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El Hombre Bicentenario Isaac Asimov .pdf



Nombre del archivo original: El Hombre Bicentenario - Isaac Asimov.pdf
Título: EL HOMBRE BICENTENARIO
Autor: Isaac Asimov

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

ISAAC ASIMOV

EL HOMBRE
BICENTENARIO

Gentileza de El Trauko

http://go.to/trauko

Cuento extraído del libro EL HOMBRE BICENTENARIO
Título original: The Complete Stories II (extracto)
Traducción: Carlos Gardini
© 1998 Ediciones B, S.A.
Av. Las Torres 1375-A Santiago de Chile
ISBN 956-7510-11-3 (Rústica)
Depósito legal: B.32.259-1997

3

El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

Edición Electrónica: El Trauko
Versión 1.0 - Word 97
“La Biblioteca de El Trauko”
http://www.fortunecity.es/poetas/relatos/166/
http://go.to/trauko
trauko33@mixmail.com
Chile - diciembre 2000
Texto digital # 29

Este texto digital es de carácter didáctico y sólo puede ser utilizado dentro del
núcleo familiar, en establecimientos educacionales, de beneficencia u otras
instituciones similares, y siempre que esta utilización se efectúe sin ánimo de
lucro.
Todos los derechos pertenecen a los titulares del Copyright.
Cualquier otra utilización de este texto digital para otros fines que no sean los
expuestos anteriormente es de entera responsabilidad de la persona que los
realiza.

Gentileza de El Trauko

http://go.to/trauko

EL HOMBRE BICENTENARIO
Isaac Asimov

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

1
Las Tres Leyes de la robótica:
1.— Un robot no debe causar daño a un ser
humano ni, por inacción, permitir que un ser
humano sufra ningún daño.
2.— Un robot debe obedecer las órdenes
impartidas por los seres humanos, excepto
cuando dichas órdenes estén reñidas con la
Primera Ley.
3.— Un robot debe proteger su propia
existencia, mientras dicha protección no esté
reñida ni con la Primera ni con la Segunda
Ley.

—Gracias —dijo Andrew Martin, aceptando
el asiento que le ofrecían. Su semblante no
delataba a una persona acorralada, pero eso era.
En realidad su semblante no delataba nada,
pues no dejaba ver otra expresión que la tristeza
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Gentileza de El Trauko

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de los ojos. Tenía el cabello lacio, castaño claro y
fino, y no había vello en su rostro. Parecía recién
afeitado. Vestía anticuadas, pero pulcras ropas
de color rojo aterciopelado.
Al otro lado del escritorio estaba el cirujano,
y la placa del escrito incluía una serie
indentificatoria de letras y números, pero
Andrew no se molestó en leerla. Bastaría con
llamarle “doctor”.
—¿Cuándo se puede realizar la operación
doctor? —preguntó.
El cirujano murmuró, con esa inalienable
nota de respeto que un robot siempre usaba
ante un ser humano:
—No estoy seguro de entender cómo o en
quién debe realizarse esa operación, señor.
El rostro del cirujano habría revelado cierta
respetuosa intransigencia si tal expresión —o
cualquier otra— hubiera sido posible en el acero
inoxidable con un ligero tono de bronce.
Andrew Martin estudió la mano derecha del
robot, la mano quirúrgica, que descansaba en el
escritorio.
Los
largos
dedos
estaban
artísticamente modelados en curvas metálicas
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

tan gráciles y apropiadas que era fácil
imaginarlas empuñando un escalpelo que
momentáneamente se transformaría en parte de
los propios dedos.
En su trabajo no habría vacilaciones,
tropiezos, temblores ni errores. Eso iba unido a
la especialización tan deseada por la humanidad
que pocos robots poseían ya un cerebro
independiente. Claro que un cirujano necesita
cerebro, pero éste estaba tan limitado en su
capacidad que no reconocía a Andrew. Tal vez
nunca le hubiera oído nombrar.
—¿Alguna vez ha pensado que le gustaría ser
un hombre? —le preguntó Andrew.
El cirujano dudó un momento, como si la
pregunta no encajara en sus sendas
positrónicas.
—Pero yo soy un robot, señor.
—¿No sería preferible ser un hombre?
—Sería preferible ser mejor cirujano. No
podría serlo si fuera hombre, sólo si fuese un
robot más avanzado. Me gustaría ser un robot
más avanzado.

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Gentileza de El Trauko

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—¿No le ofende que yo pueda darle órdenes,
que yo pueda hacerle poner de pie, sentarse,
moverse a derecha e izquierda, con sólo decirlo?
—Es mi placer agradarle. Si sus órdenes
interfiriesen en mi funcionamiento respecto de
usted o de cualquier otro ser humano, no le
obedecería. La primera Ley, concerniente a mi
deber para con la seguridad humana, tendría
prioridad sobre la Segunda Ley, la referente a la
obediencia. De no ser así, la obediencia es un
placer para mí... Pero ¿a quién debo operar?
—A mí.
—Imposible.
Es
una
operación
evidentemente dañina.
—Eso no importa —dijo Andrew con calma.
—No debo infligir daño —objetó el cirujano.
—A un ser humano no, pero yo también soy
un robot.

