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Jürgen Habermas Problemas de legitimacion en el capitalismo tardio .pdf



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Problemas de legitimación
en el capitalismo tardío

Colección Teorema

Jürgen Habermas

Problemas de legitimación
en el capitalismo tardío

CÁTEDRA
TEOREMA

Título original de la obra:
Legitimationsprobleme
im
Spätkapitalismus

Traducción d e José Luis Etcheverry

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido
por la Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las
correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para
quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren
públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística
o científica, o su transformación, interpretación o ejecución
artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada
a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.

© De la traducción: Amorrortu editores
© Suhrkamp Verlag Frankfurt am Main 1973
© Ediciones Cátedra, S. A., 1999
Juan Ignacio Luca de Tena, 15. 28027 Madrid
Depósito legal: M. 35.500-1999
I.S.B.N.: 84-376-1753-7
Printed in Spain
Impreso en Closas-Orcoyen S.L.
Polígono Igarsa. Paracuellos de Jarama (Madrid)

índice
ADVERTENCIA A LA EDICIÓN CASTELLANA
PRÓLOGO
1.

UN CONCEPTO DE CRISIS BASADO EN LAS CIENCIAS
SOCIALES

1. Sistema y mundo-de-vida
2. Algunas instancias constitutivas de los sistemas sociales
3. Ilustración de los principios de organización
de las sociedades
4. Crisis sistemática (dilucidada según el ejemplo del ciclo de la crisis en el capitalismo liberal)
2.

TENDENCIAS A LA CRISIS EN EL CAPITALISMO
TARDÍO

1. Un modelo descriptivo del capitalismo tardío
2. Problemas derivados del crecimiento en el capitalismo tardío
3. Una clasificación de posibles tendencias a la
crisis
4. Teoremas sobre la crisis económica
5. Teoremas sobre la crisis de racionalidad

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7

6. Teoremas sobre la crisis de legitimación
7. Teoremas sobre la crisis de motivación
8. Resumen
3.

ACERCA DE LA LÓGICA DE LOS PROBLEMAS DE LEGITIMACIÓN

1. El concepto de legitimación, de Max Weber.
2. El carácter veritativo de las cuestiones prácticas
3. El modelo de la represión de intereses gene¬
ralizables
4. ¿El final del individuo?
5. Complejidad y democracia
6. Toma de partido en favor de la razón
BIBLIOGRAFÍA EN CASTELLANO

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Advertencia a la edición castellana
Habermas realiza en esta obra un diagnóstico de las
posibilidades de supervivencia del capitalismo de organización o capitalismo tardío. Más precisamente, aborda el problema de la crisis del capitalismo, que no ha
dejado de retomarse, una y otra vez, desde la polémica
entre Bernstein y Rosa Luxemburgo. ¿Puede discernirse, en la teoría, la necesidad de esa crisis? ¿O bien ella
es contingente y los nuevos métodos de intervención
del Estado en la economía han logrado diferirla sin término predecible? Después de presentar su aparato ca¬
tegorial (la teoría de sistemas, la teoría de la acción, y
su integración crítica en una teoría de la competencia
comunicativa), y de afinarlo en un esbozo de la evolución histórica de los tipos de sociedad, Habermas expone una serie de argumentos y contra-argumentos
acerca de la inevitabilidad de la crisis del sistema y sus
posibilidades de solución en cada uno de los ámbitos
pertinentes. Define el capitalismo tardío como un régimen en el que el conflicto de clases del capitalismo liberal se ha vuelto latente y las crisis periódicas se han
convertido en una crisis permanente y larvada. Pero esa
serie de argumentos y contra-argumentos muestra una
estructura no concluyente tanto en el subsistema de la

economía cuanto en el ámbito de la evitación de conflictos por el Estado: es indecidible el advenimiento de
una crisis sistémica en el marco de las sociedades capitalistas avanzadas, donde el Estado ha asumido una
función sustitutiva del mercado como autorregulador
del proceso económico. Ahora bien, esa situación revierte sobre el nivel teórico: parece que las tesis de
Marx acerca del desarrollo capitalista deberían modificarse para una realidad que se ha transformado.
Según una fórmula concisa de Habermas, el Estado
debe compensar los recursos escasos «valor» y «sentido». Es que las ideologías universalistas heredadas del
periodo de formación del capitalismo (por ejemplo, la
idea democrática de la soberanía popular) estrechan los
márgenes dentro de los cuales un régimen basado en
una distribución asimétrica de la riqueza social puede
obtener lealtad de masas; debe compensar, por eso, la
carencia de «sentido» con «valores»: por la vía del aparato fiscal el Estado ofrece servicios de bienestar. He
ahí, entonces, el lugar del sistema al cual se ha trasladado la dinámica de la crisis. Los problemas de legitimación constituyen el núcleo de un análisis del capitalismo tardío.
Ahora bien, el trabajo de Habermas puede leerse
como un estudio de procesos objetivos o como la construcción de una teoría. Mejor dicho: ambas dimensiones son inescindibles. En 1971, en polémica con
Luhmann, Habermas desarrolló las líneas básicas de
una teoría de la competencia comunicativa1. Ese trabajo
presenta, en los términos abstractos de una pragmática
1
J. Habermas y N. Luhmann, Theorie derGesellschaftoder Sozial technologie,
Francfort, Surhkamp, 1971. 0. Habermas, ¿Teoría de la sociedad o tecnología
social?, Buenos Aires, Amorrortu editores. Incluye: «Observaciones provisionales para una teoría de la competencia comunicativa» y la polémica con
Luhmann.)

10

universal, las categorías de análisis que discierne en
el presente libro en los lugares pertinentes de la argumentación. Este análisis concreto enriquece aquellos
desarrollos abstractos, pero también los supone. Resumiremos algunas de las ideas que expone en «Observaciones provisionales para una teoría de la competencia comunicativa»2, con el propósito de ofrecer una
suerte de diccionario genético de términos y conceptos
empleados en esta obra y cuyo sentido podría, de otro
modo, resultar oscuro. Por esa razón hemos incluido
esta Advertencia.
Cabe concebir las sociedades, siguiendo la teoría de
sistemas, como unidades que resuelven los problemas
objetivamente planteados mediante procesos de aprendizaje suprasubjetivos. Pero los sistemas sociales se diferencian de las máquinas: discurren en el marco de
una comunicación por medio del trato lingüístico. Un
concepto de sistema apto para las ciencias sociales solo
puede desarrollarse, entonces, en conexión con una teoría de la comunicación, que parte de la existencia de sujetos capaces de habla y de acción. En el acto de habla
se dan las condiciones para que un enunciado (un conjunto de expresiones lingüísticas) pueda emplearse en
una proferencia (un enunciado situado). «Competencia», en el sentido de Chomsky, es la capacidad que tiene un hablante ideal para dominar un sistema abstracto de reglas generativas del lenguaje. Pero, mas allá de
eso, Habermas discierne, como condición de posibilidad
de las expresiones lingüísticas, estructuras de situaciones de habla posibles. He ahí el objeto de estudio de la
pragmática universal, que se propone reconstruir el sistema de reglas de acuerdo con el cual generamos situaciones de habla posibles.
op. cit., págs. 101-41.

11

Hablante y oyente emplean, en sus proferencias,
enunciados, y lo hacen a fin de entenderse acerca de estados de cosas. Por eso las unidades elementales del habla tienen una doble estructura: constan de un enunciado dominante y otro dependiente. El enunciado
dominante contiene un pronombre personal de la primera persona como sujeto, un pronombre personal de
la segunda persona como objeto, y un predicado que se
forma con ayuda de una expresión conativa (por ejemplo, «Yo te prometo que...»). El enunciado dependiente contiene un nombre o construcción nominal como
sujeto, que define un objeto, y un predicado que sirve
a la determinación general que se afirma o niega del sujeto. El primer tipo de enunciado se emplea en una pro¬
ferencia para producir un modo de comunicación entre hablante y oyente, y el segundo para comunicarse acerca
de objetos. Por lo tanto, solo es posible un entendimiento cuando al menos dos sujetos entran, al mismo
tiempo, en estos dos planos: el de la intersubjetividad y
el de los objetos. La comunicación supone una metacomu¬
nicación simultánea. Al uso del lenguaje que toma la me¬
tacomunicación sólo como medio para alcanzar un entendimiento sobre objetos se le llama analítico, y al que
toma la comunicación sobre objetos sólo como medio
para alcanzar un entendimiento acerca del sentido en
que se aplican los enunciados se le llama reflexivo.
Es posible distinguir dos formas de comunicación:
acción comunicativa (interacción) y discurso. En la primera se presupone la validez de las conexiones de sentido
dentro de las cuales se intercambian informaciones. En
cambio, en el diálogo se tematizan esas pretensiones de
validez, que han sido problematizadas; no se intercambian informaciones, sino que se busca restablecer
el acuerdo acerca de la validez mediante una fundamentación, es decir, alegando razones.
12

