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En defensa del ateísmo (Roberto Augusto) .pdf



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Autor: Roberto Augusto

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Roberto Augusto

EN DEFENSA DEL
ATEÍSMO

LAETOLI

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

1ª edición: octubre de 2012

Diseño de portada: Serafín Senosiáin
Ilustración de portada: la “letra escarlata” A, símbolo del ateísmo, fue creada por la OUT
Campaign de Richard Dawkins (outcampaign.org)
Maquetación: Carlos Álvarez, www.estudiooberon.com

© Roberto Augusto Míguez, 2012
© Editorial Laetoli, S. L., 2012
Monasterio de Yarte, 1, 8º
31011 Pamplona info@laetoli.es

ISBN: 978-84-92422-50-0
Depósito legal: NA-881-2012

El papel utilizado para la impresión de este libro ha sido fabricado a partir de madera
procedente de plantaciones gestionadas con estrictas normas ambientales y cuenta con
el certificado del FSC (Forest Stewardship Council, www.fsc.org).
Impreso por: Imagraf
Pol. Ind. Mutilva Baja, calle A, nº 41
31192 Mutilva Baja, Navarra

Printed in the European Union

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de
esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción
prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com,
tels. 91 702 19 70 y 93 272 04 47).

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Estimo la verdad por encima de todo, y
por esta razón desdeño lo que se opone
a ella. Nunca brillará la verdad sobre la
tierra mientras tengáis encadenados a los
espíritus en este mundo.

Arthur Schopenhauer

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Introducción

El ateo y el teísta, en cierto sentido, viven en realidades diferentes. Creer o no
creer en Dios es una de las decisiones más importantes que puede tomar un
ser humano. Es muy distinto pensar que el universo ha sido creado por un ser
todopoderoso, omnisciente y absolutamente bueno llamado Dios, que negar la
existencia de ese ente sobrenatural. De la misma forma, un ateo no puede
enfrentarse al momento crucial de la muerte igual que alguien que cree en un
alma inmortal y que sostiene que la vida es sólo un momento previo que nos
debe conducir a otro plano existencial donde podremos gozar del éxtasis
eterno de la contemplación divina.
Las diferencias, por tanto, entre los que creen y los que no creen en Dios
son abismales. Estos dos planteamientos difieren en la explicación sobre el
origen del ser humano, sobre el sentido último de la existencia y, también,
sobre la posibilidad de la vida después de la muerte. No estamos hablando de
temas menores, sino de asuntos que afectan de manera profunda a nuestra
forma de entender el mundo.
Afirmo que las razones que los teístas dan para justificar sus creencias
no tienen la suficiente fuerza probatoria y sostengo que las críticas que
tradicionalmente se han vertido contra los ateos son falsas. Estas dos ideas me
han animado a salir en defensa de un planteamiento intelectual legítimo y
perfectamente aceptable, aunque en muchas sociedades donde la creencia en
Dios es dominante el ateísmo sea visto como algo extravagante, dañino o
incluso antipatriótico. A los ateos se nos ha acusado de socavar la moral, de
vivir entregados a nuestras pasiones más inconfesables, de ser soberbios,
insensatos y necios, de no tener corazón, de destruir a la sociedad, de ser unos
miserables y de muchas otras cosas que no vale la pena repetir aquí. Pretendo
mostrar que todas estas acusaciones son erróneas y, además, proponer un
ateísmo racionalista como alternativa al teísmo dominante. Para lograr esto
analizaré los razonamientos que pretenden demostrar la existencia de Dios,
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

como el llamado argumento ontológico y las clásicas cinco vías de Santo
Tomás de Aquino, junto con las razones defendidas por Richard Swinburne.
Mostraré la invalidez de estas supuestas pruebas.
Hoy en día el ateísmo es minoritario porque únicamente tiene una
presencia importante en Europa y en algunos países desarrollados como
Japón, Corea del Sur o Canadá. El teísmo es la fuerza dominante a través de
las religiones más extendidas: cristianismo, islamismo, budismo e hinduismo.
También es cierto que el ateísmo crece de manera imparable y que parece
unido necesariamente al desarrollo: cuanto más progreso material menor
creencia en Dios. Por supuesto esta tendencia sociológica encuentra
excepciones muy notables, como el caso de Irlanda o el de EE. UU., un país
teóricamente aconfesional donde sería inconcebible un presidente ateo.
Esa inferioridad numérica no debe asustarnos, ni es una prueba de la
falsedad del ateísmo, ni es tampoco un obstáculo insalvable. Debe ser, más
bien, un estímulo para seguir trabajando por defender las convicciones que
consideramos correctas. Muchas ideas han sido minoritarias al principio y sus
seguidores han tenido que sufrir el silencio, la burla, la tortura o la muerte. Lo
importante no es lo que muchos crean, sino la verdad.

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Capítulo I
Un ateísmo racionalista

Definición general de ateísmo: crítica a Karl Rahner

La definición de ateísmo de Karl Rahner que encontramos en Sacramentum
mundi. Enciclopedia teológica (1) diferencia entre ateísmo teórico y práctico, es
decir, entre un planteamiento filosófico y uno ético: «Ateísmo significa la
negación de Dios o de toda posibilidad ―no sólo racional― de conocerlo
(ateísmo teórico)». Varias cosas se pueden decir sobre esto.
Según mi parecer, el concepto de Dios que se maneja aquí es
demasiado reducido, ya que no contempla el panteísmo o el animismo, entre
otras formas de teísmo distintas del Dios cristiano defendido por Rahner. La
maniobra que hacen los teístas con definiciones así es identificar a «Dios» con
su Dios y meter bajo el rótulo «ateísmo» a todo aquello que sea diferente de su
divinidad, algo que me parece erróneo y que contribuye a dar una imagen
deformada de esa idea que les va muy a los teístas.
Tampoco estoy de acuerdo con la afirmación de que el ateísmo es la
negación «de toda posibilidad ―no sólo racional― de conocerlo [a Dios]». Aquí
Karl Rahner parece confundir el ateísmo con el agnosticismo. Agnóstico es
todo aquel que niega la posibilidad de un conocimiento de Dios, o considera
que el nombre «Dios» carece de contenido (como los neopositivistas), o que
piensa que hay los mismos argumentos a favor o en contra de la existencia de
Dios, por lo que es imposible pronunciarse sobre esta cuestión. El ateo, en
cambio, afirma que es posible un conocimiento de Dios y se basa en él para
negar su existencia como algo más que una mera idea. En lo que difieren los
teístas y los ateos es en la forma cómo se accede a ese tipo de conocimiento.
Los primeros se basan, además de en la razón, en la revelación, la fe, el
sentimiento, la autoridad de instituciones (como la Iglesia católica) o de líderes
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

religiosos, la aceptación de dogmas y en experiencias místicas inaceptables
para los ateos, porque nosotros creemos que se puede conocer racionalmente
a Dios de la misma forma que cualquier otro elemento de la realidad que nos
rodea.
La siguiente definición de Rahner es esta: «Se habla de un ateísmo
práctico (indiferentismo) en el caso de personas que del reconocimiento teórico
de Dios no sacan ninguna consecuencia (concreta) para su conducta». Es
decir, los ateos prácticos pueden creer en Dios, pero viven como si él no
existiese, su creencia no afecta en nada a sus vidas. ¿Qué quiere decir esto?
Giulio Girardi, reflexionando sobre esta forma de ateísmo, responde a esta
pregunta: «Significa vivir habitualmente en función de un sistema de valores del
cual Dios está ausente» (2). Tanto Rahner como Girardi parten en su reflexión
sobre esta cuestión de la distinción entre ateísmo teórico y práctico. No puedo
estar más en desacuerdo con este proceder, ya que rechazo esa dicotomía.
El mal llamado «ateísmo práctico» no es ateísmo porque no se basa en
una negación de Dios. Normalmente es, más bien, un teísmo inconsecuente,
algo muy diferente. Si alguien cree en Dios eso lo convierte en un teísta,
aunque después no saque ninguna consecuencia para su vida de esa creencia,
quizás porque su voluntad sea demasiado débil para seguir un determinado
código ético que se supone refrendado por Dios. Que un sacerdote cometa
habitualmente crímenes que están totalmente prohibidos por su religión, es
decir, que su conducta no esté condicionada por unos valores en los que
presuntamente cree, no lo convierte en un ateo práctico, sino en un teísta
inconsecuente o, si se prefiere, en un hipócrita, que dice una cosa y hace lo
contrario.
Lo que se esconde detrás de esta dicotomía conceptual aparentemente
neutra es un enésimo ataque al ateísmo, aunque no se formule de manera
clara. Al decir que alguien cree teóricamente en Dios, pero luego no extrae
ninguna consecuencia de esa creencia, estamos señalando algo negativo, una
incongruencia personal. Al calificar a esta actitud de «ateísmo» identificamos a
ese posicionamiento con algo rechazable, con una falta de tipo moral. Además,
como veremos a lo largo de este ensayo, muchos teístas identifican a Dios con
el bien, por lo tanto, vivir como si él no existiera es vivir necesariamente de una
manera inmoral (3).
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Coincido con Karl Rahner cuando afirma que «determinar en qué
consiste el verdadero ateísmo depende del concepto exacto de Dios que se
presupone». El Dios presupuesto por este teólogo es el Dios cristiano en su
versión católica. Eso le lleva a decir que el politeísmo es ateísmo «en cuanto
dificulte el acto auténticamente religioso con relación al fundamento absoluto
del mundo o, en caso extremo, lo haga imposible». Esto significa que el
politeísmo, según cómo fuera entendido, sería también una forma de ateísmo,
ya que interferiría en el conocimiento del «fundamento absoluto del mundo», es
decir, del Dios cristiano. Pienso, en cambio, que todo politeísmo es una forma
de teísmo y que, en ningún caso, puede ser englobado dentro del pensamiento
ateo. Rahner también señala que en el politeísmo antiguo se calificó de
ateísmo al monoteísmo de algunos filósofos y del cristianismo, y que «los
padres de la Iglesia intentaron descubrir también en ciertas herejías un ateísmo
oculto». Esto lo que nos muestra es que dentro del discurso teísta católico el
ateísmo ha sido una especie de cajón de sastre en el que meter a quien se
apartara de la ortodoxia oficial. Todo cabe bajo esa etiqueta: herejes,
politeístas y animistas. De esta forma se da una imagen deformada del
pensamiento ateo que no se corresponde con la realidad.
El teólogo alemán sigue con su ataque al ateísmo disfrazado de
definición aséptica afirmando que éste es un «fenómeno de crisis» que «ha
surgido siempre en momentos críticos de transición entre épocas espirituales,
culturales y sociales». Sostiene, además, que no es una opinión más sobre la
existencia o inexistencia de algún ente, «pues si el ateísmo se entiende a sí
mismo y comprende lo que el término “Dios” expresa, niega que se pueda
plantear la pregunta por el ser en su totalidad y por el sujeto interrogante como
tal». Esta última afirmación no es cierta. El ateo por supuesto puede
preguntarse por «el ser en su totalidad» y por cualquier otra cosa, lo que pasa
es que esa pregunta no se realiza en términos teológicos.
Según este autor se puede criticar filosóficamente el ateísmo mostrando
«explícitamente el carácter absolutamente singular» del conocimiento de Dios.
Esa es una pretensión difícil de realizar porque los ateos consideramos que
«Dios» es un objeto del pensamiento equiparable a cualquier otro en el sentido
de que puede ser conocido por nuestro intelecto. Rechazamos, pues, esa
singularidad epistemológica de la divinidad.
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Me gustaría acabar este apartado dando mi propia definición de ateísmo:
es un posicionamiento filosófico que consiste en la negación de la existencia de
Dios, dioses o deidades de cualquier otro tipo. El ateo no se refugia en la
comodidad del agnóstico, que simplemente prefiere no pronunciarse sobre esta
cuestión, sino que toma partido. El ateísmo genérico que he definido aquí no es
una filosofía, algo que requeriría un desarrollo teórico mucho más amplio,
tampoco es una ideología (aunque pueda forma parte de alguna), pero sí es
filosófico en la medida en que implica una determinada manera de ver las
cosas que afecta a nuestra posición en el mundo.

