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1 La Selección .pdf



Nombre del archivo original: 1 La Selección.pdf
Autor: NATYNICO

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LA SELECCIÓN
1º de la serie La selección
Kiera Cass

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ARGUMENTO

Para treinta y cinco chicas, la Selección es una oportunidad que solo se
presenta una vez en la vida. La oportunidad de escapar de la vida que les ha tocado
por nacer en una determinada familia. La oportunidad de que las trasladen a un
mundo de trajes preciosos y joyas que no tienen precio. La oportunidad de vivir en un
palacio y de competir por el corazón del guapísimo príncipe Maxon.
Sin embargo, para América Singer, ser seleccionada es una pesadilla, porque
significa alejarse de su amor secreto, Aspen, quien pertenece a una casta inferior a la
de ella; y también abandonar su hogar para pelear por una corona que no desea y vivir
en un palacio que está bajo la constante amenaza de ataques violentos por parte de los
rebeldes.
Es entonces cuando América conoce al príncipe Maxon. Poco a poco, se
empieza a cuestionar los planes que ella había hecho para su vida y se da cuenta de que
la vida con la que siempre soñó puede no poder compararse con el futuro que nunca se
atrevió siquiera a imaginar.

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CAPÍTULO 1

Cuando llegó la carta, mi madre se puso eufórica. Ya había decidido que todos nuestros
problemas se habían solucionado, que habían desaparecido para siempre. Pero su plan tenía un
gran problema: yo. No creo que fuera una hija particularmente desobediente, pero ahí fue donde
dije basta.
No quería pertenecer a la realeza. Y no quería ser de los Unos. No quería ni siquiera
«intentarlo».
Me escondí en mi habitación, el único lugar donde no llegaba el parloteo que llenaba la
casa, para pensar en algo que pudiera convencerla. De momento, tenía toda una serie de
opiniones claramente formadas…, pero estaba segura de que no escucharía nada de lo que
alegara.
No podía seguir dándole esquinazo mucho más tiempo. Se acercaba la hora de la cena y,
al ser la mayor de los hermanos que seguíamos en la casa, me tocaba a mí ocuparme de la cocina.
Me levanté de la cama y decidí enfrentarme al enemigo.
Mamá me lanzó una mirada, pero no dijo nada.
Ejecutamos una danza silenciosa por toda la cocina y el comedor mientras preparábamos
pollo, pasta y unas rodajas de manzana, y poníamos la mesa para cinco. Si levantaba la vista de lo
que estaba haciendo, ella me lanzaba una mirada furiosa, como si así pudiera avergonzarme y
hacerme desear las cosas que ella quería. Era algo que hacía a menudo, como cuando me negaba
a aceptar un trabajo en particular porque sabía que la familia que nos acogía se mostraba
innecesariamente maleducada; o cuando quería que yo hiciera una limpieza a fondo porque no
podíamos permitirnos pagar a un Seis para que se ocupara de ello.
A veces le funcionaba. A veces no. Y en esta ocasión no tenía ninguna oportunidad.
Mamá no me soportaba cuando me ponía tozuda. Pero aquello lo había heredado de ella,
así que no tenía por qué sorprenderse. De todos modos, en este caso no se trataba solo de mí.
Últimamente ella también había estado tensa. El verano llegaba a su fin, y muy pronto nos
enfrentaríamos al mal tiempo. Y a las preocupaciones.
Mamá dejó la jarra de té frío en el centro de la mesa con un golpe de rabia. La boca se me
hacía agua al pensar en el té con limón. Pero tendría que esperar; sería un desperdicio tomarme
mi vaso ahora y luego tener que beber agua con la comida.
—¿Tanto te costaría rellenar el formulario? —dijo por fin, incapaz de contenerse ni un
momento más—. La Selección podría ser una magnífica oportunidad para ti, para todos
nosotros.

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Solté un sonoro suspiro, convencida de que rellenar aquel formulario sería en realidad
una experiencia próxima a la muerte.
No era ningún secreto que los rebeldes —las colonias subterráneas que odiaban Illéa,
nuestro gran y relativamente joven país— lanzaban ataques sobre el palacio, violentos y
frecuentes. Ya los habíamos visto en acción en Carolina. Habían calcinado la casa de uno de los
magistrados, y habían destrozado los coches de unos cuantos Doses. Una vez incluso se había
producido una fuga sonada de una prisión, pero, teniendo en cuenta que solo habían liberado a
una adolescente embarazada y a un Siete que era padre de nueve hijos, no pude evitar pensar que
en aquella ocasión habían hecho bien.
No obstante, aparte del peligro potencial, sentía que se me rompería el corazón solo de
plantearme participar en la Selección. No pude evitar sonreír al pensar en todos los motivos que
tenía para quedarme exactamente donde estaba.
—Estos últimos años, tu padre lo ha pasado muy mal —añadió ella, enfadada—. Si
tuvieras la más mínima compasión, pensarías en él.
Papá. Sí, quería ayudarlo. Y a May y a Gerad. Y supongo que incluso también a mi madre.
Cuando planteaba las cosas así, no había nada por lo que sonreír. La situación había ido
empeorando durante demasiado tiempo. Me pregunté si papá lo vería como un regreso a la
normalidad, si el dinero podría mejorar las cosas.
No es que nuestra situación fuera tan precaria que temiéramos por nuestra supervivencia,
o algo así. No éramos indigentes. Pero supongo que tampoco era algo que nos quedara tan lejos.
Nuestra casta estaba a tres niveles de lo más bajo. Éramos artistas. Y los artistas y los
músicos de piezas clásicas solo estaban a tres pasos de la basura. Literalmente. Teníamos que
hacer malabarismos para llegar a fin de mes, y nuestros ingresos dependían mucho de la
temporada.
Recordé que en un viejo libro de historia había leído que antiguamente las fiestas
principales se concentraban en los meses de invierno. Algo llamado Halloween, seguido del Día
de Acción de Gracias, luego Navidad y Año Nuevo. Una tras otra. La Navidad seguía en su sitio.
Pero desde que Illéa firmó el gran tratado de paz con China, el Año Nuevo se celebraba en enero
o febrero, dependiendo de la Luna. Y las diferentes celebraciones de recuerdo y de
independencia de nuestro lado del mundo se habían convertido en la Fiesta del Agradecimiento,
que tenía lugar en verano. Era la ocasión en que se celebraba la formación de Illéa, y con la que de
hecho dábamos gracias por seguir ahí.
No sabía qué era eso de Halloween. Nunca había vuelto a celebrarse.
Así pues, al menos tres veces al año, toda la familia tenía un trabajo a tiempo completo.
Mis padres podían crear sus obras, que los clientes compraban como regalos. Mamá y yo
actuábamos en fiestas —yo cantando y ella al piano—, y no decíamos que no a ningún trabajo si
podíamos hacerlo. Cuando era más pequeña, actuar frente a un público me aterraba. Pero ahora
me hacía a la idea de que no era más que una música de fondo. Eso es lo que era a los ojos de

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nuestros clientes: una música hecha para que se oyera, pero sin que se viera.
Gerad aún no había descubierto su talento. Pero solo tenía siete años, así que todavía le
quedaba algo de tiempo.
Muy pronto las hojas volverían a caer, y la inestabilidad regresaría a nuestro minúsculo
mundo. Cinco bocas, pero solo cuatro trabajadores. Sin garantías de empleo hasta Navidad.
Si pensaba en aquello, la Selección me parecía una tabla de salvación, un punto seguro al
que agarrarme. Aquella estúpida carta podía sacarme de la oscuridad, y conmigo tal vez también
saldría mi familia.
Me quedé mirando a mi madre. Para ser una Cinco, estaba algo rellenita, lo cual era raro.
No era nada comilona, y tampoco es que tuviéramos para atiborrarnos. Quizá fuera el aspecto
normal de alguien que había tenido cinco hijos. Era pelirroja, como yo, pero tenía un montón de
mechas de un blanco brillante que le habían aparecido de pronto unos dos años antes. En las
comisuras de los ojos se le dibujaban líneas de expresión, aunque aún era bastante joven, y al
moverse por la cocina observé que se inclinaba hacia delante como si llevara sobre los hombros
un gran peso invisible.
Sabía que cargaba con un gran lastre. Y sabía que aquella era la razón de que se mostrara
tan manipuladora conmigo últimamente. Ya discutíamos bastante en situaciones normales, pero,
al irse acercando en silencio el desolador panorama del otoño, se había ido volviendo mucho más
irritable. Y yo sabía que a sus ojos me estaba portando como una insensata, al no querer siquiera
rellenar un estúpido formulario.
Sin embargo, había cosas en este mundo —cosas importantes— de las que no me quería
separar. Y veía aquel trozo de papel como algo que me separaba de todo lo que deseaba. Quizá
fuera que lo que deseaba era una tontería. Puede que no fuera ni siquiera algo que pudiera llegar
a tener. Aun así, era mío. No me veía capaz de sacrificar mis sueños, por mucho que significara
mi familia para mí. Además, ya les había dado mucho.
Era la mayor, ahora que Kenna se había casado y que Kota se había ido; me había
adaptado a mi papel todo lo rápido que me había sido posible. Lo había hecho todo por
contribuir. Habíamos adaptado mis horarios escolares a los ensayos, que me llevaban la mayor
parte del día, ya que estudiaba varios instrumentos además de canto.
Pero tras llegar la carta, todos mis esfuerzos dejaron de tener importancia. A los ojos de
mi madre, yo ya era reina.
Si hubiera sido más lista, habría escondido aquella estúpida notificación antes de que
papá, May y Gerad llegaran. Pero no sabía que mamá se la había guardado entre la ropa, y que a
media comida la iba a sacar a relucir.
—A la familia Singer —anunció, con la carta en la mano.
Intenté arrebatársela, pero reaccionó muy rápido. En realidad, iban a enterarse antes o
después, pero, si hacía aquello, todos se pondrían de su parte.

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—¡Mamá, por favor!
—¡Yo quiero oírlo! —dijo May, ilusionada.
No me sorprendió. Mi hermana pequeña se parecía mucho a mí, solo que era tres años
menor. Pero aunque físicamente éramos casi idénticas, teníamos personalidades opuestas. Ella, a
diferencia de mí, era muy extrovertida y optimista. Y en los últimos tiempos parecía estar loca
por los chicos. Todo aquel asunto le parecía de lo más romántico.
Sentí que me ruborizaba de la vergüenza. Papá escuchaba con atención, y May casi daba
botes de alegría. Gerad, el pobrecito, seguía comiendo. Mamá se aclaró la garganta y prosiguió.
—«El último censo confirma que actualmente reside en su domicilio una mujer soltera de
entre dieciséis y veinte años. Nos gustaría comunicarle la oportunidad que se le presenta de
honrar a la gran nación de Illéa.»
May volvió a soltar otro gritito y me agarró del brazo:
—¡Esa eres tú!
—Ya lo sé, boba. Déjame el brazo, que me lo vas a romper.
Pero ella seguía dando botes, sin soltarme la mano.
—«Nuestro querido príncipe, Maxon Schreave —prosiguió mamá—, alcanzará la
mayoría de edad este mes. En esta nueva etapa de su vida, espera encontrar una compañera,
contraer matrimonio con una auténtica hija de Illéa. Si su hija, hermana o tutelada desea optar a
la posibilidad de convertirse en la prometida del príncipe Maxon y en princesa de Illéa, deberá
rellenar el formulario adjunto y presentarlo en la Oficina Provincial de Servicios más próxima. Se
escogerá aleatoriamente a una mujer de cada provincia, y las elegidas conocerán al príncipe.
»Las participantes se alojarán en Angeles, en el precioso palacio de Illéa, durante toda su
estancia. Las familias de cada participante serán “recompensadas generosamente” —leyó,
marcando cada sílaba para crear un mayor efecto— por su concesión a la familia real.»
Miré al techo mientras ella proseguía. Eso es lo que se hacía con los hijos: las princesas
nacidas en la familia real se vendían en matrimonio en un intento por reforzar nuestras
incipientes relaciones con otros países. Entendía por qué se hacía: necesitábamos aliados. Pero
no me gustaba. Hasta el momento no había visto nada parecido, y esperaba no tener que verlo
nunca. No había habido una princesa en la familia real desde hacía tres generaciones. Los
príncipes, en cambio, se casaban con mujeres del pueblo para mantener alta la moral de nuestra
nación, en ocasiones tan volátil. Supongo que la Selección tenía por objetivo mantenernos
unidos y recordarle a todo el mundo que Illéa había nacido de la nada, prácticamente.
Ninguna de las dos opciones me parecía buena. Y la idea de entrar a participar en un
concurso para deleite de todo el país, y dejar que aquel pelele estirado escogiera a la más mona y
la más tonta del rebaño para convertirla en esa cara bonita y muda que aparecía a su lado en la
tele… En fin, todo eso me daba ganas de gritar. ¿Podía haber algo más humillante?

