiente oficial era propicio a estos extre-mismos, el
régimen no quiso complicar más la situación, prohibió el
diario y mantuvo a raya el antisemitismo, aunque sin poder
suprimirlo del todo.
En Suiza se encontraba entonces desterrado, junto con otros
jefes judíos del movimiento marxista, Vladimir Ilitch (Lenin) y
desde allí dirigía la agitación en la retaguardia del ejército
ruso que combatía contra Alemania. Sesenta y siete años
después de que dos hebreos —Marx y Engels— habían dado a
la publicidad por primera vez el manifiesto comunista, otros
miembros de la misma raza luchaban denodadamente por
materializarlo en realidad política.
Junto con los judíos Apfelbaum y Rosenfeld (conocidos bajo
los nombres rusos de Zinovief y Kamenef), Lenin alentaba
desde el destierro a los revolucionarios para que
contribuyeran a la derrota de Rusia en la guerra que sostenía
contra Alemania y Austria. En su periódico «Social
Demócrata» del 27 de julio de 1915 daba la siguiente
consigna: «Los revolucionarios rusos deben contribuir
prácticamente a la derrota de Rusia». Proclamaba que esto
abriría el Camino a la revolución.
Fierre Charles, biógrafo de Lenin, afirma que en ese entonces
«Lenin se entregó en cuerpo y alma a su odio por todo patriotismo... Toda defensa de la Patria —decía— es chaucinismo».
Tanto fue así que los alemanes le permitieron pasar por Berlín
para que se internara subrepticiamente en Rusia y aun le
ayudaron económicamente ya que su labor debilitaba al
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

ejército ruso. Así fue como Lenin pudo llegar a San
Petersburgo, donde un núcleo de 30,000 israelitas,
acaudillados por Trostsky, habían organizado el cuartel
general del movimiento marxista revolucionario. Y desde ahí
hizo circular esta proclama:
«Es necesario, sin demora, educar al pueblo y al ejército en el
sentido derrotista. ¡Soldados, fraternizad en las trincheras con
vuestros camaradas llamados 'enemigos'!»
Poco después Lenin celebraba secretos acuerdos con los jefes
revolucionarios. Charles[4] refiere que asistían «Kamenef,
hombre pequeño, de ojos vivaces bajo el lente; Zinovief, que
se había cortado completamente el cabello ondulado de su
gruesa cabeza; Ouritsky, delgado y nervioso, que más tarde
aterrorizaría a Petrogrado durante algunas semanas; los tres
eran de raza judía».
No tardaron en reunírseles Stalin y Trotsky. La siembra
marxista iniciada décadas atrás, halló en 1917 el clima más
propicio para fructificar. La ya minada retaguardia del ejército
ruso se debilitó aún más y el desconcierto cundió hasta las
líneas avanzadas del frente de guerra; la propaganda
derrotista hallaba ciertamente coyunturas en la miseria y en
las bajas causadas por la contienda. La promesa de que al
triunfar la revolución se repartirían tierras a todos los
proletarios fue tan halagadora «que las tropas querían dejar
de pelear para llegar al reparto». Coordinadamente las
doctrinas bolcheviques agitaban a los militares hablándoles de
los «derechos del soldado», según los cuales «los oficiales
deberían ser nombrados por selección, de entre los soldados,
y éstos podían discutir las órdenes de aquéllos». Desde ese
momento quedó rota la disciplina, dice el Tte. Corl. Carlos R.
Berzunza en su «Resumen Histórico de Rusia». Y así comenzó
la última etapa del fin de la Casa Imperial Rusa. Tatiana
Botkin[5] dice que acerca de la realeza y particularmente de
la Emperatriz, circulaban versiones que indignaban al pueblo
y alentaban al derrotismo.

25

Salvador Borrego

Derrota Mundial

«Frecuentemente se encontraba uno con personas que se
habían formado un concepto completamente falso sobre la
familia real. Entre nosotros sólo se propagaba lo malo y nadie
sabía lo bueno que en realidad existió... No podía creer que
los mismos soldados, soldados rusos, en el momento de una
guerra de tal magnitud, se amotinaran y mataran a su
comandante y ofendieran a la familia real... Así era,
desgraciadamente. En las calles de Petrogrado sucedía algo
increíble. Los soldados, borrachos, sin correas, con los
capotes desabrochados, unos con rifles, otros desarmados,
corrían como poseídos saqueando todas las tiendas».
El descrédito de la casa de los Romanof; la consigna leninista
de que la derrota en el frente de guerra abriría el camino al
triunfo de la revolución; las crecientes bajas y la miseria; la
promesa de que un nuevo régimen daría tierras al
proletariado; el relajamiento de la disciplina; las doctrinas de
igualdad y supresión de las jerarquías, etc., convergieron por
fin en el estallido de la revolución. La mecha que encendiera
el polvorín podía haber sido cualquier cosa. Como en el
conocido fenómeno físico de la sobrefusión, cuando la mente
de un pueblo llega a su tensión máxima basta el más
insignificante
incidente
para
producir
el
estallido.
Tatiana Botkin refiere así el principio del fin del imperio:
«En Kronstadt —precisamente en las cercanías del cuartel
general que los caudillos israelitas del marxismo habían
formado secreta-mente en San Petersburgo— empezó la
bestial matanza de oficiales. Una vez muertos, los cubrían con
heno, los rociaban con petróleo y les prendían fuego. Metían
en los ataúdes personas aún con vida junto a cadáveres,
fusilaban a los padres a la vista de sus propios hijos, etc. En
el frente, los soldados fraternizaban con los alemanes y
retroce-dían, a pesar de los enormes contingentes reunidos
antes de la revolu-ción... el sepelio de las víctimas de la
revolución en Retrogrado, fue una mascarada. Los
revolucionarios recogieron cuerpos de descono-cidos, muertos
de frío o por accidente, incluso unos chinos que habían
fallecido de tifo, los colocaron en los ataúdes forrados de rojo,

