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28932 Una noche Deseada .pdf



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«—Todo lo que puedo ofrecerte es una noche.
No necesito preguntar a qué se refiere. El leve dolor que
siento en el estómago me lo dice exactamente.
—¿Por qué?
—No estoy disponible emocionalmente, Livy. Pero necesito
tenerte.»
Siente su presencia nada más entrar en la cafetería. Es imponente, con una mirada azul tan penetrante que Livy casi se
distrae al tomar nota de su pedido. Cuando se marcha, ella cree
que no volverá a verle jamás, hasta que descubre una nota en la
servilleta firmada por «M». Todo lo que él quiere es una noche
para adorarla. Sin compromiso, sin ataduras, sólo placer sin
límites.
Livy y M, M y Livy. Opuestos como el día y la noche, y aun así
tan necesarios el uno para el otro. M sólo puede ofrecerle veinticuatro horas, pero, ahora que se han encontrado,
una noche nunca será suficiente…

www.jodiellenmalpas.es

Jodi Ellen Malpas
Ama de casa inglesa, madre
de dos hijos, número
uno en el New York Times.
La reina de la novela
erótica.
PVP 17,90 €

Diagonal, 662, 08034 Barcelona
www.editorial.planeta.es
www.planetadelibros.com

1

Jodi Ellen Malpas Una noche. Deseada

Tres, dos, uno, cero... Disfruta de Mi hombre, la
trilogía que ha consagrado a Jodi Ellen Malpas a
nivel mundial.

Vuelve la autora de la trilogía Mi hombre

Jodi Ellen
Malpas
Una noche
nunca será
suficiente

SELLO
COLECCIÓN

xx
xx

FORMATO

xx X xx
xx

SERVICIO

xx

Jodi Ellen Malpas
Nació en Northampton, donde vive junto a
su familia. Mientras trabajaba en la empresa de construcción de su padre fue ideando
la trama de la trilogía Mi hombre y creó el
personaje de Jesse Ward. En 2012 decidió
autopublicar Seducción, el primer volumen,
y la masiva respuesta de sus lectoras la
animó a terminar los demás. Catapultada
hasta el número uno del New York Times,
la trilogía Mi hombre (Seducción, Obsesión
y Confesión) se convirtió en un fenómeno y
coronó a Jodi Ellen Malpas como la nueva
reina de la novela erótica. Con su nueva
trilogía, Una noche, Malpas confirma su
habilidad para tejer tramas apasionantes y
crear personajes inolvidables. ¿Todavía no
conoces a M?

Una noche

Deseada

PRUEBA DIGITAL
VALIDA COMO PRUEBA DE COLOR
EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.

DISEÑO

15/7 sabrina

EDICIÓN

CARACTERÍSTICAS
IMPRESIÓN

5/0
cmyk + pantone 282
azul

PAPEL

XX

PLASTIFÍCADO

brillo

UVI

XX

RELIEVE

XX

BAJORRELIEVE

XX

STAMPING

XX

FORRO TAPA

XX

GUARDAS

XX

10092535
Diseño de la cubierta: Departamento de Arte y Diseño.
Área Editorial Grupo Planeta, basado en el diseño de Mary Ann Smith
Fotografía de la cubierta: © Peter Lerch / Shutterstock
Fotografía de la autora: © Megan Laurie LSL

Internacional

25 mm

INSTRUCCIONES ESPECIALES
XX

JODI ELLEN MALPAS

DESEADA
Primer volumen de la trilogía Una noche
Traducción de
Vicky Charques y Marisa Rodríguez

p

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Título original: One Night. Promised
© Jodi Ellen Malpas, 2014
Publicado de acuerdo con Grand Central Publishing, N.Y., EE. UU.
© por la traducción, Vicky Charques y Marisa Rodríguez (Traducciones Imposibles), 2014
© Editorial Planeta, S. A., 2014
Avda. Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona (España)
www.editorial.planeta.es
www.planetadelibros.com
Primera edición: septiembre de 2014
ISBN: 978-84-08-13228-8
Depósito legal: B. 14.788-2014
Composición: Víctor Igual, S. L.
Impresión y encuadernación: Liberdúplex, S. L.
Printed in Spain - Impreso en España
El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien libre de cloro y está
calificado como papel ecológico.
No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación a un sistema
informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, sea éste electrónico,
mecánico, por fotocopia, por grabación u otros métodos, sin el permiso previo y por escrito
del editor. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra
la propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal).
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o
escanear algún fragmento de esta obra. Puede contactar con CEDRO a través de la web
www.conlicencia.com o por teléfono en el 91 702 19 70 / 93 272 04 47.

