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El nacionalismo ¡vaya timo! Roberto Augusto .pdf



Nombre del archivo original: El nacionalismo ¡vaya timo!-Roberto Augusto.pdf
Título: 1
Autor: CASA

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Roberto Augusto

EL NACIONALISMO
¡VAYA TIMO!

La decadencia de una ideología

2012

LAETOLI

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Colección dirigida por Javier Armentia
y editada en colaboración con la
Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

2

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

1ª edición: febrero de 2012
Diseño de portada: Serafín Senosiáin
Ilustración de portada: Ricard Robres
Maquetación: Carlos Álvarez, www.estudiooberon.com
© Roberto Augusto Míguez, 2012
© Editorial Laetoli, 2012
Monasterio de Yarte, 1, 8º
31011 Pamplona www.laetoli.es
ISBN: 978-84-92422-36-4
Depósito legal: NA-363-2012
Impreso por: Castuera
Polígono Industrial Torres de Elorz
31119 Torres de Elorz, Navarra
Printed in the European Union
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación
pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada
con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley.
Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org)
si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

3

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Dedico este libro, escrito entre biberones y pañales,
a mi hijo Miguel, con todo el amor y el cariño de un padre

4

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Introducción

El nacionalismo es un tema central de nuestro tiempo. Debido a
su enorme complejidad, su estudio puede ser abordado desde diferentes
ciencias humanas y sociales. El enfoque que seguiré es básicamente
filosófico. Sin embargo, esto no debe ser un obstáculo para tratar
cuestiones que rebasan ampliamente esa orientación. Esta obra puede
ser de utilidad para todos cuantos deseen comprender uno de los
fenómenos más relevantes del presente.
Otra advertencia previa al lector es que no hallará aquí una teoría
sobre el origen del nacionalismo, trabajo que corresponde a los
historiadores y que ha centrado gran parte de las investigaciones sobre
esta cuestión. Para poder hacer eso, sería necesario analizar el
nacimiento de diversos nacionalismos en la mayor cantidad posible y en
diferentes contextos sociales y geográficos. A partir de ese estudio, se
podría aventurar una hipótesis que pretendiera explicar el surgimiento
del nacionalismo recurriendo a una o a varias causas y señalando las
circunstancias que favorecen o dificultan su desarrollo. Ésa es una
tarea que no se encontrará aquí. El punto de partida de este libro es
que el nacionalismo existe, que es importante, y que, por tanto, merece
ser comprendido, asumido o rechazado total o parcialmente, según
convengamos.
He considerado esta ideología como una doctrina política entre
muchas, aunque trato aspectos que versan sobre el fenómeno
nacionalista en sentido amplio. No pretendo abordar el estudio del
nacionalismo desde otra doctrina política ni compararlo con ninguna de
ellas. Eso no significa que algunos de los argumentos desarrollados no
puedan ser calificados de liberales, comunitaristas o de cualquier otra
forma, algo que, por cierto, es irrelevante. Más que oponer al

5

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

nacionalismo otras doctrinas, he querido analizarlo en profundidad y
ofrecer alternativas conceptuales. Pienso que este trabajo no estaría
completo si no apuntara estrategias que permitan combatir y sustituir
esta ideología política de una forma viable.
Una constante a lo largo de este ensayo es la presencia de
expresiones como “en la mayoría de los casos”, “muchas veces”,
“normalmente” y otras similares. Esto no responde a una cuestión
estilística o retórica, sino que es fruto de la conciencia de la
imposibilidad, e incluso de la temeridad, de hacer afirmaciones
rotundas sobre el nacionalismo. Su naturaleza adaptativa y cambiante,
y su extraordinaria capacidad para coexistir con las más variadas
doctrinas políticas, hacen que sus manifestaciones sean tan diversas
que cualquier afirmación tajante sobre él se expone a ser refutada por
un caso práctico. Debido a esto, he querido ser prudente a la hora de
formular mis opiniones sobre esta cuestión. Con el nacionalismo, la
mayoría de las veces debemos conformarnos con describir tendencias
genéricas en las que es posible la excepción.
Los términos “nación” y “nacional”, siempre que aparezcan entre
comillas, tanto en su forma singular como plural, se emplean en el
sentido que habitualmente tienen para los nacionalistas. Otro apunte
más: he creído conveniente introducir algunas siglas para facilitar la
lectura. La más destacada es la de CNN, que significa concepto
nacionalista de nación (equivalente a “nación”). Ya que esta expresión se
repetía en numerosas ocasiones, y tiene un valor fundamental en la
teoría sobre el nacionalismo que desarrollaré a continuación, me ha
parecido conveniente recordarlo en esta introducción. Otra sigla
empleada, de menor importancia, es la de PNS, es decir: principio
nacionalista de secesión. Utilizaré otras siglas habituales que no
precisan de ninguna aclaración adicional: CE por Constitución española,
EAC por Estatuto de Autonomía de Cataluña, etc. Incluyo además
diversos esquemas y tablas que pueden ayudar a la comprensión de las
ideas desarrolladas.

6

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

He procurado que el estilo de este libro sea claro y preciso, pues
mi intención es hacerme comprender de la manera más sencilla posible.
Nunca he creído que la profundidad de una obra sea proporcional a la
dificultad de su lectura; quienes se ocultan tras un estilo ininteligible
buscan, normalmente, esconder su carencia de ideas. Muchas veces la
incapacidad para comunicar de manera clara y comprensible las
propias opiniones no responde a un intento deliberado, sino a una falta
de pericia en el uso del lenguaje. Algunos pueden estar muy dotados
para las ciencias más abstractas y ser incapaces de comunicar el
resultado de sus investigaciones de una manera asequible al gran
público. Éste es el reto de todo pensador: aunar profundidad en el
pensamiento y claridad en la exposición. Espero haber conseguido ese
noble y difícil propósito.

7

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

1
¿Qué es una nación?

La “nación” nacionalista: factores subjetivos y objetivos
A la pregunta: “¿Qué es una nación?” podríamos responder de la misma
forma que san Agustín en sus Confesiones cuando se preguntó qué era
el tiempo: “Sé bien lo que es si no se me pregunta. Pero cuando quiero
explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé”. Todos podemos intuir un
significado de la idea de nación, pero la dificultad estriba en ser capaces
de definir y fundamentar ese concepto. Sin embargo, a pesar de lo
complejo de la tarea no podemos renunciar a ella, ya que cualquier
análisis del fenómeno nacionalista pasa por una reflexión explícita, o
por una asunción implícita, de una determinada interpretación del
término nación. El contenido y el papel que atribuyamos a este concepto
condicionarán

de

manera

decisiva

nuestra

investigación

y

las

conclusiones a las que podamos llegar. Abordar, pues, una reflexión en
detalle sobre esta idea no es algo superfluo sino un trabajo ineludible si
queremos comprender realmente el nacionalismo.
La existencia de una interpretación del concepto de nación como
sinónimo de Estado y de otra forma de entender esta noción defendida
por los nacionalistas —y por otros que no lo son, pero que asumen total
o parcialmente su discurso— es, en gran parte, la culpable de muchos
de los equívocos que se producen en los debates que vemos en la
opinión pública sobre esta cuestión, aunque no tanto entre los
estudiosos del tema. El desencuentro se produce porque, simplemente,
no se está hablando de la misma cosa. El nacionalista acepta la idea de
“Estado”, pero la separa del concepto de “nación”; son entidades

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

estrechamente ligadas pero claramente diferenciadas. En cambio, para
alguien que equipara la nación y el Estado, a cada Estado le
corresponde una única nación formada por el conjunto de sus
ciudadanos, independientemente de sus identidades personales, al
margen de que sientan que ese Estado les representa o no.
Detengámonos un momento en el análisis del CNN (concepto
nacionalista de nación). A pesar de que es imposible dar una definición
que contente a todos, podemos hacernos una idea clara de lo que
habitualmente se entiende por “nación”: un grupo de individuos con
rasgos comunes culturales, religiosos o de cualquier otro tipo que se
reconoce

como

colectividad;

un

colectivo

que

está

vinculado

normalmente a un territorio concreto y comparte un proyecto político
(1). Debemos tener muy presente la dimensión política de esta idea,
porque la presencia de un grupo cultural claramente definido no
implica automáticamente la existencia de una “nación” entendida a la
manera nacionalista (2). Una asociación que persiga, por ejemplo, el
estudio y promoción de una lengua minoritaria no es, necesariamente,
nacionalista; únicamente lo es si se identifica ese idioma con una
“nación” y se persiguen una serie de objetivos políticos asociados a esa
lengua. Por tanto, es totalmente rechazable la distinción entre
nacionalismos políticos y culturales, porque sin la dimensión política no
se puede hablar de nacionalismo. Sin embargo, una de las paradojas de
esta doctrina es que el CNN es una realidad natural, histórica, previa a
lo político, pero a partir de la cual se pretenden fundamentar
reivindicaciones políticas de un colectivo determinado. Los nacionalistas
recurren a una entidad prepolítica y, por consiguiente, predemocrática,
para justificar su ideología.
Es habitual entre los estudiosos de esta cuestión distinguir entre
los factores subjetivos y objetivos de la “nación” (3). Los primeros se
referirían a la conciencia de formar una unidad, al querer perdurar
como grupo, a la creencia de que se es una “nación”, es decir, a
aspectos vinculados a la identidad personal o a la voluntad (4). Los
factores objetivos que señalarían la existencia de una “nación” serían la

9

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

lengua, la religión, las tradiciones populares, una historia como
colectividad, etc. Los distintos elementos que indican las características
de una “nación” nos sirven para establecer diferencias entre los
nacionalismos, porque cada uno pone su acento en algunos, y en otros
no. Lo definitorio sería la combinación, en mayor o menor medida, de
estas dos dimensiones: la subjetiva y la objetiva.
Se

pueden

encontrar

defensores

del

CNN

que

basen

su

comprensión de esta idea exclusivamente en factores subjetivos u
objetivos. A éstos los podemos denominar subjetivistas (S) y objetivistas
(O) simples, porque defienden un único factor básico. Podemos calificar
de compuestos a los subjetivistas-objetivistas (S-O) porque mantienen
que ambos factores tienen la misma importancia. En estos últimos
podemos

señalar

dos

categorías

más:

los

que

creen

en

una

preeminencia de lo subjetivo (SO) y los que defienden una mayor
importancia de lo objetivo (OS), aunque atribuyendo una relevancia
secundaria al otro polo, objetivo en el primer caso y subjetivo en el
segundo.
En resumen:

Concepto nacionalista de nación (CNN)
Interpretación subjetivista: voluntad e identidad
Interpretación objetivista: lengua, historia, derecho, religión, raza, etnia,
geografía, etc.

Concepto nacionalista de nación (CNN)
Subjetivista (S)

Objetivista (O)

SIMPLE

Subjetivista-objetivista (S-O)
COMPUESTO

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Concepto subjetivista-objetivista (S-O)
Igual importancia de los
factores subjetivos y
objetivos (S-O)

Preeminencia de los
factores subjetivos sobre
los objetivos (SO)

Preeminencia de los
factores objetivos sobre
los subjetivos (OS)

Es evidente que cuanto mayor acento pongamos en los rasgos
subjetivos, más compatible será un nacionalismo con la democracia.
Cuanto más objetivista, más incompatible, porque hace depender la
pertenencia a una “nación” no de la voluntad sino de la posesión de
unas

determinadas

características.

