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It (Eso) Stephen King .pdf



Nombre del archivo original: It (Eso) - Stephen King.pdf
Título: Stephen King
Autor: CARLOS

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Stephen King

IT
(Eso)

2

Dedico este libro a mis hijos. Mi madre y mi esposa me enseñaron a
ser un hombre. Mis hijos me enseñaron a ser libre.
Naomi Rachel King, de 14 años; Joseph Hillstrom King, de 12;
Owen Philip King, de 7.
Niños, la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira
y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe.
Esta vieja ciudad ha sido hogar desde que yo recuerde y aquí
estará después que me haya ido. A un lado y al otro, échale una mirada.
Aunque venida a menos, te llevo hasta en los huesos.
The Michael Stanley Band

¿Qué buscas, viejo amigo?
Después de tantos años, a qué vienes
con sueños que albergaste
bajo cielos ajenos
muy lejos de tu tierra.
George Seferis
Del azul del cielo al negro de la nada.
Neil Young.

3

Primera parte. La sombra, antes.
¡Empiezan!
Las perfecciones se acentúan.
La flor extiende sus coloridos pétalos
amplios al sol.
Pero la lengua de la abeja
no les acierta.
Se hunden de nuevo en el lodo
dando un grito
–puede decirse que es un grito
que repta sobre ellos, un estremecimiento
mientras se marchitan y se esfuman...
William Carlos Williams, Paterson
Nacido en una ciudad de muertos.
Bruce Springsteen

I. Después de la inundación (1957)
1.

4

El terror, que no terminaría por otros
veintiocho años –si es que terminó alguna vez–,
comenzó, hasta donde sé o puedo contar, con un
barco de papel que flotaba a lo largo del arroyo de
una calle anegada de lluvia.
El barquito cabeceó, se ladeó, volvió a
enderezarse en medio de traicioneros remolinos y
continuó su marcha por Witcham Street hacia el
cruce de ésta y Jackson. El semáforo de la esquina
estaba a oscuras y también todas las casas, en
aquella tarde de otoño de 1957. Llovía sin cesar
desde hacía una semana y dos días atrás habían
llegado los vientos. Desde entonces, la mayor parte
de Derry había quedado sin corriente eléctrica y
aún seguía así.
Un chiquillo de impermeable amarillo y botas
rojas seguía alegremente al barco de papel. La
lluvia no había cesado, pero al fin estaba
amainando. Caía sobre la capucha amarilla del
impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia
sobre el tejado de un cobertizo... un sonido
reconfortante, casi acogedor. El niño se llamaba
George Denbrough. Tenía seis años. William, su
hermano, a quien los niños de la escuela primaria
de Derry conocían como Bill el Tartaja, estaba en
su casa recuperándose de una aguda gripe. En ese
otoño de 1957, ocho meses antes de que
comenzasen realmente los horrores y veintiocho
5

años antes del desenlace final, Bill el Tartaja tenía
diez años.
El barquito junto al cual corría George era obra
de Bill. Lo había hecho sentado en su cama, con la
espalda apoyada en un montón de almohadas,
mientras la madre tocaba Para Elisa en el piano de
la sala y la lluvia batía monótonamente la ventana
de su habitación.
A un tercio de manzana, camino del semáforo
apagado, Witcham Street estaba cerrada al tráfico
por varios toneles de brea y cuatro caballetes color
naranja en los que se leía: Ayuntamiento de derry
Departamento de Obras Públicas. Tras ellos, la
lluvia había desbordado alcantarillas atascadas con
ramas, piedras y cúmulos de pegajosas hojas
otoñales. El agua había horadado el pavimento al
principio y arrancado luego grandes trozos. Hacia
el mediodía del cuarto día de lluvia, algunos trozos
de pavimento eran arrastrados por la intersección
de Jackson y Witcham como témpanos de hielo en
miniatura. Muchos habitantes de Derry habían
empezado por entonces a hacer chistes nerviosos
sobre el Arca. El Departamento de Obra Públicas
se las había arreglado para mantener abierta
Jackson Street, pero Witcham estaba intransitable
desde las barreras hasta el centro mismo de la
ciudad.
Todos estaban de acuerdo, sin embargo, en que
lo peor había pasado. El río Kenduskeag había
6

crecido casi hasta sus márgenes en los eriales y
pocos centímetros por debajo de los muros de
cemento del canal que le conducía por el centro de
la ciudad. En esos momentos, un grupo de
hombres –entre ellos Zack Denbrough, el padre de
George y Billestaba retirando los sacos de arena
que habían lanzado el día anterior con aterrorizada
prisa. Un día antes, la inundación y los costosos
daños parecían casi inevitables. Bien sabía Dios
que ya había ocurrido anteriormente –la
inundación de 1ica había sido un desastre con un
costo de millones de dólares y de más de veinte
vidas–. De aquello hacía ya mucho tiempo, pero
aún quedaba gente por ahí que lo recordaba para
asustar al resto. Una de las víctimas de la
inundación había sido –hallada en Bucksport, a
unos cuarenta kilómetros de distancia. Los peces le
habían comido los ojos, tres dedos, el pene y la
mayor parte del pie izquierdo. Agarrado por lo que
restaba de sus manos, había aparecido el volante
de un Ford.
Ahora, sin embargo, el río estaba retrocediendo
y cuando se elevara la nueva presa hidráulica de
Bangor, corriente arriba, dejaría de ser una
amenaza. Al menos eso decía Zack Denbrough, que
trabajaba en Hidroeléctrica Bangor. En cuanto a
los demás... bueno, las inundaciones futuras
esperarían. Lo importante era salir de ésta,
devolver la corriente eléctrica y después olvidarla.
En derry, olvidar la tragedia y el desastre era casi
7

un arte, tal como Bill Denbrough llegaría a
descubrir con el tiempo.
George se detuvo detrás de las barreras al
borde de una profunda grieta abierta en la
superficie de alquitrán de Witcham Street. La
grieta discurría casi exactamente en diagonal.
Terminaba al otro extremo de la calle, a unos doce
metros de donde él se encontraba, colina abajo
hacia la derecha. Rió en voz alta, mientras el agua
desbordada llevaba su barco de papel hasta unas
diminutas cataratas formadas por otra grieta en el
pavimento. El agua había abierto un canal que
corría paralelo a la grieta y el barco iba de un lado a
otro de la calle arrastrado tan deprisa por la
corriente que George tuvo que correr para seguirlo.
El agua formaba láminas de lodo bajo sus botas.
Sus hebillas sonaban con un jubiloso tintineo
mientras George Denbrough corría hacia su
extraña muerte. Y el sentimiento que le colmaba en
ese momento era, simplemente, amor hacia su
hermano... amor y también cierta tristeza porque
Bill no podía estar allí para ver aquello. Claro que
él trataría de contárselo cuando volviese a casa,
pero sabía que jamás conseguiría que Bill lo viese
tal como éste sí lo hubiese conseguido. Bill
destacaba en lectura y redacción, pero aun a su
edad George tenía capacidad suficiente para
comprender que no sólo por eso obtenía Bill las
mejores notas; tampoco era el único motivo de que
8

a los maestros les gustaran tanto sus
composiciones. La forma de contar era sólo una
parte del asunto. Bill sabía ver.
El barquito sólo era una página arrancada de la
sección de anuncios clasificados del News de
Derry, pero George lo imaginaba como una
torpedera en una película de guerra de las que él y
Bill solían ver en el cine Derry, en las matinées de
los sábados. Una película d guerra en la que John
Wayne luchaba contra los japoneses. La proa del
barco levantaba olas a cada lado mientras seguía su
precipitado curso hacia la cuneta del lado izquierdo
de la calle. En ese punto, un nuevo arroyuelo corría
sobre la grieta abierta en el pavimento creando un
remolino bastante grande. George pensó que el
barco se iría a pique. Escoró de modo alarmante
pero luego se enderezó, giró y navegó rápidamente
hacia la intersección. George lanzó gritos de jubilo
corrió para alcanzarlo. Sobre su cabeza, una torva
ráfaga de viento otoñal hizo silbar los árboles, casi
completamente liberados de sus hojas a causa de la
tormenta, que ese año había sido un segador
implacable.