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Capítulo 1

No hay nada como preparar un café perfecto. Y, desde luego, no
hay nada como el café perfecto que prepara una de las cafeteras
con aspecto de nave espacial que tengo delante. Llevo días viendo
cómo Sylvie, la otra camarera, completa la tarea sin problemas
mientras habla, coge otra taza y teclea el pedido en la caja. Pero yo
sólo consigo hacer un desastre, de café y del área que rodea la cafetera.
Fuerzo el cacharro del filtro maldiciéndolo y se me resbala, con
lo que todo se llena de café molido.
—No, no, no —mascullo para mis adentros mientras cojo la
bayeta que llevo en el bolsillo de mi delantal.
El húmedo trapo está marrón, lo que delata las miles de veces
que hoy he tenido que limpiar mis desastres.
—¿Quieres que lo haga yo? —La voz divertida de Sylvie repta
sobre mis hombros y los dejo caer.
No hay manera. Por más que lo intente, siempre acabo igual.
Esta nave espacial y yo no nos llevamos bien.
Suspiro de forma dramática, me vuelvo y le paso a Sylvie el gran
cacharro de metal.
—Lo siento. Este trasto me odia.
Sus labios de color rosa intenso se separan para formar una
amable sonrisa, y su moño negro brillante se mueve mientras niega con la cabeza. Tiene más paciencia que un santo.
—Ya la dominarás. ¿Quieres limpiar la siete?
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Me pongo en marcha, cojo una bandeja y me dirijo hacia la
mesa recién desocupada con la esperanza de redimirme.
—Me va a despedir —susurro mientras cargo la bandeja.
Sólo llevo cuatro días trabajando aquí pero, cuando me contrató, Del dijo que únicamente me llevaría unas horas del primer día
hacerme con el funcionamiento de la cafetera que domina el mostrador posterior de la cafetería. Ese día fue horrible, y creo que Del
comparte mi opinión.
—Claro que no —replica Sylvie. Pone en marcha la máquina y
el sonido del vapor atravesando a toda velocidad el conducto de la
espuma inunda el establecimiento—. ¡Le gustas! —exclama.
Coge una taza, después una bandeja, luego una cuchara, una
servilleta y el chocolate en polvo, y todo mientras hace girar la jarra
de leche metálica sin ningún problema.
Sonrío mirando la mesa y le paso la bayeta antes de recoger la
bandeja y regresar a la cocina. Del me conoce desde hace sólo una
semana, pero ya ha dicho que no tengo nada de maldad. Mi abuela
dice lo mismo, aunque añade que más me valdría desarrollar un
poco porque el mundo y la gente que lo habita no siempre son buenos y amables.
Dejo la bandeja a un lado y empiezo a llenar el lavavajillas.
—¿Estás bien, Livy?
Me vuelvo hacia la ronca voz de Paul, el cocinero.
—Muy bien. ¿Y tú?
—De maravilla —dice, y continúa silbando y fregando las ollas.
Sigo colocando los platos en el lavavajillas y me digo a mí misma que todo irá bien siempre y cuando no me acerque a esa máquina.
—¿Necesitas algo antes de que me vaya? —le preguntó a Sylvie
al verla entrar por la puerta de vaivén.
Envidio el hecho de que sea capaz de desempeñar todas sus tareas con tanta facilidad y presteza, desde lidiar con esa maldita cafetera hasta apilar las tazas sin siquiera mirarlas.
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—No. —Se vuelve y se seca las manos en el mandil—. Vete
tranquila. Nos vemos mañana.
—Gracias. —Me quito el delantal y lo cuelgo—. Adiós, Paul.
—¡Que tengas una buena noche, Livy! —exclama mientras agita un cucharón por encima de la cabeza.
Tras zigzaguear hasta la salida entre las mesas de la cafetería,
empujo la puerta y salgo a la calle. De pronto me acribillan unos
enormes goterones.
—Genial.
Sonrío, me cubro la cabeza con la chaqueta vaquera y echo a
correr.
Salto entre los charcos. Mis Converse no ayudan en absoluto a
mantener secos mis pies, y chapotean con cada paso apresurado
que doy hacia la parada del autobús.

