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32. PIERENKEMPER, T. La industrialización en el siglo XIX (153 170) .pdf



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¿INDUSTRIALIZACIÓN DE EUROPA,
O INDUSTRIALIZACIÓN EUROPEA?

Ya a finales del siglo xix, el conocido economista inglés Alfred
Marshall, en su obra de ancianidad70, puso sobre la mesa la
cuestión del contexto interno de la industrialización europea,
que le era familiar como testigo de su tiempo. Habría de situarse, para empezar, dentro de un vasto trabajo sobre la historia de la economía y del comercio exterior, pero su avanzada
edad le impidió proporcionar una base empírica de amplitud
semejante para la cimentación teórica del «Neoclasicismo» en
los «Principios». No obstante, intentó comprender las formas
cambiantes de la economía mediante una comparación entre
las más importantes economías industriales de su tiempo, en
particular entre Francia, Alemania, Gran Bretaña y los Estados
Unidos. Puso eí acento sobre los distintos estilos de las denominadas economías nacionales confrontándolos entre sí71.
Queda en tela de juicio saber si semejante análisis de los
estilos es un instrumento apropiado para la historiografía económica72. El ejemplo de Marshall indica, no obstante, que, en
primer lugar, también en el caso de economistas que se ocupan
de trabajos teóricos, la teoría y la historia deben ir de la mano
en el esclarecimiento de la evolución económica; en segundo
lugar, que ya en el siglo xix se sentía la necesidad de un soporte
empírico para las reflexiones teoréticas; y, en tercer lugar, que
este apoyo se obtendría mediante la comparación sistemática
entre los desarrollos nacionales. Van en el mismo sentido las
reflexiones siguientes, que pretenden comparar las distintas experiencias de las naciones europeas durante el siglo xix, en
cuanto a su industrialización.
¿Hay que entender la historia de la industrialización de los
Estados europeos más importantes como la diferenciación en153

tre varias evoluciones, o se esconde detrás un proceso único,
una «economía europea»? Esta cuestión sigue siendo debatida
hoy; una serie 'le autores dudan de la existencia de un modelo
único de crecimiento válido para las economías nacionales modernas, dadas las experiencias recientes en la industrialización
del llamado «Tercer Mundo». Se basan para ello en recientes
investigaciones73 que pretenden reunir los elementos empíricos
del crecimiento económico a largo plazo, bien desde una perspectiva histórica (Kuznets), bien basándose en nuevos análisis
transversales internacionales (Chenery y Sirquin), y demostrar
que no es posible deducir de los hechos recopilados ningún
modelo general de crecimiento. Las experiencias europeas del
siglo xix, igual que los procesos de desarrollo que han tenido
lugar en el mundo en el xx, contradicen —según sus conclusiones— las generalizaciones de historiadores de la economía
como Rostow y Gerschenkron. No habría habido, según ellos,
una vía única y óptima en el desarrollo de todos los Estados,
e Inglaterra no habría sido, por lo tanto, el «modelo» de la
industrialización de Europa, ni tampoco de la de los países
en vías de desarrollo de nuestro tiempo.
Estas recientes apreciaciones contradicen todos los intentos
de explicar la difusión de la Revolución Industrial, que, partiendo de Inglaterra y abarcando después la Europa continental, se extendió finalmente por todo el mundo. La concepción
clásica, abrazada también por Marx, de que las naciones adelantadas muestran a las siguientes el futuro parte de la idea
de que Inglaterra creó, en realidad, un «modelo» que las demás
naciones, quis^ranlo o no, habrían de seguir, de tal modo que
se verían envueltas, más o menos obligadamente, en el proceso
generalizado de desarrollo moderno de la sociedad y de su
transformación económica.
Es muy difícil, si no imposible, decidir la cuestión en disputa,
en un plano general y básico, en favor del «modelo» Inglaterra.
Los hechos fundamentales de la situación son demasiado complejos. Se trata de plantear el problema dentro del contexto
de la industrialización de Europa (y del mundo) e intentar re154