Un ateísmo racionalista

El ateísmo que defiendo lo calificaría de racionalista. Este adjetivo ha sido
utilizado a lo largo de la historia para describir el pensamiento de múltiples
filósofos. Su significado es, pues, ambiguo, ya que varía de un autor a otro, de
una época a otra. Quiero exponer a continuación mi forma de entender el
racionalismo. Esto me permitirá mostrar las razones por las que pienso que el
ateísmo es la mejor postura que cualquiera puede defender respecto a la
cuestión de la existencia de Dios o de entidades similares.
Mi ateísmo se fundamenta en un juicio, en una valoración de las pruebas
y argumentos presentados por los teístas para demostrar sus ideas. Ese juicio
es estrictamente racional y, por lo tanto, excluye elementos que son
fundamentales para los teístas como la revelación, los milagros, el acatamiento
de autoridades religiosas, la tradición, la fe y el sentimiento. Que excluya estos
elementos no significa que no los tenga en cuenta, sí que lo hago, pero como
algo más a considerar racionalmente, no como explicaciones válidas que
sustenten el teísmo. El ateísmo que defiendo no es un postulado dogmático,
sino que surge de un pensamiento crítico.
La revelación no puede ser aceptada como una fuente de conocimiento
porque normalmente se manifiesta de manera exclusiva a los creyentes en el
Dios en cuestión, en la intimidad o en lugares donde no hay testigos objetivos,
pruebas gráficas, audiovisuales o de cualquier otro tipo. Al final lo único que
tenemos son relatos, historias fantásticas que no pueden convencer a nadie

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

que ya no estuviera convencido de antemano. Esto mismo que he dicho de la
revelación sirve para los milagros.
Los argumentos basados en la autoridad o en la tradición tampoco me
parecen fuentes fiables de conocimiento. La verdad es independiente de quien
la diga. Esa autoridad descansa sobre una supuesta comunión, conocimiento o
relación especial de alguien con Dios, o en el hecho de ocupar una posición
relevante dentro de una jerarquía eclesiástica o sacerdotal. Que una persona
diga que Dios existe, por muy relevante que sea, no demuestra nada. El
seguimiento acrítico de supuestas autoridades ha hecho un daño enorme al
progreso científico de la humanidad, porque en vez de observar y estudiar el
mundo que nos rodea por nosotros mismos, nos hemos dedicado durante
siglos a sacralizar textos como los aristotélicos, que, por ejemplo en física,
estaban equivocados en gran parte. La tradición y la autoridad son perniciosas
si evitan que nos cuestionemos racionalmente aquello que defienden.
El punto de vista racionalista que adopto hace que no me resulte válido
el decir «yo creo», es decir, la simple fe, sino que esa creencia debe ser
demostrada con argumentos que puedan ser aceptados por aquellos que no
somos teístas. El diálogo basado en la razón es el único que posibilita el
encuentro y la discusión entre el teísmo y el ateísmo, ya que lo que une a
ambos es el entendimiento común a todos los seres humanos. Un discurso
estrictamente fideísta impediría cualquier reflexión sobre esta cuestión. El teísta
diría «yo creo», el ateo replicaría «yo no creo», lo que convertiría este asunto
en una cuestión de fe, algo que pondría a ambas posturas en el mismo plano
de discurso y que paralizaría cualquier intento sincero de buscar la verdad.
Defiendo el ateísmo porque pienso que los argumentos usados para
demostrar la existencia de Dios son erróneos, lo mismo que las críticas al
ateísmo vertidas por los teístas. Un observador externo lo que ve son personas
que dicen creer en la existencia de un Dios omnipotente. Pero por mucho que
busquemos evidencias claras de la existencia de esa divinidad no las
encontraremos. Únicamente hallaremos discursos, opiniones o textos escritos
por personas y considerados sagrados, pero nada que pueda convencer a
alguien que busque una prueba racional, científica, de ese ser supremo. Lo que
tenemos es a mucha gente que dice: «Yo creo en Dios». Pero, como es

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

evidente, que muchos crean en algo no hace a aquello que creen más
verdadero.
La fe de gran cantidad de teístas se fundamenta en libros considerados
sagrados como la Biblia, sin lugar a dudas, el texto más influyente de la historia
de la humanidad. Nunca se ha escrito nada ni probablemente se escribirá nada
comparable a lo que la Biblia ha significado para nuestra especie. La vida de
millones de seres humanos ha sido influida de manera decisiva por ese texto a
lo largo de más de dos mil años de historia. Los teístas cristianos y judíos
consideran que ese libro contiene la palabra de Dios revelada a la humanidad a
través de profetas, místicos y santos que están en comunión directa con la
divinidad.
La verdad es, según mi parecer, muy distinta. La Biblia es un libro escrito
por seres humanos para seres humanos hace cientos de años, en una época
muy distinta a la nuestra, sin la intervención de ningún ser sobrenatural. No
deja de ser una creación más de la mente humana, por muy influyente que
haya sido. Lo que encontramos en los textos bíblicos es, sobre todo, un relato
fantástico, basado en algunos casos en realidades históricas, pero cuyo grueso
argumental es puramente ficticio.
Soy plenamente consciente de que esta opinión puede resultar ofensiva
para muchas personas, pero, tal como dice la cita que encabeza este libro y
que no tiene una función meramente ornamental, sino que expresa mi
propósito último, «estimo la verdad por encima de todo, y por esta razón
desdeño lo que se opone a ella». En el fondo el tema central de este ensayo es
el de la verdad. Y no se trata aquí de una verdad subjetiva o personal, sino de
una verdad objetiva, racional y científica. Lo que queremos saber es si
podemos considerar verdaderas las creencias y los argumentos teístas y, en
función de ese análisis, obrar en consecuencia. Si algunos se ofenden es algo
que lamento, pero lamentaría más limitar mi búsqueda de la verdad por el
miedo a ofender a alguien. Tal como dice Shopenhauer: «Nunca brillará la
verdad sobre la tierra mientras tengáis encadenados a los espíritus en este
mundo». Sostengo que el teísmo es erróneo y, como toda gran mentira, es una
pesada cadena que impide disfrutar del brillo de la verdad.
Cualquiera que lea la Biblia inevitablemente llega a la conclusión de que
allí no hay un Dios, sino, por lo menos, dos dioses. El Dios asesino y vengativo
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

que aparece en el Antiguo Testamento nada tiene que ver con el Dios
compasivo que supuestamente entrega a su hijo a la humanidad para que sea
crucificado por nuestros pecados. Esta contradicción es sólo una muestra de la
heterogeneidad de la obra causada por la existencia de múltiples autores en
muchos de los textos que la componen. Un libro que supuestamente ha sido
revelado a los hombres por Dios debería tener un discurso unitario y ser
coherente en todas sus partes, algo que no sucede en la Biblia. Esta obra no
deja de ser una colección de mitos y de historias fantásticas. Es una selección
de textos, hecha por élites políticas y religiosas, escogidos con el propósito de
elaborar un discurso mínimamente coherente, algo que no siempre se
consigue.
Los llamados evangelios apócrifos del Nuevo Testamento son tan
verdaderos como los considerados canónicos, es decir, igual de falsos, en la
medida en que únicamente describen un relato plagado de fantasía y ficción.
Es cierto que una parte relevante de la Biblia está basada en hechos históricos.
Pero los testimonios de milagros, resurrecciones y demás acontecimientos
sobrenaturales no tienen más credibilidad que la de cualquier otro mito. Los
evangelios del Nuevo Testamento fueron escritos, como mínimo, cuarenta o
cincuenta años después de la muerte de Jesús de Nazaret, y alguno de ellos,
como el de Juan, incluso más tarde. No pueden ser considerados, por lo tanto,
fuentes de primera mano.
Además, los testimonios que encontramos en ese libro no son
desinteresados. Los textos bíblicos tienen una función apologética, es decir, lo
que persiguen no es retratar una verdad histórica, sino contribuir a la difusión
del cristianismo y de las ideas teístas. No son, pues, fuentes fiables. La Biblia,
además, contradice en gran parte nuestros conocimientos científicos y nuestra
experiencia previa del mundo, porque en ella abundan los sucesos de carácter
sobrenatural.
Que la mayoría de los relatos bíblicos sean ficticios no significa que ese
libro carezca de valor o de interés. Conocerlo me parece fundamental y es,
además, un texto de gran belleza literaria que contiene un mensaje espiritual y
ético capaz de seducir a millones de personas. El retrato de Cristo crucificado
con la corona de espinas se ha convertido, sin duda, en el icono más poderoso
y seductor del cristianismo. Es una imagen repetida hasta la saciedad en
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

cuadros, libros, películas o esculturas y ha penetrado de manera ineludible en
el bagaje cultural de la civilización occidental. A veces, dentro de la literatura
atea, se tiende a despreciar los mitos teístas al considerarlos infantiles o
absurdos. Me parece un gran error hacerlo. Si esos relatos carecieran de
fuerza y de atractivo no habrían sido capaces de perdurar en el tiempo. El
teísmo tiene una gran capacidad de convencimiento y de atracción. No
debemos tomarnos a la ligera sus símbolos ni sus textos sagrados.
He dicho que defiendo una postura racionalista y que mi ateísmo se
fundamenta en una valoración racional de las pruebas esgrimidas por los
teístas. Pero alguien podría preguntarse, ¿por qué la razón debe ser el
instrumento fundamental que debemos usar para juzgar el teísmo? Es evidente
que mi postura implica una determinada concepción filosófica del mundo que
me gustaría desarrollar brevemente a continuación.
Durante siglos se nos ha definido de manera habitual como «unos seres
dotados de cuerpo y alma», una idea surgida del teísmo. No obstante, me
parece que la mejor definición posible es la del viejo Aristóteles, es decir, la de
«animal racional». Al afirmar que el ser humano es un «animal» lo estoy
situando a la misma altura que las demás especies que hay en nuestro planeta.
Esta idea contradice la creencia teísta de que el hombre ha sido creado por
Dios a su imagen y semejanza, una concepción narcisista del ser humano
donde éste ocupa un lugar central dentro de la creación y las demás especies
animales y vegetales existen no por sí mismas, sino que su única función es
proveernos a nosotros de alimentos y de todo lo que necesitamos para nuestro
sustento vital. El hombre, según muchas religiones, ocuparía un lugar especial
en el mundo, sería un ser privilegiado que poseería un alma de la que
carecerían los animales, seres que tendrían un papel secundario. No debemos
perder de vista esa dimensión animal de nuestra naturaleza porque eso es lo
que somos. Lo que diferencia a nuestra especie de las demás es que
poseemos una característica más desarrollada: la razón, el intelecto, la
inteligencia o como queramos llamarla. La distinción que hay entre nuestra
especie y las demás no es radical, sino de grado. Los animales también están
dotados de inteligencia, pero no tan desarrollada como la nuestra, no son
capaces de realizar operaciones intelectuales complejas y el lenguaje que
poseen las especies animales más inteligentes queda muy por detrás del
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

nuestro. No es que nosotros seamos inteligentes y que las otras especies no lo
sean, sino que nuestro intelecto está más desarrollado, es más complejo, que
el que ellos poseen.
Algunos podrían objetar, como hace Stuart Sutherland en su libro
Irracionalidad. El enemigo interior (4), que, a pesar de lo que dice Aristóteles,
«cabe afirmar que la conducta irracional no es la excepción sino la norma»
(pág. 7). Aunque la mayoría de la gente razone de manera incorrecta, cayendo
en sesgos cognitivos o en falacias lógicas, esto no invalida el hecho de que
podamos considerar a la razón como el elemento más definitorio de nuestra
especie. De hecho, si llegamos a la conclusión de que muchas personas se
comportan de manera irracional es porque poseemos una racionalidad capaz
de mostrar esos errores que calificamos de irracionales. Aquí no estoy
hablando de una persona en concreto ni de una sociedad determinada, sino del
ser humano en tanto que especie definida por un rasgo que es único en todo el
reino animal.
Otros quizás piensen que la razón es intrínsecamente mala y que es la
culpable de crear los campos de concentración de Auschwitz y de Mauthausen,
o las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. La razón, como podemos ver
en la obra de Goya, crearía monstruos. No obstante, no creo que estos
ejemplos se deban a la razón, sino que simbolizan un fracaso de la misma, es
decir, una falta de racionalidad. No es un comportamiento racional el que lleva
a construir un campo de exterminio, sino pulsiones mucho más primarias como
el deseo de poder. Y todo ello es posible gracias a ideologías falsas como el
racismo, que justifica la muerte de aquellos que son considerados inferiores. Si
ponemos en un lado de una balanza lo bueno que nos ha dado la razón y en el
otro lo malo, el bien pesaría mucho más. Simplemente basta con pensar en la
prolongación de la esperanza de vida que ha provocado la mejora de los
conocimientos médicos o en la producción masiva de alimentos. Por supuesto
que los avances tecnológicos generan dilemas éticos y tienen consecuencias
medioambientales, pero las dificultades que puede provocar el progreso
científico tienen que ser resueltas por la misma razón que las ha hecho posible,
no apelando a la irracionalidad o al sentimiento.
La definición de «animal racional» me parece mejor que la de «ser
compuesto de cuerpo y alma». Esto es así porque no creo que exista ninguna
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