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Además, ya había estado en casas de suficientes Doses y Treses como para estar segura
de que no quería convertirme en una de ellos, y mucho menos en una de los Unos. Salvo por las
épocas en que pasábamos hambre, estaba muy satisfecha de ser una Cinco. La que quería vivir un
cuento de hadas era mamá, no yo.
—¡Y por supuesto le encantaría America! Es preciosa —añadió mamá, encantada.
—Por favor, mamá. Soy de lo más normal.
—¡No lo eres! —dijo May—. ¡Porque soy idéntica a ti…, y yo soy guapísima!
Y sonrió con tanta gracia que no pude contenerme la risa. Era un buen argumento,
porque lo cierto era que May era muy guapa.
No obstante, era algo más que su cara, más que aquella sonrisa irresistible y aquellos ojos
brillantes. May irradiaba una energía, un entusiasmo, que te hacía desear estar allá donde
estuviera ella. May tenía un magnetismo particular, algo de lo que yo carecía.
—Gerad, ¿tú qué crees? ¿Soy guapa? —le pregunté.
Todas las miradas se posaron en el miembro más joven de nuestra familia.
—¡No! ¡Las chicas dan asco!
—¡Gerad, por favor! —Mamá soltó un suspiro de exasperación, pero era fingido.
Resultaba muy difícil enfadarse con Gerad—. America, tienes que saber que eres una chica
encantadora.
—Si soy tan encantadora, ¿cómo es que ningún chico me pide nunca que salga con él?
—Oh, la verdad es que ellos lo intentan, pero yo los ahuyento. Mis niñas son demasiado
guapas como para casarse con Cincos. Kenna se casó con un Cuatro, y estoy segura de que tú
puedes conseguir un partido aún mejor —dijo ella, y le dio un sorbo a su té.
—Se llama James. Deja de tratarlo como si fuera un número. ¿Y desde cuándo se
presentan chicos a la puerta? —pregunté, elevando cada vez más el tono de voz—. Nunca he
visto a un solo chico en nuestra escalera.
—Hace un tiempo —confesó papá, que intervino por primera vez.
Su voz tenía un matiz algo triste, y no apartaba la vista de su taza. Intenté descifrar qué
sería lo que le preocupaba tanto. ¿Los chicos que se presentaban en la puerta? ¿Que mamá y yo
discutiéramos otra vez? ¿La idea de que no me presentara al concurso? ¿Lo lejos que estaría si lo
hacía?
Papá y yo nos entendíamos bien. Creo que, cuando nací, mamá estaba agotada, así que
papá me cuidó la mayor parte del tiempo. Saqué el carácter de mi madre, pero también la bondad
de mi padre.
Papá levantó la vista solo un instante, y de pronto lo entendí. No quería pedírmelo. No
querría que me fuera. Pero no podía negar el efecto beneficioso que tendría si conseguía entrar,

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aunque solo fuera por un día.
—America, sé razonable —dijo mamá—. Debemos de ser los únicos padres del país que
tenemos que convencer a nuestra hija de algo así. ¡Piensa en la oportunidad que supone! ¡Podrías
llegar a ser reina!
—Mamá, aunque quisiera ser reina, que desde luego no quiero, hay otros miles de chicas
en la provincia que participarán en esto. Miles. Y si se diera el caso de que ganara el sorteo, aún
quedarían otras treinta y cuatro chicas en liza, sin duda mucho mejores que yo en las artes de la
seducción, por mucho que lo intentara.
—¿Qué es la seducción? —preguntó Gerad, levantando la cabeza.
—Nada —respondimos todos a coro.
—Es ridículo pensar que, con todo eso, pueda tener alguna oportunidad de ganar
—concluí.
Mi madre empujó la silla hacia atrás, se puso en pie y se inclinó hacia mí por encima de la
mesa:
—Alguien tendrá que ir, America. Tienes las mismas oportunidades que cualquier otra.
—Tiró la servilleta sobre el mantel y se dispuso a dejar la mesa—. Gerad, cuando acabes, es hora
del baño.
Él lanzó un gruñido.
May comió en silencio. Gerad hizo tiempo todo lo que pudo, pero no fue mucho.
Cuando se pusieron en pie, empecé a recoger la mesa mientras papá se bebía su té, sentado en
silencio. Volvía a tener restos de pintura en el pelo, unas salpicaduras amarillas que me hicieron
sonreír.
Se puso en pie y se sacudió las migas de la camisa.
—Lo siento, papá —murmuré, mientras recogía los platos.
—No seas tonta, cariño. No estoy enfadado —contestó, sonriendo y pasándome un
brazo por la cintura.
—Es que yo…
—No tienes que explicármelo, lo sé —me interrumpió, y me dio un beso en la frente—.
Me vuelvo al trabajo.
Fui a la cocina para empezar a limpiar. Envolví mi plato en una servilleta, con la comida
casi intacta, y lo metí en la nevera. Los demás apenas dejaron unas migas.
Suspiré y me dirigí a mi habitación para prepararme para la cama. Todo aquello me ponía
de los nervios.
¿Por qué tenía que presionarme tanto mamá? ¿Es que no era feliz? ¿No quería acaso a
papá? ¿Por qué no estaba contenta con lo que tenía?

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Me tendí sobre mi colchón lleno de bultos, intentando pensar en la Selección. Supongo
que tendría sus ventajas. No me disgustaría comer bien al menos por unos días. Pero no valía la
pena hacerse ilusiones. No iba a enamorarme del príncipe Maxon. Por lo que había visto en el
Illéa Capital Report, no creo que me gustara siquiera aquel tipo.
Parecía que el tiempo no avanzaba, hasta que por fin llegó la medianoche. Había un
espejo junto a mi puerta. Me detuve enfrente para asegurarme de que mi pelo tenía el mismo
buen aspecto de por la mañana, y me puse un poco de brillo en los labios para dar algo de color
a mi cara. Mamá era bastante estricta en cuanto a reservar el maquillaje para cuando teníamos que
actuar o salir en público, pero yo solía ponerme un poco alguna noche, como aquella.
Con el máximo sigilo, me dirigí a la cocina. Cogí los restos de mi plato, algo de pan no
muy tierno y una manzana, e hice un hatillo con todo ello. Volví a la habitación más despacio de
lo que habría deseado, ya que llegaba tarde. Pero es que si lo hubiera preparado antes me habría
pasado todo el rato mucho más nerviosa.
Abrí la ventana de mi habitación y miré afuera, hacia nuestro pequeño patio. No había
casi luna, así que tuve que esperar a que mi vista se adaptara a la oscuridad antes de ponerme en
marcha. Apenas se veía la silueta de la casa del árbol, al otro lado del césped. Cuando éramos más
pequeños, Kota ataba sábanas a las ramas para que pareciera un barco velero. Él era el capitán, y
yo siempre era su segunda de abordo. Mi misión consistía principalmente en barrer la cubierta y
preparar la comida, que se componía de tierra y pajitas servidas en los moldes de horno de mamá.
Él cogía una cucharada de tierra y se la «comía» tirándola por encima del hombro, lo que
significaba que me tocaba barrer otra vez, pero no me importaba. Estaba encantada de estar en el
barco con Kota.
Miré alrededor. Todas las casas del vecindario estaban a oscuras. Nadie miraba. Me
encaramé a la ventana con cuidado. Ya me había hecho algún cardenal en el vientre alguna vez
por hacerlo mal, pero ahora se me daba bien; era un talento que había perfeccionado a lo largo de
los años. Y no quería que se me cayera nada de la comida.
Crucé el césped a la carrera vestida con mi mejor pijama. Podía haberme dejado la ropa
de día puesta, pero estaba más a gusto así. Suponía que no importaba lo que llevara puesto, pero
me sentía guapa con mis pantaloncitos cortos de color marrón y la camisa blanca a juego.
Ya no me costaba trepar con una sola mano por los tablones clavados al árbol. También
había perfeccionado esa técnica. Cada escalón que subía era un motivo de alivio. No era una gran
distancia, pero desde allí me daba la impresión de que todo el alboroto de casa quedaba a
kilómetros de distancia. Aquí no tenía que ser la princesa de nadie.
Al introducirme en el cubículo que me servía de refugio, supe que no estaba sola. En el
otro extremo, alguien se ocultaba entre las sombras. Se me aceleró la respiración; no podía
evitarlo. Dejé la comida en el suelo y entrecerré los ojos para ver mejor. La otra persona se movió
y encendió una mísera vela. No daba mucha luz —nadie la vería desde la casa— pero bastaba.
Por fin el intruso habló, con una sonrisa furtiva de oreja a oreja.

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—Hola, preciosa.

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CAPÍTULO 2

Entré a gatas en la casa del árbol, que no era mucho más que un cubo de dos por dos
metros en el que ni siquiera Gerad podría permanecer de pie. Pero a mí me encantaba. Había una
abertura por la que te podías colar reptando y un ventanuco en la pared contraria. Yo había
colocado un viejo taburete en un rincón para que sirviera de soporte para la vela, y una
alfombrilla que estaba tan vieja que apenas suponía una mejora en comparación con sentarse
sobre los tablones. No era gran cosa, pero era mi refugio. Nuestro refugio.
—No me llames «preciosa», te lo pido por favor. Primero mi madre, luego May, ahora tú.
Empieza a ponerme de los nervios —dije.
Pero por el modo en que me miraba Aspen, estaba claro que aquello no me estaba
ayudando en mi defensa del caso «No soy guapa». Sonrió.
—No puedo evitarlo. Eres lo más precioso que he visto nunca. No puedes echarme en
cara que te lo diga en la única ocasión que se me presenta. —Se acercó y me cogió la cara entre las
manos, y pude ver en lo más profundo de sus ojos.
No hizo falta más. Sus labios ya estaban sobre los míos, y yo no podía pensar en nada
más. Lejos quedaban la Selección, las discusiones familiares y hasta la propia Illéa. Solo estaban
las manos de Aspen sobre mi espalda, guiándome hacia él, y su aliento sobre mis mejillas. Las
manos se me fueron a su negro cabello, aún húmedo por la ducha —siempre se duchaba por la
noche—, y se enredaron en un nudo perfecto. Olía al jabón casero que hacía su madre. Aquel
olor me hacía soñar. Nos separamos, y no pude reprimir una sonrisa.
Me senté de lado, como una niña en busca de mimos.
—Siento no estar de mejor humor. Es solo que… hoy hemos recibido esa estúpida carta.
—Ah, sí, la carta —suspiró Aspen—. Nosotros recibimos dos.
Claro. Las gemelas acababan de cumplir los dieciséis.
Aspen estudió mi rostro mientras hablaba. Hacía eso cuando estábamos juntos, como si
estuviera refrescando la imagen de mi rostro que guardaba en su memoria. Había pasado más de
una semana, y ambos estábamos nerviosos cuando pasaban unos cuantos días.
Yo también lo escruté. Aspen era, con mucho, el tipo más atractivo de cualquier casta en
toda la ciudad. Tenía el cabello oscuro y los ojos verdes, y aquella sonrisa que te hacía pensar que
ocultaba un secreto. Era alto, pero no demasiado. Delgado, pero no demasiado. Observé a la
pálida luz de la vela que tenía unas ojeras apenas perceptibles bajo los ojos; sin duda aquella
semana habría estado trabajando hasta tarde. Su camiseta negra estaba desgastada por varios
sitios hasta el límite de la rotura, igual que los raídos vaqueros que llevaba casi todos los días.

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Ojalá pudiera sentarme a remendárselos. Aquella era mi gran ambición. No ser la
princesa de Illéa, sino la de Aspen.
Me dolía estar lejos de él. Algunos días me volvía loca preguntándome qué estaría
haciendo. Y cuando no podía soportarlo más, me centraba en mi música. En realidad, Aspen era
el responsable de la calidad de mi música. Se me iba la cabeza pensando en él.
Y eso era malo.
Aspen era un Seis. Los Seises eran criados y solo estaban un peldaño por encima de los
Sietes, de los que se diferenciaban por una mejor educación y por su preparación para trabajar en
el interior de las casas. Aspen era más listo de lo que la gente se imaginaba, además de
terriblemente atractivo, pero era muy raro que una mujer se casara con alguien de una casta
inferior. Un hombre así podía pedirte la mano, pero era raro que la chica aceptara. Y cuando dos
personas de castas diferentes decidían casarse, tenían que rellenar un montón de papeleo y
esperar unos tres meses antes de poder proceder con los siguientes trámites legales. Había oído
decir más de una vez que aquello era para que la gente tuviera tiempo para pensárselo. De modo
que aquel encuentro tan personal entre nosotros, ya pasado el toque de queda en Illéa…,
podríamos buscarnos graves problemas. Por no mencionar la bronca que me echaría mi madre.
Pero yo quería a Aspen: hacía ya casi dos años que le amaba. Y él me quería a mí. Con él
ahí delante, acariciándome el pelo, no podía imaginarme siquiera entrar en la Selección. Yo ya
estaba enamorada.
—¿A ti qué te parece? La Selección, quiero decir.
—Está bien, supongo. Tendrá que buscarse una chica «de algún modo», el pobre
—contestó, y en su voz detecté una nota de sarcasmo.
Pero necesitaba saber qué opinaba.
—Aspen…
—Vale, vale. Bueno, una parte de mí piensa que es algo triste. ¿Es que el príncipe no sale
con chicas? Quiero decir… ¿De verdad no puede conseguir a «ninguna»? Si intentan casar a las
princesas con otros príncipes, ¿por qué no hacen lo mismo con él? Por ahí debe de haber alguna
chica de familia real que valga la pena. No lo entiendo. Eso, por una parte.
»Pero luego… —Suspiró—. En parte también me parece una buena idea. Es
emocionante. Va a enamorarse a la vista de todo el mundo. Y me gusta la idea de que alguien
consiga un futuro feliz así. Cualquiera podría ser nuestra próxima reina. En cierto modo es
esperanzador. Me hace pensar que quizá yo también un día pueda tener ante mí un futuro feliz.
Sus dedos resiguieron mis labios. Aquellos ojos verdes escrutaron el interior de mi alma,
y sentí aquella chispa que nos unía y que no había compartido con nadie más. Yo también quería
nuestro futuro feliz.
—¿De modo que has animado a las gemelas a que se presenten?

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—Sí. Bueno, todos hemos visto al príncipe alguna vez; parece un tipo bastante correcto.
O sea, será un remilgado, desde luego, pero parece agradable. Y las chicas están deseosas; es de lo
más gracioso. Cuando he llegado a casa esta tarde, estaban bailando. Y desde luego no se puede
negar que sería positivo para la familia. Mamá se muestra esperanzada porque en nuestra casa
tenemos dos oportunidades, en lugar de solo una.
Aquella era la primera buena noticia que oía sobre aquella horrible competición. Era
increíble: me había centrado tanto en mí misma que ni siquiera había pensado en las hermanas de
Aspen. Si una de ellas iba, si una de ellas ganaba…
—Aspen, ¿te das cuenta de lo que significaría eso? Si Kamber o Celia ganaran…
Él me abrazó aún más fuerte y me rozó la frente con los labios. Su mano me recorría la
espalda arriba y abajo.
—No he pensado en otra cosa en todo el día —dijo.
El sonido descarnado de su voz se imponía a cualquier otro pensamiento. Yo solo
deseaba que Aspen me tocara, que me besara. Y ese era exactamente el rumbo que tomaba la
noche, pero su estómago rugió y me devolvió a la realidad.
—Eh, he traído algo para picar —anuncié, como quien no quiere la cosa.
—¿Ah, sí?
Noté que intentaba disimular su ansiedad, pero no lo conseguía del todo.
—Te encantará este pollo; lo he preparado yo misma.
Recuperé mi hatillo y se lo acerqué a Aspen, que —hay que reconocerlo— mordisqueó la
comida sin prisas. Yo le di un bocado a la manzana de modo que él tuviera la impresión de que
era para los dos, pero luego la dejé para que él se comiera el resto.
Si en nuestra casa la comida era una preocupación, en la de Aspen era un desastre. Él
tenía trabajo de un modo mucho más continuado que el nuestro, pero le pagaban bastante
menos. Nunca tenían suficiente comida para toda la familia. Era el mayor de siete hermanos, e,
igual que yo había tenido que contribuir en cuanto pude, Aspen también había tenido que
hacerlo. De la poca comida que tenían, él les cedía su parte a sus hermanos menores y a su madre,
que siempre estaba agotada de tanto trabajar. Su padre había muerto tres años atrás, y la familia
de Aspen dependía de él para casi todo.
Observé con satisfacción que chupaba los restos de especias del pollo pegadas a los
dedos y que luego se comía el pan. A saber cuánto hacía que no probaba bocado.
—Eres una cocinera excelente. Vas a hacer muy feliz… a alguien, algún día, alguien que
se volverá muy gordo —dijo, con la boca medio llena de manzana.
—Voy a hacerte «a ti» muy feliz… y te pondrás muy gordo. Ya lo sabes.
—¡Ah, eso de ponerse gordo…!