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

2
Andrew tenía mucha más experiencia de
robot cuando acabaron de manufacturarlo. Era
como cualquier otro robot, con diseño elegante
y funcional.
Le fue bien en el hogar adonde lo llevaron,
en aquellos días en que los robots eran una
rareza en las casas y en el planeta.
Había cuatro personas en la casa: el “señor”,
la “señora”, la “señorita” y la “niña”. Conocía los
nombres, pero nunca los usaba. El Señor se
llamaba Gerald Martin.
Su número de serie era NDR... No se
acordaba de las cifras. Había pasado mucho
tiempo, pero si hubiera querido recordarlas
habría podido hacerlo. Sólo que no quería.
La Niña fue la primera en llamarlo Andrew,
porque no era capaz de pronunciar las letras, y
todos hicieron lo mismo que ella.
La Niña... Llegó a vivir noventa años y había
fallecido tiempo atrás. En cierta ocasión, él

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quiso llamarla Señora, pero ella no se lo
permitió. Fue Niña hasta el día de su muerte.
Andrew estaba destinado a realizar tareas de
ayuda de cámara, de mayordomo y de criado.
Eran días experimentales para él y para todos
los robots en todas partes, excepto en las
factorías y las estaciones industriales y
exploratorias que se hallaban fuera de la Tierra.
Los Martin le tenían afecto y muchas veces
le impedían realizar su trabajo porque la
Señorita y la Niña preferían jugar con él.
Fue la Señorita la primera en darse cuenta
de cómo se podía solucionar aquello.
—Te ordenamos a que juegues con nosotras
y debes obedecer las órdenes —le dijo.
—Lo lamento, Señorita —contestó Andrew
—, pero una orden previa del Señor sin duda
tiene prioridad.
—Papá sólo dijo que esperaba que tú te
encargaras de la limpieza —replicó ella—. Eso
no es una orden. Yo sí te lo ordeno.
Al Señor no le importaba. El Señor sentía un
gran cariño por la Señorita y por la Niña,
incluso más que la Señora, y Andrew también
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

les tenía cariño. Al menos, el efecto que ellas
ejercían sobre sus actos eran aquellos que en un
ser humano se hubieran considerado los efectos
del cariño. Andrew lo consideraba cariño, pues
no conocía otra palabra designarlo.
Talló para la Niña un pendiente de madera.
Ella se lo había ordenado. Al parecer, a la
Señorita le habían regalado por su cumpleaños
un pendiente de marfilina con volutas, y la Niña
sentía celos. Sólo tenía un trozo de madera y se
lo dio a Andrew con un cuchillo de cocina.
Andrew lo talló rápidamente.
—Qué bonito, Andrew —dijo la niña—. Se lo
enseñaré a papá.
El Señor no podía creerlo.
—¿Dónde conseguiste esto Mandy? —Así
llamaba el Señor a la Niña. Cuando la Niña le
aseguró que decía la verdad, el Señor se volvió
hacia Andrew—. ¿Lo has hecho tú, Andrew?
—Sí Señor.
—¿De dónde copiaste el diseño?
—Es una representación geométrica, Señor,
que armoniza con la fibra de la madera.
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Gentileza de El Trauko

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Al día siguiente, el Señor le llevó otro trozo
de una madera y un vibrocuchillo eléctrico.
—Talla algo con esto, Andrew. Lo que
quieras.
Andrew obedeció y el Señor le observó;
luego, examinó el producto durante un largo
rato. Después de eso, Andrew dejó de servir la
mesa. Le ordenaron que leyera libros sobre
diseño de muebles, y aprendió a fabricar
gabinetes y escritorios.
El Señor le dijo:
—Son productos asombrosos, Andrew.
—Me complace hacerlos, Señor.
—¿Cómo que te complace?
—Los circuitos de mi cerebro funcionan con
mayor fluidez. He oído usar el término
“complacer” y el modo en que usted lo usa
concuerda con mi modo de sentir. Me complace
hacerlos, Señor.

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El Hombre Bicentenario

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Gerald Martin llevó a Andrew a la oficina
regional de Robots y Hombres Mecánicos de
Estados Unidos. Como miembro de la
Legislatura Regional, no tuvo problemas para
conseguir una entrevista con el jefe de
robopsicología. Más aún, sólo estaba calificado
para poseer un robot por ser miembro de la
Legislatura. Los robots no eran algo habitual en
aquellos días.
Andrew no comprendió nada al principio,
pero en años posteriores, ya con mayores
conocimientos, evocaría esa escena y lo
comprendería.
El robopsicólogo, Merton Mansky, escuchó
con el ceño cada vez más fruncido y realizó un
esfuerzo para no tamborilear en la mesa con los
dedos. Tenía tensos los rasgos y la frente
arrugada y daba la impresión de ser más joven
de lo que aparentaba.
—La robótica no es un arte exacto, señor
Martin —dijo—. No puedo explicárselo
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detalladamente, pero la matemática que rige la
configuración de las sendas positrónicas es tan
compleja que sólo permite soluciones
aproximadas. Naturalmente, como construimos
todo en torno de las Tres Leyes, éstas son
incontrovertibles. Desde luego, reemplazaremos
ese robot...
—En absoluto —protestó el Señor—. No se
trata de un fallo. Él cumple perfectamente con
sus deberes. El punto es que también realiza
exquisitas tallas en madera y nunca repite los
diseños. Produce obras de arte.
Mansky parecía confundido.
—Es extraño. Claro que actualmente
estamos probando con sendas generalizadas...
¿Cree usted que es realmente creativo?
—Véalo usted mismo.
Le entregó una pequeña esfera de madera,
en la que había una escena con niños tan
pequeños que apenas se veían; pero las
proporciones eran perfectas y armonizaban de
un modo natural con la fibra, como si también
ésta estuviera tallada.

