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Alber camus El mito de Sisifo .pdf



Nombre del archivo original: Alber camus - El mito de Sisifo.pdf
Título: El Mito De Sísifo
Autor: Albert Camus

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ALBERT CAMUS

El mito de Sísifo

Editorial Losada Buenos Aires
El Libro de Bolsillo
Alianza Editorial
Madrid
Título original: Le mythe de Sisyphe
Traductor: Luis Echávarri
Revisión para la edición española de Miguel Salabert
Primera edición en "El Libro de Bolsillo" Segunda
edición en "El Libro de Bolsillo" Tercera edición en "El Libro
de Bolsillo"
1981 1983 1985
Editions Gallimard, París, 1951
Editorial Losada, S. A., Buenos Aires, 1953
Alianza Editorial, S. A., Madrid, 1951, 1983, 1985
Calle Milán, 38; S 200 00 45
ISBN: 84-206-1841-1
Depósito legal: B. 13307-1985
Impreso en Printer Industria Gráfica, S.A.
Sant Vicenc dels Horts, Barcelona
Printed in Spain

Índice
UN RAZONAMIENTO ABSURDO
Lo absurdo y el suicidio
Los muros absurdos
El suicidio filosófico
La libertad absurda
EL HOMBRE ABSURDO
El donjuanismo
La comedia
La conquista
LA CREACIÓN ABSURDA
Filosofía y novela
Kirilov
La creación sin mañana
EL MITO DE SÍSIFO
LA ESPERANZA Y LO ABSURDO EN LA OBRA DE
FRANZ KAFKA

A PASCAL PIA

“Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal,
pero agota el campo de lo posible.”
Píndaro. III Pítica.

Ω

L

as siguientes páginas tratan de una sensibilidad
absurda que puede encontrarse dispersa en el
siglo, y no de una filosofía absurda que nuestra
época, hablando con propiedad, no ha conocido. Una
honradez elemental exige, por lo tanto, que
señalemos, desde el principio, lo que estas páginas
deben a ciertos autores contemporáneos. Tengo tan
poca intención de ocultarlo que se los verá citados y
comentados a lo largo de la obra.
Pero es útil advertir, al mismo tiempo, que lo
absurdo, tomado hasta ahora como conclusión, es
considerado en este ensayo como un punto de partida.
En tal sentido se puede decir que hay algo
provisional en mi comentario: la posición que toma
no se deja prejuzgar. Aquí sólo se encontrará la
descripción, en estado puro, de un mal espiritual.
Ninguna metafísica, ninguna creencia interviene en
ello por el momento. Tales son los límites y la única
postura previa de este libro.

UN RAZONAMIENTO ABSURDO

Lo absurdo y el suicidio
No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio.
Juzgar si la vida vale o no vale la pena de vivirla es responder a la pregunta
fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el
espíritu tiene nueve o doce categorías, vienen a continuación. Se trata de juegos;
primeramente hay que responder. Y si es cierto, como pretende Nietzsche, que un
filósofo, para ser estimable, debe predicar con el ejemplo, se advierte la importancia
de esa respuesta, puesto que va a preceder al gesto definitivo. Se trata de evidencias
perceptibles para el corazón, pero que se debe profundizar a fin de hacerlas claras
para el espíritu.
Si me pregunto en qué puedo basarme para juzgar si tal cuestión es más
apremiante que tal otra, respondo que en los actos a los que obligue.
Nunca vi morir a nadie por el argumento ontológico. Galileo, que defendía una
verdad científica importante, abjuró de ella con la mayor facilidad del mundo,
cuando puso su vida en peligro. En cierto sentido, hizo bien. Aquella verdad no valía
la hoguera. Es profundamente indiferente saber cuál gira alrededor del otro, si la
tierra o el sol. Para decirlo todo, es una cuestión baladí. En cambio, veo que muchas
personas mueren porque estiman que la vida no vale la pena de vivirla. Veo a otras
que, paradójicamente, se hacen matar por las ideas o las ilusiones que les dan una
razón para vivir (lo que se llama una razón para vivir es, al mismo tiempo, una
excelente razón para morir). Opino, en consecuencia, que el sentido de la vida es la
pregunta más apremiante. ¿Cómo contestarla? Con respecto a todos los problemas
esenciales, y considero como tales a los que ponen en peligro la vida o los que
decuplican el ansia de vivir, no hay probablemente sino dos métodos de
pensamiento: el de Pero Grullo y el de Don Quijote. El equilibrio de evidencia y
lirismo es lo único que puede permitirnos llegar al mismo tiempo a la emoción y a la
claridad. Se concibe que en un tema a la vez tan humilde y tan cargado de patetismo,
la dialéctica sabia y clásica deba ceder el lugar, por lo tanto, a una actitud espiritual
más modesta que procede a la vez del buen sentido y de la simpatía.
Siempre se ha tratado del suicidio como de un fenómeno social. Por el
contrario, aquí se trata, para comenzar, de la relación entre el pensamiento individual
y el suicidio. Un acto como éste se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que
una gran obra. El propio suicida lo ignora. Una noche dispara o se sumerge. De un
gerente de inmuebles que se había matado, me dijeron un día que había perdido a su

hija hacía cinco años y que esa desgracia le había cambiado mucho, le había
"minado". No se puede desear una palabra más exacta. Comenzar a pensar es
comenzar a estar minado. La sociedad no tiene mucho que ver con estos comienzos.
El gusano se halla en el corazón del hombre y en él hay que buscarlo. Este juego
mortal, que lleva de la lucidez frente a la existencia a la evasión fuera de la luz, es
algo que debe investigarse y comprenderse.
Muchas son las causas para un suicidio, y, de una manera general, las mas
aparentes no han sido las más eficaces. La gente se suicida rara vez (sin embargo, no
se excluye la hipótesis) por reflexión. Lo que desencadena la crisis es casi siempre
incontrolable. Los diarios hablan con frecuencia de "penas íntimas" o de
"enfermedad incurable". Son explicaciones válidas. Pero habría que saber si ese
mismo día un amigo del desesperado no le habló con un tono indiferente. Ese sería el
culpable, pues tal cosa puede bastar para precipitar todos los rencores y todos los
cansancios todavía en suspenso1.
Pero si es difícil fijar el instante preciso, el paso sutil en que el espíritu ha
apostado a favor de la muerte, es más fácil extraer del acto mismo las consecuencias
que supone. Matarse, en cierto sentido, y como en el melodrama, es confesar. Es
confesar que se ha sido sobrepasado por la vida o que no se la comprende. Sin
embargo, no vayamos demasiado lejos en esas analogías y volvamos a las palabras
corrientes. Es solamente confesar que eso "no merece la pena". Vivir, naturalmente,
nunca es fácil. Uno sigue haciendo los gestos que ordena la existencia, por muchas
razones, la primera de las cuales es la costumbre. Morir voluntariamente supone que
se ha reconocido, aunque sea instintivamente, el carácter irrisorio de esa costumbre,
la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación
cotidiana y la inutilidad del sufrimiento.
¿Cuál es, pues, ese sentimiento incalculable que priva al espíritu del sueño
necesario a la vida? Un mundo que se puede explicar incluso con malas razones es
un mundo familiar. Pero, por el contrario, en un universo privado repentinamente de
ilusiones y de luces, el hombre se siente extraño. Es un exilio sin recurso, pues está
privado de los recuerdos de una patria perdida o de la esperanza de una tierra
prometida. Tal divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es
propiamente el sentimiento de lo absurdo. Como todos los hombres sanos han
pensado en su propio suicidio, se podrá reconocer, sin más explicaciones, que hay un
vínculo directo entre este sentimiento y la aspiración a la nada.
El tema de este ensayo es, precisamente, esa relación entre lo absurdo y el
suicidio, la medida exacta en que el suicidio es una solución de lo absurdo. Se puede
sentar como principio que para un hombre que no hace trampas lo que cree verdadero debe regir su acción. La creencia en lo absurdo de la existencia debe
gobernar, por lo tanto, su conducta. Es una curiosidad legítima la que lleva a
preguntarse, claramente y sin Falso patetismo, si una conclusión de este orden exige
que se abandone lo más rápidamente posible una situación incomprensible. Me
refiero, por supuesto, a los hombres dispuestos a ponerse de acuerdo consigo mismo.
Planteado en términos claros, el problema puede parecer a la vez sencillo e
1 No desaprovechemos la ocasión para señalar el carácter relativo de este ensayo. El suicidio puede, en efecto,
relacionarse con consideraciones mucho más respetables. Ejemplo: los suicidios políticos, llamados de protesta, en la
revolución china.

insoluble. Pero se supone equivocadamente que las preguntas sencillas traen consigo
respuestas que no lo son menos y que la evidencia implica la evidencia. A priori, e
invirtiendo los términos del problema, así como uno se mata o no se mata, parece que
no hay sino dos soluciones filosóficas: la del sí y la del no. Eso sería demasiado fácil.
Pero hay que tener en cuenta a los que interrogan siempre sin llegar a una
conclusión. A ese respecto, apenas ironizo: se trata de la mayoría. Veo igualmente
que quienes responden que no, obran como si pensasen que sí. De hecho, si acepto el
criterio nietzscheano, piensan que sí de una u otra manera. Por el contrario, quienes
se suicidan suelen estar con frecuencia seguros del sentido de la vida. Estas
contradicciones son constantes. Hasta se puede decir que nunca han sido tan vivas
como con respecto a ese punto en el que la lógica, por el contrario, parece tan
deseable. Es un lugar común comparar las teorías filosóficas con la conducta de
quienes las profesan. Pero es necesario decir que, salvo Kirilov, que pertenece a la
literatura, Peregrinos, que nace de la leyenda2, y Jules Lequier, que nos remite a la
hipótesis, ninguno de los pensadores que negaban un sentido a la vida, se puso de
acuerdo con su lógica hasta el punto de rechazar la vida. Se cita con frecuencia, para
reírse de él, a Schopenhauer, quien elogiaba el suicidio ante una mesa bien provista.
No hay en ello motivo para burlas. Esta manera de no tomarse en serio lo trágico no
es tan grave, pero termina juzgando a quien la adopta.
Ante estas contradicciones y estas oscuridades, ¿hay que creer, por lo tanto, que
no existe relación alguna entre la opinión que se pueda tener de la vida y el acto que
se realiza para abandonarla? No exageremos en este sentido. En el apego de un
hombre a su vida hay algo más fuerte que todas las miserias del mundo. El juicio del
cuerpo equivale al del espíritu y el cuerpo retrocede ante el aniquilamiento.
Adquirimos la costumbre de vivir antes que la de pensar. En la carrera que nos
precipita cada día un poco más hacia la muerte, el cuerpo conserva una delantera
irreparable. Finalmente, lo esencial de esta contradicción reside en lo que yo llamaría
la evasión, porque es a la vez menos y más que la diversión en el sentido pascaliano.
El juego constante consiste en eludir. La evasión típica, la evasión mortal que
constituye el tercer tema de este ensayo, es la esperanza: esperanza de otra vida que
hay que "merecer", o engaño de quienes viven no para la vida misma, sino para
alguna gran idea que la supera, la sublima, le da un sentido y la traiciona.
Todo contribuye así a enredar las cosas. No en vano se ha jugado hasta ahora
con las palabras y se ha fingido creer que negar un sentido a la vida lleva
forzosamente a declarar que no vale la pena de vivirla. En verdad, no hay
equivalencia forzosa alguna entre ambos juicios. Lo único que hay que hacer es no
dejarse desviar por las confusiones, los divorcios y las inconsecuencias que venimos
señalando. Hay que apartarlo todo e ir directamente al verdadero problema. El que se
mata considera que la vida no vale la pena de vivirla: he aquí una verdad indudable,
pero infecunda, porque es una perogrullada. ¿Pero es que este insulto a la existencia,
este mentís en que se la hunde, procede de que no tiene sentido? ¿Es que su
absurdidad exige la evasión mediante la esperanza o el suicidio? Esto es lo que se
debe poner en claro, averiguar e ilustrar, dejando de lado todo lo demás. ¿Lo
Absurdo impone la muerte? Este es el problema al que hay que dar prioridad sobre
2 He oído hablar de un émulo de Peregrinos, escritor de la posguerra, quien después de haber terminado su primer
libro, se suicidó para llamar la atención sobre su obra. Llamó, en efecto, la atención, pero se juzgó malo el libro.

los demás, al margen de todos los métodos de pensamiento y de los juegos del
espíritu desinteresado. Los matices, las contradicciones, la psicología que un espíritu
"objetivo" sabe introducir siempre en todos los problemas, no tienen cabida en el
análisis de esta pasión. Lo único que hace falta es el pensamiento injusto, es decir
lógico. Esto no es fácil. Es fácil siempre ser lógico. Pero es casi imposible ser lógico
hasta el fin. Los hombres que se matan siguen así hasta el final la pendiente de su
sentimiento. La reflexión sobre el suicidio me proporciona, por lo tanto, la ocasión
para plantear el único problema que me interesa: ¿hay una lógica hasta la muerte? No
puedo saberlo sino siguiendo, sin apasionamiento desordenado, a la sola luz de la
evidencia, el razonamiento cuyo origen indico. Es lo que llamo un razonamiento
absurdo. Muchos lo han comenzado, pero no sé todavía si se han atenido a él.
Cuando Karl Jaspers, revelando la imposibilidad de constituir al mundo en
unidad, exclama: "Esta limitación me lleva a mí mismo, allá donde ya no me retiro
detrás de un punto de vista objetivo que no hago sino representar, allá donde ni yo
mismo ni la existencia ajena puede ya convertirse en objeto para mí", evoca, después
de otros muchos, esos lugares desiertos y sin agua en los cuales el pensamiento llega
a sus confines. Después de otros muchos, sí, sin duda, ¡pero cuán impacientes por
escapar! A esta última vuelta en la que el pensamiento vacila han llegado muchos
hombres, y de los más humildes. Estos renunciaban entonces a lo más querido que
poseían y que era su vida. Otros, príncipes del espíritu, han renunciado también, pero
a lo que llegaron en su rebelión más pura fue al suicidio de su pensamiento. El
verdadero esfuerzo consiste, por el contrario, en atenerse a él tanto como sea posible
y en examinar Je cerca la vegetación barroca de esas alejadas regiones. La tenacidad
y la clarividencia son espectadores privilegiados de ese juego inhumano en el que lo
absurdo, la esperanza y la muerte intercambian sus réplicas. El espíritu puede
entonces analizar las figuras de esta danza, a la vez elemental y sutil, antes de
ilustrarlas y revivirlas él mismo.

Los muros absurdos
Como las grandes obras, los sentimientos profundos declaran siempre más de lo
que dicen conscientemente. La constancia de un movimiento o de una repulsión en
un alma se vuelve a encontrar en los hábitos de hacer o de pensar y tiene
consecuencias que el alma misma ignora. Los grandes sentimientos pasean consigo
su universo, espléndido o miserable. Iluminan con su pasión un mundo exclusivo en
el que vuelven a encontrar su clima. Hay un universo de la envidia, de la ambición,
del egoísmo o de la generosidad. Un universo, es decir, una metafísica y una actitud
espiritual. Lo que es cierto de los sentimientos ya especializados lo será todavía más
de las emociones tan indeterminadas en su base, a la vez tan confusas y tan "ciertas",
tan lejanas y tan "presentes" como pueden ser las que nos produce lo bello o suscita
lo absurdo.
La sensación de absurdo a la vuelta de cualquier esquina puede sentirla
cualquier hombre. Como tal, en su desnudez desoladora, en su luz sin brillo, es
inasible. Pero esta dificultad merece una reflexión. Es probablemente cierto que un
hombre nos sea desconocido para siempre y que haya siempre en él algo irreductible

que nos escape. Pero prácticamente, conozco a los hombres y los reconozco por su
conducta, por el conjunto de sus actos, por las consecuencias que su paso suscita en
la vida. Del mismo modo, puedo definir prácticamente, apreciar prácticamente todos
esos sentimientos irracionales que no podría captar el análisis; puedo reunir la suma
de sus consecuencias en el orden de la inteligencia, aprehender y anotar todos sus
aspectos, recordar su universo. Es cierto que en apariencia no conoceré mejor a un
actor personalmente por haberlo visto cien veces. Sin embargo, si sumo los héroes
que ha encarnado y si digo que le conozco un poco más al tener en cuenta el
centésimo personaje, se tendrá la sensación de que hay en ello una parte de verdad.
Pues esta paradoja aparente es también un apólogo. Tiene una moraleja. Enseña que
un hombre se define tanto por sus comedias como por sus impulsos sinceros. Existe
en ello un tono más bajo de los sentimientos, inaccesibles en el corazón, pero que
revelan parcialmente los actos que animan y las actitudes espirituales que suponen.
Puede advertirse que así defino un método. Pero se advierte también que este método
es de análisis y no de conocimiento. Pues los métodos implican metafísicas, revelan
sin saberlo conclusiones que a veces pretenden no conocer todavía. Así, las ultimas
páginas de un libro están ya en las primeras. Este nudo es inevitable. El método aquí
definido confiesa la sensación de que todo verdadero conocimiento es imposible.
Sólo pueden enumerarse las consecuencias y sólo el clima puede hacerse sentir.
Quizá podamos alcanzar el inaprehensible sentimiento de lo absurdo en los
mundos diferentes pero fraternos de la inteligencia, del arte de vivir o del arte
simplemente. El clima del absurdo está al comienzo. El final es el universo absurdo y
la actitud espiritual que ilumina al mundo con una luz que le es propia, con el fin de
hacer resplandecer ese rostro privilegiado e implacable que ella sabe reconocerle.
Todas las grandes acciones y todos los grandes pensamientos tienen un
comienzo irrisorio. Las grandes obras nacen con frecuencia a la vuelta de una
esquina o en la puerta giratoria de un restaurante. Lo mismo sucede con la
absurdidad. El mundo absurdo más que cualquier otro extrae su nobleza de ese
nacimiento miserable. En ciertas situaciones responder "nada" a una pregunta sobre
la naturaleza de sus pensamientos puede ser una finta en un hombre. Los amantes lo
saben muy bien. Pero si esa respuesta es sincera, si traduce ese singular estado del
alma en el cual el vacío se hace elocuente, en el que la cadena de los gestos
cotidianos se rompe, en el cual el corazón busca en vano el eslabón que la reanuda,
entonces es el primer signo de la absurdidad.
Suele suceder que los decorados se derrumben. Levantarse, coger el tranvía,
cuatro horas de oficina o de fábrica, la comida, el tranvía, cuatro horas de trabajo, la
cena, el sueño y lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado con el mismo
ritmo es una ruta que se sigue fácilmente durante la mayor parte del tiempo. Pero un
día surge el "por qué" y todo comienza con esa lasitud teñida de asombro.
"Comienza": esto es importante. La lasitud está al final de los actos de una vida maquinal, pero inicia al mismo tiempo el movimiento de la conciencia. La despierta y
provoca la continuación. La continuación es la vuelta inconsciente a la cadena o el
despertar definitivo. Al final del despertar viene, con el tiempo, la consecuencia:
suicidio o restablecimiento. En sí misma la lasitud tiene algo de repugnante. Debo
concluir que es buena, pues todo comienza por la conciencia y nada vale sino por