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Nos reímos. Me contó lo que había hecho desde la última vez que nos habíamos visto.
Había estado con trabajos de oficina para una de las fábricas, algo que iba a durar toda la semana
siguiente. Su madre por fin había conseguido trabajo estable limpiando las casas de algunos
Doses de nuestra zona. Las gemelas estaban tristes porque su madre las había obligado a dejar las
clases de teatro a las que asistían después del colegio, para que pudieran trabajar más.
—Voy a ver si puedo conseguir algo de trabajo los domingos, para ganar un poco más de
dinero. Odio que tengan que dejar algo que les gusta tanto —dijo, y lo hizo con un tono de
esperanza en la voz, como si realmente pudiera hacerlo.
—¡Aspen Leger, no te atrevas a hacerlo! Ya trabajas demasiado.
—Venga, Mer —me susurró al oído, y aquello me produjo un escalofrío—. Ya sabes
cómo son Kamber y Celia. Necesitan estar rodeadas de gente. No pueden estar encerradas
limpiando y escribiendo todo el rato. No son así, por naturaleza.
—Pero no es justo que esperen que tú lo hagas todo, Aspen. Sé lo que sientes por tus
hermanas, pero tienes que cuidarte. Si de verdad las quieres, tendrías que cuidar mejor a la
persona de la que dependen.
—No te preocupes, Mer. Creo que hay buenas perspectivas en el horizonte. No estaré
haciéndolo eternamente.
Pero sí que lo haría, pues su familia siempre necesitaría dinero.
—Aspen, sé que podrías hacerlo. Pero no eres un superhéroe. No puedes pretender ser
capaz de proporcionarles todo a todas las personas a las que quieres. Es que… no puedes hacerlo
todo.
Nos quedamos un momento en silencio. Yo esperaba que hubiera interiorizado mis
palabras, consciente de que, si no bajaba el ritmo, acabaría agotado. Que un Seis, un Siete o un
Ocho muriera de agotamiento no sería nada nuevo. Aquello no podría soportarlo. Me apreté aún
más contra su pecho, intentando borrar aquella imagen de mi cabeza.
—¿America?
—¿Sí?
—¿Vas a participar en la Selección?
—¡No! ¡Por supuesto que no! No quiero que nadie piense que me pudiera plantear
siquiera casarme con un extraño. Yo te quiero a ti —contesté con vehemencia.
—¿Quieres ser una Seis? ¿Vivir eternamente con hambre? ¿Con preocupaciones?
—preguntó.
Detectaba el dolor en su voz, pero también la pregunta de fondo: si tuviera que escoger
entre dormir en un palacio con servicio o en un piso de tres habitaciones con toda la familia de
Aspen, ¿con qué me quedaría?
—Aspen, saldremos adelante. Somos listos. Estaremos bien —respondí, deseando de

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verdad que así fuera.
—Sabes que no va a ser así, Mer. Yo tendré que seguir manteniendo a mi familia. No soy
de los que abandonan a la gente —dijo, y yo me agité ligeramente entre sus brazos—. Y si
tuviéramos hijos…
—Cuando tengamos hijos. Y tendremos que tener cuidado con eso: ¿quién dice que
debemos tener más de dos?
—¡Tú sabes que eso no es algo que podamos controlar! —replicó, y observé la rabia que
se acumulaba en su voz.
No podía culparlo. Si tenías suficiente dinero, disponías de medios de planificación
familiar. Pero si eras un Cuatro o de una casta inferior, te dejaban que te las apañaras por tu
cuenta. Aquello había sido por lo que más habíamos discutido durante los últimos seis meses,
cuando habíamos empezado a buscar en serio un modo de estar juntos. Los niños eran un riesgo.
Cuantos más tenías, más había para trabajar. Pero también más bocas hambrientas que
alimentar…
Volvimos a quedarnos en silencio, sin saber muy bien qué decir. Aspen era una persona
apasionada; solía dejarse llevar un poco cuando discutía. Había ido aprendiendo a controlarse
antes de llegar al punto de enfadarse, y yo sabía que eso era precisamente lo que estaba haciendo
en aquel momento.
No quería que se preocupara ni que se enfadara; de verdad pensaba que podríamos
arreglárnoslas. Si planeábamos bien todo lo que podíamos controlar, podríamos soportar todo lo
demás. Quizá fuera demasiado optimista, o tal vez estuviera demasiado enamorada, pero
realmente creía que Aspen y yo podríamos lograr cualquiera cosa que deseáramos con fuerza.
—Creo que deberías hacerlo —dijo él de pronto.
—¿Hacer qué?
—Participar en la Selección. Creo que deberías hacerlo.
Me lo quedé mirando fijamente.
—¿Has perdido la cabeza?
—Mer, escúchame —respondió, con la boca junto a mi oreja. No era justo; sabía que eso
me distraía. Cuando su voz salió por fin, era como una suave y lenta caricia, como si me estuviera
diciendo algo romántico, aunque en realidad se tratara de todo lo contrario—. Si tuvieras la
ocasión de conseguir algo mejor que esto y la perdieras por mi culpa, nunca me lo perdonaría. No
podría soportarlo.
Solté un soplido airado.
—Esto es ridículo. Piensa en los miles de chicas que participarán. Ni siquiera me
escogerán.
—Si estás tan segura de que no te escogerán, ¿cuál es el problema? —Ahora sus manos

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me frotaban los brazos arriba y abajo. No podía discutir cuando me hacía aquello—. Lo único
que quiero es que te presentes. Solo quiero que lo pruebes. Y si vas, pues vas. Y si no, pues al
menos no tendré que reprocharme habértelo impedido.
—Pero yo no le quiero, Aspen. Ni siquiera me gusta. Ni siquiera lo conozco.
—Nadie lo conoce. De eso se trata, aunque quizá llegue a gustarte.
—Aspen, para. Yo te quiero a ti.
—Y yo a ti —contestó, y me besó lentamente para dejarlo bien claro—. Y si me quieres,
lo harás para que no me vuelva loco preguntándome lo que habría podido ser.
Cuando hacía que algo tuviera que ver con él, me dejaba sin defensa. Porque no podía
hacerle daño. Hacía todo lo que podía para hacerle la vida más fácil. Y yo tenía razón: no había
ninguna posibilidad de que me cogieran. Así que tendría que pasar por todo aquello, contentarlos
a todos y, cuando vieran que no me escogían, por fin dejarían de darme la lata.
—¿De acuerdo? —me dijo al oído, con un suspiro.
Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo.
—Está bien —susurré—. Lo haré. Pero que sepas que no quiero ser ninguna princesa.
Lo único que deseo es ser tu esposa.
Me acarició el pelo.
—Lo serás.
Debió de ser la luz… o la falta de ella, porque juraría que los ojos se le llenaron de
lágrimas al decir aquello. Aspen había pasado muchas cosas, pero solo le había visto llorar una
vez, cuando habían azotado a su hermano en la plaza. El pequeño Jemmy había robado algo de
fruta de un carro del mercado. Un adulto habría sido sometido a un breve juicio y, luego,
dependiendo del valor del material robado, o le habrían mandado a la cárcel, o lo habrían
sentenciado a muerte. Jemmy solo tenía nueve años, así que fue azotado. La madre de Aspen no
tenía dinero suficiente para llevarle a un buen médico, así que Jemmy se había quedado con la
espalda llena de cicatrices tras aquel incidente.
Aquella noche esperé junto a mi ventana para ver si Aspen trepaba a la casa del árbol.
Cuando lo hizo, salí a hurtadillas y fui con él. Lloró en mis brazos durante una hora,
lamentándose por que si hubiera trabajado más, si lo hubiera hecho mejor, Jemmy no habría
tenido que robar, y por lo injusto que era que el crío hubiera tenido que sufrir aquello por su
fracaso.
Me producía un dolor terrible, porque no era cierto. Pero no podía decírselo; no me
escucharía. Aspen se echaba a la espalda la responsabilidad de todas las necesidades de sus seres
queridos. De algún modo, milagrosamente, me había convertido en una de esas personas. Así
que intentaba que mi carga fuera lo más ligera posible.
—¿Quieres cantarme? ¿Algo bueno para que me acompañe en el sueño?

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Sonreí. Me encantaba cantarle canciones. Así que me situé a su lado y le canté una suave
nana.
Me dejó cantar unos minutos hasta que sus dedos empezaron a moverse
descuidadamente por debajo de mi oreja. Me abrió un poco la camisa y me besó por el cuello y las
orejas. Luego me levantó la manga corta y me besó el brazo hasta donde alcanzó, hasta dejarme
sin respiración. Casi cada vez que le cantaba, hacía aquello.
Supongo que le gustaba más oír mi respiración entrecortada que las propias canciones.
Al poco ya estábamos uno encima del otro sobre la sucia y fina alfombrilla. Aspen tiró de
mí, echándome sobre su cuerpo, y yo le acariciaba el desaliñado pelo con los dedos, hipnotizada
por la sensación de tenerlo entre los dedos. Me besó con fervor, con fuerza. Sentí sus manos, que
recorrían mi cintura, mi espalda, mis caderas, mis muslos. Siempre me sorprendía que no me
dejara cardenales por todo el cuerpo con la presión de los dedos.
Íbamos con cuidado, y siempre nos deteníamos antes de llegar a lo que realmente
deseábamos. Violar el toque de queda ya era suficiente riesgo. Aun así, con todas nuestras
limitaciones, no podía imaginarme que hubiera alguien en Illéa más apasionado que nosotros.
—Te quiero, America Singer. Y te querré toda la vida. —Dijo aquello con una profunda
emoción en la voz, y me pilló desprevenida.
—Te quiero, Aspen. Siempre serás mi príncipe.
Y me besó hasta que la vela se consumió.
Debieron de pasar horas. Me pesaban los ojos. A Aspen nunca le preocupaba lo que
durmiera él, pero mostraba una preocupación continua por mi descanso. Así que, resignada, bajé
la escalera con mi plato y mi céntimo.
Cuando cantaba, Aspen disfrutaba, le encantaba. De vez en cuando, cuando tenía algo de
dinero, me daba un céntimo en pago por mi canción. Pero si había conseguido un céntimo, yo
quería que se lo diera a su familia. No había duda de que necesitaban hasta la última moneda. No
obstante, conservar aquellos céntimos en mi poder —ya que de ningún modo me los iba a
gastar— era como un recordatorio de todo lo que estaba dispuesto a hacer por mí, de todo lo que
yo significaba para él.
Ya de vuelta en mi habitación, saqué mi frasquito de céntimos de su escondrijo y escuché
el feliz tintineo de la nueva moneda al caer sobre sus nuevas vecinas. Esperé diez minutos,
mirando por la ventana, hasta que vi la sombra de Aspen, que bajaba del árbol y salía corriendo
por la calle de atrás.
Me quedé despierta un rato más, pensando en él y en lo mucho que le quería, y en la
sensación que me producía su amor. Me sentía especial, incomparable, única. Ninguna reina, en
ningún trono, podía sentirse más importante que yo.
Me dormí con aquel pensamiento grabado a fuego en el corazón.

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CAPÍTULO 3

Aspen iba vestido todo de blanco. Tenía un aspecto angelical. Seguíamos en Carolina,
pero no había nadie a nuestro alrededor. Estábamos solos, pero no echábamos de menos a nadie.
Él había trenzado unas pajitas para hacerme con ellas una corona, y estábamos juntos.
—¡America! —graznó mamá, sacándome de mis sueños.
Encendió las luces, cegándome por un momento. Me llevé las manos a los ojos,
intentando adaptarme a la luz.
—Despierta, America. Tengo una propuesta que hacerte.
Eché un vistazo al despertador: poco más de las siete. Así que… había dormido cinco
horas.
—¿Consiste en dejarme dormir más? —rezongué.
—No, cariño. Levanta. Tengo algo serio que discutir contigo.
Me senté en la cama, con las sábanas hechas un ovillo y el pelo enmarañado. Mamá iba
dando palmadas una y otra vez, como si con aquello pudiera acelerar el proceso.
—Venga, America. Necesito que te despiertes.
Bostecé. Dos veces.
—¿Qué quieres?
—Quiero que te presentes a la Selección. Creo que serías una princesa excelente.
Era demasiado temprano para aquello.
—Mamá, de verdad, acabo… —Pero me detuve y suspiré al recordar lo que le había
prometido a Aspen la noche anterior: que al menos lo intentaría. No obstante, ahora, a la luz del
día, no estaba segura de poder hacerlo.
—Sé que no te atrae la idea, pero he pensado que podía proponerte un trato, a ver si
cambias de opinión.
Aquello me llamó la atención. ¿Qué podía ofrecerme?
—Tu padre y yo hablamos anoche, y decidimos que ya tienes edad de trabajar sola. Tocas
el piano tan bien como yo y, si practicas un poco más, prácticamente no cometerás errores al
violín. Y tu voz, bueno, estoy convencida de que no hay una mejor en toda la provincia.
Sonreí, aún algo dormida.
—Gracias, mamá. De verdad.

