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Las lágrimas de Shiva de César Mallorquí r1.1 (1) .pdf



Nombre del archivo original: Las lágrimas de Shiva de César Mallorquí r1.1 (1).pdf
Título: Las lágrimas de Shiva
Autor: César Mallorquí

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En cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, vi un fantasma. Sí, un espectro, una aparición, un espíritu; lo puedes llamar como
quieras, el caso es que lo vi. Ocurrió el mismo ao en que el hombre llegó a la Luna y, aunque hubo momentos en los que pasé
mucho miedo, esta historia no es lo que suele llamarse una novela de terror. Todo comenzó con un enigma: el misterio de un
objeto muy valioso que estuvo perdido durante siete décadas. Las Lágrimas de Shiva, así se llamaba ese objeto extraviado.
A su alrededor tuvieron lugar venganzas cruzadas, y amores prohibidos, y extraas desapariciones.
Hubo un fantasma, sí, y un viejo secreto oculto en las sombras, pero también hubo mucho más.
Premio EDEBÉ de literatura juvenil 2002.

César Mallorquí

Las lágrimas de Shiva
e PU B r1.1
Ti ve r 23.07.13

Título original: Las lágrimas de Shiva
César Mallorquí, 2002
Ilustraciones: Paco Giménez
Diseño de portada: César Farrés
Editor digital: Tiver
ePub base r1.0

Este libro está dedicado a Isabel González Lectte y Antonio M artínez; o, lo que es lo mismo, a
Patricia M ontes y César Torre, mis dos santanderinos favoritos, mis queridos amigos de
siempre.

Dicen que cada nueva mañana nos trae mil rosas; sí pero ¿Dónde están los pétalos de la rosa de
ayer?
OMAR KHAYYAM

1
El bacilo de Koch
En cierta ocasión, hace ya mucho tiempo, vi un fantasma.
Sí, un espectro, una aparición, un espíritu; lo puedes llamar como quieras, el caso es que lo vi.
Ocurrió el mismo año en que el hombre llegó a la Luna y, aunque hubo momentos en los que pasé
mucho miedo, esta historia no es lo que suele llamarse una novela de terror.
Todo comenzó con un enigma: el misterio de un objeto muy valioso que estuvo perdido durante
siete décadas. Las Lágrimas de Shiva, así se llamaba ese objeto extraviado. A su alrededor tuvieron
lugar venganzas cruzadas, y amores prohibidos, y extrañas desapariciones. Hubo un fantasma, sí, y
un viejo secreto oculto en las sombras, pero también hubo mucho más.
A veces, sin saber muy bien cómo ni por qué, suceden cosas que nos cambian por dentro y nos
hacen ver el mundo de otra forma. Con frecuencia, se trata de sucesos triviales, acontecimiento a los
que, cuando se producen, apenas concedemos algún valor, pero que a la larga acaban adquiriendo una
inesperada trascendencia. Eso fue lo que ocurrió cuando mi padre cayó enfermo.
Un ser microscópico, el bacilo descubierto por un alemán llamado Robert Koch, desencadenó la
cadena de sucesos que acabarían conduciendo a aquel verano de 1969. Y ese verano fue muy especial:
mi padre enfermó, yo me fui de casa, el hombre llegó a la Luna, vi un fantasma y descifré un antiguo
misterio. Sí, sucedieron muchas cosas ese año, pero lo más importante de todo fue conocerlas a ellas.
Las cuatro flores, así las llamaba su madre: Rosa, Margarita, Violeta y Azucena, mis primas. Ellas me
mostraron un mundo secreto e íntimo, una realidad próxima y cotidiana, pero que hasta entonces
había sido totalmente ajena a mí.
Todo eso sucedió hace mucho, claro. Por aquel entonces no había ordenadores personales, ni
videojuegos, ni televisión por satélite. A decir verdad, ni siquiera había televisión en color. Era una
época en blanco y negro, un tiempo de cambios, al menos más allá de nuestras fronteras. En otros
países, los estudiantes tomaban las calles exigiendo un mundo mejor, los hippies adornaban con flores
sus largos cabellos, las mujeres reclamaban los mismos derechos que los hombres, los jóvenes se
manifestaban en contra de la guerra de Vietnam, las chicas usaban minifalda y biquini, los chicos
imitaban a Paul, John, George y Ringo.
Esto ocurrió en Francia, en Inglaterra, en Holanda o en Estados Unidos, pero en España las cosas
eran distintas. Había una dictadura; el viejo general Franco todavía controlaba con mano de hierro
todo cuanto sucedía en el país, dictando —era un dictador— lo que podíamos o no podíamos hacer,
ver o decir. Mientras el mundo bullía de creatividad y nuevas ideas, España dormía una larga siesta
que ya duraba treinta años y de la que parecía no ir a despertar jamás. Claro que yo, entonces, no era
muy consciente de todo aquello. En casa jamás hablábamos de política —nadie lo hacía en el país, al
menos en voz alta y sin miedo—, y creo que no me di cuenta de lo injustas que eran las cosas hasta
que M argarita me enseñó el auténtico significado de la palabra libertad.
Pero no es de política de lo que quiero hablar, sino de un fantasma, de misteriosas desapariciones,
de una tumba vacía, de viejas rencillas familiares y de un secreto largamente oculto.

***
Papá cayó enfermo a principios de año, poco después de Navidad. Llevaba tiempo sintiéndose
mal —tosía mucho y le dolía el pecho—, pero a papá le horrorizaban los hospitales y creo que, de no
haber sido por la insistencia de mamá, jamás hubiera acudido a la consulta de un médico. El caso es
que acabó yendo, y el doctor, tras realizarle diversos análisis, le diagnosticó tuberculosis.
Afortunadamente, la enfermedad había sido advertida a tiempo y tenía fácil curación, aunque el
tratamiento sería largo.
A finales de enero, papá ingresó en un sanatorio situado en la sierra, a unos sesenta kilómetros de
M adrid. El aire puro de las montañas era, al parecer, muy conveniente para su restablecimiento, y ése
fue el motivo de que se ausentara cinco meses de casa. Le eché mucho de menos durante ese tiempo,
ya que, para evitar el contagio, ni mi hermano ni yo podíamos visitarle y, aunque solíamos hablar con
él por teléfono, aguardábamos con impaciencia su regreso. Sin embargo, cuando éste se produjo, yo
no iba a estar allí para recibirle.
Mamá le visitaba dos veces a la semana, los jueves y los sábados. Después de dejarnos a mi
hermano Alberto y a mí en el colegio, se sentaba al volante de su pequeño Seiscientos y ponía rumbo
a la sierra, para regresar a última hora de la tarde, tras haber pasado todo el día en la clínica.
Un jueves, a mediados de junio, mamá volvió a casa un poco antes de lo habitual y nos reunió a
mi hermano y a mí en el salón para comunicarnos algo muy importante:
—Vuestro padre está mucho mejor. Volverá a casa a finales de mes.
Mi hermano y yo recibimos con alegría la noticia, pero mamá, en vez de sumarse a nuestro
entusiasmo, permaneció silenciosa y circunspecta. Al cabo de unos segundos, anunció:
—Hay un pequeño problema. Vuestro padre todavía no se ha restablecido del todo y aún existe
riesgo de contagio —hizo una pausa y prosiguió: Por tanto, hemos decidido que pasaréis el verano
fuera de casa. Tú, Alberto, vivirás con tío Esteban. En cuanto a ti, Javier, irás a casa de tía Adela.
Me quedé con la boca abierta, pasando de la sorpresa al horror en apenas un segundo. Tío
Esteban era hermano de papá y vivía en Madrid junto a su mujer y sus tres hijos varones. Pero tía
Adela…
—¡Pero tía Adela vive en Santander! —protesté.
Aunque mamá me dedicó una sonrisa, tras la afable expresión de su rostro pude adivinar una
inquebrantable determinación. Sin duda, ella sabía que yo iba a protestar y, sin duda también, no
estaba dispuesta a dar su brazo a torcer.
—Santander es una ciudad preciosa —dijo—, y podrás ir a la playa todo el verano. Además, mi
hermana tiene cuatro hijos…
—Cuatro hijas —la corregí, poniendo mucho énfasis en la «a» de la última palabra.
—Sí, cuatro hijas. Precisamente una de ellas, creo que Violeta, es de tu edad, así que tendrás una
amiguita con quien jugar.
Podría haberle dicho que ya era demasiado mayor para jugar con nadie, y menos con una chica;
podría haberle dicho que la idea de tener una «amiguita» me repateaba el hígado; podría haberle dicho
que estaba harto de ser el último mono de la familia… Sí, podría haberle dicho todo eso, pero no lo

hice, pues sabía que hubiera sido inútil.
—¿Por qué no voy también a casa de tío Esteban? —insistí—. Así no tendría que irme de M adrid
y podría estar con Alberto.
—En casa de tío Esteban sólo hay una cama libre —respondió mamá en tono paciente.
—Bueno, ¿y por qué tengo que irme yo? ¿Por qué no se va Alberto a Santander y yo me quedo
en M adrid?
M amá suspiró.
—Porque Alberto es demasiado mayor para vivir en casa de tía Adela.
¿Demasiado mayor? Alberto cumpliría diecisiete años en julio, y yo ya tenía quince; tampoco era
tanta la diferencia de edad.
—¿Y qué más da que sea mayor? No lo entiendo.
—Ya lo entenderás dentro de unos años.
—Pero…
M amá sacudió la cabeza y se cruzó de brazos.
—No insistas, Javier. Tu padre y yo hemos discutido este asunto largo y tendido y ya hemos
tomado una decisión. Cuando acabes el curso, irás a casa de mi hermana y, créeme, pasarás el mejor
verano de tu vida. Ahora volved a vuestro cuarto y seguid estudiando, que a mí todavía me queda un
montón de cosas por hacer.
A punto estuve de protestar, de decirle lo injusta y arbitraria que me parecía aquella decisión,
pero todo conato de rebeldía estaba condenado al fracaso, pues a mamá, cuando se le metía algo en la
cabeza, era sencillamente imposible hacerle cambiar de idea. Así que adopté mi mejor expresión de
dignidad ofendida y me dirigí, junto con Alberto, a nuestro dormitorio.

***
—¡Qué suerte tienes, cabronazo! —me espetó mi hermano nada más entrar en el cuarto.
Le miré con suspicacia. ¿Me estaba vacilando? Una de las principales ocupaciones de Alberto era
hacerme la vida imposible; sin embargo, ahora parecía sincero, como si realmente me envidiase.
—Qué suerte tienes tú —repliqué—. Te quedas en M adrid y a mí me mandan al quinto pino.
Alberto movió la cabeza de un lado a otro, como si yo fuera un caso perdido y él, un pozo de
sabiduría.
—Eres más infantil que un kilo de tebeos —masculló en tono despectivo—. ¿Por qué dice mamá
que soy demasiado mayor para vivir en casa de tía Adela?
—Y yo qué sé…
—Pues porque esa casa está llena de tías, so memo. Las hermanitas Obregón, nuestras primas.
Estuvimos hace cinco años en Santander, ¿es que no te acuerdas de ellas?
Intenté hacer memoria, pero sólo pude evocar una confusa imagen llena de trenzas, correctores
dentales y zapatos de charol.
—Eran unas crías —objeté.
—Sí, lo eran, hace cinco años. Pero han crecido, pedazo de subnormal, y ahora tienen tetas, culo
y, en fin, todo lo que hay que tener. Además, he visto fotos suyas recientes —movió las cejas de

arriba abajo, con aire de complicidad—. La mayor está buenísima, para mojar pan, chaval. Y la
siguiente también está maciza. Usa gafas, pero se las quitas y parece una sueca. Incluso la que tiene
tu edad está buena. Un poco plana, pero guapa. La pequeña… Bueno, todavía es muy pequeña, pero
las otras están para comérselas. Por eso no quiere mamá que yo viva allí. Sería como meter un gallo
en un gallinero —suspiró—. Y por eso vas tú, imbécil, porque eres un crío y no sabrías ni
encontrarte la picha en una habitación oscura —se encogió de hombros—. Pero a lo mejor las pillas
en bragas. Oye, si las ves en pelotas, toma nota, chaval, que luego me lo tienes que contar con detalle.
Mi hermano vivía en permanente estado de lujuria. Era virgen, por supuesto, y tenía tanta
experiencia en asunto de mujeres como un beduino en hacer esquí de fondo. Pero estaba obsesionado
y cuatro de cada tres pensamientos los dedicaba al sexo.
—Eres un cerdo —le dije.
—Sí, un guarro —asintió él con una satisfecha sonrisa—. Y tú, un pasmao. Desde luego, Dios da
pañuelo a quien no tiene moco. Anda, chaval, vete a jugar con los Madelman.
Alberto me contempló con desdén. Luego, desentendiéndose de mí, se sentó frente a su mesa y,
tras espantar los lascivos fantasmas que rondaban por los estrechos corredores de su cerebro, volvió
a empollar su libro de matemáticas.
Yo también intenté estudiar, pero estaba distraído y no podía concentrarme. La noticia de que iba
a pasar el verano en Santander, que tanto me había horrorizado al principio, ya no se me antojaba tan
nefasta. En fin, no es que me apeteciera ir; prefería quedarme en Madrid, por supuesto, con mi
familia y mis amigos. Sin embargo, comenzaba a sentir curiosidad hacia aquellos parientes norteños a
los que apenas había visto un par de veces en mi vida y de los que tan poco sabía. En particular,
había algo que, quizá por el entusiasmo de mi hermano, me intrigaba cada vez más.
¿Quiénes y cómo eran mis primas?

