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Si Decido Quedarme Gayle Forman .pdf



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Título: Si decido quedarme
Autor: Administrador

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TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

1

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

2

Sinopsis

T

iene que decidirse...
...entre su familia y Nueva York, entre su novio y su amor

por la música clásica.
Pero entonces, ocurre un accidente. Ya nada será como antes, y
sólo le queda una decisión... vivir o morir.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

7:09

T

odo el mundo cree que fue por culpa de la nieve. Y en cierto sentido
supongo que es verdad.

3

Esta mañana, cuando despierto, una fina capa blanca cubre el césped delantero
de nuestra casa. No pasa de un par de centímetros, pero en esta parte de Oregón
basta eso para que todo quede paralizado, porque el único quitanieves del condado
está ocupado en despejar las carreteras. Lo que cae del cielo es agua mojada, gotas,
gotas y más gotas, pero de nieve, nada.
Sin embargo, es suficiente para cerrar las escuelas. Mi hermano pequeño, Teddy,
suelta un alarido de guerra cuando la noticia se anuncia en la radio de onda media
de mamá.
—¡Día de nieve! —brama—. Venga, papá, vamos a hacer un muñeco.
Mi padre sonríe y da unos golpecitos a su pipa. Empezó a fumar en pipa hace
poco, desde que le dio por el rollo años cincuenta al estilo de la telecomedia
FatherKnowsBest. También lleva pajarita. No acabo de tener claro si se trata de una
cuestión de vestimenta o de ironía, una manera de expresar que en otros tiempos fue
punki pero ahora es profesor de Inglés de primaria, o si el hecho de convertirse en
maestro lo ha metido en esta especie de experiencia atávica.
En cualquier caso, me gusta el olor del tabaco de pipa. Es dulce y ahumado, y
me trae recuerdos del invierno y las estufas de leña.
—Muy valiente de tu parte —le dice a Teddy—. Pero la nieve apenas está
cuajando en la carretera. ¿Por qué no pruebas con una ameba, en lugar del muñeco?
Se nota que papá está contento. Ese par de centímetros de nieve ha acarreado
que todos los centros de enseñanza del condado se cierren, incluidos mi instituto y el
colegio donde él enseña, así que también es un inesperado día de fiesta para papá.
Mi madre, que trabaja en una agencia de viajes de la ciudad, apaga la radio y se sirve
una segunda taza de café.
—Bueno, si todos hacéis novillos, no esperéis que yo vaya a trabajar. No sería
justo. —Coge el teléfono y llama a la agencia. Cuando cuelga, nos lanza una
mirada—. ¿Preparo el desayuno?

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
Papá y yo soltamos una carcajada al unísono. Mamá sólo sabe preparar cereales
y tostadas. Es papá quien cocina en esta familia.
Fingiendo no oírnos, ella saca una caja de Bisquick del armario.
—Venga ya, no creo que sea tan difícil. ¿Quién quiere crepes?
4

—¡Yo! ¡Yo! —grita Teddy—. ¿Podemos echarles trocitos de chocolate?
—No veo por qué no.
—¡Yujuuu! —aulla mi hermano agitando los brazos.
—¿De dónde sacas tanta energía a estas horas de la mañana? —bromeo, y me
vuelvo hacia mi madre—. No deberías dejarle tomar tanto café.
—No, si ahora lo he pasado al descafeinado —me sigue ella—. Lo suyo es de
nacimiento.
—Vale, mientras no me pases a mí al descafeinado —le advierto.
—Eso podría tipificarse como maltrato juvenil —tercia papá.
Mamá me acerca un tazón humeante y el periódico.
—Sale una estupenda foto de tu novio —me dice.
—¿En serio? ¿Una foto?
—Ajá. Y por cierto es todo lo que hemos visto de él desde el verano —añade,
lanzándome una mirada de soslayo con una ceja arqueada, su versión de una mirada
penetrante.
—Lo sé —digo, y se me escapa un inoportuno suspiro. La banda de Adam, los
ShootingStar, se encuentra en una espiral ascendente, lo que es magnífico... casi
siempre.
—Ah, esta juventud de hoy ya no sabe apreciar la fama —refunfuña papá,
sonriendo. Sé que se alegra por Adam, que incluso se enorgullece de él.
Hojeo el periódico hasta llegar a la agenda cultural. Hay una pequeña nota sobre
los ShootingStar, con una foto diminuta de sus cuatro miembros, junto a un extenso

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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artículo sobre los Bikini y una imagen grande de su cantante, la diva del punk-rock
Brooke Vega. En la nota sólo se dice que la banda local ShootingStar será la telonera
de los Bikini en Portland, una de las ciudades incluidas en su gira nacional. No
menciona lo que para mí es una noticia aún más importante: que anoche los
ShootingStar actuaron como grupo principal en un club de Seattle y que, según el
mensaje que me envió Adam a medianoche, se agotaron las entradas. —¿Irás al
concierto de esta noche? —pregunta papá. —Pensaba ir. Depende de si cierran las
carreteras por culpa de la nieve.
—Sí, menuda nevada se avecina —ironiza él, señalando un solitario copo que
desciende lentamente.
—Además, he de ensayar con un pianista universitario que la profesora se ha
sacado de la manga. —La señora Christie, que enseñaba música en la universidad
antes de jubilarse, y con la que he estudiado durante los últimos años, siempre anda
a la caza de víctimas que me acompañen. «Para que mantengas el nivel y les
demuestres a esos creídos de Juilliard cómo se toca», arguye.
Aún no he me han admitido en Juilliard, pero la prueba me fue muy bien. La
suite de Bach y la música de Shostakóvich fluyeron de mi instrumento mejor que
nunca, como si mis dedos fueran una prolongación del arco y las cuerdas. Cuando
acabé de tocar, jadeante y con las piernas temblorosas, uno de los examinadores
aplaudió un poco, lo que imagino que no ocurre con frecuencia. Al salir, me dijo que
hacía mucho tiempo que no se veía a una «joven campesina de Oregón» en Juilliard.
La profesora Christie se lo tomó como un indicio de que iba a ser aceptada. Umm, no
sé. Tampoco estoy segura al cien por cien de querer que me acepten. Igual que ha
ocurrido con la meteórica ascensión de los ShootingStar, mi ingreso en Juilliard daría
pie a ciertas complicaciones, o sea, agravaría las ya surgidas durante los últimos
meses.
—Necesito otro café. ¿Alguien se apunta? —pregunta mamá, acercándose con la
vieja cafetera eléctrica.
Olisqueo el aroma intenso y untuoso de la variedad francesa de café torrefacto
que preferimos en casa. Con sólo olerlo ya te espabila.
—Quizá me vuelva a la cama —anuncio—. Tengo el chelo en el instituto, así que
ni siquiera puedo ensayar.
—¿Todo un día sin ensayar? Oh, pobre corazón en pena, no sufras —me pincha
mamá. Aunque se ha aficionado a la música clásica a lo largo de los años («Es como

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
aprender a apreciar el queso maloliente», afirma), como público obligado no siempre
se ha mostrado complacida con mis ensayos maratonianos.
Del sótano llega un ruido estrepitoso. Teddy está aporreando la batería heredada
de papá, de los tiempos en que tocaba en una banda importante de la ciudad, o sea,
casi desconocida en el resto del mundo, y trabajaba en una tienda de discos.
6

Él sonríe al oír el estruendo de redobles y platillos, y eso me evoca un viejo
remordimiento. Sé que es una tontería, pero siempre me he preguntado si lo
decepcionó que no me dedicara al rock. Era lo que tenía pensado, sí, pero en la clase
de música de tercero me sentí atraída por el violonchelo, un instrumento que me
pareció casi humano. Intuí que podría contarme toda clase de secretos, y así fue
como empecé. De eso hace casi diez años y aún sigo con él.
—¿Alguien quería volver a acostarse? —grita mamá para hacerse oír.
—Qué te parece, la nieve ya se está derritiendo —comenta papá, dando
chupadas a la pipa.
Me asomo a la puerta de atrás para echar un vistazo. El sol ha conseguido
abrirse paso entre las nubes y se oye el siseo del hielo al derretirse. Cierro la puerta y
vuelvo a la mesa.
—Los del condado han exagerado las cosas —comento.
—Naturalmente —dice mamá—. Pero ahora no pueden dar marcha atrás,
después de anunciar el cierre de las escuelas. Y yo ya he llamado para pedir el día
libre.
—Pues sí —dice papá—. Razón de más para aprovechar este inesperado
paréntesis. ¿Qué tal coger el coche y pasarnos a ver a Henry y Willow?
Son unos viejos amigos de mis padres, de la época en que él se dedicaba a la
música. Desde el nacimiento de su hija han optado por comportarse como adultos.
Viven en una vieja y espaciosa granja. Henry se dedica a algo de webs de Internet en
un establo convertido en despacho, y Willow trabaja en un hospital cercano. Su bebé
es la principal razón de que mis padres quieran visitarlos. Ahora que Teddy acaba
de cumplir los ocho años y yo tengo diecisiete, ya no despedimos ese olor a leche
agria que tanto emboba a los adultos.
—Y al volver podemos pasar por BookBarn, ¿vale? —propone mamá para
engatusarme.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

Se trata de una vieja, enorme y polvorienta librería de segunda mano. En la
trastienda guardan un alijo de discos de música clásica, a veinticinco centavos, que
nadie parece querer aparte de mí. Tengo una pila escondida debajo de mi cama. Una
no va por ahí alardeando de poseer una colección de música clásica.

7

Se los enseñé a Adam, pero cuando ya hacía cinco meses que salíamos. Esperaba
que se echara a reír, pues es un tío tope en la onda, con sus tejanos de dobladillo
vuelto y sus Converse negras, sus desgastadas camisetas punk-rock y sus tatuajes
sutiles. No es de la clase de chicos que salen con alguien como yo. Y por eso, cuando
hace dos años en el ala de música del instituto advertí que me miraba, creí que
pretendía burlarse de mí y me empeñé en evitarlo. El caso es que no se rió cuando le
enseñé mi colección. Resultó que él también tenía una colección de discos
polvorientos bajo su cama, de punk-rock, claro.
—También podríamos parar en casa de los abuelos para una cena temprana —
sugiere papá, alargando ya la mano para coger el teléfono—. Estaremos de vuelta
con tiempo más que suficiente para que vayas a Portland —añade mientras marca el
número.
—De acuerdo —acepto. No es por el cebo de BookBarn, ni porque Adam esté de
gira, o porque mi mejor amiga, Kim, esté ocupada con el anuario. Ni siquiera es
porque tenga el chelo en el instituto, o porque no quiera quedarme en casa viendo la
tele o durmiendo. Es que, sencillamente, me gusta salir con mi familia. Ésa es otra
cosa de las que no se alardea, pero Adam también es así.
—¡Teddy! —llama papá—. ¡Venga, vístete! ¡Nos vamos de aventura!
Mi hermano culmina su solo de batería con un estrépito de platillos y sube
corriendo a su habitación. Momentos después irrumpe en la cocina ya vestido, como
si se hubiera puesto la ropa mientras bajaba como un rayo por la empinada escalera
de madera de nuestra casa victoriana, plagada de corrientes de aire.
—School'soutforsummer... —canturrea.
—¿Alice Cooper? —refunfuña papá—. Pero bueno, ¿todo vale en esta casa? Al
menos canta algo de los Ramones, chaval.
—School'soutforever—sigue Teddy a pesar de las protestas.
—Teddy el Optimista —comento.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
Mamá ríe y deposita un plato de crepes un poco chamuscados sobre la mesa de
la cocina.
—A desayunar, familia.

8

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

8:17
9

S

ubimos al coche, un Buick herrumbroso que ya era viejo cuando nos lo dio
la abuela al nacer Teddy. Mis padres me preguntan si quiero conducir. No
quiero. Papá se sienta al volante. Ahora le gusta conducir. Se había negado
tercamente a sacarse el carnet durante años, e insistía en ir en bicicleta a todas partes.
Cuando tocaba en la banda, su negativa a conducir obligaba a los demás a turnarse
al volante, algo que les exasperaba. Mamá era más insistente. Le daba la lata, trataba
de engatusarlo y a veces le gritaba que obtuviera el permiso de una vez, pero él se
obstinaba en que prefería pedalear. «Entonces ponte a fabricar una bicicleta en la que
quepamos los tres y no nos mojemos cuando llueva», le exigía ella. Y él siempre se
reía y aseguraba que lo haría.
Pero cuando mamá se quedó embarazada de Teddy, se plantó y dijo basta. Papá
pareció comprender que algo había cambiado. Dejó de discutir y se sacó el carnet.
También volvió a estudiar para obtener el título de profesor. Supongo que no pasaba
nada por seguir siendo inmaduro con un hijo, pero con dos había llegado la hora de
convertirse en adulto, la hora de ponerse pajarita.
También la lleva esta mañana, a conjunto con una chaqueta jaspeada y zapatos
vintagecon puntera.
—Ya veo que te has vestido para la nieve —le digo.
—Soy como el correo del zar—replica, rascando el hielo del coche con unos de
los dinosaurios de plástico que Teddy suele dejar esparcidos por el césped—. Ni la
lluvia, ni la cellisca ni un centímetro de nieve me obligarán a vestirme como un
leñador.
—Oye, que yo vengo de una familia de leñadores —le advierte mi madre—.
Nada de burlarse de los blancos pobres de este país.
—Nada más lejos de mi intención, milady. Sólo me refería a un contraste de
estilos.
Papá tiene que darle al contacto varias veces para que el coche arranque por fin
con un ruido ahogado. A continuación se produce la habitual batalla por el dominio

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
de la radio. Mamá quiere la emisora NPR. Papá prefiere Frank Sinatra. Teddy exige
Bob Esponja. Y yo querría emisora de música clásica, pero, siendo la única aficionada
a los clásicos en la familia, estoy dispuesta a conformarme con los ShootingStar.
Papá interviene.

