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1. Juego de Tronos Cancion de Hielo y Fuego George RR Martin .pdf



Nombre del archivo original: 1.-Juego_de_Tronos_Cancion_de_Hielo_y_Fuego__-_George_RR_Martin.pdf
Título: Microsoft Word - Jdet.rtf
Autor: CurreN

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GEORGE

R.R. MARTIN

Juego de tronos

Canción de Hielo y Fuego / 1
G I G A M E S H

literatura fantástica

Juego de tronos

Título original: A Game of Thrones
Primera edición: octubre del 2002
© 1996, George R.R. Martin
Mapas: James Sinclair Símbolos heráldicos: Virginia Norey
Traducción del inglés: © 2002, Cristina Macía
Ilustración de cubierta: © 2002, Corominas
Derechos reservados en lengua castellana: © 2002, Alejo Cuervo editor
Ediciones Gigamesh C/. Ausias March, 26, desp. 44 08010 Barcelona
Fotomecánica: Pacmer, S.A. C/. Alcolea, 106 08014 Barcelona
Impresión: Tesys, S.A. C/. Floridablanca, 77 08015 Barcelona
ISBN: 84-932250-4-5 Depósito legal: B-6429-2002
Printed in Spain Impreso en España
Prohibida la reproducción de ninguna parte de esta
publicación, así como su almacenaje o transmisión
por ningún medio, sin permiso previo del editor.

PRESENTACIÓN

Hielo y fuego, invierno y verano, Norte y Sur. El eterno contraste entre lo cálido y lo gélido es
el eje sobre el que gira la trama de esta saga monumental, que marca el esperadísimo retorno de
George R.R. Martin a la literatura tras una pausa de más de diez años dedicados al medio
audiovisual. Lobos y dragones, casas nobiliarias y vasallos, guerreros valientes y cortesanos
intrigantes, hechiceros y brujas forman parte de esta Canción de Hielo y Fuego que ha cautivado a
los lectores estadounidenses desde su aparición en 1996.
Es otoño en el continente de Westeros, en un mundo en el que las estaciones han sido
trastocadas por un evento sideral y duran décadas. Mientras se preparan para el largo invierno que
se avecina, los habitantes de los Siete Reinos han asistido al derrocamiento de la dinastía de los
Targaryen, sangre de dragones cuyo linaje se remonta a más de dos siglos atrás, por parte de los
ejércitos de Robert Baratheon, libertador para unos, usurpador para otros. Viserys y Daenerys
Targaryen, últimos supervivientes de la dinastía, se han visto abocados al exilio en las tierras libres
del este, donde planean reunir un ejército que les permita recuperar sus reinos perdidos. Entretanto,
en la fría y austera Invernalia vive Eddard Stark, Guardián de las Tierras del Norte, amigo íntimo y
general del rey, con su mujer y sus seis hijos que están llamados a ser protagonistas, aun
involuntarios, de acontecimientos futuros. A la muerte en circunstancias sospechosas del consejero
principal del rey y cuñado de Eddard, Robert pide a su viejo amigo que abandone sus dominios
septentrionales y se reúna con él en Desembarco del Rey, la capital del reino. Allí se enfrentará a las
intrigas de la reina Cersey de su hermano Jaime el Matarreyes, capitán de la Guardia Real, verdugo
del último rey Targaryen y sospechoso de mantener relaciones incestuosas con su hermana la reina...
Como puede verse, ni siquiera el incesto es un tema tabú para Martin. Su potente prosa le
permite adentrarse sin temor en los rincones más profundos de la naturaleza humana, desarrollar
cientos de personajes, mezclar tramas simultáneas como sólo un maestro puede hacerlo. Diferentes
puntos de vista se entrecruzan durante todo el libro, debido a la original puesta en escena que Martin
nos ofrece: cada capítulo está narrado desde el punto de vista de uno de los personajes. El mundo de
Westeros está construido con una riqueza abrumadora y una originalidad impresionante. Sirva como
ejemplo el concepto majestuoso del gran Muro
del Norte, un muro de hielo de decenas de metros de altura y espesor que cruza todo el
continente de este a oeste y que protege los reinos civilizados de los pueblos bárbaros del lejano y frío
norte. Los guardianes del Muro son los Hermanos Negros de la Guardia de la Noche, un cuerpo
policial-militar con aires de orden religiosa que ofrece una segunda oportunidad de llevar una vida
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literatura fantástica

Juego de tronos

honorable a proscritos y condenados, cuya pena es inmediatamente conmutada si aceptan «vestirse de
negro».
Concebida originalmente en cuatro volúmenes, la saga vio pronto aumentada su longitud a
seis tomos, de los cuales este Juego de Tronos es el primero. Los dos volúmenes siguientes, A Clash of
Kings y A Storm of Swords, están ya disponibles para el público anglosajón, y el cuarto, A Feast for
Crows, tiene prevista su aparición en noviembre del 2002. Los títulos provisionales de los volúmenes
quinto y sexto son A Dance for Dragons y The Winds of Winter, respectivamente. La saga no tuvo un
arranque espectacular; la edición en tapa dura de Juego de Tronos no llegó a ser éxito de ventas, y no
fue hasta la aparición de la edición en paperback que las ventas no se dispararon. El enorme éxito de
la edición en tapa blanda aumentó las ventas de A Clash of Kings, ya en tapa dura, y A Storm of
Swords alcanzó el duodécimo puesto en la prestigiosa lista de best sellers del New York Times en
noviembre del 2000. A consecuencia de este éxito a posteriori, la primera edición de Juego de tronos
se cotiza a precios espectaculares en el mercado del coleccionista. El propio Martin pone a la venta
en su página web varios ejemplares por quinientos dólares, cuando el precio original era de veinte.
En cuanto al autor, George R.R. Martin es sobradamente conocido por el aficionado de habla
hispana. Su primera novela, Muerte de la luz, publicada por Edhasa (en Nebulae Segunda Época), es
una pieza de coleccionista, o más bien lo era antes de su reedición en esta misma colección. Sus obras
Sueño del Fevre y Los viajes de Tuf son clásicos del género, y han gozado de un respetable éxito en
España. Asimismo, Martin da muestra de su destreza en una serie de cuentos cortos, recopilados en
varias antologías, que le han valido cuatro Hugos y dos Nébulas hasta la fecha. Especialmente
recomendables son "Los reyes de la arena", premios Hugo y Nébula, una escalofriante historia sobre
los peligros de jugar a ser Dios, y "Una canción para Lya", premio Hugo, un bellísimo canto a una
mujer que abraza una religión alienígena.
Esperamos que nuestros lectores estén de acuerdo con nosotros en que esta saga es la mejor y
más impresionante obra de fantasía mitológica que se haya escrito después de Tolkien. Decidan por
ustedes mismos.
JOSEP BURILLO

Este es para Melinda.
Dicen que en los detalles está el demonio.
Un libro tan largo como éste tiene muchísimos demonios, y hay que estar alerta para no caer
en sus garras. Por suerte, yo conozco a muchísimos ángeles.
Mi agradecimiento y mi aprecio, por lo tanto, a todas esas buenas personas que me prestaron
sus oídos y sus conocimientos (y, en varios casos, sus libros) para que pudiera salir bien parado entre
tantos detalles: a Sage Walker, Martin Wright, Melinda Snodgrass, Cari Keim, Bruce Baugh, Tim
O'Brien, Roger Zelazny, Jane Lindskold y Laura J. Mixon, y por supuesto, a Parris.
Y un agradecimiento especial a Jennifer Hershey, por sus esfuerzos que van por encima y más
allá del deber...

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literatura fantástica

Juego de tronos

PRÓLOGO
—Deberíamos volver ya —instó Gared mientras los bosques se tornaban más y más oscuros a su
alrededor—. Los salvajes están muertos.

sonrisa.

—¿Te dan miedo los muertos? —preguntó Ser Waymar Royce, insinuando apenas una

—Los muertos están muertos —contestó Gared. No había mordido el anzuelo. Era un anciano
de más de cincuenta años, y había visto ir y venir a muchos jóvenes señores—. No tenemos nada que
tratar con ellos.
—¿Y de veras están muertos? —preguntó Royce delicadamente—. ¿Qué prueba tenemos?
—Will los vio —respondió Gared—. Si él dice que están muertos, no necesito más pruebas.
—Mi madre me dijo que los muertos no cantan canciones —intervino Will. Sabía que lo iban
a meter en la disputa tarde o temprano. Le habría gustado que fuera más tarde que temprano.
—Mi ama de cría me dijo lo mismo, Will —replicó Royce—. Nunca creas nada de lo que te
diga una mujer cuando estás junto a su teta. Hasta de los muertos se pueden aprender cosas. —Su voz
resonó demasiado alta en el anochecer del bosque.
—Tenemos un largo camino por delante —señaló Gared—. Ocho días, hasta puede que nueve.
Y se está haciendo de noche.
—Como todos los días alrededor de esta hora —dijo Ser Waymar Royce después de echar una
mirada indiferente al cielo—. ¿La oscuridad te atemoriza, Gared?
Will percibió la tensión en torno a la boca de Gared y la ira apenas contenida en los ojos, bajo
la gruesa capucha negra de la capa. Gared llevaba cuarenta años en la Guardia de la Noche, buena
parte de su infancia y toda su vida de adulto, y no estaba acostumbrado a que se burlaran de él. Pero
eso no era todo. Will presentía algo más en el anciano aparte del orgullo herido. Casi se palpaba en él
una tensión demasiado parecida al miedo.
Will compartía aquella intranquilidad. Llevaba cuatro años en el Muro. La primera vez que lo
habían enviado al otro lado, recordó todas las viejas historias y se le revolvieron las tripas. Después se
había reído de aquello. Ahora era ya veterano de cien expediciones, y la interminable extensión de
selva oscura que los sureños llamaban el Bosque Encantado no le resultaba aterradora.
Hasta aquella noche. Aquella noche había algo diferente. La oscuridad tenía un matiz que le
erizaba el vello. Llevaban nueve días cabalgando hacia el norte, hacia el noroeste y hacia el norte otra
vez, siempre alejándose del Muro, tras la pista de unos asaltantes salvajes. Cada día había sido peor
que el anterior, y aquél era el peor de todos. Soplaba un viento gélido del norte, que hacía que los
árboles susurraran como si tuvieran vida propia. Durante toda la jornada Will se había sentido
observado, vigilado por algo frío e implacable que no le deseaba nada bueno. Gared también lo había
percibido. No había nada que Will deseara más que cabalgar a toda velocidad hacia la seguridad que
ofrecía el Muro, pero no era un sentimiento que pudiera compartir con un comandante.
Y menos con un comandante como aquél.
Ser Waymar Royce era el hijo menor de una antigua casa con demasiados herederos. Era un
joven de dieciocho años, atractivo, con ojos grises, gallardo y esbelto como un cuchillo. A lomos de su
enorme corcel negro, se alzaba muy por encima de Will y. Gared, montados en caballos pequeños y
recios adecuados para el terreno. Calzaba botas de cuero negro y vestía pantalones negros de lana,
guantes negros de piel de topo, y una buena chaquetilla ceñida de brillante cota de malla sobre varias
prendas de lana negra y cuero tratado. Ser Waymar llevaba menos de medio año como Hermano
Juramentado en la Guardia de la Noche, pero sin duda se había preparado bien para su vocación. Al
menos en lo que a la ropa respectaba.
La capa era su mayor orgullo: de marta cibelina, gruesa, suave y negra como el carbón.
—Apuesto a que las mató a todas con sus propias manos —había comentado Gared en los
barracones, mientras bebían vino—. Seguro que nuestro gran guerrero les arrancó las cabecitas él
mismo.
Todos se habían reído.
«Es difícil aceptar órdenes de un hombre del que te burlas cuando bebes», reflexionó Will
mientras tiritaba a lomos de su montura. Gared debía de estar pensando lo mismo.
—Mormont dijo que siguiéramos sus huellas, y ya lo hemos hecho —dijo Gared—. Están
muertos. No volverán a molestarnos. Nos queda un camino duro por delante. No me gusta este clima.
Si empieza a nevar, tardaremos quince días en volver, y la nieve es lo mejor que podemos
encontrarnos. ¿Habéis visto alguna tormenta de hielo, mi señor?
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literatura fantástica

Juego de tronos

El joven señor no parecía escucharlo. Observaba la creciente oscuridad del crepúsculo con
aquella mirada suya, entre aburrida y distraída. Will había cabalgado el tiempo suficiente junto al
caballero para saber que era mejor no interrumpirlo cuando mostraba aquella expresión.
—Vuelve a contarme lo que viste, Will. Con todo detalle. No te dejes nada.
Will había sido cazador antes de unirse a la Guardia de la Noche. Bueno, en realidad había
sido furtivo. Los jinetes libres de los Mallister lo habían atrapado con las manos manchadas de sangre
en los bosques de los Mallister, mientras despellejaba un ciervo de los Mallister, y tuvo que elegir
entre vestir el negro o perder una mano. No había nadie capaz de moverse por los bosques tan
sigilosamente como Will, y los hermanos negros no tardaron en explotar su talento.
—El campamento está tres kilómetros más adelante, pasado aquel risco, justo al lado de un
arroyo —dijo Will—. Me acerqué tanto como me atreví. Eran ocho, hombres y mujeres. Niños no, al
menos no vi ninguno. Habían puesto una especie de tienda contra la roca. La nieve ya la había cubierto
casi del todo, pero la vi. No había ninguna hoguera, aunque el lugar donde habían encendido una se
distinguía claramente. Ninguno se movía, los observé un buen rato. Ningún ser vivo ha estado jamás
tan quieto.
—¿Viste sangre?
—La verdad es que no —admitió Will.
—¿Y armas?
—Algunas espadas, unos cuantos arcos... Uno de los hombres tenía un hacha. De doble filo,
parecía muy pesada, un buen trozo de hierro. Estaba en el suelo, junto a su mano.
—¿Recuerdas en qué postura se encontraban los cuerpos? —Un par de ellos estaban sentados
con la espalda contra la roca —contestó Will encogiéndose de hombros—. La mayoría, tendidos en el
suelo. Como caídos.
—O dormidos —sugirió Royce.
—Caídos —insistió Will—. Había una mujer en la copa de un tamarindo, medio escondida
entre las ramas.'Una vigía. —Esbozó una sonrisa—. Tuve buen cuidado de que no me viera. Cuando
me acerqué, vi que ella tampoco se movía. —Muy a su pesar, se estremeció.
—¿Tienes frío? —preguntó Royce.
—Un poco —murmuró Will—. El viento, 'mi señor.
El joven caballero se volvió hacia el guardia de pelo cano. Las hojas que la escarcha había
hecho caer de los árboles pasaron susurrantes junto a ellos, y el corcel de Royce se movió,
inquieto.
—¿Qué crees que pudo matar a esos hombres, Gared? —preguntó Ser Waymar en tono
despreocupado. Se ajustó el pliegue de la larga capa de marta.
—El frío —replicó Gared con certeza férrea—. Vi a hombres morir congelados el pasado
invierno, y también el anterior, cuando era casi un niño. Todo el mundo habla de nieve de quince
metros de espesor, y de cómo el viento gélido llega aullando del norte, pero el verdadero enemigo
es el frío. Se echa encima de uno más sigiloso que Will, al principio se tirita y castañetean los
dientes, se dan pisotones contra el suelo, y se sueña con vino caliente y con una buena hoguera. Y
quema, vaya si quema. No hay nada que queme como el frío. Pero sólo durante un tiempo. Luego
se mete dentro y empieza a invadirlo todo, y al final no se tienen fuerzas para combatirlo. Es más
fácil sentarse, o echarse a dormir. Dicen que al final no se siente ningún dolor. Primero se está
débil y amodorrado, y todo se vuelve nebuloso, y luego es como hundirse en un mar de leche
tibia. Como muy tranquilo todo.
—Qué elocuencia, Gared —observó Ser Waymar—. No me imaginaba que te expresaras
así.
—Yo también he tenido el frío dentro, joven señor. —Gared se echó la capucha hacia
atrás para que Ser Waymar le viera bien los muñones donde había tenido las orejas—. Las dos
orejas, tres dedos de los pies, y el meñique de la mano izquierda. Salí bien parado. A mi hermano
lo encontramos congelado en su turno de guardia, con una sonrisa en los labios.
—Tendrías que usar ropa más abrigada —dijo Ser Waymar encogiéndose de hombros.
Gared miró al joven señor y se le enrojecieron las cicatrices en torno a los oídos, allí
donde el maestre Aemon le había amputado las orejas.
—Ya veremos hasta qué punto podéis abrigaros cuando llegue el invierno. —Se subió la
capucha y se encorvó sobre su montura, silencioso y hosco.
—Si Gared dice que fue el frío... —empezó Will.
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Juego de tronos

—¿Has hecho alguna guardia esta semana pasada, Will?
—Sí, mi señor. —No había semana en que no hiciera una docena de guardias de mierda.
¿Adónde quería llegar con aquello?
—¿Y cómo estaba el Muro?
—Lloraba —dijo Will con el ceño fruncido. Ahora que el joven señor lo señalaba, estaba
claro—. Si el Muro lloraba, no se pudieron congelar. No hacía suficiente frío.
—Muy perspicaz —asintió Royce—. La semana pasada hemos tenido unas cuantas
heladas ligeras, y algunas ráfagas de nieve, pero en ningún momento hizo tanto frío para que ocho
adultos murieran congelados. Y te recuerdo que eran hombres con ropas de piel y cuero, que
estaban cerca de un refugio y que sabían cómo encender una hoguera. —La sonrisa del caballero
no podía ser más confiada—. Llévanos hasta ese lugar, Will. Quiero ver a los muertos con mis
propios ojos.
Y ya no hubo más que hablar. La orden estaba dada, y el honor los obligaba a obedecerla.
Will abrió la marcha con su montura desgreñada, eligiendo cauteloso el camino entre la
maleza. La noche anterior había caído una ligera nevada, y había piedras, raíces y depresiones
ocultas al acecho del descuidado y el imprudente. A continuación iba Ser Waymar Royce sobre el
gran corcel negro que pifiaba impaciente. Un corcel no era montura adecuada para una expedición
de exploración, pero cualquiera se lo decía al joven señor. Gared cerraba la marcha. El anciano
guardia iba murmurando para sus adentros mientras cabalgaba.
Caía la noche. El cielo despejado se volvió de un tono púrpura oscuro, el color de un
moretón viejo, y se fue tornando negro. Empezaron a aparecer las estrellas y una media luna. Will
agradeció la luz en su fuero interno.
—Seguro que podemos ir a mejor paso —dijo Royce cuando la luna brilló en el cielo.
—Con este caballo, no —replicó Will. El miedo lo había vuelto insolente—. ¿Quiere mi
señor abrir la marcha? Ser Waymar Royce no se dignó a responder. En algún lugar del bosque, un
lobo aulló.
Will hizo que su caballo se situara bajo un viejo tamarindo nudoso, y desmontó.
—¿Por qué te detienes? —preguntó Ser Waymar.
—Mejor vamos a pie el resto del camino, mi señor. Está cerca, tras aquel risco.
Royce se detuvo un instante, mirando a lo lejos con gesto reflexivo. El viento frío soplaba
entre los árboles. La larga capa de marta se agitó tras él como una cosa semiviva.
—Aquí falla algo —murmuró Gared.
—¿De verdad? —dijo el joven caballero con una sonrisa desdeñosa.
—¿No lo notáis? —preguntó Gared—. Escuchad la oscuridad.
Will sí lo notaba. Llevaba cuatro años en la Guardia de la Noche, y nunca había tenido tanto
miedo. ¿Qué pasaba?
—Viento. El susurro de los árboles. Un lobo. ¿Cuál de esos ruidos es el que asusta tanto,
Gared?
Al ver que Gared no respondía, Royce se bajó del caballo con gesto elegante. Ató el corcel a
una rama baja, a buena distancia de los otros caballos, y desenvainó la espada larga. La empuñadura
refulgía con el brillo de las piedras preciosas, y la luz de la luna parecía fluir por el acero pulido. Era
un arma magnífica, forjada en Castillo; y estaba nueva. Will pensó que nadie la había blandido jamás
con ira.
—Aquí los árboles están muy juntos —avisó—. La espada se os va a enredar con las ramas,
mi señor. Es mejor llevar un cuchillo.
—Cuando necesite consejos, los pediré —replicó el joven señor—. Tú quédate aquí, Gared,
vigila los caballos.
—Nos hará falta una hoguera. —Gared desmontó—. Yo me encargo.
—¿Eres completamente idiota, viejo? Si hay enemigos al acecho en este bosque, lo que menos
falta nos hace es una hoguera.
—El fuego mantendría alejados a algunos enemigos —señaló Gared—. Osos, lobos huargo
y... y otras cosas.
—Nada de hogueras. —Ser Waymar apretó los labios.
La capucha de Gared le ensombrecía el rostro, pero Will advirtió que tenía un brillo duro en
los ojos al mirar al caballero. Durante un momento temió que el anciano fuera a desenvainar la espada.
Era un arma corta y fea, con la empuñadura descolorida por el sudor y melladuras en la hoja tras
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Juego de tronos

muchos años de uso frecuente, pero Will no habría apostado nada por la vida del joven señor si Gared
llegaba a esgrimirla.
—Nada de hogueras —murmuró Gared entre dientes bajando la vista.
Royce lo consideró un acatamiento y se dio media vuelta.
—Guíame —dijo a Will.
Will se abrió camino por un bosquecillo y ascendió por la ladera hasta el pequeño risco donde
podía ocupar una posición ventajosa junto al árbol centinela. Bajo la capa fina de nieve, el terreno
estaba húmedo y fangoso, resbaladizo, plagado de piedras y raíces ocultas con las que cualquiera podía
tropezar. Will no hacía el menor ruido al avanzar. A su espalda, oía el suave tintineo de la cota de
malla del joven señor, el crujir de las hojas y maldiciones entre dientes cada vez que la espada se le
enredaba con las ramas y se le enganchaba la espléndida capa de marta.
El enorme centinela estaba justo en la cima del risco, donde Will recordaba, las ramas más
bajas a menos de medio metro del suelo. Will se tendió de bruces sobre la nieve y el lodo, y se deslizó
bajo ellas para espiar el claro desierto de abajo.
El corazón le dio un vuelco. Durante un instante no se atrevió ni a respirar. La luz de la luna
iluminaba el claro, las cenizas de la hoguera, la tienda cubierta de nieve, la gran roca y el arroyuelo
casi congelado. Todo estaba igual que unas horas antes.
Habían desaparecido. Todos los cadáveres habían desaparecido.
—¡Dioses! —oyó a su espalda. Ser Waymar Royce acababa de cortar una rama con la espada.
Se encontraba junto al centinela, con el arma todavía empuñada y la capa ondeando al viento; las
estrellas iluminaban el noble perfil que cualquiera podía ver.
—¡Agachaos! -susurró Will, apremiante—. Algo va mal.
Royce no se movió. Contempló el claro desierto al pie del risco, y dejó escapar una carcajada.
—Por lo visto tus cadáveres han levantado el campamento.
Will se había quedado mudo. Las palabras no le venían a la mente. Aquello era imposible.
Recorrió una y otra vez el campamento con la mirada. Un hacha de combate enorme, de doble filo,
seguía tirada donde la había visto la vez anterior. Un arma de gran valor...
—Ponte de pie, Will —ordenó Ser Waymar—. Ahí no hay nadie. No te quiero ver
escondiéndote bajo un arbusto. —Will obedeció de mala gana. Ser Waymar lo miró con
desaprobación—. No pienso fracasar en mi primera expedición y ser el hazmerreír del Castillo Negro.
Encontraremos a esos hombres cueste lo que cueste. —Miró a su alrededor—. Sube a ese árbol.
Venga, deprisa. A ver si divisas una hoguera.
Will se dio media vuelta sin decir nada. Era inútil discutir. El viento soplaba y se le clavaba en
los huesos. Llegó junto al árbol, el centinela gris verdoso, y empezó a trepar. Ya tenía las manos
pegajosas de savia antes de desaparecer entre las agujas. El miedo le atenazaba las entrañas como una
comida mal digerida. Susurró una plegaria a los dioses sin nombre del bosque y sacó una daga de la
vaina. Se la puso entre los dientes para seguir trepando con las dos manos. El sabor del hierro frío le
proporcionó cierto consuelo.
De pronto, oyó la voz del joven señor al pie del árbol.
—¿Quién anda ahí?
Will detectó cierta inseguridad pese al tono desafiante. Se detuvo. Escuchó. Miró.
Los bosques le dieron la respuesta: el rumor de las hojas, el gélido discurrir del arroyo, el
ulular lejano de un búho de las nieves... Los Otros no hacían ruido.
Will divisó un movimiento por el rabillo del ojo. Unas sombras claras se deslizaban entre los
árboles. Giró la cabeza y vio otra sombra blanca en la oscuridad. Desapareció al instante. El viento
agitaba suavemente las ramas y hacía que se arañaran unas a otras con dedos de madera. Will tomó
aliento para lanzar un grito de advertencia, pero las palabras se le congelaron en la garganta. Quizá
estuviera equivocado. Quizá había sido sólo un pájaro, un reflejo sobre la nieve, un espejismo de la luz
de la luna. Al fin y al cabo, ¿qué había visto?
—¿Dónde estás, Will? —preguntó Ser Waymar desde abajo—. ¿Ves algo? —Caminaba con
cautela, de pronto alerta, espada en mano. Él también debía de haber advertido su presencia, aun sin
verlos—. ¡Responde! ¿Por qué hace tanto frío? —añadió.
Era cierto, hacía mucho frío. Will, tiritando, se aferró todavía con más fuerza a la rama.
Apretó la cara contra el tronco del centinela. Notó la savia dulce y pegajosa en la mejilla.
Una sombra surgió de la oscuridad del bosque. Se alzó ante Royce. Era alta, tan dura y flaca
como los huesos viejos, con carne pálida como la leche. Su armadura parecía cambiar de color cada
vez que se movía; en un momento dado era blanca como la nieve recién caída, al siguiente negra como
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Juego de tronos