2.
Incorporado en la cama, con las mejillas aún
sonrojadas (pero con la fiebre retirándose
9

finalmente), Bill había terminado el bote, pero
cuando George intentó cogerlo, Bill lo puso fuera
de su alcance.
—Ahora t–t–tráeme la p–p–parafina.
—¿Qué es eso? ¿Dónde está?
—Está en el es–t–t–tante del s–ssótano, al
bajar –dijo Bill–. En una caja que dice G–gu–Gulf.
Tráeme eso, Junto con un cuchillo y un c–c–
cuenco. Y una c–c–caja de f–fósforos.
George fue en busca de esas cosas. Oyó que su
madre seguía tocando el piano, pero ya no era Para
Elisa, sino algo que no le gustaba tanto, algo que
sonaba seco y alborotado; oyó la lluvia azotando las
ventanas de la cocina. Ese sonido era
reconfortante, pero no así la idea de bajar al
sótano. No le gustaba el sótano ni le gustaba bajar
por sus escaleras porque siempre imaginaba que
allí abajo, en la oscuridad, había algo. Era una
tontería, por supuesto, lo decía su padre, lo decía
su madre, y, aún más importante, lo decía Bill,
pero aun así...
No le gustaba siquiera abrir la puerta para
encender la luz, porque temía (era algo tan
estúpido que no se atrevía a contárselo a nadie)
que, mientras tanteaba en busca del interruptor,
una garra espantosa se posara sobre su muñeca... y
lo arrebatara hacia esa oscuridad que olía a
suciedad, humedad y hortalizas podridas.
¡Qué estupidez! No existían monstruos con
10

garras peludas y llenos de furia asesina. De vez en
cuando, alguien se volvía loco y mataba a mucha
gente –a veces, Chet Huthley contaba cosas de
ésas, en el informativo de la noche–, y también
estaban los comunistas, por supuesto, pero ningún
monstruo horripilante vivía en el sótano. No
obstante, la idea persistía. En aquellos momentos
interminables, mientras buscaba a tientas la llave
de la luz con la mano derecha (el brazo izquierdo se
cogía con fuerza a la jamba de la puerta), el olor a
sótano parecía intensificarse hasta llenar el mundo
entero. Los olores a suciedad, humedad y
hortalizas podridas se mezclaban en un olor
inconfundible e ineludible; el del monstruo, la
apoteosis de todos los monstruos. Era el olor de
algo que él no sabía nombrar; el olor de Eso "En el
original, It. Los protagonistas transforman el
artículo neutro en nombre propio para designar a
la fuerza misteriosa contra la que se enfrentan (N.
de la T.)" agazapado al acecho y listo para saltar.
Una criatura capaz de comer cualquier cosa, pero
especialmente hambrienta de carne de niño.
Aquella mañana abrió la puerta para tantear
interminablemente en busca del interruptor,
sujetando el marco de la puerta con la fuerza de
siempre, los ojos apretados, la punta de la lengua
asomando por la comisura de los labios como una
raicilla agonizante buscando agua en un sitio de
sequía. ¿Gracioso? ¡Claro! "Mira a Georgie
¡Georgie le tiene miedo a la oscuridad! ¡Vaya
11

tonto!"
El sonido del piano llegaba desde lo que su
padre llamaba sala de estar y su madre sala de
visitas. Sonaba a música de otro mundo, lejana,
como deben de sonar las conversaciones y risas de
una playa abarrotada al nadador exhausto que
lucha contra la corriente.
¡Sus dedos encontraron el interruptor!
Lo accionaron... y nada. No había luz.
"¡Maldita sea! ¡La corriente eléctrica!"
George retiró el brazo como de un cesto lleno
de serpientes. Retrocedió desde la puerta abierta,
el corazón palpitante. No había corriente, por
supuesto; había olvidado que la corriente estaba
cortada. ¿Y ahora qué? ¿Decirle a Bill que no podía
llevarle la caja de parafina porque no había luz y
tenía miedo de que algo lo cogiese en las escaleras
del sótano, algo que no era comunista ni un
asesino loco, sino una criatura mucho peor? ¿Algo
que simplemente deslizaría una parte de su
maligno ser entre los peldaños para cogerle por el
tobillo? Sonaría ridículo. Otros podrían reírse de
esas fantasías, pero Bill no se reiría. Bill se pondría
furioso. Bill diría: "A ver si creces, Georgie...
¿Quieres este barquito o no?
Como si le leyera el pensamiento, Bill gritó
desde el dormitorio:
—¿Te has muerto allí abajo, GGeorgie?
12

–No, ya lo llevo, Bill –respondió George, y se
frotó los brazos para que desapareciese la delatora
carne de gallina–. Sólo me he entretenido en tomar
un poco de agua.
—Bueno, pues date prisa.
Apenas George bajó los cuatro escalones que
faltaban para llegar al estante del sótano, el
corazón martilleándole en su garganta, el vello de
la nuca erizado, los ojos ardiendo, las manos
heladas y la seguridad de que, en cualquier
momento, la puerta del sótano se cerraría
dejándole a oscuras y entonces oiría a Eso, algo
peor que todos los comunistas y los asesinos del
mundo, peor que los japoneses, peor que Atila el
huno, peor que los seres de cien películas de terror.
Eso, gruñendo profundamente –George oiría el
gruñido en esos segundos demenciales antes de
que Eso se abalanzase sobre él y le despanzurrara
las entrañas–. A causa de la inundación, el hedor
del sótano estaba peor que nunca. La casa se había
salvado por encontrarse en la parte alta de
Witcham Street, cerca de la cima de la colina, pero
abajo aún seguía el agua estancada que se había
filtrado por los cimientos de piedra. El olor era
terroso y desagradable.
George examinó los chismes del estante tan
rápidamente como pudo: latas viejas de betún Kiwi
y trapos para limpiar zapatos, una lámpara de
queroseno rota, dos botellas de limpiacristales
13

Windex casi vacías, una vieja lata de cera Turtle.
Por alguna razón, esa lata le impresionó y
contempló la tortuga de la tapa con perplejidad
hipnótica. La apartó luego hacia atrás... y allí
estaba, por fin, una caja cuadrada con la
inscripción Gulf.
George corrió escaleras arriba tan rápido como
pudo, dándose cuenta de que llevaba salidos los
faldones de la camisa y de que esos faldones serían
su perdición: la cosa del sótano le permitiría llegar
casi hasta arriba y entonces le cogería por el faldón
de la camisa y tiraría hacia atrás y...
Llegó a la cocina y cerró la puerta de un portazo.
George se apoyó contra ella con los ojos cerrados,
la frente y los brazos cubiertos de sudor,
sosteniendo la caja de parafina en una mano.
Oyó la voz de su madre:
—Georgie, ¿podrías golpear la puerta un poco
más, la próxima vez? Incluso podrías romper los
platos del aparador.
—Disculpa, mamá.
—Georgie, so inútil –llamó Bill, desde su
dormitorio, con entonación grave para que la
madre no le oyese.
George rió. El miedo había desaparecido, se
había desprendido de él tan fácilmente como una
pesadilla se desprende del hombre que despierta
con la piel fría y el aliento agitado palpándose el
14

