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Maurice Edward Morgan Forster .pdf



Nombre del archivo original: Maurice - Edward Morgan Forster.pdf
Título: Maurice
Autor: E.m. Forster

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Escrita en 1914, pero publicada en 1971 por problemas con la censura, Maurice relata la historia de amor culpable entre dos compañeros de
colegio y el desarrollo que tiene a lo largo de sus vidas.
MAURICE
INTRODUCCIÓN
PRIMERA PARTE
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
SEGUNDA PARTE
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
XVIII
XIX
XX
XXI
XXII
XXIII
XXIV
XXV
TERCERA PARTE
XXVI
XXVII
XXVIII
XXIX
XXX
XXXI
XXXII
XXXIII
XXXIV
XXXV
XXXVI
XXXVII
CUARTA PARTE
XXXVIII
XXXIX
XL
XLI
XLII
XLIII
XLIV
XLV
XLVI
NOTA FINAL
notes

MAURICE

Escrita en 1914, pero publicada en 1971 por problemas con la censura, Maurice relata la historia de amor culpable entre
dos compañeros de colegio y el desarrollo que tiene a lo largo de sus vidas.

Título Original: Maurice
Traductor: Álvarez Flórez, José M.
©1914, Forster, E. M.
©1997, Editorial Planeta, S.A.
Colección: Clásicos contemporáneos internacionales, 1
ISBN: 9788408462019
Generado con: QualityEbook v0.37

INTRODUCCIÓN
por P. N. Furbank

El éxito de Howard End, publicada en 1910, tuvo un efecto perturbador en la vida de Forster. Le llenó de supersticiosos augurios, entre ellos
el miedo a convertirse en un escritor estéril. Estuvo inquieto durante todo el año siguiente, su vida doméstica le torturaba y era incapaz de
centrarse en nada. Comenzó una nueva novela, Artic Summer, pero no pudo aclararse con ella y se fue a la India en el invierno de 1912-13,
preguntándose si podría alguna vez volver a escribir novelas de creación. La India le causó una profunda impresión; le dio un nuevo punto de vista
y —tal como pensaba— le arrancó definitivamente de sus preocupaciones insulares y burguesas. Aun así no significó una cura. A su regreso
inició una novela de ambiente indio, pero pronto se le plantearon numerosas dificultades y no pudo hallar una salida. En privado se acusaba de
debilidad, y comenzaba a preguntarse si alguien tan ocioso como él tenía derecho a emitir juicios sobre los que trabajaban para ganarse la vida.
Temía llegar a ser «ridículo e impopular» si continuaba con lo que estaba haciendo.
Entonces, en septiembre de 1913, fue a visitar a Edward Carpenter, el profeta de la vida sencilla y de la homosexualidad orgullosa, y
experimentó una revelación. Cuenta lo que le sucedió en su propia Nota Final: el amigo de Carpenter, George Merrill, le tocó la cadera, y la
sensación, tal como él la describe, fue una suerte de ramalazo que subió directamente recorriendo su espalda hasta su mente. Al instante, toda
una nueva novela tomó forma: trataría de la homosexualidad, habría en ella tres personajes principales y tendría un final feliz.
Al fin sabía cuál era el problema. Durante años, Maurice, o algo parecido a Maurice, había estado pidiendo salir a la luz. Ya antes, había
buscado alivio escribiendo relatos humorísticos sobre el tema de la homosexualidad; pero esto no había sido suficiente, aunque tales relatos no le
avergonzasen, lo mismo que la disciplina y el autocontrol no habían sido suficientes, aunque no los abandonase. Había llegado el momento en
que debía aceptar en su imaginación, ya que no en su vida real, la idea de que el amor homosexual era bueno. Necesitaba afirmar, sin
posibilidad de retroceso, que este tipo de amor podía ser ennoblecedor y no degradante, y que si había alguna «perversión» en él, tal perversión
era atribuible a una sociedad que negaba sañudamente una parte esencial de la herencia humana.
Su depresión se desvaneció. Púsose a trabajar inmediatamente, en un estado de exaltación, y a los tres meses había concluido un primer
bosquejo de la infancia de Maurice y de sus experiencias en Cambridge. Luego, su entusiasmo sufrió un duro golpe: Lowes Dickinson leyó una
de sus narraciones humorísticas y quedó sorprendido y disgustado. Esto le trastornó seriamente, mas a pesar de todo perseveró en su idea.
Pero en el abril siguiente recibió un choque aún más serio. En la parte de la novela que alude a Cambridge, se había basado sobre todo en su
amistad con H. O. Meredith1; pero Meredith, cuando leyó el manuscrito, no mostró ningún interés por él; no sólo eso, sino que parecía creer que
su desinterés no importaba mucho. Este golpe provoca el que Forster empiece a pensar en abandonar la novela; pero la idea no persiste, y en
junio de 1914, Maurice estaba terminada.
No se planteó en absoluto el publicarla: no podía pensarse en tal cosa, creía, «hasta mi muerte y la de Inglaterra». En realidad su idea
original era que la estaba escribiendo sólo para sí mismo. Pronto empezó, sin embargo, a enseñársela a algunos amigos. El primero que la leyó
fue Dickinson, que —con gran alivio— la juzgó admirable y conmovedora, aunque consideraba el final feliz demasiado artificial. El propio Forster
sabía que ésta era la parte más floja del libro y se puso a trabajar (sería la primera vez, pero no la última) para mejorarla. Veía claramente dónde
residía el problema. Estaba ligado al motivo básico que le había impulsado a escribir el libro. «Podría haber sido más inteligente dejar que
también esta parte (la parte de Alec Scudder) se disolviese en la incertidumbre y en la niebla», escribía a Dickinson (13 de diciembre de 1914),
«pero se siente la incontenible tentación de proporcionar a las criaturas que uno forma una felicidad que la vida real no proporciona. “¿Por qué
no? —Continuó pensando—. Un pequeño reajuste, más que buena suerte”. Pero sin duda el reajuste es fundamental. Es el ansia de permanencia
lo que lleva a un novelista a elaborar teorías al final de cada libro. La única permanencia que no es teoría, sino hecho, es la muerte. Y quizás haya
quedado ahíto de ella tras The longest Journey. Sea como fuere, la repugnancia que siento por matar se hace cada vez mayor».
Un mes o dos después, un tanto nervioso, mostró la novela a Forrest Reid, un amigo más reciente. Reid no se sorprendió, tal como Forster
temía que hiciese, pero la novela no se ajustaba realmente a su gusto, y sus objeciones estimularon a Forster a realizar una defensa más amplia.
«Quiero separar estos problemas de las nieblas de la teología: Varón y Hembra los creó Él. Dejando a un lado a los que como Clive
interrumpen su proceso... tan sólo quedan los “pervertidos” (una palabra absurda, porque al utilizarla se supone que tenían elección, pero
usémosla de todos modos). ¿Son estos “pervertidos” buenos o malos como los hombres normales, debiéndose su desproporcionada tendencia
al mal (que yo admito) a la criminal ceguera de la Sociedad? ¿O es congénita su maldad? Tú respondes, igual que yo, que se trata de lo primero,
pero tu respuesta es un tanto reticente. ¡Yo quiero responder vehementemente! El personaje de mi libro es, hablando en términos generales,
bueno, pero la Sociedad llega casi a destruirlo, está a punto de deslizarse por su vida furtivo y asustado, abrumado por una conciencia de culpa.
“¿Qué hubiera hecho si no hubiese encontrado otro hombre como él?” ¿Qué hubiera hecho realmente? ¡Pero acusemos a la Sociedad, no a
Maurice, y demos gracias de que, aunque sea en una novela, cuando se permite a un hombre elegir el mejor camino, sea capaz de hacerlo!
»Esto me lleva a otra cuestión... ¿Es siempre justo que una relación tal incluya lo físico? Sí... A veces. Si ambos lo desean y ambos son lo
suficientemente adultos para saber lo que quieren, sí. Yo no pensaba así antes, pero ahora sí. Maurice y Clive hubiesen hecho mal, en la relación
entre Maurice y Dicky habría sido peor aún, pero en el caso de M. y A. Me parece muy bien, algunas personas no podrían ser rectas nunca...
»Mi defensa en un Juicio Final sería: “yo intentaba ligar y utilizar todos los fragmentos con los que nací”. Lo he hecho exhaustivamente en
Howard End, y Maurice, aunque sus fragmentos son más escasos y más extraños que los de Margaret, forma parte de la misma tarea...»
A lo largo de los años, como reacción a las reacciones de los distintos amigos, su opinión de la novela varió. Hubo veces en que estaba
seguro de que había hecho «algo totalmente nuevo, aun para los griegos». Otras, tenía dudas, sobre todo respecto a la última parte de la novela,
en la que Maurice halla la felicidad física. «No hay nada más reacio al tratamiento artístico que lo carnal —escribía a Siegfried Sassoon en 1920
—, pero tienen que incluirse, estoy seguro, todo tiene que incluirse.» Volvió a trabajar más en esta difícil parte última, en 1919, y de nuevo en
1923, y la revisó una vez más, bastante exhaustivamente, en 1959-60. Un lector le había planteado una duda respecto al dénouement, en el que
Maurice contempla el barco de Alec alejándose rumbo a la Argentina y vuelve después su rostro hacia Inglaterra, en un audaz arrebato de
exaltada emoción. Era conmovedor e impresionante; pero, ¿cómo iba Maurice realmente a ir a buscar a Alec? Aquello preocupó a Forster, y en
consecuencia añadió un pasaje en el que condujo a Maurice sin ningún tropiezo a los brazos de Alec.
En la década de los sesenta, su madre y la mayoría de sus parientes próximos habían muerto y las actitudes hacia las cuestiones sexuales
habían variado mucho, por lo que podía, si lo deseaba, haber publicado la novela. Algunos amigos se lo sugirieron, pero él rechazó firmemente
tales sugerencias. Sabía el interminable alboroto y el ajetreo que ocasionaría tal cosa. Además, el libro se había convertido en algo lejano para él.

Decía que estaba menos interesado ya en la salvación, en liberar «desde fuera»; pensaba que era una «patraña». La gente podía ayudarse entre
sí, pero estas ayudas no eran decisivas de aquel modo. Además, uno o dos amigos a los que había mostrado hacía poco el libro, pensaban que
estaba «pasado». Él hizo cuidadosos preparativos para su publicación póstuma, pero su comentario final (sobre la cubierta del original de 1960)
era «Publicable... ¿pero merece la pena?». Pocos lectores de esta novela conmovedora y magistral tendrán dudas sobre la respuesta.

PRIMERA PARTE

I
Había un día del curso, en que todo el colegio salía a dar un paseo —es decir, tomaban parte en él los tres maestros, en unión de todos los
alumnos—. Solía ser una excursión agradable, y todo el mundo la esperaba con gusto, olvidaba viejos rencores y actuaba con libertad. Para que
se resintiera menos la disciplina, tenía lugar siempre antes de las vacaciones, cuando la indulgencia no resultaba perjudicial, y realmente la gira
parecía más una fiesta familiar que una actividad escolar, pues la señora Abrahams, la mujer del director, se reunía con ellos en el salón de té,
con algunas damas amigas, y se mostraba hospitalaria y maternal.
El señor Abrahams era un profesor de escuela preparatoria a la vieja usanza. No se preocupaba ni del trabajo ni de los juegos, pero
alimentaba muy bien a los muchachos y vigilaba que no se comportaran mal. Dejaba el resto a los padres, sin especular sobre lo que los padres
le dejaban a él. Entre mutuas felicitaciones, los muchachos pasaban a un colegio de enseñanza secundaria rebosando salud, pero retrasados,
para recibir allí, sobre su carne indefensa, los primeros golpes de la vida. Podría decirse mucho sobre el menosprecio de la formación intelectual,
pero a los discípulos del señor Abrahams no solía irles mal y se transformaban en padres a su vez, y en algunos casos, le enviaban a sus hijos. El
señor Read, el ayudante más joven, era un profesor del mismo tipo, sólo que más estúpido, mientras que el señor Ducie, el decano, actuaba
como un estimulante, e impedía que todos se echaran a dormir. No resultaba muy agradable, pero sabían que era necesario. El señor Ducie era
un hombre competente, ortodoxo, pero no totalmente desligado del mundo, ni incapaz de ver las dos caras de un problema. No era el adecuado
para tratar con los padres ni con los muchachos más torpes, pero era bueno para los de primera fila, y hasta había instruido alumnos becados. No
era un mal organizador. El señor Abrahams, mientras fingía llevar las riendas y preferir al señor Read, dejaba las manos libres al señor Ducie, y
acabó por hacerle su socio.
El señor Ducie siempre tenía algo en la cabeza. En esta ocasión era Hall, uno de los muchachos mayores, que les dejaba para ingresar en
un colegio privado. Quería tener una «larga charla» con Hall durante el paseo. Sus colegas ponían objeciones, debido a que eso les dejaría más
trabajo, y el director subrayaba que ya había hablado él con Hall y que el muchacho preferiría hacer su última excursión con sus condiscípulos.
Esto era probable, pero al señor Ducie nadie le disuadía nunca de hacer lo que era correcto. Sonrió y guardó silencio. El señor Read sabía en
qué consistiría la «larga charla», pues al poco de conocerse habían tocado aquel tema profesionalmente. El señor Read no estaba de acuerdo.
«Terreno resbaladizo», había dicho. El director ni lo sabía ni habría querido saberlo. Separándose de sus alumnos cuando cumplían los catorce
años, olvidaba que se habían hecho casi hombres. Le parecían una raza de seres pequeños pero completos, como los pigmeos de Nueva
Guinea, «mis muchachos». Y eran aún más fáciles de comprender que los pigmeos, porque nunca se casaban y raras veces fallecían. Célibes e
inmortales, la larga procesión pasaba ante él variando en su número de veinticinco a cuarenta por tanda. «Yo no veo ninguna utilidad en los libros
de educación. Ya había muchachos mucho antes de que se pensara en ese asunto de la educación.» El señor Ducie se sonreía, pues estaba
empapado de evolucionismo.
Pasemos a los muchachos.
—¿Puedo cogerle de la mano...? Usted me lo prometió... Las dos manos del señor Abrahams están ocupadas, y todas las del señor Read...
Oh,señor, ¿No le ha oído? ¡Cree que el señor Read tiene tres manos!... No es verdad, yo dije «dedos». ¡Ojo verde! ¡Ojo verde!
—¡Cuando hayas acabado...!
—¡Señor!
—Yo pasearé ahora sólo con Hall.
Hubo gritos de protesta. Los otros profesores, viendo que aquello no conducía a nada bueno, apartaron a la jauría y la condujeron por el
acantilado hacia las dunas. Hall, triunfante, caminaba al lado del señor Ducie, sintiéndose demasiado viejo para cogerle de la mano. Era un
chaval guapo y regordete, que no destacaba por nada en especial. En esto se parecía a su padre, que había formado parte de la procesión
veinticinco años antes, había desaparecido en un colegio privado, se había casado, tenido un hijo y dos hijas, y fallecido recientemente de
neumonía. El señor Hall había sido un buen ciudadano, pero bastante gris. El señor Ducie se había informado sobre él antes de iniciar el paseo.
—Bien, Hall, esperando un sermoncito, ¿eh?
—No sé, señor. El señor Abrahams me echó uno al darme «Those Holy Fields». La señora Abrahams me regaló unos gemelos. Los
compañeros me dieron una colección de sellos de Guatemala que valen dos dólares. ¡Mire, señor! Los del papagayo en la columna.
—¡Espléndido, espléndido! ¿Qué te dijo el señor Abrahams? Supongo que te diría que eras un miserable pecador.
El muchacho se rió. No entendía al señor Ducie, pero se daba cuenta de que quería resultar divertido. Se sentía a gusto porque era su último
día de clase, y aunque hiciera algo mal no le reñirían. Además, el señor Abrahams le había declarado alumno modelo: «Estamos orgullosos de él;
nos honrará en Sunningon»: había visto el principio de la carta dirigida a su madre. Y los muchachos le habían inundado de regalos, declarando
que era un valiente.
Una gran mentira, él no era valiente: tenía miedo a la oscuridad. Pero nadie lo sabía.
—Bien, ¿qué dijo pues el señor Abrahams? —Repitió el señor Ducie, cuando llegaron a la arena.
El muchacho se veía amenazado por una larga charla, lo que deseaba era estar en el acantilado con sus amigos, pero sabía que el deseo es
inútil para un muchacho cuando está con un hombre.
—El señor Abrahams me dijo que imitara a mi padre.
—¿Nada más?
—Que nunca haga nada delante de mi madre que me diese vergüenza. Nada me irá mal entonces. Y que el colegio será muy diferente de
esto.
—¿Te dijo el señor Abrahams cómo será?
—Habrá toda clase de dificultades... será más parecido al mundo.
—¿Te dijo cómo es el mundo?
—No.
—¿Se lo preguntaste?
—No, señor.
—No fue muy inteligente de tu parte, Hall. Es necesario aclarar las cosas. El señor Abrahams y yo estamos aquí para responder a vuestras
preguntas. ¿Cómo supones tú que es el mundo... el mundo de los mayores?
—No puedo decirlo. Soy un niño —dijo, muy sinceramente—. ¿Los mayores son muy traicioneros, señor?
Al señor Ducie le hizo gracia aquello y le preguntó qué ejemplos de traición había visto. Él replicó que los mayores eran amables con los
niños, pero ¿no andaban siempre engañándose entre sí? Abandonando sus gestos de escolar, comenzó a hablar como un niño, de forma
graciosa e imaginativa. El señor Ducie se tendió en la arena a escucharle, encendió su pipa y miró hacia el cielo. El pueblecito costero donde

vivían quedaba ahora atrás, lejos, y el resto del colegio lejos también, hacia delante. El día era gris y sin viento, y el sol y las nubes apenas si se
diferenciaban.
—Vives con tu madre, ¿verdad? —le interrumpió, viendo que el muchacho había adquirido confianza.
—Sí, señor.
—¿Tienes hermanos mayores?
—No, señor... Sólo Ada y Kitty.
—¿Y tíos?
—No.
—Así que no conoces muchos hombres.
—Mamá tiene un cochero y está George, que atiende el jardín; pero, claro, usted quiere decir señores. Mamá tiene tres doncellas que cuidan
de la casa, pero son tan perezosas que ni siquiera repasan las medias de Ada. Ada es la mayor de mis hermanas pequeñas.
—¿Cuántos años tienes?
—Catorce y tres cuartos.
—Bueno, eres un pobrecito ignorante.
Ambos se rieron. Después de unan pausa, dijo:
—Cuando yo tenía tu edad, mi padre me dijo algo que me resultó muy útil y que me ayudó mucho.
Era falso: su padre nunca le había dicho nada, pero necesitaba un preludio para lo que iba a decir.
—¿Él se lo dijo, señor?
—¿Quieres que te diga lo que fue?
—Sí, por favor.
—¡Te hablaré durante unos minutos como si fuese tu padre. Maurice! Y te llamaré por tu verdadero nombre.
Entonces, amablemente y con gran sencillez, le informó del misterio del sexo. Habló del varón y de la hembra, creados por Dios en el
principio de los tiempos, con el fin de que la tierra pudiese poblarse, y del período en que el varón y la hembra reciben sus poderes sexuales.
—Tú estás precisamente comenzando a hacerte un hombre ahora. Maurice, por eso te digo todo esto. No es una cosa que pueda decirte tu
madre, y no debes mencionársela a ella ni a ninguna otra dama; y si en el nuevo colegio al que vas a ir, los muchachos te lo mencionan, hazles
callar; diles que ya lo sabes. ¿Habías oído hablar de esto antes?
—No, señor.
—¿Ni una palabra?
—No, señor.
Aún humeando su pipa, el señor Ducie se levantó, y eligiendo un espacio liso en la arena hizo sobre él unos dibujos con su bastón. «Esto
aclarará más las cosas», dijo al muchacho, que observaba obtusamente: aquello no tenía la menor relación con su experiencia. Se mantenía
atento, como era lógico, pues era el único alumno de la clase y sabía que el tema era serio y que se relacionaba con su propio cuerpo. Pero no se
podía identificar con ello. Se deshacía en fragmentos tan pronto como el señor Ducie lo resumía, como una suma imposible. En vano lo intentaba.
Su torpe cerebro no despertaría. La pubertad estaba allí, pero no la comprensión, y la virilidad se introducía en él, como debe ser siempre, igual
que en un trance. Era inútil penetrar en aquel trance. Inútil describirlo, aunque se hiciese de modo científico y con benevolencia. El muchacho
asiente y vuelve a su sueño, del que nadie lo sacará antes de que llegue su hora.
El señor Ducie, aparte de su ciencia, se sentía inclinado hacia él. Realmente demasiado inclinado; atribuía complejos sentimientos a
Maurice, y no comprendía que el muchacho o no entendería nada o se sentiría abrumado.
—Todo esto es bastante molesto —dijo—, pero uno debe superarlo, no hay que hacer de ello un misterio. Después llegan las grandes cosas:
Amor, Vida.
Hablaba con fluidez, pues ya había tenido charlas del mismo cariz con otros muchachos, y sabía el tipo de preguntas que solían hacer.
Maurice no preguntaría; sólo dijo: «ya veo, ya, ya», y al principio el señor Ducie temió que no le entendiese. Lo examinó. Las respuestas eran
satisfactorias. La memoria del muchacho era buena y —el ser humano está fabricado con un tejido tan curioso— había llegado a desarrollar una
suerte de comprensión espúrea, una superficie dispuesta a reflejar la llama iluminadora de la inteligencia del adulto. Al final preguntó una o dos
cosas acerca del sexo, de modo muy preciso. El señor Ducie quedó muy complacido.
—Muy bien —dijo—, ya no tienes por qué preocuparte ni sorprenderte.
Aún quedaban el amor y la vida, y el señor Ducie tocó este tema mientras continuaban andando por la orilla de aquel mar incoloro. Habló del
hombre ideal, casto y ascético. Dibujó la gloria de la mujer. Comprometido en matrimonio, se había hecho más humano, y sus ojos brillaban tras
las gruesas gafas; sus mejillas enrojecían. Amar a una noble mujer, protegerla y servirla, esto, dijo al muchacho, era la coronación de la vida.
—Tú no puedes comprenderlo ahora, pero lo comprenderás algún día, y cuando lo comprendas, te acordarás de este pobre viejo maestro
que te guió al principio de la ruta. Todo ello va junto, todo, y arriba en el cielo, Dios. Todo es correcto en el mundo. ¡Varón y hembra! ¡Qué
maravilla!
—Yo creo que nunca me casaré —subrayó Maurice.
—Dentro de diez años os invito a ti y a tu mujer a cenar con mi mujer y conmigo. ¿Aceptas?
—¡Oh, sí señor! —el niño sonrió complacido.
—Es un trato, ¡eh!
Era de todos modos un buen chiste para terminar. Maurice estaba conmovido y comenzó a pensar en el matrimonio. Pero cuando enfilaban
playa adelante, el señor Ducie se detuvo, y se agarró las mandíbulas como si le doliesen todos los dientes. Se volvió y miró la larga extensión de
arena que quedaba tras ellos.
—Ojalá no hubiese garrapateado nunca esos diagramas infernales —dijo lentamente.
Hacia el lejano final de la bahía se veía a un grupo de gente que caminaba tras ellos, también por la orilla del mar. Su ruta les llevaría al
mismo lugar donde el señor Ducie había hecho su ilustración del sexo. Y en el grupo iba una dama. Retrocedió corriendo, aterrado.
—Señor, no pasará nada —gritó Maurice—. La marea lo habrá cubierto ya.
—Dios del cielo... Gracias a Dios... La marea está subiendo.
Y de pronto, durante un instante, el muchacho lo despreció. «Mentiroso», pensó. «Mentiroso, cobarde, no me está diciendo nada»... Después
la oscuridad avanzó de nuevo, la oscuridad es primigenia pero no eterna, y produce su propia y dolorosa aurora.