las sombras, o salpicada del oscuro verde grisáceo de los árboles. Con cada paso que daba, los juegos
de luces y sombras danzaban como la luz de la luna sobre el agua.
Will oyó cómo a Ser Waymar Royce se le escapaba el aliento en un sonido siseante.
—No te acerques más —dijo el joven señor.
Tenía la voz chillona como la de un niño. Se echó la larga capa de marta más hacia atrás sobre
los hombros para tener libertad de movimiento en los brazos durante el combate, y agarró la espada
con ambas manos. El viento había cesado. Hacía mucho, mucho frío.
El Otro se deslizó adelante con pasos silenciosos. Llevaba en la mano una espada larga que no
se parecía a ninguna que Will hubiera visto en la vida. En su forja no había tomado parte metal
humano alguno. Era un rayo de luna translúcido, una esquirla de cristal tan delgada que casi no se veía
de canto. Aquella arma emitía un tenue resplandor azulado, una luz fantasmagórica que centelleaba en
su filo, y sin saber por qué Will comprendió que era más cortante que cualquier hoja. 20
—Adelante si quieres, bailemos. —Ser Waymar le hizo frente con valentía.
Alzó la espada por encima de la cabeza, desafiante. Le temblaban las manos a causa del peso,
o tal vez fuera por el frío. Pero Will pensó que en aquel momento ya no era un crío, sino un hombre de
la Guardia de la Noche.
El Otro se detuvo. Will le vio los ojos; azules, más oscuros y más azules que ningún ojo
humano, de un azul que ardía como el hielo. Miró la espada temblorosa sobre la cabeza de Ser
Waymar y vio cómo la luz de la luna fluía por el metal. Durante un instante, se atrevió a albergar
esperanzas.
Salieron de entre las sombras en silencio, todos idénticos al primero. Eran tres... cuatro...
cinco... Quizá Ser Waymar llegó a sentir el frío que emanaba de ellos, pero no los vio, no oyó cómo se
aproximaban. Will tenía que lanzar un grito de aviso. Era su deber. Y su muerte, si osaba hacerlo. Se
estremeció, se aferró al árbol con más fuerza y guardó silencio.
La espada transparente hendió el aire.
Ser Waymar la detuvo con acero. Cuando las hojas chocaron, no se oyó el ruido de metal
contra metal; tan sólo un sonido agudo, silbante, casi por encima del umbral de audición, como el grito
de dolor de un animal. Royce paró el segundo golpe, y el tercero, y luego retrocedió un paso. Otro
intercambio de golpes, y volvió a retroceder.
Tras él, a derecha e izquierda, los observadores aguardaban pacientes, silenciosos, sin rostro,
el dibujo cambiante de sus delicadas armaduras los hacía casi invisibles en el bosque. Pero no hicieron
ademán alguno de intervenir.
Las espadas chocaron una y otra vez, hasta que Will sintió deseos de taparse los oídos para
protegerse del lamento angustioso que emitían. Ser Waymar jadeaba ya por el esfuerzo, el aliento le
surgía en nubecillas blancas a la luz de la luna. La hoja de su espada estaba cubierta de escarcha; la del
Otro brillaba con luz azul.
Entonces, el quite de Royce llegó un instante demasiado tarde. La hoja transparente le cortó la
cota de malla bajo el brazo. El joven señor lanzó un grito de dolor. La sangre manó entre las anillas.
Despedía vapor en medio de aquel frío, y las gotas eran rojas como llamas al llegar a la nieve. Ser
Waymar se llevó la mano al costado. El guante de piel de topo quedó teñido de rojo.
El Otro dijo algo en un idioma que Will no conocía; la voz era como el crujido del hielo en un
lago invernal, y las palabras sonaban burlonas.
—¡Por Robert! —gritó Ser Waymar Royce haciendo acopio de toda su furia.
Y se lanzó hacia delante con un rugido, blandiendo la espada escarchada con ambas manos y
descargando todo su peso en un ataque en arco paralelo al suelo. El Otro paró el golpe con un
movimiento casi casual.
Cuando las hojas se encontraron, el acero saltó en mil pedazos.
Un grito despertó ecos en el bosque nocturno, y los restos de la espada salieron disparados
como una lluvia de agujas. Royce cayó de rodillas entre gritos, y se tapó los ojos. La sangre manó
entre sus dedos.
Los observadores se adelantaron al unísono, como si les hubieran dado alguna señal. Las
espadas se alzaron y descendieron en un silencio sepulcral. Fue una carnicería sin ira. Las hojas
translúcidas hendían la cota de malla como si fuera seda. Will cerró los ojos. Bajo él, sonaban voces y
risas agudas como carámbanos.
Cuando reunió el valor necesario para mirar de nuevo, ya había pasado mucho tiempo, y el
risco estaba desierto.
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Juego de tronos

Siguió entre las ramas, sin apenas atreverse a respirar, mientras la luna se deslizaba por el
cielo negro. Por fin, con los músculos agarrotados y los dedos entumecidos por el frío, bajó del árbol.
El cadáver de Royce yacía de bruces en la nieve, con un brazo extendido. La gruesa capa de
marta estaba desgarrada por mil sitios. Allí tendido, muerto, resultaba más obvio que nunca que era
muy joven. Un niño.
Encontró a unos metros lo que quedaba de la espada, con la punta rota y retorcida como un
árbol sobre el que hubiera caído un rayo. Will se arrodilló, miró a su alrededor con cautela y la
recogió. La espada rota sería la prueba que necesitaba. Gared sabría qué significaba, y si no, lo sabría
el viejo oso Mormont, o el maestre Aemon. ¿Seguiría Gared esperando con los caballos? Tenía que
darse prisa.
Will se levantó. Ser Waymar Royce estaba de pie junto a él.
Sus ropas lujosas eran andrajos; el rostro, una máscara ensangrentada. Tenía un fragmento
afilado de su espada clavado en la pupila blanca y ciega del ojo izquierdo.
El derecho estaba abierto. La pupila ardía con un brillo azul. Veía.
La espada rota se le cayó de los dedos. Will cerró los ojos para rezar. Unas manos largas y
elegantes le acariciaron la mejilla y se cerraron en torno a su garganta. Iban enguantadas en piel de topo de
la mejor calidad, y estaban pegajosas por la sangre, pero su roce era frío como el hielo.

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Juego de tronos

BRAN

El día había amanecido fresco y despejado, con un frío vivificante que señalaba el final del
verano. Se pusieron en marcha con la aurora para ver la decapitación de un hombre. Eran veinte en
total, y Bran cabalgaba entre ellos, nervioso y emocionado. Era la primera vez que lo consideraban
suficientemente mayor para acompañar a su padre y a sus hermanos a presenciar la justicia del rey.
Corría el noveno año de verano, y el séptimo de la vida de Bran.
Habían sacado al hombre de un pequeño fortín de las colinas. Robb creía que se trataba de un
salvaje, que había puesto su espada al servicio de Mance Rayder, el Rey-más-allá-del-Muro. A Bran se
le ponía la carne de gallina sólo con pensarlo. Recordaba muy bien las historias que la Vieja Tata les
había contado junto a la chimenea. Los salvajes eran crueles, les decía, esclavistas, asesinos y
ladrones. Se apareaban con gigantes y con espíritus malignos, se llevaban a los niños de las cunas en
mitad de la noche y bebían sangre en cuernos pulidos. Y sus mujeres yacían con los Otros durante la
Larga Noche, para dar a luz espantosos hijos medio humanos.
Pero el hombre que vieron atado de pies y manos al muro del fortín, esperando la justicia del
rey, era viejo y huesudo, poco más alto que Robb. Había perdido en alguna helada las dos orejas y un
dedo, y vestía todo de negro, como un hermano de la Guardia de la Noche, aunque las pieles que
llevaba estaban sucias y hechas jirones.
El aliento del hombre y el caballo se entremezclaban en nubes de vapor en la fría mañana
cuando su señor padre hizo que cortaran las ligaduras que ataban al hombre al muro y lo arrastraran
ante él. Robb y Jon permanecieron montados, muy quietos y erguidos, mientras Bran, a lomos de su
poni, intentaba aparentar que tenía más de siete años y que no era la primera vez que veía algo así.
Una brisa ligera sopló por la puerta del fortín. En lo alto ondeaba el estandarte de los Stark de
Invernalia: un lobo huargo corriendo sobre un campo color blanco hielo.
El padre de Bran se erguía solemne a lomos de su caballo, con el largo pelo castaño agitado
por el viento. Llevaba la barba muy corta, salpicada de canas, que le hacían parecer más viejo de los
treinta y cinco años que tenía. Aquel día tenía una expresión adusta y no se parecía en nada al hombre
que por las noches se sentaba junto al. fuego y hablaba con voz suave de la edad de los héroes y los
niños del bosque. Bran pensó que se había quitado la cara de padre y se había puesto la de Lord Stark
de Invernalia.
En aquella mañana fría hubo preguntas y respuestas, pero más adelante Eran no recordaría
gran cosa de lo que allí se había dicho. Al final, su señor padre dio una orden, y dos de los guardias
arrastraron al hombre harapiento hasta un tocón de tamarindo en el centro de la plaza. Lo obligaron a
apoyar la cabeza en la dura madera negra. Lord Stark desmontó y Theon Greyjoy, su pupilo, le llevó la
espada. Se llamaba Hielo. Era tan ancha como la mano de un hombre y en posición vertical era incluso
más alta que Robb. La hoja era de acero valyriano, forjada con encantamientos y negra como el humo.
Nada tenía un filo comparable al acero valyriano.
Su padre se quitó los guantes y se los tendió a Jory Cassel, el capitán de la guardia de su casa.
Blandió a Hielo con ambas manos.
—En nombre de Robert de la Casa Baratheon, el primero de su nombre, rey de los ándalos y
los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; y por orden de
Eddard de la Casa Stark, señor de Invernalia y Guardián del Norte, te sentencio a muerte.
Alzó el espadón por encima de su cabeza.
—Mantén controlado al poni —le dijo a Bran Jon Nieve, su hermano bastardo, acercándose a
él—. Y no apartes la mirada. Padre se dará cuenta.
Bran mantuvo controlado al poni y no apartó la mirada.
Su padre le cortó la cabeza al hombre de un golpe, firme y seguro. La sangre, roja como el
vino veraniego, salpicó la nieve. Uno de los caballos se encabritó y hubo que sujetarlo por las riendas
para evitar que escapara al galope. Bran no podía apartar la vista de la sangre. La nieve que rodeaba el
tocón la bebió con avidez y se tornó roja ante sus ojos.
La cabeza rebotó contra una raíz gruesa y siguió rodando. Fue a detenerse cerca de los pies de
Greyjoy. Theon era un joven de diecinueve años, flaco y moreno, que se divertía con cualquier cosa.
Se echó a reír, y dio una patada a la cabeza.
—Imbécil —murmuró Jon, en voz lo suficientemente baja para que Greyjoy no oyera el
comentario. Puso una mano en el hombro de Bran, que alzó la vista hacia su hermano bastardo, y le
dijo con solemnidad—: Lo has hecho muy bien.
Jon tenía catorce años, y ya había presenciado muchas veces la justicia.
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Juego de tronos

Durante el largo camino de regreso a Invernalia parecía hacer más frío, aunque el viento ya
había cesado y el sol brillaba alto en el cielo. Bran cabalgaba con sus hermanos, que iban a buena
distancia por delante del grupo, aunque el poni tenía que esforzarse para mantener el paso de los
caballos.
—El desertor murió como un valiente —dijo Robb. Era fuerte y corpulento, y parecía crecer a
ojos vistas; tenía la piel clara de su madre, y también el pelo castaño rojizo y los ojos azules de los
Tully de Aguas-dulces—. Al menos tenía coraje.
—No —dijo Jon Nieve con voz tranquila—. Eso no era coraje. Estaba muerto de miedo. Se le
veía en los ojos, Stark.
Los ojos de Jon eran de un gris tan oscuro que casi parecían negros, y se fijaban en todo. Tenía
más o menos la edad de Robb, pero no se parecían en nada. Jon era esbelto y Robb musculoso, era
moreno y Robb rubio, era ágil y ligero mientras que su medio hermano era fuerte y rápido.
—Que los Otros se lleven sus ojos —maldijo Robb sin mostrarse impresionado—. Murió
como un hombre. ¿Una carrera hasta el puente?
—De acuerdo —asintió Jon espoleando su montura.
Robb soltó una maldición y salió disparado tras él, y galoparon juntos sendero abajo. Robb iba
riendo y provocándolo, y Jon galopaba silencioso y concentrado. Los cascos de sus caballos
levantaban nubes de nieve.
Bran no intentó seguirlos. El poni no podría mantener aquel paso. También él se había fijado
en los ojos del hombre andrajoso, y estaba recordándolos. Al cabo de un rato, el sonido de las risas de
Robb se perdió a lo lejos, y los bosques quedaron de nuevo en silencio.
Se encontraba tan inmerso en sus pensamientos que no oyó que el resto del grupo le había
dado alcance hasta que su padre se adelantó para cabalgar junto a él.
—¿Te encuentras bien, Bran? —preguntó con tono que no carecía de dulzura.
—Sí, padre —le dijo Bran. Alzó la vista. Su señor padre, vestido en cuero y envuelto en
pieles, a lomos de su gran caballo de guerra, se alzaba a su lado como un gigante—. Robb dice que ese
hombre murió como un valiente, pero Jon opina que tenía miedo.
—Y a ti, ¿qué te parece?
—¿Un hombre puede ser valiente cuando tiene miedo? —preguntó Bran después de meditar
un instante.
—Es el único momento en que puede ser valiente —dijo su padre—. ¿Comprendes por qué lo
hice?
—Era un salvaje —dijo Bran—. Secuestran a las mujeres y las venden a los Otros.
—La Vieja Tata te ha estado contando historias otra vez —dijo su señor padre con una
sonrisa—. La verdad es que ese hombre rompió su juramento, desertó de la Guardia de la Noche. No
existe ser más
peligroso. El desertor sabe que, si lo atrapan, se puede dar por muerto, así que no se detendrá
ante ningún crimen por espantoso que sea. Pero no me has entendido. No te pregunto por qué el
hombre debía morir, sino por qué tenía que ajusticiarlo yo en persona.
—El rey Robert tiene verdugos —dijo Bran, inseguro. No sabía la respuesta.
—Cierto —admitió su padre—. Igual que los reyes Targaryen, que reinaron antes que él. Pero
nuestras costumbres son las antiguas. La sangre de los primeros hombres corre todavía por las venas
de los Stark, y creemos que el hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada. Si le vas a quitar
la vida a un hombre, tienes un deber para con él, y es mirarlo a los ojos y escuchar sus últimas
palabras. Si no soportas eso, quizá es que ese hombre no merece morir.
»Algún día, Bran, serás el abanderado de Robb, tendrás tierras propias y deberás defenderlas
en nombre de tu hermano y de tu rey, y te corresponderá hacer justicia. Cuando llegue ese día, no te
resultará grato, pero no debes apartar la vista. El gobernante que se esconde tras ejecutores a sueldo
olvida pronto lo que es la muerte.
En aquel momento, Jon reapareció en la cima de la colina que se alzaba ante ellos.
—¡Padre, Bran, venid, deprisa! ¡Mirad lo que ha encontrado Robb! —les gritó agitando los
brazos y volvió a desaparecer.
—¿Algún problema, mi señor? —preguntó Jory que se les había acercado cabalgando.
—No me cabe duda —respondió su padre—. Venga, vamos a ver qué nueva travesura se les
ha ocurrido ahora a mis hijos.
Puso el caballo al trote. Jory, Bran y los demás lo siguieron. . Robb estaba en el extremo norte
del puente y Jon seguía a caballo, a su lado. Las nevadas de las postrimerías del verano habían sido
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Juego de tronos

copiosas aquella última luna. Robb estaba hundido hasta las rodillas en la nieve; se había echado la
capucha hacia atrás y el sol le arrancaba reflejos del pelo. Acunaba algo en el brazo, y los dos chicos
hablaban en susurros emocionados.
Los jinetes avanzaron con cautela entre los ventisqueros, siempre buscando los puntos firmes
en aquel terreno oculto y desigual. Jory Cassel y Theon Greyjoy fueron los primeros en llegar junto a
los chicos. Greyjoy reía y bromeaba mientras cabalgaba. Bran oyó su exclamación ahogada.
—¡Dioses! —se le escapó a Greyjoy, mientras trataba de controlar a su caballo y al mismo
tiempo desenvainar la espada.
—¡Aléjate de eso, Robb! —gritó Jory, que ya la había empuñado, con la montura encabritada.
—No te hará daño, Jory —dijo Robb con una sonrisa mientras alzaba la vista del bulto que
llevaba en brazos—. Está muerta.
Para entonces Bran ya estaba consumido de curiosidad. Habría espoleado al poni, pero su
padre lo obligó a desmontar junto al puente para acercarse a pie. Bran se bajó de un salto y echó a
correr.
Jon, Jory y Theon Greyjoy ya habían desmontado también.
—Por los siete infiernos, ¿qué es eso? —preguntó Greyjoy.
—Un lobo —le dijo Robb.
—Un monstruo —replicó Greyjoy—. ¡Qué tamaño!
El corazón de Bran latía a toda velocidad. Avanzó por un ventisquero que le llegaba a la
cintura para ir junto a su hermano.
Había una forma muerta, enorme y oscura, semienterrada en la nieve manchada de sangre. El
tupido pelaje gris estaba lleno de cristales de hielo, y el hedor de la corrupción lo envolvía como el
perfume de una mujer. Bran divisó unos ojos ciegos en los que reptaban los gusanos y una boca grande
llena de dientes amarillentos. Pero lo que más lo impresionó fue el tamaño que tenía. Era más grande
que su poni, el doble que el mayor sabueso de las perreras de su padre.
—No es ningún monstruo —dijo Jon con calma—. Es una loba huargo. Son mucho más
grandes que los otros lobos.
—Hace doscientos años que no se ve un lobo huargo al sur del Muro —dijo Theon Greyjoy.
—Pues ahora estoy viendo uno —replicó Jon.
Bran consiguió apartar los ojos del monstruo. Solamente en aquel momento advirtió el bulto
en brazos de Robb. Dejó escapar un grito de emoción y se acercó. El cachorro no era más que una
bolita de pelaje gris negruzco, todavía no había abierto los ojos. Hociqueaba a ciegas contra el pecho
de Robb, buscando leche entre los pliegues de cuero de sus ropas, sin dejar de gimotear. Bran extendió
la mano, titubeante.
—Vamos —le dijo Robb—. Tócalo, no pasa nada. Bran hizo una caricia rápida y nerviosa al
cachorro, y se volvió al oír la voz de Jon.
—Toma. —Su medio hermano le puso un segundo cachorro en los brazos—. Hay cinco.
Bran se sentó en la nieve y apretó al cachorro contra el rostro. Tenía un pelaje suave y cálido
que le acariciaba la mejilla.
—Lobos huargos en el reino, después de tantos años —murmuró Mullen, el caballerizo
mayor—. Esto no me gusta.
—Es una señal —dijo Jory.
—No es más que un animal muerto, Jory —dijo el padre de los niños con el ceño fruncido.
Parecía preocupado. La nieve crujió bajo sus botas cuando caminó en torno al cuerpo—. ¿Qué la
mató?
—Tiene algo en la garganta —señaló Robb, orgulloso de haber dado con la respuesta aun
antes de que su padre formulara la pregunta—. Ahí, justo debajo de la mandíbula.
Su padre se arrodilló y palpó bajo la cabeza de la bestia. Dio un tirón, y alzó el objeto para que
los demás lo vieran. Era un fragmento de dos palmos de asta de venado, ya sin puntas, empapado en
sangre.
Se hizo un silencio repentino en el grupo. Los hombres contemplaron el asta, intranquilos, y
ninguno se atrevió a decir nada. Hasta Bran se dio cuenta de que tenían miedo, aunque no comprendía
por qué.
—Es increíble que viviera lo suficiente para parir —dijo su padre mientras tiraba a un lado el
asta y se limpiaba las manos en la nieve. Su voz rompió el hechizo.
—Quizá no vivió tanto —dijo Jory—. Se dice... A lo mejor ya estaba muerta cuando nacieron
los cachorros.
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Juego de tronos

—Nacidos de la muerte —intervino otro hombre—. Peor suerte aún.
—No importa —dijo Hullen—. Pronto estarán muertos ellos también.
Bran dejó escapar un grito de consternación.
—Cuanto antes mejor —asintió Theon Greyjoy y desenvainó la espada—. Trae aquí a esa
bestia, Bran.
—¡No! —exclamó Bran con ferocidad. El animalito se había apretado contra él como si
pudiera oír y comprender—. ¡Es mío!
—Aparta esa espada, Greyjoy —dijo Robb. Por un momento, su voz sonó tan imperiosa como
la de su padre, como la del señor que sería algún día—. Nos vamos a quedar con los cachorros.
—Es imposible, chico —dijo Harwin, que era hijo de Hullen.
—Les haremos un favor matándolos —dijo Hullen.
Bran alzó la vista hacia su padre, implorante, pero sólo encontró un ceño fruncido.
—Lo que dice Hullen es verdad, hijo. Es mejor una muerte rápida que agonizar de frío y
hambre.
—La perra de Ser Rodrik parió otra vez la semana pasada —dijo Robb, que se resistía,
testarudo—. Fue una camada pequeña, sólo vivieron dos cachorros. Tendrá leche de sobra.
—Los matará en cuanto intenten mamar.
—Lord Stark —intervino Jon. Resultaba extraño que se dirigiera a su padre de manera tan
formal. Bran lo miró, aferrándose a aquella última esperanza—. Hay cinco cachorros —siguió—. Tres
machos y dos hembras.
—¿Y qué, Jon?
—Tenéis cinco hijos legítimos. Tres chicos y dos chicas. El lobo huargo es el emblema de
vuestra Casa. Estos cachorros están destinados a vuestros hijos, mi señor.
Bran vio cómo cambiaba la expresión de su padre, vio las miradas que intercambiaban el resto
de los hombres. En aquel momento quiso a Jon con todo su corazón. Pese a sus siete años, comprendió
qué había hecho su hermano. Las cuentas cuadraban sólo porque Jon se había excluido. Había incluido
a las niñas, incluso a Rickon, que era sólo un bebé, pero no al bastardo que llevaba el apellido Nieve
que, según dictaba la costumbre, debían tener en el norte todos los desafortunados que nacían sin
apellido propio.
—¿No quieres un cachorro para ti, Jon? —preguntó con voz amable su padre, que también lo
había comprendido.
—El lobo huargo ondea en el estandarte de la Casa Stark —señaló Jon—. Yo no soy un Stark,
padre.
Su señor padre miró a Jon, pensativo. Robb se apresuró a romper el silencio que reinaba.
—Yo alimentaré al mío en persona, padre —prometió—. Empaparé un trapo en leche caliente
para que la chupe.
—¡Yo también! —se apresuró Bran.
—Resulta fácil de decir, pero veréis que hacerlo no lo es tanto —dijo el padre después de
estudiar larga y atentamente a sus hijos—. No permitiré que los criados pierdan el tiempo con esto. Si
queréis a esos cachorros, los tendréis que alimentar vosotros. ¿Entendido? —Bran asintió a toda prisa.
El cachorro se le retorcía entre los brazos y le lamía el rostro con una lengua cálida—. También
tendréis que educarlos —siguió su padre—. Es imprescindible que los entrenéis. El encargado de los
perros no querrá saber nada de estos monstruos, os lo aseguro. Y que los dioses os ayuden si los
descuidáis, si los tratáis mal o si no los entrenáis. No son perros, no os harán carantoñas para conseguir
comida, ni se marcharán si les dais una patada. Un lobo huargo es capaz de arrancarle el brazo a un
hombre tan fácilmente como un perro mata una rata. ¿Seguro que queréis esa responsabilidad?
—Sí, padre —dijo Bran.
—Sí —asintió Robb.
—Y pese a todo lo que hagáis, los cachorros quizá mueran.
—No se morirán —dijo Robb—. No lo permitiremos.
—Entonces, os los podéis quedar. Jory, Desmond, recoged el resto de los cachorros. Ya es
hora de que volvamos a Invernalia.
Sólo cuando estuvieron de nuevo a caballo y en marcha se permitió Bran disfrutar del dulce
sabor de la victoria. Llevaba al cachorro entre los pliegues de las prendas de cuero para darle calor y
protegerlo en la larga cabalgada de vuelta a casa. Se preguntaba qué nombre le iba a poner.
En mitad del puente, Jon se detuvo de pronto.
—¿Qué pasa, Jon? —preguntó su señor padre.
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Juego de tronos

—¿No lo oís?
Bran oía el viento entre los árboles, el sonido de los cascos de los caballos contra los tablones
de tamarindo, y los gemidos de su cachorro hambriento, pero Jon parecía percibir algo más.
—Ya lo tengo —añadió Jon.
Hizo girar al caballo y galopó de vuelta por el puente. Lo vieron desmontar en la nieve junto a
la loba muerta y cómo se arrodillaba. Un momento después regresó cabalgando hacia ellos. Sonreía.
—Éste se debió de alejar de los demás —dijo.
—O lo echaron —replicó su padre, con los ojos clavados en el sexto cachorro.
Tenía el pelaje blanco, mientras que el resto de los cachorros de la carnada eran grises. Los
ojos eran tan rojos como la sangre del hombre harapiento que había muerto aquella mañana. A Bran le
pareció muy extraño que ya los tuviera abiertos, mientras que los demás aún seguían ciegos.
—Un albino —dijo Theon Greyjoy, burlón—. Éste morirá antes incluso que los demás.
—No, Greyjoy —dijo Jon lanzando una mirada gélida al pupilo de su padre—. Éste es mío.