10

—Dado que hoy todos nos estamos saltando las clases, deberíamos escuchar las
noticias si no queremos sufrir de ignorantitis...
—Ignorantemia —lo corrige mamá, burlona.
Él pone los ojos en blanco, le aprieta la mano y carraspea de esa forma tan
profesoril.
—Como decía, primero la NPR, y luego de las noticias, la emisora clásica. Teddy,
no vamos a torturarte con eso, puedes ponerte un CD —decide, y desconecta el
reproductor de CD portátil que tiene acoplado a la radio—. Pero cuidado: Alice
Cooper no está permitido en mi coche. —Mete la mano en la guantera y revuelve el
interior—. ¿Qué tal Jonathan Richman?
—Quiero Bob Esponja. ¡Mira, ya está puesto! —grita Teddy, dando botes y
señalando el portátil. Por lo visto, los crepes con trocitos de chocolate y sirope han
disparado su hiperactividad.
—Hijo, me decepcionas —bromea papá. Tanto Teddy como yo nos hemos criado
con las tontorronas melodías de Jonathan Richman, el santo patrón musical de mis
padres.
Una vez hecha la selección de la banda sonora, nos ponemos en marcha. Hay
algo de nieve en la carretera, pero en su mayor parte sólo está mojada. Claro que esto
es Oregón y aquí las carreteras siempre están mojadas. Mamá solía bromear con que
es peor una carretera seca: «Los conductores se ponen chulos, olvidan toda
precaución y empiezan a conducir como idiotas. Los polis hacen su agosto
endosando multas por exceso de velocidad.»
Apoyo la cabeza en la ventanilla y contemplo el paisaje que pasa, un retablo de
abetos verde oscuro salpicados de nieve, finos jirones de niebla blanca y pesados
nubarrones en el cielo. El interior del coche está tan caldeado que las ventanillas se
empañan. Dibujo garabatos con el dedo.
Cuando termina el boletín de noticias, sintonizamos la emisora de música clásica.
Escucho los primeros compases de la Sonata para violonchelo n.° 3 deBeethoven,

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
precisamente la obra que iba a practicar esta tarde. Parece una especie de
coincidencia cósmica. Me concentro en las notas, imaginando que las toco,
agradecida por la oportunidad de practicar mentalmente, feliz de ir calentita en un
coche con mi sonata y mi familia. Cierro los ojos.
Uno no espera que la radio funcione después. Pero funciona.
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El coche ha quedado destripado. El impacto de un camión de cuatro toneladas
que circula a cien kilómetros por hora y se estrella contra el lado del acompañante
tiene la fuerza de una bomba atómica. Arranca las puertas de cuajo y el asiento del
pasajero atraviesa la ventanilla del conductor. Lanza el chasis dando tumbos por la
carretera y el motor se desgarra como si fuese una telaraña. Manda las ruedas y los
tapacubos al interior del bosque. E incendia fragmentos del depósito de gasolina, así
que ahora hay unas llamas diminutas lamiendo la carretera mojada.
Además, produce un ruido de mil demonios. Toda una sinfonía al triturar, un
coro al reventar, un aria al explotar y, finalmente, el triste aplauso de trozos
metálicos impactando contra los árboles. Después todo queda en silencio excepto la
Sonata para violonchelo n.° 3, que sigue sonando. No se sabe cómo, la radio del coche
aún funciona, así que Beethoven se escucha en la que antes era una tranquila
mañana de febrero.
Al principio creo que no ha pasado nada demasiado grave. Todavía oigo a
Beethoven. Y estoy de pie en la cuneta, junto a la carretera. Cuando me miro, la falda
tejana, la chaqueta de punto y las botas negras que me puse por la mañana están
igual que cuando salimos de casa.
Trepo por el terraplén para ver mejor el coche. Ni siquiera es ya un automóvil,
sino un esqueleto metálico sin asientos y sin pasajeros. Lo que significa que el resto
de mi familia tiene que haber salido despedida igual que yo. Me limpio las manos en
la falda y camino por la carretera en su busca.
Primero veo a papá. Desde varios metros de distancia distingo el bulto de la pipa
en el bolsillo de su chaqueta. «¡Papá!», grito. A su alrededor el asfalto está pegajoso y
encuentro trozos grises que parecen de una coliflor. Sé lo que estoy viendo, pero en
principio no consigo relacionarlo con mi padre. Lo que me viene a la mente son esas
noticias sobre tornados e incendios, cuando explican que han destrozado una casa
pero han dejado intacta la de al lado. En el asfalto hay trozos del cerebro de mi padre.
Pero su pipa sigue en el bolsillo superior izquierdo.
A continuación encuentro a mamá. Casi no se ve sangre, pero ya tiene los labios
azulados y el blanco de sus ojos está completamente rojo, como un demonio de una

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
película de terror de serie B. Parece absolutamente irreal. Y es al verla convertida en
una ridícula zombi cuando me recorre una oleada de pánico.

12

«¡Teddy! ¡Tengo que encontrarlo! ¿Dónde está?» Giro en redondo con súbito
frenesí, como la vez que lo perdí de vista durante diez minutos en la tienda de
comestibles. Llegué a convencerme de que lo habían secuestrado, pero sólo se había
alejado para inspeccionar la sección de chucherías. Cuando lo encontré, no sabía si
darle un abrazo o regañarlo.
Vuelvo corriendo a la cuneta de la que he salido y veo que asoma una mano.
«¡Teddy! ¡Estoy aquí! —le grito—. Alarga la mano y te sacaré.» Pero cuando me
acerco más, veo el destello metálico de una pulsera de plata de la que cuelgan un
chelo y una guitarra diminutos. Me la regaló Adam cuando cumplí los diecisiete. Es
mi pulsera. La llevaba esta mañana. Me miro la muñeca. Sigo llevándola.
Me aproximo y compruebo que no es Teddy quien yace en la cuneta. Soy yo. La
sangre del pecho me ha empapado la camisa, la falda y la chaqueta de punto, y ha
teñido la nieve con gotas que parecen de pintura. Tengo una pierna retorcida y
desgarrada, con el hueso a la vista. Tengo los ojos cerrados y el pelo castaño oscuro
ensangrentado.
Me doy la vuelta. Algo falla. Esto no puede estar ocurriendo. Somos una familia
que ha salido en coche. Esto no es real. Debo de haberme quedado dormida. «¡No!
Basta. Por favor, basta. ¡Despierta, por favor!», grito al aire helado. Mi aliento
debería formar vaho, pero no lo hace. Me miro la muñeca, que está como siempre,
sin heridas ni restos de sangre, y me pellizco con fuerza. No siento nada.
No es la primera vez que sufro una pesadilla. He soñado que me caía a un
abismo, que tocaba en un recital sin saberme la partitura o que rompía con Adam,
pero siempre he logrado abrir los ojos en el último momento, levantar la cabeza de la
almohada y detener la película de terror que se desarrollaba tras mis párpados. Lo
intento de nuevo. «¡Despierta! —chillo—. ¡Despierta! ¡Despierta despiertadespierta!»
Pero no despierto.
Entonces oigo algo. La música. Aún oigo la música, así que me concentro en ella.
Toco las notas de la Sonata para violonchelo n.°3 con los dedos, como suelo hacer
cuando escucho las obras que estoy practicando. Adam lo llama air chelo. Siempre
me dice que un día tenemos que tocar a dúo, él air guitar y yo air chelo. «Al acabar,
podemos romper los instrumentos como los Who. Sé que te molaría», bromea.
Sigo concentrada en tocar en el aire, hasta que el coche exhala su último aliento y
la música se apaga con él.
No pasa mucho rato hasta que se oyen las sirenas.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

9:23
13

«

¿Estoy muerta?»
Tengo que preguntármelo.
«¿Estoy muerta?»
Al principio parecía obvio que estar allí de pie, viéndolo todo, era sólo temporal,
un interludio antes de la luz blanca y la vida entera pasando por delante de los ojos
en un instante mientras me dirigía allá donde tuviera que ir.
Pero ya han llegado los sanitarios, además de la policía y los bomberos. Alguien
ha cubierto a mi padre con una sábana y un bombero está cerrando la bolsa de
plástico en que han metido a mamá. Habla de ella con otro bombero, que no
aparenta más de dieciocho años. El mayor le explica al novato que seguramente mi
madre fue la primera en recibir el golpe y que murió en el acto, lo que justifica la
ausencia de sangre.
—Parada cardíaca instantánea —dice—. Cuando el corazón no late, no hay
hemorragia. Te vas desangrando poco a poco.
No quiero pensar en eso, en mamá desangrándose poco a poco, así que
reflexiono en cuán adecuado resulta que fuera la primera en recibir el golpe,
amortiguándolo para nosotros. No ha sido elección suya, obviamente, pero la
cuestión es que así era ella.
Pero ¿estoy muerta? Mi cuerpo tendido en el borde de la carretera, con una
pierna colgando en la cuneta, está rodeado por varios hombres y mujeres que se
afanan frenéticamente y me inyectan no sé qué. Estoy medio desnuda, los sanitarios
me han rasgado la camisa. Tengo un pecho al aire. Aparto la vista por vergüenza.
La policía ha colocado balizas luminosas a lo largo del perímetro del accidente.
A los coches que llegan les indican que den media vuelta, la carretera está cerrada.
Los agentes sugieren rutas alternativas, carreteras secundarias que llevarán a los
automovilistas a sus destinos.
No obstante, muchos coches aparcan cerca. Sus ocupantes se apean, rodeándose
el cuerpo con los brazos por el frío. Observan la escena del accidente. Luego apartan
la mirada, algunos sollozando. Una mujer vomita entre los helechos de la cuneta. Y
aunque no saben quiénes somos ni lo que ha ocurrido, rezan por nosotros. Percibo
que rezan.
Esto también me hace pensar que estoy muerta. Esto, y el hecho de que mi
cuerpo parece completamente inerte. Además, al mirarme la pierna pelada hasta el
hueso por la fricción del asfalto, sé que debería experimentar unos dolores atroces.
Tampoco lloro, a pesar de que a mi familia acaba de ocurrirle algo inimaginable.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

14

Somos como el huevo HumptyDumpty del acertijo infantil, y ni todos los caballos y
hombres del rey juntos podrán recomponernos.
Mientras medito todo esto, la sanitaria pelirroja y pecosa que ha estado
asistiéndome responde a mi pregunta. —Ocho en la escala de coma. ¡Hay que
intubarla ya! —grita.
Ella y el sanitario de mandíbula cuadrada me meten un tubo por la garganta, le
acoplan una bolsa con una pera de goma y empiezan a bombear aire.
—¿Cuánto tardará el helicóptero?
—Diez minutos —responde el sanitario—. Y veinte para regresar a la ciudad.
—Pues vamos a llevarla nosotros en quince minutos aunque tengas que correr
como un condenado.
Intuyo lo que el tipo piensa: que no me hará ningún bien que la ambulancia
sufra un accidente, y estoy de acuerdo con él. Pero no dice nada, se limita a apretar
la mandíbula. Me meten en la ambulancia y la pelirroja sube atrás conmigo. Sigue
bombeándome aire con una mano, mientras con la otra ajusta el suero y los
monitores. Luego me aparta un mechón de la frente.
—Aguanta —me dice.
***
Di mi primer recital cuando tenía diez años. Por entonces llevaba dos cursos
estudiando chelo. Al principio sólo en el colegio, como parte de la asignatura de
Música. Fue pura chiripa que tuvieran un violonchelo, un instrumento muy caro y
frágil. Un profesor universitario de Literatura fallecido había legado su Hamburg a
nuestra escuela, donde pasaba la mayor parte del tiempo olvidado en un rincón.
Casi todos mis compañeros preferían aprender guitarra o saxofón.
Cuando anuncié a mis padres que iba a ser violonchelista, les entró un ataque de
risa. Más tarde se disculparon, asegurándome que había sido la imagen de un
instrumento tan voluminoso entre mis piernas larguiruchas lo que había provocado
sus carcajadas. En cuanto comprendieron que la cosa iba en serio, se tragaron la risa
tonta y adoptaron una actitud de apoyo.
Sin embargo, su reacción aún seguía escociéndome de un modo que nunca les
había confesado; de haberlo hecho, no estoy segura de que lo hubieran comprendido.
Papá muchas veces bromeaba con que les habían cambiado el bebé en el hospital,
porque no me parecía al resto de la familia. Todos son altos y rubios, mientras que
yo soy como su negativo, de cabello castaño y ojos oscuros. A medida que fui
creciendo, la broma de papá adquirió mayor relevancia de la que él mismo pretendía.
A veces me sentía realmente como si procediera de otra tribu. No me parecía en
nada a mi padre, irónico y extrovertido, ni tenía la fortaleza de mi madre. Y para
rematar la cosa, en lugar de aprender a tocar la guitarra eléctrica, voy y me decido
por el violonchelo.
De todas formas, en mi familia tocar un instrumento es más importante que la
clase de música que elijas, así que, cuando al cabo de unos meses resultó claro que

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

15

mi afición por el chelo no era un capricho pasajero, mis padres alquilaron uno para
que practicara en casa. Las escalas y tríadas quejumbrosas condujeron a unos
primeros intentos con Twinkle, Twinkle, Little Star, que después dieron paso a los
estudios básicos, hasta que empecé a interpretar suites de Bach. En mi colegio, la
asignatura de Música no era gran cosa, así que mamá me buscó un profesor
particular, un universitario que venía a casa una vez a la semana. A lo largo de los
años tuve varios profesores particulares que luego, cuando mis dotes superaban las
suyas, tocaban conmigo.
Seguí así hasta el noveno curso. Entonces papá, que conocía a la profesora
Christie de su época en la tienda de música, le preguntó si podría darme clases. Ella
aceptó escucharme, sin esperar gran cosa de mí, sólo como un favor a mi padre,
según ella misma me contó después. Los dos me escucharon desde abajo mientras yo
practicaba una sonata de Vivaldi en mi cuarto. Cuando bajé para cenar, se ofreció a
encargarse de mi educación musical.
Sin embargo, mi primer recital lo di unos años antes de conocerla. Fue en un
local de la ciudad, un lugar donde solían actuar bandas de rock, así que la acústica
era terrible para la música clásica sin amplificación. Toqué un solo de violonchelo de
la Danza del Hada Pan de Azúcar de Chaikovski.
Mientras esperaba mi turno entre bambalinas y escuchaba a los demás niños
aporreando el piano o arrancando maullidos al violín, estuve a punto de largarme.
Me escabullí por la puerta del escenario y me quedé en los escalones de entrada,
hiperventilando con la cara entre las manos. A mi profesora le dio un pequeño
ataque de pánico y mandó a todo el mundo a buscarme.
Fue papá quien me encontró. Por entonces estaba iniciando su conversión de tío
enrollado a tipo convencional, así que llevaba un traje de estilo clásico, con cinturón
de piel tachonado y botas negras de caña baja.
—¿Estás bien, Miau Miau? —me preguntó, sentándose a mi lado en los escalones.
Sacudí la cabeza, demasiado avergonzada para responder.
—¿Qué te pasa?
—¡Pues que no puedo hacerlo! —chillé al fin. Él arqueó una de sus pobladas
cejas y me miró con sus ojos azul grisáceo. Me sentí como un espécimen desconocido
sometido a análisis. Él había tocado en muchas bandas. Obviamente, nunca había
experimentado algo tan banal como el miedo escénico.
—Pues es una lástima, la verdad —dijo—. Iba a darte un regalo chulo después
del recital. Algo mejor que unas flores.
—Dáselo a otra persona. No puedo hacerlo. Yo no soy como tú, mamá o Teddy.
—Mi hermano tenía sólo seis meses en aquella época, pero ya había dejado claro que
poseía más personalidad y energía de las que tendría yo en toda mi vida. Por
supuesto, era rubio y de ojos azules. Además, no había nacido en un hospital, sino
en una clínica privada, de modo que no cabía la posibilidad de un cambiazo
accidental.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