***
Los exámenes me revolvían las tripas. Lo digo en serio: me descomponía, me entraba diarrea.
Invariablemente, antes de comenzar un examen tenía que ir al servicio y, luego, pasaba el resto del día
con mal cuerpo. Afortunadamente, la época de exámenes quedó atrás y entramos en ese limbo
extraño que eran los días inmediatamente anteriores al final de curso. Todos, profesores y alumnos,
queríamos irnos de allí, nadie hacía nada, pero alguna sádica norma ministerial nos obligaba a
permanecer mano sobre mano, sumidos en el tedio de aquellas aulas sombrías.
Aproveché esas horas muertas para reflexionar. No lo hacía sobre nada en concreto; pensaba en
mi padre, en el verano, en Santander… y en las chicas. Las mujeres eran para mí un enigma, una
especie de acertijo que, por mucho que lo intentaba, no lograba desentrañar. En aquella época, los
centros de enseñanza no eran mixtos. Había colegios masculinos y colegios femeninos, de modo que
rara vez nos relacionábamos con personas de nuestra misma edad, pero de diferente sexo. Hasta hacía
poco, las chicas no me habían interesado lo más mínimo. Ni les gustaba el fútbol, ni sabían tirar
piedras, ni orinaban de pie; así que, a mi modo de ver, eran unos seres raros y aburridos.
Sin embargo, poco a poco había ido cambiando de parecer, y las chicas comenzaron a interesarme;
primero de forma vaga, con sorprendente intensidad después. Incluso llegué a preocuparme,

temiendo que, con los años, pudiera convertirme en un cretino hiperhormonado como mi hermano,
aunque en el fondo de mi ser albergaba la certeza de que nunca llegaría a caer tan bajo.
El problema era que no sabía cómo comportarme con las chicas… No, ése no era el auténtico
problema. Si quiero ser sincero, debo reconocer que las chicas me daban miedo. Cada vez que estaba
delante de alguna muchacha de mi edad sudaba frío, se me secaba la boca y, lamento decirlo, me
descomponía. Era como pasar un examen.
Y ahora, de repente, iba a vivir en una casa llena de mujeres.
Lo curioso del asunto es que aquella idea, aunque todavía me desconcertaba un poco, se me
antojaba cada vez más excitante. No me refiero a excitante en el sentido de los eróticos delirios de mi
hermano; se trataba más bien de la clase de expectación que sentimos hacia lo desconocido, como
cuando comenzaba a leer una novela de ciencia ficción y la promesa de un universo de maravillas se
abría ante mí.
Finalmente, el limbo se disolvió en la nada de donde había surgido y llegó el fin de curso. Lo
aprobé todo y con buenas notas. Mamá se sintió tan orgullosa de mí que llamó por teléfono a papá
para contarle lo listo que era su hijo. Yo también hablé con él, y escuché a través de la línea sus
felicitaciones, y sentí muchas ganas de abrazarle y darle un beso, quizá porque estaba lejos y hacía
mucho que no le veía; pero puede que también fuera porque, desde que yo me consideraba mayor,
había dejado de besarle. Es extraño: ¿por qué conforme crecemos, a los hombres nos avergüenza más
y más mostrar nuestros sentimientos? Porque somos idiotas, supongo.
Aquélla tarde me quedé en casa. Alberto, que también había aprobado, se fue a celebrarlo con sus
amigos; pero yo me sentía, no sé, raro, melancólico, y no me apetecía salir. Después de comer, estuve
un rato leyendo, hasta que, a eso de las cinco y media, me dirigí al salón. Allí estaba mamá, sentada
en su butaca familiar, zurciendo unos calcetines de Alberto. La persiana estaba echada, pero el sol se
colaba por las rendijas en forma de hileras de luz y dibujaba sobre el parqué una sucesión de
resplandecientes líneas paralelas. En la radio que estaba sobre el aparador sonaba Lola, de los
Brincos. M e senté en el sofá y estuve un rato escuchando la canción mientras veía a mamá coser.
—Ya te he comprado el billete de tren —dijo ella, de repente, sin apartar la mirada del hijo y la
aguja—. Saldrás para Santander el próximo viernes.
—Vale —contesté.
Supongo que mamá esperaba alguna resistencia por mi parte, pues me miró de soslayo y
preguntó:
—¿Te pasa algo?
—No, estoy bien —hice una larga pausa y agregué—: ¿Cómo es tía Adela?
—Estuvimos en su casa hace unos años, ¿no te acuerdas?
Sacudí la cabeza.
—Lo único que recuerdo es que era muy guapa.
—Y lo sigue siendo —mamá arqueó una ceja—. Cuando éramos jovencitas, ella se llevaba a los
chicos de calle. Era desesperante; mi hermana mayor me quitaba todos los novios.
—¿Os llevabais mal?
—De jóvenes, sí; supongo que la envidiaba. Luego, aprendimos a respetarnos y todo fue mejor
entre nosotras.
—Pero no os veis mucho.

—Nos escribimos y hablamos por teléfono con frecuencia. Lo que pasa es que nuestras vidas
tomaron rumbos diferentes. Ella se casó con Luis, se trasladó a Santander y, poco a poco, fuimos
perdiendo el hábito de vernos.
—¿Y tío Luis, cómo es?
M amá sonrió con ironía.
—Luis Obregón pertenece a una de las familias más antiguas de Santander. Ahora ha engordado
un poco, pero de joven era todo un galán. Es muy simpático, aunque siempre ha estado algo loco y,
con los años, se ha ido volviendo cada vez más excéntrico. Te caerá muy bien, ya verás.
—¿A qué se dedica?
—Es ingeniero industrial. Hace unos años inventó no sé qué y ahora vive de las rentas que le
producen sus patentes.
Vaya, así que tenía un tío inventor…
—¿Y cómo son sus hijas? —pregunté con calculada indiferencia.
M amá dejó el calcetín que estaba zurciendo sobre el regazo.
—Ésta primavera, Adela me mandó una foto de las niñas —señaló la libreta—. Está en ese álbum
verde. Tráemelo, por favor.
Cogí el álbum y se lo entregué a mamá. Ella lo abrió y fue pasando las páginas hasta encontrar lo
que buscaba.
—Aquí está. M íralas.
Contemplé la fotografía que me mostraba mi madre: cuatro chicas situadas en un jardín, frente a
un vetusto caserón de tres plantas. Todas eran rubias y —¡Alberto tenía razón!— todas eran
guapísimas.
—Ésta es Rosa, la mayor —dijo mamá, señalando la foto con el dedo—. Ahora debe de tener
dieciocho años.
Rosa era la más alta de las cuatro y, aunque llevaba un vestido amplio que le llegaba hasta los
tobillos, se notaba que era delgada y esbelta. Tenía el pelo largo, los ojos azules y un rostro
armonioso. Creo que, hasta entonces, nunca había visto a una mujer tan guapa.
—Y ésta es Margarita —señaló mamá—. Tienes dieciséis… No, ya debe de haber cumplido
diecisiete.
Margarita era un poco más baja que Rosa. Vestía pantalones de pana y jersey de cuello alto.
Tenía el pelo del mismo tono que su hermana mayor, pero lo llevaba más corto, en forma de media
melena. Usaba gafas de montura metálica y lentes redondas, como las de John Lennon.
—Ésta es Violeta —prosiguió mamá, desplazando el índice sobre la foto un par de centímetros a
la derecha—. Tiene tu misma edad. Nació en febrero del 54, lo recuerdo bien; dos meses antes que
tú…
Violeta tenía el pelo más oscuro que sus hermanas y lo llevaba muy corto y revuelto. Vestía
como un chico —pantalón vaquero y camisa de cuadros escoceses—, pero tenía un rostro demasiado
bonito para que su sexo se prestara a confusión. Era la única que no sonreía; en sus ojos, también
azules, había un deje de fastidio, como si no le gustase que la fotografiaran.
—Y por último, Azucena, la más pequeña de la familia. Si no recuerdo mal, acaba de cumplir doce
años.
En cierto modo, Azucena era la más guapa de todas, pero su belleza aún era una promesa por

confirmar, pues todavía no se había desarrollado plenamente. Vestía una blusa blanca y una falda
plisada, llevaba el pelo recogido en una coleta, tenía los ojos enormes y sonreía a la cámara con
timidez.
De modo que ésas eran mis primas… Permanecí unos segundos contemplando aquel retrato de
grupo, intentando imaginar cómo serían sus voces, su olor, su forma de ser. Todas ellas se parecían
mucho entre sí, pero al mismo tiempo eran muy distintas, como si fueran diferentes versiones de un
mismo tema. Señalé el edificio que se encontraba a su espalda y pregunté:
—¿Ésa es su casa?
—Sí, Villa Candelaria. Cuando estuvimos en Santander vivimos allí. ¿No te acuerdas?
M e encogí de hombros.
—Un poco —respondí—. Parece muy vieja.
—Y tanto. Se construyó hace más de siglo y medio.
Mamá cerró el álbum y lo dejó sobre la mesa. Luego cogió el calcetín de Alberto y se puso de
nuevo a zurcirlo. Unos segundos más tarde, comentó:
—¿Sabes?, a comienzos de siglo los Obregón eran muy ricos.
—¿Y ya no lo son?
—Se arruinaron durante la guerra. No es que sean pobres; al contrario, Luis se gana muy bien la
vida. Pero el apellido Obregón ya no tiene el lustre de otros tiempos.
—¿Qué les pasó?
M amá dio una última puntada al calcetín y cortó el hijo con los dientes.
—¿Has oído decir eso de que todas las familias esconden un esqueleto en el armario? —preguntó
mientras guardaba el huevo de zurcir en el costurero—. Pues el esqueleto de los Obregón se llama las
Lágrimas de Shiva.
—Las Lágrimas de Shiva… —repetí—. ¿Qué es eso?
M amá esbozó una sonrisa enigmática y me miró con socarronería.
—Es una historia muy antigua y muy misteriosa —dijo—. Pero no te la voy a contar; cuando
estés en Santander, pregúntaselo a ellos. Y pregúntales también por Beatriz Obregón. Pero será mejor
que lo hagas con mucha diplomacia, porque el asunto, aunque sucedió hace casi setenta años, sigue
levantando ampollas.

***
La semana que precedió a mi partida estuvo marcada por ese tedio suave y sensual que, con el
comienzo del verano, poco a poco lo iba invadiendo todo. Me levantaba tarde, veía la televisión —
mis series favoritas eran Los Vengadores y Jim West—, leía en la terraza o salía con mis amigos.
Por aquel entonces, mis dos mejores amigos eran Tito y José Mari. Nos conocíamos desde el
parvulario, habíamos crecido juntos y no tardamos en convertirnos en un triunvirato inseparable.
Solíamos ir juntos al cine, o a la piscina, o a los billares, o sencillamente dábamos largos paseos por la
ciudad, sin rumbo fijo, hablando de todo y de nada. No sé cuánto hay de mí en ellos, pero estoy
seguro de que su amistad contribuyó, en gran medida, a conformar la clase de persona que ahora soy.
El jueves por la tarde —la víspera de mi viaje a Santander—, salimos a dar un paseo. Durante una

hora deambulamos perezosamente por las calles, sin hacer nada en particular ni hablar mucho. Por
algún motivo —quizás a causa de nuestra próxima separación—, nos mostrábamos taciturnos y
desanimados, y al final acabamos sentados en un banco, discutiendo cuáles eran los mejores tebeos.
El hombre enmascarado, Asterix o Flash Gordon. José Mari abogaba también por Mortadelo y
Filemón, pero yo zanjé el debate declarando que las mejores historietas de todos los tiempos eran,
sin lugar a dudas, Las aventuras de Tintín. Todos convenimos que ésa era la Verdad Absoluta y, acto
seguido, nos sumimos en un prolongado silencio.
Al cabo de cinco largos minutos, Tito tuvo una insólita idea: celebrar una carrera de chapas. No
jugábamos a las chapas desde que éramos unos críos, pero, de pronto, aquello nos pareció el mejor
plan posible. Así que, con un trozo de yeso, dibujamos sobre la acera un intrincado circuito y
pasamos la siguiente hora intentando conseguir que nuestras chapas de Coca-Cola fueran las primeras
en cruzar la línea de meta.
Entonces ocurrió algo extraño. Fue como si, de pronto, volviéramos a la niñez. El abatimiento se
disolvió en un estallido de alegría y dedicamos el resto de la tarde a hacer las mismas cosas que
hacíamos cuando teníamos once o doce años. Jugamos a pídola, trepamos por andamios, fuimos
perseguidos por airados porteros, celebramos un partido de fútbol con una lata e, incluso,
practicamos el tiro de piedras entre los escombros de un solar.
Creo que fue la última vez que disfruté de la vida como un niño, sin preocupaciones y con total
inocencia. Más adelante, cuando, después del verano, Tito, José Mari y yo volvimos a reunirnos, las
cosas fueron muy distintas. Tanto ellos como yo habíamos crecido por dentro y nuestros intereses
estaban cada vez más alejados de lo que nos divertía cuando éramos niños. Hubo otros muchos
buenos momentos, por supuesto, pero ninguno fue tan radiante, tan jubiloso y pletórico, como
aquella tarde que pasamos juntos, jugando a ser pequeños otra vez.
A las diez de la noche, tras despedirme de mis amigos —con esa tosquedad que empleamos los
hombres cuando nos ponemos sentimentales y no queremos que se nos note—, regresé a casa. Mamá
ya me había hecho el equipaje, así que me limité a meter en la maleta un par de docenas de libros.
Eran todos de ciencia ficción, mi género favorito. Escogí novelas de Isaac Asimov, de Arthur C.
Clarke, de Robert Heinlein, de Clifford F. Simak o de Fredric Brown, y, mientras lo hacía, pensaba
que aquellas lecturas no podían ser más adecuadas, pues, en cierto modo, aquel verano sería un
verano de ciencia ficción. En julio de 1969, el hombre llegaría a la Luna.
Me fui a la cama poco después de cenar. Estaba cansado, pero tardé mucho en conciliar el sueño.
Me sentía inquieto y notaba una especie de vacío en el estómago. Era como si me hubiesen robado
algo y, al mismo tiempo, un regalo extraordinario estuviera esperándome en algún incierto recodo de
mi futuro.

2
Villa Candelaria
A primera hora de la mañana, mamá y Alberto me acompañaron a la Estación del Norte y, después
de facturar la maleta, se quedaron conmigo en el andén para hacerme compañía hasta que el tren
partiese. Mamá me entregó una bolsa con dos bocadillos para el viaje —uno de tortilla y otro de
jamón—, y acto seguido procedió a impartirme una larga retahíla de recomendaciones y advertencias.
Que fuera educado, que obedeciera a los tíos, que masticara la comida en vez de abrevar, que no me
bañara en la playa si había bandera roja, que me abrigara por las noches, que la llamara si necesitaba
algo, que me lavara los dientes todos los días…
Creo que hubiera podido seguir así durante horas y horas, de no ser porque el silbato del tren
reverberó en la estación anunciando su próxima salida. Entonces, mamá se abrazó a mí y, sin poder
reprimir unas lágrimas, me dio dos besos y me recomendó que me cuidara mucho. Luego, para mi
sorpresa, Alberto me pasó un brazo por los hombros y me llevó a un aparte. Pero no se trataba de un
gesto de cariño fraternal; eso difícilmente podía esperarse de mi hermano, como quedó claro cuando
me susurró al oído:
—Escucha, capullo, si cuando vuelvas me traes unas bragas usadas de Rosa, te doy veinte duros.
M e aparté de él y lo contemplé con franco desdén.
—Estás más salido que un mono —le dije.
Alberto sonrió de oreja a oreja.
—Sí, chaval, pero este mono paga al contado.
El silbato volvió a sonar. Subí apresuradamente al vagón y me asomé por la ventanillo justo
cuando el tren se ponía en marcha. Mamá, de pie en el andén, agitaba una mano despidiéndose de mí,
mientras que con la otra se enjugaba las lágrimas. Detrás de ella, Alberto me hacía muecas y gestos
obscenos. Yo me quedé asomado a la ventanilla, diciendo adiós con la mano, mientras sus figuras se
empequeñecían en la distancia. Luego, cuando se perdieron de vista, suspiré con un poco de tristeza
y fui en busca de mi asiento.
El viaje al Norte había comenzado.

***
Poco cabe decir de aquel viaje. Pasé gran parte de la mañana leyendo una novela de ciencia ficción
—Universo de locos—, y el resto de tiempo lo dediqué a mirar por la ventanilla, aunque el paisaje
que se divisaba no mostraba más que una interminable sucesión de campos de cereales. De vez en
cuando distinguía, a lo lejos, pequeños pueblos de teja y ladrillo, o tractores y cosechadoras faenando
en los sembrados, pero el panorama que me acompañó durante la primera mitad del trayecto se
parecía mucho a un mar de oro suavemente agitado por un oleaje de espigas.
El tres paraba en cada estación o apeadero que encontraba en su camino, de modo que el viaje se
me hizo eterno. Poco después del mediodía, cuando más apretaba el calor, me quedé dormido.