II
La madre de Maurice vivía cerca de Londres, en una confortable villa rodeada de pinos. Allí habían nacido él y sus hermanas, y desde allí
salía su padre para ir al trabajo todos los días, y allí volvía. Estuvieron a punto de abandonarla cuando se construyó la iglesia, pero se
acostumbraron a ella, como a todo, y hasta la consideraron después una comodidad. La iglesia era el único lugar al que la señora Hall tenía que
ir, aparte de las tiendas. La estación tampoco estaba muy lejos, ni lo estaba un colegio aceptable para las niñas. Era una zona de facilidades,
donde no había que batallar por nada, y donde el éxito era indistinguible del fracaso.
A Maurice le gustaba la casa, y reconocía a su madre como su genio rector. Sin ella, no habría blandos sofás, ni comida, ni agradables
juegos, y él le estaba agradecido por proporcionarle tantas cosas, y la amaba. También le gustaban sus hermanas. Cuando llegó, salieron entre
gritos de alegría, cogieron su abrigo y se lo entregaron a los sirvientes en el vestíbulo. era muy bonito ser el centro de atracción y poder presumir
hablando del colegio. Sus sellos de Guatemala fueron muy admirados. También lo fue «Those Holy Fields» y la fotografía de un cuadro de Holbein
que el señor Ducie le había dado. Después del té aclaró el tiempo, y la señora Hall se puso los chanclos y recorrió con él el jardín. Iban besándose
y conversando al azar.
—Morrie...
—Mami...
—Ahora yo debo procurar que mi Morrie lo pase muy bien.
—¿Dónde está Goerge, mamá?
—Esos informes tan espléndidos del señor Abrahams. Dice que le recuerdas a tu pobre padre... ¿Y qué vamos a hacer ahora, en estas
vacaciones?
—Aquí es donde más me gustaría estar.
—Hijo querido... —le abrazó, más tiernamente que nunca—. No hay nada como el hogar, es verdad... Sí, tomates... —le gustaba recitar los
nombres de las verduras—. Tomates, zanahorias, brécoles, cebollas...
—Tomates, brécoles, cebollas, patatas —tatareó el muchacho.
—Grelos...
—¿Dónde está George, mamá?
—Se marchó la semana pasada.
—¿Por qué se marchó? —preguntó.
—Era demasiado mayor ya. Howell siempre cambia al muchacho cada dos años...
—Oh.
—Grelos —continuó ella—, otra vez patatas, remolachas... Morrie, ¿te gustaría hacer una pequeña visita al abuelo y a tía Ida si nos piden que
vayamos? Quiero que te diviertas mucho en estas vacaciones, querido. te has portado tan bien... Y el señor Abrahams es un hombre tan bueno,
¿ves?, tu padre también fue a esa escuela, y vamos a enviarte al viejo colegio de tu padre también, a Sunnington, con el fin de que puedas llegar
a ser como tu querido padre en todas las cosas.
Un gemido la interrumpió.
—Morrie, querido...
El muchacho estaba llorando.
—Cariño, ¿qué es eso?
—No sé... No sé...
—Pero por qué, Maurice...
Él meneó la cabeza... Ella lamentó su fracaso, el no haber podido hacerle feliz, y comenzó a llorar también. Salieron las muchachas, diciendo:
—Mamá, ¿qué le ocurre a Maurice?
—Oh, nada —gimió él—. Kitty, lárgate...
—Está muy cansado —dijo la señora Hall; era su explicación para todo.
—Estoy muy cansado.
—Vete a tu cuarto, Morrie... Oh, querido, esto es realmente demasiado horrible.
—No... Estoy muy bien.
Apretó los dientes, y una gran masa de llanto que le había abrumado al salir a la superficie, comenzó a hundirse. Podía sentir cómo
descendía a su corazón, hasta que perdió la conciencia de ella. Miró a su alrededor con ferocidad y con los ojos secos.
—Jugaré a las damas.
Antes de que las fichas estuvieran colocadas, estaba ya hablando como antes; el colapso infantil se había desvanecido.
Golpeó a Ada, que le adoraba, y a Kitty, que no, y después corrió de nuevo hasta el jardín para ver al cochero.
—¿Cómo está, Howell? ¿Cómo está la señora Howell? ¿Cómo está, señora Howell? —todo ello con un tono paternalista en la voz, diferente
del que usaba con los de su clase. Después, alterando el tono—: ¿No hay un nuevo aprendiz de jardinero?
—Sí, señorito Maurice.
—¿Era George muy mayor ya?
—No, señorito Maurice. Quiso mejorar.
—Oh, quiere usted decir que se despidió.
—Así es.
—Mamá me dijo que era ya muy mayor y que usted lo había despedido.
—No, señorito Maurice.
—Mis pobres pilas de leña quedarán tranquilas —dijo la señora Howell. Maurice y el anterior aprendiz de jardinero solían jugar entre ellas.
—La leña es de mamá, no suya —dijo Maurice, y salió de allí.
Los Howell no se sintieron ofendidos, aunque así lo pretendieron aparentar entre sí. Habían sido criados toda la vida, y les gustaba que un
caballero fuese impertinente. «Ya tiene carácter —dijeron al cocinero—. Se parece a su padre.»
Los Barry, que vinieron a cenar, eran de la misma opinión. El doctor Barry era un viejo amigo, o más bien vecino, de la familia, y se tomaba
un moderado interés por ellos. Nadie podía sentirse profundamente interesado por los Hall. A él le agradaba Kitty —había indicios de energía en
ella—, pero las muchachas estaban en la cama, y el doctor comentó con su mujer, después, que Maurice también debería haber estado allí, y
«quedarse allí para toda la vida, que es lo que le gustaría. Como su padre. ¿Para qué sirve la gente así?»

Cuando Maurice se fue a la cama, lo hizo a regañadientes. Aquel cuarto siempre le aterraba. Se había portado como un hombre toda la
velada, pero volvió a asediarle el viejo sentimiento en cuanto su madre le dio el beso de buenas noches. El problema era el espejo. No le
importaba ver su cara reflejada en él, ni tampoco la sombra en el techo, pero lo que no podía soportar era ver su sombra en el techo reflejada en
el espejo. Debía de colocar la vela para evitar aquella combinación, y después atreverse a apagarla y ser atrapado por el miedo. Sabía lo que era
esto, no le recordaba nada horrible. Pero tenía miedo. Al final apagaría la vela y saltaría a la cama. La total oscuridad podía soportarla, pero
aquella habitación tenía además el defecto de que había enfrente un farol de la calle. En las noches claras, la luz atravesaba las cortinas
silenciosamente, pero a veces se dibujaban sobre los muebles borrones como calaveras. Su corazón latía agitado, y el terror le cubría, allí en su
casa, con todos los suyos cerca.
Cuando abrió los ojos para ver si se habían hecho más pequeños los borrones se acordó de George. Algo se agitó en las profundidades
insondables de su corazón. Murmuró: «George, George.» ¿Quién era George? Nadie... sólo un simple criado. Mamá y Ada y Kitty eran mucho
más importantes. Pero Maurice era demasiado pequeño para razonar así. Ni siquiera advirtió que cuando dejaba brotar aquel lamento se
borraban las sombras espectrales y caía dormido.

III
Sunnington fue la siguiente etapa de la carrera de Maurice. La atravesó sin llamar la atención. No era demasiado bueno en los estudios,
aunque mejor de lo que aparentaba, ni espectacularmente bueno en los deportes. La gente se fijaba en él, le apreciaban, pues tenía un rostro
franco y amistoso y correspondía a la atención que se le prestaba, pero había bastantes muchachos de su tipo: formaban la columna vertebral del
colegio y no se puede detener uno en cada vértebra. Hacía las cosas normales: fue aceptado, una vez aprobado, pasó de curso a curso en la
sección clásica hasta que logró pasar precariamente a sexto, fue delegado de curso y más tarde delegado del colegio y miembro del grupo de
los quince primeros. Aunque torpe, tenía fuerza y valor físico: el críquet no se le daba bien. Habiendo pagado novatadas, en su época de
noviciado, se las hizo pagar a otros cuando parecían desvalidos o débiles, no porque fuese cruel, sino porque era lo que había que hacer. En una
palabra, fue un miembro mediocre de un mediocre colegio y dejó una desvaída y favorable impresión tras él. «¿Hall? Espera un momento, ¿quién
era Hall? Ah, sí, ya me acuerdo; buen muchacho.
En su interior, él se sentía desconcertado. Había perdido la claridad precoz del niño que transfigura y explica el universo, que ofrece
respuestas de milagrosa penetración y belleza. «De las bocas de los niños...» Pero no de la boca de un muchacho de dieciséis años. Maurice
olvidó que alguna vez había carecido de sexo, y sólo en la madurez comprendió lo ajustadas y claras que debieron ser las sensaciones de sus
primeros días. Él se hundía ahora alejándose cada vez más de ellas, pues estaba descendiendo el Valle de la Sombra de la Vida. Este valle yace
entre las montañas más bajas y las más altas, y sin respirar sus nieblas nadie puede continuar. Anduvo a tientas por él más tiempo que los otros
muchachos.
Donde todo es oscuro e incomprensible, el mejor símil es un sueño. Maurice tuvo dos sueños en el colegio; ellos le explican.
En el primer sueño se sentía muy contrariado. Estaba jugando al fútbol contra un desconocido cuya existencia le incomodaba. Hizo un
esfuerzo y el desconocido se transformó en George, el jardinero. Pero debería tener cuidado, o si no el desconocido volvería a aparecer. George
corría por el campo hacia él, desnudo y saltando sobre las pilas de leña. «Me volveré loco si se transforma otra vez», dijo Maurice, y, justo cuando
fueron a encontrarse, sucedió esto, y un brutal desasosiego le despertó. No relacionó esto con la homilía del señor Ducie, y aún menos con su
segundo sueño, pero pensó que iba a ponerse enfermo, y después que aquello era una especie de castigo por algo.
El segundo sueño es más difícil de describir. Nada sucedía. Sólo veía un rostro, confusamente, y confusamente oía una voz decirle: «aquél es
tu amigo». Después se borraba todo, dejando en su interior un rastro de belleza y llenándole de ternura. Él podía morir por un amigo así, podía
permitir que un amigo así muriese por él; harían cualquier sacrificio el uno por el otro, y nada contaba el mundo, ni la muerte ni la distancia ni las
contrariedades, nada de esto podía separarlos, porque «éste es mi amigo». Poco después recibió la confirmación e intentó persuadirse de que
el amigo había de ser Cristo. Pero Cristo tenía barba. ¿Sería un dios griego tal como lo mostraban las ilustraciones del diccionario clásico? Era
más probable, pero aún lo era más que fuese sólo un hombre. Maurice se abstuvo de definir más su sueño. Lo había insertado en la vida cuanto
podía hacerse. Jamás encontraría a aquel hombre, ni oiría aquella voz de nuevo, aunque se hicieron más reales que nada de cuanto conocía, y
volverían...
—¡Hall! ¡Otra vez dormido! ¡Cópialo cien veces!
—Señor... ¡Oh! Dativo absoluto.
—Otra vez dormido. Demasiado tarde.
...y volverían realmente a envolverle, en plena luz del día, a echar un velo sobre él. Después reviviría el rostro y las cuatro palabras tras lo que
emergía anhelante de ternura y lleno de deseos de ser amable con todos, porque su amigo lo deseaba, y era bueno que su amigo pudiese
quererle aún más. Con toda esta felicidad iba mezclada unan cierta desdicha. Tan pronto parecía que tenía un amigo como que no lo tenía, y así
encontraba un solitario lugar para las lágrimas, que atribuía a las cien líneas.
La vida secreta de Maurice puede comprenderse ya; era en parte brutal, en parte ideal, como sus sueños.
Tan pronto como su cuerpo se desarrolló, se hizo obsceno. Suponía que había caído sobre él alguna maldición especial, pero no podía
evitarla, pues hasta cuando comulgaba surgían pensamientos sucios en su mente. El ambiente de la escuela era casto, aunque debemos decir
que, justo antes de su llegada, se había producido un terrible escándalo. La oveja negra había sido expulsada, y los que quedaban estaban
sometidos a una férrea disciplina durante todo el día y a vigilancia durante la noche, así que, para su suerte o su desgracia, tenía pocas
oportunidades de intercambiar experiencias con sus condiscípulos. Sentía gran curiosidad por las cosas sucias, pero oía poco y contribuía
menos, y sus indecencias más notables las hacía en solitario. Libros: la biblioteca del colegio era inmaculada, pero en la de su abuelo dio con un
Marcial inexpurgado y anduvo dando traspiés en él con las orejas coloradas. Pensamientos: tenía una pequeña colección de pensamientos
sucios. Actos: desistió de ellos una vez que dejaron de ser novedad, hallando que le proporcionaban más fatiga que placer.
Todo lo cual, para ser exactos, tuvo lugar en un trance. Maurice se había quedado dormido en el Valle de las Sombras, lejos de los picos de
cualquier altura, y no lo sabía, ni sabía que sus condiscípulos estaban durmiendo como él.
La otra mitad de su vida parecía infinitamente separada de la obscenidad. A medida que fue ambientándose en el colegio, fue comenzando
a adorar a otros muchachos. Cuando el muchacho elegido, fuese mayor o más joven que él, estaba presente, él reía con más fuerza, decía
tonterías y no podía estudiar. No se atrevía a ser amable —no era lo que había que hacer—, y aún menos a expresar su admiración con palabras.
Y el adorado le dejaba sumido en la tristeza en seguida, ahuyentándolo. Pero también él tenía sus venganzas. Otros muchachos a veces lo
adoraban a él, y cuando se daba cuenta de ello, los ahuyentaba a su vez. La adoración fue mutua en un caso, sintiéndose los dos atraídos sin
saber por qué, pero el resultado fue el mismo. En unos cuantos días se pelearon. Todo lo que quedó del caos fueron los sentimientos de belleza y
de ternura que él había sentido por primera vez en un sueño. Crecían anualmente, floreciendo como plantas que sólo dan hojas y no muestran
ninguna señal de florecer. Hacia el final de su educación en Sunnington, el crecimiento se detuvo. Frente a todo el complejo proceso se alzó un
dique, un silencio, y muy tímidamente, el joven comenzó a mirar alrededor.

IV
Tenía casi diecinueve años.
Estaba en el estrado el día del reparto de premios, recitando una Composición Griega de la que era autor. El local estaba lleno de
estudiantes y familiares, pero Maurice fingía dirigirse a la Conferencia de La Haya, reprochándole la estupidez de sus principios. «¿Qué
insensatez es ésta, oh andres Europenaici, de pretender abolir la guerra? ¿Cómo? ¿No es Ares el hijo del propio Zeus? Además, la guerra te
hace vigoroso al ejercitar tus miembros, no ciertamente como los de mi oponente.» El griego era bastante pobre, pero Maurice ganó el premio
por el contenido de su composición, y sólo por eso. Habían inclinado la balanza en su favor porque se iba, y porque era un muchacho respetable,
y porque además ingresaba en Cambridge, donde los libros del premio en sus estanterías serían publicidad para el colegio. Así, pues, recibió la
History of Greece de Grote entre grandes aplausos. Volvió a su sitio, junto a su madre, comprendiendo que de nuevo se había hecho popular, y
preguntándose cómo. Los aplausos continuaron, se transformaron en ovación; Ada y Kitty estaban acorraladas en un extremo, con las caras de un
rojo escarlata. Algunos de sus amigos que también se iban, gritaron: «Habla.» Esto era irregular y las autoridades no lo aceptaban, pero el propio
director se levantó y dijo unas palabras. Hall era uno de ellos y jamás dejarían de considerarlo así. Las palabras eran justas. El colegio aplaudía no
porque Maurice fuese un alumno destacado, sino porque simbolizaba el valor medio. Podía aplaudirse a sí mismo en su imagen. Los
compañeros se acercaban después a él y le decían: «Bárbaro, viejo», con auténtico sentimiento, y hasta: «Esta covacha será espantosa sin ti.»
Su familia compartía el triunfo. En las visitas anteriores se había portado muy mal con ella. «Lo siento, madre, pero tú y las niñas tendréis que
pasear solas», le había dicho después de un partido de fútbol, cuando habían intentado compartir con él su barro y su gloria: Ada había llorado.
Ahora Ada parloteaba con gran desenvoltura con el capitán del colegio, y Kitty se proveía de pasteles, y su madre escuchaba a la mujer de su
profesor, que le hablaba de los problemas que ocasionaba el emplazamiento de la calefacción. Todo, personas y cosas, armonizaba
súbitamente. ¿Era esto el mundo?
Poco más allá vio al doctor Barry, su vecino, que le vio a su vez y le llamó de la forma escandalosa que era usual en él:
—Te felicito, Maurice, por tu triunfo. ¡Sobrecogedor! Brindo por él con esta taza —la apuró— de extremadamente nauseabundo té.
Maurice se rió y se acercó a él, sintiéndose culpable, pues tenía mala conciencia respecto al doctor. Éste le había pedido que protegiese a
un sobrino suyo que había entrado en el colegio aquel curso, pero nada había hecho por él —no había que hacer tales cosas.
Deseó haber tenido más valor, ahora que era ya demasiado tarde y se sentía un hombre.
—¿Y cuál es la próxima etapa de tu triunfal carrera? ¿Cambridge?
—Eso me dicen.
—Así que eso te dicen, ¿y qué dices tú?
—No sé —dijo el héroe plácidamente.
—Y después de Cambridge, ¿qué? ¿La Bolsa?
—Supongo que sí. El antiguo socio de mi padre habla de ponerme a trabajar con él si todo va bien.
—Y después de que el antiguo socio de tu padre te meta en el asunto, ¿qué? ¿Una linda esposa?
Maurice se rió de nuevo.
—Que regalará al mundo expectante un Maurice tercero. Después de lo cual, la vejez, los nietos, y finalmente, las margaritas. Así que ésa es
tu idea de una carrera. Desde luego, no es la mía.
—¿Cuál es su idea, doctor? —preguntó Kitty.
—Ayudar a los débiles y enderezar lo que está equivocado, querida —replicó mirándola.
—Yo estoy segura de que todos pensamos eso —dijo la esposa del profesor, y la señora Hall asintió.
—Oh no, no es así. Yo no soy consecuente porque, si no, debería estar buscando a mi Dickie en lugar de unirme a esta escena de esplendor.
—Traiga, por favor, al pequeño Dickie a que me salude —pidió la señora Hall—. ¿Está aquí también su padre?
—¡Mamá! —murmuró Kitty.
—Sí. Mi hermano murió el año pasado —dijo el doctor Barry—. El incidente escapó a su memoria. La guerra no le hizo vigoroso por ir
ejercitando sus miembros, como Maurice supone. Le proporcionó una bala en el estómago.
Los dejó.
—Creo que el doctor Barry es un poco cínico —subrayó Ada—. Creo que está celoso.
Tenía razón; el doctor Barry, que había sido un Don Juan en sus tiempos, no soportaba que le sucedieran los jóvenes. El pobre Maurice se
tropezó con él de nuevo. Había estado despidiéndose de la mujer de su profesor, que era bastante agraciada y muy amable con los muchachos
mayores. Se dieron la mano afectuosamente. Al darse la vuelta, oyó al doctor Barry decir:
—Bien, Maurice; una juventud irresistible, tanto en el amor como en la guerra.
Y captó su cínica mirada.
—No sé lo que quiere decir, doctor Barry.
—¡Oh, vosotros los jóvenes! No se os derretiría la manteca en la boca en esta época. ¡No sabes lo que quiero decir! ¡Mogigaterías delante
de unas faldas! Sé sincero, hombre, sé sincero. No engañas a nadie: Una mente sincera es una mente pura. Soy médico y viejo y por eso te digo
esto. El hombre ha nacido de mujer y debe ir a la mujer si es que la raza humana ha de continuar existiendo.
Maurice miró fijamente a la esposa del profesor, que se alejaba, experimentando una violenta repulsión hacia ella, y enrojeció: se había
acordado de los diagramas del señor Ducie. Una cierta congoja —nada tan bello como la pena— surgió en la superficie de su mente, desplegó
su torpeza, y se hundió de nuevo. Maurice no se preguntó a sí mismo sobre la verdadera naturaleza de tal congoja, pues aún no había llegado su
hora, pero el indicio era sobrecogedor, y, aunque él era un héroe, deseó ser de nuevo un niño, y pasear siempre semidespierto por la orilla del
mar incoloro. El doctor Barry continuó adoctrinándole, y bajo el ropaje de unas formas amistosas, dijo muchas cosas que le causaron dolor.

V
Eligió un «college» recomendado por su principal amigo del colegio, Chapman, y por otros sunningtonianos, y durante el primer año se las
arregló para mantenerse bastante al margen de la vida universitaria, que le resultaba extraña. Pertenecía a un club de antiguos alumnos y
jugaban, tomaban el té y comían juntos, conservando sus costumbres y su argot, se sentaban codo con codo en el comedor, y caminaban cogidos
del brazo por las calles. De cuando en cuando se emborrachaban y presumían misteriosamente de mujeres, pero su objetivo continuaba siendo
estar entre los cinco primeros, y algunos continuaron así toda la vida. No había peleas entre ellos y los otros estudiantes, pero formaban un grupo
demasiado compacto para ser popular, y demasiado mediocre para dirigir, y no se molestaban en arriesgarse a conocer a los que procedían de
otros colegios. Todo esto se ajustaba muy bien a Maurice, que poseía una pereza congénita. Aunque no se resolvió ninguno de sus problemas,
no se añadió ninguno nuevo, lo que ya es algo. La calma continuaba. Se veía menos asediado por pensamientos carnales. Permanecía quieto en
la oscuridad en lugar de buscar a tientas en ella, como si ése fuese el fin para el que cuerpo y alma habían sido tan dolorosamente preparados.
Durante su segundo curso experimentó un cambio. Se había trasladado al college y éste comenzaba a asimilarlo. Podía pasar los días fuera,
pero cuando llegaba la noche y las puertas se cerraban tras él comenzaba un nuevo proceso. Aunque era aún un novato, hizo un importante
descubrimiento: los adultos se comportaban entre sí educadamente, a menos que hubiese una razón para lo contrario. Algunos veteranos del
tercer curso fueron a visitarle a sus habitaciones. Él esperaba que rompieran sus láminas e insultaran la fotografía de su madre, y cuando no lo
hicieron dejó de planear cómo debería romper algún día las suyas, con lo cual se ahorró mucho tiempo. Y la actitud de los profesores era aún más
notable. Maurice sólo estaba esperando una atmósfera así para suavizarse. No disfrutaba siendo cruel y rudo. Esto iba contra su naturaleza. Pero
en el colegio era necesario, o hubiera quedado debajo, y había supuesto que sería aún más necesario en el más amplio campo de batalla de la
universidad.
Una vez dentro del college, sus descubrimientos se multiplicaron. Las personas se transformaron en seres vivos. Hasta entonces, había
supuesto que eran lo que él pretendía ser —lisas piezas de cartón sobre las que se dibujaba una imagen convencional—, pero cuando paseaba
por los patios de noche y veía por las ventanas cómo unos cantaban y otros charlaban y otros estudiaban, se formó en él, por un proceso en que la
razón no intervenía, la convicción de que eran seres humanos con sentimientos semejantes a los suyos. Jamás se había comportado con
franqueza desde la escuela del señor Abrahams, y a pesar de los consejos del doctor Barry no había cambiado de actitud; pero vio que mientras
engañaba a los otros, había sido engañado a su vez, y suponiéndolos erróneamente criaturas vacías, había procurado que pensaran que él
también lo era. Y ahora veía que no, que también ellos tenían su interior. «Pero, Señor, no un interior como el mío.» Tan pronto como empezó a
pensar en que los demás eran reales, Maurice se hizo modesto y consciente del pecado: en toda la creación no podía haber nadie tan vil como él;
no era ninguna maravilla, por tanto, que pretendiese ser un pedazo de cartón; si los demás supiesen cómo era realmente, le destrozarían. Dios,
como era un ser demasiado poderoso, no se preocupaba por él: no podía concebir que hubiese censura más terrorífica que, por ejemplo, la de
Joey Fetherstonhaugh, que ocupaba las habitaciones que quedaban bajo las suyas, o que hubiese un infierno más cruel que Coventry.
Poco después de este descubrimiento fue a comer con el señor Cornwallis, el decano.
Había otros dos invitados, Chapman y un graduado del Trinity, un pariente del decano, que se llamaba Risley. Risley era moreno, alto y
afectado. Hizo un gesto exagerado al saludar, y cuando hablaba, que lo hacía continuamente, usaba grandes superlativos aunque poco viriles.
Chapman miró a Maurice y le hizo un guiño, invitándole a aliarse contra el recién llegado. Maurice pensó que sería mejor esperar un poco. Su
repugnancia a herir al prójimo se hacía cada vez mayor, y además no estaba seguro de que le molestase Risley, aunque sin duda debería
fastidiarle, y un minuto después así sería ya. Entonces Chapman se aventuró solo. Al descubrir que Risley adoraba la música, comenzó a atacarlo
por ahí, diciendo:
—Yo no me dedico a hacerme el superior.
—¡Yo sí!
—¡Ah! ¿Tú sí? En ese caso perdona.
—Vamos, Chapman, yo sé que tienes ganas de comer —dijo el señor Cornwallis, que se prometía una comida divertida.
—Sospecho que el señor Risley no las tiene. Que le he quitado el apetito con mi grosera observación.
Se sentaron, y Risley se rió entre dientes mirando a Maurice, y dijo:
—Simplemente no puedo hallar una respuesta a esto —en cada una de sus frases acentuaba violentamente una palabra—. Es tan
humillante. «No», no quiero decirlo. «Sí», tampoco. ¿Qué debo decir?
—¿Qué te parece si no dices nada? —repuso el decano.
—¿No decir nada? Espantoso. Estás loco.
—¿Podrías decirme, si no te importa, si dejas alguna vez de hablar? —preguntó Chapman.
Risley dijo que no.
—¿Y nunca te aburres?
—Nunca.
—¿Siempre aburres a los demás?