construir la unidad interna del proceso de la industrialización
europea. Pero, ¿cómo?
Enfrentémonos al problema y señalemos cómo y de qué maneras la Revolución Industrial que tuvo lugar en Gran Bretaña
inició y llevó hacia adelante la industrialización del continente
europeo. Se trata de acotar la cuestión para distinguirla claramente del problema, de mucho mayor alcance, relativo a las
causas del progreso económico secular del mundo occidental
habido desde la Edad Moderna. A preguntas tan ambiciosas
dirigen su atención algunos autores que se dedican a tan fascinante tema con títulos llamativos, como, por ejemplo, How
it alI began, How the West Grew Rich y The European Mímele74.
Nuestro objetivo es mucho más modesto, y la perspectiva intraeuropea aquí dominante será, a veces, apostrofada irónicamente como propia del «pequeño inglés», desde el interés
de investigación mucho más amplio de jóvenes autores.
Dos problemas fundamentales se presentan en la interpretación tradicional de la industrialización europea, según la cual
Inglaterra fue el modelo que siguieron las demás naciones: primero, el de cómo explicar la industrialización autónoma inglesa, y segundo, de qué modo se trasladaron los impulsos del
proceso de expansión británico a otras economías nacionales.
La primera parte de este contexto explicatorio puede reducirse
a la doble pregunta, discutida frecuentemente en la historiografía, de por qué Inglaterra, y por qué 1780. La respuesta
remite al contexto general europeo del siglo xvm que finalizaba, y enlaza con la cuestión fundamental de la existencia
de una economía europea. David Landes, en,-su obra sobre
la historia de la industrialización de Europa occidental75, menciona el hecho de que las sociedades europeas occidentales
se encontraban, en vísperas de la Revolución Industrial, en un
nivel de bienestar que ya estaba claramente por encima del
nivel de subsistencia y que era considerable en comparación
con otras regiones del mundo. Cita un cálculo de Phyllis Deane 7ft que indica que el ingreso per capita de Inglaterra estaba,
ya a finales del siglo xvi, al nivel de numerosos países en vías
155

de desarrollo del año 1965. Europa occidental era, según esto,
relativamente rica a finales del siglo xvm, esto es, a comienzos
de la industrialización, y en Gran Bretaña, esta riqueza era
particularmente grande, producto de, al menos, dos siglos de
acumulación «primitiva»77.
Landes considera que son dos las peculiaridades europeas
que fueron factores esenciales para que se produjera este temprano progreso económico en Europa occidental. De una parte, la significativa amplitud de la actividad empresarial privada,
que pudo desplegarse debido a la fijación precisa del derecho
de propiedad ya en la Edad Moderna, y de otra, el alto grado
de racionalidad y de dominio de la naturaleza, que fue muy
importante para el pensamiento y para la acción del hombre
europeo occidental. No cree que fuera un componente esencial
el acceso a recursos extraeuropeos en las colonias. Eric Jones,
por otra parte, concede una importancia considerable a estas
«áreas útiles ficticias». No es fácil explicar, según Landes, por
qué fue precisamente Inglaterra, dentro de las condiciones favorables comunes en Europa, la primera en dar el salto hacia
una economía industrial. Landes rechaza, por «pseudo-aclaratorias», las explicaciones usuales que aluden a una serie de
cosechas extraordinariamente buenas en el siglo xvm, a la riqueza en recursos naturales (carbón), a ventajas climáticas o
de técnicas de transporte, o al rápido crecimiento de población.
Ve, sobre todo, en los desarrollos socio-estructurales, como
el aburguesamiento de la aristocracia, y en el establecimiento
del trabajo campesino asalariado, así como en numerosas conquistas técnicas, las causas principales de que, ya a finales del
siglo xvn, fuera quebrada en Inglaterra la resistencia frente
a la expansión capitalista. Christoph Buchheim 78 ha señalado
que los progresos de productividad industrial fueron tan grandes en la economía británica en el siglo xvm que no fueron
consumidos por el fuerte crecimiento de la población, como
en épocas anteriores, sino que quedó disponible una cierta cantidad de recursos «libres». Se trató de utilizarlos de nuevas
formas, y se consiguió poner en marcha un proceso continuo
156