Dentro

de

esos

rasgos

presuntamente objetivos hay también claras diferencias. Es muy
distinto un nacionalismo que se fundamente en la lengua y en la
religión, siempre y cuando sea posible convertirse a ese credo, que
basarlo en la pertenencia étnica y racial, características innatas que no
pueden ser adquiridas. De ahí la distinción entre nacionalismos étnicos
y cívicos, clásica en los estudios sobre esta cuestión. El nacionalismo
puramente subjetivista es el que mejor encaja con los valores
democráticos, al no dividir a los ciudadanos de su “nación” en función
de unos elementos identificativos; lo único relevante es su voluntad de
formar parte de una comunidad “nacional”. El puramente objetivista es
el más excluyente y peligroso de todos, ya que identifica a los miembros
de una “nación” por una serie de rasgos al margen de su voluntad.
Según los nacionalistas subjetivistas, son miembros de una
“nación” los que tienen la voluntad de serlo, los que sienten que lo son,
y la “nación” existe, a su vez, porque algunos de sus miembros creen
que existe. Nos encontramos, pues, en el puro voluntarismo. La
voluntad de ser constituye, obviamente, un tipo de ser determinado,
pero existe un salto cualitativo muy importante entre querer ser, o
pensar que se es algo, y serlo realmente. La suma de subjetividades no
se convierte en una objetividad, igual que la suma de mentiras no
constituye una verdad. Puede ser un hecho objetivo que muchos

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

afirman algo, pero eso no convierte a lo que afirman en una realidad
objetiva. Y los rasgos objetivos “nacionales” tienen una significación
para el nacionalismo porque éste se la confiere; los nacionalistas son
quienes otorgan un determinado sentido a la lengua, a la religión, a la
cultura o a la geografía, utilizándolas para demostrar lo que ya se
presupone. La ideología es la que dota de significado a estos rasgos,
sentido del que carecen por sí solos. Los mismos elementos pueden
existir en otra comunidad, y no por ello se afirma que es una “nación”;
ésta se define mediante unos atributos que, sin la creencia previa en
que son sus características definitorias, no significarían nada por sí
mismos (5).
Pero hay una preeminencia de los factores subjetivos sobre los
objetivos. Como he señalado, esos rasgos nada significan por sí mismos
sin la creencia en que definen una “nación”. Sin embargo, la conciencia
de que se es una “nación” puede llevar a que ciertos elementos, aunque
no existan, se elaboren, se creen y se potencien para dotar de un mayor
sentido a ese sentir subjetivo. Los que se denominan factores objetivos
—lengua, religión, cultura, etc.— pueden tener una mayor importancia
en la génesis de esa conciencia, al permitir que ese sentimiento de
comunidad emerja con mayor facilidad. Una vez que éste ha surgido y
ha sido integrado dentro de un discurso nacionalista, los seguidores de
esta ideología son quienes se encargan de potenciar ese hecho
diferencial incorporando otros elementos que puedan servir a sus
intereses, aunque éstos no hayan formado parte en un principio de esos
rasgos objetivos. El nacionalismo, por tanto, a pesar de la distinción
entre elementos subjetivos y objetivos, es más subjetivista, tiene más
que ver con una determinada interpretación del mundo que con la
realidad misma, está situado más en el terreno de la voluntad que en el
de los hechos.
La “nación” que acaba desarrollando el nacionalismo es un ideal
que, en la casi totalidad de los casos, difícilmente se corresponderá con
la verdad, mucho más compleja y rica. Los rasgos objetivos y subjetivos
usados para definir y delimitar esa “nación” no dejan de ser,

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

habitualmente, una generalización de lugares comunes y prejuicios que
poco o nada tienen que ver con la realidad. Ésta siempre acaba
superando a la “nación” abstracta que dibuja esta doctrina y se
muestra rebelde ante el intento de ser explicada con el esquema
preconcebido

del

nacionalismo.

Las

tentativas

de

exponer

las

características de la mayoría de los miembros que pertenecen a una
misma “nación” acaban desembocando, la mayor parte de las veces, en
una enumeración de tópicos absurdos. Un ejemplo de esto nos lo
proporciona César Ulises Moulines cuando afirma que
Esta identidad nacional [española] subyacente se manifiesta en gran
número de fenómenos: una misma lengua, una tradición literaria muy
propia desde la Edad Media, una memoria histórica marcada, entre
otras cosas, por las luchas incesantes del proceso denominado
usualmente “Reconquista”, una música culta muy influida por el
flamenco, un gusto muy divulgado por la tauromaquia, una forma
particular de hacer broma y de festejar... (Isegoría, 28, julio de 2003,
pág. 186)

El nacionalismo buscará casi siempre amoldar la realidad a su
visión del mundo, transformar su concepto subjetivo de “nación” en una
realidad objetiva. Si es secesionista, intentará que su pueblo de
referencia pase a convertirse en un Estado independiente; si es
unificador, perseguirá unir bajo la misma bandera a comunidades
separadas; si se trata de un nacionalismo que posee un Estado, éste se
centrará en utilizar los medios disponibles a su alcance para modificar
la sociedad siguiendo sus ideas nacionalistas. Los seguidores de esta
doctrina construyen “naciones” porque aspiran a que la realidad
objetiva coincida con su visión subjetiva de la realidad. Esa transición
de una situación a otra, ese intento de alcanzar un estatus del que se
carece, implica una lucha entre quienes quieren que las cosas sigan
como están y quienes desean cambiarlas. De esta disputa surgen la
mayoría de los conflictos y las tensiones nacionalistas, que a veces
pueden pasar de una confrontación política a un enfrentamiento
violento.

13

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

La “nación” como comunidad imaginada
Algo que llama poderosamente la atención es la facilidad que tienen los
nacionalistas para ver “naciones” por doquier. Si la conciencia de ser
una nación es fundamental para serlo, ¿por qué los nacionalistas
afirman que son una “nación” comunidades donde la mayoría de sus
miembros no piensan que lo son? Esas sociedades estarían, como dice
Ernest Gellner (Naciones y nacionalismo, Alianza, 2003, pág. 69),
esperando a su príncipe azul nacionalista para que las despierte porque
todavía no han tomado conciencia de su verdadera naturaleza como
“nación”, sólo intuida por algunos adelantados espirituales. Si los
nacionalistas afirman que determinado grupo humano es una “nación”,
lo es independientemente del número de personas que crean que lo es.
Si la mayoría lo piensa, eso se interpreta como una justificación de sus
tesis; si no lo piensa, se deberá a una falta de conciencia “nacional” que
debe ser despertada para así corregir el error en el que incurre la
mayoría de los ciudadanos y del que ellos pretenden sacarlos.
Esto muestra lo irrelevante que es en el fondo para muchos
nacionalistas lo que piensen los miembros de su presunta “nación”.
Puede ser importante desde un punto de vista político, de cara a
conseguir una determinada mayoría social que apoye sus tesis, pero no
en lo que se refiere a definir e identificar a una “nación”.
¿Cuál es el porcentaje de personas que deben creer que una
comunidad determinada es una “nación” para que lo sea? ¿Es suficiente
una mayoría parlamentaria del 50% más uno? ¿Qué pasa si el sentir
mayoritario de los ciudadanos a este respecto cambia en el futuro?
Pretender fundamentar, pues, una definición operativa de “nación”
basándose en la voluntad, en lo que se denominan factores subjetivos,
en las creencias y las opiniones de las personas, que son las que
realmente contribuyen a la creación y definición de los elementos
objetivos, nos muestra lo cuestionable que es el CNN. Lo que persigue el
nacionalismo es afirmar que uno es de la “nación” de la que se siente
parte; lo que busca es el triunfo del deseo, de la voluntad, sobre la

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

realidad. Creer que una determinada comunidad es una “nación” tiene
que ver más con la fe que con la razón; es una creencia individual que
puede ser compartida con otros y que está más cerca del pensamiento
religioso que del científico, de ahí la dificultad de intentar rebatirla
racionalmente.
Quisiera proponer una definición de “nación” que seguramente se
ajusta más a la verdad: una “nación” es lo que los nacionalistas creen
que es una “nación”. El CNN no significa nada fuera de la teoría que lo
ha creado para sus propósitos. Lo correcto no es afirmar que una
comunidad determinada sea una “nación”, sino que existen personas,
partidos o grupos nacionalistas que afirman que la comunidad X es una
“nación”. No es que lo sea, sino que los nacionalistas, y algunos que no
lo son pero han aceptado parte de sus tesis y de su vocabulario, creen
que lo es. Hay que desechar el CNN debido a su vaguedad y a su
existencia puramente mental. La “nación” en la que basan los
nacionalistas su proyecto político es teóricamente insostenible.
La opción más higiénica desde un punto de vista ontológico sería
renunciar totalmente a esta idea. Eso sí, teniendo en cuenta su
significado para comprender el uso que le dan los partidarios de la
doctrina nacionalista, para poder abordar el estudio y la comprensión
de

esta

ideología.

Sin

embargo,

si

hiciéramos

esto

estaríamos

concediendo una importante victoria al nacionalismo, porque éste
podría

apropiarse

totalmente

de

la

idea

de

nación,

concepto

profundamente arraigado en el vocabulario político, científico y social.
Frente a la realidad abstracta y meramente jurídica del Estado, el
nacionalismo podría presentarse a sí mismo como el verdadero
depositario de la soberanía “nacional”, entendida ésta a su manera. La
mejor opción es, por tanto, reservar la idea de nación para el Estado; es
decir, serían naciones los Estados independientes y soberanos. Frente a
la nación imaginada tendríamos la nación política, la nación real.
Cuando afirmamos que debemos hablar de naciones sólo para
referirnos a los Estados, esto no significa que equiparemos el CNN, que
rechazamos totalmente, con el Estado; simplemente sostenemos que

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

debemos usar el término nación, desprovisto de cualquier significado
nacionalista, para referirnos al Estado, tal como sucede, por ejemplo, en
el caso de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), donde la
palabra naciones es equivalente a Estados. La unión del CNN con el
Estado conduce al nacionalismo estatal, siempre más peligroso que
cualquier movimiento nacionalista que carezca de Estado. El peor
nacionalismo que existe es el nacionalismo de Estado entendido de
manera puramente objetivista, basado en la raza o la etnia y respaldado
normalmente por la lengua y la religión.
El siguiente esquema ilustra esta posición:
Nación

ESTADO

Nacionalismo
de Estado

CNN
S

O
(Descartado)

ESTADO = NACIÓN
Concepto desprovisto
de significado nacionalista

Hemos concluido que el concepto de nación debe reservarse para
los Estados. No obstante, aquí se plantea una interesante cuestión:
¿qué pasa si un país afirma estar formado por varias “naciones”,
cuándo su Constitución o leyes fundamentales establecen que es
plurinacional? Como es obvio, pueden existir múltiples formas de
concebir

un

Estado:

teocrático,

etnicista,

racista,

comunista,

democrático, fascista y, por supuesto, nacionalista. Que un Estado
asuma

una

determinada

ideología

política

como

base

de

su

ordenamiento jurídico no implica que esta doctrina sea verdadera o que
debamos aceptarla.
La debilidad del concepto de “nación” se debe a su naturaleza de
comunidad imaginada, en expresión de Benedict Anderson.