Desperté un par de horas más tarde, con la boca seca, sintiéndome pegajoso y entumecido. Me
levanté para ir al servicio; luego, le compré al revisor un refresco y regresé a mi asiento para dar
buena cuenta de los bocadillos que me había preparado mi madre. Mientras comía, advertí que el
paisaje había cambiado por completo. En aquel momento cruzábamos una zona montañosa plagada
de bosques, muy diferente a la seca meseta de donde habíamos partido.
Pero eso sólo era un anticipo de lo que me esperaba. Una hora más tarde, conforme nos
aproximábamos a las húmedas tierras del Norte, la vegetación se fue tornando cada vez más
exuberante. Dejamos atrás las altas montañas y nos adentramos en una región salpicada de pequeños
valles tapizados de hierba, un territorio boscoso surcado por numerosos ríos y arroyos. Poco
después, comenzó a llover. Me sentí extraño. No recordaba que el Norte fuese tan verde y,
acostumbrado a la aridez de Madrid, aquella densa vegetación, semejante a una selva, se me antojaba
un paisaje del pasado, como si el tren fuera una máquina del tiempo que me condujera a la época en
que los celtas aún poblaban las costas del Cantábrico.
Finalmente, a media tarde, llegamos a la estación de Santander. Se suponía que mis tíos estarían
allí, pero lo cierto es que no había nadie esperándome, así que recuperé mi maleta y me dispuse a
aguardar. Poco a poco, el andén se fue vaciando de gente, hasta que me quedé solo. El rumor de la
lluvia contra el techo resonaba monótonamente en la estación, confundiéndose con el lejano ronroneo
del motor de una locomotora. Abrí mi novela, me senté sobre la maleta y me puse a leer.
—¡Javier! —dijo una voz al cabo de unos minutos.
Volví la cabeza y vi que un hombre se aproximaba a mí con paso rápido. Tendía unos cuarenta y
cinco años, el pelo castaño claro, peinado hacia atrás, quizá demasiado largo, y lucía un cuidado
bigote que le brindaba cierto aire de galán anticuado. Conforme caminaba, su negra gabardina ondeaba
en el aire como la capa de un superhéroe. Era tío Luis.
—Caray, muchacho, lo siento —dijo cuando llegó a mi altura—. Se me fue el santo al cielo y me
olvidé de que tenía que recogerte. ¿Llevas mucho tiempo esperando?
—No, qué va, quince minutos o así.
—Perdona, soy muy despistado. Anda, sobrino, dame un abrazo —me palmeó la espalda con
energía; luego, se apartó de mí y, manteniendo sus manos sobre mis hombros, me contempló en
silencio durante unos segundos—. Ahora debería decirte lo mucho que has crecido —prosiguió—,
pero supongo que estarás harto de esa clase de comentarios, así que no diré nada. Vamos, tengo el
coche ahí fuera. Déjame que te ayude con la maleta.
Cuando salimos de la estación llovía a raudales. Tío Luis comentó que, hasta el día anterior, había
hecho un tiempo excelente, pero no tardé en descubrir que eso era lo que siempre decían los norteños,
aunque llevaran semanas padeciendo los rigores de una galerna. No obstante, apenas presté atención
al clima local, pues al ver el coche de tío Luis me quedé con la boca abierto. Supongo que esperaba
encontrar un utilitario normalito, pero el automóvil resultó ser un deportivo. Un Jaguar E, para ser
precisos; de color negro, llantas cromadas y con un larguísimo morro que prometía un auténtico
raudal de potencia.
—Es precioso… —comenté tras acomodarme en el asiento del copiloto.
Tío Luis sonrió, satisfecho, y acarició con la yema de los dedos la madera del salpicadero.
—Sí que lo es. Se trata del modelo de 1961, el primero de la serie E. Motor de tres mil
ochocientos centímetros cúbicos, tres carburadores y doscientos sesenta y cinco caballos de

potencia. La verdad es que es mi ojito derecho.
Tras decir esto, dedicó una mirada de amante al cuadro de mandos de su vehículo y giró la llave de
contacto. El motor rugió con impaciencia, mi tío conectó los limpiaparabrisas, metió la marcha y,
acto seguido, con un chirrido de neumáticos, arrancó a toda velocidad.
Por decirlo de algún modo, tío Luis conducía como un loco. Abandonamos el aparcamiento en un
suspiro, enfilamos hacia el Paseo de Pereda con un brusco derrapaje y, luego, todo fue aceleración y
vértigo. Más tarde descubrí que el mar se encontraba a mi derecha, pero entonces ni siquiera lo vi;
estaba demasiado ocupado en apretar los dientes y agarrarme al asiento. Durante el trayecto,
mientras conducía dando bruscos volantazos y súbitas frenadas para sortear el tráfico, tío Luis no
dejaba de hablar. Se interesó por la salud de mi padre y preguntó por mamá y por Alberto, pero yo
apenas pude responder con monosílabos, pues tenía un nudo en la garganta y la íntima convicción de
que nos íbamos a estrellar en cualquier momento.
Pero no nos estrellamos. Al llegar a la altura de la península de La Magdalena, giramos a la
izquierda y, como una exhalación, pusimos rumbo hacia El Sardinero, la zona residencial donde vivían
mis tíos. Afortunadamente, tío Luis redujo la velocidad al abandonar la avenida principal y adentrarse
en el dédalo de callejas estrechas que se extendía por detrás de la primera línea de playa. Aun así,
cuando llegamos a nuestro destino, detuvo el Jaguar con un brusco frenazo que me lanzó, primero,
hacia delante, y después hacia atrás.
Al bajar del coche las piernas me temblaban. La lluvia había menguado hasta convertirse en un
suave chirimiri, pero el cielo seguía cubierto y oscuro. Mientras tío Luis abría el maletero para sacar
mi equipaje, me quedé mirando la casa frente a la que nos habíamos detenido. Era un viejo edificio de
tres plantas con una pequeña torre en la parte superior. La fachada, pintada de blanco y verde,
gravitaba sobre un enorme porche sostenido por cuatro columnas cubiertas de enredaderas. En la
segunda planta, a izquierda y derecha, había dos grandes miradores acristalados. El caserón estaba
rodeado por un amplio y bien cuidado jardín, con setos de arrayán, multicolores macizos de
hortensias y tamarindos de enrevesada copa. Una valla de piedra rodeaba el terreno. En una de las
jambas del portalón de entrada había una placa de bronce con un rótulo que rezaba: «Villa
Candelaria».
—Vamos, Javier —dijo tío Luis mientras echaba a andar hacia la casa cargando con mi maleta—.
Adela estará deseando verte.
Cruzamos la cancela y recorrimos el sendero de grava que atravesaba el jardín y conducía al
porche. Así fue cómo, después de tanto tiempo, regresé a la casa de los Obregón.

***
Tía Adela se parecía a mamá, pero era mucho más guapa que ella. Tenía el pelo rubio, los ojos
azules y un tipo fantástico, sobre todo teniendo en cuenta los cuarenta y tantos años de edad que
contaba por aquel entonces. Nuestro reencuentro siguió, puntualmente, todos los pasos establecidos
por el Manual de Urbanidad entre Parientes. Me dio dos sonoros besos, me abrazó, comentó lo
mucho que yo había crecido, insistió en lo mismo, señalando que estaba hecho todo un hombrecito,
volvió a abrazarme, me preguntó por papá, por mamá y por Alberto, me interrumpió al instante,

diciendo que ya hablaríamos durante la cena, volvió a admirarse de mi altura y me dio otro beso.
Luego, me presentó al resto de la familia. Aquélla tarde sólo estaban en casa M argarita, la segunda
de las hermanas, y Azucena, la más pequeña. Marga me saludó con un apretón de manos y me
contempló con cierta suspicacia, como si quisiera evaluarme antes de concederme su confianza. Era
más guapa al natural que en foto, pero las gafas que usaba la hacían parecer un poco distante, como si
aquellas lentes redondas fueran un escudo que la separara del mundo y de la gente. En cuanto a
Azucena, cuando intenté darle un beso echó a correr y se refugió tras las faldas de su madre sin decir
una palabra.
—Es muy tímida —comentó tía Adela—. Pero ya verás lo simpática que se vuelve en cuanto se
acostumbre a ti.
Tenía razón. Azucena resultó ser encantadora y muy inteligente. El único problema es que tardó
casi tres meses en acostumbrarse a mí.
—Rosa ha salido. Ya la verás esta noche —prosiguió mi tía—. Y Violeta… En fin, cualquiera
sabe dónde estará. Ésa niña siempre anda a su aire, con la cabeza metida en un libro.
—Bueno, basta de charla —la interrumpió tío Luis—. Javier debe de estar deseando descansar un
poco. Anda, sobrino, ven conmigo; te enseñaré tu dormitorio.
La segunda planta albergaba seis habitaciones y dos cuartos de baño. En el ala Norte estaban los
dormitorios de mis tíos, de Azucena y de Rosa. Mi cuarto se encontraba en el extremo opuesto,
detrás de las escaleras, entre los dormitorios de M argarita y de Violeta.
Era una habitación de unos veinte metros cuadrados, con el suelo de tarima y una ventana que
daba a la parte trasera del jardín. Había una cama de madera —muy antigua, pero con el colchón
nuevo—, una mesilla de noche, una silla, una mesa y un viejo armario que olía a lavanda y naftalina.
Cuando tío Luis me dejó solo deshice el equipaje, distribuí mis cosas en los diferentes estantes y
coloqué mis libros sobre la mesa. Luego, me tumbé en la cama y estuve un rato sin hacer nada, con la
mirada perdida en las molduras del techo.
La atmósfera olía mucho a humedad, pero no era un aroma desagradable. Por el contrario,
resultaba cálido y acogedor, como si el aire de Santander tuviera más consistencia que el de Madrid.
Contemplé los cuadros que colgaban de las paredes —una marina y dos paisajes campestres— y me
quedé escuchando el tabaleo de la lluvia. Y poco a poco, sin darme cuenta, me fui quedando dormido.
…
Unos golpes sonaron en la puerta.
—Javier —dijo una voz.
M e desperté, sobresaltado, y salté de la cama.
—¿Estás ahí, Javier? —insistió la voz.
Parpadeé varias veces para espantar el sueño y abrí la puerta. Margarita estaba al otro lado del
umbral. Dos chispas de ironía brillaban por detrás de sus gafas.
—¿Estabas dormido? —preguntó.
—No… Sí, creo que sí… ¿Qué hora es?
—Las ocho y media.
¡Había dormido casi dos horas! La verdad es que llevaba todo el día aplastando oreja.
—Dentro de una hora estará la cena —continuó M arga—. ¿Quieres que antes te enseñe la casa?
Le dije que sí, pero lo primero que hice fue ir al cuarto de baño para echarme un poco de agua en

la cara, pues aún me sentía un poco amodorrado. Luego regresé junto a Margarita, que me esperaba al
lado de la escalera, y comenzó la visita turística.
—Arriba está la buhardilla y el torreón —dijo ella—, pero hay poca luz y mucho polvo, así que
ya lo verás otro día. En esta planta están los dormitorios. Ése es el mío; el de enfrente, el de Violeta;
y ahí delante están el de Rosa, el de Azucena y el de mis padres. Ven, te enseñaré la planta baja.
El edificio era más antiguo de lo que me había parecido al principio. Tenía los techos muy altos,
los suelos de tarima y por doquier había viejas pinturas y antigüedades de toda clase.
—La casa se construyó a principios del siglo diecinueve —me informó Margarita mientras
bajábamos la escalera—, cuando los Obregón todavía formábamos parte de la plutocracia local.
Algunos de los trastos que estás viendo tienen más de siglo y medio de antigüedad.
Por aquel entonces no conocía el significado de la palabra plutocracia. Más tarde consulté el
diccionario y averigüé que significa el gobierno de los más ricos. También descubrí que Margarita era
comunista, o algo parecido.
El vestíbulo, muy amplio, estaba adornado con panoplias, escudos, un ajado tapiz e incluso una
armadura un tanto herrumbrosa.
—Ésa escalera conduce al sótano —señaló Margarita—. Ahí tiene papá su taller. Se pasa el día
construyendo chismes raros, así que procura no molestarle.
A la derecha, según se entraba desde el porche, una puerta daba acceso al comedor. Era una
habitación espaciosa, con un amplio ventanal y una inmensa mesa de roble sobre la que pendía una
araña de cristal. Al fondo, otra puerta conducía a la cocina y a la zona de servicio. En el ala Éste se
encontraban las dos habitaciones más grandes de la casa: la sala de estar y la biblioteca.
El salón, como todo en Villa Candelaria, parecía más un viejo museo que una vivienda. Los
muebles, según margarita, eran de estilo Imperio, y de las paredes colgaban decenas de cuadros
pintados al óleo, casi todos ellos paisajes y bodegones, aunque también distinguí algún que otro
retrato. Había una enorme chimenea de alabastro y tres grandes ventanales a cuyo través podía verse
el jardín. En conjunto, aquella casa parecía rica y lujosa, pero se trataba de un lujo antiguo, no
renovado con el paso de los años, un lujo que hablaba más del esplendor de otros tiempos que de la
actual situación de la familia. Creo que fue entonces cuando comprendí con precisión lo que era la
decadencia.
Pero la mayor sorpresa me aguardaba en la última estancia que visité: la biblioteca. Era tan grande
como el salón, pero los únicos muebles que allí había eran un escritorio, una silla un sillón de lectura.
Tres de las cuatro paredes estaban cubiertas hasta el techo por una inmensa librería de cerezo, en
cuyos estantes descansaban miles y miles de polvorientos libros antiguos. En la cuarta pared había
un mirador de madera y cristales coloreados, una chimenea y un montón de cuadros, esta vez, todos
ellos retratos.
—Aquí tienes la galería de nuestros antepasados —dijo Margarita, señalando con un ademán la
pequeña pinacoteca—. Mira, éste es Juan Nepomuceno Obregón. Fue el tipo que, durante el siglo
dieciocho, amasó la fortuna de la familia. Era un pirata de mucho cuidado; deberían haber ahorcado,
pero en vez de eso le nombraron Hijo Predilecto de la ciudad —suspiró con resignación y agregó:—
Así es la justicia de los burgueses.
El cuadro que señalaba Margarita mostraba el busto de un cincuentón de rostro redondo,
mostacho y perilla, vestido con una levita negra en la que destacaba un cuello de encaje que el pintor

había reproducido con maníaca minuciosidad. Estaba más bien gordo y sus porcinos ojillos
expresaban una mezcla de altivez y mezquindad. Era exactamente la clase de tipo al que uno nunca le
compraría un coche usado.
Dediqué unos minutos a contemplar aquella galería de viejos retratos. Todos los hombres y
mujeres que allí estaban representados habían sido miembros de la familia Obregón. Tíos, primos,
hermanos, sobrinos, abuelos… Se me antojó un poco extraño tener ante mis ojos, en forma de
cuadros, el linaje completo de los últimos doscientos cincuenta años de una familia. De hecho, eran
tantas las pinturas que casi se me pasó por alto la más importante de todas.
Se hallaba en un rincón, en el extremo más alejado de la biblioteca, perdido entre las imágenes de
los antepasados menos importantes. Era un retrato no demasiado grande que mostraba a una mujer
sentada, con las manos descansando sobre el regazo y la mirada perdida a su derecha. Era joven y
muy hermosa, con los rubios cabellos recogidos en un complejo trenzado. Vestía un traje blanco, de
encaje, a la moda de finales del siglo diecinueve, y el único adorno que llevaba era un collar de
esmeraldas. Pero no fue la belleza de aquella mujer lo que me llamó la atención, sino la sutil expresión
de tristeza que se advertía en su mirada.
—¿Quién es? —pregunté.
M argarita arqueó una ceja.
—Beatriz Obregón —respondió—. La hermana de mi bisabuelo.
Beatriz Obregón… Aquél era el nombre que mencionó mi madre cuando me enseñó el álbum de
fotos. Pero también había dicho otra cosa, algo relacionado con un dios hindú.
—¿Qué son las Lágrimas de Shiva? —pregunté.
M argarita arrugó la nariz.
—¿Quién te ha hablado de eso? —preguntó a su vez.
—M i madre. Pero no me contó nada, sólo me dijo que os preguntara a vosotros.

—Pues tu madre debe de tener mucho sentido del humor —comentó con una sonrisa traviesa—.

M ira, será mejor que no les preguntes a mis padres ni por Beatriz ni por las Lágrimas.
—¿Por qué?
Margarita me contempló unos instantes con ironía, como si supiera algo gracioso que yo
ignoraba. Entonces, antes de que pudiera contestarme, se escuchó el lejano repique de una campanilla.
—Es mamá —dijo—. La cena ya está lista. Será mejor que vayamos al comedor —le echó un
último vistazo al retrato de su antepasada y agregó—: En cuanto a mi tía-bisabuela Beatriz, el
problema es que fue la ladrona de la familia y la culpable de la ruina de los Obregón. Por eso es mejor
no hablar de ella.

