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El caballo de troya 4 Nazaret .pdf



Nombre del archivo original: El caballo de troya 4 Nazaret.pdf
Título:
Autor: Luis Ocampo

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CABALLO DE TROYA 4 (NAZARET) - J. J. BENÍTEZ
EL DIARIO - CUARTA PARTE
Debí suponerlo. Después de casi nueve horas de intenso y accidentado viaje, aquel respiro no era normal. Y al pisar el polvoriento sendero que se
empinaba hacia la blanca y próxima Caná, el optimismo de los peregrinos
se hizo humo, perdiéndose en el borrascoso y amenazante cielo de aquel
lunes, 24 de abril del año 30. Y surgió la tragedia. Y quien esto escribe se
vio enfrentado a otro amargo trance...
Con toda seguridad, nada de aquello habría acontecido si el confiado Bartolomé, en lugar de detener su desigual paso, hubiera proseguido hacia la ya
inminente y ansiada aldea, punto final de su viaje. Pero, ¿quién tiene en su
mano modificar los designios de la Providencia?
Días más tarde, al retornar al módulo y someter el minúsculo disco magnético alojado en la sandalia «electrónica» al proceso de lectura y decodificación, Santa Claus, nuestro ordenador central, ratificó con escrupulosa minuciosidad el lugar exacto donde se registró el lamentable incidente: a 19 kilómetros y 500 metros del lago de Tiberíades.
En dicho paraje, a la vista de su ciudad natal, Bartolomé (Natanael), en una
muy humana y comprensible explosión de júbilo, detuvo sus cortas e inseguras zancadas. Alzó los brazos y, al caer sobre los hombros, las amplias
mangas de su túnica dejaron al descubierto unas extremidades tan menguadas como velludas y musculosas. Y girando sobre los talones nos sorprendió con una de sus inconfundibles sonrisas: franca, interminable y enturbiada por una dentadura negra y ulcerada.
Juan Zebedeo, la Señora y este explorador agradecieron la inesperada pausa. Y Bartolomé, encarándose a los cielos, clamó con gran voz:
-Las puertas se revuelven en sus quicios..., así el perezoso en su cama..., y
tú, Caná, sobre la dorada abundancia..., pero te amo.
Conforme fui penetrando en la vida de aquellos hombres -los llamados «íntimos» de Jesús-, mi sorpresa creció sin medida. Natanael era el ejemplo
más cercano. Culto, filósofo y con un singular sentido del humor, acababa
de hacer suyo un símil didáctico del libro de los Proverbios, redondeándolo
sin pudor. Pero no debo desviarme...
Quizá fueran ya las cuatro de la tarde. El caso es que María, la madre de
Jesús, aprovechando el breve descanso, fue a depositar el reducido hato de
viaje sobre las puntas de sus polvorientas sandalias de cuero de camello. Y
advirtiendo la proximidad de Caná, en un gesto típicamente femenino, pro1

cedió a ordenar y alisar sus generosos, negros y discretamente nevados cabellos. Dejó escapar un largo suspiro y, por casualidad, el verde hierba de
sus hermosos ojos almendrados fue a descubrir algo entre el manso y dorado oleaje de los trigales, a la izquierda de la senda que nos conducía. No
dudó. Y tampoco preguntó. Aquél era su estilo: decidido y, en ocasiones,
peligrosamente irreflexivo. Esta forma de ser de la Señora había constituido
un casi permanente manantial de conflictos. Su Hijo primogénito, entre
otros, como espero ir narrando, fue testigo de excepción de cuanto afirmo.
Al principio, ni el complacido Zebedeo ni el eufórico Bartolomé prestaron
excesiva atención al súbito alejamiento de María. Pero este explorador,
atento siempre, casi en perpetua tensión, fascinado por cada palabra o movimiento de aquellos personajes, la siguió con la mirada, intrigado.
Con su nervioso caminar, la Señora se situó en la linde del trigal. Y durante
algunos segundos permaneció absorta en un cimbreante corro de flores,
nacido al socaire de las altas y prometedoras espigas de trigo duro. Acto
seguido, segura de su descubrimiento, se dejó caer lenta y suavemente,
hasta que las rodillas tocaron la roja arcilla. Y con destreza, su mano izquierda fue arrancando unos primeros manojos de flores. Los aproximó al
rostro y, entornando los ojos, aspiró profundamente. ¡Cuán ajenos estábamos a lo inminente de la tragedia!
Y en un generoso deseo de compartir su hallazgo nos mostró el cuajado
ramillete de flores blancas.
-¡Son lirios! -exclamó alborozada.
Su alegría estaba justificada. Este tipo de flor silvestre -shoshan, según los
textos bíblicos-, que crece en la Galilea y en el monte Carmelo, simbolizaba
la belleza. En aquel tiempo, esta delicada y aromática flor era asociada a la
buena suerte y a unas muy especiales cualidades espirituales. El Libro de
los Reyes (7, 19-26), el Cantar de los Cantares (2, 1-2) e Isaías (35, 1-2),
entre otros, la mencionan y enaltecen. El propio Jesús habló de su especial
significación. En esta ocasión, sin embargo, el descubrimiento del lilium
candidum no fue presagio de buena fortuna. Todo lo contrario.
Una sonrisa fue la amable respuesta del Zebedeo al tierno comentario de
María. Pero siguió a mi lado. En cuanto a mí, tentado estuve de salvar los
tres o cuatro metros que nos separaban de la Señora y colaborar en la recogida de los lirios. Sin embargo, Bartolomé, como si hubiera adivinado mis
intenciones, tomó la iniciativa precipitándose hacia el trigal. Se liberó del
engorroso manto o chaluk y, feliz como un niño, fue a inclinarse sobre las
flores, apresando, no sólo los lirios, sino también las moradas y azules
anémonas, así como los abundantes y escarlatas ranúnculos que crecían
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parejos. Ahora tiemblo al imaginar lo que podría haber sucedido si me
hubiera adelantado al romántico Natanael...
Me disponía a interrogar al joven Zebedeo en torno al posible destino de tan
copiosos ramos cuando, de improviso, Bartolomé profirió un ahogado gemido. Se incorporó veloz, soltando el ramillete. Y, ante el desconcierto general, desenvainó su gladius, lanzando un poderoso mandoble contra el escondido terreno. Entre los tallos tronchados, una nubecilla de polvo se elevó
fugaz sobre las espigas, moteando la blanca túnica del discípulo. María, a
dos metros escasos, palideció. Juan y yo nos miramos alarmados, sin comprender.
El golpe, propinado con ambas manos, fue tan violento que el hierro quedó
clavado en la arcilla. Sin embargo, en lugar de recuperar el arma, Bartolomé dio media vuelta y, tambaleante, se dirigió hacia nosotros. Me asusté.
Sus ojos aparecían desorbitados, vidriosos y su faz, como la de la Señora,
se había tornado lechosa. Y aterrorizado extendió las manos hacia el Zebedeo, en una muda petición de auxilio...
Hoy, al rememorar estas escenas y su carga de dramatismo, vuelvo a formularme la gran pregunta: «¿Estábamos preparados para un 'viaje' de esta
naturaleza?» Más aún: ¿es posible hallar a alguien con la sangre fría suficiente como para limitarse a observar, sin ceder a la natural inclinación de
ayudar a sus semejantes? Nuestro entrenamiento, de eso no cabe duda, era
excelente. Quien esto escribe había sido puesto a prueba durante las amargas horas del prendimiento, torturas y ajusticiamiento del rabí de Galilea.
Pero, aun así, las tentaciones y las dudas brotaban a cada instante. Éste
era el problema. Pues bien, a la vista de lo que nos tocó vivir en aquel segundo y tercer «salto» en el tiempo, estoy convencido de que, a la larga, si
estos «viajes» se repiten, los frutos pueden ser nefastos. Lo ocurrido a poco
más de dos kilómetros de Caná y en el resto del viaje fue todo un aviso. Dicho queda.
Juan, intuyendo el problema, se abalanzó hacia el descompuesto Natanael.
También María acudió en su ayuda. En cuanto a mí, perplejo y sin saber a
qué atenerme, permanecí en mitad del camino, aferrado a la «vara de Moisés» y, supongo, con una perfecta cara de estúpido...
Pero, ahora que lo pienso, observo con desolación que he vuelto a alterar el
orden cronológico de esta nueva aventura. Es menester que este pobre y
apresurado diario refleje los hechos tal y como sucedieron y, muy especialmente, en el orden estricto en que se manifestaron. Así debe ser, en beneficio de la verdad. Solicito, pues, disculpas al hipotético lector de estas convulsionadas memorias. Fueron tantos y tan sugestivos los sucesos que nos
tocó vivir que, como en esta ocasión, tengo la imperdonable tendencia a
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trastocarlos. Y aunque lo mío no es escribir, me esforzaré por guardar ese
natural e imprescindible orden.
Como venía diciendo, esta utilísima exploración fue acometida muy de mañana. El desembarco en la orilla occidental del yam, al sur de la ciudad de
Migdal, se efectuó con celeridad y suma discreción. Los relojes de la «cuna»
debían marcar las 07 horas y 15 minutos...
Y Natanael, tomando la iniciativa, se puso en cabeza de la expedición,
adentrándose en la llanura que nos separaba de Hamám. Inspiré con fuerza
y, dirigiendo una última mirada al lejano promontorio en el que esperaba mi
hermano, me situé inmediatamente detrás de Juan, cerrando la escueta
comitiva. Una nueva y excitante aventura acababa de empezar.
Como narré en su momento, tras las dos asombrosas apariciones del Resucitado a orillas del mar de Tiberíades, sus discípulos divididos a causa de la
fogosidad de Simón Pedro-, terminaron por pactar. Aguardarían al sábado,
29 de ese mes de abril. Si la tercera y discutida presencia del Maestro no se
registraba a lo largo del mencionado sabbat, el propio Pedro encabezaría la
misión de «proclamar la buena nueva de la resurrección y de la, según
ellos, inminente llegada del reino». La jornada anterior -domingo, 23 de
abril-, el que muy pronto sería reconocido como «jefe» de un sector del
primigenio grupo apostólico, había cometido el atrevimiento de convocar al
gentío que se agolpaba a las puertas del caserón de los Zebedeo, en Saidan, a una magna asamblea, en aquella misma playa y a la hora nona (las
tres de la tarde) del referido sabbat. «Entonces -les anunció- os hablaré con
más calma.»
Pobre Simón. Su sorpresa, ese día y en esa multitudinaria reunión, sería
épica.
La suerte, por tanto, estaba echada. Y los íntimos, de común acuerdo, optaron por aprovechar aquellos días de teórica inactividad para visitar a sus olvidadas familias o, sencillamente, reponerse de los recientes y dolorosos
acontecimientos acaecidos en Jerusalén. Esta circunstancia, no prevista por
Caballo de Troya, vendría a enriquecer nuestra misión, permitiendo a quien
esto escribe un más fácil acceso a la aldea de Nazaret. La magnífica oportunidad, a pesar de sus peligros y naturales dificultades, podía abrirnos un insospechado campo en el conocimiento de los años ocultos -o supuestamente ocultos- de Jesús. Y la Providencia, una vez más, fue generosa con estos
esforzados exploradores...
Como creo haber mencionado, Juan de Zebedeo se brindó a velar por la seguridad de María durante tales jornadas. Y yo acepté encantado la invitación para acompañarles. En cuanto al segundo discípulo, Bartolomé, tal y
como referí oportunamente, caminaría a nuestro lado, deteniéndose en su
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ciudad de origen: Caná. A la vuelta, prevista para el viernes, 28, Natanael
esperaría nuestro obligado paso por la población de sus mayores, retornando al lago en compañía del Zebedeo y de este «pagano», mitad «adivino»,
mitad «traficante» en vinos y maderas, mitad «sanador»...
Sobre el papel, mi cometido en Nazaret no presentaba especiales complicaciones. Con sumo tacto, eso sí, debería ingeniármelas para reunir un máximo de información, verificando -hasta donde fuera viable- los datos y documentación obtenidos hasta esos momentos. No me importa insistir. No
discutiré si los llamados evangelistas acertaron o no en su trabajo. Quien se
enfrente a este diario podrá juzgar por sí mismo. De lo que estoy seguro es
de que una auténtica aproximación a la vida y al mensaje del Hijo del Hombre requiere, cuando menos, una visión panorámica de toda su existencia.
Mutilar su encarnación, ofreciendo tan sólo los tres postreros años de dicha
vida, es injusto e irresponsable. Cuanto nos fue dado averiguar sobre sus
primeros treinta y dos años se halla tan cuajado de interés que, amén de
resultar atractivo por sí mismo, autoriza a creyentes o no creyentes a dibujar en sus mentes y corazones una silueta de Jesús de Nazaret infinitamente más precisa, cercana y esperanzadora. Si la filosofía y la forma de ser de
cualquier humano adulto dependen en gran medida de su educación y entorno familiar, ¿por qué hacer una excepción de un Dios que se hizo igual al
hombre? ¡Qué singular simpatía nos produjo comprobar que aquel joven
también supo del dolor que se experimenta ante el fallecimiento de un ser
querido! ¡Qué emoción al saber de sus estrecheces y penurias económicas!
¡Qué serena dulzura al identificarnos con sus humanas tentaciones, con sus
crisis y con su despertar a la vida! ¿Por qué los escritores mal llamados sagrados han negado a las generaciones esos dramáticos años en los que Jesús, muy lentamente, fue adquiriendo conciencia de su naturaleza divina?
¿Por qué olvidar u ocultar el transparente y hermoso amor de Rebeca, la
joven de Nazaret, por aquel muchacho?
Esto, y cuanto el Padre Eterno y Misericordioso tuvo a bien revelarnos sobre
la «vida oculta» de su Hijo, no empañó ni diezmó nuestra visión del Maestro. Al contrario. De ahí mi comprensible indignación con los evangelistas.
Pero es hora ya de entrar en materia.
Bartolomé y Juan aceleraron el paso. Era evidente que deseaban alejarse lo
antes posible de la orilla occidental del yam. El segundo, en particular, inquieto por los recientes sucesos de Saidan, trataba de evitar cualquier clase
de encuentro con las gentes del lugar. Entiendo que aquella esquiva actitud
nada tenía que ver con el miedo. En los momentos críticos, el Zebedeo se
había destapado como uno de los más valientes, acompañando al Maestro
hasta el final. El problema era otro. Desde un principio, en abierta y ácida
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oposición a Pedro, se inclinó por una actuación más cautelosa. Juntamente
con Andrés y Mateo Leví había defendido la opción de la «espera». Los
hechos eran tan extraordinarios, confusos y vertiginosos que, en buena ley,
demandaban una profunda y serena reflexión, antes de pronunciarse en un
sentido o en otro. Y aunque nadie podía dudar de su inquebrantable fe en la
vuelta a la vida de Jesús, esgrimiendo una encomiable sensatez, quiso ajustarse primero a las órdenes o indicaciones del rabí. Y éstas, obviamente, no
se habían producido. El tiempo le concedería la razón.
Y en silencio, tras cruzar las erosionadas lajas de piedra de la calzada romana que facilitaba las comunicaciones en aquella región del lago, nos
adentramos en la fértil llanura que resbalaba desde el desfiladero de las Palomas. Natanael, nuestro guía, viejo conocedor del terreno, nos arrastró durante cuatro o cinco minutos a través de un laberinto de senderillos que delimitaba e intercomunicaba una no menos compleja red de huertos y campos de labranza, prolongación, en suma, del «jardín de Guinosar», orgullo
de la Galilea.
Al poco, con admirable precisión, el discípulo de Caná desembocaba en un
camino de unos tres metros de anchura, polvoriento y alfombrado por un
pestilente reguero de excrementos de caballerías y ganado menor. Me detuve un instante. Como en las correrías precedentes por las costas de Cafarnaum y Saidan, la puntual ubicación de referencias geográficas en mi
memoria resultaba de esencial interés para un más seguro y eficaz desarrollo de la misión. Y aquel camino, por lo que pude deducir, conducía al sureste. Probablemente, a la vía Maris, en las cercanías de las ruinas de Raqat o
de la altiva ciudad de Tiberíades.
Unos diez minutos después nos situábamos a las puertas del wádi o valle de
Hamám, conocido también como el desfiladero de las Palomas. Allí, la senda
se partía en dos. Un ramal, angosto y descuidado, arrancaba por nuestra
derecha, perdiéndose en dirección noreste. En dicha confluencia, para mi
descanso y satisfacción, se erguían dos mojones de brillante basalto negro.
Quizá lo que presencié en esos momentos no revista mayor importancia,
pero me resisto a olvidarlo. En ocasiones, un simple gesto, como aquél, encierra más fuerza que todo un discurso... Era curioso. A pesar de su dilatada asociación con Jesús y de las, excelsas enseñanzas recibidas, la mayor
parte de los discípulos seguía alimentando un casi genético desprecio por
los romanos. Y no, era extraño que lo manifestasen a la menor oportunidad.
La cuestión es que, al llegar a la mencionada bifurcación, Bartolomé, siempre en cabeza, aflojó el paso. El Zebedeo y la Señora le imitaron y, tras una
rápida inspección de los alrededores, convencidos de que nadie espiaba sus
movimientos, el primero de los discípulos giró el rostro hacia los mojones,
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lanzando un súbito y certero salivazo contra la piedra. En un primer momento, un tanto perplejo, asocié aquel poco edificante gesto con alguno de
los hábitos del guía. Mas, al ser testigo de un segundo salivazo, propinado
esta vez por el Zebedeo, mi desagrado se transformó en curiosidad. Y, sin
más, reanudaron la marcha.
No necesité explicaciones complementarias. Al pasar ante los mojones entendí la razón de semejante comportamiento. Cada una de aquellas piedras
volcánicas, de un metro de altura, orientaba al caminante en una muy concreta dirección. En uno, vaciado en la dura roca, había sido esculpido el
nombre de Tiberíades y los estadios que restaban hasta la ciudad: 21 (unos
4,5 kilómetros). El segundo mojón, marcando el ramal que serpenteaba
hacia el noreste, advertía de la proximidad de Migdal, situada a cinco estadios (alrededor de un kilómetro). Pues bien, aunque los mojones y las pertinentes señalizaciones podían haber sido trabajados unos setenta años antes -seguramente en la época en la que el rey Herodes el Grande conquistó
aquella zona-, debajo de los respectivos «letreros», una mano diestra y, casi con seguridad, romana, había grabado la efigie del césar Tiberio, dueño y
señor de la levantisca provincia por la que caminaba.
Sonreí para mis adentros y, acomodando a mi espalda el cada vez más molesto pellejo del agua, apresuré el paso, reintegrándome al grupo.
Santa Claus, días más. tarde, ajustaría las mediciones. No obstante, si no
erraba en los cálculos, aquella primera etapa (desde la playa a las puertas
del wádi) había sido apurada en cosa de quince minutos. No estaba mal para una milla. Aquél, naturalmente, no era el camino habitual entre Nahum y
Nazaret o viceversa. Al utilizar la vía marítima, y desembarcar al sur de
Migdal, habíamos evitado los ocho kilómetros que separaban la citada
Nahum (Cafarnaum) de la ciudad de la Magdalena.
Pues bien, al irrumpir en el wádi Hamám, el caminar se ralentizó, lógica
consecuencia de la progresiva elevación del terreno. Debemos considerar
que el nivel del lago de Tiberíades, en aquel tiempo, se hallaba en la cota
«menos 208 metros» y que, en breve, nos situaríamos en el del mar Mediterráneo, rebasándolo en más de 40 metros en las cercanías de la aldea de
Arbel. Y todo ello en cuestión de dos kilómetros y medio.
El escenario que se abrió entonces ante este emocionado explorador fue,
sencillamente, sobrecogedor. Las referencias obtenidas desde el aire no
hacían justicia a tales quebradas. En un centenar de pasos, a partir de la bifurcación, el paisaje sufrió una dramática metamorfosis. El vergel que nos
recibiera al pisar tierra firme había claudicado, en beneficio de unos riscos
afilados y altivos, de paredes verticales y desnudas, ora violetas, ora doradas, que emergían como centinelas. Y a sus pies, hasta donde la Naturaleza
había sido capaz de trepar, unos apretados y verdinegros bosques de tere7