—Nunca.
—Resulta extraño eso.
—No sugieras que estoy aburriéndote. Mentira, mentira, estás radiante.
—Si lo estoy no es por ti —dijo Chapman, que tenía un temperamento muy ardiente.
Maurice y el decano se rieron.
—De nuevo choco con un obstáculo. Qué turbadoras son las dificultades de la conversación.
—Pues tú pareces arreglártelas mucho mejor que nosotros —subrayó Maurice. No había hablado antes, y su voz, baja pero muy ronca, hizo
estremecerse a Risley.
—Naturalmente. Es mi fuerte. Es de lo único que me preocupo, de la conversación.
—¿Lo dices en serio?
—Todo lo que yo digo es serio —y Maurice se dio cuenta de que había algo de verdad en aquello. Desde el principio había tenido la
sensación de que Risley era serio—. Y tú, ¿eres serio?
—No me lo preguntes.
—Entonces habla hasta que lo seas.
—Tonterías —gruñó el decano.
Chapman soltó una risa tempestuosa.

—¿Tonterías? —preguntó a Maurice que, cuando captara la cuestión, se sobreentendía que había de replicar que los hechos son más
importantes que las palabras.
—¿Cuál es la diferencia? Las palabras son hechos. ¿Quieres decir que estos cinco minutos en la habitación de Cornwallis no te han
afectado? ¿Olvidarás alguna vez que me has conocido, por ejemplo?
Chapman gruñó.
—Él no lo olvidará, ni tú. Por eso puedo decir que tenemos que estar haciendo algo.
El decano acudió en auxilio de los dos sunningtonianos. Dijo a su joven primo.
—Tienes mala memoria. Confundes lo que es importante con lo que impresiona. No hay duda de que Chapman y Hall se acordarán siempre
de que te han conocido...
—Y olvidarán esta chuleta. No hay duda.
—Pero la chuleta les hace bien, y tú no.
—¡Oscurantista!
—Habla igual que un libro —dijo Chapman—. ¿Eh, Hall?
—Comprendo —dijo Risley—, qué claramente comprendo cómo la chuleta afecta a vuestras vidas subconscientes, y yo a vuestras vidas
conscientes, por lo que no sólo causo mayor impresión que la chuleta, sino que soy más importante. Aquí vuestro decano, que habita en las
Sombras del Medievo y desea que vosotros hagáis lo mismo, pretende que sólo lo subconsciente, sólo aquella parte de vosotros mismos que
puede verse afectada sin vuestro conocimiento, es importante, y diariamente derrama soporíferos...
—Oh, cállate ya —dijo el decano.
—Pero yo soy un hijo de la luz...
—Vamos, cállate.
Y llevó la conversación a temas normales. Risley, aunque siempre hablaba de sí mismo, no era egoísta. No interrumpió, ni fingió indiferencia.
Brincando como un delfín, los acompañó a todas partes, sin obstaculizar su marcha. Él juzgaba, pero seriamente. Era tan importante para él estar
dando saltos, como para ellos caminar hacia delante, y le encantaba acompañarlos. Unos cuantos meses antes, Maurice se hubiera confabulado
con Chapman, pero ahora estaba seguro de que el hombre tenía un interior y se preguntaba si debía asomarse un poco más a él. Se sintió
complacido cuando, acabada la comida, Risley le esperó al pie de las escaleras y le dijo:
—¿Has visto? Mi primo no es un ser humano.
—Con nosotros es bastante bueno, eso es todo lo que sé —explotó Chapman—. A mí me parece muy agradable.
—Exactamente. Los eunucos lo son.
Y se fue.
—Desde luego éste... —exclamó Chapman, pero con autocontrol británico suprimió el resto.
Estaba profundamente impresionado. No le importaba que se dijesen palabras gruesas con moderación, le dijo a Maurice, pero esto era
demasiado, eran malas formas, mala educación, aquel tipo no debía haber ido a un colegio.
Maurice asintió.
—Puedes decir que tu primo es un mierda, si quieres, pero no un eunuco. ¡Qué modo de hablar!
De todas formas se había divertido, y siempre que se vio acosado en el futuro le asaltaron maliciosos e incongruentes pensamientos acerca
del decano.

VI
Todo aquel día y el siguiente, Maurice estuvo haciendo planes para poder ver de nuevo a aquel pájaro exótico. Las posibilidades no eran
muchas. No le gustaba visitar a los estudiantes de los últimos cursos, que estaban en colleges distintos. Risley, pensó, era muy conocido en la
Unión y fue al debate del martes con la esperanza de oírle: quizá fuese más fácil de entender en público. No le atraía en el sentido de quererlo por
amigo, pero presentía que podía ayudarle. El cómo, no se lo formulaba. Todo resultaba muy oscuro, pues las montañas aún arrojaban su sombra
sobre Maurice. Risley, seguramente triscaba por las cimas, y podría extender hacia él una mano auxiliadora.
Después de fracasar en la Unión, reaccionó en contra. No quería la ayuda de nadie; estaba muy a gusto así. Además, ninguno de sus amigos
aguantaría a Risley, y él debía seguir unido a sus amigos. Pero aquella reacción pasó pronto y los deseos de verle se hicieron más fuertes que
nunca. Puesto que Risley era tan excéntrico, ¿por qué no serlo él también y romper todas las convenciones yendo a visitarle? Uno «debe ser
humano», y esto de visitarle era algo humano. Muy emocionado con este descubrimiento, Maurice decidió ser bohemio también, e irrumpir en la
habitación con un ingenioso discurso al estilo del propio Risley. «Esperabas más de lo que ganaste», se le ocurrió. No le sonaba muy bien, pero
Risley sería lo suficientemente inteligente para no hacerle sentirse un imbécil, así que soltaría esto si no se sentía inspirado y discurría algo mejor,
y dejaría el resto a la suerte.
Porque aquello se había transformado en una aventura. Aquel individuo que decía que uno debía «hablar, hablar», había conmovido
incomprensiblemente a Maurice. Una noche, poco antes de dar las diez, se coló en Trinity y esperó en el Gran Patio hasta que las puertas se
cerraron tras él. Alzando la mirada, contempló la noche. Era en general indiferente a la belleza, pero «¡qué despliegue de estrellas!», pensó. Y
advirtió también cómo la fuente repiqueteaba cuando se apagaron las campanas y las verjas y puertas de todo Cambridge se cerraron. A su
alrededor estaban los de Trinity, todos de inmensa cultura e inteligencia. El grupo de Maurice se burlaba de Trinity, pero no podían ignorar su
desdeñoso fulgor, ni negar aquella superioridad que apenas se molestaba en afirmarse. Había venido allí sin saberlo sus amigos, humildemente,
para pedir ayuda. Su discurso ingenioso se desvanecía en aquella atmósfera, y su corazón latía apresurado. Sentía temor y vergüenza.
Las dependencias de Risley quedaban al final de un corto pasillo; éste, como no contenía ningún obstáculo, estaba a oscuras, y los visitantes
tenían que deslizarse tanteando la pared hasta dar con la puerta. Maurice la golpeó con más fuerza de lo que esperaba —un golpe que le hizo
estremecerse— y exclamó: «maldición», en voz alta, mientras los paneles temblaban.
«Entra», dijo una voz. El desencanto le esperaba. El que hablaba era un hombre de su propio college llamado Durham. Risley no estaba.
—¿Quiere ver al señor Risley?... ¡Qué hay, Hall!
—¡Hola! ¿Dónde está Risley?
—No sé.
—No es nada importante. Me voy.
—¿Vuelves al college? —preguntó Durham sin levantar la vista: estaba arrodillado ante una torre de cilindros de pianola que había en el
suelo.
—Supongo que sí, él no está. No era nada importante.
—Espera un segundo y me iré yo también. Estoy buscando la Sinfonía Patética.
Maurice examinó la habitación de Risley y se preguntó qué se habría dicho en ella, y después se sentó en la mesa y contempló a Durham.
Era bajo —muy bajo—, de ademanes sencillos, y un rostro de facciones regulares, que había enrojecido ante la aparición de Maurice. En la
residencia tenía reputación de inteligente y también de reservado. Casi lo único que Maurice había oído decir de él era que «salía demasiado», y
este encuentro en Trinity lo confirmaba.
—No puedo encontrarla —dijo—. Lo siento.
—Bueno.
—Los cojo prestados para oírlos en la pianola de Fetherstonhaugh.
—Debajo de mi cuarto.
—¿Pero ya has pasado a la residencia, Hall?
—Sí, estoy empezando segundo.
—Oh, sí, claro, yo estoy en tercero.
Hablaba sin arrogancia, y Maurice, olvidando el respeto debido a la veteranía dijo:
—Pareces más un novato que un veterano, no tengo más remedio que decirlo.
—Debe ser así, pero me siento ya como un licenciado. Maurice lo miró atentamente.
—Risley es un tipo sorprendente —continuó.
Maurice no replicó.
—Pero de todos modos hay algo en él que vale.
—Y a ti no te importa pedirle prestadas sus cosas.
El otro alzó de nuevo la vista.
—¿Crees que no debería hacerlo? —preguntó.
—Estoy sólo bromeando, hombre —dijo Maurice, deslizándose de la mesa—. ¿Has encontrado el cilindro ya?
—No.
—Es que yo tengo que irme.
No tenía prisa, pero su corazón, que no había dejado de latir apresuradamente, le impulsó a decir aquello.
—Bueno. Muy bien.
No era eso lo que Maurice había pretendido.
—¿Qué es lo que quieres? —le preguntó avanzando.
—La Marcha de la Patética...
—Eso no significa nada para mí. Así que te gusta ese tipo de música.
—Sí.
—A mí me va mejor un buen vals.
—A mí también —dijo Durham, mirándole a los ojos.
Como regla, Maurice cedía, pero entonces mantuvo la mirada firme.
Durham dijo:
—La otra parte debe estar en la pila que hay sobre la ventana. Voy a mirar. No tardaré.

Maurice dijo resueltamente:
—Yo tengo que irme ya.
—Muy bien, yo me quedaré.
Abatido y solitario, Maurice salió. Las estrellas se habían borrado y la lluvia envolvía la noche. Pero mientras el portero buscaba las llaves del
portón, oyó unas rápidas pisadas tras él.
—¿Encontraste tu Marcha?
—No, pensé que sería mejor irme contigo.
Maurice caminó unos cuantos pasos en silencio, después dijo:
—Trae, deja que te lleve algo.
—No te preocupes, lo llevo bien yo.
—Trae —dijo ásperamente, y, de un tirón, le arrancó los cilindros de debajo del brazo.
No hablaron nada más. Al llegar a su propio college fueron directamente a la habitación de Fetherstonhaugh, pues daba tiempo a oír un poco
de música antes de las once. Durham se sentó junto a la pianola. Maurice se arrodilló a su lado.
—No sabía que te habías incorporado a la corriente estética, Hall —dijo el anfitrión.
—Yo no he hecho tal cosa... Sólo quiero oír lo que ellos manejan.
Durham comenzó, y desistió después diciendo que sería mejor empezar con el 5/4.
—¿Por qué?
—Está más próximo a los valses.
—Ah, no te preocupes por eso. Pon lo que te guste. No andes cambiando. Es perder el tiempo.
Pero no pudo salirse con la suya esta vez. Cuando fue a poner la mano sobre el aparato, Durham dijo:
—Te lo cargarás, déjame a mí. —Y colocó el 5/4.
Maurice escuchó atentamente la música. No le disgustaba.
—Presta atención a este final —dijo Fetherstonhaugh, que estaba hurgando en el fuego—. Debes separarte de la máquina tanto como
puedas.
—Eso creo... ¿Te importaría ponerlo otra vez si a Fetherstonhaugh no le molesta?
—Sí, ponlo, Durham. Está muy bien.
Durham se negó. Maurice se dio cuenta de que no era manejable. Dijo:
—Un movimiento no es como un fragmento separado, no se puede repetir.
Era una excusa incomprensible, pero aparentemente válida. Puso el Largo que era mucho más aburrido y después sonaron las once y
Fetherstonhaugh les preparó té. Él y Durham estaban en el mismo curso, y hablaban de sus cosas, mientras Maurice escuchaba. Su nerviosismo
no se había calmado un instante. Vio que Durham no sólo era listo, sino que tenía una inteligencia equilibrada y en orden. Sabía lo que quería leer,
cuál era su punto flaco, y en qué medida podían ayudarle los profesores. No tenía ni la fe ciega en los tutores y en las clases que tenían Maurice y
su grupo, ni el desprecio que les profesaba Fetherstonhaugh. «Siempre se puede aprender algo de un hombre más viejo, aunque no haya leído a
los últimos autores alemanes.» Hablaron un rato sobre Sófocles, y después, confidencialmente, Durham dijo que era una «pose», entre «nosotros
los estudiantes», ignorarle y aconsejó a Fetherstonhaugh que releyera el Ayax prestando atención a los personajes más que al autor; aprendería
mucho así, tanto de la gramática como de la vida griega.
A Maurice le irritaba aquello. En parte había esperado que Durham quedara desequilibrado. Fetherstonhaugh era un gran personaje, tanto
por su inteligencia como por su fuerza física, y tenía unas maneras bruscas y dominadoras. Pero Durham escuchaba impávido, rechazaba los
errores y aprobaba el resto. ¿Qué podía hacer Maurice, que era todo errores? Un ramalazo de ira le recorrió. Levantándose bruscamente, dio las
buenas noches, para lamentar su prisa tan pronto como se vio fuera del cuarto. Se decidió a esperar, no en la misma escalera, esto le parecía
demasiado absurdo, sino en algún lugar entre el final de ésta y la habitación de Durham. Saliendo al patio localizó la última, y hasta llamó en la
puerta, aunque sabía que el propietario estaba ausente, y mirando adentro observó los muebles y los cuadros a la luz del fuego de la chimenea.
Después se colocó en una especie de puente en el patio. Desgraciadamente no era un puente real: sólo superaba una ligera depresión del
terreno, que el arquitecto había intentado utilizar para producir un efecto. Permanecer allí era como sentirse en un estudio fotográfico, y el pretil
era demasiado bajo para poder apoyarse en él. Silencioso, con la pipa en la boca, Maurice parecía totalmente natural, y esperaba que no
lloviese.
Las luces estaban apagadas, salvo en la habitación de Fetherstonhaugh. Sonaron las doce, después de un cuarto. Podía haber estado
esperando a Durham durante una hora. Entonces se oyó un ruido en la escalera, y la clara y pequeña figura salió del edificio con una bufanda
enrollada al cuello y libros en la mano. Era el momento que había esperado, pero se vio de pronto alejándose. Durham iba a su habitación tras él.
La oportunidad se perdía.
—Buenas noches —gritó; su voz surgió desacompasada y sorprendió a ambos.
—¿Quién es? Buenas noches, Hall. ¿Dando un paseo antes de ir a la cama?
—Es lo que suelo hacer. ¿Supongo que no querrás un poco más de té?
—No sé, quizás es un poco tarde para tomar un té. —Sin mucho entusiasmo, añadió—: ¿Quieres un poco de whisky?
—¿Tienes un trago? —exclamó Maurice.
—Sí... Ven. Lo guardo aquí: bajo el suelo.
—¡Ah, caramba!
Durham encendió la luz. El fuego estaba casi apagado ya. Le dijo a Maurice que se sentara y dispuso una mesita con vasos.
—Tú dirás.
—Gracias... Ya está, ya está.
—¿Con soda, o solo? —preguntó bostezando.
—Soda —dijo Maurice.
Pero era imposible prolongar la situación; el otro estaba cansado y le había invitado sólo por cortesía. Bebió y regresó a su propia
habitación, se proveyó de tabaco suficiente y salió al patio de nuevo.
La calma era completa y la oscuridad también. Maurice paseó sobre la hierba sagrada, sin hacer el menor ruido, con el corazón iluminado. El
resto de él cayó dormido poco a poco; primero su cerebro, su órgano más débil; después, gradualmente, su cuerpo todo, y entonces sus pies le
llevaron escaleras arriba para escapar del alba. Pero su corazón se había encendido para no apagarse nunca más, y al fin una cosa en él era
real.
A la mañana siguiente estaba más tranquilo. Por una parte había cogido un catarro, pues la lluvia le había empapado sin que se diera cuenta,

y por otra, se había dormido hasta el punto de perder el oficio religioso y dos clases. Era imposible poner orden en su vida. Después de comer se
cambió para jugar al fútbol y, viendo que le quedaba tiempo, se echó en un sofá para dormir hasta el té. Pero no tenía hambre. Rechazando una
invitación, salió a pasear por el pueblo, y pasando frente a unos baños turcos, entró a tomar uno. El baño le curó el catarro, pero hizo que llegara
tarde a otra clase. Cuando llegó la cena, no se sintió capaz de enfrentarse al grupo de antiguos sunningtonianos, y, aunque no se había
despedido, se fue y cenó solo en la Unión. vio a Risley allí, pero sintió indiferencia. Después llegó de nuevo el anochecer y Maurice advirtió con
sorpresa que tenía la cabeza muy despejada, y pudo hacer el trabajo de seis horas en tres. Se fue a la cama a la hora habitual, y despertó
sintiéndose físicamente bien y muy feliz. Algún instinto, profundamente encerrado en su conciencia, le había aconsejado dejar descansar durante
veinticuatro horas a Durham y sus cavilaciones sobre él.
Comenzaron a verse más a menudo. Durham le convidó a comer, y Maurice correspondió, pero no inmediatamente. Se había puesto en
funcionamiento un mecanismo de precaución ajeno a su naturaleza. Siempre había sido un poco cauto, pero ahora se trataba de algo en gran
escala. Pasó a estar alerta, y todas sus acciones durante aquel trimestre podrían describirse en el lenguaje de la guerra. No se aventuraría a una
zona comprometida. Espió la debilidad de Durham tanto como su fuerza. Y sobre todo, ejercitó y purificó sus energías.
Si le obligasen a preguntarse a sí mismo, ¿qué es todo esto?, se habría respondido: «Durham es algo semejante a aquellos muchachos por
los que me sentía interesado en el colegio.» Pero no estaba obligado a responder a nadie y se limitaba a continuar avanzando con su boca y su
mente mudas. Los días iban deslizándose con sus contradicciones hacia el abismo, y él se daba cuenta de que estaba ganando terreno. Ninguna
otra cosa importaba. Si estudiaba bien y era socialmente agradable, se trataba sólo de un subproducto, al que no consagraba el menor interés.
Ascender, extender una mano hacia la cima de la montaña hasta que otra la tomase, era el fin para el que había nacido. Olvidó la histeria de su
primera noche y su extraña reacción. Fueron etapas que ocultó en su interior. Ni siquiera pensaba en la ternura y en la emoción; la frialdad seguía
presidiendo sus cavilaciones sobre Durham. Y en realidad esto era todo lo que quería. Cada cosa a su tiempo. No se concedía el optimismo de
tener esperanzas, pues las esperanzas distraen y él tenía muchas cosas a las que estar atento.

VII
Al curso siguiente intimaron en seguida.
—Hall, estuve a punto de escribirte una carta en vacaciones —dijo Durham zambulléndose en la conversación.
—¡Ah, sí?
—Pero hubiese sido un rollo. Han sido unas vacaciones espantosas...
El tono no era muy serio, y Maurice dijo:
—¿Qué te pasó? ¿No pudiste con el pastel de Navidad?
En seguida se vio que el pastel era alegórico; había sido una gran riña familiar.
—No sé lo que dirás... pero me gustaría saber tu opinión sobre lo sucedido, si no te importa.
—En absoluto —dijo Maurice.
—Tuvimos una pelea por la cuestión religiosa.
En aquel momento fueron interrumpidos por Chapman.
—Lo siento, estamos hablando —le dijo Maurice.
Chapman se fue.
—No necesitabas hacer eso, podíamos hablar de mi problema en cualquier momento —protestó Durham.
Y continuó hablando con más entusiasmo.
—Hall, no me gustaría incomodarte por mis creencias, o más bien por mi ausencia de ellas, pero para explicar la situación debo decirte que
soy heterodoxo. No soy cristiano.
Maurice pensaba que la heterodoxia era algo incorrecto y había afirmado en el curso anterior, durante un debate, que si un hombre tenía
dudas debía tener la consideración de guardárselas para sí. Pero a Durham únicamente le dijo que se trataba de una cuestión difícil y muy amplia.
—Ya lo sé... No es eso. Prescinde de ello. —Miró un momento al fuego—. El problema es cómo se lo tomó mi madre. Se lo dije hace seis
meses, en el verano, y no se preocupó. Hizo un comentario estúpido, como acostumbra, pero nada más. La cosa pasó sin más problemas. Yo
estaba agradecido, pues aquel problema me había torturado durante años. Dejé de creer cuando descubrí algo que me hizo mejor, me hizo
sentirme como un niño, y cuando conocí a Risley y a su grupo, me pareció imperativo decirlo. Ya sabes lo que ellos insisten en eso... Según ellos,
es realmente lo más importante. Así que se lo dije. Ella contestó: «Bueno, ya te harás más sensato cuando tengas mis años.» Era la reacción
más suave que podía imaginarse, y quedé muy satisfecho. Pero ahora todo volvió a plantearse de nuevo.
—¿Por qué?
—¿Por qué? Por la Navidad. Yo no quería comulgar. Y se supone que uno debe comulgar tres veces al año...
—Sí, ya lo sé. La Sagrada Comunión.
—... y en Navidad se planteó el problema. yo dije que no quería. Mamá me acosó de un modo totalmente impropio de ella, pidiéndome que lo
hiciera por complacerla. Después se enfureció, y me dijo que estaba dañando mi reputación, además de la suya. Somos los señores de la
localidad y la gente allí está bastante atrasada. Pero lo que no pude soportar fue el final. Me dijo que era un malvado. Yo podría haberla respetado
si me hubiese dicho aquello seis meses antes, ¡pero no entonces! Lo que no podía hacer era acudir entonces a sagradas palabras como maldad
y bondad para obligarme a hacer una cosa en la que no creía. Le dije que yo tenía mis propias comuniones. «Si la recibiese como recibís tú y las
chicas las vuestras, mis dioses me matarían!» Supongo que fue demasiado fuerte.
Maurice, que no había entendido bien, dijo:
—¿Así que fuiste?
—¿Adónde?
—A la iglesia.
Durham saltó. En su rostro se pintó en disgusto. Después se mordió el labio y comenzó a sonreír.
—No, no fui a la iglesia, Hall. Creí que había quedado claro.
—Lo siento... Sería mejor que nos sentáramos. No pretendía ofenderte. Es que soy bastante lento para entender las cosas.
Durham se enroscó en la alfombra junto a la silla de Maurice.
—¿Hace mucho que conoces a Chapman? —le preguntó tras una pausa.
—Lo conozco de aquí del colegio, cinco años.
—Ya. —Pareció reflexionar—. Dame un cigarrillo. Pónmelo en la boca. Gracias.
Maurice supuso que la charla había terminado, pero Durham, después de aquella pausa, continuó:
—Bueno... tú me dijiste que tenías madre y dos hermanas, que es exactamente la familia que yo tengo, y me preguntaba siempre qué habrías
hecho tú en mi caso.
—Tu madre debe ser muy diferente de la mía.
—¿Cómo es la tuya?
—Nunca discute por nada.
—Porque no le has planteado nunca algo que no pueda aceptar, supongo, y nunca lo harás.
—No, qué va, ella no se molestaría.
—Eso no puedes saberlo, Hall, sobre todo con las mujeres. Mi madre me pone enfermo. Ése es mi problema, y me gustaría que me
ayudaras.
—¿Volverá a insistir?
—Exactamente, amigo, pero ¿qué debo hacer yo? He estado siempre fingiendo quererla. Esta pelea ha descubierto mi mentira. Creo que
he dejado de elaborar mentiras. Desprecio su carácter, y estoy enfadado con ella. Bueno, te he dicho algo que ninguna otra persona del mundo
sabe.
Maurice cerró un puño y golpeó con él a Durham ligeramente en la cabeza.
—Mala suerte —exclamó.
—Háblame de tu familia.
—No hay nada que decir. Vamos tirando.
—Qué suerte.
—Oh, no sé. ¿Estás exagerando, o fueron realmente horribles tus vacaciones, Durham?
—Un completo infierno, miseria e infierno.