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Juego de tronos

CATELYN

A Catelyn nunca le había gustado aquel bosque de dioses.
La sangre Tully le corría por las venas, había nacido y se había criado en Aguasdulces, muy al
sur, en el Forca Roja del Tridente. Allí el bosque de dioses era un jardín alegre y despejado, en el que
las altas secuoyas proyectaban sombras sobre las aguas de arroyuelos cristalinos, los pájaros cantaban
desde sus nidos escondidos y el aroma de las flores impregnaba el aire.
Los dioses de Invernalia tenían un bosque muy diferente. Era un lugar oscuro y primitivo, tres
acres de árboles viejos que nadie había tocado en miles de años, mientras el castillo se alzaba a su
alrededor. Olía a tierra húmeda y a putrefacción. Allí no crecían las secuoyas. Era un bosque de recios
árboles centinela parapetados tras agujas color verde grisáceo, robles imponentes y tamarindos tan
viejos como el propio reino. Allí los gruesos troncos negros estaban muy juntos, y las ramas retorcidas
tejían una techumbre tupida, mientras las raíces deformes se entrelazaban bajo la tierra. El silencio y
las sombras imperaban, y los dioses de aquel bosque no tenían nombres.
Pero sabía que allí era donde estaría su esposo aquella noche. Siempre que le quitaba la vida a
un hombre, buscaba la tranquilidad del bosque de dioses.
Catelyn había sido ungida con los siete óleos y había recibido su nombre en el arco iris de luz
que llenaba el sept de Aguasdulces. Profesaba la Fe, igual que su padre, que su abuelo y que el padre
de su abuelo antes de ellos. Sus dioses tenían nombres y unos rostros que le eran tan familiares como
los de sus progenitores. El culto consistía en un septon con un incensario, el olor del incienso, un
cristal de siete facetas lleno de luz y voces que entonaban cánticos. Los Tully tenían un bosque de
dioses, como todas las grandes casas, pero no era más que un lugar por donde pasear, leer o tomar el
sol. El culto quedaba reservado para el sept.
Ned había hecho construir para ella un pequeño sept donde pudiera cantar a las siete caras de
dios, pero la sangre de los primeros hombres corría aún por las venas de los Stark, sus dioses eran
antiguos, eran los dioses sin rostro y sin nombre de la espesura, los mismos a los que habían adorado
los niños del bosque.
En medio del bosquecillo, un arciano viejísimo se alzaba junto a un estanque pequeño de
aguas negras y frías. Ned lo llamaba «el árbol
corazón». La madera del arciano era blanca como el hueso, con hojas de un rojo oscuro
que pendían como un millar de manos ensangrentadas. En el tronco había una cara tallada, con
rasgos alargados y melancólicos, y los ojos enrojecidos de savia seca, extrañamente atentos.
Aquellos ojos eran viejos, muy viejos; más viejos que la mismísima Invernalia. Habían visto el
día en que Branden el Constructor puso la primera piedra, si se podía dar crédito a las historias.
Habían presenciado cómo los muros de granito se alzaban en torno a ellos. Se decía que los niños
del bosque habían tallado las caras en los árboles durante el amanecer, siglos antes de que los
primeros hombres llegaran procedentes de la otra orilla del mar Angosto.
Hacía mil años que habían talado o quemado los últimos arcianos del sur, a excepción de
los de la Isla de los Rostros, donde los hombres verdes montaban guardia silenciosos. Allí, tan al
norte, todo era diferente. Había un bosque de dioses en cada castillo, y un árbol corazón en cada
bosque de dioses, y una cara tallada en cada árbol corazón.
Catelyn encontró a su esposo sentado en una roca cubierta de musgo, bajo las ramas del
arciano. Tenía el espadón Hielo sobre las rodillas, y estaba limpiando la hoja en aquellas aguas
negras como la noche. El mantillo milenario que cubría como una gruesa alfombra el suelo del
bosque de dioses devoraba el sonido de sus pasos, pero los ojos rojos del arciano parecían seguirla
mientras se acercaba.
—Ned —lo llamó con suavidad.
—Catelyn —dijo su esposo alzando la vista hacia ella. Su voz era distante, formal—.
¿Dónde están los niños?
Siempre le preguntaba lo mismo.
—En la cocina, discutiendo cómo van a llamar a los cachorros. —Se quitó la capa, la
tendió sobre el mantillo del bosque, y se sentó con la espalda apoyada contra el arciano—. Arya
adora a la suya y Sansa también está encantada, pero Rickon no lo termina de ver claro.
—¿Tiene miedo? —preguntó Ned.
—Un poco —admitió—. Sólo tiene tres años.
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Juego de tronos

—Debe aprender a enfrentarse a sus miedos. —Ned frunció el ceño—. No va a tener tres
años toda la vida. Y se acerca el invierno.
—Es verdad —asintió Catelyn.
Aquellas palabras le provocaron un escalofrío, como siempre. Eran el lema de los Stark.
Todas las familias nobles tenían un lema. Y esas consignas familiares, piedras de toque, aquella
especie de plegarias, eran alardes de honor y gloria, promesas de lealtad y sinceridad, juramentos
de valor y fidelidad... Todos menos el de los Stark. El lema de los Stark era: «Se acerca el
Invierno». Catelyn reflexionó sobre lo extraños que eran aquellos norteños. No era la primera vez
que lo hacía.
—He de reconocer que ese hombre murió bien —dijo Ned. Tenía en la mano un retal de
cuero engrasado. Mientras hablaba, lo pasaba con suavidad por la hoja del espadón, haciendo que
el metal cobrara un brillo oscuro—. Me alegré por Bran. Habrías estado orgullosa de él.
—Siempre me enorgullezco de Bran —señaló Catelyn.
No apartaba la vista de la espada. Se veían claramente las ondulaciones del interior del
acero, donde el metal fuera plegado cien veces sobre sí mismo en la forja. A Catelyn no le
gustaban las espadas, pero era innegable que Hielo poseía una belleza propia. La habían forjado
en Valyria, antes de que la Condenación cayera sobre el antiguo Feudo Franco, donde los herreros
trabajaban el metal tanto con hechizos como con martillos. Hielo tenía cuatrocientos años y
conservaba el filo del día en que la forjaron. Su nombre era aún más antiguo, un legado de la edad
de los héroes, cuando los Stark eran los Reyes en el Norte.
—Con el de hoy van cuatro este año —dijo Ned, sombrío—. El pobre estaba medio loco.
Algo le inspiraba un miedo tan profundo que ni me entendía cuando le hablaba. —Suspiró—. Ben
me ha escrito, dice que la Guardia de la Noche tiene ahora menos de mil miembros. No SON sólo
las deserciones. Últimamente también están perdiendo hombres en las expediciones.
—¿Será por los salvajes?
—Estoy seguro. —Ned alzó a Hielo, y contempló la longitud del frío acero—. Y esto irá a
peor. Puede que llegue el día en que no os quede más remedio que llamar a nuestros abanderados
y cabalgar hacia el norte para encargarnos de una vez por todas de ese Rey-más-allá-del-Muro.
—¿Ir fuera del Muro? —La sola idea hizo que Catelyn se estremeciera.
—No tenemos nada que temer de Mance Rayder —dijo Ned, que había visto el temor
dibujado en su rostro.
—Más allá del Muro hay cosas aún peores.
Volvió la vista para contemplar el árbol corazón, con la corteza clara y los ojos rojos, que
los observaba, los escuchaba, que parecía pensar con lentitud.
—Pasas demasiado tiempo escuchando los cuentos de la Vieja Tata.—
El sonrió con cariño—. Los Otros están tan muertos como los niños del bosque, hace ocho
mil años que desaparecieron. En opinión del maestre Luwin, no existieron nunca. Nadie los ha
visto jamás.
—Hasta esta mañana nadie había visto jamás un lobo huargo —le recordó Catelyn.
—No escarmiento, a estas alturas ya debería saber que no se puede discutir con una Tully —
dijo con sonrisa pesarosa. Deslizó a Hielo dentro de su vaina—. No habrás venido hasta aquí a
contarme historias de miedo, ¿verdad? Ya sé que este lugar no te gusta. ¿De qué se trata, mi señora?
—Hoy hemos recibido noticias amargas, mi señor. —Catelyn tomó la mano de su esposo—.
No he querido molestarte hasta que no te hubieras aseado. —No había manera de suavizar el golpe, así
que se lo dijo directamente—. Lo siento mucho, mi amor. Jon Arryn ha muerto.
Lo miró a los ojos, y vio cuan duro era el golpe, como había supuesto que sería. En su
juventud, Ned había estado como pupilo en el Nido de Águilas, y Lord Arryn, que no tenía hijos, había
sido como un padre para él y para su otro pupilo, Robert Baratheon. Cuando el rey loco Aerys II
Targaryen pidió sus cabezas, el señor del Nido de Águilas alzó en una revuelta a sus abanderados de la
luna y el halcón, antes que entregar a aquellos a los que había jurado proteger.
Y, hacía ahora quince años, este segundo padre se había convertido también en su cuñado,
cuando Ned y él se casaron al mismo tiempo con dos hermanas, las hijas de Lord Hoster Tully, en el
sept de Aguasdulces. —Jon... —dijo él—. ¿Está confirmada la noticia? —La carta llevaba el sello real,
y era del puño y letra de Robert. Te la he guardado. Dice que la muerte de Lord Arryn fue muy rápida.
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Juego de tronos

Ni siquiera el maestre Pycelle pudo hacer nada, aparte de darle la leche de la amapola para que no
sufriera.
—Algo es algo —suspiró. Catelyn veía el dolor reflejado en su rostro, pero aun así Ned pensó
primero en ella—. ¿Y tu hermana? —preguntó—. ¿Y el hijo de Jon? ¿Qué sabemos de ellos?
—El mensaje decía sólo que se encontraban bien, y que habían vuelto al Nido de Águilas —
dijo Catelyn—. Yo preferiría que hubieran ido a Aguasdulces. El Nido está tan arriba, es tan solitario...
Además, fue siempre el hogar de Jon, no el de mi hermana. El recuerdo de su esposo estará en cada
piedra. La conozco bien. Necesita el consuelo y el apoyo de su familia y amigos.
—Tu tío está en el Valle, ¿no? Tengo entendido que Jon lo nombró Caballero de la Puerta.
—Brynden hará todo lo que pueda por ella y por el niño —asintió Catelyn—. Eso me
tranquiliza un poco, pero...
—Ve con ella —le pidió Ned—. Llévate a los niños. Animad los salones con ruido, con gritos,
con risas. Su hijo necesita la compañía de otros niños, y no podemos dejar sola a Lysa en estos
momentos.
—Ojalá pudiera seguir tu consejo —dijo Catelyn—. La carta traía otras noticias. El rey está de
camino hacia Invernalia, viene a buscarte.
Ned tardó un momento en entender qué le decía, pero cuando lo comprendió desapareció la
nube que le oscurecía los ojos.
—¿Robert viene hacia aquí?
Catelyn asintió, y el rostro de su esposo se iluminó con una sonrisa.
A ella le habría gustado compartir su alegría. Pero había escuchado las habladurías en los
patios: una loba huargo muerta en la nieve, con un asta rota en la garganta. El miedo le atenazaba el
estómago como una serpiente que se le enroscara en las entrañas, pero se obligó a sonreír para aquel
hombre al que amaba, aquel hombre que no creía en los presagios.
—Ya me imaginaba que te alegrarías —dijo—. Tenemos que avisar a tu hermano, que está en
el Muro.
—Desde luego —asintió Ned—. Ben no se lo perdería por nada del mundo. Le diré al maestre
Luwin que envíe su pájaro más veloz. —Ned se levantó y la ayudó a ponerse en pie—. Ese hijo de...
¿Cuántos años han pasado? ¿Y no se le ocurre avisarnos con más antelación? ¿Decía el mensaje
cuántas personas venían en el grupo?
—Calculo que, como mínimo, cien caballeros, con todos sus criados, y por lo menos cincuenta
jinetes libres. También vienen Cersei y los niños.
—Robert querrá que vayan cómodos, no forzará mucho la marcha —dijo él—. Mejor, así
tendremos más tiempo para los preparativos.
—Con el grupo viajan también los hermanos de la reina.
Ned hizo una mueca. No sentía el menor afecto hacia la familia de la reina, y era recíproco.
Catelyn lo sabía muy bien. Los Lannister de Roca Casterly se habían unido muy tarde a la causa de
Robert, cuando la victoria ya estaba asegurada, y eso no se lo había perdonado jamás.
—En fin, si por el placer de tener aquí a Robert tengo que pagar soportando una plaga de
Lannisters, qué le vamos a hacer. Por lo visto Robert se trae a la mitad de su corte.
—A donde va el rey, el reino lo sigue —señaló Catelyn.
—Tengo muchas ganas de ver a los chiquillos. El pequeño todavía mamaba del pecho de la
Lannister la última vez que nos encontramos. Ahora debe de tener ya cinco años, ¿no?
—El príncipe Tommen ha cumplido ya los siete. Tiene la edad de Bran. Por favor, Ned,
cuidado con lo que dices. La Lannister es nuestra reina, y se dice que su orgullo crece con cada día que
pasa.
—Tenemos que organizar un banquete con trovadores —dijo Ned apretándole la mano—,
faltaría más, y seguro que Robert quiere salir de caza. Enviaré a Jory hacia el sur con una guardia de
honor para que los reciba en el camino real y les proporcione escolta hasta aquí. Dioses, ¿cómo vamos
a dar de comer a tanta gente? ¿Y ya están en camino? Ese condenado... Voy a darle de patadas en su
culo de rey.

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Juego de tronos

DAENERYS

Su hermano le mostró el traje largo para que lo examinara.
—Mira qué belleza. Tócalo. Venga, acaricia la tela.
Dany lo tocó. El tejido era tan suave que parecía deslizarse como agua entre los dedos. Nunca
había llevado nada tan delicado. Se asustó y apartó la mano.
—¿De verdad es para mí?
—Un regalo del magíster Illyrio —asintió Viserys con una sonrisa. Aquella noche, su
hermano estaba de buen humor—. Este color te resaltará el violeta de los ojos. Y también dispondrás
de joyas de oro, muchas. Me lo ha prometido Illyrio. Esta velada debes parecer una princesa.
«Una princesa», pensó Dany. Ya se había olvidado de cómo era aquello. Quizá nunca lo había
sabido del todo.
—¿Por qué nos ayuda tanto? —preguntó—. ¿Qué quiere de nosotros?
Llevaban casi medio año viviendo en la casa del magíster, comiendo en su mesa y mimados
por sus criados. Dany tenía trece años, edad suficiente para saber que regalos como aquéllos rara vez
eran desinteresados allí, en la ciudad libre de Pentos.
—Illyrio no es ningún idiota —dijo Viserys. Era un joven flaco, con manos nerviosas y ojos
color lila claro, siempre febriles—. El magíster sabe que, cuando esté sentado en mi trono, no olvidaré
a mis amigos.
Dany no dijo nada. El magíster Illyrio comerciaba con especias, piedras preciosas,
huesodragón y otras mercancías menos delicadas. Según los rumores tenía amigos repartidos por las
Nueve Ciudades Libres, y aún más lejos, en Vaes Dothrak y en las legendarias tierras que se extendían
más allá del mar de Jade. También se decía que jamás había tenido un amigo al que no hubiera
vendido de buena gana por un precio razonable. Dany escuchaba los comentarios en las calles y oía
aquellas cosas, pero nunca se le ocurriría discutir con su hermano mientras éste tejía sus redes de
sueños. No quería bajo ningún concepto suscitar su ira, lo que Viserys llamaba «despertar al dragón».
—Illyrio va a enviar a las esclavas para que te bañen —dijo su hermano después de colgar el
traje largo junto a la puerta—. Quítate bien la peste a establo. Khal Drogo ya tiene mil caballos, esta
noche busca una montura distinta. —La examinó con gesto crítico—. Sigues igual de desgarbada.
Enderézate. —Le empujó los hombros hacia atrás con las

.

manos—. Que se enteren de que ya tienes formas de mujer. —Rozó ligeramente los pechos
incipientes y pellizcó un pezón—. No me falles esta noche. Si me fallas, lo pagarás caro. No querrás
despertar al dragón, ¿verdad? —Le dio un pellizco retorcido y doloroso a través del tejido basto de la
túnica—. ¿Verdad? —insistió.
—No —respondió Dany dócilmente.
—Muy bien. —Le dedicó una sonrisa y le tocó el pelo casi con afecto—. Cuando se escriba la
historia de mi reinado, dirán que comenzó esta noche, hermanita.
En cuanto se marchó, Dany se dirigió hacia la ventana y contempló pensativa las aguas de la
bahía. Las torres cuadradas de ladrillo que conformaban el perfil de Pentos eran siluetas negras contra
el cielo del ocaso. Dany alcanzaba a oír los cánticos de los sacerdotes rojos, que estaban encendiendo
las hogueras nocturnas, y los gritos de los chiquillos harapientos que jugaban al otro lado de los muros
de la hacienda. Por un momento deseó con todas sus fuerzas estar allí fuera con ellos, descalza,
jadeante y vestida con harapos; sin pasado a sus espaldas, sin futuro, y sobre todo sin la perspectiva de
asistir a un banquete en la mansión de Khal Drogo.
En algún lugar hacia el poniente, más allá del mar Angosto, se extendía una tierra de colinas
verdes, llanuras en flor y anchos ríos caudalosos, donde torres de piedra oscura se alzaban entre
imponentes montañas grisáceas y los caballeros con armadura cabalgaban a la batalla bajo los
estandartes de sus señores. Los dothrakis denominaban aquel lugar Raesh Andahli, Tierra de los
Ándalos. En las Ciudades Libres se hablaba de los occidentes y de los Reinos del Poniente. Su
hermano utilizaba un nombre más sencillo, la llamaba: «nuestra tierra». Para él, aquellas palabras eran
como una plegaria. Si las repetía con frecuencia suficiente, los dioses acabarían por escucharlas.
«Nuestra por derecho de sangre, sólo la traición nos la arrebató, pero sigue siendo nuestra, será nuestra
eternamente. No se le puede robar a un dragón lo que es suyo. No, no. El dragón recuerda.»
Quizá el dragón recordara, pero Dany no. Nunca había visto aquella tierra que según su
hermano les pertenecía, aquel reino más allá del mar Angosto. Los lugares de los que le hablaba, Roca
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Juego de tronos

Casterly y el Nido de Águilas, Altojardín y el Valle de Arryn, Dorne y la Isla de los Rostros... no eran
más que palabras para ella. Viserys tenía ocho años cuando salieron huyendo de Desembarco del Rey
para escapar de los ejércitos del Usurpador, pero en aquellos días Daenerys no era más que un
proyecto en el vientre de su madre.
Pero su hermano le había contado tantas veces aquellas historias que, en ocasiones, Dany
llegaba a imaginar cómo había sido todo. La huida a medianoche hacia Rocadragón, con la luz de la
luna reflejada en las velas negras del barco. Su hermano Rhaegar luchando contra el Usurpador en las
aguas ensangrentadas del Tridente y muriendo por la mujer a la que amaba. El saqueo de Desembarco
del Rey a manos de aquellos a los que Viserys llamaba «los perros del Usurpador», los señores
Lannister y Stark. La princesa Elia de Dorne suplicando piedad mientras le arrancaban del pecho al
heredero de Rhaegar y lo asesinaban ante sus ojos. Los cráneos bruñidos de los últimos dragones,
mirando sin ver desde las paredes del salón del trono donde el Matarreyes le había abierto la garganta
a su padre con una espada dorada.
Ella había nacido en Rocadragón nueve meses después de la huida, durante una tormenta de
verano que amenazaba con quebrantar la solidez de la propia isla. Se dijo que la tormenta había sido
espantosa. La flota de los Targaryen, anclada cerca de allí, quedó destruida; el viento arrancó enormes
bloques de piedra de los parapetos y los precipitó a las aguas embravecidas del mar Angosto. Su
madre había muerto en el parto, y eso Viserys jamás se lo había perdonado.
Dany tampoco tenía recuerdos de Rocadragón. Habían huido de nuevo justo antes de que el
hermano del Usurpador se hiciera a la mar con la nueva flota. Para entonces, de los Siete Reinos que
fueron suyos ya sólo les quedaba Rocadragón, la cuna de su antigua Casa. No lo conservarían mucho
tiempo. La guarnición tenía intención de venderlos al Usurpador, pero una noche Ser Willem Darry y
otros cuatro leales entraron en las habitaciones de los niños y se los llevaron junto con su aya.
Protegidos por la oscuridad, pusieron rumbo hacia el refugio que les ofrecía la costa braavosiana.
Recordaba vagamente a Ser Willem, un hombretón corpulento y canoso, casi ciego, que rugía
órdenes desde el lecho de enfermo. Los criados le tenían pánico, pero con Dany siempre fue amable.
La llamaba «princesita» y, a veces, «mi señora», y tenía las manos suaves como el cuero viejo. Pero
nunca salía de la cama, y el hedor a enfermedad, un olor dulzón, cálido y húmedo, lo envolvía día y
noche. Aquello fue mientras vivieron en Braavos, en la casa grande con la puerta roja. Allí Dany había
tenido una habitación para ella sola, y junto a su ventana crecía un limonero. Cuando murió Ser
Willem, los criados robaron el poco dinero que les quedaba y se marcharon, y poco después el dueño
de la gran casa los puso de patitas en la calle. Dany lloró amargamente cuando la puerta roja se cerró
tras ellos para siempre.
Desde entonces habían seguido vagando, de Braavos a Myr, de Myr a Tyrosh, y de allí a
Qohor, a Volantis y a Lys. Nunca se quedaban mucho tiempo en ningún lugar. Su hermano se
negaba. Insistía en que los asesinos a sueldo del Usurpador les pisaban los talones, aunque Dany
jamás había visto a ninguno.
Al principio los magísteres, arcontes y príncipes mercaderes estaban encantados de recibir
a los últimos Targaryen en sus hogares y a sus mesas, pero a medida que pasaban los años y el
Usurpador seguía ocupando el Trono de Hierro, las puertas se les cerraron y sus vidas eran cada
vez más míseras. Hacía mucho que se habían visto obligados a vender los últimos tesoros que
conservaban, y ahora ya no les quedaba ni el dinero de la corona de su madre. En los callejones y
tabernuchas de Pentos llamaban a su hermano el rey mendigo. Dany prefería no saber cómo la
llamaban a ella.
—Algún día lo recuperaremos todo, hermanita —le prometía él. A veces le temblaban las
manos al hablar del tema—. Las joyas y las sedas, Rocadragón y Desembarco del Rey, el Trono
de Hierro y los Siete Reinos. Volveremos a tener todo lo que nos arrebataron.
Viserys vivía pensando sólo en ese día. En cuanto a Dany, lo único que quería recuperar
era la casa grande de la puerta roja y el limonero junto a su ventana, la infancia que no llegó a
tener.
Llamaron suavemente a la puerta.
—Adelante —dijo Dany mientras se apartaba de la ventana.
Las criadas de Illyrio entraron, hicieron una reverencia y pusieron manos a la obra. Eran
esclavas, un regalo de uno de los muchos amigos dothrakis del magíster; en la ciudad libre de
Pentos no existía la esclavitud. La anciana, menuda y gris como un ratoncillo, nunca abría la boca,
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Juego de tronos

pero la jovencita lo compensaba con creces. Aquella chica de ojos azules y pelo rubio que no
paraba de parlotear mientras trabajaba era, a sus dieciséis años, la favorita de Illyrio.
Le llenaron la bañera con agua caliente que habían subido de la cocina, y la perfumaron
con aceites aromáticos. La jovencita ayudó a Dany a quitarse la túnica de algodón basto por
encima de la cabeza y a meterse en la bañera. El agua estaba demasiado caliente, pero Daenerys
no hizo ni un gesto, no dijo nada. Le gustaba el calor. La hacía sentir limpia. Además, su hermano
le decía a menudo que nada era demasiado caliente para un Targaryen.
«Nuestra casa es la casa del dragón. Llevamos el fuego en la sangre», ésas eran sus
palabras.
La anciana le lavó la larga cabellera, tan rubia que era casi plateada, y se la desenredó
suavemente, siempre en el más completo silencio. La chica le frotaba la espalda y los pies, y le
comentaba la suerte que tenía.
—Drogo es tan rico que hasta sus esclavos llevan collares de oro. En su khalasar cabalgan
cien mil hombres, su palacio de Vaes Dothrak tiene doscientas habitaciones, todas con puertas de
plata maciza.
Y siguió sin cesar, largo rato, acerca de lo guapo que era el khal, alto y valiente, audaz en
la batalla, el mejor jinete que jamás había montado a lomos de un caballo, un arquero perfecto...
Daenerys no dijo nada. Siempre había dado por supuesto que, cuando llegara a la mayoría de
edad, se casaría con Viserys. Los Targaryen se habían casado entre hermanos durante siglos,
desde que Aegon el Conquistador había desposado a sus hermanas. Viserys le había dicho mil
veces que tenían que mantener pura la estirpe; por sus venas corría sangre de reyes, la sangre
dorada de la vieja Valyria, la sangre del dragón. Los dragones no se apareaban con las bestias del
campo, y los Targaryen no mezclaban su sangre con la de hombres inferiores. Pero ahora Viserys
la vendía a un extraño, a un bárbaro.
Cuando estuvo aseada, las esclavas la ayudaron a salir del agua y la secaron con toallas.
La chica le cepilló la cabellera hasta que quedó brillante como plata fundida, mientras la anciana
la ungía con el perfume florespecia de las llanuras dothraki: una gota en cada muñeca, detrás de
las orejas, en los pezones y la última, todo frescor, entre las piernas. La vistieron con las prendas
etéreas que le había enviado el magíster Illyrio y le pusieron el vestido largo, de oscura seda color
ciruela para que le resaltara el violeta de los ojos. La joven le calzó las sandalias doradas mientras
la anciana le colocaba la diadema en el pelo y le deslizaba brazaletes de oro con incrustaciones de
amatistas en las muñecas. Por último le pusieron el collar, un grueso torques dorado con grabados
de antiguos jeroglíficos valyrianos.
—Ahora pareces toda una princesa —le dijo la chica asombrada cuando terminaron.
Dany contempló su imagen en el espejo azogado que Illyrio, siempre atento, le había
proporcionado.
«Una princesa», pensó. Pero recordó lo que le había dicho la joven, que Khal Drogo era
tan rico que hasta sus esclavos llevaban collares de oro. Sintió un escalofrío repentino y se le erizó
el vello de los brazos desnudos.
Su hermano la esperaba en el fresco salón recibidor. Estaba sentado al borde de la piscina y
removía el agua con los dedos. Al verla llegar, se levantó y la examinó con ojo crítico.
—Quédate ahí —le dijo—. Date la vuelta. Sí. Bien. Tienes un aspecto...
—Regio —intervino el magíster Illyrio, que en aquel momento cruzaba el arco de la entrada.
Se movía con una delicadeza sorprendente para ser un hombre tan corpulento. Bajo las prendas sueltas
de seda de colores llamativos, pliegues de grasa se le movían al caminar. Llevaba anillos en todos los
dedos, y su criado le había aceitado la barba amarilla dividida en dos partes para que brillara como oro
de verdad—. Que el Señor de la Luz os llene de bendiciones en este día venturoso, princesa Daenerys
—añadió al tiempo que le tomaba la mano. Hizo una inclinación galante con la cabeza, y los dientes
amarillentos y podridos se le asomaron durante un momento entre el oro de la barba—. Es una
auténtica visión, Alteza, una auténtica visión —dijo a su hermano—. Drogo se quedará extasiado.
—Está muy flaca —replicó Viserys. Tenía el pelo rubio plata, como ella, y lo llevaba recogido
hacia atrás y sujeto con un prendedor de huesodragón. Le daba un aspecto severo, que le enfatizaba los
rasgos duros y huesudos del rostro. Apoyó la mano en el puño de la espada que le había prestado
Illyrio—. ¿Estás seguro de que a Khal Drogo le gustan las mujeres tan jóvenes?
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Juego de tronos