Su

existencia es meramente mental, aunque ésta influya en la realidad.

16

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Frente a la nación imaginada tenemos el Estado, una entidad dotada de
una sustancia política y jurídica propia, al margen de creencias u
opiniones. De ahí la superioridad ontológica y epistemológica del Estado
frente al CNN.
La sustancialización de la “nación”
La importancia que adquiere la “nación” para los nacionalistas no
se explica sin la sustancialización de esta idea en la que incurre
generalmente el nacionalismo. La “nación” se convierte en una entidad
autónoma, una realidad ajena a la de los ciudadanos que la integran.
Posee una duración temporal que le permite estar por encima de
cualquier cambio. Las generaciones pasan, pero la “nación” puede
perdurar siempre porque hunde sus raíces en un pasado remoto y tiene
ante sí un futuro ilimitado. Está dotada, además, de una personalidad
propia, síntesis de las presuntas cualidades, casi siempre positivas, del
pueblo que pretende representar.
La “nación” no está formada por el conjunto de sus ciudadanos,
sino que los trasciende a todos: es como si estuviera viva, eso sí, con
una vida superior a la de los sujetos particulares porque es la que en
gran parte dota de sentido a su existencia. Las personas mueren, pero
ella perdura. Eso es lo que puede conducir a algunos a pensar que la
vida no vale gran cosa frente a esa entidad superior que es la “nación”,
y a matar y morir en su nombre. La “nación” se transforma en el
camino a la salvación, en una forma de vencer a la muerte, en una
manera de luchar contra el olvido. Y los nacionalistas son los que
pretenden erigirse como sus representantes legítimos, al margen de lo
que digan las urnas, como los únicos interlocutores válidos en el diálogo
con esa nación-sustancia. Así se transforman en los guardianes y
depositarios de la esencia “nacional”, apoderándose de la “nación” como
si les perteneciera, como si solamente ellos tuvieran derecho a hablar
en su nombre.

17

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

La apropiación de la “nación” lleva acarreado el secuestro de los
símbolos que la representan, de sus instituciones, su cultura y su
lengua,

identificándolas

totalmente

con

un

proyecto

político

nacionalista. Este secuestro puede llegar hasta tal extremo que incluso
el hecho de que otras opciones políticas distintas de las nacionalistas
gobiernen las instituciones que consideran que les pertenecen sea visto
como

una

usurpación

antinatural,

aunque

haya

sido

decidida

democráticamente. Los nacionalistas se creen dotados de un plus de
legitimidad por el simple hecho de serlo. De esta forma, criticar el
nacionalismo no es enfrentarse a una ideología determinada, a una de
las múltiples doctrinas que pueden estar presentes en una sociedad
plural: es agredir a la “nación”, atacar al conjunto de sus ciudadanos.
Esta sustancialización de la “nación” es heredera, sin duda, y está
claramente conectada, al menos en el caso europeo, con la idea
romántica

del

espíritu

del

pueblo

(Volksgeist),

dos

de

cuyos

representantes más destacados fueron Herder y Fichte. Según esta
concepción, la “nación” sería una especie de “espíritu” que se manifiesta
en la lengua, el arte, las instituciones, las leyes, las tradiciones
populares, el clima, etc. Esta línea de interpretación del concepto de
“nación” atribuye a una serie de elementos culturales, costumbres
sociales e instituciones la representatividad de la identidad nacional. Es
posible extraer dos consecuencias principales de esto.
La primera de ellas es que la “nación”, entendida de esta forma,
conduce a la conservación obsesiva de aquellos elementos que en teoría
representan la esencia de un pueblo. Se produce una sacralización de la
“nación”, y los defensores de esta idea se convierten en los guardianes
de la esencia y la pureza “nacional”, que debe ser defendida frente a las
amenazas internas y externas. Cualquier intento de cambiar ese
“espíritu nacional” es visto como una amenaza para ese concepto
sagrado que es la identidad. Las mutaciones de la idiosincrasia
colectiva son admitidas sólo si penetran de tal forma en el conjunto del
cuerpo social que pasan a ser reconocidas como constitutivas del
mismo. Aun así, se manifestará un fuerte recelo hacia lo foráneo y una

18

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

resistencia al cambio. Esto conduce a una sociedad cerrada en sí
misma y entregada al cultivo obsesivo de su propia identidad.
La segunda consecuencia es que todo lo que no pueda ser
incluido en ese “espíritu” es considerado como ajeno a la “nación” de la
que se forma parte. Esto es también extensible a los ciudadanos, que
son divididos entre los que pueden ser considerados como miembros de
ese “espíritu”, en los cuales éste se manifiesta, y los que no pueden
serlo, aunque ambos formen parte de la misma sociedad y sean
ciudadanos de pleno derecho. Nos vemos conducidos, de esta forma, a
una jerarquía social y cultural basada en la pertenencia a la “nación”.
Lo propio es lo que refleja el espíritu “nacional”; todo lo demás es
extraño e, incluso, puede ser considerado una amenaza si pone en
peligro la pureza de la “nación”. De esta forma, se rechaza el mestizaje
social y la coexistencia de diversas culturas en igualdad de condiciones
en el mismo territorio. Solamente se aceptarán otras culturas o grupos
étnicos si éstos no amenazan la hegemonía del grupo dominante y
aceptan ser asimilados. Podemos considerar que, en gran parte, este
concepto de nación-espíritu está superado en la actualidad; sin
embargo, muchos de los discursos, de la retórica, del lenguaje y
también de las ideas, empleados habitualmente por distintos grupos
nacionalistas, recuerdan claramente a la de nación-espíritu.
“Nación”, etnia y raza
Otra forma de intentar salvar el CNN es explicarlo mediante otra noción
como, por ejemplo, el concepto de “etnia”. Una “nación” sería, por tanto,
la plasmación política de una etnia (6), o la existencia de una etnia
previa explicaría el posterior surgimiento de una “nación”. Roland J. L.
Breton propone dos definiciones de “etnia”, una más restrictiva y otra
más amplia. La primera de ellas es la siguiente: “En sentido estricto, la
palabra etnia puede designar un grupo de individuos pertenecientes a la
misma lengua materna” (Las etnias, Oikos-tau, 1983, pág. 11). Su
propio autor es consciente de lo precario de esta definición, ya que no

19

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

parece lógico que todos aquellos que tienen como lengua materna el
francés,

el

español

o

el

inglés,

idiomas

hablados

por

grupos

poblacionales de muy distinta procedencia y cultura, pertenezcan todos
a la misma etnia. Su segunda definición es ésta:
En un sentido amplio la etnia se define como un grupo de individuos
unidos por un complejo de caracteres comunes —antropológicos,
lingüísticos, político-históricos, etc.— cuya asociación constituye un
sistema propio, una estructura esencialmente cultural: una cultura. En
este aspecto la etnia es la colectividad, o mejor dicho la comunidad,
unida por una cultura particular. (Las etnias, pág. 12)

La crítica que puede hacerse a esta segunda definición de “etnia”
es la misma que hizo E. Gellner (Naciones y nacionalismo, pág. 78) al
concepto de “nación” como grupo que quiere perdurar como comunidad:
se aplica a tantas cosas que no permite definir nada. La idea de “etnia”
tiene los mismos problemas, e incluso más, que el CNN. Ambos crean
tipos ideales que no se corresponden con la realidad empírica, siempre
más compleja que estas caracterizaciones simplificadoras. Además,
tienden a ser excluyentes: se pertenece a una u otra “nación-etnia”,
pero difícilmente a dos a la vez. La complejidad de las identidades
modernas no es fácilmente compatible con esta clase de nociones,
porque el sujeto contemporáneo se mueve en un entorno cambiante a
gran velocidad, donde es normal, más que nunca en la historia, mostrar
una fuerte adscripción identitaria por varias entidades distintas,
superpuestas

y

entremezcladas,

que

serían

calificadas

por

los

nacionalistas de “naciones” o que podrían ser definidas también como
“etnias”.
La unión del etnicismo con la doctrina nacionalista produce el
nacionalismo más salvaje, ya que la pertenencia a la “nación” deja de
entenderse como algo voluntario, es un “derecho de sangre” que se
adquiere gracias al nacimiento en el seno de un grupo. Estas “naciones”
se convierten en comunidades cerradas con una nula capacidad de
integración y se muestran especialmente agresivas con los sujetos,
tanto individuales como colectivos, considerados “extraños” que residen
en su territorio, porque pueden contaminar su pureza étnica, o con
20

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

aquellos que ocupan otro espacio que piensan, por las razones que sean,
que debería pertenecerles. Las consecuencias de esto ya las conocemos;
en la antigua Yugoslavia pudimos contemplar sus infames resultados.
La “etnia” está más asociada al concepto cerrado de “raza” (7) que
a la noción abierta, y fundamentalmente cultural e identitaria, que
defienden la mayoría de los nacionalismos contemporáneos. Pienso que
el CNN, la idea de “etnia” y la de “raza” son nociones que solamente
tienen vigencia en la medida en que representan un significado cultural
ampliamente asumido (8), pero no pueden ser esgrimidas como base de
un sistema clasificatorio de la especie humana que pretenda ser
riguroso, porque en cuanto se profundiza en su análisis nos damos
cuenta de su endeblez teórica y de su pura arbitrariedad (9). Si el
nacionalismo desea tener algún futuro en las sociedades modernas
debe dejar de lado los conceptos de “etnia” y de “raza”, no demasiado
compatibles

con

los

valores

democráticos

y

científicamente

insostenibles.
Nacionalistas, no-nacionalistas y antinacionalistas
En el nacionalismo debemos diferenciar entre un núcleo duro
conceptual y una periferia de doctrinas. El elemento central es el CNN.
La mayoría de los nacionalistas manejan un concepto similar de
“nación”: esto es lo que les une. Pero los diversos movimientos
nacionalistas no están compuestos únicamente por esta idea nuclear,
sino por un conjunto de doctrinas periféricas, por un núcleo blando.
Ahí es donde se suelen diferenciar unos de otros. Cada nacionalismo
pone el acento en una serie de rasgos determinados: la etnia, la religión,
la lengua, la cultura, la historia, etc. Estas diferencias son las que
harían posible elaborar, hipotéticamente, una clasificación de los
distintos nacionalismos. En este capítulo he abordado el núcleo central
de esta doctrina política.
A continuación me gustaría distinguir tres posiciones respecto al
nacionalismo: las de los nacionalistas, los no-nacionalistas y los