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

los trasladaron al 'Campo de Marte' y erigieron un gran
túmulo».
Esto alentaba la agitación y servía de bandera a los
revolucionarios.
Por otra parte, en ningún momento los iniciadores del
marxismo en Rusia carecieron de solidaridad y aliento de sus
hermanos de raza ni en el extranjero. El 14 de febrero de
1916 se celebró en Nueva York un Congreso de las
Organizaciones Revolucionarias Rusas, alentadas e inspiradas
por inteligentes israelitas. El magnate judío-americano Jacobo
Schjff era uno de los que costeaban los gastos de estos
trabajos políticos; ayudaba particularmente a León Trotsky,
también israelita. Otros banqueros judíos, tales como Kuhn
Loeb, Félix Warburg. Otto Kahn, Mortimer Schiff y Olef
Asxhberg, daban también su ayuda económica desde Nueva
York.
Pese a todo lo que en apariencia hubiera de inexplicable en
esas relaciones entre los marxistas revolucionarios de Rusia y
los magnates israelitas de América, en el fondo regía la
profunda solidaridad de la raza y el anhelo común de la
reivindicación hebrea. Unos la buscaban con el instrumento
que su compatriota Marx les había heredado en el Manifiesto
Comunista de 1848 y otros la procuraban con el instrumento
del oro y las finanzas. Dos distintos medios, pero un mismo
fin. Y si el destino del mundo iba a jugarse en dos barajas de
política internacional —el super capitalismo y el marxismo—,
tener ases en ambas era asegurar el triunfo de la causa
común, cualquiera que fuese el resultado de la gran lucha.
Los pacientes esfuerzos de los caudillos marxistas y de
quienes los ayudaron desde el extranjero desembocaron el 7
de noviembre de 1917 en el estallido de la revolución
comunista.
El zar fue detenido y entre las primeras rectificaciones
políticas figuró la abolición de las restricciones jurídicas
impuestas a los judíos. El camino a los puestos públicos
quedó abierto para ellos. Toda tendencia política perjudicial al
judaísmo fue declarada fuera de la ley por decreto de julio de
27

Salvador Borrego

Derrota Mundial

1918. Entre las tropas del general Budieny ocurrieron actos
violentos contra los judíos y fueron severamente reprimidos.
A ese respecto el escritor judío Salomón Resnick dice en su
libro «5 Ensayos Sobre Temas Judíos»:
«Pronto sobrevino una vigorosa reacción contra tales
desviaciones: 138 cosacos, entre ellos varios comandantes,
fueron condenados a muerte y se impuso a todo soldado rojo
la obligación de luchar contra el antisemitismo, esa herencia
vergonzosa, criminal y sangrienta».
La casa de los Romanof fue exterminada. Tatiana Botkin
refiere así el final del Zar, de la Zarina, del Zarevich y de las
princesas Olga, Tatiana, María y Anastasia:
«En la prisión —casa de Ipatiev— de Ekaterimburgo, la familia
real sufría mil vejaciones. La situación de todos empeoró al
ser nombrado otro comisario, el judío Yurovsky. El trato de
los guardias se convirtió en un verdadero martirio, que sus
majestades soportaban con verdadera resignación cristiana.
Por comida les daban las sobras de los guardias, quienes
además escupían en los platos. Luego les servían la comida y
se las arrebataban cuando empezaban a comer. En la noche
del 3 de julio de 1918 fueron bárbaramente asesinados.
»Cuando penetró Yurovsky con 12 soldados, de los cuales
sólo dos eran rusos (los demás judíos y letones), Yurovsky se
encaró con el emperador y le dijo: 'Usted se ha negado a
aceptar la ayuda de sus familiares (en el extranjero) por lo
que tengo que fusilarlo'. El emperador se persignó, abrazó a
su hijo con toda serenidad y se arrodilló. La emperatriz hizo lo
mismo. Sonaron unos disparos. Yurovsky disparó sobre el
emperador; los soldados sobre los demás. Dieron vuelta a los
cadáveres y los asaetearon con las bayonetas. Después de
esta carnicería los cadáveres fueron despojados de cuanto
llevaban, arrojados a un camino y de ahí conducidos a un
bosque cercano, donde fueron incinerados en dos hogueras:
una de fuego y la otra de ácidos»
Inútilmente Nicolás II, lo mismo que su padre Alejandro III, y
su abuelo Alejandro II, se habían empeñado en reprimir a
quienes encabezaban o coordinaban el descontento de las
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

masas, pero sin lograr nada decisivo para suprimir el
descontento mismo. Mientras por un lado el malestar público
crecía con la pobreza, por el otro las autoridades se
esforzaban superficialmente en suprimir a quienes se valían
de ese malestar como instrumento para una magna
revolución.
Sesenta y nueve años después que Marx y Engels habían
creado su magistral fórmula de agitación, sus descendientes
raciales lograban que un gran imperio se viniera abajo. Era
ese el primero de sus fabulosos triunfos. (A la revolución
bolchevique siguió una violenta contrarrevolución encabezada
por los generales Antón Ivanovitch, Deniken, Kolchak,
Wrangel y Yudenitch. Llegaron a arrebatarles a los rojos
territorios con más de un millón de kilómetros cuadrados y se
aproximaron amenazadoramente a Leningrado y Moscú.
Deniken esperaba ayuda de los gobiernos inglés y francés,
pero no la obtuvo. En contraste, los bolcheviques sí lograban
ayuda de los israelitas del extranjero y vencieron a las
fuerzas de Deniken).
El judío Alejandro Kerensky (originalmente apellidado Adler),
que se había infiltrado en el gobierno del zar para ayudar
secretamente al triunfo de los comunistas, emigró después al
Occidente para presentarse como «anticomunista». Bajo ese
disfraz mantuvo contacto con los rusos exiliados,
auténticamente enemigos del comunismo, y fue un factor
decisivo para neutralizar sus esfuerzos.
LOS DOS ELEMENTOS QUE FORMARON EL BOLCHEVISMO
Es siempre costumbre que el triunfo tenga muchos autores,
auténticos o no, y que en cambio todos rehuyan la paternidad
de los fracasos; pero el triunfo de la revolución rusa es una
de las excepciones de esa regla. Por lo menos hasta ahora
sólo se ha atribuido fragmentaria y tenuemente a la
comunidad israelita. Y esto no obstante la evidencia de que la
base ideológica de la revolución rusa la crearon los judíos
Marx y Engels; la pusieron en movimiento social Lenin,
Zinoviev, Kamenev, Bronstein y otros israelitas; la solapó y
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

