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1. El Libro de Jade .pdf



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Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

LENA

VALENTI

El Libro de Jade
1° de la Serie Vanir
El Libro de Jade (2010)

AARRGGU
UM
MEEN
NTTO
O::
Del amor al odio no hay más que un mordisco...
Caleb, es un hombre atormentado. Un Vanirio, un ser inmortal creado por los Dioses
Escandinavos para proteger a los humanos de aquellos que no han sabido resistirse a la sangre y al
poder. Ahora, ha llegado a Barcelona para dar con la extraña organización que está secuestrando y
asesinando a todos aquellos que son como él.
Busca venganza y no dudará en llevarse a Eileen Ernepo, la hija del científico loco que está
experimentando con los cuerpos de sus amigos. Ella será la respuesta a toda aquella red de sangre
e injustificada violencia hacia los suyos.
Eileen tendrá que pagar. Sin embargo, nunca imaginó que la joven se convertiría en su
perdición. Eileen, vivía su vida dentro de una apacible normalidad. Trabajaba en la empresa
“familiar” como Relaciones Públicas, tenía un buen sueldo y quería con locura a su Huskie y a sus
dos únicos amigos que mantenía desde la infancia.
Además, se acababa de licenciar como pedagoga y le habían ofrecido un excelente trabajo en
Londres en un proyecto de educación. Aquella era la oportunidad perfecta para huir de las garras
de su padre Mikhail, un hombre que no la quería y que la culpaba por la muerte de su madre,
Elena. Huiría de él, por fin. Lo que no podía imaginarse era que aquella misma noche, un hombre
iracundo y terriblemente atractivo, la secuestraría y la introduciría a la fuerza en un mundo lleno
de mitología, magia, clanes, sangre y colmillos.

Lena Valenti nació en Barcelona en noviembre de 1979. Lectora
profesional y especializada en novela romántica, escribe desde que tiene
memoria. Trabaja en Prensa y Comunicación en Casa del Libro y es,
además, creadora y diseñadora de páginas web. El libro de Jade es su
primera y prometedora incursión en el género de la novela romántica
paranormal.
Lena ha devorado libros de romántica de todo tipo como si fuera un
hábito compulsivo en ella, casi como un tic. Más tarde, lo hizo como Lectora Profesional. Pero un
día, decidió escribir en serio sus propias historias de romance. Ya lo había hecho con anterioridad.
Tenía dos o tres manuscritos, guardados en el olvido.
Y pensó ¿por qué no? Los libros en el cajón sólo los leen las termitas así que, ésta vez, se puso
de cabeza y lo hizo. Ya sabemos el resultado.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

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Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

QUISIERA DAR las gracias a muchas personas que han hecho posible que hoy
El libro de Jade sea una realidad. Así que primero agradezco a mi berserker
particular, Valen, que haya tenido tanta paciencia conmigo mientras me pasaba
las horas escribiendo. Gracias por ser mi principal apoyo, por emprender esta
aventura conmigo y por darme un punto de vista objetivo y masculino de la saga.
Tú eres mo duine.
También quisiera agradecer a mi amiga Mónica, la chica de juvenil de la Casa
del Libro, el haber leído mi manuscrito con tanta ilusión y dedicación. Fuiste mi
primera lectora profesional, la primera que me dio aliento para creer en lo que
había escrito.
A Olga Cote por depositar su confianza en mí y ofrecerme el cargo de Prensa y
Comunicación. Tú me diste la primera oportunidad para conocer mejor este
universo editorial. A todos los compañeros de esta gran librería por apoyarme y
hacerme sonreír cada día, y gracias a la cadena en general por todo lo que ha
hecho por mí.
A Israel, por no ser únicamente un buenísimo editor, sino por ser también un
buen amigo. Y no podría olvidarme jamás de todas esas webs y foros que a
ciegas han colaborado en la difusión de este primer libro de la saga Vanir.
Gracias sobre todo a Autoras en la Sombra por el magnífico trabajo que hacen de
apoyo a la novela romántica. Gracias a YO leo RA, especialmente a Merche, por
la excelente reseña que hiciste y por tu predisposición.
No me olvido de ese mundo paralelo que han creado las chicas de Crónicas
Oscuras, Val y Lyss, ambas sois fantásticas. Gracias a Teresa Cameselle por tu
amabilidad, tu crítica y tu valoración, y gracias a ADARDE por apoyarme desde el
principio y por desempeñar un papel tan importante dentro del mundo de la
novela romántica. Seguro que entre todos haremos que el género sea respetado
como se merece. No podemos olvidar que son los libros que más venden en el
mundo.
A mi familia, la de sangre y la política, por recibir la noticia de la publicación
del libro con una sonrisa enorme y un gran abrazo. Nunca podría ser un vampiro
porque vosotros me dais calor suficiente como para no enfriarme.

NO LE gustaban los días nublados, los detestaba. Desde hacía más de una semana, el clima
amenazaba con la llegada de un terrible huracán. Faltaban siete días para luna llena, la noche del
solsticio de verano se acercaba y en Cataluña la tradición llamaba a todas las personas que creían
en las historias de magia y brujas a que salieran a la calle, encendieran las hogueras y se
inventaran todo tipo de hechizos y encantamientos para traer prosperidad y felicidad a sus vidas.
Eileen se acercó a la cristalera de su habitación, que dejaba ver unas bellísimas vistas de
Barcelona, y alzó la mirada al cielo. Su huskie siberiano blanco de tres meses se acercó a ella y le
rascó la pierna con su patita. Eileen lo miró, lo cogió en brazos y sonrió mientras masajeaba
digitalmente la coronilla de Brave y volvía a mirar las soberanas nubes. Por el amor de Dios,
estaban casi en pleno verano y el tiempo acechaba amenazador como en invierno. Vaya con el
cambio climático... Todo el mundo hablaba de ello como si tal cosa, pero nadie entendía muy bien
cuáles iban a ser sus consecuencias.
El 23 de junio se celebraría la verbena de San Juan, su fiesta favorita y, de seguir así el clima, iba
a estar pasada por agua. Desde pequeña sentía adoración por esa celebración, para ella era
realmente especial, y ni siquiera podía explicar de dónde provenía su fascinación. En ese día la
gente compraba las tradicionales cocas de San Juan. Algunas eran de piñones, otras de crema o de
cabello de ángel. El techo estelar se inundaba de fuegos artificiales, habría música por doquier y la
noche más corta del año se convertiría en la más larga para muchos jóvenes y no tan jóvenes que
buscaban diversión, música y alguien con quien revolcarse en la arena de las playas del
Mediterráneo para luego alcanzar juntos y confundidos —muchos gracias al alcohol— el
amanecer.
Estaba más ilusionada por la llegada de esa festividad que por la de su cumpleaños. Faltaban
dos días para que ella cumpliera veintidós años. Veintidós años. Un escalofrío recorrió su columna
vertebral erizándole los pelos de la nuca y borrando la sonrisa que había aparecido divertida en
sus labios. Se abrazó a sí misma, frotándose los brazos y logrando entrar en calor de nuevo.
Dio media vuelta para dirigirse a su cama, no sin antes pararse enfrente de su tocador e
inspeccionar su cuerpo y su cara. Dejó a Brave en el suelo y él se fue directo a morder un ratón de
peluche, su juguete particular.
Eileen llevaba un pijama de short y camiseta de tirantes finos, ambas partes de color blancas.
Su piel bronceada vestía un cuerpo sencillamente perfecto. Un cuerpo estilizado, sin ápice de
grasa y de largas y moldeadas piernas. Pero no era el cuerpo lo que más llamaba la atención de
ella, sino su rostro.
El rostro que aparecía en el espejo era la reencarnación del embrujo y la atracción. Una larga y
lisa cabellera azabache caía por debajo de sus esbeltos hombros. Las cejas del mismo color,
perfectamente arqueadas y sexys. Sus ojos eran de un color azul grisáceo que a veces era
imposible de definir, enmarcados por unas largas y espesas pestañas negras que de lo extensas y
rizadas que eran tocaban casi sus pómulos, estos altos y ligeramente tintados de un rosa pálido. Su
nariz fina y elegante. Sus labios gruesos dibujaban un arco perfecto y volvían locos de deseo a sus
compañeros de universidad. Más de uno había intentado probarlos, sin mucho éxito. El inferior
algo más relleno que el superior pedía a gritos que lo mordieran y lo succionaran hasta decir basta.
Con una sonrisa, recordando a sus amigos, que más de una vez borrachos hasta las cejas le
habían pedido un beso por compasión, alzó la barbilla y deslizó su dedo índice por el pequeño y
gracioso hoyuelo que la dividía. Su amiga Ruth le había mencionado que tener un hoyuelo
dividiéndote la barbilla significaba belleza y armonía física. No sabía si era cierto, pero éxito tenía,
no había duda.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

CCAAPPÍÍTTU
ULLO
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Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

Acariciándose ese peculiar rasgo, pensó en su madre. ¿Habría tenido ella esa marca? Puesto
que no llegó a conocerla, no lo sabía.
Debió de ser hermosísima, porque a su padre no se parecía en nada, de eso estaba segura. A lo
mejor no conseguía encontrar ningún parecido con él porque Mikhail siempre estaba de mal
humor, con el ceño fruncido y la mirada ensombrecida. Tal vez si el hombre se relajara más
cuando estaba con ella... Imposible. Desechó esa idea al instante. No iba a engañarse, ella debía de
ser calcada a su madre. El no tener ninguna foto ni recuerdo de ella le hacía difícil sacar
conclusiones, pero su intuición le decía que así debía de ser.
Su madre... Cuánta falta le había hecho durante esos casi veintidós años que estaba a punto de
cumplir. Mikhail le había contado que Elena murió dándole a luz. Las cosas se complicaron, perdió
mucha sangre debido a los desgarros. La hemorragia la dejó seca, le había dicho sin pizca de tacto
su padre. Eileen tardó un tiempo en descubrir el significado de la palabra hemorragia. Con cinco
años ya había aprendido a leer perfectamente, así que tomó un diccionario y con sus delicadas
manitas buscó por la H lo que eso quería decir. Cuando entendió que al nacer ella su madre sangró
tanto que nadie pudo detenerlo se echó a llorar desconsoladamente y la aflicción le duró meses.
Se iba a sentir culpable durante toda su vida y si no era así su padre ya se encargaría de
recordárselo.
Tú la mataste. Tú fuiste la culpable.
Eileen ensombreció la mirada recordando las palabras que su padre había tenido más de una
vez hacia ella. Inspiró hondo.
—Serás mi padre y todo lo que quieras —susurró mirando fijamente al espejo, —pero eres un
cabrón de los grandes.
Tras la muerte de su madre, Mikhail había quemado y eliminado cualquier fotografía, vídeo o
imagen que pudiera recordar a su mujer. Ignorando y siendo indiferente a si su hija alguna vez
hubiese querido tener un recuerdo de ella.
Por supuesto que ella quería tener uno y no sólo uno, sino miles de recuerdos de la mujer que
le dio a luz. Pero él se lo había privado, lo mismo que muchas otras cosas igual de importantes
como el cariño, el amor y el calor de una familia. Aunque sólo fuesen dos. Ella y él.
Jamás le había demostrado que la apreciaba, jamás escuchó un te quiero, hija. Si bien era cierto
que no le faltaba de nada materialmente, tenía todo lo que quería. Trabajaba en la empresa de su
padre como vínculo de relaciones externas. Tenía un muy buen sueldo con el que permitirse
cualquier capricho sin necesidad de pedir nada a nadie. Ella se había pagado la universidad y
también su coche, un BMW Z4 descapotable de color azul eléctrico que la tenía fascinada.
Sabía hablar varios idiomas, como el español, catalán, inglés, ruso, chino y francés. Su padre
tenía una empresa de materiales y productos para salas de operaciones y hospitales, así que
necesitaba a alguien que pudiese comunicarse a nivel comercial con todo el mundo. Lo más
novedoso, lo más nuevo, Mikhail lo creaba y lo vendía. Tocaba desde instrumentación quirúrgica
hasta fórmulas de nuevas vacunas. Ella era la encargada, mediante sus enlaces, de recibir y
distribuir las sustancias y los aparatos.
En el trabajo se dirigían la palabra lo justo. Por la mañana, en la empresa familiar y por la tarde
en la universidad. Así era su vida desde hacía cinco años.
Estaba escasa de vínculo afectivo en su casa, no le había quedado más remedio que aprender a
vivir con ello y tejer esos vínculos fuera de las paredes de su hogar, desde bien pequeñita.
En el colegio y en la universidad había hecho grandes amigos. Pero mantenía y mimaba a los de
siempre, Ruth y Gabriel. Ellos eran sus dos pilares. Pilares no. Hermanos para ella, mejor dicho. Se
conocían desde la escuela, eran inseparables.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

Y luego estaba su médico, Víctor, que desde hacía cinco años, tras la muerte de su anterior
doctor, el señor Francesc, llevaba el control a diario de su diabetes. Venía cada noche, controlaba
su azúcar en la sangre y le suministraba insulina. Ella odiaba las agujas y su padre evitaba tener
contacto íntimo con ella, así que tenía a su médico particular que la cuidaba, la pinchaba y luego
se iba. La intimidad que compartían en su habitación, mientras le hacía la revisión médica les había
hecho trabar una buena amistad.
La canción de Unwritten empezó a sonar distrayéndola de sus pensamientos. Se dio la vuelta
dirigiéndose hacia el bolso Tous que había dejado colocado sobre la silla. Tomó el móvil exclusivo
Motorola Dolce & Gabanna dorado y lo abrió al ver que ponía Ruth llamando. Le encantaban todas
esas pijadas.
—Hello —dijo una voz al otro lado del teléfono. Era Ruth.
—Hola, loca.
—Tengo noticias que darte.
Eileen tomó asiento y se colocó las zapatillas de estar por casa en forma de conejo.
—Dispara.
—Gabriel y yo hemos decidido que no nos vas a dejar tirados todo el veranito mientras tú estás
pendoneando en Londres. Eileen sonrió ante la expectativa.
—Ya sabes que yo no pendoneo —contestó acariciando las orejas del conejo.
—Puede que esa no sea tu intención, pero lo harás si nosotros dos te acompañamos.
—¿Vendríais conmigo en verano? —agrandó los ojos y levantó las cejas ilusionada.
—¿Tú qué crees? Alguien tiene que sacarte a los moscones indeseables de encima. Serías un
cervatillo rodeado de lobos. Pero no te preocupes, nosotros te pervertiremos, ejem... Digo
protegeremos.
Eileen se echó a reír. Cómo le gustaban sus amigos. Ruth era maravillosa, siempre le arrancaba
alguna que otra sonrisa.
—¿Qué? ¿No dices nada? —le recriminó Ruth. —Nada como... Te quiero Ruth, es genial Ruth,
eres un amor...
—Es fantástico. Y sí, te quiero mucho, bruja.
—Eso está mejor. ¿Está por ahí el Dr. Zhivago?
—No, todavía es pronto para que llegue.
—Dale mi teléfono, por Dios. Y yo te diré si es o no es gay.
—Eres una lagarta incorregible.
—Por eso me adoras. Te dejo, voy a entrar en un parking y no tengo cobertura. Mañana te
llamo. —Ok. Besitos. —Besitos.
Con una sonrisa colgó el teléfono, lo dejó sobre la cama, recogió su cabello de satén y lo
enroscó en un moño mal hecho para dormir. Era una gran noticia saber que sus dos mejores
amigos compartirían con ella unos días en Inglaterra. Miró su reloj digital de hombre Brail. Nunca
le habían gustado los relojes de mujer.
El Dr. Zhivago, como lo llamaba Ruth, debía de estar al llegar.
Bostezó y se sentó esperando a Víctor. Dios, tenía unas ganas locas de pegarse la gran fiesta y
celebrar su precoz licenciatura en Pedagogía. Había sido la mejor de su promoción y necesitaba
hacer alguna locura de las grandes. Ella tenía un máster en Calamidades.
Como el día en que preparó ella misma unas tartas con marihuana por su dieciocho
cumpleaños y las repartió a toda la clase, incluido el profesor. Aquel día estaba en uno de los seis
créditos de Educación para la Sexualidad. Lo cierto es que la clase tomó un matiz muy literal

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

cuando la subdirectora Martínez, que había entrado sólo a gorrear, se metió dos trozos de tarta
ella sólita y más tarde empezó a lamerle la oreja al Dr. Jiménez, el encargado de impartir dicho
crédito. A lamerle la oreja... En público. Eileen nunca pensó que la maría fuese afrodisíaca. Pues lo
era. Y mucho por lo que pudo ver ese día.
O como el día, hacía ya dos años, en que el guapísimo pero memo de Gorka la había intentado
sobar en la habitación de las tizas y los borradores. Sin duda, su queridísimo amigo Gabriel le había
tomado el pelo al pobre chico, diciéndole que ella quería verlo en la habitación del magreo —más
conocida como la habitación de las tizas. —Gorka había ido súper ilusionado. Por fin iba a poder
tocar ese cuerpecito que tenía embelesado a media universidad. Pues bien, ella sí que lo atizó
bien. Lo cogió de los huevos, los apretó hasta casi tocar con los dedos la palma de su mano y luego
lo lanzó contra la puerta, haciéndolo salir disparado y cayendo de espaldas en el pasillo más
concurrido de la facultad.
Aquel día tuvo una discusión con Gabriel sobre lo que eran bromas de buen y de mal gusto.
Aquella no había sido una de buen gusto ni por asomo. Gorka jamás le volvió a dirigir la mirada.
O como el día en que... Toc toc.
Eileen, se levantó de la silla y abrió la puerta de su habitación. Un chico de unos treinta años,
ligeramente más alto que ella, rubio, de ojos negros y grandes le sonreía. La miraba con dulzura y
esperando recibir permiso para entrar.
—Buenas noches, Eileen —la saludó con voz amable.
—Hola, Víctor —le respondió. —Entra.
Se echó a un lado y lo dejó pasar.
—Hoy has llegado temprano —lo miró sonriendo.
—Sí —dijo él dejando la maleta negra sobre una de las mesitas de noche. —Hoy por suerte me
he adelantado al tráfico —le sonrió.
En Barcelona, a hora punta, era imposible conducir por la ciudad sin verte inmiscuido en una
caravana de tres cuartos de hora.
Eileen se sentó sobre la cama y le ofreció el brazo izquierdo. Había hecho ese gesto todas las
noches desde los siete años y estaba llena de automatismos. Lo hacía con una gran naturalidad, ya
no se sentía incómoda. Ni él tampoco.
—¿Cómo te has encontrado hoy? —le preguntó sacando de la maleta un medidor de tensión
arterial. La miró esperando una respuesta.
—Como siempre. Perfectamente.
—¿No has sentido mareos, ni sudores fríos ni hormigueos?
—Nada —negó con la cabeza haciendo que algunos mechones azabache resbalaran por las
sienes.
Víctor siguió su pelo rebelde con un deseo irrefrenable de ponérselo detrás de sus finas orejas.
Carraspeó y volvió a concentrarse en su labor.
—Eso está bien —dijo con la voz algo ronca.
Eileen levantó una ceja y lo miró de soslayo. No era tonta. Sabía exactamente lo que provocaba
en los hombres, y Víctor, aunque se esforzara en ser diplomático, no era inmune a sus encantos.
Ella no pretendía llamar su atención. Nunca lo había pretendido. Pero sabía que lo hacía.
—Siempre ha sido así —le dijo intentando relajarlo. —Gracias a ti, tengo la diabetes
perfectamente controlada. Mi dieta está equilibrada, baja en grasas. Hago deporte a diario y cada
noche me inyectas la insulina. Más control no puedo tener, ¿no crees? —sonrió. —Cada noche las
mismas preguntas y las mismas respuestas.