***
Las evasivas respuestas de Margarita me dejaron muy intrigado. ¿Quién fue Beatriz Obregón y
por qué era mejor no mencionar siquiera su nombre? Mi prima dijo que había sido la ladrona de la
familia, pero ¿qué había robado? ¿Y qué demonios eran las Lágrimas de Shiva?
Antes de ir al comedor, subí a la planta de arriba para lavarme las manos. Estaba a punto de
entrar en el baño cuando me percaté de que la puerta de mi dormitorio se hallaba abierta y la luz
encendida. Me acerqué al cuarto y descubrí que había alguien dentro. Era una chica de mi edad;
llevaba el pelo corto y vestía unos arrugados vaqueros. En aquel momento estaba examinando los
libros que yo había dejado sobre la mesa, así que me daba la espalda, pero no tuve necesidad de verle
la cara para saber de quién se trataba.
—Hola —la saludé—. Tú eres Violeta, ¿no?
Aunque estaba seguro de que no me había oído llegar, ella no se sobresaltó al escuchar mi voz. En
vez de ello, volvió la cabeza lentamente y me miró por encima del hombro, muy seria.
—Y tú, Javier —dijo.
No era una pregunta, y tampoco hizo amago de saludarme, así que me quedé un poco cortado.
—¿Éstos libros son tuyos? —preguntó ella tras un incómodo silencio.
—Sí.
Violeta se inclinó y comenzó a leer en voz alta los títulos.
—Jones el hombre estelar, Marciano vete a casa, Titán invade la Tierra, El día de los Trífidos .
¿Qué clase de novelas son éstas?
—Ciencia ficción —respondí.
Violeta esbozó una sonrisa que, pese a su brevedad, logró expresar a la vez una desagradable
mezcla de altanería, desdén y conmiseración. Creo que fue una de las sonrisas más irritantes que he
visto en mi vida.
—Ya me imaginaba que eran algo así —dijo—. ¿A ti te gusta esta clase de cosas?
Pronunció la palabra cosas como si estuviera hablando de un saco de estiércol.
—Sí, me gustan —contesté a la defensiva—. ¿Has leído algo de ciencia ficción?
Violeta asintió con un desdeñoso cabeceo.
—Un mundo feliz, de Huxley, y 1984, de Orwell. Son las dos únicas novelas de ciencia ficción
que valen la pena.
Hablaba con tanta suficiencia que me estaba poniendo de mal humor, pero yo era un huésped y

debía comportarme, así que intenté ser educado.
—¿Qué te gusta leer a ti? —pregunté.
—Hemingway, Tolstoi, Lorca, Scott Fitzgerald… En fin, la buena literatura. Pero no te
preocupes; puede que dentro de unos años, cuando madures un poco, llegues a leer algo más que
historias de marcianitos —echó a andar hacia la salida y puntualizó—: La cena ya está lista, será
mejor que bajes al comedor.
Debo confesarlo: al principio, Violeta Obregón me pareció una chica pedante, engreída e
insoportable. Exactamente todo lo contrario que su hermana mayor. La conocí durante la cena. Rosa
volvió a casa justo cuando nos sentábamos a la mesa. Era muy guapa, aún más que en la foto, pero su
belleza no resultaba estridente —como la de las mujeres que aparecían en las revistas francesas
prohibidas—, sino discreta y apacible. Aunque sólo tenía dieciocho años, parecía mayor, quizás a
causa del tono grave de su voz, o por la casi imperceptible melancolía que destilaba su mirada, o por
la gracia y serenidad de su porte. También era simpática y cariñosa, tanto, que me enamoré de ella a
los cinco minutos de conocerla. Incluso llegué a pensar que si la reina Ginebra existió alguna vez,
debió de parecerse mucho a Rosa, y durante unos segundos fantaseé con la posibilidad de llegar a ser,
algún día, el rey Arturo.
Como es natural, mi instantáneo enamoramiento fue más bien abstracto, platónico, como diría mi
profesor de filosofía. A ciertas edades, tres años de diferencia suponían un abismo infranqueable, y
yo bien lo sabía; pero era imposible no quedar prendado del magnético encanto de Rosa Obregón. De
hecho, me pasé toda la velada mirándola de soslayo, en parte por su belleza, pero también porque de
pronto me di cuenta de que Rosa se parecía muchísimo a Beatriz, la misteriosa mujer del cuadro.
Hacia el final de la cena, mientras tomábamos el postre, tío Luis me preguntó:
—¿Ya has echado un vistazo a este viejo caserón nuestro?
—Sí, muy bonito.
—Está lleno de trastos viejos (como yo, por ejemplo), pero tiene cierto encanto.
—Tú también lo tienes, querido —sonrió tía Adela.
—¿Lo has encontrado todo a tu gusto, Javier? —prosiguió tío Luis—. ¿El dormitorio, la cama, el
baño?… ¿Echas algo en falta?
Lo cierto es que sí. Echaba muy, pero que muy en falta algo.
—¿Dónde está la televisión? —pregunté.
Tía Adela y tío Luis intercambiaron una mirada. Violeta me contempló con mal disimulado
desdén. M argarita murmuró.
—La televisión es puta propaganda franquista…
—¡Niña! —exclamó tía Adela—. No hay boca bonita con palabras feas. Haz el favor de no decir
tacos.
—No tenemos televisión, Javier —me informó Rosa.
—La tele siempre me ha parecido un buen invento mal utilizado —terció tío Luis—. Nunca le he
visto la gracia, aunque a la gente parece que le encanta. ¿Hay algún programa que te interese?
M e sentía confuso: ¿cómo se podía vivir sin televisión?
—No, bueno, sí —respondí—. Es que el veinte de julio retransmitirán la llegada del hombre a la
Luna…
—Ése rollo del programa Apolo no es más que propaganda imperialista yanqui —sentenció

M argarita.
—Desde luego, hija, para ti todo es propaganda —comentó tía Adela.
—No se llega a la Luna todos los días —señaló tío Luis—. Se trata de un acontecimiento
importante, no cabe duda, y es lógico que a Javier le apetezca verlo.
—M e encantaría.
—A Javier le gusta mucho la ciencia ficción —intervino Violeta en tono sarcástico—. A lo mejor
espera ver un marciano por la tele.
—En todo caso —la corregí con retintín—, sería un selenita.
Tío Luis se rascó la cabeza, pensativo.
—Bueno, no te preocupes —dijo finalmente—. Ya encontraremos la manera de que puedas ver el
alunizaje.
Después de la cena nos dirigimos todos al salón, salvo tío Luis, que bajó al sótano para trabajar
un rato en su taller. Tía Adela puso un disco de música clásica, se acomodó en una butaca, cerró los
ojos y comenzó a seguir la melodía con leves movimientos de la mano derecha. Rosa se sentó a su
lado y se puso a hojear una revista de arquitectura, Margarita se enfrascó en la lectura de un libro —
La revolución permanente, de Trotsky— y Violeta se puso a escribir en un cuaderno. En cuanto a
Azucena, se sentó en el suelo, a los pies de su madre, y permaneció todo el rato callada, mirándonos
con aquellos enormes ojos suyos.
Mucho tiempo después, al recordar aquel momento, y otros similares, llegué a apreciar en su
justa medida la confortable paz que se respiraba en aquella casa. El ritmo vital de los Obregón era
distinto al del resto del mundo, más sereno y sosegado, como si el tiempo poseyera, en Villa
Candelaria, la textura líquida de un arroyo tranquilo.
Claro que eso lo pensé muchos años más tarde, porque entonces, acostumbrado como estaba a
largas sesiones frente al televisor, aquella velada de silencios matizados por la música de Beethoven
se me antojó el colmo del aburrimiento. Tras media hora de no hacer nada, me excusé diciendo que
estaba cansado y subí a mi habitación.
Después de haber pasado todo el día dormitando, pensé que me costaría mucho conciliar el
sueño, pero debía de haberme picado la mosca tsé-tsé, pues nada más meterme en la cama y apagar la
luz, me quedé profundamente dormido.

***
Unas horas después, ya bien entrada la madrugada, me desperté bruscamente, pasando sin
solución de continuidad del sueño a la vigilia. El dormitorio se hallaba a oscuras y en absoluto
silencio. Sin embargo, yo tenía la impresión…, no, la certeza de que había alguien más en la
habitación. Contuve el aliento y agucé el oído. Al poco, por detrás del remoto batir de la lluvia,
escuché, o creí escuchar, el débil sonido de una respiración, cerca, muy cerca de mí. Se me erizó el
vello del cuerpo y un escalofrío me recorrió la espalda.
—¿Quién está ahí?… —pregunté en voz alta, aunque mucho menos firme de lo que hubiera
deseado.
No obtuve respuesta, pero el sonido de la respiración cesó bruscamente, como si alguien

contuviera el aliento. Entonces advertí algo: la atmósfera del dormitorio estaba impregnada de un
tenue perfume a flores, algo así como el aroma de los nardos. De nuevo noté un escalofrío. La
sensación de que una presencia invisible se hallaba junto a mí fue tan intensa que, durante unos
segundos, experimenté un terror ciego e irracional. Tragué saliva e intenté calmarme. Debía de haber
alguna explicación lógica; quizás una de mis primas había entrado en el cuarto para gastarme una
broma. De hecho, Violeta parecía muy capaz de algo así.
Haciendo acopio de coraje, me incorporé en la cama, tendí la mano y encendí la lámpara que había
sobre la mesilla de noche. El súbito resplandor me deslumbró durante unos instantes. Cuando mis
ojos se acostumbraron a la luz, comprobé que, aparte de mí, en el dormitorio no había nadie más.
Sentí un inmenso alivio, y al tiempo, una soterrada inquietud. ¿Qué había pasado? Conforme me
tranquilizaba supuse que, al despertarme, mis sueños se habían mezclado con la realidad, que me
había influido el ambiente de aquella vieja casa, que todo había sido, en definitiva, producto de mi
imaginación.
Sin embargo, cuando apagué la luz, tardé mucho en volver a dormirme, pues aunque fuera un
pensamiento absurdo, no podía quitarme de la cabeza que aquella noche alguien o algo me había
visitado en mi dormitorio.

3
Perpetuum mobile
Estuvo lloviendo durante una larga semana. Poco se puede hacer en tales circunstancias, y menos
cuando uno es un intruso, que es como yo me sentía en Villa Candelaria.
Mis tíos no trabajaban —eran rentistas—, pero cada uno de ellos se dedicaba a sus quehaceres
sin prestarme mucha atención. Tía Adela pasaba los días ocupada con las tareas de la casa. Ayudada
por Ramona, la asistenta, mantenía limpio y ordenado aquel enorme caserón, e iba a la compra, y
cocinaba, y luego, por las tardes, solía ir a tomar café con sus amigas a la terraza cubierta del Rhin, un
bar-restaurante situado frente a la playa. Tío Luis pasaba las mañanas fuera y luego, por las tardes,
se encerraba en su taller del sótano, de donde no salía hasta la hora de cenar.
No es que me ignoraran, ni mucho menos —tía Adela me enseñó la ciudad y fui un par de veces al
cine con tío Luis—, pero ellos eran adultos y yo un adolescente, de modo que pocos planes
podíamos hacer en común. En cuanto a mis primas, Rosa asistía a una academia donde recibía clases
de matemáticas y dibujo, pues quería prepararse para su ingreso en la Escuela de Arquitectura.
Margarita pasaba la mayor parte del día fuera de casa, en compañía de sus amigos revolucionarios,
discutiendo, supongo, la teórica forma de acabar con la dictadura. Azucena estaba siempre al lado de
su madre y seguía sin hablarme. Y Violeta… Bueno, nuestra relación era un ejemplo perfecto de
mutua antipatía. Violeta pasaba la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación y, cuando salía
de ella, no era precisamente para compartir el tiempo conmigo.
¿Qué hacía yo entre tanto? Aburrirme como jamás me había aburrido. Leía mucho —casi un libro
al día— y oía la radio. Cada tarde, en particular, sintonizaba la SER para escuchar Dos hombres
buenos, una radionovela de aventuras que me encantaba. En cierta ocasión, Violeta me sorprendió
oyéndola y, como era de esperar, no desperdició la oportunidad de dejar caer uno de sus ácidos
comentarios.
—Veo que tus gustos están mejorando; ahora te dedicas a los seriales. ¿Sabes que en el quiosco
venden fotonovelas?
A punto estuve de decirle que José Mallorquí, el autor de Dos hombres buenos, era uno de los
escritores más famosos de España, pero me callé, porque lo que realmente me apetecía no era hablar,
sino estrangularla.
Aparte de las novelas y de la radio, pasaba mucho tiempo en la biblioteca, revolviendo entre los
miles de libros que allí había —casi todos ellos ediciones muy antiguas que, por aquel entonces,
apenas me interesaban—, y también charlando con la asistenta. Ramona era una cincuentona afable y
dicharachera. Estaba gorda, tenía más bigote que yo y era, por resumirlo en dos palabras, muy bruta.
Pero también era una mujer muy simpática y le encantaba hablar. De hecho, solía contarme historias
del lugar donde nació, el Valle del Pas, una comarca cántabra que, a tenor de sus relatos, parecía recién
salida del Neolítico.
Pese al tedio que se respiraba en Villa Candelaria, durante la primera semana se produjeron tres
sucesos que, cada uno a su manera, contribuyeron a romper la monotonía de aquellos días lluviosos.
El más misterioso de todos fue el tercero, pero no quiero adelantarme a los acontecimientos, de modo
que empezaré narrando la extraña escena que presencié el sábado por la noche.

Serían más o menos las doce. Acababa de apagar la luz y estaba en trance de dormirme, cuando
escuché un rumor de susurros que parecía provenir del exterior. Intrigado, bajé de la cama, entreabrí
las cortinas y miré por la ventana. Al principio no vi nada, sólo la lluvia cayendo mansamente sobre
el solitario jardín, pero unos leves ruidos a mi izquierda me llamaron la atención y, al volver la
mirada, descubrí que alguien había salido por el mirador del dormitorio de margarita y ahora descendía
hacia el jardín, utilizando el canalón del desagüe como improvisada escala.
Al principio pensé que se trataba de un ladrón, pero no podía ser, pues, en vez de entrar en la
casa, estaba saliendo de ella. Por desgracia, la noche era muy oscura y sólo podía distinguir la negra
silueta del desconocido, que llevaba un impermeable con la capucha echada. Apenas quince segundos
más tarde, el extraño alcanzó el suelo y echó a correr hacia la valla trasera. Cuando llegó allí, se
detuvo un instante, volvió la mirada hacia el dormitorio de Margarita y saludó con la mano. Fue
entonces cuando, gracias al resplandor de una farola, pude distinguir su rostro. Era Rosa.
Me quedé de piedra. ¿Qué hacía la mayor de mis primas descolgándose furtivamente por un
canalón en mitad de la noche? Apenas tuve tiempo de plantearme esa pregunta, pues Rosa se dio la
vuelta, trepó ágilmente por la valla, saltó al otro lado y desapareció en la oscuridad. Al poco, escuché
el ruido que hacía la ventana de Margarita al cerrarse. Y así acabó todo. Regresé a la cama y me quedé
un rato tumbado boca arriba, reflexionando. Sólo se me ocurría una explicación para la insólita escena
que acababa de presenciar: Rosa no deseaba que sus padres supieran que había salido de casa. Pero
¿por qué? ¿Y adónde iba?
Aunque me moría de curiosidad, decidí ser discreto y no preguntar.