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—¿Él hizo esto? —exclamó Mansky. Se lo
devolvió, sacudiendo la cabeza—. Puramente
fortuito. Algo que hay en sus sendas.
—¿Pueden repetirlo?
—Probablemente no. Nunca nos han
informado de nada semejante.
—¡Bien! No me molesta en absoluto que
Andrew sea el único.
—Me temo que la empresa querrá recuperar
ese robot para estudiarlo.
—Olvídelo —replicó el Señor. Se volvió hacia
Andrew—: Vámonos a casa.
—Como usted desee, Señor —dijo Andrew.

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Gentileza de El Trauko

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La Señorita salía con jovencitos y no estaba
mucho en casa. Ahora era la Niña, que ya no era
tan niña, quien llenaba el horizonte de Andrew.
Nunca olvidaba que la primera talla en madera
de Andrew había sido para ella. La llevaba en
una cadena de plata que le pendía del cuello.
Fue ella la primera que se opuso a la
costumbre del Señor a regalar los productos.
—Vamos, papá. Si alguien los quiere, que
pague por ellos. Valen la pena.
—Tu no eres codiciosa, Mandy.
—No es por nosotros, papá. Es por el artista.
Andrew jamás había oído esa palabra y en
cuanto tuvo un momento a solas la buscó en el
diccionario.
Poco después realizaron otro viaje; en esa
ocasión para visitar al abogado del Señor.
—¿Qué piensas de esto John? —le preguntó
el Señor.

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El Hombre Bicentenario

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El abogado se llamaba John Feingold. Era
canoso y barrigón, y los bordes de sus lentes de
contacto estaban teñidos de verde brillante.
Miró la pequeña placa que el Señor le había
entregado.
—Es bella... Pero estoy al tanto. Es una talla
de un robot, ese que has traído contigo.
—Sí, es obra de Andrew. ¿Verdad, Andrew?
—Sí, Señor.
—¿Cuánto pagarías por esto John? —
preguntó el Señor.
—No sé. No colecciono esos objetos.
—¿Creerías que me han ofrecido doscientos
cincuenta dólares por esta cosita? Andrew ha
fabricado también sillas que he vendido por
quinientos dólares. Los productos de Andrew
nos han permitido depositar doscientos mil
dólares en el banco.
—¡Cielos, te está haciendo rico, Gerald!
—Sólo a medias. La mitad está en una
cuenta a nombre de Andrew Martin.
—¿Del robot?
—Exacto, y quiero saber si es legal.
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Gentileza de El Trauko

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—¿Legal? —Feingold se reclinó en la silla,
haciéndola crujir—. No hay precedentes, Gerald.
¿Cómo firmó tu robot los papeles necesarios?
—Sabe hacer la firma de su nombre y yo la
llevé. No lo llevé a él al banco en persona. ¿Es
preciso hacer algo más?
—Mmm... —Feingold entrecerró los ojos
durante unos segundos—. Bueno, podemos
crear un fondo fiduciario que maneje las
finanzas en su nombre, lo cual hará de capa
aislante entre él y el mundo hostil. Aparte de
eso, mi consejo es que no hagas nada más.
Hasta ahora nadie te ha detenido. Si alguien se
opone, déjale que se querelle.
—¿Y te harás cargo del caso si hay alguna
querella?
—Por un anticipo, claro que sí.
—¿De cuánto?
Feingold señaló la placa de madera.
—Algo como esto.
—Me parece justo —dijo el Señor.
Feingold se rió entre dientes mientras se
volvía hacia el robot.
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El Hombre Bicentenario

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—¿Andrew, te gusta tener dinero?
—Sí, señor.
—¿Qué piensas hacer con él?
—Pagar cosas que de lo contrario tendría
que pagar el Señor. Esto le ahorrará gastos al
Señor.

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Hubo ocasiones para ello. Las reparaciones
eran costosas y las revisiones aún más. Con los
años se produjeron nuevos modelos de robot, y
el Señor se preocupó de que Andrew contara
con cada nuevo dispositivo, hasta que fue un
dechado de excelencia metálica. El propio robot
se encargaba de los gastos. Andrew insistía en
ello.
Sólo sus sendas positrónicas permanecieron
intactas. El Señor insistía en ello.
—Los nuevos no son tan buenos como tú,
Andrew. Los nuevos robots no sirven. La
empresa ha aprendido a hacer sendas más
precisas, más específicas, más particulares. Los
nuevos robots no son versátiles. Hacen aquello
para lo cual están diseñados y jamás desvían. Te
prefiero a ti.
—Gracias, Señor,
—Y es obra tuya, Andrew, no lo olvides.
Estoy seguro de que Mansky puso fin a las
sendas generalizadas en cuanto te echó un buen
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

