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El caballo de troya 4 Nazaret.pdf


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parejos. Ahora tiemblo al imaginar lo que podría haber sucedido si me
hubiera adelantado al romántico Natanael...
Me disponía a interrogar al joven Zebedeo en torno al posible destino de tan
copiosos ramos cuando, de improviso, Bartolomé profirió un ahogado gemido. Se incorporó veloz, soltando el ramillete. Y, ante el desconcierto general, desenvainó su gladius, lanzando un poderoso mandoble contra el escondido terreno. Entre los tallos tronchados, una nubecilla de polvo se elevó
fugaz sobre las espigas, moteando la blanca túnica del discípulo. María, a
dos metros escasos, palideció. Juan y yo nos miramos alarmados, sin comprender.
El golpe, propinado con ambas manos, fue tan violento que el hierro quedó
clavado en la arcilla. Sin embargo, en lugar de recuperar el arma, Bartolomé dio media vuelta y, tambaleante, se dirigió hacia nosotros. Me asusté.
Sus ojos aparecían desorbitados, vidriosos y su faz, como la de la Señora,
se había tornado lechosa. Y aterrorizado extendió las manos hacia el Zebedeo, en una muda petición de auxilio...
Hoy, al rememorar estas escenas y su carga de dramatismo, vuelvo a formularme la gran pregunta: «¿Estábamos preparados para un 'viaje' de esta
naturaleza?» Más aún: ¿es posible hallar a alguien con la sangre fría suficiente como para limitarse a observar, sin ceder a la natural inclinación de
ayudar a sus semejantes? Nuestro entrenamiento, de eso no cabe duda, era
excelente. Quien esto escribe había sido puesto a prueba durante las amargas horas del prendimiento, torturas y ajusticiamiento del rabí de Galilea.
Pero, aun así, las tentaciones y las dudas brotaban a cada instante. Éste
era el problema. Pues bien, a la vista de lo que nos tocó vivir en aquel segundo y tercer «salto» en el tiempo, estoy convencido de que, a la larga, si
estos «viajes» se repiten, los frutos pueden ser nefastos. Lo ocurrido a poco
más de dos kilómetros de Caná y en el resto del viaje fue todo un aviso. Dicho queda.
Juan, intuyendo el problema, se abalanzó hacia el descompuesto Natanael.
También María acudió en su ayuda. En cuanto a mí, perplejo y sin saber a
qué atenerme, permanecí en mitad del camino, aferrado a la «vara de Moisés» y, supongo, con una perfecta cara de estúpido...
Pero, ahora que lo pienso, observo con desolación que he vuelto a alterar el
orden cronológico de esta nueva aventura. Es menester que este pobre y
apresurado diario refleje los hechos tal y como sucedieron y, muy especialmente, en el orden estricto en que se manifestaron. Así debe ser, en beneficio de la verdad. Solicito, pues, disculpas al hipotético lector de estas convulsionadas memorias. Fueron tantos y tan sugestivos los sucesos que nos
tocó vivir que, como en esta ocasión, tengo la imperdonable tendencia a
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