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Andahazi, Federico El secreto de los flamencos.pdf


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hombres doblegados por la congoja más que por el peso exiguo del
féretro desvencijado que llevaban en vilo avanzaban lentamente hacia
el foso recién excavado por los sepultureros. Quien presidía el cortejo,
cargando él solo con el extremo delantero del ataúd, era el maestro
Francesco Monterga, quizá el más renombrado de los pintores que estaban bajo el mecenazgo, bastante poco generoso por cierto, del duque
de Volterra. Detrás de él, uno a cada lado, caminaban pesadamente sus
propios discípulos, Giovanni Dinunzio y Hubert van der Hans. Y finalmente, cerrando el cortejo, con los dedos enlazados delante del pecho,
iban dos religiosos, el abate Tomasso Verani y el prior Severo Setimio.
El muerto era Pietro della Chiesa, el discípulo más joven del maestro
Monterga. La Compagnia della Misericordia había costeado los módicos
gastos del entierro, habida cuenta de que el difunto no tenía familia. En
efecto, tal como testimoniaba su apellido, Della Chiesa, había sido dejado en los brazos de Dios cuando, a los pocos días de nacer, lo abandonaron en la puerta de la iglesia de Santa María Novella. Tomasso Verani, el cura que encontró el pequeño cuerpo morado por el frío y muy
enfermo, el que le administró los primeros sacramentos, era el mismo
que ahora, dieciséis años después, con un murmullo breve y monocorde, le auguraba un rápido tránsito hacia el Reino de los Cielos.
El ataúd estaba hecho con madera de álamo, y por entre sus juntas
empezaba a escapar el hedor nauseabundo de la descomposición ya entrada en días. De modo que el otro religioso, con una mirada imperativa, conminó al cura a que se ahorrara los pasajes más superfluos de la
oración; fue un trámite expeditivo que concluyó con un prematuro
«amén». Inmediatamente, el prior Severo Setimio ordenó a los sepultureros que terminaran de hacer su trabajo.
A juzgar por su expresión, se hubiera dicho que Francesco Monterga
estaba profundamente desconsolado e incrédulo frente al estremecedor
espectáculo que ofrecía la resuelta indiferencia de los enterradores.
Cinco días después de su súbita e inesperada desaparición, el cadáver
de Pietro della Chiesa había sido hallado extramuros, en un depósito de
leña no lejos de la villa donde residían los aldeanos del Castello Corsini.
Presentaba la apariencia de la escultura de Adonis que hubiese sido violentamente derribada de su pedestal. Estaba completamente desnudo,
yerto y boca abajo. La piel blanca, tirante y salpicada de hematomas, le
proporcionaba una materialidad semejante a la del mármol. En vida,
había sido un joven de una belleza infrecuente; y ahora, sus restos rígidos le conferían una macabra hermosura resaltada por la tensión de su
fina musculatura. Los dientes habían quedado clavados en el suelo,
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