entidad llamada «alma» ni nada parecido. El alma es una sustancialización de
nuestra personalidad en versión inmortal. No hay razones para creer en ella.
Los teístas no han ofrecido ninguna prueba de su existencia, únicamente basan
sus creencias en relatos mitológicos. Por supuesto ellos dirán que el alma
escapa a nuestros sistemas científicos para medir y comprender la realidad, ya
que forma parte de un plano existencial sobrenatural al que la ciencia no puede
acceder. Ante este argumento poco puede decirse, porque se fundamenta en
creencias que nada tienen que ver el posicionamiento racionalista que
defiendo. La mayoría de los seguidores del teísmo afirman que estamos
formados por dos sustancias, una perecedera, el cuerpo, y otra inmortal, el
alma, la primera se correspondería con la realidad natural y la segunda con la
sobrenatural. Mi definición, en cambio, muestra un ser humano unitario, un
miembro más del reino animal que posee una característica compartida con
muchas otras especies, pero que lo define, lo singulariza, porque está más
desarrollada.
Afirmo que el entendimiento es el instrumento básico que debemos
utilizar para la comprensión de la realidad. La razón debe ser la luz que nos
guíe en la oscuridad de la existencia humana. Gracias a ella hemos conseguido
convertirnos en la especie dominante del planeta, extendernos por todos los
confines de este mundo, prolongar nuestra vida hasta límites insospechados, ir
a la Luna y conocernos a nosotros mismos y a lo que nos rodea. Nada de eso
se ha logrado gracias a la fe o a la creencia en un Dios, sino que esas ideas
han sido casi siempre un obstáculo para el progreso intelectual y material de la
humanidad.
Sé perfectamente que esta apasionada defensa de la razón no conecta
con el espíritu de nuestra época. A pesar de ello pienso que debemos rescatar
el ideal ilustrado del progreso a través de la razón de las garras del
irracionalismo en su versión contemporánea que llamamos postmodernidad.
Una idea puede resumir ese movimiento: todo es lo mismo. Tanto valor tiene
para el postmoderno el discurso científico como las creencias chamánicas, las
religiones o la astrología. Todo son textos, relatos que se retroalimentan, pero
que no pueden apelar a ninguna idea de verdad que permita diferenciar a unos
de los otros. La postmodernidad, respecto al tema de las religiones, propone
una especie de orgía ecuménica final donde todas ellas convivan juntas al lado
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

de otros discursos como el científico. Esa idea, que aparentemente es
progresista y tolerante, nos conduce a nuestra liquidación como civilización. Si
no existe una verdad objetiva a la que apelar, entonces la verdad que acaba
triunfando es la de aquellos que son capaces de imponer su discurso. El
relativismo postmoderno nos conduce al fascismo del conocimiento, porque la
verdad acaba estando del lado de los más fuertes.
A pesar de que las ideas postmodernas hayan tenido una gran
aceptación en el mundo de las humanidades y, en especial, dentro de la
filosofía, todavía no conozco a ningún científico digno de tal nombre que las
aplique a sus investigaciones. Las ciencias de la naturaleza son la piedra
inamovible que sustenta el racionalismo. Aunque algunos filósofos de la
ciencia, como Kuhn o Fereyabend, hayan intentado dar una imagen
irracionalista de la práctica científica, lo cierto es que ésta ha demostrado su
capacidad para permitirnos aumentar nuestro saber.
La ciencia, más que ser un conjunto de teorías, es una metodología para
la adquisición de conocimiento. Ésta consiste en la investigación de hechos
que son accesibles a la razón, lo que excluye lo sobrenatural o místico, ya que
a ese reino únicamente tienen acceso unos pocos iluminados. Dios no puede
ser objeto de investigación porque forma parte de ese ámbito de lo
sobrenatural. El conocimiento científico, además, debe ser mutable, es decir,
susceptible de evolucionar y de incorporar nuevos descubrimientos.
Otro de los problemas del teísmo es que sus ideas son incompatibles
con todo nuestro conocimiento previo, con las leyes y teorías que rigen la
naturaleza, como sucede en el caso de los milagros. La ciencia también implica
una noción de objetividad, concepto desahuciado por muchos, pero que me
sigue pareciendo útil. Que alguien diga ver a la Virgen María no tiene ninguna
fuerza probatoria si esa experiencia no es compartida por otros que no
alberguen la creencia en esa personalidad sobrenatural y dicha aparición
pueda ser probada a través de datos empíricos fiables.
Dos de las características principales de la metodología científica es la
publicidad y la falsabilidad. Los resultados de una investigación deben ser
publicados y expuestos ante la comunidad científica para que ésta pueda
confirmarlos o refutarlos. Esto implica la posibilidad de repetir los experimentos
y de comprobar por personas ajenas al investigador si lo que éste afirma es
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

cierto. Cuando la Virgen se aparece normalmente lo hace a unos pastorcillos
en medio de la noche, nunca en un laboratorio de física o en un plató de
televisión. Y si los escépticos van a comprobar ese fenómeno sobrenatural éste
siempre desaparece. La conclusión lógica que debemos sacar es que esa
aparición nunca se ha producido, por mucho que algunos se empeñen en
construir iglesias en el lugar del supuesto milagro.
He señalado las siguientes características de la metodología científica:
investigación de objetos accesibles a la razón, mutabilidad, coherencia con el
conocimiento previo, objetividad, publicidad, falsabilidad, crítica de la
comunidad científica y repetibilidad. Ninguna de ellas es satisfecha por el
teísmo.
Es muy cómodo sentarse en una cátedra universitaria y despotricar
contra la soberbia ciencia oficial. Tiene incluso algo de romántico, de lucha
contra el orden establecido. Todos los que critican a la razón después, cuando
están enfermos de cáncer, no acuden a un chamán o un curandero para que
les sane con un hechizo mágico, ni confían su curación a la oración o al
Espíritu Santo, sino que van a un hospital para que se les apliquen las técnicas
más avanzadas en medicina. Usan la ciencia que tanto critican cuando les
conviene, una ciencia a la que perjudican con sus ideas.
El discurso anticientífico, tan de moda en algunas facultades de
humanidades y dentro del mundo teísta, es equivocado y, además, peligroso
para la sociedad. Una de las grandes tragedias de nuestro tiempo es que la
mayoría de la gente, incluidos los líderes políticos, no han llegado a
comprender la importancia de la ciencia y de la educación como motor
fundamental para el progreso humano. Si hemos logrado aumentar nuestra
esperanza de vida como nunca, si somos capaces de curar enfermedades que
antes diezmaban a la población, no ha sido gracias a la religión, sino a la
ciencia y, dentro de ella, ocupa un lugar muy especial la medicina, como
instrumento fundamental para aliviar el dolor y el sufrimiento humano.
Algunos podrían objetar que el ideal de progreso ilustrado realmente
nunca existió, que ha sido una ensoñación, una utopía imposible de realizar.
No comparto esa crítica. El progreso consiste en aumentar nuestra esperanza
de vida, en reducir la mortalidad infantil, en acabar con la opresión de la mujer,
en evitar que nadie muera de hambre o de enfermedades curables, en conocer
17

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

aquello que desconocemos. En definitiva, progresar es permitir que todos los
seres humanos dispongan de las condiciones materiales y políticas necesarias
para poder desarrollar libremente su proyecto vital. Progresar es avanzar en el
conocimiento de la verdad, en la comprensión del universo que nos rodea. Este
progreso no puede ser alcanzado si en vez de dedicarnos a invertir en ciencia,
tanto básica como aplicada, desde la filosofía hasta la física o las matemáticas,
derrochamos el dinero público en cosas irrelevantes. El falso discurso
anticientífico acaba calando en la sociedad y en la clase política, lo que impide
que se inviertan los recursos necesarios en ella.
Una de las causas principales del desprestigio de la ciencia proviene del
teísmo, que se dedica en muchas ocasiones a atacarla cuando ésta pone en
cuestión alguno de sus dogmas, creencias o ideas falaces, como la supuesta
autenticidad de la llamada Sábana Santa de Turín. Las religiones han sido
históricamente enemigas del pensamiento crítico porque quieren una razón
esclava de sus dogmas y de las jerarquías eclesiásticas.
Tradicionalmente se ha entendido el racionalismo como opuesto al
empirismo. Nada tiene que ver la postura que defiendo con esa dicotomía
clásica. Lo que afirmo es que la razón ocupa un lugar privilegiado dentro de la
adquisición de conocimiento, tiene una primacía epistemológica, en especial la
metodología científica. Tampoco debemos ver a la razón como opuesta al
sentimiento, dicho metafóricamente, la cabeza enfrentada al corazón. Las
emociones pueden ser estudias y comprendidas racionalmente y es posible
desarrollar

una

inteligencia

emocional

que

nos

permita

gestionar

adecuadamente nuestros propios sentimientos. Razón y emoción son
complementarias, no opuestas.
Lo que sí rechazo es un irracionalismo emotivista que pretende afirmar
que algo es cierto porque sentimos que lo es, argumento que es usado
habitualmente por los teístas. Que muchos crean que Dios les habla, o que sus
seres queridos siguen vivos en otra realidad inaccesible para nosotros, no
convierte al teísmo o al sobrenaturalismo en verdaderos.

La falsedad del dualismo

18

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

El teísmo presupone, en la mayoría de sus formas, una ontología dualista. Esto
no sería válido para el panteísmo, que, como ya he dicho, es una forma de
teísmo, pero sí para la mayoría de ellos. Desde luego esto es evidente en las
grandes religiones monoteístas como el cristianismo, el islamismo y el
judaísmo. El teísmo es dualista porque cree en una realidad natural y en otra
realidad sobrenatural donde se encuentra Dios y todos los demás seres que le
acompañan, como los ángeles, la Virgen María, etc. El dualismo, además, es
necesario en aquellas religiones que creen en un alma inmortal, ya que
precisan de una realidad distinta de la nuestra donde ésta pueda habitar
después de haberse separado del cuerpo y recibir su premio o castigo en el
cielo o en el infierno.
Frente al dualismo lo que defiendo es un monismo ontológico, es decir,
expresado en un lenguaje que recuerda a Parménides, el Ser es uno. Aquí por
«Ser» entiendo la totalidad de lo que existe. Podría, por tanto, sustituir este
concepto por «universo». Sin embargo, me parece más acertado el primer
término porque expresa mejor esa idea de totalidad que quiero destacar.
Hipotéticamente es posible que existan universos paralelos, tal como es
predicho por la teoría de cuerdas. Si esa hipótesis se confirmara la idea de
universo sólo englobaría una parte del Ser.
El monismo me parece la mejor opción en este caso porque es lo más
compatible con la postura racionalista que defiendo. Nunca se ha demostrado
la existencia de una realidad sobrenatural, espiritual, de un «más allá» o de
nada que se le parezca. No veo ninguna razón que me impulse a creer que hay
dos mundos, dos realidades que existen en planos diferentes. El dualismo es
otro invento humano, probablemente una de las creaciones más perversas y
erróneas de nuestra mente.
Esta ontología dualista, imprescindible para la mayoría de teísmos, tiene
la ventaja de que ayuda a dar respuestas a necesidades y anhelos humanos.
Les permite, por ejemplo, afirmar que existe vida más allá de la muerte. Pero
este dualismo, que soluciona algunos problemas, acaba generando más
dificultades y preguntas: ¿cómo se accede al mundo sobrenatural? ¿Dónde
está? ¿Desde cuando existe? ¿Cómo se relaciona el mundo natural con el
sobrenatural? ¿Quién lo ha creado? ¿Por qué es imperecedero? Podríamos
formular muchas otras preguntas, pero ninguna de ella puede ser respondida
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En defensa del ateísmo

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de manera rigurosa. Si aplicamos a estos interrogantes la metodología
científica con lo que nos encontramos es con la imposibilidad de acceder al
objeto de estudio, debido a que ese mundo sobrenatural no forma parte de la
realidad física y, según los que creen en él, sólo se puede conocer después de
la muerte, o a través de textos supuestamente revelados por Dios, o gracias al
testimonio de místicos, videntes o chamanes, u otras fuentes que no tienen
ninguna credibilidad. Me parece, pues, que la conclusión lógica es negar su
existencia y relegarlo al campo de la fantasía.
Mi monismo me conduce a un naturalismo ontológico. Si no hay una
realidad sobrenatural debemos afirmar que únicamente existe un mundo físico
regulado por leyes que pueden ser formuladas. Y es posible comprenderlo
porque éste existe al margen del sujeto. El naturalismo debe completarse con
un realismo ontológico que se aleje de posturas idealistas, donde se llega a
afirmar que todo lo que vemos a nuestro alrededor es una creación de la
mente. Pienso, por tanto, que la mente o la conciencia no son realidades
metafísicas, como pueda serlo el alma, sino funciones y procesos que emergen
del cerebro y que no son posibles sin él. No hay dos realidades (natural o
sobrenatural, física o metafísica, material o ideal), sino una única realidad.
Dentro de ese concepto de «naturaleza» debemos incluir, además, a los
objetos metafísicos, como, por ejemplo, las matemáticas o la lógica, que no
habitan otro mundo de las ideas, sino que surgen de la actividad intelectual del
ser humano. No quiero caer en un naturalismo ingenuo o reduccionista que
niegue la existencia o la irrelevancia de la metafísica, o que pretenda su
superación mediante el análisis lógico del lenguaje, tal como defendían los
neopositivistas. Lo que niego es cualquier tipo de dualismo ontológico,
sobrenaturalista o metafísico. He esbozado las líneas básicas de mi
pensamiento, los conceptos que lo definen: monismo, realismo ontológico,
racionalismo y naturalismo. Mi ateísmo es una consecuencia directa de todo lo
anterior.
Quisiera, a continuación, interpretar a partir de lo dicho el mito de la
caverna de Platón, uno de los textos más famosos e influyentes de la historia
del pensamiento. Esta alegoría muestra a un grupo de hombres que viven
desde su infancia encadenados y obligados a mirar siempre a una pared.
Detrás de ellos un fuego ilumina un camino separado por un tabique de los
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En defensa del ateísmo