16

—Es cierto —convino papá—. Cuando Teddy dio su primer recital de arpa
estaba de lo más pancho. Es todo un prodigio, ya lo creo.
Reí entre las lágrimas. Él me rodeó los hombros cariñosamente.
—¿Sabes?, a mí me entraba mieditis antes de cada concierto.
Lo miré. Papá siempre parecía absolutamente seguro de todo.
—Sólo lo dices para animarme.
—No, en serio —afirmó, asintiendo con la cabeza—. Me entraban unos nervios
espantosos. Y eso que era el baterista y actuaba al fondo del escenario. El público ni
siquiera se fijaba en mí.
—¿Y qué hacías?
—Se achispaba de lo lindo —intervino mamá, asomando la cabeza por la puerta
del escenario. Llevaba una minifalda negra de vinilo, una camiseta roja de tirantes y
a Teddy babeando alegremente en su mochila portabebés—. Un par de litronas antes
del concierto. Una terapia que no te recomiendo.
—Tu madre tiene razón. Los servicios sociales no celebran que los chavales de
diez años beban. Además, cuando se me caían las baquetas y vomitaba en el
escenario, la gente lo consideraba un detalle punk. Pero a ti te censurarán sin piedad
si se te cae el arco y hueles a cerveza. Los de la música clásica sois así de tiquismiquis.
Me reí. Seguía asustada, pero me reconfortaba pensar que quizá el miedo
escénico lo había heredado de papá; después de todo, yo no era una niña expósita.
—¿Y si meto la pata? ¿Y si lo hago rematadamente mal?
—Puede que esto te sorprenda, Mia, pero ahí hay muchos chicos que van a
hacerlo fatal, así que no van a fijarse precisamente en ti —aseguró mamá. Teddy lo
corroboró con un chillido.
—Pero, en serio, ¿cómo se hace para dominar los nervios?
Papá sonreía, pero noté que se había puesto serio porque contestó en tono más
pausado.
—No se hace nada. Simplemente te aguantas y al final se pasan.
Y así fue como salí a escena. Mi ejecución no fue brillante. No alcancé la gloria ni
obtuve una ovación, pero tampoco me salió mal del todo. Y después del recital recibí
el regalo prometido. Estaba en el coche, en el asiento del acompañante, y tenía un
aspecto tan humano como aquel primer chelo por el que me había sentido atraída
dos años antes. Y no era de alquiler. Era mío.

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10:12

17

C

uando la ambulancia llega al hospital más cercano —no el de mi ciudad,
sino un pequeño centro médico de la zona que parece más bien una
residencia de ancianos—, los sanitarios me llevan presurosos al interior.
—¡Creo que tiene un neumotórax! ¡Ponedle una sonda pleural y trasladadla
inmediatamente! —grita la amable sanitaria pelirroja al entregarme a un equipo de
enfermeros y médicos.
—¿Dónde están los otros? —pregunta un tipo barbudo con bata de cirujano.
—El otro conductor sufrió contusiones leves, lo están tratando en el lugar del
accidente. Los padres ya estaban muertos cuando llegamos. Hay un niño de unos
siete años que viene detrás de nosotros.
Dejo escapar un largo suspiro, como si llevara veinte minutos conteniendo la
respiración. Después de verme en la cuneta, no había tenido valor para buscar a
Teddy. Si le había pasado lo mismo que a mamá y papá, lo mismo que a mí... No
quería ni pensarlo. Pero no, está vivo.
Me llevan a una habitación pequeña con luces brillantes. Un médico me unta
una cosa naranja en un lado del pecho y luego me introduce un pequeño tubo de
plástico. Otro médico me ilumina un ojo con una linternita.
—No hay reacción —dice a la enfermera—. El helicóptero ya ha llegado. Que la
lleven a trauma. ¡Venga, moveos!
Me sacan a toda prisa de la sala de urgencias rumbo al ascensor. Tengo que
correr para no perderlos. Justo antes de que se cierren las puertas del ascensor, veo a
Willow. Qué raro. Se suponía que íbamos a visitarla, y a Henry y el bebé. ¿La han
llamado por la nevada? ¿Por nosotros? Se afana en el vestíbulo del hospital con
expresión concentrada. No creo que sepa siquiera que se trata de nosotros. Quizá
incluso ha dejado un mensaje en el móvil de mamá, explicando que se había
producido una emergencia y no iba a estar en casa para recibirnos.
El ascensor sube hasta la azotea. Hay un helicóptero en el centro de un gran
círculo rojo. Sus aspas cortan el aire con un zumbido.
Jamás he ido en helicóptero. Mi mejor amiga, Kim, hizo una vez una visita aérea
al monte St. Helens con su tío, que trabaja de fotógrafo para NationalGeographic.
Además, si estuviera muerta, mamá y papá ya habrían venido en mi busca.
Veo la hora en el tablero de mandos: las 10.37. Me pregunto qué estará pasando
en tierra. ¿Habrá descubierto Willow quiénes eran los de la emergencia? ¿Habrá
llamado alguien a mis abuelos? Viven en la ciudad de al lado; yo estaba impaciente
por ir a cenar con ellos. El abuelo pesca y prepara salmón ahumado y también ostras,
lo que seguramente habríamos cenado con el pan casero de la abuela, pan moreno de

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cerveza. Luego la abuela se habría llevado a Teddy a los grandes contenedores de
reciclaje de la ciudad y le habría dejado hurgar en ellos en busca de revistas.
Últimamente a Teddy le ha dado por el Reader'sDigest. Le gusta recortar las
caricaturas y hacer collages.
Pienso en Kim. Hoy no había clases. Es evidente que no iré al instituto mañana.
Seguramente mi amiga creerá que falto porque me quedé hasta tarde viendo a los
ShootingStar en Portland.
Portland. Seguro que me llevan allí. El piloto no deja de hablar de Trauma Uno.
Por la ventanilla, veo alzarse la cima del monte Hood. Eso significa que nos
acercamos a la ciudad.
¿Estará Adam ya allí? Tocó en Seattle anoche; siempre se pone con la adrenalina
por las nubes después de un bolo, y conducir lo ayuda a relajarse. El resto de la
banda está encantado de tenerlo como chófer mientras ellos echan una cabezada. Si
ya está en Portland, seguramente todavía duerme. Cuando despierte, ¿tomará un
café en Hawthorne? ¿Se irá con un libro al Jardín Japonés? Eso fue lo que hicimos la
última vez que fui a la ciudad con él, sólo que entonces hacía más calor. Sé que esta
tarde la banda hará una prueba de sonido. Y luego Adam saldrá a esperarme. Al
principio creerá que me retraso. ¿Cómo va a imaginar que en realidad llego
demasiado pronto? ¿Que he llegado esta mañana, cuando la nieve aún se estaba
derritiendo?
***
—¿Has oído hablar de ese tal Yo-Yo Ma? —me preguntó Adam. Era la
primavera de mi segundo curso en el instituto. Él estaba en tercero. Llevaba varios
meses observándome durante los ensayos en el ala de música. Era un centro público,
de esos institutos progresistas que siempre se mencionan en las revistas nacionales
por su especial atención a las artes. Y era verdad que disponíamos de mucho tiempo
para pintar o dedicarnos a la música. Tiempo que yo pasaba en las cabinas
insonorizadas. Adam también iba mucho a tocar la guitarra, pero no la eléctrica
como en su grupo. Allí sólo tocaba melodías acústicas.
—Todo el mundo ha oído hablar de Yo-Yo Ma —contesté, poniendo los ojos en
blanco.
Adam sonrió y me fijé en que tenía una sonrisa asimétrica, una comisura más
alta que la otra. Con el pulgar en que lucía un anillo señaló el patio del instituto
—No creo que encuentres a cinco personas ahí fuera que hayan oído hablar de
Yo-Yo Ma. Y por cierto, ¿qué clase de nombre es ése? ¿Es un apodo o algo así? ¿Yo
Mama? —Es chino.
Adam soltó una risotada, meneando la cabeza. —Conozco a muchos chinos. Y
tienen nombres como Wei Chin o Lee. Pero no Yo-Yo Ma.
—No blasfemes contra el maestro —repliqué, aunque no pude evitar reírme.
Había tardado unos meses en convencerme de que Adam no pretendía burlarse de
mí; ahora solíamos charlar cuando nos encontrábamos en el pasillo. Sin embargo, me

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desconcertaba que se hubiera fijado en mí. Aunque no era un chico súper popular,
de los deportistas o de los que iban para triunfadores, era guay. Guay porque tocaba
en una banda con universitarios. Guay porque tenía su propio estilo rockero, con
ropa que compraba en tiendas de segunda mano y mercadillos, no en rebajas de
UrbanOutfitters. Guay porque en el comedor del instituto parecía muy feliz absorto
en la lectura de un libro, no fingiendo leer por no saber dónde o con quién sentarse.
No se trataba de eso. Tenía su pandilla de amigos y un nutrido grupo de
admiradores.
Yo tampoco era ninguna pardilla. Tenía amigos y una amiga íntima con quien
almorzaba. También había hecho buenas relaciones en el campamento de música al
que acudía en verano. Caía bien a la gente, aunque no me conocían en profundidad.
En clase era reservada. No levantaba mucho la mano ni me dirigía a los profesores
con descaro. Y siempre estaba ocupada, ya que dedicaba gran parte del tiempo a
practicar o asistir a clases teóricas en el conservatorio de la ciudad. Los chicos eran
simpáticos conmigo, pero solían tratarme como si fuera adulta, una profesora más. Y
no se coquetea con las profesoras.
—¿Qué dirías si te dijera que tengo unas entradas para ver al maestro? —me
preguntó Adam con un desteño en los ojos.
—Venga ya. No es cierto —repliqué, dándole un empujón más fuerte de lo que
pretendía.
Él fingió darse contra la pared de cristal.
—Ya lo creo que sí —dijo después—. Para el Schnitzle ese de Portland.
—Es el ArleneSchnitzer Hall. Tocará la Sinfónica.
—Ahí mismo. Tengo entradas. Un par. ¿Te interesa?
—¿Lo dices en serio? ¡Pues claro que me interesa! Me moría de ganas de ir, pero
las entradas costaban ochenta dólares. Un momento. ¿Cómo las has conseguido?
—Un amigo de la familia se las dio a mis padres, pero ellos no pueden ir. No hay
para tanto —se apresuró a contestar—. Bueno, es el viernes por la noche. Si quieres,
te recojo a las cinco y media y vamos juntos a Portland.
—Vale —acepté, como si fuera lo más natural del mundo,
Pero al llegar el viernes por la tarde estaba más nerviosa que cuando el invierno
anterior, mientras estudiaba para los exámenes, me bebí una cafetera entera del
espeso y cargado café de papá.
Los nervios no eran por Adam, en cuya compañía ya me sentía cómoda, sino por
la incertidumbre. ¿De qué iba aquello exactamente? ¿Se trataba de una cita? ¿Un
favor de un amigo? ¿Un acto caritativo? Me gustaba tan poco pisar en falso como
iniciar a tientas un nuevo movimiento. Por eso practicaba tanto, para encontrarme en
terreno seguro y perfeccionar luego los detalles.
Me cambié de ropa unas seis veces. Teddy, que ya había vuelto de la guardería,
estaba sentado en mi cuarto, sacando cómics de Calvin y Hobbes de los estantes y
fingiendo leerlos. Se mondaba de risa, no sé muy bien si por las ocurrencias de
Calvin o por mi nerviosismo.

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Mamá asomó la cabeza para ver qué tal me iba.
—Sólo es un chico, Mia —dijo al verme hecha un manojo de nervios.
—Ya, pero resulta que es el primero con el que quizá tenga una cita. No sé si
vestirme para una cita o para un concierto de la Sinfónica. La gente de aquí se pone
de tiros largos para esta clase de eventos. ¿O crees que debería ir más informal?
—Ponte algo con lo que te sientas a gusto —me aconsejó—. Así seguro que no
fallas.
Mamá habría puesto toda la carne en el asador de haber estado en mi lugar. En
las fotos de ella y papá de sus viejos tiempos, parecía un cruce entre una sirena de
los años treinta y una motorista, con su corte de pelo a lo duende, sus grandes ojos
azules perfilados de negro, y su cuerpo delgado como una espiga siempre luciendo
atuendos sexys, como una camisa de encaje estilo retro combinada con pantalones de
cuero ceñidos.
Suspiré. Ojalá hubiese tenido tanto valor como ella. Al final elegí una falda negra
larga y un suéter marrón de manga corta. Corriente y sencillo. Como yo misma,
supongo. Cuando Adam apareció con un traje de piel de tiburón y zapatillas
deportivas (conjunto que impresionó a papá), supe que aquello era realmente una
cita. Adam había decidido ponerse de punta en blanco para la Sinfónica, y un traje
de piel de tiburón de los años sesenta era su manera de vestirse formal, pero yo sabía
que había algo más. Pareció nervioso al estrecharle la mano a mi padre y comentarle
que tenía los discos de su vieja banda.
—Para usarlos como posavasos, espero —repuso papá. A Adam lo sorprendió
que el padre fuera más sarcástico que la hija.
—No perdáis la cabeza, chicos. Hubo heridos graves entre el público que bailaba
en el último concierto de Yo-Yo Ma —nos advirtió mamá con sorna cuando nos
alejábamos.
—Tus padres molan —comentó Adam mientras me abría la puerta del coche. —
Lo sé —repliqué.
Fuimos hasta Portland charlando de cosas intrascendentes. Él me puso canciones
de bandas que le gustaban, como un trío de pop sueco que sonaba monótono, pero
también una banda islandesa experimental que hacía una música muy hermosa. Nos
perdimos un poco en el centro de la ciudad y llegamos al concierto con el tiempo
justo.
Nuestros asientos estaban en el anfiteatro. A años luz del escenario. Pero uno no
va a un concierto de Yo-Yo Ma por las vistas, y el sonido era increíble. El músico
conseguía que el chelo sonara como el llanto de una mujer y, al minuto siguiente,
como la risa de un niño. Escucharlo me hacía recordar por qué elegí el chelo: por esa
cualidad tan humana y expresiva que lo distingue.
Cuando comenzó el concierto, miré a Adam con el rabillo del ojo. Parecía
tomárselo con paciencia, pero no dejaba de consultar el programa, seguramente
contando los movimientos que faltaban para el intermedio. Me preocupó que se
aburriera, pero al cabo de un rato estaba enfrascada en la música y ya no me importó.