El puño de Maurice se abrió para volver a cerrarse con un puñado de pelo de Durham.
—¡Ay, me haces daño! —gritó el otro gozosamente.
—¿Qué decían tus hermanas de la Sagrada Comunión?
—Una está casada con un clérigo... No, me haces daño.
—Un completo infierno, ¿eh?
—Hall, no sabía que fueses tan idiota... —se apoderó de la mano de Maurice—, y la otra está prometida con Archibald London... ¡Ay! ¡Eh!
¡Estáte quieto, mira que me marcho! —y cayó entre las rodillas de Maurice.
—Bueno, ¿pero no te ibas? Vete ya de una vez.
—No puedo.
Era la primera vez que se atrevía a jugar con Durham. La religión y la familia se desvanecieron, cuando le hizo rodar sobre la alfombra y le
metió la cabeza en la papelera. A oír el ruido, Fetherstonhaugh subió a prestar ayuda. Después de aquello estuvieron constantemente peleándose
durante varios días, comportándose Durham tan neciamente como él. Siempre que se encontraban, y en todas partes acababan encontrándose,
se empujaban y se golpeaban, molestando a sus amigos. Al fin, Durham se cansó. Como era el más débil, acababa haciéndose daño algunas
veces, y sus sillas quedaron rotas. Maurice advirtió el cambio inmediatamente. Sus retozos cesaron, pero llegaron a hacerse muy íntimos durante
el tiempo en que tuvieron lugar. Ahora paseaban cogidos del brazo o con las manos por los hombros. Siempre que se sentaban lo hacían en la
misma posición: Maurice en una silla y Durham a sus pies, apoyado en él. En el mundo de sus amigos esto no atrajo la atención de nadie.
Maurice solía acariciar el pelo de Durham.
Y su relación se extendió a todos los campos. Durante aquel trimestre de Cuaresma, Maurice se transformó en un teólogo. No era del todo
una farsa. Él tenía fe en sus creencias, y sentía un verdadero dolor cuando algo a lo que estaba habituado era objeto de crítica —el dolor que se
enmascara entre las clases medias como fe—. No era fe, pues no era activa. No le daba ningún apoyo, ninguna perspectiva más amplia. No
existía hasta que no la rozaba la oposición, y entonces dolía como un nervio inútil. Todos tenían estos nervios a cubierto, y los consideraban
divinos, aunque ni la Biblia ni el Libro de Oraciones ni los sacramentos, ni la moral cristiana, ni nada espiritual estaba vivo para ellos. «¡Cómo
podrá la gente!», exclamaban cuando alguna de tales cosas era atacada y se suscribían a Defence Societies. El padre de Maurice iba camino
de convertirse en un pilar de la Iglesia y de la Sociedad cuando murió, y puesto que Maurice se parecía a él en muchas cosas, era de esperar que
también estas creencias se afirmaran en él.
Pero en otros aspectos no se parecía. Por ejemplo, en aquel deseo vehemente de impresionar a Durham. Quería mostrar a su amigo que
tenía algo más que fuerza bruta, y donde su padre habría guardado un prudente silencio, él comenzó a hablar y a hablar. «Tú crees que yo no
pienso, pero puedes estar seguro de que lo hago.» Muchas veces Durham no contestaba y Maurice se sentía aterrado ante la idea de que estaba
perdiéndolo. Había oído decir: «Durham es amigo mientras le diviertes, después se va», y temía que, debido a aquel despliegue de su ortodoxia,
estuviese provocando lo que deseaba evitar. Pero no podía pararse. El ansia de impresionarle se hacía abrumadora, así que hablaba y hablaba.
Un día Durham dijo:
—Hall, ¿por qué esa insistencia?
—La religión significa mucho para mí —se ufanó Maurice—. Porque hablo tan poco, tú crees que no siento nada. El problema me preocupa
mucho.
—En ese caso ven a tomar café después.
Estaban entrando en el comedor. Durham, al ser un intelectual, tenía que darle lecciones, y había cinismo en su tono. Durante la comida
estuvieron observándose. Se sentaron en mesas distintas, pero Maurice había corrido su silla de modo que pudiese ver a su amigo. La fase de
tirarse migas de pan había pasado. Durham parecía serio aquella tarde, y no hablaba con sus compañeros. Maurice se dio cuenta de que estaba
pensativo y se preguntaba por qué.
—Anduviste detrás de esto y ahora vas a conseguirlo dijo Durham, cerrando la puerta.
Maurice sintió frío y se puso rojo. Pero la voz de Durham, cuando se dejó oír de nuevo, atacaba sus opiniones sobre la Trinidad. Pensaba
que la Trinidad tenía valor para él, pero esto le parecía carente de importancia frente a las llamas de su terror. Se derrumbó en un sillón,
sintiéndose sin fuerzas, con la frente y las manos llenas de sudor. Durham se movía de un lado a otro preparando el café y hablando.
—Sé que no te gustará esto, pero tú mismo te lo has buscado. No puedes esperar que me reprima siempre. Debo hablar también alguna
vez.
—Sigue, sigue —dijo Maurice, carraspeando.
—No quise hablar, porque respeto las opiniones de los demás demasiado para reírme de ellas, pero no me parece que tú tenga opiniones al
respecto. No son más que tópicos de segunda mano... No de segunda, de décima.
Maurice, que se estaba recobrando, se dio cuenta de que aquello era demasiado fuerte.
—Andas siempre diciendo: «me preocupo mucho».
—¿Y qué derecho tienes tú a suponer que no lo hago?
—Tú te preocupas mucho por una cosa, Hall, pero esa cosa, evidentemente, no es la Trinidad.
—¿Qué es entonces?
—El rugby.
Maurice tuvo otro ataque. Sus manos temblaron y derramó el café sobre un brazo del sillón.
—Eres un poco injusto —se oyó decir a sí mismo.
—Podrías al menos haber sido lo suficientemente generoso como para sugerir que me preocupo por la gente.
Durham pareció sorprendido, pero dijo:
—De cualquier modo, a ti no te preocupa en absoluto la Trinidad.
—Bueno, deja en paz la Trinidad.
Rompió a reír.
—Exactamente, exactamente. Ahora podemos pasar al punto siguiente.
—No veo la utilidad, y tengo la cabeza podrida de todos modos... quiero decir que tengo jaqueca. Nada vamos a ganar con... todo esto. Sin
duda no puedo demostrar lo que pienso, quiero decir la cuestión de los tres en uno y el uno en los tres. Pero significa mucho para millones de
personas, digas tú lo que digas, y no vamos a echarlo a pique. Sentimos muy profundamente respecto a eso. Dios es bueno. Ésta es la cuestión
principal. ¿Por qué irnos por un camino lateral?
—¿Por qué te preocupas tanto por el camino lateral?
—¿Cómo?
Durham aclaraba para él sus propias observaciones.

—Bueno, todo el asunto va unido.
—¿Así que lo de la Trinidad no es cierto invalida todo lo demás?
—Yo no veo por qué. No lo veo en absoluto.
Estaba actuando muy mal, pero le dolía realmente la cabeza, y cuando se enjugaba el sudor volvía a brotar.
—Sin duda no soy capaz de explicarme bien; como no me preocupo más que del rugby...
Durham se acercó y se sentó cómicamente en el borde del sillón.
—Cuidado. Has derramado el café.
—Demonios. Es cierto.
Mientras se limpiaba, Maurice dejó de bromear y miró al patio. Parecía que habían pasado años desde que lo abandonara. No tenía ganas
de continuar más tiempo a solas con Durham, y llamó a unos cuantos para que se unieran a ellos. Terminaron el café como siempre, pero cuando
los otros se fueron Maurice no sintió deseos de salir con ellos. Hizo florecer de nuevo la Trinidad.
—Es un misterio —arguyó.
—No es un misterio para mí. Pero respeto a cualquiera para quien lo sea realmente.
Maurice se sintió incómodo y contempló sus manos toscas y oscuras. ¿Era la Trinidad realmente un misterio para él? Salvo el día de su
confirmación, ¿había dedicado alguna vez cinco minutos a pensar en ella? La llegada de los otros compañeros había despejado su cabeza y, sin
nerviosismo ya, analizaba su mente. Le parecía semejante a sus manos, útiles, sin duda, y sanas y capaces de funcionar. Pero sin refinamiento,
sin haber rozado jamás ningún misterio, ninguna parte de él. Era oscura y tosca.
—Mi posición es ésta —anunció tras una pausa—. Yo no creo en la Trinidad; lo acepto, pero, aparte de eso, estaba equivocado cuando dije
que todo iba unido. No es así, y porque no crea en la Trinidad no quiere decir que no sea cristiano.
—¿En qué crees tú? —dijo Durham, implacable.
—En... lo esencial.
—¿Qué es lo esencial?
En voz baja, Maurice dijo:
—La Redención.
Nunca había pronunciado antes aquellas palabras fuera de la iglesia, y se estremeció de emoción. Pero no creía en ellas más que en la
Trinidad, y sabía que Durham lo advertiría. La Redención era la carta más alta de que disponía, pero no era un triunfo, y su amigo podía ganarle
con un miserable dos.
Todo lo que Durham dijo entonces fue:
—Dante sí creía en la Trinidad —y acercándose a la estantería buscó el pasaje final del Paradiso.
Leyó a Maurice la parte de los tres círculos del arco iris que se interligaban, y cuyas intersecciones dibujaban un rostro humano. A Maurice le
aburría la poesía, pero hacia el final exclamó:
—¿De quién era ese rostro?
—De Dios, ¿es que no lo ves?
—¿Pero no se supone que ese poema es un sueño?
Hall era un estúpido, y Durham no intentó explicarle más, ni supo que Maurice pensaba en un sueño propio que había tenido en el colegio, y
en aquella voz que le había dicho: «Ése es tu amigo».
—Dante le habría llamado un despertar, no un sueño.
—¿Entonces tú crees que todo ese asunto está bien?
—La fe siempre está bien —replicó Durham, volviendo a colocar el libro en su sitio—. Está bien y, además, no puede fingirse. Todo hombre
guarda en algún lugar de su interior una creencia por la que sería capaz de morir. Sólo que no es probable que tus padres y guardianes te lo
digan. Si hubiese una, ¿no formaría parte de tu propia carne y de tu propio espíritu? Muéstramela. No andes pregonando tópicos como «La
Redención», o «La Trinidad».
—Ya he prescindido de la Trinidad.
—La Redención, entonces.
—Eres realmente duro —dijo Maurice—. Siempre supe que era un estúpido, no es ninguna novedad. Los amigos de Risley son más de tu
tipo y hablas mejor con ellos.
Durham le miró desconcertado. No sabía qué contestar a esto, y dejó a Maurice marchar cabizbajo, sin protestar. Al día siguiente, se
encontraron como siempre.No había sido una pelea, sino un bache momentáneo, y procuraron superarlo desde el principio. Hablaron de nuevo de
teología. Maurice defendiendo la Redención. Perdió. Comprendió que para él no tenía ningún sentido la existencia de Cristo o su bondad, y no le
importaba el que existiese o no tal persona. Su desdén hacia el cristianismo se incrementó y se hizo profundo. En diez días prescindió de la
comunión, y en tres semanas cortó todos los lazos que le ligaban a la Iglesia. Durham estaba asombrado ante aquella rapidez. Ambos estaban
asombrados, y Maurice, aunque había perdido y rendido todas sus creencias, tenía la extraña sensación de estar en realidad ganando,
conduciendo a buen fin una campaña que había comenzado hacía largo tiempo.
Porque Durham no se sentía ya molesto con él. Durham no podía arreglárselas sin él, y a todas horas se le encontraba metido en su
habitación, enzarzado en discusiones. Resultaba extraño en él, que era reservado y que no se distinguía por sus virtudes dialécticas. La razón que
daba para atacar las opiniones de Maurice era: «Son tan podridos, Hall; no creen más que en la respetabilidad.» ¿Era ésta toda la verdad? ¿No
había algo más por detrás de aquello, tras sus nuevas maneras y su furiosa iconoclastia? Maurice creía que sí. Aparentemente en retirada,
pensaba que su fe era un peón bien perdido. Porque Durham, al comerlo, había dejado al descubierto su corazón.
Hacia el final de curso abordaron una cuestión aún más delicada. Asistían a una de las clases de traducción del decano, y cuando uno de los
alumnos leía tranquilamente el texto, el señor Cornwallis, con una voz lisa y sin matices, advirtió: «Omita eso: es una referencia al execrable vicio
de los griegos.» Durham dijo después que deberían quitarle su puesto por tal hipocresía.
Maurice se rió.
—Hablo desde un punto de vista puramente intelectual. Los griegos, o la mayoría de ellos, sentían esa inclinación, y omitirlo es omitir la base
de la sociedad ateniense.
—¿Es verdad eso?
—¿No has leído el Symposium?
Maurice no lo había leído, y no añadió que había explorado a Marcial.
—Allí está todo muy claro. No es algo para niños, desde luego, pero tú debes leerlo. Léelo durante estas vacaciones.
No se dijo más en aquella ocasión, pero él se sentía libre en otro campo, y en un campo, además, que nunca había mencionado a persona

alguna. No se había dado cuenta de que podía mencionarse, y cuando Durham lo hizo, en medio del patio, a plena luz del día, sintió que un golpe
de libertad le acariciaba.

VIII
Al llegar a casa; habló de Durham hasta que el hecho de que tenía un amigo penetró en la mente de todos los miembros de su familia. Ada
preguntó si era hermano de una cierta señorita Durham —pero no, ella era hija única—, mientras que la señora Hall lo confundía con un profesor
llamado Cumberland. Maurice se sentía profundamente herido. Un sentimiento fuerte hace brotar otro, y se asentó en él una profunda irritación
contra las mujeres de su familia. Sus relaciones con ellas, hasta entonces, habían sido, aunque triviales, estables, pero parecía inicuo que todas
confundiesen el nombre de aquella persona que se había transformado en lo más importante del mundo para él. El hogar lo castraba todo.
Lo mismo sucedió con su ateísmo. A nadie afectó lo profundamente que él esperaba. Con la crudeza de la juventud, llamó aparte a su madre
y le dijo que él respetaría siempre los prejuicios religiosos de ella y de las niñas, pero que a él su conciencia no le permitía asistir más a la iglesia.
Su madre dijo que era una gran desgracia.
—Sé que esto te trastornará un poco. No puedo evitarlo, madre querida. Eso es lo que siento, y no vale la pena discutir.
—Tu pobre padre siempre fue a la iglesia.
—Yo no soy mi padre.
—Morrie, Morrie, cómo dices eso.
—Bueno, no lo es —dijo Kitty con su descaro habitual—. Realmente, madre, convéncete.
—¡Kitty, querida, qué haces aquí! —gritó la señora Hall, advirtiendo que era necesario manifestar disgusto y no deseando volcarlo en su hijo
—. Estamos hablando de cosas distintas, y además no tienes ninguna razón, porque Maurice es la viva imagen de su padre... El doctor Barry lo
dijo.
—Bueno, el doctor Barry tampoco va a la iglesia —dijo Maurice, cayendo en el hábito familiar de salirse por la tangente.
—El doctor Barry es un hombre listísimo —dijo la señora Hall con decisión—, y también la señora Barry.
Este desliz de su madre hizo estallar a Ada y a Kitty. No podían contener la risa ante la idea de que la señora Barry fuera un hombre. Y el
ateísmo de Maurice quedó olvidado. No comulgó el domingo de Pascua, y suponía que iba a organizarse una trifulca por ello, como en el caso de
Durham, pero nadie lo advirtió, pues entre la burguesía suburbana no se exigía ya ser cristiano. Esto le disgustó, le hizo contemplar con nuevos
ojos a la sociedad, ¿le importaba a aquella sociedad, que se proclamaba tan moral y tan sensible, realmente alguna cosa?
Escribió a menudo a Durham largas cartas en las que intentaba cuidadosamente expresar matices de sentimientos. Durham no les dio
apenas importancia y así lo decía. Sus respuestas eran igualmente largas. Maurice nunca las sacaba del bolsillo, cambiándolas de traje a traje y
hasta metiéndolas en el pijama cuando se iba a la cama. Despertaba y las tocaba y, contemplando los reflejos de la farola de la calle, recordaba
el miedo que sentía cuando era niño.

Episodio de Glaldys Olcott.
La señorita Olcott fue uno de sus escasos huéspedes. Había intimado con la señora Hall y con Ada en un balneario, y, habiendo recibido una
invitación, la había aceptado. Era encantadora, o al menos eso decían las mujeres, y los visitantes del sexo masculino decían al varón de la casa
que era un afortunado guardián. Él se reía, ellos se reían, y habiéndola ignorado al principio, pasó a dedicarle sus atenciones.
Entonces Maurice, aunque no lo sabía, se había convertido ya en un atractivo joven. El mucho ejercicio había suavizado su tosquedad. Era
corpulento pero ágil, y su rostro parecía seguir el ejemplo de su cuerpo. La señora Hall atribuía a su bigote —«el bigote de Maurice es su
característica» —algo más profundo que ella comprendía. Desde luego, aquella pequeña línea negra armonizaba su rostro, y hacía destacar sus
dientes cuando sonreía, y sus ropas parecían ajustarse también a él: por consejo de Durham llevaba pantalones de franela incluso los domingos.
Se dedicó a sonreír a la señorita Olcott; le parecía lo más propio. Ella le respondía. Puso sus músculos al servicio de la dama llevándola de
paseo en su nuevo sidecar. Se tendió a sus pies. Descubriendo que fumaba, la convenció para que se quedara con él en el salón y lo mirara a los
ojos. El vapor azul se agitaba y se enredaba y construía fluctuantes paredes, y los pensamientos de Maurice viajaban con él, para desvanecerse
tan pronto como se abrió una ventana por la que entró aire fresco. Vio que ella se sentía complacida. Maurice la galanteó, le dijo que su cabello,
etc. era maravilloso. Ella intentó pararle, pero él no se dio cuenta, y no supo que estaba molestándola. Había leído que las muchachas siempre
pretenden detener a los hombres que las requiebran. La acosó. Cuando ella se excusó para no ir con él de paseo, él adoptó la actitud del macho
dominador. Ella era su huésped. Fue. Y habiéndola llevado a un escenario que consideraba romántico, tomó su pequeña mano entre la suyas.
No es que la señorita Olcott pusiese objeciones a que cogiesen su mano. Otros lo habían hecho, y Maurice podía haberlo hecho si hubiese
sabido cómo. Pero ella advirtió que había algo que no era correcto. El contacto de él la repugnaba. Era como el de un cadáver. Levantándose de
un salto, gritó:
—Señor Hall, no sea estúpido. Quiero decir que no sea estúpido. No lo digo para que usted sea más estúpido aún.
—Señorita Olcott, Gladys... preferiría morir antes que ofenderla —masculló el muchacho, intentando seguir adelante.
—Debo regresar en tren —dijo ella, con un leve gemido—. Debo hacerlo. Lo siento muchísimo.
Ella llegó a casa antes que él y contó una pequeña historia sobre un dolor de cabeza y polvo en los ojos, pero la familia se dio cuenta de que
algo había ido mal.
Salvo por este episodio, las vacaciones transcurrieron agradablemente. Maurice leyó un poco, siguiendo los consejos de su amigo más que
los de su tutor, reafirmó en uno o dos sentidos su creencia de que era ya un adulto. Por instigación suya, su madre despidió a los Howell, que
habían ocupado desde hacía mucho tiempo el departamento exterior, y sustituyó el carruaje por un coche de motor. Todo el mundo quedó
impresionado, incluidos los Howell. Habló también con el antiguo socio de su padre. Había heredado cierta aptitud para los negocios y algún
dinero, y quedó decidido que cuando abandonase Cambridge entraría en la empresa como empleado sin autorización; Hill & Hall, Agentes de
Bolsa. Maurice iba caminando hacia el nicho que Inglaterra había preparado para él.

IX
Durante el curso anterior, Maurice había alcanzado un nivel mental nada usual en él, pero las vacaciones le hicieron retroceder hacia sus
años de colegio. Estaba menos despierto, de nuevo se comportaba como se suponía que debía comportarse; un hecho peligroso para quien no
está dotado de imaginación. Por su mente, no oscurecida del todo, pasaban a menudo nubes, y aunque la señorita Olcott se había desvanecido,
la falta de sinceridad que le llevó a ella, permanecía. La principal causa de esto era su familia. Aún no había comprendido que eran más fuertes
que él y que le influían inmensamente. Tres semanas en su compañía le dejaban desconcertado, sucio, victorioso en cada cosa, pero derrotado
en todo. Regresaba pensando y hasta hablando como su madre o como Ada.
Hasta que Durham llegó, Maurice no advirtió el retroceso. Durham había estado enfermo, y regresó con unos días de retraso. Cuando su
rostro, un poco más pálido de lo normal, asomó por la puerta, Maurice sintió un estremecimiento de desesperación, e intentó volver al lugar donde
estaban el curso anterior, y volver a reunir los hilos de su estrategia. Se sentía débil y con miedo a actuar. La parte peor de él surgía a la superficie
y le impulsaba a preferir la comodidad a la alegría.
—Qué hay, chico —dijo torpemente.
Durham entró sin hablar.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Y Maurice se dio cuenta de que había perdido contacto. El curso anterior hubiese comprendido aquella silenciosa entrada.
—Bueno, siéntate.
Durham se sentó en el suelo, fuera de su alcance. Era al final de la tarde. Los rumores del mes de mayo, los olores de la primavera de
Cambridge floreciendo, llegaban en oleadas a través de la ventana y decían a Maurice: «No eres digno de nosotros.» Sabía que estaba muerto
en más de la mitad de su ser, y se sentía ajeno, un palurdo en Atenas. Nada tenía que hacer allí, ni con un amigo como aquél.
—Durham...
Durham se acercó más. Maurice extendió una mano y sintió la cabeza del otro anidando en ella. Olvidó lo que iba a decir. Los rumores y los
aromas murmuraban: «Tú eres nosotros, nosotros somos la juventud.» Suavemente revolvió el cabello y hundió sus dedos en él como para
acariciar aquel cerebro.
—Durham, te decía, ¿lo has pasado bien?
—¿Y tú?
—No.
—En tus cartas me decías que sí.
—Pues no era verdad.
—La verdad en su propia voz le hizo temblar. «Han sido las vacaciones más espantosas que he pasado», y se preguntó hasta qué punto
debía contárselo. La niebla se hacía menos espesa otra vez; se sintió seguro, y con un pesaroso suspiro atrajo la cabeza de Durham hacia su
rodilla, como si fuese un talismán para aclarar su vida. La cabeza quedó allí apoyada, él había alcanzado una nueva ternura. Le acarició con
firmeza desde la sien al cuello. Después apartó ambas manos, las dejó caer a los lados y se reclinó suspirando.
—Hall.
Maurice le miró.
—¿Algún problema?
Le acarició de nuevo y de nuevo apartó sus manos. Le parecía tan cierto que no tenía aquel amigo como que lo tenía.
—¿Nada con aquella chica?
—Nada.
—Me decías que te gustaba.
—No me gustaba... No.
Suspiros más profundos brotaron de él. Se articularon en su garganta, transformándose en gemidos. Su cabeza cayó hacia atrás, y olvidó la
presión de Durham en su rodilla, olvidó que Durham contemplaba su turbio calvario. Fijó los ojos en el techo, con la boca y las cejas fruncidas, sin
comprender nada salvo que el hombre ha sido creado para sentir dolor y soledad sin que el cielo le ayude.
Entonces Durham se alzó hacia él, alisó su cabello. Se cogieron. Pronto estaban pecho contra pecho, la cabeza en el hombro, pero justo
cuando sus mejillas se encontraban alguien llamó, «Hall», desde el patio, y éste respondió; él siempre había respondido cuando le llamaban.
Ambos se incorporaron bruscamente, y Durham se colocó junto a la repisa de la chimenea y apoyó la cabeza sobre un brazo. Gente absurda
llegaba atronando por las escaleras. Querían té. Maurice se lo ofreció, después se dejó arrastrar por su conversación, y apenas se dio cuenta de
la marcha de su amigo. Habían tenido una charla ordinaria, se decía a sí mismo, aunque demasiado sentimental, y cultivó su inquietud frente al
próximo encuentro.
Éste tuvo lugar muy pronto. Estaba esperando para entrar en el teatro con media docena de compañeros, cuando le llamó Durham.
—Ya sé que has leído el Symposium en vacaciones —dijo en voz baja.
Maurice se sintió incómodo.
—Entonces ya comprendes... Sin que yo te diga más...
—¿Qué quieres decir?
Durham no podía esperar. La gente los rodeaba, pero con ojos que se habían vuelto intensamente azules murmuró:
—Que te amo.
Maurice se escandalizó, se horrorizó. Se estremeció hasta las raíces de su alma burguesa, y exclamó: «!Oh, maldición!» Las palabras, los
gestos, surgían de él antes de que pudiera evitarlo.
—Durham, eres un inglés. Y yo otro. No digas necedades. No estoy ofendido, porque sé que no quieres decir eso, pero es la única cosa
totalmente fuera de límite, como sabes; es el peor crimen de la lista, y nunca debes mencionarlo de nuevo. ¡Durham!, qué estúpida idea,
realmente...
Pero su amigo se había ido, se había ido sin decir una palabra, cruzaba corriendo el patio, y el ruido del portazo taladró los rumores de la
primavera.

