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El viaje al amor .pdf



Nombre del archivo original: El viaje al amor.pdf
Título: Punset, Eduardo - El viaje al amor.doc
Autor: Administrador

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El viaje al amor
Las nuevas claves científicas

Eduardo Punset

© Eduardo Punset, 2007
© Ediciones Destino, S.A.
Diagonal, 662-664.08034 Barcelona
www.edestino.es
Primera edición: agosto 2007
Segunda impresión: octubre 2007
Tercera impresión: octubre 2007
Cuarta impresión: noviembre 2007
Quinta impresión: noviembre 2007
ISBN: 978-84-233-3961-7
Depósito legal: B. 53.051-2007
Impreso por Cayfosa - Québécor

A las bacterias, gusanos, ratones y
primates que nos han descubierto los
secretos del amor de los humanos.

Eduardo Punset

El viaje al amor

Introducción
Mi primer libro, La salida de la crisis (publicado hace más de treinta años),
sugirió, por primera vez en España, la tecnología del compromiso entre la
ideología socialdemócrata y la liberal. Mi segundo libro se titulaba La España
impertinente, y en él quise airear, desde el ángulo de la biografía histórica, la
visión que teníamos de nuestra sociedad, entonces cerrada, los que no
pertenecemos a ninguna cuna ilustre, poder establecido o corriente configurada
del pensamiento; aquellos que, literalmente, no pertenecemos a nadie. Después
decidí no andarme más por las ramas y siguieron veinticinco años de silencio.
Dediqué este exilio voluntario casi en su totalidad a explorar nuevas
fuentes del conocimiento, primordialmente científico, a recorrer países tan
olvidados como Kalmukia o Galicia y, sobre todo, a escuchar a la gente en los
aeropuertos.
Gradualmente, llegué a la conclusión de que cuando volviera a escribir lo
haría sólo sobre cuestiones que atenazan a la gran mayoría. Las minorías están
saturadamente servidas y sobrerrepresentadas, mientras que la gran mayoría
vive en el desamparo o, lo que es peor, traficando con las recetas que les
administran desde el interés supremo y el dogma.
El primer libro de esta trilogía versó sobre la felicidad (El viaje a la
felicidad, Destino, 2005). En los aeropuertos que he transitado a lo largo de los
años, entre laboratorio y laboratorio, descubrí que la felicidad es la ausencia de
miedo y que uno de los reductos más seguros donde encontrarla está en la sala
de espera de la felicidad.
De nuevo quiero desmenuzar para mis lectores lo que la ciencia ha
descubierto sobre otro sentimiento que les ha conmovido desde la cuna y que
no cesará de hacerlo mientras vivan: el amor. En las páginas siguientes iremos
desgranando la increíble paradoja de una emoción que, evolutivamente, arraigó
en los circuitos cerebrales, entre otros, de la recompensa y el placer, con el fin de
generar el esplendor necesario para garantizar la perpetuación de la especie,

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Eduardo Punset

El viaje al amor

aunque continúa siendo fuente de sufrimientos impensables, de dolores
indecibles y hasta de la locura.
Tal vez al lector, a medida que se adentre en El viaje al amor, le sorprendan
determinadas conclusiones, como que el amor sigue siendo lo "que era hace dos
mil millones de años (un instinto de supervivencia) o que, al margen del
comportamiento de determinados átomos o individuos, se impusiera la
monogamia desde tiempo inmemorial. Que el desenlace del amor adulto se
fragua en el entorno maternal de la infancia, o que la mente regula la libido
femenina en mayor medida que en el hombre. E incluso que podamos evaluar
nuestra propia capacidad de amar recurriendo a promedios, estadísticas y
encuestas, como se hace en el último capítulo, ayudando así al lector a atisbar
su propio futuro.
Siempre será difícil pronosticar lo que hará una persona en una multitud.
Lo que quizá podamos saber son los resultados estadísticos del
comportamiento promedio. Y ahí hay mucha información valiosa, muchos
patrones que nos dejan claro que somos esclavos de leyes físicas que
deberíamos conocer.
Coincido con mi amigo el joven filósofo Alain de Botton (nacido en 1969 en
Suiza y afincado en Londres) en que deberíamos escribir sobre lo que interesa a
todo el mundo; es decir, a la gente de la calle. El impulso biológico de la fusión
entre dos organismos ha derivado también en las bases del ejercicio del poder,
desde luego sobre la persona amada, pero también del poder destructivo sobre
los demás. Al análisis de la radiografía del poder de una persona sobre otra
pienso dedicar —si mis lectores tienen a bien acompañarme— el último libro de
esta trilogía sobre la felicidad, el amor y el poder. Tres temas que estructuran y
conmueven a todo el mundo, se quiera o no. ¿Quién no convendrá conmigo en
que, seguramente, ya iba siendo hora de que se recurriera a la ciencia para
desentrañar aquello que realmente conmueve a la gente de la calle?
Nueva York, mayo de 2007

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Capítulo 1
La lotería genética

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Me muero por un segundo a tu lado. Se me caen encima todas
las horas cuando te echo de menos. ¿Me he enamorado o me he
vuelto loca?
(Mensaje transcrito del buzón del teléfono móvil de X, una
mujer de 37 años fallecida en un accidente de tráfico)
Suele ocurrir siempre en torno a los dos años, pero lo cierto es que unos
niños empiezan a hablar antes que otros. A algunos se les entiende mejor que al
resto, otros tienden a gritar, otros hablan, definitivamente, de forma más
pausada. Lejos de establecerse un nexo claro entre su lenguaje y su
comportamiento, lo que salta a la vista es que algo mucho más decisivo y previo
determina cuándo empiezan a hablar y la manera en que lo hacen: son los
genes. Es la lotería genética.
Por primera vez empieza a imponerse una explicación fundamentalmente
biológica del comportamiento social y emocional. Falta hacía, sobre todo, en lo
referente al amor, emoción que, por fin, se está arrancando del dominio de la
moral para asentarla en el de la ciencia.
El equipo de neurólogos encabezado por José Antonio Armario ha
demostrado que existen rasgos genéticos o biológicos que diferencian las
conductas de unas ratas de otras. Las hay curiosas de nacimiento que se
arriesgan a explorar caminos al descubierto, mientras que otras temen a los
depredadores y se resisten a salir de los recintos cerrados y protegidos. Los
genes determinan la conducta potencial y el entorno puede modelar la práctica
del comportamiento.
El amor: es un sentimiento universal que acompaña a todo el mundo de
forma constante. Como explicó William James (1842-1910), el fundador de la
psicología moderna, nos pasamos la vida buscando el amor del resto del
mundo. Y siendo una constante vital, sin embargo, creemos descubrirlo por
sorpresa en otros confines, de noche, en escondrijos, en los caminos más
insospechados, ocultos y atrabiliarios.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

El primer beso
En Vilella Baixa, en la comarca del Priorato, provincia de Tarragona,
después de la guerra civil no había mujeres rubias, ni siquiera «rubias de un
susto», como tildarían años más tarde a las pocas que se atreviesen a teñirse el
pelo. La única excepción era Soledad. Un desamor de juventud la había
preservado del huracán del matrimonio en la aldea.
El matrimonio. Un paleontólogo amigo me explicó una vez el origen
remoto de la ceremonia nupcial. La continencia sexual, la impaciencia
acumulada, sumadas a la prolijidad de los preparativos y la proximidad del
desenlace, activaban descargas hormonales tan furiosas que los familiares se
veían en la obligación de sosegar los ímpetus irrefrenables del novio y el pánico
de la novia mediante la celebración del ritual de la unión. «¡Tranquilos! ¡No
pasa nada!»: ése era el motivo y el mensaje de la boda tribal.
Soledad había eludido los peligros del enlace. Treinta años después, con
cincuenta años a cuestas, se casó por conveniencia con un anciano emigrante
que sólo de vez en cuando regresaba de Estados Unidos a Vilella Baixa. Según
la psicología evolutiva —como se verá después—, a los hombres corresponde la
función de pregonar sus excelentes características genéticas y a las mujeres la
decisión de elegir buenos genes o buenos recursos. Soledad eligió los recursos,
en forma de una casa de pueblo que le dio cobijo cuando concluyó su larga y
densa etapa laboral.

El pueblo de Vilella Baixa desde la lejanía.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Era la única casa del pueblo con una pequeña torre, de difícil acceso, que se
había construido exclusivamente para disfrutar de las vistas. ¡Qué extraño que a
alguien se le ocurriera, en un pueblo pegado a la ladera de una montaña,
adornado de olivos y almendros, reservar un espacio privilegiado a un
intangible como la vista! Años más tarde aprendí en Manhattan que el precio de
los apartamentos dependía de la vista. Tal vez el anciano emigrante quiso
aplicar el mismo criterio de Manhattan a un pueblo al que, si le sobraba algo,
eran vistas bellísimas, con o sin torre, sobre el río y la sierra.
Durante treinta años, Soledad domeñó sus emociones. Después de la guerra
civil, en muchos pueblos las personas eran contadas, en el sentido literal de que
se contaban —se vigilaban y se referían las vidas—, los unos a los otros. Nadie
sintió jamás que la ansiedad acelerara los latidos del corazón de Soledad, ni
pudo ver que entornara los ojos ante la inminencia de un beso, o que yaciera
inmóvil en la cama, con los ojos cerrados del todo, mientras alguien apretujaba
sus senos debajo de la bata de andar por casa.
Nadie salvo yo, que, por pura casualidad, coincidí con ella en uno de los
raros momentos en que mi casa estaba vacía y ella se encargaba de la cocina y la
limpieza. Fue sólo un instante en toda su vida, interrumpido, también
inesperadamente —recuerdo el denso silencio de aquel crepúsculo—, al sonar
el timbre de la puerta: era mi hermano, que se había olvidado la pelota para
jugar en la plaza del pueblo.
En aquel paréntesis hermético e impenetrable quedó mi primera huella de
la fusión de dos emociones mudas, de puertas afuera, pero embriagadas de
placer de puertas adentro. Los niveles mínimos de Cortisol, que suelen bajar al
atardecer, no importaban en aquel cuerpo adolescente; mi cuerpo. No hacía
falta recurrir a ninguna energía adicional, porque Soledad no ofrecía resistencia
alguna a las caricias improvisadas. Había energía más que disponible para que
el casi centenar de neuropéptides responsables de los flujos hormonales
activara una digresión ensoñadora, con un vocabulario inconsciente y
puramente emocional.
La comunidad científica no descubrió hasta muchos años más tarde, en la
década de 1960, los neurotransmisores que impactan al cerebro. ¡Qué extraño!
¿Cómo ha podido sobrevivir la gente que nos ha precedido sin tener ni idea de
lo que les pasaba por dentro?
Puede ser, efectivamente, que el amor sea un impulso básico y universal,
una constante a lo largo de todas las vidas, pero su primera irrupción en el
corazón de los adolescentes suele darse por la vía furtiva, distinta y contenida
en las agujas del reloj del tiempo. Sesenta años después, casi he comprendido la
clave biológica de aquel acontecimiento, aunque —como dice la psicóloga y
escritora Sue Gerhardt— sus cimientos se construyan, sin que nos demos
cuenta, durante los nueve meses del embarazo y los dos primeros años de vida.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Es entonces cuando se modula el cerebro social y se establecen tanto la forma
como los recursos emocionales de una persona. Es genético, sí; pero no
únicamente.
Lleva su tiempo admitir —nunca pensé a este respecto en el verbo
'resignarse', porque ello implicaría que la posible alternativa era mejor: ¿mejor
en qué?— que no elegí a mis padres, ni la dirección de las fuerzas colosales, más
potentes que los movimientos de las capas tectónicas, que iban a desencadenar
mis flujos hormonales y, en definitiva, mi carácter potencial para toda la vida.
Ningún padre ha elegido tampoco a sus hijos. Estamos aquí porque alguien
sacó de un bombo gigantesco la bola con nuestro número. Pudo ser otro. Y sería
distinto (con la sola excepción de un gemelo monocigótico, aunque, incluso en
este caso, la epigenética se encargaría de que la expresión de los genes no fuera
idéntica). Venimos al mundo gracias a un festival silencioso que escenifican
billones de genes desde hace millones de años.