vistazo. No le gustó que fueras tan
imprevisible... ¿Sabes cuántas veces pidió que te
llevaríamos para estudiarte? ¡Nueve veces! Pero
nunca se lo permití, y ahora que se ha retirado
quizá nos dejen en paz.
El cabello del Señor disminuyó y encaneció,
y el rostro se le puso fofo, pero Andrew tenía
mejor aspecto que cuando entró a formar parte
de la familia. La Señora se había unido a una
colonia artística de Europa y la Señorita era
poeta en Nueva York. A veces escribían, pero no
con frecuencia. La Niña estaba casada y vivía a
poca distancia. Decía que no quería abandonar a
Andrew y cuando nació su hijo, el Señorito, dejó
que el robot cogiera el biberón para alimentarlo.
Andrew comprendió que el Señor, con el
nacimiento de ese nieto, tenía ya alguien que
reemplazara a quienes se habían ido. No sería
tan injusto presentarle su solicitud.
—Señor —le dijo—, ha sido usted muy
amable al permitir que yo gastara mi dinero
según mis deseos.
—Era tu dinero, Andrew.

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—Sólo por voluntad de usted, Señor. No creo
que la ley le hubiera impedido conservarlo.
—La ley no me va a persuadir de que me
porte mal, Andrew.
—A pesar de todos los gastos y a pesar de los
impuestos, Señor, tengo casi seiscientos mil
dólares.
—Lo sé, Andrew.
—Quiero dárselos, Señor.
—No los aceptaré, Andrew.
—A cambio de algo que usted puede darme,
Señor.
—Ah, ¿Qué es eso, Andrew?
—Mi libertad, Señor.
—Tu...
—Quiero comprar mi libertad, Señor.

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El Hombre Bicentenario

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No fue tan fácil. El Señor se sonrojó, soltó
un “¡Por amor de Dios!”, dio media vuelta y se
alejó.
Fue la Niña quien logró convencerlo, en un
tono duro y desafiante, y delante de Andrew.
Durante treinta años, nadie había dudado en
hablar en su presencia, tratárase de él o no. Era
sólo un robot.
—Papá, ¿porqué te lo tomas como una
afrenta personal? Él seguirá aquí. Continuará
siéndote leal. No puede evitarlo. Lo tiene
incorporado. Lo único que quiere es formalismo
verbal. Quiere que lo llamen libre. ¿Es tan
terrible? ¿No se lo ha ganado? ¡Cielos! él y yo
hemos hablado de esto durante años.
—¿Conque durante años?
—Si, una y otra vez lo ha ido postergando
por temor a lastimarte. Yo le dije que te lo
pidiera.
—Él no sabe qué es la libertad. Es un robot.
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—Papá, no lo conoces. Ha leído todo lo que
hay en la biblioteca. No sé qué siente por
dentro, pero tampoco sé qué sientes tú. Cuando
le hablas, reacciona ante las diversas
abstracciones tal como tú y yo. ¿Qué otra cosa
cuenta? Si las reacciones de alguien son como
las nuestras, ¿qué más se puede pedir?
—La ley no adoptará esa actitud —se obstinó
el Señor, exasperado. Se volvió hacia Andrew y
le dijo con voz ronca—: ¡Mira, oye! No puedo
liberarte a no ser de una forma legal, y si esto
llega a los tribunales no sólo no obtendrás la
libertad, sino que la ley se enterará oficialmente
de tu fortuna. Te dirán que un robot no tiene
derecho a ganar dinero. ¿Vale la pena que
pierdas tu dinero por esta farsa?
—La libertad no tiene precio, Señor —replicó
Andrew—. Sólo la posibilidad de obtenerla ya
vale ese dinero.

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El Hombre Bicentenario

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El tribunal también podía pensar que la
libertad no tenía precio y decidir que un robot
no podía comprarla por mucho que pagase, por
alto que fuese el precio.
La declaración del abogado regional, que
representaba a quienes habían entablado un
pleito conjunto para oponerse a la libertad de
Andrew, fue ésta: La palabra “libertad” no
significaba nada cuando se aplicaba a un robot,
pues sólo un ser humano podía ser libre.
Lo repitió varias veces, siempre que le
parecía apropiado; lentamente, moviendo las
manos al son de las palabras.
La Niña pidió permiso para hablar en
nombre de Andrew.
La llamaron por su nombre completo, el cual
Andrew nunca había oído antes:
—Amanda Laura Martin Charney puede
acercarse al estrado.

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—Gracias, señoría. No soy abogada y no sé
hablar con propiedad, pero espero que todos
presten atención al significado e ignoren las
palabras. Comprendamos qué significa ser libre
en el caso de Andrew. En algunos sentidos, ya lo
es. Lleva por lo menos veinte años sin que un
miembro de la familia Martin le ordene hacer
algo que él no hubiera hecho por propia
voluntad. Pero si lo deseamos, podemos
ordenarle cualquier cosa y expresarlo con la
mayor rudeza posible, porque es una máquina y
nos pertenece. ¿Porqué ha de seguir en esa
situación, cuando nos ha servido durante tanto
tiempo y tan lealmente y ha ganado tanto dinero
para nosotros? No nos debe nada más; los
deudores somos nosotros. Aunque se nos
prohibiera legalmente someter a Andrew a una
cervidumbre involuntaria, él nos serviría
voluntariamente. Concederle la libertad será
sólo una triquiñuela verbal, pero significaría
muchísimo para él. Le daría todo y no nos
costaría nada.
Por un momento pareció que el juez
contenía una sonrisa.