***
El segundo suceso ni siquiera merece tal nombre, salvo que llamemos suceso a tropezar con la
Segunda Ley de la Termodinámica. Ocurrió cuatro días después, el miércoles por la tarde. Tía Adela,
acompañada por Azucena, se había marchado a primera hora para hacer unos recados. Rosa y
Margarita habían salido y Violeta estaba encerrada en su cuarto, así que la casa se encontraba más
silenciosa que nunca. Salvo por la música —un viejo tango de Carlos Gardel— que brotaba del
sótano.
Yo aún no había estado en ese lugar y tenía ganas de conocerlo, de modo que, tras pasar media
tarde leyendo, dando vueltas y aburriéndome como una ostra, bajé las escaleras que conducían al
sótano y llamé a la puerta con los nudillos. Como nadie contestó, abrí y asomé la cabeza por el
umbral.
El taller ocupaba un recinto enorme, sin ventanas, y estaba absolutamente atestado de extraños
cachivaches. Al fondo había un bando de trabajo iluminado por seis tubos de neón y, a su derecha, un
tocadiscos y una vieja nevera. Dos de las paredes se hallaban cubiertas por toda clase de herramientas
y utensilios, mientras que los muros restantes estaban ocupados por largos anaqueles de madera
sobre los que descansaba una variada gama de indescriptibles artefactos. De mi tío no había ni rastro.
Casi sin darme cuenta de lo que hacía, entré en el taller y me aproximé a los anaqueles que se
encontraban a mi izquierda. Allí había una docena de máquinas llenas de engranajes. Una de ellas
consistía en una doble rueda giratoria en cuyo perímetro había cuatro pequeñas esferas de cobre.

Estaba montada sobre un pie de madera en el que se leía sobre una plaquita: «Perpetuum mobile de
primera especie».
Enarqué las cejas. Al parecer, aquello era un móvil perpetuo, una máquina que, tras recibir un
primer impulso, no se detenía jamás. Pero eso era absurdo.
—Hola, Javier —dijo alguien a mi espalda.
Di un respingo y volví la cabeza. Tío Luis acababa de salir de una pequeña habitación contigua y
me contemplaba con una sonrisa.
—Te he asustado, perdona —prosiguió—. Estaba en el almacén, buscando hilo de cobre, y no te
he oído llegar.
—Creí que no había nadie —me disculpé—. Ya me voy…
—No, no, quédate. Siempre es agradable un poco de compañía —señaló con un gesto el artefacto
que yo había estado examinando y preguntó—: ¿Sabes qué es eso?
—Es un móvil perpetuo.
—Exacto. Es la reproducción de un perpetuum mobile fabricado en Italia a comienzos del siglo
dieciséis. Las esferas están llenas de mercurio y, al girar la rueda, producen el desequilibrio que, en
teoría, mantendrá la máquina en eterno movimiento. Todos los cacharros que ves son diferentes
clases de móviles perpetuos. Ésos que estabas mirando se basan en el desequilibrio; aquellos otros,
en el magnetismo, y los del fondo, en la hidráulica. Ése de ahí es invento mío: una rueda excéntrica
sobre cojinetes magnéticos en una campana de vacío —sonrió con satisfacción—. Modestia aparte,
es bastante ingenioso.
—Pero el movimiento perpetuo no existe —objeté.
—Tienes razón —asintió él—. ¿Y sabes por qué?
—Porque va en contra del segundo principio de la termodinámica.
Tío Luis me contempló con sincera admiración.
—Vaya, muy bien. ¿Te interesa la ciencia?
—M ás o menos. Leo mucha ciencia ficción.
—Ah, bueno. Pues todos esos cacharros que tienes delante son pura ciencia ficción, porque no
funcionan. Se lo impide el puñetero segundo principio de la termodinámica. ¿Sabes lo que afirma ese
principio?
—Que el calor, y toda forma de energía, fluye de donde hay más hacia donde hay menos, hasta
alcanzar el punto de equilibrio.
—Sí, señor, y precisamente eso es lo que les pasa a todos los móviles perpetuos: giran y giran
hasta que alcanzan su punto de equilibrio y, entonces, se detienen. ¿Sabes?, desde 1911, la Oficina de
Patentes de Estados Unidos no acepta ninguna solicitad de patente para una supuesta máquina de
movimiento perpetuo. Y con razón.
Tío Luis señaló uno de sus artefactos. Era una rueda de madera montada sobre un eje horizontal,
con una serie de ranuras semicirculares a través de las cuales se deslizaban bolas de acero.
—Éste móvil perpetuo lo diseñó Leonardo da Vinci, pero tampoco funciona, claro. El propio
Leonardo comprendió que se trataba de un empeño imposible y escribió estas sabias palabras…
Mi tío señaló la plaquita que había en la base del artefacto. Me incliné hacia delante y leí el texto
que allí estaba grabado: «¡Oh, vosotros, investigadores del movimiento perpetuo! ¡Cuántas quimeras
habéis engendrado en esta búsqueda!».

Alcé la cabeza y contemplé aquella curiosa colección de objetos imposibles.
—¿Los has construido tú? —pregunté.
Tío Luis asintió.
—Es una afición como otra cualquiera —dijo casi excusándose—. Un poco rara, pero inofensiva.
Reflexioné unos instantes.
—¿Y por qué lo haces? —pregunté de nuevo—. Quiero decir que, si sabes que el movimiento
perpetuo es imposible, ¿por qué construyes estos aparatos?
—Pues precisamente por eso —contestó él—, porque es imposible. Verás, el segundo principio
de la termodinámica implica que todo, no sólo los supuestos móviles perpetuos, todo, insisto,
acabará a la larga por alcanzar su punto de equilibrio. A eso se le llama incremento de la entropía, y
significa que tú, yo, la Tierra, el Sol, el universo entero acabará deteniéndose. Si te paras a pensarlo,
resulta un principio deprimente. No me gusta, es como una condena a muerte sin posibilidad de
indulto —suspiró—. Supongo que, ante una ley universal como ésa, uno debería resignarse, pero a mí
no me da la gana quedarme cruzado de brazos. Por eso construyo móviles perpetuos, porque si
alguno de ellos, por un milagro, llegara a funcionar, querría decir que el segundo principio de la
termodinámica es erróneo… Aunque tú y yo sabemos que no lo es —volvió a suspirar—. Supongo
que resulta un poco difícil de entender.
M edité unos segundos. Había cierta lógica en lo que decía mi tío.
—Es algo así como el santo Grial —sugerí—. Los caballeros del rey Arturo lo buscaban, aunque
no existiese, porque lo importante es buscar el Grial, no encontrarlo.
Tío Luis alzó las cejas y me contempló con sorpresa.
—Exacto —dijo—. Eres muy listo, Javier; lo has expresado mucho mejor que yo. Mi santo Grial
es el perpetuum mobile. Vaya, me has dejado de una pieza. Te mereces un premio. ¿Quieres un
refresco?
Asentí con un cabeceo. Tío Luis se aproximó a la nevera y sacó dos botellas de Coca-Cola.
—¿Sabes? —dijo mientras bebíamos junto al banco de trabajo—, eres la primera persona que
comprende lo que hago. Ni Adela ni mis hijas han entendido nunca que me dedique a fabricar
artefactos imposibles. Pero, claro, eso una mujer jamás podrá entenderlo.
—¿Por qué?
—Pues porque las mujeres son más inteligentes que nosotros. Más pragmáticas. Tienen los dos
pies bien plantados en el suelo y les parece una estupidez dedicarse a tareas que no sirven para nada.
Y supongo que tienen razón. Pero los hombres, al menos algunos, somos diferentes. Nos gusta soñar,
¿verdad? Por ejemplo, tú mismo. Has dicho que lees ciencia ficción, ¿no? Pues eso significa que eres
un soñador. Y yo también lo soy —dio un largo trago a su bebida y guardó unos segundos de silencio
—. Ay, Javier, tú no sabes lo que es vivir con cinco mujeres. Seis, si contamos a Ramona.
—Creo que estoy empezando a descubrirlo.
—No, qué va, no tienes ni idea. Y no es que me queje, ni muchísimo menos. Gracias a ellas llevo
una vida tranquila y ordenada, pero… El problema es que les gusta demasiado el orden. No sé,
cuando me encuentro a su lado siempre tengo la sensación de que estoy haciendo algo mal. Creo que
por eso me refugio en este taller. Aquí puedo hacer lo que me dé la gana. Si en vez de poner un
destornillador allí, lo pongo aquí, nadie me dice nada, y si decido perder el tiempo construyendo
artefactos inútiles, pues es asunto mío. Créenme, Javier, este sótano es el paraíso.

Durante un rato bebimos en silencio nuestras Coca-Colas, directamente del gollete, con largos y
circunspectos sorbos. Creo que fue entonces cuando comprendí de verdad lo que significaba la
camaradería entre hombres.
—M amá me contó que eres inventor —dije cuando acabé el refresco.
—Sí, pero no he inventado nada demasiado importante, no te creas. Un freno eléctrico para
camiones, un sistema de suspensión hidráulica y cosas así —alzó una ceja, como si de repente
hubiera recordado algo—. Ahora que lo pienso, sí que he hecho algo que te puede interesar. ¿Sabes
que un componente del tren de aterrizaje del módulo lunar está basado en una patente mía?
Tío Luis procedió entonces a explicarme en qué consistía ese invento. Yo estaba encantado de
que alguien de mi familia hubiera contribuido, aunque fuera un poquito, al programa de investigación
espacial, pero apenas entendí sus explicaciones, demasiado técnicas para mis escasos conocimientos
de mecánica. Al poco, lo reconozco, dejé de escucharle y mi mente comenzó a divagar sin rumbo fijo.
De pronto, me acordé de Beatriz Obregón y de las Lágrimas de Shiva, y durante unos instantes
consideré la idea de preguntarle a mi tío al respecto; pero la deseché al instante, pues en modo alguno
deseaba quebrar los lazos de camaradería que aquélla tarde se había establecido entre él y yo.
Tío Luis concluyó su farragosa charla cuando el disco de Carlos Gardel llegaba a su fin. Mi tío se
levantó para poner otro disco —esta vez uno de Frank Sinatra— y yo le eché un vistazo al banco de
trabajo, sobre cuya superficie se amontonaban válvulas, diodos, transistores y toda suerte de
componentes electrónicos que yo no podía identificar.
—¿Estás haciendo otro móvil perpetuo? —pregunté.
—¿Un móvil perpetuo? —tío Luis paseó la mirada por el banco y sacudió la cabeza—. No, qué
va. Estoy construyendo un… bueno, es un proyecto nuevo sin demasiado interés —consultó su reloj
—. Y ya voy muy retrasado. Creo que debería volver al trabajo.
Comprendí que deseaba quedarse solo, así que me despedí de él y abandoné el sótano.
Aquélla noche, probablemente influido por mi charla con tío Luis, soñé con un mundo en el que
los pájaros volaban y nunca dejaban de volar, un mundo en el que los ríos fluían sin pausa, en el que
el viento arrastraba las nubes por toda la eternidad y el compás de la Luna daba cuerda para siempre
al reloj de las mareas. Un mundo, en definitiva, de movimiento perpetuo.

***
Y llegamos, por fin, al tercero de los sucesos que acaecieron durante aquella lluviosa semana. Fue
el más misterioso de todos y también el más importante, pues, en cierto modo, inició la cadena de
acontecimientos que, a la larga, acabarían conduciendo al desenlace de esta historia.
Ocurrió al día siguiente de mi visita al sótano, durante el anochecer. Yo me encontraba en mi
dormitorio, sentado frente a la mesa, leyendo una novela de Asimov. Un denso silencio, salpicado
por el batir de la lluvia, envolvía la casa. De pronto, escuché el sonido de unos pasos aproximándose
por el pasillo, un taconeo de mujer, leve y rítmico, que se detuvo al llegar frente a mi puerta. Alcé la
cabeza del libro, pensando que alguien iba a entrar en la habitación, pero eso no ocurrió. Durante los
siguientes segundos no hubo más que silencio y quietud.
Sentí un escalofrío. ¿Una mujer se había acercado a la entrada de mi cuarto para quedarse allí sin

hacer nada? Me incorporé de golpe, me acerqué a la puerta y la abrí bruscamente. No había nadie. Sin
embargo, me pareció advertir un movimiento frente a mí, algo así como el revuelo de una falda al
doblar el recodo de la escalinata que conducía al desván. Eché a correr hacia allí, pero al llegar descubrí
que aquel tramo de escaleras estaba vacío. Sentí un profundo desconcierto: ¿serían alucinaciones?
Entonces me di cuenta de que en el aire flotaba un débil aroma, un perfume que ya había olido en otra
ocasión.
De repente, experimenté la intensa sensación de que alguien me espiaba. Volví la cabeza y vi a
Violeta, en el otro extremo del pasillo, mirándome fijamente con una extraña expresión en el rostro.
—La has visto —dijo ella al cabo de unos segundos.
—¿A quién?
Violeta ladeó la cabeza y me miró con aún mayor fijeza, como si yo fuera un jeroglífico difícil de
resolver.
—Es increíble —murmuró—. Jamás hubiera pensado que tú, precisamente tú, pudieras verla.
—¿De qué hablas? —protesté—. No he visto nada.
Alzó la cabeza y aspiró por la nariz.
—¿A qué huele? —preguntó.
—A flores…
—A nardos. Pero ahora no es época de nardos.
—Pues será un perfume.
Violeta sacudió la cabeza.
Ninguna de nosotras usa perfume de nardos. Entonces, ¿de dónde viene el olor?
Me encogí de hombros. La verdad es que aquella conversación tan absurda me estaba poniendo
nervioso.
—No tengo ni idea —dije, un poco irritado—. ¿Qué más da a lo que huela?
Violeta tardó unos segundos en contestar.
—Estás mintiendo —dijo finalmente—. La has visto.
Acto seguido, se dio media vuelta y echó a andar de regreso a su habitación.

***
¿Qué había sucedido aquella tarde en la segunda planta de Villa Candelaria? Sinceramente, no lo
sé. Oí el sonido de unos pasos y vi, o creí ver, el vuelo de una falda desapareciendo tras la escalera.
Más tarde, cuando reflexioné sobre todo aquello, pensé que, si realmente se trataba de una falda,
debía de ser muy amplia, de ésas que llegan hasta los tobillos. La larga falda de un vestido blanco.
También percibí un aroma, el mismo perfume a nardos que invadió mi habitación la primera noche
que pasé en Villa Candelaria, cuando creí escuchar una respiración en la oscuridad.
Evoqué una y otra vez aquellos momentos, intentando recordar algún detalle que me permitiera
comprender lo que había sucedido, pero sólo pude llegar a conclusiones absurdas.
¿Había un fantasma en Villa Candelaria?
¿El fantasma de una mujer?
No tenía sentido, claro; los fantasmas no existen. Me estaba dejando sugestionar por aquel viejo