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—Nunca se sabe, Eileen —rodeó su brazo con la cinta azul y lo presionó. Miró el medidor y
sonrió conforme. —12/8. Estás...
—Estoy bien. ¿Te he dicho ya que como siempre? —arqueó las cejas. Víctor negó con la cabeza
mientras hacía esfuerzos por no darle la razón. —La diabetes es caprichosa a veces.
—Pero no conmigo, por suerte. Dudo que haya alguien que esté tan vigilada como yo.
La miró directamente a los ojos y se quedó en silencio. Eileen lo miró incómoda y enseguida
intentó desviar su atención. Él se dio cuenta de su encantamiento y tomó de la maleta el medidor
de azúcar. —Dame tu dedo índice —la tomó de la mano.
—No, pínchame en otro —le dejó el dedo anular. —Éste ya lo tengo muy dolorido.
Cada dos semanas cambiaba de dedo de la mano. La máquina del control de azúcar la
acribillaba sin compasión.
Víctor tomó la gota de sangre roja y espesa que salió de la yema del dedo y la colocó sobre una
tira blanca, que estaba encajada a un aparato digital.
—Tu nivel de glucosa es normal —miró a la pantalla digital del medidor. —Muy bien —guardó
los aparatos en el maletín y sacó una ampolla y una jeringuilla. Clavó la jeringuilla en el frasco y
extrajo el líquido. Con una pequeña presión del pulgar y unos toquecitos sobre el extremo de la
jeringa expulsó el aire.
Eileen se pellizcó la pierna derecha y esperó a que Víctor le clavara la aguja en la poca carne
que conseguía retener entre sus dedos. Tenía las piernas tan fuertes que no había carne flácida
por ningún lado. Las clases de natación, defensa personal y spinning eran las responsables de su
tonificación muscular.
Él le pasó un pequeño algodón y luego la pinchó.
Eileen siseó arrugando la nariz.
—Hoy te ha dolido —Víctor extrajo la aguja con rapidez.
—No ha sido nada —sonrió mientras se frotaba ligeramente el muslo.
Una vez guardó todo en la maleta, Víctor se relajó.
—¿Y bien? —la miró agrandando los ojos. —Felicidades por tu licenciatura...
—Gracias —contestó. Se levantó y caminó hacia una gran nevera que tenía empotrada en la
pared, en el otro extremo de la inmensa habitación. —¿Lo de siempre? —lo miró por encima de la
puerta de la nevera.
—Sí, por favor.
Eileen tomó una cerveza para él y para ella un agua con gas. Se sentó a su lado.
—¿Cómo vas a celebrarlo? ¿Ya has pensado algo? —arqueó las cejas repetidamente. —El 21 de
junio es tu cumpleaños, ¿no?
Ella asintió con una sonrisa. El siempre se acordaba.
—Creo que lo celebraré todo en la verbena de San Juan —bebió de la botella de Vichy.
—Recuerda que no puedes emborracharte —le recomendó mientras bebía de un solo sorbo
media cerveza.
—No me hace falta beber para pasármelo bien —frunció el ceño. —Ya lo sé. Sólo te lo advierto.
Tu padre me ha puesto a tu cuidado. —Eres mi doctor, no mi niñera, Víctor.
—Soy tu doctor y debes obedecerme, Eileen —replicó en el mismo tono que ella. —Tu salud y
mi vida corren peligro si decidieras hacer alguna de tus locuras. Tu padre es...
—Mi padre —le cortó ella— se puede guardar sus recomendaciones y sus amenazas donde le
quepan —volvió a beber otro sorbo.

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¿Amenazas?, pensó Víctor. Mikhail no amenazaba. Procedía directamente. Era un hombre sin
escrúpulos.
—Bueno —la miró de reojo. —Se preocupa por ti, ¿no?
—No seas cínico —se echó a reír. —Confieso que no entiendo la obsesión que tiene en mi
integridad física, pero yo, como persona, no le he importado jamás. Lo único que le agradezco es
la posibilidad que me ha dado para estudiar y el hecho de que me deje vivir bajo su mismo techo.
Más como una inquilina que como su hija, claro está. Nunca me ha abrazado, ¿sabes? —su voz se
tiñó de resentimiento. —Ni una sola vez —añadió dolida. Frunció los labios y dijo con
determinación. —Pero en unas semanas voy a arreglar mi situación —un brillo esperanzador
apareció en su mirada.
Víctor tensó la espalda y la miró a los ojos.
—¿Qué quieres decir?
—Me marcho de Barcelona —se recogió un mechón de pelo que le caía por la cara. —Me largo
de aquí y de su control. —¿Cómo? —En avión.
—No, eso no... Que ¿por qué?
—El director de la facultad se puso en contacto conmigo. Me han ofrecido llevar a cabo un
proyecto en Inglaterra con las futuras promesas en el campo de la pedagogía. Se trata de un
proyecto ambicioso y pionero en Europa. Intentaré crear junto con un grupo de psicopedagogos
bases y nuevos métodos de enseñanza para un nuevo sistema de educación primaria. Podríamos
revolucionar el sistema educativo obsoleto —lo miró esperanzada. —Es genial...
Víctor ensombreció la mirada y apretó la mandíbula.
—¿Lo sabe Mikhail?
—¿Cambiaría algo si lo supiese? —alzó una ceja. —No, no lo sabe —miró al frente con seriedad
reprimiendo la alegría que su proyecto le hacía sentir. —No puedes mantenerlo en secreto —la
miró con severidad. —Es tu padre.
—Sabes lo que pasaría si se lo dijese —por supuesto que lo sabía. No la dejaría irse.
—Mira, ya sabes que no estoy de acuerdo en cómo te trata. Pero aun así...
—Ya lo tengo más que decidido. El billete está comprado. Me esperan para septiembre, pero
quisiera estar en Londres con antelación. Me gusta mucho la ciudad y no me vendría mal
aclimatarme antes. El veinticinco de junio sale mi avión.
—Deberías decírselo —recomendó levantándose con urgencia y recogiendo el maletín. —Soy tu
médico, ¿quién te controlará allí? Tienes miedo a las agujas, la sangre te marea y...
—Allí habrá médicos también —Eileen se levantó con él. Tiró la botella de cristal en su basura
ecológica y lo señaló con el dedo. —Si le dices algo, dejaré de hablarte —lo miró extrañada de
arriba abajo. —Y por cierto... ¿a dónde vas con tanta prisa?
—Hoy no me puedo quedar mucho rato más. Tengo cosas que hacer —se abrochó los botones
de las mangas de la camisa. Eileen reprimió una sonrisa juguetona.
—¿Has quedado? —su sonrisa se ensanchó. —¿Vas a jugar a médicos con una doctora?
—Por Dios, Eileen... —resopló rindiéndose ante ella. —¿Cuándo dejarás de intentar
emparejarme?
—Eres mi amigo, tienes treintaidós años y no has tenido pareja nunca desde que te conozco —
lo miró divertida. —Me preocupo por ti y por tu descendencia.
—Yo también podría decir lo mismo de ti —replicó. —Nunca te he visto con ningún chico en
particular —dijo entre comillas. —Y no me sirven esos perritos falderos que te siguen babeando y
humillándose por todos lados. Tú tampoco has tenido novio nunca. Gabriel es el único chico que

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te acompaña, pero él sabe muy bien que eres sólo algo platónico. ¿Qué me dices a eso? ¿Cuándo
vas a lanzarte?
—No hay hombres que me interesen —frunció los labios intentando parecer enfadada.
—¿Mujeres?
—No soy lesbiana. Pero a este paso... Ya no le hago ascos a nada —soltó una carcajada.
A ella le gustaban los hombres. Lo sabía desde que vio a Keanu Reeves en Speed o a Adam
García, el tío bueno de Coyote Ugly. Le gustaban morenos, de eso estaba segura. Era cierto que
nunca se había sentido atraída por nadie y en cuanto algún chico intentaba coquetear con ella lo
rechazaba. Eso sin mencionar, que no le gustaba que la tocasen mucho. Obviamente era virgen y
no le importaba porque ella creía que entregarse a alguien era algo muy serio y si ella debía
hacerlo se aseguraría de que fuese con alguien especial. Por Dios, tenía que dejar de leer a Lisa
Kleypas.
—De todos modos —Eileen siguió pinchándole, —yo estoy en la flor de la juventud —se cruzó
de brazos y lo inspeccionó de arriba a abajo. —Tú...
—Oh —exclamó irritado. —Cierra ya esa boquita que tienes, ¿quieres, bonita?
—Sólo bromeaba —alzó los brazos suspirando. —Eres un hombre que está de buen ver.
Víctor se echó a reír y la dejó por imposible. La besó en la mejilla y se apresuró a abrir la puerta
y salir de su habitación.
—Víctor —le dijo más seria. —He confiado en ti. Sólo lo sabes tú, Ruth y Gabriel. No lo dirás,
¿verdad?
—No lo diré. Confía en mí. Aunque bien podrías haberme mencionado algo antes —le
recriminó. —Si soy tu amigo y tanto me quieres... —dramatizó.
—Ni siquiera yo lo sabía. Me lo ofrecieron y acepté sin pensarlo. Me cuidaré, lo prometo —
cruzó los dedos. —No tendrás que preocuparte por mí y además seguiremos en contacto.
—Eileen, eres mi amiga. Me preocuparé por ti estés donde estés. Pero ten cuidado. Si tu padre
se entera de esto cerrará el aeropuerto de Barcelona para que no salgas de aquí —comentó
pasándose la mano por el pelo dorado. —Él no es alguien que puedas sortear a tu antojo.
—Pero no se enterará, ¿verdad? —deseaba una confirmación por su parte.
—No, cariño. No por mí.
Eileen le sonrió.
—Gracias.
—Gracias a ti por la cerveza. Te veo mañana —tiró la lata a la basura. Le guiñó un ojo y se fue.
No, él no la traicionaría. Lo que le preocupaba era que, en el fondo, sabía que Víctor tenía
razón.
Mikhail no la quería. Sin embargo la trataba como a una posesión. Tenía a gente vigilándola
constantemente y ella era lo suficientemente aguijada para darse cuenta de esa vigilancia.
Controlaba cada uno de sus pasos, revisaba sus llamadas de teléfono, sus cuentas email. Y además
lo hacía sin ningún disimulo.
No, su padre no la quería como a una hija, pero su comportamiento maníaco-obsesivo para con
ella tampoco era normal. Haría lo posible por escapar de él. Lo que hiciera falta. Después de San
Juan se iría.
Con ese pensamiento y observando cómo la lluvia empezaba a salpicar las ventanas se metió en
la cama. Apretó el botón del interfono empotrado en la pared.
—Daniel —habló al micrófono.
—Sí, señorita —respondió la voz al otro lado.

La mansión estaba casi a oscuras. Sólo unas luces permanecían encendidas y él podía ver, a
tenor de la luz que salía por las ventanas, qué habitaciones eran. Empezaba a llover con fuerza,
pero a Caleb no le importaba mojarse.
No podía creer que por fin, después de diecisiete años, vengaría la muerte de su mejor amigo,
Thor. Y mucho menos entendía que todos y cada uno de los pasos por detener a su asesino le
llevaran a la zona del Tibidabo, en la montaña de Collserola de Barcelona.
Barcelona no era un lugar muy frecuentado por los suyos. Era una ciudad preciosa,
encantadora, cosmopolita y diseñada para la cultura, el ocio y la diversión. Pero, por lo que él
sabía, no era un cónclave vanir. La luz y la vida diurna de esa ciudad no podía ser cómoda para uno
de los suyos.
Posiblemente esa era la razón por la que el hijo de puta de Mikhail había instalado su hogar allí.
No podrían perseguirle en ese entorno, por lo menos no durante mucho tiempo. Pero él no iba a
estar mucho tiempo. Iba a entrar, interrogarlo y mutilarlo en un abrir y cerrar de ojos. Iba a
hacerlo sufrir y a darle donde más le dolía.
La mansión que tenía enfrente era un palacio envuelto por pinares, rodeado por un
espectacular jardín. La fachada construida de piedra estaba cubierta por esgrafiados de gran
originalidad y colorido, sin caer en la redundancia.
Observó cómo en la fachada oeste había dos torres. Una de esas torres sería la habitación de su
próxima víctima.
Allí estaba ella, fría y distante, terriblemente hermosa. ¿Cómo algo tan bonito podía albergar
tanta maldad? No la había visto nunca a menos de un metro. Sin embargo, aquella pose, aquella
piel que se antojaba suave y dulce al gusto y su figura estilizada no podían dar cabida a la duda.
Era un bombón. Un bombón relleno de ácido.
Cuando ella desapareció de la ventana Caleb inspeccionó con sus ojos de color verde eléctrico
lo fantasmagórica que podría llegar a ser esa casa, si no fuese por los focos de colores azulados y
amarillos que la iluminaban. Mikhail tenía que haber ganado mucho dinero a costa de las
carnicerías y de los experimentos a los miembros su raza a tenor del poderío que mostraba a
simple vista su vivienda.
Su hija y él se habían hecho ricos. Su hija Eileen era la Relaciones Públicas de su empresa.
Estaba en contacto con todos los proveedores. Se encargaba de pedir los aparatos, así como las
herramientas y las drogas necesarias para proceder con los cuerpos de su clan. Como habían
hecho con su amigo.
Eileen, en realidad, se limpiaba las manos, porque ella no trataba con las víctimas
directamente, para eso ya estaba su padre. Perra. No sabía a quién odiaba más, si a la princesita
de hielo que tiraba la piedra y escondía la mano o al asesino sin escrúpulos.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

Daniel era el guardia de seguridad de la entrada.
—¿Se ha ido ya el señor Víctor?
—Sí, ahora mismo ha salido del recinto, señorita.
—Bien, gracias.
Dejó de apretar el botón del interfono y cortó la comunicación. Se acomodó la almohada y
clavó su mirada al techo de la habitación. Un sueño súbito, dulce y profundo amenazó con cerrar
sus ojos. Un agradable cosquilleo recorría sus piernas y los brazos, de repente, se tornaban
pesados. En un suspiro, le llegó el sueño profundo que rozaba la inconsciencia. Como cada noche,
caía dormida al instante.

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A su mente volvieron las imágenes de Thor mutilado. En uno de los brazos descuartizados que
encontraron en aquel contenedor vieron un sello que ponía Newscientists, una empresa destinada
a la investigación científica. Siguieron el rastro durante años y no les fue fácil por la cantidad de
empresas y corporaciones tapaderas que impedían ver el origen real de esa fundación.
En aquel momento, allí plantado, chorreando de pies a cabeza por la lluvia, ya sabía que uno de
los accionistas mayoritarios de aquella empresa era el hombre que vivía en la mansión que tenía
enfrente.
Mikhail Ernepo. Uno de los culpables del asesinato de Thor. Uno de los muchos que tenían que
pagar por la persecución a la que se veían sometidos los vanirios.
Iba a disfrutar de lo lindo con él y con su hija, pensó mientras se pasaba la lengua por los labios.
Cuando descubrieron que Mikhail tenía a su hija trabajando con él no se podían imaginar que ella
fuese tan apetitosa. Sin duda, iba a saborear a ese bocadito hasta que le suplicara que parase, y
bien sabía que no iba a ser ni gentil ni educado con ella.
Las luces de la llegada de un coche iluminaron por décimas de segundo la zona de bosque
donde él estaba escondido. Acechando. Protegió sus ojos alzando la mano.
Del Honda Civic negro salió un chico rubio, no más alto que él, con un maletín negro.
—Según nuestras investigaciones —dijo una voz penetrante tras él, —su nombre es Víctor y
trabaja para Mikhail. Visita a su hija cada noche.
Caleb miró hacia atrás y saludó con un gesto de barbilla a Samael. Era de su misma estatura,
uno noventa. Tenía el pelo largo, castaño oscuro, con un mechón blanco en el lado izquierdo. Sus
ojos eran de un color gris pálido y su rostro frío y duro como el granito causaba respeto a los que
le conocían, y temor a los que no.
—¿Son... pareja? —preguntó Caleb mirando fríamente a Samael.
—Puede que lo sean. Él la visita todos los días. Cada noche.
—De todos los que hay en esa casa —la mirada de Caleb se tornó determinada mientras volvía
a mirar al frente, —además de su hija, ¿quiénes más están al corriente de sus acciones?
—No sabría decírtelo —hizo una mueca con los labios. —No creo que los sirvientes estén
informados sobre lo sádico que es su patrón.
—Nos encargaremos de Mikhail y de su hija Eileen. Sólo de ellos —advirtió. —Él nos llevará
hacia las técnicas que usan para investigarnos —apretó la mandíbula— y ella hacia todos los
contactos y proveedores que están implicados.
—¿Investigaciones? Eso suena muy suave para describir lo que hacen con nosotros, ¿no crees?
Nos abren en canal, nos sacan las entrañas y nos matan como animales. Somos seres inmortales,
Caleb, pero ellos se encargan de arrebatarnos la inmortalidad cuando nos degollan y nos arrancan
el corazón.
Caleb apretó los puños con rabia. Debía relajarse si no quería verlo todo rojo antes de tiempo.
Cuando cogiera a Mikhail iba a arrancarle el corazón, las uñas, los ojos, no sin antes haberle
despellejado vivo y... no. No. Los ojos sería lo último. Mikhail tenía que ver antes lo que le
esperaba a su hijita querida. A ella la iba a atar a... Detuvo su mente. Sus músculos se tensaron, la
boca se le hizo agua. De repente no podía pensar, sólo sentir. ¿De dónde venía ese repentino olor
que todo lo inundaba?
Samael tensó la espalda y escudriñó la zona con la mirada. Él también lo olía.
Caleb movió las aletas de la nariz y cerró los ojos, dejándose llevar por ese éxtasis súbito. Era un
olor peculiar, un perfume que como una droga se le subía a la cabeza y ponía en alerta todos sus
sentidos.
—Olía a tarta de queso y frambuesas. Recién hecha.

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—Por los dioses... —fue lo único que se atrevió a decir. —¿Quién huele así?
Sintió cómo los colmillos luchaban por alargarse y las pupilas de sus ojos se dilataban hasta
límites insospechados. Debía controlar sus instintos básicos. Se miró la entrepierna. Oh, no. Tenía
una erección de campeonato. La cubrió con su mano y presionó para relajar ese órgano sin
cerebro, tan impetuoso, caliente y difícil de controlar.
—¿Viene de la casa? —preguntó Samael con los colmillos completamente desarrollados y los
ojos negros.
—Es un olor a mujer —dijo Caleb volviendo a inhalar. —¿Quién huele así? —repitió.
—Una mujer muy apetitosa —se relamió.
—Céntrate, Samael —le ordenó. —¿Están todos en su posición? —tenía que quitarse ese olor
de las fosas nasales. Le dolía la ingle horrores y esos pantalones téjanos oscuros, aunque eran
anchos, no ayudaban a sofocar el dolor. Ya buscaría a la fuente de aquel perfume embriagador.
—Están preparados para recibir nueva orden.
—Bien. Esperaremos —dijo agradecido cuando ese olor desapareció.
¿Habría alguna sirvienta en la mansión que pudiese nublar sus sentidos así? Nunca antes había
sentido nada igual. Olido nada igual. Sacudió la cabeza, esperando borrar esa extraña sensación.
Esperaron un rato más en silencio, parados, ocultos, expectantes como dos tigres al acecho.
Veinte minutos después salió el chico rubio de nuevo. Parecía tener prisa mientras se acicalaba el
pelo con las manos.
—Caramba... La ha abierto de piernas, se la ha tirado y ya puede volverse a su casa —dijo
Samael entre susurros. —Ha sido muy rápido, ¿no crees, Caleb?
Caleb lo miró de reojo y sonrió.
—Dime, ¿cuál va a ser tu venganza hacia ella, Cal? —le preguntó Samael alzando una ceja.
—Sea la que sea —miró de nuevo al frente y siguió con los ojos a Víctor. —Te aseguro que no
voy a ser tan rápido. Durará —gruñó para sus adentros.
—Hagas lo que hagas déjanos verlo. El resto también queremos darle su merecido.
—No —dijo Caleb tajante.
—¿La quieres sólo para ti?
—Quiero humillarla y castigarla tanto como tú. Pero dijimos que tú te encargarías de Mikhail.
No está en nuestra naturaleza maltratar de ese modo a una mujer. Pero haré lo que tenga que
hacer para obtener la información.
—Así que no lo está, ¿eh? ¿Ni siquiera a una que está colaborando en la exterminación de los
nuestros? —lo miró con furia. —Esa ramera también ha colaborado en el asesinato de mi
hermano, Caleb. Thor era algo mío. También quiero mi parte del plato...
—Bien. Primero tú irás a por Mikhail. Yo iré a por Eileen —miró hacia la ventana de la
habitación de ella. —Cuando me haya desahogado con ella, haremos un intercambio de parejas.
Por supuesto no pensaba hacerlo, pero si eso bastaba para aplacar a Samael... La chica iba a
tener suficiente castigo con lo que él le iba a hacer y aunque el odio que sentía por ella y por su
padre era muy grande tampoco permitiría usar con ella los mismos métodos de reducción que
Newscientists utilizaba con los suyos.
Samael tomó aire y lo exhaló, relajando la espalda y la tensión de su cara. —Bien. Eso me gusta
más.
Otro coche llegaba al recinto. Un BMW negro. El chófer salió y abrió la puerta a un hombre alto
y corpulento, de media melena blanca, nariz aguileña y barba recién afeitada.
Caleb y Samael se pusieron alerta. Era Mikhail.

Lanzó un grito al aire. Calma. Necesitaba calmarse o no iba a disfrutar de la tortura. Tal y como
habían visualizado, había un guardia en la entrada, dos guardaespaldas en el interior de la casa y
tres pastores alemanes cercando el jardín.
Él podía comunicarse con los animales, aquel había sido su don otorgado, así que los perros
estaban más que controlados. Sólo hacía falta reducir al guardia y a los dos armarios que vigilaban
la seguridad interna de padre e hija.
Sonrió con malicia. Iba a ser fácil. Con gesto sereno, cogió impulso sobre sus piernas, los
músculos se flexionaron y dio un salto por encima de los pinos. Su media melena negra ondeaba al
viento, enmarcando un rostro felino y lleno de convicción. Se preparó para aterrizar sobre la
cabina del guardia de seguridad.