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El Hombre Bicentenario

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—Entiendo su argumentación, señora
Charney. Lo cierto es que a este respecto no
existe una ley obligatoria ni un precedente. Sin
embargo, existe el supuesto tácito de que sólo el
ser humano puede gozar de libertad. Puedo
establecer una nueva ley, o someterme a la
decisión de un tribunal superior; pero no puedo
fallar en contra de ese supuesto. Permítame
interpelar al robot. ¡Andrew!
—Sí, señoría.
Era la primera vez que Andrew hablaba ante
el tribunal y el juez se asombró de la
modulación humana de aquella voz.
—¿Porqué quieres ser libre, Andrew? ¿En
qué sentido es importante para ti?
—¿Desearía usted ser esclavo, señoría?
—Pero no eres esclavo. Eres un buen robot,
un robot genial, por lo que me han dicho, capaz
de expresiones artísticas sin parangón. ¿Qué
más podrías hacer si fueras libre?
—Quizá no pudiera hacer más de lo que
hago ahora, señoría, pero lo haría con mayor
alegría. Creo que sólo alguien que desea la
libertad puede ser libre. Yo deseo la libertad.
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Y eso le proporcionó al juez un fundamento.
El argumento central de su sentencia fue: “No
hay derecho a negar la libertad a ningún objeto
que posea una mente tan avanzada como para
entender y desear ese estado.”
Más adelante, el Tribunal Mundial ratificó la
sentencia.

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El Hombre Bicentenario

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El Señor seguía disgustado y su áspero tono
de voz hacía que Andrew se sintiera como si
tuviese un cortocircuito.
—No quiero tu maldito dinero, Andrew. Lo
tomaré sólo porque de lo contrario no te
sentirás libre. A partir de ahora, puedes elegir
tus tareas y hacerlas como te plazca. No te daré
órdenes, excepto ésta: que hagas lo que se te
plazca. Pero sigo siendo responsable de ti. Esa
forma parte de la sentencia del juez. Espero que
lo entiendas.
—No seas irascible, papá —interrumpió la
Niña—. La responsabilidad no es una gran
carga. Sabes que no tendrás que hacer nada. Las
Tres Leyes siguieron vigentes.
—Entonces, ¿en qué sentido es libre?
—¿Acaso los seres humanos no están
obligados por sus leyes, Señor?
—No voy a discutir —dijo el Señor.

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Se marchó, y a partir de entonces Andrew lo
vio con poca frecuencia.
La Niña iba a verlo a menudo a la casita que
le habían construido y entregado. No disponía
de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos
habitaciones. Una era una biblioteca y la otra
servía de depósito y taller. Andrew aceptó
muchos encargos y como robot libre trabajó más
que antes, hasta que pagó el costo de la casa y el
edificio se transfirió legalmente.
Un día, fue a verlo el Señorito..., no,
¡George! El Señorito había insistido en eso
después de la sentencia del juez.
—Un robot libre no llama Señorito a nadie —
le había dicho George—. Yo te llamo Andrew. Tú
debes llamarme George.
El día en que George fue a verlo a solas le
informó de que el Señor estaba agonizando. La
Niña se encontraba junto al lecho, pero el Señor
también quería estuviese Andrew.
El Señor habló con voz potente, aunque
parecía incapaz de moverse. Se esforzó en
levantar la mano.

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—Andrew —dijo—, Andrew... No me ayudes,
George. Me estoy muriendo, eso es todo, no
estoy impedido... Andrew, me alegra que seas
libre. Sólo quería decirte eso.
Andrew no supo qué decir. Nunca había
estado frente a un moribundo, pero sabía que
era el modo humano de dejar de funcionar. Era
como ser desmontado de una manera
involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía
qué era lo apropiado decir en ese momento.
Sólo pudo quedarse en pie, callado e inmóvil.
Cuando todo terminó, la Niña le dijo:
—Tal vez te haya parecido huraño hacia el
final, Andrew, pero estaba viejo y le dolió que
quisieras ser libre.
Y entonces Andrew halló las palabras
adecuadas:
—Nunca habría sido libre sin él, Niña.