Me dirijo a casa, entro corriendo y apoyo la espalda contra la
puerta una vez dentro para recuperar el aliento.
—¿Livy? —La voz ronca de mi abuela mejora al instante mi húmedo estado de ánimo—. Livy, ¿eres tú?
—¡Sí!
Cuelgo la chaqueta empapada en el perchero, me quito las estúpidas Converse y me dirijo hacia la trascocina por el largo pasillo. Encuentro a mi abuela inclinada sobre la cocina, removiendo
una enorme olla de algo que sin duda será sopa.
—¡Hola! —Deja la cuchara de madera y se acerca a mí con su
típico balanceo. Para tener ochenta y un años, es increíble y está
muy despierta—. ¡Estás empapada!
—No es para tanto —le aseguro sacudiéndome el pelo mientras ella me inspecciona de arriba abajo con la mirada y se centra
en mi vientre plano cuando se me levanta la camiseta.
—Necesitas engordar.
Pongo los ojos en blanco, pero le sigo la corriente.
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—Me muero de hambre.
La sonrisa que se dibuja en su rostro arrugado me hace sonreír
también a mí; entonces me abraza y me frota la espalda.
—¿Qué has hecho hoy, abuela? —pregunto.
Me suelta y señala la mesa.
—Siéntate.
La obedezco inmediatamente y cojo la cuchara que me ha dejado preparada.
—¿Y bien?
Me mira con el ceño fruncido.
—¿Y bien, qué?
—Que qué has hecho hoy —repito.
—¡Ah! —Me pasa una servilleta—. Nada del otro mundo. He
ido a comprar y he preparado tu tarta de zanahoria favorita. —Señala la encimera, donde un pastel espera a enfriarse sobre una rejilla. Pero no es de zanahoria.
—¿Me has hecho tarta de zanahoria? —pregunto mientras observo cómo vuelve para servir dos cuencos de sopa.
—Sí, ya te he dicho que te he hecho tu tarta favorita, Livy.
—Pero mi favorita es la de limón, abuela. Ya lo sabes.
Lleva los cuencos a la mesa sin derramar ni una gota y los coloca encima.
—Sí, ya lo sé. Por eso te he preparado una tarta tatín de limón.
Echo otro vistazo por la cocina y compruebo que no me equivoco.
—Abuela, eso parece una tarta de piña.
Descansa las posaderas sobre la silla y me mira como si fuera a
mí a la que se le está yendo la cabeza.
—Es que es una tarta de piña. —Hunde la cuchara en el cuenco
y sorbe un poco de sopa de cilantro antes de coger un poco de pan
recién horneado—. Te he hecho tu favorita.
Está confundida, y yo también. Después de este breve intercambio, ya no tengo ni idea de qué pastel ha hecho, pero me da
igual. Miro a mi querida abuela y observo cómo come. Tiene buen
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aspecto y no parece confundida. ¿Será esto el comienzo? Me inclino hacia adelante.
—Abuela, ¿te encuentras bien? —Estoy preocupada.
Ella se echa a reír.
—¡Te estoy tomando el pelo, Livy!
—¡Abuela! —la reprendo, aunque me siento mejor al instante—. No deberías hacer eso.
—Todavía no he perdido la chaveta. —Señala mi cuenco con la
cuchara—. Cena y cuéntame cómo te ha ido hoy.
Suspiro con dramática resignación y remuevo la sopa.
—No consigo pillarle el tranquillo a esa cafetera, lo cual es un
problema, porque el noventa por ciento de los clientes pide algún
tipo de café.
—Ya te harás con ella —dice con confianza, como si fuese una
experta en el uso de ese maldito cacharro.
—No estoy segura. No creo que Del deje que me quede sólo
para limpiar mesas.
—Bueno, pero aparte de lo de la cafetera, ¿estás a gusto?
Sonrío.
—Sí, mucho.
—Bien. No puedes cuidar de mí eternamente. Una jovencita
como tú debería salir y divertirse, no estar aquí atendiendo a su
abuela. —Me mira con cautela—. Además, yo no necesito que nadie me cuide.
—A mí me gusta cuidar de ti —contesto tranquilamente, y me
preparo para la típica charla. Podría discutir esto hasta quedarme
sin aliento y aún seguiría discrepando.
Es una mujer frágil, no a nivel físico, pero sí mental, por mucho
que insista en que está bien. Coge aire. Me temo lo peor.
—Livy, no voy a abandonar las praderas verdes de Dios hasta