ella. Estas observaciones no tienen nada de original. Pero son evidentes, y eso basta
por algún tiempo, al efectuar un reconocimiento somero de los orígenes de lo
absurdo. La simple "inquietud" está en el origen de todo.
Asimismo, y durante todos los días de una vida sin brillo, el tiempo nos lleva.
Pero siempre llega un momento en que hay que llevarlo. Vivimos del porvenir:
"mañana", "más tarde", "cuando tengas una posición", "con los años comprenderás .
Estas inconsecuencias son admirables, pues, al fin y al cabo, se trata de morir. Llega,
no obstante, un día en que el hombre comprueba o dice que tiene treinta años. Así
afirma su juventud. Pero al mismo tiempo se sitúa con relación al tiempo. Ocupa en
él su lugar. Reconoce que se halla en cierto momento de una curva que confiesa tener
que recorrer. Pertenece al tiempo, y a través del horror que se apodera de él reconoce
en aquél a su peor enemigo. El mañana, anhelaba el mañana, cuando todo él debía
rechazarlo. Esta rebelión de la carne es lo absurdo3.
Un peldaño más abajo y nos encontramos con lo extraño: advertimos que el
mundo es "espeso", entrevemos hasta qué punto una piedra nos es extraña e
irreductible, con qué intensidad puede negarnos la naturaleza, un paisaje. En el fondo
de toda belleza yace algo inhumano, y esas colinas, la dulzura del cielo, esos dibujos
de árboles pierden, al cabo de un minuto, el sentido ilusorio con que los revestíamos
y en adelante quedan más lejanos que un paraíso perdido. La hostilidad primitiva del
mundo remonta su curso hasta nosotros a través de los milenios. Durante un segundo
no lo comprendemos, porque durante siglos de él hemos comprendido las figuras y
los dibujos que poníamos previamente, porque en adelante nos faltarán las fuerzas
para emplear ese artificio. El mundo se nos escapa porque vuelve a ser él mismo.
Esas apariencias enmascaradas por la costumbre vuelven a ser lo que son. Se alejan
de nosotros. Así como hay días en que bajo su rostro familiar se ve como a una
extraña a la mujer amada desde hace meses o años, así también quizá lleguemos a
desear hasta lo que nos deja de pronto tan solos. Pero todavía no ha llegado ese
momento. Una sola cosa: este espesor y esta extrañeza del mundo es lo absurdo.
También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el
aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido
cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un tabique de vidrio; no se
le oye, pero se ve su mímica sin sentido: uno se pregunta por qué vive. Este malestar
ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo
que somos, esta "náusea", como la llama un autor de nuestros días, es también lo
absurdo. El extraño que, en ciertos segundos, viene a nuestro encuentro en un espejo;
el hermano familiar y, sin embargo, inquietante que volvemos a encontrar en nuestras
propias fotografías, son también lo absurdo.
Llego, por fin, a la muerte y al sentimiento que tenemos de ella. Todo está dicho
sobre este punto y lo decente es no incurrir en lo patético. Sin embargo, nunca se
asombrará demasiado ante el hecho de que todo el mundo viva como si nadie "lo
supiese' . Es que, en realidad, no hay una experiencia de la muerte. En el sentido
propio, no es experimentado sino lo que ha sido vivido y hecho consciente. Aquí lo
más que puede hacerse es hablar de la experiencia de la muerte ajena. Es un
sucedáneo, una opinión que nunca nos convence del todo. Este convencionalismo
3 Pero no en el sentido propio. No se trata de una definición, sino de una enumeración de los sentimientos que pueden
conllevar lo absurdo. La enumeración completa no agota, sin embargo, lo absurdo.

melancólico no puede ser persuasivo. El horror procede en realidad del lado
matemático del acontecimiento. Si el tiempo nos espanta es porque da la
demostración; la solución viene luego. Todos los grandes discursos sobre el alma van
a recibir aquí, por lo menos durante un tiempo, la prueba del nueve de su contrario.
De cuerpo inerte en el que ya no deja huella una bofetada, ha desaparecido el alma.
Ese lado elemental y definitivo de la aventura constituye el contenido de la sensación
absurda. Bajo la iluminación mortal de ese destino aparece la inutilidad. Ninguna
moral ni esfuerzo alguno pueden justificarse a priori ante las sangrientas matemáticas
que ordenan nuestra condición.
Repito que todo esto ha sido dicho y redicho. Me limito aquí a hacer una
clasificación rápida y a indicar estos temas evidentes. Circulan a través de todas las
literaturas y todas las filosofías. La conversación cotidiana se nutre de ellos. No se
trata de volver a inventarlos. Pero hay que asegurarse de estas evidencias para poder
interrogarse luego sobre la cuestión primordial. Lo que me interesa, quiero repetirlo,
no son tanto los descubrimientos absurdos como sus consecuencias. Si se está seguro
de estos hechos, ¿qué hay que deducir de ellos, hasta dónde hay que ir para no
estudiar nada? ¿Habrá que morir voluntariamente o esperar a pesar de todo? Antes es
necesario realizar el mismo recuento rápido en el plano de la inteligencia.
La primera operación de la mente consiste en distinguir lo que es cierto de lo
que es falso. Sin embargo, en cuanto el pensamiento reflexiona sobre sí mismo lo
primero que descubre es una contradicción. A este respecto es inútil esforzarse por
ser convincente. Desde hace siglos nadie ha dado de este asunto una demostración
más clara y elegante que Aristóteles: "La consecuencia, con frecuencia ridiculizada,
de estas opiniones es que se destruyen a sí mismas. Pues al afirmar que todo es cierto
afirmamos la verdad de la afirmación opuesta y, por consiguiente, la falsedad de
nuestra propia tesis (pues la afirmación opuesta no admite que ella pueda ser cierta).
Y si se dice que todo es falso esta afirmación resulta también falsa. Si se declara que
sólo es falsa la afirmación opuesta a la nuestra, o bien que sólo la nuestra es falsa, se
está, no obstante, obligado a admitir un número infinito de juicios verdaderos o
falsos. Pues quien emite una afirmación cierta declara al mismo tiempo que es cierta,
y así sucesivamente hasta el infinito".
Este círculo vicioso no es sino el primero de una serie en la cual la mente que se
inclina sobre sí misma se pierde en un remolino vertiginoso. La simplicidad misma
de estas paradojas hace que sean irreductibles. Cualesquiera que sean los juegos de
palabras y las acrobacias de la lógica, comprender es, ante todo, unificar. El deseo
profundo del espíritu mismo en sus operaciones más evolucionadas se une al
sentimiento inconsciente del hombre ante su universo: es exigencia de familiaridad,
apetito de claridad. Para un hombre, comprender el mundo es reducirlo a lo humano,
marcarlo con su sello. El universo del gato no es el universo del oso hormiguero. La
perogrullada "todo pensamiento es antropomórfico" no tiene otro sentido. Del mismo
modo, el espíritu que trata de comprender la realidad no puede considerarse
satisfecho salvo si la reduce a términos de pensamiento. Si el hombre reconociese
que también el universo puede amar y sufrir, se reconciliaría. Si el pensamiento
descubriese en los espejos cambiantes de los fenómenos relaciones eternas que los
pudiesen resumir a sí mismas en un principio único, se podría hablar de una dicha del

espíritu de la que el mito de los bienaventurados no sería sino una imitación ridícula.
Esta nostalgia de unidad, este apetito de absoluto ilustra el movimiento esencial del
drama humano. Pero que esta nostalgia sea un hecho no implica que deba ser
satisfecha inmediatamente. Pues si, salvando el abismo que separa el deseo de la
conquista, afirmamos con Parménides la realidad del Uno (cualquiera que sea),
caemos en la ridícula contradicción de un espíritu que afirma la unidad total y prueba
con su afirmación misma su propia diferencia y la diversidad que pretendía resolver.
Este otro círculo vicioso basta para ahogar nuestras esperanzas.
Se trata también de evidencias. Vuelvo a repetir que no son interesantes en sí
mismas, sino por las consecuencias que se puede sacar de ellas. Conozco otra
evidencia: la que me dice que el hombre es mortal. Pueden contarse, no obstante, las
personas que han sacado de ellas las conclusiones extremas. En este ensayo hay que
considerar como una perpetua referencia el desnivel constante entre lo que nos
imaginamos saber y lo que sabemos realmente, el consentimiento práctico y la
ignorancia simulada hace que vivamos con ideas que, si las pusiéramos a prueba
verdaderamente, deberían trastornar toda nuestra vida. Ante esta contradicción
inextricable del espíritu captaremos plenamente el divorcio que nos separa de
nuestras propias creaciones. Mientras el espíritu calla en el mundo inmóvil de sus
esperanzas, todo se refleja y se ordena en la unidad de su nostalgia. Pero apenas hace
su primer movimiento, ese mundo se agrieta y se derrumba: una infinidad de trozos
que lo reflejan se ofrecen al conocimiento. Hay que desesperar de que podamos
reconstruir alguna vez la superficie familiar y tranquila que nos daría la paz del
corazón. Después de tantos siglos de investigaciones y de tantas abdicaciones de los
pensadores, sabemos que esto es cierto para todo nuestro conocimiento. Con
excepción de los racionalistas declarados, todos desesperan actualmente del
verdadero conocimiento. Si hubiera que escribir la única historia significativa del
pensamiento humano, habría que hacer la de sus arrepentimientos sucesivos y fa de
sus impotencias. ¿De quién y de qué puedo decir, en efecto: "¡Lo conozco!"? Puedo
sentir mi corazón y juzgar que existe. Puedo tocar este mundo y juzgar también que
existe. Ahí termina toda mi ciencia y lo demás es construcción. Pues si trato de
captar ese yo del cual me aseguro, si trato de definirlo y resumirlo, ya no es sino agua
que corre entre mis dedos. Puedo dibujar uno a uno todos los rostros que toma, así
como todos los que se le han dado: esta educación, este origen, este ardor o estos silencios, esta grandeza o esta bajeza. Pero no se suman los rostros. Este mismo
corazón mío me resultará siempre indefinible. Entre la certidumbre que tengo de mi
existencia y el contenido que trato de dar a esta seguridad hay un foso que nunca será
colmado. Seré siempre extraño a mí mismo. En psicología, como en lógica, hay
verdades, pero no verdad. El "conócete a ti mismo" de Sócrates vale tanto como el
"sé virtuoso" de nuestros confesonarios. Revelan una nostalgia al mismo tiempo que
una ignorancia. Son juegos estériles sobre grandes temas. No son legítimos sino en la
medida exacta en que son aproximativos.
He aquí también unos árboles cuya aspereza conozco, y un agua que saboreo.
Estos perfumes de hierba y de estrellas, la noche, ciertos crepúsculos en que el
corazón se dilata: ¿ cómo negaría yo este mundo cuya potencia y cuyas fuerzas
experimento? Sin embargo, toda la ciencia de esta tierra no me dará nada que pueda

asegurarme que este mundo es mío. Me lo describís y me enseñáis a clasificarlo. Me
enumeráis sus leyes y en mi sed de saber consiento en que sean ciertas. Desmontáis
su mecanismo y mi esperanza aumenta. En último término, me enseñáis que este
universo prestigioso y abigarrado se reduce al átomo y que el átomo mismo se reduce
al electrón. Todo esto está bien y espero que continuéis. Pero me habláis de un
invisible sistema planetario en el que los electrones gravitan alrededor de un núcleo.
Me explicáis este mundo con una imagen. Reconozco entonces que habéis ido a
parar a la poesía: no conoceré nunca. ¿Tengo tiempo para indignarme por ello? Ya
habéis cambiado de teoría. Así, esta ciencia que debía enseñármelo todo termina en
la hipótesis, esta lucidez naufraga en la metáfora, esta incertidumbre se resuelve en
obra de arte. ¿Qué necesidad tenía yo de tantos esfuerzos? Las líneas suaves de esas
colinas y la mano del crepúsculo sobre este corazón agitado me enseñan mucho más.
He vuelto a mi comienzo. Comprendo que si bien puedo, por medio de la ciencia,
captar los fenómenos y enumerarlos, no puedo aprehender el mundo. Cuando haya
seguido con el dedo todo su relieve no sabré más que ahora. Y vosotros me dais a
elegir entre una descripción que es cierta, pero que no me enseña nada, y unas
hipótesis que pretenden enseñarme, pero que no son ciertas. Extraño a mí mismo y a
este mundo, armado únicamente con un pensamiento que se niega a sí mismo en
cuanto afirma, ¿qué condición es ésta en la que no puedo conseguir la paz sino
negándome a saber y a vivir, en la que el deseo de conquista choca con muchos que
desafían sus asaltos? Querer es suscitar las paradojas. Todo está ordenado para que
nazca esa paz emponzoñada que dan la indiferencia, el sueño del corazón o los
renunciamientos mortales.
También la inteligencia me dice, por lo tanto, a su manera, que este mundo es
absurdo. Es inútil que su contraria, la razón ciega, pretenda que todo está claro; yo
esperaba pruebas y deseaba que tuviese razón. Mas a pesar de tantos siglos presuntuosos y por encima de tantos hombres elocuentes y persuasivos, sé que eso es
falso. En este plano, por lo menos, no hay felicidad si no puedo saber. Esta razón
universal, práctica o moral, este determinismo, estas categorías que explican todo son
como para hacer reír al hombre honrado. Nada tienen que ver con el espíritu. Niegan
su verdad profunda: que está encadenado. En este universo indescifrable y limitado
adquiere en adelante un sentido el destino del hombre. Una multitud de elementos
irracionales se ha alzado y lo rodea hasta su fin último. En su clarividencia recobrada
y ahora concertada se aclara y se precisa el sentimiento de lo absurdo. Yo decía que
el mundo es absurdo y me adelantaba demasiado. Todo lo que se puede decir es que
este mundo, en sí mismo, no es razonable. Pero lo que resulta absurdo es la
confrontación de ese irracional y ese deseo desenfrenado de claridad cuyo
llamamiento resuena en lo más profundo del hombre. Lo absurdo depende tanto del
hombre como del mundo. Es por el momento su único lazo. Une el uno al otro como
sólo el odio puede unir a los seres. Eso es todo lo que puedo discernir claramente en
este universo sin medida donde tiene lugar mi aventura. Detengámonos aquí. Si
tengo por cierto este absurdo que rige mis relaciones con la vida, si me empapo de
este sentimiento que me embarga ante los espectáculos del mundo, de esta
clarividencia que me impone la búsqueda de una ciencia, debo sacrificar todo a estas
certidumbres y debo mirarlas de frente para poder mantenerlas. Sobre todo, debo

ajustar a ellas mi conducta y seguirlas en todas sus consecuencias. Hablo aquí de
honradez, pero quiero saber antes si el pensamiento puede vivir en estos desiertos.
Sé ya que el pensamiento ha entrado por lo menos en esos desiertos. Ha
encontrado en ellos su pan. Ha comprendido en ellos que hasta ahora se alimentaba
con fantasmas. Ha dado pretexto a algunos de los temas más apremiantes de la
reflexión humana.
Desde el momento en que se le reconoce, el absurdo se convierte en una pasión,
en la más desgarradora de todas. Pero toda la cuestión consiste en saber si uno puede
vivir con sus pasiones, en saber si se puede aceptar su ley profunda que es la de
quemar el corazón que al mismo tiempo exaltan. No es, sin embargo, la cuestión que
vamos a plantear ahora. Está en el centro de esta experiencia y ya tendremos tiempo
de volver a ella. Examinemos más bien los temas y los impulsos nacidos del desierto.
Bastará con enumerarlos. A éstos también los conocen todos en la actualidad.
Siempre ha habido hombres que han defendido los derechos de lo irracional. La
tradición de lo que se puede llamar el pensamiento humillado nunca ha dejado de
estar viva. Se ha hecho tantas veces la crítica del racionalismo que parece innecesario
volver a hacerla. Sin embargo, nuestra época ve el renacimiento de esos sistemas
paradójicos que se ingenian para hacer que tropiece la razón como si verdaderamente
ésta hubiese andado siempre con paso seguro. Pero esto no es tanto una prueba de la
eficacia de la razón como de la vivacidad de sus esperanzas. En el plano de la historia, esta constancia de dos actitudes ilustra la pasión esencial del hombre,
desgarrado entre su tendencia hacia la unidad y la visión clara que puede tener de los
muros que lo encierran.
Pero quizá nunca haya sido más vivo que en nuestro tiempo el ataque contra la
razón. Desde el gran grito de Zaratustra: '"Por casualidad, es la nobleza más vieja del
mundo. Yo se la he devuelto a todas las cosas cuando he dicho que por encima de
ellas ninguna voluntad eterna quería"; desde la enfermedad mortal de Kierkegaard,
"este mal que conduce a la muerte sin nada después de ella", se han sucedido los
temas significativos y torturantes del pensamiento absurdo. O, por lo menos, y este
matiz es capital, los del pensamiento irracional y religioso. De Jaspers a Heidegger,
de Kierkegaard a Chestov, de los fenomenólogos a Scheler, en el plano lógico y en el
plano moral, toda una familia de espíritus emparentados por su nostalgia, opuestos
por sus métodos o sus fines, se han dedicado con afán a cerrar la vía real de la razón
y a volver a encontrar los rectos caminos de la verdad. Doy por supuesto aquí que
esos pensamientos son conocidos y vividos. Cualesquiera que sean o que hayan sido
sus ambiciones, todos han partido de este universo indecible en el que reinan la
contradicción, la antinomia, la angustia o la impotencia. Y justamente los temas que
hemos venido indicando es lo que tienen en común. También con respecto a ellos es
necesario decir que lo que importa sobre todo son las conclusiones que hayan podido
sacar de esos descubrimientos. Importa tanto que habrá que examinarlos por
separado. Pero por el momento se trata solamente de sus descubrimientos y sus
experiencias iniciales. Se trata únicamente de comprobar su concordancia. Si bien
sería presuntuoso querer tratar de sus filosofías, es posible y suficiente, en todo caso,
hacer sentir el clima que les es común.
Heidegger considera fríamente la condición humana y anuncia que esta

existencia está humillada. La única realidad es la "inquietud" en toda la escala de los
seres. Para el hombre perdido en el mundo y en sus diversiones, esa inquietud es un
temor breve y fugitivo. Pero si ese temor adquiere conciencia de sí mismo se
convierte en la angustia, clima perpetuo del hombre lúcido "en el que vuelve a
encontrarse la existencia". Este profesor de filosofía escribe sin temblar y en el
lenguaje más abstracto del mundo que "el carácter finito y limitado de la existencia
humana es más primordial que el hombre mismo". Se interesa por Kant, pero es para
reconocer el carácter limitado de su "Razón pura". Es para llegar, al término de sus
análisis, a la conclusión de que "el mundo no puede ya ofrecer nada al hombre
angustiado". La verdad de esta inquietud le parece de tal modo más importante que
todas las categorías del razonamiento, que no piensa más que en ella y no habla sino
de ella. Enumera sus rostros: de fastidio cuando el hombre trivial trata de nivelarla en
sí mismo y de aturdiría; de terror cuando el espíritu contempla la muerte. Tampoco él
separa la conciencia de lo absurdo. La conciencia de la muerte es el llamamiento de
la inquietud y la "existencia se dirige entonces un llamamiento a sí misma por medio
de la conciencia". Es la voz misma de la angustia y exhorta a la existencia a que "se
recupere ella misma de su pérdida en el 'se' anónimo". También él opina que no hay
que dormir y que es necesario velar hasta la consumación. Se mantiene en este
mundo absurdo y señala su carácter perecedero. Busca su camino en medio de estos
escombros.
Jaspers desespera de toda ontología porque pretende que hemos perdido la
"ingenuidad". Sabe que no podemos llegar a nada que trascienda el juego mortal de
las apariencias. Sabe que el final del espíritu es el fracaso. Se demora en las aventuras espirituales que nos ofrece la historia y descubre implacablemente el fallo de
cada sistema, la ilusión que lo ha salvado todo, la predicación que no ha ocultado
nada. En este mundo devastado donde está demostrada la imposibilidad de conocer,
donde la nada parece la única realidad y la desesperación sin recurso la única actitud,
trata de encontrar el hilo de Ariadna que lleva a los secretos divinos.
Chestov, por su parte, a lo largo de una,obra de admirable monotonía, orientado,
sin cesar hacia las mismas verdades, demuestra sin descanso que el sistema más
cerrado, el racionalismo más universal, termina siempre chocando con lo irracional
del pensamiento humano. No se le escapa ninguna de las evidencias irónicas, de las
contradicciones irrisorias que menosprecian la razón. Una sola cosa le interesa y es la
excepción, bien sea de la historia del corazón o del espíritu. A través de las
experiencias dostoievskianas del condenado a muerte, de las aventuras exasperadas
del espíritu nietzscheano, de las imprecaciones de Hamlet o de la amarga aristocracia
de un Ibsen, descubre, aclara y magnifica la rebelión humana contra lo irremediable.
Niega sus razones a la razón y no comienza a dirigir sus pasos con alguna decisión
sino en el centro de ese desierto sin colores en el que todas las certidumbres se han
convertido en piedras.
Kierkegaard, quizás el más interesante de todos, por lo menos a causa de una
parte de su existencia, hace algo más que descubrir lo absurdo: lo vive. El hombre
que escribe: "El más seguro de los mutismos no consiste en callarse, sino en hablar",
se asegura, para comenzar, de que ninguna verdad es absoluta y no puede hacer
satisfactoria una existencia imposible en sí misma. Don Juan del conocimiento,