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esclavos prisioneros. Por ese sendero pasan hombres portando figuras que
sobresalen por encima de la pared que les separa de los prisioneros
proyectándose sombras delante de ellos a causa del fuego. Los encadenados
creen que lo que ven es la auténtica realidad, ya que no han conocido nunca
otra cosa. Si uno de esos prisioneros se liberara (el filósofo) y saliera de la
cueva, conocería entonces, después de superar su sorpresa inicial, el mundo
verdadero iluminado por el sol, es decir, por la idea platónica del bien. Lo que
persigue este mito es enseñar el difícil camino que va desde el falso mundo
sensible (sombras) al verdadero conocimiento (las ideas), que se encuentran
en el mundo inteligible (luz).
Esta historia nos muestra de manera magistral un proceso de
sustancialización conceptual y un esquema dualista ontológico. Para Platón
existen dos mundos claramente diferenciados, el mundo de las ideas y el
mundo de lo sensible. El segundo es falso, una simple copia y reflejo de la
verdadera realidad que representan las ideas, que no son entendidas como
conceptos surgidos de la reflexión o de la abstracción, sino como entidades
dotadas de verdadera sustancia al margen del mundo material.
No puedo estar más en desacuerdo con el esquema platónico. No
existen dos realidades, sino una sola. El mundo de las ideas es una creación
de la mente humana surgida a través de un proceso de sustancialización
conceptual y de ruptura de la realidad en dos sustancias opuestas. Lo que hace
el insigne filósofo griego es atribuir a los conceptos una realidad sustancial de
la que carecen por sí mismos. El dualismo es un esquema equivocado porque
las ideas, y el cerebro humano del que surgen, forman parte de la misma
realidad interconectada e inseparable.
Las sombras no son los reflejos que ven los hombres encadenados
dentro de la caverna. El falso conocimiento surge de la creencia en un plano
existencial diferente, más verdadero y auténtico, que el mundo físico que puede
ser estudiado científicamente a través de la experimentación y la observación.
Las cadenas han sido creadas por aquellos, como Platón y los demás
dualistas, que buscan en una realidad distinta a la que conocemos la
satisfacción de sus ansias de inmortalidad, de justicia perfecta, de su deseo de
vivir en un lugar donde no exista el mal y el sufrimiento consustanciales a toda
vida humana. La caverna ha sido construida por las manos de aquellos que
21

En defensa del ateísmo

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han preferido un mundo de ficción a la realidad material. Una de las tareas más
importantes que puede realizar un filósofo es denunciar el mito de la existencia
de una realidad trascendente, metafísica en el caso platónico y sobrenatural
según las religiones.
Platón crea un mundo inteligible jerarquizado donde la idea suprema es
el bien, que «es la causa primera de todo lo que hay de bello y de recto en el
universo» (517 c). Este esquema será especialmente útil para los monoteísmos
posteriores, en especial para el cristianismo, que recepciona a Platón a través
de la obra de San Agustín, entre otros. El mundo de las ideas es el cielo que
espera a los bienaventurados después de la muerte, allí su alma inmortal podrá
contemplar al creador, es decir, a Dios, que ocupa el lugar del bien en el mito
platónico de la caverna.
El autor de La República (5) pretende mostrarnos lo difícil que es la
adquisición y la transmisión a otros del verdadero conocimiento que surge de la
contemplación de las ideas. Nos dice que el esclavo liberado de la caverna,
cuando baja a ver a sus antiguos compañeros de presidio y les explica lo que
ha visto, éstos se niegan a creerle, se ríen de él e incluso amenazan con
matarle si les libera, ya que prefieren vivir en su mundo de sombras.
Platón se equivoca al pensar que lo difícil es creer en la existencia de
otro mundo más verdadero y mejor que el que conocemos, el éxito de sus
ideas y de las miles de religiones que existen muestran lo equivocado que
estaba. El ser humano desea ardientemente creer en una vida eterna, en una
realidad mejor que la que conoce. Ese es un discurso que prende muy
fácilmente en la mente y en el corazón de los seres humanos. La fuerza de
esas ideas, además, se ha institucionalizado, se han creado iglesias, arte,
literatura y pensamiento destinados a difundir esa visión dicotómica, auténticas
máquinas de transmisión ideológica enormemente poderosas e influyentes que
desde el seno del hogar y de la escuela nos educan en la religión. Llevamos
miles de años creyendo en otra realidad sobrenatural porque deseamos creer
en ella, porque es aquello que se nos ha inculcado desde hace mucho, mucho
tiempo. Lo difícil, por lo tanto, no es aceptar un mundo dualista, sino denunciar
la falsedad de ese modelo de pensamiento tan consolidado.

Argumento ontológico y cinco vías tomistas
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En defensa del ateísmo

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La formulación más conocida del argumento ontológico la encontramos en el
Proslogio (6) de San Anselmo de Canterbury, en los capítulos II, III y IV de este
libro. Este argumento se dirige contra el insensato, es decir, el ateo, que «ha
dicho en su corazón: No hay Dios». A pesar de no creer en él ese insensato
tiene en su mente la idea de «un ser por encima del cual no se puede imaginar
nada mayor». Esa idea de un ser mayor que cualquier otra cosa no puede estar
«solamente en la inteligencia», porque si esto sucediese «habría algo por
encima de él». De ahí se extrae la conclusión final: «Existe, por consiguiente,
de un modo cierto, un ser por encima del cual no se puede imaginar nada, ni en
el pensamiento ni en la realidad». Y ese ser supremo que debe existir
necesariamente es, por supuesto, Dios. Entonces, ¿por qué el ateo lo niega?
San Anselmo lo tiene claro: «Porque es insensato y sin inteligencia», ya que
según él la existencia divina es evidente.
No tiene ningún sentido que pretenda refutar este argumento, una tarea
que ya ha sido realizada por varios autores hace siglos. El primero en hacerlo
fue el monje Gaunilo, que afirmó que «de esta manera de existencia ideal no se
sigue necesariamente que [Dios] exista en la realidad, no le concedo esta
existencia, a menos que se me lo demuestre por una prueba irrefutable». Es
decir, que tengamos el concepto de un ser perfecto llamado Dios no demuestra
que él exista fuera de mi mente.
Otro filósofo que criticó este argumento fue Santo Tomás, más proclive,
debido a la fuerte influencia aristotélica que hay en su pensamiento, a aceptar
argumentos a posteriori, es decir, que partan de la experiencia, que
razonamientos a priori, como el de San Anselmo, que no tienen en cuenta el
mundo sensible. Sus críticas se encuentran en la Suma de Teología (7),
artículo 1. Allí dice que «es probable que quien oiga la palabra Dios no
entienda que con ella se expresa lo más inmenso que se pueda pensar, pues
de hecho algunos creyeron que Dios era cuerpo». Además, aunque alguien
comprenda ese concepto tal como lo define San Anselmo, de ahí «no se sigue
que entienda que lo que significa este nombre se dé en la realidad, sino tan
sólo en la comprensión del entendimiento». Aunque los que niegan a Dios
acepten la definición de la divinidad como el ser más grande que puede
pensarse, eso no demuestra la existencia divina.
23

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Kant, en la Crítica de la razón pura (8), dice que «el concepto de un ser
absolutamente necesario es un concepto puro de razón, es decir, una mera
idea cuya realidad objetiva dista mucho de quedar demostrada por el hecho de
que la razón la necesite» (B 620). Sostiene, además, que el argumento es «una
simple tautología» (B 625), que no aporta ninguna información nueva, porque
esta prueba ontológica cae en una «contradicción al introducir ―ocultándola
bajo el nombre que sea― la existencia en el concepto de una cosa que
pretendíais pensar desde el punto de vista exclusivo de su posibilidad». Al
incluir la existencia de Dios dentro del concepto de «ser perfecto» se cae en la
falacia de petición de principio, porque se introduce la conclusión en las
premisas del razonamiento: se pretende demostrar una existencia que ya se
presupone. Kant concluye de manera tajante diciendo que «todo el esfuerzo y
el trabajo invertidos en la conocida prueba ontológica (cartesiana) de la
existencia de un ser supremo a partir de conceptos son, pues, inútiles» (B 630).
Schelling, en la introducción de su Filosofía de la revelación (9),
refiriéndose a este argumento, dice que «del concepto de Dios […] no se sigue
eternamente nada más que esto: que Dios, si existe, debe ser el existente a
priori; de otra manera él no podría existir. Pero de ahí no se sigue que Dios
existe» (pág. 167). Dicho de otra forma: «La esencia suprema existe […] si hay
una esencia que sea la suprema en el sentido de que implica su existencia;
pero entonces la proposición “ella existe” es todavía solamente una tautología»
(pág. 168), crítica que también realizó Kant. La conclusión a la que llega, que
comparto plenamente, es la siguiente: «El argumento ontológico […] no podía
demostrar la existencia de Dios» (ibíd.).
Este mismo pensador, en sus Lecciones muniquesas para la historia de
la filosofía moderna (10), en su análisis del argumento ontológico defendido por
Descartes, hace una crítica a este razonamiento que me parece interesante y
que también puede extenderse a San Anselmo. En el argumento ontológico se
presupone que la existencia es un tipo de perfección. Por lo tanto, el ser más
perfecto que pueda pensarse debe existir necesariamente. Ahora bien, es muy
discutible que la existencia sea una perfección. Schelling afirma que «un
triángulo, por ejemplo, no es más perfecto por el hecho de que exista; si esto
fuera así, entonces me estaría permitido concluir también que el triángulo
perfecto debería existir» (pág. 120). Este ejemplo nos muestra lo absurdo de
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

afirmar que la existencia es una perfección. El filósofo alemán concluye su
razonamiento diciendo que «la existencia expresa sólo que la cosa, es decir,
sus perfecciones, existen. Luego la existencia no es una de estas perfecciones,
sino aquello sin lo cual ni la cosa ni sus perfecciones existirían» (ibíd.).
Lo sorprendente de este argumento es que se haya convertido en uno
de los razonamientos más estudiados y criticados, generando una bibliografía
casi

inabarcable,

algo

también

causado

porque

grandes pensadores

posteriores como Descartes y Leibniz lo aceptaron y lo reformularon. A pesar
de ello, es evidente que el argumento ontológico no demuestra nada y no
merece ser considerado como una prueba a favor de la existencia de Dios. Por
eso pienso que debería haber quedado como una aportación marginal dentro
de la historia de la filosofía.
Algunos teístas también afirman creer en Dios, entre otras razones,
porque las cinco vías de Santo Tomás les parecen una prueba convincente de
su existencia. Siempre me ha llamado la atención la vigencia de estas
supuestas pruebas basadas en la física aristotélica. Parece ser que algunos
filósofos y teólogos no han querido asumir que la física creada por Aristóteles
dejó de ser válida hace más de trescientos años, desde que Galileo comenzó a
observar el cosmos con un sencillo catalejo la cosmología y la física aristotélica
han pasado a engrosar la enorme lista de errores humanos. Sin embargo,
ajenos a todo esto, muchos siguen repitiendo los conceptos de primer motor o
de causa eficiente, a pesar de que la ciencia moderna los considera reliquias
del pasado.
La primera vía es la del movimiento. Es falso que «todo lo que se mueve
es movido por otro» (art. 3), ya que, por ejemplo, los seres vivos se mueven por
sí mismos. El movimiento, además, no se explica diciendo que es el paso de la
potencia al acto, como afirma Aristóteles y acepta Santo Tomás, sino que su
comprensión requiere de las leyes de Newton y de toda una serie de teorías
que nos proporciona la física moderna, entre ellas el conocimiento de las cuatro
fuerzas fundamentales de la naturaleza: gravedad, electromagnetismo, fuerza
nuclear fuerte y fuerza nuclear débil. No se puede afirmar tampoco que «es
imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mueva a sí
mismo». En este mismo momento nos movemos, igual que el resto del planeta,
alrededor del Sol, aunque no seamos conscientes de ello. Podemos, a la vez,
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

movernos libremente en función de nuestra voluntad y de las limitaciones que
encontremos y, mientras nos movemos, podemos hacer que otro se mueva. La
afirmación de Santo Tomás es absurda. Su falaz razonamiento le lleva a
postular «un primer motor al que nadie mueve» que, por supuesto, es Dios. No
hay ninguna evidencia objetiva que demuestre la existencia de un primer motor,
aunque algunos teólogos y filósofos crean en él. Toda la teoría aristotélica de
un primer motor contradice nuestro conocimiento científico actual, lo que me
lleva a rechazarla.
La segunda vía es la de la causa eficiente. ¿Qué es una «causa
eficiente»? Es lo que provoca que otra cosa exista, por ejemplo, la causa
eficiente de una mesa sería su constructor. Santo Tomás afirma que en el
mundo sensible «no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente
de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible». Todo lo que
existe remite a una causa primera. Un ser humano tiene como causa eficiente a
sus padres, y éstos a sus padres y así sucesivamente hasta llegar al origen de
la humanidad, de la vida, y, finalmente, del universo. Y esa causa eficiente,
como no, «todos la llaman Dios».
Pienso, al igual que la casi totalidad de la comunidad científica, que la
teoría que mejor explica el origen de todo es la del Big Bang, por muy
imperfecta que sea. No precisamos de un ser todopoderoso para entender el
nacimiento del universo. Es normal que Santo Tomás postulará en el siglo XIII
una causa eficiente final divina, lo que me parece criticable es que a inicios del
siglo XXI haya personas que ignoren completamente los descubrimientos más
básicos de la ciencia actual y sigan aferrándose a explicaciones teológicas
como si siguiéramos en la Edad Media.
La tercera vía es la llamada de la contingencia. Hay cosas contingentes,
que pueden existir o no, y «es imposible que las cosas sometidas a tal
posibilidad existan siempre». Santo Tomás prosigue afirmando que si «nada
existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada
existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo
posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario». Por lo tanto: «Es preciso
admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no
esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás».