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De todos modos, trabajar sola no era algo que me atrajera especialmente. No veía cómo
iba a tentarme con aquello.
—Bueno, eso no es todo. Puedes aceptar trabajos para ir sola… y puedes quedarte la
mitad de lo que ganes —añadió, con una especie de sonrisa forzada.
Los ojos se me abrieron de golpe.
—Pero solo si te presentas a la Selección.
Ahora empezaba a sonreír abiertamente. Sabía que con aquello me ganaría, aunque
supongo que se esperaba algo más de resistencia. Pero ¿cómo iba a resistirme? ¡Ya estaba
decidida a firmar, y ahora además podría ganar algo de dinero para mí!
—Ya sabes que lo único que puedo hacer yo es firmar, ¿verdad? No puedo hacer que me
escojan.
—Sí, lo sé. Pero vale la pena intentarlo.
—Vaya, mamá —exclamé, sacudiendo la cabeza, aún sorprendida—. De acuerdo,
rellenaré el impreso hoy mismo. ¿Dices en serio lo del dinero?
—Por supuesto. De todos modos, antes o después tendrás que ir por tu cuenta. Y te irá
bien tener que hacerte responsable de tu dinero. Eso sí, no te olvides de tu familia, por favor.
Seguimos necesitándote.
—No os olvidaré, mamá. ¿Cómo iba a olvidarte, con todo lo que me riñes? —Le guiñé
un ojo, se rio y con ello quedó sellado el pacto.
Me di una ducha mientras intentaba asimilar todo lo que había ocurrido en menos de
veinticuatro horas. ¡Solo con rellenar un impreso conseguiría la aprobación de mi familia, haría
feliz a Aspen y ganaría un dinero que nos iría muy bien a él y a mí para poder casarnos!
A mí no me preocupaba tanto el dinero, pero Aspen insistía en que necesitábamos tener
unos ahorros. El papeleo costaba dinero, y queríamos dar una fiestecita con nuestras familias tras
la boda, aunque fuera pequeña. Yo me imaginaba que no tardaríamos demasiado en ahorrar lo
necesario en cuanto decidiéramos que estábamos preparados, pero Aspen quería más. Quizá, si
por fin me ganaba un dinero, Aspen confiaría más en que saldríamos adelante.
Tras la ducha me arreglé el pelo y me puse una pizca de maquillaje para celebrar la
ocasión; luego me fui al armario y me vestí. No es que hubiera muchas opciones. Casi todo lo que
tenía era beis, marrón o verde. Tenía algunos vestidos más bonitos para cuando trabajábamos,
pero estaban irremediablemente confinados en el fondo del armario. Así eran las cosas. Los
Seises y los Sietes vestían casi siempre con ropa vaquera o con algo resistente. Los Cincos usaban
ropas más bien sosas, ya que los artistas lo cubrían todo de manchas, y los cantantes y bailarines
solo necesitaban un vestuario especial para sus actuaciones. Las castas más altas podían vestirse
de caqui y con ropa vaquera de vez en cuando, para variar, pero siempre dándole a sus modelos
un aire especial. Como si no fuera bastante con que pudieran tener prácticamente lo que
quisieran, convertían nuestras necesidades en lujos.

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Me puse mis pantalones cortos color caqui y el blusón verde —con mucho las ropas de
día más sugerentes que tenía— y repasé mi aspecto en el espejo antes de dirigirme al salón. Me
sentía como… guapa. Quizá fuera la emoción de aquel día lo que hacía que me viera así.
Mamá estaba sentada a la mesa de la cocina con papá, tarareando. Ambos levantaron la
vista y me miraron un par de veces, pero sus miradas no podían molestarme.
Cuando cogí la carta, me sorprendí un poco. Qué papel más elegante. Nunca había
tocado uno igual, grueso y con una fina textura. Por un momento su peso me impresionó y me
recordó la magnitud de lo que estaba haciendo. Dos palabras me asaltaron la mente: «¿Y si…?».
Pero ahuyenté aquella idea y me puse manos a la obra.
No tenía gran complicación. Puse mi nombre, mi edad, mi casta y mis datos de contacto.
Tenía que decir la altura y el peso, el color del cabello, de los ojos y de la piel. Me pude dar el lujo
de escribir que hablaba tres idiomas. La mayoría hablaba al menos dos, pero mi madre insistió en
que aprendiéramos francés y español, ya que esas lenguas aún se usaban en algunas zonas del
país. También me resultaban útiles para el canto. Había muchas canciones preciosas en francés.
Teníamos que indicar el nivel de estudios, en el que había muchísimas variaciones, porque solo
los Seises y los Sietes iban a colegios públicos y seguían una educación estructurada en cursos
propiamente dichos. Yo ya casi había completado mi educación. En el apartado de habilidades
especiales, puse el canto y todos los instrumentos que tocaba.
—¿Crees que la capacidad de dormir hasta mediodía cuenta como habilidad especial?
—le pregunté a papá, intentando poner tono de duda existencial.
—Sí, pon eso. Y no te olvides de decir que puedes acabarte una comida entera en menos
de cinco minutos —respondió.
Me reí. Era cierto: solía comer tan rápido que parecía que aspirase la comida.
—¡Ya está bien, vosotros dos! Ya puestos, ¿por qué no pones que eres una pobre
plebeya? —protestó mi madre desde la habitación.
No me podía creer que estuviera de tan mal humor; al fin y al cabo, estaba consiguiendo
exactamente lo que quería.
Miré a papá con extrañeza.
—Mamá solo quiere lo mejor para ti, eso es todo —dijo. Se apoyó en el respaldo de la
silla, tomándose un respiro antes de empezar la pieza que le habían encargado para final de mes.
—Tú también, pero nunca te enfadas tanto —observé.
—Es cierto. Pero tu madre y yo tenemos ideas diferentes de lo que es mejor para ti
—respondió, y sonrió.
La boca la había sacado de mi padre: tanto por su aspecto como por la tendencia a hacer
comentarios inocentes que me acababan metiendo en algún lío. El temperamento lo había
sacado de mamá, pero a ella se le daba mejor contenerse cuando era realmente necesario. A mí

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no se me daba nada bien. Como en aquel momento.
—Papá, si decidiera casarme con un Seis o incluso con un Siete, y de verdad lo quisiera,
¿me dejarías?
Él dejó su taza en la mesa y me miró fijamente. Intenté no desvelar nada con mi
expresión. El suspiro que exhaló fue intenso, y estaba cargado de pena.
—America, si quisieras a un Ocho, yo querría que te casaras con él. Pero deberías saber
que el amor a veces se desgasta con la tensión del matrimonio. Puede que ahora quieras a alguien,
pero con el tiempo puedes llegar a odiarlo por no ser capaz de ocuparse de ti. Y si no puedes
cuidar bien a tus hijos, la cosa se vuelve aún peor. El amor no siempre sobrevive en esas
circunstancias.
Papá apoyó su mano sobre la mía, atrayendo mi mirada. Intenté ocultar mi preocupación.
—Sea como sea, lo que deseo es que te quieran. Te lo mereces. Y espero que algún día te
cases por amor, y no en función de un número.
No podía decirme lo que yo quería oír —que me casaría por amor y no por un
número—, pero ya podía darme por satisfecha con aquello.
—Gracias, papá.
—Ten paciencia con tu madre. Intenta hacer lo correcto. —Me besó en la cabeza y se fue
a trabajar.
Suspiré y volví a centrarme en rellenar la solicitud. Todo aquello me hacía sentir como si
mi familia no pensara que yo tuviera derecho alguno a desear algo para mí. Me molestaba, pero
sabía que no era algo que pudiera echarles en cara. No podíamos permitirnos el lujo de satisfacer
nuestros deseos. Teníamos necesidades.
Completé la solicitud, la cogí y salí al patio en busca de mamá. Estaba allí sentada,
cosiendo un dobladillo, mientras May hacía sus deberes a la sombra de la casa del árbol. Aspen
solía quejarse de lo estrictos que eran los profesores en los colegios públicos. Yo tenía serias
dudas de que ninguno de ellos pudiera ganarle a mamá en severidad. ¡Era verano, por Dios!
—¿De verdad lo has hecho? —preguntó May, levantándose de un salto.
—Claro.
—¿Cómo es que has cambiado de opinión?
—Mamá puede resultar muy convincente —respondí, con intención, pero era evidente
que ella no se avergonzaba en absoluto de su chantaje—. Podemos ir a la Oficina de Servicios en
cuanto estés lista, mamá.
Ella esbozó una sonrisa.
—Esa es mi chica. Ve a buscar tus cosas y vamos. Quiero que tu solicitud llegue lo antes
posible.

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Obedecí y fui a buscar los zapatos, pero me detuve al llegar a la habitación de Gerad.
Estaba mirando fijamente un lienzo en blanco, con cara de frustración. Habíamos probado
muchas opciones con Gerad, pero no parecía que ninguna de ellas arraigara. No había más que
ver la vieja pelota de fútbol en una esquina, o el microscopio de segunda mano que habíamos
heredado como pago una Navidad, para saber que, estaba claro, no tenía alma de artista.
—Hoy no te sientes inspirado, ¿eh? —pregunté, colándome en su habitación.
Él negó con la cabeza.
—A lo mejor podrías intentar esculpir, como Kota. Tienes muy buenas manos. Apuesto
a que se te daría bien.
—Yo no quiero esculpir nada. Ni pintar, ni cantar, ni tocar el piano. Yo quiero jugar al
fútbol —dijo, dando una patada a la vetusta alfombra.
—Ya lo sé. Y puedes hacerlo, como pasatiempo, pero tienes que encontrar una disciplina
artística que se te dé bien para ganarte la vida. Puedes hacer ambas cosas.
—Pero ¿por qué? —protestó, con voz lastimera.
—Ya sabes por qué. Es la ley.
—¡Pero eso no es justo! —Gerad le dio un empujón al lienzo, que cayó al suelo y levantó
unas motas de polvo visibles a la luz que entraba por la ventana—. No es culpa nuestra que
nuestro tatarabuelo, o quien fuera, fuese pobre.
—Tienes razón. —De verdad parecía ilógico limitar las elecciones vitales de cada
persona según lo mucho o poco que hubieran podido ayudar sus antepasados al Gobierno, pero
así era como funcionaba. Y posiblemente aún tendríamos que dar gracias por vivir en un mundo
seguro—. Supongo que era el único modo que tuvieron en aquel momento de hacer que las cosas
funcionaran.
Gerad no dijo nada. Lancé un suspiro y recogí el lienzo. Lo coloqué en su sitio. Su vida
era aquella, y no podía borrarla de un plumazo.
—No tienes que abandonar tus hobbies, colega. Pero querrás poder ayudar a mamá y papá,
crecer y casarte, ¿no? —dije, haciéndole cosquillas en el costado.
Él sacó la lengua en un gesto de asco y ambos nos reímos.
—¡America! —llamó mamá desde el otro extremo del pasillo—. ¿Por qué te entretienes
tanto?
—¡Ya voy! —respondí, y luego me giré hacia Gerad—. Sé que es duro, peque, pero así
son las cosas. ¿De acuerdo?
Pero sabía que no estaba de acuerdo. No podía estarlo.
Mamá y yo fuimos a pie hasta la oficina local. A veces tomábamos el autobús si íbamos
muy lejos o para acudir a algún trabajo. Quedaba mal presentarse todo sudoroso en la casa de un

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Dos. Ya nos miraban bastante mal de por sí. Pero hacía muy buen día, y tampoco era un camino
tan largo.
Evidentemente, no éramos las únicas que habían decidido presentar la solicitud
enseguida. Cuando llegamos, la calle frente a la Oficina de Servicios de la Provincia de Carolina
estaba atestada de mujeres.
Desde la cola vi a unas cuantas chicas de mi barrio delante de mí, esperando para entrar.
La cola tenía una anchura de unas cuatro personas y daba casi media vuelta a la manzana. Todas
las chicas de la provincia se querían apuntar. Yo no sabía si sentirme aterrada o aliviada.
—¡Magda! —exclamó alguien.
Mi madre y yo nos volvimos al oír su nombre.
Celia y Kamber se nos acercaban, con la madre de Aspen. Se habría tomado el día libre.
Sus hijas llevaban sus mejores galas y tenían un aspecto muy pulido. No es que contaran con
demasiados recursos, pero estaban bien con cualquier cosa, igual que Aspen. Kamber y Celia
tenían el mismo cabello oscuro que él, y también su preciosa sonrisa.
La madre de Aspen me sonrió y yo le devolví el gesto. La adoraba. Solo tenía ocasión de
hablar con ella muy de vez en cuando, pero siempre había sido muy amable conmigo. Y sabía que
no era porque yo estuviera una casta por encima; la había visto dar ropa que ya no les cabía a sus
hijos a familias que no tenían casi nada. Era una buena mujer.
—Hola, Lena. Kamber, Celia, ¿cómo estáis? —las saludó mamá.
—¡Bien! —respondieron alegremente todas a la vez.
—¡Estáis estupendas! —dije, colocándole un mechón a Celia por detrás del hombro.
—Queríamos estar guapas para la foto —explicó Kamber.
—¿Foto?
—Sí —susurró la madre de Aspen—. Ayer estuve limpiando en la casa de uno de los
magistrados. Este sorteo no tiene mucho de sorteo. Por eso toman fotografías y piden tanta
información. ¿Qué importaría los idiomas que hablaras si la elección fuera por sorteo?
A mí ya me había parecido raro, pero pensé que toda aquella información era para
después del sorteo.
—Según parece, la información se ha filtrado un poco; mirad alrededor: muchas de las
chicas están bien emperifolladas.
Eché un vistazo a la cola. La madre de Aspen tenía razón, y había una clara diferencia
entre las que lo sabían y las que no. Justo detrás de nosotras vimos a una chica, obviamente una
Siete, que había venido con su ropa de trabajo. Sus botas manchadas de barro quizá no salieran
en la foto, pero el polvo de su mono seguro que sí. Unos metros más atrás, otra Siete aún llevaba
puesto el cinturón de herramientas. Lo mejor que se podía decir de ella es que tenía la cara limpia.