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Entonces, cuando Yo-Yo Ma interpretaba Le Grand Tango, Adam me tomó la
mano. En otro contexto habría parecido falso, el viejo truco de bostezar para moverse
y meter mano. Pero Adam no me estaba mirando. Tenía los ojos cerrados y se
balanceaba ligeramente en su asiento. Él también estaba absorto en la música. Le
apreté la mano y estuvimos así hasta el final del concierto.
Después compramos cafés y donuts, y paseamos a lo largo del río. Hacía
humedad, de manera que se quitó la chaqueta y me la echó sobre los hombros.
—No conseguiste las entradas por un amigo de la familia, ¿verdad? —quise
saber.
Pensé que se reiría o que levantaría el brazo fingiendo rendirse como hacía
cuando lo vencía en una discusión. Pero me miró a la cara y vi los tonos verdes,
marrones y grises que danzaban en sus ojos. Negó con la cabeza.
—Las compré con dos semanas de propinas repartiendo pizzas —admitió.
Me detuve. Oía el agua del río lamiendo la orilla.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Por qué yo?
—Mira, jamás he conocido a nadie que se implique tanto en la música como tú.
Me fascina verte practicar. Se te forma una arruga preciosa en la frente, justo aquí. —
Me tocó el entrecejo—. Yo estoy obsesionado con la música, pero aun así no entro en
trance como tú.
—¿Y qué? ¿Soy como una especie de experimento social para ti? —Pretendía
bromear, pero sonó con cierta amargura.
—No, no eres un experimento —declaró con voz algo ronca.
Sentí que el calor iba subiéndome por el cuello y que me ruborizaba. Clavé la
vista en mis zapatos. Sabía que Adam me estaba mirando, y también que si alzaba
los ojos me besaría. Y me sorprendió lo mucho que deseaba ese beso, darme cuenta
de que lo había pensado tan a menudo que incluso había memorizado la forma
exacta de sus labios, e imaginando que le acariciaba el hoyuelo de la barbilla con el
dedo.
Levanté los ojos parpadeando. Adam estaba esperando. Así fue como empezó.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

12:19

22

M

is heridas afectan a un montón de órganos.
Al parecer, tengo un neumotórax, el bazo reventado, una
hemorragia interna de origen desconocido y, lo más grave,
contusiones cerebrales. También varias costillas rotas y heridas en las piernas y la
cara que requerirán injertos de piel y cirugía plástica, pero eso sólo si consigo
sobrevivir, señalan los médicos.
Ahora mismo, en cirugía, los especialistas han de extirpar el bazo, insertar una
nueva sonda para drenar el pulmón y detener la hemorragia interna. Por el cerebro
no pueden hacer gran cosa.
—Será necesario esperar y ver cómo evoluciona —dice un cirujano al revisar el
TAC cerebral—. Mientras tanto, llamad al banco de sangre. Necesito dos unidades
de cero negativo y que preparen dos unidades más.
¿Cero negativo? No sabía que ése fuera mi grupo sanguíneo. Nunca había
pensado en ello.
Tampoco había estado en un hospital, excepto el día que fui a urgencias por un
corte en el tobillo provocado por un cristal roto. Ni siquiera me dieron puntos, sólo
la antitetánica.
En el quirófano, los médicos discuten qué música poner, igual que nosotros en el
coche esta mañana. Uno quiere jazz, otro rock. La anestesista, que está junto a mi
cabeza, pide música clásica. Yo la apoyo y me parece que sirve de algo, porque
alguien pone un CD de Wagner, aunque no era La cabalgata de las valquirias lo que yo
tenía en mente. Esperaba algo más ligero. Las cuatro estaciones, por ejemplo.
El quirófano es pequeño y está atestado, lleno de luces cegadoras que ilustran lo
repugnante que es este sitio. No se parece en nada a los quirófanos que aparecen en
la tele, salas prístinas en las que cabría un cantante de ópera y su público. El suelo,
aunque pulido y brillante, tiene marcas y rastros de color ladrillo, probablemente
antiguas manchas de sangre.
Sangre. Está por todas partes. Los médicos ni se inmutan. Ellos cortan y cosen y
succionan el torrente como si fregaran platos en agua jabonosa. Mientras tanto, me
hacen una transfusión para reemplazar la que pierdo.
El cirujano que quería escuchar rock suda un montón. Una enfermera lo va
secando periódicamente con una gasa que sujeta con unas pinzas. En cierto
momento, el sudor le llega a la mascarilla y ella se la cambia.

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La anestesista tiene dedos suaves. Sentada junto a mi cabeza, no aparta la vista
de mis constantes vitales, ajustando la cantidad de fluidos y gases y drogas que me
administran.
Supongo que lo hace bien, porque al parecer no siento nada, pese a que no dejan
de manipular mi cuerpo. Es un trabajo duro y sucio, en nada parecido al juego de
operar que teníamos de pequeños; debíamos ir con mucho cuidado para no tocar los
lados al sacar un hueso si no queríamos que se disparara el timbre.
La anestesista me acaricia las sienes distraídamente con sus guantes de látex. Eso
mismo hacía mamá cuando me resfriaba o padecía uno de aquellos dolores de
cabeza, tan dolorosos que me entraban ganas de cortarme la vena de la sien sólo
para aliviar la presión.
El CD de Wagner se ha repetido ya dos veces. Los médicos deciden que es hora
de cambiar de género. Gana el jazz. La gente siempre da por supuesto que soy
aficionada al jazz sólo porque toco música clásica. Pues no. Papá sí. A él le encanta,
sobre todo el último período de Coltrane, el más exuberante. Dice que el jazz es
punk para carrozas. Supongo que eso lo explica todo, porque a mí tampoco me gusta
el punk.
La operación se prolonga. Estoy exhausta. No sé cómo los médicos tienen
fuerzas para continuar. No se mueven del sitio, pero da la impresión de ser más
agotador que correr un maratón.
Me adormezco. Luego empiezo a hacerme preguntas sobre mi estado. Si no
estoy muerta —y el monitor del ritmo cardíaco sigue emitiendo un pitido, así que
debo suponer que no lo estoy—, pero tampoco estoy en mi cuerpo, ¿puedo ir a
donde quiera? ¿Soy un fantasma? ¿Podría transportarme a una playa de Hawái?
¿Asomarme al Carnegie Hall de Nueva York? ¿Ir a ver a Teddy?
Muevo la nariz como Samantha, de Embrujada, a modo de experimento. No
ocurre nada.
Hago chasquear los dedos. Junto los talones. Sigo aquí.
Decido probar con una sencilla maniobra. Me dirijo a la pared, imaginando que
voy a atravesarla para salir flotando por el otro lado. Pero sencillamente choco
contra su superficie.
Una enfermera entra a toda prisa con una bolsa de sangre y, antes de que la
puerta se cierre, consigo deslizarme fuera del quirófano. Ahora me encuentro en el
pasillo. Veo muchos médicos y enfermeras, con atuendos azules y verdes, que se
afanan de un lado a otro.
Tumbada en una camilla, una mujer que lleva el cabello recogido en un gorro
azul de gasa y una vía en el brazo llama a un tal William. Me alejo un poco más. Hay
hileras de quirófanos, todos con pacientes anestesiados. Si los de esos quirófanos
están igual que yo, ¿por qué no los veo fuera de su cuerpo? ¿Andan todos vagando
por ahí? Me gustaría localizar a alguien que se hallara en mi misma situación. Me
formulo algunas preguntas, por ejemplo, en qué clase de estado me encuentro y
cómo saldré de él. ¿Cómo lograré volver a mi cuerpo? ¿He de esperar a que los

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médicos me despierten? Pero no veo a nadie. Quizá los demás han encontrado la
manera de irse a Hawái.
Sigo a una enfermera a través de unas puertas automáticas. Ahora me encuentro
en una pequeña sala de espera. Allí veo a mis abuelos.
La abuela habla con el abuelo, o quizá hable al vacío. Es su manera de no dejarse
llevar por la emoción. La he visto hacerlo antes, cuando el abuelo tuvo un ataque al
corazón. Lleva las botas de goma y el vestido holgado que se pone para trabajar en el
jardín, manchado de barro.
Probablemente estaba en el invernadero cuando le dieron la noticia. Tiene el pelo
gris, corto y rizado; papá dice que lleva la permanente desde los años setenta. “Es
cómodo —dice ella—. No me da trabajo.” Típico de ella. Siempre a lo práctico. Es tan
práctica que nadie adivinaría que le chiflan los ángeles. En el cuarto de costura tiene
una colección de ángeles de cerámica, de hilos, de cristal soplado y de todos los
materiales imaginables, guardados en un aparador especial. Y no sólo los colecciona,
también cree en ellos. Cree que están por todas partes. En una ocasión, un par de
somorgujos anidaba en el estanque del bosque detrás de su casa. La abuela estaba
convencida de que eran sus difuntos padres que velaban por ella.
***
En otra ocasión, estábamos sentados en el porche de su casa y vi un pájaro rojo.
—¿Es un piquituerto rojo? —pregunté.
Ella negó con la cabeza.
—Mi hermana Gloria sí es un piquituerto —dijo, refiriéndose a mi tía abuela Glo,
fallecida recientemente y con la que nunca se había llevado bien—. Ella no vendría
nunca por aquí.
El abuelo observa fijamente los posos de su vaso de plástico y va arrancándole
trocitos al borde, así que tiene el regazo lleno de bolitas blancas. Seguramente el café
de aquí es una porquería, de esos que parecen recalentados mil veces, pero no me
importaría tomarme una taza.
A simple vista se puede trazar una línea genealógica directa desde el abuelo
hasta Teddy, pasando por papá, aunque los ondulados y rubios cabellos del abuelo
se han vuelto canos y él es más robusto que mi hermano, un auténtico fideo, y que
papá, que está esbelto y musculoso de hacer pesas por las tardes en el gimnasio. Pero
los tres tienen los mismos ojos brillantes, entre azules y grises, del color del océano
en un día nublado.
Tal vez por eso ahora me resulta difícil mirar al abuelo a la cara.
Lo de ir a Juilliard fue idea de la abuela. Ella nació en Massachusetts, pero se
trasladó a Oregón por su cuenta en 1955. Ahora eso no tendría nada de especial,
pero supongo que hace medio siglo fue un verdadero escándalo que una chica
soltera de veintidós años hiciera algo así. La abuela declaró que se sentía atraída por
los espacios abiertos y agrestes, y no había espacios más agrestes que los extensos

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bosques y las costas escarpadas de Oregón. Encontró trabajo como secretaria en el
Servicio Forestal. El abuelo trabajaba allí como biólogo.
Algunos veranos vamos a Massachusetts, a la parte occidental, a una casa rural
que la numerosa familia de la abuela alquila durante una semana. Me encuentro
entonces con primos segundos y tíos abuelos cuyo nombre apenas recuerdo. Tengo
muchos parientes en Oregón, todos por parte del abuelo.
El verano pasado me llevé el chelo a Massachusetts para seguir practicando, ya
que me había propuesto participar en un concierto de cámara. El avión no iba lleno,
así que la azafata me permitió colocarlo en el asiento contiguo al mío, igual que
hacen los profesionales. A Teddy le pareció divertidísimo y no paró de ofrecerle
pretzels al instrumento.
Una noche di un pequeño concierto en la sala de la casa rural, ante un público
formado por parientes y trofeos de caza. Fue después de aquel concierto cuando
alguien mencionó Juilliard, y a la abuela le gustó la idea.
Al principio parecía un poco rocambolesco. La universidad cercana a nuestra
casa disponía de un buen programa musical. Y para complementar los estudios
había un conservatorio en Seattle, sólo a unas horas en coche. Juilliard, en cambio
quedaba al otro extremo del país y era muy caro. A mis padres les sedujo la idea,
aunque no les apetecía que me fuera a Nueva York, ni empeñarse hasta las cejas para
que quizá me convirtiera en violonchelista de alguna orquesta de segunda categoría.
No sabían si su hija era realmente buena. De hecho, tampoco yo lo sabía. La
profesora Christie me decía que era una de las alumnas más prometedoras que había
tenido, pero nunca había mencionado Juilliard. Esta institución es para los virtuosos,
y parecía arrogante pensar siquiera que pudieran darme una oportunidad.
Sin embargo, después de las vacaciones en Massachusetts, cuando otra persona,
alguien imparcial y que procedía de la costa Este, dictaminó que merecía ir a
Juilliard, la abuela se obstinó en el proyecto. Decidió hablar sobre ello con la
profesora Christie, y ésta se abalanzó sobre la idea como un terrier sobre un hueso.
Así pues, rellené una solicitud, pedí cartas de recomendación y les envié la
grabación de una pieza interpretada por mí. A Adam no le conté nada. ¿Para qué?,
pensé, cuando lo más probable era que ni siquiera me permitieran hacer una
audición. Sin embargo, había otro motivo. Una pequeña parte de mí sentía que
incluso haber mandado la solicitud era una especie de traición: Juilliard estaba en
Nueva York y Adam se quedaría aquí.
Pero él ya no iba al instituto. Me llevaba un año de diferencia y, mientras yo
terminaba el último curso, él había empezado la universidad. Sólo estudiaba a
tiempo parcial, porque los ShootingStar empezaban a ganar popularidad. Iban a
grabar con un sello discográfico de Seattle y pasaban mucho tiempo viajando de
concierto en concierto. Así pues, sólo se lo conté todo cuando recibí un sobre color
crema con el emblema de TheJuilliardSchool y leí la carta de invitación a hacer una

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audición. Le expliqué que muchas personas ni siquiera llegaban a tanto. Al principio
se quedó un poco sorprendido, como si no acabara de creérselo.
Luego esbozó una triste sonrisa. “Será mejor que Yo Mama tenga cuidado
contigo”, dijo.
Las audiciones se hacían en San Francisco. Papá tenía que asistir a una
conferencia importante esa semana y no podía ausentarse, y mamá acababa de
empezar a trabajar en la agencia de viajes, así que la abuela se ofreció a
acompañarme. “Lo convertiremos en un viaje de chicas, descuida. Tomaremos el té
en el Fairmont. Iremos a mirar escaparates a UnionSquare. Cogeremos el
transbordador para visitar Alcatraz. Dos perfectas turistas.”
Pero una semana antes de la partida, la abuela tropezó con una raíz de árbol y se
hizo un esguince de tobillo. Le pusieron una de esas botas blancas y le ordenaron
reposo. Cundió el nerviosismo, pero yo dije que podía ir sola en coche o en tren, y
volver en cuanto acabara.
El abuelo insistió en llevarme. Fuimos en su camioneta. No hablamos mucho, lo
que a mí ya me convino, porque estaba muy nerviosa. No cesaba de toquetear el
palito de un helado que me había regalado Teddy como talismán de la buena suerte
antes de irme.
Escuchamos música clásica y noticias sobre agricultura cuando sintonizábamos
alguna emisora, pero en general el viaje transcurrió en silencio. Sin embargo, era un
silencio tranquilizador, que me relajaba y me hacía sentir más unida a él que
cualquier conversación.
La abuela había hecho una reserva en un hostal de esos tan recargados, y
resultaba gracioso ver al abuelo con sus botas de trabajo y su camisa de franela a
cuadros entre tanto tapete de encaje y popurrís de flores secas. Pese a todo, él se lo
tomó con calma.
La audición resultó agotadora. Tuve que tocar cinco piezas: un concierto de
Shostakóvich, dos suites de Bach, todo elPezzocapriccioso de Chaikovski, casi una
proeza, y un fragmento de La misión de EnnioMorricone, elección agradable pero
arriesgada, porque también lo había tocado Yo-Yo Ma y la comparación sería
inevitable. Salí con las piernas temblorosas y las axilas empapadas en sudor. Además
tenía las endorfinas por las nubes, lo que, añadido a una honda sensación de alivio,
me dejó absolutamente mareada.
—¿Damos una vuelta por la ciudad? —propuso el abuelo con una sonrisa.
—¡Pues claro!
Cumplimos todo el programa que me había prometido la abuela. Me llevó de
compras y a tomar el té, pero para la cena anulamos la reserva que había hecho la
abuela en un sitio elegante de Fisherman'sWharf y fuimos a Chinatown. Buscamos el
restaurante que tuviera la cola más larga de personas esperando en la puerta, y
cenamos allí.
Cuando regresamos, el abuelo me dejó en casa y me abrazó. Normalmente se
limitaba a estrechar la mano, o añadía una palmadita en la espalda en ocasiones muy

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especiales. Esa vez me dio un fuerte abrazo, y comprendí que era su manera de
decirme que se lo había pasado de maravilla.
—Yo también, abuelo —susurré.