—Lo que importa es su linaje. Es suficientemente mayor para el khal —le respondió Illyrio
por enésima vez—. Y miradla ahora. Ese pelo tan rubio, esos ojos púrpura... La sangre de la antigua
Valyria corre por sus venas, no cabe duda, no cabe duda. Además, es la hija del viejo rey y la hermana
del nuevo, Drogo enloquecerá por ella.
Cuando le soltó la mano, Dany se dio cuenta de que la suya temblaba.
—Tienes razón —dijo su hermano, titubeante—. A esos bárbaros les gustan cosas muy raras.
Niños, caballos, ovejas...
—Será mejor que no se lo digáis a Khal Drogo —señaló Illyrio.
—¿Me tomas por idiota? —La ira relampagueó en los ojos lila de su hermano.
—Os tomo por un rey —contestó el magíster con una ligera reverencia—. Los reyes no
adoptan las mismas precauciones que los hombres vulgares. Perdonadme si os he ofendido. —Se dio
la vuelta y dio unas palmadas para llamar a los porteadores.
Las calles de Pentos estaban ya oscuras cuando se pusieron en marcha en el palanquín de
Illyrio, decorado con tallas muy elaboradas. Dos criados caminaban delante para iluminarles el camino
con recargadas lámparas de aceite de cristal azul claro, mientras una docena de hombres fuertes
cargaban las varas sobre sus hombros. Dentro, tras las cortinas, hacía calor e iban demasiado
apretados. Dany percibía con claridad el hedor de las carnes pálidas de Illyrio incluso a través de sus
perfumes pegajosos.
Su hermano, que iba junto a ella tendido entre almohadones, no se dio cuenta. Su mente estaba
muy lejos, al otro lado del mar Angosto.
—No nos hará falta todo su khalasar —dijo Viserys. Jugueteaba con el pomo de la espada
prestada, aunque Dany sabía que nunca había blandido una por necesidad—. Me bastará con diez mil.
Sí, con diez mil dothrakis puedo arrasar los Siete Reinos. Y hay otros que tampoco quieren al
Usurpador. Tyrell, Redwyne, Darry, Greyjoy... Los de Dorne arden en deseos de vengar la muerte de
Elia y de sus hijos. Y el pueblo llano estará con nosotros. Claman por su rey. —Miró a Illyrio con
ansiedad—. ¿No es cierto?
—Son vuestro pueblo, y os aman —dijo el magíster Illyrio, afable—. A lo largo y ancho de
todo el reino, en todos los poblados, los hombres brindan por vos en secreto y las mujeres bordan
dragones en los estandartes y los esconden a la espera del día en que volváis cruzando las aguas. —Se
encogió de hombros—. Al menos, eso me dicen mis agentes.
Dany no disponía de agentes ni de manera alguna de saber qué hacía o pensaba el pueblo al
otro lado del mar Angosto, pero desconfiaba de las palabras aduladoras de Illyrio. En realidad,
desconfiaba de todo lo que viniera de él. En cambio, su hermano asentía con entusiasmo.
—Yo mismo me encargaré de dar muerte al Usurpador —prometió el joven, que nunca había
matado a nadie—, igual que él mató a mi hermano Rhaegar. Y también acabaré con Lannister, el
Matarreyes, por lo que le hizo a mi padre.
—Eso sería de lo más apropiado —dijo el magíster Illyrio.
Dany vio asomarse una sonrisa entre los labios regordetes, pero su hermano no se dio cuenta.
Viserys asintió y apartó una cortina para contemplar la calle. Dany supo que estaba luchando una vez
más en la Batalla del Tridente.
La mansión de nueve torreones de Khal Drogo se alzaba junto a las aguas de la bahía, con los
altos muros de ladrillo cubiertos de hiedra clara. Illyrio les había dicho que fue un regalo de los
magísteres de Pentos al khal. Las Ciudades Libres siempre eran así de generosas con los señores de los
caballos.
—No es que tengamos miedo de esos bárbaros —les explicó con una sonrisa—. El Señor de la
Luz defendería los muros de nuestra ciudad contra un millón de dothrakis... o eso nos aseguran los
sacerdotes rojos. Pero ¿para qué correr riesgos, cuando la amistad se puede comprar a tan bajo precio?
El palanquín se detuvo ante la puerta de la finca, y uno de los guardias de la casa apartó
bruscamente los cortinajes. Tenía la piel cobriza y los ojos almendrados de los dothrakis, pero iba
afeitado y llevaba el casco de bronce con punta de los Inmaculados. Les dirigió una mirada fría. El
magíster Illyrio le gruñó algo en el áspero idioma dothraki; el guardia replicó de la misma manera y
les hizo una señal para que cruzaran la puerta.
Dany advirtió que su hermano tenía la mano crispada sobre la empuñadura de la espada ajena.
Parecía casi tan asustado como ella.
—Eunuco insolente —murmuró Viserys mientras el palanquín se alzaba de nuevo y se dirigía
hacia la casa.
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Juego de tronos

—Esta noche habrá muchos hombres importantes en el banquete. —Las palabras del magíster
Illyrio eran pura miel—. Son personas que tienen enemigos. El khal está obligado a proteger a sus
invitados, sobre todo a vos, Alteza. No cabe duda de que el Usurpador pagaría mucho por vuestra
cabeza.
—Sí, claro —asintió Viserys, sombrío—. Ya lo ha intentado más de una vez, Illyrio. Sus
asesinos a sueldo nos siguen adondequiera que vayamos. Soy el último dragón, y no podrá dormir
tranquilo mientras yo viva.
El palanquín aminoró la marcha y se detuvo. Alguien apartó los cortinajes, y un esclavo le
tendió la mano a Daenerys para ayudarla a salir. Dany se fijo en que el collar que llevaba era de bronce
comente. Su hermano la siguió, todavía con la mano sobre la empuñadura de la espada, aferrándola
con fuerza. Hizo falta la ayuda de dos hombres fuertes para poner de nuevo en pie al magíster Illyrio.
En el interior de la casa, el olor a especias, a limón dulce y a canela, creaba una atmósfera casi
palpable. Los acompañaron hasta un salón recibidor en el que había una vidriera de cristal coloreado
que representaba la Condenación de Valyria. A lo largo de las paredes se quemaba aceite en lámparas
de hierro negro. Un eunuco situado bajo un arco de piedra con motivos vegetales anunció su llegada.
—Viserys de la Casa Targaryen, el tercero de su nombre —proclamó con voz alta y clara—,
rey de los ándalos y los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del
Reino. Su
hermana, Daenerys de la Tormenta, princesa de Rocadragón. Su honorable anfitrión, Illyrio
Mopatis, magíster de la Ciudad Libre de Pentos.
Pasaron junto al eunuco para acceder a un patio de muros cubiertos de hiedra clara. La luz de
la luna teñía las hojas con tonalidades hueso y plata mientras los invitados paseaban ante ellas.
Muchos eran señores dothrakis de los caballos, hombres corpulentos de piel rojiza, con largos bigotes
adornados con anillos de metal y las cabelleras negras bien aceitadas, trenzadas y llenas de
campanillas. Pero entre ellos había también matones y mercenarios de Pentos, Myr y Tyrosh; un
sacerdote rojo aún más gordo que Illyrio; hombres velludos del Puerto de Ibben; y señores de las Islas
del Verano, de piel oscura como el ébano. Daenerys los miró, maravillada... y, de pronto, con un
escalofrío de temor, se dio cuenta de que era la única mujer entre los presentes.
—Aquellos tres de allí son jinetes de sangre de Drogo —les susurró Illyrio, inclinándose hacia
ellos—. El que está junto a la columna es Khal Moro, con su hijo Rhogoro. El hombre de la barba
verde es el hermano del arconte de Tyrosh, y el que está detrás de él es Ser Jorah Mormont.
—¿Un caballero? —preguntó Daenerys. El último nombre le había llamado la atención.
—Ni más ni menos. —Illyrio sonrió tras la barba—. Ungido con los siete óleos por el
mismísimo Septon Supremo. —¿Qué hace aquí?
—El Usurpador quería ajusticiarlo —les dijo Illyrio—. Alguna disputa sin importancia. Creo
que vendió unos cazadores furtivos a un esclavista tyroshi en vez de entregarlos a la Guardia de la
Noche. Una ley absurda. Cada uno tendría que ser libre para hacer lo que quisiera en sus tierras. —
Quiero hablar con Ser Jorah antes de que acabe la velada —dijo su hermano.
Dany se sorprendió a sí misma mirando al caballero con curiosidad. Era un hombre de cierta
edad, más de cuarenta años, y tenía una calvicie incipiente, pero parecía fuerte y en forma. Sus ropas
no eran de seda y algodón, sino de lana y cuero. Llevaba una túnica color verde oscuro, con el bordado
de un oso negro sobre las dos patas traseras.
Aún estaba mirando a aquel hombre extraño de su tierra natal al que no había visto nunca
cuando el magíster Illyrio le puso una mano húmeda en el hombro desnudo.
—Venid, mi querida princesa —susurró—. Ahí está el khal en persona.
Dany sintió deseos de huir y esconderse, pero su hermano la estaba mirando. Sabía que, si lo
disgustaba, despertaría al dragón. Se dio la vuelta con el corazón en un puño, y miró al hombre que, si
Viserys se salía con la suya, la pediría en matrimonio antes de que acabara la noche.
«La joven esclava no andaba desencaminada», pensó. Khal Drogo era un palmo más alto que
el hombre de mayor estatura de la sala, pero su andar era ligero, tan elegante como el de la pantera del
zoológico privado de Illyrio. También era más joven de lo que Dany pensaba, no tendría más de treinta
años. Tenía la piel del color del cobre bruñido, y lucía muchos anillos de oro y bronce en el espeso
bigote.
—Tengo que ir a presentar mis respetos —digo el magíster—. Esperad aquí, le diré que venga.
—¿Le has visto la trenza, hermanita? —le preguntó Viserys mientras Illyrio se alejaba,
agarrándola del brazo con tanta fuerza que le hizo daño.
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Juego de tronos

La trenza de Drogo era negra como la noche, estaba impregnada de aceites aromáticos y
adornada con multitud de campanillas que tintineaban suavemente cada vez que se movía. Le colgaba
por debajo de la cintura, más abajo incluso de las nalgas, y la punta le rozaba la parte trasera de los
muslos.
—¿Ves lo larga que la lleva? —continuó Viserys—. Cuando un dothraki cae derrotado en
combate, le cortan la trenza para que todo el mundo sepa que ha sido avergonzado. Khal Drogo nunca
ha perdido una batalla. Es la reencarnación de Aegon Lordragón, y tú vas a ser su reina.
Dany contempló a Khal Drogo. Tenía el rostro severo y cruel, con ojos tan fríos y oscuros
como el ónice. Su hermano la golpeaba a veces, cuando ella despertaba al dragón, pero no le daba
miedo de la misma manera que aquel hombre.
—No quiero ser su reina —se oyó decir con voz frágil, queda—. Por favor, Viserys, por favor,
no quiero. Quiero irme a casa.
—¿A casa? —No levantó la voz, pero la ira reverberaba en ella—. ¿Cómo vamos a volver a
casa, hermanita? ¡Nos quitaron nuestra casa! —La arrastró hacia las sombras, fuera de la vista de los
demás; hundía los dedos en la piel de la niña—. ¿Cómo vamos a volver a casa? —repitió, pensando en
Desembarco del Rey y en Rocadragón, y en todo el reino que habían perdido.
Dany se refería sólo a sus habitaciones en la hacienda de Illyrio, que sin duda no eran su
verdadero hogar, pero no tenían otra cosa. Su hermano ni siquiera pensaba en aquello. Allí no tenía
nada parecido a un hogar. Ni la casa grande de la puerta roja había sido un hogar para él. La aferró con
más fuerza todavía, exigiendo una respuesta.
—No lo sé... —dijo al final Dany con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.
—Yo sí —dijo él con voz cortante—. Vamos a volver a casa con un ejército, hermanita.
Vamos a volver con el ejército de Khal Drogo. Y si para eso tienes que casarte y acostarte con él, lo
harás. —Sonrió—. Si hiciera falta dejaría que te follara todo su khalasar, hermanita, los cuarenta mil
hombres uno tras otro, y también sus caballos si con eso consiguiera mi ejército. Da las gracias de que
sea sólo Drogo. Con el tiempo hasta puede que te guste. Venga, sécate los ojos. Illyrio lo trae hacia
aquí, y no quiero que te vea llorar.
Dany se giró y vio que era verdad. El magíster Illyrio, todo sonrisas y reverencias,
acompañaba a Khal Drogo hacia ellos. Se secó con el dorso de la mano las lágrimas que no había
llegado a derramar.
—Sonríe —susurró Viserys, nervioso, con la mano otra vez en la empuñadura de la espada—.
Y haz el favor de erguirte. Que vea que tienes tetas. Ya andas bastante escasa aunque te pongas
derecha.
Daenerys sonrió y se irguió.

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Juego de tronos

EDDARD

Los visitantes entraban como un río de oro, plata y acero bruñido por las puertas del
castillo, más de trescientos, la élite de los abanderados, los caballeros, las espadas leales y los
jinetes libres. Sobre ellos ondeaban una docena de estandartes dorados, agitados por el viento del
norte, en los que se veía el venado coronado de Baratheon.
Ned conocía personalmente a muchos de los jinetes. Allí estaba Ser Jaime Lannister, de
cabellos tan brillantes como el oro batido, y Sandor Clegane, con el espantoso rostro quemado. El
muchachito alto que cabalgaba junto a él sólo podía ser el príncipe heredero, y el hombrecillo
atrofiado que iba detrás de ellos era sin duda el Gnomo, Tyrion Lannister.
Pero el hombretón corpulento que cabalgaba al frente de la columna, flanqueado por dos
caballeros con las capas níveas de la Guardia Real, era casi un desconocido para Ned... hasta que
se bajó del caballo de guerra con un rugido harto familiar, y lo estrechó en un abrazo de oso que le
hizo crujir los huesos.
—¡Ned! ¡Cómo me alegro de verte! ¡Sigues igual, no sonríes ni aunque te maten! —El rey
lo examinó de pies a cabeza y soltó una carcajada—. ¡No has cambiado nada!
Ned habría deseado poder decir lo mismo. Habían pasado quince años desde que
cabalgaran juntos para conquistar un trono. El señor de Bastión de Tormentas era entonces un
joven de rostro afeitado, ojos claros y torso musculoso; el sueño de cualquier doncella. Con sus
dos metros de altura, se erguía por encima de todos los demás, y cuando se ponía la armadura y el
gran yelmo astado de su Casa se convertía en un verdadero gigante. También tenía la fuerza de un
gigante, y su arma favorita era una maza de hierro con púas que Ned apenas si podía levantar. En
aquellos tiempos, el olor del cuero y la sangre lo envolvía como un perfume.
Ahora era el perfume lo que lo envolvía como un perfume, y tenía una circunferencia tan
excepcional como su estatura. Ned había visto al rey por última vez hacía nueve años durante la
revuelta de Balón Greyjoy, cuando el venado y el lobo huargo se unieron para poner fin a las
pretensiones del que se había proclamado rey de las Islas del Hierro. Desde aquella noche en que
estuvieron juntos ante la fortaleza vencida, donde Robert aceptó la rendición del señor y Ned se
llevó a
su hijo Theon como rehén y pupilo, el rey había engordado al menos cuarenta kilos. Lucía
una barba negra y tan basta como el alambre, que por lo menos servía para ocultar la papada y los
temblorosos mofletes del rey, pero nada podía disimular la barriga ni las bolsas oscuras bajo los
ojos.
Pero ahora Robert era el rey de Ned, y no sólo un amigo. No podía decirle aquello.
—Alteza —fue su saludo—. Invernalia está a vuestra disposición.
El resto del grupo también había desmontado, y los mozos de cuadra acudieron a llevarse
los caballos. La reina consorte de Robert, Cersei Lannister, entró a pie junto con sus hijos
mayores. La casa sobre ruedas en que habían viajado, un enorme carruaje de dos pisos hecho de
roble y metales dorados, que remolcaban cuarenta caballos de tiro, era tan ancha que no podía
pasar por las puertas del castillo. Ned hincó una rodilla en la nieve para besar el anillo de la reina,
mientras Robert abrazaba a Catelyn como si fuera una hermana largo tiempo ausente. A
continuación presentaron a sus respectivos hijos, con los comentarios típicos por parte de los
adultos.
—Llévame a tu cripta, Eddard —dijo el rey a su anfitrión en cuanto terminaron las
formalidades del recibimiento—. Quiero presentar mis respetos.
El corazón de Ned se llenó de afecto hacia el rey por recordarla aún después de tantos
años. Pidió una lámpara de aceite. No hacía falta decir más. La reina había iniciado una protesta,
llevaban viajando desde el amanecer, todos estaban cansados y tenían frío; lo primero era
descansar un rato. Que los muertos esperasen. No dijo más. Robert le había dirigido una mirada, y
su hermano gemelo, Jaime, la agarró por un brazo y la apartó de allí en silencio.
Ned y aquel rey al que apenas reconocía bajaron juntos a la cripta. Los tortuosos peldaños
de piedra eran estrechos. Ned iba delante con la lámpara.
—Ya pensaba que no íbamos a llegar nunca a Invernalia —se quejó Robert mientras
descendían—. Tal y como se habla de mis Siete Reinos en el sur, uno tiene tendencia a olvidar
que tu parte es tan grande como los otros seis juntos.
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Juego de tronos

—Espero que hayáis tenido un buen viaje, Alteza.
—Pantanos, bosques, campos y ni una posada decente al norte del Cuello —dijo Robert
con un bufido—. En la vida había visto nada tan desierto. ¿Dónde vive toda tu gente?
—Puede que sean demasiado tímidos para salir —bromeó Ned. Ya notaba el frío que subía de
la cripta, un aliento gélido procedente del centro de la tierra—. No se ven muchos reyes en el norte.
—En cambio sí se ven muchas nevadas de finales de verano. ¡Nieve, Ned! ¡Nada menos que
nieve! —Tuvo que apoyarse contra la pared para mantener el equilibrio en la bajada.
—Sí, aquí son frecuentes —dijo Ned—. Espero que no os molestaran. Por lo general son
nevadas ligeras.
—Los Otros se lleven tus nevadas ligeras —maldijo Robert—. ¿Cómo será este lugar en
invierno? No quiero ni pensarlo.
—Los inviernos son duros —admitió Ned—. Pero los Stark lo soportaremos, como siempre
hemos hecho.
—Tienes que venir al sur —le dijo Robert—. Tienes que probar el verano antes de que se
acabe. En Altojardín hay campos enteros de rosas doradas que se extienden hasta donde alcanza la
vista. Las frutas están tan maduras que te estallan en la boca. Hay melones, melocotones y ciruelas de
fuego más dulces que nada que hayas probado. Ya verás, te he traído unas pocas. Hasta en Bastión de
Tormentas, con ese viento que sopla de la bahía, durante el día hace tanto calor que no dan ganas ni de
moverse. ¡Y no te imaginas cómo están las ciudades, Ned! Hay flores por todas partes, los mercados
están a rebosar de comida, los vinos veraniegos son tan baratos y tan buenos que te puedes
emborrachar sólo con respirar cerca de ellos. Todos los ciudadanos están gordos, borrachos, y se han
hecho ricos. —Se echó a reír y se palmeó el estómago prominente—. ¡Y las mujeres, Ned! —exclamó,
con los ojos chispeantes—. Te juro que parece que, con el calor, las mujeres se olvidan del recato.
Nadan desnudas en el río, justo ante los muros del castillo. En las calles hace demasiado calor para la
ropa de lana o piel, así que van por ahí con esos vestiditos cortos, de seda si tienen dinero y de algodón
si no, pero qué más da, en cuanto empiezan a sudar el tejido se les pega a la piel y es como si fueran
desnudas. —El rey se rió con ganas.
Robert Baratheon siempre había sido hombre de apetitos voraces, poco dado a negarse ningún
placer. En aquello no había cambiado nada. Pero Ned advirtió que esos placeres se estaban cobrando
su precio. Cuando llegaron al pie de las escaleras Robert jadeaba, y se le veía el rostro congestionado a
la luz de la lámpara mientras se adentraban en la oscuridad de la cripta.
—Alteza —dijo Ned con respeto.
Movió la lámpara en un semicírculo amplio. Las sombras se agitaron en torno a ellos. La luz
temblorosa tocó las piedras del suelo, y fue acariciando una larga procesión de columnas de granito
que se alejaban a pares en la oscuridad. Entre las columnas estaban los muertos, sentados en tronos de
piedra contra las paredes, la espalda apoyada en los sepulcros que contenían sus restos mortales.
—Ella está al final, con mi padre y con Brandon.
Abrió la marcha entre las columnas, y Robert lo siguió sin decir palabra, tiritando en aquel frío
subterráneo. Allí jamás hacía calor. Las pisadas de los dos hombres resonaban sobre las piedras y
despertaban ecos en la bóveda del techo mientras caminaban entre los muertos de la Casa Stark. Los
señores de Invernalia contemplaban su paso. Sus efigies estaban talladas en las piedras que sellaban
las tumbas, sentadas en largas hileras, con los ojos ciegos fijos en la oscuridad eterna y con grandes
lobos huargo de piedra tendidos a sus pies. Las sombras trémulas hacían que las figuras de piedra
parecieran agitarse cuando los vivos pasaban ante ellas.
Según la antigua costumbre, todos los que habían sido señores de Invernalia tenían una espada
larga cruzada sobre el regazo para mantener a los espíritus vengativos en sus criptas. Las más viejas se
habían ido oxidando hasta reducirse a polvo hacía ya mucho tiempo, y sólo quedaban unas manchas
rojas allí donde el metal había descansado sobre la piedra. Ned se preguntó si aquello implicaba que
esos fantasmas vagaban ahora libremente por el castillo. Esperaba que no. Los primeros señores de
Invernalia habían sido hombres tan duros como la tierra sobre la que gobernaban. En los siglos previos
a que los Señores Dragón llegaran por mar nunca habían jurado alianza a hombre alguno, y se hacían
llamar los Reyes en el Norte.
Por fin, Ned se detuvo y alzó la lámpara de aceite. La cripta se prolongaba ante ellos en la
oscuridad, pero más allá de aquel punto las tumbas estaban vacías y abiertas; eran agujeros negros a la
espera de sus muertos, lo esperaban a él y a sus hijos. A Ned no le gustaba pensar sobre el tema.
—Es aquí —dijo al rey.
Robert asintió en silencio, se arrodilló e inclinó la cabeza.
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Juego de tronos