Estamos programados
La vida empieza unas treinta y siete
semanas antes del nacimiento con un
encuentro
fortuito:
el
de
un
espermatozoide paterno con un óvulo
liberado por uno de los dos ovarios de la
madre. Una vez entregado el paquete de
instrucciones genéticas al núcleo del óvulo,
el espermatozoide se sacrifica como un
kamikaze disolviendo su cuerpo y su cola
en aquel entorno gelatinoso a medio hacer.
En menos de veinticuatro horas, el óvulo
fecundado se divide en dos células y su
genoma prepara —con un vigor y una
precisión increíbles— al nuevo individuo,
constituido, por partes casi iguales, de las
contribuciones distintas del padre y de la
Ecografía de un feto humano.
madre.
Tal como me explicaba el prestigioso ginecólogo Stuart Campbell en su
consulta de Londres hace dos años, nunca, a lo largo de toda mi vida posterior,
se hizo tanto en tan poco tiempo. En menos de cuatro semanas el embrión
adquiere el tamaño de un guisante, pero ya es un humano en el que pueden

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Eduardo Punset

El viaje al amor

identificarse los ojos, los riñones, los miembros e incluso el rostro. Y todo esto
sin que ningún cerebro previsor dentro o fuera del organismo supervise el
proceso; sin que nadie ni nada se entere de cuándo, cómo y por qué está
ocurriendo. Es la lotería genética.
La etapa más importante de la vida no roza ni por asomo la conciencia.
Todo el proceso de morfogénesis —modelador de las mil bifurcaciones
determinantes del futuro ser humano— transcurre en la más absoluta oscuridad
del pensamiento. Procesos totalmente inconscientes desarrollan el diseño
invisible, según las instrucciones guardadas en el núcleo de las células, hasta
conformar el entramado genético de un individuo nuevo.
Sigue siendo un misterio impenetrable la naturaleza de la vibración,
aliento, susurro o señal molecular que sirve de pauta a cada célula para que se
dirija correctamente, de entre las tres capas del amasijo embrionario, a la que
corresponde con su verdadera vocación: el sistema motor del futuro organismo
moviente, a su oxigenación o a serenar el pensamiento.
A la luz de esos procesos inconscientes y primordiales, ¿por qué cuesta
tanto aceptar, años más tarde, que las decisiones mal llamadas conscientes no
son sino la racionalización interesada y a posteriori de mecanismos
inconscientes? La ciencia moderna está haciendo aflorar hechos
incontrovertibles, que cuestionan seriamente muchas de las construcciones
intelectuales sobre las que se asientan las reglas de convivencia y los conceptos
de responsabilidad jurídica y moral. Está claro que la sociedad debe protegerse
de las tropelías de un psicópata asesino que, además, es consciente de lo que
está haciendo, pero otra cosa es creer que le servirán los programas racionales
de rehabilitación que se aplican al resto de los delincuentes.
Gracias a las técnicas de resonancia magnética se ha podido detectar que
los músculos del dedo de una persona, cuando apunta a otra, se ponen en
marcha una fracción de segundo antes de que la orden haya sido formulada por
el cerebro. ¿Lo intuían de antemano las células del sistema motor? ¿Están la
mente y el cuerpo integrados a niveles que antes no se podía imaginar? El
ejemplo de la cucaracha que continúa moviendo las patas tras ser decapitada —
capacidad que han mantenido algunos vertebrados—, ¿representa el modelo
antitético al nuestro, con sus funciones rectoras concentradas en el cerebro, o
quizá está marcando una pauta más generalizada y difusa?
Resulta evidente que sólo los procesos automatizados —como la
respiración o la digestión— se acercan a la perfección; sobre todo, comparados
con los procesos que percibimos como mucho más conscientes, como elegir
trabajo o lugar de residencia. En realidad, la historia de la civilización,
probablemente, pueda interpretarse como la progresiva automatización de
procesos en los campos de la política y de actividades económicas e

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Eduardo Punset

El viaje al amor

intelectuales como la agricultura, la industria, la generación de servicios o la
propia enseñanza.

No siempre hubo libre albedrío
La vida en el Planeta depende de una biosfera que garantice la diversidad
de las especies, pero el progreso depende de la existencia, por encima de ella, de
lo que he dado en llamar una tecnosfera que asegure la conversión del
conocimiento científico en una red extensa de productos y procesos
tecnológicos automatizados. Es lo que nos ha diferenciado de las hormigas, que
siguen empotradas en su reducto biológico desde hace sesenta millones de
años; es lo que ha permitido que en el Planeta sobrevivan siete mil millones de
personas en lugar de unos centenares de miles. En las próximas décadas, no
sólo se considerarán delitos los comportamientos resultantes de la
insensibilidad y la violencia contra la biosfera y la diversidad de las especies,
sino, quizá, también las actitudes de aquellas culturas dogmáticas que
supongan un obstáculo insuperable para el desarrollo de la tecnosfera.

Un hormiguero «La vida sin tecnosfera ser siempre la misma»

La defensa más lúcida de la capacidad de los homínidos para decidir en
función de la cultura adquirida —al margen de cualquier automatismo—
procede, inesperadamente, del filósofo y neurocientífico estadounidense Daniel
Dennett, uno de los pensadores reduccionistas más originales de los últimos
cincuenta años. Dennett, que ha superado no hace mucho un fallo cardiaco que
lo dejó inconsciente durante largas horas —«él lo sabe todo de la conciencia», le

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Eduardo Punset

El viaje al amor

dije a su mujer, «y nadie mejor que él para recuperarla»—, salva al libre
albedrío por los pelos a costa de renunciar al supuesto valor absoluto y
permanente del mismo.
El libre albedrío —viene a decir Dennet— es una invención humana
efímera, como el dinero, e igualmente supeditada su vigencia a los plazos de
vencimiento de la cultura que nutrió a uno y otro. Si Richard Dawkins y Susan
Blackmore aceptaran los postulados de Daniel Dennett, al libre albedrío lo
meterían en el saco de lo que ellos llaman memes en lugar de genes; es decir, las
unidades de transmisión de la herencia cultural.
Este planteamiento es muy distinto de la aproximación más convencional o
dogmática según la cual decidimos libremente y, por lo tanto, siempre hemos
sido responsables de nuestros actos. Al contrario: el libre albedrío surge en un
momento dado como la creación reciente de los humanos. Y puesto que los
humanos andan por el Planeta desde hace más de dos millones de años, quiere
decir que durante mucho más tiempo han concebido y agotado su existencia sin
libre albedrío que con él. Muchos humanos jamás tuvieron la libertad de elegir.
De la misma manera que hubo homínidos que no dominaban el lenguaje, hubo
generaciones enteras de homínidos anteriores a la aparición de la escritura y de
la música que no conocían el libre albedrío.
El punto débil de esa justificación transitoria o sobrevenida del libre
albedrío reside en la naturaleza de la información. No toda la información
adquirida es relevante o fundada. Es más, la mayor parte del conocimiento
genético es irrelevante y —como explicaba en mi libro Adaptarse a la marea—
la casi totalidad de la cultura adquirida es infundada en un sentido evolutivo.
Por lo demás, desde que el paleontólgo Stephen Jay Gould (1941-2002) sugirió,
en la perspectiva del tiempo geológico, que «no marchamos hacia algo cada vez
más grande y perfecto», ningún otro paleontólogo ha descubierto todavía
ningún atisbo de propósito o finalidad en la evolución.
La mera acumulación de información, ya sea genética o adquirida, no tiene
por qué conllevar ningún enriquecimiento que agrande el mundo visible e
invisible, sobre todo si es irrelevante, infundada o inconexa en el baile
generacional que tiene lugar en la perspectiva sin propósito de la evolución.
«La gente hoy día está mejor informada que antes», se oye decir a menudo.
«Pues depende del sesgo de la información»: ésa sería la respuesta adecuada.
Caben pocas dudas de que, como organización social, preferiríamos algo
menos estricto y más democrático que el sistema de un organismo vivo. Un
organismo está excesivamente controlado y no deja margen alguno a ningún
tipo de discriminación consciente. Si el alma no fuera otra colección de
neuronas robotizadas, organizadas de una manera determinada, podría ser la
alternativa al imperio de los procesos automatizados. Otra alternativa sería,
efectivamente, una cultura que confiriera —aunque fuera por poco tiempo— la

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Eduardo Punset

El viaje al amor

independencia del entramado darwiniano y sus instrucciones subyacentes para
«multiplicarse o reproducirse».