que vea que tu vida está en orden, y eso no va a suceder si te pasas el
día mangoneándome. Se me acaba el tiempo, así que más te vale
que empieces a mover ese trasero.
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Hago una mueca.
—Ya te lo he dicho. Soy feliz.
—¿Feliz escondiéndote de un mundo que tiene tanto que ofrecer? —pregunta muy seria—. Empieza a vivir, Olivia. Créeme, el
tiempo pasa. Antes de que te des cuenta, te estarán tomando medidas para colocarte una dentadura postiza, y tendrás miedo de toser
o estornudar por si se te escapa el pis.
—¡Abuela! —Me atraganto con un trozo de pan, pero no está
de broma. Habla muy en serio, como siempre que entablamos este
tipo de conversaciones.
—Basado en hechos reales —suspira—. Sal ahí afuera. Aprovecha todo lo que la vida ponga en tu camino. Tú no eres tu madre,
Oliv...
—Abuela —le advierto con tono severo.
Se deja caer sobre el respaldo de su silla. Sé que se frustra conmigo, pero estoy bien como estoy. Tengo veinticuatro años, he vivido con mi abuela desde que nací, y en cuanto acabé los estudios
me inventé toda clase de excusas para quedarme en casa y poder
vigilarla. Pero aunque yo estaba contenta de cuidar de ella, ella no.
—Olivia, yo he seguido con mi vida, y tú también tendrías que
hacerlo. Yo no debería retenerte.
Sonrío y no sé qué decir. Ella no es consciente de ello, pero yo
necesito estar retenida. Al fin y al cabo, soy la hija de mi madre.
—Livy, dale un gusto a tu abuela. Ponte unos tacones y sal a
divertirte.
Ahora soy yo la que se hunde en la silla. No puede evitarlo.
—Abuela, no me pondría tacones ni loca. —Me duelen los pies
sólo de pensarlo.
—¿Cuántos pares tienes de esas zapatillas de lona? —pregunta
mientras me unta más mantequilla en el pan y me lo pasa.
—Doce —contesto sin ningún pudor—. Pero son de colores
diferentes. —Tengo pensado comprarme unas en amarillo este sábado.
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Hinco los dientes en el pan y sonrío cuando la veo resoplar de
disgusto.
—Bueno, pero sal y diviértete. Gregory siempre te está invitando a salir. ¿Por qué no aceptas una de sus constantes ofertas?
—Yo no bebo. —Por favor, que lo deje estar ya—. Y Gregory
sólo me arrastraría a todos los bares de ambiente —le explico levantando las cejas. Mi mejor amigo ya se acuesta con bastantes
hombres por los dos.
—Cualquier bar es mejor que ninguno. A lo mejor te gusta.
—Se acerca y me limpia unas migas de los labios. Después me acaricia la mejilla con suavidad. Sé lo que va a decir—: Es increíble lo
mucho que te le pareces.
—Lo sé.
Apoyo la mano sobre la suya y la dejo ahí mientras ella reflexiona en silencio. No me acuerdo muy bien de mi madre, pero he
visto las pruebas, y soy una copia exacta de ella. Incluso el pelo rubio forma ondas similares y cae en cascada sobre mis hombros,
como si tuviera demasiado para que mi minúsculo cuerpo pudiera
cargarlo. Es tremendamente pesado y sólo se comporta si me lo
seco al aire y lo dejo estar. Y mis ojos grandes y azul oscuro, como
los de mi abuela y los de mi padre, tienen un brillo cristalino. La
gente suele decirme que parecen zafiros. Yo no lo veo. Me pinto
por gusto, no por necesidad, aunque siempre aplico poco maquillaje en mi piel clara.
Después de darle tiempo suficiente para recordar, le cojo la
mano y se la coloco junto a su cuenco.
—Come, abuela —digo suavemente, y continúo tomándome
la sopa.
Al verse arrastrada de nuevo al presente, sigue con su cena, pero
en silencio. Nunca ha superado el temerario estilo de vida de mi
madre, un estilo de vida que le robó a su niña. Han pasado dieciocho años y todavía la echa de menos muchísimo. Yo no. ¿Cómo se
puede echar de menos a alguien a quien apenas conociste? Pero ver
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a mi abuela sumirse en esos tristes pensamientos de vez en cuando
me resulta doloroso.