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En el otro extremo del espectro, una chica que tenía por delante se había hecho un
recogido en el pelo del que caían unos mechones que le enmarcaban el rostro. La chica que tenía
al lado, evidentemente una Dos, a juzgar por su ropa, daba la impresión de que quería meterse el
mundo entero en el escote. Muchas iban tan maquilladas cual payasos de circo. Pero al menos era
un modo de intentarlo.
Mi aspecto era correcto, pero no había ido tan lejos. Al igual que aquellas Sietes, no me
había preparado para aquello. De pronto sentí un sofoco de preocupación.
Pero ¿por qué? Pensé en la situación y reordené mis pensamientos.
A mí aquello no me interesaba. Si no era lo suficientemente guapa, mejor para mí. Sin
duda estaría un escalón por debajo de las hermanas de Aspen. Ellas ya eran guapas de por sí, y
estaban aún más guapas con aquel leve rastro de maquillaje. Si Kamber o Celia ganaban, toda la
familia de Aspen ascendería de categoría. Seguro que a mi madre no le parecería mal que me
casara con un Uno solo porque no fuera el príncipe en persona. A fin de cuentas no estar bien
informadas había sido una bendición.
—Creo que tienes razón —dijo mamá—. Aquella chica parece estar vestida para asistir a
una fiesta de Navidad. —Se rio, pero me di cuenta de que le daba una rabia tremenda ver que yo
estaba en desventaja.
—No sé por qué exageran tanto algunas. Fíjate en America. Está guapísima. Me alegro de
que no hayáis querido disfrazarla —repuso la señora Leger.
—Yo no soy nada especial. ¿Quién me iba a escoger a mí, pudiendo elegir a Kamber o a
Celia? —Les guiñé el ojo, y ellas me sonrieron.
Mamá también sonrió, pero forzadamente. Debía de estar debatiéndose sobre si
debíamos quedarnos en la cola o volver a casa corriendo para que me cambiara.
—¡No seas tonta! Cada vez que Aspen vuelve a casa después de ayudar a tu hermano,
siempre me habla del talento y la belleza que hay en tu familia —dijo la madre de Aspen.
—¿De verdad? ¡Es un encanto! —respondió mi madre, orgullosa.
—La verdad es que sí. Una madre no podría pedir un hijo mejor. Nos apoya en todo, y
trabaja durísimo.
—Algún día hará muy feliz a alguna chica —dijo mi madre, que solo seguía la
conversación a medias mientras valoraba mentalmente nuestras posibilidades en la competición.
La señora Leger echó una mirada rápida a su alrededor.
—Lo cierto es que, y esto ha de quedar entre nosotras, creo que quizá ya tenga a alguien
en mente.
Me quedé helada. No sabía si debía hacer algún comentario, o si cualquier cosa que dijera
me delataría.
—¿Y de quién se trata? —preguntó mi madre. Incluso en aquel momento en que estaba

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planeando mi boda con un perfecto desconocido, encontraba tiempo para el cotilleo.
—¡No estoy segura! En realidad aún no la conozco. Y solo es una suposición mía, pero
creo que está viéndose con alguien, porque últimamente parece más contento —respondió,
radiante.
¿Últimamente? Llevábamos viéndonos casi dos años. ¿Por qué solo últimamente?
—Tararea —intervino Celia.
—Sí, y también canta —añadió Kamber.
—¿Canta? —exclamé.
—¡Oh, sí! —respondieron ellas a coro.
—¡Entonces sin duda está viéndose con alguien! —decidió mi madre—. Me pregunto
quién será.
—Ni idea. Pero supongo que será una chica magnífica. Los últimos meses ha estado
trabajando duro, más de lo habitual. Y ha estado ahorrando algo. Creo que debe de estar
intentando ahorrar para casarse.
No pude evitar soltar un gritito ahogado. Afortunadamente, todas lo atribuyeron a la
emoción general por la noticia.
—Y yo no podría estar más contenta —prosiguió—. Aunque aún no nos haya dicho
quién es la afortunada, ya la quiero. Mi hijo sonríe, y se le ve satisfecho. La vida ha sido dura
desde que perdimos a Herrick. Aspen ha cargado con un gran peso sobre la espalda. Cualquier
chica que le haga feliz será como una hija para mí.
—¡Será una afortunada! Tu Aspen es un chico fantástico —respondió mamá.
No podía creérmelo. ¡Su familia estaba pasando dificultades para llegar a final de mes, y él
estaba ahorrando para mí! No sabía si soltarle una regañina o comérmelo a besos.
Sencillamente…, no tenía palabras.
¡De verdad iba a pedirme que me casara con él!
No podía pensar en otra cosa: Aspen, Aspen, Aspen. Hice toda la cola, firmé en la
ventanilla para confirmar que todo lo que había puesto en el impreso era cierto y me hice la foto.
Me senté en la silla, agité la cabeza para soltarme el pelo y darle algo de vida, y me giré hacia el
fotógrafo.
No creo que ninguna chica de todo Illéa pudiera haber sonreído con más ganas que yo.

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CAPÍTULO 4

Era viernes, de modo que el noticiario Illéa Capital Report sería a las ocho. No es que
estuviéramos obligados a verlo, pero resultaba conveniente. Incluso los Ochos —los sin techo,
los vagabundos— se buscaban alguna tienda o alguna iglesia donde pudieran ver el Report. Y con
la Selección en ciernes, era algo más que aconsejable. Todo el mundo quería saber qué sucedía al
respecto.
—¿Crees que anunciarán a las ganadoras esta noche? —preguntó May, metiéndose una
cucharada de puré de patata en la boca.
—No, cariño. Todas las candidatas tienen aún nueve días para presentar sus solicitudes.
Probablemente no sepamos nada hasta dentro de dos semanas —respondió mamá, con el tono
de voz más tranquilo que le había oído en años. Estaba completamente serena, satisfecha de
haber conseguido algo que quería de verdad.
—¡Jo! Qué largo se me va a hacer —se quejó May.
¿Se le iba a hacer largo a ella? ¡Era mi nombre el que estaba en el bombo!
—Tu madre me ha dicho que habéis tenido que hacer una cola bastante larga —intervino
papá. Me sorprendió que quisiera tomar parte en la conversación.
—Sí —respondí—. No esperaba que hubiera tantas chicas. No sé por qué van a esperar
nueve días más. Juraría que toda la provincia se ha apuntado ya.
Papá chasqueó la lengua.
—Te habrás divertido haciendo cábalas sobre tus posibilidades…
—Ni me he molestado —respondí con sinceridad—. Eso se lo he dejado a mamá.
Ella asintió.
—Pues sí, no he podido evitar darle vueltas al asunto. Pero creo que America iba muy
bien, arreglada pero natural. ¡Y además, estabas tan guapa, cariño! Si realmente se fijan en el
aspecto, en lugar de elegir por sorteo, tienes aún más posibilidades de las que me pensaba.
—No sé —dije—. Había una chica que llevaba tanto pintalabios que parecía que estaba
sangrando. A lo mejor a los príncipes les gusta eso.
Todos se rieron, y mamá y yo seguimos deleitándolos con nuestros comentarios sobre
los atuendos de las otras chicas. May no se perdía detalle. Gerad se limitó a sonreír entre bocado
y bocado. A veces nos olvidábamos de la tensión constante en la que vivíamos últimamente, más
o menos desde que Gerad tenía uso de razón.
A las ocho nos amontonamos todos en el salón —papá en su sillón, May junto a mamá

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en el sofá, con Gerad en el regazo, y yo tirada por el suelo— y pusimos el canal de acceso público
de la tele. Era el único canal que no había que pagar, así que incluso los Ochos podían verlo si
tenían un televisor.
Sonaba el himno. Puede parecer tonto, pero siempre me había gustado nuestro himno
nacional. Era una de las canciones que más me gustaba cantar.
Apareció la imagen de la familia real. Sobre la tarima estaba el rey Clarkson. Sus asesores,
que tenían noticias sobre infraestructuras y algunos asuntos medioambientales, estaban sentados
a un lado, y la cámara los enfocó. Parecía que iba a haber varios anuncios aquella noche. A la
izquierda de la pantalla estaban sentados la reina y el príncipe Maxon, en sus habituales butacas,
que más parecían tronos, vestidos elegantemente, dando imagen de realeza y de poder.
—Ahí está tu novio, Ames —anunció May, y todos se rieron.
Miré con más atención a Maxon. Supongo que, en cierto modo, era atractivo. Aunque
desde luego no como Aspen. Tenía el cabello de color miel y los ojos marrones. Eran los colores
del verano, lo que supongo que a algunas les resultaría atractivo. Llevaba el pelo corto y bien
peinado, y su traje gris le quedaba perfecto.
Sin embargo, estaba demasiado rígido. Parecía tenso. Su peinado era excesivamente
perfecto; su traje a medida, demasiado impecable. Parecía más una pintura que una persona. Casi
lo lamentaba por la chica que fuera a acabar con él. Es probable que llevara la vida más aburrida
imaginable.
Observé a su madre. Tenía un aspecto sereno. También estaba rígida en su silla, pero no
tan tiesa. Caí en la cuenta de que, a diferencia del rey y del príncipe Maxon, ella no se había criado
en palacio. Era una auténtica hija de Illéa. Quizás antes fuera alguien como yo.
El rey ya estaba hablando, pero yo necesitaba saberlo.
—¿Mamá? —susurré, intentando no distraer a papá.
—¿Sí?
—La reina… ¿qué era? De casta, quiero decir.
Mi madre sonrió al verme interesada.
—Una Cuatro.
Una Cuatro. Habría pasado sus años de juventud trabajando en una fábrica o en una
tienda, o quizás en una granja. Me pregunté cómo habría sido su vida. ¿Tendría una gran familia?
Probablemente no habría tenido que preocuparse por la comida cuando era pequeña. ¿Se habrían
puesto celosas sus amigas cuando la escogieron? Si tuviera alguna amiga cercana de verdad,
¿sentiría celos de mí?
Aquello era una tontería. No me iban a coger.
Me concentré en las palabras del rey.

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—Esta misma mañana hemos sufrido otro ataque en nuestras bases de Nueva Asia que
ha diezmado ligeramente nuestras tropas, pero confiamos en que el nuevo reemplazo del mes
que viene reforzará la moral de los soldados, además de su potencia de combate.
Odiaba la guerra. Por desgracia, vivíamos en un país joven que tenía que protegerse de
todo el mundo. Si el territorio sufría una nueva invasión, probablemente sería el fin.
Después de que el rey nos pusiera al día acerca de un reciente ataque sobre un
campamento rebelde, el Equipo Económico hizo un repaso al estado de la deuda, y el jefe del
Comité de Infraestructuras anunció que al cabo de dos años esperaban iniciar las obras de
reconstrucción de numerosas carreteras, algunas de las cuales estaban aún tal como habían
quedado tras la Cuarta Guerra Mundial. Por último subió al estrado el coordinador de Eventos.
—Buenas noches, señoras y señores de Illéa. Como todos ustedes saben, recientemente
se ha distribuido por correo la convocatoria para participar en la Selección. Ya he recibido el
primer recuento de solicitudes presentadas, y me alegra decir que miles de bellas mujeres de Illéa
ya se han inscrito en el sorteo para la Selección.
Atrás, en su rincón, Maxon se agitó un poco en su asiento. ¿Estaba sudando?
—En nombre de la familia real, querría agradecerles el entusiasmo y el patriotismo
mostrados. ¡Con un poco de suerte, para Año Nuevo estaremos celebrando ya el compromiso de
nuestro querido príncipe Maxon con una encantadora, inteligente y talentosa hija de Illéa!
El reducido grupo de asesores presentes aplaudió. Maxon sonrió, pero parecía
incómodo. Cuando acabaron los aplausos, el coordinador prosiguió.
—Por supuesto, tendremos un amplio programa de actos preparado para conocer a las
jóvenes de la Selección, por no hablar de programas especiales sobre su vida en palacio. ¡Y quién
mejor y más cualificado para guiarnos a través de esta emocionante aventura que el señor Gavril
Fadaye!
Hubo otra salva de aplausos, pero esta vez procedentes de mi madre y de May. Gavril
Fadaye era una leyenda. Al menos hacía veinte años que trabajaba como comentarista de los
desfiles de la Fiesta del Agradecimiento y de los especiales de Navidad, así como de cualquier
cosa que se celebrara en palacio. Nunca había visto una entrevista a miembro alguno de la familia
real o a sus familiares o amigos que no hubiera hecho él.
—¡Oh, America, conocerás a Gavril! —exclamó mamá, encantada.
—¡Ahí viene! —dijo May, agitando sus bracitos.
Efectivamente, ahí estaba Gavril, que entró en el plató dando saltitos, vestido con su
impecable traje azul. Tendría casi cincuenta años, y siempre iba impecable. Mientras atravesaba el
decorado, la luz incidió en la insignia que llevaba en la solapa, que emitió un brillo dorado más
intenso que los fortissimos que hacía yo al piano.
—¡Bueeeeenas noches, Illéa! —saludó—. Tengo que decir que es un honor para mí
formar parte de la Selección. ¡Fijaos qué suerte! ¡Voy a conocer a treinta y cinco chicas guapas!