La conciencia de los átomos
La verdad es que la inmensa mayoría de la gente ni siquiera necesita de
alardes de camuflaje para seguir erre que erre en su obcecación: toda su vida
han sido esclavos de una ideología que les ciega y les impide discernir entre la
información disponible. ¡Qué difícil resulta descartar la sugerencia de que
estamos programados, o lo estamos casi todo el rato!
Consideremos la siguiente prueba experimental, realizada con pollitos de
un día en los laboratorios del neurocientífico inglés Steve Rose.
Los pollitos, que sólo tienen un día de vida, deben aprender muy
rápidamente lo que sucede en su entorno y por ello son muy precoces: desde
que salen del cascarón tienen que encontrar el alimento por sí mismos. No se
quedan con el pico abierto esperando a que llegue su madre y les traiga la
comida. Tienen que explorar el entorno y lo hacen a base de picotazos, de
manera que si en el corral sintético del laboratorio se arrojan bolitas brillantes, a
los diez o veinte segundos les están dando picotazos. Si una de las bolitas es
amarga, es decir, tiene un sabor desagradable, la picotean una segunda vez,
mueven la cabeza y no vuelven a fijarse en una bolita como ésa nunca más. En
otras palabras, han aprendido que esa partícula tiene un sabor desagradable.
Ésta es una estrategia de supervivencia y una tarea de aprendizaje muy
potente: el comportamiento cambia a partir de esta experiencia única, pero tiene
que cambiar algo más para que se produzca una nueva forma de
comportamiento, a raíz de una nueva información. Cuando a un animal en
proceso de aprendizaje, mediante la información y la comunicación, se le
enseña algo que le ayuda a conocer el entorno, también sucede algo —hay un
cambio— en las neuronas del cerebro o en su red de sinapsis. Es decir que se
produce un cambio físico en la estructura del cerebro.
El descubrimiento —no menos importante que el de un agujero negro en el
centro de nuestra galaxia— revela que la memoria se mantiene a pesar de los
cambios estructurales que se producen en las relaciones sinápticas o en las
propias neuronas. Ningún ordenador podría mantener en orden sus archivos y
carpetas sometido a semejante vendaval de cambios continuos en su estructura
interna: se estropearía. En términos más generales, lo que sucede con la
memoria de los pollitos sucede con todos los cuerpos de los organismos vivos.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Durante el tiempo que el lector ha invertido en recorrer con sus ojos y
descifrar con su cerebro las páginas que lleva leídas, cada una de sus moléculas
puede haber recorrido muchos miles de kilómetros, y algunas moléculas se
habrán roto y resintetizado cientos de veces en un segundo; es más, al menos
cincuenta mil millones de células corporales mueren cada día por apoptosis
(suicidio celular programado) y son sustituidas por otras nuevas. Y sin embargo
seguimos siendo la misma persona. O eso creemos. Sometidos al ciclón de los
cambios constantes en el armazón vital, dejamos de ser, muy probablemente,
los mismos que éramos. Tomemos nota, de momento, de que la falta de
continuidad y permanencia constituye un aliciente adicional para buscar
amparo y sosiego en una emoción personal que pueda aportar esas sensaciones.
En este sentido, el amor formaría una especie de red, de estructura que
confiere identidad en medio de la inestabilidad orgánica. La gente suele mirarse
a través de los ojos. Los enamorados se ven perfectos y se lo transmiten a su
pareja. Esta especie de ego-booster o refuerzo para el ego forma parte de lo
positivo del amor. Recuerdo a un amigo que convivió varios años con su novia
hasta que ésta lo dejó. Nunca comentaba nada acerca de aquella ruptura,
excepto un día en que me soltó de pronto: «Laura siempre se reía con mis
bromas. Le parecían muy divertidas. Luego, poco a poco dejó de reírse. Es
tremendo darse cuenta de que la persona que antes te encontraba estupendo ya
no te ve como a un tipo divertido, sino ridículo. De repente me sentía idiota».
En psicología, sobre todo en las fases tempranas de la educación, es bien
sabida la influencia de las expectativas de los demás en el desarrollo de nuestro
carácter. De la misma manera que unas expectativas desmesuradas pueden
provocar una respuesta distorsionada en el niño —por ejemplo, en forma de
desarreglos alimentarios, tipo bulimia o anorexia—, un niño que convive con
expectativas negativas y estresantes («si fueses guapo...», «eres un vago y
siempre lo serás», «eres tan cobarde como tu padre») se amolda fácilmente a lo
que se espera de él.
Para bien o para mal, los demás, sobre todo durante la pubertad, actúan
como espejos en los que nos reflejamos. Esto explica, también, por qué el
desamor tiene efectos tan potentes en la psicología de las personas: por un lado
«desestructura» y por otro el que es rechazado no se siente digno de ser amado.
Es un efecto doblemente negativo.
Añadamos ahora una digresión contemplativa que apunta también a la
fragilidad y el desconcierto vitales, y que tuvo lugar en el curso de una
conversación en Suiza con Heinrich Rorher, premio Nobel de Física en 1986. La
discusión vino a cuento sobre el debate de si las bacterias también tenían
conciencia como los humanos. La verdad es que, a veces, al contemplar sus
complejas y coordinadas reacciones, resulta difícil no concederles dicho
atributo. Y si las bacterias tienen conciencia, ¿por qué no iban a tenerla los

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Eduardo Punset

El viaje al amor

átomos?, me preguntaba yo. La respuesta del premio Nobel fue la siguiente:
«Ahora siempre diferenciamos netamente entre la inteligencia, la materia viva y
la materia inerte. Si vamos más allá, todo está formado por átomos.
Probablemente, esa separación no es muy razonable a largo plazo. Quizás en el
futuro surja una perspectiva diferente en la que se confundan las tres
categorías: la inteligencia.
En aquel paréntesis hermético e impenetrable quedó mi primera huella de
la fusión de dos emociones mudas, de puertas afuera, pero embriagadas de
placer de puertas adentro. Los niveles mínimos de Cortisol, que suelen bajar al
atardecer, no importaban en aquel cuerpo adolescente; mi cuerpo. No hacía
falta recurrir a ninguna energía adicional, porque Soledad no ofrecía resistencia
alguna a las caricias improvisadas. Había energía más que disponible para que
el casi centenar de neuropéptides responsables de los flujos hormonales
activara una digresión ensoñadora, con un vocabulario inconsciente y
puramente emocional.
La comunidad científica no descubrió hasta muchos años más tarde, en la
década de 1960, los neurotransmisores que impactan al cerebro. ¡Qué extraño!
¿Cómo ha podido sobrevivir la gente que nos ha precedido sin tener ni idea de
lo que les pasaba por dentro?
Puede ser, efectivamente, que el amor sea un impulso básico y universal,
una constante a lo largo de todas las vidas, pero su primera irrupción en el
corazón de los adolescentes suele darse por la vía furtiva, distinta y contenida
en las agujas del reloj del tiempo. Sesenta años después, casi he comprendido la
clave biológica de aquel acontecimiento, aunque —como dice la psicóloga y
escritora Sue Gerhardt— sus cimientos se construyan, sin que nos demos
cuenta, durante los nueve meses del embarazo y los dos primeros años de vida.
Es entonces cuando se modula el cerebro social y se establecen tanto la forma
como los recursos emocionales de una persona. Es genético, sí; pero no
únicamente.
Lleva su tiempo admitir —nunca pensé a este respecto en el verbo
'resignarse', porque ello implicaría que la posible alternativa era mejor: ¿mejor
en qué?— que no elegí a mis padres, ni la dirección de las fuerzas colosales, más
potentes que los movimientos de las capas tectónicas, que iban a desencadenar
mis flujos hormonales y, en definitiva, mi carácter potencial para toda la vida.
Ningún padre ha elegido tampoco a sus hijos. Estamos aquí porque alguien
sacó de un bombo gigantesco la bola con nuestro número. Pudo ser otro. Y sería
distinto (con la sola excepción de un gemelo monocigótico, aunque, incluso en
este caso, la epigenética se encargaría de que la expresión de los genes no fuera
idéntica). Venimos al mundo gracias a un festival silencioso que escenifican
billones de genes desde hace millones de años.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

En lugar de estar atrapados en un universo de cuatro dimensiones —tres
espaciales y una temporal, las que percibimos claramente—, los humanos
podríamos estar inmersos, en realidad, en un universo de muchas más
dimensiones, tal vez once, según algunos físicos, como Lisa Randall, de la
Universidad de Harvard. Siete dimensiones adicionales que no somos capaces
de percibir. Si nuestro amplio universo es, como podría probarse en la década
que viene, tan sólo una minúscula rodaja de un universo de dimensiones
desconocidas, de mundos paralelos que nos traspasan sin tocarnos —como en
esencia claman las religiones—, se trastocaría profundamente la conciencia de
nosotros mismos.
Antes de alcanzar el veredicto sobre los porcentajes respectivos de
determinismo y libre albedrío que impactan el alma, ¿hace falta aludir a la
tormenta mutacional heredada mientras estábamos en el vientre materno?
Se trata de una tormenta mutacional que afecta a la salud del individuo, a
su aspecto —el grado de simetría de su cara o la debilidad de su visión—, a sus
sentimientos, a su pensamiento y, en última instancia, a lo que sus congéneres
tildarán de fealdad o belleza. Se trata de un número de mutaciones muy
superior al de cualquier otra especie, sin que se conozcan todavía a ciencia
cierta las razones de nuestra supervivencia, más allá de la depuración ejercida
por la selección natural y la diversidad genética aportada por el sistema de
reproducción sexual.
Por no elegir, nos está también vedado decidir la hora precisa del sueño o
levantarnos al amanecer. Estas decisiones están en manos de los millones de
relojes biológicos alojados en las células, programados en función del
hemisferio y los meridianos en que les haya tocado vivir. Los ritmos de la vida
establecen un mecanismo cerebral para ajustar nuestra fisiología y
comportamiento a los requisitos de actividad y descanso del ciclo de la noche y
el día.
Como señala el biólogo británico Russell Foster, profesor también del
Imperial College, un nadador olímpico puede ganar casi tres segundos al
tiempo que necesita para recorrer cien metros si la prueba se efectúa a las seis
de la tarde en lugar de las seis de la mañana. Tres segundos suponen, ni más ni
menos, que la diferencia entre llegar el primero o el último. Casi todos los
grandes desastres tecnológicos como los accidentes nucleares de las islas de las
Tres Millas o de Chernóbil tuvieron lugar en el turno de noche, cuando el reloj
biológico no sabe o no contesta.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Naturaleza y medio
Más allá de la biología está el entorno en el que a uno le ha tocado por
suerte o por desgracia vivir. Mientras los científicos siguen discutiendo si una
persona depresiva y violenta termina generando su propio entorno depresivo y
violento, o si un entorno amable y sosegado modula comportamientos del
mismo estilo, las interacciones entre nature y nurture, entre lo innato y lo
adquirido, están ya ampliamente comprobadas.
El estudio más importante de la psiquiatría biológica de los últimos
veinticinco años, encabezado por la neuropsiquiatra norteamericana Yvette
Sheline, profesora de la Washington University en San Louis, ha demostrado
que la reducción del volumen del hipocampo en mujeres deprimidas es
proporcional a la falta de administración de medicamentos. Pero a raíz de esas
investigaciones se comprobaron dos cosas igualmente importantes.
Primero, que existe, efectivamente, un gen que codifica una proteína que
determina cuánta serotonina fluye entre las neuronas. Como es sabido, la
serotonina es un neurotransmisor cerebral que figura en el centro de toda la
reflexión sobre la depresión. ¿Quiere esto decir que si se tiene la versión
incorrecta del gen se está condenado a sufrir estados depresivos?
No necesariamente. Porque el segundo descubrimiento del estudio citado
demuestra que, además de tener la versión incorrecta del gen, hace falta estar
expuesto a un entorno estresante durante el crecimiento del individuo. Los
genes determinan los potenciales y probabilidades, pero no siempre el destino.
Si sirve de consuelo, esto último corre a cargo del entorno, que tampoco lo ha
elegido el recién nacido.