de crecimiento, evitando caer en la trampa maltusiana preindustrial de la pobreza. Buchheim considera que la institucionalización del crecimiento económico fue el éxito decisivo de
la Revolución Industrial en Gran Bretaña. Se trataba, en suma,
de lograr este éxito también en los otros Estados europeos
occidentales.
Las condiciones de la oferta mejoraron esencialmente en
la economía británica durante el siglo xvm. La revolución agraria y el crecimiento de la población produjeron una abundante
oferta laboral; la prosperidad de la agricultura y el comercio
contribuyó a la formación de capital, se pudo desplegar un mercado nacional único, las manufacturas estimularon el desarrollo
de las tecnologías y del conocimiento, y un sistema comercial
en buen funcionamiento (comercios, Banca, seguros, etc.) sirvió de apoyo a iodo ello. La expansión correspondiente de la
demanda dio la posibilidad de beneficiarse de las condiciones
favorables de la oferta. Los empresarios industriales aprovecharon la oportunidad de revolucionar la economía. El consumo y las inversiones privadas, la exportación y el estímulo
del Estado contribuyeron a la decisiva expansión de la demanda. La expansión de la demanda interna se apoyó, por una
parte, en el rápido crecimiento de la población y en la construcción a marchas forzadas del sistema de transporte, y, por
otra parte, en las velozmente crecientes exportaciones de algodón y en las medidas estatales de fomento (construcción de
la flota, Acta de Navegación). Estos efectos expansivos produjeron una situación única, en la que la exportación de algodón y la demanda del Estado sirvieron de detonante para
que se crearan después, con la ayuda de la expansión del mercado interior, las bases de la industrialización.
En los otros países europeos no se dio en el siglo xvm esta
feliz y única constelación. Holanda había perdido su base económica con el quebranto de su monopolio internacional en
el transporte, Francia parecía estar prisionera de una estructura
de la propiedad basada en el pequeño campesinado, España
sufría de una inflación enorme y de otros efectos negativos
157

de la afluencia de metales preciosos desde las colonias, y Alemania persistía en una estructura agraria retrasada y en la división en pequjeños Estados. Por el momento, no podía aparecer entre estos Estados un rival de la industria inglesa.
Necesita una explicación adicional el hecho de que la feliz
conjunción de circunstancias en que se inició la expansión de
la economía inglesa sucediera precisamente a finales del siglo xviií, y no antes o después, en la Revolución Industrial.
Contribuyeron en un principio desarrollos a largo plazo, como
el traslado del tráfico comercial mundial desde los mares interiores (Mediterráneo, Báltico) al Atlántico. El comercio de
ultramar produjo de este modo nuevas necesidades y abrió nuevas posibilidades de venta, que fueron consecuentemente aprovechadas por las casas mercantiles inglesas. También con el
despliegue de la sociedad burguesa en Inglaterra, cuyas bases
ya habían sido puestas por las revoluciones de 1653 y 1688,
mejoraron las condiciones previas para la irrupción industrial.
Los efectos de estos procesos a largo plazo no quedaron limitados exclusivamente a Gran Bretaña, pero allí se dio, hacia
1780, una notable aceleración de la evolución; culminaron entonces los efectos de una transformación a largo plazo. Ciertas
innovaciones, particularmente en relación con transformaciones socio-estructurales y culturales, mostraron tras algún tiempo los primeros efectos de los nuevos hábitos. Se añadieron
nuevas invenciones. Se superaron los problemas habidos en el
comportamiento económico de grupos importantes; por ejemplo, en la conducta inversora de los empresarios y en la disciplina de los trabajadores asalariados, y el ascenso de la productividad agraria dio sus primeros frutos. Todo esto preparaba
el camino a la irrupción de la Revolución Industrial a finales
del siglo xviii. Así reza la interpretación tradicional.
Pero existen reservas decisivas que se oponen a esta manera
de ver y que no sólo ponen en cuestión los hechos y el contexto
descritos aquí brevemente siguiendo a Landes, sino que también consideran erróneo el planteamiento del problema. Nik
Crafts 7<)se ha expresado con decisión, aduciendo, como antes
158