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¿Quién sería tan idiota de no desear un trabajo así? —Nos guiñó un ojo a través de la cámara—.
Pero antes de que tenga ocasión de conocer a esas señoritas encantadoras, una de las cuales será
nuestra nueva princesa, voy a tener el placer de hablar con el hombre del momento, nuestro
príncipe Maxon.
Al momento, Maxon cruzó la alfombra y se dirigió a un par de asientos preparados para
él y para Gavril. Se ajustó la corbata y se alisó el traje, como si no estuviera lo suficientemente
acicalado. Le dio la mano a Gavril, se sentó frente a él y cogió un micrófono. La silla era lo
bastante alta como para que Maxon tuviera que apoyar los pies en una barra situada a media
altura. Aquella postura le daba un aspecto mucho más informal.
—Un placer verle de nuevo, alteza.
—Gracias, Gavril. El placer es mío —respondió, con una voz tan estudiada como su
aspecto. Irradiaba formalidad. Arrugué la nariz ante la idea de encontrarme aunque solo fuera en
la misma estancia que él.
—Dentro de menos de un mes, treinta y cinco mujeres se mudarán a su casa. ¿Qué le
parece la idea?
Maxon se rio.
—Bueno, sinceramente, me inquieta un poco. Me imagino que con tantas invitadas habrá
mucho más jaleo. Aun así, estoy deseándolo.
—¿Le ha pedido consejo a su querido padre sobre cómo lo hizo él para conquistar a una
esposa tan bella cuando le llegó la ocasión?
Maxon y Gavril miraron en dirección a los reyes, y la cámara los enfocó para que
viéramos cómo se miraban, sonrientes y cogidos de la mano. Parecía de verdad, pero ¿cómo
íbamos a saberlo?
—En realidad, no. Como sabes, la situación en Nueva Asia ha empeorado últimamente,
y los dos nos hemos dedicado más a los asuntos militares. No ha habido ocasión de hablar de
chicas.
Mamá y May se rieron. Supongo que lo encontraban divertido.
—No nos queda mucho tiempo, así que querría hacerle una pregunta más. ¿Cómo se
imagina que será para usted la chica perfecta?
Dio la impresión de que la pregunta le había pillado desprevenido. No podría estar
segura, pero me pareció que se ruborizaba.
—La verdad es que no lo sé. Supongo que eso es lo bonito de la Selección. No habrá dos
candidatas iguales: ni en imagen ni en gustos o disposición. Y conociéndolas y hablando con ellas
espero descubrir lo que quiero, encontrarlo durante el proceso —dijo el príncipe, sonriente.
—Gracias, alteza. Muy bien dicho. Y creo que hablo por toda Illéa cuando le deseo toda
la suerte del mundo.

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Gavril le tendió la mano para despedirse.
—Gracias —repuso Maxon.
La cámara no cortó el plano lo suficientemente rápido, y se pudo ver cómo miraba a sus
padres, para ver si había dicho lo correcto. El siguiente plano fue del rostro de Gavril, así que no
hubo modo de ver cuál fue su respuesta.
—Me temo que esta noche no tenemos más tiempo. Gracias por ver el Illéa Capital Report.
Nos veremos la semana que viene.
Y aparecieron los títulos de crédito y la música.
—America y Maxon, la parejita de moda… —se puso a bromear May.
Agarré un cojín y se lo tiré a la cabeza, pero la verdad es que la idea me hacía reír. Maxon
era tan remilgado que resultaba difícil imaginar que nadie pudiera ser feliz con aquel pelele.
Me pasé el resto de la noche intentando evitar las bromitas de May, hasta que por fin me
fui a la habitación para estar sola. La simple idea de estar cerca de Maxon Schreave me ponía
incómoda. Las pullas de May se me quedaron en la cabeza toda la noche, haciendo que me
costara dormir.
No tenía muy claro qué era aquel sonido que me despertó, pero cuando fui plenamente
consciente intenté escrutar mi habitación en un silencio absoluto, por si acaso había alguien allí.
Tap, tap, tap.
Me giré un poco hacia la ventana, y allí estaba Aspen, sonriéndome. Me levanté de la
cama y fui hasta la puerta de puntillas, la cerré y eché el pestillo. Volví a la cama y abrí la ventana
lentamente. En el momento en que Aspen estuvo a mi lado, me entró una oleada de calor que no
tenía nada que ver con el verano.
—¿Qué haces aquí? —susurré, sonriendo en la oscuridad.
—Necesitaba verte —dijo, envolviéndome con los brazos y tirando de mí hasta que
quedamos tumbados uno junto al otro en la cama. Sentía su respiración contra mi mejilla.
—Tengo muchísimo que contarte, Aspen.
—Chis, no digas nada. Si alguien nos oye, se nos caerá el pelo. Deja que te mire.
Obedecí. Me quede allí, quieta y en silencio, mientras Aspen me miraba a los ojos.
Cuando quedó satisfecho, empezó a pasarme la nariz por el cuello y por el pelo. Y entonces sus
manos se deslizaron por la curva de mi cintura, arriba y abajo, una y otra vez. Oí que se le agitaba
la respiración, y aquello, de algún modo, me atrajo hacia él.
Sus labios, ocultos en mi cuello, empezaron a besarme. Se me entrecortó la respiración.
No podía evitarlo. Sus besos recorrieron mi barbilla y me taparon la boca, silenciando mis jadeos.
Me agarré a él, y, entre los abrazos desesperados y la humedad de la noche, ambos quedamos
empapados en sudor.

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Fue un momento robado al destino.
Los labios de Aspen se detuvieron por fin, aunque yo no estaba en absoluto predispuesta
a parar. Pero teníamos que ser sensatos. Si íbamos más allá y algún día se descubría, ambos
acabaríamos en la cárcel.
Otra razón por la que todo el mundo se casaba joven: la espera era una tortura.
—Debería irme —susurró.
—Pero quiero que te quedes. —Mis labios estaban junto a su oreja. Percibía de nuevo el
olor de su jabón.
—America Singer, llegará el día en que te duermas entre mis brazos cada noche. El día en
que te despierte con mis besos cada mañana. Eso, y mucho más. —Me mordí el labio de la
emoción al pensar en ello—. Pero ahora tengo que irme. Estamos tentando al destino.
Suspiré y le solté. Tenía razón.
—Te quiero, America.
—Te quiero, Aspen.
Aquellos momentos furtivos me bastarían para soportar todo lo que se avecinaba: la
decepción de mamá cuando me comunicaran que no había sido elegida, todo el trabajo que
tendría que hacer para ayudar a Aspen a ahorrar, el cataclismo que me esperaba cuando le pidiera
a papá mi mano, y todos los esfuerzos que deberíamos hacer cuando nos casáramos. Nada de
aquello importaba. No importaba nada, si tenía a Aspen.

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CAPÍTULO 5

La semana siguiente llegué antes que Aspen a la casa del árbol.
Me costó un poco subir en silencio con todo lo que quería llevar, pero lo conseguí.
Estaba recolocando los platos una vez más cuando oí que alguien trepaba por el árbol.
—¡Buh!
Aspen se sobresaltó y se rio. Encendí la vela nueva que había comprado para la ocasión.
Él cruzó la casa del árbol para darme un beso y, al momento, me puse a contarle todo lo que
había sucedido durante la semana.
—No te he contado lo de las inscripciones —le solté, muy animada.
—¿Cómo fue? Mamá me dijo que estaba hasta los topes.
—Fue una locura, Aspen. ¡Deberías haber visto cómo iban vestidas algunas! Y ya sabrás
que de sorteo no tiene nada. Así que tenía razón. Hay gente mucho más interesante que yo en
Carolina para elegir, de modo que todo esto se queda en nada.
—De todos modos te agradezco que lo hicieras. Significa mucho para mí —dijo, sin
apartar su mirada. Ni siquiera se había molestado en echar un vistazo a la casa del árbol. Se me
comía con los ojos, como siempre.
—Bueno, lo mejor es que, como mi madre no tenía ni idea de que ya te lo había
prometido a ti, me sobornó para que firmara.
No pude contener una sonrisa. Aquella semana, las familias ya habían empezado a
celebrar fiestas en honor de sus hijas, convencidas de que la suya sería la elegida para la Selección.
Había cantado en nada menos que siete celebraciones. Incluso una noche había actuado un par
de veces. Y mamá había cumplido con su palabra. Tener dinero propio era una sensación
liberadora.
—¿Te sobornó? ¿Con qué? —preguntó Aspen, con el rostro iluminado.
—Con dinero, por supuesto. ¡Mira, te he preparado un festín!
Me separé de él y empecé a sacar platos. Había preparado cena de más con la intención de
que sobrara para él, y llevaba días horneando pastitas. De todos modos, May y yo sufríamos de
una terrible adicción a los dulces, así que ella estaba encantada de que yo me dedicara a gastar mi
dinero en eso.
—¿Qué es todo esto?
—Comida. La he hecho yo misma —dije, henchida de orgullo.

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Por fin, aquella misma noche, Aspen podría irse a la cama con el estómago lleno. Pero su
sonrisa se desvaneció al ir descubriendo un plato tras otro.
—Aspen, ¿pasa algo?
—Esto no está bien. —Sacudió la cabeza y apartó la mirada de la comida.
—¿Qué quieres decir?
—America, se supone que soy yo quien tiene que cuidarte. Me resulta humillante venir
aquí y que tú tengas que hacer todo esto.
—Pero si siempre te traigo comida…
—Unos cuantos restos. ¿Te crees que no me doy cuenta? No pasa nada por que me
quede con algo que tú no quieres. Pero que seas tú… Se supone que soy…
—Aspen, tú me das cosas constantemente. Tengo todos mis céntimos…
—¿Los céntimos? ¿De verdad crees que sacar eso, precisamente ahora, es una buena
idea? En serio, America, ¿no te das cuenta? Odio la idea de no poder pagar por escuchar tus
canciones, como los demás.
—¡Tú no tendrías que pagarme nada en absoluto! Es un regalo. ¡Todo lo mío es tuyo!
—Sabía que teníamos que ir con cuidado, no levantar la voz. Pero en aquel momento no me
importaba.
—No quiero caridad, America. Soy un hombre. Se supone que soy yo quien debe
mantenerte.
Aspen se llevó las manos a la cabeza. Respiraba aceleradamente. Como siempre, estaba
reconsiderando su postura. Pero esta vez había algo diferente en su mirada. En lugar de irse
centrando, se le veía más y más confundido. Mi rabia fue desvaneciéndose al verlo ahí, tan
perdido. Me sentí culpable. Mi intención era darle un capricho, no humillarle.
—Yo te quiero —susurré.
Él meneó la cabeza.
—Yo también te quiero, America. —Pero no me miraba a la cara.
Recogí un poco del pan que había hecho y se lo puse en la mano. Tenía demasiada
hambre como para no darle un bocado.
—No quería herir tu orgullo. Pensé que te gustaría.
—No es eso, Mer; me encanta. No me puedo creer que hayas hecho todo esto por mí. Es
solo que… no sabes cuánto me molesta que yo no pueda hacerlo por ti. Te mereces algo más.
Gracias a Dios, siguió comiendo mientras hablaba.
—Tienes que dejar de pensar en mí de ese modo. Cuando estamos juntos, yo no soy una
Cinco y tú no eres un Seis. Somos simplemente Aspen y America. No quiero nada más, solo estar

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contigo.
—Pero es que no puedo cambiar mi modo de pensar. —Me miró—. Así es como me
educaron. Desde que era pequeño, aprendí que «los Seises han nacido para servir» y que «los
Seises deben pasar desapercibidos». Toda mi vida, he aprendido a ser invisible. —Me agarró la
mano con la fuerza de una tenaza—. Si estás conmigo, Mer, tú también tendrás que aprender a
ser invisible. Y no quiero eso para ti.
—Aspen, ya hemos hablado de eso. Sé que las cosas serán de otro modo, y estoy
preparada. No sé cómo decírtelo más claro. —Le puse la mano sobre el corazón—. Estoy
preparada para darte el sí en el momento en que me lo pidas.
Resultaba aterrador exponerse de aquel modo, dejar absolutamente claro hasta dónde
llegaban mis sentimientos. Él sabía lo que le estaba diciendo. Pero si ponerme en una posición
vulnerable le ayudaba a encontrar el valor, lo soportaría. Sus ojos buscaron los míos. Si buscaba
la sombra de una duda, estaba perdiendo el tiempo. Aspen era lo único de lo que estaba segura en
la vida.
—No.
—¿Qué?
—No —repitió, y aquella palabra me cayó como una bofetada.
—¿Aspen?
—No sé cómo he podido engañarme y pensar que esto podría funcionar. —Se pasó los
dedos por entre el cabello otra vez, como si estuviera intentando recopilar todos los
pensamientos que tenía sobre mí en la cabeza.
—Pero si acabas de decirme que me quieres…
—Y te quiero, Mer. De eso se trata. No puedo convertirte en alguien como yo. No
soporto la idea de que llegue a verte pasar hambre, frío o miedo. No puedo convertirte en una
Seis.
Sentí que estaba a punto de llorar. No querría decir eso. No podía ser. Pero antes de que
pudiera pedirle que lo retirara, se encaminó hacia la salida de la casa del árbol.
—¿Adónde…, adónde vas?
—Me voy. Me voy a casa. Siento haberte hecho esto, America. Hemos acabado.
—¿Qué?
—Hemos acabado. No volveré por aquí nunca más. No de este modo.
—Aspen, por favor —insistí, con lágrimas en los ojos—. Hablemos del tema. Sé que
estás confuso.
—Estoy más confuso de lo que te imaginas, pero no estoy enfadado contigo. Es
simplemente que no puedo hacerlo, Mer. No puedo.