Los mongoles y la mancha azul en el coxis
Volvamos al principio de mi historia. Al encuentro fortuito del esperma y el
óvulo al que hacía referencia al comienzo de este capítulo había precedido otro
encuentro no menos fortuito en el Hospital de Sant Pau de Barcelona entre mi
madre, que ejercía allí de enfermera, y mi padre, que estrenaba su flamante
título de médico. Venían de dos universos distintos. Castigada la una por la
guerra y la orfandad, preservado el otro por la estructura geográfica de un
pequeño valle en el corazón de los Pirineos sólo violado —en el sentido literal
de la palabra— por las incursiones mongolas en el siglo XIII.
La huella genética de aquellos guerreros llegados a caballo desde el actual
Kazajistán ha perdurado hasta nuestros días en forma de una inocente mancha

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Eduardo Punset

El viaje al amor

azul en la epidermis que recubre el coxis de la docena de familias
supervivientes, cuyos antepasados fueron pasto de las pasiones desenfrenadas
de aquellos invasores de pómulos salientes y ojos rasgados.
—Doctor, estamos preocupados por esta mancha azul del bebé. ¿Significa
algo? —le pregunté al médico cuando nació nuestra tercera hija, Carolina, en
Washington, donde vivíamos entonces.
—¿De dónde vienen ustedes? —contestó el médico con otra pregunta. Y
siguió—: Es la mancha genética de los mongoles provocada, dice la leyenda,
por macerar la caza con su trasero montando a caballo. Es perfectamente
normal; no pasa nada. Simplemente, ¡alguno de sus antepasados fue mongol!
Algunas veces he tratado de imaginar la entrada al galope de aquellos
guerreros en la apacible aldea medieval ampurdanesa con su séquito de
violaciones y raptos. Otras veces pensaba que a Cistella —el pueblo de mis
antepasados— no era fácil llegar ni salir de cualquier manera. Incluso a caballo.
Sería lógico que hubieran soltado los caballos en el prado contiguo al
cementerio y permanecido unos días recuperando fuerzas por el estrago del
accidentado recorrido a través de los Pirineos. Tiempo suficiente para
enamorarse de alguna campesina y cobrar algo de sosiego antes de partir de
nuevo. Pudo haber amor —historias de amor— incluso en el más inesperado de
los encuentros, por lo demás tan infrecuentes como en una ciudad moderna.
Con toda seguridad, en aquella aldea cristiana y medieval las mujeres
acosadas por los mongoles sólo habrían intimado antes con un hombre a lo
sumo. Los encuentros individuales, el paraje ideal del amor, eran y siguen
siendo raros en los entornos urbanos de ahora mismo. La gente se busca,
incluso desesperadamente, a través de Internet. Un físico amigo me explicaba
que si arrojáramos al espacio una bola del tamaño de la Tierra, las posibilidades
de que chocara con algo serían prácticamente nulas para la eternidad. La
aparente densidad de las estrellas es un engaño. El espacio está vacío. Con ese
ejemplo quería que me extrañara menos la soledad de la gente aquí abajo, su
aislamiento e incomunicación lacerantes.

¿Hay alguien más ahí afuera?
La densidad demográfica, pues, también resulta un engaño. Entre las
personas hay tanto vacío como en su interior, en donde la distancia entre un
electrón y el núcleo de sus átomos es parecida, en términos proporcionales, a la
que separa a la Tierra de la Luna. Fundamentalmente, sólo hay vacío. Y la
especie sólo tiene un recurso en forma de emoción para salvarlo: el amor.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

—¿Hay alguien más? —susurró, mediante una de las moléculas que actúan
como señales y se conocen como autoinductores, la primera bacteria replicante
en aquel Universo enfurecido, hace más de tres mil millones de años.
—¿Hay alguien más? —repetiría después, con menos fuerza, porque la
intensidad de las señales disminuye cuando no encuentran respuesta.

«¿Hay alguien más?» Hombre descamisado sentado en una cama con pantalones de color caqui, pintura
de Eric Dinyer

De poco le habrían servido a aquella bacteria primigenia y primogénita los
autoinductores comunicantes, sin otros vecinos que le permitieran coordinar su
expresión genética con los demás, ejerciendo así una influencia sobre el
comportamiento colectivo. En su desnudez y soledad, esa bacteria portaba ya la
vocación indómita de comunicar con otros, tendencia que prefiguraba los
futuros organismos multicelulares en un Universo marcado, primero, por las
estructuras de la materia y la energía; por el número de enlaces del carbono; por
la estructura cambiante y resbaladiza de nuestro cerebro y base molecular; por
la inmensidad del vacío que nos rodea, acentuada ahora por la casi certeza de
que estamos solos en el Universo, aunque contemos con una fórmula —la
ecuación de Drake— para calcular la probabilidad de su existencia; por la
tormenta mutacional sufrida como embrión; por la camisa de fuerza de las tres
dimensiones espaciales y la del tiempo, que encontramos en la cuna; más tarde,

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Eduardo Punset

El viaje al amor

por la hipoteca de los ritmos biológicos y, finalmente, por el comportamiento
que imponen los genes y el entorno.
Nunca creí en la oferta a precio de saldo de un mundo programado hasta la
mayoría de edad que, de repente, otorgaba un permiso para decidir por nuestra
cuenta y riesgo a partir de entonces. ¡Qué gran paradoja sería ese contraste
entre lo que ha sido la ley de vida hasta los dieciocho años —cuando la
neocorteza, responsable de la programación y disciplina del comportamiento,
todavía no ha ultimado su autoconstrucción— y la inmersión súbita y en
solitario en un mundo donde se puede elegir libremente todo o casi todo!
Sólo existe una emoción tan aleatoria como el mundo que nos rodea: tan
imprevisible y azarosa como el nacimiento; tan cambiante como nuestra
fisiología molecular; tan irreprimible como las fuerzas básicas de la naturaleza;
tan emblemática del sentimiento de victoria como la música del aria de Puccini
Nessun dorma; tan responsable de abismos sentimentales como el rostro de un
hijo que descubre el asesinato vil y gratuito de su madre. Una emoción
desconcertante hecha a nuestra medida que tiene, además, el efecto
insospechado de colmar con su aliento todo el inmenso vacío uniendo, como
dos moléculas de agua al helarse, a dos seres hasta entonces absolutamente
solitarios. Los físicos lo llaman una transición de fase: una reordenación abrupta
y espectacular de la materia. Para el común de los mortales es la emoción básica
y universal del amor.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Capítulo 2

La fusión irrefrenable con el otro

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Yo no sabía nada del amor. Y he llorado de felicidad. No existe
una palabra que pueda expresar lo que siento por ti. Todo se
queda vacío. Sólo tú. Sólo tú.
(Mensaje hallado en el móvil de X)
Mucho antes de que lo descubriera la microbiología moderna, una vieja
leyenda griega elaborada en el Banquete de Platón ya explicaba que los
humanos eran al principio criaturas con dos cabezas, cuatro brazos y cuatro
piernas. Como castigo por su orgullo, Zeus decidió debilitar a la raza humana
partiendo su cuerpo en dos: macho y hembra. A partir de ese día, cada ser
incompleto (cada mitad del hermafrodita) anhela reunirse con su otra mitad. En
las páginas siguientes el lector descubrirá la versión humana y científica de esta
leyenda.
Ha llegado el momento de hablar —a juzgar por los desvaríos que
contemplamos y sufrimos en las sociedades modernas— del origen de la
ansiedad de la separación de esas dos mitades en busca de fusionarse. Mientras
empiezo este capítulo recuerdo la anécdota, seguramente apócrifa, del niño
Albert Einstein que, a los tres años y medio, seguía sin hablar. Un día, de
repente, en el desayuno, soltó de carrerilla la frase siguiente:
—La leche está ardiendo.
—Pero si tú no hablabas. ¿Por qué no has dicho nada hasta ahora? —
exclamaron los padres sin salir de su asombro.
—Porque antes todo estaba en orden y controlado —fue la respuesta del
pequeño Einstein.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Albert Einstein de niño.

Pues bien; las cosas han llegado a un punto tal de descontrol en lo que
atañe a los efectos negativos del amor que, efectivamente, es el momento de
hablar. Lo primero que importa es descubrir el origen de un sentimiento que
conmueve a toda la humanidad. Un sentimiento que somete a un número
creciente y desproporcionado de individuos, en su nombre, a sufrimientos
indecibles. ¿Se puede —escarbando en los orígenes remotos del amor— dar con
la clave del misterio o de la paradoja de un sentimiento que, siendo
imprescindible para sobrevivir, provoca, simultáneamente, persecución y
muerte?

Un viaje hacia atrás en el tiempo
Ahora pido al lector que se concentre, durante unos minutos, en un viaje en
el tiempo, un viaje arqueológico que le dejará atónito. Las excavaciones nunca

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Eduardo Punset

El viaje al amor

mienten, tal vez porque no pueden hablar, pero al retroceder en el tiempo
geológico constataremos cómo, una tras otra, se pierden en el pasado más
cercano primero, y en el más remoto después, todas las habilidades que nos
confirieron la condición humana. Incluida el alma. Todas menos una: el amor o
el instinto de fusión con otro organismo. Es un viaje hacia atrás, a un pasado
lejano que nos va demudando y desnudando de todo lo que parece haber sido
siempre nuestro.
Más atrás de los cuatro mil años se pierde el rastro de la escritura. La
comunicación entre los hombres es gestual y cimentada en los cinco sentidos.
La tradición, puramente oral y pictórica. Ya no hay legados escritos, ni
contratos ni testamentos. Todo el mundo se muere con lo que lleva dentro. Sólo
quedan los recuerdos intangibles en la memoria de los otros.
Otros cinco mil años hacia el origen y no se tiene la capacidad para
producir alimentos, cultivar la tierra ni domesticar animales. Se acabaron los
asentamientos gregarios, las enfermedades infecciosas y la pobreza.
Desaparecen para siempre las diferencias entre los que trabajan y los que
gestionan el excedente de riqueza. Nuestros antecesores deambulan libremente
en busca de la caza, dejando la basura y sus muertos en el camino; recuperamos
—como dice Juan Luis Arsuaga— «la libertad de movimientos en tanto que
encrucijada para la felicidad». En lugar de alimentarse de un solo tipo de
cosecha, los humanos se vuelven omnívoros y su estatura aumenta
inmediatamente. Una estatura que sus descendientes —debido a la falta de
variedad de su alimentación— no han recuperado hasta hace doscientos años.
Si seguimos acompañando a nuestro antecesor en ese viaje arqueológico,
dejando atrás la historia de cincuenta mil años, se esfuma el arte. Las mentes
complejas y metafóricas, artistas y chamanes, ya no compiten por el amor del
sexo opuesto, alardeando de su genio y dominio de los materiales pictóricos en
las cuevas. Se deja, en cambio, el campo libre a los expertos en la fuerza bruta y
los sistemas naturales.
En algún punto en ese largo camino se inventó el alma. Pero no fue una
revelación, sino una intuición nacida de la práctica funeraria. En Israel se
descubrieron los restos más antiguos de entierros formales. Fue, muy
probablemente, en un lugar como ése donde alguien se preguntó: «¿Qué ha
pasado con la parte animada de este cadáver, la que ya no está aquí?». El
concepto de alma había surgido a través de la práctica física de crear algún tipo
de instalación para los cadáveres; un ritual con los huesos y cuerpos que
suscita, accidentalmente, la idea de la otra parte, la que ya no puede verse.
Si retrocedemos dos millones de años nos olvidamos de cómo fabricábamos
herramientas. Y si nos vamos todavía más atrás en el tiempo, hasta hace cuatro
millones de años, ya no reconoceríamos a nuestros propios antepasados. No

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El viaje al amor

sabríamos distinguir a los chimpancés de distintas especies de homínidos
descendientes de un progenitor común.
Siguiendo este viaje arqueológico a los orígenes, hasta remontarnos a más
de tres mil millones de años —en aquella Tierra ardiente agujereada por
incesantes meteoritos—, nuestro antecesor microbiano haría gala de un único
atributo reconocible para este viajero singular al tiempo pasado: el impulso de
fusión con otro organismo para sobrevivir. Para intercambiar genes, aunque no
sirvieran todavía al instinto reproductor. Sólo el precursor del amor estaba en el
comienzo de todo. Lo demás era, como se constata en este viaje arqueológico de
regreso, perfectamente prescindible.
Para cifrar la edad del amor, hemos debido remontarnos mucho más atrás
de la aparición de nuestra propia especie, de los mamíferos y de los reptiles.
Nos hemos visto obligados a hurgar en los tiempos remotos de la primera
bacteria replicante, hace casi tres mil millones de años. Hace casi dos mil
millones, si hablamos de fósiles eucariotas evolucionados como los acritarcas. El
origen del amor, al contrario que el alma, hay que rastrearlo en un período de
tiempo que nos sobrepasa, incluso en el pensamiento. El amor estaba desde el
inicio de la vida simple y compleja.
Si las primeras células —acuciadas por constantes amenazas mortales,
hambrunas interminables y accidentes catastróficos— hubieran podido
barruntar lo que había al final del camino de su evolución, habrían sospechado
o entrevisto la sombra de un organismo con la misma autonomía que las
bacterias ancestrales para medrar en cualquier entorno, pero con un poder
absoluto. Los cuatro hitos de este poder absoluto de sujeción de todas las
veleidades de las partes a los intereses del conjunto fueron el sexo bacteriano
para intercambiar genes primero; la unión de dos células y consiguiente
formación de organismos multicelulares, después —seguramente, en un
proceso de depredación en el que la presa no es digerida—; la manipulación del
sexo en tercer lugar; y, por último, el establecimiento de un sistema de
vigilancia policíaca que garantizara la supeditación de las partes a los intereses
del conjunto.