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15:47

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A

caban de trasladarme de la sala de recuperación a la UCI de
traumatología. Es una habitación en forma de herradura, con doce
camas y un equipo de enfermeros que no paran de moverse de un lado
a otro. Leen los registros de las constantes vitales, que los ordenadores imprimen
como churros al pie de cada cama. En el centro hay más ordenadores y una gran
mesa de trabajo.
Además de los médicos, dos enfermeros se ocupan de mí. Un hombre pálido y
taciturno, de pelo rubio y bigote, que no me gusta demasiado. Y una mujer de voz
cantarina y piel negra azulada; me llama “cariño” y continuamente me alisa la ropa
de la cama, aunque yo no haga el menor movimiento.
Me han puesto tantos tubos y cables que me cuesta contarlos: uno metido en la
garganta para que respire por mí, otro por la nariz para mantener el estómago vacío,
otro en la vena para hidratarme, otro en la vejiga para el pipí, varios en el pecho para
registrar el latido del corazón, otro en el dedo para controlar el pulso. El respirador
artificial tiene un ritmo relajante, como un metrónomo: dentro, fuera, dentro, fuera.
Aparte de los médicos, los enfermeros y una asistente social, nadie ha entrado a
verme. La asistente social habla con mis abuelos en tono bajo y compasivo. Les dice
que mi estado es “grave”. No sé muy bien qué significa “grave”. En la televisión, el
estado de los enfermos siempre es crítico o estable. Grave suena fatal. Suena a algo
sin solución.
—Ojalá pudiéramos hacer algo —se lamenta la abuela—. Me siento inútil
esperando aquí sin hacer nada.
—Veré si consigo que les dejen pasar a verla un rato —dice la asistente social.
Tiene el pelo rizado y cano, y una mancha de café en la blusa; su rostro es amable—.
Aún le duran los efectos de la anestesia, y estará conectada a un respirador mientras
se recupera del trauma. Pero incluso a los pacientes comatosos les ayuda oír la voz
de sus seres queridos.
El abuelo emite un gruñido de respuesta.
—¿Tienen a alguien a quien llamar? —pregunta la mujer—. ¿Algún pariente que
pueda estar aquí con ustedes? Comprendo que todo esto es muy duro, pero cuanto
más fuertes se muestren, más ayudarán a Mia.
Me sobresalto al oír mi nombre. Un recordatorio de que están hablando de mí.
La abuela le comenta que hay varias personas de camino al hospital, tías, tíos. No
oigo el nombre de Adam.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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Es a Adam a quien quiero ver. Ojalá supiera dónde está para intentar llegar
hasta él. No sé cómo va a enterarse de lo que ha ocurrido. Los abuelos no tienen su
teléfono y tampoco usan móvil, así que él no puede llamarlos. Y ni siquiera sabrá
que debe llamarlos a ellos. Las personas que normalmente podrían comunicarle que
he sufrido un accidente no están en situación de hacerlo.
Me planto delante de la forma inerte llena de tubos y rodeada de pitidos que soy
yo. Tengo la piel grisácea y los ojos tapados con esparadrapo. Ojalá alguien me lo
quitara. Da la impresión de que pica. La enfermera simpática se acerca presurosa.
Lleva piruletas en el uniforme, aunque no estamos en una unidad pediátrica.
—¿Cómo te va, guapísima? —me pregunta, como si acabáramos de encontrarnos
en una tienda.
***
Al principio, la relación con Adam no fue un lecho de rosas. Yo tenía la idea de
que el amor todo lo puede, y cuando Adam me dejó en casa después del concierto de
Yo-Yo Ma, supongo que los dos éramos conscientes de que nos estábamos
enamorando. Yo creía que llegar hasta ahí era lo más difícil. En los libros y las
películas, las historias siempre terminan cuando los dos protagonistas se dan por fin
un romántico beso. La parte de “y fueron felices y comieron perdices” se da por
supuesta.
En nuestro caso no fue exactamente así. La enorme distancia que nos separaba
en el mundo social tenía sus inconvenientes. Seguíamos viéndonos en el ala de
música, pero esos encuentros no pasaban de ser platónicos, como si ninguno de los
dos quisiera estropear la relación yendo más lejos. Sin embargo, siempre que nos
encontrábamos en otros lugares del instituto, cuando nos sentábamos en la cafetería
o estudiábamos en el patio en los días soleados, nos faltaba algo, nos sentíamos
incómodos, las conversaciones parecían forzadas.
Siempre empezábamos a hablar al mismo tiempo.
—Sigue tú —decía yo.
—No, tú —replicaba él.
Tanta cortesía era penosa. Yo quería superarla, volver a la magia de la noche del
concierto, pero no sabía muy bien cómo lograrlo.
Adam me invitó a verlo tocar con su banda. Fue peor aún que en el instituto. Si
en mi propia familia me sentía como un pez fuera del agua, entre las amistades de
Adam era como un pez en Marte. Él siempre estaba rodeado de gente enrollada y
vivaz, de chicas guapas con el pelo teñido y piercings, de tipos distantes que se
animaban cuando Adam hablaba de rock con ellos. Yo no podía comportarme como
una groupie, y tampoco podía hablar de rock. Era un tema que debería comprender
perfectamente, puesto que se trataba de música y además tenía un padre rockero,
pero no. Era algo parecido a los chinos que hablan mandarín, que más o menos
entienden cantonés, pero no del todo, aunque se da por supuesto que todos los
chinos pueden comunicarse entre sí.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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Temía ir a los conciertos con Adam. No era por celos ni porque no fuera mi estilo
de música.
De hecho, me encantaba verlo tocar. Cuando estaba en el escenario, era como si
la guitarra se convirtiera en una prolongación natural de su cuerpo. Y luego, tras
abandonar el escenario, estaba sudoroso, pero con un sudor tan limpio que me sentía
tentada de lamerle la cara como si fuera una piruleta. Desde luego, no lo hacía.
Cuando las fans se abalanzaban sobre él, yo me hacía a un lado. Adam intentaba
atraerme hacia sí, me rodeaba la cintura con el brazo, pero yo me desasía y volvía a
las sombras.
—¿Es que ya no te gusto? —me preguntó en tono de reproche después de un
concierto.
Intentó decirlo en broma, pero estaba dolido de verdad.
—No sé si debería seguir viniendo a tus conciertos —contesté.
—¿ Por qué no? —quiso saber, esta vez sin tratar de ocultar sus sentimientos.
—Tengo la sensación de que te impido disfrutar de todo esto. No quiero que
tengas que preocuparte por mí.
Me aseguró que no le importaba preocuparse por mí, pero yo sabía que sí le
importaba.
Seguramente habríamos roto durante las primeras semanas, de no ser por mi
casa. Allí, con mi familia, encontramos un terreno común. Lo invité a la primera cena
familiar con nosotros cuando llevábamos un mes saliendo. Él estuvo charlando de
rock con papá en la cocina. Yo los observaba sin comprender la mitad de lo que
decían, pero no me sentí marginada como me ocurría en los conciertos.
—¿Juegas al baloncesto? —le preguntó papá. En cuestión de ver deporte, papá
era un fanático del béisbol, pero cuando se trataba de jugar, le encantaba lanzar a la
canasta.
—Claro. Pero no soy muy bueno.
—Eso no importa; sólo tienes que tomártelo en serio. ¿Una partida rápida?
Llevas zapatillas de baloncesto —comentó papá, mirando las Converse altas de
Adam. Y se volvió hacia mí—. No te molesta, ¿verdad?
—Qué va —sonreí—. Puedo practicar mientras jugáis.
Se fueron a la cancha que había detrás de una escuela primaria cercana y
regresaron al cabo de tres cuartos de hora, Adam sudoroso y algo aturdido.
—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿Mi padre te ha dado una paliza?
—Bueno, sí. Pero no es eso. Una abeja me picó en la palma de la mano mientras
jugábamos. ¿Y sabes qué hizo tu padre? Me cogió la mano y chupó el veneno.
Asentí. Era un truco que papá había aprendido de la abuela y funcionaba con las
picaduras de abeja, al contrario que con las mordeduras de serpiente de cascabel. Al
chupar se sacaba el aguijón y el veneno y sólo quedaba una ligera comezón.
Adam esbozó una sonrisa azorada. Se inclinó hacia mí y me susurró al oído:
—Me parece alucinante haber tenido más intimidad con tu padre que contigo.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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Reí, pero no dejaba de tener razón. En las pocas semanas que llevábamos
saliendo, no habíamos ido más allá de los besos. No me consideraba una mojigata,
aunque fuera virgen, y no tenía el menor deseo de seguir siéndolo. Y desde luego
Adam no tenía nada de virgen. Se trataba más bien de que nuestros besos adolecían
de la misma penosa cortesía que nuestras conversaciones.
—Tal vez deberíamos ponerle remedio a eso —musité.
Él enarcó las cejas inquisitivamente y yo me ruboricé. Durante toda la cena no
dejamos de sonreírnos mientras escuchábamos a Teddy; que parloteaba sobre los
huesos de dinosaurio que al parecer había desenterrado por la tarde en el jardín de
atrás. Papá preparó su famoso asado a la sal, mi plato favorito, pero yo no tenía
hambre y no hacía más que empujar la comida de un lado a otro del plato,
esperando que nadie se diera cuenta. Y dentro de mí oía una pequeña vibración
creciente. Pensé en el diapasón con que afinaba el chelo. Al golpearlo, produce
vibraciones en la, vibraciones que aumentan y aumentan hasta que el tono armónico
llena la habitación. La causa de mi vibración era la sonrisa de Adam.
Después de cenar, Adam echó un rápido vistazo a los hallazgos fósiles de Teddy.
Luego subimos a mi habitación y cerramos la puerta. A Kim no le permiten estar
sola en casa con chicos, aunque en realidad nunca ha surgido tal posibilidad. Mis
padres no habían establecido norma alguna a ese respecto, y yo tenía la sensación de
que sabían lo que pretendíamos Adam y yo. Aunque a papá le gustaba hacerse el
estricto, en realidad ambos eran unos blandos en lo tocante al amor.
Adam se tumbó en mi cama y estiró los brazos por encima de la cabeza. Toda su
cara sonreía: ojos, nariz y boca.
—Toca conmigo —dijo.
—¿Qué?
—Quiero que me toques como si fuera un chelo.
Iba a replicarle que no dijera tonterías, pero de pronto pensé que tenía sentido.
Fui al armario y saqué uno de mis arcos de repuesto.
—Quítate la camisa —pedí con voz trémula.
Lo hizo. A pesar de su delgadez, era sorprendentemente musculoso. Podría
haberme pasado veinte minutos contemplando los contornos de su pecho, pero él
me quería más cerca. Yo también lo deseaba.
Me senté a su lado, de manera que tenía su largo cuerpo tendido ante mí. El arco
tembló cuando lo dejé sobre la cama. Alargué la mano izquierda y le acaricié la
cabeza como si fuera la voluta de mi chelo. Él volvió a sonreír y cerró los ojos. Me
relajé un poco. Le toqueteé las orejas como si fueran clavijas y luego le hice
cosquillas juguetonamente y él rió por lo bajo.
Coloqué dos dedos sobre la nuez. Respiré hondo para armarme de valor y pasé
al pecho.
Recorrí el torso con las manos en toda su longitud, deteniéndome en los
tendones para asignarle una cuerda a cada uno: la, re, sol, do. Los acaricié uno a uno

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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con la yema de los dedos. Adam permaneció muy callado, como concentrándose en
algo.
Cogí el arco y se lo pasé suavemente por las caderas, donde estaría el puente del
chelo. Toqué con suavidad al principio, y luego con más fuerza y velocidad, a
medida que aumentaba la intensidad de la canción que sonaba en mi cabeza. Adam
permanecía inmóvil. De sus labios escapaban leves gemidos. Miré el arco, miré mis
manos, miré el rostro de Adam y me sentí invadida por el amor, la lujuria y una
desconocida sensación de poder. Jamás había imaginado que pudiera lograr que otra
persona se sintiera así.
Cuando terminé, él se incorporó y me dio un largo y profundo beso.
—Mi turno —dijo entonces.
Hizo que me levantara y empezó por quitarme el suéter por la cabeza y bajarme
un poco los tejanos. Luego se sentó en la cama y me tumbó sobre sus rodillas. Al
principio no hizo nada más que abrazarme. Yo cerré los ojos y traté de sentir sus ojos
en mi cuerpo, viéndome como nadie me había visto en la vida.
Luego empezó a tocar.
Rasgueó los acordes en mi pecho, haciéndome cosquillas, y reí. Suavemente
movió las manos hacia abajo y entonces dejé de reír. Las vibraciones del diapasón
aumentaban de intensidad cada vez que Adam me tocaba en un sitio nuevo.
Al cabo de un rato cambió a un estilo más español en el movimiento de los
dedos. Utilizaba la parte superior de mi cuerpo como mástil, acariciándome el pelo,
la cara, el cuello.
Punteaba en mi pecho y mi estómago, pero yo lo notaba en sitios a los que sus
manos ni se acercaban. Su energía iba en aumento a medida que tocaba y mi
diapasón enloqueció, provocándome vibraciones por todo el cuerpo hasta dejarme
sin aliento. Y cuando creía que ya no podría soportarlo más, el torbellino de
sensaciones alcanzó un vertiginoso crescendo que excitó todas y cada una de mis
terminaciones nerviosas.
Luego abrí los ojos, saboreando la cálida calma que me inundaba. Me eché a reír.
Adam también. Nos besamos durante un rato hasta que él tuvo que irse a casa.
Cuando lo acompañé hasta el coche, sentí deseos de decirle que lo amaba, pero
me pareció demasiado tópico después de lo que habíamos hecho. Así que esperé y se
lo dije al día siguiente.
—Qué alivio, chica. Pensaba que a lo mejor querías usarme sólo como objeto
sexual —bromeó él, sonriente.
Después de aquello seguimos teniendo nuestros problemas, pero la excesiva
cortesía dejó de ser uno de ellos.