X
Una naturaleza torpe como la de Maurice parece insensible, pues necesita tiempo para sentir. Su instinto la lleva a asumir que nada bueno ni
malo ha sucedido, y a resistirse al invasor. Sin embargo, una vez atrapada siente intensamente, y sus sentimientos amorosos son particularmente
profundos. Llegado el momento, puede conocer y compartir el éxtasis; llegado el momento, puede hundirse hasta el fondo del infierno. Así pues,
su calvario comenzó con una ligera pesadumbre, noches sin sueño y días de soledad la intensificaron hasta transformarla en un frenesí que le
consumía. Se sumergía en su interior, hasta tocar lal raíz de donde cuerpo y alma brotan. El «yo» que le habían enseñado a ocultar, comprendido
al fin, redobló su poder y se hizo sobrehumano. Podría haber sido la alegría. Nuevos mundos se derrumbaron en él ante esto, y vio desde la
inmensidad de su ruina qué éxtasis había perdido, qué comunión.
Estuvieron dos días sin hablarse. Durham lo habría prolongado aún más, pero la mayoría de sus amigos eran comunes, y se veían obligados
a encontrarse. Comprendiendo esto, escribió a Maurice una fría nota sugiriéndole que sería conveniente, pensando en los demás, que se
comportasen como si nada hubiese sucedido, y añadía: «Estaría muy agradecido si no mencionases mi criminal morbosidad a nadie. Estoy
seguro de que lo harás así, dada la actitud comprensiva con que escuchaste mis palabras.» Maurice no contestó, pero puso aquella nota con las
cartas que había recibido durante las vacaciones, y después lo quemó todo.
Suponía que había llegado a la cima de su calvario. Pero no conocía el verdadero sufrimiento, como no conocía realidad de ningún género.
Tenían aún que encontrarse. En la segunda tarde coincidieron en la misma partida de tenis, y el dolor le mordió intensamente. Apenas si se sentía
capaz de permanecer allí y de mirarle; si devolvía el servicio de Durham, la pelota le enviaba una vibración a lo largo del brazo. Después tuvieron
que jugar emparejados; en una ocasión tropezaron; Durham retrocedió, pero se las arregló para reír como siempre.
Además, parecía conveniente que regresase al college en el sidecar de Maurice. Montó en él sin vacilar. Maurice, que llevaba dos noches
sin acostarse, despistándose se metió por una vereda a toda velocidad. Enfrente apareció un carro lleno de mujeres. Continuó derecho hacia
ellas, pero cuando las oyó gritar apretó a fondo los frenos y pudo evitar por poco el desastre. Durham no hizo comentario alguno. Como indicaba
en su nota, sólo hablaría cuando otros estuviesen presentes. Toda otra relación había concluido.
Aquella noche, Maurice se acostó como siempre. Pero cuando apoyó la cabeza en la almohada, un torrente de lágrimas se derramó sobre
ella. Estaba horrorizado. ¡Un hombre llorando! Fetherstonhaugh podría oírle. Ahogó sus sollozos tapándose con la sábana, después alzó la
cabeza y comenzó a golpear con ella la pared, aplastando el yeso. Alguien subía las escaleras. Se detuvo inmediatamente y no prosiguió cuando
los pasos se apagaron. Encendiendo una lámpara miró con sorpresa su pijama roto y sus miembros temblorosos. Continuó llorando, pues no
podía detener las lágrimas, pero el impulso suicida había pasado, y arregló la cama y se tendió. Cuando abrió los ojos su criado arreglaba los
destrozos. Le pareció extraño a Maurice que hubiese penetrado allí un criado. Se preguntó si sospecharía algo, después se durmió de nuevo. Al
despertar por segunda vez, vio cartas en el suelo. Una de su abuelo, el viejo señor Grace, que le hablaba de una fiesta que se celebraría cuando
Maurice llegase a la mayoría de edad. Otra, de la mujer de un profesor convidándole a comer («El señor Durham vendrá también, así que no te
dará vergüenza»), otra de Ada, que hablaba de Gladys Olcott. Y otra vez más se quedó dormido.
La locura no es para todos, pero Maurice conoció el rayo que dispersa las nubes. La tormenta no había durado tres días como él suponía,
sino que había estado fraguándose durante seis años. Se había preparado en las oscuridades del ser, donde ningún ojo atisba, y el medio
ambiente en que había vivido la había alimentado. Había estallado y él no había muerto. La calidad del día le rodeaba, estaba en pie sobre las
cumbres que ensombrecen la juventud, y vio.
La mayor parte del día permaneció sentado con los ojos cerrados, como si escrutase el valle que había abandonado. Era todo tan simple
ahora. Había mentido. Lo formuló en una frase: «Se había alimentado de mentiras», pero las mentiras son el alimento natural de la niñez, y las
había devorado con avidez. Su primera resolución fue ser más cuidadoso en el futuro. Viviría con rectitud, no porque importase a nadie ya, sino
por la rectitud misma. No volvería a mentirse así. No pretendería —y ésta era la prueba— preocuparse por las mujeres, cuando el único sexo que
le atraía era el suyo propio. Amaba a los hombres y siempre los había amado. Ansiaba abrazarlos, mezclar con el de ellos su ser. Ahora que
había perdido al hombre que correspondía a su amor, admitía aquello.

XI
Después de esta crisis, Maurice se convirtió en un hombre. Hasta entonces, si es que pueden valorarse los seres humanos, no había
merecido el afecto de nadie, pues se comportaba con los demás de un modo convencional, artero y mezquino, porque lo mismo hacía consigo
mismo. Ahora tenía el mayor regalo que ofrecer. El idealismo y la brutalidad que caracterizan a la niñez se habían unido al fin y se fundían en
amor. Quizá nadie quisiese tal amor, pero podía ya no sentirse avergonzado de él, porque aquel amor era «él», no el cuerpo o el alma, no alma y
cuerpo, sino «él» viviendo en ambos. Si bien aún sufría, de algún lugar de su interior brotaba una sensación de triunfo. El dolor le había mostrado
un nicho en el cual los juicios del mundo no contaban y donde podía refugiarse.
Había aún mucho que aprender, y habían de pasar años para que explorase algunos abismos de su ser, tan horribles eran. Pero descubrió el
método y no se preocupó más de los diagramas dibujados en la arena. Había despertado demasiado tarde para alcanzar la felicidad, pero no
para alcanzar la fuerza, y podía experimentar una austera alegría, como la de un guerrero que no tiene hogar y se mantiene siempre armado para
la batalla.
Como el curso continuaba, decidió hablar con Durham. Habiendo tardado tanto en descubrirlas, daba un gran valor a las palabras. ¿Por qué
debía de sufrir y de causar sufrimiento a su amigo, cuando las palabras podían resolverlo todo? Se oyó a sí mismo decir: «Yo te amo realmente a
ti, igual que tú me amas a mí.» Y a Durham replicar: «¿Es cierto eso? Entonces te perdono», y con el ardor de la juventud veía posible tal
conversación, aunque algo le impedía creer que condujese a la dicha. Hizo varios intentos, pero, en parte por su propia vergüenza, en parte por la
de Durham, fracasaron. Si se acercaba a su cuarto, la puerta estaba cerrada o había gente dentro; si entraba, Durham salía cuando lo hacían los
demás. Le invitó a comer varias veces, pero el otro nunca podía ir. Se ofreció a llevarlo otra vez al tenis, pero le dio una excusa. Cuando se
encontraban en el patio, Durham simulaba haber olvidado algo y se iba. Estaba sorprendido de que sus amigos no se dieran cuenta del cambio,
pero pocos estudiantes son observadores; tienen demasiadas cosas que descubrir dentro de sí mismos, y fue un profesor el que se dio cuenta
de que Durham había cortado su luna de miel con aquel Hall.
Encontró la oportunidad después de un grupo de debates al que ambos pertenecían. Durham —utilizando su tesis como pretexto— había
presentado su renuncia, pero había pedido que el grupo se reuniese un día en su habitación, pues deseaba obsequiarles con su hospitalidad. Era
como él; odiaba verse obligado a agradecer nada a nadie. Maurice asistió y permaneció sentado durante una tediosa velada. Cuando todos,
incluido el anfitrión, salieron a tomar el aire, él se quedó, pensando en la primera noche que había visitado aquella habitación y preguntándose si
el pasado podría volver.
Durham entró, y no se dio cuenta inmediatamente de quién era. Ignorándole por completo, comenzó a disponerlo todo para acostarse.
—Eres muy duro —estalló Maurice—. No sabes lo que es tener el lío que yo tengo en la cabeza, y por eso eres tan duro.
Durham movió la cabeza como alguien que se niega a escuchar. Parecía encontrarse tan mal, que Maurice tuvo un violento deseo de
cogerle.
—Podías darme una oportunidad en lugar de negármela... Sólo quiero hablar.
—Hemos hablado toda la larde.
—Me refiero al Symposium, a los antiguos griegos.
—Oh, Hall, no seas estúpido... Debes saber que estar a solas contigo me pone malo. No, por favor, no volvamos. Se acabó. Se acabó. —
Entró en la otra habitación y comenzó a desvestirse—. Perdona que sea tan grosero, pero simplemente no puedo... Mis nervios están
desquiciados después de tres semanas así.
—Lo mismo que los míos —gimió Maurice.
—¡Pobre, pobre amigo!
—Durham, estoy metido en un infierno.
—Bueno, ya saldrás. Es sólo el infierno de la repugnancia. Nunca has hecho nada de lo que puedas avergonzarte, así que no sabes lo que es
realmente el infierno.
Maurice dejó escapar un grito de dolor. Era tan inconfundible, que Durham, que estaba a punto de cerrar la puerta que los separaba, dijo:
—Muy bien, lo discutiremos si quieres, ¿cuál es el problema? Parece que quieres defenderte por algo, ¿por qué? Te comportas como si yo
estuviese ofendido contigo. ¿Qué es lo que has hecho mal? Tú has sido totalmente decente del principio al fin.
En vano protestó.
—Tan decente, que interpreté mal tu simple amistad. Como tú eras tan afectuoso conmigo, sobre todo aquella tarde en que regresé de
vacaciones... Yo pensé que había algo más... Lo siento mucho, no sabes cuánto. No tenía derecho a salir de mis libros y de mi música, que eran
mis compañeros cuando te conocí. Sé que no aceptarás mis disculpas ni nada de lo que pueda decirte, Hall, aunque sea totalmente sincero.
Siento muchísimo haberte ofendido.
Su voz era débil pero clara, y su rostro como una espada. Maurice musitó palabras inútiles sobre el amor.
—Creo que eso es todo. Cásate rápidamente y olvida.
—Durham, yo te amo.
Rió amargamente.
—Te amo, siempre te he amado...
—Buenas noches, buenas noches.
—Te lo repito, te amo... Vine a decírtelo... Tal como tú me amas a mí... Siempre he sido como los griegos, y no lo sabía...
—Explica eso.
Las palabras le abandonaron inmediatamente. Sólo podía hablar cuando no le preguntaban.
—Hall, no seas ridículo. —Alzó la mano, pues Maurice había gritado—. Eres un muchacho muy decente por intentar ayudarme, pero hay
límites; hay una o dos cosas que no puedo tragarme.
—No soy ridículo...
—No debería haber dicho eso. Pero déjame. Puedo dar gracias por haber caído en tus manos. Otro cualquiera me habría denunciado al
decano o a la policía.
—Oh, vete al infierno, es lo que te mereces —gritó Maurice, y huyó al patio, oyendo una vez más el portazo.
Furioso, permaneció de pie en el puente, en aquella noche que se parecía a la primera, salpicada de desvaídas estrellas. No se hizo cargo
que tres semanas de torturas semejantes a las suyas, o el veneno segregado por un hombre, actúan de modo diferente en otro. Estaba
encolerizado por no haber encontrado a su amigo tal como lo había dejado. Sonaron las doce, la una, las dos, y él seguía planeando qué decir
cuando no hay nada que decir y las palabras carecen ya de valor.

Después, salvaje, temerario, empapado de lluvia, vio en el primer resplandor de la aurora la ventana de la habitación de Durham, y su
corazón dio un salto y todo su cuerpo se agitó. Su corazón gritó: «Amas y eres amado.» Miró el patio a su alrededor. Su corazón gritó: «Eres
fuerte y él es débil y está solo», y aquello se impuso a su voluntad. Aterrado por lo que debía de hacer, asió el panel de la ventana y lo alzó.
—Maurice...
Mientras se dejaba caer, oyó su nombre pronunciado en sueños. La violencia se borró en su corazón, y una pureza que jamás había
imaginado, ocupó su lugar. Su amigo le había llamado. Permaneció un momento fascinado; después, la nueva emoción le dio palabras, y
posando su mano suavemente en la almohada, respondió: «¡Clive!»

SEGUNDA PARTE

XII
Clive, de muchacho, vio pronto el problema con bastante claridad. Su sincera naturaleza, su agudo sentido del bien y del mal, le habían
llevado a creer que pesaba sobre él una maldición. Profundamente religioso, con un vivo deseo de alcanzar a Dios y de complacerle, viose
asaltado a edad muy temprana por este otro deseo, que era claramente de Sodoma. No tenía duda alguna al respecto: sus emociones, más
firmes que las de Maurice, no estaban escindidas entre lo animal y lo ideal, ni le costó años vadear el río. En él se alzaba el impulso que había
destruido a la Ciudad de la Llanura. Jamás llegaría a materializarse en la carne, pero ¿por qué entre todos los cristianos había de ser él
precisamente víctima de aquel castigo?
Al principio pensó que Dios estaba probándole, y que si no blasfemaba le recompensaría como a Job. En consecuencia, humilló su cabeza,
ayunó y se mantuvo alejado de aquellos hacia los que por su inclinación se sentía atraído. El año que cumplió sus dieciséis, fue un período de
interminable tortura. No contó nada a nadie, y finalmente enfermó y tuvo que abandonar el colegio. Durante la recuperación se enamoró de un
primo suyo que le llevaba su silla de convaleciente, un joven casado ya. No había esperanza, estaba condenado.
Estos terrores habían visitado a Maurice, pero de modo mucho más confuso. Para Clive eran definidos, constantes, y le asaltaban lo mismo
que cuando comulgaba en cualquier otro momento. Siempre le resultaban inconfundibles, pese a que sujetaba con firmeza las riendas. Podía
controlar el cuerpo: era el alma corrompida la que se burlaba de sus oraciones.
El muchacho había sido siempre un intelectual, sensible al mundo de la letra impresa, y los horrores que la Biblia le había evocado fueron
apagados por Platón. Jamás podía olvidar la emoción que experimentó al leer por primera vez Fedro. En él vio delicadamente descrito su mal,
tranquilamente, como una pasión que puede dirigirse como cualquier otra, hacia el bien o hacia el mal. No había allí ninguna invitación al
desenfreno. Al principio, no podía creer en su buena suerte, pensaba que debía haber algún malentendido y que él y Platón estaban pensando en
cosas diferentes. Después vio que el mesurado pagano le comprendía realmente, y, prescindiendo de la Biblia más que oponiéndose a ella, le
ofrecía una nueva guía para vivir. «Aprovechar el máximo lo que poseo.» No aplastarlo, no desear en vano que fuese distinto, sino cultivarlo de
modo que no ofendiese a Dios ni al Hombre.
Se veía forzado de todos modos a desembarazarse del cristianismo. Los que basan su conducta sobre lo que son más que sobre lo que
deben ser, han de acabar desembarazándose de él tarde o temprano, y además entre el temperamento de Clive y tal religión existía un pleito
secular. Ningún hombre ilustrado puede combinar ambas cosas. Los instintos naturales, citando la fórmula legal, son «algo que no debe
mencionarse entre cristianos», y cuenta una leyenda que todo el que cedía a ellos moría en la mañana de la Navidad. Clive lamentaba esto.
Procedía de una familia de abogados y señores rurales, gente en general honrada y capaz, y no deseaba apartarse de aquella tradición. Ansiaba
llegar a alguna suerte de compromiso con el cristianismo, y buscaba en las Escrituras un apoyo que lo justificase. Allí se topó con David y
Jonatán; y hasta con el «discípulo a quien Jesús amaba». Pero la interpretación de la Iglesia se alzaba contra él y no podía hallar en su seno
descanso para el alma sin mutilar ésta, y viose arrastrado cada vez con mayor fuerza hacia el mundo clásico.
A los dieciocho era excepcionalmente maduro, y mantenía sobre sí tal control que podía permitirse una relación de camaradería con
cualquiera que le atrajese. La armonía había sucedido al ascetismo. En Cambridge cultivaba tiernos sentimientos hacia otros estudiantes, y su
vida, tan gris hasta entonces, vino a teñirse suavemente de cálidos matices. Cauto y sano, avanzaba, sin que ni el detalle más nimio escapase a
su cautela. Y estaba dispuesto a ir más allá si lo consideraba justo.
Durante su segundo año en Cambridge conoció a Risley, que a su vez era «de aquella forma». Clive no correspondió a la confianza que se le
otorgó bastante gratuitamente, ni le gustó Risley ni su grupo. Pero aquello significó un estímulo. Le alegró saber que había más como él allí, y su
franqueza le empujó a hablar a su madre de su agnosticismo; era todo lo que podía contarle a ella. La señora Durham, una mujer mundana,
apenas si protestó. El problema surgió en Navidad. Siendo la única familia distinguida de la parroquia, los Durham comulgaban separados del
resto de los feligreses, y la perspectiva de tener a todo el pueblo mirando cómo ella y sus hijas se arrodillaban en medio de aquel largo
reclinatorio sin Clive, la hacía enrojecer de vergüenza y la llenaba de cólera. Discutieron. Él vio lo que ella era realmente —un ser vacío, ajeno,
cerrado—, y en su desilusión se sorprendió pensando vívidamente en Hall.
Hall: uno de los hombres hacia los que se sentía atraído. Era cierto que también él tenía madre y dos hermanas, pero Clive era demasiado
sagaz para pretender que éste fuera el único lazo entre ambos. Debía de gustarle Hall más de lo que suponía, debía de estar un poco enamorado
de él. Y tan pronto como se vieron le envolvió una ola de emoción que le empujó a la intimidad.
Era un hombre tosco, estúpido, burgués: el peor de los confidentes. Sin embargo, le explicó sus problemas familiares y se sintió
desproporcionadamente conmovido al verle rechazar a Chapman. Cuando Hall comenzó a atormentarse se sintió encantado. Otros se apartaban
de él, considerándolo formal, demasiado intelectual, y a él le encantaba verse vapuleado por un muchacho fuerte y guapo. Fue delicioso cuando
Hall le acarició el cabello: los rostros de los dos palidecieron. Él se inclinó hacia atrás hasta que su mejilla rozó la franela de los pantalones y
sintió que su calor le penetraba a través de ella. No se hacía ninguna ilusión en tales ocasiones. Sabía el tipo de placer que estaba
experimentando, y lo recibía honestamente, seguro de que no causaría el menor mal a ninguno de los dos. Hall era un hombre al que sólo le
gustaban las mujeres, era algo que saltaba a la vista.
Hacia finales de curso advirtió que Hall había adquirido una expresión bella y peculiar. Era algo sutil que yacía oculto en su interior y aparecía
sólo de cuando en cuando, lo advirtió por primera vez cuando discutían sobre teología. Era algo cordial, amable; así pues, una expresión natural,
pero teñida de un matiz que no había advertido antes, un aire de... ¿impudicia? No estaba seguro, pero le gustaba. Apreciábalo cuando se
encontraban inesperadamente tras los silencios. Le hacía señas por encima de su intelecto, diciendo: «Todo eso está muy bien, eres muy listo, ya
lo sabemos... ¡pero ven!». Le rondaba, y él estaba al acecho mientras su cerebro y su lengua trabajaban, y cuando llegaba se sentía a sí mismo
replicar: «Iré... Yo no sabía».
«Tú ya no puedes escapar a ti mismo. Debes venir.»
«Yo no quiero escapar a mí mismo.»
«Ven, entonces.»
Y fue. Derribó todas las barreras. No inmediatamente, pues no habitaba un templo que pudiera destruirse en un día. Durante todo aquel curso
y a través de cartas después fue aclarando el camino. Una vez seguro de que Hall correspondía a su amor, dio rienda suelta de éste. Hasta
entonces había sido un jugueteo, un placer trivial para el cuerpo y la mente. Cómo despreciaba aquello ahora. El amor era armonioso, inmenso.
Vertió en él toda la dignidad y toda la riqueza de su ser, y en aquel alma bien equilibrada los dos eran en realidad uno. No había rastro de
humildad en Clive. Conocía sus propios méritos, y cuando había esperado atravesar la vida sin amor había maldecido las circunstancias más que
a si mismo. Hall, aunque atractivo y bello, no había condescendido. Estarían a la par en el curso siguiente.
Pero los libros significaban tanto para él, que olvidó que a otros les desconcertaban. Si hubiese confiado en el cuerpo no se hubiese
provocado el desastre, pero al ligar su amor al pasado lo ligaba al presente, y se alzaron en la mente de su amigo las convenciones y el miedo a

la ley. Él no comprendió nada de esto. Lo que Hall decía era lo que quería decir. ¿Por qué iba a decirlo, si no? Hall había abominado de él: «Oh,
maldición», había dicho. Las palabras hieren más que cualquier ofensa física, y aquéllas zumbaban en sus oídos día tras día. Hall era un
ciudadano inglés sano y normal que no había tenido jamás el más leve vislumbre de lo que pasaba.
Grande fue el dolor, grande la humillación, pero aún peor fue lo que siguió. Tan profundamente se había identificado Clive con el amado, que
comenzó a abominar de sí mismo. Se derrumbaba toda su filosofía de la vida, y de sus ruinas renacía la conciencia de pecado, y recorría aullando
sus pasillos interiores. Hall había dicho que él era un delincuente, y debía saberlo. Estaba condenado. No se atrevería más a hacerse amigo de un
joven por miedo a corromperlo. ¿No había hecho que Hall perdiese su fe cristiana y no había atentado además contra su pureza?
Durante aquellas tres semanas Clive había estado profundamente alterado y fue incapaz de argumentar cosa alguna cuando Hall —aquella
bondadosa y desatinada criatura— vino a su habitación a consolarle, intentando una cosa y otra sin éxito, y abandonándole en un arrebato de
cólera. «Oh, vete al infierno, es lo que te mereces.» No podía oír nada más cierto pero a la vez más duro para él de labios del amado. La derrota
de Clive se agigantaba: su vida se había roto en mil pedazos y no encontraba en su interior fuerzas para reconstruirla y liberarla del mal. Su
conclusión fue. «¡Es un tipo ridículo! Jamás lo amé. No era todo más que una imagen elaborada por mi mente impura, y ojalá que Dios me ayude
a olvidarla.»
Pero fue esta imagen la que visitó su sueño, y le hizo murmurar su nombre.
—Maurice...
—Clive...
—¡Hall! —musitó totalmente despierto. Sentía sobre él una calidez que le cubría—. Maurice, Maurice, Maurice... Oh Maurice...
—Ya, ya.
—Maurice, te quiero.
—Y yo a ti.
Se acariciaron, apenas sin desearlo. Después Maurice desapareció como había llegado, a través de la ventana.

