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El caballo de troya 4 Nazaret.pdf


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cedió a ordenar y alisar sus generosos, negros y discretamente nevados cabellos. Dejó escapar un largo suspiro y, por casualidad, el verde hierba de
sus hermosos ojos almendrados fue a descubrir algo entre el manso y dorado oleaje de los trigales, a la izquierda de la senda que nos conducía. No
dudó. Y tampoco preguntó. Aquél era su estilo: decidido y, en ocasiones,
peligrosamente irreflexivo. Esta forma de ser de la Señora había constituido
un casi permanente manantial de conflictos. Su Hijo primogénito, entre
otros, como espero ir narrando, fue testigo de excepción de cuanto afirmo.
Al principio, ni el complacido Zebedeo ni el eufórico Bartolomé prestaron
excesiva atención al súbito alejamiento de María. Pero este explorador,
atento siempre, casi en perpetua tensión, fascinado por cada palabra o movimiento de aquellos personajes, la siguió con la mirada, intrigado.
Con su nervioso caminar, la Señora se situó en la linde del trigal. Y durante
algunos segundos permaneció absorta en un cimbreante corro de flores,
nacido al socaire de las altas y prometedoras espigas de trigo duro. Acto
seguido, segura de su descubrimiento, se dejó caer lenta y suavemente,
hasta que las rodillas tocaron la roja arcilla. Y con destreza, su mano izquierda fue arrancando unos primeros manojos de flores. Los aproximó al
rostro y, entornando los ojos, aspiró profundamente. ¡Cuán ajenos estábamos a lo inminente de la tragedia!
Y en un generoso deseo de compartir su hallazgo nos mostró el cuajado
ramillete de flores blancas.
-¡Son lirios! -exclamó alborozada.
Su alegría estaba justificada. Este tipo de flor silvestre -shoshan, según los
textos bíblicos-, que crece en la Galilea y en el monte Carmelo, simbolizaba
la belleza. En aquel tiempo, esta delicada y aromática flor era asociada a la
buena suerte y a unas muy especiales cualidades espirituales. El Libro de
los Reyes (7, 19-26), el Cantar de los Cantares (2, 1-2) e Isaías (35, 1-2),
entre otros, la mencionan y enaltecen. El propio Jesús habló de su especial
significación. En esta ocasión, sin embargo, el descubrimiento del lilium
candidum no fue presagio de buena fortuna. Todo lo contrario.
Una sonrisa fue la amable respuesta del Zebedeo al tierno comentario de
María. Pero siguió a mi lado. En cuanto a mí, tentado estuve de salvar los
tres o cuatro metros que nos separaban de la Señora y colaborar en la recogida de los lirios. Sin embargo, Bartolomé, como si hubiera adivinado mis
intenciones, tomó la iniciativa precipitándose hacia el trigal. Se liberó del
engorroso manto o chaluk y, feliz como un niño, fue a inclinarse sobre las
flores, apresando, no sólo los lirios, sino también las moradas y azules
anémonas, así como los abundantes y escarlatas ranúnculos que crecían
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