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—Aspen, por favor…
Me agarró con fuerza y me besó —un beso de verdad— por última vez. Luego
desapareció entre la oscuridad. Y como vivíamos en el país en el que vivíamos, con todas esas
reglas que hacían que nos tuviéramos que ocultar, no pude siquiera llamarle, no pude gritarle,
aunque fuera por última vez, que le amaba.
Pasaron los días. Estaba claro que mi familia se daba cuenta de que sucedía algo, pero
debían de suponer que estaba nerviosa por la Selección. Quise llorar mil veces, pero me contuve.
Solo tenía ganas de que llegara el viernes, para que emitieran el Capital Report y para que, tras
hacerse públicos los nombres de las elegidas, todo volviera a ser como antes.
Me imaginé la escena: cómo anunciarían el nombre de Celia o Kamber, y la cara de mi
madre, decepcionada, pero no tanto como si hubieran elegido a una desconocida. Papá y May
estarían contentos por las chicas; toda la familia tenía una relación próxima con la suya. Sabía que
Aspen estaría pensando en mí igual que yo pensaba en él. Estaba segura de que se presentaría por
allí antes de que acabara el programa, para rogar que le perdonara y pedir mi mano. Sería algo
prematuro, ya que las chicas no tendrían nada seguro, pero podría aprovechar la emoción general
del día. Probablemente aquello suavizaría mucho las cosas.
En mi imaginación, todo salía perfectamente. En mi imaginación, todo el mundo era
feliz…
Faltaban diez minutos para que empezara el Report, y ya estábamos todos preparados.
Estaba segura de que no éramos los únicos que no queríamos perdernos ni un segundo del
anuncio.
—¡Recuerdo cuando eligieron a la reina Amberly! Sabía desde el principio que iba a
conseguirlo —dijo mamá, que estaba haciendo palomitas, como si aquello fuera una película.
—¿Tú participaste en el sorteo, mamá? —preguntó Gerad.
—No, cariño. A mamá le faltaban dos años para la edad mínima. Pero tuve mucha suerte,
porque encontré a tu padre.
Sonrió y le guiñó el ojo a papá. Vaya. Debía de estar de muy buen humor. No recordaba
la última vez que había tenido un gesto de afecto similar hacia papá.
—La reina Amberly es la mejor reina de la historia. Es tan guapa, y tan lista… Cada vez
que la veo en la tele, me dan ganas de ser como ella —dijo May, suspirando.
—Es una buena reina —me limité a añadir yo.
Por fin llegaron las ocho. El escudo nacional apareció en la pantalla, acompañado de la
versión instrumental del himno. ¿Podía ser que estuviera temblando? Tenía unas ganas terribles
de que aquello se acabara.
Apareció el rey, que puso al país al corriente de la guerra, con pocas palabras. El resto de
los comunicados también fueron cortos. Daba la impresión de que todo el mundo estaba de

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buen humor. Supuse que para ellos también debía de ser emocionante.
Por fin apareció el coordinador de Eventos y presentó a Gavril, que se dirigió
directamente a la familia real.
—Buenas noches, majestad —le dijo al rey.
—Gavril, siempre es un placer —repuso el rey, que parecía casi mareado.
—¿Esperando el anuncio?
—Sí, claro. Ayer estuve en la sala mientras se extraían algunos de los nombres; todas
ellas, chicas preciosas.
—Así pues, ¿ya sabe quiénes son?
—Solo algunas, solo algunas.
—¿Ha compartido su padre esa información con usted, señor? —preguntó Gavril,
dirigiéndose a Maxon.
—En absoluto. Yo las veré al mismo tiempo que todos los demás —respondió el
príncipe. Se notaba que intentaba ocultar los nervios.
Me di cuenta de que me sudaban las manos.
—Majestad —prosiguió Gavril, dirigiéndose esta vez a la reina—, ¿algún consejo para las
elegidas?
Ella mostró su habitual sonrisa serena. No sé qué aspecto tendrían las otras chicas de su
Selección, pero no podía imaginarme que ninguna fuera tan graciosa y adorable como ella.
—Que disfruten de su última noche como una chica más. Mañana, pase lo que pase, su
vida cambiará para siempre. Y un consejo clásico, pero aun así válido: que sean ellas mismas.
—Sabias palabras, mi reina, sabias palabras. Y ahora pasemos a revelar los nombres de
las treinta y cinco jóvenes elegidas para la Selección. ¡Damas y caballeros, compartan conmigo la
felicitación para las siguientes hijas de Illéa!
En la pantalla volvió a aparecer el escudo nacional. En la esquina superior derecha había
una pequeña ventana con la cara de Maxon, para ver sus reacciones a medida que aparecían las
caras en el monitor. Él ya estaría haciéndose una idea sobre ellas, como todos los demás.
Gavril tenía un juego de tarjetas en las manos y se dispuso a leer los nombres de las chicas
cuyo mundo, tal como había dicho la reina, estaba a punto de cambiar para siempre. La Selección
empezaba en aquel mismo instante.
—La señorita Elayna Stoles, de Hansport, Tres.
En la pantalla apareció la foto de una chica menuda con rostro de porcelana. Parecía toda
una dama. A Maxon se le iluminó el rostro.
—La señorita Fiona Castley, de Paloma, Tres.

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Esta vez era una morenita con unos ojos provocadores. Quizá de mi edad, pero parecía
más… experimentada.
Me giré hacia mamá y May, que estaban en el sofá.
—¿No os parece que es muy…?
—La señorita America Singer, de Carolina, Cinco.
Giré la cabeza como un resorte, y ahí estaba: la fotografía que me habían tomado justo
después de enterarme de que Aspen estaba ahorrando para casarse conmigo. Estaba radiante,
esperanzada, hermosa. Tenía el aspecto de una chica enamorada. Y algún idiota debía de haber
pensado que mi amor era por el príncipe Maxon.
Mamá me gritó al oído y May dio un gran salto, llenándolo todo de palomitas. Gerad
también se emocionó y se puso a bailar. Papá…, es difícil de decir, pero creo que sonreía en
secreto tras su libro.
Me perdí la expresión de Maxon.
Sonó el teléfono.
Y no dejó de sonar durante varios días.

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CAPÍTULO 6

La semana siguiente no pararon de entrar y salir de casa funcionarios llegados para
prepararme para la Selección. Vino una mujer odiosa que aparentemente pensaba que había
mentido en la mitad de las cosas de mi solicitud, seguida de un guardia de palacio que repasaba las
medidas de seguridad con los soldados que nos destinaron y que le dieron un buen repaso a la
casa. Daba la impresión de que, para preocuparse por posibles ataques rebeldes, no hacía falta
esperar a llegar a palacio. Estupendo.
Recibimos dos llamadas de una mujer llamada Silvia —que parecía muy desenfadada,
pero metódica al mismo tiempo— que quería saber si necesitábamos alguna cosa. De entre las
visitas que tuvimos, mi favorito fue un hombre con una perilla que vino a tomarme medidas para
el vestuario. Yo no estaba segura de cómo me sentaría llevar constantemente vestidos tan
formales como los de la reina, pero esperaba con impaciencia mi cambio de vestuario.
El último de nuestros visitantes vino el miércoles por la tarde, dos días antes de mi
partida. Tenía la misión de repasar toda la normativa oficial conmigo. Era increíblemente flaco,
tenía el cabello negro y graso peinado hacia atrás y no paraba de sudar. Al entrar en casa,
preguntó si había algún lugar donde pudiéramos hablar en privado. Aquello fue el primer indicio
de que pasaba algo.
—Bueno, podemos sentarnos en la cocina, si le parece —sugirió mamá.
Él se secó la frente con un pañuelo y miró a May.
—De hecho, cualquier lugar irá bien. Pero creo que deberían pedirle a su hija menor que
espere fuera.
¿Qué podía tener que decirnos que May no pudiera oír?
—¿Mamá? —protestó ella, triste por quedarse al margen.
—May, cariño, ve a practicar con tu pintura. Esta última semana has dejado el trabajo un
poco de lado.
—Pero…
—Déjame que te acompañe, May —me ofrecí, al ver las lágrimas que asomaban en sus
ojos.
Ya en el otro extremo del pasillo, donde nadie nos podía oír, la cogí entre mis brazos y la
abracé.
—No te preocupes —le susurré—. Te lo contaré todo esta noche. Te lo prometo.
Hay que reconocer que se controló y no descubrió nuestro acuerdo dando saltitos de

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alegría como era habitual en ella. Se limitó a asentir en silencio y se fue a su rincón en el estudio
de papá.
Mamá preparó té para el flacucho y nos sentamos a la mesa de la cocina para hablar. El
hombre colocó un montón de papeles y una pluma junto a otra carpeta que llevaba mi nombre.
Dispuso todas sus cosas ordenadamente y dijo:
—Siento ser tan reservado, pero hay algunas cosas que tenemos que tratar y que quizá no
sean aptas para los oídos de los niños.
Mamá y yo cruzamos una mirada fugaz.
—Señorita Singer, esto puede sonar algo duro, pero, desde el viernes pasado, se la
considera a usted propiedad de Illéa. A partir de ahora tiene la obligación de cuidar su cuerpo.
Traigo varios informes para que los firme mientras la voy informando. Debo decirle que
cualquier incumplimiento de los requisitos por su parte supondrá su eliminación inmediata de la
Selección. ¿Lo comprende?
—Sí —respondí, recelosa.
—Muy bien. Empecemos con lo fácil. Esto son vitaminas. Como es usted una Cinco,
supongo que no siempre ha tenido acceso a la nutrición necesaria. Debe tomarse una de estas al
día. Ahora tiene que hacerlo por su cuenta, pero en palacio tendrá a alguien que la ayudará.
Me pasó un gran frasco por encima de la mesa, junto a un impreso que tuve que firmar a
modo de recibo. Tuve que contenerme la risa. ¿Quién necesita ayuda para tomarse una píldora?
—Aquí tengo el informe de su médico. No hay nada de lo que preocuparse. Parece que
está usted en perfecto estado de salud, aunque me dice que no ha dormido bien últimamente. ¿Es
así?
—Bueno…, es de la emoción. Me ha costado un poco dormir —alegué.
Y no era mentira del todo. Los días eran un torbellino de preparativos para el palacio,
pero de noche, cuando estaba tranquila, pensaba en Aspen. En aquellos momentos no podía
evitar que su recuerdo me invadiera, y lo cierto es que me costaba mucho pensar en otra cosa.
—Ya veo. Bueno, puedo hacer que le traigan algo para ayudarla a dormir esta misma
noche, si lo desea. Queremos que esté bien descansada.
—No, yo…
—Sí —me interrumpió mamá—. Lo siento, cariño, pero pareces agotada. Por favor,
consígale esos somníferos.
—Sí, señora —concedió el flacucho, que hizo otra anotación en mi informe—. Vamos a
otra cosa. Bueno, sé que es algo personal, pero tengo que hablar del tema con todas las
participantes, así que le ruego que no sea tímida. —Hizo una pausa—. Necesito que me confirme
que es usted virgen.
Mamá puso unos ojos como platos. Así que ese era el motivo por el que May no podía

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estar presente.
—¿Lo dice en serio?
No podía creerme que hubieran enviado a alguien para eso. Al menos podrían haber
enviado a una mujer…
—Me temo que sí. Si no lo es, tenemos que saberlo inmediatamente.
Increíble. Y con mi madre ahí delante.
—Conozco la ley, señor. No soy tonta. Claro que soy virgen.
—Piénselo bien, por favor. Si se descubre que miente…
—¡Por amor de Dios, America nunca ha tenido siquiera novio! —exclamó mamá.
—Así es —añadí, esperando así poner fin al tema.
—Muy bien. Pues necesito que firme este impreso para confirmar su declaración.
Puse los ojos en blanco, pero obedecí. Estaba orgullosa de mi país, Illéa, más aún
teniendo en cuenta que aquel mismo territorio había quedado prácticamente reducido a
escombros, pero tantas normas empezaban a sofocarme, como si fueran cadenas invisibles que
me ataran. Leyes sobre a quién podías querer, papeles que certificaran tu virginidad… Era
exasperante.
—Tenemos que repasar una serie de normas. Son bastante sencillas, y no deberían
suponerle ningún esfuerzo. Si tiene alguna pregunta, no dude en hacerla.
Levantó la vista de su montón de documentos y estableció contacto visual conmigo.
—Lo haré —murmuré.
—No puede abandonar el palacio por voluntad propia. Tiene que ser el príncipe quien la
descarte. Ni siquiera el rey o la reina pueden despedirla. Ellos pueden decirle al príncipe que no es
de su agrado, pero es él quien toma la última decisión sobre quién se queda y quién se va.
»No hay un tiempo límite para la Selección. Puede ser cuestión de días o de años.
—¿Años? —reaccioné, consternada. La idea de estar lejos tanto tiempo me horrorizaba.
—No hay de qué preocuparse. Es improbable que el príncipe alargue mucho el proceso.
En este momento se espera que se muestre decidido, y alargar la Selección no le daría buena
imagen. Pero si decidiera hacerlo, se le exigirá que se quede todo el tiempo que necesite el
príncipe para hacer su elección.
El miedo debió de reflejárseme en el rostro, porque mamá alargó la mano y cogió la mía.
El flacucho, en cambio, permaneció impasible.
—Usted no decide cuándo se encontrará con el príncipe. Será él quien la busque para sus
encuentros a solas si lo desea. Si se encuentra en un evento social y él está presente, es diferente.
Pero usted no debe presentarse ante él sin ser invitada.

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»Aunque nadie espera que usted se lleve bien con las otras treinta y cuatro participantes,
no debe pelearse con ellas ni sabotearlas. Si se descubre que le ha puesto la mano encima a otra
participante, que le ha provocado alguna tensión, que le ha robado algo o que ha hecho cualquier
cosa que pueda afectar a su relación personal con el príncipe, estará en sus manos el echarla al
momento.
»Su única relación romántica será con el príncipe Maxon. Si se la descubre escribiendo
notas de amor a otra persona del exterior o manteniendo una relación con alguna otra persona en
palacio, se considerará un acto de traición, castigable con la muerte.
Mamá puso cara de que aquello era una gran tontería, pero a mí era la única norma que
me preocupaba de verdad.
—Si se descubre que ha infringido alguna de las leyes nacionales, recibirá el castigo
correspondiente a la ofensa. Su estatus como seleccionada no la sitúa por encima de la ley.
»No debe llevar prenda alguna ni comer nada que no se le proporcione en palacio. Esa es
una norma de seguridad y se aplicará estrictamente.
»Los viernes estará presente en todas las emisiones del Capital Report. Para la ocasión,
pero siempre con aviso previo, puede haber cámaras o fotógrafos en palacio, y usted se mostrará
amable y les hará partícipes de su estilo de vida y su relación con el príncipe.
»Por cada semana que permanezca en palacio, su familia recibirá una compensación. Yo
le daré su primer talón hoy mismo. Por otra parte, si tuviera que abandonar el palacio, nuestros
ayudantes la ayudarán a encarrilar su vida tras la Selección. Su ayudante personal la asistirá en los
preparativos finales antes de dejar el palacio, y la ayudará a buscar una nueva vivienda y un
empleo posteriormente.
»Si llegara a situarse entre las diez últimas finalistas, se la considerará miembro de la élite.
Una vez que alcance ese estatus, tendrá que aprender el funcionamiento interno de la vida y de las
obligaciones que podría tener como princesa. No se le permitirá acceder a esa información hasta
entonces.
»Desde este momento, es usted una Tres.
—¿Una Tres? —exclamamos mamá y yo a la vez.
—Sí. Tras la Selección, a las chicas les cuesta volver a su antigua vida. Las Doses y las
Treses lo llevan bien, pero las Cuatros o inferiores suelen tener dificultades. Ahora es usted una
Tres, pero el resto de los miembros de su familia siguen siendo Cincos. Si ganara, usted y todos
los miembros de su familia se convertirían en Unos, como parte de la familia real.
—Unos —dijo mamá, pero la palabra apenas fue un murmullo.
—Y si llegara al final, se casará con el príncipe Maxon y se convertirá en la princesa de
Illéa, con lo que adquiriría todos los derechos y responsabilidades que conlleva el título. ¿Lo
entiende?

