Arturo Perez Reverte (2000) La carta esferica .pdf



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Título: VotaMEH
Autor: FSP-UGT

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La carta esférica
Arturo Pérez Reverte

I. El lote 307
He navegado por océanos y bibliotecas.
Hermann Melville.
“Moby Dick”
Podríamos llamarlo Ismael, pero en realidad se llamaba Coy. Lo encontré en el
penúltimo acto de esta historia, cuando estaba a punto de convertirse en otro
náufrago de los que flotan sobre un ataúd mientras el ballenero “Raquel” busca
hijos perdidos. Para entonces llevaba ya algún tiempo a la deriva, incluida la tarde
en que acudió a la casa de subastas Claymore, en Barcelona, con la intención de
pasar el rato. Tenía muy poco dinero en el bolsillo, y en el cuarto de una pensión
próxima a las Ramblas, unos cuantos libros, un sextante y un título de primer
piloto que la dirección general de la Marina Mercante había suspendido por dos
años hacía cuatro meses, después que el “Isla Negra”, un portacontenedores de
cuarenta mil toneladas, embarrancase en el océano Índico, a las 4,20 de la
madrugada y durante su cuarto de guardia.
A Coy le gustaban las subastas de objetos navales, aunque por esa época no
pudiera permitirse pujar. Pero Claymore, situada en un primer piso de la calle
Consell de Cent, contaba con aire acondicionado, servían una copa al terminar, y
la chica encargada de la recepción tenía piernas largas y bonita sonrisa. En
cuanto a los objetos de la subasta, le gustaba mirarlos e imaginar los naufragios
que habían ido llevándolos de aquí para allá hasta varar en la última playa.
Durante toda la sesión, sentado con las manos en los bolsillos de su chaqueta de
paño azul oscuro,
permanecía atento a quiénes se llevaban sus favoritos. A menudo el pasatiempo
resultaba decepcionante:
una magnífica escafandra de buzo, cuyo cobre abollado y lleno de cicatrices
gloriosas hacía pensar en naufragios y bancos de esponjas y películas de
Negulesco, con calamares gigantes y con Sofía Loren saliendo del agua
moldeada bajo la blusa húmeda, fue adquirida por un anticuario a quien ni
siquiera tembló el pulso al levantar el cartón con su número. Y un compás de
marcaciones Browne & Son, antiguo, en buen uso y dentro de su caja original,

por el que Coy habría dado el alma en sus tiempos de estudiante de náutica,
resultó adjudicado, sin remontar el precio de salida, a un individuo con aspecto de
ignorar todo sobre el mar, salvo el hecho de que, colocada en un escaparate de
cualquier marina deportiva de lujo, aquella pieza sería vendida por diez veces su
valor.
El caso es que esa tarde el subastador remató el lote 306 -un cronómetro Ulysse
Nardin de la Regia Marina italiana, al precio de salida- y consultó sus notas
ajustándose los lentes con el índice. Era un tipo de modales suaves, corbata un
poco atrevida y camisa color salmón. Entre puja y puja daba sorbitos a un vaso
de agua que tenía cerca.
—Siguiente lote: “Atlas Marítimo de las Costas de España”
de Urrutia Salcedo. Número trescientos siete.
Había acompañado el anuncio con una sonrisa discreta que, Coy lo sabía a
fuerza de observarlo, reservaba para las piezas cuya importancia pretendía
destacar. Joya cartográfica del XVIII, añadió tras la pausa adecuada, recalcando
lo de joya como si le doliera desprenderse de ella. Su ayudante, un joven vestido
con guardapolvo azul, alzó un poco el volumen en gran folio, para que lo viesen
desde la sala, y Coy lo miró con un apunte de melancolía: según el catálogo de
Claymore no era fácil encontrarlo a la venta, pues la mayor parte de los
ejemplares se hallaban en bibliotecas y museos. Aquél seguía en perfectas
condiciones; y lo más probable era que nunca hubiera estado a bordo de un
barco, donde la humedad, las marcas de lápiz y el trabajo sobre sus cartas de
navegación dejaban huellas irreparables.
El subastador abría ya la puja, con una cantidad que habría bastado a Coy para
vivir medio año con razonable holgura. Un hombre ancho de espaldas, frente
despejada y pelo muy largo y gris recogido en una coleta, que estaba sentado en
la primera fila y cuyo teléfono móvil había sonado tres veces para irritación de la
sala, mostró un cartoncito con el número 11; y otras manos se alzaron mientras la
atención del subastador, que tenía el pequeño martillo de madera en alto, iba de
uno a otro y su voz educada repetía cada oferta, sugiriendo la siguiente con
monotonía profesional. El precio de salida estaba a punto de doblarse, y los
aspirantes al lote 307 iban quedándose por el camino. Mantenían la liza el
individuo corpulento de la coleta gris, otro flaco y barbudo, una mujer de la que no
podía ver más que un cabello rubio en media melena y la mano que alzaba su
cartulina, y un hombre calvo muy bien vestido. Cuando la mujer dobló el precio
inicial, el de la coleta gris se volvió a medias, mirando en su dirección con gesto
irritado, y Coy pudo ver unos ojos verdosos y un perfil agresivo, nariz grande y
aire arrogante. La mano que alzaba la cartulina llevaba varios anillos de oro. No
parecía acostumbrado a que le disputasen piezas de subasta, y con ademán
brusco terminó volviéndose a su derecha, donde una joven morena muy
maquillada, que atendía en susurros el teléfono cada vez que sonaba, sufrió las
consecuencias de su mal humor cuando se puso a reconvenirla ásperamente, en
voz baja.
—¿Alguien supera la oferta?
El de la coleta gris alzó la mano y la mujer rubia contraatacó alzando su cartulina,
que era la número 74. Aquello daba tensión a la sala. El flaco barbudo prefería
retirarse de la puja, y tras dos nuevos remontes el hombre calvo y bien vestido

empezó a titubear. El de la coleta subió la oferta, haciendo fruncir ceños a su
alrededor cuando el teléfono se puso a sonar de nuevo y lo tomó de manos de la
secretaria, encajado entre un hombro y la oreja, la otra mano alzándose a tiempo
para responder al envite que la mujer rubia acababa de hacer. A tales alturas de
la puja, la sala entera se veía de parte de la rubia, deseando que al de la coleta
se le acabasen los fondos o las baterías del teléfono. El Urrutia había triplicado el
precio de salida, y Coy cambió una mirada divertida con su vecino de silla, un
hombrecillo moreno de espeso bigote oscuro y pelo muy peinado hacia atrás con
fijador. El otro le devolvió la mirada con una sonrisa cortés, cruzadas
plácidamente las manos sobre el regazo y girando los pulgares uno sobre otro.
Era menudo y pulcro, casi coqueto, con pajarita de pintas rojas y chaqueta híbrida
entre príncipe de Gales y tartán escocés que le daba el aire estrafalariamente
británico de un turco vestido en Burberrys. Tenía los ojos melancólicos,
simpáticos, un poco saltones; como las ranitas de los cuentos.
—¿Desean mejorar la oferta?
El subastador mantenía el martillo en alto, y su mirada inquisitiva apuntaba al
individuo de la coleta, que había devuelto el móvil a la secretaria y lo miraba
contrariado. La última propuesta, exactamente el triple del precio inicial, había
sido cubierta por la mujer rubia; cuyo rostro Coy no podía ver por más que,
curioso, atisbaba entre las cabezas que tenía delante. Resultaba difícil establecer
si era el monto de la puja lo que desconcertaba al de la coleta, o la encarnizada
competencia de la mujer.
—Damas y caballeros, ¿nadie ofrece más? -dijo el subastador, con mucha calma.
Se dirigía al de la coleta, sin obtener respuesta. Toda la sala miraba en la misma
dirección, expectante. Incluido Coy.
—Tenemos entonces ese precio, que parece definitivo, a la una... Ese precio a
las dos...
El del pelo gris alzó su cartulina, con gesto tan violento como si empuñase un
arma. Mientras un murmullo se extendía por la sala, Coy volvió a mirar a la mujer
rubia. Su cartulina ya estaba en alto, superando la oferta. Eso disparó de nuevo la
tensión; y como si se tratara de un combate a vida o muerte, los presentes
asistieron durante los siguientes dos minutos a un rápido duelo de cuyo intenso
ritmo -aún no bajaba el cartón número 11 cuando ya estaba en alto el 74- no
pudo ni siquiera sustraerse el subastador, que hubo de hacer un par de pausas
para llevarse a los labios el vaso de agua que tenía junto al atril.
—¿Alguna otra oferta?
El “Atlas” de Urrutia estaba en cinco veces su precio de salida cuando el número
11 cometió un error. Quizá le fallaron los nervios, aunque el error pudo cometerlo
la secretaria, cuyo móvil sonó con insistencia y ella terminó pasándoselo en un
momento crítico, cuando el subastador estaba martillo en alto a la espera de
nueva oferta, y el hombre de la coleta gris dudaba como replanteándose la
cuestión. El error, si es que lo hubo, también podía ser achacable al subastador,
que habría interpretado el gesto brusco del otro, vuelto hacia la secretaria, como
despecho y abandono de la puja. O tal vez no hubo error, porque los
subastadores, como cualquier ciudadano, tienen sus filias y sus fobias; y aquél
pudo inclinarse por favorecer a la parte contraria. El caso fue que tres segundos

bastaron para que el martillo cayera sobre el atril, y el “Atlas” de Urrutia quedase
adjudicado a la mujer rubia cuyo rostro seguía sin ver Coy.
El lote 307 era de los últimos, y el resto de la sesión prosiguió sin nuevas
emociones y sin incidencias; salvo que el hombre de la coleta ya no volvió a pujar
por nada, y antes del final se puso en pie y abandonó la sala seguido por el
taconeo precipitado de la secretaria, no sin dirigir una mirada furiosa a la rubia.
Tampoco ésta volvió a levantar su cartulina. El individuo flaco de la barba terminó
haciéndose con un telescopio marino muy bonito, y un caballero de aire adusto y
uñas sucias, situado delante de Coy, consiguió por algo más del precio de salida
una maqueta del “San Juan Nepomuceno”, de casi un metro de eslora y en
bastante buen estado. El último lote, un juego de viejas cartas del Almirantazgo
británico, quedó sin adjudicar. Después, el subastador dio por terminada la sesión
y todo el mundo se levantó, pasando al saloncito donde Claymore invitaba a sus
clientes a una copa de champaña.
Coy buscó a la mujer rubia. En otras circunstancias habría dedicado más
atención a la sonrisa de la joven recepcionista, que se acercó bandeja en mano
ofreciéndole una copa. La recepcionista lo conocía de otras subastas; y pese a
saber que nunca pujaba por nada, era sin duda sensible a sus descoloridos
pantalones tejanos y a las zapatillas deportivas blancas que vestía como
complemento de la chaqueta de marino azul oscuro, guarnecida por dos filas
paralelas de botones que en otro tiempo fueron dorados, con el ancla de la
marina mercante, y que ahora sustituían otros de pasta negra, más discretos. Las
bocamangas también mostraban las huellas de los galones de oficial que había
lucido en ellas. Incluso así, a Coy le gustaba mucho aquella chaqueta; tal vez
porque al llevarla se sentía vinculado al mar. Sobre todo cuando rondaba al caer
la tarde por las inmediaciones del puerto, soñando con tiempos en que aún era
posible buscar de ese modo un barco donde enrolarse, y existían islas lejanas
que daban asilo a un hombre: justas repúblicas que nada sabían de
suspensiones por dos años, y a las que nunca llegaban citaciones de tribunales
navales ni órdenes de captura. Le habían hecho la chaqueta a medida, con la
gorra y el pantalón correspondiente, en Sucesores de Rafael Valls quince años
atrás, al aprobar el examen de segundo piloto; y con ella navegó todo el tiempo,
usándola en las ocasiones, cada vez más raras en la vida de un marino
mercante, en que todavía era preciso vestir de modo correcto. Llamaba a aquella
vieja prenda su chaqueta de Lord Jim -algo muy apropiado en su actual situacióndesde el inicio de la que él, contumaz lector de literatura náutica, definía como su
época Conrad. En cuanto a eso, Coy había tenido antes una época Stevenson y
una época Melville; y de las tres, en torno a las que ordenaba su vida cuando
decidía echar un vistazo hacia la estela que todo hombre deja a popa, aquélla
resultaba la más infeliz. Acababa de cumplir treinta y ocho años, tenía por delante
veinte meses de suspensión y un examen de capitán aplazado sin fecha, estaba
varado en tierra con un expediente que haría fruncir el ceño a cualquier naviera
cuyo umbral pisara, y la pensión cercana a las Ramblas y la comida diaria que
hacía en casa Teresa apuntillaban sin piedad sus últimos ahorros. Un par de
semanas más y tendría que aceptar cualquier trabajo como simple marinero a

bordo de uno de esos barcos oxidados de tripulación ucraniana, capitán griego y
pabellón antillano, que los armadores dejaban hundirse de vez en cuando para
cobrar el seguro, a menudo con carga ficticia y sin dar tiempo a que hicieras la
maleta. Eso, o renunciar al mar y buscarse la vida en tierra firme:
idea cuya sola consideración le daba náuseas, pues Coy -aunque a bordo del
“Isla Negra” no le había servido de mucho- poseía en alto grado la virtud principal
de todo marino: un cierto sentido de la inseguridad, entendida como
desconfianza; algo comprensible sólo por quien en el golfo de Vizcaya ve un
barómetro bajar cinco milibares en tres horas, o se encuentra en el estrecho de
Ormuz adelantado por un petrolero de medio millón de toneladas y cuatrocientos
metros de eslora que cierra poco a poco el paso. Era la misma sensación
imprecisa, o sexto sentido, que lo despertaba a uno de noche por un cambio en el
régimen de las máquinas, lo inquietaba ante la aparición de una lejana nube
negra en el horizonte, o hacía que de improviso, sin causa justificada, el capitán
apareciese por el puente a dar una vuelta mirando aquí y allá, como quien no
quería la cosa. Algo común, por otra parte, en una profesión cuyo gesto habitual
estando de guardia consiste en comparar a cada momento el compás giroscópico
con el compás magnético; o dicho de otro modo, comprobar un falso norte
mediante un norte que tampoco es el verdadero norte. Y en lo que a Coy se
refiere, ese sentido de la inseguridad se acentuaba, paradójicamente en cuanto
dejaba de pisar la cubierta de un barco. Tenía la desgracia, o la fortuna, de ser
uno de esos hombres para quienes el único lugar habitable se encuentra a diez
millas de la costa más próxima.
Bebió un sorbo de la copa que acababa de ofrecerle con coquetería la
recepcionista. No era un tipo atractivo: su estatura algo menos que mediana
destacaba en exceso la anchura de los hombros, que eran vigorosos, con manos
anchas y duras, heredadas de un padre comerciante sin suerte de efectos
navales, que a falta de dinero le había dejado aquel modo de andar balanceante,
casi torpe, de quien no está convencido de que la tierra que pisa resulte digna de
confianza. Pero las líneas toscas de su boca amplia y de la nariz grande,
agresiva, quedaban suavizadas por unos ojos tranquilos, oscuros y dulces, que
hacían pensar en ciertos perros de caza cuando miran a sus amos. También
había una sonrisa tímida, sincera, casi infantil, que asomaba a sus labios a veces,
reforzando el efecto de aquella mirada leal, un poco triste, recompensada por la
copa y el gesto amable de la recepcionista, que ahora se alejaba entre los
clientes, la falda imprescindible sobre las piernas precisas, creyendo sentir en
ellas la mirada de Coy.
Creyendo. Porque en ese momento, con el mismo acto de llevarse la copa a los
labios, él echaba un vistazo alrededor en busca de la mujer rubia. Por un instante
se detuvo en el hombre bajito de los ojos melancólicos y la chaqueta a cuadros,
que le hizo una cortés inclinación de cabeza. Luego siguió inspeccionando la sala
hasta encontrarla: continuaba de espaldas, entre la gente, conversando con el
subastador, y tenía una copa en la mano. Iba vestida con chaqueta de ante, falda
oscura y zapatos de tacón bajo. Se acercó a ella poco a poco, curioso,
observando el cabello dorado y liso, en media melena cortada muy alta en la
nuca que descendía luego por cada lado hacia la mandíbula, en dos líneas
diagonales asimétricas y sin embargo perfectas. Mientras conversaba, el cabello

de la mujer oscilaba suavemente, con las puntas rozándole las mejillas que sólo
podían apreciarse desde atrás en escorzo. Y tras franquear dos tercios de la
distancia que lo separaba de ella, comprobó que la línea desnuda de su cuello
estaba cubierta de pecas: centenares de minúsculas motitas ligeramente más
oscuras que el pigmento de la piel, no demasiado clara pese al cabello rubio, con
un tono que indicaba sol, cielos abiertos, vida al aire libre. Y entonces, cuando se
hallaba a sólo dos pasos y se disponía a rodearla con disimulo para ver su cara,
la mujer se despidió del subastador y dio la vuelta, quedando un par de segundos
frente a Coy; el tiempo necesario para dejar sobre una mesa la copa que tenía en
la mano, esquivarlo con leve movimiento de hombros y cintura y alejarse de allí.
Sus miradas se habían cruzado en ese breve instante, y él tuvo tiempo de retener
unos insólitos ojos oscuros de reflejos azulados. O tal vez al contrario: ojos azules
de reflejos oscuros, iris azul marino que resbalaron sobre Coy sin prestarle
atención, mientras él comprobaba que ella también tenía pecas en la frente y el
rostro y el cuello y las manos; que estaba cubierta de pecas y eso le daba una
apariencia singular, atractiva y casi adolescente, pese a que ya debía de rondar
los veintitantos años muy largos. Pudo ver que llevaba en la muñeca derecha un
reloj masculino de acero, grande y de esfera negra. También que era medio
palmo más alta que él y que era muy guapa.
Cinco minutos más tarde, Coy salió a la calle. El resplandor de la ciudad
iluminaba nubes corriendo hacia el sudeste por el cielo oscuro, y supo que iba a
rolar el viento y que tal vez llovería aquella noche. Estaba ante el portal con las
manos en los bolsillos de la chaqueta mientras decidía si caminar a la izquierda o
a la derecha; lo que suponía la diferencia entre un bocadillo en un bar cercano, o
un paseo hasta la plaza Real y dos Bombay azules con mucha tónica. O tal vez
una, rectificó con rapidez tras recordar el lastimoso estado de su billetera. Había
poco tráfico en la calle, y entre las hojas de los árboles una prolongada línea de
semáforos iba pasando del ámbar al rojo hasta donde alcanzaba la vista. Tras
reflexionar diez segundos, justo en el momento en que el último semáforo se
puso rojo y el más próximo cambió de nuevo a verde, echó a andar hacia la
derecha. Ése fue su primer error de aquella noche.
LENC: Ley de los Encuentros Nada Casuales. Basándose en la conocida ley de
Murphy -de la que había tenido serias confirmaciones en los últimos tiempos- Coy
tendía a establecer, para consumo interno, una serie de leyes pintorescas que
bautizaba con absoluta solemnidad técnica. LBMF: Ley de Bailar con la Más Fea,
por ejemplo; o LTMSCBA: Ley de la Tostada de Mantequilla que Siempre Cae
Boca Abajo; y otros principios más o menos aplicables a los funestos avatares de
su vida reciente. Aquello no servía de nada, por supuesto; salvo para sonreír a
veces. Sonreír de sí mismo. De cualquier modo, sonrisas aparte, Coy estaba
convencido de que en el extraño orden del Universo, como en el jazz -era muy
aficionado al jazz-, se daban azares, improvisaciones tan matemáticas que uno
se preguntaba si no estarían escritas en alguna parte. Ahí era donde situaba su
recién enunciada LENC. Porque a medida que se acercaba a la esquina, vio
primero un coche gris metalizado, grande, aparcado junto al bordillo de la acera
con una de las puertas abiertas. Luego, a la luz de un farol, alcanzó a ver un poco