ejecutó a medias el hebreo Kerensky; la ayudaron
económicamente desde EE. UU. los magnates Kuhn Loeb,
Félix Warburg, Otto Kahn, Mortimer Schiff y Olef Asxhberg, y
la hicieron posible agitando a las masas proletarias un
sinnúmero de comisarios israelitas, como judíos eran —
simbólicamente— 10 de los 12 revolucionarios que ejecutaron
a la familia real de los Romanof.
Uno de los modernos profetas del semitismo, Teodor Herzl, ya
había advertido antes del triunfo de la revolución rusa:
«Somos una nación, un pueblo... Cuando los judíos nos
hundamos, seremos revolucionarios, seremos los suboficiales
de los partidos revolucionarios. Al elevarnos nosotros subirá
también el inmarcesible poder del dinero judío» («Un Estado
judío»).
Son numerosísimas las huellas que los israelitas dejaron en la
preparación y la consumación de la revolución rusa, pero por
uno u otro motivo la difusión de estos hechos ha sido tan
lenta y fragmentaria que generalmente suenan a
inverosímiles o fantásticos cuando se les conoce en toda su
magnitud.
Ni la universalmente reconocida seriedad de Henry Ford libró
a esas revelaciones de las dudas que lógicamente producen:
«Una Rusia Soviética hubiese sido sencillamente imposible —
dice Henry Ford en El Judío Internacional—, a no ser que un
90% de los comisarios fueran judíos. Otro tanto hubiera
ocurrido en Hungría, de no ser judío Bela-Khun («El Príncipe
Rojo») y con él 18 de sus 24 comisarios... El Soviet no es una
institución rusa, sino judía».
Agrega que al triunfar la Revolución bolchevique, el nuevo
régimen fue integrado preponderantemente con israelitas y
cita el siguiente cuadro:

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

«Cuando Rusia se hundió —afirma—, inmediatamente surgió
el judío Kerensky. Como sus planes no fueron suficientemente
radicales, le sucedió Trotsky. Actualmente, en Rusia (1920),
en cada comisario hay un judío. De sus escondrijos irrumpen
los judíos rusos como un ejército bien organizado... Todos los
banqueros judíos en Rusia permanecieron sin ser molestados,
mientras que a los banqueros no judíos se les fusiló... El
bolchevismo es anticapitalista sólo contra la propiedad no
judía. Si el bolchevismo hubiese sido realmente anticapitalista, hubiera matado de un solo tiro al capitalismo
judío. Pero no fue así... Sólo a los judíos se les pueden remitir
víveres y auxilios de otros países, en Rusia».
El mismo autor hace una cita del Dr. Jorge A. Simons, sacerdote cristiano, que escribió:
«Centenares de agitadores salidos de los barrios bajos del
Este de Nueva York se encontraron en el séquito de Trotsky...
A muchos nos sorprendió desde un principio el elemento
marcadamente judío de aquél y se comprobó muy pronto que
más de la mitad de todos esos agitadores del llamado
movimiento sovietista eran judíos».
Asimismo cita a William Huntington, agregado comercial americano en Retrogrado durante la revolución, quien declaró que
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

«en Rusia todo mundo sabe que tres cuartas partes de los
jefes bolcheviques eran judíos».
Coincidiendo con todo lo anterior, el periódico ruso «Hacia
Moscú», de septiembre de 1919, dijo: «No debe olvidarse que
el pueblo judío, reprimido durante siglos por reyes y señores,
representa genuinamente el proletariado, la internacional
propiamente dicha, lo que no tiene patria».
Y Cohan escribía en «El Comunista», de abril de 1919:
«Puede decirse sin exageración que la gran revuelta social
rusa fue realizada sólo por manos judías El símbolo del
judaísmo, que durante siglos luchó contra el capitalismo, se
ha convertido también en el símbolo del proletariado ruso,
como resulta de la aceptación de la estrella roja de cinco
puntas que como es sabido fue antiguamente el símbolo del
sionismo y del judaísmo en general».
Desde un punto de observación muy distante, el investigador
Schubart se refiere a este mismo asunto en los siguientes
términos[1]:
«También la nacionalidad de los jefes bolcheviques, entre los
cuales hay un gran contingente de judíos, lituanos y
grusinios, indica el carácter extraño, no ruso, de este
movimiento. El marxismo no tiene más que una peculiaridad
que encuentra afinidad de sentir en el ruso: es el meollo
mesiánico de la doctrina. Lo sintió el alma eslava con fino
olfato, y lo tomó por punto de partida... El occidental siente
latir más fuerte su corazón al pasar revista a sus bienes; en el
ruso está vivo el sentimiento de que las posesiones nos
poseen a nosotros, de que el poseer significa ser poseído, de
que en medio de la riqueza se ahoga la libertad espiritual».
Schubart no es el único en considerar que en la idiosincrasia
rusa había propicias coyunturas para que el marxismo teórico
y utópico ganara adeptos que luego se convirtieran en
instrumento para los organizadores judíos. Oswaldo Spengler
apuntó en «Decadencia de Occidente»:

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

«El alma rusa, alma cuyo símbolo primario es la planicie
infinita, aspira a deshacerse y perderse, sierva anónima, en el
mundo de los hermanos... La vida interior del ruso, mística,
siente
como
pecado
el
pensamiento
del
dinero».
Otro filósofo, el Conde de Keyserling[2], coincide con los dos
anteriores: «Los rusos son tan profundamente religiosos en el
alma que incluso el materialismo, el ateísmo, la
industrialización y el plan quinquenal les sirven de iconos».
Igualmente, el sacerdote jesuíta norteamericano E. A. Walsh,
que vivió en la URSS en 1923, opina en su libro «Imperio
Total»:
«El mujik ruso, cuando está impregnado de vodka, revela una
sórdida grosería y una torpe animalidad sólo limitada por la
capacidad física. Pero, terminada la orgía, llorará con su
prójimo en fraterna comprensión, perdonará a los ladrones,
cobijará a los asesinos con compasión y manifestará
instantánea simpatía hacia todos sus compañeros de
peregrinación en este valle de lágrimas, y al arar exclamará:
'Dios, ten piedad'».
Otto Skorzeny, que como oficial alemán conoció a los rusos
durante cuatro años de lucha, da el testimonio de que:
«el soldado que fue a la guerra por el materialismo dialéctico
posee, en realidad, un idealismo religioso... Casi puede
decirse que el ruso, en cuanto a alcanzar su objetivo ideal, es
un enemigo de lo posible: necesita objetivos lejanos y
fantásticos»[3].
Son innumerables los investigadores que habiendo estudiado
la psicología del ruso coinciden en que bajo su dureza
acorazada por el sufrimiento de siglos y que bajo su crueldad
propia de los caracteres primitivos, late un vigoroso
sentimiento místico. Y es precisamente en este sentimiento,
espontáneo y de distinta índole que el pensamiento lógico,
donde el marxismo israelita se injertó; donde el marxismo

33

Salvador Borrego

encontró un
gigantesca.