multiplica los seudónimos y las contradicciones, escribe los Discursos edificantes al
mismo tiempo que ese manual del espiritualismo cínico que se llama el Diario del
seductor. Rechaza los consuelos, la moral, los principios tranquilizadores. No
procura calmar el dolor de la espina que siente en el corazón. Lo excita, por el
contrario y, con la alegría desesperada de un crucificado contento de serlo, construye
pieza a pieza, con lucidez, negación y comedia, una categoría de lo demoníaco. Este
rostro a la vez tierno e irónico, estas piruetas seguidas de un grito que sale del fondo
del alma son el espíritu absurdo mismo en lucha con una realidad que lo supera. Y la
aventura espiritual que lleva a Kierkegaard a sus queridos escándalos comienza
también en el caos de una experiencia privada de sus decorados y vuelta a su
incoherencia primera.
En un plano muy distinto, el del método, con sus exageraciones mismas,
Husserl y los fenomenólogos restituyen al mundo su diversidad y niegan el poder
trascendente de la razón. El universo espiritual se enriquece con ellos de una manera
incalculable. El pétalo de rosa, el mojón kilométrico o la mano humana tienen tanta
importancia como el amor, el deseo o las leyes de la gravitación. Pensar no es ya
unificar, hacer familiar la apariencia bajo el rostro de un gran principio. Pensar es
aprender de nuevo a ver, a estar atento; es dirigir la propia conciencia, hacer de cada
idea y de cada imagen, a la manera de Proust, un lugar privilegiado. Paradójicamente
todo está privilegiado. Lo que justifica el pensamiento es su extremada conciencia.
Aunque sea más positivo que los de Kierkegaard o Chestov, el sistema husserliano,
en su origen, niega, sin embargo, el método clásico de la razón, decepciona a la
esperanza, abre a la intuición y al corazón toda una proliferación de fenómenos cuya
riqueza tiene algo de inhumano. Estos caminos llevan a todas las ciencias o a
ninguna. Es decir, que el medio tiene aquí más importancia que el fin. Se trata
solamente "de una actitud para conocer" y no de un consuelo. Una vez más, por lo
menos en el origen.
¡Cómo no advertir el parentesco profundo de esos pensadores! ¿Cómo no ver
que se reagrupan alrededor de un lugar privilegiado y amargo donde la esperanza ya
no tiene cabida? Quiero que me sea explicado todo o nada. Y la razón es impotente
ante ese grito del corazón. El espíritu despertado por esta exigencia busca y no
encuentra sino contradicciones y desatinos. Lo que yo no comprendo carece de
razón. El mundo está lleno, de estas irracionalidades. El mundo mismo, cuya
significación única no comprendo, no es sino una inmensa irracionalidad. Si se
pudiera decir una sola vez: "esto está claro", todo se salvaría. Pero estos hombres
proclaman a porfía que nada está claro, que todo es caos, que el hombre conserva
solamente su clarividencia y el conocimiento preciso de los muros que lo rodean.
Todas estas experiencias concuerdan y se recortan. El espíritu llegado a los
confines debe juzgar y elegir sus conclusiones. En ese punto se sitúan el suicidio y la
respuesta. Pero quiero invertir el orden de la investigación y partir de la aventura
inteligente para volver a los gestos cotidianos. Las experiencias aquí evocadas han
nacido en el desierto que no hay que abandonar. Por lo menos hay que saber hasta
dónde han llegado. En ese punto de su esfuerzo el hombre se halla ante lo irracional.
Siente en sí mismo su deseo de dicha y de razón. Lo absurdo nace de esta
confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo. Esto

es lo que no hay que olvidar. A esto es a lo que hay que aferrarse, puesto que toda la
consecuencia de una vida puede nacer de ello. Lo irracional, la nostalgia humana y lo
absurdo que surge de su enfrentamiento son los tres personajes del drama que debe
terminar necesariamente con toda la lógica de que es capaz una existencia.

El suicidio filosófico
El sentimiento de lo absurdo no es lo mismo que la noción de lo absurdo. La
fundamenta y nada más. No se resume en ella sino durante el breve instante en que
juzga al universo. Luego tiene que ir más lejos. Está vivo, lo que quiere decir que
debe morir o resonar más adelante. Lo mismo sucede con los temas que hemos
reunido. Pero lo que me interesa también a este respecto no son las obras o los
pensadores, cuya crítica exigiría otra forma y otro lugar, sino el descubrimiento de lo
que hay de común en sus conclusiones. Nunca ha habido, quizás, espíritus tan
diferentes. No obstante, reconocemos como idénticos los paisajes espirituales en los
que se mueven. Así también, a través de ciencias tan diferentes, el grito que termina
su itinerario resuena de la misma manera. Se advierte que hay un clima común a los
pensadores que se acaba de recordar. Decir que ese clima es mortífero es apenas
jugar con las palabras. Vivir bajo este cielo asfixiante exige que se salga de él o que
se permanezca en él. Se trata de saber cómo se sale de él en el primer caso y por qué
se permanece en él, en el segundo. Yo defino así el problema del suicidio y el interés
que se puede conceder a las conclusiones de la filosofía existencial.
Antes quiero desviarme un instante del camino recto. Hasta ahora hemos podido
circunscribir lo absurdo por la parte exterior. Puede uno preguntarse, no obstante,
qué es lo que contiene de claro esta noción y tratar de volver a encontrar, mediante el
análisis directo, su significación por una parte, y por la otra las consecuencias que
implica.
Si acuso a un inocente de un crimen monstruoso, si le digo a un hombre
virtuoso que ha codiciado a su propia hermana, me responderá que eso es absurdo.
Esta indignación tiene su lado cómico, pero también su razón profunda. El hombre
virtuoso ilustra con esa réplica la antinomia definitiva que existe entre el acto que yo
le atribuyo y los principios de toda su vida. "Es absurdo" quiere decir 'es imposible",
pero también "es contradictorio". Si veo a un hombre atacar con arma blanca a un
grupo de ametralladoras, juzgaré que su acto es absurdo. Pero no lo es sino en virtud
de la desproporción que existe entre su intención y la realidad que le espera, de la
contradicción que puedo advertir entre sus fuerzas reales y el fin que se propone. Del
mismo modo, estimaremos que un veredicto es absurdo oponiéndolo al veredicto
que, al parecer, imponían los hechos. Del mismo modo también una demostración
por lo absurdo se efectúa comparando las consecuencias de este razonamiento con la
realidad lógica que se quiere instaurar. En todos estos casos, desde el más sencillo
hasta el más complejo, la absurdidad será tanto más grande cuanto mayor sea la
diferencia entre los términos de mi comparación. Hay casamiento, desafíos, rencores,
silencios, guerras y también paces absurdos. En cada uno de estos casos la
absurdidad nace de una comparación. Por lo tanto, tengo razón al decir que la
sensación de la absurdidad no nace del simple examen de un hecho o de una

impresión, sino que surge de la comparación entre un estado de hecho y cierta
realidad, entre una acción y el mundo que la supera. Lo absurdo es esencialmente un
divorcio. No está ni en uno ni en otro de los elementos comparados. Nace de su
confrontación.
En el plano de la inteligencia puedo decir, por lo tanto, que lo absurdo no está
en el hombre (si semejante metáfora pudiera tener un sentido), ni en el mundo, sino
en su presencia común. Es por el momento el único lazo que los une. Si quiero limitarme a las evidencias, sé lo que quiere el hombre, sé lo que ofrece el mundo y
ahora puedo decir que sé también lo que los une. No necesito ahondar más. Una sola
certidumbre basta para quien busca. Se trata solamente de sacar de ella todas sus
consecuencias.
La consecuencia inmediata es, al mismo tiempo, una regla de método. La
singular trinidad que se pone así de manifiesto nada tiene de una América
descubierta de pronto. Pero tiene en común con los datos de la experiencia que es a
la vez infinitamente sencilla e infinitamente complicada. La primera de sus
características a este respecto es que no puede dividirse. Destruir uno de sus términos
es destruirla por completo. No puede haber absurdo fuera de un espíritu humano.
Así, lo absurdo termina, como todas las cosas, con la muerte. Pero tampoco puede
haber absurdo fuera de este mundo. Y con este criterio elemental juzgo que la noción
de lo absurdo es esencial y puede figurar como la primera de mis verdades. Aquí aparece la regla de método evocada anteriormente. Si juzgo que una cosa es cierta debo
preservarla. Si me ocupo en hallar la solución de un problema, por lo menos no debo
escamotear con esta solución misma uno de los términos del problema. El único dato
es para mí lo absurdo. El problema consiste en saber cómo se puede salir de él y si el
suicidio debe deducirse de ese absurdo. La primera y, en el fondo, la única condición
de mis investigaciones es la de preservar aquello que me abruma, y respetar, en
consecuencia, lo que juzgo esencial en él. Acabo de definirlo como una confrontación y una lucha sin tregua.
Y llevando hasta su término esta lógica absurda, debo reconocer que esta lucha
supone la ausencia total de esperanza (que nada tiene que ver con la desesperación),
el rechazo continuo (que no se debe confundir con la renunciación) y la
insatisfacción consciente (que no se debería confundir tampoco con la inquietud
juvenil). Todo lo que destruye, escamotea o sutiliza estas exigencias (y en primer
lugar el consentimiento que destruye el divorcio) arruina lo absurdo y desvaloriza la
actitud que se puede proponer entonces. Lo absurdo no tiene sentido sino en la
medida en que no se lo consiente.
Existe un hecho evidente que parece enteramente moral: un hombre es siempre
presa de sus verdades. Una vez que las reconoce, no puede apartarse de ellas. No hay
más remedio que pagarlas. Un hombre que adquiere conciencia de lo absurdo queda
ligado a ello para siempre. Un hombre sin esperanza y consciente de no tenerla no
pertenece ya al porvenir. Esto es natural. Pero es natural también que haga esfuerzos
por liberarse del universo que él mismo ha creado. Todo lo que precede no tiene
sentido, precisamente, sino considerando esta paradoja. Nada puede ser más
instructivo a este respecto que examinar ahora hasta dónde llevaron sus
consecuencias los hombres que reconocieron el clima absurdo, partiendo de una

crítica del racionalismo.
Ahora bien, para atenerme a las filosofías existenciales, veo que todas, sin
excepción, me proponen la evasión. Mediante un razonamiento singular, partiendo
de lo absurdo sobre los escombros de la razón, en un universo cerrado y limitado a lo
humano, divinizan lo que los aplasta y encuentran una razón para esperar en lo que
les desguarnece. Esta esperanza forzosa es, en todos, de esencia religiosa. Se merece
que nos detengamos en ella.
Ahora analizaré únicamente y a título de ejemplo, algunos temas particulares de
Chestov y Kierkegaard. Pero Jaspers va a proporcionarnos, llevado hasta la
caricatura, un ejemplo típico de esta actitud. Lo demás se hará más claro. Lo vemos
impotente para realizar lo trascendente, incapaz de sondear la profundidad de la
experiencia y consciente de este universo trastornado por el fracaso. ¿Va a progresar
o, por lo menos, a sacar las conclusiones de este fracaso? No aporta nada nuevo. En
la experiencia no ha encontrado sino la confesión de su impotencia y ningún pretexto
para deducir algún principio satisfactorio. No obstante, sin justificación, como él
mismo dice, afirma de una vez lo trascendente, la existencia de la experiencia y el
sentido sobrehumano de la vida, al escribir: “El fracaso no demuestra, más allá de
toda aplicación y de toda interpretación posibles, la nada, sino la existencia de la
trascendencia". A esta existencia que de pronto, y mediante un acto ciego de la
confianza humana, lo explica todo, la define como "la unidad inconcebible de lo
general y lo particular". Así lo absurdo se convierte en dios (en el sentido más amplio
de esta palabra) y la impotencia para comprender en el ser que lo ilumina todo. Nada
lleva lógicamente a este razonamiento. Puedo llamarlo un salto. Y paradójicamente
se comprende la insistencia, la paciencia infinita de Jaspers en hacer irrealizable la
experiencia de lo trascendente. Pues cuanto más fugaz es esta aproximación, tanto
más vana prueba ser esta definición y tanto más real le es esta trascendencia, pues su
apasionamiento al afirmarlo es justamente proporcional a la diferencia que existe
entre su poder de explicación y la irracionalidad del mundo y de la experiencia.
Parece, por lo tanto, que Jaspers se afana tanto más por destruir los prejuicios de la
razón por cuanto con ello explicará de modo más radical el mundo. Este apóstol del
pensamiento humillado va a encontrar en el extremo mismo de la humillación con
qué regenerar al ser en toda su profundidad.
El pensamiento místico nos ha familiarizado con estos procedimientos. Son tan
legítimos como cualquiera otra actitud del espíritu. Pero por el momento obro como
si me tomara en serio cierto problema. Sin prejuzgar el valor general de esta actitud,
ni su poder de enseñanza, quiero considerar únicamente si responde a las condiciones
que me he puesto, si es digna del conflicto que me interesa. Vuelvo así a Chestov.
Un comentarista cita una de sus frases que merece interés: "La única verdadera salida
—dice— está precisamente allí donde no hay salida alguna para el juicio humano. Si
no, ¿para qué necesitaríamos a Dios? No se vuelve uno hacia Dios sino para obtener
lo imposible. Para lo posible, se bastan los hombres". Si hay una filosofía
chestoviana, puedo decir que esta frase la resume por completo. Pues cuando, al
término de sus análisis apasionados, Chestov descubre la absurdidad fundamental de
toda existencia, no dice." "He aquí lo absurdo", sino: "He aquí a Dios; es a él a quien
hay que remitirse, aunque no corresponda a ninguna de nuestras categorías

racionales". Para que la confusión no sea posible, el filósofo ruso insinúa inclusive
que ese Dios puede ser vengativo y odioso, incomprensible y contradictorio, pero
cuanto más horrible es su rostro tanto más afirma su poder. Su grandeza es su
inconsecuencia. Su prueba es su inhumanidad. Hay que saltar a él y librarse con este
salto de las ilusiones racionales. Por lo tanto, para Chestov la aceptación de lo
absurdo es contemporánea de lo absurdo mismo. Comprobarlo es aceptarlo y todo el
esfuerzo lógico de su pensamiento consiste en manifestarlo para hacer surgir al
mismo tiempo la esperanza inmensa que implica. Una vez más, esta actitud es
legítima. Pero yo me empeño aquí en considerar un solo problema y todas sus
consecuencias. No tengo que examinar la emoción de un pensamiento o de un acto
de fe. Tengo toda mi vida para hacerlo. Sé que el racionalista encuentra irritante la
actitud chestoviana. Pero siento también que Chestov tiene razón contra el
racionalista y quiero saber únicamente si permanece fiel a los mandamientos de lo
absurdo. Ahora bien, si se admite que lo absurdo es lo contrario de la esperanza, se
ve que para Chestov el pensamiento existencial presupone lo absurdo, pero no lo
demuestra sino para disiparlo. Esta sutileza de pensamiento es una jugada patética de
malabarista. Cuando, por otra parte, Chestov opone su absurdo a la moral corriente y
a la razón, lo llama verdad y redención. Hay, por lo tanto, en la base y en esta
definición de lo absurdo una aprobación que Chestov le aporta. Si se reconoce que
toda la fuerza de esta noción reside en la manera de chocar con nuestras esperanzas
elementales, si se tiene la sensación de que lo absurdo exige para seguir existiendo
que no se consienta en él, se ve claramente que ha perdido su verdadero rostro, su
carácter humano y relativo, para entrar en una eternidad a la vez incomprensible y
satisfactoria. Si hay absurdo, lo hay en el universo del hombre. Desde el instante en
que su noción se transforma en trampolín para la eternidad ya no está ligada a la
lucidez humana. Lo absurdo no es ya esa evidencia que el hombre comprueba sin
consentir en ella. Se elude la lucha. El hombre integra lo absurdo y en esta comunión
hace desaparecer su característica esencial, que es oposición, desgarramiento y
divorcio. Este salto es un escape. Chestov, quien cita tan de buena gana la frase de
Hamlet "The time is out of joint", la escribe con una especie de esperanza feroz que
se le puede atribuir muy particularmente. Porque no es así como la pronuncia Hamlet
o como la escribe Shakespeare. La embriaguez de lo irracional y la vocación del
éxtasis desvían de lo absurdo a un espíritu clarividente. Para Chestov la razón es
vana, pero hay algo más allá de la razón. Para un espíritu absurdo la razón es vana y
no hay nada mas allá de la razón.
Este salto puede, por lo menos, aclararnos un poco más la naturaleza verdadera
de lo absurdo. Sabemos que no vale sino en un equilibrio, que se halla, ante todo, en
la comparación y no en los términos de esta comparación. Pero Chestov precisamente, hace recaer todo el peso sobre uno de los términos y destruye el
equilibrio. Nuestro deseo de comprender, nuestra nostalgia de absoluto no se
explican sino en la medida en que, justamente, podemos comprender y explicar
muchas cosas. Es inútil negar absolutamente la razón. Tiene su orden en el cual es
eficaz. Ese orden es, precisamente, el de la experiencia humana. De ahí que
queramos aclararlo todo. Si no podemos hacerlo, si lo absurdo nace en esa ocasión,
es justamente, del choque de esta razón eficaz pero limitada y de lo irracional que

renace siempre. Ahora bien, cuando Chestov se irrita contra una proposición
hegeliana como "los movimientos del sistema solar se efectúan de acuerdo con leyes
inmutables y estas leyes son su razón", cuando emplea todo su apasionamiento para
dislocar el racionalismo spinoziano va a parar justamente a la vanidad de toda razón,
y de ahí, mediante un rodeo natural e ilegítimo, a la preeminencia de lo irracional4.
Pero el paso no es evidente, pues pueden intervenir en ello las nociones de límite y
de plan. Las leyes de la naturaleza pueden ser valederas hasta cierto límite, pasado el
cual se vuelven contra sí mismas para dar nacimiento a lo absurdo. O también pueden justificarse en el plano de la descripción sin ser por ello ciertas en el de la
explicación. Todo se sacrifica aquí a lo irracional y, como la exigencia de claridad es
escamoteada, lo absurdo desaparece con uno de los términos de su comparación. El
hombre absurdo, por el contrario, no realiza esa nivelación. Reconoce la lucha, no
desprecia absolutamente la razón y admite lo irracional. Abarca así con la mirada
todos los datos de la experiencia y está poco dispuesto a saltar antes de saber. Sabe
solamente que en esta conciencia atenta no hay ya lugar para la esperanza.
Lo que es perceptible en León Chestov lo será todavía más, quizás, en
Kierkegaard. Ciertamente, es difícil separar proposiciones claras en un autor tan
inasible. Mas a pesar de los escritos aparentemente opuestos, por encima de los
seudónimos, de los juegos y de las sonrisas, se siente que a lo largo de esta obra
aparece como el presentimiento (al mismo tiempo que la aprensión) de una verdad
que termina estallando en las últimas obras: también Kierkegaard da el salto. El
cristianismo que le asustaba tanto en su infancia recobra finalmente su rostro más
duro. Para él también, la antinomia y la paradoja se convierten en criterios de lo
religioso. Así, aquello mismo que hacía desesperar del sentido y de la profundidad de
esta vida le da ahora su verdad y su claridad. El cristianismo es el escándalo y lo que
Kierkegaard reclama lisa y llanamente es el tercer sacrificio exigido por Ignacio de
Loyola, el que más alegra a Dios: "El sacrificio del Intelecto"5. Este efecto del "salto"
es extraño, pero no debe sorprendernos ya. Hace de lo absurdo el criterio del otro
mundo, cuando es únicamente un residuo de la experiencia de este mundo. "En su
fracaso —dice Kierkegaard— el creyente encuentra su triunfo."
No tengo por qué preguntarme con qué predicción conmovedora se relaciona
esta actitud. Lo único que tengo que preguntarme es si el espectáculo de lo absurdo y
su carácter propio lo legitiman. A este respecto sé que no es así. Si se considera de
nuevo el contenido de lo absurdo, se comprende mejor el método que inspira a
Kierkegaard. No mantiene el equilibrio entre lo irracional del mundo y la nostalgia
rebelde de lo absurdo. No respeta la relación que constituye, propiamente hablando,
el sentimiento de la absurdidad. Seguro de no poder eludir lo irracional, quiere, por
lo menos, salvarse de esta nostalgia desesperada que le parece estéril y sin alcance.
Pero si bien puede tener razón sobre este punto en su juicio, no puede tenerla
igualmente en su negación. Si reemplaza su grito de rebelión por una adhesión
frenética, se ve obligado a ignorar lo absurdo que le iluminaba hasta entonces y a
4 Especialmente a propósito de la noción de excepción y contra Aristóteles.
5 Se puede pensar que no tengo en cuenta aquí el problema esencial, que es el de la fe. Pero yo no examino la filosofía
de Kierkegaard, o de Chestov o, más lejos, de Husserl (serían necesarios otro lugar y otra actitud espiritual); les
tomo un tema y examino si sus consecuencias pueden convenir a las reglas ya fijadas. Se trata solamente de
obstinación.