Landes, una serie de aclaraciones y un modelo explicativo80 o
«sistema» de factores causales. Crafts se inclina por interpretar
el desarrollo técnico y económico del siglo xvm como un proceso casual. Señala que no sería nunca posible explicar, mediante una ley general, una hipótesis causal, ni nada similar,
y partiendo de consideraciones lógicas, un acontecimiento singular como el de la Revolución Industrial de Inglaterra. Los
estudios comparativos de posibles grupos de causas contendrían
siempre un residuo inexplicable que no sería sólo expresión de
lo limitado de nuestro saber, sino la imposibilidad lógica de
explicar de manera general un suceso singular. Esta objeción
fundamental no convierte, naturalmente, en superflua la investigación de las condiciones existentes en el origen de la Revolución Industrial; sólo que cambia la dirección de la mirada.
En el centro del interés se sitúan las condiciones previas importantes, y no el resultado, y, en atención a esto, Crafts sostiene
que las innovaciones técnicas fueron particularmente decisivas.
Como quiera que se estudie el origen de la Revolución Industrial, queda desde la perspectiva europea la cuestión central de
cómo pasó al continente el proceso económico de expansión iniciado por primera vez con éxito en Inglaterra, es decir, de qué
manera se trasladó el proceso de crecimiento económico industrial. Como vehículo de la transferencia pudieron servir, en
principio, las mercancías o los factores de producción; ambos
fueron efectivos. Las mercancías inglesas mostraron nuevos mercados y nuevas posibilidades de venta a las economías nacionales europeas. Se importaron trabajadores, empresarios, tecnologías y capitales ingleses que indicaron nuevos modos de producción al continente. La sustitución de importaciones de mercancías inglesas y la importación de procedimientos ingleses
de producción fueron las estrategias con las que los Estados
europeos occidentales intentaron competir con el adelanto inglés.
¿Se ajustó la industrialización de Europa al molde que había
preparado el modelo inglés, o fue éste modificado de tal modo
que las vías del desarrollo resultaron ser completamente dis159

tintas? Esta última es la opinión de Sidney Pollard81, que cree
que la industrialización de Europa nació de una raíz única,
la británica, peijo ve en las varias formas que toma dentro de
las distintas naciones mutaciones en el modelo básico general,
determinadas por las condiciones y circunstancias nacionales.
De manera similar argumenta Buchheim, que cree posible la
institucionalización del crecimiento económico en los diferentes Estados europeos mediante la adaptación a las condiciones
particulares respectivas, especialmente en lo relativo a la asignación de los factores. No obstante, la industrialización europea fue un proceso, a pesar de las peculiaridades nacionales,
que se repitió en distintos lugares, aunque no de manera uniforme, sino que se fue desarrollando progresivamente. Comenzó, sin duda, en Gran Bretaña, y los Estados europeos siguieron
el ejemplo según sus circunstancias específicas.
Rainer Fremdling ha estudiado este proceso, ejemplificado
en la industria siderúrgica del continente europeo82. Los flujos
mercantiles europeos reflejaban con mucha precisión, a comienzos del siglo xix, los desarrollos de los países europeos
en cuanto a producción interna y productividad. Gran Bretaña
dominaba los mercados internacionales debido a sus evidentes
ventajas en los costes absolutos. Esta dominación se basaba
en las ventajas de su productividad interna, que eran expresión
de sus más favorables recursos naturales, de la mejor cualificación de su fuerza laboral, de sus tecnologías más avanzadas
y de un mercado interior mayor. El proceso de recuperación
de los países continentales europeos no se ajustó del todo al
modelo británico —mediante la formación de empresas integradas verticalmente—, sino que se llevó a cabo en una peculiar
simbiosis con las manufacturas siderúrgicas tradicionales.
Hacia 1820, la industria siderúrgica tradicional del continente europeo, con una especie de tecnología «acondicionada»,
seguía siendo viable frente a la moderna competencia británica.
Estaban disponibles, en medida suficiente y a buenos precios,
los recursos tradicionales hidráulicos y de carbón vegetal. Algo
parecido sucedía en la manufactura del hierro con la fuerza