Derrota Mundial

punto

de

apoyo

para

erigirse

en

fuerza

El empuje indiscutible del bolchevismo surgió de dos factores:
la fórmula alucinante y utópica de Marx y el sencillo
misticismo de las almas rusas. Y fueron judíos quienes
combinaron ambos factores como se combinan la glicerina y
el ácido nítrico para obtener la dinamita.
El bolchevismo cundió luego con su propia dinámica y no
requirió razones para subsistir; incluso pudo hacerlo pese a
las realidades que lo contradecían. Tal es el mecanismo de los
movimientos sociales que llegan a erigirse en creencias
místicas o seudomísticas.
Algo de esto señala Max Eastman al afirmar: «El comunismo
es una doctrina que no puede ser científica, pues es
exactamente lo contrario: religión»[4].
Y algo muy semejante señala Gustavo Le Bon en «Ayer y
Mañana»:
«Las creencias de forma religiosa, como el socialismo, son
inconmovibles porque los argumentos no hacen mella en una
convicción mística... Todos los dogmas, los políticos sobre
todo, se imponen generalmente por las esperanzas que hacen
nacer y no por los razonamientos que invocan... La razón no
ejerce influencia alguna sobre las fuerzas místicas».
Así se explica que pese a su procedencia extranjera, pues el
marxismo no era ruso ni sus propagadores tampoco, grandes
masas del pueblo lo hicieron entusiastamente suyo, por lo
menos en la etapa inicial. Lo captaron por una de sus fases,
por la fase mística de la reivindicación del indigente, y para
esta espontánea adhesión no necesitaban ni investigar
orígenes ni razonar sobre las bases científicas del
movimiento. Durante milenios el hombre ha anhelado barrer
el abuso de los poderosos y disfrutar de justicia social. Al

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

prometer la satisfacción de ese viejo anhelo, los creadores
israelitas del comunismo lograron un formidable triunfo
psicológico y político. Dentro de sus propias filas raciales la
minoría judía de Rusia carecía de la fuerza del número, pero
la conquistó entre las masas no semitas —e inclusive
antisemitas— gracias a las promesas populares que el
comunismo hacía. Y a fin de garantizar que esta poderosa
arma política se mantuviera siempre dirigida por sus
creadores, se le dio el dogma de la internacionalización, de tal
manera que se cometía una herejía al querer servir al
proletario sin la consigna emanada de Moscú, sede del
marxismo-israelita.
Todo movimiento social que se atreviera a violar ese dogma
era objeto de la más violenta hostilidad, no porque sirviera
mejor o peor los intereses del proletariado, sino porque se
sustraía al control de los creadores del marxismo.
Apenas afianzado el nuevo régimen en el Poder, una súbita
lucha antirreligiosa comenzó a realizarse con extraordinaria
eficacia. Como si fuera obra de factores no rusos, esa lucha
era sistemática y carecía de la imprevisión y de la
desorganización(,) propias del ambiente moscovita. En su
implacable eficacia se advertía el sello de una mano extraña.
«En la fachada del Ayuntamiento de Moscú, en vez de la
imagen que se veneraba, se inscribió la frase de Lenin: La
religión
es
el
opio
del
pueblo»[5].
Frecuentemente se ha visto que un movimiento religioso,
nutriéndose de su propia fe, se lance contra otro movimiento
religioso y trate de proscribirlo. Religión contra religión es un
fenómeno muchas veces presenciado en la historia. Pero que
en un medio eminentemente religioso nazca un movimiento
inflexiblemente ateísta, dirigido contra todas las religiones, es
un fenómeno nuevo. ¿De dónde un movimiento político, que
oficialmente se apoya en masas religiosas, extrae la
inspiración y las energías necesarias para constituirse
fanáticamente en un movimiento antirreligioso?

35

Salvador Borrego

Derrota Mundial

Ha sido también más o menos frecuente que por
conveniencias políticas un régimen hostilice a una religión y
se apoye en otras. Pero en Rusia, por primera vez con
inconfundible claridad y con extraordinario celo, todas las
religiones empezaron a ser perseguidas en cuanto triunfó el
bolchevismo.
Lo que el cristianismo padeció en la época antirreligiosa del
Imperio Romano tenía la explicación de que se trataba de una
religión nueva sin muchos adeptos en la masa del pueblo. En
cambio, en Rusia, los sentimientos religiosos eran ya
populares cuando el Bolchevismo comenzó a imperar. 929
años antes Rusia se había convertido al cristianismo. Que en
un pueblo sin religión se combata una nueva religión, parece
explicable; pero que en un pueblo religioso surja un régimen
intransigentemente antirreligioso, es un fenómeno de
orígenes extraños al pueblo mismo. Y tal fue lo que sucedió
en Rusia.
El teniente coronel Carlos R. Berzunza dice en su resumen
histórico:
«Numerosas iglesias fueron convertidas en teatros. La
revolución inició luego la lucha contra todas las religiones, por
todos los medios... Se prohibió la enseñanza religiosa a
menores de 18 años. La iglesia protestó. De 900 conventos
fueron arrasados 722».
La resistencia de los fieles fue casi pulverizada y 29 obispos y
sacerdotes pagaron con su vida la oposición al régimen y
fueron las primeras víctimas de una serie de ejecuciones
bolcheviques que más tarde recibieron el nombre de
«purgas». Para el 7 de noviembre de 1923 la primera ola de
«purgas» había aniquilado a 6,000 profesores, 9,000
médicos, 54,000 oficiales, 260,000 soldados, 70,000 policías,
12,000 propietarios, 355,000 intelectuales, 193,290 obreros y
815,950 campesinos, en mayor o menor grado culpables de
oposición. Esta furia aparentemente ciega tenía por objeto

