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Bajarse Al Moro José Luis Alonso De Santos .pdf



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Título: Bajarse Al Moro
Autor: Alonso De Santos

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Un grupo de jóvenes conviven en un piso urbano
y buscan su sitio en el mundo, entre la
marginalidad y la integración. Su convivencia
genera amor y desamor, sentido de la lejanía de la
sociedad y diferencias entre los principios y la
realidad

BAJARSE AL MORO

Un grupo de jóvenes conviven en un piso
urbano y buscan su sitio en el mundo,
entre la marginalidad y la integración. Su
convivencia genera amor y desamor,
sentido de la lejanía de la sociedad y
diferencias entre los principios y la
realidad
©1985, Santos, Alonso de Editorial: Anaya
ISBN: 9788466703000 Generado con:
QualityEbook v0.58

JOSÉ LUIS ALONSO DE SANTOS

BAJARSE AL MORO

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

HABITACIÓN destartalada en una calle
céntrica del Madrid antiguo. Posters por las
paredes y un colchón en el suelo cubierto de
almohadones. Sobre una mesa, revistas pop,
como «Víbora», «Tótem», y otras. En un rincón
una señal de tráfico, y en el otro una jardinera
municipal. Sobre ella una jaula con un hámster.
En el centro una mesita con aire moruno y unos
sillones de mimbre de antes de la guerra.
Además hay tiestos y otros cachivaches
inesperados, como una cabeza de esclavo egipcio
con una gorra puesta, y cosas por el estilo
encontradas en el Rastro. A la derecha,
formando un recodo, se ve la puerta que da a las
escaleras de salida a la calle. A la izquierda, una
ventana por la que entran los ruidos de la
ciudad. Y al fondo, una cocinilla, una puerta que
da al lavabo, y otra que da a un cuarto pequeño.
Por las paredes anda una flauta, un mantón de
manila, unos bafles que no suenan, un armario,
una colección de llaves, la cara de Lennon, el
espejo de la cenicienta y un horóscopo chino. Y,
sin embargo, a pesar del aparente desorden, hay

algo acogedor, relajante y buenc para los que
están mal de los nervios; porque es un lugar
tranquilo y pacífico donde el caos que uno lleva
dentro se encuentra lógico y con ganas de tomar
asiento. Al comenzar nuestra historia, en escena
está Jaimito, un muchacho delgaducho de edad
indefinida, haciendo sandalias de cuero. Suena
«Chick Corea» en un casette. Es la una de la
tarde y entra el sol por la ventana de la
habitación.
(Se abre la puerta de la calle, y aparece la
cabeza de Chusa, veinticinco años, gordita, con
cara de pan y gafas de aro.)
chusa.— ¿Se puede pasar? ¿Estás visible? Que
mira, ésta es Elena, una amiga muy maja. Pasa,
pasa, Elena.
(Entra, y detrás Elena con una bolsa en la
mano, guapa, de unos veintiún años, la cabeza a
pájaros y buena ropa.)
chusa.— Este es Jaimito, mi primo. Tiene un ojo
de cristal y hace sandalias. elena.—
(Tímidamente.) ¿Qué tal? jaimito.— ¿Quieres
también mi número de carnet de identidad? No
te digo. ¿Se puede saber dónde has estado? No
viene en toda la noche, y ahora tan pirada como
siempre. chusa.— He estado en casa de ésta. ¿A
que sí, tú? No se atrevía a ir sola a por sus cosas
por si estaba su madre, y ya nos quedamos allí a

dormir. (Saca cosas de comer de los bolsillos.)
¿Quieres un bocata? jaimito.— (Levantándose
del asiento muy enfadado, con la sandalia en la
mano.) Ni bocata ni leches. Te llevas las pelas, y
la llave, y me dejas aquí colgao, sin un duro...
¿No dijiste que ibas a por papelillo? chusa.— Iba
a por papelillo, pero me encontré a ésta, ya te lo
he dicho. Y como estaba sola... jaimito.— ¿Y ésta
quién es? chusa.— Es Elena. elena.— Soy Elena.
jaimito.— Eso ya lo he oído, que no soy sordo.
Elena. elena.— Sí, Elena. jaimito.— Que quién es,
de qué va, de qué la conoces... chusa.— De nada.
Nos hemos conocido anoche, ya te lo he dicho.
jaimito.— ¿Otra vez? ¿Qué me has dicho tú a mí,
a ver? chusa.— Que es Elena, y que nos
conocimos anoche. Eso es lo que te he dicho. Y
que estaba sola. elena.— (Se acerca a Jaimito y
le tiende la mano, presentándose.) Mucho gusto.
(Jaimito la mira con cara de pocos amigos, y le
da la sandalia que lleva en la mano; ella la
estrecha educadamente.)
jaimito.— ¡Anda que...! Lo que yo te diga. chusa.
— (A Elena.) Pon tus cosas por ahí. Mira, ese es
el baño, ahí está el colchón. Tenemos «maría»
plantada en ese tiesto, pero casi no crece, hay
poca luz. (Al ver la cara que está poniendo
Jaimito.) Se va a quedar a vivir aquí. jaimito.—

Sí, encima de mí. Si no cabemos, tía, no cabemos.
A todo el que encuentra lo mete aquí. El otro día
al mudo, hoy a ésta. ¿Tú te has creído que esto es
el refugio El Buen Pastor, o qué? chusa.— No
seas borde. elena.— No quiero molestar. Si no
queréis, no me quedo y me voy. jaimito.— Eso es,
no queremos. chusa.— (Enfrentándose con él.)
No tiene casa. ¿Entiendes? Se ha escapado. Si la
cogen por ahí tirada... No seas facha. ¿Dónde va
a ir? No ves que no sabe, además. jaimito.— Pues
que haga un cursillo, no te jode. Yo lo que digo es
que no cabemos. Y no digo más. chusa.— Sólo es
por unos días, hasta que se baje al moro
conmigo. jaimito.— ¿Que se va a bajar al moro
contigo? Tú desde luego tienes mal la caja.
chusa.— ¡Bueno! (Se desentiende de él y va hacia
la cocina.) ¿Quieres un té, Elena? elena.— Sí,
gracias; con dos terrones.
(Se sienta cómodamente para tomar el té.
Jaimito la mira cada vez más preocupado, y
Chusa canturrea desde la cocina mientras
calienta el agua.)
jaimito.— ¿Y por qué vas a llevarla? Quieres que
nos cojan, ¿no? chusa.— (Desde la cocina.) Será
que me cojan a mí, porque a tí, ahí sentado...
jaimito.— Oye, no sé a qué viene eso. Sabes muy
bien que no voy por lo de la cara sospechoso.
Pero yo vendo, ¿no? ¿O me echas algo en cara?

chusa.— Lo único que te digo es que se va a venir
conmigo, para sacar pelas. Y ya está. jaimito.—
Pues que venda aquí si quiere, pero ir, no. Si es
una cría. elena.— Es que como quiero viajar...
jaimito.— Pues hazte un crucero, tía. ¿Pero tú le
has explicado a ésta de que va el rollo? A ver si se
cree que esto es ir de cachondeo con Puente
Cultural. chusa.— (De la cocina, con el té.) Tú no
te metas; eso es cosa mía. ¿Con mucho azúcar
has dicho, Elena? elena.— Dos terrones. chusa.—
Es que no tenemos terrones aquí. elena.— Bueno,
pues regular de azúcar. Es que engorda. Trae,
me la echo yo. ¿Sacarina no tenéis? chusa.— No.
elena.— ¿Y la cucharilla, para darle vueltas?
jaimito.— Trae, te doy las vueltas con el dedo.
chusa.— (Cortándole.) ¡Venga, tú! (A Elena.)
Mete la parte de atrás de la cuchara. (A
Jaimito.) ¿Tú quieres? jaimito.— (Seco.) No
(Beben las dos mientras él, malhumorado,
vuelve a su trabajo con las sandalias.)
elena.— ¿Saco las cosas? chusa.— Sí. No las
pongas ahí. Ese es el rincón de Alberto; no le
gusta que le desordenen ni le toquen nada. Ya le
conocerás luego. Está chachi, te va a gustar. Es
muy alto, fuerte, moreno, con una pinta que te
caes. ¡Ah! Ese es Humphrey, el hámster. Le
encanta la lechuga. elena.— (Al mirar al rincón
de Alberto ve una porra sobre un mueble.)