XIII
—Ya he perdido dos clases hoy —repuso Maurice, que estaba desayunando en pijama.
—Piérdelas todas... no pueden más que castigarte sin salir.
—¿Quieres que salgamos con el sidecar?
—Sí, pero vayamos lejos —dijo Clive, encendiendo un cigarrillo—. No puedo soportar Cambridge en este tiempo. Vayámonos lo más lejos
posible y bañémonos. Yo puedo estudiar allí... ¡Oh, maldición!
Se oyeron pasos en las escaleras. Joey Fetherstonhaugh entró y preguntó si alguno de los dos quería jugar al tenis con él por la tarde.
Maurice aceptó.
—¡Maurice! ¿Por qué has hecho eso, eres idiota?
—Para librarme de él rápidamente. Clive, te espero en el garaje dentro de veinte minutos; lleva tus podridos libros y coge prestadas las
gafas de Joey. Tengo que vestirme. Lleva también algo para comer.
—¿Qué te parece un caballo?
—Demasiado lento.
Se encontraron tal como habían previsto. Las gafas de Joey no habían sido problema, puesto que éste no estaba. Pero cuando enfilaban
Jesus Lane oyeron al decano gritar:
—Hall, ¿no tiene clase?
—Me dormí —dijo Maurice desdeñosamente.
—¡Hall! ¡Hall! Pare, que estoy hablándole.
Maurice no hizo caso.
—No es un buen argumento —observó.
—Desde luego que no.
Pasaron el puente como una exhalación y entraron por la carretera de Ely. Maurice dijo: «Ahora rumbo al infierno.» La máquina era potente, y
él, temerario por naturaleza. Se lanzó hacia la zona de los pantanos y hacia la bóveda en retirada del cielo. Se convirtieron en una nube de polvo,
un hedor y un bramido para el mundo, pero el aire que ellos respiraban era puro, y únicamente oían el abierto y prolongado clamor del viento. No
se preocupaban por nadie, estaban al margen de la humanidad, y la muerte, si hubiese llegado, sólo hubiese prolongado su persecución de un
horizonte en retirada. Una torre, un pueblo —había sido Ely— iban quedando atrás; enfrente, el mismo cielo, con una palidez al fondo, heraldo del
mar. «Tuerce a la derecha», de nuevo, después, «izquierda», «derecha», hasta perder todo sentido de dirección. Hubo un patinazo, un chirrido.
Maurice no se dio cuenta, y se alzó un estrépito como de miles de guijarros chocando entre sí bajo sus piernas. No se produjo ningún accidente,
pero la máquina fue a detenerse entre los campos oscuros y sombríos. Se oyó el canto de la calandria, el rastro de polvo comenzó a asentarse
tras ellos. Estaban solos.
—Comamos —dijo Clive.
Comieron en un herboso declive. Sobre ellos las aguas de una presa se agitaban imperceptiblemente reflejando interminables sauces. No
podía verse por parte alguna al hombre que había creado aquel paisaje. Después de comer, Clive pensó que debía trabajar un poco. Desplegó
sus libros, pero estaba dormido a los cinco minutos. Maurice se tendió a la orilla del agua, fumando. Apareció el carro de un aldeano y deseó
preguntar en qué condado estaban. Pero nada dijo, ni el aldeano pareció advertir su presencia. Cuando Clive despertó eran ya más de las tres.
—Pronto tendremos ganas de tomar un té —fue todo lo que se le ocurrió decir.
—Muy bien. ¿Puedes arreglar tú esa maldita moto?
—Es verdad. Tiene algo averiado, ¿no? —Bostezando se acercó al sidecar—... No, Maurice, no puedo. ¿Puedes tú?
—Más bien no.
Unieron sus mejillas y comenzaron a reír. La avería les parecía algo extraordinariamente cómico. ¡Un regalo del abuelo! Se lo había
comprado a Maurice a cuenta de su mayoría de edad en agosto. Clive dijo:
—¿Qué te parece si lo dejamos y vamos caminando?
—Sí, nadie le hará ningún daño. Deja los abrigos y las cosas dentro. También las gafas de Joey.
—¿Y qué hago con mis libros?
—Déjalos también.
—No sé si me harán falta luego.
—Bueno, no sé. El té es más importante. Es lógico pensar (¿a qué vine e esa risilla?) que si seguimos una presa un trecho suficiente,
acabaremos encontrando una taberna.
—¡Porque la utilizan para aguar la cerveza!
Maurice le dio un golpe en el costado, y por espacio de diez minutos corretearon ente los árboles, demasiado eufóricos para hablar.
Cabizbajos de nuevo, se tendieron juntos, después ocultaron la moto tras unos rosales silvestres y se fueron. Clive se llevó su cuaderno con él,
pero su plan no se desarrolló tal como pensaban, pues la presa cuyo cauce seguían se ramificaba.
—Debemos vadearla —dijo—. Si nos dedicamos a rodear no llegaremos nunca a ninguna parte. Mira, Maurice, lo mejor es que sigamos en
línea recta hacia el sur.
—Muy bien.
Aquel día, cualquier sugerencia de uno de ellos era aceptada en seguida por el otro. Clive se quitó los zapatos y los calcetines y se remangó
los pantalones. Después se introdujo en la oscura superficie de la presa y desapareció. Reapareció nadando.
—¡Qué profundidad tiene esto! —balbuceó, alzando la cabeza—. ¡No te haces idea, Maurice!
Maurice gritó.
—Yo me bañaré de un modo normal.
Así lo hizo mientras Clive llevaba su ropa. La luz se hizo radiante. Luego se dirigieron a una granja.
La mujer del granjero era antipática y huraña, pero ellos hablaban de ella después como «una persona excelente». Al final les dio té y
permitió a Clive secarse al calor del fuego de la cocina. Les dejó a ellos decidir el importe, y aunque le pagaron generosamente, refunfuñó. Nada
podía ensombrecer sus ánimos. Todo lo transmutaban.
—Adiós, le quedamos muy agradecidos —dijo Clive—. Y si alguno de los suyos encuentra la moto... Me gustaría poder indicarle
exactamente dónde la dejamos. De todos modos le daré el carnet de mi amigo. Colóquenlo en la moto, por favor, y llévenla hasta la estación más
próxima. Algo así, no sé. El jefe de estación ya nos avisará.

La estación quedaba a cinco millas. Cuando llegaron a ella, el sol ya se ponía, y no llegaron a Cambridge hasta después de la cena. Toda
esta última parte del día fue perfecta. El tren, por alguna razón desconocida, estaba lleno, y se sentaron muy juntos, hablando tranquilamente entre
el barullo, sonrientes. Cuando se separaron, lo hicieron del modo habitual: ninguno de los dos sintió el impulso de decir nada especial. Todo el día
había sido normal. Sin embargo, nunca antes habían pasado un día así, y nunca volvería a repetirse.

XIV
El decano expulsó a Maurice.
El señor Cornwallis no era un funcionario severo, y el muchacho llevaba un curso aceptable, pero no podía pasar por alto una falta de
disciplina tan grave.
—¿Por qué no paró usted cuando le llamé, Hall?
Hall no respondió, ni siquiera parecía afectarle. Tenía los ojos resplandecientes, y el señor Cornwallis, aunque bastante irritado, comprendió
que se enfrentaba a un hombre. Fría y desapasionadamente, se preguntaba aún qué podía haber sucedido.
—Ayer faltó usted a la iglesia, a cuatro clases, incluida mi propia clase de traducción, y a la cena. Ya ha hecho este tipo de cosas antes. Era
innecesario añadir la impertinencia, ¿no cree? Bien... ¿No me dice nada? Se irá usted e informará a su madre del porqué. Yo también la
informaré. Hasta que no me envíe una carta de disculpa, yo no recomendaré su readmisión en octubre. Coja usted el tren de las doce en punto.
—Muy bien.
El señor Cornwallis le hizo un gesto de despedida.
No se aplicó ningún castigo a Durham. Había sido dispensado de todas las clases por su tesis, y aunque no hubiese sido así el decano no le
habría molestado; era el mejor alumno de clásicas y se había ganado un tratamiento especial. Sería buena cosa el que Hall no lo distrajese más.
Al señor Cornwallis siempre le resultaban sospechosas aquellas amistades. No era natural que personas de caracteres y gustos distintos
intimasen así, y aunque los universitarios, a diferencia de los colegiales, son oficialmente normales, los profesores ejercían una cierta vigilancia, y
consideraban correcto acabar con un asunto amoroso cuando podían.
Clive le ayudó a hacer el equipaje, y lo despidió. Habló poco, por miedo a deprimir a su amigo, que se sentía aún en un arrebato de
heroísmo, pero se le encogió el corazón. Era su último curso, pues su madre no le dejaría seguir un cuarto año, lo que significaba que él y Maurice
no volverían a encontrarse de nuevo en Cambridge. Su amor pertenecía a aquel lugar y en especial a sus habitaciones; no podía imaginar su
encuentro en otra parte. Hubiese deseado que Maurice no adoptara aquella actitud dura con el decano —pero era ya demasiado tarde— y que el
sidecar no se hubiese perdido. Relacionaba el sidecar con emociones fuertes: el calvario de la pista de tenis, la alegría del día anterior. Ligados
en un movimiento único, parecían allí más próximos entre sí que en cualquier otro lugar; la máquina cobraba vida por sí misma, y en ella
alcanzaban y comprendían la unidad predicada por Platón. Había desaparecido, y cuando el tren de Maurice partió cortando literalmente su
apretón de manos, su ánimo se derrumbó y volvió a su habitación a escribir apasionadas cuartillas llenas de desesperación.
Maurice recibió la carta a la mañana siguiente. Ésta completó lo que su familia había iniciado, y él experimentó su primera explosión de
cólera contra el mundo.

XV
—No puedo disculparme, madre... Ya te expliqué la noche pasada que no hay nada de que deba disculparme. No tienen derecho alguno a
mandarme a casa cuando todo el mundo pierde clases. Es pura ojeriza, y puedes preguntárselo a cualquiera... Ada, procura que llegue el café en
lugar de llorar.
Ella gimió:
—Maurice, le has dado un disgusto a mamá: ¿cómo puedes ser tan desagradable y tan brutal?
—Estoy seguro de que no pretendo serlo. No veo en qué he sido desagradable. Entraré a trabajar en los negocios, inmediatamente, como
hizo papá, sin ninguno de sus podridos diplomas. No veo que haya nada malo en ello.
—No debías mencionar siquiera a tu pobre padre, él jamás hizo nada incorrecto —dijo la señora Hall—. Oh, Morrie, querido... Teníamos
tantas esperanzas puestas en Cambridge.
—Todo ese llanto es un error —anunció Kitty, que aspiraba a cumplir las funciones de tónico—. Lo único que se logra es hacer que Maurice
piense que es importante, y no lo es: escribirá al decano en cuanto dejemos de pedírselo.
—No lo haré. Sería indigno —replicó su hermano, duro como el acero.
—Yo no veo por qué.
—Las chicas pequeñas no ven gran cosa.
—¡Yo no estoy tan segura!
Él la miró. Pero ella sólo dijo que veía mucho más que algunos chicos pequeños que se creían hombrecitos. Kitty sólo estaba rezongando, y
el miedo teñido de respeto que se había despertado en él se desvaneció. No, no podía disculparse. No había hecho nada malo. Y no reconocería
haberlo hecho. Era la primera prueba de honestidad con que se enfrentaba en muchos años, y la honestidad es como la sangre. ¡En su inflexible
actitud el muchacho pensaba que sería posible vivir sin compromiso, e ignorar todo lo que no se conformase a él y a Clive! La carta de Clive le
había desquiciado. Sin duda él era estúpido —el amante sensible se disculparía y volvería a consolar a su amigo—, pero era la estupidez de la
pasión, de la que es mejor no tener ninguna que tener poca.
Continuaron hablando y gimoteando. Al final él se levantó y dijo:
—Yo no puedo comer con este acompañamiento —y salió al jardín.
Su madre le siguió con una bandeja. Su misma blandura le enfurecía, pues el amor desarrolla al atleta. Nada le costaba a ella abonarle con
tiernas palabras y engatusarle: ella sólo quería ablandarle.
Quería saber si había entendido bien. ¿Se negaba él a disculparse? Se preguntaba lo que su propio padre, el abuelo, diría, e
incidentalmente se enteró de que el regalo de cumpleaños estaba tirado en algún prado de East Anglia. Se sintió seriamente afectada, pues
aquella pérdida era más comprensible para ella que la de un título. También afectó a las muchachas. Lloraron por la moto durante el resto de la
mañana, y, aunque siempre Maurice podría silenciarlas o enviarlas donde no las oyera, sentía que su docilidad era de nuevo capaz de minar su
fuerza, como en las vacaciones de Pascua.
Durante la tarde cayó en el desaliento. ¡Recordó que Clive y él, sólo habían estado juntos un día! ¡Y lo habían pasado correteando como
idiotas, en lugar de estar uno en los brazos del otro! Maurice no sabía que el día había sido perfecto así, era demasiado joven para detectar la
trivialidad del contacto por el contacto mismo. Aunque coartado por su amigo, habría saciado su pasión. Más tarde, cuando su amor adquirió un
segundo impulso, comprendió lo bien que el destino le había servido. Aquel único abrazo en la oscuridad, aquel largo y único día a la luz y al
viento, eran dos columnas gemelas, inútil una sin la otra. Y todo el calvario de la separación que soportaba entonces, en lugar de destruir,
enriquecía.
Intentó contestar la carta de Clive. Temía parecer falso. Por la noche recibió otra, compuesta de las siguientes palabras: «Maurice, te amo.»
Él respondió: «Clive, te amo.» Después se escribieron cada día, y a pesar de sus precauciones crearon nuevas imágenes en sus respectivos
corazones. Las cartas distorsionan la realidad aún más rápidamente que el silencio. Clive se vio asaltado por el miedo de que algo estaba yendo
mal, e inmediatamente antes de su examen hizo una escapada al pueblo. Maurice comió con él. Fue horrible. Ambos estaban cansados y habían
elegido un restaurante donde no podían ni siquiera oírse a sí mismos hablar. «No lo he pasado nada bien», dijo Clive al despedirse. Maurice se
sintió aliviado. Había pretendido convencerse de que había disfrutado en su compañía, aumentando así su desdicha. Acordaron que en sus cartas
se limitarían a hechos y que sólo se escribirían cuando tuviesen que decirse algo urgente. La tensión emocional se redujo, y Maurice, que estaba
más próximo de lo que suponía a un ataque cerebral, disfrutó de varias noches sin sueños que restauraron su salud. Pero la vida diaria
continuaba siendo tediosa y vacía.
Su posición en casa era anómala: la señora Hall quería que alguien decidiese por ella. Él parecía un hombre y había despedido a los Howell
la Pascua anterior; pero por otra parte había sido expulsado de Cambridge y aún no tenía veintiún años. ¿Cuál era su lugar en la casa? Instigada
por Kitty intentó imponerse, pero Maurice, después de una reacción de auténtica sorpresa, no le prestó la menor atención. La señora Hall no
sabía qué hacer, y aunque confiaba en su hijo, tomó la estúpida decisión de apelar al doctor Barry. Se pidió a Maurice que se diese una vuelta
por la casa del doctor un día para hablar un rato.
—Bueno, Maurice, ¿cómo va esa carrera? Parece que no exactamente como esperabas, ¿no?
A Maurice aún le intimidaba su vecino.
—No exactamente como tu madre esperaba, sería más exacto.
—No exactamente como todos esperaban —dijo Maurice, mirándose las manos.
Entonces el doctor Barry dijo:
—Bueno, en realidad, mejor así. ¿Para qué quieres tú un título universitario? Nunca fue ése el objetivo de la burguesía suburbana. Tú no vas a
ser párroco ni abogado ni pedagogo. Y tampoco eres un terrateniente. Lamentable pérdida de tiempo. Métete en lo tuyo de una vez. Muy bien lo
de insultar al decano. Tu lugar es la ciudad. Tu madre... —hizo una pausa y encendió un cigarrillo, sin ofrecerle al muchacho—. Tu madre no
comprende esto. Le disgusta que no quieras disculparte. Yo por mi parte creo que esto es lógico. Estabas en una atmósfera que no se ajustaba a
ti, y en consecuencia has aprovechado la primera oportunidad para librarte de ella.
—¿Qué quiere decir, señor?
—Oh. ¿No está suficientemente claro? Quiero decir que el hijo de un hacendado se disculparía por puro instinto si le pareciese que se había
portado como un grosero. Tú tienes una tradición diferente.
—Creo que he de volver ya a casa —dijo Maurice, no sin dignidad.
—Sí, creo que debes hacerlo. No te invité para pasar una agradable velada, como espero que hayas comprendido.
—Ha hablado usted muy claro. Quizás algún día yo también lo haga. Sé que me gustaría hacerlo.

Esto sacó de sus casillas al doctor, que gritó:
—Cómo te atreves a burlarte de tu madre, Maurice. Merecerías que te azotaran. ¡Mequetrefe! ¡Poniéndose a fanfarronear en lugar de pedirle
perdón! Conozco todo el asunto. Ella vino aquí con lágrimas en los ojos a pedirme que te hablara. Ella y tus hermanas son para mí vecinas a
quienes respeto, y si una mujer me pide algo estoy inmediatamente a su servicio. No me conteste, caballero, no me conteste, no quiero que me
diga nada, ni claro ni oscuro. Eres una vergüenza para la gente decente. No sé a dónde vamos a llegar. No sé hacia dónde va el mundo... Estoy
enfadado y disgustado contigo.
Maurice, fuera al fin, se pasó la mano por la frente. En cierto modo se sentía avergonzado. Sabía que se había portado mal con su madre, y
toda su presunción se había conmovido hasta la raíz. Pero había algo de lo que no podía retractarse, que no podía alterar. Una vez fuera del
camino, le parecía que había de permanecer fuera para siempre. «Una vergüenza para la gente decente.» Meditó la acusación. Si hubiese
llevado una mujer en el sidecar, si siendo así se hubiese negado a obedecer la orden de detenerse del decano, ¿le hubiera exigido el doctor
Barry disculparse? Seguramente no. Seguía este proceso de pensamiento con dificultad. Su cerebro aún estaba débil. Pero se veía obligado a
usarlo, pues había muchas cosas en el lenguaje y en las ideas corrientes que le exigían una traducción para poder comprenderlas.
Su madre parecía avergonzada; sentía, como también él, que debía haberle reñido ella misma. Maurice se había hecho un hombre, se
lamentó a Kitty; los hijos se apartan de una; era muy triste. Kitty aseguró que su hermano no era aún más que un muchacho, pero todas aquellas
mujeres tenían la sensación de que en su boca, en sus ojos y en su voz se había operado un cambio desde que se había enfrentado con el doctor
Barry.

XVI
Los Durham vivían en un remoto lugar de Inglaterra, entre Wilts y Somerset. Aunque no era una familia de abolengo, llevaban cuatro
generaciones poseyendo la tierra, y la influencia de ésta se había transmitido a ellos. El bisabuelo-tío de Clive había sido presidente del tribunal
supremo durante el reinado de Jorge IV, y Penge era el nido que había creado. Este nido estaba casi desmoronándose ya. un centenar de años
habían roído la fortuna que ninguna novia rica había repuesto, y tanto la casa como la finca estaban marcadas, no realmente por la decadencia,
pero sí por la inmovilidad que la precede.
La casa estaba situada entre bosques. Un parque, aún marcado con las líneas de desaparecidos setos, se extendía alrededor, dando luz,
aire y pastos a los caballos y a las vacas alderney. Más allá de él comenzaban los árboles, la mayoría plantados por el viejo Sir Edwin, que se
había anexionado las tierras comunales. Había dos entradas al parque, una desde el pueblo y la otra desde la carretera arcillosa que iba a la
estación. En los viejos tiempos no había estación y la entrada al parque desde ella, que carecía de adornos según los viejos usos, tipificaba una
visión trasnochada de Inglaterra.
Maurice llegó al anochecer. Venía directamente desde casa de su abuelo, en Birmingham, donde, bastante fríamente, había celebrado su
mayoría de edad. Aunque en desgracia, no había sido privado de sus regalos, pero fueron entregados y recibidos sin entusiasmo. Había
deseado mucho llegar a los veintiún años. Kitty suponía que no le emocionaba porque había seguido la senda del mal. Cariñosamente le dio un
tirón de orejas, y la besó, lo cual la desconcertó mucho. «No tienes ningún sentido de las cosas», dijo irritada. Él sonrió.
Desde Alfriston Gardens, con sus primos y sus tés, Penge significaba un cambio inmenso. Las familias de terratenientes aunque fuesen
ilustradas, estaban rodeadas de una atmósfera turbadora, y Maurice miraba todos los detalles con inquietud. Desde luego, Clive había ido a
recibirle y estaba con él en la berlina, pero también iba en ella una señora Sheepshanks, que había llegado en el mismo tren que él. La señora
Sheepshanks tenía una criada que les seguía con el equipaje de ambos en un coche de punto, y él se preguntaba si no debería haber traído
también servicio. La casilla de la verja estaba al cargo de una muchachita. La señora Sheepshanks deseaba que todo el mundo le hiciese
reverencias. Clive le pisó cuando ella dijo esto, pero Maurice no estaba seguro de si había sido accidentalmente. No estaba seguro de nada.
Cuando llegaron, él confundió la parte trasera con la principal, y se dispuso a abrir la puerta. La señora Sheepshanks dijo: «Oh, pero si eso es
una entrada complementaria.» Además, había un mayordomo para abrir la puerta. Un té, muy amargo, les esperaba, y la señora Durham miraba
hacia un lado mientras lo servía hacia otro. Había gente, toda de aspecto importante o que se encontraba allí por alguna importante razón. Hacían
cosas o movían a otros a que las hicieran. La señorita Durham le comprometió para recoger votos al día siguiente en favor de la Tariff Reform.
Estaban de acuerdo políticamente; pero el grito con el que ella acogió su alianza no le complació. «Mamá, el señor Hall es de los nuestros.» El
mayor Western, un primo que también paraba en la casa, le preguntó sobre Cambridge. ¿Les importa mucho a los militares el que uno sea
expulsado?... No, era aún peor que el restaurante, pues allí Clive estaba también fuera de su elemento.
—Pippa, ¿conoce el señor Hall su habitación?
—La habitación azul, mamá.
—La que no tiene chimenea —dijo Clive—. Muéstrasela.
Él estaba despidiendo a unos visitantes.
La señorita Durham pasó a Maurice al mayordomo. Subieron por una escalera lateral; Maurice vio la escalera principal a la derecha, y se
preguntó si estaban haciéndole de menos. Su habitación era pequeña, y estaba pobremente decorada. No tenía ninguna vista. Cuando se
arrodilló para abrir su maleta, le asaltó el recuerdo de Sunnington, y decidió que, mientras estuviese en Penge, se pondría todos sus trajes. No
debían suponer que no estaba a la moda, era tan bueno como cualquiera. Pero apenas si había llegado a esta conclusión cuando Clive irrumpió
en la habitación con la luz del sol tras él.
—Maurice, vengo a darte un beso —dijo, y así lo hizo.
—¿Dónde... a dónde da esa puerta?
—Nuestro estudio...
Se reía, su expresión era abierta y radiante.
—Oh, así que es por eso...
—¡Maurice! ¡Maurice! Has venido realmente. Estás aquí. Este lugar no volverá a ser nunca el mismo, por fin podré amarlo.
—Fue magnífico para mí poder venir —dijo Maurice ahogadamente.
El súbito ramalazo de alegría le hizo mover la cabeza.
—Deshaz el equipaje. Yo dispuse esto adecuadamente. Estamos solos en esta escalera. Es lo más parecido al colegio que pude lograr.
—Mucho mejor así.
—Realmente creo que lo será.
Alguien llamó en la puerta del pasillo. Maurice se sobresaltó, pero Clive, aunque aún le tenía cogido del hombro, dijo: «¡Adelante!», con
indiferencia. Entró una criada con agua caliente.
—Salvo para las comidas, no tenemos por qué ir a ninguna otra parte de la casa —continuó—. Podemos estar aquí o en el campo, ¿qué te
parece? Tengo un piano. —Lo llevó al estudio—. Mira la vista. Puedes disparar a los conejos desde esta ventana. Y otra cosa. Si mi madre o
Pippa te dicen a la hora de comer que quieren que hagas esto o aquello mañana, no necesitas preocuparte. Diles que sí, si quieres. Tú has
venido realmente para montar a caballo conmigo, y ellas lo saben. Es sólo su ritual. El domingo, aun cuando no vayas a la iglesia, fingirán
después que has estado allí.
—Pero yo no tengo pantalones de montar adecuados.
—No puedo relacionarme contigo en ese caso —dijo Clive, y desapareció.
Cuando Maurice regresó al salón se sintió con más derecho que nadie a estar allí. Se acercó a la señora Sheepshanks, abrió la boca antes
de que pudiese hacerlo ella, y se comportó con todo desembarazo. Ocupó su lugar en el absurdo octeto que allí se formó: Clive y la señora
Sheepshanks, el mayor Western y otra mujer, otro hombre y Pippa, y él y su anfitriona. Ella se disculpó por lo reducido de la reunión.
—En modo alguno —dijo Maurice, y advirtió cómo Clive le miraba maliciosamente.
Se había equivocado de vía. La señora Durham entonces le impuso su paso, pero él no se preocupó gran cosa de si la satisfacía o no. Tenía
los rasgos de su hijo, y parecía igualmente hábil, aunque no igualmente sincera. Comprendió por qué Clive podía haber llegado a despreciarla.
Tras la cena, los hombres salieron a fumar. Después se unieron de nuevo a las damas. Era una velada típica de la burguesía suburbana, pero
con una diferencia: aquellas personas tenían el aire de estar solucionando algo; acababan de arreglar o prono arreglarían Inglaterra. Sin embargo,
las verjas, los caminos —se había fijado en ellos de pasada—, se hallaban en mal estado, y la madera estaba desajustada, las ventanas no
encajaban, el suelo crujía. Le había impresionado Penge menos de lo que esperaba.