divinizar la única certidumbre que tendrá en adelante: lo irracional. Lo importante,
decía el abate Galiani a Madame d'Epinay, no es curarse, sino vivir con sus
enfermedades. Kierkegaard quiere curarse. Curarse es su deseo frenético, el que
circula por todo su Diario. Todo el esfuerzo de su inteligencia tiene por objeto eludir
la antinomia de la condición humana. Es un esfuerzo tanto más desesperado cuanto
que advierte de vez en cuando su inutilidad, por ejemplo, cuando habla de él, como si
ni el temor de Dios ni la piedad fuesen capaces de darle la paz. Así, mediante un
subterfugio torturado, da a lo irracional el rostro de lo absurdo y a su Dios los
atributos: injusto, inconsecuente e incomprensible. Sólo la inteligencia trata de
ahogar en él la reivindicación profunda del corazón humano. Puesto que nada está
probado, todo puede ser probado.
Es el propio Kierkegaard quien nos revela el camino seguido. No quiero sugerir
nada ahora, ¿pero cómo es posible no leer en sus obras los signos de una mutilación
casi voluntaria del alma frente a la mutilación consentida sobre lo absurdo? Es el
leit-motiv del Diario. "Lo que me ha faltado es la bestia, que también forma parte del
destino humano... Pero dadme un cuerpo." Y más adelante: "¡Oh!, sobre todo en mi
primera juventud, qué no hubiese dado por ser hombre, aunque hubiese sido durante
seis meses... Lo que me falta, en el fondo, es un cuerpo y las condiciones físicas de la
existencia". Sin embargo, el mismo hombre hace suyo en otra parte el gran grito de
esperanza que ha atravesado tantos siglos y animado tantos corazones, salvo el del
hombre absurdo. "Pero para el cristiano, la muerte no es en modo alguno el final de
todo e implica infinitamente más esperanza que la vida, aunque sea ésta desbordante
ae salud y de fuerza". La reconciliación mediante el escándalo es también
reconciliación. Permite, quizá, como se ve, extraer la esperanza de su contraria, que
es la muerte. Pero aunque la simpatía haga inclinarse hacia esta actitud, hay que
decir, no obstante, que la desmesura no justifica nada. Sobrepasa, se dice, la medida
humana y, en consecuencia, es necesario que sea sobrehumana. Pero este "en
consecuencia' está de más. No hay en esto certidumbre lógica. Tampoco hay
probabilidad experimental. Todo lo que puedo decir es que, en efecto, sobrepasa mi
medida. Si no deduzco de ello una negación, por lo menos no quiero fundamentar
nada en lo incomprensible. Quiero saber si puedo vivir con lo que sé y con eso
solamente. Me dicen también que la inteligencia debe aquí sacrificar su orgullo y la
razón debe inclinarse. Pero si reconozco los límites de la razón no la niego por ello,
pues reconozco sus poderes relativos. Yo quiero solamente mantenerme en este
camino medio, en el que la inteligencia puede seguir siendo clara. Si en esto consiste
su orgullo, no veo motivo suficiente para renunciar a él. Nada más profundo, por
ejemplo, que la opinión de Kierkegaard de que la desesperación no es un hecho, sino
un estado: el estado mismo del pecado. Pues el pecado es lo que aleja de Dios. Lo
absurdo, que es el estado metafísico del hombre consciente, no lleva a Dios6. Quizá
se aclare esta noción si aventuro esta enormidad: lo absurdo es el pecado sin Dios.
Se trata de vivir en ese estado de lo absurdo. Sé sobre qué están fundados este
espíritu y este mundo apuntalados el uno en el otro sin poder abrazarse. Pido la regla
de la vida de ese estado y lo que me proponen no tiene en cuenta el fundamento,
niega uno de los términos de la oposición dolorosa, me impone una renuncia.
6 No he dicho "excluye a Dios", lo que sería también afirmar.

Pregunto qué trae aparejada la condición que reconozco como mía; sé que ésta
implica la oscuridad y la ignorancia, y me aseguran que esta ignorancia lo explica
todo y que esta oscuridad es mi luz. Pero no se contesta a mi intención y ese lirismo
exaltante no puede ocultarme la paradoja. Por lo tanto, hay que desviarse.
Kierkegaard puede gritar y advertir: "Si el hombre no tuviese una conciencia eterna;
si, en el fondo de todas las cosas, no hubiese sino un poder salvaje e hirviente que
produce todas las cosas, lo grande y lo fútil, en el torbellino de oscuras pasiones; si el
vacío sin fondo que nada puede llenar se ocultase bajo las cosas, ¿qué sería la vida
sino desesperación?" Este grito no puede detener al hombre absurdo. Buscar lo que
es verdadero no es buscar lo que es deseable. Si para escapar a la pregunta
angustiada: "¿Qué sería la vida?" hay que alimentarse, como el asno, de las rosas de
la ilusión, más bien que resignarse a la mentira, el espíritu absurdo prefiere adoptar
sin temblar la respuesta de Kierkegaard: "la desesperación". Considerándolo bien
todo, un alma decidida saldrá siempre del paso.
Me tomo la libertad de llamar aquí suicidio filosófico a la actitud existencial.
Pero esto no implica un juicio. Es una manera cómoda de designar el movimiento por
el cual un pensamiento se niega a sí mismo y tiende a superarse a sí mismo en lo que
constituye su negación. La negación es el Dios de los existencialistas. Exactamente,
ese dios sólo se sostiene gracias a la negación de la razón humana7. Pero lo mismo
que los suicidios, los dioses cambian con los hombres. Hay muchas maneras de
saltar, pero lo esencial es saltar. Estas negaciones redentoras, estas contradicciones
finales que niegan el obstáculo que no se ha saltado todavía, pueden nacer tanto (tal
es la paradoja a que tiende este razonamiento) de cierta inspiración religiosa como
del orden racional. Aspiran siempre a lo eterno, y en eso solamente es en lo que dan
el salto.
Hay que decir también que el razonamiento que sigue este ensayo deja
enteramente a un lado la actitud espiritual más difundida en nuestro siglo ilustrado:
la que se apoya en el principio de que todo es razón y aspira a dar una explicación
del mundo. Es natural que se dé una explicación clara de él cuando se admite que
debe ser claro. Esto es hasta legítimo, pero no interesa al razonamiento que seguimos
ahora. En efecto, su finalidad es aclarar la manera de proceder del espíritu cuando,
habiendo partido de una filosofía de la no-significación del mundo, termina
encontrándole un sentido y una profundidad. La más patética de esas maneras de
proceder es de esencia religiosa; se ilustra en el tema de lo irracional. Pero la más
paradójica y significativa es, desde luego, la que da sus razones razonadoras a un
mundo que imaginaba al comienzo sin principio rector. En todo caso, no se podría
llegar a las consecuencias que nos interesan sin haber dado una idea de esta nueva
adquisición del espíritu de nostalgia.
Examinaré solamente el tema de "la intención", puesto de moda por Husserl y
los fenomenólogos. Ya se ha aludido a él. Primitivamente, el método husserliano
niega la manera de proceder clásica de la razón. Repitámoslo. Pensar no es unificar,
hacer familiar la apariencia bajo el rostro de un gran principio. Pensar es aprender de
nuevo a ver, dirigir la propia conciencia, hacer de cada imagen un lugar privilegiado.
Dicho de otro modo, la fenomenología se niega a explicar el mundo, quiere ser
7 Precisemos una vez más: de lo que se trata aquí no es de la afirmación de Dios, sino de la lógica que conduce a Él.

solamente una descripción de lo vivido. Coincide con el pensamiento absurdo de su
afirmación inicial de que no hay verdad, sino solamente verdades. Desde el viento de
la tarde hasta esta mano que se apoya en mi hombro, cada cosa tiene su verdad. Es la
conciencia la que la aclara con la atención que le presta. La conciencia no forma el
objeto de su conocimiento; no hace sino fijar, es el acto de atención y, para decirlo
con una imagen bergsoniana, se parece al aparato de proyección que se fija de golpe
sobre una imagen. La diferencia consiste en que no hay guión, sino una ilustración
sucesiva e inconsecuente. En esta linterna mágica todas las imágenes son
privilegiadas. La conciencia pone en suspenso en la apariencia los objetos de su
atención. Con su milagro los aisla. Están desde entonces fuera de todos los juicios.
Esta "intención" es la que caracteriza a la conciencia. Pero la palabra no implica idea
alguna de finalidad: está tomada en su sentido de "dirección", sólo tiene un valor
topográfico.
A primera vista parece que nada contradice al espíritu absurdo. Esta aparente
modestia del pensamiento que se limita a describir lo que se niega a explicar, esta
disciplina voluntaria de la que procede paradójicamente el enriquecimiento profundo
de la experiencia y el renacimiento del mundo en su prolijidad, son maneras de
proceder absurdas. Por lo menos a primera vista. Pues los métodos de pensamiento,
en este caso como en otros, revisten siempre dos aspectos, uno psicológico y el otro
metafísico8. Con ellos ocultan dos verdades. Si el tema de la intencionalidad no
pretende ilustrar sino una actitud psicológica con la cual lo real sería agotado en vez
de ser explicado, nada lo separa, en efecto, del espíritu absurdo. Aspira a enumerar lo
que no puede trascender. Afirma solamente que en ausencia de todo principio de unidad el pensamiento puede satisfacerse en la descripción y comprensión de cada
rostro de la experiencia. La verdad de que se trata entonces para cada uno de estos
rostros es de orden psicológico. Testimonia solamente el "interés" que puede presentar la realidad. Es una manera de despertar a un mundo soñoliento y de hacerlo
viviente para el espíritu. Pero si se quiere extender y fundamentar racionalmente esta
noción de verdad, si se pretende descubrir así la "esencia" de cada objeto del
conocimiento, se restituye su profundidad a la experiencia. Para un espíritu absurdo
esto es incomprensible. Ahora bien, esta fluctuación entre la modestia y la seguridad
es lo que se advierte en la actitud intencional, y este reflejo del pensamiento
fenomenológico ilustrará mejor que cualquier otra cosa el razonamiento absurdo.
Pues Husserl habla también de "esencias extratemporales" que la intención pone
así de manifiesto, y se cree oír a Platón. No se explican todas las cosas por una sola,
sino por todas. No veo en ello diferencia. Ciertamente no se quiere que estas ideas o
estas esencias que la conciencia “efectúa" al término de cada descripción sean
modelos perfectos, pero se afirma que están directamente presentes en todo dato de
percepción. No hay ya una sola idea que lo explique todo, sino una infinidad de
esencias que dan un sentido a una infinidad de objetos. El mundo se inmoviliza, pero
se aclara.
El realismo platónico se hace intuitivo, pero sigue siendo realismo. Kierkegaard
se abismaba en su Dios, Parménides precipitaba al pensamiento en lo Uno, pero aquí
el pensamiento se arroja a un politeísmo abstracto. Más aún, las alucinaciones y las
8 Hasta las epistemologías más rigurosas suponen metafísica, hasta el punto de que la metafísica de una gran parte de
los pensadores de la época consiste en no tener sino una epistemología.

ficciones forman parte también de las "esencias extratemporales". En el nuevo
mundo de las ideas, la categoría de centauro colabora con la más modesta, de
metropolitano.
Para el hombre absurdo había una verdad, al mismo tiempo que una amargura,
en esta opinión puramente psicológica de que todos los rostros del mundo son
privilegiados. Que todo sea privilegiado equivale a decir que todo es equivalente.
Pero el aspecto metafísico de esta verdad lo lleva tan lejos que, en virtud de una
reacción elemental, se siente, quizá, más cerca de Platón. Se le enseña, en efecto, que
toda imagen supone una esencia igualmente privilegiada. En este mundo ideal sin
jerarquía el ejército formal se compone solamente de generales. Sin duda, había sido
eliminada la trascendencia, pero un giro brusco del pensamiento vuelve a introducir
en el mundo una especie de inmanencia fragmentaria que restituye su profundidad al
universo.
¿Debo temer que haya llevado demasiado lejos un tema manejado con más
prudencia por sus creadores? Me limito a leer estas afirmaciones de Husserl, de
apariencia paradójica, pero cuya lógica rigurosa se advierte si se admite lo que precede: "Lo que es verdad es verdad absolutamente, en sí; la verdad es una, idéntica a sí
misma, cualesquiera que sean los seres que la perciban, hombres, monstruos, ángeles
o dioses". No puedo negar que la Razón triunfa y toca el clarín por esta voz. ¿Qué
puede significar su afirmación en el mundo absurdo? La percepción de un ángel o de
un dios no tiene sentido para mí. Este lugar geométrico donde la razón divina ratifica
la mía me es para siempre incomprensible. También en ello descubro un salto, y
aunque sea dado en lo abstracto, no deja de significar para mí el olvido de lo que,
precisamente, no quiero olvidar. Cuando más adelante exclama Husserl: "Si todas las
masas sometidas a la atracción desapareciesen, la ley de la atracción no se vería
destruida, pero quedaría simplemente sin aplicación posible ', sé que me encuentro
ante una metafísica de consuelo. Y si quiero descubrir el recodo en que el
pensamiento abandona el camino de la evidencia, no tengo más que releer el
razonamiento paralelo que emplea Husserl a propósito del espíritu: "Si pudiéramos
contemplar claramente las leyes exactas de los procesos psíquicos, se mostrarían
igualmente eternas e invariables, como las leyes fundamentales de las ciencias
naturales teóricas. Por lo tanto, serían válidas aunque no hubiese proceso psíquico
alguno". ¡Aunque no existiese el espíritu existirían sus leyes! Comprendo entonces
que de una verdad psicológica Husserl pretende nacer una regla racional: después de
haber negado el poder integrante de la razón humana, salta mediante ese sesgo a la
Razón eterna.
El tema husserliano del "universo concreto" no puede, por lo tanto,
sorprenderme. Decirme, que todas las esencias no son formales, sino que también las
hay materiales, que las primeras son el objeto de la lógica y las segundas de las
ciencias, no es sino una cuestión de definición. Se me asegura que lo abstracto no
designa sino una parte no consistente por sí misma de un universal concreto. Pero la
fluctuación ya revelada me permite aclarar la confusión de estos términos. Pues eso
puede querer decir que el objeto concreto de mi atención, ese cielo, el reflejo de ese
agua sobre el faldón de este abrigo conservan, por sí solos, el prestigio de lo real que
mi interés aisla en el mundo. Y no lo negaré. Pero eso puede querer decir también

que ese mismo abrigo es universal, tiene su esencia particular y suficiente, pertenece
al mundo de las formas. Comprendo entonces que sólo se ha cambiado el orden de la
procesión. Este mundo no se refleja ya en un universo superior; el cielo de las formas
se representa en la multitud de las imágenes de esta tierra. Esto no cambia nada para
mí. Lo que encuentro aquí no es la afición a lo concreto, el sentido de la condición
humana, sino un intelectualismo lo bastante desenfrenado como para generalizar a lo
concreto mismo.
Sería inútil asombrarse de la paradoja aparente que lleva al pensamiento a su
propia negación por los caminos opuestos de la razón humillada y de la razón
triunfante. Del dios abstracto de Husserl al dios fulgurante de Kierkegaard no hay
mucha distancia. La razón y lo irracional llevan, a la misma predicación. Es que, en
verdad, el camino importa poco y la voluntad de llegar basta para todo. El filósofo
abstracto y el filósofo religioso parten del mismo desorden y se apoyan en la misma
angustia. Pero lo esencial es explicar. A este respecto la nostalgia es más fuerte que
la ciencia. Es significativo que el pensamiento de la época sea a la vez uno de los
más empapados en una filosofía de la no-significación del mundo y uno de los más
desgarrados en sus conclusiones. No cesa de oscilar entre la extrema racionalización
de lo real que lleva a fragmentarla en razones-tipos y su extrema irracionalización
que lleva a divinizarlo. Pero este divorcio sólo es aparente. Se trata de reconciliarse
y, en ambos casos, el salto basta para ello. Se cree siempre, equivocadamente, que la
idea de razón tiene un sentido único. En realidad, por riguroso que sea en su
ambición, este concepto no deja de ser tan móvil como otros. La razón tiene un rostro
enteramente humano, pero sabe también volverse hacia lo divino. Desde Plotino, el
primero que supo conciliarla con el clima eterno, ha aprendido a desviarse del más
caro de sus principios, que es la contradicción, para integrar el más extraño, el
completamente mágico de la participación9. Es un instrumento de pensamiento y no
el pensamiento mismo. El pensamiento de un hombre es, ante todo, su nostalgia.
Así como la razón supo aplacar la melancolía plotiniana, así también da a la
angustia moderna los medios de calmarse en los decorados familiares de lo eterno. El
espíritu absurdo tiene menos suerte. Para él el mundo no es tan racional ni tan
irracional. Es irrazonable y nada más que eso. En Husserl la razón termina no
teniendo límites. El hombre absurdo fija, por el contrario, sus límites, puesto que es
impotente para calmar su angustia. Kierkegaard afirma, por otro lado, que un solo
límite basta para negarla. Pero el hombre de lo absurdo no va tan lejos. Para él este
límite apunta solamente a las ambiciones de la razón. El tema de lo irracional, tal
como lo conciben los existencialistas, es la razón que se embrolla y se desembrolla
negándose. El nombre absurdo es la razón lúcida que comprueba sus límites.
El hombre absurdo reconoce sus verdaderas razones al término de ese camino
difícil. Al comparar su exigencia profunda con lo que se le propone entonces, siente
de pronto que se va a desviar. En el universo de Husserl el mundo se aclara y ese
deseo de familiaridad que existe en el corazón del hombre se hace inútil. En el
apocalipsis de Kierkegaard ese deseo de claridad tiene que negarse si quiere ser
9 A. En esta época era necesario que la razón se adaptase o muriese. Se adapta. Con Plotino se convierte de lógica en
estética. La metáfora reemplaza al silogismo. B. Por otra parte, ésta no es la única contribución de Plotino a la
fenomenología. Toda esta actitud está ya contenida en la idea, tan cara al pensador alejandrino, de que no hay
solamente una idea del hombre, sino también una idea de Sócrates.