bintos y robles del Tabor. Y en el fondo de semejante desfiladero, sirviéndonos de milagroso guía, aquel torturado camino de polvo y tierra, hecho
costra con el correr de los años. Una senda que debía ser abierta y despejada regularmente, ante el imparable y enmarañado avance de la maleza,
regada con generosidad por susurrantes hilos de agua, huidos todos de las
alturas. De vez en vez, en los recodos del camino, bandadas de palomas
remontaban el vuelo precipitada y ruidosamente, zarandeando los cañaverales y los macizos de venenosas adelfas. Y perezosamente, con desgana,
las charcas en las que habían sido sorprendidas iban recobrando su transparencia. El tableteo de las palomas bravías alertaba a otras colonias de
aves que, a su vez, en blancos quiebros, despertaban un eco interminable.
Y en una deliciosa locura alada, los inquilinos de la garganta -pesados y negros cuervos, fulminantes vencejos de afiladas colas, azulados y asustadizos roqueros solitarios, bisbitas de las montañas, gorriones chillones y emigrantes escribanos cenicientos- planeaban de cornisa en cornisa o de gruta
en gruta, alzándose sin esfuerzo hacia la cima del picacho que gobernaba el
quebrado paraje: el har o monte Arbel, de 389 metros de altitud.
A los veinte minutos de marcha de esta segunda etapa, en uno de los más
pronunciados repechos (con un desnivel superior a los cuarenta grados),
María, sudorosa y jadeante, lanzó un pequeño grito, llamando la atención
del hombre de cabeza. Necesitaba descansar y recuperar el aliento. Bartolomé se detuvo entre protestas. Pero el Zebedeo, comprensivo, se deshizo
del petate, acudiendo solícito en ayuda de la Señora. Ésta, acomodándose
en una de las rocas que menudeaban a lo largo de la senda, agradeció el
pañolón que acababa de ofrecerle Juan, enjugando el sudor del rostro y
cuello. Y adelantándome a sus deseos, extraje el tapón de madera que cerraba el mugriento y embreado odre, colmando la escudilla que colgaba del
pellejo. Al aproximarle el agua, María dulcificó su mirada, esbozando una de
sus cálidas sonrisas. ¡Dios! La reconocí al punto. Aquélla era la sonrisa de
su Hijo. Limpia. Acogedora. Irresistible... Y un escalofrío me dejó sin habla.
Los rudos modales de Natanael, reclamando su ración de agua, abortaron
tan entrañables recuerdos, devolviéndome a la realidad. A pesar de su falta
de tacto, aquel discípulo poseía un corazón noble y confiado. Poco a poco
iría descubriéndolo.
Ni el Zebedeo ni yo probamos el agua. El primero, supongo, porque no la
necesitaba. En cuanto a mí, como ya expliqué, por estrictas razones de seguridad.
En el fondo, aunque ninguno lo reconociera abiertamente, todos agradecimos la pausa. Y durante algunos minutos, cada cual se hundió en sus personales preocupaciones. Una ligera y fresca brisa, preludio del primaveral
Maarabit, el viento que viaja a diario desde el Mediterráneo hasta el lago,
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hacía oscilar los hisopos sirios y las altas espadañas, provocando el cabeceo
de los bosquecillos de laurel y perfumando el desfiladero con el aceite volátil de sus verdes y correosas hojas.
Alcé los ojos. El cielo, plomizo, navegaba con prisas hacia el este. Y de nuevo, muy a mi pesar, fui asaltado por aquel familiar sentimiento, mezcla de
añoranza y sutil melancolía. ¿Cómo explicar tan paradójica situación? Éramos exploradores. Unos «observadores» de «otro tiempo», con una fría y
calculada misión: reunir las piezas de la historia humana de un hombre llamado Jesucristo. En su código, Caballo de Troya prohibía hasta la más nimia debilidad de sus «navegantes». Se nos exigía valor, astucia, una notable reserva de conocimientos de toda índole y, en especial, un corazón de
hielo. ¡Cuán vana resulta a veces la inteligencia! ¿O es que cabe encarcelar
los sentimientos? Allí estaba la prueba. Por más que luchase, por muy espesa que fuera mi capacidad de olvido, el magnetismo de aquel Hombre estaba derribando todos los códigos. Al igual que aquellos galileos, yo también le echaba de menos... Y por un momento le imaginé avanzando por el
wádi, con sus largas e inconfundibles zancadas.
De pronto, «algo» vino a quebrar el cristal de tan apacible descanso. Fue
tan inesperado como grotesco. Pero me ayudó a profundizar en el temperamento del prácticamente desconocido Bartolomé.
En uno de los relampagueantes vuelos sobre las cabezas de aquellos confiados caminantes, una de las especies rocosas -la collalba rubia- acertó a
evacuar sus blancos excrementos sobre el adormilado Natanael. El fulminante impacto, en pleno hombro izquierdo, arruinó el impecable manto de
lana. En segundos, el grupo pasó de la estupefacción a una inocente y contagiosa risa. Juan fue el primero en estallar, arrastrando en su algazara a la
Señora y a quien esto escribe. Bartolomé, congestionado por la ira, se despegó de la roca sobre la que se había recostado y, alzándose, recorrió con
la vista las paredes del desfiladero, a la búsqueda de la atrevida collalba.
Por un momento, el general e incontenible regocijo me hizo temer lo peor.
Pero el discípulo, aparentemente ajeno a la hilaridad de sus compañeros,
continuó blandiendo el puño izquierdo, descalificando a toda criatura que
pudiera volar, con una irreproducible sarta de juramentos y maldiciones.
Cuando, finalmente, comprendió lo inútil de su comportamiento, la gruesa y
pentagonal cara se dirigió al mancillado chaluk. Y los negros y expresivos
ojos se cerraron, al tiempo que presionaba las mandíbulas y arrugaba el
ceño, en una mueca de repulsión. Las tupidas y largas pestañas oscilaron
nerviosamente. Por fin, su atención descendió hasta nosotros. Atónito, observó primero las atropelladas carcajadas de Juan. Acto seguido paseó la
mirada por aquel poco caritativo «griego» que, -a decir verdad, hacía ímprobos esfuerzos por disimular. Por último, lanzando una inquisidora ojea9

da a las lágrimas que humedecían los prominentes altos pómulos de la Señora -consecuencia del intenso acceso de risa-, el bueno de Bartolomé cedió. Y obedeciendo a sus más íntimos impulsos se unió al regocijo general,
soltando una carcajada que atronó el desfiladero, descolocando de nuevo a
sus alados huéspedes. Francamente, me sentí aliviado. Así era Natanael,
uno de los once: franco, indeciso, falto de tacto, indulgente y, por encima
de todo, amigo de sus amigos. En los modernos esquemas de la tipología
de Ernest Kretschmer, seguramente hubiera encajado en el denominado tipo «pícnico», con altas dosis de un temperamento «ciclotímico». Con Tomás era el más bajo de estatura: alrededor de 1,58 metros. Sufría una clara propensión a la acumulación de grasa. Su vientre avanzado, como el de
Simón Pedro, era la viva manifestación de dicha tendencia. Como buen
«pícnico», destacaba por la suavidad de sus líneas, por un esqueleto frágil,
unas extremidades cortas y un hirsutismo (cuerpo muy velloso) que le
había valido el sobrenombre de «oso». Con el paso del tiempo detectaría en
su organismo una notable hipertensión arterial y una hiperfunción suprarrenal. El rostro, más ancho que alto, semejaba un escudo. De él colgaba una
barba de una cuarta, cana, rizada y abierta en abanico. Una extrema sensualidad aleteaba en sus labios, carnosos y permanentemente humedecidos. Los ojos me llamaron la atención desde el principio. Interminablemente
negros y profundos, venían a equilibrar sus mal llevados treinta años. La
nariz, en cambio, era el remate a su escaso atractivo físico. Mal formada y
redonda como una pelota de golf, presentaba unas llamativas «telangiectasias» o dilataciones localizadas de los vasos capilares de reducido calibre.
Las iniciales sospechas quedarían confirmadas en la tercera y apasionante
aventura: aquel antiestético angioma simple guardaba una estrecha relación con la desmedida veneración de Bartolomé por el vino...
En contraposición a la abundante y extendida vellosidad, una prematura
calvicie ganaba terreno en la parte superior del cráneo, dibujando una escandalosa coronilla. El «oso» de Caná cubría habitualmente su cuerpo con
una túnica blanca de lana, siempre inmaculada, y un ropón castaño, con
anchas franjas verticales, igualmente blancas. Durante el tiempo que permanecí a su lado, la pierna izquierda apareció siempre fajada. Unas bandas
de cuero de vaca, seboso y descolorido por el uso, trataban de aliviar un
antiguo problema vascular: unas venas varicosas (varices), tan frecuentes
entonces como en la actualidad. (Según nuestros cálculos, al menos un diez
o un quince por ciento de la población adulta se veía afectada por esta dolencia.)
María, servicial y conocedora de la pulcritud de Natanael, puso punto final a
las risas y al pequeño incidente de la collalba. Como la mayoría de las
hebreas se hallaba familiarizada con las propiedades de muchas de las plan10

tas que crecían en aquellas tierras. Se puso en pie y, tras un rápido examen
de la floresta, se dirigió a una mata de arbustos de unos ochenta centímetros de .altura, de tallos lampiños y abundantes nudos verdes y carnosos.
Arrancó un manojo y, tomando una piedra, se situó frente a la roca que le
había servido de asiento. A una escueta orden suya, Bartolomé se desembarazó del manto, extendiéndolo sobre la mencionada roca. Sirviéndose de
algunas hojas de adelfa, María procedió primero a una meticulosa limpieza
de las heces. Troceó los tallos y, depositándolos sobre la marcha, agarró la
piedra con su mano izquierda, golpeándolos sistemática y contundentemente, procurando no lastimar el chaluk. Un jugo lechoso brotó al instante, cubriendo los restos del excremento. Concluida la operación de limpieza, el
ropón fue devuelto a su propietario. Y la expedición atacó el último tramo
del desfiladero. No pude evitarlo. Movido por la curiosidad examiné los restos de la planta utilizada por la Señora. Se trataba del salicor blanco, una
especie silvestre cuyas cenizas, adecuadamente tratadas con aceite de oliva, proporcionaban el «borit» o «bor»: un sucedáneo del jabón, mencionado en Jeremías (2, 22) con el nombre de «nitro».
Aquel último avance por el wádi resultaría de alto interés para este explorador y, en definitiva, para los futuros planes de la misión. Como ya dije, mi
hermano y yo habíamos decidido forzar la suerte, embarcándonos en un
tercer y extraoficial «salto» en el tiempo, a fin de acompañar al Maestro a
lo largo de sus años de predicación. Pues bien, entre los preparativos para
tan ambiciosa y arriesgada odisea figuraba uno de vital importancia: la
elección de un paraje sobre el que descender y ocultar el módulo. La escasez de combustible nos obligaba a un vuelo corto que, en principio, de
acuerdo con los estudios desplegados en las inmediaciones del yam, debería tener como escenario la garganta por la que ahora caminábamos. Naturalmente, la nueva «base madre» debería ser previamente explorada. En su
momento ascenderíamos a la cumbre elegida, comprobando in situ las características del lugar. Una de nuestras obsesiones era localizar un punto de
asentamiento en el. que el paso o la presencia de seres humanos y animales fueran prácticamente nulos. Disponíamos de la invisibilidad, merced a
las radiaciones infrarrojas. Sin embargo, a raíz de la embarazosa experiencia vivida en el monte de las Aceitunas, con el joven Juan Marcos, todas las
cautelas eran pocas. Por otro lado, lo dilatado de la exploración nos forzaba
a un drástico ahorro del gasto energético de la nave. Ello significaba, entre
otras servidumbres, la desconexión de los diferentes escudos protectores, al
menos durante nuestras largas ausencias. En síntesis: la seguridad de la
«cuna», la de sus delicados equipos y, en especial, la de sus pilotos exigía
que la «base madre» fuera inexpugnable. Si fallábamos, si el módulo resultaba atacado y destruido, el retorno a «nuestro tiempo» habría sido in11