laboral, a la que se recurría de manera estacional en los períodos de baja ocupación en la agricultura. Las pequeñas instalaciones existentes bastaban para satisfacer la demanda local,
además de que el hierro así obtenido ofrecía ventajas de calidad
frente al nuevo hierro recuperado con coque.
La adopción de la nueva industria siderúrgica «inglesa» se
fue haciendo muy paulatinamente por etapas y a saltos, antes
de que se impusiera a largo plazo la nueva tecnología. El proceso de adaptación de la siderurgia europea fue, por tanto,
muy lento. Hasta la construcción de la infraestructura del transporte (ferrocarriles) no se explotaron nuevos recursos (carbón
y mineral de hierro) en el continente; se importaron conocimientos técnicos a través de especialistas ingleses, lo mismo
que máquinas y métodos productivos. No obstante, la siderurgia tradicional siguió siendo competitiva durante mucho tiempo frente a las tecnologías inglesas, puesto que, por ejemplo,
se importaba hierro barato de Inglaterra para elaborar después
barras a ¡a manera tradicional. Se combinaron también las técnicas modernas con las tradicionales: se integraban los hornos
de pudeiado en las instalaciones existentes, donde se seguía
produciendo el hierro con carbón vegetal, o se empleaban las
nuevas técnicas —como la instalación de sopladores en los altos
hornos, o el calentamiento del aire de soplado— en los viejos
altos hornos de carbón vegetal. Existieron, en suma, innumerables posibilidades de combinación de lo viejo y lo nuevo, y
la expansión de la industria siderúrgica fue todo menos una
simple imitación de las nuevas tecnologías inglesas. Los esfuerzos dirigidos hacia la modernización fueron apoyados por medidas estatales; por la política arancelaria, por ejemplo, que
en Prusia condujo, en 1844, a gravar la importación de barras
de hierro para proteger a los fabricantes locales, excluyendo,
no obstante, el hierro bruto, debido a que era materia prima
importante en la reelaboración. Son también numerosos los
ejemplos de solicitudes de importación de planos.
El ejemplo descrito de la difusión de nuevos modos de producción industrial en la siderurgia europea, por encima del in161

160

tercambio de factores y mercancías, invita, en el estudio de
los mecanismos de transmisión, a dirigir una atención especial
al nivel de los? sectores e investigar su difusión por ramas diferenciadas. Aboga también por ello Nachoem M. Wijnberg83,
que sugiere que la Revolución Industrial sea analizada exclusivamente en relación con los sectores industriales. Dado que
los desarrollos tecnológicos desempeñaron tan gran papel en
la industrialización, sería, sobre todo, la competencia dentro
de sectores y ramas, que trabajaban con tecnologías iguales
o similares, lo que daría lugar al progreso. Las nuevas tecnologías y sus posibilidades de uso estarían limitadas a determinadas ramas y sectores.
Esta argumentación en favor de la desagregación en los análisis del proceso de industrialización está en contradicción con
la visión tradicional de la Revolución Industrial, que se fija
en el desarrollo de los Estados nacionales. En este sentido,
Alexander Gerschenkron84 hizo, ya en los años 1960, el intento
de integrar en una historia común de la industrialización europea y del crecimiento económico moderno las distintas experiencias habidas en la industrialización de los países europeos. La industrialización no fue, naturalmente, un proceso
uniforme en los distintos países, puesto que las tensiones entre
nacionalismos y de clases evolucionaron de manera específica
y llevaron a peculiaridades nacionales. A esto se refirió el antes
mencionado Alfred Marshall, que trató de explicar las diferencias en los estilos económicos de las economías nacionales
a través de las diferencias en el carácter nacional de los distintos Estados. Sin embargo, es cierto, desde el punto de vista
del largo plazo, que un proceso de transformación general y
relativamente unitario abrazó toda Europa, y que este proceso
niveló los distintos desarrollos y disminuyó los retrasos relativos. Siguieron existiendo, no obstante, diversos grados de
atraso económico, observables todavía hoy.
El concepto de Gerschenkron del atraso relativo se refiere
a estas diferencias en el estado de desarrollo; de un lado, a
la aparición de una economía europea única, por encima de
162

las naciones y a pesar de todas las diferencias regionales y nacionales, y de otro, a las variaciones observables dentro de circunstancias históricas específicas. En su opinión, la industrialización de Europa presenta un proceso de desarrollo económico unitario, aunque no idéntico. Las diferencias no serían
casuales, sino que ocurrirían sistemáticamente en correspondencia con la magnitud del retraso relativo de un país respecto
del más adelantado. Quedaría implícita una «medida», un «modelo», para la determinación de la brecha del retraso relativo.
En comparación con la historia de la industrialización de los
Estados europeos, particularmente de Gran Bretaña, Alemania
y Rusia, Gerschenkron desarrolla un estudio sistemático del
atraso económico, en relación con la velocidad de la industrialización, la magnitud de la producción de bienes de capital,
el tamaño medio de las empresas, la renuncia de la población
al consumo, la importancia de la agricultura y de las nuevas
instituciones e ideologías. Que sean precisamente éstos, y no
otros, los elementos del estudio es consecuencia, según su opinión, de la experiencia histórica, y no tiene fundamento teorético.
Es posible, mediante este estudio sistemático, ordenar las
economías nacionales del siglo xix según el rango de sus retrasos relativos, lo cual coincide, en gran medida, con los otros
índices del desarrollo. No obstante, es evidente que un contexto
explicativo de tal complejidad no puede ser descrito a través
de un índice único —como, por ejemplo, el producto social
per capita—, aunque los trabajos de Angus Maddison, por
ejemplo, a veces lo sugieren, sino que la ordenación se hace
de manera tentativa. Las secuencias en el tiempo, las tasas de
crecimiento y los cambios estructurales en los sectores ofrecen
un punto de apoyo; S. L. Barsby hizo en 1969 un primer intento,
al que pronto siguieron muchos otros, de verificar empíricamente la idea de Gerschenkron.
Otra opinión importante de Gerschenkron consiste en que
las condiciones previas necesarias para la industrialización han
sido muy diferentes en los Estados europeos, que en algunos
163