21

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

antinacionalistas. Dentro de estos tres enfoques diferenciaré, a su vez,
entre consecuentes e inconsecuentes. Los consecuentes son los
nacionalistas que aceptan el concepto de “nación” y los no-nacionalistas
y antinacionalistas que lo rechazan. Los inconsecuentes son los nonacionalistas y los antinacionalistas que, a pesar de manifestar su
rechazo de esta ideología, asumen el CNN. No todos los no-nacionalistas
y

antinacionalistas

son

consecuentes,

ya

que

muchos

siguen

asumiendo el núcleo duro del nacionalismo. Se oponen a él pero
continúan usando, consciente o inconscientemente, su concepto de
“nación”; su rechazo u oposición a esta doctrina es inconsecuente,
carece de la suficiente radicalidad conceptual (10). Son también
inconsecuentes los nacionalistas que rechazan el CNN pero defienden
esta doctrina y las políticas normalmente asociadas a ella. Esta
posibilidad, que debemos considerar teóricamente, es sin duda difícil de
encontrar en la práctica. Es posible que alguien, por ejemplo, sostenga
que el único concepto válido de nación sea el de Estado y promueva un
nacionalismo estatal. Sin embargo, en la casi totalidad de estos casos,
aunque se niegue explícitamente el CNN, ese Estado es entendido como
una “nación” a la manera nacionalista, por lo que detrás de esa
negación del CNN suele esconderse una asunción no reconocida de esa
noción.
El autor de este ensayo se declara no-nacionalista consecuente.
Rechazo la doctrina nacionalista y también su interpretación de la idea
de nación. Pero no pienso que el nacionalismo sea intrínsecamente
perverso o la amenaza peor a la que se enfrenta la humanidad
(problemas más graves son el integrismo religioso, la pobreza, el
deterioro del medio ambiente, el trabajo y maltrato infantil, la
desigualdad y explotación de la mujer, etc.), y creo que es compatible,
en muchas de sus manifestaciones, con la democracia. Es una ideología
sin duda equivocada, a la que podemos oponer numerosas alternativas
políticas y conceptuales que, en la mayoría de los casos, pueden
sustituirla perfectamente. Los no-nacionalistas y los antinacionalistas
inconsecuentes, es decir, los que rechazan esta doctrina pero siguen

22

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

usando su concepto de “nación”, no son nacionalistas sino incoherentes;
sus críticas pueden ser muy válidas en los elementos periféricos del
nacionalismo, pero fracasan porque no destruyen su núcleo, es decir, el
CNN. Los que aceptan el CNN y no defienden políticas típicamente
nacionalistas

basadas

en

una

identidad

colectiva

tampoco

son

nacionalistas; se puede considerar, desde un punto de vista intelectual,
que el CNN es válido, pero rechazar una doctrina política asociada a él.
De la misma forma, considero que el anti-nacionalismo es equivocado,
aunque

menos

demostrado,

en

que

el

muchas

nacionalismo,

porque

esta

ideología

ocasiones y

lugares

distintos,

que

ha
es

perfectamente compatible con la democracia. Tengo la convicción,
además, de que no es uno de los mayores peligros a los que nos
enfrentamos, en contra de lo que algunos pueden pensar.
Conceptualmente es difícil distinguir entre el no-nacionalista y el
antinacionalista, ya que la diferencia es de grado o de intensidad. Para
ser antinacionalista se debe estar de acuerdo, al menos, con una de
estas dos ideas: 1) la percepción de que el nacionalismo es una grave
amenaza; y 2) la creencia en que éste es incompatible, o difícilmente
compatible, con la democracia.
El no-nacionalista considera que el nacionalismo es un proyecto
político más entre un conjunto plural de doctrinas, una ideología que
rechaza pero que es perfectamente compatible con los valores
democráticos. No lo considera, además, una de las más graves
amenazas de la humanidad, aunque sea plenamente consciente de que,
en determinados momentos, el nacionalismo ha sido muy destructivo
en muchas regiones y coyunturas históricas. Para el no-nacionalista, el
nacionalismo es una doctrina equivocada pero no intrínsecamente
perversa, como puede pasar con el fascismo o el racismo, ideologías
contrarias a los derechos humanos fundamentales. En cambio, para el
antinacionalista el encaje entre el nacionalismo y la democracia es
cuando menos discutible, e incluso puede llegar a sostener la
incompatibilidad total entre ambos. El antinacionalista afirma que esta
ideología es intrínsecamente malvada. Ambos, no-nacionalistas y

23

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

antinacionalistas, coinciden en su rechazo del nacionalismo, pero
difieren en la naturaleza e intensidad de su crítica.
A pesar de que puede parecer que los antinacionalistas son los
que más daño pueden hacer al nacionalismo, pienso que la posición
más dura con esta ideología es el no-nacionalismo consecuente, ya que
es capaz de rebatir el núcleo de su doctrina y de enfrentarse a los
nacionalismos

que

han

demostrado

su

compatibilidad

con

la

democracia, que son la gran mayoría de los movimientos de esta clase
que

encontramos

en

las

sociedades

más

desarrolladas.

El

antinacionalismo pierde parte de su capacidad de oposición cuando no
se enfrenta a las formas más virulentas de nacionalismo; algo que no le
sucede al no-nacionalista, que puede luchar contra las manifestaciones
más moderadas de esta ideología pero también contra las más
condenables.
Cuando critica al nacionalismo moderado, el antinacionalista
exagera los defectos de éste y el peligro que representa con el propósito
de que se adapte a sus ideas previas, totalmente opuestas a esta
doctrina. Pero cuando aquellos que no son antinacionalistas no
perciben esa amenaza que éste cree ver con toda nitidez, entonces el
antinacionalista pierde parte de su credibilidad, lo que puede provocar
el efecto contrario del que persigue, es decir, despertar simpatías hacia
los nacionalistas moderados, que son criminalizados injustamente. Sus
tesis se corresponderán con la realidad únicamente cuando el
antinacionalista tenga enfrente un nacionalismo radical; entonces su
interpretación de este fenómeno será ajustada a la verdad. El nonacionalista, por el contrario, puede oponerse sin ningún problema al
nacionalismo moderado y democrático, pero también puede luchar
contra su versión radical, ya que creer que el nacionalismo puede ser
compatible con la democracia no implica, necesariamente, que todos los
nacionalismos lo sean, pues, como es obvio, algunos movimientos
nacionalistas defienden ideas totalmente opuestas a los fundamentos
democráticos, lo que justifica su condena rotunda y sin ambigüedades.
El antinacionalista, en cambio, piensa que todos los nacionalismos son

24

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

perversos, intrínsecamente malvados, aunque pueda admitir grados en
esa perversidad.
Alguien puede mostrar su adhesión al nacionalismo, por las
razones que sean, y no ser realmente nacionalista, ya que no defiende
políticas que puedan ser calificadas de esta forma. Lo que alguien dice
ser no siempre refleja lo que verdaderamente es. El sujeto X puede
rechazar explícitamente el nacionalismo y ser nacionalista porque
asume el CNN y está de acuerdo con medidas que podrían suscitar el
entusiasmo de cualquier seguidor de esta doctrina. Puede haber
personas que se definan como no-nacionalistas y antinacionalistas y
que, a pesar de negarlo, realmente sean nacionalistas que se oponen a
otros nacionalismos que consideran rivales. No es verdad, como
defienden algunos, que todos somos nacionalistas y que el nacionalismo
sea una fuerza ineludible, pero sí es cierto que una parte de quienes lo
rechazan son nacionalistas no declarados.
Podemos sintetizar estas tres posiciones en el siguiente esquema:

Nacionalista
Consecuente: acepta el CNN y defiende políticas en las que
el concepto de identidad es central
Inconsecuente: niega el CNN y defiende políticas en las que
el concepto de identidad es central

No-nacionalista
Consecuente: niega el CNN y rechaza esta doctrina, pero cree que no es una
grave amenaza para la humanidad y que es compatible con la democracia
Inconsecuente: asume el CNN y rechaza esta doctrina, pero cree que no es una
grave amenaza para la humanidad y que es compatible con la democracia

25

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Antinacionalista
Consecuente: niega el CNN y rechaza esta doctrina, pero cree que sí es una
grave amenaza para la humanidad y que es incompatible con la democracia
Inconsecuente: asume el CNN y rechaza esta doctrina, pero cree que sí es una
grave amenaza para la humanidad y que es incompatible con la democracia

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

2
La nación según Fichte y Renan

Fichte y la megalomanía de la “nación” alemana
Centraré el análisis de la idea de nación en los Discursos a la nación
alemana (Reden an die deutsche Nation) de Johann Gottlieb Fichte
(1762-1814), pronunciados entre 1807 y 1808 en unas circunstancias
históricas muy adversas para Alemania, invadida en esos momentos
tras una humillante derrota a manos de Napoleón y convertida, como
diría Schelling en una expresión afortunada, en un “teatro sobre el que
otras naciones representan su papel” (en Experiencia e historia, pág.
138).
Los Discursos de Fichte son un tratado de filosofía pero también
un ensayo de pedagogía, ya que en ellos se desarrolla un proyecto
educativo

destinado

a

todos

los

alemanes.

Para

una

correcta

comprensión de esta obra no debemos olvidar que perseguía también
una intencionalidad política: elevar el ánimo de una población que
había sufrido la humillación de la derrota y despertar el patriotismo
alemán. La importancia de estos discursos radica en que han sido, a
pesar de (o “gracias a”) los elementos irracionales y megalómanos que
encontramos en ellos, un referente básico de muchas ideologías
nacionalistas.
Diferencias entre los alemanes y los demás pueblos germánicos
Fichte rechaza la disgregación de la “nación” alemana. Ésta ha
provocado un desastre “nacional”, que únicamente podrá ser superado
apelando a la “germanidad”, al nexo común de unión entre todos los
27

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

alemanes, a lo que les proporciona su individualidad y los diferencia del
extranjero. Lo que se propone es un cambio radical en la educación
porque sólo ésta podrá unir al pueblo alemán y contribuir a que todos
sus miembros dejen de lado sus diferencias. Lo que Fichte persigue es
preservar la “nación” alemana, y para conseguirlo desarrollará una
educación “nacional” nueva, basada en parte en las ideas pedagógicas
de J. H. Pestalozzi.
En el discurso cuarto su autor se pregunta cuáles son las
diferencias fundamentales entre los alemanes y los demás pueblos de
origen germánico. El rasgo diferenciador del alemán, dice Fichte, es su
capacidad

para

recibir

esa

educación

“nacional”

que

pretende

desarrollar. Aparte de esto, la primera diferencia básica entre los
alemanes y los demás pueblos germánicos
radica en que los primeros se quedaron en sus lugares de asentamiento
primitivos y los segundos emigraron a otros lugares; los primeros
mantuvieron y continuaron desarrollando la lengua originaria del
pueblo primitivo y los segundos adoptaron una lengua que poco a poco
fueron transformando a su manera. (Discursos a la nación alemana,
Tecnos, 2002, pág. 65)