cuerpo y mirando alrededor para asegurarse de
que nada ha ocurrido en realidad: olvida la mitad
cuando sus pies tocan el suelo; las tres cuartas
partes, cuando sale de la ducha y comienza a
secarse con la toalla; y la totalidad cuando termina
el desayuno. Desaparecida por completo... hasta la
próxima vez, cuando en el puño de la pesadilla
todos los miedos volverán a recordarse.
"Esa tortuga –pensó George, acercándose al
cajón donde se guardaban los fósforos–. ¿Dónde
he visto una tortuga así?"
Pero no lo recordó.
Sacó una caja de cerillas del cajón, un cuchillo
del escurridor (sosteniendo el filo lejos de su
cuerpo, como le había enseñado su padre) y un
pequeño bol del aparador. Luego volvió al cuarto
de Bill.
—Eres un inepto, G–georgie –dijo Bill
cordialmente mientras apartaba las cosas que
había en su mesilla de noche: un vaso vacío, una
jarra de agua, kleenex, libros, y un frasco de Vicks
Vaporub (cuyo olor Bill asociaría toda su vida a
pechos flemosos y narices tapadas). También
estaba allí la vieja radio Philco, pero no emitía ni a
Chopin ni a Bach, sino una canción de Little
Richard... aunque muy bajito, tan bajito que Little
Richard perdía toda su cruda y elemental potencia.
La madre, que había estudiado piano en Juilliard,
detestaba el rock and roll. Más que detestarlo, lo
15

abominaba.
—No soy ningún inepto –dijo George,
sentándose en el borde de la cama y poniendo en la
mesa las cosas que había traído.
—Sí lo eres –dijo Bill–. No eres otra cosa que
un inepto de culo gordo, negro y asqueroso.
George trató de imaginar a un chico que sólo
fuese un culo con piernas y comenzó a reírse.
–Tienes un culo más grande que Augusta –dijo
Bill, también riendo.
—Tu culo es más grande que todo el estado –
replicó George, lo que les hizo desternillarse de risa
durante casi dos minutos.
Siguió una conversación en susurros, de las que
tienen muy poco significado para quien no sea un
niño pequeño: acusaciones sobre quién tenía el
culo más grande, quién tenía el orificio más negro,
etcétera. Finalmente, Bill soltó una de las palabras
prohibidas acusó a George de ser un culo gordo,
grande y lleno de mierda, con lo cual rieron a
carcajadas. La risa de Bill se convirtió en un ataque
de tos. Cuando por fin empezó a ceder (la cara de
Bill había tomado un color de ciruela que George
contemplaba con cierta alarma) el sonido del piano
se interrumpió. Los dos miraron en dirección a la
sala, esperando el ruido del taburete los pasos
impacientes de la madre. Bill hundió la boca en el
hueco del codo, sofocando las últimas toses
mientras señalaba la jarra. George le sirvió un vaso
16

de agua y él se lo bebió entero.
El piano reinició Para Elisa. Bill el Tartaja no
olvidaría jamás esa pieza, y aún muchos años
después no podría escucharla sin que se le pusiera
carne de gallina el corazón le daba un vuelco y
recordaba: "Mi madre estaba tocando eso el día en
que murió Georgie."
—¿Vas a seguir tosiendo, Bill?
—No.
Bill sacó un kleenex de la caja, carraspeó
ruidosamente el pecho y escupió en el papel, al que
arrugó arrojó al cesto que tenía junto a la cama
lleno de bollos similares. Por fin abrió la caja de
parafina y dejó caer un cubo ceroso en la palma de
su mano. George lo observaba en silencio. A Bill no
le gustaba que le hablase mientras hacía cosas,
pero él sabía que si mantenía e pico cerrado, su
hermano acabaría por explicar lo que estaba
haciendo.
Bill cortó con el cuchillo un trocito del cubo de
parafina. Luego lo puso en el cuenco, encendió un
cerilla y la apoyó contra la parafina. Los dos niños
observaron la llamita amarilla, mientras el viento
agonizante impulsaba la lluvia contra la ventana en
golpeteos ocasionales.
—Hay que impermeabilizar el barco para que
no se hunda al mojarse –dijo Bill.
Cuando estaba con George tartamudeaba poco,
17

a veces nada en absoluto. En la escuela, en cambio,
tartamudeaba tanto que hablar le resultaba
imposible. Los maestros miraban hacia otra parte
mientras Bill se aferraba a los lados de su pupitre
con la cara casi tan roja como el pelo y los ojos
entrecerrados, tratando de arrancarle alguna
palabra a su terca garganta. Casi siempre, la
palabra surgía. Pero a veces simplemente se
negaba. A los tres años había sido atropellado por
un coche y arrojado contra la pared de un edificio;
había estado inconsciente durante siete horas. Su
madre decía que ese accidente le había provocado
la tartamudez. A veces, George tenía la sensación
de que su padre –y el propio Bill– no estaba tan
seguro.
El trozo de parafina se había derretido casi
completamente en el cuenco. La llama de la cerilla
se apagó. Bill hundió el dedo en el líquido y lo sacó
bruscamente con un leve silbido. Luego miró a
George con una sonrisa de disculpa.
—Quema –dijo.
Pocos segundos después, hundió otra vez el
dedo y comenzó a untar de cera el barco de papel.
El material se secó rápidamente formando una
película lechosa.
—¿Puedo poner un poco? –preguntó George.
—De acuerdo, pero no manches las mantas si
no quieres que mamá te mate.
George hundió un dedo en la parafina, que aún
18

estaba muy caliente pero ya no quemaba, y
comenzó a untar el otro lado del barco.
—¡No pongas tanto, culo sucio! –dijo Bill–
¿Quieres que se hunda en el v–v–viaje inaugural?
—Perdona.
George terminó de untar la parafina y luego
sostuvo el barco en las manos. Estaba un poco más
pesado, pero no mucho.
—¡Guau! –exclamó–. Voy a salir para hacerlo
navegar.
—Sí, ve –dijo Bill. De pronto parecía cansado...
cansado y no muy bien.
—Me gustaría que vinieras –dijo George. Le
hubiese gustado de veras. Bill a veces se ponía
mandón al cabo de un rato, pero siempre tenía
ideas estupendas–. En realidad, el barco es tuyo.
—A mí también me gustaría ir –dijo Bill,
sombrío.
—Ya... –George cambió el peso del cuerpo de
un pie al otro, con el barco en la mano.
—Ponte el impermeable y las botas –advirtió el
mayor–, si no quieres pescar una gripe como la
mía. Casi seguro que la pescas de todos modos por
mis g–g–gérmenes.
—Gracias, Bill. Es un barco muy bonito.
Y entonces hizo algo que no había hecho hacía
tiempo, algo que Bill jamás olvidaría: besó a su
19

hermano en la mejilla.
—Ahora sí la vas a pescar, culo sucio –dijo Bill,
más animado. Sonrió–. Y guarda estas cosas. Si no,
a mamá le dará un ataque.
—Está bien. –George lo recogió todo y cruzó la
habitación con el bote precariamente encaramado
a la caja de parafina, que iba dentro del bol.
—G–g–georgie...
George se volvió para mirar a su hermano.
—Ten cuidado.
—Descuida. –Frunció el entrecejo. Eso era algo
que decían las madres, no los hermanos mayores.
Resultaba tan extraño como haberle dado un beso
a Bill.
Y salió. Bill jamás volvió a verlo.