casos ni siquiera se dieron, y que hubo que reemplazar aquellas
que eran insuficientes o compensar las inexistentes. En ninguna
parte de Europa sé encuentra en el siglo xix un arreglo óptimo,
en relación con el modelo británico, de las condiciones previas.
Los Estados siguientes se vieron obligados a sustituir, por ejemplo, la genialidad de la inventiva británica de los inicios de
la industria por un excelente sistema de educación técnica en
Alemania, o la insuficiente formación de capital empresarial,
en comparación con Inglaterra, por un sistema bancario, en
el caso de Alemania, o por los presupuestos del Estado, en
el de Rusia. Son múltiples y numerosas las variedades de condiciones previas necesarias, pero todas sirven al mismo objetivo, que es el de fomentar el desarrollo industrial.
El Estado, es decir, los Estados nacionales del siglo xix,
forman la unidad de estudio de Gerschenkron. En ese nivel
se comprenden de la mejor manera las instituciones que son
de importancia decisiva para el desarrollo de las condiciones
mencionadas. También los datos se encuentran a menudo en
ese plano, de manera que Estado y nación constituyen una unidad de estudio posible y llena de sentido para el interés predominante en este investigador.
Precisamente esta hipótesis ha dado origen a múltiples críticas. Sidney Pollard ha señalado repetidas veces que regiones
más pequeñas, y no los Estados y naciones, forman el marco
espacial de referencia adecuado para el análisis del proceso
de industrialización. Según su opinión, la industrialización europea se llevó a cabo como un proceso dentro de regiones situadas en un contexto europeo y para las cuales era irrelevante,
en el mejor de los casos, la acción del Estado. La chispa de
la Revolución Industrial saltó desde las regiones industriales
británicas hasta el continente, y encendió allí, en unos pocos
lugares, un fuego similar. Estas regiones económicas reaccionaron de manera compleja adaptando en cada caso las muy
distintas condiciones resultantes de diversas estructuras agrarias y tradiciones fabriles (protoindustria, manufacturas, arte164

sania). Ya en 1815 se encuentran en el continente europeo
distintas regiones ductoras.
Entre ellas estaba el cinturón industrial belga, donde se
pudo formar una primera industria similar al modelo inglés
sobre la base del carbón y el hierro. En el norte de Francia
reinaban condiciones similares, y por ello se inició un desarrollo comparable. La Renania prusiana, con sus manufacturas
tradicionales de hierro, dejó escapar la ocasión, y, en su lugar,
se expandió pronto la cuenca industrial del Ruhr, en Renania-Westfalia. En Sajonia, la industria textil y la construcción
de maquinaria formaron las bases de una clara expansión industrial temprana, mientras que en la Baja Silesia la industria
textil no fue capaz de sostener el ritmo y creció, en su lugar,
en la cercana Alta Silesia una nueva cuenca para.la industria
pesada. En el norte de Suiza y en la vecina Alsacia se basó
en el algodón una próspera industria, mientras que en la Francia central desempeñaron un cierto papel el carbón y el hierro,
al lado de la industria de la seda. Aparecieron otros centros
industriales más pequeños que habían tenido menor importancia antes.
Si se compara el mapa de Europa de los inicios de la industria con el de 1875, se ve que los primeros centros han crecido claramente y que ha aumentado considerablemente su número. La industrialización de Europa había avanzado, pero sin
cubrir todo el territorio. El proceso de industrialización, cuyo
núcleo, según Pollard, lo constituían las innovaciones tecnológicas, se había extendido decisivamente. Pollard ve en la competencia entre regiones la razón de esta evolución. Se adelantaron aquellas que tenían costes más bajos por sus ventajas
tecnológicas y, por tanto, precios menores, pero siempre bajo
la amenaza latente de las demás regiones. Eran decisivos, sobre
todo, los factores de la oferta, de base regional, tales como
los recursos, la localización, los métodos de producción y la
política comercial nacional. Parecían ser menos importantes
los factores de la demanda, dado que éstos, por regla general,
165