Esta diferencia fundamental explica todas las que surgieron
posteriormente. Fichte aclara que el cambio de lugar de residencia y la
mezcla con los pueblos conquistados no tienen demasiada relevancia,
porque tampoco pretende defender una pureza de linaje.
Pero la lengua sí es importante. La diferencia entre los alemanes y
los demás pueblos germánicos reside, en el asunto lingüístico, en que
“en un caso se conserva algo propio y en el otro se ha aceptado algo
extraño” (pág. 66). Esto conduce al autor de estos discursos a
reflexionar sobre la naturaleza de la lengua. Ésta expresa, para Fichte,
la esencia de un pueblo sometido a las mismas influencias externas y a
una larga convivencia en común. Es cierto que la lengua sufre una
evolución con el paso del tiempo, pero en el caso alemán es permanente,
sin saltos, sin que los que viven en una misma época dejen de
entenderse entre sí. Fichte sostiene que las lenguas que se han

28

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

desarrollado de manera continua a lo largo del tiempo son superiores, y
por eso un pueblo que “abandona su lengua y acepta una lengua
extraña y muy desarrollada ya para la denominación suprasensible”
(pág. 72) sufre un retroceso muy importante en su desarrollo.
Para justificar esa superioridad, Fichte diferencia entre el ámbito
sensible y el suprasensible de una lengua. Su parte sensible, la que se
refiere a los signos arbitrarios, permite que pueda ser aprendida por los
niños sin ningún problema. Pero algo muy distinto sucede en el ámbito
suprasensible. Cuando un pueblo abandona su lengua y adquiere otra,
“lo más que se puede hacer en este caso es explicarles el símbolo y su
significado espiritual, percibiendo de este modo la historia superficial y
muerta de una formación extraña y no su propia formación” (pág. 73).
Aunque esa nueva lengua adquirida por un pueblo pueda parecer viva,
“en el fondo lo que tiene es un elemento constitutivo muerto” (pág. 74).
Y una lengua muerta “puede fácilmente ser falseada y utilizada para
encubrir la perversión humana, cosa que es imposible con una lengua
que no ha muerto” (ibid.). Esta teoría de la superioridad lingüística lleva
a este filósofo a afirmar que “los pueblos germánicos que aceptaron la
lengua romana profanaron su ética antigua mediante símbolos
inadecuados y extraños” (pág. 75).
Fichte diferencia entre lo que llama una “lengua viva” y una
“lengua muerta”. Los alemanes poseen una lengua del primer tipo y los
demás pueblos germánicos idiomas de la segunda clase. Las lenguas
neolatinas tampoco se pueden comparar con el alemán al ser lenguas
muertas; sólo el griego antiguo está a la altura de la lengua alemana. Al
final del discurso cuarto se enumeran cuatro consecuencias de la
diferencia del pueblo alemán con los demás pueblos germánicos, que
sintetizamos así:

Pueblo de lengua viva
(alemanes)

Pueblo de lengua muerta
(otros pueblos germánicos)

29

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

La formación espiritual penetra en la La formación espiritual y la vida
vida.
siguen cada cual su camino.
Toma muy en serio toda formación
espiritual y se esfuerza porque ésta
intervenga en la vida. Tiene espíritu y
ánimo.

Se toma la formación espiritual como
un juego ingenioso del que no espera
nada más. Tiene espíritu, pero no
ánimo.

Es diligente y serio en todas las cosas Se deja llevar por los caminos de su
y además esforzado.
naturaleza feliz.
En una nación así la masa es
educable y los educadores prueban
sus descubrimientos en el pueblo y
quieren influir en él.

En estas naciones los estamentos
cultos están separados del pueblo, al
que consideran un instrumento ciego
que sirve a sus planes.

En el quinto discurso Fichte profundiza y aclara estas diferencias.
La discrepancia fundamental entre un pueblo de lengua viva y uno de
lengua muerta es que en el primero “la formación espiritual penetra en
la vida” (pág. 82). Cuando se habla de vida y de penetración de la
formación espiritual en ella, Fichte se está refiriendo a “la vida
originaria y su fluir de la fuente de toda vida espiritual, es decir, de
Dios” (ibid.). Otro punto que aclara es que “cuando se habla de
formación espiritual hay que entender ante todo la filosofía” (ibid.). Un
pueblo de lengua viva está mejor dotado para la filosofía, la ciencia y las
bellas artes; en cambio, el pensamiento de un pueblo de lengua muerta
“producirá los resultados más ficticios; [...] dicho pueblo reconocerá
como su mayor obra filosófica unos mediocres poemas didácticos sobre
la hipocresía escritos en forma de comedia” (pág. 86). Cuando el pensar
se despliega en una lengua viva, “el individuo que lo desarrolla lo
sentirá con íntimo placer en su fuerza vivificante, transfiguradora y
liberadora” (ibid.); en el caso contrario, no “le produce placer ni dolor,
sino que sólo ocupa su ocio agradablemente y se distrae” (págs. 86-87).
El primero busca que los frutos de su reflexión se extiendan a todos los
demás; el segundo persigue únicamente su propio entretenimiento.

30

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Otra diferencia entre un pueblo de lengua viva y otro de lengua
muerta la encontramos en el terreno del arte poético: el primero tiene la
capacidad

de

producir

“una

poesía

interminable,

eternamente

refrescante y rejuvenecedora, pues cada impulso del pensamiento vivo
abre en ella una nueva vena de entusiasmo poético” (pág. 87); el
segundo “no podrá tener nunca poesía alguna en este sentido superior”
(ibid.) y deberá contentarse con recrear el arte poético que poseía
cuando no había abandonado todavía su lengua primitiva, agotando la
fuente de su poesía.
Además, en un pueblo de lengua muerta, al estar separadas la
vida y la formación espiritual, los miembros de las clases no cultivadas
“son postergados frente a las clases cultas e incluso tenidos por otro
tipo de hombres que en capacidades intelectuales ya desde su origen y
por nacimiento no son iguales” (pág. 89). Al contrario de lo que sucede
en un pueblo de lengua viva, donde los conocimientos de los
estamentos más favorecidos llegan a todos por igual, en un pueblo de
lengua muerta se cree que existe una diferencia originaria de
inteligencia entre los diferentes grupos sociales, lo que lleva a las clases
superiores a sentir desprecio por el pueblo llano.
Fichte denuncia la romanización que sufrieron los que se fueron a
vivir a antiguas tierras romanas, donde “bárbaro recibió enseguida el
sentido adicional de vulgar, plebeyo y rústico; y, por el contrario,
romano se convirtió en sinónimo de selecto” (ibid.). Esto llevó a que se
eliminasen en la lengua las raíces germánicas, siendo sustituidas por
palabras de origen romano al considerarse más elegantes y refinadas.
Pero esto no sucedió sólo en el pasado, pues el autor de estos discursos
piensa que este gusto preferente por lo neorromano afecta a los
alemanes contemporáneos suyos, lo cual es calificado por él de
epidemia. Al unirse la seriedad alemana con esos males venidos del
extranjero, esto trajo consigo la corrupción del pueblo alemán.
El pueblo de lengua viva “será diligente y serio y se esforzará en
todos sus aspectos, por el contrario el de lengua muerta considerará la
actividad espiritual más bien un juego genial” (pág. 91). Para un pueblo

31

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

de lengua viva, investigar es una necesidad vital; para uno de lengua
muerta es una forma de entretenerse, únicamente tiene una finalidad
estética. El primero posee genio y es laborioso; del segundo, en cambio,
“no puede surgir ninguna genialidad verdaderamente creadora” (pág.
92). Las investigaciones del pueblo de lengua viva pueden ser
verdaderamente filosóficas, pero un pueblo de lengua muerta solamente
es capaz de realizar investigaciones históricas e interpretativas,
carentes de toda originalidad. En lo que respecta al estudio de la
Antigüedad clásica, un pueblo de lengua muerta la estudiará “como
quien realiza una tarea impuesta no por necesidades vitales sino
solamente por afán de saber, tomándola con ligereza” (pág. 94); el
pueblo de lengua viva, en cambio, estudiará las imágenes del pasado
“como parte componente de la vida; y no sólo las deducirá de la vida del
mundo moderno, sino que las devolverá a la vida” (ibid.). A pesar de las
numerosas citas que podríamos encontrar en estos Discursos, donde se
afirma que se es alemán por hablar esta lengua (p. ej., págs. 150 y 223),
podemos hallar también un texto de Fichte que afirmaría lo contrario:
Todo aquel que cree en la espiritualidad y en la libertad de esta
espiritualidad y desee su desarrollo eterno dentro de la libertad, no
importa donde haya nacido ni en qué idioma hable, es de nuestra raza,
nos pertenece y se unirá a nosotros. El que cree en el estancamiento, el
retroceso, la danza circular, o sencillamente pone al timón del gobierno
del mundo una naturaleza muerta, donde quiera que haya nacido y
hable el idioma que hable, no es alemán, es extraño a nosotros, y es de
desear que se separe de nosotros por completo y cuanto antes mejor.
(Discursos, pág. 131)

Este pasaje admite, al menos, tres interpretaciones posibles. La
primera consistiría en achacar estas afirmaciones a la incoherencia del
pensamiento fichteano, caracterizado en muchos momentos en este
ensayo por la demagogia y el populismo. Esto estaría avalado por el
hecho de que encontramos un único texto en que se expresa esta idea,
cuando en los Discursos se han dedicado páginas y páginas a
fundamentar una superioridad de la “nación” alemana basada en la
lengua.

32

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

La segunda interpretación sería que, al principio general de que
se es alemán por nacimiento, Fichte añade una excepción, permitiendo
que se llegue a ser alemán, además, por adherirse a unos determinados
valores. Esta interpretación nos revelaría el carácter megalómano de la
“nación” fichteana, porque se identifica la libertad con ser alemán.
¿Creer en la libertad es acaso patrimonio exclusivo de ese pueblo? ¿Se
puede creer en la espiritualidad y pertenecer a otra “nación”?
Probablemente la respuesta de Fichte a esta pregunta sería negativa.
Además, en el texto se establece claramente que los valores están por
encima de la lengua, no como una excepción a un principio general.
Una tercera interpretación posible, y por la que me decanto, es
que este pensador establece una jerarquía en el hecho de “ser alemán”:
1) la creencia en la espiritualidad y en la libertad de ésta, tal como
podemos leer en el texto anterior; 2) haber nacido en el ámbito
lingüístico alemán; y 3) otros elementos más secundarios, como ser de
religión protestante o poseer un “carácter auténticamente alemán”.
Según esta gradación, no se es alemán, aunque se hable la lengua
alemana, si no se cumple la condición primera; pero esto no implica que
Fichte esté abriendo su concepto de “nación”, sino que supedita el
hecho del nacimiento y de la lengua a una condición superior,
manteniendo el carácter cerrado de su nacionalismo. Esta tercera
interpretación no excluye totalmente la primera, ya que parece que este
texto es incoherente con el resto del ensayo, aunque no por ello
debamos dejar de interpretarlo. No pienso, por tanto, que se pueda
decir, como hace Alain Renaut basándose en este fragmento, que “no se
nace alemán, se llega a serlo y se merece” (Teorías del nacionalismo,
Paidós, 1993, pág. 56). Se nace alemán pero, incluso naciendo en la
“nación” alemana, alguien puede no merecer ser considerado miembro
de este pueblo si no cree en unos determinados valores que Fichte
considera fundamentales.
La Reforma como una aportación fundamental del pueblo alemán

