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Dalton Johnny v1 0 .pdf



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Johnny cogió su fusil es la gran novela antibelicista por excelencia. Publicada por
primera vez en 1939, la historia de Dalton Trumbo sobre un joven soldado americano
terriblemente dañado durante la Primera Guerra Mundial "sobrevive sin brazos, sin
piernas, sin rostro pero con la mente intacta" fue un éxito inmediato. Esta conmovedora
novela marcó un punto y aparte para muchos americanos que crecieron con la
Segunda Guerra Mundial y se convirtió en la novela antisistema más popular de la era
de Vietnam. Actualmente vuelve a ser de gran actualidad. Dalton Trumbo (Colorado,
1905 - Hollywood, 1976) debutó como novelista en 1935 con la novela Eclipse y
durante ese mismo año empezó a trabajar como guionista en la industria
cinematográfica de Hollywood. En 1939 publicó Johnny cogió su fusil, inspirándose en
un artículo que leyó sobre un oficial británico que quedó totalmente desfigurado durante
la Primera Guerra Mundial. El libro obtuvo el National Book Award y en la década de
los sesenta Luis Buñuel le propuso hacer una película sobre el libro. Fue el mismo
Trumbo, con 65 años de edad, quien adaptó su novela a la gran pantalla y debutó
como director cinematográfico. Asimismo, fue uno de los "Hollywood Ten", grupo
formado por guionistas y directores destacados que fueron arrestados en los años
cincuenta durante la cruzada macartista contra los comunistas. Se le incluyó en las
listas negras de la industria del cine, obligándole a trabajar bajo seudónimo durante
varios años. Murió, tras una larga enfermedad y antes de acabar su última novela, en
1976. No es atrevido afirmar que Johnny cogió su fusil es la novela más representativa
del antibelicismo en el siglo XX.

Dalton Trumbo

Johnny cogió su fusil
ePUB v1.0
rosmar7128.03.12

BRUGUERA
Título original:
JOHNNY GOT HIS GUN
Traducción: Marta Susana Eguía
1* edición: mayo, 1981
La presente edición es propiedad de Editorial Bruguera, S. A.
Camps y Fabrés, 5. Barcelona (España)
© 1939, 1959 by Dalton Trumbo
Traducción: © Editorial Bruguera, S. A. - 1981
Introducción: © Dalton Trumbo - 1970
Diseño de cubierta: Soulé-Spagnuolo
Printed in Spain
ISBN 84-02-07872-9 / Depósito legal: B. 8.956 - 1981
 
Impreso en los Talleres Gráficos de Editorial Bruguera, S. A.
Carret. Nacional 152, km. 21,650. Parets del Vaüés (Barcelona)-1981

Prólogo
La I Guerra Mundial comenzó como un festival de verano: todo eran faldas ondulantes y
charreteras doradas. Las multitudes vitoreaban desde las aceras mientras emplumadas altezas
imperiales, dignatarios, mariscales y otros tontos por el estilo desfilaban por las capitales de
Europa a la cabeza de sus resplandecientes legiones.
Fue una temporada de generosidad; una etapa de alardes, bandas musicales, poemas, canciones,
inocentes plegarias. Era un agosto palpitante y sin aliento a causa de jóvenes caballeros oficiales
que pasaban noches prenupciales con muchachas que abandonarían para siempre. Uno de los
regimientos escoceses, en su primera batalla, cruzó la trinchera detrás de cuarenta gaiteros con
faldas de tartán, con la única misión de tocar sus instrumentos frente a las ametralladoras.
Más tarde, había nueve millones de cadáveres cuando las bandas de música y los dignatarios
emprendieron la fuga, el quejido de las gaitas nunca más volvería a ser el mismo. Fue la última
guerra romántica, y quizá, Johnny cogió su fusil, la última novela norteamericana que se
escribió sobre ella antes de que se pusiera en marcha un acontecimiento totalmente distinto
llamado II Guerra Mundial.
El libro tiene una enigmática historia política. Escrito en 1938, cuando el pacifismo constituía un
anatema para la izquierda y para gran parte de los sectores centristas norteamericanos, fue
editado en la primavera de 1939 y publicado el 3 de septiembre: diez días después del pacto nazisoviético, a dos días de iniciada la II Guerra Mundial.
Más tarde, Joseph Wharton Lippincott (pensando que estimularía las ventas) sugirió que se
vendieran los derechos de publicación al Daily Worker de Nueva York. A partir de entonces,
durante meses, el libro fue un factor de unificación para las izquierdas.
Al parecer, después de Pearl Harbor, el tema se volvió tan inadecuado para la época como el
chillido de las gaitas. Paul Blanshard, al referirse a la censura militar en The Right to Read[1]
(1955), dice: «Se prohibieron algunas pocas revistas extranjeras pro-Eje, además de tres libros,
entre ellos la novela pacifista de Dalton Trumbo Johnny Get Your Gun[2], publicada durante el
período del pacto Hitler-Stalin.»
Dado que el señor Blanshard incurrió en lo que espero haya sido un error inconsciente, tanto en
lo que se refiere al período de «publicación» del libro cuanto en lo relativo al título con el que se
«publicó», no puedo confiar demasiado en su historia de la prohibición. Sin duda, yo no fui
informado; recibí numerosas cartas de militares de servicio que lo habían leído en las bibliotecas
del Ejército de ultramar; y en 1945, yo mismo encontré un ejemplar en Okinawa, cuando aún se
estaba combatiendo.
Sin embargo, si lo habían censurado y yo lo hubiese sabido, creo que no habría protestado en voz
alta. Hay momentos en que puede ser necesario que ciertos derechos privados cedan ante las
exigencias de un beneficio público más amplio. Sé que se trata de una idea peligrosa y no
desearía llevarla demasiado lejos, pero la II Guerra Mundial no fue una guerra romántica.
A medida que el conflicto se profundizaba y Johnny se dejaba de imprimir, la imposibilidad de
conseguirlo se convirtió en una reivindicación de los derechos civiles para la extrema derecha
norteamericana. Organizaciones pacifistas y grupos de «Madres» de todo el país se inundaron de
vehementes cartas solidarias, denunciando a judíos, comunistas, partidarios del New Deal, y
banqueros internacionales que habían prohibido mi novela para intimidar a millones de
verdaderos norteamericanos que exigían inmediatamente una paz negociadora.
Mis corresponsales, muchos de los cuales usaban papel refinado y remitentes húmedos por el
agua de mar de lugares vacacionales y deportivos, poseían una red de comunicaciones que
llegaba hasta los campos de detención de internados pro-nazis. Hicieron subir el precio del libro
a más de seis dólares el ejemplar usado, lo cual me desagradó por varias razones, una de ellas,
fiscal. Proponían una marcha nacional pro-paz inmediata, de la que yo sería el líder; prometieron
y llevaron a cabo una campaña de cartas para presionar al editor en favor de una reedición.
Nada podría haberme convencido tan rápidamente de que Johnny era precisamente el tipo de
libro que no debía reeditarse hasta que terminara la guerra. Los editores coincidieron en el
mismo sentido. Ante la insistencia de algunos amigos convencidos de que las gestiones de mis

corresponsales podían ejercer un efecto funesto sobre los esfuerzos empeñados en la guerra,
cometí la estupidez de informar al FBI acerca de sus actividades. Pero el interés de una
maravillosa y perfecta pareja de investigadores que llegó a mi casa no se centró en las cartas,
sino en mí. Tengo la impresión de que dicho interés no se ha disipado y que lo tengo merecido.
Las dos o tres reediciones que aparecieron después de 1945 fueron bien recibidas por las
izquierdas en general y, al parecer, completamente ignoradas por el resto del público, inclusive
por aquellas apasionadas madres de tiempos de guerra. El libro dejó de imprimirse nuevamente
durante la Guerra de Corea.
Decidí entonces comprar las planchas a fin de evitar que fuesen vendidas al gobierno para que
las convirtiera en municiones. Y allí es donde termina o comienza la historia.
Al leerlo nuevamente después de tantos años, tuve que resistirme al fuerte deseo que me
impulsaba a retocarlo aquí, modificarlo allí, aclarar, corregir, elaborar, retocar. Al fin y al cabo,
el libro tiene veinte años menos que yo y yo he cambiado mucho, y él no. ¿O sí?
¿Es posible que haya algo que se resista al cambio, aunque no se trate más que de una simple
mercancía que puede ser comprada, enterrada, censurada, maldecida, elogiada o ignorada por
razones que siempre suelen ser equivocadas? Probablemente no. Johnny tuvo un significado
diferente para tres guerras diferentes. Su significado actual es aquel que le atribuyen sus lectores,
y cada lector —felizmente— es distinto de todos los demás y también susceptible de cambios.
Lo he dejado como era para ver cómo es.
Dalton Trumbo
Los Ángeles Marzo 25, 1959

Agregado: 1970
Once años más tarde. Los números nos han deshumanizado. A la hora del desayuno leemos que
40.000 norteamericanos han muerto en Vietnam. En lugar de vomitar, nos servimos una tostada.
Por la mañana, nos sumergimos precipitadamente en las calles atestadas, no para gritar asesinos
sino para abalanzarnos sobre el abrevadero antes de que otro engulla nuestra ración.
Una ecuación: 40.000 jóvenes muertos=3.000 toneladas de carne y huesos, 124.000 libras de
masa encefálica, 50.000 galones de sangre, 1.840.000 años de vida que no se vivirán, 100.000
niños que jamás nacerán. (En cuanto a esto último, podemos soportarlo: ya hay demasiados
niños en el mundo que se mueren de hambre.)
¿Gritamos por la noche cuando estos elementos interfieren en nuestros sueños? No. No soñamos
con eso, porque no lo pensamos; y no lo pensamos porque no nos importa. Nos interesan mucho
más la ley y el orden; poder transitar sin riesgos por las calles de Estados Unidos. Mientras,
convertimos las de Vietnam en cloacas atiborradas de sangre, que volvemos a llenar todos los
años cuando obligamos a nuestros hijos a elegir entre una celda aquí o un ataúd allá. «Cada vez
que miro la bandera, mis ojos se llenan de lágrimas.» También los míos.
Si para nosotros los muertos no significan nada (excepto el fin de semana correspondiente al Día
del Soldado Muerto, en que nadadores, esquiadores, surfers, amantes de pic-nics y campings,
cazadores, pescadores, futbolistas, bebedores de cerveza se aglomeran en las rutas nacionales),
¿qué hay de nuestros 300.000 heridos? ¿Alguien sabe dónde están? ¿Cómo se sienten?
¿Cuántos brazos, piernas, orejas, narices, bocas, caras, penes, han perdido? ¿Cuántos han
quedado sordos o mudos o ciegos o las tres cosas? ¿Cuántos han sufrido una, dos o tres
amputaciones? ¿Cuántos permanecerán inmóviles para el resto de sus días? ¿Cuántos no son más
que meros vegetales descerebrados que agotan silenciosamente su aliento y sus vidas en oscuras
y secretas habitaciones?
Escribid al Ejército, a la Fuerza Aérea, a la Marina, al Cuerpo de Infantería de Marina, a los
Hospitales del Ejército y la Marina, el Director de Ciencias Médicas de la Biblioteca Nacional de
Medicina, a la Administración del Veterano, al Despacho del Cirujano General y os asombraréis
de vuestra ignorancia. Un organismo informa que desde enero de 1965 ingresaron 726 pacientes
destinados al «servicio de amputación». Otro se refiere a unos 3.011 mutilados desde comienzos
del año fiscal 1968. Lo demás es silencio.
El Informe Anual de Cirugía General: Estadísticas Médicas del Ejército de los Estados Unidos
no se publica desde 1954. La Biblioteca del Congreso informa que la Oficina Militar de Cirugía
General para Estadísticas Médicas «no tiene cifras de amputaciones simples o múltiples». O bien
el gobierno no les otorga importancia alguna, o bien, como dice un investigador de una de las
redes nacionales de televisión, «el militar sabe con certeza cuántas toneladas de bombas han sido
arrojadas, pero no está seguro acerca del número de piernas y brazos que han perdido sus
hombres».
Si no existen cifras concretas, al menos comenzamos a disponer de cifras comparativas. Vietnam
nos ha dejado, proporcionalmente, ocho veces más paralíticos que la II Guerra Mundial, tres
veces más incapacitados totales, 35 por ciento más de mutilados. El senador Cranston de
California llega a la conclusión de que el 12,4 por ciento de los veteranos de Vietnam que
reciben indemnizaciones por heridas sufridas en combate están totalmente incapacitados.
Totalmente.
Pero ¿cuántos centenares o millares de muertos-vivientes surgen con exactitud de ese
porcentaje? No lo sabemos. No preguntamos. Nos alejamos de ellos; apartamos los ojos, los
oídos, la nariz, la boca, el rostro. «Por qué mirar, no es mía la culpa, ¿verdad?» La muerte nos
espera también a nosotros. Tenemos un sueño por delante, la más pura de las esperanzas, y es
preciso que la busquemos y la encontremos antes de que oscurezca.
Hasta siempre, perdedores. Dios os bendiga. Cuidaos. Nos volveremos a ver.
Dalton Trumbo
Los Ángeles, Enero 3, 1970

Libro Primero
LOS MUERTOS

I
Deseaba que el teléfono dejara de sonar. Ya era demasiado estar enfermo como para oír sonar un
teléfono toda la noche. Joder qué mal se sentía. Y no era a causa de ese agrio vino francés. No
hay hombre capaz de beber tanto como para tener la cabeza de ese tamaño. Su estómago daba
vueltas y vueltas y más vueltas. Era agradable que nadie atendiera ese teléfono. Sonaba como si
estuviera en un recinto de un millón de millas de ancho. También su cabeza tenía un millón de
millas de ancho. Al infierno con el teléfono.
Ese maldito timbre debía estar en el otro extremo de la tierra. Para llegar a él se vería obligado a
andar un par de años. Ring ring ring toda la noche. Quizá alguien necesitaba algo urgente. Las
llamadas nocturnas suelen ser importantes. Podrían prestarles atención. ¿Cómo podían suponer
que él lo atendería? Estaba cansado y su cabeza había adquirido una dimensión exorbitante.
Aunque le metieran un teléfono entero en la oreja ni siquiera lo sentiría. Era como si hubiese
ingerido dinamita.
¿Por qué nadie atendía ese maldito teléfono?
—Oye Joe. Adelante y al centro.
Allí estaba endemoniadamente enfermo y como un condenado imbécil avanzaba hacia el
teléfono por la sala de expedición nocturna. Había tanto ruido que era imposible suponer que
alguien pudiese percibir un sonido tan leve como el de un timbre de teléfono. Sin embargo él lo
había oído. A pesar del clic—clic—clic de las empaquetadoras del Battle Creek y del rechinar de
las cintas transportadoras y del rugido de los hornos giratorios en la planta superior y del
estruendo de los cubos de acero arrastrados hasta el lugar y del estrépito de los motores que
ajustaban en el garaje para el trabajo matutino y del grito de los rodillos que necesitaban aceite
¿por qué diablos nadie los engrasaba?
Echó a andar por el pasillo central entre los cubos de acero repletos de pan. Se coló a través de
los deshechos de cajones de madera y cartones arrugados y trozos de pan aplastados. Los
muchachos lo miraron pasar. Recordaba sus rostros flotando a su lado a medida que se acercaba
al teléfono. El Holandés y el Holandesito y Whitey y Pablo y Rudy y todos los muchachos. Le
miraron con curiosidad mientras iba pasando delante de ellos. Tal vez porque en su fuero interno
estaba asustado y eso se percibía desde fuera. Llegó al teléfono.
—Hola.
—Hola hijo. Ven a casa ahora mismo.
—Está bien madre. Voy para allí en seguida.
Entró en la oficina con el techo inclinado y el gran frente de cristal desde donde Jody Simmons
el capataz vigilaba estrechamente a su cuadrilla.
—Jody tengo que ir a casa. Mi padre acaba de morir.
—¿Morir? ¡Por Dios hijo! lo siento. Por supuesto muchacho vete. Rudy. Oye Rudy. Coge un
camión y lleva a Joe a su casa. Su vie… su padre acaba de morir. Desde luego muchacho. Ve a
casa. Haré que alguno de los muchachos te reemplace. Eso es duro muchacho. Vete.
Rudy apretaba el acelerador. Afuera llovía porque era diciembre en Los Ángeles poco antes de
Navidad. Los neumáticos chirriaban contra el pavimento mojado. Era la noche más silenciosa
que recordaba si no hubiese sido por el chirrido de las ruedas y el traqueteo del Ford que
resonaba entre los edificios desiertos de una calle vacía. Sin duda. Rudy apretaba el acelerador.
Detrás de ellos en la parte trasera del camión algo repiqueteaba a un ritmo siempre igual
independiente de la velocidad. Rudy no decía nada. Se limitaba a conducir. Al pasar por
Figueroa dejaron atrás unas casas grandes y antiguas luego unas más pequeñas y otras hacia el
extremo sur. Rudy detuvo el vehículo.
—Gracias Rudy. Te avisaré cuando todo termine. En un par de días volveré al trabajo.
—Desde luego Joe. Está bien. Es duro. Lo siento. Buenas noches.
El Ford se adhirió con fuerza. Luego su motor rugió y se deslizó calle abajo. El agua burbujeaba
a lo largo del bordillo y la lluvia caía acompasada y uniforme. Se detuvo un momento respiró
hondo y luego emprendió el camino hacia su casa.
La casa estaba en una callejuela encima de un garaje y detrás de un edificio de dos pisos. Para

llegar allí recorrió una calzada estrecha entre dos casas muy próximas entre sí. El espacio entre
las dos casas estaba oscuro. La lluvia de ambas azoteas confluía allí y repiqueteaba en amplios
charcos con un extraño eco de humedad como el de un cubo que se vaciara en una cisterna. Sus
pies chapoteaban en el agua.
Cuando salió de la calzada entre las dos casas vio luz en el garaje. Al abrir la puerta le envolvió
una ráfaga de aire caliente que olía al jabón y al alcohol para friegas que usaban para bañar a su
padre mezclado con el talco que le ponían luego para que no se le hiciesen llagas en la cama.
Todo estaba en silencio. Subió la escalera de puntillas oyendo aún el ligero chapoteo de sus
zapatos.
Su padre muerto estaba en la sala y una sábana le cubría el rostro. Había estado enfermo mucho
tiempo y habían decidido tenerlo en la sala porque en el porche con cristales que era el
dormitorio de su padre su madre y sus hermanas había demasiada corriente de aire.
Avanzó hacia su madre y le tocó el hombro. Ella no lloraba demasiado.
—¿Has llamado a alguien?
—Si vendrán de un momento a otro. Pero antes quería qué tú estuvieses aquí.
Su hermana menor seguía durmiendo en el porche pero su hermana mayor de sólo trece años
estaba encogida en un rincón envuelta en una bata conteniendo los suspiros. Y sollozando en
silencio. La miró. Lloraba como una mujer. Hasta entonces no había caído en cuenta de que era
prácticamente una mujer. Había crecido todo el tiempo y él no lo había advertido hasta ahora que
la veía llorando por la muerte de su padre.
Abajo llamaron a la puerta.
—Son ellos. Vamos a la cocina. Será mejor así.
Tuvieron algunas dificultades para llevar a su hermana a la cocina pero ella fue silenciosamente.
Parecía incapaz de caminar. Su rostro estaba pálido. Sus ojos eran grandes y más que llorar
jadeaba. Su madre se sentó en una banqueta de la cocina y cogió a su hermana en brazos. Luego
él se asomó a la escalera y dijo en voz baja.
—Adelante.
Dos hombres de camisas de cuello limpio y resplandeciente abrieron el portal y comenzaron a
subir la escalera. Traían un gran cesto de mimbre. Rápidamente entró en la sala y retiró las
sábanas para mirar a su padre antes de que ellos llegaran al tope de la escalera.
Contempló un rostro fatigado que sólo tenía cincuenta y un años. Mientras lo miraba pensó papá
me siento mucho más viejo que tú. He sentido pena por ti papá. Las cosas no marchaban bien y
nunca habrían marchado bien para ti y es mejor que estés muerto. En estos tiempos la gente tiene
que ser más rápida y más dura que tú papá. Buenas noches y que tengas hermosos sueños. No te
olvidaré y hoy no estoy tan triste por ti como estaba ayer. Yo te amaba papá. Buenas noches.
Entraron en la habitación. El volvió a la cocina con su madre y su hermana. La otra hermana que
sólo tenía siete años dormía aún.
De la sala llegaban algunos ruidos. Eran los pasos de los hombres que caminaban de puntillas
alrededor del lecho. Era el lánguido susurro de las mantas que echaban hacia los pies. Luego el
ruido de los resortes de la cama que se distendían después de ocho meses de uso. En seguida el
gemido del mimbre que acogió la carga que había sido retirada de la cama. Por último el cesto
crujió por todas partes y los pies se deslizaron por la sala hacia la escalera. Se preguntó mientras
iban escaleras abajo si el cesto estaría bien nivelado o si la cabeza estaba más baja que los pies o
si de alguna forma podía ser incómodo. Si su padre hubiese realizado esa misma tarea hubiese
llevado el cesto con gran suavidad.
Su madre comenzó a temblar un poco cuando cerraron el portal al pie de la escalera. Su voz era
como aire seco.
—Ese no es Bill. Puede parecerlo pero no lo es.
El le acarició el hombro. Su hermana volvió a acurrucarse en el suelo.
Eso fue todo.
¿Por qué no se terminaba entonces? ¿Cuántas veces tendría que revivirlo? Ya había pasado todo.
Terminado. ¿Por qué seguía sonando ese maldito teléfono? Estaba chiflado porque había bebido