Parece una porra. (Se acerca y la coge.) Oye, es
igualita que la que llevan los... jaimito.— (A
Chusa, que está llevando lo del té a la cocina.)
Me vas a acabar metiendo en un mal rollo por tu
alma de monja recogetodo que tienes. Bueno, ¿y
las pelas para el billete? chusa.— (Desde la
cocina.) Las pones tú, que para eso te quedas
aquí dándole a las sandalias, mientras yo ando
de safari jugándomela. jaimito.— A ti hoy la
goma de la olla no te cierra. ¿Quién organiza
aquí, eh? ¿Y quién controla para que todo salga
bien? chusa.— (Volviendo de la cocina). Santa
Rita. (A Elena ahora, al verla con la porra en la
mano.) No toques eso; es de Alberto. Se mosquea
rápido en cuanto nota que alguien ha andado
ahí. Mete tus cosas aquí, en mi armario. elena.—
Es que es igualita. ¿Os habéis fijado como se
parece a las que lleva la...? jaimito.—
(Cortándola.) ¿Qué es eso? elena.— ¿Esto? Pues
ya he dicho, estaba aquí, que se parece a las...
jaimito.— No, eso. Eso que llevas debajo del
brazo. elena.— ¿Esto? «El País». «El País» de
hoy. ¿Por qué? jaimito.— Tú eres una tía tela de
rara. ¿Por qué compras tú el periódico, a ver?
¿Estás buscando piso? elena.— Es que mi madre,
siempre que me escapo manda una foto a «El
País», con un anuncio para que me encuentren.
A ver si he salido... (Hojea el periódico ante la

mirada sorprendida de los otros dos.) Sí, mira,
aquí está. jaimito.— ¿Esta eres tú? Pues si te
tienen que encontrar por la foto... chusa.— La
verdad, no te pareces nada. elena.— Es de
cuando era pequeña. Hace mucho que no me
hago fotos. Salgo muy mal yo en las fotos.
jaimito.— Sí sales mal, sí. Tienes cara de loca.
elena.—Como estoy de frente... y luego el papel.
chusa.— (Leyendo el pie de la foto.) «Vuelve a
casa hija, que te perdono. Tu madre.» elena.—
(Recortando el trozo de periódico.) Hago
colección. jaimito.— ¿Y no tienes padre, o ése no
te busca? elena.— No, padre no tengo. chusa.—
Yo tampoco tengo padre. Es mejor.
(Se abre de pronto la puerta de la calle y entra a
todo correr Alberto, el otro habitante del piso,
vestido de policía nacional. Tiene unos
veinticinco años, alto, y buena presencia. Elena
se queda blanca al verle.)
alberto.— ¡La policía! ¡La policía, tíos! ¡Rápido,
que vienen! ¡Tirar al water lo que tengáis! ¡Han
salido de mi comisaría a hacer un registro, no
vaya a ser aquí, que venían para esta zona!
(Esconde el tiesto de «maría». En este momento
se da cuenta de la presencia de Elena.) chusa.—
Es una amiga. Oye, no sé qué vamos a tirar, si
no tenemos nada. (A Jaimito.) ¿Te queda algo?
jaimito.— Una china grande, pero no la tiro, que

es lo único que nos queda. Rápido, tú. (A Elena.)
A practicar. Toma, métetela donde no te la
encuentren... elena.— (Retrocede asustada sin
atreverse a cogerlo.) ¡Yo no sé! chusa.— ¡Trae!
(Coge la china y se mete en el lavabo.) jaimito.—
(A Alberto, señalando a Elena.) Se la ha
encontrado. elena.— (Ofreciendo, educada, su
mano a Alberto.) Elena, mucho gusto. Anda que
si te pillan... ¿Por qué tienes puesto ese
uniforme? alberto.— Pues porque estoy de
guardia, por qué va a ser. (Va a la ventana, la
abre y mira fuera. Luego cierra.) No se ve nada
raro. Yo me largo de todas formas, no sea que...
¿Qué hay de comer? jaimito.— Ahora iba a bajar
a la compra. Se largó la Chusa anoche y me dejó
sin un clavo. alberto.— Salgo a las tres, así que a
y cuarto o así estoy aquí.
(Va hacia la puerta, mientras Chusa sale del
lavabo. En este momento llaman con golpes
fuertes. Todos se esconden donde pueden en un
movimiento reflejo. Vuelven a golpear más
fuerte aún.)
voz fuerte de mujer.— ¡Abrir de una vez!
¡Alberto! ¡Abre! alberto.— Parece mi madre.
(Abre la puerta y entra la señora Antonia,
madre de Alberto, gorda y dicharachera. Nada
más entrar, empieza a dar golpes con el bolso a
su hijo.)

antonia.— ¿Se puede saber qué haces aquí,
golfo, más que golfo? ¡Ya estás otra vez con toda
esta panda! ¡He ido a llevarte el bocadillo a la
comisaría y nada! ¡La puerta de la comisaría
vacía, sin nadie, y tú aquí! ¡Ya te voy a dar yo a
ti...! alberto.— (Tratando de sujetarle el bolso.)
Pero mamá, solo he venido a por la porra, de
verdad, que se me había olvidado. jaimito.— No
se ponga así, señora, que no nos comemos a
nadie, ni tenemos la lepra. antonia.— ¿Y por qué
no abríais, eh, degeneraos? Seguro que os
estabais drogando bien a gusto, ahí, con las
jeringuillas. ¡Si estuviera aquí tu padre ya te
ibas a enterar tú, sinvergüenza! ¡Eso es lo que
eres! chusa.— Señora, no es para tanto. Aquí no
hay jeringuillas ni nada de eso. Puede mirar lo
que quiera. jaimito.— La ha tomado con
nosotros. alberto.— Mamá, que no. No te
enteras. No abríamos porque creíamos que era
la policía. Por eso. antonia.— ¿La policía?
(Esconde el bolso en medio de un gran sofoco
que le entra.) ¡La policía! ¡Que viene la policía!
alberto.— ¡Qué no! Que creíamos que era, pero
que no era... (Se da cuenta entonces de la
reacción de su madre.) ¿Qué esconde ahí?... A
ver... Seguro que ya ha estado otra vez con lo
mismo. ¡Traiga aquí!
(Le quita el bolso de un tirón, muy en policía, y

ella trata de impedir que vea lo que hay dentro.)
antonia.— ¡No, no, de verdad que no...! ¡Dámelo
ahora mismo, que es mío!
(Abre Alberto el bolso y empieza a sacar
montones de baberos de niño, ante la mirada
divertida de los demás.)
alberto.— ¡Madre! No ve que me va a
comprometer si la cogen. antonia.— Es una
enfermedad, hijo, ya te lo dijo el médico. Es como
el que tiene gripe, qué le vamos a hacer. Pruebas
que nos manda Dios. Peor es lo tuyo de las
drogas. Eso además es pecado mortal. alberto.—
(Muy duro.) ¡Qué enfermedad ni qué leches!
chusa.— Deja a tu madre, que haga lo que le dé
la gana, que ya es mayorcita. No te pongas en
policía con ella. alberto.— Es que me va a meter
en un follón. Cualquier día me toca ir a
detenerla, fíjate el numerito. Vamos a salir en los
periódicos. jaimito.— Como ésta. (Por Elena.) Le
pone la madre anuncios para que vuelva.
Enséñales la foto, anda. alberto.— Además roba
cosas que no valen para nada. Ahora le ha dado
por los baberos. ¿Por qué ha cogido todos esos
baberos, eh? ¿Es que no tenemos ya bastantes en
casa? Toda la casa llena de baberos, montones
de baberos. Debajo de la cama, baberos. En la
cocina, baberos. En el frigorífico, baberos.