26

En defensa del ateísmo

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Esta vía no deja de ser una versión de la anterior, la de la causa
eficiente, ya que «contingente» y «causa creada», y «necesario» y «causa
eficiente», son aquí sinónimos. Lo mismo sucede con la primera, que también
remite a una causa primera, aunque no de todo lo que existe, sino únicamente
del movimiento. Estas tres vías son, según mi parecer, variaciones del llamado
argumento cosmológico, que pretende demostrar la existencia de una primera
causa a partir de la experiencia. Esta opinión es compartida por el autor de la
Crítica de la razón pura, que en una nota al pie (B 633), afirma que la prueba
cosmológica «se apoya en la presunta ley trascendental de la causalidad,
según la cual todo lo contingente posee una causa […] hasta que la serie de
causas subordinadas unas a otras se acabe en una que sea absolutamente
necesaria».
Kant también rechaza este argumento cosmológico, que formula de la
siguiente forma: «Si algo existe, tiene que existir también un ser absolutamente
necesario. Ahora bien, existo al menos yo. Por consiguiente, existe un ser
absolutamente necesario» (B 632). Lo relevante de esta prueba es que
«arranca de la experiencia y no procede, por tanto, enteramente a priori u
ontológicamente» (B 633). No obstante, esto que sucede en apariencia, si
profundizamos en el argumento, veremos que no es cierto, porque aquí lo que
sucede es que «la razón especulativa disfraza un viejo argumento y lo presenta
como nuevo» (B 634). Es decir, Kant afirma que este razonamiento no deja de
ser una versión de la prueba ontológica, ya que la apelación a los sentidos es
irrelevante y la argumentación se basa en la idea a priori de un ser creador de
todo lo que existe, ser que, a su vez, debe existir necesariamente: «Se
presupone aquí que el concepto de un ser de realidad suprema satisface
plenamente el concepto de necesidad absoluta de la existencia, es decir, que
se puede inferir lo último de lo primero, lo cual constituye una proposición
sostenida por el argumento ontológico» (B 635). El filósofo nacido en Könisberg
añade que «la supuesta experiencia es superflua; tal vez puede conducirnos al
concepto de necesidad absoluta, pero no demostrar tal necesidad en una cosa
determinada» (ibíd.). Este autor rechaza que esta prueba se base en el
principio de causalidad, que «sólo tiene valor y criterio de aplicación en el
mundo de los sentidos» (B 637). Es también objeto de crítica «la inferencia de
una primera causa a partir de la imposibilidad de una serie infinita de causas
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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

dadas» (B 638), algo que no se puede hacer en la experiencia y «menos aún
podemos extender este principio más allá de ella (a donde no puede llegar la
cadena)». Kant rechaza «la falsa autosatisfacción de la razón con respecto a la
completud de la serie» (ibíd.), refiriéndose a la serie de causas y efectos que
supuestamente deben tener una primera causa. Los argumentos que
desmontan la prueba ontológica-cosmológica dejan sin validez las tres
primeras vías tomistas.
Pasemos al análisis de la cuarta vía, llamada de los grados de
perfección, porque «se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en
las cosas». En primer lugar, se procede constatando una realidad empírica:
«Nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se
dan en las cosas. En unas más y en otras menos». A continuación, este autor
prosigue su razonamiento diciendo que hablamos de «más» o de «menos» en
estas perfecciones en la medida en que se aproximan o se alejan de lo
máximo. Y de ahí extrae la siguiente conclusión: «Hay algo, por tanto, que es
muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia es el máximo ser»,
porque «lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género», ya
que «hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de
cualquier otra perfección» y a eso se le llama Dios.
Primera objeción: Santo Tomás sólo elige de manera interesada
cualidades positivas, de la misma forma que existe la bondad también existe la
maldad. Si Dios es causa última de lo bueno, ¿por qué no lo es de lo malo, de
la mentira o de lo innoble? Si él es causa de todo, ¿no lo será también de lo
negativo?
Aquí la clave está en determinar qué es lo «máximo» en las perfecciones
citadas. Según mi parecer, es simplemente la idea de bien, verdad, nobleza o
cualquier otra, es decir, el concepto abstracto que tenemos de esas
perfecciones y a partir del cual juzgamos cada situación concreta. Si
pensamos, por ejemplo, que es noble ayudar a los otros, tenemos que juzgar
como más cercano a ese ideal a alguien que dedica toda su vida a ayudar a
otras personas. En cambio, aquellos que nada hacen por mejorar la vida de sus
congéneres estarán muy alejados de esa cualidad considerada noble. De ahí
no se extrae la existencia de ningún ser que tenga que poseer de manera
perfecta esas perfecciones, la única conclusión a la que podemos llegar es que
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En defensa del ateísmo

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existe la idea de bien, verdad o nobleza como ideales perfectos, algo que ya
sabíamos de antemano y que no aporta nada nuevo a nuestro conocimiento del
mundo. El error que comete Santo Tomás consiste en pensar que la idea de
bien, o cualquier otra perfección, es causa de lo que pertenece al mismo
género. El edificio más perfecto que pueda imaginarse no es causa de otros
edificios menos perfectos. Ser lo máximo en un género de cosas no implica ser
la causa de todo lo que pertenece a ese género.
La quinta y última vía es la llamada del orden del mundo o argumento
teleológico y se fundamenta en el «ordenamiento de las cosas». Este
razonamiento se basa en la siguiente idea aristotélica: «Hay cosas que no
tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin».
Y Santo Tomás continúa diciendo que

Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual
para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo,
no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen
conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e
inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente
por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.

La idea básica que sostiene esta vía, la de una teleología de los cuerpos
naturales, es totalmente falsa. Los planetas no se mueven alrededor del Sol
siguiendo un «fin» dirigidas por alguna inteligencia divina. Lo hacen gracias a
las leyes sobre las que se fundamenta la naturaleza, en este caso la gravedad.
El concepto de «lo mejor» o «lo peor» no pueden ser aplicados a movimientos
que se producen por culpa de las fuerzas naturales. Para la Tierra no es «lo
mejor» que dentro de unos miles de millones de años el Sol la destruya, eso es
algo que simplemente pasará porque así lo determina la física y la cosmología.
No

se

puede

decir

tampoco

que

los

cuerpos

naturales

obran

intencionadamente, ya que la intencionalidad presupone una conciencia de la
que carecen.
Las cinco vías, pues, pueden realmente agruparte en tres: las tres
primeras, basadas en el argumento ontológico-cosmológico, y las dos últimas.
En mi opinión únicamente sirven para que aquellos que ya están convencidos

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

de antemano puedan dar un barniz racional a sus creencias. En cuanto
profundizamos en ellas vemos que no resisten un análisis serio.

¿Por qué el ser humano cree en Dios?

Si respondemos de manera satisfactoria a la pregunta que da título a este
apartado comprenderemos el gran poder de atracción del teísmo. No creo que
debamos achacar la creencia en Dios al infantilismo de la humanidad o a su
ignorancia, sino que pienso que ésta satisface necesidades profundas
inherentes a todos los seres humanos.
La primera, y una de las principales razones por las que creemos en la
existencia de una divinidad omnipotente, es porque hemos sido educados para
creer en ella. La mayoría de los teístas lo son debido al hecho de que se han
criado en un ambiente en el que el teísmo es lo habitual, o donde se les han
inculcado esas ideas desde una temprana edad.
Alguien que sea mormón o testigo de Jehová si sus padres, sus amigos
y todos, o una parte importante de la gente que conoce, siguen esas religiones,
lo normal es que los niños, cuando crezcan, acaben adoptando la religión de
sus padres y del entorno cultural en el que viven. Por supuesto esto no sucede
en muchos casos, pero aquí estamos hablando en general. Si naces en Utah y
tu familia es mormona, vas a una escuela y a una universidad mormona, lo
normal es que acabes siendo mormón. A este tipo de teísmo podríamos
calificarlo de cultural, porque la religión es una parte más de la cultura de una
sociedad y los individuos la aceptan de la misma forma que pueden asumir
otras costumbres y hábitos.
Este tipo de fe es, a la vez, fuerte y débil. ¿Qué quiero decir con esto?
Es débil porque es una fe no razonada, simplemente es asumida. No está
respaldada por una reflexión sobre aquello que se cree, sino que se acepta sin
preocuparse demasiado sobre la verdad de la esa creencia religiosa. Es cierto
que muchas personas que asumen la religión como algo cultural acaban
interesándose realmente por ella, estudian en profundidad los textos sagrados
de su confesión e incluso pueden llegar a ser sacerdotes o teólogos. Los que sí
hacen ese proceso de estudio y de reflexión interna están en condiciones de
tener una fe razonada, basada en un conocimiento profundo de aquello en lo
30

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

que se cree. Pero no estoy aquí hablando de esto, sino de lo que sucede en la
mayoría de los casos. Lo que pasa es que a la gente no le preocupa
demasiado si aquello que cree es verdad o mentira, su fe se basa en el hecho
de que pertenecen a una sociedad donde esas creencias son compartidas, y el
ser miembro de ella implica asumir esas ideas. Si lo que se cree es verdadero
o falso eso es lo de menos, lo que importa es que esta es mi religión, la de mi
familia, la de mi comunidad y que yo, como miembro de esa sociedad, también
sigo esas creencias. Afirmo que esa fe es débil en el sentido de que lo
importante no es la fe en sí misma, sino su relevancia como rasgo
característico de un grupo humano determinado. Si alguien es cristiano
protestante y emigra con la intención de quedarse para siempre en Irlanda, un
país mayoritariamente católico, si allí se casa con una persona que pertenece a
esa religión, lo más probable es que acabe aceptando el catolicismo y que se
convierta a ese credo, ya que no tiene ninguna utilidad para esa persona seguir
siendo protestante. Si su pareja irlandesa desea casarse siguiendo el rito
católico y quiere bautizar a los hijos de la pareja en esa religión es factible que
el otro no ponga ningún impedimento ya que, en el fondo, sus convicciones
eran superficiales, es decir, débiles. La religión entendida de esta manera
únicamente se profesa mientras convenga socialmente, por puro interés. Si ese
emigrante realmente creyera en su Iglesia nunca la hubiera cambiado por otra,
algo que pasa muchas veces cuando se modifica el contexto en el que vive una
persona.
El teísmo social es fuerte en el sentido de que es inmune a las críticas.
Ya que es un fideísmo infundamentado, sin sustrato racional de ningún tipo,
cualquier cosa que se diga en su contra está condenada al fracaso. Aunque se
presentaran pruebas que refutaran una religión sus partidarios seguirían
creyendo en ella porque su verdad o falsedad en el fondo es irrelevante. La
gente seguirá arreglándose los domingos e irá a su templo a rezar y a leer sus
textos sagrados, ya que eso es lo que han hecho durante mucho, mucho
tiempo, ellos y sus padres y sus abuelos y sus bisabuelos, hasta donde alcanza
la memoria de los vivos. La costumbre es ley y la religión, como cualquier otra
cosa, es un hábito más que se afianza con la práctica y el paso de los años. Es
un ritual social que perdura independientemente de la veracidad de sus
fundamentos.
31

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Es cierto que la mayoría de estos teístas afirman creer en una religión,
pero no siguen muchos de sus preceptos, de manera especial aquellos que
atañen a la moral y, sobre todo, a la moral sexual, como la prohibición de usar
métodos anticonceptivos o el no tener relaciones antes del matrimonio. Si
realmente creyéramos en una religión que defienda esas ideas deberíamos
seguir todas sus enseñanzas, incluso aquellas que afectan a nuestra vida
íntima.
Podemos, pues, escribir los libros que queramos en defensa del
ateísmo, demostrar histórica y arqueológicamente que los acontecimientos en
los que se basa un teísmo son falsos, nada de eso desalentará a los teístas
culturales de casarse siguiendo sus rituales tradicionales, de bautizar a sus
hijos o de enterrar a sus muertos según las costumbres de su religión.
Esta fortaleza que señalamos sólo se mantiene si el teísmo en cuestión
es fuerte socialmente hablando, mayoritario, fuera de su ámbito social habitual
esa fuerza se acaba convirtiendo en debilidad. Si es lo bastante poderoso el
teísmo se transforma en un síntoma de normalidad. Lo «normal» es creer en
Dios y aquellos que no creen en él se convierten en gente anormal. Esto
sucede en muchas sociedades a lo largo y ancho del mundo. Es especialmente
evidente en los países árabes, por ejemplo, en Arabia Saudí, donde está
prohibido el ateísmo y practicar cualquier otra religión que no sea la
musulmana. En EE. UU., uno de los países desarrollados donde el teísmo es
más fuerte, creer en Dios es algo «normal» y si alguien no cree es porque es
un comunista, un loco o un intelectual excéntrico. Incluso los dirigentes del
Partido Demócrata, que algunos de manera equivocada consideran equivalente
a los partidos socialdemócratas europeos, son casi todos teístas y presumen
públicamente de su fervor religioso. El poder del grupo es muy grande y el
deseo de sentirnos aceptados por otros, de poder progresar en la sociedad,
hace que muchos acaben seducidos por el teísmo en sus múltiples formas.
La creencia en Dios es, además, un rasgo identitario colectivo. Por
ejemplo,

el

teísmo

es

fundamental

para

la

gran

mayoría

de

los

estadounidenses. Da igual la religión que profesemos, lo que caracteriza a esa
nación es su creencia en un Dios: «In God we trust», podemos leer en las
monedas de un centavo de dólar. El teísmo es un marcador grupal que indica