3.
Y allí estaba, persiguiendo su barco de papel
por el lado izquierdo de Witcham Street. Corría
deprisa, pero el agua le ganaba y el barquito estaba
sacando ventaja. Oyó un rugido y vio cómo
cincuenta metros más adelante, colina abajo, el
agua de la cuneta se precipitaba en una boca de
tormenta que aún continuaba abierta. Era un largo
semicírculo abierto en el bordillo de la acera y
20

mientras George miraba, una rama desgarrada,
con la corteza oscura y reluciente se hundió en
aquellas fauces. Pendió por un momento y luego se
deslizó hacia el interior. Hacia allí se encaminaba
su barco.
—¡Mierda! –chilló horrorizado.
Forzó el paso y, por un momento, pareció que
iba a alcanzarlo. Pero George resbaló y cayó
despatarrado con un grito de dolor. Desde su
nueva perspectiva, a la altura del pavimento, vio
que el barco giraba en redondo dos veces, atrapado
en otro remolino, antes de desaparecer.
—¡Mierda y mierda! –volvió a chillar,
golpeando el pavimento con el puño.
Eso también le dolió, y se echó a sollozar. ¡Qué
manera tan estúpida de perder el barco!
Se dirigió hacia la boca de tormenta y allí se
dejó caer de rodillas, para mirar el interior. El agua
hacía un ruido hueco al caer en la oscuridad. Ese
sonido le dio escalofríos. Hacía pensar en...
—¡Eh! –exclamó de pronto, y retrocedió.
Allí adentro había unos ojos amarillos. Ese tipo
de ojos que él siempre imaginaba, sin verlos nunca,
en la oscuridad del sótano. "Es un animal –
pensó–; eso es todo: un animal; a lo mejor un gato
que quedó atrapado..."
De todos modos, estaba por echar a correr a
causa del espanto que le produjeron aquellos ojos
21

amarillos y brillantes. Sintió la áspera superficie
del pavimento bajo los dedos y el agua fría que
corría alrededor. Se vio a sí mismo levantándose y
retrocediendo. Y fue entonces cuando una voz, una
voz razonable y bastante simpática, le habló desde
dentro de la boca de tormenta:
—Hola, George.
George parpadeó y volvió a mirar. Apenas daba
crédito a lo que veía; era algo sacado de un cuento
o de una película donde uno sabe que los animales
hablan y bailan. Si hubiera tenido diez años más,
no habría creído en lo que estaba viendo, pero no
tenía dieciséis años sino seis.
En la boca de tormenta había un payaso. La luz
era suficiente para que George Denbrough
estuviese seguro de lo que veía. Era un payaso,
como en el circo o en la tele. Parecía una mezcla de
bozo y Clarabell, el que hablaba haciendo sonar su
bocina en Howdy Doody, los sábados por la
mañana. Búfalo Bob era el único que entendía a
Clarabell, y eso siempre hacía reír a George. La
cara del payaso metido en la boca de tormenta era
blanca; tenía cómicos mechones de pelo rojo a
cada lado de la calva y una gran sonrisa de payaso
pintada alrededor de la boca. Si George hubiese
vivido años después, habría pensado en Ronald
Mcdonal antes que en Bozo o en Clarabell.
El payaso sostenía en una mano un manojo de
globos de colores, como tentadora fruta madura.
22

En la otra, el barquito de papel de George.
—¿Quieres tu barquito, Georgie? –El payaso
sonreía.
George también sonrió, sin poder evitarlo.
—Si, lo quiero.
El payaso se echó a reír.
—¡Así me gusta! ¿Y un globo? ¿Quieres un
globo?
—Bueno... sí, por supuesto. –Alargó la mano
pero de inmediato la retiró–. No debo coger nada
que me ofrezca un desconocido. Lo dice mi papá.
—Y tu papá tiene mucha razón –replicó el
payaso sonriendo. George se preguntó cómo podía
haber creído que sus ojos eran amarillos, si eran de
un azul brillante como los de su mamá y de Bill–.
Muchísima razón, ya lo creo. Por lo tanto, voy a
presentarme. George, soy el señor Bob Gray,
también conocido como Pennywise el Payaso.
Pennywise, te presento a George Denbrough.
George, te presento a Pennywise. Ahora ya nos
conocemos. Yo no soy un desconocido y tú
tampoco. ¿Correcto?
George soltó una risita.
—Correcto. –Volvió a estirar la mano... y a
retirarla–. ¿Cómo te has metido ahí adentro?
–La tormenta me trajo volaaaando –dijo
Pennywise el Payaso–. Se llevó todo el circo. ¿No
sientes olor a circo, George?
23

George se inclinó hacia adelante. ¡De pronto
olía a cacahuetes! ¡Cacahuetes tostados! ¡Y vinagre
blanco, del que se pone en las patatas fritas! Y olía
a algodón de azúcar, a buñuelos, y también a
estiércol de animales salvajes. Olía el aroma
regocijante del aserrín. Y sin embargo...
Sin embargo, bajo todo eso olía a inundación, a
hojas deshechas y a oscuras sombras en bocas de
tormenta. Era un olor húmedo y pútrido. El olor
del sótano.
Pero los otros olores eran más fuertes.
—Sí, lo huelo –dijo.
—¿Quieres tu barquito, George? Te lo pregunto
otra vez porque no pareces desearlo mucho.
Y se lo enseñó, sonriendo. Llevaba un traje de
seda abolsado con grandes botones color naranja.
Una corbata brillante, de color azul eléctrico, le
caía por la pechera. En las manos llevaba grandes
guantes blancos, como Mickey y Donald.
—Sí, claro –dijo George, mirando el interior de
la boca de tormenta.
—¿Y un globo? Los tengo rojos, verdes,
amarillos, azules...
—¿Flotan?
—¿Que si flotan? –La sonrisa del payaso se
acentuó–. Oh, sí, claro que sí. ¡Flotan! También
tengo algodón de azúcar...
George estiró la mano.
24

El payaso le sujetó el brazo.
Y entonces George vio cómo la cara del payaso
se convertía en algo tan horripilante que lo peor
que había imaginado sobre la cosa del sótano
parecía un dulce sueño. Lo que vio destruyó su
cordura de un zarpazo.
—Flotan –croó la cosa de la alcantarilla con una
voz que reía como entre coágulos.
Sujetaba el brazo de George con su puño grueso
y agusanado. Tiró de él hacia aquella horrible
oscuridad por donde el agua corría y rugía y
aullaba llevando hacia el mar los desechos de la
tormenta. George intentó apartarse de esa negrura
definitiva y empezó a gritar como un loco hacia el
gris cielo otoñal de aquel día de otoño de 1957. Sus
gritos eran agudos y penetrantes y a lo largo de
toda la calle, la gente se asomó a las ventanas y
salió a los porches.
—Flotan –gruñó la cosa–, flotan, Georgie. Y
cuando estés aquí abajo, conmigo, tú también
flotarás.
El hombro de George chocó contra el bordillo.
Dave Gardener, que ese día no había ido a trabajar
al Shoeboat debido a la inundación, vio sólo a un
niño de impermeable amarillo, un niño que gritaba
y se retorcía en el arroyo mientras el agua lodosa le
corría sobre la cara haciendo que sus alaridos
sonaran burbujeantes.
25

—Aquí abajo todo flota –susurró aquella voz
nauseabunda, riendo, y de pronto sonó un
desgarro y hubo un destello de agonía y George
Denbrough dejó de existir.
Dave Gardener fue el primero en llegar.
Aunque llegó sólo cuarenta y cinco segundos
después del primer grito, George Denbrough ya
había muerto. Gardener lo agarró por el
impermeable, tiró de él hacia la calle... y al girar el
cuerpo de George, también él empezó a gritar. El
lado izquierdo del impermeable del niño estaba de
un rojo intenso. La sangre fluía hacia la alcantarilla
desde el agujero donde había estado el brazo
izquierdo. Un trozo de hueso, horriblemente
brillante, asomaba por la tela rota.
Los ojos del niño miraban fijamente el cielo y
mientras Dave retrocedía a tropezones hacia los
otros que ya corrían por la calle, empezaron a
llenarse de lluvia.