más lejos a un hombre que conversaba con una mujer. Reconoció primero al
hombre, que se hallaba de frente; y a los pocos pasos, cuando pudo distinguir su
gesto airado, comprendió que discutía con la mujer, que ahora dejaba de estar
oculta por el farol y era rubia, con el pelo recortado en la nuca, vestida con una
chaqueta de ante y una falda oscura. Sintió un hormigueo en el estómago
mientras reía sorprendido para sus adentros. A veces, se dijo, la vida resulta
previsible de puro imprevisible. Dudó un poco antes de añadir: o viceversa. Luego
estimó rumbo y abatimiento. Si a algo estaba acostumbrado era a calcular por
instinto ese tipo de cosas; aunque la última vez que se había ocupado de trazar
una derrota -nunca mejor dicho, lo de derrota- ésta lo hubiera llevado
directamente hasta un tribunal naval. De cualquier modo alteró diez grados su
rumbo, a fin de pasar lo más cerca posible de la pareja. Aquél fue su segundo
error: estaba reñido con el sentido común de cualquier marino, que aconseja dar
debido resguardo a toda costa, o peligro.
Al hombre de la coleta gris se le veía furioso. Al principio no alcanzó a escuchar
sus palabras, pues hablaba en voz baja; pero observó que tenía alzada una mano
y un dedo apuntaba a la mujer, que se mantenía inmóvil frente a él. Por fin el
dedo se adelantó, golpeándole el hombro con más cólera que violencia, y ella
retrocedió un paso, como si aquello la asustase.
—... Las consecuencias -alcanzó Coy a oírle decir al de la coleta-.
¿Comprende?... Todas las consecuencias.
Levantaba el dedo, dispuesto a darle otro golpecito en el hombro, y ella se apartó
aún más, y el tipo pareció pensarlo mejor, pues lo que hizo fue agarrarla por un
brazo; tal vez no de modo violento sino persuasivo, intimidatorio. Pero se le veía
tan irritado que al sentir su mano en el brazo la mujer dio un respingo, asustada, y
retrocedió de nuevo zafándose de él. Entonces el hombre quiso agarrarla otra
vez, aunque no pudo porque Coy estaba entre él y ella, mirándolo muy de cerca;
y el otro se quedó con la mano en el aire, una mano con anillos que brillaban a la
luz del farol, y con la boca abierta porque iba a decirle algo en ese instante a la
mujer, o porque no sabía de dónde acababa de salir aquel fulano con chaqueta
de marino, zapatillas de tenis, hombros compactos y manos anchas y duras que
pendían con falso descuido a ambos lados, junto a las perneras de unos raídos
pantalones tejanos.
—¿Perdón? -dijo el de la coleta.
Tenía un leve acento indefinido, entre andaluz y extranjero. Miraba a Coy
sorprendido, curioso, como si intentara situarlo en todo aquello, sin éxito. Su
gesto ya no era irritado, sino estupefacto. Sobre todo cuando pareció comprender
que el intruso le resultaba desconocido. Era más alto que Coy -casi todo el
mundo lo era aquella noche-, y éste lo vio echar un vistazo por encima de él, en
dirección a la mujer, cual si esperase una aclaración respecto a semejante
variedad del programa. Coy no podía verla a ella, que permanecía a su espalda
sin moverse y sin decir una palabra.
—¿Qué diantre...? -empezó el de la coleta y se interrumpió de pronto, con la cara
tan fúnebre como si acabaran de darle una mala noticia. De pie ante él, la boca
cerrada y las manos colgando a los lados, Coy calculó las posibilidades del

asunto. Pese a estar furioso, el otro tenía una voz educada. Vestía un traje caro,
corbata y chaleco, iba bien calzado, y en la mano izquierda, que era la de los
anillos, lucía un reloj carísimo de oro macizo y diseño ultramoderno. Este
individuo levanta diez kilos de oro cada vez que se anuda la corbata, pensó Coy.
Resultaba apuesto, con buenos hombros y aspecto deportivo; pero no era la
clase de prójimo, concluyó, que se lía a trompazos en mitad de la calle, a la
puerta de las subastas Claymore.
Seguía sin ver a la mujer, que continuaba detrás de él, aunque intuyó su mirada.
Al menos, se dijo, espero que no salga corriendo y tenga tiempo de decir gracias,
si es que no me rompen la cara. Incluso aunque me la rompan. Por su parte, el
de la coleta se había vuelto hacia su izquierda, mirando el escaparate de una
tienda de modas como si esperase que alguien saliera de allí con una explicación
en una bolsa de Armani. A la luz del farol y del escaparate, Coy comprobó que
tenía los ojos pardos; aquello lo sorprendió un poco, pues los recordaba verdosos
de antes, en la subasta. Luego el hombre volvió el rostro en dirección contraria,
hacia la calzada, y pudo comprobar que tenía un ojo de cada color, pardo el
derecho, verde el izquierdo: babor y estribor. También vio algo más inquietante
que el color de sus ojos: la puerta abierta del coche, que era un Audi enorme,
iluminaba el interior, donde la secretaria asistía a la escena fumando un cigarrillo;
y también iluminaba al chófer, un jayán de pelo muy rizado, vestido con traje y
corbata, que en ese momento abandonaba el asiento para quedarse de pie junto
al bordillo. El chófer no era elegante ni tenía aspecto de tener la voz educada
como el de la coleta: la nariz era aplastada, al modo de los boxeadores, y la cara
parecían habérsela cosido y recosido media docena de veces, dejando algunos
trozos fuera. Tenía un toque cetrino, casi bereber. Coy recordaba haber visto
chulos de su catadura haciendo de porteros en burdeles de Beirut o en salas de
fiestas panameñas. Solían llevar la navaja automática escondida bajo el calcetín
derecho.
Aquello no podía terminar bien, reflexionó resignado. LMTPD: Ley de Mucho
Toma y Poco Daca. A él iban a romperle un par de huesos imprescindibles, y
mientras tanto la chica escaparía corriendo, como la Cenicienta, o como
Blancanieves -Coy siempre confundía esos dos cuentos, porque no salían
barcos-, sin que volviera a verla nunca. Pero de momento seguía allí, y él notaba
los ojos azules con reflejos oscuros; o tal vez lo contrario, recordó, oscuros con
reflejos azules. Los notaba fijos en su espalda. No carecía de retorcida gracia que
estuvieran a punto de cascarle el alma por una mujer a la que había visto de
frente dos segundos.
—¿Por qué se mete en lo que no le importa? -preguntó el de la coleta.
Era una buena pregunta. Su tono ya no sonaba furioso, sino concentrado; mucho
más tranquilo y lleno de curiosidad. Al menos eso le pareció a Coy, que tampoco
perdía de vista al chófer por el rabillo del ojo.
—Esto es... Por Dios -concluyó el otro, al ver que guardaba silencio-. Lárguese
de aquí.
Ahora ella dice lo mismo, imaginó Coy. Ahora ella se muestra de acuerdo con
este individuo y pregunta quién te ha dado vela en este entierro, y pide que sigas
adelante y no metas el morro donde no te llaman. Y tú balbuceas una disculpa

con las orejas coloradas, vas y doblas la esquina, y te cortas las venas, por
gilipollas. Ahora ella va y dice que...
Pero la mujer no dijo nada. Estaba tan silenciosa como el propio Coy. Tanto como
si ya no estuviese allí y se hubiera largado hacía rato; y él siguió quieto y sin decir
palabra, entre los dos, mirando los ojos bicolores que tenía enfrente, un paso
ante sí y dos palmos más arriba de los suyos. Tampoco es que se le ocurriera
otra cosa, y si hablaba iba a perder la mínima ventaja que conservaba. Sabía por
experiencia que un hombre callado intimida más que el hablador, porque es difícil
adivinar lo que tiene en la cabeza. Tal vez el de la coleta era de la misma opinión,
pues lo miraba reflexivo. Al cabo, Coy creyó vislumbrar incertidumbre en sus ojos
de dálmata.
—Vaya -dijo el otro-. Nos ha salido... ¿Verdad? Un héroe de serie B.
Siguió Coy mirándolo sin decir ni pío. Si espabilo, pensaba, podría darle una
patada en la bisectriz antes de probar fortuna con el
bereber. La cuestión es ella. Me pregunto qué coño hará ella.
El de la coleta exhaló aire de pronto, con una especie de suspiro que parecía una
risa agria, exagerada.
—Esto es ridículo -dijo.
Parecía sinceramente confuso con aquella situación, fuera la que fuese. Coy alzó
despacio la mano izquierda para rascarse la nariz, que le picaba; siempre hacía
eso al reflexionar. La rodilla, meditaba. Diré cualquier cosa para que se distraiga
con eso, y antes de acabar le pegaré un rodillazo en los huevos. El problema va a
ser el otro, que vendrá prevenido. Y con muy mala leche.
Pasó una ambulancia por la calle, con destellos de color naranja. Pensando que
pronto iba a necesitar otra para él mismo, Coy echó un discreto vistazo alrededor,
sin encontrar nada a lo que echar mano. Así que acercó los dedos al bolsillo de
los tejanos, rozando con el pulgar el bulto de las llaves de la pensión. Siempre
podía intentar pegarle al chófer un tajo en la cara con las llaves, como había
hecho una vez con cierto alemán borracho en la puerta del club
Mamma Silvana de La Spezia, hola y adiós, cuando lo vio venírsele encima.
Porque seguro que este hijoputa se le iba a venir.
Entonces el hombre que tenía delante se llevó una mano a la frente y hacia atrás,
como si quisiera alisarse más el pelo recogido en la coleta, antes de mover de
nuevo la cabeza a un lado y a otro. Tenía una sonrisa extraña y apenada en la
boca, y Coy decidió que le gustaba mucho más cuando estaba serio.
—Ya tendrá noticias mías -le dijo a la mujer por encima del hombro de Coy-... Por
supuesto que las tendrá.
En el mismo instante miró al chófer, que ya daba unos pasos hacia ellos. Como si
aquello fuese una orden, el otro se detuvo. Y Coy, que había entrevisto el
movimiento y tensaba los músculos bombeando adrenalina, se relajó con
disimulado alivio. El de la coleta lo miró de nuevo muy atento, como si quisiera
grabárselo en la memoria: una mirada siniestra con subtítulos en español. Alzó la
mano de los anillos y apuntó con el índice a su pecho, del mismo modo que había
hecho antes con la mujer, pero sin llegar a tocarlo. Se limitó a dejar el dedo así,
apuntándole en el aire igual que una amenaza, y después giró sobre sus talones
y se fue como si acabara de recordar que tenía una cita urgente.

Luego todo se resolvió en una breve sucesión de imágenes que Coy observó
atento: una mirada de la secretaria desde el asiento trasero del coche, el cigarrillo
de ésta que describió un arco antes de caer en la acera, el portazo del hombre de
la coleta al sentarse a su lado, y la última ojeada del chófer, de pie en el bordillo:
un vistazo que le dirigió largo y prometedor, más elocuente que el de su jefe,
antes del sonido de otro portazo y el suave ronroneo del motor de arranque. Sólo
con lo que ese coche gasta al arrancar, pensó tristemente Coy, yo podría comer
caliente un par de días.
—Gracias -dijo una voz de mujer detrás de él.
Pese a las apariencias, Coy no era un tipo pesimista; para serlo resulta
imprescindible verse desposeído de la fe en la condición humana, y él había
nacido ya sin aquella fe. Se limitaba a contemplar el mundo de tierra firme como
un espectáculo inestable, lamentable e inevitable; y su único afán era mantenerse
lejos para limitar los daños. Pese a todo, aún había cierta inocencia en él, por ese
tiempo: una inocencia parcial, referida a las cosas y los territorios ajenos a su
profesión. Cuatro meses en dique seco no bastaban para arrebatarle cierto
candor propio de su mundo acuático: el distanciamiento absorto, un poco
ausente, que algunos marinos mantienen respecto a las gentes que sienten suelo
firme bajo los pies. Entonces él todavía miraba determinadas cosas desde lejos, o
desde afuera, con una ingenua capacidad de sorpresa; parecida a la que, cuando
era niño, lo llevaba a pegar la nariz a los escaparates de las jugueterías en
vísperas de Navidad. Pero ahora con la certeza, más próxima al alivio que a la
decepción, de que ninguna de aquellas inquietantes maravillas le estaba
destinada. En su caso, saberse fuera del circuito, conocer la ausencia de su
nombre en la lista de los Reyes Magos, lo tranquilizaba. Era bueno no esperar
nada de la gente, y que la bolsa de viaje fuese lo bastante ligera como para
echársela al hombro y caminar hasta el puerto más próximo sin lamentar lo que
se dejaba atrás. Bienvenidos a bordo. Desde hacía miles de años, antes incluso
de que las cóncavas naves zarparan rumbo a Troya, hubo hombres con arrugas
en torno a la boca y lluviosos corazones de noviembre -aquellos cuya naturaleza
los decide tarde o temprano a mirar con interés el agujero negro de una pistolapara quienes el mar significó una solución y siempre adivinaron cuándo era hora
de largarse. E incluso antes de saberse uno de ellos, Coy lo era ya por vocación y
por instinto. Una vez, en una cantina de Veracruz, una mujer -siempre eran
mujeres las que formulaban esa clase de preguntas- le había preguntado por qué
era marino, y no abogado, o dentista; y él se limitó a encogerse de hombros antes
de responder al cabo de un rato, cuando ella no esperaba ya contestación: <El
mar es limpio<. Y era cierto. En alta mar el aire era fresco, las heridas
cicatrizaban antes, y el silencio se tornaba lo bastante intenso como para hacer
soportables las preguntas sin respuesta y justificar los propios silencios. En otra
ocasión, en el restaurante Sunderland de Rosario, Coy había conocido al único
superviviente de un naufragio: uno de diecinueve. Vía de agua a las tres de la
madrugada, fondeados en mitad del río, todos durmiendo, y el barco abajo en
cinco minutos. Glú, glú. Pero lo que le había impresionado del individuo era su
silencio. Alguien preguntó cómo era posible: dieciocho hombres al fondo sin

enterarse. Y el otro lo miraba callado, incómodo, como si todo fuese tan obvio
que no valiera la pena explicar nada; y se llevaba a la boca su jarra de cerveza. A
Coy las ciudades, con sus aceras llenas de gente y tan iluminadas como los
escaparates de su infancia, lo hacían sentirse también incómodo; torpe y fuera de
lugar como un pato lejos del agua, o como aquel tipo de Rosario, tan callado
como los otros dieciocho que estaban más callados todavía. El mundo era una
estructura muy compleja que únicamente podía contemplarse desde el mar; y la
tierra firme sólo adquiría proporciones tranquilizadoras de noche, durante el
cuarto de guardia, cuando el timonel era una sombra muda, y de las entrañas del
barco llegaba la suave trepidación de las máquinas. Cuando las ciudades
quedaban reducidas a pequeñas líneas de luces en la distancia, y la tierra era el
resplandor trémulo de un faro entrevisto en la marejada. Destellos que alertaban,
que repetían una y otra vez: cuidado, atención, manténte lejos, peligro. Peligro.
No vio esos destellos en los ojos de la mujer cuando regresó a su lado con un
vaso en cada mano, entre la gente que se agolpaba en la barra de Boadas; y ése
fue el tercer error de la noche. Porque no hay libros de faros y peligros y señales
para navegar tierra adentro. No hay derroteros específicos, cartas actualizadas,
trazados de veriles en metros o brazas, enfilaciones a tal o cual cabo, balizas
rojas, verdes o amarillas, ni reglamentos de abordaje, ni horizontes limpios para
calcular una recta de altura. En tierra siempre se navega por estima, a ciegas, y
sólo es posible advertir los arrecifes cuando oyes su rumor a un cable de tu proa
y ves clarear la oscuridad en la mancha blanca de la mar que rompe en las rocas
a flor de agua. O cuando escuchas la piedra inesperada -todos los marinos saben
que existe una piedra con su nombre acechándolos en alguna parte-, la roca
asesina, arañar el casco con chirrido que hace estremecerse los mamparos, en
ese momento terrible en que cualquier hombre al mando de un buque prefiere
estar muerto.
—Has sido rápido -dijo ella.
—Siempre soy rápido en los bares.
La mujer lo miró con curiosidad. Sonreía un poco, tal vez por haber observado el
modo en que Coy se había acercado a la barra, abriéndose paso con la decisión
de un pequeño y compacto remolcador entre la gente que se agolpaba delante,
en vez de quedarse atrás en demanda de la atención del camarero. Había pedido
una ginebra azul con tónica para él y un martini seco para ella, trayéndolos de
regreso con hábil movimiento pendular de las manos y sin derramar una gota. Lo
que en Boadas y a tales horas no carecía de mérito.
Ella lo observaba a través de la copa. Azul muy oscuro tras el cristal y la limpia
transparencia del martini.
—¿Y qué haces en la vida, aparte de moverte bien por los bares, ir a subastas
náuticas y socorrer a mujeres indefensas?
—Soy marino.
—Ah.
—Marino sin barco.
—Ah.
Se tuteaban desde hacía sólo unos minutos. Media hora antes, a la luz del farol,
cuando el hombre de la coleta gris subió al Audi, ella había dicho gracias a su
espalda, y él se volvió a contemplarla de veras por primera vez, parado en la

acera, mientras razonaba para sus adentros que hasta allí había sido la parte
fácil, y que ya no dependía de él retener cerca esa mirada reflexiva y un poco
sorprendida que lo recorría de arriba abajo, como si intentara catalogarlo en
alguna de las especies de hombre que ella conocía. Así que se limitó a esbozar
una sonrisa prudente, algo cohibida; la misma que uno le dispensa al capitán
cuando se incorpora a un nuevo barco, en ese momento inicial en que las
palabras no significan nada y los interlocutores saben que tiempo habrá de poner
cada cosa en su sitio. Pero la cuestión para Coy era precisamente que nadie
garantizaba la existencia de aquel tiempo tan necesario, y que nada le impedía a
ella dar de nuevo las gracias y marcharse del modo más natural del mundo,
desapareciendo para siempre. Fueron diez largos segundos de escrutinio que él
soportó silencioso e inmóvil. LBA: Ley de la Bragueta Abierta. Espero no llevar la
bragueta abierta, pensó. Luego vio que ella inclinaba un poco la cabeza hacia un
lado, justo lo necesario para que el lado izquierdo de su cabello rubio y lacio,
cortado asimétrico con la precisión de un bisturí, rozase su mejilla cubierta de
pecas. Después de aquello la mujer no sonrió ni dijo nada, limitándose a caminar
despacio por la acera, calle arriba, las manos en los bolsillos de la chaqueta de
ante. Llevaba un bolso grande de piel colgado del hombro, y lo mantenía con un
codo junto al costado. Su nariz era menos bonita vista de perfil: un poco
aplastada, como si se la hubiera roto alguna vez. Eso no disminuía su atractivo,
decidió Coy; pero le daba un recorte de insólita dureza. Caminaba mirando el
suelo ante sí y un poco a la izquierda, como si le diera a él oportunidad de ocupar
ese lugar. Anduvieron en silencio, a cierta distancia uno del otro, sin miradas ni
explicaciones ni comentarios, hasta que ella se detuvo en la esquina, y Coy
comprendió que era el momento de las despedidas o de las palabras. La mujer
alargaba una mano que estrechó en la suya grande y torpe, sintiendo un tacto
firme, huesudo, que desmentía las pecas juveniles y estaba más a tono con la
expresión tranquila de los ojos, que él había decidido finalmente eran azul
marino.
Y entonces Coy habló. Lo hizo con aquella espontánea timidez que era su modo
natural de dirigirse a desconocidos, encogiendo los hombros con sencillez y
acompañando sus palabras de la sonrisa que, aunque él no lo sabía, le aclaraba
el rostro y atenuaba su rudeza. Habló y se tocó la nariz y volvió a hablar de
nuevo, ignorando si a ella la esperaba alguien en algún sitio, o si era de esa
ciudad o de otra cualquiera. Dijo lo que creyó debía decir, y luego se quedó allí
balanceándose ligeramente y contenido el aliento, como un niño que acabase de
exponer en voz alta una lección y aguardara sin demasiada esperanza el
veredicto de la maestra. Y entonces ella lo miró otros diez segundos en silencio, y
ladeó de nuevo la cabeza y el cabello volvió a rozar su mejilla. Y dijo que sí, que
por qué no, que también le apetecía beber algo en cualquier parte. Y de ese
modo caminaron hacia la plaza de Cataluña, y luego hasta las Ramblas y la calle
Tallers. Y cuando él sostuvo la puerta de Boadas para dejarla pasar sintió por
primera vez su aroma, indefinido y suave, que no parecía provenir de colonia ni
perfume sino de su piel moteada en tonos dorados, que imaginó suave y cálida,
de una textura parecida a la piel de los nísperos. Y al entrar, acercándose a la
barra de la pared, comprobó que los hombres y las mujeres que había en el local
la miraban primero a ella y luego a él; y se dijo que, por alguna curiosa razón, los

hombres y las mujeres siempre miran primero a una mujer hermosa y luego
desvían la vista hacia su acompañante de un modo inquisitivo, a ver quién será
ese fulano. Como para comprobar si su apariencia la merece, y si él está a la
altura de las circunstancias.
—¿Y qué hace un marino sin barco en Barcelona?
Estaba sentada en un taburete alto, el bolso sobre las rodillas, la espalda contra
la barra de madera que corría a lo largo de la pared, bajo las fotografías
enmarcadas y los recuerdos del bar. Llevaba dos pequeñas bolitas de oro como
pendientes y ni un solo anillo en las manos. Apenas usaba maquillaje. Por el
cuello entreabierto de la camisa, blanca y con el botón superior desabrochado
sobre centenares de pecas, Coy veía relucir una cadena de plata.
—Esperar -dijo. Luego bebió un sorbo de ginebra azul, y mientras lo hacía vio
que ella observaba su vieja chaqueta, y que tal vez se detenía en las franjas más
oscuras de los galones ausentes en las bocamangas-. Esperar tiempos mejores.
—Un marino debe navegar.
—No todos opinan lo mismo.
—¿Hiciste algo mal?
Asintió con media sonrisa triste. Ella abrió el bolso y extrajo de él una cajetilla de
tabaco inglés. Sus uñas no eran bonitas: cortas y anchas, de bordes irregulares.
En otro tiempo se las había mordido, sin duda. Tal vez aún lo hacía. En el
paquete quedaba un cigarrillo, y lo encendió con una carterita de fósforos que
llevaba impresa la publicidad de una naviera belga que él conocía, la Zeeland
Ship. Observó que lo hacía protegiendo la llama en el cuenco de las manos, con
gesto casi masculino. Su línea de la vida era muy larga, como si hubiera vivido
muchas vidas en la tierra.
—¿Fue culpa tuya?
—Legalmente, sí. Ocurrió durante mi guardia.
—¿Abordaje?
—Toqué fondo. Había una piedra no señalada en las cartas.
Era cierto. Un marino nunca decía encallé, o varé. El verbo común era tocar:
toqué fondo, toqué el muelle. Si en mitad de la niebla del Báltico uno partía a otro
por la mitad y lo echaba a pique, decía: hemos tocado un barco. De cualquier
modo, observó que también ella había usado el término marino de abordaje, en
vez de choque, o colisión. La cajetilla de tabaco estaba sobre la barra, abierta, y
Coy se quedó mirándola: la cabeza de un marinero, un salvavidas a modo de orla
y dos barcos. Hacía tiempo que no veía un paquete de Players sin filtro como
aquél, de los de toda la vida. No eran fáciles de encontrar, e ignoraba que todavía
los fabricaran en su envoltorio de cartulina blanca, casi cuadrado. Era gracioso
que ella fumara esa marca: la subasta náutica, el Urrutia, él mismo. LAC: Ley de
las Asombrosas Coincidencias.
—¿Conoces la historia?
Señalaba la cajetilla. Ella la estuvo mirando y luego alzó los ojos, sorprendida.
—¿Qué historia?
—La de Héroe.
—¿Quién es Héroe?