viable. Hubiéramos permanecido -trágicamente anclados- en una época que
no era la nuestra.
Al efectuar los primeros estudios, el monte Arbel, con sus 181 metros sobre
el nivel del lago, se destacó como uno de los firmes candidatos para el referido asentamiento del módulo. En teoría, sobre los mapas, parecía ofrecemos unas muy buenas perspectivas: paredes escarpadas en la casi totalidad de su perímetro; apenas kilómetro y medio desde la cumbre a las orillas del yam; una aceptable equidistancia con las, ciudades de Tiberíades y
Nahum y, en apariencia, una cima despoblada, pedregosa e inculta. Pero,
conforme fui avanzando hacia el pie de la enorme mole, «algo» que, obviamente, no figuraba en nuestra cartografía me hizo dudar. Aquella pared,
orientada al norte, amén de una veintena de grutas, presentaba otras tantas y largas cuerdas, que caían desde la cumbre, muriendo justa y sospechosamente en la oscuridad de las mencionadas cuevas. Alguien, por supuesto, las utilizaba, o había hecho uso de ellas, para ingresar en dichas
oquedades. Aquello no me gustó. Y dispuesto a no desaprovechar la oportunidad emparejé mi paso con el de Bartolomé, interrogándole acerca de la
sorprendente cordería, mecida ahora por la brisa del oeste. El discípulo,
como si hubiera mentado a alguno de los espíritus maléficos que, según
ellos, acechan al caminante en las ruinas o a la sombra de ciertos árboles,
torció el gesto, mascullando un «maldita sea tu madre». Y extrayendo de la
bolsa, que colgaba del ceñidor, uno de los «tefilín» (un pequeño estuche de
cuero negro, en forma de dado, de apenas tres centímetros de lado o «filacteria», que se anudaba en el brazo izquierdo o en la frente durante la oración), procedió a amarrarlo alrededor de la cabeza. Quedé en suspenso,
ciertamente dolido por el desaire del galileo. Poco a poco iría acostumbrándome a esta manera de ser para con los paganos. En el fondo, mía era la
culpa. El grado de superstición de aquel pueblo era tal que uno se veía obligado a medir hasta el más liviano de los comentarios. Y Natanael, fiel a la
tradición religiosa de su pueblo, entonó uno de los versículos encerrados en
el «tefilín» (el quinto del salmo XCI): «No tendrás que temer los espantos
nocturnos, ni las saetas que vuelan de día.» Una tradición, dicho sea de paso, que aún perdura entre los católicos, aunque, lógicamente, con una intencionalidad diferente. Si mi agotada memoria no me traiciona, este mismo salmo se reza hoy en «completas»...
Juan, intrigado por el cuchicheo de Bartolomé, se situó a mi lado. Le expuse
lo ocurrido y, sonriendo con benevolencia, me aclaró el porqué de la enojosa situación. La sola mención de aquellas grutas, infestadas de atalef (murciélagos) y, lo que era peor, de bandidos, podía atraer a estos seres inmundos, acarreando a los caminantes toda clase de infortunios. Comprendí entonces la irritación de Natanael y, simulando una total desolación, le rogué
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disculpara a tan ignorante y torpe compañero de viaje. El de Caná aceptó
mis excusas pero, recalcitrante, continuó con sus rezos, forzando- la marcha. ¿Bandidos? Aquello sí era interesante. Y el Zebedeo me puso al corriente. A pesar de las severas medidas adoptadas en su tiempo por el rey
Herodes el Grande, y posteriormente por el gobierno de Roma, contra los
salteadores de caminos, lo accidentado de aquel wádi y la proliferación de
cuevas en las desnudas paredes rocosas del desfiladero hacían extremadamente difícil la erradicación de dichos bandidos. Algunas de estas bandas de
sangrientos nómadas o seminómadas, integradas en la mayoría de los casos
por esclavos huidos, desheredados de la fortuna y «sicarios» procedentes de las
partidas que se levantaban regularmente contra el poder establecido, habían
fijado su «cuartel general» en las profundidades de aquellas cavernas, accediendo a ellas o abandonándolas -según conviniera-, con el concurso de las maromas que se precipitaban desde la cima y que las conectaban entre sí. Este latente peligro, como es de suponer, nos obligaría a olvidar la cumbre del har
Arbel, así como el resto de los picachos que daban forma al desfiladero. La
futura «base madre» debería ser plantada en un paraje más seguro. El
problema era dónde. La orilla oriental del lago, aunque menos poblada,
nos apartaba en demasía de los núcleos humanos en los que había actuado el
Maestro. En la reserva figuraba una segunda alternativa: un har de 138 metros sobre el nivel del Kennereth -el Ravid-, a unos tres kilómetros al noroeste
del wddi Harnam y a poco más de ocho, en línea recta, del promontorio
donde descansaba el módulo. Pero dejaré este asunto para más adelante...
De acuerdo con la información suministrada por la sandalia «electrónica», la
salida del desfiladero de las Palomas tuvo lugar hacia las 08 horas y 10 minutos. Es decir, los dos kilómetros y medio de esta segunda etapa fueron
cubiertos en cuarenta minutos. El ligero retraso obedeció a lo abrupto del
perfil y al breve y «accidentado» descanso.
Al dejar atrás las alturas de Arbel, Bartolomé cesó en sus monocordes rezos. Guardó la filacteria que le oprimía las sienes y, descargando su corazón
con un aparatoso suspiro, aproximó a los labios un saquito de cuero que
colgaba permanentemente del cuello. Lo besó y, conjurado el peligro de los
bandoleros y espíritus maléficos, aminoró el paso. Cuando la confianza fue
más estrecha, el íntimo de Jesús me mostraría complacido su pequeño tesoro. Aquel amuleto consistía en una porción desecada de huevos de langosta. Como era obligado, yo le hice partícipe del mío, el que me obsequiara Juan Marcos en Jerusalén. Aquel día, al compartir los supersticiosos temores del «oso», terminé por ganarme su amistad.
A nuestros pies se abrió entonces una singular planicie, en forma de punta
de flecha y de unos quinientos metros de longitud. Toda ella, a izquierda y
derecha del rectilíneo camino que la seccionaba, aparecía cubierta por un
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monte bajo: unos arbustos de cincuenta centímetros de altura, muy ramificados e íntimamente entrelazados. Y al fondo, en la base de aquel
triángulo verde y espinoso, la aldea de Arbel.
Natanael intercambió unas frases con el Zebedeo. Pero, dada mi posición,
algo retrasada respecto a los discípulos y a la Señora, no logré captar su
significado. A cosa de cuatrocientos metros, casi al término de la senda, se
divisaba un grupo de individuos y caballerías. Y deduje que los comentarios
podían guardar relación con los personajes que teníamos a la vista. Allí,
torpe de mí, volvería a equivocarme...
Al aproximarnos descubrí una partida de felah, el típico campesino palestino, afanada en la extracción y almacenamiento de los arbustos enanos que
dominaban la planicie.
Mis compañeros avivaron la marcha. Al llegar a la altura de la media docena
de hombres respondieron entre dientes a los saludos de rigor. Y recelosos y
huidizos, sin girar las cabezas, pusieron tierra de por medio, alejándose
hacia la aldea. Yo, como digo, caí en una nueva torpeza. Curioso, me entretuve frente a la cuadrilla, observando su trajín. Con las túnicas arrolladas a
la cintura -«ciñendo los lomos»- y las cabezas cubiertas por sendos pañuelos grisáceos, doblados en triángulo y sujetos por cuerdas de lana y pelo de
cabra, los parlanchines felah se introducían entre los arbustos con increíble
habilidad, arrancándolos -raíces incluidas-, con dos o tres certeros golpes
de azadón. Las plantas, de la especie pimpinela espinosa, eran arrojadas al
camino y cargadas en unos enormes cestos de hoja de palma, de casi metro y medio de diámetro, firmemente sujetos a los costados de tres cenicientos asnos de Licaonia, rebeldes y obstinados, pero los más fuertes y
apropiados para las grandes distancias. A mis preguntas, el capataz se deshizo en explicaciones. Aquel espino -el Sarcopoterium spinosum-, que había
tenido oportunidad de contemplar en algunas de las casas y jardines de los
alrededores de la Ciudad Santa, era muy codiciado entre los hebreos. Resultaba excelente para cercar una propiedad o como combustible. Sus
hojas, incluso, divididas en varios pares de foliolos dentados, aportaban un
exquisito sabor a las comidas. Aquélla, según entendí, constituía una de las
fuentes de riqueza de Arbel. La pimpinela era «exportada» a toda la Galilea,
la Decápolis y, por supuesto, a Jerusalén. Y deseoso de complacer a tan interesado extranjero, el jefe de los felah puso en mis manos un puñado de
verdes y olorosas hojas, replicando a mi gratitud con un «la paz te acompañe en tu caminar». Pero mi contento duraría poco. Cuando dirigí la vista
hacia el camino, el corazón me dio un vuelco. El último centenar de metros
aparecía desierto. Mis compañeros de viaje habían desaparecido.
Corrí hacia la aldea. ¿Cómo era posible?... Apenas me había entretenido...
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A unos metros de las primeras casas frené la incómoda carrera. El ropón y
el maldito odre de agua no hacían otra cosa que embarullar mi ya penosa
situación. Dudé. ¿Atajaba por el interior de la población? Caminé un par de
minutos. Al poco retrocedía desmoralizado. El dédalo de casuchas y callejones resultó tan enrevesado que, en previsión de peores males, me incliné
por el camino más seguro. Rodearía Arbel.
Aunque mi hermano y yo habíamos prestado una especial atención al estudio de la ruta que debía conducirme a Nazaret, en ningún momento sospechamos que tuviera que hacerla en solitario. Naturalmente, a pesar de los
peligros que ello implicaba, estaba dispuesto a intentarlo. Lo más prudente,
sin embargo, era viajar en compañía de los discípulos. Tenía que darles alcance. Y supuse que, dada su refractaria actitud a cualquier tipo de roce
con los habitantes de la región, lo verosímil es que hubieran elegido aquella
misma dirección o la opuesta; es decir, la que bordeaba Arbel por el flanco
oeste, distanciándose así de todo compromiso. Según los mapas y los datos
espigados por los especialistas de Caballo de Troya, el camino habitual,
desde el wddi Hamám, descendía hacia el sur, hasta fundirse con la ruta
principal: la que enlazaba Tiberíades con las regiones más occidentales del
país. En total, incluyendo la llanura de la pimpinela, alrededor de tres kilómetros y medio. En principio -me consolé- no era lógico que el «oso»,
nuestro guía, hubiera elegido otro derrotero.
Forcé el paso, distanciándome de las míseras chozas que cerraban la aldea
por el este. A diferencia de las sólidas construcciones de Nahum y Saidan,
lo poco que llevaba visto de Arbel resultó deprimente. Era un milagro que
aquellas casas. de enrojecido adobe, con terrados de paja y tierra apisonada,. pudieran hacer frente a la estación de las lluvias o a los embates de los
poderosos vientos estivales. Las finas columnas de humo negro que se alzaban por doquier eran humilladas por el puntual Maarabit, precipitándose
sobre patios y callejones, atufando a las gruesas matronas que trasteaban a
las puertas de las lóbregas viviendas. A las afueras, por el terreno que pisaba -baldío, pedregoso y erizado de cardos- una chiquillería andrajosa, de
cabezas afeitadas y conquistadas por piojos y pústulas, correteaba y zahería con palos y pinchos a una pareja de onagros: unos asnos de cuello curvo, largas y tiesas orejas y llamativas crines marrones que flotaban y se
prolongaban hasta la cola. Con los remos delanteros trabados por sendas
cuerdas, estos vigorosos cuadrúpedos pugnaban por distanciarse de los pequeños y chillones diablillos, coceando cada vez que uno de ellos mortificaba sus cuartos traseros con los cardos o las irritantes ortigas.
Al alcanzar el límite de la aldea, otro contratiempo vino a empeorar la situación. La vereda que nos había guiado a través de la plantación de pimpinela espinosa se presentó nítida, zigzagueando, en efecto, hacia el sur. Pe15

ro, allí mismo, corriendo en la mencionada dirección sur y también hacia el
lago, arrancaba una nutrida colonia de centenarios olivos que entorpecía la
observación. Escruté el polvoriento camino hasta donde fue posible, con la
esperanza de localizar a mis desaparecidos acompañantes. Tuve que desistir.
Al pie de uno de aquellos soberbios y ramificados olivos, de casi cinco metros de altura, un anciano y varias mujeres trabajaban sobre un espeso y
fétido colchón de estiércol. Me aventuré a interrogarles. El viejo, en cuclillas, con los pies enterrados en la apestosa masa, procedía a llenar una serie de anchas y poco profundas escudillas de barro. Mezclaba previamente
la materia orgánica con paja, comprimiéndola después en los recipientes. A
renglón seguido, las mujeres apilaban los platos, a la espera de su total desecación. En cuestión de días, si la climatología acompañaba, el estiércol se
transformaba en una «torta» rígida y compacta, muy útil como combustible.
El galileo negó con la cabeza. Ni él ni las hebreas habían sido testigos del
paso de aquellos tres caminantes. La circunstancia de que se hallaran al filo
de la vereda, prácticamente desde el amanecer, me sumió en una confusión
total. Tanto si hubieran cruzado por el interior de Arbel como por el extrarradio, aquellas gentes deberían de haber observado su presencia. Y confuso y desalentado traté de ordenar mis pensamientos. ¿Qué podía hacer?
«Analicemos la situación -me dije a mí mismo-. La Señora y los discípulos
se han esfumado. Con un poco de suerte, la treintena de kilómetros que me
separa de Nazaret puede estar resuelta en cuatro o cinco horas... »
Recostado sobre un rugoso brazo de uno de los olivos, con Arbel a mis espaldas y la inquietante incógnita al frente, vacilé peligrosamente. ¿Volvía al
lago, junto a Eliseo? ¿Dejaba pasar aquella oportunidad? Mi hermano hubiera aprobado la prudente decisión. Curtiss no era partidario de las largas
marchas en solitario. Pero no... Y decidido a ultimar la misión, acaricié el
extremo superior de la «vara de Moisés», al encuentro con el dispositivo
que accionaba los ultrasonidos. Debía confiar. Mi protección, al menos en
teoría, se hallaba perfectamente calculada. Inspeccioné las «crótalos», me
puse en pie y, cargando los pulmones con el fresco perfume de las diminutas flores blancas que alegraban el azul verdoso del olivar, lancé una cautelosa mirada al sendero que me aguardaba. No había tiempo que perder...
Además, la intuición me decía que, tarde o temprano, me reuniría con mis
amigos. ¿Tarde o temprano? En ese preciso instante, a punto de partir
hacia lo desconocido, la Providencia tuvo piedad de mí. Y una mano se desplomó con fuerza sobre mi hombro izquierdo. La respuesta fue una encendida descarga de adrenalina. Giré la cabeza con lentitud, preparando los
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músculos para una posible contingencia. Pero. el supuesto «agresor» me
recibió con una familiar sonrisa. Y sus negros ojos se iluminaron. Era Juan
de Zebedeo...
Le contemplé perplejo. A un centenar de pasos distinguí la frágil silueta de
María y el bamboleante paso del «oso». Procedían de Arbel.
-¿Qué ha sucedido? -tartamudeé, tan atónito como complacido.
Mi amigo señaló hacia la Señora y, en un tono displicente, replicó:
-Cosas de mujeres. Ninguna pasa por la aldea de las redes sin adquirir un
«tul»... Estábamos preocupados. ¿Dónde te has metido?
El incidente quedó despejado cuando María, radiante, obedeciendo a los requerimientos del Zebedeo, pasó a mostrarme un paquete alargado, de unos
treinta y cinco centímetros de longitud. En su interior descubrí una red meticulosamente plegada, confeccionada a base de lino. Los hilos tenían la
suave tonalidad castaño-amarillenta del lino viejo. La red en cuestión se
hallaba ligada con una cuerda trenzada con filamentos de palmera, de unos
seis milímetros de espesor. El trabajo era excelente. Tanto las mallas, de
unos cuarenta milímetros entre nudos, como el entrelazado de los hilos
(tres principales muy enrollados) denotaban una paciente y experta labor.
Este «tul de mujeres», en el lenguaje popular, era muy apreciado por las
hebreas, que lo destinaban principalmente a la sujeción del cabello. Arbel,
en efecto, con sus escasos mil habitantes, había adquirido una notable popularidad, merced a su próspera industria de cordelería y a la fabricación de
toda suerte de redes, incluyendo los necesarios complementos para las faenas de pesca de sus vecinos del yam: pesas de piedra y arcilla, boyas de
madera y corteza de árbol y agujas de hueso, sicomoro y metal con las que
remendar las artes. En este sentido, Nazaret me reservaba una curiosa e
impensable sorpresa.
Durante buena parte de aquella, para mí, tercera etapa del viaje, Natanael
no dejó de refunfuñar. La media hora aparentemente perdida en Arbel, por
un motivo tan fútil, le había exasperado. Hoy, los cristianos tienen una imagen muy distorsionada de los llamados apóstoles del Cristo. A decir verdad,
esas ideas -que elevan a estos hombres a absurdas cotas de santidad,
comprensión y benevolencia están cimentadas en tradiciones tan posteriores como falsas. La realidad cotidiana era otra. En aquel tiempo, con las excepciones de los hermanos Zebedeo, que conocían y estimaban a la familia
de Jesús desde antaño, el resto de los doce valoraba y enjuiciaba a las mujeres con el mismo rasero que la generalidad de la sociedad judía. Creo
haberlo explicado: la mujer era una criatura de segundo orden, mentirosa
por naturaleza y sujeta siempre a la autoridad del varón. Y María, a pesar
de su condición de madre terrenal del Maestro, no se veía libre de tan lamentable servidumbre. También es cierto que, dado su fortísimo tempera17