33

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Fichte considera que la Reforma protestante es una de las aportaciones
más importantes de Alemania a la historia. Según su interpretación, el
cristianismo asiático les resultaba extraño a los romanos; por eso lo
adulteraron, y esta versión romana fue la que adoptaron los germanos
que emigraron. Pero a pesar de esta degeneración del cristianismo, esta
religión seguía teniendo un fundamento auténtico. Lutero y las guerras
posteriores iniciadas en defensa de la Reforma evitaron “volver a caer
bajo el dominio del censurable papado” (pág. 103) y consiguieron “que
la luz del Evangelio, única salvadora, les iluminase a ellos y continuase
iluminando a sus hijos” (ibid.). Para Fichte, esto es “una prueba de la
idiosincrasia del pueblo alemán” (ibid.). Los príncipes alemanes se
apartaron al principio, por culpa de su “extranjerismo”, de la defensa de
la Reforma impulsada por Lutero, pero finalmente siguieron el sentir
mayoritario de su pueblo. De esta forma, de la preocupación por la
salvación del alma se llegó a la ruptura con la fe anterior.
La extensión de la Reforma iniciada por los alemanes a otros
países europeos es para Fichte un testimonio de la influencia de
Alemania en Europa. A pesar de esto, señala que
la nueva doctrina no consiguió en ningún país propiamente neolatino
una existencia reconocida por parte del Estado, con lo que parece ser
que, por una parte, en los gobernantes de estos países hubiese hecho
falta la profundidad alemana y en el pueblo, por otra, el buen carácter
alemán para encontrar compatible con la autoridad superior esta
doctrina y hacerla de esta manera. (Discursos, pág. 107)

Aunque parece que los pueblos extranjeros no están dotados de lo
necesario para asumir plenamente la Reforma, la influencia de ésta ha
sido importante y duradera, sobre todo entre las clases cultas. Los
protestantes alemanes hicieron que la filosofía sirviera al Evangelio.
Esto no pasó, sin embargo, “en el extranjero, que o bien no tenía un
Evangelio o bien no lo había comprendido con esa devoción pura y
profundidad de ánimo alemanas” (pág. 107).
La patria como garantía de la eternidad terrena

34

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Hasta este momento, Fichte se había centrado en mostrar las
diferencias entre los alemanes y los demás pueblos germánicos, pero
ahora su propósito es averiguar en qué consiste el patriotismo. Lo que
pretende demostrar es, nada más y nada menos, “que sólo el alemán [...]
tiene verdaderamente un pueblo y tiene derecho a contar con un pueblo,
y que sólo él es capaz del amor verdadero y racional a su nación” (pág.
135). Un pueblo es definido en su sentido superior de la siguiente forma:
“El conjunto total de hombres que conviven en sociedad y que se
reproducen natural y espiritualmente de manera continuada, que está
sometido en su totalidad a una determinada ley especial del desarrollo
de lo divino a partir de él” (pág. 139). El carácter “nacional” de un
pueblo está determinado por esa “ley del desarrollo de lo originario y
divino” (pág. 140). Los que no creen en una originalidad que se
desarrolla de manera continua “no forman ningún pueblo en sentido
superior, y como de hecho no existen, mucho menos pueden poseer un
carácter nacional” (ibid.).
La permanencia de un hombre en esta tierra “se basa en la
esperanza de la permanencia eterna del pueblo a partir del cual él
mismo se ha desarrollado, y en la esperanza de su peculiaridad según
aquella ley oculta, sin mezcla ni corrupción de nada extraño” (ibid.).
Fichte parece decantarse aquí por un ideal de pureza “nacional”, que no
debe entenderse en un sentido étnico o racial, ya que esto había sido
rechazado en el discurso cuarto (págs. 65-66). Se refiere, más bien, a la
pureza de los aspectos básicos que cree que dan a un pueblo su
idiosincrasia característica. El hombre noble debe desear que su pueblo
perdure porque ésta es la única forma de alcanzar la eternidad en esta
vida, “el único medio liberador con que se amplía en una vida duradera
el corto período de su vida aquí en la tierra” (pág. 140). Se debe amar al
propio pueblo porque “en él ha hecho aparición lo divino” (págs. 140141). Según Fichte, para salvar la continuidad de la “nación”, el
individuo tiene incluso que “querer morir para que ésta viva y él viva en
ella la única vida que ha deseado desde siempre” (pág. 141). No es

35

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

suficiente con conformarse con la patria celestial sino que hay que amar
la patria terrenal, porque “quien considera eterna su vida invisible y no
así su vida visible, puede que posea un cielo y dentro de éste su patria,
pero no tiene ninguna patria en esta tierra” (ibid.).
En estos Discursos se considera que “pueblo y patria en este
sentido, como portadores y garantía de la eternidad terrena y como
aquello que puede ser eterno aquí en la tierra, son algo que está por
encima del Estado” (pág. 142). El Estado se encarga de cuestiones
materiales como la seguridad y el trabajo, pero el amor a la patria
persigue otra cosa, se ocupa “del florecimiento aquí, en el mundo, de lo
eterno y de lo divino” (ibid.). Este amor es el que debe regir el Estado y
evitar que éste limite excesivamente la libertad en su búsqueda del
orden interno, porque ella es “garantía de su persistencia como
originario” (pág. 143). El amor a la patria es lo que proporciona una
meta superior, lo cual se hace especialmente importante cuando la
continuidad del Estado está en peligro; entonces, según Fichte, el
patriotismo cívico, el amor a la Constitución y a las leyes no sirve, la
única salvación posible es dejar arder en nosotros “la llama ardiente del
amor superior a la patria que entiende la nación como envolvente de lo
eterno” (pág. 145). La promesa de una vida eterna puede ayudar a morir
por la patria, de la misma forma que esta creencia ayudó a luchar a los
protestantes en la defensa de su fe, y a los germanos a enfrentarse al
dominio romano. A ellos hay que agradecerles, según Fichte, que la
“nación” alemana siga existiendo.
Fichte cree que los alemanes, como “pueblo originario”, son
capaces del amor a la patria, a pesar de que el Estado y la “nación”
estén separados, divididos en diferentes reinos y principados, al igual
que sucedía con los antiguos griegos, comparación que se utiliza varias
veces a lo largo de estos Discursos en contraposición a la perniciosa
influencia neolatina. Lo que indica la pertenencia a la “nación” es
básicamente la lengua. El hecho de que la “nación” alemana no
estuviese englobada dentro de un mismo Estado provocó que un
miembro de esa “nación” pudiera buscar un hogar en cualquiera de los

36

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

reinos alemanes; esto permitió que la patria en conjunto progresara, ya
que la libertad que no se encontraba en un lugar se podía buscar en
otro. Fichte se opone a una unidad de la “nación” alemana en un
Estado absolutista porque se muestra partidario “de la tradicional
república de pueblos” (pág. 156). Pero aunque se instalase el
absolutismo en un Estado alemán unificado, al menos los alemanes
habrían sido gobernados por alemanes, pues lo peor que puede suceder
es que la “nación” alemana esté gobernada por extranjeros. Si la
salvación de la patria alemana no se puede encontrar en el Estado,
entonces se debe buscar otro acomodo a “lo alemán” entre los
ciudadanos, que deben ser educados en esta mentalidad patriótica.
Fichte afirma que, a pesar de la invasión napoleónica y de la
pérdida de autonomía política, Alemania ha conservado su lengua y su
literatura, en las que ha podido seguir siendo una “nación”. Pero lo que
preocupa al filósofo es el futuro; piensa que la pérdida de autonomía
hará que la lengua alemana sea abandonada progresivamente para
agradar a los que ostentan el poder, porque “un pueblo que ha dejado
de gobernarse a sí mismo tiene también que renunciar a su lengua y
confundirse con el vencedor a fin de que surjan la unidad y la paz
interior” (pág. 216). Los que no dominen la lengua del vencedor serán
excluidos con el tiempo de los asuntos públicos. El hecho de que
Alemania esté dividida en diversos Estados ha provocado que el
elemento unificador más importante sea la lengua, por lo cual Fichte
considera que la tarea del escritor es fundamental y teme que se le
prohíba hablar de una “nación” alemana, lo que sería demoledor para la
continuidad de la misma.
El autor de estos Discursos cree en la existencia de unas fronteras
naturales basadas en la lengua; según él, “de esta frontera interior
levantada por la naturaleza espiritual del hombre mismo, resulta la
frontera exterior del lugar donde se habita” (pág. 224). Alemania está
unida por esa ley superior espiritual que configura la unidad de los
pueblos. Si se hubiese mantenido unida, habría podido evitar los
intentos de las potencias europeas de conquistarla, pero éstas

37

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

consiguieron dividirla aprovechándose “de la discordia surgida entre los
alemanes por las luchas de religión” (pág. 227). De esta forma, los
diferentes reinos alemanes se convirtieron en satélites de las naciones
europeas

más

importantes,

consistiendo

su

política

exterior

básicamente en alianzas extranjeras, pero sin que la mayoría pensara
en una federación que uniera a todos los alemanes. Según Fichte, la
unidad alemana habría traído la paz y el equilibrio a Europa, pero “el
engaño del extranjero la implicó en su injusticia y sus discordias” (pág.
228). La solución a los problemas de Alemania no se encuentra fuera,
“sino en la unión de los alemanes entre sí” (pág. 229). Fichte insiste en
estos discursos en sus ideas autárquicas, que ya desarrolló en El
Estado comercial cerrado, y sostiene que los alemanes no han mostrado
gran interés por la navegación y el expolio de otros pueblos porque
poseen todo lo que necesitan y pueden utilizar su ciencia como trueque.
Fichte rechaza, pues, todas las doctrinas favorables al comercio
internacional.
En el discurso decimotercero afirma también que la división de la
humanidad en pueblos responde a una ley suprema espiritual y divina:
Solamente cuando cada uno de estos pueblos abandonado a sí mismo
se desarrolla y configura conforme a su idiosincrasia, y en cada uno de
ellos cada individuo a su vez se desarrolla y configura también según lo
que es común a ese pueblo y a su propia peculiaridad, sólo entonces se
refleja realmente el fenómeno de la divinidad tal y como debe.
(Discursos, págs. 230-231)

Ir en contra de esa división natural en pueblos es, por tanto,
contradecir una ley divina. Por eso Fichte rechaza las pretensiones de
quienes persiguen crear una monarquía universal que unifique
diferentes pueblos porque, según él, lo que traerían consigo sería la
destrucción y la rapiña, no la paz que todos ansían.
En el discurso final se señala que el interlocutor al que se han
dirigido estos Discursos es toda la “nación” alemana, y que el objetivo de
los mismos era encender la llama del patriotismo. Se dirige a todos los
que aún piensan que Alemania es una gran “nación” que merece ser