4.
En alguna parte del interior de la boca de
tormenta, que ya estaba casi colmada por el agua
("No podía haber nadie allí dentro", declararía más
tarde el comisario del condado a un periodista del
News de Derry con frustración indescriptible;
26

nadie habría resistido aquella corriente brutal), el
barquito de George siguió su veloz marcha por
aquellas cámaras tenebrosas y por los largos
corredores de cemento en los que el agua rugía y
repicaba. Durante un rato corrió paralelo a un
pollo muerto que flotaba con sus amarillentas
patas apuntadas hacia el techo chorreante; luego,
en alguna confluencia al este de la ciudad, el pollo
fue arrastrado hacia la izquierda mientras el
barquito de George seguía en línea recta.
Una hora después, mientras a la madre de
George le administraban una dosis de sedantes en
la sala de guardia del hospital y mientras Bill el
Tartaja –aturdido, pálido y silencioso en su cama–
escuchaba los ásperos sollozos de su padre en la
sala donde la madre había estado tocando Para
Elisa, el barquito salió por un tubo de cemento
como una bala por la boca de un revólver y navegó
a toda velocidad por una zanja hasta un arroyuelo.
Cuando se incorporó al hirviente y henchido río
Penobscot, veinte minutos después, en el cielo
empezaban a asomar los primeros claros de azul.
La tormenta había pasado.
El barquito se tambaleaba y se sumergía y a
veces se llenaba de agua, pero no se hundió; los dos
hermanos lo habían impermeabilizado bien. No sé
dónde acabó por naufragar, si alguna vez lo hizo.
Tal vez llegó al mar y allí navega eternamente
como los barcos mágicos de los cuentos. Sólo sé
que aún estaba a flote en el seno de la inundación
27

cuando franqueó los límites de Derry, Maine. Y allí
abandonó esta historia para siempre.

II. Después del festival (1984)
1.
Si Adrian llevaba puesto ese sombrero, diría
más tarde su sollozante amigo a la policía, era
porque lo había ganado en una caseta de tiro al
blanco en la feria de Bassey Park, sólo seis días
antes de su muerte. Estaba orgulloso de él.
—Lo llevaba puesto porque él amaba a este
pueblucho del demonio– dijo Don Hagarty, el
amigo, a los policías.
—Bueno, tranquilícese –indicó a Hagarty el
oficial Harold Gardener.
Harold Gardener era uno de los cuatro hijos
varones de Dave Gardener. El día en que su padre
había descubierto el cuerpo mutilado y sin vida de
George Denbrough, Harold Gardener tenía cinco
años. En la actualidad, casi veintisiete años
después, contaba treinta y dos y se estaba
quedando calvo. Harold Gardener aceptaba como
reales el dolor y el luto de Don Hagarty, pero al
mismo tiempo le resultaba imposible tomarlos en
serio. Ese hombre, si hombre podía llamársele,
28

tenía los ojos pintados y llevaba unos pantalones
de satén tan ajustados que casi se le notaban las
arrugas de la polla. Con luto o sin él, con dolor o
sin dolor, era un simple marica. Igual que su
amigo, el difunto Adrian Mellon.
—Empecemos otra vez –dijo Jeffrey Reeves, el
compañero de Harold–. Salisteis del Falcon y
caminasteis hacia el canal. ¿Qué ocurrió entonces?
—¿Cuántas veces tengo que repetirlo, so
idiotas? –exclamó Hagarty–. ¡Lo mataron! ¡Lo
empujaron al canal! ¡Para ellos sólo ha sido otra
aventura en Macholandia! Don Hagarty se echó a
llorar.
—Una vez más –repitió Reeves,
pacientemente–. Salisteis del Falcon. ¿Y entonces?

2.
En la sala de interrogatorios, en el mismo
vestíbulo, dos policías de Derry hablaban con Steve
Dubay, de diecisiete años; en el departamento de
pruebas, primer piso, otros dos interrogaban a
john Telaraña Garton, de dieciocho, y en el
despacho del jefe de policía, quinto piso, el jefe
Andrew Rademacher y el ayudante del fiscal de
distrito,
Tom
Boutillier,
interrogaban
a
Christopher Unwin, de quince años. Unwin,
29

vestido con pantalones vaqueros desteñidos, una
remera grasienta y pesadas botas de ingeniero,
estaba sollozando. Rademacher y Boutillier se
ocupaban de él porque lo consideraban, bastante
acertadamente, el eslabón más débil de la cadena.
—Empecemos otra vez –dijo Boutillier, en el
preciso momento en que Jeffrey Reeves decía lo
mismo dos pisos más abajo.
–No queríamos matarlo –balbuceó Unwin–.
Fue por el sombrero. No podíamos creer que aún lo
llevase, ya me entiende, después de lo que Telaraña
le dijo la primera vez. Creo que sólo quisimos
asustarlo.
—Por lo que dijo –interpuso el jefe
Rademacher.
—Sí.
—A John Garton, en la tarde del día diecisiete.
—Sí, a Telaraña. –Unwin volvió a romper en
sollozos–. Pero cuando lo vimos en dificultades,
tratamos de salvarlo. Al menos, yo y Stevie
Dubay... ¡No queríamos matarlo!
—Vamos, Chris, admítelo –dijo Boutillier–.
Arrojasteis al canal a ese mariquita.
—Sí, pero...
—Y los tres habéis venido aquí para aclarar las
coas. El jefe Rademacher y yo les estamos
agradecidos, verdad, Andy¿
—Claro. Hay que ser muy hombre para
30

reconocer o que se ha hecho, Chris.
—Entonces no lo estropees mintiéndonos
ahora. Tuvisteis la intención de arrojarlo en cuanto
lo visteis salir del Falcon con su amiguito, ?no¿
—¡No! –protestó Chris Unwin con vehemencia.
Boutillier sacó un paquete de Marlboro del
bolsillo de su camisa y cogió uno. Luego tendió el
paquete a Unwin.
—?Un cigarrillo¿
Unwin aceptó el ofrecimiento. Boutillier tuvo
que perseguir el extremo con la cerilla para
encendérselo debido a que al muchacho le
temblaba la boca.
—Pero sí cuando vieron que llevaba el
sombrero, no? –preguntó Rademacher.
Unwin dio una calada profunda bajando la
cabeza –el pelo grasiento le cayó sobre los ojos– y
exhaló el humo por la nariz.
—Sí –reconoció, en voz casi inaudible.
Boutillier se inclinó hacia adelante con un
destello en sus ojos marrones. Aunque su cara era
la de un ave de rapiña, su voz sonó amable.
—¿Qué has dicho, Chris?
—He dicho que sí. Queríamos arrojarlo al canal,
pero no matarlo. –Levantó la mirada con expresión
angustiada,
incapaz
de
comprender
los
extraordinarios cambios que se habían producido
31

en su vida desde que saliera de su casa para
participar en la última noche del Festival del Canal,
con dos amigos, a las siete y media de la noche–.
¡Matarlo, no! –repitió–. Y ese tío que estaba bajo el
puente... no sé quién era.
—¿De qué tío hablas? –preguntó Rademacher.
Ya habían oído esa parte y ninguno de los dos la
creía. Tarde o temprano, los acusados de asesinato
sacaban a relucir algún misterioso "tío". Boutillier
había llegado a darle un nombre al asunto. Lo
llamaba "síndrome del Manco", por el personaje de
El fugitivo, aquella vieja serie de la televisión.
—El tipo vestido de payaso –dijo Chris Unwin
estremeciéndose–. El tío de los globos.