no actúan de manera aislada, regional, y no fueron incluidos
por ello en el estudio de Pollard.
Estas perspectivas regionales complementan en muchos aspectos la interpretación nacional del proceso de industrialización. Ilustran la dimensión más reducida de la industrialización.
No fue Inglaterra lo que se industrializó, sino Lancashire,
Yorkshire y regiones similares, lo mismo que tampoco lo fue
toda Prusia, sino, en todo caso, la región del Ruhr, la Alta
Silesia, etc. Por otra parte, se acentúa también el aspecto internacional del proceso de industrialización. Las regiones se
encontraban, en gran medida, en competencia con regiones
de estructura similar de otros Estados, y con ellas tenían relaciones de intercambio, más, en todo caso, que con las regiones atrasadas de sus propios Estados.
Hay razones para poner en duda que esta interpretación
regional del proceso de industrialización ofrezca una alternativa plena a la visión nacional de la industrialización. Las condiciones estatales de marco, tales como el sistema jurídico, la
protección arancelaria o la política de educación contribuyeron
también de manera esencial al éxito de la transformación fundamental de la economía y a la institucionalización del crecimiento económico, de tal manera que el no tomarlas en cuenta tendría por consecuencia que el examen del contexto del
problema sería insuficiente. Ambos puntos de vista, el internacional y el nacional, se complementan de manera productiva.
¿Qué queda, como conocimiento esencial, de este tránsito
por la historia de la industrialización europea, de sus intentos
parciales de explicación y de una mirada integradora? ¿Fue
la industrialización europea un proceso unitario de desarrollo,
o estuvieron aislados entre sí los diferentes desarrollos nacionales y fueron extremadamente distintos? No se puede negar
que existió una cierta conexión interna, pero sigue estando oscuro cuan «estrecha», o cuan «amplia», fue esta conexión. Su
consistencia es decisiva, no obstante, para saber si se puede
considerar la industrialización como un molde general, con la
consiguiente propuesta de su modelo para los países que si166

guieron después, hasta el «Tercer Mundo» de hoy, o si, por
el contrario, cada país debe buscar y encontrar su propio camino hacia el desarrollo sin tener en cuenta las experiencias
de las naciones que le precedieron. Las experiencias históricas
inmediatas no dan respuesta a esta pregunta. Se necesita para
ello una reflexión metódica nueva.
Patrick O'Brien85 ve dos posibilidades básicas de aproximación a la cuestión central de una historia comparativa de la
industrialización; las dos se derivan del interés de los investigadores e implican una orientación metodológica diferente.
Es posible bien poner como tema lo que hay de común en
los países europeos, o bien destacar sus diferencias; se llega
en cada caso a resultados muy distintos en lo que respecta a
la unicidad del proceso de industrialización. En la realidad histórica se encuentran tanto diferencias como similitudes en los
procesos de desarrollo de los distintos países. No es evidente
nunca el mayor peso de unas respecto de las otras. El historiador debe aclarar su pre-comprensión teorética y su orientación metodológica antes de comenzar con su actividad investigadora. Las fuentes no hablan, tampoco aquí, por sí mismas. Tres principios pueden servir de orientación a la reflexión
metodológica; tienen relación con la definición del horizonte
temporal y con los niveles de agregación del proceso de industrialización.
Según se defina la industrialización, bien en sentido muy
amplio como un proceso de transformación de la sociedad dentro de la historia universal, o bien en sentido muy estricto como
proceso económico de cambio de la estructura sectorial de la
economía, quedan en primer plano elementos totalmente distintos de este proceso y varía, en gran medida, la complejidad
del estudio en función del concepto empleado. Lo mismo puede decirse del período histórico que se considere, es decir, del
horizonte temporal elegido. Si éste se refiere a las transformaciones ocurridas desde la Edad Media, los objetos y las fases
de estudio son, naturalmente, distintas a las que exigen si la
investigación se limita al período relativamente breve de la fase
167