satisfecho. El pecado no consiste tanto en saber (a este respecto todo el mundo es
inocente) como en desear saber. Justamente, es el único pecado del cual el hombre
absurdo puede sentirse culpable e inocente. Se le propone una solución en la que
todas las contradicciones pasadas no son ya sino juegos polémicos. Pero no las ha
sentido así. Hay que conservar su verdad, que consiste en que no quedan satisfechas.
No quiere predicación.
Mi razonamiento quiere ser fiel a la evidencia que lo ha estimulado. Esta
evidencia es lo absurdo. Es ese divorcio entre el espíritu que desea y el mundo que
decepciona, mi nostalgia de unidad, el universo disperso y la contradicción que los
encadena. Kierkegaard suprime mi nostalgia y Husserl reúne este universo. No es eso
lo que yo esperaba. Se trataba de vivir y de pensar con esos desgarramientos, de
saber si había que aceptar o rechazar. No puede tratarse de disfrazar la evidencia, de
suprimir lo absurdo negando uno de los términos de su ecuación. Hay que saber si se
puede vivir de él o si la lógica ordena que se muera de él. No me interesa el suicidio
filosófico, sino el suicidio a secas. Quiero solamente purgarlo de su contenido de
emociones y conocer su lógica y su honestidad. Toda otra posición supone para el
espíritu absurdo el escamoteo y el retroceso del espíritu ante lo que pone de
manifiesto el espíritu. Husserl dice que obedece al deseo de escapar "al hábito
inveterado de vivir y de pensar en ciertas condiciones de existencia ya muy
conocidas y cómodas", pero el salto final nos restituye en él lo eterno y su
comodidad. El salto no implica un peligro extremo, como querría Kierkegaard. El
peligro está, por el contrario, en el instante sutil que precede al salto. La honestidad
consiste en saber mantenerse en ese borde vertiginoso, y lo demás es subterfugio. Sé
también que nunca la impotencia ha inspirado acordes tan conmovedores como los
de Kierkegaard. Pero si la impotencia tiene un lugar en los paisajes indiferentes de la
historia, no podría encontrarlo en un razonamiento cuya exigencia se conoce ahora.

La libertad absurda
Lo principal está ya hecho. Tengo algunas evidencias de las que no puedo
apartarme. Lo que sé, lo que es seguro, lo que no puedo negar, lo que no puedo
rechazar, eso es lo que cuenta. Puedo negar todo de esta parte de mí mismo que vive
de nostalgias inciertas, salvo ese deseo de unidad, esa apetencia de solución, esa
exigencia de claridad y cohesión. Puedo refutar todo en este mundo que me rodea,
me hiere o me transporta, salvo ese caos, ese azar rey y esa divina equivalencia que
nace de la anarquía. No sé si este mundo tiene un sentido que lo supera, pero sé que
no conozco ese sentido y que por el momento me es imposible conocerlo. ¿Qué
significa para mí un significado fuera de mi condición? No puedo comprender sino
en términos humanos. Lo que toco, lo que me resiste, eso es lo que comprendo. Y sé
también que no puedo conciliar estas dos certidumbres: mi apetencia de absoluto y
de unidad y la irreductibilidad de este mundo a un principio racional y razonable.
¿Qué otra verdad puedo reconocer sin mentir, sin hacer que intervenga una esperanza
que no tengo y que no significa nada dentro de los límites de mi condición?
Si yo fuese un árbol entre los árboles, un gato entre los animales, esta vida
tendría un sentido o, más bien, este problema no lo tendría, pues yo formaría parte de

este mundo. Yo sería este mundo, al que me opongo ahora con toda mi conciencia y
con toda mi exigencia de familiaridad. Esta razón tan irrisoria es la que me opone a
toda la creación. No puedo negarla de un plumazo. Por lo tanto, debo mantener lo
que creo cierto. Debo sostener lo que me parece tan evidente, inclusive contra mí
mismo. ¿Y qué es lo que constituye el fondo de este conflicto, de esta fractura entre
el mundo y mi espíritu, sino la conciencia que tengo de él? Por lo tanto, si quiero
mantenerlo, es mediante una conciencia perpetua, constantemente renovada,
constantemente tensa. Esto es lo que debo retener por el momento. En este momento
lo absurdo, a la vez tan evidente y tan difícil de conquistar, entra en la vida de un
hombre y encuentra su patria. También en este momento el espíritu puede abandonar
la vía árida y reseca del esfuerzo lúcido. Ahora desemboca en la vida cotidiana.
Vuelve a encontrar el mundo del "se" anónimo, pero el hombre entra en él en
adelante con su rebelión y su clarividencia. Ha desaprendido a esperar. Este infierno
del presente es por fin su reino. Todos los problemas recuperan su filo. La evidencia
abstracta se retira ante el lirismo de las formas y los colores. Los conflictos
espirituales se encarnan y vuelven a encontrar el refugio miserable y magnífico del
corazón del hombre. Ninguno está resuelto, pero todos se han transfigurado. ¿Se va a
morir, a escapar mediante el salto, a reconstruir una casa de ideas y formas a la
medida propia? ¿Se va, por el contrario, a mantener la apuesta desgarradora y
maravillosa de lo absurdo? Hagamos a este respecto un último esfuerzo y saquemos
todas nuestras consecuencias. El cuerpo, la ternura, la creación, la acción, la nobleza
humana, volverán entonces a ocupar su lugar en este mundo insensato. El hombre
volverá a encontrar en él finalmente el vino de lo absurdo y el pan de la indiferencia
con que se nutre su grandeza.
Insistimos todavía en el método: se trata de obstinarse. En cierto punto de su
camino, el hombre absurdo es solicitado. La historia no carece de religiones ni de
profetas, inclusive sin dioses. Se le pide que salte. Todo lo que puede responder es
que no comprende bien, que eso no es evidente. No quiere hacer, precisamente, sino
lo que comprende bien. Le aseguran que eso es pecado de orgullo, pero no entiende
la noción de pecado; que quizás el infierno está al final, pero no tiene bastante
imaginación para representarse ese extraño porvenir; que pierde la vida inmortal,
pero eso le parece fútil. Quisieran hacerle reconocer su culpabilidad. El se siente
inocente. Para decir la verdad, sólo siente eso, su inocencia irreparable. Ella es la que
le permite todo. Así, lo que se exige a sí mismo es vivir solamente con lo que sabe,
arreglárselas con lo que es y no hacer que intervenga nada que no sea cierto. Le
responden que nada lo es. Pero eso, por lo menos, es una certidumbre. Con ella es
con la que tiene que ver: quiere saber si es posible vivir sin apelación.
Ahora puedo abordar la noción de suicidio. Se ha advertido ya qué solución es
posible darle. En este punto se invierte el problema. Anteriormente se trataba de
saber si la vida debía tener un sentido para vivirla. Ahora parece, por el contrario,
que se la vivirá tanto mejor si no tiene sentido. Vivir una experiencia, un destino, es
aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiendo que es absurdo,
si no se hace todo para mantener ante uno mismo ese absurdo puesto de manifiesto
por la conciencia. Negar uno de los términos de la oposición de que vive es eludirlo.
Abolir la rebelión consciente es eludir el problema. El rema de la revolución

permanente se ha trasladado así a la experiencia individual. Vivir es hacer que viva
lo absurdo. Hacerlo vivir es, ante todo, contemplarlo. Al contrario de Eurídice, lo
absurdo no muere sino cuando se le da la espalda. Una de las únicas posiciones
filosóficas coherentes es, por lo tanto, la rebelión. Es una confrontación perpetua del
hombre con su propia oscuridad. Es exigencia de una transparencia imposible.
Vuelve a poner al mundo en duda en cada uno de sus segundos. Así como el peligro
proporciona al hombre la irremplazable ocasión de asirlo, también la rebelión
metafísica extiende la conciencia a lo largo de la experiencia. Es esa presencia constante del hombre ante sí mismo. No es aspiración, pues carece de esperanza. Esta
rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería
acompañarla.
Aquí se ve hasta qué punto la experiencia absurda se aleja del suicidio. Se
puede creer que el suicidio sigue a la rebelión, pero es un error, pues no simboliza su
resultado lógico. Es exactamente su contrario, por el consentimiento que supone. El
suicidio, como el salto, es la aceptación en su límite. Todo está consumado y el
hombre vuelve a entrar en su historia esencial. Discierne su porvenir, su único y
terrible porvenir, y se precipita en él. A su manera, el suicidio resuelve lo absurdo.
Lo arrastra a la misma muerte. Pero yo sé que para mantenerse, lo absurdo no puede
resolverse. Escapa al suicidio en la medida en que es al mismo tiempo conciencia y
rechazo de la muerte. Es, en la punta extrema del último pensamiento del condenado
a muerte, ese cordón de zapato que a pesar de todo divisa a algunos metros, al borde
mismo de su caída vertiginosa. Lo contrario del suicida, precisamente, es el
condenado a muerte.
Esta rebelión da su precio a la vida. Extendida a lo largo de toda una existencia,
le restituye su grandeza. Para un hombre sin anteojeras no hay espectáculo más bello
que el de la inteligencia en lucha con una realidad que la supera. El espectáculo del
orgullo humano es inigualable. Las depreciaciones no servirán de nada. Esta
disciplina que el espíritu se dicta a sí mismo, esta voluntad bien armada, este frente a
frente tienen algo de poderoso y de singular. Empobrecer esta realidad cuya
inhumanidad hace la grandeza del hombre, supone empobrecerle a él al mismo
tiempo. Comprendo por qué las doctrinas que me explican todo me debilitan al
mismo tiempo. Me libran del peso de mi propia vida y, sin embargo, es necesario que
lo lleve yo solo. En esta situación no puedo concebir que una metafísica escéptica
pueda aliarse con una moral del renunciamiento.
Estos rechazos, conciencia y rebelión, son lo contrario del renunciamiento.
Contrariamente a su vida, todo lo irreductible y apasionado que hay en un corazón
humano los anima. Se trata de morir irreconciliado y no de buena gana. El suicidio es
un desconocimiento. El hombre absurdo no puede sino agotarlo todo y agotarse. Lo
absurdo es su tensión más extrema, la que mantiene constantemente con un esfuerzo
solitario, pues sabe que con esa conciencia y esa rebelión al día testimonia su única
verdad, que es el desafío. Esta es una primera consecuencia.
Si me mantengo en esta posición concertada que consiste en sacar todas las
consecuencias (y sólo ellas) que contiene una noción descubierta, me encuentro
frente a una segunda paradoja. Para permanecer fiel a este método, no tengo que entendérmelas con el problema de la libertad metafísica. No me interesa saber si el

hombre es libre. No puedo experimentar sino mi propia libertad. Sobre ella no puedo
tener nociones generales, sino algunas apreciaciones claras. El problema de la
"libertad en sí" no tiene sentido, pues está ligado de una manera muy distinta al de
Dios. Saber si él hombre es libre exige que se sepa si puede tener un amo. La
absurdidad particular de este problema viene del hecho de que la noción misma que
hace posible el problema de la libertad le quita al mismo tiempo todo su sentido.
Pues ante Dios, más que el problema de la libertad, hay el problema del mal. Se
conoce la alternativa; o bien no somos libres y Dios todopoderoso es responsable del
mal, o bien somos libres y responsables, pero Dios no es todopoderoso. Todas las
sutilezas de escuela no han añadido ni quitado nada a lo decisivo de esta paradoja.
Por eso no puedo perderme en la exaltación o la simple definición de una
noción que me escapa y pierde su sentido desde el momento que sobrepasa el marco
de mi experiencia individual. No puedo comprender lo que sería una libertad que me
fuera dada por un ser superior. He perdido el sentido de la jerarquía. No puedo tener
de la libertad sino el concepto del prisionero o del individuo moderno en el seno del
Estado. La única que conozco es la libertad de espíritu y de acción. Ahora bien, si lo
absurdo aniquila todas mis probabilidades de libertad eterna, me devuelve y exalta,
por el contrario, mi libertad de acción. Esta privación de esperanza y de porvenir
significa un acrecentamiento en la disponibilidad del hombre.
Antes de encontrar lo absurdo, el hombre cotidiano vive con finalidades, con un
afán de porvenir o de justificación (no importa con respecto a quién o qué). Evalúa
sus probabilidades, cuenta con el porvenir, con el retiro o el trabajo de sus hijos.
Cree todavía que se puede dirigir algo en su vida. En verdad, obra como si fuese
libre, aunque todos los hechos se encarguen de contradecir esa libertad. Pero después
de lo absurdo todo se desquicia. La idea de que "existo", mi manera de obrar como si
todo tuviera un sentido (incluso si, llegado el caso, dijese que nada lo tiene), todo esto se halla desmentido de una manera vertiginosa por la absurdidad de una muerte
posible. Pensar en el mañana, fijarse una finalidad, tener preferencias, todo ello
supone la creencia en la libertad, aunque a veces se asegure que no se la siente. Pero
en ese momento sé muy bien que no existe esa libertad superior, esa libertad de ser
que es la única que puede fundamentar una verdad. La muerte aparece como la única
realidad. Después de ella ya no hay nada que hacer. Ya no tengo la libertad de
perpetuarme, sino que soy esclavo, y sobre todo, esclavo sin esperanza de revolución
eterna, sin que pueda recurrir al desprecio. ¿Y quién puede seguir siendo esclavo sin
revolución y sin desprecio? ¿Qué libertad en su pleno sentido puede existir sin
seguridad de eternidad?
Pero al mismo tiempo el hombre absurdo comprende que hasta entonces estaba
ligado a ese postulado de libertad, con cuya ilusión vivía. En cierto sentido, eso lo
trababa. En la medida en que imaginaba una finalidad en su vida, se supeditaba a las
exigencias de un propósito que había de alcanzar y se convertía en esclavo de su
libertad. Así, ya no podré obrar sino como el padre de familia (o el ingeniero, o el
conductor de pueblos, o el supernumerario de correos) que me dispongo a ser. Creo
que puedo elegir ser esto en vez de otra cosa. Lo creo inconscientemente, es cierto.
Pero sostengo, al mismo tiempo que mi postulado, las creencias de quienes me
rodean, los prejuicios de mi medio humano (¡los otros están tan seguros de ser libres

y este buen humor es tan contagioso!). Por muy apartado que uno se pueda mantener
de todo prejuicio, moral o social, se sufren en parte y hasta uno ajusta la vida a los
mejores de ellos (pues hay prejuicios buenos y malos). Así el hombre absurdo
comprende que no era. realmente libre. Para hablar claramente, en la medida en que
espero o me preocupa una verdad que me sea propia, una manera de ser o de crear, en
la medida, en fin, en que ordeno mi vida y pruebo con ello que admito que tiene un
sentido, me creo unas barreras entre las que encierro mi vida. Hago como tantos
funcionarios del espíritu y del corazón que sólo me inspiran aversión y que no hacen
otra cosa, lo veo bien ahora, que tomarse en serio la libertad del hombre.
Lo absurdo me aclara este punto: no hay mañana. Esta es en adelante la razón
de mi libertad profunda. Haré a este respecto dos comparaciones. Ante todo están los
místicos, quienes encuentran una libertad que darse. Al abismarse en su dios, al
aceptar sus reglas se hacen secretamente libres a su vez. En la esclavitud
espontáneamente consentida vuelven a encontrar una independencia profunda. ¿Pero
qué significa esa libertad? Puede decirse, sobre todo, que se sienten libres frente a sí
mismos y menos libres que liberados. Del mismo modo, completamente vuelto hacia
la muerte (tomada aquí como la absurdidad más evidente), el hombre absurdo se
siente desligado de todo lo que no es esa atención apasionada que cristaliza en él.
Disfruta de una libertad con respecto a las reglas comunes. Se ve en esto que los
temas de partida de la filosofía existencialista conservan todo su valor. La vuelta a la
conciencia, la evasión del sueño cotidiano son los primeros pasos de la libertad
absurda. Pero a lo que se tiende es a la predicación existencial y con ella a ese salto
espiritual que en el fondo escapa a la conciencia. De la misma manera (esta es mi
segunda comparación) los esclavos de la antigüedad no se pertenecían. Pero
conocían esa libertad que consiste en no sentirse responsable10. También la muerte
tiene manos patricias que aplastan pero liberan.
Abismarse en esta certidumbre sin fondo, sentirse en adelante lo bastante
extraño a la propia vida para aumentarla y recorrerla sin la miopía del amante es el
principio de una liberación. Esta independencia nueva tiene un plazo, como toda libertad de acción. No extiende un cheque sobre la eternidad. Pero reemplaza a las
ilusiones de la libertad, todas las cuales terminaban con la muerte. La divina
disponibilidad del condenado a muerte ante el que se abren las puertas de la prisión
cierta madrugada, ese increíble desinterés por todo, salvo por la llama pura de la
vida, ponen de manifiesto que la muerte y lo absurdo son los principios de la única
libertad razonable: la que un corazón humano puede sentir y vivir. Esta es una segunda consecuencia. El hombre absurdo entrevé así un universo ardiente y helado,
transparente y limitado en el que nada es posible pero donde todo está dado, y más
allá del cual sólo están el hundimiento y la nada. Entonces puede decidirse a aceptar
la vida en semejante universo y sacar de él sus fuerzas, su negación a esperar y el
testimonio obstinado de una vida sin consuelo.
¿Pero qué significa la vida en semejante universo? Por el momento nada más
que la indiferencia por el porvenir y el ansia de agotar todo lo dado. La creencia en el
sentido de la vida supone siempre una escala de valores, una elección, nuestras
preferencias. La creencia en lo absurdo, según nuestras definiciones, enseña lo
10 Se trata aquí de una comparación de hecho, no de una apología de la humildad. El hombre absurdo es lo contrario
del hombre reconciliado.