Toda acción comunicativa implica un consenso sobre los contenidos proposicionales de los enunciados
(por lo tanto, sobre opiniones) y sobre las expectativas
recíprocas de conducta, intersubjetivamente válidas,
que llenamos con nuestras proferencias (es decir, sobre
las normas). Las perturbaciones sobrevenidas en el consenso acerca del sentido pragmático de la relación personal y del contenido preposicional de las preferencias
requieren interpretaciones. Las dudas sobre la pretensión
de verdad de opiniones deben eliminarse mediante explicacionesy afirmaciones. En cambio, cuando se pone en
duda la pretensión de verdad de la norma de acción,
deben aducirse Justificaciones. Por otra parte, si la duda
atañe a la pretensión de validez en cuanto tal, se necesita de una fundamentación mediante razones en un
discurso. La fundamentación discursiva transforma las
interpretaciones en interpretaciones teóricas, las afirmaciones en proposiciones, las explicaciones en explicaciones teóricas y las justificaciones en justificaciones
teóricas. Además, el discurso exige que se virtualicen las
constricciones a la acción.
La acción comunicativa parte del supuesto de que el
interlocutor podría justificar su comportamiento.
Cumplimos una idealización (una anticipación) del interlocutor atribuyéndole motivos conscientes por los
que se rige. Esperamos que los sujetos hablantes solo
han de seguir normas que les parezcan justificadas.
A su vez, esa expectativa delegitimidadpresupone, que los
sujetos solo consideran justificadas las normas que
creen poder sostener en un discurso, es decir, en una
discusión irrestricta y libre de coacción.
En las acciones institucionalizadas, por cierto, no rige
ese modelo de la acción comunicativa pura. Pero es una ficción inevitable, pues en ella estriba lo humano en el trato entre los hombres. ¿Cómo es posible que la realidad se
13

aparte del modelo? Ello ocurre por medio de la legitimación de los sistemas de normas válidos en cada caso, que
cumplen la exigencia de fundamentación a través de imágenes del mundo legitimantes. Así nace la creencia en la legitimidad, basada en una estructura de comunicación que
excluye una formación discursiva de la voluntad. El bloqueo de la comunicación determina que la responsabilidad recíproca, supuesta en el modelo de la acción comunicativa, se vuelva ficticia: es la función de las
ideologías. En relación con las ideologías se plantea el
problema de la verdad: ¿cómo reconocemos que ellas
son tales? La verdad remite a un consenso intersubjetivo.
Debemos, entonces, distinguir entre un consenso verdadero y uno falso. Para hacerlo, suponemos una situación
ideal de habla. Es la corrección de las acciones de un sujeto la que nos certifica la veracidad de sus proferencias,
puesto que se hace responsable de ellas. Ahora bien, las
reglas según las cuales las acciones son correctas remiten
a un consenso intersubjetivo. He ahí un círculo del cual
no se puede salir. Intentamos hacerlo postulando una situación ideal de habla que excluye la desfiguración
sistemática de la comunicación, supone una distribución
simétrica de las oportunidades de elegir y realizar actos de
habla en todos los participantes, y garantiza la intercam¬
biabilidad de los roles de diálogo. De tal modo, los rasgos estructurales de un discurso posible perfilan, al mismo tiempo, las condiciones de una forma de vida ideal.
Hasta aquí una síntesis, harto comprimida, de la
teoría de la competencia comunicativa. En Problemas de
legitimación en el capitalismo tardío, Habermas inserta ésta
—enriqueciéndola— en la trama de las dimensiones so¬
ciohistóricas del capitalismo. Si el proceso de racionalización (en sentido weberiano) ha avanzado hasta el
punto de que la economía y la organización política se
han trocado en subsistemas regidos por la acción con
14

arreglo a fines (el esquema medios-fines, que supone
una acción estratégica para alcanzar estos), y si los argumentos y contra-argumentos acerca de la crisis del sistema describen una situación indecidible, las posibilidades de transformación se trasladan al terreno de la
ética. La situación ideal de habla, entendida ahora como
discurso práctico, determina la función ahogadora de
la teoría crítica: «La función ahogadora de la teoría crítica de la sociedad consistiría en la determinación de
intereses generalizables —y al mismo tiempo reprimidos—, dentro de un discurso simulado vicariamente en
grupos que se deslindan entre sí por una oposición articulada o al menos virtual». En una sociedad caracterizada por la distribución asimétrica de las oportunidades de vida, la exigencia de que los intereses legítimos
sean generalizables opera como desestabilizador del sistema. Pero la relación entre el trabajo (presidido por la
acción con arreglo afines)y la interacción (regida por la
ética del discurso) se ha vuelto problemática: el avance
de las fuerzas productivas no determina necesariamente la
transformación de las relaciones de producción. La
teoría, en primer lugar, se refiere —como cualquier
otra— a la contrastación intersubjetiva de su verdad.
En segundo lugar, donde hay condiciones para el discurso puede cumplir una función esclarecedora. Pero
respecto de la lucha real (acción estratégica en el sentido del cálculo de medios y fines, definida en este caso
por la decisión de aceptar riesgos) puede ofrecer una
perspectiva, no una fundamentación. De este modo, el
pensamiento de Habermas se inserta en la trayectoria
intelectual de la teoría crítica, elaborada por lo que se
llama la Escuela de Francfort. En un escrito de 19373,
3

«Teoría tradicional y teoría crítica», en M. Horkheimer, Teoría crítica,
Barcelona, Barral Editores, 1973.

15

Horkheimer delineaba los requisitos de una teoría unida a la praxis, deslindándola de la teoría contemplativa. Aquella contenía, en sí misma, las condiciones de
su aplicación, y solo en esta podía corroborarse. Años
después, en el prólogo que escribió a la selección de artículos publicada con el título de Teoría crítica, decía
Horkheimer: «En la primera mitad de este siglo estaba
justificado esperar un levantamiento proletario en los
países europeos aquejados por la crisis y la inflación.
No era una especulación vacía la de que a principios
de la década de 1930 los trabajadores unidos y, a la vez,
aliados a los intelectuales pudieron evitar el nacionalsocialismo.» Si la teoría no se corroboraba en la práctica, aquélla debía moficarse. De ahí el interés de
Horkheimer y Adorno por los problemas de la ideología y la conciencia falsa, obstáculos para el esclarecimiento de los hombres. Habermas, entonces, continúa
esa orientación intelectual: procura demostrar, en este
libro, que la ética obedece a una dinámica propia. ¿Y
no puede decirse también que, más allá de la Escuela
de Francfort, reformula el humanismo clásico en la tradición de Kant y de Fichte?

16

Prólogo
La aplicación de la teoría de las crisis, de Marx, a la
realidad modificada del «capitalismo tardío» tropieza
con dificultades. Ello ha motivado interesantes ensayos
para concebir de modo nuevo los viejos teoremas sobre la crisis o para reemplazarlos por otros. También
en nuestro Instituto* hemos explorado este camino, en
la fase de la preparación de estudios empíricos; los esbozos de argumentación que expongo en el capítulo 2
de este libro resumen lo que he aprendido en esas discusiones. Si, apartándome de la costumbre, cito monografías internas del Instituto, lo hago con el propósito de mostrar la trama de discusión en que me sitúo y,
sobre todo, de señalar el carácter abierto de esta última,
que hasta ahora no ha alcanzado consenso alguno. Por
lo demás, he procurado evitar que la dilucidación de
estructuras de hipótesis de carácter muy general se confundiese, erróneamente, con resultados empíricos.
El carácter programático del capítulo 1 evidencia
que una teoría de la evolución social apenas se encuentra hoy esbozada, no obstante que debería consti* Max-Planck-Institut zur Erforschung der Lebensbedingungen der wissenschaftlich-technischen Welt (Instituto Max Planck para la Investigación
de las Condiciones de Vida del Mundo Técnico-científico), Starnberg.
Mencionado en lo que sigue con la sigla MPIL.(N..del T.)

17

tuir la base de la teoría de la sociedad. En cuanto al carácter aporético del capítulo 3, permite reconocer la estrecha conexión que existe entre los problemas materiales de una teoría de la formación social del presente
y problemas fundamentales que, como espero mostrarlo pronto, pueden esclarecerse en el marco de una
teoría de la acción comunicativa1.
JÜRGEN HABERMAS
Starnberg, febrero de 1973

1
Cfr. también el epílogo de mi obra Erkenntnis und Interesse, edición de
1973.

18

1. Un concepto de crisis basado
en las ciencias sociales
1.

SISTEMA Y MUNDO-DE-VIDA

Quienes emplean la expresión «capitalismo tardío»
parten de la hipótesis de que aun en el capitalismo regulado por el Estado los desarrollos sociales están sujetos a «contradicciones» y crisis1. Por eso dilucidaré primero el concepto de «crisis».
Del lenguaje usual de la medicina hemos tomado el
término «crisis» en su acepción precientífica. Mentamos
con él la fase de un proceso de enfermedad en que se
decide si las fuerzas de recuperación del organismo
conseguirán la salud. El proceso crítico, la enfermedad,
aparece como algo objetivo. Una enfermedad infecciosa, por ejemplo, es provocada en el organismo por
influencias exteriores; y la desviación del organismo
respecto de su estado canónico, normal, de salud, puede observarse y medirse con parámetros empíricos.
Ningún papel juega en esto la conciencia del paciente;
lo que este sienta y el modo como viva su enfermedad
son, en todo caso, síntomas de un proceso sobre el cual
apenas puede influir. Pero tan pronto como, desde el
1
C. Offe, «Spätkapitalismus. Versuch einer Begriffsbestimmung»,
Strukturprobleme des kapitalischen Staates, Francfort, 1972, pág. 7 y sigs.