3.
Los habitantes de Derry consideraban que el
Festival del Canal, que se desarrolló entre el 15 y el
21 de julio, había sido un gran éxito, algo bueno
para la moral, la imagen de la ciudad... y el bolsillo.
Los festejos de esa semana celebraban el
centenario de la inauguración del canal que corría
por el centro de la ciudad. Había sido ese canal el
que abriera plenamente a Derry al comercio de la
madera, entre 1884 y 1910, dando origen a los años
de bonanza de Derry.
32

La ciudad fue acicalada de este a oeste y de
norte a sur. Ciertos baches, de los que algunos
decían que llevaban más de diez años sin ser
reparados, fueron debidamente rellenados con
alquitrán hasta que las calles quedaron parejas.
Los edificios municipales fueron arreglados por
dentro y pintados por fuera. Desaparecieron las
peores leyendas inscritas en Bassey Park –muchas
de ellas, manifestaciones contra los homosexuales,
tales como –"Matad a todos los maricas y el sida es
el castigo de Dios, maricas al infierno"–, borradas
de los bancos y las paredes de madera que
cerraban el pequeño puente cubierto sobre el
canal, conocido como Puente de los Besos.
Se instaló un Museo del Canal en tres locales
del centro, con material de Michael Hanlon,
bibliotecario e historiador aficionado de la ciudad.
Las familias más antiguas de la población
prestaron gratuitamente sus tesoros y durante la
semana del festival, casi cuarenta mil visitantes
pagaron veinticinco centavos por cabeza para ver
menús de 1890, herramientas de leñadores
originarias de 1880, juguetes de los años veinte y
más de dos mil fotografías, así como nueve rollos
de película sobre la vida en el Derry del siglo
pasado.
El museo estaba patrocinado por la Sociedad de
Damas de Derry, la cual vetó algunos de los objetos
que Hanlon proponía exponer (la notable
sillatrampa, que databa de 1930) y fotografías (la
33

de la banda de Bradley después del famoso
tiroteo). Pero todos reconocieron que era un
verdadero éxito y, en realidad, nadie quería ver
esas antiguallas macabras. Era mejor acentuar lo
positivo y eliminar lo negativo, como decía la vieja
canción.
En el parque había una carpa enorme de lona a
rayas donde se vendían refrescos; todas las noches,
una banda daba un concierto. En el parque Bassey
se instaló una feria con atracciones y juegos
administrados por los vecinos. Un tranvía especial
recorría las zonas históricas de la ciudad, de hora
en hora, terminando el recorrido en la feria.
Fue allí donde Adrian Mellon ganó el sombrero
a causa del que lo matarían, un sombrero de copa
hecho de papel con una flor y una banda que
rezaba: ¡I "un corazón pintado" Derry!

4.
—Estoy cansado –dijo John Telaraña Garton.
Como sus dos amigos, vestía imitando a Bruce
Springsteen, aunque probablemente habría dicho
que Springsteen era un chulo o un maricón y que él
prefería a los tíos duros del heavy–metal, como
deff Leppard, Twisted Sister o Judas Priest. Había
arrancado las mangas de su camiseta azul para
34

exhibir sus musculosos brazos. El pelo, castaño y
espeso, le caía sobre un ojo; ese toque era más al
estilo de John Cougar Mellencamp que de
Springsteen. En los brazos tenía tatuajes azules,
símbolos arcanos que parecían dibujados por un
niño.
—No diré nada más.
—Cuéntanos sólo lo del martes por la tarde en
la feria –dijo Paul Hughes.
Ese sórdido asunto preocupaba a Hughes. Una
y otra vez, tenía la impresión de que el Festival
había finalizado con un último número que todos,
de algún modo, estaban esperando, aunque nadie
se hubiera atrevido a anotarlo en el programa
diario. Si lo hubiesen hecho, se habría leído lo
siguiente:
Sábado, 21 horas: Concierto de la Banda de la
Escuela Secundaria de Derry y los Melómanos de
la Barbería.
Sábado, 22 horas: Espectáculo de fuegos
artificiales.
Sábado, 22.35 horas: Sacrificio ritual de Adrian
Mellon, cerrando oficialmente el Festival del Canal.
—Al infierno con la feria –replicó Telaraña.
—Sólo lo que tú le dijiste a Mellon y lo que él te
dijo a ti.
—¡Maldita sea...! –Telaraña puso los ojos en
blanco.
35

—Vamos, inténtalo –insistió el compañero de
Hughes.
Telaraña gruñó y luego volvió a empezar.

5.
Garton vio a Mellon y a Hagarty contoneándose
cogidos de la cintura y soltando risitas como un par
de chicas. Al principio pensó que eran dos chicas.
Luego reconoció a Mellon, pues ya se lo habían
señalado antes. Y en ese momento vio que Mellon
se volvía hacia Hagarty... y que los dos se besaban
brevemente.
—¡Voy a vomitar, macho! –exclamó Telaraña,
asqueado.
Le acompañaban Chris Unwin y Steve Dubay.
Cuando Telaraña señaló a Mellon, Steve Dubay
creyó reconocer al otro marica; se llamaba Don y
había recogido en su coche a un chico de la
secundaria, sólo para meterle mano.
Mellon y Hagarty volvieron a caminar hacia los
tres muchachos, alejándose del tiro al blanco,
rumbo a la salida de la feria. Telaraña Garton diría
más tarde a los oficiales Hughes y Conley que se
había sentido "herido en su orgullo cívico" al ver
que un marica de mierda llevaba un sombrero con
la leyenda I "corazón pintado" Derry. Ese sombrero
36

de copa con su flor meneándose en todas
direcciones era una ridiculez. Lo que, al parecer,
irió aún más el orgullo cívico de Telaraña.
Cuando pasaron Mellon y Hagarty, siempre
abrazados por la cintura, Telaraña gritó:
—¡Tendría que hacerte tragar ese sombrero,
marica asqueroso!
Mellon se volvió hacia Garton y respondió
parpadeando con coquetería:
—Si tienes hambre, tesoro, puedo conseguirte
algo más sabroso que mi sombrero.
Telaraña Garton decidió arreglarle el rostro al
marica. En la geografía de esa cara se alzarían
montañas y los continentes cambiarían de sitio. No
iba a tolerar que nadie se mofara de él. Nadie.
Cuando echó a andar hacia Mellon, Hagarty,
alarmado, trató de llevarse a su amigo, pero éste se
mantuvo firme, sonriendo. Más tarde, Garton diría
a los oficiales Hughes y Conley que Mellon debía
de estar drogado. Sí, en efecto, reconocería
Hagarty, al serle sugerida la idea por los oficiales
Gardener y Reeves, se había drogado con dos
bollos fritos untados de miel y con la feria. No
había podido reconocer, por tanto, la amenaza real
que representaba Telaraña Garton.
—Pero así era Adrian –dijo Don, enjugándose
los ojos con un pañuelo de papel y estropeándose
la sombra brillante de los párpados–. Era uno de
37

esos tontos–convencidos de que todo saldrá bien.
Mellon habría podido resultar seriamente
herido si en ese momento Garton no hubiera
sentido un golpecito en el codo. Era un bastón de
goma. Al girar la cabeza, se encontró con el oficial
Frank Machen, de la policía de Derry.
—Será mejor que te largues –le dijo Machen– y
dejes a esas locas en paz. Venga, muévete.
—Pero me han insultado –replicó Telaraña.
Unwin y Dubay, olfateando problemas,
trataron de que Garton siguiera caminando con
ellos, pero él se zafó violentamente. Su hombría
acababa de sufrir un insulto que debía ser vengado.
—Olvídalo –repuso Machen–. Anda, sigue
caminando. No quiero tener que llevarte a
comisaría.
—¡Pero me ha tratado de maricón!
—¿Y te preocupa? –preguntó Machen con
sarcasmo. Garton se ruborizó intensamente.
Durante ese diálogo, Hagarty trataba, con
creciente desesperación, de alejar a Adrian Mellon
de la escena.
—¡Adiós, cariño! –se despidió Adrian con
descaro.
—Cierra el pico –le dijo Machen–. Vete de aquí.
Garton se abalanzó contra Mellon, pero el
oficial lo sujetó.
38