contrario. Pero merece la pena que nos detengamos en esto.
Saber si se puede vivir sin apelación es todo lo que me interesa. No quiero salir
de este terreno. Se me ha dado este rostro de la vida; ¿puedo acomodarme a él?
Ahora bien, frente a esta preocupación particular, la creencia en lo absurdo equivale
a reemplazar la calidad de las experiencias por la cantidad. Si me convenzo de que
esta vida no tiene otra faz que la de lo absurdo, si siento que todo su equilibrio se
debe a la perpetua oposición entre mi rebelión consciente y la oscuridad en que
forcejeo, si admito que mi libertad no tiene sentido sino con relación a su destino
limitado, entonces debo decir que lo que cuenta no es vivir lo mejor posible, sino
vivir lo más posible. No tengo por qué preguntarme si esto es vulgar o repugnante,
elegante o lamentable. De una vez por todas, los juicios de valor quedan descartados
aquí en beneficio de los juicios de hecho. Sólo tengo que sacar las conclusiones de lo
que puedo ver y no aventurar nada que sea una hipótesis. Si supusiera que vivir así
no sería honesto, la verdadera honestidad me ordenaría que fuese deshonesto.
Vivir lo más posible, en su sentido amplio, es una regla de vida que nada
significa. Hay que precisarla. Parece, ante todo, que no se ha ahondado
suficientemente esta noción de cantidad, pues puede dar cuenta de una gran parte de
la experiencia humana. La moral de un nombre, su escala de valores no tienen
sentido sino por la cantidad y variedad de experiencias que ha podido acumular.
Ahora bien, las condiciones de la vida moderna imponen a la mayoría de los hombres
la misma cantidad de experiencias y, por lo tanto, la misma experiencia profunda.
Ciertamente, hay que tener en cuenta también la aportación espontánea del
individuo, lo que en él está "dado". Pero no puedo juzgar esto y una vez más mi regla
consiste en arreglarme con la evidencia inmediata. Veo entonces que la característica
propia de una moral común reside menos en la importancia ideal de los principios
que la animan que en la norma de una experiencia que es posible calibrar. Forzando
un poco las cosas, los griegos tenían la moral de sus ocios como nosotros tenemos la
de nuestras jornadas de ocho horas. Pero ya muchos hombres, y entre ellos los más
trágicos, nos hacen presentir que una experiencia más larga cambia este cuadro de
valores. Nos hacen imaginar a ese aventurero de lo cotidiano que mediante la simple
cantidad de las experiencias batiese todos los récords (empleo a propósito esta
expresión deportiva) y ganara así su propia moral11. Alejémonos, no obstante, del
romanticismo y preguntémonos solamente qué puede significar esta actitud para un
hombre decidido a mantener su apuesta y a observar estrictamente lo que él cree que
es la regla del juego.
Batir todos los récords es, ante todo y únicamente, estar frente al mundo con la
mayor frecuencia posible. ¿Cómo se puede hacer esto sin contradicciones y sin
juegos de palabras? Pues, por una parte, lo absurdo enseña que todas las experiencias
son indiferentes y, por la otra, impulsa a la mayor cantidad de experiencias. ¿Cómo
no hacer entonces lo que han hecho tantos de esos hombres de los que hablaba más
arriba: elegir la forma de vida que nos aporte la mayor cantidad posible de esa
materia humana, introducir con ello una escala de valores que por otro lado se
11 La cantidad origina a veces la calidad. Si he de creer las últimas puntualizaciones de la teoría científica, toda materia
está constituida por centros de energía. Su cantidad más o menos grande hace más o menos singular su especifidad.
Un millar de millones de iones y un ion difieren no sólo en cantidad, sino también en calidad. Es fácil encontrar la
analogía en la experiencia humana,

pretende rechazar?
Pero sigue siendo lo absurdo y su vida contradictoria lo que nos enseña. Pues el
error consiste en pensar que esta cantidad de experiencias depende de las
circunstancias de nuestra vida, cuando sólo depende de nosotros. A este respecto hay
que ser simplista. A dos hombres que viven el mismo número de años, el mundo les
proporciona siempre la misma cantidad de experiencias. A nosotros nos corresponde
tener conciencia de ellas. Sentir la propia vida, su rebelión, su libertad, y lo más
posible, es vivir lo más posible. Donde reina la lucidez se hace inútil la escala de
valores. Seamos todavía más simplistas. Digamos que el único obstáculo, la única
pérdida "por falta de ganancia" lo constituye la muerte prematura. El universo aquí
sugerido no vive sino por oposición a esa excepción constante que es la muerte. Por
eso ninguna profundidad, ninguna emoción, ninguna pasión ni ningún sacrificio
podrían hacer iguales a los ojos del nombre absurdo (aunque lo desease) una vida
consciente de cuarenta años y una lucidez que abarca sesenta años12. La locura y la
muerte son sus elementos irremediables. El hombre no elige. Lo absurdo y el
aumento de vida que implica no dependen, por lo tanto, de la voluntad del hombre,
sino de su contrario, que es la muerte13. Si se pesan bien las palabras, se trata únicamente de una cuestión de suerte. Hay que saber consentir en ella. Veinte años de
vida y de experiencias no se reemplazarán ya nunca.
Por una extraña inconsecuencia, en una raza tan avisada, los griegos pretendían
que los hombres que morían jóvenes fueran amados por los dioses. Y esto no es
cierto, salvo si se quiere creer que entrar en el mundo irrisorio de los dioses es perder
para siempre el más puro de los goces, que es el de sentir, y sentir en esta tierra. El
presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es el
ideal del hombre absurdo. Pero aquí la palabra ideal tiene un sonido falso. No es ni
siquiera su vocación, sino sólo la tercera consecuencia de su razonamiento. Habiendo
partido de una conciencia angustiada de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo
vuelve al final de su itinerario al seno mismo de las llamas apasionadas de la rebelión
humana14.
Así saco de lo absurdo tres consecuencias, que son mi rebelión, mi libertad y mi
pasión. Con el solo juego de la conciencia transformo en regla de vida lo que era
invitación a la muerte, y rechazo el suicidio. Conozco, sin duda, la sorda resonancia
que corre a lo largo de estas jornadas. Pero sólo tengo que decir que es' necesaria.
Cuando Nietzsche escribe: "Parece claramente que lo principal en el cielo y en la
tierra es obedecer largo tiempo y en una misma dirección: a la larga resulta de ello
algo por lo que vale la pena vivir en esta tierra, como por ejemplo la virtud, el arte, la
12 La misma reflexión se puede hacer con respecto a una noción tan diferente como la idea de la nada. Esta no añade ni
quita nada a lo real. En la experiencia psicológica de la nada, nuestra propia nada adquiere verdaderamente su
sentido cuando se considera lo que sucederá dentro de dos mil años. En uno de sus aspectos, la nada está hecha
exactamente con la suma de las vidas futuras que no serán las nuestras.
13 La voluntad no es aquí sino el agente: tiende a mantener la conciencia. Proporciona una disciplina de vida, según
puede apreciarse.
14 Lo que importa es la coherencia. Se parte aquí de una aprobación del mundo. Pero el pensamiento oriental enseña
que podemos entregarnos al mismo esfuerzo de lógica eligiendo contra el mundo. Eso es igualmente legítimo y da a
este ensayo su perspectiva y sus límites. Pero cuando la negación del mundo se ejerce con el mismo rigor, se llega
con frecuencia (en ciertas escuelas vedantas) a resultados semejantes en lo que concierne, por ejemplo, a la
indiferencia de las obras. En un libro de gran importancia, Le Choix, Jean Grenier fundamenta de este modo una
verdadera "filosofía de la indiferencia".

música, la danza, la razón, el espíritu, algo que transfigura, algo refinado, loco o
divino", ilustra la regla de una moral de gran porte. Pero muestra también el camino
del hombre absurdo. Obedecer a la llama es a la vez lo más fácil y más difícil. Es
bueno, sin embargo, que el hombre, al medirse con la dificultad, se juzgue de vez en
cuando. Es el único que puede hacerlo.
"La plegaria —dice Alain— se hace cuando la noche desciende sobre el
pensamiento". "Pero es necesario que el espíritu se encuentre con la noche",
contestan los místicos y los existencialistas. Ciertamente, pero no esa noche que nace
bajo los ojos cerrados y por la sola voluntad del hombre, noche sombría y cerrada
que el espíritu suscita para perderse en ella. Si debe encontrarse con una noche, ésta
debe ser más bien la de la desesperación, que sigue siendo lúcida, noche polar,
vigilia del espíritu, de la que surgirá, quizás, esa claridad blanca e intacta que dibuja
cada objeto en la luz de la inteligencia. A esta altura, la equivalencia coincide con la
comprensión apasionada. Entonces ni siquiera se trata de juzgar el salto existencial.
Vuelve a ocupar su fila en medio del fresco secular de las actitudes humanas. Para el
espectador, si es consciente, ese salto sigue siendo absurdo. En la medida en que cree
resolver la paradoja, la restituye por completo. A este título, es conmovedor. A este
título, todo vuelve a ocupar su lugar y el mundo absurdo renace con su esplendor y
su diversidad.
Pero es malo detenerse, difícil contentarse con una sola manera de ver, privarse
de la contradicción, la más sutil, quizá, de todas las formas espirituales. Lo que
precede define solamente una manera de pensar. Ahora se trata de vivir.

EL HOMBRE ABSURDO

“Si Stavroguin cree, no cree que crea. Si no cree, no cree que no crea.”
Dostoievski: Los poseídos.
"Mi campo —dice Goethe— es el tiempo." He aquí la palabra absurda. ¿Qué es,
en efecto, el hombre absurdo ? El que, sin negarlo, no hace nada por lo eterno. No es
que le sea extraña la nostalgia, sino que prefiere a ella su valor y su razonamiento. El
primero le enseña a vivir sin apelación y a contentarse con lo que tiene; el segundo,
le enseña sus límites. Seguro de su libertad a plazo, de su rebelión sin porvenir y de
su conciencia perecedera, prosigue su aventura en el tiempo de su vida. En él está su
campo, en él está su acción, que sustrae a todo juicio excepto el suyo. Una vida más
grande no puede significar para él otra vida. Eso sería deshonesto. Tampoco me
refiero aquí a esa eternidad irrisoria que se llama posteridad. Madame Roland se
remitía a ella. Esta imprudencia ha recibido su lección. La posteridad cita de buena
gana esa frase, pero se olvida de juzgarla. Madame Roland es indiferente para la
posteridad.
No se puede disertar sobre la moral. He visto a personas obrar mal con mucha
moral y compruebo todos los días que la honradez no necesita reglas. El hombre
absurdo no puede admitir sino una moral, la que no se separa de Dios, la que se dicta.
Pero vive justamente fuera de ese Dios. En cuanto a las otras (e incluyo también al
inmoralismo), el hombre absurdo no ve en ellas sino justificaciones, y no tiene nada
que justificar. Parto aquí del principio de su inocencia.
Esta inocencia es temible. "Todo está permitido", exclama Iván Karamázov.
También esto parece absurdo, pero con la condición de no entenderlo en el sentido
vulgar. No sé si se ha advertido bien: no se trata de un grito de liberación y de
alegría, sino de una comprobación amarga. La certidumbre de un Dios que diera su
sentido a la vida supera mucho en atractivo al poder impune de hacer el mal. La
elección no sería difícil. Pero no hay elección y entonces comienza la amargura. Lo
absurdo no libera, ata. No autoriza todos los actos. Todo está permitido, no significa
que nada esté prohibido. Lo absurdo da solamente su equivalencia a las
consecuencias de esos actos. No recomienda el crimen, eso sería pueril, pero restituye al remordimiento su inutilidad. Del mismo modo, si todas las experiencias son
indiferentes, la del deber es tan legítima como cualquier otra. Se puede ser virtuoso
por capricho.
Todas las morales se fundan en la idea de que un acto tiene consecuencias que
lo justifican o lo borran. Un espíritu empapado de absurdo juzga solamente que esas

consecuencias deben ser consideradas con serenidad. Está dispuesto a pagar. Dicho
de otro modo, si bien para él puede haber responsables, no hay culpables. Todo lo
más consentirá en utilizar la experiencia pasada para fundamentar sus actos futuros.
El tiempo hará vivir al tiempo y la vida servirá a la vida. En este campo a la vez
limitado y atestado de posibilidades, todo le parece imprevisible en sí mismo y fuera
de su lucidez. ¿Qué regla podría deducirse, por lo tanto, de este orden irrazonable?
La única verdad que puede parecerle instructiva no es formal: se anima y se
desarrolla en los hombres. No son, por consiguiente, reglas éticas las que el espíritu
absurdo puede buscar al final de su razonamiento, sino ilustraciones y el soplo de las
vidas humanas. Las imágenes que damos a continuación son de esa clase. Siguen el
razonamiento absurdo dándole su actitud y su calor.
¿Necesito desarrollar la idea de que un ejemplo no es forzosamente un ejemplo
que hay que seguir (menos todavía, si es posible en el mundo absurdo), y que estas
ilustraciones no son, por lo tanto, modelos? Además de que es necesaria la vocación,
resulta ridículo, salvadas las distancias, deducir de Rousseau que hay que caminar a
cuatro patas y de Nietzsche que conviene maltratar a la propia madre. "Hay que ser
absurdo —escribe un autor moderno—; no hay que ser iluso." Las actitudes de que
se va a tratar no pueden adquirir todo su sentido si no se tienen en cuenta sus contrarias. Un supernumerario de correos es igual a un conquistador si la conciencia les
es común. Todas las experiencias son indiferentes a este respecto. Pueden servir o
perjudicar al hombre. Le sirven si es consciente. Si no lo es, ello no tiene importancia: las derrotas de un hombre no juzgan a las circunstancias, sino a él mismo.
Elijo únicamente a hombres que sólo aspiran a agotarse, o que tengo conciencia
por ellos de que se agotan. La cosa no pasa de ahí. Por el momento no quiero hablar
sino de un mundo en el que los pensamientos, lo mismo que las vidas, carecen de
porvenir. Todo lo que hace trabajar y agitarse al nombre utiliza la esperanza. El
único pensamiento que no es mentiroso es, por lo tanto, un pensamiento estéril. En el
mundo absurdo, el valor de una noción o de una vida se mide por su infecundidad.

El donjuanismo
Si bastase con amar, las cosas serían demasiado sencillas. Cuanto más se ama
tanto más se consolida lo absurdo. No es por falta de amor por lo que Don Juan va de
mujer en mujer. Es ridículo presentarlo como un iluminado en busca del amor total.
Pero tiene que repetir ese don y ese ahondamiento porque ama a todas con el mismo
ardor y cada vez con todo su ser. De ahí que cada una espere darle lo que nadie le ha
dado nunca. Ellas se engañan profundamente cada vez y sólo consiguen hacerle
sentir la necesidad de esa repetición. 'Por fin —exclama una de ellas— te he dado el
amor." ¿Sorprenderá que Don Juan se ría de ella? "¿Por fin? —dice—; no, sino una
vez más." ¿Por qué habría de ser necesario amar raras veces para amar mucho?
¿Don Juan es triste? No es verosímil. Apenas apelaré a la crónica. Esa risa, la
insolencia victoriosa, esos saltos y la afición a lo teatral son claros y alegres. Todo
ser sano tiende a multiplicarse. Así le sucede a Don Juan. Pero, además, los tristes
tienen dos motivos para estarlo: ignoran o esperan. Don Juan sabe y no espera. Hace
pensar en esos artistas que conocen sus límites, no los pasan nunca, y en ese

intervalo precario en que se instala su espíritu poseen la facilidad maravillosa de los
maestros. Eso es, sin duda, el genio: la inteligencia que conoce sus fronteras. Hasta
la frontera de la muerte física, Don Juan ignora la tristeza. Desde el momento que
sabe, su risa estalla y hace que se perdone todo. Era triste en la época en que
esperaba. Ahora vuelve a encontrar en la boca de esa mujer el gusto amargo y
reconfortante de la ciencia única. ¿Amargo? ¡Es apenas esa imperfección necesaria
que hace sensible la dicha!
Es un gran error tratar de ver en Don Juan a un hombre que se alimenta con el
Eclesiastés. Pues nada para él es vanidad sino la esperanza en otra vida. Lo prueba,
puesto que se la juega contra el cielo mismo. No le pertenece el pesar por el deseo
perdido en el goce, ese lugar común de la impotencia. Eso está ¡bien en el Fausto,
quien cree en Dios lo bastante como para venderse al diablo. Para Don Juan la cosa
es más sencilla. El "Burlador" de Tirso de Molina responde siempre a las amenazas
del infierno: "¡Tan largo me lo fiáis!" Lo que viene después de la muerte es fútil, ¡ y
qué larga serie de días para quien sabe estar vivo!
Fausto reclamaba los bienes de este mundo: el desdichado sólo tenía que tender
la mano. Ya era vender su alma no saber gozar de ella. Por el contrario, Don Juan
busca la saciedad. Si abandona a una mujer bella no es, en modo alguno, porque ya
no la desee. Una mujer bella es siempre deseable. Pero es que desea a otra, y eso no
es lo mismo.
Esta vida le colma y nada es peor que perderla. Este loco es un gran sabio. Pero
los hombres que viven de la esperanza se avienen mal a este universo en el que la
bondad cede el lugar a la generosidad, la ternura al silencio viril, la comunión al
valor solitario. Y todos dicen: "Era un débil, un idealista o un santo". Hay que rebajar
la grandeza que ofende.
Causan bastante indignación (o esa risa cómplice que degrada lo que admira)
los discursos de Don Juan y esa misma frase que sirve para todas las mujeres. Pero
para quien busca la cantidad de los goces sólo cuenta la eficacia. ¿Para qué complicar las contraseñas que han dado ya sus pruebas? Nadie, ni la mujer ni el hombre,
las escucha, sino más bien la voz que las pronuncia. Son una regla, la convención y
la cortesía. Se dicen, después de lo cual queda por hacer lo más importante. Don Juan
se prepara ya para ello. ¿Por qué se ha de plantear un problema de moral? No es como el Mañara de Milosz, que se condena por el deseo de ser un santo. El infierno es
para él algo que se desafía. No tiene sino una respuesta para la cólera divina, y es el
honor humano: "Tengo honor —dice al Comendador— y cumplo mi promesa porque
soy un caballero". Pero sería un error igualmente grande considerarlo un inmoralista.
Es a ese respecto "como todo el mundo": tiene la moral de su simpatía o su antipatía.
No se comprende bien a Don Juan sino refiriéndose siempre a lo que simboliza
vulgarmente: el seductor corriente y el mujeriego. Es un seductor ordinario15, con la
diferencia de que es consciente y por ello absurdo. Un seductor que se hace lúcido no
cambiará por ello. Seducir es su estado. Sólo en las novelas se cambia de estado o se
vuelve uno mejor. Pero se puede decir que a la vez nada cambia y todo se transforma.
Lo que Don Juan pone en práctica es una ética de la cantidad, al contrario del santo,
que tiende a la calidad. No creer en el sentido profundo de las cosas es lo propio del
15 En el sentido pleno y con sus defectos. Una actitud sana comprende también los defectos.