Se lo dijo. Le habló del nombre en la cinta del gorro del marinero de barba rubia,
de su juventud en el velero que aparece a un lado en la estampa, del otro buque,
el vapor que fue su último barco. De cómo el señor Player e hijos compraron su
retrato para ponerlo en las cajetillas. Luego se quedó callado mientras ella
fumaba el -cigarrillo se había ido consumiendo entre sus dedos- y lo miraba.
—Es una buena historia -dijo la mujer al cabo de un rato.
Coy encogió los hombros.
—No es mía. Se la cuenta Dominó Vitali a James Bond en “Operación Trueno”.
Navegué en un petrolero que tenía a bordo las novelas de Ian Fleming.
También recordaba que ese barco, el “Palestine”, había pasado mes y medio
bloqueado en Ras Tanura en mitad de una crisis internacional, con las planchas
de la cubierta ardiendo a sesenta grados bajo un sol infame y los tripulantes
tumbados en los camarotes, sofocados por el calor y el tedio. El “Palestine” era
un barco desgraciado, con mala suerte, de esos donde la gente se vuelve hostil y
se detesta y se le cruzan los cables: el jefe de máquinas refunfuñaba delirando en
un rincón -escondieron la llave del bar, y él bebía a escondidas el alcohol metílico
de la enfermería mezclándolo con naranjada-, y el primer oficial no le dirigía la
palabra al capitán ni aunque el barco estuviera a punto de encallar. Coy tuvo
tiempo de sobra para leer esas novelas y muchas otras en su prisión flotante,
aquellos días interminables en que el aire abrasador que entraba por los ojos de
buey lo hacía boquear como un pez fuera del agua, y dejaba, al levantarse, la
silueta de su cuerpo desnudo impresa en sudor sobre las sábanas arrugadas y
sucias de la litera. Un petrolero griego había sido alcanzado a tres millas por una
bomba de aviación, y durante un par de días pudo ver desde su camarote la
columna de humo negro que subía recta al cielo, y de noche el resplandor que
teñía de rojo el horizonte y recortaba las vulnerables siluetas oscuras de los
buques fondeados. Durante ese tiempo, cada noche despertó aterrado, soñando
que nadaba en un mar de llamas.
—¿Lees mucho?
—Algo -Coy se tocó la nariz-. Leo algo. Pero siempre sobre el mar.
—Hay otros libros interesantes.
—Puede. Pero a mí sólo me interesan ésos.
La mujer lo miraba, y él encogió otra vez los hombros antes de balancearse otro
poco sobre los pies. Entonces cayó en la cuenta de que no habían hablado del
tipo de la coleta gris, ni de lo que ella estaba haciendo allí. Ni siquiera sabía su
nombre.
Tres días más tarde, tumbado boca arriba en la cama de su cuarto del hostal La
Marítima, Coy miraba una mancha de humedad en el techo. “Kind of Blue”. En los
auriculares de su walkman, después de “So What”, por donde el contrabajo se
había estado deslizando suavemente, la trompeta de Miles Davis acababa de
entrar con el histórico solo de dos notas -la segunda una octava más baja que la
primera-, y Coy aguardaba, suspendido en ese espacio vacío, la descarga
liberadora, el golpe único de batería, el reverbero del platillo y los redobles
allanando el camino lento, inevitable, asombroso, al metal de la trompeta.

Se consideraba casi analfabeto musical, pero amaba el jazz: su insolencia y su
ingenio. Se había aficionado a él en las largas guardias de puente, cuando
navegaba como tercer oficial a bordo del “Fedallah”: un frutero de la Zoeline cuyo
primero, un gallego llamado Neira, poseía las cinco cintas de la Smithsonian
Collection de jazz clásico. Eso incluía desde Scott Joplin y Bix Beiderbecke hasta
Thelonins Monk y Ornette Coleman, pasando por Armstrong, Ellington, Art
Tatum, Billie Holiday, Charlie Parker y los otros: horas y horas de jazz con una
taza de café en las manos, mirando el mar, acodado en el alerón, de noche, bajo
las estrellas. El jefe de máquinas Gorostiola, bilbaíno, más conocido como
Torpedero Tucumán, era otro apasionado de esa música; y los tres habían
compartido jazz y amistad durante seis años, en una ruta cuadrangular que
estuvo llevando al “Fedallah”
-después pasaron los tres juntos al “Tashtego”, otro barco gemelo de la Zoelinecon carga suelta de fruta y grano entre España, el Caribe, el norte de Europa y el
sur de los Estados Unidos. Y aquélla fue una época feliz en la vida de Coy.
Pese a la música de los auriculares, a través del patio que hacía de tendedero
llegaba el sonido de la radio de la hija de la patrona, que solía quedarse
estudiando hasta muy tarde. La hija de la patrona era una joven hosca y poco
agraciada a la que él sonreía cortésmente sin obtener nunca a cambio un gesto ni
una mirada. La Marítima era una antigua casa de baños -1844, aseguraba el
dintel de la puerta, abierta a la calle Arc del Teatre- reconvertida en pensión
barata de marinos. Estaba a caballo entre el puerto viejo y el barrio chino, y sin
duda la madre de la muchacha, una bronca dama de pelo teñido en color rojizo,
la había alertado desde muy jovencita sobre los peligros de su clientela habitual,
gente ruda y sin escrúpulos que coleccionaba mujeres en cada puerto, bajando a
tierra sedienta de alcohol, droga y chicas más o menos vírgenes.
Por la ventana podía oírse perfectamente, entre el jazz del walkman, a Noel Soto
cantando “Noche de samba en Puerto España”; y Coy subió el volumen. Estaba
desnudo, a excepción de un calzón corto; y sobre el estómago tenía “Capitán de
mar y guerra”, de Patrick O.Brian, abierto y boca abajo. Pero su mente andaba
muy lejos de las andanzas náuticas del capitán Aubrey y el doctor Maturin. La
mancha del techo se parecía al trazado de una costa, con sus cabos y
ensenadas, y Coy recorría con la vista una derrota imaginaria entre dos de sus
extremos más avanzados en el amarillento mar del cielo raso. Naturalmente,
pensaba en ella.
Llovía cuando salieron de Boadas. Una lluvia fina, apenas molesta, que
barnizaba de luces relucientes el asfalto y las aceras, y punteaba el haz de los
faros de los automóviles. A ella no parecía importarle que se mojara su chaqueta
de ante, y habían caminado calle abajo por el paseo central, entre los kioscos de
periódicos y revistas y los puestos de flores que empezaban a cerrar. Un mimo,
estoico bajo el chirimiri que le hacía regueros en el polvo blanco de la cara
inmóvil, tan triste que deprimía a todos los transeúntes en veinte metros a la
redonda, los siguió con los ojos cuando la mujer se inclinó un momento para dejar
una moneda en su chistera. Caminaba del mismo modo que antes, algo
adelantada y mirando el suelo a su izquierda, como si dejase a Coy la elección de
ocupar ese espacio o de retirarse discretamente. Él contemplaba a hurtadillas su
perfil duro entre el cabello lacio que oscilaba al caminar; los ojos pavonados que

de vez en cuando se volvían a él como anticipo de una mirada reflexiva o una
sonrisa.
En Schilling no había mucha gente. Volvió a pedir ginebra azul con tónica y ella
se conformó con tónica sola. Eva, la camarera brasileña, sirvió las copas
mirándola con descaro, y luego enarcó una ceja en atención a Coy,
tamborileando sobre el mostrador con las mismas largas uñas lacadas de verde
que tres madrugadas atrás había estado clavando a conciencia en su espalda
desnuda. Pero Coy se pasó la mano por el pelo mojado y mantuvo su sonrisa
inalterable, muy dulce y tranquila, hasta que la camarera murmuró bastardo y
sonrió a su vez, e incluso se negó a cobrarle a él su copa. Luego Coy y la mujer
fueron a sentarse a una mesa, frente al gran espejo que reflejaba las botellas
colocadas en la pared. Allí prosiguieron la conversación intermitente. Ella no era
habladora: a esas alturas sólo había contado que trabajaba en un museo, y cinco
minutos más tarde él pudo averiguar que se trataba del Museo Naval de Madrid.
Dedujo que había hecho estudios de Historia y que alguien, su padre tal vez, fue
militar de carrera. Ignoraba si eso tenía que ver con su aspecto de chica bien
educada. También entrevió una firmeza contenida, una seguridad interior,
discreta, que lo intimidaba.
Coy no sacó a relucir al tipo de la coleta gris hasta más tarde, cuando paseaban
bajo las arcadas de la plaza Real. Ella había confirmado que el Urrutia era una
pieza valiosa, aunque no única; mas no quedó claro si la adquisición era para el
museo o para ella. Es un atlas marítimo importante, comentó evasiva cuando él
aludió a la escena de la calle Consell de Cent; y siempre hay alguien interesado
en ese tipo de cosas. Coleccionistas, añadió al cabo de un instante. Gente así.
Luego inclinó un poco la cabeza y preguntó por la vida que él hacía en
Barcelona, de un modo que era evidente su deseo de cambiar de conversación.
Coy habló de La Marítima, de sus paseos por el puerto, de las mañanas de sol en
la terraza del Universal, frente a la comandancia de Marina, donde podía estar
tres o cuatro horas sentado con un libro y su walkman por el precio de una
cerveza. También habló del tiempo que le quedaba por delante, de la impotencia
de hallarse en tierra sin trabajo y sin dinero. En ese momento creyó ver, al
extremo de las arcadas, asomar al individuo bajito de bigote, pelo engominado y
chaqueta a cuadros que había estado por la tarde en la casa de subastas. Lo
observó un momento para asegurarse, y se volvió hacia ella a fin de comprobar si
también había advertido esa presencia; pero sus ojos eran inexpresivos, como si
nada vieran de particular. Cuando Coy se volvió a mirar de nuevo, el hombrecillo
de la chaqueta a cuadros seguía allí, paseando con las manos a la espalda, el
aire casual.
Estaban ante la puerta del Club de la Pipa, y él hizo un cálculo rápido de lo que le
quedaba en la cartera, concluyendo que podía permitirse invitarla a otra copa y
que, en el peor de los casos, Roger, el encargado, le fiaría. Ella se mostró
sorprendida por el insólito lugar, el timbre de la puerta, la vieja escalera y el local
en el segundo piso, con su curiosa barra, el sofá y los grabados de Sherlock
Holmes colgados en la pared. No había música de jazz esa noche, y
permanecieron de pie junto al mostrador desierto mientras Roger llenaba un
crucigrama al otro extremo. Ella quiso probar la ginebra azul y dijo que le gustaba
su aroma, y luego se declaró encantada con el sitio, añadiendo que nunca había

imaginado que hubiera en Barcelona un lugar como aquél. Coy dijo que estaban
a punto de cerrarlo, porque los vecinos se quejaban del ruido y la música;
pisaban un barco camino del desguace. A ella le había quedado una gotita de
ginebra con tónica en la comisura de la boca, y él pensó que afortunadamente
sólo llevaba tres copas en el estómago, pues con un par más habría alargado una
mano para enjugar aquella gota con los dedos; y ella no parecía de las que se
dejan enjugar nada por un marino al que acaban de conocer, y al que miran con
una mezcla de reserva, cortesía y agradecimiento. Entonces él preguntó por fin
su nombre y ella sonrió de nuevo -esta vez al cabo de unos instantes, como si
hubiera tenido que irse lejos para hacerlo- y luego sus ojos se clavaron en los de
Coy; o sea, se clavaron literalmente durante un largo e intenso segundo, y dijo su
nombre. Y él consideró que era un nombre singular como su misma apariencia,
un nombre que sin embargo le sentaba bien, y que pronunció una sola vez en voz
alta, despacio, cuando de los labios de ella no se había esfumado del todo la
sonrisa distante. Después Coy le pidió un cigarrillo a Roger para ofrecérselo, pero
ella no quiso fumar más. Y cuando la vio llevarse el vaso a la boca y entrevió sus
dientes blancos tras el vidrio, con el hielo rozándolos en un tintineo húmedo, bajó
la vista hacia la cadena de plata que relucía un poco en el cuello abierto de su
camisa, sobre la piel que con esa luz parecía más cálida que nunca, y se
preguntó si algún hombre habría contado todas aquellas pecas hasta el Finisterre
alguna vez. Si las habría contado sin prisa, una a una, rumbo al sur, del mismo
modo que a él le apetecía hacerlo. Fue entonces cuando al levantar los ojos
comprobó que ella había interpretado su mirada, y sintió un latido de menos en el
corazón cuando la oyó decir que era hora de marcharse.
En la radio de la hija de la patrona, la misma voz la emprendía ahora con “La
reina del barrio chino”. Coy apagó su walkman -Miles Davis monologaba “Saeta”,
el cuarto tema de “Sketches of Spain”- y dejó de mirar la mancha del techo. El
libro y los auriculares cayeron sobre las sábanas cuando se puso en pie y anduvo
por la estrecha habitación, tan parecida a la celda que una vez había ocupado
durante dos días en La Guaira, aquella vez que el Torpedero Tucumán y el
Gallego Neira y él mismo, hartos de comer fruta, bajaron a tierra a comprar
pescado fresco para una caldeirada, y Neira dijo esperadme tomando un café,
quince minutos para un polvo y estoy de vuelta; y al poco rato lo oyeron pedir
socorro por la ventana, y entraron y rompieron el bar, lo rompieron todo, hasta las
mesas y las botellas y las costillas del chulo que se había quedado con la cartera
del gallego, y el capitán don Matías Noreña tuvo que ir muy malhumorado a
sacarlos, sobornando a los policías venezolanos con un fajo de dólares que luego
descontó hasta el último centavo de sus sueldos.
Sintió un amago de nostalgia al recordar todo aquello. El espejo sobre el lavabo
reflejaba sus compactos hombros y el rostro cansado, sin afeitar. Dejó correr el
agua hasta que estuvo bien fría y luego se la echó con las manos sobre la cara y
la nuca, resoplando y sacudiendo la cabeza como un perro bajo la lluvia. Se frotó
vigorosamente con una toalla y estuvo un rato mirándose inmóvil, la nariz fuerte,
los ojos oscuros, las facciones toscas, como si evaluara las probabilidades a su
favor. Cero pelotero, concluyó. Con esa torda no te comes una paraguaya.

Abrió el cajón de la cómoda, sacándolo del todo, y tanteó detrás hasta encontrar
el sobre donde guardaba el dinero. No era mucho, y en los últimos días
menguaba peligrosamente. Se quedó un rato sin moverse, dándole vueltas a la
idea, y al cabo fue hasta el armario y extrajo la bolsa donde tenía sus escasas
pertenencias: algunos libros muy leídos, las palas de oficial cuyos dorados
empezaban a virar al verde mohoso, cintas de jazz, un portafotos en forma de
cartera -el buque escuela “Estrella del Sur” ciñendo velas al viento, el Torpedero
Tucumán y el Gallego Neira en la barra de un bar de Rotterdam, él mismo con
galones de primer oficial, apoyado en la regala del “Isla Negra” bajo el puente de
Brooklyn-, y la caja de madera donde guardaba su sextante. Era un buen
sextante: un Weems & Plath de siete filtros, metal negro y arco de latón dorado,
que Coy había adquirido a plazos a partir de su primer sueldo, apenas obtenido el
título de piloto. Los sistemas de posicionamiento por satélite sentenciaban a
muerte ese instrumento, pero todo marino que se preciara de tal conocía su
fiabilidad, a prueba de fallos electrónicos, para establecer la latitud a mediodía,
cuando el sol alcanzaba su punto más alto en el cielo, o de noche con una
estrella baja en el horizonte: efemérides náuticas, tablas, tres minutos de
cálculos. Del mismo modo que los militares cuidan y mantienen limpias sus
armas, Coy había procurado a lo largo de todos aquellos años que el sextante
estuviera libre de humedad salina y suciedad, limpiando sus espejos y
comprobando posibles errores lateral y de índice. Incluso ahora, sin barco bajo
los pies, solía llevárselo en sus paseos por la costa para calcular rectas de altura
sentado en una roca y ante el horizonte del mar abierto. La costumbre databa de
cuando navegaba como alumno en el “Monte Pequeño”, su tercer barco si
contaba el “Estrella del Sur”. El “Monte Pequeño” era un 275.000 toneladas de
Enpetrol, y al capitán don Agustín de la Guerra le gustaba dar solemnidad al
momento de la meridiana, invitando a los oficiales a una copa de jerez después
que éstos y los jóvenes agregados cotejaran sus respectivos cálculos tras haber
estado juntos en el alerón, reloj en mano el capitán y ellos tangenteando el sol en
el horizonte a través de los filtros ahumados de sus instrumentos. Aquél era un
capitán de la vieja escuela; algo pasado de vueltas pero excelente marino, del
tiempo en que los grandes petroleros iban al Pérsico en lastre por Suez y volvían
cargados rodeando África por El Cabo. Una vez había tirado a un mayordomo por
una escala porque le faltó al respeto; y cuando el sindicato fue a quejarse,
respondió que el mayordomo era afortunado, porque siglo y medio antes lo habría
colgado del palo mayor. En mi barco, le dijo en cierta ocasión a Coy, se está de
acuerdo con el capitán o se calla uno. Fue durante una cena de Navidad en el
Mediterráneo, con un pésimo tiempo de proa: un temporal duro de fuerza 10 que
obligaba a moderar las máquinas frente al cabo Bon. Coy, alumno de náutica
agregado a bordo, había discrepado de un comentario banal del capitán; y
entonces éste arrojó la servilleta sobre la mesa y dijo aquello de que en su barco,
etcétera. Luego lo mandó de guardia afuera, al alerón de estribor, donde Coy
estuvo las siguientes cuatro horas en la oscuridad, azotado por el viento, la lluvia
y los rociones del mar que rompía contra el petrolero. Don Agustín de la Guerra
era un raro superviviente de otros tiempos, despótico y duro a bordo; pero cuando
un carguero panameño con el oficial de guardia ruso y borracho le metió la proa
en la popa, una noche en que la lluvia y el granizo saturaban los radares en el

canal de la Mancha, supo mantener el petrolero a flote y gobernarlo hasta Dover
sin derramar una gota de crudo y ahorrándole el costo de remolcadores a la
empresa. Cualquier retrasado mental, decía, puede ahora dar la vuelta al mundo
apretando botones; pero si la electrónica se descaralla, o a los americanos les da
por apagar sus malditos satélites, invención del Maligno, o un bolchevique hijo de
puta te da por el culo bien dado en mitad del océano, un buen sextante, un
compás y un cronómetro seguirán llevándote a cualquier parte. Así que practica,
chaval. Practica. Obediente, Coy había practicado sin descanso durante días y
meses y años; y conocido también, más tarde y con aquel mismo sextante,
observaciones más difíciles en noches cerradas y peligrosas, o en medio de
fuertes temporales que corrían de punta a punta el Atlántico, sujetándose
empapado contra la regala mientras la proa daba furiosos machetazos y él
acechaba desesperadamente, un ojo pegado al visor, la aparición del tenue disco
dorado entre las nubes empujadas por el viento del noroeste.
Sintió una suave melancolía cuando sostuvo el peso familiar del sextante en las
manos, haciendo correr el brazo móvil mientras lo oía deslizarse por la cremallera
dentada que numeraba de 0 a 120 los grados de cualquier meridiano terrestre.
Luego calculó cuánto le pediría por él a Sergi Solans, que llevaba años
admirando aquel instrumento; pues, como solía decir Sergi cuando se tomaban
juntos una copa en el Schilling, ya no se fabricaban sextantes como ése. Sergi
era un buen chico, que pagaba casi todas las copas desde que Coy se había
visto en tierra y sin dinero, y no le guardaba rencor por haberse ido a la cama con
Eva aquella noche en que la brasileña lució una camiseta endiabladamente
ceñida a la talla 95 del sujetador que nunca se ponía, y Sergi estaba demasiado
borracho para disputársela. También había estudiado náutica con Coy,
compartido barco algunos meses cuando ambos navegaban de agregados en el
“Migalota”, un Ro-Ro de la Rodríguez & Saulnier, y ahora preparaba su examen
de capitán como primer oficial de un ferry de la Trasmediterránea que hacía dos
veces por semana la línea Barcelona-Palma. Es como conducir un autobús,
decía. Pero con un sextante como ése en el camarote, uno sigue sintiéndose
marino.
Centró el brazo en mitad del arco y devolvió con cuidado el Weems & Plath a su
caja. Luego fue hasta la cómoda, abrió su cartera y extrajo de ella la tarjeta que la
mujer le había dado tres días antes, al despedirse en la esquina de las Ramblas.
La cartulina estaba sin dirección ni teléfono, a excepción del nombre y un solo
apellido: Tánger Soto. Debajo, con letra redonda y precisa, con un círculo a modo
de punto sobre la única “i”, ella había escrito la dirección del Museo Naval de
Madrid.
Cuando cerró la tapa del sextante, Coy silbaba “Noche de samba en Puerto
España”.
:::::::::::