—Basta ya –advirtió–. ¿O quieres acabar en el
calabozo?
—¡La próxima vez me la vas a pagar! –aulló
Garton a la pareja que se marchaba, haciendo girar
muchas cabezas en su dirección–. ¡Y si te veo con
ese sombrero te voy a matar! ¡En esta ciudad no
necesitamos maricas como tú!
Mellon, sin volverse, agitó los dedos de la mano
izquierda –llevaba las uñas pintadas de rojo
cereza–
y
se
alejó
contoneándose
provocativamente. Garton intentó ir tras el.
—Una palabra o un movimiento más y te
arresto –advirtió Machen suavemente–. Hablo en
serio.
—Vamos, Telaraña –dijo Chris Unwin–.
Tranquilo.
—¿A usted le gustan esos tipos? –preguntó
Telaraña a Machen, ignorando a Chris y a Steve–.
Diga, ¿le gustan?
—Los margaritas no me preocupan –aseguró
Machen–. Mi trabajo consiste en mantener el
orden y tú estás perturbándolo. Ahora bien,
¿quieres dar una vuelta conmigo o no?
—Vámonos, Telaraña –dijo Steve Dubay en voz
baja.
Telaraña se avino a razones y, arreglándose la
camisa con movimientos exagerados y apartándose
el pelo de los ojos, siguió a sus amigos. Machen,
39

quien también prestó declaración a la mañana
siguiente a la muerte de Adrian Mellon, dijo: Lo
último que le oí decir cuando se alejaba con sus
compañeros, fue: "La próxima vez me la pagará
caro."

6.
—Por favor, tengo que hablar con mi madre –
dijo Steve Dubay por tercera vez–. Si ella no
ablanda a mi padrastro, cuando yo vuelva a casa se
organizará una batalla de mil demonios.
—No seas impaciente –le dijo el oficial Charles
Avarino.
Tanto Avarino como su compañero, Barney
Morrison, sabían que Steve Dubay no volvería a
casa esa noche, ni las siguientes. El muchacho no
parecía darse cuenta del apuro en que estaba.
Avarino no se sorprendió al comprobar que Dubay
había dejado la escuela a los dieciséis años, antes
de obtener el graduado escolar. Su coeficiente
intelectual era de 68, según el test Weschler al que
lo habían sometido durante una de sus tres
repeticiones del séptimo curso.
—Dinos qué pasó cuando visteis a Mellon salir
del Falcon.
—Mejor dejémoslo.
40

—Vaya, ¿y eso? –preguntó Avarino.
—Me parece que ya he hablado demasiado.
—Viniste para eso, ¿no? –repuso Avarino.
—Bueno, sí, pero...
—Escucha –dijo Morrison con suavidad
sentándose junto a él y ofreciéndole un cigarrillo–.
¿Crees que a mí y a Chick nos gustan los maricas?
—No sé...
—¿Tenemos pinta de que nos gusten los
maricas?
—No, pero...
—Somos tus amigos, Steve –dijo Morrison–. Y
créeme: tú, Chris y Telaraña necesitáis amigos en
estos momentos porque mañana los ciudadanos de
Derry estarán pidiendo vuestras cabezas.
Steve Dubay pareció alarmarse. Avarino, que
casi podía leer la confusa mente de aquel
gamberro, sospechó que estaba pensando otra vez
en su padrastro. Y aunque Avarino no sentía
ningún aprecio por la pequeña comunidad gay de
Derry (como cualquier otro miembro de la policía,
le habría gustado cerrar el Falcon para siempre),
habría sentido un gran placer en llevar
personalmente a Dubay a su casa. Más aún, le
habría encantado sujetarlo mientras el padrastro
se ensañaba. A Avarino no le gustaban los
homosexuales, pero no por eso pensaba que se los
debía torturar y asesinar. A Mellon lo habían
41

destrozado. Cuando lo sacaron a la superficie, bajo
el puente del canal, tenía los ojos abiertos y
dilatados por el terror. Y ese joven no tenía la
menor idea de lo que había ayudado a hacer.
—No queríamos hacerle daño –repitió Steve.
Era la posición a la cual retrocedía cada vez que
se sentía ligeramente confuso.
—Por eso te conviene estar a buenas con
nosotros –dijo Avarino, con gravedad–. Si dices
toda la verdad ahora, a lo mejor esto no pasa de un
incidente nimio. ¿Verdad, Barney?
—Muy cierto –concordó Morrison.
—Y bien, ¿qué me dices? –insistió Avarino.
—Bueno...
Y Steve, lentamente, empezó a hablar.

7.
Cuando Elmer Curtie inauguró el Falcon, en
1973, pensaba que su clientela estaría compuesta,
principalmente, por los pasajeros del autobús; la
terminal vecina recibía a tres líneas diferentes.
Pero no se le ocurrió que muchos de los pasajeros
eran mujeres o familias con niños pequeños. Y
otros llevaban sus propias botellas y no bajaban del
autobús. Quienes lo hacían eran, habitualmente,
42

soldados o marinos que sólo consumían cerveza;
después de todo, nadie suele emborracharse en
una parada de diez minutos.
Curtie empezó a descubrir alguna de esas
verdades hacia 1977, pero por entonces ya era
demasiado tarde; estaba endeudado hasta las cejas
y no podía salir del saldo en rojo. Se le ocurrió
incendiar el negocio para cobrar el seguro, pero
tendría que contratar a un profesional... y no tenía
ni idea de dónde podría contratarse un incendiario
profesional.
En febrero de ese año decidió esperar hasta el 4
de julio; si por entonces; las cosas no mejoraban,
cogería un autobús y vería qué se podía hacer en
Florida.
Pero en los cinco meses siguientes llegó una
asombrosa prosperidad al bar, que estaba pintado
en negro y oro, con decoración de pájaros
embalsamados (el hermano de Elmer Curtie había
sido un aficionado a la taxidermia, especializado en
aves, y él había heredado sus cosas después de su
muerte). De pronto, en vez de servir sesenta
cervezas y veinte copas por noche, Elmer se
encontró sirviendo ochenta cervezas y cien copas...
ciento veinte... A veces, hasta ciento sesenta.
Su clientela era joven, cortés y casi
exclusivamente masculina. Muchos de sus
parroquianos vestían de modo extravagante, pero
en esos años la vestimenta extravagante era casi
43