caserón, con sus techos altos, sus rincones oscuros y todas las antigüedades que contenía, y eso me
hacía ver, oír y oler cosas que no existían. Sin embargo… ¿Por qué tenía la sensación de que Violeta
sabía, de algún modo, lo que me estaba pasando? De hecho, la actitud de Violeta hacia mí cambió por
completo a partir de ese día, como si después de haber alzado un muro entre nosotros hubiera
decidido, por algún motivo, derribarlo.
Al día siguiente —el viernes— amaneció nublado, pero sin lluvia. Desde primeras horas de la
mañana hubo en Villa Candelaria un intenso trajín. Tía Adela había decidido encerar los suelos de la
casa, así que ella, Ramona y mis cuatro primas, tras apartar muebles y alfombras, se armaron de
bayetas y, puestas de rodillas, comenzaron a distribuir sobre la tarima capas y más capas de olorosa
cera. Yo me ofrecí a colaborar y me fue asignado el papel de abrillantador: cuando el suelo de una
habitación estaba convenientemente encerado, me ponía unos trapos en los pies y comenzaba a
patinar de un lado a otro, dejando a mi paso estelas de refulgente brillo.
Más tarde, una vez que la cera hubo sido repartida por todos los suelos, mis primas se calzaron
patines de paño y se sumaron con entusiasmo a la tarea de abrillantar. Supongo que ofrecíamos un
espectáculo extraño, semejante a un grupo de patinadores deslizándose sobre un helado lago de
madera, una estampa de invierno que, paradójicamente, tenía lugar a comienzos de verano.
A última hora de la mañana, cuando el entarimado brillaba como un espejo, tía Adela distribuyó
por el suelo hojas de periódico, advirtiéndonos que debíamos desplazarnos por aquellos senderos de
papel impreso y que, bajo ningún concepto, podíamos pisar la tarima. Rosa, Margarita y Violeta se
dirigieron entonces al piso de arriba, y yo me quedé en el salón, medio tumbado en una butaca. Me
encantaba el olor de la cera; era cálido y envolvente, y me recordaba a mi propia casa, cuando
ayudaba a mamá a encerar los suelos. Cerré los ojos. Estaba cansado y me dolían un poco las piernas,
pero era agradable dejarse llevar por aquel dulce sopor…
Advertí un leve ruido de pasos y abrí los ojos, Azucena, la menor de mi primas, estaba frente a
mí, mirándome con fijeza.
—Hola —la saludé.
Azucena no contestó.
—¿Te has divertido patinando?
Azucena asintió.
—¿Sabes? —dije al cabo de un incómodo silencio—, hay algo que me extraña: siempre estás en
casa, o con tus hermanas, o con tu madre. ¿No tienes amigos de tu edad?
Azucena se encogió de hombros. Un nuevo silencio.
—Oye, ¿es que tú nunca hablas?
Azucena negó con la cabeza.
—Pues qué bien… —suspiré mientras me incorporaba—. Bueno, Azucena, ha sido un placer
charlar contigo, pero apesto a sudor, así que será mejor que me cambie de ropa.
Seguido por la inquietante mirada de mi prima pequeña, abandoné el salón y subí a la segunda
planta. Antes de ir a mi habitación me dirigí al cuarto de baño contiguo al dormitorio de Margarita,
pues quería asearme un poco, pero no llegué a entrar. De hecho, me quedé paralizado frente a la
puerta, sobrecogido, alucinado, estupefacto. El baño estaba ocupado.
En fin, mi estupor no se debía a que el baño estuviese ocupado, claro, sino más bien a la persona
que lo ocupaba. La puerta se hallaba entreabierta y, a través de la rendija, podía ver con absoluta

claridad a Margarita. Estaba duchándose. Completamente desnuda (como, por otra parte, es natural
si uno se está duchando).
Creo que lo que sentí en aquel momento no fue exactamente una impresión erótica —aunque
también—, sino estética. Margarita estaba preciosa desnuda, con el pelo revuelto y el agua
acariciándole la piel. Parecía, no sé, una ninfa, un hada, una estatua de mármol bajo el surtidor de una
fuente. Podría haber estado horas mirándola, y en cierto modo horas me parecieron los escasos
segundos que permanecí allí, frente al baño, contemplando su resplandeciente desnudez, pero por
fortuna no tardé en recobrar el juicio. Si alguien me descubría haciendo lo que estaba haciendo,
difícilmente iba a poder convencerlo de que yo no era un asqueroso mirón —de hecho, lo era—, así
que, procurando no hacer ruido, me alejé del baño y entré en mi habitación.
Sentía que me ardían las mejillas. Dejando aparte las revistas prohibidas que mi hermano
conseguía no sé cómo ni dónde, era la primera vez que veía a una mujer desnuda. Y debo confesar que
no podía quitarme esa imagen de la cabeza, como si las doradas curvas de mi prima poseyeran una
cualidad magnética que me impidiera apartarlas de la mente. Tan alterado estaba que di un brinco
cuando sonaron unos golpes en la puerta.
—¿Quién es? —exclamé con voz demasiado alta y agua.
—Violeta. ¿Puedo entrar?
M e acerqué en tres zancadas a la puerta y la abrí de par en par.
—¿Qué quieres? —pregunte: estaba hecho un manojo de nervios.
Violeta me miró con curiosidad.
—¿Te pasa algo? —preguntó.
—No, qué va. Estoy muy bien, fenomenal, perfectamente. ¿Por qué lo dices?
—No sé, pareces acalorado.
—Será por el ejercicio. Bueno, ¿querías algo?
Violeta dudó un instante. Luego, se encogió de hombros y me tendió el libro que llevaba en una
mano.
—Venía a traerte esta novela —dijo—. No es ciencia ficción, pero he pensado que podría
gustarte.
Cogí el libro sin tan siquiera echarle un vistazo a la portada.
—Vale, muchas gracias, lo leeré. ¿Algo más?
—No… —entrecerró los ojos—. ¿Seguro que estás bien?
—Como una rosa —respondí—. Gracias por el libro. Hasta luego.
Cerré la puerta de golpe, enjugué con la manga de la camisa el sudor que me perlaba la frente y me
senté en el borde de la cama. Intenté tranquilizarme. Me sentía pillado en falta, como si todo el
mundo supiese que había estado espiando a Margarita. Pero eso era fruto de mi imaginación, pensé,
nadie me había visto y lo mejor que podía hacer era dejar de darle vueltas al asunto.
Respiré hondo varias veces y sacudí la cabeza para espantar el recuerdo del (maravilloso) cuerpo
de mi prima. Al cabo de unos minutos, cuando recuperé mi temperatura normal, me di cuenta de que
todavía tenía en las manos el libro que me había dado Violeta. Lo miré; se titulaba El guardián entre
el centeno, y su autor era un tal J. D. Salinger.
Contemplé la novela con desconfianza. El título era muy raro y yo albergaba serias dudas sobre
los gustos literarios de mi prima, así que no era precisamente entusiasmo lo que sentía cuando abrí el

libro y comencé a leer el primer párrafo.
«Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo
fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas
estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso».

***
Volvió a llover por la tarde. Después de comer, subí a mi cuarto, me tumbé en la cama y estuve
un par de horas leyendo El guardián entre el centeno. Aquélla novela me había atrapado desde las
primeras líneas, y eso a pesar de que apenas tenía argumento. El relato, narrado en primera persona,
cuenta la historia de Holden Caulfield, un chico de diecisiete años que, poco antes de Navidad, se
fuga del colegio. Y ésa era toda la trama de la novela: los tres días que duraba la fuga del protagonista.
Pero, además, aquel relato mostraba los recuerdos, los pensamientos y las emociones de Holden, su
confusión, su tristeza y su sentido del humor. Lo cierto es que no podía evitar identificarme con él, y
muchas de las cosas que expresaba el personaje, aunque yo nunca las hubiera pensado, pasaban a ser
mías al segundo siguiente de leerlas.
Pero había algo más. No tardé en comprender que, cuando Holden Caufield decía algo, en realidad
quería decir otra cosa, como si por detrás del texto escrito hubiera palabras invisibles. En cierto
modo, aquel libro eran dos novelas a la vez: una, la que podía leerse, y otra, la que se intuía más allá
de la letra impresa. Y eso, creo yo, era lo que prestaba tanta autenticidad al relato, pues la vida, como
averigüé con el paso de los años, siempre esconde algo distinto a lo que uno advierte a primera vista.
A eso de las cinco y media, cansado de la soledad del dormitorio, decidí continuar la lectura en la
planta baja. Me dirigí al salón y, al llegar, descubrí que allí se encontraban todas las mujeres de la
familia; es decir, casi la familia al completo, con la única excepción de tío Luis quien, a juzgar por la
música que surgía del sótano, estaba trabajando en su taller.
Mi tía y sus cuatro hijas componían una estampa apacible, una imagen serena que más adelante,
en el recuerdo, siempre asociaría con la calma del verano. Se hallaban muy cerca las unas de las otras,
en una esquina, entre el mirador y un gran ventanal (supongo que para aprovechar mejor la luz). Rosa
estaba sentada en un sofá, con un gran cuaderno de dibujo sobre las rodillas y un lápiz en la mano. A
su lado, tía Adela, armada de hijo y aguja, se dedicaba a bordar sobre una tela montada en un bastidor.
Violeta se hallaba tumbada en el suelo, escribiendo con un bolígrafo Bic en uno de sus cuadernos de
papel cuadriculado. Azucena permanecía sentada a los pies de su madre, mirándolo todo.
En cuanto a Margarita, la verdad es que me quedé con la boca abierta cuando vi lo que hacía,
pues, al igual que su madre, estaba bordando. Margarita Obregón, la rebelde, la izquierdista, la
revolucionaria, ¡estaba bordando como una burguesita del siglo pasado! Quién iba a decirlo… Me
aproximé a ella y contemplé su labor: una rosa escarlata entre zarcillos de hiedra. Supongo que
Margarita debió de advertir la ironía que chispeaba en mi mirada, pues clavó la aguja en la tela, dejó el
bastidor a un lado, se levantó, me pasó un brazo por lo hombros y me dijo:
—Hombre, primito, me alegro de verte. Anda, ven un momento conmigo, que quiero comentarte
una cosa.
Me condujo al recibidor, se detuvo junto a la escalera y me miró sonriente, sus hermosos ojos

azules parapetados tras las gafas de John Lennon.
—Supongo que te ha extrañado verme bordar —dijo—. Es natural, no encaja con mi carácter.
Pero me gusta bordar, qué voy a hacerle. Es una afición como otra cualquiera que me ayuda a
relajarme. Claro que alguno que otro podría tomárselo a cachondeo, y eso no me gustaría nada.
¿Comprendes?
—Por supuesto —contesté, reprimiendo a duras penas una risita sardónica.
—Siempre he pensado —prosiguió ella— que hay que se comprensivo con las debilidades ajenas.
Por ejemplo, comprendo perfectamente que esta mañana me estuvieras espiando mientras me
duchaba.
Me puse rojo como un tomate y empecé a farfullar, intentando rebatir esa acusación, sin
encontrar las palabras adecuadas para hacerlo.
—No te molestes en negarlo, Javier, porque, aunque no llevaba las gafas puestas, te vi
perfectamente. Además, me da igual, no me avergüenzo de mi cuerpo y tampoco me parece tan malo
alegrarle la vista a mi querido primito —hizo una pausa—. Pero quizá tus tíos no sean tan
comprensivos como yo, ¿no te parece? Dime, ¿te gustaría que mis padres supieran que has estado
espiándome mientras me duchaba?
Sacudí la cabeza, con tanta energía que noté un tirón en el cuello.
—Claro que no —continuó ella—. A mí tampoco me gustaría que fueras contando por ahí que me
gusta bordar. Lo comprendes, ¿verdad?
Asentí varias veces.
—De acuerdo, pues. Ahora, regresemos, primito, no vaya a ser que piensen que estamos
haciendo algo feo.
Me guiñó un ojo y echamos a andar camino del salón. Y yo me quedé allí, de pie en medio del
recibidor, sintiéndome pillado en falta. Sin embargo, quizás a causa de la actitud de Margarita, tan
desinhibida, aquello ya no me importó tanto. Regresé al salón unos minutos después y contemplé,
por encima de su hombro, el dibujo que estaba realizando Rosa. Era un boceto a lápiz de la habitación
con la perspectiva muy fugada.
—Dibujas muy bien —dije.
—Gracias, hago lo que puedo —contestó ella—. Tengo que practicar para el ingreso en
Arquitectura —me miró de reojo y, como si de pronto se le hubiera ocurrido una idea, agregó—:
¿Quieres ayudarme? Siéntate en ese sillón, frente a mí; voy a hacerte un retrato.
Hice lo que Rosa me había pedido, pero siempre me ha incomodado posar, así que no sabía cómo
ponerme.
—¿Qué hago? —pregunté.
—Quédate quieto. Ponte a leer si quieres.
Abrí El guardián entre el centeno y reanudé la lectura. Rosa pasó una página de su cuaderno de
dibujo, me miró fijamente durante largo rato y luego, con trazos rápidos y precisos, comenzó a
desplazar el lápiz por el papel. Poco después, tía Adela se levantó, puso un disco de Bach y siguió
bordando. Al cabo de un rato, las nubes se disiparon y la tarde se tornó luminosa. Y así fue cómo,
por vez primera, participé del lento ritmo que presidía la vida en Villa Candelaria.
Y creo que también fue entonces cuando realicé un importante descubrimiento. Rosa dibujaba, tía
Adela y Margarita bordaban, Violeta escribía, Azucena miraba. Concentradas cada una de ellas en su

tarea, no hablaban entre sí, pero de algún modo estaban completamente unidas, como si les bastara el
silencio para comunicarse, como si fueran un único organismo. No pude evitar sentir un poco de
envidia por aquella armonía, y también tristeza, pues comprendí que yo jamás podría formar parte
del íntimo universo que componían esas cinco mujeres. Y eso era así no por ser yo un intruso sino,
sencillamente, por mi condición de hombre.
Aquélla tarde también aprendí a apreciar el paso del tiempo y a percibir los tenues cambios de
luz conforme el sol se desplazaba en el cielo, transformando los colores, prolongando las sombras,
mientras la atmósfera iba adquiriendo, poco a poco, la textura de la noche. Fue una tarde mágica e
irrepetible. Lo cierto es que leí muy poco, pues de repente todo me parecía digno de ser observado.
Rosa me miraba a mí y dibujaba, y yo veía a Violeta escribir, preguntándome qué escribía, y Violeta,
de cuando en cuando, me contemplaba de reojo, supongo que para asegurarse de que yo leía la novela
que ella me había prestado. Y, entre tanto, Azucena nos miraba a todos.
Poco antes del anochecer, Rosa terminó el retrato y me lo mostró. En él aparecía yo de medio
cuerpo, con un libro abierto entre las manos, la cabeza inclinada y mirando de reojo a mi derecha
(seguramente a Violeta). El retrato era bueno, muy bueno, pero lo que más me impresionó fue la
mirada que Rosa había plasmado en mis ojos, poniendo en ellos una mezcla de asombro y
desconcierto que, a mi modo de ver, reflejaba con fidelidad lo que yo era en aquel entonces. Y,
supongo, lo que todavía sigo siendo.
Rosa me regaló el dibujo; aún lo conservo y frecuentemente me quedo mirándolo largo rato, para
no olvidarme, imagino, de las muchas cosas que aprendí durante ese verano.

***

El sábado me desperté muy temprano, pero me quedé en la cama leyendo sin descanso hasta que

terminé el libro, y aun entonces permanecí un rato más tumbado, pensando. El guardián entre el
centeno me había impresionado como, hasta entonces, pocas lecturas lo habían hecho. Me sentía
conmovido, y también un poco más sabio. Había un pasaje, en particular, que sin saber muy bien lo
que quería decir, se me antojaba lleno de significados. Antes de levantarme lo releí:
«¿Sabes lo que me gustaría ser? ¿Sabes lo que me gustaría ser de verdad si pudiera elegir? Verás.
Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de
niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un
precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan en él. En cuanto empiezan a correr sin
mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo.
Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de
verdad me gustaría hacer».
Resulta un poco raro, ya lo sé, pero exactamente así me sentía yo, como alguien que buscara su
sitio en el mundo sin saber muy bien cómo es ese lugar ni dónde se encuentra.
Me levanté muy tarde, de modo que desayuné solo en la cocina, con la intermitente compañía de
Ramona, que iba y venía ocupada en sus quehaceres. Luego, tras deambular un rato por la casa en
busca de Violeta, sin encontrarla, me dirigí a la biblioteca y allí pasé unos minutos mirando los libros
que atestaban los anaqueles de la librería. Casi todos eran ediciones antiguas de obras escritas por
autores para mí desconocidos. No tardé, sin embargo, en encontrar un título familiar. Era
Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley, una novela que está considerada como el
primer libro de ciencia ficción Aunque había visto películas basadas en esa novela, no la había leído,
así que la saqué del estante y, tras sacudirle el polvo, la abrí por el principio.
Era una edición de 1897, con tapas de cartón y un papel grueso y poroso que ahora amarilleaba a
causa del tiempo y la humedad. Pero no fue ninguno de esos detalles lo que me llamó la atención, sino
lo que aparecía escrito en la primera página con tinta verde y cuidada caligrafía. Era un nombre,
Beatriz Obregón Hurtado, y una fecha, 1901.
Me quedé de piedra. ¿Ése libro había pertenecido a Beatriz Obregón, la misteriosa antepasada
que, según Margarita, era la ladrona de la familia? Fue como ver, esta vez de forma tangible, un
fantasma. Me aproximé al retrato de Beatriz y lo contemplé durante mucho rato, sintiendo una
extraña sensación de irrealidad al tener entre las manos un objeto que había pertenecido a esa mujer,
como si las décadas que nos separaban hubieran quedado borradas de golpe al compartir, ella y yo,
aquel libro.
Entonces, la puerta se abrió y Violeta entró en el salón. Llevaba una camisa muy amplia, con las
mangas enrolladas, unos viejos pantalones vaqueros y botas de baloncesto. ¿Por qué se empeñaba,
me pregunté, en vestir como un chico?
—Hola —la saludé.
Sin contestarme, Violeta le echó un vistazo al cuadro que yo había estado mirando.
—Es guapa, ¿verdad? —dijo, sin apartar los ojos del retrato.
—Sí, mucho, aunque parece triste —le mostré el ejemplar de Frankenstein—. Mira, he
encontrado un libro con su nombre.
Violeta se encogió de hombros.
—Hay muchos libros suyos por la casa, casi todos novelas góticas. A Beatriz le gustaban las
historias tremebundas, como a ti. Por cierto, ¿ya has leído el libro que te presté?