II. La vitrina de Trafalgar
En tierra sólo hay problemas.
D. Haeften.
“Cómo afrontar los temporales”
Después supo que fue como saltar al vacío; y eso resultaba singular en el caso
de Coy, quien no recordaba haber tomado un rumbo precipitado en su vida. Era
del tipo de gente que, en el cuarto de derrota de un buque, emplea el tiempo
necesario en trazar a conciencia cualquier recorrido sobre la carta náutica. Antes
de verse a la fuerza en tierra y sin barco, ésa había sido fuente de satisfacciones
en una profesión donde tales cosas contaban a la hora de lograr un trayecto
seguro entre dos puntos situados en distinta latitud y longitud geográfica. Había
pocos placeres comparables a pasar largo rato entre cálculos de rumbo,
abatimiento y velocidad, previendo que el cabo Tal o el faro Mengano
aparecerían dos días más tarde, sobre las seis de la mañana y a unos treinta
grados por la amura de babor, y luego aguardar a esa misma hora en la regala
húmeda por el relente de la madrugada, con los prismáticos en los ojos, hasta ver
aparecer, exactamente en el lugar previsto, la silueta gris o la luz intermitente
que, una vez cronometrada su frecuencia de destellos u ocultaciones, confirmaba
la exactitud de los cálculos. Siempre, al llegar ese momento, Coy modulaba una
sonrisa para sus adentros; una sonrisa serena y satisfecha. Luego, recreándose
en la confirmación de aquella certeza obtenida de las matemáticas, de los
instrumentos de a bordo y de su competencia profesional, iba a apoyarse en un
ángulo del puente, junto a la sombra silenciosa del timonel, o se ponía un café
tibio del termo, contento de encontrarse allí, en un buen barco, en vez de formar
parte de aquel otro mundo incómodo, hecho de tierra firme, por suerte reducido a
un leve resplandor detrás del horizonte.
Pero ese rigor a la hora de plantearse desplazamientos sobre el papel de las
cartas náuticas que ordenaban su vida no lo había librado del error ni del fracaso.
Decir tierra a la vista y comprobar después de modo táctil la presencia de esa
misma tierra y sus consecuencias eran situaciones que no siempre se daban en
ese orden. La tierra existía, en las cartas o fuera de ellas; y había decidido
manifestarse de improviso, como suelen ocurrir tal tipo de cosas, penetrando en
el frágil reducto -apenas un poco de hierro flotando en el inmenso océano- donde
Coy creía sentirse a salvo. Seis horas antes de que el “Isla Negra”, un
portacontenedores de la naviera Mínguez Escudero, varase a medio camino entre
El Cabo y el canal de Mozambique durante su cuarto de guardia, Coy, primer
oficial a bordo, había advertido al capitán de que la carta del Almirantazgo
británico correspondiente a esa zona avisaba, en recuadro especial, de algunas
imprecisiones en los levantamientos. Pero el capitán tenía prisa, y además había
navegado aquellas aguas durante veinticinco años con las mismas cartas y sin
problemas. También llevaba dos días de retraso por haber sufrido mal tiempo en
el golfo de Guinea y por verse obligado luego a evacuar por helicóptero a un

tripulante que se partió la espalda al resbalar por una escala frente a la Costa de
los Esqueletos. Las cartas inglesas, había dicho durante la cena, son tan
minuciosas que siempre se la cogen con papel de fumar. La ruta está limpia,
doscientas cuarenta brazas en los veriles más altos y ni una cagada de mosca en
el papel. Así que pasaremos entre los islotes Terson y Mowett Grave. Eso había
dicho: papel de fumar, cagada de mosca y recto entre los islotes. El capitán era
un gallego de sesenta y algún años, menudo, de frente rojiza y pelo gris. Además
de confiar a ciegas en las cartas del Almirantazgo, se llamaba don Gabriel Moa,
tenía cuatro décadas de mar en las arrugas de la cara, y en todo ese tiempo
nadie lo había visto perder la compostura; ni siquiera cuando a principios de los
noventa, se decía, anduvo día y medio escorado veinte grados tras perder once
contenedores en mitad de un temporal del Atlántico. Era uno de esos capitanes
por los que armadores y subalternos ponen la mano en el fuego: seco en el
puente, serio en la camareta, invisible en tierra. Un capitán a la antigua, de los
que hablaban de usted a los oficiales y a los agregados, y a quien nadie podía
imaginar cometiendo un error. Por eso Coy mantuvo aquel rumbo en la carta
inglesa que señalaba imprecisiones en los levantamientos; y también por eso,
transcurridos veinte minutos de su cuarto de guardia, había oído rechinar sobre
una piedra el casco de acero del “Isla Negra” estremeciéndose bajo sus pies,
antes de que él volviera de su estupor y precipitándose sobre el telégrafo de
órdenes parase las máquinas, y el capitán Moa apareciera en el puente en pijama
y con el pelo revuelto, mirando la oscuridad de afuera con una expresión
sonámbula y estúpida que Coy no le había visto nunca. El capitán sólo había
balbuceado <no puede ser< tres veces, una detrás de otra, y luego, siempre tan
desconcertado como si no estuviera del todo despierto, murmuró un débil <paren
máquinas< cuando las máquinas llevaban ya cinco minutos paradas, y el timonel
seguía inmóvil con las manos en la rueda, observándolos alternativamente a él y
a Coy; y Coy miraba, con la certidumbre terrible de quien obtiene a su costa una
revelación inesperada, a aquel honorable superior cuyas órdenes habría acatado
sin vacilar media hora antes aunque lo condujesen con el radar apagado por el
estrecho de Malaca, y que de pronto, sorprendido sin tiempo a endosarse la
máscara de su falsa reputación, o tal vez -los hombres cambian en sus años y en
su corazón- la máscara del marino eficiente que en otro tiempo había sido, se
mostraba ahora tal y como en realidad era: un anciano aturdido y en pijama,
sobrepasado por los acontecimientos, incapaz de dar una orden adecuada. Un
pobre hombre asustado que de pronto veía esfumarse su pensión de retiro tras
cuarenta años de servicio.
La advertencia de la carta inglesa no era en vano: existía al menos una aguja sin
determinar en el canal entre Terson y Mowett Grave, y un bromista cósmico tenía
que estar riéndose a carcajadas en algún lugar del Universo, porque aquella roca
aislada en el vasto océano se había puesto exactamente en medio de la derrota
del “Isla Negra”, con la misma exactitud que el famoso iceberg del “Titanic”,
durante la guardia del primer oficial Manuel Coy. De cualquier modo, ambos,
capitán y primero, habían pagado por ello. El tribunal investigador, compuesto por
un inspector de la compañía y dos marinos mercantes, tuvo en cuenta el historial
del capitán Moa, solventando el asunto con una discreta jubilación anticipada. En
cuanto a Coy, aquella carta del Almirantazgo británico había terminado por

llevarlo muy lejos del mar. Ahora estaba en Madrid, inmóvil junto a una fuente de
piedra donde un niño de hierática sonrisa estrangulaba a un delfín, y parecía un
náufrago recién llegado a una playa ruidosa en plena temporada. Tenía las
manos en los bolsillos, y entre la multitud de automóviles y el estrépito de feroces
bocinazos miraba de lejos el galeón de bronce que presidía la entrada del número
5 del paseo del Prado. Ignoraba la precisión del levantamiento hidrográfico en la
derrota que se proponía seguir, pero ya dejaba atrás de sobra, en su conciencia,
el punto en que aún es posible virar de bordo y cambiar un rumbo. El sextante
Weems & Plath, que su amigo Sergi Solans había adquirido por fin a un precio
razonable, bastaba para pagarle el billete de tren Barcelona-Madrid usado la
noche anterior, y para un fondo de supervivencia con flotabilidad garantizada por
dos semanas; del que una parte abultaba en el bolsillo derecho de sus tejanos, y
la otra se hallaba en la bolsa de lona que había dejado en la consigna de la
estación de Atocha. Ahora eran las 12,45 de un soleado día de primavera, y el
tráfico discurría abigarrado y ruidoso en dirección a la plaza de la Cibeles, junto al
palacio de Correos que flanqueaba el cuartel general de la Armada y las
dependencias del Museo Naval. Media hora antes, Coy había hecho una visita a
la dirección general de la Marina Mercante, situada un par de calles más arriba,
para comprobar si prosperaba su recurso administrativo. La encargada del
departamento, una mujer madura de sonrisa amable que tenía una maceta con
un geranio sobre la mesa, dejó de sonreír cuando, tras pulsar una tecla de su
ordenador, el expediente de Coy apareció en la pantalla. Denegado el recurso,
había dicho entonces con voz impersonal. Recibirá la notificación por escrito.
Luego se desentendió de él, volviendo a sus asuntos. Quizá desde aquel
despacho, a trescientas millas náuticas de la costa más próxima, la mujer
alentaba un concepto romántico del mar, y no le gustaban los marinos que
tocaban fondo con sus barcos. O tal vez sólo fuese lo contrario: una funcionaria
objetiva, desapasionada, para quien una varada en el océano Índico apenas se
diferenciaba de un accidente de carretera; y un marino suspendido de empleo y
en la lista negra de los armadores no le parecía distinto de cualquier individuo
privado del permiso de conducir por un juez riguroso. Lo malo, había reflexionado
Coy mientras bajaba las escaleras camino de la calle, era que en tal caso la
mujer no andaba del todo descaminada. En un tiempo en que los satélites
marcaban rutas y waypoints, el teléfono móvil barría de los puentes a los
capitanes habilitados para tomar decisiones, y cualquier ejecutivo podía gobernar
desde un despacho transatlánticos o petroleros de cien mil toneladas, poco iba
del marino que varaba un barco al camionero que se salía de la carretera por
perder los frenos, o conducir borracho.
Aguardó, concentrado en sus siguientes pasos, hasta que los pensamientos
amargos quedaron lejos y a la deriva. Entonces se decidió por fin. Mirando a uno
y otro lado esperó a que un semáforo cercano hiciera disminuir la intensidad del
tráfico, y después caminó con decisión bajo los castaños cubiertos de hojas
jóvenes, cruzó la calle y anduvo hasta la puerta del museo, donde dos infantes de
marina con franja roja en el pantalón, correaje y casco blancos, miraron con
curiosidad su chaqueta cruzada antes de hacerlo pasar bajo el arco detector de
metales. Le hormigueaba el estómago cuando ascendió por la amplia escalera,
torció a la derecha en el rellano, y al cabo se vio ante el mostrador de la librería

del vestíbulo, junto a la enorme rueda doble del timón de la corbeta “Nautilus”. A
la izquierda estaba la puerta de administración y servicios, y a la derecha la
entrada a las salas de exposición. Había cuadros y maquetas de barcos en las
paredes, un marinero de uniforme y expresión aburrida sentado tras un pupitre, y
un civil al otro lado del mostrador donde se vendían libros, grabados y recuerdos
del museo. Se pasó la lengua por los labios; de pronto sentía una sed espantosa.
Luego se dirigió al civil.
—Busco a la señorita Soto.
La boca seca le enronquecía la voz. Echó un rápido vistazo a la puerta de la
izquierda, temiendo verla aparecer allí, sorprendida o incómoda. Qué diablos
haces aquí, etcétera. Había pasado la noche despierto, la cabeza apoyada en su
reflejo de la ventanilla, meditando lo que iba a decir; pero ahora todo se le
borraba de la cabeza como una estela en la popa. Así que, reprimiendo el
impulso de dar la vuelta y largarse, se apoyó sobre un pie y luego sobre el otro
mientras el hombre del mostrador lo estudiaba. Era de mediana edad, con gafas
gruesas y aspecto amable.
—¿Tánger Soto?
Asintió con una suave sensación de irrealidad. Era extraño, pensó, oír aquel
nombre en boca de una tercera persona. A fin de cuentas, concluyó, ella tenía
una existencia real. Había gente que le decía hola, adiós y todas esas cosas.
—Eso es -dijo.
No era extraño sino absurdo, pensó de pronto, aquel viaje, y su bolsa en la
consigna de Atocha, y su presencia allí para encontrarse con una mujer a la que
sólo había visto un par de horas una noche, en toda su vida. Una mujer que ni
siquiera lo esperaba.
—¿Ella lo espera a usted?
Se encogió de hombros.
—Tal vez.
El del mostrador repitió ese <tal vez<, el aire pensativo. Lo observaba con
suspicacia, y Coy lamentó no haber tenido ocasión de afeitarse esa mañana: la
barba, rasurada la noche anterior a punto de ir a la estación de Sants, empezaba
a oscurecerle el mentón. Alzó la mano para tocárselo, conteniendo el ademán a
medio camino.
—La señora Soto ha salido -respondió el hombre del mostrador.
Casi aliviado, Coy asintió. Por el rabillo del ojo vio que el marinero del pupitre,
medio inclinado sobre una revista, miraba su calzado y los raídos tejanos. Por
suerte, pensó, había cambiado las zapatillas blancas por unos viejos mocasines
de suela náutica.
—¿Volverá hoy?
El hombre le echó un rápido vistazo a la chaqueta marina, intentando establecer
si aquel paño oscuro garantizaba algo respetable en su interlocutor.
—Puede que sí -dijo, tras considerarlo un poco-. No cerramos hasta la una y
media.
Coy miró su reloj y luego indicó la primera sala. Al fondo se veían dos grandes
retratos de Alfonso XII e Isabel II, a los lados de una puerta que mostraba
vitrinas, modelos de barcos y cañones.

—Entonces esperaré ahí adentro.
—Como guste.
—¿La avisará cuando llegue?... Me llamo Coy.
Ahora sonreía. La ausencia de ella significaba un aplazamiento oportuno, y eso lo
tranquilizaba. El del mostrador pareció relajarse ante aquella sonrisa fatigada,
sincera, producto de seis horas de tren y seis cafés.
—Claro.
Cruzó la sala, amortiguados sus pasos por las suelas de goma sobre la tarima de
madera. El miedo que le había atenazado las tripas dejaba sitio a una
incertidumbre incómoda, parecida a sentir que el barco da un bandazo, alargar
una mano en busca de asidero, y no hallarlo donde se supone que debe estar; de
modo que procuró tranquilizarse prestando atención a los objetos que tenía
alrededor. Pasó junto a un cuadro enorme: Colón y sus hombres en tierra junto a
una cruz, gallardetes al fondo y azul caribeño con los indígenas inclinándose ante
el descubridor, ignorantes de lo que les esperaba, y torció a la derecha,
deteniéndose ante las vitrinas con instrumentos náuticos. La colección era
estupenda, y admiró la ballestilla, los cuadrantes, los cronómetros Arnold y la
extraordinaria colección de astrolabios, octantes y sextantes de los siglos XVIII y
XIX por los que, sin duda, alguien estaría dispuesto a pagar mucho más de lo que
él había obtenido por su modesto Weems & Plath.
Había pocos visitantes en el museo, más amplio y luminoso de lo que creía
recordar. Un anciano estudiaba minuciosamente un gran mapa apaisado de
Gibraltar, un matrimonio joven con aspecto extranjero miraba las vitrinas de la
sala de los Descubrimientos, y un grupo de colegiales escuchaba las
explicaciones de su profesor en la estancia del fondo, dedicada al rescate del
galeón “San Diego”. La claridad cenital de las grandes lumbreras del techo
iluminó a Coy mientras deambulaba por el patio central. De no obsesionarlo el
recuerdo de la mujer que lo había llevado allí, habría disfrutado de veras con los
modelos de navíos de línea y fragatas, completamente aparejados o en
secciones de medio casco, que mostraban la compleja arquitectura interior de los
buques; no había vuelto a verlos desde su última visita al museo, veinte años
atrás, cuando se accedía al recinto por la calle Montalbán y él aún era estudiante
de náutica. A pesar del tiempo transcurrido, reconoció en el acto y con placer su
favorito de entonces: un navío dieciochesco de tres puentes y 150 cañones, de
casi tres metros de eslora, conservado en una vitrina gigantesca; el modelo de un
barco que no llegó a surcar los mares porque no se construyó nunca. Aquéllos
eran marinos, se dijo como tantas otras veces se había dicho, estudiando la
jarcia, el velamen y la arboladura del barco a escala, admirando las largas gavias
por las que hombres duros y desesperados debían avanzar manteniendo el
equilibrio sobre inestables marchapiés, aferrando la lona en mitad de temporales
y de combates, con el viento y la metralla silbando y el mar implacable abajo,
junto a la cubierta que oscilaba
bajo los palos. Por un momento Coy se dejó llevar junto al navío, abstraído en el
ensueño de largas cazas al amanecer, entre dos luces, de velas fugitivas en el
horizonte. Cuando no existían el radar, ni los satélites, ni la sonda electrónica, y
los barcos eran cubiletes danzando en la boca del infierno, y el mar un peligro
mortal; pero también, todavía, un refugio inexpugnable frente a todas las cosas,

los problemas, las vidas ya vividas o por vivir, muertes pendientes o consumadas
que se dejaban atrás, en tierra. <Llegamos demasiado tarde a un mundo
demasiado viejo<, había leído una vez en algún libro. Llegamos demasiado tarde,
por supuesto. Llegamos a barcos y a puertos y a mares que son demasiado
viejos, cuando los delfines moribundos huyen de la proa de los barcos, Conrad ha
escrito veinte veces “La línea de sombra”, Long John Silver es una marca de
whisky, y Moby Dick se ha convertido en la ballena buena de una película de
dibujos animados.
Junto a la réplica a escala natural de un trozo de mástil del navío “Santa Ana”,
Coy se cruzó con un oficial de marina: vestía uniforme impecable de la Armada,
tenía buen aspecto, y lucía sobre las bocamangas la coca en el tercer galón
dorado de capitán de fragata. El marino se fijó detenidamente en Coy, que le
sostuvo la mirada hasta que el otro apartó la vista y sus pasos se alejaron hacia
el fondo de la sala.
Luego transcurrieron veinte minutos. Al menos una vez cada minuto intentó
concentrarse en las palabras que iba a pronunciar cuando ella apareciera, si es
que lo hacía; y las veinte veces terminó bloqueado, entreabierta la boca como si
de veras la tuviera delante, incapaz de hilvanar el arranque de una frase
coherente. Estaba en la sala consagrada a la batalla de Trafalgar, bajo un óleo
que representaba una escena de combate naval -el “Santa Ana” contra el “Royal
Sovereign”-, y de improviso el hormigueo volvió a recorrerle el estómago,
asestándole, y ésa era la palabra exacta, una acuciante necesidad de huir de allí.
Pica el ancla, imbécil, se dijo; y con eso pareció despertar de un sueño y quiso
salir despavorido escaleras abajo, para meter la cabeza bajo un grifo de agua fría
y sacudirla hasta despejar la confusión que reinaba dentro. Maldita sea mi
estampa, se increpó. Maldita sea mi estampa veinte veces pares. Señora Soto. Ni
siquiera sé si vive con un hombre, o está casada.
Se volvió, retrocediendo indeciso. Sus ojos se detuvieron al azar en la inscripción
de una vitrina: “Sable de abordaje que ciñó don Carlos de la Rocha en el combate
de Trafalgar, siendo comandante del buque Antilla...” Entonces alzó la vista y vio
a Tánger Soto a su espalda, reflejada en el cristal. La vio allí inmóvil, callada, sin
haberla oído llegar, mirándolo con una expresión entre sorprendida y curiosa, lo
mismo de irreal que la primera vez. Tan imprecisa como una sombra que
estuviese encerrada en la vitrina, y no fuera de ella.
Coy no era un hombre sociable. Y ya dijimos que eso, junto con algunos libros y
una visión precozmente lúcida de los ángulos oscuros del ser humano, lo había
llevado desde muy temprano al mar. Sin embargo, ese punto de vista, o posición,
no era del todo incompatible con cierto candor que a veces descollaba en sus
actitudes, en su forma de quedarse quieto o silencioso mirando a los otros, en el
modo algo torpe con que se desenvolvía en tierra firme, o en el punto sincero,
desconcertado, casi tímido, que tenía su sonrisa. Había embarcado muy joven,
empujado más por intuiciones que por certezas. Pero la vida no maniobra con la
precisión de un buen buque, y las amarras fueron cayendo al mar poco a poco,
enredándose a veces en las hélices, o arrastrando consecuencias. Respecto a
eso, hubo mujeres, por supuesto. Y también hubo un par de ellas que llegaron