32

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

la pertenencia a un grupo social determinado, es un rasgo identitario básico y
es, a la vez, una forma de exclusión para aquellos que no creen.
Este teísmo tiene, además, la función de fortalecer la unión de un grupo
social. Pensemos en el caso del pueblo judío. Lo que ha mantenido la unidad
de esa comunidad a lo largo de los siglos, a pesar de la diáspora que los
dispersó por todo el mundo, ha sido, fundamentalmente, la religión, el pensar
que eran un pueblo elegido por la divinidad, la creencia en un Dios único y su
adoración de los mismos textos sagrados.
Otra de las razones que podemos dar es complementaria de la anterior.
Después de la caída del comunismo iniciada en 1989 en Europa Oriental
hemos asistido a un auge del teísmo en países donde durante décadas imperó
el ateísmo impuesto por las dictaduras comunistas que gobernaron en esa
época. Esto es especialmente evidente en lugares como Polonia, un país
fervientemente católico y, en menor medida, también en Rusia y en otros
lugares. Varias lecciones podemos aprender de esto.
La primera de ellas es que es contraproducente e ineficaz intentar
imponer el ateísmo por la fuerza, utilizando las instituciones del Estado, incluida
la educación. No se puede obligar a alguien a creer o a no creer en Dios,
podemos obligarle a que públicamente niegue o acepte unas determinadas
creencias, a que no practique su religión fuera de su hogar, pero aquello que
hay en su mente es íntimo e intransferible y, lo más probable, es que si
actuamos usando la represión conseguiremos que se refuercen más las
convicciones que queremos eliminar. Sólo aquello que ha sido aceptado
libremente puede prender con fuerza en nuestra mente y en nuestros
corazones. El ateísmo debe convencer, es un error intentar imponerlo. En parte
el deseo de los países del ex bloque socialista por abrazar sus religiones
proviene de la búsqueda de un rasgo identitario que se ha intentado reprimir
durante décadas. El teísmo en estos países está recubierto por el atractivo
manto del victimismo y de la opresión.
La segunda lección que podemos sacar de todo esto, y que me interesa
especialmente, es la de entender que no basta un gobierno de cuarenta o más
años para acabar con el teísmo en un país. El ateísmo institucional comunista
podía ser muy fuerte porque disponía de toda la maquinaria represiva de un
Estado totalitario, pero tenía una gran debilidad que explica también el auge
33

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

actual del teísmo en esos países: carecía de la inercia histórica suficiente. Si la
mayor parte de la humanidad ha creído en Dios durante miles de años es muy
ingenuo pensar que un régimen de varias décadas pueda acabar con esa
creencia. Sin duda puede lograrse un cierto retroceso de las ideas teístas que,
de otra forma, no se hubiera producido, pero en cuando se desmorona el
aparato represor que lo sustenta, el poder de un ateísmo impuesto cae por su
propio peso. Se necesitaría que en un país estuviera dominado por un régimen
totalitario ateo durante muchas décadas para que éste fuera capaz de vencer la
enorme inercia histórica que posee el teísmo. La represión tendría que ser
enorme y durar siglos para que fuera efectiva, y siempre cabría la posibilidad
de que en cuanto ésta cesara el teísmo volviera a renacer, como ha pasado en
las últimas décadas en el este de Europa. La historia es como un enorme barco
que surca el mar a gran velocidad y cuesta mucho que cambie su rumbo, se
necesita tiempo y gran esfuerzo para que esto pase. Por lo tanto, la inercia
histórica es una de las respuestas que damos a la pregunta de por qué la gente
cree en Dios.
También es posible que se obligue a creer en Dios por la fuerza, usando
la violencia y el miedo. Eso es lo que sucedió en Europa durante siglos, en la
Edad Media. En esa época oscura el cristianismo se impuso por la fuerza de
las armas, y todos aquellos que tenían creencias diferentes, o no tenían,
corrían el riesgo de ser torturados y asesinados en nombre de la fe. Esa
situación crea un régimen de terror ideológico donde el teísmo acaba
imponiéndose. Cuando esto sucede durante tanto tiempo y de manera tan
violenta sí es posible acabar imponiendo una serie de creencias, teístas o de
cualquier otro tipo, a una sociedad. La ignorancia que había en Europa en esa
fase de nuestra historia era, además, el caldo de cultivo perfecto para subyugar
las mentes de la gente a través del teísmo.
La religión sirve para legitimar el orden establecido. De la misma forma
que había un único Dios dentro de las religiones monoteístas, un único rey
gobernaba por mandato divino. Así Dios se convertía en el garante de un orden
social injusto donde todo el poder estaba en manos de una única persona. Las
creencias teístas eran una forma de alivio de las penurias del mundo en la que
se refugiaban las capas más desfavorecidas de la sociedad. Son un aliciente
para aceptar el sufrimiento y no esforzarnos por cambiar las cosas. En ese
34

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

sentido podemos decir que ha fomentado una mentalidad conservadora, de
mantenimiento de las injusticias sociales. Este tipo de legitimación, que hoy
podría parecer una reliquia del pasado, está plenamente vigente en nuestros
días en muchos países. Por ejemplo, en Marruecos el rey ostenta el título de
Comendador de los Creyentes, siendo, a la vez, una autoridad política y
religiosa.
Pienso que una de las causas que pueden animar a practicar una
religión es el ejemplo positivo que algunos teístas dan inspirados en sus
creencias. Eso que habitualmente se denomina testimonio, es decir, el dar
ejemplo con todos y cada uno de nuestros actos de unos valores y creencias
que decimos seguir. Muchas personas pueden inclinarse a creer en Dios
siguiendo el ejemplo de personas admirables como Vicente Ferrer o la Madre
Teresa de Calcuta que han consagrado su vida a ayudar de manera
desinteresada a sus congéneres. Ese testimonio de generosidad, basado en
muchos casos en el seguimiento de una moral teísta, puede impulsar a otros a
asumir esas creencias sostenidas por personas que son un ejemplo a emular
por parte de la sociedad.
Uno de los atractivos del teísmo es también su capacidad explicativa. La
creencia en Dios nos permite responder a preguntas fundamentales para la
humanidad. El teísmo explica el origen del universo, del ser humano, su
singularidad entre las especies animales y nuestro destino después de la
muerte. Su respuesta es, además, clara y sencilla: Dios es el creador de todo.
Esa sencillez otorga un gran atractivo al teísmo frente a personas que no están
habituadas a otros discursos. Por eso es tan importante la divulgación
científica, porque permite que los conocimientos que tan arduamente los
científicos van descubriendo se incorporen a nuestra cultura como sociedad.
La ciencia ha sido capaz de responder a la pregunta por el origen del ser
humano a través de la teoría de la evolución descubierta por Darwin, lo que lo
convierte, según mi parecer, en el científico más importante de la historia. El
evolucionismo ha sido el golpe más mortal que la ciencia ha dado al teísmo.
Las innumerables pruebas que demuestran que la vida en la Tierra es fruto de
una evolución biológica producida gracias a un proceso de selección natural
acaecido durante millones de años, convierten las explicaciones teístas del
origen de la vida en una mentira difícil de sostener.
35

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

El llamado diseño inteligente, la versión más avanzada del creacionismo,
carece de solidez teórica, es una teoría que pretende pasar por científica
cuando no lo es para, de esta forma, hacer creer a la opinión pública que existe
un debate dentro de la comunidad científica entre los partidarios del diseño
inteligente y los evolucionistas, algo que es falso.
Los intentos por unir el creacionismo con el evolucionismo afirmando
que la chispa mágica que otorga la inteligencia al ser humano es fruto de un
Dios omnipotente lo único que consiguen es crear un Frankenstein donde se
intenta la imposible unión de la fe y de la ciencia, algo que acaba produciendo
un engendro teórico que no satisface a nadie.
Pero hay una cuestión fundamental que la ciencia no ha sabido
responder: el origen del universo. La teoría del Big Bang es capaz de explicar
lo que sucedía un microsegundo después de la gran explosión que dio origen a
todo lo que existe, pero no puede responder a la pregunta sobre el por qué de
esa explosión. Sabemos cuándo se produjo: según la sonda WMAP de la
NASA hace 13.700 millones de años. Conocemos lo que pasó después de esa
explosión. Incluso podemos especular sobre cómo era la singularidad
infinitamente pequeña, densa y caliente a partir de la cual se originó el
universo. A pesar de tener todos esos conocimientos no sabemos la causa que
provocó la explosión que originó la materia, el espacio y el tiempo. La
respuesta a ese interrogante hoy por hoy queda en el campo de la metafísica,
no en el de la física.
Y allí donde la ciencia no llega ese vacío es aprovechado por la religión
para ofrecer una respuesta que satisfaga las infinitas ansias de saber del ser
humano. Muchos teístas sostienen que el Big Bang es obra de un Dios
todopoderoso. Su afirmación no se basa en ningún tipo de prueba objetiva, sino
en la fe, en los relatos de textos considerados sagrados y en la autoridad de
líderes religiosos o místicos que suelen no tener formación científica. La
religión se fortalece con nuestra ignorancia. Cuanto menos sabemos del mundo
que nos rodea más propensos seremos a creer en relatos mitológicos como el
Génesis que explican nuestro origen. La teoría del Big Bang es compleja y
quizás no se han hecho los esfuerzos necesarios para difundirla de manera
entendible al gran público, un vacío que el discurso teísta se presta raudo a
llenar.
36

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

En el capítulo siguiente veremos como Zubiri acusa a los ateos de caer
en la soberbia de la razón, una crítica que me parece absurda. ¿Quiénes son
realmente soberbios, los que pretenden conocer el origen del universo y de la
vida sin ofrecer ninguna prueba o aquellos que reconocen su ignorancia y
dedican sus esfuerzos a la búsqueda del conocimiento usando el método
científico? La respuesta a esta pregunta me parece evidente.
Comparto la reflexión de Kant en la Crítica de la razón pura (B 640)
sobre esta cuestión. Allí afirma que es legítimo suponer, como hipótesis que
permite explicar la primera causa de todo, la existencia de un ser supremo,
«pero el permitirnos la libertad de decir que ese ser existe necesariamente deja
de ser la modesta afirmación de una hipótesis legítima para convertirse en la
osada arrogancia de una certeza apodíctica».
Es intelectualmente obsceno que autoridades religiosas, como el papa,
señalen con su dedo acusador a aquellos que pretenden usar nuestro limitado
intelecto para entender el mundo, cuando él afirma conocer todos los secretos
de la creación sin ofrecer nada que los respalde, exigiendo, además, un
acatamiento total de sus dogmas a los fieles católicos. ¿Quiénes caen en el
pecado de la soberbia, los que afirman ser infalibles en cuestiones de fe, o los
que reconocen su ignorancia? La ciencia es, por definición, humilde. La
soberbia no deja de ser una falta basada en la ignorancia, porque por mucho
que sepamos siempre nos quedará mucho más por saber, ya que la aventura
del conocimiento es infinita y nunca se acaba, es un apasionante viaje en el
que nunca se puede llegar al puerto tranquilo de la sabiduría absoluta. La
religión, en cambio, pretende saberlo todo, se atreve a responder a cuestiones
extraordinariamente complejas sin justificar racionalmente sus respuestas.
¿Dónde está, pues, la soberbia? Como dicen los textos cristianos: ves la paja
en el ojo ajeno pero no ves la viga en el tuyo.
Tenemos, por lo tanto, una de las razones por las que la gente cree en
Dios: su capacidad para explicar el origen de todo lo que existe, de la vida y de
nuestra especie. Apelando a un ente todopoderoso podemos responder a las
preguntas fundamentales que preocupan a los seres humanos.
La siguiente respuesta se basa en la moral, en la idea de que es
imposible que exista el bien y el mal si no hay un Dios. Los teístas creerían en
él porque piensan que sin una divinidad no tendríamos un sentido moral. De
37

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

hecho, tal como veremos en el siguiente capítulo, una de las críticas que
habitualmente se

vierten contra los ateos es que son personas inmorales.