mento, los «íntimos» procuraban no contradecirla. Sin embargo, en el caso
que nos ocupa, el talante intransigen te de Bartolomé fue más fuerte, originando una agria y estéril disputa. La Señora, que raramente asumía una
recriminación -en especial si la estimaba injusta o fuera de tono-, trató de
razonar. Pero el «oso de Caná», con su habitual falta de tacto, continuó
empecinado en sus argumentos, tachando a María de frívola y desconsiderada. Para el Zebedeo, como digo, estas discusiones carecían de importancia. Y ajeno a la pelea, con un más acusado sentido práctico que su compañero, aceleró la marcha, tirando del grupo y tratando de ganar el tiempo
perdido. Por fortuna, a medio camino, vimos aproximarse entre los añosos
olivos una cansina reata de asnos, cargada con unos abultados fardos que
tropezaban a cada momento con el ramaje. Juan. se detuvo, cambiando algunas palabras con los tres individuos que arreaban y guardaban a los animales. El encuentro fue providencial. Bartolomé, olvidando el enojoso asunto de la red, se incorporó a la conversación y María, prudentemente, se
mantuvo a un lado. Eran vecinos de Séforis, la capital oficial y administrativa de la Galilea. Como burreros -una de las profesiones más comunes en
aquel país montañoso y accidentado- cumplían el encargo de transportar
una sustanciosa carga de lino recién «cavado» a la localidad de Arbel. Los
caminos estrechos y pedregosos de la mayor parte de Israel habían convertido al burro en el medio ideal de transporte. Muchos campesinos y pequeños o medianos artesanos, ante la imposibilidad de trasladar sus respectivos géneros a los mercados, alquilaban los servicios de estos burreros que,
frecuentemente, se unían entre sí, constituyendo florecientes empresas. El
desarrollo de este comercio fue tal que, a fin de evitar los lógicos abusos,
los rabinos se vieron en la necesidad de legislar hasta los más pequeños detalles. El costo del transporte variaba según el tipo de terreno, las distancias o la naturaleza de la carga. Por supuesto, la peligrosidad del oficio les
obligaba a viajar armados. Éste era el caso de los tres galileos con los que
habíamos topado. Cada uno portaba en la faja una espada corta -un gladius- y sendos puñales de unos treinta centímetros, con empuñaduras de
hueso y labradas al estilo egipcio.
Durante el breve parlamento, discípulos y burreros se interrogaron mutuamente. Ambas partes deseaban saber si el camino recorrido por unos y
otros hasta esos momentos se hallaba libre de contratiempos. Al parecer, la
ruta hacia Caná no había ofrecido problemas a los de Séforis. El único y
desagradable «tropiezo» -advirtieron los burreros lo constituyó una patrulla
romana a caballo (una turma). Y los cinco galileos, siguiendo un viejo ritual,
escupieron simultáneamente. Debíamos estar prevenidos.
Procurando no perder detalle de la conversación fui aproximándome a una
de las caballerías, con el fin de examinar los apretados paquetes de plantas.
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Se trataba, efectivamente, del linum usitatissimum, una de las doscientas
especies del género linum, muy difundida en la baja Galilea y, como tendría
ocasión de verificar en su momento, fuente destacada de riqueza para Séforis y su comarca. Su fibra -no tanto la semilla, muy rica en aceite- era
aprovechada para la confección de tejidos y cuerdas. La Señora, experta tejedora, me sorprendería con sus habilidades a la hora de manipular esta
hierba anual de cincuenta centímetros y deliciosas flores azules.
Rematado el intercambio de información, cada grupo prosiguió su camino.
El nuestro, con los ánimos más sosegados, se dispuso a dejar atrás la milla
escasa que nos separaba de la ruta principal. El terreno sobre el que prosperaba el olivar fue ascendiendo paulatinamente, hasta alcanzar la cota
«200». Fue allí donde, por primera vez, tuve la oportunidad de divisar en
lontananza -como a unos dos kilómetros- los célebres Cuernos de Hittim,
unas mesetas,. más que picos, de 534 metros de altitud. Algunos autores y
escrituristas modernos han asociado estos cráteres extintos con dos pasajes
de la vida de Jesús. «Aquí -dicen- pudo tener lugar el famoso sermón de la
Montaña, así como el milagro de los panes y los peces.» En la actualidad,
los guías muestran a los viajeros y turistas la llamada «roca del cristiano»,
que se supone sirvió de mesa a tan memorable acontecimiento. Y aunque el
sentido común me dictaba que tales tradiciones no podían gozar de mucho
fundamento, abordé al Zebedeo, interesándome sobre el particular. Juan
me escuchó atónito. Y replicó con un argumento aplastante: «Ese paraje
está maldito. A partir de la primavera, el aire se torna insoportablemente
caliente, las fuentes se secan y la tierra se cuartea. Allí -concluyó-, sólo
anidan las serpientes...» Estaba claro. Los referidos episodios de la vida pública. del Maestro habían sido «removidos» de los auténticos enclaves geográficos donde tuvieron lugar. Estos exploradores fueron testigos de excepción de ambos sucesos y estamos en condiciones de afirmar que todo ello
aconteció a orillas del yam. El segundo de estos hechos -la multiplicación de
los panes y los peces-, registrado al sur de la ciudad de Betsaida Julias, nos
estremeció... Pero, ¿tendré fuerzas y luz suficientes para narrar tan prodigioso suceso?
Minutos después de la hora tercia (las nueve de la mañana) arribamos al fin
a la carretera principal: la que enlazaba Tiberíades con el oeste de Israel,
comunicando el mar del Kennereth con Megiddó y la llanura de Esdrelón.
A pesar de su desahogada anchura (unos cinco metros), la vía en cuestión
no era mejor que las veredas precedentes. El intenso tráfico de hombres y
caravanas la habían descarnado. El piso, de tierra prensada, presentaba un
interminable tinte negruzco, fruto de los orines y evacuaciones de las caballerías. Era una lástima que los hábiles constructores romanos hubieran
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despreciado aquella importante arteria. Una «carretera» -procuré no olvidarlo- por la que había caminado el Maestro en multitud de ocasiones.
No me cansaré de cantar las excelencias de aquella región. La Galilea de
hoy es un demacrado reflejo de la que nos tocó recorrer en aquel tiempo.
Incluso el cántico del exagerado Flavio Josefo sobre dicha tierra se queda
corto y empobrecido. Daba igual la dirección que eligiera. Los campos, valles o laderas se hallaban mimosa y exhaustivamente cultivados. Al dejar
atrás el inmenso olivar surgieron ante mí, a derecha e izquierda de la carretera, perdiéndose en la distancia, apretados campos de trigo y de cebada, a
punto de sazón el primero y dispuesta para la siega la segunda. Y más allá
de los ondulantes trigales, coronando colinas, nuevos olivares, perfectamente alineados, que difuminaban el rojo arcilloso del terreno. Y en el horizonte, por encima del nivel de los trescientos metros, las benéficas masas
verdiazuladas de los bosques de robles, algarrobos, terebintos y pinos de
Alepo. Ésta era una de las claves de la magnificencia de la alta y de la baja
Galilea: los innumerables y espesos bosques, entre los que sobresalían tres
especies de robles (dos pertenecientes al común siempre-verde y el gigantesco, anciano y venerado roble del Tabor). El régimen combinado de lluvias (más abundantes entre octubre-noviembre y marzo-abril) y la fiel y artesana química de las masas forestales propiciaba toda suerte de manantiales y corrientes subterráneas que los naturales supieron hacer suyos. Las
nieves acumuladas en la cadena montañosa del Hermón (actual Líbano),
emplazada a 53 kilómetros de la primera de las desembocaduras del Jordán, en el lago de Tiberíades, constituían un tesoro seguro e impagable del
que se beneficiaba toda la región. A diferencia de la Judea, cuya «piel era el
desierto», Galilea difícilmente supo de la sequía y del hambre. Estas circunstancias -como escribe Josefo- «atraían, incluso, a los menos amantes
del trabajo». Las cifras hablan por sí solas. En vida del Maestro, aquella
comarca de 111 kilómetros (de norte a sur) por 55 (de este a oeste) agrupaba un total de quince ciudades fortificadas y doscientas cuatro aldeas,
con una población total que se aproximaba a los ochocientos mil individuos.
La bondad de la propia tierra (pesada, de grano fino y con excelente capacidad de absorción del agua) y el ingenio de los campesinos hacía el resto.
Éste, en definitiva, fue el escenario en el que creció y desarrolló su actividad el Hijo del Hombre: una Galilea dorada, con resguardados valles y dilatadas planicies en los que el olivar se emparentaba con el trigo, la cebada,
la escanda y el sorgo. Una Galilea verde, donde el cultivo intensivo, los jardines y los árboles frutales hicieron exclamar a Jacob: «Aser, su pan es sabroso: hará las delicias de los reyes. » La dulzura de sus frutos era tal que
llegaron a estar prohibidos en Jerusalén durante las tres grandes peregrinaciones anuales. Y, por último, una Galilea azul, a orillas del yam...
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La envidiable riqueza de la Galilea y su estratégica ubicación geográfica,
nudo «gordiano» de los caminos que iban o venían de Mesopotamia a Egipto y de Filadelfia al Mediterráneo, traerían consigo dos realidades incuestionables que no puedo ni debo pasar por alto. Dos circunstancias que, en mi
modesta opinión, incidieron -¡y cómo! en la personalidad humana y en el
estilo de Jesús de Nazaret. Me refiero, en primer lugar, al intenso trasiego
de pueblos, culturas y costumbres del que, a todas luces, se benefició la
Galilea. En segundo término, casi como una prolongación de lo anterior, a la
liberalidad que este río de gentes hizo germinar en los corazones de los
galileos. Insisto: estos factores marcaron hondamente el pensamiento
«terrenal» de un Hombre que convivió durante casi veintiocho años con
caravanas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Este incesante
tránsito, el correr del dinero y el carácter hospitalario y receptivo de los
autóctonos, que no dudaban en mezclarse con los «impuros paganos», le
valdría a la Galilea el despreciativo sobrenombre de «círculo de los
gentiles». Allí trabajaba, se divertía o hacía un alto en el camino toda suerte
de razas -tinos, helenos, sidonios, egipcios, negros africanos, romanos,
babilonios, judíos y una convulsa legión de nómadas del este-, con sus
respectivos dioses, supersticiones, lenguas y hábitos. Al reconstruir las
sucesivas etapas -infancia, juventud y madurez- de la existencia del rabí de
Galilea fuimos comprendiendo la decisiva influencia de este ambiente
cosmopolita y abierto en su educación y, sobre todo, en su forma de
enjuiciar los pensamientos y el comportamiento de los seres humanos.
¡Cuán flaco servicio el de los evangelistas al no mostrar al mundo la diaria
realidad en la que creció el Hijo del Hombre! Los cristianos caen en la
tentación de imaginar a un Jesús niño o adolescente, prácticamente
enclaustrado y retirado del mundo, sumergido en los estrechos y remotos
límites de una aldea llamada Nazaret. Nada más distante de la realidad...
Pero esta promiscuidad entre israelitas y extranjeros provocaría también un
rabioso y general rechazo entre los judíos del sur (la Judea). Rabinos y
hombres de estricta observancia de la Ley mosaica vivían en un permanente escándalo respecto a las costumbres y a la tolerancia de los galileos.
Aquellos se vanagloriaban de su puritanismo, calificando a sus vecinos del
norte de «impuros, incultos y provincianos, incapaces, incluso, de hablar
correctamente». La soberbia de los judíos meridionales era tal que, entre
los miembros del Gran Sanedrín, se repetía con frecuencia: «De Galilea
nunca se ha levantado profeta.» Estas tensas relaciones fueron, en definitiva, el terreno abonado para el odio en el que tuvo que moverse el Nazareno
y, por supuesto, su grupo.

21

Aquel susto fue un providencial aviso. Lo acaecido en la plantación de pimpinelas no debía repetirse. Así que, al menos hasta el ingreso en Nazaret,
me hice el firme propósito de extremar la prudencia. Me limitaría a observar, sobre la marcha. A fin de cuentas, ése era mi trabajo. Y tenía que ejecutarlo, evitando toda intromisión en aquel «ahora histórico» que no era el
nuestro. Complejo objetivo, a fe mía. Los incidentes en los que me vi envuelto colocarían a esta rígida norma de la operación frente a un espinoso
dilema. Pero proseguiré con el relato del accidentado caminar hacia la aldea
del Hijo del Hombre.
Según mis estimaciones, Caná se hallaba a poco más de quince kilómetros.
Como fue dicho, allí nos abandonaría Bartolomé. Y en solitario, cerrando la
comitiva, me concentré en la memorización de cuantas referencias pudieran
servirnos en futuras exploraciones. Si el proyectado «salto» en el tiempo
llegaba a consumarse -como así fue-, esta senda y las mencionadas Caná y
Nazaret se convertirían en habituales escenarios del ir y venir de Jesús y
sus discípulos. El conocimiento del terreno que pisaba, por tanto, tenía que
ser lo más exhaustivo y preciso posible.
Esta cuarta etapa, casi en su totalidad, ofrecía un camino cómodo y encajonado entre los crecidos campos de cereal. La campiña corría libre y dorada,
rodeando log cuatro montes que vigilaban los siete kilómetros de que constaba este nuevo tramo. Estas notables elevaciones -todas superiores a los
quinientos metros- guardaban una curiosa simetría. En un capricho de la
Naturaleza construían un cuadrado casi perfecto, de dos kilómetros de lado,
con la carretera discurriendo justamente por el centro. En la cima de uno de
los picachos -el primero por nuestra derecha se distinguía la blancura de un
recogido villorrio (Lavi), único asentamiento visible en dicha cuarta etapa. Y
aquí y allá, rompiendo el relajante ondear del trigo y de los corros de cebada, chozas de paja y adobe, destinadas al depósito de aperos y, con seguridad, ocasionales refugios de hombres y animales. Cuadrillas de felah se repartían a uno y otro lado del camino, encorvadas sobre las manchas de cebada. Era el tiempo de la siega del «pan de los pobres». La recogida del trigo duro llegaría algunas semanas después. Armados de pequeñas hoces de
hierro, ligeramente curvas y en ocasiones con las hojas dentadas, los campesinos apresaban los manojos con la mano derecha, guillotinándolos de un
certero tajo. Aunque menos abundante que el trigo, aquella cebada era de
excelente calidad. Pertenecía a la especie hexastichum (de seis hileras), cuyas espigas, a diferencia de su hermana distichum (de doble hilera), producen un generoso grano.
Los haces, una vez atados en gavillas, pasaban a manos de las mujeres y
de los muchachos, que los transportaban hasta las eras: unos espacios
abiertos en los trigales -generalmente formados por un afloramiento roco22

so- en los que se propiciaba la trilla y posterior aventado del grano. Algunas
partidas de campesinos, con mejores recursos, disponían de asnos y carretas con los que aliviar el traslado de las mieses. Cuando la era consistía en
un desnudo lecho de tierra arcillosa, la superficie en cuestión aparecía cercada en todo su perímetro por decenas de piedras de regular tamaño. Las
mujeres, entonces, esparcían los haces, procediendo a la labor de trilla. Para ello, estas esforzadas galileas golpeaban la cebada con palos y mazas,
tronchando los tallos. Otras, más afortunadas -siempre las menos-, se servían de los burros. Les ajustaban una esportilla o bozal, a fin de que no devoraran el grano, azuzándoles para que caminaran o trotaran por la era, trillando la mies. En algunos casos, los cuadrúpedos eran enganchados a una
rectangular y áspera tabla de madera, provista de dientes de pedernal. La
campesina se plantaba sobre el primitivo rastrillo y arreaba a la bestia, liberando el grano.
Cada cual, en definitiva, tenía asignado un cometido. Los niños, por ejemplo, cumplían con el reparto de agua y la vigilancia del grano trillado o
aventado. El «enemigo», en este caso, lo constituían las espesas bandadas
de tórtolas comunes que, desde el comienzo de la primavera, cruzaban los
cielos de Israel, rumbo al viejo continente. Muchas de ellas incubaban en la
Galilea, amenazando las cosechas. Cuando estas aves o las currucas se
aproximaban a las eras, los pequeños vigías agitaban los brazos, palmoteaban y entonaban chillonas canciones, espantando a las intrusas. La campiña
cobraba así un ruidoso pálpito. Los cánticos y la teatralidad de la gente menuda dulcificaban en parte la dureza de aquel trabajo. Una recolección que
no fue ajena al Hijo del Hombre...
Consumada la trilla, los felah, provistos de horcas de madera de cinco puntas, sacudían las cañas en el aire, aventando el grano. Una vez en tierra,
las hábiles mujeres lo cribaban con la ayuda de pequeñas y puntiagudas
piedras. Y el grano de cebada -dieta básica de los menos favorecidos por la
fortuna- quedaba listo para el transporte a las aldeas y el definitivo almacenaje en los silos.
Los veinte o treinta primeros minutos de marcha me reconfortaron. Sencillamente, disfruté de tan magnánima naturaleza. E imaginé al Maestro entre
los felah. Según mis informaciones, durante algún tiempo, Él también lo
fue. No podía perder de vista que ésta era su gente, su tierra y el mundo
que le rodeó durante años. Una cumplida documentación en torno a las costumbres, modo de pensar y problemas de los galileos debería esclarecernos
el porqué de muchas de las actitudes y actuaciones de Jesús. Ni los hombres, ni las ideas y mucho menos el ritmo social de aquel tiempo y de aquel
país guardan relación con la cultura y entramado vital de los cristianos del
siglo xx. Esta circunstancia es olvidada con frecuencia por los que practican
23