La fusión metabólica para sobrevivir
Ese recorrido se hizo a regañadientes, dada la imposibilidad con que se
enfrentaba cualquier célula para dividirse en dos y moverse al mismo tiempo;
ante la alternativa de ser presa de otras, mientras se sumía en el laborioso

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Eduardo Punset

El viaje al amor

proceso de división clónica prefirió, lógicamente, optar por unirse a otro núcleo
celular con el que repartir las cargas de su oficio.
Es asombrosa esta transparencia de cualquier proceso, por complejo que
sea, que permite remontarse a las fuerzas más elementales, como la necesidad
de energía o de supervivencia. En el ovillo, al final de la madeja, siempre
aparece lo más sencillo y básico para andar por casa, como el miedo, la escasez
energética o el impulso emocional.
El personaje capital en esa prehistoria de la humanidad, digno de ser
representado en una feroz película de aventuras, son las mitocondrias. Su mejor
portavoz científico ha sido, sin duda, el joven, impetuoso y solitario
investigador Douglas Wallace, catedrático de la Universidad de California en
Irvine y experto conocedor de la genética y el papel evolutivo de esos orgánulos
celulares. Hace ya muchos años, cuando le conocí, era, prácticamente, el único
en alertar al resto de los mortales de que constituía una temeridad subestimar el
papel de las mitocondrias en el origen del amor y la vida primero, y en su
prolongación después. Las mitocondrias fueron —si se me permite la
comparación— las antecesoras de los primeros emigrantes en pateras que
lograron abordar la orilla de una célula o de un continente en beneficio mutuo.
Sorprende que el pasado de seres susceptibles de amar —la emoción más
significativa y singular de los organismos complejos— esté plagado de cruentas
batallas genéticas. Para las primeras células eucariotas, la posesión de
mitocondrias elevó el techo de sus posibilidades de vida. El gran salto adelante
de las células eucariotas —con núcleo propio y los orgánulos de las
mitocondrias— fue la generación de energía en el interior de la célula mediante
un proceso simbiótico que Lynn Margulis explicó en los años sesenta, seguido
de otro proceso, la eliminación de radicales libres, que debemos a Douglas
Wallace.

«Yo me encargo de la energía y tú del resto.» Esquema de una mitocondria.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Aprender a respirar el oxígeno que corroía y la búsqueda de ayuda han
constituido el pulso de la vida compleja. Las mitocondrias permitieron superar
el mundo restringido de las bacterias y alcanzar tamaños más adecuados para
sobrevivir. Con el mayor tamaño se accedió a una mayor sofisticación. El
impulso hacia una mayor complejidad vino desde dentro y no desde las alturas.
Lo explica de manera muy gráfica Nick Lane, autor del libro Power, Sex,
Suicide. Si se observan con el microscopio un gramo de carne de hígado de
ratón y otro gramo de carne de hígado humano, es muy difícil apreciar las
diferencias. Tienen el mismo número de células. Pero si se mide su actividad —
su coeficiente metabólico, es decir, el oxígeno y los nutrientes consumidos por
minuto—, resulta que en el caso del ratón es siete veces superior. Los animales
grandes tienen un coeficiente metabólico más lento de lo que en teoría les
correspondería. Cuanto más grande es el animal, menos necesita consumir por
gramo de peso. Un montón de ratas apiladas del tamaño de un elefante
consumirían veinte veces más oxígeno y nutrientes que este último.

Una célula vista al por menor. Nótense las mitocondrias

La mayoría de la gente asimila el amor a un resplandor fugaz que ilumina
un ansia de entrega y desprendimiento. El amor sería para ellos una conquista
reciente del conocimiento, perfumada de un hálito literario. Los homínidos
habrían inventado, literalmente, el amor en la época de los trovadores. La
segunda paradoja del pensamiento moderno consiste en idealizar el acto de
amar como la antítesis del interés individual para sobrevivir o afianzar el poder.
El amor constituiría, de acuerdo con el sentir mayoritario, el ejemplo
emblemático del desinterés supremo.
La reflexión anterior en torno al viaje al pasado sugiere todo lo contrario. El
amor —entendido, pues, como impulso de fusión— es una constante de la
existencia, y nunca hubo vida sin amor.
Por otra parte, lejos de ser algo extraterrestre, vinculado a la gracia divina,
el impulso de fusión es una condición inexcusable para sobrevivir. La vida
habría sido distinta para mucha gente si hubieran abordado el amor desde la

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Eduardo Punset

El viaje al amor

perspectiva de su permanencia continuada y su naturaleza de resorte para la
supervivencia. Obsérvese si no el contraste entre la conversación de una joven
pareja que planifica su futuro y la figurada entre una mitocondria y su célula
huésped:
—No cuentes conmigo para cuidar de los niños —dice el novio.
—Ni tú conmigo para preparar las comidas —responde la novia.
—Yo me ocupo de que no falte la energía necesaria para hacer todo lo que
tengamos que hacer —sugiere la mitocondria.
—De todo el resto me ocupo yo. Trato hecho —contesta la célula.
Dicho de otro modo, el impulso de fusión avasallador, que cobra la forma
de amor obsesivo para garantizar que los organismos opten por la replicación
de su especie, no puede desterrar tampoco al acuerdo por consenso, que
garantiza la supervivencia mediante una contraprestación de servicios. Ambos
componentes, el impulso y el acuerdo, son igualmente básicos.

La pérdida de la inmortalidad
Otro gran hito en el camino a la modernidad fue el secuestro de la línea
celular germinal que acantonaría al resto de las células en su actual condición
de somáticas, trabajadoras leales y perecederas. En el estatuto de la vida se
asignaba en exclusiva la competencia de su perpetuación a las células
germinales o, si se quiere, a la sexualidad.
En todos los embriones vertebrados, ciertas células destacan desde el inicio
del desarrollo como progenituras del gameto. Como explican magistralmente
Bruce Alberts y Keith Roberts, junto a otros autores, en su libro Biología
molecular de la célula, esas células germinales primigenias emigran hacia lo
que serán más tarde los ovarios en las hembras y los testículos en los machos.
Tras un periodo de proliferación clónica gracias a la mitosis, las células
germinales son sometidas al proceso de meiosis y se transforman en gametos
maduros (óvulos o espermatozoides). La fusión, tras el encuentro del óvulo y el
espermatozoide, iniciará la embriogénesis, marcada ya por la individualidad a
raíz de la diversidad genética heredada.
No somos plenamente conscientes, ni por consiguiente hemos concedido la
suficiente importancia a esa división insospechada de nuestro organismo en
células somáticas y perecederas por una parte y en células inmortales de tipo
germinal por otra. Es decir que una categoría muy particular de nuestras células
—como consecuencia del proceso esbozado antes— sobreviviría eternamente en
un cultivo adecuado. Son inmortales.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

«La lotería genética.» Miles de espermatozoides nadando hacia el óvulo.

En los aeropuertos —donde transcurre una parte importante de mi vida y
se producen mis encuentros más significativos— la gente me pide, a menudo,
que les ayude a despejar el interrogante que más les abruma:
—¿Hay algo después de la muerte? —preguntan—. ¡No es posible que todo
termine! ¡Que todo esto no haya servido para nada! —insisten—: Usted que ha
hablado con tantos científicos, ¿qué piensa?
—No lo sé —les respondo de entrada. Y luego sólo se me ocurre hacer
referencia al secuestro incomprensible de las células germinales en la historia de
la evolución.
Tal vez la pregunta podría formularse en otros términos:
—Cuando uno se muere, ¿qué es lo que se muere?
Porque los átomos de los que estamos hechos son, prácticamente, eternos y
sólo las células somáticas mueren realmente. Las germinales, responsables de la
perpetuación de la especie, son inmortales. Cuando sospecho que mi
bienintencionada respuesta no les conforta del todo, echo mano de mi último
recurso dialéctico:
—A lo mejor, lo único que se muere es nuestra capacidad de alucinar y
soñar.
Al final recurro, siempre con ánimo de sosegar, a la fantasía:
—Es gracias a la brevedad de la vida, a su finitud, que los dos, ahora
mismo, en este aeropuerto, sentimos intensamente. Si la vida fuera eterna,
resultaría muy difícil concentrarse en algo. Ni siquiera notaríamos el esplendor
de las puestas de sol.
Finalmente, todo hay que decirlo, no puedo impedir en estos encuentros el
recuerdo de un grafitti de los años sesenta en el metro de Nueva York, que
rezaba Is there a life before death?, como si lo único que importara fuera sentir si
hay vida antes de la muerte. Y no al revés.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Nunca he tenido la sensación probada de que mis argumentos hayan
disipado la ansiedad de mis amables interlocutores. Tal vez porque en algunas
de sus células han quedado huellas de la inmortalidad antes de que fuera
secuestrada por las células germinales, dando paso así a una nostalgia infinita.
Es verdad que el precio pagado por esa especialización celular es singularmente
abusivo. Las bacterias, organismos unicelulares que se reproducen
subdividiéndose, no mueren nunca. Un clon es idéntico al siguiente y éste al
siguiente hasta la eternidad. Sólo las mutaciones aleatorias son responsables de
la diversidad. Los organismos multicelulares como nosotros, en cambio, son
únicos e irremplazables. Como se verá en el capítulo siguiente —en el que
reflexionaremos sobre el sistema de reproducción sexual—, la diversidad y el
sexo comportan la individualidad y, por tanto, la muerte.