mucho y le quedaban los resabios de la borrachera y ahora tenía pesadillas. Muy pronto si era
necesario se despertaría y atendería el teléfono pero por consideración alguien debería hacerlo en
su lugar porque él estaba cansado y enfermo.
Todo se volvía flotante y endeble. Las cosas estaban quietas y endiabladamente apacibles. Un
dolor de cabeza después de una borrachera es como un martilleo y un estruendo y convierte el
cráneo en un infierno. Pero no era la resaca de una borrachera. Estaba enfermo. Era un hombre
enfermo y recordaba cosas. Como si saliese de los efectos del éter. Pero era de suponer que ese
teléfono dejaría de sonar alguna vez. No podía seguir indefinidamente. Y él no podía seguir
repitiendo siempre la misma historia de ir a atenderlo y escuchar que su padre había muerto y
luego volver a su casa en una noche de lluvia. Si seguía haciéndolo cogería un catarro. Además
su padre podía morir sólo una vez.
El timbre del teléfono era parte de un sueño. Su sonido no era como el de cualquier otro teléfono
ni se parecía a cosa alguna porque significaba muerte. Al fin y al cabo ese teléfono era algo
determinado algo muy determinado como solía decir el viejo profesor Eldridge en el último año
de inglés. Y una determinada cosa se aferra a ti aunque de nada sirve que lo haga tan
intensamente. Ese timbre y su mensaje y todo lo que eso significaba había ocurrido hacía mucho
tiempo y él ya lo había dado por concluido.
El timbre volvió a sonar. Podía oírlo muy lejos como si fuese un eco que atravesaba
innumerables persianas en su mente. Lo oía como si estuviese atado y no pudiese atenderlo y sin
embargo tuviese la obligación de hacerlo. El timbre sonaba tan solitario como Cristo llamando
desde el fondo de su mente esperando una respuesta. Y no podían comunicarse. Cada toque
parecía volverse paulatinamente más solitario. A cada sonido del teléfono se asustaba más.
Nuevamente a la deriva. Estaba herido. Muy malherido. El campanilleo del timbre se iba
disipando gradualmente. Estaba soñando. No estaba soñando. Estaba despierto aunque no podía
ver. Estaba despierto aunque no podía oír nada salvo un teléfono que en realidad no sonaba.
Estaba muy asustado.
Recordó cómo de pequeño después de leer Los últimos días de Pompeya se despertaba por la
noche en medio de la oscuridad gritando espantado con el rostro hundido en la almohada y
pensando que la cima de una de las montañas de su Colorado había volado y que las mantas eran
lava y él estaba sepultado vivo y que se quedaría allí muriendo eternamente. Ahora sentía ese
mismo sentimiento de ahogo la misma vergonzosa congoja en sus entrañas. En el paroxismo del
terror juntó sus fuerzas e hizo el ademán de un hombre enterrado en la arena que araña el aire
con sus manos.
Luego sintió náuseas y ahogo y se desvaneció a medias arrastrado por el dolor. Por su cuerpo
parecía circular una corriente eléctrica que lo sacudía espasmódicamente y lo arrojaba contra la
cama exhausto y absolutamente inmóvil. Se quedó así sintiendo cómo el sudor brotaba de su
piel. Luego le sobrevino otra sensación. Sentía su piel caliente y húmeda y la humedad le
permitió sentir los vendajes. Estaba envuelto en ellos de arriba abajo. Hasta la cabeza.
Entonces estaba realmente herido.
El corazón golpeó contra las costillas a causa del impacto. El cuerpo se le llenó de aguijones. Su
corazón latía como si estallase en el pecho pero él no podía sentir el pulso en sus oídos.
¡Oh Dios! entonces estaba sordo. ¿De dónde sacaban toda esa basura acerca de los refugios a
prueba de bombas si a un hombre allí dentro podían sacudirlo de modo tal que todo el complejo
mecanismo de sus oídos podía estallar hasta dejarlo tan sordo como para no poder oír los latidos
de su propio corazón? Le habían golpeado duro y ahora estaba sordo. No ligeramente sordo. No
sordo a medias. Totalmente sordo.
Por un momento, mientras el dolor se iba desvaneciendo pensó todo esto me permitirá meditar.
¿Y los otros? ¿Qué fue de ellos? Tal vez no tuvieron tanta suerte. Había buenos muchachos en
ese agujero. ¿Cómo será estar sordo y tener que hablar a gritos? Escribes en un papel. No. Al
revés. Tú lees lo que te escriben en un papel. No es un motivo para ponerse a bailar pero podría
haber sido peor.
Lo único es que cuando uno está sordo se siente solo. Olvidado de Dios.

De modo que nunca más volvería a oír. Pues bien había muchas cosas que no quería volver a oír.
Nunca había querido escuchar el punzante repiqueteo de la ametralladora ni el agudo silbido de
un obús del 75 cayendo a toda velocidad ni el trueno pausado que seguía a su estallido ni el
gemido de un avión ahí arriba ni los aullidos de un tío que trata de explicarle a alguien que tiene
una bala atravesada en el estómago y que por el agujero se le está saliendo el desayuno y por qué
nadie se detiene y le da una mano sólo que nadie puede oírle porque todos están asustados. Al
infierno.
Las cosas entraban y salían de foco. Era como mirar en uno de esos espejos de afeitar de
aumento atraerlo hacia uno y volverlo a alejar. Estaba enfermo y probablemente loco estaba
malherido y solitariamente sordo pero estaba vivo y seguía escuchando a lo lejos el sonido agudo
del timbre del teléfono.
Se hundía y reflotaba y luego comenzaba a girar en lánguidos y perezosos círculos negros. Todo
bullía en sonidos. Sin duda estaba loco. Fugazmente vio la gran zanja donde solía ir a nadar con
los muchachos en Colorado antes de partir hacia Los Ángeles antes de entrar en la panadería. Oía
el chapoteo del agua cuando Art hacía una de sus piruetas al zambullirse es idiota tirarse de tan
alto pero ¿por qué nosotros no podíamos hacerlo? Contempló las ondulantes praderas de Grand
Mesa a once mil pies de altura y vio hectáreas de aguileñas agitándose en la fresca y apacible
brisa de agosto y oyó el murmullo lejano de los arroyos de las montañas. Vio a su padre
arrastrando el trineo. Su madre iba dentro. Era una mañana de Navidad. Oyó la nieve fría bajo
los patines del trineo regalo de Navidad y su madre reía como una niña y su padre sonreía con
ese gesto tranquilo y surcado de arrugas.
Sus padres parecían divertirse juntos. En especial entonces. Solían flirtear delante de él antes de
que nacieran las niñas. ¿Recuerdas esto? ¿Y aquello? Lloré. Tú hablabas así. Te peinabas así. Me
levantaste y me recordaste cuán fuerte eras y me pusiste encima del viejo Frank porque era dócil
y después cabalgamos sobre el río helado y el viejo Frank escogía su camino tan cuidadosamente
como un perro.
¿Recuerdas el teléfono cuando me cortejabas? Recuerdo todo. Hasta el ganso que se me echaba
encima silbando cuando yo te abrazaba. ¿Recuerdas el teléfono cuando éramos novios tontito?
Recuerdo. ¿Recuerdas la línea del teléfono que recorría dieciocho millas por el valle de Colé
Creek y sólo había cinco abonados? Lo recuerdo. Recuerdo la forma en que me miraste con tus
ojos grandes y tu frente suave que no ha cambiado. ¿Te acuerdas cuán nueva era aquella línea
telefónica? Uno se sentía solo allí. Ni un alma en tres o cuatro millas y en realidad nadie en el
mundo sólo tú. Y yo esperando que sonara el teléfono. ¿Te acuerdas que sonaba dos veces para
nosotros? Dos timbres y eras tú que llamabas de la tienda cuando estaba cerrada. Y los cinco
aparatos a lo largo de la línea haciendo click—click Bill llama a Macia click—click. Y después
tu voz qué divertido era oír tu voz por teléfono la primera vez. Siempre fue maravilloso.
—Hola Macia.
—Hola Bill ¿cómo estás?
—Muy bien. ¿Has terminado el trabajo?
—Sólo con los platos.
—Supongo que también esta noche todo el mundo nos está escuchando.
—Supongo.
—¿No saben que te quiero? Podrían conformarse con eso.
—Tal vez no.
—Macia ¿por qué no tocas algo en el piano?
—Está bien Bill. ¿Qué toco?
—Lo que quieras. A mí me gusta todo.
—Bien Bill. Espera que arregle el aparato.
Después la música del piano iba tintineando por los cables nuevos y maravillosos del teléfono a
lo largo de Cole Creek hacia el oeste del otro lado de las montañas de Denver. Su madre antes de
ser su madre antes de pensar particularmente en convertirse en su madre solía tocar el único
piano que había en Cole Creek e interpretaba Beautiful Blue Ohio o quizá My Pretty Red Wing.

Tocaba diáfanamente y su padre la escuchaba desde Shale City y pensaba ¿no es maravilloso
sentarse aquí a ocho millas y acercar ese tubo negro al oído y escuchar a lo lejos la música de
Macia mi hermosa Macia mi Macia?
—¿Los has oído Bill?
—Sí. Fue hermoso.
Entonces alguien tal vez a seis millas en la línea interrumpía la conversación sin pudor alguno.
—Macia acabo de coger el auricular y te he escuchado tocar. ¿Por qué no tocas After the Ball is
Over? A Clem le gustaría escucharla si no tienes inconveniente.
Su madre volvía al piano y tocaba After the Ball is Over y Clem en alguna parte oía música
quizá por primera vez en tres o cuatro meses. Las mujeres de los granjeros una vez terminado su
trabajo también se sentaban con el auricular al oído y escuchaban y se ponían soñadoras
pensando en cosas que sus maridos ni siquiera imaginaban. Todo el mundo en ese valle solitario
de Cole Creek solicitaba a su madre que tocara su pieza favorita y su padre en Shale City
escuchaba con gusto aunque a veces se impacientaba un poco diciéndose a sí mismo que la gente
de Cole Creek debería comprender que esto es un noviazgo no un concierto.
Sonidos sonidos sonidos por todas partes y ese timbre que se desvanecía y regresaba mientras él
se sentía tan enfermo y sordo que quería morir. Rotaba en la oscuridad y a lo lejos el timbre del
teléfono sonaba sin que nadie lo atendiera. Un piano tintineaba remotamente y él supo que su
madre tocaba para su padre muerto antes de que su padre estuviera muerto y antes de pensar en
él su hijo. El piano sonaba al compás del timbre y el timbre al compás del piano y detrás crecía
un espeso silencio y un ansia de escuchar y la soledad.
Y ahora brilla la luna esta noche sobre la hermosa Ala Roja.
Suspiran los pájaros, llora el viento nocturno…

II
Su madre cantaba en la cocina. El la oía cantar y el sonido de su voz era el sonido de su casa.
Cantaba la misma canción una y otra vez. Nunca cantaba la letra sino la melodía con voz ausente
como si pensara en otra cosa y cantar fuese sólo una forma de matar el tiempo. Siempre cantaba
cuando estaba muy ocupada.
Era otoño. Los álamos se habían vuelto rojos y amarillos. En la cocina su madre trabajaba y
cantaba junto a la vieja estufa de carbón. Batía mantequilla de manzanas en una gran cazuela. O
envasaba melocotones. Los melocotones impregnaban la casa con un aroma delicioso y
penetrante. Hacía jalea. La pulpa de los frutos colgaba en una bolsa de harina sobre la parte más
fresca de la estufa. A través de la tela el zumo manaba espeso sobre un tazón en cuyos bordes se
formaba una orla rosa—crema. En el centro el zumo era rojo y transparente.
Cocía el pan. Horneaba dos veces a la semana. En el intervalo entre hornada y hornada
conservaba un pote de fermento en la nevera para no preocuparse por la levadura. El pan era
pesado y moreno y a veces sobresalía dos o tres pulgadas sobre el borde de la cazuela. Cuando lo
sacaba del horno untaba la corteza marrón con mantequilla y lo dejaba enfriar. Pero los bollos
eran aún mejores que el pan. Los sacaba del horno poco antes de la cena. Estaban tan calientes
que humeaban. Tú les ponías la mantequilla que se derretía dentro y luego mermelada o dulce de
albaricoque con nueces y almíbar. Era todo lo que querías comer a la hora de la cena aunque por
supuesto también era necesario comer otras cosas. En las tardes de verano cortabas una gran
rebanada de pan y le ponías mantequilla fría. Luego espolvoreabas azúcar sobre la mantequilla.
Resultaba más exquisito que un pastel. O bien cogías una gran rebanada de cebolla dulce y la
colocabas entre las dos lonchas de pan con mantequilla y no había nada más delicioso en el
mundo.
En otoño su madre trabajaba día tras día semana tras semana. Casi no salía de la cocina. Hacía
conservas de melocotones cerezas fresas moras ciruelas. Preparaba mermeladas confituras
conservas y salsas de pimientos. Y cantaba mientras trabajaba. Cantaba la misma canción en voz
ausente sin palabras como si todo el tiempo pensara en otra cosa.
En Fifth y Main había un hombre que vendía hamburguesas. Era menudo encorvado y de rostro
carnoso. Siempre se alegraba de poder hablar con quien se detuviese frente a su puesto. Como
era el único que vendía hamburguesas en Shale City tenía el monopolio del negocio. La gente
decía que era drogadicto y que alguna vez se volvería peligroso. Pero nunca ocurrió y hacía las
mejores hamburguesas del mundo. Tenía un mechero de gas y a cien metros de su puesto se
podía oler la maravillosa fragancia de las cebollas friéndose. Aparecía por las tardes alrededor de
las cinco o de las seis y hacía hamburguesas hasta las diez o las once. Si querías un bocadillo
tenías que esperar.
A su madre le encantaban los bocadillos que hacía el hombre de las hamburguesas. Los sábados
por la noche su padre solía trabajar hasta tarde en la tienda y él iba a la ciudad y le esperaba hasta
que le entregaban el cheque con su paga. Alrededor de las diez menos cuarto cuando la tienda
estaba a punto de cerrar su padre le daba treinta centavos para tres hamburguesas. El corría a
toda prisa con su dinero hasta el puesto del vendedor de hamburguesas y ocupaba su lugar en la
fila. Pedía tres hamburguesas con mucha cebolla y mostaza. Cuando se las entregaban su padre
ya iba rumbo a casa. El hombre de las hamburguesas ponía los bocadillos en una bolsa y
colocaba la bolsa dentro de su camisa junto a su cuerpo. Entonces él corría hasta su casa para que
llegaran calientes. Corría en la fresca noche otoñal sintiendo el calor de las hamburguesas contra
su estómago. Todos los sábados por la noche trataba de correr más de prisa que la vez anterior
para que los bocadillos llegasen aún más calientes. Llegaba a su casa los sacaba del interior dé su
camisa e inmediatamente su madre se comía uno. Para entonces su padre ya había llegado. Era la
gran fiesta de los sábados por la noche. Como las niñas eran muy pequeñas dormían así que él
sentía que su padre y su madre le pertenecían enteramente. En cierto modo era un adulto.
Envidiaba al hombre de las hamburguesas que podía comer todos los bocadillos que quisiera.
En otoño venía la nieve. Habitualmente nevaba para el Día de Acción de Gracias pero a veces no
llegaba hasta mediados de diciembre. La primera nevada era lo más bello de la tierra. Su padre

solía despertarle muy temprano anunciando a gritos la nevada. Generalmente era una nieve
húmeda que se adhería a todo lo que tocaba. Hasta la cerca de alambre tejido que rodeaba el
fondo del gallinero soportaba un espesor de nieve de media pulgada. Para los pollos la primera
nevada era siempre un enigma y un motivo de alarma. Andaban con cuida do y sacudían sus
patas y los gallos protestaban todo el día. Los graneros lucían hermosos y los postes del
alambrado tenían un birrete de cuatro pulgadas de alto. En los terrenos vacíos los pájaros dejaban
en la nieve minúsculas huellas cruzadas de tanto en tanto por los rastros de un conejo. Su padre
nunca dejó de despertarle temprano cuando caía nieve. Lo primero que hacía era correr a mirar
por la ventana. Luego se ponía unas ropas abrigadas la chamarra las botas y los guantes forrados
de piel de cordero cogía su impermeable flexible salía con los demás muchachos y no volvía
hasta que sus pies estaban ateridos y su nariz helada. La nieve era maravillosa.
En primavera los campos se llenaban de prímulas. Se abrían por la mañana se cerraban cuando
calentaba el sol y luego se volvían a abrir por la tarde. Todas las tardes los muchachos iban a
coger prímulas. Volvían con grandes ramilletes de flores tan grandes como una mano y los
ponían en cuencos llenos de agua. El primero de mayo hacían cestos y los adornaban de prímulas
escondiendo dulces debajo de las flores. Cuando anochecía iban de casa en casa y dejaban un
cesto. Llamaban a la puerta y huían desapareciendo en la noche.
Lincoln Beechy llegó al pueblo. Era el primer aeroplano que se veía en Shale City. Lo tenían en
una tienda en medio de la pista de carreras cerca de los terrenos de la feria. Todos los días la
gente desfilaba por la tienda para mirarlo. Parecía hecho íntegramente de alambre y tela. La
gente no podía comprender que un hombre hiciera depender su vida de la resistencia de un
alambre. Un solo alambre que fallara significaba el fin de Lincoln Beechy. En la parte delantera
del avión frente a las hélices había un pequeño asiento cerrado con una barra de madera. Allí se
sentaba el gran aviador.
En Shale City todo el mundo estaba contento con la llegada de Lincoln Beechy. Era algo
maravilloso. Shale City se estaba convirtiendo en una verdadera metrópoli. Lincoln Beechy no se
detenía en cualquier pueblecito de mala muerte. Sólo se detenía en sitios como Denver y Shale
City y Salt Lake y continuaba su recorrido hasta San Francisco. Todo el pueblo salió a la calle el
día que Lincoln Beechy se remontó en el aire. Lo hizo cinco veces. Nunca nadie había visto algo
más increíble.
Antes del vuelo el señor Hargraves que era inspector de escuelas pronunció un discurso. Explicó
que la invención del aeroplano era el mayor progreso llevado a cabo por el hombre en cien años.
El aeroplano dijo el señor Hargraves reduciría la distancia entre las naciones y los pueblos. El
aeroplano sería el gran instrumento para la comprensión recíproca de los pueblos para que la
gente se comprendiera y amara mejor. El señor Hargraves dijo que el aeroplano anunciaba una
nueva era de paz prosperidad y comprensión mutua. Todos serían amigos dijo el señor Hargraves
cuando el aeroplano uniera a todo el mundo de modo que los pueblos de la tierra se
comprendieran entre sí.
Después del discurso Lincoln Beechy hizo cinco loopings y abandonó el pueblo. Dos meses
más tarde su aeroplano cayó en la bahía de San Francisco y Lincoln Beechy se hundió. Shale
City lo sintió como si hubiese perdido a uno de sus habitantes. El Monitor de Shale City publicó
un editorial. Dijo que aun cuando el gran Lincoln Beechy hubiese muerto el aeroplano el
instrumento de paz el vínculo entre los pueblos seguiría adelante.
Cumplía años en diciembre. Para todos sus cumpleaños su madre preparaba una gran cena a la
que venían sus amigos. Sus amigos también hacían cenas de cumpleaños de modo que al cabo
del año había por lo menos seis grandes acontecimientos con motivo de los cuales se reunían los
muchachos. Por lo general había pollo y siempre un pastel de cumpleaños y helado. Todos traían
regalos. Nunca olvidaría aquella vez que Glenn Hogan le trajo un par de calcetines de seda
marrón. Fue antes de usar los pantalones largos. Los calcetines parecían significar un paso hacia
un futuro adulto. Eran muy bonitos. Después de la fiesta se los puso y los miró largo rato. Tres
meses más tarde se puso los pantalones largos que hacían juego con ellos.
Todos los muchachos simpatizaban con su padre seguramente porque su padre simpatizaba con