Dios, para los creyentes, sería igual al bien y negarlo equivaldría a arrojarse en
los brazos del mal. El teísmo moral se puede manifestar de varias formas. La
primera de ellas consistiría en afirmar que el sentido moral que poseemos es
un don divino, esto lo demostraría supuestamente la coincidencia que hay en
diferentes culturas sobre lo que está bien y lo que está mal, lo que probaría una
conciencia moral universal que, según los teístas, sería de origen divino. La
segunda sostendría que la moral ha sido transmitida a la humanidad a través
de las escrituras sagradas y gracias a los profetas encargados de difundir el
mensaje divino. En este caso hacer el bien equivaldría a seguir las enseñanzas
reveladas e interpretas por las jerarquías eclesiásticas correspondientes. Uno
de los atractivos mayores del teísmo es que no es sólo una explicación sobre el
origen del mundo o de la inteligencia humana, sino que la creencia en Dios
suele ir acompañada de un sistema moral religioso que permite a sus
seguidores tener una serie de normas éticas que seguir.
Una razón, complementaria de la anterior, que podría responder a la
pregunta que aquí me he planteado, es la que se refiere al deseo humano de
una justicia perfecta. Si algo caracteriza a nuestro mundo es la presencia del
mal, cuyos culpables muchas veces escapan a la falible justicia de los
hombres. El deseo de que los buenos sean finalmente recompensados y los
malos castigados es lo que impulsa a muchos a creer en un Dios capaz de
suministrar esa justicia perfecta que casi todos deseamos. Para que esto sea
posible la creencia en el alma es fundamental, ya que la justicia divina sólo
puede ser impartida después de la muerte, donde, tal como defienden muchas
religiones, Dios juzgará nuestros aciertos y errores decidiendo si debemos ir al
cielo o al infierno. Ese anhelo de una justicia que los tribunales no pueden
proporcionarnos es un consuelo tranquilizador para aquellos que han sufrido en
sus carnes el azote del sufrimiento que provoca el mal no reparado.
Hay personas que pueden afirmar que creen en Dios porque consideran
que los argumentos racionales que prueban su existencia les parecen
correctos. Entre esos razonamientos destacan el ontológico y las cinco vías de
Santo Tomás de Aquino, que ya he rechazado. Otros argumentos que

38

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

pretenden demostrar el teísmo los analizaré extensamente en el capítulo
tercero.
Debemos, además, considerar razones basadas en una experiencia
personal. Mucha gente dice que siente que Dios existe, que le habla o que, de
alguna manera, está presente en su vida. En este grupo debemos incluir a los
místicos, que afirman tener una relación directa con la divinidad a través de
visiones, diálogos, sueños y estigmas sangrantes. Aquí también situaríamos a
las posesiones satánicas, que supuestamente probarían la existencia de seres
sobrenaturales malignos.
Otra razón para creer en Dios es la existencia de lo que muchas
religiones llaman milagros, acontecimientos científicamente inexplicables que
se atribuyen a una intervención divina directa o de algún ente vinculado a él,
como la Virgen María, el Espíritu Santo o un ángel. Alguien puede ser teísta
porque considera que ha vivido un milagro, porque lo ha visto personalmente
en otra persona o porque piensa que los milagros relatados por terceros a
través de sus testimonios, o que son descritos en libros sagrados como la
Biblia, merecen ser creídos.
La creencia en Dios puede contribuir a saciar el deseo de amar y de ser
amados que habita en el corazón de casi todas las personas. La falta de amor
nos produce una sensación de aislamiento, de angustia interior. Es difícil
concebir la felicidad humana sin la presencia de ese sentimiento. Creer que
Dios nos ama, y amar a ese Dios en el que creemos, puede completar el afecto
que podamos sentir por otras personas o llenar totalmente un vacío que nos
ayude a sentirnos mejor con nosotros mismos.
Dentro de este ámbito emocional situaríamos también a aquellos teístas
que creen porque no quieren estar solos. Muchos no tienen a nadie que se
preocupe de ellos, pasan su vida inmersos en una soledad no elegida que les
llena de amargura y angustia. Pensemos, por ejemplo, en los que están
encerrados en la cárcel condenados a largas penas, en algunos casos
sentenciados a cadena perpetua o a pena de muerte después de haber
cometido crímenes terribles. Algunas de esas personas han sido abandonadas
por su familia y están completamente solas en el mundo. En esas situaciones
extremas, cuando alguien les dice: «No estáis solos, Dios está con vosotros»,

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En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

pueden encontrar un consuelo que alivie sus penas y que les permita seguir
levantándose cada mañana.
Ese anhelo de superar la soledad se puede materializar en el deseo de
pertenecer a una comunidad, en este caso a un colectivo de creyentes teístas
que pueden formar parte de cualquiera de las miles de religiones que existen.
La necesidad de pertenecer a algo más grande que nosotros mismos, a un
grupo unido por creencias y valores comunes, explica también el deseo de
creer en Dios. Esa fe implica la existencia de una comunidad de fieles que se
unen entre sí para practicar sus cultos o para realizar muchas otras actividades
de la vida cotidiana.
El deseo de ser perdonados es otro factor que debemos tener en cuenta
en esta reflexión. Cuando se ha cometido un acto de maldad, sobre todo
cuando éste es extremo, a veces el culpable es perfectamente consciente de
que ha hecho algo que está mal, y puede desear redimirse y obtener el perdón
por su falta. Pero en muchas ocasiones es imposible conseguir ser perdonados
por las personas a las que hemos dañado, o por sus familias, si el que ha
sufrido el mal ha muerto. Entonces lo único que nos queda es el perdón de
Dios, que podemos buscar intentando hablar directamente con él para
confesarle nuestro arrepentimiento sincero y propósito de enmienda. Ese
perdón nos puede ser concedido a través de un sacerdote, que actúa de
mediador con la divinidad, como sucede con el sacramento cristiano de la
confesión. El supuesto perdón divino puede dar al que lo recibe una paz
espiritual que le permita reconciliarse consigo mismo y seguir viviendo sin sufrir
el tormento de la culpa.
Pero hay una causa que es menos altruista y pura, y que debemos
considerar si queremos que este análisis sea lo más completo posible. Me
refiero al interés egoísta. Hay gente que puede creer en Dios simplemente
porque le interesa desde un punto de vista social, económico o laboral. Sin
duda muchas personas buscan una salida profesional a su vida dentro de una
institución teísta, siendo sacerdotes o desempeñando otras tareas. La vida
religiosa puede ser una opción atractiva cuando las posibilidades son muy
escasas, algo que explica una parte de las vocaciones sacerdotales que hay en
África. Es mejor formar parte de una iglesia que no tener trabajo y pasar
hambre. Puede objetarse que este tipo de teístas lo son de manera superficial y
40

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

que, realmente, no son verdaderos creyentes, sino gente interesada movida
por el egoísmo, pero eso no es incompatible con el hecho de que esas
personas deban ser consideradas como parte de los seguidores del teísmo.
Otra razón, más profunda que la anterior, es la que se refiere a encontrar
un sentido trascendente a la existencia. Muchos seres humanos sienten que su
vida es absurda, que carece de sentido sin un Dios que tenga un plan divino
para la humanidad. Algunos piensan: «¿Esto es todo lo que hay?». Nacer, vivir
durante ochenta años aproximadamente y morir les parece tan poca cosa que
se inclinan a pensar que hay una causa profunda y oculta de todo lo que
sucede, una fuerza omnipotente llamada Dios que da sentido a lo que pasa en
nuestras vidas.
He dejado para el final la razón más importante de todas: el miedo a la
muerte. Si el ser humano fuera inmortal el teísmo acabaría desapareciendo con
el tiempo o se convertiría en una fuerza marginal. El deseo de superar la
frontera última de la vida es lo que empuja a muchos seres humanos a creer en
Dios, en el alma, en la existencia de una realidad sobrenatural donde podremos
vivir

para

siempre

sin

sufrir

las

penalidades

que

nos

atormentan

cotidianamente. Ese miedo es tan profundo y primario, tan fuerte y poderoso,
que estamos dispuestos a creer a aquellos que afirman que hay algo más
detrás de lo que vemos. No es casualidad que las iglesias se llenen de
personas mayores que ya sienten en su espalda el aliento de una muerte que
pronto les llegará. Entonces, cuando vemos el fin cerca, es cuando más
deseamos creer que éste no se va producir, que lo que nos espera en un
tranquilo tránsito a una existencia inmortal, donde gozaremos de la
contemplación divina y de la compañía de nuestros seres queridos para
siempre.
Es cierto que a veces hay personas que, por culpa de la depresión o por
otras razones, desean morir. No obstante, es igual de verdadero que la
inmensa mayoría de las personas quiere vivir y, si pudieran, vivirían para
siempre. De hecho una de las características de la divinidad ha sido siempre la
inmortalidad. Los dioses olímpicos griegos no eran omnipotentes, ni
omniscientes como el Dios cristiano, pero sí inmortales. El deseo de que
nuestra conciencia personal perdure después de la muerte es uno de los
motores básicos que impulsan la creencia en Dios. Si él existe, entonces,
41

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

según la mayoría de religiones, es posible vivir cuando nuestro cuerpo haya
muerto gracias al alma o a la reencarnación.
Si sufrimos la pérdida de un ser querido, de una madre o de un padre,
de un esposo o de una esposa, de un hijo o hermano, o de alguien muy
cercano, nos embarga una profunda tristeza, un sentimiento de vacío que el
teísmo aprovecha diciendo: «No estés triste. Esa persona que quieres no ha
desaparecido para siempre, porque la muerte no es el fin, sino un tránsito a un
lugar mejor donde podrás volver a reunirte con tus seres queridos y disfrutar de
su compañía sin tener que padecer el azote de la muerte o del sufrimiento».
Ese mensaje extraordinariamente simple tiene una fuerza inmensa, es una
semilla que se planta en el corazón humano y que es regada por nuestro deseo
de vencer al fin último que representa la muerte. Esa idea actúa, además,
como un consuelo que nos permite superar el dolor de una pérdida cercana.
Podemos resumir lo dicho a través del siguiente esquema:

¿POR QUÉ EL SER HUMANO CREE EN DIOS?

1.
2.
3.
4.
5.
6.

Porque es una creencia socialmente aceptada.
Porque es un rasgo identitario colectivo.
Porque fortalece la unión social.
Por la enorme inercia histórica que respalda esa fe.
Porque se obliga por la fuerza a creer en él.
Porque el poder político favorece esa creencia para legitimar el orden
social establecido.
7. Por el ejemplo positivo que algunos teístas dan apoyados en su fe.
8. Por su capacidad explicativa para responder a preguntas fundamentales.
9. Porque es imposible que exista el bien y el mal si no hay un Dios.
10. Por el deseo de una justicia perfecta.
11. Porque los argumentos racionales que apoyan esa creencia son
convincentes.
12. Porque hay personas que tienen una experiencia personal de Dios.
13. Porque los milagros serían una prueba de su existencia.
14. Porque necesita ser amado.
15. Porque no quiere estar solo.
16. Por el deseo de pertenecer a una comunidad de creyentes.
17. Porque queremos ser perdonados cuando hemos hecho el mal.
18. Por puro interés egoísta.
19. Porque deseamos que la vida tenga un sentido trascendente.
20. Porque tenemos miedo a la muerte.

42

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

Ninguna de las razones que he dado aquí demuestra la existencia de
Dios, aunque expliquen la creencia en él. Que muchos crean en una divinidad
superior no prueba nada. La verdad o mentira de algo es independiente de las
opiniones subjetivas, aunque sean compartidas por muchos.
Lo mismo podemos decir sobre la inercia histórica. El machismo también
tiene detrás un enorme impulso histórico que lo empuja hacia delante, lo que
no justifica ese absurdo planteamiento. Para una mentalidad conservadora el
hecho de que el teísmo forme parte de las tradiciones de una sociedad puede
ser motivo suficiente para querer conservarlo. Esa es una visión que no
comparto porque es incompatible con el progreso social.
Que el poder político, además, apoye esa creencia se debe al egoísmo,
no a la creencia en sí ni al interés de la sociedad. Muchos políticos que
declaran públicamente su fervor religioso, si les conviniera, se harían ateos si
pensaran que eso les beneficia en sus aspiraciones personales.
No es necesario creer en Dios para ser buenos, aunque algunas
personas que han decidido dedicar su vida a los demás tengan creencias
teístas, eso no significa que muchos otros no puedan dedicarse a hacer el bien
sin tener ese tipo de fe religiosa en un ser supremo. El mundo está lleno de
personas que no creen en ningún Dios y que han hecho de la ayuda
desinteresada a los demás su forma de vida.
Ya he dicho que no pienso que Dios pueda ser la respuesta a ninguna
pregunta fundamental sobre la existencia. En el caso de que no conozcamos
algo, por ejemplo, qué sucedió antes del Big Bang, lo que tenemos que hacer
es reconocer nuestra ignorancia y seguir utilizando el método científico para
alcanzar la verdad, no aventurar ideas sin ninguna base racional, como las
explicaciones de carácter teológico.
Que deseemos una justicia perfecta que sólo una deidad superior
podría darnos lo único que prueba es el anhelo del ser humano por poseer una
perfección de la que carece. Esa justifica infalible es un ideal imposible de
lograr, porque la imperfección y el error son consustanciales a la naturaleza
humana, aunque esto sea algo que nos cueste asumir.
Respecto a la prueba de los argumentos racionales, una de las que
vale la pena considerar, ya mostré la invalidez del argumento ontológico y de
las cinco vías tomistas. En el capítulo dedicado a refutar los argumentos
43