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El ambiente se espesó hasta tal punto que era difícil respirar. Podía palparse el odio a gran
escala que emanaba de los dos cuerpos ocultos entre los pinos.
Víctor salió a su encuentro. Se dieron un fuerte apretón de manos e intercambiaron algunas
palabras.
—¿Qué hay de él? —preguntó Samael mirando a Víctor. —¿Nos lo cargamos también?
—Veremos... —respondió. —De momento tenemos a dos piezas que pueden llevarnos a
muchos sitios. Pero puede que más adelante lo necesitemos.
Caleb que estaba a casi trescientos metros de distancia, agudizó el oído y escuchó la
conversación.
—...Está bien, en su habitación —dijo Víctor.
—¿Todo normal? —preguntó Mikhail con interés.
—Como siempre —miró el reloj de su muñeca. —Tengo prisa, Mikhail. Hasta mañana.
Mikhail lo siguió con la mirada hasta que el Honda Civic se fue.
Caleb los estudió a ambos. Por el lenguaje no verbal que pudo observar no tenían una buena
relación. Parecía que Mikhail lo coaccionaba de algún modo, se percibía la falta de confianza entre
ellos.
Mikhail dirigió la mirada a los pinares y con sus ojos negros inspeccionó el perímetro.
Inmediatamente entró cojeando en la casa.
—Samael —dijo Caleb sin perder de vista al cojo. —Avísalos a todos para que estén preparados.
En cuanto entre Mikhail, entraremos nosotros. Diles que en media hora tengan los coches en la
salida.
Samael asintió y se alejó para llamar por el transmisor que tenía pegado a la oreja.
Caleb inspiró profundamente mientras dejaba que su naturaleza fluyera como río de lava
ardiente. Los ojos se le oscurecieron como la noche. Los colmillos blancos y brillantes se alargaron
hasta rozar el labio inferior. Cualquiera que lo viera, aunque seguía siendo salvajemente bello,
saldría corriendo.
No se iba a sentir orgulloso de lo que iba a hacer. Su misión era proteger a los humanos, no
acecharlos. Sin embargo, ni Eileen ni Mikhail podían llamarse humanos para él. Ellos habían sido
responsables del asesinato de su mejor amigo. Ellos, junto con el resto de las sociedades que
capturan a personas con extrañas mutaciones genéticas sólo para la investigación y la explotación
de sus facultades, como los vanirios, estaban exterminando su raza. No iban a quedar impunes, no
lo iba a permitir. Sobre todo porque la humanidad también debía librarse de individuos como
ellos, y él y los de su clan habían sido elegidos para proteger a la humanidad.

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Mikhail ordenó a la sirvienta que le ayudaba a quitarse el abrigo empapado, que le trajera un
bourbon. Cada noche más de lo mismo.
Llegaba de los laboratorios, después de revisar tomas y tomas de sangre que se comportaban
ante él como libros cerrados. Se sentaba en el sofá y se tomaba una copa.
¿Qué era científicamente hablando lo que hacía que esos monstruos tuvieran un ADN tan
sumamente complejo? No podía dar con la solución y el no poder controlar las cosas lo enfurecía.
Se recostó sobre el sofá de piel marrón del amplio salón. El suelo del salón era de parquet
oscuro. Una gran alfombra con motivos árabes decoraba la zona de estar. Cuatro figuras de piedra
estaban colocadas estratégicamente en cada esquina de la sala. Figuras de guerreros de terracota,
en posición de larga y eterna vigilia.
La sirvienta, rechoncha, rubia y de mejillas rosadas, le trajo el bourbon en una elegante copa de
cristal, dejándola sobre la mesa de marfil blanca. Con un tímido asentamiento de la cabeza se fue
dejándolo solo.
Mikhail tomó la copa entre sus dedos y observó el líquido ambarino removerse mientras la
movía en círculos. Estaba cerca de conseguir algo. Los años pasaban y la larga espera debía llegar a
su fin. Tenía que dar con el eslabón perdido, aquella diferencia entre ellos y los humanos.
Tomaba su primer sorbo cuando oyó unos ruidos extraños en el jardín. Se levantó del sofá con
la mirada recelosa y apretó el comunicador plateado que había sobre la mesa.
—¿Daniel? —preguntó esperando respuesta. —¿Va todo bien?
No se oía nada. No hubo ninguna contestación.
Mikhail dirigió la mirada al amplio ventanal que daba al jardín. No parecía haber nadie. Y los
perros... ¿Por qué demonios no ladraban los perros?
—Jorge, Louise —gritó a los dos guardaespaldas para que acudieran a su lado.
Inmediatamente dos torres humanas, de talla XXXL, se colocaron detrás de Mikhail. Eran
gemelos. Calvos, morenos y con muy malas pulgas.
—¿Qué ocurre, señor? —preguntó uno de ellos.
—No puedo contactar con Daniel. Uno de vosotros que vaya a ver si funciona su comunicador.
Jorge, que era ligeramente más alto, salió del salón en busca de Daniel. Al llegar al jardín vio
tres cuerpos tirados en el suelo. Con el ceño fruncido se acercó a los bultos inanimados. Eran los
pastores alemanes.
Se agachó a inspeccionarlos. No parecía que estuviesen heridos. Parecían... parecían dormidos.
¿Cómo era posible? Alzó la mirada para localizar la cabina de Daniel. Lo que vieron sus ojos lo
asustaron. No había nadie en la cabina, no había ni rastro de Daniel.
De repente oyó pasos tras de él. Una presencia grande y poderosa. Se giró con cuidado,
temeroso de hacer movimientos bruscos. Enfrente de él, un hombre de espaldas anchas, de su
misma altura, pero más corpulento y con más pelo lo miraba con gesto frío y divertido.
—¿Buscabas esto? —dijo Caleb tirando a sus pies el cuerpo inconsciente de Daniel.
Jorge abrió los ojos con consternación mientras que Caleb se cruzaba de brazos y le sonreía.
Daniel tenía un golpe muy feo en la cabeza.
El guardaespaldas miró a Caleb, lo miró a la boca para advertir no sin sorpresa que de sus labios
caía un ligero hilo de sangre. Caleb se había cortado a sí mismo con sus colmillos, pero el humano
creería que había mordido a su compañero.

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Sus colmillos eran largos y afilados y su mirada negra con una aureola verde más clara de lo que
ningún humano había visto jamás. Daba a entender que ese ser era letal. Y que él era el culpable
del estado letárgico del guardia de seguridad. ¿Un vampiro?
Nervioso volvió sobre sus pasos a avisar a Mikhail de lo que pasaba, pero Caleb lo cogió de la
pechera y lo alzó a medio metro del suelo.
—¿A dónde crees que vas?
—Por... por favor... dé-déjeme libre...
Caleb miró al hombre tembloroso y pálido que agarraba sus muñecas con fuerza.
—Muy bien —sonrió chasqueando la lengua. —Si eso es lo que quieres...
Con una fuerza sobrehumana lo lanzó a más de veinte metros de distancia, por encima de los
árboles. Se oyó un golpe seco, un hueso roto y seguidamente un rugido de dolor. Caleb miró hacia
donde lo había lanzado.
Utilizó su visión nocturna para ver como el cuerpo de Jorge, poco a poco, perdía el color del
calor corporal. Se había quedado inconsciente.
Hizo un gesto con la cabeza a Samael para que entrara a buscar a Mikhail. De entre los árboles,
corriendo a la velocidad del viento, Samael se dirigía hambriento a la casa. Mientras él se ocupaba
de Mikhail y lo retenía Caleb iría a por la princesita.
Acto seguido miró hacia la torre donde estaba la habitación de Eileen. Volvió a impulsarse
sobre sus talones y voló hacia el balcón. Cayó a cuatro patas y se dirigió a abrir la ventana. Allí
estaba ella. Dormida.

EILEEN INTENTABA salir del trance en el que se hallaba. Su sueño tan profundo no le permitía
abrir los ojos, pero luchaba para ello. Algo no iba bien. Sentía que la estaban observando. Que
alguien la llamaba, que la incitaba a que saliera de la cama.
Caleb intentaba despertarla con su mente. Intentaba meterse en su sueño y sacarla de allí.
Debía convencerla, atraerla hasta él, pero no era fácil entrar en su cabeza.
Eileen sintió una amenaza, una punzada en el corazón. Debía despertarse. ¿Por qué no podía
hacerlo? Sacó fuerzas de la flaqueza e intentó levantar los párpados. Imágenes borrosas de su
habitación aparecían ante ella como sombras fantasmales. Empezó a ser consciente del sonido de
la lluvia, del viento que acariciaba su rostro. ¿Viento? Intentó abrir más los ojos y dirigió su mirada
a la ventana. Estaba abierta.
Intentó aclarar su vista y un sudor frío se concentró en sus manos. ¿Qué hacía la ventana
abierta? Antes de dormirse estaba cerrada. Se sentía aturdida.
Hacía años que no se despertaba en la noche. Su sueño duraba desde que se acostaba hasta
que sonaba el despertador. Nunca se había desvelado.
Se incorporó y tocó el parqué de la habitación con los pies. Lo palpó buscando sus zapatillas de
conejo, miró su reloj y le dio al botón de alumbrar para ver la hora. No hacía más de veinte
minutos que había caído rendida en la cama. Abrió los ojos, despierta del todo finalmente.
Se levantó y entonces vio algo que la dejó petrificada. Había un hombre oculto en las sombras
de la habitación. Un hombre con las piernas y los brazos abiertos vigilaba como un animal que va
en busca de su presa. Y a sus pies, Brave, su amado perro, estaba tumbado de espaldas con las
patas para arriba, durmiendo plácidamente. Estaba durmiendo, ¿no? Asustada volvió a mirar al
hombre. Ese tipo chorreaba de pies a cabeza. El corazón de Eileen palpitaba alocadamente en su
pecho y su respiración se descompasó.
El hombre dio un paso hasta que la luz que se colaba por la ventana lo alumbró. Aquel hombre,
vestido completamente de negro, que se había colado en su habitación estaba rodeado por el
aura más poderosa que había sentido en su vida.
¿Qué hacía ella hablando de auras? ¿Qué sabía ella de eso? Sacudió ligeramente la cabeza,
esperando que la imagen viril desapareciese de enfrente de ella, esperando en vano que fuese un
sueño. Sin embargo, hacía años que no soñaba, desde su diabetes.
Más nerviosa todavía, comprobó que él se le acercaba.
Era enorme, ese cuerpo lo ocupaba todo, comía su espacio vital de un modo escandaloso. Lo
miró a la cara. Por el amor de Dios, era lo más hermoso que había visto en su vida. Tenía el pelo
largo, del color del azabache, ligeramente ondulado y le caía sobre su rostro. Los mechones
goteaban agua y resbalaban por su cara, siguiendo cada uno de sus estilizados rasgos.
Su cara... Jesús. Esa cara era pura sensualidad. Una promesa que escondía una dulce virilidad en
su expresión, aunque nunca imaginó que los adjetivos dulce y viril pudiesen conjuntar. Los ojos
verdes más increíbles del mundo, la nariz perfecta, los labios gruesos, un hoyuelo en la barbilla.
Como ella. El de él mucho más pronunciado.
Un calor inesperado empezó a recorrer su estómago.
Tragó saliva. Caleb la miró de arriba abajo. Había respondido a él. A su llamado. La tenía
enfrente, con su tez bronceada, los mechones de su pelo caían sobre su cara y por detrás de la
nuca. Su pecho se alzaba agitadamente como si hubiese corrido un maratón. Su delicioso pecho,
prieto y firme. Mmm... Qué ganas tenía de morderlo y succionarlo. La miró fijamente a los ojos.
Era dulce y aunque le doliera admitirlo, preciosa. Con excitación miró su boca.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0022

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Eileen se humedeció los labios sabiendo que él estaba mirándole la boca. ¿Qué estaba
haciendo? ¿Por qué no salía corriendo de la habitación y gritaba para que la ayudaran? Había un
hombre, un dios pagano de la belleza. Estaba a solas con ella en su dormitorio... ¿Por qué no podía
moverse?
Intentó dar órdenes a sus extremidades, pero éstas no la obedecían. ¿Cómo había entrado y
burlado todos los sistemas de seguridad que el paranoico de su padre había puesto en torno a la
casa?
Caleb siguió su lengua y rugió por dentro. Era dulce, sí. Y atrevida también.
—Ven —le dijo Caleb con la mirada fija en su boca.
Eileen se quedó estática en su lugar. ¿Qué pasaría si se movía? Tenía la sensación de que ese
extraño de atractivo demoledor, podría hacer lo que quisiera con ella. Bueno, con ella y con quien
le diera la gana.
Caleb volvió a darle un empujón mental. ¿Por qué no respondía ella? Seguramente había sido
Mikhail. Mikhail le había enseñado a protegerse de ellos. La había instruido a erigir barreras
mentales para que las ondas no pudieran llegar a ella. Mientras pensaba eso, un músculo se tensó
en su barbilla.
Eileen logró dar un paso atrás. Empezaba a temblar.
—Ven —repitió él.
Su voz era melosa y cautivadora. Pero no podía ir. Él era un extraño, y aunque era capaz de ver
la excitación en sus increíbles ojos, excitación por ella, había algo vengativo en su mirada y aquello
la asustó, aunque ella era consciente también de su propia excitación. Qué descabellado era
sentirse excitada por un hombre que no conocía y que además parecía no tener buenas
intenciones. Qué diablos... Es que además se había colado en su casa.
—No —susurró cubriéndose inconscientemente el cuello. —¿Quién eres? Sal de mí...
En un abrir y cerrar de ojos, Caleb se abalanzó sobre ella, la agarró de los hombros y la
aprisionó contra la pared. El golpe fue duro y ella gimió de dolor. Le dolía la espalda, pero eso era
lo de menos... ¿Iba a hacerle daño de verdad? ¿La iba a matar?
—¿Qué es lo que quieres? —preguntó ella con voz temblorosa.
Caleb la agarró del pelo y con un tirón violento la obligó a echar la cabeza hacia atrás. Eileen
gritó. Un fuerte dolor le subía por el cuello. Seguramente le había dado un tirón muscular. Era un
salvaje y ella estaba a solas con él.
—Chist...—susurró Caleb a un centímetro de su boca sin soltarle el pelo.
Qué bonita era. Y qué mala. Inclinó la cabeza hacia su cuello. Inspiró hondo mientras sentía las
convulsiones de los temblores de Eileen. Sí. Olía su miedo y su pánico.
Las manos de Eileen intentaron empujarlo.
—No me toques —dijo él bajando la mirada a sus manos y apartándolas de un manotazo.
Volvió a tirarle del pelo. Eileen le golpeó el pecho con fuerza.
—Suéltame, hijo de puta. Brave, Brave, despierta —gritó esperando que su huskie la socorriera.
Por fin reaccionaba. Sintió que las lágrimas se le acumulaban en la garganta.
—Cállate —pegó todo su cuerpo al de ella y con una sola mano le tomó de las muñecas y las
pegó a la pared por encima de su cabeza. —¿Tienes miedo? —le preguntó mirándole fijamente a
los ojos. —No puedes gritar, no puedes pedir ayuda. Nadie vendrá a ayudarte, ramera, así que no
pierdas el tiempo.
¿Ramera? ¿Ramera?
—¿Has matado a mi perro? —preguntó ella ahogando un sollozo.

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—Tu perrito está dormido —inhaló su perfume de nuevo, rozando con su nariz la vena carótida
que corría bajo la piel de su cuello, siendo consciente de cada una de las partes de su esbelto
cuerpo. ¿Por qué le daba explicaciones? Sintió como su pene se ponía más duro que una roca.
Presionó su ingle a la de ella.
—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —lo miró desafiante, mientras intentaba apartar ese roce
íntimo de ella. Quería alejarse de la hoguera humana que parecía el cuerpo del hombre.
Caramba. La chica tenía agallas pensó Caleb. Había que bajarle los humos.
—¿Qué quiero de ti? Déjame pensar... —con la mano libre le acarició la garganta, la clavícula y
el canalillo de los pechos.
Eileen apretó los labios y sintió como los ojos se le humedecían. Apartó la cara para tomar aire
y para impedir que él la viera llorar. ¿Cómo podía pasarle eso a ella? Caleb se sintió victorioso ante
su vulnerabilidad.
—Vaya —con descaro le agarró de la camiseta y la desgarró hasta dejar sus pechos desnudos.
—Esta ropa de puta no es muy buena. Se rompe con facilidad —tiró de la camiseta con una sonrisa
cínica.
—La única puta que se pone ese tipo de ropa es tu madre —Eileen intentó forcejear con él.
Quería liberar sus muñecas pero la agarraba tan fuerte que no dudaba que iba a aplastarle los
huesos, o como mínimo, a dejarle moratones.
Caleb la miró de arriba abajo y sonrió con malicia. Incluso semidesnuda, tenía atrevimiento y
orgullo.
—Alguien debe enseñarte algunos modales, Eileen. Pero no te preocupes, yo te enseñaré a
someterte.
Eileen palideció al escucharle decir su nombre.
—¿Cómo sabes quién soy? ¿Quieres dinero? ¿Quieres...?
—Tú no me puedes ofrecer nada —le dijo él al oído. —No quiero nada de ti.
Eileen comprendió que todo aquello ya había sido premeditado. Su padre era un hombre
millonario y poderoso, podía ser víctima de algo tan horrible como aquello. Secuestro, extorsión,
manipulación, robo...
—¿Y mi pa... padre? —preguntó esta vez sin poder detener las lágrimas.
—Lo tenemos abajo. No llores —dijo fingiendo pena por ella. —Pobrecita...
Volvió a embestirla con la ingle. Un calor fulminante recorría todo su cuerpo, y él recorrió con la
mirada el de ella, de la cabeza a los pies.
Eileen sentía que su mirada la abrasaba. Se sentía acorralada, agraviada, asustada... Pero esos
ojos que la miraban dejaban una marca de fuego sobre su piel. ¿Qué le estaba haciendo? Ella
forcejeó y colocó una pierna entre las de él, para luego ascender la rodilla en un golpe seco y duro.
Caleb aulló y cayó de rodillas poniendo las dos manos sobre su entrepierna. Ella corrió a cuatro
patas para socorrer a Brave mientras las lágrimas caían por sus mejillas sin ningún control. Parecía
que su perrito estaba muerto, le preocupaba que no se despertase.
—Brave, bonito —le susurró abrazándolo contra su pecho. Necesitaba el calor de su amigo para
sentirse fuerte. —Bonito, abre los ojos para mí. No me dejes...
Caleb se alzó tras de ella y la vio mecerse para delante y para atrás con su perro en brazos.
Podría haber huido, pero prefirió escoltar a Brave. Eliminó los pensamientos de su mente, ésos
que podían hacerle creer que ella podía demostrar lealtad y sumisión a un simple huskie siberiano.
Caleb rugió como un animal salvaje y dejó que los colmillos tomaran su forma depredadora.
—Eileen.

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Ella dejó de mecerse. Tenía miedo, mucho miedo por lo que le pudiera hacer. No entendía
nada. No sabía si era un simple ladrón o alguien que llevaba espiándolos durante mucho tiempo
para preparar un golpe. ¿Y si era simplemente un psicópata violador? Pero no podía ser sólo eso.
La miraba con odio y resentimiento, como si ella le hubiera hecho algo horrible. Pero eso era
imposible. Nunca se había llevado mal con nadie, ni había hecho daño a nadie.
Sintió como una mano fuerte se cernía sobre su cabeza y cerraba el puño sobre su cabello.
Volvió a tirar de ella hasta alzarla. Ella intentó clavarle las uñas en las muñecas, pero el monstruo
no respondía al dolor.
La lanzó de nuevo contra la pared, esta vez con más fuerza. Ella se quedó sin respiración por el
impacto y luchaba por conseguir que una bocanada de aire entrara a sus pulmones.
Caleb miró como sus pechos se bamboleaban. La tomó de la barbilla antes de que cayera al
suelo, y la obligó a que lo mirara, aunque ella luchaba con fuerzas para evitarlo.
—Mírame —le exigió con aquella voz seductora.
Ella sintió un calor súbito que la invitaba a obedecer. Aquella voz era sexy, seductora. Seguro
que si le pedía que tocara la flauta mientras pintaba un cuadro con los pies, ella lo haría a ciegas.
Temblando obedeció y deseó al instante no haberlo hecho nunca.
Su rostro no había cambiado mucho, pero a su boca le habían salido unos colmillos más
puntiagudos y largos que los de Brave, y su mirada, había dejado de ser bonita y cruel, para
convertirse en una mueca llena de oscuridad y pecado. Era la boca de un depredador. Pero, aun
así, no dejaba de parecerle hermoso.
¿Qué demonios estaba pasando? ¿Qué era él?
—Ya sabes lo que soy —contestó él casi leyéndole la mente. —Tú y tu padre nos dais caza, así
que no te hagas la inocente.
Eileen no podía cerrar los ojos. Tenía que ver aquel espectáculo para cerciorarse de que era
real.
—No sé de qué me estás hablando —susurró ella con los ojos anegados de lágrimas.
—¿Así que no sólo eres cómplice de asesinato, sino que también eres una mentirosa?
—No sé de qué me estás hablando —volvió a gritarle a un suspiro de su cara. Observó bien sus
dientes y sus ojos. —No creo en los va... vampiros. °Y seas lo que seas, psicópata asqueroso, no sé
qué quieres de mí. Y si qui... quisieras algo, no obtendrías nada trata... tratándome así.
¿Se estaba encarando con él? Caleb volvió a cogerle las muñecas y a sostenerlas contra la
pared, sobre su cabeza.
—Me da igual cuanto te resistas. Al final voy a ser tan duro contigo que serás tú quien pidas
clemencia. Lo revelarás todo —su voz cortaba como una espada. —Habéis matado y perseguido
sin tregua a los míos. Los sometéis a todo tipo de experimentos, los rajáis, los mantenéis con vida
para luego torturarlos y ver cómo responden a vuestros ataques.
—Creo que te... te confundes de persona —las rodillas se le doblaban, los dientes le
castañeteaban y estaba a punto de desmayarse. —Mira, porque no te vas y hacemos co... como si
nada de esto hubiese pasado... Yo no... no... di... diré nada.
—Puta cobarde —le dijo con asco. —Te diré lo que voy a hacer contigo. Primero, vamos a
subirte al coche que hay abajo esperando. Te llevaremos con un avión privado a Londres. Ahí te
llevaré a una sala con cristales en todos lados— echó un vistazo a sus dulces pechos y a sus
oscuros pezones. Dios, sí que estaba bien formada. Sin poder evitarlo, le abrió las piernas con las
suyas y se colocó entre ellas. Presionó su erección entre las piernas de ella, levantándola un
centímetro del suelo mientras que con la mano libre, cogió con dureza un pecho. Era tan suave y
esponjoso...