Cuando las damas se retiraron, Clive dijo:
—Maurice, parece que tú también tienes sueño.
Maurice advirtió la indirecta, y cinco minutos después se encontraban de nuevo en el estudio, con toda la noche por delante para hablar.
Encendieron sus pipas. Fue la primera vez que experimentaron una total tranquilidad juntos, y habían de decirse maravillosas palabras. Sabían
esto, aunque apenas si tenían ganas de empezar.
—Voy a contarte mi última novedad —dijo Clive—. Tan pronto como llegué a casa, tuve una pelea con mi madre y le dije que tenía que seguir
un año más en Cambridge.
Maurice dio un grito.
—¿Qué pasa?
—He sido expulsado.
—Pero volverás en octubre.
—No. Cornwallis dijo que debía disculparme, y a mí no me gustaría hacerlo. Creí que tú acabarías, por eso no me preocupé.
—Y yo daba por supuesto que tú continuarías, y por eso quería hacerlo yo. Comedia de errores.
Maurice miraba sombríamente ante sí.
—Comedia de errores, no tragedia. Tú puedes disculparte ahora.
—Demasiado tarde.
Clive se rió.
—¿Por qué demasiado tarde? Ahora resulta más simple. Tú no querías disculparte hasta que el curso en el que cometiste tu falta terminara.
«Querido señor Cornwallis: Ahora que el curso ha terminado, me atrevo a escribirle.» Yo haré un borrador de la carta mañana.
Maurice lo pensó, exclamando finalmente:
—Clive, eres un diablo.
—Soy un poco un fuera de la ley, estoy de acuerdo, pero es lo que corresponde a estas personas. Desde el momento en que hablan del
execrable vicio de los griegos, no pueden esperar juego limpio. Le está bien empleado a mi madre el que yo me deslice hasta aquí para besarte
antes de cenar. Ella no tendría piedad si lo supiera. Ella no intentaría, no querría intentar entender que siento por ti lo que Pippa por su
enamorado, sólo que de forma mucho más noble, mucho más profunda, cuerpo y alma, no el vil medievalista habitual; sólo una... una particular
armonía de cuerpo y alma que no creo que las mujeres hayan imaginado nunca. Pero tú ya sabes.
—Sí. Me disculparé.
Hubo una larga pausa. Hablaron de la motocicleta, de la que no habían tenido más noticias. Clive hizo café.
—Dime, ¿qué fue lo que te hizo despertarme aquella noche después de la reunión? Cuenta.
—Seguía pensando algo que decirte, y no hallaba nada, así que al final no pude ni siquiera pensar, y sin más fui hasta ti.
—Es algo muy propio de ti.
—¿Estás enfadado? —preguntó Maurice tímidamente.
—¡Por Dios! —hubo un silencio—. Háblame ahora de la noche de mi vuelta a la universidad. ¿Por qué hiciste que lo pasáramos tan mal?
—No sé, la verdad. No puedo explicártelo. ¿Por qué me despistaste con aquel condenado Platón? Yo estaba aún hecho un lío. Había un
montón de cosas dentro de mí que estaban entonces disgregadas.
—¿No habías estado persiguiéndome durante meses? ¿De hecho, desde la primera vez que me viste en el cuarto de Risley?
—No me lo preguntes.
—Es algo ridículo, de todos modos.
—Lo es.
Clive se rió alegremente, y se agitó en su silla.
—Maurice, cuanto más pienso en todo esto, más seguro estoy de que quien es un diablo eres tú.
—Oh, muy bien.
Yo habría recorrido mi vida medio dormido si tú hubieses tenido la decencia de dejarme solo. Intelectualmente despierto, sí, y en un sentido
también emocionalmente, pero aquí... —señaló con el caño de su pipa al corazón, y ambos sonrieron—. Quizá nos despertamos mutuamente. De
cualquier modo me agrada creerlo así.
—¿Cuándo te fijaste en mí por primera vez?
—No me lo preguntes —repitió Clive.
—Oh, sé un poco serio... Bueno... ¿En qué cosa mía te fijaste primero?
—¿Te gustaría realmente saberlo? —preguntó Clive, con un aire que Maurice adoraba, semimalicioso, semiapasionado; una actitud muy
entrañable.
—Sí.
—Bien, en tu belleza.
—¿Mi qué?
—Belleza... Yo solía admirar a aquel hombre que está sobre el estante.
—Yo aventajo a una pintura, me atrevo a decir —dijo Maurice, después de mirar la reproducción de Miguel Ángel—. Clive, tú eres un locuelo
estúpido, y puesto que lo has sacado a colación, creo que eres bello, la única personan bella que yo he visto. Amo tu voz y todo lo que se refiere a
ti, sean tus ropas o la habitación en que estás. Te adoro.
Clive se puso colorado.
—Pórtate bien y cambia de tema —dijo Clive, poniéndose serio.
—No quería molestarte en absoluto...
—Esas cosas sólo deben decirse una vez, o nunca deberíamos saber que estaban en el corazón del otro. Yo no lo había imaginado, al
menos que fuesen tan intensas. No me has molestado en modo alguno, Maurice.
No cambió de tema, pero lo desarrolló de otra forma que le había interesado recientemente, aludiendo a la precisa influencia del deseo
sobre nuestros juicios estéticos.
—Observa ese cuadro, por ejemplo. Me gusta, porque, como el propio pintor, me agrada el tema. No lo juzgo con los ojos del hombre
normal. Parece que hay dos caminos para llegar a la belleza: uno es el común. Y todo el mundo ha llegado a Miguel Ángel a través de él. Pero el
otro es exclusivamente mío y de unos pocos más. Nosotros llegamos a él por ambos caminos. Respecto a Greuze, su tema me repugna. Sólo
puedo llegar a él por un camino. El resto del mundo descubre dos.
Maurice no le interrumpió: todo aquello era un delicioso absurdo para él.

—Estos caminos privados son quizás un error —concluyó Clive—. Pero desde el momento en que se pinta la figura humana, hay que
tenerlos en cuenta. El paisaje es el único tema seguro, o quizás algo geométrico, rítmico, absolutamente inhumano. Me pregunto si fue en esto en
lo que los mahometanos y el viejo Moisés pensaron... Yo creo que es precisamente esto. Si tú introduces la figura humana, haces surgir
inmediatamente la repugnancia o el deseo. Muy vagamente a veces, pero está allí. «No has de hacer para ti ninguna imagen grabada...» Porque
probablemente así uno tampoco lo haría con el prójimo. Maurice, ¿volveremos a escribir la historia? «La Filosofía Estética del Decálogo.»
Siempre pensé que era de agradecer el que Dios no nos condenara a ti ni a mí en él. Yo solía reprimirlo en aras de la honestidad, aunque ahora
sospecho que sólo estaba mal informado. Aún podría defender la causa. ¿Crees que debo elegir ese tema para la disertación de fin de curso?
—No puedo seguirte, ya lo sabes —dijo Maurice, un poco avergonzado.
Y su escena de amor se prolongó, con el inestimable añadido de un nuevo lenguaje. Ninguna tradición les intimidaba. Ninguna convención
establecía lo que era poético y lo que era absurdo. Estaban sometidos a una pasión que pocas mentes inglesas habían admitido, y así creaban
sin trabas. Al fin algo de extraordinaria belleza surgía en la mente de uno, algo inolvidable y eterno, pero construido con las briznas más humildes
del lenguaje y sobre las emociones más sencillas.
—¿Me besarás? —dijo Maurice, mientras los gorriones despertaban sobre ellos en los aleros, y lejos, en los bosques, los palomos
comenzaban a arrullarse.
Clive movió la cabeza y, sonriendo, se separaron, habiendo asentado, de una vez al fin, perfección en sus vidas.

XVII
Parece extraño que Maurice se ganase el respeto de la familia Durham, pero el caso es que no les desagradó. Sólo les desagradaba la
gente que quería conocerlas bien —era una verdades manía—, y el rumor de que un hombre deseaba entrar en la sociedad del condado era
razón suficiente para excluirle de ella. En el seno de aquella sociedad (era una región de grandes intercambios y de dignos movimientos que
nada significaban) podían hallarse otros que, como el señor Hall, ni amaban su destino ni lo temían, y que se apartarían sin un suspiro si fuese
necesario. Las Durham tenían la sensación de estar concediéndole un favor al tratarle como a uno de los suyos, aunque les complacía ver que
tomaba esto con la mayor naturalidad, pues en sus mentes la gratitud estaba misteriosamente conectada con las clases inferiores.
Deseando tan sólo su comida y su amigo, Maurice no advertía su propio triunfo, y se sorprendió cuando casi al final de su estancia en la
casa, la señora lo llamó para charlar. Ella le había preguntado acerca de su familia y descubierto las interioridades de la misma, pero esta vez su
actitud era respetuosa: quería conocer su opinión sobre Clive.
—Señor Hall, queremos que nos ayude: Clive lo tiene a usted en tanta estima ¿Juzga usted adecuado que él haga un cuarto año en
Cambridge?
Maurice estaba deseando saber qué caballo debería montar aquella tarde. Sólo atendía a medias, lo que le daba un aire de profundidad.
—Después del deplorable espectáculo de su tesis... ¿Es adecuado?
—Él considera que sí —dijo Maurice.
La señora Durham asintió.
—Ha tocado usted la raíz de la cuestión. Clive lo considera importante. Bien, él es su propio señor. Este lugar es suyo. ¿Se lo ha dicho él?
—No.
—Oh, Penge es totalmente suyo, por voluntad de mi marido. Yo debo trasladarme a la casa pequeña tan pronto como se case...
Maurice se sobresaltó; ella le miró y se dio cuenta de que se había ruborizado. «Así que hay una muchacha», pensó; olvidando la cuestión
por un momento, volvió a Cambridge, y observó lo poco que podría aprovecharle un cuarto año a un aldeano —usó la palabra con alegre
seguridad— y cuán deseable era que Clive ocupase su lugar allí, en el condado. Allí le esperaban la hacienda, los colonos, y finalmente, la
política.
—Su padre representaba al concejo, como usted sin duda sabe.
—No.
—¿De qué le habla a usted, entonces? —se rió—. De todos modos, mi marido fue miembro durante siete años, y aunque actualmente el
representante es un liberal, uno sabe que esto no puede durar. Todos nuestros viejos amigos están pendientes de él, pero él tiene que ocupar su
lugar, debe prepararse para ello, y para qué demonios sirve todo ese (se me olvida su nombre) estudio avanzado. Debe dedicar ese año a viajar
en vez de a estudiar. Debe irse a América, y si es posible a las colonias. Es algo totalmente indispensable.
—Él habla de viajar después de Cambridge. Quiere que yo vaya con él.
—Confío en que vaya usted... pero no a Grecia, señor Hall. Ése es un viaje de entretenimiento. Disuádale usted de que emprenda ese viaje a
Italia y a Grecia.
—Yo por mi parte preferiría América.
—Naturalmente. Cualquier persona sensible lo preferiría; pero él es un intelectual... un soñador. Pippa dice que escribe versos. ¿Ha leído
usted alguno?
Maurice había visto un poema dedicado a él mismo. Consciente de que la vida se hacía más sorprendente cada día, nada dijo. ¿Era él el
mismo hombre que ocho meses antes se había quedado desconcertado al conocer a Risley? ¿Qué había profundizado su visión? Columna a
columna, los ejércitos de la humanidad estaban resucitando. Vivos, pero ligeramente absurdos; se equivocaban respecto a él totalmente:
exponían su debilidad cuando se consideraban más agudos. No pudo evitar sonreír.
—Usted, evidentemente, sabe... —después, bruscamente—: Señor Hall, ¿hay alguien? ¿Alguna chica de Newnham? Pippa dice que sí la
hay.
—Entonces sería mejor preguntar a Pippa —replicó Maurice.
La señora Durham estaba impresionada. Le había devuelto una impertinencia por otra. ¿Quién habría esperado una habilidad tal en un
hombre tan joven? Hasta parecía indiferente a su victoria, y sonreía a uno de los otros invitados, que se aproximaba por el jardín a tomar el té. En
el tono que reservaba para los iguales, ella dijo:
—Insista cuanto pueda en el viaje a América. Él necesita realidades. Me he dado cuenta este último año.
Maurice insistió torpemente, cuando cabalgaban solos por la zona del pantano.
—Ya sabía que pensarías eso —fue el comentario de Clive—. Como ellas. Ellas no considerarían a Joey.
Clive estaba en total oposición a su familia. Odiaba aquel espíritu mundano que combinaban con una completa ignorancia del mundo.
—Esos niños serán una lata —subrayó cuando iban a medio galope.
—¿Qué niños?
—¡Los míos! La necesidad de un heredero para Penge. Mi madre llama a eso matrimonio, pero en lo único que piensa es en lo otro.
Maurice guardó silencio. Nunca antes se le había ocurrido que ni él ni su amigo dejarían vida tras sí.
—Me acosarán sin cesar. Siempre tienen una muchacha invitada en casa, como quien no quiere la cosa.
—Sólo continuar haciéndose viejo...
—¿Eh? ¿Cómo dices?
—Nada —dijo Maurice, y aflojó las riendas.
Una inmensa tristeza —él se creía más allá de tales aflicciones— se había alzado en su alma. Él y el amado se desvanecerían totalmente, no
se prolongarían ni en el cielo ni en la tierra. Habían logrado superar las convenciones, pero la naturaleza los retaba aún, diciendo con lisa voz:
«Muy bien, vosotros sois así; yo no maldigo a ninguno de mis hijos. Pero debéis seguir la senda de la completa esterilidad.» El pensamiento de
ser estéril abrumó al joven como una súbita vergüenza. Su madre, o la señora Durham, podían carecer de inteligencia o de corazón, pero aun así
habían hecho una obra visible; habían transmitido la antorcha que su hijos apagarían.
No había querido preocupar a Clive, pero el problema surgió a pesar de todo en cuanto se tendieron entre los helechos. Clive no estaba de
acuerdo.
—¿Por qué niños? —preguntaba—. ¿Por qué siempre niños? Para el amor, acabar donde comienza es mucho más bello, y la naturaleza lo
sabe.
—Sí, pero todo el mundo...

Clive le llevó de nuevo a pensar en ellos mismos. Al cabo de una hora murmuró algo acerca de la Eternidad: Maurice no le entendía, pero su
voz le alivió.

XVIII
Durante los dos años siguientes Maurice y Clive fueron los seres más felices de la tierra. Eran cariñosos y firmes por naturaleza, y, gracias a
Clive, extremadamente sensibles. Clive sabía que el éxtasis no puede durar. Pero que puede marcar un canal para algo más duradero, y proyectó
una relación que mostró permanencia. Si Maurice creaba el amor, era Clive quien lo preservaba, y quien hacía que sus ríos regaran el huerto. No
podía permitir que se desperdiciase ni una sola gota, ni en amargura ni en sentimentalismo, y a medida que el tiempo transcurrió se abstuvieron
de toda declaración («Ya nos lo hemos dicho todo») y casi de caricias. Su felicidad era estar juntos; irradiaban algo de su calma hacia los
demás, y podían ocupar su lugar en la sociedad.
Clive se había proyectado en esta dirección desde que había comprendido el griego. El amor que Sócrates profesaba a Fedón estaba ahora
a su alcance, amor apasionado pero lleno de equilibrio, que sólo las naturalezas más delicadas pueden comprender, y hallaba en Maurice una
naturaleza, si bien no realmente delicada, sí encantadamente viva. Conducía al amado por las cumbres a lo largo de un estrecho y bello sendero,
sobre dos abismos. Este sendero llevaba a la oscuridad final —no podía ver ningún otro terror—, y cuando ésta llegase ellos habrían vivido de
todos modos con más plenitud que santos o hedonistas, y habrían apurado hasta el final la nobleza y la dulzura del mundo. Él educaba a Maurice,
o más bien su espíritu educaba al de Maurice, para que fueran iguales. Ninguno de ellos dos pensaba: «¿Estoy dirigido? ¿Dirijo yo?» El amor
había apartado a Clive de la trivialidad y a Maurice del desconcierto para que dos almas imperfectas pudiesen alcanzar la perfección.
Así, procedían en lo exterior como los demás hombres. La sociedad los aceptaba, como acepta a miles de seres semejantes a ellos. Tras la
Sociedad, dormita la Ley. Pasaron su último año en Cambridge juntos. Viajaron por Italia. Después, la prisión se cerró, pero sobre ambos a la
vez. Clive entró en el foro. Maurice en los negocios. Aún estaban juntos.

XIX
En esta época se conocieron sus familias. «Nunca congeniarán —habían dicho ambos—. Pertenecen a dos sectores distintos de la
sociedad.» Pero, quizá por perversidad, las familias congeniaron, y Clive y Maurice encontraban divertido verlas a todas juntas. Ambos eran
misóginos, sobre todo Clive. Presa de sus temperamentos, no habían desarrollado la imaginación suficiente para someterse al deber y, con su
amor, las mujeres se habían transformado en algo tan remoto como los caballos o los gatos. Todo lo que aquellas criaturas hacían resultaba
estúpido. Cuando Kitty quiso coger en brazos al niño de Pippa, cuando la señora Durham y la señora Hall visitaron juntas la Royal Academy, veían
un desajuste en la naturaleza más que en la sociedad, y se daban amplias explicaciones. Nada extraño había en verdad. Ellos mismos eran
causa suficiente. Su pasión mutua era el impulso más fuerte que ligaba ambas familias y arrastraba tras sí todo lo demás, como una corriente
oculta arrastra a un barco. La señora Hall y la señora Durham salían juntas porque sus hijos eran amigos. «Y ahora —decía la señora Hall—
nosotras somos también amigas.»
Maurice estaba presente el día que su «amistad» comenzó. Las matronas se conocieron en casa de Pippa, en Londres. Pippa se había
casado con un tal señor London, coincidencia que sorprendió mucho a Kitty, que pedía a Dios no recordarla y romper a reír durante el té. Ada,
demasiado estúpida para una primera visita, se había quedado en casa por consejo de Maurice. Nada especial sucedió. Después, Pippa y su
madre fueron en coche a devolver la visita. Él estaba en la ciudad, pero nada pareció suceder tampoco, salvo que Pippa hizo elogios de la
inteligencia de Kitty a Ada y de la belleza de Ada a Kitty, ofendiendo así a ambas, y la señora Hall aconsejó a la señora Durham que no instalara
calefacción en Penge. Después se reunieron de nuevo, y por lo que él pudo ver siempre fue igual; nada, nada, y siempre nada.
La señora Durham tenía, por supuesto, sus motivos. Andaba buscando posibles esposas para Clive, y había incluido a las señoritas Hall en
su lista. Tenía la teoría de que se debían mezclar un poco los linajes, y Ada, aunque burguesa, era saludable. Sin duda la muchacha resultaba un
poco tonta, pero la señora Durham no se proponía retirarse en la práctica a la casa que en el testamento le habían destinado, por mucho que lo
pregonara en teoría, y pensaba que podría manejar mejor a Clive a través de su esposa. Kitty tenía peores calificaciones. Era menos tonta, y
menos bella y menos rica. Ada había de heredar toda la fortuna de su abuelo, que era considerable, y además había heredado su buen humor. La
señora Durham vio al señor Grace en una ocasión, y le gustó bastante.
Si hubiese imaginado que las Hall planeaban algo también, hubiese dado marcha atrás. Como Maurice, la atraían por su indiferencia. La
señora Hall era demasiado perezosa para hacer planes, las muchachas demasiado inocentes. La señora Durham consideraba a Ada un buen
partido y la invitó a Penge. Sólo Pippa, en cuya mente se había alzado un soplo de modernismo, comenzó a considerar extraña la frialdad de su
hermano. «Clive, ¿te casarás alguna vez?», le preguntó bruscamente. Pero su respuesta: «No, y díselo a mamá», disipó sus sospechas: era el
tipo de respuesta que daría un hombre que va a casarse.
Nadie molestaba a Maurice. Había asentado su poder en la casa, y su madre comenzó a hablar de él en el tono reservado para su marido.
No sólo era el único hombre de la casa, sino un personaje más importante de lo que se esperaba. Mantenía a raya a los criados, se ocupaba del
coche, se suscribía a esto y no a aquello, prohibía ciertas amistades de las muchachas. A los veintitrés años, era un prometedor tirano cuyo
dominio era más firme por aunar en equilibrio, justicia y suavidad. Kitty protestó, pero carecía de respaldo y de experiencia. Al final tuvo que
disculparse y recibir un beso. No era rival para aquel joven equilibrado y un tanto hostil, y no había logrado aprovechar la ventaja que la escapada
de Cambridge le había proporcionado.
Los hábitos de Maurice se hicieron regulares. Tomaba un buen desayuno y cogía el tren de las 8.36 para la ciudad. En el tren leía el Daily
Telegraph. Trabajaba hasta la una, tomaba un ligero almuerzo, y continuaba trabajando toda la tarde. De vuelta a casa, un poco de ejercicio,
después una cena abundante, y por la noche leía el periódico vespertino, o se tendía en el jardín, o jugaba al billar, o al bridge.
Pero todos los viernes dormía en la ciudad, en el pisito de Clive. Los fines de semana eran también inviolables. Ellas decían: «No hay que
intervenir en los viernes ni en los fines de semana de Maurice. Se pondrá furioso.»