más allá de la piel, hasta la carne y la sangre y la conciencia, realizando en el
conjunto las operaciones físicas y químicas pertinentes, bálsamos analgésicos y
destrozos de rigor. LPPI: Ley del Pago Puntual de su Importe. A esas alturas,
aquel rastro era ya sólo eso: punzadas indoloras en la memoria del marino sin
barco. Recuerdos precisos y también indiferentes, más parecidos a la melancolía
de los años lejanos -habían transcurrido ocho o nueve desde la última mujer
importante para Coy- que al sentimiento de verdadera pérdida material, o de
ausencia. En el fondo, aquellas sombras sólo continuaban ancladas en su
memoria porque pertenecían al tiempo en que para él todo estuvo en los inicios;
cuando en su flamante chaqueta de paño azul y en las palas de las hombreras de
sus camisas relucían galones nuevos, y pasaba largo rato admirándolos del
mismo modo que admiraba el cuerpo de una mujer desnuda, y la vida era una
carta náutica nueva y crujiente, con todos los avisos a la navegación
actualizados, tersa superficie blanca aún no marcada por el lápiz y la goma de
borrar. Cuando él mismo, ante la vista de la línea de tierra en el horizonte,
experimentaba todavía, en ocasiones, el vago deseo de personas o cosas que
esperaban allí. Lo otro, el dolor, la traición, los reproches, las noches
interminables despierto junto a espaldas silenciosas, eran en ese tiempo sólo
piedras sumergidas, bajos asesinos que acechaban su momento ineludible, sin
que ninguna carta informase en recuadro aparte de la eventualidad de su
presencia. Lo cierto es que no añoraba en concreto esas sombras de mujer, sino
que se añoraba a sí mismo, o más bien al hombre que él mismo era entonces.
Tal vez aquélla fuera la única razón por la que esas mujeres o esas sombras,
últimos puertos conocidos en su vida, acudían a veces, muy difuminadas en el
contorno de la memoria, a fantasmales citas al atardecer, cuando él daba largos
paseos junto al mar, en Barcelona. Cuando remontaba el puente de madera del
Puerto Viejo mientras el sol poniente enrojecía las alturas de Montjuic, la torre de
Jaime I, los muelles y las pasarelas de embarque de la Trasmediterránea, y Coy
buscaba en los antiguos muelles y norays las cicatrices dejadas sobre la piedra y
el hierro por miles de estachas y cabos de acero, por barcos hundidos o
desguazados hacía décadas. A veces pensaba en aquellas mujeres, o en su
recuerdo, al caminar por fuera del centro comercial y los cines Maremagnum,
entre otros hombres o mujeres solitarios, aislados, absortos en el atardecer, que
dormitaban en los bancos o soñaban mirando el mar, con las gaviotas planeando
sobre la popa de pesqueros que cruzaban por el agua roja bajo la torre del Reloj;
junto a una viejísima goleta sin velas ni jarcia que Coy recordaba siempre en el
mismo sitio, año tras año, con sus maderas agrietadas, descoloridas bajo el
viento, el sol, la lluvia y el tiempo. Y que a menudo le hacía pensar que barcos y
hombres deberían hundirse y desaparecer a su hora, en mar abierto, en vez de
pudrirse amarrados a la tierra.
Ahora Coy hablaba desde hacía cinco minutos, sin apenas interrupción. Estaba
sentado junto a una ventana del primer piso del Museo Naval, y cuando se volvía
un poco abarcaba las ramas verdes de los castaños extendiéndose a lo largo del
paseo del Prado, hacia la fuente de Neptuno. Dejaba caer las palabras como
quien llena un vacío que sólo es incómodo si se prolongan demasiado los

silencios. Hablaba despacio y sonreía ligeramente cuando callaba un momento
antes de hablar de nuevo. Su incertidumbre se había esfumado apenas entrevisto
el rostro en el cristal; hacía sus comentarios en tono tranquilo, de nuevo dueño de
sí, con objeto de eludir las pausas y retrasar posibles preguntas. A veces
desviaba la vista al exterior y luego se volvía de nuevo hacia la mujer. Un asunto
en Madrid, decía. Una gestión oficial, un amigo. Casualmente el museo estaba
allí. Decía cualquier cosa, lo mismo que había hecho la primera vez en
Barcelona, con la franca timidez que le era propia; y ella escuchaba y callaba, un
poco inclinada la cabeza y las puntas asimétricas del cabello rubio rozándole el
mentón. Y los ojos oscuros con reflejos pavonados parecían de nuevo azul
marino, fijos en Coy; en la sonrisa leve, sincera, que desmentía lo casual de sus
palabras.
—Y eso es todo -concluyó.
Eso no era nada, pues nada había dicho ni hecho todavía, salvo acercarse a la
dársena con mucho cuidado, las máquinas en avante poca, mientras esperaba
que el práctico subiese a bordo. No era nada, y Tánger Soto lo sabía tan bien
como él.
—Vaya -dijo ella.
Estaba apoyada en el borde de la mesa de su despacho, cruzados los brazos, y
seguía mirándolo reflexiva, con la misma fijeza que antes; pero ahora también
sonreía un poco, como si quisiera gratificar su esfuerzo, o su calma, o su manera
de encararla sin esquivarle los ojos, sin alardes presuntuosos ni evasivas
forzadas. Como si apreciara aquel modo de ponerse ante ella, pronunciar las
palabras imprescindibles para justificar su presencia, y luego quedarse quieto con
la mirada y la sonrisa limpias, sin pretender engañarla ni engañarse, aguardando
el veredicto.
Y ahora fue ella la que habló. Lo hizo sin apartar sus ojos de los de él, interesada
en comprobar el efecto de las palabras, o tal
vez del tono en que iba pronunciándolas una tras otra. Habló con naturalidad y un
vago reflejo de afecto, o de agradecimiento, rozándole los labios. Habló de la
extraña noche de Barcelona, del placer que le causaba verlo de nuevo. Y al fin se
quedaron observándose, dicho todo cuanto era posible decir hasta ese momento.
Y Coy supo otra vez que había llegado el momento de irse, o de buscar un tema,
un pretexto, alguna maldita cosa que le permitiera prolongar la situación. O de
que ella lo acompañara a la puerta dándole las gracias por la visita, o le dijese
que no se fuera todavía. De modo que se puso lentamente en pie.
—Espero que no volviera a molestarte aquel individuo.
—¿Quién?
Había tardado un segundo más de lo necesario en responder, y él se dio cuenta.
—El de la coleta y los ojos bicolores -alzó dos dedos hasta la cara, señalándose
los suyos-. El dálmata.
—Ah, ése.
No aclaró nada más de momento, pero Coy vio endurecerse las líneas de su
boca.
—Ése -repitió ella.
Lo mismo podía estar reflexionando sobre aquel individuo, que ganando tiempo
para salir por la tangente. Coy metió las manos en los bolsillos de la chaqueta y

echó un vistazo alrededor. El despacho era pequeño y luminoso, con un pequeño
rótulo junto a la puerta: “Sección IV. T. Soto. Investigación y adquisiciones”.
Había un grabado antiguo con paisaje marino colgado en la pared, y un gran
tablero en un caballete con grabados, planos y cartas náuticas. También un
armario acristalado lleno de libros y archivadores, carpetas con documentos
sobre la mesa de trabajo, y un ordenador cuya pantalla estaba rodeada de
pequeñas hojas autoadhesivas, anotadas con escritura redonda, de colegiala
aplicada, que Coy identificó fácilmente -llevaba su tarjeta en el bolsillo- por los
grandes círculos que puntuaban las íes.
—No ha vuelto a molestarme -concluyó por fin ella, como si hubiera necesitado
hacer memoria.
—No parecía resignarse a perder el Urrutia.
Observó que entornaba los ojos. Su boca todavía era dura.
—Ya encontrará otro.
Coy le miraba la línea del cuello, que descendía hacia la camisa abierta de color
hueso. La cadena de plata seguía reluciendo allí adentro, y él se preguntó qué
pendía a su extremo. Si se trata de metal, pensó, estará endiabladamente cálido.
—Todavía no sé -dijo- si el atlas era para el museo, o para ti. La verdad es que
aquella subasta fue...
Se calló de pronto, pues había visto el Urrutia. Estaba con otros libros de gran
formato, dentro del armario acristalado. Reconoció con facilidad sus tapas de piel
con adornos dorados.
—Era para el museo -respondió ella; y al cabo de un segundo añadió-:
Naturalmente.
Había seguido la dirección de los ojos de Coy y también miraba ahora el atlas. La
luz de la ventana contorneaba su perfil moteado.
—¿A eso te dedicas?... ¿A conseguir cosas?
Observó cómo se inclinaba un poco hacia adelante, oscilándole las puntas del
cabello. Llevaba sobre la camisa un chaleco de lana gris, desabotonado, y bajo la
falda, amplia y oscura, zapatos negros de tacón muy bajo y medias también
negras que la hacían parecer aún más delgada y alta de lo que era. Una chica de
buena casta, confirmó él, cayendo en la cuenta de que la veía con luz natural por
primera vez. Manos fuertes y voz educada. Sana, correcta. Tranquila. Al menos
en apariencia, pensó al mirarle los bordes romos e irregulares de las uñas.
—En cierto modo ése es mi trabajo -asintió ella tras un instante. Mirar catálogos
de subastas, controlar el comercio de antigüedades, visitar otros museos y viajar
cuando aparece algo interesante... Después hago un informe y mis superiores
deciden. El patronato dispone de un fondo muy limitado para investigación y
nuevas adquisiciones, y yo procuro que se invierta de modo conveniente.
Coy hizo una mueca. Recordaba el áspero duelo en la subasta de Claymore.
—Pues tu amigo el dálmata murió matando. El Urrutia os salió por un ojo de la
cara...
Vio que suspiraba, el aire entre fatalista y divertido, y luego asentía con la
cabeza, volviendo las palmas de las manos hacia arriba para indicar que había
volado hasta el último céntimo. Con el gesto, Coy reparó de nuevo en el insólito
reloj de acero masculino que llevaba en la muñeca derecha. No había nada más,

ni anillos ni pulseras. Ni siquiera llevaba los pequeños pendientes de oro de tres
días antes, en Barcelona.
—Nos costó carísimo. No solemos gastar tanto... Sobre todo porque en este
museo tenemos ya mucha cartografía del siglo XVIII.
—¿Tan importante es?
De nuevo se inclinó ella desde el borde de la mesa, y por un brevísimo instante
permaneció así, cabizbaja, antes de alzar el rostro con una expresión distinta. La
luz matizó otra vez las marcas doradas de su rostro; y Coy pensó que si daba un
paso adelante podría, tal vez, descifrar el aroma de aquella geografía salpicada y
enigmática.
—Lo imprimió en 1751 el geógrafo y marino Ignacio Urrutia Salcedo -explicaba
ella ahora-, después de cinco años de trabajos. Fue la mejor ayuda para los
navegantes hasta la aparición del “Atlas Hidrográfico” de Tofiño, mucho más
preciso, en 1789. Quedan pocos ejemplares en buen estado, y el Museo Naval no
tenía ninguno.
Abrió la puerta acristalada del armario, extrajo el pesado volumen y lo puso
abierto sobre la mesa. Coy se acercó y lo estudiaron juntos, y pudo confirmar lo
que había intuido desde el primer momento. No había rastro, estableció, de
colonia ni perfume. Olía sólo a carne limpia y tibia.
—Es un buen ejemplar -dijo ella-. Entre los libreros de viejo y los anticuarios
abunda la gente sin escrúpulos, y cuando dan con uno lo destrozan para vender
sus láminas sueltas. Pero éste se encuentra intacto.
Pasaba las grandes páginas con cuidado, y crujía entre sus dedos el papel,
grueso, blanco y bien conservado pese a los dos siglos y medio transcurridos
desde su impresión. “Atlas Marítimo de las Costas de España”, leyó Coy en el
frontispicio minuciosamente grabado con un paisaje marino, un león entre las
columnas con la leyenda “Plus Ultra” y diversos instrumentos náuticos: “Dividido
en dieciséis cartas esféricas y doce planos, desde Bayona en Francia hasta el
cabo de Creux...” Se trataba de un conjunto de cartas de navegación y planos de
puertos, impreso todo en gran formato y encuadernado para facilitar su
conservación y manejo. El volumen estaba abierto por la carta que abarcaba el
sector entre el cabo de San Vicente y Gibraltar, trazado con detalle, que incluía
sondas medidas en brazas y una minuciosa señalización de indicaciones,
referencias y peligros. Coy siguió con el dedo el perfil de la costa entre Ceuta y
cabo Espartel, deteniéndose en el lugar marcado con el nombre de la mujer que
tenía al lado. Luego subió al norte, hasta la Punta de Tarifa, y prosiguió hacia el
noroeste para detenerse de nuevo en el bajo de la Aceitera, mucho mejor
definido, con sus crucecitas marcando peligros, que el paso entre los islotes
Terson y Mowett Grave en los levantamientos modernos del Almirantazgo
británico. Conocía bien las cartas del estrecho de Gibraltar; casi todo coincidía
con bastante exactitud, y no pudo menos que admirar lo riguroso del trazado,
más que razonable para los trabajos hidrográficos de la época: tan lejos todavía
de la imagen por satélite, e incluso de los avances técnicos de finales del XVIII.
Observó que cada carta tenía las escalas de latitud y longitud detalladas en
grados y minutos, la primera a derecha e izquierda del grabado y la segunda
graduada cuatro veces en relación a cuatro meridianos diferentes: París y
Tenerife en la parte superior, Cádiz y Cartagena en la inferior. En aquel tiempo,

recordó, aún no se había adoptado como referencia universal de longitud el
meridiano de Greenwich.
—Está muy bien conservado -se admiró.
—Está perfecto. Nadie navegó con este ejemplar a bordo.
Coy pasó unas páginas: “Carta esférica de la costa de España que comprende
desde Águilas y el monte Cope hasta la torre Herradora u Horadada con todos
sus bajos, puntos y ensenadas...” También conocía de memoria aquel escenario,
que era el de su infancia: una costa escarpada, hostil, de estrechas calas rocosas
con escollos entre pequeños acantilados. Recorrió las distancias sobre el recio
papel: cabo Tiñoso, Escombreras, cabo de Agua... El trazado resultaba casi tan
perfecto como en la carta del Estrecho.
—Hay un error -dijo de pronto.
Lo miró, más interesada que sorprendida.
—¿Estás seguro?
—Claro.
—¿Conoces esa costa?
—Nací allí. Hasta buceé en ella, sacando ánforas y cosas del fondo.
—¿También eres buzo?
Coy chasqueó la lengua, negando con la cabeza.
—Nada profesional -sonreía un poco, a modo de disculpa-. Sólo trabajos de
verano y vacaciones.
—Pero tienes experiencia...
—Bueno...-encogió los hombros-. De joven, quizás. Pero hace mucho que no me
tiro al agua.
Ella tenía inclinada la cabeza a un lado, observándolo pensativa. Luego volvió a
fijar la vista en el punto de la carta que todavía señalaba con el dedo.
—¿Y cuál es el error?
Se lo dijo. El levantamiento de Urrutia situaba el cabo de Palos dos o tres minutos
de meridiano más al sur de lo que estaba en realidad; Coy había doblado tantas
veces aquella punta que recordaba muy bien su situación en las cartas. Los 37º
38’ de latitud real -no podía precisar en ese momento los segundos exactos- se
convertían en la carta en 37º 36’, más o menos. Sin duda se había ido corrigiendo
en trazados posteriores, más detallados y con mejores instrumentos, hasta llegar
a la precisión actual. De cualquier modo, añadió, un par de millas náuticas de
diferencia no suponían nada importante en una carta esférica de 1751.
Ella guardaba silencio, los ojos fijos en el grabado. Coy se encogió de hombros:
—Supongo que esas imprecisiones le dan encanto... ¿Tenías un tope para pujar
en Barcelona, o podías seguir sin límite?
Seguía apoyada con las dos manos en la mesa, a su lado, mirando la carta.
Parecía absorta, y tardó en responder a la pregunta.
—Había un tope, por supuesto -dijo al fin-. El Museo Naval no es el Banco de
España... Por suerte el precio entraba en lo posible.
Coy rió un poco, quedo, y ella alzó los ojos inquisitiva.
—En la subasta -dijo él- pensé que lo tuyo era algo personal... Me refiero a la
tenacidad con que pujaste.
—Claro que era personal- ahora parecía irritada. Volvía a mirar la carta como si
algo allí retuviera su atención-. Éste es mi trabajo -sacudió ligeramente la cabeza,

para alejar algún pensamiento que no expresó en voz alta-. La adquisición del
Urrutia la recomendé yo.
—¿Y qué haréis con él?
—Una vez lo haya revisado del todo y catalogado, obtendré unas reproducciones
para uso interno. Luego pasará a la biblioteca histórica del museo, como todo lo
demás.
Sonaron unos golpecitos discretos en el marco de la puerta, y Coy vio al capitán
de fragata con quien se había cruzado antes en una sala. Tánger Soto se
disculpó, fue al pasillo y estuvo unos instantes hablando con él en voz baja. El
recién llegado era maduro y apuesto, y los botones dorados y los galones le
daban aspecto distinguido. De vez en cuando se volvía para observar a Coy, con
curiosidad no exenta de recelo. A éste no le gustaban esas miradas, ni la sonrisa
excesiva con que aderezaba la conversación. Así que suspiró amargamente para
sus adentros. Como buena parte de los marinos mercantes, no apreciaba a los de
guerra: le parecían demasiado estirados, practicaban la endogamia casándose
con hijas de otros marinos de guerra, atiborraban la iglesia los domingos y solían
tener demasiados hijos. Además, ya no hacían abordajes ni batallas ni nada, y se
quedaban en casa con mal tiempo.
—Tengo que dejarte unos minutos -dijo ella-. No te vayas.
Se fue por el pasillo en compañía del capitán de fragata, que antes de irse dirigió
a Coy un último y silencioso vistazo. Permaneció éste en el despacho, mirando
alrededor, primero otra vez la carta del Urrutia y luego los objetos que había
sobre la mesa, el grabado de la pared -”Vista 1 del combate de Tolón”- y el
contenido del armario. Iba a sentarse cuando le llamó la atención el gran
caballete con documentos, planos y fotografías que estaba junto a la mesa. Se
acercó, sin otra intención que matar el tiempo, descubriendo que bajo unas
láminas puestas en la parte superior asomaban planos de barcos de vela: todos
eran bergantines, comprobó tras echar una ojeada a las arboladuras. Debajo
había fotos aéreas de lugares costeros, reproducciones de cartas náuticas
antiguas y también una moderna: la número 46A del Instituto Hidrográfico de la
Marina -de cabo de Gata a cabo de Palos-, que correspondía en parte con la que
estaba en el atlas abierto sobre la mesa.
La coincidencia hizo sonreír a Coy.

Un minuto más tarde ella estaba de vuelta, disculpándose con una mueca
resignada. Mi jefe, dijo. Consultas de alto nivel sobre los turnos de vacaciones.
Todo muy top secret.
—Así que trabajas para la Armada.
—Ya lo ves.
La observó, divertido.
—Eres una especie de soldado, entonces.