19

punto de vista médico, se trate de la vida y de la muerte, no podríamos hablar de crisis si ese proceso objetivo se considerase sólo desde fuera y el paciente no se
encontrase envuelto en él con toda su subjetividad. La
crisis es inseparable de la percepción interior de quien
la padece: el paciente experimenta su impotencia respecto de la enfermedad objetiva sólo por el hecho de
que es un sujeto condenado a la pasividad, privado
temporariamente de la posibilidad de estar, como sujeto, en la plena posesión de sus fuerzas.
Con las crisis asociamos la idea de un poder objetivo que arrebata al sujeto una parte de la soberanía que
normalmente le corresponde. Cuando concebimos un
proceso como crisis, tácitamente le atribuimos un sentido normativo: la solución de la crisis aporta una liberación al sujeto afectado. Esto se vuelve más claro cuando pasamos de la medicina a la dramaturgia. En la
estética clásica, desde Aristóteles hasta Hegel, crisis designa el punto de inflexión de un proceso fatal, fijado
por el destino, que pese a su objetividad no sobreviene
simplemente desde fuera ni permanece exterior a la
identidad de las personas aprisionadas en él. La contradicción que se expresa en el apogeo catastrófico de un
conflicto dramático es inherente a la estructura del sistema de la acción y a los propios sistemas de personalidad de los héroes. El destino se cumple en la revelación de normas antagónicas frente a las cuales sucumbe
la identidad de los personajes cuando estos se muestran
impotentes para reconquistar su libertad, doblegando
el poder mítico del destino mediante la configuración
de una nueva identidad. El concepto de crisis obtenido en la tragedia clásica encuentra su correspondiente
en el concepto de crisis de la historia salvífica2. Desde
2

20

K. Löwith, Weltgeschichte und Heilsgeschehen, Stuttgart, 1953.

la filosofía de la historia del siglo XVIII, esta figura de
pensamiento penetra en las teorías evolucionistas de la
sociedad elaboradas en el siglo xix3. Así, Marx desarrolla en las ciencias sociales, por vez primera, un concepto
de crisis sistémica4. En relación con este horizonte conceptual hablamos hoy de crisis sociales y económicas.
Por ejemplo, cuando se menciona la gran crisis económica de comienzos de la década de 1930, las connotaciones marxistas son insoslayables. No me propongo
agregar nada a la exegética de la teoría de las crisis, de
Marx5, sino introducir sistemáticamente un concepto
de crisis utilizable en ciencias sociales.
A las ciencias sociales se propone hoy un concepto
de la crisis delineado según la teoría de sistemas6. Las
crisis surgen cuando la estructura de un sistema de sociedad* admite menos posibilidades de resolver problemas que las requeridas para su conservación. En este
sentido, la crisis son perturbaciones que atacan la integración sistémica. Contra la fecundidad de esta concepción para las ciencias sociales puede aducirse que
descuida las causas internas de un reforzamiento «sisté3
H. P. Dreitzel, ed., Sozialer Wandel, Neuwied, 1967; L. Sklair, The sociology of progress, Londres, 1970.
4
R. Koselleck, Kritik und Krise*, Friburgo, 1961 ;J. Habermas, Theorie und
Praxis, * Francfort, 1971, pág. 244 y sigs. [Agregamos el signo * cuando se
cita por primera vez, en las notas de cada capítulo, una obra que tiene versión castellana. La nómina completa se encontrará en la Bibliografía en castellano al final del volumen.]
5
J. Zeleny, Die Wissenschaftslogik und das Kapital, Francfort, 1968;
H. Reichelt, Zur logischen Struktur des Kapitalhegriffs beiK.Marx, Francfort,
1970; M. Godelier, System, Struktur und Widerspruch im «Kapital», Berlin,
1970; M. Mauke, Die Klassetheorie von Marx und Engels, Francfort, 1970.
6
M. Jänicke, ed., Herrschaft und Krise, Opladen, 1973; cfr., en ese volumen, la contribución de Jänicke, K. W. Deutsch y W. Wagner.
* «Sistema de sociedad» puede entenderse como un sistema de sistemas
sociales; a lo largo del texto se distingue, entonces, entre «sistema de sociedad» y «sistema social» (esta última expresión puede aludir al «sistema sociocultural», al «sistema político», etc.). (N. del T.)

21

mico» de las capacidades de autogobierno* (o una irre¬
solubilidad «estructural» de problemas de autogobierno). Además, las crisis de sistemas de sociedad no se
producen por vía de alteraciones contingentes del ambiente, sino por causa de imperativos del sistema, ínsitos en sus estructuras, que son incompatibles y no admiten ser ordenados en una jerarquía. Sin duda, solo
cabe hablar de contradicciones estructurales si pueden
señalarse estructuras pertinentes respecto de la conservación del sistema. Tales estructuras han de poder distinguirse de elementos del sistema que admiten alteraciones sin que el sistema como tal pierda su identidad.
Graves prevenciones contra un concepto de la crisis social basado en la teoría de sistemas sugiere la dificultad
de determinar unívocamente, en el lenguaje de esa teoría, los límites y el patrimonio de los sistemas sociales7.
Los organismos tienen límites espaciales y temporales bien precisos; su patrimonio se define por valores
de normalidad que oscilan solo dentro de márgenes de
tolerancia determinables empíricamente. En cambio,
los sistemas sociales pueden afirmarse en un ambiente
en extremo complejo variando elementos sistémicos,
patrones de normalidad, o ambas cosas a la vez, a fin
de procurarse un nuevo nivel de autogobierno. Pero
cuando un sistema se conserva variando tanto sus lími* Steuerungskapazitäten: traducimos por «autogobierno» la expresión
«Steuerung»; en teoría de sistemas designa una instancia central que preside
la adaptación de un sistema dado a su ambiente. En castellano suele emplearse «control» en este sentido, pero Habermas utiliza en otra acepción el
vocablo «Kontrolle», que vertimos por «control». Steuern significa «timonear»
(en la literatura de lengua inglesa sobre teoría de sistemas suele recurrirse al
verbo to steer, de la misma raíz germánica); Wiener formó «cibernética» del
verbo griego kubernao,que también significa conducir el timón; de ahí, en
castellano, «gobernalle», «gobernar». (N, del T.)
7
J. Habermas y N. Luhmann, Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechnologie*, Francfort, 1971, pág. 147 y sigs.

22

tes cuanto su patrimonio, su identidad se vuelve imprecisa. Una misma alteración del sistema puede concebirse como proceso de aprendizaje y cambio o bien
como proceso de disolución y quiebra: no puede determinarse con exactitud si se ha formado un nuevo sistema o solo se ha regenerado el antiguo. No todos los
cambios de estructura de un sistema social son, como
tales, crisis. Es manifiesto que dentro de la orientación
objetivista de la teoría de sistemas es imposible discernir el campo de tolerancia dentro del cual pueden oscilar los patrones de normalidad de un sistema social
sin que este vea amenazado críticamente su patrimonio
o pierda su identidad. No se representa a los sistemas
como sujetos; pero solo estos, como enseña el lenguaje usual precientífico, pueden verse envueltos en crisis.
Solo cuando los miembros de la sociedad experimentan
los cambios de estructura como críticos para el patrimonio sistémico y sienten amenazada su identidad social, podemos hablar de crisis. Las perturbaciones de la
integración sistémica amenazan el patrimonio, sistémico solo en la medida en que esté en juego la integración
social, en que la base de consenso de las estructuras normativas resulte tan dañada que la sociedad se vuelva
anómica. Los estados de crisis se presentan como una
desintegración de las instituciones sociales8.
También los sistemas sociales poseen su identidad y
pueden perderla; en efecto, los historiadores pueden
distinguir con certeza la transformación revolucionaria
de un Estado o la caída de un Imperio de meros cambios de estructura. Para ello recurren a las interpreta8
Este concepto de «anomia», creado por Durkheim, ha seguido desarrollándose en las ciencias sociales, en particular en las investigaciones de
Merton sobre la conducta anómica, sobre todo la criminal. Cfr. una exposición sintética en T. Moser, Jugendkriminalität und Gesellschaftsstruktur,
Francfort, 1970.