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

conservada y defendida; les insta a que salgan de su apatía actual,
porque si no lo hacen su “nación” se extinguirá poco a poco. Estos
discursos finalizan con un llamamiento a los distintos miembros de la
sociedad alemana: los jóvenes, los ancianos, los hombres de negocios,
los pensadores, sabios y escritores, los príncipes y, en definitiva, todo el
pueblo alemán. Llamada a la que suma la voz de los antepasados que
lucharon contra los romanos, uno de los acontecimientos históricos a
los que Fichte hace más referencia, y también la de los que “cayeron en
la lucha santa por la libertad de religión y de fe” (pág. 262).
Conclusiones
La diferencia fundamental entre los alemanes y los demás pueblos
germánicos es lingüística. El pueblo alemán ha conservado su lengua a
lo largo de la historia; otros pueblos, en cambio, al emigrar adoptaron
lenguas neorrománicas. A partir de esta diferencia, Fichte concluye que
los primeros son un pueblo originario que posee una lengua “viva”, y los
segundos hablan una lengua “muerta”. Esto se traduce en una
superioridad de los alemanes, ya que los únicos que parecen dignos de
compararse con ellos son los griegos de la Antigüedad clásica, también
poseedores de una lengua “viva”.
Esa

presunta

superioridad

de

una

lengua

sobre

otra

es

absolutamente indefendible. Independientemente de los criterios que
utilicemos para justificar esa supremacía, éstos son completamente
infundados. Si pensamos, por ejemplo, que un idioma es superior a otro
porque ha contribuido de manera más decisiva al progreso científico o
al arte, esto se explicará normalmente por un mayor número de
hablantes o por una mayor fortaleza económica de los países donde se
habla ese idioma, no por una superioridad intrínseca de esa lengua.
Tampoco hay lenguas más dotadas que otras para la filosofía o la
ciencia. Puede que haya una mayor tradición de una disciplina
científica determinada en una lengua, y que otro idioma carezca de un
vocabulario técnico en esa materia. Esto podría fácilmente inducirnos a

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

pensar que una lengua es superior a la otra, lo que es falso, ya que esa
carencia puede ser solucionada creando los conceptos necesarios para
el desarrollo de esa disciplina científica mediante la composición y la
derivación de términos ya existentes en esa lengua o asimilando
palabras de otros idiomas, entre otros procedimientos lingüísticos
posibles. Se puede hacer ciencia, filosofía o literatura de primer nivel en
cualquier lengua desarrollada.
En principio, una “nación” que se base en la lengua debe
conducirnos a un nacionalismo de carácter “abierto”; es decir, para ser
aceptado como miembro de una “nación” es suficiente con hablar el
idioma

identificado

con

ella.

Por

otro

lado,

tendríamos

una

interpretación “cerrada”, basada en la etnia o la raza, rasgos que, en
principio, no pueden ser adquiridos ni abandonados, características
que se poseen genéticamente o por nacer en el seno de un grupo
determinado. Sin embargo, esto no se corresponde con el caso de Fichte
por varias razones. En primer lugar, la lengua no se considera un
atributo individual sino que es la expresión de una colectividad
“nacional”, la “nación” que Fichte pretende que hable a través de él.
Existe, además, una divinización de la misma: la lengua es la forma
como se conectan el ámbito sensible y el suprasensible. Este carácter
místico de la lengua “viva”, que otorga al pueblo que la posee un acceso
privilegiado al mundo espiritual, y el hecho de que se sea alemán por
haber nacido en ese ámbito lingüístico, independientemente de la
voluntad, nos lleva a pensar que estamos ante un nacionalismo
“cerrado”, que poco o nada tiene que ver con la mayoría de los
nacionalismos contemporáneos basados en la lengua. Hay que criticar
también el maniqueísmo con que Fichte diferencia unos pueblos de
otros: el pueblo que posee una lengua “viva” está dotado de unas
características positivas dignas de elogio, mientras que los demás
siempre poseen unos atributos negativos. Todo ello contribuye a una
caracterización simplista y ridícula.
En la clasificación del concepto de “nación” desarrollado en el
primer

apartado

del

capítulo

anterior,

distinguimos

entre

40

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

interpretaciones subjetivas y objetivas. La “nación” de Fichte pertenece
al segundo tipo en su versión simple, es decir, estaríamos ante un puro
objetivismo. Allí señalé que cuanto más se basaba un nacionalismo en
factores objetivos, más incompatible era con los valores de una
democracia.

Pensar

que

alguien

es

miembro

de

una

“nación”

únicamente porque habla una lengua determinada, independientemente
de su voluntad de pertenecer o no a la misma, es algo que choca de
pleno con la configuración de una “nación” como fruto de la libre
voluntad de sus miembros.
A pesar de la defensa del republicanismo y de la crítica del
absolutismo que hallamos en esta obra, el nacionalismo que se puede
derivar de estos discursos posee una agresividad potencial interna a la
propia “nación” digna de ser señalada. El expansionismo externo, en
cambio, debe ser descartado por las tendencias autárquicas del
pensamiento fichteano. Si todos los que hablan alemán son alemanes,
quieran o no serlo; si la “nación” alemana, al poseer una lengua “viva”,
al estar en íntima conexión con lo suprasensible, con lo divino, es la
única “nación” verdadera —concepción que únicamente podemos
calificar de megalómana—, ¿significa todo ello que estaría justificada
una anexión forzosa de los territorios que presuntamente pertenecen a
esa “nación”? Tal vez esto no estuviera en el ánimo de Fichte; sin
embargo, las consecuencias que se pueden extraer de sus ideas
caminan, desgraciadamente, en esa dirección.
Renan: la nación como un principio espiritual basado en la
voluntad y la historia
En este apartado trataré de analizar el concepto de nación que Ernest
Renan (1823-1892) desarrolló en su conocida conferencia de 1882
titulada ¿Qué es una nación? (Qu’est-ce qu’une nation?). Las referencias
indirectas a la guerra franco-prusiana acaecida entre julio de 1870 y
mayo de 1871, presentes a lo largo del texto, así como la opinión del
autor favorable a la devolución a Francia de Alsacia y Lorena, territorios

41

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

perdidos en esa guerra contra Prusia y sus aliados, son elementos que
debemos asimismo tener en cuenta en nuestro análisis. Este opúsculo,
breve y aparentemente sencillo, es más complejo en su interpretación
de lo que podría desprenderse de una primera lectura. Nos encontramos
ante un escrito muy citado, poco leído y, probablemente, peor entendido.
Muchos se acercan a él esperando encontrar una formulación
arquetípica de una concepción voluntarista de la nación, conclusión a
la que se puede llegar fácilmente con la lectura de alguna frase
descontextualizada. Pero, como veremos a continuación, esto no se
corresponde exactamente con la verdad.
Renan parte de una realidad empírica: “Desde el fin del Imperio
romano, o mejor, desde la dislocación del Imperio de Carlomagno,
Europa occidental se nos aparece dividida en naciones” (¿Qué es una
nación?, Alianza, 1987, pág. 60). A pesar de los intentos por dominar
todo el continente que algunos han protagonizado en el pasado, nadie
ha conseguido ejercer un dominio duradero. Además, Renan señala que
“las naciones así entendidas son algo bastante nuevo en la historia”
(pág. 61), porque en la Antigüedad no existían, al menos tal como se
conciben en la Edad Moderna. Lo que caracteriza a los Estados
modernos (Francia, Alemania, España, etc.) “es la fusión de las
poblaciones que los componen” (pág. 63), la unión de diferentes pueblos
conquistados y conquistadores. Por eso, “la esencia de una nación es
que todos los individuos tengan muchas cosas en común y que todos
hayan olvidado muchas cosas” (pág. 66). Para que la mezcla resultante
de diversas poblaciones que comparten numerosos elementos en común
sea posible, es necesario también que olviden las diferentes tribus o
pueblos a los que pertenecían antes de formar una única unidad
nacional. Tras estas reflexiones de carácter previo, el autor se pregunta
qué es una nación. Varias son las posibles respuestas que considera.
En primer lugar, se hace eco de la opinión de algunos teóricos
políticos que afirman que “una nación es ante todo una dinastía que
representa una antigua conquista aceptada primero y olvidada después
por la masa del pueblo” (pág. 68). Una simple constatación empírica,

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

método usado en numerosas ocasiones a lo largo de esta conferencia,
nos muestra que esta teoría es cierta en la mayoría de las ocasiones,
pero los casos de Suiza y Estados Unidos la rebaten, porque estas
naciones “no tienen ninguna base dinástica” (pág. 69). La conclusión a
la que llega es que “una nación puede existir sin principio dinástico, e
incluso naciones que han sido formadas por dinastías, pueden
separarse de ellas sin por ello dejar de existir” (pág. 70). Esto último lo
prueba el caso de Francia, que a pesar de perder su monarquía ha
seguido existiendo como nación. Renan se ve obligado a buscar lo que
llama el “derecho nacional” en otro lugar, pues podría derivarse de otros
elementos que analiza a continuación.
Lo primero que considera es la raza. De esta forma, una raza, por
ejemplo la germánica, estaría legitimada para reunir en una misma
nación a todos sus integrantes, “incluso cuando estos miembros no
demandan la reunificación” (ibid.). Si aceptáramos este principio, la
raza estaría por encima de la voluntad de sus componentes. Tal como
señala Renan, así se sustituye el derecho divino de los reyes por la
etnografía, encargada de dictar las fronteras. Sin embargo, la historia
demuestra la inoperancia de este principio, y varios ejemplos lo
prueban, como el Imperio romano y Francia. El primero estuvo formado
por multitud de comunidades étnicas totalmente diferentes unas de
otras, unidas en sus comienzos por la violencia y sostenidas después
por el interés. En el segundo caso, la formación de Francia como nación
nada tuvo que ver con la lógica etnográfica, sino con una unión de
diferentes pueblos que se han ido mezclando a lo largo del tiempo. Dos
conclusiones centrales se pueden extraer de esta cuestión: 1) “La
consideración etnográfica no ha existido, pues, para nada en la
constitución de las naciones modernas” (pág. 72); y 2) “La verdad es que
no hay raza pura y que hacer descansar la política sobre el análisis
etnográfico es hacerla apoyarse sobre una quimera” (ibid.). La política
no puede, por tanto, basarse en la etnografía.
Descartada la raza, Renan se centra en la lengua, la cual “invita a
la unión, pero no fuerza a ella” (pág. 76). Varios casos lo demuestran: el

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

hecho de que Estados Unidos e Inglaterra hablen el mismo idioma no
los convierte en una misma nación, al igual que España y los demás
países donde se habla español. En cambio, existe un ejemplo, el de
Suiza, donde se hablan diversos idiomas sin que esto socave su unidad,
lo que muestra que “hay en el hombre algo superior a la lengua: es la
voluntad” (pág. 77). Ya tenemos parte de la respuesta que dará Renan a
la pregunta que da título a la conferencia. La voluntad es la clave que
permitirá explicar cómo poblaciones diversas se mantienen unidas. Las
lenguas han sido importantes políticamente porque “se las ve como
manifestaciones de la raza” (ibid.), pero, al igual que ésta, no son el
elemento que permite explicar la existencia de una nación.
Finalmente, Renan examina tres últimos candidatos en su
búsqueda del principio de las naciones. El primero de ellos es la religión,
que también es rechazado. A diferencia de lo que sucedía en la Atenas
clásica, donde la religión era una religión de Estado y se debía
practicarla si se quería ser ateniense,
ya no hay masas que crean de un modo uniforme. Cada uno cree y
practica a su manera lo que puede y lo que quiere. Ya no hay religión de
Estado; se puede ser francés, inglés o alemán siendo católico,
protestante, israelí o no practicando ningún culto. La religión se ha
convertido en algo individual; compete a la conciencia de cada uno (pág.
80).