jaimito.— Podíais poner una babería. elena.— ¿Y
eso qué es? chusa.— Está de coña. (A Alberto,
que mira ahora de mala manera a Jaimito por
la broma.) Venga, no le des importancia, que no
es para tanto. Y vamos a guardarlos, a ver si
van a venir y nos detienen por lo que no hemos
hecho. jaimito.—O también podíamos poner una
guardería.
(Coge un babero y se lo pone. Alberto se lo quita
de un tirón. Chusa ayuda mientras tanto a Doña
Antonia a guardar los que se le han caído por el
suelo.)
antonia.— ¿Quién es? (Por Elena.) jaimito.— Se
la ha encontrado ésta. Como usted los baberos.
alberto.— Bueno, ya, ¿eh? ¡Basta de cachondeos
con mi madre, que saco la porra! jaimito.— ¡A
ver si te vas a mosquear ahora conmigo,
madero, que eres un madero!
(Mira Alberto con tristeza a su amigo, acusando
el golpe. Luego mira su reloj.)
alberto.— Me tengo que ir, no se den cuenta. Ya
no creo que vengan, no sería aquí. Cualquier día
me vais a meter en un lío entre todos... (Mira a
Jaimito.) «¡Madero!» Encima. jaimito.— Espera,
bajo contigo, así me tomo un café, que estoy en
ayunas. (Le da un golpe amistoso en el hombro.)
Y no te mosquees, que te mosqueas por nada
últimamente.

(Alberto reacciona con otro golpe amistoso, y
salen los dos dándose puñetazos en un juego que
se adivina viene de muchos años atrás.)
antonia.— Un café a la una, qué desbarajuste.
(A su hijo, alcanzándole en la puerta.) Toma el
bocadillo, y estírate la camisa. (Le da el
bocadillo y le coloca la ropa.) Que vas hecho un
cuadro. alberto.— ¡Vale! ¡Vale! Hasta luego.
(Sale y cierran la puerta. Se oyen las risas
perdiéndose escaleras abajo entre ruidos que
indican siguen jugando a golpearse como dos
crios. Quedan en escena las dos chicas y Doña
Antonia, mirándose sin saber qué decirse.)
antonia.— (Suspirando.) ¡Ay, Dios mío! ¡Qué
hijos éstos! elena.— ¿Tiene usted más? ¿Más
hijos? antonia.— Te parece poco con este bala
perdida. Anda, dadme una copa de coñac si
tenéis por ahí, a ver si se me quita el disgusto
que tengo. chusa.— Se acabó usted el último día
la botella. Sólo hay té. ¿Quiere té? antonia.—
¿Té? Quita, quita. Yo sólo tomo té cuando me
duele la tripa. ¿Y tú quién eres? No te conocía.
elena.— Es que soy nueva. Soy Elena. Mucho
gusto.
(Le da la mano. Doña Antonia se limpia la suya
y se la estrecha encantada, sorprendida de los
buenos modales de alguien en aquella casa.)
antonia.— ¡Huy! Encantada, hija. Antonia del

Campo, calle de la Sal, doce, bajo C. Allí tienes tu
casa. ¡Ay, Dios mío! Otra infeliz que cayó en el
vicio, con la cara de buena que tienes. ¡En fin!
(Se arregla la ropa y coge el bolso.) Bueno, me
voy a echar un bingo. A ver si cojo hoy un par de
líneas por lo menos. A esta hora es cuando está
mejor y más decente. Como está enfrente del
mercado, sólo señoras, amas de casa y alguna
criada. chusa.— Adiós, doña Antonia, que siga
usted bien. elena.— Adiós, y encantada. antonia.
— Y a ver si venís algún sábado a las reuniones,
que si cae un rayo allí no os pilla, no. Hala,
adiós. chusa.— No se preocupe, que el sábado
vamos sin falta los cuatro. Adiós, adiós. (Sale
Doña Antonia.) ¡Puf! Menos mal. Si no es por el
bingo hoy no nos la quitamos ya de encima.
elena.— ¿Y tenemos que ir el sábado a una
reunión? ¿Qué reunión? chusa.— Esa es otra. Un
sábado nos lió y nos llevó a una reunión de
neocatecumenales. Sí, sí: «No estás solo, el Señor
te guarda...», y todo eso. elena.— Está peor que
mi madre. chusa.— ¿También es
neocatecumenal? elena.— Era lo que le faltaba.
chusa.— Pues chica, ésta nos ha metido cada
rollo con las catcquesis que dan y eso... Además,
como es para recuperación de marginales a
nosotros nos viene al pelo, como ella dice. (Ríen
las dos.) Como somos «drogadictos», por cuatro

porros, sabes; pero es que para ella todas las
drogas son iguales y pecado. Pero el coñac es
agua bendita, eso sí. elena.— ¿Y qué hacías allí el
día que fuisteis? chusa.— Cantábamos.
Cantábamos todos muy serios. (Canta
imitando.) «Cuando el Señor dijo Sión... todos
nos fuimos al pantano...», o algo así. (Ríen las
dos.) Como te coja un día por banda no te vas a
reír, no. Es peor que el telediario. elena.— ¿Y el
hijo también es neocatecumenal? chusa.—
¿Alberto? ¡Qué dices! Alberto es normal, aunque
le veas así vestido de policía, es completamente
normal. Bueno, también es que lleva poco
tiempo. Es muy guapo, ¿no? elena.— No está
mal, aunque así, con esa ropa, no me hago una
idea. chusa.— Pues a mí me encanta, chica. Con
esa ropa, con cualquier ropa, y sin ropa. Bueno,
tenemos que prepararlo bien todo para el viaje.
Hay que llevar pocos bultos para que no hos
paren e ir bien vestidas. ¿Sólo tienes eso?, ¿no
tienes nada que te dé más pinta de mayor?
elena.— En casa sí, pero aquí... La falda que
tengo en la bolsa, si acaso. (La saca de la bolsa.)
Me puedo poner ésta y el jersey marrón. Puedo
ir a por más ropa si quieres el fin de semana, que
no está mi madre; se va a la sierra. chusa.— ¿El
fin de semana? Si nos vamos pasado mañana o
al otro como mucho. elena.— ¿Así? ¿Tan pronto?

chusa.— Ahora en Semana Santa es mejor. Hay
más turistas, más lío, viaja más gente... ¿Te
echas atrás? elena.— No, no, sí quiero ir, pero no
sé si sabré así tan pronto. Como no me lo has
explicado bien, a lo mejor no sé. chusa.— No hay
nada que explicar. Vamos, llegamos, lo
compramos y volvemos. elena.— ¿Dónde
cogemos el tren? ¿En Atocha? chusa.— Pues sí,
en Atocha. ¿Y eso qué mismo da, si es en Atocha
o no es en Atocha? elena.— Nada, mujer, es por
saber. En Atocha. Este pantalón es muy bonito,
me lo tienes que dejar algún día. (Saca del
armario y se prueba un pantalón de Chusa.) En
Atocha. chusa.— Sí, en Atocha. Montamos en el
tren, una detrás de la otra. Antes hay que sacar
los billetes. (Elena la mira sin entender por qué
le dice esa tontería. Chusa le ayuda a hacer un
hueco en su armario y a colocar sus ropas,
probándose algunas que le gustan.) Bueno,
mira: vamos primero a Algeciras, y para eso
cogemos el tren en Atocha. Y luego allí, un barco
nos cruza en dos horas. elena.— En el barco me
mareo. Yo enseguida lo echo todo. chusa.—
Mientras no te dé colitis a la vuelta, te puedes
marear y vomitar lo que quieras. Está la
barandilla del barco puesta a una altura a
propósito, y el mar ni se entera. Te pones en la
cola, y hala. elena.— Yo me pongo malísima.