—Nada de eso -el cabello dorado se le movía a un lado y a otro al negar con la
cabeza-. Mi rango es de funcionaria civil... Después de licenciarme en Historia
hice una oposición. Estoy aquí desde hace cuatro años.
Tras decir aquello se quedó pensativa, mirando por la ventana. De nuevo
entornaba los ojos. Después, muy despacio, como si tuviera algo en la cabeza
que no terminaba por írsele del todo, volvió a la mesa, cerró el atlas y fue a
meterlo en el armario.
—Mi padre sí era soldado -añadió.
Había una nota de desafío, o tal vez de orgullo, en sus palabras. Coy asintió para
sus adentros. Eso explicaba un par de cosas: cierta forma de moverse, algunos
gestos. Incluso esa disciplina serena, algo altiva, por la que parecía regirse en
ocasiones.
—¿Marino de guerra?
—Militar. Se retiró de coronel, tras pasar casi toda su vida en África.
—¿Vive todavía?
—No.
Hablaba sin rastro de emoción. Era imposible saber si la incomodaba o no
comentar aquello. Coy estudió los iris azul marino y éstos sostuvieron el
escrutinio, inexpresivos. Entonces él sonrió.
—Por eso te llamas Tánger.
—Por eso me llamo Tánger.

Pasearon sin prisas frente al Museo del Prado y la verja del Jardín Botánico
antes de subir a la izquierda por la cuesta de Claudio Moyano, dejando atrás el
ruidoso tráfico y la contaminación de la glorieta de Atocha. El sol iluminaba las
barracas grises y los tenderetes de libros escalonados calle arriba.
—¿Qué has venido a hacer a Madrid?
Él miraba el suelo ante sus zapatos. Ya había respondido a esa pregunta nada
más verla en el museo, antes de que ella la formulara. Todos los lugares
comunes y pretextos fáciles estaban enunciados, así que dio unos pasos sin decir
nada, y al cabo se tocó la nariz.
—He venido a verte.
Tampoco ahora pareció sorprendida, ni curiosa. Llevaba un chaquetón ligero de
pana abierto sobre la blusa, y antes de salir del despacho se había anudado en
torno al cuello un pañuelo de seda de tonos otoñales. Vuelto a medias, Coy
observó su perfil impasible.
—¿Por qué? -se limitó a preguntar ella, en tono neutro.
—No lo sé.
Anduvieron un trecho sin más comentarios. Al fin se detuvieron al azar, ante un
mostrador donde se apilaban novelas policíacas de lance como restos de
naufragios en una playa. Los ojos de Coy resbalaron por encima de los viejos
volúmenes, sin prestar mucha atención: Agatha Christie, George Harmon Coxe,

Ellery Queen, Leslie Charteris. Tánger cogió uno de ellos -”Era una dama”-, lo
miró un poco con aire ausente y volvió a dejarlo en su sitio.
—Estás loco -dijo.
Siguieron adelante. La gente paseaba entre los puestos, buscando libros u
hojeándolos. Los libreros dejaban hacer, ojo avizor detrás de sus mostradores o
de pie en la puerta de las barracas. Vestían guardapolvos, jerseys o
chaquetones, y tenían la piel curtida por años bajo la lluvia, el sol y el viento; a
Coy se le antojaron rostros de marinos varados en un puerto imposible, entre
escolleras de tinta y de papel. Algunos leían ajenos al público, sentados entre
montones de ejemplares usados. Un par de ellos, los más jóvenes, saludaron a
Tánger, que respondió llamándolos por sus nombres. Hola, Alberto. Adiós, Boris.
Un muchacho con trenzas de húsar y camisa a cuadros tocaba la flauta, y ella
puso una moneda en la gorra que tenía a sus pies, lo mismo que Coy la había
visto hacer en las Ramblas, ante el mimo cuyo maquillaje desteñía la lluvia.
—Cada día paso por aquí, camino de casa. A veces compro algo...
¿No es curioso lo que ocurre con los libros viejos?... A diferencia de los otros,
éstos te eligen a ti. Escogen a su comprador: hola, aquí estoy, llévame contigo.
Se diría que están vivos.
Dio unos pasos y se detuvo ante “El cuarteto de Alejandría”: cuatro volúmenes de
ajadas cubiertas, a precio de saldo.
—¿Lo has leído? -preguntó.
Coy hizo un gesto negativo. Aquel Durrell con apellido de pilas alcalinas no le
daba frío ni calor. Era la primera vez que se fijaba en libros de ese fulano.
Norteamericano, supuso. O inglés.
—¿Tiene algo sobre el mar?
-preguntó, más cortés que interesado.
—No, que yo sepa -ella reía, bajo y suave-. Aunque de algún modo Alejandría no
deja de ser un puerto...
Coy había estado allí, y no recordaba nada de especial: el calor de los días sin
brisa, las grúas, los estibadores tumbados a la sombra de los contenedores, el
agua sucia chapaleando entre el casco del barco y el muelle, las cucarachas que
pisabas de noche al bajar a tierra. Un puerto como cualquier otro, excepto cuando
el viento sur traía nubes de polvo rojizo que se colaban por todas partes. Nada
que justificase cuatro tomos. Tánger tocaba el primero con el índice y él leyó el
título: “Justine”.
—Todas las mujeres inteligentes que conozco -dijo ella- han querido ser Justine
alguna vez.
Coy miró el libro con aire estúpido, considerando si debía comprarlo o no, y si el
librero lo obligaría a adquirir los cuatro. En realidad los que le llamaban la
atención eran otros que había cerca: “El barco de la muerte”, de un tal B. Traven,
y la trilogía de la “Bounty: El motín, Hombres contra el mar” y “La isla de Pitcairn”
en un solo volumen. Pero ella seguía adelante; la vio sonreír de nuevo, dar unos
pasos más y entretenerse hojeando distraída otra maltrecha edición en rústica ”El buen soldado”, leyó Coy; aquel Ford Madox Ford sí le sonaba, porque había
escrito “La aventura” a medias con Joseph Conrad-. Al cabo Tánger se giró a
mirarlo, fijamente.
—Estás loco -repitió.

Él volvió a tocarse la nariz y no dijo nada.
—No me conoces -añadió ella un momento después-. Lo ignoras todo sobre mí.
De nuevo tenía un punto de dureza en la voz. Coy miró a un lado y luego a otro.
Curiosamente no se sentía intimidado, ni fuera de lugar. Había ido a verla,
haciendo lo que creyó debía hacer. Y habría dado cualquier cosa por ser un
hombre elegante, suelto de palabra; con algo que ofrecer, aunque fuese el dinero
justo para comprar los cuatro tomos del cuarteto e invitarla a cenar esa misma
noche en un restaurante caro, llamándola Justine o como ella quisiera que la
llamase. Pero no era su caso. Por eso callaba, y estaba allí plantado con la mayor
sencillez de que era capaz, y se limitaba a sonreír un poco, de aquel modo que
era a un tiempo sincero y ausente, casi tímido. Y eso no era mucho, pero era
todo.
—No tienes ningún derecho a presentarte así. A ponerte delante de mí con cara
de buen chico... Ya te di las gracias por lo de Barcelona. ¿Qué pretendes que
haga ahora?... ¿Llevarte a casa como uno de estos libros?
—Las sirenas -dijo él, de pronto.
Lo miró, sorprendida.
—¿Qué pasa con las sirenas?
Coy alzó un poco las manos y las dejó caer de nuevo.
—No sé. Cantaban, dice Homero. Llamaban a los marinos, ¿verdad?... Y ellos no
podían evitarlo.
—Porque eran idiotas. Iban derechos a los arrecifes, destrozando el barco.
—Ya estuve allí -la expresión de Coy se había ensombrecido-. Ya estuve en los
arrecifes, y no tengo barco. Tardaré algún tiempo en volver a tenerlo, y ahora no
encuentro nada mejor que hacer.
Se volvió hacia él con brusquedad, abriendo la boca como para decir algo
desagradable. Sus iris relucían, agresivos. Aquello duró un momento, y en ese
espacio de tiempo Coy se despidió mentalmente de su piel moteada y de todo el
singular ensueño que lo había llevado hasta ella. Tal vez debí comprar lo de esa
Justine, se dijo tristemente. Pero al menos lo intentaste, marinero. Lástima de
sextante. Luego se dispuso a sonreír. Sonreiré en cualquier caso diga lo que
diga, hasta cuando me mande al infierno. Al menos, que lo último que recuerde
de mí sea eso. Ojalá pudiera sonreír como su jefe, ese capitán de fragata al que
le relucen los botones. Ojalá no me salga una mueca muy crispada.
—Por el amor de Dios -dijo entonces ella-. Ni siquiera eres un hombre guapo.
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III. El barco perdido
En el mar puedes hacerlo todo bien, ateniéndote a las normas, y aun así el mar te
matará. Pero si eres buen marino, al menos sabrás dónde te encuentras en el
momento de morir.
Justin Scott.
“El cazador de barcos”
Detestaba el café. Había bebido miles de tazas calientes o frías en guardias
interminables de madrugada, en maniobras difíciles o decisivas, en horas
muertas entre carga y descarga en los puertos, en momentos de hastío, tensión o
peligro; pero le desagradaba aquel sabor amargo hasta el punto de que sólo
podía soportarlo cortado con leche y con azúcar. En realidad lo usaba como
estimulante, del mismo modo que otros toman una copa o encienden un cigarrillo.
Pero él no fumaba desde hacía mucho tiempo. En cuanto a las copas, muy rara
vez había probado el alcohol a bordo de un barco; y en tierra casi nunca
sobrepasaba la marca de Plimsoll, la línea de carga de un par de ginebras azules.
Sólo bebía de forma deliberada y a conciencia cuando las circunstancias, la
compañía o el lugar prescribían grandes dosis. En esos casos, como buena parte
de los marinos que conocía, era capaz de ingerir cantidades extraordinarias de
cualquier cosa, con las consecuencias que ello acarreaba en lugares donde los
maridos velan por la virtud de sus esposas, los policías mantienen el orden
público, y los matones de club nocturno procuran que los clientes se comporten
como es debido y no se esfumen sin abonar la cuenta.
Esa noche no era el caso. Los puertos, el mar y el resto de su vida anterior
estaban muy lejos de la mesa junto a la que se hallaba sentado, en la puerta del
hostal de la plaza de Santa Ana, mirando a la gente que paseaba por la acera o
charlaba en las terrazas de los bares. Había pedido una ginebra con tónica para
borrar el sabor del café de la taza pegajosa que tenía delante -siempre lo
derramaba, torpe, al remover la cucharilla-, y permanecía recostado en la silla, las
manos en los bolsillos de la chaqueta y las piernas extendidas bajo la mesa.
Estaba cansado, pero demoraba el momento de irse a la cama. Te llamaré, había
dicho ella. Te llamaré esta noche, o mañana. Déjame pensar un poco. Tánger
tenía un compromiso ineludible aquella tarde, y una cena por la noche; así que
tendría que esperar hasta verla de nuevo. Se lo dijo a mediodía, después de que
la acompañase hasta el cruce de Alfonso XII con el paseo Infanta Isabel y ella se
despidiera allí mismo, sin dejarlo llegar hasta su puerta. Lo había plantado vuelta
hacia él bruscamente, alargándole aquella mano firme que él recordaba bien, en
un apretón vigoroso. Coy le preguntó adónde diablos pensaba llamarlo, si no
tenía en Madrid casa, ni teléfono, ni nada, y su equipaje estaba en la consigna de
la estación. Entonces vio a Tánger reír por primera vez desde que la conocía.
Una risa franca que le rodeaba los ojos con pequeñísimas arrugas que,
paradójicamente, la rejuvenecían mucho, embelleciéndola. Una risa simpática,
como la de un chico al que sientes deseos de acercarte, intuyendo que puede ser

buen compañero de juego, o de aventuras. Se había reído de ese modo, la mano
de Coy en la suya, y luego pidió perdón por el despiste y lo miró pensativa
durante un par de segundos, con el último trazo de aquella risa
desvaneciéndosele en la boca. Después dijo el nombre del hostal de la plaza de
Santa Ana donde ella había vivido dos años cuando era estudiante, frente al
teatro Español. Un sitio limpio y barato. Te llamaré, dijo. Te vea o no te vea nunca
más, te llamaré hoy, o mañana. Te doy mi palabra de honor.
Y allí estaba él, ante la taza de café y mojando ya los labios en la ginebra con
tónica -no la encontró azul en el bar del hostal- que la camarera acababa de
ponerle delante. Esperando. No se había movido en toda la tarde, y cenó allí
mismo, bocadillo de ternera demasiado hecha y botella de agua mineral, tras
decir dónde iban a encontrarlo si sonaba el teléfono. También era posible que ella
apareciera en persona; y esa eventualidad lo hacía vigilar el extremo de la plaza,
para verla llegar por la calle Huertas, o por cualquiera de las que ascendían
desde el paseo del Prado.
Al otro lado de los automóviles aparcados en la calzada, entre los bancos de la
plaza, unos mendigos charlaban en corro, pasándose una botella de vino. Habían
estado pidiendo por las mesas de las terrazas y ahora cuadraban cuentas de la
noche. Eran tres hombres y una mujer, y uno de ellos tenía un perrillo a los pies.
Desde la puerta del hotel Victoria, un guarda jurado travestido de Robocop no les
quitaba ojo, las manos cruzadas a la espalda y las piernas abiertas, plantadas en
el lugar exacto del que un rato antes había echado a la mujer que pedía limosna.
Alejada por Robocop, ésta vino zigzagueando entre las mesas hasta donde
estaba Coy. Dame algo, colega, había dicho en tono apagado, mirando ante ella
sin ver. Dame algo. Aún era joven, pensó ahora viéndola hacer la contabilidad
con sus compañeros y el chucho. Al darle la moneda, a pesar de su piel llena de
marcas, el cabello rubio ceniciento y los ojos absortos en la nada, Coy había
advertido rastros de una antigua belleza en la boca bien delineada, la curva de
las mandíbulas, la estatura, las manos enflaquecidas, rojizas, con uñas largas y
sucias. La tierra firme pudre a los seres humanos, se dijo una vez más. Se
apodera de ellos y los devora, igual que la goleta abandonada del Puerto Viejo.
Miró sus propias manos apoyadas sobre los muslos, acechando en ellas los
primeros síntomas de descomposición; la lepra inevitable que traían consigo la
contaminación de las ciudades, el suelo engañosamente sólido bajo los pies, el
contacto con otra gente, el aire desprovisto de sal. Espero encontrar pronto un
barco, se dijo. Espero encontrar algo que flote y subirme encima para que me
lleve lejos mientras esté a tiempo. Cuando todavía no haya contraído el virus que
corrompe los corazones, y les desorienta el compás, y los arroja sin gobierno
contra la costa a sotavento, y los pierde.
—Lo llaman al teléfono.
Saltó de la silla con una celeridad que dejó estupefacta a la camarera, y recorrió a
grandes zancadas el pasillo que llevaba al vestíbulo del hostal. Uno, dos. Contó
mentalmente hasta cinco antes de responder, a fin de serenar el pulso acelerado.
Tres, cuatro, cinco. Dígame. Ella estaba al teléfono, y su voz educada y tranquila
se disculpaba por llamarlo tan tarde. No, respondió él. No era tarde en absoluto.

Había estado esperando su llamada. Un bocadillo en la terraza, y justo ahora
empezaba con la ginebra. Ella se excusó un poco más, él insistió en que era tan
buena hora como otra cualquiera, y luego hubo un breve silencio al otro lado de la
línea telefónica. Coy apoyó una mano en el mostrador, mirando el trazado de sus
tendones y nervios, ancha y chata, los dedos muy abiertos, cortos, fuertes -una
mano poco aristocrática-, y esperó a que ella hablara de nuevo. Estaba tumbada
en un sofá, pensó. Estaba sentada en una silla. Acostada en la cama. Estaba
vestida o desnuda, en pijama o en camisón. Estaba con los pies descalzos, con
un libro abierto o con la tele encendida enfrente. Estaba boca abajo o boca arriba,
y su piel moteada tenía tonos de oro viejo bajo la luz de una lámpara.
Se me ha ocurrido algo, dijo por fin ella. Se me ha ocurrido algo que quizá te
interese. Tengo una proposición que hacerte. Y he pensado que tal vez puedas
venir a mi casa, ahora.
Una vez, navegando de tercer oficial, Coy se había cruzado con una mujer en un
barco. El encuentro duró un par de minutos, el tiempo exacto que el yate -ella
tomaba el sol en la popa- tardó en pasar junto al “Otago”, un buque en cuyo
alerón Coy miraba el mar. Por toda la cubierta se oía el repiqueteo monótono de
los marineros martilleando el casco para quitar el óxido antes de repasar con
minio y pintura. El mercante estaba fondeado entre Malamocco y Punta Sabbioni;
al otro lado del Lido podía ver el resplandor del sol en la laguna veneciana, y al
fondo, a tres millas de distancia, el Campanile y las cúpulas de San Marcos, y los
tejados de la ciudad oscilantes en la reverberación de la luz y de la arena.
Soplaba un poniente suave, de ocho o diez nudos, que rizaba un poco la mar
llana haciendo bornear las proas de los barcos en dirección a las playas
punteadas de sombrillas y casetas multicolores de los bañistas; y esa misma
brisa trajo del canal la goleta, amurada a estribor con toda la blanca elegancia de
sus velas desplegadas arriba, haciéndola deslizarse a medio cable de Coy.
Requirió éste los prismáticos para verla mejor, admirando la finura de líneas del
casco de madera barnizada, el lanzamiento de la proa, la jarcia y los herrajes
relucientes bajo el sol. Había un hombre a la caña, y tras él, junto al coronamiento
de popa, una mujer sentada leía un libro. Dirigió hacia ella los prismáticos: era
rubia, con el pelo recogido sobre la nuca, y su aspecto evocaba a mujeres
vestidas de blanco que uno podía imaginar fácilmente en ese mismo lugar o en la
Riviera francesa, a principios de siglo. Mujeres bellas e indolentes, protegidas
bajo el ala amplia de un sombrero o una sombrilla. Esfinges que entornaban los
ojos contemplando el mar azul, leían o callaban. Coy siguió con avidez aquel
rostro a través del doble círculo de las lentes Zeiss, estudiando el perfil, el mentón
inclinado, los ojos bajos concentrados en la lectura, el cabello tirante en las
sienes. En otro tiempo, pensó, los hombres mataban o arruinaban sus fortunas,
vidas y reputación por mujeres como ésa. Quiso ver las facciones de quien tal vez
la merecía, y buscó al que iba al timón; pero éste se encontraba vuelto hacia la
otra borda, y sólo pudo apreciar un confuso escorzo, un cabello gris y una piel
bronceada. La goleta se alejaba; y temeroso de perder los últimos instantes,
volvió a encuadrar a la mujer. Un segundo más tarde ella alzó el rostro y miró
directamente a través de los prismáticos, a Coy, a través de las lentes y la

distancia, clavando sus ojos en los de él. Le dirigió una mirada ni fugaz ni
detenida, ni curiosa ni indiferente. Tan serena y segura de sí que no parecía
humana. Y Coy se preguntó cuántas generaciones de mujeres eran necesarias
para mirar de ese modo. En aquel momento sintió una confusión terrible y bajó
los prismáticos, azorado, por estar observándola tan de cerca; hasta que, ya a
simple vista, comprobó que la mujer se hallaba demasiado lejos para mirarlo a él,
y que aquellos ojos que había sentido penetrar hasta sus entrañas no eran sino
un vistazo casual, distraído, que ella dirigía de paso al buque fondeado que la
goleta dejaba atrás, adentrándose en el Adriático. Y Coy se quedó allí, acodado
en el alerón viéndola irse. Y cuando por fin reaccionó y volvió a enfocar los
prismáticos, sólo pudo ver ya el espejo de popa y el nombre de la embarcación
pintado con letras negras en un listón de teca: “Riddle”. Enigma.
Coy no era en extremo inteligente. Leía mucho; pero sólo del mar. Sin embargo,
había pasado su infancia entre abuelas, tías y primas, a orillas de otro mar
cerrado y viejo, en una de esas ciudades mediterráneas donde durante miles de
años las mujeres enlutadas se reunían al atardecer para hablar en voz baja y
observar a los hombres en silencio. Todo eso le había dejado cierto fatalismo
atávico, un par de razonamientos y muchas intuiciones. Y ahora, frente a Tánger
Soto, pensaba en la mujer de la goleta. A fin de cuentas, se dijo, tal vez una y
otra eran la misma, y la vida de los hombres gira siempre en torno a una sola
mujer: aquella donde se resumen todas las mujeres del mundo, vértice de todos
los misterios y clave de todas las respuestas. La que maneja el silencio como
nadie, tal vez porque ése es un lenguaje que habla a la perfección desde hace
siglos. La que posee la lucidez sabia de mañanas luminosas, atardeceres rojos y
mares azul cobalto, templada de estoicismo, tristeza infinita y fatiga para las que Coy tenía esa extraña certeza- no basta una sola existencia. Era necesario,
además y sobre todo, ser hembra, mujer, para mirar con semejante mezcla de
hastío, sabiduría y cansancio. Para disponer de aquella penetración aguda como
una hoja de acero, imposible de aprender o imitar, nacida de una larga memoria
genética de vidas innumerables, viajando como botín en la cala de naves
cóncavas y negras, con los muslos ensangrentados entre ruinas humeantes y
cadáveres, tejiendo y destejiendo tapices durante innumerables inviernos,
pariendo hombres para nuevas Troyas y aguardando el retorno de héroes
exhaustos; de dioses con pies de barro a los que a veces amaba, a menudo
temía y casi siempre, tarde o temprano, despreciaba.
—¿Quieres más hielo? -preguntó ella.
Negó con la cabeza. Hay mujeres, concluyó casi asustado, que ya miran así
desde que nacen. Que miran como en ese momento lo miraban a él en el
pequeño salón de la casa, cuyas ventanas se abrían al paseo Infanta Isabel y al
edificio iluminado de ladrillo y cristal de la estación de Atocha. Voy a contarte una
historia, había dicho ella apenas abrió la puerta, cerrándola a su espalda antes de
conducirlo al cuarto de estar escoltado por un perro labrador de pelo corto y
dorado que ahora estaba cerca, fijos en Coy los ojos oscuros y tristes. Voy a
contarte una historia de naufragios y barcos perdidos -estoy segura de que te
gusta ese tipo de historias-, y tú no vas a abrir la boca hasta que termine de