El suicidio celular programado
Hasta hace muy pocos años se tenía una visión un tanto sonrosada del
origen de la vida en la Tierra. Los primeros organismos microbianos —
aparecidos entre ochocientos y mil millones de años después de la formación
del Planeta— se alimentaban de recursos inorgánicos, aislados en fuentes
ardientes de azufre esparcidas por la corteza terrestre, o bien en corrientes
hidrotermales en el lecho de los mares, donde formaban ecosistemas puramente
procarióticos.
Siempre me intrigaron, a mí y a otros muchos, esos casi mil millones de
años silenciosos que se necesitaron para que la vida escenificase su aparición. Es
cierto que los científicos han reducido un poco este silencio clamoroso desde la
formación del sistema solar, pero sigue siendo sorprendente que durante casi
mil millones de años no pasara nada y, de pronto, estallara la vida por todas
partes. ¿Tan minuciosos fueron los preparativos y prolegómenos antes de que el
azar, microbios llegados de otro planeta en donde la vida ya había cuajado, o la
primera reacción químicobiológica de un ARN mensajero atinaran con la vida?
Se trataba de entornos que hoy son singulares pero que eran comunes en
los inicios de la vida en la Tierra. Lo único que necesitaban aquellos organismos
para vivir, como recuerda Betsy Mason, redactora de la revista Science, eran
temperaturas muy elevadas, mucho azufre y sal. Prescindían del oxígeno y de
la luz. Y de los demás organismos vivos, si los hubiera. Durante un largo
tiempo, en aquel escenario bucólico —a pesar de las altas temperaturas, que no
les importaban, y de la falta de oxígeno, que no necesitaban— no existían
depredadores. La mayoría de los organismos eran autosuficientes.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Quizá nunca sepamos cuánto tiempo duró el reinado de los organismos no
depredadores en entornos muy difíciles, ni cuándo les sucedieron, en parajes
más asimilables, los organismos que sólo podían vivir consumiendo materia
orgánica. Ahora bien, mediante experimentos se ha podido demostrar que las
descargas eléctricas diseminadas por los relámpagos, la radiactividad y la luz
ultravioleta sintetizaron los elementos de la atmósfera primordial en moléculas
de la química biológica, las llamadas moléculas prebióticas como los
aminoácidos, los nucleótidos y las proteínas simples. Parece probable que la
Tierra estuviese recubierta entonces por un fino y caliente manto de agua y
materia orgánica. Con el paso del tiempo, las moléculas se volvieron más
complejas y empezaron a colaborar entre sí para iniciar procesos metabólicos.
Ya hemos visto el caso de la unión simbiótica entre bacterias que originó las
células con mitocondrias, que habrían permitido a las primeras proveerse de
energía. Otras alianzas se consolidaron con células que podían respirar oxígeno
sin abrasarse, o con otras que aportaban mayor velocidad a los movimientos y
transporte celular. Ya existían, pues, seres vivos que se alimentaban de materia
orgánica, pero seguía siendo un mundo relativamente inocente. Tanto más
cuanto que las cianobacterias, las algas y, mucho más tarde, las plantas estaban
descubriendo el milagro de la fotosíntesis.
Gracias a la fotosíntesis, la tierra, el agua y el fuego quedan conectados por
las plantas, los árboles y organismos como las cianobacterias, que controlan un
ciclo vital que sólo ellos saben ejecutar. Las hojas de los árboles atrapan los
fotones del sol y utilizan su energía para descomponer moléculas de agua en
oxígeno e hidrógeno. El primero nos da el aire que respiramos y del que tanto
dependemos ahora. Del hidrógeno se obtiene toda la materia de la que están
hechos los seres vivos, simplemente combinándolo con dióxido de carbono de
la atmósfera y añadiendo un poco de nitrógeno de la tierra recuperado para la
biosfera por las bacterias. Si la célula eucariota ancestral era en esencia un
depredador de otros organismos, podemos considerar que con la fotosíntesis las
plantas dieron el salto de la caza a la agricultura.
Nosotros y nuestros antepasados somos los parásitos de los protagonistas
de la fotosíntesis: tenemos que comerlos directamente, o digerir a los animales
que se alimentan de plantas para aprovecharnos de este proceso básico. La
violencia en la Tierra (como ya expliqué en El viaje a la felicidad) apareció el día
en que una célula eucariota se comió a una bacteria cien mil veces menor que
ella, porque no sabía valerse por sí misma. A partir de entonces todo cambia: al
paraíso natural ardiente le sucede un mundo de alimañas dedicadas a la
depredación. La vida ya nunca fue igual.
Sabemos, pues, que la vida no empezó de forma tan consecuente y
sosegada, con el paraíso terrenal primero —aunque fuera ardiente— convertido
más tarde en un infierno para vagos y maleantes. Al parecer podría haber

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Eduardo Punset

El viaje al amor

habido pecadores e inocentes desde el mismísimo comienzo. Es decir,
organismos heterótrofos que no podían fabricar su propio sustento y que
echaban mano de la materia orgánica disponible en la sopa primordial. Gracias
al proceso metabólico de estos organismos se emitía CO2 en la atmósfera que
los organismos autótrofos utilizaban, junto a la luz, para producir sus propios
aumentos. Es muy probable, pues, que la historia de la vida no haya sido, como
se creía, una marcha lenta desde la autosuficiencia hacia actitudes belicosas. Lo
bueno y lo malo, la colaboración metabólica y la agresión, el amor y el odio
hicieron acto de presencia desde el comienzo.
La manifestación más emblemática del poder absoluto y de los ademanes
despóticos nace con la capacidad de adaptarse al entorno, prodigada por la
comunidad andante de genes, células y bacterias representada por el cuerpo
humano. Por una parte, es estupendo que estemos constituidos por miles de
millones de células capaces de colaborar hasta el extremo de encauzar esta
reflexión entre el autor y los lectores de su libro. Es el logro increíble de un
equipo.
Por otra parte, si se analiza bien, un organismo complejo como el de un
cuerpo representa un modelo totalitario sin piedad. Es una dictadura del
sistema: no hay un Gran Hermano ni un Führer, sino el puro ejercicio del
despotismo a nivel celular, impulsando el suicidio de las células ya deterioradas
o inservibles, aunque gocen de buena salud. Ésos son los malos. Se da la
exclusiva de la perpetuación de la especie a sólo un grupo de células. Las demás
son todas perecederas. Y cada ciudadano está completamente dedicado al
Estado, que es el cuerpo fisiológico.
Las células de un organismo multicelular como el nuestro constituyen una
comunidad extremadamente avanzada. Se controla el número de ciudadanos
mediante regulaciones del número de divisiones celulares y de la mortalidad.
Cuando alguien sobra, se suicida activando el proceso de muerte celular
denominado apoptosis. Es chocante la cantidad de suicidios que experimenta a
diario una persona adulta sana: millones y millones de células de la médula
espinal y del intestino mueren cada hora a pesar de su buena salud. ¿Para qué
sirve tanto suicidio colectivo?
En los tejidos adultos la muerte celular es idéntica al número de
subdivisiones celulares, ya que, de otro modo, el cuerpo cambiaría de tamaño.
Si a una rata se le extirpa parte del hígado, aumenta enseguida la proliferación
celular para compensar la pérdida. Cuando una célula muere de muerte natural
se inflama, revienta y contamina a sus vecinas; todo lo contrario de la muerte
por apoptosis, en la que la célula se condensa y es fagocitada limpiamente, sin
filtraciones de ninguna clase, por los encargados del orden.

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Eduardo Punset

El viaje al amor

Microfotografía electrónica de la muerte de una célula por apoptosis.

Todos los animales contienen la simiente de su propia destrucción, gracias
a los agentes que esperan, sin hacer nada, la señal de atacar. No es extraño,
pues, que todo el proceso esté sometido a un control riguroso. De una manera u
otra, en los organismos multicelulares, aquellas células que ya no son necesarias
o representan una amenaza para el organismo son destruidas meticulosamente
por medio de suicidios inducidos.
Si nuestro sistema celular parece una organización fascista —pensará más
de un lector—, se podría entender que nuestra forma de organizarnos
socialmente se decante, a veces, por el despotismo, porque respondería a
nuestra estructura biológica más íntima. A una conclusión así sólo podría
llegarse olvidando un hecho fundamental en la historia de la evolución, que
separa nítidamente la estructura molecular de la estructura social. En la
búsqueda por conocer el funcionamiento de las otras comunidades andantes de
células, se comienza por interiorizar un proceso que desemboca en la conciencia
de uno mismo, el nacimiento de la memoria y el poder consiguiente para
interferir consciente o inconscientemente en los demás. El nacimiento de la
conciencia de uno mismo, la capacidad de intuir lo que piensa y sufre la otra
comunidad andante de células y, en definitiva, la inteligencia confieren la
capacidad de interferir y trastocar los reflejos puramente biológicos.
Para ser sincero, al autor le habría gustado relatar lo que he llamado los
cuatro grandes hitos en el camino a la complejidad —sexo bacteriano, fusión de
dos células, secuestro de la línea germinal y medidas compensatorias de orden
y seguridad— de forma espaciada, como habría correspondido en buena lógica.
Me habría gustado, pues, que la cronología de la complejidad se hubiese
ajustado a lo sugerido, reflejando estructuras cotidianas del pensamiento a las

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Eduardo Punset

El viaje al amor

que estamos acostumbrados, como la de que las cosas, cuanto más complejas,
más tiempo toman. Pero no fue así. No sucedió de esta manera en absoluto.
La verdad es que las primeras células eucariotas ya habían recorrido todos
los grandes hitos a un tiempo: eran el resultado de una fusión para sobrevivir,
habían secuestrado a las células germinales separándolas del resto y tenían
montado ya el Estado policía. Como dice la bióloga molecular Lynn Margulis,
de la Universidad de Amherst, en cuestiones de vida todo estaba inventado
hace dos mil millones de años. No ha ocurrido nada nuevo desde entonces.
Sucede igual con el amor.
Más de un lector pensará tal vez que el proceso de reflexión que nos ha
traído hasta aquí ha sido largo y accidentado, pero la recompensa para los que
buscamos por qué aman los humanos es altamente satisfactoria. Antes de
adentrarnos en el tercer capítulo ya contamos con un hallazgo fundamental y
hasta ahora desconocido para la mayoría: el amor tiene por cimientos la fusión,
desde tiempos ancestrales, entre organismos acosados por las necesidades
cotidianas, como la respiración o la replicación, empujados por la necesidad de
reparar daños irremediables en sus tejidos y sumidos en una búsqueda frenética
de protección y seguridad.
Ahora bien, ya podemos entrever que ese instinto de fusión para garantizar
la supervivencia no se detiene en los límites del organismo fusionado, sino que
irrumpe hacia campos que no son estrictamente necesarios para sobrevivir o
garantizar la propia supervivencia. En el impulso de fusión radican también las
raíces no sólo del amor, sino del ánimo de dominio sobre el ser querido. Estoy
apuntando a un hecho cuyas consecuencias nos costaba imaginar hasta ahora
porque se trata, ni más ni menos, que de las bases biológicas del ejercicio del
poder destructor.
Estamos identificando, pues, el entramado molecular de un impulso de
fusión que ha precedido en el tiempo a todos los demás. Desde sus comienzos,
este impulso de fusión obedecía a razones de pura supervivencia encaminadas
a romper la soledad que impedía reparar y proteger el propio organismo.
Desde sus comienzos también, este impulso sienta las bases del ejercicio del
poder que avasalla y destruye. Eso era el amor hace dos mil millones de años.
Y, mucho me temo, sigue siendo lo mismo a comienzos del siglo XXI.