el Cristianismo. Y ahora que estoy en ello, me permitiré un paréntesis en la
narración. Decía que aquel caminar por la fértil y hermosa baja Galilea me
llenó de fuerza. Dios sabe que en nuestro «viaje» no abundaron los momentos de paz. Era natural que, a la menor oportunidad, nos aferrásemos a
ellos. El hipotético lector de este diario no debe olvidar que, tanto mi hermano como yo, también éramos seres humanos. Cierto que estábamos en
condiciones de «manipular» el tiempo y ello, en teoría, nos colocaba en un
plano de superioridad. Sin embargo, la verdad desnuda fue otra. A pesar
del implacable entrenamiento, de los medios técnicos y científicos a nuestro
alcance y de las ventajas, de toda índole, que supone una diferencia histórica. de casi veinte siglos, estos exploradores se sintieron «perdidos» en infinidad de ocasiones. Quien alcance a leer estas experiencias debe comprendernos y comprender nuestras debilidades. Sufrimos lo indecible. Caímos en
el error y, lo más lamentable, no conseguimos acoplamos por entero a la
cotidiana realidad de aquel «otro ahora». Fueron muchas las jornadas en
las que, a causa de tan prolongada «estancia» en un marco histórico extraño, padecimos un trastorno no catalogado aún por la medicina y que podríamos definir como «resaca psíquica». Explicarlo no es fácil. Aunque el
organismo terminó por adaptarse a las necesidades y exigencias del nuevo
«medio», no ocurrió lo mismo con nuestras mentes. Freud se hubiera sentido feliz estudiando esta disociación entre el consciente y el subconsciente.
Mientras el primero reaccionaba con normalidad, el segundo, quizá más sabio, se resistía a sobrevivir en un hábitat a todas luces antinatural. Y de vez
en vez experimentábamos una especie de bloqueo mental al que acompañaban unas no menos injustificadas reacciones de repulsa hacia cuanto nos
rodeaba. Nada grave, supongo, pero lo suficientemente sintomático como
para alertarnos de que «algo» no marchaba bien. Como médico estoy convencido de que tales alteraciones, aunque pasajeras, guardaban una íntima
relación con el irreversible proceso degenerativo de las redes neuronales.
Un mal que le ha costado la vida a mi entrañable hermano y que, a no tardar, rematará la mía. El cerebro humano se halla capacitado para aclimatarse a las más adversas condiciones, tanto físicas como psíquicas. Sin embargo, un «salto» de esta naturaleza, a otro marco temporal, viene a quebrar la propia química cerebral. Curtiss y los especialistas de Caballo de
Troya fueron puntualmente advertidos. Dios quiera que nuestra experiencia
ponga freno a otros proyectos similares. La ciencia está obligada a recapacitar y a prever estas delicadas situaciones. Fuimos los primeros, sí, y aunque
la Providencia nos asistió en todo momento, el precio a pagar ha sido el
más alto.
Cerrado el paréntesis, como decía el Maestro, «quien tenga oídos, que oiga».
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El encuentro con aquella caravana resultaría aciago. A partir de esos momentos, hasta la consumación del tercer «salto» en el tiempo, una cadena
de inesperados sucesos iría cercándome, hasta hundirme en una dolorosa
marginación. ¡Cuán extraño es el destino! Yo, Jasón, el «audaz y valiente
griego» que supo estar al lado de Jesús en las más duras pruebas, terminaría repudiado por la mayoría de los discípulos.
La Operación había contemplado esta posibilidad. Sin embargo, las normas
y directrices -siempre teóricas- no sirvieron de gran cosa. Veamos por qué.
Quizá llevásemos una media hora de camino, desde el ingreso en la arteria
principal. La cuestión es que, al salir de uno de los recodos y a una distancia de medio kilómetro, distinguimos una apretada concentración de hombres y animales. El grupo, inmóvil, ocupaba la totalidad de la senda, obstaculizando el paso. Bartolomé y el Zebedeo se detuvieron. Y el primero, tras
una rápida inspección, acertó en el veredicto. Nos hallábamos ante una caravana. Una de las muchas que atravesaban a diario la Galilea. Lo que no
supieron decirme fue el motivo de dicha paralización. El paraje no parecía el
idóneo para abrevar a las bestias. Tampoco la hora, rozando las diez de la
mañana, resultaba lógica para plantar el obligado campamento nocturno..
Salvo contadas excepciones, caravanas y caminantes evitaban desplazarse
durante la noche.
El hecho de tener que abrirse paso entre aquellas gentes desconocidas no
complació a mis amigos. Y con el gesto grave, casi malhumorado, reanudaron el avance, discutiendo la alternativa de rodearles. Finalmente desistieron. A buen seguro, los felah que segaban en las proximidades no habrían
aprobado la desconsiderada opción de pisotear los trigales. Lástima... De
haber esquivado la caravana, todos nos hubiéramos ahorrado algunos sinsabores.
El convoy llevaba nuestra dirección. Y a punto de dar alcance a los espectaculares dromedarios que cerraban la abigarrada y extensa comitiva, la Señora y los discípulos, en un gesto casi mecánico, echaron mano de sus respectivos mantos, cubriéndose las cabezas y rostros. Al principio lo interpreté como un medio para pasar inadvertidos. Pero, conforme empezamos a
sortear a los animales, comprendí la razón del súbito embozo. Aquella variedad blanca de dromedarios, los asnos y los parsimoniosos búfalos de
cuernos en forma de media luna viajaban «escoltados» por sendas y zumbadoras nubes de moscas, tan molestas como peligrosas. A pesar de la protección de la «piel de serpiente» me apresuré a imitarles. La picadura de
uno de estos tabánidos, en especial del Loa loa, podía acarrear enfermedades -caso de las filariasis- que debíamos evitar a toda costa.
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Aunque había tenido la oportunidad de contemplar otras caravanas en los
alrededores de Jerusalén y en el camino de Betania, ésta era la primera vez
que me aventuraba en el mismísimo corazón de uno de estos singulares
grupos.
Quedé aturdido. El tufo acre de las bestias; el rebuzno de los asnos; la negra y pertinaz geometría de los dípteros, inútil y pacientemente acosados
por las colas de los cuadrúpedos; el balido de los rebaños de cabras de
grandes y caídas orejas; el vocerío de los caravaneros y las órdenes de los
«escoltas» -hombres y jovencitos-, manteniendo en línea al medio centenar
de dromedarios, dibujaban un cuadro variopinto, fascinante y, para un lego
como yo, aparentemente caótico.
La mayoría de los dromedarios transportaba abultadas banastas, que colgaban de sus costados. El agua, elemento precioso, casi sagrado, era conducida a lomos de una decena de pequeños burros de negro y nutrido pelaje. Los odres, sujetos por varas de madera, se hallaban al cuidado de las
mujeres.
Sobre la jiba de aquellos dromedarios, conocidos entre los mesopotámicos
con la perífrasis de «asnos del mar», se había habilitado igualmente una serie de baldaquines o rústicos pabellones en los que viajaban mujeres y niños. En otros rumiantes, perfectamente enrolladas, se adivinaban las tiendas y el austero ajuar doméstico de los casi doscientos miembros que conformaban la caravana.
Cada vez con más prisas, los discípulos y la Señora prosiguieron el zigzagueante caminar entre carros y animales, deseando la paz a derecha e izquierda. Fueron pocos los hombres y mujeres que respondieron a los saludos. Deduje que, seguramente, no comprendían el arameo galalaico. A juzgar por su indumentaria cabía la posibilidad de que procedieran de Mesopotamia. Los hombres lucían túnicas de lino y lana, prácticamente hasta los
pies, y mantos de deslumbrante blancura que, en ocasiones, arrollaban sobre los melenudos cráneos a manera de turbantes. El vaporoso y desahogado atuendo, muy adecuado para el desierto, era redondeado por una ancha faja o ceñidor, que ayudaba a portar una arma. En este caso, unas dagas cortas y curvas, con vainas de madera o tela y empuñaduras de fino tallado.
El calzado, a excepción de algunas sandalias que me recordaron los borceguíes de Beocia, era extremadamente simple. Consistía en una gruesa base
de cuero de vaca o piel de camello o dromedario a la que había sido anclada
una cuerda que, pasando junto al pulgar, se anudaba alrededor del tobillo.
El ropaje de las mujeres, similar al de los varones, se diferenciaba por el
luminoso colorido. Si los hombres, como venía diciendo, vestían de un blanco uniforme, aquéllas gustaban de motivos florales y complejos bordados
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en rojo, azul, rosa y negro. El rostro, descubierto, de tez curtida, lucía
enigmáticos tatuajes azulones sobre el mentón y la frente.
Como tendría ocasión de verificar escasos minutos después, nos hallábamos, en efecto, en mitad de una tribu nómada, oriunda, en parte, de la región septentrional de lo que en la actualidad conocemos como península
arábiga. La numerosa reata de bestias, los grandes pendientes, los anillos
de nariz, los pesados brazaletes y los collares -todo en plata- denunciaban
una aceptable posición económica.
Uno de los capítulos que reclamó mi atención en este inicial y apresurado
contacto con la caravana fue la presencia de cinco corpulentos perros pastores, de gran parecido a los «dogos de Burdeos». De cabezas largas, hocicos caídos, unos cincuenta kilos de peso y alrededor de ochenta centímetros
de altura constituían una inmejorable defensa para el grupo en general y
para el ganado en particular. Los había amarillos y mosqueados. Prudentemente, mientras la caravana permaneció inmovilizada, uno de los pastores
los retuvo amarrados. Aun así, al llegar a la altura de la jauría, varios de los
perros, alertados por la presencia de aquellos cuatro extraños, se incorporaron al punto, ladrando furiosa y amenazadoramente. María, asustada, se
hizo a un lado, buscando la protección del Zebedeo. El nómada que sujetaba las cuerdas con ambas manos sonrió burlón, al tiempo que la emprendía
a puntapiés con los más ariscos. Procuré distanciarme. Aquellas «fieras»,
en una clasificación sobre «10», ostentaban una puntuación de «9» en lo
que a defensa territorial y agresión se refiere.
La médula del convoy la formaban unos quince carros. La mayoría de dos
ruedas y arrastrados por bueyes. Otros, más pesados y provistos de cuatro
ruedas en forma de discos de madera de una sola pieza, eran tirados por
parejas de bos bubalus, los poderosos búfalos utilizados en las llanuras de
los ríos Tigris y Éufrates desde la remota dinastía de Akad. Tanto las carretas cubiertas como las descubiertas aparecían repletas de cestas de mimbre, tinajas y ánforas de diversos calibres y oscuras y apretadas balas. Los
carruajes de cuatro ruedas, con una barandilla que rodeaba la plataforma,
eran muy similares a los plaustra maiora, unos carromatos que los romanos
habían ido introduciendo con sus legiones y comercio. Supuse, acertadamente, que se trataba de la mercadería principal. Estas caravanas, sobre
todo las que partían del norte y del este, traficaban fundamentalmente con
sedas, especias, alfombras, piedras preciosas, frutos, maderas nobles e, incluso, animales exóticos.
En varios de los carros descubiertos, sentados o de pie sobre la carga, mujeres y niños dirigían sus miradas hacia la cabeza de la caravana, discutiendo entre sí. A diferencia de las que acababa de dejar atrás, éstas sí ocultaban el rostro con largos y negros velos. ¿A qué podía obedecer semejante
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discriminación? En la vanguardia del convoy me aguardaba la respuesta a
tan intrascendente pensamiento, aunque, desde luego, no en la forma en
que yo hubiera imaginado y deseado...
La innata y, supongo, inevitable curiosidad femenina vino a precipitar los
acontecimientos. El «oso» de Caná suspiró aliviado al dar alcance a la cabeza de la caravana. Retiró el ropón de su cabeza y se dispuso a cruzar frente
a -un corro de nómadas que se apelotonaba a la derecha del camino. El Zebedeo, que seguía muy de cerca a Natanael, hizo ademán de asomarse al
vociferante grupo. Pero, al detectar las prisas de su compañero, renunció a
tan comprensible gesto. La Señora, en cambio, sí cayó en la pueril tentación. Y embozada aún en su manto marrón claro la vi deslizarse entre los
caravaneros, intrigada por el alboroto. En un primer momento, ni Juan ni
Bartolomé se percataron de la maniobra de María. Y quien esto escribe se
acercó igualmente a los diez o doce individuos que formaban la acalorada
discusión. La Señora, siempre intrépida, era una permanente caja de sorpresas.
Absorto en la contemplación de la caravana no había caído en la cuenta de
que nos hallábamos a escasa distancia del picacho sobre el que se asentaba
la aldea de Lavi. Los nómadas en cuestión parlamentaban justamente en la
confluencia de la vía principal con el estrecho y pedregoso senderillo que
descendía del villorrio. Como era habitual en las rutas importantes, los
habitantes de los poblados próximos aprovechaban estos cruces de caminos
para salir al paso de los viajeros y ofrecerles los productos y «especialidades» del lugar. En esta ocasión, una vecina de Lavi había sentado sus reales en una redonda y pequeña era, practicada al pie mismo de la bifurcación. Allí, en compañía de dos niños de corta edad, sobre una humilde esterilla de hoja de palmera, presentaba una batería de cuencos de barro cocido, colmados de lentejas recién recolectadas, harina de cebada, ajos y cebollas (crudos y cocidos) y una ristra de calabazas vinateras, con la típica
forma de botella. Después de extraer la amarga pulpa y las semillas, esta
especie -única en su género- era muy estimada como recipiente, bien para
uso doméstico o en los viajes, a manera de nuestras modernas «cantimploras».
Al principio, más pendiente de María que de la zarabanda protagonizada por
los viajeros, no comprendí muy bien los motivos de la trifulca. Algunos de
los nómadas parecían interrogar a la vendedora. Lo hacían en un arameo
fluido. Más correcto que el occidental o galalaico que manejaban los galileos. La palabra repetida una y otra vez por aquellos hombres, visiblemente
nerviosos, era «médico». En efecto, trataban de localizar un «sanador». Algo anormal acontecía en la caravana. Y el instinto me puso en guardia. La
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Señora y los discípulos sabían de mi condición de galeno. Pero, salvo en casos de nula o muy corta trascendencia, Caballo de Troya prohibía a sus exploradores cualquier tipo de intervención, suministro de medicamentos e,
incluso, consejos u orientaciones médicas que pudieran modificar el ritmo
natural de las personas o de los grupos. Necesitamos un tiempo para admitir nuestro error: aunque en ciertos momentos pudo beneficiarnos, nunca
debí reconocer entre aquellas gentes mi especialidad como rofé o médico. Y
ahora, en mitad de los nómadas, estaba a punto de experimentar las desagradables consecuencias de tan crasa equivocación...
El caso es que, intuyendo el posible conflicto, retrocedí unos pasos, distanciándome de los caravaneros. ¿Qué podía hacer? ¿Escapaba y me ocultaba
en el laberinto de carros? Si el problema, como digo, era grave, yo debería
permanecer al margen. Mas, ¿cómo hacerlo? Hoy, al rememorar el critico
lance, me arrepiento de no haber obedecido ese impulso inicial. Pero, sofocando la sutil advertencia, desistí. Quizá exageraba. Mi repentina desaparición -pensé- hubiera resultado de muy difícil justificación. Por otra parte,
carecía de elementos de juicio como para analizar el asunto con un mínimo
de objetividad. Así que, avanzando de nuevo hacia el grupo, dejé correr los
acontecimientos.
La galilea, sentada a la turca, parecía ajena al vocerío, más preocupada, en
apariencia, de espantar las moscas que se disputaban el género que de colaborar con los exaltados viajeros. En un par de ocasiones se dignó levantar
los ojos y, con dificultad y lentitud, articuló algunas palabras, al tiempo que
señalaba hacia el oeste. Francamente, no alcancé a comprenderla. Al observar su pésima pronunciación empecé a intuir la razón de semejante galimatías. La infeliz padecía una «disartria»: una imperfección en la articulación de las palabras, como consecuencia de alguna lesión en los músculos
de la fonación. Ello le impedía manifestar las ideas con claridad, provocando, en suma, la exasperación y el confusionismo de sus interlocutores. Éstos, al captar la nebulosa indicación, se volvieron hacia un individuo que
presenciaba la escena en silencio. Vestía también de blanco, aunque suporte, la franja de borlas que remataba la inmaculada túnica y el arco que
sostenía en la mano derecha me hicieron sospechar que podía tratarse del
jeque o jefe de la familia de nómadas. El fenotipo era claramente mesopotámico: nariz aguileña, frente estrecha, bóveda craneal aplastada y oblicua,
ojos negros, occipucio plano y una barba larga y cuadrada.
El cambio de impresiones fue breve. El que parecía gobernar la caravana dirigió la mirada hacia poniente, escrutando el camino. Acarició la pequeña
cabeza de pato de marfil que adornaba uno de los extremos del arco y, con
una sombra de tristeza en el rostro, se dirigió a sus hombres, ordenando el
avance del convoy. En esos instantes, María, siempre dispuesta, se destacó
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de entre los caravaneros, ofreciendo su ayuda al jeque. Éste, perplejo, la
inspeccionó de arriba abajo, sin comprender muy bien sus intenciones ni de
dónde demonios había surgido aquella galilea. Todo quedó aclarado cuando
Natanael y el Zebedeo, alarmados por nuestra tardanza, deshicieron lo andado, incorporándose al grupo. Yo, prudentemente, me mantuve a una
cierta distancia, medio camuflado entre los nómadas. Al poco de iniciar la
conversación con la Señora y los discípulos, el jeque, persuadido de la buena fe de la hebrea y de sus acompañantes, modificó su orden anterior: la
caravana seguiría inmóvil. Y quien esto escribe presintió lo peor. De vez en
cuando, las miradas de mis amigos y los inquisidores ojos del mesopotámico me buscaban entre los blancos ropajes de los caravaneros. No había duda. Hablaban de mí. Y una creciente inquietud fue ahogando mi corazón.
Estaba atrapado...
Y el destino, implacable, se arrojó sobre mí, acorralándome. Juan alzó su
mano izquierda y, sonriente, reclamó mi presencia. El Zebedeo, tal y como
sospechaba, me presentó ante el jeque -un tal Murashu- como un «sabio
rofé, capaz de grandes prodigios». Aturdido, con la boca seca por el miedo,
traté de negar y de restar mérito a los encendidos elogios del discípulo. Pero ninguno de los presentes me tomó en consideración. Murashu, respetuoso, inclinó la cabeza, suplicándome que aliviara la carga de sus muchos pecados. Al parecer, una de sus mujeres había sufrido una caída. El dromedario en el que viajaba, presa de un ataque de «locura», la había derribado y
pisoteado a escasa distancia del cruce en el que nos encontrábamos. En
buena lógica, deduje, el percance debía ser lo suficientemente grave como
para haber inmovilizado la caravana. Y mis temores arreciaron.
Para los asirio-babilónicos, las enfermedades, accidentes y demás calamidades tenían su origen en la ira de los dioses. Cualquier contratiempo o
desgracia eran asociados de inmediato a los pecados, incluso hipotéticos,
de la víctima o de su parentela. De ahí las lamentaciones del afligido Murashu.
Traté de serenarme. Resultaba estéril invocar al «sanador» de Caná, el más
cercano y al que había hecho alusión la vecina de Lavi. La distancia que nos
separaba de la aldea de Bartolomé era superior a los doce kilómetros. No
tenía alternativa...
Y el dueño y señor de la tribu nos condujo hasta una de las carretas cubiertas: una especie de carpentum de dos ruedas. A pocos metros del carruaje,
un par de servidores de la caravana (los llamados «escoltas», responsables
de los dromedarios) atendían a un inquieto animal. El rumiante se hallaba
arrodillado e inmovilizado merced a una cuerda que, descendiendo de la cabeza, había sido anudada a la rodilla izquierda. Murashu, al pasar junto al
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blanco y nervioso ejemplar, lo maldijo. Se trataba, efectivamente, de la
dromedaria causante del percance. Uno de los nómadas, provisto de un
odre, se esforzaba en abrevarla. El otro, a su lado, con un haz de plantas
entre las manos, iba suministrándole pequeñas raíces y unas cápsulas esféricas que arrancaba de los tallos. Al hablar de un ataque de «locura», el jeque no había exagerado. Al igual que el ser humano, el camello y el dromedario padecen también de podagra o gota, que afecta a las extremidades,
provocando en los cuadrúpedos un dolor intensísimo. Cuando esto sucede,
el animal «enloquece», mostrándose irascible y peligroso en extremo. Esto,
ni más ni menos, era lo ocurrido en el seno de la caravana. Quizá, si el incidente lo hubiera protagonizado un macho, Murashu habría ordenado su inmediato sacrificio. Al tratarse de una hembra, el comportamiento de los
nómadas era radicalmente distinto. La leche de dromedaria, de alto contenido proteico y un excelente porcentaje salino, constituía un alimento y una
bebida básicos en la dieta de aquellas gentes. Y con buen criterio, procuraban aliviar la «locura» del rumiante, proporcionándole abundante líquido y
las negras semillas contenidas en las cápsulas esféricas. Estos granos aceitosos no eran otra cosa que el ovario madurado de la adormidera, una planta sobradamente conocida en las regiones mesopotámicas, que contiene
hasta veinticinco alcaloides opiáceos. Como analgésico y calmante del dolor
resultaba de gran utilidad en estas circunstancias. A este «tratamiento», los
nómadas, antiguos conocedores de las propiedades medicinales de las plantas (los asirios, por citar un ejemplo, disponían de más de doscientas cincuenta especies en su «farmacopea»), añadían las raíces secundarias del
«harpagofito», especialmente indicado para el dolor en las articulaciones.
Nuestro anfitrión y mis acompañantes comenzaron a impacientarse. No
terminaban de entender mi interés por la dromedaria. A decir verdad, aunque me hubieran interrogado, tampoco habría sido fácil satisfacer su curiosidad. Encorvado sobre las inflamadas extremidades del animal, mi examen
no encerraba otro objetivo que el de intentar averiguar el grado de contaminación por heces. Si el rumiante había pateado a la mujer convenía cerciorarse del estado de las pezuñas. «Aun así -cavilé-, si se registra la aparición de un tétanos, ¿qué hacer?»
Fue María la que tomó la iniciativa. Y situándose a mi espalda, posó su mano sobre mi hombro, reprendiéndome con dulzura y calificando mi acción de
«imperdonable despiste».
-Jasón -me advirtió sonriente-, te equivocas. No es el dromedario el que
precisa de tu ciencia...
Lo sabía, pero me excusé. Y siguiendo los pasos del jeque salté al interior
del carromato.
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¡Oh, Dios!, ¿qué era aquello? En un asfixiante habitáculo de tres por dos
metros, sobre un cargamento de balas de lana, yacía una mujer con el rostro cubierto por un velo negro. Sus gemidos eran ahogados por los rezos de
tina anciana que, en cuclillas y a los pies de la joven doliente, simultaneaba
el canturreo de los salmos penitenciales con el lanzamiento sobre el cuerpo
de la nómada de una sustancia ocre que, en un primer momento, no supe
identificar. Bajo el amplio ropaje distinguí un vientre anormalmente hinchado. Pero el olor putrefacto que llenaba el carruaje me distrajo. ¿A qué obedecía aquel infecto ambiente? Al arrodillarme junto a la mujer e intentar
explorar su pulso lo comprendí. La húmeda y pegajosa sustancia que casi
enterraba a la enferma quedó adherida a mis manos. Instintivamente
aproximé las yemas de los dedos a mi nariz, buscando la identificación del
elemento arrojado por la anciana. Mi estómago se rebeló. De acuerdo con
las ancestrales y supersticiosas costumbres de aquellos pueblos, al considerar la enfermedad como la venganza de un dios o demonio maléficos, todo
cuanto pudiera desagradar a la víctima propiciaba el mismo efecto en la divinidad instalada en el cuerpo. Pues bien, con el fin de obligar al espíritu
causante del problema al desalojo del enfermo, la vieja en cuestión había
rociado a la mujer con excrementos de animales.
Mi rabia y repugnancia fueron tales que, sin proceder siquiera a una primera y superficial inspección, abandoné el fétido carromato, tratando de poner
en orden mis ideas..., y mi estómago.
La Señora, alarmada, me salió al paso, interrogándome. Y otro tanto ocurrió con Murashu y los discípulos. Recompuesto el ánimo, ante la atónita
mirada del jefe de la tribu, le ordené que, para empezar, procediera al inmediato traslado de la joven a un carruaje sin carga. Acto seguido, con
idéntico y enérgico tono, solicité de María que se ocupara de la limpieza de
la mujer.
Al punto, una segunda carreta entraba en acción. Y a pesar del riesgo que
podía suponer el traslado de un accidentado de estas características, con
posible politraumatismo, minutos después descansaba en la espaciosa plataforma de un carro de cuatro ruedas.
La Señora, auxiliada por dos nómadas de rostros igualmente cubiertos,
desnudó a la muchacha, cumpliendo mis preceptos. Y yo, sin saber muy
bien qué hacer, ni por dónde empezar, aproveché la espera para revisar la
«farmacia de campaña» que guardaba en el liviano petate de viaje y cambiar algunas palabras con Murashu. El Zebedeo, testigo de la conversación,
se mostró complacido al averiguar que los ancestros del jeque eran precisamente judíos. Aquellos orientales, al contrario de lo que sucede con los
hombres del siglo xx, disfrutaban de una memoria prodigiosa. Podían recitar, paso a paso, la totalidad de sus árboles genealógicos. Así supimos que
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los primeros Murashus fueron deportados a Mesopotamia después de la toma de Jerusalén por Nabucodonosor (año 587 antes de Cristo). La familia
prosperó, alcanzando su máximo auge en los reinados de Artajerjes I y Darío II. Y aunque el asentamiento clave fue siempre la ciudad de Nippur, algunas ramas familiares terminaron por mezclarse con los autóctonos de la
región, buscando nuevos horizontes. Este Murashu, y sus nómadas, antepasados de los actuales beduinos, residían habitualmente al norte de la península arábiga (hoy reino de Arabia Saudita), en un territorio perdido en el
desierto del Gran Nefud, tras los montes de Agia y Selma. Desde allí desplegaban sus actividades, comerciando hacia el este, norte y oeste, por las
rutas de Susa, Jarán, Damasco y Egipto. Pero el apacible coloquio se vería
bruscamente interrumpido por un agudo grito de la Señora.
No lo dudé. Abandonando el manto y la «vara de Moisés» en manos de
Juan me introduje bajo la lona de la carreta, dispuesto a todo. Pero la escena que se abrió ante mis ojos daría al traste con mi celo y buena fe. Y la
disciplina y ética de la Operación se instalaron en mi cerebro y voluntad,
cortándome el paso. A partir de esos momentos, una violenta lucha interior
se adueñaría de mi ser, destrozándome.
María, arremangada y de rodillas, con los lienzos empleados en la limpieza
entre las manos, parecía una estatua. Las otras dos mujeres, en cuclillas y
a la cabecera de la joven, seguían empapando los paños en una jofaina de
barro. La respiración de la enferma, apenas perceptible en mi primer encuentro, se había vuelto agitada.
Supongo que no quise verlo. Pasé por alto el prominente estado del vientre,
centrándome en el pulso. Era vertiginoso. Pálida y desencajada, la Señora,
a un costado de la muchacha, me siguió con la vista, dejándome hacer. En
una precipitada valoración inicial descubrí que, a pesar de las magulladuras
y pequeños hematomas -consecuencia de la caída y posible pateo del dromedario-, la vía aérea no se hallaba comprometida. La palpación tampoco
reveló roturas aparentes, excepción hecha de lo que intuí como una fractura
transversal en la falangina del segundo dedo del pie derecho. El traumatismo había provocado el desprendimiento de la uña de dicho dedo. Ojalá todo
el problema se hubiera limitado a esta lesión...
Una vez repuesta de la sorpresa, María, al percatarse de mi aparente indecisión, confusa y presionada por las circunstancias, alzó la voz, exigiéndome
que actuara. No pude replicar Un alarido desgarrador, seguido de' otros cortos pero intensos gemidos de la joven, me paralizaron. Y la Señora, con
sus_ bellos ojos cargados de incredulidad, se alzó, al tiempo que gritaba
enfurecida:
-¿Es que estás ciego?
33