chusa.— Si no es nada. Dos horas. No te das ni
cuenta. Es peor el tren, que es un latazo. Tarda
como doce horas. elena.— ¿Tanto? chusa.— Es
un mogollón de tren; está lleno de moros, huele
mal... Seguro que nos encontramos a alguien
conocido en él, basquilla. Pero tampoco hay que
dar mucho cante, que están los trenes
últimamente fatal; a la mínima de cambio, como
te fumes un canuto, ya la has hecho. Por eso
nosotros, suavito. Nos compramos unos bo-catas
para comer algo en el viaje, y a las diez o así de
la mañana llegamos. Sale de aquí a las diez de la
noche y llega allí a las diez de la mañana. Doce
horas, lo que te digo. Luego, en Algeciras vamos
rápido, a ver si podemos pillar el barco de las
diez y media o el de las doce, como mucho.
Llegamos a Ceuta y nos vamos directamente a la
estación de autobuses y a Tetuán. Allí cogemos
otro autobús, y a Chagüe, que es un pueblecito
rodeado de tres montañas, muy bonito, como
esos que salen en las películas, con los techos así
redondos, todo blanco, precioso. elena.— ¿Tú lo
conoces bien, no? A ver si nos vamos a quedar
allí en las montañas, y nos perdemos o nos pasa
algo... ¿Y lo de dormir y todo eso? chusa.— Allí,
en Chagüe, dormimos la primera noche, en una
pensión muy bonita que hay, chiquitita. ¡Huy,
qué blusa, déjame...! A ver cómo me está. (Se la

prueba.) elena.— ¿Y no cogeremos allí piojos... y
cosas? chusa.— ¡Qué vas a coger, mujer! No.
Bueno, a lo mejor, pulgas sí que habrá; pulgas
casi seguro. elena.— ¡Pulgas! chusa.— No pasa
nada. Al día siguiente te has acostumbrado. Y si
no, nos echamos limón. elena.— A mí me da un
poco de cosa con los moros. chusa.— Conmigo
siempre se han enrollado bien, pero hay que
tener mucho cuidado. A un amigo mío en
Marruecos le pillaron mangando una manzana
y le querían cortar la mano. Es la pena para los
ladrones. elena .— ¿Todavía? chusa.— Fíjate. El
tío nerviosísimo, figúrate, y todos sus colegas
igual, porque es que veían que se la cortaban. El
tiraba para atrás, perorada, ellos, cabezones,
que se la cortaban. Fíjate, montando una allí que
te cagas. Robas una manzana y te quedas con el
muñón. elena.— Qué demasiao. chusa.— De qué,
¿no? Encima de que vamos allí a darles de comer
los europeos. Qué pasa. Pero nosotras en plan
tranqui, nos vamos rápido para Chagüe, que allí
ya es otra cosa. Y luego como lo veamos. O nos
vamos a comprarlo directamente, o si nos
apetece nos vamos antes a dar una vuelta por
Fez o Marraquech, a ver a los encantadores de
serpientes por la calle que están tocando la
flauta ahí y salen del cesto... elena.— Ay, qué
bien, qué bonito. ¿Vivas? ¿Vivas las serpientes?

chusa.— Si estuvieran muertas y salieran ya
sería demasiado, ¿no? Ya verás qué bonito todo
allí, y la pensión de Chagüe, con unos arcos que
tienen en el patio... elena.— Y con las pulgas.
chusa.— Que no pasa nada, y es cantidad de
barata además. Es lo más barato allí. Cuesta
diez dirjan la noche; unas doscientas pesetas.
elena.— ¿No podíamos ir a alguna un poco más
cara, que no hubiera pulgas? chusa.— Allí hay
pulgas en todos los sitios. No ves que es África.
Luego ya, desde allí, nos subimos a la montaña,
a casa del Mójame, que es el que nos lo vende.
elena.— ¿Y vamos a su casa? ¿En una montaña?
¿Y cómo subimos? chusa.— Por la carretera, por
dónde vamos a subir. Hay carretera. Y ya verás,
tía, se enrollan de puta madre. Los moros de la
ciudad, ya te digo, manguis que te caes; pero los
de la montaña son buena gente. elena.— A mí lo
que me da miedo es si no podemos luego volver.
chusa.— Venga ya, no digas cosas raras. Yo he
ido y he vuelto, ¿no? Dormiremos allí esa
segunda noche, en la casa del moro. Ya verás
qué punto tiene todo. elena.— ¡Ay, hija! Me da un
poco de miedo dormir ahí con un moro. chusa.—
Por Dios, tía, no vas a dormir con el moro. El
moro se va a otro sitio, y a ti te deja en un
cuartito de esos que tienen una cama todo
alrededor que parece como si fuera un asiento,

pegado a la pared, y duermes allí tumbada, de
lado. Allí duermen así siempre, en hilera y de
lado. No tienen camas. elena.— ¿Y sábanas?
chusa.— Pijama también si quieres. Allí no usan
eso, pero está precioso, tapizado, bonito, con
unas mesas de esas para tomar el té. En cuanto
ven que no haces nada te traen un té. Se enrollan
los moros de la montaña de puta madre.
Llegamos allí y le decimos al moro: «Mójame,
tenemos estas pelas, así que a ver lo que nos
podemos llevar». ¿Tú puedes conseguir algo de
dinero para traer más? elena.— Si acaso lo que
me he traído, o puedo sacar algo de la cartilla si
quieres. ¿Y cómo nos lo vamos a traer, lo que
compremos? chusa.— En el culo, en el chumi, nos
lo comemos, lo que sea. Hay que pasarlo. elena.
— ¿? chusa.— Tenemos que convencerlos para
que nos fabriquen ellos el costo. También nos lo
podemos hacer nosotras si queremos, pero es un
curre. Yo por saber, sé. A mí me das unas ramas
y te hago un doble cero en nada. Pero te pones
las manos hechas polvo. Te salen callos de
apretar. elena.— ¿El doble cero es el mejor, no?
chusa.— El primer polvo que da la rama. La
rama está llena de polen, el primer toque que le
das cae el polvito blanco; lo coges y se converte
en una bolita de goma negra. Doble cero. Lo
mejor. elena.— Pero será lo más caro. chusa.—

Claro. Ten en cuenta que si tienes, qué te digo yo,
a lo mejor diez kilos en varas de hachís cortado
en ramas, da sólo doscientos gramos o así de
doble cero. Si luego le das cien vueltas ya a la
varita, pues le sacas dos kilos, qué quieres que te
diga, pero ya del malo, morralla. elena.— Sí. Yo
de eso no sé; es mejor que te ocupes tú. Yo fumo
y me gusta, pero no entiendo nunca ni lo que
fumo. Como no me trago el humo... chusa.— No
te preocupes, que está todo controlado. elena.—
Yo, más que nada, es por ir. Bueno, tambien por
sacar algo, porque luego, al venderlo aquí...
¿cuánto se saca? chusa.— Veinte veces lo que nos
hemos gastado, si es un negocio. Y una aventura.
Te metes allí, dos tías además, nos lo regalan
todo. A mí me han regalado cosas muchas veces.
Dicen que tengo cara de mora. Como soy
morena... elena.— A mí lo que más cosa me da es
eso de metérnoslo en el culo. ¿Qué miedo, no?
chusa.— Qué va, tía. Si es que luego estás allí, y
te entra un punto de tranquilidad y da paz que
es que estás en la gloria. Y nada. La noche
anterior a venirnos, nos hacen las bolas. elena.—
¿Y de cuántos gramos es cada bola? Yo no sé si...
chusa.— Te tienes que procurar meter por lo
menos cien gramos en la vagina, y otros cien o
doscientos en el culo. elena.— ¡Ay, Dios! Yo es
que soy estreñida. Si se me queda dentro...