23

ciones con que los miembros de un sistema se identifican unos a otros como pertenecientes al mismo grupo,
y afirman, a través de esa identidad de grupo, su identidad yoica. Para la historiografía, el indicador de la
quiebra de los sistemas sociales es una ruptura de la tradición, que resta su fuerza de integración social a los
sistemas de interpretación garantizadores de la identidad. Dentro de esta perspectiva, una sociedad pierde su
identidad tan pronto como las nuevas generaciones ya
no se reconocen en la tradición que antes tuvo carácter
constitutivo. Sin duda, este concepto idealista de la crisis presenta sus dificultades. Para decir lo menos, la ruptura de la tradición es un criterio impreciso, puesto que
los medios de transmisión y las formas de conciencia de
la continuidad histórica se alteran a su vez en la historia.
Además, la conciencia que los contemporáneos tienen
de la crisis suele revelarse postfestum como engañosa.
Una sociedad no se encuentra en crisis por el solo hecho de que sus miembros lo digan, ni siempre que lo dicen. ¿Cómo distinguiríamos entre ideologías de crisis y
experiencias genuinas de la crisis si las crisis sociales solo
pudiesen comprobarse en fenómenos de conciencia?
Los procesos de crisis deben su objetividad a la circunstancia de generarse en problemas de autogobierno
no resueltos. Las crisis de identidad se encuentran íntimamente ligadas con los problemas de autogobierno.
Por eso los sujetos actuantes casi nunca son conscientes
de los problemas de autogobierno; estos provocan problemas derivados que repercuten en su conciencia de
manera específica, es decir, de tal modo que la integración social resulta amenazada. El problema consiste,
entonces, en averiguar cuándo aparecen problemas de
autogobierno que cumplan con esta condición. Según
eso, un concepto de crisis apto para las ciencias sociales
tiene que captar la conexión entre «integración social»
24

e «integración sistémica». Esas dos expresiones derivan
de diversas tradiciones teóricas. De integración social
hablamos respecto de sistemas de instituciones en que
se socializan sujetos hablantes y actuantes; los sistemas
de sociedad aparecen aquí con el aspecto de un mundo-de-^ida estructurado por medio de símbolos9. De
integración sistémica hablamos respecto de rendimientos* de autogobierno específicos de un sistema autorre¬
gulado; los sistemas de sociedad aparecen aquí con el
aspecto de la capacidad para conservar sus límites y su
patrimonio dominando la complejidad de un ambiente inestable. Ambos paradigmas, mundo-de-vida y sistema, tienen su razón de ser; otro problema es asociarlos10. Bajo el aspecto del mundo-de-vida, tematizamos,
en una sociedad, las estructuras normativas (valores e
instituciones). Analizamos acontecimientos y estados
en su dependencia respecto de funciones de la integración social (en la terminología de Parsons: integration y
pattem maintenance), mientras que los componentes no9
P. Berger y T. Luckmann, Die gesellschaftliche Konstruktion der
Wirklichkeit*. Francfort, 1969.
* Traducimos Leistung por «rendimiento» en el marco terminológico de
la teoría de sistemas; se trata de las operaciones con que el sistema procura
reducir la complejidad de su ambiente. (TV. del T.)
10
La fenomenología (A. Schutz) y la cibernética social definen estrategias conceptuales que destacan uno de esos dos aspectos. Desde la corriente funcionalista se han hecho intentos de considerar el doble aspecto de la
sociedad y de unir los paradigmas del mundo-de-vida y el sistema. Parsons,
en los Workingpapers*, busca una ligazón categoría] entre teoría de sistemas
y teoría de la acción; Etzioni concibe la capacidad de control y la formación de consenso como dimensiones sistémicas; Luhmann reformula en términos de la teoría de sistemas el concepto básico «sentido», introducido por
la fenomenología. Se trata, en general, de ensayos muy instructivos respecto del problema de una conceptualización adecuada de los sistemas de sociedad; pero no lo resuelven, puesto que hasta ahora las estructuras de la in¬
tersubjetividad no han sido suficientemente investigadas ni se ha obtenido
un concepto preciso de las instancias constitutivas de los sistemas de sociedad.

25

normativos del sistema se consideran condiciones limitantes. Bajo el aspecto sistémico tematizamos, en una
sociedad, los mecanismos del autogobierno y la ampliación del campo de contingencia. Analizamos acontecimientos y estados en su dependencia respecto de funciones de la integración sistémica (en la terminología
de Parsons: adaptation y goalattainment), mientras que
los valores normativos se consideran datos. Cuando
concebimos un sistema social como mundo-de-vida,
ignoramos su aspecto de autogobierno; si entendemos
una sociedad como sistema, dejamos sin considerar el
aspecto de validez, es decir, la circunstancia de que la
realidad social consiste en la facticidad de pretensiones
de validez aceptadas, a menudo contrafácticas.
La estrategia conceptual de la teoría de sistemas también incluye en su terminología las estructuras normativas, pero concibe todo sistema de sociedad a partir de
su centro de autogobierno. Por consiguiente, en
sociedades diferenciadas atribuye al sistema político
(como centro diferenciado de autogobierno) una posición supraordinada respecto de los sistemas sociocultural11 y económico. Tomo de una monografía12 el esquema de la pág. 27.
La evolución social, que se cumple en las tres dimensiones del despliegue de lasfuerzasproductivas, del
incremento de autonomía sistémica (poder) y de la
transformación de estructuras normativas, se proyecta,
en el marco analítico de la teoría de sistemas, en un
único plano: el acrecimiento de poder por reducción
11
En lo que sigue, por «sistema sociocultural» entiendo tanto la tradición cultural (sistemas de valores culturales) cuanto las instituciones que
confieren virtud normativa a esas tradiciones a través de los procesos de socialización y profesionalización.
12
C. Offe, «Krise und Krisenmanagement», en M. Jänicke, ed., op. cit.,
pág. 197 y sigs.

26

Determinantes prepolíticos del sistema normativo

de la complejidad del ambiente. Esta proyección puede
señalarse en el intento de Luhmann de reformular conceptos sociológicos básicos. En otro lugar13 procuré demostrar que las pretensiones de validez constitutivas
para la reproducción cultural de la vida (como la verdad y la corrección/adecuación) son despojadas de su
sentido, que consiste en la posibilidad de corroborarlas
discursivamente, si se las concibe como medios de autogobierno y se las sitúa en el mismo plano que otros
medios, como poder, dinero, confianza, influencia, etc.
La teoría de sistemas solo puede admitir en su campo
de objetos acontecimientos y estados empíricos, y tiene
que trasponer los problemas de validez en problemas de
comportamiento. Por eso Luhmann tiene que situar de
continuo la reformulación de conceptos tales como conocimiento y discurso, acción y norma, poder social y
justificación ideológica, por debajo de ese umbral superado el cual, únicamente, se vuelve posible diferenciar entre los rendimientos de sistemas orgánicos y de
13
J. Habermas y N. Luhmann, op. cit., págs. 221 y sigs., 239 y sigs.
Mientras tanto, Luhmann ha desarrollado su teoría de los medios de comunicación como doctrina autónoma, junto a la teoría de sistemas y a la
teoría de la evolución.

27

sistemas sociales (esto vale también, a mi juicio, para el
intento de Luhmann de introducir el «sentido» y la «negación» como conceptos demarcatorios básicos). Las
ventajas de una estrategia conceptual abarcadora se
truecan en las deficiencias de un imperialismo conceptual tan pronto como el aspecto «autogobierno» se absolutiza y el campo de objetos de la ciencia social se reduce a un potencial de selección.
La estrategia conceptual de la teoría de la acción evita esas deficiencias, pero genera una dicotomía entre estructuras normativas y condiciones materiales limitantes14. En el plano analítico se mantiene sin duda una
secuencia ordenada entre los subsistemas (sistema so¬
ciocultural, político y económico), pero dentro de cada
uno de ellos es preciso distinguir las estructuras normativas del sustrato limitante (véase el cuadro de página 29). Esta conceptualización exige que el análisis de las
estructuras normativas se complemente con un análisis
de limitaciones y capacidades pertinentes en el ámbito
del autogobierno. Pero «complementación» es un endeble requisito para el análisis de las crisis, que demanda un plano analítico en el cual pueda aprehenderse la
conexión entre estructuras normativas y problemas de
autogobierno. A mi juicio, ese plano se encuentra en
un análisis de sistemas de sociedad orientado en sentido histórico, que nos permita establecer en cada caso
el margen de tolerancia dentro del cual pueden oscilar
los patrones de normalidad de un sistema dado sin que
su patrimonio resulte amenazado críticamente. Los límites de este campo de variación aparecen como los
límites de la continuidad histórica15.
14
D. Lockwood, «Social integration and System integration», en
Zollschan y Hirsch, eds., Explorations in social change, Londres, 1964, pág. 244
y sigs. Gerhard Brandt ha desarrollado esta tesis.
15
H. M. Baumgartner, Kontinuität und Geschichte, Francfort, 1972.