Se encontraban ante tres tumbas juntas. Lord Rickard Stark, el padre de Ned, había tenido un
rostro afilado y adusto. El escultor lo había conocido bien cuando vivía. Estaba sentado en pose de
tranquila dignidad con los dedos de piedra aferrados a la espada que tenía sobre el regazo, pero en vida
todas las espadas le habían fallado. A ambos lados, en dos sepulcros más pequeños, se encontraban sus
hijos.
Branden tenía veinte años cuando murió estrangulado por orden del rey loco Aerys
Targaryen, pocos días antes de la fecha fijada para su matrimonio con Catelyn Tully de
Aguasdulces. Obligaron a su padre a presenciar su muerte. Era el heredero legítimo, el
primogénito, nacido para dominar aquellas tierras.
Lyanna sólo llegó a cumplir los dieciséis años, era una niña mujer de belleza insuperable.
Ned la había querido mucho. Robert, todavía más; estaba destinada a ser su esposa.
—Era más hermosa que esta estatua —dijo el rey tras un largo silencio. Los ojos se le
demoraron en el rostro de Lyanna, como si pudiera devolverle la vida a fuerza de voluntad. Por
fin, se levantó con torpeza debido a su peso—. Ay, Ned, ¿por qué tuviste que enterrarla en un
lugar como éste? —Tenía la voz ronca por el dolor rememorado—. Se merecía algo mucho mejor
que la oscuridad...
—Era una Stark de Invernalia —dijo Ned con voz suave—. Éste es su lugar.
—Debería estar enterrada en alguna colina, bajo un árbol frutal, con un techo de sol y
nubes, donde la pudiera acariciar la lluvia...
—Yo estaba con ella cuando murió —recordó Ned al rey—. Quería volver a casa y
descansar entre Brandon y nuestro padre.
Todavía le parecía recordar su voz algunas veces.
«Prométemelo —le había suplicado en una habitación que olía a sangre y a rosas—.
Prométemelo, Ned.» La fiebre le había arrebatado las fuerzas, y su voz era débil como un susurro,
pero cuando Ned le dio su palabra el miedo desapareció de los ojos de su hermana. Recordaba
cómo le había sonreído, con cuánta fuerza le había aferrado la mano mientras dejaba de resistirse
a la muerte, cómo se le habían caído de entre los dedos los pétalos de rosa, negros y marchitos.
Después de aquello ya no recordaba nada. Lo habían encontrado muy quieto, mudo de dolor,
abrazado a Lyanna. Howland Reed, el menudo lacustre, había desentrelazado las manos de los
hermanos. Ned no recordaba nada de aquello.
—Le traigo flores siempre que puedo —dijo—. A Lyanna... le gustaban las flores.
—Juré matar a Rhaegar por esto —dijo el rey después de tocar la mejilla de la estatua y
acariciar la piedra áspera como si ésta tuviera vida.
—Y lo hicisteis —señaló Ned.
—Sólo una vez —dijo Robert con amargura.
Se habían enfrentado en el vado del Tridente, en el centro mismo de la batalla, Robert con
su maza y su enorme yelmo astado, el príncipe Targaryen con su armadura negra. Llevaba en la
coraza del pecho el dragón de tres cabezas de su Casa, todo recubierto de rubíes que refulgían a la
luz del sol. Las aguas del Tridente enrojecieron en torno a los cascos de sus corceles mientras
ellos cruzaban las armas una y otra vez, hasta que por último un golpe de la maza de Robert
destrozó el dragón y el pecho que había debajo. Cuando Ned llegó al lugar, Rhaegar yacía ya
muerto en el río, y hombres de ambos ejércitos se zambullían en las aguas turbias para buscar los
rubíes que se habían desprendido de la armadura.
—Lo mato cada noche en mis sueños —admitió Robert—. Pero un millar de muertes
siguen siendo menos de lo que merece.
Ned no pudo disentir.
—Tenemos que regresar, Alteza —señaló al final—. Vuestra esposa os está esperando.
—Los Otros se lleven a mi esposa —murmuró Robert con amargura. Pero, pese a todo,
echó a andar con pasos pesados por donde habían venido—. Por cierto, si me sigues tratando con
tanta formalidad, haré que te corten la cabeza y la claven en una pica. Entre nosotros hay mucho
más que esas tonterías.
—No lo he olvidado —replicó Ned con tranquilidad. Al ver que el rey no decía nada,
siguió hablando—. Dime qué le pasó a Jon.
—Jamás había visto a nadie enfermar tan deprisa —dijo Robert sacudiendo la cabeza—.
Organizamos un torneo para celebrar el día del nombre de mi hijo. Si hubieras visto a Jon aquel
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Juego de tronos

día, habrías pensado que iba a vivir eternamente. Dos semanas después estaba muerto. La
enfermedad pareció inflamarle las entrañas. Lo abrasó por dentro. —Se detuvo junto a una
columna, ante la tumba de un Stark muerto mucho tiempo atrás—. Yo amaba a ese anciano.
—Lo sé. Yo también. —Ned hizo una pausa—. Catelyn teme por su hermana. ¿Qué tal
lleva Lysa la tragedia?
—La verdad es que no muy bien —admitió Robert después de fruncir los labios con
amargura—. Creo que la pérdida de Jon la ha enloquecido, Ned. Se ha llevado al chico de vuelta
al Nido de Águilas. Es lo contrario de lo que le dije. Yo quería que se criara como pupilo de
Tywin Lannister en Roca Casterly. Jon no tenía hermanos, y el chiquillo era su único hijo. ¿Cómo
iba a permitir yo que lo educaran sólo mujeres?
Ned preferiría confiar un niño a los cuidados de una víbora que a Lord Tywin, pero no quiso
decirlo. Algunas heridas no llegan a cerrarse jamás, y sangran de nuevo a la menor mención.
—La esposa ha perdido al marido —dijo con cautela—. Tal vez la madre tenga miedo de
perder al hijo. Es un niño muy pequeño.
—Tiene seis años, es débil y enfermizo, y ahora es el señor del Nido de Águilas. Que los
dioses nos amparen. Lord Tywin nunca ha tenido un pupilo. Para Lysa debería ser un honor. Los
Lannister son una Casa grande y noble. Pero no quiso ni hablar del tema. Se marchó en plena noche,
sin siquiera pedir mi venia. Cersei se puso como una fiera. —Suspiró hondo—. El niño lleva mi
nombre, ¿lo sabías? Robert Arryn. Juré protegerlo. ¿Cómo lo voy a hacer si su madre se lo lleva a
escondidas?
—Si quieres lo adoptaré yo como pupilo —propuso Ned—. Lysa daría su consentimiento.
Catelyn y ella estaban muy unidas cuando eran niñas, y también ella puede vivir aquí si quiere.
—Es una oferta muy generosa, amigo mío —dijo el rey—. Pero llega tarde. Lord Tywin ya ha
dado su consentimiento. Dejar al chico como pupilo de cualquier otro sería una afrenta.
—Me preocupa más el bienestar de mi sobrino que el orgullo de un Lannister.
—Eso es porque no duermes cada noche con una Lannister —rió Robert, con una carcajada
que resonó entre las tumbas y despertó ecos en la bóveda del techo. Su sonrisa era un relámpago de
dientes blancos en la inmensa espesura de la barba negra—. Ay, Ned —añadió—, sigues siendo
demasiado serio. —Rodeó los hombros de Ned con un brazo inmenso—. Había planeado esperar unos
días antes de hablar contigo, pero ya veo que no hará falta. Vamos a dar un paseo.
Caminaron entre las columnas. Los ojos ciegos de piedra parecían seguirlos a su paso. El rey
mantuvo el brazo sobre los hombros de Ned.
—Supongo que te preguntarás por qué he venido a Invernalia después de tanto tiempo —
continuó Robert.
—Sin duda por el placer que te produce estar conmigo —dijo Ned a la ligera. Lo sospechaba,
pero prefirió no decir lo que le pasaba por la cabeza—. Y también está el Muro. Tienes que ir a
visitarlo, Alteza, debes recorrer sus almenas y hablar con los hombres que lo defienden. La Guardia de
la Noche no es ni una sombra de lo que fue. Benjen dice que...
—Ya me figuro que sabré muy pronto lo que dice tu hermano —lo interrumpió Robert—. El
Muro lleva en pie... ¿Cuánto? ¿Ocho mil años? Puede esperar unos días más. Tengo problemas más
apremiantes. Corren tiempos difíciles. Necesito hombres de confianza a mi lado. Hombres como Jon
Arryn. Me sirvió como señor del Nido de Águilas, Guardián del Oriente y Mano del Rey. No será fácil
encontrar quien lo reemplace.
—Su hijo... —empezó Ned.
—Su hijo heredará el Nido de Águilas con todos los ingresos que eso conlleva —replicó
Robert bruscamente—. Nada más.
Aquello tomó a Ned por sorpresa. Se detuvo boquiabierto, y se volvió para mirar a su rey. No
pudo contener las palabras que salieron de sus labios.
—Los Arryn han sido siempre los Guardianes del Oriente. El título va con los dominios.
—Es posible que, cuando sea mayor de edad, le devuelva ese honor —dijo Robert—. Tengo
este año y el siguiente para pensármelo. Pero un niño de seis años no me vale como jefe guerrero, Ned.
—En época de paz el título no es más que un honor. Deja que el chico lo ostente. Aunque sólo
sea en memoria de su padre. Eso se lo debes a Jon por sus servicios, qué menos.
—Los servicios que me prestó Jon eran su deber para con su rey y señor. —El rey no parecía
satisfecho. Quitó el brazo de los hombros de Ned—. No soy ningún ingrato, Ned. Tú lo sabes mejor
que nadie. Pero el hijo no es como el padre. Un niño no puede defender todo el oriente. —Su tono se
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Juego de tronos

suavizó—. Bueno, ya basta del tema. Tengo cosas más importantes que comentar, y no pienso discutir
contigo. —Robert agarró a Ned por el codo—. Te necesito, Ned.
—Siempre a tus órdenes, Alteza. Siempre. —Era lo que tenía que decir, y lo dijo, temiendo lo
que venía a continuación. Robert no dio señas de haberlo oído.
—Aquellos años que pasamos en el Nido de Águilas... Dioses, fueron buenos tiempos, ¿eh?
Quiero que vuelvas a estar a mi lado, Ned. Te necesito en Desembarco del Rey, no aquí, en el fin del
mundo, donde no le sirves de nada a nadie. —Robert clavó la vista en la oscuridad, tan melancólico
como un Stark durante un momento—. Te lo juro, sentarse en un trono es mil veces más duro que
conquistarlo. La ley es un asunto tedioso y contar calderilla aún más. Y los súbditos... siempre hay
súbditos, siempre, y todos quieren verme. Me tengo que sentar en esa maldita silla de hierro y
escuchar sus quejas hasta que se me queda la mente en
blanco y el culo en carne viva. Todos quieren algo, dinero, o tierras, o justicia. Y las
mentiras que me cuentan... ni te imaginas. Y las damas y caballeros de mi corte son iguales. Estoy
rodeado de imbéciles y aduladores. Es como para volverse loco, Ned. La mitad de ellos no se
atreven a decirme la verdad, y la otra mitad no la sabe. Hay noches en que deseo que nos hubieran
derrotado en el Tridente. Bueno, no, no es en serio, pero...
—Te comprendo —dijo Ned con voz amable.
—Lo sé —dijo Robert mirándolo—. Pero eres el único, amigo mío. —Sonrió—. Lord
Eddard Stark, te nombro Mano del Rey.
Ned se dejó caer sobre una rodilla. La oferta no le sorprendía. Si no era para eso, ¿qué
objetivo tenía el viaje de Robert? La Mano del Rey era el segundo hombre más poderoso de los
Siete Reinos. Hablaba con la voz del rey, tenía el mando de los ejércitos del rey, y redactaba las
leyes del rey. En ocasiones incluso se sentaba en el Trono de Hierro para impartir la justicia del
rey, cuando éste estaba ausente, o enfermo, o indispuesto por cualquier motivo. Robert estaba
poniendo en sus manos una responsabilidad del tamaño del mismísimo reino.
Era la última cosa en el mundo que Ned deseaba.
—Alteza —dijo—, no soy digno de ese honor.
—Si quisiera concederte algún honor —gruñó Robert impaciente, pero de buen humor—,
permitiría que te retirases. Mi intención es que controles el reino y pelees en las guerras mientras
yo me dedico a comer, a beber y a acostarme con chicas; tres actividades que me llevarán pronto a
la tumba. —Se dio una palmada en la barriga y sonrió—. ¿Sabes qué se dice del rey y su Mano?
—Lo que el rey sueña, la Mano lo crea. —Ned lo sabía.
—Una vez me llevé a la cama a una pescadera que me contó que el pueblo llano tiene una
versión mejor del dicho. Dicen que el rey come y la Mano limpia la mierda.
Echó la cabeza hacia atrás en una estruendosa carcajada. Los ecos resonaron en la
oscuridad, y los muertos de Invernalia parecieron mirar a los dos hombres con ojos fríos y
reprobatorios.
Por fin las carcajadas cesaron. Ned seguía con una rodilla hincada en el suelo, mirando
hacia arriba.
—Por los dioses, Ned —se quejó el rey—. Al menos podrías sonreír.
—Dice la voz popular que aquí hace tanto frío en invierno que a uno se le congela la risa
en la garganta y lo ahoga —dijo Ned con tono neutro—. Quizá por eso los Stark no tenemos
mucho sentido del humor.
—Ven conmigo al sur y te enseñaré a reír de nuevo —prometió el rey—. Me ayudaste a
conseguir este maldito trono, ahora ayúdame a conservarlo. Nuestro destino era gobernar juntos.
De no ser por la muerte de Lyanna habríamos sido parientes, nos uniría la sangre, no sólo el
afecto. Pero no es demasiado tarde. Tengo un hijo, y tú una hija. Mi Joff y tu Sansa unirán
nuestras casas, como en el pasado quisimos hacer Lyanna y yo.
—Sansa no tiene más que once años. —Aquella oferta sí que lo había sorprendido.
—Edad suficiente para prometerse —dijo Robert agitando una mano en gesto
impaciente—. Lo del matrimonio puede esperar unos años. —El rey sonrió—. Maldita sea, ponte
de pie y di que sí.
—Nada me sería más grato, Alteza —respondió Ned. Titubeó un instante—. Estos
honores son tan inesperados... ¿te importa si medito un poco antes de responderte? Tengo que
hablar con mi esposa...
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Juego de tronos

—Claro, claro, díselo a Catelyn, consúltalo con la almohada si quieres. —El rey palmeó a
Ned en el hombro y lo ayudó a ponerse en pie, aunque le costó un esfuerzo—. Pero no me hagas
esperar demasiado. No tengo mucha paciencia.
Durante un momento, un presentimiento oscuro y ominoso nubló la mente de Eddard
Stark. Invernalia era su lugar en el mundo, su vida estaba en el norte. Contempló las figuras de
piedra que lo rodeaban, y respiró hondo en el silencio gélido de la cripta. Sentía los ojos de los
muertos clavados en él. Sabía que lo estaban escuchando. Y se acercaba el invierno.

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Juego de tronos

JON

Había ocasiones, aunque no muchas, en las que Jon Nieve se alegraba de ser el hijo bastardo.
Aquella noche, mientras se llenaba una vez más la copa de vino de la jarra de un mozo que pasaba
junto a él, pensó que ésa era una de ellas.
Volvió a ocupar su lugar en el banco, entre los escuderos jóvenes, y bebió. El sabor dulce y
afrutado del vino veraniego le impregnó la boca y dibujó una sonrisa en sus labios.
La sala principal de Invernalia estaba llena de humo y el aire cargado del olor a carne asada y
a pan recién hecho. Los estandartes cubrían los muros de piedra gris. Blanco, oro y escarlata: el huargo
de los Stark, el venado coronado de los Baratheon y el león de los Lannister. Un trovador tocaba el
arpa alta al tiempo que recitaba una balada, pero en aquel rincón de la sala apenas se lo escuchaba por
encima del crepitar de las llamas, el estrépito de los platos y las copas, y el murmullo de cientos de
conversaciones ebrias.
Corría la cuarta hora del festín de bienvenida dispuesto en honor al rey. Los hermanos de Jon
ocupaban sitios asignados con los príncipes, junto al estrado donde Lord y Lady Stark agasajaban a los
reyes. Seguramente su padre permitiría a los niños beber una copa de vino dada la importancia de la
ocasión, pero sólo una. En cambio allí abajo, en los bancos, nadie impedía a Jon beber tanto como
quisiera para saciar su sed.
Y estaba dándose cuenta de que tenía la sed de un hombre, para regocijo de los jóvenes que lo
rodeaban y lo animaban a servirse de nuevo cada vez que vaciaba la copa. Eran buenos muchachos, y
Jon disfrutaba de las historias que contaban, anécdotas de peleas, de cama y de caza. Estaba seguro de
que sus compañeros eran más divertidos que los hijos del rey. Para satisfacer su curiosidad le había
bastado observar a los visitantes cuando entraron en la sala. El cortejo había pasado a escasa distancia
del lugar que se le había asignado en el banco, y Jon había tenido ocasión de examinar a cada uno de
ellos.
Su señor padre iba a la cabeza, acompañando a la reina. Era tan bella como comentaban los
hombres. Se adornaba la larga cabellera rubia con una diadema engastada con piedras preciosas, cuyas
esmeraldas le hacían juego con los ojos verdes. Su padre la ayudó a subir a la tarima y la acompañó a
su asiento, pero la reina ni siquiera lo miró. Jon vio lo que ocultaba tras su sonrisa, pese a sus catorce
años.
A continuación iba el rey Robert, con Lady Stark del brazo. Para Jon, el rey fue una gran
decepción. Su padre le había hablado a menudo de él: el sin par Robert Baratheon, demonio del
Tridente, el guerrero más feroz del reino, un gigante entre los príncipes... Jon sólo veía a un hombre
gordo y de rostro congestionado bajo la barba, que sudaba en sus ropas de seda. Caminaba como si ya
hubiera bebido bastante.
Tras ellos llegaron los niños. El pequeño Rickon iba el primero, con toda la dignidad que era
posible en un chiquillo de tres años. Jon había tenido que apremiarlo para que siguiera avanzando,
porque se detuvo ante él para charlar. Justo detrás iba Robb, vestido con ropas de lana gris con ribetes
blancos, los colores de los Stark. Llevaba del brazo a la princesa Myrcella. Era apenas una chiquilla,
no llegaba a los siete años, con una cascada de rizos dorados recogidos en una redecilla enjoyada. Jon
advirtió las miradas de reojo que lanzaba a Robb mientras avanzaban entre las mesas y las sonrisas
tímidas que le dirigía. Le pareció muy sosa. Y Robb ni siquiera se daba cuenta de lo idiota que era; le
sonreía como un bobo.
Sus medio hermanas iban con los príncipes. A Arya le había tocado acompañar a Tommen, un
niño regordete que llevaba el pelo rubio, casi blanco, más largo que ella. Sansa, dos años mayor, iba
con el príncipe heredero, Joffrey Baratheon. El muchacho tenía doce años, era más joven que Jon y
que Robb, pero para consternación de Jon los superaba a ambos en altura. El príncipe Joffrey tenía el
cabello de su hermana y los ojos verde oscuro de su madre. Los espesos rizos dorados le caían sobre la
gargantilla de oro y el cuello alto de terciopelo. Sansa, a su lado, parecía radiante de felicidad, pero a
Jon no le gustaron los labios fruncidos de Joffrey, ni la mirada aburrida y desdeñosa que dirigió al
salón principal de Invernalia.
Le interesó mucho más la pareja que iba detrás de él: los hermanos de la reina, los Lannister
de Roca Casterly. El León y el Gnomo. No había manera de confundirlos. Ser Jaime Lannister era
hermano gemelo de la reina Cersei: alto, rubio, con ojos verdes deslumbrantes y una sonrisa que
cortaba como un cuchillo. Iba vestido con ropas de seda escarlata, botas altas negras y capa negra de
raso. En el pecho de la túnica se veía el león rugiente de su Casa, bordado en hilo de oro. Lo llamaban
el León de Lannister cuando estaba presente, y Matarreyes a sus espaldas.
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Juego de tronos

A Jon le costó apartar la vista de él.
«Este es el aspecto que debería tener un rey», pensó mientras lo veía pasar.
Entonces se fijó en el otro, que renqueaba medio oculto por su hermano. Tyrion Lannister era
el más joven de los hijos de Lord Tywin, y con mucho el más feo. Los dioses habían negado a Tyrion
todas las gracias que derramaron sobre Cersei y Jaime. Era enano, medía la mitad que su hermano y le
costaba seguir su ritmo con aquellas piernas atrofiadas. Tenía la cabeza demasiado grande en
proporción al cuerpo, y los rasgos deformes, aplastados, bajo un ceño inmenso. Un ojo verde y el otro
negro lo escudriñaban todo bajo una mata de pelo lacio tan rubio que parecía blanco. Jon lo observó,
fascinado.
Los últimos grandes señores en entrar fueron su tío, Benjen Stark, de la Guardia de la Noche,
y el joven pupilo de su padre Theon Greyjoy. Benjen dedicó a Jon una cálida sonrisa al pasar junto a
él. Theon no se dignó a mirarlo, pero aquello no era ninguna novedad. Cuando todos se hubieron
sentado, tras los brindis y los agradecimientos recíprocos, comenzó el banquete.
Jon había empezado a beber en aquel momento, y no había parado.
Algo se le frotó contra la pierna por debajo de la mesa. Jon vio los ojos rojos que se alzaban
para mirarlo.
—¿Otra vez tienes hambre? —preguntó.
Todavía quedaba medio pollo a la miel en la mesa. Jon fue a arrancarle un muslo, pero se le
ocurrió una idea mejor. Pinchó la pieza entera y la dejó caer al suelo, entre las piernas. Fantasma lo
devoró en un silencio salvaje. A sus hermanos no les habían dejado asistir al banquete con los lobos,
pero en aquel rincón de la sala había innumerables chuchos, y nadie había protestado por la presencia
de su cachorro. Se dijo que en aquel aspecto también tenía suerte.
Le escocían los ojos. Se los frotó con energía, maldiciendo el humo. Bebió otro trago de vino
y se dedicó a mirar cómo su huargo devoraba el pollo.
Los perros correteaban entre las mesas tras los pasos de las camareras. Uno de ellos, una perra
negra de grandes ojos amarillos, captó el olor del pollo. Se metió bajo el banco para reclamar su parte.
Jon observó el enfrentamiento. La perra lanzó un gruñido bajo y se acercó más. Fantasma alzó la vista
en silencio y clavó aquellos ojos rojos en la hembra. La perra lanzó al aire una dentellada desafiante.
Era tres veces más grande que el cachorro de huargo. Fantasma no se movió. Se irguió junto a su
botín, abrió la boca y enseñó los colmillos. La perra se puso en tensión, ladró de nuevo y cambió de
idea con respecto a aquella pelea. Se dio media vuelta y se alejó, no sin lanzar otra dentellada al aire
por cuestión de orgullo. Fantasma volvió a concentrarse en su comida.
Jon sonrió y acarició el pelaje blanco tupido por debajo de la mesa. El huargo alzó la vista
hacia él, le dio un mordisquito cariñoso en la mano y siguió comiendo.
—¿Éste es uno de los huargos de los que tanto se habla? —preguntó una voz conocida, muy
cerca de él.
—Sí —dijo Jon sonriendo a su tío Ben, que le había puesto una mano en la cabeza y le
revolvía el pelo casi igual que él había hecho con el lobo—. Se llama Fantasma.
Uno de los escuderos interrumpió la anécdota procaz que estaba contando para hacer sitio al
hermano de su señor en el banco. Benjen Stark se sentó a horcajadas y le quitó la copa a Jon de entre
los dedos.
—Vino veraniego —dijo tras beber un sorbo—. No hay nada más dulce. ¿Cuántas te has
tomado, Jon? —Jon sonrió. Ben Stark se echó a reír—. Lo que me temía. En fin, yo era más joven que
tú la primera vez que me emborraché a conciencia. —Cogió de la bandeja más cercana una cebolla
asada que rezumaba salsa oscura y le dio un mordisco. Se oyó un crujido cuando le hincó los dientes.
Su tío era un hombre de rasgos afilados, duros como la roca, pero los ojos azul grisáceo
siempre parecían sonreír. Iba invariablemente vestido de negro porque pertenecía a la Guardia de la
Noche. Aquella velada sus ropas eran de suntuoso terciopelo negro, con botas altas de cuero y un
cinturón ancho con hebilla de plata. Llevaba una gruesa cadena de plata en torno al cuello. Mientras se
comía la cebolla, Benjen observó a Fantasma con gesto divertido.
—Un lobo muy tranquilo —señaló.
—No se parece a los otros —asintió Jon—. Nunca hace ruido. Por eso le he puesto el nombre
de Fantasma. Bueno, por eso y porque es blanco. Los otros son todos oscuros, grises o negros.
—Todavía hay huargos más allá del muro. A veces los oímos cuando salimos de expedición.
—Benjen Stark clavó los ojos en Jon durante un largo momento—. ¿No comes en la misma mesa que
tus hermanos?
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literatura fantástica