hombre absurdo. Recorre, estruja y quema esos rostros ardientes o maravillados. El
tiempo marcha con él. El hombre absurdo es el que no se separa del tiempo. Don
Juan no piensa en "coleccionar" mujeres. Agota su número y con ellas sus
probabilidades de vida. Coleccionar es ser capaz de vivir del pasado propio. Pero él
rechaza la añoranza, esa otra forma de la esperanza. No sabe contemplar los retratos.
¿Es, por lo tanto, egoísta? A su manera, sin duda. Pero también a este respecto
hay que entenderse. Existen los que han nacido para vivir y los que han nacido para
amar. Por lo menos, Don Juan lo diría de buena gana. Pero podría elegir mediante
una abreviación, pues el amor de que se habla aquí está adornado con las ilusiones de
lo eterno. Todos los especialistas de la pasión nos lo dicen: no hay amor eterno si no
es contrariado. No hay pasión sin lucha. Semejante amor no termina sino en la última
contradicción, que es la muerte. Hay que ser Werther o nada. Hay también en esto
muchas maneras de suicidarse, una de las cuales es el don total y el olvido de la
propia persona. Don Juan, tanto como cualquier otro, sabe que eso puede ser
conmovedor. Pero es uno de los pocos enterados de que lo importante no es eso.
Sabe también que aquellos a quienes un gran amor aparta de toda vida personal se
enriquecen, quizá, pero empobrecen seguramente a los elegidos por su amor. Una
madre, una mujer apasionada tiene necesariamente el corazón seco, pues está
apartado del mundo. Un solo sentimiento, un solo ser, un solo rostro, pero todo está
devorado. Es otro amor el que conmueve a Don Juan, y éste es liberador. Trae
consigo todos los rostros del mundo y su estremecimiento se debe a que se sabe
perecedero. Don Juan ha elegido no ser nada. Para él se trata de ver claro. No
llamamos amor a lo que nos liga a ciertos seres sino por referencia a una manera de
ver colectiva y de la que son responsables los libros y las leyendas. Pero yo no
conozco del amor sino esa mezcla de deseo, ternura e inteligencia que me une a tal
ser. Este compuesto no es el mismo para tal otro. No tengo derecho a dar el mismo
nombre a todas esas experiencias. Ello dispensa de realizarlas con los mismos gestos.
El hombre absurdo multiplica también a este respecto lo que no puede unificar. Así
descubre una nueva manera de ser que le libera por lo menos tanto como libera a
quienes se le acercan. No hay más amor generoso que el que se sabe al mismo tiempo
pasajero y singular. Todas estas muertes y todos estos renacimientos constituyen para
Don Juan la gavilla de su vida. Es la manera que tiene de dar y de hacer vivir. Dejo
que se juzgue si se puede hablar de egoísmo.
Pienso ahora en todos los que quieren absolutamente que Don Juan sea
castigado, no sólo en otra vida, sino también en ésta. Pienso en todos esos cuentos,
esas leyendas y esas risas sobre Don Juan envejecido. Pero Don Juan está ya preparado para ello. Para un hombre consciente no constituyen una sorpresa la vejez y lo que
ella presagia. Precisamente, no es consciente sino en la medida en que no se oculta el
horror. Había en Atenas un templo consagrado a la vejez. Llevaban a él a los niños.
En cuanto a Don Juan, cuanto más se ríe de él tanto más se acusa su figura. Rechaza
con ello la que le prestaron los románticos. Nadie quiere reírse de ese Don Juan
torturado y lastimoso. Se le compadece. ¿Le redimirá el cielo? Pero no se trata de
eso. En el universo que entrevé Don Juan, está comprendido también el ridículo. El
consideraría normal que se le castigase. Es la regla del juego. Y su generosidad
consiste, justamente, en que ha aceptado toda la regla del juego. Pero sabe que tiene

razón y que no puede tratarse de castigo. Un destino no es una sanción.
Ese es su crimen, y se comprende que los hombres de lo eterno deseen que se le
castigue. Ha adquirido una ciencia sin ilusiones que niega todo lo que ellos profesan.
Amar y poseer, conquistar y agotar es su manera de conocer. (Tiene sentido en esa
palabra favorita de la Santa Escritura que llama 'conocer" el acto sexual.) Es el peor
enemigo de ellos en la medida en que los ignora. Un cronista informa que el
verdadero "Burlador" murió asesinado por franciscanos que quisieron "poner fin a
los excesos y las impiedades de Don Juan, a quien su nacimiento aseguraba la
impunidad". Declararon luego que el cielo lo había fulminado. Nadie ha demostrado
ese extraño fin, ni nadie ha demostrado lo contrario. Pero sin preguntarme si eso es
verosímil, puedo decir que es lógico. Sólo quiero referirme aquí a la palabra
"nacimiento" y jugar con las palabras: su vida era la que aseguraba su inocencia, y
sólo la muerte le dio una culpabilidad ahora legendaria.
¿Qué otra cosa significa ese Comendador de piedra, esa fría estatua que se
anima para castigar a la sangre y al coraje que se han atrevido a pensar? Todos los
poderes de la Razón eterna, del orden, de la moral universal, toda la grandeza extraña
de un Dios accesible a la cólera se resumen en él. Esa piedra gigantesca y sin alma
simboliza solamente las potencias que Don Juan ha negado para siempre. Pero en eso
termina la misión del Comendador. El rayo y el trueno pueden volver al cielo ficticio
del que bajaron. La verdadera tragedia se representa al margen de ellos. No, Don
Juan no muere bajo una mano de piedra. Creo de buena gana en la bravata
legendaria, en esa risa insensata del hombre sano que desafía a un dios que no existe.
Pero creo, sobre todo, que esa noche en que Don Juan esperaba en casa de Doña Ana
no se presentó el Comendador y el impío debió sentir, pasada la medianoche, la
terrible amargura de quienes han tenido razón. Acepto más de buena gana todavía el
relato de su vida que, para terminar, le hace sepultarse en un convento. No es que el
aspecto edificante de la historia pueda ser considerado verosímil. ¿Qué refugio podía
pedir a Dios? Pero eso simboliza más bien la terminación lógica de una vida
completamente empapada de absurdo, el feroz desenlace de una existencia vuelta
hacia goces sin mañana. El goce termina aquí en ascetismo. Hay que comprender que
pueden ser como los dos rostros de una misma carencia. ¿Qué imagen más espantosa
se puede desear que la de un hombre a quien traiciona, su cuerpo y que, por no haber
muerto a tiempo, consuma la comedia esperando el fin cara a cara con ese dios al que
no adora, sirviéndole como ha servido a la vida, arrodillado ante el vacío, con los
brazos tendidos hacia un cielo sin elocuencia y que, según él sabe, tampoco tiene
profundidad? Veo a Don Juan en una celda de esos monasterios españoles perdidos
en una colina. Y si mira algo, no es a los fantasmas de los amores huidos, sino, quizá,
por una aspillera ardiente, a alguna llanura silenciosa de España, tierra magnífica y
sin alma en la que se reconoce. Sí, hay que detenerse en esta imagen melancólica y
resplandeciente. El fin último, esperado pero nunca deseado, es despreciable.

La comedia
"El espectáculo —dice Hamlet— es la trampa donde atraparé la conciencia del
rey." Atrapar está bien dicho, pues la conciencia va rápidamente o se repliega. Hay

que cazarla al vuelo, en ese momento inapreciable en el que echa sobre sí misma una
mirada fugitiva. Al nombre cotidiano no le gusta detenerse en ella. Todo le apremia,
por el contrario. Pero, al mismo tiempo, nada le interesa más que él mismo, sobre
todo lo que podría ser. De ahí su afición al teatro, al espectáculo, donde se le
proponen tantos destinos cuya poesía recibe sin sufrir su amargura. En eso, por lo
menos, se reconoce al hombre inconsciente, que continúa apresurándose hacia no se
sabe qué esperanza. El hombre absurdo comienza donde aquél termina, donde,
dejando de admirar el juego, el espíritu quiere intervenir en él. Penetrar en todas esas
vidas, experimentarlas en su diversidad es propiamente representarlas. No digo que
los actores en general obedezcan a ese llamamiento, que sean nombres absurdos, sino
que su destino es un destino absurdo que podría seducir y atraer a un corazón
clarividente. Es necesario sentar esto para que se entienda sin contrasentido lo que va
a seguir.
El actor reina en lo perecedero. Entre todas las glorias, la suya es, como se sabe,
la más efímera. Así se dice, por lo menos, en la conversación. Pero todas las glorias
son efímeras. Desde el punto de vista de Sirio, las obras de Goethe se habrán convertido en polvo y su nombre se habrá olvidado dentro de diez mil años. Algunos
arqueólogos buscarán, quizá, testimonios de nuestra época. Esta idea ha sido siempre
docente. Bien meditada, reduce nuestras agitaciones a la nobleza profunda que se
encuentra en la indiferencia. Sobre todo, dirige nuestras preocupaciones hacia lo más
seguro, es decir, hacia lo inmediato. De todas las glorias, la menos engañosa es la
que se vive.
El actor ha elegido, por lo tanto, la gloria innumerable, la que se consagra y se
experimenta. El es quien saca la mejor conclusión del hecho de que todo debe morir
un día. Un actor triunfa o no triunfa. Un escritor conserva una esperanza aunque sea
desconocido. Supone que sus obras atestiguarán lo que fue. El actor nos dejará todo
lo más una fotografía, y nada de lo que era él, sus gestos y sus silencios, su corto
resuello o su respiración amorosa, llegará hasta nosotros. Para él no ser conocido es
no representar, y no representar es morir cien veces con todos los seres que habría
animado o resucitado.
¿Puede sorprender encontrar una gloria perecedera edificada sobre las
creaciones más efímeras? El actor tiene tres horas para ser Yago o Alcestes, Fedra o
Glocester. En ese breve tiempo los hace nacer y morir sobre cincuenta metros
cuadrados de tablas. Nunca ha sido ilustrado lo absurdo tan bien ni tan largo tiempo.
Esas vidas maravillosas, esos destinos únicos y completos que se desarrollan y
terminan entre paredes, ¿pueden resumirse de una manera más reveladora? Una vez
que deja el tablado, Segismundo ya no es nada. Dos horas después se le ve comiendo
fuera de casa. Quizá sea entonces cuando la vida es un sueño. Pero después de
Segismundo viene otro. El personaje que sufre de incertidumbre reemplaza al
hombre que ruge después de vengarse. Recorriendo así los siglos y los espíritus, imitando al hombre tal como puede ser y tal como es, el actor se asemeja a ese otro
personaje absurdo que es el viajero. Como él, agota algo y recorre sin descanso. Es el
viajero del tiempo y, en lo que respecta a los mejores, el viajero acosado por las
almas. Si la moral de la cantidad pudiera encontrar alguna vez un alimento, lo
encontraría seguramente en esta escena singular. Es difícil decir en qué medida el

actor se beneficia con sus personajes. Pero lo importante no es eso. Se trata de saber,
únicamente, hasta qué punto se identifica con esas vidas irremplazables. Sucede, en
efecto, que las transporta consigo, que desbordan ligeramente el tiempo y el espacio
en que han nacido. Acompañan al actor, y éste no se separa ya muy fácilmente de lo
que él ha sido. Sucede que para tomar su vaso reencuentra el ademán de Hamlet al
levantar la copa. No, no es tan grande la distancia que le separa de los seres que hace
vivir. Ilustra entonces abundantemente todos los meses o todos los días esa verdad
tan fecunda de que no hay frontera entre lo que un hombre quiere ser y lo que es. Lo
que demuestra es hasta qué punto el parecer hace al ser, pues se ocupa
constantemente en representar mejor. Pues su arte consiste en fingir absolutamente,
en penetrar lo más posible en vidas que no son la suya. Al término de su esfuerzo se
aclara su vocación: dedicarse con todo su corazón a no ser nada o a ser muchos.
Cuanto más estrecho es el límite que se le da para crear su personaje tanto más
necesario es su talento. Va a morir dentro de tres horas con el rostro que tiene hoy.
Es necesario que en tres horas experimente y exprese todo un destino excepcional.
Eso se llama perderse para volverse a encontrar. En esas tres horas va hasta el final
del camino sin salida que el hombre de la sala tarda toda su vida en recorrer.
El actor, mimo de lo perecedero, no se ejercita ni se perfecciona sino en la
apariencia. Lo convencional del teatro consiste en que el corazón no se expresa ni se
hace entender sino mediante los gestos y el cuerpo, o mediante la voz, que pertenece
tanto al alma como al cuerpo. La ley de este arte quiere que todo tome cuerpo y se
traduzca en carne. Si en el escenario hubiera que amar corno se ama, emplear esa
irremplazable voz del corazón, mirar como se mira, nuestro lenguaje sería cifrado. En
él los silencios deben hacerse oír. El amor alza el tono y la inmovilidad misma se
hace espectacular. El cuerpo es rey. No es "teatral" el que quiere serlo y esta palabra
desacreditada erróneamente abarca toda una estética y toda una moral. La mitad de
una vida humana transcurre sobrentendiendo, volviendo la cabeza y callándose. El
actor es aquí el intruso. Levanta el sortilegio de esta alma encadenada y las pasiones
se precipitan finalmente a su escenario. Hablan en todos los gestos, no viven sino
dando gritos. Así, el actor compone sus personajes para ostentarlos. Los dibuja o los
esculpe, se introduce en su forma imaginaria y da a sus fantasmas su sangre. No es
necesario decir que me refiero al gran teatro, al que da al actor la ocasión de cumplir
su destino enteramente físico. Véase a Shakespeare. En este teatro del primer
movimiento son los furores del cuerpo los que dirigen la danza. Lo explican todo.
Sin ellos todo se derrumbaría. El rey Lear no iría nunca a la cita que le da la locura
sin el gesto brutal que destierra a Cordelia y condena a Edgar. Por lo tanto, es justo
que esta tragedia se desarrolle bajo el signo de la demencia. Las almas se entregan a
los demonios y a su zarabanda. No hay menos de cuatro locos, uno por oficio, otro
por voluntad y los dos últimos por tormento: cuatro cuerpos desordenados, cuatro
rostros indecibles de una misma condición.
La escala misma del cuerpo humano es insuficiente. Con la máscara y los
coturnos, el maquillaje que reduce y acusa el rostro en sus elementos esenciales, el
vestido que exagera y simplifica, este universo lo sacrifica todo a la apariencia y no
está hecho sino para el ojo. En virtud de un milagro absurdo, es el cuerpo el que
sigue proporcionando el conocimiento. Nunca comprendería yo bien a Yago si no lo

representase. Por mucho que le oiga, no lo capto sino en el momento en que lo veo.
Por consiguiente, el actor tiene la monotonía, la silueta única, obsesionante, a la vez
extraña y familiar del personaje absurdo que pasea a través de todos sus
protagonistas. También en eso la gran obra teatral sirve a esa unidad de tono16. En
eso es en lo que el actor se contradice: es él mismo y, no obstante, tan diverso, tantas
almas resumidas por un solo cuerpo. Pero es la contradicción absurda misma este
individuo que quiere alcanzarlo todo y vivirlo todo, esta inútil tentativa, esta
obstinación sin alcance. Lo que se contradice siempre se une, no obstante, en él. Se
halla en ese lugar en que el cuerpo y el espíritu se unen y se aprietan, en que el
segundo, cansado de sus fracasos, se vuelve hacia su aliado más fiel. "Y benditos
sean aquellos —dice Hamlet— cuya sangre y cuyo juicio se mezclan tan
curiosamente que no son una flauta en la que el dedo de la fortuna hace sonar el
agujero que le place".
¿Cómo no iba a condenar la Iglesia semejante ejercicio en el actor? Repudiaba
ella en este arte la multiplicación herética de las almas, la orgía de emociones, la
pretensión escandalosa de un espíritu que se niega a no vivir más que un destino y se
precipita en todas las intemperancias. Ella proscribía en ellos esa afición al presente
y ese triunfo de Proteo que son la negación de todo lo que ella enseña. La eternidad
no es un juego. Un espíritu lo bastante insensato como para preferir una comedia ya
no puede salvarse. No hay compromiso entre el "en todas partes" y el "siempre". De
ahí que ese oficio tan despreciado pueda dar lugar a un conflicto espiritual
desmesurado. "Lo que importa —dice Nietzsche— no es la vida eterna, sino la eterna
vivacidad." Todo el drama está, en efecto, en esta elección.
Adriana Lecouvreur, en su lecho de muerte, quería confesarse y comulgar, pero
se negó a renunciar a su profesión. Perdió con ello el beneficio de la confesión. ¿Qué
era eso, en efecto, sino ponerse contra Dios en defensa de su propia pasión profunda?
Y esa mujer agonizante, al negarse con lágrimas en los ojos a renegar del que llamaba su arte, dio pruebas de una grandeza ,que jamás alcanzó en la escena. Fue su
papel mas hermoso y el más difícil de representar. Elegir entre el cielo y una
fidelidad irrisoria, preferirse a la eternidad o abismarse en Dios es la tragedia secular
en la que hay que estar en su sitio.
Los comediantes de la época sabían que estaban excomulgados. Ingresar en la
profesión era elegir el Infierno. Y la Iglesia los consideraba como sus peores
enemigos. Algunos literatos se indignan: "¡Cómo negar a Moliere los últimos sacramentos!" Pero eso era justo y, sobre todo, para él, que murió en escena y termina
bajo el disfraz una vida enteramente dedicada a la dispersión. A propósito de él se
invoca al genio que lo excusa todo. Pero el genio no excusa nada, justamente porque
se niega a hacerlo.
El actor sabía, por lo tanto, el castigo que se le prometía. ¿ Pero qué sentido
podían tener tan vagas amenazas en comparación con el último castigo que le
reservaba la vida misma? Era éste el que sentía de antemano y aceptaba
completamente. Para el actor, lo mismo que para el hombre absurdo, una muerte
prematura es irreparable. Nada puede compensar la suma de los rostros y los siglos
16 Pienso ahora en Alcestes de Molière. Todo es tan simple, tan evidente y tan grosero. Alcestes contra Filinto,
Celimena contra Elianto, todo el tema con la absurda consecuencia de un carácter llevado hacia su fin, y el verso
mismo, el "mal verso”, apenas escandido como la monotonía del personaje.

que de no ser por ella habría recorrido. Pero, de todos modos, se trata de morir. Pues
el actor está, sin duda, en todas partes pero el tiempo lo arrastra también y ejerce
efecto en él.
Basta un poco de imaginación para sentir lo que significa un destino de actor.
Este compone y enumera sus personajes en el tiempo. También aprende a dominarlos
en el tiempo. Cuantas más vidas diferentes ha vivido tanto más se separa de ellas.
Llega un tiempo en que hay que morir en la escena y en el mundo. Lo que ha vivido
está frente a él. Lo ve claramente. Siente lo que tiene esa aventura de desgarrador e
irremplazable. Sabe, y ahora puede morir. Hay asilos para los comediantes viejos.