ellos. Después de comer su padre los llevaba siempre a algún espectáculo. Se ponían los abrigos
y salían a la nieve trotando hasta el teatro Elysium. Era estupendo sentirse caliente por dentro
después de la comida y con la cara fría por el aire bajo cero y un espectáculo ante los ojos. Aún
hoy podía oír sus pasos chapoteando en la nieve. Podía ver a su padre a la cabeza del grupo hacia
el Elysium. Recordaba que los espectáculos eran casi siempre buenos.
En otoño se hacía la Exposición del Condado. Había domas de potros y corridas de ciervos
indios cabalgando a pelo y carreras de trote. Siempre había una tribu de indios encabezada por la
gran squawChipeta. Una calle de Shale City llevaba su nombre. El pueblo de Ouray Colorado
llevaba el nombre de su esposo el cacique Ouray. Los indios que venían con Chipeta no hacían
gran cosa. Se sentaban en cuclillas y miraban fijo pero Chipeta era todo sonrisas y charla sobre
los viejos tiempos.
Durante la exposición solía venir una feria y se podían ver mujeres partidas en dos y
motociclistas desafiando la muerte subiendo y bajando por un muro circular. En los puestos de la
feria había frutas en conserva que brillaban detrás de los frascos despliegues de bordados hileras
de pasteles y pilas de pan y enormes calabazas y patatas fantásticas. En los corrales había
novillos cuadrados como galpones y cerdos casi tan grandes como vacas y pollos de pura raza.
La semana de la feria era la más importante del año. De algún modo era más importante que
Navidad. Se compraban fustas adornadas con borlas en los extremos rozar con ellas las piernas
de la muchacha que te gustaba era una muestra de simpatía. Toda la feria tenía un olor
inolvidable. Un aroma siempre soñado. Mientras viviera lo sentiría en el fondo de su memoria.
En verano iban a la gran zanja situada al norte del pueblo se quitaban la ropa y se tendían en la
orilla y charlaban. El agua estaba tibia por el aire del verano y de la tierra gris—parda surgía el
calor como de una caldera de vapor. Nadaban un rato y volvían a la orilla a sentarse en círculo,
desnudos y tostados para charlar. Hablaban de bicicletas de muchachas de perros y armas.
Hablaban de campings de la caza del conejo de muchachas y de pesca. Hablaban de los cuchillos
de caza que todos deseaban pero que sólo Glen Hogan tenía. Hablaban de las muchachas.
Cuando llegaron a la edad de salir con muchachas siempre las llevaban al pabellón de la feria.
Comenzaban a acicalarse. Hablaban de corbatas y pañuelos haciendo juego y usaban zapatos de
ante y camisas con brillantes franjas rojas verdes y amarillas. Glen Hogan tenía siete camisas de
seda. También tenía la mayor parte de las muchachas. Tener o no tener un automóvil se convirtió
en un tema importante. Era muy humillante ir a pie con tu chica hasta el pabellón.
A veces no tenías dinero suficiente para ir a bailar entonces deambulabas ociosamente alrededor
de la feria y oías la música que surgía del pabellón en la noche. Todas las canciones tenían un
significado y las letras eran muy serias. Te sentías dolorido y deseabas estar allí en el pabellón.
Te preguntabas con quién estaría bailando tu chica. Luego encendías un cigarrillo y hablabas de
otra cosa. Encender un cigarrillo era todo un acontecimiento. Sólo lo hacías por la noche cuando
nadie te podía ver. Saber sostener el cigarrillo con estilo descuidado era un asunto serio. El
primero del grupo que pudo aspirar el humo fue el tío más grande de la tierra hasta que el resto
pudo ponerse a su altura.
Los viejos se sentaban a charlar sobre la guerra en la tienda de tabaco de Jim O'Connell. La
trastienda de O'Connell era muy fresca. Antes de que llegara la sequía a Colorado era un saloon
y en días húmedos aún podía percibirse el olor a cerveza en las tablas del suelo. Los viejos se
sentaban en sillas altas y observaban las mesa de billar y escupían en grandes salivaderas de
bronce. Hablaban de Inglaterra y Francia y al final de Rusia. Rusia siempre estaba a punto de
iniciar una gran ofensiva que haría retroceder a los malditos alemanes hacia Berlín. Y ése sería el
fin de la guerra.
Luego su padre decidió abandonar Shale City. Fueron a Los Ángeles. Allí por primera vez tomó
conciencia de la guerra. Despertó a la guerra con el ingreso de Rumania. Nunca había oído
hablar de Rumania excepto en las clases de geografía. Pero lo entrada de Rumania en la guerra
se produjo el mismo día en que los periódicos de Los Ángeles publicaron la crónica de unos
jóvenes soldados canadienses que habían sido crucificados por los alemanes frente a sus
camaradas en tierra de nadie. Eso quería decir que los alemanes eran peor que bestias y

naturalmente te interesabas y querías que terminaran con Alemania. Todos hablaban de los pozos
de petróleo y de los campos de trigo de Rumania que abastecerían a los aliados y de cómo esto
con seguridad significaría el fin de la guerra. Pero los alemanes cruzaron Rumania y tomaron
Bucarest y la reina Marie se vio obligada a abandonar su palacio. Entonces murió su padre y
América entró en guerra y él también tuvo que ir y allí estaba.
Pensaba Oh Joe Joe éste no es sitio para ti. Esta no era una guerra para ti. Esto no tiene nada que
ver contigo. ¿Qué interés tienes en salvar el mundo para la democracia? Lo único que querías Joe
era vivir. Has nacido y te has criado en un saludable condado de Colorado y tenías tanto que ver
con Alemania Inglaterra o Francia o hasta con Washington D. C. como con el hombre en la luna.
No era cosa tuya y sin embargo aquí estás. Lastimado y más de lo que supones. Muy malherido.
Tal vez hubiese sido mucho mejor que estuvieses muerto y enterrado en la colina del otro lado
del río en Shale City. Tal vez te ocurran otras cosas peores que ni siquiera sospechas, Joe. Oh
¿por qué diablos te metiste en este lío Joe? No era tu pelea Joe. No tenías la menor idea del
porqué de esta lucha.

III
Se elevó atravesando las aguas heladas preguntándose si llegaría o no a la superficie. Se decían
muchas tonterías acerca de la gente que se hunde tres veces y luego se ahoga. El se había
hundido y había flotado durante días semanas meses ¿quién podría decirlo? Pero no se había
ahogado. Cada vez que llegaba a la superficie se desvanecía en la realidad y cada vez que se
hundía se desvanecía en la nada. Lentos y prolongados desmayos mientras luchaba por el aire y
la vida. Peleaba duramente y lo sabía. Un hombre no puede luchar siempre. Si se ahoga o se
asfixia tiene que ser listo y ahorrar fuerzas para la definitiva y última lucha a muerte.
Se quedaba tendido de espaldas porque no era un estúpido. Si te colocas de espaldas puedes
flotar.
Cuando era muchacho solía hacerlo. Sabía hacerlo. Sus últimas fuerzas se agotaban en la lucha
cuando todo lo que tenía que hacer era flotar. Qué tonto.
Manipulaban su cuerpo. Le llevó un rato darse cuenta porque no les oía. Entonces recordó que
estaba sordo. Era curioso estar allí tendido con gente en la habitación que te toca te observa te
cura y sin embargo permanece fuera de tu audición. Los vendajes le envolvían la cabeza y
tampoco podía verles. Sólo sabía que allí fuera en la oscuridad más allá de la onda auditiva le
manipulaban y trataban de ayudarle.
Le estaban quitando parte de las vendas. Sintió el frescor el súbito secarse del sudor en su
costado izquierdo. Estaban manipulando en su brazo. Sintió el pinchazo de un pequeño
instrumento afilado que le raspaba en alguna parte y arrancaba trozos de su piel. No dio un salto.
Sencillamente se quedó quieto porque tenía que ahorrar fuerzas. Trató de explicarse por qué le
pinchaban. Después de cada pinchazo sentía un pequeño tirón en la carne de la parte superior de
su brazo y una desagradable punzada de calor como una fricción. Los pequeños tirones
proseguían con breves sacudidas cada una era seguida de un ardor. Le dolía. Deseaba que
pararan ya. Le picaba. Quería que le rascaran.
Se congeló completamente quedó duro y rígido como un gato muerto. Había algo extraño en
esos pinchazos y tirones y ese calor como de fricción. Podía sentir las cosas que hacían en su
brazo pero no podía sentir su brazo en absoluto. Era como si la sensación se produjera dentro de
su brazo. Como si sintiera a través del extremo de su brazo. Lo más próximo que pudo imaginar
en el extremo de su brazo era su mano. Pero el dorso de su mano el extremo de su brazo estaba
arriba arriba a la altura de su hombro.
Oh Cristo le habían cortado su brazo izquierdo.
Se lo habían cortado por el hombro. Ahora podía advertirlo con claridad.
Oh Dios mío ¿por qué le habían hecho eso?
No podían hacerlo hijos de puta no podían hacerle eso. Hacía falta tener un papel firmado o algo
así. Lo exigía la ley. No se le puede cortar el brazo a un hombre sin preguntarle sin pedir permiso
porque el brazo de un hombre es suyo y lo necesita. Oh Jesús tengo que trabajar con ese brazo
¿por qué me lo han cortado? ¿Por qué me han cortado el brazo? Respondan. ¿Por qué me han
cortado el brazo? ¿Por qué por qué por qué?
Volvió a hundirse en el agua y luchó y luchó y luego salió con el ombligo dando saltos y la
garganta ardiendo. Y mientras estuvo bajo el agua luchando con un solo brazo por regresar habló
consigo mismo diciéndose que aquello no le podía haber ocurrido a él. Sin embargo le había
ocurrido.
De modo que me han cortado el brazo. ¿Cómo trabajaré ahora? No piensan en ello. Piensan nada
más en hacer lo que les parece. Sólo se trata de otro tío con un agujero en el brazo. Cortémoslo.
¿Qué os parece muchachos? Por supuesto. Cortadle el brazo al muchacho. Para arreglarle el
brazo a un tío hace falta mucho trabajo y mucho dinero. Esta es una guerra y la guerra es el
infierno así que al infierno con el brazo. Venid muchachos. Observad. ¿Bonito verdad? El tío
está en la cama y no puede decir nada mala suerte. De todas maneras ésta es una guerra hedionda
así que cortemos ese maldito brazo y terminemos de una vez.
Mi brazo. Mi brazo. Me han cortado el brazo. ¿Veis ese muñón? Era mi brazo. Oh claro que tenía
un brazo nací con él y era tan normal como vosotros y podía oír y tenía un brazo izquierdo como

todo el mundo. Pero esos holgazanes hijos de puta me lo cortaron. ¿Qué os parece?
¿Cómo?
Tampoco puedo oír. No oigo nada. Escribidlo. Ponedlo en un papel. Puedo leer. Pero no puedo
oír. Escribidlo en un papel y entregádselo a mi brazo derecho porque no tengo brazo izquierdo.
Mi brazo izquierdo me pregunto qué habrán hecho con él. Cuando le cortas un brazo a un
hombre tienes que hacer algo con él. No puedes dejarlo tirado por ahí. ¿Lo envías a los
hospitales para que los muchachos puedan hacerlo pedazos y observar cómo funciona el brazo de
un hombre? ¿Lo envuelves en un periódico y lo arrojas a la basura? ¿Lo entierras? Al fin y al
cabo es parte de un hombre. Una parte muy importante del hombre y debe ser tratada con
respeto. ¿Lo llevas y lo entierras y pronuncias una pequeña oración? Deberías hacerlo. Porque se
trata de carne humana que murió joven y merece una buena despedida.
Mi anillo.
Tenía un anillo en esa mano. ¿Qué habéis hecho con él? Me lo había regalado Kareen y quiero
que me lo devuelvan. Puedo usarlo en la otra mano. Lo necesito porque significa algo
importante. Si lo habéis robado apenas me quiten las vendas me ocuparé de vosotros ladrones
hijos de puta. Si lo habéis robado sois ladrones de sepulturas porque mi brazo está muerto y le
habéis quitado el anillo. Vosotros robáis a los muertos. Eso es lo que hacéis. Antes de que me
hunda nuevamente. ¿Dónde está mi anillo el anillo de Kareen? Quiero el anillo. El anillo de
Kareen nuestro anillo por favor ¿dónde está? La mano que lo llevaba está muerta y el anillo no
se hizo para ceñir carne podrida. Era para llevarlo en mi mano viva porque significaba vida.
—Me lo dio mi madre. Es una verdadera adularia. Puedes usarlo.
—No me cabe.
—El meñique tonto prueba en el meñique.
—Oh.
—¿Lo ves? Te dije que iría bien.
—Gatita.
—Oh Joe tengo tanto miedo. Bésame otra vez.
—No deberíamos haber apagado las luces. Tu padre se enfadará.
—Bésame. Mike no se enfadará. El entiende.
—Gatita gatita gatita mía.
—No te vayas Joe. No te vayas por favor.
—Cuando te reclutan tienes que ir.
—Te matarán.
—Puede ser. No creo.
—Mataron a muchos que no creían que morirían. No vayas Joe.
—Muchos vuelven.
—Te quiero Joe.
—Gatita.
—No soy una gatita soy un bohunk[3]
—Eres mitad y mitad pero pareces una gatita. Tienes los ojos y el pelo de una gatita.
—Oh Joe.
—No llores Kareen. No llores por favor.
De pronto les cubrió una sombra y ambos alzaron los ojos.
—Basta maldita sea. Basta,
El viejo Mike Birkman. ¿Cómo logró entrar en la casa tan silenciosamente? Estaba allí de pie por
encima de ellos en la oscuridad mirándoles con furia.
Se quedaron estirados en el sofá mirándole. parecía un enano gigante su espalda estaba
encorvada por los veintiocho años en las minas de carbón de Wyoming. Veintiocho años en las
minas con un carné rojo de la I. W. W. y maldiciendo a todo el mundo. Les miraba con ojos
penetrantes y ellos no se movían.
—No permitiré esto en mi casa. ¿Vosotros creéis que esto es el asiento trasero de un auto? Ahora
levantaros como dos personas decentes. Vamos. Ponte de pie Kareen.

Kareen se puso en pie. Medía apenas cinco pies y una pulgada. Mike juraba que era porque no
había comido lo suficiente cuando era niña pero probablemente no era cierto porque su madre
había sido pequeña y Kareen estaba perfectamente formada y era sana y hermosa. Tan hermosa.
Mike solía exagerar cuando se excitaba. Kareen miró sin miedo al viejo Mike.
—El se va por la mañana.
—Lo sé. Lo sé muchacha. Entrad en el dormitorio. Los dos. Quizá no tengáis otra oportunidad.
Ve Kareen.
Kareen le miró largamente y luego se dirigió al dormitorio con la cabeza baja como si fuese una
niña muy ocupada en sus pensamientos.
—Ve muchacho. Está asustada. Ve y abrázala.
El echó a andar y entonces sintió la mano de Mike que le aferraba un hombro. Mike le miraba
fijamente y sus ojos se vislumbraban pese a la oscuridad.
—Sabes cómo tratarla ¿verdad? No es una prostituta. ¿Sabes?
—Sí.
El dio media vuelta y entró en el dormitorio.
Sobre un costado de la cómoda había un velador encendido. En un rincón de la habitación más
allá del velador estaba Kareen de pie. Se había quitado la blusa y estaba en enaguas. Cuando él
entró tenía el torso inclinado hacia las caderas y sus manos intentaban desabrochar la falda.
Levantó los ojos y se quedó mirándole sin mover las manos ni nada. Le miró como si lo viese
por primera vez y no supiera si él le gustaba o no. Le miró de una forma que a él le dieron ganas
de llorar.
Se acercó y la rodeó cuidadosamente con sus brazos. Ella apoyó la frente en su pecho. Luego se
volvió hacia la cama. Retiró las mantas y se metió dentro vestida. Seguía mirándole todo el
tiempo como si temiese que él pudiera decir algo mordaz o se echara a reír o se marchara. Hizo
suaves movimientos bajo las mantas y sus ropas empezaron a caer a un lado de la cama. Cuando
todos estuvieron en el suelo junto a la cama le sonrió.
El comenzó a quitarse la camisa sin apartar los ojos de ella. Ella miró a su alrededor y frunció el
ceño.
—Joe ponte de espaldas.
—¿Por qué?
—Quiero salir de la cama.
—¿Por qué?
—Olvidé algo. Date la vuelta.
—No.
—Por favor.
—No. Yo te lo alcanzo.
—No. Quiero buscarlo yo misma. Vuélvete.
—No. Quiero verte.
—No puedes Joe. Alcánzame la bata.
—Eso sí.
—Está en el armario. Es roja.
Fue hacia el armario y cogió la bata. Era una cosita ligera con flores estampadas y realmente no
servía para cubrir a nadie. Se la llevó hasta la cama sosteniéndola a cierta distancia.
—Acércala.
—Cógela.
Ella rió después se estiró rápidamente y se la arrebató metiéndola bajo las mantas. Para cogerla
tuvo que estirarse tanto que él pudo percibir la curva de su pecho. Ella se reía suavemente
mientras luchaba bajo las mantas poniéndose la bata y estirándola hacia abajo como si le hubiera
gastado una gran broma. Después retiró las mantas saltó de la cama y corrió con los pies
desnudos hacia la sala. El vio las plantas de sus pies moviéndose rápidamente sobre el piso.
Tenían dos arcos. Uno a lo largo del empeine y otro que cruzaba desde el dedo y se elevaba
delicadamente desvaneciéndose hacia el talón. Pensó qué bellos pies tiene qué fuertes y

hermosos.
Ella volvió con un florero de geranios rojos y lo puso sobre una mesita frente a la ventana.
Abrió la ventana y volvió despacio el rostro hacia él. Estaba apoyada sobre la mesa y al mismo
tiempo parecía colgando de ella.
—Si realmente quieres verme.
—Pero si tú no quieres yo no quiero.
Ella se dirigió al armario, se puso de espaldas y se quitó la bata. Luego se dio la vuelta mirando
insistentemente sus pies. Fue hacia la cama y se deslizó entre las mantas.
El apagó la luz se quitó la ropa y se metió en la cama a su lado. La rodeó con el brazo
descuidadamente como si todo fuera una casualidad. Ella estaba muy quieta. El movió la pierna.
De entre las sábanas surgió una bocanada de aire y él pudo percibir su olor. Piel limpia limpia y
olor a jabón y a sábanas. Acercó su pierna a la de ella. Ella se giró hacia él le rodeó el cuello con
los brazos y le apretó con fuerza.
—Oh Joe Joe no quiero que te vayas.
—¿Tú crees que me quiero ir?
—Tengo miedo.
—¿De mí?
—Óh no.
—Gatita mía.
—Es bello estar así ¿verdad?
—Sí.
—¿Alguna vez has estado así con alguien?
—Con nadie a quien amara.
—Me alegro.
—Es la verdad. ¿Y tú?
—No deberías preguntarlo.
—¿Por qué?
—Porque soy una dama.
—Tú eres una gatita.
—Nunca he estado así con nadie.
—Ya lo sé.
—Pero no tenías por qué saberlo en realidad oh Joe quisiera que te escaparas que no te fueras.
—A ver. Pon tu cabeza sobre mi brazo izquierdo. Como un almohadón.
—Bésame.
—Dulce gatita.
—Querido. Oh querido. Oh mi querido querido querido mío.
No durmieron gran cosa. De vez en cuando dormitaban se despertaban y descubrían que estaban
separados entonces volvían a acercarse y se apretaban muy fuerte como si se hubieran perdido
para siempre y acabaran de encontrarse de nuevo. Mike se pasó la noche desplazándose
inquietamente por la casa tosiendo y murmurando.
Cuando llegó la mañana apareció junto a la cama con dos desayunos en una bandeja.
—Aquí tenéis muchachos. Comed.
Allí estaba de pie el tosco viejo Mike bondadoso ceniciento y duro con los ojos dolorosos y
enrojecidos. Mike había estado preso demasiadas veces como para no ser bueno. El viejo Mike
que odiaba a todo el mundo. Odiaba a Wilson y odiaba a Hughes odiaba a Roosevelt y odiaba a
los socialistas porque no hacían más que hablar y tenían horchata en lugar de sangre en las
venas. Hasta odiaba un poco a Debs aunque no mucho. Veintiocho años en las minas de carbón
le habían convertido en un hombre que sabía odiar. «Y ahora soy un maldito peón de ferrocarril
¿qué os parece esta sucia forma de ganarse la vida?» Mike con su espalda encorvada por el
trabajo de las minas les traía el desayuno.
—Aquí tenéis muchachos. Daros prisa y comed. No tenéis mucho tiempo.
Comieron. Mike se fue refunfuñando y no volvió a entrar en la habitación. Cuando terminaron el

desayuno se quedaron un rato recostados mirando el cielo raso y digiriendo la comida.
—Roncabas.
—No. Además no tendrías que decirlo. Has sido tú de todos modos.
—Era un bello ronquido. Me ha gustado.
—Eres terrible. Levántate tú primero.
—No. Hazlo tú primero.
—Oh Joe bésame. No te vayas.
—Daros prisa muchachos endemoniados.
—Levántate.
—Tú.
—Cuento hasta tres uno dos tres.
Saltaron de la cama. Hacía frío. Tiritaban y se reían el uno del otro y nunca terminaban de
vestirse porque a cada momento se detenían para besarse.
—Daros prisa muchachos del diablo. Vais a perder el tren y entonces a Joe lo fusilarán los
norteamericanos no los alemanes. Sería vergonzoso.
Esa mañana partían cuatro trenes cargados de reclutas y había un terrible gentío en la estación.
Todos los alrededores de la estación los automóviles y hasta las locomotoras estaban
embanderados y la mayor parte de las mujeres y niños llevaban pequeñas banderas que agitaban
lánguida y ociosamente. Había tres bandas que parecían tocar al mismo tiempo y muchos
oficiales conduciendo a la gente de un lado a otro y el alcalde que pronunciaba un discurso y la
gente que lloraba y se extraviaba y se reía y se emborrachaba.
Su madre y sus hermanas estaban allí y Kareen estaba allí y Mike estaba allí murmurando
malditos imbéciles y mirando con ojos furiosos a todo el mundo y observando a Kareen con
preocupación.
«Y sus vidas si es necesario para que la democracia no sea borrada de la faz de la tierra» [4].
—No tengas miedo Kareen todo va bien.
«Como dijo ese gran patriota Patrick Henry»
Johnny coge tu fusil coge tu fusil coge tu fusil.
«Como dijo ese gran patriota George Washington»
—Adiós madre adiós Catherine adiós Elizabeth. Enviaré la mitad de mi sueldo y con el seguro
de papá será suficiente hasta que vuelva.
Y no volveremos hasta que allá todo haya terminado
«Marcha con vivacidad muchacho que ahora estás en el Ejército.»
Guarda tus preocupaciones en tu vieja mochila y suerte sonríe sonríe
«Como dijo ese gran patriota Abraham Lincoln»
—¿Dónde está mi hijo dónde está mi hijo? ¿No se da cuenta de que es menor de edad? Hace una
semana que llegó de Tucson. Le tenían preso por vagancia y he venido hasta aquí para
recuperarle. Le permitieron salir de la cárcel si se incorporaba al ejército. No tiene más que
dieciséis años pero es grande y fuerte para su edad siempre lo ha sido. Es demasiado joven le
digo casi un niño. ¿Dónde está mi pequeño?
Adiós mamá adiós papá adiós mula con tu viejo rebuzno
«Como dijo ese gran patriota Theodore Roosevelt»
América te amo tú eres como una novia para mi
—No te vayas Joe. Huye. Te matarán lo sé. No te volveré a ver.
Oh Kareen ¿por qué tenían que hacer la guerra justamente ahora que nos hemos encontrado?
Kareen tenemos cosas más importantes que la guerra. Nosotros Kareen. Tú y yo en una casa. Por
la noche volveré a tu lado en mi casa tu casa nuestra casa Tendremos niños gordos felices y
también listos. Eso es más importante que la guerra. Oh Kareen Kareen te miro sólo tienes
diecinueve años y ya eres vieja como una anciana. Te miro Kareen y lloro por dentro y sangro.
Nada más que la oración de un bebé en el crepúsculo cuando las luces se van apagando.
«Como dijo ese gran patriota Woodrow Wilson»
Brilla un manto de plata a través de laoscuranube