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

—No... Por... Por favor... Para —sollozó intentando cerrar las piernas.
Caleb la miró a la cara. Sentía el calor de su entrepierna como una invitación. Quería
desgarrarle el short y hacer con su cuerpo cosas prohibidas en algunos estados. Ella estaba
sonrojada, las mejillas las tenía húmedas de llorar, y un leve sudor cubría su cuello haciéndolo
brillar. Brillaba para él. Su mirada quitaba el aire, aun teniendo los ojos llenos de lágrimas. Y
aquella boca...
El animal que llevaba dentro estaba a punto de saltar a devorarla en todos los aspectos. Pero
debía de esperar. Todavía no.
Con el dedo índice y el pulgar, agarró un pezón y lo frotó esta vez con más delicadeza. Hacía un
momento le había agarrado el pecho con violencia, y ahora estaba haciendo que se excitara.
—Mírate, Eileen —le susurró lamiendo el lóbulo de su oído.
Ella respiraba entrecortadamente. ¿Era eso una especie de caricia?
—Escúchame —prosiguió mientras le acariciaba el pecho, intentando calmar su ansia por, para
qué iba a negarlo, poseerla ahí mismo. —Te encerraré conmigo en esa habitación de cristales. Tu
padre estará mirando. Los míos estarán mirando. Te ataré a la cama, te desnudaré y jugaré
contigo de las maneras más inverosímiles que hayas imaginado jamás, hasta que cantes todo lo
que sabes. Y lo más vergonzoso será que tu padre estará presente para ver como su tierna hija, se
corre conmigo tantas veces como yo quiera y verá cómo lo traiciona sintiendo placer con alguien
como yo. Algo que odiáis.
Eileen no podía creer lo que le decía. ¿Cantar el qué? ¿La iba a poseer en público?
—Eres un monstruo —lo miró a la cara sin amilanarse. —Mátame ahora. Mátame, por favor —
le suplicó acongojada.
Lejos de parecer una chica tonta y acobardada, Eileen estaba demostrando mucho coraje en
una situación límite como esa. Caleb hizo negaciones con la cabeza.
—No —contestó evaluando el peso de su pecho con la mano. —Tienes que pagar Eileen.
¿Mostráis clemencia ante los míos cuando están indefensos en vuestras salas de operaciones? —la
despreció con la mirada. —No.
—Esto tiene que ser un error —dijo débilmente. Esa mano la estaba marcando a fuego. —Deja
de tocarme así —gritó furiosa.
Caleb levantó una ceja desafiándola. Abrió la boca. ¿Qué iba a hacer?
Le contestó inmediatamente cuando posó la boca sobre el pezón del pecho derecho.
Eileen se sacudió. Se sintió humillada y avergonzada por lo que le estaba haciendo. Pero sintió
más vergüenza cuando un calor húmedo y palpitante se concentró en su entrepierna. Contrariada,
se derrumbó y se echó a llorar sin control. La lengua de Caleb jugueteaba con su areola oscura y
endurecida por las caricias. La lamía en círculos y la succionaba como si fuese un bebé. Soplaba el
pezón y lo enfriaba, para luego volver a llevárselo a la boca con la misma ansia.
Caleb sabía que la chica estaba al límite. Sentía su miedo. Ella creía que la iba a morder y a
desgarrar el pecho. Cesó su tortura cuando descubrió lo cerca que estaba de hacerle eso. Sabía tan
bien que estaba a punto de clavarle los colmillos... Alejó la boca del pezón y volvió a erigirse.
Le sacaba una cabeza entera. Eileen ya no quiso volver a mirarlo. Ni quería, ni podía.
—Ya habrá tiempo para esto... Tu cuerpo responde a mis atenciones —lo dijo sintiéndose
ganador. —Y no, no voy a desfigurarte.
Ella se tensó al oír de su boca sus propios pensamientos. —Aunque te lo merezcas —continuó
él.
—¿Qué eres? —preguntó con un hilo de voz y con la mirada clavada en el suelo.

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—Según tú, algo que no merece vivir. Ése era otro de sus pensamientos.
—Lo creo, y me das razones para ello. Eres un monstruo que... que abusa de las mujeres —dijo
con desprecio. —Un ser sin alma ni corazón que disfruta doblegando con sus coacciones a los
demás. Y si los tuyos son así, si e... sa es vuestra naturaleza, entonces... es... espero que sigan
torturándolos có... cómo dices que les ha... hacen.
Aquello fue lo último que esperaba oír de una mujer que parecía asustada de él, de una mujer
que era una asesina.
Una vena empezó a palpitarle en la sien. Un músculo de la barbilla, se movía sin control.
Frunció el entrecejo y apretó más sus muñecas hasta que oyó un chasquido.
Eileen inclinó la cabeza hacia atrás y chilló hasta que se le acabó el aire. Juraría que le había
roto la muñeca. Los hombros de ella se sacudían en espasmos repetitivos. Intentó no llorar
fuertemente. No quería darle nada de lo que él se alimentara. Se mordió el labio con fuerza para
intentar olvidar el dolor de la muñeca derecha que todavía tenía sujeta junto con la izquierda.
—¿Crees que estoy jugando, Eileen? ¿Crees que disfruto de esto? Al contrario de vosotros, yo
no. ¿Me oyes? —la zarandeó.
Los dioses bien sabían que no era así. Despreciaba tratar así a una mujer, pero ella estaba
jugando con él. La ira lo consumía y la sed de venganza parecía actuar por él. Nunca antes había
hecho daño a una mujer. Ni siquiera ahora estaba seguro de haberlo hecho a propósito. No le
había querido romper la muñeca así. Tenía que controlar más su fuerza con ella. Ella era más frágil
que él. Pero oír de su boca cómo hablaba de los vanirios lo descontroló.
—No voy a matarte. Te encadenaré a mí por la eternidad. Yo también pagaré por mis pecados,
también me castigaré por lo que te haré —susurró de nuevo volviendo a alzarle la barbilla con la
misma fiereza. —¿No crees? Te convertiré en uno de los nuestros y nunca nos libraremos el uno
del otro. Serás mi puta para la eternidad. Para siempre —recalcó con odio.
Ella sintió cómo se le encogía el estómago.
—No quiero ser como tú —replicó. —Me mataré antes de que eso ocurra o encontraré el modo
de matarte a ti. Nunca, antes muerta —repitió moviendo de un lado al otro la cabeza. —No sé qué
es lo que te he hecho para que me trates así, pero te juro que estás equivocado —le dijo
intentando parecer digna. —Me castigarás sin conocerme, sin razón. Yo soy inocente.
—¿Inocente?—arqueó las cejas mirándola de arriba abajo con una mirada libidinosa. —Eso seré
yo quien lo compruebe.
De un tirón la apartó de la pared y la instó a que caminara delante de él. Ella se tropezó y con la
mano derecha se apoyó en el marco de la puerta para no caerse. Un dolor la atravesó desde la
punta de los dedos hasta el hombro y su frente se llenó de perlas de sudor. Nunca antes había
sudado tanto en su vida. La debilidad le llegó a las piernas y luego el suelo se movió.
Caleb la agarró de la cintura antes de que cayera en mala posición.
¿Qué hacía? ¿Por qué tenía en cuenta cómo iba a caerse? Como si las manos le quemasen la
volvió a empujar hacia delante.
—Camina —le ordenó.
Eileen reprimió una arcada y se paró en seco ante las escaleras.
—No te diré nada hasta que no me des algo con lo que taparme.
¿Estaba loca? ¿Por qué le había dicho eso? Así él iba a creer realmente que tenía algo que ver
con esa locura que él le había contado... Pero ¿es que acaso ese monstruo iba a creer en ella? No.
Esperó su réplica. Silencio.

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—¿Puedes leer mi mente? —le preguntó ante su ausencia de respuesta por su condición. —
Léemela y averigua si te miento.
—No puedo entrar en tu mente. Tú sabes bien por qué. Tu padre te enseñó a protegerte. Hasta
ahora no he entrado en tu cabeza, sólo he adivinado lo que pensabas. Tu mirada es muy expresiva
cuando estás asustada, así que deja de jugar a que no sabes de lo que hablo. No eres inocente.
—Por favor —volvió a suplicarle todavía sin girarse. Apretó el puño de la mano izquierda, la
derecha empezaba a hinchársele y la muñeca había adquirido un color morado tirando a negro. —
Mi padre no me enseñó nada.
—Mientes.
—No... yo... déjame cubrirme —rogó. —No dejes que otros me vean. Oh sí. Realmente era muy
buena actriz.
—Soy el menos indicado a quién pedirle favores de ningún tipo, Eileen. Tú ya no te perteneces
a ti misma. Ahora eres de los vanirios y te mirarán y te tocarán cuando yo lo diga. Eres mi
concubina. Prepárate para perder la dignidad —Eileen no podía ver que él sonreía, pero se irguió
al sentir el regocijo que a él le causaba el poder decirle esas palabras. Volvió a empujarla. —Ahora
camina. Abajo te están esperando.
Su vida se había acabado. Estaba indefensa, sola y medio desnuda. En manos de unos hombres
que no eran humanos, que parecían vampiros de ésos que ella creía posibles sólo en un mundo de
ficción.
Hacía menos de una hora, tenía un futuro, una vida por delante. Y ella era su única dueña.
Cincuenta minutos antes, ella podía elegir con quién iba a hacer el amor, cuántos hijos iba a tener,
qué proyectos iba a realizar... Ahora, ese hombre se la llevaba como una esclava.
Agachó la cabeza y arrastrando los pies descalzos bajó las escaleras.
Descendía al infierno.
Al llegar al salón, Eileen vio el cuerpo de Louise en el suelo. Abrió la boca para gritar, pero
enseguida ahogó el grito con la mano, mientras negaba con la cabeza. No podía estar pasando, no
podía ser.
Louise tenía los ojos entornados por debajo de los párpados, la boca abierta y el cuello roto.
Estaba muerto.
Caleb frunció el ceño al ver el cadáver. ¿No habían dicho que sólo iban a tomar a Mikhail y a
Eileen? Sólo a ellos. No había necesidad de matar a nadie. —Samael —gruñó Caleb notablemente
irritado. Samael no contestó.
Caleb instó a Eileen a que siguiera caminando. Ella estaba bloqueada, casi en shock. Se tapaba
los pechos con los antebrazos, intentando abrazarse a sí misma, mientras los temblores y el sudor
frío la sacudían.
—Samael —Caleb volvió a llamarlo mientras observaba a la chica, que no podía controlar los
espasmos.
Al llegar al salón, Samael tenía cogido a Mikhail del cuello. Lo había alzado y estaba bebiendo
sangre de su cuello desgarrado.
Eileen cerró los ojos con fuerza intentando recuperar el control de su respiración. Estaba
hiperventilando.
El cuerpo de su padre colgaba sin vida de las manos de ese hombre. La sangre chorreaba desde
su cuello, manchando su camisa blanca, sus pantalones y sus zapatos. Los pies todavía sufrían
algunos tics involuntarios y de la punta de la suela, el líquido rojo goteaba hasta formar un gran
charco en el suelo.
—Samael, no —gritó Caleb corriendo hacia él.

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Samael dejó caer el cuerpo sin vida del padre de Eileen haciendo que su cabeza golpeara
fuertemente sobre el parqué. Luego, el vanirio inclinó la cabeza hacia atrás, apretó los puños y
rugió como lo haría propiamente un león.
Eileen quiso taparse los oídos pero, si se los tapaba, dejaría descubiertos sus pechos. Le daba
igual. Habían matado a Louise, a su padre y su perro Brave yacía inconsciente en su habitación.
¿Qué más le daba que le fuesen a ver las tetas? Aun así, no las descubrió. Con el rostro pálido y la
mirada ausente, se dejó caer de rodillas al suelo.
Caleb observó cómo se rendía, y se debatió entre ir a por ella y ayudarla a levantarse o coger a
Samael y zarandearlo.
—Los chicos ya vienen hacia aquí, Caleb —la mirada hambrienta de Samael repasó a Eileen de
pies a cabeza. Con el antebrazo se limpió la sangre que caía por las comisuras de su boca. —Fíjate,
qué buena está la muy...
Caleb lo agarró del cuello de la camiseta y lo alzó zarandeándolo.
—¿Te has vuelto loco, Samael? —le enseñó los dientes. —¿Por qué lo has matado?
—Ahora sí que he vengado a mi hermano.
—No has vengado a nadie si no nos sirve para coaccionar a los demás. ¿Crees que nos llevarán
hasta los capos si lo has matado? ¿Qué crees que temerán perder ahora? ¿Eh? —lo zarandeaba
con rabia. —Estúpido. Te has cargado a su mejor científico.
—Aún la tenemos a ella —replicó él agarrándole de las muñecas y fijando sus ojos en Eileen.
Cuando ella sintió que ese asesino la miraba, se levantó de repente y se arrinconó en una de las
esquinas del salón.
—Lo has echado a perder todo —susurró Caleb dejándolo en el suelo.
—No te preocupes, Caleb. Ella nos llevará a todos los demás —añadió
Samael.
Dos hombres más, vestidos de negro y de largas melenas rubias y lisas aparecieron en el salón.
Eileen miró a los cuatro seres que había en el salón. Sus espaldas doblaban las de ella. Eran
increíblemente fuertes y corpulentos.
Uno de los rubios que había entrado llevaba el pelo recogido en una cola alta. Tenía los ojos
azules claros, el mentón obstinado, una ceja partida y unos labios muy seductores.
El otro se sujetaba el pelo con un cordel negro a modo de diadema. Los mechones largos caían
por su nuca hasta llegar a los hombros. Sus pestañas onduladas y largas enmarcaban unos ojos de
color azul oscuro. Los labios gruesos dibujaron una sonrisa traviesa.
Este último miró a Eileen, que estaba contra la pared y haciendo negaciones con la cabeza.
—Empezasteis la fiesta sin avisarnos —dijo con un acento sensual. La miró de arriba abajo
ignorando el cuerpo de Mikhail. —Ñam, ñam...
Eileen se abrazó con más fuerza.
—Caleb —dijo el otro rubio. —¿Quién se ha comido a Mikhail?
—Fui yo —dijo Samael señalándose a sí mismo. —Vosotros no entendéis lo que yo siento. Este
perro mató a mi hermano, mi-her-ma-no —marcó con énfasis. —Cuando lo he tenido enfrente,
no... no he podido controlarme —dio una patada al cuerpo muerto del suelo.
—Thor también era mi mejor amigo —le cortó Caleb. —Te has comportado de un modo
indisciplinado, Samael. Has desobedecido las órdenes. Cahal, Menw —miró a los dos rubios. —
¿Está todo listo?
Cahal que era el de la cola de caballo, asintió mientras pasaba por el lado de Caleb y se dirigía a
Eileen. Ésta intentó recular, pero tras ella sólo estaba la fría y dura pared.

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—Los coches están en la cabina del guarda —dijo Cahal mientras le miraba las manos que
cubrían sus pechos. Estaba a un palmo de ella. —Los aviones están esperándonos. Y tú —le miró a
la cara— no deberías cubrirte si no quieres que nos enfademos —le susurró a un suspiro de su
cara.
Samael se alejó de Caleb y con pasos rápidos se dirigió hacia donde estaba Eileen.
—Cahal —le dijo Samael poniéndole el brazo por encima a su compañero. —¿La probamos?
Eileen se dejó caer al suelo mientras su espalda resbalaba por la pared. Quería morirse.
—¿A la vez? —preguntó Samael ahogando una risa. —¿Crees que podrá acogernos a los dos?
—No sé tú —dijo Cahal alzando una ceja, —pero yo la tengo enorme.
—Entonces, tú por delante y yo por detrás —chasqueó la lengua con desdén. —Yo la tengo más
grande que tú.
—Hijos de puta... —susurró Eileen alzando la mirada hacia ellos. Los ojos humedecidos. —No sé
quién era tu hermano, pero si era como tú —le dijo a Samael, —espero que antes de
descuartizarlo le desgarraran el culo con una estaca.
Cahal silbó y arqueó las cejas. —Guau, vaya lengua.
Samael miró el gesto divertido del rubio y luego la miró a ella.
La agarró de la muñeca rota y la levantó. Eileen vio las estrellas, estuvo a punto de perder el
conocimiento. La dejó contra la pared y le lanzó un puñetazo en la cara. Lo vio todo negro. Sintió
un regusto a hierro en la boca, y un dolor frío y abrasador a la vez en el pómulo. Las manos
violentas de Samael la arrojaron de cara a la pared, pegó sus muñecas a su espalda y le separaron
las piernas mientras él se apretaba a su cuerpo.
—Entonces, tú me dirás si le gustó a mi hermano o no cuando yo te meta mi estaca en el tuyo.
—Suéltala.
La voz de Caleb se oyó en toda la mansión. Samael se giró para mirarlo por encima de su
hombro. Eileen no dejaba de sollozar, y de temblar como un animal indefenso. Eso es lo que era
ella, un animalito indefenso en manos de cuatro lobos hambrientos.
—¿Por qué? —preguntó Samael mientras apretaba su cuerpo a sus nalgas.
—Si no la sueltas, tú y yo tendremos un serio altercado —le advirtió con el rostro lleno de rabia.
—Al ser los más cercanos a Thor, acordamos con el clan que decidiríamos cómo llevar a cabo
nuestra venganza. ¿No es cierto? —rugió Caleb, amenazador.
Samael miró la nuca de Eileen y luego lo miró a él. Finalmente asintió con la cabeza.
—Bien, Samael. Tú te has encargado de su padre sin compartirlo ni conmigo ni con nadie. Cahal
y Menw están aquí para atestiguarlo. ¿No es así? Los dos rubios asintieron.
—Entonces creo que es mi derecho disfrutar de Eileen yo solo —prosiguió Caleb. —Conmigo y
para mí. No tengo por qué compartirla contigo, y si le tocas un sólo pelo más, te aseguro que te
retaré a muerte. A ti, o a quien sea —miró a Menw y Cahal. —¿Queda claro?
Eileen se sobresaltó al oír la determinación glacial con la que Caleb intentaba protegerla de
ellos. Samael la soltó y dejó que sus colmillos retrocedieran.
—Queda claro, Caleb.
—¿Queda claro? —gritó mirando a los otros dos. —Clarísimo —respondieron intimidados.
—Quiero mi venganza tanto como tú, Samael —le dijo más calmado. —Pero hay cosas que no
las apruebo, como por ejemplo tu conducta de hoy. Cuando lleguemos a Inglaterra, tendremos
una charla para recordarte cual es el código de conducta vanir. Eileen va a ser mía. No quiero que
la uséis y me la devolváis en mal estado. Hoy no la tocaréis.
Caleb miró la bonita curva de la espalda de Eileen y sonrió de lado.