XX
Clive hizo su examen para ingresar en el foro sin tropiezos; pero justo antes de que lo llamaran para hacerlo, tuvo una ligera gripe con fiebre.
Maurice fue a verle cuando se estaba recobrando, se contagió, y tuvo que guardar cama también. En consecuencia se vieron poco durante varias
semanas, y cuando pasó todo y se reunieron al fin, Clive estaba aún pálido y nervioso. Fue a casa de los Hall, prefiriéndola a la de Pippa, y
esperando que la buena comida y la tranquilidad le permitieran restablecerse. Comió poco, y, cuando habló, tu tema fue la futilidad de todas las
cosas.
—Soy un letrado porque debo entrar en la vida pública —dijo en respuesta a una pregunta de Ada—. Pero, ¿por qué he de entrar yo en la
vida pública? ¿Quién me quiere?
—Tu madre dice que el concejo te reclama.
—Si el concejo quiere a alguien es a un radical. Yo he hablado con más gente que mi madre, y están cansados de nosotros, de las clases
ociosas que nos dedicamos a pasear en coche buscando algo que hacer. Todo este solemne ir y venir entre grandes casas, es un juego sin
alegría. Algo que no se estila fuera de Inglaterra. (Maurice, me voy a Grecia.) Nadie nos quiere, lo único que quieren es una casa cómoda.
—Pero la vida pública es para proporcionar una casa cómoda —siguió Kitty.
—¿Es, o debe ser?
—Bueno, da igual.
—Es y debe ser no son la misma cosa —dijo su madre, orgullosa de haber captado la distinción—. Tú no deberías interrumpir al señor
Durham, mientras que...
—... está interrumpiéndolo —añadió Ada, y la risa de la familia hizo estremecerse a Clive.
—Somos y debemos ser —concluyó la señora Hall—. Es muy distinto.
—No siempre —opuso Clive.
—No siempre, recuerda esto, Kitty —repitió ella, vagamente admonitoria; en otras ocasiones él no se había preocupado de ella.
Kitty volvió a su primera afirmación. Ada estaba diciendo algo, Maurice nada. Comía plácidamente, demasiado habituado a aquella charla
de sobremesa para advertir que molestaba a su amigo. Entre plato y plato contó una anécdota. Todos permanecían en silencio escuchándole.
Habló lenta, estúpidamente, sin atender a sus palabras ni tomarse la molestia de resultar interesante. Súbitamente Clive le interrumpió diciendo:
—Creo... que me voy a desmayar —y cayó de su silla.
—Trae un almohadón, Kitty; Ada, agua de colonia —dijo su hermano. Aflojó el cuello de Clive—. Madre, abanícale; no, abanícale...
—Qué accidente más estúpido... —murmuró Clive.
Cuando habló, Maurice le besó.
—Estoy bien ya.
Las muchachas y un sirviente volvían corriendo.
—Ya puedo andar —dijo; el color volvía de nuevo a su rostro.
—Desde luego que no —gritó la señora Hall—. Maurice le llevará. Señor Durham, apóyese en Maurice.
—Vamos, hombre. El doctor, que alguien le telefonee.
Cogió a su amigo, que estaba tan débil que comenzó a gemir.
—Maurice, soy un estúpido.
—Sé un estúpido —dijo Maurice, y le llevó escalera arriba, le desvistió y le metió en la cama.
La señora Hall llamó a la puerta con los nudillos, y Maurice, saliendo, le dijo rápidamente.
—Madre, no hay necesidad de que le digas a nadie que besé a Durham.
—Oh, desde luego que no.
—No le gustaría a Clive. Estaba desconcertado y lo hice sin pensarlo. Como sabes, somos grandes amigos, como parientes.
Bastaba con eso. A ella le gustaba tener pequeños secretos con su hijo; le recordaba la época en que ella significaba tanto para él. Llegó
Ada con una botella de agua caliente que él colocó en la cama del paciente.
—El médico me verá así —gimió Clive.
—Espero que lo hará.
—¿Por qué?
Maurice encendió un cigarrillo y se sentó al borde de la cama.
—Queremos que te vea en el peor momento. ¿Por qué te dejó Pippa viajar?
—Se suponía que estaba bien.
—El diablo te lleve.
—¿Podemos entrar? —dijo Ada tras la puerta.
—No. Que entre sólo el médico.
—Está aquí —gritó Kitty en la distancia.
Un hombre, poco más viejo que ellos, fue anunciado.
—Hola, Jowitt —dijo Maurice, adelantándose—. Por favor, cura a mi amigo. Ha tenido gripe, y parecía que estaba bien. Pero resulta que se
ha desmayado y no puede dejar de llorar.
—Ya sabemos todo eso —subrayó el señor Jowitt, y metió un termómetro en la boca de Clive—. ¿Mucho trabajo últimamente?
—Sí, y ahora quiere irse a Grecia.
—Podrá hacerlo. Ahora sal. Te veré abajo.
Maurice obedeció, convencido de que Clive estaba gravemente enfermo. Jowitt apareció abajo a los diez minutos, y dijo al señor Hall que no
era nada, una mala recaída. Hizo una receta, y dijo que enviaría a una enfermera. Maurice le siguió al jardín, y, poniéndole una mano sobre el
hombro, dijo:
—Ahora dime si está muy enfermo. Esto no es una recaída. Es algo más. Por favor, dime la verdad.
—Él está bien —dijo el otro; algo molesto, pues se ufanaba de decir siempre la verdad—. Creía que lo habías comprendido. Se le ha
pasado la histeria y se ha quedado dormido. No es más que una vulgar recaída. Esta vez deberá tener más cuidado que la otra. Eso es todo.
—¿Y cuánto tiempo duran estas vulgares recaídas, como tú les llamas? ¿Puede repetirse en cualquier momento ese horrible ataque?
—Sólo tiene una pequeña molestia... Cogió un poco de frío en el coche, según cree.
—Jowitt, me ocultas algo. Un hombre adulto no se pone a llorar, a menos que se sienta muy mal.

—Eso es sólo la debilidad.
—Oh, dale su propio nombre —dijo Maurice, retirando su mano—. Bueno, estoy entreteniéndote.
—Nada, mi joven amigo, estoy aquí para resolver cualquier dificultad.
—Pero, si es algo tan leve, ¿por qué quieres enviar una enfermera?
—Para entretenerle. Sé que estará más a gusto.
—¿Y no podemos entretenerle nosotros?
—No, por el contagio. Tú estabas allí cuando le dije a tu madre que ninguno de vosotros debía entrar en la habitación.
—Pensé que querías decir mis hermanas.
—Ni tú tampoco... menos aún, porque a ti ya te lo ha contagiado una vez.
—No quiero una enfermera.
—La señora Hall ha telefoneado ya al Instituto.
—¿Por qué se hace todo con esa condenada prisa? —dijo Maurice, alzando la voz—. Yo mismo le cuidaré.
—¿Y le cambiarás los pañales después?
—Perdón, ¿cómo dices?
Jowitt se marchó riéndose.
En un tono que no admitía discusión, Maurice dijo a su madre que él debía dormir en la habitación del enfermo. No quiso meter una cama allí,
por miedo a despertar a Clive, pero se tendió en el suelo con la cabeza sobre un cojín, y se puso a leer a la luz de una lamparilla. Al poco rato,
Clive se agitó y dijo débilmente.
—Oh, maldita sea, maldita sea.
—¿Quieres algo? —preguntó Maurice.
—Estoy todo revuelto por dentro.
Maurice lo sacó de la cama y lo colocó en la bacinilla. Cuando acabó, lo volvió a acostar.
—Ya puedo andar; no deberías de hacer tú estas cosas.
—Tú lo harías por mí.
Salió con la bacinilla, pasillo adelante, y la limpió. Ahora que Clive parecía indigno y débil, lo amaba más que nunca.
—Tú no debías —repitió Clive, cuando él volvió—. Es demasiado asqueroso.
—No me molesta —dijo Maurice, tendiéndose de nuevo en el suelo—. Procura dormir otra vez.
—El doctor me dijo que enviaría una enfermera.
—¿Para qué quieres una enfermera? Sólo es un poco de diarrea. Por mi parte puedes estar así toda la noche. De verdad que no me
molesta... No digo esto por complacerte. Es lo que siento.
—No puedo permitirlo... Tu oficina...
—Mira, Clive, ¿preferirías a una enfermera profesional o a mí? Hay una en camino, pero he dejado recado de que la despidieran otra vez,
porque yo prefiero mandar al cuerno a la oficina y cuidar de ti, y pensé que tú también lo preferirías.
Clive guardó un silencio tan prolongado que Maurice creyó que se había dormido de nuevo. Al final murmuró.
—Creo que sería mejor que viniera la enfermera.
—Muy bien: ella te atenderá mejor de lo que yo puedo hacerlo. Quizá tengas razón.
Clive no contestó.
Ada se había prestado a esperar en la habitación de abajo, y, según lo acordado, Maurice llamó tres veces y, mientras esperaba por ella,
observaba el rostro desdibujado y sudoroso de Clive. Era absurdo lo que había dicho el médico, su amigo estaba en la agonía. Anhelaba
abrazarlo, pero recordaba que esto había provocado su histeria, y además Clive estaba huraño, melindroso casi. Como Ada no venía, bajó él, y
descubrió que se había quedado dormida. Yacía allí, la imagen de la salud, en un gran sillón de cuero, con las manos colgando a los lados y las
piernas extendidas. Su pecho subía y bajaba, su espeso cabello negro servía como cojín a su rostro, y entre sus labios vio dientes y una lengua
escarlata.
—Despierta —gritó irritado.
Ada despertó.
—¿Cómo esperas oír que llaman a la puerta cuando llegue la enfermara?
—¿Cómo está el pobre señor Durham?
—Muy enfermo; gravemente enfermo.
—¡Oh Maurice! ¡Maurice!
—La enfermera tiene que quedarse. Te llamé, pero no venías. Vete a la cama ya, para lo que vas a poder ayudar.
—Mamá me dijo que debía de quedarme levantada, porque no debía dejar que fuera un hombre quien recibiese a la enfermara... No
parecería bien...
—No puedo entender que tengas tiempo para pensar en tales tonterías...
—Debemos velar por el buen nombre de la casa.
Él guardó silencio. Después se rió de la forma que las muchachas detestaban. En el fondo de sus corazones le detestaban profundamente,
pero sus mentes estaban demasiado confusas para saberlo. Su risa era lo único de él que confesaban odiar.
—Las enfermeras no son finas. Ninguna chíca fina sería enfermera. Si lo son, puedes estar segura de que no provienen de casas finas; si no
se quedarían en su casa.
Mientras se servía un trago, preguntó a su hermana.
Ada, ¿cuánto tiempo fuiste al colegio?
—Dejé de ir para quedarme en casa.
Él dejó el vaso con estrépito y salió de la habitación. Los ojos de Clive estaban abiertos, pero no dijo nada, o pareció no enterarse de que
Maurice había vuelto, ni siquiera cuando la llegada de la enfermera lo despertó.

XXI
Se vio claro en pocos días que nada serio ocurría al visitante. La recaída, pese a su comienzo dramático, era menos grave que la
enfermedad, y pronto permitió el traslado a Penge. Su aspecto y su ánimo seguían siendo débiles, pero esto era de esperar después de unan
gripe, y nadie salvo Maurice sentía la menor inquietud.
Maurice pocas veces pensaba en la enfermedad y en la muerte, pero cuando lo hacía era con profunda inquietud. No podía permitir que
acabase con su vida o con la de su amigo, y consagró todas sus fuerzas y ánimo a auxiliar a Clive. Estaba con él constantemente, presentándose
sin que lo invitaran en Penge los fines de semana y durante unos cuantos días de vacaciones, e intentado animarle, más con el ejemplo que con
imposiciones. Clive no respondía. Podía mostrarse animado en compañía, y hasta simular interés en un problema sobre un derecho de paso que
se había planteado entre los Durham y el Estado, pero cuando se quedaban solos se hundía de nuevo en la melancolía, no hablaba o hablaba
mitad en serio mitad en broma, de un modo que expresaba agotamiento mental. Decidió irse a Grecia. Ésta era la única cuestión en la que se
mantenía firme. Iría, aunque fuese en el mes de septiembre, e iría solo.
—Es algo que debo hacer —decía—. Es un voto. Todo bárbaro debe darle una oportunidad a la Acrópolis.
Maurice no tenía ningún interés en ir a Grecia. Su interés por los clásicos había sido superficial y obsceno, y se había desvanecido en cuanto
se enamoró de Clive. Las historias de Harmodio y Aristógiton, de Fedro y del Batallón Sagrado de Tebas, estaban bien para los que tenían
vacíos sus corazones, pero no podían sustituir a la vida. El que Clive las prefiriese en ocasiones, le desconcertaba. En Italia, que le gustaba
bastante más a pesar de la comida y de los frescos, se había negado a viajar hasta la tierra aún más sagrada del otro lado del Adriático. «Todo
parece estar pendiente de reparación —fue su argumento—. Un montón de viejas piedras sin ninguna pintura. Al fin y al cabo esto —señalaba la
biblioteca de la catedral de Siena— puedes decir que te gusta pues está en un perfecto orden.» Clive, jugando, correteaba entre los tilos de
Piccolomini, y el guarda se reía en lugar de reñirles. Italia había sido muy divertida —todo lo que uno puede desear cuando va a ver curiosidades
—, pero en aquellos últimos días Grecia había florecido de nuevo. Maurice odiaba la palabra misma, y por una curiosa inversión la ligaba con la
morbidez y la muerte. Siempre que él quería planear algo, jugar al tenis, hablar de cualquier cosa, intervenía Grecia. Clive advirtió esta antipatía y
se dedicaba a torturarle, con bastante crueldad.
Porque Clive no era bueno con él: esto constituía para Maurice el más grave de todos los síntomas. Se dedicaba a hacer observaciones
ligeramente malévolas, y a utilizar el íntimo conocimiento que poseía de él para herirle. Fracasaba: es decir, su conocimiento era incompleto, o
debería haber sabido que era imposible ultrajar el amor atlético. Si Maurice rechazaba algo exteriormente, a veces era porque consideraba
humano responder: siempre había desechado la actitud cristiana de poner la otra mejilla. Interiormente nada le vejaba. Su deseo de unión era
demasiado fuerte para dar cabida al resentimiento. Y a veces, alegremente, emprendía una conversación paralela, atacando a Clive para
reconocer su presencia, pero siguiendo su propio camino hacia la luz con la esperanza de que el amado le siguiera.
Su última conversación tuvo lugar en esta base. Era el atardecer del día antes de la partida de Clive, y éste tenía a toda la familia Hall invitada
a cenar con él en el Savoy, en correspondencia a sus atenciones con él, y los había mezclado con otros amigos.
—Sabremos bien el motivo si cae usted esta vez —gritó Ada, señalando el champán.
—¡A su salud! —replicó él—. Y a la de todas las damas. ¡Vamos, Maurice!
Le complacía ser ligeramente anticuado. Se hizo el brindis, y sólo Marice detectó la amargura que había tras aquello.
Después del banquete, Clive le dijo:
—¿Duermes en casa?
—No.
—Pensé que podías querer ver a los tuyos.
—Él no, señor Durham —dijo su madre—. Nada que yo pueda hacer o decir le hace perderse un viernes. Maurice tiene costumbres
regulares de solterón.
—Mi piso está atestado de equipajes —subrayó Clive—. Salgo en el tren de la mañana, y voy directamente a Marsella.
Maurice no se dio por aludido, y fue. Permanecieron bostezando, uno frente a otro, mientras bajaba el ascensor; después subieron en él,
subieron andando otro piso, y entraron por un pasillo que recordaba el de la estancia de Risley en Trinity. El piso, pequeño, oscuro y silencioso,
estaba situado al final de éste. Se encontraba, tal como había dicho Clive, atestado de equipaje, pero su sirvienta, que dormía fuera, había hecho
la cama de Maurice como siempre y había preparado bebidas.
A Maurice le gustaba el alcohol y lo aguantaba bien.
—Yo me voy a la cama. Ya veo que has encontrado lo que querías.
—Cuídate. Que no te fatiguen las ruinas. A propósito... —sacó un frasco del bolsillo—. Sé que te olvidarías esto, Clorodina.
—¡Clorodina! ¡Tu contribución!
Él asintió.
—Clorodina para Grecia... Tenía razón Ada cuando me dijo que pensaba que iba a morirme. ¿Por qué demonios te preocupas tanto por mi
salud? Si no hay miedo. No voy a tener una experiencia tan limpia y clara como la de la muerte.
—Sé que debo morir alguna vez y no me gusta, ni que te mueras tú. Si alguno de los dos falta, nada le queda al otro. No sé si es a esto a lo
que tú llamas claro y limpio.
—Sí, a eso es.
—Entonces yo prefiero ser sucio —dijo Maurice, después de una pausa.
Clive se agitó.
—¿No estás de acuerdo?
—Oh, estás haciéndote como todos los demás. Tú tendrás una teoría. Nosotros no podemos continuar tranquilamente, debemos estar
siempre formulando, aunque todas las fórmulas se derrumben. «Sucio a toda costa», es tu consigna. No digo que hay casos en que uno llega a
estar demasiado sucio. Entonces el Leteo, si es que existe un río tal, puede lavar. Pero no debe existir tal río. Los griegos supusieron pocas
cosas, pero de todos modos, quizá fueran demasiadas. No debe haber olvido después de la tumba. Este arruinado equipo debe continuar. En
otras palabras, más allá de la tumba, debe existir el infierno.
—Oh, diablos.
Clive solía reírse de sus disertaciones metafísicas, pero esta vez continuó.
—Olvidarlo todo... hasta la felicidad. ¡Felicidad! Un roce casual de alguien o de algo con uno mismo. Eso es todo. ¡Ojalá nunca nos
hubiésemos hecho amantes! Porque entonces, Maurice, tú y yo habríamos descansado en silencio y completamente en paz. Nos habríamos
dormido, y después estaríamos en paz con reyes y consejeros de la tierra, que edifican lugares desolados para ellos mismos...

—¿De qué demonios estás hablando?
—... O como un nacimiento oculto e intemporal, no habríamos existido: como los niños que nunca vieron la luz. Pero tal como las cosas son...
Bueno, no te pongas tan serio.
—No intentes hacerte el gracioso, entonces —dijo Maurice—. Nunca entiendo nada de tus discursos.
—Las palabras ocultan el pensamiento. ¡Qué teoría!
—Son un ruido estúpido. Yo no me preocupo tampoco de tus pensamientos.
—¿Por qué parte de mí te preocupas entonces?
Maurice sonrió: tan pronto como esta pregunta quedó formulada, se sentió feliz, y rehusó contestarla.
—¿Mi belleza? —dijo Clive cínicamente—. Estos encantos un tanto marchitos. Se me está cayendo el pelo, ¿te has dado cuenta?
—Calvo como un huevo a los treinta años.
—Como un huevo vacío. Quizá te guste por mi inteligencia. Durante mi enfermedad, y después de ella, debo haber sido un compañero
delicioso.
Maurice le miró con ternura. Estaba estudiándolo, como los primeros días de su amistad. Sólo que entonces era para descubrir cómo era, y
ahora para saber qué le pasaba. Algo iba mal. La enfermedad aún alentaba, afectando al cerebro y forzándole a ser siniestro y perverso, y
Maurice no le guardaba rencor por esto: esperaba triunfar donde el médico había fracasado. Conocía su propia fuerza. Pronto la utilizaría con
amor y curaría a su amigo. Pero por el momento investigaba.
—Espero que me ames por mi mente... Por mi debilidad. Tú siempre supiste que yo era inferior. Eres maravillosamente considerado... Me
das cuerda suficiente y nunca te burlas de mí como de tu familia durante la cena.
Era como si quisiese provocar una pelea.
—De cuando en cuando te dedicas a pincharme... —le dijo, pretendiendo ser gracioso. Maurice se incorporó—. ¿Qué es lo que pasa ahora?
¿Cansado?
—Me voy a la cama.
—Es decir, estás cansado. ¿Por qué no puedes contestarme a una pregunta? No te dije «cansado de mí», aunque debería haberlo hecho.
—¿Has pedido tu taxi para las nueve en punto?
—No, ni tampoco he sacado el billete. No debería ir a Grecia. Quizá sea tan insoportable como Inglaterra.
—Bueno, que descanses, chico.
Se fue a su habitación, profundamente preocupado. ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en decir que Clive estaba en condiciones de
viajar? Hasta Clive sabía que no era así. Tan metódico como era siempre, no había pensado en sacar el billete hasta el último momento. Aún
cabía la posibilidad de que no se fuese, pero expresar tal esperanza era acabar con ella. Maurice se desvistió y, mirándose al espejo, pensó:
«Por fortuna yo estoy bien.» Contempló un cuerpo bien entrenado y útil, y un rostro que no lo contradecía demasiado. La virilidad los había
armonizado y cubierto de oscuro vello. Deslizándose en su pijama, se metió en la cama, preocupado, aunque intensamente feliz, porque era lo
bastante fuerte para cuidar de los dos. Clive le había ayudado. Clive le ayudaría de nuevo cuando el péndulo cambiase de posición. Mientras
tanto, él debía ayudar a Clive, y a lo largo de su vida se alternarían así. Mientras dormitaba tuvo una visión posterior de amor, que no estaba
alejada de la última.
Sintió que golpeaban con los nudillos el tabique que dividía las habitaciones.
—¿Qué pasa? —dijo; después—: ¡Entra! —pues Clive estaba ya en la puerta.
—¿Puedo acostarme contigo?
—Ven —dijo Maurice, haciéndole sitio.
—Tengo frío y me siento mal. No puedo dormir. No sé por qué.
Maurice no hizo ninguna interpretación errónea. Conocía sus opiniones en este punto, y las compartía. Estuvieron tendidos hombro con
hombro, sin tocarse. Al poco, Clive dijo:
—No estoy mejor aquí. Me voy.
Maurice no lo lamentó, pues tampoco podía dormir, aunque por una razón diferente. Tenía miedo de que Clive oyese los latidos de su
corazón, y sospechase el porqué.

XXII
Clive sentado en el teatro de Dionisos. El escenario estaba vacío, como había estado, durante muchos siglos, el auditorio vacío, el sol se
había puesto, aunque la Acrópolis a su espalda irradiaba aún calor. Veía llanuras secas que corrían hacia el mar, Salamina, Egina, montañas,
todo empapado en un ocaso violeta. Aquí habitaban sus dioses: Palas Atenea en primer lugar. Podía, si quería, imaginar su brillo intacto, y su
estatua captando el último resplandor. Ella comprendía a todos los hombres, aunque no tenía madre y era virgen. Él había venido a darle las
gracias después de muchos años porque le había apartado del cieno.
Pero sólo vio una última luz moribunda y una tierra muerta. No murmuró ninguna oración, y no creía en ninguna deidad, y sabía que el pasado
estaba tan vacío de significado como el presente, y era un refugio para los cobardes.
Bien, al fin había escrito a Maurice. Su carta viajaba a través del mar. Donde una esterilidad rozaba a otro, embarcaría y viajaría pasando
Sunion y Citera, desembarcaría y volvería a embarcar, y volvería a desembarcar de nuevo. Maurice la recibiría cuando saliese del trabajo. «Contra
mi voluntad, me he hecho normal. No puedo evitarlo.» Las palabras estaban ya escritas.
Descendió cansinamente del teatro. ¿Quién puede evitar algo? No sólo en sexo, sino en todas las cosas, los hombres se han movido a
ciegas, han evolucionado desde el polvo para disolverse en él cuando este azar de circunstancias concluye. Sería mejor no haber nacido, habían
declamado los actores en aquel mismo sitio dos mil años antes. Hasta esta observación, aunque más alejada de lo vano que la mayoría, era
vana.

XXIII
Querido Clive:
Por favor, regresa cuando recibas ésta. He investigado tus posibilidades de vuelta, y puedes llegar a Inglaterra el viernes de la semana
próxima si sales inmediatamente. Estoy muy preocupado por ti, a la vista de tu carta, que muestra claramente lo enfermo que estás. He
estado esperando noticias tuyas durante quince días, y ahora me llegan dos frases, que supongo significan que no puedes ya amar a nadie
de tu propio sexo. ¡Ya veremos si eso es así tan pronto como llegues!
Estuve hablando ayer con Pippa. Está muy harta del pleito y cree que tu madre cometió un error al cerrar el paso. Tu madre ha dicho a
los del pueblo que no lo cerraba por ellos. Yo quería saber noticias tuyas, pero Pippa no había recibido ninguna. Te divertirá saber que he
estado aprendiendo un poco de música clásica últimamente. También algo de golf. Continúo todo lo bien que puede esperarse en Hill & Hall.
Mi madre se ha ido a Birmingham después de andar de un lado para otro durante una semana. Y éstas son todas las nuevas. Telegrafíame al
recibir ésta, y hazlo también cuando llegues a Dover.
Maurice.
Clive recibió la carta y movió la cabeza. Se iba en aquel momento con algunas amistades del hotel a Pentélico, y rompió la carta en
pequeños pedazos en la cima de la montaña. Había dejado de amar a Maurice, y tendría que decírselo claramente.


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