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H

e reunido una pequeña multitud. La abuela y el abuelo. El tío Greg. La
tía Diane. La tía Kate. Mis primos Heather, John y David. Papá tenía
cuatro hermanos, así que hay montones de parientes. Nadie habla
sobre Teddy, lo que me induce a pensar que no está aquí. Seguramente sigue en el
otro hospital, atendido por Willow.
Los parientes se reúnen en la sala de espera. No es la habitación pequeña de la
planta de cirugía en la que aguardaron los abuelos durante mi operación, sino una
más grande en la planta baja del edificio, decorada con gusto en tonos malva, con
sillas y sofás confortables y revistas casi actuales. Todos hablan todavía en voz baja,
como si quisieran mostrarse respetuosos con los demás, aunque en la estancia sólo se
encuentra mi familia. Todo es demasiado serio, demasiado ominoso. Vuelvo al
pasillo para darme un respiro.
Me alegro inmensamente cuando llega Kim con su largo y espeso cabello negro
recogido en una trenza, como de costumbre. Lleva la trenza todos los días, y a la
hora de comer algunos rizos rebeldes ya se le escapan para formar tirabuzones, pero
ella se niega a rendirse y cada mañana vuelve a domarlos.
La acompaña su madre, que no le permite conducir largas distancias. Después
de lo ocurrido, hoy precisamente no iba a hacer una excepción. La señora Schein
tiene manchas rojizas en el rostro, como si hubiera estado llorando o a punto de
llorar. Lo sé porque la he visto así muchas veces. Se deja llevar fácilmente por las
emociones. «La reina del melodrama —la llama Kim—. Es el gen de madre judía. No
puede evitarlo. Supongo que yo también seré así algún día», admite.
En cambio mi amiga es justo lo contrario, graciosa y divertida de una manera tan
discreta que a veces tiene que aclarar «es broma» a los que no captan su sarcástico
sentido del humor, y no me la imagino siendo como su madre. Claro que no tengo
mucho donde comparar. No hay muchas madres judías en nuestra ciudad, ni
muchos chicos judíos en el instituto. Y los que son judíos, lo son sólo a medías, así
que ponen el árbol de Navidad al lado de la Menorá.
Pero Kim es judía al cien por cien. A veces ceno los viernes con su familia,
cuando encienden velas, comen pan judío y beben vino (la única vez, imagino, en
que la neurótica señora Schein permite beber a Kim). Se supone que Kim sólo puede
salir con chicos judíos, lo que significa que no sale con ningún chico. Ella bromea
diciendo que su familia se mudó aquí precisamente por eso, cuando de hecho fue
porque a su padre lo contrataron para dirigir una planta de chips de ordenador.
Cuando cumplió los trece años, Kim celebró su BatMitzvá en un templo de Pordand,

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y durante la ceremonia de encender las velas me invitaron a encender una. Todos los
veranos, Kim va a un campamento judío de Nueva Jersey. Se llama Campamento
Torá Habonim, pero Kim lo llama «Torá Puticlub», porque los chicos se pasan todo
el verano follando.
«Igual que en el campamento de música», me dijo bromeando, aunque mi
conservatorio de verano no se parece en nada al de American Pie.
Ahora mismo Kim está enfadada. Camina deprisa mientras recorren los pasillos
del hospital, unos tres metros por delante de su madre. De repente levanta los
hombros como un gato que acaba de ver a un perro y gira en redondo para encararse
con su madre.
—¡Basta ya! —le espeta—. Si yo no lloro, tú tampoco, joder.
Kim nunca dice tacos, así que me deja atónita. —Pero ¿cómo puedes estar tan...
—protesta su madre— tan serena cuando...?
—¡Ya basta! Mia sigue aquí. Así que no voy a perder los nervios. ¡Y si yo no los
pierdo, tú tampoco tienes derecho a perderlos!
Y se aleja indignada en dirección a la sala de espera. Su madre la sigue,
caminando sin fuerzas. Cuando llegan, la señora Schein empieza a gimotear. Kim no
suelta más improperios, pero las orejas se le ponen rojas, y por eso sé que sigue
furiosa.
—Madre, te quedas aquí mientras voy a dar un paseo. Regresaré dentro de un
rato.
Vuelvo a salir con ella al pasillo. Se dirige al vestíbulo principal, da una vuelta
por la tienda de regalos y visita la cafetería. Examina el plano del hospital. Creo que
sé adónde va antes de que se encamine hacia allí.
Hay una pequeña capilla en el sótano. Es un lugar silencioso, como una
biblioteca. Las sillas tapizadas recuerdan las butacas de los cines, y se oye un hilo
musical muy suave con una música del tipo New Age.
Kim se deja caer en una silla. Se quita el abrigo, el negro de terciopelo que he
envidiado desde que lo compró en un pequeño centro comercial de Nueva Jersey
cuando visitó a sus abuelos.
—Flipo con Oregón —dice, y su intento de reír se convierte en hipo. Por su tono
sarcástico, sé que habla conmigo y no con Dios—. Ésta es la idea que tienen aquí de
una capilla aconfesional. —Señala el recinto con un ademán. Hay un crucifijo en la
pared, un estandarte con una cruz sobre el atril y unos cuadros de la Virgen y el
Niño colgados al fondo—. Vale, nosotros tenemos una estrella de David simbólica —
dice, señalando la estrella de seis puntas de la pared—. Pero ¿qué hay de los
musulmanes? No han puesto esteras para el rezo ni símbolo alguno que indique la
dirección de la Meca. ¿Ylos budistas? Podrían protestar para que les pusieran un
gong, ¿no? Al fin y al cabo, seguro que en Portland hay más budistas que judíos.
Me siento a su lado en una silla. Me parece muy natural que Kim hable conmigo
igual que siempre. Aparte de la sanitaria que me ha pedido que aguante y de la

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enfermera que no para de preguntarme qué tal me encuentro, desde el accidente
nadie ha hablado conmigo. Hablan sobre mí.
Nunca he visto rezar a Kim de verdad. Sí, rezó en su BatMitzvá y bendice la
mesa en el Sabbat, pero eso es por obligación. Por lo general, resta importancia a su
religión. Pero en este momento, después de hablar conmigo, cierra los ojos, mueve
los labios y murmura cosas en una lengua que no comprendo.
A continuación abre los ojos y se frota las manos como si dijera «ya basta».
Luego se lo piensa mejor y añade una súplica repentina.
—Por favor, no te mueras. Comprendo que tienes razones para desearlo, pero
piensa una cosa: si te mueres, en el instituto montarán una de esas horteradas al
estilo lady Di, y todo el mundo dejará flores y velas y notas al lado de tu taquilla. —
Se seca una lágrima renegada con el dorso de la mano—. Y eso no te gustaría nada,
¿verdad?
***
Quizá fue porque nos parecíamos mucho, pero en cuanto Kim apareció por mi
colegio, todo el mundo dio por supuesto que nos haríamos amigas: las dos éramos
morenas, reservadas, estudiosas y, al menos exteriormente, serias. En realidad
ninguna de las dos era brillante en los estudios (sacábamos notables por lo general),
y tampoco tan serias. Nos tomábamos ciertas cosas con seriedad —la música en mi
caso y el arte y la fotografía en el suyo—, y en el simplista mundo escolar eso bastaba
para que nos consideraran almas gemelas.
Inmediatamente empezaron a emparejarnos para todo. En su tercer día de clase,
Kim fue la única que se presentó voluntaria para capitana del equipo de fútbol en
Educación Física, lo que me hizo pensar que era una pelotillera insufrible. Mientras
ella se ponía la camiseta roja, el profesor paseó la mirada por el resto de la clase para
elegir al capitán del otro equipo, y sus ojos se posaron en mí, a pesar de que yo era
una de las chicas menos atléticas. Al acercarme para coger mi camiseta, pasé por
delante de Kim y musité: «Muchas gracias.»
A la semana siguiente, la profesora de inglés nos emparejó para un debate oral
sobre Matar a un ruiseñor. Estuvimos sentadas cara a cara en absoluto silencio
durante unos diez minutos, hasta que al final dije:
—Supongo que deberíamos hablar sobre el racismo en el viejo Sur, o algo así.
Kim puso los ojos en blanco y sentí ganas de arrojarle un diccionario a la cabeza.
Yo misma me sorprendí al descubrir lo mucho que la detestaba.
—Leí el libro en mi anterior escuela —dijo—. El racismo es el tema más obvio,
pero yo creo que el tema más importante es el de la bondad de las personas. ¿Son
buenas por naturaleza y se vuelven malas por culpa del racismo, o son malas por
naturaleza y han de esforzarse para no serlo?
—Si tú lo dices... —repliqué—. En cualquier caso es un libro estúpido.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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No sé por qué dije eso, porque en realidad el libro me gustaba mucho y lo había
comentado con mi padre; él lo estaba usando también para sus clases. Detesté a Kim
aún más por hacerme traicionar uno de los libros que más había disfrutado.
—Vale. Pues tratemos el tema del racismo, si prefieres —dijo ella, y cuando nos
pusieron un aprobadillo, pareció regodearse con la mediocre nota.
Después de aquello, nos limitamos a no hablarnos más. Eso no impidió que los
profesores siguieran emparejándonos ni que los demás alumnos dieran por supuesto
que éramos amigas. Y cuanto más evidente se hacía, más nos contrariaba y peor nos
caíamos. Cuanto más pretendía juntarnos el mundo, más nos rechazábamos.
Intentábamos fingir que la otra no existía, a pesar de que cada una era la némesis de
la otra, lo que nos mantenía ocupadas durante horas.
Me sentí obligada a buscar razones para detestar a Kim: se hacía la «santita», era
irritante, quería presumir cuando en realidad era una pringada... Más adelante,
descubrí que ella había hecho lo mismo conmigo, aunque su principal queja era que
me consideraba una arpía. Y un día incluso me lo dijo por escrito. En clase de inglés,
alguien me lanzó una pelotita de papel junto al pie derecho. La recogí y la abrí.
Ponía: «¡Arpía!»
Nadie me había llamado así hasta entonces, y aunque en ese momento me puse
furiosa, en el fondo también me halagó haber despertado sentimientos tan intensos
como para merecer ese apelativo. La gente se lo decía a mamá a menudo, tal vez
porque le costaba horrores morderse la lengua y podía resultar brutalmente franca si
no estaba de acuerdo con alguien. Estallaba como una tormenta de verano y luego se
le pasaba con igual rapidez. En cualquier caso, a ella no le importaba que la llamaran
«arpía». «Es otra manera de llamarme feminista», me decía, orgullosa. Incluso papá
se lo llamaba a veces, aunque siempre en broma y como cumplido. No era tan tonto
como para hacerlo durante una discusión.
Levanté la vista del libro de Lengua. Sólo había una persona que pudiera
haberme lanzado aquella nota, pero me costaba creerlo. Paseé la mirada por la clase.
Todos estaban concentrados en el libro, excepto Kim. Tenía las orejas tan rojas que
parecían iluminar los tirabuzones que le caían a los lados de la cara. Además, me
estaba fulminando con la mirada. Tal vez yo tuviera sólo once años y fuera un poco
inmadura en lo tocante a relaciones sociales, pero sabía reconocer un desafío cuando
lo veía, y no me quedó más remedio que aceptarlo.
Al hacernos mayores, a las dos nos gustaba bromear diciendo que nos
alegrábamos de haber tenido aquella pelea con los puños. No sólo cimentó nuestra
amistad, sino que nos proporcionó nuestra primera y seguramente única
oportunidad de una buena reyerta. ¿En qué otro momento iban a llegar a las manos
dos niñas como nosotras? Yo me peleaba a veces con Teddy, revolcándonos por el
suelo, y le propinaba pellizcos, pero ¿una pelea a puñetazos? Teddy era muy
pequeño y, aunque hubiera sido mayor, mantenía un vínculo muy especial con él. Le
había hecho de canguro desde que era un bebé. Jamás podría haberle hecho daño. Y
Kim era hija única, así que no tenía hermanos con quienes pegarse. Tal vez en el

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campamento podría haberse metido en alguna trifulca, pero las consecuencias
habrían sido nefastas: largas horas de seminarios de resolución de conflictos con los
mediadores y el rabino. «Mi gente sabe cómo luchar contra los mejores, pero con
palabras, con montones de palabras», me dijo Kim en una ocasión.
Sin embargo, aquel día de otoño nos peleamos a puñetazo limpio. Cuando sonó
el timbre de la última clase, sin pronunciar palabra, salimos al patio y dejamos las
mochilas en el suelo, que estaba mojado por la persistente llovizna caída todo el día.
Kim cargó contra mí como un toro y me dejó sin aliento. Yo le di un puñetazo en la
cara, como los hombres. Una multitud de niños se arremolinó alrededor para
contemplar el espectáculo. Las peleas no se daban con frecuencia en nuestro colegio,
y menos entre chicas. Si además éstas eran de las buenecitas, la situación cobraba un
interés especial.
Cuando los profesores consiguieron separarnos, la mitad de sexto curso estaba
allí mirándonos (de hecho, fue el corro de alumnos lo que alertó a los monitores del
patio). Supongo que la pelea acabó en empate. Yo tenía el labio partido y una
muñeca magullada, pero en realidad eso último me lo había hecho sola al lanzarme
contra el hombro de Kim, fallar y estrellarme contra un poste de la red de voleibol.
Kim tenía un ojo hinchado y un feo arañazo en el muslo por haber tropezado con su
mochila al tratar de darme una patada.
No hicimos las paces oficialmente, ni hubo disculpas sentidas. En cuanto nos
separaron, nos miramos y prorrumpimos en risas. Después de arreglárnoslas para
eludir la visita al despacho del director, volvimos cojeando a casa. Kim me dijo que
se había presentado voluntaria para ser capitana de equipo porque, si se hacía justo
al principio de curso, los profesores solían recordarlo y durante el resto del año ya
no te elegían (un ardid muy útil que adopté también a partir de entonces). Yo le
expliqué que en realidad estaba de acuerdo con su enfoque sobre Matar a un ruiseñor
y le confesé que era uno de mis libros predilectos. Y ahí empezó todo. Nos hicimos
amigas, tal como habían supuesto todos desde el principio. Nunca más llegamos a
las manos, y aunque discutimos infinidad de veces, nuestras riñas solían acabar del
mismo modo que nuestra única pelea a puñetazos: riendo las dos.
Sin embargo, después de la gran trifulca, la señora Schein prohibió a su hija que
viniera a mi casa, convencida de que volvería con muletas. Mamá se ofreció para ir a
verla y limar asperezas, pero creo que papá y yo comprendimos que, dado su
carácter, esa misión diplomática podía acabar con una orden de alejamiento para
toda nuestra familia. Al final papá invitó a los Schein a cenar pollo asado, y aunque
se notaba que a la madre de Kim nuestra familia le parecía un poco rara («¿Así que
trabaja en una tienda de discos mientras estudia para profesor? ¿Y es usted quien
cocina en casa? Qué peculiar», le dijo a papá), el señor Schein declaró que mis padres
le parecían gente respetable y que nuestra familia no era violenta, por lo que al final
permitieron que su hija viniera a mi casa libremente.
Durante el primer trimestre de aquel sexto curso, Kim y yo nos deshicimos de la
fama de niñas buenas. Se comentó ampliamente nuestra pelea, exagerando cada vez