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El viaje al amor

Capítulo 3
Aprender a copular para dejar de ser clones

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El viaje al amor

Querido y extraño corazón: ¿quién eres? Necesito saberlo
porque te voy a querer toda la vida.
(Mensaje hallado en el móvil de X)
El día en que Abbey Conan se presentó al concurso para una plaza de
trombonista en la Orquesta Filarmónica de Munich se había decidido que los
candidatos tocaran ocultos detrás de una placa de cristal ahumado, porque uno
de ellos era familiar de un miembro del jurado. En cuanto sonaron los primeros
acordes del único candidato de sexo femenino, escondido como el resto tras el
cristal, el director de la orquesta interrumpió la prueba gritando: «¡No hace falta
seguir! ¡Ya sé quién ha ganado la plaza!».
Cuando descubrieron que, por vez primera en la historia de la Filarmónica
de Munich, acababan de otorgar la plaza de primer trombón a una mujer
intentaron echar marcha atrás, sin resultado.
No es una discriminación de escasa importancia, sino todo lo contrario.
¿Cuáles son las razones de una diferenciación tan elemental —y fundamental
en nuestras vidas— como la que existe entre los sexos? ¿Cómo surgió? ¿Por qué
motivos? Si no había distinción de sexo en las bacterias, antes de que
aparecieran las primeras células eucariotas hace más de dos mil millones de
años —las protagonistas actuales de la comunidad andante de células que
somos los homínidos—, ¿por qué la hay ahora?
Es el momento de penetrar en la maraña sobrevenida de los sexos. De
analizar, primero, las razones biológicas y evolutivas que la sustentan, y
después las ventajas (sin duda debía de haberlas, como contrapartida necesaria
a una opción tan complicada como la diferenciación sexual). Pero, claro,
también implica las serias desventajas mencionadas en el capítulo anterior,
como la de renunciar ni más ni menos que a la inmortalidad.

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El viaje al amor

El cerebro tiene sexo
En un sentido muy prosaico y cotidiano, ¿es cierto el tópico de que los
hombres se orientan mejor y dan muestras de mayor lucidez a la hora de leer
mapas urbanos o geográficos que las mujeres? No es mi caso, desde luego. He
vivido permanentemente, quiero decir durante años seguidos, en ciudades
como Madrid, Barcelona, Ginebra, París, Burdeos, Bruselas, Estrasburgo,
Londres, Washington, Los Ángeles y Puerto Príncipe. Digo vivir durante años,
no visitarlas con frecuencia. Y me sigo perdiendo en todas ellas.
Es un ejemplo de las enormes dificultades de asignar determinados
comportamientos a las diferencias de sexo. No sólo chocamos con múltiples
excepciones, sino con factores muy distintos y tan peregrinos como ser
netamente más distraído que los demás o manejar el grado de atención para
memorizar de distinta forma.
El británico Simon Baron-Cohen, catedrático de psicopatología del
desarrollo en la Universidad de Cambridge, es el que ha conferido mayores
visos de veracidad a la tesis de que las mujeres barajan el espacio y, por lo
tanto, las leyes de la física, con menos soltura que los hombres. Que el cerebro,
en definitiva, tiene sexo. Simon Baron-Cohen repite constantemente que sus
investigaciones sólo se refieren a promedios; o sea, que nadie intente verificar
su hipótesis aduciendo casos individuales.
La hipótesis inicial de Simon Baron-Cohen fue confirmada por Eric R.
Kandel, premio Nobel de Medicina (2000) y director del Kavli Institute for Brain
Sciences, al descubrir que, en el cerebro de hombres y mujeres, se activan áreas
distintas al pensar en el espacio: el hipocampo izquierdo en los hombres y el
parietal derecho y la corteza prefrontal derecha en las mujeres. Aceptemos, así,
que los enamorados tienen cerebros ligeramente distintos.

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El viaje al amor

Eduardo Punset conversando con Eric R. Kandel, premio Nobel de Medicina.

Los hombres son mejores desentrañando el funcionamiento de sistemas,
sobre todo de objetos inanimados, que son más fácilmente predecibles que los
sistemas humanos: mecánico, como una máquina o un ordenador; natural como
el clima, del que se intentan descubrir normas o leyes que rijan su
funcionamiento; abstracto como las matemáticas o la música; o, por último, un
sistema que se pueda coleccionar, como una biblioteca o una serie filatélica.
Si a los hombres les interesan más los sistemas, la empatía es una cualidad
de la que están mejor dotadas las mujeres. La empatía es la capacidad de
reconocer las emociones y los pensamientos de otra persona, pero también de
responder emocionalmente a sus pensamientos y sentimientos. Una de las
pruebas efectuadas consiste en utilizar fotografías de rostros y pedirle al
observador que identifique la emoción expresada. La prueba puede complicarse
mostrando únicamente una parte del rostro, Por ejemplo, la zona de alrededor
de los ojos. El resultado lo puede adivinar el lector: las mujeres intuyen más
fácilmente que los hombres la emoción que trasluce la fotografía del rostro. En
promedio, aciertan más las mujeres.
La historia de la evolución tendería a confirmar estos hallazgos en el
sentido de que la caza, con su parafernalia de dardos y percepción del espacio,
habría seleccionado a los cazadores-recolectores dotados del conocimiento del
sistema físico que tal tarea requiere, al tiempo que el cuidado de los niños,
asignado al sexo femenino por nuestros antepasados, habría seleccionado
aquellos genes dados al reconocimiento de las emociones y estados de ánimo de
los demás.

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Esto último suponía, en las sociedades primitivas, una ventaja a la hora de
cuidar a los niños y de criarlos. Ante un bebé que no puede hablar, hay que
utilizar la empatía para imaginar qué necesita. Tener más empatía debió de
suponer ser mejores padres: identificar si el niño sufría, estaba triste, tenía
hambre, o frío; interpretar sus estados emocionales y cuidarlo mejor. Y cuando
un niño está mejor cuidado, sobrevive y perpetúa los genes de sus padres. Así
que esto explicaría que la empatía acabara desembocando en una ventaja
evolutiva.
Más allá de esos impactos de estructuras cerebrales distintas, se sabe muy
poco todavía, como no sea la dificultad de identificar correlaciones entre esas
estructuras o el nivel de actividad cerebral y los comportamientos. Las
diferencias de sexo son mucho más difusas y oscilantes de lo que a menudo se
da a entender porque están en juego, sobre todo, flujos hormonales y químicos
no caracterizados, precisamente, por su permanencia o invariabilidad.
Tanto es así que investigaciones muy recientes apuntan a que algunos
cambios en las supuestas ventajas o especializaciones de un hemisferio cerebral
sobre el otro están relacionadas, temporalmente, con los ciclos menstruales. Lo
cual no quita que el mayor grosor en la hembra del llamado cuerpo calloso, la
región cerebral que separa los dos hemisferios, le dé una mayor versatilidad
que al varón y la posibilidad de atender con más soltura a varios asuntos a la
vez.
Se sabe también que las fuertes descargas hormonales que tienen lugar
durante el embarazo han marcado diferencias relativas a la orientación sexual y
la conducta que tendrá el feto de adulto, pero las pruebas son imprecisas y
todavía no concluyentes. La neurocientífica Louann Brizendine, directora de la
Women's Mood and Hormone Clinic de la Universidad de California en San
Francisco, recuerda que el espacio cerebral reservado a las relaciones sexuales
es dos veces y media superior en los hombres que en las mujeres, mientras que
en éstas son más numerosos los circuitos cerebrales activados con el oído y las
emociones.

Diferencias evolutivas: la neotenia
Las diferencias en la concepción del espacio y la vocación de empatía según
los sexos son un tema reiterado en la vida de la pareja. Pero hay otras
diferencias defendidas con idéntica pasión. Desmond Morris, zoólogo por la
Universidad de Birmingham, filósofo por la Universidad de Oxford y uno de
los divulgadores científicos más prestigiosos, identifica las diferencias de sexo

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El viaje al amor

no sólo en la diferencia de mentalidad sino en la propia historia de las biologías
respectivas.
A lo largo de la evolución, los dos sexos se han caracterizado por la
neotenia; es decir, los humanos —al contrario que otros animales— han ido
conservando sus rasgos juveniles como el ánimo juguetón y la mentalidad
infantil en plena edad adulta. Los dos sexos son un cien por cien más neoténicos
que los sexos de otras especies.
Mientras se evolucionaba de una especie a la siguiente, se prolongaba y
ralentizaba el desarrollo del cuerpo y la mente, dando más tiempo al
crecimiento del cerebro y la inteligencia. Como dijo Ashley Montagu (19051999), citado por Matt Ridley en su libro The Red Queen: «A Lucy le habría
salido el primer molar a los tres años y habría vivido cuarenta, como los
chimpancés; mientras que al Homo erectus, un millón y medio de años más
tarde, no le habría salido ese diente hasta los cinco años y habría vivido casi
cincuenta».
Ahora bien, este proceso no se manifiesta igual en las mujeres que en los
hombres. En las primeras la mentalidad de chiquilla se ha preservado en menor
grado que en los segundos, mientras que sus formas y perfiles físicos han
cambiado notablemente a lo largo de la evolución. Los hombres siguen
conservando un mayor parecido con el antecesor común de los chimpancés y
nuestros antepasados, pero con mentalidades de niño en mayor grado que ellos
y las mujeres. Tal vez, gracias a Desmond Morris, nos sea más fácil entender el
sentido de algunas trifulcas familiares aparentemente incomprensibles.
«Discuten como niños», dicen los vecinos. Y es que, en cierto modo, lo son.

Células germinales distintas
El factor de diferenciación más importante entre los sexos —para muchos
científicos, el único absoluto y determinante— es la disparidad de las células
germinales: la contraposición entre los numerosísimos espermatozoides de
tamaño minúsculo y los escasos óvulos mucho mayores. El carácter de la
distinta inversión parental viene fijado por esa diferencia y, desde luego, cuesta
imaginar que no haya incidido en las conductas respectivas del hombre y la
mujer a lo largo de la vida.
En realidad, parecería consecuente con los procesos biológicos de la
reproducción sexual que la desigualdad notable de tamaño en las células
germinales fuera la única diferencia absoluta y universal entre los dos géneros.
Estas diferencias de tamaño sí han determinado las pautas de la selección

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El viaje al amor

sexual y resultaría extraordinario que no hubieran modulado circuitos
neurológicos vinculados a la búsqueda de intereses distintos, por una parte, y a
comportamientos complementarios por otra.
En los organismos primitivos que se reproducían sexualmente, las células
que se fusionaban durante la reproducción sexual tenían el mismo tamaño y
podían considerarse tanto donantes como recipientes. Con el tiempo, sin
embargo, el tamaño de unas y otras empezó a cambiar, disminuyendo las
células donantes y aumentando las recipientes. Así se consuma la diferencia de
sexos entre los portadores de las células germinales más pequeñas y móviles
(espermatozoides) y los portadores de las células germinales más grandes y
selectas (óvulos).
Cuando nuestros gametos alcanzan tamaños distintos, podemos asignarles
sexos diferentes. Las hembras producen los gametos más grandes; los machos
los más pequeños. Como se decía antes, no hay ninguna otra diferencia entre
machos y hembras que sea completamente determinante.
Para el hombre de la calle que considere ese pasado, la consolidación del
proceso exclusivo de reproducción de las células germinales, totalmente
distinto de las células somáticas, es la respuesta a la primera de las dos
preguntas fundamentales que nos hacemos con respecto al origen del sexo:
cuándo aparece y cuáles son sus ventajas. Pues bien, hace setecientos millones
de años se reafirmó un proceso que consistió, nada más y nada menos, que en la
adopción del sistema sexual de reproducción y la aparición de diferencias de
género.
Células germinales distintas quiere decir, entre otras muchas cosas,
comportamientos sexuales diferenciados. Es dudoso que la intensidad de la
atracción sexual no sea la misma en varones y hembras. ¿Qué razón evolutiva
podría explicar lo contrario? En la Universidad de Groningen, en los Países
Bajos, un equipo de científicos encabezado por el catedrático de neuroanatomía
Gerst Holstege acaba de apuntar a una de esas diferencias de género en los
comportamientos sexuales. El orgasmo de la mujer requiere, primordialmente,
una inhibición casi total de su cerebro emocional; es decir, se produce la
desconexión de emociones como el miedo o la ansiedad. Una vez más, nos
encontramos con la importancia de la ausencia del miedo para definir la
felicidad, la belleza y ahora el placer femenino.
En el varón, en cambio, los niveles de actividad emocional se reducen en
menor medida durante la excitación genital y predominan las sensaciones de
placer físico vinculadas a esa excitación. Lo que sugiere el experimento, en
lenguaje llano, es que para hacer el amor, las mujeres necesitan estar libres de
preocupaciones en mayor medida que los hombres. Otra cuestión sería saber si
eso cuadra con las demandas respectivas que la sociedad impone a cada género.