Juego de tronos

—Casi siempre —respondió Jon con voz átona—. Pero Lady Stark ha pensado que esta noche
sería un insulto para la familia real sentar a un bastardo entre ellos.
—Ya entiendo. —Su tío echó un vistazo por encima del hombro, hacia la mesa de la tarima al
otro lado de la sala—. Mi hermano no parece nada contento esta noche.
Jon también se había dado cuenta. Un bastardo tiene que aprender a fijarse en todo, a
descubrir las verdades que la gente oculta tras los ojos.
Su padre respetaba todas las normas del protocolo y de la cortesía, pero había en él una
tensión que Jon le había visto en escasas ocasiones. Hablaba poco, y miraba la sala sin ver. A dos
asientos del suyo, el rey se había pasado la noche bebiendo. Tenía el rostro regordete congestionado
bajo la espesa barba negra. Había hecho muchos brindis, había reído con todas las bromas y había
atacado cada plato como si estuviera muerto de hambre; a su lado, la reina parecía gélida como una
escultura de hielo.
—La reina también está enfadada —dijo Jon a su tío en voz baja—. Mi padre ha bajado con el
rey a la cripta esta mañana. La reina no quería que fuera.
—Te fijas en todo, ¿eh? —Benjen miraba a Jon con ojos atentos—. Un hombre como tú nos
sería muy útil en el Muro.
—Robb es mejor que yo con la lanza —dijo Jon henchido de orgullo—, pero yo soy mejor con
la espada, y dice Hullen que cabalgo tan bien como cualquiera del castillo.
—No está nada mal.
—Llévame contigo cuando vuelvas al Muro —pidió Jon en un impulso repentino—. Mi padre
me dejará ir si se lo pides tú, estoy seguro.
—El Muro es un lugar duro para un chico, Jon. —Benjen estudió su rostro detenidamente.
—Ya casi soy un hombre —protestó él—. Mi próximo día del nombre cumpliré quince años, y
dice el maestre Luwin que los bastardos crecemos antes que los otros niños.
—Eso es cierto —dijo Benjen con una mueca. Cogió la copa de Jon, la llenó de la jarra más
próxima y bebió un largo trago.
—Daeren Targaryen sólo tenía catorce años cuando conquistó Dorne —dijo Jon. El Joven
Dragón era uno de sus héroes.
—Una conquista que duró un verano —señaló su tío—. Ese niño rey que tanto admiras perdió
diez mil hombres en la conquista de Dorne, y cincuenta mil más intentando defenderlo. Nadie le había
explicado que la guerra no es un juego. —Bebió otro sorbo de vino—. Además —siguió—, Daeren
Targaryen sólo tenía dieciocho años cuando murió. ¿O esa parte se te había olvidado?
—Nunca olvido nada —se jactó Jon. El vino lo estaba volviendo osado. Trató de erguirse en
el banco para parecer más alto—. Quiero servir en la Guardia de la Noche, tío.
Había pensado en aquello mucho tiempo, cuando por las noches yacía en la cama y sus
hermanos dormían a su alrededor. Algún día Robb heredaría Invernalia, como Guardián del Norte
tendría el mando de grandes ejércitos. Bran y Rickon serían los abanderados de Robb y gobernarían
territorios en su nombre. Sus hermanas Arya y Sansa se casarían con herederos de otras
grandes casas, y se irían hacia el sur para ser las señoras de sus castillos. Pero, ¿qué lugar había para
un bastardo?
—No sabes lo que pides, Jon. La Guardia de la Noche es una hermandad juramentada. No
tenemos familia. Ninguno de nosotros será nunca padre. Estamos casados con el deber. No tenemos
más amante que el honor.
—Los bastardos también tenemos honor —dijo Jon—. Estoy dispuesto a prestar vuestro
juramento.
—Sólo tienes catorce años —dijo Benjen—. Todavía no eres un hombre. Hasta que no
conozcas a una mujer no entenderás a qué estarías renunciando.
—¡No me importa! —insistió Jon, exaltado.
—Quizá te importaría si lo entendieras. Si supieras qué te puede costar ese juramento no
tendrías tantas ganas de pagar el precio, hijo.
—¡No soy tu hijo! —Jon sintió que la rabia crecía en su pecho.
—Y es una pena. —Benjen se levantó y le puso una mano en el hombro—. Vuelve a hablar
conmigo cuando hayas tenido unos cuantos bastardos, y veremos si has cambiado de opinión.
—Jamás engendraré un bastardo —dijo, masticando las palabras y temblando de ira—.
¡Jamás! —escupió, como si fuera un veneno. De pronto se dio cuenta de que la mesa había quedado en
silencio y todo el mundo lo estaba mirando. Se le acumularon las lágrimas tras los párpados.
Consiguió ponerse de pie—. Dispensadme —añadió con sus últimos restos de dignidad.
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literatura fantástica

Juego de tronos

Se dio la vuelta y se alejó para que no le vieran llorar. Debía de haber bebido más de lo que
creía. Mientras intentaba alejarse, trastabilló y se tambaleó. Chocó contra una camarera y provocó que
se le cayera la jarra de vino especiado, que fue a estrellarse contra el suelo. Las carcajadas estallaron a
su alrededor, y Jon sintió cómo las lágrimas ardientes le quemaban las mejillas. Alguien intentó
ayudarlo a mantenerse en pie. Se sacudió las manos que lo sostenían, y corrió sin apenas ver hacia la
puerta. Fantasma lo siguió cuando salió a la noche.
El patio estaba silencioso y desierto. El único centinela se arrebujaba en su capa para
protegerse del frío en lo alto de las almenas de la muralla interior. Parecía aburrido, sin duda
lamentaba tener que estar allí solo, pero Jon se hubiera cambiado por él sin pensarlo dos veces. Por lo
demás, el castillo estaba oscuro y no se veía a nadie. En una ocasión Jon había estado en una fortaleza
deshabitada, era un lugar temible donde lo
único que se movía era el viento, y las piedras guardaban silencio acerca de los que habían
habitado allí. Aquella noche Invernalia le recordaba a aquel lugar.
El sonido de la música y las canciones salía por las ventanas abiertas a su espalda. Jon no tenía
el menor deseo de escuchar aquello. Se secó las lágrimas con la manga, enfadado por haberlas
derramado, y se dio media vuelta para irse.
—Chico —lo llamó una voz. Jon se volvió. Tyrion Lannister estaba sentado en la cornisa
sobre la puerta de la gran sala. Parecía una gárgola. El enano le sonrió desde donde estaba—. ¿Ese
animal es un lobo?
—Es un huargo —dijo Jon—. Se llama Fantasma. —Miró al hombrecillo, y durante un
momento olvidó su tristeza—. ¿Qué haces ahí arriba? ¿Por qué no estás en el banquete?
—Hace demasiado calor, hay demasiado ruido y he bebido demasiado vino —replicó el
enano—. Hace tiempo descubrí que se considera de mala educación vomitar encima de tu hermano.
¿Puedo ver más de cerca de tu lobo?
Jon titubeó un instante, luego asintió.
—¿Puedes bajar sólo o te traigo una escalera?
—Anda ya.
El hombrecillo se dio impulso y saltó de la cornisa. Jon dejó escapar una exclamación al ver
asombrado cómo Tyrion Lannister giraba en el aire, caía sobre las manos y de un salto hacia atrás se
ponía en pie.
Fantasma retrocedió, inseguro. El enano se sacudió el polvo y soltó una carcajada.
—Lo siento. Me parece que he asustado a tu lobo.
—No tiene miedo —dijo Jon. Se arrodilló y llamó al animal—. Ven aquí, Fantasma. Ven. Eso
es.
El cachorro de lobo se acercó y hociqueó la mejilla de Jon, pero sin dejar de vigilar a Tyrion
Lannister. Cuando el enano hizo gesto de ir a acariciarlo, retrocedió y le mostró los colmillos en un
gruñido silencioso.
—Vaya, qué tímido —observó Lannister.
—Siéntate, Fantasma —ordenó Jon—. Eso es. Quieto. —Alzó la vista hacia el enano—.
Ahora ya lo puedes tocar. No se moverá hasta que yo se lo diga. Le he enseñado.
—Ya lo veo —asintió Lannister. Acarició el pelaje níveo entre las orejas de Fantasma—. Qué
lobo tan obediente —añadió.
—Si yo no estuviera aquí, te haría pedazos —dijo Jon. No era verdad, pero algún día lo sería.
—Entonces será mejor que no te alejes —dijo el enano. Inclinó la enorme cabeza a un lado y
examinó a Jon con sus ojos desemparejados—. Soy Tyrion Lannister.
—Lo sé. —Jon se levantó. De pie, era más alto que el enano. Se sintió algo incómodo.
—Y tú eres el bastardo de Ned Stark, ¿no? —El muchacho sintió un frío que lo atravesaba.
Apretó los labios y no respondió—. ¿Te he ofendido? —continuó Lannister—. Lo siento. Los enanos
no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir
mal y a decir todo lo que se me pase por la cabeza. —Sonrió—. Pero eres el bastardo.
—Lord Stark es mi padre —admitió Jon, tenso.
—Sí —dijo al final Lannister después de examinar su rostro—. Se nota. Hay más del norte en
ti que en tus hermanos.
—Medio hermanos —lo corrigió Jon. El comentario del enano le había gustado, pero intentó
que no se le notara.

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literatura fantástica

Juego de tronos

—Permite que te dé un consejo, bastardo —siguió Lannister—. Nunca olvides qué eres,
porque desde luego el mundo no lo va a olvidar. Conviértelo en tu mejor arma, así nunca será tu punto
débil. Úsalo como armadura y nadie podrá utilizarlo para herirte.
—Qué sabrás tú lo que significa ser un bastardo. —Jon no estaba de humor para aceptar
consejos de nadie.
—Todos los enanos son bastardos a los ojos de sus padres.
—Eres hijo legítimo, tu madre era la esposa del señor de Lannister.
—¿De verdad? —sonrió el enano sarcástico—. Pues díselo a él. Mi madre murió al darme a
luz, y nunca ha estado muy seguro.
—Yo ni siquiera sé quién era mi madre —dijo Jon.
—Sin duda, una mujer. Como la mayoría de las madres. —Dedicó a Jon una sonrisa
pesarosa—. Recuerda bien lo que te digo, chico. Todos los enanos pueden ser bastardos, pero no todos
los bastardos son necesariamente enanos.
Sin decir más, se dio media vuelta, y renqueó hacia el banquete, silbando una melodía. Al
abrir la puerta la luz se derramó por el patio y proyectó su sombra contra el suelo. Y allí, por un
instante, Tyrion Lannister pareció alto como un rey.

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literatura fantástica

Juego de tronos

CATELYN

De todas las habitaciones del Gran Torreón de Invernalia, las cámaras de Catelyn eran las más
cálidas. Rara vez tenían que encender la chimenea. El castillo se alzaba sobre manantiales naturales de
agua termal, y las aguas hirvientes recorrían el interior de los muros como la sangre por el cuerpo de
un hombre; espantaban el frío de las salas de piedra y llenaban los invernaderos interiores de una
humedad cálida que impedía que la tierra se congelara. En una docena de patios, los pozos abiertos
humeaban día y noche. En verano nadie prestaba atención al tema; en invierno, suponía la diferencia
entre la vida y la muerte.
El cuarto de baño de Catelyn estaba siempre caliente y lleno de vapor, y las paredes eran
cálidas. Aquel ambiente le recordaba a Aguasdulces, a los días al sol con Lysa y Edmure. Pero Ned
nunca había soportado el calor. Los Stark estaban hechos para el frío, le decía. Ella siempre se reía y le
replicaba que, en ese caso, habían elegido el peor lugar para edificar el castillo.
De manera que, cuando terminaron, Ned se dio media vuelta y se bajó de la cama como ya
había hecho mil veces. Atravesó la habitación, descorrió los pesados cortinajes y fue abriendo de una
en una las ventanas altas y estrechas para que la cámara se llenara con el aire de la noche.
El viento le azotó el cuerpo desnudo cuando se asomó a la oscuridad con las manos vacías.
Catelyn se subió las pieles hasta la barbilla y lo miró. Le parecía más menudo, más vulnerable, como
el joven con el que se había casado en el sept de Aguasdulces hacía quince largos años. Sentía las
ingles doloridas, el sexo había sido apasionado y apremiante. Era un dolor grato. Notaba la semilla de
su esposo en su interior, y rezó para que diera fruto. Ya habían pasado tres años desde que naciera
Rickon. No era demasiado vieja, aún podía darle otro hijo.
—Le diré que no —decidió Ned mientras se volvía hacia ella. La preocupación se reflejaba en
sus ojos, tenía una sombra de duda en la voz.
—No puedes —dijo Catelyn mientras se incorporaba en la cama—. No puedes y no debes.
—Mi deber está aquí, en el norte. No quiero ser la Mano de Robert.
—No lo va a entender. Ahora es rey, y los reyes no son como los otros hombres. Si te niegas a
hacer lo que te pide querrá saber por qué, y tarde o temprano empezará a pensar que estás en su contra.
¿No comprendes que eso nos pondría en peligro a todos?
—Robert jamás me haría daño ni a mí ni a mi familia. —Ned sacudió la cabeza rehusando
aceptar esa posibilidad—. Estamos más unidos que si fuéramos hermanos. Si me niego, rugirá, gritará
y maldecirá, y antes de una semana nos estaremos riendo del tema juntos. Lo conozco.
—¡Conocías a Robert! —replicó ella—. Al rey no lo conoces de nada. —Catelyn recordó a la
hembra de huargo muerta en la nieve, con el asta clavada en la garganta. Tenía que hacérselo
entender—. Para un rey el orgullo lo es todo, mi señor. Robert ha venido hasta aquí a verte, para
otorgarte ese gran honor; no se lo puedes escupir a la cara.
—¿Honor? —Ned rió con amargura.
—A sus ojos, sí.
—¿Y a los tuyos?
—Sí, a los míos también. —Ahora ella también estaba enfadada. ¿Por qué su esposo no lo
entendía?—. Se ofrece a casar a su hijo con nuestra hija, ¿es que eso no es un honor? Sansa podría
llegar a ser reina. Sus hijos serían reyes de todo lo que hay entre el Muro y las montañas de Dorne.
¿Qué tiene eso de malo?
—Por los dioses, Catelyn, Sansa no tiene más que once años —dijo Ned—. Y Joffrey tiene...
tiene...
—Tiene derecho a heredar el Trono de Hierro —terminó la frase Catelyn—. Y yo sólo tenía
doce años cuando mi padre me prometió a tu hermano Branden.
—Branden. —Aquello hizo que Ned frunciera los labios con amargura—. Sí. Brandon sabría
qué hacer. Siempre sabía qué hacer. Todo tenía que haber sido para Brandon. Tú, Invernalia... todo. Él
sí nació para ser la Mano del Rey y padre de reinas. Yo no pedí ocupar su puesto.
—No —dijo Catelyn—, pero Brandon murió, tú ocupas su lugar y tienes que cumplir con tu
deber, te guste o no.
Ned se apartó de ella y volvió a la noche. Clavó los ojos en la oscuridad. Quizá contemplaba
la luna y las estrellas, o tal vez a los centinelas de la muralla.
Catelyn se enterneció al ver su dolor. Eddard Stark se había desposado con ella para ocupar el
lugar de Brandon, según mandaba la costumbre, pero la sombra de su hermano muerto aún se
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Juego de tronos

interponía entre ellos, igual que la otra, la sombra de la mujer cuyo nombre él no pronunciaría jamás,
la mujer que había concebido a su hijo bastardo.
Estaba a punto de acudir junto a él cuando sonó, estrepitoso e inesperado, un golpe en la
puerta. Ned se dio la vuelta con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
La voz de Desmond les llegó del otro lado.
—Mi señor, está aquí el maestre Luwin. Ruega que lo recibáis, dice que es urgente.
—¿Le has dicho que había dado orden de que no se me molestara?
—Sí, mi señor, pero ha insistido.
—Muy bien. Hazlo pasar.
Ned se acercó al guardarropa y se puso una gruesa túnica. Catelyn advirtió de pronto que hacía
mucho frío. Se sentó en la cama y se volvió a cubrir hasta la barbilla con las pieles.
—Sería mejor que cerraras las ventanas —sugirió.
Ned asintió con gesto ausente. El maestre Luwin entró en la habitación.
Era un hombre menudo y gris. Tenía unos ojos grises y perspicaces que veían muchas cosas.
El cabello, el poco que le quedaba a su edad, también era gris. Vestía una túnica de lana gris ribeteada
de piel blanca, los colores de los Stark. En las grandes mangas sueltas llevaba bolsillos secretos.
Luwin siempre se guardaba unas cosas y sacaba otras de aquellos bolsillos: libros, mensajes, artefactos
extraños, juguetes para los niños... A Catelyn le extrañaba que pudiera levantar los brazos con todo el
peso que cargaban las mangas.
El maestre esperó a que la puerta se cerrara tras él para empezar a hablar.
—Mi señor —dijo a Ned—, perdonad que os moleste mientras descansáis. Me han dejado un
mensaje.
—¿Que te han dejado un mensaje? —Ned lo miró irritado—. ¿Quién? ¿Ha llegado un jinete?
No me han informado.
—No ha venido ningún jinete, mi señor. Se trata de una caja de madera tallada, la pusieron en
la mesa de mi observatorio mientras dormitaba. Los criados dicen que no vieron a nadie, pero sin duda
quien la trajo venía en el grupo del rey. No hemos recibido más visitas del sur.
—¿Una caja de madera? —se interesó Catelyn.
—Dentro había una lente nueva para el observatorio, magnífica, por cierto. Parece de Myr.
Los fabricantes de lentes de Myr no tienen rival.
—Una lente —gruñó Ned con el ceño fruncido. Aquellas cosas le colmaban la paciencia, y
Catelyn lo sabía—. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Lo mismo me pregunté yo —dijo el maestre Luwin—. Obviamente, aquello no era sólo lo
que parecía.
—Una lente es un instrumento para ayudarnos a ver. —Catelyn se estremeció pese a las
gruesas pieles.
—Cierto, mi señora. —Rozó con los dedos el collar de su orden, que llevaba bajo la túnica;
era una cadena pesada, muy ajustada al cuello, cada eslabón forjado con un metal diferente.
—¿Y qué querrán que veamos con mayor claridad? —Catelyn volvió a sentir en las entrañas
los aguijonazos del miedo.
—También eso me lo pregunté. —El maestre Luwin se sacó un rollo de papel de la manga—.
El verdadero mensaje estaba en un fondo falso que encontré al desmontar la caja de la lente, pero no es
para mí.
—Bien, dámelo. —Ned tendió la mano.
—Lo siento, mi señor —dijo Luwin sin moverse—. El mensaje no es para vos tampoco. Pone
que es privado para Lady Catelyn. ¿Puedo? —Catelyn asintió, no se atrevía a hablar. El maestre puso
el papel en la mesita junto a la cama. Estaba sellado con una gota de cera azul. Luwin hizo una
reverencia y se volvió para retirarse.
—Quédate —le ordenó Ned. El tono de su voz era serio. Miró a Catelyn—. ¿Qué te pasa, mi
señora? Estás temblando.
—Tengo miedo —admitió. Cogió la carta con manos vacilantes. Las pieles se deslizaron y
dejaron al descubierto su desnudez sin que a ella le importara. La cera azul mostraba el sello de la
Casa Arryn, la luna y el halcón—. Es de Lysa. —Catelyn miró a su esposo—. No nos va a gustar lo
que diga. Este mensaje está lleno de dolor, Ned. Lo presiento.
—Ábrelo. —Ned tenía el ceño fruncido y el rostro cargado de preocupación.
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literatura fantástica

Juego de tronos

Catelyn rompió el sello. Recorrió las líneas con la mirada. Al principio no les encontró
sentido. De pronto se acordó.
—Lysa no ha querido correr ningún riesgo. Cuando éramos niñas, teníamos un lenguaje
secreto.
—¿Aún lo entiendes?
—Sí —reconoció Catelyn.
—Entonces dinos qué pone.
—Será mejor que me retire —sugirió el maestre Luwin. No —pidió Catelyn—. Vamos a
necesitar tu consejo.
Salió de entre las mantas y se bajó de la cama. El aire nocturno envolvía su piel desnuda con
la frialdad de una mortaja. Cruzó la habitación.
El maestre Luwin apartó la vista. Incluso Ned parecía algo escandalizado.
-¿Qué haces? —preguntó.
—Encender la chimenea —replicó Catelyn. Se puso una túnica y se arrodillo ante la chimenea
fría.
—El maestre Luwin... —empezó Ned.
—El maestre Luwin me ha atendido en todos y cada uno de mis partos. No es momento para
falsos recatos.
Deslizó el papel entre la leña y puso los troncos más gruesos encima.
Ned cruzó la habitación en dos zancadas, la agarró por el brazo y la hizo ponerse en pie.
Acercó el rostro a escasos centímetros del de su esposa.
—¡Dímelo, mi señora! ¿Qué decía ese mensaje?
—Era una advertencia —dijo Catelyn, rígida ante su brusquedad—. Si tenemos el sentido
común de escucharla.
—Sigue —dijo Ned clavando los ojos en los suyos.
—Lysa dice que Jon Arryn fue asesinado. —Los dedos que le sujetaban el brazo presionaron
aún más.
—¿Quién lo hizo?
—Los Lannister. La reina.
—Dioses —susurró Ned con voz ronca y la soltó. Le había dejado marcas rojas en la piel—.
Tu hermana ha enloquecido de dolor. No sabe lo que dice.
—Lo sabe muy bien —replicó Catelyn—. Lysa es impulsiva, no lo niego, pero este mensaje lo
escribió con mucho cuidado y lo ocultó para que sólo lo viera yo. Sabía que, si caía en malas manos,
supondría su sentencia de muerte. Si decidió correr semejante riesgo es que tiene algo más que simples
sospechas. —Miró a su esposo—. Ahora sí que ya no podemos elegir. Tienes que ser la Mano de
Robert. Tienes que ir con él al sur y descubrir la verdad.
Se dio cuenta al momento de que Ned había llegado a una conclusión muy diferente.
—Las únicas verdades que entiendo están aquí. El sur es un nido de víboras. Lo mejor es que
ni me acerque.
—La Mano del Rey tiene mucho poder, mi señor. —Luwin se tiró del collar en el punto donde
le estaba rozando la delicada piel del cuello—. Poder para descubrir la verdad acerca de la muerte de
Lord Arryn, y para llevar a los asesinos ante la justicia del rey. Poder para proteger a Lady Arryn y a
su hijo si todo esto es cierto.
Ned miró a su alrededor, desesperado. Catelyn deseaba con toda su alma correr a abrazarlo,
pero sabía que no debía hacerlo. Primero debía obtener la victoria, por el bien de sus hijos.
—Dices que quieres a Robert como si fuera tu hermano. ¿Abandonarías a un hermano en
medio de los Lannister?
—Los Otros se os lleven a los dos —masculló Ned, sombrío.
Se apartó de ellos y volvió junto a la ventana. Catelyn no dijo nada, el maestre tampoco.
Aguardaron en silencio mientras Eddard Stark se despedía interiormente del hogar que amaba. Cuando
por fin se alejó de la ventana tenía la voz cansada y llena de melancolía, y un brillo húmedo en el
rabillo de los ojos.
—Mi padre fue al sur una vez para responder a la llamada de un rey. Jamás volvió a casa.
—Era otra época —dijo el maestre Luwin—. Era otro rey.
—Sí —aceptó Ned con voz átona. Se sentó en una silla junto a la chimenea—. Catelyn, tú te
quedarás aquí, en Invernalia. —Aquellas palabras azotaron como un viento helado el corazón de su
esposa.
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Juego de tronos