de irrupción industrial, para Gran Bretaña los años comprendidos entre 1780 y 1850. También el grado de agregación del
análisis determina ios resultados. La agregación del desarrollo
económico nacional según ramas dirigirá la atención hacia los
«sectores guía», mientras que la que se centre en las regiones
destacará las «regiones líderes». No obstante, tiene también
sentido la comparación entre economías nacionales totales. No
hay un camino real para el análisis de la industrialización europea del siglo xix. La adecuación de una «explicación» es resultado de la elección de los problemas e implica una decisión
previa fundamental en cuanto a la metodología. Es necesario,
además, proporcionar claridad y apreciar el complejo proceso
de la industrialización europea en lo que hay de común o de
distinto. Este libro se basa en una idea estricta de la industrialización y i a entiende como el cambio estructural de los
sectores de la economía que tiene por resultado un crecimiento
continuo de ésta. Es natural que pase a primer plano con mayor
intensidad lo que tienen de común los Estados europeos, sobre
todo en lo que respecta a la relativamente breve fase inicial
de las distintas economías nacionales.
Christoph Buchheim86 ha presentado recientemente una interpretación similar de la extensión ai continente y al mundo
de la Revolución Industria! que parte de Inglaterra, apoyándose también en la investigación de las economías nacionales.
Supone que existieron una serie de posibilidades para las distintas naciones para reaccionar ante el desafío de la industrialización de un país extranjero. La estrategia seguida en cada
caso condujo, necesariamente, a resultados diferentes. Intenta
explicar la realización de la Revolución Industrial en Gran Bretaña por la existencia de recursos económicos adicionales «libres» que pudieron encontrar nuevos usos de una manera experimental. La Revolución Industrial habría sido el resultado
de este «juego», e Inglaterra, el «modelo». Esta evolución habría pasado a otros países a través de la exportación de tecnología y de capitales, así como de las interrelaciones de comercio (costes comparativos) y habría incitado a reaccionar
168

a las distintas economías nacionales. Estas reacciones sólo podían ocurrir, como es natural, dentro del marco de las condiciones existentes, determinadas a su vez por los recursos naturales (conocimientos, materias primas, etc.), por las tradiciones manufactureras locales y por los arreglos sociales del
caso (derecho de propiedad, participación política, entre
otros). El resultado son los muy distintos procesos de industrialización según las condiciones previas de cada caso, y una
multiplicidad de revoluciones industriales, cuya característica
común es la institucionalización de un crecimiento económico
sostenido. A pesar de la diversidad de los desarrollos históricos,
aquí reside el núcleo del molde económico unitario, cuyo carácter de único en el tiempo ha sido destacado también por
Hubert Kiesewetter.
Jordán Goodman y Katrina Honeyman87, por el contrario,
creen que el proceso de la industrialización europea es mucho
más complejo y duradero de lo que piensan los autores de
orientación más bien económica. Desde su punto de vista, las
innovaciones tecnológicas parecen mucho menos centrales en
el proceso de desarrollo, y los métodos habituales de los sectores tradicionales lo caracterizan mucho más. Los paralelismos, las continuidades y las cosas en común existentes en los
distintos países dibujan el cuadro a largo plazo y conducen al
mismo resultado, a pesar de todas las variaciones temporales
y espaciales, esto es, a la moderna economía industrial. No
es posible, en opinión de estos autores, definir unívocamente
el aspecto espacial del desarrollo, esto es, la industrialización
no parece ser un proceso nacional ni regional, sino que es un
proceso que cambia de espacio históricamente. Una vez es Europa, o la economía internacional, el espacio relevante, y otra,
por el contrario, lo es una región o una localidad. Cambia la
importancia de ramas y zonas de la economía, y estas transformaciones comprenden períodos de siglos. Naturalmente,
para esta manera de ver resaltan aún más las diferencias entre
las economías nacionales europeas.
En este libro he tratado de comprender la complejidad de
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la industrialización de Estados europeos importantes, sin perder de vista la coherencia interna de su evolución. Si esta coherencia se manifiesta, es cuestión de la proximidad o lejanía
de la observación en cuanto al concepto, el tiempo y el plano
de la industrialización, y la perspectiva puede cambiar ocasionalmente. También me pareció ocasionalmente amplia, en
cuanto a puntos de vista sectorial y regional diferenciados,
la delimitación temporal al «largo» siglo xix, desde ca. 1780
hasta 1913.

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