contártela. No vas a preguntarme si es real o inventada o ninguna otra cosa, y
vas a estar todo el tiempo callado, bebiéndote esta tónica sola porque lamento
comunicarte que no tengo ginebra en mi casa, ni azul ni de ningún otro color.
Después haré tres preguntas, a las que responderás sí o no. Luego te dejaré
hacerme una pregunta, una sola, que bastará por esta noche, antes de que
regreses a tu hostal a dormir... Y eso será todo. ¿Hay trato?
Coy había respondido sin titubear, hay trato, quizás un poco desconcertado pero
encajando el asunto con razonable sangre fría. Luego fue a sentarse donde ella
le indicó: un sofá tapizado en tela beige sobre una alfombra de buen aspecto, en
el salón de paredes blancas ocupado por una cómoda, una mesita moruna bajo
una lámpara, un televisor con vídeo, un par de sillas, un marco con una
fotografía, una mesa con ordenador junto a un aparador lleno de libros y papeles,
y una minicadena de sonido en cuyos altavoces Pavarotti -a lo mejor no era
Pavarotti- cantaba algo parecido a “Caruso”. Echó una ojeada a los lomos de
algunos libros: “Los jesuitas y el motín de Esquilache”. “Historia del arte y ciencia
de navegar”. “Los ministros de Carlos III”. “Aplicaciones de Cartografía Histórica”.
“Mediterranean Spain Pilot”. “Espejos de una biblioteca”. “Navegantes y
naufragios”. “Catálogo de Cartografía Histórica de España del Museo Naval”.
“Derrotero de las costas de España en el Mediterráneo...” También había novelas
y literatura en general: Isak Dinesen, Lampedusa, Nabokov, Lawrence Durrell -el
del “Cuarteto” de la cuesta Moyano-, algo llamado “Fuego verde”, de un tal Peter
W. Rainer, “El espejo del mar” de Joseph Conrad, y varios más. Coy no había
leído absolutamente nada de aquello, salvo lo de Conrad. Le llamó la atención un
libro en inglés titulado igual que la película: “The Maltese Falcon”. Era un ejemplar
usado, viejo, y en la cubierta amarilla había un halcón negro y una mano de mujer
mostrando monedas y joyas.
—Es la primera edición -dijo Tánger, al ver que se detenía en ella-... Publicada en
Estados Unidos el día de San Valentín de 1930, al precio de dos dólares.
Coy tocó el libro. “By Dashiell Hammet”, decía en la cubierta. “Author of The Dain
Curse”.
—Vi la película.
—Claro que la viste. Todo el mundo la ha visto -Tánger señaló un anaquel-. Sam
Spade tuvo la culpa de que por primera vez yo fuese infiel al capitán Haddock.
En el anaquel, un poco aparte del resto, estaba lo que parecía una colección
completa de “Las aventuras de Tintín”. Junto a los lomos de tela de los
volúmenes, estrechos y altos, vio una pequeña copa de plata abollada, y una
postal. Reconoció el puerto de Amberes, con la catedral a lo lejos. A la copa le
faltaba un asa.
—¿Los leíste de niño?...
Él seguía mirando la copa de plata. “Trofeo de natación infantil, 19...” Era difícil
leer la fecha.
—No -dijo-. Los conozco, y tal vez hojeé alguno, me parece. Un aerolito que cae
en el mar.
—”La estrella misteriosa”.
—Será ése.
El piso no era lujoso pero andaba por encima de la media, con cojines de cuero
de buena calidad y un cuadro auténtico en la pared, un óleo antiguo en marco

ovalado con un paisaje de un río y una barca bastante aceptable -pese a llevar,
estimó, poca vela para aquel río y aquel viento-, y cortinas de buen gusto en las
dos ventanas que daban a la calle; y la cocina de la que ella había traído la tónica
y el hielo y un par de vasos tenía aspecto limpio y luminoso, con un microondas a
la vista, un frigorífico, una mesa y taburetes de madera oscura. Iba vestida casi
como por la mañana, suéter de algodón ligero en vez de blusa, y no llevaba
zapatos. Los pies, enfundados en las medias negras, se movían silenciosos por
la casa, como los de una bailarina, con el labrador pendiente de cada paso. La
gente no aprende a moverse así, pensó Coy. Eso no puede aprenderse de modo
consciente, nunca. Uno se mueve, o no se mueve, de un modo o de otro. Una
mujer se sienta, habla, camina, inclina la cabeza o enciende un cigarrillo de tal o
cual forma. Unas formas se aprenden, y otras no. Modos y modos. Nadie puede
superar determinados límites aunque se lo proponga, si no lo lleva dentro.
Modales determinados. Gestos. Maneras.
—¿Sabes algo de naufragios?
La pregunta cambió sus pensamientos y lo hizo reír sordamente, la nariz dentro
del vaso.
—No he naufragado nunca del todo, si a eso te refieres... Pero dame tiempo.
Ella fruncía el ceño, ajena a la ironía.
—Hablo de naufragios antiguos -seguía mirándolo a los ojos-. De barcos
hundidos hace tiempo.
Se tocó la nariz antes de responder que no mucho. Había leído cosas, claro. Y
buceado junto a alguno de ellos. También conocía la clase de historias que
suelen contarse entre marinos.
—¿Alguna vez has oído hablar del “Dei Gloria”?
Hizo memoria un instante. El nombre le era desconocido.
—Un barco de vela de diez cañones -apuntó ella . Se hundió frente a la costa
sudeste española el 4 de febrero de 1767.
Coy dejó el vaso en la mesita baja, y el movimiento hizo que el perro viniera a
lamerle la mano.
—Ven aquí, “Zas” -dijo Tánger-. No molestes.
El perro ni se inmutó. Siguió junto a Coy, dándole lametones, arf, arf, y ella creyó
necesario disculparse. En realidad no era suyo, dijo. Era de una amiga con la que
compartía piso; pero la amiga tuvo que irse a otra ciudad dos meses atrás, por
motivos de trabajo, y ahora viajaba todo el tiempo. Tánger había heredado su
media casa y a “Zas”.
—No importa -medió Coy-. Me gustan los perros.
Era cierto. En especial los de caza, que solían ser leales y silenciosos. Durante
un tiempo, en su infancia, poseyó un setter color canela que miraba igual que
ése; y también hubo un chucho que había subido al “Daggoo IV” en Málaga,
quedándose a bordo hasta que se lo llevó un golpe de mar a la altura de cabo
Bojador. Acarició a “Zas” tras las orejas, distraído, y el perro se mantuvo cerca de
su mano, moviendo alegremente el rabo. Arf.
Entonces Tánger contó la historia del barco perdido.
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Se llamaba “Dei Gloria”, y era un bergantín. Había salido de La Habana el 1 de
enero de 1767, con veintinueve tripulantes y dos pasajeros. El manifiesto de
carga declaraba algodón, tabaco y azúcar con destino al puerto de Valencia.
Aunque oficialmente pertenecía a un armador llamado Luis Fornet Palau, el “Dei
Gloria” era propiedad de la Compañía de Jesús. Según se comprobó más tarde,
aquel Fornet Palau era testaferro de los jesuitas, que dirigían por su mediación
una pequeña flotilla mercante encargada de asegurar el tráfico de personas y el
comercio que la Compañía, muy poderosa entonces, mantenía con sus misiones,
reducciones e intereses en las colonias. El “Dei Gloria” era el mejor barco de esa
flota: el más rápido y el mejor armado para un tráfico amenazado por los
corsarios ingleses y argelinos. Lo mandaba un capitán de confianza llamado Juan
Bautista Elezcano: vizcaino, experimentado, cercano a los jesuitas hasta el punto
de que su hermano, el padre Salvador Elezcano, era uno de los principales
asistentes del general de la Orden, en Roma.
Tras avanzar los primeros días dando bordos contra un viento contrario del este,
el bergantín encontró pronto los del tercer y cuarto cuadrante, que lo ayudaron a
cruzar el Atlántico entre fuertes rachas y chubascos. El viento refrescó al
sudoeste de las Azores hasta convertirse en temporal que causó daños en la
arboladura, e hizo que las bombas de achique trabajaran sin descanso. De ese
modo el “Dei Gloria” alcanzó el paralelo 35º y siguió navegando sin otra novedad
hacia el este. Luego dio una bordada en dirección al golfo de Cádiz a fin de
resguardarse de los levantes del Estrecho, y sin tocar ningún puerto se halló al
otro lado de Gibraltar el 2 de febrero. Al día siguiente dobló el cabo de Gata,
navegando hacia el norte a la vista de la costa.
A partir de ese punto empezaron a complicarse las cosas. La tarde del 3 de
febrero se había avistado una vela por la popa del bergantín. Avanzaba con
rapidez aprovechando el viento sudoeste, y pronto fue identificada como un
jabeque que les daba alcance. El capitán Elezcano mantuvo el andar del “Dei
Gloria”, que navegaba con foque y velas bajas; pero hallándose el jabeque a
poco más de una milla observó algo sospechoso en su comportamiento, por lo
que hizo largar más vela. En ese momento el otro arrió la bandera española, y
revelándose como corsario prosiguió sin disimulo la caza. Era un barco con
patente argelina, habitual de esos parajes, que de vez en cuando cambiaba de
pabellón y utilizaba Gibraltar como base. Según pudo establecerse más tarde, su
nombre era “Chergui”, y lo mandaba un antiguo oficial de la Armada británica, un
tal Slyne, también conocido por capitán Mizen, o Misián.
En aquellas aguas, el corsario gozaba de una triple ventaja. Por una parte tenía
más andar que el bergantín, al que las averías sufridas en la arboladura y en la
jarcia limitaban la velocidad. También navegaba con el viento a favor, forzando el
barlovento de su presa para interponerse entre ella y la costa. Pero lo más
decisivo era que se trataba de un barco de guerra de porte superior al “Dei
Gloria”, con una numerosa tripulación de combate y al menos doce cañones
frente a los diez del bergantín, éstos de menor calibre y servidos por marineros
mercantes. Aun así, la desigual caza se prolongó durante el resto del día y la
noche. Según todos los indicios, al no poder ganar el resguardo de Águilas por

cortarle esa derrota el “Chergui”, el capitán del “Dei Gloria” intentó alcanzar
Mazarrón o Cartagena, buscando la protección de la artillería de sus fuertes, o la
fortuna de un barco de guerra español que lo socorriese. Pero lo cierto es que al
amanecer el bergantín había perdido un mastelero, tenía al corsario encima, y no
le quedaba otra opción que arriar bandera o entablar combate.
El capitán Elezcano era un marino duro. En vez de rendirse, el “Dei Gloria” abrió
fuego en cuanto el corsario se puso a tiro. El duelo artillero tuvo lugar pocas
millas al sudoeste del cabo Tiñoso: fue breve y violento, casi penol a penol, y la
tripulación del bergantín, pese a no ser gente de guerra, se batió muy resuelta.
Algún disparo afortunado hizo que a bordo del “Chergui” se declarase un
incendio; pero el “Dei Gloria” había perdido el palo trinquete, y el corsario buscó
el abordaje. Sus cañones causaron grandes daños en el bergantín, que con
muchos muertos y heridos hacía agua sin remedio. En ese momento, por uno de
los azares que se dan en el mar, el incendio hizo que el “Chergui”, casi abarloado
a su presa y con los hombres listos para saltar desde la borda, volara de proa a
popa. La explosión mató a todos sus tripulantes y derribó el otro palo del
bergantín, acelerando su hundimiento. Y aún humeantes sobre el mar los restos
del corsario, el “Dei Gloria” se fue al fondo como una piedra.
—Como una piedra -repitió Tánger.
Había contado la historia de forma precisa, sin inflexiones ni adornos. Su tono,
pensó Coy, era tan neutro como el de un informativo de la tele. No pasaba por
alto el hecho de que ella hubiera seguido sin vacilar el hilo de la narración,
relatando los detalles sin una sola duda, ni siquiera al mencionar fechas. Incluso
la descripción de la persecución del “Dei Gloria” era técnicamente correcta. Así
que estaba claro: por el motivo que fuese, tenía esa lección bien aprendida.
—No hubo supervivientes del corsario -prosiguió. En cuanto al “Dei Gloria”, el
agua estaba fría y la costa lejos. Sólo un pilotín de quince años pudo nadar hasta
un esquife echado al agua antes del combate... Quedó a la deriva, empujado al
sudeste por el viento y las corrientes, y fue rescatado un día más tarde, cinco o
seis millas al sur de Cartagena.
Tánger hizo una pausa para buscar una cajetilla de Players como la de
Barcelona. Coy vio que deshacía minuciosamente el envoltorio y se ponía un
cigarrillo en la boca. Le ofreció el tabaco y él negó con un gesto.
—Conducido a Cartagena -ella se inclinaba para encender su cigarrillo con una
cajita de fósforos, protegiendo la llama en el hueco de las manos-, el
superviviente contó lo ocurrido a las autoridades de marina. Pero no fue mucho
más lo que pudo averiguarse: estaba afectado por el combate y el naufragio; y al
día siguiente, cuando iba a ser interrogado de nuevo, el chico desapareció... De
cualquier modo, había dado claves importantes para esclarecer lo sucedido.
Precisó además el lugar del hundimiento, pues el capitán del “Dei Gloria” había
ordenado situarse con las primeras luces, y el mismo muchacho fue encargado
de anotar la posición en el libro de bitácora. Incluso llevaba en el bolsillo de la
casaca, y pudo mostrarlo, el papel donde había tomado a lápiz los datos de
latitud y longitud... También dijo que las cartas usadas a bordo, sobre las que el
piloto del barco había efectuado los cálculos desde que estuvieron a la vista de la
costa española, eran las de Urrutia.

Se detuvo de nuevo mientras expulsaba el humo, una mano aguantando el codo
del otro brazo, erguido para sostener entre los dedos el cigarrillo. Lo hizo como si
pretendiera dar tiempo a Coy para calcular el alcance de aquella última
referencia, hecha en tono tan desapasionado como el resto. Y él se tocó la nariz,
sin decir nada. Así que era eso, pensaba, lo que había detrás de aquella historia:
un barco hundido y un mapa. Luego movió la cabeza y estuvo a punto de echarse
a reír en voz alta, no por incredulidad -esos cuentos podían tener dentro tanta
verdad como quimera, sin que la una excluyese la otra-, sino de puro y simple
placer. La sensación era casi física:
un mar, un misterio. Una mujer hermosa contándolo como si nada, y él allí
sentado, escuchando. Lo de menos era que la historia del “Dei Gloria” fuera o no
lo que ella creyese que era. Para Coy se trataba de otra cosa: un sentimiento que
lo enternecía por dentro, igual que si de pronto aquella mujer extraña hubiese
alzado un extremo del velo; un hueco por el que asomaba algo de la materia
singular con que se tejen ciertos sueños. Eso tal vez tenía mucho que ver con ella
y con sus intenciones, que desconocía; pero sobre todo tenía mucho que ver con
él. Con lo que hace que ciertos hombres pongan un pie ante otro y recorran los
caminos que llevan al mar, y allí deambulen por los puertos mientras sueñan con
ponerse a salvo tras el horizonte. Por eso Coy sonrió sin decir nada, y vio que ella
entornaba un poco más los ojos, como si la molestara el humo de su propio
cigarrillo; pero supo que lo que la desconcertaba era justamente aquella sonrisa.
Él no era un intelectual, ni un seductor, y carecía de las palabras adecuadas.
También era consciente de su físico tosco, sus manos rudas y sus maneras. Pero
se habría levantado en ese momento, yendo hasta ella para tocarle el rostro, para
besarle los ojos, la boca, las manos, de no suponer que el gesto sería
pésimamente interpretado. Para tumbarla sobre la alfombra, acercar los labios a
su oído y darle las gracias en voz baja por haberlo hecho sonreír como cuando
era pequeño. Por ser una mujer hermosa y fascinarlo de aquel modo. Por
recordarle que siempre existía un barco hundido, una isla, un refugio, una
aventura, un lugar en alguna parte al otro lado del mar, en la línea difusa que
mezcla los sueños con el horizonte.
—Esta mañana -dijo ella- comentaste que conocías bien esa costa... ¿Es cierto?
Lo miraba interrogante, inmóvil, todavía una mano sosteniendo un codo y el
cigarrillo entre dos dedos, en alto. Quisiera saber, pensó él, cómo se recorta ese
pelo para que le quede tan asimétrico y tan perfecto a la vez. Quisiera saber
cómo diablos lo hace.
—¿Es ésa la primera de las tres preguntas?
—Sí.
Alzó un poco los hombros.
—Claro que es cierto. Cuando era niño me bañaba en sus calas, y después
navegué ese litoral cientos de veces, barajándolo muy de cerca y también mar
adentro.
—¿Sabrías determinar una posición con cartas antiguas?
Práctica. Ésa era la palabra. Aquélla era una mujer práctica:
sota, caballo y rey. Cualquiera diría, consideró divertido, que estaba a punto de
ofrecerle un empleo.

—Si te refieres al Urrutia, cada posible imprecisión de un minuto en latitud o en
longitud supone el error de una milla... -alzó una mano moviéndola ante sí, como
si tomara referencias en una carta imaginaria-. En el mar siempre es algo muy
relativo, pero puedo intentarlo.
Se quedó meditando sobre eso. Las cosas empezaban a situarse, al menos
algunas de ellas. “Zas” volvió a darle un lametón cuando alargó la mano hacia el
vaso que tenía sobre la mesita.
—A fin de cuentas -bebió un sorbo- es mi profesión.
Ella había cruzado las piernas y balanceaba uno de sus pies descalzos, cubiertos
por las medias negras. Inclinaba un poco la cabeza a un lado, mirándolo; y a tales
alturas Coy sabía que ese gesto indicaba reflexión, o cálculo.
—¿Trabajarías para nosotros? -seguía observándolo intensamente entre el humo
del cigarrillo-. Quiero decir pagándote, por supuesto.
Él llevaba cuatro segundos con la boca abierta.
—¿Te refieres al museo y a ti?
—Eso es.
Dejó el vaso, cerró la boca, contempló los ojos leales de “Zas” y luego paseó la
vista por la habitación. Abajo, en la calle, al otro lado de una gasolinera Repsol y
de la estación de Atocha, se distinguía, iluminado a trechos, el complejo trazado
de numerosas vías de tren.
—Pareces indeciso -murmuró ella, antes de sonreír despectiva-... Lástima.
Se inclinaba para dejar caer la ceniza en un cenicero, y el movimiento le tensó el
suéter, moldeándole la figura. Dios del cielo, pensó Coy. Casi duele mirarla. Me
pregunto si también tendrá pecas en las tetas.
—No es eso -dijo-. Lo que estoy es atónito -torció la boca-. No creo que ese
capitán de fragata, tu jefe...
—Es asunto mío -lo interrumpió ella-. Puedo elegir colaboradores.
—No creo que la Armada ande falta de eso. Gente competente que no encalla
sus barcos.
Lo observó largamente, y él se dijo: hasta aquí has llegado, compañero. Ponte en
pie y abróchate la chaqueta, porque la dama va a largarte de patitas a la calle.
Cosa que te mereces, por gracioso y por bocazas. Por subnormal y por imbécil.
—Escucha, Coy -era la primera vez que pronunciaba su nombre mirándolo a los
ojos, y él comprobó que le gustaba oírlo de ese modo en aquella boca-. Yo tengo
un problema. He investigado, controlo la teoría, poseo los datos... Pero carezco
de lo necesario para resolverlo. El mar es algo que conozco por los libros, el cine,
la playa... Por mi trabajo. Sin embargo existen páginas, ideas, que pueden ser tan
intensas como haber vivido un temporal en alta mar o hallarse con Nelson en
Abukir o Trafalgar... Por eso necesito a alguien más conmigo... Alguien que me
sirva de apoyo práctico. De enlace con la realidad.
—Eso puedo entenderlo muy bien. Pero te sería fácil pedir a la Armada todo lo
necesario.
—Y es lo que he hecho: pedirte a ti. Eres civil y estás solo -lo estudiaba,
valorativa, entre las espirales de humo del cigarrillo-. Para mí tienes muchas
ventajas. Si te contrato, te controlo... Estoy al mando. ¿Comprendes?
—Comprendo.
—Con militares eso resultaría imposible.