28

Subsistema

Estructuras normativas

Categorías de sustrato

Sociocultural

Sistema de status
Formas de vida subcul¬
turales

Distribución de recompensas
disponibles privadamente;
capacidades de disposición

Político

Instituciones políticas
(Estado)

Distribución del poder legítimo (y coacción estructural);
racionalidad de organización
disponible

Económico

Instituciones económicas Distribución del poder eco(relaciones de producción) nómico (y coacción estructural); fuerzas productivas disponibles

La elasticidad de las estructuras normativas (o sea, el
campo de variaciones posibles sin ruptura de la tradición) no depende por cierto solo, ni en primer lugar,
de los requisitos de congruencia de las estructuras normativas mismas. En efecto, los patrones de normalidad
de los sistemas sociales son el producto de los valores
culturales de la tradición constitutiva, por un lado,
pero, por el otro, de exigencias no-normativas de la integración sistémica: en los patrones de normalidad, las
definiciones culturales de la vida social y los imperativos de supervivencia reconstruibles en teoría de sistemas
forman una unidad para cuyo análisis faltan hasta hoy
los instrumentos y métodos conceptuales convincentes.
Términos de variación del cambio estructural solo
pueden introducirse, como es evidente, en el marco de
una teoría de la evolución social16. Para ello, el concepto de formación social, de Marx, resulta muy útil.
16
K, Eder, «Komplexität, Evolution und Geschichte», en F. Maciejewski,
ed., Theorie der Gesellschaft oder Sozialtechnologie?, Francfort, 1973, suplemento I, pág. 9 y sigs.

29

La formación de una sociedad está determinada en
cada caso por un principio fundamental de organización, que establece un espacio abstracto de posibilidades de cambio social. Por «principios de organización»
entiendo ordenamientos de índole muy abstracta que
surgen como propiedades emergentes en saltos evolutivos no probables* y que en cada caso caracterizan un
nuevo nivel del desarrollo. Los principios de organización limitan la capacidad que una sociedad tiene de
aprender sin perder su identidad. De acuerdo con esta
definición los problemas de autogobierno generan crisis si (y solo si) no pueden ser resueltos dentro del campo de posibilidades demarcado por el principio de organización de la sociedad. Principios de organización
de este tipo establecen, en primer lugar, el mecanismo
de aprendizaje del que depende el despliegue de las
fuerzas productivas; en segundo lugar, determinan el
campo de variación de los sistemas de interpretación
garantizadores de la identidad. Por último, establecen
los límites institucionales del aumento posible de la capacidad de autogobierno. Antes de ilustrar este concepto del principio de organización con algunos ejemplos, procuraré justificar la elección del concepto
mismo con referencia a las instancias constitutivas de
los sistemas sociales.

2.

ALGUNAS INSTANCIAS CONSTITUTIVAS
DE LOS SISTEMAS S O C I A L E S

En primer lugar describo tres propiedades universales de los sistemas de sociedad:
* En cibernética se cree que el mundo es contingente y los sistemas organizados tienden a desaparecer; por tanto, el surgimiento de un nuevo
principio de organización es improbable. (N. del T.)

30

a) El intercambio de los sistemas de sociedad con
su ambiente transcurre en la producción (apropiación de
la naturaleza exterior) y la socialización (apropiación
de la naturaleza interior) por medio de preferencias ve¬
ritativas y de normas que requieren justificación, es decir, por medio de pretensiones discursivas de validez;
en ambas dimensiones, el desarrollo sigue modelos re¬
construibles racionalmente.
b) Los sistemas de sociedad alteran sus patrones de
normalidad de acuerdo con el estado de las fuerzas productivas y el grado de autonomía sistémica, pero la variación de los patrones de normalidad está restringida
por una lógica del desarrollo de imágenes del mundo
sobre la cual carecen de influencia los imperativos de
la integración sistémica; los individuos socializados
configuran un ambiente interior, que resulta paradójico
desde el punto de vista del autogobierno.
c) El nivel de desarrollo de una sociedad se determina por la capacidad de aprendizaje institucionalmente admitida, y en particular según que se diferencien, como tales, las cuestiones teórico-técnicas de las
prácticas, y que se produzcan procesos de aprendizaje
discursivos.
Aclaración del punto a) El ambiente de los sistemas de sociedad admite ser dividido en tres segmentos:
la naturaleza exterior o los recursos materiales del contorno no-humano; los otros sistemas de sociedades,
con los cuales la propia sociedad entra en contacto; por
último, la naturaleza interior o el sustrato orgánico de
los miembros de la sociedad. Los sistemas de sociedad
se deslindan de su contorno social mediante símbolos;
cuando no se han configurado todavía las morales universalistas, ello puede ocurrir por la diferenciación entre
moral del endogrupo y moral del exogrupo. Admito
31

este complejo como basado en sí mismo. Respecto de
la forma específica en que se reproduce la vida sociocultural, son decisivos los procesos de intercambio con
la naturaleza exterior e interior. En ambos casos se trata de procesos de apropiación social en los cuales el sistema de sociedad «incorpora» naturaleza. La naturaleza
exterior es apropiada mediante los procesos de producción, y la interior mediante los de socialización.
Cuando aumenta su capacidad de autogobierno, un sistema de sociedad desplaza sus límites a costa de la naturaleza y dentro de ella: con el «poder» del sistema aumenta el control sobre la naturaleza exterior y la
integración de la interior. Los procesos de producción
aprovechan recursos naturales y transforman las energías disponibles en valores de uso. Los procesos de socialización forman a los miembros del sistema como
sujetos capaces de lenguaje y de acción; en este proceso formativo entra ya el embrión, y el individuo no sale
de él hasta su muerte (si prescindimos de casos límites,
patológicos, de desocialización).
Los sistemas sociales se apropian de la naturaleza exterior con ayuda de las fuerzas productivas; organizan
y califican la fuerza del trabajo, desarrollan tecnologías
y estrategias. Para ello necesitan de un saber valorizable
por la técnica. Los conceptos de operación cognitiva y
de información, que suelen emplearse en este contexto,
sugieren apresuradamente una continuidad con las operaciones de la inteligencia animal. Por mi parte, discierno un rendimiento específico de los sistemas sociales
en el hecho de que extienden sus controles sobre la naturaleza exterior por medio de enunciaciones veritativas.
El trabajo o la acción instrumental se rige por reglas técnicas; estas encaman supuestos empíricos que implican
pretensiones de verdad, es decir, pretensiones de validez corroborables discursivamente y sujetas por princi32

pio a la crítica. Los sistemas sociales se apropian de la
naturaleza interior con ayuda de estructuras normativas.
Estas interpretan necesidades y dispensan de ciertas acciones o las vuelven obligatorias. El concepto de motivación, que se emplea en relación con ello, no debe hacer olvidar la circunstancia específica de que los sistemas
sociales cumplen la integración de la naturaleza interior
por medio de normas que requierenjustificación. Estas, a su
vez, implican una pretensión de validez que solo puede
corroborarse discursivamente: a las pretensiones de verdad que elevamos con afirmaciones empíricas corresponden pretensiones de corrección o de adecuación
que planteamos con normas de acción o valoración.
Los sistemas de sociedad pueden mantenerse frente
a la naturaleza exterior mediante acciones instrumentales (siguiendo reglas técnicas) y, frente a la naturaleza
interior, mediante acciones comunicativas (siguiendo
normas de validez); ello se debe a que en el nivel de desarrollo sociocultural, el comportamiento animal es
reorganizado, según imperativos de pretensiones de validez17. Esta reorganización se cumple en las estructuras de una intersubjetividad producida lingüísticamente. La comunicación lingüística tiene una estructura
doble: la comunicación sobre contenidos proposicio¬
nales es posible solo con la simultánea metacomunica¬
ción sobre relaciones interpersonales18. Aquí se expresa
el entrelazamiento, específico del ser humano, entre
operaciones cognitivas y motivos de acción, por un
lado, y la intersubjetividad lingüística, por el otro. El
lenguaje funciona a modo de un transformador: en
cuanto procesos psíquicos tales como sensaciones, ne17
Desarrollaré esta tesis en el marco de una teoría de la acción comunicativa.
18
Cfr. mis observaciones provisionales para una teoría de la competencia comunicativa en Habermas y Luhmann, op cit., pág. 142 y sigs.