chusa.— Mejor. Te tomas luego un laxante y lo
echas todo. elena.— En el barco de vuelta,
mareada y con eso dentro, me muero. chusa.—
Qué aprensiva eres. Las bolitas son molestas al
principio, pero luego se suben para arriba y no
notas nada. elena.— Tú me tienes que ayudar,
porque si no, no sé. chusa.— A ver si te voy a
tener que meter yo las bolas. Te las metes tú
como buenamente puedas, con vaselina. elena.—
Habrá que llevar mucha vaselina entonces.
chusa.— Un kilo, no te digo. Eso con una gota
hay más que de sobra. Si no duele nada. Mira,
hay sólo un problema, qué quieres que te diga: si
nos cogen. Es de lo único que te tienes que
preocupar. Por eso en la frontera nos tenemos
que poner monas, nos pintamos bien, tranquis,
sonrientes, y ya está. Echándole morro a la vida,
que si no te comen. Tú haces todo lo que yo haga.
¡Ah! Y luego muchísimo cuidado en el tren, que
es donde cogen a los pardillos. Sacas un porro,
se corre el asunto, y ya te has liado. Otras doce
horas en la batidora de la Renfe, y a casita.
(Elena, que lleva un rato intentando hacer una
difícil confesión a Chusa, por fin se atreve al ver
que ésta ha llegado al final de su explicación.)
elena.— Tengo que decirte una cosa. ¡Yo na
puedo! En el culo a lo mejor... pero nada más.
Chusa, soy virgen. chusa.— ¿Que eres qué?

elena.— Virgen. Que nunca he... Nunca. Ni una
vez. chusa.— No me estarás hablando en serio.
elena.— Ha sido sin querer, de verdad. Yo no
quería, bueno, quiero decir que sí que quería,
pero es que los tíos son... Se lo dices y empiezan
que si tal que si cual. No se atreven. Ya sabes
cómo son de cortados para todo. Se aprovechan
de ti y luego nada. chusa.— Eso hay que
arreglarlo enseguida. Se lo decimos esta noche a
Alberto y ya está. No me hace gracia, no creas,
pero qué le vamos a hacer. No vas a seguir así.
¿Te ha gustado antes, no? Pues mejor para ti.
elena.— Me da vergüenza. chusa.— Venga, no
seas tonta, que eso no es nada. No miramos.
elena.— ¿Pero vais a estar aquí mientras? chusa.
— Pues claro. ¿Qué pasa? ¿Te vamos a comer?
elena.— Que me da vergüenza, de verdad. chusa.
— Más vergüenza tenía que darte ser virgen en
mil novecientos ochenta y cinco, y tan mayor.
Debes quedar tú sola, guapa. elena.— Yo y mi
madre. También es virgen, sabes. chusa.—
¿Quién? ¿Tu madre? (Elena asiente con la
cabeza.) Sí, claro. Y a ti te trajo la cigüeñita.
elena.— De cesárea. Nací de cesárea. Y se quedó
embarazada en una piscina municipal, con el
bañador puesto y todo, y eso que era de los
antiguos. Bueno, eso dice ella. chusa.— ¿En una
piscina? ¿En una piscina municipal? Sería al

tirarse del trampolín. Habría uno debajo
haciendo la plancha, y ¡zas! elena.— Es de
verdad, no te lo tomes a broma. Yo soy hija de
mi madre y de un espermatozoide buceador.
chusa.— Desde luego es que no te puedes fiar.
Quién sería el animal que se puso allí a... ¡Hay
que ser burro, y bestia, y...! ¡Ay, perdona, tú! No
me había dado cuenta de que era tu padre.
elena.— No, si como no le conozco me da lo
mismo. A mí como si me dicen que soy una niña
probeta. Paso de orígenes. chusa.— Pues mira,
haces bien, qué quieres que te diga. Tampoco
creas tú que mi padre era..., para ese padre casi
mejor ser hija del Ayuntamiento como tú. Hoy
día además no hay que escandalizarse por nada.
Hace poco estuvo aquí durmiendo unos cuantos
días uno que hacía Biológicas, y estaba todo el
día dándole a un libro de un tal Mendel, que
hacía unas guarrerías con los guisantes para
que tuvieran hijos que no te creas. Venían los
dibujos y todo. Por dónde se tenía que meter el
guisante, lo que hacía cuando estaba dentro y se
hinchaba, se hinchaba... Todo, venía todo. Ya
ves; más de uno tendría por padre a un
guisante. Claro que se lo callan. No lo van a ir
diciendo por ahí como haces tú. elena.— Yo no se
lo digo a nadie tampoco. A ti porque te conozco,
pero a nadie más. Como no conozco a nadie

más... Que no intimo yo con nadie, de verdad.
chusa.— Oye, ¿tú eres un poco rara o me lo
parece a mí? Claro, debe ser por lo de virgen. No
te regirán bien las neuronas. Esta noche, Alberto
te pasa al gremio de las normales, no te
preocupes. elena.— Y yo... ¿Qué tengo que hacer?
chusa.— ¿Tampoco sabes eso? No te preocupes,
que él te enseñará. El sí que sabe; ya lo verás.
¿Tomas la pildora? elena.— ¿Qué pildora? No.
Como soy virgen... chusa.— Déjalo, no te
esfuerces. Vamos a la farmacia a por algo, no te
quedes embarazada a la primera de cambio y
me toque encima cuidar del niño. Y menos de
Alberto, guapa. No me gustaría nada, ¿sabes?
elena.— Gracias, Chusa. Eres una tía. chusa.—
Una madre es lo que soy. Es mi cruz, qué le
vamos a hacer. Hala, vamos.
(Van a salir. Abren la puerta. Chusa regresa
desde la puerta y apaga el transistor, que estaba
sonando muy bajo.)
elena.— (Desde la puerta.) También así, maja,
hacerlo la primera vez con un madero me da no
sé qué. A ver si me va a pasar algo. Yo soy muy
supersticiosa. chusa.— Alberto es un tío fetén. Y
lo hace todo bien: si lo sabré yo. Si te lo dejo es
porque es de confianza. Y una vez nada más,
¿eh? No te vayas luego a acostumbrar. En la
policía también hay tíos normales, como en

todos los sitios. ¿Qué te crees, que muerden?
Además, como se quitará el uniforme, ni te
enteras. elena.— Me imagino. Lo que faltaba era
que lo hiciera con el uniforme puesto. ¡Qué
escalofrío!, ¿no?
(Salen las dos entre risas y cierran la
puerta. Oscuro.)