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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más los detalles, con costillas rotas, uñas arrancadas y marcas de mordiscos. Pero
cuando regresamos a clase tras las vacaciones de Navidad, todo se había olvidado.
Volvimos a ser las gemelas morenas, calladas y modositas.
Ya no nos importaba. De hecho, esa fama nos ha resultado conveniente a lo largo
de los años. Si, por ejemplo, nos ausentábamos las dos el mismo día, la gente daba
por supuesto que habíamos pillado el mismo virus, cuando en realidad hacíamos
novillos para ir a ver películas de arte y ensayo en la clase de Historia del Cine de la
universidad. Cuando alguien puso en venta el instituto para gastar una broma, y lo
llenó de letreros y puso un anuncio en eBay, las sospechas recayeron sobre Nelson
Baker yjennaMcLaughlin; nadie imaginó que pudiéramos ser nosotras. Y aunque nos
hubiéramos confesado autoras de la broma —como de hecho pensábamos hacer si
las cosas se ponían feas para nuestros compañeros—, nos habría costado mucho
convencer a cualquiera.
Eso siempre hacía reír a Kim. «La gente sólo cree lo que quiere creer», decía.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

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U

na vez mamá me metió en un casino de extranjís. Íbamos de vacaciones
a Crater Lake y paramos en un centro turístico de una reserva india para
comer en el buffet libre. Mamá se sentó en las mesas de blackjack de
dólar. El crupier me miró y luego a ella, que respondió a su mirada levemente
suspicaz con otra lo bastante dura como para cortar diamantes, seguida de una
sonrisa más brillante que una gema. El crupier le sonrió tímidamente y no dijo ni mu.
Fascinada, observé a mamá mientras jugaba. Me pareció que llevábamos allí quince
minutos, pero papá y Teddy vinieron a buscarnos, los dos de mal humor. Resultó
que había pasado más de una hora.
La UCI también es así. No sé sabe qué hora es ni cuánto tiempo ha transcurrido.
No hay luz natural. El ruido de fondo es constante, sólo que en lugar del pitido
electrónico de las máquinas tragaperras y el gratificante tintineo de las monedas, es
el zumbido de todos los aparatos médicos, las continuas y apagadas llamadas por
megafonía, además de la charla constante de las enfermeras.
No estoy muy segura de cuánto tiempo llevo aquí. Hace un rato, la enfermera de
acento cantarín que me cae bien dijo que se marchaba a casa. «Volveré mañana, y
cuando llegue quiero verte aquí, cielo», añadió. Al principio me pareció extraño. ¿No
quiere que me vaya a casa o que me trasladen a otra parte del hospital? Pero luego
comprendí que quería verme en la UCI y no muerta.
No dejan de venir médicos que me abren los párpados y me iluminan los ojos
con una linternita. Son bruscos y van con prisas, como si los párpados no les
parecieran dignos de ser tratados con gentileza. Por eso me he dado cuenta de que
en nuestra vida tocamos muy poco los ojos de otras personas. Tal vez tus padres lo
hagan para sacarte una mota, o quizá tu novio te dé un beso, leve como una
mariposa, justo antes de que te duermas. Pero esa zona no es como los codos, las
rodillas o los hombros, partes del cuerpo acostumbradas a recibir empellones.
La asistente social se encuentra junto a la cama. Repasa mi gráfico y charla con la
enfermera que normalmente está sentada a la gran mesa del centro de la sala. Me
asombra la cantidad de veces que me examinan, de mil maneras distintas. Cuando
no me iluminan los ojos con linternas de bolsillo o leen los registros que vomitan las
impresoras, vigilan las constantes vitales en el monitor del ordenador central.
Cuando algo no va del todo bien, uno de los aparatos empieza a pitar. Siempre se
dispara la alarma en alguna parte de la sala. Al principio me asustaba, pero ahora sé
que la mitad de las veces, cuando se disparan las alarmas, son las máquinas lo que
funciona mal, no las personas.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

40

La asistente está agotada, tiene pinta de que no le importaría meterse en una
cama vacía. No soy la única persona hospitalizada de la que debe ocuparse. Se ha
pasado toda la tarde visitando enfermos y hablando con sus parientes. Ella es el
puente entre los médicos y la gente, y se le nota la tensión que supone mantenerse en
equilibrio entre ambos mundos.
Después de leer mi gráfico y hablar con las enfermeras, vuelve abajo con mis
familiares, que han dejado de hablar en susurros y se encuentran ocupados en
actividades solitarias. La abuela está tejiendo. El abuelo finge echar una cabezada. La
tía Diane hace sudokus. Mis primos se turnan para jugar con una GameBoy sin
sonido.
Kim se ha ido. Cuando volvió a la sala de espera después de visitar la capilla,
encontró a su madre hecha un mar de lágrimas y se apresuró a sacarla de allí con
aire abochornado. Sin embargo, la presencia de la señora Schein era una ayuda. Los
demás debían ocuparse de consolarla y así se sentían útiles. Ahora vuelven a sentirse
impotentes, hundidos de nuevo en una espera interminable.
Cuando la asistente social entra en la sala de espera, todos se ponen en pie como
si recibieran a la realeza. Ella esboza una media sonrisa que ya le he visto varias
veces a lo largo del día. Creo que es su manera de transmitir que todo va bien, o que
todo sigue igual, que su visita sólo es para ponerles al día. y no para soltar una
bomba.
—Mia sigue inconsciente, pero sus constantes vitales van mejorando —explica a
mis parientes—. Ahora mismo la están examinando los neumólogos. Le están
haciendo pruebas para determinar el estado de los pulmones y saber si pueden
desconectarle el ventilador.
—Entonces, ¿eso son buenas noticias? —pregunta la tía Diane—. Si puede
respirar por sí sola, ¿significa que despertará pronto?
La asistente asiente en un gesto de estudiada simpatía.
—Es un paso positivo. Demuestra que sus pulmones se están curando y que las
heridas internas se estabilizan. Pero lo principal siguen siendo las contusiones
cerebrales.
—¿Y eso por qué? —interviene la prima Heather.
—No sabemos cuándo despertará, ni el alcance de los daños cerebrales. Las
primeras veinticuatro horas son críticas, pero Mia está recibiendo la mejor atención
posible.
—¿Podemos verla? —pregunta el abuelo.
La asistente asiente.
—Por eso he venido. No obstante, sería mejor para Mia que la visita fuera breve.
Un par de personas como máximo.
—Entraremos nosotros —dice la abuela, adelantándose, con el abuelo a su lado.
—Sí, eso había pensado yo —asiente la asistente—. No tardaremos —añade para
el resto de la familia.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
Los tres se alejan por el pasillo en silencio. En el ascensor, la mujer trata de
prepararlos para cuando me vean, explicándoles el alcance de mis heridas externas,
que tienen mal aspecto pero se pueden tratar. Son las heridas internas las que
preocupan a los médicos, afirma.
Los trata como a niños, pero tienen más coraje del que aparentan. El abuelo fue
sanitario en la guerra de Corea. Y la abuela siempre anda rescatando animalillos:
41

pájaros con alas rotas, un castor enfermo, un ciervo atropellado. Este último fue a
parar después a un refugio para animales salvajes, y es gracioso porque la abuela
detesta a los ciervos, que se acercan a su jardín para destrozarlo. «Ratas hermosas»,
los llama ella. «Ratas sabrosas», los llama el abuelo cuando prepara filetes de venado
a la parrilla. Sin embargo, la abuela no soportó ver sufrir a aquel ciervo en particular,
así que lo rescató. En el fondo sospecho que lo consideró uno de sus ángeles.
Aun así, cuando entran en la UCI por la doble puerta automática, los dos se
detienen en seco como repelidos por una barrera invisible. Se dan la mano y yo trato
de recordar si les he visto alguna vez así cogidos. La abuela pasea la mirada por las
camas buscándome, pero justo cuando la asistente va a señalar dónde estoy, el
abuelo me localiza y se acerca con paso decidido.
—Hola, patito —dice. Hace siglos que no me llama así, desde que era más
pequeña que Teddy. La abuela lo sigue despacio, respirando pequeñas bocanadas de
aire. Tal vez los animales heridos no habían sido tan buena preparación.
La asistente coloca dos sillas a los pies de mi cama.
—Mia, tus abuelos están aquí. —Les indica que se sienten—. Ahora os dejaré
solos.
—¿Puede oírnos? —pregunta la abuela—. Si le hablo, ¿me entenderá?
—La verdad es que no lo sé. Pero su presencia puede resultarle tranquilizadora,
siempre que le hable de cosas positivas. —Les lanza una mirada severa, como
conminándoles a no decir nada malo que pueda alterarme. Sé que su deber es
advertirles de tales cuestiones, que tiene mil asuntos que atender y no puede
mostrarse siempre sensible, pero en este momento la detesto.
Cuando se va, los abuelos se sientan y guardan silencio. Al cabo, la abuela
empieza a parlotear sobre las orquídeas que está cultivando en su invernadero. Se ha
cambiado el vestido por unos pantalones de pana y un suéter. Alguien debe de
haber pasado por su casa para llevarle ropa limpia. El abuelo está muy callado y le
tiemblan las manos. No es muy locuaz, así que ha de resultarle muy difícil tener que
hablar conmigo en estas circunstancias.
Se acerca otra enfermera. Tiene el pelo negro y también los ojos, iluminados por
una gruesa capa de maquillaje brillante. Lleva uñas postizas acrílicas, adornadas con
corazones. Debe de costarle lo suyo mantenerlas tan arregladas. Es de admirar.
No es mi enfermera, pero igual habla con mis abuelos.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

42

—No duden de que les oye —les dice—. Es consciente de todo lo que está
pasando. —Tiene los brazos en jarras. Casi me la imagino mascando chicle. Los
abuelos la miran, atendiendo con complacencia—. Les parecerá que son los médicos
o las enfermeras o todos esos cacharros los que llevan la batuta —añade, señalando
la pared de los aparatos médicos—. Pues no. Es ella quien lleva la batuta. Quizá sólo
se está tomando su tiempo. Así que hablen con ella. Díganle que se tome todo el
tiempo que necesite, pero que vuelva. Que la están esperando.
***
Mis padres jamás habrían dicho que Teddy y yo fuimos deslices, accidentes o
sorpresas. Ni ningún otro estúpido eufemismo. Pero tampoco planearon tenernos, y
no trataron de ocultarlo.
Mamá se quedó embarazada de mí cuando era joven. No una adolescente, pero
sí más joven que el resto de sus amigas al quedarse encintas. Tenía veintitrés años y
llevaba un año casada con papá.
En cierto sentido resulta gracioso, porque papá siempre tuvo alma de hombre
con pajarita, siempre fue más tradicional de lo que parecía. Llevaba el pelo azul,
tatuajes y chaquetas de cuero, y trabajaba en una tienda de discos, y aun así quiso
casarse con mamá. En aquella época sus amigos todavía mantenían relaciones de
una sola noche de sexo y borrachera. «"Novia" es una palabra estúpida —aducía—.
No soportaba llamarla así. Así que tuvimos que casarnos para poder decir que era
mi mujer.»
Por su parte, mamá procedía de una familia rota. No entró en detalles morbosos
conmigo, pero yo sabía que su padre se había ido hacía mucho y que ella llevaba un
tiempo sin tener contacto con su madre. Sin embargo, acabamos viendo a la abuela y
a papá Richard, como llamábamos al padrastro de mi madre, un par de veces al año.
Así que a mamá no sólo le gustaba papá, sino la familia numerosa y
relativamente normal a la que pertenecía. Aceptó casarse con él cuando sólo llevaban
juntos un año. Por supuesto, la boda la celebraron a su manera. Los casó una jueza
de paz lesbiana, mientras sus amigos tocaban una versión heavy de la marcha
nupcial. La novia llevaba un vestido blanco con flecos y botas negras tachonadas. El
novio iba todo de cuero.
Mamá se quedó embarazada por culpa de otra boda. Un colega de papá se había
mudado a Seattle y había dejado embarazada a su novia, así que iban a casarse de
penalti. Mis padres asistieron a la ceremonia, se emborracharon un poco y, de
regreso en el hotel, no fueron tan cuidadosos como de costumbre. Tres meses más
tarde, la prueba de embarazo daba positivo.
Tal como lo contaban ellos, ninguno se sentía especialmente preparado para
tener hijos. No se consideraban adultos todavía, pero no dudaron en tenerme. Mamá
era una defensora a ultranza del derecho a decidir de las mujeres. En el coche llevaba

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
una pegatina que rezaba: «Si no confías en mi capacidad para decidir, ¿cómo puedes
confiar en mi capacidad para ser madre?» Pero en su caso, tomó la decisión de
tenerme.
Papá no lo tenía tan claro. Estaba más asustado. Hasta que el médico me sacó al
mundo y él se echó a llorar.
43