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Gentileza de El Trauko

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Andrew comenzó a usar ropa después de la
muerte del Señor. Empezó por ponerse unos
pantalones viejos, unos que le había dado
George.
George ya estaba casado y era abogado. Se
incorporó a la firma de Feingold. El viejo
Feingold había muerto tiempo atrás, pero su
hija continuó con el bufete, que con el tiempo
pasó a llamarse Feingold y Martin. Conservó ese
nombre incluso cuando la hija se retiró y ningún
Feingold la sucedió. En la época en que Andrew
se puso ropa por primera vez, el apellido Martin
acababa de añadirse a la firma.
George se esforzó en no sonreír al verle
ponerse los pantalones por primera vez, pero
Andrew le notó la sonrisa en los ojos.
George le enseñó a cómo manipular la carga
de estática para permitir que los pantalones se
abrieran, le cubrieran la parte inferior del
cuerpo y se cerraran. George le hizo una
demostración con sus propios pantalones, pero
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

Andrew comprendió que él tardaría en imitar la
soltura de ese movimiento.
—¿Y para qué quieres llevar pantalones,
Andrew? —dijo George—. Tu cuerpo resulta tan
bellamente funcional que es una pena cubrirlo;
especialmente,
cuando
no
tienes
que
preocuparte por la temperatura ni por el pudor.
Y además no se ciñen bien sobre el metal.
—¿Acaso los cuerpos humanos no resultan
bellamente funcionales, George? Sin embargo,
os cubrís.
—Para abrigarnos, por limpieza, como
protección, como adorno. Nada de eso aplica en
tu caso.
—Me siento desnudo sin ropa. Me siento
diferente, George.
—¡Diferente! Andrew, hay millones de
robots en la Tierra. En esta región, según el
último censo, hay casi tantos robots como
hombres.
—Lo sé, George. Hay robots que realizan
cualquier tipo de tarea concebible.
—Y ninguno de ello usa ropa.
—Pero ninguno de ellos es libre, George.
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Gentileza de El Trauko

http://go.to/trauko

Poco a poco, Andrew mejoró su guardaropa.
Lo inhibían la sonrisa de George y la mirada de
las personas que le encargaban trabajos.
Aunque fuera libre, el detallado programa
con que había sido construido le imponía un
determinado comportamiento con la gente, y
sólo se animaba a avanzar poco a poco. La
desaprobación directa lo contrariaba durante
meses.
No todos aceptaban la libertad de Andrew.
Él era incapaz de guardarles rencor, pero sus
procesos mentales se encontraban con
dificultades al pensar en ello.
Sobre todo, evitaba ponerse ropa cuando
creía que la Niña iba a verlo. Era ya una anciana
que a menudo vivía lejos, en un clima más
templado, pero en cuanto regresaba iba a
visitarlo.
En uno de esos regresos, George le comentó:
—Ella me ha convencido Andrew. Me
presentaré como candidato a la Legislatura el
año próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella.
—De tal abuelo... —Andrew se interrumpió,
desconcertado.
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—Quiero decir que yo, el nieto, seré como el
Señor, el abuelo, que estuvo un tiempo en la
Legislatura.
—Eso sería agradable, George. Si el Señor
aún estuviera...
Se interrumpió de nuevo, pues no quería
decir “en funcionamiento”. No parecía
adecuado.
—Vivo— Lo ayudó George—. Sí, pienso en el
viejo monstruo de cuando en cuando.
Andrew reflexionó sobre esa conversación.
Se daba cuenta de sus limitaciones de lenguaje
al hablar con George. El idioma había cambiado
un poco desde que Andrew se había convertido
en un ser con vocabulario innato. Además,
George practicaba una lengua coloquial que el
Señor y la Niña no utilizaban. ¿Porqué llamaba
monstruo al Señor, cuando esa palabra no
parecía la apropiada?
Los libros no lo ayudaban. Eran antiguos y
la mayoría trataban de tallas en madera, de arte
o de diseño de muebles. No había ninguno sobre
el idioma ni sobre las costumbres de los seres
humanos.
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Gentileza de El Trauko

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Pensó que debía buscar los libros indicados
y, como robot libre, supuso que sería mejor no
preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría
uso de la biblioteca. Fue una decisión triunfal y
sintió que su electropotencial se elevaba tanto
que tuvo que activar una bobina de impedancia.
Se puso un atuendo completo, incluida una
cadena de madera en el hombro. Hubiera
preferido plástico brillante, pero George le había
dicho que la madera resultaba más elegante y
que el cedro bruñido era mucho más valioso.
Llevaba recorridos treinta metros cuando
una creciente resistencia le hizo detenerse.
Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue
suficiente. Entonces, regresó a la casa y anotó
cuidadosamente en un papel. “Estoy en la
biblioteca” Lo dejó a la vista, sobre la mesa.

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

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No llegó a la biblioteca. Había estudiado el
plano. Conocía el itinerario, pero no su
apariencia. Los monumentos al natural no se
asemejaban a los símbolos del plano y eso le
hacía dudar. Finalmente pensó que debía de
haberse equivocado, pues todo parecía extraño.
Se cruzó con algún que otro robot
campesino, pero cuando se decidió a preguntar
no había nadie a la vista. Pasó un vehículo y no
se detuvo. Andrew se quedó de pié, indeciso, y
entonces vio venir dos seres humanos por el
campo.
Se volvió hacia ellos, y ellos cambiaron de
rumbo para salirse al encuentro. Un instante
antes iban hablando en voz alta, pero se habían
callado. Tenían una expresión que Andrew
asociaba con la incertidumbre de los humanos y
eran jóvenes, aunque no mucho. ¿Veinte años?
Andrew nunca sabía determinar la edad de los
humanos.