ESCENA SEGUNDA

(Han pasado varias horas. Son ahora las doce
de la noche del mismo día. En escena, Alberto y
Chusa discuten acaloradamente. Humphrey, el
hámster, les mira un tanto melancólico, dando
vueltas a su rueda.)
alberto.— ¡Ah, yo no, ni hablar! A mí no me liéis.
chusa.— Venga, tío, no seas estrecho. ¿No te
gusta? alberto.— No es eso. Es que una virgen es
un lío. Que lo haga Jaimito. chusa.— ¿Jaimito?
Jaimito es un inútil para esas cosas. (Le besa.)
Además a ella le gustas más tú. No es tonta, no
creas.
(Alberto pasea nervioso por la habitación,
vestido como siempre con su nuevecito traje de
policía.)
alberto.— Pues no me da a mí la gana, ya ves.
Estamos en un país libre últimamente, ¿no? De
algo tiene que servir la democracia, digo yo. Que
lo haga otro. Te bajas a la calle y coges al primer
salido que pase y te le subes. ¡Tiene que ser así,
de golpe, ahora mismo porque me da la gana!
¿Pero tú que te crees que soy yo? chusa.— Que
nos vamos dentro de nada al moro, te lo he

dicho. Y no va a ir así la pobre. alberto.— A mí
no me metáis en vuestros líos. Yo de todo eso no
quiero saber nada, ni si vais ni si dejáis de ir. Y
de esto, tampoco. Somos amigos, pero cada uno
su vida, y sus cosas. El que vivamos juntos no
quiere decir... chusa.— Venga, quítate el
uniforme, que va a subir y si te ve así se corta. Y
deja de decir chorradas, que últimamente metes
cada rollo que no hay quien te aguante.
(Chusa trata ahora de irle quitando la ropa.)
alberto.— (Separándose de ella.) ¡Quieta! Sin
tocar, que tocando vale más dinero. No quiero y
no quiero. ¡Cómo sois las tías! Os pensáis que
estamos siempre dispuestos. ¡Hale, al catre! Y ya
está. Y nosotros tan contentos. ¡Pero bueno!
chusa.— Pues conmigo no le pones tantas pegas
al asunto.
(Alberto se pone tenso ante la alusión de Chusa
a sus relaciones.)
alberto.— ¿A qué viene eso ahora? Es otra cosa,
¿no? A ella no la conozco de nada. Tú a veces
dirás también que no, digo yo. ¿O es que te metes
en la cama con todo el que te lo pide? chusa.— ¿Y
a ti qué te importa con quién me meto yo en la
cama? alberto.— ¿A mí? Pero si no es eso. Yo lo
digo por lo de esta tía. Que me quieres liar otra
vez. chusa.— ¿Otra vez, verdad? Mira, vamos a
dejarlo. alberto.— Lo único que quería decir, es

que tú no te acuestas con todo el que te lo pide,
¿verdad? chusa.— Si es así, un favor como éste...
Contigo siempre he querido. alberto.— ¿Y ha sido
un favor? chusa.— No digo eso. Pues sí que nos
entendemos hoy bien. alberto.— Yo no necesito
que nadie me haga favores de este tipo,
¿entiendes? Ni tampoco me gusta hacerlos. Era
ya lo que faltaba. chusa.— Eres un estúpido, eso
es lo que eres.
(Se oye llegar a Elena y Jaimito por las
escaleras. Están abriendo la puerta de la calle.)
chusa.— Lo único que te digo es que puedes
hacer lo que quieras, pero a mí no me vuelvas a
hablar.
(Entran los otros dos, cargados de cervezas de
litro, bolsas de patatas fritas, etc.)
jaimito.— Ya está todo aquí. Lo que nos ha
costado encontrar algo abierto. Todo preparado
para la bacanal romana: patatas fritas eróticas
marca «La Riva», foie-gras de cerdo salido «El
gorrino de oro», Mahou a tutiplén, y aceitunas
rellenas de afrodisiacos «La olivarera
malagueña».
(Ha ido colocándolo todo encima de una mesa.
Traen vasos de la cocina, abren las cervezas y
empiezan a beber.)
elena.— (Coqueta.) Hola, Alberto, ¿qué tal?
alberto.— (Agresivo.) Yo bien, ¿por qué? elena.—

(Más coqueta aún.) No, por nada. Era sólo por
saber cómo estabas, si estabas bien o no. jaimito.
— (Poniendo el casette.) Un poco de musiquita
para ir creando ambiente.
(Se escucha a Los Chunguitos en una rumba
flamenca apropiada para el momento. Siguen
comiendo y bebiendo.)
elena.— (Acercándose a Chusa le da con el codo
y le habla por lo bajo.) ¡Tiene el uniforme! chusa.
— (Le contesta también por lo bajo.) Ya se lo
quitará. O se lo'quita él o se lo quitamos
nosotros, no te preocupes. Acércate a él, dile
algo. elena.— (Acercándose muy insinuante a
Alberto.) ¿Bailamos? alberto.— No. Con el
uniforme puesto no se puede bailar. Está
prohibido. elena.— (Con una risita.) Pues
quítatelo. jaimito.— ¿Qué calor, no? (Se quita el
jersey.) Hace un calor aquí... ¿Tú no tienes
calor? (A Alberto.) Quítate algo. alberto.— Qué
manía habéis cogido todos con que me quite la
ropa. Quitárosla vosotros si queréis. chusa.—
Por lo menos quítate la pistola, a ver si nos vas a
dar a uno. alberto.— (Se la quita y la pone
encima de su armario.) Sin tocarla, ¿eh? Que da
calambre. (Risita de Elena.)
(Jaimito sirve cerveza y sigue bebiendo. Luego
se pasan unos canutos. La música rumbera va
subiendo y el clima se va calentando. Suenan en

esto unos golpes muy fuertes en una pared de la
habitación.)
chusa.— Ya está ahí el plasta ese incordiando.
jaimito.— Pasar de él. Que tire la casa si quiere.
(Canta ahora Jaimito la música del casette y
taconea al ritmo flamenco.) «... Pues me he
enamorao y te quiero y te quiero, y sólo deseo
estar a tu lado, soñar con tus ojos, besarte los
labios, sentirme en tus brazos, que soy muy feliz.
Si me das a elegir, entre tú y la gloria, pa que
hable la historia de mí por los siglos, ay amor,
me quedo contigo...»
(Se oye ahora una voz desde el otro lado del
tabique, hablando a gritos.)
off.— ¡Tengo que dormir! ¡Bajen la música!
elena.— Si sólo son las doce. ¿Quién es? ¿Por qué
se pone así? jaimito.— Siempre está igual. chusa.
— Madruga el hombre, y claro... jaimito.— Pues
que no madrugue. (Sigue con Los Chunguitos.)
«Si me das a elegir, entre tú y ese cielo, donde
libre es el vuelo, para ir a otros nidos, ay amor,
me quedo contigo. Si me das a elegir, entre tú y
mis ideas, que yo sin ellas, soy un hombre
perdido, ay amor, me quedo contigo. Pues me he
enamorao, y te quiero y te quiero, y sólo deseo
estar a tu lado...» (Canta ahora Jaimito
directamente a Elena, que le sonríe encantada.)
«Soñar con tus ojos, besarte los labios, sentirme

en tus brazos que soy muy feliz...» alberto.—
(Metiéndose en medio, un poco molesto de haber
pasado a segundo plano.) Es un cura. Dice misa
en las monjitas, ¿verdad? A las cinco de la
mañana. Y el hombre no pega ojo. chusa.— Me
ha dicho la portera, que es muy maja, que el otro
día se fue a quejar, y ella le dijo que en esta casa
había libertad religiosa, y que lo que tenía que
hacer era trabajar en algo decente, como Dios
manda, y no andar con las monjas por ahí a esas
horas. (Risas de los tres.)
(Jaimito sigue intentando canturrearle a Elena,
pero Alberto está ya delante, descaradamente, y
le sigue dando su explicación.)
alberto.— Que diga la misa por la tarde. Ahora
ya dejan. O por la noche. Se tendría que perder
la película de la tele, claro. Todo el día con la tele
puesta, y nos tenemos que aguantar. Y luego
nosotros ponemos la música, y jaleo. jaimito.—
El otro día me lo encuentro por la escalera y
empieza a decir gilipolleces. Le dije que se
mudara, y me dice el prenda que el que se tenía
que mudar era yo, que huelo mal. No te jode.
Están fastidiados porque están todos ahora
medio en el paro. Se les está acabando el chollo.
Alguna misa en las monjitas, y vale. Así está,
medio ido. chusa.— Eso es de no dormir. jaimito.
— Pues que duerma, hombre. (A gritos hacia la