«Todos al tren. Todos al tren.»
Allí allí allí allí allí
—Adiós hijo. Escribe. Nos arreglaremos.
—Adiós mamá adiós Catherine adiós Elizabeth. No lloréis.
«Porque vosotros sois la gloria de Los Ángeles. Que Dios os bendiga. Que Dios nos otorgue el
triunfo.»
«Todos al tren. Todos al tren.»
Vienen los yankis vienen los yankis
«Oremos. Padre nuestro que estás en el cielo»
—No puedo rezar. Kareen no puedo rezar. Kareen no es tiempo de rezar.
«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo»
Kareen Kareen no quiero irme. Quiero quedarme aquí y estar contigo y trabajar hacer dinero
tener hijos y amarte. Pero tengo que ir.
«Porque tuyo es el reino y el poder y la gloria para siempre amén»
—Adiós Mike adiós Kareen te quiero Kareen.
Oh decid si podéis ver
—Adiós mamá adiós Catherine adiós Elizabeth.
Aquello que con tanto orgullo saludábamos
—Tú entre mis brazos para siempre Kareen.
Cuyas anchas franjas y estrellas luminosas
Adiós todos adiós. Adiós hijo padre hermano amante esposo adiós. Adiós adiós madre padre
hermano hermana novia esposa adiós y adiós.
En la tierra de los libres y la patria de los valientes.
—Adiós Joe.
—Adiós Kareen.
—Joe querido Joe Joe abrázame más fuerte. Deja tu bolsa y rodéame con ambos brazos y
abrázame fuerte. Los dos brazos. Los dos.
Tú en mis brazos Kareen adiós. En mis dos brazos. Kareen en mis brazos. Dos brazos. Brazos
brazos brazos brazos. Constantemente entro y salgo del desmayo Kareen y tardo en darme
cuenta. Estás entre mis brazos Kareen. Entre mis dos brazos. Los dos brazos. Ambos. Ambos
No tengo brazos Kareen.
Mis brazos han desaparecido.
Mis dos brazos han desaparecido Kareen los dos.
Desaparecidos.
Kareen Kareen Kareen.
Me han cortado los dos brazos.
Oh Jesús madre adiós Kareen me han cortado los dos brazos.
Oh Jesús madre dios Kareen Kareen Kareen mis brazos.

IV
Hacía calor. Tanto calor que le parecía estar abrasándose por dentro y por fuera. Tanto calor que
no podía respirar. Apenas jadeaba. En lontananza una hilera de montañas brumosas recortaba el
cielo y las vías férreas cruzaban el desierto en línea recta bailando y saltando en medio del calor.
Al parecer Howie y él trabajaban en el ferrocarril. Era cómico. Oh diablos las cosas comenzaban
a mezclarse nuevamente. Ya antes había visto todo esto. Era como ir a un nuevo drugstore por
primera vez y al sentarse sentir de pronto que has estado allí antes varias veces y que ya has oído
lo que va a decir el empleado apenas se acerque para atenderte. ¿El y Howie trabajando en el
ferrocarril bajo el calor? Sí sí. De acuerdo. Así eran las cosas.
El y Howie trabajaban allí bajo el sol ardiente tendiendo esas vías férreas a través del desierto de
Utah. Y sentía tanto calor que creía morir. Pensó que si pudiera detenerse a descansar un rato se
sentiría más fresco. Pero lo más terrible en una brigada de trabajo es que uno no se puede detener
nunca. No podían reír ni bromear como el resto de los muchachos. No decían una palabra. Sólo
trabajaban.
Si uno se pone a observar una brigada le da la impresión de que trabajan lentamente. Pero es
necesario trabajar lentamente porque no te puedes detener y cuentas con esa única fuerza. No te
detienes porque tienes miedo. No es miedo al capataz porque nunca molesta a nadie. Es que
tienes miedo del trabajo y de la capacidad de trabajo del otro tío. De modo que él y Howie
trabajaban lenta y constantemente tratando de mantener el ritmo de los mexicanos.
Le palpitaba la cabeza y su corazón latía con violencia contra las costillas y hasta podía sentir las
pulsaciones aceleradas en las pantorrillas. Sin embargo no podía detenerse ni por un segundo. Su
respiración se volvía cada vez más entrecortada y parecía que sus pulmones resultaban
demasiado pequeños para contener el aire que era capaz de aspirar para mantenerse con vida.
Hacía ciento veinticinco grados a la sombra y no había sombra. Sintió que se asfixiaba bajo una
manta blanca y caliente y sólo podía pensar tengo que detenerme tengo que detenerme tengo que
detenerme.
Hicieron un alto para almorzar.
Era su primer día de trabajo en la cuadrilla y naturalmente él y Howie pensaron que les traerían
el almuerzo con la vagoneta. Pero no fue así. Cuando el capataz advirtió que no tenían nada para
comer se acercó a un par de mexicanos y les dijo algo. Los mexicanos les ofrecieron parte de lo
que sacaron de sus cubos de almuerzo. Comían huevos fritos con una capa de pimentón. El y
Howie se limitaron a mascullar no gracias y se tumbaron de espaldas. Después se colocaron boca
abajo porque el sol era tan ardiente que les hubiera quemado los ojos aun con los párpados
cerrados. Los mexicanos se sentaron a masticar sus bocadillos de huevos fritos mientras les
observaban.
De pronto se oyó el ruido de los mexicanos que se habían puesto en pie. El y Howie se
incorporaron para ver qué pasaba. Toda la cuadrilla se había echado a andar en un lento galope
por los rieles tendidos. El capataz se quedó sentado observándoles. Le preguntaron qué sucedía y
el capataz respondió que los muchachos se iban a dar un baño.
La idea de darse un baño era demasiado. El y Howie se pusieron en pie de un salto y corrieron
tras los mexicanos. Por la forma en que habló el capataz pensaron que sólo se trataba de andar un
breve trecho por las vías. Pero debieron recorrer dos millas antes de llegar a un canal color fango
de unos diez pies de ancho bordeado en ambas orillas por unos sólidos matorrales de cardos. Los
mexicanos comenzaron a quitarse las ropas. El y Howie se preguntaron cómo pensaban llegar
hasta el agua sin llenarse de espinas. Llegaron a la conclusión de que habría algún sendero a
través de la maleza. De lo contrario los mexicanos no habrían pensado en bañarse. Cuando
terminaron de desvestirse los mexicanos ya chapoteaban en la zanja riendo y gritando.
Resultó que no había sendero alguno entre los cardos. Sintieron vergüenza por estar tan desnudos
y blancos comparados con el resto y por no poder hacer nada. Así que comenzaron a saltar por
encima de la maleza a través de los cardos hasta llegar al agua. El agua estaba caliente y olía a
cal pero daba lo mismo. Era como un chubasco de abril. Pensó en la piscina del Y.M.CA en
Shale City. Pensó dios estos tíos se comportan como si ésta fuese la mejor piscina del mundo.

Pensó apuesto a que nunca en su vida han estado en una piscina. Estaba hundido en el barro
hasta los tobillos cuando los mexicanos comenzaron a salir y a vestirse nuevamente. El baño
había terminado.
Las espinas se les clavaban hasta las caderas cuando él y Howie fueron en busca de sus ropas.
Observaron que los mexicanos ni siquiera se molestaban en quitarse las espinas. Algunos de
ellos ya habían iniciado el regreso hacia la vagoneta así que ellos medio se sacudieron las
espinas con las piernas y saltaron para introducirse en sus ropas. Luego corrieron las dos millas
de regreso. El almuerzo había terminado y había que volver al trabajo.
A medida que se esfumaba la tarde él y Howie comenzaron a tambalearse y finalmente a caerse.
Ni el capataz ni los mexicanos decían nada cuando se desplomaban. Los mexicanos se limitaban
a interrumpir el trabajo y a esperar a que se levantaran mirándoles continuamente como niños.
Cuando se incorporaban balanceándose volvían al trabajo agotador de la vía. Les dolían todos los
músculos del cuerpo pero tenían que seguir trabajando. Se les habían gastado las palmas de las
manos. Cada vez que asían los ardientes rieles sentían hasta en la boca el dolor de las manos en
carne viva. Las espinas en pies y piernas parecían hundirse más y más a cada paso y se
infectaban y no había tiempo para detenerse y quitárselas.
Pero los dolores y las contusiones y el terrible agotamiento no era lo peor. De algún modo aún
podían sostener el cuerpo pero las cosas que tenían dentro del mismo comenzaron a retorcerse y
a crujir. Sus pulmones estaban tan secos que chirriaban con la respiración. Su corazón se dilataba
de tanto bombear. Tuvo un rapto de pánico porque sabía que no podía aguantar más y que debía
seguir. Deseó morirse si eso le permitía abandonar el trabajo. La tierra comenzó a elevarse y a
caer bajo sus pies y las cosas asumieron un extraño color. El hombre que estaba junto a él
parecía flotar en una bruma a millas de distancia. No había nada más legítimo que el dolor.
Toda la tarde transcurrió entre tropiezos que le hacían caer de rodillas en el polvo y esfuerzos
desesperados por respirar sintiendo que el estómago se le hinchaba y brincaba y quería salírsele
por la boca. Intentó pensar en Diane. En cómo era. Trató de encontrarla allí en el desierto para
poder aferrarse a algo. Pero no pudo traer su rostro ante sus ojos. Ni siquiera pudo imaginarla.
De pronto pensó oh Diane tú no vales esto. No puedes valerlo. Nadie en el mundo excepto tal
vez la madre de uno podría justificar tanto dolor. No obstante en medio de su dolor trató de
buscar excusas para Diane. Tal vez en realidad no había tenido intención de engañarle. Tal vez
se había citado con Glen Hogan porque no había tenido más remedio. Si esto era verdad y él
confiaba en que lo fuese entonces era idiota estar allí en el desierto olvidándolo todo con un
montón de mexicanos, cuando podría estar gozando de la frescura de Shale City, disfrutando de
las vacaciones de verano y pensando a lo mejor esta noche saldré con Diane.
Pensó que sin duda las muchachas eran algo terrible. Probablemente todas las muchachas son
mentirosas e infieles y tratan de aplastarte pero ya deberías haberlo esperado. Y aprender a
perdonarlas porque era razonable suponer que si te escapabas como él y Howie y te ibas al medio
del desierto para enterrarte allí los tres meses de vacaciones el único que sufría eras tú. Mientras
la muchacha allá en Shale City quedaba en libertad para verse con Glen Hogan cuantas veces
quisiera. De pronto mientras se arrastraba y tambaleaba y trataba de recobrar el aliento le asaltó
un horrible presentimiento. Se estaba preguntando. Se estaba diciendo Joe Bonham ¿no habrás
hecho el imbécil?
Alguien exclamó que era hora de largarse y las cosas comenzaron a desvanecerse lentamente
ante sus ojos. Cuando logró enfocarlas nuevamente se encontró de bruces con la cabeza colgando
sobre un costado de la vagoneta. Howie estaba tendido junto a él. Recordó haber mirado hacia
abajo el suelo que corría como agua ante sus ojos y haber oído a esos mexicanos que cantaban.
Se turnaban para accionar la vagoneta que les llevaba de vuelta a la barraca. Se quedó sin
moverse sintiendo náuseas y oyéndoles cantar.
La barraca tenía el suelo de tierra. Era una especie de tinglado con techo de hojalata. Hacía tanto
calor dentro del tinglado que quiso sacar las manos en busca de aire para llenar sus pulmones.
Las literas eran trozos de madera una encima de la otra. El y Howie se tumbaron en un par de
ellas. Ni siquiera se molestaron en abrir la cama. Se limitaron a dejarse caer y quedarse

inmóviles. El capataz se les acercó para preguntarles si querían que les indicase dónde podían
conseguir algo para comer. Pero no le prestaron atención. Se quedaron quietos con los ojos
cerrados.
El había llegado a una curiosa situación. Era la primera vez en su vida que se sentía así. Todas
las partes de su cuerpo le dolían por igual de modo que no lo sentía. Sólo estaba entumecido y
adormilado. Pensó nuevamente en Diane. No por mucho tiempo pero ella fue su último
pensamiento antes de la oscuridad. Pensó en Diane menuda adorable y asustada la primera vez
que la besó. Oh Diane pensaba ¿cómo has podido hacerme eso? ¿Cómo has sido capaz? Y luego
alguien empezó a sacudirle.
Seguramente hacía horas que lo sacudían. Abrió los ojos. Seguía en el cobertizo. Estaba oscuro y
el aire estaba lleno de suspiros. Había olor a humo. Los mexicanos se habían preparado su
comida sobre un fogón en mitad del suelo. El techo de hojalata tenía un agujero para que saliera
el humo. Por allí pudo ver las estrellas vacilantes como en un sueño febril. Tosió. Olor a comida
y humo en el aire. ¿No era propio de un mexicano eso de cenar algo hirviendo después de
pasarse el día entero en el fondo del infierno?
Era Howie quien lo sacudía.
—Despierta. Son las diez.
No supo si era de noche o si se le habían quemado los ojos y ya no podía distinguir la luz de la
oscuridad.
—¿De la noche o de la mañana?
—De la noche.
—¿De esta noche o de anoche?
—De anoche creo. Oye mira lo que tengo. Acaban de enviarlo de la oficina de mensajes.
Howie puso algo ante sus ojos y lo alumbró con la linterna. Se habían acordado de traer una
linterna pero habían olvidado los guantes. Howie le mostraba un telegrama. Los bordes del
telegrama donde Howie había puesto los dedos para sostenerlo estaban ensangrentados. Decía
Querido Howie por qué eres tan impulsivo stop soy tan desgraciada pensando lo que has hecho
stop por favor perdóname y vuelve en seguida a Shale City stop odio a Glen Hogan stop cariños
Onie.
Aun en la penumbra del cobertizo pudo advertir la felicidad en el rostro de Howie. ¿De modo
que odiaba a Glen Hogan? Bien. El sabía por qué y si Howie no lo sabía era porque era un idiota.
Onie odiaba a Glen Hogan porque Glen la había cambiado por Diane. Pensó en esto un momento
y en que Diane era mucho más bella que Onie y cómo todo demostraba el buen juicio de Glen
Hogan. Entonces advirtió que Howie esperaba una respuesta. Cuando intentó hacerlo sólo atinó a
emitir un murmullo.
—¿Y para eso despiertas a un tío que como yo necesita tanto dormir?
—Porque lo entiendo todo.
—Aja.
Howie empezó a susurrar muy excitado.
—Es así. Que unos jóvenes como tú y yo estemos aquí esclavizando nuestros mejores años en
una cuadrilla es como si unas muchachas tan bellas como Onie y Diane de pronto decidieran
convertirse en lavanderas.
El no dijo nada. Siguió acostado pensando. Pero entendía perfectamente. La idea de Diane como
lavandera era tan espantosa que volvió a cerrar los ojos. Howie seguía cuchicheando.
—Claro está que si Onie siente así yo no sé muy bien qué hacer con esa pobre muchacha.
El siguió con los ojos cerrados sin decir nada.
—No se trata de que no tenga motivos para volver. Más bien es casi un deber hacerlo.
El siguió allí fláccido. Pero escuchaba a Howie con mucha atención.
—El mensajero dice que hay un tren de pedregullo que pasa por aquí esta noche con destino a
Shale City.
El siguió sin decir palabra. Sin embargo le escuchaba.
—Llegaríamos en una hora.

El hizo un ligero movimiento con la pierna para demostrar que estaba despierto y escuchaba.
—Ese tren pasa por aquí dentro de diez minutos.
Saltó de la litera y en un solo movimiento cargó sobre sus hombros la ropa de cama. Howie le
miró sorprendido.
—¿Qué haces?
Miró a Howie como indicándole que la responsabilidad era toda suya.
—Bien. Si estás decidido a echarte atrás en nuestro acuerdo pienso que no puedo hacer nada por
detenerte. Si queremos coger ese tren será mejor ir saliendo.
Bill Harper le ocupó la mayor parte de su pensamiento camino a Shale City. Se dijo a sí mismo
anoche le pegué a Bill Harper. Pensó Bill Harper era mi mejor amigo me decía la verdad y le
pegué. Se recostó y miró las estrellas. Pensó en cómo él y Bill Harper habían tomado asiento en
el drugstore y en cómo Bill Harper tartamudeaba y balbuceaba hasta que finalmente se decidió a
ir al grano. Recordó nuevamente el odio que sintió cuando Bill Harper le contó que esa noche
Diane saldría con Glen Hogan. Presentía que era verdad porque de lo contrario Bill Harper no se
lo hubiese dicho. Sin embargo se había puesto en pie y le había llamado mentiroso y le había
golpeado y derribado y después había salido solo del drugstore.
Camino de su casa tropezó con Diane y Glen Hogan que en ese momento se apeaban del auto
deportivo de Glen y se dirigían al teatro Elyseum. Entonces supo que Bill Harper le había dicho
la verdad y que Diane le engañaba.
Encontró a Howie en la esquina. Howie había discutido con Onie a causa de Glen Hogan y por lo
tanto ambos decidieron abandonarlo todo y marcharse al desierto y trabajar como hombres libres
y olvidarse de todo. Eso no quería decir que él y Howie se pareciesen. Howie jamás había podido
retener a ninguna muchacha. Sintió algo así como un agravio por el hecho de que Howie lo
incluyese en su categoría. Pero sus deseos de marcharse eran tan intensos que cuando Howie lo
sugirió él dijo nos vamos mañana.
Recostado en el vagón recordó todas las excursiones y los momentos agradables que habían
pasado juntos él y Bill Harper. Recordó la primera vez que cada uno de ellos salió con una
muchacha. Decidieron salir los cuatro porque estaban muy asustados. Recordó el día que su
cachorro Mayor había sido embestido por un auto y Bill había venido por la noche con el coche
de su padre y le había llevado a dar un paseo por el campo hasta la medianoche sin decir una sola
palabra durante todo el tiempo porque Bill sabía cómo se sentía él. Recordó muchas otras cosas y
pensó Bill Harper es un buen amigo como para perderlo aunque se trate de Diane y mañana se lo
diré. Mañana iré a su casa y le diré a Bill que olvidemos todo esto. Bill seamos amigos porque no
volverá a ocurrir.
Después cuando el tren se iba aproximando a Shale City volvió a pensar en Diane. La frescura de
la noche le permitió imaginar su rostro. No había podido hacerlo en el desierto. Se la imaginaba
sonriendo. Pensó en Howie que creía haber perdido a Onie pero no era así porque Onie había
admitido su error y le había rogado que volviese. Además pensó no quiero que Diane salga con
Glen Hogan. Cualquiera menos Glen Hogan. Sólo porque tenía un bonito automóvil Glen
pensaba que podía tomarse libertades con las muchachas que ningún otro se tomaría. Cada vez
que imaginaba a Diane y a Glen Hogan juntos se asustaba. Veía que de algún modo su deber era
ir a ver a Diane y hablar con ella como lo haría un hermano y contarle acerca de Glen Hogan.
Sabía que tenía que evitar que Diane se desilusionase por sí sola cuando descubriera qué clase de
tío era Glen Hogan. Debía hacer eso aun a expensas de su orgullo.
Se apearon del tren antes de llegar a la estación porque no querían que nadie los viese con ese
aspecto. Anduvieron unos doscientos metros hasta que Howie se detuvo.
—Bien. Me voy.
—¿Adonde vas?
—Creo que iré a casa de Onie.
Howie lo dijo en un tono soñador y al mismo tiempo insinuante porque sabía que Joe no tenía
más remedio que ir a su casa. Howie que nunca supo conservar una muchacha. ¡Ja!
Howie se perdió en la oscuridad. El se quedó completamente solo. Se encaminó hacia su casa.