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—¿Y mañana? —preguntó Cahal.
—¿Quién sabe? Depende de cómo se comporte en la cama. Eileen deseó matarlo.
Samael lo miraba fijamente sin contestarle.
—Ahora dejadlo todo limpio y sin pruebas. Nosotros os esperamos en los coches.
Obedecieron sin rechistar. A la velocidad del viento, y desplegando un abanico de poderes
increíbles, limpiaron el parqué, reconstruyeron los objetos rotos y enterraron los cuerpos en la
tierra.
Caleb miró a la chica que tenía enfrente. Seguía pegada de cara a la pared. No osaba moverse ni
abrir los ojos. Caminó hacia ella y colocó una mano fuerte y posesiva sobre su hombro obligándola
a darse la vuelta.
Eileen se sacudió haciéndole entender que no quería que la tocase, pero Caleb la agarró con las
manos y violentamente la giró hacia él.
—Ahora escúchame bi... —dejó de hablar cuando vio lo que el bruto de Samael le había hecho
en la cara. Palideció todavía más cuando olió la sangre que salía del corte de su pómulo morado.
Tarta de queso y fresas recién hecha.
—¿Tú? —dijo horrorizado.
Eileen se cubrió los pechos de nuevo y le giró la cara. Caleb tenía hambre. Hambre de verdad:
sexual y física. Ella era el pastel.
—Me da igual lo que me hagas, pero... ¿Qué harás con Brave? —le preguntó ella sin poder
controlar el temblor de su voz.
Le afectaba más lo que le pasaba a su perro que lo que le habían hecho a su padre. ¿Por qué?
¿Sería efecto del shock?
Caleb sólo veía sus labios moverse. No oía su voz. Labios sensuales, algo enrojecidos por el
golpe y la sangre.
—¿Lo vas a matar también? —lo miró más tranquila al ver que su rostro volvía a tener una boca
hermosa sin colmillos y unos ojos dulces y peligrosos del color del mar de una isla caribeña.
¿También? ¿A quién había matado él? Había sido Samael, no él. Le enfureció que lo acusara
injustamente.
—Te dije que estaba dormido. Se despertará cuando yo se lo ordene. Ahora, no.
—¿No me dejas despedirme de él? —sentía la garganta ardiendo y escocida de la sal de las
lágrimas.
Caleb sintió algo parecido a la ternura por esa mujer. Pero desapareció al instante.
—No, no te dejo —la tomó del brazo y la llevó a trompicones fuera de la casa.
La lluvia torrencial caía sobre Barcelona. La noche estaba oscura y el cielo se iluminaba por los
relámpagos. Eileen tiritaba del frío, aunque agradeció la sensación de frescor del agua, porque la
desbloqueó. Dos Porsches Cayenne negros, con los cristales tintados, esperaban en la cabina de
seguridad. Estaban vacíos. A dos metros de la cabina había otro cuerpo en el suelo. Era Daniel.
Tenía los ojos cerrados y un corte sangrante en la frente. ¿Inconsciente?
—No está muerto —le dijo él. Se agachó y le puso la mano sobre la cabeza para susurrarle algo.
—Cuando despiertes, sabrás que Mikhail y Eileen han tenido que viajar precipitadamente por
asuntos de negocios. No sabrás cuándo volverán. Todo seguirá con normalidad. Nunca me viste.
Tropezaste y te diste un golpe en la cabeza.
Ella desencajó la mandíbula. Estaba sorprendida. ¿Podía hacer eso? ¿Podía mandar algo a
alguien con aquel timbre de voz?

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Caleb abrió la puerta del coche y la obligó a entrar. Los asientos de piel beige se estaban
empapando. Él no entró todavía. Abrió la puerta del maletero y sacó una bolsa precintada con algo
rojo y esponjoso dentro.
Finalmente entró en el coche.
—Toma —le lanzó la bolsa que acabó golpeándole en la herida del pómulo.
Eileen gimió de dolor, pero se sorprendió al descubrir una toalla. No se lo iba a agradecer, pero
había sido una sorpresa. Seguramente se la tiró para que no se mojara la piel de los asientos. Con
una mano intentó abrirla, la otra ya no le respondía. Sentía las manos entumecidas.
—¿No te enseñaron a abrir bolsas, ramera?
Eileen se envaró.
—La abriría si pudiese utilizar las dos manos. Pero me has roto la muñeca, estoy con el pecho
descubierto, tengo frío y se me está hinchando la cara —añadió con sarcasmo. —No, creo que no
me enseñaron a abrir bolsas en estas condiciones, monstruo.
Caleb refunfuñó. Le quitó la bolsa de la mano con muy mal humor, la abrió y volvió a tirarle la
toalla a la cara. Con lentitud y unos movimientos muy sigilosos, Eileen agarró la toalla con tanta
fuerza que los nudillos de su mano buena perdieron el color. El arrancó el coche mirándola de
reojo. La había cabreado y eso le encantaba. Ella abrió la ventana y tiró la toalla a la calle con un
grito de furia.
—¿Qué crees que estás haciendo? —le preguntó él asombrado. —No quiero nada de ti.
Prefiero coger una pulmonía o morir de frío a aceptar algo de un asesino como tú —le señaló con
el dedo. Caleb la miró impasible.
—¿Quieres que hablemos de asesinos? Aún no he empezado contigo, Eileen. No me provoques
—le dijo con una voz suave pero fría.
—Pues más vale que cuando empieces, termines conmigo —sugirió con los ojos rojos e
irritados. —Porque removeré cielo y tierra para ir a por ti y destruirte. Asegúrate de dejarme bien
desvalida, asegúrate... Porque por pocas fuerzas que me queden, te buscaré y te mataré. Lo juro
—estaba temblando no sólo de frío, sino de la rabia que sentía en aquel momento.
Él admiró su valentía. Estaba débil, magullada, herida en su orgullo y, sin embargo, todavía
peleaba. Si no fuese quien era, puede que...
—Monstruo. ¿Os llamáis vanirios, verdad? —lo miró de arriba abajo conteniendo la ira que la
carcomía. —Os merecéis todo lo que os hagan.
¿Es que no le tenía miedo? ¿No había tenido suficiente con todo lo que le estaban haciendo?
¿Por qué no le temía?
—No me das miedo —añadió con asco y desprecio.
Ni pensarlo. Si había alguien que debía temerle, esa persona era ella. Sonrió con malicia.
—Veo que crees que lo que nos hacéis está bien —comentó alargando de nuevo los colmillos.
—Bien. No te cubras, ramera —le ordenó.
—Vete a la mierda.
—Te he dado la toalla y la has rechazado. Ahora no te cubras.
Seguía abrazándose los pechos sin apartarle la mirada y con los labios temblorosos. Caleb frenó
en seco y paró a un lado de la carretera. Cogió la palanca de posición del asiento de Eileen y lo
echó para atrás, dejándola estirada. Se desabrochó el cinturón de seguridad y de un salto se
colocó encima de ella.
—Habéis matado a mujeres y niños —le susurró volviéndola a agarrar del pelo y forzándola a
levantar la cara hacia él. —Violasteis a las mujeres, le extrajisteis los órganos, incluso los fetos a

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aquellas que estaban embarazadas. A los niños, los apartáis de sus padres y les forzáis a que vean
cómo los mutiláis. Experimentáis con ellos para ver cómo reaccionan sus pieles al sol y luego
hacéis el proceso una y otra vez para ver y estudiar sus rápidas recuperaciones. Matáis y torturáis
—le tiró del mechón. —Te mereces todo lo que yo te haga a partir de ahora.
¿Quién era capaz de hacer algo así? Se preguntaba Eileen mientras miraba fijamente sus ojos
verdes. ¿De verdad había gente tan salvaje? ¿Pero qué pintaban ella y su padre en todo aquello?
—Pero... pe... pero, yo no... no tengo nada que ver co... con eso —le susurró implorando un
voto de confianza. —Tie... tienes que creerme, Caleb.
Caleb tensó la espalda cuando la oyó pronunciar su nombre por primera vez. Le soltó el pelo y
colocó una mano a cada lado de su cabeza. La miró detenidamente. Estaba acorralada, doblegada,
herida por él y los suyos. Sus magulladas manos reposaban tensas sobre su torso con los brazos
doblados. Habían matado a su padre. Y ella quería luchar por su libertad, por su vida. Pero no
podía engañarlo. Ella era la que firmaba y daba el beneplácito a los transportes para que movieran
de un lado al otro la mercancía, los instrumentos y las medicinas. Era la hija de Mikhail y se
suponía que entre ellos había confianza como para trabajar juntos en algo así. No era ninguna
ignorante.
—Déjame entrar en tu mente y entonces, sólo entonces, pueda que te crea —le desafió.
—¿Qué... qué debo hacer para que entres? —preguntó insegura.
—Relájate.
Eileen echó un vistazo a la posición de sus cuerpos. Sí, claro, relajarse. Así de fácil.
—Me estás aplastando... a... así no puedo...
—Cállate —gritó. Ellos no podían tener aquella conversación cordial, ella era su enemiga. —Haz
el favor de cerrar los ojos —utilizó su tono melódico para atraerla e inducirla a la relajación.
Eileen cerró los ojos gustosa y empezó a abrir las piernas. No, por Dios. ¿Qué estaba haciendo?
Esa voz... Caleb apretó los dientes ante la invitación.
Miró como sus piernas bronceadas y esbeltas se abrían. Se encajó entre ellas hasta que tocó y
aplastó su sexo con el de ella. Encajaban a la perfección. De estar desnudos, ya la habría hecho
suya. Se concentró en ella. Intentó acceder a su mente, a sus recuerdos. No había ningún muro
pero se topaba cada dos por tres con una niebla espesa y blanca. No era que no pudiese entrar. Si
entraba, él se perdería en esa confusión. Ella no lo iba a dejar, no lo iba a permitir.
—¿Intentas confundirme? ¿Quieres que me pierda? —le preguntó él con un gruñido.
—¿Perderte? ¿Confundirte?
—Basta... No me engañarás más. Me pones obstáculos. No quieres que descubra la verdad.
Eileen cerró los ojos con fuerza, tragó saliva e inclinó la cara a un lado, enseñándole la yugular.
Él dictaba sentencia.
—Si no me crees, será mejor que acabes con esto. Yo... no lo soportaré mucho más. Venga,
muérdeme —dijo ofreciéndose.
—Te haría un favor si hiciese eso, ramera.
Ya estaba otra vez ese insulto afilado. Por un momento, al llamarlo por su nombre, había visto
algo de comprensión en su mirada, como si él quisiera creerla, pero debería haber sido un
espejismo. Ahora volvía a ser el monstruo. Un monstruo encajado entre sus piernas como ningún
hombre lo había estado antes con ella.
—Por favor... Caleb —lo iba a intentar de nuevo. —Tiene que haber un modo de que
podamos...

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

—Primero, yo no soy Caleb para ti —la cortó alterado. —Me llamarás amo a partir de ahora —
su tono era frío e impersonal. —Segundo, te dije que no me tocaras —cogió la mano de ella que
había colocado sobre su durísimo pectoral para apartarlo y la alzó de nuevo sobre su cabeza.
Luego cogió la mano derecha, la lisiada, y con delicadeza la colocó sobre la izquierda. Agarró
ambas muñecas con una mano. —Tercero —miró su boca, —no hablarás más hasta que yo te dé
permiso. Se acabó, no te creo, ni te creeré. No quieres que lea tu mente, pero hay muchos modos
de entrar en la mente de alguien.
—¿Me vais a torturar? —lo miró angustiada.
—Más de uno querría eso, ramera —contestó afirmando con la cabeza. —Verás que donde te
voy a llevar, no serás muy bien recibida. Pero, no. No voy a pegarte.
—¿Entonces...?
—Ya lo verás.
—¿Qué eres? —preguntó con la barbilla temblando.
—Desde que empezasteis la cacería, no os habéis molestado en preguntárnoslo. ¿Qué te
importa ahora?
—Me importa porque quiero saber qué son mis enemigos. ¿Sois vampiros, verdad? Debo de
estar volviéndome loca... —susurró al darse cuenta de lo que había dicho en voz alta. —¿Qué me
vas a hacer? —Si era o no era un vampiro, no lo sabía, pero por Dios que era igualito que esos
seres atractivos y con colmillos que salían en las películas inspiradas en los libros de Anne Rice.
Caleb bajó la mirada a sus preciosos pechos desnudos y ella volvió a hiperventilar. Aquella
intimidad con él era más de lo que podía soportar. El cubrió un pecho con su mano libre y la miró a
los ojos.
—Te voy a soltar las muñecas. Si intentas tocarme, te prometo que te morderé. Te haré daño.
—¿No me contestas? —la voz algo afónica. ¿O era ronca?
—También te haré daño si vuelves a abrir la boca otra vez.
Eileen alzó la barbilla en un gesto de orgullo, aunque sabía que debía resignarse. Poco a poco,
Caleb soltó sus muñecas, mientras con la yema de los dedos reseguía con una caricia sus brazos,
sus axilas suaves, su cuello, su clavícula y, al final, su otro pecho, frío y húmedo de la lluvia. Eileen
se movió inquieta bajo su cuerpo aguantando con todo el aplomo que pudo aquella revisión a la
que Caleb la sometía. Él siguió acariciándole el pecho hasta ver como se le ponía el pezón erecto,
entonces lo cubrió y lo empezó a masajear. Sus manos grandes y masculinas la estaban abrasando
con su calor. Ella movió las manos sobre el respaldo de la silla. Quería agarrarlo de su melena
negra como el carbón y apartarlo de ella. Pero no podía tocarlo. Se cogió desesperada al
reposacabezas del asiento.
Caleb liberó uno de sus pechos y lo observó hambriento mientras inclinaba la cabeza para
llevárselo a la boca. Sus ojos tenían un verde que era casi amarillo. Eileen reprimió un pequeño
chillido. Su boca, húmeda y caliente, se movía sin piedad sobre la carne blanda de la chica. Su
lengua torturaba el pezón hasta tenerlo henchido y erecto. Apresó el montículo oscuro entre los
dientes, tiró de él mientras le daba pequeños toques sutiles y dulces con la lengua. Ella apretó la
mandíbula, mientras intentaba controlar el temblor de sus piernas. Sentía toda la virilidad de
Caleb contra ella. Sentía su calor corporal a través de los jeans negros que él llevaba. Y ella sólo
llevaba ese ridículo short blanco y fino con lo que podía sentirlo todo. Todo.
Caleb dejó a sus extasiados pechos para colocarse a la altura de sus ojos. La miraba fijamente.
Ella estaba sudando y tenía todavía churretones de sangre que descendían desde la cara hasta su
cuello. Los labios semi-abiertos y algo hinchados por la brutalidad de Samael. Olía tan bien. Era un
bocado sabroso y especial para él. Ese era su olor favorito, su sabor preferido. ¿Por qué ella tenía

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que ser la que oliera así? A humedad, a fresas y a tarta dulce...Deslizó las manos por su estrecha
cintura y por los huesos marcados de sus caderas. Siguió acariciándole la plana barriguita y dejó las
manos abiertas sobre ella. Colocó los pulgares por debajo del short y se limitó a ponerla nerviosa
haciendo caricias circulares por la zona de su anatomía donde casi empezaban los rizos de su
intimidad.
El observó sus expresiones. Sí, estaba tensa y asustada. Pero no asustada de él, sino de lo que
creía que podía hacerle y, además, lo creía acertadamente. Puede que no esperara a llegar a
Inglaterra para follársela. Y ella lo sabía Era imposible no saber lo que iba a hacer con ella. Su
erección era tan grande que iba a agujerear el pantalón. Ella no era virgen. Su novio la visitaba
cada noche, así que sabía lo que podía pasar. Lo que él se moría de ganas de hacerle.
Con ese cuerpo pequeño (comparado con el suyo), sometido debajo de él, tierno, suave y
hermoso... ¿Cómo sería estar dentro de ella? Sacó los pulgares de su short, y deslizó sus manos
hasta las nalgas de ella. Las apretó, las tanteó, las masajeó y le sonrió.
—Vaya, vaya. Estás muy en forma, ¿eh? —le apretó las nalgas con deseo.
Aquello era humillante. Él estaba vestido hasta las cejas. Ella estaba, sólo con unas braguitas,
vulnerable y expuesta a cualquier cosa.
Aun así, había algo en él, no sabía el qué, que no hacía que estuviera completamente asustada.
Podía ver las diferencias entre Caleb y el animal de Samael. Caleb podía ser cruel y brutal, pero
parecía tener un fondo del que el asesino de su padre carecía. La estaba tocando casi con
reverencia, mirándola con deseo sí, pero estaba convencida de que no la trataría mal, de que no la
pegaría ni le haría daño porque sí.
Caleb empezó a presionar su erección contra ella. A frotarla acompasadamente en círculos
sobre su intimidad. Las fricciones eran cada vez más fuertes y poderosas, y Eileen sintió como un
calor húmedo y palpitante se concentraba en su entrepierna. Sin perder el ritmo, el vanirio dirigió
la boca a su cuello. Eileen se estremeció pensando que iba a morderla, pero sorprendentemente
Caleb sólo lamió la sangre que había en aquella zona. Un lametón largo, como un rasposo satén,
para luego cerrar la boca a la altura de la yugular y succionarla, sólo rozando con los colmillos, no
hincándolos.
Eileen cerró los ojos al sentir aquel contacto lleno de calor. Ella era sabrosa, adictiva como
ninguna otra que hubiese probado. Cuando limpió su cuello con la lengua y la boca, deslizó los
labios por su barbilla casi en una caricia y luego ascendió hasta la mejilla. Eileen se quejó. El
pómulo le dolía horrores.
—Detente.
Caleb se apretó más contra ella y le susurró al oído:
—Te he dicho que no hablaras, ramera.
—Deja de insultarme.
Caleb colocó su gran mano sobre su boca, pero Eileen sacudía la cabeza para librarse. Unas
enormes lágrimas cayeron por la comisura de sus ojos, resbalaron por su sien y desaparecieron
por su pelo, que ya no estaba recogido en un moño, sino que ahora parecía un abanico negro
extendido sobre el asiento del coche.
Caleb se sintió avergonzado por ser él quién provocara las lágrimas en una mujer. Pero, ella no
era una buena mujer, ni una buena persona, era una asesina, o como mínimo cómplice de
asesinato. ¿Había alguna diferencia?
Caleb friccionó con más fuerza su entrepierna. Se frotaba sin compasión. Mientras no cesaba en
sus movimientos, acercó su boca a la herida de la mejilla y la lamió, entornando los ojos del placer
sabroso de su sangre. No podía leer nada de ella, porque la sangre se había mezclado con el agua

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de la lluvia y, además, no la bebía en cantidades, cómo debería hacerlo para conseguir sus
propósitos. Aun así, era sabrosa hasta límites que nunca podría haberse imaginado.
Eileen sintió una quemazón en la cara. ¿La estaba lamiendo?
—La saliva es curativa y cicatrizante —le dijo él rozando su sien con sus labios.
A continuación, él deslizó la boca hasta la mano que tenía apoyada en la boca de Eileen. Con la
mirada le advirtió de lo que pasaría si volvía a hablar.
A Eileen se le empezó a nublar la vista. Su cuerpo estaba en tensión y sentía que incluso su
propia piel quemaba. Caleb no dejaba de moverse, de apretarla y friccionarse con ella, y ella... ella
empezaba a sentir que iba a volverse loca. Un placer palpitante, un cosquilleo, los músculos de su
entrepierna empezaban a moverse espasmódicamente... No, qué vergüenza... No podía correrse
con él. No, con él no. No así. No. Pero su cuerpo ya no le obedecía. Ahora Caleb era su dueño. Y
sonrió al ver la lucha interna de Eileen en sus ojos, en el modo de apretar la mandíbula,
desesperada. Estaba a punto de caramelo.
Apartó la mano de su boca y deslizó la lengua por la comisura de sus labios, lamiéndola como si
fuera un gato. Un gato salvaje. Lamió el labio inferior y luego el superior. Ella ya casi no tenía
fuerzas para seguir frunciendo los labios. No iba a permitir que la besara. Necesitaba tomar aire,
bocanadas de aire. Entre abrió la boca y empezó a respirar sin ritmo como si le fuera la vida en
ello.
Caleb gruñó de placer y volvió a deslizar las manos por su cintura, pasando por las caderas,
hasta coger las nalgas con brutalidad. Las alzó contra él, y empezó a moverse más duro y rápido
que antes. A Eileen se le escapó un sonido gutural. No, por Dios. No, por favor.
Caleb tenía la boca abierta y los colmillos desarrollados. Quería hincárselos mientras ella
llegaba al orgasmo. Sería la primera vez que pudiera entrar en su cabeza y bajarle las barreras.
Tenía los ojos fijos en su boca, y ella apartó la cabeza y la ocultó en uno de sus propios brazos,
ofreciéndole inconscientemente el cuello. Seguía con las manos sobre el reposacabezas del
asiento.
Caleb rugió al ver cómo la piel palpitaba en esa zona, en su feminidad, y la abrió más con sus
piernas para apretarla y friccionarse de arriba abajo contra ella. Más rápido, más fuerte, más...
Eileen cerró los ojos con fuerza. No.
Y de repente, un estallido de placer. Fuegos artificiales. Espasmos corporales. Una sensación
líquida entre sus piernas y el mundo que se acababa. Se estaba corriendo con él y él lo sabía. Se
estremecía violentamente en sus brazos. En los brazos del monstruo. No había podido controlar su
inexperto cuerpo. Lo había intentado pero Caleb salió vencedor. La había provocado,
estimulándola hasta el clímax.
Él soltó sus nalgas a regañadientes y colocó las manos sobre la butaca, a cada lado de su cara.
Murmuró algo indescifrable. Ambos respiraban entrecortadamente.
Él todavía tenía los incisivos largos, pero el color de los ojos no le había cambiado. Cuando ella
lo miró, pudo ver lo orgulloso que se sentía de avergonzarla así. Era el ganador y ella la derrotada.
—Así me gusta —la miró con determinación y algo más que ella no supo descifrar. —Que
obedezcas a tu amo en todo.
¿Era orgullo? ¿Estaba orgulloso de ella? No, no podía ser. Oh, por favor. Sólo faltaba eso para
acabar de pisotearle el amor propio. Caleb echó un vistazo a sus pechos, su cuello y sus mejillas.
Estaban teñidas de rojo. Rojo pasión o rojo vergüenza. Le daba igual.
—Si te pudieras ver... Ahora sí que pareces una zorra de verdad.