pared.) ¡Que se eche la siesta! «Pues me he
enamorao, y te quiero y te quiero, y sólo deseo,
estar a tu lado...»
(Canta ahora Jaimito mucho más alto. Se
vuelven a oír, más altos también, los golpes en la
pared. Y de pronto traspasa el tabique el palo de
una escoba.)
jaimito.— (Parando el casette.) ¡Huy, la hostia!
¡Que nos tira la casa!
(Agarra el palo y tira. El otro tira desde el otro
lado. Finalmente el otro suelta y Jaimito se cae
del tirón quedándose con el palo.)
chusa.— (Se acerca al agujero y mira por él.) A
ver... jaimito.— ¿Qué ves? chusa.— (Mirando.)
Un ojo. (Habla a voces por el agujero.) ¡Qué
pasa! ¡Que ha roto la pared! ¡A ver ahora, qué
va a pasar! (Se oyen gritos al otro lado.) Dice
que va a llamar a la policía. Encima. (A gritos
otra vez.) ¡A quien tiene que llamar es a un
albañil, a que arregle esto! ¡Y a un psiquiatra, tío
loco! alberto.— Esperar, que voy. (Se ajusta la
pistola y la gorra y va hacia la puerta. Echa una
última mirada a Elena y ésta le amaga una
despedida con la mano, como si se fuese a la
guerra. Sale.) jaimito.— Cuando abra y le vea se
caga.
(Se oye sonar el timbre de la otra casa.)
elena.— Pensará que ha llegado volando; nada

más descolgar el teléfono y... chusa.— A ver si da
más golpes ahora. (Vuelve a mirar por el
agujero y va contando a los otros dos lo que ve
pasar en la casa de al lado.) Ya va a abrir.
Ahora no se le ve... Ya, ya... Vuelve. Está blanco.
Ahora mira el agujero, coge un tapón de una
botella, se acerca, lo pone y... fin. (Retirándose.)
alberto.— (Entrando triunfal.) Mañana viene el
albañil. Ya de paso que nos arregle la cocina. (Se
ríen todos.) chusa.— (A Elena.) ¿Has visto lo bien
que viene tener la bofia en casa?
(Alberto mira a Elena. Está ahora en plan de
héroe de película. Y le sale el ramalazo
conquistador. Por otro lado, Elena cada vez le
gusta más, sobre todo desde que intentó
acercarse a ella Jaimito. Esta se acerca a él y le
pone orgullosa la mano en el brazo. Se miran.)
chusa.— Si queréis podéis meteros en el cuarto.
No sea que ése quite el tapón y le dé algo. elena.
— Bueno, lo que tú digas. alberto.— Al fin y al
cabo la policía está al servicio del ciudadano, y
esto es un servicio público. (Van hacia la
habitación. Se vuelve desde la puerta.) ¡Qué
liantes sois! ¡Sí, los dos! No bajéis la música.
Ahita. (Se quita la gorra y la tira al aire muy
chulo, en brindis torero.) Allá va, y que sea lo
que Dios quiera. Va por vosotros. elena.—Bueno,
adiós.

(Al desaparecer los dos dentro del cuarto y
cerrar la puerta, Jaimito y Chusa se quedan con
la mirada perdida en el vacío. Lo que era un
juego se ha convertido en soledad.)
jaimito.— Qué suerte tiene el tío para todo. Y
encima se queja. Es maja, ¿verdad? chusa.—
Creí que no te gustaba. jaimito.— ¿A mí? Sólo
digo que es muy guapa, y que está muy buena.
Encima se meten ahí los dos... chusa.— A ver. Si
se mete uno solo la cosa es más difícil. jaimito.—
Yo creí que tú y Alberto..., vamos, que tú y él...
chusa.— ¿Quieres dejarlo ya?
(Chusa se pasea nerviosa por la habitación, y
trata de distraerse haciendo algo. Coloca la
mesa, mueve las sillas de sitio, y hace dos o tres
cosas raras más. Va a la ventana y se queda
mirando al infinito.)
chusa.— (Tratando de convencerse a sí misma
ante la creciente angustia que le está entrando
de pronto.) Esto no tiene importancia. Es una
amiga. A ver si vamos a ponernos nosotros
antiguos con esta bobada. jaimito.— (Baja el
casette.) No se oye nada... ¿Qué estarán
haciendo? chusa.— Crucigramas. (Llega hasta el
casette y lo sube otra vez. Va al baño.) Hay que
llamar al fontanero para que arregle de una
maldita vez esa cisterna, que se sale. Me da la
noche con ese ruidito. (Pausa.)

(Llaman en esto a la puerta de la calle. Va
Jaimito a abrir. Lo hace, y entra Doña Antonia,
medio llorando, con un gran disgusto encima.)
antonia.— ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¿Está mi
hijo aquí...? chusa.— (Intentando ocultarle.)
No... me parece que no ha venido. ¿Ha venido?
(A Jaimito.) jaimito.— Yo desde luego no le he
visto. ¿Qué ha pasado? ¿Se encuentra usted mal?
Siéntese, mujer. Y cálmese. antonia.— ¡Ay, Dios
mío, Dios mío qué desgracia tan grande! chusa.
— (A Jaimito.) Tráele agua, o algo... antonia.—
(Ve la gorra de Alberto.) ¿Y esto? ¡Está aquí!
¿Dónde está? ¡Alberto, hijo...! ¡Hijo...!
(Se miran Jaimito y Chusa. Como la cosa parece
seria deciden llamarle.)
jaimito.— (Llamando a la puerta del cuarto.)
¡Alberto! Oye, sal. ¡Sal un momento, anda. Es tu
madre!
(Se abre la puerta del cuarto y aparece Alberto
a medio vestir. Se acerca a su madre que sigue
ahogada del disgusto en una butaca. Todos
alrededor.)
alberto.— Madre, ¿qué pasa? antonia.— ¡Ay qué
disgusto, hijo mío de mi alma! ¡Dios mío, Dios
mío! alberto.— ¿Pero qué pasa, madre? ¿Quiere
hablar de una vez? ¿Qué pasa? antonia.— ¡Tu
padre, hijo, tu padre! ¡Que ha salido de la cárcel!

(Cara estupefacta de todos ante la noticia.
Y oscuro.)

ESCENA TERCERA

(Al día siguiente, mediodía. Elena está leyendo.
Jaimito viene de la cocina con una lata abierta,
comiendo. Se le acerca.)
jaimito .— ¿Quieres? elena.— No, gracias. Ya he
comido. jaimito.— (Se sienta a su lado. Sigue
comiendo.) Vaya lío ayer, ¿eh? ¿Has visto hoy a
Alberto? elena.— No, no ha venido. (Sigue
leyendo.) jaimito.— Vaya corte que te llevarías,
llegar ahí la madre, en ese momento... (Pausa,
silencio. Sigue comiendo y ella leyendo.) Y luego
el jaleo ese de su padre. Le habían echado un
montón de años, y de pronto a la calle. Ahora es
muy difícil que te dejen estar en la cárcel. Hay
que estar muy recomendado. Un amigo mío que
está allí metido, come en casa, y luego duerme
allí. Cuando no puede ir algún día llama por
teléfono. (Ve que sus intentos de ser gracioso no
van por buen camino, y cambia de estrategia.)
Vete tú a saber..., las cosas que pasan... Oye, así
que tú sigues igual. Qué mala suerte. elena.—
¿De qué? jaimito.— De lo de virgen. elena.— Ah,
no importa. Otro día.
(Jaimito se quiere ofrecer, pero no sabe por