—No —dijo, temerosa de repente. ¿Acaso era aquél su castigo? ¿No volver a ver su rostro, no
volver a estar entre sus brazos?
—Sí —replicó Ned con un tono que no admitía disputa—. Tendrás que gobernar el norte en
mi lugar mientras yo le hago los recados a Robert. Siempre tiene que haber un Stark en Invernalia.
Robb ha cumplido ya catorce años, pronto será un hombre adulto. Tiene que aprender a gobernar, y yo
no estaré aquí para enseñarle. Que tome parte en los consejos cuando los celebres. Debe estar
preparado cuando llegue su momento.
—Quieran los dioses que sea dentro de muchos años —murmuró el maestre Luwin.
—Confío en ti como si fueras de mi propia sangre, maestre Luwin. Quiero que aconsejes a mi
esposa en todo, en lo importante y en lo trivial. Enseña a mi hijo lo que necesita saber. Se acerca el
invierno.
El maestre Luwin asintió con gesto grave. Se hizo el silencio, hasta que Catelyn reunió valor
suficiente para plantear la pregunta cuya respuesta más temía.
—¿Y los demás niños?
Ned se levantó, la abrazó y le alzó la barbilla para mirarla a los ojos. Rickon es muy pequeño
—dijo con voz dulce—. Se quedará con Robb y contigo. Los demás vendrán conmigo. No lo soportaré
—dijo Catelyn temblorosa. Tendrás que soportarlo. Sansa tiene que casarse con Joffrey, ahora está
claro, no podemos darles el menor motivo para que duden de nuestra devoción. Y ya va siendo hora de
que Arya aprenda las costumbres de una corte sureña. Dentro de pocos años ella también estará en
edad de casarse.
Sansa brillaría con luz propia en la corte, se dijo Catelyn para sus adentros, y bien sabían los
dioses que a Arya le hacía falta refinarse un poco. De mala gana, las dejó partir en su corazón. Pero a
Bran, no. A Bran, imposible.
—Sí —dijo—. Pero por favor, Ned, por el amor que me profesas, deja que Bran se quede aquí,
en Invernalia. No tiene más que siete años.
—Yo tenía ocho cuando mi padre me envió como pupilo al Nido de Águilas —respondió
Ned—. Ser Rodrik me ha contado que Robb y el príncipe Joffrey no simpatizan. Eso no es bueno.
Bran puede tender un puente entre ellos. Es un niño dulce, con la risa fácil, se hace querer. Que crezca
con los pequeños príncipes, que se haga amigo de ellos igual que Robert y yo nos hicimos amigos. Así
nuestra Casa estará a salvo.
Tenía razón. Catelyn lo sabía. Pero eso no lo hacía menos doloroso. Los iba a perder a los
cuatro, a Ned, a las dos niñas y a su querido Bran. Sólo le quedarían Robb y el pequeño Rickon. Ya
sentía el peso de la soledad. Invernalia era un lugar tan, tan vasto...
—Pero que no se acerque a los muros —dijo con valor—. Ya sabes cuánto le gusta trepar a
Bran.
—Gracias, mi señora —susurró Ned, secándole a besos las lágrimas de los ojos antes de que
se derramaran—. Es muy duro, lo sé.
—¿Qué pasa con Jon Nieve, mi señor? —preguntó el maestre Luwin.
Catelyn se puso tensa al oír aquel nombre. Ned percibió su rabia y se apartó de ella.
Muchos hombres tenían bastardos. Catelyn lo había sabido toda su vida. No le sorprendió
descubrir que, en el primer año de su matrimonio, Ned había tenido un hijo con alguna chica a la que
conoció estando en campaña. Al fin y al cabo tenía necesidades de hombre, y aquel año lo habían
pasado separados, Ned guerreaba en el sur mientras ella permanecía a salvo en el castillo de su familia
en Aguasdulces. Pensaba más en Robb, el bebé que mamaba de su pecho, que en aquel marido al que
apenas conocía. Si entre batalla y batalla encontraba alguna diversión, mejor que mejor. Y si su
semilla daba fruto, debía ocuparse del niño, era lo que se esperaba de él.
Pero hizo más que eso. Los Stark no se parecían a los demás hombres. Ned se llevó al
bastardo a casa con él, y lo llamó «hijo» ante todo el norte. Cuando las guerras terminaron por fin y
Catelyn se trasladó a Invernalia, Jon y su ama de cría ya estaban instalados allí.
Aquello le dolió. Ned no hablaba de la madre del niño, no decía ni una palabra de ella, pero en
el castillo no había secretos y Catelyn oía a las doncellas contar las historias que a ellas les habían
relatado los soldados de su esposo. Hablaban en susurros de Ser Arthur Dayne, la Espada del
Amanecer, el más mortífero de los siete caballeros de la Guardia Real de Aerys, y de cómo el joven
señor de Invernalia lo había matado en combate singular. Y contaban cómo luego Ned llevó la espada
de Ser Arthur a la hermosa y joven hermana de éste, que lo aguardaba en un castillo llamado
Campoestrella, a orillas del mar del Verano. Lady Ashara Dayne, alta, rubia, con ojos hechiceros color
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Juego de tronos

violeta. Catelyn había tardado quince días en reunir valor suficiente, pero al fin, una noche en la cama,
preguntó directamente a su esposo qué había de verdad en aquello.
Fue la única vez en todos sus años de matrimonio en que Ned le dio miedo.
—No vuelvas a preguntarme nunca acerca de Jon —dijo con voz fría como el hielo—. Es
sangre de mi sangre, no tienes por qué saber más. Y ahora, quiero que me digas dónde has oído ese
nombre, mi señora.
Ella le había jurado obediencia. Se lo dijo. Y desde aquel día los rumores habían cesado, y el
nombre de Ashara Dayne no se volvió a pronunciar entre los muros de Invernalia.
Fuera quien fuera la madre de Jon, Ned debía de haberla amado con locura, porque nada de lo
que Catelyn le dijera pudo convencerlo de que alejara de allí al muchacho. Era la única cosa que jamás
perdonaría a su esposo. Había llegado a querer a Ned con todo su corazón, pero nunca había sentido
cariño hacia Jon. Por Ned habría soportado la existencia de una docena de bastardos, mientras no
tuviera que verlos. Pero Jon era una presencia constante, y a medida que crecía se parecía más a Ned
que ninguno de los hijos legítimos que ella le había dado. Aquello empeoraba aún más la situación.
—Jon no se puede quedar —dijo.
—Robb y él están muy unidos —señaló Ned—. Había pensado...
—No se puede quedar aquí —lo interrumpió Catelyn—. Es hijo tuyo, no mío. No lo quiero a
mi lado.
Sabía que estaba siendo dura, pero era lo que sentía. Y Ned no haría ningún favor al chico
dejándolo en Invernalia.
Sabes que no me lo puedo llevar al sur conmigo —le dijo su marido con una mirada llena de
angustia—. En la corte no hay lugar para él. No admitirán a un chico con apellido de bastardo, se
burlarán, lo rechazarán.
—Por lo que se cuenta —replicó Catelyn blindando su corazón contra la súplica muda en los
ojos de Ned—, tu amigo Robert también ha tenido una docena de bastardos.
—¡Pero ninguno ha entrado en la corte! —exclamó él—. Ya se ha cuidado bien de eso la
Lannister. ¿Cómo puedes ser tan cruel, Catelyn? No es más que un niño. No... —Estaba dominado por
la ira. Habría dicho más cosas, y peores, pero el maestre Luwin lo interrumpió.
—Hay otra solución —dijo con voz tranquila—. Vuestro hermano Benjen vino a verme hace
unos días, quería hablarme de Jon. Por lo visto el muchacho aspira a vestir el negro.
—¿Quiere unirse a la Guardia de la Noche? —Ned lo miró, conmocionado.
Catelyn no dijo nada. Que Ned meditara sobre la idea; en aquel momento una intervención
suya sólo lo pondría en contra. Pero de buena gana habría besado al maestre. Era la solución perfecta.
Benjen Stark era un Hermano Juramentado. Jon sería como un hijo para él, el hijo que nunca tendría.
Y el chico también prestaría el juramento cuando llegara su turno. No tendría descendientes que
pudieran disputar Invernalia a los nietos de Catelyn.
—Servir en el Muro es un gran honor, mi señor —dijo el maestre Luwin.
—Y hasta un bastardo puede llegar muy alto en la Guardia de la Noche —reflexionó Ned.
Pero todavía había un atisbo de duda en su voz—. Jon es demasiado joven. Si un hombre maduro
quiere prestar el juramento es una cosa, pero un niño de catorce años...
—Es un gran sacrificio —asintió el maestre Luwin—. Pero corren tiempos difíciles, mi señor.
Su camino no es más cruel que el que os aguarda a vos, o a vuestra señora.
Catelyn pensó en los tres hijos que iba a perder. No le fue fácil seguir guardando silencio.
Ned se apartó de ellos y volvió a mirar por la ventana, callado, con semblante pensativo. Por
fin, suspiró y se dio media vuelta.
—Muy bien —dijo al maestre Luwin—. Supongo que es lo mejor. Hablaré con Ben.
—¿Cuándo se lo diremos a Jon? —preguntó el maestre.
—Cuando sea el momento. Hay que hacer preparativos. Pasarán al menos dos semanas antes
de que lo tengamos todo a punto para la partida. Que Jon disfrute estos últimos días. Pronto terminará
el verano, y también su infancia. A su debido tiempo, yo mismo se lo diré.

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Juego de tronos

ARYA

Las puntadas de Arya volvían a estar todas torcidas.
Las contempló con el ceño fruncido, desalentada, y miró de hurtadillas hacia donde estaba su
hermana Sansa con las otras niñas. Las labores de costura de Sansa eran siempre exquisitas. Todo el
mundo lo decía.
«Las labores de Sansa son tan bonitas como ella —dijo una vez la septa Mordane a su señora
madre—. Tiene unas manos tan hábiles, tan delicadas...— Cuando Lady Catelyn le preguntó por Arya,
la septa lanzó un bufido—. Arya tiene manos de herrero.»
Arya echó una mirada furtiva hacia el otro extremo de la sala, temerosa de que la septa
Mordane pudiera leerle el pensamiento, pero aquel día no le prestaba atención. Se había sentado con la
princesa Myrcella y era todo sonrisas y adulación. La septa no tenía ocasión de instruir a una princesa
en las artes femeninas todos los días, como había dicho a la reina cuando llevó a la niña para que
estuviera con ellas. A Arya le pareció que las puntadas de Myrcella también estaban algo torcidas,
pero por la manera en que las alababa la septa Mordane nadie lo habría imaginado.
Examinó de nuevo su labor, buscando alguna manera de rescatarla, y al final suspiró y dejó la
aguja. Miró a su hermana con gesto abatido. Sansa charlaba alegremente mientras cosía. A sus pies se
sentaba Beth Cassel, la hija pequeña de Ser Rodrik, que se bebía cada palabra que salía de sus labios.
Jeyne Poole, a su lado, le susurraba algo al oído.
—¿De qué estáis hablando? —preguntó Arya de repente. Jeyne la miró sobresaltada, luego
dejó escapar una risita. Sansa pareció avergonzada. Beth se sonrojó. Nadie le dio respuesta—.
Decídmelo —insistió Arya.
Jeyne miró de reojo para asegurarse de que la septa Mordane no las estaba escuchando.
Myrcella dijo algo en aquel momento, y la septa estalló en carcajadas igual que el resto de las señoras.
—Hablábamos del príncipe —dijo Sansa con voz suave como un beso.
Arya sabía bien a qué príncipe se refería. A Joffrey, claro. El alto, el guapo. A Sansa le había
tocado sentarse con él en el banquete. A Arya le correspondió el pequeño y gordito. Naturalmente.
A Joffrey le gusta tu hermana —susurró Jeyne, tan orgullosa como
si fuera la responsable de aquello. Era la hija del mayordomo de Invernalia, y también la mejor amiga de Sansa—. Le dijo que era muy hermosa.
—Se va a casar con ella —intervino la pequeña Beth, soñadora—. Y Sansa será la reina.
Sansa tuvo la decencia de sonrojarse. Tenía una manera de sonrojarse muy bonita. Todo lo que
hacía era muy bonito, pensó Arya con un rencor sordo.
—No te inventes cosas, Beth —reprendió cariñosamente Sansa a la pequeña al tiempo que le
acariciaba el pelo. Volvió la vista hacia Arya—. ¿A ti qué te parece el príncipe, Joff, hermana? Es muy
galante, ¿verdad?
—Jon dice que parece una niña —replicó Arya.
—Pobre Jon —dijo Sansa con un suspiro sin dejar de coser—. Se pone celoso porque es un
bastardo.
—Es nuestro hermano —replicó Arya en voz demasiado alta.
Sus palabras se oyeron claramente en el silencio de la sala de la torre. La septa Mordane alzó
la vista. Tenía el rostro huesudo, ojos perspicaces y una boca de labios finos que parecían hechos para
fruncirse. Ahora estaban fruncidos.
—¿De qué estáis hablando, niñas?
—Es nuestro medio hermano —la corrigió Sansa con tono suave y preciso. Sonrió a la septa y
le dijo—: Arya y yo comentábamos lo contentas que estamos de que la princesa nos acompañe hoy.
—Desde luego —asintió la septa Mordane—. Es un gran honor para nosotras. —La princesa
Myrcella sonrió insegura ante el cumplido—. ¿Por qué no estás cosiendo, Arya? —preguntó la septa.
Se puso de pie. Sus faldas almidonadas parecieron susurrar cuando cruzó la sala en dirección a ella—.
A ver esas puntadas.
Arya quería gritar. Era muy propio de Sansa atraer la atención de la septa. No tuvo más
remedio que tenderle la tela. La septa la examinó.
—Arya, Arya, Arya —dijo—. Esto está mal. Muy mal.
Todos la miraban. Aquello era excesivo. Sansa era demasiado educada para sonreír ante el
apuro de su hermana, pero Jeyne lo compensaba de sobra. Arya sintió cómo se le llenaban los ojos de
lágrimas. Se levantó bruscamente y corrió hacia la puerta.
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Juego de tronos

—¡Arya! —gritó la septa Mordane—. ¡Vuelve aquí! ¡No te atrevas a salir! Tu señora madre se
va a enterar de esto. ¡Y delante de nuestra princesa! ¡Eres una vergüenza para todos!
Arya se detuvo ante la puerta y se dio media vuelta, mordiéndose los labios. Las lágrimas le
corrían por las mejillas. Se las arregló para hacer una reverencia rígida en dirección a Myrcella.
—Con vuestra venia, mi señora.
Myrcella la miró, luego clavó la vista en las señoras como pidiendo ayuda. Pero si la niña
parecía insegura, septa Mordane no.
—¿A dónde crees que vas? —rugió.
—Tengo que herrar un caballo —contestó Arya con voz dulce mirándola.
La consternación en el rostro de la septa le produjo cierto placer. Se dio media vuelta, salió y
bajó por las escaleras tan deprisa como pudo.
No era justo. Sansa lo tenía todo. Sansa era dos años mayor; quizá cuando nació Arya ya no
quedaba nada. Era lo que pensaba a menudo. Sansa sabía coser, bailar y cantar. Escribía poesías. Tenía
buen gusto al vestirse. Tocaba el arpa alta, y por si fuera poco también el carillón. Y lo peor, era
hermosa. Sansa había heredado los pómulos altos de su madre y la espesa cabellera rojiza de los Tully.
Arya había salido a su señor padre. Tenía el pelo castaño y sin brillo, y un rostro alargado y solemne.
Jeyne la llamaba Arya Caracaballo, y cuando la veía llegar relinchaba. Y para empeorarlo todo, lo
único que Arya hacía mejor que su hermana era montar a caballo. Bueno, eso y llevar las cuentas de la
casa. A Sansa no se le daban bien los números. Si acababa por casarse con el príncipe Joff, le iba a
hacer falta un buen mayordomo.
Nymeria la esperaba en la garita de los guardias, al pie de las escaleras. Se incorporó en cuanto
vio llegar a Arya. La niña sonrió. Aunque nadie más la quisiera, la cachorrita de lobo huargo la
adoraba. Iban juntas a todas partes, y Nymeria dormía en su habitación, al pie de la cama. Arya se la
habría llevado a la sala de costura de buena gana si su madre no lo hubiera prohibido. Así la septa
Mordane no se quejaría tanto de sus puntadas.
Nymeria le mordisqueó ansiosa la mano mientras la desataba. Tenía los ojos amarillos.
Cuando reflejaban el sol, brillaban como dos monedas de oro. Arya le había puesto su nombre en
memoria de la reina guerrera de Rhoyne, que había guiado a su pueblo en el cruce del mar Angosto.
Aquello también había sido un escándalo. Sansa, por supuesto, había llamado Dama a su cachorrita.
Arya hizo una mueca y abrazó con fuerza a la loba. Nymeria le lamió una oreja, y la niña se echó a
reír.
La septa Mordane ya debía de haber avisado a su señora madre. Si se iba a su cuarto, la
encontrarían. Y Arya no quería que la encontraran, tenía mejores planes. Los chicos estaban
entrenando en el patio y se moría por ver cómo Robb tumbaba al galante príncipe Joffrey. —Vamos
—susurró a Nymeria. Se puso de pie y echó a correr, con la loba Pisándole los talones.
En el puente cubierto que unía el Gran Torreón con la armería había una ventana desde la que
se divisaba todo el patio. Allí fue adonde se dirigió.
Llegó jadeante, con el rostro congestionado, y se encontró a Jon sentado en el alféizar con la
barbilla apoyada en una rodilla. Estaba observando el patio tan concentrado que no se dio cuenta de su
presencia hasta que su lobo blanco se levantó para recibirlas. Nymeria dio unos pasos cautelosos.
Fantasma era ya más grande que sus hermanos de carnada. La olfateó, le mordisqueó una oreja y
volvió a tenderse junto a Jon.
—¿No deberías estar cosiendo, hermanita? —preguntó el chico mirándola con curiosidad.
—Prefiero ver cómo pelean —contestó Arya con una mueca.
—Bueno —dijo Jon con una sonrisa—, ven aquí.
Arya se subió a la ventana y se sentó junto a él mientras en el patio resonaba todo un coro de
golpes y gruñidos.
Sufrió una pequeña decepción al ver que los que luchaban eran los más pequeños. Bran iba tan
envuelto en protectores que parecía que se hubiera vestido con almohadas, y el príncipe Tommen, que
ya era bastante regordete de por sí, se asemejaba a una pelota. Resoplaban, jadeaban y se golpeaban
con espadas de madera acolchadas bajo la atenta mirada del anciano Ser Rodrik Cassel, el maestro de
armas, un hombretón corpulento orgulloso de los magníficos bigotes blancos que le cubrían las
mejillas. Junto a él divisó a Theon Greyjoy, que vestía un jubón negro con el símbolo de su Casa, un
kraken dorado. El desprecio se traslucía en su rostro. Los dos combatientes se tambaleaban ya, y Arya
supuso que llevaban un buen rato peleando.
—Es algo más cansado que coser, ¿no? —observó Jon.
—Es algo más divertido que coser —replicó Arya.
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Juego de tronos

Jon sonrió y le revolvió el pelo. Arya se sonrojó. Siempre habían estado muy unidos. El
muchacho tenía el rostro de su padre, igual que ella. Eran los únicos. Robb, Sansa, Bran, incluso el
pequeño Rickon, todos los demás eran claramente Tully, con sonrisas abiertas y cabellos de fuego.
Cuando Arya era pequeña temía que aquello significara que ella también era bastarda. Acudió a Jon
con sus temores, y él fue quien la tranquilizó.
—¿Por qué no estás tú en el patio? —le preguntó.
—A los bastardos no nos permiten hacer daño a los príncipes —dijo el muchacho esbozando
una sonrisa—. Las magulladuras que reciban mientras entrenan se las tienen que causar espadas
legítimas.
—Oh. —Arya se sintió avergonzada. Debería haberlo imaginado. Por segunda vez aquel día
pensó que la vida era injusta. Contempló cómo su hermano pequeño lanzaba un mandoble contra
Tommen—. Podría hacerlo igual de bien que Bran —dijo—. Él sólo tiene siete años, y yo nueve.
—Estás demasiado delgada —dijo Jon mirándola con la sabiduría de sus catorce años. Le
cogió el brazo para palpar el músculo. Suspiró y sacudió la cabeza—. No creo que pudieras ni levantar
una espada larga, hermanita, no digamos ya blandiría. —Arya se sacudió la mano del brazo y lo miró,
airada. Jon le revolvió el pelo otra vez. Bran y Tommen seguían moviéndose en círculos, el uno en
torno al otro—. ¿Ves al príncipe Joffrey? —preguntó Jon.
Arya no lo había visto al principio, pero al mirar de nuevo lo descubrió al fondo, bajo la
sombra de un muro de piedra. Estaba rodeado de hombres a los que ella no conocía, jóvenes escuderos
con libreas de los Lannister y de los Baratheon. También había en el grupo algunos hombres mayores.
Supuso que eran caballeros.
—Mira las armas que lleva bordadas en la ropa —dijo Jon.
Arya hizo lo que le decía. El jubón acolchado del príncipe lucía un escudo bordado
exquisitamente. Las armas estaban divididas: a un lado el venado coronado de la Casa real, al otro el
león de los Lannister.
—Los Lannister son orgullosos —observó Jon—. No les basta con el emblema real. Pone la
Casa de su madre al mismo nivel que la del rey.
—¡La mujer también es importante! —protestó Arya.
—¿Vas a hacer tú lo mismo? —Jon dejó escapar una risita—. ¿Aunar las armas de los Tully y
los Stark?
—¿Un lobo con un pescado en la boca? —La idea la hizo reír—. Quedaría ridículo. Además,
si las chicas no podemos luchar, ¿para qué queremos escudo de armas?
A las chicas les dan los escudos —dijo Jon encogiéndose de hombros—, pero no las espadas.
A los bastardos les dan las espadas, pero no los escudos. A mí no me mires, hermanita, yo no he
dictado las normas.
Se oyó un grito en el patio. El príncipe Tommen había caído rodando e intentaba levantarse
sin conseguirlo. Con tantos protectores parecía una tortuga sobre el caparazón. Bran estaba de pie
junto a él, con la espada de madera en alto, dispuesto a golpear de nuevo en cuanto se Pusiera en pie.
Los hombres que los rodeaban se echaron a reír.
—¡Basta! —exclamó Ser Rodrik. Tendió una mano al príncipe y lo ayudó a levantarse—.
Buena pelea. Lew, Donnis, ayudadlo a quitarse los protectores. —Miró a su alrededor—. Príncipe
Joffrey, Robb, ¿queréis probar otra vez?
—De buena gana —dijo Robb adelantándose impaciente. Todavía estaba sudoroso del
combate anterior.
En respuesta a la llamada de Rodrik, Joffrey avanzó hasta el sol. El cabello le brillaba como
hebras de oro. Parecía aburrido.
—Esto es un juego para niños, Ser Rodrik.
—Es que sois niños —señaló con sorna Theon Greyjoy después de soltar una carcajada.
—Puede que Robb sea un niño —dijo Joffrey—. Yo soy un príncipe. Y me he cansado de
pinchar Starks con una espada de juguete.
—Has recibido más golpes de los que has dado, Joff —dijo Robb—. ¿Tienes miedo?
—Estoy aterrado —dijo el príncipe Joffrey mirándolo fijamente—. Eres mucho mayor que yo.
—Los hombres del grupo de los Lannister se echaron a reír.
—Joffrey es un mierda —dijo Jon a Arya mientras observaba la escena con el ceño fruncido.
—¿Qué proponéis? —Ser Rodrik se tironeaba del mostacho blanco, pensativo.
—Acero con filo.
—Hecho —dijo inmediatamente Robb—. ¡Lo vas a lamentar!
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Juego de tronos

—El acero afilado es demasiado peligroso —dijo el maestro de armas poniendo una mano en
el hombro de Robb para calmarlo—. Os dejaré combatir con espadas de torneo, embotadas.
Joffrey no dijo nada, pero un hombre al que Arya no conocía, un caballero alto con el pelo
negro y cicatrices de quemaduras en el rostro, dio un paso para situarse ante el chico.
—Éste es tu príncipe. ¿Quién eres tú para decirle con qué espada debe pelear?
—El maestro de armas de Invernalia, Clegane. Será mejor que lo tengas presente.
—¿Entrenas mujeres? —preguntó el hombre de las quemaduras. Tenía la musculatura de un
toro.
—Entreno caballeros —replicó Ser Rodrik con mordacidad—. Pelearán con acero cuando
estén preparados. Cuando tengan edad suficiente.
—¿Cuántos años tienes, chico? —preguntó el hombre de las quemaduras a Robb mientras lo
miraba.
—Catorce.
—Yo maté a un hombre cuando tenía doce años. Y no fue con una espada embotada, de eso
puedes estar seguro.
Arya vio que Robb se erizaba. Lo habían herido en su orgullo. El chico se volvió hacia Ser
Rodrik.
—Déjame que lo intente. Lo puedo vencer.
—Pues véncelo con una espada de torneo —replicó Ser Rodrik.
—Vuelve a retarme cuando seas mayor, Stark —dijo Joffrey encogiéndose de hombros—.
Mayor, ¿eh? No viejo.
Los hombres del grupo de los Lannister estallaron en carcajadas. Las maldiciones de Robb
resonaron en todo el patio. Theon Greyjoy lo agarró por el brazo para que no se abalanzara contra el
príncipe. Ser Rodrik se retorció los bigotes, consternado.
—Vamos, Tommen —dijo Joffrey a su hermano pequeño fingiendo un bostezo—. Se ha
acabado el recreo. Deja a los niños con sus chiquilladas.
Aquello provocó más carcajadas en el grupo de los Lannister y más maldiciones de Robb. Ser
Rodrik estaba tan furioso que el rostro se le puso rojo como un tomate bajo los bigotes blancos. Theon
tuvo que sujetar a Robb con mano de hierro hasta que los príncipes y su cortejo estuvieron lejos, a
salvo.
Jon los observó alejarse, y Arya observó a Jon. Tenía el rostro tan tranquilo como el estanque
del bosque de dioses. Por fin se bajó del alféizar.
—El espectáculo ha terminado —dijo. Se inclinó para rascar a Fantasma entre las orejas. El
lobo blanco se levantó y se restregó contra él—. Más vale que vayas corriendo a tu habitación,
hermanita. Seguro que la septa Mordane está al acecho. Cuanto más tiempo te escondas más duro será
el castigo. Te vas a pasar el invierno haciendo costura. Cuando llegue el deshielo en primavera
encontrarán tu cadáver, con la aguja entre los dedos congelados.
—¡Odio coser! —exclamó Arya con pasión. No le había hecho gracia el comentario—. ¡No es
justo!
—No hay nada justo —dijo Jon.
Le revolvió el pelo de nuevo, y se alejó con Fantasma. Nymeria echó a andar tras ellos, pero
se detuvo y retrocedió al ver que Arya no los seguía.
La niña, de mala gana, echó a andar en dirección contraria.
Era peor de lo que había supuesto Jon. Cuando llegó a su cuarto, la esperaba la septa Mordane,
pero no estaba sola. Estaba con su madre.