Mi respuesta a su humana y justificada indignación fue un sudor frío, perlando mis sienes. No, no estaba ciego. Y permanecí de rodillas, mudo, a los
pies de la mujer que, desde hacía algunos minutos, había empezado a parir
un hijo...
-¡Jasón!...
No recuerdo bien la dura amonestación de María. Mis ojos se hallaban fijos
en la cabeza de aquel bebé, que había emprendido el lento pero inexorable
proceso de liberación.
¡Maldito código! Caballo de Troya prohibía terminante y rotundamente
nuestra participación en el nacimiento de un ser humano. Y quien esto escribe, sin poder evitarlo, se veía enfrentado al parto de una joven nómada.
Un alumbramiento acelerado -casi con seguridad- por el accidente del dromedario.
La Señora, nunca lo supe con certeza, debió interpretar mi silencio y paralización como el resultado de un terror insuperable. Y con una entereza admirable se hizo cargo de la situación, ordenando a las mujeres que la proveyeran de todo lo necesario - agua caliente en abundancia, lienzos limpios,
sal, una provisión de aceite," esencias, esponjas, natrón, etc.
Por lo que pude preciar, aquella no era la primera vez que María asistía a
una parturienta. Como primera medida tomó la cabeza de la joven entre
sus manos y, con una ternura que a punto estuvo de hacerme olvidar las
normas, fue susurrándole palabras de aliento. Después, en cuanto las mujeres hicieron acto de presencia en la carreta, la besó en la frente, animándola a que empujara con fuerza. Y sin mirarme siquiera, asistida por una de
las nómadas, se precipitó sobre el niño. Con una precisión impecable depositó un lienzo humedecido sobre sus manos, ayudando así a la expulsión de
la cabeza y protegiendo al bebé de las inevitables secreciones anales. Al
arreciar los gritos, la nómada que se había situado a la cabecera de la muchacha introdujo un pequeño palo entre los dientes de ésta, sujetándola por
las muñecas, a fin de ayudarla en la expulsión.
Con la mano envuelta sobre el área del recto, la improvisada y audaz partera fue ejerciendo una presión posterior y hacia arriba, logrando así una más
rápida y eficaz liberación de la cabeza. María, plena de fuerza y de amor,
animaba constantemente a la mujer, orientándola en sus respiraciones y
esfuerzos. Jamás olvidaré aquella estampa de la Señora, bañada en sudor y
en sangre, con toda su humanidad volcada en el nacimiento del pequeño
nómada.
Cuando la cabeza quedó libre, María pasó sus dedos alrededor del cuello del
bebé, asegurándose de que aquél aparecía sin la peligrosa presencia del
cordón umbilical. Feliz por el rápido desenlace, la madre de Jesús tomó
aliento, limpió el sudor que resbalaba por sus mejillas e inclinándose hacia
34

el enrojecido rostro del pequeño aspiró el material extraño que llenaba la
nariz y la boca, escupiéndolo.
Animada también por el buen parto de la cabeza, la mujer que colaboraba
con la Señora comenzó a entonar uno de aquellos salmos paganos:
«...He sido destruida por el mal del alma y del cuerpo...
...noche y día paso sin tener descanso.
...Estoy hundida en la oscuridad y camino...
María aguardó unos segundos. Tenía los ojos clavados en la recién liberada
cabeza del bebé. Pero el esperado giro, casi siempre espontáneo, en el que
el niño suele colocarse con los hombros en el plano sagital de la madre, no
llegaba. Y la Señora, levantando la voz y la cabeza, instó a la nómada para
que luchara. La parturienta, agotada, trató de obedecer. Pero aquel nuevo
esfuerzo sólo sirvió para que brar el palo que apretaba entre las mandíbulas. Y la respiración se volvió desordenada.
«...Estoy acabada por el dolor y por el lamento...»
Lo inoportuno del rezo penitencial y la tensión del momento hicieron estallar a la partera.
-¡Silencio! -decretó María. Y fulminándome con la mirada me gritó-: ¡Por el
buen Dios, Jasón, ayúdame!
Sentí cómo el corazón me golpeaba en el pecho. Y apretando los puños hasta clavarme las uñas, bajé los ojos, rogando a ese mismo Dios que se apiadara de este pobre explorador.
Un nuevo gemido sacó a María de aquel violento paréntesis. Y templando
sus nervios con una profunda inspiración se lanzó sobre el bebé, buscando
la rotación de los hombros. Aquella espléndida mujer vino a maravillarme,
una vez más. Sujetó la cabeza con ambas manos, aplicándole una tracción
suave, pero firme. Esta maniobra, en efecto, facilitó el movimiento del
hombro más anterior debajo de la sínfisis del pubis. Al poco, los hábiles tirones liberaban el referido hombro. Y la Señora suspiró, batallando por contener la hemorragia. La nómada que le acompañaba reanudó sus cánticos,
mientras la parturienta parecía estabilizar su frecuencia cardiaca y el ritmo
respiratorio.
«...Mi infancia no la recuerdo...
... No sé el pecado que cometí: era niña y pequé...
... He transgredido el límite de mi dios... »
Con una sabiduría envidiable, la Señora esperó unos segundos, antes de
proceder a la última tracción. Esta breve pausa, tras la liberación del hombro anterior permite que el útero se contraiga, frenando así la posibilidad de
una peligrosa hemorragia posparto.
Transcurrido un minuto, María tiró de la cabeza en dirección a la sínfisis,
consiguiendo la liberación del segundo hombro. El parto, prácticamente, es35

taba consumado. Y la audaz madre del Maestro aspiró suave y delicadamente la orofaringe del recién nacido, arropándolo inmediatamente. Y así lo
mantuvo durante algunos minutos, tiernamente apretado contra su pecho,
proporcionándole el calor necesario para que el bebé, de forma natural, iniciara las respiraciones. A renglón seguido, la nómada que había su jetado
las muñecas procedió al pinzado del cordón umbilical. Una vez estrangulado
en dos puntos (el más próximo a cosa de dos centímetros y medio del abdomen infantil), se inclinó sobre el cordón, seccionándolo con los dientes. Y
el pequeño fue lavado entre el regocijo de las mujeres y enérgicamente
friccionado con sal. Por último, la Señora, con una cálida luz en la mirada,
lo alzó entre sus manos, colmándole de besos. Y el bebé fue recostado sobre el vientre de la madre. Diez minutos después, precedida de una moderada hemorragia, la placenta era espontáneamente expulsada. María procedió entonces a un masaje uterino, a través de la pared abdominal, aliviando
así el flujo de sangre. Un emplasto de hierbas -de capsella o bursa-pastoris,
de discutible efecto hemostático- hizo el resto. La hemorragia, al menos de
momento, había quedado cohibida.
Y las nómadas, seguidas de María, abandonaron la carreta, anunciando pletóricas la buena nueva. Yo, impotente y entristecido, permanecí unos minutos junto a la joven, sin fuerzas para reunirme con mis amigos. Había cumplido, sí, el estricto código de Caballo de Troya. Pero, ¿a qué precio? Y en
silencio, a manera de pequeña compensación por lo que no había hecho por
aquella desconocida, lavé su pie herido, inmovilizando el dedo fracturado
con un férreo vendaje. Y me dispuse al enfrentamiento con la cruda realidad...
Al verme descender del carromato, Murashu olvidó a los hombres y mujeres
que se agolpaban en las proximidades. Y enarbolando los brazos por encima
de la cabeza se precipitó hacia este desolado «médico». Imaginé lo peor.
Quizá las nómadas, o la Señora, le habían puesto al corriente de mi desafortunada actuación. Era lógico que, llevado de la ira, tratara de castigar al
embaucador. Es curioso: por primera vez en la aventura palestina estaba
dispuesto a someterme...
Y el jeque cayó sobre mí..., abrazándome aparatosamente. Y arrasado en
lágrimas se desbordó en una entrecortada e interminable retahila de agradecimientos. No supe qué decir. Aquel hombre, de nobles sentimientos,
consiguió contagiarme su emoción. ¿Qué estaba pasando? Y atónito busqué
a María con la mirada.
Al parecer, la joven nómada que acababa de dar a luz era su esirtu o concubina favorita. Murashu viajaba con su legítima esposa y una corte de es36