Sí, definitivamente no hay nada como preparar un buen café.
Estoy frente a la cafetera de nuevo, pero esta vez sonrío. Lo he conseguido: una cantidad adecuada de espuma, una textura sedosa y el
punto justo de chocolate cubren perfectamente la parte superior.
Es una pena que sea yo quien vaya a bebérselo y no un cliente agradecido.
—¿Está bueno? —pregunta Sylvie, que observa con emoción.
Asiento con un gemido y dejo la taza.
—La cafetera y yo nos hemos hecho amigas.
—¡Bien! —chilla, y me da un abrazo de alegría.
Me echo a reír y me uno a su entusiasmo. Miro por encima de
su hombro y veo que la puerta de la cafetería se abre.
—Me temo que la hora punta del mediodía está a punto de empezar —digo separándome de ella—. Yo me encargo de éste.
—Vaya, qué seguridad —ríe Sylvie, y se aparta para darme acceso al mostrador. Me sonríe y yo me dirijo al hombre que acaba
de llegar.
—¿Qué desea? —pregunto, y me dispongo a anotar su pedido,
pero no me contesta. Levanto la vista y lo sorprendo observándome atentamente. Empiezo a revolverme nerviosa, incómoda ante
su escrutinio—. ¿Caballero? —consigo articular.
Abre unos ojos como platos.
—Eh..., un capuchino, por favor. Para llevar.
—Claro.
Me pongo con ello y dejo que don Ojos Como Platos supere la
vergüenza. Me acerco a mi nueva mejor amiga, lleno el filtro de
café y lo coloco con éxito en el soporte. Por ahora, todo bien.
—Ésa es la razón por la que Del no te va a despedir —susurra
Sylvie por encima de mi hombro, lo que me hace dar un respingo.
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—Cállate —la reprendo mientras saco uno de los vasos para
llevar del estante y lo coloco debajo del filtro antes de presionar el
botón correcto.
—Te está mirando.
—¡Sylvie, ya está bien!
—Dale tu número.
—¡No! —digo demasiado alto, y echo un vistazo atrás. Me está
mirando—. No me interesa.
—Es mono —opina ella.
Y la verdad es que tiene razón. Es muy mono, pero no me interesa.
—No tengo tiempo para relaciones.
Eso no es del todo cierto. Éste es mi primer trabajo, y antes
de esto me he pasado la mayor parte de mi vida adulta cuidando de
mi abuela. Ahora ya no estoy segura de si realmente necesita que la
cuide, o si sólo es una excusa que me he buscado.
Sylvie se encoge de hombros y me deja continuar. Termino y
sonrío mientras vierto la leche en el vaso, espolvoreo un poco de
chocolate sobre la espuma y coloco la tapa. Me siento superorgullosa de mí misma, y se me nota en la cara cuando me vuelvo para
entregarle el capuchino a don Ojos Como Platos.
—Son dos libras con ochenta, por favor. —Me dispongo a dejarlo sobre el mostrador, pero él lo intercepta y me lo coge de la
mano, procurando tocarme al hacerlo.
—Gracias —dice, y sus suaves palabras obligan a mis ojos a posarse en los suyos.
—De nada. —Aparto la mano lentamente y cojo el billete de
diez libras que me entrega—. Enseguida le doy el cambio.
—No hace falta. —Sacude la cabeza suavemente y examina
todo mi rostro—. Aunque no me importaría que me dieses tu número de teléfono.
Oigo cómo Sylvie se descojona desde la mesa que está limpiando en ese momento.
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—Lo siento, tengo pareja.
Introduzco su pedido en la caja, reúno su cambio rápidamente
y se lo entrego ignorando el gesto de disgusto de Sylvie.
—Claro. —Él ríe ligeramente. Parece avergonzado—. Qué
idiota soy.
Sonrío para que no se sienta tan violento.
—No pasa nada.
—No suelo pedirles el teléfono a todas las mujeres con las que
me encuentro —explica—. No soy un bicho raro.
—En serio, da igual.
Ahora yo también siento vergüenza y deseo para mis adentros
que se marche pronto, antes de que le lance una taza a la cabeza a
Sylvie. Noto que me mira estupefacta. Empiezo a reordenar las servilletas, cualquier cosa que me aparte de esta incómoda situación.
Me dan ganas de darle un beso al hombre que acaba de entrar con
pinta de tener prisa.
—Debo atender al siguiente cliente —digo señalando por encima del hombro de don Ojos Como Platos hacia el hombre de negocios con aspecto de estresado.
—¡Por supuesto! Disculpa. —Se aparta y alza el café a modo de