El segundo candidato es la unión de intereses, pero éste tampoco
es aceptado, porque una nación es también sentimiento, y “la
comunidad de intereses hace los tratados comerciales” (ibid.), pero no
las patrias. Por último considera la geografía, que será descartada al
igual que los dos candidatos anteriores. Renan reconoce que esta
disciplina “juega ciertamente un papel considerable en la división de las
naciones” (págs. 80-81), pero es un absurdo pretender que éstas se
fundamenten en presuntas divisiones naturales que son dotadas de
significado por la política y la historia, pero que en sí mismas carecen
de una capacidad delimitadora. La conclusión a la que llega Renan es
que “nada material es suficiente. Una nación es un principio espiritual,
resultante de profundas complicaciones de la historia; es una familia
44

El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

espiritual, no un grupo determinado por la configuración del suelo” (pág.
82).
¿En qué consiste ese “principio espiritual”, esa alma que define a
una nación? Dos características básicas la delimitan: “Una está en el
pasado, la otra en el presente. La una es la posesión en común de un
rico legado de recuerdos; la otra es el consentimiento actual, el deseo de
vivir juntos, la voluntad de continuar haciendo valer la herencia que se
ha recibido indivisa” (ibid.). Una herencia común de éxitos y de fracasos
junto con el deseo de construir un proyecto de vida colectivo. En una
frase que se ha hecho célebre, y cuyo sentido metafórico no debemos
olvidar, Renan afirma que “la existencia de una nación es (perdónenme
esta metáfora) un plebiscito de todos los días” (pág. 83). De ahí deduce
que “una nación jamás tiene un verdadero interés en anexionarse o
retener un país contra su voluntad. El voto de las naciones es, en
definitiva, el único criterio legítimo al que se debe siempre volver” (pág.
84).
Pero esta idea acarrea un gran peligro: la secesión y el
desmembramiento de las naciones modernas, sometidas al capricho de
voluntades volátiles y “a menudo poco ilustradas” (ibid.). La solución de
Renan a esta objeción es rebajar la rotundidad de sus afirmaciones
convirtiéndolas en enunciados genéricos, porque “las verdades de este
orden no son aplicables más que en su conjunto y de un modo muy
general” (ibid.). Es cierto que las voluntades humanas cambian, pero
también es verdad que “las naciones no son algo eterno. Han tenido un
inicio y tendrán un final” (ibid.), aunque Renan matiza esta idea al
señalar que su fin no llegará hasta un futuro lejano, donde quizá se
sustituyan por una confederación europea. Mientras tanto, “en la hora
presente, la existencia de las naciones es buena, incluso necesaria”
(ibid.).
Conclusiones

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

Debemos concluir que para Renan dos son los factores que definen a
una nación: la historia, entendida como memoria colectiva, y la
voluntad; una situada en el pasado, y otra en el presente, ambas en
igualdad de condiciones. Si aplicamos el esquema desarrollado en el
capítulo anterior, nos hallamos ante un subjetivista-objetivista (S-O)
que atribuye la misma importancia a los factores subjetivos (voluntad)
que a los objetivos (historia). Renan critica la mayoría de los elementos
considerados objetivos (la raza, la lengua o la religión), pero salva uno
de ellos: la historia, el legado común de recuerdos que comparte un
pueblo. La combinación de voluntad e historia nos da la nación.
Podríamos

habernos

decantado

por

definir

a

Renan

como

un

subjetivista-objetivista, pero con una preeminencia de lo subjetivo sobre
lo objetivo (SO); sin embargo, el texto no apunta en esa dirección ya que
estos dos elementos se colocan al mismo nivel. Resulta equivocada una
interpretación exclusivamente voluntarista de la conferencia de Renan,
afirmando que basa únicamente el principio espiritual nacional en la
voluntad de sus miembros. Lo que sustenta la nación es el deseo de
seguir juntos basado en un pasado común.
La aportación de Renan, además de estar formulada con
brillantez literaria, es sin duda de gran interés. Especialmente
destacables son sus referencias a la memoria histórica y, sobre todo, al
olvido. Lo que caracteriza a una nación no son sólo sus recuerdos
conjuntos sino también aquello que ha olvidado. La memoria se
convierte, de esta forma, en algo selectivo ajeno a la veracidad histórica.
Lo relevante no es si esos recuerdos y olvidos se corresponden con lo
realmente sucedido, sino la forma en cómo son vividos e interpretados,
y el hecho fundamental de que ayudan a la cohesión de la comunidad
nacional. Por eso afirma Renan que el progreso de la investigación
histórica puede ir en contra de esa memoria colectiva, por su capacidad
para desenmascarar falsos recuerdos y por sacar a la luz aquellos que
se han querido olvidar. Los orígenes diferenciados en el seno de una
nación no contribuyen a su unidad; saber que los miembros de una
colectividad pertenecían a grupos distintos que se han ido mezclando a

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

lo largo del tiempo puede socavar la idea de un único pueblo. Por ello la
mejor opción en este caso es el olvido, dejar de lado aquello que puede
debilitar la fortaleza de la nación.
Se pueden hacer dos críticas a la propuesta de Renan. En primer
lugar, su apelación a una memoria selectiva nos lleva a preguntarnos si
una nación debe basarse en la tergiversación histórica. Los cimientos de
una comunidad no deben fundamentarse nunca en el olvido, en el
rechazo del conocimiento de que en el pasado existían diferentes
pueblos a los que el devenir y, en muchas ocasiones, el azar histórico
ha ido uniendo hasta formar una única sociedad. Que la base de la
memoria colectiva sea la falsedad, que los recuerdos de una nación no
se correspondan con lo realmente acaecido sino con un relato selectivo
y, por tanto, manipulador, es construir unos cimientos basados en la
mentira. Pienso que conocer la historia de manera veraz y ajustada a
los hechos no va, en ningún caso, en contra de la unidad de un país,
siempre que esos conocimientos no se utilicen para dividir y para
enfrentar.
En segundo lugar, la apelación a la voluntad como un elemento
fundamental del mantenimiento y la creación de una nación, además de
inviable, es peligrosa. El propio Renan es consciente de ello y se da
cuenta de que su propuesta abre las puertas de par en par al
separatismo y al desmembramiento nacional, condenando de esta forma
a las naciones a la inestabilidad y sometiéndolas al vaivén de las
voluntades cambiantes. Sus intentos por rebajar la rotundidad de su
afirmación, convirtiéndola en una apelación de carácter genérico, no
resuelven el problema sino que lo deja en el aire.

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

3
Nacionalismo, cultura y lengua

La defensa nacionalista de la diversidad cultural
El nacionalismo suele presentarse como un defensor de la diversidad
cultural; en muchas ocasiones, como la mejor doctrina, o incluso la
única, capaz de garantizar la pluralidad que dice defender. Sin embargo,
esta supuesta defensa de la diversidad cultural tiene para esta ideología,
en la mayoría de los casos, un mero valor instrumental (11). Los
nacionalistas defienden la pluralidad entre lo que consideran “naciones”,
entre las sociedades que se ajustan a su modelo de pensamiento, pero
se muestran recelosos ante su propia pluralidad interna si ésta puede
hacer peligrar la hegemonía de la cultura o lengua que consideran
consustancial a su “nación”. En el mismo momento en que se pone en
riesgo la cultura “nacional”, por culpa de perniciosas influencias
exteriores o interiores, esa tolerancia se convierte en intolerancia, que

puede manifestarse con mayor o menor violencia hacia aquellos a
quienes consideran un peligro, a los cuales, por tanto, intentarán
asimilar y, si esto no es posible, expulsar o, incluso en casos más
extremos, exterminar, para evitar la contaminación de su “nación”.
La defensa de la diversidad cultural no es un patrimonio
exclusivo del nacionalismo. De hecho, esa posición no es
consecuente sino que responde más bien a otras causas. La mejor
forma de defender esa diversidad es considerarla un bien valioso por
razones ontológicas, de riqueza cultural o, si se quiere, por motivos
estéticos. Si se acabara con la pluralidad lingüística, por ejemplo, y una
lengua, la que sea, se convirtiera en la única dominante, nuestra

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El nacionalismo ¡vaya timo!

Roberto Augusto

cultura se empobrecería enormemente. Si aceptamos que el lenguaje es
la forma en la que se transmite el pensamiento, y que esa materia está
influenciada, en mayor o menor medida, por su vehículo de expresión,
debemos concluir que la existencia de una sola lengua produciría un
empobrecimiento del pensamiento. Todas las lenguas expresan formas
de ser de la naturaleza humana, igual que los bailes, las religiones, la
música, la gastronomía y tantas otras cosas, y esa pluralidad es una
enorme fuente de riqueza y de conocimiento de nosotros mismos. La
verdadera conciencia de la necesidad de conservar la pluralidad
cultural surge de la comprensión auténtica del valor que representa en
sí misma y no de ideologías como el nacionalismo, que solamente usa
este recurso de forma retórica para ocultar otros intereses. Esta
doctrina es, en el fondo, enemiga de esa pluralidad que dice defender
porque su interpretación de la realidad es unidimensional: una “nación”
debe tener una única cultura “nacional”, que siempre coincide, por
cierto, con la cultura de los nacionalistas.
Debemos hacer otra advertencia sobre el argumento de la defensa
de la pluralidad cultural. No todas las culturas merecen ser salvadas o
protegidas, al menos no la totalidad de sus costumbres, sobre todo
cuando vulneran derechos humanos fundamentales. La práctica de la
esclavitud puede ser un rasgo cultural que aumente la pluralidad de las
sociedades humanas. Es más plural un mundo donde se practica la
esclavitud en algunos lugares que otro donde no existe esa práctica en
ninguna parte. La defensa de la pluralidad como valor absoluto cae en
el absurdo. En cambio, podemos coincidir con los que afirman que
todas las culturas, independientemente de la moralidad o inmoralidad
de sus modos de vida, extinguidas o todavía existentes, merecen ser
conocidas, ya que aumentan nuestra comprensión del ser humano.
Pero nunca debemos olvidar que por encima del valor de la
pluralidad cultural está siempre el bienestar de las personas. Un
mundo plenamente desarrollado, donde no existan diferencias notables
desde un punto de vista económico entre las diversas regiones del
planeta, está destinado, necesariamente, a ser más homogéneo

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