clavas-concubinas. Éstas, justamente, se diferenciaban de la primera por
llevar el rostro cubierto.
Su alegría por el nacimiento de este varón era tal que no me atreví a sacarle de su error. Y estrechándome contra su costado me arrastró hasta su
gente, arreciando en las alabanzas «por mi buen hacer».
Juan de Zebedeo me felicitó con idéntico ardor. Balbuceé un intento de explicación, con escaso éxito.
Al fin, mis ojos se cruzaron con los de la Señora. Se hallaba sentada al borde del camino. Me acerqué despacio. Tembloroso. Con un nudo en la garganta. ¿Cómo explicarle?...
No se movió. Sostuvo la mirada y, en un gesto que no olvidaré, me hizo un
guiño, sonriendo pícaramente. Mi memoria se estremeció. Yo conocía y recordaba aquella seña. Era uno de los entrañables hábitos de su Hijo.
La generosa y leal actitud de María me desarboló Poco a poco iría conociéndola. Tenía sus defectos, sí, pero también unas espléndidas cualidades.
¡Qué sorda rabia me consume cuando leo, escucho o asisto a tanto desat¡no en torno a la imagen y personalidad de la madre terrenal de Jesús!
No fue como los hombres la han dibujado: fue mejor..., más humana...,
más valiente. Tiempo habrá de demostrarlo:
¿Cómo podía pagarle? Me arrodillé y tomando sus manos las aproximé a
mis labios, besándolas con toda la ternura de que fui capaz. Y los ojos de
este abrumado explorador se humedecieron.
Es difícil explicar lo que ocurrió en aquel breve y silencioso «diálogo». Al
penetrar en su verde y serena mirada, la intuición me puso en guardia. La
Señora -¿cómo hacerme comprender?- sabía algo... Fue una inequívoca
sensación. Como si la Providencia hubiera tenido a bien revelarle que aquel
Jasón, comerciante de Tesalónica, tan profunda y extrañamente interesado
en la vida de su primogénito, era «alguien» especial. El incidente con el joven Juan Marcos, en el monte de los Olivos, no había pasado desapercibido
para aquella inteligente e intuitiva mujer. Horas más tarde,
las'«circunstancias» me demostrarían que no estaba equivocado...
Pero el tiempo apremiaba. El encuentro con la caravana nos había hecho
perder alrededor de dos horas. Y Bartolomé, impaciente, solicitó de Murashu que nos permitiera reanudar la marcha. El jeque lo comprendió. Y
lamentando no poder ofrecernos una más digna hospitalidad, nos emplazó
para reunirnos con él y su familia en la Ciudad Santa durante la próxima
fiesta de Pentecostés. Los discípulos aceptaron por pura cortesía. Ni ellos ni
María imaginaban en aquella fresca mañana del lunes, 24 de abril, que, en
efecto, una semana después se verían en la agradable obligación de emprender el camino de la Judea.
37

Y a una lacónica orden del jefe, dos de los caravaneros fueron a depositar
en mis pecadoras manos un cordero de unas ocho semanas y una cántara
de cuatro log (alrededor de dos kilos), herméticamente sellada con una
basta estopa de lino. Yo sabía que rechazar aquellos presentes hubiera sido
una grave falta de cortesía. Así que, tras los agradecimientos de rigor, encomendé la misteriosa jarra de barro al «oso» de Caná. Pero, en mi confusión, al primer pataleo, el blanco recental se me escurrió a tierra, disparando las burlonas risotadas de los nómadas. Recuperado el corderillo, el convoy, lenta y pesadamente, se puso en movimiento. Y durante un corto trayecto, Murashu y sus hombres nos escoltaron orgullosos y complacidos.
En ese breve recorrido, siguiendo otra antigua tradición, el jefe de los nómadas solicitó mi permiso para otorgar al nuevo vástago el nombre de su
«salvador»; es decir, «Jasón». Acepté la ocurrencia con una ceremoniosa y
teatral complacencia, a sabiendas de que el flamante padre me ocultaba la
verdad. Aquél, en realidad, no iba a ser el auténtico nombre del pequeño,
sino el llamado «segundo o falso» nombre. Desde la más remota antigüedad, las civilizaciones egipcias y mesopotámicas, entre otras, atribuían al
verdadero nombre un poder especial, casi mágico. Babilonios y egipcios, en
suma, participaban del mismo principio: «el nombre de las cosas, de los
animales y de los humanos forma parte de la esencia de los mismos». Platón y la filosofía escolástica no se hallaban muy lejos de esta singular concepción. El autor de Cratilo, como le ocurriría a Schopenhauer, fue rotundo
en este sentido: «los nombres son la consecuencia de las cosas». Para Murashu, por tanto, si el conocimiento del «verdadero, primero y buen nombre» de su hijo podía ejercer un maléfico poder sobre dicha criatura, lo natural era que tratara de «camuflarlo» con una segunda designación. De
hecho, como decía, los egipcios procedían así desde antiguo. Recordemos,
por ejemplo, una estela de la época ptolemaica en la que se dice lo siguiente: «se le puso -al hijo del sacerdote- por nombre Imhotep, pero se le llamó
Petubast».
Tentado estuve de sugerirle un nombre más hermoso que el mío -Jesús-,
pero, al descubrir que lo ignoraban todo sobre el Hijo del Hombre, desistí.
Esta circunstancia -el absoluto desconocimiento de la existencia del Maestro- guarda también su importancia. El hombre del siglo xx encuentra natural que la totalidad de las naciones sepa de la vida y de las enseñanzas del
Galileo. En el año 30, en cambio, las cosas eran muy diferentes. A excepción de unos centenares de miles de israelitas y paganos, todos asentados
en Palestina y sus inmediaciones, el resto del mundo vivió ajeno a la presencia de este Dios en la Tierra.
Aunque los dromedarios de Murashu podían caminar sus cuarenta kilómetros por jornada, el ritmo de la caravana resultaba lento para nosotros. Así
38

que, a una milla del cruce de Lavi, nos despedimos con un «la paz sea con
vosotros». Los caravaneros, a su vez, inclinando las cabezas, replicaron con
un cortés «que los dioses acrecienten vuestras riquezas».
Respiré aliviado al distanciarnos. La experiencia con los nómadas había sido
poco gratificante. A partir de esos momentos, como creo haber mencionado, mi suerte cambió. Una cadena de desventuras iría acorralándome hacia
lo inevitable.
¿Debo referirme a ello? Entiendo que es mi deber. Si uno abre los Evangelios encontrará decenas de frases como éstas: «(Jesús) Se marchó de nuevo al otro lado del Jordán» (Juan 10, 40). «Y sucedió que, de camino a Jerusalén, pasaba por los confines entre Samaria y Galilea» (Lucas 17, 11).
«Y levantándose de allí va a la región de Judea» (Marcos 10, 1). «Recorría
Jesús toda Galilea...» (Mateo 4, 23).
Pues bien, una vez más, los llamados «escritores sagrados» han escatimado
a la Historia, y a los que se proclaman creyentes, un universo de pequeñas
y grandes anécdotas, nacidas justamente en esos recorridos y marchas. De
haber sido minuciosos en la narración de las muchas horas consumidas por
Jesús y su grupo en los caminos hoy tendríamos una visión más ajustada
de la vida y personalidad de todos ellos. Según nuestras estimaciones, de
los casi cuatro años que el Maestro dedicó a la predicación, un tercio,
aproximadamente, del tiempo hábil fue invertido en desplazamientos. Los
números hablan por sí mismos de la trascendencia de cuanto afirmo: de los
1395 días destinados por el Hijo del Hombre a lo que se ha calificado como
«vida pública», unos 465, como digo, transcurrieron en los caminos de Israel y de los países y regiones colindantes. ¿Es que en ese tiempo no ocurrió nada lo suficientemente curioso e importante como para transmitirlo a
las siguientes generaciones? Este pobre y apresurado relato de nuestro peregrinaje desde el lago de Tiberíades a Nazaret constituye una muestra de
lo que digo. Cuanto me tocó vivir en esas horas de marcha fue algo casi
habitual en los viajes de aquel tiempo. Si unimos a ello la mágica e insustituible presencia del Nazareno, «hacedor de maravillas», todo cuanto acierte
a expresar se quedará corto... Durante nuestro prolongado seguimiento, en
el tercer «salto», tuvimos oportunidad de confirmarlo. Fue en aquellas densas jornadas, viajando sin cesar, cuando más y mejor pudimos penetrar en
la personalidad humana del Maestro y de su heterogéneo grupo de discípulos. Los que aman la Naturaleza, las acampadas, el montañismo o llevan en
la sangre el maravilloso veneno de la aventura y de los viajes entenderán
mis palabras a la perfección. Es precisamente en esas intensas y dilatadas
convivencias donde surge y se aprecia con mayor transparencia el auténtico
carácter de los seres humanos.
39

Hecha esta observación, proseguiré con el siguiente suceso, acaecido a cosa
de un par de kilómetros, en el importante cruce de caminos hacia los montes Tabor, en el sur, y Merón, en el norte.
Aquellos veinte minutos -desde la despedida de Murashu hasta la referida
encrucijada- transcurrieron en silencio y con el único engorro, por mi parte,
de tener que cargar sobre los hombros al inquieto corderillo. Mis intenciones
acerca del pequeño animal eran claras: desembarazarme de él a la primera
oportunidad. Pero, ¿cómo? No me equivoqué en mis reflexiones: el destino
decidiría. Respecto a la jarra que cargaba Natanael, sinceramente, la olvidé.
Al poco, su misterioso contenido saldría en auxilio de este explorador. Pero
no perdamos el hilo...
El «suceso» al que hacía alusión empezó a dibujarse en los metros finales
de aquella cuarta etapa. Con el cruce de caminos a la vista, Bartolomé comenzó a cojear ligeramente. Al principio no le concedí demasiada importancia. Sin embargo, poco a poco, el ritmo de sus cortas zancadas se hizo desigual. La causa del trastorno -pensé- podía radicar en su pierna izquierda,
fajada desde el tobillo a la rodilla. Pero el discípulo, habituado a su dolencia,
prosiguió el avance sin despegar los labios. La reacción de Juan y de María aunque sería más propio hablar de la no reacción de ambos- me dio a entender que se hallaban familiarizados con el problema del «oso» y que, muy
posiblemente, no revestía gravedad alguna.
Y así continuamos hasta que, bien colmada la hora sexta, dimos alcance al
cruce de las importantes arterias. En aquel lugar, a cuatro kilómetros, según mis cálculos, del sendero que descendía de la aldea de Lavi se levantaba una típica posada judía, muy frecuentada por el sinfín de caminantes y
caravanas procedentes de los cuatro puntos cardinales. Se trataba, como la
mayoría de los albergues de aquel tiempo, de un vetusto edificio
cuadrangular, de unos treinta metros de lado y de altos y grisáceos muros,
trabajados a base de tosca piedra caliza.
Y el destino quiso que el renqueante Natanael fuera a detenerse frente a la
fachada principal, a la derecha del camino, y a corta distancia del túnel que
hacía las veces de portón. Y sin mediar excusa o comentario algunos se dejó caer sobre la polvorienta senda, recostando su humanidad contra la pared de la posada. Acto seguido procedió a retirar las bandas de cuero de
vaca q e envolvían su dolorida pierna. Y deseoso de comprobar 1 mal que le
aquejaba, confié el corderillo a la Señora, si dome frente al discípulo.
Por la oscura boca del acceso resonaban las voces y risotadas de los ocupantes de la posada. Acostumbrados, al parecer, a estas rutinarias pausas
del «oso» de Caná, María y el Zebedeo le dejaron hacer, al tiempo que ocupaban su atención en un nutrido grupo de caballos, amarrados a una batería de argollas que colgaba del extremo oeste de dicho muro principal. Y ba40

jando el tono de voz, con evidente temor, Juan vino a confirmar los recelos
de la Señora. Las monturas, en efecto, podían pertenecer a la turma romana a la que habían hecho alusión los burreros.
La presencia de la patrulla no gustó a mis acompañantes. Y aunque la treintena de soldados que integraba la unidad se hallaba, casi con seguridad, en
el interior, el Zebedeo instó a su amigo para que abreviase. El de Caná ni le
miró.
Ambas posturas eran justas y comprensibles. Al generacional desprecio del
pueblo judío por el invasor romano había que añadir, en este caso, un
hecho particularmente doloroso y cercano en el tiempo: la humillante ejecución de Jesús por los mercenarios de Roma. No podemos olvidar que
apenas habían transcurrido diecisiete días desde la crucifixión. Esta abrumadora realidad -hoy tamizada por los siglos- pesaba lo suyo en los ánimos
de los íntimos del Hijo del Hombre. A pesar de la misteriosa vuelta a la vida
del Maestro, ni la Señora ni los discípulos habían olvidado a los ejecutores.
Lamentablemente, como iré narrando, las asombrosas y esperanzadoras
apariciones de Jesús no sirvieron de mucho en este sentido. Se equivocan
quienes estiman que María perdonó de inmediato a los verdugos de su primogénito. Era humano, en consecuencia, que el Zebedeo y la Señora trataran de evitar el contacto con la turma.
En cuanto al «oso», también se veía asistido por la razón. Compartía, por
descontado, ese sentimiento de visceral rechazo hacia los romanos. No obstante, en esos momentos, su pierna gozaba de prioridad. Y no le faltaban
motivos.
Con mansedumbre, no exenta de cierta prevención, Natanael me autorizó a
que examinase aquel cuadro de venas varicosas primarias, que progresaba
en sentido descendente en el sistema de la safena interna. Estas varices,
aunque no representaban un problema grave, afeaban aún más el ya poco
agraciado físico del discípulo, ocasionándole una molesta sensación de pesadez y frecuentes calambres musculares. Por lo que deduje del parco interrogatorio al que aceptó someterse, el trastorno era común en su familia.
Sentí no poder auxiliarle. Aunque la dolencia, trivial en principio, no se
hallaba reñida con el rígido código moral de Caballo de Troya, mi «farmacia
de campaña», en esta oportunidad, no contenía medicamento alguno capaz
de suavizar su mal. Por fortuna, mi intervención no fue necesaria. Previsor,
Bartolomé viajaba preparado para esta contingencia. Y echando mano de su
zurrón extrajo una pequeña jarra de verde y translúcido alabastro. La destapó y, cerrando los ojos, ingirió parte del contenido. Carraspeó, dibujó una
mueca de repugnancia y, cuando se disponía a clausurar el recipiente, le
rogué que me permitiera examinarlo.
41

María, entretanto, había reparado en la cántara de barro, regalo de Murashu, depositada en tierra por Natanael. Y sin poder sujetar la curiosidad
retiró la estopa de lino, ojeando el interior.
Juan, inquieto ante el posible retorno de los soldados, siguió vigilando el túnel de entrada al albergue, sin percatarse de la maniobra de la Señora.
Tampoco Bartolomé, pendiente de mi dictamen, cayó en la cuenta del contenido de la jarra. E incorporándome, mientras olfateaba la minúscula vasija de alabastro, dirigí la mirada hacia la cántara que manipulaba la Señora.
Debo confesarlo: mi curiosidad -aunque por otras razones- no le iba a la
zaga a la de María...
Por suerte para quien esto escribe, la madre del Maestro no supo identificar
el líquido untuoso y pardonegruzco que llenaba el recipiente. Mis sospechas,
considerando el origen de la caravana mesopotámica, se verían ratificadas
minutos después, en el transcurso de otro singular e inesperado lance...
Y la mujer, encogiéndose de hombros, selló de nuevo la cántara.
Con la ayuda de Natanael, que definió el brebaje como una esencia de
«hipericón», pude verificar que el licor ingerido por aquél era un aceite
esencial, extraído de una planta -la Hypericum pei foratum- muy común en
la Galilea. Sus elementos básicos -hiperina, tanino, hipericina, pectina y colina, entre otros- resultan recomendables como anti-inflamatorio, astringente, antidepresivo y cicatrizador de heridas. El individuo que acertó a «recetarle» el medicamento sabía de medicina. Y estaba de la mano de Dios que,
a no tardar, en el transcurso de esa misma jornada, este explorador llegase
a conocerle, aunque en circunstancias especialmente dramáticas...
Pero Bartolomé, meticuloso y concienzudo, no se contentó con la ingestión
del «hipericón». La distancia a Caná, desde la posada, era todavía de unos
ocho kilómetros. Un trayecto demasiado largo para su maltrecha pierna. Así
que, con la franqueza que le caracterizaba, se dirigió al Zebedeo, ordenándole que entrara en el albergue, a fin de procurarse un lebrillo y el agua y la
sal necesarios para relajar su inflamación. La escena que presencié a continuación hubiera sonrojado a un palafrenero.
El Zebedeo, boquiabierto, le miró de hito en hito. Tan intolerante como su
amigo, torció el gesto y, alzando el tono, le recriminó su despotismo. En el
fondo -eso creí adivinar en las airadas frases de Juan-, todo el problema
venía a resumirse en la palabra «miedo». El Zebedeo, como ya indiqué, no
deseaba cruzarse con la soldadesca romana.
Bartolomé, que no atrancaba, enrojeció de cólera, acusan do a su vez al
«hijo del trueno» de «engreído e insoportable mimado». Los taciturnos y
melancólicos ojos negros del Zebedeo se abrieron de par en par, acusando
el golpe. Y avanzando hacia el «oso» se inclinó hasta colocar su rostro a
una cuarta del de su compañero, gritándole que «la única y verdadera ra42