agradecimiento—. Hasta luego.
—Adiós. —Levanto la mano y, después, miro a mi siguiente
cliente—. ¿Qué desea, señor?
—Un caffè latte, sin azúcar. Y que sea rápido —dice sin apenas
mirarme antes de contestar al teléfono, alejarse del mostrador y tirar su maletín sobre una silla.
Apenas me doy cuenta de que don Ojos Como Platos se marcha,
pero oigo cómo las botas de motera de Sylvie se acercan a toda prisa
hasta donde yo me encuentro, enfrentándome a la cafetera de nuevo.
—¡No me puedo creer que lo hayas rechazado! —me reprende
susurrando—. Era un encanto.
Me apresuro a preparar mi tercer café perfecto, sin darle a su
estupefacción la atención que merece.
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—No estaba mal —contesto como si nada.
—¿Que no estaba mal?
—Sí, no estaba mal.
No la miro, pero sé que está poniendo los ojos en blanco.
—Eres increíble —masculla, y acto seguido se marcha indignada, con su voluptuoso trasero meneándose de un lado al otro al
igual que su moño negro.
Sonrío triunfalmente de nuevo mientras entrego mi tercer café
perfecto. La sonrisa no se me borra cuando el cliente estresado me
echa tres libras en la mano, agarra el café y se larga sin decir siquiera gracias.
No paro en todo el día. Entro y salgo de la cocina, limpio un
montón de mesas y preparo decenas de cafés perfectos. En los descansos, me las apaño para llamar a mi abuela, ganándome una reprimenda cada vez por ser tan pesada.
Cerca de las cinco en punto, me dejo caer sobre uno de los sillones marrones de piel y abro una lata de Coca-Cola con la esperanza
de que la cafeína y el azúcar me devuelvan a la vida. Estoy muerta.
—Livy, voy a tirar la basura —dice Sylvie sacando la bolsa negra de uno de los cubos—. ¿Estás bien?
—De maravilla.
Levanto la lata y apoyo la cabeza en el respaldo del sofá, centrándome en las luces del techo para resistir la tentación de cerrar
los ojos. Estoy deseando llegar a mi cama. Me duelen los pies, y
necesito una ducha urgentemente.
—¿Trabaja alguien aquí o es un autoservicio?
Salto del sofá al oír el sonido de esa voz impaciente pero suave,
y me vuelvo para atender a mi cliente.
—¡Disculpe!
Corro hacia el mostrador, me golpeo la cadera con la esquina
del banco y, aguantándome el impulso de maldecir en voz alta,
pregunto:
—¿Qué desea?
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Me froto la cadera y levanto la vista. Me quedo pasmada y suelto un grito ahogado. Sus penetrantes ojos azules se clavan en los
míos. Muy profundamente. Desvío la mirada y observo la chaqueta abierta de su traje, un chaleco, una camisa y una corbata azul
pálido, su mentón cubierto por una oscura barba incipiente, y
cómo sus labios están separados lo justo. Entonces me centro en
sus ojos de nuevo. Son del color azul más intenso que he visto jamás y me atraviesan con un aire de curiosidad. Tengo ante mí la
perfección encarnada y me he quedado maravillada.
—¿Sueles examinar tan profundamente a todos tus clientes?
—pregunta inclinando la cabeza a un lado con una perfecta ceja
enarcada.
—¿Qué desea? —exhalo moviendo mi cuaderno hacia él.
—Un café americano, con cuatro expresos, dos de azúcar y lleno hasta la mitad.
Las palabras brotan de su boca, pero no las oigo. Las veo. Las
leo en sus labios y las anoto mientras mantengo la vista fija en ellos.
Sin darme cuenta, el boli se me sale de la libreta, y empiezo a garabatearme los dedos. Miro hacia abajo extrañada.
—¿Hola? —pregunta impaciente de nuevo, y levanto la vista.
Me permito retroceder un poco para poder admirar todo su
rostro. Estoy pasmada. No sólo por lo tremendamente impresionante que es, sino porque he perdido todas mis funciones corporales excepto los ojos, que funcionan perfectamente y parecen ser
incapaces de desconectar de su impecable belleza. Ni siquiera me
desconcentro cuando apoya las palmas en el mostrador y se inclina
hacia adelante, propiciando que un mechón rebelde de su oscuro
cabello alborotado caiga sobre su frente.
—¿Te incomoda mi presencia? —inquiere. Lo leo en sus labios
también.
—¿Qué desea? —exhalo una vez más meneando de nuevo mi