Coy asintió. Aquello era obvio. Ella no tenía galones en la bocamanga, sino la
regla cada veintiocho días. Porque seguro que, además, era de ésas. Ni un día
más ni un día menos. Sólo había que verla: una rubia de piñón fijo. Para ella, dos
y dos siempre sumaban cuatro.
—Aun así -dijo-, imagino que deberás rendirles cuentas.
—Claro. Pero mientras tanto dispongo de autonomía, de un plazo de tres meses
y de algún dinero para gastar... No es mucho, pero es suficiente.
Coy volvió a echar un vistazo por la ventana. Abajo, a lo lejos, las luces de un
tren se acercaban a la estación como una larga serpiente de ventanitas
iluminadas. Pensaba en el capitán de fragata, en Tánger mirándolo como ahora lo
miraba a él; convenciéndolo, con aquella panoplia de silencios y miradas que tan
bien manejaba, para que intercediese ante el almirante de turno. Un proyecto
interesante, don Fulano. Joven competente. Hija, por cierto, del coronel
Mengano. Guapa chica, dicho sea de paso. Una de los nuestros. Se preguntó a
cuántas licenciadas en Historia, funcionarias de un museo por oposición, les
daban carta blanca para buscar un barco perdido así, por las buenas.
—Por qué no -dijo al fin.
Se había recostado en el asiento y acariciaba de nuevo a “Zas” detrás de las
orejas. Sonreía, divertido por la situación. A fin de cuentas, tres meses junto a
ella suponían una ganancia fabulosa a cambio del sextante Weems & Plath.
—Después de todo -añadió, como si reflexionara-, no tengo nada mejor que
hacer.
Tánger no parecía ni satisfecha ni decepcionada. Sólo había inclinado un poco la
cabeza, igual que otras veces, y las puntas del cabello volvían a rozarle la cara.
Sus ojos no perdían detalle de Coy.
—Gracias.
Lo dijo por fin, casi en voz baja, cuando él empezaba a preguntarse por qué ella
estaba callada.
—De nada -Coy se tocaba la nariz-. Y ahora es mi turno... Me prometiste una
pregunta con su respuesta... ¿Qué es lo que buscáis exactamente?
—Ya lo sabes. Buscamos el “Dei Gloria”.
—Eso es obvio. Mi pregunta es por qué. Me refiero a lo que buscas tú.
—¿Museo Naval aparte?
—Museo Naval aparte.
La luz de la lámpara incidía oblicuamente en su perfil moteado, intensificando el
efecto de las volutas de humo del cigarrillo a punto de consumirse. El juego de
claridad y sombras daba a su cabello tonos de oro mate.
—Ese barco me obsesiona hace tiempo. Y ahora creo saber dónde está.
De modo que era eso. Coy estuvo a punto de darse una palmada en la frente
como reproche a su estupidez. Miró la fotografía en el marco: Tánger
adolescente, cabello claro y pecas y una camiseta holgada sobre unos muslos
morenos y desnudos, recostada en el pecho de un hombre de mediana edad,
camisa blanca, cabello corto y tez bronceada. Unos cincuenta años los de él,
calculó. Y tal vez catorce, ella. Había al fondo un paisaje con playa y mar; y
también se advertía un evidente parecido entre la muchacha de la fotografía y
aquel hombre: la forma de la frente, el mentón voluntarioso. Tánger le sonreía a
la cámara, y la expresión de sus ojos en la foto era mucho más luminosa y limpia

de la que él le conocía ahora. Se la veía expectante, como a punto de descubrir
algo, un paquete o un regalo o una sorpresa. Coy hizo memoria. LSM: Ley de la
Sonrisa Menguante. Quizás a la vida se le sonríe de ese modo a los catorce, y
luego el tiempo va helándote la boca.
—Cuidado. Ya no hay tesoros hundidos.
—Te equivocas -lo miraba con severidad-. A veces los hay.
Para convencerlo, habló durante un rato de los cazadores de tesoros. Esos tipos
existían de verdad, con sus planos antiguos y sus secretos, e iban y venían
buscando cosas ocultas en el fondo del mar. Podía vérseles en el Archivo de
Indias de Sevilla inclinados sobre viejos legajos, o dejándose caer con aire casual
por los museos y los puertos, intentando sonsacar a la gente sin dar pistas ni
levantar sospechas. Ella misma había conocido a varios, que iban por el número
5 del paseo del Prado procurando disimular sus intenciones, a la caza de tal o
cual indicio; solicitando mirar algo en los archivos o consultar antiguas cartas
marinas, sembrando una cortina de datos falsos para camuflar sus verdaderos
objetivos. Uno de ellos, italiano y muy agradable, había llegado al extremo de
hacerse novio de una compañera suya para acceder a documentos reservados.
Se trataba de gente singular, interesante, aventurera a su modo, soñadora o
ambiciosa. En su mayor parte parecían estudiosas ratas de biblioteca, gorditos
con gafas y tipos así; nada que ver con los individuos musculosos, bronceados,
llenos de tatuajes, que mostraban las películas y los reportajes de la tele. Nueve
de cada diez perseguían sueños imposibles, y sólo uno de cada mil lograba su
empeño.
Coy acarició de nuevo a “Zas”, contemplando los ojos fieles del animal. Arf, arf.
Sentía su respiración agradecida en la muñeca. Húmeda.
—Ese barco no llevaba ningún tesoro, salvo que me hayas mentido. Algodón,
tabaco y azúcar, dijiste.
—Es verdad.
—Y también dijiste uno de cada mil, ¿no es eso?
Ella asentía entre el humo. Dio otra chupada al cigarrillo y volvió a asentir de
nuevo. Miraba a través de Coy como si no lo viera.
—Escucha. El “Dei Gloria” también llevaba a bordo un misterio. Esos dos
pasajeros, la intervención del corsario... ¿Comprendes? Hay algo más. Leí la
declaración del superviviente en los archivos de la Armada... Algunas piezas no
encajan. Y luego su desaparición repentina, pluf. Esfumado en el aire.
Había apagado el cigarrillo aplastándolo en el cenicero hasta que la última
partícula de brasa quedó extinguida. Es una chica tenaz, se dijo Coy. Ninguna
que no lo fuera andaría de tal modo metida en esto, ni tendría esos ojos de
jugadora de póker, ni apagaría los cigarrillos con tanto esmero como si los
asesinara. Ésta sabe perfectamente lo que quiere. Y yo, para bien o para mal,
estoy en su camino.
—Hay tesoros -dijo ella- que no se traducen en dinero.
Echó Coy otro vistazo por la ventana hacia las vías del ferrocarril iluminadas a
trechos en la distancia, y después observó la gasolinera que había abajo, al otro
lado de la calle, a medio camino entre el portal de la casa y la estación. Había un
hombre parado ante la gasolinera, y le pareció que miraba hacia arriba; pero

desde un quinto piso resultaba difícil comprobarlo. Sin embargo, algo en su
actitud o su apariencia le resultaba familiar.
—¿Esperas a alguien?
Lo estudió sorprendida, sin decir nada, antes de ponerse en pie y caminar
despacio hasta allí. Lo observaba con atención a él, no a la ventana; y por fin, al
llegar, dirigió la vista abajo. Al hacerlo, el cabello le rozó el mentón ocultándole el
rostro. Alzó maquinalmente una mano para retirárselo, y Coy se quedó mirando
su perfil que la nariz rota endurecía, iluminado por las luces de la calle. Parecía
preocupada.
—Ese hombre lleva ahí un rato -dijo él.
Tánger continuaba mirando hacia abajo, sin decir nada. Retenía el aliento, y al fin
lo expulsó de golpe, a modo de queja o fastidio. Su expresión se había vuelto
sombría.
—¿Lo conoces? -preguntó Coy.
Silencio administrativo. Esfinge, careta veneciana, máscara azteca. Muda como
los fantasmas del “Chergui” y del “Dei Gloria”.
—¿Quién era el tipo de la coleta?... ¿Por qué discutíais la otra noche, en
Barcelona?
“Zas” alternaba sus ojeadas del uno al otro, moviendo con deleite la cola. Tánger
se mantuvo todavía unos segundos quieta, como si no hubiera oído la pregunta.
Ahora apoyaba una mano en el cristal, dejando allí la huella de sus dedos.
Estaba muy cerca, y Coy percibió de nuevo su olor a carne tibia y limpia. Una
suave erección empezó a presionar el bolsillo izquierdo de sus tejanos. La
imaginó desnuda, apoyada en aquella misma ventana, la luz de la calle
iluminándole la piel. Imaginó que le arrancaba la ropa y la volvía hacia él, y que
ella lo dejaba hacer. Imaginó que la levantaba en brazos y la llevaba hasta el
sofá, o hasta la cama que se adivinaba en la habitación de al lado, con “Zas”
moviendo el rabo afectuosamente desde el umbral. Imaginó que se volvía loco y
que la seguía hasta el faro del fin del mundo entre vientos y naufragios, y que ella
pretendía de él algo más que utilizarlo a secas. Imaginó todo eso y mucha más
como en una secuencia montada a retazos; lo hizo rápida, ardiente,
desesperadamente, hasta que de pronto cayó en la cuenta de que ella lo estaba
observando, y de que la expresión de sus ojos era la misma que la de la mujer a
bordo de la goleta, frente a Venecia, cuando él espiaba a través de los
prismáticos y creyó, pese a la distancia, que le penetraban el pensamiento.
—Te prometí sólo una respuesta -dijo ella por fin-, y ya hubo suficientes por esta
noche... El resto tendrá que esperar.
Quería acostarse con aquella mujer, pensó mientras bajaba por la escalera
saltando peldaños de dos en dos. Quería hacerlo no una sino muchas, infinitas
veces. Quería contar todas sus pecas doradas con los dedos y con la lengua, y
luego ponerla boca arriba, abrir suavemente sus muslos, adentrarse en ella y
besarle la boca mientras lo hacía. Besarla despacio, sin prisa, sin agobios, hasta
suavizar, igual que el mar moldea la roca, aquellas líneas de dureza que tan
distante la hacían parecer a veces. Quería poner chispas de luz y de sorpresa en
sus ojos azul marino, cambiarle el ritmo de la respiración, provocar el latido y el

estremecimiento de su carne. Y acechar atento en la penumbra, como un
francotirador paciente, ese momento hecho de brevedad fugaz, de intensidad
egoísta, en que una mujer queda absorta en sí misma y tiene el rostro de todas
las mujeres nacidas y por nacer.
Tal era el estado de ánimo de Coy cuando salió a la calle pasada la medianoche,
con la erección replegándose desganadamente a su frío nido de soltero. Por eso
no tuvo nada de extraño que, en lugar de seguir acera abajo por su derecha,
mirase a un lado y otro del paseo Infanta Isabel, cruzase bajo uno de los
semáforos que en ese momento se hallaban en rojo, y se fuera derecho hacia el
hombre que seguía junto a uno de los postes iluminados de la gasolinera. En el
fondo -y en la forma- Coy no era aficionado a la bronca. Durante las más
estrepitosas de sus bajadas a tierra, aquel tiempo feliz en que aún tenía barcos
desde los que bajar, se había limitado a ser actor involuntario, comparsa y
camarada; de esos que están con los amigos y se caldea el ambiente, y con una
copa en la mano piensan aquí se va a liar, inmersión, aú, aú, inmersión, y a los
pocos segundos se encuentran dando y recibiendo puñetazos sin comerlo ni
beberlo. Eso ocurría sobre todo en tiempos del Torpedero Tucumán y la
Tripulación Sanders, cuando Coy volvía al barco con un ojo a la funerala un día sí
y otro no, en fríos amaneceres portuarios, subido el cuello de la chaqueta,
caminando por muelles húmedos que reflejaban luces amarillentas junto a los
tinglados y las grúas y las siluetas oscuras de los buques amarrados:
tres, cuatro, diez hombres soñolientos, tambaleantes, cargados a veces con
compañeros que arrastraban los pies, y siempre algún rezagado al filo del coma
etílico que, perdida la orientación, los seguía más lejos, haciendo peligrosas eses
junto a los norays al borde del agua. Tripulación Sanders: Jan Sanders era el
dibujante de las ilustraciones humorísticas de los calendarios de pinturas navales
Sigma, protagonizados por una tripulación de marineros borrachos, puteros y
chusmosos que odiaban a su capitán, un tiranuelo diminuto con grandes
bigotazos, y que paseaban sus catástrofes, broncas y naufragios por todos los
mares y todos los burdeles del mundo. Fuera de los calendarios, la Tripulación
Sanders había estado compuesta por el propio Coy, el Gallego Neira y el jefe de
máquinas Gorostiola, alias Torpedero Tucumán, cuando los tres navegaban en
barcos de la Zoeline entre Centroamérica y el norte de Europa, y lo mismo se
cocían en fondeaderos y puertos del Caribe a ritmo tropical, que tiritaban de frío
en Nueva York, Hamburgo o Rotterdam, cuando el viento helado barría la
cubierta y el puente, y el mercurio desaparecía de los termómetros. Ellos tres
eran la Tripulación básica, de plantilla, aunque siempre se les agregaba alguien
en función del puerto visitado. Neira medía dos metros y pesaba noventa y cinco
kilos, y el Torpedero tenía pocos centímetros menos y algunos kilos más. Eso era
útil e incluso tranquilizador en lugares como Panamá, donde al bajar a tierra
aconsejaban no ir más allá de la tienda franca al final del embarcadero, porque a
partir de allí siempre había pistolas y navajas esperándote. Cuando iba entre
aquellos dos energúmenos, Coy parecía enano: poseían brazos como calabrotes
de veinte pulgadas, manos como palas de hélice y una marcada inclinación a
romper cosas, botellas, bares, caras, a partir del quinto whisky. Por donde
pasaban -con Coy a remolque-, no volvía a crecer la hierba. Como en aquel bar
de Copenhague lleno de hombres rubios y de mujeres rubias que al final

resultaron ser también hombres rubios, donde el Torpedero Tucumán se había
enfadado porque al meter mano se encontró quinientos buenos gramos de lo que
no esperaba; y después de unos minutos de refriega, él y Neira cogieron a Coy
cada uno de un brazo, suspendiéndolo en alto, y con él en vilo y entre los dos se
dieron a la fuga, al trote, rumbo al puerto y al barco, con media docena de
policías -inevitablemente rubios- pisándoles los talones. Os juro que pensé que
era una tía, había repetido una y otra vez el Torpedero, cof, cof, cof, con poco
aliento en mitad de la galopada, mientras al otro lado Neira se choteaba del
asunto, y hasta el mismo Coy soltaba carcajadas pese al labio recién partido, con
el Torpedero mirándolos de reojo, muy mosqueado. Que no se os ocurra
contárselo a nadie, ¿entendido? Que ni se os ocurra, cof, cof. Cabrones.
El caso es que ahora el tipo de la gasolinera estaba inmóvil, viéndolo acercarse.
Coy caminó hacia él, con las manos en los bolsillos de la chaqueta y sintiendo
una intensa energía interior, una exaltación vital que le producía ganas de hablar
alto, de cantar fuerte, o de pelear, con Tripulación Sanders o sin ella. Estaba
enamorado como un becerro, era consciente de la situación, y eso, en vez de
inquietarlo, lo estimulaba. Desde su punto de vista, los marineros de Ulises que
se tapaban los oídos con cera para no escuchar el canto de las sirenas estaban
lejos de averiguar lo que se perdían. A fin de cuentas, contaba el viejo refrán,
marinero sin nada que hacer, busca barco o busca mujer. Y esa justificación valía
lo que cualquier otra. La aventura, o lo que diablos fuera aquello, incluía en el
mismo paquete un barco, aunque estuviese hundido, y una mujer. En cuanto a
las consecuencias de los pasos, y actos, y conflictos a que el barco, la mujer y su
propio estado de ánimo lo abocaban sin remedio, en ese instante -según sus
pensamientos traducidos a palabras- todo eso le importaba un huevo de pato.
De tal modo llegó a la gasolinera y se fue derecho al fulano que montaba guardia
bajo el poste iluminado, y a medida que acortaba la distancia volvió a sentir la
certidumbre familiar que había experimentado al observarlo desde la ventana. Y
cuando ya casi estaba a su lado, y el otro lo miraba acercarse con evidente
recelo, empezó a adujar cabos y le vino a la memoria el individuo bajito de la
subasta, el mismo que luego había creído ver entre las arcadas de la plaza Real y
que ahora, sin lugar a dudas, estaba de nuevo ante él, con un chaquetón tres
cuartos verde rural, como si estuviera listo para una parodia de mañana de caza
en Sussex. Lo de la parodia lo acentuaba su poca estatura, así como las
facciones que Coy recordaba bien: ojos saltones, expresión melancólica.
Contrastaba todavía más con la indumentaria inglesa su aspecto marcadamente
mediterráneo: los ojos y el bigote muy negros, el pelo engominado reluciente en
las sienes, y la piel cetrina, meridional.
—¿Qué cojones estás buscando?
Se le arrimó un poco de lado, por si las moscas, las manos algo separadas del
cuerpo y tensos los músculos; pues más de una vez había visto cómo individuos
bajitos pegaban un salto y se agarraban a mordiscos a tiarrones grandes como
armarios, o empalmaban una navaja y te largaban un viaje a la femoral antes de
que dijeras esta boca es mía. De cualquier modo, aquél estaba lejos de dar el
perfil, tal vez porque la ropa le confería un toque entre formal y grotesco, como un

cruce de Danny de Vito y Peter Lorre que acabara de vestirse en Barbour para
darse una vuelta por la campiña inglesa en día lluvioso.
—¿Perdón?
El fulano sonreía, triste. Coy registró un vago acento sudamericano. Argentino, tal
vez. O uruguayo.
—Un encuentro puede ser casualidad -dijo. Dos, coincidencia. Tres, me toca los
cojones.
El otro pareció meditar la cuestión. Observó que llevaba una pajarita con el nudo
muy bien hecho y que sus zapatos marrones relucían impecables.
—No sé de qué me habla -dijo por fin.
Había sonreído un poquito más. Una mueca cortés y algo apenada. Tenía cara
de buena persona, de tipo amable, que el bigote hacía antigua. Sus ojos saltones
sonreían igual, fijos en Coy.
—Hablo -dijo éste- de que estoy harto de verte en todas partes.
—Le repito que no ubico a qué se refiere -el tipo seguía mirándolo con mucho
aplomo... En cualquier caso, si en algo he molestado, crea que lo siento.
—Más lo vas a sentir si no me dices qué andas buscando.
El otro alzó las cejas, como si le sorprendieran esas palabras. Parecía
sinceramente dolido por la amenaza. No es propio, decía su semblante. No
resulta adecuado que diga esas cosas un buen chico como tú.
—Negociemos, don Inodoro -dijo.
—¿De qué coño hablas?
—Quiero decir, caballero, que no perdamos la dulzura del carácter.
Pronunciaba cabachero, con che en vez de elle. Y me está vacilando, pensó Coy.
Este hijoputa se está riendo en mis narices. Dudó un segundo entre darle un
puñetazo en la cara, allí mismo, o empujarlo a un rincón y registrarle los bolsillos,
a ver quién carajo era. Estaba a punto de decidirse cuando vio que el encargado
de la gasolinera había salido de su garita y los observaba, curioso. A ver si meto
la pata, se dijo. A ver si monto un escándalo, y la liamos, y luego no hay forma de
reponer los tiestos rotos. Miró hacia arriba, a las ventanas del último piso. Todas
estaban apagadas. Ella se había desentendido o seguía allí, sin luz que delatara
su presencia, observando. Coy se tocó la nariz, perplejo. Menuda situación.
Entonces vio que el enano melancólico se había movido un poco hacia la acera y
paraba un taxi. Igual que un peón de ajedrez que cambiara de casilla.
Se quedó un rato ante la gasolinera, contemplando las ventanas apagadas del
quinto piso. Me están haciendo una cama de cuatro por cuatro, pensaba. Con
público y picadores. Y yo me dejo embarcar como un ucraniano mamado.
Imaginó que Tánger estaba todavía arriba, observándolo a oscuras, pero no pudo
advertir el menor movimiento. Aún permaneció quieto un poco más, vuelto hacia
lo alto, seguro de que ella lo había visto todo, mientras reprimía el impulso de
subir de nuevo y pedirle explicaciones. Flis, flas. Dos hostias con el dorso de la
mano, ella contra el sofá. Puedo aclarártelo todo, y además te amo. Luego
lágrimas y un buen polvo. Perdona que te tomara por un imbécil, etcétera. Bla,
bla, bla.


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