33

cesidades y sentimientos se encuadran en las estructuras
de la intersubjetividad lingüística, episodios interiores
o vivencias se transforman en contenidos intencionales, y por cierto cogniciones se truecan en proposiciones, y necesidades y sentimientos, en expectativas normativas (mandatos o valores).
Esta «transformación» genera una importante diferencia entre la subjetividad del opinar, del querer, del
placer y del displacer, por un lado, y las enunciaciones
y normas que se presentan con una pretensión de universalidad, por el otro. Universalidad significa objetividad
del conocimiento y legitimidad de las normas vigentes,
que aseguran, ambas, la comunidad constitutiva del
mundo-de-vida social. Las estructuras de la intersubjetividad lingüística son tan constitutivas para las experiencias y el actuar instrumental como para las actitudes y el actuar comunicativo. Estas mismas estructuras
regulan, en los planos del sistema, los controles impuestos a la naturaleza exterior y la integración de la
naturaleza interior, es decir, los procesos de la apropiación social, que, por virtud de las competencias de los
individuos, transcurren a través de los medios específicos de enunciaciones veritativas y de normas que requieren justificación.
La ampliación de la autonomía sistémica (poder)
depende de desarrollos cumplidos en las otras dos dimensiones: del despliegue de las fuerzas productivas (verdad) y del cambio de estructuras normativas
(corrección/adecuación). Estos desarrollos siguen modelos que pueden reconstruirse racionalmente y que
son independientes entre sí desde el punto de vista lógico. La historia del saber profano y de la tecnología es
la historia de los éxitos, controlados por la verdad, en el
enfrentamiento con la naturaleza exterior. Consiste en
procesos discontinuos pero acumulativos en el largo
34

plazo. El conocimiento de los mecanismos empíricos
es necesario, pero no suficiente, para explicar el carácter
acumulativo —en la historia mundial— del progreso
técnico y científico; con respecto al despliegue de la
ciencia y de la técnica, tenemos que suponer más bien
una lógica interna mediante la cual se establece una jerarquía de secuencias no reconocibles de antemano19.
Las limitaciones de un modelo de desarrollo recons¬
truible racionalmente se reflejan en la experiencia trivial de que avances cognitivos, en la medida en que no
quiebren la continuidad de las tradiciones, no pueden
ser simplemente olvidados, y que cualquier desviación
respecto de una vía de desarrollo irreversible es percibida como una regresión cuyo precio habrá que pagar.
Menos trivial es la circunstancia de que la vida cultural
tampoco obedece a definiciones cualesquiera. Puesto
que el proceso de apropiación de la naturaleza interior
procede también a través de pretensiones de validez discursivas, el cambio de las estructuras normativas, lo
mismo que la historia de la ciencia y de la técnica, es
un proceso orientado. La integración de la naturaleza
interior tiene un componente cognitivo. En la vía que
va desde el mito, pasando por la religión, hasta llegar a
la filosofía y la ideología, se afirma cada vez más la exigencia de que las pretensiones de validez normativas se
corroboren discursivamente. Al igual que el conocimiento de la naturaleza, y que las tecnologías, las imágenes del mundo se desarrollan según un modelo que
permite reconstruir racionalmente las siguientes regularidades, expresadas en términos descriptivos:
19
No quiero sugerir con ello que ciertos reguladores internos del sistema
de la ciencia puedan explicar suficientemente la historia de esta última. Cfr.
sobre ello las interesantes tesis de G. Böhme, W. van den Daele y W. Krohn,
«Alternativen in der Wissenschaft», ZFS, 1972, pág. 302 y sigs., y «Finali¬
sierung der Wissenschaft», ZFS, 1973.

35

1. Expansión del ámbito de lo profano a expensas
de la esfera sagrada.
2. Tendencia a pasar de una amplia heteronomía a
una autonomía creciente.
3. Las imágenes del mundo se vacían de contenidos cognitivos (desde la cosmología hasta un sistema
moral puro).
4. Desde el particularismo étnico se pasa a orientaciones universalistas y al mismo tiempo individualistas.
5. El modo de la creencia cobra una reflexividad
creciente, como se infiere de esta secuencia: mito como
sistema de orientación vivido de manera inmediata,
doctrina, religión revelada, religión racional, ideología20.
Aquellos ingredientes de las imágenes del mundo
que aseguran la identidad y cumplen un efectivo papel
en la integración social, es decir, los sistemas morales y
las interpretaciones correspondientes, siguen, con creciente complejidad, un modelo que encuentra un paralelo en el plano ontogenético, en la lógica del desarrollo de la conciencia moral. Tal como sucede con el
saber conquistado colectivamente, tampoco un nivel
de conciencia moral alcanzado por la colectividad puede olvidarse mientras se mantenga la continuidad de
la tradición; esto no excluye la posibilidad de regresiones21.
20

R. Döbert y G. Nunner, Konflikt und Rückzugspotentiale in spätkapitalistischen Gesellschaften, manuscrito del MPIL, pág. 14 y sig.; R. Döbert, Die
methodologische Bedeutung von Evolutionstheorien für den sozialwissenschaftlichen
Funktionalismus, diskutiert am Beispiel der Evolution von Religionssystemen, tesis
de doctorado, Francfort, 1973; cfr. también la interesante construcción de
N. Luhmann, Religion. System und Sozialisation, Neuwied, 1972, pág. 15 y sigs.
21
Acerca de la concepción de la lógica del desarrollo en la psicología
cognitivista del desarrollo, cfr, L. Kohlberg, «Stage and sequence: the cog¬
nitive developmental approach to socialization», en D. A. Goslin, ed.,
Handbook ofsocialization. Theory and research, Chicago, 1969, pág. 347 y sigs.

36

Aclaración del punto b) No puedo estudiar aquí las
complejas relaciones de interdependencia entre los desarrollos posibles en las tres dimensiones de las fuerzas
productivas, la capacidad de autogobierno y las imágenes del mundo (o sistemas morales). Me parece, no obstante, que la forma de reproducción de la vida sociocultural presenta una notable asimetría: mientras que
el despliegue de las fuerzas productivas amplía de continuo el campo de contingencia del sistema de sociedad, las mutaciones evolutivas de las estructuras de los
sistemas de interpretación en modo alguno implican
siempre ventajas de selección. Desde luego, un crecimiento de la autonomía sistémica y un aumento correspondiente de la complejidad en las formas de organización de una sociedad hacen estallar estructuras
normativas que se han vuelto estrechas y eliminan barreras impuestas a la participación, disfuncionales desde
el punto de vista del autogobierno; este proceso puede
observarse hoy, por ejemplo, en la modernización de
los países en desarrollo. Pero cabe imaginar —y aun sería posible documentar— casos mas problemáticos. Las
estructuras normativas pueden ser directamente subvertidas por divergencias cognitivas entre un saber
secular que se amplía con el desarrollo de las fuerzas
productivas y el corpus dogmático de las imágenes tradicionales del mando. Ahora bien, puesto que los mecanismos que generan mutaciones en las estructuras
normativas son independientes de la lógica de desarrollo de estas, no hay, afortiori, garantía alguna de que un
despliegue de las fuerzas productivas y un incremento
de la capacidad de autogobierno susciten precisamente
las transformaciones normativas que corresponden a
los imperativos de autogobierno del sistema de sociedad. Más bien es un problema empírico determinar si,
y en qué grado, la ventaja de selección así obtenida con37

sistente en un aumento del potencial de selección por
virtud de controles —sujetos a pretensiones de verdad— sobre la naturaleza exterior, se pierde nuevamente por virtud de la integración —sujeta a pretensiones de corrección y adecuación— de la naturaleza
interior, en la forma de una complejidad autogenerada.
No podemos excluir el caso en que un incremento de
las fuerzas productivas, que refuerce el poder del sistema, lleve a transformaciones en las estructuras normativas que al mismo tiempo limiten la autonomía sistémica por el hecho de generar nuevas exigencias de
legitimación, estrechando así el campo de variación posible de los patrones de normalidad. (Más adelante discutiré la tesis según la cual este caso se ha dado en el
capitalismo tardío porque los patrones de normalidad
admitidos en el ámbito de legitimación de una ética comunicativa son incompatibles con un crecimiento exponencial de la complejidad del sistema, y resulta imposible producir otras legitimaciones sobre la base de
la lógica de desarrollo del sistema.) La afirmación según
la cual los patrones de normalidad de los sistemas sociales varían históricamente debe complementarse, según eso, con esta otra: la variación de los patrones de
normalidad está limitada por una lógica del desarrollo
de las estructuras de la imagen del mundo, que no se encuentra a disposición de los imperativos de incremento
del poder22.
Con lo anterior se asocia estrechamente otra propiedad de las sociedades: la naturaleza interior no pertenece al ambiente del sistema en el mismo modo que
la naturaleza exterior. Por una parte, los sustratos orgánicos de los individuos socializados, tal como podemos
estudiarlos en la psicosomática de los trastornos orgá22

38

K. Eder, Mechanismen der sozialen Evolution, manuscrito del MPIL.

nicos23, no son simplemente exteriores al sistema de sociedad; por otra parte, la naturaleza interior, después de
su integración al sistema de sociedad, permanece como
un ambiente interior, pues los sujetos socializados se
resisten, en la medida de su individualización, a desaparecer en la sociedad. Si la producción —apropiación
de la naturaleza exterior— puede concebirse satisfactoriamente como reducción de la complejidad del ambiente, ello no vale respecto de la socialización —apropiación de la naturaleza interior. La disminución de la
complejidad del ambiente amplía, por regla general, la
libertad de movimiento del sistema; en cambio, una
apropiación progresiva de la naturaleza interior más
bien restringe el campo de contingencia del sistema.
Con una individualización creciente parece reforzarse
la inmunización de los individuos socializados contra
las decisiones del centro de autogobierno diferenciado.
Las estructuras normativas cobran eficacia, en la forma
de mecanismos de autoimpedimento, para resistir los
imperativos de ampliación del poder. Dentro de la lógica de los sistemas autorregulados solo se puede expresar esto diciendo que la naturaleza interior es ambiente sistémico y elemento del sistema a la vez. De la
misma manera paradójica, al individuo capaz de lenguaje y acción le es dada su propia naturaleza como
cuerpo vivido y como cuerpo físico24. Creo que tales
paradojas son fruto de las imprecisiones generadas por
una extensión indebida de la teoría de sistemas. Desaparecen tan pronto como se escoge, no «sistema» y
«autogobierno», sino «mundo-de-vida» e «intersubjeti¬
vidad» como punto de vista ordenador, y se entiende
23
A. Mitscherlich, Krankheit als Konflikt*, Francfort, 2 vols., 1966-67;
K. Brede, Sozioanalyse psychosomatischer Störungen, Francfort, 1972.
24
H. Plessner, Die Stufen des Organischen und der Mensch, Berlín, 1928.