reglamentaria. Hasta 1981 Elmer Curtie no se dio
cuenta de que la mayoría de sus clientes eran
homosexuales. Si los habitantes de Derry le
hubieran oído decir eso, habrían pensado que
Elmer Curtie los tomaba por tontos... pero era
verdad. Como en el caso del marido engañado, fue
prácticamente el último en enterarse. Y por
entonces ya no le importaba. El bar daba dinero, y
aunque había otros cuatro en Derry que daban
ganancia, sólo en el Falcon no había parroquianos
revoltosos que destrozaban periódicamente el
local. Para empezar, no había mujeres por las que
pelearse. Y esos hombres, maricas o no, parecían
haber descubierto algún secreto para llevarse bien
que sus equivalentes heterosexuales desconocían.
Una vez consciente de las preferencias sexuales
de sus parroquianos, Elmer comenzó a oír rumores
escalofriantes sobre el Falcon por todas partes;
circulaban desde hacía años, pero hasta entonces
Curtie no había tenido noticia de ello. Los
narradores más entusiastas de esas anécdotas,
según llegó a notar, eran hombres que no se
habrían dejado llevar al Falcon ni a punta de
pistola. Sin embargo, parecían sumamente
enterados.
Según esos rumores, en una noche cualquiera
se veía allí a hombres que bailaban abrazados,
frotándose las pollas en la pista de baile; a
hombres que se besaban en la boca, sentados a la
barra; a hombres que hacían porquerías en los
44

aseos. Supuestamente, en la trastienda se podía
pasar un rato agradable: allí había un tipo fornido,
con uniforme nazi, que tenía el brazo engrasado
casi hasta el hombro y se ocupaba de uno con
mucho gusto.
Ninguna de esas cosas era cierta. Si alguien iba
allí para aplacar la sed con una cerveza o una copa,
no veía nada fuera de lo común. Había muchos
hombres, eso sí, pero lo mismo pasaba en miles de
bares de obreros de todo el país. La clientela podía
ser gay, pero gay no quiere decir estúpido. Si
querían hacer locuras, iban a Portland. Y si querían
hacer locuras gordas, como en las películas, iban a
Nueva York o a Boston. Derry era una ciudad
pequeña y provinciana; su pequeña comunidad
homosexual conocía bien sus limitaciones.
Don Hagarty llevaba dos o tres años
concurriendo al Falcon cuando, aquella noche de
marzo de 1984, apareció por primera vez con
Adrian Mellon. Hasta entonces había sido de los
que gustan variar; rara vez se presentaba con el
mismo acompañante más de cinco o seis veces.
Pero hacia fines de abril, hasta el propio Elmer
Curtie, a quien le importaban muy poco esas cosas,
notó que Hagarty y Mellon se estaban tomando la
relación en serio.
Hagarty trabajaba como dibujante para una
empresa de ingenieros, en Bangor. Adrian Mellon
era escritor independiente; publicaba cuando y
45

donde podía: en revistas de compañías aéreas, en
publicaciones
restringidas,
en
diarios
provincianos, suplementos dominicales o revistas
de sexo. Estaba escribiendo una novela en la que
llevaba trabajando desde su tercer año de
universidad, hacía ya doce.
Había ido a Derry para escribir un artículo
sobre el canal para el New England Byways, una
publicación quincenal que aparecía en Concord.
Adrian Mellon había aceptado el encargo porque
así podía sacarle al Byways dinero para tres
semanas, incluyendo una bonita habitación en el
Derry Town House, y reunir todo el material
necesario en cinco días. Dedicaría las otras dos
semanas a reunir material para tres o cuatro
artículos regionales más.
Pero en ese período conoció a Don Hagarty y en
vez de volver a Portland al terminar las tres
semanas, buscó un pequeño apartamento en una
calle discreta. Sólo residió allí seis semanas antes
de irse a vivir con Don Hagarty.

8.
Ese verano, dijo Hagarty a Harold Gardener y a
Jeff Reeves, fue para Adrian el más feliz de su vida.
Habría debido saberlo, dijo, habría debido saber
46

que, si Dios tiende una alfombra a personas como
él, es sólo para quitársela repentinamente de bajo
los pies.
La única sombra, dijo, era el extraño apego que
Adrian sentía por Derry. Tenía una camiseta con la
leyenda "Maine es bonito. Derry es ¡genial!" Y una
chaqueta del equipo los Tigres de Derry, del
instituto local. Y el sombrero, por supuesto.
Hagarty aseguraba que esa atmósfera le resultaba
vital y vigorizantemente creativa. Tal vez había
algo de cierto en eso, pues Adrian había sacado la
novela, que languidecía en un baúl, por primera
vez en casi un año.
—Entonces, ¿era cierto que estaba trabajando
en ella? –preguntó Gardener a Hagarty; en
realidad no le importaba pero quería que siguiera
hablando.
—Sí. Escribió página tras página. Tal vez fuera
una novela horrible, pero al menos no sería
horrible e inconclusa. Esperaba terminarla para el
cumpleaños de Adrian, en octubre. Él no sabía, por
supuesto, cómo es Derry. Creía saberlo, pero no
había vivido aquí el tiempo suficiente para verle la
verdadera cara. Yo trataba de advertirle, pero él no
me prestaba atención.
—¿Y cuál es la verdadera cara de Derry, Don? –
preguntó Reeves.
—Se parece a una ramera muerta con el culo
47

lleno de gusanos –dijo Don Hagarty.
Los dos policías lo miraron sorprendidos.
—Es un lugar malo –prosiguió Hagarty–. Una
cloaca. ¿Van a decirme que ustedes no lo saben?
¿Han pasado aquí toda la vida y no lo saben?
Ninguno de ellos respondió. Luego, Hagarty
siguió hablando.

9.
Hasta la aparición de Adrian Mellon en su vida,
Don siempre había pensado en marcharse de
Derry. Llevaba tres años allí. Había alquilado un
apartamento con una estupenda vista al río, pero el
contrato estaba por vencer y Don se alegraba. Se
acabarían los largos viajes de ida y vuelta a Bangor.
Y las vibraciones extrañas. Una vez le dijo a Adrian
que en Derry siempre se sentía como si fueran las
veinticinco horas. A Adrian podía parecerle una
ciudad estupenda, pero a Don le daba miedo. No
sólo por la cerrada fobia contra los homosexuales,
actitud expresada tanto en los sermones del
predicador como en las leyendas pintarrajeadas en
Bassey Park. Adrian se había echado a reír.
—En toda ciudad norteamericana, Don, hay
personas que odian a los gays –dijo–. No me digas
que lo ignoras. Después de todo, estamos en la era
48

de Ronnie Haron y Phyllis Housefly.
—Acompáñame a Bassey Park –respondió Don,
al ver que Adrian creía que Derry era como
cualquier otra ciudad del país–. Quiero mostrarte
algo.
Fueron en el coche a Bassey Park. Eran los
últimos días de la primavera, un mes antes de que
asesinaran a Adrian, dijo Hagarty a los policías.
Llevó a su amigo hasta las sombras oscuras y de un
olor vagamente desagradable del Puente de los
Besos. Señaló una de las pintadas. Adrian tuvo que
encender una cerilla y arrimarse para leerla.
"Enséñame la polla, marica y te la cortaré."
—Sé lo que piensa la gente acerca de los
homosexuales –dijo Don–. En Dayton, cuando era
adolescente, me dieron una paliza en una parada
de camioneros. En Portland, unos tipos prendieron
fuego a mis zapatos, ante una cafetería, mientras
un policía gordo y culón se reía sentado en el coche
patrulla. He visto muchas cosas, pero nunca algo
tan bestia. Mira aquí, fíjate.
Encendió otra cerilla y leyeron:
"Clavos en los ojos a todos los maricas (en el
nombre de Dios)"
—Quien sea el que escribe estas pequeñas
homilías es un caso grave de demencia profunda.
No me sentiría tan mal si supiera que se trata de
una sola persona, de un enfermo aislado, pero... –
49


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