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Eileen le prometió con la mirada que lo mataría si pudiese. Volvió a esconder la cara en su
brazo y se echó a llorar como una loca desquiciada. Caleb intentó comprender la situación en la
que se encontraba. Obviamente, tenía que sentirse derrotada. Se lo merecía.
Bajó la mirada para verse aplastado contra su sexo. Todavía estaba duro como una roca, él no
había tenido ninguna liberación. Se levantó un poco apoyándose sobre sus brazos y vio como el
pelo púbico oscuro de ella se transparentaba a través del short blanco mojado. Agarró el short y
tiró de él. No podía aguantar más. Tenía que hundirse en ella.
—No. Te lo ruego —gritó Eileen cogiéndole la muñeca con la mano buena.
Caleb tensaba el short con sus dedos. Ambos sabían que si le daba un tirón más, se desgarraría
y la dejaría como él quería verla. —¿No, qué? —levantó una ceja divertido.
Aunque en realidad no había nada de divertido en lo que estaba pasando. Eileen no creyó
jamás que pudiera odiar a alguien como odiaba a Caleb en ese momento. Él esperaba oír las
palabras mágicas. Bien. Ella tragó saliva y sintió el sabor de la dignidad. Amargo. Muy, muy
amargo.
—No, por favor... amo.
Caleb levantó la barbilla, tomó aire por la nariz, levantando el pecho con el movimiento, y cogió
a su vez la barbilla de ella para alzarla hacia él. —Vas aprendiendo. Nos llevaremos bien.
Colocó bien su asiento y de un salto se encaramó a la zona del piloto. Eileen que seguía
temblando, lo miró de reojo sin tenerlas todas con ella. Al menos ya no lo tenía encima. No estaba
segura de relajarse todavía. ¿Relajarse? Nunca más podría hacerlo en su vida, porque ya no tenía
en quién confiar. No en el mundo de Caleb.
—Caleb, te acabamos de adelantar —dijo la voz de Menw que resonó por todo el coche. Era el
comunicador de última generación que habían instalado. —¿No has podido esperar, eh, pillín? Te
la has tenido que tirar, ¿verdad?
Caleb miró a Eileen que había vuelto a ocultar su cara entre sus brazos y se había hecho un
ovillo dándole la espalda. Una espalda que se movía temblorosamente.
—Lo que hagamos ella y yo no te concierne.
—La tiene pequeña y es un marica... Como todos vosotros... —gritó Eileen enrojecida y furiosa.
—Abusones de mierda...—dijo esta vez con un hilo de voz y atragantándose.
Abrió la puerta del coche, se deslizó por el asiento, cayó a cuatro patas en el asfalto y empezó a
vomitar. Tuvo que dejarse de apoyar en la muñeca rota, así que se quedó a tres patas mientras
tenía que oír como a través del manos libres los otros tres rompían a carcajadas.
Caleb la miró muy seriamente. Un músculo de la mandíbula le temblaba sin control. Nadie lo
avergonzaba así. Nadie.
—Así que la tienes pequeña... —añadió Menw ahogando la risa.
Él seguía sin contestar. Estaba impasible. Su rostro como esculpido en granito. No apartaba la
mirada de ella.
—¿Habéis localizado al otro guardaespaldas que había entre los pinares? —seguía mirándola
fijamente. Mientras la chica vomitaba, él observaba como los músculos de su espalda se tensaban
y se movían sin descanso. —Lo tiré allí.
—Sí, era el hermano gemelo del que se ha cargado Samael. Le hemos inducido la imagen
mental de que su hermano se había enamorado de una asiática y que se iban a casar a las Vegas
esa misma noche, él, de John Travolta y ella, de Olivia Newton-John. Tenía una fractura en la
pierna. Recordará que se la hizo en un accidente de tránsito. Y también hemos tratado con todo el
servicio. Les ha quedado muy claro que mañana cuando se despierten se acordarán que la señorita
Eileen y el señor Mikhail han tenido que hacer un viaje relámpago por un asunto de negocios, y

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que cabe la posibilidad de que pasen una larga temporada fuera para conseguir nuevos clientes.
Por supuesto, ellos deben seguir sus vidas con normalidad.
—Muy bien. ¿Qué hay del cuerpo de Mikhail y de su guardaespaldas?
—Están ocultos bajo el suelo de su propia casa. Todo controlado, Caleb. Ahora sólo queda saber
si eres capaz de domar a esa fierecilla que va contigo. No va bien para tu reputación de
rompecorazones que una chica te toree así.
—Tranquilo. Sólo está conmocionada por lo que le he hecho.
Volvieron a sonar las carcajadas.
—Os veo en el avión.
Apagó el comunicador y salió del coche con determinación y una mirada muy peligrosa. Parecía
mentira que la joven tuviera tantas agallas estando como estaba.
Eileen había dejado de vomitar, pero seguía apoyada sobre las rodillas y su mano izquierda.
Respiraba agitadamente, pálida y abatida.
Caleb la agarró del pelo de nuevo y la levantó. Eileen pensó que si seguía haciéndole eso, la
dejaría calva.
Abrió la puerta del copiloto y la metió dentro de un empujón.
Eileen siguió con los ojos a Caleb hasta que él también entró en el coche.
—Cuando lleguemos a Inglaterra, te demostraré lo pequeña que la tengo de todas las maneras,
ramera —susurró entre dientes mientras ponía la primera marcha para arrancar.
Eileen no supo qué responder. Sólo sabía que estaba muy cansada y que le dolía todo el cuerpo.
A lo único que se podía amarrar para salir de aquella pesadilla, era al hecho de que ninguno de
ellos sabía que ella era diabética. Ése era su as en la manga. Con un poco de suerte, al dejar de
tener la vida habitual y controlada que hasta ahora había tenido, si su cuerpo dejaba de recibir
insulina, caería enferma de un modo o de otro. Sin atenciones moriría. Los riñones le fallarían, los
vasos sanguíneos de las piernas se bloquearían e iría perdiendo sensibilidad a las heridas de
cualquier tipo, puede que incluso tuvieran que cortarle las piernas. Podría quedarse hasta ciega.
Entonces así, ya no les serviría ni a ellos, ¿no?
Pensar en todo eso le estaba revolviendo más el estómago, si era posible. Pero preferiría morir
antes que convertirse en la puta de nadie, y menos del monstruo que tenía al lado.
El mundo desapareció de su vista, y esperó a que llegara la oscuridad.

EL VIAJE hasta Inglaterra fue menos problemático de lo que en un principio parecía que iba a
ser.
Cuando llegaron al avión privado, Eileen tuvo que hacer un esfuerzo para caminar hasta las
escaleras de abordaje. Lo consiguió gracias a los empujones que recibía de Caleb. Miró a su
alrededor. No sabía ni dónde estaba ni si todavía seguía en España. ¿Era aquel el primer avión que
tomaban?
Ya en el confortable avión, Caleb le hizo sentar a su lado alejada de los otros tres, que le
echaban miradas lascivas y furtivas. Ella se cubría el torso como podía, pero el brazo lisiado le dolía
tanto que apenas podía levantarlo. Se hizo un ovillo y volvió a darle la espalda a Caleb, mientras
tiritaba. El aire acondicionado del avión estaba demasiado fuerte. Pero antes de cerrar los ojos,
tuvo que aguantar cómo Cahal le sacaba la lengua varias veces y la movía haciendo círculos. No
podía dormirse. Lo intentaba, pero no podía. ¿Y si lo hacía y se encontraba con que la habían
desnudado y...?
No, eso no. Fingiría que dormía, por si acaso. Era mejor cerrar los ojos que verles las caras.
Todavía esperaba que esos seres demostraran algo de compasión. Si luchaban por los suyos, y
vengaban a los que habían matado, eso significaba que tenían corazón, ¿verdad?
Y si tenían corazón, todavía había esperanza para ella. O tal vez no. Cuando llegaron a
Inglaterra, dos Cayenne como los que había visto en Barcelona les esperaban en el aeropuerto.
Entraron en los coches y se dirigieron a algún lugar en particular.
Intentando averiguar dónde se encontraban, Eileen pudo leer un cartel que ponía West
Midlands, luego otro que indicaba Birmingham y el último que pudo leer, Dudley.
Si fueron más lejos de allí ya no lo supo, porque dio una cabezada. Los ojos empezaban a
cerrársele, ignorando sus esfuerzos por mantenerlos abiertos.
El coche paró en seco. Ella miró hacia atrás y vio las luces del otro Cayenne que se apagaban, al
igual que ambos motores.
Dios mío. Ya había llegado.
Quiso parecer serena y digna, pero no pudo. Cuando Caleb la sacó del coche, sus rodillas
parecían gelatina y no podía andar. Tiritaba sin control y seguramente tendría muy mal aspecto.
Él la miró de arriba abajo, despreciando cada centímetro de su cuerpo.
—Vamos.
La tomó del codo y empezaron a andar.
Los alrededores eran tan oscuros... Sin embargo, sabía que donde estaba había mucha
vegetación. Lo sabía porque olía igual que su jardín cuando estaba húmedo después de regarlo. Se
acongojó al recordar su casa. ¿Y Brave? ¿Estaría bien? Alguien tenía que cuidarlo. No tenía más de
tres meses, todavía era un cachorro, su cachorro.
La llevaron por unas escaleras que descendían a unos túneles subterráneos. Eileen no podía ver
nada, pero ellos parecían tener visión nocturna o a lo mejor se dejaban guiar por el sonido como
los murciélagos. No se imaginaba a ninguno de ellos convirtiéndose en un murciélago.
Abrieron una puerta y se hizo la luz. Ante ellos aparecieron un montón de pasadizos con las
paredes de piedra y con símbolos grabados en ellas con una belleza inusual y mística. Los techos
tenían cornisas de oro macizo, con cenefas e incrustaciones de piedras preciosas. El suelo era de
mármol, un mármol claro y pulido, que hacía sonar los tacones de las botas militares, que sólo
ellos llevaban, con gran elegancia.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0033

1

Rix: en celta gaélico significa 'rey'.
Maru: en el idioma celta significaba grande. Delante de nombres propios y sustantivos daba a entender la grandeza y
la majestuosidad de una persona o cosa.
2

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Eileen miró hacia abajo. Sus pies seguían descalzos y con rasguños. Puede que se cortara con el
asfalto o que alguna piedra se le clavara en la planta del pie.
Se adentraron por un pasillo más ancho y largo que los anteriores. Al final del pasillo había una
puerta de madera de roble con las empuñaduras de oro en forma de garras.
Caleb puso la mano sobre la empuñadura, no sin antes darle una última mirada a Eileen. Ella
agachó la cabeza, no quería mirarlo. Caleb abrió la puerta y apareció el lujo.
Era un salón circular tan grande que de pie podrían caber hasta dos mil personas. Algo
impensable de encontrar en un subterráneo. Sin embargo, aquel lugar era bonito y fastuoso,
aunque Eileen pensaba que lo que sobraban eran los seres góticos que había en ella. En el centro
del salón, se encontraban seis butacas elegantes y grandes con motivos celtas. En ellas estaban
sentados cuatro hombres y dos mujeres, vestidos con capuchas y sotanas púrpuras, y alrededor
una gran multitud de gente con copas de cristal de bohemia en las manos. Eileen advirtió que eran
copas vacías.
Los hombres que allí se encontraban eran grandes y robustos. Peligrosos y amenazadores. Fríos
e... irresistiblemente hermosos, pensó Eileen. Y todos, sin excepción, la miraban a ella con ojos
hambrientos.
Las mujeres eran elegantes y de belleza etérea. Parecían diosas. Eran tan guapas... De igual
modo la miraban a ella. Con curiosidad, sí, pero con hambre y odio también.
En el salón sólo había silencio. Toda la atención recaía sobre ella, y ella hacía lo posible por no
echarse a llorar.
Samael la empujó y cayó de rodillas sobre el círculo con un pentágono dentro que había
dibujado en oro grabado sobre el suelo. ¿Acaso no era eso el símbolo de la brujería y de la magia?
Delante de ella las seis butacas que dibujaban un semicírculo a su alrededor. Eileen miró hacia
atrás con el gesto furioso e irritado. Estaba harta de que aquellos cerdos la maltrataran así.
Caleb la miró desde lo alto con gesto impasible.
—¿Dónde está su padre? —preguntó uno de los encapuchados. A tenor de la voz varonil que
había mostrado, era un hombre.
—Baja en la operación, Rix1 Gwyn —contestó Caleb.
—¿Baja?
—Samael perdió los estribos —contestó mirándolo de reojo. Cahal y Menw asintieron para
apoyar a Caleb.
—¿Samael? —el hombre sacó una mano robusta para invitarle a que se explicara. —Explícate.
Eileen miró a los seis en una ojeada relámpago. No se les veía el rostro a ninguno de ellos, sólo
los labios, sensuales tanto los de las mujeres como los de los hombres.
—Thor era mi hermano, Rix —explicó Samael. —Sabes tan bien como yo qué tipo de
procedimientos utilizan los humanos cazadores contra nosotros —lo explicaba con gesto
indiferente como si realmente no le importara lo que dijeran los demás. —No me merecía
compasión ninguna. Y cuando lo tuve en mis manos... lo maté.
—Hum... pero no podías matarlo—contestó la mujer que había al lado del que había hablado.
—¿Debemos entender que desobedeciste las órdenes de Caleb por voluntad propia?
Samael pareció incómodo ante la acusación.
—No fue por voluntad propia, Maru2 Beatha.

3

Wicca: palabra celta que da nombre a la tradición británica neo-pagana de magia y brujería.

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—¿Ah, no? —insistió ella. —Entonces lo que quieres decir es que no estuviste a la altura de las
circunstancias. ¿Es eso? Tropezaste y sin querer le clavaste los colmillos.
Ante el tono recriminatorio que Beatha estaba utilizando con Samael, era evidente que no
esperaba contestación, sino asentimiento y silencio por parte de él.
Samael apretó los dientes y asintió con la cabeza dejando que su pelo le cubriera cara. Eileen
estaba convencida de que no se sentía avergonzado, pero necesitaba una excusa para mirar a esa
mujer con todo el odio que parecía sentir en ese momento y su pelo lo cubriría bien. Por lo visto
Samael era un hombre que no soportaba las órdenes.
—¿Estás arrepentido, Samael? —volvió a preguntar ella.
—No, no lo estoy, y creo que de tener la oportunidad de nuevo, lo volvería a hacer, Maru.
—Es una falta de respeto hacia nosotros, hacia Caleb. Llevaba tiempo estudiando cómo
proceder en esta operación. Nos encargaremos de ti más tarde, Samael. Serás encerrado en la
habitación del hambre —sentenció Beatha. —Sabes cómo se pagan los actos de indisciplina. No lo
vamos a pasar por alto.
Samael asintió solemnemente.
—Caleb —prosiguió Gwyn. —¿Esta es la asesina?
Eileen no podía verle la cara, pero sentía el poder de la mirada de ese hombre sobre su
persona.
—Así es, Rix —contestó él con frialdad.
—¿Has entrado en su mente? ¿Es realmente un ser sin escrúpulos? Caleb alzó la barbilla y
asintió con la cabeza.
—Lo es, no tengo ninguna duda, pero todavía no me lo ha mostrado, Rix Gwyn. Mikhail la ha
educado muy bien. Está mentalmente adiestrada y no permite que se metan en su cabeza.
—Pediste ante el Consejo Wicca3 que tú y Samael —añadió Beatha, —por haber estado
íntimamente ligados a Thor, fuerais los únicos responsables de la captura de estos dos individuos.
¿Debo de entender que a ti también se te fue de las manos? ¿Acaso no controlaste la operación?
Sólo has vuelto con uno de ellos.
Eileen sonrió ante el tono autoritario e inflexible de aquella misteriosa mujer. ¿La matarían si
dijese que el despiste de Caleb con Samael se debía a que él se entretuvo demasiado con ella
toqueteándola y asustándola en su habitación? ¿O si lo decía arrancarían todos en aplausos
sonoros y humillantes tratándolo a él como un héroe?
Caleb miró el cuerpo magullado de Eileen y se reprochó a sí mismo el tiempo que había perdido
con ella en la planta de arriba. Pero, es que sencillamente no lo había podido evitar. Su cuerpo lo
llamaba como el imán al metal.
—Bien —prosiguió la mujer ante su silencio. —¿Crees que todavía puedes hacerte cargo de
ella? ¿Crees que realmente nos puede ser útil para nuestras investigaciones y para desarmar a la
sociedad de cazadores?
—Creo que hasta que no la doblegue, no podré sacar nada más de ella. Pero sí que nos es útil, y
mucho. Ella tiene toda la agenda de contactos de su padre, sabe todos los procedimientos que
siguen. Una vez tengamos localizados a todos los implicados, sólo nos hará falta desplegarnos para
dar con ellos y detenerlos.
—Pero todos podemos beber de ella y descubrir qué es lo que nos oculta y qué sabe. ¿No es
así? —preguntó Samael mirándolo a él de reojo.

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Caleb lo desafió con la mirada. Samael no podía tocar un sólo pelo de Eileen, la mataría. Ese
vanir estaba fuera de control por su afán de venganza. ¿Estaría él igual respecto a Eileen?
¿Perdería el control cuando estuviera con ella? Nada más de pensar lo que iba a disfrutar de su
cuerpo se ponía tieso de nuevo.
—Samael —dijo Gwyn. —Tú has desobedecido el código de conducta vanir. Tu opinión ahora
no cuenta.
Caleb sonrió para sus adentros. Jódete, cabrón.
—Jódete, cabrón —dijo Eileen entre dientes.
Los seis se irguieron a la vez en sus sillas al oír la contestación de Eileen. A Samael la sangre se
le fue a los ojos y enrojecieron por completo.
—Tranquilo, Samael —dijo Caleb deteniéndolo con una mano. ¿Le habría leído el pensamiento?
Curvó los labios en una media sonrisa. —La humana tiene la lengua muy larga... —explicó al
Consejo con gesto nervioso. No tenía porqué justificarla, pero lo estaba haciendo.
—Ya lo vemos —observó Rix Gwyn. —Y cuéntanos, Caleb, ¿cómo la castigarás?
—Para una humana como ella —explicó Caleb con tono afilado y despótico, —el convertirse en
lo que ha odiado y ha ayudado a exterminar hasta ahora será el primer golpe. Puesto que sus
barreras están bien ancladas, necesito que parte de esa energía en mantenerlas se disperse.
Los miembros de la sala seguían con expectación la explicación de Caleb.
—La tomaré como mi concubina.
La multitud allí reunida se echó a reír y a aplaudir.
—Vaya, Eileen —dijo la mujer llamada Beatha. —Eso sí que tiene que dolerte, ¿no? Acostarte
con tu peor enemigo, convertirte en su igual y para colmo traicionar a los tuyos. Yo no lo podría
soportar —dijo con sinceridad. —Pero creo que a ninguna de las mujeres aquí reunidas nos das
pena.
Eileen alzó la mirada hacia ella con sus ojos azules y grises desafiantes.
—Concubina... —dijo Gwyn meditativo.
—Es una mujer orgullosa, Rix. Eso la humillará lo suficiente y me servirá para reducir sus
defensas mentales —aclaró Caleb. —Quiero saber qué piensan de nosotros, no sólo lo que ha
hecho. Con la sangre, sólo puedo descubrir sus acciones. Con su mente: sus patrones, sus ideales,
sus futuras acciones como organización.
—¿Y luego? —preguntó Beatha todavía mirando a Eileen. —¿Qué harás con ella cuando ya no
te sirva?
—Bueno —contestó él con franqueza encogiéndose de hombros. —Es una puta, las putas
siempre nos sirven, ¿no? No veo por qué tendríamos que matarla.
Los hombres se echaron a reír a carcajadas.
Eileen lo miró de reojo y supo que, aunque Caleb la había protegido de los otros tres, él iba a
ser el que le infligiría el peor de los castigos. Todavía no entendía por qué, pero había visto algo
distinto en Caleb. Distinto al menos de los otros tres. Se había equivocado.
—Sí, déjamela a mí —gritó una voz entre la multitud.
—O a mí —exclamó otra.
—¿Por qué no a todos? —sugirió Caleb viendo cómo ella tensaba los músculos de su espalda.
—Ella ha hecho mucho daño a los vanirios. Que todos los vanirios se desahoguen con ella,
entonces. Más, yo seré el primero.
La sala rompió en aplausos y vítores de todo tipo. Caleb parecía un héroe de verdad. Tal y como
ella sospechaba.