Esa noche Shale City parecía el pueblo más bonito del mundo. El cielo era azul pálido y había
alrededor de un millón de estrellas fulgurantes. Los árboles tenían un color verde oscuro y la
brisa fresca jugaba con. ellos. De pronto fue como si el desierto y la brigada no hubiesen existido
nunca. Estaba terriblemente cansado pero nadie le miraba y supo que podía detenerse y
descansar cuando lo deseara. Quería hacerlo y como de alguna manera había recobrado el aliento
ni siquiera sentía el peso de la mochila. Parecía limitarse a andar sin rumbo disfrutando del
fresco. Era un poco más de las once.
Y entonces de pronto supo por qué se sentía tan bien cuando debía sentirse mal. Era porque
estaba en la calle de Diane. No había llegado hasta allí deliberadamente aunque se había
desviado unos doscientos metros de su camino y en realidad estaba terriblemente cansado. Al
parecer algo le había impulsado hacia esa calle y se sentía contento de que fuera así. Hasta en las
noches comunes siempre se sentía extraño cuando se acercaba a casa de Diane. Cada vez que se
aproximaba al sitio donde ella vivía se le apretaba la garganta y se sentía medio inquieto y medio
asustado.
Entonces súbitamente pensó no puedes pasar por la casa de Diane con las manos ensangrentadas
y sucio como estás. No puedes correr el nesgo de que ella te vea en estas condiciones. Así que
cruzó la calle y empezó a deslizarse de puntillas como si ella durmiese y él pudiese despertarla
con el ruido de sus pasos y asustarla. Todo el tiempo algo dentro de él le decía mañana la verás
mañana la verás mañana la verás.
Luego precisamente en la acera frente a la casa de ella se detuvo y se quedó sin respirar. Diane
estaba en las escaleras de la entrada y rodeaba a alguien con sus brazos y alguien la rodeaba a
ella con los suyos. Se besaban. El no hizo nada. Sólo se quedó allí oculto por el árbol y observó.
No quería mirar pero mirar era lo único que quería Se sintió avergonzado y sin embargo no se
movió ni una pulgada. Se quedó allí. Se quedó donde estaba y miró.
Luego el tío que la besaba la soltó y Diane subió las escaleras en esa forma tan graciosa que tenía
y al llegar al portal se volvió para sonreír. Por supuesto no pudo verle la cara pero sabía que
sonreía. Eso duró un instante y después el que la había besado se alejó calle abajo. Silbaba.
Silbaba suavemente y medio bailaba mientras se alejaba del sitio donde había besado a Diane.
Cuando salió de la sombra de los árboles la luz de las estrellas le iluminó la cara. Era Bill
Harper.
No se movió. Bill Harper siguió andando y dio la vuelta a la esquina. La luz de la sala de la casa
de Diane se encendió y se apagó. Luego se encendió la luz del dormitorio. Dos veces vio su
sombra por detrás de la cortina. Luego se apagó la luz. El se quedó allí pensando adiós Diane
adiós. Después emprendió el camino de su casa. Tenía todos los músculos doloridos. Las manos
el estómago y la cabeza le palpitaban y le ardían. La mochila parecía pesar cien libras. Pero no
era eso lo que le dolía. Era algo dentro de él que le decía con insistencia no sirves. No sirves para
nada.
La gente le preguntaría ¿cómo es que no se te ve más con Diane? y él no tendría respuesta. La
gente preguntaría ¿qué pasa entre ti y Bill Harper que no se os ve más juntos? y él no tendría
respuesta. Su padre le preguntaría ¿cómo es que has conseguido un trabajo en la brigada y sólo te
has quedado un día? y él no tendría respuesta.
Todo había terminado. Era algo que nunca podría explicar. Algo que nadie podría comprender.
Había perdido el único amigo a quien se lo podría haber contado. Porque sabía que él y Bill
nunca más serían lo que habían sido. A lo mejor podrían estrecharse las manos y decir
olvidémoslo y empecemos a andar juntos nuevamente pero no sería lo mismo. Y ambos lo
sabrían. Ambos sabrían que Diane estaba entre ellos. Ambos también sabrían que probablemente
a Diane no le importaría pero que eso no cambiaría nada. Nunca serían capaces de explicárselo a
sí mismos.
Pero más que eso pensaba en Diane. Pensar que nunca la vería nuevamente y que nunca estarían
juntos otra vez y que nunca volverían a reír y a bromear juntos era como morirse. No era Glen
Hogan quien había provocado esto. El la hubiese perdonado si hubiese sido Glen Hogan. Podría
perdonarla por aquello y tratar de reconciliarse. Lo grave era que ella había hecho algo que él

nunca podría perdonarle por mucho que la quisiese. Y quería perdonarla. Lo deseaba con todas
sus fuerzas. Pero no podría.
Cuando se acostó pensó oh ¿por qué hay que sufrir cosas como éstas? Pensó ¿por qué no le
matan a uno mientras todavía le queda algo que valga la pena? Pensó ¿por qué será que todo el
mundo tiene un amigo íntimo? Hasta los tíos que están en la cárcel seguramente tienen un amigo
íntimo en alguna parte. Pero yo no lo tengo. Pensó hasta Howie tiene una muchacha. Hasta esos
mexicanos que cantaban cuando regresaban del desierto tienen sus muchachas. Pero yo no.
Pensó ¿por qué todo el mundo puede encontrar en su interior una pizca de respeto por sí mismo?
Hasta un asesino o un ladrón o un perro o una hormiga tienen algo que los sostiene para seguir y
mantener la cabeza erguida. Pero yo no.
Esa noche en la cama fue la primera vez lloró por una muchacha. Se desgañitó llorando como un
niño. Tenía las manos ensangrentadas las piernas llenas de espinas y los ojos inundados en
lágrimas y se sentía enfermo del corazón. Tardó mucho en dormirse.
Todo había parecido tan real en esa época y ahora no era real en absoluto. Eso fue hace mucho
tiempo. Eso fue en Shale City. Esto ocurrió cuando era muchacho en la escuela superior. Parecía
tan distante en el tiempo. En alguna parte probablemente en Colorado Glen Hogan y Howie
seguían haciendo sus cosas. Una vez recibió una carta que decía que a Bill le habían matado en
Belleau Wood. Bill Harper había tenido suerte. Bill Harper había conseguido a Diane y luego
había muerto.
Oh Cristo nuevamente todo se confundía. No sabía dónde estaba o qué estaba haciendo. Pero se
estaba enfriando. Ya no ardía. Tenía la cabeza, liviana y confusa y no podía reconstruir las cosas.
Todo era confusión pero al menos estaba sereno.

V
No podía habituarse a la forma en que las cosas se fundían unas con otras. A veces flotaba a la
deriva sobre nubes blancas asustado por su pequeñez en medio de algo tan inmenso como el
cielo. A veces se sentía sumido en almohadas blancas que tenían una manera de deslizar los pies
por adelante sobre un terreno áspero y ondulante. Pero la mayoría de las veces flotaba en algún
remanso del Río Colorado en su lento paso por Shale City. Yacía en el agua de un río que pasaba
por su casa mucho antes de que viniera a Los Ángeles antes de conocer a Kareen mucho mucho
antes de partir en un tren cubierto de banderas mientras el alcalde pronunciaba discursos.
Flotaba de espaldas. Cerca de la orilla había sauces y tréboles. El sol le daba en pleno rostro pero
su estómago y su espalda estaban helados por el agua que no hacía mucho había sido hielo en las
montañas. Flotaba y pensaba en Kareen.
Es agradable flotar aquí Kareen. Ponte de espaldas así. ¿Verdad que es delicioso Kareen? Me
encanta te quiero. Flota Kareen. Debes mantener la cabeza fuera del agua para respirar. Quédate
cerca de mí Kareen. ¿Verdad que es hermoso flotar sin ir a ninguna parte y sin preocuparse
siquiera por ir? Sencillamente deja que el río se ocupe de ello. Nada que hacer y ningún lugar
donde ir. Estar en la superficie del río fresco caliente y pensativo pero sin pensar en nada.
!Ponte más cerca Kareen. No te vayas. Más cerca, más cerca Kareen y ten cuidado de que el
agua no te cubra el rostro. No puedo darme la vuelta para nadar Kareen sólo puedo flotar así que
por favor no te alejes mucho. ¿Kareen dónde estás? no puedo encontrarte y el agua te cubre la
cara. No te hundas Kareen no permitas que el agua te tape la cara. Vuelve Kareen te vas a ahogar
te llenarás de agua como me estoy llenando yo. Te irás al fondo Kareen cuidado por favor
cuidado. Vuelve Kareen. Te has ido. No estabas. Sólo yo en el río con la nariz y boca y los ojos
llenos de agua.
El agua le cubría el rostro y él no podía evitarlo. Era como si su cabeza resultara demasiado
pesada para su cuerpo y no pudiera echarla hacia atrás sin hundirse. O tal vez su cuerpo fuese
demasiado liviano para su cabeza de modo que no tenía peso suficiente para equilibrarla y
mantenerla en alto. El agua fluía sobre sus ojos nariz y boca obligándole a escupirla. Era como si
flotase de espaldas contra la corriente con los pies delante pero en verdad iba como en un trineo
con los pies y las piernas totalmente fuera del agua y la cabeza bajo la superficie. Cada vez más
rápidamente y si no se detenía se ahogaría con toda esa agua que le cubría el rostro.
Ya comenzaba a ahogarse. Estiró los músculos de la nuca para sacar la nariz fuera del agua pero
no pudo. Trató de nadar pero ¿cómo nadar un hombre sin brazos? Se hundió más y más y más y
por fin se ahogó. Parecía como si se ahogase sin siquiera luchar allí en la oscuridad del fondo del
río, mientras arriba tal vez a sólo seis u ocho pies estaba el sol y los sauces y los tréboles y el
aire. Se ahogaba sin luchar porque no podía luchar. Al parecer no tenía con qué luchar. Era como
una pesadilla en la que alguien te persigue y tienes un susto de muerte pero no puedes hacer nada
porque no puedes correr. Tus piernas están clavadas al pavimento y no puedes mover un
músculo. Por eso se ahogaba.
Tendido bajo el agua pensó qué vergüenza ahogarse cuando tal vez sólo estés a seis u ocho pies
del aire y de la luz del sol. Qué maldita vergüenza ahogarse cuando sólo con poder erguirte y
extender la mano por encima de tu cabeza podrías tocar una rama de sauce que se desliza en el
agua como la cabellera de una muchacha como la cabellera de Kareen. Pero cuando te ahogas no
puedes levantarte. Cuando estás muerto y ahogado no queda nada por hacer salvo el tiempo que
transcurre y transcurre como el agua que rodea tu cuerpo.
Las cosas empezaron a estallar de un lado a otro ante sus ojos. Granadas y bombas y molinetes y
curvas de fuego y grandes bengalas blancas a través de su cabeza revoloteando y penetrando en
la parte blanda y húmeda de su cerebro con un silbido, podía oír claramente el silbido. Era como
el vapor de una locomotora. Oía explosiones y aullidos y quejidos y palabras que nada
significaban y silbidos tan agudos y estridentes que atravesaban sus oídos como cuchillos. Todo
destinado a marear y ensordecer. Dolía tanto que pensó que todo el dolor del mundo estaba
atrapado en algún lugar entre su frente y su nuca intentando abrirse camino a martillazos. El
dolor era tan intenso que lo único que podía pensar era por favor por favor por favor quiero

morir.
De pronto las cosas se quedaron en silencio. Todo se quedó quieto en su cabeza. Las luces ante
sus ojos se extinguieron tan rápidamente como si alguien las hubiese apagado con un interruptor.
También el dolor desapareció. Lo único que sentía era el palpitar de la sangre en su cerebro
hinchándole y comprimiéndole la cabeza. Pero era una sensación apacible. Era indolora. Era tal
el alivio que salió de su ahogo. Pudo pensar.
Pensó bien muchacho estás sordo como una tapia pero no tienes dolor. No tienes brazos pero
estás herido. Nunca te quemarás la mano ni te cortarás un dedo ni te aplastarás una uña tú eres un
cadáver con suerte. Estás vivo y sin dolor es mucho mejor que estar vivo y dolorido. Un sordo
sin brazos puede hacer muchas cosas siempre que no sufra tanto que se vuelva loco de dolor.
Puede usar ganchos o algo así en lugar de brazos y puede aprender a leer los labios y aunque eso
no sea lo mejor del mundo no se ha ahogado en el fondo del río mientras el dolor le está
desgarrando el cerebro. Aún tiene aire y no forcejea y tiene sauces y puede pensar y no duele.
No podía entender por qué las enfermeras o quienes cuidaran de él no le ponían horizontal. La
parte inferior era ligera como una pluma mientras que la cabeza y el pecho eran como un peso
muerto Por eso pensaba que se estaba ahogando. Su cabeza demasiado baja. Si pudiera mover
aquello que tenia debajo de las piernas y poner su cuerpo en forma horizontal se sentiría mejor.
No tendría nunca más esa pesadilla de ahogarse.
Empezó a patear con los pies para mover aquello que estaba debajo de sus piernas. Sólo
comenzó porque no tenía piernas para patear. En algún punto debajo de la articulación de las
caderas le habían cortado las dos piernas.
Sin piernas.
No más correr andar gatear si no tienes piernas. No más trabajar. Sin piernas ¿te enteras?
No mover más los dedos de los pies. Qué increíble qué maravilloso qué estupendo mover los
dedos de los pies.
No no.
Si sólo pudiese pensar en cosas reales podría superar ese sueño de no tener piernas. Vapores
panes muchachas Kareen armas libros chicles palos Kareen pero pensar en cosas reales no servía
de nada porque aquello no era un sueño.
Era la realidad.
Por eso le parecía que tenía la cabeza más baja que las piernas. Naturalmente que parecían
livianas. También el aire es liviano. Hasta la uña del dedo gordo es pesada si se compara con el
aire.
No tenía brazos ni piernas.
Echó la cabeza hacia atrás y comenzó a gritar de terror. Pero sólo empezó porque no tenía boca
para gritar. Se sorprendió tanto de no poder gritar que empezó a mover las mandíbulas como
alguien que ha descubierto algo interesante y quiere comprobarlo. Estaba tan seguro de que la
idea de no tener boca era un sueño que podía investigar con calma. Trató de mover las
mandíbulas pero no tenía mandíbulas. Trató de pasar la lengua por el borde interno de los dientes
como si estuviese buscando una semilla de fresa. Pero no tenía lengua y no tenía dientes.
Tampoco tenía paladar. Trató de tragar pero no pudo porque no tenía garganta ni músculos para
tragar.
Empezó a asfixiarse a jadear. Era como si alguien le hubiese puesto un colchón sobre el rostro y
lo mantuviese allí. Respiraba honda y aceleradamente pero en realidad no respiraba porque el
aire no pasaba por su nariz. No tenía nariz. Podía sentir que su pecho subía y bajaba y temblaba
pero ni una gota de aire pasaba por el sitio donde solía estar su nariz.
Le asaltó un salvaje y aterrado impulso de morir. Matarse. Trató de atenuar su respiración para
no respirar más y de ese modo asfixiarse. Pudo sentir cómo los músculos del fondo de la
garganta se cerraban estrechamente para no dejar pasar el aire pero su pecho seguía respirando.
No había aire que retener en su garganta. Sus pulmones se encargaban de absorberlo en algún
punto debajo de su garganta.
Ahora supo que se estaba muriendo pero sentía curiosidad. No quería morir hasta que lo hubiera

averiguado todo. Si a un hombre le falta la nariz la boca el paladar y la lengua era lógico suponer
que debían faltarle otras cosas. Pero eso era absurdo porque un hombre en ese estado estaría
muerto. No se podía perder tanto de uno mismo y seguir con vida. Sin embargo si uno se daba
cuenta de que las había perdido y podía pensar en ello entones debía estar vivo porque los
muertos no piensan. Los muertos no piensan y él estaba enfermo de curiosidad así que aún no
debía estar muerto.
Empezó a buscar con los nervios del rostro. Empezó a hacer esfuerzos por sentir la nada que allí
había. Donde habían estado su boca y su nariz ahora con seguridad no había más que un agujero
cubierto de vendas. Trataba de averiguar hasta dónde llegaba ese agujero. Trataba de sentir los
bordes de ese agujero. Se esforzaba por seguir los bordes de ese agujero y ver hasta dónde
llegaban con los nervios y poros de su cara.
Era como mirar en la total oscuridad con ojos que se le salen a uno de las órbitas. Era una forma
de sentir su piel investigando en algo que no podía moverse según le indicaba su mente. Los
nervios y músculos de su rostro reptaban como víboras hacia su frente.
El agujero empezaba en la base de su garganta precisamente debajo de donde debía tener la
mandíbula y ascendía en un círculo que se ensanchaba. Podía sentir cómo su piel trepaba más y
más. Llegaba casi hasta la base de sus orejas si es que las tenía y luego volvía a estrecharse.
Terminaba un poco más arriba de lo que solía ser su nariz.
El agujero ascendía demasiado como para que tuviese ojos.
Estaba ciego.
Sentía una extraña calma. Estaba tan tranquilo como un comerciante que hace el inventario de
primavera y se dice de modo que no tengo ojos mejor será consignar eso en el libro de pedidos.
No tenía piernas ni brazos ni ojos ni orejas ni nariz ni boca ni lengua. Qué sueño infernal. Debe
de ser un sueño. Por supuesto, dios santo, tiene que ser un sueño.
Debía despertarse o se volvería loco. Una persona en ese estado estaría muerta y él no estaba
muerto de modo que no estaba en ese estado. Era sólo un sueño.
Pero no era un sueño.
El podía desear que fuese un eterno sueño y eso no cambiaría las cosas. Porque estaba vivo vivo.
No era más que un trozo de carne como los pedazos de cartílago que el viejo profesor Vogel
usaba en sus clases de biología. Trozos de cartílago que no tenían nada a excepción de la vida
que se mantenía gracias a la química. Pero él le llevaba un punto de ventaja a los cartílagos.
Tenía una mente que pensaba. Y eso era algo que el profesor Vogel jamás hubiera podido
afirmar de sus cartílagos. Pensaba y era sólo una cosa.
Oh no. No no no.
No podía vivir así porque se volvería loco. Pero no podía morir porque no podía matarse. Si sólo
pudiese respirar podría morir. Eso era curioso pero era cierto. Podría contener la respiración y
matarse. Y ése era el único camino que le quedaba. Pero respiraba. Sus pulmones se cargaban de
aire y él no podía impedirlo. No podía vivir y no podía morir.
No no no no puede ser.
No no.
Madre.
Madre ¿dónde estás?
Apresúrate madre apresúrate apresúrate apresúrate y despiértame. Tengo una pesadilla madre
¿dónde estás? Apresúrate madre. Estoy aquí. Aquí madre en la oscuridad. Cógeme en tus brazos.
Arrorró mi niño. Ahora me acuesto a dormir. Oh madre apresúrate porque no puedo despertar.
Aquí madre. Cuando sople el viento se mecerá la cuna. Álzame en tus brazos alto alto muy alto.
Te has ido madre y me has olvidado. Aquí estoy. No puedo despertar. Despiértame. No puedo
moverme. Cógeme en tus brazos. Tengo miedo. Oh madre madre cántame frótame báñame
péiname y límpiame las orejas y juega con los dedos de mis pies y hazme golpear las manos y
sonarme la nariz y bésame los ojos y la boca como te he visto hacer con Elizabeth como
seguramente has hecho conmigo. Entonces me despertaré y me quedaré contigo y no me volveré
a ir ni a tener miedo ni a soñar.

Oh no.
No puedo. No puedo aguantarlo. Grita. Muévete. Sacude algo. Haz algún ruido cualquier ruido.
No puedo soportarlo. Oh no no no.
Por favor no puedo. Por favor no. Que alguien venga. Ayúdame. No puedo quedarme así para
siempre tal vez durante años antes de morir. No puedo. Nadie puede. No es posible.
No puedo respirar pero respiro. Tengo tanto miedo y sin embargo pienso. Oh por favor por favor
no. No no. No soy yo. Ayudadme. No puedo ser yo. Yo no. No no no.
Oh por favor, oh por favor. No no no por favor no. Por favor.
Yo no.