—Paparruchas —dijo cuando mamá contó la historia—. No hice tal cosa.
—¿Así que no lloraste? —repuso ella con tono sarcástico.
—Se me saltaron las lágrimas, que es otra cosa muy distinta —puntualizó papá.
Luego me guiñó el ojo e imitó a un bebé llorón.
Entre los amigos de mis padres, ellos eran los únicos que tenían un hijo, así que
yo constituía toda una novedad. Me crió la comunidad musical, con docenas de tías
y tíos que me aceptaron como suya, incluso cuando empecé a demostrar mi
preferencia por la música clásica. Tampoco eché en falta a mi verdadera familia. Los
abuelos vivían cerca y se alegraban de quedarse conmigo los fines de semana para
que mis padres pudieran salir de juerga o marcharse a donde papá tuviera que tocar.
Más o menos cuando cumplí los cuatro años, mis padres se dieron cuenta de que
realmente estaban criando a una hija, aunque no tuvieran mucho dinero ni trabajos
«de verdad». Vivíamos en una bonita casa de renta baja. Yo tenía ropa (aunque fuera
heredada de mis primos) y crecía sana y feliz, «Fuiste como un experimento —decía
papá—. Y mira por dónde, tuvo éxito. Pensamos que había sido pura chiripa.
Necesitábamos otro hijo como una especie de grupo de control.»
Lo intentaron durante cuatro años. Mamá se quedó embarazada en dos
ocasiones y sufrió dos abortos. Les entristeció mucho, pero el dinero no les alcanzaba
para pagar tratamientos de fertilidad, como hacían otras parejas. Cuando yo tenía
nueve años, decidieron que quizá sería mejor así, puesto que yo empezaba a ser
independiente. Dejaron de intentarlo.
Como para convencerse a sí mismos de lo estupendo que era no estar atados por
otro bebé, programaron una es capada a Nueva York de una semana. Se suponía que
iba a ser un peregrinaje musical. Iríamos a la mítica cuna del underground neoyorquino,
el CBGB, y al Carnegie Hall. Pero cuando, para su sorpresa, mamá descubrió que
estaba en estado y, para mayor sorpresa aún, superó el primer trimestre de
embarazo, cancelaron el viaje. Mamá se cansaba mucho y tenía náuseas, y estaba tan
gruñona que papá afirmó que habría asustado a los neoyorquinos. Además, tener un
bebé era caro y les convenía ahorrar.
A mí no me molestó. Me ilusionaba tener un hermano. Y sabía que el Carnegie
Hall no iba a moverse de sitio. Ya habría otras oportunidades de ir a verlo.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE

17:40

44

A

hora mismo estoy alucinada. Los abuelos se han ido hace un rato, pero
yo me he quedado en la UCI. Estoy sentada en una silla repasando su
conversación, que fue muy agradable, normal y calmada. Les seguí
cuando salían de la UCI.
—¿Crees que es ella la que decide?—preguntó el abuelo.
—¿La que decide qué?
Él parecía incómodo y movía los pies.
—Ya sabes, la que decide—susurró.
—¿A qué te refieres?—insistió la abuela en un tono que me pareció exasperado y
cariñoso a la vez.
—No sé. Tú eres la que cree en los ángeles.
—¿Y eso que tiene que ver con Mia?
—Si ellos han muerto, pero siguen aquí, como tú crees, ¿no querrán que se reúna
con ellos? ¿No querrá ella irse con ellos?
—No funciona así—replicó la abuela.
—Oh—Y con esto el abuelo dio por terminada su indagación.
Cuando se fueron, me quedé pensando que tal vez un día confesaré a la abuela
que nunca creí demasiado en la teoría suya de que los pájaros y toros animales son
ángeles de la guarda de las personas. Ahora estoy segura de que no existen.
Mis padres no están aquí. No me dan la mano ni me animan a seguir viviendo. Y
los conozco lo suficiente para saber que lo harían si pudieran. Aunque quizá no
estarían aquí los dos. Tal vez mamá se quedaría con Teddy mientras papá cuidaba
de mí. Pero no, no veo a ninguno de los dos.
Al meditar sobre ello; recuerdo las palabras de la enfermera: “Ella lleva la
batuta”. Y de repente comprendo lo que el abuelo quiso preguntar en realidad a la
abuela. Él había comprendido las palabras de la enfermera antes que yo.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
Si me quedo, si vivo, depende de mí.
Todo eso sobre un coma médicamente inducido no es más que jerga médica. No
depende de los médicos. Ni de ángeles ausentes. Ni siquiera depende de Dios, que,
si existe, ahora mismo no está por aquí. Depende de mí.

45

Pero ¿cómo se supone que voy a decidir? ¿Cómo podría quedarme aquí sin
mamá ni papá?
¿Cómo podría sin Teddy? ¿O sin Adam? Es demasiado difícil. Ni siquiera
entiendo cómo funciona esto, por qué me encuentro en este estado, o cómo salir de él
si deseara hacerlo. En el caso que decidiera despertarme, ¿me despertaría en ese
preciso instante? He probado ya a juntar los talones tres veces para encontrar a
Teddy y para transportarme a Hawái, pero no ha funcionado. La verdad es que
parece mucho más complejo.
No obstante, creo que es cierto. Oigo de nuevo las palabras de la enfermera: yo
llevo la batuta.
Los demás sólo esperan.
Yo decido. Ahora lo sé.
Y eso me aterra más que cuanto ha ocurrido hoy.
¿Dónde demonios se ha metido Adam?
***
Una semana antes de Halloween, cuando yo estaba en tercero de instituto,
Adam se presentó a mi casa con aire triunfal. Llevaba una bolsa para trajes y sonreía
con suficiencia.
—Prepárate para morirte de envidia. Mi disfraz es insuperable—anunció
mientras abría la cremallera de la bolsa. Dentro había una camisa blanca con
chorreras, unos calzones y una larga casaca de lana.
—¿Vas de Seinfeld con camisa de volantes?—pregunté.
—Uff. Seinfeld. ¿Y tú te consideras una música clásica? Voy de Mozart. Espera,
que no has visto los zapatos negros de piel con hebillas.
—Preciosos. Creo que mi madre compró unos iguales.
—Estás celosa porque no tienes un disfraz tan chulo. Y llevaré mallas; fíjate si
estoy seguro de mi masculinidad. Además, tengo una peluca.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
—¿De dónde has sacado todo esto?—pregunté, acariciando la peluca, parecía
hecha
de
arpillera.
—Internet. Sólo cien pavos.
—¿Te has gastado cien dólares en un disfraz para Halloween?

46

Al oír la palabra mágica, Teddy bajó las escaleras como una exhalación e,
ignorándome, observó ceñudo el disfraz de Adam.
—¡Espera aquí!—pidió, y volvió a subir corriendo. Regresó segundos más tarde
con una bolsa en la mano—. ¿Te gusta este disfraz? ¿O me hará parecer un bebé?—
preguntó sacando de la bolsa una horca, unas orejas de diablo, un rabo rojo y un
pijama rojo de cuerpo entero con pies incluidos.
—Ohhh.—Adam reculó con ojos como platos—. Menudo susto me has dado, y
eso que ni siquiera lo llevas puesto.
—¿En serio? ¿El pijama no es demasiado infantil? No quiero que se rían de mí—
declaró Teddy muy serio, con el ceño fruncido.
Miré a Adam, que trataba de disimular su sonrisa.
—Un pijama rojo con una horca, unas orejas de diablo y una cola puntiaguda es
un atuendo tan satánico que nadie se atreverá a desafiarte por miedo a la
condenación eterna—le aseguró.
Mi hermano sonrío de oreja a oreja, mostrando los huecos de los dientes que le
faltaban.
—Mamá dice lo mismo, pero quería asegurarme de que no era sólo para que la
dejara en paz. Me acompañarás a recoger golosinas por las casas, ¿verdad?—me
preguntó.
—Igual que todos los años. ¿Cómo ibas a conseguir caramelos, si no?
—¿Tú también vendrás?—preguntó Adam.
—No me lo perdería por nada del mundo.
Teddy dio media vuelta y subió las escaleras como una bala.
—Bueno, Teddy ya está—comentó Adam—. ¿Y tú qué vas a llevar?
—Aaah, a mí no me va lo de disfrazarme.
Puso los ojos en blanco.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
—Bueno, pues ya puedes ir acostumbrándote. Es Halloween, y el primero que
celebraremos juntos. Los ShootingStar vamos a dar un concierto esa noche. Hay que
ir disfrazado, y me prometiste que vendrías.

47

Me lamenté interiormente. Después de seis meses, empezaba a acostumbrarme a
que nos consideraran pareja en el instituto; nos llamaban el Guay y la Friki. Y
también empezaba a sentirme menos incómoda con los otros músicos de la banda, e
incluso había aprendido un poco de la jerga del rock. Conseguía mantener el tipo
cuando Adam me lleva a la Casa del Rock, una casona laberíntica donde vivía el
resto de la banda. Incluso podía participar en las fiestas punk-rock del grupo, en las
que los invitados debían llevar algo de la nevera que estuviera a punto de
estropearse. Luego se preparaba una comida con todos los ingredientes.
La verdad es que a mí se me daba muy bien convertir hamburguesas
vegetarianas, remolacha, queso feta y albaricoques en algo comestible.
Sin embargo, seguía detestando ir a los conciertos y me detestaba a mí misma
por detestarlo.
Los clubes estaban llenos de humo, que me irritaba los ojos y hacía que la ropa
me apestara a tabaco. Los altavoces estaban siempre al máximo y la música estaba
atronadora. Después los oídos me zumbaban tanto que no me dejaban dormir.
Tumbada en la cama, revivía la incómoda noche y, cuanto más vueltas le daba, peor
me sentía.
—No me digas que te vas a rajar—soltó Adam, dolido.
—¿Y qué hay de Teddy? Le hemos prometido acompañarlo…
—Sí, a las cinco, y no tenemos que estar en el concierto hasta las diez. Teddy no
tendrá fuerzas para ir de casa en casa durante cinco horas seguidas, así que no tienes
excusa. Y será mejor que vayas consiguiendo un buen disfraz, porque mi look va a
ser irresistible, al estilo siglo dieciocho, claro.
Cuando Adam se fue a su trabajo de repartidor de pizzas, sentí un vació en el
estómago. Subí a mi habitación a practicar la obra de Dvořák que me había asignado
la profesora Christie y a recapacitar sobre lo que me molestaba. ¿Por qué no me
gustaban los conciertos de Adam?
¿Era porque los ShootingStar se estaban haciendo populares y me ponía celosa?
¿Me agobiaba el número creciente de fans que se acercaban a él? Esa explicación
parecía bastante lógica, pero no era por eso.

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
Después de tocar durante diez minutos lo comprendí: mi aversión a los
conciertos de Adam no tenía que ver con la música, las chicas o los celos, sino con las
dudas. Las mismas dudas que me corroían desde siempre. Sentía que no formaba
parte de mi familia y que mi lugar no estaba junto a Adam. Mi familia no tenía más
remedio que aceptarme, pero Adam me había elegido, y eso era lo que no entendía.
¿Por qué se había enamorado de mí? No tenía sentido.
48

Sabía que la música nos había unido y colocado en el mismo lugar para que
llegáramos a conocernos. Sabía también que a Adam le gustaba que me tomara la
música tan en serio y mi sentido del humor, “tan sutil que casi no se nota”. Además
sabía que le gustaban las chicas morenas, porque todas sus ex novias lo eran. Y sabía
que, cuando estábamos solos, podíamos charlar o leer durante horas, cada uno
enfrascado en su propio iPod, y aun así sentirnos completamente juntos. Todo eso lo
entendía de una forma racional, pero mi corazón seguía sin creérselo. Cuando estaba
con Adam me sentía especial, la elegida, y con ello no hacía más que aumentar mis
dudas sobre los motivos por los que me había escogido.
Quizá por eso, aunque Adam me acompañaba de buen grado a escuchar
sinfonías de Schubert, asistía a todos mis recitales y me traía azucenas, mis flores
favoritas, prefería mil veces ir al dentista que a uno de sus conciertos. Una grosería
por mi parte. Pensé en lo que me decía mi madre a veces cuando me sentía insegura:
“Hasta que lo sientas, fíngelo” Así pues, cuando terminé de tocar la pieza por tercera
vez, decidí que no solo iría al concierto, sino que, por una vez, me esforzaría tanto
por entender el mundo de Adam como él procuraba entender el mío.
—¿Podrías echarme una mano?—le pregunté a mamá esa noche después de cenar,
mientras lavábamos los paltos.
—Ya sabes que no se me da muy bien la trigonometría. Podrías probar con el
profesor online.
—No es para matemáticas. Es para otra cosa.
—Haré lo que pueda. ¿Qué necesitas?
—Consejo. ¿Cuál es la rockera más guay, sexy y cañera que se te ocurre?
—Debbie Harry.
—Esa…
—No he terminado—me interrumpió—. No puedes pedirme que elija sólo una. Es
como en la decisión de Sophie. Kathleen Hannah. Patti Smith. Joan Jett.
CourtneyLove, a su modo demente y destructivo. Lucinda Williams, que aunque
haga música country es dura como el acero. Kim Gordon, de Sonic Youth,

TRANSCRITO POR LOS ANGELES DE CHARLIE
cincuentona y todavía en la brecha. Esa tal CatPower. Joan Armatrading. ¿Por qué?
¿Es para algún trabajo de Sociales o algo así?
—Más o menos—contesté mientras secaba un plato desportillado—. Es para
Halloween.
Ella dio una palmada de deleite con las manos jabonosas.
49

—¿Te propones ir de rockera?
—Ajá. ¿Me ayudas?
Al día siguiente mamá salió temprano del trabajo para recorrer conmigo las
tiendas de ropa vintage. Decidió que debíamos elegir una mezcla de estilos rockeros,
en lugar de ceñirnos a una única artista. Compramos unos pantalones ajustados de
piel de serpiente y una peluca rubia al estilo de Debbie Harry a principios de los
ochenta, a la que pintamos mechas violetas.
Los accesorios consistieron en una banda de cuero negro para una muñeca y
docena de pulseras de plata para la otra. Mamá sacó del armario su camiseta de
SonicYouth—con la advertencia de que no me la quitara, por temor a que alguien me
la arrebatara para venderla en eBay—y las botas negras puntiagudas y tachonadas
que había llevado en su boda.
***
La noche en cuestión, mamá me maquilló con gruesos trazos de delineador
negro que me confirieron una mirada de aire peligroso. Me puso polvos faciales para
que pareciera más pálida. Me pintó los labios de rojo y me colocó un piercing de
pega en la nariz. Cuando me miré al espejó, vi reflejado el rostro de mi madre. Tal
vez fuera la peluca rubia, pero ésa fue la primera vez que me encontré un parecido
con alguien de mi familia.
Mis padres y Teddy esperaron a Adam abajo; yo me quedé en la habitación. Me
sentía como si fuera la noche del baile de fin de curso o algo así. Papá aguardaba
cámara en ristre. Mamá casi bailaba de la emoción. Cuando Adam llegó, arrojando
caramelos a Teddy, mis padres me llamaron.
Traté de caminar de la forma más provocativa posible con los tacones. Esperaba
que Adam se volviera loco al ver a su novia, que siempre llevaba tejanos y jerséis,
transformada en diosa del glamour. Sin embargo, él se limitó a saludarme con su
sonrisa de siempre y a reír un poco entre dientes.
—Bonito disfraz—comentó.


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