39

de antemano la socialización como individualización;
este nexo puede concebirse de acuerdo con la teoría del
lenguaje, mientras que si nos aferramos a la teoría de
sistemas, lleva solo a incongruencias25. Las sociedades
son también sistemas, pero en el modo de su movimiento no siguen solo la lógica de la ampliación de la
autonomía sistémica (poder); más bien, la evolución social transcurre dentro de los límites de una lógica del
mundo-de-vida, cuyas estructuras están determinadas
por una intersubjetividad producida lingüísticamente, y
se basan en pretensiones de validez susceptibles de crítica.
Aclaración del punto c) Si he descrito correctamente las instancias constitutivas de los sistemas sociales, la capacidad de autogobierno varía en relación directa con el aumento del control sobre la naturaleza
exterior y la integración creciente de la naturaleza interior. En ambas dimensiones, la evolución se cumple en
la forma de procesos de aprendizaje orientados, que
transcurren según pretensiones de validez corroborables
discursivamente: el despliegue de las fuerzas productivas y la transformación de las estructuras normativas siguen, en cada caso, una lógica de creciente comprensión teórica o práctica26. Por lo demás, los modelos
racionalmente reconstruibles de los procesos de aprendizaje colectivo (es decir, la historia del saber profano y
de la tecnología, por un lado, y el cambio estructural
de los sistemas de interpretación garantizadores de la
identidad, por el otro) solo explican la consecuencia lógicamente necesaria de desarrollos posibles. En cambio,
25

J. Habermas y N. Luhmann, op. cit., pág. 155 y sigs.
Por eso en las teorías de sistemas acerca del desarrollo social, de K. W.
Deutsch (The nerves afgovemment*, Nueva York, 1963) y A. Etzioni (The active society, Nueva York, 1968), acertadamente ocupan el centro del análisis
las concepciones acerca del aprendizaje, aunque son demasiado estrechas
para incluir el aprendizaje discursivo.
26

40

los desarrollos fácticos (innovación y estancamiento, estallido de crisis, reelaboración productiva o improductiva de estas últimas, etc.) solo pueden explicarse con
ayuda de mecanismos empíricos. Creo que el mecanismo fundamental de la evolución social en general consiste en un automatismo del no-poder-dejar-de-aprender: lo que en el nivel de desarrollo sociocultural
requiere explicación no es el aprendizaje, sino la falta
de él. En ello consiste, si se quiere, la racionalidad del
hombre y, de rechazo, es también lo que revela la irracionalidad que dondequiera prevalece en la historia de
la especie. Puntos de vista formales para diferenciar niveles de aprendizaje se obtienen considerando que
aprendemos en dos dimensiones (teórica/práctica), y
que estos procesos de aprendizaje están ligados con pretensiones de validez que pueden ser corroboradas discursivamente. El aprendizaje no reflexivo se cumple en
tramas de acción en que las pretensiones implícitas de
validez, teóricas y prácticas, se dan por supuestas de manera ingenua y se aceptan o rechazan sin elucidación
discursiva. El aprendizaje reflexivo se cumple a través de
discursos en que tematizamos pretensiones prácticas de
validez que se han vuelto problemáticas o se han hecho tales por la duda institucionalizada, corroborándolas o rechazándolas sobre la base de argumentos. El
nivel de aprendizaje posibilitado por una formación
social podría depender de si el principio de organización de esta sociedad admite a) la diferenciación entre
cuestiones teóricas y prácticas, y b) el paso del aprendizaje no reflexivo (precientífico) al reflexivo. Así obtenemos cuatro combinaciones, tres de las cuales, si estoy en lo cierto, se han realizado en la historia, según
vemos en el esquema de pág. 42. Por cierto, este esquema resulta insuficiente aun para una aproximación
grosera, pues traslada conceptos desarrollados dentro
41

de una lógica del discurso (teórico/práctico)27 a sistemas
de interpretación heterogéneos, y no distingue si las
cuestiones teóricas y las prácticas permanecen indistintas solo dentro de los marcos dominantes de interpretación teórica o también en la praxis de vida. Las imágenes mágicas y animistas del mundo permiten inferir
una praxi de vida que omite esa diferencia, mientras que
las imágenes míticas del mundo coexisten con un saber
profano acumulado y enriquecido, en el ámbito del trabajo social, con lo cual de hecho ya se ha consumado
la diferenciación entre un saber aplicable técnicamente
(susceptible de teoría) y la interpretación, pertinente en
lo práctico, del mundo-de-vida natural y social.
Cuestiones teóricas y prácticas
Aprendizaje

No diferenciado

No-reflexivo

X

Reflexivo

X

Diferenciado



X

Nuestro esquema no refleja los ámbitos que de hecho han alcanzado discursos parciales institucionalizados. Con el nacimiento de la filosofía, los ingredientes
de las tradiciones míticas quedan expuestos por vez primera a la elucidación discursiva; pero la filosofía clásica concibe y trata las interpretaciones pertinentes en lo
práctico como cuestiones teóricas, mientras que desdeña como no susceptible de teoría el saber empírico aplicable técnicamente. Con el surgimiento de la ciencia
27
J. Habermas, «Wahrheitstheorien», en Festschriftfür Walter Schulz,
Pfüllingen; acerca de la lógica del discurso, véase S. Toulmin, The uses of ar¬
gument, Cambridge, 1964; P. Edwards, Logic of moral discourse, Nueva York,
1955.

42

moderna, en cambio, justamente ese ámbito del saber
empírico es incorporado a los procesos de aprendizaje
reflexivo. Y al mismo tiempo se impone en la filosofía
la tendencia, de sesgo positivista, a diferenciar las cuestiones teóricas y las cuestiones prácticas de acuerdo con
su forma lógica, pero ello con el fin de excluir de los
discursos las cuestiones prácticas: ahora no se las considera «veritativas»28. La institucionalización de discursos prácticos universales significaría, en cambio, un
nuevo nivel de aprendizaje de la sociedad.
Si las precisiones introducidas provisionalmente en
los puntos a y c aciertan con las instancias constitutivas
de los sistemas sociales, adquiere pleno sentido el intento de buscar principios de organización que definan,
en primer lugar, la capacidad de aprendizaje y, con ella,
el nivel de desarrollo de una sociedad en atención a sus
fuerzas productivas y a los sistemas de interpretación
que garantizan su identidad, y que delimiten, en segundo lugar, el posible incremento de las capacidades
de autogobierno. Marx definió las diversas formaciones
sociales de acuerdo con el poder de disposición sobre
los medios de producción, es decir, como relaciones de
producción. Fijó el núcleo organizador del todo en un
plano en que se entrelazan las estructuras normativas
con el sustrato material. Esas relaciones de producción,
si es que han de representar los principios organizadores de la sociedad, no pueden identificarse lisa y llanamente con las formas históricas, determinadas en cada
caso, de la propiedad sobre los medios de producción.
Los principios de organización son regulaciones muy
abstractas que definen campos de posibilidad. Además,
hablar de relaciones de producción sugiere una inter28
J. Habermas, «Wozu noch Philosophie?», en Philosophisch-politische
Profile, Francfort, 1971,

43

pretación economicista estrecha. Es el propio principio
de organización el que decide qué sistema parcial de
una sociedad poseerá el primado funcional29 , es decir,
presidirá la evolución social.

3.