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—Silencio —Beatha alzó la mano y todos obedecieron. —Eileen, ¿qué te parece lo que ha
deparado para ti Caleb?
Eileen agachó la cabeza y se echó a llorar en silencio. ¿Todavía le quedaban lágrimas? Toda la
gente la miraba disfrutando de verla derrotada. Ni uno compasivo.
Ella alzó el mentón y dejó que todos vieran cómo las lágrimas caían por sus mejillas.
—¿Qué te parecería a ti, Beatha? —le preguntó con tanto valor que más de uno se quedó
asombrado. —Te llamas así, ¿no? —le dijo con el mismo desdén. —Lo que nos diferencia a las
mujeres de los hombres es que podemos ser compasivas hasta con nuestros enemigos. Está en
nuestra naturaleza. ¿No te compadeces de mí? ¿Ninguna de aquí lo hace?
Beatha tomó aire, se levantó de la silla y caminó hacia ella. Hubo un murmullo entre los
asistentes.
La vaniria se agachó para quedar a su misma altura y le tomó de la barbilla para mirarla a los
ojos. Dejó caer su capucha y mostró su innegable belleza ante ella. Era una mujer de pelo rubio
casi platino, los ojos marrones rojizos y la boca carnosa y bien perfilada. La piel pálida le daba
aspecto de fragilidad, pero sus facciones eran sexys y frías.
—¿Os compadecisteis de mis dos hijos cuando los secuestrasteis y los matasteis? ¿Dos niños
inocentes? —le preguntó sin inflexiones en la voz. Eileen sintió que se le desgarraba el corazón.
—Yo soy inocente —susurró ella, —pero aunque me queráis hacer daño, todavía tengo
suficiente corazón como para compadecerme de lo que dices que le hicieron a tus hijos. Nadie
debería vivir algo así.
Beatha apretó la mandíbula y toda la frialdad se reflejó en su mirada.
—¿Ves las copas vacías? —le preguntó en un tono neutro.
Eileen las miró y asintió.
—Iban a llenarse todas de tu sangre. Te íbamos a abrir y a dejar que te desangraras. Sí, íbamos
a beber de ti e ibas a morir después de que nos lo hubieras revelado todo. Era el plan inicial.
—Pues entonces, matadme —replicó ella contundentemente.
—Pero no podemos decidirlo nosotros. Caleb es tu propietario —lo miró entornando los ojos—
y, por lo visto, te quiere sólo para él. Una pena —chasqueó la lengua. —¿No le agradeces que te
perdone la vida?
—¿La vida? —preguntó ella con sorna. —Si a vuestro modo de sobrevivir le llamáis vida,
entonces pido que si hay algún dios allí arriba, me mate ahora mismo. No os conozco pero por lo
poco que sé los vanirios sois crueles y abusivos. Me dais asco. No seré la puta de nadie y ninguno
de vosotros me pondrá nunca una mano encima. Nunca... —se apoyó en una mano y se levantó
para mirarla desde lo alto. —Decís que hay personas que os persiguen y que os matan sin
escrúpulos. Yo he visto cómo ese vampiro de ahí —señaló enfurecida a Samael, —ha matado a mi
padre y a mi guardaespaldas sin ningún escrúpulo tampoco. Dos personas humanas —recalcó con
los dos dedos de la mano en alto. —Sus vidas por las de tus hijos. Vamos dos a dos. ¿No es lo
justo? Ahora sois iguales que esa gente a las que llamáis cazadores. Ya estáis en paz.
¿Lo creía de verdad? Por supuesto que sí. Su padre y su guardaespaldas eran inocentes. Igual
que los dos niños de Beatha. Por cierto... ¿Los vampiros podían tener hijos? Puede que Beatha los
tuviera antes de que la convirtieran...
El ambiente en el salón se espesó. Los vanirios endurecieron sus rasgos y Eileen pensó que
estaban haciendo un sobreesfuerzo para no abalanzarse sobre ella y descuartizarla. Pero se
aguantaban por respeto a Caleb. Él tenía cierto rango entre ellos.
Beatha se levantó con la gracilidad de una serpiente y sonrió.

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—Tienes muchas agallas, pequeña zorra —susurró a un centímetro de su garganta. La rubia
más alta que ella. —Y, además, eres muy buena actriz. Aquí no hay ningún vampiro, tú lo sabes
muy bien. Somos vanirios y fuimos creados por los dioses para defender a la humanidad de los
nosferátums y de los humanos como tú. Es una pena que decidieras decantarte por ser una
asesina, Eileen —la miró con sincero respeto. —Con la energía de guerrera amazona que
desprendes, creo que cualquier vanirio estaría dispuesto a que lo montaras por la eternidad. Más
de uno te reclamaría para que te unieras a nosotros. Sin embargo, eres víctima de tus decisiones.
Además —arqueó las cejas y sonrió con desdén mirándola a los ojos, —ya no importa porque... te
van a montar de todos modos. De una forma u otra, hoy morirás.
Todos arrancaron en aplausos y Eileen se apretó más el pecho con el antebrazo para entrar en
calor. Esa gente estaba obsesionada con el sexo. Debería sentirse intimidada, pero sólo sentía
rabia por la impotencia de no poder demostrar su verdad. ¿Qué diferencia había entre los
vampiros y ellos?
Beatha dio media vuelta, caminó hacia su butaca y se sentó cubriéndose la cabeza de nuevo.
El Consejo miró a Caleb y movieron sus cabezas de arriba abajo. Le estaban dando el
beneplácito para que se la llevara de allí, para que por fin hiciera con ella lo que le viniera en gana.
Caleb tomó a Eileen del codo y la obligó a darse la vuelta. Ella apenas tenía fuerzas para
caminar. Por primera vez, Caleb se dio cuenta de lo duro que la habían tratado. Tenía el pómulo
hinchado y amoratado, y el labio inferior, ese labio inferior delicioso, también tenía una ligera
inflamación. Su muñeca estaba rota. Había lidiado con el dolor sin quejarse, sin mostrar debilidad.
Una guerrera amazona.
Una mala guerrera amazona.
Una cruel, mala y asesina guerrera amazona.
No podía permitirse sentir arrepentimiento por nada de lo que le había hecho.
No, no lo iba a sentir.
—Vamos —le dio un tirón para que caminara junto a él.
—¿Adonde me llevas?
—Según muchas, te llevo al mismísimo cielo. Pero para ti puede que sea el purgatorio.
Cuando Caleb le sonrió, juraría que había visto cómo le enseñaba los colmillos. Ella agachó la
cabeza y arrastró los pies hasta su purgatorio particular. Le dolía todo el cuerpo. Iba a necesitar
mucha fuerza para soportar a Caleb.
Caminaron por un pasillo tan y tan largo que parecía interminable. Cuando creía que ya habían
llegado, unas escaleras de por lo menos doscientos peldaños ascendentes cortaron su camino.
Ella ya no podía dar un paso más. Las heridas de los pies le dolían demasiado, así que se apoyó
en la pared justo debajo de una antorcha y cerró los ojos.
—¿Y ahora qué te pasa? —le preguntó disgustado.
—Ya no puedo caminar.
Caleb deslizó la vista por sus increíbles piernas hasta detenerlas en sus pequeños y femeninos
pies. Tenía rojeces y heridas entre los dedos y algunas heriditas, hinchadas por la infección, a la
altura de los talones.
—Continúa —le dijo él.
Ella abrió los ojos y lo miró como si estuviera vacío. —Te he dicho que no puedo, hijo de...
En un abrir y cerrar de ojos, Caleb le puso un brazo por debajo de sus rodillas y con el otro le
rodeó la cintura y parte de la espalda. La había cogido en brazos y levantado como si no pesara
más que un saco de plumas.

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—Como nuestra primera noche de bodas —dijo él de modo cínico.
—Sólo que yo nunca seré tu mujer —se tensó ella.
—No quiero que seas mi mujer. No querría a alguien como tú jamás —la miró de reojo. —Sólo
quiero follarte.
Eileen estaba sorprendida por muchas razones. Sus palabras crudas no cuadraban con el modo
en que la había alzado. La había tomado con suavidad, no del modo bruto e insensible que
estaban utilizando con ella. Su cuerpo era caliente. Caliente era poco. Era una hoguera, por Dios
bendito... Inconscientemente se acurrucó contra él y contra todos sus principios.
Así que la iba a tomar, quisiera o no. De repente sintió mucho frío. Estaba tan destemplada que
necesitaba una manta para empezar a calentarse, y a falta de ella, estaba el cuerpo musculoso,
duro y ardiente de Caleb.
Pero no estaba sorprendida por aquellas superficialidades, sino porque cada vez que él la
tocaba, sentía una extraña sensación de cobijo. ¿Cómo era posible? El iba a aprovecharse de ella.
Él creía que ella era su enemiga, que era una asesina. Le había hecho daño físicamente. ¿La
trataría así de estar en otro contexto? ¿De darse otro tipo de situación completamente distinta a
la que estaban viviendo? ¿Cómo podía pensar en esto estando en su situación?
Ella no quería olerle. No quería rozar su garganta con la nariz... Oh, qué bien olía. Olía a bosque
y a algo parecido a Allure de Channel. Y a hombre. A hombre de verdad.
Ella no quería cerrar los ojos ni apoyar su cabeza en su hombro, pero lo hizo. Y lo hizo además
sintiéndose plenamente relajada contra él. ¿Eran sus poderes? ¿Él no podía leerle la mente pero sí
que podía incitarla a hacer lo que quisiera? ¿Era eso?
—¿Me estás induciendo a que me comporte así? —le preguntó ella sin poder despegarse de él.
Le había puesto los brazos alrededor del cuello y hablaba con los labios pegados al lado derecho
de su garganta.
Caleb la tenía tan dura que en cualquier momento podía matar a alguien con el botón del
pantalón. La joven era dulce y provocativa a la vez. Lo hacía a propósito.
—¿Te golpeó Samael en la cabeza y yo no me di cuenta? —le contestó él con una sonrisa.
¿Había sido eso una broma? ¿Estaba bromeando con ella? Qué surrealista parecía todo.
—De hecho, me habéis hecho muchas cosas, pero de momento todavía no me habéis bateado
el cráneo —replicó ella. —Viendo lo brutos que sois, tarde o temprano lo haréis.
—Si sigues contestando a todo el mundo así, pronto alguien lo hará, no lo dudes. Tienes la
lengua muy larga.
—Me estáis tratando muy mal y estáis siendo injustos conmigo —se le quebró la voz. —Tengo
que defenderme...
Caleb tensó la espalda y se apresuró a subir los escalones. Cuanto antes llegara y antes la
soltara en la cama, mucho mejor. Si seguía así con ella, la apretaría contra él y acabaría pidiéndole
perdón por todo y lo peor era que no tenía ninguna razón para hacerlo. Ella no era inocente.
—¿Por qué no lo dejas ya?
Eileen apartó la cabeza de su hombro y lo miró a los ojos frunciendo el ceño.
—¿Qué quieres que deje?
—Deja de fingir. Deja de mentir. Asume lo que has hecho y paga por ello con toda la dignidad
que te sea posible, la misma que hace que levantes la barbilla ante todos los demás. Si sigues
aparentando que no has hecho nada, te muestras entonces como una zorra cobarde. Los vanirios
detestan la cobardía. Prefiero verte como una zorra descarada y valiente —la miró a los ojos y alzó
los hombros. —Merecerás más respeto y, además, me la pone más dura.

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Eileen lo observó sin pestañear y replicó con voz fría y dura.
—¿Qué va a pasar cuando descubráis que no tengo nada que ver con lo que me explicáis?
¿Cómo vais a proceder cuando se demuestre que es la primera vez que os veo, que sé de vosotros
y que ni mi padre ni yo estamos involucrados en cazas de nada ni de nadie? Nunca he matado a
nada en mi vida. Jamás. No me gusta la violencia ni la extorsión ni las injusticias...
—No te cansas nunca ¿a qué no? —su pregunta no esperaba contestación.
Eileen apretó los labios y volvió a esconder su cara en su hombro, antes de ver cómo le volvía a
temblar la barbilla por enésima vez. Era imposible. Abrazada a él, tal y como estaba, sentía asco de
sí misma. Parecía que se estaba vendiendo. Pero su cuerpo actuaba por instinto. Necesitaba
acoplarse al de Caleb. Y lo odiaba.
—Y no. No te estoy induciendo a que te comportes así —susurró él. —No me interesa que te
sientas cómoda conmigo. De hecho, creo que estás intentando seducirme. Te estás vendiendo a
mí, para que sea más gentil contigo, ¿verdad?
Ella volvió a tensarse, pero no se movió. La bilis se le removió en la boca del estómago. ¿Qué le
importaba a ella si era gentil o no? Su vida ya no valía nada. Lo había perdido todo en unas horas.
Su padre, su casa, su perro... el control sobre su vida.
Llegaban al final de la escalera, por fin. El olor embriagador de Eileen, le estaba nublando la
razón. Abrió la puerta y palpó la pared hasta darle a un interruptor. Era el interior de la casa más
sofisticada y de diseño que ella jamás había visto. Pero no era de habitaciones cuadradas, sino
circulares. ¿Por qué? El techo tenía grandes ojos de buey y estaba pintado de color rojo. El suelo
era de parqué oscuro y contrastaba con las paredes blancas de aquel salón. A mano izquierda, una
cocina americana de última generación, de las inteligentes. Toda de marca, negra y metalizada. La
nevera era inmensa.
A mano derecha, se extendía un salón tan amplio que sobraba espacio por todos lados. O tal
vez porque sobraba espacio, parecía amplio. Una televisión plana Sony de 56 pulgadas, con Home
Cinema, delimitaba la sala de estar. Alrededor, sofás de piel blanca con sus respectivos reposapiés.
Y sobre los sofás, cojines negros y otros con rayas horizontales rojas y blancas. A mano derecha de
la sala de estar, casi a un metro de distancia, había una chimenea de estilo moderno. A Caleb
parecía gustarle bastante la tecnología y los coches caros como los Cayenne que había visto.
Los amplios ventanales que había en la casa eran negros completamente y a través ellos no se
veía el exterior.
Él tuvo ganas de explicarle cosas de la casa como, por ejemplo, por qué todas las salas que iba a
ver eran circulares. Pero ella no era una invitada ni tampoco era bienvenida, sino una rehén a
punto de ser esclavizada para la eternidad.
Entre la cocina y la sala de estar, unas amplias escaleras subían a la planta de arriba. Y al final
de la escalera había una mujer. Las escaleras eran de madera de... Un momento. ¿Una mujer?
—Daanna, ¿qué haces aquí? —preguntó Caleb sonrojado.
Eileen lo miró. ¿Él podía sonrojarse? ¿Quién era ella? Repasó a la mujer de arriba abajo. Era
preciosa y se parecía a él. Morena, de pelo largo y ondulado, y con los ojos verdes inusualmente
claros, como los de Caleb.
—¿Es ella? —dijo la chica con una voz dulce y seductora.
—Aha —asintió él.
Daanna bajó las escaleras con la elegancia de alguien que se sabe hermosa y se paró enfrente
de Eileen.

4

Mamaidh: en gaélico significa 'mamá'.

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—Ahórrate los comentarios —le dijo Eileen. —Sé que me vas a decir que soy escoria, que te doy
asco, que merezco que me torturen, me arranquen las uñas y me tiren de los pelos... Pero no soy
quién creéis y, además, el sentimiento es recíproco.
Daanna dirigió la mirada a Caleb, con sorpresa. —Ponle un bozal —sugirió Daanna levantando
una ceja. —Créeme. Lo haré —contestó él. —¿Va todo bien, hermanita? Sí, Eileen estaba en lo
cierto. Se parecían porque eran hermanos. Daanna inspiró profundamente y exhaló con
brusquedad. —Vengo a decirte que no apruebo lo que vas a hacer —le mantuvo la mirada sin
ningún tipo de respeto.
—¿No lo apruebas? —dijo él sonriendo. —¿Y qué? —¿Recuerdas a mamaidh4.
Caleb palideció al oír las palabras de su hermana.
—Si la recordaras —continuó Daanna, —no harías lo que tienes pensado hacer y lo que es peor:
si la mantienes a tu lado contra su voluntad, será un peligro para todos nosotros.
—No hay ningún peligro que temer. No saldrá nunca de nuestros condominios, Daanna.
—Es una mujer —cruzó los brazos y la revisó de pies a cabeza. —Nunca subestimes a una mujer
humillada.
—Oh, por favor...
—El caso no es ése —resopló. —¿Quieres revivir lo que vivió mamá? ¿Vas a hacer el papel de
Gall?
Un pesaroso recuerdo cayó sobre Caleb. Sin quererlo, su mente se desplazó en el tiempo,
cuando él todavía era humano y sólo tenía siete años.
—¿Mamá, adonde te llevan estos hombres? —preguntó él mientras observaba a los hombres
ataviados con faldas rojas, sandalias, escudos y chalecos de metal.
Daanna estaba cogida a su mano con los ojos llorosos y la cara manchada. Ella sólo tenía cuatro
años.
—No te preocupes por mí, cariño —le contestó ella. —Esté donde esté, siempre cuidaré de
vosotros. Siempre os querré con todo mi corazón.
Se agachó y los abrazó a los dos a la vez. Tras ella, muchas otras mujeres hacían lo mismo con
sus pequeños.
Un hombre alto, de largas barbas y cabello rojizo se acercó por la espalda de su madre.
—Vamos —le dijo mientras la agarraba posesivamente del brazo. —Déjame despedirme de
ellos —rogó ella.
—Dejas de ser madre, dejas de ser esposa, ahora mismo sólo eres mi esclava —le espetó él
mientras la miraba con lujuria.
—Gall, eres un cerdo traidor —dijo Caleb con su dulce voz de niño y los ojos llenos de lágrimas
de odio.
—Tu madre es mi recompensa, por haber sido listo y ponerme del lado de los más poderosos,
Cal —lo miró de pies a cabeza. —Pronto servirás a sus tropas, y tu hermanita de aquí a unos
años...
—Déjalos en paz —gritó su madre.
Gall le dio una bofetada y la tiró al suelo.
Caleb se le echó al cuello y lo golpeó varias veces en el cráneo. Pero Gall era un hombre muy
grande, y las pequeñas manos de Caleb, aunque le pegaban con furia, no le hacían nada. Gall lo

5
6

Cáraid: en gaélico significa 'pareja'.
Keltoi: sustantivo que significa 'celta'.

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agarró del pelo y lo tiró delante de él haciendo que su cuerpo de niño diera una voltereta por los
aires.
—Mañana vendrán a por vosotros —dijo Gall mientras se llevaba a rastras a su madre.
—Mamá... No... Mamá...
Con estas palabras, ese hombre apartó a su madre de él y de su hermana, la subió a un carro
mugriento y sucio y se la llevó al campamento romano.
La niebla del pasado se disipó y Caleb recuperó la noción del presente. Sacudió la cabeza
queriendo hacer desaparecer el doloroso pasado detrás de él. Pero había cosas que siempre le
perseguirían.
Caleb miró a Eileen y pareció meditar las palabras de su hermana.
Eileen le aguantó la mirada. Sentía curiosidad por saber dónde había ido Caleb en los últimos
tres minutos que había permanecido con la mirada perdida.
—Vete, Daanna —le pidió él.
—No está bien. Ese comportamiento ensucia los valores de los vanirios —le recriminó dándole
con el dedo índice en el hombro. —Castígala si quieres, pero no la ates a nosotros. Dale su
merecido, mátala o déjala libre, pero no...
—¿Por qué no? —le preguntó él apretando los dientes.
—Porque si te acuestas con ella y la transformas, no podrás vivir sabiendo que dependerá de ti
eternamente. ¿Y qué pasará cuando encuentres a tu cáraid5? Sabes muy bien cuál es el tipo de
relación que hay entre las parejas Vanirias. Ella no lo soportaría, y al final se convertiría en...
—Basta, Daanna —la mirada que le dirigió podía partir un muro de hormigón. —Eso es decisión
mía.
—No tienes por qué sacrificarte así —le susurró ella mirándolo con tristeza. —Tú sabes que lo
que vas a hacer no está bien. Tu corazón keltoi6, ya no sólo el vanirio, así te lo dice. ¿Acaso quieres
hacer penitencia por ello? ¿Quieres auto flagelarte para sentirte mejor?
—No. Sólo quiero vengar a Thor.
—Yo lo quería tanto como tú. Era como un hermano para mí y lo sabes. Pero puedes vengarte
sin necesidad de cargar con la culpa y sin necesidad de cargar con ella. Tarde o temprano nos
traicionaría. Entrégala al Consejo y ellos decidirán. Sólo hay que beber de ella y todo se revelará.
—La matarán —dijo él mirando a Eileen de reojo. —En el momento en que la prueben, la
matarán.
—Y se supone que con eso pagaría, ¿no? —preguntó Daanna confundida. —¿No quieres que
muera? Es lo mejor. Es una asesina.
—Convéncelo —le rogó Eileen a Daanna. —Matadme. Por favor, matadme.
Daanna alzó las cejas sonriendo a Caleb.
—¿Acaso eres el único que no ve lo que todos ven con claridad? Y tú, zorra —le dijo a ella con
desprecio. —¿No vas a pelear por tu vida?
—No puedo pelear por algo que no controlo —contestó ella con severidad. —Y no puedo luchar
cuando nadie me cree ni cuando estoy en inferioridad de condiciones. Por lo visto, vosotros ya
habéis dictado sentencia, incluso antes de conocerme.
—Cállate ya —le dijo él. —Daanna, vete.
—Caleb, no lo hagas —le pidió ella.