VI
Caminaba de un lado a otro de la panadería durante toda la noche. Unas once millas por noche.
Andaba con sus piernas sobre el piso de cemento y sus brazos se balanceaban libremente en el
aire. Casi nunca se cansaba. No estaba mal pensar en eso. Andar toda la noche y trabajar
duramente y cobrar dieciocho dólares el fin de semana. No estaba mal.
Los viernes por la noche eran siempre los más pesados en el departamento de expedición
nocturna porque los sábados por la mañana los repartidores debían llevarse pan y pasteles y
bollos y rosquillas suficientes para abastecer a sus clientes para el domingo. Eso hacía que los
viernes por la noche se trabajase y se anduviese a un ritmo infernal. Pero no estaba mal. Siempre
mandaban a buscar unos hombres más de la Misión Nocturna para que trabajasen con la plantilla
los viernes por la noche. Los tíos de la Misión apestaban a desinfectante y parecían muy sucios y
tímidos. Sabían que quien oliese a desinfectante se daría cuenta de que eran mendigos que vivían
de la caridad. Eso no les apetecía y con razón. Siempre eran humildes y cuando eran lo bastante
listos trabajaban duramente. Algunos no eran listos. Algunos ni siquiera podían leer los pedidos
en los cubos. Uno de ellos había venido de Georgia la región de la trementina. No había ido
nunca a la escuela. La mayor parte de los holgazanes eran de Texas.
Una noche vino un puertorriqueño de la Misión. Su nombre era José. Los viernes por la noche
las cosas solían estar muy desordenadas en el departamento de expedición. Había cajas
carretones y estantes desparramados por los pasillos y tíos que untaban y cintas transportadoras
que tableteaban y en la planta superior los hornos giratorios que chirriaban al deslizarse sobre las
planchas calientes y sin engrasar. Era un follón y la mayor parte de los tíos de la Misión se
sentían confundidos cuando venían a trabajar por primera vez. Pero José no. Observó el sitio y
escuchó en silencio las instrucciones y se puso a trabajar. Era alto con ojos pardos y bastante
guapo para ser mexicano o puertorriqueño o lo que fuese Había algo en él que te sugería que era
distinto de los otros tíos que venían de la Misión o tal vez que había tenido más suerte que ellos.
Los viernes por la noche en lugar de salir a un restaurante los tíos comían en el vestuario porque
allí había bancos y casilleros y podías sentarte en los bancos comer tu merienda apresuradamente
y volver a trabajar. José no había traído nada para comer así que los muchachos robaron una
botella de leche de la nevera de la panadería y se la dieron junto con una rosquilla. José se
mostró muy agradecido. Mientras mordisqueaba su bollo y bebía su leche hablaba. Dijo que
California era un país maravilloso. Dijo que era aún más maravilloso que su Puerto Rico. Dijo
que ahora empezaba la primavera y que pronto podría dormir en el parque. Dijo que California
era un gran país para la gente que no tenía dónde dormir porque no hacía tanto frío y podías
envolverte en un abrigo y dormir en el parque muy bien gracias. Dijo que quería conseguir un
trabajo estable en la panadería porque entonces podría mantenerse limpio. No le gustaba sentirse
sucio y aborrecía el desinfectante que ponían en el agua en la Misión. Había muchos pobres en la
Misión a los que no parecía afectarles el desinfectante pero a él sí le importaba y mucho. Dijo
que había venido a California para trabajar en el cine. No no quería ser actor. Pero con seguridad
habría muchas oportunidades para un joven ambicioso como él en una empresa tan
extraordinaria como el cine. Dijo que creía poder trabajar en el departamento de investigación de
uno de los estudios. Quizás alguien podía informarle cómo se conseguía un trabajo en un estudio
¿sí?
Los tíos se limitaron a mirarle y gruñir. Si alguno de ellos supiese cómo conseguir trabajo en un
estudio ¿no lo hubiesen hecho hace mucho tiempo en lugar de quedarse en esa panadería de
mierda? No. Nadie sabía cómo José podía conseguir trabajo en un estudio.
José se encogió de hombros. Era muy difícil dijo. Cuando estaba en Nueva York las cosas
marchaban bien para él y después una muchacha muy rica se enamoró de él y tuvo que irse lejos
de allí.
¿Una muchacha rica se enamoró de ti José?
Sí. Había conseguido trabajo como chofer de una familia muy rica que vivía en la Quinta
Avenida y las cosas marchaban, muy bien y entonces ocurrió que la hija de la familia le cogió
simpatía e hicieron un pacto. La hija quería aprender español y José quería mejorar su inglés así

que empezaron a intercambiar lecciones. Y después la muchacha se enamoró de él y quería
casarse de modo que tuvo que irse de Nueva York y se vino a California.
Los tíos sentados alrededor en el vestuario se limitaron a mirarse entre sí y no dijeron nada.
Todos los que venían de la Misión tenían historias parecidas. Todos habían tenido mucho dinero
y de pronto algo pasó y ahora tenían que estar en la Misión. Hacía mucho tiempo que los tíos de
la panadería se habían dado cuenta de que no merecía la pena discutir con los tíos de la Misión.
Por más que uno les interrogara y les demostrase que sus historias eran mentiras seguían
aferrados a ellas. Tenían que hacerlo. Sus historias eran la única justificación que tenían para ser
lo que eran de modo que con el tiempo los tíos de la panadería llegaron a aceptar sin decir nada
las historias que contaban los tíos de la Misión. De manera que cuando José terminó de hablar
gruñeron y volvieron al trabajo.
La semana siguiente era Pascua y eso significaba roscas calientes y eso quería decir que
necesitarían mucha ayuda extra porque la plantilla de expedición no podía sacar veinte o treinta
mil docenas de rosquillas calientes sin la colaboración de más gente. Así que Jody Simmons le
ofreció una semana de trabajo a José y José aceptó . Trabajaba tan bien con las roscas calientes
que cuando Larruping Lavvy se marchó José ocupó su puesto. Estaba muy agradecido y
tranquilo. También se alegraba por el tiempo cada vez más caluroso. Dormía en el parque y eso
era maravilloso. Ahorraba dinero y José necesitaba dinero para comprar ropa. Un hombre que se
propone trabajar en los estudios debe ir bien vestido decía José.
Un día José apareció con una carta. Estaba muy intrigado. Se la mostró a los muchachos y les
pidió consejo. Los norteamericanos eran gente tan extraña dijo que uno no terminaba de entender
exactamente sus costumbres. Entonces ¿qué debía hacer un caballero en esas circunstancias?
Todos los tíos leyeron la carta de José. Estaba escrita en un papel muy caro con letra de mujer.
En la parte superior del folio había un pequeño membrete grabado con una dirección en la
Quinta Avenida de Nueva York. Era una carta de la muchacha a quien José se había referido. En
la carta decía que deseaba tener su dirección para no tener que escribirle siempre al apartado
postal. Contaba con algún dinero propio algo más de medio millón de dólares y apenas
descubriera dónde vivía José vendría a Los Ángeles para casarse con él.
Esto dio que pensar a los tíos de la panadería. José podía ser un embustero como todos los otros
tíos de la Misión pero al parecer esta muchacha existía en realidad. Por Dios le dijeron a José no
seas idiota cásate con ella. Envíale tu dirección y dile que venga lo antes posible con toda su
pasta y cásate con ella antes de que cambie de idea. Pero Jose meneó la cabeza. Dijo que no
habla peligro alguno en el sentido de que ella cambiara de idea porque como él había dicho la
muchacha estaba loca por él. Y que sin duda no tendría inconvenientes en casarse con una
muchacha con dinero. Pero él también deseaba amar a la muchacha con dinero con la que se
casaría alguna vez. Y lamentablemente no la quería.
Pues me cago en tu madre dijeron los muchachos de la panadería ¿no puedes aprender a amarla?
No dijo José con tristeza no puedo. Sólo quería saber lo que se acostumbra hacer en estos casos
en América y cómo escribirle a la muchacha para explicarle. ¿Era correcto que un caballero
norteamericano le dijera a una muchacha norteamericana que no la amaba? Por supuesto. Eso no
era una descortesía. ¿No sería mejor que algún amigo tal vez alguno de los muchachos de la
panadería le escribiese a la muchacha explicándole que José se había suicidado de un balazo por
amor hacia ella y que había sido incinerado? José estaba decidido a hacer cualquier cosa para
arreglar el asunto.
A esta altura todos los tíos pensaron que José estaba loco. Pero también pensaron que era una
especie de loco listo. Cuando contaba historias increíbles acerca de su Puerto Rico natal los
muchachos le prestaban más atención porque si su historia con la muchacha era cierta había un
cincuenta por ciento de posibilidades de que sus historias sobre Puerto Rico también fuesen
verdaderas. José era un tío gracioso pero la panadería estaba llena de tíos graciosos y lo mejor
era no preguntarles demasiado. Había que aceptarles como eran y callar.
Una noche cerca de un mes más tarde José llegó con una expresión muy preocupada.
¿Qué te pasa José? ¿Por qué estás tan decaído José? José suspiró y frunció el ceño. Dijo que

tenía un problema muy serio.
¿Qué problema José?
José dijo que como de costumbre había estado todo el día buscando trabajo y que lo había
conseguido.
Todos se mostraron muy interesados porque todos en la panadería querían un trabajo mejor sólo
que nunca lo conseguían. ¿Dónde has conseguido ese trabajo mejor José? En un estudio desde
luego dijo José. Para eso he venido a California. ¿No os he dicho que he venido a buscar trabajo
en los estudios?
Nadie dijo palabra. Se quedaron mirándole con atención. Si hubiese sido otro cualquiera lo
habrían interpretado como un invento más pero tratándose de José sabían que era cierto. Un
estudio ¿qué os parece? Para los tíos de la panadería los estudios podían estar tanto en China
como en Hollywood. Pagaban mucha pasta pero nadie salvo un pariente un tío o un sobrino
podía entrar en ellos. Sin embargo José tan tranquilo como una ostra había entrado en un estudio
y había conseguido lo que buscaba.
¿Cómo has conseguido ese trabajo José? Lo he solicitado dijo José. ¡Oh! dijeron los muchachos
de la panadería. Luego tomaron asiento a su alrededor y le miraron fijamente. Por fin alguien
habló y dijo ¿cuál es el problema y por qué estás tan preocupado José?
José pareció sorprenderse. Cualquiera puede darse cuenta dijo. El había venido a California y se
había pasado mucho tiempo sin dinero y lleno de desinfectante de la Misión Nocturna y había
sido muy infeliz. Después ese caballero simpático Jody Simmons le había aceptado en la
panadería y le había dado un buen empleo. El tenía una deuda con Jody Simmons ¿no? Muy
bien. Tenía una deuda con Jody Simmons y ahora había encontrado un trabajo. ¿Cómo
abandonar el trabajo que le había proporcionado Jody Simmons para coger el nuevo trabajo sin
ofender a su benefactor?
Todos los muchachos empezaron a inquietarse. Cada uno sugería un discurso distinto para
decirle a Jody Simmons que dejaba el trabajo. Uno pensó que la mejor forma de hacerlo era darle
una hostia en pleno rostro. Otro indicó que debía presentarse cortésmente y decirle a Jody
Simmons que se metiera el trabajo en el culo. Otro dijo que lo único que tenía que hacer era no
aparecer a trabajar mañana. Jody Simmons lo entendería en seguida. Y hubo muchas otras
soluciones que se les ocurrieron a los muchachos de la panadería. Tenía que haberlas. Habían
pensado en ellas durante años. Se había desperdiciado mucho talento pensando en las formas de
decirle a Jody Simmons que uno se iba. Pero he aquí que ahora había un tío que se iba realmente
así que naturalmente todos cooperaban.
Sin embargo después de escuchar todas las soluciones que le ofrecían José sacudió la cabeza y
sus ojos parecían más tristes que nunca. Dijo que no. Que debía pensar en una forma mejor.
Ninguna de las formas que le habían propuesto para renunciar era propia de un caballero. Jody
Simmons era su benefactor y no se le hacían esas cosas a un benefactor. Aun cuando fuese una
costumbre norteamericana él tendría que seguir las costumbres de su Puerto Rico y allí un
hombre bien nacido no hace esas cosas.
¿Pero cuándo empiezas a trabajar en ese empleo José? Por la mañana dijo José y estoy muy
cansado y ahora tendré que trabajar toda la noche y por la mañana estaré mucho más cansado
para el otro trabajo y así seguirá siendo. Es un problema terrible y no sé qué hacer.
De modo que José trabajó toda la noche y los muchachos de la panadería pensaron en el
problema y por fin se les volvió tan intrincado como para José. Pensaban en alguna solución y
apenas comenzaban a hablar meneaban la cabeza y decían no eso no sirve y seguían con su
trabajo pensando muy intensamente. Este muchacho José era un espécimen raro y sus ideas eran
delirantes, pero a esa altura todos querían encontrar una solución así que el asunto se convirtió en
un tema de profundo interés para toda la plantilla nocturna.
La noche llegó a su fin. Todos los tíos de la plantilla fueron a su casa y durmieron y luego
volvieron a trabajar esa noche preguntándose qué pasaría con José. También José volvió. Estaba
pálido. Dijo que se sentía muy cansado. Dijo que había dormido sólo cuarenta y cinco minutos y
que a menos que encontrase una solución muy pronto no sabría qué hacer. Dijo que con

seguridad existía alguna costumbre norteamericana que diese respuesta a su emergencia Pero la
noche anterior ya le habían informado acerca de todas las costumbres norteamericanas y él las
había rechazado.
Así que trabajó toda la segunda noche y por la mañana cuando salió de la panadería y se enfrentó
con el primer resplandor del sol tenía el aspecto de un hombre muy débil. Todo el día siguiente
trabajó en el estudio y la noche siguiente cuando volvió a trabajar casi se tambaleaba. Dijo por
favor pensad en alguna forma que me permita dejar este empleo porque la salud de un hombre
tiene un límite y la mía ya no resiste más porque no he dormido en todo el día y un hombre tiene
que dormir si quiere cumplir honestamente aunque sea con un solo empleo.
Entonces a Pinky Carson se le ocurrió algo. José dijo Pinky Carson. Yo te diré lo que harás. A
eso de las dos de la mañana cuando bajan los pasteles tú coges media docena con sus cajas y te
echas a andar hacia la ventanilla junto a la oficina de Jody de modo que él pueda verte y dejas
caer todos esos malditos pasteles. Entonces Jody te despide y se arregla todo. José reflexionó un
rato. No soy partidario de la violencia dijo por fin. Pero soy un hombre desesperado y si vosotros
pensáis que la violencia servirá la usaré. Pensó un momento y luego dijo puedo pagar esos
pasteles que tire ¿sí? Todos dijeron que sí que si quería ser un idiota podía pagar por los pasteles
que había arrojado.
De manera que esa noche alrededor de las dos tres de la madrugada José cogió seis pasteles y se
situó justamente dentro del área visual de Jody junto a la ventana de su despacho. Todos los tíos
le rodearon haciendo como si trabajaran aunque en realidad observaban a José. Esperaban el
momento en que Jody Simmons mirara por la ventana desde su escritorio. Cuando mirara Pinky
haría una seña y entonces José arrojaría los pasteles. Daba la impresión de que Jody se demoraba
más que nunca en mirar por la ventana. Pero por fin miró y Pinky Carson hizo la seña y José tiró
los pasteles.
Jody salió de su despacho como un abejorro. Dijo qué diablos pasa contigo hijo de puta ¿por qué
has tirado esos pasteles? Están deshechos y ahora los tendrás que pagar. El pobre José se quedó
de pie como derritiéndose de tristeza. Volvió sus grandes ojos hacia Jody Simmons y dijo lo
siento señor Simmons. He estropeado sus pasteles. Ha sido un accidente se lo aseguro y sólo a un
pobre trabajador le podría haber sucedido y lo siento mucho. Pagaré con gusto y usted acepte mis
excusas ¿sí?
Por un instante Jody Simmons miró duramente a José y luego una sonrisa le cruzó el rostro y
dijo por supuesto José todos cometemos errores. Puedes pagar los pasteles. Dijo José tú eres un
trabajador consciente y no importa que alguna vez cometas un error. Agregó desearía contar con
más hombres como tú. Ahora olvídalo y vuelve a trabajar.
José se quedó allí con una especie de temblor que le recorría de arriba abajo y sacudiendo la
cabeza como si no pudiese creer en tanta mala suerte. Después se volvió hacia los muchachos de
la plantilla. Miró a Pinky Carson como lo hubiese hecho un perro traicionado por su amo. Por fin
se dio media vuelta y echó a andar por el primer pasillo y comenzó a trabajar nuevamente.
Pinky Carson se le acercó apenas pudo. Mira José la idea no estaba mal pero no era suficiente.
Para abandonar un buen puesto tienes que hacer algo importante. La solución de los pasteles se
ha acabado por esta noche. Pero no pierdas esperanzas por que todas las noches se hacen pasteles
y mañana puedes tirar uno de esos estantes llenos. Puedes coger uno de los que tienen ciento
ocho pasteles. Piensa en ello. Lo colocas en el mismo lugar y después vuelcas el estante y se
montará un follón impresionante. Qué follón tío entonces sí que Jody Simmons te echará. No lo
dudes.
José miró a Pinky Carson y dijo todo eso es muy deshonesto pero mi organismo no resiste
mucho más de modo que mañana lo haré cuando salga la tanda de pasteles. Luego volvió
tambaleándose a su trabajo.
Al día siguiente la mayor parte de los muchachos no pudo dormir tan ansiosos estaban de ver
cómo José arrojaba la estantería. Todos llegaron temprano a trabajar. Habitualmente Jody
Simmons no llegaba hasta cerca de las diez. Pero todo el mundo esperaba que viniese temprano
para poder observar con más tiempo el rostro de un hombre que iba a presenciar cómo se caían

ciento ocho pasteles frente a su despacho. Pero cuando pasaron junto a la oficina de Jody y
miraron Jody no estaba allí. Sobre su escritorio sólo había una gran caja rectangular que parecía
una caja de flores. Todos miraron la caja y después subieron a cambiarse para el trabajo. En
seguida apareció José. La primera parte de la noche se les hizo más larga que nunca.
A eso de las diez de la noche apareció Jody Simmons. Todos observaban porque sentían
curiosidad por saber qué era esa caja que había sobre su escritorio. Jody entró en su despacho y
miró la caja como si fuese una bomba de tiempo. Era un hombre rudo y cualquier cosa
desacostumbrada solía despertarle sospechas. Por último debió convencerse de que la caja no era
peligrosa y comenzó a abrirla con mucho cuidado. Dos docenas de rosas cayeron sobre su
escritorio. Jody empezó a manotear entre las rosas en busca de una tarjeta pero no había tarjeta
alguna. Cuando Rudy entró en el despacho de Jody en busca de las planillas de la noche vio las
flores y dijo veo que has recibido flores Jody. Jody contempló las flores y dijo que alguien se
estaba haciendo el gracioso. Pero que no le importaba porque las rosas eran bellas y se las
llevaría a su esposa. Envió a Rudy en busca de una lata con agua para ponerlas así se
conservarían frescas. Toda la noche cada vez que los muchachos miraban hacia la pequeña
ventana del despacho de Jody imaginaban su pequeña cabeza calva adornada por una corona de
rosas.
A las dos empezó a salir el pastel. Pinky Carson subió a la sección de horneado para controlar el
empaquetado de los pasteles. Esa noche había de manzana y vainilla y mora y melocotón. Pinky
probaba uno de cada gusto y verificaba la consistencia de la corteza y el espesor del relleno. Esa
noche la cuadrilla iba adelantada en el trabajo de modo que pudieron coger los pasteles cuando
aún estaban calientes. Pink Carson decidió que los más adecuados para tirar eran los de mora.
Así que cogió delicadamente una hornada de los más calientes y los colocó en el montacargas.
Abajo estaba José.
José temblaba como una hoja. Todos se apostaron cerca de la ventana de Jody Simmons mientras
fingían trabajar pero en realidad no hacían más que ademanes. Pinky empujó la hornada de
pasteles con cuidado hacia la ventana de Jody Simmons. Después se agachó y comenzó a hacer
señas a José. José se acercó como un perro apaleado. Se echó a andar hacia el tablón con los
pasteles y apoyó su mano en él. Bastaba un pequeño empujón para arrojarlo al suelo. José se
quedó apoyado con un aspecto muy triste. Todos esperaban que Jody Simmons mirara. Parecía
demorarse horas. Finalmente miró y Pinky Carson dio la señal. José empujó apenas un poco y el
tablón se vino abajo con un ruido infernal. Ciento ocho pasteles se desparramaron por el suelo de
la sala de expedición.
Jody se quedó un minuto en su silla mirando fijamente. Como si no pudiese creer que esto le
sucediese a él. Después fue como si alguien le hubiera aplicado una descarga eléctrica porque en
lugar de empujar la silla hacia atrás antes de ponerse en pie saltó como si se hubiese apoyado en
un brasero salió corriendo y aullando de su despacho. José se quedó mirándole. José era mucho
más alto que Jody Simmons. Miró a Jody desde arriba y sus ojos eran lo más triste del mundo.
Jody comenzó a gritarle piojoso hijo de puta anoche te di una oportunidad y ¿qué haces hoy?
Arruinas ciento ocho pasteles de mora. ¿Sabes lo que esto significa hijo de puta? Significa que te
echo que estás despedido. Fuera y que no te vuelva a ver por aquí cabrón.
José se quedó un segundo mirando a Jody Simmons como si le disculpara por todo lo que le
estaba diciendo. Luego se volvió y echó a andar en dirección al vestuario. Todos se escurrieron
tras él lo más rápido que pudieron. José hablaba casi consigo mismo. Esta es la primera vez que
hago algo tan deshonesto decía José. Nunca pensé que fuese capaz de caer tan bajo. El señor
Simmons tiene razón. Es un excelente caballero que me dio trabajo cuando lo necesitaba. Le he
retribuido con ingratitud. Soy un miserable. No hay más que decir ¿no?
Oye José dijo Rudy tal vez tú sepas algo sobre esas flores que estaban sobre el escritorio de Jody.
José asintió con un gesto. Sí dijo pero es lo que se llama un secreto. Compré esas flores esta
tarde y se las envié al señor Simmons. Pues reverendo idiota dijo Rudy ¿cómo se enterará de que
has sido tú si no has puesto una tarjeta con tu nombre?
José respondió que eso no estaba en discusión. Lo importante es que el señor Simmons haya

recibido las flores. Las flores son hermosas. El señor Simmons es un caballero y sabrá
apreciarlas. Que sepa o no de dónde provienen no tiene nada que ver. Yo sé que he expresado mi
gratitud con algo hermoso. Sé que he intentado retribuirle por las cosas estupendas que ha hecho
por mí. No es importante que lo sepa. Lo único importante es que recibiera las rosas ¿sí?
José se puso el abrigo y salió de la panadería. Nadie volvió a verlo. Al día siguiente no se
presentó a cobrar. En cambio Jody Simmons recibió un giro postal de José por diecinueve
dólares y ochenta y siete centavos que sumados a su salario servirían para pagar los pasteles…
Ahora le parecía que José estaba de pie frente a él avanzando y retrocediendo en una especie de
niebla. El estaba hablando con José. Le decía ¿cómo estás José? ¿Cómo andan tus cosas?
Háblame José y dime qué haces y qué pasó con aquella muchacha rica. Habla más fuerte José
porque últimamente no oigo bien. Fuerte José. Y acércate más porque no me puedo mover
demasiado. Más tarde sí pero ahora ya lo ves estoy en cama. ¿Cómo es eso José? ¿Cómo es eso?
¡José!
Espera un momento José. Perdóname. Verás. He creído que estábamos de nuevo juntos en la
panadería. He creído que estábamos todos allí. Pero no es así. Debe haber sido un sueño. Resulta
difícil saberlo. Sólo un minuto José y me despertaré. Eso eso. Así está mejor. Mucho mejor. No
sé dónde estás José pero sí dónde estoy yo.
Sé dónde estoy.