cuaderno hacia él.
Señala mi bolígrafo con la cabeza.
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—Ya me lo has preguntado. Tienes mi pedido en la mano.
Miro abajo y veo que tengo los dedos manchados de tinta, pero
no entiendo lo que pone, ni siquiera al colocar la libreta a la altura
de donde se me ha desviado antes el boli.
Levanto lentamente los ojos y me topo con los suyos. Tiene un
aire de saber algo.
Parece engreído. Me tiene totalmente desconcertada.
Consulto la información almacenada en mi cerebro de los últimos minutos, pero no encuentro ningún pedido de café, sólo imágenes de su rostro.
—¿Un capuchino? —pregunto esperanzada.
—Americano —responde suavemente con un susurro—. Con
cuatro expresos, dos de azúcar y lleno hasta la mitad.
—¡Muy bien! —Salgo de mi patético estado de encandilamiento y me dirijo hacia la cafetera.
Me tiemblan las manos y se me sale el corazón del pecho. Golpeo el filtro contra el cajón de madera para vaciar el poso con la
esperanza de que el fuerte ruido me devuelva la sensatez. No sucede. Sigo sintiéndome... rara.
Tiro de la palanca del molinillo y cargo el filtro. Me está mirando. Siento sus ojos azules clavados en mi espalda mientras yo preparo la cafetera que he acabado adorando. Aunque ella no me corresponde en estos momentos. No hace nada de lo que le digo. No
consigo asegurar el filtro en el soporte; mis manos temblorosas no
ayudan en absoluto.
Inspiro profundamente para tranquilizarme y empiezo de nuevo. Consigo meter el filtro y colocar la taza debajo. Pulso el botón y
espero a que haga su trabajo de espaldas al desconocido que tengo
detrás. En toda la semana que llevo trabajando en la cafetería de
Del, esta máquina nunca había tardado tanto en filtrar el café. Deseo para mis adentros que se dé prisa.
Después de toda una eternidad, cojo el café, le echo dos de azúcar y me dispongo a añadir el agua.
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—Cuatro expresos —dice interrumpiendo el incómodo silencio con una suave voz ronca.
—¿Disculpe? —pregunto sin volverme.
—Lo he pedido con cuatro expresos.
Miro la taza que contiene sólo uno y cierro los ojos, rezando
para que los dioses del café me asistan. No sé cuánto tiempo más
me lleva añadir los otros tres expresos, pero cuando por fin me
vuelvo para entregarle el café, está sentado en un sofá, recostado
sobre el respaldo, con su definida constitución estirada y tamborileando en el apoyabrazos con los dedos. Su rostro no refleja ninguna emoción, pero deduzco que no está contento y, por alguna
extraña razón, eso me entristece muchísimo. Llevo todo el día controlando perfectamente la cafetera, y ahora, cuando más quiero
aparentar que sé lo que me hago, acabo pareciendo una estúpida
incompetente. Me siento idiota mientras sostengo el vaso para llevar antes de colocarlo sobre el mostrador.
Lo mira y luego vuelve a mirarme a mí.
—Es para tomar aquí —añade con expresión seria y con un
tono neutro pero mordaz.
Lo observo e intento descifrar si está haciéndose el difícil o si lo
dice en serio. No recuerdo que me lo haya pedido para llevar. Lo he
dado por hecho. No parece el tipo de persona que se sienta solo a
tomar café en la cafetería del barrio. Tiene más bien pinta de ir a
sitios caros y de beber champán.
Cojo un platillo y una taza. Vierto en ella el café y coloco una
cucharilla al lado antes de dirigirme hacia él con paso firme.
Por más que lo intento, no consigo evitar el temblor de la taza
sobre el plato. Lo coloco en la mesa baja y observo cómo él hace
girar el plato antes de levantar la taza, pero no me espero a ver
cómo bebe. Mis Converse y yo damos media vuelta y huimos de
allí.
Cruzo la puerta de vaivén como un huracán y me encuentro a
Paul poniéndose el abrigo.
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—¿Estás bien, Livy? —pregunta, y me examina con su cara redonda.
—Sí.
Me dirijo a la gran pila de metal para lavarme las manos sudadas y entonces el teléfono de la cafetería empieza a sonar desde la