36

Salvador Borrego

Derrota Mundial

aniquilar a la clase pensante y a los núcleos que podían
inspirar y organizar la resistencia al nuevo régimen.
En cuanto a los orígenes antirreligiosos del bolchevismo son
evidentes. Supuesto que no residían en las masas populares,
ni tampoco en ninguna otra religión con predominio en Rusia,
se hallaban exclusivamente entre los organizadores israelitas
del movimiento revolucionario, quienes seguían la sentencia
de Marx: «El judaísmo es la muerte del cristianismo»[6]
Ciertamente la masonería también fue un factor en esa lucha
antirreligiosa, pero en última instancia la masonería es sólo
uno de los brazos del judaísmo. Este creó en Egipto las
primeras células secretas en el siglo XV antes de nuestra era,
cuando los judíos necesitaron protegerse y ayudarse
eficazmente bajo el dominio de los faraones. Siglos después
esa sociedad se hizo extensiva a los no judíos, con objeto de
aprovecharlos para los fines políticos israelitas, y se le dio un
aspecto de fraternidad y liberalismo. Persistió, sin embargo,
el ambiente de misterio bajo el cual había nacido la
masonería, y todavía un enorme número de masones ignora
hoy su vinculación con el movimiento político judío, a pesar
de que son de origen hebreo todos los nombres de sus
grados, sus símbolos y sus palabras de paso, como Jehová,
Zabulón, Nekam Nekar, Adonai, etc. Esto puede comprobarlo
cualquier «iniciado» que conozca a la vez la historia judía[7].
Por eso es que desde el grado tercero de la masonería se
designa con símbolos judíos a Jesucristo, a la iglesia y a los
cristianos, como la «ignorancia», el «fanatismo» y la
«superstición»,
respectivamente,
(Jubelás,
Jubelós
y
Jubelum) y se plantea simbólicamente la lucha contra ellos.
Ya en 1860 el español Vicente de la Fuente había escrito en
«Historia de las Sociedades Secretas»:
«Esa sociedad proscrita en todas partes, y que en todas
partes se halla sin patria, que en tal concepto desprecia las
ideas de nacionalidad y patria, sustituyéndolas con un frío y
escéptico cosmopolitismo, ésa tiene la clave de la

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

francmasonería. El calendario, los ritos, los mitos, las
denominaciones de varios objetos suyos, todos son tomados
precisamente de esa sociedad proscrita: el judaísmo.
»La francmasonería en su principio es una institución peculiar
de los judíos, hija del estado en que vivían, creada por ellos
para reconocerse, apoyarse y entenderse sin ser sorprendidos
en sus secretos, buscarse auxiliares poderosos en todos los
países, atraer a sí a todos los descontentos políticos, proteger
a todos los enemigos del cristianismo.
»Es público que todos los periódicos más revolucionarios e
impíos de Europa están comprados por los judíos, o reciben
subvenciones de ellos y de sus poderosos banqueros, los
cuales a la vez son francmasones».
Este paralelismo del judaísmo político y de la masonería lo
confiesa el propio israelita Trotsky en su biografía, al referirse
a su encarcelamiento de 1898:
«Hasta entonces —dice— no había tenido ocasión de
consultar las obras fundamentales del marxismo. Los estudios
sobre la masonería me dieron ocasión para contrastar y
revisar mis ideas. No había descubierto nada nuevo». («Mi
Vida». —León Trotsky).
Todo lo anterior explica el carácter furiosamente antirreligioso
de la época actual de la historia rusa. Una época
categóricamente materialista y antirreligiosa, tal como la
delineó Marx en su «Introducción a la Filosofía del Derecho,
de Hegel», al afirmar que sólo existe la materia. Una época
tal como la planeó Lenin al afirmar que «el socialismo, por
medio de la ciencia, combate el humo de la religión».
En 37 diversas dependencias de las primeras fases del Estado
Soviético figuraron 459 dirigentes de origen judío y 43 rusos,
cuyos nombres y cargos aparecen especificados en el libro
«La Gran Conspiración Judía», de Traían Romanescu.
ALEMANIA, META INMEDIATA DEL MARXISMO

38

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Derrota Mundial

En la segunda mitad del siglo pasado, mientras que en Rusia
se abrían paso las doctrinas revolucionarias marxistas, el
Imperio Alemán resurgía en 1871 forjado en la victoria de
Sedán, bajo Guillermo I. Este segundo Reich era la cúspide de
fuerzas cuya inquietud brillaba precisamente entonces en
diversas ramas del saber: Goethe en la literatura; Beethoven,
Mozart y Wagner en la música; Kant y Schopenhauer en la
filosofía; Von Moltke en la milicia; Kirchhoff y Bunsen en la
física y la química, y Nipkow en la mecánica. Sin embargo, en
el campo de la política el alemán no tenía nada nuevo bajo la
férrea forma de su imperio, y esto hizo creer a los
propulsores israelitas del marxismo que sería fácil asentar en
Alemania la primera base de la «revolución mundial».
En efecto, KarI Marx (judío originalmente llamado Kissel
Mordekay) y su compatriota Frederik Engels, quisieron que el
marxismo se materializara en régimen político primero en
Alemania y después en Rusia. En su «Manifiesto Comunista»
de 1848, ambos israelitas especificaron:
«A Alemania sobre todo es hacia donde se concentra la
atención de los comunistas, porque Alemania se encuentra en
vísperas de una revolución burguesa y porque realizará esta
revolución en condiciones más avanzadas de la civilización
europea
y
con
un
proletariado
infinitamente
más
desarrollado».
Pero un año después de publicado el Manifiesto Comunista, el
marxismo sufrió un golpe inesperado en Alemania. Su primer
intento para apoderarse de las masas proletarias fracasó en
junio de 1849. La disciplina y el nacionalismo inculcados por
la milicia eran una barrera ante la revolución internacionalizada del marxismo. El general Helmuth von Moltke
señalaba que esa «cólera moral» fascinaba a los demócratas
y se extendía por toda Europa reclutando en sus filas
«abogados, literatos y tenientes echados del servicio». En
1864 Marx fundó la Primera Internacional para impulsar la
agitación internacional, particularmente en Alemania y Rusia.

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

El comunismo anhelaba el control de Alemania por sus
capacidades industriales y guerreras y el de Rusia por sus
vastos recursos naturales y humanos. Ya en 1,776 el judío
alemán Adán Weishaupt había creado la secta masónica de
los Iluminados de Baviera, que con el señuelo de dar el
dominio político mundial a los germanos pretendió utilizarlos
para extender todos los principios que más tarde aprovechó
Marx en sus teorías. Pero esta secta fue prohibida y no
alcanzó sus metas en Alemania, aunque sí fue uno de los
movimientos precursores de la Revolución Francesa[8].
Más tarde, Lenin insistía en el sueño de Weishaupt y de Marx
y les decía a sus legionarios que la tarea inmediata era
«unir el proletariado industrial de Alemania, Austria y
Checoslo-vaquia con el proletariado de Rusia creando así una
poderosa combinación industrial y agraria desde Vladibostock
hasta el Rhin».
Y varios intentos se realizaron con este objeto. «Lenin dijo un
día[9] que si era preciso sacrificar la revolución rusa a la
revolución alemana, que representaba muchas más
probabilidades de buen éxito, no dudaría en hacerlo. Las
riquezas agrícolas de Rusia y las riquezas industriales de
Alemania formarían una potencia gigantesca».
El propio Lenin dijo también al general Alí Fuad Bajá, primer
embajador turco en la URSS:
«Si Alemania acepta la doctrina bolchevique me trasladaré
inmediatamente de Moscú a Berlín. Los alemanes son gente
de principios y permanecen fieles a las ideas una vez que han
aceptado su verdad. Proporcionarán un medio mucho más
favorable para la propagación de la revolución mundial que
los rusos, cuya conversión exigirá mucho tiempo»[10].
Pero el arraigado patriotismo del alemán era un obstáculo
para eso. Aun abrazando el marxismo, lo privaba de su sello
internacionalista. John Plamenats refiere que Lasalle, judío