VII
No podía seguir así. Debía evitar que las cosas se desvanecieran y luego regresaran todas juntas.
Tenía que terminar con los ahogos y los hundimientos y los ascensos. Terna que reprimir el
miedo que le daba ganas de gritar y aullar y reír y estrangularse hasta morir con un par de manos
que se estaban pudriendo en algún depósito del hospital.
Tenía que controlarse para poder pensar. Hacía demasiado que estaba así. Sus muñones ya
habían cicatrizado. Los vendajes habían desaparecido. Eso quería decir que había pasado el
tiempo. Mucho tiempo. Tiempo suficiente como para que saliera de eso y pensara. Tenía que
pensar en él. En Joe Bonham y en lo que haría. Tenía que pensarlo todo nuevamente.
Era como un hombre adulto que de pronto se volvía a introducir en el cuerpo de su madre. Yacía
en silencio. Completamente indefenso. En alguna parte de su estómago había un tubo a través del
cual le alimentaban. Era exactamente como un útero salvo que un bebé en el cuerpo de su madre
puede esperar el momento en que nacerá a la vida.
El estaría en ese vientre para siempre. Eternamente. Debía recordarlo. No debía esperar o confiar
en otra cosa. Esta era su vida de ahora en adelante día a día hora a hora minuto a minuto. Nunca
más podría decir hola cómo estás te quiero. Nunca más podría escuchar música u oír el murmullo
del viento entre los árboles o el rumor del agua. Nunca más respiraría el aroma de un filete
friéndose en la cocina de su madre o la humedad de la primavera en el aire o la maravillosa
fragancia de la salvia transportada por el viento a través de una gran llanura. Nunca más podría
ver los rostros de las personas que le alegraban con sólo mirarlos como el de Kareen. Nunca más
podría contemplar la luz del sol o las estrellas o el césped tierno que crece en las colinas de
Colorado.
Nunca más podría andar con sus piernas sobre la tierra. Nunca más correría o saltaría o se
estiraría cuando estuviera cansado. Nunca estaría cansado.
Si el sitio en que yacía ardiese él se limitaría a quedarse allí y dejar que ardiese. Ardería con él y
no podría hacer movimiento alguno. Si sintiera que un insecto se arrastraba por ese muñón de
cuerpo que le quedaba no podría mover un dedo para destruirlo. Si le picaba no podría hacer
nada para aliviar la picazón o quizá a lo sumo restregarse un poco contra las mantas. Y esta vida
no transcurriría así sólo hoy o mañana o hasta el fin de la semana que viene. Estaba en el vientre
para siempre. No era un sueño. Era real.
Se preguntó cómo había podido salir con vida. Había tíos que se arañaban el pulgar y se morían.
El alpinista se caía de un escalón se fracturaba el cráneo y moría el jueves. Tu mejor amigo iba al
hospital para operarse del apéndice y cuatro o cinco días después estabas junto a su tumba. Un
pequeño microbio como el de la gripe acababa con la vida de alrededor de diez millones de
personas en un solo invierno. Entonces ¿cómo era posible que un tío perdiese los brazos y las
piernas y los oídos y los ojos y la nariz y la boca y siguiera viviendo? ¿Cómo entenderlo?
Sin embargo había muchos que habían perdido sólo las piernas o los brazos y vivían. De modo
que tal vez era razonable pensar que un hombre podía vivir aun sin piernas ni brazos. Si una de
esas opciones era posible también podían serlo las dos juntas. Los médicos eran cada vez más
diestros en especial ahora que llevaban tres o cuatro años en el ejército con mucha materia prima
para experimentar. Si llegaban a tiempo antes de que te desangraras podían salvarte casi de
cualquier herida. Era evidente que en su caso habían llegado a tiempo.
Si lo pensabas era bastante razonable. Muchos tenían los oídos arruinados por las ondas de
choque. Era muy habitual. Muchos se habían quedado ciegos. De tanto en tanto podías leer en el
periódico que alguien se había pegado un tiro en la sien y terminaba con vida pero ciego. Por lo
tanto su ceguera también tenía sentido. Había muchos en los hospitales allá detrás de las líneas
que respiraban por tubos y muchos sin mandíbula y muchos sin nariz. Todo tenía sentido. Sólo
que en él se habían combinado todos esos casos. Sencillamente se trataba de una granada que le
había volado el rostro y los médicos habían llegado a tiempo para evitar que se desangrara. Sólo
un pequeño trozo de granada que por algún motivo no le afectó la yugular ni la médula.
Las cosas habían transcurrido con bastante calma hasta que le pasó esto. Eso quería decir que los
médicos de retaguardia tuvieron más tiempo para jugar con él que cuando se desplegaba una

ofensiva y los heridos venían en tropel. Debe haber sido así. Seguramente le habían recogido en
seguida y le habían trasladado a un hospital de la base y todos se habían arremangado frotándose
las manos y diciendo bien bien muchachos he aquí un caso interesante veamos qué podemos
hacer. Después de todo allí habían despanzurrado a unos diez mil tíos para saber cómo se hacía.
Se habían encontrado con un caso desafiante y tenían tiempo de sobra de modo que lo
encogieron y lo devolvieron al útero.
Pero ¿por qué no se había desangrado hasta morir? Es de suponer que con los muñones de los
dos brazos y las dos piernas manando sangre uno podía por lo menos morirse. Había algunas
venas poderosas en las piernas y en los brazos. Había visto tíos que se desangraban hasta morir
por la pérdida de un solo brazo. No parecía lógico que los médicos hubieran actuado tan
rápidamente como para detener cuatro pérdidas de sangre al mismo tiempo antes de que un
hombre muriera. Entonces pensó quizá sólo estaba herido y me los cortaron después para
ahorrarse problemas o tal vez porque estaban infectados. Recordó haber oído hablar de
gangrenas y de soldados con heridas llenas de gusanos. Ese era un buen síntoma. Si uno tenía
una bala en el estómago y el agujero lleno de serpenteantes gusanos entonces estaba bien porque
los gusanos se comían el pus y mantenían limpia la herida. Pero si tenías ese mismo agujero sin
gusanos la herida seguía infectándose por un tiempo y después cogías gangrena.
Tal vez no había tenido gusanos. Tal vez si hubiese podido despertar la atención de un pequeño
puñado de gusanos ahora tendría piernas y brazos. Sólo un puñado de pequeños gusanos blancos.
A lo mejor cuando lo recogieron aún tenía brazos y piernas con unas pocas heridas. Pero pudo
haber ocurrido también que cuando terminaron de curarle las cosas importantes como los ojos la
nariz y los oídos y la boca la gangrena ya se había apoderado de piernas y brazos. Entonces
comenzaron a despedazarle. Un dedo por aquí una muñeca por allí oh diablos cortemos a la
altura de la cadera. Probablemente ése era el método. Cuando los médicos están cortando partes
tienen recursos para detener la sangre a fin de que un hombre no muera. Quizá si hubieran sabido
cómo terminaría le hubiesen dejado morir. Pero fue sucediendo gradualmente articulación por
articulación y entonces allí estaba vivo y ahora no podían matarle porque sería cometer un
asesinato.
Oh Dios pasaban tantas cosas extrañas en esta guerra de los hombres. Todo era posible. Oías
hablar de ellas todo el tiempo. A un tío le volaron la mitad superior del estómago entonces los
médicos le quitaron la piel y con la carne de un muerto hicieron una tapa para el estómago del
herido. Podían levantar la tapa como una ventana y observar cómo digería la comida. Había salas
enteras repletas de hombres que respiraban por tubos y comían por tubos el resto de sus vidas.
Los tubos eran importantes. Muchos muchachos orinarían por tubos mientras vivieran y otros
muchos a quienes les habían volado sus partes traseras. Ahora sus intestinos se prolongaban en
agujeros en las caderas o en el estómago. Los agujeros estaban cubiertos de vendas porque no
tenían esfínteres que los controlaran.
Y eso no era todo. Había un sitio en el sur de Francia donde tenían a los locos. Había tíos que no
podían hablar aunque estaban en perfecto estado físico. Sólo se habían asustado y se habían
olvidado de hablar. Había hombres saludables que corrían por todas partes a cuatro patas y
metían la cabeza en los rincones cuando estaban asustados y se olían entre sí y levantaban la pata
como los perros y no hacían más que gemir. Había uno un minero que volvió a Cardiff junto a su
mujer y sus tres hijos. Una bengala le había quemado el rostro y cuando su mujer le vio lanzó un
aullido cogió un hacha y le cortó la cabeza. Luego mató a los tres niños. Esa misma noche la
encontraron en una taberna bebiendo cerveza más fresca que una lechuga. Lo único extraño es
que intentaba comerse el vaso de cerveza. ¿Cómo se puede creer o no creer después de todo
esto? Cuatro o tal vez cinco millones de hombres muertos y ninguno de ellos deseaba morir
mientras que centenares de miles se volvían locos o se quedaban ciegos o paralíticos y no podían
morir aunque lo desearan.
Pero no había muchos como él. No había muchos tíos a quienes los médicos pudiesen señalar y
decir he aquí la última palabra he aquí nuestro triunfo he aquí lo más importante que hemos
hecho entre las muchas cosas que hemos llevado a cabo. He aquí un hombre sin piernas ni brazos

ni oídos ni ojos ni nariz ni boca que sin embargo respira come y está tan vivo como usted o como
yo. La guerra había sido una cosa estupenda para los médicos y él un tío con suerte que había
aprovechado todo lo que ellos habían aprendido. Pero había una cosa que no pudieron hacer.
Podían devolver un tío al vientre de su madre pero no podían volver a sacarle. Estaría allí para
siempre. Todo lo que le habían cercenado había desaparecido para siempre. Eso era lo que debía
recordar. En eso debía intentar creer. Cuando eso penetrara dentro de sí entonces podía calmarse
y pensar.
Era como leer en el periódico que alguien ha ganado la lotería y pensar ahí tienes un tío que ganó
un millón de golpe. No podías creer del todo que un hombre pudiese ganar con tantos factores en
contra. Sin embargo sabías que era cierto. Sin duda nunca esperas ganar cuando compras el
billete. Ahora ocurría lo contrario. Había perdido un millón contra uno. Pero si leía en un
periódico lo que le había sucedido no terminaría de creerlo aunque supiese que era cierto. Y
jamás podría pensar que le sucedería a él. Nadie imaginaba algo así. Un millón contra uno diez
millones contra uno siempre había el uno. Y ése era él. Era el tío que perdió.
Ahora empezaba a tranquilizarse. Su pensamiento se hacía más preciso se articulaba mejor.
Podía quedarse quieto entre las sábanas y reconstruir las cosas. Podía imaginar además de sus
grandes desgracias las más pequeñas. En un punto próximo a la base de su garganta había una
costra que se adhería a algo. Al mover la cabeza ligeramente hacia la derecha y después hacia la
izquierda podía sentir el tirón de la costra. También podía sentir un pequeño bulto en la frente
como si le hubiesen atado un cordel entre las órbitas de los ojos y el nacimiento del pelo. Ese
cordel le intrigaba porque tironeaba cuando él movía la cabeza para sentir la costra cerca de su
cuello. En el hueco que estaba en medio de su cara no podía sentir nada así que eso constituía un
pequeño problema. Se pasó un rato desplazándose hacia la izquierda y la derecha sintiendo al
mismo tiempo el tirón de la costra. Súbitamente comprendió.
Le habían puesto una máscara sobre el rostro que estaba anudada a la altura de su frente. La
máscara sin duda era una especie de tela blanda y la parte inferior se había adherido a la
mucosidad de la herida de la cara. Eso lo explicaba todo. Se trataba sencillamente de un trozo de
tela firmemente atado que llegaba hasta su garganta para que la enfermera en sus idas y venidas
no vomitara al contemplar al paciente. Una medida muy considerada.
Ahora que comprendía el propósito y la mecánica de la máscara la costra de mera curiosidad se
convirtió en una irritación. Cuando era niño nunca permitió que una costra terminara de curarse.
Se la arrancaba siempre. Ahora intentaba rasgarla moviendo la cabeza y tensando la máscara.
Pero no podía desalojar la máscara ni comenzar a desgarrar la costra. La tarea se convirtió en una
especie de manía. El sitio donde la tela se adhería a la costra no le dolía. No era eso. Sino más
bien una situación fastidiosa un desafío o una demostración de fuerza. Si pudiese arrancarse la
máscara no se sentiría totalmente indefenso.
Intentó extender el cuello para poder arrancar la tela que se adhería a su piel. Pero no podía
extenderlo suficientemente. Se descubrió concentrando toda su fuerza y su voluntad en ese
minúsculo punto de irritación. Comprendió que pese a sus esfuerzos no lograría arrancársela.
Todos los músculos de su cuerpo y toda su fuerza de voluntad ni siquiera conseguían mover algo
tan insignificante como un trozo de tela pegado a su piel. Eso era peor que estar en el útero. Los
niños a veces pateaban. Otras veces daban vueltas en la penumbra húmeda y apacible de sus
silenciosos ámbitos. Pero él no tenía piernas para patear ni brazos para agitar y no podía dar
vueltas porque no tenía un solo fragmento en el cuerpo que le sirviera de palanca para empezar a
girar. Trató de desplazar su peso de un lado a otro pero los músculos que tenía en lo que quedaba
de sus muslos no se flexionaban convenientemente y tampoco sus hombros tan
escrupulosamente mutilados respondían a sus propósitos.
Abandonó la costra y la máscara y comenzó a tramar la forma de dar la vuelta. Sólo podía
producir un leve ademán de balanceo. Pero nada más. Tal vez con práctica podría aumentar la
fuerza de su espalda sus muslos y sus hombros. Quizá dentro de uno cinco o veinte años lograría
adquirir fuerza suficiente para que la órbita de su balanceo fuese cada vez más amplia. Entonces
tal vez un día de pronto se daría la vuelta. Si lo lograba podría matarse porque si los tubos que

alimentaban sus pulmones y su estómago eran de metal se clavarían en algún órgano vital con el
solo peso de su cuerpo. O de lo contrario si eran blandos como goma su peso podría aplastarlos y
se asfixiaría.
Pero todo lo que pudo lograr mediante sus más violentos esfuerzos fue un ligero balanceo que le
bañó en transpiración y le hundió en un doloroso mareo. Tenía veinte años y no podía reunir
fuerzas suficientes para darse la vuelta en la cama. Nunca había estado enfermo. Siempre había
sido fuerte. Podía levantar una caja con sesenta hogazas de pan de libra y media cada una. Y
echarla sin más sobre sus hombros para colocarla sobre un cubo de siete pies. Era capaz de
hacerlo no una vez sino centenares de veces cada noche hasta que sus hombros y sus bíceps
adquirieron la fortaleza de un hierro. Y ahora al igual que un niño que se mece para dormir
apenas podía flexionar los muslos y producir un leve balanceo.
De pronto sintió un gran cansancio. Tendido sin hacer el menor movimiento pensó en esa otra
herida más pequeña que había comenzado a advertir. Era un hueco en el costado. Sólo un
pequeño hueco que sin duda se negaba a cicatrizar. Sus piernas y sus brazos habían cicatrizado y
eso llevaba mucho tiempo. Pero mientras transcurría todo ese tiempo de curación todas esas
semanas o meses en los que las cosas aparecían o se desvanecían en la nada ese hueco en su
costado había permanecido abierto. Lo había ido advirtiendo poco a poco durante mucho tiempo
y ahora lo sentía claramente. Era un parche de humedad dentro de una venda de la que descendía
un pequeño hilo aceitoso que resbalaba por su flanco izquierdo.
Recordó la vez que había visitado a Jim Tift en el hospital militar de Lille. Jim estaba en una sala
donde había muchos tíos con agujeros aquí y allí que no terminaban de cicatrizar. Algunos
yacían allí meses y meses drenando y hediendo. El olor de la sala era como el de un cadáver con
el que tropiezas durante una patrulla como el olor de un cadáver muy rancio que se disgrega
apenas lo tocas con la punta de la bota y despide como una nube de gas con hedor a carne
muerta.
Quizás había tenido la suerte de que le volaran la nariz. Hubiese sido bastante desagradable estar
acostado y oler el perfume de tu propio cuerpo mientras se va pudriendo. Tal vez después de
todo era un tío afortunado porque con ese olor constante en la nariz no es posible tener apetito.
Aunque de todos modos eso no le preocupaba. Comía regularmente. Podía sentir cómo le
deslizaban comida en el estómago y sabía que comía perfectamente. El sabor no importaba.
Ahora las cosas se volvían cada vez más borrosas. Supo que volvía a desvanecerse. Se
escabullía. Parecía como si la oscuridad de sus ojos se convirtiera en algo púrpura en algo como
el azul crepúsculo. Descansaba. Sencillamente estaba acostado después de haber pensado y
trabajado mucho y se decía deja que se descomponga porque de todos modos no puedes olerlo.
Cuando a uno le queda tan poco ¿por qué preocuparse de una parte más que está muriendo? Tú
no tienes más que quedarte quieto. La penumbra adquiere otra tonalidad de penumbra.
Crepúsculo sin estrellas y noche sin estrellas. Como en casa por las noches con grillos y ranas y
una vaca mugiendo en alguna parte y un perro ladrando a lo lejos y el alboroto de los niños que
juegan. Bellos sonidos maravillosos y oscuridad y paz y sueño. Sólo que sin estrellas.
La rata se arrastraba sobre su cuerpo sigilosamente. Con sus pequeñas garras afiladas trepaba por
su pierna izquierda. Era una gran rata parda como las que solían perseguir con palos. Se
arrastraba husmeando y oliendo y desgarrando el vendaje del costado. Sentía sus bigotes que le
cosquilleaban los bordes de su herida abierta. Sentía sus largos bigotes que rastreaban en el pus
del agujero. Y no podía hacer nada.
Recordaba el rostro de un oficial prusiano que encontraron un día. Acababan de asaltar las
trincheras exteriores de la posición alemana. Era una trinchera que había sido abandonada una o
dos semanas antes. Toda la compañía como un enjambre se había lanzado sobre ella. Allí se
encontraron con el oficial prusiano. Era un capitán. Estaba tendido con una pierna extendida en
el aire. La pierna estaba tan hinchada que el pantalón parecía estar a punto de reventar. Su rostro
también estaba hinchado. Sus bigotes todavía estaban lustrosos. Una rata gorda y satisfecha
sentada en su cuello le roía el rostro. Al saltar dentro de la trinchera captaron todo el cuadro. La
entrada a un refugio al que se dirigía el prusiano cuando fue abatido. El prusiano con la pierna en

el aire. La rata masticando.
Alguien lanzó un alarido y entonces todos comenzaron a aullar como locos. La rata se irguió y
les miró. Después echó a andar hacia la entrada del refugio. Pero lo hizo lentamente. Toda la
compañía se lanzó sobre ella aullando y rugiendo. Alguien le arrojó un casco que golpeó a la rata
en los cuartos traseros. La rata chilló y se volvió para pegar una dentellada al casco. Después se
arrastró hacia el refugio mientras ellos la perseguían. Allí a la luz de la penumbra la cogieron y la
aplastaron hasta convertirla en una jalea roja. Después, por un instante, todos se quedaron
inmóviles. Como si sintieran que se habían comportado como estúpidos. Abandonaron el refugio
y prosiguieron la guerra.
Después pensó en ello. No importaba si la rata roía a un camarada o a un maldito alemán. Era
todo lo mismo. Tu verdadero enemigo era la rata y cuando la veías gorda y bien alimentada
masticando algo que podías ser tú entonces te volvías loco.
Ahora la rata se lo estaba comiendo a él. Podía sentir sus pequeños dientes afilados que mordían
al borde de la herida y luego los rápidos y leves movimientos del cuerpo de la rata a medida que
movía las fauces. Después hundiría las patas y arrancaría un trozo más de carne y eso le dolería y
luego volvería a masticar.
Se preguntó dónde estaría la enfermera. Ese era un hospital infernal donde permitían que las
ratas entrasen en las salas y masticaran a los enfermos mientras trataban de dormir. Se revolvió y
sacudió pero la rata siguió inamovible. No podía hacer nada para asustarla. No podía golpear ni
patear y no podía gritar ni silbar para ahuyentarla. Lo único que podía hacer era intentar ese
ligero movimiento oscilatorio. Pero evidentemente eso le agradó a la rata porque se quedó donde
estaba. Ahora la rata comía con mucho cuidado seleccionando las mejores partes y luego
descansaba sobre su estómago con sus pequeñas mandíbulas que masticaban masticaban y
masticaban.
Empezó a darse cuenta de que el proceso de masticación de la rata no era una cosa que duraría
sólo diez o quince minutos. Las ratas son animales astutos. Conocían su entorno. Esta no se
limitaría a irse para no volver. Volvería día tras día noche tras noche para alimentarse con su
cadáver hasta enloquecerle. Se vio corriendo por los pasillos del hospital. Se vio abordando una
enfermera y cogiéndola por la garganta colocándole la cabeza abajo sobre el agujero de su
costado en donde seguía aferrada la rata, y gritándole puta holgazana ¿por qué no te ocupas de
ahuyentar a las ratas de tus pacientes? Corría aullando a través de la noche. Corría a través de
una serie de noches corría por una eternidad de noches gritando por el amor de Dios quítenme
esa rata de encima ¿no la veis? Corría a través de toda una vida de noches y aullaba y trataba de
quitarse la rata de encima y sentía que la rata hundía sus dientes cada vez más profundamente.
Cuando hubo corrido sin piernas hasta el agotamiento y cuando hubo gritado sin voz hasta
desgarrarse la garganta volvió a caer en el útero volvió a la quietud volvió a la soledad y a la
oscuridad y al terrible silencio.