zón por la que no entraba él mismo era la presencia del "tuerto"». Lógicamente, no comprendí.
Con las arterias del cuello tensas como maromas, Natanael hizo presa en el
manto de Juan, exigiéndole que retirara la acusación. Pero el Zebedeo, que
no había aprendido aún a doblegar su vanidad, le retó desafiante, añadiendo al fuego de la discusión improperios como «tapón de odre», «bola de sebo» y otras lindezas que inyectaron en sangre los ojos de su compañero. De
no mediar María, sinceramente, no sé cómo hubiera concluido aquel desagradable enfrentamiento. Poco a poco, como fue dicho, iría acostumbrándome a estos periódicos y, en el fondo, muy humanos choques entre los íntimos del Señor. Los creyentes no deberían escandalizarse ni sorprenderse
ante estas aparentemente extrañas situaciones.. Como digo, todo ello era
lógico y normal en una intensa y dilatada asociación de hombres tan dispares. Sin embargo, algo tan obvio jamás fue reseñado por los evangelistas.
¿Por qué? ¿Tuvieron miedo a empañar la imagen de los «embajadores del
reino»? En mi opinión, el conocimiento de estas disputas y de los cambios
de carácter de los discípulos engrandece la dimensión humana de los hombres y mujeres que rodearon a Jesús. En nuestro caso, al conocerles y saber de sus limitaciones apreciamos mejor su innegable entrega al Maestro.
Afortunadamente, como venía diciendo, cuando el lance empezaba a enturbiarse, la Señora terció en la pelea, indignada por el pueril comportamiento
de los discípulos. Y tomando a Juan por la manga derecha de la túnica le
arrastró al interior del túnel, en busca de la dichosa vasija. El coraje y sentido común de aquella mujer volvían a imponerse.
'Dudé. ¿Qué dirección tomaba? ¿Seguía los pasos de la intrépida Mana o
aguardaba junto al recalcitrante Bartolomé? Éste, terco como una mula,
continuaba con su cantinela de insultos y maldiciones. Y con un familiar
hormigueo en el vientre -señal inequívoca de una nueva e inminente perturbación- me decidí por la primera opción.
Al irrumpir en la penumbra del túnel, un tufo inconfundible, desabrida mezcolanza de orines, humedad, caballerías y aceite quemado, me puso en
guardia. Aquel tipo de establecimientos daba cobijo a toda suerte de gentes. Desde buhoneros a pacíficos comerciantes, pasando por huidos de la
justicia, temibles partidas de sicarios, correos, familias de peregrinos y un
sinfín de «burritas» o prostitutas, ladrones y, sobre todo, a la escoria del
pueblo: los am-ha-arez. Dadas, pues, las circunstancias debía extremar la
prudencia.
En general, con el fin de hacer más fácil el intenso trasiego de hombres y
animales, estos accesos carecían de puertas o, simplemente, permanecían
abiertos de par en par, incluso durante la noche. A derecha e izquierda del
43

túnel abovedado, de unos seis metros de fondo por otros cuatro de altura, y
en mitad del húmedo pasadizo, se abrían sendas angostas aberturas, a manera de puertas, que conducían a los pisos superiores. La luz amarillenta y
parpadeante que brotaba de una lucerna de arcilla, alojada en una hornacina, medio dibujaba el perfil de los peldaños de piedra, haciendo más tétrico, si cabe, el ingreso a las habitaciones.
Al término del túnel se abrió ante mí un amplio patio o corral, igualmente
cuadrangular, de unos dieciocho metros de lado, y a cielo abierto. Allí, en
especial durante los meses secos, transcurría buena parte de la vida de la
posada. En el centro se levantaba un ancho pozo, de unos dos metros de
diámetro, con un trípode de madera sobre el brocal. Una elemental polea,
con el concurso de cuerdas y «sacos» de cuero, facilitaba la extracción del
agua.
Me detuve unos instantes, tratando de localizar a María y al Zebedeo. El
minucioso recorrido visual no dio resultado. A mi derecha, sentados sobre el
blanco enlosado, se hallaban los soldados. Formaban un apretado círculo,
discutiendo, vociferando y lanzando sonoras risotadas. Al parecer participaban en algún tipo de juego. Los cascos de madera y metal, las jabalinas y
los escudos curvos, también de madera, aparecían diseminados sobre el
pavimento, a sus espaldas. Portaban sobre el tronco las típicas cotas de
mallas, trenzadas a base de anillas de hierro. Curiosamente, ninguno de
aquellos jinetes, a pesar del descanso que disfrutaban, se había desembarazado de las espadas que colgaban de sus costados derechos. A diferencia
de las turmae que había contemplado en la Ciudad Santa, ésta lucía bajo la
armadura unas «camisas» de manga larga y de un apagado color violeta.
Los pantalones, en cambio, granates, muy ceñidos y cubriéndoles hasta la
espinilla, eran los utilizados habitualmente por la caballería. Al escuchar su
jerga deduje que estaba ante una patrulla de origen sirio. Posiblemente,
contratada y perteneciente a una de las cuatro legiones regulares estacionadas en Palestina en aquel tiempo. Su asentamiento podía hallarse en la
ciudad de Tiberíades o en algún otro núcleo próximo a la costa oeste del
yam. Entre los 17 y 27 años, presentaban un aspecto vigoroso y saludable.
Algunos, y esto tampoco lo había observado en Jerusalén, lucían unas tiras
de cuero alrededor de las sienes, muñecas y cinturas. Minutos más tarde
entendería la razón y el fundamento de aquellos supuestos adornos.
Una galería porticada rodeando el patio completaba aquella parte de la posada. En ella, a manera de improvisadas caballerizas, permanecían los animales de carga y el ganado, en una caótica mezcolanza con el forraje y
consumidos por las moscas y tabánidos que los escoltaban sin remedio. En
el muro situado frente al túnel de acceso se abrían tres puertas. Las dos de
las esquinas conducían al piso superior: a las habitaciones de los viajeros.
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Esta segunda planta, con una veintena de pequeñas puertas, aparecía protegida por una rústica y ennegrecida barandilla de troncos de conífera de la
que colgaban las esteras y edredones habitualmente empleados para dormir. Por la puerta central, más amplia, escapaba el vocerío de otras gentes,
posibles huéspedes del albergue. Por lógica, mis compañeros de viaje tenían que haber penetrado en aquella estancia. Y hacia ella dirigí mis cautelosos pasos.
Poco faltó para que, en mi afán por pasar desapercibido, volviera a caer en
un nuevo y peligroso error. Al cruzar el patio pensé rodear el pozo por su
cara izquierda, evitando así la proximidad de la soldadesca. Cuando estaba
a punto de efectuar la maniobra, mis ojos fueron a cruzarse con las inquisidoras miradas de algunos de. los jinetes. Rectifiqué a tiempo. Y aparentando serenidad elegí el costado derecho de la cisterna, caminando muy cerca
de la patrulla. En efecto, se divertían jugando con unos dados de arcilla, en
forma de pirámide de cuatro lados, popularmente conocidos como teetotum. Confuso respondí al seguimiento de los soldados con una media sonrisa. Y sin atreverme a volver la cabeza me colé de rondón en una amplia estancia rectangular, regularmente iluminada por media docena de hachones
que colgaban de los muros, crepitando y sofocando el recinto con un humo
blanco y resinoso. Necesité unos segundos para acomodarme a la semioscuridad. Mi presencia no despertó excesiva curiosidad. La gran sala, que
hacía las veces de taberna, comedor y lugar de reunión, se hallaba presidida por una larga mesa, que ocupaba la casi totalidad del centro de la pieza.
El extremo izquierdo del tablero -observado desde mi posición junto a la
puerta de entrada- aparecía ocupado por un animado grupo de individuos
que parloteaba y reía, bebiendo en medianas jarras de barro rojizo. Sobre
dicha mesa se alineaban tres o cuatro lucernas de aceite y distintos cuencos
y platos de arcilla y madera, repletos de un pan moreno, higos y aceitunas
negras. Muy próximo a las lámparas distinguí un guttus (un recipiente, generalmente de cerámica, con forma de tetera y un afilado «pico», empleado
para el llenado de las mencionadas lucernas o lámparas de aceite).
Y anárquicamente distribuidas alrededor de la mesa principal, otras más reducidas y cuadradas, acompañadas de sendos bancos de una madera ennegrecida y lustrosa por el continuo uso. Casi todas se hallaban ocupadas por
hombres de amplios ropones, bigotes rasurados y cumplidas barbas, que
comían o apuraban sin medida el vino negro, espeso y caliente procedente
de un hogar practicado en la pared que se alzaba a mi derecha. Varias mujeres, con el rostro y brazos tatuados, iban y venían en un incesante trajinar, reponiendo los caldos y estofados de vegetales que llenaban la vasija
común de cada mesa y en la que los comensales introducían un trozo de
pan, a manera de cuchara. El cuadro lo redondeaba un curioso «mostra45

dor», parecido a los que había observado en las tabernas de Nahum. Se levantaba junto al muro situado frente a la puerta de acceso y se hallaba armado por diez campanudas vasijas, de un. metro de altura, alineadas y sólidamente enterradas en el piso de ladrillo. Sobre las bocas de las ánforas
había sido dispuesta una plancha de madera de sicomoro, de unos cinco
metros de longitud, con diez orificios, de veinte a treinta centímetros de
diámetro, que permitían el llenado de las jarras o de los cucharones de largos brazos. El vino, salvo que el cliente eligiera tomarlo a la temperatura
ambiente -algo poco frecuente en aquel tiempo-, era trasvasado a la marmita que colgaba en el hogar y, una vez caliente, servido por las «burritas».
La Señora y el Zebedeo; muy cerca del extremo derecho de este «mostrador», parecían esperar. La clientela, cada cual en_ lo suyo, no les había
prestado mayor atención, a excepción de los que tomaban asiento en una
de las mesas próxima a las tinajas.
Al reunirme con ellos percibí cierto malhumor en sus rostros. Lo atribuí al
obligado paso junto a la soldadesca o, quizá, al apestoso y poco recomendable clima que se respiraba en la taberna. Me equivocaba.
El Zebedeo, nervioso, tenía los ojos fijos en los cinco galileos que compartían la mencionada mesa y que, en compañía de un sexto individuo, que
permanecía de pie y ligeramente recostado sobre los hombros de unos de
los bebedores, cuchicheaban entre sí, lanzando provocativas miradas hacia
María y su compañero. No pregunté, pero, a juzgar por la sombra de tristeza que velaba los ojos de la Señora y el fuego que manaba de los de Juan,
supuse, con acierto, que los felah eran antiguos conocidos y, lo que era
peor, enconados enemigos del Maestro y de sus seguidores. Al examinar el
rostro del que se encontraba de pie empecé a comprender la dura acusación propinada por el Zebedeo al «oso» de Caná. El ojo izquierdo del hombre aparecía cubierto por un negro parche de metal. Aquél, sin duda, era el
tuerto al que Bartolomé no parecía profesar demasiada simpatía. Un sucio y
pringoso mandil de cuero y un manojo de llaves colgando del cuello le delataban como el tabernero jefe de la posada. Desde ese momento, a efectos
de Caballo de Troya, el albergue fue «bautizado» como «el del tuerto».
María,. en un intento de disipar la tensión, aconsejó a Juan que evitara las
miradas de los campesinos. Y empujándole suavemente le condujo hasta
las ánforas. Allí, a media voz, me explicó que aguardaban la vasija con el
agua y la sal y que, al reconocerles, «el maldito posadero, como en ocasiones precedentes, la había emprendido con ambos, mortificándoles con sus
groseras bromas en torno a Jesús y, en especial, al milagro de Caná». Juan,
a petición de la Señora, se contuvo pero, si la espera se prolongaba, no
tendrían otra solución que prescindir del remedio y abandonar el lugar. «Esta gente -manifestó la mujer reprimiendo la rabia- es capaz de todo...» Y
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durante unos minutos permaneció absorta, jugueteando con la rosa labrada
en una de las asas de las ánforas. (Firma o marca características de las vasijas originarias, como aquéllas, de la isla de Rodas.)
Al advertir la aparente indiferencia de mis acompañantes, el tuerto y sus
compinches arreciaron en sus maledicencias y risotadas, haciendo chanzas
y juegos de palabras con el «agua» y el «vino», hasta el punto de llamar la
atención de los comensales de las mesas inmediatas. Entre los que giraron
las cabezas hacia la tertulia que capitaneaba el posadero, y con evidentes
muestras de desaprobación, se hallaban seis soldados. Los penachos que
sobresalían en sus cascos dorados indicaban que se trataba de los jefes de
la turma. Posiblemente, los tres decuriones y los optiones. Uno de ellos,
más impulsivo, hizo ademán de levantarse, quizá con la intención de acallar
a los alborotadores. Pero el más veterano, sujetándole por el brazo, le obligó a sentarse de nuevo.
Juan, en el límite de su paciencia, cerró los ojos y, de espaldas a los ácidos,
felah, comenzó a golpear con el puño izquierdo la plancha de madera que
cubría las ánforas. El rítmico golpeteo parecía el presagio de un inminente y
temible estallido de ira por parte del dolorido discípulo. Y la Señora, prudentemente, le suplicó cordura.
Pero algo imprevisto estaba a punto de modificar, cuando menos temporalmente, la agria y comprometida situación en el interior de la posada...
En un primer momento, el vocerío reinante -en la sala nos impidió distinguir
lo que estaba sucediendo en el exterior. Fue la presencia de uno de los soldados, recortándose en la claridad de la puerta, la que movilizó a los oficiales de la turma, imponiendo el silencio entre los comensales. Fue entonces
cuando escuchamos aquellos desaforados gritos, en petición de socorro.
Procedían del corral o, quizá, del túnel. Juan y la Señora los identificaron al
punto. Yo, honradamente, no supe de quién se trataba. Y el Zebedeo se
precipitó hacia el patio, seguido de María y de quien esto escribe. Algunos
de los huéspedes, movidos por la curiosidad, nos imitaron. El corral se
hallaba desierto. La patrulla, evidentemente, había acudido en auxilio del
autor de los alaridos. Al final del pasadizo me pareció reconocer a varios de
los decuriones, confundidos entre los hombres de su unidad. Al salir del túnel lo primero que llamó mi atención fue Bartolomé. Se hallaba en pie, asistido por Juan y llorando desconsoladamente. Al verme se echó en mis brazos, suplicando perdón. Atónito, traté de comprender. Pero la zozobra del
«oso» era tal que no pudo responder a mis preguntas. El Zebedeo, indicándome el grupo de jinetes que corría por el polvoriento camino, en dirección a Caná, me resumió el problema:
-Le han robado el cordero...
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En efecto, a una orden de los oficiales, varios de los soldados habían salido
en persecución del ladrón. Los inmediatos gritos de Natanael y la rápida
movilización de la turma hizo posible que el individuo fuera localizado, en
plena carrera, a poco más de un centenar de metros del albergue. Uno de
los suboficiales y otros tres jinetes saltaron sobre las monturas, completando así la persecución. Pero la destreza del pelotón que corría en cabeza hizo
innecesaria la acción de los caballeros. Cuando los más veloces ganaron terreno detuvieron la carrera y soltando las tiras de cuero que portaban alrededor de las sienes las hicieron girar media docena de veces, lanzando sendos proyectiles sobre el fugitivo. Ahí concluyó el problema. Los honderos,
con una puntería implacable, habían derribado al ladrón. Olvidando a mis
compañeros corrí hacia el lugar. Unos y otros, imagino, justificaron mi actitud, pensando que trataba de recuperar el corderillo. Mi intención no era
esa. Tan sólo me movió el deseo de comprobar el estado del herido y, al
mismo tiempo, ser testigo de la captura. Al abrirme paso entre los soldados
y descubrir a la víctima comprendí lo inútil de mi gesto. Uno de los proyectiles -una especie de «bala» de plomo, en forma de huevo y de unos cinco
centímetros de diámetro superior- se hallaba alojada en la región occipital
del cráneo. El impacto había ocasionado la fractura de la base, con irreparables daños en hueso y meninges. El ladrón, un joven desaliñado y cubierto de harapos, falleció prácticamente en el acto.
Uno tras otro, los tres honderos que habían participado en el lanzamiento
procedieron a examinar la cabeza del muchacho. El responsable del impecable y desgraciado tiro solicitó permiso al optio para recuperar su proyectil. El suboficial, verificada la muerte del infeliz, hizo un gesto con la cabeza,
accediendo. Y el individuo desenfundó la espada, introduciendo la afilada
punta en la herida. Y la «bala» fue catapultada al exterior. Tras limpiarla
meticulosamente con el paño de lana que cubría sus posaderas la besó y se
dispuso a devolverla al zurrón que colgaba de su hombro izquierdo. El resto
del pelotón, entretanto, colaboró en el transporte del cadáver, depositándolo sobre la grupa de uno de los caballos e iniciando el regreso.
Al observar mi curiosidad, el hondero sonrió maliciosamente, hablando en
un dialecto que no comprendí. Me encogí de hombros y, por señas, le indiqué que me enseñara el proyectil. Extendió la palma de la mano, mostrándomelo con satisfacción. Sentí un escalofrío. Aquellos soldados, como los
modernos artilleros, gustaban de grabar en sus «balas» frases alusivas a
sus mujeres o pueblos natales. En este caso, en latín, podía leerse: «De
parte de los sirios.»
Abrumado y entristecido me reincorporé al grupo de curiosos que se arremolinaba frente a la posada. La Señora preguntó entonces por el corderillo.
No supe darle razón. Hasta ese momento no había caído en la cuenta de su
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