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Derrota Mundial

fundador del Partido Socialista Alemán, no pudo llegar a
proclamar abiertamente el comunismo. Sin embargo, la
doctrina hacía progresos y Plamenats afirma que el «Partido
Democrático Socialista Alemán adoptó un programa
completamente marxista en espíritu. Entre tanto, la industria
alemana se desarrollaba rápidamente, y en poco tiempo este
partido se convirtió en el más grande del Estado. Lenin creía
que con ayuda de los trabajadores alemanes, los rusos
podrían evitar los peligros que de otro modo se derivarían de
una Revolución prematura»[11].
En vísperas de la primera guerra mundial el marxismo
luchaba con igual denuedo en Rusia y en Alemania, si bien
con distinta táctica. El más alto nivel cultural y económico del
pueblo alemán impedía progresos tan rápidos como los
logrados entre las masas analfabetas y paupérrimas de Rusia.
En Alemania había mejor información sobre los orígenes de
las diversas tendencias políticas y esto impedía que muchos
cayeran en redes hábilmente tendidas. El periodista Marr, el
historiador Treitschke, el pastor Stoecker, el filósofo Duehring
y el profesor Rohling llamaron frecuentemente la atención
sobre la secreta influencia del judaísmo y habían gestionado
con Bismarck que se le refrenara. Pero de todas maneras el
Partido Democrático Socialista Alemán, con inspiración
marxista, iba ganando terreno en los sindicatos.
Años más tarde —a principios de 1913—, un joven
descendiente de aldeanos, de 20 años de edad, que de peón
había ascendido a acuarelista, reflexionaba en Munich que:
«...la nación no era —según los marxistas— otra cosa que
una invención de los capitalistas; la patria, un instrumento de
la burguesía, destinado a explotar a la clase obrera; la
autoridad de la ley, un medio de subyugar al proletariado; la
escuela, una institución para educar esclavos y también
amos; la religión, un recurso para idiotizar a la masa
predestinada a la explotación; la moral, signo de estúpida

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Derrota Mundial

resignación, etc. Nada había, pues, que no fuese arrojado en
el lodo más inmundo».
Ese joven artesano, llamado Adolfo Hitler, era partidario del
sindicalismo, pero no bajo la inspiración internacionalista de
Marx, sino bajo el ideal nacionalista de Patria y de Raza:
«Esta necesidad —la de los sindicatos y su lucha— tendrá que
considerarse como justificada mientras entre los patrones
existan hombres no sólo faltos de todo sentimiento para con
los deberes, sino carentes de comprensión hasta para los más
elementales derechos humanos... El sindicalismo, en sí, no es
sinónimo de 'antagonismo social'; es el marxismo quien ha
hecho de él un instrumento para la lucha de clases... La
huelga es un recurso que puede o que ha de emplearse
mientras no exista un Estado racial, encargado de velar por la
protección y el bienestar de todos, en lugar de fomentar la
lucha entre los dos grandes grupos —patrones y obreros— y
cuya consecuencia, en forma de la disminución de la
producción, perjudica siempre los intereses de la comunidad».
Concebía entonces que en el futuro:
«...dejarán de estrellarse los unos contra los otros —obreros
y patrones— en la lucha de salarios y tarifas, que daña a
ambos, y de común acuerdo arreglarán sus divergencias ante
una instancia superior imbuida en la luminosa divisa del bien
de la colectividad y del Estado... Es absurdo y falso afirmar —
decía— que el movimiento sindicalista sea en sí contrario al
interés patrio. Si la acción sindicalista tiende y logra el
mejoramiento de las condiciones de vida de aquella clase y
constituye una de las columnas fundamentales de la nación,
obra no sólo como no enemiga de la patria o del Estado, sino
nacionalmente en el más puro sentido de la palabra. Su razón
de ser está, por tanto, totalmente fuera de duda».
Con la impetuosidad propia de su edad, y además de su
carácter, Hitler trataba de persuadir a sus compañeros de que
la defensa del proletariado no era la meta del marxismo, ya
que si el proletariado llegaba a satisfacer sus propias
necesidades, desaparecería como instrumento de lucha de
quienes acaudillaban el marxismo. Ahondando en esta
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

hipótesis, llegó a un punto que habría de ser elemento básico
en la génesis del nacionalsocialismo, sistema político que
luego se divulgó con el apócope de «nazi». Por ese entonces
—según posteriormente refirió— creía que los judíos nacidos
en Alemania sólo se diferenciaban en la religión.
«El que por eso se persiguiese a los judíos como creía yo,
hacía que muchas veces mi desagrado frente a exclamaciones
deprimentes para ellos subiese de punto... Tuve una lucha
para rectificar mi criterio... Esta fue sin duda la más
trascendental de las transformaciones que experimenté
entonces; ella me costó una intensa lucha interior entre la
razón y el sentimiento. Se trataba de un gran movimiento que
tendía a establecer claramente el carácter racial del judaísmo:
el sionismo... Tropecé con él inesperadamente donde menos
lo hubiera podido suponer; judíos eran los dirigentes del
Partido Social Demócrata. Con esta revelación debió terminar
en mí un proceso de larga lucha interior. Examiné casi todos
los nombres de los dirigentes del Partido Social Demócrata;
en su gran mayoría pertenecían al pueblo elegido; lo mismo si
se trataba de representantes en el Reichstag que de los
secretarios de las asociaciones sindicalistas, que de los
presidentes de las organizaciones del Partido, que de los
agitadores populares... Austerlitz, David, Adler, Allenbogen,
etc.
»Un grave cargo más pesó sobre el judaísmo ante mis ojos
cuando me di cuenta de sus manejos en la prensa, en el arte,
en la literatura y el teatro. Comencé por estudiar
detenidamente los nombres de todos los autores de inmundas
producciones en el campo de la actividad artística en general.
El resultado de ello fue una creciente animadversión de mi
parte hacia los judíos. Era innegable el hecho de que las
nueve décimas partes de la literatura sórdida, de la trivialidad
en el arte y el disparate en el teatro, gravitaban en el debe de
una raza que apenas si constituía una centésima parte de la
población total del país.