La conquista
"No —dice el conquistador—, no creáis que para amar la acción haya tenido
que 'desaprender' a pensar. Por el contrario, puedo definir perfectamente lo que creo,
pues lo creo con fuerza y lo veo con una visión cierta y clara." Desconfiad de quienes
dicen: "Conozco esto demasiado bien para que pueda expresarlo." Pues si no pueden
es porque no lo saben o porque por pereza se han limitado a la corteza.
Yo no tengo muchas opiniones. Al final de una vida, el hombre se da cuenta de
que ha pasado años tratando de confirmarse una sola verdad. Pero una sola, si es
evidente, basta para orientar una existencia. En lo que a mí respecta, tengo decididamente algo que decir sobre el individuo. Se debe hablar de él con rudeza y, si
es necesario, con el desprecio conveniente.
Un hombre lo es más por las cosas que calla que por las que dice. Son muchas
las que yo voy a callar. Pero creo firmemente que todos los que han juzgado al
individuo lo han hecho con mucha menos experiencia que nosotros para fundamentar
su juicio. La inteligencia, la conmovedora inteligencia ha presentido, quizá, lo que
había que comprobar. Pero la época, sus ruinas y su sangre nos llenan de evidencias.
A los pueblos antiguos, y también a los más recientes hasta nuestra era maquinal, les
era posible parangonar las virtudes de la sociedad y del individuo, averiguar cuál de
ellos debía servir al otro. Eso era posible, ante todo, en virtud de esa aberración tenaz
del corazón del hombre según la cual los seres fueron puestos en el mundo para
servir o para ser servidos. Eso era aún posible porque ni la sociedad ni el individuo
habían mostrado toda su habilidad.
He visto a personas agudas maravillarse ante las obras de arte de los pintores
holandeses nacidos durante las sangrientas guerras de Flandes, conmoverse ante las
oraciones de los místicos silesianos formados en la guerra espantosa de los Treinta
Años. Los valores eternos sobrenadan, ante sus ojos asombrados, por encima de los
tumultos seculares. Pero el tiempo ha corrido desde entonces. Los pintores actuales
carecen de esa serenidad. Aunque en el fondo tengan el corazón que necesita el
creador, quiero decir un corazón seco, no les sirve de nada, pues todo el mundo, y el
santo mismo, está movilizado. Esto es, quizá, lo que he sentido más profundamente.
Con cada forma abortada en las trincheras, con cada rasgo, metáfora o plegaria
triturados por la metralla, lo eterno pierde una partida. Consciente de que no puedo
separarme de mi época, he decidido formar cuerpo con ella. Por eso si hago tanto
caso del individuo es porque me parece irrisorio y humillado. Porque sé que no hay

causas victoriosas me gustan las causas perdidas: éstas exigen un alma entera, igual
en su derrota como en sus victorias pasajeras. Para quien se siente solidario con el
destino de este mundo, el choque de las civilizaciones tiene algo de angustioso. Yo
he hecho mía esa angustia al mismo tiempo que he querido jugar en ella mi partida.
Entre la historia y lo eterno he elegido la historia, porque me gustan las certidumbres.
De ella por lo menos estoy seguro, ¿y cómo negar esta fuerza que me aplasta?
Llega siempre un tiempo en que hay que elegir entre la contemplación y la
acción. Eso se llama hacerse un hombre. Esos desgarramientos son espantosos, pero
para un corazón orgulloso no puede haber término medio. Existe Dios o el tiempo,
esta cruz o esta espada. Este mundo tiene un sentido más alto que supera a sus
agitaciones o nada es cierto sino esas agitaciones. Hay que vivir con el tiempo y
morir con él o sustraerse a él para una vida más grande. Sé que se puede transigir y
que se puede vivir en el siglo y creer en lo eterno. Eso se llama aceptar. Pero me
opongo a este término y quiero todo o nada. Si elijo la acción, no se crea que la
contemplación es para mí una tierra desconocida. Pero no puede dármelo todo y,
privado de lo eterno, quiero aliarme con el tiempo. No quiero tener en cuenta la
nostalgia ni la amargura y lo único que quiero es ver con claridad. Te lo digo:
mañana te movilizarán. Para ti y para mí eso es una liberación. El individuo no puede
nada y, sin embargo, lo puede todo. En esta maravillosa disponibilidad se
comprenderá por qué lo ensalzo y lo aplasto a la vez. El mundo es quien lo tritura y
yo soy quien lo libera. Yo le proporciono todos sus derechos.
Los conquistadores saben que la acción es en sí misma inútil. Sólo hay una
acción útil, la que reharía al hombre y a la tierra. Yo no reharé nunca a los hombres.
Pero hay que hacer "como si", pues el camino de la lucha me hace volver a encontrar
la carne. Aunque humillada, la carne es mi única certidumbre. Solo puedo vivir de
ella. La criatura es mi patria. Por eso he elegido este esfuerzo absurdo y sin alcance.
Por eso estoy del lado de la lucha. La época se presta para ello, como he dicho. Hasta
ahora la grandeza de un conquistador era geográfica. Se medía por la extensión de
los territorios vencidos. Por algo ha cambiado de sentido la palabra y ya no designa
al general vencedor. La grandeza ha cambiado de campo. Está en la protesta y en el
sacrificio sin porvenir. Pero no es por complacencia en la derrota. La victoria sería
deseable. Pero sólo hay una victoria y es eterna. Es la que no conseguiré nunca. Con
eso es con lo que tropiezo y me atasco. Una revolución se realiza siempre contra los
dioses, comenzando por la de Prometeo, el primero de los conquistadores modernos.
Es una reivindicación del hombre contra su destino: la reivindicación del pobre no es
sino un pretexto. Pero no puedo captar este espíritu sino en su acto histórico y ahí es
donde me reúno con él. No se crea, sin embargo, que me complazco en ello: frente a
la contradicción esencial defiendo mi contradicción humana. Instalo mi lucidez en
medio de lo que la niega. Exalto al hombre ante lo que lo aplasta y mi libertad, mi rebelión y mi pasión se unen en esa tensión, esa clarividencia y esa repetición
desmesurada.
Sí, el hombre es su propio fin. Y es su único fin. Si quiere ser algo, tiene que
serlo en esta vida. Ahora lo sé de sobra. Los conquistadores hablan a veces de vencer
y superar. Pero siempre quieren decir "superarse". Sabéis muy bien lo que eso significa. Todo hombre se ha sentido igual a un dios en ciertos momentos. Por lo

menos, así se dice. Pero eso se debe a que, en un relámpago, ha sentido la asombrosa
grandeza del espíritu humano. Los conquistadores son solamente aquellos hombres
que se sienten con fuerzas suficientes como para estar seguros de vivir
constantemente a esas alturas y con la plena conciencia de esa grandeza. Es una
cuestión de aritmética, de más o de menos. Los conquistadores pueden con lo más,
pero no pueden mas que el hombre mismo cuando lo quiere. Por eso no abandonan
nunca el crisol humano y se hunden en lo más ardiente del alma de las revoluciones.
Encuentran allí a la criatura mutilada, pero en cuentran también los únicos
valores que aman y admiran: el hombre y su silencio. Esa es a la vez su miseria y su
riqueza. Sólo hay un lujo para ellos y es el de las relaciones humanas. ¿Cómo no se
ha de comprender que en este universo vulnerable todo lo que es humano y no es
más que eso adquiere un sentido más ardiente? Los rostros tensos, la fraternidad
amenazada, la amistad tan fuerte y tan púdica de los hombres entre sí son las verdaderas riquezas, puesto que son perecederas. Entre ellas es donde el espíritu siente
más sus poderes y sus límites. Es decir, su eficacia. Algunos han hablado de genio,
pero al genio, lo digo en seguida, prefiero la inteligencia. Se debe decir que ésta
puede ser entonces magnífica. Ilumina este desierto y lo domina. Conoce sus
servidumbres y las ilustra. Morirá al mismo tiempo que este cuerpo. Pero su libertad
consiste en saberlo.
No lo ignoramos, todas las Iglesias están contra nosotros. Un corazón tan tenso
se sustrae a lo eterno y todas las Iglesias, divinas o políticas, aspiran a lo eterno. La
felicidad y el valor, el salario y la justicia son para ellas fines secundarios. Proporcionan una doctrina y hay que consentir en ella. Pero yo nada tengo que ver con
las ideas o lo eterno. Puedo tocar con la mano las verdades a mi medida. No puedo
separarme de ellas. Por eso no se puede fundar nada sobre mí: nada del conquistador
perdura, ni siquiera sus doctrinas.
Al final de todo eso, a pesar de todo, está la muerte. Lo sabemos, y sabemos
también que lo termina todo. Por eso son horribles esos cementerios que cubren a
Europa y que atormentan a algunos de nosotros. No se embellece sino lo que se ama
y la muerte nos repugna y nos cansa. También a ella hay que conquistarla. El último
Carrara, prisionero en la Padua vaciada por la peste y asediada por los venecianos,
recorría gritando las salas de su palacio desierto; llamaba al diablo y le pedía la
muerte. Era una manera de superarla. Y es también una señal de valor propia del
Occidente haber hecho tan espantosos los lugares donde la muerte se cree honrada.
En el universo del rebelde la muerte exalta a la injusticia. Es el abuso supremo.
Otros, también sin transigir, han elegido lo eterno y denunciado la ilusión de
este mundo. Sus cementerios sonríen entre una multitud de flores y pájaros. Eso
conviene al conquistador y le da la imagen clara de lo que él ha rechazado. Ha elegido, por el contrario, la cerca de palastro o la fosa anónima. Los mejores entre los
hombres de lo eterno se sienten a veces presa de un espanto lleno de consideración y
de piedad ante espíritus que pueden vivir con semejante imagen de su muerte. Sin
embargo, esos hombres sacan de ella su fuerza y su justificación. Nuestro destino
está frente a nosotros y lo desafiamos, menos por orgullo que por la conciencia que
tenemos de nuestra condición intrascendente. También nosotros nos compadecemos
a veces de nosotros mismos. Es la única compasión que nos parece aceptable: un

sentimiento que quizá no comprendáis y que os parece poco viril. Sin embargo, lo
experimentan los más audaces de entre nosotros. Pero nosotros llamamos viriles a los
lúcidos y no queremos una fuerza que se separe de la clarividencia.
Diremos una vez más que estas imágenes no proponen moralejas ni implican
juicios: son diseños. Simbolizan únicamente un estilo de vida. El amante, el
comediante o el aventurero encarnan lo absurdo. Pero también, si lo quieren, el casto,
el funcionario o el presidente de la república. Basta con saber y no ocultar nada. En
los museos italianos se encuentran a veces pequeñas pantallas pintadas que el
sacerdote mantenía ante la vista de los condenados para ocultarles el cadalso. El salto
en todas sus formas, la precipitación a lo divino o a lo eterno, el abandono a las
ilusiones de lo cotidiano o de la idea son otras tantas pantallas que ocultan lo
absurdo. Pero hay funcionarios sin pantalla y quiero hablar de ellos.
He elegido a los más extremados. En esa situación lo absurdo les da un poder
real. Es cierto que esos príncipes no tienen reino, pero tienen sobre los otros la
segura ventaja de saber que todos los reinos son ilusorios. Saben, eso constituye toda
su grandeza, y es inútil que se quiera hablar a su respecto de desdicha oculta o de las
cenizas de la desilusión. Estar privado de esperanza no es desesperar. Las llamas de
la tierra valen tanto como los perfumes celestes. Ni yo ni nadie podemos juzgarlos
aquí. No tratan de ser mejores, sino de ser consecuentes. Si la palabra sabio se aplica
al hombre que vive de lo que tiene, sin especular sobre lo que no tiene, esos son
hombres sabios. Uno de ellos, conquistador, pero del espíritu; Don Juan, pero del
conocimiento; comediante, pero de la inteligencia, lo sabe mejor que nadie: No se
merece en modo alguno un privilegio en la tierra y en el cielo cuando se ha llevado la
querida y pequeña mansedumbre de carnero hasta la perfección: no por ello se deja
de seguir siendo, en el mejor caso, un querido carnerito ridículo con cuernos y nada
más, aun admitiendo que no se reviente de vanidad y que no se provoque el
escándalo con sus actitudes de juez".
En todo caso, era necesario restituir al razonamiento absurdo rostros más
ardientes. La imaginación puede añadirle otros muchos, fijados en el tiempo y el
destierro, que saben también vivir de acuerdo con un universo sin porvenir y sin
debilidad. Este mundo absurdo y sin dios se puebla entonces con hombres que
piensan con claridad y ya no esperan. Y todavía no he hablado del más absurdo de
los personajes, que es el creador.

LA CREACIÓN ABSURDA

Filosofía y novela
Todas estas vidas mantenidas en el aire avaro de lo absurdo no podrían
sostenerse sin algún pensamiento profundo y constante que las anime con su fuerza.
También en esto sólo puede tratarse de un singular sentimiento de fidelidad. Se ha
visto a hombres conscientes cumplir su tarea en medio de las guerras más estúpidas
sin creerse en contradicción. Es que se trataba de no eludir nada. Hay una felicidad
metafísica en la defensa de la absurdidad del mundo. La conquista o el juego, el amor
innumerable, la rebelión absurda son homenajes que el hombre tributa a su dignidad
en una campaña en la que está vencido de antemano.
Se trata solamente de ser fiel a la regla del combate. Este pensamiento puede
bastar para alimentar a un hombre: ha sostenido y sostiene a civilizaciones enteras.
No se niega la guerra. Hay que morir o vivir de ella. Lo mismo sucede con lo
absurdo: se trata de respirar con él, de reconocer sus lecciones y de volver a
encontrar su carne. A este respecto, el goce absurdo por excelencia es la creación.
"El arte y nada más que el arte —dice Nietzsche—. Tenemos el arte para no morir de
la verdad."
En la experiencia que trato de describir y hacer sentir de muchos modos surge
ciertamente un tormento allí donde muere otro. La busca pueril del olvido, el
llamamiento de la satisfacción no hallan ahora eco. Pero la tensión constante que
mantiene el hombre frente al mundo, el delirio ordenado que le impulsa a acoger
todo le dejan otra fiebre. En este universo es la obra la única probabilidad de
mantener la propia conciencia y de fijar en ella las aventuras. Crear es vivir dos
veces. La búsqueda titubeante y ansiosa de un Proust, su meticulosa colección de
flores, de tapices y de angustias no significan otra cosa. Al mismo tiempo, no tiene
más alcance que la creación continua e inapreciable a la que se entregan durante
todos los días de su vida el comediante, el conquistador y todos los hombres
absurdos. Todos tratan de imitar, repetir y recrear su propia realidad. Terminamos
siempre por tener el rostro de nuestras verdades. Para un hombre apartado de lo
eterno la existencia entera no es sino una imitación desmesurada bajo la máscara de
lo absurdo. La creación es la gran imitación.
Estos hombres saben ante todo, y luego todo su esfuerzo consiste en recorrer,
agrandar y enriquecer la isla sin porvenir a la que acaban de llegar. Pero es necesario
saber, ante todo, pues el descubrimiento absurdo coincide con un tiempo de descanso
en el que se elaboran y justifican las pasiones futuras. Hasta los hombres sin

evangelio tienen su Monte de los Olivos. Y tampoco en el suyo hay que dormirse.
Para el hombre absurdo no se trata ya de explicar y de resolver, sino de sentir y
describir. Todo comienza con la indiferencia clarividente.
Describir, tal es la última ambición de un pensamiento absurdo. También la
ciencia, al llegar al término de sus paradojas, deja de proponer y se detiene para
contemplar y dibujar el paisaje siempre virgen de los fenómenos. El corazón aprende
así que esa emoción que nos transporta ante los rostros del mundo no procede de su
profundidad, sino de su diversidad. La explicación es inútil, pero la sensación
subsiste y con ella los llamamientos incesantes de un universo inagotable en cantidad. Ahora se comprende el lugar que ocupa la obra de arte.
Señala a la vez la muerte de una esperanza y su multiplicación. Es como una
repetición monótona y apasionada de los temas ya orquestados por el mundo: el
cuerpo, inagotable imagen en el frontón de los templos; las formas o los colores, el
número o la angustia. Por lo tanto, no es indiferente, para terminar, encontrar
nuevamente los principales temas de este ensayo en el universo magnífico y pueril
del creador. Sería un error ver en ello un símbolo y creer que la obra de arte puede
ser considerada, al fin y al cabo, como un refugio de lo absurdo. Ella misma es un
fenómeno absurdo y se trata solamente de su descripción. No ofrece una solución al
mal del espíritu. Es, por el contrario, uno de los signos de ese mal que repercute en
todo el pensamiento de un hombre. Pero, por primera vez, hace que el espíritu salga
de sí mismo y lo coloca frente a otro, no para que se pierda en él, sino para mostrarle
con un dedo preciso el camino sin salida en que se han metido todos. En el tiempo
del razonamiento absurdo, la creación sigue a la indiferencia y al descubrimiento.
Señala el punto desde el que se lanzan las pasiones absurdas y en el que se detiene el
razonamiento. Así se justifica su lugar en este ensayo.
Bastará con poner de manifiesto algunos temas comunes al creador y al
pensador para que volvamos a encontrar en la obra de arte todas las contradicciones
del pensamiento metido en lo absurdo. Son menos, en efecto, las conclusiones idénticas que sacan las inteligencias semejantes que las contradicciones que les son
comunes. Lo mismo puede decirse del pensamiento y la creación. Apenas necesito
decir que es un mismo tormento el que lleva al hombre a esas actitudes. En él coinciden al partir. Pero entre todos los pensamientos que parten de lo absurdo he visto
que muy pocos se mantenían en él. Y por sus desvíos o sus infidelidades he podido
medir mejor lo que no pertenecía sino a lo absurdo. Paralelamente, debo preguntarme: ¿es posible una obra absurda?
No se insistirá nunca demasiado en lo arbitrario de la antigua oposición entre
arte y filosofía. Si se la quiere entender en un sentido demasiado preciso, es
seguramente falsa. Si se quiere decir solamente que cada una de esas dos disciplinas
tiene su clima particular, eso es, sin duda, cierto, pero vago. La única argumentación
aceptable residía en la contradicción promovida entre el filósofo encerrado en medio
de su sistema y el artista colocado ante su obra. Pero esto valía para cierta forma de
arte y de filosofía a la que nosotros consideramos aquí secundaria. La idea de un arte
separado de su creador no está solamente anticuada, sino que también es falsa. Por
oposición al artista se señala que ningún filósofo ha creado nunca varios sistemas.
Pero esto es cierto en la medida misma en que ningún artista ha expresado nunca más

de una sola cosa bajo aspectos diferentes. La perfección instantánea del arte, la
necesidad de su renovación no son ciertas sino por prejuicio. Pues la obra de arte
también es una construcción y todos saben cuán monótonos pueden ser los grandes
creadores. El artista, lo mismo que el pensador, se empeña y se hace en su obra. Esta
ósmosis plantea el más importante de los problemas estéticos. Además, nada más
inútil que estas distinciones según los métodos y los objetos para quien se convence
de la unidad de propósito del espíritu. No hay fronteras entre las disciplinas que el
hombre se propone para comprender y amar. Se interpenetran y la misma angustia las
confunde.
Es necesario decir esto desde el principio. Para que sea posible una obra
absurda es necesario que se mezcle con ella el pensamiento bajo su forma más
lúcida. Pero es necesario, al mismo tiempo, que no aparezca en ella sino como la
inteligencia que ordena. Esta paradoja se explica con arreglo a lo absurdo. La obra de
arte nace del renunciamiento de la inteligencia a razonar lo concreto. Señala el
triunfo de lo carnal. Es el pensamiento lúcido el que la provoca, pero en ese acto
mismo se niega. No cederá a la tentación de agregar a lo descrito un sentido más
profundo que sabe ilegítimo. La obra de arte encarna un drama de la inteligencia,
pero no lo demuestra sino indirectamente. La obra absurda exige un artista
consciente de estos límites y un arte en el que lo concreto sólo se describa a sí
mismo. No puede ser el fin, el sentido y el consuelo de una vida. Crear o no crear no
cambia nada. El creador absurdo no se atiene a su obra. Podría renunciar a ella.
Renuncia a ella algunas veces. Le basta con una Abisinia17.
Se puede ver en ello, al mismo tiempo, una regla de estética. La verdadera obra
de arte está hecha siempre a la medida del hombre. Es esencialmente la que dice
"menos". Hay cierta relación entre la experiencia global de un artista y la obra que la
refleja, entre Wilhelm Meister y la madurez de Goethe. Esa relación es mala cuando
la obra pretende dar toda la experiencia en el papel de encaje de una literatura de
explicación. Esa relación es buena cuando la obra no es sino un trozo tallado en la
experiencia, una faceta del diamante en que el brillo interior se resume sin limitarse.
En el primer caso hay exceso de carga y pretensión a lo eterno. En el segundo, obra
fecunda a causa de todo un supuesto de experiencia cuya riqueza se adivina. Para el
artista absurdo el problema consiste en adquirir esa mundología que supera a la
desenvoltura. Y al final el gran artista, bajo este clima, es ante todo un gran viviente
si se entiende que vivir es tanto sentir como reflexionar. La obra encarna, por lo
tanto, un drama intelectual. La obra absurda ilustra la renuncia del pensamiento a sus
prestigios y su resignación a no ser ya más que la inteligencia que hace funcionar las
apariencias y que cubre con imágenes lo que no tiene razón. Si el mundo fuese claro
no existiría el arte.
No hablo ahora de las artes de la forma o del color, en las que sólo reina la
descripción en su espléndida modestia18. La expresión comienza donde termina el
pensamiento. Esos adolescentes de ojos vacíos que pueblan los templos y los museos
tienen su filosofía traducida a gestos. A un hombre absurdo le enseña más que todas
las bibliotecas. Bajo otro aspecto, sucede lo mismo con la música. Si hay un arte
17 Alusión a Rimbaud. (Nota de la edición española.)
18 Es curioso ver que la pintura más intelectual, la que trata de reducir la realidad a sus elementos esenciales, no es ya
en último término sino un goce de los ojos. No ha conservado del mundo más que el color.


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