dónde empezar. Está violento, tartamudea. Se
levanta y se sienta varias veces. Va al lavabo, y
se peina.)
jaimito.— Sí que es una lata eso de ser virgen.
Yo que tú, en la primera ocasión que se me
presentara... Estamos solos. elena.— (Distraída
con la lectura.) Sí, Chusa dijo que vendría luego.
jaimito.— (Se acerca. Mira el libro que ella lee.)
«Apocalípticos e Integrados...» ¿Es buena?
elena.— Es de Umberto Eco. Está muy bien. Es
un ensayo sobre nuestra civilización actual. La
crítica literaria, el consumo... esas cosas.
jaimito.— Tú has estudiado, ¿no? elena.— Sí.
Ciencias de la Educación, lo que antes era
Filosofía y Letras. Sólo he hecho hasta tercero.
Bueno, tengo alguna de segundo. Este año es que
no he aparecido por la Facultad. Es un rollo, no
aprendes nada. Yo leo y estudio más por mi
cuenta. Y con apuntes que me dejan los que van.
Luego me examino, y lo voy sacando. Aprendes
más. Los profesores no enseñan nada. jaimito.—
¿Y cómo te puedes examinar si te escapas de
casa? elena.— Para los exámenes vuelvo.
jaimito.— ¡Ah! elena.— ¿Y tú, no estudias nada?
jaimito.— ¿Yo? Yo no. Yo soy un ignorante, de
verdad. No leo nada... La verdad es que para
vender costo y hacer sandalias... A mí lo que me
gusta mucho es el cine. elena.— La cultura nunca

viene mal. Además, es por distraerse. ¿Novelas
tampoco lees? jaimito.— Novelas tampoco.
Algunas de pequeño, pero ahora... Revistas si
acaso. Bueno, alguna vez leo algo, pero poco.
elena.— Claro. Será también por lo del ojo.
jaimito.— ¿El ojo? Qué va. Yo veo igual que tú o
que cualquiera. Ver, veo muy bien. Sólo de un
lado, pero perfectamente. elena.— (Tapándose
un ojo.) Pues yo si miro con un ojo sólo, veo mal.
jaimito.— Tú porque no estás acostumbrada.
(Pausa. Ella vuelve a su lectura. De vez en
cuando prueba tapándose un ojo. El, a su
alrededor, no sabe por dónde entrarle.) ¿Te
vienes al cine? elena.— ¿Al cine? ¿Al cine a esta
hora? ¿A qué cine, qué ponen? jaimito.— No sé,
es igual. A cualquiera. Es por salir un rato. Nos
tornamos unas cervezas y luego nos vemos una
que esté bien. Compramos la Guía del Ocio.
elena.— No, de verdad. Gracias, pero no. Estoy
enrollada con esto. Díselo a Chusa cuando
venga, y ete con ella. jaimito.— (Atreviéndose.)
Es que yo quiero ir contigo. elena.— (Sin
enterarse de nada.) ¿Conmigo? ¿Por qué?
jaimito.— No sé, me apetece. Yo soy un tío muy
raro. Me dan bascas, así, de pronto. Hay
momentos en que una persona me gusta, ¿no?, y
entonces, pues al cine. (Ella sigue leyendo,
siguiéndole con automáticos movimientos de

cabeza.) Una vez me enrollé yo con una chica,
una vecina mía, cuando vivía en el Puente de
Vallecas, antes de venirme aquí, a Lavapiés.
Trabajaba ella en Simago, allí en la Avenida de
la Albufera. Era muy maja. Alta, con el pelo
largo..., muy maja. Yo la iba a buscar a la salida
del trabajo. Nos juntábamos allí un montón de
tíos todos los días. Parecía la mili. Esperando,
allí, a la salida, todos tan serios. Luego ya salían
ellas, y hala, cogía yo a la Merche y nos íbamos
al cine. Todos los días al cine. Sin faltar uno. Al
cine. Estuvimos un año y pico saliendo y nos
vimos todos los programas dobles de Madrid.
Nos conocían hasta los acomodadores. Luego ya
lo dejamos. Bueno, la verdad es que fue ella la
que lo dejó. Se largó con un ro-ckero, de los de
las discotecas y chaqueta de cuero. Un fantasma
de esos. La vi después, al año o así. Una noche.
Iba con el tío ese y unos cuantos más. Me dijo
que estaba harta de ir al cine. A gritos, desde la
otra acera de la calle: «¡Estoy harta de cine!». Al
año y pico, fíjate. Era de noche, me acuerdo muy
bien. Me lo podía haber dicho entonces, cuando
salíamos. Yo iba porque creía que a ella le
gustaba. A mí, tanto cine, la verdad... (Se da
cuenta de que ella hace rato que no le escucha.)
Bueno, te dejo estudiar. Ya me iba. Daré una
vuelta por ahí... (Llega hasta la puerta.) Hasta

luego. ¿Sabes una cosa, Elena? ¡Elena! elena.—
(Dejando el libro.) ¿Sí, qué? jaimito.— Que estás
hoy muy guapa. Muy guapa, de verdad. elena.—
Anda, guasón, que eres un guasón.
(Ella vuelve a su libro. El abre la puerta y va a
salir. En ese momento llega corriendo por las
escaleras Alberto. Entra como un vendaval.)
alberto.— ¿Está Elena? (Entra, la ve, se acerca y
le da un beso. Ella deja el libro
automáticamente. Jaimito lo mira todo desde la
puerta.) Oye, me he escapado un momento.
Tengo que volver rápido a la comisaría. (Coge la
porra que está encima de su armario.) Otra vez
me la he dejado aquí. Cualquier día tengo un lío
por esto. (Se la pone.) Menudo jaleo con mi
padre, chica. Está rarísimo. Serio, formal...
Estuvo una hora anoche preguntándome por
todo. Yo no sé qué decirle. Menudo mogollón.
Bueno, que a la noche vengo. Me tengo que ir a
comer con él, no tengo más remedio. Hasta
luego, adiós. (Sale otra vez como un torbellino.
Vuelve y habla a Elena desde la puerta, al lado
de Jaimito que sigue allí clavado.) Luego
seguimos donde lo dejamos anoche, ¿eh? (Le tira
un beso.) Tú (A Jaimito.) Guárdamela bien hasta
que vuelva.
(Le amenaza jugando con la pistola en la funda,
le da los puñetazos cariñosos de siempre en el

hombro y sale. Ella queda encantada mirando
hacia la puerta. Jaimito sigue allí, violento, sin
saber si irse o quedarse.)
jaimito.— ¿Cómo es, eh? Bueno, yo también me
iba. Luego vuelvo para la fiesta. No me lo quiero
perder. Adiós. ¡Que adiós! elena.— Adiós.
(Sale Jaimito. Ella suspira, los ojos
perdidos a lo lejos. Y vuelve a su libro.
Oscuro.)

ESCENA CUARTA

(Noche del mismo día. En escena, Chusa
cortándose las uñas, de muy mal humor. Se abre
la puerta de la calle y entra Jaimito, cargado de
nuevo con cervezas de litro, ginebra, patatas
fritas, etc.)
jaimito.— Y estoy aquí. ¿Qué? ¿He tardado
mucho? chusa.— Dos horas. Te lo puedes volver
a llevar por donde lo has traído todo, si quieres.
Aquí ya no hace falta. jaimito.— ¿Dónde están?
¿Se han ido? chusa.— (De mala uva.) Ahí.
(Señala con la cabeza el cuarto.) jaimito.— (Se
queda un momento en silencio, mirando la
puerta cerrada.) ¡Joder! ¡También! Encima de
que voy a por... ¿Y qué hacen? chusa.— ¿Tú qué
crees? jaimito.— (Sigue mirando descorazonado
a la puerta.) ¿Hace mucho que...? chusa.— Un
rato. jaimito.— No se oye nada. chusa.— No. (Se
quedan los dos en silencio. Sólo se oye el
cortauñas con el que Chusa sigue cortándose las
uñas, ahora de los pies, haciéndose todo el daño
que puede.) No corta. Seguro que lo has estado
usando con las sandalias. jaimito.— ¿Antes
tampoco se ha oído nada? chusa.— No, antes


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