43

Salvador Borrego

Derrota Mundial

»Ahora veía bajo otro aspecto la tendencia liberal de esa
prensa. El tono moderado de sus réplicas o su silencio de
tumba ante los ataques que se le dirigían debieron
reflejárseme como un juego a la par hábil y villano. Sus
críticas glorificantes de teatro estaban siempre destinadas al
autor judío y jamás una apreciación negativa recaía sobre
otro que no fuese un alemán. El sentido de todo era tan
visiblemente lesivo al germanismo, que su propósito no podía
ser sino deliberado».
PARÉNTESIS DE GUERRA
Tal fue, en síntesis, el proceso del nacimiento del
nacionalsocialismo: frente al carácter internacionalista del
marxismo, un categórico nacionalismo apoyado en las ideas
de patria y de raza; frente al exclusivismo autoritario de la
doctrina de Marx, un exclusivismo nacional —igual o mayor
que aquél—; frente al origen político-israelita de la doctrina,
un antisemitismo político[12].
Los gérmenes del nuevo movimiento se habían perfilado ya,
pero tan sólo en la mente del oscuro acuarelista. El estallido
de la guerra de 1914 lo sacó de sus disquisiciones. La víspera
que el conflicto armado se generalizara con la declaración
inglesa de guerra contra Alemania, Adolfo Hitler se enroló
como voluntario en el 16o. regimiento bávaro de infantería, el
3 de agosto de 1914.
Luego combatió en el frente de Flandes y después en el
Somme, donde fue ascendido a cabo y ganó la «Cruz de
Hierro», que es el máximo orgullo del soldado alemán. El 7 de
octubre de 1916 cayó herido y se le trasladó a un hospital
cercano a Berlín. Según sus propias palabras, desde allí pudo
darse cuenta de que el «frente férreo de los grises cascos de
acero;
frente
inquebrantable,
firme
monumento
de
inmortalidad», no tenía igual solidez en la retaguardia, donde
el creciente marxismo socavaba el espíritu de resistencia.
Esa situación empezó a hacer crisis a principios de 1918 al

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

estallar una huelga de municiones, que aunque prematura y
fallida, causó un efecto desastroso en la moral.
«¿Por qué el ejército seguía luchando si es que el pueblo
mismo no quería la victoria? ¿A qué conducían entonces los
enormes sacrificios y las privaciones? El soldado peleaba por
la victoria y el país le oponía la huelga[13].
»Las nuevas reservas arrojadas al frente —añade—
fracasaron completamente. ¡Venían de la retaguardia!... El
judío internacional Kurt Eisner comenzó a intrigar en Baviera
contra Prusia. No obraba ni en lo más mínimo animado del
propósito de servir intereses de Baviera, sino llanamente,
como un ejecutor del judaísmo. Explotó los instintos y
antipatías del pueblo bávaro para poder, por ese medio,
desmoronar más fácilmente a Alemania».
Y así comenzó a repetirse en Alemania aquella agitación
marxista que un año antes minó a Rusia y la hizo capitular en
la guerra internacional para sumirla en la revolución
bolchevique. La base naval alemana de Kiel fue el escenario
del primer levantamiento, tal o la base naval de Kronstadt
había sido el del primer levantamiento formal de los
soviéticos.
«Así —dice la Enciclopedia Espasa— toda resistencia resultaba
imposible, aunque de haberla podido prolongar unos días
hubiera dado a Alemania la posibilidad de una paz mejor... En
Baviera proclaman la república... Fórmanse consejos de
obreros y soldados. Los soldados desarman a los oficiales y, si
resisten, los matan... La bandera roja ondea en todos los
arsenales alemanes... Alemania toma un aspecto bolchevique.
El emperador abdica (día 9 de noviembre de 1918) quedando
proclamada la república con un carácter francamente radical y
pareciendo un remedo de la república rusa». Entre tanto, el
cabo Hitler había vuelto al frente, había sido alcanzado por el
gas británico «cruz amarilla» y casi ciego fue internado en el

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Salvador Borrego

Derrota Mundial

hospital Pasewalk, de Pomerania. «El 10 de noviembre —
refiere en «Mi Lucha»— vino el pastor del hospital para
dirigirnos algunas palabras... parecía temblar intensamente al
comunicarnos que la Casa de los Hohenzollern había dejado
de llevar la corona imperial... Pero cuando él siguió
informándonos que nos habíamos visto obligados a dar
término a la larga contienda, que nuestra patria, por haber
perdido la guerra y estar ahora a la merced del vencedor,
quedaba expuesta en el futuro a graves humillaciones,
entonces no pude más. Mis ojos se nublaron y a tientas
regresé a la sala de enfermos, donde me dejé caer sobre mi
lecho, ocultando mi confundida cabeza entre las almohadas.
»Desde el día en que me vi ante la tumba de mi madre, no
había llorado jamás. Cuando en mi juventud el destino me
golpeaba despiadadamente, mi espíritu se reconfortaba;
cuando en los largos años de la guerra, la muerte arrebataba
de mi lado a compañeros y camaradas queridos, habría
parecido casi un pecado el sollozar. ¡Morían por Alemania! Y
cuando finalmente, en los últimos días de la terrible
contienda,
el
gas
deslizándose
imperceptiblemente,
comenzara a corroer mis ojos, y yo, ante la horrible idea de
perder para siempre la vista, estuviera a punto de
desesperar, la voz de la conciencia clamó en mí: ¡Infeliz!
¿Llorar mientras miles de camaradas sufren cien veces más
que tú? Y mudó soporté el destino.
»Pero ahora era diferente porque ¡todo sufrimiento material
desaparecía ante la desgracia de la patria! Todo había sido,
pues, inútil; en vano todos los sacrificios y todas las
privaciones, inútiles los tormentos del hambre y de la sed,
durante meses interminables; inútiles también todas aquellas
horas en que entre las garras de la muerte, cumplíamos, a
pesar de todo, nuestro deber; infructuoso, en fin, el sacrificio
de dos millones de vidas. ¿Acaso habían muerto para eso los
soldados de agosto y septiembre de 1914 y luego seguido su
ejemplo en aquel otoño, los bravos regimientos de jóvenes
voluntarios? ¿Acaso para eso cayeron en la tierra de Flandes
aquellos muchachos de 17 años?... »Guillermo II había sido el
primero que, como emperador alemán, tendiera la mano
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