pared. Paul toma la iniciativa de contestar al llegar a la conclusión de que estoy decidida a frotarme las manos hasta que desaparezcan.
—Es para ti, Livy. Yo me largo.
—Que tengas un buen fin de semana, Paul —digo, y me seco
las manos antes de coger el teléfono—. ¿Diga?
—Livy, cielo, ¿haces algo esta noche? —pregunta Del.
—¿Esta noche?
—Sí. Es que tengo un catering y me han dejado tirado. Anda, sé
buena chica y échame una mano.
—Uf, Del, me encantaría, pero... —No sé por qué he dicho que
me encantaría, porque lo cierto es que no me apetece nada, y no
consigo terminar la frase porque no encuentro ninguna excusa.
No tengo nada que hacer esta noche, aparte de perder el tiempo
con mi abuela y escuchar cómo me riñe por ello.
—Venga, Livy, te pagaré bien. Estoy desesperado.
—¿Cuál es el horario? —Suspiro y me apoyo contra la pared.
—¡Eres la mejor! De siete a doce de la noche. Nada complicado,
cielo. Sólo hay que pasearse por ahí con bandejas de canapés y copas de champán. Está chupado.
¿Chupado? Sigue siendo andar, y los pies a estas alturas ya me
están matando.
—Tengo que ir a casa a ver cómo está mi abuela y a cambiarme.
¿Qué me pongo?
—Ve de negro, y estate en la entrada del personal del Hilton de
Park Lane a las siete, ¿vale?
—Vale.
Cuelga, y yo dejo caer la cabeza, pero mi atención pronto se
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desvía hacia la puerta de vaivén cuando Sylvie la atraviesa con sus
ojos castaños abiertos como platos.
—¿Has visto eso?
Su pregunta me hace pensar al instante en la magnífica criatura
que está sentada tomando café fuera. Casi me echo a reír mientras
coloco el auricular del teléfono en su sitio.
—Sí, lo he visto.
—¡Joder, Livy! Los hombres como ése deberían llevar un cartel
de advertencia. —Echa un vistazo al salón y empieza a abanicarse
la cara—. Joder, está soplando el café para que se enfríe.
No necesito verlo. Me lo puedo imaginar.
—¿Trabajas esta noche? —pregunto intentando desviar sus babas hacia la cocina.
—¡Sí! —Se vuelve hacia mí—. ¿Te ha llamado Del?
—Sí. —Cojo las llaves que llevo colgadas y cierro la puerta que
da al callejón.
—Intentó persuadirme para que te lo preguntara yo, pero sé
que no te hace gracia trabajar de noche, estando tu abuela en casa.
¿Vas a ir?
—Sí, le he dicho que sí —contesto mirándola con cansancio.
En su rostro serio se forma una sonrisa.
—Es hora de cerrar. ¿Quieres ir tú a decirle que tiene que marcharse?
Una vez más, trato de controlar los temblores que me entran
sólo de pensar en mirarlo, y me lo tomo como un reto.
—Sí, ya voy yo —digo con una seguridad que no siento.
Relajo los hombros trazando círculos hacia atrás, camino con
decisión, dejo a Sylvie en la cocina y entro en el salón de la cafetería. Entonces me detengo de pronto al ver que ya no está. Me invade una extraña sensación mientras inspecciono el área. Me siento
entre abandonada y decepcionada.
—Uy, ¿adónde ha ido? —gimotea Sylvie abriéndose paso por
detrás de mí.
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—No lo sé —susurro.
Acto seguido, me acerco despacio al sofá desocupado, recojo el
café a medio beber y las tres libras que ha dejado. Separo la servilleta pegada en la parte inferior del platillo y empiezo a despegarla,
pero unas líneas negras captan mi atención y me apresuro a estirarla sobre la mesa con una mano.
Dejo escapar un grito ahogado de asombro. Después me cabreo
un poco.
Probablemente sea el peor americano con el que haya insultado a
mi boca.
M
Arrugo la cara y la servilleta, disgustada. Formo una bola con
ella y la meto en la taza. Menudo imbécil arrogante. No me enfado nunca, y sé que eso saca de quicio a mi abuela y a Gregory, pero
ahora estoy muy irritada. Y lo cierto es que es una tontería. Pero
no sé si es porque no he preparado un café bueno con lo bien que
lo he estado haciendo hoy, o si es porque no he conseguido la
aprobación del hombre perfecto. Y ¿qué significa esa «M»?
Tras encargarme de la taza, el platillo y la servilleta ofensiva y de
cerrar el establecimiento con Sylvie, finalmente, llego a la conclusión de que la «M» es de «Mendrugo».

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