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—Sí. —Esa parte, por muy grandilocuente que sonara, era la más fácil de soportar.
—Muy bien. Si tiene la bondad, firme este documento justificante de que ha oído todas
las normas oficiales, y usted, señora Singer, firme este recibo conforme le ha sido entregado el
talón, por favor.
No vi la cantidad, pero sus ojos reaccionaron positivamente. Me entristecía la idea de
marcharme, pero estaba segura de que, aunque me echaran al día siguiente, aquel talón nos
proporcionaría suficiente dinero para vivir de un modo desahogado todo un año. Y cuando
volviera, todo el mundo querría oírme cantar. Tendría mucho trabajo. Pero ¿se me permitiría
cantar siendo una Tres? Si tuviera que escoger una de las profesiones propias de una Tres…,
quizá me gustaría ser profesora. Al menos así podría enseñar música a otros.
El flacucho recogió todos sus papeles y se puso en pie para marcharse. Nos dio las
gracias por nuestro tiempo y por el té. Ya solo tendría que encontrarme con un funcionario más
antes de mi partida, y sería mi asistente personal, la persona que me ayudaría a prepararme hasta
el momento de salir hacia el aeropuerto. Y luego…, luego estaría sola.
Nuestro invitado me pidió que le acompañara a la puerta, y mamá accedió, ya que ella
quería empezar a preparar la cena. A mí no me gustaba estar a solas con él, pero solo era un
momento.
—Una cosa más —dijo el flacucho, con la mano en el pomo de la puerta—. Esto no es
exactamente una norma, pero haría bien en tenerlo en cuenta: cuando se le invite a hacer algo con
el príncipe Maxon, no se niegue, sea lo que sea. Cenas, salidas, besos (más que besos), lo que sea.
No le diga que no.
—¿Disculpe?
¿El mismo hombre que me había hecho firmar para certificar mi pureza estaba
sugiriéndome que dejara que Maxon me la arrebatara si lo deseaba?
—Sé que suena… indecoroso. Pero no le conviene rechazar al príncipe bajo ninguna
circunstancia. Buenas noches, señorita Singer.
Me sentí asqueada. La ley, la ley de Illéa, dictaba que había que esperar hasta el
matrimonio. Era un modo efectivo de controlar las enfermedades, y ayudaba a mantener el
sistema de castas. Los ilegítimos acababan en la calle, convertidos en Ochos; si te descubrían,
fuera porque alguien se chivara o por el propio embarazo, te condenaban a la cárcel. Solo con
que alguien sospechara, podías pasarte unas noches en el calabozo. Sí, aquello había limitado mi
intimidad con la persona a la que amaba, y no me había resultado fácil. Pero ahora que Aspen y
yo habíamos roto, estaba contenta de haberme visto obligada a reservarme.
Estaba furiosa. ¿Acaso no me habían hecho firmar una declaración aceptando que se me
castigaría si infringía la ley de Illéa? Yo no estaba por encima de la ley; eso es lo que había dicho
aquel hombre. Pero aparentemente el príncipe sí. Me sentía sucia, más inmunda que una Ocho.
—America, cariño, es para ti —anunció mamá, con voz alegre.

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Yo ya había oído el timbre de la puerta, pero no tenía ninguna prisa por responder. Si era
otra persona pidiendo un autógrafo, no podría soportarlo.
Recorrí el pasillo y giré la esquina. Y allí estaba Aspen, con un ramo de flores silvestres.
—Hola, America —saludó, con un tono comedido, casi profesional.
—Hola, Aspen —repuse, apenas sin voz.
—Esto te lo envían Kamber y Celia. Querían desearte buena suerte. —Se acercó y me dio
las flores. Flores de sus hermanas, no suyas.
—¡Qué encantos! —exclamó mamá.
Casi me había olvidado de que estaba en la sala.
—Aspen, me alegro de que hayas venido —dije, intentando poner una voz tan neutra
como la suya—. Haciendo las maletas he dejado la habitación hecha un asco. ¿Me quieres ayudar
a limpiar?
Con mi madre allí mismo, no pudo negarse. Como norma general, los Seises no
rechazaban ningún trabajo. En eso éramos iguales.
Aspen exhaló por la nariz y asintió.
Me siguió a cierta distancia hasta la habitación. Pensé en la de veces que había deseado
aquello: que Aspen se presentara en la puerta de casa y entrara hasta mi habitación. Pero las
circunstancias no podían ser peores.
Abrí la puerta de mi cuarto y me quedé en el umbral. Aspen soltó una carcajada.
—¿Quién te ha hecho las maletas? ¿Un perro?
—¡Cállate! Me ha costado un poco encontrar lo que buscaba —protesté. Y sonreí a mi
pesar.
Él se puso manos a la obra, poniendo las cosas en su sitio y doblando ropa. Yo le ayudé,
por supuesto.
—¿No te vas a llevar nada de toda esta ropa? —susurró.
—No. A partir de ahora me visten ellos.
—Oh, vaya.
—¿Están decepcionadas tus hermanas?
—En realidad no —dijo, meneando la cabeza—. En cuanto vieron tu cara en la tele, toda
la casa se volvió una fiesta. Siempre les has encantado. A mi madre en particular.
—Adoro a tu madre. Siempre se ha portado estupendamente conmigo.
Pasaron unos minutos en silencio, mientras mi habitación volvía a su estado normal.
—Tu foto… Estabas absolutamente preciosa.

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Me dolió que me dijera que estaba guapa. No era justo. No después de todo lo que había
hecho.
—Fue por ti —susurré.
—¿Cómo?
—Pues que… pensaba que ibas a declararte muy pronto —dije, con la voz rota.
Aspen se quedó en silencio un momento, buscando las palabras.
—Me lo había planteado, pero ahora ya no importa.
—Sí que importa. ¿Por qué no me lo dijiste?
Se frotó el cuello, indeciso.
—Estaba esperando.
—¿El qué?
No me imaginaba qué podía estar esperando.
—El Sorteo.
Aquello sí lo entendía. No estaba claro qué era mejor: si ser llamado a filas o no. En Illéa,
todos los chicos de diecinueve años entraban en el Sorteo. Se escogía un nuevo reemplazo por
sorteo dos veces al año, de modo que todos los reclutas llegaran como máximo con diecinueve
años y medio. Y el servicio obligatorio iba desde los diecinueve años a los veintitrés. La fecha se
acercaba.
Habíamos hablado del tema, pero no de un modo realista. Supongo que ambos
esperábamos que, si no pensábamos en ello, el Sorteo también nos pasaría por alto a nosotros.
Lo bueno de ser un soldado es que se pasaba automáticamente a ser un Dos. El
Gobierno te entrenaba y te pagaba el resto de tu vida. Lo malo era que nunca sabías dónde podías
ir a parar. Lo que estaba claro era que te enviaban fuera de tu provincia. Suponían que los
soldados se volverían más indulgentes rodeados de los conocidos, tratando con ellos. Podías
acabar en palacio o en el cuerpo de policía de otra provincia. O podías terminar en el Ejército, y
podían enviarte al frente. No muchos de los que iban a la guerra regresaban a casa.
Los que no se habían casado antes del sorteo casi siempre se esperaban al resultado. Si te
tocaba, en el mejor de los casos suponía separarte de tu esposa cuatro años. Y en el peor, dejar
una viuda muy joven.
—Yo… No quería hacerte eso —susurró.
—Lo entiendo.
Se puso en pie, intentando cambiar de tema.
—Bueno, ¿y qué te llevas?
—Una muda para ponerme cuando me echen. Unas cuantas fotos y libros. Me han dicho

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que no necesitaré mis instrumentos. Todo lo que quiera lo tendré allí. Así que solo llevo esa
mochila, nada más.
Ahora la habitación estaba ordenada, y por algún motivo la pequeña mochila parecía
enorme. Las flores que había traído, colocadas sobre el escritorio, presentaban un gran colorido
en comparación con mis cosas, todas de tonos apagados. O quizá fuera que todo me parecía más
triste ahora…, ahora que todo había acabado.
—No es mucho —observó.
—Nunca he necesitado demasiado para ser feliz. Pensé que lo sabías.
Él cerró los ojos.
—No sigas, America. Hice lo correcto.
—¿Lo correcto? Aspen, me hiciste creer que podíamos hacerlo. Hiciste que te quisiera. Y
luego me convenciste para que me presentara a este maldito concurso. ¿Sabes que prácticamente
me han convertido en un juguete de Maxon?
Él se giró de golpe y me observó.
—¿Qué?
—No se me permite decirle que no… a «nada».
Aspen parecía asqueado, furioso. Apretó los puños.
—Incluso…, incluso si decide no casarse contigo… ¿Podría…?
—Sí.
—Lo siento. No lo sabía —dijo, y respiró intensamente unas cuantas veces—. Pero si te
elige…, eso estaría bien. Te mereces ser feliz.
Aquello fue demasiado. Le di una bofetada.
—¡Idiota! —le espeté, entre gritando y susurrando—. ¡Le odio! ¡Yo te quería a ti! ¡Quería
estar contigo! ¡Todo lo que he deseado en mi vida eres tú!
Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no me importaba. Ya me había hecho bastante
daño, y ahora le tocaba a él.
—Debería irme —dijo, y se dispuso a salir.
—Espera. No te he pagado.
—America, no tienes que pagarme.
Y reemprendió el camino hacia la puerta.
—¡Aspen Leger, no te atrevas a dar un paso más! —solté, con furia.
Se detuvo y por fin me prestó atención.
—Veo que ya estás practicando para cuando seas una Uno. —Si no hubiera sido por sus

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ojos, habría pensado que aquello era una broma, no un insulto.
Sacudí la cabeza y me dirigí a mi escritorio. Saqué todo el dinero que había ganado yo
sola, y puse hasta el último céntimo en sus manos.
—America, no voy a aceptar esto.
—Y un cuerno. Claro que vas a aceptarlo. Yo no lo necesito, y tú sí. Si alguna vez me has
querido lo más mínimo, lo aceptarás. Tu orgullo ya nos ha hecho bastante daño a los dos.
Sentí que algo en su interior se apagaba. Dejó de resistirse.
—Vale.
—Y toma. —Metí una mano detrás de la cama, saqué mi frasquito de céntimos y se lo
vacié en la mano. Un céntimo rebelde que debía de estar pegajoso se quedó pegado al fondo—.
Estas monedas siempre han sido tuyas. Deberías usarlas.
Ahora ya no tenía nada suyo. Y cuando la desesperación le hiciera gastarse aquellos
céntimos, él tampoco tendría nada mío. Sentí que, de pronto, afloraba el dolor. Los ojos se me
llenaron de lágrimas. Tuve que respirar hondo para contener el llanto.
—Lo siento, Mer. Buena suerte —dijo. Se metió los billetes y los céntimos en los
bolsillos y salió a toda prisa.
No era así como pensaba que lloraría. Me esperaba grandes sollozos desesperados, no
lágrimas lentas y minúsculas.
Quise dejar el frasquito en el estante, pero volví a ver aquel céntimo dentro. Metí el dedo
en el frasco y lo despegué. Repiqueteó contra el vidrio. Era un sonido hueco, y sentí el eco en el
interior de mi pecho. Sabía que, para bien o para mal, no me habría librado del todo de Aspen;
todavía no. Quizá no lo hiciera nunca. Abrí la mochila, metí el frasquito y la cerré de nuevo.
May asomó la cabeza por la puerta. Decidí tomarme una de aquellas estúpidas píldoras.
Me dormí con ella en brazos. Por fin pude olvidarme de todo por un rato.

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CAPÍTULO 7

La mañana siguiente me vestí con el uniforme de las seleccionadas: pantalones negros,
camisa blanca y la flor de mi provincia —un lirio— en el pelo. Los zapatos los pude escoger. Me
decanté por unos rojos bajos desgastados. Pensé que más valía dejar claro desde el principio que
no tenía madera de princesa.
Estábamos ya a punto para salir en dirección a la plaza. Cada una de las seleccionadas iba
a tener una ceremonia de despedida en su provincia de origen, y a mí la mía no me hacía ninguna
ilusión. Toda aquella gente allí mirándome, y yo de pie como una tonta. La escena en conjunto
era ridícula, ya que tenía que recorrer los tres kilómetros de trayecto en coche, por motivos de
seguridad.
El día fue incómodo desde el principio. Kenna vino con James para despedirme, lo cual
fue todo un detalle, teniendo en cuenta que estaba embarazada y cansada. Kota también vino,
aunque su presencia no hizo más que añadir tensión. En el camino de casa hasta el coche que nos
habían dejado, Kota fue con mucho el más lento, de modo que los fotógrafos y curiosos
pudieran verle bien. Papá se limitó a menear la cabeza, y en el coche nadie dijo nada.
May era mi único consuelo. Me cogió de la mano e intentó transmitirme parte de su
entusiasmo. Cuando llegamos a la atestada plaza aún íbamos de la mano. Daba la impresión de
que toda la provincia de Carolina había acudido a despedirme. O a ver qué tenía yo de especial.
Desde la tarima en la que me encontraba, vi la masa de gente que me observaba.
Allí de pie pude comprobar las diferencias entre las castas. Margareta Stines era una Tres,
y ella y sus padres me perforaron con la mirada. Tenile Digger era una Siete, y me lanzaba besos.
La gente de las castas superiores me miraba como si les hubiera robado algo que les perteneciera.
Las Cuatros y la gente de castas inferiores me animaban, veían en mí a una chica del montón que
había triunfado. Me di cuenta de lo que significaba para aquellas personas, como si representara
algo para cada una de ellas.
Intenté concentrarme en aquellas caras, levantando la cabeza. Estaba decidida a hacerlo
bien. Sería la mejor de mi grupo: la heroína de la plebe. Aquello me dio una razón de ser. America
Singer: la campeona de las castas bajas.
El alcalde hizo un discurso lleno de florituras:
—¡… y Carolina animará a la bella hija de Magda y de Shalom Singer, Lady America
Singer!
La multitud aplaudió y me vitoreó. Algunos lanzaron flores.
Registré aquel sonido por un momento, sonriendo y saludando con la mano, y luego
volví a escrutar a la multitud, pero esta vez con un objetivo diferente.

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