conciliadora a los dirigentes del marxismo, sin darse cuenta
de que los villanos no saben del honor; mientras en su diestra
tenían la mano del Emperador, con la izquierda buscaban el
puñal...
»¡Había decidido dedicarme a la política!» Como consecuencia
del tratado de paz, se privó a Alemania de 70,580 kilómetros
cuadrados de territorio metropolitano, con 6.475,000
habitantes; además de 2.952,600 kilómetros cuadrados de
colonias, y se le fijaron reparaciones por valor de 90,000
millones de marcos oro. Lo que había sido el II Reich quedó
reducido a 472,000 kilómetros cuadrados (poco menos que la
cuarta parte de México), con 68 millones de habitantes.
Aprovechando el malestar de la guerra perdida —tal como
ocurrió en Rusia— el marxismo hizo un supremo esfuerzo en
Alemania por restablecer el Estado soviético. Los motines y
los paros se utilizaron pródigamente para atemorizar y
dominar, pero los revolucionarios tropezaron con una
oposición nacionalista más poderosa y consciente que la
habida en Rusia.
Los agitadores israelitas KarI Liebknecht y Rosa Luxemburgo
lucharon frenéticamente estableciendo soviets en diversas
poblaciones hasta que fueron muertos por un soldado. En
Munich, el israelita Eisner proclamó en 1919 un régimen
francamente soviético, pero después de cuatro semanas fue
derrocado en sangrientas luchas callejeras. El ejército
repudiaba al bolchevismo y como la gran masa del pueblo
seguía queriendo y respetando al ejército, los marxistas
tuvieron que limitar sus ambiciones. En Berlín fueron
dominados después de que hubo más de mil muertos.
Friedrich Ebert, que en plena guerra había votado por la
continuación de la huelga en las fábricas de municiones, logró
escalar la Presidencia de la Nueva República y establecer un
régimen que aunque todavía muy distante del radicalismo
soviético, le seguía los pasos a prudente distancia. Toda la
maquinaria oficial adquirió cierto matiz anticristiano y
benevolente tolerancia hacia el marxismo, actitudes que
hasta entonces no había adoptado ningún gobierno alemán.
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Salvador Borrego

Derrota Mundial

En 1918 la nueva Constitución alemana fue «delineada por un
jurisconsulto judío, Hugo Preuss», según dice el israelita
Salomón Resnick, en «Cinco Ensayos Sobre Temas Judíos».

FACTOR SECRETO EN LA DERROTA ALEMANA
La revolución marxista soviética de 1917 y la revolución
marxista alemana de 1918 tuvieron un mismo origen. Desde
1848 era público que Marx y Engels buscaban la conquista del
proletariado germano; luego Lenin, Trotsky y otros israelitas
proclamaron como meta la unificación e internacionalización
de las masas rusa y alemana. Al caer el Emperador Guillermo
II, como cuando en Rusia cayó el zar, los israelitas
aumentaron su influencia en Alemania:
«Al terminar la guerra —dice Henry Ford— los gananciosos
fueron los judíos... En Alemania (1918) controlaron:
Rosenfeld el Ministerio de Gracia y Justicia; Hirsch,
Gobernación; Simón, Hacienda; Futran, Dirección de
Enseñanza; Kastenberg, Dirección del Negociado de Letras y
Artes; Wurm, Secretario de Alimentación; Dr. Hirsch y Dr.
Stadhagen, Ministerio de Fomento; Cohen, Presidente del
Consejo de Obreros y Soldados, cuyos colaboradores judíos
eran Stern, Herz, Loswemberg, Frankel, Israelowitz,
Laubeheim, Seligschen, Katzenstein, Lauffenberg, Heimann,
Schlesinger, Merz y Weyl. Nunca la influencia judía había sido
mayor en Alemania, y se erigió mediante la ayuda del
bolchevismo disfrazado de socialismo, del control de la
prensa, de la industria y de la alimentación. »Los judíosalemanes Félix y Paul Warburg cooperaban en Estados
Unidos, en el esfuerzo bélico contra Alemania. Su hermano
Máximo Warburg alternaba, entre tanto, con el gobierno
alemán. Los hermanos se encontraron en París, en 1919,
como representantes de «sus» respectivos gobiernos y como
delegados de la paz... —Mediante empréstitos, los judíos se
infiltraron en las cortes, lo mismo en Rusia que en Alemania o

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Derrota Mundial

Inglaterra. Su táctica recomienda ir derecho al cuartel
general.
»Más coincidencias: Walter Rathenau, judío, era el único que
poseía la comunicación telefónica directa con el Kaiser. En la
Casa Blanca de Washington influían también varios judíos...
»Al Estado Judío Internacional que vive secretamente entre
los demás Estados, le llaman en Alemania 'Pan-Judea'. Sus
principales medios de dominación son capitalismo y prensa.
La primera sede de 'Pan-Judea' fue París; luego pasó a
Londres, antes de la Guerra, y ahora parece que se trasladará
a Nueva York (1920). Como Pan-Judea dispone de las fuentes
de información del mundo entero, puede ir preparando la
opinión pública mundial para sus fines más inmediatos...
»El Berliner Tageblatt y la Munchener Neuste Nachrichten
fueron durante la guerra órganos oficiosos del gobierno
alemán, y sin embargo, defendían decididamente los
intereses judíos. La 'Frankfurter Zeitung', de la que dependen
muchos otros diarios, es genuinamente judía». Muy distante
del fabricante norteamericano de automóviles que hacía estas
observaciones, el general Ludendorff, estratega alemán, «no
se explicaba la derrota de 1918 y presintió que allí actuaban
fuerzas ocultas que no encajaban en los cálculos del Estado
Mayor». Después de hacer estudios e investigaciones en este
sentido, afirmó que las fuerzas responsables de la derrota de
Alemania constituían el poderío secreto del mundo, formado
por judíos y masones. Con base en diversos documentos
aseguró que éstos habían estorbado la producción de guerra y
fomentado la desmoralización en la retaguardia. En su
testamento recomendaba a los alemanes un esfuerzo
supremo, económico, militar y psicológico, a fin de sacudir la
influencia del poderío secreto del mundo. («La Guerra
Total»).
Entre tanto, con el uniforme de cabo, Adolfo Hitler ya no
pensaba en la arquitectura —que fue su ambición anterior a la
guerra—, sino en la política. Le había impresionado
sobremanera el triunfo total del marxismo en Rusia y los
progresos arrolladores que hacía en Alemania. Lenin
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