—Sí, y me ha encantado. Es…, es…, es como si el autor lo hubiera escrito para mí. En fin, no sé
cómo explicarlo, pero me ha gustado mucho. ¿No te importa que me lo quede unos días más? Me
gustaría volver a leerlo.
Los labios de mi prima iniciaron una sonrisa.
—Te lo regalo —dijo—. Tengo otro ejemplar. Y haces bien en releerlo; yo ya lo he hecho siete
veces.
—Pues gracias.
Violeta volvió la mirada hacia el retrato de Beatriz y guardó unos segundos de silencio.
—Creo que es ella —dijo al fin.
—¿Cómo?…
—Beatriz Obregón. M e parece que la viste el otro día.
—¿Te has vuelto loca? Yo no…
—Anteayer —me interrumpió—, cuando nos encontramos en el pasillo, te vi mirando hacia la
escalera. Estabas pálido, Javier, y parecías asustado. ¿Qué viste?
En fin, podía haber seguido negándolo todo, pero no parecía que Violeta fuese a reírse de mí —
más bien todo lo contrario—, así que al final acabé por hablarle del episodio de la respiración en el
dormitorio, de los pasos que escuché tras la puerta y del vuelo de una falda que creí ver en las
escaleras. Violeta se quedó pensativa y, tras un prolongado silencio, dijo:
—Siempre es así; nunca aparece del todo —suspiró—. Yo también la he visto, Javier. Muchas
veces. Un movimiento que entrevés por el rabillo del ojo y, cuando vuelves la cabeza, ya no hay
nada; un reflejo en el cristal de la ventana, una sombra, el sonido de unos pasos, la sensación de que
hay alguien a tu lado cuando estás sola… Y siempre, siempre, siempre, el olor a nardos. ¿Y sabes lo
más extraño de todo? Nadie más la ha visto, ni mis padres ni mis hermanas —hizo una pausa y
agregó—: Bueno, puede que Azucena sí. Hace unos años, cuando era muy pequeña, hablaba de una
señora de blanco que venía a visitarla por las noches. Mis padres pensaban que eran fantasías
suyas…
—Un momento —la interrumpí—. ¿Estás diciendo en serio que hay un fantasma en la casa?
Violeta desvió la mirada. De repente, parecía avergonzada.
—Creía que sólo yo podía verla. Incluso llegué a pensar que estaba chiflada. Y ahora, de repente,
apareces tú y también la ves. Es extraño, la verdad, no sé qué pensar.
—A ver si nos aclaramos —insistí—. Dices que aquí hay un fantasma —señalé el cuadro—. ¿El
fantasma de Beatriz Obregón?
M i prima se encogió de hombros.
—No estoy segura, pero creo que sí, que es ella.
M e eché a reír.
—Eso es una tontería —objeté—. Los fantasmas no existen.
Violeta frunció el ceño.
—Entonces, ¿cómo explicas lo que te pasó?
—Yo qué sé. Imaginaciones mías. Pero ¿fantasmas?… Es absurdo.
—¿Y eso quién lo dice? —replicó ella, airada—. ¿Alguien que sólo lee ciencia ficción?
—La ciencia ficción no trata de fantasmas.
—No, claro, trata de hombrecitos verdes, que es un tema mucho más serio.

Respiré hondo. Violeta tenía la virtud de sacarme de quicio.
—Cuando leo ciencia ficción —repuse con mal reprimido enfado—, sé que lo que leo es una
fantasía. Pero tú me estás hablando de la vida real. Así que hay un fantasma en la casa, ¿no? —le
dediqué la más sarcástica de mis sonrisas—. ¿Y por casualidad no has visto gnomos en el jardín?
Violeta encajó la mandíbula y puso los brazos en jarras.
—Tan estúpido es el que se lo cree todo —me espetó, muy, pero que muy enfadada—, como el
que no se cree nada, aunque los hechos demuestren lo contrario —resopló—. No sé por qué pierdo el
tiempo hablando contigo.
Sacudió la cabeza y echó a andar hacia la salida. Entonces me di cuenta de que estaba siendo
injusto. Violeta se había acercado a mí, por primera vez, pensando que compartíamos algo —aunque
fuera algo tan ridículo como un presunto fantasma—, y con mi actitud lo único que iba a conseguir
era separarnos de nuevo.
—Espera —la contuve—. Vale, perdona, no debería haberme reído de ti —dice una pausa y
proseguí—: Vamos a ver, supongamos que hay un fantasma, y supongamos también que es el
fantasma de Beatriz Obregón. Entonces, ¿qué quiere? ¿Por qué se dedica a dar vueltas por la casa
jugando al escondite?
Todavía malhumorada, Violeta murmuró:
—No lo sé.
—Pues entonces cuéntame algo de Beatriz Obregón. M argarita comentó que era una ladrona, pero
no me dijo nada más. ¿Qué hizo esa mujer? ¿Y qué son las Lágrimas de Shiva?
Poco a poco, el semblante de Violeta se fue serenando.
—¿No conoces la historia?
—No.
—Pues te la voy a contar. Pero no aquí. Anda, vamos a dar un paseo.
Dicho esto, se dio la vuelta y echó a andar hacia la puerta. Devolví a toda prisa el viejo ejemplar
de Frankenstein a su lugar en la librería y fui tras mi prima.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—Al cementerio —contestó Violeta.

4
La extraña historia de Beatriz Obregón
La mañana era clara y soleada, aunque un poco fresca. El cementerio se encontraba en las afueras de
la ciudad, así que tuvimos que coger el autobús. Violeta no dijo nada durante el trayecto y cuando
llegamos se limitó a indicarme que la siguiera a través de aquel archipiélago de cruces y lápidas.
Finalmente, tras adentrarnos en la zona más antigua del camposanto, se detuvo frente a un mausoleo
de mármol negro coronado por la estatua de un ángel y rodeado por una verja de hierro. Sobre la
entrada del sepulcro, un letrero trazado a cincel rezaba: FAM ILIA OBREGÓN.
—Ahí dentro están enterrados todos los miembros de mi familia desde mediados del siglo
diecinueve —dijo Violeta—. Con una excepción.
Giramos en torno a la verja. A espaldas del mausoleo había una solitaria tumba con una sencilla
inscripción.

Al pie de la lápida reposaba un ramillete de flores marchitas. Me volví hacia Violeta con una
muda pregunta en la mirada.
—Fue mi bisabuelo Ricardo —me explicó ella—, el hermano de Beatriz, quien decidió que la
sepultura no estuviese dentro del mausoleo, sino detrás, apartada de la vista, para demostrar la
reprobación de la familia.
Le eché un nuevo vistazo a la inscripción de la lápida.
—Sólo tenía veintidós años cuando murió —calculé. ¿Qué le pasó?
Violeta se encogió de hombros.
—La tumba está vacía. No hay nadie dentro y nunca lo ha habido.
—¿Y eso?
M i prima se apoyó contra la verja.
—Será mejor que empecemos por el principio —dijo tras un breve silencio—. Mi tatarabuelo,
Teodoro Obregón, tuvo dos hijos: Ricardo, el mayor, y Beatriz. Ricardo se casó pronto, de modo
que, a finales del siglo diecinueve, sólo Beatriz y sus padres vivían en Villa Candelaria. Por aquel
entonces había en Santander un puñado de familias muy ricas. Los Obregón éramos una de ellas, pero
la más poderosa de todas era la familia Mendoza. Pues bien, poco antes del fin de siglo, mi
tatarabuelo pactó la boda de su hija Beatriz con Sebastián, el primogénito de los M endoza.

—¿Todavía había bodas de conveniencia en esa época?
—Sí, por lo menos entre la clase alta. Para don Teodoro, mi tatarabuelo, aquel matrimonio
significaba emparentar con una de las mayores fortunas de España. Pero eso no significa que fuese
una boda sin amor, al menos por una de las partes. Según dicen, Sebastián Mendoza adoraba a
Beatriz.
—Era muy guapa —observé, recordando su retrato.
—Sí que lo era. Sebastián Mendoza estaba tan enamorado de ella que le hizo un regalo de
compromiso fabuloso: las Lágrimas de Shiva.
De nuevo aquel nombre.
—¿Qué es eso? —pregunté.
—Tú las has visto. Beatriz las lleva puestas en su retrato.
Hice memoria, intentando recordar los detalles de aquella pintura. ¿Qué llevaba Beatriz Obregón?
De pronto, caí en la cuenta.
—El collar… —musité.
—Eso es —asintió Violeta—. Sebastián Mendoza adquirió cinco piedras preciosas procedentes
de la India, cinco esmeraldas enormes con forma de lágrima —guardó un breve silencio y, cuando
volvió a hablar, lo hizo como si recitase un texto aprendido de memoria—: Según una vieja leyenda, el
demonio Ravana odiaba al dios Shiva, pues éste le había traicionado al retirarle el apoyo que le
prestaba en su lucha contra el dios Vishnú. Por ello, Ravana decidió vengarse arrebatándole a Shiva lo
que más quería: su esposa Durga. Así pues, una noche Ravana entró en la morada de Durga y la
asesinó, arrancándole el corazón, el cerebro, los riñones y el hígado. Shiva, al ver el cadáver de su
amada, derramó cinco lágrimas. Entonces tuvo lugar un prodigio: las lágrimas se convirtieron en los
órganos que Ravana le había quitado a Durga, y así fue cómo ésta resucitó, gracias al amor que le
profesaba su esposo —hubo un nuevo silencio—. Bueno, pues ésa es la leyenda que dio nombre a las
esmeraldas: las Lágrimas de Shiva. Sebastián M endoza hizo engarzar las cinco esmeraldas en un collar
de oro y brillantes y se lo dio a Beatriz como regalo de compromiso. Aquélla joya valía millones,
Javier. Era tan maravillosa que, durante una semana, estuvo expuesta en el ayuntamiento para que
todo el mundo pudiera verla. Aquél matrimonio se convirtió en el acontecimiento más importante de
la ciudad.
—¿Y qué pasó?
—Se fijó la fecha de la boda para el diez de junio de 1901, pero nunca llegó a celebrarse, porque el
día antes de la ceremonia Beatriz desapareció.
—¿Desapareció?
Violeta hizo un gesto vago.
—Se esfumó, se largó a la francesa. Pero eso no fue lo malo, pues no sería la primera vez que
dejan a un novio plantado al pie del altar. El verdadero problema vino después. Cuando uno de los
prometidos rompe su compromiso de boda, está obligado a devolver los regalos, de modo que los
M endoza le exigieron a los Obregón que devolvieran las Lágrimas de Shiva —hizo una pausa y agregó
—: Pero el collar también había desaparecido.
—¿Beatriz lo robó?
—Eso fue lo que pensó todo el mundo, que Beatriz se había fugado con el collar. Fue un
escándalo. Los M endoza acusaron de ladrones a los Obregón, hubo pleitos, peleas… Y así hasta hoy.

—¿Y qué pasó con Beatriz?
—Nunca más volvió a saberse de ella. Diez años después, su hermano la dio por muerta y mandó
construir esta tumba en su memoria. Pero la puso detrás del panteón, para que todo el mundo
supiese que la familia se avergonzaba de ella.
Una ráfaga de viento revolvió sus cortos cabellos. Violeta guardó silencio y yo miré en derredor.
El cementerio estaba casi desierto. Tan sólo distinguí, a lo lejos, a una anciana rezando ante una
tumba y a un hombre con un mono de trabajo que se alejaba empujando una carretilla. Volví la mirada
hacia el sepulcro de Beatriz y lo contemplé durante unos segundos. Entonces, por primera vez, me
fijé en el ramillete que descansaba sobre la lápida. Las flores estaban marchitas, pero no debían de
llevar allí más de una o dos semanas.
—¿Quién ha puesto esas flores? —pregunté.
Violeta volvió la cabeza y miró el ramillete con extrañeza, como si hasta ese momento no hubiera
advertido su presencia.
—No tengo ni idea —dijo—. Nadie viene nunca por aquí. Qué raro…

***
De regreso a Villa Candelaria, Violeta y yo nos dirigimos de nuevo a la biblioteca y, durante unos
minutos, contemplamos en silencio la imagen al óleo de Beatriz. Ahora que conocía su historia,
aquella mujer me parecía más próxima, pero también más enigmática, como si aquel cuadro, en vez de
un retrato, fuera un acertijo. Examiné el collar, que el pintor había reproducido con minuciosidad de
orfebre: las Lágrimas de Shiva parecían destellar en torno al cuello de Beatriz, engarzadas en oro y
rodeadas de brillantes.
—¿Crees que Beatriz robó el collar? —pregunté.
Violeta dejó escapar un suspiro.
—Eso parece. Está claro que se largó de Santander y empezó una nueva vida en alguna parte.
Para hacer eso necesitaba mucho dinero, así que lo más probable es que se llevara el collar y lo
vendiera.
Contemplé de nuevo la imagen de Beatriz Obregón.
—Parece tan triste —comenté—. ¿Qué le pasaría?…
Violeta señaló con un dedo el ángulo inferior derecho del cuadro.
—Fíjate ahí —dijo.
Al pie de la firma del pintor, casi imperceptible, había una fecha: Mayo de 1901.
—Beatriz —continuó mi prima— estaba a punto de casarse cuando le hicieron este retrato.
—Y no amaba a su novio —completé yo el razonamiento—. Por eso estaba tan triste —sonreí—.
De todas formas, podía haberse consolado pensando que llevaba al cuello una millonada.
Violeta me miró con desdén.
—¿Te gustaría que te compraran como a una vaca?
—Hombre, si fueran a darme un collar como ése, me lo pensaría.
Violeta volvió a suspirar, esta vez con resignación, como si yo fuera un caso perdido.
—Desde luego, primito —dijo—, tienes la sensibilidad en el trasero —sacudió la cabeza—. Ella

no estaba enamorada de Sebastián Mendoza. Hizo bien en largarse. Fue la más valiente de todos mis
antepasados. Desde hace siglos, los Obregón se han quedado aquí, en Santander, sin cambiar nada,
haciendo lo mismo que hacían sus padres y sus abuelos, y convencidos de que sus descendientes
harían lo mismo. Más que una familia, parecemos un viejo árbol lleno de moho. Beatriz fue la única
que se atrevió a hacer lo que le dio la gana.
—Y, según tú, su espíritu ronda por Villa Candelaria. ¿Por qué crees que es ella?
—Bueno, esa aparición…, o lo que sea, parece una mujer, ¿no? El perfume de nardos, los pasos
ligeros, la falda que viste en la escalera, todo eso son cosas de mujer. Además… —Violeta titubeó,
insegura—. Dicen que los fantasmas son los espíritus de las personas que tienen alguna deuda que
pagar en este mundo, y Beatriz la tiene.
Me parecía ridículo estar hablando en serio de esa clase de cosas, pero hice esfuerzos por adoptar
una expresión seria.
—¿De verdad crees en fantasmas? —pregunté.
—No, no creo en fantasmas. Lo que creo es que hay un fantasma en Villa Candelaria… —Violeta
enmudeció, como si se hubiera dado cuenta de lo absurdo que era lo que acababa de decir—. En fin,
no sé. Durante mucho tiempo pensaba que sólo yo la veía, pero ahora… Ahora tú también la has
visto, Javier, y eso debe de significar algo.