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Juego de tronos

BRAN

La partida de caza se puso en marcha al amanecer. El rey quería que hubiera jabalí en el
banquete de la noche. El príncipe Joffrey cabalgaba con su padre, así que Robb había recibido permiso
para ir también con los cazadores. Junto con ellos iban su tío Benjen, Jory, Theon Greyjoy, Ser Rodrik
e incluso el extraño hermano pequeño de la reina. Al fin y al cabo era la última cacería: al día siguiente
por la mañana emprenderían el viaje hacia el sur.
Bran había tenido que quedarse en Invernalia con Jon, las niñas y Rickon. Pero Rickon no era
más que un bebé, las niñas no eran más que niñas, y Jon y su lobo parecían haberse esfumado. Bran
tampoco los buscó con demasiado interés. Tenía la sensación de que Jon estaba enfadado con él.
Últimamente Jon parecía enfadado con todo el mundo. El niño no entendía por qué. Sabía que su
medio hermano iba a marcharse con el tío Ben al Muro, para unirse a la Guardia de la Noche. Aquello
era casi tan emocionante como ir al sur con el rey. El que se tenía que quedar en Invernalia era Robb,
no Jon.
Llevaba días muñéndose de impaciencia, no veía la hora de iniciar el viaje. Iba a recorrer el
camino real a caballo, no a lomos de un poni, sino de un caballo de verdad. Su padre sería la Mano del
Rey, vivirían en el castillo rojo de Desembarco del Rey, el castillo que habían construido los Señores
Dragón. La Vieja Tata decía que allí había fantasmas, y mazmorras donde habían pasado cosas
horribles, y que los muros estaban adornados con cabezas de dragón. Sólo con imaginarlo a Bran le
daban escalofríos, pero no tenía miedo. ¿Por qué iba a tenerlo? Su padre estaría con él, y el rey, y
todos los caballeros del rey, y sus espadas leales.
Algún día el mismo Bran sería caballero y pertenecería a la Guardia Real. La Vieja Tata decía
que los Guardias eran las mejores espadas del reino. Sólo eran siete, vestían armadura blanca y no
tenían esposa ni hijos, vivían sólo para servir al rey. Bran se sabía de memoria todas las leyendas. Sus
nombres le sonaban a música celestial. Serwyn del Escudo Espejo. Ser Ryam Redwyne. El príncipe
Aemon, el Caballero Dragón. Los gemelos Ser Erryk y Ser Arryk, que se habían matado mutuamente
en una lucha a espada hacía cientos de años, cuando el hermano luchó contra la hermana en la guerra
que los trovadores llamaron la Danza de los Dragones. El Toro Blanco, Gerold Hightower. Ser Arthur
Dayne, la Espada del Amanecer. Barristan el Bravo.
El rey Robert había llegado al norte acompañado por dos de sus Guardias Reales. Bran los
había observado con fascinación, sin atreverse a dirigirles la palabra. Ser Boros era un hombretón
calvo y con papada, y Ser Meryn tenía bolsas bajo los ojos y barba color óxido. Ser Jaime Lannister se
parecía más a los caballeros de las historias, y también pertenecía a la Guardia Real, pero Robb dijo
que había matado al viejo rey loco y que ya no contaba. El más grande de los caballeros vivos era Ser
Barristan Selmy, Barristan el Bravo, Lord Comandante de la Guardia Real. Su padre le había
prometido que, cuando llegaran a Desembarco del Rey, podría ver a Ser Barristan en persona, y desde
entonces Bran marcaba en la pared los días que faltaban para la partida, ansioso por ver un mundo con
el que sólo había soñado, de empezar una vida que apenas podía imaginar.
Pero ahora que había llegado el último día Bran se sintió perdido de repente. No conocía más
hogar que Invernalia. Su padre le había dicho que aquel día debía despedirse de todo el mundo, y él lo
había intentado. Cuando los cazadores se marcharon, vagó por el castillo con su lobo para ver a todos
los que iban a quedar atrás, la Vieja Tata y Gage, el cocinero, Mikken en la herrería, Hodor el mozo de
cuadra que siempre sonreía y cuidaba de su poni, y sólo sabía decir «Hodor», el hombre de los
invernaderos que le daba moras cuando lo visitaba...
Pero no fue posible. Había ido al establo en primer lugar, y allí estaba su poni, pero ya no era
su poni, le iban a dar un caballo de verdad y el poni se quedaría en Invernalia, y de pronto Bran tuvo
ganas de sentarse en el suelo y llorar. Se dio media vuelta y salió corriendo antes de que Hodor y los
otros mozos de cuadra le vieran las lágrimas en los ojos. Así terminaron las despedidas. En lugar de
visitar a nadie más, Bran se pasó la mañana a solas en el bosque de dioses, intentando enseñar a su
lobo a traerle de vuelta el palo que le lanzaba sin conseguirlo. El cachorro era más listo que cualquiera
de los perros de su padre, y Bran habría jurado que entendía todo lo que le decía, pero por lo visto no
le interesaba la caza de palos.
Todavía no se había decidido por ningún nombre para el animal. Robb llamaba al suyo Viento
Gris, porque corría muy deprisa. Sansa le había puesto Dama a la suya, Arya la había bautizado con el
nombre de una reina bruja de las leyendas, y el del pequeño Rickon se llamaba Peludo, que en opinión
de Bran era un nombre bien idiota para un huargo. El lobo de Jon, el blanco, se llamaba Fantasma. A
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Juego de tronos

Bran le hubiera gustado que ese nombre se le ocurriera a él, aunque su lobo no fuera blanco. Había
probado cientos de nombres en las dos últimas semanas, y ninguno le acababa de gustar.
Por fin se hartó del juego del palo y decidió ir a trepar. Con todo lo que había pasado
últimamente hacía semanas que no subía a la torre rota, y quizá aquélla fuera su última oportunidad.
Cruzó el bosque de dioses por el camino más largo, dando un rodeo para evitar el estanque
donde crecía el árbol corazón. El árbol corazón siempre le había dado miedo. En opinión de Bran, los
árboles no deberían tener ojos, ni hojas que parecieran manos. Su lobo corría pisándole los talones.
—Tú te quedas aquí —le dijo al pie del árbol centinela que se alzaba junto al muro de la
armería—. Túmbate. Eso es, muy bien. Quieto.
El lobo hizo lo que le ordenaban. Bran le rascó detrás de las orejas, se dio la vuelta, de un salto
se agarró a una rama baja y se aupó. Se movía con facilidad de rama en rama, y ya estaba a mitad del
tronco cuando el lobo se puso de pie y empezó a aullar.
Bran miró abajo. El lobo se calló y clavó en él sus ojos amarillos y rasgados. El niño sintió un
extraño escalofrío. El lobo volvió a aullar.
—¡Calla! —le chilló—. Siéntate. Quieto. Eres peor que mi madre.
Los aullidos lo persiguieron mientras seguía trepando, hasta que por fin saltó al tejado de la
armería y el lobo lo perdió de vista.
Los tejados de Invernalia eran el segundo hogar de Bran. Su madre decía a menudo que Bran
ya trepaba antes de empezar a andar. El niño no recordaba cuándo aprendió a andar, pero tampoco
recordaba cuándo trepó por primera vez, así que suponía que era cierto.
Para un niño, Invernalia era un laberinto de piedra gris formado por murallas, torres, patios y
túneles que se extendían en todas direcciones. En las zonas más antiguas del castillo las salas estaban
inclinadas y a diferentes niveles, así que uno nunca sabía a ciencia cierta en qué piso estaba. El
maestre Luwin le había contado hacía tiempo que la edificación había ido creciendo a lo largo de los
siglos como un monstruoso árbol de piedra, con ramas gruesas, nudosas y retorcidas, y raíces
profundamente hundidas en la tierra.
Cuando salía a los tejados, cerca del cielo, Bran abarcaba toda Invernalia de un vistazo. Le
gustaba cómo se veía desde allí, cómo se extendía a sus pies, disfrutaba cuando sobre su cabeza sólo
se encontraban los pájaros y toda la vida del castillo se desarrollaba abajo. Podía pasarse horas enteras
entre las gárgolas informes, desgastadas por la lluvia, que desde su lugar en el Primer Torreón lo
vigilaban todo: a los hombres que trabajaban la madera y el acero en el patio, a los cocineros que se
ocupaban de las verduras en el invernadero, a los perros inquietos
que correteaban por las perreras, el silencio del bosque de dioses, a las jovencitas que
chismorreaban junto al pozo donde lavaban los platos... Aquello lo hacía sentir como si fuera el señor
del castillo, en un sentido que jamás compartiría el propio Robb.
Así había aprendido también los secretos de Invernalia. Los constructores no se habían
molestado en nivelar el terreno. Tras los muros había colinas y valles. Había también un puente
cubierto que iba del cuarto piso del campanario al segundo de la torre donde se criaban los cuervos.
Bran lo sabía. También sabía que era posible penetrar en el muro interior por la puerta sur, subir tres
pisos y circundar toda Invernalia por un angosto túnel en la piedra, para después salir al nivel del suelo
por la puerta norte, donde una pared de cien metros se alzaba a la espalda. El chico estaba seguro de
que ni siquiera el maestre Luwin sabía aquello.
A su madre le aterraba pensar que algún día Bran se caería de un muro y se mataría. Él le
decía que no, pero ella no le creía. Una vez consiguió que le prometiera que no volvería a trepar. El
niño se las arregló para mantener su promesa durante quince largos días; en todos se sintió
profundamente desgraciado, hasta que una noche salió por la ventana de su dormitorio mientras sus
hermanos estaban sumidos en un profundo sueño.
Al día siguiente, atormentado por el remordimiento, confesó su crimen. Lord Eddard le ordenó
que fuera al bosque de dioses para purificarse. Puso a varios hombres de guardia, para asegurarse de
que Bran pasaba la noche allí a solas reflexionando sobre su desobediencia. Lo encontraron durmiendo
a pierna suelta entre las ramas más elevadas del centinela más alto del bosquecillo.
Su padre se enfadó, pero no pudo contener una carcajada.
—No eres hijo mío —dijo a Bran cuando consiguieron bajarlo—. Eres una ardilla. Pues bien,
así sea. Si quieres trepar, trepa, pero que no te vea tu madre.
Bran lo intentó de todo corazón, aunque en el fondo sabía que no la engañaba. Y ella, ya que
no conseguía que su padre se lo prohibiera, buscó la ayuda de otros. La Vieja Tata contó a Bran la
historia de un niño malo que trepó tan alto que lo alcanzó un rayo y los cuervos se acercaron a
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Juego de tronos

picotearle los ojos. Aquello no impresionó lo más mínimo al chico. En la cima de la torre rota, donde
nadie aparte de él subía jamás, había nidos de cuervos; muchas veces se llenaba los bolsillos de maíz
antes de trepar, y los pájaros lo comían de su mano. Ninguno había mostrado nunca el menor interés
en sacarle los ojos a picotazos.
Más adelante el maestre Luwin hizo un muñeco de arcilla, lo vistió con la ropa de Bran y lo
lanzó desde la cima del muro al patio, para demostrarle qué le sucedería si se caía. Aquello había sido
más divertido, pero Bran se limitó a mirar al maestre.
—Yo no soy de arcilla —le dijo—. Además, nunca me caigo.
Después hubo una temporada en que los guardias lo perseguían cada vez que lo veían en los
tejados e intentaban obligarlo a bajar. Eso fue lo mejor de todo. Era como jugar con sus hermanos,
sólo que Bran ganaba siempre. No había guardia capaz de trepar tan arriba como él, ni siquiera Jory.
Además, casi siempre pasaba desapercibido. La gente nunca miraba hacia arriba. Ésa era otra de las
cosas que le gustaban de trepar: se sentía casi invisible.
También le gustaba la sensación de auparse por una pared, piedra tras piedra, buscando las
grietas entre ellas con los dedos de las manos y los pies. Siempre se quitaba las botas e iba descalzo
cuando trepaba. Se sentía como si tuviera cuatro manos en vez de dos. Disfrutaba con aquel dolor
profundo y dulce que le invadía después los músculos. Le gustaba el sabor que tenía el aire en la cima,
dulce y fresco como un melocotón de invierno. Le gustaban también los pájaros: los cuervos de la
torre rota, los diminutos gorriones que anidaban en las grietas entre las piedras, el viejo búho que
dormitaba en el desván polvoriento sobre la armería... Bran los conocía a todos.
Y, más que nada en el mundo, le gustaba estar en lugares a los que nadie más podía ir, y ver la
mole gris y dispersa de Invernalia de una manera que ningún otro veía. Así, todo el castillo era el
escondite secreto de Bran.
Su territorio favorito era la torre rota. En el pasado había sido una torre de vigilancia, la más
alta de Invernalia. Hacía mucho tiempo, cien años antes de que naciera su padre, cayó un rayo que la
incendió. El tercio superior de la estructura se había derrumbado y caído en el interior, y la torre jamás
se había reconstruido. De cuando en cuando su padre enviaba ratoneros a la base de la torre para
acabar con los nidos que siempre encontraban entre el laberinto de cascotes y vigas chamuscadas y
podridas. Pero ya nadie subía a la cima desgarrada de la estructura, a excepción de Bran y los cuervos.
Conocía dos caminos para llegar allí. Se podía trepar por un lado de la propia torre, pero las
piedras estaban sueltas y el mortero que las había mantenido unidas ya no era más que un recuerdo, así
que a Bran no le gustaba descargar todo su peso sobre ellas.
El mejor camino partía del bosque de dioses, había que trepar a las ramas más altas del
centinela, y cruzar sobre la armería y la sala de la guardia, saltando de tejado en tejado, descalzo para
que los guardias no oyeran las pisadas sobre ellos. Así se llegaba al lado menos visible del Primer
Torreón, la zona más antigua del castillo, una fortaleza redonda y achatada que era más alta de lo que
parecía a simple vista. Desde allí se podía ir directamente adonde las gárgolas se asomaban para mirar
ciegas al espacio vacío, y saltar de una a otra hasta rodear todo el lado norte. Y entonces, si uno se
estiraba mucho, mucho, se podía aupar hasta el punto más cercano de la torre rota. Lo último era trepar
por las piedras ennegrecidas hasta los nidos, poco más de tres metros, y allí los cuervos se acercaban a
ti por si les habías llevado maíz.
Bran iba pasando de gárgola en gárgola, con la facilidad que da la práctica, cuando oyó las
voces. Se sobresaltó tanto que estuvo a punto de caerse. Nunca había visto a nadie en el Primer
Torreón.
—No me gusta —decía una mujer. Debajo de Bran había una hilera de ventanas, y la voz le
llegaba de la última de aquel lado—. La Mano tendrías que ser tú.
—No lo quieran los dioses —replicó la voz indiferente de un hombre—. No es el tipo de
honor que deseo. Implica demasiado trabajo.
Bran se quedó donde estaba, colgado de una gárgola, escuchando; de pronto, le daba miedo
seguir adelante. Si se daba impulso para balancearse hasta el siguiente asidero podían verle los pies.
—¿No te das cuenta del peligro que corremos? —insistió la mujer—. Robert quiere a ese
hombre como si fuera su hermano.
—Robert no traga a sus hermanos. Y la verdad es que lo comprendo. Stannis le provocaría una
indigestión a cualquiera.
—Déjate de tonterías. Stannis y Renly son una cosa, y Eddard Stark es otra muy diferente.
Robert escuchará la opinión de Stark. Malditos sean los dos. Debí insistir en que te nombrara a ti, pero
estaba segura de que Stark le diría que no.
46

literatura fantástica

Juego de tronos

—-Aún hemos tenido suerte —dijo el hombre—. El rey podría haber elegido a uno de sus
hermanos, o peor todavía, a Meñique, los dioses nos ayuden. Prefiero enemigos honorables que no
sean ambiciosos, me costará menos dormir por las noches.
Bran comprendió que estaban hablando de su padre. Tenía que oír qué decían. Unos pocos
metros más... pero podrían verlo por la ventana.
—Tendremos que vigilarlo de cerca —dijo la mujer.
—Prefiero vigilarte a ti —replicó el hombre. Parecía aburrido—. Ven aquí.
—Lord Eddard jamás había mostrado el menor interés por nada que sucediera al sur del
Cuello —dijo la mujer—. Jamás. Planea algo contra nosotros, te lo digo yo. Si no, ¿por qué iba a
abandonar sus tierras?
—Por mil razones. Por deber. Por honor. Porque quiere ver su nombre en letras grandes en el
libro de la historia, o por escapar de su esposa, o por ambas cosas a la vez. A lo mejor quiere estar en
un sitio cálido por una vez en la vida.
—Su esposa es la hermana de Lady Arryn. Y me extraña que Lysa no estuviera aquí para
darnos la bienvenida con sus acusaciones.
Bran miró abajo. Había una cornisa muy estrecha bajo la ventana, apenas tenía unos
centímetros de anchura. Trató de descender hacia ella. Estaba muy lejos, no llegaría.
—Te preocupas demasiado. Lady Arryn no es más que una estúpida miedosa.
—Esa estúpida miedosa compartía el lecho de Jon Arryn.
—Si supiera algo a ciencia cierta habría hablado con Robert antes de huir de Desembarco del
Rey.
—¿Tú crees? Robert ya había accedido a poner en custodia como pupilo a ese enfermizo hijo
suyo en Roca Casterly. No, ni en sueños. Sabía que el crío sería rehén de su silencio. Ahora que está a
salvo en su Nido de Águilas puede que se sienta más valiente.
—Madres. —La palabra en labios del hombre tenía el tono de una blasfemia—. Eso de parir
os afecta a la cabeza. Estáis todas locas. —Soltó una carcajada. Fue un sonido amargo—. Deja que
Lady Arryn sea tan valiente como guste. Da igual qué sepa o crea saber, no tiene ninguna prueba. —
Hizo una breve pausa—. ¿Verdad?
—¿Crees que el rey le exigirá pruebas? —replicó la mujer—. Ya te lo he dicho. No me ama.
—¿Y quién tiene la culpa de eso, querida hermana?
Bran estudió la cornisa. Podía soltarse y dejarse caer. Era demasiado estrecha para aterrizar
sobre ella, pero si lograba aferrarse mientras caía y darse impulso hacia arriba... Pero claro, aquello
quizá hiciera ruido y atrajera a las dos personas a la ventana. El chico no sabía bien qué estaba oyendo,
pero estaba seguro de que a ellos no les gustaría que se enterase.
—Estás tan ciego como Robert —decía en aquellos momentos la mujer.
—Si quieres decir que los dos vemos lo mismo, es verdad —replicó él—. Yo veo a un hombre
que preferiría la muerte antes que traicionar a su rey.
—Ya traicionó a un rey, ¿acaso lo has olvidado? No, no estoy negando que sea leal a Robert,
eso es evidente. Pero, ¿qué pasará cuando Robert muera y Joff ocupe el trono? Y cuanto antes suceda
eso, más a salvo estaremos nosotros. Mi esposo se impacienta día a día. Si Stark está a su lado las
cosas irán todavía peor. Sigue enamorado de la hermanita, esa insípida de dieciséis años que lleva
tanto tiempo muerta. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que decida cambiarme por una nueva Lyanna?
De pronto Bran tenía mucho miedo. No había nada que deseara más que volver por donde
había llegado e ir con sus hermanos. Pero, ¿qué les diría? Comprendió que tenía que acercarse más.
Tenía que ver a las personas que estaban hablando.
—Deberías pensar menos en el futuro y más en los placeres inmediatos —dijo el hombre
dejando escapar un suspiro. —¡Para ya!
Bran oyó el repentino restallido de la carne contra la carne, y luego la risa del hombre.
El chico se dio impulso hacia arriba, trepó sobre la gárgola y reptó por el tejado. Aquél era el
camino fácil. Avanzó por el tejado hasta la siguiente gárgola, que estaba justo sobre la habitación
donde discutía la pareja.
—Esta charla empieza a aburrirme, hermana —dijo él—. Ven aquí y cállate un rato.
Bran se sentó a horcajadas sobre la gárgola, se aferró con fuerza con las piernas y se dejó caer
cabeza abajo. Quedó colgado por las piernas y, poco a poco, estiró el cuello hacia la ventana. El
mundo era muy extraño visto del revés. El patio parecía deslizarse suavemente bajo él, con las piedras
húmedas de nieve fundida. Bran miró por la ventana.
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literatura fantástica

Juego de tronos

Dentro de la habitación había un hombre y una mujer que se peleaban. Ambos estaban
desnudos. Bran no alcanzaba a divisar quiénes eran. El hombre le daba la espalda, y su cuerpo
ocultaba a la mujer a la que empujaba contra la pared.
Se oían ruidos suaves, húmedos. Bran se dio cuenta de que se estaban besando. Los observó
con los ojos abiertos de par en par, aterrado, sin atreverse siquiera a respirar. El hombre había puesto
una mano entre los muslos de la mujer y le debía de estar haciendo daño, porque ella empezó a gemir.
Para —decía—. Basta, basta... Oh, por favor...
Pero la voz era baja y débil, y no lo empujaba para obligarlo a alejarse. En vez de eso metió
las manos entre el pelo del hombre, aquel pelo rubio enmarañado, y le obligó a bajar el rostro hacia su
pecho.
Bran vio la cara de la mujer. Tenía los ojos cerrados y la boca abierta, gemía. Se le mecía la
cabellera dorada mientras movía la cabeza adelante y atrás, pero aun así reconoció a la reina.
Debió de dejar escapar algún sonido. De pronto, la mujer abrió los ojos y lo miró
directamente. Lanzó un grito.
Todo sucedió de repente. La mujer apartó a un lado al hombre de un empujón mientras gritaba
y señalaba, enloquecida. Bran intentó auparse de nuevo a la gárgola. Iba demasiado deprisa. Rozó
inútilmente la piedra suave con la mano y, en medio del pánico, se le deslizaron las piernas y cayó.
Hubo un instante de vértigo, una sacudida estremecedora cuando la ventana pasó junto a él. Estiró una
mano, se agarró a la cornisa, se resbaló, estiró la otra y consiguió aferrarse. Quedó colgando contra la
pared del edificio. El impacto lo había dejado sin aliento. Bran se quedó suspendido de un brazo,
jadeante.
En la ventana, sobre él, aparecieron dos rostros.
La reina. Y ahora Bran reconocía también al hombre que estaba a su lado. Se le parecía tanto
como si fuera su imagen especular.
—Nos ha visto —dijo la mujer con voz chillona.
—Eso parece —asintió el hombre.
Los dedos de Bran empezaron a resbalar. Se aferró a la cornisa con la otra mano. Hincó las
uñas en la piedra. El hombre le tendió el brazo.
—Dame la mano —dijo—. Te vas a caer. —Bran se aferró al brazo con todas sus fuerzas. El
hombre lo izó hasta la cornisa.
—¿Qué haces? —le gritó la mujer.
El hombre no hizo caso. Era muy fuerte. Subió a Bran hasta el alféizar de la ventana.
—¿Cuántos años tienes, chico?
—Siete —dijo Bran, temblando de alivio. Sus dedos habían dejado marcas profundas en el
antebrazo del hombre. Se soltó mansamente.
—Qué cosas hago por amor —dijo con desprecio el hombre mirando a la mujer.
Dio un empujón a Bran.
Bran, gritando, se precipitó al vacío. No había nada a lo que agarrarse. El patio ascendió a su
encuentro.
A lo lejos, un lobo empezó a aullar. Los cuervos volaban en círculo en torno a la torre rota,
esperando su maíz.

48

literatura fantástica

Juego de tronos

TYRION

En algún punto del gran laberinto de piedra que era Invernalia, un lobo aullaba. El sonido
ondeaba en el castillo como una bandera de luto.
Tyrion Lannister alzó la vista de los libros y se estremeció, aunque la biblioteca era cálida y
acogedora. El aullido de un lobo tenía una cualidad que arrancaba al hombre de su lugar y su tiempo, y
lo abandonaba en un bosque oscuro de la mente, corriendo desnudo ante la manada.
El lobo aulló de nuevo, y Tyrion cerró el pesado libro con cubiertas de cuero que había estado
leyendo, un tratado de hacía un siglo acerca del cambio de las estaciones, escrito por un maestre que
llevaba mucho tiempo muerto. Ocultó un bostezo con el dorso de la mano. La lamparilla parpadeaba,
estaba a punto de quedarse sin aceite, y la luz del amanecer empezaba a filtrarse por las altas ventanas.
Se había pasado la noche leyendo, pero no era ninguna novedad. Tyrion Lannister no era de los que
necesitan mucho sueño.
Al bajarse del banco se dio cuenta de que tenía las piernas rígidas y doloridas. Se las masajeó
para activar la circulación, y cojeó hacia la mesa sobre la que el septon roncaba suavemente con la
cabeza apoyada en el libro abierto ante él. Tyrion leyó el título. Una biografía del Gran Maestre
Aethelmure, aquello lo explicaba todo.
—Chayle —llamó con suavidad.
El joven alzó la cabeza bruscamente y parpadeó, confuso. Llevaba una cadena de plata en el
cuello de la que colgaba el cristal de su orden.
—Voy a ver qué desayuno. Encárgate de volver a poner los libros en los estantes. Ten cuidado
con los pergaminos valyrianos, están muy secos. El Máquinas de guerra de Ayrmidon es muy poco
común, tienes el único ejemplar completo que he visto en mi vida.
Chayle, todavía medio dormido, lo miró con asombro. Tyrion le repitió las instrucciones
pacientemente, dio una palmadita en el hombro al septon y lo dejó dedicado a sus quehaceres.
Una vez fuera Tyrion inspiró una bocanada del fresco aire matutino e inició el laborioso
descenso por los empinados peldaños de la escalera de piedra que se enroscaba por el exterior de la
torre de la biblioteca. Iba muy despacio; los peldaños eran altos y estrechos, mientras que él tenía as
piernas cortas y torcidas. El sol naciente aún no había despejado las sombras de los muros de
Invernalia, pero los hombres ya estaban trabajando en el patio. Le llegó la voz áspera de Sandor
Clegane.
—Lo que le está costando morir a ese crío. Ya se podría dar más prisa.
Tyrion miró abajo y vio al Perro de pie junto a Joffrey, rodeados ambos por un enjambre de
escuderos.
—Por lo menos se muere sin hacer ruido —dijo el príncipe—. El que arma escándalo es el
lobo. Esta noche casi no he podido dormir.
Clegane proyectaba una sombra alargada sobre la tierra dura mientras su escudero le ponía el
yelmo.
—Si lo deseas puedo silenciar a esa bestia —dijo a través del visor abierto.
El escudero le puso la espada larga en la mano. Clegane la sopesó y la probó blandiéndola en
el aire frío de la mañana. A su espalda el patio resonaba con el estrépito del acero contra el acero.
—¡Enviaré un perro para matar a otro perro! —exclamó el príncipe; parecía divertirle
enormemente la idea—. Son una auténtica plaga en Invernalia, los Stark no lo notarán si les falta uno.
—Lamento no estar de acuerdo, sobrino —dijo Tyrion después de saltar del último peldaño al
patio—. Los Stark saben contar hasta seis, a diferencia de algunos príncipes que conozco.
Joffrey tuvo la decencia de sonrojarse.
—Una voz que surge de la nada —dijo Sandor. Escudriñó por la abertura del yelmo, mirando
a un lado y a otro—. ¡Espíritus del aire, sin duda!
El príncipe se echó a reír, como siempre que su guardaespaldas se embarcaba en aquella
payasada. Tyrion ya estaba acostumbrado.
—Aquí abajo.
—Vaya, si es el diminuto Lord Tyrion —dijo el hombretón tras bajar la vista hacia el suelo, y
fingir que advertía en aquel momento su presencia—. Perdonadme, no os había visto.
—Hoy no estoy de humor para aguantar tu insolencia. —Tyrion se volvió hacia su sobrino—.
Joffrey, ya deberías haber visitado a Lord Eddard y a su esposa para presentarles tus respetos en las
dolorosas circunstancias que atraviesan.
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