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Gentileza de El Trauko

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—Señores, ¿podrían indicarme el camino
hacia la biblioteca de la ciudad?
Uno de ellos, el más alto de los dos, que
llevaba un enorme sombrero, le dijo al otro:
—Es un robot.
El otro tenía nariz prominente y párpados
gruesos.
—Va vestido— comentó.
El alto cascó los dedos.
—Es el robot libre. En casa de los Martin
tienen un robot libre que no pertenece a nadie.
¿Porqué otra razón iba a usar ropa?
—Pregúntaselo.
—¿Eres el robot de los Martin?
—Soy Andrew Martin, señor.
—Bien, pues quítate esa ropa. Los robots no
usan ropa. —Y le dijo al otro—: Es repugnante.
Míralo.
Andrew titubeó. Hacía tanto tiempo que no
oía una orden en ese tono de voz que los
circuitos de la Segunda Ley se atascaron un
instante.

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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—Quítate la ropa —repitió el alto—. Te lo
ordeno.
Andrew empezó a desvestirse.
—Tíralas allí —le ordenó el alto.
—Si no pertenece a nadie —sugirió el de
nariz prominente—, podría ser nuestro.
—De cualquier modo —dijo el alto— ¿quién
va a poner objeciones a lo que hagamos? No
estamos dañando ninguna propiedad... —Y le
indicó a Andrew—: Apóyate sobre la cabeza.
—La cabeza no es para... —balbuceó él.
—Es una orden. Si no sabes cómo hacerlo,
inténtalo.
Andrew volvió a dudar y luego apoyó la
cabeza en el suelo. Intentó levantar las piernas y
cayó pesadamente.
—Quédate quieto —le ordenó el alto, y le dijo
al otro—: Podemos desmontarlo. ¿Alguna vez
has desmontado un robot?
—¿Nos dejará hacerlo?
—¿Cómo podría impedirlo?
Andrew no tenía modo de impedirlo si le
ordenaban no resistirse. La Segunda Ley, la de
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Gentileza de El Trauko

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obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera ley,
la de supervivencia. En cualquier caso, no podía
defenderse sin hacerles daño, y eso significaría
violar la Primera Ley. Ante ese pensamiento, sus
unidades motrices se contrajeron ligeramente y
Andrew se quedó allí tiritando.
El alto lo empujó con el pie.
—Es pesado. Creo que vamos a necesitar
herramientas para este trabajo.
—Podríamos ordenarle que se desmonte el
mismo. Sería divertido verle intentarlo.
—Sí — asintió el alto, pensativamente—,
pero apartémoslo del camino. Si viene alguien...
Era demasiado tarde. Alguien venía, y era
George. Andrew le vio cruzar una loma a lo
lejos. Le hubiera gustado hacerle señas, pero la
última orden había sido que se quedara quieto.
George echó a correr y llegó con el aliento
entrecortado. Los dos jóvenes retrocedieron
unos pasos.
—Andrew ¿ha pasado algo?
—Estoy bien George.
—Entonces ponte de pie... ¿Qué pasa con tu
ropa?
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—¿Es tu robot amigo? —preguntó el alto.
—No es el robot de nadie. ¿Qué ha ocurrido
aquí?
—Le pedimos cortésmente que se quitara la
ropa. ¿Porqué te molesta, si no es tuyo?
—¿Qué hacían Andrew?
—Tenían la intención de desmebrarme.
Estaban a punto de trasladarme a un lugar
tranquilo para ordenarme que me desmontara
yo mismo.
George se volvió hacia ellos. Le temblaba la
barbilla. Los dos jóvenes no retrocedieron más.
Sonreían.
—¿Qué piensas hacer gordinflón? —dijo el
alto, con tono burlón— ¿Atacarnos?
—No. No es necesario. Este robot ha vivido
con mi familia durante más de setenta años.
Nos conoce y nos estima más que a nadie. Le
diré que vosotros dos me estáis atacando
amenazando y queréis matarme. Le pediré que
me defienda. Entre vosotros y yo, optará por mí.
¿Sabéis qué os ocurrirá cuando os ataque? —Los
dos jóvenes recularon atemorizados—. Andrew,

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Gentileza de El Trauko

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corro peligro porque estos dos quieren hacerme
daño. ¡Vé hacia ellos!
Andrew obedeció, y los dos jóvenes no
esperaron. Pusieron los pies en polvorosa.
—De acuerdo, Andrew, cálmate —dijo
George, un poco demudado, pues ya no estaba
en edad para enzarzarse con un joven y menos
con dos.
—No podría haberlos lastimado, George. Vi
que no te estaban atacando.
—No te ordené que los atacaras, sólo que
fueras hacia ellos. Su miedo hizo lo demás.
—¿Cómo pueden temer a los robots?
—Es una enfermedad humana, de la que aún
no nos hemos curado. Pero eso no importa.
¿Qué demonios haces aquí, Andrew? Estaba a
punto de regresar y contratar un helicóptero
cuando te encontré. ¿Cómo se te ocurrió ir a la
biblioteca? Yo te hubiera traído los libros que
necesitaras.
—Soy un...
—Robot libre. Si, vale. ¿Qué querías de la
biblioteca?
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

—Quiero saber más acerca de los robots,
George. Quiero escribir una historia de los
robots.
—Bien, vayamos a casa... Y recoge tus ropas,
Andrew. Hay un millón de libros sobre robótica
y todos ellos incluyen historias de la ciencia. El
mundo no sólo se está saturando de robots, sino
de información sobre ellos.
Andrew meneó la cabeza; con un gesto
humano que había adquirido recientemente.
—No me refiero a una historia de la robótica,
George, sino a una historia de los robots, escrita
por un robot. Quiero explicar lo que sienten los
robots acerca de lo que ha ocurrido desde que se
les permitió trabajar y vivir en la Tierra.
George enarcó las cejas, pero no dijo nada.