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—He dicho que te vayas.
Daanna se dirigió a la puerta malhumorada. La abrió y Eileen notó un fuerte olor a tierra
mojada. A noche. ¿Estaban a pie de calle? ¿Qué hora debía de ser? ¿Las cinco o las seis de la
madrugada?
Daanna giró la cabeza hacia ellos y le dijo:
—No tienes por qué hacerlo. Adiós.
Caleb no se giró para verla. Oyó un portazo y empezó a subir las escaleras que llevaban a la
parte de arriba.
A Eileen se le aceleró el pulso. Dios mío, iba a pasar. Ella, ella... era virgen todavía y, como había
dicho Caleb, él iba a acostarse con ella. Sin miramientos. Sin cuidados. Sin preliminares.
Las manos se le enfriaron y le empezaron a sudar. ¿Era un bajón de azúcar? Por favor, ésa era
su única salvación. Y además no tenía insulina. Si se desmayaba a lo mejor él no haría nada con
ella.
Caleb caminaba con ella en brazos, impasible. Frío como el granito. Se paró enfrente de una
puerta metálica. Puso la mano sobre una pantalla de TFT pequeña que había al lado derecho y la
puerta metálica se abrió. Entraron en una habitación completamente oscura. La puerta se cerró
tras ellos, dejando la habitación absolutamente sellada y en penumbra.
Caleb susurró algo en algún idioma antiguo y pequeñas antorchas que estaban colgadas en la
pared hicieron combustión e iluminaron toda la habitación. Era otra habitación circular e
increíblemente grande. Con una gran cama colocada en el centro, de sábanas y cubrecamas
negros, con cojines blancos y, bajo la cama, una alfombra gruesa de color rojo. Sólo había esa
cama, esa grandiosa cama. Si había algo más en la habitación, Eileen no lo advirtió.

—SUÉLTAME —Eileen empezó a reaccionar luchando con fuerzas contra él. Le golpeaba el
pecho, tiraba de su pelo, pero Caleb no hacía caso de nada.
—Tranquila —le susurró. —Relájate, Eileen.
Su voz era música. Eileen dejó de pelear con él al instante y se quedó en sus brazos como si
fuera una niña indefensa y confiada. Su voz...
—No, no me hagas esto, por favor... —dijo ella con los ojos humedecidos y tragando saliva.
—Deja de luchar —la dejó sobre la cama acomodando su bonito cuerpo sobre el colchón y
colocando su cabeza sobre la almohada. —Esto iba a pasar por mucho que lo quisieras negar.
Vamos a disfrutar los dos. No te haré daño. Puedes ser una asesina, pero yo no te haré daño en la
cama. No me gusta hacerlo así. No disfruto.
—Caleb, te estás equivocando conmigo —tenía un nudo en la garganta. A él le enfurecía que
ella luchara por su inocencia cuando todos sabían que era culpable.
—¿Cómo te he dicho que me llamaras? —gritó a un centímetro de su cara. —Soy tu amo —
tomó sus muñecas y se las colocó sobre la cabeza.
Eileen no podía luchar, no podía pelear. Su cuerpo no la obedecía.
Caleb se colocó de rodillas sobre la cama y la miró detenidamente. Por todos los cielos. Esa
mujer lo estaba mirando con terror, pero también con esperanza. Ella quería creer que él no era
así.
Y tenía razón. Él no era así. Todavía no entendía muy bien por qué la reclamaba sólo para él o
por qué tenía necesidad de someterla en la cama. ¿Por qué no retiraba la custodia personal de
Eileen y la dejaba en manos del consejo como pedía Daanna? Ellos obtendrían la información y
listos. Luego, adiós. Eso era ya suficiente castigo. La muerte de su mejor amigo, Thor, por la de
Eileen y Mikhail. Lo justo.
¿Por qué quería hurgar tanto en la herida? ¿Acaso no era mejor acabar con ella rápidamente?
No, no era mejor. Desde el momento en que la había visto pegada a la ventana de su
habitación, había sentido un deseo irrefrenable de colocarla debajo de él y abrirle las piernas. Y su
olor... Ese era el olor por el que él podría volverse loco. Si ella fuese una buena chica, si no hubiese
tenido nada que ver con la extorsión y la mutilación de los vanirios, él posiblemente, sólo
posiblemente, podría reclamarla como su cáraid. Pero ella no era una buena chica. No, no lo era.
Defendía con uñas y dientes su inocencia, pero luego no dejaba que él comprobara si decía la
verdad.
¿Cabría la posibilidad de que Eileen supiese del deseo que él sentía por ella? ¿Y si lo estaba
utilizando para que él fuese misericordioso con ella? ¿Deseo? No, eso no podía ser. Deseo de
venganza, sí. Pero nada más. Aun así...
—Eileen —se colocó a horcajadas sobre ella, inmovilizándole las piernas, —déjame entrar —
quería entrar en su mente, quería darle la oportunidad de no convertirla y someterla a una vida de
noches interminables y hambre eterna.
Eileen se tensó y abrió sus ojos azules grisáceos. Estaba tan asustada, pero su voz la relajaba.
Caleb intentó tocar sus pensamientos, sus recuerdos, pero aquella bruma espesa y
desconcertante seguía ahí. ¿Por qué se sentía tan mal al descubrirlo? ¿Creía que ella iba a confiar
en él lo suficiente como para abrirle su mente? No. No iba a confiar, porque si él entraba, vería
que ella era culpable.
—Como quieras.

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CCAAPPÍÍTTU
ULLO
O 0044

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Salió de encima de ella y se puso de pie, a su lado. Ella lo miraba fijamente. No le quitaba el ojo.
Caleb sonrió y cogió la parte baja de su camiseta negra y ajustada para quitársela por la cabeza.
Sin duda Caleb era el ideal de hombre de Eileen. Moreno, fuerte y hermoso.
Eileen repasó su torso con los ojos. No tenía vello. Estaba musculado de un modo que debería
estar prohibido. Ni ápice de grasa. La piel bronceada, el pectoral esbelto, grande y fibroso. Los
abdominales marcados como si fuera una tableta de chocolate. Los hombros increíblemente
grandes, grandes y torneados. La cintura estrecha. Sólo tenía vello oscuro y rizado por debajo del
ombligo, y descendía en línea recta hasta... Dios mío, el pantalón le iba a estallar. Los ojos verdes
de Caleb la devoraban.
Eileen estaba débil y además desvalida en su cama. No podía mover los brazos desde que Caleb
se los había puesto sobre la cabeza. Pero ver cómo la miraba Caleb, con qué deseo, con qué
hambre, la hizo sentir ligeramente poderosa y aterrorizada a la vez.
Los bíceps se le marcaban sin apenas doblar el brazo. El antebrazo de Caleb era musculoso,
salpicado con pelo negro, masculino y vigoroso.
Caleb se llevó las manos a la entrepierna y presionó la incomodidad que sentía.
Se arrodilló en la cama y fijó la vista en sus shorts blancos. —Quítatelos —le ordenó él con la
voz ronca. Quería que ella participara. Quería que simulara que ella lo invitaba.
—No —susurró ella moviendo la cabeza.
—Eileen... —su voz bajó una octava, cubrió uno de sus pechos con la mano abierta. —
Quítatelos.
Ella sintió el calor abrasador sobre su piel. No quería sentir placer, pero el calor se concentró en
su entrepierna y la parte interna de su vulva empezó a palpitar.
Cegada por el deseo de sentir el contacto de Caleb, ella bajó los brazos hasta la parte superior
de sus braguitas. Introdujo los pulgares y los deslizó hacia abajo hasta quedarse desnuda. Estaba
horrorizada por su comportamiento pero su cuerpo, por lo visto, tenía vida propia.
A Caleb le empezó a palpitar el corazón descontroladamente. ¿Qué le pasaba? Parecía un chico
virgen. Se sentía igual de emocionado.
Los rizos de la entrepierna de su esclava aparecieron como si fuera el primer amanecer que
pudiera disfrutar en siglos. Inhaló profundamente y cerró los ojos. La erección que sólo el olor
íntimo de Eileen le provocó fue demasiado brusca y agitada para su autocontrol.
Eileen lo miraba con ojos de deseo, mientras se bajaba las braguitas hasta las rodillas. Pero lo
hacía inconscientemente, con lentitud como si sus manos no le pertenecieran.
Ella era demasiado bonita. Demasiado tierna para un bruto como él. Los colmillos estallaron en
su boca y un rugido victorioso emergió de su garganta. Mientras le apretaba el pecho con una
mano, dirigió la otra mano a la tela que se deslizaba por las pantorrillas y la rasgó por completo.
Aquella era la única prenda de vestir que ella se había llevado. Ya no tenía nada.
Eileen se asustó ante su reacción tan salvaje y empezó a respirar agitadamente, saliendo del
trance de deseo que esperaba que hubiese sido inducido. Deslizó sus ojos ante su desnudez y se
derrumbó. Estaba perdida.
Caleb se erguía a su lado como un animal a punto de montar a su hembra. La miraba como un
loco posesivo y ella nunca había tenido relaciones ni con locos ni con posesivos ni con nadie del
sexo opuesto. Nunca se había sentido atraída por ningún hombre. La humillaba darse cuenta de
que Caleb, su enemigo, su secuestrador, tenía ese poder sobre ella.
A lo mejor era porque todavía quería creer que Caleb no era lo que parecía. Sin embargo, ahora
parecía alguien fuera de control.
—Desabróchame el pantalón, ramera —le pidió clavándole la mirada en la entrepierna.

7

Atalayas: son los cuatro guardianes de los elementales. Cada uno representa a un elemento y cada elemento
custodia un punto cardinal.

Lena Valenti - Serie Vanir 01 - El Libro de Jade

—Vete a la mierda, monstruo... —le gritó ella luchando contra el deseo de hacerlo. Ese insulto
podía con ella. Demasiado duro, demasiado hiriente.
Él soltó un taco y un gruñido y le enseñó los colmillos. Se puso de pie, se desabrochó el cinturón
y lo tiró sobre la cama. Rompió y desgarró su pantalón como había hecho con los shorts de Eileen,
que yacían ahora en el suelo, rotos por completo.
Su pene largo, grueso como su muñeca y palpitante, se irguió hasta su ombligo. Ella no
entendía mucho sobre tamaños ni tipos, pero el suyo debía de ser de los inmensos. ¿Cuánto
mediría? ¿Veinticinco centímetros? ¿Algo así podía entrar en ella? Era demasiado grande. Parecía
un semental. Una mata de pelo negro, cubría la parte superior de su pubis. Aquel falo era de piel
oscura como su cuerpo bronceado y se le marcaban las venas. El glande, de un rosa pálido, estaba
húmedo y sobresalía como algo que pidiera libertad a gritos.
Con cada vistazo rápido que él le echaba a su cuerpo, aquello parecía crecer y crecer.
—Te dije que me llamaras amo —subió a la cama y la miró desde arriba, de pie, como un
guerrero sexual.
Ese hombre era espléndido en su desnudez. Sus piernas estaban tan fornidas v tenía los
músculos tan delineados y grandes que bien podrían ser las piernas de un jugador de fútbol. Y su
cara... podía dar miedo, pero no a ella. Sus labios, sus ojos, sus pómulos, su nariz... una cara
masculina, pero llena de vulnerabilidad, como la de un niño. Eso era lo que la desarmaba. Él quería
luchar por ser agresivo, pero alguien con un rostro angelical como ése no podía ser tan malo. ¿O
sí?
Eileen tendría que cambiar sus gustos.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó ella con la voz ahogada por la conmoción. —¿Eres un
monstruo de verdad? ¿Quieres asustarme?
Pero Caleb no le respondió. Hacía rato que quería clavarse en ella, hasta lo más hondo, hasta
donde su cuerpo le dejara llegar, y más aún. Esa mujer podía ser su perdición.
Su olor femenino era pura tentación. Su cuerpo como el de una sirena y su mirada, por los
Atalayas7, lo estaba derritiendo. Derretía el hielo que había forjado alrededor de su corazón para
que nadie como ella llegara nunca a cautivarle.
Ella era una asesina. Eileen, asesina y él, un monstruo. Podrían completarse.
Ahora iban a ponerse las cartas sobre la mesa. Ella tendría que admitir lo que él descubriera y él
disfrutaría de su rendición. ¿Disfrutaría?
—Sí, Eileen —dijo él con su aterciopelada voz. —Soy un monstruo y, a diferencia que tú, yo no
lo niego. Déjame que te lo demuestre.
Se arrodilló delante de su cuerpo y le puso las manos debajo de las rodillas. Las dobló hacia
arriba haciendo que flexionara las piernas y las separó un palmo para ver mejor sus partes más
íntimas. Ella estaba expuesta ante él. Su sexo se abrió para él.
—No —intentó cerrar las piernas resistiéndose a su íntima exploración.
Los labios internos de su vulva estaban hinchados, húmedos y palpitantes.
—Joder —dijo él complacido mientras se masajeaba el pene de arriba abajo, bajo la
sorprendida mirada de Eileen. —Ya estás lista.
—No, Caleb. No... No lo estoy... Yo nunca... —ahora sí que estaba realmente aterrorizada.
—Chist... —le dijo él colocándose entre sus piernas. —Cálmate. Vas a estar bien. Te he dicho
que no te haría daño.

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Eileen intentó apartarlo poniéndole las manos en el pecho, empujando para sacárselo de
encima. Quería detenerlo, decirle que ella era virgen. Tenía miedo. Él podía matarla con algo así,
podría desgarrarla.
Caleb palideció al sentir las manos de ella sobre su cuerpo, a la altura de su corazón. No había
sido una caricia, sino un movimiento de rechazo absoluto, pero el contacto de sus manos sobre su
piel lo bloqueó.
—No —le dijo él con voz peligrosamente dócil y respirando nervioso. Las manos le quemaban.
—No me toques...
Le agarró las muñecas, cogió el cinturón del pantalón que había dejado sobre la cama y con
brusquedad, le ató las muñecas a los barrotes de la cama. No quería el contacto de sus manos
para nada. Eso lo debilitaba y le hacía perder el norte. Y no quería preguntarse por qué.
—No quiero que me toques... —hizo los nudos con fuerza. —Yo me encargaré de ti, pero no me
toques —no soportaría esas manos culpables de matar a su mejor amigo encima de su piel.
Ella soltó un grito seco al sentir la presión en la muñeca. Empezó a temblar. La había
inmovilizado. Ahora sentía más miedo que en todas las horas anteriores desde que lo vio en su
habitación. Sí que era cruel. Había perdido toda la bondad del niño que ella quería ver en su cara.
Entre Samael y él no había diferencias. ¿Por qué había creído que sí las había?
—Caleb —dijo ella apretando la mandíbula. —Estoy atada. Será mi pri... primera vez —le
suplicó piedad con los ojos.
Caleb dejó caer las manos a cada lado de la cabeza de Eileen y se echó a reír con ganas. Cada
carcajada se clavaba en su alma inocente.
—Serás mentirosa —contestó él mirándola con rabia. —¿A quién quieres engañar? Sales con
ese tipo, Víctor —lo dijo con tanto asco que él mismo se sorprendió.
Eileen se asustó cuando él pronunció su nombre.
—¿Intentas ponerme cachondo con eso de que eres virgen? Cada noche te abres de piernas
para él, pero él... —rozó la hendidura de ella de arriba abajo con la cabeza de su pene— él no es
como yo.
Eileen se tensó ante esa caricia atrevida y Caleb frunció el ceño.
—Si de verdad eres virgen, déjame entrar en tu cabeza para verlo.
—Enséñame cómo podría hacerlo... —estaba desesperada. —Yo quiero dejarte entrar pero tú
no puedes y no sé por qué...
Caleb la escuchaba mientras seguía frotándose contra ella. La textura de Eileen le hacía perder
la cabeza. Intentó concentrarse en ella de nuevo y entrar en su mente. Pero de nuevo, la puerta
estaba cerrada. Era un muro de hormigón enorme lo que les separaba.
—Ya no te doy más oportunidades —afirmó con frialdad, irritado por no poder entrar.
—No, Caleb... Víctor es... es mi...
—Ya sé lo que es... —le gritó. —Lo sabemos todo sobre ti. ¿Por qué no le pides ayuda a él
ahora? —hundió su cara en su pelo e inspiró profundamente. —¿Vendría a rescatarte?
Eileen sentía un ardor profundo a la altura del ombligo, y bajaba hasta concentrarse allí donde
él la rozaba.
—Si se la pidiera, él vendría, porque es mucho más hombre que tú... Pero tú le matarías. Y su
vida vale más que la tuya, te lo aseguro, pedazo de animal... —gritó ella.
Caleb volvió a levantar su cara para mirar su boca. Había decisión en esos pozos verdes que la
vigilaban. Está defendiendo a otro hombre. Odiaba oír aquello. Odiaba ver que Eileen protegía a
otro con tanta vehemencia.

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—Que la mía, seguro —se colocó de rodillas entre sus piernas. Deslizó sus manos por debajo de
sus caderas, las levantó apretándolas con ansia y él acomodó la punta de su pene en su entrada.
—Y que la tuya también. Pero te aseguro que no vale más que la de Thor ni que la de los hijos de
Beatha. Ojo por ojo.
Con un movimiento directo y seco la penetró de una sola embestida. No por completo. Ella era
muy estrecha y, además, se había encontrado con una barrera en el camino que había hecho
retroceder la penetración, pero que había logrado derribar con una fuerte presión.
Eileen gritó intentando mover las piernas, apartándolo de ella, queriendo que él saliera. Sentía
que se estaba partiendo en dos. Santo Dios, qué dolor... Sólo sus hombros y su cabeza estaban
tocando la cama. Su espalda y sus caderas se elevaban a cuatro palmos del colchón dibujando un
arco perfecto. Caleb la sostenía así.
Se echó a llorar tan afligidamente que intentó esconder el rostro entre su brazo y la almohada,
pero parecía que a cada espasmo que hiciese al coger aire, ese monstruo se clavaba más en ella.
Su primera vez. Era su primera vez. Y estaba con un vampiro.
Caleb se quedó blanco. Si lo pinchaban no iban a sacarle sangre. Estaba sorprendido. Cerró los
ojos con fuerza e intentó doblar las rodillas para bajar el cuerpo de Eileen poco a poco. No iba a
salir todavía, le haría más daño, pero podía modificar la posición de sus cuerpos. Dirigió los ojos
para ver la zona donde ellos dos estaban encajados. A él todavía le faltaba por meterle la mitad.
Aquello no era posible. Víctor la iba a ver cada noche. Eso decía Samael, eso habían investigado.
Ella no podía ser virgen. Pero, le había dicho la verdad, no tenía experiencia con los hombres.
¿Pero es que los hombres de Barcelona no tenían ojos? Si él la hubiera visto, habría hecho todo lo
posible por seducirla. Si hubiese sido humano...
No la había seducido y, además, la había penetrado cuando todavía tenía que estar más
lubricada. Pero él no le iba a hacer el amor. Él se la iba a follar, eso le había dicho tan cruda y
duramente. Y además su comodidad, a él no debía importarle. Pero descubrió que sí le importaba.
¿Por qué se sentía tan mezquino? Los vanirios keltoi veneran a las mujeres, no les hacen daño, y
menos les arrebatan la inocencia de ese modo. Ni siquiera la había inducido a que se excitara con
él.
Pero ella era... una mala persona... ¿No? No importaba. No era justificable.
—Salte de mí, monstruo hijo de puta —pidió Eileen completamente partida en dos y con el
ceño fruncido de dolor. Ya no le quedaba dignidad.
Caleb tomó aire y se salió apenas unos milímetros, pero entonces se perdió en el hilo de sangre
que cayó sobre la sábana. Tarta de queso con fresas. Almizcle. Calor. Deseo. Eileen. Su primera
vez. Ella era suya. Suya.
Una oleada de posesión le recorrió las entrañas. Intentó tranquilizarse, intentó salirse, pero a
Eileen le dolía. ¿Por qué debía hacerla caso? El iba a conseguir abatir sus barreras mentales. No
podía salirse, no ahora. Si conseguía provocarle un orgasmo con él en su interior, ella liberaría
parte de la energía que utilizaba para erigir las barreras telepáticas. Él podría entrar.
Eileen no podía creer que Caleb saliese sólo porque ella se lo pedía. Él era tan grande... y la
había desvirgado con mucha rudeza. Pero parecía que sí iba a hacerle caso, que sí iba a salirse...
Pero no. Tenía razón: Caleb no iba a ceder. Los ojos se le habían enrojecido y estaban nublados por
el deseo y la lujuria.
—Si haces lo que te digo, Eileen —le contestó él con voz gutural, —el dolor cesará. Eras virgen.
No me habías mentido —reconoció con la voz enronquecida. —Pero, ahora ya no lo eres —sí,
claro. Ya no lo era, gracias a él, pensó orgulloso Caleb.


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