ILUSTRACIÓN DE LOS PRINCIPIOS DE ORGANIZACIÓN

DE LAS SOCIEDADES
Considero justificado diferenciar cuatro formaciones sociales: la anterior a las altas culturas, la tradicional, la capitalista y la poscapitalista. Exceptuadas las sociedades anteriores a las altas culturas, se trata de
sociedades de clases (llamo sociedades de clases poscapitalistas a aquellas donde impera el socialismo de
Estado, en vista del hecho de que en ellas una élite política dispone de los medios de producción):

La investigación de las tendencias a la crisis en las
sociedades del capitalismo tardío y poscapitalistas responde al interés de explorar las posibilidades de una sociedad «posmoderna», designación con la cual se alude
a un principio de organización nuevo en la historia, y
^' Acerca de este concepto, cfr. N. Luhmann, «Wirtschaft als soziales
Problem», en Soziohgische Aufklärung, Opladen, 1970, pág. 226 y sig.

44

que no representa meramente un nuevo calificativo
para la asombrosa sobrevivencia del capitalismo envejecido^°. Procuraré elucidar, respecto de tres formaciones sociales, el significado del principio de organización
social y el modo en que de este pueden deducirse determinados tipos de crisis. Estas observaciones dispersas no deben considerarse falsamente como una teoría
de la evolución social, ni sustituirla; no se proponen
otra cosa que la introducción ejemplar de un concepto.
Respecto de cada una de esas tres formaciones sociales
procuraré precisar su principio de organización, indicar
el campo de posibilidades que él abre a la evolución social, e inferir el tipo de crisis que admite. Puesto que carezco de una teoría de la evolución social en la cual
apoyarme, los principios de organización no pueden
concebirse aún en términos abstractos, sino que es preciso inferirlos por vía inductiva y elucidarlos con referencia al campo institucional que posee el primado fiíncional en el nivel de desarrollo respectivo (sistema de
parentesco, sistema político, sistema económico).

Laformación social anterior alas altas culturas
Los roles primarios de la edad y del sexo constituyen ú principio de organización de estas sociedades^'. El
núcleo institucional es el sistema de parentesco, que en
este nivel de desarrollo representa una institución total.
Las estructuras familiares determinan el intercambio so^° D. Bell, «The post-industrial society: The evolution of an idea», Survey,
1971, pág. 102 y sigs.
" T. Parsons, «Societies», en Evolutionary and comparative perspectives,
Englewood CliíFs, 1966; G. Lenski, Power andprivikge*, Nueva York, 1966;
M. Sahlins, Service, evolution and culture, Ann Arbor, 1968; cfr. la bibliografía
acerca del tema en Eder, op. cit.

45

cial en su conjunto; aseguran, al mismo tiempo, la integración social y la integración sistemática. Imágenes
del mundo y normas están apenas diferenciadas entre
sí: ambas se organizan en tomo de rituales y tabúes que
no requieren sanciones específicas. Este principio de organización sólo es compatible con una moral familiar o
ciánica: no son posibles asociaciones verticales u horizontales que traspasen los límites del sistema de parentesco. En las sociedades organizadas según el parentesco, las fuerzas productivas no pueden incrementarse
por vía de la explotación de la fuerza de trabajo (incremento de la tasa de explotación mediante coacción física). El mecanismo de aprendizaje, circunscrito al ámbito de funciones de la acción instrumental, lleva en el
largo plazo, según parece, a una secuencia ordenada de
unas pocas innovaciones fundamentales^^. Parece faltar
un motivo sistémico para generar un plusproducto (bienes en cantidad mayor que la necesaria para satisfacer
las necesidades básicas), aun en los casos en que el estado de las fuerzas productivas lo permitiría^ . Puesto
que del principio de organización no derivan imperativos contradictorios, son cambios de origen extemo los
que sobrepasan la muy limitada capacidad de autogobierno de las sociedades organizadas según el parentesco y socavan la indentidad familiar y ciánica: se trata,
casi siempre, de un crecimiento demográfico unido a
factores ecológicos, y sobre todo de influencias interétnicas, resultantes del intercambio, la guerra y la conquista^"*.

'^ C. Lévi-Strauss, Das wilde Denken*, Francfort, 1968, cap. 1; M. Sahlins,
Stone age economy, Chicago, 1972.
^' R. L. Caneiro, «A theory of the origin of the State», Science, 1970, página 733 y sigs.
'^^ Ibid., pág. 736 y sig.

46

Laformación social tradicional
Su principio de organización es una sociedad de clases

que posee fuerza política. Con el surgimiento de un
aparato burocrático de dominación, se diferencia, a partir del sistema de parentesco, un centro de autogobierno; ello permite que la producción y la distribución de
la riqueza social traspasen, de las formas de organización familiares, a la propiedad de los medios de producción. El sistema de parentesco deja de ser el núcleo
institucional del sistema en su conjunto; las funciones
centrales de poder y de autogobierno pasan al Estado.
Allí se sitúa el comienzo de una especificación funcional y de un proceso de autonominación en cuyo transcurso la familia pierde por completo sus funciones económicas y es despojada en parte de sus funciones de
socialización. En ciertos niveles del desarrollo de las altas culturas surgen subsistemas que sirven prevalentemente a la integración sistemática o bien a la integración social. En su punto de articulación se encuentra
el régimen jurídico, que regula la facultad de disposición privilegiada sobre los medios de producción y el
ejercicio estratégico del poder, que a su vez requiere legitimación. A la diferenciación entre aparato de poder
y régimen jurídico, por un lado, y justificaciones contrafácticas y sistemas morales, por el otro, corresponde
la separación institucional entre autoridades seculares
y sagradas. El nuevo principio de organización permite
un significativo incremento de la autonomía sistemática, presupone una diferenciación funcional y posibilita
la creación de «medios» generalizados (poder y moneda), así como de mecanismos reflexivos (derecho positivo). Pero esta posibilidad de aumento de la capacidad
de autogobierno se obtiene al precio de una estructura
de clases básicamente inestable. En las sociedades cla47

sistas, con la propiedad privada^^ de los medios de producción se institucionaliza una relación coactiva que,
en el largo plazo, amenaza la integración social. En
efecto, la oposición de intereses contenida en la relación de clases representa un potencial de conflictos. Sin
duda, esa oposición de intereses entre las clases sociales
puede ser mantenida en estado latente dentro de los
marcos de un régimen legítimo de poder e integrada
temporariamente. Esa es la tarea de las imágenes del
mundo o las ideologías legitimantes: ellas sustraen de
la tematización y del examen públicos las pretensiones
contrafácticas de validez de las estructuras normativas.
Las condiciones de producción tienen una forma directamente política, es decir, las relaciones económicas
están reguladas por la autoridad legítima. El régimen de
poder es justificado mediante la invocación a imágenes
del mundo tradicionales y a una ética convencional del
Estado.
En virtud de su considerable diferenciación vertical,
el nuevo principio de organización admite dentro de
límites estrechos la asociación horizontal determinada
por formas de intercambio no políticas (mercados locales, ciudad-campo). La dominación política clasista
exige una mediatización de la moral ciánica por una ética del Estado, dependiente de la tradición y, por tanto,
particularista; es incompatible con formas universalistas de intercambio social. En un sistema clasista del trabajo social, las fuerzas productivas pueden multiplicarse mediante el aumento de la tasa de explotación, es
decir, por vía del trabajo organizado forzoso; así la producción social genera un plusproducto que es objeto
de apropiación privilegiada. Pero el incremento de la
'^ Aquí no empleo la expresión «privada» en el sentido estricto del derecho civil burgués, sino sólo en el de una disposición «privilegiada».

48

capacidad productiva encuentra sus límites en el carácter elemental y espontáneo, idéntico al de niveles anteriores, de las innovaciones técnicas (el saber susceptible
de aplicación técnica no es ampliado mediante un
aprendizaje reflexivo).
Con las sociedades tradicionales aparece el tipo de
crisis que brota de contradicciones internas. He aquí
los términos de la contradicción: por un lado, las pretensiones de validez de sistemas de normas y de justificación que no pueden admitir la explotación de manera explícita; por el otro, una estructura de clases que
convierte en regla la apropiación privilegiada de la riqueza producida por la sociedad. El problema de la
distribución de esta de modo desigual y, no obstante,
legítimo, se resuelve temporalmente mediante el reaseguro ideológico de pretensiones de validez contrafácticas. Puesto que, en situaciones críticas, las sociedades
tradicionales amplían sus posibilidades de autogobierno mediante una explotación acrecida de la fuerza de
trabajo y, por lo tanto, incrementan el poder, directamente, por medio de una mayor coacción física (de lo
cual la historia del derecho penal proporciona buenos
indicadores) o, indirectamente, por medio de la generalización de las prestaciones forzosas (siguiendo la serie: rentas en trabajo, en productos, en dinero), las crisis se originan por regla general en problemas de
autogobierno que vuelven necesario reforzar la autonomía sistemática con una mayor represión; esta, a su
vez, genera déficit de legitimación que tiene por consecuencia luchas de clases (a menudo asociadas con
conflictos exteriores); por último, las luchas de clases
amenazan la integración social y pueden llevar al derrocamiento del sistema político y al establecimiento
de nuevas bases de legitimación, es decir, a una nueva
identidad de grupo.
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