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Gentileza de El Trauko

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La Niña ya tenía más de ochenta y tres años,
pero no había perdido energía ni determinación.
Usaba el bastón más para gesticular que para
apoyarse.
Escuchó la historia hecha una furia.
—Es espantoso, George ¿Quiénes eran esos
rufianes?
—No lo sé. ¿Qué importa? Al final no
causaron daño.
—Pero pudieron causarlo. Tú eres abogado,
George, y si disfrutas de una buena posición se
debe al talento de Andrew. El dinero que él ganó
es el cimiento de todo lo que tenemos aquí. Él
da continuidad a esta familia y no permitiré que
lo traten como a un juguete de cuerda.
—¿Qué quieres que haga, madre?
—He dicho que eres abogado, ¿es que no me
escuchas? Prepara una acción constitutiva,
obliga a los tribunales regionales a declarar los
derechos de los robots, logra que la Legislatura
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

apruebe leyes necesarias y lleva el asunto al
Tribunal Mundial si es preciso. Estaré vigilando,
George, y no toleraré vacilaciones.
Hablaba en serio, y lo que comenzó como un
modo de aplacar a esa formidable anciana se
transformó en un asunto complejo, tan
enmarañado que resultaba interesante. Como
socio más antiguo de Feingold y Martin, George
planeó la estrategia, pero dejó el trabajo a sus
colegas más jóvenes, entre ellos a su hijo Paul,
que también trabajaba en la firma y casi todos
los días le presentaba un informe a la abuela.
Ella, a su vez, deliberaba todos los días con
Andrew.
Andrew estaba profundamente involucrado.
Postergó nuevamente su trabajo en el libro
sobre los robots mientras cavilaba sobre las
argumentaciones judiciales, y en ocasiones
hacía útiles sugerencias.
—George me dijo que los seres humanos
siempre han temido a los robots —dijo una vez
—. Mientras sea así, los tribunales y las
legislaturas no trabajarán a favor de ellos. ¿No
tendría que hacerse algo con la opinión pública?

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Gentileza de El Trauko

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Así que, mientras Paul permanecía con el
juzgado, George optó por la tribuna pública. Eso
le permitía ser informal y llegaba al extremo de
usar esa ropa nueva y floja que llamaban
“harapos”.
—Pero no te la pises en el estrado, papá —le
advirtió Paul.
Interpeló a la convención anual de
holonoticias en una ocasión, diciendo:
—Si en virtud de la Segunda Ley podemos
exigir a cualquier robot obediencia ilimitada en
todos los aspectos que entrañan daño para un
ser humano, entonces cualquier ser humano
tiene un temible poder sobre cualquier robot.
Como la Segunda Ley tiene prioridad sobre la
Tercera, cualquier ser humano puede hacer uso
de la ley de obediencia para anular la ley de
autoprotección. Puede ordenarle a cualquier
robot que se haga daño a sí mismo o que se
autodestruya, sólo por capricho.
“¿Es eso justo? ¿Trataríamos así a un
animal? Hasta un objeto inanimado que nos ha
prestado un buen servicio se gana nuestra
consideración. Y un robot no es insensible. No
es un animal. Puede pensar, hablar, razonar,
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El Hombre Bicentenario

Isaac Asimov

bromear. ¿Podemos tratarlos como amigos,
podemos trabajar con ellos y no brindarles el
fruto de esa amistad, el beneficio de la
colaboración mutua?
“Si un ser humano tiene el derecho de darle
a un robot cualquier orden que no suponga
daño para un ser humano, debería tener la
decencia de no darle a un robot ninguna orden
que suponga daño para un robot, a menos que
lo requiera la seguridad humana. Un gran poder
supone una gran responsabilidad, y si los robots
tienen tres leyes para proteger a los hombres ¿es
mucho pedir que los hombres tengan un par de
leyes para proteger a los robots?
Andrew tenía razón. La batalla por ganarse
la opinión pública fue la clave en los tribunales y
en la Legislatura, y al final se aprobó una ley que
imponía unas condiciones, según las cuales se
prohibían las órdenes lesivas para los robots.
Tenía muchos vericuetos y los castigos por
violar la ley eran insuficientes, pero el principio
quedó establecido. La Legislatura Mundial la
aprobó el día de la muerte de la Niña.
No fue coincidencia que la Niña se aferrara a
la vida tan desesperadamente durante el último
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Gentileza de El Trauko

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debate y sólo cejara cuando le comunicaron la
victoria. Su última sonrisa fue para Andrew. Sus
últimas palabras fueron:
—Fuiste bueno con nosotros, Andrew.
Murió cogiéndole la mano, mientras George,
con su esposa y sus hijos, permanecía a
respetuosa distancia de ambos.

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