***
Nada extraño sucedió durante los siguientes días, así que no tardé en olvidarme del fantasma que,
supuestamente, rondaba por Villa Candelaria. Sin embargo, desde que fuimos al cementerio y ella me
contó la historia de Beatriz Obregón, Violeta y yo comenzamos a llevarnos mucho mejor. Nos
reuníamos para charlar, o para dar un paseo, o simplemente para escuchar música en el tocadiscos del
salón. Al principio, nuestros temas de conversación giraban en torno a la literatura. Intercambiamos
con entusiasmo opiniones sobre El guardián entre el centeno y también comentamos Un mundo feliz
y 1984, pero una vez agotadas estas tres novelas —las únicas que compartíamos—, ella inició una
particular campaña en contra de mi afición a la fantasía científica.
Lo soporté con estoicismo, pero al cabo de tres días, cansado de escuchar diatribas contra un
género que, en realidad, ella no conocía, decidí contraatacar. Una mañana salí temprano de casa, me
dirigí a una librería del centro de la ciudad y compré un ejemplar de Crónicas Marcianas, de Ray
Bradbury. Ya había leído ese libro, pero no era para mí, sino para regalárselo a Violeta. Aún recuerdo
la cara que puso cuando se lo di. Leyó el título con recelo, alzó una ceja y preguntó:
—¿De qué trata esto? ¿De marcianos?
—Sí —asentí con una beatífica sonrisa—, más o menos.
—Gracias, pero… Es que a mí estas cosas no me gustan, ya lo sabes.
—Ya, pero este libro es distinto.
—Es que…
—Léelo, por favor, y así luego podrás ponerlo verde con conocimiento de causa.
Al fin, si bien a regañadientes, Violeta aceptó leerlo. Crónicas Marcianas era mi arma secreta
contra quienes criticaban la ciencia ficción sin conocerla. No se trata de una novela, sino de un

antología de cuentos centrados en la colonización de Marte por la humanidad; pero uno de sus rasgos
de originalidad radica en que el punto de vista de los relatos no es el de los terrestres, sino el de los
marcianos. Tampoco pretende ser una obra realista —el Marte que describe Bradbury es
completamente imaginario—, sino poética, y melancólica, y terriblemente pesimista. Uno de los
párrafos del libro dice, refiriéndose a Marte y al hallazgo de una vieja civilización marciana ya
desaparecida:
«—No arruinaremos este planeta —dijo el capitán—. Es demasiado grande y demasiado
interesante.
—¿Cree usted que no? Nosotros, los habitantes de la Tierra, tenemos un talento especial para
arruinar todo lo noble, todo lo hermoso. No pusimos quioscos de perritos calientes en el templo
egipcio de Karnak sólo porque quedaba a trasmano y el negocio no podía dar excesivos beneficios. Y
Egipto es una pequeña parte de la Tierra. Pero aquí todo es antiguo y diferente. Nos instalaremos en
algún lugar y lo estropearemos todo. Llamaremos al canal, canal Rockefeller; a la montaña, pico del
Rey Jorge, y al mar, mar de Dupont; y habrá ciudades con nombres como Roosevelt, Lincoln y
Coolidge, y esos nombres nunca tendrán sentido, pues ya existen los nombres adecuados para esos
sitios».
Crónicas Marcianas es un gran libro, la demostración perfecta de que hay mucho más en la ciencia
ficción que naves espaciales, monstruos con ojos de insecto y pistolas de rayos. Por eso se lo dejaba
siempre a la gente que me criticaba por leer «marcianadas», y por eso, al día siguiente después del
desayuno, Violeta me llevó a un aparte y me dijo:
—Ése libro, Crónicas Marcianas, es… En fin, no podía imaginarme que la ciencia ficción pudiera
ser tan…, tan poética. Me ha gustado mucho, Javier. Gracias por regalármelo. Pero, en realidad, el
libro no trata de M arte, ni de los marcianos, sino de la gente normal y corriente.
—Claro —asentí, quizá con un poco de suficiencia—, la buena ciencia ficción siempre es así.
Violeta hizo una larga pausa, como si estuviera dándole vueltas a algo y le costara traducirlo a
palabras.
—Son unos cuentos tan tristes —dijo al fin—, con unos personajes tan reales, y esos marcianos
que parecen fantasmas… ¿Sabes?, creo que esta casa, Villa Candelaria, se parece un poco al Marte
del libro: un lugar decadente poblado de fantasmas.
Otra vez dándole vueltas a los fantasmas, pensé; pero no tuve tiempo de decir nada, porque ella
recuperó al instante su mejor expresión de «chica-joven-pero-madura-y-culta» y me espetó:
—Vale, Crónicas Marcianas es un libro muy bueno, lo reconozco, pero la mayor parte de la
ciencia ficción es una mierda.
—Por supuesto —acepté—, pero la mayor parte de todo es una mierda.
Violeta sacó entonces del bolsillo trasero de sus vaqueros un libro y me lo entregó. Era El viejo y
el mar, de Hemingway.
—Léelo —me dijo—, te va a gustar.

***

Me gustó El viejo y el mar; es un relato muy hermoso, tan triste y poético como Crónicas
Marcianas. En ciento modo, ambas obras hablan de lo mismo: de las cosas que desaparecen con el
tiempo, como los pétalos de la rosa de ayer.
A partir de entonces, Violeta y yo nos embarcamos en una especie de cruzada literaria: le dejaba
un libro y ella me daba otro, al que yo contestaba con un nuevo título que, a su vez, ella correspondía
con otra novela. Más que un intercambio de lecturas, parecía un combate, como si cada uno de
nosotros quisiera noquear al contrario a base de buenas historia. En el fondo no es de extrañar, pues
Violeta era muy competitiva. Y supongo que yo también, aunque en menor grado. Cuando acabé El
viejo y el mar, le dejé Ciudad, de Simak, y ella me prestó a continuación la metamorfosis, de Kafka…
Aquél verano fue, también, un verano de buenas y sabias lecturas.
Y precisamente un libro me trajo la primera clave para resolver un acertijo que ni siquiera me
había propuesto desentrañar. Entre sus páginas hallé un antiguo mensaje, un breve texto manuscrito
tan escasamente importante que, de no ser por el modo en que di con él, apenas le hubiera prestado
atención. Pero la forma en que lo descubrí resultó tan extraña, tan misteriosa, que no sólo me vi
atrapado por aquellas líneas escritas con tinta verdosa, sino que comencé a sospechar que Violeta
tenía razón y, en efecto, una extraña presencia moraba en la casa.
La metamorfosis, de Franz Kafka, narra una especie de pesadilla en la que un hombre, Gregorio
Samsa, asiste con indiferencia a su transformación en insecto. Se trata de un relato no muy extenso,
de modo que lo leí con rapidez. Al terminarlo, una tarde en la soledad de mi dormitorio, me sentí un
poco extraño, como si el texto de Kafka se resistiera a abandonar mis pensamientos. Tía Adela había
salido de compras con sus hijas y en Villa Candelaria sólo quedábamos tío Luis —quien, como
siempre, permanecía encerrado en su taller— y yo. Aburrido, y sin saber cómo ocupar el tiempo, le
eché un vistazo a las novelas que había traído de Madrid, pero ninguna me pareció lo suficientemente
atractiva.
Entonces recordé el ejemplar de Frankenstein que había encontrado en la biblioteca. Hacía tiempo
que deseaba leer aquel libro, pero nunca me había decidido a hacerlo, quizá porque era una novela
muy antigua. Pero aquella tarde me propuse acometer la tarea, así que bajé a la biblioteca, cogí el
libro, regresé a mi cuarto y me tumbé en la cama. Abrí la novela por la primera página y le eché un
vistazo a la firma que Beatriz Obregón había estampado justo debajo del título. La caligrafía era
primorosa de puro anticuada, con los trazos más dibujados que escritos y la letra curvilínea y
estilizada. Pensé que ya nadie escribía así; luego, volví la página y comencé la lectura.
Aguanté poco más de hora y media. El Frankenstein de Mary Shelley me pareció una novela
pesadísima, un auténtico ladrillo. Estaba escrita, además, con un estilo ampuloso y cursi, aunque esto
quizá se debiera a la anticuada traducción. Fuera como fuese, llegué a la página sesenta y ya no pude
proseguir, así que cerré el libro, lo dejé sobre la mesilla, salté de la cama y me aproximé a la ventana.
Atardecía. El sol, al declinar en el cielo, prolongaba las sombras y teñía de oro la atmósfera del
jardín, mientras una suave brisa jugaba con las hojas de los árboles. El conjunto de chalés y caserones
que conformaban el barrio de El Sardinero estaba silencioso y tranquilo. Cerré los ojos, extendí los
brazos y me desperecé. Entonces, de repente, percibí algo que me erizó el vello de la nuca.

Olía a nardos.

Me volví bruscamente, esperado y a la vez temiendo encontrarme con una aparición, un
fantasma, qué sé yo, algo sobrenatural, pero no vi nada raro: la habitación permanecía exactamente
igual que antes. Sin embargo, olía a nardos. Contuve el aliento y paseé la mirada lentamente, con
detenimiento, por las paredes, el suelo, los muebles, la cama… Entonces lo vi, sobre la colcha, el
ejemplar de Frankenstein abierto por la mitad. Estaba seguro de haberlo dejado en la mesilla, pero
ahora se encontraba allí, encima de la cama.
Con el pulso acelerado, avancé unos pasos y examiné la página por donde estaba abierta la
novela. Era el comienzo del capítulo veinte y en los márgenes había unas líneas escritas con la
elegante caligrafía de Beatriz Obregón. Las manos me temblaban cuando cogí el libro y comencé a leer
el texto trazado con tinta verde.
«En cierto modo, soy semejante al patético monstruo creado por el doctor Frankenstein. No me
siento partícipe de este mundo pequeño y mezquino donde he nacido, no pertenezco a ningún lugar y
nada tengo en común con aquellos a quienes, por clase y condición, debería considerar mis iguales.
Desgraciadamente, como le ocurre a la criatura del relato, el precio que he de pagar por ser distinta
a los demás es la soledad. Desde el mirador donde me encuentro diviso el horizonte azul grisáceo
del mar, y me digo a mí misma que allí, al otro lado del océano, se encuentra mi anhelo secreto, mi
libertad.
Ésta mañana, al pasar por delante de Las Herrerías, creí ver el Savanna, pero no fue así. Los
ojos me engañaron y me sentí muy triste».

***
Cuando, a última hora de la tarde, tía Adela y mis primas regresaron a Villa Candelaria, fui en
busca de Violeta, la llevé casi a rastras a mi dormitorio y le conté lo que había pasado. Violeta me
escuchó en silencio, muy seria, leyó el texto escrito en los márgenes del Frankenstein y, finalmente,
me preguntó:
—¿Ya te lo crees?
—¿El qué, lo del fantasma? ¡Pues claro que me lo creo! ¿No te he dicho que dejé el libro sobre la
mesilla? Después, me acerqué a la ventana, noté que olía a nardos, me di la vuelta y, ¡zas!, el libro ya
no estaba en la mesilla, sino sobre la cama, abierto justo por donde está escrito a mano. ¡Es la repera!
—aún estaba muy excitado y tenía serios problemas para dejar de hablar—. Es lo más increíble que
me ha pasado nunca. Sólo aparté la mirada unos segundos, quince como mucho, y el libro fue volando
de un lado a otro. Tiene que ser algo sobrenatural, tenías razón. Nunca he visto…
—¿Hay algo más escrito? —me interrumpió ella mientras hojeaba el libro.
Sacudí la cabeza.
—No. Lo he comprobado página por página y sólo he encontrado ese texto. Oye, ¿no deberíamos
comentárselo a tus padres?
Violeta me dirigió una mirada llena de escepticismo.
—¿Contarles qué? ¿Qué hay un fantasma en la casa? Vale, díselo tú, que a mí me da la risa. Ellos
no la ven, Javier, ni la oyen, ni huelen su perfume. Pensarían que les estamos tomando el pelo, o que

nos hemos vuelto locos.
M i prima tenía razón: aquello era demasiado increíble para ir contándolo alegremente por ahí.
—Bueno —dije al cabo de unos segundos—, entonces, ¿qué hacemos? Porque no me apetece
vivir en una casa encantada, ¿sabes?
Violeta alzó un ceja.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—No. Tengo miedo cuando voy al dentista. Ahora estoy acojonado, que es muy distinto. ¿Es
que no has entendido lo que te he dicho? Hay un fantasma, ¡demonios!, y mueve las cosas de un lado
a otro. Eso no es normal, caray… Por ejemplo, en mi casa de Madrid no hay fantasmas, ni en las
casas de mis amigos. La gente normal no suele tener espíritus en el cuarto de invitados, ¿sabes?…
—Vale, vale, pero tranquilízate. He vivido siempre aquí y nunca me ha pasado nada. Es un
fantasma inofensivo —contempló el escrito de Beatriz Obregón y agregó—: Lo que deberíamos
preguntarnos es por qué quiere ella que leamos esto.
—¿Para que nos caguemos de miedo? —sugerí.
—No digas tonterías. Beatriz quiere decirnos algo.
—Pues podría mandarnos un telegrama.
Violeta ignoró mi comentario y volvió a examinar el ejemplar de Frankenstein.
—Según la fecha que hay junto a la firma —comentó, pensativa—, Beatriz leyó la novela en
1901, el mismo año que desapareció…
Dicho esto, mi prima se sumió en un reflexivo mutismo. Al parecer, pensé al cabo de unos
segundos, íbamos a jugar a Sherlock Holmes. El caso de la antepasada desaparecida, así podría
titularse nuestra historia. Me senté en la cama, al lado de Violeta, cogí el libro y volví a leer el texto
escrito en el margen.
—Pues no se me ocurre qué demonios pretende decirnos tu tía-bisabuela —comenté—. Vale, sí,
que estaba muy triste, que se sentía diferente al resto del mundo y que se moría de ganas de largarse.
Pero eso ya lo sabíamos, ¿no? A fin de cuentas, ese mismo año se fue de Santander.
Violeta tardó en contestar.
—Lo único que sabemos es que desapareció —dijo al fin—. Pero eso no significa que se fuera de
la ciudad. Quizá la mataron.
—¿Qué?…
—Beatriz desapareció el día antes de su boda, durante la noche que va del nueve al diez de junio.
Bueno, pues puede que alguien entrara en su habitación aquella noche y, después de asesinarla,
robara el collar. Luego, el asesino se deshizo del cadáver.
Parpadeé con desconcierto; en ningún momento había considerado la posibilidad de un asesinato.
—Y ahora —repuse—, setenta años después, el fantasma de Beatriz se nos aparece para que
resolvamos el misterio de su muerte. Demasiado novelero, ¿no?
—¿Por qué? Había un móvil: las Lágrimas de Shiva. El collar estuvo expuesto en el ayuntamiento,
así que todo el mundo conocía su existencia. Cualquiera pudo robarlo —Violeta hizo un vago ademán
—. De todas formas, sólo son suposiciones. Pudo suceder cualquier cosa —señaló el texto
manuscrito—. Pero estoy segura de que Beatriz pretende decirnos algo, y creo que la clave está en el
último párrafo.
Bajé la mirada y releí las últimas líneas: «Ésta mañana, al pasar por delante de Las Herrerías, creí


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