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El origen del mundo (1866), óleo de Gustave Courbet, Museo de Orsay, París.

El varón compite con otros de su misma especie para recabar los favores de
una hembra determinada. A la hembra, en cambio, lo que le importa —por la
cuenta que le trae— es no equivocarse en el proceso de selección. Las dos cosas
ocurren en edades muy tempranas. Pero el resto de su vida, la seducción es un
fenómeno mucho más cultural e indiferenciado que se ejerce en aras de agradar,
también, al resto. Sólo así se comprende que jóvenes sin pretendiente todavía, o
mujeres maduras con el matrimonio bien sellado, se sometan a operaciones de
cirugía estética. En el seno de la pareja, los móviles estrictamente sexuales
amainan, dando cabida a otros no menos importantes que se analizan más
adelante, al hablar de la vida en común. En el contacto social con el resto del
mundo, sin embargo, aquellos móviles no pierden en absoluto su vigor.
A estas alturas, el lector se habrá percatado del contraste hasta gracioso
entre el análisis moderno de las diferencias de género, fundamentado en la
biología, y los relatos aireados por la creatividad literaria en el pasado. Incluso
cuando se hacía referencia a lo mismo —órganos reproductivos o células
germinales—. Bastará un ejemplo referido a la supuesta obsesión atávica
desarrollada por el hombre para contemplar la anatomía íntima de la mujer, la
vulva.
Según Nicolas Vedette (1633-1698), «todos nuestros placeres y desgracias
que ocurren en el mundo proceden de allí». Frank González-Crussi, catedrático
emérito de Patología en la Northwestern University de Chicago, sostiene que la
masacre del 17 de julio de 1791 en París, en el Campo de Marte, fue el resultado
de la mencionada obsesión por parte de dos pillos, tras una serie de

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malentendidos entre ellos y una testigo ocular; sumado a la excitación de la
muchedumbre presa del fervor de la Revolución francesa.
Otro ejemplo. Uno de los cuadros más sorprendentes del Museo de Orsay,
en París, es una pintura de Gustave Courbet (1819-1877) titulada El origen del
mundo, que representa con pelos y señales el órgano reproductor de la mujer.
El chismorreo de la época sugiere que Courbet pintó al natural la vulva de la
irlandesa Joanna Hiffernan, novia de su amigo el pintor americano James
MacNeill Whistler, acostada en la cama después de hacer el amor. La revelación
del cuadro hizo saltar por los aires la amistad entre los dos pintores.

El origen de la reproducción sexual
Decía antes de esta digresión en la literatura y el arte que la segunda
cuestión importante relativa al origen del sexo radicaba en identificar qué
ventaja evolutiva impuso el sexo como método reproductivo predominante en
los organismos más evolucionados. ¿Es más eficaz el sistema actual de
reproducción sexual de los mamíferos humanos que los sistemas asexuales?
Parece incomprensible que a estas alturas del desarrollo científico y de la
experiencia acumulada por miles de millones de humanos no se sepa, a ciencia
cierta, ni en qué momento, ni cómo, ni con qué propósito aparecen dos sexos
perfectamente diferenciados: macho y hembra.
Para los lectores empeñados en querer saber las cosas a ciencia cierta y que
todavía abriguen, por ello, huellas de dudas en torno al dilema del sexo, traigo
a colación el recuerdo de una visita al Hospital de Puerta de Hierro en Madrid,
tras meses de molestias continuadas en el estómago. El médico y la enfermera
me esperaban, amablemente, para hacerme una gastroscopia.
—¿Quiere decir, doctor, que van a introducirme un tubo garganta abajo
hasta el estómago ? —pregunté incrédulo y asustado.
—Es la única manera de saber a ciencia cierta —recuerdo perfectamente las
palabras del médico— lo que le pasa.
—¿Y para qué quiero yo saber a ciencia cierta lo que me pasa en el
estómago si, a ciencia cierta, no sé absolutamente nada ? —fue mi respuesta.
Dudas al margen, cuando se analiza la amplia literatura sobre el origen y la
prehistoria de los sexos hay un hecho sorprendente para el observador del siglo
XXI : la fuerza arrolladura del instinto de atracción sexual, que lo coloca en el
pelotón de cabeza de la lista de instintos primordiales.
Como demostró el biólogo molecular Seymour Benzer, pionero en el
estudio de los vínculos entre los instintos genéticos y el comportamiento, y

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El viaje al amor

como contara muchos años después Jonathan Weiner en su fascinante libro
Tiempo, amor, memoria: en busca de los orígenes del comportamiento, una
mosca Drosophila (la mosca del vinagre) macho, que no haya visto jamás a una
mosca hembra, por su condición de mutante ciego, criado en la soledad total de
una botella, no se arredra ni un instante para husmear primero, componer una
melodía seductora con el vibrar de sus alas después y, finalmente, copular y
transmitir genes a una hembra también mutante ciega, recién introducida en su
inhóspito recinto. Una vez más, chocamos con un instinto básico y complejo con
el que ya se viene al mundo sin la ayuda de ningún manual de aprendizaje.
Ahora bien, muchos organismos unicelulares y algunas plantas y animales
se reproducen indefinidamente sin sexo. Existen especies de insectos que se las
arreglan con sólo hembras reproductoras por partenogénesis y lo mismo ocurre
en algunos peces y reptiles. En las plantas, la reproducción asexual es incluso
más común. Mencionemos sólo el diente de león y la alquemila o pie de león,
que producen semillas asexuales, o la zarzamora, que se propaga de manera
vegetativa, por acodo del tallo en el que se forman raíces adventicias. Hay
especies hermafroditas que poseen los dos sexos, con diferentes variaciones.
Hay animales que pueden autofecundarse, como la tenia o solitaria. Otros,
como los caracoles de tierra, realizan una copulación doble, actuando de macho
y de hembra al mismo tiempo. Y existen organismos de sexo cambiante de
forma repetida a lo largo de su vida. Huevos que se fertilizan fuera del cuerpo
del reproductor; los hay en que el sexo depende de la temperatura a la que se
incuban los huevos: hembras, cuando es por debajo de 34 °C y machos si es por
encima; en otras especies es exactamente al revés.
Otro científico había descubierto, incluso antes que Seymour Benzer,
moscas Drosophila mutantes que eran mitad macho y mitad hembra: en la
mitad macho tienen un cromosoma X en cada célula, y en la mitad hembra dos.
Sin mencionar las especies que sobreviven al margen de la reproducción sexual
como las estrellas de mar. Una mirada a la historia de la evolución apunta a una
situación en la que el sexo —sin dejar de ser un instinto arrollador— no ha sido
nunca un factor contundente e invariable, sino aleatorio y prolijo.
Todo apunta a que hubo que esperar unos mil millones de años más, desde
el origen de la vida en la Tierra, para que apareciera un tipo alternativo de
reproducción consistente en transferir material genético de dos individuos
distintos pero de la misma especie. Las bacterias ya efectuaban algún tipo de
intercambio de material genético. Todavía hoy, su forma de practicar el sexo
consiste en transferir genes de una bacteria donadora a otra receptora mediante
un túnel microscópico hecho a medida; así pueden aumentar el número de las
que desarrollan resistencias a ciertos antibióticos. Cambia su genoma, pero no
pasa nada. Quiero decir con ello que se trata de una actividad sexual

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Eduardo Punset

El viaje al amor

independiente de la reproducción. Al finalizar el proceso, sigue habiendo dos
células, aunque en una de ellas ha aumentado la dotación génica.
La reproducción sexual de los organismos multicelulares y complejos como
nosotros es un fenómeno muy distinto, porque implica la generación de un
individuo nuevo provisto de un material genético diferente al de sus
progenitores. El padre y la madre no cambian (por lo menos, no sus genes). La
gran novedad es el hijo.
Lo nuestro es muy sofisticado y complejo. Lo de las bacterias es de una
sencillez apabullante. Ahora bien, a un microbio, claro, le resulta imposible
dejar de ser microbio y ponerse a construir catedrales. Pero las bacterias tienen
una ventaja nada desdeñable: sus genes no mueren. Y nosotros, para
perpetuarnos, tenemos que tener hijos porque nuestras células —en su mayoría
somáticas— mueren.

Se lo ponemos muy difícil a los virus pero renunciamos a la
eternidad
Es muy probable que el acto de copular tal y como lo entendemos hoy
también se desarrollara en el periodo en que los primeros artrópodos
abandonaron el mar. El medio acuático ya no servía para transportar material
genético de unos individuos a otros. Aunque el aire asumió esas funciones en el
caso de algunas especies, hubo que inventar mecanismos más seguros y
precisos y el mejor incentivo para ello era que generaran placer. Había nacido la
reproducción sexual tal y como la entendemos en el mundo moderno.
Una vez identificado el momento de la reproducción sexual, sólo nos queda
aludir a sus consecuencias. La mayor diversidad genética, propia de la
reproducción sexual, ha facilitado la adaptación de los organismos complejos a
entornos extremadamente cambiantes. Genes diseñados para sobrevivir en un
entorno determinado estaban condenados a desaparecer cuando cambiaran las
circunstancias. Este problema sigue intrigando a los genetistas que estudian las
poblaciones, pero ha fraguado un consenso de que la diversidad genética aneja
a la reproducción sexual ayuda a una especie a sobrevivir en entornos
mutables. Si los padres producen varios individuos con diversas combinaciones
genéticas, se incrementan las posibilidades de que, al menos uno de los
descendientes, posea el conjunto de características necesarias para la
supervivencia.
La mezcla constante de genes distintos en un mismo individuo, la irrupción
incesante de nuevo material genético, complicó sobremanera la vida de los

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