VIII
Las manos de la enfermera se movían sobre su cuerpo. Podía sentir que le lavaba el cuerpo y
manipulaba su carne y vendaba la herida de su costado. Utilizaba algo caliente y graso para
disolver la sustancia de la costra que sostenía la máscara en ese punto de irritación próximo a su
garganta. Se sintió como un niño que ha despertado llorando por una pesadilla para encontrarse a
salvo y abrigado en los brazos de su madre. Aun cuando no pudiese verla ni oírla la enfermera
era una compañía. Era alguien y era su amiga. Ya no estaba solo. Si ella estaba allí él no tenía
necesidad de preocuparse no tenía necesidad de luchar ni de pensar. En ella recaía toda la
responsabilidad y él no tenía nada que temer mientras ella estuviese cerca. En lugar de la rata
que le roía el costado sintió los dedos fríos de la enfermera y la pulcritud de unas nuevas vendas
y gasas frescas.
Ahora supo que la rata sólo había sido un sueño. Se sintió tan aliviado cuando lo descubrió que
por unos minutos casi olvidó su miedo. Y después relajado con los cuidados de la enfermera se
estremeció de pronto al comprender que el sueño de la rata podía repetirse. Recordó que todo el
sueño había comenzado al pensar en la herida de su costado. A medida que se iba quedando
dormido su conciencia de la herida hacía surgir el sueño de la rata que se alimentaba de ella. Casi
con seguridad mientras la herida estuviese allí desencadenaría la misma serie de pensamientos
acerca de la rata que volvería nuevamente en su sueño. Cada vez que se durmiera la rata volvería
y el sueño en lugar de olvido sería tan espantoso como la vigilia. Un hombre despierto puede
aguantar mucho. Pero cuando llega el sueño merece olvidarlo todo. El sueño debería ser algo
como la muerte.
Sabía que la rata era un sueño. Estaba seguro de ello. Lo único que debía hacer era encontrar una
forma de salir del sueño cuando apareciese la rata. De niño solía tener pesadillas. Lo curioso era
que no resultaban particularmente desagradables. La peor era una en la que él era una hormiga
que cruzaba una acera y la acera era tan ancha y él tan pequeño que a veces se despertaba
gritando asustado. Esa era la forma de terminar con las pesadillas. Gritar tanto que se despertaba.
Pero ahora no podía hacerlo. En primer lugar no podía gritar y en segundo lugar estaba sordo y
no podía oír sus gritos. No servía. Tendría que encontrar otra solución. Recordó que a medida
que se hacía mayor y aparecían diferentes pesadillas podía salir de ellas pensando. Precisamente
cuando parecía que algo terrible que le perseguía iba a atraparle pensaba Joe esto no es más que
un sueño. Sólo un sueño ¿comprendes Joe? Y en seguida abría los ojos escrutaba la oscuridad
que le rodeaba y el sueño desaparecía. Podría adoptar ese sistema con la rata. La próxima vez
que apareciese en lugar de salir huyendo y gritando pidiendo ayuda pensaría que era un sueño. Y
entonces abriría…
Pero no era posible. No podía abrir los ojos. En su sueño en mitad del sueño de la rata podría
sustraerse a él mediante el pensamiento pero ¿cómo podía demostrar que estaba despierto si no
podía abrir los ojos y mirar la oscuridad en torno suyo?
Pensó ¡Dios! Joe tiene que haber alguna forma. Pensó el hecho de desear saber que uno está
despierto no es demasiado pedir. Pensó vamos Joe es la única forma en que puedes vencer a la
rata y tienes que hacerlo de modo que lo mejor será que busques rápidamente alguna manera de
probar si estas despierto o dormido.
Quizá sería mejor comenzar por el principio. Ahora estaba despierto. De eso estaba seguro.
Acababa de sentir las manos de la enfermera y las manos de la enfermera eran reales. Así que
cuando las sentía era porque estaba despierto. Aunque ahora que la enfermera se había ido estaba
despierto porque pensaba en el sueño de la rata. Si puedes pensar en un sueño es que estás
despierto. Eso es evidente Joe. Estás despierto. Y estás intentando liberarte de un sueño que
sobrevendrá cuando te duermas. No puedes salir del sueño gritando porque no puedes gritar No
puedes salir pensando y comprobar que estás despierto abriendo los ojos porque no tienes ojos.
Mejor empieza a pensar antes de que te duermas Joe ésa es la cuestión empieza ahora mismo.
En el momento en que sientas que te quedarás dormido intenta ponerte rígido y decirte no vas a
soñar con ratas. Entonces a lo mejor estarás preparado para ello y la rata no vendrá. Porque una
vez que aparezca te cogerá hasta que despiertes y no puedes tener la seguridad de que estás

despierto hasta que sientas las manos de la enfermera. Hasta entonces no puedes estar seguro en
absoluto. De modo que cuando sientas que te estás durmiendo concéntrate y piensa que no vas a
soñar con la…
Un momento. ¿Cómo sabrás cuando empieces a adormecerte Joe? ¿Qué te indicará que estás a
punto de dormirte? ¿Cómo se siente uno antes de quedarse dormido? Tal vez esté cansado de
trabajar y se relaje en la cama y sin darse cuenta se quede dormido. Pero no es tu caso Joe porque
tú nunca estás cansado y estás siempre en la cama. Eso no sirve. Pues también puede ocurrir que
sienta un escozor en los ojos y bostece y se desperece y por fin se cierren sus párpados. Pero eso
tampoco sirve. Nunca sientes escozor en los ojos y no puedes bostezar ni desperezarte ni tienes
párpados. Nunca estás cansado Joe. No necesitas dormir porque duermes prácticamente todo el
tiempo ¿cómo puedes tener sueño? Si no puedes tener sueño ¿cómo puedes advertirlo? Y si no lo
adviertes no puedes ponerte rígido y prevenirte contra la rata.
Cristo qué embrollo. Si ni siquiera podía saber si estaba despierto o dormido era un embrollo
terrible. Pero no se le ocurría ningún modo de saberlo. Cuando uno se va a dormir está cansado y
se acuesta y cierra los ojos y el sonido se desvanece y entonces uno se duerme. A lo mejor un tío
normal un tío que tiene ojos para cerrar y oídos para oír no puede saber el momento preciso en
que se duerme. Tal vez nadie pueda. Hay un pequeño espacio entre estar despierto y estar
dormido que no es ni una ni otra cosa. Las dos cosas se funden de modo que te quedas dormido
sin darte cuenta. Después sin darte cuenta te estás despertando y de pronto estás despierto.
Esto era un infierno. Si ni siquiera un tío normal podía saberlo ¿cómo iba a saberlo él cuando
todo lo que le rodeaba era como un sueño las veinticuatro horas del día? Sólo sabía que
probablemente entraba y salía del sueño cada cinco minutos. Toda su vida se parecía tanto al
sueño que no había forma de seguir su curso. Por supuesto era razonable suponer que una gran
parte del tiempo estaba despierto. Pero el único momento en que podía estar seguro era cuando
sentía las manos de la enfermera. Y ahora que sabía que la rata era un sueño y en la medida en
que era el único sueño que podía identificar con certeza entonces eso quería decir que sólo podía
estar seguro de que dormía cuando le roía la rata. Desde luego además del sueño de la rata podía
tener otros de la misma manera que podía estar despierto muchas veces sin que le tocaran las
manos de la enfermera. Pero ¿cómo diablos podía saberlo?
Por ejemplo cuando era pequeño solía soñar despierto. Se recostaba y pensaba en cosas que haría
algún día. O pensaba en las cosas que había hecho la semana pasada. Pero estaba despierto y lo
sabía. Sin embargo tendido allí en la penumbra y el silencio era diferente. Si pensaba en algo que
había pasado hacía mucho tiempo aquello que parecía un sueño diurno podía convertirse en un
sueño verdadero de modo que mientras pensaba en el pasado podía quedarse dormido y soñar
con eso.
Tal vez no había solución. Tal vez por el resto de su vida tendría que adivinar si estaba despierto
o dormido. ¿Cómo podría asegurar me dormiré o bien acabo de despertar? ¿Cómo lo sabría? Y
uno tiene que saberlo. Es importante. Era lo más importante que quedaba. Lo único que tenía era
una mente y quería sentir que pensaba con claridad. Pero ¿cómo lo haría si no tenía una
enfermera cerca o una rata sobre su cuerpo?
Tenía que hacerlo y eso era todo. Se dice que los tíos que pierden partes de sí suelen desarrollar
facultades adicionales. Tal vez si se concentraba en pensar sabría que estaba despierto
precisamente como lo sabía ahora. Cuando no se concentrara se quedaría dormido. Eso
significaba no soñar más con el pasado. Significaba no hacer nada más que pensar pensar pensar.
Entonces se cansaría tanto de pensar que sentiría modorra y se quedaría dormido. Dios le había
dejado la mente y eso era todo. Era lo único que podía usar así que tenía que usarla siempre que
estuviese despierto. Debía pensar hasta que se sintiera cansado más cansado de lo que había
estado nunca. Debía pensar todo el tiempo y después dormir.
Comprendió que era necesario hacerlo. Porque si era incapaz de distinguir la vigilia del sueño no
podría considerarse siquiera una persona adulta. Ya era desdicha suficiente estar en el útero. Ya
era desgracia suficiente pensar que durante años y años permanecería solo en el silencio y la
oscuridad. Pero esto último esa incapacidad de distinguir los sueños de los pensamientos era el

olvido. Le convertía en nada. En menos que nada. Le despojaba de lo único que distinguía a un
hombre normal de un loco. Significaba que podía estar pensando con mucha solemnidad en algo
que parecía importante mientras que en realidad estaba dormido y soñaba los sueños idiotas de
un niño de dos años. Le despojaba de todo respeto por sus propios pensamientos y eso era lo
peor que podía pasarle a cualquiera. Estaba tan confundido que no sabía si lo verdadero era la
enfermera o la rata. Quizá ni una ni otra cosa. Quizás ambas fueran reales. Quizá nada era
verdadero ni siquiera el mismo oh Dios ¿no seria maravilloso?

IX
La fogata del campamento estaba instalada frente a una tienda y la tienda bajo un enorme pino.
Cuando dormías dentro de la tienda siempre te parecía que afuera estaba lloviendo porque las
hojas del pino caían y caían. Su padre estaba sentado frente a él contemplando el fuego. Todos
los veranos venían a este sitio a nueve mil pies de altura cubierto de pinos y lagos. Pescaban en
los lagos y por la noche cuando dormía el rugido del agua de los torrentes que unían los lagos
sonaba en sus oídos.
Venían a ese sitio desde que él tenía siete años. Ahora tenía quince y mañana vendría Bill
Harper. Se sentó frente al fuego miró a su padre a través de las llamas y se preguntó cómo se lo
diría. Se trataba de algo muy serio. Mañana por primera vez en todos sus viajes juntos quería ir
de pesca con alguien que no era su padre. Nunca se le había ocurrido esa idea en anteriores
excursiones. Su padre siempre había preferido su compañía a la de otros hombres y él siempre
había preferido la de su padre a la de otros muchachos. Pero mañana vendría Bill Harper y quería
ir de pesca con él. Sabía que alguna vez ocurriría. Sin embargo también sabía que significaba el
fin de algo. Era un fin y un comienzo y no sabía cómo decírselo a su padre.
De modo que lo mencionó como de paso. Dijo mañana viene Bill Harper y he pensado en que tal
vez salga con él. Dijo Bill Harper no sabe mucho sobre pesca. Y yo sí de modo que pienso que si
no te importa me levantaré temprano por la mañana para encontrarme con Harper e ir de pesca
con él. Su padre no respondió. Luego dijo por supuesto Joe. Vete con él. Y más tarde su padre
dijo ¿sabes si Bill Harper tiene una caña? El le contestó que Bill no tenía una caña. Pues bien
dijo su padre entonces ¿por qué no llevas mi caña y que Bill use la tuya? De todos modos yo no
pensaba ir de pesca mañana. Estoy cansado y creo que voy a descansar todo el día. Así que usa
mi caña y que Bill use la tuya.
Fue así de sencillo y sin embargo él sabía que era una gran cosa. La caña de su padre era muy
buena. Tal vez el único lujo que se había permitido su padre en toda su vida. Todas las
primaveras su padre enviaba la caña a un experto de Colorado Springs. El hombre de Colorado
Springs raspaba cuidadosamente el barniz de la caña arreglaba los desperfectos la volvía a
barnizar y la devolvía resplandeciente. Todos los años. Era el único tesoro de su padre. Sintió un
pequeño nudo en la garganta cuando pensó que en el preciso momento en que él abandonaba a su
padre por Bill Harper su padre le ofrecía su caña.
Esa noche se acostaron sobre un lecho de hojas de pino. Habían ahuecado el lecho de hojas de
pino a fin de hacer un pequeño vacío para las caderas. Se quedó largo rato despierto pensando en
el día siguiente y en su padre que dormía a su lado. Después se durmió. A las seis de la mañana
oyó un susurro. Era Bill Harper que le llamaba desde la entrada de la tienda. Se levantó le dio su
caña a Bill y él llevó la de su padre. Se marcharon sin despertarle.
Anochecía cuando ocurrió la catástrofe. Iban en un bote a remo pescando con los dos sedales
tendidos. El remaba y Bill Harper iba en popa frente a él con una caña a cada lado del bote. Todo
muy calmo y el lago tan apacible como un espejo. Ambos estaban algo somnolientos porque el
día había sido maravilloso. De pronto se oyó el agudo chirrido de un pez que tensaba la línea. La
caña saltó de la mano de Bill Harper y desapareció en el agua. Los dos manotearon
desesperadamente para asirla pero era demasiado tarde. Era la caña de su padre. Durante más de
una hora intentaron pescarla ayudándose con la otra caña y los remos del bote con la esperanza
de encontrarla pero sabían que era inútil. La maravillosa caña de su padre había desapareció y no
la volverían a ver.
Encallaron el bote y limpiaron el pescado que habían cogido y luego fueron a la tienda a comprar
una cerveza. Bebieron su cerveza y hablaron sobre la caña en voz baja. Después él se separó de
Bill Harper.
En el camino de regreso a la tienda bajo los pinos sobre la suave alfombra de hojas y atento al
sonido de los torrentes que descendían por la montaña y mirando las estrellas del cielo pensaba
en su padre. Su padre y su madre nunca tuvieron mucho dinero pero parecían arreglarse bien.
Tenían una casita en la parte posterior de un terreno largo y ancho en los alrededores del pueblo.
Frente a la casa había un parque y entre el parque y la acera su padre contaba con un espacio

bastante amplio donde había hecho un huerto. La gente de todo el pueblo venía a admirar el
huerto de su padre. Sin padre se levantaba a las cinco o cinco y media de la mañana para regar el
huerto y por la tarde cuando volvía del trabajo estaba ansioso por regresar a él. De algún modo
para su padre el huerto era una forma de escapar a las facturas y a las historias triunfantes y al
trabajo en la tienda. Era su forma de crear algo. Era su forma de ser un artista.
Al principio tenían lechugas y guisantes y habas y zanahorias y rabanitos. Después su padre le
pidió permiso al vecino para usar su terreno vacío como huerto. El hombre se sintió satisfecho
con el trato ya que le ahorraba el gasto de quemar la maleza en otoño. Así que en el terreno vacío
su padre cultivó maíz y calabazas y melones y sandías y pepinos. Alrededor tenía un gran seto de
girasoles. A veces el corazón de los girasoles alcanzaba un pie de diámetro. Las semillas eran
buen alimento para las gallinas. En un pequeño cuadrado que tenía sombra la mitad del día su
padre plantó fresas perennes así que comían fresas frescas desde la primavera hasta fines del
otoño.
Detrás de la casa de Shale City tenían pollos y conejos y él criaba algunos como mascotas. Dos o
tres veces por semana comían pollo frito a la hora de la cena y no parecía un lujo. En invierno
comían gallina hervida con pudín de frutas y patatas del propio huerto. En la época en que las
gallinas ponían muchos huevos y los huevos eran baratos en la tienda su madre cogía algunos y
los guardaba en grandes frascos de vidrio. Después en invierno cuando los huevos eran caros y
las gallinas no ponían ella no tenía más que ir a la despensa y conseguía huevos gratis. Tenían
una vaca y su madre preparaba mantequilla y suero. Ponían la leche en grandes baldes la dejaban
en la galería y a la mañana siguiente la leche estaba cubierta de una crema amarilla tan espesa
como el cuero. En verano los domingos hacían helado con su propia crema y sus propias frutillas
y todo propio menos el hielo.
En el otro extremo del terreno vacío su padre tenía seis colmenas de modo que en otoño recogían
miel en abundancia. Su padre iba a las colmenas y extraía los paneles y vigilaba las celdillas y si
el panal era débil destruía todas las celdillas de la reina y a veces hasta le recortaba las alas para
que no hiciera enjambre y dividiera la colmena.
Apenas la temperatura caía bajo cero su padre iba a alguna granja cercana y compraba carne
fresca. Solía haber un cuarto de vaca y a veces medio cerdo colgados en la galería del fondo
totalmente congelados y siempre frescos. Cuando querías un filete cogías una sierra y lo
aserrabas. El filete además de ser mejor costaba mucho menos que en la carnicería.
En otoño su madre se pasaba semanas preparando dulces. Al final de la temporada la despensa
estaba llena. Si bajabas a la despensa además de los grandes frascos de huevos había frascos de
todas las clases de fruta imaginables. Había albaricoques en almíbar y mermelada de naranja y
dulce de guinda y de grosella y jalea de manzanas. Había huevos duros conservados en zumo de
remolacha y pepinillos y cerezas saladas y salsa de chile. Si bajabas en octubre encontrabas tres
o cuatro grandes pasteles de fruta negros y húmedos rellenos de toronjas y nueces. Solían estar
en el rincón más fresco de la despensa cuidadosamente envueltos en lienzos húmedos para que se
conservaran hasta Navidad.
Tenían todas esas cosas y sin embargo su padre era un fracasado. Su padre era incapaz de hacer
dinero. A veces por las noches su padre y su madre conversaban sobre ello. Fulano se había ido a
California y había ganado mucho dinero en propiedades. Mengano se había ido y había ganado
mucho dinero trabajando en una cadena de zapaterías hasta que llegó a gerente. Todos los que
iban a California hacían dinero y tenían éxito. Pero su padre en Shale City era un fracaso.
Si uno se ponía a pensar era difícil entender por qué su padre era un fracaso tan grande. Era un
hombre bueno y un hombre honesto. Mantenía a sus hijos unidos y comían buena comida
comida excelente comida deliciosa mejor comida que la que comía la gente en las ciudades. Ni
siquiera gente rica de las ciudades comía verduras tan frescas y pródigas. Tampoco podían
conseguir una carne tan bien curada. Eso no se podía comprar con dinero. Eran cosas que uno
mismo debía hacer. Su padre había conseguido hacer hasta la miel que ponían en los pasteles
calientes que preparaba su madre. Su padre había logrado producir todas esas cosas en dos
terrenos del pueblo y sin embargo su padre era un fracasado.


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