En defensa del ateísmo

Roberto Augusto

expuestos por Richard Swinburne analizaré otras presuntas pruebas racionales
de la existencia de Dios que me parecen equivocadas.
Las experiencias personales de carácter místico no son un argumento
que pueda considerar válido. Que algunas personas digan hablar con Dios y
sientan su presencia no deja de ser algo puramente psicológico. De la misma
forma, los milagros, que suelen ocurrirles casi siempre a personas que creen
en Dios y nunca a los ateos, tampoco aportan algo relevante. No se ha
documentado nunca de manera fehaciente un suceso inexplicable que fuera
provocado por Dios. Lo único que tenemos son relatos de fuentes poco fiables,
ya que los testigos están predispuestos de antemano a creer en esa supuesta
intervención divina, o textos apologéticos como la Biblia donde lo que se busca
es transmitir un mensaje teísta. Cuando se produce un presunto milagro, como
los necesarios para permitir la canonización de un santo en la Iglesia católica,
la veracidad de ese acto sobrenatural siempre es certificada por médicos u
otros especialistas que, en muchas ocasiones, son católicos, y por teólogos
dispuestos a ver la mano de Dios en cualquier suceso difícilmente explicable.
Que algo no pueda ser explicado científicamente con nuestros conocimientos
actuales no nos da derecho a postular la existencia de una entidad
sobrenatural del tipo que sea.
La necesidad de amor, algo inherente a todos los seres humanos,
puede ser saciada con nuestras relaciones afectivas, de parentesco, de pareja
o de amistad sin necesidad de recurrir a un Dios. Que algunos deseen llenar un
vacío emocional con esa creencia no demuestra la existencia de un ser
superior que supuestamente nos quiere. Es difícil, además, contemplando la
cantidad de mal inútil que hay en el mundo, defender la existencia de una
divinidad que ama a unos seres a los que permite sufrir de esa forma. Y lo
mismo que he dicho del amor, exceptuando la referencia al problema del mal,
sirve para la soledad.
El ansia de ser aceptados por los demás nos puede llevar a
integrarnos en una comunidad de creyentes donde podamos vivir una
fraternidad más intensa que la que experimentamos en nuestra vida cotidiana.
Pero que necesitemos pertenecer a un colectivo no demuestra que sean ciertas
las creencias de ese grupo. Que alguien desee formar parte de la secta de los

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raelianos porque busca el respaldo de otros, no prueba el supuesto contacto
del líder de ese movimiento con seres extraterrestres.
Cuando se ha hecho el mal, especialmente si nuestros actos han
causado un daño irreparable, podemos buscar la misericordia de Dios. Ese
perdón, que puede tener una función terapéutica para quien lo recibe, tampoco
es una prueba que nos conduzca a las creencias teístas. Es normalmente un
autoengaño que nos permite seguir viviendo sin el peso de la culpa.
El deseo de encontrar un sentido a la vida, algo que lleva a muchos a
aceptar creencias religiosas, puede ser saciado perfectamente hallando una
explicación de la existencia humana que no precise de una entidad
trascendente divina. Corresponde a cada persona, y a la sociedad en su
conjunto, esa tarea de encontrar un sentido sin necesidad de recurrir a Dios.
Nunca se ha demostrado de manera objetiva la existencia de una vida
más allá de la muerte gobernada por un Dios omnipotente, ni del alma, ni de la
reencarnación, ni de fantasmas o cacofonías surgidas de un supuesto más allá.
Los fenómenos paranormales que, según los teístas, prueban esa realidad
trascendente se explican sobre todo por el deseo humano de vencer a la
muerte. El camino que debemos seguir es aceptar la finitud de nuestra
existencia y luchar por mejorar el mundo que nos rodea, que es el único que
existe mientras no se demuestre lo contrario.
Todas las necesidades que satisface la creencia en Dios pueden ser
plenamente colmadas sin recurrir a él. Es posible articular la unión social
alrededor de la defensa de unos valores morales y de una identidad común sin
recurrir a la religión. De la misma forma, se puede ser una persona íntegra y
digna de ser un ejemplo para los demás sin creer en ninguna entidad
sobrenatural. La razón, además, puede colmar nuestro deseo de explicar las
preguntas profundas de la existencia. Aunque no seamos capaces de encontrar
todas las respuestas podemos estar en el camino correcto que nos conduzca a
responder a los interrogantes básicos que la mayoría nos hemos planteado
alguna vez. El deseo de ser amados y de estar acompañados se puede
satisfacer con nuestras relaciones con otras personas. La vida tiene un sentido
aunque Dios sea una creación de la mente humana. Ese sentido forma parte
de la vida misma, no está oculto en alguna realidad inmaterial a la que sólo
pueden acceder algunos místicos iluminados.
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Quisiera finalizar esta apartado respondiendo a lo que podríamos
llamar la objeción cínica del autoengaño teísta, que consistiría en afirmar que lo
relevante no es que Dios exista o no, sino si esa creencia sirve a sus creyentes
para mejorar su vida de alguna forma. «¡Qué importa que Dios no exista si él
puede ayudar a una madre que ha sufrido la muerte de un hijo a superar esa
pérdida!», podría objetar cínicamente un teísta. Aquellos que deseen creer
algo, aunque se haya demostrado fehacientemente la falsedad de aquello en lo
que creen, están en su derecho a hacerlo. Lo que sí es cierto es que casi
siempre es mejor la verdad que la mentira. Creer en una idea sabiendo que es
falsa puede ayudar a superar un momento de dolor, pero a la larga difícilmente
podemos aferrarnos a algo que sabemos que no es cierto. Tal como dice Juan
Pablo II en la encíclica Fides et ratio, texto que analizaré al final de este
capítulo: «El deseo de verdad pertenece a la naturaleza misma del hombre»
porque «nadie puede permanecer sinceramente indiferente a la verdad de su
saber. Si descubre que es falso, lo rechaza; en cambio, si puede confirmar su
verdad, se siente satisfecho». La verdad o falsedad de una creencia es
indistinta de la utilidad que ésta pueda tener para una persona concreta en un
momento dado. Lo que es indudable es que el ser humano aspira a la verdad y
una vida basada en la mentira no parece tener mucho futuro, por eso los
teístas y los ateos se esfuerzan en demostrar sus ideas.

Causas de la secularización de Europa

Durante los últimos cincuenta años se ha producido una descristianización de
Europa que cada vez parece acelerarse más. Países donde el ateísmo apenas
existía hace décadas hoy en día éste se ha convertido en un fenómeno de lo
más común. Muchas personas, sobre todo dentro de la Iglesia católica, son
incapaces de comprender las razones que nos han llevado a esta situación
insólita en la historia del viejo continente.
El actual proceso hunde sus raíces en la esencia misma de la Edad
Moderna. Cuando Descartes, un sincero cristiano, coloca a la razón (al cogito)
en el centro de su pensamiento filosófico está mostrando un profundo cambio
social iniciado ya con el Renacimiento. Dios deja de ocupar el centro de

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nuestras vidas, se convierte en un actor secundario en una obra de teatro
donde el ser humano ocupa el papel principal.
La causa fundamental de la secularización de Europa es el papel central
que juega la razón, que acaba desplazando a Dios. Y la ciencia tiene también
un rol básico en este proceso. Hemos sido capaces de encontrar respuestas
científicas a preguntas que antes eran respondidas por el cristianismo. Estoy
pensando, por ejemplo, en el heliocentrismo, pero, básicamente, en el
evolucionismo, que hiere de muerte a esa religión y, por extensión, a todas las
demás que defienden ideas similares. Durante miles de años se nos dijo que
Dios había creado al ser humano. La teoría de la evolución nos convierte en
una especie más dentro del reino animal descendiente de un homínido que nos
emparenta con otros primates. El hombre deja de ocupar un lugar central en la
creación y se convierte en un animal más, aunque esté dotado de razón. Esto
provoca un descrédito del pensamiento religioso, incapaz de aportar pruebas a
sus creencias basadas en libros escritos hace miles de años y en tradiciones
que contradicen nuestro conocimiento del mundo. ¿Por qué vamos a seguir
creyendo en una religión que es incapaz de demostrar la verdad de sus ideas?
Además del proyecto moderno, hay otras razones poderosas que
explican la secularización de Europa, especialmente el alejamiento de los
jóvenes del fenómeno religioso. Una de ellas es la moral defendida por el
cristianismo. Sus ideas son contrarias a los usos y costumbres habituales en
nuestra sociedad. Esto es evidente en el campo de la sexualidad. La
prohibición de la contracepción y de cualquier relación fuera del matrimonio
choca con los valores actuales, mucho más permisivos en esta materia. Su
posición contraria a la homosexualidad es algo que también contribuye al
deterioro religioso, ya que esta opción sexual es cada día más aceptada.
La mujer, además, tiene en la Iglesia católica un papel marginal, algo
que no sucede en las confesiones protestantes. No puede participar de las
grandes decisiones de esa institución y debe aceptar que los hombres dirijan la
Iglesia sin contar con ellas. La mujer queda reducida para el catolicismo al
papel de madre trasmisora de la fe en el hogar y de esposa sumisa dedicada al
cuidado de su marido y de los hijos. Este modelo machista choca con el
fenómeno actual de liberación de la mujer.

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La corrupción interna de la Iglesia contribuye de manera decisiva a la
secularización. Los sacerdotes y monjas católicos juran un voto de castidad y
pobreza que muchos no cumplen. Los numerosos casos que saltan a la opinión
pública donde se denuncia la vulneración de esos votos trasmiten una imagen
de hipocresía a la sociedad. Especial daño han hecho los numerosos casos de
abusos sexuales a menores que se han destapado en varios países, donde la
jerarquía eclesiástica, en vez de ponerse del lado de las víctimas, se ha
dedicado a silenciarlas y a proteger a los agresores. Es difícil que alguien
pueda ser una autoridad para los demás cuando predica la pobreza y vive en
palacios ostentosos contradiciendo el espíritu humilde que deberían tener los
seguidores del cristianismo.
Llama poderosamente la atención la incapacidad de la Iglesia católica
para comprender las causas de su decadencia en Europa. Los sectores más
reaccionarios de esta institución se dedican a echar las culpas de todos sus
problemas a los «progresistas» que pueda haber dentro de su seno. Creen, por
ejemplo, que el origen de sus males se encuentra en el Concilio Vaticano II,
que ha pervertido la esencia de la Iglesia. Se equivocan totalmente. El Concilio
minimizó el proceso actual de secularización, que sería mucho más profundo
sin el avance que supuso el acercarse al pueblo celebrando la misa en un
idioma que pudiera entender.
No tiene tampoco sentido echar la culpa a los medios de comunicación
de masas. La Iglesia es incapaz de dirigirse a sus fieles potenciales en un
lenguaje que éstos sean capaces de entender. Su discurso es demasiado
arcaico, siempre a la defensiva, teñido de un profundo malestar, de censura de
comportamientos que la mayoría ve como normales.
Vivimos en un mundo que cambia tan rápido que la Iglesia católica no ha
sido capaz de adaptarse a la idiosincrasia moderna. Su cúpula dirigente,
formada por ancianos que se han formado en épocas muy distintas a la
nuestra, no está preparada para aceptar los cambios necesarios que lleven a
una verdadera modernización de la Iglesia. Si un papa se atreviera a permitir el
sacerdocio femenino, el matrimonio de los sacerdotes y una moral acorde a los
tiempos se produciría, sin duda, una fractura en su seno de imprevisibles
consecuencias. Los sectores más tradicionales nunca aceptarían cambios de

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esta naturaleza. Pero el no aceptarlos lo que provoca es, cada vez más, una
decadencia de la Iglesia.

La relación entre la fe y la razón: Fides et ratio de Juan Pablo II

Antes de entrar en el análisis del contenido de esta encíclica papal quisiera
hacer una reflexión previa sobre cómo está escrita. He de decir que, a pesar de
la enorme distancia ideológica que me separa de las ideas contenidas en Fides
et ratio, pienso que es un texto brillante y magníficamente redactado. Su
atractivo literario radica en que reúne las tres características básicas que creo
que debería poseer cualquier escrito filosófico: 1) brevedad, 2) claridad y 3)
profundidad. Por esa razón siempre he pensado que el modelo a imitar es el
Discurso del método de Descartes. Un libro que refleja como pocos el
verdadero espíritu de la filosofía, caracterizado por la búsqueda sincera y
desinteresada de la verdad. Su autor, en apenas cien páginas, y en un lenguaje
que cualquier persona con una cultura media puede entender, es capaz de
escribir uno de los textos más memorables de la historia del pensamiento.
Quiero aclarar que la brevedad no debe entenderse únicamente referida al
número de páginas, sino a la concisión, es decir, a la capacidad para decir lo
máximo con la cantidad mínima de palabras sin añadir nada superfluo. La
claridad, definida por Ortega y Gasset como la cortesía del filósofo, es también
otro objetivo que todo escritor debería perseguir sin caer en la vulgaridad o en
la banalización. Es cierto que muchas veces las ideas que tratamos son
complejas, no obstante, el mérito no está en presentar de manera compleja lo
complejo, sino que consiste en hacer fácil lo difícil sin perder precisión. En eso
radica la habilidad del escritor. La claridad se consigue en Fides et ratio porque
se ha perseguido de forma premeditada, ya que su autor se dirige no sólo a un
público culto, sino al conjunto de los fieles cristianos y a toda la humanidad. La
profundidad se logra si somos capaces de penetrar en el ámbito de la
experiencia humana, no utilizando un lenguaje técnico y un estilo enrevesado
destinado a una mioría. Se alcanza dando respuestas dignas de ser tenidas en
cuenta por otros a los grandes interrogantes que preocupan a todos los seres
humanos.

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